Bibliotecas. Museos. Imprenta

Fundacion de la Academia de Ciencias de Cordoba Primeros Trabajos Cientificos

Fundación de la Academia de Ciencias de Córdoba Primeros Trabajos Científicos

LOS ESTUDIOS CIENTÍFICOS
LOS PROFESORES CONTRATADOS:
La Universidad de Córdoba es nacionalizada por ley en 1854, pero sin modificar su carácter tradicional.

En 1869, el ministro de Sarmiento, Nicolás Avellaneda, emprende la reforma de sus estudios e implanta las cátedras de Ciencias Exactas y Naturales, siendo autorizado por ley el Poder Ejecutivo «para contratar dentro o fuera del país hasta veinte profesores, que serán destinados a la enseñanza de ciencias especiales en la Universidad de Córdoba y en los Colegios Nacionales».

Esta medida legislativa dio origen a la creación de la Academia de Ciencias cordobesa y a la Facultad de la misma especialidad.

Su obra científica.—Las ventajas derivadas con la venida de profesores de ciencias fisicomatemáticas para la Universidad de Buenos Aires originó la ley de 1869 que autorizara al Poder Ejecutivo a contratar hasta veinte profesores de «ciencias especiales».

En cumplimiento de esta ley, el presidente Sarmiento encomendó a Burmeister, entonces director del Museo de Buenos Aires, gestionara la incorporación al país del primer núcleo de estos profesores: dos de
matemáticas y uno de cada una de las especialidades siguientes: física, química, botánica, zoología, mineralogía y geología.

Estos profesores fueron llegando entre 1870 y 1873, pero la mayoría de ellos no se dedicó de inmediato a la docencia, sino a explorar el territorio argentino para fundamentar sus enseñanzas en el conocimiento de nuestra botánica, zoología y constitución geológica.

Fruto de estas actividades científicas fueron los magníficos inventarios que nos dejaron sobre la flora, la fauna y los minerales argentinos.

Entre los botánicos debemos destacar a Paul Lorentz, especialista en musgos; después de recorrer el norte argentino, participó, como miembro de la Comisión científica adjunta, en la expedición al desierto, publicando sus resultados en Recuerdos de la expedición al Río Negro.

Designado profesor en el Colegio Histórico del Uruguay, redactó La vegetación del nordeste de la provincia de Entre Ríos. Ahí falleció.

En la cátedra que debía dictar en la Universidad de Córdoba le sucedió su ayudante Jorge Hierónymus, especializado en fitogeografía. Permaneció en el país nueve años (1874-83). Su obra más notable fue Observaciones sobre la vegetación de la provincia de Tucumán.

En Zoología se destacó el holandés Hendrick Weyembergh, que fundó en 1878 el «Periódico Zoológico Argentino», una de las primeras revistas científicas del país.

Con los profesores contratados, las ciencias geológicas recibieron un gran impulso. El minerólogo Alfredo Stelzner, que actuó brevemente entre nosotros (1871-74), realizó largos viajes al noroeste y oeste argentinos, exponiendo sus observaciones sobre la formación geológica de los terrenos estudiados en Comunicaciones sobre la geología y minería en la República Argentina, y fundando con el material recogido el Museo Mineralógico de Córdoba, el primero de esta índole entre nosotros.

Le sucedió en la cátedra Luis Brackebush, que permaneció diez años en la Argentina (1874-84), realizando el primer catálogo de los minerales argentinos. Vuelto a Alemania, publicó en 1891 el mapa geológico de la Argentina.

Para terminar, citemos a Óscar Doering, organizador de la Facultad de Ciencias de Córdoba, que realizó repetidas indagaciones meteorológicas, hipsométricas y magnéticas en, el país y propuso, en 1882, la creación de un Observatorio Magnético Nacional.

El paleófitógrafo Guillermo Bodenbender, durante más de treinta años, realizó numerosas investigaciones de su especialidad, principalmente en las provincias centrales y la región andina.

FUNDACIÓN DE LA ACADEMIA DE CIENCIAS DE CÓRDOBA (1873)

Con el elenco de profesores extranjeros llegados a Córdoba para desempeñarse en la Universidad de San Carlos se fundó, en 1873, una Academia de Ciencias, cuya finalidad fue delineada por su reglamento, redactado por su primer director, Germán Burmeinster, cuyo artículo 1º señala lo siguiente:

«Instruir a la juventud en las Ciencias Exactas y Naturales por medio de lecciones y experimentaciones.

«Formar profesores que puedan enseñar esas mismas ciencias en los colegios de la República.

«Explorar y hacer conocer las riquezas naturales del país, fomentando sus gabinetes, laboratorios y museos de ciencias y dando a luz obras científicas y por medio de publicaciones.»

Como se ve, por esta disposición reglamentaria competía a la Academia una doble finalidad: científica y docente, ya que sus miembros estaban obligados a dictar clases en la Universidad.

Esta dualidad de fines comportó serios inconvenientes, agravados por los numerosos alejamientos de los profesores dedicados a realizar giras de exploraciones científicas, con menoscabo de sus tareas docentes, sin contar la ausencia casi continua de su director, Burmeister, que residía en Buenos Aires en calidad de director del Museo.

Todas estas dificultades llevaron a incorporar la Academia, en 1875, a la Universidad; pero tres años más tarde se le devolvió su autonomía, señalándose como finalidad la investigación científica, quedando el cuerpo docente incluido en la Universidad con el nombre de Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas.

Según el Reglamento de 1878, la Academia debía:

«Servir de consejo consultivo en los asuntos referentes a las ciencias que cultiva el Instituto.

«Explorar y estudiar el país en todas las ramificaciones de la naturaleza.

«Hacer conocer los resultados de sus estudios y exploraciones por medio de publicaciones.»

Estas publicaciones fueron el «Boletín de la Academia de Ciencias Exactas» y las «Actas», que contenían las Obras, memorias, informes, etc., de sus miembros, y cuya aparición comenzó a realizarse, con algunas intermitencias, desde la época misma de Burmeister.

Con este nuevo Reglamento, la actividad de la Academia desplazó el centro de gravedad de los estudios científicos de las ciencias exactas hacia las ciencias naturales, y las numerosas e importantes publicaciones, relacionadas en su mayoría con la fauna, la flora y la gea argentina, ponen de manifiesto la encomiástica labor que desde su fundación viene realizando en el país tan benéfica institución científica.

ALGO MAS….

En la Universidad de Córdoba instaló el primer museo mineralógico de nuestro país, y de regreso a Alemania publicó Beitrdge zur Geologie und Paleontologie der Argentinischen Republik, síntesis de las observaciones efectuadas y de los materiales recogidos durante su permanencia entre nosotros.

Su sucesor, Luis Brackebusch (1849-1908), también realizó importantes estudios geológicos y mineralógicos, siendo autor del primer catálogo descriptivo de los minerales argentinos.

Finalmente, Guillermo Bodenbender (1857-1941) recorrió todo el país, exploró la cordillera y fue el primero, en la Argentina, que se ocupó de la paleofitografía.

Pese a la contribución que la Academia prestó al desarrollo de nuestra cultura científica, no brindó todos los frutos que de ella se esperaban.

En efecto, la misión de formar profesores para la enseñanza secundaria no pudo cumplirla, debido al reducido número de alumnos y a la preocupación científica, que fue fundamental en la Academia; y los profesores contratados no pudieron adaptarse al cumplimiento de la doble misión, científica y docente, que se les había encomendado.

Contribuyó a esto el hecho de que el director de la Academia —Burmeister— residiera en Buenos Aires y los profesores no se avinieran a aceptar su autoridad.

Burmeister Carlos Germán

Burmeister Carlos Germán

Esta situación llevó a separar la Academia de la Universidad y a fijarle nuevos fines. or decreto de 1878 se la denominó Academia Nacional de Ciencias y se le señaló la misión de servir de órgano consultivo al gobierno; explorar y estudiar el país en todas las ramificaciones de la naturaleza, y hacer conocer sus investigaciones por medio de publicaciones.

Fuente Consultada:
Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Loprete – Editorial Plus Ultra
Historia de la Cultura Argentina Parte II de Francisco Arriola Editorial Stella


Las Bibliotecas en la Antigua Roma Historia y Caracteristicas

Historia de las Bibliotecas en la Antigua Roma

La mas destacadas de las aniguas bibliotecas romanas no hay dudas que fue la de Alejandría, ciudad  fundada por el macednoio Alejandro Magno durante sus conquistas hacia el oriente.

En el año 332, Alejandro, después de haber ultimado la conquista de Egipto y de haberse hecho reconocer «hijo de Amón», funda esta capital cuyo florecimiento material y espiritual se prolongará durante toda la Antigüedad. Hasta que cae bajo dominación romana, en el 47 a.C, Alejandría goza de una gran prosperidad económica y desarrolla un importante papel en todos los intercambios que tienen lugar en el Mediterráneo oriental.  Alejandría se convertirá, a partir de entonces, en el gran mercado del libro del mundo antiguo.

Respecto a la historia de esta gran biblioteca puede acceder desde aqui para leer sobre su historia , evolución y final. También describimos sobre sus directores y cientificos que trabajaron e investigaron en ella.

En Roma, como en tantos otros pueblos, primero fueron los archivos y luego las bibliotecas. Más aún, como el genio romano fue esencialmente administrativo y organizador, a lo largo de su historia concedieron mayor atención a aquéllos que a éstas.

Hay noticias antiguas de archivos privados, en los que los comerciantes registraban sus operaciones. Más recientes fueron las primeras bibliotecas privadas, constituidas con los libros que se trajeron de Oriente los generales victoriosos, junto con oro y joyas, esculturas y pinturas y también esclavos cultos, los primeros en organizarías y en utilizarlas.

El primero de todos fue Lucio Emilio Paulo, que ofreció a sus hijos (el menor de los cuales era el que después fue conocido como Escipión el Africano) los libros de la biblioteca del último rey de Macedonia, Perseo, después de derrotarle en Pidna. Detrás vino Sila, que, como hemos dicho, se apoderó en Atenas de los libros de Aristóteles adquiridos por Apelicón; o los que reunió Lucio Lúculo durante sus conquistas en Asia Menor, etc.

Pero sus dueños las abrieron con generosidad a los que deseaban consultarlas y Cicerón, según su propia expresión, devoró los libros de la biblioteca de Sila, que su hijo, Fausto, tenía en su residencia de Cumas.

Aunque en el siglo n a.C. ya circulaban libros latinos, estas primeras bibliotecas estaban constituidas principalmente por obras griegas. Polibio y los mil rehenes aqueos que fueron traídos a Roma después de la batalla de Pidna hicieron posible la célebre sentencia horaciana: Graecia capta ferum victorem cepit, «Grecia vencida venció a su fiero vencedor».

También fueron importantes en este sentido las charlas que Crates, director de la biblioteca de Pérgamo retenido en Roma una larga temporada a causa de un accidente, dio allí con notable éxito.

Así se explica que las bibliotecas públicas que se construyeron después en Roma se inspiraran en la de Pérgamo. Situadas junto a un templo, constaban de una sala para depósito y un pórtico para leer, paseando, en voz alta, todo adornado con pinturas y bustos de escritores célebres. Por lo que se refiere al contenido, estaban divididas en dos secciones, a veces con edificios diferentes, destinadas respectivamente a los libros latinos y a los griegos.

César, que había vivido en Alejandría, quiso dotar a Roma de una gran biblioteca pública con secciones griega y latina y encargó de reunir y ordenar los libros a Marco Terencio Varrón, autor de uno sobre bibliotecas, De bibliothecis III, citado por Plinio y que contenía información tan equivocada como la referida anteriormente sobre la invención del pergamino o la de que el papiro fue usado para escribir sólo después de la conquista de Egipto por Alejandro Magno. Pero César no consiguió ver convertido en realidad su proyecto a causa de su precipitada muerte.

También el archivo central de Roma, el Tabularium, construido el año 79 a.C, se adelantó a la primera biblioteca pública romana, que se debió a C Asinio Polión, general, orador, historiador y poeta, amigo en su juventud de Catulo y en su madurez de Horacio y de Virgilio, que, en frase de Plinio el Viejo, ingenio hominum rem publicam fecit, «puso al servicio de todos las creaciones de los hombres». Situada en el Atrio de la Libertad, tenía, al decir de San Isidoro, las dos secciones (griega y latina).

Por sugerencia de Augusto, que fue aficionado a propuestas de esta naturaleza, empleó en su fundación el botín que había conseguido en la campaña de Iliria (39 a.C). Introdujo en Roma lo que después fue costumbre generalizada, decorar la biblioteca con bustos de escritores fallecidos, aunque hizo una excepción en honor de Varrón, cuyo busto colocó en vida de éste.

Otra excepción fue hecha por T. Pomponio Ático colocando en su biblioteca el busto de su amigo Cicerón frente al de Aristóteles.

Al mismo tiempo Augusto creaba en Roma dos grandes bibliotecas, con sus correspondientes secciones latina y griega. Una (33 a.C.) en el campo de Marte, llamada comúnmente Pórtico de Octavia, por la hermana de Augusto, pues estaba dedicado a un hijo suyo, Marcelo. La otra (28 a.C.) en el Palatino, junto al templo de Apolo.

La primera biblioteca estaba en uno de los conjuntos arquitectónicos más amplios y bellos de Roma, en un espacio de 18.000 metros cuadrados cerrado por una doble columnata, en cuyo centro se levantaban dos templos dedicados, respectivamente, a Júpiter y a Juno, y dos amplias salas (curia y schola) para reuniones políticas la primera y para simples encuentros y conversaciones la segunda.

Su primer bibliotecario fue Gayo Meliso, liberto y profesor de Mecenas y autor dramático. El templo de Apolo y la biblioteca se erigieron, en un espacio similar al de la Biblioteca del Campo de Marte, en memoria de la batalla de Actium en la que Octavio derrotó a Marco Antonio, y contaba, como el templo de Atenea y la biblioteca de Pérgamo, con un gran pórtico, retratos de escritores célebres y una colosal estatua de Apolo.

plano de una biblioteca roma antigua

Plano del Pórtico de Octavia

planta de biblioteca romana

Plano del Foro de Trajano-Biblioteca Ulpia

Los libros de la última fueron reunidos por Pompeyo Macer, si bien el director fue C. Julio Higinio, español y liberto de Augusto y uno de los más importantes filólogos de su tiempo. Escribió sobre agricultura, historia, religión y arqueología y fue amigo de Ovidio.

Precisamente esta amistad le costó perder la protección de Augusto y murió en la miseria.

Tiberio creó una biblioteca pública en Roma junto a su palacio. Vespasiano hizo otra junto al templo de la Paz. Más importante que ambas fue la establecida por Trajano (113 d.C.) y por ello fue llamada Ulpia, rival de las de Alejandría y Pérgamo.

interior de la biblioteca de Ulpia en Roma antigua

Estaba situada al fondo del foro de Trajano, entre la Basílica Ulpia y el Templo del Divino Trajano. Constaba de dos edificios, uno para cada una de las secciones, de unos 450 metros cuadrados cada uno, y en medio estaba la célebre columna Trajana, simbólico y monumental rollo describiendo las guerras dacias. En ella se conservaban numerosos documentos públicos, por lo que es probable que fuera, además, archivo histórico.

A pesar de que las bibliotecas eran presa fácil del fuego y muchas perecieron en incendios, en tiempo de Constantino había en Roma veintiocho.

Por ser bastantes las bibliotecas sostenidas por los emperadores, dentro de Roma y fuera de la urbe, como la de Alejandría, Tiberio creó el cargo de procurator bibliothecarum, «director general de bibliotecas», a cuyas órdenes estaban los bibliotecarios que trabajaban en cada una de ellas.

Al principio el cargo fue ocupado por un liberto afecto a la casa imperial, pero pronto, en la segunda mitad del propio siglo primero, los nombramientos se reservaron para personas pertenecientes al orden ecuestre, lo que indica que el sueldo y la categoría eran elevados.

Entraba el puesto en el cursus honorum o carrera administrativa, aunque para conseguirlo no se precisó el servicio militar previo. Fueron seleccionadas personas con buena formación administrativa e intelectual. En ocasiones fue promovido a él el director de la Biblioteca de Alejandría.

El primer nombrado fue Julio Papo, amigo de Tiberio, que era ciudadano romano de origen griego, y el más famoso fue el historiador C. Suetonio Tranquilo, amigo de Plinio el Joven, con el que estuvo en Bitinia, que llegó a secretario de Adriano, pero que perdió su favor a causa de la emperatriz y fue desterrado a la isla de la Gran Bretaña.

En el siglo III desapareció el cargo y cada biblioteca tuvo a su frente un director. Los emperadores, retenidos por las continuas guerras, no paraban en Roma y no pudieron demostrar interés por las bibliotecas, si alguno lo tuvo.

En el siglo IV, trasladada la capital a Constantinopla, la decadencia fue mayor y Amiano Marcelino habla de las bibliotecas romanas cerradas como tumbas.

No hubo una doctrina bibliotecaria aunque sabemos cuáles eran las obligaciones de un buen bibliotecario, el del emperador Diocleciano, que disponía de una gran biblioteca en su capital Nicomedia.

Las describe el obispo Theonas de Alejandría, que vivió a fines del siglo III, en una carta a Luciano, secretario del emperador: conocer y mantener ordenados los libros, buscar copistas escrupulosos y hombres cultos para corregir su trabajo; reparar los libros deteriorados y no encargar, salvo orden expresa del emperador, ejemplares lujosos sobre pieles de púrpura; sugerir a su señor los libros que debe leer personalmente o escuchar su lectura y comentar en su presencia aquellos que pueden serle útiles en su gobierno más que los que simplemente puedan deleitarle.

El funcionamiento de las bibliotecas dependió de los gustos de los emperadores. Los edificios y las colecciones fueron pequeños porque era poca la demanda de lectura pública, ya que los romanos preferían trabajar, aislados y tranquilos, en sus bibliotecas privadas o en las de los amigos y sólo acudían a la biblioteca pública en busca de un libro raro, que normalmente retiraban en préstamo.

A veces se alojaron en edificios construidos con otra finalidad principal, como templos o simples lugares de concurrencia ciudadana, como basílicas y baños.

No fueron las bibliotecas romanas una parte importante de las instituciones educativas, ni muy frecuentadas por los escritores. Tampoco los bibliotecarios se creyeron en la obligación de fijar, jerarquizar y conservar la literatura romana para las generaciones futuras, como hicieron los de la Biblioteca de Alejandría.

Las librerías y las bibliotecas depositaban los libros en estanterías, llamadas plutei y, si estaban fijas a las paredes, pegmata. Los huecos que formaban los elementos verticales y horizontales recibían por asociación de imágenes el nombre de nidos, nidi, y foruli y loculamenta, por su parecido a las celdillas de un panal.

También se usaron armarios, armaría, para guardar libros y su uso se generalizó cuando el códice fue sustituyendo al volumen o rollo, pues el armario era conveniente para guardar los dos tipos de libro.

Las bibliotecas privadas se generalizaron en todo el imperio en el siglo I d.C, como puede advertirse, por ejemplo, en las bibliotecas descubiertas en las excavaciones recientes de Timgad, en el norte de África, y en Herculano en el siglo XVIII.

Las excavaciones realizadas en esta última ciudad que juntamente con Pompeya quedó sepultada por las cenizas de la erupción del Vesubio en el año 79 d.C, pusieron al descubierto cerca de 1.800 fragmentos y rollos de papiros carbonizados.

La mayoría se encontraron en la casa, hoy llamada Villa dei Papiri, que, al parecer, fue de L. Calpurnio Pisón, suegro de César, y constituían una biblioteca filosófica en la que predominaban obras en griego de Epicuro y de su seguidor Filodamo de Gadara.

Con gran habilidad y paciencia pudieron leerse algunos rollos, no sin grandes dificultades, que todavía no han sido superadas, pues no ha podido encontrarse un procedimiento satisfactorio para desenrollarlos. Se conservan en la Biblioteca Nacional de Nápoles, menos algunos que fueron llevados a la Biblioteca Bodleiana de Oxford.

Cicerón habla de su biblioteca en Roma y de la que tenía en su casa de Ancio, donde veraneaba, pues era corriente entre los ricos romanos tener una biblioteca en cada una de sus mansiones principales.

Por él sabemos algo de la biblioteca de su amigo Tito Pomponio Ático y por otros documentos conocemos los nombres de otros propietarios de bibliotecas privadas, como el poeta Aulo Persio Flaco, que dejó en su testamento 700 volúmenes a un amigo, o como Epafrodito, que, según la Suda, llegó a reunir en su biblioteca 30.000 volúmenes, o como el tutor del emperador Gordiano, Serenio Samónico, que legó a aquél 62.000 volúmenes.

Realmente pocos fueron los ricos o los miembros distinguidos de las profesiones liberales (abogados, médicos, retores) que no poseyeron una de mayores o menores dimensiones.

Esta moda llegó a irritar a Petronio, que en el Satiricón muestra a Trimalción ignorante y presumiendo de sus numerosos libros, y aún más a Séneca. Éste en su ensayo De tranquillitate animi arremete contra los ricos romanos que llenaban sus viviendas de libros que no leían:

«El gasto en los estudios, que es el mejor de todos, sólo es razonable dentro de ciertos límites. ¿Qué utilidad tienen esos innumerables libros y bibliotecas de los que sus dueños a duras penas pueden leer en toda su vida los títulos?.

El excesivo número no instruye, antes bien supone una carga para el que trata de aprender y es mejor entregarse a unos pocos autores que perderse entre muchos. Sucede con muchas personas ignorantes de lo más elemental que tienen los libros para adornar sus comedores, en vez de como medios para aprender. Ténganse los libros necesarios, pero ni uno solo para exhibición.

Claro que se puede decir que es preferible gastarse el dinero en libros que en vasijas corintias o en cuadros. Siempre es malo cualquier exceso. ¿Por qué disculpar al que desea estanterías de madera rica y marfil, al que busca las obras de autores desconocidos y no buenos y al que bosteza entre tantos miles de libros porque le agrada muchísimo ver los lomos y los títulos de su propiedad? Verás en las casas de los más perezosos las estanterías llenas hasta el techo con todas las obras de los oradores y de los historiadores.

Pues hoy, como la sala de baños, la biblioteca se considera un ornamento necesario de la casa. Todo ello se podría perdonar si se debiera a un gran amor a los estudios, mas, realmente, estas colecciones de las obras de los más ilustres autores con sus retratos se destinan para el embellecimiento de las paredes.»

Luciano de Samosata, un siglo después, compara a un ignorante propietario de libros con un burro que mueve las orejas al oír la lira.

De toda formas, las bibliotecas privadas fueron útiles a los amigos e invitados del dueño y especialmente a los esclavos de la casa, entre los que no faltarían personas cultas, a los que les correspondía actuar de secretarios, de bibliotecarios y de profesores. Además, con frecuencia, los propietarios eran realmente cultos e incluso algunas bibliotecas respondían a la formación y especialización de sus dueños, como la citada de Herculano, que sólo contenía fondos filosóficos y fundamentalmente de una escuela.

No faltan, por otra parte, referencias a las facilidades que algunos autores encontraron en bibliotecas públicas y privadas para la composición de sus obras.

Tal importancia alcanzó la biblioteca en la vida de los romanos que el arquitecto Vitruvio en su libro se refiere a ellas varias veces. Dice que las casas de las personas principales han de contar con vestíbulos, atrios, patios muy amplios, jardines, paseos, pinacotecas y bibliotecas porque con frecuencia en ellas se celebran reuniones. Recomienda que las pinacotecas se orienten al norte y las bibliotecas al este, lo mismo que los dormitorios, porque requieren luz matinal y porque los libros no se echan a perder tan fácilmente, pues todo lo que mira al sur o al poniente se estropea por la polilla y la humedad.

Naturalmente, las bibliotecas públicas proliferaron por todas las ciudades del imperio, según sabemos por noticias escritas o por hallazgos arqueológicos. Fueron fundadas unas veces por las autoridades locales, otras por generosos ciudadanos, como Plinio el Joven en su ciudad natal, Como, y otras, por los propios emperadores, como la creada por Adriano en Atenas, o las que donaron Trajano y Diocleciano a Antioquía y Nicomedia, respectivamente.

Aunque no nos han llegado noticias de ellas, frente a las bibliotecas hechas con fines de ostentación o a las de los ricos aficionados a la literatura y a la filosofía, tuvo que haber, dado el carácter práctico del genio romano, otras que podíamos llamar profesionales, cuya existencia se puede deducir, además, de la pervivencia de algunos títulos de obras técnicas.

Un primer puesto debieron ocupar entre los profesionales del foro, las obras jurídicas, cuyo número fue tan crecido que cuando Justiniano ordenó la célebre refundición de las disposiciones legales, los encargados de hacerla tuvieron que leer 2.000 obras diferentes.

La medicina tenía una literatura propia desde los tiempos de Hipócrates y las obras de éste, de Galeno, de A. Cornelio Celso y de Dioscórides, por citar sólo unos pocos grandes nombres, no pudieron faltar en las casas de los médicos importantes.

También existió un gran interés por la agricultura a causa de la fuerte tradición campesina del pueblo romano y por la afición que se despertó más tarde, entre aristócratas y ricos, por vivir en fincas campestres. Lo mismo por las obras públicas y debió de ser grande el número de libros entre ingenieros, arquitectos y militares sobre construcción de edificios, caminos, puentes, acueductos, presas, puertos, etc., y sobre técnica y arte militar.

Las primeras bibliotecas cristianas: Antes de cerrar este apartado será conveniente dedicar dos palabras a las primeras bibliotecas cristianas que existieron en el Imperio Romano, antes de comenzar la Edad Media.

A principios del siglo iv el Imperio Romano sufrió un cambio radical, que tuvo repercursiones de todo tipo y entre ellas las que afectaron a las formas culturales en general y al libro y las bibliotecas en particular. Todo empezó con el llamado edicto de Milán (313), disposición de Constantino y Licinio por la que devolvían a los cristianos los bienes que les habían sido incautados y se declaraba la libertad de cultos.

A partir de estos momentos el libro y las bibliotecas cristianas recibieron protección oficial, pudieron actuar a la luz del día y alcanzaron un creciente desarrollo frente a la decadencia continuada en que fue cayendo la cultura pagana.

Pero antes de esta fecha las comunidades cristianas sintieron necesidad de libros para sus celebraciones religiosas, en las que se leían textos sagrados de carácter formativo, edificante y disciplinario. Su número fue creciendo, aunque en relación siempre con la importancia de la comunidad o con el amor a los libros que sintieron sus jefes.

A finales del siglo ni, las comunidades, en general, poseían bastantes libros, que fueron destruidos, cuando fueron encontrados, durante la gran persecución ordenada por Diocleciano.

Tan importante fue para su actividad el libro, que acabaron cambiando su forma al optar por una nueva, el códice, que terminó formado por hojas de pergamino, en vez de las primitivas tabletas enceradas y las posteriores hojas de papiro.

En las modestas iglesias primitivas, la biblioteca, como la sacristía, se reducía a sendos armarios colocados en el ábside y embutidos con frecuencia en el muro. En uno se guardaban los libros y en el otro los vasos y ornamentos sagrados.

La protección de Constantino a la Iglesia cristiana quedó clara cuando no permitió que en la nueva capital, Constantinopla, por él creada en el lugar que ocupaba la antigua ciudad griega de Bizancio, junto al Bosforo, se establecieran cultos paganos.

Construyó grandes templos cristianos y, preocupado por la falta de libros religiosos, escribió a su consejero Eusebio de Cesárea encargándole la confección de 50 códices de las Divinas Escrituras, escritos en pergamino de primera calidad, que pudieran leerse fácilmente. El encargo se hizo y los ejemplares se confeccionaron en dos tamaños, unos en terniones, los de gran tamaño, y otros en cuaterniones, los de tamaño menor.

