Pedro I de Rusia

Fundacion de San Petersburgo por Pedro el Grande de Rusia Despota

Fundación de San Petersburgo por Pedro el Grande

En la primavera de 1701 Pedro se hallaba en condiciones de emprender de nuevo la guerra y entonces se lanzó contra las provincias suecas del Báltico, donde Carlos XII no habla dejado más que escasas guarniciones.

De esta manera Pedro pudo lograr algunas victorias y consolarse un tanto de la derrota sufrida en Narva; en 1702, los rusos se apoderaron de la fortaleza de Noteborg, cerca de la desembocadura del Neva en el lago Ladoga y, al año siguiente, de otra plaza fuerte, Nyenskans, en la misma desembocadura del río.

Fundación de San Petersburgo

Apenas Pedro llegó al litoral del golfo de Finlandia fundó, en una pequeña isla del Neva, la ciudad de San Petersburgo, el primer puerto ruso sobre el Báltico, y casi inmediatamente comenzó la tarea de construir una flota en aquel lugar.

San Petersburgo debía ser su nueva capital, aunque la comarca fuera sin duda la menos hospitalaria de su inmenso imperio; de hecho, una región pantanosa de clima insalubre. La construcción de San Petersburgo exigió enormes sacrificios, tanto en dinero como en hombres; se reclutaron a la fuerza campesinos y obreros procedentes de todas partes del gran imperio, para el establecimiento humano de la nueva capital, que el zar pretendía erigir tomando por modelo la ciudad de Amsterdam.

Numerosos prisioneros suecos trabajaron en ella hasta sucumbir extenuados, y cuando terminó de construirse la capital nadie quiso ir a establecerse allí; entonces el autócrata obligó a numerosos boyardos y burgueses a abandonar sus domicilios moscovitas para construirse nuevas residencias en San Petersburgo.

A pesar de tanto esfuerzo y sacrificio, para el pueblo ruso la nueva capital no representaba más que una «ciudad puramente artificial» comparada con Moscú, corazón de la Santa Rusia, consideración de que Moscú gozó siempre; incluso después que San Petersburgo fue designada oficialmente como cabeza del imperio ruso.

Las obras fueron iniciadas en 1703, y para vigilarlas el zar se hizo construir una edificación de madera, compuesta de dos habitaciones: dormitorio y comedor. Los primeros barcos holandeses que llegaron fueron pilotados por el propio Pedro, que perseguía a las naves suecas que se atrevían a merodear por allí.

RUSIA EN TIEMPO DE PEDRO EL GRANDE

Modernización a cualquier precio: tal la línea rectora de la política interior y exterior de Pedro I, zar de Rusia. Y, con los ojos vueltos hacia la Europa del Oeste, su cultura y sus costumbres, prepara la primera incursión bélica contra los turcos, en 1695. Tomando Azov,

Pedro tendría una puerta abierta al mar Negro, por la cual se simplificarían los contactos marítimos de su país. Sólo en 1696, empero, logra dominar la ciudad. Hace un largo viaje al Occidente de Europa (1697), ansioso de estrechar relaciones con los gobernantes, absorber en la misma fuente la energía progresista que pudiese trasladar a Rusia y estimular la modernización que deseaba.

En la ejecución de sus proyectos reformistas, toma a menudo medidas de seriedad discutible, como la prohibición del uso de la barba y la imposición de la manera europea de vestir, y otras de discutible civilidad, como sus represiones y obras forzadas. No deja, con todo, de aplicar ideas de mayor alcance, como la de abrir un camino hacia el Báltico (una especie de lago sueco desde la firma del tratado de Westfalia). Con tal objetivo inicia la Guerra del Norte contra Suecia (1700), auxiliado por Polonia y Dinamarca. Pero los suecos vencen en Narva e invaden a Rusia, amenazando Moscú.

En la batalla de Poltava (1709), no obstante, Pedro logra batir a las tropas de Carlos XII. Los rusos ocupan las provincias suecas del Báltico -Livonia, Ingria, Carelia y Estonia-, cuya posesión definitiva 1e*s es reconocida en 1721 (paz de Nystad). Inmediatamente, el zar Pedro hace la guerra a Persia, toma Derbent y Bakú, y se apodera de las costas caucásicas del mar Caspio.

PARA SABER MAS SOBRE LA FUNDACIÓN
Una nueva capital en los pantanos

Pero los materiales tradicionales no significaron nada para Pedro el Grande, el zar de Rusia a partir de 1689. Odiaba a Moscú, con sus edificios de madera y su aspecto asiático. Pedro el Grande quiso una nueva capital que mirara hacia Occidente, y se propuso aplicar la influencia europea en la Rusia que consideró un país atrasado.

El sitio elegido por el zar para su nueva capital, a la que llamó San Petersburgo, no era prometedor: tierras inundadas del pantanoso delta por el que desemboca el río Neva en el Golfo de Finlandia. El río se helaba seis meses al año, estaba cubierto con bruma, y se desbordaba con los deshielos. Durante su construcción, la ciudad casi siempre estuvo bajo varios metros de agua. Para las cimentaciones, se arrojaron a los pantanos miles de troncos. En invierno, los lobos deambulaban por las calles, y en 1715 devoraron viva a una mujer.

EDIFICIO ruso

Ciudad de piedra En el siglo XIX, la Catedral de San Isaac, en San Pefersburgo, reemplazó al edificio original de Pedro el Grande: al construirla, se usaron similares andamias de madera.

Pese a las condiciones difíciles y a lo titánico del proyecto, se erigió una espléndida ciudad de edificios de piedra. Las obras se iniciaron en 1703, y para 1710 se terminó la primera etapa de construcción y se comenzaron las obras del Palacio de Verano del zar. La ciudad ya tenía 34,000 habitantes cuando el zar la declaró capital de Rusia. Las obras aún no concluían cuando Pedro el Grande murió en 1725, pero ya eran suficientes para impresionar a Europa.

La madera más utilizada era el abeto, aunque también se usaban otras confieras, y castaños, hayas y robles. Los troncos de las isbas eran de 9 m de largo y 30 cm de diámetro: se colocaban horizontalmente, reforzando las esquinas con alguno de los varios tipos de uniones. Los techos eran inclinados para que resbalara la nieve. A veces, el piso quedaba elevado del suelo mediante tarimas de madera, ladrillo o piedra: se entraba por unas escaleras techadas.

Además de la habilidad para construir en madera, los rusos eran afectos a redecorar sus casas. No lo pensaban dos veces para quitar puertas, ventanas o incluso paredes, si con ello mejoraba la decoración, y a veces simplemente para dar cabida a los invitados de fiestas y banquetes.

Toda cabaña estaba decorada con tallas de madera. Los extremos de los travesaños, alfardas de los techos e hileras se tallaban hábilmente, uno por uno. Las decoraciones de porches, aleros y marcos de ventanas generalmente reflejaban el estilo de construcción de las ciudades, e imitaban los ornatos de piedra de los edificios principales: se colocaban balaustradas y frontones, y paneles tallados en las paredes. Las casas más grandes tenían pisos de parqué, hechos a base de una gran variedad de maderas.

La Condesa Dubarry Grandes Amantes de la Historia Luis XV de Francia

La Condesa Dubarry
Grandes Amantes de la Historia

La marquesa de Pompadour como confidente y proveedora de mujeres en la corte de Luis XV de Francia, se convirtió en árbitro del buen gusto en la corte y patrocinó a escritores como Voltaire y escultores como Pigalle. También controlaba la política y llevaba al rey en la dirección en la que quería. Cuando murió, el rey contempló en silencio cómo se alejaba el cortejo fúnebre. Dos gruesas lágrimas cayeron de sus ojos: «Es el único homenaje que puedo rendirle», le dijo a Chamfort, en cuyo brazo se apoyaba.

La sucesora: En 1768 Luis adquirió su última querida importante, la sensual Juana, futura condesa Du Barry, de quien se decía que era hija de una prostituta y un monje. El amante de Juana, Du Barry, la había preparado para convertirse en amante lujosa, y el rey quedó impresionado al conocerla. Sin embargo, dijo que para presentarla en la corte había que casarla primero. El matrimonio se celebró con un hermano de Du Barry.

Juana no tenía las maneras finas de la marquesa de Pompadour, gastaba a manos llenas y fue notoriamente infiel al rey, quien no se daba por enterado pues entre sus brazos olvidaba que ya era un viejo. Caída en desgracia a la muerte del rey, madame Du Barry fue una de las víctimas de la Revolución francesa y murió guillotinada.

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Luis XVMadame PompadourCondesa Du Barry

María Juana Gomar de Vaubernier, según fue inscripta  en el convento, luego conocida corno Madame  Du Barrv luego de casarse con Guillermo Du Barry y convertirse en condesa, reemplazó entre las favoritas del rey Luis XV a Madame Pompadour cuando ésta murió.

Ana Bequs madre de María Juana toma trabajo como en la casa de una señora de buen pasar económico e interna en un convento a su hija, para encauzarla por el buen camino; que en realidad es más correccional que escuela. Cabe suponer que Ana no tiene otra opción y e para evitarle escarnios la inscribe en el convento comoMaria Juana Gomar de Vaubernier, apellidos prestados por la empleadora de Ana, que sí ha pasado por la vicaría.

No durará mucho en el lugar. El lúgubre y silencioso ambiente del convento la vuelve toda rebeldía, y molesta tanto y tan seguido que las monjas no ven otra alternativa que expulsarla. Tampoco permanece su madre mucho tiempo más en el empleo: finalmente ha encontrado marido, un tal señor Lançon.

