Alfonso X El Sabio

Biografia de Enrique II de Castilla Casa Trastamara

Biografia de Enrique II de Castilla

Encarnación del espíritu de rebeldía contra el gobierno de Pedro I el Cruel, su hermano, Enrique de Trastamara triunfó después de una agotadora guerra civil en que se tambalearon todos los valores de la monarquía castellana.

La contienda inaugurada en tiempos de Alfonso X el Sabio entre el poder real y las ambiciones políticas de la nobleza, remataba, en definitiva, a través de dos minoridades turbulentas, de la reacción monárquica de Alfonso XI y de la furia vesánica de don Pedro, en el éxito de las aspiraciones los nobles.

Enrique II De Castilla
Enrique II de Castilla, también conocido como Enrique de Trastámara, llamado «el Fratricida» fue rey de Castilla, el primero de la Casa de Trastámara.
Fecha de nacimiento: 13 de enero de 1334, Sevilla, España
Fallecimiento: 29 de mayo de 1379, Santo Domingo de la Calzada, España
Casa: Casa de Trastámara
Hijos: Juan I de Castilla, Leonor de Trastámara
Hermanos: Pedro I de Castilla

La Casa de Trastámara fue una rama de la dinastía de origen castellano que reinó en la Corona de Castilla de 1369 a 1555, la Corona de Aragón de 1412 a 1555, el Reino de Navarra de 1425 a 1479 y el Reino de Nápoles de 1458 a 1501 y de 1504 a 155

La ilegitimidad de su elevación a la corona manchaba indeleblemente los orígenes de la Casa de Trastamara, cuya historia fue una perpetuación de los conflictos que había engendrado su fundador.

Nacido entre 1333 y 1334, Enrique de Trastamara era el tercer fruto, junto con su gemelo Fadrique de los ilícitos amores de Alfonso XI y de Leonor de Guzmán.

Adoptado por don Rodrigo Alvarez, señor de Noroña, su infancia transcurrió entre Asturias y la corte alfonsina, hasta que el advenimiento al trono de Pedro I le lanzó de lleno en la vida política.

El asesinato de su madre en 1351 gravó profundamente su espíritu. Después de un corto período de concordia con el monarca, en que fue nombrado adelantado de la frontera de Portugal, entró en la conjuración urdida por don Alfonso de Alburquerque (1354), y muerto éste, fue el caudillo más destacado de los rebeldes.

El triunfo de Pedro I en Toro (1356) motivó su huida a Francia y, luego, su colaboración con Pedro IV de Aragón, con quien combatió en la guerra contra el castellano. Distinguióse en varios hechos de armas por su gran valor y sangre fría. En 1360 se apoderó de Nájera, donde presidió una matanza de judíos, similar a la que había dirigido en Toledo en 1355.

En esta ocasión corrió grave riesgo de caer prisionero en poder de su hermano, pero la indecisión de éste le salvó la vida. En marzo de 1363, por el tratado de Monzón, Pedro IV reconoció sus aspiraciones a la corona castellana, a cambio de la cesión de gran parte de sus futuros Estados al aragonés.

Con el auxilio de las Compañías blancas, Enrique de Trastamara penetró en Castilla a comienzos de 1366, se adueñó de Calahorra y se hizo proclamar rey el 16 de marzo.

Coronado en el monasterio de las Huelgas, señor de Burgos, de Toledo y de Sevilla, se consideraba vencedor de su rival, cuando éste, con el auxilio del Príncipe Negro, descendió con un ejército por los Pirineos y le derrotó estrepitosamente en Nájera (3 de abril de 1367).

Enrique huyó a uña de caballo y se refugió en Aragón. La improcedencia de las medidas adoptadas por don Pedro, facilitaron el regreso de Enrique a Castilla. El 27 de septiembre de 1367 se apoderaba de nuevo de Calahorra e iniciaba la sistemática conquista del reino, apoyándose en Castilla la Vieja y León.

El asedio de Toledo, establecido el 30 de abril de 1368, duró todo el año. Para disputarse esta ciudad se libró la batalla de Montiel, cuyo resultado fue un gran triunfo para el pretendiente (14 de marzo de 1369). Nueve días después, Du Guesclin le proporcionaba la oportunidad para dar muerte a su hermano.

La desaparición de don Pedro no aseguró la corona a Enrique II. Parte del reino seguía adicto a la memoria del último Borgoña, mientras las potencias peninsulares ayudaban a los rebeldes de Trastamara con la esperanza de obtener ventajas territoriales.

Esta crítica situación se agravó en el exterior con la adhesión de Inglaterra a la causa de las hijas de Pedro el Cruel, Constanza e Isabel. Enrique II enfrentó este temporal recurriendo a todos los procedimientos: a la guerra, en la que demostró no escaso valor; a las mercedes, en las que se reveló muy pródigo, y a una fina actuación política interna, que puso de relieve en las prudentes ordenanzas que votaron las cortes durante su reinado.

Los focos principales de rebeldía, aparte la plaza de Carmona que fue tomada en 1371, eran Zamora, Ciudad Rodrigo y Galicia. Apoyaba a los rebeldes el rey de Portugal Fernando I, quien reclamaba la corona de Castilla por ser bisnieto de Sancho IV.

Con alternativas varias, aunque en general favorables para don Enrique (expedición a Lisboa de 1372), la guerra duró de 1369 a 1373, en que se firmó la paz gracias a la intervención de Guido de Bolonia, legado pontificio. Mientras tanto, se mantenía la lucha en las fronteras del reino lindantes con Granada, Navarra y Aragón, con tan sensibles pérdidas como la de Algeciras, caída en poder del granadino en 1369.

A mayor abundamiento^ las fuerzas castellanas, cumplimentando el tratado de alianza concertado el 8 de junio de 1369 con Francia, intervenían en la guerra de los Cien Años; dos escuadras de Castilla colaboraron eficazmente en 1371 y 1372 a la toma de la Rochela por los franceses.

Como reacción adecuada, en 1374 el duque de Lancáster, Juan de
Gante, pretendió invadir Castilla, haciendo valer los derechos de su esposa Constanza, hija de Pedro I.

La agresión no llegó a realizarse, y en cambio fue Enrique II quien atacó la plaza de Bayona (1375), aunque sin lograr conquistarla. En este mismo año firmóse en Almazán la paz entre Enrique II y Aragón. Nuevas luchas con Navarra, entre 1377 y 1379, relacionadas con la guerra de los Cien Años, acabaron favorablemente para el castellano.

Este obtuvo una paz ventajosa en Burgos, que a poco fue seguida por su muerte, acaecida el 29 de mayo de 1379 en Santo Domingo de la Calzada. Durante los diez años de su reinado había sabido consolidar su dinastía en el trono castellano, aunque a costa de onerosas claudicaciones frente a los nobles.

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Enrique II Plantagenet Biografía Rey de Inglaterra

BIOGRAFÍA Y REINADO DE ENRIQUE II
INGLATERRA LA PRIMERA POTENCIA DE OCCIDENTE

Enrique II (de Inglaterra) (1133-1189), rey de Inglaterra (1154-1189) uno de los soberanos más poderosos de su tiempo, fue el primer monarca inglés perteneciente a la dinastía Plantagenet. Reinó entre los años 1154 y 1189. Fue el primer monarca de la Casa de Anjou o Plantagenet, fue un importante reformador de la administración y uno de los soberanos europeos más poderosos de su época. Nació en Francia, ciudad de Le Mans el 5 de marzo de 1133, fue duque de Normandía en 1151.

Cuando fallece su padre  heredó los territorios franceses que pertenecían a los Angevinos (miembros de la casa de Anjou). Mediante su matrimonio en 1152 con Leonor de Aquitania, añadió a sus posesiones una serie de extensos territorios del suroeste de Francia.

Enrique II de Inglaterra Plantagenets

El gobierno de los Plantagenet: Al rey Guillermo El Conquistador I le sucedió su hijo Guillermo II, llamado El Rojo, que luego de un gobierno mediocre pereció asesinado (año 1100); entonces ocupó el trono su hermano Enrique I, soberano que logró el favor popular, eliminando rencores entre anglosajones y normandos. A su muerte, heredó la corona su hija Matilde, quien casóse con el conde francés Godofredo Plantagenet, representante de la Casa de Anjou. Sin embargo, Matilde no pudo gobernar porque las ambiciones de su primo Esteban de Blois originaron diversas luchas.

Finalmente ocupó el trono de Inglaterra el hijo de Matilde, llamado Enrique II, Plantagenet, conde de Anjou (año 1154). La nueva dinastía se mantuvo en el poder cerca de trescientos años. Además del territorio inglés, Enrique II dominaba toda la región occidental de Francia hasta los Pirineos.

ENRIQUE II PLANTAGENET Y SUS POSESIONES FRANCESAS

mapa dominio de enrique plantagenets

Enrique II, buen mozo, pelirrojo, de apariencia muy sencilla, inclinado a terribles furores, pero encarnizado trabajador, dotado de una gran inteligencia y habiendo recibido una buena educación, Enrique II fue uno de los reyes más grandes que tuvo Inglaterra. No se entendía bien con Leonor, y profesó una verdadera hostilidad a los hijos que ella le dio, atrayéndose así el odio de toda su familia. Fue, sin embargo, capaz de una gran amistad, como la que le unió, durante muchos años, con Tomás Becket.

Continuando con la política centralizadora de su abuelo, pasó gran parte de su reinado recorriendo sus dominios y reorganizándolos. Si no pensó nunca en la unificación de sus posesiones francesas, que era irrealizable, intentó, sin embargo, atenuar las diferencias que había entre ellas. Realizó una obra considerable en el ducado de Normandía, donde introdujo el Excbequer que tuvo lugar dos veces al año en Caen, ciudad en la que estaba depositado el tesoro del ducado; reemplazó los vizcondes por bailes, encargados de hacer justicia y de percibir los impuestos en cada bailía (tierras bajo su juridicción) ; hizo fructificar los ingresos de sus dominios, creó derechos sobre el comercio y sobre la pesca, acumulando así un tesoro considerable. Supo aliarse hábilmente con el clero, cubriéndolo de oro, y obtuvo el apoyo de la burguesía de las ciudades, concediéndole ciertas libertades municipales, a cambio de estrictas obligaciones militares.

Sus estados de Anjou, Turena y Maine estaban mucho más retrasados que Normandía, y Enrique tuvo que recurrir a un virrey para imponer su autoridad en ellos.

Leonor, que seguía siendo la soberana de Aquitania, fue una excelente administradora; ella estimuló la promulgación del Código de Oloron, que fue durante siglos la base del derecho marítimo. Sin embargo, la nobleza, el clero e incluso las ciudades de esta provincia estaban muy indisciplinadas, y no esperaban más que una ocasión pata sublevarse y reclamar su independencia.

A causa de todas estas posesiones, los Plantagenet eran vasallos del rey de Francia, a quien debían homenaje y asistencia. Pero Enrique II, vasallo mucho más poderoso que su soberano, omitió el cumplimiento de las obligaciones que los lazos de vasallaje exigían, ocasionando así conflictos permanentes entre los dos reinos.