Naturalmente, no se ha conservado ninguno de estos códices, pero de su forma podemos darnos una idea con el Códice Sinaíti-co, adquirido hace medio siglo a las autoridades soviéticas por el British Museum, que contenía el Antiguo y Nuevo Testamento. Lo encontró, a mediados de la pasada centuria, cuando parte de sus hojas estaban en una cesta como papelote, el profesor ruso Constantino Tischendorf.

Está escrito sobre pergamino con letra uncial, unas páginas a dos columnas y otras a cuatro, y parece ser de la segunda mitad del siglo IV. Similares a él son otros viejos códices denominados Vaticano, Alejandrino y Serraviano, que contienen el Antiguo Testamento.Constantino creó una gran biblioteca, con el doble carácter de latina y griega que tenían las bibliotecas establecidas anteriormente en Roma. Tuvo un rápido crecimiento, fue consumida por el fuego al siglo y medio de su existencia, cuando contenía, según algunas informaciones, más de 100.000 volúmenes, y rápidamente restaurada.

Otro emperador, Constancio, creó, hacia el 356, una gran biblioteca con su correspondiente escritorio para la escuela de enseñanza superior que para las enseñanzas seculares existía en Constantinopla, donde no se enseñaba teología, sino literatura, ciencia y filosofía, pues su finalidad era la formación de los futuros funcionarios. Había en ella una variadísima colección de obras clásicas de primera categoría y también de otros muchos escritores no tan importantes

Son pocas las bibliotecas cristianas de que tenemos noticias concretas. Por ejemplo, de la que formó en la primera mitad del siglo ni en Jerusalén su obispo Alejandro, que fue utilizada por Eusebio de Cesárea para su Historia Eclesiástica.

Más importante, al parecer, fue la que a finales de esa centuria reunió en Cesarea de Palestina el discípulo de Orígenes, Panfilo, hombre, según San Jerónimo, cuyo interés por la creación de su biblioteca puede compararse con el de Demetrio de Falero y de los Pisístrato. Su fama no descansó tanto en la cantidad de obras que poseía como en la calidad de algunas.

En esta biblioteca se conservaba quizá el original hebreo del Evangelio de San Mateo y la mayoría de las obras de Orígenes. Allí acudió San Jerónimo para consultar estas últimas y especialmente colacionar la Hexapla, edición del Antiguo Testamento hecha por Orígenes, con el texto, y de ahí el nombre, dispuesto en seis columnas.

Las dos primeras contenían el texto hebreo, una en caracteres hebreos y otra transcrita en caracteres griegos. Las cuatro restantes daban las versiones griegas más famosas: Aquila, Símaco, LXX y Teodoción.

San Agustín en su lecho de muerte (430) recomendó que la biblioteca de la Iglesia de Hipona fuera conservada por sus sucesores. También tenemos noticias, por haber trabajado en él San Jerónimo, del Archivum construido en Roma por el papa San Dámaso (366-384) y adornado con pórticos, como las bibliotecas romanas, cuyo destino principal fue la custodia de los documentos pontificios, pero en el que estarían depositadas obras religiosas y literarias valiosas. Como es natural, en las bibliotecas cristianas como ésta, los retratos representarían, más que a los grandes escritores paganos, a los Padres de la Iglesia.

Esta breve enumeración no supone un balance de todas las bibliotecas que tuvieron los cristianos, pues biblioteca propia y grande como la de San Jerónimo y San Agustín debieron de poseer otros famosos escritores.

Precisamente San Agustín cuenta en sus Confesiones que una vez que fue a visitar a San Ambrosio lo encontró leyendo en su biblioteca y quedó sorprendido porque leía en voz baja. También debieron de tener biblioteca escritores de la Iglesia oriental como Clemente de Alejandría, San Basilio, San Juan Crisóstomo y los dos San Gregorio, Niceno y Nacianceno, en Oriente.

Fuente Consultada:
Historia de las Bibliotecas – Biblioteca del Libro –  de Hipólito Escolar – Capítulo 4 – Fundación Germán Sanchéz Ruiperez

Bibliografía Utilizada por el Autor:
Bruce, Lorne D.: «The Procurator Bibliothecarum at Rome», The Journal of Library History, Spring, 1983.
Bilke, O. A. W.: Román Books and their Impact, Leeds, 1977.
loberts, C. H.: «The codex», en Proceedings of the British Academy, 1954.
rurner, Eric G.: The Typology of the Early Codex, Philadelphia, 1977.

 

Historia de la Universidad de Oxford y Cambridge Origen de los Colegios

HISTORIA DE LA FUNDACIÓN DE LA UNIVERSIDAD DE OXFORD Y CAMBRIDGE

La vieja Oxonium
En el siglo IX, la ciudad se llamó Oxonium, y tuvo su origen en un monasterio. En el siglo X, el raro nombre se había transformado en Oxenaford; en el XI era ya Oxeníord y luego Oxford. El significado originario es «Vado de los Bueyes».

En días remotos, Oxford había formado parte del reino de Wessex, y sus murallas constituían la más firme defensa del valle superior del Támesis. Durante la conquista normanda, fue asaltada la fortaleza de Oxford por las huestes de Guillermo el Conquistador. En 1071, Roberto d’Oilgy fundó, en torno al antiguo monasterio, un pequeño burgo que había de convertirse en una de las ciudades más hermosas del Reino Unido. Por algún tiempo residieron allí los reyes de Inglaterra… Fue hacia el 1133 cuando se reunió en Oxford un núcleo de hombres anhelantes de saber y conocer que dieron origen a la futura universidad.

