Alejandro Magnoconstruye un Imperio

Biografia de Pirro de Epiro

Biografía de Pirro de Epiro

Entre la muchedumbre de figuras relevantes que descubrió el hundimiento del sueño imperial de Alejandro en la época de los Diadocos y Epígonos, destacamos ahora un nuevo nombre, el del rey de Epiro, Pirro.

Su personalidad, como la de Poliorcetes, marcha por los senderos de la aventura y del caudillaje militar.

Es un gran guerrero, forjado en el transcurso de mil batallas azarosas, y un político de vastos proyectos imperiales, un constructor de castillos en el aire que se desploman al soplo de la menor adversidad.

Pirro
Pirro: Durante su reinado expandió el territorio de Epiro a costa de zonas de Macedonia y Tesalia. Durante su estancia en Italia, conquistó la mayor parte de la Sicilia púnica. A su regreso a Grecia, se enfrentó con Antígono II Gónatas que reinaba por entonces en Macedonia.

Su persona cruza las páginas de la Historia como uno de esos meteoros que brillan de repente en las negruras de la noche, cruzan fulgurantes el cielo con destellos de luz vivísima, y estallan bruscamente, consumidos por su propio ardor.

Su biografía es de novela. Hijo de Eácidas, rey de Epiro, tuvo que andar errante en su juventud y reconquistar su reino con la punta de su espada. Eácidas perdió la corona después del triunfo de Casandro sobre Olimpia de Macedonia, y tuvo que refugiarse en Etolia (316).

Su tierno hijo fue salvado de una muerte indudable, y creció en fortaleza en la lejana y bárbara Iliria, en la corte del rey Glaucias. Cuando Demetrio Poliorcetes hizo vacilar el dominio macedonio en Grecia, los epirotas se sublevaron contra Alectas, tío de Pirro, y éste, con la ayuda de Glaucias, recobró la corona.

Contaba entonces 11 ó 12 años de edad (306). Su fortuna duró tanto como la del Antigónida. Demetrio tuvo que dejar sus territorios griegos para acudir en auxilio de su padre, y tras de él partió Pirro. Asistió a la batalla de Ipso (301), y se mostró fiel a su protector.

Cuando Demetrio firmó la paz con Tolomeo de Egipto, Pirro fué entregado en calidad, de rehén.

En Alejandría pasó los años más dulces de su vida. Supo captarse la amistad del Lágida y el amor de Antígona, una de sus hijas. El apoyo de la poderosa corte de Alejandría le sirvió de mucho para reconquistar su reino, vacilante en la cabeza de Neotolemos después de la muerte de Casandro (297).

Primero compartió el poder con Neotolemos, oero luego se libró de él asesinándole en un banquete. Dueño de los destinos de Epiro, intervino en las rivalidades de Antípater y Alejandro en Macedonia. Apoyó al primero, y en recompensa obtuvo una considerable ampliación de sus territorios.

Pero esta política le enfrentó con Demetrio Poliorcetes, quien, habiendo recuperado su poder en Grecia, auxiliaba a Alejandro. Pirro logró derrotar a Demetrio en Pantauco (Etolia, 289) y asegurar su preponderancia en Macedonia, cuyo reino se repartió con Lisímaco de Tracia.

En este momento sus dominios alcanzaron la máxima extensión, pues comprendían 400 kilómetros de costa balcánica, desde la Iliria meridional a la Acarnania, el Epiro, Macedonia y gran parte de Tesalia.

Sin embargo, a poco perdió estos dos últimos territorios, los cuales pasaron sucesivamente a poder de Lisímaco, Seleuco y Tolomeo Cerauno. Pirro no quiso luchar por aquellas tierras cuando ante sus ojos se le abría un magnífico panorama imperial: el de la Magna Grecia.

Heredero de dos imperialismos —- el de su tío Alejandro el Moloso, rey de Epiro, y el de su suegro Agato-cles de Siracusa, asesinado en 289—, Pirro iba a luchar por la formación de un vasto imperio en el Adriático y el Tirreno.

Aprovechando la petición de auxilio de la ciudad de Tarento, amenazada por las legiones romanas, el rey de Epiro cruzó con su ejército él mar y estableció sus reales en la Italia meridional en 280.

Por primera vez se cruzaba en la historia de Roma una poderosa personalidad, que, medio siglo antes que Aníbal, iba a hacer tambalear su destino. En efecto, pocos meses después de su llegada, los ejércitos de Pirro derrotaron a los de Roma en Heraclea, y un año más tarde (279) renovaron sus laureles en Aúsculum, en la Apulia.

Pero ninguna de estas dos victorias dio al rey de Epiro el objetivo que buscaba: la caída de Roma por la sublevación de los confederados itálicos de la Italia central.

A raíz de este doble fracaso, militar y político, que se completa con el fracaso diplomático, puesto que Cártago ofrece su alianza a Roma, resuelve llevar sus armas a Sicilia (279).

Como militar formado en la escuela macedonia, repugnaba la táctica defensiva; su credo estratégico era la ofensiva a toda costa. Esta vez sus armas arremeten contra Cártago.

Desde Siracusa, en donde es nombrado caudillo supremo y rey, dirige afortunadas campañas contra los cartagineses, a los cuales arrebata todas sus posiciones en la isla, excepto la inexpugnable Lilibea.

Pero le falta constancia para perseverar en su empresa. Sueña con una expedición contra la propia Cartágo, cuando los mismos siracusa-nos minan el suelo a sus pies. Después de salvar su honor, dispone el reembarque para Italia (276).

Aquí se halla con la máxima sorpresa: el ejército romano ha sido reorganizado para la maniobra y ha hallado un excelente general en M. Curio Dentato. Cerca de Malvéntum (Benevento), las legiones hacen morder el polvo a los soldados helénicos de Pirro (275).

De regreso a su patria, éste intenta todavía rehacer su poder, que últimamente ha sido muy mermado por la obra de Antígono Gonatas, ilustre hijo de Demetrio Poliorcetes y su sucesor en Grecia, al mismo tiempo que rey en Macedonia.

Pirro consigue atraerse la falange macedonia (274) y atribuirse parte del país. Intenta incluso apoderarse de Grecia. Pero fracasa en una tentativa memorable para expugnar Esparta por sorpresa.

En 272 muere en una lucha callejera en la ciudad de Argos, cuando intentaba librarse del cerco que le tendían los ejércitos de Antígono y de Esparta.

Ver: Batalla Pírrica

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OTRAS BIOGRAFIAS PARA INFORMARSE:
Biografia de Juan Knox
Biografia de Lutero
Biografia de Calvino
Biografia de Pirro de Piro
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Biografia de Aristofanes
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Explicación Mitologica de la Historia

Explicación Mitológica de la Historia

ORIGEN DE LAS DISTINTAS EXPLICACIONES: La idea de que un personaje es la causa originaria de cualquier hecho histórico importante se encuentra tan difundida que, cuando no existe ese personaje, se lo inventa. Los espartanos sostenían y creían que un hombre llamado Licurgo había sido el sabio legislador que creó las costumbres e instituciones de su ciudad.

Mitologia griega

El «inventó» las instituciones de acuerdo con un plan racional, las propuso a los espartanos del pasado y éstos, convencidos de la inteligencia que revelaban tales reglas, comenzaron a vivir de acuerdo con ellas. Ningún antropólogo o historiador sostiene que una sociedad pueda nacer de esa manera.

En realidad, Licurgo es la personificación de un período entero de la historia de Esparta. El período que comprende la llegada de las tribus dóricas a Grecia Central, su lucha con los habitantes anteriores, la servidumbre de estos últimos y su reducción a la condición de ilotas, el surgimiento de un sistema de explotación de la tierra y una estructura política correspondiente. Este proceso debe haber durado varios siglos.

Esa tendencia a personalizar la historia tiene, además, otra consecuencia: la divinización del héroe. Si un individuo puede por sí solo realizar cosas tan importantes, es lógico que el paso siguiente consista en suponer que posee poderes extrahumanos. Resulta fácil comprobar esa tendencia en el caso de los grandes personajes de la antigüedad. Por ejemplo Alejandro y Buda, dos personajes que vivieron realmente, vieron sus biografías adornadas por una infinidad de imaginarios «hechos» heroicos y sobrenaturales.

En las tradiciones de los pueblos, cada vez que nace un héroe —ese personaje «predestinado a cambiar el mundo»—, tienen lugar asombrosos presagios, los espíritus del más allá lo anuncian y los oráculos hablan. Siempre que los héroes realizan sus hazañas, la naturaleza las acompaña con fenómenos imprevistos (eclipses, cataclismos) . Y cuando mueren, el planeta se «lamenta».

Por un instante el orden natural de las cosas aparece subvertido: los ríos corren hacia su nacimiento, los muertos se levantan de sus tumbas. Esas creencias son fruto de la ingenuidad y ningún historiador puede admitir seriamente que el nacimiento de Buda fuera sobrenatural, o el padre verdadero de Alejandro el dios Zeus, por más que lo afirmen algunos de sus contemporáneos.

En la actualidad, sin embargo, muchos consideran que Hitler fue un verdadero «brujo» que hechizó a Alemania. Que Stalin fue el creador personal absoluto de la autocracia que encarnó y que Churchill fue una especie de Juana de Arco, que, con su avasalladora personalidad, movilizó a los ingleses ya carentes de reacción y casi derrotados, y los condujo a la victoria. Esas tabulaciones otorgan a los personajes atributos similares a los de ser hijos de un dios. El hecho es que todavía hoy la personificación de las causas de la historia (esto es, su reducción a los héroes), constituye una deificación de los personajes (sólo ella explicaría el misterioso origen de tanto poder).

A partir del siglo XVIII, y con la aparición de las ciencias sociales (los enciclopedistas) , surge una tendencia opuesta a la anterior. Los historiadores y sociólogos se rebelaron contra las «explicaciones» mitológicas que no explicaban nada, y algunos llevaron su irritación hasta el punto de declarar que el personaje no tiene importancia causal alguna. La prueba de este enfoque lo constituyen distintos fenómenos históricos importantes, que no son protagonizados por una sola personalidad central sino por una multitud de ellas. Por ejemplo, la revolución comercial del siglo XV y la industrial del XVIII.

Para distinguir esta visión de la historia —que él juzgaba científica—, de la que consideraba «popular», el historiador inglés G. M. Young (bajo la influencia directa de Spencer) puso como introducción de uno de sus libros el siguiente proverbio «los simples hablan sobre personas, la gente instruida discute cosas». Acton, a su vez, afirmaba: «nada causa más errores en la visión de la historia que el interés por los individuos». Y Voltaire exclamaba irritado: «¿qué me puede importar que un bárbaro haya desplazado a otro de las orillas del río Oxus?».

Esto no significa que pensadores de gran relieve no hayan también defendido la idea de que «son los hombres fuertes los que hacen la historia». Historiadores talentosos, pero imbuidos de espíritu romántico, como Carlyle, lo hicieron. Aun eruditos meticulosos y nada románticos, como Mommsen, sostuvieron esa tesis. Los historiadores son influidos por la época en que viven, y no es exagerado afirmar que la figura de Julio César, tal «orno aparece en la colosal «Historia de Roma» de Mommsen, debe tanto a la erudición del autor como a la necesidad que éste sentía de un «hombre fuerte» para realizar la unificación del pueblo alemán (Mommsen escribió esta obra en 1850.

El historiador holandés Geyl en su libro «Napoleón: pro y contra» demuestra cómo los juicios sucesivos expresados por los historiadores franceses del siglo XIX sobre el papel de Napoleón, reflejan más las luchas políticas que ellos vivieron que un verdadero examen de Napoleón y de su época.

La conclusión de estas dos hipótesis, cuando se las considera en su forma más extrema, es paradójicamente la misma. Si el gran personaje determina la historia con sus poderes sobrehumanos, no se puede hacer nada contra esos poderes. Pero, a su vez, si el curso de la historia es inalterable, ¿para qué entonces preocuparse tanto de ella?

Existe un sentimiento subyacente que comparten los que defienden la idea de que el curso de la historia depende de los individuos: el de la responsabilidad moral. La aceptación de la tesis de que los individuos son el mero resultado de las circunstancias en que viven nos impide, por el contrario, declarar que Ponché y Hitler fueron dos pésimos sujetos.

De todas maneras resultaría algo extraño, desde el punto de vista científico, sostener que las decisiones de hombres facultados con el poder de dirigir a otros millones de hombres, como es el caso de Hitler o Richelieu, no tienen realmente importancia alguna en el desarrollo de los acontecimientos. Si existen fenómenos históricos en que no figuran «personajes principales», eso no quiere decir que, en aquellos en que aparecen, éstos no tengan importancia. ¿Acaso el talento militar de Napoleón no influyó realmente en la conducción de la guerra europea?

El verdadero problema no reside en preguntarse si el personaje hace o no hace la historia; es inquirir en qué medida su participación fue importante para determinar los acontecimientos, y en qué medida fue condicionado por ellos.

PROCESOS HISTÓRICOS SIN PERSONAJE CENTRAL

Alrededor de 3.000 años a.C. comenzaron a desarrollarse la agricultura, la domesticación de los animales y la construcción de ciudades. Nadie, en su sano juicio, afirmaría que la revolución neolítica fue hecha por tres personas: un inventor de (a agricultura, otro de la domesticación de los animales y otro de la construcción de las ciudades.

Esas actividades fueron el resultado de grandes fenómenos colectivos, que involucraron la colaboración en distintos niveles de enormes multitudes de hombres (observadores, experimentadores, repetidores, perfeccionadores) . Lo mismo se puede decir de las revoluciones comercial e industrial, procesos que se prolongaron durante siglos.

La máquina de vapor fue, en cierta forma, el «gran personaje» de la Revolución Industrial. La primera noticia que se tiene de una máquina de vapor data del siglo I: fue inventada por Herón de Alejandría, pero no pasó de ser un juguete. Cuando Papin y Watt la reinventaron en el siglo XVIII nunca habían oído hablar de Herón.

En este caso, el problema es, para el historiador, el siguiente: ¿por qué la máquina de Herón no cambió en nada a la sociedad en que éste vivía, y por qué cuando apareció en la sociedad de Papin y Watt transformó al mundo? La posibilidad del vapor de mover un pistón era la misma, pero las condiciones sociales de las dos épocas eran distintas (las biografías de las máquinas tienen eso en común con las de los grandes hombres: precisan de la oportunidad que le otorgan las circunstancias) .

En la sociedad esclavista en que vivió Herón no había una actitud mental que permitiese utilizar máquinas (el trabajo manual era considerado innoble y esa actitud regía la sociedad) . Durante la Edad Media la situación no fue muy diferente. Pero entre los siglos XV y XVIII las cosas fueron cambiando. La causa inicial fue, el desarrollo del comercio, que creció a medida que el feudalismo declinaba y la navegación se intensificaba.

La Revolución Industrial tuvo como condición previa la Revolución Comercial. Pero el comercio que creó las condiciones que permitirían, por fin, el uso de la máquina de vapor fue, al igual que la revolución neolítica, el resultado de la actividad de millones de hombres. Existieron, por lo tanto, procesos históricos de extraordinaria importancia que ocurrieron sin que ningún personaje se destacase en ellos de manera excepcional.