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Dinastía Capeto en Francia Historia, Origen y Conquistas

ORIGEN E HISTORIA DE LA DINASTIA CAPETOS EN FRANCIA

ORIGEN DINASTÍA DE LOS CAPETOS: En tanto los reyes carolingios perdían su poder en Francia, una dinastía poderosa se formaba en la comarca de París.

Un guerrero alemán, Roberto el Fuerte, nombrado conde para defender el territorio comprendido entre el Loire y el Sena, había sido muerto combatiendo a los piratas.

Su hijo Eudes, conde de París, defendió esta ciudad contra los ataques normandos y fue reconocido rey.

Pero el arzobispo de Reims no quiso consagrarle. Esperó a que el último descendiente de los carolingios, Carlos, tuviera quince años e hizo que le reconocieran rey los obispos y los señores del nordeste de Francia.

Durante un siglo, el título de rey de los francos fue disputado entre la familia carolingia y la de Roberto. Le ostentó el hermano de Eudes, Roberto (922-923); luego, el cuñado de Roberto, Raúl (923-926).

Pero el jefe de la familia, Hugo, llamado el Grande, no quiso tomarle, y durante cuarenta años más le abandonó a príncipes carolingios.

Por último su hijo, Hugo Capeto, se puso de acuerdo con el arzobispo de Reims para hacerse reconocer rey (987). El rey Luis V había muerto, pero quedaba su tío Carlos, duque de Lorena.

El arzobispo de Reims reunió en Senlis a los obispos y a los señores del Norte de Francia y les decidió a elegir a Hugo rey de los francos (1 de junio).

Luego le coronó en la Iglesia de Noyon en presencia de los obispos y de los grandes y el 3 de julio le consagró en la catedral de Reims.

Carlos intentó resistir y hubo combates. Pero fue traicionado y entregado a Hugo, que le conservó prisionero hasta que murió.

Hugo fue entonces reconocido rey en todo el reino de Francia. Sus descendientes le sucedieron de padre a hijo durante más de trescientos años. De esta suerte, la dinastía de los carolingios fue sustituida por la de Hugo, que se llamó mucho tiempo después de los Capetos.

El título de rey no era enteramente hereditario. Cada nuevo rey, antes de ser coronado, había de ser reconocido por los obispos y los principales señores del reino, y a esto se decía elegir.

Pero cuando el rey tenía un hijo, siempre se le elegía. Para mayor seguridad, los reyes tomaron la precaución de hacer elegir y consagrar a su hijo en vida. El padre y el hijo reinaban juntos en este caso.

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Hugo I Capeto (c. 938-996), rey de Francia y fundador de la dinastía de los Capetos. Era hijo de Hugo el Grande, conde de París, a quien sucedió en el año 956.

Su señorío sobre diversos feudos alrededor de París y de Orleans le convirtieron en virtual monarca de Francia, y cuando Luis V, último rey de la dinastía Carolingia, murió en el 987 sin dejar heredero.

La dinastía de los Capetos, que gobierna en Francia desde el 987 hasta 1328, fortalece el poder real al reafirmar los principios de la herencia, la primogenitura y la indivisibilidad de las tierras de la Corona.

hugo capeto

A la muerte de Hugo Capeto (996), su hijo Roberto el Piadoso le sucede sin dificultades, continuando la obra de su padre. Su biógrafo, nos ha dejado un retrato de él que lo representa, a la vez, desbordante de actividad y muy piadoso.

Aunque le gusta cantar acompañándose con el laúd, adora la caza y la guerra. No teme exponerse él mismo con ocasión de las expediciones de su reinado.

Sumiso ante la Iglesia, no vacila en incurrir en anatema, a causa de la pasión que siente por su prima Berta, por la que repudia a su primera mujer.

Solamente la esterilidad de su unión con Berta le obliga a casarse con Constanza de Arles, conocida por su avaricia y por su carácter agrio.

Llamado el Piadoso, se muestra, sin embargo, muy atento a los intereses temporales de la corona.

Si apoya el movimiento en favor de «la paz de Dios», es porque ve en él una tentativa muy interesante, salida del seno de la Iglesia y apoyada por la opinión pública, para limitar el azote de las   guerras   incesantes   entre   los   señores.

Blandiendo la amenaza del anatema, los obispos multiplican los obstáculos a la guerra feudal.