Ese será ahora el apellido de ambas, aunque María Juana se las ingeniará más adelante para encontrar otras formas de ser llamada, y hasta conseguir un título de condesa. Entra a trabajar primero como ayudante de un modisto, y luego en una casa de juegos ubicada en la rue de Bourbon, lugar más mundano que le permite exhibir su belleza.

A ella también le vendría de perillas un marido. Pero el conde Du Barry, al que conoce en el elegante salón, necesita más bien una amiga bella como pasaporte para el palacio; es ambicioso, ya ha conseguido del gobierno un contrato de explotación de rutas marítimas y va a por más beneficios y prebendas.

Entabla amistad con María Juan mientras mira su figura y su carita, recuerda  que casualmente acaba de morir la famosa Madame de Pompadour, quien fuera favorita del rey Luis XV.La cosa no resulta fácil. Ya otro lo han pensado, y hay varias, candidatas rondando al rey, corno  la hermosa y bien apadrinada Madame D’Esparbes. Pero Du Barry mueve magistralmente los hilos, y consigue que la joven sea presentada a su Majestad.

Poco tiempo después ya está instalada en el regio apartamento del palacio de Versalles que ocupaba su antecesora. Impensable que lo haga sin casada y ostentar algún título: Guillermo  Du Barry, hermano del auspiciante, es convocado de urgencia para casarse con la joven y volver inmediatamente a sus tierras en Toulouse. Así, María Juana se convierte en condesa Du Barry.

En los años que pasa junto a Luis XV realiza algunas intervenciones en la política real, si no en las medidas directas de gobierno, sí en la elección de los hombres que deben decidirlas y ejecutarlas. El poderoso ministro de Guerra, Choiseul, es uno de los que terminan perdiendo la pulseada con la bella y sus partidarios, y debe dimitir.

Pero Madame Du Barry no está excesivamente interesada en las luchas cortesanas: su mayor placer es transformar el palacio de Lucientes, regalo del rey, en un auténtico muestrario de obras de arte. Que, todo hay que decirlo, acumula sin demasiado criterio estético; lo mismo puede a las obras teatrales que allí se representan.

En 1774, con la muerte de Luis XV, Madame Du Barry fue expulsada de la corte, y ella se trasladó recluida a su propiedad favorita de Château de Louveciennes. Tras una larga temporada de reclusión, fue finalmente liberada con el beneplácito de Luis XVI y autorizada a regresar a su castillo de Louveciennes, sin por ello permitirle volver a Versalles.

Mas tarde, soltera y sumamente rica,  se enamora  ahora, del entonces de su principal suspirante, duque deBrissac, gran cortesano y gobernador de París, y se refugia en Londres, pero regresa a Francia en 1792 para ofrecer su ayuda económica a la Familia Real, que atraviesa sus peores días de adversidad.

En 1793 los revolucionarios la acusan de conspirar contra la revolución y es condenada a muerte. Sus últimas palabras fueron: «¿Quién eres tú, verdugo, esperad sólo un minuto más!», era un 8 de diciembre.

El despotismo ilustrado: Carlos III, Federico el Grande, Pedro I

El Despotismo Ilustrado y Sus Representantes
Carlos III, Federico el Grande y Pedro I de Rusia

Despotismo ilustrado, concepto político que hace referencia a una forma de gobierno, vinculada a ciertas monarquías europeas del siglo XVIII, en la que los reyes, sin renunciar a su condición de soberanos absolutos, trataron de aplicar determinadas medidas “ilustradas”, de corte reformista e incluso progresista, surgidas precisamente en esa centuria, denominada genéricamente Siglo de las Luces ó la Ilustración.

El surgimiento de las ideas de la Ilustración en el siglo XVIII ejerció un fuerte impacto en las monarquías europeas. En algunos casos, las nuevas ideas provocaron una actitud represiva frente a ellas y una afirmación de los valores tradicionales. En otros, la colaboración entre la Ilustración y el estado dio lugar al surgimiento de un nuevo tipo de monarquía que buscaba compatibilizar el fortalecimiento del poder del rey y el desarrollo ordenado y equilibrado de la sociedad. A estos reyes se los conoció como «déspotas ilustrados».

Los monarcas ilustrados más importantes fueron Federico II de Prusia, María Teresa y José II de Austria, Catalina II de Rusia y Carlos III de España. Muchos filósofos se instalaron en las cortes de estos reyes, que manifestaban el deseo de efectuar reformas basadas en las ideas de las Luces.

Aunque el término “despotismo ilustrado” fue acuñado en el siglo XIX, nació para intentar definir comportamientos políticos del siglo XVIII. Durante éste, numerosos soberanos de Europa defendieron una práctica ilustrada del poder, intentando proyectar en sus actuaciones el rey-filósofo del que hablaban Voltaire y otros pensadores de la Ilustración. Entre los déspotas ilustrados más significativos del periodo deben ser citados los ejemplos de Carlos III en España, José I el Reformador en Portugal, Federico II el Grande en Prusia, Catalina II la Grande en Rusia y el emperador José II.

Los déspotas ilustrados compartían una misma concepción del estado. Éste era concebido como un «hecho artificial», creado por el hombre y entregado, mediante un contrato (revocable), al soberano. El rey, que detentaba todo el poder, era el primer servidor del estado. Su función principal era la de proporcionar la felicidad a sus subditos pero sin su participación. Una frase sintetizaba esta idea: «Todo para el pueblo, por el pueblo, pero sin el pueblo».

Todos ellos intentaron impulsar, en alguna medida, reformas en distintas áreas (educación, justicia, agricultura, libertad de prensa o tolerancia religiosa).

Los gobiernos de los déspotas ilustrados presentaron una serie de características comunes:

Tendencia a la centralización y burocratización administrativa. Los monarcas ilustrados efectuaron reformas administrativas tendientes a lograr una burocracia más eficiente mediante la creación de órganos administrativos centralizados. En Prusia, por ejemplo, Federico II creó ministerios especializados (de Justicia, de Minas, de Construcciones, etc.) y mejoró los métodos de selección de los funcionarios.
Reorganización de todo el sistema fiscal. Se intentó llevar a cabo una distribución más equitativa de las obligaciones fiscales mediante la abolición de algunas exenciones impositivas que beneficiaban a la Iglesia y la nobleza.

Reforma del sistema judicial a través de la redacción de códigos. En 1787, por ejemplo, José H de Austria promulgó un nuevo código penal que abolía la tortura y limitaba la pena de muerte.

Énfasis en la difusión de la educación y la cultura a través de la creación de instituciones educativas.

Tolerancia religiosa. La política de tolerancia religiosa, cuyo representante más importante fue José II, tenía como fin lograr la afirmación de la soberanía del estado sobre la Iglesia.

Entre los representantes destacados del despotismo ilustrado encontramos a Carlos III de España, Federico II de Prusia, María Teresa, y José II de Austria y Catalina II de Rusia. A España le dedicaremos posteriormente una atención especial porque las’ medidas tomadas por los monarcas del siglo XVIII afectaron sus posesiones coloniales en América.

despotismo ilustrado1despotismo ilustrado2
Carlos III EspañaFederico II de Prusia
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Catalina II de RusiaJosé II de Austria
Pese a todo, y aunque tales regímenes supusieron cierto avance respecto a las tiranías despóticas, constituyeron sistemas de gobierno que todavía deben ser enmarcados en la concepción absolutista (en ningún caso democrática) del poder, en tanto que no supusieron ninguna delegación del mismo en órganos representativos. Por otro lado, la efectividad real de las reformas emprendidas por los déspotas ilustrados fue escasa y pocas superaron el estadio de simples medidas económicas.

En realidad, el déspota ilustrado sólo pretendía responder con sus actos al modelo de “hombre honesto” del siglo XVIII: intelectual, racionalista cultivado, amante de las artes y mecenas de los artistas, e innovador en materia política.

Por ello se rodeaba de auténticos filósofos (Voltaire en la corte de Federico II o Denis Diderot en la de Catalina II) o dejaba la aplicación de las reformas en manos de auténticos políticos ilustrados.

En este sentido fueron significativos los reinados de Carlos III (rodeado de administradores como José Moñino, conde de Floridablanca, Pedro Rodríguez Campomanes, Pedro Pablo Abarca, conde de Aranda, o Gaspar Melchor de Jovellanos, todos ellos figuras claves de la Ilustración española) y de José I (cuya política ilustrada estuvo en manos del que fuera verdadero dirigente de Portugal en aquellos años: Sebastião José de Carvalho e Melo, marqués de Pombal).

Por último, citar el componente paternalista que caracterizó a estos reyes. Claro testimonio de ello son las palabras que el propio Federico II escribió en una de sus obras de filosofía política: “Los hombres han elegido a aquel de ellos que consideran más justo para gobernarles y mejor para servirles de padre”.

LAS REFORMAS SOCIALES
Más igualdad: Aun a riesgo de irritar al clero y a la nobleza, reyes como José II les suprimieron los antiguos privilegios. Los nobles perdieron sus latifundios, y la servidumbre de los campesinos quedó abolida. El ceremonial fastuoso de las cortes y el lujo desmedido redujéronse a un estilo sencillo y a veces a extremos de austeridad, como Federico de Prusia.

Más libertad: La tolerancia religiosa, la libertad de prensa y la libertad de trabajo fueron concesiones que los reyes otorgaron a sus pueblos a condición de que éstos se dejasen gobernar.
Ninguno toleró tanto la libertad de prensa como Federico II. «Yo dejo decir a mi pueblo lo que quiere —solía manifestar— y él me deja hacer lo que a mí más me agrada.» Y agregó cierta vez, con motivo de algunos libelos mordaces que lo vapuleaban: «Razonad cuanto queráis y sobre lo que queráis; pero obedeced».

Más justicia: Europa soportaba los defectos y abusos de una justicia envilecida por las arbitrariedades, torturas, confiscaciones de bienes, persecuciones por motivos religiosos y cárceles inhumanas. Fue necesario, pues, una profunda reforma legislativa y judicial. Reyes como José II promovieron también trabajos de codificación. Por otra parte, las tendencias filantrópicas de la época suscitaron medidas que hoy llamaríamos de «justicia social», en favor de los pobres, de los enfermos, de los niños y de los incapaces. Por ejemplo: la difusión de la vacuna antivariolosa, la educación de sordomudos, y los asilos.

Más cultura: Difundir la instrucción pública fue como una consigna. Por otra parte se favorecieron la investigación y el estudio con la fundación de academias y sociedades científicas, bibliotecas, museos, etcétera.

Más urbanismo: Dando por descontado que un aumento de población había de ser beneficioso para el progreso y el bienestar, Federico II y Catalina de Rusia fomentaron la inmigración y con ella colonizaron extensas regiones del país mientras fundaban muchos pueblos. Carlos III lo intentó también en España. Por otra parte, las viejas ciudades fueron provistas de obras y servicios públicos, y estimuladas con excelentes resultados.

Más riqueza: Mediante amplias franquicias de comercio y navegación se estimularon estas actividades, que tuvieron especial desarrollo en los puertos libres fundados por Austria y Gran Bretaña. Además, para que la exportación superara- a la importación, se fomentó intensamente la industria mediante la concurrencia de expertos técnicos y abultados capitales. En Gran Bretaña las máquinas empezaron a transformar el taller en fábrica; es decir, en «gran industria», con lo que decayeron las artesanías y adquirió fabuloso auge el comercio internacional Las potencias coloniales lograron grandes ganancias económicas que les permitieron financiar compañías de navegación y otras empresas.

PARA SABER MAS…

El despotismo ilustrado: «Todo para el pueblo pero sin el pueblo». El despotismo ilustrado fue una conducta o una práctica de gobierno más que una doctrina política. Se trataba de propugnar reformas en diferentes planos: avances en la administración, la creación de riqueza, el impulso a la enseñanza.

La aplicación concreta del despotismo ilustrado determinó la toma de distintas medidas:

POLÍTICASECONÓMICASEDUCATIVASRELIGIOSAS
Los monarcas impulsaron las reformas administrativas. Se acentuó la centralización de los Estados: pretendieron eliminar las instituciones locales y otorgarle a la burocracia una organización simple y ordenada, más «racional», de acuerdo con los principios de la Ilustración.Para fomentar el progreso, valor tan apreciado por los ilustrados, se apoyaron las empresas económicas.
Se estimularon las actividades agrícolas, manufactureras y comerciales.
Se dio impulso a la educación con la creación de institutos de enseñanza, academias y sociedades científicas. Se puso énfasis en las ciencias físicas y naturalesLos monarcas del despotismo ilustrado eran partidarios de la tolerancia religiosa, pero pretendieron imponer el regalismo, de acuerdo con su política de centralización estatal.

Federico I de Prusia Biografia Vida y Obra Rey Despota Ilustracion

Federico I de Prusia, Biografia Vida y Obra

PRUSIA, EL «REY SARGENTO» Y FEDERICO II EL GRANDE:

Por esa misma esa época, cuando la poderosa Rusia se perfilaba en el horizonte de Europa, comenzó a formarse una topera en el estercolero del Imperio alemán: Brandemburgo-Prusia. Federico Guillermo, el gran príncipe elector, había preparado el terreno (1640-1688), pues siguiendo el modelo francés, había modernizado la administración, creado un ejército permanente y dado una orientación mercantilista a la política económica.

Su hijo, Federico III, obtiene del emperador la dignidad real y en 1701 es coronado rey de Prusia con el nombre de Federico I.

Por lo demás, al igual que Rusia, Prusia era un país atrasado en el que los campesinos eran propiedad de los grandes señores y recibían continuas vejaciones por parte de una casta de arrogantes terratenientes.

Esta es la razón por la que, de forma similar a lo que ocurrió en Rusia, la modernización se introdujo por la vía de la militarización. Con la única diferencia de que en la Prusia protestante la obediencia ciega era idealizada como cumplimiento del deber y se la consideraba un mérito.

En correspondencia, el padre de la patria era un modernizador tan brutal como Pedro el Grande: me refiero a Federico Guillermo I, llamado el «Rey Sargento». Este era una combinación de maestro y soldado. Su eterno compañero era su bastón, con el que golpeaba a todo aquel que le disgustaba; un bastón que era, a la vez, símbolo de las dos instituciones sobre las que construyó la grandeza de Prusia: la escuela el ejército.

En 1722, antes que ningún otro país, Prusia implantó la enseñanza obligatoria, que obligaba a cada comunidad a tener y mantener su propia escuela. Una generación después, Prusia había superado al resto de países europeos en materia de enseñanza general.

Pero la auténtica preocupación del rey era la formación del ejército, por lo que dos tercios del presupuesto estatal se dedicaron a tal fin. Los nobles fueron obligados a seguir una carrera militar y a someterse a una despiadada instrucción.

Gracias a ella, la caballería, la artillería y la infantería adquirieron una capacidad de acción que ningún otro país podía igualar. Por otra parte, el rey sentía debilidad por los tipos altos, que coleccionaba como Pedro el Grande coleccionaba enanos; el resto de sus necesidades las satisfacía divirtiéndose en la sala de fumadores, donde gastaba grandes bromas, como cuando ató un filósofo a la espalda de un oso. En una palabra: era un perfecto bromista al que su hijo no se parecerá en nada.

Tras una larga época de esterilidad, volvernos a encontrarnos con un príncipe alemán que ha pasado a la memoria colectiva de la civilización. Me refiero a Federico II, llamado «el Grande». El simple hecho de haberse opuesto al militarismo de su padre lo convierte ya en una figura importante. Para aquél, el ideal educativo era un tipo de soberano que combinará  las virtudes de un comisario pedante y parco en palabras con la sensibilidad de unas botas militares; pero le salió un hijo que amaba las artes y la literatura, se rizaba los cabellos, hablaba francés en vez del basto alemán propio de un soldado, bromeaba sobre la religión, mantenía extrañas relaciones de amistad con el capitán Katte y el subteniente Keith y tocaba la flauta. En una palabra: aunque el machista de su padre no consideraba a Federico como un afeminado, creía que era demasiado blando para gobernar Prusia.

Cuando en una ocasión su padre lo pillé leyendo poesías en secreto, le dio con la muleta, y en otra ocasión intentó estrangularlo con el cordón de la cortina. Federico se disponía a fugarse a Inglaterra con su amigo Katte, pero los pescaron. El rey ordenó hacerles un juicio sumarísimo y condenarlos a muerte —en esto también se parecía a Pedro el Grande—.

Si el rey perdoné la vida a su hijo, fue por consideración a los otros príncipes europeos a cambio, Federico tuvo que presenciar la ejecución de su amigo Katte y después fue encarcelado. Cuando el padre consideró que su hijo va se había curtido lo suficiente, le hizo estuchar economía y administración de Prusia y le asesté un nuevo golpe casándolo con Isabel Cristina de Brunswick. El príncipe heredero se atrincheré en Rheinsberg y comenzó su correspondencia con Voltaire, que se prolongó durante más de cuarenta años. Se hizo francmasón, alabé las excelencias de la Constitución inglesa y escribió el Antimaquiavelo. En 1740, cuando relevé a su padre, el mundo pudo saludar a un filósofo en el trono real: la Ilustración había arraigado en el corazón del príncipe.

El primer día de su reinado suprimió la tortura; a continuación declaró la libertad de culto la libertad de prensa, y colocó a un libre pensador al frente de la «Academia de las Ciencias» de Berlín, a la que convirtió en una de las mejores academias de Europa. Pero después decepcionó al mundo iniciando una guerra por una nadería y arrebatando Silesia a la amable María Teresa de Austria.

La emperatriz se negó firmemente a reconocer esta conquista, por lo que dispuso una alianza con Rusia y Francia. Adelantándose a ella, Federico da inicio en 1756 a la guerra de los Siete Años. Por vez primera, el mundo comprobó asombrado que detrás de los bosques de la Marca de Brandemburgo había ido creciendo algo nuevo: Prusia, un ejército con un Estado como simple apéndice. A las órdenes del joven general Federico y mantenido únicamente por el dinero que llegaba de Inglaterra este ejército se dirigió contra los ejércitos de las tres grandes potencias aliadas, a los que logró poner en jaque tras gloriosas victorias y aplastantes derrotas.

Ciertamente, Federico hablaba francés, pero hizo que todo su pueblo, que ya se había acostumbrado a la impotencia del Imperio, sintiera que por fin había alguien capaz de mostrar a los demás quiénes eran los alemanes. Federico acabó quedándose con Silesia, y la provincia, que era medio protestante, se hizo prusiana. Gracias a los nuevos recursos y a la superioridad de su ejército, Prusia se convirtió en una gran potencia. La más pequeña de todas ellas, ciertamente, pero una gran potencia en el seno de lo que entonces se llamaba el concierto de los poderes europeos: Francia, Inglaterra. Austria, Rusia y Prusia. Y aguantando como lo hizo en la guerra de los Siete Años, Federico ayudó a Inglaterra, su aliada, a vencer a Francia en la guerra que ambos países mantuvieron por el dominio de las colonias de ultramar.

PRUSIA
En la Edad Moderna, la dinastía Hohenzollern, que gobierna el margraviato desde el siglo XVI, impulsa la organización y la centralización estatal. En los siglos siguientes, Prusia se convierte en una gran potencia europea. En 1701 el príncipe elector Federico III obtiene el título de rey de Prusia. Su sucesor, Federico Guillermo I (1713 – 1740), tuvo como objetivo primordial contar con un poderoso ejército. Organiza entonces el Estado de un modo militar: cada departamento territorial posee un ejército. Federico Guillermo I recibió el nombre de «rey sargento», porque le dio al Estado un carácter militarista que mantuvo hasta el siglo XIX.

Pero fue Federico II (1740 – 1786), el «rey filósofo», quien aplicó los principios del despotismo ilustrado. Impulsó la educación (estableció, por ejemplo, la educación primaria en forma obligatoria por primera vez en el reino), estimuló el desarrollo de la economía, apoyando las tareas agrícolas, artesanales y comerciales; desarrolló algunas industrias como la de la seda, azúcar, papel y la minería. Desde el punto de vista social, todas las clases debían servir al Estado. La burguesía asumía el peso de los impuestos. Fomentó la inmigración de colonos.

Fuente Consultada: La Cultura de Dietrich Schwanitz

Catalina de Rusia Obra de Gobierno El Despotismo Ilustrado

Catalina de Rusia – Su Gobierno – El Despotismo Ilustrado

Catalina II, llamada la Grande, fue uno de los estadistas más grandes que tuvo Rusia. Consiguió el poder absoluto apoyándose en la nobleza, a la que unió a la administración del país. Atribuyó a los nobles numerosos privilegios, pero los siervos perdieron toda esperanza de que mejorara su suerte. Su política exterior le proporcionó varios éxitos, y a Rusia, nuevos territorios. Dotó al país de un poderío que iba a permitirle representar un buen papel en  Europa

En el período comprendido entre la muerte de Pedro el Grande y la subida al trono de Catalina II, llamada también la Grande, varios zares y zarinas gobernaron a Rusia. La esposa de Pedro el Grande, Catalina I, fue la primera en subir al trono (1725-1727); luego su nieto Pedro II (1727-1730), su sobrina Ana Ivanovna (1730-1740) e Iván VI (1740), a quien destronó, al año siguiente, la hija de Pedro el Grande, Isabel. Ésta, que sólo pensaba en placeres y recepciones, no estaba preparada para asumir la responsabilidad del trono.

La vida de la corte, en San Petersburgo, era inconcebiblemente fastuosa, en tanto la del pueblo era un rosario continuo de miseria y privaciones. La zarina Isabel hubo de reprimir por la fuerza varias sublevaciones de campesinos. A la muerte de ésta, ocurrida en 1762, la corona imperial ciñó las sienes de su sobrino Pedro, nieto de Pedro el Grande.

En 1745 Pedro III desposó a Sofía Augusta Federica de Anhalt-Zerbst, princesa alemana cuya educación e inteligencia eran muy superiores a las de su marido, cosa ésta no demasiado difícil porque Pedro III era un ser brutal que no dudaba en afrentar a su esposa en público. Pedro III gozaba de escasa popularidad, pues los medios conservadores le reprochaban sus simpatías por los prusianos y también el clero estaba en contra de él.

Murió asesinado el 17 de julio de 1762, poco después de subir al trono, probablemente a manos de Alexis Orlov. No hay pruebas de que su esposa estuviera complicada en el asesinato; en todo caso, sucedió a su marido en el trono y acabó convirtiéndose en Catalina II, la Grande.

Con Catalina II Rusia tuvo un gran período de expansión y progreso. Catalina, princesa alemana, había contraído matrimonio con el heredero ruso, el ulterior Pedro III. No sentía interés alguno por su esposo débil e inútil, al que sustituyó por numerosos amantes cortesanos, muchos de los cuales gozaron de influencia política. Seis meses después de ser proclamado zar, el impopular Pedro III fue depuesto y asesinado por una facción liderada por el amante de Catalina en la época, Grigori Orlov.

Catalina se convirtió en emperatriz de Rusia en junio de 1762 y su reinado se prolongó 34 años. Instituyó reformas en la sociedad rusa que favorecieron a los nobles. Les devolvió los derechos hereditarios de los que los había desposeído Pedro el Grande y les garantizó tierras y siervos. También intentó emprender reformas en la agricultura, impulsando una economía libre y alentando la inversión extranjera en las zonas subdesarrolladas. Sin embargo, para el pueblo ruso la vida apenas experimentó cambios y su regencia estuvo plagada

Para fortalecer su precaria posición, además de su gran inteligencia empleó sus armas de mujer. Ciertamente, sus predecesoras también habían rendido homenaje al principio del amor libre, pero Catalina convirtió esta práctica en una nueva forma de gobierno: se aseguró la lealtad de sus sucesivos ministros sacrificando su castidad en el altar de la política.

En otras palabras: sus ministros fueron también sus amantes, y viceversa: monogamia en serie de base política. Si en Inglaterra el primer ministro era elegido por la fracción del grupo mayoritario, en Rusia Catalina adoptó el papel de la fracción. Entre sus favoritos estaba el príncipe Potemkin, quien se hizo un nombre con su invento: los prósperos pueblos irreales, compuestos únicamente de fachadas, con los que lograba embaucar a la zarina.

Catalina era una filósofa ilustrada de la misma especie que Voltaire. Mantuvo correspondencia con él, al igual que con casi todos los philosuhes de la Ilustración. Desde el punto de vista político, continuó las reformas de Pedro el Grande: puso la jurisdicción sobre la servidumbre en manos de los jueces. arrebatándosela a los señores; suprimió la tortura y afianzó la tolerancia religiosa, que había vuelto a resentirse tras la muerte de Pedro el Grande; sometió la Iglesia ortodoxa al Estado y fomentó la educación con la creación de escuelas yacademias, aunque la Iglesia volvió a frenar su desarrollo; no se olvidó de la educación de la mujer y fundó escuelas para niñas; levantó hospitales, mejoró la sanidad y demostró la inocuidad de las vacunas, siendo la segunda rusa que se vacunó contra la viruela.

Como Pedro el Grande, Catalina procuró occidentalizar Rusia y amplió los territorios hacia el oeste y el sur. En 1768 provocó la primera de las guerras con el Imperio Otomano al entrar una tropa de cosacos en territorio otomano y masacrar a los habitantes de Balta. A la conclusión de la guerra, Catalina se había anexionado el anterior estado otomano de Crimea, en el mar Negro, que dio a los rusos acceso a numerosos puertos vitales en el sur y los reforzó aún más. La expansión hacia el oeste se saldó con el control de Polonia y Lituania, que habían quedado debilitadas por una serie de guerras contra los rusos, suecos y prusianos durante el siglo XVII. El declive del Gobierno polaco permitió a los rusos hacerse con el control y, en 1764, Catalina sentó en el trono polaco a otro de sus amantes.

Las particiones de Polonia ocurridas en la segunda mitad del siglo XVII derivaron en el reparto del territorio lituano en manos polacas entre Rusia, Prusia y Austria; Rusia se anexionó la mayor parte. Pero a Catalina no solo le interesaban las ganancias territoriales, sino que también intentó inyectar algunos elementos de la Ilustración europea en la cultura rusa y se convirtió en una gran mecenas de las artes. Catalina falleció en 1796 y fue sucedida por su hijo Pablo I.

Si bien su favoritismo fortaleció los privilegios de la nobleza, la zarina continuó impulsando la política industrial de Pedro el Grande. Y entre tanta actividad, todavía encontró tiempo para componer óperas, poemas, dramas, cuentos, tratados y libros de memorias. Editó una revista satírica anónima, en la que colaboró regularmente, yescribió una historia de los emperadores romanos. Junto a Isabel de Inglaterra y Cristina de Suecia, ha sido una de las soberanas más excepcionales que jamás hayan subido al trono.

OBRA DE GOBIERNO: Las reformas políticas que Catalina II dejó establecidas de común acuerdo con la nobleza sobre la división administrativa de Rusia permanecieron inalterables hasta la revolución de 1917. El imperio quedó dividido en 50 provincias, y cada una de éstas en determinado número de distritos. Estos distritos gozaban de cierta autonomía, así como de separación entre el poder y la justicia.

A diferencia de los boyardos, los campesinos, aún esclavizados, carecían de influencia y ya no podían esperar que en lo sucesivo mejorara su suerte. La aristocracia gozaba de ventajas en todos sentidos. Un decreto de 1785 les eximió del pago de impuestos y de cualquier servicio obligatorio. Los nobles podían disponer a su antojo de sus dominios; ediñcar fábricas o dedicarse al comercio. Eran los únicos que podían poseer tierras; tenían derecho de vida y muerte sobre los siervos, y estaban facultados para deportarlos a Siberia a la menor desobediencia.

Este sistema político-económico hizo prosperar las fábricas patrimoniales. Su número, que era de 984 en 1776, había llegado a 3.161 a la muerte de Catalina II en 1796. Entre las reformas establecidas por esta reina cabe mencionar la vacunación, así como la instauración de escuelas oficiales copiadas de las austríacas. Sin embargo, esta tentativa constituyó un rotundo fracaso.

Catalina II se rodeaba de favoritos que la obedecían ciegamente, pero no por ello dejaban de influir a su vez sobre la zarina. Entre ellos conviene citar a los generales Potemkin y Suvorov. Aunque este último fuera uno de los más brillantes estrategos que jamás haya tenido Rusia, Catalina II nunca le otorgó la misma confianza que depositara en Potemkin, quien fue durante muchos años su principal consejero.

La política exterior de Catalina II siguió los mismos derroteros que la de Pedro el Grande, y sus intentos de expansión hacia el mar Negro y Occidente se vieron coronados por el éxito. En 1772 se efectuó el primer reparto de Polonia, y gracias a él Rusia se benefició de una importante zona fronteriza. Con el segundo y tercer repartos efectuados en 1793 y 1795, Rusia se anexionó no solamente unos territorios que étnicamente eran rusos, sino también una parte importante de la propia Polonia. Como botín de las dos guerras que sostuvo con los turcos, de 1768 a 1774 y de 1787 a 1793, consiguió la península de Crimea y tener acceso al mar Negro.

A propuesta de Potemkin, Catalina II realizó en 1787 un viaje por el sur de Rusia para conocer los nuevos territorios de la corona imperial. Cuentan que Potemkin, queriendo dar a la zarina la impresión de que las regiones que acababa de conquistar se hallaban en plena actividad, mandó llevar hasta allí a miles de esclavos, a los que encargó la edificación de una falsa aglomeración de edificios. Las fachadas, construidas apresuradamente, escondían detrás casas inacabadas y hasta verdaderos montones de ruinas. No ha podido demostrarse la exactitud histórica de esta anécdota, si bien es verdad que aquellas regiones estaban prácticamente deshabitadas.

A diferencia de lo que había sucedido hasta entonces, Catalina tuvo buen cuidado de no mezclar su vida privada con sus actividades de emperatriz. Catalina, que amaba los edificios hermosos y admiraba la arquitectura de la Roma de los cesares, tomó a su servicio a tres arquitectos: el escocés Cameron, el italiano Qua-renghi y el ruso Starov.

La obra más conocida de este último es el palacio de Táurida, que Catalina regaló a Potemkin. Cameron era, con todo, su preferido, y permaneció con la emperatriz hasta su muerte. Quarenghi era, de los tres, el que poseía más talento. Catalina dedicó enormes sumas a la construcción de edificios públicos, iglesias y palacios. También coleccionó importantes obras de arte, entre las que había cuadros de Rafael, Murillo, Van Dyck, Rembrandt y otros famosos pintores. A la muerte de Catalina II, acaecida en 1796, San Petersburgo era una de las ciudades más ricas de Europa.

PARA SABER MAS…
RUSIA

En la Edad Media, los vikingos de Suecia levantan fortalezas y pequeños reinos o señoríos en la actual Rusia. A mediados del siglo IX se forma el reino de «rus», nombre genérico con el que se denominaba a los varegos.
En el siglo XII hubo una invasión de mongoles que conquistaron todo el territorio.

Iván III el Grande (1462 – 1505), casado con la princesa bizantina, Sofía Paleólogo, se proclamó «zar de todas las Rusias» y ordenó la construcción del Kremlin (fortaleza), para residencia del rey.

En esta época se transforma el principado en un Estado unitario. Miguel (1613 – 1645) inauguró la dinastía Romanov, que gobernó el Estado ruso hasta 1917. La nueva dinastía puso fin a una época de conflictos. Comenzó entonces la Edad Moderna para Rusia. Los nuevos zares fortalecen la autoridad de la monarquía y comienza a sentirse la influencia cultural de Occidente, al aumentar los contactos comerciales con los países europeos del Oeste.

Pedro I el Grande (1689 -1725) emprende una intensa reorganización del Estado. Reforma el sistema administrativo y el ejército, funda la ciudad de San Petersburgo, que se convierte en la capital del Imperio.
En 1762 subió al trono Catalina II la Grande, representante más destacada del despotismo ilustrado en Rusia. La zarina prestó especial atención a las consideraciones de los filósofos del siglo.

Encaró una reforma en la administración territorial (dividió el territorio en gobiernos y distritos), fomentó las actividades económicas y la inmigración de familias de campesinos y artesanos.

Apoyó la enseñanza y las actividades culturales. No obstante, la educación estaba dirigida a las clases aristocráticas.

La mayoría de la población rusa se componía de campesinos, no existía en el país una fuerte burguesía mercantil y urbana, como en algunos países de Europa Occidental.

Fuente Consultada: La Cultura de Dietrich Schwanitz y Atlas de Historia del Mundo

Pedro I El Grande de Rusia Biografia Vida y Obra Carlos XII de Suecia

Pedro I El Grande de Rusia – Biografía Vida y Obra

POLONIA: JUAN III SOBIESKI Y AUGUSTO EL GRANDE: Polonia padecía la misma enfermedad que el Sacro Imperio Romano Germánico: tras su unión con Lituania (1569) su territorio abarcaba las extensísimas llanuras situadas entre el Báltico y el mar Negro: pero, al igual que había sucedido en Alemania, la nobleza impidió la formación de una fuerte monarquía hereditaria. Todos los reyes polacos eran elegidos, y en la Dieta bastaba un solo voto en contra para impedir una resolución (liberum veto).

En 1674, cuando los polacos eligieron rey al valeroso general Juan Sobieski, estaban eligiendo a un héroe romántico: Sobieski tenía un aspecto regio, era un general brillante y genial y avivaba la fantasía de los polacos por su romance con la bella María Casimira su amor de juventud.

Cuando Juan tuvo que marchar a la guerra ella se casó con un infeliz; a su regreso, seguía perdidamente enamorado de ella y se convirtió en su amante: el pobre infeliz murió de cortesía, y los amantes se unieron.

Su gran objetivo era transformar Polonia y derrotar a los turcos. Cuando éstos ocuparon Viena en 1683, Juan Sobieski y su ejército polaco la liberaron de los turcos.

Su corte se convirtió en un centro de la Ilustración, y se puede decir que protestantes y judíos gozaban de libertad religiosa. Desde el punto de vista cultural, abrió Polonia a la influencia francesa desde el punto de vista político, sin embargo, no pudo reformarla. Cuando murió, los miembros de la Dieta fueron sobornados y eligieron rey al príncipe de Sajonia, Augusto II el Fuerte, lo suficientemente ilustrado, y lo suficientemente falto de prejuicios, como para cambiar su fe protestante por la católica y convertirse así en rey de Polonia.

RUSIA Y PEDRO I EL GRANDE

Pese a haber avanzado va tanto en nuestro relato, ésta es la primera vez que mencionamos a los pueblos eslavos orientales, que, desde su unión bajo el reinado de Rurik (862), rey de los vikingos, eran llamados «Rus». Bajo Vladimiro I el Santo (980-1015), los rusos se convirtieron al cristianismo en su versión ortodoxa griega y adoptaron los ritos de la Iglesia bizantina.

El centro de la cultura rusa era Kiev. A partir de 1223, Gengis Kan, el mongol expansionista, ataca a los rusos, y en 1242 Rusia se convierte en una parte del Imperio mongol de la Horda de Oro. Aunque controlados por los mongoles, los grandes príncipes siguieron gobernando de forma relativamente independiente. Iván 1 (1323-1340) convierte a Moscú en la capital de los rusos. En 1472, Iván III libera a Rusia del dominio mongol, se proclama gran príncipe de todos los rusos y los símbolos de su ejército dicen claramente que se considera a sí mismo el sucesor del imperio bizantino, caído en 1453.

Por eso su hijo Basilio III se nombró zar (emperador) e hizo que arquitectos italianos levantaran la ciudadela de Moscú, el Kremlin. Su hijo Iván IV (1533-1584) se ganó el mote de «el Terrible», porque aplastó brutalmente a todos cuantos se resistieron a su poder autocrático; pero al mismo tiempo modernizó el Imperio y creó la guardia imperial (los «streitsv) En 1613 se extingue la dinastía de los Ruríkidas, y su lugar lo ocupará hasta 1917 una rama de esta familia, los Romanov.

A partir de 1682 y con la ayuda de los «streitsv», Sofía ejercerá la regencia durante la minoría de edad de su incapacitado hermano y de su hermanastro Pedro 1. Mientras tanto, éste tuvo tiempo de frecuentar la llamada «colonia alemana» de Moscú y comprobar que los extranjeros que allí residían eran muy superiores a los rusos en lo que se refería a la educación, la cultura y, especialmente, la técnica.

En efecto, Rusia vivía aletargada en la Edad Media. No había pasado por el derecho romano, el Renacimiento y la Reforma: lo único que había vivido era el despotismo mongol. Los campesinos sólo conocían la dureza de la tierra, el látigo de su señor el murmullo de los pastores ortodoxos, que en la penumbra de las iglesias movían los incensarios ante los iconos dorados en un eterno vaivén.

En 1689 —un año después de la Revolución gloriosa de Inglaterra—, año en el que Pedro I se hizo con el poder, comienza para Rusia una nueva época, pues pocas veces un príncipe ha transformado tanto su país como el zar Pedro 1 transformó Rusia. Sólo Lenin, al que tanto se asemeja, podrá superarlo.

A Pedro l le obsesionaba la idea de poner fin al distanciamiento con respecto a Europa en el que vivía Rusia y su propósito era abrir un acceso al mar, ya al Mar Negro —lo que significaba la guerra con los turcos—, ya al Báltico —lo que significaba la guerra con los suecos, que en aquel tiempo dominaban el Báltico y eran una gran potencia europea—.

Primero lo intentó con los turcos. Cuando sufrió una derrota, comprendió que era hora de modernizar el país. Y así comenzó uno de los más sorprendentes episodios de la vida de un soberano. Formó un grupo de aproximadamente doscientos cincuenta hombres, a los que envió a Europa occidental para que aprendieran construcción naval y otras habilidades, e incluso se hizo pasar por uno de ellos. Corno es lógico, muy a menudo se daba a conocer. A la princesa viuda de Brandemburgo le llamó la atención la antipatía de Pedro 1 por el cuchillo y el tenedor, tanto como la asombré que a los rusos les molestaran los duros huesos de las damas alemanas cuando bailaban con ellas: habían confundido las varillas de sus corpiños con sus huesos.

En Zaandarn, la meca holandesa de la construcción naval, Pedro 1 vivió una temporada haciéndose pasar por carpintero de ribera, concretamente en la casita de un trabajador, Gerit Kist. Más tarde se colocaría en la casita esta inscripción: «Para un gran hombre nada es demasiado pequeño», y Lortzing homenajearía a Pedro I el Grande en su ópera Zar y el carpintero. Durante diez meses, trabajó diariamente como cualquier otro en la construcción de un barco, por la noche estudiaba la teoría. También visitó a los eruditos y científicos: Leeuvenhoek le permitió mirar por el microscopio; en la sala de disección de Boerhaave pudo acercarse al interior del cuerpo humano; asistió a conferencias sobre ingeniería y mecánica y hasta aprendió a extraer las muelas, arte que practicó con sus subordinados.

Envió a Rusia cargamentos enteros con los últimos instrumentos y herramientas, y después a cientos de capitanes, oficiales del ejército, cocineros y médicos para formar a su gente. Viajó a Londres y a Viena y, de vuelta, hizo un alto en el camino y pasó por Polonia para visitar a Augusto II el Fuerte. Trabaron inmediatamente una profunda amistad, pues por fin ambos habían encontrado a alguien con quien competir en sus dos disciplinas favoritas: beber doblar vajillas de plata. Mientras se dedicaban a estos menesteres, decidieron unirse y arrebatar a Suecia sus posesiones continentales. Con la incorporación de Dinamarca a la coalición, comenzó la guerra del Norte, que se inició en 1700 y concluyó en 1721.

CARLOS XII Y SUECIA

BIOGRAFÍA: CARLOS XII (Estocolmo, 1682 – Fredrikshald, 1718). Hijo de Carlos XI, a los 16 años entró en campaña contra los dinamarqueses y a los 18 infligió una sangrienta derrota a los rusos y después a los polacos y sajones, aliados de aquéllos. En 1708-09 llevó a cabo en Rusia una campaña memorable, en la que obtuvo grandes triunfos, pero fue derrotado en Poltava (1709). Huyó a Turquía, donde permaneció tres años. En una atrevida fuga volvió a Suecia e inició una campaña contra Noruega, pero murió destrozado por una granada.

Nacido para la guerra: Cuando el rey Carlos XI murió a los 42 años de cáncer estomacal, su hijo de 14 años ya podía gobernar. Desde los seis años dejó de ser cuidado por mujeres y aprendió a disfrutar de deportes rudos, juegos militares y pruebas de resistencia autoimpuestas. Tenía 11 años al morir su madre: ese año cazó su primer oso. Decidió que no era muy deportivo usar armas de fuego contra los osos y optó por un tridente.

A excepción de un fugaz coqueteo, no buscó la compañía de mujeres y no se casó. Carlos XII se encontró desde muy pequeño obsesionado con la victoria en batalla. Dotado de una inteligencia poco común, el muchacho aspiraba a ser como Alejandro Magno, cuya biografía llevó consigo toda la vida. Plenamente convencido de que la justicia y la verdad estaban sobre todas las cosas, estudió la Biblia e hizo que su ejército luterano rezara dos veces al día. Sin embargo, a pesar de sus ideales y múltiples aptitudes, su conducta en la adolescencia fue el escándalo de Estocolmo.

Fue la guerra de un estratega genial, el rey sueco Carlos XII, contra el invierno ruso. Carlos ganó todas las batallas, venciendo a Dinamarca, a Polonia y a Pedro I el Grande, cuyo ejército todavía no había alcanzado el suficiente grado de formación. Carlos venció y de puso a Augusto II el Fuerte, y desde Polonia comenzó su marcha hacia la ancha Rusia. En este sentido fue un precursor de Napoleón y Hitler.

El zar Pedro 1 emprendió la retirada, incendiando todas las ciudades y depósitos de provisiones que encontraba a su paso. Así logró conducir a Carlos XII hasta el desértico interior del país. Luego vino el invierno, que en esta ocasión fue especialmente crudo: a los suecos se les helaban las manos y los pies.

Finalmente, el 1| de mayo de 1709, tuvo lugar la batalla de Poltava (suroeste de Charkow, Ucrania), que fue el Stalingrado del siglo XVIII Después de la batalla, vencido Carlos XII, el mundo cambió: Rusia se encuentra a las puertas de Europa y toma el Báltico y Ucrania. Augusto II el Fuerte sube de nuevo al trono polaco gracias a Pedro I; Carlos XII logra huir a Turquía y vuelve a poner en peligro a Pedro I con un ejército turco; pero cuando el sultán se cansa de él, cabalga durante catorce días a marchas forzadas desde Estambul a Stralsunci, defiende la ciudad contra los ocupantes, regresa a Suecia, forma nuevas tropas y cae, con tan sólo treinta seis anos de edad, cuando ataca Noruega.

Carlos XII fue el Aníbal sueco. Fue un estratega genial, estuvo a punto de restablecer el dominio vikingo sobre Rusia, pero logró lo contrario de lo que se proponía: enterró a la gran potencia sueca y ayudé a nacer a Rusia.

LAS REFORMAS DE PEDRO I EL GRANDE

La modernización de Rusia llevada a cabo por Pedro es tan despótica como la posterior sovietización del país por parte de Lenin y Stalin. Lo primero que tenían que hacer los rusos era cortarse la barba. Quien no lo hacía debía pagar un impuesto. En segundo lugar, la vestimenta tradicional debía desaparecer. El zar vacié las casas de acogida de mujeres, recorté el poder de la Iglesia ortodoxa, prohibió ordenar sacerdotes a los místicos y a los fanáticos e introdujo la tolerancia religiosa. Sustituyó la nobleza de sangre por una especie de nobleza basada en el mérito y dividida en rangos que dependían de la relevancia de los servicios prestados al Estado.

El gobierno estaba compuesto por un senado y distintos ministerios. Los gobernadores provinciales debían responder ante el senado. En las ciudades había tres clases sociales: ricos comerciantes y gente con carrera, maestros y artesanos, trabajadores y empleados.

La comunidad rural (mir) continuó siendo una corporación colectiva y la servidumbre permaneció intacta. Al mismo tiempo, el zar desarrollé una activa política industrial y fomenté la minería, la artesanía y el sector textil. Corno sucedería después en la colectivización soviética, los campesinos fueron forzados a trabajar en la industria, lo que dio lugar a una especie de esclavitud industrial.

Finalizada la guerra contra Suecia, el zar introdujo en el país el libre comercio. Implanté el calendario juliano (protestante), impuso la escritura cirílica (la Iglesia seguía usando la escritura eslava), hizo imprimir periódicos, fundó bibliotecas y copió el «gimnasio» alemán (los centros de educación secundaria). Importó actores de Alemania, arquitectos de Italia y científicos de todos los países europeos. Pero, sobre todo, desplazó Rusia hacia el Báltico, donde levantó la nueva capital imperial: San Petersburgo.

Así como las grandes obras soviéticas posteriores se realizaron con los trabajos forzados de los presos de losgulags o campos de concentración rusos y de los prisioneros de guerra, San Petersburgo fue levantada con el trabajo de los esclavos rusos y de los prisioneros de guerra suecos. En el delta del Neva se asentaron más de ciento veinte mil personas.

Pese a estar construida sobre terrenos cenagosos, San Petersburgo se expandió rápidamente; Pedro mandó construir un sistema de canales que drenaban las aguas de la tierra e hicieron que la ciudad pasara a ser conocida como la «Venecia del Norte».

También reclutó a gran número de campesinos para que trabajaran en los suntuosos proyectos de construcción diseñados por equipos de arquitectos e ingenieros europeos. Para asegurarse de que la obra en San Petersburgo se concluyera sin demora, Pedro prohibió construir edificios de piedra fuera de la ciudad y todos los mamposteros fueron llamados a trabajar en la capital. En 1 714, Pedro ordenó edificar un palacio de verano y posteriormente uno de invierno junto al río Neva.

Dada la ubicación estratégica de la ciudad junto al puerto, gran parte de ella quedó ocupada por edificios dedicados a la construcción naval y la Armada, el principal de ellos el complejo del Almirantazgo. En el año 1725, fecha de la muerte de Pedro, un 90 por ciento del comercio de Rusia pasaba ya por San Petersburgo. A la muerte del emperador, la construcción en la ciudad pro­siguió y se levantaron diversas iglesias y palacios barrocos.

Pedro el Grande murió a la edad de cincuenta y dos años odiado por todos. Fue una figura similar a Enrique VIII de Inglaterra o Lenin: extremadamente cruel, resuelto, poseído por un ideal, inusitadamente vital, obstinado, capacitado y desconsiderado. Modernizó a su país por la fuerza. De este modo sirvió de ejemplo a sus sucesores Lenin y Stalin, pero también a Gorbachov. Desde entonces Rusia oscila entre el eslavismo y la occidentalización.

Para 1703, en las tierras el norte del mar Báltico Pedro había comenzado la construcción de una nueva capital: San Petersburgo, su ventana hacia occidente y el símbolo de que Rusia miraba hacia Europa. Construida sobre marismas edificación costó las vidas de miles de campesinos y se terminó durante la vida de Pedro; sin embargo, fue la capital de Rusia 1917. Modernizó y occidentalizó Rusia a tal grado que se convirtió en una potencia militar y, al momento de su muerte en 1725,  era miembro importante del sistema de estados europeos. Pero sus políticas resultaron perjudiciales para Rusia. La occidentalización  fue una especie de impostura, puesto que la cultura europea sólo fue accesible para las clases altas, en tanto que el verdadero objetivo de las reformas —la creación de un ejército fuerte— sólo significó mayores cargas para las masas del pueblo ruso. La manera forzada mediante la cual Pedro el Grande impuso la occidentalización provocó desconfianza hacia Europa y la civilización occidental. Pedro el Grande forzó tanto a Rusia que, después de su muerte, una reacción aristocrática deshizo gran parte de su obra.

ANÁLISIS DE LAS REFORMAS DE PEDRO I: Pese a lo superficiales que fueron las reformas de Pedro Grande, consiguieron librar a Rusia de su aislamiento. Las clases dirigentes se volvieron en lo sucesivo hacia Europa en lugar de orientarse hacia la mentalidad asiática y adoptaron las formas de vida y la cultura europeas, decidiendo de este modo su futuro.

Se ha dicho que Pedro I falseó la evolución de su pueblo al imponen) la cultura occidental como una especie de camisa de fuerza; otros, en cambio, consideran a Pedro el Grande como fruto de un necesidad histórica, proporcionando a su pueblo las reforma adecuadas a sus más hondas exigencias. La antigua Rusia había agotado sus energías, su misión estaba cumplida, había desempeñado su papel histórico y podía ya desaparecer, para dejar paso a la nueva Rusia que debía surgir.

Como dice el filósofo soviético Soloviev, “el pueblo ruso estaba dispuesto a ponerse en marcha sólo esperaba un jefe. La contribución personal de Pedro a esta evolución pudo llevarse a cabo gracias a su extraordinaria fuerza de voluntad. Pero esta misma energía no permitió en ningún momento al desgraciado pueblo ruso recuperar alientos, y sentar las bases de aquella prosperidad material sobre la cual debe asentarse necesariamente la cultura.

Los primeros Romanov habían oprimido también al pueblo ruso con elevados impuestos, pero a los mujiksjamás se les ocurrió el hacer responsable de ello a aquel zar que les resultaba tan lejano, inaccesible, rodeado de un halo de misterio y que dominaba a su pueblo como el cielo domina a la tierra, un soberano que nunca aparecía en público.

Todos los males que gravitaban sobre el pueblo eran atribuidos a los boyardos y a los funcionarios; desde Pedro el Grande, el zar de todas las Rusias se había despojado de su aureola, y parecía haber descendido del trono poco menos que celeste en que sus predecesores se asentaban con intocable majestad; el zar Pedro vivía y trabajaba en medio de su pueblo, como un simple mortal; no se mostraba vestido de púrpura y con la corona ciñendo sus si enes, sino manejando cualquier, herramienta y con la pipa en los labios. Destruyendo de ésta manera su mito personal, Pedro se exponía al descontento del pueblo. “Nunca hasta ahora —se lamentaban los rusos— la vida ha sido tan dura. ¡Ojalá muera el zar!”

Fuente Consultada: La Cultura de Dietrich Swanittz

Representantes del Despotismo Ilustrado:Carlos III,Catalina de Rusia

Representantes del Despotismo Ilustrado:Carlos III,Catalina de Rusia

Carlos III de España

Federico El Grande

Pedro I de Rusia

Catalina de Rusia

Carlos III de España Federico El Grande Pedro I de Rusia Catalina de Rusia

REPRESENTANTES DEL DESPOTISMO ILUSTRADO:

Al alborear el s.XVIII, casi toda Europa está gobernada por reyes o príncipes. Sin embargo, la institución monárquica, como todo régimen político, está constantemente buscando su legitimidad. Esta institución tiene muchos aspectos: absoluta en España y Francia, la monarquía está atemperada en Inglaterra por el Parlamento y en Alemania por los privilegios de las ciudades o de las Iglesias. La civilización de las Luces, donde el pensamiento político es muy vivo, va a intentar definir el tipo de poder que corresponde a los nuevos tiempos. A esto es a lo que responde lo que empieza a llamarse el despotismo ilustrado.

La experiencia republicana de la época de Cromwell, el ejemplo de los cantones suizos o de las repúblicas italianas, el desarrollo de la libertad en las Provincias Unidas, son elementos que alimentan profundamente la reflexión de los pensadores y de los políticos en busca de la mejor forma posible de gobierno.

El triunfo del Estado

En el s. XVIII, como había ocurrido en el XVI, se publica un gran número de proyectos utópicos más o menos inspirados en la Antigüedad. Estas utopías confirman casi siempre que el fundamento de la vida colectiva está en el Estado. ¿Cómo organizar este Estado para que se encuentre al abrigo de las pasiones personales y de las reacciones irracionales de los pueblos? Confiando el poder a un soberano que conserve una parte de su carácter divino, a causa de su nacimiento privilegiado, y que sea lo suficientemente «ilustrado» para gobernar no en función de sus intereses personales, sino en bien de sus súbditos.

El ejemplo inglés

Inglaterra sigue siendo, con mucho, el gran modelo de organización política. La autoridad del soberano es real, aunque limitada por tradiciones no escritas, y es en el respeto a las instituciones monárquicas dónde nación encuentra su unidad. El gobierno de Inglaterra favorece al máximo la libertad y la tolerancia. La libertad de prensa se considera, entre todas, como el camino más seguro para el progreso humano. Y el tipo de democracia que representa el sistema inglés aparece como el más adecuado al desarrollo económico y al progreso técnico.

La experiencia rusa

Este progreso que aceptan los pueblos de Occidente, produce temor a muchos pueblos que no tienen el mismo grado de cultura y que están encerrados en sus tradiciones. En esos pueblos, el papel del déspota ilustrado experimenta un cambio. En lugar de ser un soberano que se deja guiar por el consejo de gentes capacitadas que ha agrupado alrededor suyo (es el caso de la Prusia de Federico II y, en menor grado, de José II de Austria), es un monarca el que va a servir de guía a su pueblo para obligarle a caminar por las vías del progreso. Lejos de encontrarse limitado por las instituciones nacionales, el poder se ejercita, por el contrario, de manera absoluta, puesto que es necesario, al menos durante un cierto tiempo, obtener la felicidad del pueblo aun a pesar suyo. Esta es la experiencia que perseguirá, con ayuda de intelectuales franceses y alemanes, Catalina de Rusia.

«Industria del espíritu», así calificó Federico II la filosofía y las letras. En su juventud se aumentó de literatura francesa e inglesa y se dedicó también a tocar la flauta. En 1736, se hizo iniciar en la francmasonería y entabló correspondencia con Voltaire.

Este último, que pretendía ser el «educador de los monarcas», entendía que la guerra iría siempre por delante de la filosofía. Es al ejército a lo que Federico II dedica sus mayores atenciones: con un efectivo de 180.000 hombres, es el más poderoso de Europa. Pero el rey recibe las nuevas influencias: niega, por ejemplo, que la monarquía lo sea por derecho divino.

Los reyes son hombres como los demás, son los servidores del Estado. Para él es un contrato lo que le liga al pueblo, de! cual exige una perfecta obediencia. Federico II abandona la devoción a as antepasados, para a copiar un deísmo riguroso. Su escepticismo religioso, así como la abolición de la tortura, le valdrán el reconocimiento de los intelectuales. Pero es la razón de Estado lo que prevalece sobre todo lo demás. El vasallaje se mantiene en beneficio de la agricultura, y Federico II se apoya en la nobleza, lo que limita el alcance de sus reformas sociales.

Muy cultivada y educada a la francesa, Catalina II pretende pasar por alumna de los filósofos. Pero al igual que Federico II, permanece fiel a la tradición nacional y no actúa de acuerdo al espíritu de las Luces mas que cuando éste sirve a los intereses rusos.

Manda realizar encuestas, cuadernos de quejas, pero conserva el ejercicio del poder para ella sola. La comisión encargada de elaborar el proyecto de un nuevo código de leyes no consigue su propósito, y la Sociedad libre de estudios económicos, fundada en 1765, no trata los problemas más que en teoría.

La sociedad conserva una estructura feudal, y el nivel de vida de los campesinos sometidos a vasallaje es el más bajo de Europa. En 1767, Catalina suprime la tortura y limita los castigos corporales. Hasta la Revolución francesa, subsiste una relativa libertad de prensa y de pensamiento. Para la emperatriz sólo el absolutismo es adecuado para gobernar un gran país.

Carlos XII de Suecia Batalla de Poltava Guerra de Norte de Europa

Carlos XII de Suecia – La Batalla de Poltava

Cuando un arrogante y mimado joven heredó el trono de Suecia, tres poderosas naciones se unieron para robar sus tierras.Carlos XII aplastó a las tres, pero no pudo perseguir a sus adversarios rusos hasta Moscú. Sus éxitos  fueron comentados en toda Europa. Aclamado como héroe y genio, Carlos XII tenía un medallón con la imagen de Pedro huyendo, lloroso. Los enemigos de Suecia se intimidaron y nació la leyenda del rey invencible. Carlos, de 19 años, llegó a creer en esta leyenda, pero ése fue su error.

CARLOS XII (Estocolmo, 1682 – Fredrikshald, 1718). Hijo de Carlos XI, a los 16 años entró en campaña contra los dinamarqueses y a los 18 infligió una sangrienta derrota a los rusos y después a los polacos y sajones, aliados de aquéllos.

En 1708-09 llevó a cabo en Rusia una campaña memorable, en la que obtuvo grandes triunfos, pero fue derrotado en Poltava (1709). Huyó a Turquía, donde permaneció tres años. En una atrevida fuga volvió a Suecia e inició una campaña contra Noruega, pero murió destrozado por una granada.

ANTECEDENTES A LA GUERRA DEL NORTE: Cuando Pedro «El Grande» de Rusia llega al poder inicia una serie de carlos xii de sueciareformas internas con el objetivo fundamental de hacer de su país un gran estado moderno y una potencia militar.

Su principal meta era abrir una ventana hacia el Occidente, lo cual significaba contar con un puerto libre de hielo con fácil acceso a Europa.

Esto sólo podía hacerse en el Báltico, pero en aquella época la costa báltica estaba controlada por Suecia, la potencia más importante del norte de Europa.

Deseoso de obtener esas tierras, Pedro —con la ayuda ir Polonia y Dinamarca— atacó a Suecia en el verano de 1700 creído que el joven rey de Suecia, Carlos XII, podía ser derrotado con facilidad.

Sin embargo, Carlos resultó ser un brillante general.

Aplastó a los daneses, destrozó a los polacos y, con una disciplinada fuerza de de 8000 hombres hizo huir al ejército ruso de 40.000 efectivos en la Batalla de Narva (1700).

La Gran Guerra del Norte (1701-1721) había comenzado.

Carlos se autocoronó públicamente a los 15 años. Se dio a excesos como beber hasta el estupor o cercenar cabezas de ovejas vivas hasta que los pasillos del palacio se empaparan de sangre. «¡Ay de vos si vuestro rey es un niño!», predicaron tres pastores en un mismo domingo.

Parece que os rumores de este turbulento rey niño despertaron la codicia de los líderes de Dinamarca, Sajonia-Polonia y Rusia, que conspiraron para sacar ventaja de la situación.

Las tres naciones decidieron invadir Suecia y repartirse el botín y Carlos XII , ya mas encaminado en su vida como rey, tomó la resolución de iniciar una guerra justa hasta exterminar sus enemigos.

El 13 de abril de ese año partió rumbo a Dinamarca, con una audaz maniobra que atemorizó a sus consejeros, pudo unir su flota con los barcos aliados de Inglaterra y Holanda, enviados por Guillermo III de Inglaterra. Dos semanas después Copenhague ya estaba sitiada y la marina danesa inservible.

El rey Federico de Dinamarca se vio obligado a firmar un pacto que restauraba el orden que imperaba antes de la invasión.

Luego Carlos comandó su ejército, equipado con los novedosos trabucos de chispa y bayonetas circulares, hacia las fuerzas rusas emplazadas en el Báltico. Las ventiscas de invierno, la táctica de las fuerzas del zar, de quemar la tierra a su retirada, y la escasez de provisiones hicieron que los comandantes del joven rey pugnaran por no continuar con la campaña de invierno.

Esto mismo convenció al zar de que los suecos no lo alcanzarían en Narva. Pero no conocía la sobrehumana determinación de su joven enemigo.

El 13 de noviembre Carlos marchó con sus 10.500 soldados hacia el pueblo fortificado, donde esperaban casi 40.000 soldados rusos. Cuando corrió la voz de que se acercaba el ejército sueco, Pedro hizo algo que aún confunde a los historiadores. ¿Eligió este momento para hablar con su único aliado, Augusto de Sajonia-Polonia? ¿O más bien huyó, aterrado? Como haya sido, dejó a sus soldados en manos de un comandante que ni siquiera hablaba su idioma.

En la helada mañana del 20 de noviembre Carlos tenía a sus fuerzas emplazadas. Cuando a mediodía sopló una ventisca, los suecos preferían esperar para prevenir cualquier sorpresa, pero Carlos advirtió que era un golpe de suerte. La nieve cegadora soplaba hacia los rusos, lo que era perfecto para ocultar un ataque sueco.

Alas 14:00 el jubiloso y joven rey lanzó un ataque que ahora es de los más famosos de la Historia. Superado por cuatro a uno, su ejército marchó a velocidad vertiginosa sobre numerosos obstáculos y aplastó la defensa rusa. Tal vez 10.000 soldados del zar se ahogaron en el río al huir, y otros murieron cuando dos puentes se derrumbaron.

Carlos consideró un ataque inmediato contra Moscú, pues Rusia parecía indefensa, pero no aprovechó la oportunidad. Si bien el hambre y la enfermedad mermaban su ejército, tomó una decisión con base en un motivo personal. El líder sajón Augusto, aún invicto en esta guerra, era primo hermano del rey y su participación en la invasión de Suecia era una imperdonable traición, y resolvió atacarlo hasta el final.

Fue un grave error pues dejó liberado a Pedro de Rusia para que rearmara su ejército. La guerra «personal» contra su primo terminó en el otoño de 1706 cuando Augusto forzado a renunciar a Polonia. Carlos muy confiado de su destino marcado de triunfos decide ahora marchar hacia Moscú para castigar definitivamente al zar.

Con un ejercito de 70.000 hombres iniciaron un interminable viaje de 1.600 Km. Los soldados estaban muy bien uniformados y alimentados, pero de todas maneras debieron enfrentar a un poderoso ejército en medio de un clima inhóspito, que hizo día a día mas difícil el control de las tropas suecas, que iban siendo enfrentadas y diezmadas a medida que avanzaban hacia Moscú.

En toda Europa se consideró el invierno de 1708 como el peor en la Historia. Unos 3.000 soldados suecos sucumbieron al clima, pero el rey se obstinó en mantener reunido a su andrajoso ejército, compartiendo con ellos las escasas raciones.

En abril asedió a los rusos emplazados en Poltava, una aldea en la cima de un risco, unos 320 Km. al sureste de Kiev. Carlos tenía sólo 19 000 hombres para atacar a 42.000 rusos. Los consejeros del rey querían replegarse y regresar a casa. Sólo la fortaleza y soberbia de Carlos pudieron convencer a los desmoralizados reclutas de que la victoria era aún posible.

batalla de poltava

Mientras que Carlos perdía un tiempo valioso en una guerra inconclusa con Polonia, Pedro aprovechó la oportunidad para reorganizar su ejército a lo largo de las líneas occidentales. En julio de 1709, en la batalla de Poltava, las fuerzas de Pedro derrotaron al ejército de Carlos en forma definitiva. A pesar de que la guerra se prolongó por otros doce años, la Paz de Nystadt, firmada en 1721, dio el cocimiento formal a lo que Pedro ya había logrado: la adquisición de Estonia, Letonia y Karelia.  Suecia se convirtió en una potencia de segundo orden, en tanto que Rusia ahora el gran estado europeo que Pedro deseaba.

Con esta victoria, Rusia tomó el lugar de Suecia como coloso de Europa del norte. Durante años, Carlos tuvo que vivir como huésped prisionero de los turcos, cuya hospitalidad se vio estimulada por un botín de guerra. En 1714 escapó y regresó a Suecia a caballo, haciéndose pasar por un tal «capitán Frisk».

El 30 de noviembre de  1718, mientras estaba observando las trincheras en Fredrikssten ,Noruega, es atravesado por una bala de mosquete que penetra su cabeza por la sien izquierda. Murió instantáneamente, muerte que alimentó la teoría de la conspiración pues parece haber habido intereses para que Carlos XII deje la corona a su sucesor y modifique su política bélica.

PARA SABER MAS…

Durante los cinco años que siguieron a Poltava, Carlos XII languideció en Bender. Pedro aprovechó este respiro: acabó la conquista de Estonia y de Livonia y emprendió la de Finlandia. No pudo conquistar Curlandia, vasalla de Polonia, pero preparó su reunión casando a su duque con una princesa rusa, hija de Iván IV. Sin embargo, los agentes de Carlos XII, sostenidos por la diplomacia francesa, empujaron al sultán Ahmed III a la guerra contra Rusia.

Este reunió un inmenso ejército en las llanuras de Andrinópolis y derrotó al ejército ruso, que había avanzado  imprudentemente hasta los bordes del Pruth (1711). Pedro corrió peligro de caer prisionero. Su mujer, Catalina, le dio ánimos y le aconsejó firmar la paz. Hubo que entregar Azov a los turcos. El mar Negro volvería a ser, durante medio siglo, un mar turco. Carlos XII pudo volver a sus Estados.

La muerte de Carlos XII, ocurrida durante el sitio de una fortaleza noruega (1718), provocó un período de anarquía, que el zar aprovechó para desembarcar tropas en Suecia (1719-1720). La paz de Nystadt, firmada en 1721, puso fin a lo que los rusos llaman «la gran guerra del norte»: Livonia, Estonia, Ingria, Carelia y la mitad oriental de Finlandia, disputadas a Suecia desde los tiempos de Alejandro Nevski, pasaron a poder de Rusia. Pedro el Grande había fundado así un imperio que iba del Báltico al Pacífico. La nación tomó entonces conciencia de su fuerza y de las perspectivas que le  abría este  poderío.

UNA NUEVA ETAPA PARA RUSIA
Pedro el Grande murió en 1725, a la edad de cincuenta y dos años, a consecuencia de un baño de agua helada que se dio para salvar a un marinero de las olas desencadenadas. Ultimo gesto paradójico de un monarca por encima de los prejuicios, por encima de las reglas, por encima de los hombres. Lo que se puede reprochar a la reforma de Pedro el Grande es haber sido artificial y fragmentaria.

Artificial, porque la técnica no podía engendrar la civilización: la imitación del extranjero sólo podía ser un medio. Fragmentaria, porque la reforma había modificado las costumbres de una pequeña minoría, mientras que apenas había rozado a la enorme masa de las clases populares. El abismo que separaba a Rusia de Europa era demasiado grande.

El empleo del terror y el aspecto de esbozo de la obra de Pedro el Grande se debieron a su aislamiento, a la incomprensión que encontró. Más que la hostilidad activa de los que protestaban, le estorbó la resistencia pasiva de todas las clases de la nación, incapaces, por inexperiencia política, de hacer una verdadera elección.

Sin embargo, fustigando la indolencia rusa, Pedro el Grande realizó su ambición: hacer de su país una potencia económica y militar que ocupara un puesto en el concierto europeo. San Petersburgo continúa siendo el testimonio dé una revolución que apartó a Rusia de su camino tradicional.

Fuente Consultada:
Secretos y Misterios de la Historia Reader´s Digest
La Cultura de Dietrich Swanittz
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre