Biografia de Guy de Maupassant

Biografia de Lessing Gotthold Ephraim Vida y Obra Literaria

Biografia de Lessing Gotthold Ephraim – Obra Literaria

Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781), crítico y dramaturgo alemán, que fue uno de los líderes de la ilustración. Fue uno de los más importantes escritores alemanes del siglo XVIII. Su pieza teatral Miss Sara Sampson (1755) es considerada la primera tragedia alemana que retrata la vida de la clase media.

El precursor y punto de partida del formidable desarrollo intelectual de Alemania en el siglo diecinueve se ha de buscar en la persona de Gotthold Efraim Leasing.

Representante del pensamiento ilustrado, supero la frialdad racionalista de esta tendencia espiritual en la consideración idealista de la busca eterna de la verdad, que nunca estimó poseída.

Biografia de Lessing Gotthold Ephraim
Durante su estancia en Leipzig empezó a interesarse por el teatro y escribió su primera obra, El joven erudito (1748).También escribió diversas obras teatrales, como El librepensador (1749) y Los judíos (1749). Su obra Miss Sara Sampson (1755) se ha hecho famosa por ser la primera tragedia sobre la vida de la clase media en el teatro alemán. Minna von Barnheld (1763) y el drama en verso libre Nathan el sabio (1779) son ya clásicos mayores de la escena alemana.

Por esta causa se le ha calificado de primer hombre de la nueva cultura, y en realidad Lessing fué el intelectual que abrió el camino a las generaciones renovadoras del pleno idealismo alemán.

Su figura destaca en la divisoria donde acaba el ciclo renacentista propio y se inicia la incertidumbre en el pensar y las vacilaciones características del hombre del siglo XIX.

En todo caso, su fecundidad, su talento y su clarividencia fueron abundantes manantiales donde bebieron, en el campo de la moral, de la estética, de la crítica y de la poesía, numerosas promociones de eruditos, filósofos y poetas alemanes.

Lessing nació en Kamenz, en Lausacia, el 22 de enero de 1729, en casa de Juan Gottfried Lessing, pastor luterano.

Estudió sus primeras letras en la escuela de su ciudad natal y a los doce años de edad ingresó en el famoso centro docente de San Afra, en Meissen. Aquí educóse en el cultivo de los clásicos latinos.

En 1746 pasó a la universidad de Leipzig para graduarse en teología; pero su vocación le llevaba por muy distintos senderos. Se aficionó a la filología, a las disputas filosóficas y a la dramaturgia.

En 1748 la actriz Neuber representó en la escena su primera comedia, El joven erudito.

Al enterarse de estas actividades, su padre le reclamó a su lado, y sólo otorgó su permiso para regresar a Leipzig con la promesa formal de que estudiaría medicina.

Sin embargo, el joven Lessing no pudo permanecer mucho tiempo en la ciudad. Perseguido por los acreedores, se refugió primero en Wittemberg y luego en Berlín.

Aquí se dio a conocer como crítico, traductor y polemista acerado. Conoció a Voltaire con el cual sostuvo muy pronto una viva discusión literaria (1751).

Su nombre, que empezaba a sonar como redactor del Vossische Zeitung, se hizo popular con el drama Miss Sara Sampson, representado en 1755, el cual inauguraba en la escena alemana la comedia burguesa, libre de las formas rígidas de la escuela francesa imperante en aquel entonces.

Miss Sara Sampson tiene en el teatro de Alemania el mismo valor que el Mesías de Klopstock (1748) en la poesía.

Lessing abandonó por algún tiempo Berlín, dispuesto a correr mundo con su amigo Winkler.

Pero la declaración de la guerra de los Siete Años le detuvo en Amsterdam (1756).

Durante esta conflagración publicó sus Cartas referentes a la literatura moderna (1759-1765), en las que se reveló como crítico excepcional.

Entre 1760 y 1765 desempeñó el cargo de secretario del general Tauentzien en Breslau.

Este alejamiento de las actividades literarias directas perfiló su espíritu. Al regresar de nuevo a Berlín, dio a conocer sus dos obras fundamentales: el Laocoonte y el Minna de Barnhelm; ésta un drama excelente, con acentuados rasgos de humanidad, y aquélla un tratado crítico sobre las relaciones entre las Bellas Artes.

En 1767 Lessing intentaba llevar a cabo la gran experiencia de dar vida en Hamburgo a un teatro nacional germánico.

Su proyecto fracasó por prematuro. Pero de su vida hamburguesa proceden varias de sus obras críticas más considerables, como la Dramaturgia hamburguesa, en la que revalorizaba las obras de Shakespeare.

En 1770 aceptó el cargo de bibliotecario de Wolrenbüttel que le ofreció el príncipe de Brunswick.

A excepción de un viaje a Italia (1775), Lessing residió permanentemente en esa región de Alemania.

En esta última época se dedicó a los problemas religiosos, los cuales enfocó desde un punto de vista heterodoxo, como en los Fragmentos (1774-1778) y en La educación del género humano (1780)

Moría en Brunswick al año siguiente , el 15 de febrero a consecuencia del exceso de trabajo y de las provaciones sufridas.

fuente

Biografia de Varela Juan Cruz Poeta y Politico Argentino

Biografia de Varela Juan Cruz – Vida y Obra Literaria

Es el más importante poeta del movimiento neoclásico en el Río de la Plata, e históricamente, el primer gran poeta argentino.Nació en Buenos Aires (1794) y se educó en el Colegio de San Carlos.

Se trasladó más tarde a Córdoba e ingresó en la universidad para seguir estudios eclesiásticos. Fue alumno interno del Seminario Conciliar, y en esa época manifestó ya su vocación literaria en un poema amatorio. Pasó luego al Colegio de Montserrat (1815) y se graduó en teología, aunque no recibió los hábitos.

Propúsose luego seguir la carrera de leyes, pero no pudo concluir sus estudios. Regresó entonces a Buenos Aires (1817) y consiguió un empleo en la administración pública.

Biografia de Varela Juan Cruz
A la caída del régimen presidencial de Rivadavia, se exilió en Montevideo. En esta ciudad reunió sus poesías líricas en 1831. Su producción va de la poesía lírica y amatoria de su juventud, a los cantos guerreros de la independencia y a la poesía de inspiración cívica.

Al llegar Rivadavia al gobierno (1826), Varela se declaró abierto partidario de sus ideas reformistas y liberales, y llegó a ser el vocero oficial de la obra de este estadista. Redactó varios periódicos, entre ellos El Centinela.

Por esa época compuso dos tragedias al modo clásico, un saínete y otra pieza de la que se conserva sólo un acto, y también varias de sus poesías.

Fue elegido diputado al Congreso de 1821 y secretario del Congreso General Constituyente de 1826.

Caído Rivadavia, participó en la campaña de oposición al gobernador Dorrego. Se refugió con su mujer y dos hijitas en Montevideo (1829), desde donde parece que no fue ajeno al fusilamiento de Dorrego, pues habría dado consejos en tal sentido al general Lavalle.

En el destierro sobrellevó una vida de penurias y dificultades económicas, sin olvidar por eso su fuerte amor a las letras.

Comenzó una traducción al castellano de La Eneida de Virgilio, publicó otras piezas poéticas, entre ellas su famosa composición contra Rosas, Al 25 de Mayo de 1838, en Buenos Aires, y comenzó a preparar una recopilación de todas sus poesías, que no llegó a editar.

