Biografia de Browning Robert

Biografia de Tennyson Alfred Historia, Vida y Obra del Poeta

Biografia de Tennyson Alfred Historia, Vida y Obra del Poeta

Alfred Tennyson (1809-1892), poeta inglés, una de las figuras más representativas de la época victoriana. En sus obras cultivó distintos estilos poéticos, creando algunos de los más bellos poemas líricos de la lengua inglesa.

El Dr. Tennyson era el párroco de Somersby, hombre imponente, física y moralmente. Educó a sus hijos y cultivó sus cerebros en una atmósfera de apacible refinamiento, lejos de toda distracción mundana. Desde su infancia, demostró Alfred una imaginación prolífica y brillante.

Recibió su educación en un salón donde la afabilidad y la cordura eran los caminos mayores, y donde los instintos de rebeldía eran tabú.

En 1827, Tennyson ingresó en el Trinity College de la Universidad de Cambridge, institución que este muchacho no aceptaba… «No nos enseñan nada, no nutren nuestros corazones» , decía a menudo.

Biografia de Tennyson Alfred Historia, Vida y Obra del Poeta
Entre algunas se sus obras, se encuentran la conmovedora prosa acerca del amor y el sacrificio de Enoch Arden (1864), los dramas históricos La reina María (1875), Harold (1876) y Becket (1884), la poesía de Baladas y otros poemas (1880), Tiresias y otros poemas (1885), Deméter y otros poemas (1889) y La muerte de Oenone y otros poemas (publicado póstumamente, en 1892).

A los veinte parecía un semidiós, de alta e imponente figura, rostro y frente nobles, torso poderoso, miembros largos, y regio empaque. Rara vez hablaba ante extraños.

Su partida de Cambridge fue de gran felicidad, partió de allí, confiado y sonriente, hacia las avenidas del futuro. Pero la placentera rutina de su vida había de sufrir una brusca interrupción. Un mes después del regreso a la casa paterna, al penetrar en el estudio del padre. . . hallóle muerto.

Los días en que el dolor era más punzante, Alfred discurría sobre el misterio de la muerte con su amigo y compañero de estudios e ideales, Arturo Hallam.

Arturo fue a pasar las vacaciones a Viena. Escribía asiduamente a Tennyson cartas maravillosas hablándole de las galerías de cuadros de esa ciudad, de sus Giorgione, sus Rafael y sus Ticiano. Pero un día no llegó carta del amigo. En su lugar, un billete del padre de Arturo. «Señor, su amigo, Arturo Hallam, ya no. . . existe.»

Otro duro golpe para Tennyson que estaba sentado a la mesa… ¿Cómo puede decirse ya no existe? «El dedo de Dios le ha rozado y le ha dormido.»

Llevó a su madre y al resto de la familia a vivir en una mansión de Epping Forest. Allí, sentado a orillas del estanque, rodeado de frondoso parque, decidió bucear en lo más recóndito de sus pensamientos.

Su físico soberbio le hacía cultor apasionado del deporte. En verano daba largas caminatas por los bosques umbríos, y en invierno patinaba en el lago con gran habilidad.

Con severa determinación grabó en esa etapa el sello de su futura poesía: «Amordazado el tigre enfurecido, y muerta la serpiente de la pasión».

Pero ya a la segunda tentativa su lira halló eco «en miles de corazones sensibles». Tenía treinta y tres años cuando publicó la colección de versos que incluía Ulysses, Morte d’Arthur, Lancelot and Guinevere y The Lady of Shalott, poemas legendarios de un pasado redivivo,

Carlyle, Fitz Gerald, Spedding —en verdad todos los críticos y amigos—, se sorprendieron ante su notable adelanto. Y Emerson, en América, no titubeó en elogiarlo con excelente crítica.

En la Inglaterra victoriana el «sexo débil» tenía ante la ley menos atribuciones que el hombre y el marido consideraba a la mujer punto menos que un inmueble de su propiedad. Tennyson escribió La princesa, poema en el que se anticipó a la Casa de muñecas, de Enrique Ibsen, y en el que abogaba por la independencia espiritual e intelectual de la mujer en la sociedad matrimonial.

A menudo, el poeta se volvía a los problemas religiosos que tantos nubarrones aportaban a las tormentas de aquellos días. Repetidas veces había visitado la tumba de Arturo Hallam, próxima a donde el mar se estrellaba «contra las piedras grises».

Allí frente a las olas y bajo el azul infinito oyó «los suaves y dulces acordes» de una elegía. Llevó al papel esa música, que tituló In memoriam, «rememorando a Arturo como a él le hubiera gustado que le recordase».

A Tennyson le resulta inconcebible que persona alguna, Arturo en su caso, dotado de la chispa de la inteligencia y del aliento de la vida, pudiera tan de repente esfumarse en la nada, «y dejar de existir».