Al mismo tiempo, Roberto el Piadoso lucha personalmente contra la anarquía desarrollada por los señores feudales en su propio dominio, y no vacila en hacer arrasar los castillos que amenazan a las colectividades monásticas.

En el exterior, sus intervenciones son menos fáciles; bajo su reinado se inicia la oposición feudal, tan nefasta luego para la monarquía capeta. Especialmente amenazador resulta Eudes II, conde de Blois y de Chartres. El rey no puede hacer nada contra él cuando se anexiona la Champaña, cercando así el dominio real.

El sucesor de Roberto el Piadoso, su hijo Enrique I (1031-1060), carece del valor de su padre. No ha podido hacer frente a los poderosos adversarios con que ha tenido que enfrentarse.

Se ha atraído la reprobación de la Iglesia por su avidez, que lo ha impulsado a vender los obispados y otras dignidades eclesiásticas.

Aunque coronado con varios años de anticipación, ve cómo le disputa el trono su hermano más joven, Roberto, que goza de la preferencia de su madre, la reina Constanza.

Los grandes vasallos están encantados de participar en esta crisis familiar; el conde de Blois entra en la liza a favor de Roberto, y sus rivales, el duque de Normandía, el conde de Anjou y el conde de Flandes, permanecen fieles al rey.

Finalmente, Enrique I logra sus objetivos, indemnizando a su hermano con el ducado de Borgoña.

Pero la guerra continúa hasta 1044 contra Eudes de Blois, y luego, durante varios años, contra los hijos de éste.

Para recompensar el apoyo de Roberto el Diablo, duque de Normandía, durante la guerra contra el conde de Blois, el rey de Francia le cede el Vexin francés.

Esta nueva amputación de su dominio no se le agradece, pues el sucesor de Roberto el Diablo, Guillermo el Bastardo, futuro conquistador de Inglaterra, se revela como su más feroz enemigo.

El ejército real sufre dos humillantes derrotas en el país normando: una, en Mortimer, y otra, en el vado de Varaville, sobre el río Dive.

La guerra no ha terminado todavía, cuando Enrique I muere, el 4 de agosto de 1060, legando a su hijo menor, Felipe I, una situación más grave que la encontrada por él, a su subida al trono. Su reinado ha representado un incontestable retroceso del poder real.

La regencia, confiada al conde de Flandes, Balduino V, conoce una relativa tranquilidad.

El feudalismo fortifica sus posiciones; en el interior del dominio real, un pequeñoseñor, como el de Puiset, podrá tener en jaque a Felipe I. Un acontecimiento de excepcional gravedad caracteriza este período: la conquista de Inglaterra por el duque de Normandía, Guillermo, el más poderoso de los grandes vasallos.

Desde entonces, el duque de Normandía se convierte en el igual del rey de Francia, y la rivalidad de ambos reinos va a determinar la actitud del gobierno capeto, así como sus relaciones con el feudalismo, tanto si los grandes vasallos permanecen neutrales como si adoptan uno u otro partido.

Sin embargo, Felipe I supo aprovecharse del tiempo de respiro que le dejó Guillermo el Conquistador, demasiado ocupado en la reorganización de Inglaterra, para intervenir con eficacia en el continente; se esforzó en realizar, del mejor modo, un programa de beneficios materiales y de adquisiciones, explotando las rivalidades y el desorden.

Concede su alianza al mejor postor, acrecentando así el dominio real.

En el momento en que Felipe I habría podido aprovecharse de la crisis que atravesaba el reino anglo-normando, a consecuencia de la rivalidad de los hijos de Guillermo el Conquistador por la sucesión paterna, se aisló en una extraña inercia, que contrasta con la actividad de los primeros años de su reinado.

Según el historiógrafo Suger, abad de Saint-Denis, se convirtió en un «esclavo del placer».

Repudió a su mujer, Berta de Frisia, en 1092, V llevó una vida de voluptuosidad con su nueva esposa, Bertrada de Montfort, que había quitado al marido, Fulco el Rechin, conde de Anjou. Así, con una gran prudencia, Felipe I supo restablecer en su reino una situación que, a su subida al trono, se anunciaba desastrosa.

Bajo su reinado, se pueden apreciar incluso las primicias de una centralización; da una mayor importancia a los oficiales de palacio, sus altos funcionarios, e inicia una especialización de los cargos.

LAS GRANDES CONQUISTAS DEL DOMINIO REAL

Para los primeros Capetos, hacer respetar su autoridad significaba poseer la fuerza material capaz de imponérsela a sus vasallos. Disponiendo de un dominio bastante restringido, la realeza capeta sólo cuenta con escasos recursos financieros.

Dar nuevas tierras en feudo, para constituir fuerzas militares superiores, es arriesgarse a debilitar aún más el patrimonio real, como han probado anteriores experiencias.

La conquista o la anexión por vía diplomática son los únicos medios para triunfar sobre las pretensiones de sus vasallos. Roberto el Piadoso inaugura brillantemente esta política con la conquista de Borgoña.

En 1002, el duque de Borgoña, Enrique, tío de Roberto, muere sin heredero. Su sucesión es reivindicada por el rey y por un vasallo de Enrique, el conde de Borgoña, Otón-Guillermo.

Ambos competidores se enfrentan, y se suceden varias campañas. Por fin, Roberto el Piadoso acaba la conquista, en 1016, y confía la administración del ducado a su hijo Enrique, aunque él se reserve la soberanía.

Desgraciadamente, Enrique I lo cederá en feudo a su hermano Roberto, tronco de una nueva casa ducal de Borgoña, perdiendo así todo el beneficio de la hazaña paterna.

Enrique I agregó al dominio real el condado de Sens, al faltar un heredero directo.

Felipe I se anexiona al Gatinais, en 1068, aprovechando un conflicto entre los dos pretendientes a la sucesión del conde de Anjou; poco tiempo después, le toca el turno a Corbie, reivindicada en vano por el conde de Flandes; en 1077, se apropia del Vexin francés; en 1101, compra Bourges a su vasallo el conde de Bourges, que necesita dinero para marchar a la Cruzada. Pone así el pie en Aquitania, y prepara la extensión de la influencia capeta en el sudoeste.

El camino a seguir está claro; los brillantes sucesores de estos primeros Capetos, cuya historia se conoce mal, a decir verdad, por falta de documentos suficientes, van a continuar esta política de conquista y anexión, y no está lejos el tiempo en que la jurisdicción del poder real coincida con las fronteras de Francia.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX – La Dinastía Capeto de Francia

Hugo Capeto Política de Gobierno en Francia Biografía

BIOGRAFÍA DE HUGO CAPETO REY DE FRANCIA: SU GOBIERNO

Hugo I Capeto (c. 938-996), rey de Francia y fundador de la dinastía de los Capetos. Era hijo de Hugo el Grande, conde de París, a quien sucedió en el año 956. Su señorío sobre diversos feudos alrededor de París y de Orleans le convirtieron en virtual monarca de Francia, y cuando Luis V, último rey de la dinastía Carolingia, murió en el 987 sin dejar heredero. La dinastía de los Capetos, que gobierna en Francia desde el 987 hasta 1328, fortalece el poder real al reafirmar los principios de la herencia, la primogenitura y la indivisibilidad de las tierras de la Corona.

 

hugo capeto

HISTORIA: Al morir Luis V, mortalmente herido a consecuencia de una caída del caballo, deja otra vez el destino de Francia a discreción de la casa otoniana de Alemania, donde reina el nieto de Otón el Grande. Por la línea sucesoria, la corona francesa seria para el  último pretendiente carolingio, tío  de  Luis  V,  llamando Carlos, duque  de  la Baja Lorena, quien pronto es separado de la sucesión, pues la corte alemana desconfía de él; el hijo de Hugo el Grande, Hugo Capeto, casado con una carolingia, Adelaida de Poitiers, es elegido rey de Francia, gracias al apoyo del arzobispo de Reims, Adalberón, a sueldo de la casa otoniana (987).

Hugo Capeto sólo dispone, en el momento de su subida al trono, de una autoridad muy reducida, a menudo puramente nominal, sobre la mayor parte de las provincias del reino. Francia está entonces en el apogeo del régimen feudal; se reparte entre una quincena de grandes dominios, verdaderos principados provinciales, gobernados por dinastías hereditarias. Estas unidades territoriales escapan a la acción real, y se subdividen, a su vez, en una multitud de señoríos vasallos, cuyos titulares han usurpado, asimismo, los derechos de la Corona. De este modo, en el norte, los condados de Flandes y de Champaña y el ducado de Borgoña se anexionan numerosos condados vasallos, más o menos autónomos.

