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Biografia de Justo José de Urquiza La Confederacion Argentina

Biografía de Justo José de Urquiza
Gobernador  De La Confederación Argentina

Introducción: La historia de este ser, es rica en actos y acciones que lo definen como un patriota con gran visión del futuro y poseedor de un tesón y voluntad indomables. Para poder efectuar un retrato, más o menos hilvanado y que refleje su trayectoria, es necesario comprender que dadas las múltiples facetas de su actuación, resulta imprescindible dividir esta historia en tres capítulos que, aunque parecen diferentes, no lo son así y están perfectamente ligados, reflejando sus acciones y su razón en los distintos momentos de su existencia. Por esta razón consideramos que es necesario estudiar a Urquiza bajo los siguientes capítulos a saber:

a) Urquiza hombre

b) Urquiza militar

c) Urquiza estadista

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Solo así se llega a comprender las virtudes que supo plasmar en páginas memorables de nuestra historia patria.

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Por ahora veamos una breve biografía del libro: «Los Hechos Que Cambiaron La Historia Argentina del Siglo XIX» de Ricardo J. de Titto, Ediorial Ateneo

Justo José de Urquiza: Nació el 18 de octubre de 1801 en Talar del Arroyo Largo, al norte de Concepción del Uruguay. Hijo de estanciero, se educó en Buenos Aires en el Colegio de San Carlos, y en 1818 regresa a Concepción para dedicarse al comercio. Se alista como oficial en la milicia y en 1823 participa en una conspiración para destituir al gobernador Lucio Mansilla.

Exiliado en Corrientes, vuelve a los negocíos y regresa a Entre Ríos, donde es elegido legislador provincial. En 1836, Rosas lo coloca al mando de la división de observación en la frontera uruguaya. Durante los quince años siguientes Urquiza apoyará a Rosas como oficial y aliado político.

En 1841 accede a la gobernación de Entre Ríos. En la guerra civil, invade al Uruguay en 1842 y derrota a Rivera en India Muerta en marzo de 1845. Después, vence a los unitarios Madariaga y Paz. Urquiza designa gobernador de Corrientes a su amigo Benjamín Virasoro y, a fines de 1845, es reelecto gobernador de Entre Ríos.

En mayo de 1851 convoca a celebrar un congreso nacional, enfrentando abiertamente a Rosas, y conforma una alianza con el Brasil y el gobierno de Montevideo. Con el Ejército Grande derrota a Rosas en Caseros el 3 de febrero de 1852.

Por el Acuerdo de San Nicolás, es nombrado director provisional de la Confederación Argentina y convoca un Congreso General Constituyente, que, sin Buenos Aires, sanciona la Constitución Federal de 1853. Al año siguiente es designado primer presidente constitucional de la República Argentina, con su capital en Paraná, Entre Ríos.

Durante su gobierno la instrucción pública, el comercio, la producción, las ciencias y las comunicaciones reciben un gran impulso.

En octubre de 1859 derrota a las tropas bonaerenses de Mitre en Cepeda y firma e. Pacto de San José de Flores, por el cual Buenos Aires se incorpora a la Confederación. Al año siguiente delega la Presidencia en el recién electo Santiago Derqui y es gobernador de Entre Ríos (1860-1864). Tras la batalla de Pavón, de septiembre de 1861, acuerda retirarse a su provincia; Mitre es electo presidente y Buenos Aires se convierte en capita^ de la República.

Los federales entrerrianos de Ricardo López Jordán acusan a Urquiza de venderse a los porteños y, después de que Urquiza apoya la candidatura presidencial de Sarmiento  lo recibe en febrero de 1870, el 11 de abril lo asesinan en su residencia y matan a sus hijoí Justo y Waldino en Concordia.

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Urquiza Hombre:

Es necesario conocer su actuación y/o actividad antes de ser llamado por el destino para desempeñarse en cargos públicos.

En rápida síntesis se llega a entender que lo animaba un espíritu batallador, con clara inteligencia para emplearla cabalmente en sus proyectos particulares. Su trabajo, su visión de futuro y de progreso, lo llevaron a poseer una gran fortuna, producto de sus afanes y desvelos para progresar y lograr una desahogada posición económica. Urquiza fue un gran hacendado y empresario de primer orden. Organizó un saladero, de su propiedad, situado sobre el Arroyo de La China, en los alrededores de Concepción del Uruguay, comenzando a funcionar en 1847, llegando a movilizar un capital superior al presupuesto de la provincia de Entre Ríos.

Allí se industrializaron vacunos, equinos y porcinos, calculándose alguna faena en más de cuarenta y cinco mil animales.

Además de la salazón de carnes y cueros, se elaboraban velas, jabón blanco, amarillo y negro, también perfumado. Los productos industrializados se exportaban, casi totalmente a Brasil, Cuba, Londres, Río de Janeiro y Montevideo.

Cuando fue llamado a la función pública, era un terrateniente de sólido presente y promisorio futuro. Señalo este aspecto, con particular énfasis, con el fin de dejar en claro que su fortuna fue lograda con anterioridad a su designación.

Sus antecedentes familiares se remontan (para nosotros) al mes de marzo de 1774, en donde un niño de solo doce años, Joseph Narciso de Urquiza abandonó su casa paterna en España para emprender la tentadora aventura de la América.

Niño aún llegó a Buenos Aires recomendado a su tío materno Don Mateo de Alzaga, quien lo inició en las actividades comerciales.

Años después, siendo un experimentado comerciante, contrajo enlace con la joven Doña Cándida García y con el corres del tiempo y con permanencia en Buenos Aires nacieron algunos de sus hijos. En esta situación, apreciaba que su panorama futuro se veía limitado ya que el quería para si y para sus hijos un futuro venturoso y con posibilidades de progreso ilimitadas.

Fue entonces que, con su familia, decidió dejar Buenos Aires y afincarse en Entre Ríos donde se transformó en un próspero terrateniente, llegando a ocupar el cargo de mayor jerarquía en la costa del Uruguay, Comandante General de los Partidos de Entre Ríos.

El 18 de Octubre de 1801 nació su hijo Justo José en su estancia del Talar del Arroyo Largo, hoy Arroyo Urquiza, a escasos kilómetros de Concepción del Uruguay.

Justo José cursó sus estudios primarios comunes impartidos por sacerdotes. Posteriormente ingresó al Colegio San Carlos, en Buenos Aires. Dos años después el colegio se cerró, por lo que él, aún muchacho, regresó a Concepción del Uruguay donde ejerció desde 1819 diversas actividades. La prosperidad de sus negocios fue la base de su cuantiosa fortuna y poco después llegó a alcanzar una posición espectable en la vida de la provincia y del país.

Las luchas surgidas entre Federales y Unitarios, agitaba la vida de los pobladores lugareños. Urquiza se suscribió al partido federal y fue elegido Diputado Provincial en 1826. Varios proyectos de su autoría revistieron singular importancia, mereciendo destacar entre ellos el auspicio del fomento a la educación.

El Congreso lo aprobó y en ese decreto se establecía la construcción en cada villa de la provincia y en los pueblos de un edificio escolar y la contratación de maestros idóneos para la impartición de la enseñanza.

En 1841 fue elegido Gobernador de Entre Ríos y a partir de ese comienza a mostrar sus grandes dotes de estadista. (ver los Hijos de Urquiza)

Urquiza Estadista

Urquiza que inicialmente era partidario del accionar de Juan Manuel de Rosas experimentó un cambio en su pensamiento y accionar cuando con clarividencia que secundar la política rosista, como lo venía haciendo, significaba acentuar y prolongar indefinidamente los desencuentros argentinos.

Algunas de las medidas tomadas por Rosas, como el cierre de los ríos a la navegación extranjera perjudicaban la economía de las provincias del litoral y de los países vecinos. Al respecto, se le atribuyen palabras cargadas de sentimiento federal y contrarias al monopolio de la ciudad porteña: «Rosas pone trabas a fin de que Buenos Aires sea la aduana de toda la República y las provincias sean tributarias perpetuas»

vida de Urquiza Militar

Urquiza meditó un plan institucional con la misma cautela con que trazó su estrategia militar. Nada quedó librado al azar y advirtió que aún no estaba en condiciones de enfrentar a Rosas militar. Sabía que el tiempo era su aliado y sus miras estaban puestas en la organización del país a través de una constitución que reconociera el sistema federal como expresión genuina de los pueblos del interior.

Luego de la exitosa campaña correntina, Urquiza ya estaba en condiciones de ocuparse personalmente de las tareas de gobierno y poder dedicar sus esfuerzos al proyecto nacional.

La adopción de medidas de orden educativo, cultural y económico surgieron en gran profusión, sin contar las administrativas, judiciales y militares.

Entre Ríos adquirió tal prosperidad que sobresalió netamente entre sus hermanas de la confederación y solo rivalizó con Buenos Aires. Se preocupó por la mejora del ganado, principal riqueza de la provincia y además impulsó la agricultura para la que proveyó medidas adecuadas.

La economía entrerriana puede decirse que al promediar el siglo XIX era muy próspera. Según estadísticas, las exportaciones superaban a las importaciones lo que permitió encarar obras de envergadura, tales como edificios públicos y escuelas.

Entre las escuelas también debe contarse la que fue su obra cumbre en la educación, me refiero a la fundación del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, el cual tenía un designio bien marcado: formar las generaciones dirigentes del país a organizarse.

El Colegio tuvo categoría superior e incluso funcionaron el él una Escuela de derecho y otra de Estudios militares. Finalizada la campaña a Corrientes Urquiza pensó resarcirse de la dura vida de los campamentos militares y para ello contrató a arquitectos italianos para proyectar y dirigir lo que sería su suntuosa residencia campestre en San José.

Merece destacarse que en ese predio ordenó también la creación de una capilla, la que puso bajo la advocación de San José. Para la ocasión de la inauguración asistió el Nuncio Pontificio Monseñor Marino Marini, lo que constituyó un hecho auspicioso para el país, pues este acercamiento facilitó la reanudación de las relaciones con el Vaticano, suspendidas desde 1810.

Las desinteligencias con Rosas llevaron a Urquiza a acelerar su proyecto para la organización del país. Para este fin trató el tema con distintos gobernadores, más en su mayoría, por temor u obsecuencia, le negaron su apoyo.

Fue entonces que, demostrando la firmeza de su carácter y la claridad de sus convicciones dio a conocer el 1 de Mayo de 1851 el decreto conocido con el nombre de pronunciamiento, que fuera redactado el día anterior por su secretario Dr D Juan Francisco Seguí, en el Palacio San José.

Por ese decreto, la provincia de Entre Ríos reasumía las facultades inherentes a un estado soberano y retiraba los delegados en el gobierno de Buenos Aires.

Desde ese momento, Entre Ríos quedó en aptitud de entenderse directamente con los países de la comunidad internacional hasta que la reunión de un congreso nacional constituyera definitivamente la república.

Los sucesivos acontecimientos y, latente aún la conmoción producida por la derrota de Rosas en Caseros, reavivaron los deseos de lograr una Argentina unida sólidamente. Con este fin se lograron acuerdos entre los protagonistas de manera que las medidas que en el futuro se adoptaban debían ser el reflejo de los términos del acuerdo y nadie podía argumentar sorpresas o desconfianzas en su proceder.

El acuerdo de San Nicolás constituyó un trascendente documento de nuestra vida institucional, en el que se aunaron las voluntades de las provincias para organizar definitivamente el país bajo una conducción federal.

Sin embargo, no sucedió lo mismo con la recelosa Buenos Aires, que luego de Caseros renovó la cámara de representantes, y los miembros que la integraban eran, en su mayoría, contrarias a Urquiza, las cuales impugnaron lo actuado por el Gobernador Vicente López y Planes.

Los desencuentros entre porteños y provincianos afloraron con tanta o mayor virulencia que antaño. Con posterioridad, los Diputados designados como congresales fueron llegando a Santa fe, lugar escogido para que en él funcionara el Congreso Constituyente. Este, luego de intensas deliberaciones, sancionó el 1 de Mayo de 1853 la Constitución Nacional, que con algunas reformas, hoy nos rige.

Urquiza cumplió con el plan establecido, y con legítimo orgullo puede expresar: «Alzese, pues, bien alto la ley nacional y sea de todos profundamente respetada, puesto que a mi me ha cabido el deber de hacerla ejecutar».

Una vez en vigencia la constitución, se procedió al llamado a elecciones para la integración del ejecutivo y en su sesión del 20 de febrero de 1854, el Congreso proclamó la fórmula Justo José de Urquiza para presidente y como vice al Dr Salvador María del Carril.

Merece dejar en claro, que para la elección del vicepresidente había dos postulantes, el antes mencionado y el Dr Facundo Zuviría. La elección se presentaba sumamente reñida por lo que en el deseo de evitar posibles obstáculos y/o rozamientos, presentó su renuncia el Dr Zuviría.

Su alejamiento produjo el alejamiento de Santiago Derqui al gabinete. De inmediato se declaró a Paraná, capital de la Confederación, al mismo tiempo que se federalizó la provincia de Entre Ríos. Todas estas medidas tuvieron su rechazo por parte de Buenos Aires, lo que, mediante su acción opositora, puso en serios problemas económicos a la Confederación.

La secesión y el activo contrabando operaron en detrimento del pujante desarrollo a que aspiraban. Buenos Aires hizo sentir la ventaja que representaba el tener el puerto, el cual permitía el contacto directo con los puertos de ultramar. A las provincias litoraleñas solo podía llegar barcos de escaso porte, los cuales debían, por fuerza, transportar su carga a barcos de gran porte y que estaban construidos para soportar los embates del mar durante las largas travesías.

Se intentó obviar estas dificultades recurriendo al puerto de Montevideo. La idea de recurrir a los puertos chilenos de Copiapó y Cobija en el pacífico, solo fue viable para los productos de las provincias del noroeste y de Cuyo.

El Congreso desarrolló febril actividad y se adoptaron medidas de gran importancia, todas ellas muestran la clara disposición para hacer todo lo que sea posible para mejorar las condiciones de vida de la población, para lo cual se buscaba aumentar las fuentes de trabajo y por lo tanto el empleo de mano de obra, y simultáneamente posibilitar el incremento de la economía merced al aumento de la producción.

El Congreso tenía plena conciencia de la necesidad de fomentar la inmigración, a fin de intensificar la producción proveniente del agro y por lo tanto incrementar los saldos exportables. A tal fin se enviaron agentes a Europa para fomentar la inmigración y al mismo tiempo difundir mediante folletos y libros con noticias del país para conocimiento de los potenciales inmigrantes.

Sería demasiado extenso seguir enumerando logros y realidades alcanzadas por ese gobierno. Considero que lo expuesto permite formarse una idea cabal del extraordinario impulso dado en procura del engrandecimiento del país y de la independencia argentina que soñaban.

Los últimos años de su presidencia se vieron perturbados por el agravamiento de las relaciones con Buenos Aires, pese a los tratados de amistad y los deseos de integridad nacional. Buenos Aires y la Confederación se hallaban en virtual estado de guerra. De nada sirvieron las gestiones oficiales y oficiosas de extranjeros y particulares simpatizantes de la unión.

Ya planteado el problema y como única solución apelar a la lucha armada, corresponde en la semblanza de Urquiza hasta aquí tratado, considerar la última faceta del mismo, vale decir al Urquiza hombre y estadista, ahora en su rol de militar.

Urquiza Militar

Previo a tratar este aspecto en particular, creo conveniente mostrar rápidamente, cual si fuera una pincelada costumbrista, la situación política existente en el país en aquella época, a saber:

Buenos Aires, la poderosa provincia, era la llave de entrada y salida de todos los productos que se importaban o se exportaban. Las arcas del tesoro recibían fuertes ingresos provenientes de la aduana, en desmedro de las economías provinciales, las que se veían compelidas a comerciar bajo la intervención monopólica del mayor estado de la época.

Las provincias eran independientes entre si, pero padecían de un mal que se había enquistado en las clases gobernantes de aquel entonces, y este mal consistía que en su gran mayoría estaban gobernados por gobernadores que en realidad eran caudillos para los cuales su palabra, sus deseos y sus actos constituían la ley, y dejaban sentado que vulnerar sus designios era una falta gravísima y por lo tanto eran pasibles de sanciones y castigos de variada índole.

Como es lógico suponer, dentro de cada provincia existían hombres que se consideraban en condiciones de ser gobierno, potenciales enemigos de la autoridad existente y promotores de múltiples trabas en la acción gubernamental regional.

Además, varios gobernadores tenían aspiraciones de expansión territorial, por lo que tenían en su mente la idea de conquista basada en la fuerza y contundencia de las armas.

Esta situación produjo cruentos enfrentamientos, los que en realidad no eran luchas entre provincias sino guerras entre caudillos. Mucha sangre se derramó en estas contiendas, sangre que regó los campos de batalla, y que lo único que se logró fue el atraso regional y el retorno a una vida semi-salvaje.

Urquiza, si bien no tenía ansias de expansión, debió intervenir en distintos combates en defensa de ataques que se llevaron a cabo contra su provincia, la que era apetecida por caudillos que aspiraban adueñarse del as inmensas riquezas de sus provincia, riquezas logradas en base al trabajo, buena administración y espíritu de progreso, como así también el sentido de respeto y dedicación que supo inculcar a sus subordinados y a sus gobernados.

No entraré en detalle respecto de las luchas en que intervino, pues no hace mucho más a esta somera monografía, para ello cito estos enfrentamientos armados al solo título infinitivo, en Corrientes, la Banda Oriental y en la propia Entre Ríos. Los teatros de operaciones en que intervino fueron: Pago Largo, Sauce Grande, Caaguazú, Arroyo Grande, India Muerta y Laguna Limpia. Por esos lugares mostró su figura victoriosa y su comportamiento correcto y condescendiente para con el vencido.

El problema suscitado con Buenos Aires llevó a la intervención al Ejército Entrerriano a un enfrentamiento contra las fuerzas porteñas en los campos de Cepeda. Desde el mismo campo de combate, Urquiza lanzó una proclama destinada a los hombres de Buenos Aires y expresaba: «Deseo que los hijos de esta tierra y herederos de una misma gloria no se armen más los unos contra los otros, deseo que los hijos de Buenos Aires sean argentinos».

La actuación cumbre de Urquiza militar se produjo cuando se decidió derrotar a Rosas, culpable y responsable de los virulentos desacuerdos entre porteños y provincianos.

Para la ocasión Urquiza formó el ejército grande, el que llegó a contar con algo más de veintiocho mil efectivos, y debía concentrarse en Diamante, Entre Ríos.

El posterior cruce constituyó una hazaña extraordinaria. Urquiza y su Ejército se internaron en territorio santafecino, en dirección a Buenos Aires. Rosas delegó transitoriamente el gobierno de su provincia para ponerse al frente de los efectivos.

El 3 de febrero de 1852, en las cercanías del Palomar de Caseros tuvo lugar el encuentro entre ambas fuerzas. Pocas horas duró la lucha y el Ejército de Rosas se derrumbó y con él a un largo periodo inconstitucional. Urquiza triunfador se instaló en la residencia de Rosas en Palermo y entre sus primeras medidas nombró gobernador de Buenos Aires a Vicente López y Planes. Secuela de este triunfo fue el Protocolo firmado en Palermo, donde se sentaron las bases para una reunión en San Nicolás de los Arroyos.

El 3 de mayo de 1852 se suscribió un acuerdo por el cual los gobernantes signatarios manifestaron su propósito de reunir un Congreso constituyente en Santa Fe. Reunido el mismo, el Congreso sancionó la Constitución Nacional.

Urquiza, en el orden interno de su provincia, tenía un acérrimo enemigo llamado Ricardo López Jordán, el cual tenía aspiraciones de gobernante, pero fue dos veces consecutivas postergado por su rival al cual profesaba intenso odio y sorda envidia. López Jordán reunió y dio instrucción a un grupo de trámite insurgente de asesinar a Urquiza.

El 11 de abril de 1870, ese grupo irrumpió en el Palacio San José, donde el héroe de tantas luchas recibió un balazo en la mejilla izquierda y aún herido marchó hacia su dormitorio en busca de un arma, pero fue ultimado antes de cumplir su propósito.

Luego de estos hechos, la Cámara Legislativa nombró como gobernador de Entre Ríos a López Jordán. El Gobierno Nacional sabedor de quien ordenó el asesinato de Urquiza mandó la intervención a Entre Ríos y se generó una lucha civil durante varios años en los cuales la provincia se vio inmersa en el caos, el terror y la muerte.

La posteridad reconoció tardíamente la obra de Urquiza y comprendió que la organización nacional por él diagramada fue el factor decisivo para lograr la grandeza y prosperidad que posibilitaron que la Argentina tuviera un papel preponderante en el mundo.

CRONOLOGÍA DE LA VIDA DE URQUIZA:

1801:Nace Justo José de Urquiza, hijo de José de Urquiza y Cándida García, en El Talar del Arroyo Largo. Es bautizado el 21 en el curato de Concepción del Uruguay.

1817 : Justo José de Urquiza ingresa en el Colegio Real de San Carlos, de Buenos Aires.

1819: Regresa definitivamente a Entre Ríos, donde instala una pulpería.

1823: Participa en una conspiración contra el gobernador Lucio Mansilla. Éste le otorga los despachos de subteniente de la 1°Compañía de Cívicos.

1826:Es elegido diputado por el Departamento del Uruguay (Segundo Principal).Se incorpora al Congreso Entrerriano reunido en Paraná, del que es designado presidente el 7 de agosto.

1830: Interviene en un movimiento revolucionario encabezado por Ricardo López Jordán (padre) contra el gobernador León Sola.

1831: Nueva revolución de López Jordán, que es derrotada el 13 de marzo.

1832: Urquiza es designado comandante general del Segundo Departamento Principal por el gobernador Pascual Echagüe.

1836: Visita junto con el general Pascual Echagüe al gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas.

1837: Recibe los despachos de coronel mayor (general) de la provincia de Entre Ríos.

1839: Batalla de Pago Largo, en la que es derrotado Genaro Berón de Astrada. Urquiza comanda la caballería.

1839: Batalla de Cagancha en la que el general uruguayo vence a las tropas de Echagüe de las que formaba parte Urquiza.

1840: Batalla de Sauce Grande, en la que es vencido Lavalle. Urquiza comanda la caballería.

1841: La Cámara de Representantes elige a Urquiza gobernador y capitán general de la provincia de Entre Ríos por el período 1842-1845. La Legislatura le otorga facultades extraordinarias para la lucha contra los unitarios. El mismo día el cuerpo manda que se lo reconozca como brigadier general de los ejércitos de la provincia de Entre Ríos. El Poder Ejecutivo provincial expide el correspondiente decreto el día 30.

1845: Deshace a las fuerzas de Rivera en India Muerta. Es reelegido gobernador de Entre Ríos por el período 1846-1849.

1846: Abre su marcha sobre Corrientes para combatir contra el general Paz. En Laguna Limpia, Corrientes, derrota a la vanguardia del general Paz. Se firma el Tratado de Alcaraz, entre las provincias de Entre Ríos y Corrientes.

1847: Batalla de Vences en la que queda deshecho el ejército de Madariaga.

1849: Crea el Colegio del Uruguay, su magna obra educativa. Es reelegido nuevamente gobernador por el período 1850-1854.

1850: Se reúne con el gobernador de Corrientes, brigadier Benjamín Virasoro, para tratar el modo de derrocar a Rosas. Con el mismo propósito le encomienda a Antonio Cuyas y Sampere que entable relaciones amistosas con el gobierno de la ciudad de Montevideo, sitiada por el general Manuel Oribe.

1851: Se pronuncia públicamente contra Rosas. Se firma en Montevideo el tratado de alianza ofensivo-defensivo para luchar contra Rosas. Inicia su campaña contra Oribe en la República del Uruguay.
Inicia el pasaje del Paraná, desde Diamante, en marcha sobre Buenos Aires.

1852: Batalla de Caseros en que Urquiza derrota completamente las tropas de Rosas. Al día siguiente dicta su proclama al pueblo de Buenos Aires. Entra en la ciudad de Buenos Aires al frente de su ejército, en un desfile triunfal.

Firma del Protocolo de Palermo entre las provincias de Buenos Aires, Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe, por el que se autoriza a Urquiza a dirigir las relaciones exteriores hasta que se reúna el Congreso Nacional. Circular a los gobernadores de las provincias argentinas para invitarlos a una reunión a celebrarse en San Nicolás de los Arroyos, para tratar la forma de organizar la Nación. Se firma el Acuerdo de San Nicolás por el cual Urquiza es designado director provisorio de la Confederación Argentina.

Apertura de los ríos interiores a la navegación internacional. Estalla en Buenos Aires una revolución con el objeto de separar a la provincia del resto del país. Urquiza se retira a Entre Ríos al mando de fuerzas de infantería y material de guerra y se instala en la ciudad de Paraná. Comienza a sesionar en Santa Fe el Congreso General Constituyente.

1853: El general Urquiza jura solemnemente la Constitución Nacional y el 25 decreta y ordena que se la tenga por ley fundamental en todo el territorio de la Confederación Argentina. El Congreso Nacional declara a Paraná capital provisional de la Confederación Argentina.

1854: El presidente del Congreso Nacional le remite el nombramiento de presidente constitucional de la Confederación para el que ha sido elegido en esa fecha; el 5 presta juramento ante el Congreso.

1856 El Congreso le acuerda el despacho de brigadier general de los ejércitos de la Confederación Argentina.

1857: El Congreso le otorga el grado de capitán general con el tratamiento de excelencia.

1859: Lega a Asunción para resolver amigablemente el conflicto paraguayo-norteamericano. El Congreso autoriza al presidente Urquiza a «incorporar la provincia de Buenos Aires, por la paz o por la guerra». Urquiza asume el mando supremo de los ejércitos en lucha contra Buenos Aires. Triunfo confederado en la batalla de Cepeda. Firma en San José de Flores del Pacto de Unión Nacional. El Congreso declara a Urquiza «fundador de la Unión Nacional y de la República Argentina, constituida bajo la ley federal del 1° de mayo de 1853».

1860: Es elegido presidente el doctor Santiago Derqui, quien asume el 5 de marzo. Urquiza es nombrado general en jefe del ejército de la Confederación. La legislatura entrerriana elige a Urquiza gobernador por un período de cuatro años. La Convención Nacional ad hoc de Santa Fe sanciona por unanimidad las reformas a la Constitución Nacional. El 21 de octubre, el pueblo de Buenos Aires jura la Ley Fundamental.

1861: El Congreso declara que Buenos Aires ha roto el Pacto de Unión Nacional y el convenio del 6 de junio de 1860 y lo acusa de sedicioso. Urquiza es nombrado jefe del Ejército Nacional. En los campos de Pavón se libra una batalla de resultado indeciso. Urquiza se retira y Mitre recoge la victoria. Entre Ríos reasume su soberanía dado el derrumbe de la Confederación.

1862: Mitre asume la presidencia de la Nación unificada, con el coronel doctor Marcos Paz como vicepresidente.

1864: Urquiza es nombrado inspector y comandante general de las milicias de la provincia de Entre Ríos.

1868:-a Legislatura de Entre Ríos elige a Urquiza gobernador por un período legal de cuatro años.

1870:El presidente Sarmiento llega a Concepción del Uruguay en visita oficial. Urquiza cae asesinado a manos de
un grupo de partidarios de Ricardo López Jordán.

Presidencia Uriburu Jose Obra de Gobierno Límites con Chile

GOBIERNO DE JOSÉ EVARISTO URIBURU – PROBLEMAS LIMÍTROFES CON CHILE

José Evaristo Uriburu, como vicepresidente, reemplazó a Luis Sáenz Peña, quien debió renunciar debido a un levantamiento, quien propuso una ley de  amnistía para pacificar al país. Sin embargo, no había cambios económicos ni políticos. Las figuras que se iban sucediendo en el gobierno respondían a los mismos intereses financieros y las elecciones seguían caracterizadas por el «voto cantado», sin cuarto oscuro ni oposición reconocida. En esta situación se enmarca el crecimiento de la Unión Cívica Radical y el nacimiento del Partido Socialista en 1895, bajo la jefatura de Juan B. Justo.

PRESIDENCIA DE JOSÉ EVARISTO URIBURU (1895-1898)
jose evaristo uriburuEl vicepresidente Uriburu completó el período (1895 a 1898); consiguió restablecer la normalidad, favorecido por el apoyo que le prestaron los partidos del acuerdo, dirigidos por Roca y Mitre, y por el cansancio generad producido por las agitaciones de los últimos cinco años.

En mayo de 1895 se levantó el segundo censo nacional, que registre algo más de 4.000.000 de habitantes de los cuales 1.000.000 eran extranjeros, y de éstos, casi la mitad italianos Buenos Aires contaba con 668.000 almas; ninguna otra ciudad alcanzaba a los 100.000 (Rosario, segunda en población, tenía 91.000).

El comercio exterior arrojó todos los años un saldo favorable; en 1898 llegó a 241.000.000 de pesos.

En 1895 fueron inaugurados el edificio de la Facultad de Medicina y el Museo de Bellas Artes; en 1898, el ingeniero Otto Krausse organizó v asumió la dirección, por encargo de gobierno, de la primera escuela industrial del país.

Luego de la renuncia de Sáenz Peña, completó el período el vicepresidente José Evaristo Uriburu. El nuevo mandatario restableció la autoridad presidencial y consiguió la anhelada pacificación del país, por medio de un proyecto de amnistía general, que fue aprobado por las Cámaras. Uriburu integró su ministerio con miembros del roquismo (pertenecientes al P.A.N.) y del mitrismo (Unión Cívica Nacional). Consecuente con la acción moderada del gobierno, el partido Radical —tranquilo y en parte desorganizado— participó en los debates parlamentarios por medio de destacadas figuras.

Chile había seguido una posición armamentista adquiriendo elementos bélicos y organizando un ejército bajo técnicas alemanas, hechos que alarmaron a los gobernantes argentinos. El gobierno argentino resolvió aprestarse para la lucha. Con ese objeto se convocó la primera conscripción obligatoria de ciudadanos, cuyos campamentos se establecieron en los Andes. Curumalal, Choele-Choel, Tandil y otros pueblos. Se compraron algunas unidades navales, como la fragata escuela Presidente Sarmiento y buques acorazados.

Todo ello se hizo con grandes sacrificios del erario y con el objeto de asegurar un equilibrio de fuerzas con Chile y Brasil. Con respecto a este último, el presidente de Estados Unidos de América, Grover Cleveland, produjo el laudo arbitral que resolvió a favor de las pretensiones del país vecino la cuestión de límites entre ambos paises. fallo que la República Argentina aceptó (1895).

A comienzos de 1896 falleció el Dr. Aristóbulo del Valle, y en el mes de julio se suicidó, descerrajándose un balazo en la sien, el Dr. Leandro N. Alem, mientras viajaba dentro del carruaje que lo conducía al Club del Progreso. Dejó una carta en la que afirmaba encontrarse bajo una crisis depresiva y al referirse  a  su  partido   Radical  escribió  «que  se  rompa,   pero  que  no  se  doble». El radicalismo quedó bajo la dirección de Hipólito Yrigoyen.

La política internacional
Las relaciones internacionales fueron motivo de absorbente preocupación. El conflicto con Chile volvió a presentar suma gravedad. Para hacer frente a una posible guerra, el gobierno resolvió mantener en las filas los contingentes y convocar a la guardia nacional por tres meses; de esa manera fueron movilizados 30.000 hombres, bien armados y equipados. En Curumalal se instalo un campamento.

La escuadra fue reforzada con algunas unidades adquiridas en Italia mientras otras eran encargadas a astilleros de ese país y de Inglaterra. Cerca de Bahía Blanca comenzó la construcción de un puerto militar.
En 1898, las dos naciones decidieron someter los puntos en litigio al arbitraje de la reina Victoria, de Gran Bretaña, lo que por el momento atenuó la tensión.

En 1895, el presidente Cleveland de Estados Unidos de América, fallo en calidad de arbitro el pleito de límites entre Argentina y Brasil, en el territorio de Misiones, señalando como frontera los ríos San Antonio y Pepirí Guazú, anuentes de los ríos Iguazú y Uruguay, respectivamente. El laudo, favorable al Brasil, fue acatado sin objeciones.

BREVE RESUMEN DE SUS POLÍTICAS:

Luego de la renuncia de Sáenz Peña asumió el cargo el vicepresidente, José Evaristo Uriburu, cuyos antecedentes mitristas lo hacían un hombre apto para seguir los dictados de la política acuerdista.

La ley de amnistía. Uno de los primeros actos del presidente fue sancionar una ley de amnistía destinada a poner término a los recientes sucesos revolucionarios protagonizados por los radicales. Así, en su primer mensaje al Parlamento, pudo decir que inauguraba sus «sesiones sin que haya un solo argentino proscripto, acatada en todo el país la autoridad y asegurada la paz pública…»

Segundo Censo Nacional. El 10 de mayo de 1895 se realizó el segundo censo nacional que registró una población de 4.044.911 habitantes lo cual significó un aumento de más de 2.000.000 de habitantes sobre el censo de 1869.

Reformas a la Constitución nacional. Una Convención Reformadora de la Constitución nacional, que se reunió en 1898, introdujo reformas a nuestra Carta Magna: se elevó a ocho el número de ministros del Poder Ejecutivo, y se estableció que en el Congreso habría un diputado cada 33.000 habitantes en lugar de uno cada 20.000 como hasta ese momento. En el mismo artículo 37 de la Constitución se dispuso que después de cada censo, «el Congreso fijará la representación con arreglo al mismo, pudiendo aumentar pero no disminuir la base expresada por cada diputado».

Problemas limítrofes. Los problemas limítrofes que se suscitaron con Chile pusieron en serio peligro la paz entre, los dos países. Las posiciones antagónicas mantenidas con respecto a las zonas ubicadas al sur del paralelo 42° parecían irreductibles y la posibilidad de una guerra determinó un aumento en los gastos militares y la compra de barcos y armamentos. Finalmente, en 1898, la cuestión fue sometida al arbitraje de la reina de Gran Bretaña. Con respecto a un litigio similar con el Brasil, Glover Cleveland, presidente de Estados Unidos de América falló en contra de los intereses argentinos (5 de febrero de 1895).

Comercio exterior y rentas públicas.
La solidez del comercio exterior argentino fue en aumento. Convertido en granero del mundo, nuestro país arrojaba saldos favorables pues las exportaciones superaban alias importaciones. Al comenzar su mandato, el presidente Uriburu (1895), las importaciones totalizaron más de 95 millones de pesos oro y las exportaciones superaron los 120 millones. Al finalizar la presidencia (1898) se impqrtójpor 107 millones y se exportó por casi 134 millones de pesos oro.

En el orden interno se registró un notable desequilibrio entre las rentas públicas y los gastos. En 1898, por ejemplo, las primeras ascendieron , a 53 millones de pesos oro y los segundes superaron 121 millones de esa moneda.

Este desequilibrio se debió, en gran medida, a la compra de unidades navales y ¿ los preparativos militares para un eventual conflicto con Chile ya que la guerra parecía inminente, sumándose también las grandes erogaciones provenientes de la deuda pública.

ALGO MAS…
Los problemas limítrofes con Chile
: Las pretensiones de Chile sobre parte de nuestra Patagonia habían provocado —desde tiempo atrás— conflictos de gravedad. El acuerdo de 1881 pareció resolver la vieja cuestión que siguió pendiente a pesar de otros tratados posteriores. Los lentos trabajos de demarcación y las discusiones entre los peritos por motivos limítrofes, hacían presagiar el estallido de una guerra.

En defensa de la soberanía nacional, Uriburu dispuso aumentar los efectivos y mejorar el poder combativo de las fuerzas armadas. Por decreto del mes de marzo de 1896, se convocó la primera conscripción de ciudadanos con veinte años de edad, y cuyo principal campamento se estableció en Curumalán.

Con respecto a la flota, fueron incorporadas algunas unidades de guerra y la fragata-escuela Presidente Sarmiento. En las proximidades de Bahía Blanca comenzó a erigirse una base naval.

El grave diferendo con Chile se encauzó felizmente por la vía diplomática y fue sometido en 1898 al arbitraje de la Reina Victoria de Gran Bretaña.

Nuestro país sostenía una cuestión con el Brasil debido a la frontera de Misiones. El Presidente Cleveland de los Estados Unidos —en calidad de árbitro— falló en favor del Brasil y señaló como límite el curso de dos afluentes de los ríos Uruguay e Iguazú.

Fuente Consultada:
Historia 3 La Nación Argentina e Historia Argentina y El Mundo Hasta Nuestros Días
HISTORIA 5 Historia Argentina
José Cosmelli Ibañez Edit. TROQUEL

Resumen del Gobierno Post Peronista Ejecución de Aramburu

Resumen del Gobierno Post Peronista

El postperonismo:

El derrocamiento del primer experimento nacionalista popular de Perón implicó el cierre de un ciclo histórico. A partir de entonces se sucedió una época que comúnmente se denomina como de «empate» entre fuerzas, alternativamente capaces de vetar los proyectos de las otras, pero sin recursos para imponer perdurablemente los propios.

El «empate político» se vio reflejado en los ciclos periódicos de crisis económica. El poder económico fue compartido entre la burguesía agraria pampeana (proveedora de divisas y por lo tanto dueña de la situación en los momentos de crisis externa) y la burguesía industrial, volcada totalmente hacia el mercado interior. Las alianzas se establecerían según cual fuera el momento del ciclo.

Hasta 1966 hubo una serie de esfuerzos destinados a destruir al peronismo para crear una alternativa civil de apoyo mayoritario, pero fueron en vano. Algunos de los que derrocaron a Perón anhelaban un país «sin vencedores ni vencidos» (como dijera Lonardi al asumir), y creían que con tiempo y educación democrática se podría integrar a los peronistas a la sociedad. Desgraciadamente, los que predominaron fueron los más duros e intolerantes, los «gorilas», que condenaron a un ridículo silencio a la mayoría electoral, y que transformaron en delito cantar la marcha partidaria y mencionar los nombres de Perón y Evita.

La regla tácita operante durante esta época señalaba que el peronismo no debía gobernar ni podía ocupar espacios de poder relevantes. Quien, por táctica o principios republicanos, diera lugar a su retorno a posiciones de poder, aunque fueran parciales, sería desplazado por el método tradicional de los cambios críticos: el golpe de Estado.

De esto se trataban los conflictos sociales planteados al comienzo del informe: gobiernos militares y civiles no peronistas se adueñaban del poder pero no podían mantenerlo por la presión peronista; estos a su vez podían derribar gobiernos pero no podían tomar el poder. Como factor de presión añadido para cualquier gobernante, constitucional o no, siempre estaba la eventualidad del arribo del General de su exilio – según la leyenda, en un avión negro – que con su amplia influencia y estrategia política podría prácticamente manejar la situación como se le antojara.

El 16 de septiembre de 1955 se produce la sublevación autodenominada “Revolución Libertadora”, movimiento revolucionario encabezado por el general Eduardo Lonardi

En 1966 el ejército, al mando del Tte. Gral. Juan Carlos Onganía, estableció una dominación autoritaria «necesaria» para suprimir la inflación y restablecer el crecimiento económico. La fuerte resistencia que la sociedad opuso a este programa obligó al gobierno militar a suavizar su situación y a acuciar una salida electoral. Aunque en las elecciones de 1973 el peronismo volvió al poder, la sociedad ya estaba fracturada y una seria inquietud política persistió durante los tres años siguientes, hasta que finalmente la Junta militar presidida por Jorge Rafael Videla tomó el poder mediante otro golpe de estado en junio de 1976.

Aramburu y la desperonización de la sociedad

El gobierno de Lonardi fue rápidamente reemplazado por las facciones más «gorilas» del poder, asumiendo el general Pedro Eugenio Aramburu la presidencia. Su régimen fue un intento de las clases dominantes de «poner orden en la casa», y recuperarse, principalmente la burguesía agraria, del deterioro que el peronismo le había causado.

Con Aramburu se terminaron las ambigüedades. Se intervino el Partido Peronista y la CGT, así como la mayoría de los sindicatos; se prohibió el uso de símbolos peronistas, se detuvo a muchos dirigentes políticos y gremiales y se anuló la Constitución de 1949. Después de más de cien años de que no se fusilaba por motivos políticos, un alzamiento militar-civil fue sometido de esta manera. Los peronistas pudieron sentir que habían sido profundamente derrotados.

Procurando desarmar lo más posible el aparato de la organización obrera peronista, el gobierno de Aramburu sentó la base institucional para el proceso que se abriría con Frondizi: el reemplazo de trabajo por capital en el desarrollo industrial, esto es, el despojo de los derechos sociales peronistas en función de la acumulación de capital y la eficiencia de la economía.

El gobierno desarrollista de Frondizi

En 1958, Perón desde Madrid, ordenó a sus seguidores votar por el radical disidente y desarrollista Arturo Frondizi, demostrando así su fuerza aún desde el exilio. Perón se vio obligado a tomar esta decisión, ya que era dudoso que los peronistas volvieran a votar en blanco (después de la Asamblea Constituyente de 1957 en la que el 24% de los votos fueron en blanco) en un momento en el que se elegiría a las autoridades que regirían por seis años los destinos de la nación. Por otro lado, Frondizi seducía a los peronistas con sus consignas progresistas y desarrollistas y su prédica en contra del gobierno militar.

Las FFAA, lideradas por entonces por los sectores más antiperonistas, sostuvieron que el candidato de la UCRI había ganado ilegítimamente, ya que los votos peronistas habían frustrado al candidato oficioso de los militares, el de la UCR del Pueblo. Desde la asunción del nuevo presidente, el golpe ya estaba dando vueltas en las cabezas de los opositores.

Después del período peronista, el sector industrial había quedado compuesto por pequeños capitalistas y talleres artesanales de baja eficiencia y competitividad, pero de gran capacidad de empleo. Las grandes corporaciones del país, que cubrían las áreas de industria y servicios públicos, eran propiedad del Estado.

El gobierno desarrollista de Frondizi implementó un plan destinado a modernizar las relaciones económicas nacionales e impulsar la investigación científica. En diciembre de 1958 se promulgó la Ley de inversiones extranjeras, que trajo como consecuencia la radicación de capitales, principalmente norteamericanos, por más de 500 millones de dólares, el 90% de los cuales se concentró en las industrias químicas, petroquímicas, metalúrgicas y de maquinarias eléctricas y no eléctricas.

El mayor efecto de esta modernización fue la consolidación de un nuevo actor político: el capital extranjero radicado en la industria. La burguesía industrial nacional debió, desde entonces, amoldarse a sus decisiones y la tradicional burguesía pampeana fue desplazada de su posición de liderazgo, recuperándola a medias en los momentos de crisis.

Otras de las consecuencias de este plan fue la concentración de las inversiones en la Capital Federal, la provincia de Santa Fe y principalmente la ciudad de Córdoba, que experimentó un meteórico desarrollo industrial. Por otro lado, las variaciones en la distribución de los ingresos beneficiaron a los sectores medio y medio-alto, en detrimento de los inferiores, pero también de los superiores.

La complejización de las estructuras políticas y económicas desplazó a los viejos abogados y políticos del poder y los subordinó a una nueva clase dirigente, la burguesía gerencial, que empezó a formar el nuevo Establishment. Ante esta nueva situación, la burocracia sindical adoptó una nueva posición; ni combativa, ni oficialista: negociadora. Desde que en 1961 Frondizi devolvió a los sindicatos el control de la CGT, se empezó a gestar en el interior del sindicalismo peronista la corriente «vandorista» (por Augusto Vandor, líder del poderoso gremio metalúrgico) que estaba dispuesta a independizarse progresivamente de las indicaciones que Perón impartía en el exilio. Eventualmente, consideraban construir el embrión de un proyecto político-gremial capacitado para negociar directamente con otros factores de poder (es decir, sin la mediación de Perón) al estilo del Partido Laborista inglés nacido en la década del ‘40. Todo esto hizo que los partidos políticos tradicionales fueran perdiendo relevancia como articuladores de intereses sociales.

En estos años de proscripción y declinación general del nivel de vida de la clase obrera nació la izquierda peronista, es decir, aquellos peronistas cuyas metas eran el socialismo y la soberanía popular. Esta se dio no por acercamiento de la izquierda tradicional, que seguía siendo hostil al peronismo, sino a través de la radicalización de los activistas peronistas y la peronización de jóvenes que se habían orientado primero hacia la derecha y el nacionalismo católico.

En recompensa por el apoyo electoral recibido, Frondizi se acercó a los peronistas – otorgándoles una amnistía general, una nueva Ley de Asociaciones Profesionales, etc.- pero las inversiones extranjeras, consideradas la clave del desarrollo frondicista, les olían a entrega al imperialismo yanqui. Los contratos con ocho compañías petroleras extranjeras y la privatización del frigorífico Lisandro de la Torre desbordaron la ira de los peronistas nacionalistas, que se sentían traicionados. A su vez, se levantaron las protestas de la burguesía nacional, que necesitaba el petróleo barato, y que temía que si la Argentina no se aliaba a EEUU contra Castro, sufriría la misma política de agresión que Cuba.

Ante la creciente oposición de la clase obrera, con una recurrente recesión, y con muy poco espacio para maniobrar, Frondizi se encontró entre la espada y la pared: cedió a todos los planteos militares (inquietos por la movilización del peronismo) y declaró primero el Estado de Sitio y luego el plan de represión CONINTES para desmovilizar a la clase obrera. Al mismo tiempo legalizó al Partido Peronista para competir en las elecciones de 1962 para gobernadores provinciales, en las que los peronistas ganaron en cinco distritos. Este hecho fue intolerable para los militares, por lo que decidieron el derrocamiento de Frondizi, encendiendo los fuegos del más virulento antiperonismo, al estilo de los años ‘55 y ‘56. El presidente destituido conservó la cordura como para salvar un jirón de institucionalidad designando como sucesor al presidente provisional del Senado, José María Guido.

Acto seguido se produjeron enfrentamientos dentro de las FFAA, más específicamente entre los denominados azules y colorados, en los que fueron derrotados los grupos más antiperonistas y favorables a la burguesía agraria que habían volteado a Frondizi. Tras dos choques sangrientos, otra generación se consolidó en el liderazgo de las Fuerzas Armadas, bajo el mando del general Onganía.

Dada la necesidad de otorgarle una salida institucional al precario gobierno de Guido, en 1963 se llamó a elecciones presidenciales nuevamente. Con el peronismo proscripto y con tan sólo el 25% de los votos, resultó vencedor el candidato de la UCR del Pueblo, Arturo Illia.

Illia, el insólito respeto republicano

El presidente Illia recreó un modelo de gobierno respetuoso hasta el fin de las pautas de la democracia liberal, inspirado en la imagen republicana anterior a 1930. En este sentido, su administración fue ejemplar: gobernó sin Estado de Sitio y sin presos políticos, garantizó las libertades básicas y hasta tuvo arrestos de dignidad nacional en sus relaciones con los EEUU, como lo demostró en oportunidad de la invasión de los marines en Santo Domingo.

Illia, presindente argentino

Gracias a una coyuntura internacional favorable a los productos argentinos en el mercado mundial, la Argentina entró en un ciclo largo de recuperación, que eliminaría por una década el déficit en la balanza comercial. Si bien el gobierno de Illia no frenó estas tendencias, tampoco las impulsó. Esto es lo que los sectores más desarrollistas le achacaron desde el principio al gobierno radical. El nuevo Establis hment necesitaba la apertura económica, la acumulación de capitales y la racionalización del Estado por encima de toda legalidad republicana. A los ojos militares y desarrollistas, el viejo sistema de partidos era incapaz de asumir estas tareas, por lo que prepararon el golpe mejor planeado y menos violento de la historia argentina. Moldearon a la opinión pública desde años antes del levantamiento por medio de una intensa actividad propagandista, hasta identificar al presidente radical con la modorra pueblerina y la siesta provinciana, al mismo tiempo que enaltecían a los militares como héroes de la epopeya tecnológica y de la grandeza nacional.

La Junta destituyó en 1966 al presidente, al vicepresidente, a los gobernadores y a los vicegobernadores, disolvió el Congreso Nacional, las legislaturas provinciales y los partidos políticos y reemplazó a los miembros de la Corte Suprema de Justicia. En nombre de las FFAA el cargo de presidente fue ocupado por un hombre de larga tradición cristiana y occidental: el Tte. Gral. Juan Carlos Onganía. El suceso militar fue bautizado con el nombre de «Revolución Argentina», afirmándose sobre el consenso de algunos sectores, en el consentimiento resignado de la mayoría y en la expectativa desconcertada de casi todos.

La Revolución Argentina

La Revolución Argentina fue la continuación del proyecto desarrollista de Frondizi llevado a sus extremos: favoreció la apertura y la concentración de capitales para impulsar el proceso de industrialización y modernización de la estructura productiva y se estableció sobre un Estado autoritario donde confluían el poder político y el económico. El objetivo económico de Onganía fue pronto descubierto: la consolidación de la hegemonía de los grandes monopolios industriales y financieros asociados con el capital extranjero, a expensas de la burguesía rural y de los sectores populares.

Esta situación hizo que el peronismo profundizase su división, entre los que querían resistirse a los militares y los que querían colaborar, los vandoristas. Cuando estos se acercaron al gobierno, Perón – desde el exilio – fomentó el surgimiento de sindicatos opuestos a la burocracia sindical, como la CGT «de los argentinos». Así les recordó a los vandoristas que sin él, no eran nada. Luego de haber logrado su objetivo a fines de 1968, y por temor a que la nueva central obrera se desbandara, la disolvió. Así era la táctica «pendular» del general.

En julio de 1966, un mes después del golpe derechista, la Policía Montada entró a la Universidad de Buenos Aires y la desalojó a porrazos, en el episodio tristemente conocido como la «Noche de los Bastones Largos«. Si bien visto en retrospectiva el acontecimiento no fue particularmente terrible, (principalmente comparado con la represión vivida durante el régimen de Videla), en esa época caló muy hondo en el alumnado. Dos años más tarde los estudiantes más políticamente motivados ya estaban estableciendo lazos de solidaridad con las organizaciones obreras militantes y desarrollando su campo de acción en el ámbito externo, principalmente en las villas miseria.

Pese a haber tenido condiciones económicas nacionales e internacionales a su favor, al cabo de los tres primeros años, la Revolución Argentina ya mostraba signos de fracaso. El más evidente fue la inesperada respuesta social a la política económica oficial, que derivó en el surgimiento de las guerrillas urbanas.

La guerrilla

Las principales causas que ocasionaron su origen y expansión fueron:

El acercamiento de las clases medias con las bajas: Al darse cuenta los universitarios de que su problemática no estaba tan lejos de la del proletariado (problemas económicos comunes por el aumento del costo de vida y transporte, desocupación creciente, etc.), comenzaron a identificarse con ellos y a buscar lazos que beneficiarían a ambos. No sólo creían posible un mundo mejor; los universitarios de izquierda sabían que como profesionales, administradores, planificadores de la economía, etc., tendrían un buen lugar en un eventual gobierno socialista.

Aunque la mala situación económica jugó su papel en la radicalización de la clase media, coincido con Richard Gillespie cuando afirma que los factores sociales y económicos fueron causas menores frente a los políticos y culturales. El golpe de Onganía significó un violento ataque a lo que la clase media consideraba su coto privado incluso durante la década infame, esto es, las universidades, y el mundo de la cultura en general. El violento ataque de Onganía a la autonomía universitaria contribuyó mucho a empujar a los jóvenes de clase media a la oposición armada.

El hecho de que pocos obreros integrasen las guerrillas se debió principalmente a la acción desmovilizadora que significó el peronismo, que los convenció de que su fuerza radicaba en el poder colectivo industrial y en los sindicatos y no en las armas de fuego. Por otro lado, no contaban con los recursos económicos necesarios para pasar a la clandestinidad y convertirse en combatientes profesionales. Los universitarios gozaban de una mayor independencia económica y disponían de mucho más tiempo para pensar y para dedicar a la exigente vida de guerrillero. No debe sorprender pues que las guerrillas urbanas hallan aflorado en países muy urbanizados y con un alto porcentaje de habitantes de clase media, como Argentina y Uruguay, afectados por medidas económicas impopulares y por la reducción de las libertades políticas y culturales.

La atracción casi mística que producía sobre la juventud el General Perón desde el exilio: Muchos de aquellos quienes durante el primer gobierno de Perón eran aún niños, descubrieron en él un modelo y mentor espiritual, el gestor de una nostálgica época de oro en la que el pueblo había sido feliz; comparada con los años sesenta, década en la que los jóvenes argentinos descubrieron la desilusión del sistema político, tanto en su forma constitucional como de facto. A su vez, Perón, por medio de mensajes, apoyaba a las organizaciones guerrilleras en sus acciones partisanas y alentaba a las «formaciones especiales». Como ejemplo, un extracto de su «Mensaje a la juventud» de 1971:

«Tenemos una juventud maravillosa, que todos los días está dando muestras inequívocas de su capacidad y su grandeza … Tengo una fe absoluta en nuestros muchachos que han aprendido a morir por sus ideales».

El debilitamiento de los valores de la sociedad tradicional y el relajamiento de los controles morales y sociales: observado en hechos como la duplicación de la criminalidad violenta en seis años, la triplicación de separaciones y divorcios y la disminución de ingresantes al servicio de la Iglesia. No debemos olvidar que el planeta entero vivía una época de cambios vertiginosos: el hippismo, la guerra de Vietnam (que fue la primera vez que el mundo pudo ver una guerra por televisión), el mayo francés, etc. Todas estas corrientes de revolución y contrarrevolución impulsaban a la juventud a tomar partido activamente por algo que considerasen justo.

El compromiso social y político que asumió parte del clero latinoamericano a fines de los ‘60: Este pequeño pero muy activo sector bautizado «Sacerdotes del Tercer Mundo», con su profunda capacidad de prédica en los sectores mas bajos de la sociedad, convirtió numerosas iglesias en centros clandestinos para reuniones y afiliaciones. La liturgia católica, por otro lado, actuó como sedante frente a los temores a la muerte que muchos guerrilleros habrían de sentir: eran presentados como «hijos del pueblo», que «caían» en vez de morir, y a los que se les daba la condición de mártires.

El cordobazo, rosariazo, tucumanazo, etc.: Estas manifestaciones espontáneas de obreros y estudiantes fueron recibidas por los combatientes como una señal de apoyo del pueblo a sus acciones guerrilleras.

De los movimientos guerrilleros de esta época, se destacan:

Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP): eran el brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores. Siendo marxistas, consideraban al peronismo una operación de la burguesía para ganar tiempo y retrasar la concreción de la revolución obrera. Tenían más afinidades en el interior y entre las clases populares que los Montoneros.

Montoneros: esta fue la principal fuerza guerrillera urbana que ha existido hasta la fecha en América Latina. Estaban convencidos de que las armas eran el único medio que tenían a su disposición para responder a «la lucha armada que la dictadura ejerce desde el Estado«. Llegaron a manejar a la juventud peronista y a la universidad y a tener la adhesión de cientos de miles de argentinos en el ‘73-’74 mientras incidían íntimamente en el poder durante el breve gobierno de Cámpora. Su cúpula estaba manejada por hombres originarios de la extrema derecha católica, como Firmenich y Vaca Narvaja, que advirtieron que sus ansias de lucha nacionalista y antiimperialista serían en vano si no lograban la adhesión de los peronistas. Adoptaron sus consignas y las radicalizaron («Perón o muerte«) haciéndose pasar por los dueños de la verdad justicialista. Con sus acciones acostumbraron a las masas a la violencia y a la venganza y formaron una falsa imagen de Perón, idealizándolo como un revolucionario, al estilo de Mao Tse Tung o Fidel Castro.

Otras organizaciones guerrilleras que terminaron fusionándose con los Montoneros fueron las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y los Descamisados, de menor importancia.

Llegado este punto de análisis, me parece importante revisar las actitudes de Perón en este período. Desde el exilio reformuló su teoría de la Tercera Posición, asociándola a las luchas del Tercer mundo para librarse del imperialismo y el colonialismo. Al mismo tiempo, aplaudió la ruptura chino-soviética, considerándola un «golpe al socialismo internacional dogmático» de la URSS, y como una tendencia mundial al surgimiento de «diversas variedades de socialismo nacional«.

Claro que para cada uno de los que prestasen atención a sus declaraciones, esta frase quería decir algo distinto. La derecha peronista la interpretaba como un nacionalsocialismo, hermano del nazismo y del fascismo, mientras que para la izquierda era una «vía nacional hacia el socialismo«. De cualquier manera, la izquierda podía citar muchos más indicios de que Perón había sufrido una metamorfosis revolucionaria en el exilio que la derecha, como cuando afirmó que «si hubiera sido chino sería maoísta«, o cuando dijo que «la única solución es la de libertar el país tal como Fidel Castro libertó al suyo«.

Lo que Perón buscaba con sus declaraciones demagógicas era dar a cada sector una imagen «espectral» de si mismo. Cada cual veía lo que quería ver: una representación idealizada del caudillo. Así satisfacía a todos y conservaba su liderazgo. Esta política de incitación tanto a derecha como a izquierda que pareció ser muy eficaz desde el exilio, demostró su falencia mayor a la vuelta de Perón, cuando todos esos sectores lucharon violentamente por su reconocimiento como verdaderos peronistas. Esto tenía que pasar tarde o temprano, pero yo supongo que Perón confiaba en su capacidad de maniobra política y en que iba a gobernar más años de los que finalmente presidió, a pesar de su avanzada edad. Sería irresponsable de mi parte afirmar sin bases concretas que Perón provocó intencionalmente la radicalización de la sociedad con el único objetivo de recuperar el poder, pero la verdad no está muy lejos de esto.

Levingston y Lanusse, ¿el paso al costado del antiperonismo?

La designación del general Roberto M. Levingston como presidente en junio de 1970 fue, para decir lo menos, inesperada y sorprendente. Al momento de su nombramiento, era agregado militar en la embajada argentina en Washington, por lo que era completamente desconocido para el pueblo argentino. Por esta falta de base social, y por la oposición que le presentaron los partidos políticos, no pudo concretar su «proyecto nacional» de convocatoria a los partidos sin sus líderes; esto es, a los peronistas sin Perón, a los radicales sin Balbín, etc. De más está decir que los peronistas, radicales, demoprogresistas, bloquistas, conservadores populares y socialistas le respondieron formando una alianza llamada La Hora del Pueblo. Este fue el final del gobierno de Levingston, en marzo de 1971.

Para mostrar hasta que punto la los peronistas tenía una visión distorsionada de Perón en el exilio, cabe aclarar que los Montoneros interpretaron La Hora del Pueblo como una hábil jugada de su líder destinada a ganar tiempo mientras el Movimiento profundizaba sus niveles organizativos y métodos de lucha para emprender la próxima etapa de la guerra.

La verdadera figura detrás de Levingston era el general Alejandro Lanusse, que buscaba una salida honorable para las FFAA. Aunque el verdadero proyecto de Lanusse era la apertura política progresiva hacia la institucionalidad bajo tutela militar, la amenaza de una revuelta revolucionaria – alentada por Perón – obligó a los militares a llamar a elecciones libres para marzo de 1973.

Aunque Perón se ofrecía como el único capaz de evitar el terremoto social en la Argentina, por una cláusula de residencia no pudo presentar su candidatura. En su lugar fue Héctor Cámpora, que al frente del FREJULI (coalición que reunía sobre el eje peronista a frondicistas, conservadores populares, populares cristianos y otras agrupaciones) triunfó el 11 de marzo de 1973 con el 49,59 % de los votos, por sobre la fórmula radical encabezada por Balbín.

Cámpora y el regreso de Perón

El 25 de mayo de 1973, mientras el centro de Buenos Aires vivía una fiesta carnavalesca, Héctor Cámpora asumió la presidencia de la Nación. Después de dieciocho años de proscripción, el peronismo volvía al poder. En los alrededores del Congreso más de un millón de personas festejaban la partida de los militares. En medio de palabras y acciones de rechazo a las FFAA y a los símbolos de la presencia norteamericana en la Argentina, Lanusse era agredido y escupido. Estos recuerdos del «poder de la chusma» y la anarquía quedaron muy grabados en las mentes de los militares, y reaparecerían en posteriores discursos de Videla.

Cámpora reconoció a los Montoneros su contribución otorgándoles a muchos de sus cabecillas importantes puestos en el gobierno y declarando una amnistía general para todos los guerrilleros encerrados como presos políticos. También reemplazó a toda la plana mayor del Ejército, haciendo fracasar la «salida honorable» planeada por Lanusse.

Una vez que el peronismo volvió al poder, el ERP continuó armándose para la gran contienda militar revolucionaria. Los montoneros, en cambio, habían logrado su objetivo principal. Ahora comenzaron a prepararse para el próximo, la patria socialista nacional, para lo que pensaban heredar el liderazgo del movimiento de Perón. Ambos grupos, por razones diferentes, siguieron ampliando sus organizaciones.

La izquierda y la derecha peronistas luchan por el control del espacio político

El 20 de junio de 1973 Perón regresó definitivamente. No eran las circunstancias del Perón gobernante del ‘46 al ‘55, ni del Perón exiliado y mítico del ‘55 al ‘72. El liderazgo permanecía, pero el contexto era muy diferente. El carisma debía probarse ahora en el llano, en medio de una sociedad conmovida por las crisis recurrentes y la cultura de la violencia.

En Ezeiza pudo observarse lo que sería el prólogo para las sangrientas luchas internas que el peronismo viviría después: a medida que se aproximaban a recibir a su líder, las columnas de Montoneros, FAR y JP fueron ametralladas por elementos de la derecha peronista (que más tarde integrarían la Alianza Anticomunista Argentina – Triple A), perdiendo la vida más de 25 personas. Por más que los autores eran conocidos y hasta se publicaron fotografías de los mismos, Perón simplemente no hizo nada al respecto.

Perón ganó las elecciones del ‘73 con el 61,8 % de los votos. Inmediatamente después de su asunción, la JP y el peronismo de izquierda en general, empezaron a ver atónitos como Perón defendía a los líderes sindicales y a la derecha peronista y castigaba verbalmente a los «grupos marxistas terroristas y subversivos» supuestamente «infiltrados» en el movimiento. La izquierda estoicamente mantenía su lealtad y disciplina al verticalismo peronista:

«Quien conduce es Perón, o se acepta esa conducción o se está afuera del Movimiento… Porque esto es un proceso revolucionario, es una guerra, y aunque uno piense distinto, cuando el general da una orden para el conjunto [del Movimiento], hay que obedecer»

El Descamisado, nº 26, 13 de noviembre de 1973

La izquierda peronista no podía creer que el Perón revolucionario que ellos creían conocer se había pasado para el otro bando. Empezaron a fantasear sobre su «extraño» comportamiento, atribuyéndolo al círculo de traidores, burócratas e imperialistas que lo rodeaba, encabezado por el ministro de Bienestar Social José López Rega.

López Rega era quien estaba detrás de la AAA y quien reclutaba entre otros a numerosos policías que habían sido expulsados por gangsterismo y reincorporados antes de la asunción de Perón (López Rega era él mismo un policía retirado). En este «Escuadrón de la Muerte» adquirieron experiencia muchos de los que después integrarían las brigadas de represión del Proceso. Tan sólo en el período 1973 – 1974 la AAA y otros comandos fascistas habían asesinado a más de doscientos peronistas revolucionarios, militantes de izquierda no peronistas y refugiados políticos extranjeros, y esto fue meramente el inicio. No cabe duda de que nunca hubieran sido capaces de lograr tal mortal eficacia de no haber sido por la tolerancia y la participación activa del mando de la Policía Federal.

En enero de 1974, y luego de varias acciones pro-derechistas de Perón, los Montoneros dieron finalmente cuenta de su engaño:

«[Antes de su retorno, habíamos] hecho nuestro propio Perón, más allá de lo que es realmente. Hoy que está Perón aquí, Perón es Perón y no lo que nosotros queremos».

Mario Firmenich, enero de 1974, en conferencia ante la JP

En la reunión del Día del Trabajador de 1974 en la Plaza de Mayo sucedió la inevitable ruptura. Al salir Perón al balcón se encontró con un escenario que lo irritó sobremanera: los Montoneros, que sumaban dos tercios de un total de 100.000 asistentes, habían llenado la plaza con estandartes de su Movimiento, silbaban a Isabel Perón, y coreaban coplas del tipo de «Si Evita viviera sería Montonera», y «Qué pasa (…) general, que está lleno de gorilas el gobierno popular». Perón, furioso, abandonó su discurso de unidad nacional y comenzó a echar diatribas contra los revolucionarios: «estos estúpidos que gritan»,«algunos imberbes pretenden tener más méritos que los [líderes sindicalistas] que lucharon durante veinte años», «[los miembros de la Tendencia Revolucionaria] son infiltrados que trabajan adentro y que traidoramente son más peligrosos que los que trabajan de afuera, sin contar que la mayoría de ellos son mercenarios que trabajan al servicio del dinero extranjero», en fin, no ocultó la verdadera repulsión que la izquierda le producía. La JP, a su vez, respondió marchándose de la Plaza, dejándola semivacía. Ya nada podía esperarse de un Perón que una semana después daba personalmente la bienvenida al general Pinochet, quien ocho meses atrás había derrocado al gobierno socialista chileno de Salvador Allende.

El pandemónium

El 1º de julio de 1974, murió en su cargo de presidente Juan Domingo Perón, a la edad de setenta y ocho años. Su esposa María Estela Martínez asumió la presidencia, bajo la conducción derechista de López Rega. El frente peronista se fue fracturando aún más y el terrorismo guerrillero se consolidó y agrandó. Los Montoneros decidieron «volver a la resistencia» clandestina para reformar la sociedad sin Perón, abandonando definitivamente la esfera legal. A partir de entonces se alejaron cada vez más de la guerra de guerrillas urbana para acercarse cada vez más al ERP y al terrorismo político, cuyas víctimas muchas veces eran civiles que no integraban el gobierno ni las fuerzas de seguridad.

A principios de 1976, cada cinco horas se cometía un asesinato político y cada tres estallaba una bomba. Esta violencia política indiscriminada le granjeó a los guerrilleros el desprecio de gran parte de la opinión pública que simpatizaba con ellos cuando eran una joven agrupación que luchaba contra la Revolución Argentina y por el regreso de Perón. Del mismo modo aumentó el terrorismo estatal: la acción guerrillera constituía una grave amenaza para amplios sectores de la sociedad argentina y para la seguridad del Estado.

Además de la violencia política reinante, la inquietud obrera se estaba generalizando de nuevo. A pesar de que las huelgas estaban prohibidas, importantes sectores del movimiento obrero recurrieron a ellas, así como a marchas de hambre, trabajo a reglamento y manifestaciones callejeras, en un esfuerzo destinado a cambiar la política económica del gobierno. Con una inflación mayor a la de Alemania en el período 1921-1922, y al borde de la cesación de pagos internacionales, el gobierno constitucional había perdido el control de las variables claves del manejo económico. El vacío de poder que desde la muerte de Perón aquejaba al país, dejaba al gobierno peronista incapaz de ofrecer solución a los problemas vigentes, ante la oposición que le demostraban tanto los empresarios como los obreros.

Ante todo esto, las FFAA lideradas por Videla actuaron sagazmente, sin intervenir hasta que la situación empeoró hasta tal punto que los civiles fueron a golpear las puertas de los cuarteles. De esta manera probaron la absoluta falencia del régimen constitucional y lograron que la opinión publica apoye o se resigne nuevamente ante la opción militar.

El Proceso de Reorganización Nacional

El 24 de marzo de 1976, la Junta Militar encabezada por el teniente general Jorge Rafael Videla por el Ejército, el almirante Emilio Eduardo Massera por la Marina y el brigadier general Orlando Ramón Agosti por la Fuerza Aérea, depuso al gobierno constitucional de Isabel Perón con el objeto de «terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo». Denunciaban «la irresponsabilidad en el manejo de la economía», las malversaciones, ya públicas, de Isabel Perón y su administración y el «tremendo vacío de poder» existente que amenazaba a la Argentina con «la disolución y la anarquía». Desgraciadamente, casi todo esto era cierto, y muchos argentinos les creyeron.

Como en 1966, pero mucho más severamente, fueron disueltos el Congreso y las legislaturas provinciales; la presidente, los gobernadores y los jueces, depuestos; y fue prohibida la actividad política estudiantil y de los partidos. La UIA, la CGE, la CGT y los sindicatos más importantes fueron intervenidos, sus fondos congelados; y las actividades relacionadas con las huelgas y las negociaciones colectivas, declaradas ilegales. Se establecieron consejos de guerra militares con poderes para dictar sentencias de muerte por una gran variedad de delitos y para encausar sumariamente a todo aquel que se sospechase subversivo. El mensaje oficial era que sólo «los corruptos, los criminales y los subversivos tendrían que temer a la nueva autoridad».

Desde la crisis del petróleo del ‘73, había en los bancos de los países occidentales industrializados, principalmente norteamericanos, muchas divisas que los exportadores de este producto habían depositado. Estos capitales debían ser prestados, por lo que desde el FMI se creó la conciencia de que era bueno para un país en desarrollo como la Argentina recibir inversiones. Aunque por la inestabilidad política del país sólo se contrajeron préstamos y deudas, el régimen militar aplicó esta receta fondomonetarista. Mediante la apertura indiscriminada de los aranceles externos, la disminución del poder adquisitivo de la clase obrera y la sobrevaloración del peso (que dificultaba las exportaciones y estimulaba las importaciones), se procedió a una substancial desindustrialización del país, definitivamente favorable al capital extranjero. Aquí vemos el principal interés norteamericano por derrocar al régimen peronista.

Un año después, incluso muchos de los que habían apoyado el golpe se sentían alarmados ante la profundización de la crisis económica y los duros atropellos a las libertades democráticas que el régimen infligía. Estas dos cuestiones se relacionaban, ya que para imponer la política económica neoliberal de Martínez de Hoz era necesaria una amplia represión, cuyo concepto militar de «subversión» era bastante amplio. En las palabras de Videla: «un terrorista no es sólo el portador de una bomba o una pistola, sino también el que difunde ideas contrarias a la civilización cristiana y occidental».

Los métodos que las FFAA pusieron en práctica para eliminar la subversión tomaron por sorpresa a los opositores, guerrilleros y sospechosos detenidos: campos de concentración clandestinos, centros de tortura y unidades especiales militares y policíacas, cuya función era secuestrar, interrogar, torturar y matar. Las prácticas comunes de tortura eran la picana, el submarino (inmersión), la violación, y el encierro con perros feroces adiestrados, hasta que las víctimas quedaban casi descuartizadas. A los que sobrevivían, una vez extraída toda la información útil, se los «trasladaba». En una primera fase, a los trasladados se los acribillaba a balazos, se los estrangulaba o se los dinamitaba. Más tarde, por temor a las presiones internacionales por los derechos humanos, se los «desaparecía» sin más ni más, arrojándolos sedados al mar desde un avión, por ejemplo.

La represión se dirigió principalmente a los cuadros intermedios de las organizaciones opositoras, como los delegados de fábrica, quienes hacían la sinapsis entre la cúpula y los militantes de base. Así pasó con los Montoneros, cuyos dirigentes escaparon (muchos de ellos del país) y dejaron a la deriva a los personajes de segunda línea. En dos años esta agrupación ya había sido liquidada, esencialmente por las delaciones de ex-compañeros. En el caso del ERP, se desbarató toda su estructura, «desapareciendo» tanto a militantes como a cabecillas, presumiblemente por su estructura menos verticalista.

El saldo del Proceso militar fue, entre otras cosas, 30.000 desaparecidos, triplicación de la deuda externa, alta inflación, desindustrialización, fuerte caída del PNB y una indeleble lección histórica.

En 1983, agobiados por la situación económica, debilitados por la derrota de Malvinas, y presionados por la opinión pública nacional e internacional, los militares devolvieron el gobierno a los civiles en las elecciones en las que triunfó el Dr. Raúl Alfonsín por la UCR, apoyado en el recuerdo que la sociedad tenía del último gobierno peronista.