Falleció en la capital uruguaya (1839).

Las poesías de Várela. La recopilación de poesías que Varela había preparado (1831), fue editada muchos años más tarde (1879).

En esta colección, el propio autor desechó numerosas composiciones, sobre todo las amatorias y satíricas en general, con lo que el tomo ha recogido sólo una octava parte de la pro ducción total.

Posteriormente, y por la obra de los críticos, so han recogido y dado a luz otras piezas del poeta.

La producción poética de Varela comprende:

a) poesías eróticas juveniles, de las cuales siguió el ejemplo del griego Ana creante, a través de las imitaciones efectuadas por los españoles Meléndez Valdés, Cienfuegos y Arriaza, sobre todo;

b) poesías civiles sobre las reformas de Rivadavia y el progreso de las cien cías, inspiradas en el filosofismo caracterisico de la época y en las ideas de la Ilustración, las cuales le sirvieron para adquirir gran notoriedad;

c) poesías patrióticas, en las cuales imitó y siguió el ejemplo de los llamados «poetas de la revolución» (Vicente López y Planes, Cayetano Rodríguez, Esteban de Luca .y otros).

El ciclo erótico-amatorio desarrolla los temas de la sentí-mentalidad graciosa y elegante, muy en boga en la época, heredada del siglo XVIII, y en él aparecen los nombres de tres damas, Laura, Delia y Elvira, que son objeto de la pretención amatoria del artista.

De todas estas piezas, la más celebrada es el poemita La Elvira (1817).

El ciclo cívico-filosófico es superior al anterior, y según algunos críticos, lo más logrado de su inspiración.

Gran parte de las iniciativas civilizadoras de Rivadavia son enlazadas en esta serie, como ser los trabajos hidráulicos en la ciudad de Buenos Aires, además de la ideología progresista y liberal de la época, la libertad de imprenta, la reforma eclesiástica, etc.

El ciclo patriótico-revolucionario es, sin embargo, el más acabado y hermoso de su talento.

En él levantó su tono a lo épico, y celebró los triunfos de las armas argentinas en los campos de batalla.

Sobresale, entre todas las piezas de esta serie, su canto Triunfo de Ituzaingó, su composición de mayor significación lírica, que puede relacionarse con el canto a Bolívar del ecuatoriano Olmedo.

Esta composición fue muy elogiada por el propio Bello. Dentro de este ciclo, cabe también la invectiva en verso contra Rosas, Al 25 de Mayo de 1838, en Buenos Aires, compuesta con gran elevación retórica y pasión política.

La ideología del hombre político. A través de la obra de Varela, es patente un contenido espiritual constante.

Su ideario era el común en los pensadores liberales de la época, tanto europeos como americanos, y sostenía sustancialmente el progresismo, el teísmo, la lucha contra el fanatismo, la aversión contra la ignorancia, el antiindigenismo, el antiplebeyismo, el concepto aristocrático del arte, las letras y la cultura, el antiespañolismo y la ideología.

Varela se esforzó en su obra por dotar de un contenido espiritual antitradicional a la Revolución de Mayo, extraer el máximo
ejemplo posible de la cultura europea, a través de las capas sociales altas y cultas, de arriba hacia abajo, al ejemplo del despotismo ilustrado preconizado por la filosofía política de la Ilustración, y asimilar al mismo tiempo las nuevas orientaciones estéticas del prerromanticismo que se anunciaban ya en el panorama literario de Europa.

En la advertencia inicial que el propio Varela compuso para la edición de sus obras, además de explicar los pormenores y vicisitudes de su carrera literaria, incluye unas líneas que valen tanto como un testamento literario:

«Muchos creen poseer lo que se necesita para ser poeta; pero esa posesión es dada a muy pocos, y no me harán entrar en el número de ellos ni el sufragio apasionado de mis amigos, ni el placer con que alguna vez mis compatriotas han leído o escuchado mis versos.

Ellos son, sin embargo, el único caudal que podré dejar a mis hijas; y puede ser que, por este motivo, llegue a ver la luz esta colección algún día.»

Fuente Consultada:Literaratura Española, Hispanoamericana y Argentina de Carlos Alberto Loprete Editorial PLus Ultra

Biografia de Kipling Rudyard Vida y Obra del Poeta

Biografia de Kipling Rudyard – Vida y Obra del Poeta

Kipling Rudyar, considerado «el poeta del imperio», describió en sus obras las costumbres de la India colonial y de sus dominadores británicos. Nació el 30 de diciembre de 1865 en Bombay (India) y a la edad de 6 años fue a estudiar a Inglaterra. Pasó cinco años en un hogar social de Southsea, experiencia detestable que describe en su relato La oveja negra.

Regresó a la India en 1882 y a partir de ese momento trabajó para la Civil and Military Gazette de Lahore hasta 1889, en calidad de editor y escritor de relatos. Sus libros infantiles se hicieron enormemente populares, pero fue por sus relatos por lo que consiguió el beneplácito de la crítica.

Biografia de Kipling Rudyard

Nació el 30 de diciembre de 1865, y pasó su infancia en Bombay, la ciudad de los olores acres, las multitudes ruidosas y los colores «detonantes». A los cinco años, su padre —profesor de escultura en la Escuela de Bellas Artes de Bombay—; le llevó a Inglaterra, dejándole, a él y a su hermana, al cuidado de una parienta; en Southsea.

Los siete años que siguieron, el niño diminuto y miope estuvo sujeto a la rígida disciplina de una mansión victoriana para pasar luego a una rigidez aún más estricta en el United Service College, escuela privada dirigida por militares, y destinada a los futuros oficiales del ejército británico de la India.

En la escuela, lo único que le distinguía del resto, era su precoz bigotito, un «temprano brote primaveral» de negro pelo que, ya a los once años afloraba hirsuto en el labio superior.

Era un devonador de libros insaciable, leía cientos y cientos de dramas clásicos, y novelas de todos los géneros.

A los diecisiete años, una vez graduado en el United Service College, decidióse por cursar estudios en la universidad del mundo. En vista de lo cual, el padre, que a la sazón era director del Museo de Lahore, le consiguió un empleo en la Civil and Miliiary Gasette.

Al cabo de cinco años de aprendizaje fue ascendido a asistente del director del Pioneer, de Allahabad. En sus momentos libres, escribía a vuela pluma poesías y cuentos tan largos como para llenar los blancos que podían quedar en las páginas impresas.

Varios años dedicóse a pintar la existencia pintoresca del Punjab, en minúsculos retratos. Reuniólos luego en dos pequeños volúmenes y, al enterarse de que los ecos de su publicación habían llegado a las puertas de los círculos literarios londinenses, decidió dejar a la India y recorrer el mundo.

Quería ser el periodista de un horizonte más amplio. Pidió a préstamos unos cientos ele rupias y emprendió el viaje.

Después de atravesar los Estados Unidos, desde San Francisco a Nueva York, atesoró sus impresiones de viaje en un libro saturado de ironía y ponzoña, y decidió volver a Inglaterra. Allí conoció a una joven americana, y se casó con ella, se llamaba Caroline Starr Balestier.

Construyó un espacioso bungalow en una de las laderas del Brattleboro en Vermont, y se fueron a vivir bajo el nuevo techo en pleno invierno (febrero 8 de 1892), con temperaturas muy por debajo del cero grado.

El joven poeta llamó a su nido de amor Naulahka, La Joya, en recuerdo de una novela que había escrito en colaboración con su cuñado, Wolcott Balestier. Allí vivieron durante cinco años, quizá los más venturosos de sus vidas.

Tenía una inclinación de su espalda y era debida a su miopía. Como no podía contemplar el horizonte distante, habíase habituado a bajar los ojos para observar más de cerca los detalles y la vida que le circundaban.

Para sus deportes de invierno había inventado un juego, «golf en la nieve», para el cual pintaba las pelotas de rojo con el objeto de localizarlas en la nieve cuando corría tras ellas calzado con botas de goma. Su entretenimiento favorito en las largas noches invernales era representar obritas en un teatro en miniatura que había organizado en Naulakha.

A veces, en el curso de la representación, Kiplíng improvisaba versos que hacían morir de risa a los espectadores. Pero jamás permitió que esos «versos improvisados de sus horas de ocio» se publicaran o escribieran.

En cuanto a sus horas de trabajo, trabajaba en su escritorio diariamente, de nueve a una de la mañana. En estas horas nadie debía molestarlo, y para llegar hasta él debía pasarse antes por un cuartito —la cámara del dragón— donde la señora Kipling, con sus agujas de tejer y su mirada airada, alejaba a cuanto intruso osara perturbar su calma.

En ese estudio escribió Kipling algunos de sus mejores trabajos; decenas de cuentos y poemas, como el Capitanes intrépidos y los Libros de la jungla.

La publicación de los dos Libros de la jungla trajo fama y fortuna a nuestro poeta cuando aun no llegaba a. los treinta. Millones de lectores del mundo entero habían paladeado su «cocktail» literario de sublimidad y slang, y lo habían hallado de su gusto.

Le llovían pedidos de colaboraciones, y más de una vez le faltó tiempo para atenderlas. En una ocasión, el director de Ladies’Home Journal, Edward W. Bok. le solicitó que escribiera un artículo.

El poeta inglés, que no simpatizaba con esa publicación norteamericana, pidió por su trabajo un honorario exhorbitante. Creyó así atemorizar al director, pero se equivocó pues le fue aceptado.

Kipling escribió el cuento sin mucho cuidado conocido como Guillermo el Conquistador, que resultó un éxito.

Kipling no era un hombre con el cual se pudiera convivir fácilmente. Jamás aceptaba el papel de perdedor en una disputa, y su partida de América se debió a una de estas querellas.

Empezó el asunto con una cuestión de límites que entabló con un vecino de su heredad, en Brattleboro. Siguió a esto un desagradable juicio con la secuela publicitaria que es de imaginar, y, en cuanto se falló la causa, Kipling partió de América (agosto de 1896), para establecerse en «su bendito rincón» de Inglaterra.

Tres años más tarde regresó a los Estados Unidos, pero esta última visita había de dejarle muy amargos recuerdos. Odiaba las calles de Nueva York, «con su griterío y su estrépito, sus variados colores, sus cuartos de calor bochornoso y sus habitantes en eterno vaivén. . .»

Pero a tanta incomodidad vino a sumársele un grave ataque de neumonía, que casi le cuesta la vida. Cuando estaba él fuera de peligro, se le murió la hija mayor, Josefina, la pequeña a quien había cuidado la enfermera aquella a la que Kipling obsequiara el original del primer Libro de la jungla.

Poco habló Kipling ele esta muerte, pero a lo largo de toda su vida llevó a cuestas ese tremendo dolor.

Hallándose Kipling al borde de la muerte, el Kaiser alemán envió varios cables interesándose por su salud, El Kaiser, por supuesto, era ajeno al mérito literario de Kipling; pero había oído que este joven poeta inglés pregonaba un credo nuevo y agresivo, una doctrina anticristiana que atraía el corazón imperialista del Kaiser.

Su amor por la patria le llevaba a odiar a todas las demás naciones. Su patriotismo descendía al «chauvinismo» de quienes cantaban a la guerra por el solo hecho de que la patria estaba equipada para hacerla.

No hay que extrañarse, pues, de que el Kaiser se interesara por la salud de este brillante, apóstol de la brutalidad.

Pero seguramente hubiera procedido de muy otra forma de haber sabido que Kipling viviría para atemperar esa concepción agresiva con la gracia salvadora de la compasión. Porque a medida que iba entrando en años acrecían en él la sabiduría y la tristeza.

Dejó de glorificar las victorias del soldado británico y se puso a ensalzar sus virtudes, su determinación en la buena y en la mala «de vivir cumpliendo el deber con estoicismo, con integridad, con alegría».

La conquista puede llevar lejos; el orgullo puede degenerar en arrogancia y el imperialismo, en despotismo. Las simientes de la victoria de hoy pueden germinar en la cizaña de la derrota del mañana.

El alma ele Kipling, como la de Inglaterra, habíase pulido en el sufrimiento. Rehusó ser laureado porque quería, sentirse libre para expresar lo que sentía.

Obtuvo el premio Nobel de literatura (1907) para llegar a la conclusión de que los premios y el amor, eran humo que pronto se disipa. Cuando se desencadenó la Primera Guerra Mundial (1914) el Kipling del Himno se rebeló contra la matanza.

Perdió a su hijo en la guerra y en su corazón se hizo aquel vacío desolado de todos los ancianos que perdieron a sus hijos jóvenes en la lucha.

Bombas, por vidas humanas. Balas, por pan. Fratricidio, por fe. Odio, por esperanza. La Providencia se compadeció de él ahorrándole el dolor y la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial.

Murió en 1936, cuando comenzaban a oírse los alaridos distantes de la agresión nazi.

LOS MEJORES POEMAS DE KIPLING

Himno.
El vampiro.
La balada del Este y del Oeste,
Le bandera inglesa.
Danny Deever.
Tommy.
Fuzzy-Wuzzy.
Canga Din.
A la diosa desconocida.
La nuit blanche.
Mi rival.
Un código de moral. Botín.
Mandalay.
Marchando por la ruta.
La balada de la burla del rey.
Botas.
El caballo del contratista.
La caída de Jock Gillespie.
La última viuda.
La tumba de los cien muertos,
Dalila.
La letanía del enamorado.
El canto de las mujeres.
La viuda de Windsor.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Whitman Walt – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina


Biografia de Whitman Walt Vida y Obra Literaria del Poeta

Biografia de Whitman Walt Vida y Obra Literaria del Poeta

Poeta estadounidense cuya obra afirma claramente la importancia y la unicidad de todos los seres humanos. Su valiente ruptura con la poética tradicional, tanto en el plano de los contenidos como en el del estilo, marcó un camino que siguieron posteriores generaciones de poetas de su país.

El segundo entre nueve hermanos, Walt Whitman nació, el 31 de mayo de 1819, en West Hills, Long Island —o, como él prefería llamarle—, en Paumanok, «la isla cuyo pecho se enfrenta con el mar».

Contaba cuatro años cuando se mudaron a Brooklyn, porque el padre había decidido dejar la labranza por la carpintería. No obstante, los niños pasaban elverano en West Hills, junto a los abuelos.

Biografia de Whitman Walt
La edición de 1855 de Hojas de hierba contenía 12 poemas sin título, escritos en versos largos y cadenciosos que se asemejan a los de la Biblia del rey Jacobo. El más largo y de mayor calidad de ellos, que más tarde recibió el título de «Canto a mí mismo»

Y Walt, en horas enteras de «aventuras» logró intimar con los ríos, los campos y los bosques, y con el más querido de sus camaradas: el mar de perpetua resonancia.

Los meses de invierno se los pasaba remoloneando en las horas de clase, sin aplicarse al estudio de las letras y los números. «Este chico es tan holgazán —decía su maestro Benjamín Halleck — , que estoy seguro nunca llegará a ser nada.»

El padre de Walt pensaba lo mismo. Pretender hacerle continuar los estudios era perder el tiempo. Tendría que conocer el mundo y aprender un oficio honesto…

Dicho y hecho; a los trece fue puesto de aprendiz en una imprenta, Pero allí, como en el colegio, el rapaz siguió dedicándose al dolce far niente.

Se metió a carpintero pero no le gustó. Luego intentó la enseñanza, mas tampoco la halló de su agrado. Al cabo se puso a escribir. Esta vez se encontró a sí mismo.

Tenía veintidós años cuando escribió el primer libro, una novela melodramática sobre la temperancia. Y estuvo a dos dedos de perder su arte, ya que se convirtió en un éxito financiero.

En poco tiempo se vendieron veinte mil ejemplares. Semejante estreno y a edad tan temprana hubiera bastado para trastornar a cualquier otro poeta bisoño.

Esto le indujo a conseguir un trabajo en el periódico Daily Eagle, de Brooklyn. La paga era buena y la tarea simpática. Le agradaba su tarea, pero más le gustaba no hacer nada.

Y muchas veces habría de instar a sus lectores a la holganza. «Gocemos un poco de la vida. ¿O es que Dios ha hecho esta tierra tan hermosa. . . para nada?

Los hombres son las diferentes partes de un cuerpo: la humanidad. No importa que la piel sea blanca, roja, amarilla o negra, siempre serán hermanos. Trató de difundir este pensamiento con enfáticos artículos de fondo en el Magle, y esto le acarreó la pérdida del puesto.

Halló un nuevo empleo en Nueva. Orleáns. La llegada a esta ciudad, la Reina del Sud, señala el «episodio más interesante de su vida». Intimó mucho con una mujer de otra escala social». Según se deduce, la conoció en un baile realizado en el suburbio llamado Lafayette.

Este amor no acabó en casamiento: no sabemos si porque la dama estaba casada o porque su familia le negó el correspondiente consentimiento debido a la situación social y financiera del poeta. Sabemos que fue padre al menos de una de las criaturas de la dama.

Parece que su enigmático idilio de Nueva Orleáns demostró ser el rayo de sol y de dolor que faltaba para hacer florecer su musa poética. A poco de regresar a Nueva York púsose a escribir Hojas de hierba.

La primera edición salió a la luz en 1855. Un solo americano — Ralph Waldo Emerson-— supo desentrañar parte de su grandeza, pero con el correr del tiempo Emerson habría de hallar el lenguaje de Whitman un tanto acre para su delicado paladar.

Con la discreción propia del caballero, Emerson decidió dejar a Whitman librado a sus propias concepciones. Pero desde entonces se inclinó a concordar con el editor de una revista literaria de Boston (Intelligence) quien aseguraba que Whitman era «un loco suelto».

Whitman hablaba de las distintas partes del cuerpo, inspirado por el mismo espíritu con que Dios las ha creado. Sus poemas son una glorificación de la vida, y de todas las fases en que ésta se manifiesta.

Whitman hallaba belleza y beatitud por doquier, porque todo lo examinaba con igual disposición de ánimo. Cada cosa es parte de Dios, es hoja del árbol eterno de la vida cuya savia inmortal fluye por las venas del universo entero.

Whitman cree en la evolución del individuo así como en la de la especie. Cada alma humana realiza un largo proceso de educación: antes de aflorar a la tierra, en su existencia terrena y, después, en el otro mundo. No hay alma que no atraviese por todas esas gradas de perfeccionamiento.

Aquellos que en vida parecen pertenecer a las clases más humildes, son los que cursan estudios más elementales que los otros alumnos aventajados en la escuela democrática de la vida eterna.

Pero a la larga no habrá alma que no logre el título máximo en esa escuela universal, y se gradúe ante Dios. La democracia de Whitman no es una doctrina social o política. Es una religión: la convicción sublime de que cada uno de nosotros alcanzará al fin la perfección.

Walt Whitman fueé quizá el más compasivo de los poetas modernos. Y esa compasión le llevaba a preocuparse continuamente del problema de la muerte. Siempre la elogió.

La Muerte —decía— es el Médico cuya nivea mano borra el último vestigio del dolor humano. Walt Whitman iba muy poco a la iglesia, pero era uno de los poetas más religiosos.

El cuerpo y el alma, dijo, son una sola cosa; y la muerte no es más que la prolongación de la vida. Río de lo que llaman disolución, porque sé que soy inmortal.»

Este nuevo Evangelio de la Democracia Americana glorifica la dignidad del hombre. Cada criatura humana es un alto sacerdote que, si lo desea, puede hablar cara a cara con Dios.

Una nueva era se inaugurará, cuando el hombre se de cuenta de ese hecho. Una nueva religión, más amplia y más acogedora que la antigua, inundará al mundo de amor.

Con esa fe profundamente arraigada en el corazón, ofrece a todos su mano amiga. Les canta «el poema evangélico» de los camaradas y el amor.

En su comunión con la gente, Whitman hallaba un placer inenarrable. No se contentaba con cantar a la camaradería. Era uno de esos pocos hombres que la practicaban en verdad. Se identificaba con el mundo entero, y trataba de darse entero a todos, Cultivar la amistad del humilde era su pasión; y su mano de camarada iba a estrechar la de aquellos que no podían «salir adelante» en la lucha por la vida.

Se pasó todo un invierno guiando el coche de un cochero enfermo. Fiel a las prescripciones planteadas en el prefacio al libro Hojas de hierba, de la edición de 1855, él amaba la tierra, el sol y los animales, despreciaba la riqueza, daba limosna a cuantos la mendigaban, defendía a los tontos y a los débiles, no se quitaba el sombrero ante nadie, conocido o desconocido, y se hacía amigo de todos aquellos que estaban necesitados de amistad.

En él vivía el evangelio de América.

Durante la Guerra Civil, ofrendó su vida en aras de la humanidad, no en el campo de batalla, sino en los hospitales. Su hermano Jorge, alistado en el regimiento 5º de voluntarios neoyorquinos, fue herido en la batalla de Fredericksburg.

Walt acudió a cuidarle al hospital militar de Washington, pero a su llegada, el hermano ya se había repuesto. Sin embargo, quedóse allí para prodigar cuidados al resto de los heridos y a los agonizantes.

Hasta terminar la guerra, ésa fue su tarea diaria. . . y no hubo jamás enfermero más hábil, solícito y tierno. Era compañero, secretario, asistente, consuelo y amigo de sus pacientes.

Hacía milagros, decían los médicos. . . milagros de curación. Unas pocas palabras de aliento, dichas en voz cálida de afecto, lograban a veces devolver a la vida a aquellos que ya se habían resignado a morir, algunos desahuciados hasta de los mismos médicos. Muchos soldados le recordarían años más tarde como «al hombre con la cara del Redentor».

En sus atenciones no hacia distingo entre amigos y enemigos. Todos los dolientes, fueran del norte o del sud, eran «sus hermanos en la desgracia».

Whitman no recibía salario alguno, por su atención de los enfermos. Para ganarse el sustento durante este período, se empleó en el Iridian Burean, del Departamento del Interior. Pero algún entrometido llamó la atención de James Harían, a la sazón Secretario del Interior, sobre la «poesía perniciosa» de Whitman.

Y una noche, mientras el poeta hacía su acostumbrada ronda nocturna por el hospital, Harían abrió su escritorio, halló un ejemplar de Hojas de hierba, leyó de él lo suficiente como para cerrar el libro horrorizado, quedándose con una absoluta incomprensión de los poemas y un concepto pésimo del autor.

A la mañana siguiente, el poeta encontró sobre su mesa de trabajo esta nota: «A partir de la fecha se prescinde de los servicios de Walter Whitman».


En 1 873, Walt Whitman sufrió un ataque de parálisis. Se recobró en parte, pero ya no volvió a ser el mismo de antes, pues su vitalidad permanecería apagada hasta el fin de sus días.

Atravesaba renqueando las ciudades de los hombres. . . cierto crudo día de invierno en que así trataba de obtener algún mendrugo a cambio de pepitas de oro, una viuda anciana, Mary Davis, se apiadó de él; hízole entrar, dióle un buen desayuno caliente y allí mismo se hizo el propósito de prodigarle sus cuidados desde entonces en adelante.

Sus pocos admiradores le compraron una casita —que más se parecía a un cajón— en Camden, Nueva Jersey, donde había muerto su madre y donde a él le hubiera gustado acabar sus días. Se la amueblaron con lo más indispensable: una cama, un cajón para la ropa sobre el que también escribía, dos sillas y una mesa con un hornillo para cocinar su frugal comida. . . eso era todo.

Pero al poco tiempo llegó a llenar la casuca y darle calor de hogar una mujer, Mrs. Davis, quien se mudó allí trayendo sus propios muebles. Walt vivió desde entonces como un «príncipe en sus dominios».

Príncipe de una choza desvencijada. La casa estaba al otro lado de las vías del ferrocarril. La calle era sucia, ruidosa, y apestaba el aire una fábrica de guano cercana. Pero al fondo, había un frondoso peral, a cuya sombra pasaba Whitman las tardes estivales.

Así pasó sus años postreros, recibiendo a sus amigos en la planta baja, en el «salón», cuando podía moverse, y arriba, en su «estudio», cuando sus fuerzas flaqueaban.

Tanto el ‘»salón» como el «estudio» estaban abarrotados de cientos de libros suyos que no habían hallado compradores, libros diseminados sin orden sobre sillas, armarios, mesas y pisos.

Al cumplir los setenta y dos años (mayo 31 de 1891), un grupo de amigos le ofrecieron un «banquete» en su propia casa.

Durante estos últimos años, escribió obras en prosa de gran calidad, como los ensayos Perspectivas democráticas (1871), que se consideran en la actualidad una exposición clásica de la teoría de la democracia y sus posibilidades. Días ejemplares (1882-1883), por otro lado, contiene antiguos textos sobre la guerra de Secesión y el asesinato del presidente Lincoln, y notas sobre la naturaleza, escritas durante su vejez.

Murió un 26 de marzo de 1892 en Cadmen.

LOS MEJORES POEMAS DE WH1TMAN

Canto a mi mismo.
aliendo de Patimanok.
Oigo cantar a América.
Me imperturbe.
Canto al camino.
Oda a Teodoro Roosevelt.
Meciéndose sin fin desde la cuna.
¡Pioneers, oh pioneers!
Sdlut au monde,
A los estados.
Un espectáculo de Broadway
En el «ferry» de Brooklyn
¿Quién aprende toda mi lección?
Una araña paciente y silenciosa,
¡Redoblad, redoblad tambores!
El curador de heridas.
Sobre ta matanza.
Reconciliación.
Adiós a un soldado.
Que haya hoy paz en los campos.
Canto del Universal.
Canto del hacha.
A los que han fracasado.
Cuando las lilas florecieron por
última vez. Del océano rugiente.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Whitman Walt – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Longfellow Henry Vida y Obra Literaria

Biografia de Longfellow Henry

Longfellow Henry fue un poeta estadounidense que figura entre los más populares y celebrados de su época. Nació el 27 de febrero de 1807, en Portland (Maine), y estudió en el Bowdoin College.

Mientras se preparaba para dedicarse a la enseñanza viajó por Europa. Dio clases de lenguas modernas en Bowdoin (1829-1835) y en la Universidad de Harvard (1835-1854).

Más tarde se dedicó por entero a escribir. Murió el 24 de marzo de 1882, en Cambridge (Massachusetts).

Biografia de Longfellow Henry
De acuerdo con los criterios actuales, su obra es tópica en su temática, didáctica en su estilo y carente de fuerza lírica. Su reacción ante la naturaleza y las emociones básicas de la vida hoy parece superficial. Pese a todo, sigue siendo uno de los poetas estadounidenses más populares, principalmente por su sencillez estilística y temática y su maestría técnica.

Nació en la ciudad de Portland, en la abrupta ribera del Maine. Sus antepasados se habían distinguido en la vida militar y jurídica de Nueva Inglaterra.

Su abuelo materno, el general Peleg Wadsworth, había sido uno de los héroes de la revolución y el paterno, un juez famoso; su padre era miembro del Congreso y había sido elector presidencial.

La educación de Henry, fue todo lo aristocrática que correspondía a su estirpe. Desde un principio, se le educó «en las normas del respeto, la obediencia, el desinterés, el temor a las deudas, y en el fiel cumplimiento de los deberes

Era el perfecto caballero de Aristóteles, y respondía al dorado lema: «nada con exceso».

Al ingresar en el Bowdoin ya estaba decidido a seguir la carrera literaria. Su padre, en una carta que le envió al colegio, le instaba a abandonar esa idea, haciéndole notar que no había tanta riqueza en América como para asegurar un porvenir a un hombre de letras.

En cierto momento la cátedra de lenguas vivas del colegio Bowdoin quedó vacante y le fue ofrecida la suplencia para después de graduado, aunque bajo la condición de que antes viajara por Europa a fin de familiarizarse con los idiomas.

Viajó por España, Italia, y Alemania, y dondequiera que fuese le precedía su buen humor. Y tan admirable como su personalidad era su destreza para aprender idiomas. Al cabo de tres años de estudios en el extranjero volvió a su ciudad natal hecho un experto lingüista.

A la sazón contaba veintidós años, un domingo por la mañana, mientras se hallaba oyendo misa, vio a Mary Potter, una compañera a quien hacía largo tiempo no veía, convertida durante su ausencia en bella mujer.

Con dignidad de profesor, hizo que su hermana le presentara a la joven Miss Potter, a quien al poco tiempo, con ardor poético, hacía esposa suya.

Longfellow necesitaba acción. No podía contentarse con ser un simple profesor de lenguas en Bowdoin. Quería intervenir en el incipiente movimiento literario de su país.

Longfellow quería dedicarse, junto con sus colegas, a la formación del alma de la cultura americana. Y, sobre todo, quería crear una literatura americana para el público americano, Pero hasta el presente sus obligaciones profesionales, siempre en aumento, le llevaban la mayor parte del tiempo.

Realizó un segundo viaje por el Viejo Mundo, nuestro lingüista, acompañado ahora por su joven y bonita espesa, viajó por todas partes de Europa maravillado y muy feliz.

Pero no todo sería tan «perfecto», a los pocos meses su amada Mary moría un domingo por la mañana, en Rotterdam, sin dolor, y con apacible resignación. Había dado a luz prematuramente, y a lo largo de tres semanas había padecido una tremenda tortura moral y física.

La desgracia abatió al poeta, dedicóse con ahinco al estudio del alemán, y a los doce meses volvía a su patria para ocupar la cátedra de profesor de lenguas en Harvard.

Llegó a Cambridge en el invierno en que cumplía sus veintinueve años, y fijó su residencia en la histórica Craigie House. Esta vetusta casa colonial había sido el cuartel general de Washington durante el sitio de Boston, en la guerra de la revolución.

En esa enorme casa enseñaba y escribía el poeta. Alrededor de una gran mesa redonda, se sentaban sus discípulos, y él los guiaba graciosamente por «algunas de las indiscretas» frases de los escritores franceses.

Viajaba con frecuencia a Boston y Brooklin pues era un jugador de naipes muy solicitado. En los bailes elegantes nunca dejaba de danzar con las damas de edad. Por fin escogió a una de ellas, para que reinara en su corazón y en su hogar. Siete años hacía que vivía en Craigie House cuando decidió casarse en segundas nupcias.

Esta segunda Mrs. Longfellow, hija de un hombre de negocios de Boston, a quien él había conocido en Suiza a poco de morir su primera mujer, era una joven de «rara inteligencia y de ojos profundos e inefables». Como regalo de bodas, el padre de la joven compró para ellos la mansión Craigie.

El éxito y la prosperidad entraron a raudales en la casa señorial.

Longfellow acababa de publicar un volumen de poesías en las que resonaba el numen de Goethe y la cadencia de las sagas escandinavas.

Pronto anunció su dimisión a la cátedra. Vistió la toga académica por última vez un día de apertura de clases. Pondría una lápida sobre el sepulcro del pasado y abriría de par en par los portales del presente. Las palabras de un poema suyo volviéronle a la memoria: «Mejora sabiamente el presente, que es tuyo «.

En 1884 fue el primer poeta americano en honor del cual fue esculpido un busto en la esquina de los poetas de la Abadía de Westminster en Londres.

El presente se vislumbraba activo, vibrante y encendido de esperanzas, en su propio país, en cada ciudad, en cada pueblo y en cada casa americana.

Se alejó del «Mausoleo de la Universidad de Harvard» y de los amarillentos libros de un mundo cubierto por el polvo de los años, e irrumpió en el mundo de los hombres… , en el resplandor de su gloria.

Sus cuentos sobre el Nuevo Mundo —Evangelista, Hiawatha, El cortejo de Miles Standish— se habían convertido en preciados tesoros dondequiera que se hablara inglés. Con rara unanimidad había sido coronado Poeta del Pueblo.

Era el poeta del hogar, de la serenidad y la paz. Pero más de una vez la nieve, la bruma y el dolor contristan su corazón.

La Muerte visitó con cruel frecuencia su hogar…cierto día la esposa, en la biblioteca, rizaba el cabello de las niñas con un hierro que calentaba en la llama de un cirio; de pronto, la llama le alcanzó su vestido y en pocos instantes su cuerpo era una antorcha viva que huía para alejar del peligro a las niñas. Al día siguiente, moría la desdichada tras atroces sufrimientos.

En tanto los años iban fluyendo hacia la eternidad, Longfellow seguía acosado por la pena interior, si bien mantenía un estado sereno. Su mejor esperanza había sido la de que los años no mermaran su inteligencia ni le troncharan su estro poético.

No se vio defraudado. Las flores de su fantasía manteníanse aún fragantes en el otoño de su vida. A la muerte de la segunda esposa había emprendido una tarea de amor: llevar al verso inglés la Divina Comedia de Dante, porque, al igual que a Dante, habíasele revelado la visión de su Beatriz en el cielo.

Tradujo el poema a razón de un canto por día. En la última visita que hizo a Europa recibió una ovación sin precedentes. Un obrero le detuvo en la calle para recitarle su Salmo de Vida.

De regreso a Cambridge fue proclamado primer ciudadano de la ciudad.

Al cumplirse el cincuentenario de su primera clase en Bowdoin, fuese a reunir con sus compañeros, a quienes leyó un poema que escribiera para la ocasión.

Murió el día 24 de marzo de 1882. Henry Wadsworth Longfellow está enterrado en el Cementerio del Monte Auburn, Cambridge, Massachusetts.

LOS MEJORES POEMAS DE LONGFELLOW

Evangelina.
Hiaiuatha.
El cortejo de Miles Standish.
Cuentos de una posada.
La construcción de un barco.
El esqueleto en la coraza.
El naufragio del «Hésperus».
La hora de los niños.
Un salmo de vida.
Excélsior.
Las voces de la noche.
Himno a la noche.
La ciudad y el mar.
La cruz de nieve.
El arsenal en Springfield.
Misa de medianoche para el año que muere.
El herrero del pueblo.
Doncellez.
Paúl Reveré.
El buque fantasma.
Morituri Salutamus.
Christus.
Traducción de la Divina Comedia de Dante.
Toque de queda.
El sueño del esclavo.
Mi juventud perdida.
La leyenda dorada.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Longfellow Henry – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Hardy Thomas Vida y Obra Litearia del Poeta

Biografia de Hardy Thomas

Thomas Hardy (1840-1928), novelista y poeta inglés del movimiento naturalista, cuyos personajes, retratados con profundidad en su Dorset natal, luchan inútilmente contra sus pasiones y circunstancias externas.

Nacido débil de cuerpo, vigoroso de mente y compasivo de alma, Hardy estaba «condenado» desde el principio a seguir la carrera literaria. De niño, le gustaba observar a los gusanos que pululaban en un estanque cercano a la casa de su padre, en Dorsetshire.

Con el andar de los años volvió la atención hacia esos otros gusanos, más grandes e igualmente impotentes, que bajo formas humanas se despedazaban, multiplicaban y morían en el pantano cenagoso de la tierra.

Decidió, pues, sentarse a la vera del camino, y dedicar su existencia a desentrañar el enigma.

Biografia de Hardy Thomas
El escritor inglés Thomas Hardy fue aclamado por la crítica tanto por su obra poética como por su narrativa. En ambos géneros, se ocupa de asuntos ligados a la vida y al destino de los individuos. Hardy escribió novela, poesía y cuento. Es considerado un escritor regionalista, ya que sus obras están profundamente arraigadas a las tierras del sur de Inglaterra, su país natal.

Al nacer el 2 de junio de 1840 era tan menudo y débil que el médico le dio por muerto, y gracias a una vigorosa palmada de la niñera «volvió» a una vida que había de acercarse a los noventa años.

Sus primeras enseñanzas fueron de puertas afuera de un colegio formal. Conoció las cosas sensibles por el medio directo de sus cinco sentidos; y por un sexto sentido: un cariño entrañable por cuanto le rodeaba.

Su sensibilidad vibraba ante rostros y voces de animales, pájaros y plantas. Sentíase uno en «parentesco de sangre» con la entera Naturaleza, con los vientos y las nubes, las abejas y las mariposas, los gorriones, las ardillas y los corderinos.

A la edad de nueve años las fibras de su corazón vibraban al compás de la gran sinfonía de la Naturaleza. Empezó por entonces su educación formal. Su padre le envió a la «Academia para Jóvenes Caballeros, del Sr. Last», una escuela particular distante tres millas de su casa.

Todos los días, así a la ida como al regreso, se detenía a «charlar un rato» con sus compañeros de juego: las criaturas agrestes de Egdon Heath. Mas por encima de todo le atraía el estudio de los rostros humanos.

En el aula sorprendía a sus profesores la rapidez con que asimilaba los conocimientos. Al graduarse, a los dieciséis años, estaba íntimamente familiarizado con la literatura latina, francesa e inglesa. En especial con las obras de Shakespeare, las que se sabía casi de memoria.

Había llegado el momento de ganarse la vida. Le era necesario aprender un oficio, una profesión… Su padre habíale enseñado a tocar el violín. Pero con eso no se comía. Quedaba otro camino: la arquitectura. El padre era maestro de obra; el hijo podía ser delineante.

Y así Tomás Hardy entró de aprendiz en casa de John Hicks, arquitecto, que tenía sus oficinas en la vecina ciudad de Dorchester.Pero a Hardy no le gustaba dibujar planos. El trabajo le resultaba demasiado mecánico.

Se levantaba a las cinco de la mañana o antes y se pasaba un par de horas «enseñándose» a leer el griego. Tres años más tarde, «conversaba» corrientemente con Esquilo y Homero, así como con los autores del Nuevo Testamento.

Escrbía y enviaba, sus poesías a las revistas y éstas se las devolvían sistemáticamente. No hubo editor que se dignase tocar una, y eso durante muchos años.

Estaba dotado de todo lo que hace al genio poético —ritmo, imaginación, sensibilidad, instinto para la frase adecuada, síntesis expresiva, una magia que «transformaba las palabras en estrellas»— todo, en suma, excepto el fogoso arrebato del inspirado. Hardy no ignoraba esa falla en el arsenal de sus talentos.

Y como arquitecto consumado y poeta a medias, fue a establecerse en Londres, donde consiguió un puesto de dibujante en las oficinas del proyectista de iglesias Arthur Blomfield.

Conoció a una mujer , se enamoró y se casó con Emma Gifford una joven de posición social superior a la suya. Una luna de miel breve y delirante, y una larga vida de incompatibilidades conyugales. Pues nunca llegaron a comprenderse.

Hardy no se quejaba. Trató de dar a su mujer una casa confortable, provista del mínimo de las cosas «indispensables» para una dama de su categoría social.

Las novelas de Hardy están basadas, especialmente, en la fórmula de los amores no correspondidos, fórmula que describe jocosamente Cristóbal Julián en La mano de Ethelberta.

A causa de su actitud cínica respecto de las emociones humanas, Hardy halló difícil al comienzo abrirse camino, así entre el público como entre los críticos. Sus obras fueron cobrando popularidad muy lentamente.

Sólo después de publicadas varias novelas —algunas por su cuenta y riesgo— advirtió el público la existencia de la exquisita suavidad que emergía de una gran tristeza. Ironía y piedad; son las dos notas altas de sus novelas.

Conforme iba entrando en años, mayor iba siendo su ojeriza contra la sociedad, por su injusticia sistemática en detrimento del individuo. Para la Navidad de 1928 escribió un epigrama donde trasuntaba toda la amargura que sentía por el «incurable salvajismo» del hato humano:

¡Paz en la tierra! fué el grito de Sión,
Por verla pagamos de curas un millón
Tras dos mil años de misa, ¡no está mal! ¡Paz!
Envuelta se la traen en gas letal.

Hardy ardía de indignación por el asesinato de cuerpos y almas humanos. Vez tras vez tocó el tema en sus novelas postreras. Los castigos que la sociedad inflige a los errores de sus miembros trascienden los límites de la decencia y la justicia humanas.

Escribió Teresa de los D’Urberville , y antes las críticas decía: «Como quiera que sea, he puesto en el libro lo mejor de mi alma y mi pensamiento».

Y también puso lo «mejor de su alma y su pensamiento» en otro libro —Jud el Oscuro—, que le premiaron con un torrente aún mayor de vituperios.

Un profesor norteamericano tachó a Jud el Oscuro de «libro condenable como pocos» de los muchos que en su vida había leído. Un conferenciante inglés quemó el libro en público.

La señora Grundy —con faldas o pantalones— alzaba los brazos al cielo. Hardy había osado presentar la verdad sin rebozo.

Cuando se publicaron extractos del libro en una revista, Hardy se vio obligado a mutilar personajes y situaciones, despojándolos de vida y personalidad. Su nombre dejaba ya de ser respetable.

Los editores, o rechazaban sus obras o las volvían a escribir «adaptándolas a la sensibilidad de sus lectores».

Hardy estaba lleno de indignación. «He vivido en el engaño —decía— de estar escribiendo para lectores inteligentes.» Su prosa era demasiado fuerte para los estómagos nerviosos del siglo XIX. Decidió volver a la poesía.

Escribió y publicó ocho volúmenes de poesía lírica, y un poema dramático sobre la vida de Napoleón —Los dinastas—. Gradualmente fué recobrando su buen nombre. Ahora, por fin, nadie lo leía, y todos le admiraban.

Su vida iba deslizándose serenamente en una vejez sólo contristada por la pérdida de su esposa. Fue un duro golpe para él, a pesar de las desavenencias conyugales.

Y después de la tormenta, la calma. En 1914 volvió a casarse con Florence Dugdale ; y, por una vez siquiera, el otoño y la primavera —él tenía 74 y ella 35— se combinaron en una armonía de perfecto unísono.

Dugdale se convirtió en su segunda mujer, quien se ocuparía de redactar la biografía del escritor después de su muerte, el 11 de enero de 1928. Un apacible y prolongado ocaso acabó el largo día de la vida del poeta, dejando tras de sí un dulce recuerdo y un noble pensamiento.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Thomas Hardy – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Guy de Maupassant Vida y Obra Literaria del Autor

Biografia de Guy de Maupassant

Guy de Maupassant (1850-1893), fue un autor francés considerado como uno de los grandes maestros del cuento de la literatura universal. Nació en el castillo de Mironmesnil, en Normandía y estudió en Yvetot y Ruán.

Durante su juventud fue miembro de un grupo literario surgido en torno al célebre novelista Gustave Flaubert, que era íntimo amigo de la familia.

Por la línea paterna descendía de una familia aristocrática venida a menos; por la materna, de una línea de plebeyos encumbrados por virtud de sus talentos artísticos.

Corría en sus venas extraña mezcla de elementos: el fuego de la lascivia, la sensibilidad de la imaginación, la amargura de la desilusión y la fría y rítmica cadencia del mar de Normandía.

Su padre era un libertino por cuya vida pasaron mujeres de alta condición. Su madre era una soñadora que se calentaba en la llama de un recuerdo, el de su hermano, cuyo genio poético había sido tronchado por una muerte prematura.

Biografia de Guy de Maupassant
La primera obra importante de Maupassant fue el cuento ‘Bola de sebo’ (1880), incluido en el volumen Las veladas de Médan y considerado su obra maestra en ese género.

OBRAS IMPORTANTES DE MAUPASSANT

Obras dramáticas.
El cordel.
Versos.
El collar.
Bola de sebo.
Bel-Ami.
Mademoiselle Fifí.
Pedro y Juan.
Una vida.
Nuestro corazón.
Yvette.

Guy exploraba las grutas de la costa, con dos perros pegados a los talones, y convencía a los pescadores para que le llevaran mar adentro a pescar caballas a la luz de la luna.

Tomaba parte en los juegos de los campesinos normandos, en aquella bruma gris atravesada por un cierzo que soplaba del mar, cual hálito de vida.

Bailaba con las bellas muchachas en las fiestas campestres, mientras los violines reían bajo los manzanos, y en la procesión nocturna marchaba al par de los hombres que llevaban sus hachas de viento cual rojas serpientes flamígeras.

Gustaba de probar un bocado de queso y un trago de sidra con cualquier amigo o forastero con quien se encontrara en la posada, trazaba fantásticos planes con los «lobos de mar» al borde de los acantilados, y desde allí miraba con los binóculos allende la lejana línea azul del horizonte.

Su madre aenas adolescente, le envió al seminario de Yvetot, pero Guy no tenía vocación por el sacerdocio. Abría las cubas de vino en la bodega del Padre Superior del Convento y convidaba a sus condiscípulos a beber, a costa de cien misas. Unas pocas travesuras más, y fué expulsado. . . recobrando su libertad.

A los dieciséis años tuvo su primera amante. Llamábase a sí mismo «glotón del dulce de la vida». En el Liceo se preparó para sus estudios de abogado y se las compuso para recibir notas «pasaderas».

Pero llegó el año 1870, y la invasión prusiana por Sedán. Ingresó en la dirección de abastecimientos del ejército francés. Aquella vida no tenía nada de divertida; pero mientras precedía a las tropas francesas en retirada, leía a Schopenhauer, escribía poesías amatorias y soñaba sueños de venganza contra los alemanes. Su genio fue templándose entre el hielo del odio y el fuego del amor.

Y al terminar la lucha, marchó a París en busca de trabajo. Porque la carrera de Derecho no era ya para los bolsillos vacíos de su empobrecida familia aristocrática.

Consiguió un empleo en las oficinas del Almirantazgo, y ni sus superiores ni sus colegas repararon en que había entre ellos un león enjaulado.

Maupassant vagaba por las noches por los bulevares, o navegando por el Sena. El Sena era su manía, su amante, su compañero complaciente e irresistible.

Por vinculaciones de parentesco conocía a Gustavo Flaubert, el autor de Madame Bovary, genio bohemio que había hecho experimentos con el arte, así como algunos audaces experimentan con la vida.

Durante siete años, todos los domingos, Guy sometía sus cuentos, poemas y obras teatrales al juicio de este amigo, de grandes mostachos y ojos negros.

Debió transcurrir largo tiempo antes de que Maupassant lograra hacerse escuchar. Sufría de terribles jaquecas, pero se refrescaba zambulléndose desde «algún puente tentador en pleno invierno», para emerger del agua helada gritando alguna obscenidad a los curiosos que formaban corro para observarlo.

«Es el joven más desvergonzado de París», decía todo el mundo. La gente «respetable» de París rehuía su compañía desde que había escrito una comedia licenciosa y la había hecho representar en el estudio de un pintor.

Los terribles dolores de cabeza seguían acosándolo, y cada vez crecían en intensidad. Pasaba hora sufriendo esta molestia, pero, a la postre, volvía a sus novelas.

Recogía historias dispersas de boca de pescadores, campesinos, actrices, mujeres públicas, compañeros de oficina. Cierta vez que comía en casa de Emilio Zola, mientras los comensales perdían el tiempo en discusiones estériles, el anfitrión se puso a discutir los principios de su nueva literatura.

Así nació un cuento del verdadero heroísmo: Bola de sebo, la historia de una mujer de mala vida, a quien los hombres amaban de prisa y despreciaban largamente. En Bola de sebo el autor muestra su desprecio e ironía hacia la estupidez humana.

En otros de sus cuentos, sin embargo, el desprecio truécase en compasión. Ocurre esto en El collar, considerado como la máxima expresión de la literatura imaginativa de Francia.

El collar es la tragicomedia de Madame Loisel, mujer que ha nacido hermosa y pobre, que soñó con príncipes y se casó con un empleado; que fantaseaba con palacios y vivía en una casa de vecindad.

En los años que duró su intimidad con Flaubert, éste le había indicado la triple fórmula del éxito literario:

—Observa —decíale—, observa, y vuelve a observar.

Pero al fin, murió Flaubert.

Maupassant fue el príncipe del cuento corto; sin embargo, por el modo de relatarlo, más que cuento parecía epopeya. Escribió varias novelas, que fueron cuentos breves, y todos sus cuentos breves fueron novelas.

Sus personajes no conocen el consuelo de la religión, ni tienen alma. Y bien; es un poeta que trata de disfrazarse de cínico. Su pesimismo, su precisión científica, su estilo simple, brillante, clásico, es la capa en que se encubre la generación joven que le rodea.

Maupassant estaba enfermo, tenía sífilis. Los millones de lectores que devoraban sus libros no podían imaginarse que las alucinaciones y los fantasmas que aparecían en sus cuentos eran sacados de las horas secretas de su propia vida.

Se sumergía en libracos de medicina y abordaba a cuanto médico le caía a tiro para hacerle preguntas sobre enfermedades.

Vibraban en su sangre estremecimientos de mundos agonizantes. Ahora más que nunca le espantaba la proximidad del invierno. Sentábase tiritando junto a la estufa, y aun en días cálidos tenía el fuego encendido en todas las hábitaciones.

Compró un yate, viajó bajo el sol mediterráneo, tocólas arenas ardientes del África, pero, hiciera calor o frío, tomaba sus apuntes temblando.

El destino escoge a su hermano menor, Hervé —lleno de vida, desprevenido, sereno— para herirle de muerte la mente. Cuando sus familiares le llevaban al manicomio, señaló a Guy gritándole: «¡Eres tú el loco, sí, tú! Tú eres el demente de la familia»…

Comienza luego un período de sus máximas creaciones literarias, cual si hubiese caído de pronto en brazos de dioses invisibles. De las drogas que corrían por sus venas, comenzaron a brotar antes de aniquilarlo las flores de su genio.

Salían de su pluma cuentos del trópico ardiente y silencioso, y de excursiones por el Mediterráneo, cuyas aguas disolvíanse en mundos estelares al embrujo creador del claror lunar.

Han pasado unas horas desde la llegada de Año Nuevo. Maupassant arrima la boca del revólver a su sien y aprieta el percutor. . . ¡El arma está descargada! Toma una navaja, se abre la garganta ,los médicos le vendaron y le restañaron la hemorragia.

Cuando la aurora surgió sus amigos le llevaron frente a su querida mar, en la esperanza de que la vista de su yate, el Bel Ami, le devolviera a la razón.

Contempló unos instantes la embarcación, moviendo los labios como un niño que aprende a hablar. No pronunció palabra. Al cabo, dio la espalda al mar y al yate, mientras su alma comenzaba su viaje celestial.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Guy de Maupassant – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina