Historia de Aníbal Barca

Biografia de Pompeyo Politico y General Romano

Biografia de Pompeyo- Politico y General Romano

POMPEYO (106-48 a. de J. C.): En la crisis constitucional romana del siglo I, si Mario representa el triunfo de los ideales radicales de la democracia y Sila la reacción oligárquica, Pompeyo encarna la instauración de un poder personal basado en la aquiescencia de las instituciones tradicionales.

La política pompeyana choca con la persona y el credo de Cayo Julio César, preconizador de la solución monárquico helenística y debelador implacable de los antiguos poderes.

De esta pugna surge poderosa la llama violenta de la guerra civil, en cuyo transcurso se agota la vida de Pompeyo. No obstante, parte de su sistema constitucional — el Principado — sobrevivirá a su persona y a la de su rival y será recogida por Octavio Augusto, quien la llevará a término en forma bastante más profunda y, sobre todo, más ágil y duradera.

biografia de Pompeyo.

Cneo Pompeyo o Pompeyo Magno, también conocido como Pompeyo el Grande ​ ​ fue un político y general romano. Provenía de una rica familia itálica de provincias, y alcanzó por sí mismo el rango de la nobleza romana a través de su exitoso liderazgo en diversas campañas

Ya desde su juventud se hizo notar por sus relevantes condiciones militares. A los 17 años (había nacido el 30 de septiembre de 106, y tenía, por lo tanto, la misma edad que Cicerón), abrazó junto con su padre, llamado también Cneo Pompeyo, la causa de Sula contra los miembros del partido mariano.

La muerte de su progenitor y el triunfo momentáneo de Cinna lo retuvieron en la oscuridad.

Pero cuando regresó Sila (83), Pompeyo manifestó de nuevo su actividad apoyándolo con tres legiones, levantadas en el Piceno.

En este año recibió el título de imperator por un gran triunfo obtenido sobre los marianos y sus asociados. Prosiguió sus éxitos aniquilando a los adversarios de Sila en Sicilia y África.

Al regresar de estas campañas (81), mereció los honores del triunfo y, al mismo tiempo, el título de «Magno» que le confirió su general.Sila, además, le concedió la mano de su hijastra, con lo que el porvenir político de Pompeyo pareció asegurado.

Muerto Sila en 78, Pompeyo quedó como la única figura destacada de Roma.

Pero la oligarquía senatorial temía aquella fría y ambiciosa persona, a la que reprochaba sus veleidades democratizantes.

No obstante, la reacción popular que siguió a la muerte del dictador, obligó al Senado a recurrir por dos veces a Pompeyo: la primera para contener la insurrección del cónsul Emilio Lépido (77), y la segunda, para aniquilar al ejército que Sertorio, partidario de Cinna, había logrado constituir en España.

En esta ocasión obtuvo el proconsulado a pesar de no haber ejercido antes ninguna magistratura; sin embargo, el Senado vulneró la normalidad constitucional porque así lo exigían las circunstancias.

Pompeyo combatió en España del 76 al 71, y logró poner fin a la guerra de Sertorio y de su lugarteniente Perpenna.

Al regresar a Italia con sus legiones, se le presentó la ocasión de aniquilar a los restos del ejército de los esclavos, los cuales, con su jefe Espartaco, acababan de ser derrotados en la Apulia por Craso. Aquella victoria sirvióle para jactarse de haber sofocado la sublevación social y valióle nuevo crédito entre los romanos.

Utilizó su fama y sus legiones para requerir el consulado — otra ilegalidad —, el cual le fue otorgado, junto con Craso, para el año 70.

Su gestión consular tuvo verdadera importancia, pues derogó la constitución de Sila, restauró el tribunado y la censura y repartió el poder judicial entre los senadores y los equites.

Los équites (‘caballeros’)​ formaban una clase social de la Antigua Roma, conocidos allí como Ordo equester (‘clase ecuestre’).

Indudablemente, Pompeyo buscaba los votos del partido democrático para sus futuros proyectos.

Por aquel entonces Roma tenía planteados dos graves problemas militares: el de los piratas del Mediterráneo y el de la nueva guerra de Mitrídates de Ponto.

En 67 los demócratas, entre ellos César, apoyaron la ley Gabinia que daba a Pompeyo un poder militar jamás visto a fin de acabar con los piratas.

El éxito no se hizo esperar; en tres meses destruyó los nidos de los bandidos del mar.

Al año siguiente, por la ley Manilia, se extendían sus poderes al Oriente. En el transcurso de cinco años, del 66 al 62, Pompeyo venció a Mitrídates, anexionó al imperio romano la provincia de Siria y el reino de Judea, fundó colonias, restableció el orden, reorganizó la administración y fomentó el bienestar público.

En realidad, Pompeyo creó el Asia romana. Era entonces el princeps, el primer ciudadano de Roma, revestido de grandes poderes militares. ¿Qué sucedería al regresar a Italia? Contra toda presunción, Pompeyo licenció a sus legiones y se mantuvo en un terreno de estricta corrección constitucional (61).

Es posible que careciera del atrevimiento para dar un golpe de estado o que quisiera respetar las instituciones republicanas para que éstas le otorgaran la autoridad suprema.

En todo caso, el Senado se negó a ratificar sus demandas: reconocimiento de sus actos en Asia y reparto de tierras entre sus veteranos.

Esta negativa le echó en brazos de César y Craso, con los cuales concertó el primer triunvirato (60). Al propio tiempo, se casó con Julia, hija del que había de ser su afortunado rival.

El primer triunvirato iba dirigido contra la aristocracia senatorial. César lo demostró en su consulado del año 59. Acabada su magistratura, pasó a las Galias, lo que aprovechó Pompeyo para reanudar su labor de aproximación al Senado, en lo que le auxilió Cicerón.

Pero la aristocracia senatorial continuó negándose a aceptar la solución del Principado propuesta por Pompeyo, como demostró rechazando dos leyes que beneficiaban a éste en 57 y 56.

Entonces Pompeyo renovó sus lazos con César (entrevista de Luca, 56). En virtud de este acuerdo fue elevado por segunda vez al consulado en 55, junto con Craso.

A la expiración de su mandato se le nombró procónsul de España. Pero bajo especiosos pretextos continuó residiendo en Roma.

Intendente supremo de la annona, ejerciendo el imperio proconsular y libre de la presencia de César y Craso, Pompeyo pudo considerarse señor de los destinos de la política romana, tanto más cuanto él Senado se dio cuenta, por fin, de que sus intereses le aconsejaban apoyar la persona de Pompeyo frente a la de César.

A ello contribuyó la actitud del general, quien durante los años 4 y 53 dejó que la anarquía se adueñara de Roma.

Finalmente, en 52 el Senado, por un senadocon-sulto último, le encargó de restablecer el orden público y le confirió poderes excepcionales: el de cónsul único con derecho a elegir su colega.

Pompevo aprovechó el momento para imponer una autoridad de hierro en Roma y las provincias, y también para tomar ventajas militares sobre César, ya que su proconsulado en Hispania fue prorrogado por cinco años.

Pero el antagonismo entre los dos rivales, fomentado después de las muertes de Julia (54) y Craso (53), estalló muy pronto en forma de guerra civil. César franqueó el Rubicón (49).

Pompeyo, vacilante, abandonó Italia y se preparó para defender su política con el apoyo de las provincias.

Pero fue vencido por César en Farsalia (junio del 48). Cuando desembarcó en Pelúsium para buscar un refugio en Egipto, Pompeyo fue asesinado por uno de sus centuriones, el 28 de septiembre del 48.

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Biografia de Cayo Mario Tribuno y Consul Romano

Biografía de Cayo Mario-Tribuno y Consul Romano

CAYO MARIO (15687 a. de J. C.): Cayo Mario inaugura una nueva etapa en la vida de Roma. Hasta entonces los partidos políticos — oligarquía y democracia — habían luchado por el poder mediante las armas constitucionales creadas en el curso de cuatro siglos de Historia.

Mario inicia un sistema de conquista del Estado apoyándose en el ejército, que él transformó en permanente y asoldado. Éste cambio reñía impuesto por la nueva misión imperial de Roma v la prolongación de las campañas de conquista en Asia, España y África Menor.

Cayo Mario Biografia

Cayo Mario ​ fue un político y militar romano, llamado tercer fundador de Roma por sus éxitos militares.​ Fue elegido cónsul siete veces a lo largo de su vida, nunca ocurrido antes en Roma.

Pero fue Mario, el homus novo (nuevo hombre) , quien con su popularidad fue capaz de imponer la transformación que conducía de modo inevitable el cesarismo.

Por su aversión a los optimates, utilizo el ejército en favor del credo y partido radical de los demócratas.

Los optimates (los hombres excelentes’)​ constituyeron la facción aristocrática de la República romana tardía.

De esta manera, dando un ejemplo a la aristocracia, que ésta recogió en la persona de Sula, abrió el camino a la crisis constitucional romana del siglo i antes de nuestra Era.

De origen volsco, nacido en 156 en la aldea de Cércete, Arpiño, de una familia de campesinos — lo que parece bastante problemático—, Mario creció con la mayor sencillez.

Careció de la esmerada educación de la nobleza romana, pero asimismo se vio libre de su corrupción y de sus vicios.

Dotado de inteligencia natural y de admirables condiciones de bravura y sagacidad militar, se distinguió sobremanera por su brillante conducta ante los muros de Numancia a las órdenes de Escipión Emiliano (133).

Este comportamiento le valió la protección de la poderosa familia Métela, bajo cuyos auspicios se inició en la carrera política. Después de ser tribuno militar y cuestor, fue elegido tribuno de la plebe en 119 y pretor en 116.

Como propretor en 115 le correspondió una jefatura provincial en España, que desempeñó acertadamente. Poco más tarde daba un paso más en su carrera gracias al matrimonio contraído con Julia, tía de César.

Enlazado con la mejor sociedad romana y apoyado por los Mételos, Mario conservaba intacta su alma de viejo veterano y de pequeño campesino.

En su fondo despreciaba a la aristocracia, y cuando ésta le negó sus votos para el cargo de cónsul — al que le hacía acreedor el éxito obtenido en Muthul (109) en la guerra yugurtina—, rompió con ella de modo definitivo.

A pesar de la oposición de la oligarquía fue elevado al consulado dos años después (107), y este cargo le valió inmediatamente la dirección de la campaña de Numidia en substitución de Cecilio Mételo.

En esta ocasión reformó la constitución del ejército romano, admitiendo en las filas de las legiones a libertos y proletarios, hombres sin hacienda, que no tenían prisa para terminar una campaña y regresar a sus hogares. Así se constituyeron los veteranos de las legiones. Habían de apoyar a su general en lo militar como en lo político.

Mario condujo la guerra contra Yugurta con mayor energía y rapidez que Mételo; pero también se vio obligado a una guerra de guerrillas en el desierto, de la que resultó, por último, vencedor cuando el rey Boceo le entregó a traición a Yugurta (gracias a la hábil diplomacia de Sula, 105).

Como premio a su victoria fue nombrado cónsul por segunda vez (104) y encargado de hacer frente a la temible invasión de los cimbrios y teutones, bárbaros que desde 113 merodeaban por los confines septentrionales del Imperio.

En esta nueva campaña llegaron a su punto culminante las virtudes militares de Mario; afianzó la disciplina del ejército, adiestró a las legiones, y cuando llegó el momento del gran choque, deshizo a los teutones en Aquae Sextiae (102) y a los cimbrios en Vercellae (101).

En el colmo de su popularidad y de su poder — ya que había sido elegido cónsul cada año transcurrido desde 104 a 100Mario quiso aportar el peso de su persona a la causa que sostenía la democracia para renovar las virtudes de la vieja Roma.

Desgraciadamente, esta causa se hallaba en manos de dos demagogos, Saturnino y Glaucio. Entre la revolución inminente y el orden republicano, Mario no se atrevió a dar el golpe de estado y retrocedió.

Este acto equivalió al derrumbamiento de todas sus ambiciones. El mejor general de Roma quedó desacreditado como político.

Viajó entonces por Asia Menor, tanto para ponerse al corriente de la ideología del mundo helenístico como para orientarse respecto a las amenazas que Mitrídates de Ponto hacía pesar sobre las provincias orientales de Roma.

A su regreso, hizo vida retirada, aunque contribuyó a sofocar la sublevación de los federados en la llamada guerra mársica o social (90-88).

En este instante quiso aspirar al mando de la expedición que Roma aprestaba contra Mitrídates de Ponto, pero en las elecciones para el consulado del año 88 fue derrotado por el jefe de los patricios, Sula.

Este desengaño lo arrojó en brazos de P. Sulpicio Rufo, tribuno

de la plebe, quien se proponía abrir todas las tribus romanas a los federados itálicos y apoyar la candidatura de Mario para el mando extraordinario en Asia. Pero los aliados fueron derrotados por Sula, el cual se adueñó de la capital por un acto de fuerza. Rufo perdió la vida, y Mario pudo huir a África (88).

Cuando Sula marchó a Asia, Cinna, un miembro del partido democrático, obtuvo el consulado para el año 87.

La oligarquía le destituyó de sus funciones, sin contar con que Mario, que había desembarcado en Etruria, reunía en un momento un poderoso ejército de libertos, federados y veteranos.

De esta manera logró conquistar la capital. Entonces inauguró un verdadero régimen de terror contra la aristocracia.

Emborrachado con su venganza, Mario obtuvo el consulado para el año 86. Pero murió en 13 de enero de este mismo año, ahogado por la sangre que había hecho verter.

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Biografia de Marco Porcio Caton -El Censor- Politico Romano

Biografia de Marco Porcio Caton «El Censor»

MARCO PORCIO CATÓN, EL CENSOR (234-149 a. de J. C.):  Representante de la ideología de la democracia rural romana y encarnación de las virtudes de las antiguas costumbres frente a la pérdida de moral acarreada por la rápida edificación del imperio mediterráneo, así se nos aparece la figura de Marco Porcio Catón, el hombre en quien se ha visto al más acérrimo defensor de la constitución de Roma, tal cual había salido de las luchas políticas del siglo III, ante los dos mayores peligros que la amenazaban: la oligarquía y el poder personal.

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Marco Porcio Catón fue un político, escritor y militar romano conocido por los apodos de Censor, Mayor, Viejo, Sapiens y Prisco para distinguirlo de su bisnieto Catón el Joven

Este hombre, activo, tenaz y agresivo, de una severidad de costumbres rayana en la exageración, era natural de Túsculum y de una familia de agricultores de mediana condición.

Durante su adolescencia aró con su misma mano los campos legados por su padre y recogió de la tradición el culto hacia los héroes de la vieja Roma.

A los diecisiete años, después del desastre de Cannas, combatió contra los cartagineses de Aníbal en la Campania.

En 313 pasó con el grado de tribuno militar a Sicilia, formando parte del ejército de Marcelo.

En 207 figuró en las filas de las legiones que infligieron a Asdrúbal, el hermano de Amílcar, la dura derrota de Metauro. Entonces empezó a destacarse en el foro romano como orador de singular potencia.

A los treinta años fué elegido cuestor y adscrito al pretoriado de Sicilia.

En tal cargo contribuyó al armamento y preparativos de la expedición de Publio Cornelio Escipión a África. Es posible que se iniciara entonces la rivalidad personal entre el caudillo aristocrático e innovador y el político republicano y conservador.

Esta rivalidad, iba a trasladarse muy pronto a la arena política. Publio Cornelio Escipión, el formidable triunfador de Naraggara, representaba el primer paso hacia el poder personal y, al mismo tiempo, hacia la helenización de las costumbres romanas.

Catón supo formar un partido, que aglutinaba al viejo patriciado conservador y a la democracia rural, al objeto de poner un valladar a la política de los Escipiones.

Elegido edil de la plebe en 199, pretor en 198 y cónsul en 195, favorecido por los éxitos obtenidos en la expedición que dirigió a España para someter a los sublevados de la provincia Citerior (194), Catón pudo sostener la dura lucha política que le libraron los Escipiónidas durante más de quince años. Esta lucha tuvo fases de suerte alterna.

En 190, después del triunfo de los Escipiones sobre Antíoco III en Magnesia, el Africano impuso su voluntad en Roma.

Pero Catón no cejó en su empeño, hasta que en 187 logró envolver a Publio Cornelio en un asunto de fraude al Estado. El vencedor de Zama se retiró a su dominio de la Campania. A su muerte, en 183, Catón quedaba dueño del terreno.

Después de hundir la carrera personal de Escipión, dirigiría ahora su verbo cáustico y su enérgica acción contra los partidarios de la oligarquía.

La nueva pugna de Catón duró los últimos cuarenta años de su vida, sin lograr, en definitiva, contener el alud de lo inevitable.

El primer paso por esta senda lo dio en 185, cuando fué elegido para la censura — la magistratura más influyente de Roma en el terreno político— correspondiente al 184.

Apoyado por los votos de la democracia rural, frente a los Escipiónidas y a los oligarcas, Catón ejerció su período de censura con tal severidad y rigidez, que han pasado a la Historia como prototípicas.

Revisó la lista del Senado, expulsando de entre sus miembros a los aristócratas corruptores, a los faltos de moralidad y escrúpulos; recargó el precio de los objetos de lujo; restituyó al Estado los terrenos públicos indebidamente ocupados; y protegió a los humildes.

Desde entonces Marco Porcio fue el hombre más influyente de la ciudad. Honrado y recto, quiso salvar la Roma del pasado, aunque su acción no tuvo plan de conjunto.

También le faltó superar lo tosco de su origen, la prevención del campesino a lo aristocrático y elevado, su injusto odio contra todo lo griego, su avaricia rayana en la sordidez. Pero sus acciones políticas dejaron una huella muy fuerte.

Sus intervenciones fueron múltiples. Desde 183 favoreció el establecimiento de colonias de tipo urbano, constituidas por agricultores, viejo sueño de la democracia rural; en 180 inspiró la ley Villia Annalis, que fijaba las condiciones precisas para aspirar a los cargos públicos, medida dirigida contra la ambición política de la juventud dorada; acusó tenazmente a los hombres del partido oligárquico en sus extralimitaciones, siendo notable su diatriba contra Sulpicio Galba, el verdugo de Lusitania (149); obtuvo en 155 el despido de la embajada de los tres famosos filsósofos atenienses (Carneades, Diógenes y Critolao).

Finalmente, acaudilló con su habitual constancia el grupo que quería a toda costa la destrucción de Cartago, cuya recuperación económica había tenido ocasión de comprobar en 157 cuando la visitó como legado de Roma.

Ceteram censeo Garthaginem esse delendam —, y además, creo que Cartago debe ser destruida.

Con estas palabras acababa todas sus intervenciones en el Senado, según es fama tradicional.

Aunque la guerra contra Cartago fué declarada en 150, Catón no logró ver realizada esta última aspiración de su vida; murió un año después, a la edad de 85 años, cuando todavía su espíritu pugnaba para defender a Roma de la oligarquía y del contagio del espíritu helénico.

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Biografia de Cornelio Escipion -El Africano-

Biografia de Cornelio Escipion El Africano

PUBLIO CORNELIO ESCIPION EL AFRICANO (235-183 a, de J. C.): Para la ilustre familia patricia de los Cornelios, el año 211 antes de la Era cristiana fue importante en un doble aspecto.

De un lado, fue muy triste, puesto que en tal fecha murieron dos de sus miembros más significados: Publio y Cneo, derrotados y muertos por los hispanocartagineses en España.

De otro, por el contrario, fue esplendoroso, ya que en su transcurso empezó a alzarse el astro genial de la familia, Publio Cornelio Escipión el Africano, uno de los héroes del mundo romano.

biografia de Publio Cornelio Escipión el Africano
Biografia de Publio Cornelio Escipión el Africano

Heredero de las virtudes de la madre Roma, tanto del patriciado, por parte de su padre Publio, como de la plebe, por la de su madre Pomponia, el joven Escipión encarnó la voluntad de vencer en la segunda guerra púnica, cuando todavía Aníbal esgrimía la amenaza de su espada en las mismas puertas de la Ciudad Eterna.

Noble, audaz, bello, valeroso y de afable trato; confiado en su buena estrella; dotado de inteligencia bastante para unir a su persona los intereses del pueblo; hombre de elevadas miras, de superior espíritu de apreciación y de gran energía, que unía al ímpetu romano ia gracia de la educación helénica, Escipión es una figura simpática, atractiva y humana.

Indiscutiblemente fue un gran general y un buen político, a pesar de que la crítica histórica del siglo XIX pretendió rebajar esas cualidades atribuyéndolas a su fortuna excepcional.

En realidad, Escipión fue el vencedor del general más brillante de su época, Aníbal, y el político que, tanto en Occidente como en Oriente, señaló la firme ruta del imperialismo romano.

Cuando le fue otorgado el imperio proconsular en 3ti contaba veinticuatro años y no tenía la edad requerida por la ley para ejercer la jefatura del ejército de Roma en España.

Anteriormente, en 213, había ocupado la magistratura de edil curul, de escasa importancia en el juego político de la urbe.

Mereció, pues, su nombramiento y su elección unánime a la gloria atribuida a su padre y a su tío, tan valerosamente caídos en España, y a la confianza que se depositaba en sus dotes militares.

Muy pronto demostró que era capaz de honrar la designación hecha por sus conciudadanos.

En España, desde 210, condujo la campaña con brío tan poco común, que en 209, en un ataque genial, se apoderó por sorpresa de la gran base de operaciones de los cartagineses en los confines del Mediterráneo: Cártago Nova.

Al año siguiente se enfrentaba con fortuna contra el ejército de Asdrúbal, el hermano de Aníbal, en Béculo, en la Bética, y en 206 aniquilaba por completo a las tropas cartaginesas de Asdrúbal Gis-cón, Magón y Masinisa en la batalla de Hipo (Cástulo), donde remedó con rasgos originales el movimiento estratégico que había dado a Aníbal la victoria en Cannas.

El triunfo de Hipo señala el fin del dominio cartaginés en España; a poco se rendía Gades. De esta manera Escipión dio, en tres años, dos nuevas provincias a Roma.

El conquistador de España recibió en su patria los honores del triunfo. Fue elegido cónsul para el año 205, y al terminar su mandato recibió el proconsulado de Sicilia, solución de compromiso, ya que él pedía el imperio proconsular para asestar un golpe de muerte a Cártago en la misma África y no en Italia, como querían algunos al ver a Aníbal debatirse en la impotencia en el Brútium.

Ya en Sicilia (204), preparó con gran habilidad la situación diplomática para lanzarse contra Cartago, e incluso captó’ para su planes a algunos miembros influyentes de Roma. Prorrogado su imperio proconsular, Escipión se embarcó con 25.000 hombres para la costa africana, donde puso pie en la otoñada de 204.

Allí invernó, después de un ataque fracasado contra Utica, y en la primavera del 203 deshizo por sorpresa al ejército combinado de cartagineses y númidas cerca de Castra Cornelia.

Este éxito alteró por completo la situación militar, mucho más cuando, a consecuencia del mismo, Masinisa pudo adueñarse del reino de los númidas de Sífax, aliado de Cártago.

Esta ciudad, en trance muy angustioso, reclamó la presencia en África de Aníbal y sus tropas.

Pero la llegada del gran general no pudo ya cambiar la marcha de la Historia. Escipión le venció en la batalla de Naraggara en octubre de 202), después de una bella preparación estratégica y de una no menos feliz innovación táctica.

Naraggara obligó a Cártago a pedir la paz, y dio a Escipión, con el triunfo, la mayor popularidad en Roma y el título de Africano.

Durante diez años Escipión fue el hombre político más en boga en Roma. Su palabra y su partido — el de la aristocracia helenizada — se imponían en las decisiones de gobierno.

El fue quien realmente dirigió la sumisión de Oriente a Roma, basada no en la anexión territorial, sino en la reducción a la impotencia de los estados más fuertes. Pese a la oposición del partido oligarca y de la democracia rural — encarnada en Catón—, Escipión, censor en 199, logró que uno de los suyos, Flaminio, cónsul en 198, se encargara del mando de las legiones que luchaban en Macedonia.

Flaminio obtuvo el triunfo de Cinoscéfalos (197), que abatió Macedonia e inauguró la oposición entre Roma y Antíoco III de Siria.

Sin embargo, la crisis no estalló hasta 193, después del año del segundo proconsulado de Escipión, quien en previsión de tal contingencia se había hecho elegir cónsul en 195.

Para intervenir en el nuevo conflicto bélico, el Africano apoyó la candidatura de su hermano Lucio al consulado para el año 190, lo que valió a éste la jefatura del ejército que luchaba contra Antíoco.

En realidad, ejerció el mando Publio, el cual acompañó a su hermano como legado.

Fue el Africano quien dispuso los planes estratégicos que dieron el triunfo a Roma en la disputada y decisiva batalla de Magnesia (190), aunque no intervino personalmente en la contienda a causa de una enfermedad.

De regreso a Roma, donde el partido oligárquico había recobrado muchas posiciones, los Escipiones continuaron imponiendo su voluntad política, hasta que en 187 Catón logró envolverlos en un proceso sobre la distribución de las cantidades pagadas por Antíoco III después de Magnesia.

Aunque el Africano no fue condenado ni se probó su supuesta deshonestidad, Catón había triunfado al despedazar su crédito moral. Nuestro héroe se retiró a Literno, en la Campania, donde moría poco después, en 183.

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Guerras Punicas Causas y Consecuencias Roma y Cartago

Guerras Púnicas Causas y Consecuencias Roma y Cartago

Esta serie de enfrentamientos entre Roma y Cartago, que se prolongaron a lo largo de los siglos III y II. C., convirtieron a la potencia italiana en la dueña del Mediterráneo occidental.

En sus orígenes, Cartago fue sólo una de las muchas colonias fundadas en las costas africanas por los fenicios procedentes de Tiro o Chipre, entre 825 y 819 a. C. Recibió el nombre de Qart Hadash («Ciudad Nueva»).

Cuando Tiro entró en decadencia, Cartago rompió los lazos que la unían a dicha ciudad-estado y emprendió su propio desarrollo.  Aliada con los etruscos, venció a los focenses de Córcega en Alalia (535 a. C.). 

A fines del siglo V a. C., se enfrentó a la ciudad griega de Siracusa, con distintos resultados. Convertida en una fuerte potencia, en su avance por el Mediterráneo chocó con los intereses de Roma.

Introducción: Una vez que Roma completó su dominio sobre toda la península itálica, emprendió la lucha contra Cartago para disputarle su influencia en el Mediterráneo occidental.

Los cartagineses comercializaban las telas, las piedras preciosas y los perfumes de Oriente; el trigo de Sicilia y del Norte de Africa; el estaño de Francia y el hierro y la plata de España.

El enfrentamiento se extendió desde el año 264 al 146 a.C. y se conoce en la historia con el nombre de guerras púnicas, debido a que los romanos llamaban poeni (fenicio) a los cartagineses.

Cartago era una colonia de Tiro, fundada por Dido hacia el año 880 a.C., quien había huido de su patria para escapar del gobierno despótico de su hermano Pigmalión.

Al llegar a las costas de Africa pidió a los nativos que le concedieran una extensión de tierra que no fuera más grande que la que pudiera cubrir la piel de un buey, lo que fue aceptado.

Entonces Dido hizo cortar el cuero en tiras largas y estrechas, con las cuales trazó el perímetro de un terreno mucho más amplio del que debiera haber recibido.

De inmediato levantó en aquel lugar una ciudad que rivalizó con Tiro y extendió su influencia a toda la costa africana del Mediterráneo.

Luego los cartagineses ocuparon varias islas del Mediterráneo, inclusive parte de Sicilia, se establecieron en las costas de España, atravesaron el estrecho de Gibraltar y navegaron hasta las islas británicas y Francia hacia el Norte y hasta las islas Canarias hacia el Sur. De esta manera Cartago se convirtió en el centro de un verdadero emporio que monopolizó el comercio de Occidente.

En su organización política, Cartago constituía una república, como lo era Roma en esa época.

El poder ejecutivo era ejercido por dos magistrados llamados sufetes, elegidos con carácter vitalicio.

Su poder era vigilado por un Senado, cuyos integrantes pertenecían exclusivamente a la clase alta de la población, que estaba dividida en dos facciones, encabezadas respectivamente por dos familias, la de los Hannón y la de los Barca.

Por otra parte en la primera mitad del siglo III a. C. Roma se había, convertido en la primera potencia de la península Itálica, extendiendo su tutela a las ciudades griegas del sur y proyectando su sombra sobre Sicilia.

Primera Guerra Púnica:

La antigua colonia fenicia de Cartago, era la mayor potencia marítima de la zona, con colonias en casi todas sus islas incluyendo el oeste de Sicilia. Pretendía dominar toda la isla para neutralizar a sus rivales comerciales y acaparar su importante producción de cereales.

En estas circunstancias, una banda de mercenarios oscos, los mamertinos, se apoderó de la ciudad siciliana de Messina, que controlaba el paso hacia Italia. Amenazados por Hierón II de Siracusa, pidieron ayuda tanto a Roma como a Cartago (264 a. C.)

Ambas potencias acudieron a la llamada, pero llegaron primero los cartagineses, que establecieron la paz con Hierón.

Esto no detuvo a los romanos, que expulsaron a los púnicos de Messina e invadieron el territorio de Siracusa, forzando a Hierón a aliarse con ellos en 263.

La superioridad de su ejército les permitió apoderarse incluso de la base púnica de Agrigento, un año más tarde.

Pero los cartagineses controlaban el mar, lo que decidió a los romanos a construir su primera flota de guerra, que al mando de Cayo Duilio derrotó a sus enemigos en Milas, en el año 260.

Esta ventaja les permitió expulsar a los cartagineses de Córcega y devastar Cerdeña (259), pero no apoderarse del oeste de Sicilia. Por ello, decidieron atacar directamente en África.

Una gran flota romana venció a la cartaginesa en Ecnomo (256) y desembarcó cerca de Utica al ejército de Atilio Régulo, que se fortificó en Clypea.

Las desorganizadas fuerzas cartaginesas, incapaces de resistir a los romanos en tierra, estaban dispuestas a capitular, pero las duras condiciones impuestas decidieron su resistencia.

Jántipo, jefe de una partida de mercenarios espartanos, reorganizó el ejército cartaginés, que se apoyó en la caballería y los elefantes.

Con estas fuerza derrotaron a Régulo (255), que tuvo que volver a Italia a bordo de una flota que acababa de destruir a la cartaginesa en el cabo Hermes.

Esta flota resultó arrasada por una tormenta, pero los romanos construyeron una nueva que consiguió tomar Panormo (254), aunque las sucesivas operaciones por tierra y mar no lograron conquistar Lilybaeum y Drepanum.

En 249 un contraataque cartaginés rompió el cerco sobre estas ciudades y destruyó la flota romana, pero el agotamiento de sus fuerzas impidió la continuación del ataque en la isla, limitándose a defender las posesiones que mantenían en ella.

Un nuevo avance romano supuso la severa derrota naval de los púnicos en las islas Egatas (241); Roma consolidaba el dominio del mar.

Cartago tuvo que firmar una paz por la que cedía Sicilia y las Lípari, además de pagar como indemnización la cantidad de 3.200 talentos.

Puede afirmarse que Aníbal dedicó toda su vida a combatir el expansionismo de Roma. Tras su derrota en Zama (202 a. C.), Aníbal intentó reorganizar la actividad económica y militar de Cartago.

Denunciado por sus enemigos políticos, huyó a Siria, donde se refugió en la corte de Antíoco III el Grande, a quien intentó ganar para la lucha contra Roma. Al no lograrlo, se dirigió a la isla de Creta, donde quiso reclutar soldados entre los esclavos para continuar su lucha contra los romanos.

Al fracasar en su intento, se dirigió a la corte de Prusias de Bitinia, donde volvió a querer formar un ejército contra Roma. Presionado por los romanos, Prusias de Britinia lo encarceló. Consciente de que iba a ser entregado a Roma, se envenenó (183 a. C.).

Entreacto en Hispania

Roma aprovechó la debilidad de Cartago, agravada por la sublevación de sus mercenarios (241-237), para apoderarse de Córcega y Cerdeña, a pesar del tratado de paz.

En estas circunstancias, el caudillo cartaginés Amílcar Barca propuso la conquista de nuevos territorios en la península Ibérica, donde podría obtener los recursos materiales y humanos para restaurar el poder de Cartago.

El senado de la ciudad le otorgó plenos poderes y, acompañado de su yerno Asdrúbal y de sus hijos Magón, Asdrúbal y Aníbal, se aplicó a la tarea de construir un imperio en Hispania (237-228).

Tras su muerte, su yerno continuó su labor y fundó Cartago Nova (228) como capital de los nuevos territorios. Roma, inquieta por estos avances, impuso el Ebro cómo lImité norte de esta expansión (226).

Aníbal, que sucedió a su cuñado en 221, extendió el poder cartaginés al interior: La conquista de Sagunto (219), ciudad que mantenía relaciones con Roma, proporcionó a ésta el pretexto para exigir la entrega de Aníbal. Cartago se negó, lo que desencadenó una nueva guerra (218).

Segunda Guerra Púnica

Aníbal sabía que la única forma de derrotar a Roma era atacando la base de su poder en Italia, aparentemente protegida por su dominio del mar.

El general cartaginés dejó a su hermano Asdrúbal en la península Ibérica, mientras él conducía un ejército compuesto de mercenarios africanos e hispanos, que cruzó los Pirineos, el Ródano y los Alpes en seis meses.

Aunque sus fuerzas habían quedado reducidas a la mitad (20.000 infantes y 6.000 jinetes) tras la terrible marcha, consiguió adelantarse a la, reacción romana. Venció en Trebia (218) a un primer ejército mandado por los cónsules P. Cornelio Escipión y Tiberio Sempronio, tras lo cual muchos galos se unieron a las fuerzas cartaginesas.

Aníbal entró en, Etruria y aplastó de nuevo a las tropas romanas en Trasimeno (217), dejando indefensa a Roma. Pero no se atrevió a cercar la capital con sus escasas fuerzas, y se dirigió al sur’para tratar de conseguir aliados entre las ciudades recientemente sometidas por los romanos.

Mientras éstos habían enviado a Hispania un ejército al mando de Publio y Cneo Escipión, que desembarcó en Emporion (218) y logró cortar las comunicaciones de Aníbal con sus bases en la Península.

En 215 los romanos cruzaron el Ebro, derrotaron a Asdrúbal y conquistaron Sagunto. El cartaginés tuvo que marchar a África para someter al rey númida Sífax, lo que aprovechó Publio Cornelio Escipión para avanzar hasta la Bética.

Asdrúbal volvió a la Península, reforzado por los jinetes númidas de Masinisa, y logró vencer y dar muerte a los Escipiones en Cástulo e llorci (211), obligando a los romanos a replegarse al norte del Ebro.

En otoño llegó a la Península Publio Cornelio Escipíón, hijo del cónsul del mismo nombre, que reorganizó las fuerzas romanas para evitar que Asdrúbal acudiera en ayuda de su hermano en Italia.

Escipión consiguió tomar Cartago Nova (209) y derrotar a Asdrúbal en Bailén (208), pero éste reaccionó y marchó finalmente hacia Italia.

Aníbal se había trasladado a Apulia tras la victoria de Trasimeno, mientras entraba en negociaciones con Filipo V de Macedonia y Hierónimo de Siracusa para presentar un frente común contra Roma. E

l general Fabio Cunctator le seguía de cerca sin presentar batalla, hasta que fue obligado por el senado y el cónsul Varrón.

Aníbal le aplastó en Cannas (216), lo que decidió a varias ciudades del sur a apoyarle. Trató entonces de conquistar Tarento, cuyo puerto necesitaba para restablecer sus comunicaciones con el exterior, pero la debilidad de sus fuerzas, divididas para proteger a sus nuevos aliados, se lo impidió.

Para cuando lo consiguió (213), Roma habla logrado recomponer sus tropas gracias a un extraordinario esfuerzo de su población, había contenido a Filipo en Iliria y mantenía sitiada a Siracusa, defendida por los ingenios mecánicos del sabio Arquímedes y apoyada por una flota cartaginesa.

En 211 los romanos se apoderaron de Capua y Siracusa, acorralando a Aníbal en el extremo sur de la península Itálica. Asdrúbal, que por fin había llegado a Italia, fue derrotado y muerto en Metauro (207), al tiempo que Escipión vencía a los cartagineses en lupa y expulsaba a los púnicos de casi toda la península Ibérica.

Gádir, el último bastión, cayó en 206; el romano llevó entonces la guerra a Africa (204). Consiguió la alianza de Masinisa, venció al rebelde Sífax y a los cartagineses en Útica (203) y amenazó a la propia capital.

Cartago llamó en su ayuda a Aníbal, que se puso al frente de lo que quedaba del ejército cartaginés.

La victoria de Escipián en Zama (202), que le valió el apelativo honorífico de «el Africano», significó la completa derrota de Cartago, que tuvo que renunciar a Hispania y a las islas que conservaba, entregar sus elefantes y su flota de guerra y pagar 10.000 talentos.

Además, se comprometió a no emprender nuevas campañas militares sin el consentimiento de Roma.

En el año 195 el senado romano exigió la entrega de Aníbal, convertido en sufeta(magistrado supremo) de Cartago, pero éste huyó a Oriente. Constantemente perseguido por los romanos, acabó suicidándose en Bitinia (183).

BATALLA DE CANNAS: Cannas era una llanura que Aníbal conocía bien. El cartaginés dispuso sus tropas de manera que el viento, el polvo y el sol diesen de cara a los romanos.

Colocó sus buenas tropas en las alas, formando como los cuernos de una media luna y dejó que el enemigo penetrara en el centro, lo cual facilitó el movimiento envolvente merced al cual cincuenta mil hombres  cercaron a ochenta mil. Desde el principio de la acción, la caballería númida y la española habían cargado a la caballería romana, que por tío saber combatir a galope, echó pie a tierra, y fue, por consiguiente destrozada.

La caballería de Aníbal atacó en seguida la retaguardia del ejército romano, y la batalla se convirtió en matanza en la que perecieron setenta mil legionarios. Roma se preparó o resistir el asalto. Maharbal, jefe de la caballería, instaba a Aníbal a que marchara sobre Roma diciéndole : « Déjame partir con mi caballería, y dentro de tres días comerás en el Capitolio. » Pero Aníbal no encontraba su ejército bastante fuerte para atacar a una ciudad tan importante y resuelta, y partió hacia el sur.

Tercera guerra púnica: A pesar de las derrotas, Cartago logró recuperar su vitalidad comercial, despertando la envidia de los mercaderes latinos y la suspicacia de los gobernantes romanos, especialmente Catón el Censor, que hizo famosa la frase Delenda est Carthago (Cartago debe ser destruida).

Cuando los cartagineses se enfrentaron a las constantes provocaciones del rey númida Masinisa, apoyado por Roma, ésta les declaró nuevamente la guerra (149 a. C.).

Cartago intentó negociar la paz, pero las duras condiciones impuestas por los romanos provocaron una resistencia desesperada, que se prolongó por espacio de dos años, hasta que Escipión Emiliano, nieto del Africano, tomó el mando de la expedición romana (147).

El nuevo general logró estrechar el cerco sobre Cartago, que finalmente cayó en 146.

El solar de la ciudad fue arrasado y maldito, con la ceremonia simbólica de cubrirlo de sal y la prohibición de volver a edificar sobre él. Los habitantes supervivientes fueron vendidos como esclavos y el territorio se convirtió en la provincia romana de África.

El triunfo sobre Cartago fue el detonante de la expansión y consolidación de Roma como potencia imperial. Este proceso fue más rápido que el de la etapa anterior, de lenta imposición en la península Itálica.

Aunque la completa anexión del Oriente helenístico no se consumó hasta el 30 a. C. con la sumisión de Egipto, de hecho el expansionismo romano fue irreversible a partir de la creación de la provincia de Asia en 129 a. C.

En poco más de un siglo, el poder romano pasó del Tirreno al Mediterráneo central y occidental primero y, más tarde, de Iliria al Mediterráneo oriental. A lo largo del siglo II a. C., Roma pasó a controlar todo el Mediterráneo, el mare nostrum.

 Fuente Consultada: Gran Enciclopedia Universal (Espasa Calpe)