Más adelante, en 1167, según dice Juan de Salisbury, «Francia, la más civilizada de las naciones, expulsó a todos sus estudiantes extranjeros». Casi al mismo tiempo, Enrique II de Inglaterra prohibió a los clérigos ingleses cruzar el canal; las cláusulas del «edicto» eran terminantes. «El Rey desea — decía una de ellas — que todos los escolares sean obligados a volver a su país, so pena de ser privados de sus beneficios.» Arrojados, pues, de Francia, y llamados por Inglaterra, los estudiantes ingleses regresaron a su patria. Casi todos venían de París. Casi todos fueron a parar a Oxford.

Universidad de Oxford

Schoía Secunda Ecclesiae
Antes de esta inmigración, efectuada en 1167, ninguna escuela inglesa estaba reconocida como studium generale. Después de 1168 se encuentran múltiples referencias al Studium de Oxford, que en consecuencia se supone creado por los estudiantes llegados de París y refrendado por la autoridad real. Y en 1257 se habla ya de la primera universidad inglesa, como de la Schola Secunda Ecclesiae, o sea de la segunda escuela del mundo, la que no reconocía sino una escuela primera: la de París. En esta época del primer florecimiento reuníanse en Oxford unos 3.000 escolares y maestros, si bien este número no era permanente.

Los colegios
Los colegios — Colleges — o mansiones residenciales de los estudiantes dan su característica, y aun su razón de ser, a la universidad británica. El origen de los colegios es, en Oxford, el mismo que en todas las viejas universidades. La precaria situación de los estudiantes pobres inspira la creación de los chests universitarios, o fundaciones de beneficencia; los halls o residencias, autorizados por las dignidades universitarias, toman pronto tal incremento, que absorben la auténtica misión de la universidad.

Los de más antigua fundación fueron el de la Universidad, creado por Guillermo Durham en 1249; el Balliol, fundado por Juan Balliol — padre del rey de Escocia de igual nombre— hacia 1263, y el Merton, organizado por Walter de Merton en 1264.

El fundador de este colegio instituyó también los Estatutos de su organización, original concepción de la educación universitaria tan bien acordada con la mentalidad inglesa, que los Estatutos de Merton fueron adoptados en todos los colegios de Oxford y de Cambridge.

La Universidad de Oxford fue calcada en la de París; pero Oxford, en los siglos XII y XIII, no era sede episcopal, por lo que el obispo de la diócesis debió nombrar —hacia 1214— su canciller, quien tenía por misión regir elstudium y conferir los grados. Este representante del obispo y jefe de la Universidad era elegido por los maestros. Los rectores — después procuradores — eran los representantes de la facultad de Artes y de toda la Universidad.

Luchas Civiles y Decadencia
Durante el período de la Reforma —siglo XVI—, la Universidad de Oxford — como la de Cambridge — hubo de sufrir la confiscación de sus tierras y rentas, si bien la influencia del Renacimiento, las enseñanzas de Erasmo y las figuras de Colet, Grocyn y Linaere dieron días de gran esplendor a la Universidad de Oxford.

Mas al estallar la revolución inglesa, y con ella la consiguiente guerra civil, Oxford se distinguió por su decidido apoyo a los realistas. Reclutado el ejército de las Cabezas Rapadas por el Parlamento, parapetado en Westminster, el rey Carlos estableció su corte en Oxford, adonde le acompañaron ochenta y ocho miembros de la Cámara de los Lores (la mayoría) y sesenta y cinco (una minoría) de los Comunes.

Perseguido de cerca por el ejército puritano al mando de Cromwell, Carlos I estableció su cuartel general en el Colegio de la Magdalena («Magda-len’s College»), cuyos gobernantes le dieron todo el oro, plata y cobre de la institución, así como todas sus alhajas, para que pudiese fundir armas. A pesar de ello, Cromwell tomó el colegio y pasados los días, decapitado el monarca, triunfantes los puritanos y en vigor la transitoria «Commonwealth», esta significación realista de las universidades desató contra ellas la malquerencia de los puritanos.

Guillermo Dell llegó a proponer al Parlamento la abolición de las dos universidades inglesas, cuyos métodos resultaban anacrónicos, y el establecimiento de escuelas de enseñanza superior por todo el país. La firmeza del propio Cromwell, erigido canciller de Oxford, salvó a la Universidad.

Sin embargo, la acusación formulada por Dell no carecía de fundamento. Los estatutos por que se regían Oxford y Cambridge eran viejísimos. La formación de una escuela de Matemáticas, en Oxford dio lugar a un renovado florecer; mas, al empezar el siglo pasado, la disciplina se encontraba relajadísima y la organización ceñida por fórmulas arcaicas. Dijérase inminente la decadencia del espíritu de Oxford.

Sólo en el año 1850, el Gobierno británico aumentó y reorganizó el profesorado, y se le dotó con cierta esplendidez, merced a las contribuciones de los colegios, siempre el más poderoso elementó de la organización universitaria. A su vez los College se emanciparon de sus anacrónicos estatutos medievales, recibiendo constituciones nuevas. Se trató de suprimir los privilegios, aumentando el número y la cuantía de las becas. Se desterraron las vejaciones y juramentos tradicionales.

Una reforma posterior admitió en la Universidad a alumnos no adjuntos a los colegios (non adsaipti) llegando a contar la Universidad de Oxford, al terminar el siglo pasado, con unos 3.000 miembros entre profesores y estudiantes. Se iniciaba entonces el potente renacer, ahora confirmado.

Oxford actual
Hoy como ayer, integran la famosa universidad inglesa los miembros de los veintiún colegios y cinco salas o «halls». El organismo superior de la Universidad es la «House of Convocation», compuesta de 6.528 miembros y a la que pertenecen todos los Magistri Artium. Mediante el pago de una modesta cuota anual, los magistri, allí donde se encuentren, mantienen su relación con la Universidad, en cuyos registros constan todos sus nombres.

Los alumnos deben sufrir un examen de ingreso para entrar en la Universidad. Tres o cuatro años de estudios y tres exámenes conducen al grado de bachiller. Para obtener la nota denominada with honours (con honores: honorífica) es necesario someterse a diferentes exámenes de Humanidades (Latín, Griego, Lógica y Filosofía), Matemáticas, Ciencias Naturales, Ciencias Jurídicas. Teología, Lenguas orientales. Inglés y Lenguas modernas. Tres o cuatro años más de estudios y el pago de ciertos derechos — ahora sin examen — dan acceso al grado de Magisfer. Otros grados y prerrogativas exigen nuevos exámenes especiales. Los ingresos de la Universidad de Oxford ofrecen a ésta la posibilidad de financiación y, además, la realización de otros trabajos.

Los colegios o Colleges siguen siendo el eje de todo el vasto mecanismo universitario. Son los tres más antiguos el «University College», el «Balliol» y el «Merton»; el más moderno es el «Hert-ford College», fundado en 1874; el más importante, el «Christ Church College», fundado por el cardenal Wolsey en 1532.

El de la «Magdalena», de histórica reminiscencia y famoso por su torres y sus jardines, data del año 1458. El «New College» o «Colegio Nuevo» fue fundado en 1380 por Wikeham; «All Souls» data de 1437; «Brasenose», de 1509; «Corpus Christi», de 1526; «Jesús», de 1571; «Oriel», del año 1326; «Lincoln», de 1427; «Queen’s», de 1340; «St. John’s», de 1555; «Trinity», de 1554; «Wadham», de 1612; «Pembroke», de 1624; «Worcester», de 1714, y «Keble», de 1870.

Como puede verse por todas estas fechas, los colegios de Oxford representan siete siglos, de los que no pasa uno sin levantarse alguna nueva fundación. Hay varios institutos de carácter privado (además del antiquísimo «St. Edmund-Hall»), y completan el cuadro cuatro colegios destinados únicamente al alumnado femenino: «Lady Margare! College», «Sommerville Hall», «St. Hugh’s Hall» y «St. Hilda’s Hall».

La influencia espiritual de Oxford no es limitada por las murallas de su recinto ni por el abrazo con que el mar ciñe las islas de Britania. Unidos en la labor fecunda a Oxford están «St. David’s College», de Lampeter; «University College», de Nottingham; «Firth College», de Sheffield; «Reading College», de Southampton, y las universidades de Kapstadt, Sydney, Calcuta, Lahor, Bombay, Adelaida, Madras, Melbourne, Nueva Zelanda, Allahabad, Toronto, Tasmania, Malta y Nueva Brunswick entre otras muchas. ¿Puede imaginarse más poderoso y vasto imperio intelectual?

Bibliotecas. Museos. Imprenta
La biblioteca de Oxford, denominada Biblioteca Bodleyana, abierta al público en el siglo XIV por Richard Bury, enriquecida en 1440 por Humphray y en 1697 por Tomás Bodley, contiene un millón de volúmenes, cuarenta mil manuscritos y cincuenta mil monedas. Hay que añadir a este importante monumento la institución Taylor, fundada en 1847 para la enseñanza de las lenguas modernas, y la Biblioteca creada en el año 1714 por Radcliffe.

Los Museos y Galerías de la Universidad guardan maravillosos tesoros artísticos; entre ellos muchos originales de Rafael y Miguel Ángel. (En relación con ellos está la Escuela de Arte fundada en 1872 por Ruskin.) El «Ashmolean Museum» contiene notabilísimas curiosidades, y el «Universitary Museum» encierra importantes colecciones de Historia Natural. Completan dignamente este cuadro dos observatorios, un Jardín botánico, el «Seldhonian Theatre» y la imprenta o «Claréndon Press».

La imprenta de Oxford es una de las más antiguas e importantes del mundo. Fue fundada a base de caracteres llegados de Colonia, hacia el año 1478. De esta época datan incunables, como los «Comentarios de San Jerónimo al Símbolo de los Apóstoles» y la oración Pro Milone, de Cicerón.

La tarea editorial de la Universidad de Oxford ha sido magnífica. A partir del año 1665 se imprimieron en ella los veintitrés primeros números de la «Oxford Gazette», el diario más antiguo de Inglaterra. En 1674 comenzó la publicación del «Almanaque de Oxford», que sale a luz todavía Oxford se asienta en Cambridge. Algún tiempo después se establecieron en la ciudad los franciscanos y medio siglo más tarde los dominicos.

El hecho de conferirse grados en Oxford y Cambridge a los miembros de las órdenes mendicantes, cosa que no hacían las otras universidades, tuvo gran importancia en la vida de las universidades inglesas.

Parece ser que la situación de Cambridge tuvo gran influencia en la fundación de su universidad. «Cambridge fue en algún tiempo un importante centro puente de comunicación —dice míster Stephen Gaselee, C. B. T., ex alumno y ex profesor de esta universidad —, puesto que era el único camino de paso desde los puertos del este de Inglaterra a las ricas ciudades comerciales del interior.

Estos distritos estaban separados por una larga faja de terreno pantanoso y selvático, y el puente que cruza el río Cam era la única vía comercial entre la Inglaterra oriental y la central. No es, pues, de extrañar que esta vía de paso fuera elegida por predicadores espontáneos y conferenciantes errabundos como centro de sus actividades y que surgieran allí escuelas de gramática y de teología.»

Fuentes Consultadas: Enciclopedia UNIVERSITAS Tomo 17 Salvat