Argentina y el Mundo

Primeras Exploraciones Geograficas en Argentina y Mapas

Primeras Exploraciones Geográficas en Argentina – Cartografía – Primeros Mapas

Durante el curso de tres siglos de dominio español, es decir, desde el siglo XVI hasta comienzos del XIX, se lleva a cabo la exploración, la conquista y más tarde, con la llegada de don Pedro de Mendoza, la colonización del actual territorio que hoy forma la República Argentina, durante la cual se realizan innovaciones de orden político, social, económico y cultural.

En este amplio período se acrecienta el acervo cultural, ya sea mediante exploraciones científicas, ya sea como fruto de investigaciones personales.

Las expediciones gográficas dan a conocer nuevas tierras; las crónicas acrecientan el saber histórico; el conocimiento del hombre americano, con su religión, lenguas y costumbres, enriquece la etnografía y la lingüística; pero es en el campo de las ciencias naturales, con el estudio de la gea, la flora y la fauna, donde la cosecha es más abundante, como lo veremos en este capítulo de apretada síntesis.

LA EXPLORACIÓN GEOGRÁFICA
LAS PRIMERAS EXPLORACIONES EN EL TERRITORIO ARGENTINO.

El descubrimiento de América significó un gran incremento de los conocimientos geográficos: inmensas regiones terrestres desconocidas hasta entonces entran en la órbita de la civilización occidental. Nuevos e ilimitados horizontes se abren a los científicos europeos en todos los órdenes del saber humano.

La geografía, la cartografía, la antropología y las ciencias naturales reciben un nuevo impulso Sabemos que al constituirse la Casa de Contratación, en 1503, para atender al comercio ultramarino, se constituye también en centro científico: se crean cátedras de matemáticas, cosmografía y navegación, y se recopilan memorias, relaciones, planos geográficos, de acuerdo a los datos suministrados por exploradores y navegantes, y de este modo se mantiene al día el mapa oficial.

El descubrimiento de las costas del Brasil, en 1500, por Pedro Alvarez Cabral, determinó a España hacia la exploración de las regiones situadas al sur que le correspondían según el Tratado de Tordesillas.

Se encomendó esta misión al piloto mayor Juan Díaz de Solis, que encontró la muerte después de descubrir, en 1516, el gran estuario que más tarde se bautizó como Río de la Plata, pues según versiones indígenas conducía a una fantástica Sierra de la Plata donde abundaban los metales preciosos.

Tres años más tarde salió otra expedición de España bajo la dirección de Magallanes, con la finalidad de continuar la obra de Solís.

En 1520 las naves llegaron a las regiones del Plata, y siguiendo al sur, por primera vez, reconocen y exploran las costas patagónicas, donde tiene lugar el encuentro con los habitantes de la región: los patagones

Pasado el invierno en la bahía de San Julián, sigue hacia el sur, descubriendo a fines de 1520 la comunicación entre los dos océanos.

Dos de los integrantes de los escasos sobrevivientes de la expedición documentaron por escrito las peripecias de este célebre viaje: el piloto Francisco Albo, en su Diario, y Antonio Pigafetta, en las Noticias del Nuevo Mundo.

Una nueva expedición salida de España en 1526, encabezada por Sebastián Caboto, remonta el río Paraná, y después de reconocer sus costas, funda, en 1527, el fuerte de Sancti Spiritu, primera fundación española en el territorio argentino.

Sigue después río arriba hasta llegar a la confluencia del Paraguay con el Pilcomayo, pero la destrucción del fuerte hacia fines de 1529 le obliga a volver a España. Años más tarde publicó un mapa donde señala detalladamente los afluentes del Paraná recorridos personalmente por él.

Con el viaje de don Pedro de Mendoza se inicia la colonización de las nuevas tierras descubiertas. En 1536 funda, en la orilla derecha del vasto estuario del Río de la Plata, la ciudad «Puerto de Buenos Aires», que es abandonada cinco años más tarde, después de toda suerte de privaciones; sus pobladores fueron trasladados a la Asunción.

Los detalles de esta expedición fueron consignados por el cronista Ulrico Schmidel en el interesante libro aparecido en 1567 con el título Derrotero y viaje a España y las Indias (1534-1554).

La segunda mitad del siglo XVI fue de descubrimientos y fundación de ciudades en el interior, siguiendo un derrotero inverso al de los navegantes españoles entrados por el este.

Estos fundan Santa Fe (1573), Buenos Aires por segunda vez (1580) y Corrientes (1588). La expedición colonizadora del norte da origen a Santiago del Estero (1553), Tucumán (1565), Córdoba (1573) y Jujuy (1593). Por su parte, la corriente del oeste, originaria de Chile, asienta las ciudades de Mendoza (1561), San Juan (1562), La Rioja (1591) y San Luis (1593).

El emplazamiento de estas y otras muchas ciudades fue tan acertadamente ubicado, que aún conservan su situación geográfica después de más de cuatro siglos de fundadas.

LA CARTOGRAFIA JESUITA. La llegada de los jesuías al país, en 1585, marcó entre nosotros un aporte valiosísimo en las ciencias geográficas.

Viajeros infatigables, estos celosos misioneros, con el fin de establecer la civilización cristiana, recorrieron el país casi durante dos siglos en todo sentido quedando la vida de no pocos de estos preclaros varones tronchada en medio de selvas y bosques.

Fruto de estas correrías apostólicas son los innumerables trabajos científicos que en todo orden nos dejaron en obras de divulgación y en valiosa cartografía, que permitió un mejor conocimiento geográfico de las actuales repúblicas rioplatenses.

De aquí que Estrada haya podido decir, con toda razón, de los jesuítas, estas justicieras palabras: «viajeros infatigables abrían sin cesar a las ciencias campos para sus explotaciones: la geografía, la lingüística, la botánica y la historia les deben en América sus primeros rudimentos, incontrovertible blasón que hace glorioso su nombre en los anales de nuestra historia».

Siendo muy complicado seguir el itinerario de todas estas arriesgadas expediciones que desde 1585 hasta 1767 realizaron los jesuítas en nuestro territorio, nos limitaremos a señalar las más importantes, por respectivas zonas.

En la región norteña abren la serie de estas exploraciones recorriendo el río Bermejo los PP. Alonso Barzana, Francisco Ángulo y Tomás Fields. Por su parte, en 1721, los PP. Gabriel Patino y Lucas-Rodríguez exploran el desconocido río Pilcomayo y dejan dilucidado que su curso es diverso del río Bermejo.

El célebre P. Antonio Ruiz de Montoya, después de recorres.- varias veces toda Ta región chaqueña, nos lega una interesant« carta geográfica de estas regiones. El P. Pedro Lozano publica su obra fundamental Descripción Chorographica del Gran Chaco Gualamba en la que incluye un hermoso mapa del P. Antonio Machoni y el P. José Jolís, a su vez, es el autor de Saggio sulla historia naturale della provincia del Gran Chaco, de la que sólo se publicó el primer tomo, en el que se inserta un mapa chaqueño del P. Joaquín Camaño, el más científico, que nos legó la época colonial.

El jesuíta austríaco P. Martín Dobrizhoffer, después de estudiar minuciosamente las costumbres de los indios chaqueños, estampa sus observaciones en Historia de Abipónibus y nos traza un mapa, admirable por su justeza, de las regiones rioplaténses.

primeros mapas de argentina
Mapa de Argentina, Paraguay y Uruguay, año 1734, confeccionado por
P. Martín Dobrizhoffer

Finalmente, el polígrafo P. Sánchez Labrador nos dejó en veinte gruesos volúmenes variados y meticulosos conocimientos geográficos relativos a vastas regiones; tres de estos volúmenes han sido dados a luz por el Museo de La Plata.

En la zona andinopatagónica abrió la serie de exploradores, hacia 1670, el intrépido P. Nicolás Mascardi, recorriendo la región surcordillerana en demanda del estrecho de Magallanes; murió heroicamente a orillas de los grandes lagos del Sur.

Alcanza la confluencia de los océanos el P. José García, que después de salir desde la isla Chiloé bajó hasta Tierra del Fuego. En sus atrevidos viajes, el P. José Cardiel recorre varias veces desde Guaira hasta cerca de Bahía Blanca, dejándonos sus impresiones en diez interesantes cartas geográficas de gran valor.

Al lado de este incansable viajero debemos mencionar al jesuíta P. Tomás Falkner, que después de cruzar el sur varias veces y en distintas direcciones , nos dejó consignado el fruto de sus correrías en una excelente obra titulada Descripción de la Patagonia y partes adyacentes.

Le cupo, además, la gloria de ser el primer descubridor de restos fósiles de grandes vertebrados, y en particular de un caparazón de gliptodonte a orillas del río Carcarañá, en 1760.

Cerramos esta interesante reseña geográfica haciendo alusión a las Cartas Anuas , que bajo un título tan poco expresivo, son, sin embargo, una mina de vadosísimas informaciones geográficas y un caudal de primer orden sobre fauna, flora, productos indígenas y comercio de nuestras primitivas poblaciones.

Otras expediciones hubo por esta época, que citaremos por orden cronológico: la del P. Quiroga, la Comisión de Límites, la expedición de Villarino y la organizada por Malaspina.

Por orden de S. M., en 1745, el P. José Quiroga emprendió una expedición para explorar las costas patagónicas. Acompañaban al jefe de esta empresa marítima los PP. José Cardiel y Matías Strobel, llevando todos una colección de instrumentos medidores.

Llegados a su destino en la fragata «San Antonio», los tres eximios geógrafos jesuítas reconocieron las tierras patagónicas a costa de ingentes sacrificios.

Años más tarde, Quiroga y Cardiel escribieron sendas relaciones de suma importancia, y el primero, además, compuso un magnífico mapa que ha sido reeditado últimamente por la Universidad de Buenos Aires.

Consecuencia del tratado de San Ildefonso, firmado en 1777 entre España y Portugal, fue la creación de cuatro comisiones demarcadoras de límites, formadas por un grupo selecto de matemáticos y hombres de ciencia, los cuales llegaron a estas tierras años después munidos de abundante y moderno instrumental astronómico.

La índole misma de sus trabajos produjo un manifiesto progreso en los conocimientos geográficos y cartográficos. Entre los miembros de estas Comisiones cabe destacar al perito español Félix de Azara, naturalista y geógrafo, que después de cumplida su misión permaneció veinte años en el país recorriendo el Plata.

Fruto de sus estudios, en el orden geográfico, fueron sus memorias: Voy age dans l’Amerique meridionale y Descripción e historia del Paraguay y Río de ta Plata.

Las constantes amenazas inglesas a las costas de la Patagonia determinó al virrey Vértiz, en 1782, a mandar una expedición a esas tierras para establecer algunos fuertes.

Responsables de estas exploraciones fueron el piloto Basilio Vilariño y los hermanos Francisco, Antonio y Andrés Viedma, que fueron los primeros en navegar el río Negro realizando estudios sobre los indios patagones y araucanos.

Pero la expedición mejor científicamente organizada fue la de Alejandro Malaspina (1789-1794), que salió de Montevideo con las corbetas «Descubierta» y «Atrevida»}con objeto de hacer estudios de oceanografía, climatología, geología, flora y fauna, Después de costear la parte sur de Patagonia pasó a las Malvinas, para volver a Tierra del Fuego y doblar el cabo de Hornos.

En Valparaíso se le incorporó el naturalista húngaro Tadeo Haenke, en 1790, que cruzó el continente por haber perdido la expedición en Montevideo.

Costeando Perú y México, los viajeros tomaron rumbo al oeste, visitando las islas Marianas, Filipinas y Nueva Zelandia, para volver a Callao y de aquí nuevamente a España, vía Pacífico, mientras que Haenke lo hacía a Buenos Aires atravesando nuevamente el Virreinato.

Sus conocimientos geográficos los condensó en la publicación Descripción del Perú, Buenos Aires, etc., de los que en 1943 se publicó el fragmento relativo a la Argentina. Regresado a América, Haenke se radicó en Cochabamba, donde fue designado «profesor de Ciencias Naturales», según veremos más adelante.

RELATOS DE VIAJEROS. De algunos de los viajeros que recorrieron las regiones argentinas durante los siglos XVII y XVIII, ya en espíritu de aventura, ya en busca de fortuna, son interesantes los datos de carácter geográfico, etnográfico o histórico que registran sus relatos.

En 1599 divisó Buenos Aires, cuando aún no tenía veinte años de fundada, el piloto Enrique Ottsen, y dejó estampadas sus impresiones en el libro Un buque holandés en América del Sur .

A mediados del siglo XVII desembarcó en Buenos Aires el navegante Acárette du Biscay, y dejó de la ciudad una interesante descripción: Voyage up the River de la Plata, conocida entre nosotros con el título de Relación de los viajes de Monsier Ascárate du Biscay al Río de la Plata, y desde aquí por tierra hasta el Perú con observaciones sobre estos países.

Uno de los relatos más curiosos escritos durante la época colonial es el titulado Lazarillo de ciegos caminantes, editado en Lima en 1773.

Contiene datos interesantes sobre los lugares recorridos por su autor, que parecen ser no del indio Concolorcorvo (con color corvo), sino del propio don Alonso Carrió, comisionado a Lima «para el arreglo de correos y estafetas, situación y ajuste de postas desde Montevideo».

Como consecuencia de sus observaciones, algunas veces cáusticas, del régimen colonial, el comisionado prefirió atribuir el libro a su acompañante.

Son dignas de ser mencionadas también: las memorias de don Félix de Azaran perito en la Comisión de Límites, que en su Voyage dans Amérique Méridionale («Viaje en la América Meridional») trae en su último capítulo una reseña histórica de la conquista.

Con motivo de las invasiones inglesas aparecieron en Gran Bretaña varios libros sobre el régimen del Plata, entre otros el del comerciante Samuel Hull Wilcocke, editado en 1807 con el título de Historia del Virreinato de Buenos Aires, en donde, además de la descripción geográfica del país, trae datos sobre su flora y su fauna; el del mayor Alejandro Gillespie, aparecido en 1818, se titula Buenos Aires y el interior: observaciones reunidas durante una larga residencia (1806-1807).

Este autor, que tomó parte en las invasiones inglesas y, hecho prisionero, fuera después confinado en varios puntos del interior del país, describe en su obra, interesantes observaciones de carácter histórico, social y económico. Se tradujo al castellano en 1921.

Fuente Consultada: HISTORIA DE LA CULTURA ARGENTINA de Francisco Arriola Editorial Stella

BIOGRAFIAS PARA INFORMARSE:
Biografia de Francisco I Sforza
Biografia de Cosme de Medicis
Biografia de Federico de Montefeltro
Biografia de Fra Angelico
Biografia de Ludovico Sforza
Biografia Andrea del Verrocchio
Biografia della Pico de la Mirandola
Biografia de Filipino Lippi

Las Ciencias Naturales En Argentina Primeros Museos

Las Ciencias Naturales En Argentina Primer Museo

BURMEISTER Y EL MUSEO DE BUENOS AlRES. El Museo de Buenos Aires fundado por Rivadavia se había convertido en un «gabinete de curiosidades» durante el gobierno de Rosas.

Reorganizado a partir de 1854 por Manuel Ricardo Trelles (1821-1893) —quien junto con Francisco J. Muñiz había sido de los fundadores de la «Asociación de Amigos de la Historia Natural del Plata»—dos años después tuvo los primeros catálogos de sus colecciones de zoología, botánica», mineralogía, numismática y bellas artes.

Algunas adquisiciones y donaciones —entre otras la colección de fósiles reunida por Muñiz en 1857— permitieron que las colecciones comenzaran a aumentar. Pero el alejamiento de Trelles, producido al poco tiempo, determinó que el Museo quedara nuevamente abandonado.

Sólo en 1862, cuando Sarmiento —en ese momento ministro del gobernador Mitre— confió su dirección al naturalista Carlos Germán Conrado Burmeister (1807-1892), el Museo de Buenos Aires se organizó definitivamente y se fué orientando hacia su transformación en un Museo de Ciencias Naturales.

Carlos Germán Conrado Burmeister (1807-1892)

Carlos Germán Conrado Burmeister (1807-1892)

Cuando se trasladó a la Argentina para hacerse cargo del Museo, ya era Burmeister un hombre de ciencia mundialmente conocido. De la Universidad de Greiswald había pasado a la Universidad de Halle, donde perfeccionó sus conocimientos botánicos con Curst Sprengel y estudió zoología con Nitzsch y Germar.

En 1850 había estado en Brasil con Peter W. Lund, efectuando estudios sobre la fauna cuaternaria, y en 1857, durante su segundo viaje a América, había recorrido nuestro país.

En Mendoza había permanecido un año estudiando el clima de la región y efectuando colecciones zoológicas y mineralógicas; había pasado luego a Paraná, donde estudió la formación geológica y la fauna, y había visitado Córdoba, Tucumán y Catamarca.

En Reise durch die La Plata-Staaten, fruto de su viaje científico por los países del Plata, consignó los estudios efectuados en la Argentina, entre los que se destaca la descripción comparativa entre la fauna de Mendoza y Paraná.

Durante los treinta años que estuvo al frente del Museo, Burmeister se esforzó por convertirlo en una institución científica. Gracias a sus esfuerzos tomaron incrementos las colecciones: la paleontología reunió piezas valiosas, que se preocupó por describir; la entomológica llegó a comprender un número considerable de ejemplares típicos, y la ornitológica se constituyó con variados ejemplares de la Argentina y los países limítrofes.

Inició, además, en 1864, la publicación de los Anales, en los que publicó numerosos trabajos, efectuando detalladas descripciones de las especies que se encuentran en el Museo.

Sabio auténtico, Burmeister fué miembro correspondiente de las principales academias y miembro de ocho sociedades científicas. Sus obras más importantes fueron: Descripción física de la República Argentina, en la cual estudió nuestra fauna, flora, geología y paleontología, y Manual de Entomología.

A la muerte de Burmeister fue designado director del Museo el naturalista ruso Carlos Berg (1843-1902), fiel colaborador de su predecesor y autor de una Enumeración de las plantas europeas que se hallan silvestres en la Provincia de Buenos Aires y en Patagonia y de Vida y costumbres de los termites. Berg publicó, además, una biografía de Burmeister en la que figura una completa enumeración de las publicaciones del sabio alemán.

Las ciencias naturales en la Confederación Argentina. — Mientras los hombres de Buenos Aires apoyando el Museo lo convertían en el centro impulsor del estudio de las ciencias naturales, el general Justo José de Urquiza, presidente de la Confederación Argentina, se mantenía fiel a sus antecedentes y apoyaba diversas iniciativas culturales que, aunque no se vieron coronadas siempre por el éxito, ejercieron influencia en el sentido de que sirvieron para que arraigara entre nosotros el espíritu científico.

En 1854 fundó en Paraná, capital de la Confederación, el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Confió su dirección a Alfredo M. Du Graty y Augusto Bravard, quienes llegaron a reunir una valiosa colección paleontológica que, más tarde, fué adquirida por el Museo de Buenos Aires. Du Graty, cuando regresó a Europa, publicó una descripción histórica y geográfica de la Confederación Argentina, en la que reunió las observaciones efectuadas durante su prolongada permanencia en nuestro país.

En 1855, Urquiza contrató al geólogo y geógrafo francés Martín de Moussy para que, a base de estudios sobre el terreno, redactara una obra estadística y geográfica sobre nuestro país.

La obra, constituida por tres volúmenes y un atlas, se imprimió en París, en 1860, con el título de Description physique, geographique et statistique de la Confederation Argentine. Constituye, hasta nuestros días, la más importante de las publicadas en su género.

La Provincia de Corrientes no permaneció extraña al impulso que recibieron las ciencias nacionales en este primer período de la Organización Nacional.

En 1855 el gobernador Juan Pujol creó un Museo Provincial, el cual durante su breve existencia fue dirigido por Aimé Jacques Bonpland (1773-1858).

Este sabio, magnífico exponente de la cultura científica europea, había llegado al país en 1817, trayendo colecciones de plantas nuevas y semillas; entre ellas, especies de citrus, sauce, algarrobo español, especies de fresa, grosella, frambuesa, etcétera.

La situación del momento no le permitió contar con apoyo del gobierno para fundar el Museo que se había proyectado, por lo cual decidió recorrer la provincia de Buenos Aires estudiando su flora, distribuyendo semillas entre los campesinos y coleccionando nuestros vegetales, para luego ordenar los y describirlos.

Pasó más tarde a Corrientes y Misiones, donde fué el primero que estudió los yerbatales naturales y efectuó plantaciones de acuerdo con métodos científicos y prácticas modernas.

Estas iniciativas oficiales, que fueron llevadas a la práctica por hombres de ciencia europeos, fueron de utilidad en nuestro ambiente, pues contribuyeron a despertar el interés por las ciencias naturales y a impulsar su estudio.

PARA SABER MAS…

EL MUSEO DE PARANÁ: Bravard. — Estando el general Urquiza al frente de la Confederación, fundó, en 1854, el Museo de Paraná, con el fin de dar mayor impulso a las ciencias naturales.

Al frente del mismo colocó al belga Alfredo M. du Gra-trY, que poco después fué reemplazado por el geólogo francés Augusto Bravard, éste reunió una interesante colección de fósiles hallados en las barrancas del Paraná que más tarde, por disposición de Sarmiento, pasaron a formar parte de las colecciones paleontológicas del Museo de Buenos Aires.

Habiendo emprendido Bravard un viaje a las regiones mineras del país, encontró la muerte en el terremoto de Mendoza de 1861.

El empeño del gobierno entrerriano hizo revivir el Museo en 1884, llegando a adquirir importancia bajo la dirección de Pedro Scalabrini, renaciendo nuevamente en 1917, a raíz de una iniciativa estudiantil, y quedando transformado en el actual Museo de Entre Ríos.

Intimamente ligado a la cultura de nuestra patria, en esta época, encontramos a Víctor Martín de Moussy, médico, publicista viajero francés, contratado por Urquiza en 1854 para efectuar un estudio completo de nuestro país.

De Moussy, después de recorrer sistemáticamente el territorio argentino durante cinco años haciendo acopio de datos, volvió a París en 1860, donde publicó, en base a esos estudios, la obra monumental Description géographiqúe et statistique de la Confederativa Argentine («Descripción geográfica y estadística de la Confederación Argentina»), en tres volúmenes, que fueron apareciendo entre 1860 y 1864; también emprendió la confección de un Atlas, en cuya preparación le sorprendió la muerte.

Con motivo de la Exposición Mundial de París, editó en 1867 una Memoria sobre nuestras principales riquezas naturales.

Todas estas colaboraciones, al par que dieron a conocer a la Argentina en el exterior, contribuyeron al desarrollo de las ciencias naturales entre nosotros.

Fuente Consultada: Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Loprete – Editorial Plus Ultra
Historia de la Cultura Argentina Parte II de Francisco Arriola Editorial Stella

Biografia de Juan Agustin Garcia Sociologo e Historiador Argentino

Biografia de Juan Agustín García Obra Científica-Sociológica

La labor desarrollada por Juan Agustín García (1831-1923) tuvo un doble mérito: destacó la existencia de fenómenos sociales argentinos, susceptibles de una interpretación científica, y afirmó que nuestras instituciones, a pesar de sus etiquetas extranjeras, se han formado en base a nuestros antecedentes políticos y económicos.

Las fuentes de la sociología argentina no debían buscarse, por eso, en las opiniones sostenidas por los teorizadores de la ciencia social sino en las informaciones que nos suministran los expedientes, cartas de gobernadores, quejas de comerciantes y estancieros, crónicas, tradiciones, etc., las cuales nos permitirán lograr una reconstrucción real de los conceptos sociales dominantes en el pasado.

juan agustin garcia sociologo

Introducción al estudio del derecho argentino (1896) fué su primer intento de explicar el espíritu de nuestras instituciones y códigos.

Le siguieron, El régimen colonial (1898), trabajo en que presentó una multitud de datos sobre las prácticas, costumbres y creencias dominantes, destacando que el virreinato fué un «período de transición de nuestro derecho en la lucha sorda y temible entre el Estado y el individuo, entre el derecho teórico y el que las fuerzas desenvuelven, lucha que llegaría a su apogeo con los caudillos, las montoneras y la anarquía»; Introducción al estudio de las ciencias sociales argentinas (1899), obra en la que destacó el carácter nacional de las ciencias sociales y jurídicas y las vinculó con nuestra tradición liberal; La ciudad indiana, publicada en 1900, es su obra más orgánica y está consagrada a estudiar nuestra sociedad colonial.

Su mayor mérito consiste en haber sido el punto de partida de la revisión de los prejuicios, que hasta entonces dominaban, acerca de nuestro pasado durante los siglos XVII y XVIII.

Sostuvo García en esta obra que las características del país crearon determinadas formas de vida, económicas, sociales y políticas, que generaron una serie de factores sociales que se destacan como fuerzas dinamizadoras del pasado colonial.

Uno de ellos es el «culto nacional del coraje», que traducido en el valor personal se convierte en la medida de los valores sociales para clasificar a los hombres.

Este sentimiento fué el que provocó el localismo exacerbado que, entre nosotros, substituyó al Estado por el caudillo y creó un problema político, que llegó a su apogeo en la primera mitad del siglo XIX.

La incapacidad de concebir la autoridad del Estado, condujo a un segundo sentimiento: el «desprecio por la ley», que tuvo su origen en las actividades contrabandistas que en la colonia tuvieron extraordinario desarrollo, con la complicidad de las autoridades españolas.

Estos sentimientos se vinculan al espíritu de lucro desmedido, inseparable del optimismo o «fe en la grandeza futura del país».

La obra de García es singularmente valiosa por su estudio de la propiedad, la familia, las clases sociales y la formación del carácter nacional en la época colonial.

Se resiente, sin embargo, por su posición antiespañola, ya que, gara él, los tres siglos de la dominación hispánica —que no contuvieron valores políticos, económicos y morales— impusieron rumbos fijos a nuestra sociedad, los cuales sintetiza en el «predominio del concepto clásico del Estado-providencia, centralización política, papel inferior y subordinado de las asambleas; y en el pueblo, para acentuar y fortificar estas tendencias, el desprecio de la ley convertido en instinto, en uno de los motivos de la voluntad».

«Quizá algunos de los datos que he acumulado con toda paciencia —escribió García en la «Introducción» de su obra— puedan ser útiles al hombre de talento y de estilo que resucite ese pasado, lleno de interés y vida para el que sabe observarlo.

Por otra parte, era necesario indicar los verdaderos métodos de estudio a la juventud; decirle que hay fenómenos sociales argentinos, tan susceptibles de una interpretación científica como los europeos; que el país acepta gustoso la moneda fiduciaria, porque siempre ha vivido bajo ese régimen; que su poder ejecutivo es fuerte y poderoso, porque desde su primer gobernador, a fines del siglo XVI, todos tuvieron mano dura; que el desprestigio de los viejos Cabildos coloniales ha influido en el papel político de los congresos; mostrarle los antecedentes políticos y económicos que han formado nuestras instituciones criollas, a pesar de sus rótulos yanquis; a pesar de que se crea a pie firme que existe una ciencia constitucional independiente de una sociología argentina, cuyas fuentes se encuentran en los legistas norteamericanos».

Fuente Consultada: Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Solari Editorial «El Ateneo»

Ampliar: Primeros Naturalistas Argentinos

Argentina durante la primera guerra mundial Neutralidad Posicion

Neutralidad de Argentina
En La Primera Guerra Mundial

La guerra y Argentina: La participación de Estados Unidos en el conflicto se hizo cada vez más importante. Cientos de miles de hombres, pertrechos de guerra, abastecimientos de todo tipo, dinero, afluían en grandes cantidades a Europa. No se limitaba en esto la ayuda norteamericana.

Wilson procuró desde un primer momento arrastrar al conflicto a los países que estaban bajo esfera de influencia de Estados Unidos. Brasil fue el primero en declarar la guerra a Alemania, en octubre de 1917. Luego le seguirían Guatemala, Nicaragua, Haití, Honduras… hasta Uruguay rompió relaciones con las potencias centrales.

La presión sobre Argentina fue grande. Sin embargo, la posición neutralista se mantenía firme desde el comienzo de la guerra. El gobierno radical que había asumido el poder el 12 de octubre de 1916, con la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen, reafirmó la neutralidad argentina.

En los primeros años de la guerra, esta posición había sido apoyada por los británicos, para quienes Argentina era una fuente fundamenta! de abastecimientos. La situación cambió en 1917: la guerra submarina sin restricciones suponía un grave peligro para el comercio con Gran Bretaña. El hundimiento del vapor «Monte Protegido», que navegaba con bandera argentina, levantó un coro de protesta en el país.

Irigoyen en la neutralidad frente a la guerra mundial

¡No era para menos! Los primeros años de la guerra habían reportado fabulosas ganancias a la oligarquía agro-ganadera. En 1916, la suma del valor de las exportaciones superó los quinientos millones de pesos. No era cuestión de que los submarinos alemanes hicieran fracasar el negocio.

La oligarquía vociferó exigiendo la ruptura de relaciones diplomáticas con los Imperios centrales. La opinión pública se dividió en rupturistas y neutralistas. A los que defendían la neutralidad, pronto se los acusó de «germanófilos» (en la segunda guerra mundial se les diría nazifascistas). El presidente Yrigoyen estaba incluido en esta calificación.

¿Quiénes eran unos y otros, neutralistas y rupturistas? – Los primeros representaban a la débil burguesía nacional que ascendía al poder político en la persona de Yrigoyen. Eran los pequeños industriales, los dueños de talleres, todos aquellos que comenzaban su carrera de empresarios o se beneficiaban por el papel de «proteccionismo objetivo» que desempeñaba la guerra.

En ese sentido, su neutralismo conjugaba con los sectores populares que veían al conflicto como una rivalidad ajena a sus intereses. Los rupturistas, en cambio, eran los simpatizantes de Gran Bretaña y Francia, la vieja oligarquía, los partidos tradicionales, la prensa «seria». O sea los beneficiarios de la dependencia semicolonial de Argentina. Los conocidos de siempre.

A ellos se agregaron un puñado de socialistas «amarillos» que componían el grupo parlamentario y la mayoría de la dirección del Partido Socialista.

No es el momento de extendernos en este aspecto, que pretendemos señalar meramente como parte del esquema de la guerra mundial y sus consecuencias internacionales, en lo que respecta a nuestro país. Yrigoyen permaneció fiel a su postura neutral hasta el fin de la guerra. Sólo cinco países latinoamericanos no se ataron al carro de guerra de las potencias de la Entente: Paraguay, Venezuela, México, El Salvador y Argentina.

ALGO MAS SOBRE EL TEMA: Cuando Alemania hunde el velero Oriana y el vapor Toro, se inician grandes manifestaciones que alcanzaron entonces dimensiones poco vistas; las calles hervían de estribillos antigermanos, y los incidentes menudearon; en uno de ellos estuvo a punto de ser incendiada la imprenta de un periódico alemán.

Los partidarios de la ruptura alegaban que debíamos a Inglaterra el progreso económico y a Francia buena parte de nuestra cultura, y había llegado el momento de mostrar nuestro agradecimiento. Argumentaban, también, que una vez finalizada la guerra con el triunfo de los aliados, el país quedaría aislado de la comunidad internacional. Los neutralistas, por su parte, sostenían que las libertades que Inglaterra decía defender eran harto discutibles, y acusaban a los rup-turistas de hacer el juego a intereses que en nada convenían a la Argentina.

En agosto de 1917, ante una manifestación! neutralista, Belisario Roldan precisó bien ese concepto recordando que nuestro país carecía de flota propia y que todos los barcos eran ingleses, pese a que llevaban a veces el pabellón, nacional porque estaban matriculados aquí y para impedir que se los atacara.

Por eso reclamó enérgicamente que se prohibiera la salida con rumbo a la zona de guerra de «esas enormes supercherías que se llaman barcos de cabotaje y que no conducen, ni representan, ni encarnan un ápice de la soberanía argentina, por más que al tope de su mercantilismo a outrance flamee una cosa que tenga los colores de nuestra enseña».

A la agitación que no decrecía se unieron en determinado momento presiones diplomáticas nada sutiles. En julio do 1917 la escuadra norteamericana que patrullaba el Atlántico puso proa a nuestros puertos, y el embajador yanqui comunicó al gobierno que la flota ingresaría en Buenos Airos «incondicionalmente».

Yrigoyen llamó entonces al representante estadounidense y le exigió borrar esa palabra de la comunicación oficial, y como éste se negara, el presidente le informó que en tales condiciones el acceso de las naves no sería permitido. La firme respuesta elevó la tensión a su grado máximo y motivó aceleradas consultas entre el diplomático y su Cancillería, que le ordenó solicitar la entrada en calidad de «visita de cortesía», con lo que se superó el entredicho.

Igualmente firmes fueron las actitudes del gobierno nacional frente al embajador inglés, que se manifestó públicamente en favor de los legisladores que propugnaban la ruptura de la neutralidad y la la reclamación a Alemania por el hundimiento de las naves. La Cancillería germana replicó que en los incidentes no debía verse «la menor falta de respeto al noble pabellón de la República Argentina, ni de parte del gobierno alemán, ni de parte de la marina imperial».

No satisfecha, la Argentina exigió plena libertad en los mares para los mercantes nacionales y reparación de los daños materiales y morales, exigencias que los alemanes aceptaron cumplir. En 1921 el acorazado Hannover desagravió a la bandera nacional en el puerto de Kiel. Por entonces la guerra ya había terminado, y con ella los incidentes que generó la política neutralista de nuestro país, que no aceptó complicarse en un conflicto en el que nada tenía que ver el interés nacional.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la República Argentina – Editorial Abril