Biografía de Florentino Ameghino

Primeros Naturalistas Argentinos Obra Cientifica y Literaria

Ciencias Naturales en Argentina: Obra Cientifica de Ameghino y Moreno


Florentino Ameghino. — Vida ejemplar consagrada a los estudios y preocupaciones científicas y a la defensa de sus convicciones fue la de Florentino Ameghino (1853-1911), el primer sabio auténtico que haya contado la República Argentina.

De la escuela primaria de Lujan, su pueblo natal, pasó a la Escuela Normal de Preceptores, de Buenos Aires, en la que obtuvo el certificado de subpreceptor. Su curiosidad, que de niño lo había llevado a recoger caracoles fósiles en la barranca del río de su pueblo, lo impulsó, ya adolescente, a visitar frecuentemente el Museo y frecuentar su biblioteca.

La lectura de las obras del geólogo inglés Carlos Lyell decidió su vocación, naciendo en él el deseo de investigar el pasado del hombre en el Río de la Plata.

obra de ameghino florentino como cientifico argentino

En Mercedes, población en la que fue designado ayudante de la escuela elemental, emprendió el estudio del terreno y, cu sus frecuentes excursiones, recogió restos fósiles y objetos prehistóricos.

Formó así su primera colección, a cuyo estudio y sistematización se dedicó siguiendo el libro de Lyell titulado The Geological Evidence of the antiquity of man, del que poseía una traducción al francés. Fruto de estos años de formación autodidáctica fueron La antigüedad del hombre en el Plata, que comenzó a escribir en 1875, y el primero de sus tra bajos científicos publicados en el «Journal de Zoologie«, un estudio sobre el hombre cuaternario de la Pampa.

En 1878 viajó a Europa, con el fin de asistir al Congreso Internacional de Ciencias Antropológicas, que se reunió en París. Su permanencia en el viejo mundo fue importante para su futura actividad científica.

Durante tres años siguió cursos, visitó museos, trató a sabios con los cuales desde años antes mantenía correspondencia, preparó memorias para congresos científicos y efectuó publicaciones en la «Revue d’Anthropologie«.

En Europa publicó La antigüedad del hombre en el Plata y, en colaboración con Paul Gervais, Los mamíferos fósiles de la América Meridional.

Regresó a su patria consagrado por la opinión de los naturalistas más distinguidos del mundo, encontrándose que, por haberse excedido en la licencia que le concedieron, había sido dejado cesante de su cargo de ayudante de la escuela de Mercedes.

Para poder vivir instaló una pequeña librería, a la cual dio el nombre de «Librería del Clyptodón«, y continuó sus estudios orientándose francamente hacia la paleontología y revelando sus ideas evolucionistas. En ese modesto local escribió Filogenia, su obra maestra, que pudo publicar en 1884 merced a la ayuda que le prestara el Dr. Estanislao S. Zeballos.

Ese año, la Academia de Ciencias de Córdoba le encargó el dictado de la cátedra de Zoología. Su permanencia en dicha ciudad la aprovechó para continuar sus investigaciones.

En 1886 fue designado subdirector del Museo de La Plata y encargado de la sección paleontológica. Pero sus funciones duraron poco tiempo, ya que fue exonerado del cargo. Quedó, sin embargo, en La Plata, donde volvió a instalarse con una librería.

Estos años fueron fecundos para su carrera científica. Publicó los dos volúmenes de Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República Argentina y con Eduardo Holmberg, Carlos Spegazzini y Juan B. Ambrosetti inició en 1891 la publicación de la Revista Argentina de Historia Natural, de la que sólo aparecieron seis números.

En 1902 fue designado profesor de mineralogía y geología en la Universidad de La Plata, y a la muerte de Carlos Berg el ministro Joaquín V. González lo nombró director del Museo de Buenos Aires, a cuyo frente estuvo hasta su muerte.

Como lo ha señalado Ángel Cabrera, en la producción de Ameghino es posible distinguir dos aspectos: por un lado, su obra descriptiva, la labor del paleontólogo; por otro, la exposición de las teorías, cuyo conjunto forma el verdadero fondo de toda su actividad científica.

Su obra descriptiva fue enorme; a ella debe la paleontología argentina el conocimiento de la mayoría de las especies de vertebrados extinguidos. Su construcción doctrinaria, fruto de sus observaciones, estudios y descubrimientos, tuvo como punto de partida su investigación del origen del hombre americano.

Su tesis de que el territorio argentino fue la cuna de la especie humana originó grandes discusiones entre los hombres de ciencia. Se le censuró la insuficiencia de sus métodos y de sus datos estatigráficos, pero siempre se le reconoció —en el extranjero— su autoridad científica, su laboriosidad y la contribución de su doctrina al progreso de la ciencia.

En su patria, en cambio, todo el mundo lo discutió, hasta los hombres de ciencia. El sabio Burmeister, porque desde su posición creacionista, no podía aceptar las doctrinas evolucionistas defendidas por Ameghino.

La Sociedad Científica Argentina, que rechazó sus monografías, porque sus ideas eran «contrarias a las emitidas hasta hoy por los geólogos eminentes» y por su originalidad, ya que enfocaban cuestiones «aun no resueltas por ningún observador concienzudo».

Las obras de Ameghino, verdaderos monumentos de la ciencia contemporánea, le aseguran con toda justicia el título de sabio que no le negaron los hombres de ciencia del extranjero. Es que Ameghino fue, como expresa Lugones, «un sabio a la manera de Darwin y de Cuvier, uno de esos ejemplares prototipos cuya aparición demuestra la superior aptitud vital del pueblo donde se efectúa. Y como argentino, pertenece a la especie de Sarmiento: vale decir, la de los fundadores hercúleos, en quienes el poder genial corre parejo con lo inmenso de la obra».

Francisco P. Moreno. La vocación de naturalista llevó a Francisco P. Moreno (1856-1919) a realizar investigaciones en vastas y desoladas regiones del territorio argentino, vinculándose, por sus preocupaciones científicas, a los dominios de la geología, la paleontología y la antropología.
En 1873 efectuó su primera excursión a Río Negro.

En esa época —escribió— «las fronteras del sud de Buenos Aires y de Mendoza tenían, como partes extremas, el Azul, en la Provincia de Buenos Aires; Río Cuarto, en la de Córdoba; Villa Mercedes, en San Luis, y San Rafael, en Mendoza. Bahía Blanca era un punto aislado y había peligro de muerte en cruzar desde allí al Azul o Tandil».

Moreno no sólo describió las bellezas de la Patagonia; también formuló hipótesis científicas. «La región austral —sostuvo— aparece como el resto de un gran continente hoy sumergido, donde han vivido y evolucionado seres desde tiempos geológicos muy remotos».

perito moreno so ubra en el sur argentino

Patagonia y Tierra del Fuego son restos de ese continente austral en que aparecieron y se desarrollaron animales que aún viven en América meridional, Nueva Zelandia, Australia, África, etc. De ahí su afirmación de que en aquel centro de dispersión de organismos vertebrados e invertebrados se inició el desarrollo humano, de donde partió para extenderse sobre el globo.

Nuevos viajes al Sud, realizados en los años siguientes, le permitieron explorar la región argentina de los lagos y llegar hasta Punta Arenas y reunir una colección de arqueología, paleontología y antropología de más de quince mil piezas, la cual donó a la provincia de Buenos Aires para que creara un museo antropológico y arqueológico.

Los estudios científicos de Moreno le valieron la designación de miembro de las principales sociedades científicas de Inglaterra, Francia, Suecia, Noruega y Estados Unidos.

Pero su nombre se vincula en nuestro país al Museo de La Plata, que fundara en 1884, y a su actuación como perito en la cuestión de límites con la República de Chile.

El Museo de La Plata, que se formó con el aporte de sus colecciones y la donación de su biblioteca particular, fue por obra de Moreno un centro de intensa actividad científica.

A los seis años de su fundación, el Museo inició la publicación de sus Anales y de la Revista del Museo, en la que publicaron trabajos los naturalistas que colaboraron en la obra de Moreno: el geólogo Cari Buckhardt, el ictiólogo Fernando Lahille, el botánico Nicolás Alboff, el antropólogo Roberto Lehman-Nitsche, a los que se añadieron los estudiosos formados junto a él, como el entomólogo Carlos Bruch y el antropólogo Luis María Torres.

En 1874 Moreno inició sus publicaciones científicas con un estudio titulado Description des cimetiéres et paraderos préhistoriques de Patagonia y una memoria Sur des restes d’industrie humaine préhistorique dans la République Argentine. A sus libros Apuntes sobre tierras australes y Viaje a la Patagonia septentrional siguieron numerosos trabajos que se destacan por su valor descriptivo y por contener importantes materiales que sirvieron de base para efectuar nuevos estudios.

Es indudable que Francisco P. Moreno fue superado por especialistas de mayor capacidad, pero también es indiscutible que «fue un hombre de valor extraordinario en los orígenes de la ciencia argentina; un verdadero maestro, de esos que necesitan las culturas nacientes, por su entusiasmo contagioso, su inquieta curiosidad y su energía creadora.

La pasión, la actividad y los métodos que otros ponían al servicio de la política, él los puso al servicio de la ciencia».

Ver: Vida del Naturalista Juan B. Ambrosetti

Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Solari Editorial «El Ateneo»

Biografia de Pichon Riviere Aporte a la Psicología Social

Resumen Biografia de Pichon Riviere – Aporte a la Psicología Social

ENRIQUE PICHÓN RIVIÉRE
PSIQUIATRA Y PSICOANALISTA

Fue un extraordinario protagonista de la cultura y de la ciencia argentina.

Nacido en Suiza, vino muy chico a la Argentina: su infancia transcurrió en el Chaco y en Corrientes, donde aprendió “el guaraní antes que el castellano”, como él mismo explicaba.

Emprendió estudios superiores de medicina, antropología (luego abandonados) y psiquiatría, a partir de los cuales se gestó una personalidad multifacética y, en ocasiones, controvertida.

Decidió su carrera por el lado de la psiquiatría y el psicoanálisis, convirtiéndose en uno de los introductores del psicoanálisis en la Argentina.

A principios de los ‘40, Enrique Pichon Riviére fue uno de los fundadores de la Asociación Psicoanalítica Argentina, de la que luego tomó distancia, interesado más en el aspecto social y la actividad de los grupos en la sociedad.

En este marco fundó la Escuela de Psicología Social. Responsable de una renovación general de la psiquiatría, Pichon Riviére introdujo la psicoterapia grupal en el país (servicio que incorporó al Hospital Psiquiátrico cuando fue su director) y los test en la práctica de esa disciplina e impulsó la psiquiatría infantil y de la adolescencia.

También incursionó en la política, la economía y el deporte, ensayando hipótesis sobre la vida de Buenos Aires, su gente, sus mitos y sus costumbres.

Interesado por la creación artística, Pichon Riviére reflexionó y escribió sobre arte y literatura, estableciendo un territorio común entre la crítica literaria y la interpretación psicoanalítica de la obra como manifestación de las patologías del autor.

En el contexto de este territorio común, supo decir acerca de la indagación sobre el objeto estético: «Parto de entender que un objeto de arte es aquel que nos crea la vivencia de lo estético, la vivencia de lo maravilloso, con ese sentido subyacente de angustia, de temor a lo siniestro y a la muerte. Y que, por ello mismo, sirve para recrear la vida.”

Líder y maestro, desde la cátedra y las conferencias dirigidas al público más amplio y diverso se convirtió en referente obligado para más de uña generación de psicoterapeutas, y formó a decenas de investigadores en el campo de una teoría social que interpreta al individuo como la resultante de la relación entre él y los objetos internos y externos.

Fuente Consultada: Graciela Maker

Psicologia Social Pichon Riviere Integrar Neuroticos a la Sociedad (301)

ENRIQUE PICHÓN RIVIÉRE
PSIQUIATRA Y PSICOANALISTA

Fue un extraordinario protagonista de la cultura y de la ciencia argentina. Nacido en Suiza, vino muy chico a la Argentina: su infancia transcurrió en el Chaco y en Corrientes, donde aprendió “el guaraní antes que el castellano”, como él mismo explicaba.

Emprendió estudios superiores de medicina, antropología (luego abandonados) y psiquiatría, a partir de los cuales se gestó una personalidad multifacética y, en ocasiones, controvertida. Decidió su carrera por el lado de la psiquiatría y el psicoanálisis, convirtiéndose en uno de los introductores del psicoanálisis en la Argentina.

A principios de los ‘40, Enrique Pichon Riviére fue uno de los fundadores de la Asociación Psicoanalítica Argentina, de la que luego tomó distancia, interesado más en el aspecto social y la actividad de los grupos en la sociedad.

En este marco fundó la Escuela de Psicología Social. Responsable de una renovación general de la psiquiatría, Pichon Riviére introdujo la psicoterapia grupal en el país (servicio que incorporó al Hospital Psiquiátrico cuando fue su director) y los test en la práctica de esa disciplina e impulsó la psiquiatría infantil y de la adolescencia.

También incursionó en la política, la economía y el deporte, ensayando hipótesis sobre la vida de Buenos Aires, su gente, sus mitos y sus costumbres.

Interesado por la creación artística, Pichon Riviére reflexionó y escribió sobre arte y literatura, estableciendo un territorio común entre la crítica literaria y la interpretación psicoanalítica de la obra como manifestación de las patologías del autor.

En el contexto de este territorio común, supo decir acerca de la indagación sobre el objeto estético: «Parto de entender que un objeto de arte es aquel que nos crea la vivencia de lo estético, la vivencia de lo maravilloso, con ese sentido subyacente de angustia, de temor a lo siniestro y a la muerte. Y que, por ello mismo, sirve para recrear la vida.”

Líder y maestro, desde la cátedra y las conferencias dirigidas al público más amplio y diverso se convirtió en referente obligado para más de uña generación de psicoterapeutas, y formó a decenas de investigadores en el campo de una teoría social que interpreta al individuo como la resultante de la relación entre él y los objetos internos y externos.

Fuente Consultada: Graciela Maker

Grandes Médicos Argentinos Importantes Cientificos del Pais Historia

IDENTIDAD NACIONAL ARGENTINA: GRANDES MÉDICOS ARGENTINOS

identidad nacional argentina

medicos argentinos

Florencio EscardóRebeca GerschmanSalvador MazzaPichón Riviere

MÉDICOS DE LA SALUD PUBLICA ARGENTINA

No hay dudas que referirse   a la vida de quienes en forma directa o indirecta inscribieron sus nombres en la historia de la Salud Pública argentina, insumiría con creces la extensión de este texto. En el siglo XVIII tenemos a Cosme Argerich, hijo de un coronel catalán, nació en Buenos Aires en 1758.

Estudió medicina en Barcelona, de donde regresó doctorado. Actuó, como es natural, en todos los establecimientos existentes en esa época. Hospital de Mujeres, Casa de Huérfanas, Casa de Niños Expósitos, lo contaron en algún momento en sus harto reducidos planteles médicos. Le cupo el mérito de ser el primer titular de la cátedra de Medicina que crease el Protomedicato. Trabajó duramente en las invasiones inglesas. A partir de las luchas de la Reconquista se le nombró cirujano del 29 escuadrón de Húsares. Participó en las jornadas preparatorias de la Revolución de Mayo.

En 1813, apenas se tuvo en Buenos Aires noticias del combate de San Lorenzo, salió para el lugar en posta, para atender a los heridos. Fue Argerich precisamente quien intervino quirúrgicamente al capitán Bermúdez. Desgraciadamente Bermúdez falleció el 14 de febrero de 1813. A fines de 1813 se incorpora como cirujano al Ejército Auxiliar del Alto Perú. Estuvo a las órdenes de San Martín y luego de Rondeau. Durante varios meses participó de las vicisitudes de aquella campaña. Una enfermedad fortuita, de la que se reponía en Cochabamba, le ahorró el dolor y el bochorno de Sipe-Sipe.

Murió a los 62 años, el 14 de febrero de 1820, en momentos en que era director del Instituto Médico que reemplazaba a la Escuela de Medicina de la que fuera fundador.

Dr. Juan Madera: Nació en Buenos Aires en 1784, murió en la misma en 1829. En su corta existencia desarrolló una actividad múltiple, de la que gran parte tuvo por marco los ejércitos de la Independencia. Empezó sus estudios de medicina en 1801.

En las jornadas gloriosas de la Reconquista y de la Defensa, el joven Madera fue afanoso practicante en los hospitales de sangre. Apenas graduado —en 1808— se le designó médico del Cuerpo de Patricios. Dos años después, era cirujano 1° del Ejército Auxiliar.

Cuando volvió a Buenos Aires, en la segunda mitad de 1811, dejó atrás la sangrienta represión de Cabeza de Tigre, los días de gloria de Cotagaita y Suipacha y la nefasta jornada de Huaqui. Rememoraba tal vez el trágico fin de Pereyra de Lucena, a quien debiera intervenir justamente en el desbande que siguió a Huaqui.

Para 1812 se incorpora al hospital de los Bethlemitas. A fines de 1812 se le nombra cirujano del Estado Mayor de la Plaza de Buenos Aires. En abril de 1813 se le honra con la designación de director de la Escuela de Medicina y Cirugía. Su curriculum es una interminable sucesión de éxitos, que premiaban sus relevantes aptitudes y su nunca desmentida vocación de servicio.

En 1813 fue nombrado cirujano a cargo de la visita sanitaria a los buques cirujano del Batallón de Cazadores, que arribaban a Buenos Aires, en 1814 en el mismo año cirujano del Cuerpo de Guardias de Caballería del Superior Gobierno. En 1816 vuelve a ser nombrado médico de Sanidad del Puerto, meses después es médico en comisión en el cuerpo de Inválidos. 1817 le acarrea la satisfacción de ser médico del Cabildo y —por si esto fuera poco honor— médico asimismo de la Morgue de la Cárcel y de la Casa de Expósitos.

En esta histórica Casa, fundada en 1779 por el virrey Vértiz, Madera tuvo la honra de ser el primer médico. También, como se verá en otro lugar, esa Casa le procuró algún disgusto. En la última década de su brillante carrera fue médico y primer administrador del Instituto de Vacunas (1821), fundador del Departamento de Medicina de la Universidad y profesor de Materia Médica y Patológica (1827), cargo este último desempeñado hasta su muerte.

Francisco Javier Muñiz nació en San Isidro en 1795. Pelea a los 12 años —y es herido— en las segundas invasiones inglesas. Ingresa a los 19 años en el Instituto Médico Militar, del que egresa a los 26 años como facultativo. Tres años más tarde se gradúa de médico y cirujano y en 1825 lo nombran médico militar en Chascomús. En 1827 se le designa profesor de medicina legal, partos y niños. Al año siguiente deja la enseñanza y se radica en Lujan como médico militar y de policía, para dedicarse a sus estudios paleontológicos.

En 1844 descubre la vacuna indígena. Se creía entonces que la enfermedad benigna de las ubres vacunas, producida por un virus que protege contra la viruela negra, no existía en nuestras vacas. Tocó precisamente a Muñiz desvirtuarlo. Este hallazgo evitó muchos casos de viruela. Vuelve más tarde a sus cátedras y actúa como médico militar en Cepeda y la guerra del Paraguay. Cae en su ley, a los 76 años. En plena lucha contra la epidemia de fiebre amarilla, contrae la enfermedad. Muere el 8 de abril de 1871.

Nacido en San Juan en 1821, Guillermo Rawson se doctoró en medicina en 1844. Desarrolla una intensa actividad política (diputado, senador, ministro del interior de Mitre) que pudo haber culminado en la presidencia. En 1873 inaugura la Cátedra de Higiene Pública. Se ocupó del saneamiento de Buenos Aires, de la mortalidad infantil, del hacinamiento inhumano en los conventillos y muchos otros temas de Salud Pública. Murió en París en 1890.

La sedienta y postergada Santiago del Estero fue, en 1907, la cuna de quien habría de constituirse en renovador genial de la Salud Pública argentina.

Ramón Carrillo alcanza en su carrera, desde la adolescencia, las más preciadas distinciones. Egresa del Colegio Nacional de Santiago del Estero a los 16 años, galardonado con la medalla de oro al mejor bachiller de su promoción. A los 15 años de edad, su monografía «Juan Felipe Ibarra, su vida y su tiempo» es distinguida igualmente con medalla de oro.

Se gradúa de médico a los 21 años de edad. Una vez más, cansadamente, recibe la consabida medalla de oro que se adjudica al más elevado promedio de calificaciones de la promoción.

Orientado quirúrgicamente por su primer maestro, el Dr. José Arce, se vuelca a una especialidad poco frecuentada entonces, la neurocirugía, en la que su maestro fue Manuel Balado. A poco de graduado, es becado para seguir cursos de perfeccionamiento en Europa.

Trabaja dos años en Amsterdam y recorre luego, durante un año, los más importantes centros de su especialidad en Francia y Alemania. Los diez años que siguieron a su graduación con la obvia excepción de su beca en Europa, estuvieron dedicados por completo a su labor hospitalaria y a la investigación, en el viejo hospital de Clínicas. Recién en 1939 comienza a ejercer su profesión. En ese mismo año se le designa Jefe del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central.

Tres años más tarde, a la insólita edad de 35 años —fue, para la época, el más joven profesor titular de la Facultad de Medicina de Buenos Aires— gana el concurso a que se llama para cubrir la cátedra de Neurocirugía, vacante por la muerte de su maestro, Manuel Balado. Despliega en esa cátedra intensa actividad quirúrgica, docente y de investigación. En 1944 se hace cargo de la recién creada Secretaría de Salud Pública de la Nación.

Analizaremos más adelante la acción que desplegó en la secretaría primero, en el ministerio de Salud Pública, después. Lo que cuadra enfatizar aquí es la auténtica genialidad que puso al servicio de su cometido. No existía entonces un cuerpo orgánico de doctrina referido a la Administración Sanitaria. Ni aquí ni en el resto del mundo.

La sólida formación científica de Ramón Carrillo, y la universalidad de su pensamiento le llevaron a crearla. Tomó como punto de partida a quienes habían innovado en materia de organización y administración, sobre todo a Taylor y Fayol. Aplicó esos principios generales al campo particular de la Salud Pública. Aplicó asimismo su asombrosa capacidad prospectiva.

Erigió así una Administración Sanitaria original, no meramente copiada de modelos ajenos a nuestra realidad. Veinticinco años después, institucionalizada la Administración Hospitalaria y de Salud Pública como carreras de postgrado, resulta imposible para quienes enseñan las distintas asignaturas de esa especialidad, evitar repetir los conceptos que Carrillo enunciara como auténticamente novedosos desde 1944 hasta 1954. La poca funcionalidad de las construcciones hospitalarias le llevó a realizar un minucioso estudio de la arquitectura especializada. Su obra Teoría del Hospital es un aporte revolucionario a las ciencias y artes de la construcción y administración de hospitales.

Sus realizaciones en el terreno de la Salud Pública, tuvieron, sin duda, una magnitud más que suficiente para asegurar a Ramón Carrillo supervivencia histórica como el más notable sanitarista argentino.

En 1951 aparecen los primeros síntomas de la enfermedad que pocos años después habría de matarlo. Su presión arterial es muy alta y le ocasiona atroces dolores de cabeza que reducen su inagotable capacidad de trabajo y le obligan a alejarse de la función pública en 1954. Terminan sus días lejos de su tierra, en Belem, Brasil. Enfermo de muerte, exiliado y pobrísimo, se desempeña como médico de una compañía minera norteamericana.

En una carta de Carrillo a su amigo, e! periodista Segundo Ponzie Godoy, fechada en Belem el 6 de setiembre de 1956, la desgarrante sinceridad ahorra toda exégesis y muestra con elocuencia al hombre:

«No tengo la certeza de que algún día alcance a defenderme solo, pero, en todo caso, si yo desaparezco, queda mi obra y queda la verdad sobre mi gigantesco esfuerzo donde dejé mi vida. Esa obra debe ser reconocida y yo no puedo pasar a la historia como malversador y ladrón de nafta. Mis ex colaboradores conocen la verdad y la severidad con que manejé las cosas dentro de un tremendo mundo de angustias e infamias.»

Muere en 1958, a los 51 años de edad. Sus restos están aun lejos de su Santiago natal. La conspiración de silencio urdida en torno de su nombre y su obra se ha quebrado días atrás. El Hospital Policlínico Regional de Santiago del Estero se llama ya «Dr. Ramón Carrillo».

ALGO MAS SOBRE MÉDICOS ARGENTINOS…

ENRIQUE FINOCHIETTO: El legado de Enrique Finochietto (1881-1948), uno de los cirujanos más brillantes de nuestra medicina, incluye el recuerdo de su generosidad y de la preocupación que tenía por el bienestar de sus pacientes. Hay una anécdota que lo pinta de cuerpo entero: dicen que ocurrió en 1924, una noche en que el médico disfrutaba con amigos de una velada en el Chantecler.

El músico julio De CaroEnrique Finochietto Medico Argentino le refirió el caso de la esposa de un amigo, de muy humilde condición, que estaba gravemente enferma. Finochietto se levantó enseguida de la mesa, visitó a la enferma y la hizo internar en un sanatorio privado donde, esa misma noche, le realizó la operación que le salvaría la vida.

No aceptó que De Caro se hiciera cargo de los gastos y éste le agradeció el gesto dedicándole un tango titulado B/ien íWiigo. Ya había dado señales de su vocación de servicio: pocos años antes había estado a cargo del hospital creado en Francia por iniciativa del embajador argentino, Marcelo Torcuata de Alvear,para asistir a los heridos de la Primera Guerra Mundial y el gobierno francés le había otorgado la medalla de la Legión de Honor.

En lo material se lo recuerda por el instrumental y por los aparatos quirúrgicos que creó, entre los que se destacan el separador intercostal a cremallera para operaciones de tórax y la lámpara conocida como «frontolux», que servía para que el cirujano iluminara la zona a operar. Estos v otros inventos superaron las fronteras y fueron adoptados en todo el mundo.

SALVADOR MAZZA
LaMEPRA y la penicilina
No hay dudas de que la vigilancia epidemiológica y el análisis de los factores socioeconómicos en el estudio de las enfermedades endémicas guiaron el camino de Salvador Mazza (1886-1946) y que la Misión de Estudios de la Patología Regional Argentina (MEPRA) fue su obra magna.

Se preparó para eso. Mientras se capacitaba en enfermedades tropicales en África conoció a Charles Nicolle, especialista en microbiología y gran entomólogo, a quien Mazza consideraría luego como «el padre espiritual de todos mis trabajos».

Con él emprendió, en 1925, el viaje de estudio por las provincias del norte argentino, que fue el origen de la creación de la MEPRA y la gran cruzada. A bordo de un vagón de ferrocarril especialmente equipado, recorrió el país con un equipo profesional multidisciplina-rio para realizar el relevamiento y análisis de las patologías regionales y brindar a los médicos locales conocimientos vítales.

Durante este emprendímiento llevó a cabo las valiosas investigaciones sobre la tripanosomiasis americana (luego, Mal de Chagas o Mal de Chagas-Mazza) por las cuales se lo recuerda. Más adelante, en 1942 cuando recién se comenzaba en los Estados Unidos con la producción de penicilina, que se destinaba mayormente a los soldados heridos, Mazza resolvió fabricarla en Jujuy. El propio Fleming le proporcionó las cepas del hongo necesarias para hacerlo y avaló más tarde la calidad del medicamento que de manera artesanal habían obtenido los científicos argentinos.

Pero cuando, en 1943, Mazza solicitó apoyo para encarar la producción en escala, las autoridades le dieron la espalda y el proyecto quedó en la nada. La otra gran derrota de su trabajo, aunque no llegó a verla, fue el cierre de la MEPRA, en 1959, doce años después de su muerte.

Fuente Consultada:
La Salud Pública Historia Popular Vida y Milagros de un Pueblo Fasc. N°61
Revista Muy Interesante Especial Medicina Año 5 – 2013 – N°11

Biografia Mazza Salvador Mal de Chagas Sintomas Tratamiento Vinchuca

DESCUBRIMIENTOS Y ESTUDIOS DEL DR. MAZZA

SOBRE EL MAL DE CHAGAS

MAZZA SALVADOR (Rauch, Bs.AS.,1883-México, 1947): Médico sanitarista, figura fundamental en la historia de la lucha contra el mal de Chagas en el país. Además de su importante trabajo de laboratorio -confirmó las hipótesis del brasileño Carlos Chagas, cuyas teorías sobre el mal que ahora lleva su nombre habían caído en descrédito, y produjo penicilina a comienzos de la década del ’40— se constituyó en una figura legendaria que recorría el país de norte a sur investigando e intentando erradicar las enfermedades endémicas.

En 1944, cuando el mundo lo habíareconocido y se acababa de publicar su biografía en Europa, declaró: «Se dice allí que soy un sabio, pero no existen más sabios. (…) Hubiera preferido que se dijera que soy un hombre tesoneramente dedicado a una disciplina circunscripta y en la cual hago lo posible para no dar pasos hacia atrás…».

Había ingresado al Colegio Nacional de Buenos Aires con apenas 10 años y completó sus estudios en la Facultad de Ciencias Médicas mientras se desempeñaba como inspector sanitario y participaba de las campañas de vacunación en la provincia de Buenos Aires. Se graduó de médico en 1910, año en que logró, fruto de su investigación con el Dr. Rodolfo Kraus, una vacuna antitífica de una sola dosis.

Fue nombrado bacteriólogo del entonces Departamento Nacional de Higiene, estuvo a cargo de la organización del lazareto de la isla Martín García (lugar donde los inmigrantes hacían cuarentena antes de entrar al país), un laboratorio cuya función era la detección de portadores sanos de gérmenes de cólera.

Durante su formación, no sólo se dedicó a la bacteriología, la química analítica y la patología, sino que se desempeñó también como Inspector Sanitario y participó de las campañas de vacunación en la provincia de Buenos Aires. Se doctoró en la misma universidad y fue nombrado bacteriólogo del entonces Departamento Nacional de Higiene. Estuvo a cargo de la organización del lazareto de la isla Martín García (lugar donde los inmigrantes hacían cuarentena antes de entrar al país), un laboratorio cuya función era la detección de portadores sanos de gérmenes de cólera.

A partir de 1916 ocupó el cargo de profesor suplente de la cátedra de Bacteriología del Dr. Carlos Malbrán. En 1916 el ejército lo designó para el estudio de las enfermedades infecciosas en Alemania, Austria y Hungría, en el escenario de la Primera Guerra Mundial. Allí conoció al premio Nobel de Medicina Charles Nicolle, entomólogo y bacteriólogo a quien definió como «el padre espiritual de todos mis trabajos».

Fue quien lo apoyó en su proyecto para la creación de un instituto para el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades endémicas del país, especialmente las de noroeste, como por ejemplo el mal de Chagas. Así nació la Misión de Estudios de la Patología Regional Argentina (MEPRA). Residió en Jujuy, en el edificio de la Misión Mazza, y en el famoso vagón de ferrocarril laboratorio «E.600».

Sus estudios sobre el mal de Chagas demostraron el terrible desarrollo de dicha enfermedad. Murió mientras participaba de unos cursos de perfeccionamiento en México, a causa de una cardiopatía chagásica, el mal que él tanto había combatido. La película Casas de fuego (1994), dirigida por Juan Bautista Stagnaro está basada en su biografía.

EL DESCUBRIMIENTO DEL DOCTOR SALVADOR MAZZA:
Enfermedad de Chagas – Mazza

Por el número de enfermos y la amplitud del área que abarca, por la gravedad de las alteraciones cardíacas que ocasiona y por su carácter endémico, esta enfermedad es uno de los principales problemas de la salud pública. La noxa es un parásito unicelular, el trypanosoma cruzi, que se halla en la sangre y en los tejidos de las personas y animales enfermos; en la cadena de transmisión de la enfermedad hay un insecto vector que es la vinchuca triatoma infestans, que habita en el 90% del territorio nacional y en mayor cantidad en las regiones de clima cálido y seco.

Se la encuentra especialmente en los ranchos de adobe y paja, viviendas precarias, grietas de paredes y techos, gallineros, depósitos de leña y muebles, etc.

Como se trata de un animal de hábitos nocturnos, durante el día permanece escondida y durante la noche sale de su escondrijo para alimentarse; es hematófaga.

La vinchuca se infecta cuando chupa sangre de una persona o de un animal enfermo, junto con la sangre ingiere los trypanosomas, que luego se multiplican en el aparato digestivo del insecto y salen por las deyecciones.

Cuando la vinchuca infectada pica a una persona, luego de alimentarse defeca, dejando sobre la piel junto con las deyecciones gran cantidad de trypanosomas; cuando el individuo se rasca, se producen microexcoraciones por las que entran los parásitos, generando la infección.

Si las deyecciones se ponen en contacto con el ojo, los parásitos penetran a través de la conjuntiva, ocasionando una gran hinchazón de los párpados, que llega a cerrar por completo el ojo; esto recibe el nombre de signo de Romana o complejo oftalmo-ganglionar.

Si la puerta de entrada de la infección es otra región del cuerpo, aparece en la piel una zona inflamada, indolora, de color rojizo, con alta temperatura, que puede ulcerarse, llamada chagoma de inoculación o Habone de inoculación; junto con estos síntomas específicos aparecen síntomas generales aplicables a cualquier otro cuadro infeccioso tales como: fiebre, dolores musculares, anorexia (falta de apetito), vómitos e irritabilidad.

Estos síntomas desaparecen espontáneamente entre los 30 y 60 días y el enfermo entra en un período de latencia que puede durar años, poniéndose solamente en evidencia por medio de análisis de sangre «en fresca» (tomada del lóbulo de la oreja) o en el suero (reacción de Machado-Guerrero).

Los individuos que se encuentran en este período son los infectados chagásicos que comprenden un 10% de nuestra población. Una tercer etapa de esta enfermedad, es el período crónico, en el que se observa una manifestación tardía de la infección con síntomas como palpitaciones, disnea, dolores referidos al área cardíaca y dolores en la zona hepática; estos síntomas son indicadores de daño cardíaco que cuando es importante lleva a grados variables de insuficiencia cardíaca (cardiopatía chagásica), o daño del aparato digestivo, pudiendo afectar también al sistema nervioso y al sistema muscular.

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PARA SABER MAS…
La iniciativa de Mazza

La Misión de Estudio de Patología Regional Argentina (MEPRA) fue inaugurada oficialmente en 1928 y para entenderlo resultan útiles algunos antecedentes. En efecto, el bacteriólogo Carlos Chagas, destacado en patologías tropicales e investigaciones sobre protozoos, había identificado, hacia 1909, el agente causante de la tripanosomiasis americana y sus avances se conocían en Buenos Aires, pues acá también se afianzaban las reflexiones por asuntos más o menos equivalentes y, si bien existían algunas desorientaciones, no había indiferencia por conocer más sobre las dolencias que martirizaban, en especial, a los pobladores del Noroeste (NOA)y nordeste (NEA) de la Argentina.

Uno, en particular, Salvador Mazza, orientó sus trabajos en ese sentido, para lo cual le resultaba apropiado un nuevo viaje por Europa; visitó las filiales del Instituto Pasteur del norte del África y se puso en contacto con un experto en medicina tropical, Charles Nicolle. Los dos médicos intercambiaron información, analizaron las similitudes y diferencias entre las regiones geográficas de allá y de acá, las enfermedades que prosperaban y cómo afectaban a los lugareños.

Mazza regresó convencido de la utilidad de crear en el país, en la zona apropiada, un polo de investigación in situ de los padecimientos que no saben de fronteras territoriales. Maduró la idea, buscó contactos políticos y profesionales y, en este último sentido le resultó capital la anuencia tanto dí Gregorio Aráoz Alfaro, director del Departamento Nacional de Higiene y de José Arce, rector de la UBA, como del mismo Nicolle, que llegó de visita al país y lo acompañó a seleccionar el lugar más apropiado para instalar el centro. Pero, nada es fácil: necesidades presupuestarias, celos profesionales y trabas burocráticas demoraban el proyecto.

Aún así se instaló la Sociedad Argentina de Patología Regional del Norte y montaron sus filiales en Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, Santiago del Estero, La Rioja y Corrientes. Hasta que le llegó el turno a la MEPRA, que funcionó con dependencia presupuestaria del Instituto de Clínica Quirúrgica que dirigía Arce; recabó información sobre diversas patologías que afectaban desde el Chaco hasta Mendoza, atravesando el centro y noroeste del país y recibió de los médicos ubicados en puntos geográficos muy distantes los resultados de sus averiguaciones o experiencias personales.

Sostuvo su propio órgano de difusión, conocido como Publicaciones Periódicas de la MEPRA23 y dio lugar a investigadores de la talla de Flavio E. Niño, Miguel E. Jorge, Cecilio Romana, quien identificó en 1935 el complejo perioftalmo-ganglionar, que se convirtió en el signo más visible de la enfermedad en su forma aguda.

Fue, tal vez, el primer emprendimiento que buscó hacer indagaciones y exámenes biológicos de magnitud en el ámbito de los mismos infectados, ubicado «fuera» de los tradicionales y confirmó la altísima incidencia de la enfermedad de Chagas.

Realizó una labor novedosa, comparativa, complementaria e interdisciplinaria; quedó en evidencia cómo y cuánto se beneficiarían las búsquedas en la medida que se entrecruzasen los aportes brasileños con los resultados nacionales. No obstante debe recordarse que la relación de Mazza con el grupo del vecino país fue pendular: pues si bien, en ciertos períodos, se estimularon mutuamente, en otros, había recelos y competencias.

La MEPRA dispuso, desde 1930, del vagón-laboratorio E-600, para trasladarse y hacer pesquisas, intentando acercarse lo más posible a las zonas afectadas, autorizado a recorrer la red ferroviaria libre de cargo. Poseía, además de las comodidades de una vivienda, salón para laboratorio, estufa eléctrica para cultivos, autoclave para esterilización y una sección especial para el alojamiento de los animales regionales destinados a la experimentación, camilla para exámenes clínicos y electrocardiográficos.

En Suiza, el químico Paul H. Müller había iniciado un programa de investigación para descubrir un compuesto orgánico que matara insectos y en 1939 probó el potente efecto insecticida del DDT30, especialmente contra los artrópodos, con baja toxicidad para las plantas y mamíferos. Al equipo de la MEPRA no le resultó indiferente y años más tarde, lo aplicó. Ea MEPRA duró 20 años; en 1946 fue trasladada a la Capital Federal y cerrada en 1958, con algunos intentos intermedios por reflotarla.

Concepto de Enfermedades Transmisibles