El azar de las sucesiones y de las particiones ha provocado situaciones complicadas; el conde de Champaña es, al mismo tiempo, vasallo del duque de Borgoña por su condado de Troyes. El oeste se encuentra repartido entre una serie de principados, algunos ya muy firmes: el ducado de Normandía, al que se ha ligado la mayor parte de los condados; el vizcondado de Tours; el condado del Maine; el condado de Anjou, que, bajo el gobierno de Fulco Nerra, se convertirá en uno de los grandes feudos del oeste; la Bretaña, codiciada por los principados vecinos, repartida entre los condes de Nantes y de Rennes.

Al sur del Loira, se distinguen cinco Estados principales: el ducado de Aquitania, que sólo impone su autoridad sobre el condado de Poitiers, pues los otros condados y señorías viven de manera absolutamente independiente, a pesar de los lazos de vasallaje; la Gascuña, que pretende ser un ducado, compuesta por un conjunto de condados y de vizcondados autónomos; la marca de Toulouse; la marca de Gothia, que difícilmente hace respetar sus derechos por los condes vasallos; y la marca de España, completamente extraña a los asuntos del reino.
Además de estas grandes unidades principales, sobre las que Hugo Capeto no tiene más que una soberanía ilusoria, la Iglesia representa una fuerza con la que hay que contar. De 77 diócesis, el rey no designa más que 20 ó 25 titulares, pertenecientes casi todos a las provincias eclesiásticas de Reims y de Sens. Su poder sobre la Iglesia es, pues, limitado. Los obispos gozan, además, de una verdadera independencia, pese al poder de los grandes señores, dueños de los obispados.

LA POLÍTICA DE HUGO CAPETO
El poder real sigue muy borroso, bajo la estrecha dependencia del feudalismo y de la Iglesia. Le falta una sólida base territorial, sin la que le es difícil triunfar en caso de un conflicto con los señores feudales. El dominio real, constituido, a la vez, por las tierras que Hugo posee personalmente y por la herencia carolingia, sólo comprende las regiones de París, Senlis, Poissy, Etampes y Orleans, con algunos anejos excéntricos, las comarcas del Aisne y del Oise, con Compiégne, Reims y Laon. Sin embargo, el obispo de Reims es el amo de su ciudad, así como de la de Laon, concedida por Hugo Capeto; también buen número de pequeños vasallos laicos, sin contar los señores de menor importancia, ejercen el poder auténtico en sus dominios.

En tales condiciones, todo el esfuerzo de los primeros Capetos va a centrarse sobre el engrandecimiento real. Aunque, en la práctica, los grandes vasallos son los iguales  del  rey,  jurídicamente  le  son  inferiores, y aquél puede exigirles el servicio de corte y convocarlos en asambleas; sólo él puede promulgar ordenanzas comunes a todo el reino; su justicia es superior a cualquier otra. Además, por su consagración, adquiere un prestigio y una autoridad moral que lo diferencian de sus vasallos.

Desde el primer año de su reinado, Hugo Capeto se apresuró a asegurar el porvenir de su dinastía, resucitando, en provecho propio, una costumbre carolingia: asocia a su hijo mayor, Roberto, a la realeza. Repetida de generación en generación, esta práctica asegura la herencia por la vía de la costumbre.

Así, Roberto asociará a su hijo Hugo, muerto prematuramente, luego a Enrique I, el cual hará consagrar, en vida, a su hijo Felipe, aunque es todavía menor de edad. Desde entonces, ya no es necesaria ninguna elección; más aún, no se vuelve a considerar la idea de un reparto entre los hijos ‘ del difunto. Cuando uno de los reyes desaparece, el otro hereda todo el poderío real y todo el reino.

Sin embargo, la nueva dinastía se enfrenta, desde el principio, con el pretendiente carolingio, Carlos de Lorena, tío del rey precedente. Hugo Capeto sólo le vence después de varios años de esfuerzos, gracias a la traición del obispo de Laon, Ascelino. Este último le entrega a Carlos de Lorena, así como a su mujer y sus dos hijos, instalados en Laon gracias a las intrigas mantenidas con un bastardo carolingio, Amoldo. Desembarazado de su competidor, Hugo Capeto se vuelve contra Arnoldo, a quien, con la esperanza de atraérselo, había nombrado obispo de Reims, a la muerte del titular.

Hace que un concilio lo deponga, cosa que provoca cierta emoción en la corte pontificia, pues no podía reprochársele a Amoldo ninguna falta de orden eclesiástico que justificara este proceso. El papa interviene en la disputa y quita la razón al rey. El hijo de éste, Roberto, arreglará la cuestión. Para evitar la excomunión que lo amenaza, a causa de su «unión incestuosa» con su prima Berta, hace restablecer a Amoldo en su cargo; pero no le valdrá de nada, y le alcanzará un anatema por este matrimonio contrario a los cánones. Sin embargo, Hugo Capeto se ha mantenido firme contra el papa, y prohibe a sus prelados acudir a Roma cuando aquél los convoca.

Además, fija la orientación de la política capeta en relación con sus vasallos. Se esfuerza en aumentar el dominio real, a favor de la extinción de las dinastías locales, y se  anexiona  así Dreux. Interviene, como arbitro, en la guerra que opone a dos de sus grandes vasallos, el conde de Anjou y el conde de Blois.

Hugo Capeto muere en 996, le sucede su hijo Roberto el Piadoso.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX – La Dinastía Capeto de Francia

Vasallos y Señores Feudales El Contrato Feudal Obligaciones

OBJETIVOS DEL CONTRATO FEUDAL: DERECHOS Y OBLIGACIONES

Desde el siglo VIII y especialmente en el IX, la Europa occidental, debilitada por la ruptura de la unidad política del Imperio carolingio, debió afrontar el peligro de nuevas invasiones. A diferencia con los del siglo V, estos nuevos ataques de los pueblos del este no tenían como objetivo fundamental ocupar y dominar los territorios que invadían, sino efectuar actos de pillaje en busca de botín. Por lo tanto, no se desplazaban con sus tribus completas sino en grupos o bandas de saqueadores.

Esto les permitía actuar con gran velocidad y luego, de asestar sus golpes regresaban rápidamente a sus guaridas. Los ejércitos occidentales adiestrados para una guerra de tipo convencional, poco o nada pudieron  hacer para impedir los ataques  sorpresivos de  los  invasores. Las tribus que asolaron al decadente imperio fueron las de los normandos, los húngaros o magiares, los sarracenos y los eslavos.

contrato feudal edad media

Diversas regiones europeas debieron enfrentar al enemigo con sus propias fuerzas y esto determinó una creciente autonomía con respecto a! poder del monarca. Esos territorios que el rey había confiado a la nobleza para que los gobernara, no tardaron en ser considerados como una propiedad privada. Condes, marqueses y otros nobles procuraron erigirse en jefes hereditarios de dominios reales entregados a su custodia.

Así se fue debilitando aún más la unidad política del antiguo Imperio carolingio y esto favoreció el surgimiento de feudos, base de una nueva organización con marcada tendencia a la autonomía.

EL MUNDO MEDIEVAL

La división del Imperio carolingio y las nuevas invasiones favorecieron el advenimiento de un nuevo régimen político y social llamado feudalismo, que predominó en Europa desde los albores del siglo X hasta el XV (final de la Edad Media). El poder del Estado, que antes había pertenecido exclusivamente al rey, en el nuevo régimen se distribuyó entre los señores feudales La falta de buenas vías de comunicación y la inexistencia de ejércitos permanentes impidieron a los reyes defender con eficacia las fronteras de sus Estados.

Entonces, los ricos propietarios asumieron por cuenta propia la protección de sus intereses, para lo cual organizaron sus fuerzas militares y construyeron recintos fortificados (castillos) donde podían albergarse junto con sus servidores y rebaños. Todo esto contribuyó a debilitar aún más la autoridad del rey, al mismo tiempo que aumentaba el poder de los señores locales.

Los campesinos y los pequeños propietarios, incapaces de organizar sus defensas, se agruparon alrededor de los castillos y solicitaron el amparo de los castellanos. Estos otorgaban dicha protección, pero les exigían la entrega de sus tierras, la prestación de ayuda militar y el acatamiento de su poder. En recompensa por estos servicios, los señores devolvían las tierras a sus protegióos, pero éstos no las recibían ya como propias, sino en calidad de feudos, es decir, sujetas a las condiciones establecidas en el contrato feudal.

El que daba las tierras se llamaba señor feudal y el que recibía el feudo era vasallo o servidor.

El pacto se formalizaba mediante el homenaje, ceremonia en la que el vasallo se arrodillaba desarmado ante su señor, colocaba sus manos entre las de éste y le juraba fidelidad y acatamiento. Al mismo tiempo le cedia simbólicamente sus propiedades mediante la entrega de un terrón,  una rama,  un cetro, etcétera.

Acto seguido, el señor transformado en propietario de los bienes de su vasallo, se los volvía a encomendar en calidad de feudo, y le concedía la investidura, devolviéndole el símbolo que había recibido.

Señores y vasallos
En el contrato feudal se establecían los mutuos compromisos entre el señor y el vasallo. Este último estaba obligado a prestar servicio militar y debía acompañar a su señor en la guerra, dentro y fuera del territorio. Por el compromiso de fidelidad no podía luchar contra él ni contra sus hijos. Además tenía que comparecer como asesor en el tribunal del señor a fin de ayudarle a resolver los casos difíciles.
El vasallo no podía desvalorizar el feudo ni perjudicarlo, y estaba obligado a participar en el rescate del señor si era hecho prisionero; también pagar por el casamiento de la hija y para equipar al primogénito cuando era armado caballero.

Por su parte, el señor debía ofrecer a su vasallo protección y justicia. No podía atacarlo ni insultarlo, como tampoco perjudicar sus bienes. Si el vasallo moría, el señor colocaba bajo su tutela a los hijos menores, protegía a la viuda y procuraba casar a las hijas. Si faltaba a estos deberes cometía el delito de felonía. Pero los derechos del señor eran mayores, pues podía recuperar el feudo en caso de que el vasallo muriera sin herederos o no cumpliera con el contrato.

E! señor gozaba de muchos privilegios, pues administraba justicia, acuñaba su moneda y ejercía el monopolio del horno y del molino, donde ios campesinos debían dejar una parte de los productos o pagar un impuesto. También percibía otros derechos, tales como el del tesoro (metales preciosos hallados en sus dominios), naufragio (barcos hundidos en sus playas), salvoconducto (para viajar), caza, sello señorial, etc.

 En la antigüedad, los romanos tenían por costumbre ceder tierras en pago de servicios militares. En la Edad Media, cuando los germanos invadieron el Imperio, las tierras quedaron repartidas entre los conquistadores Algunas se mantuvieron liberadas de toda obligación personal y se llamaron alodios (posesión antigua). Otras imponían la obligación de prestar «determinados servicios» al donante y se denominaron beneficios. En el siglo IX, el régimen de beneficio y vasallaje se hizo general, estimulado por las razones políticas y sociales que liemos visto, y por el Edicto de Mersen dictado por Carlos el Calvo en 847. Este autorizaba a los hombres libres a elegir un señor «protector» dentro o fuera del reino. En   877,   el   Edicto   de   Kiersy   reconoció   los   grandes   feudos  y   declaró   hereditarios   los   cargos   señoriales.

rescisión del contrato feudal

AMPLIACIÓN DEL TEMA:

La unión de hecho, entre el beneficio y el vasallaje, toma carácter de una práctica normal. El desarrollo de un ejército pesado de caballeros contra la amenaza árabe, cuyo armamento cuesta muy caro, las luchas casi constantes, habían llevado a Carlos Martel y a sus sucesores a multiplicar el número de sus vasallos y a gratificarlos, paralelamente, con una concesión de tierras, bajo la forma de beneficio gratuito y vitalicio.

Para hacer frente a tales distribuciones de tierras, los Carolingios las tomaron masivamente del patrimonio de la Iglesia, hasta que ésta protestó violentamente. Esta forma de retribución, con objeto de disponer de guerreros bien armados, es ampliamente imitada por los grandes señores eclesiásticos y laicos (duques, condes, grandes propietarios, obispos, abades). Incluso los vasallos empiezan a tener otros vasallos, en vista de la importancia de los bienes raíces puestos a su disposición. El servicio del vasallo se especializa cada vez más en el servicio militar. Se encuentran también vasallos empleados en misiones políticas o judiciales, o en tareas administrativas.

En esta sociedad, guerrera y muy creyente, se desarrolla una verdadera mística del vasallaje, consistente en una devoción absoluta por el señor. Hay pocos casos que autoricen a un vasallo a dejar a su señor, al que se ha consagrado para toda la vida. Con mayor razón, está prohibido contraer este tipo de lazos con varios señores.

El beneficio es casi siempre una propiedad raíz; sin embargo, un vasallo puede recibir otro beneficio, por ejemplo el derecho de cobrar tasas. La tierra entregada en beneficio es de una superficie variable; en general, comprende una docena de mansos —el manso era la medida de una explotación campesina, y equivalía a unas 10 a 18 hectáreas—, pero puede también consistir en uno o varios dominios, o en una abadía.

Emperadores, reyes y particulares se han preocupado celosamente de conservar sus derechos de propietarios sobre las tierras concedidas o beneficiadas. A finales del siglo IX, los derechos del vasallo sobre su beneficio siguen siendo, en teoría, los de un usufructuario. Pero, cada vez más, el vasallo tiende a comportarse como propietario: así, la confiscación en caso de mala ejecución de las obligaciones del vasallo, o la recuperación del beneficio, a la muerte del vasallo o a la del señor, se convierten en una prueba de fuerza.

El vasallo exige del nuevo señor seguir siendo su recomendado, y recibir el mismo beneficio; igualmente, el hijo de un vasallo muerto entra en el vasallaje de su señor, y de él recibe el beneficio obtenido por su padre. El beneficio adquiere, pues, un carácter hereditario. También, con objeto de obtener un mayor número de beneficios, el vasallo contrata varios compromisos de vasallaje, a pesar de la prohibición inicial. De esta manera, el beneficio, que en su origen no tenía otra razón de ser que hacer más eficaz el servicio del vasallo, a finales del siglo ix se convierte casi en la condición de dicho  servicio.

LA MULTIPLICACIÓN DE LOS VASALLOS
El desarrollo del vasallaje y la concesión de beneficios a los vasallos fueron el resultado de una política consciente seguida por los Carolíngios, que creían así reforzar su propia autoridad. Ellos integraron, pues, el vasallaje en el mismo cuadro de las instituciones del Estado, a fin de cubrir las deficiencias de éstas.

Multiplicaron el número de los vasallos reales, obispos, abades v grandes señores, ligados directamente al rey; exigieron de todos los altos funcionarios—condes, marqueses, duques—que entraran en su vasallaje; pidiendo a todos sus subditos que se entregaran a un vasallo real, Carlomagno y sus sucesores establecieron una verdadera red de vigilantes en el Imperio, logrando con ello una nueva estructura social y política. Cada uno de sus subditos, desde el más grande al más humilde, entró, así en una red de subordinación, cuyo término era el emperador. Pero la gran pirámide de los derechos y las responsabilidades que los Carolingios esperaban construir, se reveló ilusoria.

En efecto, las obligaciones de vasallaje terminaron por ser más absorbentes que las debidas al soberano; entre éste y sus subditos se interponían pantallas sucesivas. Los sistemas de dependencia utilizaban el frágil mecanismo del Estado; la idea del contrato recíproco había sido sustituida por la idea del poder absoluto; el cumplimiento, por el rey, de sus deberes, se convierte en la condición necesaria de la obediencia de sus vasallos. Desde entonces, los lazos de vasallaje no podían ser ya el cimiento de la jerarquía social construida por los Carolingios, pues eran discutibles.

Por último, y esto era lo más grave, los que ostentaban la autoridad pública habían conquistado una autonomía cada vez mayor, gracias a la «vasallización» de sus cargos. Duques, marqueses y condes, entrando en el vasallaje real, se encontraron a la cabeza de las donaciones de tierras, en dos categorías: las que ellos recibían en beneficio, como vasallos, y las que estaban agregadas a sus cargos, a guisa de salario. Intentaron entonces conservar el conjunto de sus dotaciones, e identificar sus «honores»—término que designaba, a la vez, la función pública y la dotación de ésta—con sus beneficios.

Los «honores», antiguamente recibidos del rey como beneficios, al ser entregados de modo continuo, siguieron la misma evolución que la posesión de vasallaje: de vitalicios, se convirtieron en hereditarios. El personal político perdió, desde entonces, la noción del carácter público ligado a las funciones; se provincializó y conquistó su autonomía dentro del cuadro de su castillo. Así se han desarrollado los esquemas del feudalismo: principados, castellanías, dominios eclesiásticos y una serie innumerable de  pequeñas  dominaciones  locales.

En el siglo’ x, el sistema de las instituciones de vasallaje llegó a su completo desarrollo. Se sitúa, entonces, la primera época propiamente feudal, que durará hasta el siglo XIII. Y es precisamente en el siglo X cuando se extiende la palabra feudo, que reemplaza a la de beneficio, y que dará su nombre al feudalismo.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX El Feudalismo