Además de las posesiones que había recibido por herencia, Enrique II intentó conquistar más, por alianzas o por guerras: así, el Vexin francés, aportado como dote por Margarita de Francia, hija de Luis VII, a su hijo y heredero Enrique Court Mantel igualmente, Enrique se apoderó de la Bretaña, casando a su cuarto hijo Godofredo con la heredera de este ducado; tomó por la fuerza el Quercy, y obligó al conde Raimundo de Toulouse a rendirle homenaje.

INGLATERRA, PRIMERA POTENCIA DE OCCIDENTE
Prosiguió esta política hegemóníca en Irlanda, donde, en 1170, llevó a cabo una expedición e instaló a numerosos señores ingleses en el país de Gales, imponiendo ro soberanía, y también en Escocia, a cují rey. Guillermo el León, obligó a prestarle juramento y a rendirle homenaje despues de haberle infligido una terrible derrota en 1174, en la batalla de Alnwick. Escocia se convirtió en un feudo de la corona de Inglaterra, su clero fue sometido al clero inglés, y se instalaron guarniciones en todas sus plazas fuertes.

En 20 años, Enrique II había hecho de Inglaterra la primera potencia de Occidente. En la propia Inglaterra, supo rodearse de excelentes consejeros, adictos a la idea del absolutismo real; tres de ellos desempeñaron funciones muy importantes: el Canciller, guardián del sello real y consejero jurídico y político del soberano. Este cargo adquirió un gran relieve cuando Enrique II lo confió a un hombre cuya personalidad igualaba a la suya, y que, después de haber sido su más fiel servidor, se convirtió en su irreductible enemigo: Tomás Becket.

Hijo de un noble inglés consagrado a la causa de los Plantagenet, y de la hija de un emir de Palestina, Tomás Becket fue, desde muy joven, el amigo y confidente de Enrique II. Ambos eran jóvenes, brillantes y despreocupados, y tenían la misma pasión por los festines, la caza y las mujeres. Enrique quiso hacer Canciller a su amigo más querido, y Tomás probó rápidamente sus cualidades de hábil político.

En materia de finanzas, el Tesorero del Exchequer tenía un papel coordinador tanto más considerable cuanto que Enrique había separado la Tesorería o Bajo-Exchequer de la Cámara de Cuentas o Alto-Exchequer, encargada de registrar los gastos y los ingresos. Por último, el Consejo del rey, presidido por el Justicia Mayor, se convirtió en un tribunal permanente, que enviaba, todos los años, a provincias, delegaciones encargadas de hacer justicia en nombre del rey y de constituir jurys, nueva institución creada por Enrique II.

LA REBELIÓN DE LEONOR Y DE SUS HIJOS
Enrique II intentó disminuir el poderío de los nobles, reforzando los órganos que dependían directamente de él; revocó todas las concesiones que les había otorgado Esteban de Blois, confiscó sus dominios, destruyó los castillos. Disminuyó la importancia de los ejércitos feudales instituyendo una tasa mediante la cual se podía sustituir la obligación del servicio militar. Los ingresos derivados de esta tasa permitieron la formación de un ejército profesional, mucho más dócil que el feudal. Gracias aél, pudo vencer Enrique II la rebelión de ¡os señores que estalló en el continente.

En 1173, Enrique desembarcó en Guyena, acompañado de su esposa y sus hijos, para recibir el homenaje de sus vasallos. Pero la rebelión se estaba incubando hacía largo tiempo, y el joven delfín, Enrique Court Mantel, la hizo estallar poniéndose a la cabeza de ios rebeldes; Luis VII, aprovechándose de estas querellas internas, apoyó a su yerno. Muy pronto, los dos hijos menores, Godofredo y Ricardo, instigados por Leonor, traicionaron también a su padre y levantaron contra él a los barones de la Marca del Perigord y de Angulema. Enrique derrotó al ejército de sus hijos y al del rey de Francia, primero en Verneuil y luego en Ruán. Entonces, Enrique Court Mantel y Ricardo imploraron su perdón y se firmó la paz, en Mont-Louis, en septiembre de 1174.

Si Enrique se mostró clemente con sus hijos, no perdonó, en cambio, a su esposa, a quien hizo encerrar durante dieciséis años, no dejándola aparecer en la Corte más que en raras ocasiones. En Guyena y en Poitiers se produjo un gran descontento, pues el pueblo reclamaba a su soberana. Para mantener a raya toda nueva rebelión, Enrique impuso un nuevo juramento de fidelidad a sus vasallos, por una disposición del año 1176.

TOMAS BECKET O EL ASESINATO EN LA CATEDRAL
Todavía con más violencia que con la nobleza, tuvo que enfrentarse con el clero. La Iglesia constituía entonces una fuerza muy bien organizada, con inmensas riquezas, y cuyos miembros, los personajes más cultivados de la época, alcanzaban las más altas funciones políticas. Favorable a una concepción de realeza electiva, en la que el soberano debe, ante todo, hacer respetar la voluntad divina, constituía un importante foco de resistencia a la monarquía, tal como la concebía Enrique II.

En 1162, moría el arzobispo de Canterbury. Decidido a imponer su intervención sobre la Iglesia, Enrique designó a Tomás Becket para reemplazarlo; éste, tras algunas vacilaciones, aceptó el honor que se le hacía. Pero, tan pronto como fue investido de su nuevo cargo, se operó en él un gran cambio; renunciando a todos los placeres que el dinero y sus funciones le habían procurado hasta el momento, se convirtió en un hombre austero, y llevó una vida muy sencilla, repartida entre las plegarias y la administración de su diócesis. (continuar: Asesinato de Tomas Becket)

Fuente Consultada:
HISTORAMA La Gran Aventura dell Hombre Edit. CODEX Tomo III
HISTORIA I  José Ibañez Edit. Troquel

Plantagenet: Reyes Franceses en de Inglaterra Historia

Plantagenet:Historia de los Reyes Franceses en  Inglaterra

NACIMIENTO DE INGLATERRA: Mientras Alemania se debatía en sangrientas luchas que en definitiva condujeron a la decadencia del poder imperial, surgía un nuevo estado, Inglaterra, por influjo de los normandos establecidos en Francia.

En efecto, en 1066, el duque Guillermo de Normandía, con el apoyo del papa Alejandro II, desembarcó con un ejército en Inglaterra y luego de vencer en la batalla de Hastings, se instaló en el trono y tomó el nombre de Guillermo I Con Guillermo I (1066-1087), se instauró en Inglaterra el feudalismo, aunque con distintas bases que en Francia, porque el rey se reservó la mayor parte de los dominios y no quedó a merced de los señores.

Es decir, que la conquista de Inglaterra hizo a Guillermo de Normandía más poderoso que su soberano, el rey de Francia, lo que determinó la rivalidad entre Francia e Inglaterra, que quedó latente durante el reinado de los sucesores de Guillermo: Guillermo II el Rojo (1087-1100) y Enrique I (1100-1135).

Consecuentemente, el rey de Francia, Luis VI el Grueso, intentó despojar a Inglaterra de la Normandía, mediante su apoyo a Guillermo Clitón contra su tío Enrique I; pero no pudo lograrlo porque fue derrotado en la batalla de Brenneville (1119), con lo cual quedó consolidado el poder del monarca inglés.

No obstante, debido a un naufragio, Enrique I perdió a sus hijos varones y quedó sin descendencia para el trono. Sólo sobrevivió su hija Matilde, —viuda del emperador de Alemania, Enrique V,— que se casó en segundas nupcias con el conde de Anjou, Godotredo Plantagenet, cuyo hijo, Enrique, fundó en 1154 una nueva dinastía en Inglaterra, que se sostuvo en el trono por trescientos años.

Los Plantagenet Enrique II era, además, heredero en Francia del condado de Anjou y del Maine. En 1152 se casó con Leonor de Aquitania, divorciada de Luís VII, con lo cual adquirió Aquitania y Normandía.

Una vez instalado en el trono de Inglaterra, se propuso someter al clero a la autoridad real, a cuyo efecto designó a Tomás Becket como arzobispo de Canterbury y como jefe de la Iglesia de Inglaterra. Este asumió decididamente su papel y reformó las costumbres del clero, dando el ejemplo con su sencillez y austeridad.

Sin embargo, Enrique II, a pesar de la oposición de Becket, impuso los Estatutos de Clarendon (1164), por los cuales los miembros del clero quedaron bajo la jurisdicción de los tribunales reales.

Ante esta actitud, el arzobispo protestó enérgicamente, apeló al papa y se refugió en Francia. Con la protección de Luis VII, Becket pudo regresar a Canterbury, donde fue recibido con gran entusiasmo por los fieles, renovando de inmediato la pena de excomunión para los partidarios del rey.

Esto enardeció a sus enemigos y poco después fue asesinado dentro de la misma catedral. Este hecho causó gran indignación y el arzobispo fue venerado como un mártir. Enrique II se vio obligado a retractarse y abolir los Estatutos de Clarendon.

Luego debió combatir contra sus propios hijos, que se sublevaron contra él, los que fueron apoyados por los reyes de Francia. Posteriormente, Tomás Becket fue canonizado por la Iglesia católica.

Ricardo Corazón de León (1189-1199) Uno de los hijos de Enrique II, fue Ricardo Corazón de León, un heroico militar que, como vimos, participó en la tercera cruzada junto con Felipe Augusto de Francia. A su regreso, debido a un naufragio, fue a parar a las costas del mar Adriático y tuvo que atravesar Alemania; pero al pasar por las tierras del duque de Austria, a quien había ofendido en Tierra Santa, fue reconocido, detenido y luego entregado al emperador.

Ricardo Corazón de León

Ricardo Corazón de León

Este lo mantuvo cautivo hasta que, ante el reclamo de los señores ingleses, lo puso en libertad a cambio de un importante rescate (1194). Durante su ausencia, Felipe Augusto había aprovechado para apropiarse de vastos territorios en la Normandía.

Ricardo le declaró la guerra, que se prolongó hasta 1199 en que fu suspendida. Ricardo se dirigió entonces contra el vizconde de Limoges y pereció en un combate.

Juan sin Tierra (1199-1216) A la muerte de Ricardo su hermano Juan, llamado sin Tierra, por no haber recibido herencia de su padre, se proclamó rey, desconociendo los derechos de su sobrino Arturo de Bretaña, a quien poco después hizo asesinar.

Debido a este hecho incalificable, el rey de Francia, Felipe Augusto, citó a Juan ante el tribunal real, al que no compareció.

rey juan sin tierra

El tribunal se pronunció en rebeldía por la confiscación de sus feudos y Felipe se apresuró a ejecutar la sentencia. A tal efecto, invadió la Normandía, se apoderó del castillo de Gaülard y sitió la ciudad de Rúan (1204), que finalmente capituló. Seguidamente Felipe extendió su poder a Anjou , la Turena y el Poitou.

Entretanto, Juan sin Tierra formó una coalición contra Felipe, en la que participaron los señores feudales del Norte de Francia, los condes de Flandes y de Boulogne y Otón IV de Alemania. Los ejércitos se encontraron en la batalla de Bouuines (1214), que finalizó con el triunfo de los franceses contra los coaligados.

La Carta Magna Estas circunstancias adversas suscitaron contra Juan sin Tierra un movimiento de oposición protagonizado por los nobles, unidos a la burguesía, quienes entraron en Londres, y en un prado de las cercanías de Windsor, obligaron al rey p firmar la denominada Carta Magna (1215)), en la que se estableció que los impuestos debían ser aprobados por el Consejo del Reino, integrado por la nobleza y el clero.

Además, nadie podría ser condenado sin sentencia previa dictada por sus pares; debía garantizarse la libertad de comercio y respetarse los derechos de la Iglesia.

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AMPLIACION DEL TEMA:
REYES FRANCESES DE INGLATERRA

Guillermo era, a la vez, rey de Inglaterra y duque de Normandía. A su muerte su hijo primogénito Roberto estaba en Francia y seguía siendo duque de Normandía, y su hijo segundo, Guillermo que estaba en Inglaterra, se hizo reconocer rey. Guillermo II (1087-1100), llamado el «Príncipe rojo», dejó recuerdo de hombre terrible. Se rodeaba de soldados extranjeros que se complacían en saquear el país.

Como su padre, era gran cazador y mandaba condenar a muerte a los cazadores furtivos. Cazaba en el «bosque nuevo» cuando fue muerto por una flecha. Era tan odiado que su cadáver, cuando fue conducido a la catedral de Winchester, se enterró sin ceremonia.

Su hermano menor, Enrique I, se hizo elegir rey. Casi todo su reinado (1100-1135), lo pasó en guerras. Habiéndole tocado en suerte hacer prisionero a su hermano mayor, duque de Normandía, le encerró en una fortaleza y fue a la vez rey de Inglaterra y. duque de Normandía.

No dejó más que una hija, que se casó con el duque de Anjou, Godofredo, apellidado Plantagenet. Pero su sobrino Esteban se hizo coronar rey y durante veinte años se peleó en Inglaterra.

Habiendo muerto Esteban sin dejar sucesión, el hijo de Matilde y de Godofredo Plantagenet, Enrique II, fue rey de Inglaterra. Había heredado las posesiones de Normandía y de Anjou, y se había casado con Leonor de Aquitania, que le llevó en dote varias provincias. Era dueño de la mitad de Francia.

Era reconcho, la cabeza cuadrada, ojos grises brillantes y saltones, «cabeza de toro y la melena y la fuerza de un león». Se sentaba raras veces y permanecía a caballo tanto tiempo seguido que los de su séquito quedaban extenuados. Despreciaba las conveniencias, hablaba en términos groseros, tenía accesos de cólera y se arrojaba al suelo blasfemando. Fue querido por sus subditos ingleses, porque había llevado la paz a Inglaterra.

Su sucesor Ricardo, apellidado Corazón de León, no pensaba más que en pelear y pasó todo su reinado (1189 a 1199) en la Cruzada o en Francia guerreando.

Aquellos Plantagenets, reyes de Inglaterra, eran príncipes franceses. Pasaban la vida en Francia, se rodeaban de franceses y no hablaban nada más que francés. Entonces fue esta lengua oficial en la corte, en los tribunales y en el gobierno.

El rey era más poderoso que ningún otro en Europa. Todos los señores, llamados barones, le debían el servicio militar. Los más poderosos ostentaban el título francés de conde (en inglés earl), pero no tenían, como los condes en Francia, un territorio en que mandaban, y sí sólo posesiones dispersas por toda Inglaterra.

Los obispos eran como en Francia grandes personajes rodeados de una escolta de caballeros, pero el rey los designaba y no podían menos de obedecerle.

En todo el reino,el rey únicamente tenía derecho a hacer la guerra y a administrar justicia. Ningún otro poseía el derecho de guerra o el de justicia como ocurría en Francia.

JUAN SIN TIERRA

El sucesor de Ricardo, su hermano Juan, llamado sin Tierra, fue como él violento y caprichoso, además brutal y embustero, que lo sacrificaba todo a sus diversiones. Las rentas de sus dominios no eran suficientes para sus gastos y se proporcionó dinero imponiendo tributos y grandes multas.

Repudió a su esposa, para casarse con Isabel de Angulema, que arrebató a su prometido, un señor de Poitou. Los nobles del Poitou se sublevaron contra él, pidieron auxilio al rey de Francia y Juan se encontró comprometido en una guerra que le hizo perder casi todas sus posesiones de Francia.

Luego se indispuso con el Papa Inocencio III.

El Papa, para castigar a Juan, ordenó a los obispos ingleses que pronunciasen el interdicte3 contra el reino. «Por los dientes de Dios, dijo Juan (era su juramento habitual), si osáis pronunciar el interdicto, enviaré todo mi clero al Papa y me apoderaré de sus bienes.

Y a todos los romanos que encuentre en mi reino los enviaré con los ojos vaciados y la nariz cortada para que sean reconocidos por doquiera. Si apreciáis vuestra piel, ¡dos inmediatamente».

El interdicto fue pronunciado. Todas las iglesias quedaron cerradas, se dejó de administrar los sacramentos. Juan se vengó incautándose de los bienes de los obispos y de los conventos. El Papa entonces excomulgó personalmente a Juan (1209). Juan mandó citar a todos los prelados de Inglaterra y los obligó a rescatar sus bienes mediante una suma enorme. Permaneció excomulgado tres años.

