Asesinato de Angelelli

Historia del Peronismo Nacimiento, Desarrollo Político y Caída

Historia del Peronismo

TEMAS TRATADOS:

1-Origen del Peronismo

2-La Batalla Política

3-La Gran Movilización del 17 de Octubre

4- Perón es elegido presidente de la Nación Argentina

5- Plan Quinquenal

6- Políticas de Gobierno

7- El Voto Femenino

8- Segunda Presidencia

9- La Revolución Libertadora

10-Operativo Retorno

11- Muerte de Juan Perón

12- Gobierno de «Isabelita»

En  junio de 1943, un régimen autoritario —ensayado ya en 1930 por el general José F. Uriburu—volvía a instalarse en el gobierno nacional, a través de un nuevo golpe de estado. Mientras tanto, en Europa, se expandían los regímenes fascistas: habían, triunfado primero en España; luego con Hitler y Mussolini a la cabeza se habían lanzado a la conquista del mundo. Y aparentemente iban lográndola.

Los nacionalistas argentinos estaban influidos, sin duda, por estas victorias alcanzadas sobre el viejo liberalismo europeo; muchos militares, de espíritu antiliberal y antibritánico, seguían muy de cerca esos acontecimientos.

El proceso les interesaba en un doble sentido: militarmente, porque el despliegue bélico de las potencias del Eje parecía imparable; políticamente, porque de ganar Alemania la guerra —como todo hacía pensar— estaba reservado para la Argentina un papel protagónico en América latina. Por eso era necesario establecer un gobierno fuerte y decidido, un Estado militar rigurosamente organizado.

ETAPA I DEL PERONISMO:

El Nacimiento:

El GOU (Grupo Obra de Unificación del Ejército), una logia de oficiales nacionalistas, había sido el artífice del pronunciamiento militar del 4 de junio de 1943. La materia gris de ese cerebro conspirativo, -quien más había trabajado para otorgarle un contenido ideológico, era el coronel Juan D. Perón.

Pero de todo su plan original, lo único que el GOU cumplió con eficacia fue el derrocamiento del presidente Ramón S. Castillo. El general Arturo Rawson, cabeza visible del movimiento, no llegó a asumir- la presidencia. Juró en su lugar el general Pedro P. Ramírez, quien nombró ministro de Guerra al general Edelmiro J. Farrell. Fue a través de este último que Perón lograría entonces acceder al cargo de jefe eñ la Secretaría del Ministerio de Guerra, el 5 de junio de 1943. La actividad desplegada por Perón en ese cargo fue inusitada, eficazmente secundado por su amigo personal, el teniente coronel Domingo A. Mercante.

En agosto del 43 estalló un conflicto en el gremio de la carne, cuyo líder máximo y militante del Partido Comunista, José Peter, fue encarcelado. El coronel Perón intervino directamente en el diferendo y logró negociar, tratando en forma personal con los dirigentes gremiales el levantamiento del paro.

De esta manera, Perón comenzó sus contactos con los gremios, un terreno hasta entonces inexplorado por los militares. A fines de octubre, pocos días después de que el general Farrell asumiera la vicepresidencia de la Nación, Perón reclamó y obtuvo para sí la presidencia del llamado Departamento Nacional del Trabajo, íntimamente vinculado con los problemas sindicales. Fue esa institución revitalizada la que se transformaría tiempo después en la Secretaría de Trabajo y Previsión y lo convertiría a él en eje de los. acontecimientos políticos futuros.

El 25 de febrero de 1944, Farrell accedía a la presidencia. Al mismo tiempo desde la flamante secretaría,, la popularidad de Perón iba en aumento. Su táctica —de acuerdo con sus propias afirmaciones— apuntaba al corazón de los obreros. Pero también deseaba alcanzar un equilibrio de fuerzas que le permitiera retener el poder político en sus manos. Hábilmente, especulaba con el peligro comunista para convencer a los industriales de la necesidad de apoyarlo, al tiempo que favorecía el ascenso de los dirigentes sindicales que estaban dispuestos a respaldar su labor en la secretaría y a favorecer su eventual candidatura política.

Por su parte, los partidos tradicionales, que se habían unido contra el régimen militar —de marcados rasgos corporativistas en sus comienzos— temían que Perón encarnara un brote fascista en momentos en que esta ideología acababa de ser derrotada en la guerra por los aliados. Pero esta actitud los enfrentó a los sindicalistas, quienes veían en Perón al hombre que los comprendía, y puso a los partidos en la misma trinchera en la que estaban las fuerzas empresarias: el antiperonismo.

Fue así que se produjo la reacción sindical en favor de la Secretaría de Trabajo, dividiéndose los gremios y alcanzando Perón el apoyo de la gran mayoría de las bases obreras. El coronel recibía a los líderes sindicales y les hablaba en un lenguaje claro, con un tono muy dif érente al de los funcionarios públicos. Los decretos y convenios de trabajo —que él mismo redactaba ante sus ojos— se convertían en una realidad palpable, que asombraba a sus interlocutores. Desde los partidos tradicionalmente obreros comenzó el éxodo hacia el peronismo.

Los dirigentes sindicales Ángel G. Borlenghi y Luis F. Gay fueron los más notorios adherentes a la nueva corriente política que se fue conformando alrededor del hábil coronel. El 7 de julio de 1944, éste fue nombrado vicepresidente de la Nación, sin resignar por ello sus cargos de secretario de Trabajo y de ministro de Guerra, que había obtenido de manos de Farrell. El poder que concentraba en ese momento, no era para nada despreciable. Había llegado el momento de lanzar la gran batalla.

Juan Domingo Perón

La batalla política

El primer movimiento lo realizaron los más poderosos comerciantes e industriales del país, quienes el 16 de junio de 1945 en un manifiesto exigieron al gobierno que rectificara su política social. En 1944 se habían firmado 127 convenios con intervención de las asociaciones patronales y 421 con intervención de los sindicatos. Los millares de obreros que se reunieron el 12 de julio frente a la Secretaría de Trabajo fueron la respuesta más categórica al manifiesto de los empresarios. Estaban convocados por una causa popular, tenían un líder cuya candidatura proclamaban indirectamente y la clase patronal los empujaba a la lucha. Estaban dadas las condiciones para una gesta.

Los partidos políticos, que seguían viendo en Perón un peligro nazifascista azuzaban contra él a los estudiantes de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA). Ello aparejaba protestas estudiantiles y represión, policial. Estimulados por el embajador norteamericano Spruille Braden, —tras la victoria aliada—, las fuerzas antifascistas organizaron lo que se llamó Marcha de la Constitución y la Libertad.

Antiperonistas de todos los colores y de todas las clases sociales engrosaron sus multitudinarias columnas. El gobierno contestó reimplantando el Estado de sitio y modificando el Estatuto de los Partidos Políticos, a cuyas autoridades se prohibía reelegir. Fue entonces que los estudiantes ocuparon las facultades. Y la represión policial los desalojó.

A esa altura, Perón ya era el eje de la situación política. El país, a su influjo, se había dividido en dos partes bien definidas y no quedaba espacio para los indiferentes. De un lado, con Perón: la clase obrera, tanto industrial como agraria, representada por los nuevos sindicatos segregacionistas; también el Ejército y la Iglesia, apoyados por la cadena de Radio del estado y por todos los resortes del gobierno.

Del otro lado: casi toda la clase media y alta, representadas por las entidades estudiantiles y empresarias y por los partidos tradicionales; también la Marina y los intelectuales; apoyados por la mayor parte del periodismo escrito. Todo esto sucedía a fines de setiembre y en los primeros días del mes de octubre de 1945.

La aparente derrota

La unidad del gobierno, ante todas estas situaciones, por las que se atravesaba, se iba deteriorando. A raíz de la designación de Oscar Nicolini como director de Correos y Telecomunicaciones (se decía que la actriz Evita Duarte, amiga de Perón, había influido en ella), se desató la crisis. El jefe de la guarnición de Campo de Mayo, general Eduardo J. Avalos, retiró entonces su apoyo a Perón y le pidió la renuncia. Los sectores castrenses más poderosos le dieron la espalda. Perón aceptó: «No quiero sangre«, dijo por medio de un discurso que se retransmitiría a todo el país y que pronunció desde la Secretaría de Trabajo y se despidió de sus seguidores, concentrados allí multitudinariamente.

El diario La Época reprodujo sus palabras y el texto de un decreto que dejaba preparado, por medio del cual se implantaba un sistema de aumentos de salarios «móvil, vital y básico«. Pero nadie lo firmaría si él se alejaba de la secretaría. Su clásica frase «de casa al trabajo y del trabajo a casa«, con la que siempre cerraba sus discursos, sonó muy amarga ese día a los oídos de los trabajadores. Sus ánimos estaban exacerbados y algunas palabras duras del líder, los incitaban a la resistencia.

El 11 de octubre, Perón se alejó de la Capital. Su «despedida» de los obreros, sin embargo, había molestado profundamente a ciertos sectores del Ejército. Grupos de oficiales propiciaban la destitución de Farrell. Los políticos consultados propusieron la entrega delgobierno a la Suprema Corte. Finalmente, los sectores castrenses impusieron al presidente un cambio total de gabinete.

Pero a esa altura de los acontecimientos tal medida ya no era solución. Porque, en el momento en que —el 12 de octubre— la multitud antiperonista se reunía en plaza San Martín exigiendo la entrega del gobierno a la Suprema Corte, muchos oficiales del Ejército advertían que el antiguo antimilitarismo liberal estaba resucitando y que se había cerrado el paso a un enemigo pero se lo había abierto a otro, que ni siquiera pertenecía a sus filas. Mientras se encontraban sumergidos en tales reflexiones, la policía, incómoda por el estribillo de «Gestapo» con que la muchedumbre reunida frente al Círculo Militar la zahería, reprimió a los antiperonistas; fue allí que el médico Eugenio Ottolenghi se desplomó, sin vida, junto a una gran cantidad de heridos.

La crisis era total. El doctor Juan Alvarez, Procurador General de la Nación, estaba encargado de la formación de un nuevo gabinete. Pero el 13 de octubre, los únicos ministros del Ejecutivo eran el general Avalos, el almirante Héctor Vernengo Lima y el civil Juan Fentanes, cuyas palabras como flamante secretario de Trabajo y Previsión fueron muy poco prometedoras para la expectante clase obrera.

Ese mismo día, el presidente Farrell, sometido a múltiples presiones jardenó cue se detuviera al coronel Perón, quien habia vuelto a Buenos Aires. Allí fue sustraído de la jurisdicción del Ejército y trasladado a la de la Marina, la que lo interna en el buque Independencia y desde allí lo transfiere a la isla Martín García. En el trayecto al puerto, Perón sólo abrió la boca para pedirle al coronel Mercante, quien lo acompañaba, que cuidara de Evita.

La movilización

La detención del coronel, conmocionó a los gremios. Encabezó su movilización el Sindicato Autónomo de Obreros de la Carne, dirigido por Cipriano Reyes (enemigo de José Peter). El día 15, los obreros copaban prácticamente Berisso y Ensenada. Sus esfuerzos recrudecerían al enterarse de que Perón había sido trasladado a Buenos Aires nuevamente y que se hallaba en el Hospital Militar.

Se intentó organizar una marcha obrera que llegara allí, pero esos intentos fueron muy desorganizados y fue fácil disolver las pequeñas manifestaciones que se iniciaban. Los pocos peronistas que lograron recorrer el centro de la ciudad, le hicieron juntos con los militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista. Mientras algunos de ellos eran conducidos a las comisarías, los sindicatos antiperonistas condenaban la movilización y lo mismo hacían los partidos políticos: : «son bandas armadas dirigidas por Cipriano Reyes», dijo por ejemplo el Partido Comunista. Algo parecido opinaron los socialistas y los radicales.

El 17 de octubre de 1945

El día 17 se reeditaría la marcha intentada en la víspera. Pero ahora, mucho mejor organizada. El objetivo de los dirigentes era concentrar el mayor número posible de personas frente al Hospital Militar y la Casa de Gobierno, como una forma de presión que respaldara la reposición del líder en todos sus cargos. Desde Lanús, Berisso, Ensenada, La Plata, partieron los contingentes más nutridos.

La coordinación entre unos y otros era excelente. Avanzaron sobre la capital realizando mítines en las esquinas, atacando los locales de los partidos políticos y portando cartelones, retratos del coronel y banderas argentinas. A las puertas de Avellaneda, el personal de la Dirección General de Navegación y Puertos les permitió atravesar los puentes en lugar de cumplir enseguida la orden de levantarlos que había dado el gobierno.

Camiones, autos, bicicletas y caminantes logran pasar del otro lado y los que llegaban tarde al ver los puentes levantados cruzaron en lanchones y hasta nadando. Toda la zona sur del Gran Buenos Aires quedó aislada: se levantaron los rieles tranviarios y los obreros ferroviarios decretaron el paro general. No había ni un comercio abierto.

A las 5 de la tarde de aquel 17 de octubre todo el mundo sabía que los peronistas estaban reunidos frente a la Casa de Gobierno, y que la policía no los reprimía. Desde todos los barrios de la capital empezó a acercarse gente, incluso los más dubitativos seguidores. Mientras esperaban en la plaza, se enteraron de que un grupo de sindicalistas había hablado con Perón en el Hospital Militar y que éste opinaba que era frente a la Casa de Gobierno donde debía presionarse

Los últimos momentos del gobierno

Mientras la multitud se refrescaba del intenso calor sumergiéndose a medias en la vieja fuente de la Plaza de Mayo, una CGT muy dividida, que la noche anterior apenas si había logrado decidir el paro general para el día 18 (con el voto conseguido a último momento de Libertario Ferrari) entrevistaba al presidente Farrell. En la plataforma que le exponían se habla de elecciones democráticas, de la consulta a la clase trabajadora, de la firma del último decreto de aumentos de salarios que Perón había dejado preparado.

Pero para nada se mendonaba la libertad del coronel, Farrell no obstante todas las presiones a las que estaba sometido, se mantenía impasible. Esa sería su constante actitud. El ministro Avalos no parecía tampoco demasiado definido y optaba por permanecer fiel al texto de un comunicado que llevaba su firma: «El Ejército no intervendrá contra el pueblo en ninguna circunstancia«, decía en su parte medular. «Hay que dejarlos que se dasaho-guen, total no pueden hacer nada», repetía el confiado procurador Alvarez.

Sólo el almirante Vernengo Lima era partidario de la represión. Cuando Farrell y Avalos se entrevistaron con el general Juan Pistarini y el coronel Mercante —ambos peronistas— para negociar una salida pacífica, el almirante decidió sublevar la Marir na^ Esperaba que la guarnición militar de Campo de Mayo secundara su acción, pero como esto no sucedió, quedó aislado políticamente y el día 18 se presentó detenido en el Ministerio de Marina.

Dos modalidades diferentes

En todo el proceso de cabildeos y maniobras políticas que se desarrolló a partir de la entrevista de Pistarini y Mercante con Avalos y Farrell, la que culminó a las once de la noche del 17, cuando Perón dirigió la palabra a sus adictos concentrados en la Plaza, dos estilos opuestos se mostraron en pugna. El peronismo, audaz y agresivo, con objetivos políticos concretos, empleaba recursos y estrategias ganadoras, a pesar de ser un movimiento de reciente formación. Sus opositores, en cambio eran excesivamente indecisos y se movían en base a esquemas políticos que empezaban a sonar arcaicos.

Las imposiciones de Perón fueron todas aceptadas: renuncias de Avalos y de Vernengo Lima, y formación de un gabinete peronista. Farrell aceptó, incluso, hablar esa noche al pueblo desde el balcón, como mero segundo, dejando el discurso final a Perón. Posteriormente, fueron liquidados los sectores adversos dentro del Ejército y la militancia peronista ganó la calle.

Los mismos que la noche del 17 agitaron —a pedido del coronel— sus pañuelos blancos durante 15 minutos debajo del balcón de la Casa Rosada, coparon el terreno libre que el antiperonismo, desmoralizado, les dejaba. «Hay que aprovechar el entusiasmo obrero para organizarse bien» afirmó entonces Cipriano Reyes (el «héroe de la marcha del 17 de octubre», como lo calificaba el líder).

Esto quería decir, en otras palabras, que había que organizar un partido político. Y fue el propio Reyes quien dio el puntapié inicial para la formación del Partido Laborista, con la idea de crear una agrupación semejante al Labour Party, de Gran Bretaña, cuya base de sustentación habían sido los sindicatos. Sólo que en esta caso se trataría de los flamantes sindicatos peronistas exclusivamente. La candidatura de Perón a la presidencia de la República era ya un hecho irreversible.

ETAPA II DEL PERONISMO:

Afines de octubre de 1945, Cipriano Reyes, encargado de la organización de un partido político que capitalizara la efervescencia popular adicta a Perón, cumplió eficazmente su cometido. En pocos días, secundado por otros dirigentes gremiales, fundó el Partido Laborista, a semejanza —según él— del Labour Party, que en Gran Bretaña acababa de desalojar del gobierno a los conservadores.

De ahí surgiría la candidatura de Perón a las elecciones nacionales programadas para el 24 de febrero de 1946. Las conocidas injerencias del embajador norteamericano Spruille Braden en favor de los sectores antiperonistas surtieron el efecto contrario y abonaron el terreno al flamante candidato. «Braden o Perón» fue el slogan del laborismo con lo que se establecía una disyuntiva aparentemente patriótica.

Luego de los gigantescos mítines y de los grandes discursos, en medio de una movilización preelectoral caracterizada por algunos desbordes de violencia, llegó la hora de las urnas. Se trató de una correctísima elección, según afirmaciones de un bando y otro. Cuando terminó el recuento de los votos, la fórmula Perón-Quijano había obtenido 1.527.231 sufragios contra 1.207.155 del binomio Tamborini-Mosca, candidatos de una coalición denominada Unión Democrática y que nucleaba a radicales, demócratas progresistas, socialistas y comunistas.

El Plan Quinquenal

Perón comenzó su tarea de gobierno tras su flamante ascenso a general de brigada. Una vez establecido su equipo de ministros y secretarios (en donde figuraban entre otros Ramón Cereijo, Juan Pistarini, Juan Atilio Bramuglia, Ángel Borlenghi y Ramón Carrillo), puso manos a la obra.

El llamado Plan Quinquenal de Gobierno 1947-1951 aparecía como la base programática de su accionar, aunque, en verdad, se trataba de una importante recopilación de datos de todas las áreas ministeriales sobre el estado del país, en donde también se hacían algunas sugerencias importantes, como: establecer la necesidad de materias primas y combustibles, verificar la eficiencia de los sistemas de producción y explotación de los mismos y completar las obras e inversiones necesarias para el desarrollo industrial y agrícola, que ya estaban proyectadas por las administraciones anteriores.

En materia educacional se planificó la construcción de escuelas rurales, pero se mantuvieron los viejos planes de estudio, a los que se añadió —por compromisos electorales previos— la enseñanza religiosa en los colegios estatales. Hubo en cambio mayor preocupación por los programas de salubridad y por la construcción de modernos hospitales (a los que se denominó policlínicos) y por la edificación de barrios obreros en distintos puntos del país. Resultaría muy importante la organización del Censo Nacional, que estaba sumamente atrasado, en donde trabajó el mismo recopilador que preparó el Plan Quinquenal, Francisco José Figuerola un antiguo y eficaz funcionario del Departamento de Trabajo a quien Perón llevó a la Casa de Gobierno como secretario Técnico de la Presidencia.

Las nacionalizaciones

La compra de los ferrocarriles ingleses fue el paso más espectacular del gobierno peronista en materia de servicios públicos. Se concretó así una antigua aspiración de las compañías ferroviarias, deseosas de venderle los viejos talleres, ramales y convoyes para quedarse solamente con el servicio de manutención, que era la parte más interesante del negocio.

Los ferrocarriles fueron entregados, además, como parte de pago de la gran deuda en libras esterlinas que el gobierno inglés tenía con la Argentina (por la compra de alimentos durante la Segunda Guerra Mundial) y que se negaba a saldar en efectivo. El gobierno peronista, sin embargo, exhibió la operación como un gran triunfo nacional sobre el imperialismo británico.

A partir de allí, paulatinamente la explotación de los servicios públicos fue pasando a manos del Estado, hasta eliminar totalmente la injerencia de las empresas extranjeras. Pero con una excepción: la Compañía Argentina de Electricidad (CADE), que había apoyado económicamente la candidatura de Perón.

La Compañía Primitiva de Gas (de capitales ingleses) fue reemplazada por un ente estatal y la construcción de un gasoducto, que en su momento fue el más largo del mundo, permitió aprovechar el gas que hasta ese momento se desperdiciaba en Comodoro Rivada-via. En otra operación similar, la empresa telefónica norteamericana United River Plate Telephone Company Limited, de la ITT, pasó a poder del Estado.

La política energética

La flamante empresa autárquica Agua y Energía Eléctrica fue la-encargada de continuar la política energética que ya se había iniciado en el país. Fueron así terminados los diques Escaba y Nihuil, con sus centrales hidroeléctricas, y otras obras semejantes se concluyeron en todo el país, el que alcanzó una producción de potencia de 350.000 kilovatios.

Paralelamente a esté aprovechamiento de los recursos hídricos, se intensificó ei aprovechamiento del yacimiento carbonífero de Río Turbio. Los proyectos de explotación petrolera, por su parte, obligaron a una renovación de la flota de buques tanques: 18 barcos, con un porte bruto de 234 mil toneladas, fueron incorporados al servicio durante este primer período de gobierno. En agosto de 1950 se creó un nuevo ente estatal que agrupó a todas las empresas —cinco en total— que administraban todas las fuentes energéticas. Se lo denominó ENDE y fue el encargado de digitar los futur«^pasos a dar en ese sentido.

La política económica

La economía del país, al menos durante los tres primeros años de administración peronista, danzaría al compás que le marcaba Miguel Miranda, a quien llamaban «el mago de las finanzas». Sus armas fundamentales fueron la nacionalización del Banco Central (de cuyo directorio era el presidente) y la creación del IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio). Desde allí controlaba el comercio exterior y centralizaba la comercialización de las cosechas. La política de Miranda, además, despertó un afán industrializador en el país, lo que permitió que se eliminaran de la importación muchos productos. Pero esa política fue tan caótica en su aplicación y produjo tantos errores que la estrella de Miranda comenzó a languidecer y fue reemplazado por el Consejo Económico Social.

En abril de 1951, tras un conflicto con Gran Bretaña, en cuyo transcurso se suspendieron las exportaciones de carne a ese país, el gobierno obtuvo el precio récord de 150 libras por tonelada. Esto tranquilizó a los grandes terratenientes, quienes atravesaron incólumes el período peronista, y al que habían recibido con la guardia en alto, temerosos de los revolucionarios planes de reforma agraria a los que se hacía mención en los discursos preelectorales. En ese sentido, más allá de las leyes de arrendamientos congelados y de los precios fijados por el IAPI, sus intereses y sus hectáreas permanecieron intactos.

El plan de obras públicas, en cambio, sí fue voluntariosamente impulsado. Las prioridades se centralizaron en un rubro de impostergable necesidad: la vivienda. El remozado Banco Hipotecario Nacional fue un elemento básico alrededor del cual giró la política edilicia. Surgieron así gran cantidad de monobloques en diversos barrios; proliferaron las «casitas obreras»; la Ciudad Evita —un gigantesco complejo de 10.000 viviendas— llegó a edificarse en un 45 por ciento y se completó el llamado Barrio Presidente Perón, en Saavedra.

En cinco años una gran cantidad de viviendas fue entregada a sus flamantes dueños, aunque como trasfondo de esas realizaciones menudearan las denuncias de todo tipo de irregularidades administrativas y de adjudicaciones acomodaticias. El aeropuerto de Ezeiza, vastos complejos edili-dos del interior del país, escuelas, colegios secundarios, edificios universitarios, fomento de la infraestructura hotelera, fueron otros tantos aportes del gobierno en lo que al rubro de las obras públicas se refiere.

El incremento de la producción industrial, la construcción de oleoductos y gasoductos, el descubrimiento de algunos yacimientos minerales, el aprovechamiento del carbón, la positiva modificación de las importaciones y el aumento del promedio de consumo, quedarían registrados como los más importantes logros de la primera presidencia del peronismo.

Como contrapartida, la exagerada prisa por la industrialización en detrimento directo de la agricultura (en momentos en que eran altos los precios de los cereales, por influjo de la posguerra) y una fría actitud con respecto a la tan mentada reforma agraria, aparecen como sus puntos mas débiles. Pero el formidable aparato propagandístico que se monto en ese lapso —cadenas de diarios y radios estatales— influyó notoriamente para que muy pocos advirtieran los defectos principales del régimen peronista. Así se fortificó el slogan «Perón cumple, Evita dignifica», con el que se llegó a 1951.

La segunda presidencia

El resultado de las elecciones del 11 de noviembre de 1951 tuvo las características de un verdadero plebiscito popular. El binomio Perón-Quijano sumó 4.744.803 votos contra 2.416.712 de la fórmula radical Balbín-Frondizi. El resto de los partidos1; incluyendo los votos en blanco, apenas sobrepasó los 400.000 sufragios.

El voto femenino y la reelección presidencial —incorporada a la Constitución por la reforma de 1949— jugaron un importante papel en esos resultados. El 4 de junio de 1952, cuando Perón reasumió el gobierno, era Evita quien debía acompañarlo como vicepresidenta de la Nación, pero su postulación aparentemente jaqueada por el Ejército (con la complicidad del presidente), no tuvo «él respaldo de su marido y ella se vio precisada a renunciar dramáticamente a la candidatura el 22 de agosto, tras el famoso Cabildo Abierto del Justicialismo.

De todas formas, poco le quedaba ya de vida, pues minada por una dura enfermedad dejaría de existir el 26 de julio de 1952. Perón autorizó entonces el embalsamamiento de su cuerpo y un velatorio de 15 días, con funerales de Jefe de Estado. Largas e imponentes filas de mujeres y hombres desfilarían por su capilla ardiente.

Como si la muerte de Evita hubiera sido un preaviso de las crisis que se avecinaba, en 1952 se alcanzó el récord de inflación y se produjeron tremendas sequías. Se manifestaron notorios fracasos en los planes de desarrollo y comenzaron a producirse graves desequilibrios entre los precios y los salarios.

El Segundo Plan Quinquenal hablaba pomposamente de la «soberanía política», pero fue entonces que comenzaron las tratativas con empresas norteamericanas para la explotación del petróleo nacional. Ciertos escándalos, además, iban empañando la imagen del líder, como por ejemplo sus relaciones con la rama femenina de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) y ei controvertido suicidio de Juan Duarte, hermano de Evita (vinculado con turbios negociados). También se cuestionaban las maniobras financieras de Jorge Antonio dueño de un poder económico privado —pero con todas las ventajas de la protección oficial a su favor— que adquirió Radio Belgrano, Canal 7, la agencia noticiosa Télam; importó 50.000 televisores y gran cantidad de automóviles y colectivos.

El incesante aumento del costo de vida era la contrapartida de ese proceso aparentemente tan exitoso, y un incipiente malestar popular era ya innegable.ÍLos sectores más duros de la oposición tuvieron entonces mayor basamento para lanzarse a la acción. El 15 de abril de 1953, mientras Perón hablaba en una gran concentración en la Plaza de Mayo, estallaron varias bombas (que ocasionaron cinco muertos) y come respuesta, se atacó al edificio del Jockey Club, a la Casa del Pueblo, a la Casa Radica, y a otras sedes partidarias, los que fueron saqueados e incendiados.

Los éxitos deportivos de la Argentina, que en ese momento se sucedían en fútbol, en automovilismo y en boxeo, no lograban disimular el desgaste político que el gobierno sufría a diario. Las cárceles albergaban ya a centenares de presos políticos y había también numerosos exiliados en el Uruguay.

El conflicto con la Iglesia

En julio de 1954, al mismo tiempo que debió enfrentar la huelga metalúrgica, el gobierno comenzó a experimentar sus primeros rozamientos con la Iglesia. Mientras un grupo de católicos fundaba el opositor Partido Demócrata Cristiano, desde el pulpito algunos sacerdotes iniciaron una campaña que apuntó, en un principio, a ciertos aspectos de la moral gubernamental. Perón los calificó de «curas perturbadores». Pero cuando un cierto número de ellos fue detenido, se produjo un claro distanciamiento entre el presidente y el cardenal Copello, su aliado de 1945.

El bloque peronista de la Cámara de Diputados comenzó entonces a barajar proyectos tales como la separación de la Iglesia y el Estado, la implantación del divorcio y la ley de profilaxis, mientras que el Ejecutivo decidía suprimir la enseñanza religiosa en los colegios estatales, establecida en 1946. Arreciaron manifestaciones de católicos armados y de pronto el vicario general, Manuel Tato, fue deportado a Roma el 15 de junio de 1955. Veinticuatro horas más tarde, un movimiento cívico-militar intentaba derrocar al presidente. Miguel Ángel Zavala Ortiz, Raúl Lamuraglia, Pedro E. Aramburu y Samuel Toranzo Calderón eran las cabezas más visibles del complot. Ya el 28 de diciembre de 1951 se había producido una intentona semejante, acaudillada por el general»Benjamín Menéndez, pero había fracasado.

Ahora, aprovechando un supuesto homenaje que se le tributaría al presidente, los aviones navales volaron al mediodía a escasa altura y bombardearon la Casa Rosada, ametrallando también las inmediaciones. El movimiento fracasó, fundamentalmente por que las fuerzas de tierra retacearon a último momento su participación. Al caer la tarde, media docena de camiones transportaban centenares de cadáveres de transeúntes que habían sido alcanzados por la metralla y de pasajeros de un trolebús deshecho por una bomba.

Mientras el almirante Benjamín Gargiulo se disparaba un tiro en la sien dentro del Ministerio de Marina, prefiriendo la muerte al fracaso, bandas armadas del oficialismo se tomaban revancha saqueando y quemando la mayoría de las iglesias de la zona céntrica. La Curia, San Ignacio, el Convento de San Francisco, Santo Domingo, La Merced, La Piedad, Nuestra Señora del Socorro, San Juan y San Nicolás fueron lamidas por las llamas.

Se trataba del último eslabón del enfrentamiento entre el peronismo y la Iglesia, como corolario de los anteriores rozamientos y de los incidentes producidos en la poco pacífica procesión de Corpus Christi de ese año, tras la campaña anticlerical exacerbada por el diario oficialista Democracia.

A partir de ese momento, la crisis interna se agudizó rápidamente. En medio de una ola de rumores y con un gabinete ministerial totalmente recompuesto, el 5 de julio Perón pidió —en un discurso radial— una tregua política. Era un tardío llamado a la pacificación, mientras las conspiraciones golpistas arreciaban por todos lados.

El gobierno se veía obligado a negociar y ofreció por primera vez en diez años las radios. Usaron de ellas Arturo Frondizi (UCR), Luciano Molinas (PDP) y Vicente Solano Lima (PD), pero le fue negado el micrófono a Alfredo L. Palacios (PS), quien exigía la renuncia del presidente. Todos criticaron y aportaron sus soluciones; pero era demasiado tarde para pacificar.

En la última semana de agosto los acontecimientos de precipitaron y Perón ofreció su renuncia. Como rápida respuesta, la CGT organizó para el día 31 una multitudinaria concentración en apoyo a su líder. Frente a ella, Perón recobró sus energías políticas e hizo un discurso de tono violento. Un par de semanas después, el 16 de setiembre, otro levantamiento militar, más importante, lograba derribarlo.

En la lluviosa mañana del lunes 19, el presidente escribió su renuncia de puño y letra y la entregó al general Franklin Lucero, su ministro de Ejército. Se trataba del último acto de gobierno. Faltaban escasas horas para que venciera el plazo impuesto por la Marina de Guerra, dispuesta a cañonear las costas.

ETAPA III DEL PERONISMO:

Cuando a las ocho de la mañana del 20 de setiembre de 1955 Perón entró en la Cancillería de la Embajada del Paraguay, su exilio comenzaba. Desde el exterior, sin embargo, seguiría digitando las futuras jugadas políticas de su movimiento. Mientras tanto, en Buenos Aires, los hechos políticos se precipitaban. Con el general Pedro E. Aramburu en el poder fue disuelto el Partido Peronista y se intervino la CGT.

A las restricciones partidarias se sumaría la angustia económica y las bases gremiales se agitaron. Prolifera-ron los grupos pequeños, sin experiencia, pero liberados de la mediocridad de sus antiguos dirigentes prefabricados. Sin demasiada coordinación entre ellos, la mayoría se inclinaba por la salida insurreccional.

Basándose en esas células, en parte de las estructuras gremiales que subsistían, en amplios sectores de la suboficialidad del Ejército y encabezada por un grupo de oficiales peronistas, se lanzó la contrarrevolución militar del 9 de junio de 1956. Sus líderes eran los generales Juan José Valle y Raúl Tanco, secundados principalmente por el teniente coronel Osear Cogorno. Sus propósitos políticos consistían en «terminar con el régimen y llamar a elecciones», según sus propias afirmaciones de aquellos días.

Pero la falta de coordinación, las infidencias y también la falta de fogueo y de disciplina de los grupos civiles que los apoyaban, se combinaron y el movimiento fracasó. Avellaneda, La Plata, Campo de Mayo, la Escuela de Mecánica del Ejército, fueron los principales escenarios de ese dramático episodio que culminaría con el fusilamiento de 27 personas, algunas de las cuales poco y nada tenían que ver con el movimiento. Ante el fracaso del levantamiento y buscando con su actitud el cese de las ejecuciones, el general Valle optó por entregarse y la Ley Marcial cobró en él su última víctima. El jefe del llamado Movimiento de Recuperació n Nacional enfrento así al pelotón de fusilamiento en la antigua cárcel de la avenida Las Heras.

El pacto con Frondizi

Una verdadera ola de antiperonismo era la tónica de aquellos días, en los que lo^ partidos políticos aumentaban sus presiones sobre el gobierno para que éste implementara la salida electoral. El 23 de febrero de 1958 fue la fecha fijada para las elecciones generales, pero antes —y sorpresivamente — el gobierno militar convocó auna Convención Constituyente.

La Constitución de 1949 ya había sido derogada y quería reformarse la de 1853. Ai mismo tiempo, las dificultades crecientes en el orden sindical motivaron que la intervención convocara a un congreso confederal. Fue allí donde los gremios antiperonistas, que eran 32 se retiraron del plenario. Los que se quedaron, que sumaban 62, constituyeron las «62 Organizaciones Peronistas». Los campos iban definiéndose. En las elecciones de constituyentes, la consigna del voto en blanco —impartida por Perón desde Caracas y retransmitida desde Chile por John W. Cooke— concluyó con el triunfo «blanco», aunque por muy escaso margen, sobre la UCRP.’De todas formas, desgarrada por enfrentamientos internos y defecciones, la Constituyente murió al perder su quorum cuando se retiró la representación de la UCRI. Pero el peronismo; a través de esas elecciones, había hecho una reafirmación de su poderío.

El apoyo de esos votos peronistas era la gran obsesión de Arturo Frondizi. Pero la mayoría de los dirigentes del movimiento estaba a favor del voto en blanco y apoyaba al llamado Comando Táctico, que agrupaba a más de 120 representantes de todas las agrupaciones del peronismo y que seguía aferrándose a la resistencia. Mientras se reunía a menudo en Caracas con Rogelio Frigerio —representante directo de Frondizi—, Perón aseguraba a Jorge Antonio que la orden final sería votar en blanco, pero más tarde, avanzado ya el proceso electoral, se formalizó un pacto y en conferencia de prensa el líder recomendó votar por el candidato presidencial de la UCRI.

Frondizi obtuvo así 3.761.248 sufragios para la UCRI contra 2.229.291 de la UCRP encabezada por Ricardo Balbín, su más cercano seguidor. Mientras Frondizi encabezaba los festejos en Buenos Aires, en su nueva residencia de Ciudad Trujillo (hoy Santo Domingo) comentaba Perón a Andrés Framini: «Ningún pacto se hace de buena fe, todos se hacen con trampa».

El «Operativo Retorno»

El famoso pacto comenzó a hacer agua antes de lo esperado. El inicial apoyo peronista al gobierno de Frondizi se fue convir-ttendo en una fuerte oposición, traducida en huelgas y actos terroristas, desestabilización de ministros y batallas callejeras con la policía. En ese marco se desarrollaron —esta vez sin proscripciones de ninguna índole— las elecciones de 1962 para la renovación parcial de las cámaras y de la gobernación de algunas provincias, la de Buenos Aires entre ellas. Los comentarios más sen-sacionalistas confirmaban a Perón como candidato a gobernador de esta última.

esde su nuevo, y definitivo, refugio de Madrid, hacia donde iban y venían sin cesar dirigentes políticos y gremiales de su movimiento (cuyas fuerzas e influencias manipulaba con gran habilidad), Perón ungió a Andrés Framini, del gremio textil, como real candidato a la gobernación de Buenos Aires y en los comicios del 18 de marzo de 1962 su partido demostró que seguía siendo una mayoría abrumadora en el país.

Al otro día un gobierno examine—y duramente presionado por las Fuerzas Armadas— decretó la intervención de las cinco provincias más importantes en las cuales se había impuesto el justicialismo. El decreto establecía la caducidad de poderes y la invalidez de los comicios, con lo que la gran victoria moría apenas alcanzada. A los pocos días caería también el gobierno de Frondizi.

Tras poco más de un año, agitado por peligrosos enfrentamientos militares, la gestión de José María de Guido —reemplazante de Frondizi— culminó con un nuevo llamado a elecciones. El peronismo, proscripto oficialmente, se unió nuevamente a la UCRI y a algunos otros grupos minoritarios y surgió así el Frente Nacional y Popular. Desde Madrid se señaló como candidato a Vicente Solano Lima, dirigente conservador popular de la provincia de Buenos Aires. Pero esta designación rompió la unidad frentista y sus simpatizantes terminaron votando en blanco con un escaso caudal en una elección ganada por la UCRP.

Arturo Illia accedió a la presidencia y al poco tiempo la CGT, dirigida por el peronista José Alonso, lanzó su «plan de lucha», menudeando las ocupaciones de fábricas y los tiroteos. Comenzaron también las divisiones del campo sindical peronista, donde no todo era rosas, y Augusto Vandor, metalúrgico, se impuso a Andrés Framini en las elecciones internas de la «62 Organizaciones». Aunque los grupos siguieron actuando en conjunto, sus posiciones se alejaban cada vez más. Ni siquiera la noticia de la vuelta de Perón pudo cohesionarlas. El llamado «Operativo Retorno «, no obstante, fue una programación de suspenso político que duró casi un año y que presionó tremendamente a los factores de poder. Finalmente, el avión de línea que traía al líder —detenido en Río— debió volver a España con toda su comitiva a bordo.

Isabelita y Vandor.

La campaña electoral de marzo de 1965 se llevó a efecto —en el campo peronista— en medio de una atmósfera de desaliente por la fallida «Operación Retorno». Ante la falta de reconocimiento del Partido Justicialista, éste optó por la sigla Unión Popular.

Cuando se formó en Córdoba la Confederación de los Partidos y Movimientos Populares y Provinciales, en base a los legisladores neoperonistas, «Las 62» se apresuraron a acusarla de traición al movimiento. Esas divisiones, en el fondo, los ponían en manos de sus adversarios y entonces Perón inició gestiones conciliatorias que terminaron en una orden: unificación con los «neos» y unificación de los bloque: parlamentarios. En medio de esa lucha interna, como la figura de Vandor se agrandaba visiblemente, Perón envió a su mujer. María Estela Martínez (Isabelita) a Buenos Aires, para desautorizarlo. Llegó con el pelo rubio y sospechosamente recogido «a lo Evita».

Luego de tumultuosas giras por el interior, mientras algunos grupos reaccionaban contra su presencia, Isabelita se dirigió a Mendoza, en vísperas de las elecciones para renovar la gobernación, donde la candidatura de Alberto Serú García, líder del Movimiento Popular Mendocino. apoyado por Vandor, parecía asegurarse los votos del peronismo. Justamente para quitarle el apoyo y otorgarle su aval a Ernesto Corvalán Nanclares, señalado por Perón, fue hasta allí Isabel. El resultado de las elecciones fue favorable al Partido Demócrata (conservador), pero en el pleito interno del peronismo ganó Corvalár. Nanclares. Esta derrota política de Vandor no influiría demasiado en su liderazgo sindical, pero demostró que no existía posibilidad de enfrentar a Perón sin riesgo.

El regreso de Perón

Toda la actividad opositora del peronismo hacia el gobierno radical de Illia fue cuidadosamente alimentada por los militares que conspiraban para derrocarlo desde el mismo momento en que le habían entregado el poder. El propio «plan de lucha» de la CGT contaba con el guiño militar en el sentido de que tuvieran la seguridad de que no habría represión de ningún tipo por parte de ellos.

La alianza sindical-militar. alentada por los vandoristas y bendecida luego por Perón, fue públicamente confesada por uno de los principales dirigente: de aquel entonces: Paulino Niembro admitió poco antes de morir (en un reportaje publicado en el libro Sindicalismo, el poder y la crisis) que los sindicalistas habían apoyado a los militares para «desestabilizar la cosa». Esto se comprobó poco después, cuando todos los dirigentes sindicales acudieron a saludar al general Onganía el día de su asunción como nuevo presidente, en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, en junio de 1966, tras el derrocamiento del gobierno constitucional de Illia.

La CGT emitió dos días después una declaración respaldando el golpe militar de Onganía, y el propio Perón dijo desde Madrid que había que «desensillar hasta que aclare». Era la época en que los sindicalistas peronistas habían empezado a convencer a los militares que ellos eran «la única barrera contra el comunismo en la Argentina», debido a la extracción nacionalista y antimarxista de sus principales dirigentes. En esa alianza, los sindicatos peronistas obtuvieron como premio la mayor cantidad de beneficios que pudieron conseguir de un gobierno que no era peronista, como por ejemplo la institu-cionalización de las obras sociales de sus gremios, lo que les permitiría acrecentar sus ingresos y procrear una nueva clase aristocrática en la dirigencia sindical.

Pero a los cinco meses de asumir Onganía ya Perón se decidió a quebrar la alianza. Lo hizo a través de una carta abierta en la que analizaba los perjuicios de la política económica en marcha —acababa de asumir como ministro Adalbert Krieger Vasena— y alentaba a sus partidarios a enfrentar decididamente al régimen militar. De este modo, Perón no solo desbarataba las ambiciones políticas de Vandor sino que también ponía en marcha un plan de estallidos sociales en todo el interior del país, en momentos en que el gobierno alcanzaba rápidamente su impopularidad por las torpezas de sus funcionarios y el fracaso de sus arrogantes enunciados corporativistas.

En ese contexto se fue engendrando la incipiente guerrilla urbana, cuya primera víctima fue el mismo Vandor, asesinado en junio de 1969. Luego le ocurrió lo mismo al sindicalista José Alonso y más tarde al ex presidente Pedro E. Aramburu, secuenstrado y ejecutado por un comando peronista que irrumpió en el escenario político con el nombre de Montoneros.

Este comando, nacido en las huestes nacionalistas de derecha, reciutaría luego a la gran mayoría de la juventud peronista de izquierda y se convertiría en el sector más duro del movimiento. En sus inicios fue alentado por Perón, quien lo calificaba de «juventud maravillosa», y estimulado en sus acciones terroristas por el aval que el líder diera a las llamadas «formaciones especiales». Al producirse el famoso «Cordobazo», que provocó el pánico social en la capital cordobesa, y el asesinato de Aramburu, Onganía fue desalojado del poder y reemplazado en la presidencia por el general Roberto Marcelo Levingston, quien apenas gobernó algunos meses hasta que fue desplazado por el general Alejandro Agustín Lanusse.

Recrudece así el período de violencia, durante el cual Lanusse fue convencido por sus consejeros de que era preciso negociar un pacto con Perón. Esta política fue impulsada también por el delegado del propio Perón, Jorge Daniel Paladino. Nació así el GAN (Gran Acuerdo Nacional). El viaje a Madrid del coronel Francisco Cornicelli, enviado por Lanusse, permitía pensar que la tentativa sería realizable. Fue en ese marco que se verificó la devolución del cadáver de Evita, se le pagaron los sueldos atrasados de general a Perón y se cerraron los numerosos procesos judiciales abiertos contra él.

Sin embargo, el líder advirtió que un pacto de tales características, una especie de bendición a la presunta candidatura de Lanusse, podía ser un colapso para su autoridad dentro del movimiento. Lanusse lo desafió entonces a volver, diciendo que ya no pesaban interdicciones contra él y que si no lo hacía era porque «no le da el cuero para volver». Le puso un plazo para ser candidato; Perón volvió, aunque no como candidato.

Esa vuelta en 1972 y posteriormente el avasallante triunfo en 1973 del FREJULI (un frente popular que amalgamaba al peronismo con otros partidos minoritarios), que impuso a Héctor Cámpora como presidente y a Vicente Solano Lima como vice, fueron los hechos más significativos que marcaron el final de la proscripción del peronismo. Aparentemente, la Argentina se reencontraba así definitivamente con el retorno a la democracia auténtica.

El gobierno y la caída

Tres semanas después de asumido el gobierno por el peronismo, una muchedumbre esperaba en Ezeiza el regreso definitivo de su líder, que estaba otra vez en España. Pero los enfrentamientos internos del peronismo, que podían sintetizarse en dos consignas opuestas («Patria peronista» versus «Patria socialista») estallaron violentamente ese 20 de junio de 1973. Ese claro antagonismo se siguió prolongando. El 13 de julio, Cámpora y su gobierno presentaron la renuncia para permitir la candidatura de Perón. El 23 de setiembre, en los nuevos comicios, la fórmula Perón-Isabeli-ta obtuvo el 62 por ciento del electorado, con casi 7.300.000 sufragios a su favor.

El asesinato de José I. Rucci, secretario general de la CGT, sirvió de inauguración de este tercer gobierno de Perón. Esa sería una de las primeras víctimas de una época marcada a fuego por la violencia. El movimiento peronista se encontraba profundamente dividido. Diversas camarillas rodeaban al anciano presidente y luchaban entre sí. Algunos sectores esperaban una vuelta al desenfrenado nacionalismo del 45, otros eran más cuidadosos con los intereses de los sectores oligárquicos y no faltaban quienes propiciaban un indefinido socialismo. En medio de esa puja interna, Perón —impotente— enfrentaba nuevas situaciones que nada tenían que ver con las de sus presidencias anteriores. Nada era lo mismo.

En 1973 la deuda externa era ya de varios miles de millones de dólares. Entre 1974 y 1975, el Mercado Común Europeo cerró sus puertas a la importación de carnes argentinas y comenzó a regularse interna-cionalmente el precio del petróleo por parte de los países productores. Había desabastecimiento industrial. La producción agropecuaria estaba estancada. El intento de establecer un moderado programa de nacionalismo económico se tradujo en una incipiente inflación, con salarios que, aun aumentando, nunca alcanzaban.

La recaudación impositiva decayó y el contrabando comenzó a hacer estragos. En el campo estrictamente político, la lucha de facciones llegó a su punto álgido con el enfrentamiento entre el gobierno y los sectores de la juventud que en su momento habían impulsado la lucha armada y ahora se sentían desautorizados por las estructuras partidarias. Varios gobernadores fueron destituidos, la Juventud Peronista fue acusada de desviacionismo marxista y el Io de mayo de 1974, Perón la expulsó de la Plaza de Mayo durante un violento discurso, que culminó en un duro enfrentamiento. Dos meses después, exactamente, Perón dejaba de existir sin haber podido frenar la violencia de los grupos parapoliciales y de los extremistas que se habían adueñado del país durante su gobierno.

La influencia del secretario privado de Perón y ministro de Bienestar Social, José López Rega, cobró entonces mayores dimensiones al asumir Isabelita la presidencia. Acusado de organizar y armar un poderoso grupo terrorista de derecha, las «Tres A», su gravitación sobre la presidenta era decisiva. Mientras tanto, la delincuencia económica y administrativa fomentaba la escasez de productos y generaba el mercado negro. El descontrol inflacionario, producía la constante presión de los trabajadores, en pos de nuevos aumentos salariales.

El antagonismo entre los bloques parlamentarios del peronismo auguraba muy pocas posibilidades de solución de la crisis. En un país cada vez más armado, la confusión y la inseguridad se daban la mano. El «Rodrigazo», plan de estabilización del ministro Celestino Rodrigo, acentuó aún más esa crisis y produjo una continua sucesión de ministros de Economía, mientras se multiplicaban los paros obreros, los paros ganaderos y el lock-out de los productores. López Rega elogiaba al nazismo desde la revista Las Bases.

Circulaban acusaciones de todo tipo vinculadas a la corrupción administrativa y un cheque de la Cruzada de la Solidaridad Justicialista, con el cual la presidenta intentó pagar una deuda personal, marcaron el inevitable desmoronamiento del gobierno. Este se produjo en momentos en que ciertos sectores del sindicalismo se apartaban cada vez más de su línea, pues los llamados «antiverticalis-tas» rechazaban las directivas del «verticalismo». No faltaban quienes querían someter a juicio político a la presidenta, mientras el país se colocaba al borde de la cesación de pagos.

En 1982, de acuerdo con los datos más conocidos, algunas de las divisiones que minaron el último gobierno justicialista parecen subsistir. Esa misma división se manifiesta dentro del sector obrero, donde coexisten dos CGT, institución que ha sido siempre uno de los puntales de la organización peronista, y que de esta manera se debilita. En el ámbito de «Las 62» siguió firme la figura de Lorenzo Miguel.

Se siente la carencia de un líder de las características de Perón —imposible de igualar— que amalgame discrepancias e imponga unidad. El peronismo, a ocho años de la muerte de su fundador y conductor, no ha logrado aún convertirse en un partido orgánico y dejar de ser un movimiento multitudinario. Pero esa es su única alternativa de supervivencia y esto lo han comprendido sus dirigentes más lúcidos, quienes están notablemente empeñados en lograr la democratización interna para re emplazar la arbitrariedad de los verticalismos.

BIBLIOGRAFÍA
Carlos S. Fayt. La naturaleza del peronismo. Edit. Viracocha; Bs. As., 1967.
Hugo Gambini. El 17 de octubre de 1945. Edit. Brújula; Bs. As. 1969.
Hugo Gambini. El primer gobierno peronista. Centre Editor de América Latina; Bs. As. 1971. Hugo Gambini. El peronismo y la iglesia. Centro Editor de América Latina; Bs. As. 1971. Historia el Peronismo. En revista Primera Plana (de 1965 a 1969); editada en Buenos Aires. Perón-Cooke, correspondencia. Edit. Granica; Bs. As., 1973.
Robert A. Potash. El ejército y la política en la Argentina. Tomo I (1928-1945, de Yrigoyen a Perón). Edil Sudamericana; Bs. As., 1981. Tomo II (1945-1962, de Perón a Frondizi). Edit. Sudamericana; Bs. As., 1982. Gregorio Selser. El Onganiato. Tomo I (La espada y el hisopo) Edit. Carlos Samonta; Bs. As., 1972. Tomo II (La llamaban Revolución Argentina). Edit. Carlos Samonta; Bs. As., 1973.

Fuente Consultada:
Formación Política Para La Democracia Tomo III – La Historia del Peronismo – Editorial Sanchez Teruelo S.A.

El Monetarismo en la Economia Argentina Consecuencias

El Monetarismo en la Economía Argentina

El término monetarista apareció con frecuencia en las discusiones   político-económicas mundiales a fines de 1974. Abarcaba, en líneas generales, a quienes eran partidarios de la deflación para hacer frente a las crisis de aumentos de los precios. Basándose en la reducción del gasto público y en la restricción de la oferta monetaria, esta escuela desarrolló su accionar, más que nada, bajo la influencia decisiva del economista Milton Friedman, profesor estadounidense de la Universidad de Chicago.

Milton Friedman

Milton Friedman (1912- ), economista estadounidense, principal figura de la denominada Escuela de Chicago y del monetarismo que ésta propugnaba. Obtuvo el Premio Nobel de Economía en 1976. Friedman nació en Nueva York y estudió en la Universidad Rutgers y más tarde en la Universidad de Chicago.

Críticos irreconciliables de las políticas estatales de contención de precios como forma de desarticular los procesos inflacionarios —una constante del mundo actual, por otra parte— los monetaristas se pronuncian, al contrario, por una irrestricta libertad de las fuerzas que concurren al mercado.

Vinculados a políticas industriales renuentes a todo tipo de proteccionismo o ayuda selectiva a cualquier empresa, incluso —y más que nada— las estatales, cuya privatización propician, complementan esa postura con la afirmación de que los gobiernos son incapaces de controlar las tasas de desempleo, que dependen exclusivamente —dicen— del mercado de trabajo y de sus fluctuaciones.

De ahí, entre otras cosas, su profunda polémica con los seguidores de la escuela keynesiana (que basa sus postulados en las teorías del economista británico Keyne, autor en 1936 de la fundamental «Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero«) quienes hacen hincapié en la absoluta necesidad de garantizar el pleno empleo, aun a costa del desarrollo del sector público, y en la importancia de las inversiones —favorecidas por la rentabilidad y el tipo de interés— como única forma de superar la recesión económica.

Aquellos que tuvieron en sus manos, a partir del mes de marzo de 1976, la conducción de la economía argentina, se apegaron a estas recetas del monetarismo, que en el plano internacioiral son respaldadas por la presencia del Fondo Monetario Internacional (FMI). Juzgando que la inflación, enemiga de todo intento de crecimiento económico, no se origina en una demanda insuficiente, ubicaron las fuentes de la misma en el ámbito financiero.

Las medidas que impulsaron después fueron coherentes con ese análisis: freno del crédito y reducción de la creación de moneda, con el fin de obtener un ritmo igual entre el crecimiento de su masa y la demanda que se derive de ella y del aumento de los bienes y servicios, por la apertura irrestricta de la importación. Todo cuanto estimulase los préstamos bancarios, entonces, así como también la creación monetaria y la demanda, fue severamente controlado. Con ello, se pretendía mantener la estabilidad de los precios, en un mercado absolutamente liberado.

En él competirían los artículos extranjeros y los nacionales, los inmensos complejos transnacionales y las endebles medianas y pequeñas industrias nacionales, privadas de apoyo o alguna suerte de protección oficial.

El resultado no se hizo esperar y las quiebras estuvieron a la orden del día, fomentadas aún más por un restringido sistema crediticio. La recesión económica fue una constante, el crecimiento de los índices de costo de vida alcanzó dimensiones más que alarmantes, los salarios cayeron aceleradamente y el desempleo aumentó considerablemente.

En el campo internacional, el endeudamiento llegó a extremos nunca antes conocidos en la Nación. Sólo parecieron prosperar veloz —y audazmente— los especuladores que alguien ubicó dentro de los límites de una verdadera «patria financiera«. Y en los últimos tiempos, hasta los más poderosos sectores industriales y ganaderos que, en el principio del proceso, apoyaban esta política multiplican sus condenas al gobierno: sucede que la recesión es ya tan grande que hasta ellos ha llegado.

Están lejos los tiempos en que, renegando de todas las formas de populismo, escribía Guillermo Alchourón en la Revista «Anales», de la Sociedad Rural Argentina: «…dijimos que no podíamos imaginar una sana transformación nacional si esta no conlleva una sensación generalizada de constricción e incomodidad en la inmensa mayoría de los habitantes de este suelo. Porque no podíamos ignorar que las políticas demagógicas que habían predominado en las tres décadas precedentes habían promovido una inusitada variedad de artificios merced a los cuales importantes mayorías y aun algunas minorías del país se habían sentido particular y aparentemente beneficiadas, aunque, eso sí, a costa de hipotecar por largo tiempo las reservas morales y económicas de nuestra república».

Eso se decía en 1979. En marzo de 1981, las misma Sociedad Rural Argentina enumeraba, en una solicitada, las consecuencias del monetarismo en nuestro país: presión tributaria y financiera del Estado, generadora de costos divorciados de los del mercado internacional; competencia externa que marginó la producción y las industrias nacionales; debilitamiento de la estructura financiera de las empresas argentinas; finalmente, lo que denominaba la aberración de los mercados de cambios y financiero.

Las criticas de los sectores más desposeídos, por ende, serán mucho más graves: de sobra conocidas, no serán repetidas aquí. De todas formas, resulta clarísimo el fracaso de la aplicación de esta política económica, cuyas líneas generales establecía el doctor Juan Alemann el 20 de marzo de 1981: «Nuestro liberalismo económico se define en aspectos muy concretos, a saber:  A) Libertad de precios; B) Libertad cambiaría; C) Libertad de comercio exterior, eliminación de derechos de exportación, de cupos y prohibiciones y reducciones de derechos de importación; D) Libertad de alquileres; E) Libertad de salarios; F) Intereses libres»(2)Como quien dice, la vuelta al «laissez-faire«.

Fuente Consultada:
Formación Política Para La Democracia Tomo II – El Monetarismo –  Editorial Redacción

Conflicto Chile con Argentina Por El Canal de Beagle Resumen

Resumen Conflicto Chile con Argentina Por El Canal de Beagle

LA FIESTA DE LA DEMOCRACIA ARGENTINA: Ver a Raúl Alfonsín el 10 de Diciembre de 1983 saludando desde el balcón de la Casa Rosada a un multitud de miles y miles de personas de todas las clases sociales, junto a diversas marchas por la defensa de los derechos humanos, tan humillados por un gobierno autoritario que durante siete años había secuestrado, torturado y asesinado a cuanto «supuesto » opositor apareciera en su camino fue una verdadera fiesta nacional, donde se renovaban las ilusiones y esperanzas de millones de argentinos que aspiraban un país mas justo y organizado.

La  sociedad entera  salió a las calles, feliz y orgullosa de haber podido participado democráticamente para elegir un nuevo presidente, con un Congreso y un Sistema Judicial. En su discurso de ese día, el presidente identificó el fin de la dictadura «con la línea divisoria que separa una etapa de decadencia y disgregación de un porvenir de progreso y bienestar».

ANTECEDENTES DE LA ÉPOCA: En las elecciones del 30 de octubre de 1983, la fórmula Raúl Alfonsín-Víctor Martínez se impuso con cerca del 52% de los sufragios a la fórmula Italo Luder-Deolindo Bittel, que alcanzó alrededor del 40%.

El comienzo del gobierno de Alfonsín estuvo signado por un fuerte optimismo. Los problemas del país no habían sido valorados por el conjunto de las fuerzas populares con la debida precisión.

La gravedad de la situación económica, sobre todo, no había sido adecuadamente considerada.

Las prioridades del gobierno democrático incluían la eliminación del autoritarismo, el restablecimiento del valor de la justicia y los derechos individuales, la reinserción del país en el ámbito internacional, la democratización de la actividad sindical y la modernización cultural y educativa.

Los militares y los sindicalistas –protagonistas del «pacto militar-sindical» denunciado por Alfonsín en su campaña electoral– eran los antagonistas de estos objetivos propuestos por el gobierno.

El intento de Alfonsín de democratizar los sindicatos fue derrotado por la oposición peronista, mayoritaria en el Senado, que rechazó la ley de normalización sindical propuesta por el Ejecutivo.

Esta ley incluía el voto secreto y obligatorio, la representación de las minorías, la limitación de las reelecciones y la fiscalización de las elecciones por parte del Estado.

La consolidación de la democracia requería –de acuerdo con la concepción del gobierno– la sanción a los principales responsables de la violencia política en la Argentina, la solución del conflicto limítrofe con Chile y la subordinación efectiva de las Fuerzas Armadas al poder civil.

Otra dificultad para resolver fue la presión militar. El coronel carapintada Aldo Rico volvió a sublevarse y resultó nuevamente encarcelado. En 1988, el coronel Seineldín gestó un nuevo levantamiento reclamando amnistía e indulto a los militares condenados.

Estos amotinados fueron reprimidos y terminaron en prisión. Igual destino tuvo en 1989 un grupo de civiles que intentó tomar el cuartel de la Tablada en la provincia de Buenos Aires.

En el plano cultural y educativo, la recuperación de la democracia implicó el fin de la censura y la discriminación, y el restablecimiento de la libertad de expresión.

Las universidades recuperaron su autonomía y muchos científicos e intelectuales -algunos exiliados, otros marginados en su propio país- retornaron a las aulas.

Respecto de las relaciones internacionales, el gobierno tuvo que resolver un conflicto con el vecino país Chile sobre el canal de Beagle. A fines de 1985, se realizó un referéndum popular no obligatorio acerca de las negociaciones con Chile.

En 1978, en pleno gobierno militar, los dos países se hallaban a punto de entrar en guerra, la que se evitó por intervención del Papa Juan Pablo II.

conflicto beagle papa juan pablo II Alfonsin

La mediación papal -que había contribuido decisivamente a evitar la guerra- produjo un dictamen que no fue aceptado por los militares. Consciente de la necesidad de eliminar las hipótesis de conflicto con países vecinos y de las resistencias que la aceptación del laudo papal encontraba en medios nacionalis tas y militares, el gobierno propuso la realización de una consulta popular no vinculante.

El gobierno radical propuso aceptar el laudo papal, pero organizó un referéndum para votar a favor o en contra; al final el sí tuvo un apoyo abrumador del pueblo.

También durante este gobierno se intentó revertir la imagen del gobierno argentino en las Naciones Unidas en relación con el conflicto de las islas Malvinas. En este aspecto, trabajó en forma favorable el canciller Dante Caputo.

En noviembre de 1984, Alfonsín convocó a un plebiscito para aceptar o rechazar el laudo arbitral del Vaticano por el Canal de Beagle, que mayormente favorecía al país vecinc aunque el «Sí» logró más del 60% de respaldo, el peronismo legislativo votó casi en bloque en contra e intentó agitar el avispero militar con  la idea de que el gobierno estaba resignando soberanía.

La posición de aceptar el laudo papal y terminar con cualquier posibilidad de conflicto con Chile, que era la que sostenía el gobierno, obtuvo una amplia mayoría. Sin embargo, esta contundente demostración no tuvo un correlato semejante en el Congreso, donde solamente consiguió una exigua mayoría en el Senado, ya que buena parte de los senadores peronistas se opuso.

Durante el gobierno militar, el conflicto limítrofe entre Argentina y  Chile acerca de la soberanía sobre tres islas en el Canal de Beagle estaba pendiente de resolución y sometido al Laudo Arbitral de 1977 que ambas partes habían acordado obedecer.

SINTESIS:

  • En 1977 se dictó una sentencia que entregó las tres islas a Chile, pero la junta declaró la sentencia «insanablemente nula», colocando a ambos países al borde de la guerra.
  • El 22 de diciembre de 1978 Videla dio partida a la Operación Soberanía, destinada a ocupar las islas militarmente. Solo la intervención papal en el último minuto hizo desistir a la junta militar de comenzar la guerra.
  • El Papa Juan Pablo II inició una mediación, pero su propuesta fue rechazada por Videla, Viola, Galtieri v Bignone. Las tensiones continuaron hasta el retorno de la democracia a Argentina, tras la Guerra de las Malvinas.
  • El conflicto no se resolvería hasta la firma del Tratado de Paz v Amistad de 1984, que resolvería la soberanía chilena sobre las islas.

PARA SABER MAS…: Como ampliación del tema publicamos una nota en El Bicentenario Fasc. N° 10 período 1990-2010 a cargo de Marcelo Gullo , politólogo

PAZ Y AMISTAD ENYTRE PUEBLOS HERMANOS: El 29 de noviembre, en la milenaria ciudad de Roma, los ministros de Relaciones Exteriores de la Argentina y Chile sellaron con sus firmas un histórico Tratado de Paz y Amistad que puso punto final al conflicto  limítrofe respecto de la soberanía sobre el canal del Beagle así como sobre tres islas situadas en el ámbito de ese canal marítimo.

El tratado incluye la delimitación marítima, un procedimiento para la solución de controversias, estipula derechos de navegación y precisa los límites en el estrecho de Magallanes. En cada uno de estos puntos reafirma, también, los derechos de ambos países sobre la Antártida y exhorta a ambos pueblos a seguir el camino de la paz y la cooperación.

Chile obtuvo el reconocimiento por parte de la Argentina de la soberanía sobre todas las islas al sur de la Isla Grande de Tierra del Fuego, quedando como argentinas las situadas al lado norte del canal, a cambio de la renuncia chilena de la mayor parte de los derechos marítimos que tales islas otorgan, según el derecho internacional. Además, ambos países intercambiaron derechos de navegación en la zona y la Argentina renunció a sus aspiraciones en el estrecho de Magallanes.

Conviene recordar -para calibrar la importancia histórica de este Tratado Paz y Amistad- que la Argentina y Chile estuvieron al borde de la guerra por esta cuestión, en diciembre de 1978. Tanto la genocida dictadura militar chilena como la genocida dictadura militar argentina veían, en la guerra, la posibilidad de congelar los conflictos internos que sufrían, dada la desastrosa situación económica que atravesaban ambas naciones producto de la aplicación, en ambos países, del modelo liberal de apertura indiscriminada de la economía que diezmó, a ambos lados de la cordillera, las estructuras industriales locales, condenando así a miles de trabajadores al desempleo y la miseria.

La diferencia de postura entre ambas dictaduras estribaba solamente en que el gobierno chileno prefería mantenerse a la defensiva dada la supuesta inferioridad de condiciones. Posición defensiva que, en el seno de los organismos internacionales , le permitía acusar a la Argentina de país agresor.

Mientras tanto, en diciembre de 1978, el general argentino Julio Benjamín Menéndez manifestó -en voz baja- que para Navidad estaría lavándose los pies en el océano Pacífico, mientras el general Augusto Pinochet le manifestó a su círculo de generales más íntimos que albergaba la esperanza de que una exitosa contraofensiva chilena le permitiera derrotar a la Argentina y cumplir así su sueño de ocupar la Patagonia para que Chile pudiese convertirse en un país bioceánico. La situación no podía ser más grave.

En ambos lados de la cordillera, los pueblos, bombardeados por una agresiva propaganda belicista, parecían haber olvidado que habían luchado juntos en la guerra de la independencia, que en 1952 el presidente Perón se había confundido en un abrazo fraternal con el presidente Ibáñez, declarando en la ocasión, delante de una multitud que ovacionaba a ambos mandatarios en Santiago de Chile, que en la Patria Grande las fronteras sólo eran líneas imaginarias que existían en la mente de los políticos y militares retrógrados.

Una vez desconocida la validez del laudo arbitral, encargado por ambos países a la reina de Inglaterra, el gobierno militar argentino movilizó todo su supuesto poderío bélico para cambiar lo establecido. Para ello planificó, con el nombre de Operación Soberanía, un «plan de acción militar» contra Chile con el fin de ocupar las islas Picton, Lenox y Nueva, las tres situadas en carnal de Beagle y que el laudo le había otorgado a Chile.

Las Fuerzas Armadas argentinas desembarcarían en las islas y, en caso de que las tropas de élite chilenas que las protegían opusieran resistencia, se invadiría el territorio continental de Chile buscando el frente que ofreciese menos resistencia para cortar el país en por lo menos un lugar y así obligar a Chile a aceptar las condiciones argentinas.

En la noche del 21 al 22 de diciembre de 1978, tras más de veinte días en alta mar y por lo menos una postergación del inicio de las hostilidades, los buques argentinos con tropas y material de desembarco enfilaron hacia la zona de conflicto para iniciar la operación anfibia que establecería la soberanía argentina sobre las islas. Felizmente para ambos pueblos hermanos, una fuerte tormenta demoró el inicio de las operaciones militares argentinas, lo que dio tiempo a la llegada a Buenos Aires de la noticia de que el papa Juan Pablo II había ofrecido mediar en el conflicto. Tras una hora de discusión, la junta militar argentina aceptó la mediación papal y dio la orden de contramarcha a las tropas y a la flota.

El Papa nombró al cardenal Antonio Samoré, de 73 años, como responsable de sus buenos oficios, fruto de los cuales la Argentina y Chile firmaron este Tratado de Paz y Amistad que pone fin al litigio austral pero, sobre todo, se reconocieron nuevamente, como en los tiempos de San Martín y O’Higgins, como pueblos hermanos. (Fuente: El Bicentenario Fasc. N° 10 período 1990-2010 a cargo de Marcelo Gullo , politólogo)


Fuentes Consulatadas:
Historia Argentina Luchilo-Romano-Paz Santillana
Ciencias Sociales 9°EGB Editorial Stella
Historia de la Argentina 1955-2010 Marcos Novaro

Origen de la Guerrilla en Argentina La Triple A Montoneros Lopez Rega

Origen de la Guerrilla en Argentina
Y La Triple A Montoneros Lopez Rega

Miradas sobre el ser «subversivo»: Los militares y quienes los apoyaban definían como «subversivo» a todas aquellas personas y aquellos actos que atentaban contra lo que creían eran valores «morales y espirituales de la civilización occidental y cristiana». Dado que su concepción de esos valores era tan rígida como estrecha, «subversivo» podía ser tanto un intelectual o un militante marxista por sus ideas, como un rockero por su pelo largo; una joven que usaba minifalda, como una pareja divorciada; un defensor de la democracia, como un judío.

Con tales argumentos, la represión del régimen se hizo cada vez más general e indiscriminada. «El problema político se concentró sobre un tema fundamental: qué hacer con la masa mayoritaria que apoyaba a Perón y que rechazaba obstinadamente su apoyo a las diversas y variadas alternativas políticas que unos y otros imaginaron para seducirla. Durante dieciocho años fueron estériles los esfuerzos para encontrar una fórmula supletoria a la que apoyaban fervientemente las masa mayoritarias.»

José Luis Romero

Versión Para Móviles
Origen de
Los Montoneros
La Noche de los
Bastones Largos
El Golpe de
1976
Terrorismo de
Estado
Tercer Gobierno De
Juan Perón
Masacre de
Trelew
Gobierno de Isabel
Perón
La Democracia
Argentina
Secuestro de
Aramburu

La guerra de guerrilla en la Argentina hay que situarla entre las más sangrientas de las últimas décadas en América Latina. Existen estadísticas muy aproximadas en cuanto al número de enfrentamientos entre los ejércitos guerrilleros y regulares y atentados, pero se pierde precisión en el momento de determinar el número de muertos en los diez años de lucha.

Las cifras varían entre 7.000 y 30.000 conforme a la evaluación de los números que manejan las partes, aunque este último dato está distorsionado por haberse producido en medio de la «guerra psicológica» desarrollada paralelamente con la pelea armada.

El ex presidente Jorge Rafael Videla -responsable de la organización de la lucha antiguerrillera- dijo en 1979 que «el enemigo había tenido 8.500 bajas» a las que habría que agregar 1.797 muertos civiles y militares, blancos de la acción guerrillera.

En este último rubro cayeron en combate con la guerrilla 656 hombres de las fuerzas armadas y de seguridad, cifra que supera a las bajas militares registradas en la guerra de Las Malvinas contra Inglaterra en 1982.

rodolfo galimbertiCon el solo propósito de clarificar este trágico balance habría que aportar las declaraciones del dirigente montonero Rodolfo Galimberti en 1978 estimando en 4.000 las pérdidas en hombres de la guerrilla en enfrentamientos directos con el ejército regular.

Como en este dato sólo se incluyen las bajas en «enfrentamientos directos’ ‘ queda un margen de víctimas producidas en «acciones no convencionales», una de las características esenciales de la guerra de guerrilla practicadas por los dos bandos en lucha, que quedan inmersas en el rubro de ‘ ‘desaparecidos’ ‘, tema esencial -y aún no aclarado en cifras fehacientes- para llegar al balance definitivo y real de los muertos en la guerra que tuvo a la Argentina por escenario.

Si unimos a los 1.797 muertos reconocidos en el «bando regular» con las 8.500 bajas «del enemigo» denunciadas por el comandante de la lucha antiguerrillera, general Jorge Rafael Videla, la cifra -digamos oficial- de muertos sería de 10.297.

De confirmar la Justicia lo denunciado por la Comisión Argentina de los Derechos Humanos, habría que sumar a la nómina de muertos los 7.671 hombres y mujeres colocados en situación de «desaparecidos» con lo que el total llegaría a 17.968.

Los principales núcleos (Montoneros y ERP) llegaron a tener 20.000 hombres sobre las armas, protagonistas de 5.000 acciones bélicas (atentados dinamiteros, copamientos de unidades militares, secuestros y crímenes individuales), con el agregado de dos años de «guerrilla rural» desarrollada en los montes de Tucumán entre 1974 y 1976.

En la guerrilla rural, el ERP colocó entre 3.000 y 5.000 combatientes, en tanto que el Ejército regular con el aporte de la Gendarmería y la policía tucumana inició la batalla con 2.500 efectivos y la terminó con 4.800 hombres.

La guerrilla argentina contó con una base financiera de 120 millones de dólares, fondo logrado en base a secuestros de empresarios, en uno de los cuales -el de los hermanos Jorge y Juan Carlos Born- se consiguieron 60 millones, en concepto de rescate. Unos 20 millones de este total de 120 millones de dólares surgieron de acciones de comando contra bancos e instituciones financieras.

El «síndrome de la guerrilla» en la Argentina, comenzó a partir de 1966 junto al desarrollo de esta clase de movimientos en Latinoamérica, respondiendo a la estrategia política del comunismo internacional concretada en la Conferencia Tricontinental de La Habana y que determinó la constitución, un año después, de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS).

Un documento público de OLAS señalaba que los objetivos eran los de «propiciar la lucha armada revolucionaria en América Latina, promoviendo una estrategia conjunta de los movimientos revolucionarios».
El primer atisbo de esta estrategia en fa Argentina se produjo ese mismo año de 1967 -casi coincidente con la guerrilla del «Che» Guevara en Bolivia-en los montes de Salta.

Fue un foco guerrillero desarticulado prontamente por tropas de la Gendarmería, donde perdió la vida el ex periodista Jorge Masetti, un argentino que cubrió para «Radio El Mundo» de Buenos Aires la guerrilla de Fidel Castro en Sierra Maestra, incorporándose a sus fuerzas una vez terminada la lucha. Masetti llegó a ocupar la dirección de la Agencia Latina de Noticias, órgano oficial del gobierno cubano. Masetti, que se había iniciado en el periodismo como redactor de la desaparecida Agencia Periodística Argentina (APA) dirigida por el conocido relator deportivo Luis Elias Sojit, era el comandante de la guerrilla salteña y de hecho se convirtió en el primer guerrillero argentino muerto en acción, meses antes de que corriera la misma suerte en Bolivia, el «Che» Guevara.

Fue la primera «señal roja» de que la guerrilla comenzaba a hacerse presente en la Argentina respondiendo a la estrategia política de OLAS.

timoteo vandorHubo dos señales claras de que la guerrilla se oponía a cualquier tarea política destinada a conseguir el fin del largo impase representado por la caída del peronismo en 1955 y el exilio de Juan Perón en España. El asesinato de Augusto Timoteo Vandor. secretario general de la CGT en 1969. marcó la eliminación de un dirigente sindical embarcado en la línea de lograr la reconciliación nacional, aun a costa del alejamiento de Perón.

El otro hecho fundamental fue el secuestro y asesinato del teniente general Pedro Eugenio Aramburu que en 1970 surgía como el «hombre de reserva» capaz degeneral Juan Carlos Onganíaconvertirse en el puente entre el gobierno del general Juan Carlos Onganía -en franco desgaste- y una nueva situación política que pusiera fin a 15 años de desencuentros argentinos.

Coincidiendo con la muerte de Aramburu perpetrada por Montoneros, la guerrilla realizó dos demostraciones
de su poder de movilización militar. En ese mismo año de 1970, comandos guerrilleros coparon las localidades de La Calera (Córdoba) y de Garín (Gran Buenos Aires en dos acciones espectaculares que calaron hondo en la psicología de la gente en cuanto se trataba de un abierto desafío al gobierno y a sus fuerzas de seguridad.

La Argentina transitó, a partir de entonces, en un camino destinado a dar elecciones libres levantando la interdicción al peronismo y si bien se registraron «turbulencias» guerrilleras, la situación parecía ser controlada. La policía logro la detención de 1.700 dirigentes de la guerrilla de sus ramas política y militar de los cuales 600 fueron condenados por la justicia.

Orígenes de la guerrilla
Según María Sáenz Quesada
El pensamiento en los setenta se había radicalizado merced a la prédica de los sindicatos «clasistas» y del peronismo revolucionario de John William Cooke. Lo notable era ahora la apasionada inclinación por los métodos violentos de los jóvenes de clase media, provenientes en muchos casos de familias antiperonistas.

«El deber de todo cristiano es ser revolucionario y el deber de todo revolucionario es hacer la revolución», sostenía Cristianismo y Revolución, periódico que preconizaba la «acción violenta» contra la violencia institucionalizada» y que se editó entre 1966 y 1969.
El Ejército Revolucionario del Pueblo, de raíces trotskistas, había sido fundado por Mario Roberto Santucho, un profesional santiagueño que actuaba en la Universidad de Tucumán. La acción del ERP pasó de los operativos de reparto a los villeros de alimentos confiscados a las multinacionales, a una serie de graves atentados, como el secuestro y asesinato del director general de la empresa FIAT Argentina, Oberdan Sallustro, y el asesinato del general Juan Carlos Sánchez, jefe del Segundo Cuerpo de Ejército (Rosario).

El ERP contaba con el apoyo de los tupamaros uruguayos y el MIR chileno cuando acometió la formación de un foco guerrillero en Tucumán, una provincia que se consideraba adecuada para seguir la recomendación del Che Guevara: «Crear uno, diez, cien, mil Vietnam en América latina oprimida por el imperialismo norteamericano».

Por otra parte estaban las «formaciones especiales» peronistas: las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), fundadas por Roberto Quieto, admirador de Guevara; las Fuerzas Armadas Peronistas FAP) inspiradas en el pensamiento de Cooke. Montoneros terminó absorbiendo a las otras organizaciones armadas del peronismo.

Esta organización subversiva que se había propuesto devolver el poder a Perón estaba integrada por jóvenes de clase media, catóacos y nacionalistas. Fue aconsejada por el padre Mugica antes de que éste rechazara la lucha armada como método político12. El asesinato de Aramburu resultó una suerte de prueba iniciática que consagró a Montoneros como a combatientes dignos de respeto.

EN SINTESIS: La conjunción de tres factores aparentemente desvinculados entre sí pero con un punto en común, el antiimperialismo, creó el escenario propicio para el desarrollo de la lucha armada en la Argentina:

1- La coyuntura internacional surgida de la Guerra Fría que puso a Cuba en el eje de la discusión entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Esta circunstancia la llevó a tener un rol protagónico como motor de la lucha armada en Latinoamérica, realizada en beneficio de la política de la URSS: caracterizada por su impulso al paradigma de «liberación socialista», en contra de los EE.UU. estigmatizados como promotores del «imperialismo capitalista».

2- Las necesidades políticas de Perón, que recurrió a la violencia de las «formaciones especiales», buscando desestabilizar el gobierno de Lanusse para forzarlo a una negociación destinada a romper con la proscripción política en la que se encontraba. Al tiempo que impulsaba el justicialismo, cuya identidad nacionalista estaba materializada, entre otros aspectos, por el fuerte rechazo al imperialismo de los EE.UU., en coincidencia con la política antiimperialista cubana.

3-Finalmente una generación de jóvenes insatisfechos con el escenario político institucional argentino, quienes dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias volcaron sus esperanzas en la violencia como única vía para lograr los cambios económicos, sociales y políticos que proponían. La mayoría vio en la revolución cubana el paradigma del cambio social al que aspiraban. Para estos jóvenes el proceso cubano era la expresión más acabada del patriotismo, el americanismo y el antiimperialismo. Muchos de ellos de origen cristiano encontraron en las propuestas del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo el impulso necesario para adquirir un compromiso social militante afín a las organizaciones armadas de las que pasaron a formar parte.

Estos tres factores favorecieron el surgimiento de aproximadamente 17 organizaciones armadas, cinco de ellas tuvieron alcance nacional: FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), FAL (Fuerzas Armadas de Liberación), FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), Montoneros y el PRT-ERR (62) Las dos últimas fueron las que alcanzaron mayor desarrollo; aglutinando a la mayoría de las organizaciones. Aunque los primeros realizaron una corta experiencia en el monte tucumano, concentraron su actividad en los centros urbanos. Mientras, el PRT-ERP dio particular énfasis al foco rural y a los ataques a unidades militares, sin descuidar la realización de operaciones en el área urbana. (Fuente:Los llaman…Jóvenes Idealistas… de Victoria Villarruel)

Fuente Consultada:
Guerra de Guerrillas Operaciones – Grupos – Tácticas
Espacios y Sociedades del Mundo Política, Economía y Ambiente de C.V. Bertone de Daguerre y S.M. Sassone
Nota a Cargo: profesor Miguel Ángel Aguilar
La Argentina Historia del País y Su Gente María Sáenz Quesada

Teología de la Liberación Compromiso de la Iglesia con los Pobres

LA TEOLOGÍA DE LIBERACIÓN EN AMÉRICA LATINA

La teología de la liberación, que ha tenido en Iberoamérica sus principales exponentes y fue muy activa entre los años 1970 y 1990, defiende que la iglesia católica ha de concentrarse de modo preferencia! en ayudar a los pobres. De esta manera la iglesia de América Latina intenta buscar soluciones a la opresión y el subdesarrollo de la población. Los ideólogos más importantes de la teología de la liberación son Gustavo Gutiérrez y Leonardo Boff. Esta teología es una reflexión que comenzó después del concilio Vaticano II y la conferencia de Medellín en 1968.

Los prelados que asistieron al a Segunda Conferencia de Obispos Latinoamericanos, realizada en Medellín, inspirados por las reformas del Concilio Vaticano II, examinaron el papel social de la Iglesia en sus países. Tras muchas discusiones, los obispos publicaron un documento.

Denunciaron la opresión sistemática de los pobres, criticaron la explotación del Tercer Mundo por las naciones industrializadas y exigieron reformas políticas y sociales. No se detuvieron ahí: los obispos declararon que la Iglesia de Latinoamérica contenía una misión distinta a la de la Iglesia de Europa (que en realidad era una Iglesia distinta) y le otorgaban una función política activa. Esta aplicación práctica de la fe se conoció como Teología de la liberación, una de las ramas más importantes dentro de la Iglesia católica moderna y una influencia política importante en América Central y del Sur.

En 1971, el padre Gustavo Gutiérrez, un teólogo peruano, publicó la doctrina central del movimiento, Una teología de la liberación, que establecía que la Iglesia debía ayudar a los pobres y no imponerse sobre ellos. El libro inspiró la fundación de la Iglesia de los Pobres, una organización popular que combina la enseñanza religiosa con el activismo social.

El movimiento fue más allá con el teólogo brasileño Leonardo Boff, que en sus libros criticó a la Iglesia histórica que había permitido las injusticias en Latinoamérica, e incluso había contribuido a ellas, y defendió con firmeza la moralidad de la lucha de clases.

Los obispos reunidos, no se detuvieron sólo en esos reclamos, sino que también declararon que la Iglesia Latinoamericana contenía una misión distinta de la de Europa. Por lo tanto, en esta región, la Iglesia debía tener un alto compromiso con la realidad social de su contexto y una praxis transformadora. Esta práctica de la fe cristiana se conoció como la “teología de la liberación” y tuvo durante décadas una importante influencia dentro de la Iglesia Católica.

Los máximos exponentes de esta teología, Monseñor Romero, arzobispo de El Salvador y el jesuita Ellacuría, fueron asesinados a sangre fría, así como otros muchos catequistas, sacerdotes y agentes de pastoral que practicaban y aceptaban sus supuestos, en varios países de América Latina.

Ni a Roma ni a los regímenes conservadores latinoamericanos les gustó el cariz marxista de la teología de la liberación: los dirigentes del movimiento no fueron invitados a la conferencia de obispos de 1979. El papa Juan Pablo II sustituyó a los teólogos de la liberación por clérigos dóciles y, en 1984, el Vaticano condenó a Boff a un año de silencio.

Las represalias laicas, en forma de asesinatos cometidos por escuadrones de la muerte o en forma de encarcelamientos con torturas, se incrementaron y clérigos como el arzobispo de El Salvador, Oscar Romero, y el padre Antonio Pereira Neto, de Brasil, y el obispo de La Rioja, monseñor Enrique Angelelli, se convirtieron en mártires del movimiento.

En El Salvador en 1989 fueron asesinados Ignacio Ellacuría, que era jesuita y rector de la Universidad Centroamericana de El Salvador, y cinco profesores más. También Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, fue asesinado en 1980 mientras celebraba misa en la catedral.

Estos religiosos defendían una tendencia ideológica llamada teología de la liberación, basada en la necesidad de la liberación de la miseria de las poblaciones oprimidas y en particular de los indígenas. Estas muertes fueron la respuesta de algunos grupos violentos a la forma de entender el catolicismo que proponían muchos religiosos en todo el continente. La causa de estos asesinatos pudo estar en que algunos pensaron que, matando, dejaría de escucharse su mensaje, la voz de estos hombres de paz.

Aunque Juan Pablo II criticó duramente a los teólogos de la liberación, anteriormente, en marzo de 1967, el papa Pablo VI ofreció al mundo su encíclica Populorum Progressio que planteaba la «necesidad de promover el desarrollo de los pueblos». Como consecuencia directa del concilio Vaticano II, la encíclica aludía a la situación marginal del tercer mundo, y a la situación desigual de desarrollo.

Su idea del hombre era la cristiana, pero con aspiraciones radicalmente distintas de las mantenidas hasta entonces por los textos de los papas: «verse libre de la miseria, […] participar todavía más en las responsabilidades, fuera de toda opresión y al abrigo de situaciones que ofenden su dignidad de hombres».

La encíclica finalmente subrayaba la necesidad de la solidaridad con los más necesitados y pedía una conformación mundial para ayudar a los países pobres: «Pedimos la constitución de un fondo mundial alimentado con una parte de los gastos militares, a fin de ayudar a los más desheredados. Solo una colaboración mundial, de la cual un fondo común sería al mismo tiempo símbolo e instrumento, permitiría superar las rivalidades estériles y suscitar un diálogo pacífico y fecundo entre todos las pueblos».

Encíclica Pacem Interris

Masacre de San Patricio Ataque a Curas Palotinos Asesinato de Curas

Masacre de San Patricio – Ataque a Curas Palotinos

UNA HISTORIA DE PALOTINOS:
Por Pablo Salvador Fontana. *

¿Quién diría que ese hombre que acaba de entrar, protegido del frío con una campera gris y una bufanda, alguna vez fue sacerdote?

Llega con su mujer, Ana y apenas se acomoda en la silla cuenta que nunca le gustaron las sotanas. Lo dice y se abalanza sobre el plato de facturas con un gesto que rompe cualquier pose. De quién nos referimos es Roberto Killmeatte, sobreviviente de la masacre de “San Patricio”, ocurrida el 4 de julio de 1976, cuando un grupo de tarea de la ESMA entró en la parroquia de los palotinos en el barrio de Belgrano, y asesinó a tres sacerdotes y dos seminaristas.

Los dos cineastas, Pablo Zubizarreta y Juan Pablo Young, directores del documental “4 de Julio”, que recrea aquella historia, eran muy chicos (tenían 3 y 6 años) cuando ocurrió, pero vivían muy cerca, a pocas cuadras de la iglesia ubicada en Estomba y Etcheverría.

Cómo comienza la historia…
En 1973, llegan varios seminaristas palotinos junto a Killmeatte, desde Brasil, y el ex cura recuerda: “… estudiábamos en la Universidad de Santa María, Brasil, pero con la vuelta de Perón y el clima que se vivía en la Argentina quisimos terminar de estudiar dentro del país. Aunque inicialmente pensábamos en alquilar una casa en la que instalarnos con uno de los curas, la congregación nos mandó a la iglesia de San Patricio; entonces pedimos que, ya que íbamos a quedarnos ahí, los padres (Alfredo) Nelly y (Alfredo) Leaden vinieran con nosotros, como responsables de la parroquia”.

Killmeatte y sus compañeros eran una camada novedosa dentro de la congregación palotina ; un grupo que se sentía identificado con la “Teología de la Liberación” y la opción por los pobres. Como parte de ese proyecto, había abierto una misión en Los Juríes, en la provincia de Santiago del Estero.

El grupo, era parte de la propuesta de cambio que entendía lo político-religioso como dos pedazos inseparables de la misión pastoral. Esto lo pudieron averiguar los cineastas (Zubizarreta y Young), luego de cinco años de investigación sobre la organización.

Además, la mayoría de los estudiantes o seminaristas, eran estudiantes universitarios. Por eso, no es de extrañar que cuando se mudaron a Belgrano (B.A.), trastocaran todas las costumbres de la parroquia, hasta entonces de corte tradicional. Se negaron a tener cocinera, dejaron de cobrar por los casamientos, los novicios no usaban vestimenta clerical y trabajaban afuera de la parroquia. Algunos recuerdan todavía, las homilías del padre Alfredo Kelly, de tono encendido y contenido irritante para algunos sectores de la feligresía.

4 de Julio:

Ya avanzado el ´76, después del golpe, el padre Kelly daría un sermón que reflejó uno de esos picos de tensión, cuando denunció desde el púlpito que se estaban haciendo remates de los bienes robados a los desaparecidos y que feligreses de San Patricio habían participado de ellos.

La homilía quedó en la memoria como “el sermón de las cucarachas”, calificativo que Kelly usó para describir a quienes, dijo, ya no podía seguir llamando ovejas de su rebaño. Poco después, Kelly supo que estaba circulando por el barrio una carta en la un grupo de feligreses pedía su destitución, acusándolo de “ comunista”.

El padre escribió en su diario personal sobre su preocupación sobre el tema. Hora antes de los asesinatos, durante la cena, también habló de estos movimientos, preocupado por las consecuencias que podría implicar.

La noche de los crímenes, el 4 de julio de 1976, hubo testigos que vieron a un Peugeot negro estacionado frente a la iglesia, con cuatro hombres en su interior. Entre estos testigos, jóvenes reunidos en una casa vecina, estaba el hijo de un militar, que hizo la denuncia a la comisaría, la cual, mandó a un patrullero.

Un policía habló con los del auto y les dijo después a los denunciantes que no se preocuparan. Antes de retirarse, desde el patrullero soltaron que iba a haber un operativo para “reventar unos zurdos”.

A la mañana siguiente, el organista de la iglesia encontró los cinco cuerpos, acribillados en una habitación. Los asesinados fueron Salvador Barbeito, de 29 años, profesor de filosofía y psicología y rector del colegio San Marón; Emilio Barletti, de 23 años, también profesor, que estaba por recibirse de abogado.

Entre los sacerdotes, el padre Alfredo Leaden, de 57 años, que era delegado de la congregación de los palotinos irlandeses; Alfredo Duffau, de 65 años, que era director del colegio San Vicente Palotti y Alfredo Kelly, de 40 años, que era el párroco de la iglesia San Patricio.

Al lado de los cadáveres había escrita una leyenda: “Estos zurdos murieron por se adoctrinadores de mentes vírgenes”.

El Testimonio de Roberto Killmeatte (ex cura y compañero de las víctimas):

Killmeatte estudiaba teología en Colombia cuando ocurrió la masacre. Le mandaron un telegrama con la noticia de las muertes y la orden de no regresar a Buenos Aires. El entonces seminarista volvió a los dos meses. Y cuando se le pregunta por qué, responde: “…yo ya no quería estudiar más. Ellos eran la gente con la que había compartido los años más importantes de mi vida, porque desde el ´69 estábamos estudiando juntos, y de golpe estaban todos muertos”.

Sigue diciendo: “…yo quería saber qué les había pasado, por eso volví. Pero cuando llegué me encontré con que dentro de la congregación había habido cambios importantes. Se comenzaron a poner en duda nuestras actividades: que éramos zurdos, que teníamos armas…En el fondo, la congregación había entendido que los asesinatos habían ocurrido por nuestra culpa, la de los estudiantes.”

Para Killmaette comenzaba una vida de paria, primero lo mandaron a Roma a no hacer nada. Consiguió volver, pero al poco tiempo lo mandaron de vuelta a Irlanda. Aunque ya había terminado de estudiar, se demoraba su ordenación sin razón alguna.

En 1978, luego de pasar por largos interrogatorios, le permitieron convertirse en sacerdote. Pidió como destino la parroquia de Belgrano, donde lo relegaron a un lugar secundario: ocuparse de la misa de los niños.

Solo los chicos:

Zubizarreta (el cineasta) tiene una foto de esa época: es uno de los niños que aparecen rodeando al sacerdote en una suelta de globos. Y dice: “Fue el día en que Roberto izo volar un montón de globos, que dentro, contenían papelitos con mensajes para Dios. Para un chico ¿qué más simple y gráfico que eso? Ese tipo de cosas nos hacía participar en la iglesia pero desde otro lugar. Pero más allá de Roberto estaba la sensación de que en esa parroquia había un peso muy fuerte, una carga. Ahí estaba sucediendo algo muy pesado… yo lo percibía y también percibía el miedo. Eso fue muy importante en mi infancia.”

Mientras Roberto estuvo a cargo de la misa de los niños, armó un grupo de catequistas y profesionales y destinó lo recaudado en las colectas a un proyecto de autoconstrucción de viviendas en un asentamiento, Quizás esa haya sido al razón por la que, nuevamente, le dieran la orden de cambiar de destino, esta vez Juríes, la antigua misión en Santiago del Estero.

Sin castigo:

El crimen de los palotinos nunca tuvo justicia. Hubo una carta abierta durante la dictadura militar, pero todo quedó en la nada. En 1983, el juez Néstor Blondi reabrió el caso. Las pruebas fueron recopiladas por el periodista Eduardo Rimel en su investigación “La masacre de San patricio”.

El primer elemento fuerte es que un marino de baja graduación, se presentó en el Juzgado de Biondi y manifestó que un compañero de armas, de nombre Claudio Vallejos, le había confesado que él manejó uno de los coches en el operativo, mientras otros compañeros de armas entraban. Dio algunos nombres: Antonio Pernías como quien dirigió todo, el teniente de Fragata Aristegui y el suboficial Cubalo.

Otro elemento fue la declaración que hizo Graciela Daleo, sobreviviente de la ESMA, que contó que Antono Pernías se jactaba de haber matado a los palotinos.

Pero la investigación no avanzaría; Vallejos, el chofer, no pudo ser ubicado por la justicia (se fugó a Brasil). Llamado a declarar Pernías negó cualquier relación con el caso.

Volver a la vida laica:

Mientras el expediente volvía a quedar congelado Killmaette organizaba en los Juríes (Sgo. del Estero) a los pequeños productores y campesinos. Y otra vez, sus superiores de la congregación le ordenaron abandonar la zona. Ese año Killmaette se retiró del sacerdocio. Hoy vive en Bariloche. Se casó y tiene dos chicos. Tiene una chacra y armó una cooperativa de pequeños productores que, en cierta forma, es la continuidad de su trabajo anterior.

Cuando se le pregunta si le costó irse del sacerdocio, Killmaette se ríe y responde: “..cuando uno deja el sacerdocio debe hacer un proceso llamado de reducción al estado laical. Yo, cabeza dura, me puse firme en que quería dejar en claro por qué me iba ¿y por qué se va usted?, me preguntaban. Me voy por cuestiones sociales, les contestaba. No, usted no puede decir eso…no me querían dar la reducción, va a ser más rápido si usted dice otra cosa, me repetían. Diez años tardaron. Y me la dieron en latín”.

Defender la Memoria:

La masacre de los palotinos fue un punto de inflexión dentro de los sectores de la Iglesia que buscaban un cambio. A partir de entonces el miedo –y en especial la complicidad de la jerarquía eclesiástica con los crímenes- paralizó cualquier acción que fuera en esa línea.

Los cineastas Young y Zubuzarreta recuerdan que al mes siguiente mataron a Angelelli; luego a las monjas francesas, a la hija de Emilio Mignone, a otros cientos de laicos que trabajaban en las villas. Su documental aborda un punto hasta ahora poco transitado del tema, el de la complicidad de los propios feligreses con la persecución a los religiosos.

Pero también refleja el trabajo de quienes sobrevivieron por defender la memoria. Y para finalizar Young dice: “Si no hubiera conocido la vida de Roberto, no hubiera terminado de entender lo que pasó en San Patricio. 4 de Julio contiene las dos historias, cada una iluminando a la otra”.


* Profesor de Historia
BIBLIOGRAFIA: Vales, Laura, Página 12, edición del 8 de julio de 2007.

Gobiernos Democraticos en Argentina Alfonsín Menem De La Rua Resumen

Descripción De Las Tres Primeras Presidencias Democráticas en Argentina Desde 1983-2001

Desde 1983, el país vive en democracia restableciéndose las libertades públicas, los derechos humanos y la cultura argentina volvieron a destacarse en el mundo. La herencia dejada por la dictadura militar fue muy pesada y los sucesivos gobiernos (Raúl Alfonsín 1983-89, Carlos Menem 1989-99) vieron condicionados sus planes sociales y políticos por las presiones económicas.

Menem entendió que la solución pasaba por una política de privatizaciones que generó una breve etapa de bienestar (1991-95) pero que concluyó con una profunda crisis que generó desocupación y aumentó notablemente la deuda externa.

El 9 de diciembre de 1996 fue elegido Fernando de la Rúa. Su mandato se caracterizó por falta de decisión y concluyó con su renuncia el 20 de diciembre de 2001 en el marco de fuertes protestas populares y una de las más grandes crisis económicas que viviera Argentina.

Por un breve período se sucedieron Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Sao y Eduardo Camaño hasta que el 1 de enero de 2002 asume Eduardo Duhalde, ex intendente de Lomas de Zamora, gobernador de Buenos Aires, diputado nacional y Vicepresidente de Carlos Menem hasta el 25 de mayo de 2003.

Entonces asume la presidencia del país Néstor Kirchner ex Intendente y dos veces Gobernador de Santa Cruz. Con un perfil político peronista de centro-izquierda sacó al país de la cesación de pagos más grande de su historia: se canjeó la deuda soberana, de valor nulo tras la crisis del 2001, por nuevos bonos indexados por la inflación y el índice de crecimiento económico. Los índices de pobreza y de desempleo disminuyeron notoriamente. Llevó adelante una activa política para promover los Derechos Humanos.

Con Cristina Fernández por primera vez una mujer asumió la presidencia de la Nación. Esto ocurrió el 10 de diciembre de 2007 luego de recibir los atributos de mando por parte de su marido y mandatario saliente Néstor Kirchner, ante una Asamblea Legislativa en la que marcó con énfasis los principales lineamientos de su gestión y convocó al diálogo a todos los poderes y sectores sociales.

A parti de diciembre de 2015, el ingeniero Mauricio Macri, conduce el destino de Argentina, con una serie de medidas económicas liberales y activando la justicia para investigar diversos casos de corrupción del gobierno anterior.

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gobierno de alfonsingobierno menemgobierno de la rua
Gobierno de AlfonsínGobierno de MenemGobierno de De La rua

Gobierno de Alfonsín Gobierno de Menem Gobierno de De La Rua

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LOS PRIMEROS AÑOS DE LA DEMOCRACIA EN ARGENTINA: La derrota de Malvinas el 14 de junio de 1982 fue el fracaso definitivo del »Proceso de Reorganización Nacional», El nuevo presidente, general Reinaldo Bignone, entabló negociaciones rápidamente con los principales partidos políticos para organizar una salida electoral. Otra cuestión clave para el gobierno era la de los delitos cometidos por los militares durante la represión ilegal.

La Junta Militar sancionó la «Ley de Pacificación Nacional», que justificaba y exoneraba a los militares por los crímenes cometidos.

A lo largo del año 1982 la vida cotidiana se hizo cada vez más difícil debido al deterioro de la economía real, la inflación, el desempleo y los altos impuestos. La sociedad argentina reaccionó con manifestaciones y huelgas en reclamo de mejoras salariales.

Por otro lado, las denuncias de las organizaciones defensoras de los Derechos Humanos eran cada vez más frecuentes y movilizaban cada vez a mayor cantidad de gente. La permanencia de los militares en el poder era insostenible, el Gral. Bignone convocó a elecciones para el mes de octubre de 1983.

Para la sociedad argentina, elegir democráticamente a sus representantes parecía un sueño. Después de siete años de dictadura, la perspectiva de las elecciones generaba grandes esperanzas.

La campaña electoral tuvo rasgos muy específicos; la amplia participación de la ciudadanía que se afilió masivamente a distintos partidos políticos y asistió a actos multitudinarios, los aspectos éticos, el pluralismo ideológico y el diálogo entre diferentes grupos políticos. Los partidos con más adhesión fueron el PJ y la UCR.

El Dr. Raúl Alfonsín, candidato de la UCR, cerró su campaña con un acto en el obelisco. Ante una concurrencia masiva, apeló al respeto por la Constitución Nacional. Un día después, en el mismo escenario, ítalo Luder, candidato presidencial por el PJ y Herminio Iglesias, candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, cometieron un error fatal.

Herminio Iglesias quemó un ataúd que representaba a la UCR, Este hecho le quitó gran cantidad de votos al PJ, puesto que para muchos, si triunfaba el PJ era posible que se impusiera nuevamente la violencia política de la década del setenta.

En las elecciones del 30 de octubre de 1983, Raúl Alfonsín obtuvo el 51,8 % de los votos. La fecha marcó un hito en la historia argentina, era el fin del régimen militar y, al mismo tiempo, el peronismo fue derrotado en elecciones abiertas por primera vez en la historia.

Desde su inicio, el gobierno radical luchó infructuosamente contra la inflación. Los sindicatos formulaban reclamos salariales cor. huelgas permanentes. El Fondo Monetario Internacional (FMI) exigía el cumplimiento de los pagos de la deuda externa, que seguían aumentando.

En estas circunstancias, en 1985 se implemento el Piar. Austral, un programa de ajuste que consistió en el congelamiento de precios, tarifas y salarios (previo aumento de estos), al tiempo que se regulaba el precio del dinero (las tasas de interés) y el tipo de cambio. El Estado se comprometió a no emitir moneda sin respaldo.

El tema más espinoso fue el juzgamiento de los crímenes cometidos por la dictadura. Alfonsín intentó solucionarlo sin afectar a las Fuerzas Armadas como institución. Esta política produjo fuertes críticas de los organismos de derechos humanos -especialmente de las Madres de Plaza de Mayo-, y no alcanzó a descomprimir la fuerte oposición de los militares.

En abril de 1987, encabezados por el entonces teniente coronel Aldo Rico, un grupo de oficiales se alzó en Campo de Mayo, en la primera de las rebeliones «carapintadas». Una multitud se movilizó a Plaza de Mayo, durante Semana Santa para defender la democracia.

La crisis de Semana Santa y el fracaso del Plan Austral trajeron la primera derrota política del gobierno, en las elecciones parlamentarias y provinciales de 1987. El justicialismo, derrotado y dividido desde 1983, halló nuevos liderazgos en las figuras de Antonio Cafiero y Carlos Saúl Menem, que aunque habían mantenido buenas relaciones con el gobierno, fueron fortaleciendo su papel de oposición.

Entre 1988 y 1989 los intentos para detener la crisis económica fracasaron , consecuentemente la imagen de Alfonsín comenzó a deteriorarse aceleradamente. En 1989 una fuerte devaluación abrió las puertas a un proceso hiperinflacionario imposible de controlar, iniciándose también una ola de saqueos a decenas de supermercados y negocios, que hizo perder las elecciones frente a Menem y negociar una salida anticipada del gobierno.

Ver Gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989)

Carlos Saúl Menem provenía del justicialismo, al que él mismo definió alguna vez como una corriente política nacionalista, populista y cristiana. Durante la década en que fue presidente, entre 1989 y 1999, reconvirtió al movimiento nacional y popular peronista en una fuerza política neoliberal en lo económico y conservadora en lo político.

Este alejamiento ideológico de las bases doctrinarias peronistas le permitió forjar una alianza electoral que lo llevó dos veces a la presidencia. Esa coalición estuvo formada por las clases sociales populares (en particular, los trabajadores) que tradicionalmente apoyaron al justicialismo, y también por sus tradicionales enemigos: los productores rurales, los financistas internacionales, los grandes industriales y las clases sociales altas, en general.

El neoliberalismo
Durante la campaña presidencial, Menem había prometido una revolución productiva que comenzaría con un salariazo, al parecer, en la línea del viejo populismo. La política económica que implemento contradijo esos postulados.

Por el contrario, adhirió a los principios de la economía de libre mercado; es decir, un modelo que considera que todas las actividades económicas dependen únicamente de la libre iniciativa de las personas, salvo aquellas que son inevitablemente inherentes al Estado, como la defensa nacional y el mantenimiento del orden público. En los hechos, la adopción de esta ideología implicó el abandono de la concepción del Estado de Bienestar, propia del peronismo tradicional.

La economía de libre mercado tomó fuerza particularmente desde principios de 1991 cuando, después de un nuevo estallido hiperinflacionario, se puso en marcha el llamado Plan de Convertibilidad.

EN 1994, con la reforma de la Constitución, Menem quedó habilitado para presentarse ;-los comicios presidenciales de 1995. Después de una fuerte campaña, el Justldalismo, cela fórmula Carlos Menem-Carlos Ruckauf, logró el 49,9% de los votos; seguido por el Frente por un País Solidario (FREPASO), con la fórmula José Bordón-Carlos «Chacho» Álvarez, que obtuvo un 29,3%; la Unión Cívica Radical quedó en tercer lugar, con el 17% de los votos.

Pese a la amplia victoria, la situación no era alentadora para eL gobierno ese año. Gracias al plan de Convertibilidad, la inflación, que a fines de 1989 era del 5.000%, se redujo en 1992 a menos del 20%, en 1994 era sólo del 3,9% y seguía en baja. Pero cree E.-los despidos en la administración pública y en las empresas privadas, los salarios bajaban, aumentaban el desempleo y el subempleo.

Menem, cuya administración dependía de los capitales foráneos, debió aceptar imposiciones de organizaciones financieras internacionales como el Banco Interamerica» de Desarrollo, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Ver Gobierno de Carlos Menem (1989-1999)

En 1997, la Alianza, una coalición electoral conformada por la Unión Cívica Radical (UCR) y el Frente País Solidario (Frepaso), triunfó en las elecciones presidenciales del 24 de octubre de 1999 con la fórmula Fernando de la Rúa (UCR)-Carlos «Chacho» Álvarez (Frepaso). Desde sus inicios, la gestión aliancista estuvo fuertemente condicionada por la herencia recibida del menemismo.

El principal condicionamiento económico fue el monto de la deuda externa, que equivalía al 43% del producto bruto interno (PBI). Los préstamos externos (así como el dinero obtenido con las privatizaciones) no sirvieron para invertir en el país sino para pagar la deuda. De hecho, a fines del año 2000, la economía atravesaba una coyuntura de más de dos años de caída del PBI.

El país no parecía estar en condiciones de pagar siquiera los intereses de la deuda, que equivalían a alrededor de 20 mil millones de dólares anuales. «La Argentina dilapida anualmente el 4% de su PBI para pagar los intereses de su endeudamiento-decía por entonces el periodista económico Julio Nudler. Mientras las exportaciones del país no llegan a representar ni el uno por ciento del total mundial, en la primera mitad del 2000 los bonos de deuda pública colocados por la Argentina fueron el once por ciento de todo lo emitido por los países emergentes. [El país es] insignificante como exportador pero líder como deudor…»

Además de la deuda económica, el Plan de Convertibilidad generó una fuerte deuda social. En el año 2000, trece millones de personas vivían en la pobreza. La desocupación había avanzado ininterrumpidamente desde 1991, afectando a sectores de la población cada vez más amplios. Entre los que trabajaban, dos de cada cinco lo hacían en negro, sin protección social alguna.

El Estado, en el mejor de los casos, se limitó a asistir a los más necesitados. La Alianza se enfrentó con la necesidad de formular políticas sociales sin contar con los recursos de un Estado virtualmente quebrado.

A pocos meses de asumir, el vicepresidente Álvarez renunció a su ;argo por disidencias con la gestión gubernamental. En el año 2000, era generalizado el descreimiento de los ciudadanos respecto de las normas de hacer política, a las que juzgaban corruptas e inoperantes.

Durante las dos últimas décadas del siglo XX, cambiaron las formas de la protesta social. En los años 80, los conflictos eran salariales y le expresaban mediante paros, huelgas y medidas de fuerza ordenadas 3or los sindicatos.

En los años 90, el descontento social se manifestó por medio de los cortes de rutas, protagonizados predominantemente por desocupados que, como tales no pertenecían a gremio alguno.

Un desconcierto creciente

En noviembre de 2001, los medios informaban que cada día 2.000 argentinos caían bajo la línea de la pobreza. En los primeros días de diciembre, la situación se hizo gravemente conflictiva. El Presidente había perdido su capital político y el ministro de Economía, Domingo Cavallo, no encontraba recursos para tranquilizar a la población. Varios gremios estatales estaban en huelga, mientras que en algunos barrios de la Capital la gente hacía escuchar su descontento golpeando cacerolas y cortando calles, protesta que se conoció con el nombre de «cacerolazos».

En todo el país, las protestas cortaban las rutas y las calles: de este modo, el piquete irrumpía en la vida política argentina.

El «corralito»
Para evitar la fuga de depósitos barcarios, el 1° de diciembre, Cavallo decretó el «esta; de excepción monetaria». Este «golpe» económico, conocido como «el corralito», significaba que todos los depósitos bancarios quedaban inmovilizados durante 90 días -además, que las extracciones de efectivo tenían un tope de hasta 250 pesos o dólares por semana. Así, el dinero desapareció de la calle, el consumo se retrajo y la actividad productiva y comercial se paralizó. Masivamente, agrupaciones sociales, partidos políticos: y centrales sindicales se opusieron a las medidas y promovieron movilizaciones y pares de protesta.

Saqueos y cacerolazos
Entre el 13 y el 18 de diciembre se iniciaron los saqueos contra los supermercados. Primero en Rosario y luego en la Capital, San Isidro, Munro, El Palomar, Ciudadela, Ramos,; Mejía, Morón, Moreno, Lanús y La Tablada, Entre el 18 y el 20, los saqueos se generalizaron en Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, San Juan, Santiago del Estero y Mendoza.

Frente a la escalada de violencia, el 19 de diciembre e! Presidente decretó el estado ce sitio. El 20 De la Rúa transmitió un discurso por la cadena nacional. E! discurso no ha: terminado cuando en todos los barrios de la ciudad de Buenos Aires comenzaron a escucharse cacerolazos. Una multitud salió a las calles y marchó hacia la Plaza de May: el Congreso, la quinta de Olivos y la casa de Cavallo.

A la medianoche, se dio a conocer la renuncia de Cavallo. Sin embargo, esto no tranquiza los manifestantes, que pedían «que se vayan todos». De la Rúa ordenó la represión que dejó como resultado 32 muertos y cientos de detenidos en todo el país. Pero nada detener la movilización. El 21 de diciembre de 2001, luego de leer su renuncia en cadena nacional , deja la Casa Rosada en el helicóptero presidencial que lo lleva a Olivos.

Ver Gobierno de Fernando De La Rua (1999-2001)

AMPLIACIÓN DEL TEMA: Las de la obtienen en las Por un lado, los argentinos valoran casi del mismo modo los derechos civiles, sociales y políticos como sus principios constitutivos. Pero, por otro lado, en el momento de jerarquizarlos, el acento se coloca sobre los derechos sociales: salud, educación, vivienda y trabajo. De este modo, 6 de cada 10 consideran que hay democracia cuando se garantiza el bienestar de la gente, mientras que el derecho al voto y a la libertad de expresión tienen un lugar secundario.

De estas indagaciones se concluye que el perfil de ciudadano más extendido en la Argentina es el que otorga primacía a los derechos sociales y, además, considera que los derechos deben venir del Estado. Esa percepción se acentúa cuanto más descendemos en el nivel económico-social.

El predominio otorgado a la resolución de los problemas socioeconómicos lleva a que el 49% de los encuestados afirme que «no le importaría que llegara al poder un gobierno autoritario si pudiera resolver los problemas económicos del país». Cuanto menor es el nivel socioeconómico, mayor es la probabilidad de apoyo a una alternativa autoritaria.

Por otra parte, la población muestra un bajo nivel de conocimiento o conciencia de los derechos y los deberes que le caben en democracia. Aquí también se privilegian los derechos sociales como derechos de la persona en democracia, en detrimento de los civiles y políticos. Respecto de los deberes, el 28% menciona en primer lugar «trabajar y cuidar de uno mismo», y sólo un 2%, «informarse de asuntos públicos».

Esta idea de la ciudadanía, que implica una escasa valoración de los derechos políticos y civiles, se refuerza con la mirada puesta en el Estado: cinco de cada diez consideran que es el gobierno nacional quien más responsabilidad tiene de fortalecer la democracia.

LA DEMOCRACIA REPUBLICANA Y LA NACIONAL-POPULAR: El sociólogo Gino Germani distinguía dos formas de acceso a la democracia con participación total. La clásica, Llamada republicana, suponía reconocer primero los derechos civiles, luego los políticos y, finalmente, los sociales. En la segunda, propia de sociedades como la argentina, la participación total llegaba de la mano de regímenes de tipo «nacional-popular», en los que los trabajadores negociaban directamente con el gobierno y no a través de la mediación de los partidos políticos. En estos regímenes, el Estado anticipa los derechos de ciudadanía social en desmedro de sus aspectos civiles y políticos.

OTROS CANALES DE PARTICIPACIÓN: La crisis de representación de los partidos políticos, estalló en las elecciones de octubre de 2001, y el agravamiento de la crisis económica e institucional a fines de año produjeron un alto grado de movilización, principalmente espontánea, que se canalizó a través de protestas «piquetes», «cacerolazos» y «asambleas populares». Frente al desprestigio de la participación política a través de los partidos, estas formas de manifestación colectiva se percibieron como la posibilidad más importante de acceder a una voz eficaz y como el síntoma más elocuente de la ruptura de la relación entre la sociedad civil y el sistema político que se estableció a partir de 1983.

Dentro de estos fenómenos, conviene distinguir las protestas de los incluidos y las de los excluidos. El primer grupo (que se concentra, sobre todo, en los «cacerolazos» y las «asambleas populares») proviene de los sectores medios urbanos que cuestionan la legitimidad y la competencia de los dirigentes políticos, en el contexto de reclamos por algunos aspectos de la crisis económica (la indisponibilidad de fondos o la salida de la convertibilidad) y por el mal desempeño y la corrupción de los tres poderes del Estado.

El segundo grupo, el de los excluidos, proviene de los sectores populares, que plantean reivindicaciones relativas a la desocupación y a la pobreza. Su forma principal de expresión son los «piquetes». Estos sectores no reclaman la destrucción del sistema social, sino su inclusión dentro de él, a través de la obtención de bienes concretos. Por otra parte, organizaciones como la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) y la Corriente Clasista y Combativa (CCC) intentaron canalizar las demandas sociales en el contexto de una estrategia general contra la pobreza.

La política, reformada después de este derrumbe institucional, no podría prescindir de una relación madura con estas nuevas formas de expresión y sus actores, aunque no resulte una tarea fácil.

DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA: El retorno a la democracia fue la buena noticia de los años 80 para casi toda la región. La ciudadanía de América Latina, desde el sur de México hasta Tierra del Fuego, volvía a las urnas para elegir a sus gobernantes. Recuperaba sus derechos después de una o varias décadas de proscripción política.

Los políticos, en tanto, volvían a tener protagonismo y, en muchos casos, debieron negociar con los militares la manera de regresar a la senda institucional. Sin embargo, no se trataba solamente de elecciones libres. La tarea de los nuevos gobiernos no sería fácil ya que la democracia iluminaba todos los rincones de las oscuras dictaduras y las violaciones de los derechos humanos pasaron a ocupar un primer plano.

Todavía en el poder, los militares habían puesto algunas condiciones al traspaso. En efecto, querían permanecer al margen de las investigaciones y sufrir el menor descrédito posible, pero el desgaste sufrido a lo largo de una o varias décadas de autoritarismo trastocó la tradicional tutela a la que tenían acostumbrados a los políticos. Los condicionamientos de la economía, por su parte, representaban un desafío similar, o mayor, en plena recuperación democrática. América Latina acumulaba una enorme deuda externa que, en pocos años, sería el detonante de varias crisis. De todas formas, el contexto global era bastante favorable.

El fin de la Guerra Fría había modificado por completo las circunstancias internacionales: Estados Unidos y la URSS ya no competían por influir en uno u otro lado. Entonces, la amenaza del comunismo ya no podía esgrimirse como pretexto para justificar nuevas dictaduras. De esta manera, a pesar de los contratiempos, todo parecía encaminarse por la senda del respeto a las instituciones. Hubo nuevos coletazos autoritarios, incluso desde el mismo poder constitucional, pero la democracia había llegado para quedarse.

Ver: Organización Política de Argentina

Fuente Consultadas:
Cuatro Décadas de Historia Argentina Dobaño-Lewkowicz
Sociedad en Red EGB 3° Ciclo 9 Año
La Enciclopedia del Estudiante Tomo 20 Historia de la Argentina
El Desarrollo Humano en la Argentina del Siglo XXI UNICEF – UNDP – Ministerio de Educación , Ciencia y tecnologíA
Revista TIME Historia del Siglo XX – América Latina de la dictadura a la democracia

Porque Nació la Izquierda en Argentina? Origen de los Montoneros

¿Por qué Nació la Izquierda en Argentina? Los Montoneros

Nacimiento de la Izquierda en Argentina:

El derrocamiento de Juan Domingo Perón en septiembre de 1955 a manos de la Revolución Libertadora encabezada por el general Pedro Eugenio Aramburu y el almirante Isaac Rojas, dio comienzo a la resistencia peronista que fue el germen de los grupos armados que luego tuvieron un gran protagonismo en los años 70.

Rodolfo Walsh La primera acción de la resistencia peronista se produjo el 9 de junio de 1956 cuando comenzó una insurrección cívico-militar peronista comandada por el General Juan José Valle y otros militares para devolverle el poder a Perón.

Pero la rebelión fue estrangulada y los militares sublevados fusilados junto a un grupo de civiles en la zona de José León Súarez en lo que se constituyó en el primer crimen de lesa humanidad que se producía en la Argenti1na. Juan Carlos Livraga fue el sobreviviente que le permitió a Rodolfo Walsh (imagen) escribir su “Operación Masacre

Durante los 18 años de proscripción en los que estuvo sometido el peronismo fueron infinitas las acciones de la resistencia. Sin embargo hubo un hecho que modificó la sustancialmente realidad latinoamericana. Luego de la victoria de la Revolución Cubana el 1ro. de enero de 1959, el régimen de Fidel Castro confió en lograr una revolución continental marxista estableciendo focos de grupos guerrilleros en zonas rurales. Los Andes serían entonces la Sierra Maestra de Sudamérica, según las palabras del Che Guevara.

El foco guerrillero creado por El Che en Bolivia, en noviembre de 1966, motivó a miles de jóvenes argentinos a repetir esa experiencia a pesar que la misma fracasó rotundamente con la muerte de Guevara en octubre de 1967 a manos del ejército boliviano.

Algunos «tips» para analizar….

  • Durante el gobierno peronista, su líder, les enseñó sobre la independencia económica de un país y su lucha contra el imperialismo. (ver su la doctrina peronista) 
  • Conocieron la “Justicia Social” y el reparto equitativo de la riqueza nacional. 
  • El Gral. Aramburu, sucesor de Lonardi gestor de la “Revolución Libertadora” de 1955, proscribió al partido peronista, los persiguió y prohibió hasta solo nombre. 
  • Luego del golpe los gobierno militares no dieron muestra de su eficiencia y la calidad de vida de las familias obreras decayó. 
  • Frondizi en 1958, promulgó la ley de inversiones extranjeras y les pareció como que se entregaba el país al imperialismo yanki. Ocho compañías resultaron favorecidas. También se privatizó el Frigorifico Lisandro de la Torre. Parecía que se perdía soberanía y corríamos riegos de depender de esta potencia. 
  • Asume Onganía en 1966, mediante un golpe militar, continuando la política de Frondizi. 
  • En julio de ese año, la policía maltrata y desaloja a alumnos y profesores de las universidades utilizando métodos violentos. Se conoce como la “Noche de los Bastones Largos”. Fue un ataque directo a la cultura nacional. 
  • Combatió con dureza las manifestaciones populares, haciendo «gala» de su autoritarismo y poder. No permitió la libertad de expresión, controlando los medios de comunicación. 
  • Se lo asociaba cada vez más al imperialismo norteamericano. 
  • Económicamente el país no funcionaba. Explota en Córdoba una manifestación obrera-estudiantil que se conoce como el Cordobazo, más tarde el Rosariazo. Esto unió aun más los lazos entre el sector trabajador y estudiantil. 
  • Los alumnos políticamente más unidos se acercaron a las organizaciones obreras y también se compenetraron con la realidad de las villas miserias. 
  • Notaron que tanto obreros como alumnos tenían los mismos problemas, como la pobreza, la desocupación, costo de transporte, etc. 
  • Los estudiantes, más formados que los obreros, se sentían capacitados para dirigir movimientos que luchen por una sociedad más justa y digna. 
  • Tenían tiempo y algunas posibilidades económicas. 
  • Siempre tenían en mente aquella sociedad feliz, que vivieron de niños, cuando Perón era presidente. 
  • También había sacerdotes, conocidos como del tercer mundo, que cuestionaban a estos gobiernos dictatoriales, por lo que prestaban sus iglesias para hacer reuniones políticas. 
  • Aparecen los Montoneros, un grupo que existió en toda Latinoamérica, que pensaban que con la lucha armada podían conseguir sus objetivos, y luchar contra la dictadura. 
  • La cúpula estaba dirigida por Firmenich y Vaca Narvaja, que se incorporaron en las filas de la Juventud Peronista para tomar poder. 
  • Radicalizaron la juventud, con los slogan, por ejemplo de: “Perón o Muerte”, e idealizaron a perón como un revolucionario como Mao y Fidel Castro. 
  • Con el tiempo otras agrupaciones revolucionarias Leninistas, Trokystas, etc. como la FAR, FAP y el ERP se unieron en Montoneros. 
  • Perón desde el exilio apoyó hábilmente con discursos ambiguos tanto a la izquierda como a la derecha. El sólo deseaba conservar su poder desde la distancia. 
  • Ambos bandos, definen sus diferencias, cuando se enfrentan en 1973 en Ezeiza, momento en que regresaba de España su líder Juan D. Perón. La derecha ataca violentamente a los Montoneros, que habían logrado mejores posiciones políticas, mientras era presidente “el tío” Campora. 
  • Perón, más tarde, ya siendo presidente los echó de la Plaza de Mayo, tratándolos de “Inútiles e imberbes”. 
  • Lopez Rega forma la Triple AAA, para la lucha contra la izquierda en Argentina, se le adjudica varios atentados, secuestros y golpes sangrientos. 
  • La lucha continuó durante toda la dictadura militar a partir de 1976, dejando un saldo de 30.000 desaparecidos, que aun hoy, después de 25 años se sigue trabajando para tratar de encontrarlos, ya sea vivos o muertos.

Orígenes de los Grupos Guerrilleros