Según él, la personalidad del que ha huido del cuerpo ha adquirido, al hacerlo, una grandeza nueva y solemne, no menos real a pesar de su transformación. El alma se hermana con los elementos de la naturaleza, ríe con el sol y habla en el quejido del viento. Sin duda que hubo quienes dudaron de esa supervivencia espiritual del alma humana.

Y «si Dios permite la existencia de este fuerte instinto y de esta esperanza universal de vivir otra vida, no hay duda de que hay en ello un asomo de verdad.

No podemos renunciar a esas sublimes esperanzas que están en la esencia del ser hombres».

Tú no nos dejarás en el polvo;
Tú has hecho al hombre, él no sabe por qué,
él cree que no habrá de morir;
y Tú lo has hecho. . . Tú eres justo.

Ningún ser humano muere: ni el hijo que la madre anciana ha perdido en el mar, ni la joven desposada que duerme su sueño eterno bajo el ciprés, ni el niño muerto en las entrañas de la madre, ni el padre que perdió la vida en lejano campo de batalla.

Su gran obra In memoriam descendió sobre el paisaje intelectual inglés como una bella mediodía. Contenía, al decir de los grandes pensadores, «las cosas más satisfactorias que jamás se dijeran acerca de la vida futura».

Para la interminable hueste de gente humilde que subía la empinada cuesta de la vida cargando su fardo de dolores y esperanzas, vino a ser un nuevo evangelio de fe.

Un ejemplar de In memoriam llegó a manos de la reina Victoria, atribulada por la pérdida del príncipe consorte, y más de una lágrima cayó sobre sus versos durante las largas noches de íntimo desvelo.

Se le concedió un título de nobleza en 1884 y, a partir de entonces, ocupó un escaño en la cámara de los lores como barón Tennyson de Freshwater y Aldworth.

Catorce años antes de escribir In memoriam, cuando apenas había dado los primeros pasos de su carrera, concurrió a la boda de su hermano Carlos.

Después de la ceremonia se había inclinado al oído de una de las damas del cortejo —la pálida y graciosa Miss Emily Sellwood— susurrándole tímidamente: «¡Oh, la feliz dama del cortejo nupcial, si pudiera ser mi novia feliz!». Ahora que su fama y su fortuna estaban aseguradas, quiso convertir en realidad aquella invocación de catorce años atrás.

Se casó con Emilia y se dispuso a ser el Gran Sacerdote del culto universal de sus adoradores.

Fué desde entonces el portavoz de la gloria, el fuego y la inspiración de Inglaterra.

Escribió versos conmovedores que daban coraje a los hijos de la patria que luchaban en tierras lejanas y odas augustas honrando a sus muertos. Si bien en el apogeo de su existencia, ya era aclamado como clásico por sus contemporáneos.

Los estudiantes de Oxford guardaban un volumen de sus poesías junto a un texto anotado de Eurípides y algún manual de filosofía escolástica.

Las desposadas lo hallaban entre los presentes de boda. Los oficiales del ejército recitaban a sus soldados los versos atronadores de La carga de la brigada ligera.

Un volumen de sus poesías, puesto al descuido antes de la batalla en la guerrera de un capitán, detuvo una bala que iba a incrustarse en su corazón, salvándole la vida.

Le llovían de todas partes cartas que en transportes de éxtasis le escribían colegialas ruborizadas ante el atrevimiento que se tomaban.

A la muerte del duque de Wellington, escribió una oda fúnebre en la que se lamentaba de la desgracia y «como correcto caballero, con guantes flamantes, enjugábase las lágrimas con pañuelo de fina batista».

En toda una vida de esfuerzos sólo había percibido un fugaz reflejo de la verdad, eternamente oculta tras un velo impenetrable. Todo el resto de su vida había ido a tientas en las tinieblas.

De sobremesa solía dejar su pipa, tomaba algunos versos manuscritos y los leía a los comensales con su «voz de órgano», vibrante y potente. Así leídos, provocaban «en los ojos de Mr. Gladstone resplandor de gloria, y lágrimas en los de George Eliot».

Escalaba la áspera cuesta de los años, pero su recio cuerpo no mostraba señales de abatimiento. A los setenta y cuatro se enorgullecía de que «la mejor parte de él» era más fuerte entonces que a los dieciocho.

A los ochenta y dos desafió a sus amigos a hacer después de él la prueba de «levantarse veinte veces seguidas de una silla baja sin tocarla con las manos».

Y «lo mejor de su corazón» latía cada vez más fuerte por esa mujer que le había dado la ventura de cuarenta años de felicidad conyugal.

En el verano de sus ochenta y tres años celebró con Emilia el aniversario de su casamiento. El poeta obsequió a la «novia» con romero y rosas.Estuvieron tan alegres como el día de la boda, pero Alfred sabía que aquel perfume de la vida podía acabrase en cualquier momento.

No pasaron muchas emanas desde aquel feliz aniversario, paseando por sus jardines se hizo visible que su paso titubeaba. . . y así, más cada día. A poco ya no pudo caminar.

Murió el 6 de octubre de 1892 en Aldworth House, Hazlamere, Surrey.

LOS MEJORES POEMAS DE TENNYSON

Idilios del rey.
In memoriam.
Maud.
Enoch Arden.
Locksley Hall.
La princesa.
La dama de Shalott.
La muerte de Arturo Godiva.
Ulises.
El halcón.
Becket.
La primera disputa.

Las Hespérides.
El sueño diurno.
El arroyo.
La carga de la Brigada Ligera.

Oda a la muerte del duque de
Wellington. Oenone.
El palacio del arte.

La reina María. Rizpah. Haroldo.
La hija del molinero.

Las hermanas.
Nada perecerá.
Demetos.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Alfred Tennyson – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Browning Robert Vida y Obra del Poeta

Biografia de Browning Robert – Vida y Obra del Poeta

Robert Browning (1812-1889), poeta inglés, célebre por haber perfeccionado el monólogo dramático (composición literaria en que el personaje revela su carácter). Nació en Camberwell (hoy parte de Londres). Sólo cursó estudios hasta los 14 años, por lo que fue prácticamente autodidacta.

De niño, era dueño de una colección de animales, lechuzas, monos, erizos, serpeintes, un aguila y sus preferidas lagartijas. Hasta sabía un silbidito especial, para hacerlas salir a la luz… secreto que conservó toda la vida

Era su madre una mujer muy suave y comprensiva, de exótica belleza y ojos y cutis cautivadores. Amaba apasionadamente la música.

Cuando tuvo uso de razón, supo que la madre, esa mujer adorable de piel aceitunada, había venido de las Américas y que en sus venas palpitaba el apasionado ardor del criollo.

Biografia de Browning Robert

El padre de familia de los Browning había sabido formar un confortable nido trabajando en un buen empleo bancario. Era, además, pintor de talento, y muy estudioso.

Robert heredó del padre el robusto optimismo y un físico soberbio. Recibió una concienzuda preparación en lenguas y bellas artes: luego, eludiendo los estudios universitarios, pasó a la Europa continental con el objeto de obtener un diploma algo menos académico B. E. (Bachiller en Experiencia).

A poco de decidirse por la carrera literaria, rebosaba ya de energía creadora. Quería ser el poeta de la vida, la alegría, la aspiración, la esperanza.

Sus comienzos no fueron felices. Escribió un poema —Paulina—, rosa roja como la flor de fuego abierta en el hierro candente. El poema, a pesar de todos sus defectos, llamó la atención de los críticos y de algunos poetas.

Browning era un poeta joven de fuertes y vigorosas pasiones. Su tarea sería la de detallar minuciosamente cada una de esas pasiones. Le encantaban las caminatas nocturnas por el bosque de Dulwich.

En la biblioteca paterna había leído acerca de un hombre llamado Paracelso, el ingenioso médico-filósofo de la Edad Media. Philippus Aureolus Theophrastus Bombastus ab Hohenheim era su nombre de pila.

Cerebro cumbre del medioevo, una inteligencia de miras amplias, oscuras y sinuosas, de poder destructor superior al del diablo y al del hombre, dio a la humanidad el mortífero láudano y exploró en los abismos de la demonología. Era un hombre de ciencia que aspiraba a desentrañar el misterio de la vida… sin contar con el corazón.

En Londes paseaba diariamente largas horas estudiando en la biblioteca del Museo Británico; vivía cerca del Strand para estar en estrecho contacto con los teatros; visitaba periódicamente las exposiciones de la Galería Real… buscando siempre alguna inspiración…hasta que un día enardecido por esa concepción escribió un poema, Pippa Passes (Pipa pasa).

En él relata la historia de una pobre molinerita que por su traza hubiera pasado inadvertida al recorrer las calles del pueblo con una canción en los labios. Pero las notas de su canto llegan a los oídos. ..ya los corazones, de varias personas que atraviesan per un momento decisivo de sus existencias.

Y aunque Pippa desconoce la magia de su canción, no hay ninguno que no sienta renacer sus fuerzas a la vista de un horizonte más bello y de una nueva esperanza.

Dios escoge a la más humilde de sus criaturas para emisaria de su divina voluntad.

Browning, en su intento por penetrar en las tinieblas, escribió un poema sobre el enigma del alma humana, al que los críticos calificaron de «náufrago en el océano de la poesía. . . el verso más oscuro del siglo».

Un amigo que convalecía de una enfermedad, al abrir un ejemplar de Sordello quedó espantado tras de leer las primeras estrofas. Los versos se sucedían sin que llevaran a mi cerebro un solo pensamiento coherente.