Por último, dos legados del Papa fueron a Inglaterra, y, delante de la Asamblea de los señores, manifestaron a Juan que el Papa «desligaba a todos sus subditos cristianos del juramento de fidelidad que habían prestado». Los ingleses dejaban de estar obligados a obedecerle y podían elegir otro rey.

Luego el Papa se entendió con el rey de Francia, Felipe, y le prometió dar a su hijo el reino de Inglaterra. Felipe convocó un ejército francés. Esta vez Juan tuvo miedo. Prometió devolver todo el dinero que había quitado al clero, hacerse vasallo del Papa y pagarle cada año 1.000 marcos en señal de sumisión.

 

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El Big Ben Historia de su Construccion Medidas Reloj en Londres

El Reloj Big Ben – Historia de su Construcción – Medidas

El gran edificio que hoy alberga al Parlamento británico, en el centro del Londres oficial, cuya majestuosa silueta es consustancial ya con la ciudad, es uno de los edificios más famosos de Inglaterra, e incluso podría decirse que de todo el mundo. A los ojos y en el recuerdo de todos simboliza una democracia centenaria y vital.

En su construcción y decoración intervinieron los países que forman la Commonwealth, y enviaron presentes hasta los países situados en las antípodas de las Islas Británicas, como Australia y Nueva Zelanda. Su fachada, a lo largo del Támesis, es como una plasmación de la propia Inglaterra.

El Big Ben Historia de su Construccion Medidas Reloj en Londres
Vista del Parlamento Inglés

En las horas más sombrías de la historia del país, el sonido de su histórico reloj, difundido por los micrófonos de la BBC (hasta que se sospechó que podría ayudar al vuelo de los bombarderos alemanes en ruta hacia Londres), anunciaba a toda Europa que la democracia no estaba muerta. Sin embargo, el conjunto actual de tan representativo edificio no es muy antiguo: poco más de cien años, ya que fue construido entre 1840 y 1867.

Pero el lugar donde se levanta es un compendio de la historia inglesa. Hace mil años era una pequeña isla en la que había un convento benedictino, conocida todavía por la población con su antiguo nombre de isla de las Espinas. Esta isla fue elegida por un rey, para quien la religión era más importante que la política, como sede de su iglesia preferida, convirtiéndose así, casualmente, aquel lugar en capital de Inglaterra.

Esta elección fue confirmada luego por los reyes normandos que conquistaron el país, lo que determinó salvar la libertad comunal de Londres, entonces muy bien diferenciada administrativa y topográficamente del centro rector situado en la citada isla (cuyo nuevo nombre de Westminster, que significa monasterio occidental, iba desplazando al viejo).

En el punto exacto en el que ahora la sede del Parlamento levanta sus pináculos y sus torres, residieron entonces, desde el año 1050 hasta la época de los Tudor (en el siglo XVI), todos los reyes de Inglaterra, y en dicho lugar se levanta todavía el último vestigio del palacio que ocuparon: la Westminster Hall, que fue la gran sala de representación de la residencia real, construida por el rey Guillermo II el Rojo a fines del siglo XI, y mandaba reconstruir por Ricardo II (1394-1399), tres siglos más tarde, bajo la dirección del célebre arquitecto Henry Yevele.

El Big Ben Historia de su Construccion Medidas Reloj en LondresDe más de 72 metros de longitud por 20 de anchura y con una altura de unos 28, recibe la luz a través de dos inmensos ventanales en forma de ajimez múltiples (es decir, ventanas divididas en varias partes por columnitas) en los lados más cortos y por una serie de ventanas en ajimez sencillo en los más largos; su elemento más valioso es el magnífico techo artesonado en madera de encina, que es uno de los más antiguos y al mismo tiempo de los más grandes del mundo. El resto del antiguo palacio real —o casi todo— fue destruido por un incendio en 1834.

Pero, en un principio, los comunes no se reunían en la Westminster Hall(únicamente lo hacían cuando, apoyados como convenía a su rango, en una «barra», el histórico bar, asistían a las audiencias reales), sino en la cercana abadía de Westminster, cuya sala capitular se convirtió, más o menos a partir del reinado de Eduardo III, en el siglo XIV, en su lugar habitual de reunión.

En 1547 el palacio fue abandonado como residencia real, siendo ofrecido generosamente al Parlamento por Eduardo VI (1461-1483), o mejor por sus tutores, ya que el joven rey sólo tenía entonces diez años de edad.

En consecuencia, poco después, comunes y lores ocuparon todo el palacio, y así lo hicieron hasta el mencionado incendio de 1834. Fue entonces cuando se hizo necesaria una nueva sede, un «palacio de la democracia» que sustituyese con dignidad al «palacio del derecho divino». Respecto al lugar en el que tenía que construirse no existían dudas: la nueva sede se debía levantar exactamente en el mismo sitio que la vieja. Demasiadas tradiciones y demasiados recuerdos estaban unidos al lugar para abandonarlo.

Respecto al estilo hubo cierto desacuerdo durante cierto tiempo, las corrientes más «modernas» se orientaron hacia el retorno del estilo gótico. Y éste fue precisamente el estilo que Charles Barry, el vencedor del concurso, eligió para el edificio, animado por el gran propugnador de la tendencia neogótica, Augustus Northmore Pugin(que se asociaría a Barry en la realización de todo el conjunto, proyectando los interiores y los detalles ornamentales), pero también por válidas motivaciones racionales, o por lo menos así lo parecen ahora.

El gótico era el estilo típico de la arquitectura inglesa, que en la isla duró más tiempo que en ninguna otra parte del continente y siempre con espléndidos resultados; por lo tanto parecía el más adecuado para la sede de la más inglesa de las instituciones. Asimismo armonizaría mucho mejor con el gusto «romántico» entonces imperante y que tendía más a las sombrías formas de la Edad Media que a las luminosas del arte clásico. Y, por último, también encajaría mejor con la parte superviviente del palacio, la Westminster Hall, y con la vecina y homónima abadía gótica.

El edificio es inmenso; ocupa más de tres hectáreas (32.375 metros cuadrados exactamente) a orillas del Támesis, con una planta que no es del todo regular a causa de la presencia de la Westminster Hall, que obligó a reducir un poco el ala destinada a la Cámara de los Comunes, dos altas torres en los extremos y una elevada cúspide en el centro. Una larga terraza está orientada hacia el río.

Cada una de las ramas del Parlamento —lores y comunes— ocupa una mitad del conjunto, a la izquierda y derecha respectivamente del gran eje central de entrada y que culmina en el amplio vestíbulo central coronado por la aguja. Las torres confieren la mayor asimetría al conjunto; a la izquierda, como mirando el Parlamento desde el río, se levanta, a una altura de 102 metros y medio (altura más que respetable para una torre de manipostería) la Victoria Tower, cuya única función, por lo que parece, es la de indicar la entrada al edificio para las grandes solemnidades (es la llamada Roya! Entrame, o sea la Entrada Real) y sostener el mástil con la gran bandera británica que ondea sobre la construcción.

Aunque imponente, la torre de la reina Victoria es mucho menos famosa que su hermana del lado derecho: un característico torreón con una gran cúspide perfilada que lleva el nombre oficial de Clock Tower («Torre del Reloj»), pero que todo el mundo conoce con el familiar y célebre apodo de Big Ben.

Este nombre le fue aplicado en honor de sir Benjamín Hall, quien instaló en la citada torre la enorme campana, de más de 13 toneladas de peso, que desde hace decenios y con precisión digna del mejor cronómetro suizo (el fallo medio del reloj instalado en el edificio es de dos décimas de segundo cada 118 días, según dicen las guías y los entendidos) toca las horas con una melodía que muy bien puede considerarse como la voz de Inglaterra. La verdad es que el nombre de Big Ben debería referirse tan sólo a la campana, o todo lo más al reloj, pero ha acabado por designar a toda la torre, de la misma manera, que la torre ha acabado por convertirse en el símbolo de Londres.

Las guías de la ciudad enumeran, complacidas, su altura (97 metros y 50 centímetros), el número de escalones del interior (374 desde el suelo al gran reloj), las cifras relativas a su gigantesco cronómetro: un cuadrante con un diámetro de 7 metros,’ cifras de 60 centímetros de longitud, minutero de 4 metros y 25 centímetros y saeta de las horas de 2 metros y 75 centímetros (pero pesa más que la otra).

Para aquellos a quienes pueda interesar, precisan también que el espacio comprendido entre dos minutos sucesivos mide 930 centímetros cuadrados. En el interior, una sucesión de recuerdos, de detalles, de sugerencias del pasado, nutren una larga tradición.

Los soberanos ingleses, salvo excepcionales ocasiones, sólo acuden al Parlamento una vez al año, para la apertura oficial de las Cámaras; pero la disposición y nomenclatura de las estancias de entrada al edificio hacen amplia referencia a este acontecimiento: así, después de cruzar la ya citada «entrada real» se sube por la «escalinata real»; luego se cruza el llamado «pórtico normando» (que no es normando, pues fue diseñado por Pugin, del que por cierto es uno de los mejores trabajos pero conserva todavía una antigua pilastra normanda que sostiene las bóvedas); viene después la Sala de la Investidura real, una pieza acolchada en tonos rojos y decorada de oro y maderas nobles, donde el soberano —o soberana— se ciñe la corona y se pone las vestiduras parlamentarias; a continuación se pasa por la Galería Real y por un largo y ancho pasillo, en cuyas paredes, pintados al fresco, se pueden ver los personajes más importantes de la historia de Inglaterra (Nelson, que aparece en el momento de su muerte, en Trafalgar, y Wellington en la cumbre de su gloria, en Waterloo), y finalmente se llega a una habitación que no se adorna con el título real, pero poco le falta, porque la cámara del Príncipe (tal es su nombre) está presidida por una imponente estatua de la Reina Victoria y en ella figura también una serie de retratos de los soberanos de la dinastía Tudor (realizados probablemente por un artista muy aficionado al arte bizantino y convencido, por ello, de que el fondo uniformemente dorado era absolutamente imprescindible en estos casos).

Esta sala sirve, por otra parte, como antecámara de los lores. Los lores se reúnen en una gran sala de antiestéticos pero cómodos divanes rojos. En el centro se halla el tradicional «saco de lana», sobre el que toma asiento el lord canciller y que recuerda los primeros tiempos de la institución, cuando los miembros del Consejo Real se sentaban sobre análogos pero menos elegantes jergones durante sus deliberaciones, o quizá recuerde también la materia prima que hizo la primera fortuna del país cuando la escuadra inglesa aún no dominaba los mares.

Es otro vestigio del pasado, como el trono del fondo, con su elaborado baldaquín, desde el que el soberano lee cada año el discurso oficial de apertura del Parlamento (discurso escrito por el primer ministro); o como la barra (bar), en realidad una reja, que limita, en el fondo de la sala, el espacio destinado a los comunes (a esta disposición hace referencia la fórmula que hasta ahora considera al Parlamento como «el soberano en el trono, los lores espirituales y temporales en los bancos, los comunes en la barra»).

Pero lo cierto es que los comunes, situados tras la barra, detentan el poder efectivo, y de vez en cuando alguno de ellos solicita incluso la abolición de la otra rama de la asamblea, la de los lores, que parece, y en parte lo es, anacrónica. La Cámara de los Lores, de carácter hereditario, está formada por miembros de la nobleza, pero dos tercios de los que tienen derecho a sentarse en ella no han pisado nunca la gran sala de divanes rojos, y del tercio restante algunos no han aparecido más que un par de veces. Grandes estadistas, como Churchill, Macmillan y otros, rechazaron el nombramiento de par del reino para no verse recluidos en ella. Churchill rechazó el título de duque para «no ser puesto en naftalina», según su propia expresión.

En compensación han sido nombrados lores muchos financieros, industriales e incluso sindicalistas (como el antiguo ferroviario Ernest Popplewel, como premio a una vida dedicada a los trabajadores). Sin embargo, este venerable anacronismo tiene su grandeza, pues conserva el sentido de los valores hereditarios de la nación, representa, con insuperable dignidad, la «voz moral» del país, es el espejo de su conciencia.

Cuando se discuten temas de especial trascendencia (la pena capital, la moral pública o los límites de la censura), la voz de los lores ha encontrado a menudo los acentos más elevados y los conceptos básicos que debían proponerse a la nación. La abolición de esta cámara, si es que llega a producirse, puede esperar todavía. Se viene hablando de ello desde 1917… Por el momento, una reciente estadística ha revelado que a todos los contribuyentes británicos, en el fondo, les gustan los lores.

En cambio, aunque parezca extraño, no puede decirse lo mismo para los comunes. Pero la explicación está en que a ellos los ha elegido la nación, dándoles si no afecto por lo menos confianza. Y lo que pretenden y esperan los electores es que respondan a esa confianza que en ellos han depositado. Su cámara es mucho más modesta que la de los  lores: es de forma rectangular, con el techo de madera y los bancos revestidos de un característico color verde, que es distintivo de los comunes por lo menos desde 1708, quizá de antes.

El asiento del speaker, regalo de Australia a la madre patria, divide la cámara en dos: los partidarios del gobierno se sientan a la derecha del presidente y la oposición de Su Majestad a la izquierda. Tiempo atrás esto significaba también dividir los partidos, puesto que sólo eran dos, whigs y tory, liberal y conservador.

En la actualidad los partidos son tres y la misión que durante tanto tiempo fuera de los whig la han heredado hoy día los laboristas. Pero ello no cambia las tradiciones de la asamblea, ni el estilo de sus debates, ni el peculiar procedimiento que se ha podido imitar pero no igualar, con su pragmática elocuencia y las secas y breves preguntas y respuestas a través de la Mesa de la Cámara.

Aquí tienen su vértice y su símbolo 750 años de tradición, de encarnizada búsqueda de la libertad y de respeto por la dignidad humana, que primero fue un hecho práctico y concreto antes que una declaración sobre papel. Y las etapas de tanto devenir histórico a menudo se han identificado con el nombre mismo de Westminster, como ciertos tratados, alianzas, estatutos. Entre los más recientes figura el estatuto de Westminster, ley que instituía la British Commonwealth of Nations, aprobada por el Parlamento el 11 de diciembre de 1931.

De acuerdo con las deliberaciones de tas conferencias imperiales de 1926 y 1930, tal acto sancionó formalmente la transformación del Imperio británico en una comunidad de estados soberanos, jurídicamente iguales, «sin ninguna relación de subordinación en los respectivos asuntos internos e internacionales, si bien unidos por la común fidelidad a la Corona y asociados libremente». Como jefe de la Commonwealth fue reconocido el soberano británico, pero los efectos de poder delibera-torio pertenecen tan sólo a la periódica conferencia de los países miembros, en la que participan todos los primeros ministros y todos ellos con igual poder de decisión.

El día 13 de mayo de 1940 resonaron en Westminster las palabras que proclamaron ante el mundo que la democracia iba a combatir conscientemente, con más dureza y tenacidad, contra las dictaduras agresoras. Winston Churchill, al presentar al Parlamento y a la nación su gobierno, declaró que no podía ofrecer más que «sangre, fatiga, sudor y lágrimas. Nos espera una dificilísima prueba. Nos esperan muchos y largos meses de luchas y sufrimientos. El precio que se pagó por ello fue caro. Y entre lo que hubo de pagarse figuraba la destrucción de la Cámara, que fue uno de los objetivos de los bombarderos alemanes.

Pero de nuevo se reconstruyó, tal como era y donde estaba, con la excepción de los estípites de un portal, que se dejaron como los había reducido el bombardeo en recuerdo perenne de la «hora más bella» de Inglaterra. Esa hora que no se debió tan sólo a héroes excepcionales, sino al common man, al pequeño, testarudo y orgulloso «hombre de la calle», del que el Parlamento inglés es el símbolo y el instrumento.

Una vez más fue el viejo Churchill quien encontró las palabras justas. En 1954, con ocasión de su ochenta cumpleaños, los Comunes, en presencia de la reina, le ofrecieron un obsequio en la histórica sala recién restaurada después de los daños de la guerra: un gran retrato realizado por el pintor Graham Sutherland.

La pintura, en realidad, no era una obra maestra, pero el homenaje fue inmenso, era su solemne proclamación como padre de la patria. El viejo estadista dio las gracias con la voz rota por la emoción: «Éste es el día más bello de mi carrera (…). Algunos dicen que durante la guerra yo animé la nación. No es del todo exacto (…). Vosotros erais los verdaderos leones: yo me limité a rugir.» Casi vale la pena creer en la vieja melodía que la gente cantaba bajo las bombas (aunque no tenía mucho éxito): se titulaba «Inglaterra no morirá nunca».