Lord Tennyson leyó todo el poema y al cabo dijo con amargura: «Yo sólo he entendido dos líneas, y las dos son mentiras».

Contaba ahora veintisiete años y comenzó una relación con Miss Barrett una mujer poeta, tan audaz como débil, ella se sentía atraída en forma irreprimible hacia el más varonil de los poetas contemporáneos.

Pero debieron pasar dieciocho meses, hasta que Browing pudo conseguir que ella le permitiera visitarla y formalizar así una amistad que se había intimado a través de las cartas.

Al fin, la poetisa concedió la anhelada visitay al poco tiempo e fugaron de la casa polvorienta de la calle Wimpole y en una sencilla ceremonia, se casaron. Al fin juntos, cruzaron el Canal y llegaron a Italia.

La Italia generosa los acogió en su seno y por ella viajaron gozosos, pero en Inglaterra cundía el escándalo, al enterarse de su fuga. Sentado al piano hizo oír un acorde dominante, Browning era un ejecutante de espontánea sensibilidad. Apenas rozaba el teclado, fluía de sus dedos argentado arroyuelo de rizadas fantasías . . .

Hallaba regocijo en la vida de Italia, en las ruinas de su pasado glorioso, en la grandeza de los hombres contemporáneos, en los andamiajes de iglesias inacabadas. Vio una congregación de frailes cumpliendo con los ritos de la orden, como austeras estatuas de piedra. Llevaban cirios encendidos en las manos, …escribió entonces un poema acerca de uno de ellos —Fra Lippo—, un hombre cuya vida fue un constante debatirse entre el fraile y el artista que llevaba dentro, un poeta que pintaba las glorias del cielo y que ansiaba los placeres terrenos.

En otro poema, describió a otro clérigo más mundano, un obispo harto amante de las vanidades terrenas, que se hacía pasar por hombre temeroso de Dios.

Y luego, alejando la vista de los monasterios y los sepulcros, Browning estudia los hogares privados, en los que el destino se complacía en construir tan tortuosas gárgolas. Ventana con ventana vivían una joven y un hombre, que de no ser por los adversos designios de la suerte, hubieran llegado a amarse. El hombre esculpía, y pasaba hambre; la joven cantaba y también pasaba hambre.

Las vidas fracasadas de hombres y mujeres fueron desfilando por sus versos, como un sol desdibujado por las inmensidades azules. Había tantos misterios que develar. El misterio del sufrimiento humano, por ejemplo.

Elizabeth recayó gravemente en su enfermedad de siempre, ya abían pasado quince años desde aquel día inmortal en que se casaran, consagrando el vínculo con la alianza de la eternidad. Cuando murió, el esposo siguió llevando la alianza en su dedo, esa sortija de oro que sería precioso relicario de un amor que no muere.

Browning se hallaba frente a un puesto de libros de lance en la plaza de San Lorenzo. Hurgando entre ellos fue a dar con un librito ajado y polvoriento, fechado en 1698. Contenía el curioso relato de un viejo juicio por asesinato… y esas paginas fueron el origen de la creación de un nuevo libro…

Volvió a Inglaterra y se entregó de lleno a la tarea de escribir su obra maestra: El anillo y el libro. El poema es una historia formada por varios episodios. Uno tras otro van desfilando los varios personajes del drama.

Mudóse al Warwick Crescent y llenó el jardín de faisanes, lagartos y culebras, como en otras épocas. Esta vez lo hacía por Pen, el hijo a quien quería más que a las niñas de sus ojos.

En 1878 Browning regresó a Italia, donde su único hijo se estableció definitivamente. Durante esta última etapa escribió el texto narrativo Idilios dramáticos (1879 y 1880) y Asolando, que se publicó en Venecia el 12 de diciembre de 1889, el mismo día de su muerte.

Si bien durante su vida la fama poética de su mujer fue mayor que la suya propia, Robert Browning está considerado actualmente como uno de los mejores poetas de la época victoriana.

Murió un 12 de diciembre de 1889, en Venecia, Italia.

LOS MEJORES POEMAS DE BROWNING

El anillo y el libro.
Paracelso.
Sordello.
Stafford.
Pippa pasa.
La mancha en el escudo.
Mi última duquesa.
Fvá Lippo Lippi.
Andrea del Sarto.
El obispo encarga su tumba.
Paulina.
Arte y juventud.
El gaitero de Hamelin.
Cómo trajeron la buena nueva.
Incidente en el campo francés.

Pensamientos a la patria distante.
Alegre en el campo, triste en la ciudad. Abt Vogler.
Prospice.
El Rabí Ben Ezra.

Saúl.
Tonadas de caballero,
Hervé Riel.
En un balcón.
El adalid malogrado.
Amor entre las ruinas.
La tragedia del hereje.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Robert Browning – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina