Biografía de los Grandes Compositores

Biografia de Lessing Gotthold Ephraim Vida y Obra Literaria

Biografia de Lessing Gotthold Ephraim – Obra Literaria

Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781), crítico y dramaturgo alemán, que fue uno de los líderes de la ilustración. Fue uno de los más importantes escritores alemanes del siglo XVIII. Su pieza teatral Miss Sara Sampson (1755) es considerada la primera tragedia alemana que retrata la vida de la clase media.

El precursor y punto de partida del formidable desarrollo intelectual de Alemania en el siglo diecinueve se ha de buscar en la persona de Gotthold Efraim Leasing.

Representante del pensamiento ilustrado, supero la frialdad racionalista de esta tendencia espiritual en la consideración idealista de la busca eterna de la verdad, que nunca estimó poseída.

Biografia de Lessing Gotthold Ephraim
Durante su estancia en Leipzig empezó a interesarse por el teatro y escribió su primera obra, El joven erudito (1748).También escribió diversas obras teatrales, como El librepensador (1749) y Los judíos (1749). Su obra Miss Sara Sampson (1755) se ha hecho famosa por ser la primera tragedia sobre la vida de la clase media en el teatro alemán. Minna von Barnheld (1763) y el drama en verso libre Nathan el sabio (1779) son ya clásicos mayores de la escena alemana.

Por esta causa se le ha calificado de primer hombre de la nueva cultura, y en realidad Lessing fué el intelectual que abrió el camino a las generaciones renovadoras del pleno idealismo alemán.

Su figura destaca en la divisoria donde acaba el ciclo renacentista propio y se inicia la incertidumbre en el pensar y las vacilaciones características del hombre del siglo XIX.

En todo caso, su fecundidad, su talento y su clarividencia fueron abundantes manantiales donde bebieron, en el campo de la moral, de la estética, de la crítica y de la poesía, numerosas promociones de eruditos, filósofos y poetas alemanes.

Lessing nació en Kamenz, en Lausacia, el 22 de enero de 1729, en casa de Juan Gottfried Lessing, pastor luterano.

Estudió sus primeras letras en la escuela de su ciudad natal y a los doce años de edad ingresó en el famoso centro docente de San Afra, en Meissen. Aquí educóse en el cultivo de los clásicos latinos.

En 1746 pasó a la universidad de Leipzig para graduarse en teología; pero su vocación le llevaba por muy distintos senderos. Se aficionó a la filología, a las disputas filosóficas y a la dramaturgia.

En 1748 la actriz Neuber representó en la escena su primera comedia, El joven erudito.

Al enterarse de estas actividades, su padre le reclamó a su lado, y sólo otorgó su permiso para regresar a Leipzig con la promesa formal de que estudiaría medicina.

Sin embargo, el joven Lessing no pudo permanecer mucho tiempo en la ciudad. Perseguido por los acreedores, se refugió primero en Wittemberg y luego en Berlín.

Aquí se dio a conocer como crítico, traductor y polemista acerado. Conoció a Voltaire con el cual sostuvo muy pronto una viva discusión literaria (1751).

Su nombre, que empezaba a sonar como redactor del Vossische Zeitung, se hizo popular con el drama Miss Sara Sampson, representado en 1755, el cual inauguraba en la escena alemana la comedia burguesa, libre de las formas rígidas de la escuela francesa imperante en aquel entonces.

Miss Sara Sampson tiene en el teatro de Alemania el mismo valor que el Mesías de Klopstock (1748) en la poesía.

Lessing abandonó por algún tiempo Berlín, dispuesto a correr mundo con su amigo Winkler.

Pero la declaración de la guerra de los Siete Años le detuvo en Amsterdam (1756).

Durante esta conflagración publicó sus Cartas referentes a la literatura moderna (1759-1765), en las que se reveló como crítico excepcional.

Entre 1760 y 1765 desempeñó el cargo de secretario del general Tauentzien en Breslau.

Este alejamiento de las actividades literarias directas perfiló su espíritu. Al regresar de nuevo a Berlín, dio a conocer sus dos obras fundamentales: el Laocoonte y el Minna de Barnhelm; ésta un drama excelente, con acentuados rasgos de humanidad, y aquélla un tratado crítico sobre las relaciones entre las Bellas Artes.

En 1767 Lessing intentaba llevar a cabo la gran experiencia de dar vida en Hamburgo a un teatro nacional germánico.

Su proyecto fracasó por prematuro. Pero de su vida hamburguesa proceden varias de sus obras críticas más considerables, como la Dramaturgia hamburguesa, en la que revalorizaba las obras de Shakespeare.

En 1770 aceptó el cargo de bibliotecario de Wolrenbüttel que le ofreció el príncipe de Brunswick.

A excepción de un viaje a Italia (1775), Lessing residió permanentemente en esa región de Alemania.

En esta última época se dedicó a los problemas religiosos, los cuales enfocó desde un punto de vista heterodoxo, como en los Fragmentos (1774-1778) y en La educación del género humano (1780)

Moría en Brunswick al año siguiente , el 15 de febrero a consecuencia del exceso de trabajo y de las provaciones sufridas.

fuente

Biografia de Varela Juan Cruz Poeta y Politico Argentino

Biografia de Varela Juan Cruz – Vida y Obra Literaria

Es el más importante poeta del movimiento neoclásico en el Río de la Plata, e históricamente, el primer gran poeta argentino.Nació en Buenos Aires (1794) y se educó en el Colegio de San Carlos.

Se trasladó más tarde a Córdoba e ingresó en la universidad para seguir estudios eclesiásticos. Fue alumno interno del Seminario Conciliar, y en esa época manifestó ya su vocación literaria en un poema amatorio. Pasó luego al Colegio de Montserrat (1815) y se graduó en teología, aunque no recibió los hábitos.

Propúsose luego seguir la carrera de leyes, pero no pudo concluir sus estudios. Regresó entonces a Buenos Aires (1817) y consiguió un empleo en la administración pública.

Biografia de Varela Juan Cruz
A la caída del régimen presidencial de Rivadavia, se exilió en Montevideo. En esta ciudad reunió sus poesías líricas en 1831. Su producción va de la poesía lírica y amatoria de su juventud, a los cantos guerreros de la independencia y a la poesía de inspiración cívica.

Al llegar Rivadavia al gobierno (1826), Varela se declaró abierto partidario de sus ideas reformistas y liberales, y llegó a ser el vocero oficial de la obra de este estadista. Redactó varios periódicos, entre ellos El Centinela.

Por esa época compuso dos tragedias al modo clásico, un saínete y otra pieza de la que se conserva sólo un acto, y también varias de sus poesías.

Fue elegido diputado al Congreso de 1821 y secretario del Congreso General Constituyente de 1826.

Caído Rivadavia, participó en la campaña de oposición al gobernador Dorrego. Se refugió con su mujer y dos hijitas en Montevideo (1829), desde donde parece que no fue ajeno al fusilamiento de Dorrego, pues habría dado consejos en tal sentido al general Lavalle.

En el destierro sobrellevó una vida de penurias y dificultades económicas, sin olvidar por eso su fuerte amor a las letras.

Comenzó una traducción al castellano de La Eneida de Virgilio, publicó otras piezas poéticas, entre ellas su famosa composición contra Rosas, Al 25 de Mayo de 1838, en Buenos Aires, y comenzó a preparar una recopilación de todas sus poesías, que no llegó a editar.

Falleció en la capital uruguaya (1839).

Las poesías de Várela. La recopilación de poesías que Varela había preparado (1831), fue editada muchos años más tarde (1879).

En esta colección, el propio autor desechó numerosas composiciones, sobre todo las amatorias y satíricas en general, con lo que el tomo ha recogido sólo una octava parte de la pro ducción total.

Posteriormente, y por la obra de los críticos, so han recogido y dado a luz otras piezas del poeta.

La producción poética de Varela comprende:

a) poesías eróticas juveniles, de las cuales siguió el ejemplo del griego Ana creante, a través de las imitaciones efectuadas por los españoles Meléndez Valdés, Cienfuegos y Arriaza, sobre todo;

b) poesías civiles sobre las reformas de Rivadavia y el progreso de las cien cías, inspiradas en el filosofismo caracterisico de la época y en las ideas de la Ilustración, las cuales le sirvieron para adquirir gran notoriedad;

c) poesías patrióticas, en las cuales imitó y siguió el ejemplo de los llamados «poetas de la revolución» (Vicente López y Planes, Cayetano Rodríguez, Esteban de Luca .y otros).

El ciclo erótico-amatorio desarrolla los temas de la sentí-mentalidad graciosa y elegante, muy en boga en la época, heredada del siglo XVIII, y en él aparecen los nombres de tres damas, Laura, Delia y Elvira, que son objeto de la pretención amatoria del artista.

De todas estas piezas, la más celebrada es el poemita La Elvira (1817).

El ciclo cívico-filosófico es superior al anterior, y según algunos críticos, lo más logrado de su inspiración.

Gran parte de las iniciativas civilizadoras de Rivadavia son enlazadas en esta serie, como ser los trabajos hidráulicos en la ciudad de Buenos Aires, además de la ideología progresista y liberal de la época, la libertad de imprenta, la reforma eclesiástica, etc.

El ciclo patriótico-revolucionario es, sin embargo, el más acabado y hermoso de su talento.

En él levantó su tono a lo épico, y celebró los triunfos de las armas argentinas en los campos de batalla.

Sobresale, entre todas las piezas de esta serie, su canto Triunfo de Ituzaingó, su composición de mayor significación lírica, que puede relacionarse con el canto a Bolívar del ecuatoriano Olmedo.

Esta composición fue muy elogiada por el propio Bello. Dentro de este ciclo, cabe también la invectiva en verso contra Rosas, Al 25 de Mayo de 1838, en Buenos Aires, compuesta con gran elevación retórica y pasión política.

La ideología del hombre político. A través de la obra de Varela, es patente un contenido espiritual constante.

Su ideario era el común en los pensadores liberales de la época, tanto europeos como americanos, y sostenía sustancialmente el progresismo, el teísmo, la lucha contra el fanatismo, la aversión contra la ignorancia, el antiindigenismo, el antiplebeyismo, el concepto aristocrático del arte, las letras y la cultura, el antiespañolismo y la ideología.

Varela se esforzó en su obra por dotar de un contenido espiritual antitradicional a la Revolución de Mayo, extraer el máximo
ejemplo posible de la cultura europea, a través de las capas sociales altas y cultas, de arriba hacia abajo, al ejemplo del despotismo ilustrado preconizado por la filosofía política de la Ilustración, y asimilar al mismo tiempo las nuevas orientaciones estéticas del prerromanticismo que se anunciaban ya en el panorama literario de Europa.

En la advertencia inicial que el propio Varela compuso para la edición de sus obras, además de explicar los pormenores y vicisitudes de su carrera literaria, incluye unas líneas que valen tanto como un testamento literario:

«Muchos creen poseer lo que se necesita para ser poeta; pero esa posesión es dada a muy pocos, y no me harán entrar en el número de ellos ni el sufragio apasionado de mis amigos, ni el placer con que alguna vez mis compatriotas han leído o escuchado mis versos.

Ellos son, sin embargo, el único caudal que podré dejar a mis hijas; y puede ser que, por este motivo, llegue a ver la luz esta colección algún día.»

Fuente Consultada:Literaratura Española, Hispanoamericana y Argentina de Carlos Alberto Loprete Editorial PLus Ultra

Biografia de Kipling Rudyard Vida y Obra del Poeta

Biografia de Kipling Rudyard – Vida y Obra del Poeta

Kipling Rudyar, considerado «el poeta del imperio», describió en sus obras las costumbres de la India colonial y de sus dominadores británicos. Nació el 30 de diciembre de 1865 en Bombay (India) y a la edad de 6 años fue a estudiar a Inglaterra. Pasó cinco años en un hogar social de Southsea, experiencia detestable que describe en su relato La oveja negra.

Regresó a la India en 1882 y a partir de ese momento trabajó para la Civil and Military Gazette de Lahore hasta 1889, en calidad de editor y escritor de relatos. Sus libros infantiles se hicieron enormemente populares, pero fue por sus relatos por lo que consiguió el beneplácito de la crítica.

Biografia de Kipling Rudyard

Nació el 30 de diciembre de 1865, y pasó su infancia en Bombay, la ciudad de los olores acres, las multitudes ruidosas y los colores «detonantes». A los cinco años, su padre —profesor de escultura en la Escuela de Bellas Artes de Bombay—; le llevó a Inglaterra, dejándole, a él y a su hermana, al cuidado de una parienta; en Southsea.

Los siete años que siguieron, el niño diminuto y miope estuvo sujeto a la rígida disciplina de una mansión victoriana para pasar luego a una rigidez aún más estricta en el United Service College, escuela privada dirigida por militares, y destinada a los futuros oficiales del ejército británico de la India.

En la escuela, lo único que le distinguía del resto, era su precoz bigotito, un «temprano brote primaveral» de negro pelo que, ya a los once años afloraba hirsuto en el labio superior.

Era un devonador de libros insaciable, leía cientos y cientos de dramas clásicos, y novelas de todos los géneros.

A los diecisiete años, una vez graduado en el United Service College, decidióse por cursar estudios en la universidad del mundo. En vista de lo cual, el padre, que a la sazón era director del Museo de Lahore, le consiguió un empleo en la Civil and Miliiary Gasette.

Al cabo de cinco años de aprendizaje fue ascendido a asistente del director del Pioneer, de Allahabad. En sus momentos libres, escribía a vuela pluma poesías y cuentos tan largos como para llenar los blancos que podían quedar en las páginas impresas.

Varios años dedicóse a pintar la existencia pintoresca del Punjab, en minúsculos retratos. Reuniólos luego en dos pequeños volúmenes y, al enterarse de que los ecos de su publicación habían llegado a las puertas de los círculos literarios londinenses, decidió dejar a la India y recorrer el mundo.

Quería ser el periodista de un horizonte más amplio. Pidió a préstamos unos cientos ele rupias y emprendió el viaje.

Después de atravesar los Estados Unidos, desde San Francisco a Nueva York, atesoró sus impresiones de viaje en un libro saturado de ironía y ponzoña, y decidió volver a Inglaterra. Allí conoció a una joven americana, y se casó con ella, se llamaba Caroline Starr Balestier.

Construyó un espacioso bungalow en una de las laderas del Brattleboro en Vermont, y se fueron a vivir bajo el nuevo techo en pleno invierno (febrero 8 de 1892), con temperaturas muy por debajo del cero grado.

El joven poeta llamó a su nido de amor Naulahka, La Joya, en recuerdo de una novela que había escrito en colaboración con su cuñado, Wolcott Balestier. Allí vivieron durante cinco años, quizá los más venturosos de sus vidas.

Tenía una inclinación de su espalda y era debida a su miopía. Como no podía contemplar el horizonte distante, habíase habituado a bajar los ojos para observar más de cerca los detalles y la vida que le circundaban.

Para sus deportes de invierno había inventado un juego, «golf en la nieve», para el cual pintaba las pelotas de rojo con el objeto de localizarlas en la nieve cuando corría tras ellas calzado con botas de goma. Su entretenimiento favorito en las largas noches invernales era representar obritas en un teatro en miniatura que había organizado en Naulakha.

A veces, en el curso de la representación, Kiplíng improvisaba versos que hacían morir de risa a los espectadores. Pero jamás permitió que esos «versos improvisados de sus horas de ocio» se publicaran o escribieran.

En cuanto a sus horas de trabajo, trabajaba en su escritorio diariamente, de nueve a una de la mañana. En estas horas nadie debía molestarlo, y para llegar hasta él debía pasarse antes por un cuartito —la cámara del dragón— donde la señora Kipling, con sus agujas de tejer y su mirada airada, alejaba a cuanto intruso osara perturbar su calma.

En ese estudio escribió Kipling algunos de sus mejores trabajos; decenas de cuentos y poemas, como el Capitanes intrépidos y los Libros de la jungla.

La publicación de los dos Libros de la jungla trajo fama y fortuna a nuestro poeta cuando aun no llegaba a. los treinta. Millones de lectores del mundo entero habían paladeado su «cocktail» literario de sublimidad y slang, y lo habían hallado de su gusto.

Le llovían pedidos de colaboraciones, y más de una vez le faltó tiempo para atenderlas. En una ocasión, el director de Ladies’Home Journal, Edward W. Bok. le solicitó que escribiera un artículo.

El poeta inglés, que no simpatizaba con esa publicación norteamericana, pidió por su trabajo un honorario exhorbitante. Creyó así atemorizar al director, pero se equivocó pues le fue aceptado.

Kipling escribió el cuento sin mucho cuidado conocido como Guillermo el Conquistador, que resultó un éxito.

Kipling no era un hombre con el cual se pudiera convivir fácilmente. Jamás aceptaba el papel de perdedor en una disputa, y su partida de América se debió a una de estas querellas.

Empezó el asunto con una cuestión de límites que entabló con un vecino de su heredad, en Brattleboro. Siguió a esto un desagradable juicio con la secuela publicitaria que es de imaginar, y, en cuanto se falló la causa, Kipling partió de América (agosto de 1896), para establecerse en «su bendito rincón» de Inglaterra.

Tres años más tarde regresó a los Estados Unidos, pero esta última visita había de dejarle muy amargos recuerdos. Odiaba las calles de Nueva York, «con su griterío y su estrépito, sus variados colores, sus cuartos de calor bochornoso y sus habitantes en eterno vaivén. . .»

Pero a tanta incomodidad vino a sumársele un grave ataque de neumonía, que casi le cuesta la vida. Cuando estaba él fuera de peligro, se le murió la hija mayor, Josefina, la pequeña a quien había cuidado la enfermera aquella a la que Kipling obsequiara el original del primer Libro de la jungla.

Poco habló Kipling ele esta muerte, pero a lo largo de toda su vida llevó a cuestas ese tremendo dolor.

Hallándose Kipling al borde de la muerte, el Kaiser alemán envió varios cables interesándose por su salud, El Kaiser, por supuesto, era ajeno al mérito literario de Kipling; pero había oído que este joven poeta inglés pregonaba un credo nuevo y agresivo, una doctrina anticristiana que atraía el corazón imperialista del Kaiser.

Su amor por la patria le llevaba a odiar a todas las demás naciones. Su patriotismo descendía al «chauvinismo» de quienes cantaban a la guerra por el solo hecho de que la patria estaba equipada para hacerla.

No hay que extrañarse, pues, de que el Kaiser se interesara por la salud de este brillante, apóstol de la brutalidad.

Pero seguramente hubiera procedido de muy otra forma de haber sabido que Kipling viviría para atemperar esa concepción agresiva con la gracia salvadora de la compasión. Porque a medida que iba entrando en años acrecían en él la sabiduría y la tristeza.

Dejó de glorificar las victorias del soldado británico y se puso a ensalzar sus virtudes, su determinación en la buena y en la mala «de vivir cumpliendo el deber con estoicismo, con integridad, con alegría».

La conquista puede llevar lejos; el orgullo puede degenerar en arrogancia y el imperialismo, en despotismo. Las simientes de la victoria de hoy pueden germinar en la cizaña de la derrota del mañana.

El alma ele Kipling, como la de Inglaterra, habíase pulido en el sufrimiento. Rehusó ser laureado porque quería, sentirse libre para expresar lo que sentía.

Obtuvo el premio Nobel de literatura (1907) para llegar a la conclusión de que los premios y el amor, eran humo que pronto se disipa. Cuando se desencadenó la Primera Guerra Mundial (1914) el Kipling del Himno se rebeló contra la matanza.

Perdió a su hijo en la guerra y en su corazón se hizo aquel vacío desolado de todos los ancianos que perdieron a sus hijos jóvenes en la lucha.

Bombas, por vidas humanas. Balas, por pan. Fratricidio, por fe. Odio, por esperanza. La Providencia se compadeció de él ahorrándole el dolor y la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial.

Murió en 1936, cuando comenzaban a oírse los alaridos distantes de la agresión nazi.

LOS MEJORES POEMAS DE KIPLING

Himno.
El vampiro.
La balada del Este y del Oeste,
Le bandera inglesa.
Danny Deever.
Tommy.
Fuzzy-Wuzzy.
Canga Din.
A la diosa desconocida.
La nuit blanche.
Mi rival.
Un código de moral. Botín.
Mandalay.
Marchando por la ruta.
La balada de la burla del rey.
Botas.
El caballo del contratista.
La caída de Jock Gillespie.
La última viuda.
La tumba de los cien muertos,
Dalila.
La letanía del enamorado.
El canto de las mujeres.
La viuda de Windsor.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Whitman Walt – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina


Biografia de Whitman Walt Vida y Obra Literaria del Poeta

Biografia de Whitman Walt Vida y Obra Literaria del Poeta

Poeta estadounidense cuya obra afirma claramente la importancia y la unicidad de todos los seres humanos. Su valiente ruptura con la poética tradicional, tanto en el plano de los contenidos como en el del estilo, marcó un camino que siguieron posteriores generaciones de poetas de su país.

El segundo entre nueve hermanos, Walt Whitman nació, el 31 de mayo de 1819, en West Hills, Long Island —o, como él prefería llamarle—, en Paumanok, «la isla cuyo pecho se enfrenta con el mar».

Contaba cuatro años cuando se mudaron a Brooklyn, porque el padre había decidido dejar la labranza por la carpintería. No obstante, los niños pasaban elverano en West Hills, junto a los abuelos.

Biografia de Whitman Walt
La edición de 1855 de Hojas de hierba contenía 12 poemas sin título, escritos en versos largos y cadenciosos que se asemejan a los de la Biblia del rey Jacobo. El más largo y de mayor calidad de ellos, que más tarde recibió el título de «Canto a mí mismo»

Y Walt, en horas enteras de «aventuras» logró intimar con los ríos, los campos y los bosques, y con el más querido de sus camaradas: el mar de perpetua resonancia.

Los meses de invierno se los pasaba remoloneando en las horas de clase, sin aplicarse al estudio de las letras y los números. «Este chico es tan holgazán —decía su maestro Benjamín Halleck — , que estoy seguro nunca llegará a ser nada.»

El padre de Walt pensaba lo mismo. Pretender hacerle continuar los estudios era perder el tiempo. Tendría que conocer el mundo y aprender un oficio honesto…

Dicho y hecho; a los trece fue puesto de aprendiz en una imprenta, Pero allí, como en el colegio, el rapaz siguió dedicándose al dolce far niente.

Se metió a carpintero pero no le gustó. Luego intentó la enseñanza, mas tampoco la halló de su agrado. Al cabo se puso a escribir. Esta vez se encontró a sí mismo.

Tenía veintidós años cuando escribió el primer libro, una novela melodramática sobre la temperancia. Y estuvo a dos dedos de perder su arte, ya que se convirtió en un éxito financiero.

En poco tiempo se vendieron veinte mil ejemplares. Semejante estreno y a edad tan temprana hubiera bastado para trastornar a cualquier otro poeta bisoño.

Esto le indujo a conseguir un trabajo en el periódico Daily Eagle, de Brooklyn. La paga era buena y la tarea simpática. Le agradaba su tarea, pero más le gustaba no hacer nada.

Y muchas veces habría de instar a sus lectores a la holganza. «Gocemos un poco de la vida. ¿O es que Dios ha hecho esta tierra tan hermosa. . . para nada?

Los hombres son las diferentes partes de un cuerpo: la humanidad. No importa que la piel sea blanca, roja, amarilla o negra, siempre serán hermanos. Trató de difundir este pensamiento con enfáticos artículos de fondo en el Magle, y esto le acarreó la pérdida del puesto.

Halló un nuevo empleo en Nueva. Orleáns. La llegada a esta ciudad, la Reina del Sud, señala el «episodio más interesante de su vida». Intimó mucho con una mujer de otra escala social». Según se deduce, la conoció en un baile realizado en el suburbio llamado Lafayette.

Este amor no acabó en casamiento: no sabemos si porque la dama estaba casada o porque su familia le negó el correspondiente consentimiento debido a la situación social y financiera del poeta. Sabemos que fue padre al menos de una de las criaturas de la dama.

Parece que su enigmático idilio de Nueva Orleáns demostró ser el rayo de sol y de dolor que faltaba para hacer florecer su musa poética. A poco de regresar a Nueva York púsose a escribir Hojas de hierba.

La primera edición salió a la luz en 1855. Un solo americano — Ralph Waldo Emerson-— supo desentrañar parte de su grandeza, pero con el correr del tiempo Emerson habría de hallar el lenguaje de Whitman un tanto acre para su delicado paladar.

Con la discreción propia del caballero, Emerson decidió dejar a Whitman librado a sus propias concepciones. Pero desde entonces se inclinó a concordar con el editor de una revista literaria de Boston (Intelligence) quien aseguraba que Whitman era «un loco suelto».

Whitman hablaba de las distintas partes del cuerpo, inspirado por el mismo espíritu con que Dios las ha creado. Sus poemas son una glorificación de la vida, y de todas las fases en que ésta se manifiesta.

Whitman hallaba belleza y beatitud por doquier, porque todo lo examinaba con igual disposición de ánimo. Cada cosa es parte de Dios, es hoja del árbol eterno de la vida cuya savia inmortal fluye por las venas del universo entero.

Whitman cree en la evolución del individuo así como en la de la especie. Cada alma humana realiza un largo proceso de educación: antes de aflorar a la tierra, en su existencia terrena y, después, en el otro mundo. No hay alma que no atraviese por todas esas gradas de perfeccionamiento.

Aquellos que en vida parecen pertenecer a las clases más humildes, son los que cursan estudios más elementales que los otros alumnos aventajados en la escuela democrática de la vida eterna.

Pero a la larga no habrá alma que no logre el título máximo en esa escuela universal, y se gradúe ante Dios. La democracia de Whitman no es una doctrina social o política. Es una religión: la convicción sublime de que cada uno de nosotros alcanzará al fin la perfección.

Walt Whitman fueé quizá el más compasivo de los poetas modernos. Y esa compasión le llevaba a preocuparse continuamente del problema de la muerte. Siempre la elogió.

La Muerte —decía— es el Médico cuya nivea mano borra el último vestigio del dolor humano. Walt Whitman iba muy poco a la iglesia, pero era uno de los poetas más religiosos.

El cuerpo y el alma, dijo, son una sola cosa; y la muerte no es más que la prolongación de la vida. Río de lo que llaman disolución, porque sé que soy inmortal.»

Este nuevo Evangelio de la Democracia Americana glorifica la dignidad del hombre. Cada criatura humana es un alto sacerdote que, si lo desea, puede hablar cara a cara con Dios.

Una nueva era se inaugurará, cuando el hombre se de cuenta de ese hecho. Una nueva religión, más amplia y más acogedora que la antigua, inundará al mundo de amor.

Con esa fe profundamente arraigada en el corazón, ofrece a todos su mano amiga. Les canta «el poema evangélico» de los camaradas y el amor.

En su comunión con la gente, Whitman hallaba un placer inenarrable. No se contentaba con cantar a la camaradería. Era uno de esos pocos hombres que la practicaban en verdad. Se identificaba con el mundo entero, y trataba de darse entero a todos, Cultivar la amistad del humilde era su pasión; y su mano de camarada iba a estrechar la de aquellos que no podían «salir adelante» en la lucha por la vida.

Se pasó todo un invierno guiando el coche de un cochero enfermo. Fiel a las prescripciones planteadas en el prefacio al libro Hojas de hierba, de la edición de 1855, él amaba la tierra, el sol y los animales, despreciaba la riqueza, daba limosna a cuantos la mendigaban, defendía a los tontos y a los débiles, no se quitaba el sombrero ante nadie, conocido o desconocido, y se hacía amigo de todos aquellos que estaban necesitados de amistad.

En él vivía el evangelio de América.

Durante la Guerra Civil, ofrendó su vida en aras de la humanidad, no en el campo de batalla, sino en los hospitales. Su hermano Jorge, alistado en el regimiento 5º de voluntarios neoyorquinos, fue herido en la batalla de Fredericksburg.

Walt acudió a cuidarle al hospital militar de Washington, pero a su llegada, el hermano ya se había repuesto. Sin embargo, quedóse allí para prodigar cuidados al resto de los heridos y a los agonizantes.

Hasta terminar la guerra, ésa fue su tarea diaria. . . y no hubo jamás enfermero más hábil, solícito y tierno. Era compañero, secretario, asistente, consuelo y amigo de sus pacientes.

Hacía milagros, decían los médicos. . . milagros de curación. Unas pocas palabras de aliento, dichas en voz cálida de afecto, lograban a veces devolver a la vida a aquellos que ya se habían resignado a morir, algunos desahuciados hasta de los mismos médicos. Muchos soldados le recordarían años más tarde como «al hombre con la cara del Redentor».

En sus atenciones no hacia distingo entre amigos y enemigos. Todos los dolientes, fueran del norte o del sud, eran «sus hermanos en la desgracia».

Whitman no recibía salario alguno, por su atención de los enfermos. Para ganarse el sustento durante este período, se empleó en el Iridian Burean, del Departamento del Interior. Pero algún entrometido llamó la atención de James Harían, a la sazón Secretario del Interior, sobre la «poesía perniciosa» de Whitman.

Y una noche, mientras el poeta hacía su acostumbrada ronda nocturna por el hospital, Harían abrió su escritorio, halló un ejemplar de Hojas de hierba, leyó de él lo suficiente como para cerrar el libro horrorizado, quedándose con una absoluta incomprensión de los poemas y un concepto pésimo del autor.

A la mañana siguiente, el poeta encontró sobre su mesa de trabajo esta nota: «A partir de la fecha se prescinde de los servicios de Walter Whitman».


En 1 873, Walt Whitman sufrió un ataque de parálisis. Se recobró en parte, pero ya no volvió a ser el mismo de antes, pues su vitalidad permanecería apagada hasta el fin de sus días.

Atravesaba renqueando las ciudades de los hombres. . . cierto crudo día de invierno en que así trataba de obtener algún mendrugo a cambio de pepitas de oro, una viuda anciana, Mary Davis, se apiadó de él; hízole entrar, dióle un buen desayuno caliente y allí mismo se hizo el propósito de prodigarle sus cuidados desde entonces en adelante.

Sus pocos admiradores le compraron una casita —que más se parecía a un cajón— en Camden, Nueva Jersey, donde había muerto su madre y donde a él le hubiera gustado acabar sus días. Se la amueblaron con lo más indispensable: una cama, un cajón para la ropa sobre el que también escribía, dos sillas y una mesa con un hornillo para cocinar su frugal comida. . . eso era todo.

Pero al poco tiempo llegó a llenar la casuca y darle calor de hogar una mujer, Mrs. Davis, quien se mudó allí trayendo sus propios muebles. Walt vivió desde entonces como un «príncipe en sus dominios».

Príncipe de una choza desvencijada. La casa estaba al otro lado de las vías del ferrocarril. La calle era sucia, ruidosa, y apestaba el aire una fábrica de guano cercana. Pero al fondo, había un frondoso peral, a cuya sombra pasaba Whitman las tardes estivales.

Así pasó sus años postreros, recibiendo a sus amigos en la planta baja, en el «salón», cuando podía moverse, y arriba, en su «estudio», cuando sus fuerzas flaqueaban.

Tanto el ‘»salón» como el «estudio» estaban abarrotados de cientos de libros suyos que no habían hallado compradores, libros diseminados sin orden sobre sillas, armarios, mesas y pisos.

Al cumplir los setenta y dos años (mayo 31 de 1891), un grupo de amigos le ofrecieron un «banquete» en su propia casa.

Durante estos últimos años, escribió obras en prosa de gran calidad, como los ensayos Perspectivas democráticas (1871), que se consideran en la actualidad una exposición clásica de la teoría de la democracia y sus posibilidades. Días ejemplares (1882-1883), por otro lado, contiene antiguos textos sobre la guerra de Secesión y el asesinato del presidente Lincoln, y notas sobre la naturaleza, escritas durante su vejez.

Murió un 26 de marzo de 1892 en Cadmen.

LOS MEJORES POEMAS DE WH1TMAN

Canto a mi mismo.
aliendo de Patimanok.
Oigo cantar a América.
Me imperturbe.
Canto al camino.
Oda a Teodoro Roosevelt.
Meciéndose sin fin desde la cuna.
¡Pioneers, oh pioneers!
Sdlut au monde,
A los estados.
Un espectáculo de Broadway
En el «ferry» de Brooklyn
¿Quién aprende toda mi lección?
Una araña paciente y silenciosa,
¡Redoblad, redoblad tambores!
El curador de heridas.
Sobre ta matanza.
Reconciliación.
Adiós a un soldado.
Que haya hoy paz en los campos.
Canto del Universal.
Canto del hacha.
A los que han fracasado.
Cuando las lilas florecieron por
última vez. Del océano rugiente.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Whitman Walt – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Longfellow Henry Vida y Obra Literaria

Biografia de Longfellow Henry

Longfellow Henry fue un poeta estadounidense que figura entre los más populares y celebrados de su época. Nació el 27 de febrero de 1807, en Portland (Maine), y estudió en el Bowdoin College.

Mientras se preparaba para dedicarse a la enseñanza viajó por Europa. Dio clases de lenguas modernas en Bowdoin (1829-1835) y en la Universidad de Harvard (1835-1854).

Más tarde se dedicó por entero a escribir. Murió el 24 de marzo de 1882, en Cambridge (Massachusetts).

Biografia de Longfellow Henry
De acuerdo con los criterios actuales, su obra es tópica en su temática, didáctica en su estilo y carente de fuerza lírica. Su reacción ante la naturaleza y las emociones básicas de la vida hoy parece superficial. Pese a todo, sigue siendo uno de los poetas estadounidenses más populares, principalmente por su sencillez estilística y temática y su maestría técnica.

Nació en la ciudad de Portland, en la abrupta ribera del Maine. Sus antepasados se habían distinguido en la vida militar y jurídica de Nueva Inglaterra.

Su abuelo materno, el general Peleg Wadsworth, había sido uno de los héroes de la revolución y el paterno, un juez famoso; su padre era miembro del Congreso y había sido elector presidencial.

La educación de Henry, fue todo lo aristocrática que correspondía a su estirpe. Desde un principio, se le educó «en las normas del respeto, la obediencia, el desinterés, el temor a las deudas, y en el fiel cumplimiento de los deberes

Era el perfecto caballero de Aristóteles, y respondía al dorado lema: «nada con exceso».

Al ingresar en el Bowdoin ya estaba decidido a seguir la carrera literaria. Su padre, en una carta que le envió al colegio, le instaba a abandonar esa idea, haciéndole notar que no había tanta riqueza en América como para asegurar un porvenir a un hombre de letras.

En cierto momento la cátedra de lenguas vivas del colegio Bowdoin quedó vacante y le fue ofrecida la suplencia para después de graduado, aunque bajo la condición de que antes viajara por Europa a fin de familiarizarse con los idiomas.

Viajó por España, Italia, y Alemania, y dondequiera que fuese le precedía su buen humor. Y tan admirable como su personalidad era su destreza para aprender idiomas. Al cabo de tres años de estudios en el extranjero volvió a su ciudad natal hecho un experto lingüista.

A la sazón contaba veintidós años, un domingo por la mañana, mientras se hallaba oyendo misa, vio a Mary Potter, una compañera a quien hacía largo tiempo no veía, convertida durante su ausencia en bella mujer.

Con dignidad de profesor, hizo que su hermana le presentara a la joven Miss Potter, a quien al poco tiempo, con ardor poético, hacía esposa suya.

Longfellow necesitaba acción. No podía contentarse con ser un simple profesor de lenguas en Bowdoin. Quería intervenir en el incipiente movimiento literario de su país.

Longfellow quería dedicarse, junto con sus colegas, a la formación del alma de la cultura americana. Y, sobre todo, quería crear una literatura americana para el público americano, Pero hasta el presente sus obligaciones profesionales, siempre en aumento, le llevaban la mayor parte del tiempo.

Realizó un segundo viaje por el Viejo Mundo, nuestro lingüista, acompañado ahora por su joven y bonita espesa, viajó por todas partes de Europa maravillado y muy feliz.

Pero no todo sería tan «perfecto», a los pocos meses su amada Mary moría un domingo por la mañana, en Rotterdam, sin dolor, y con apacible resignación. Había dado a luz prematuramente, y a lo largo de tres semanas había padecido una tremenda tortura moral y física.

La desgracia abatió al poeta, dedicóse con ahinco al estudio del alemán, y a los doce meses volvía a su patria para ocupar la cátedra de profesor de lenguas en Harvard.

Llegó a Cambridge en el invierno en que cumplía sus veintinueve años, y fijó su residencia en la histórica Craigie House. Esta vetusta casa colonial había sido el cuartel general de Washington durante el sitio de Boston, en la guerra de la revolución.

En esa enorme casa enseñaba y escribía el poeta. Alrededor de una gran mesa redonda, se sentaban sus discípulos, y él los guiaba graciosamente por «algunas de las indiscretas» frases de los escritores franceses.

Viajaba con frecuencia a Boston y Brooklin pues era un jugador de naipes muy solicitado. En los bailes elegantes nunca dejaba de danzar con las damas de edad. Por fin escogió a una de ellas, para que reinara en su corazón y en su hogar. Siete años hacía que vivía en Craigie House cuando decidió casarse en segundas nupcias.

Esta segunda Mrs. Longfellow, hija de un hombre de negocios de Boston, a quien él había conocido en Suiza a poco de morir su primera mujer, era una joven de «rara inteligencia y de ojos profundos e inefables». Como regalo de bodas, el padre de la joven compró para ellos la mansión Craigie.

El éxito y la prosperidad entraron a raudales en la casa señorial.

Longfellow acababa de publicar un volumen de poesías en las que resonaba el numen de Goethe y la cadencia de las sagas escandinavas.

Pronto anunció su dimisión a la cátedra. Vistió la toga académica por última vez un día de apertura de clases. Pondría una lápida sobre el sepulcro del pasado y abriría de par en par los portales del presente. Las palabras de un poema suyo volviéronle a la memoria: «Mejora sabiamente el presente, que es tuyo «.

En 1884 fue el primer poeta americano en honor del cual fue esculpido un busto en la esquina de los poetas de la Abadía de Westminster en Londres.

El presente se vislumbraba activo, vibrante y encendido de esperanzas, en su propio país, en cada ciudad, en cada pueblo y en cada casa americana.

Se alejó del «Mausoleo de la Universidad de Harvard» y de los amarillentos libros de un mundo cubierto por el polvo de los años, e irrumpió en el mundo de los hombres… , en el resplandor de su gloria.

Sus cuentos sobre el Nuevo Mundo —Evangelista, Hiawatha, El cortejo de Miles Standish— se habían convertido en preciados tesoros dondequiera que se hablara inglés. Con rara unanimidad había sido coronado Poeta del Pueblo.

Era el poeta del hogar, de la serenidad y la paz. Pero más de una vez la nieve, la bruma y el dolor contristan su corazón.

La Muerte visitó con cruel frecuencia su hogar…cierto día la esposa, en la biblioteca, rizaba el cabello de las niñas con un hierro que calentaba en la llama de un cirio; de pronto, la llama le alcanzó su vestido y en pocos instantes su cuerpo era una antorcha viva que huía para alejar del peligro a las niñas. Al día siguiente, moría la desdichada tras atroces sufrimientos.

En tanto los años iban fluyendo hacia la eternidad, Longfellow seguía acosado por la pena interior, si bien mantenía un estado sereno. Su mejor esperanza había sido la de que los años no mermaran su inteligencia ni le troncharan su estro poético.

No se vio defraudado. Las flores de su fantasía manteníanse aún fragantes en el otoño de su vida. A la muerte de la segunda esposa había emprendido una tarea de amor: llevar al verso inglés la Divina Comedia de Dante, porque, al igual que a Dante, habíasele revelado la visión de su Beatriz en el cielo.

Tradujo el poema a razón de un canto por día. En la última visita que hizo a Europa recibió una ovación sin precedentes. Un obrero le detuvo en la calle para recitarle su Salmo de Vida.

De regreso a Cambridge fue proclamado primer ciudadano de la ciudad.

Al cumplirse el cincuentenario de su primera clase en Bowdoin, fuese a reunir con sus compañeros, a quienes leyó un poema que escribiera para la ocasión.

Murió el día 24 de marzo de 1882. Henry Wadsworth Longfellow está enterrado en el Cementerio del Monte Auburn, Cambridge, Massachusetts.

LOS MEJORES POEMAS DE LONGFELLOW

Evangelina.
Hiaiuatha.
El cortejo de Miles Standish.
Cuentos de una posada.
La construcción de un barco.
El esqueleto en la coraza.
El naufragio del «Hésperus».
La hora de los niños.
Un salmo de vida.
Excélsior.
Las voces de la noche.
Himno a la noche.
La ciudad y el mar.
La cruz de nieve.
El arsenal en Springfield.
Misa de medianoche para el año que muere.
El herrero del pueblo.
Doncellez.
Paúl Reveré.
El buque fantasma.
Morituri Salutamus.
Christus.
Traducción de la Divina Comedia de Dante.
Toque de queda.
El sueño del esclavo.
Mi juventud perdida.
La leyenda dorada.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Longfellow Henry – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Hardy Thomas Vida y Obra Litearia del Poeta

Biografia de Hardy Thomas

Thomas Hardy (1840-1928), novelista y poeta inglés del movimiento naturalista, cuyos personajes, retratados con profundidad en su Dorset natal, luchan inútilmente contra sus pasiones y circunstancias externas.

Nacido débil de cuerpo, vigoroso de mente y compasivo de alma, Hardy estaba «condenado» desde el principio a seguir la carrera literaria. De niño, le gustaba observar a los gusanos que pululaban en un estanque cercano a la casa de su padre, en Dorsetshire.

Con el andar de los años volvió la atención hacia esos otros gusanos, más grandes e igualmente impotentes, que bajo formas humanas se despedazaban, multiplicaban y morían en el pantano cenagoso de la tierra.

Decidió, pues, sentarse a la vera del camino, y dedicar su existencia a desentrañar el enigma.

Biografia de Hardy Thomas
El escritor inglés Thomas Hardy fue aclamado por la crítica tanto por su obra poética como por su narrativa. En ambos géneros, se ocupa de asuntos ligados a la vida y al destino de los individuos. Hardy escribió novela, poesía y cuento. Es considerado un escritor regionalista, ya que sus obras están profundamente arraigadas a las tierras del sur de Inglaterra, su país natal.

Al nacer el 2 de junio de 1840 era tan menudo y débil que el médico le dio por muerto, y gracias a una vigorosa palmada de la niñera «volvió» a una vida que había de acercarse a los noventa años.

Sus primeras enseñanzas fueron de puertas afuera de un colegio formal. Conoció las cosas sensibles por el medio directo de sus cinco sentidos; y por un sexto sentido: un cariño entrañable por cuanto le rodeaba.

Su sensibilidad vibraba ante rostros y voces de animales, pájaros y plantas. Sentíase uno en «parentesco de sangre» con la entera Naturaleza, con los vientos y las nubes, las abejas y las mariposas, los gorriones, las ardillas y los corderinos.

A la edad de nueve años las fibras de su corazón vibraban al compás de la gran sinfonía de la Naturaleza. Empezó por entonces su educación formal. Su padre le envió a la «Academia para Jóvenes Caballeros, del Sr. Last», una escuela particular distante tres millas de su casa.

Todos los días, así a la ida como al regreso, se detenía a «charlar un rato» con sus compañeros de juego: las criaturas agrestes de Egdon Heath. Mas por encima de todo le atraía el estudio de los rostros humanos.

En el aula sorprendía a sus profesores la rapidez con que asimilaba los conocimientos. Al graduarse, a los dieciséis años, estaba íntimamente familiarizado con la literatura latina, francesa e inglesa. En especial con las obras de Shakespeare, las que se sabía casi de memoria.

Había llegado el momento de ganarse la vida. Le era necesario aprender un oficio, una profesión… Su padre habíale enseñado a tocar el violín. Pero con eso no se comía. Quedaba otro camino: la arquitectura. El padre era maestro de obra; el hijo podía ser delineante.

Y así Tomás Hardy entró de aprendiz en casa de John Hicks, arquitecto, que tenía sus oficinas en la vecina ciudad de Dorchester.Pero a Hardy no le gustaba dibujar planos. El trabajo le resultaba demasiado mecánico.

Se levantaba a las cinco de la mañana o antes y se pasaba un par de horas «enseñándose» a leer el griego. Tres años más tarde, «conversaba» corrientemente con Esquilo y Homero, así como con los autores del Nuevo Testamento.

Escrbía y enviaba, sus poesías a las revistas y éstas se las devolvían sistemáticamente. No hubo editor que se dignase tocar una, y eso durante muchos años.

Estaba dotado de todo lo que hace al genio poético —ritmo, imaginación, sensibilidad, instinto para la frase adecuada, síntesis expresiva, una magia que «transformaba las palabras en estrellas»— todo, en suma, excepto el fogoso arrebato del inspirado. Hardy no ignoraba esa falla en el arsenal de sus talentos.

Y como arquitecto consumado y poeta a medias, fue a establecerse en Londres, donde consiguió un puesto de dibujante en las oficinas del proyectista de iglesias Arthur Blomfield.

Conoció a una mujer , se enamoró y se casó con Emma Gifford una joven de posición social superior a la suya. Una luna de miel breve y delirante, y una larga vida de incompatibilidades conyugales. Pues nunca llegaron a comprenderse.

Hardy no se quejaba. Trató de dar a su mujer una casa confortable, provista del mínimo de las cosas «indispensables» para una dama de su categoría social.

Las novelas de Hardy están basadas, especialmente, en la fórmula de los amores no correspondidos, fórmula que describe jocosamente Cristóbal Julián en La mano de Ethelberta.

A causa de su actitud cínica respecto de las emociones humanas, Hardy halló difícil al comienzo abrirse camino, así entre el público como entre los críticos. Sus obras fueron cobrando popularidad muy lentamente.

Sólo después de publicadas varias novelas —algunas por su cuenta y riesgo— advirtió el público la existencia de la exquisita suavidad que emergía de una gran tristeza. Ironía y piedad; son las dos notas altas de sus novelas.

Conforme iba entrando en años, mayor iba siendo su ojeriza contra la sociedad, por su injusticia sistemática en detrimento del individuo. Para la Navidad de 1928 escribió un epigrama donde trasuntaba toda la amargura que sentía por el «incurable salvajismo» del hato humano:

¡Paz en la tierra! fué el grito de Sión,
Por verla pagamos de curas un millón
Tras dos mil años de misa, ¡no está mal! ¡Paz!
Envuelta se la traen en gas letal.

Hardy ardía de indignación por el asesinato de cuerpos y almas humanos. Vez tras vez tocó el tema en sus novelas postreras. Los castigos que la sociedad inflige a los errores de sus miembros trascienden los límites de la decencia y la justicia humanas.

Escribió Teresa de los D’Urberville , y antes las críticas decía: «Como quiera que sea, he puesto en el libro lo mejor de mi alma y mi pensamiento».

Y también puso lo «mejor de su alma y su pensamiento» en otro libro —Jud el Oscuro—, que le premiaron con un torrente aún mayor de vituperios.

Un profesor norteamericano tachó a Jud el Oscuro de «libro condenable como pocos» de los muchos que en su vida había leído. Un conferenciante inglés quemó el libro en público.

La señora Grundy —con faldas o pantalones— alzaba los brazos al cielo. Hardy había osado presentar la verdad sin rebozo.

Cuando se publicaron extractos del libro en una revista, Hardy se vio obligado a mutilar personajes y situaciones, despojándolos de vida y personalidad. Su nombre dejaba ya de ser respetable.

Los editores, o rechazaban sus obras o las volvían a escribir «adaptándolas a la sensibilidad de sus lectores».

Hardy estaba lleno de indignación. «He vivido en el engaño —decía— de estar escribiendo para lectores inteligentes.» Su prosa era demasiado fuerte para los estómagos nerviosos del siglo XIX. Decidió volver a la poesía.

Escribió y publicó ocho volúmenes de poesía lírica, y un poema dramático sobre la vida de Napoleón —Los dinastas—. Gradualmente fué recobrando su buen nombre. Ahora, por fin, nadie lo leía, y todos le admiraban.

Su vida iba deslizándose serenamente en una vejez sólo contristada por la pérdida de su esposa. Fue un duro golpe para él, a pesar de las desavenencias conyugales.

Y después de la tormenta, la calma. En 1914 volvió a casarse con Florence Dugdale ; y, por una vez siquiera, el otoño y la primavera —él tenía 74 y ella 35— se combinaron en una armonía de perfecto unísono.

Dugdale se convirtió en su segunda mujer, quien se ocuparía de redactar la biografía del escritor después de su muerte, el 11 de enero de 1928. Un apacible y prolongado ocaso acabó el largo día de la vida del poeta, dejando tras de sí un dulce recuerdo y un noble pensamiento.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Thomas Hardy – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Guy de Maupassant Vida y Obra Literaria del Autor

Biografia de Guy de Maupassant

Guy de Maupassant (1850-1893), fue un autor francés considerado como uno de los grandes maestros del cuento de la literatura universal. Nació en el castillo de Mironmesnil, en Normandía y estudió en Yvetot y Ruán.

Durante su juventud fue miembro de un grupo literario surgido en torno al célebre novelista Gustave Flaubert, que era íntimo amigo de la familia.

Por la línea paterna descendía de una familia aristocrática venida a menos; por la materna, de una línea de plebeyos encumbrados por virtud de sus talentos artísticos.

Corría en sus venas extraña mezcla de elementos: el fuego de la lascivia, la sensibilidad de la imaginación, la amargura de la desilusión y la fría y rítmica cadencia del mar de Normandía.

Su padre era un libertino por cuya vida pasaron mujeres de alta condición. Su madre era una soñadora que se calentaba en la llama de un recuerdo, el de su hermano, cuyo genio poético había sido tronchado por una muerte prematura.

Biografia de Guy de Maupassant
La primera obra importante de Maupassant fue el cuento ‘Bola de sebo’ (1880), incluido en el volumen Las veladas de Médan y considerado su obra maestra en ese género.

OBRAS IMPORTANTES DE MAUPASSANT

Obras dramáticas.
El cordel.
Versos.
El collar.
Bola de sebo.
Bel-Ami.
Mademoiselle Fifí.
Pedro y Juan.
Una vida.
Nuestro corazón.
Yvette.

Guy exploraba las grutas de la costa, con dos perros pegados a los talones, y convencía a los pescadores para que le llevaran mar adentro a pescar caballas a la luz de la luna.

Tomaba parte en los juegos de los campesinos normandos, en aquella bruma gris atravesada por un cierzo que soplaba del mar, cual hálito de vida.

Bailaba con las bellas muchachas en las fiestas campestres, mientras los violines reían bajo los manzanos, y en la procesión nocturna marchaba al par de los hombres que llevaban sus hachas de viento cual rojas serpientes flamígeras.

Gustaba de probar un bocado de queso y un trago de sidra con cualquier amigo o forastero con quien se encontrara en la posada, trazaba fantásticos planes con los «lobos de mar» al borde de los acantilados, y desde allí miraba con los binóculos allende la lejana línea azul del horizonte.

Su madre aenas adolescente, le envió al seminario de Yvetot, pero Guy no tenía vocación por el sacerdocio. Abría las cubas de vino en la bodega del Padre Superior del Convento y convidaba a sus condiscípulos a beber, a costa de cien misas. Unas pocas travesuras más, y fué expulsado. . . recobrando su libertad.

A los dieciséis años tuvo su primera amante. Llamábase a sí mismo «glotón del dulce de la vida». En el Liceo se preparó para sus estudios de abogado y se las compuso para recibir notas «pasaderas».

Pero llegó el año 1870, y la invasión prusiana por Sedán. Ingresó en la dirección de abastecimientos del ejército francés. Aquella vida no tenía nada de divertida; pero mientras precedía a las tropas francesas en retirada, leía a Schopenhauer, escribía poesías amatorias y soñaba sueños de venganza contra los alemanes. Su genio fue templándose entre el hielo del odio y el fuego del amor.

Y al terminar la lucha, marchó a París en busca de trabajo. Porque la carrera de Derecho no era ya para los bolsillos vacíos de su empobrecida familia aristocrática.

Consiguió un empleo en las oficinas del Almirantazgo, y ni sus superiores ni sus colegas repararon en que había entre ellos un león enjaulado.

Maupassant vagaba por las noches por los bulevares, o navegando por el Sena. El Sena era su manía, su amante, su compañero complaciente e irresistible.

Por vinculaciones de parentesco conocía a Gustavo Flaubert, el autor de Madame Bovary, genio bohemio que había hecho experimentos con el arte, así como algunos audaces experimentan con la vida.

Durante siete años, todos los domingos, Guy sometía sus cuentos, poemas y obras teatrales al juicio de este amigo, de grandes mostachos y ojos negros.

Debió transcurrir largo tiempo antes de que Maupassant lograra hacerse escuchar. Sufría de terribles jaquecas, pero se refrescaba zambulléndose desde «algún puente tentador en pleno invierno», para emerger del agua helada gritando alguna obscenidad a los curiosos que formaban corro para observarlo.

«Es el joven más desvergonzado de París», decía todo el mundo. La gente «respetable» de París rehuía su compañía desde que había escrito una comedia licenciosa y la había hecho representar en el estudio de un pintor.

Los terribles dolores de cabeza seguían acosándolo, y cada vez crecían en intensidad. Pasaba hora sufriendo esta molestia, pero, a la postre, volvía a sus novelas.

Recogía historias dispersas de boca de pescadores, campesinos, actrices, mujeres públicas, compañeros de oficina. Cierta vez que comía en casa de Emilio Zola, mientras los comensales perdían el tiempo en discusiones estériles, el anfitrión se puso a discutir los principios de su nueva literatura.

Así nació un cuento del verdadero heroísmo: Bola de sebo, la historia de una mujer de mala vida, a quien los hombres amaban de prisa y despreciaban largamente. En Bola de sebo el autor muestra su desprecio e ironía hacia la estupidez humana.

En otros de sus cuentos, sin embargo, el desprecio truécase en compasión. Ocurre esto en El collar, considerado como la máxima expresión de la literatura imaginativa de Francia.

El collar es la tragicomedia de Madame Loisel, mujer que ha nacido hermosa y pobre, que soñó con príncipes y se casó con un empleado; que fantaseaba con palacios y vivía en una casa de vecindad.

En los años que duró su intimidad con Flaubert, éste le había indicado la triple fórmula del éxito literario:

—Observa —decíale—, observa, y vuelve a observar.

Pero al fin, murió Flaubert.

Maupassant fue el príncipe del cuento corto; sin embargo, por el modo de relatarlo, más que cuento parecía epopeya. Escribió varias novelas, que fueron cuentos breves, y todos sus cuentos breves fueron novelas.

Sus personajes no conocen el consuelo de la religión, ni tienen alma. Y bien; es un poeta que trata de disfrazarse de cínico. Su pesimismo, su precisión científica, su estilo simple, brillante, clásico, es la capa en que se encubre la generación joven que le rodea.

Maupassant estaba enfermo, tenía sífilis. Los millones de lectores que devoraban sus libros no podían imaginarse que las alucinaciones y los fantasmas que aparecían en sus cuentos eran sacados de las horas secretas de su propia vida.

Se sumergía en libracos de medicina y abordaba a cuanto médico le caía a tiro para hacerle preguntas sobre enfermedades.

Vibraban en su sangre estremecimientos de mundos agonizantes. Ahora más que nunca le espantaba la proximidad del invierno. Sentábase tiritando junto a la estufa, y aun en días cálidos tenía el fuego encendido en todas las hábitaciones.

Compró un yate, viajó bajo el sol mediterráneo, tocólas arenas ardientes del África, pero, hiciera calor o frío, tomaba sus apuntes temblando.

El destino escoge a su hermano menor, Hervé —lleno de vida, desprevenido, sereno— para herirle de muerte la mente. Cuando sus familiares le llevaban al manicomio, señaló a Guy gritándole: «¡Eres tú el loco, sí, tú! Tú eres el demente de la familia»…

Comienza luego un período de sus máximas creaciones literarias, cual si hubiese caído de pronto en brazos de dioses invisibles. De las drogas que corrían por sus venas, comenzaron a brotar antes de aniquilarlo las flores de su genio.

Salían de su pluma cuentos del trópico ardiente y silencioso, y de excursiones por el Mediterráneo, cuyas aguas disolvíanse en mundos estelares al embrujo creador del claror lunar.

Han pasado unas horas desde la llegada de Año Nuevo. Maupassant arrima la boca del revólver a su sien y aprieta el percutor. . . ¡El arma está descargada! Toma una navaja, se abre la garganta ,los médicos le vendaron y le restañaron la hemorragia.

Cuando la aurora surgió sus amigos le llevaron frente a su querida mar, en la esperanza de que la vista de su yate, el Bel Ami, le devolviera a la razón.

Contempló unos instantes la embarcación, moviendo los labios como un niño que aprende a hablar. No pronunció palabra. Al cabo, dio la espalda al mar y al yate, mientras su alma comenzaba su viaje celestial.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Guy de Maupassant – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina


Biografia de Thackeray William Vida y Obra Literaria del Autor

Biografia de Thackeray William Vida y Obra Literaria del Autor

Novelista y humorista inglés, uno de los máximos exponentes de la novela realista del siglo XIX, como dejó patente en sus dos obras más conocidas, Vanity Fair y Henry Esmond. Nació el 18 de julio de 1811 en Calcuta (India), en el seno de una acomodada familia de comerciantes.

Al perder a su padre, a los cinco años de edad, fue enviado a Inglaterra, al lado de una tía que vivía en Chiswick. Era un niño de extraño aspecto, «semejaba una calabaza clavada en una pica» decía su tía.

Sin embargo, aquella cabeza «grande y espaciosa» tardó tiempo en dar fruto. En el Colegio de Charterhouse, donde se matriculó como alumno externo, resultó menos que mediocre.

Siempre estaba recriminándose su pereza de hoy y prometiendo aplicación y laboriosidad para mañana. Se matriculó en Cambridge en febrero de 1829, pero abandonó sus estudios antes de licenciarse.

Biografia de Thackeray William
En 1829, ingresó en la Universidad de Cambridge, que abandonó antes de licenciarse para intentar desarrollar su talento literario y artístico, primero como editor de un periódico de corta vida y, más adelante, estudiando arte en París.

Nunca se decidía a hacer nada en firme. Hoy se le daba por traducir a Horacio; mañana por escribir un artículo cómico; pasado, por componer versos satíricos, pero todo lo hacía bien.

Viajó por el continente, visitó museos, teatros, bibliotecas, escribió artículos y poemas, era un joven aristócrata —había heredado 20.000 libras esterlinas— devorado por la ambición de la gloria y poseído de un odio acérrimo al trabajo. Tenía estatura de gigante, rostro de querubín y nariz de payaso.

Pensó en llegar a ser artista o bien escritor y con este propósito empezó a escribir poemas, ensayos y cuentos, que en su mayor parte fueron rechazados.

Le disgustaba no lograr vender su mercancía literaria. Como no podía ingresar en ninguna revista decidió fundar una por su cuenta, The National Standard. Fracasó la revista, y Thackeray siguió acumulando sabiduría por virtud de sus desaciertos.

Mientras Dickens, un año más joven que él, era el benjamín de Londres, Thackeray seguía siendo «ese joven escritor satírico a quien nadie conoce ni nadie lee».

Escribe un cuento espléndido, El gran diamante de Hoggarty, luego solicitó el puesto de director de la Foreign Quarterly Review, pero fue rechazado.

Finalmente, al cabo de doce años de sistemáticos fracasos, le sonrió tímidamente el éxito. La primera de sus composiciones de feliz aceptación fué Bosquejos de Irlanda, del que se vendieron 1000 ejemplares.

La embriaguez de su primer éxito desvanecióse muy pronto, y Thackeray volvió a sumirse en su insignificancia y tristeza.

Continuó escribiendo historietas cómicas, poemas y artículos, que el público retribuía con un puñado de monedas y aplausos dispersos. A la verdad, el público apenas conocía su nombre. En su exagerado amor por el anonimato, había firmado sus trabajos con infinidad de seudónimos: Turnar sh, Yellowplush, Ikey Solomons, Major Gahagan, Folk-stone Canterbury, Goliah Muff, Leonitus Hugglestone, Fitz-boodle, Mrs. Tickletoby, Paul Pindar, Fits-Jeames de la Pinche y Frederick Haltamont de Montmorency.

Ya tenía cuarenta años y permanecía anónimo y oscuro. Sentía cada vez más la amargura de la falta de nombradía. Y en 1847 tanta porfía dio por resultado aquel interesante experimento literario que fue La feria de las vanidades, una novela sin héroes.

El público fue lento en reconocer los méritos del libro. Pero críticos y colegas al punto echaron de ver que marcaba un nuevo jalón en la literatura inglesa.

Thackeray colmaba ahora sus ansias de gloria y gozaba de una situación acomodada, pero estaba lejos de sentirse feliz. Cuando tuvo una casa, quiso una carroza tirada por cuatro caballos; tras esto, jerarquía social, y, finalmente, un escaño en el parlamento. Y, aunque carente de aptitudes políticas, presentó su candidatura para miembro de la Cámara de los Comunes, pero fracasó.

Realizó dos viajes por Norteamérica, de donde volvió lleno de honores e indigestiones. «Ahora que está asegurado el porvenir de mis hijas, me he quitado un gran cargo de conciencia, y puedo respirar libremente por un tiempo.»

Pero no respiraba tan libremente. Seguía inquieto y ansioso por alcanzar mas popularidad y un mejor estrato socio-económico.

Con cada nueva novela aumentaba su renombre y las lenguas de la gente seguían meneándose en su honor.

OBRAS IMPORTANTES DE THACKERAY

El gran diamante Hoggatthy.
Memorias de Carlos Yellow- plush.
Barry Lyndon.
El libro de los Snobs.
La feria de las vanidades.
Pendennis.
Enrique Esmond.
Los newcomes.
Los virginianos.
El viudo Lovel.
Numerosos ensayos y poemas.

Carlos Dickens había sido uno de sus primeros y mejores amigos. Pero habíase suscitado una disputa —entre colegas literarios no es difícil ver una chispa aventada en llama de discordia—, y durante varios años no se hablaron.

Pero una tarde —Thackeray contaba a la sazón cincuenta y tres años—, se encontraron en la escalera del Athenaeum, y Thackeray, impulsivamente, tendió la mano a su colega. Dickens le correspondió sin vacilación y la antigua querella quedó olvidada.

Thackeray debió de presentir la necesidad de apresurarse a saludar y despedirse de su viejo amigo.

En efecto, pocas noches más tarde —el 23 de diciembre de 1863— se acostaba para dormir su último sueño.

El Amo pasaba lista; y Thackeray, al igual que el querido coronel Newcome, el personaje de una de sus novelas, respondía gentilmente: «Adsum — presente«.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Thackeray William – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Hawthorne Nathaniel Vida y Obra del Escritor

Biografia de Hawthorne Nathaniel-Vida y Obra del Escritor

Nathaniel Hawthorne (1804-1864), fue un novelista estadounidense, cuyos trabajos muestran una profunda conciencia de los problemas éticos del pecado, el castigo y la expiación.

Su exploración de estos temas se explica, en gran medida, por el conflicto que produjo en su conciencia religiosa el papel represivo de sus antepasados en el siglo XVII en casos como la persecución de los cuáqueros y los procesos iniciados en 1692 contra la brujería en Salem (Massachusetts).

De estirpe de marinos, sentábase solitario a la orilla del mar y contemplaba apacible la eterna lucha entre la arena y el oleaje. Mientras los demás trataban desesperadamente de trazar sus nombres en la arena, Hawthorne contemplaba cómo la marejada iba borrando aquellos trazos.

Biografia de Hawthorne Nathaniel

OBRAS IMPORTANTES DE HAWTHORNE

Cuentos dos veces dichos.
La granja de Blithedale.
Musgos de una vieja quinta.
La letra escarlata.
La casa de los siete tejados.
El fauno de mármol.
El romance de Dolliver.
Cuentos de Tanglewood.
La imagen de nieve.
El gran rostro de piedra.

Hawthorne dedicó su vida a la observación de este trazar y borrar, que es el humano afán por perpetuarse y transmitir a la posteridad los caracteres antes de que las olas los barran.

Cuando Hawthorne decidió dedicarse a la literatura no ignoraba que estaba sentenciado a una vida de pobreza, sufrimientos e ingratitudes.

Pues la literatura no era en América mercadería negociable, y para los puritanos era tan pecaminoso cortejar a las musas, como jugar a las cartas, beber whisky o besar a la mujer de otro.

Los Hathornes —fue Nathaniel quien le añadió la w al apellido— habían sido capitanes de barcos durante varias generaciones. Por las venas del poeta corría «sangre marinera». Ir al encuentro de lo ignoto constituía una segunda naturaleza en la familia.

Por otra parte, su formación cultural le incapacitaba para dedicarse a los negocios o a una carrera liberal. Su educación le llevó a ser lo que los psicólogos modernos llamarían «un introvertido».

Vivía en el ámbito de sus propios pensamientos. Nacido a la vuelta del siglo (1804), perdió a su padre, un marino, siendo él niño aún. Su madre, junto con Nathaniel y dos niñas, enclaustróse en una solitaria casa de Salem.

A los diecisiete años ingresó en el Colegio de Bowdoin (Maine), donde trabó amistad con dos estudiantes que más tarde habían de influir profundamente en su vida: Henry Longfellow y Franklin Pierce.

En sus estudios académicos corrió la suerte de todo genio cuyo intelecto es demasiado profundo para sus maestros. Por las notas, fue un mal estudiante. Una vez graduado, volvióse a Salem a «soñar con la vida —empleando sus propias palabras— en vez de vivirla».

Escribía cuentos, que luego se leía a sí mismo y echaba al fuego.Leía por la mañana, escribía por la tarde y daba largos paseos por las noches.

Cuando aún era un niño sufrió una grave fractura en una pierna, que le convirtió en un inválido durante varios años, impidiéndole participar en los juegos de los otros niños.

Sensible por naturaleza e influido por el carácter mórbido de la madre, se pasaba los días encerrado en su cuarto, y sólo al caer de la tarde salía a errar por los campos o a orillas del mar.

Hubo una extraña mezcla de su genio, como una lucha constante entre el amor de Dios y el amor del prójimo, y ya se puede apreciar desde la primera de sus obras publicadas, una colección de cuentos conocida bajo el título de Cuentos dos veces dichos (Twice Told Tales).

Uno de los mejores de esta serie es El mayo de Monte Alegre (The May-Pole of Merry Mount). Cuenta la historia de un mozo y una moza que arriban a la fortaleza del puritanismo, en Nueva Inglaterra, conservando aún en sus corazones un resto de paganismo.

Los condiscípulos de Hawthorne iban imponiéndose en el mundo: Longfellow era ya profesor en la Universidad de Harvard, y Pierce ocupaba un escaño en el Senado de los Estados Unidos. Hawthorne, en cambio, seguía a merced de la corriente.

Desempeñó el cargo de pesador de carbón en la Aduana de Boston, pero, con el cambio de presidente (Harrison), perdió su empleo.

Invirtió luego su fortuna, mil dólares poco más o menos, en una granja colectiva (Brook Farm). Sufrió esta vida de campesino casi un año, al cabo del cual volvióse a Salem, con los bolsillos vacíos.

Tenía ahora treinta y ocho años y era una estampa de belleza extraordinaria, rehuía toda compañía, sentíase más cómodo entre los personajes de sus cuentos que entre los habitantes de Salem.

Fuese a vivir a las solitarias alturas y comenzó a transformar la vida en ficción, una ficción, empero, más vivida que la misma vida.

Absorto en su arte, no toleraba las molestias del mundo. En el verano de 1842 contrajo matrimonio con la única mujer —Sofía Peabody— que había de llevar a su existencia la felicidad de una vida lograda plenamente.

Se mudaron a Concord, el pueblo de los recuerdos revolucionarios y los espíritus rebeldes: Bronson Alcott, Ellery Channing, Ralph Waldo Emerson y Henry Thoreau. Allí se sintió algo más cómodo, algo menos alejado de esa vida que al fin y al cabo tenía mucho de común con la suya propia.

Con todo, rara vez abandonaba su tímido aislamiento. Alquiló una casa medio destartalada situada en las afueras de la ciudad. Durante cuatro años vivió frugalmente con los escasos ingresos que le proporcionaban sus escritos, hasta que al fin le favoreció un golpe de fortuna.

Los demócratas habían ganado nuevamente la presidencia, y Hawthorne fue designado entonces Inspector de Aduanas en Salem, con un sueldo de mil doscientos dólares anuales, suma fabulosa para el Salem de 1846.

Mas la suerte sólo le fue propicia hasta 1849.

La elección de Zacarías Taylor para la presidencia significó para Hawthorne la cesantía del empleo que ocupaba.

Quedaba en situación realmente penosa. Contaba apenas cuarenta y cinco años de edad y sentíase ya viejo. Tenía una esposa y dos hijos que mantener, ningún ahorro que le salvase de apuros, y eran nulas las posibilidades de conseguir otro empleo.

Pero tres circunstancias fueron en su ayuda: los ánimos de la esposa, la generosidad de los amigos y la confianza de su editor en su capacidad para producir una obra maestra.

Su esposa encendió el fuego en la estufa de su estudio, le ordenó la mesa de trabajo, le ayudó a ponerse su bata y le hizo sentarse a escribir

A los pocos días un grupos de amigos le informban que «hemos reunido la suma del cheque que tendréis a bien hallar adjunto. Tan sólo os estamos pagando, y en muy desigual medida, la deuda que con vos ha contraído la literatura americana. «

Cierto día que James T. Fields, su editor, fue a visitarle a Salem, y le preguntó si tenía preparado algo para la imprenta… Hawthorne no tenía absolutamente nada, pero sacó de uno de los cajones de su escribanía un fajo de cuartillas.

El editor llevóse consigo los «borrones», y esa misma noche le escribió a Hawthorne una carta entusiasta. Acababa de leer un bosquejo de lo que habría de ser La letra escarlata.

En esta obra la historia no empieza por el principio; Hawthorne emplea en esta novela el método retrospectivo.

El resto de la vida de Hawthorne cabe en pocas palabras. Al ser electo Pierce presidente de la nación, designó a su ex condiscípulo cónsul norteamericano en Liverpool.

Mientras vivió en Inglaterra permaneció al margen de la vida social como lo había estado en su país. Se familiarizó con la historia antes que con los habitantes de Inglaterra.

Al finalizar su consulado, realizó un viaje por Italia, donde, fiel a su costumbre, vivió más en el pasado que en el presente.

Regresó luego a América, donde se hallaba más a gusto que en cualquier otra parte: porque era el linde entre el pasado y el porvenir reflejado en la vida de provincia.

Tan sumido estaba en los problemas de sus pequeños dramas provincianos, que apenas advertía la tragedia nacional que estaba desarrollándose ante sus ojos.

Cuando estalló la Guerra Civil, se limitó a encogerse de hombros, ‘»Apruebo la guerra, pero no sé para qué peleamos».

Pero también él luchaba en una guerra: la del alma humana que lucha por librarse de las ataduras del mundo que la rodea. Describe esa batalla en su obra: La casa de los siete tejados, en la cual los pecados de los padres tejen una red que asfixia la felicidad de los hijos.

En El fauno de mármol vuelve a la carga con su tema favorito del pecado y el sufrimiento: una criatura salvaje y semihumana, que al resugir del pasado se siente abrumada por los serios problemas de la vida del hombre actual. En sus postreros días quiso librar una nueva batalla; la del alma contra los inevitables mandatos del destino.

Es El romance de Dolliver, obra inconclusa. Afanábase en este libro por encontrar el elixir de la vida, la conquista de la muerte, el humano tránsito hacia la inmortalidad; pero la ironía del destino quiso que este novelista-filósofo muriera en el trance de buscar la vida eterna (mayo 1864).
Y con él murió una época intelectual de la historia de Norteamérica.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Nathaniel Nawthorne – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Bryant William Cullen Vida y Obra del Poeta

Biografia de Bryant William Cullen Vida y Obra del Poeta

William Cullen Bryant (3 de noviembre de 1794- 12 de junio de 1878) Nació en Cummington, Massachusetts, Estados Unidos.  Poeta, ensayista, traductor y editor estadounidense, considerado una de las figuras claves del naturalismo norteamericano.

El doctor Pedro Bryant era el médico más estimado de Cummington, y los ratos libres que le dejaba su profesión, los dedicaba a la política local y la poesía.

Cierta vez, Willard Phillips, editor de la North American Review, le sugirió la posibilidad de publicar en la revista una de sus poesías.

Dio la casualidad de que el doctor llevase en su bolsillo un poema escrito per su joven hijo William Cullen, que contaba con diecisiete años. El título del poema era Thanaptosia.

El doctor Bryant pasó en limpio el poema y, sin estampar al pie el nombre del autor, lo llevó a la redacción de la revista. Cuando el sr. Phillips leyó el poema, apenas pudo dar crédito a sus ojos. Corrió a casa del co-editor, Ricardo H. Dana, para leérselo.

Dana le escuchó cortésmente, y dijo al instante: —Phillips, te han engañado. No hay nadie en este lado del Atlántico capaz de escribir esos versos.

—¡Pero yo conozco al que ios escribió. Es el doctor Pedro Bryant, un viejo amigo mío. Es más, en este instante ocupa su escaño en el Senado.

Biografia de Bryant William Cullen

Ni el doctor Pedro Bryant ni ningún otro de los antecesores de William Cullen habían llevado impreso el sello del genio. La mayoría de ellos habían sido gigantes en el sentido físico más que en el cerebral.

De la línea materna habían salido hombres y mujeres de vigor extraordinario.

A los dos días de nacido Cullen (3 de noviembre de 1794) su madre estaba ya en la cocina haciendo una chaqueta para otro de sus niños.

Pero Cullen no heredó el vigor físico de su familia. Era un niño delicado y enfermizo. Su padre debió echar mano de todos los recursos de su ciencia para librarle de una enfermedad tras otra.

Desde muy temprana edad se manifestaron en su organismo síntomas de tuberculosis y no había niño más susceptible que él al menor cambio de temperatura. El padre, decidido a fortalecer su frágil cuerpecito, recurrió a un tratamiento enérgico.

Durante todo el verano no hubo mañana en la que no sumergiera al niño en las aguas frías de una fuente cercana a la casa, «continuando el tratamiento, a pesar de los gritos y protestas del paciente, hasta bien entrado el otoño, de modo que en ocasiones era necesario romper antes el hielo que cubría la superficie de las aguas».

Junto a su cuerpo anormalmente endeble se desarrollaba una mente anormalmente precoz. «Unos pocos días después de cumplir dieciséis meses de vida, ya conocía yo todas las letras del abecedario», nos dice.

Ingresó en la escuela a los cuatro años, desde sus más tiernos años le gustó leer y escribir poesías.

Había descubierto en la biblioteca paterna la traducción de la Ilíada, hecha por Pope, las obras de Spencer y Milton y el teatro de Shakespeare. Y luego su padre le trajo un día un volumen de poesías de Wordsworth.

Hacer por América lo que Wordsworth había hecho por Inglaterra, tal sería en adelante el norte de su vida.

En el otoño de 1810 ingresó en el colegio Williams, una escuelita de reciente fundación y precarios medios, donde el cuerpo docente estaba constituido tan sólo por un profesor y dos preceptores.

Bryant no pudo tolerar durante mucho tiempo la escasez de elementos de estudio y volvió a Cummington con la intención de prepararse por sí solo para ingresar en Yale.

Se aplicó al estudio con ahinco por espacio de varios meses, para llegar al cabo a la conclusión de que su padre no podía costearle los estudios.

Hondamente decepcionado, decidióse por un puesto de pasante como lo más aceptable después de la carrera universitaria. Entró a trabajar en un bufete de Worthington, próximo a su ciudad natal, y tres años más tarde recibía el diploma de «Abogado en Causas Civiles».

Su aversión por los asuntos legales fue la causa indirecta que le indujo a escribir sus más hermosos poemas. Animado de una fuerza y un valor desconocidos para él una tarde, se sentó y escribió el poema: A una cerceta:

Las poesías de Bryant son de calidad excepcional, pero muy escasas. Sus obligaciones de abogado relativamente pobre, le sustraían de continuo a los encantos de la Musa. Y para colmo de males, los pobladores de la región le habían honrado —o mejor sería decir «cargado»— con la secretaría del municipio.

Sus actas pueden verse aún hoy en el Ayuntamiento de Great Barrington. Uno de los asientos tiene particular importancia, pues registra su propia boda con Fanny Fairchild, «la más bella de las mozas de la campiña de Great Barrington».

La había conocido en una «fiesta» del pueblo, y se había enamorado a primera vista de su «hermoso y áureo cabello, su pequeña y grácil estampa». Con ocasión de la boda, Bryant compuso una plegaria, que fue el vademécum del sereno afecto que reinó en la larga existencia que juntos llevaron.

«Dios todopoderoso, te rogamos salvaguardes nuestra felicidad de ahora y de siempre con tu infinita misericordia. Haz que seamos fieles el uno al otro, y que no olvidemos nuestras mutuas promesas de cariño y sinceridad. . . Haz que llevemos una larga e inocente vida feliz, sin que nuestro afecto disminuya hasta la muerte. Haz que nunca haya entre nosotros celos, desconfianzas, indiferencia ni recelo —ni ocasión propicia para ello—; nada que no sea indulgencia, dulzura, confianza mutua y dedicación a la felicidad del otro. Y para que no seamos tan indignos de tamaña merced, ayúdanos a cultivar el bien y la caridad, no gólo en nosotros dos, sino con nuestros vecinos, con la especie humana y con toda criatura viviente.»

A este gran acontecimiento sucedió otro de importancia aún mayor. Bryant recibió una invitación de la Phi Beta Kappa de Harvard para que leyera un poema suyo durante la colación de grados universitarios.

Esto era de por sí una alta distinción para un poeta tan joven. Pero más importante aún que el honor que se le dispensaba era la oportunidad de hacer un viaje a Boston —el primero de su vida, no obstante haber nacido a pocas millas de la ciudad—, y de trabar relación con sus sabios y escritores más destacados.

Conoció allí, entre otros, a John Quincy Adams, Edward Everett, William Ellery Channing, Willard Phillips y Richard Henry Dana.

Pertenecían a ambientes tan dispares como dos polos opuestos. Dana descendía del gobernador Dudley, habíase graduado en Harvard y era miembro del exclusivo círculo social.

Bryant, por el contrario, era vástago de un oscuro árbol genealógico, no se había graduado en colegio alguno y a través de los arrogantes monóculos de los ilustrados intelectuales de Boston, habrá aparecido seguramente cual rústico provinciano.

Pero tenían algo muy grande en común: una pasión rayana en la adoración por la poesía de Wordsworth. Dana se convirtió no sólo en su más íntimo amigo, sino en su consejero literario más atendido.

Le instó a publicar un volumen de poesías, y como el libro tuvo muy buena acogida, le indujo a deshacerse del fardo de su profesión legal; para dedicarse por entero a la literatura.

Bryant tenía treinta y un años cuando se decidió a dar ese paso que había de cambiar por completo el curso de su existencia. Dana y otros amigos le aconsejaron que prefiriera Nueva York a Boston.

Por ese tiempo le abatieron dos grandes desgracias:la muerte de su padre, y de la hermana. Siempre había venerado a su padre, no sólo por ser el hombre que «me enseñó en la niñez el arte de hacer verso», sino porque era un médico que valuaba su éxito más por la gratitud del paciente que por la importancia de sus honorarios.

Para aliviar su congoja, entregóse con alma y vida a su trabajo. Pálido, delgado, «casi diminuto», poseía, en cambio, voracidad por el trabajo. Y una propensión asombrosa para ganarse amigos.

«Tenía una rara simpatía —decía de él un vecino— para conversar con la gente del pueblo, ya fueran labriegos, leñadores o cocheros. Celebraba jovialmente los chascarrillos que le contaban y —seguía diciendo su vecino— sus chanzas tiraban por lo general a lo picante.»

El buen humor era algo innato en él, esa gracia que salva al poeta de degenerar en pedante y jactancioso.

Consumido el capital, los editores suspendieron la publicación del diario.
Ante situación tan desesperada, recurrió Bryant nuevamente a su profesión, obteniendo una licencia para atrabajar el los tribunales neoyorquinos.

La suerte le acompañaba, sin embargo. Entró a colaborar en el New York Evening Post, y siguió allí hasta el fin de sus días.

Como de costumbre, sus ocupaciones editoriales y políticas —el periódico sostenía firmemente a Andrew Jackson— le dejaban muy pocos minutos libres para cultivar la poesía.

Ahorró durante un tiempo merced a la proverbial economía yanqui, y pudo entonces adquirir buena parte de las acciones del diario. Bajo su directiva, el Evening Post llegó a colocarse a la vanguardia del pensamiento liberal americano.

Bryant se ocupó activamente de la formación del partido republicano, en la campaña a favor de Lincoln, en la cruzada por la emancipación de los eeclavos y en el debate por el reconocimiento de los derechos de los trabajadores.

Vivir, dejar vivir y ayudar a vivir, ésa, a su parecer, debía ser la suma del código político, poético y religioso del Nuevo Mundo.

Fue el primero de los poetas nacionales de Norte América. Era norteamericano no sólo en sus paisajes sino en el idioma.

A medida que transcurría el tiempo y florecía el diario, se contentó con su «plato de lentejas», especialmente desde el momento en que se lo ganaba honestamente y lo repartía con generosidad entre los menos afortunados.

Su prosperidad le permitió sacar a sus amigos de múltiples atolladeros, comprar una residencia de campo en Long Island Sound —»un rinconcito encantador, como hecho para un poeta»—, realizar varios viajes a Europa y ver endulzada su vejez al comprobar que al fin se veía libre de cuidados, si no de trabajo.

Ya es anciano, pero sigue trabajando de firme. Cada mañana, a las siete, luego de haberse andado tres millas, comienza su tarea en el Post.

Los últimos años de su existencia han sido los más activos. Con los setenta ya cumplidos, emprendió el más ambicioso de sus proyectos —traducir la Ilíada, y la Odisea— y en el filo de los ochenta concluyó la empresa de «trasplantar las flores de Troya a las riberas del Hudson».

Su vigor seguía intacto, pero su corazón estaba apenadísimo. La muerte se llevaba, año tras año, las mejores espigas del trigal de sus amigos. Y la mejor y más dolorosa de todas, su esposa. Casi le es imposible soportar este último golpe.

Y pronunciando uno de esos inspirados discursos recibe su sentencia de muerte. La estatua del patriota Mazzini acaba de descubrirse en el Central Park. Bryant, con «su hermosa cabeza gris» reluciendo al sol, pronuncia el último párrafo de su arenga… El sol abrasador le marea. Tropieza y cae de espaldas hiriéndose la cabeza.

Por espacio de tres semanas permaneció inconsciente y luego (el 12 de junio de 1878), su corazón grande y sencillo latió por última vez.

LOS MEJORES POEMAS DE BRYANT

Thanaptosia.
A una cerceta.
Himno de la fronda. La fuente.
Los hombrecitos de la nieve.
El venado de patas blancas.
Sella.
Voces de la naturaleza.
Pastoral de otoño.
Las praderas. Una vida.
Las edades.
Muerte de Lincoln.
La violeta amarilla.
La genciana florecida.
La montaña monumental.
El pasado.
Roberto de Lincoln.
A la más bella de las zagalas.
Vagabundeo estival.
El viento del atardecer.
El poeta.
La corriente de los años. Himno a la muerte.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Bryant William Cullen – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Swinburne Charles Historia, Vida y Obra del Poeta

Biografia de Swinburne Charles Historia, Vida y Obra del Poeta

Algernon Charles Swinburne (1837-1909), poeta inglés famoso por sus temas libertarios y su virtuosismo estilístico.

Swinburne nació en Londres y estudió en la Universidad de Oxford. En 1860 publicó los dramas en verso La reina madre y Rosamunda. Se estableció en Londres y comenzó una larga relación con el poeta y pintor Dante Gabriel Rossetti y los escritores William Morris y George Meredith.

Biografia de Swinburne Charles Historia, Vida y Obra del Poeta

De pequeño, cuando estudiaba en Eton, cayó enfermo con el sarampión y su madre acudió a su lado. Sentada junto al lecho se pasaba el día leyéndole a Shakespeare y otras obras clásicas. Recitaba Hamlet saltando en la cama.

Heredó su temperamento apasionado del abuelo paterno, Sir John Swinburne, y la sensibilidad aristocrática, de su madre, hija del tercer conde de Ashburnham.

Tuvo un crecimiento raro y parecía que lo único que crecía en él era la cabeza. Y ésta adquirió un tamaño tan superior al normal, con relación al cuerpo, que cuando se matriculó en Eton parecía una calabaza bamboleándose sobre una zanahoria y hasta daba miedo que se desprenda.

Fue un niño bastante porfiado y en el hogar, cuidaban muy bien de no hacerle el menor reproche, porque entraba en un estado cataléptico que daba temor.

Los ingredientes que formaron al joven poeta fueron cabeza grande y hermosa, envuelta en una aureola de llamas, un cuerpo debilucho, en compensación de lo cual aprendió a tomar posturas desafiadoras y atrevidas, una pasión por la lectura de las grandes obras del pasado, una energía «eléctrica» que le hormigueaba en las carnes de continuo, y unas ansias apasionadas y rebeldes por una total independencia.

Por espacio de tres años estuvo Swinburne flirteando con la idea de alistarse en la caballería. En el invierno de 1856 se matriculó en Oxford, y a poco halló las exigencias de la Universidad tan desagradables como las restricciones del colegio preparatorio.

Le era imposible ajustarse a las normas que rigen la vida del común de los mortales. Tampoco participaba en los juegos ni aparecía en las fiestas de sus compañeros.

A sus profesores no les impresionó su personalidad, y mucho menos sus poesías. Durante el primer año aspiró al premio Newdigate con un poema sobre el Paso del Noroeste. El jurado desechó su trabajo y adjudicó el premio a un tal Francis Law Latham, un joven que como poeta «ascendió como un cohete y cayó como una piedra».

Por otra parte, alimentaba un sordo desprecio por la vida académica de Oxford. Tampoco completó esta vez sus estudios, y los abandonó, lo mismo que en Eton, antes de diplomarse.

Por segunda vez un fracasado, el imperturbable joven poeta accedió al ruego de su padre y se fue a vivir como alumno privado en casa de William Stubbs, clérigo de gran cultura a cargo de la apacible y campestre parroquia de Navestock.

Una tarde, él y su esposa preguntaron al joven qué había de cierto en eso de que escribía poesías.
—-Es verdad —repuso Swinburne—. He emborronado un par de cuartillas en mis horas libres.
—¿Por qué no nos da el gusto de leernos algo? —pidióle la señora Stubbs.
Swinburne subió a su aposento y volvió con un grueso fajo de papel, una larga tragedia histórica en verso libre.

Empezó su lectura la primera noche, y después de media noche llegaba al final. Levantó entonces la vista del papel y preguntó:
—Les ha gustado?
—En general, sí —replicó el reverendo—. Pero para serle sincero, Mr. Swinburne, yo atenuaría algunos pasajes amorosos. Son, ¿cómo le diré?, un poco demasiado íntimos para un joven poeta sin experiencia.

El vicario esperaba que su pupilo reconociera modestamente lo exacto de la observación. Pero lo que siguió fue desconcertante.

Una larga e intensa mirada que terminó en un chillido atroz y diabólico. —¡Eh!, Mr. Swinburne. Mas éste ya había recogido el manuscrito y huía escaleras arriba.

El sol brillaba bien alto al día siguiente cuando Swinburne, con la mirada afiebrada, bajó de su habitación. —Siento lo ocurrido anoche. —Oh, no se preocupe.

Contrajo una cálida amistad con William Morris y Dante Gabriel Rossetti. Rossetti, el brillante pintor-poeta, que pensaba como inglés y sentía como italiano, estaba casado con una bella jovencita. Los tres jóvenes bohemios formaban un trío inseparable, hasta que un día Dante encuentra muerta a su mujer, siendo un enigma hasta hoy las razones de su deceso.


Poco después, otra experiencia dolorosa contribuiría a acerarle el carácter. Se enamoró a primera vista de una muchacha, «graciosa y vivaz», que pareció corresponder con placer sus atenciones, hasta que un día se le ocurrió declararle formalmente su amor, ella se le rió en las narices. . . así como Lady Montagu lo había hecho antaño con Alejandro Pope

Cantó su enlace mítico con el mar en un magnífico poema: El triunfo del tiempo

Mas adelnate publicó su primer volumen, La reina madre, y sentó un precedente sin par; no vendió ni un solo ejemplar. En su «tragedia griega» Atalanta, el primer poema que reveló su «sobrehumana inteligencia y su superdiabólica audacia», atacó a los dioses consagrados en una oda coral de punzante invectiva y soberbia música.

Swinburne era un rebelde pero sin llegar a ser ateo. Los dioses malos contra los cuales lucha no son más que los aspectos nocivos de la naturaleza. Son conceptos supersticiosos de mentalidades primitivas; dioses hechos a imagen del hombre pero del hombre en estado salvaje. Swinburne reniega de esos dioses y de la vida que a su sombra se dea liza. Pero no reniega de Dios ni de la vida. La vida es hermosa, es breve, pero bella.

Por eso, debemos beber la belleza de la vida, bañarnos en su luz, desafiar sus peligros, luchar contra la opresión y hacer frente a los vaivenes de la fortuna con corazón resuelto. «Así se encuentra a Dios: siendo hombre con todas las fuerzas.»

Tal era el credo poético y la concepción filosófica de su vida. Hizo de ella un canto a la primavera; abril corría por sus venas. A pesar de su constitución endeble —más de una vez sufrió ataques epilépticos—, entró de lleno en el turbión de la vida londinense y llevó al verso la fogosidad de sus primeras experiencias.

Una vez, su pasión por el agua casi le cuesta la vida. Sobreestimando el poder de sus débiles extremidades permitió que las olas le internaran más de la cuenta. Y cuando quiso volver a la costa se encontró a merced de ellas, flotando como «corcho indefenso».

Por fortuna, en el momento en que desmayaban sus fuerzas, fue avistado por una embarcación. «Y mientras flotaba hacia la muerte» —contaba más tarde a sus amigos—, pensé que mi volumen de poesías republicanas (Cantos antes de la aurora) estaba listo para la prensa.»

Cada vez se volvía más excéntrico. Si se le ocurría, caminaba por las calles más concurridas de Londres, recitando su poesía a voz en cuello. En una oportunidad fue a pasar unos días en casa de una familia de admiradores suyos.

La dueña de casa, no sabiendo qué hacer para colmarlo de honores, llenóle el dormitorio de lirios japoneses. En medio de la noche, unos alaridos desesperados arrancaron del sueño a los moradores.

Era Swinburne que gritaba: «¡Me han envenenado! ¡Me han envenenado con perfume!

Alarmado ante estas manifestaciones de orate, uno de sus amigos más íntimos, el abogado Theodore Watts-Dunton, le tomó bajo su protección, rescatándolo del torbellino de la sociedad londinense y llevándoselo a vivir en la quietud de Putney, donde le cuidó con la atención que un solícito jardinero prestaría a una flor exótica.

Swinburne vivió con Watts-Dunton treinta años, que fueron los más plácidos de su existencia y a la vez, los menos productivos.

Watts-Dunton no sólo alejó a Swinburne de la excitación de la compañía de los viejos amigos sino también de la de los viejos pensamientos. Su juicio crítico había empezado a fallar, al par que mermaba su facultad creadora. Intentó reverdecer el tronco de sus valores, pero en vano

Su ocaso no fue dejando estela gloriosa. De viejo, una sordera total le aisló por completo del mundo. Y la conciencia de haber perdido sus facultades hacíale sufrir intensamente. «Estoy rancio —escribíale a un amigo—, como algo que ha pasado de moda.»

Su carácter habíase tornado suave. Mucho más amable, pero menos entretenido. Sus últimos años transcurrieron en un desolado desierto espiritual. Iban yéndose sus amigos uno tras otro… pero la muerte no parecía interesarse por él.

En esta última parte de su carrera dedicó sus energías a la crítica y a la poesía. Escribió estudios detallados e imaginativos sobre el drama isabelino en su Estudio sobre Shakespeare (1880) y La época de Shakespeare (1909).

Destacan también sus tragedias en verso Chastelard (1865), Bothwell (1874) y María Estuardo (1881).

LOS MEJORES POEMAS DE SWINBURNE

Atalanta en Calydon,
Erectheus.
Bothwell.
Mary Stuart.
Rosamunda.
El duque de Gandía.
Astrophel.
El triunfo del tiempo.

Dolores.
Tristón de Lyonesse.

La reina madre. Hesperia.
Cantos antes de levantarse el sol.
Baladas de ta frontera.

Las hermanas.
El cuento de Balen.
Oda al cumpleaños.
Oda a la proclamación de la República Francesa.
El último oráculo.
Las manos de un niñito.
El jardín abandonado.
Balada a la Tierra Soñada.
Las Náyades.
Una canción de Italia.
Un siglo de redondillas.


Biografia de Tennyson Alfred Historia, Vida y Obra del Poeta

Biografia de Tennyson Alfred Historia, Vida y Obra del Poeta

Alfred Tennyson (1809-1892), poeta inglés, una de las figuras más representativas de la época victoriana. En sus obras cultivó distintos estilos poéticos, creando algunos de los más bellos poemas líricos de la lengua inglesa.

El Dr. Tennyson era el párroco de Somersby, hombre imponente, física y moralmente. Educó a sus hijos y cultivó sus cerebros en una atmósfera de apacible refinamiento, lejos de toda distracción mundana. Desde su infancia, demostró Alfred una imaginación prolífica y brillante.

Recibió su educación en un salón donde la afabilidad y la cordura eran los caminos mayores, y donde los instintos de rebeldía eran tabú.

En 1827, Tennyson ingresó en el Trinity College de la Universidad de Cambridge, institución que este muchacho no aceptaba… «No nos enseñan nada, no nutren nuestros corazones» , decía a menudo.

Biografia de Tennyson Alfred Historia, Vida y Obra del Poeta
Entre algunas se sus obras, se encuentran la conmovedora prosa acerca del amor y el sacrificio de Enoch Arden (1864), los dramas históricos La reina María (1875), Harold (1876) y Becket (1884), la poesía de Baladas y otros poemas (1880), Tiresias y otros poemas (1885), Deméter y otros poemas (1889) y La muerte de Oenone y otros poemas (publicado póstumamente, en 1892).

A los veinte parecía un semidiós, de alta e imponente figura, rostro y frente nobles, torso poderoso, miembros largos, y regio empaque. Rara vez hablaba ante extraños.

Su partida de Cambridge fue de gran felicidad, partió de allí, confiado y sonriente, hacia las avenidas del futuro. Pero la placentera rutina de su vida había de sufrir una brusca interrupción. Un mes después del regreso a la casa paterna, al penetrar en el estudio del padre. . . hallóle muerto.

Los días en que el dolor era más punzante, Alfred discurría sobre el misterio de la muerte con su amigo y compañero de estudios e ideales, Arturo Hallam.

Arturo fue a pasar las vacaciones a Viena. Escribía asiduamente a Tennyson cartas maravillosas hablándole de las galerías de cuadros de esa ciudad, de sus Giorgione, sus Rafael y sus Ticiano. Pero un día no llegó carta del amigo. En su lugar, un billete del padre de Arturo. «Señor, su amigo, Arturo Hallam, ya no. . . existe.»

Otro duro golpe para Tennyson que estaba sentado a la mesa… ¿Cómo puede decirse ya no existe? «El dedo de Dios le ha rozado y le ha dormido.»

Llevó a su madre y al resto de la familia a vivir en una mansión de Epping Forest. Allí, sentado a orillas del estanque, rodeado de frondoso parque, decidió bucear en lo más recóndito de sus pensamientos.

Su físico soberbio le hacía cultor apasionado del deporte. En verano daba largas caminatas por los bosques umbríos, y en invierno patinaba en el lago con gran habilidad.

Con severa determinación grabó en esa etapa el sello de su futura poesía: «Amordazado el tigre enfurecido, y muerta la serpiente de la pasión».

Pero ya a la segunda tentativa su lira halló eco «en miles de corazones sensibles». Tenía treinta y tres años cuando publicó la colección de versos que incluía Ulysses, Morte d’Arthur, Lancelot and Guinevere y The Lady of Shalott, poemas legendarios de un pasado redivivo,

Carlyle, Fitz Gerald, Spedding —en verdad todos los críticos y amigos—, se sorprendieron ante su notable adelanto. Y Emerson, en América, no titubeó en elogiarlo con excelente crítica.

En la Inglaterra victoriana el «sexo débil» tenía ante la ley menos atribuciones que el hombre y el marido consideraba a la mujer punto menos que un inmueble de su propiedad. Tennyson escribió La princesa, poema en el que se anticipó a la Casa de muñecas, de Enrique Ibsen, y en el que abogaba por la independencia espiritual e intelectual de la mujer en la sociedad matrimonial.

A menudo, el poeta se volvía a los problemas religiosos que tantos nubarrones aportaban a las tormentas de aquellos días. Repetidas veces había visitado la tumba de Arturo Hallam, próxima a donde el mar se estrellaba «contra las piedras grises».

Allí frente a las olas y bajo el azul infinito oyó «los suaves y dulces acordes» de una elegía. Llevó al papel esa música, que tituló In memoriam, «rememorando a Arturo como a él le hubiera gustado que le recordase».

A Tennyson le resulta inconcebible que persona alguna, Arturo en su caso, dotado de la chispa de la inteligencia y del aliento de la vida, pudiera tan de repente esfumarse en la nada, «y dejar de existir».

Según él, la personalidad del que ha huido del cuerpo ha adquirido, al hacerlo, una grandeza nueva y solemne, no menos real a pesar de su transformación. El alma se hermana con los elementos de la naturaleza, ríe con el sol y habla en el quejido del viento. Sin duda que hubo quienes dudaron de esa supervivencia espiritual del alma humana.

Y «si Dios permite la existencia de este fuerte instinto y de esta esperanza universal de vivir otra vida, no hay duda de que hay en ello un asomo de verdad.

No podemos renunciar a esas sublimes esperanzas que están en la esencia del ser hombres».

Tú no nos dejarás en el polvo;
Tú has hecho al hombre, él no sabe por qué,
él cree que no habrá de morir;
y Tú lo has hecho. . . Tú eres justo.

Ningún ser humano muere: ni el hijo que la madre anciana ha perdido en el mar, ni la joven desposada que duerme su sueño eterno bajo el ciprés, ni el niño muerto en las entrañas de la madre, ni el padre que perdió la vida en lejano campo de batalla.

Su gran obra In memoriam descendió sobre el paisaje intelectual inglés como una bella mediodía. Contenía, al decir de los grandes pensadores, «las cosas más satisfactorias que jamás se dijeran acerca de la vida futura».

Para la interminable hueste de gente humilde que subía la empinada cuesta de la vida cargando su fardo de dolores y esperanzas, vino a ser un nuevo evangelio de fe.

Un ejemplar de In memoriam llegó a manos de la reina Victoria, atribulada por la pérdida del príncipe consorte, y más de una lágrima cayó sobre sus versos durante las largas noches de íntimo desvelo.

Se le concedió un título de nobleza en 1884 y, a partir de entonces, ocupó un escaño en la cámara de los lores como barón Tennyson de Freshwater y Aldworth.

Catorce años antes de escribir In memoriam, cuando apenas había dado los primeros pasos de su carrera, concurrió a la boda de su hermano Carlos.

Después de la ceremonia se había inclinado al oído de una de las damas del cortejo —la pálida y graciosa Miss Emily Sellwood— susurrándole tímidamente: «¡Oh, la feliz dama del cortejo nupcial, si pudiera ser mi novia feliz!». Ahora que su fama y su fortuna estaban aseguradas, quiso convertir en realidad aquella invocación de catorce años atrás.

Se casó con Emilia y se dispuso a ser el Gran Sacerdote del culto universal de sus adoradores.

Fué desde entonces el portavoz de la gloria, el fuego y la inspiración de Inglaterra.

Escribió versos conmovedores que daban coraje a los hijos de la patria que luchaban en tierras lejanas y odas augustas honrando a sus muertos. Si bien en el apogeo de su existencia, ya era aclamado como clásico por sus contemporáneos.

Los estudiantes de Oxford guardaban un volumen de sus poesías junto a un texto anotado de Eurípides y algún manual de filosofía escolástica.

Las desposadas lo hallaban entre los presentes de boda. Los oficiales del ejército recitaban a sus soldados los versos atronadores de La carga de la brigada ligera.

Un volumen de sus poesías, puesto al descuido antes de la batalla en la guerrera de un capitán, detuvo una bala que iba a incrustarse en su corazón, salvándole la vida.

Le llovían de todas partes cartas que en transportes de éxtasis le escribían colegialas ruborizadas ante el atrevimiento que se tomaban.

A la muerte del duque de Wellington, escribió una oda fúnebre en la que se lamentaba de la desgracia y «como correcto caballero, con guantes flamantes, enjugábase las lágrimas con pañuelo de fina batista».

En toda una vida de esfuerzos sólo había percibido un fugaz reflejo de la verdad, eternamente oculta tras un velo impenetrable. Todo el resto de su vida había ido a tientas en las tinieblas.

De sobremesa solía dejar su pipa, tomaba algunos versos manuscritos y los leía a los comensales con su «voz de órgano», vibrante y potente. Así leídos, provocaban «en los ojos de Mr. Gladstone resplandor de gloria, y lágrimas en los de George Eliot».

Escalaba la áspera cuesta de los años, pero su recio cuerpo no mostraba señales de abatimiento. A los setenta y cuatro se enorgullecía de que «la mejor parte de él» era más fuerte entonces que a los dieciocho.

A los ochenta y dos desafió a sus amigos a hacer después de él la prueba de «levantarse veinte veces seguidas de una silla baja sin tocarla con las manos».

Y «lo mejor de su corazón» latía cada vez más fuerte por esa mujer que le había dado la ventura de cuarenta años de felicidad conyugal.

En el verano de sus ochenta y tres años celebró con Emilia el aniversario de su casamiento. El poeta obsequió a la «novia» con romero y rosas.Estuvieron tan alegres como el día de la boda, pero Alfred sabía que aquel perfume de la vida podía acabrase en cualquier momento.

No pasaron muchas emanas desde aquel feliz aniversario, paseando por sus jardines se hizo visible que su paso titubeaba. . . y así, más cada día. A poco ya no pudo caminar.

Murió el 6 de octubre de 1892 en Aldworth House, Hazlamere, Surrey.

LOS MEJORES POEMAS DE TENNYSON

Idilios del rey.
In memoriam.
Maud.
Enoch Arden.
Locksley Hall.
La princesa.
La dama de Shalott.
La muerte de Arturo Godiva.
Ulises.
El halcón.
Becket.
La primera disputa.

Las Hespérides.
El sueño diurno.
El arroyo.
La carga de la Brigada Ligera.

Oda a la muerte del duque de
Wellington. Oenone.
El palacio del arte.

La reina María. Rizpah. Haroldo.
La hija del molinero.

Las hermanas.
Nada perecerá.
Demetos.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Alfred Tennyson – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Browning Robert Vida y Obra del Poeta

Biografia de Browning Robert – Vida y Obra del Poeta

Robert Browning (1812-1889), poeta inglés, célebre por haber perfeccionado el monólogo dramático (composición literaria en que el personaje revela su carácter). Nació en Camberwell (hoy parte de Londres). Sólo cursó estudios hasta los 14 años, por lo que fue prácticamente autodidacta.

De niño, era dueño de una colección de animales, lechuzas, monos, erizos, serpeintes, un aguila y sus preferidas lagartijas. Hasta sabía un silbidito especial, para hacerlas salir a la luz… secreto que conservó toda la vida

Era su madre una mujer muy suave y comprensiva, de exótica belleza y ojos y cutis cautivadores. Amaba apasionadamente la música.

Cuando tuvo uso de razón, supo que la madre, esa mujer adorable de piel aceitunada, había venido de las Américas y que en sus venas palpitaba el apasionado ardor del criollo.

Biografia de Browning Robert

El padre de familia de los Browning había sabido formar un confortable nido trabajando en un buen empleo bancario. Era, además, pintor de talento, y muy estudioso.

Robert heredó del padre el robusto optimismo y un físico soberbio. Recibió una concienzuda preparación en lenguas y bellas artes: luego, eludiendo los estudios universitarios, pasó a la Europa continental con el objeto de obtener un diploma algo menos académico B. E. (Bachiller en Experiencia).

A poco de decidirse por la carrera literaria, rebosaba ya de energía creadora. Quería ser el poeta de la vida, la alegría, la aspiración, la esperanza.

Sus comienzos no fueron felices. Escribió un poema —Paulina—, rosa roja como la flor de fuego abierta en el hierro candente. El poema, a pesar de todos sus defectos, llamó la atención de los críticos y de algunos poetas.

Browning era un poeta joven de fuertes y vigorosas pasiones. Su tarea sería la de detallar minuciosamente cada una de esas pasiones. Le encantaban las caminatas nocturnas por el bosque de Dulwich.

En la biblioteca paterna había leído acerca de un hombre llamado Paracelso, el ingenioso médico-filósofo de la Edad Media. Philippus Aureolus Theophrastus Bombastus ab Hohenheim era su nombre de pila.

Cerebro cumbre del medioevo, una inteligencia de miras amplias, oscuras y sinuosas, de poder destructor superior al del diablo y al del hombre, dio a la humanidad el mortífero láudano y exploró en los abismos de la demonología. Era un hombre de ciencia que aspiraba a desentrañar el misterio de la vida… sin contar con el corazón.

En Londes paseaba diariamente largas horas estudiando en la biblioteca del Museo Británico; vivía cerca del Strand para estar en estrecho contacto con los teatros; visitaba periódicamente las exposiciones de la Galería Real… buscando siempre alguna inspiración…hasta que un día enardecido por esa concepción escribió un poema, Pippa Passes (Pipa pasa).

En él relata la historia de una pobre molinerita que por su traza hubiera pasado inadvertida al recorrer las calles del pueblo con una canción en los labios. Pero las notas de su canto llegan a los oídos. ..ya los corazones, de varias personas que atraviesan per un momento decisivo de sus existencias.

Y aunque Pippa desconoce la magia de su canción, no hay ninguno que no sienta renacer sus fuerzas a la vista de un horizonte más bello y de una nueva esperanza.

Dios escoge a la más humilde de sus criaturas para emisaria de su divina voluntad.

Browning, en su intento por penetrar en las tinieblas, escribió un poema sobre el enigma del alma humana, al que los críticos calificaron de «náufrago en el océano de la poesía. . . el verso más oscuro del siglo».

Un amigo que convalecía de una enfermedad, al abrir un ejemplar de Sordello quedó espantado tras de leer las primeras estrofas. Los versos se sucedían sin que llevaran a mi cerebro un solo pensamiento coherente.

Lord Tennyson leyó todo el poema y al cabo dijo con amargura: «Yo sólo he entendido dos líneas, y las dos son mentiras».

Contaba ahora veintisiete años y comenzó una relación con Miss Barrett una mujer poeta, tan audaz como débil, ella se sentía atraída en forma irreprimible hacia el más varonil de los poetas contemporáneos.

Pero debieron pasar dieciocho meses, hasta que Browing pudo conseguir que ella le permitiera visitarla y formalizar así una amistad que se había intimado a través de las cartas.

Al fin, la poetisa concedió la anhelada visitay al poco tiempo e fugaron de la casa polvorienta de la calle Wimpole y en una sencilla ceremonia, se casaron. Al fin juntos, cruzaron el Canal y llegaron a Italia.

La Italia generosa los acogió en su seno y por ella viajaron gozosos, pero en Inglaterra cundía el escándalo, al enterarse de su fuga. Sentado al piano hizo oír un acorde dominante, Browning era un ejecutante de espontánea sensibilidad. Apenas rozaba el teclado, fluía de sus dedos argentado arroyuelo de rizadas fantasías . . .

Hallaba regocijo en la vida de Italia, en las ruinas de su pasado glorioso, en la grandeza de los hombres contemporáneos, en los andamiajes de iglesias inacabadas. Vio una congregación de frailes cumpliendo con los ritos de la orden, como austeras estatuas de piedra. Llevaban cirios encendidos en las manos, …escribió entonces un poema acerca de uno de ellos —Fra Lippo—, un hombre cuya vida fue un constante debatirse entre el fraile y el artista que llevaba dentro, un poeta que pintaba las glorias del cielo y que ansiaba los placeres terrenos.

En otro poema, describió a otro clérigo más mundano, un obispo harto amante de las vanidades terrenas, que se hacía pasar por hombre temeroso de Dios.

Y luego, alejando la vista de los monasterios y los sepulcros, Browning estudia los hogares privados, en los que el destino se complacía en construir tan tortuosas gárgolas. Ventana con ventana vivían una joven y un hombre, que de no ser por los adversos designios de la suerte, hubieran llegado a amarse. El hombre esculpía, y pasaba hambre; la joven cantaba y también pasaba hambre.

Las vidas fracasadas de hombres y mujeres fueron desfilando por sus versos, como un sol desdibujado por las inmensidades azules. Había tantos misterios que develar. El misterio del sufrimiento humano, por ejemplo.

Elizabeth recayó gravemente en su enfermedad de siempre, ya abían pasado quince años desde aquel día inmortal en que se casaran, consagrando el vínculo con la alianza de la eternidad. Cuando murió, el esposo siguió llevando la alianza en su dedo, esa sortija de oro que sería precioso relicario de un amor que no muere.

Browning se hallaba frente a un puesto de libros de lance en la plaza de San Lorenzo. Hurgando entre ellos fue a dar con un librito ajado y polvoriento, fechado en 1698. Contenía el curioso relato de un viejo juicio por asesinato… y esas paginas fueron el origen de la creación de un nuevo libro…

Volvió a Inglaterra y se entregó de lleno a la tarea de escribir su obra maestra: El anillo y el libro. El poema es una historia formada por varios episodios. Uno tras otro van desfilando los varios personajes del drama.

Mudóse al Warwick Crescent y llenó el jardín de faisanes, lagartos y culebras, como en otras épocas. Esta vez lo hacía por Pen, el hijo a quien quería más que a las niñas de sus ojos.

En 1878 Browning regresó a Italia, donde su único hijo se estableció definitivamente. Durante esta última etapa escribió el texto narrativo Idilios dramáticos (1879 y 1880) y Asolando, que se publicó en Venecia el 12 de diciembre de 1889, el mismo día de su muerte.

Si bien durante su vida la fama poética de su mujer fue mayor que la suya propia, Robert Browning está considerado actualmente como uno de los mejores poetas de la época victoriana.

Murió un 12 de diciembre de 1889, en Venecia, Italia.

LOS MEJORES POEMAS DE BROWNING

El anillo y el libro.
Paracelso.
Sordello.
Stafford.
Pippa pasa.
La mancha en el escudo.
Mi última duquesa.
Fvá Lippo Lippi.
Andrea del Sarto.
El obispo encarga su tumba.
Paulina.
Arte y juventud.
El gaitero de Hamelin.
Cómo trajeron la buena nueva.
Incidente en el campo francés.

Pensamientos a la patria distante.
Alegre en el campo, triste en la ciudad. Abt Vogler.
Prospice.
El Rabí Ben Ezra.

Saúl.
Tonadas de caballero,
Hervé Riel.
En un balcón.
El adalid malogrado.
Amor entre las ruinas.
La tragedia del hereje.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Robert Browning – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Keats John Vida Obra Literaria del Poeta

Biografia de Keats John – Vida Obra del Poeta

John Keats (1795-1821), poeta inglés, uno los más sugerentes y de mayor talento del siglo XIX y figura carismática del romanticismo.Nació en Londres el 31 de octubre de 1795, hijo del propietario de una caballeriza.

Estudió en el centro escolar de Clarke, en Enfield, y a los 15 años fue aprendiz de cirujano. Estudió medicina en hospitales londinenses de 1814 a 1816, año en que se hizo farmacéutico aunque nunca llegaría a ejercer esa profesión al decidir dedicarse a la poesía.

Procedía de una familia muy humilde. El abuelo había sido mozo de cuadra. El padre siguió la misma profesión, pero acabó casándose con la hija del patrón. John fue el primero de los hijos de esta pareja.

Biografia de Keats John poeta

Concurrió a la escuela de Enfield, donde, al igual que todos los hijos de familias más o menos acomodadas, estudió latín y se recreó en los lagos de la región.

Pero era más impresionable que el resto de sus condiscípulos, y sus maestros lo calificaban de «criatura apasionada». Pálido, delgado, de poco más de cinco pies de altura, no se arredraba sin embargo ante ningún lance de fuerza, y acometía valerosamente a cualquiera, haciendo valer sus puños a la menor provocación. Pero a la verdad, le interesaban más los libros que las peleas.

Antes de los quince años perdió a sus progenitores. El padre murió a consecuencia de una caída de caballo, y la madre, de tuberculosis. El joven «poeta-luchador» fue puesto bajo la tutela de Mr. Abbey, de Walthamstow.

Por un tiempo inició un aprendizaje de cirujano hasta recibir el diploma de «curador de heridas», luego volvió a la poesía, con el pretexto de que temía «causar daño» en la práctica quirúrgica.

Era un joven obstinado, ebrio de belleza. Nadie osaba contradecir sus opiniones, pues su ira, una vez desatada, acababa en furia incontrolable.

A los veintidós años la heredad paterna le proporcionaba una pequeña renta, con la que vivía, junto con su hermano menor, Tomás, cerca de la «Taberna del Hombre Verde».

Otro de sus hermanos, Jorge, habíase casado y emigrado a América. Y la menor de todos, Fanny, era todavía de corta edad y vivía en la propia casa de Mr. Abbey.

Su hemano Tomás enfermó de tuberculosis y falleció, en su desesperación, sólo atinó a aturdirse, buscó entonces la compañía de las mujeres más jóvenes y bonitas de la sociedad, porque era sobre todo poeta y amaba la belleza.

Su mayor deseo era casarse en seguida con Fanny y pasar la luna de miel en Roma ¡Como sueño de poeta no estaba mal! No podía casarse. Era joven sin medios y sin ocupación, a no ser la de escribir versos.

Y para peor bien pronto habría de convencerse de que su poesía era objeto de burlas en todas partes. Cuando publicó su primer poema, Endymion, fue objeto de duras críticas y burlas. John estaba decidido a perseverar y a triunfar. Sólo un talento mediocre podía detener su desarrollo ante ataques tan «difamantes».

Muchos de sus amigos, entre ellos Percival Shelley, ya hacían oír su voz asegurando que en Endymion había pasajes de genuino vuelo poético.

Su situación financiera hacíase más difícil por momentos. El proceso de su herencia hallábase «congelado» en un pleito interminable. Su hermano Jorge había vuelto de América para recoger el legado que le correspondía a la muerte de Tomás. Y al hacerlo, no sólo había barrido con su porción sino con buena parte de la que correspondía a John, prometiendo devolvérsela en cuanto vendiera una propiedad. Pero el poeta no volvió a ver el dinero.

LLevado por el éxtasis de su pasión, escribió una oda a Santa Inés, la virgen romana de fe cristiana, martirizada durante las persecuciones de Diocleciano.

A juzgar por las antiguas leyendas, los padres de Inés, al ir a orar por ella ante su tumba, se vieron deslumhrados por la visión de la hija nimbada de luz y rodeada de un cortejo de ángeles. En la Edad Media, Santa Inés mártir vino a simbolizar la virginidad, y a proteger a las doncellas puras.

Hasta el crítico más exigente no puso reparos en reconocerlo. Keats no se dejó llevar por los halagos. Sabía que le quedaba mucho por recorrer para llegar a la perfección.

En su empeño por descubrir las realidades de la vida, recorría las catedrales, llevando por única compañera su fantasía. Los elevadísimos techos silenciosos, los canales de arbotantes, las naves pobladas de pilastras y las nervadas bóvedas de la arquitectura gótica, asumían un maravilloso misticismo, al ser iluminados por el resplandor del sol que se filtraba a través de los «vitraux».

Allí podía Keats retrotraerse al pasado y revivirlo con el aliento de una nueva vida y nuevo calor. Escribió un poema a la usanza de las viejas baladas, La belle dame sans merci (La hermosa dama sin merced), una rosa perfecta de su genio, tan fragante como la más perfumada flor de los jardines de la caballería medieval. Y luego escribió La oda a una urna griega, un poema de pagana grandeza.

No sabía una palabra de griego, y sin embargo, con la llave mágica de su genio, desenterró a los muertos venerables haciéndoles respirar en el mundo de los vivos.

Sus poemas habrían de ser inmortales, pero su amor per Fanny Brawne adolecía de todas las faltas de un joven mortal. Su pasión pedía a gritos volcarse en la unión matrimonial, pero su pobre bolsillo hacía imposible tal cosa. Le escribía cartas ardientes de deseo y selladas con dolor. Cuando no se veían, él la acusaba de serle infiel.

Un día de febrero, contaba entonces veinticinco años, mientras viajaba en una diligencia, sintió que le recorría el cuerpo otro de sus frecuentes escalofríos. LLegó a su casa afiebrado y pensó acostarse, pero un acceso de tos le impidió reclinar la cabeza sobre la almohada. Cuando enciende la luz, ve sangre…aquella mancha rojiza era signo de tuberulosis, y penso «Esta gota de sangre es mi certificado de defunción».

En la flor de la vida, esa misma enfermedad se había llevado a la madre, y al hermano Tomás, muerto a los veinte años. Y ahora se preparaba para dar cuenta de un tercer miembro de la familia, que sólo tenía veinticinco años.

Los doctores le privaban hasta de escribir y leer. ¿Tendría que ser éste el fin de toda su lucha? No le quedaba entonces otra cosa que su amor. Como alguien que está a punto de ahogarse, se aferró a la pasión que sentía por Fanny Brawne. Ella era ahora su altar, su sola religión, su única esperanza.

Cuando llegó la primavera para entibiar la campiña inglesa Keats por un tiempo pareció mejorar, pero la ruptura de un vaso sanguíneo volvió a postrarlo.

Inconmovible en su fe de que la verdad es belleza y que la belleza es inmortal, hizo los preparativos del viaje a Italia. Se despidió de Fanny haciéndola partícipe de su esperanza, su fe y su amor.

Una fría mañana sin sol de fines de setiembre el poeta atravesó los muelles del puerto de Londres. Sus amigos le habían buscado un acompañante, un joven artista de nombre joseph Severn.

Juntos subieron a bordo del María Crowther, y después de atravesar el Atlántico en medio de fuerte tormenta, desembocaron en las aguas mediterráneas adormecidas al calor de los rayos de un sol tropical. Keats quedó fascinado ante ese espectáculo jamás visto. Ante sus ojos se extendía Italia que le recibía con el abrazo cegador de un mediodía radiante.

Llegó a Nápoles hecho una piltrafa. El viaje le había fatigado en extremo y vomitó mucha sangre. Shelley, que a la sazón residía en Nápoles, le invitó a pasar el invierno en su casa. Pero Keats declinó el ofrecimiento y siguió camino a Roma.

Cuando llegó a Roma «era un hombre sin pulmones». Su sufrimiento llegaba a lo indescriptible. Con el caer de la noche fue recordando unos versos que escribiera en los breves días de su salud, dedicados a los grandes poetas del pasado. A la tempestad de su espíritu siguió una absoluta placidez. «Álzame un poco, Severn —susurró al fin, con el acento de un niño que está a punto de sumirse en un sueño feliz—, Me estoy muriendo. . . y moriré así, tranquilo.»

Mas al ver el terror pintado en los ojos del artista alcanzó a decir: «No te asustes; ha llegado, gracias a Dios».

Murió el 23 de febrero de 1821 y fue enterrado en el cementerio protestante.

Después de su muerte se publicaron algunos de sus mejores poemas, entre ellos ‘Víspera de san Marcos’ (1848) y ‘La Belle Dame sans merci’ (1888). Sus cartas, consideradas por muchos críticos entre las mejores cartas literarias escritas en inglés, se publicaron en su edición más completa en 1931. En 1960 apareció una última edición.

LOS MEJORES POEMAS DE KEATS

La víspera de Santa Inés,
La víspera de San Marcos.
Hiperion.
Endimion.
Lamia.
Isabela.
Fantasía.
De la Posada de la Sirena.
Al ruiseñor.
A una urna griega.
Psiquis.
Sobre la melancolía.
Bardos de la pasión y la alegría.
Cuando tengo temores.
Al ver él Homero de Chapman.
La langosta y el grillo.
Viendo un rizo de la cabellera ~de Milton.
Estrella fulgente.
En una lúgubre noche de diciembre.
Las estaciones humanas.
Oda al otoño.
Otón el Grande.
Una profecía.
El gorro y los cascabeles.
Soneto a Fanny.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Keats John – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina
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Biografia de Wordsworth William Vida y Obra del Poeta Ingles

Biografia de Wordsworth William-Vida y Obra del Poeta Ingles

William Wordsworth (1770-1850), poeta inglés, uno de los más consumados e influyentes escritores del romanticismo inglés. Su estilo y sus teorías renovaron la literatura poética de su país.

Nacido el 7 de abril de 1770 en Cockermouth (Cumberland), estudió en el Saint John’s College de Cambridge.

Biografia de Wordsworth William
Conforme iban pasando los años, su visión poética se fue enturbiando. Sus últimos poemas, retóricos y moralistas, no resisten la comparación con los de su juventud, aunque en algunos de ellos parece brillar fugazmente el talento de sus primeros días.

Descendía de una familia establecida en Inglaterra desde la conquista normanda. Pasó muchas horas de su infancia escalando montañas o atravesando lagos, y a medida que se familiarizaba con el paisaje de Cumberland, iba desarrollando unos músculos que eran su orgullo y un sentido de la libertad que se rebelaba contra cualquier clase de ataduras.

Cuando salió del hogar paterno para ingresar en la Universidad de Cambridge, era un verdadero montaraz. Los versos que escribió en Cambridge eran triviales y sosos. Su carrera asumía, al parecer, el patrón del perfecto mediocre. Pero un hecho insólito y magnífico le conmovió en lo más íntimo.

Un viaje a París hizo que se hallara en medio de la vorágine revolucionaria. Estaba bajo la tutela de un tío —había perdido a sus padres en la niñez— y éste le quería obligar a seguir la carrera eclesiástica.

Wordsworth, en un arranque de rebeldía, decidió lo contrario. Apenas graduado huyó a Francia para estudiar el francés y lograr así el puesto de acompañante de algún noble, mientras se preparaba para seguir la carrera periodística.

Permaneció en Francia durante dieciséis meses, un período en que el mundo entero se convirtió en un caos. Luis XVI había sido destronado.

En Orleáns conoció a una joven francesa, Annette Vallen. Al principio fue su profesora de francés, luego su amante y, al fin, le hizo padre de un hijo.
Wordsworth decidió volverse a Inglaterra para labrarse una posición y mandar luego por Annette y el niño, pero al tiempo el distanciamiento no solo fue físico sino también afectivo.

En 1802 se casó con Mary Hutchinson una joven respetuosa de los convencionalismos sociales. Poco antes de la boda se trasladó a Francia por última vez y allí, fría y cortésmente, visitó al hijo del amor y a la mujer que había apasionado al hombre y al poeta.

Establecidos en Racedown, Doretshire, a siete millas del Canal, donde merced a la generosidad de un amigo pudieron adquirir una humilde finca.

El vínculo literario entre Wordsworth y Coleridge habíase convertido en íntima amistad, y tanto que Wordsworth abandonó su casa en Dorsetshire para trasladarse a Alfoxden con el objeto de estar más cerca, física y espi-ritualmente, del «mágico urdidor de rimas».

El espíritu de Wordsworth había experimentado un sutil refinamiento, una purificación emocional y, en el sentido artístico, una sublimación de su fe religiosa.

En Alfoxden, Wordsworth planeó con Coleridge escribir un volumen de versos que sería ejemplo de la «fusión del sentimiento con el pensamiento profundo».

Wordsworth se rebelaba por instinto contra Pope y Dryden, que habían engalanado a la musa de la poesía, sencilla por naturaleza, con pomposas galas «ele fastuosa y huera fraseología».

Con su poesía demostraría que un objeto puede ser hermoso de por sí, desprovisto del engañoso ropaje de una rebuscada ornamentación, pues Él (Dios) glorificaría las cosas simples.

No serían sus personajes reyes de leyenda, sino rústicos campesinos de Cumberland. «En poesía, las lágrimas no las derraman los ángeles sino los hombres.»

Los héroes y las heroínas de sus sencillos poemas eran personajes de todos los días, desprovistos de artificio. En todos los pueblos de Inglaterra podían hallarse sus hombres y sus mujeres, relegados a tan triste olvido por los poetas anteriores.

Su libro Baladas líricas era un documento de la revolución social. Porque bajo la calmosa dignidad del sabio bullía el fuego del rebelde apasionado que una vez «había fijado su nómada tienda de campana en las regiones libres» de la Revolución Francesa.

Wordsworth se trasladó a Grasmere, en la región de los lagos, y allí vivió casi constantemente, hasta su muerte. Pero el «instante perfecto» de su inspiración había pasado.

A los treinta y siete años concluyeron para él los «años dorados» de la cosecha. El poeta había callado en él para siempre. Conquistó su fama cual portavoz del liberalismo. Pero a medida que avanzaba la gloria, retrocedía el liberalismo.

Y tanto, que cuando llegó a ser poeta laureado era también el «vate más lleno de convencionalismos de toda Inglaterra». Se había refugiado en el seno de la naturaleza y perdido todo contacto con la realidad de la vida.

El romántico paisaje de lagos y montañas que le circundaba, la increíble tranquilidad en que se desenvolvían sus días, y el aumento siempre constante de su gloria, le habían vuelto afectado, frío, insensible…

A medida que pasaban los años, se reprochaba con más dureza sus entusiasmos juveniles —especialmente la «precipitada relación» con Annette— en «aquella época de envilecimiento general que siguió a la revolución».

Pero se vanagloriaba de haber olvidado esos apasionamientos y sentíase feliz de que Inglaterra también los hubiera olvidado.

Por fortuna para su «respetabilidad» del presente, había tenido años atrás la discreta precaución de destruir en sus cartas y papeles hasta la más mínima referencia a su no muy «respetable» episodio con la joven francesa.

En efecto, ninguno fuera de su familia conocía el episodio; y tan bien guardaron el secreto, que no salió a relucir hasta que los investigadores del siglo XX decidieron explorar el riquísimo campo de la biografía.

Wordsworth perdió su sentido del humor. Censuró acremente los hábitos de cocainómano de Coleridge, y ésa fue la causa por la que rompió aquella amistad entrañable.

Cuando De Guincey, que tenía varios hijos naturales, casóse al fin con la madre de éstos, invitó a Wordsworth a visitarle. . . pero éste declinó la invitación alegando sus principios morales.

Era un reaccionario, no sólo moral sino también políticamente. Hubo una época en la que apoyó el derecho inalienable de una nación para luchar por su independencia, instando al gobierno de su país a prestar toda la ayuda posible a España en su lucha titánica contra Napoleón.

Pero, ya en edad madura, permaneció silencioso e insensible cuando los españoles se rebelaron contra la tiranía de su propio gobierno. Ni se interesó tampoco cuando los italianos se levantaron en bizarro Risor gime uto para liberarse del yugo austríaco.

El poeta liberal de la vieja generación había muerto. El que caminaba ahora sobre esta tierra era su espectro fantasmal.

Hasta el último día de su vida siguió conservando una fe absoluta en el poderío de su inteligencia. Si bien sus mejores poesías fueron obras de juventud, en las postrimerías de su existencia dedicóse a la tarea de revisarlas.

Puso los toques finales al Preludio , un poema autobiográfico relativo al crecimiento intelectual de un poeta, escrito en días en que la mayoría de los hombres hubieran pensado en escribirse su epitafio.

Al fin, su presencia esfumóse como el aroma de un perfume, dejando en el aire la fragancia de sus versos y en el recuerdo, las cavernas de sus ojos desbordantes de luz. . .

Fue en Rydal Mount, el 23 de abril de 1850, y fue enterrado en el cementerio parroquial de Grasmere.

LOS MEjORES POEMAS DE WORDSWORTH

Oda a la inmortalidad.
La excursión.

El preludio.
Acerca de la abadía de Tintern.
Oda al deber.
El guerrero dichoso.
Mi corazón se regocija.
Los fronterizos.
Bl segador solitario.
A una joven escocesa.
Visita a la milenrama.
Otra visita a la milenrama.
A un amigo distante.
Miguel.
Ruth.
Una lección.
El niño idiota.

Peter Bell.
Somos siete.
La espina.
Ella era el fantasma del deleite.
El amor perdido.
La educación de la naturaleza.
Desíderia.
Inglaterra y Suiza.
La pena de Margarita.
El ensueño de la pobre Susana.
Goody Blake y Harry Gilí.
Simón Lee, el viejo cazador.
Lucy Gray, o la Soledad.
Alicia Féll, o la Pobreza.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – William Wordsworth – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Burns Robert Vida y Obra del Poeta Escoses

Biografia de Burns Robert – Vida y Obra del Poeta Escoses

Robert Burns (1759-1796), poeta escocés y autor de canciones populares tradicionales escocesas, cuyas obras han hecho que se le acepte como el poeta nacional escocés y se celebre la “Noche de Burns” (25 de enero).

Nació en una fría noche de invierno, cuando un viento huracanado barrió el techo de la choza de barro, construida por su padre.

biografia de robert burns
Robert Burns es el poeta en lengua escocesa más conocido. Su poema Auld Lang Syne se canta tradicionalmente en los países angloparlantes como himno de despedida

El padre trabajaba de sol a sol siete acres de tierra pedregosa, y aunque apenas podía alimentar a su familia, tenía un corazón «profundamente devoto»; la madre había sido la moza más agraciada de todo Ayrshire, con unos ojazos para ver la belleza y el corazón grande para sentir la poesía.

Hambre, fatiga y miseria eran las tres hadas malas que hilaban la trama de la vida de los labradores escoceses del siglo XVIII. Apenas contaba quince años y ya acusaba síntomas de reumatismo al corazón.

Pero entretanto, era joven, la vida le bullía por dentro y tenía los sentidos alerta. Trabajaba sosteniendo la herramienta con una mano y, con la otra, un libro.

La familia se mudó a otra granja en la ribera norte del río Ayr. Robbie tomó lecciones de baile en el poblado vecino para «pulir» un poco sus rústicos modales. Tenía ahora dieciocho años, curtidos por otros tantos de sol y viento.

Ya con veinte años, cuando estaba entre «lindas mozas» se despojaba de toda su reserva romántica. Vivía y amaba desenfrenadamente. Se asocia a unos aventureros que se dedicaban al contrabando de vino en la costa y hace amistad con un marinero disoluto donde comparten locas aventuras, decuidando el negocios del vino.

Vuelve al hogar con las manos vacías y halló a su padre en el lecho de muerte. Vivió en su casa paterna junto a su madre y hemano, y por un tiempo intentó cumplir con sus obligaciones. Junto con su hermano arrendó una granja de varios acres de extensión, cerca de la parroquia de Lochlea.

Cierto día, paseándose por el pueblo seguido de su perro, se encontró con una jovencita regordeta llamada Jean que tendía su ropa a solear sobre el prado. La había visto una sola vez antes en un baile del pueblo. Desde ese momento estrecharon una gran amistad que al año se materializó en mellizos. Burns quiso casarse con la joven pero el padre de Jean se opuso tenazmente.

Un atardecer apacible, Robert Burns y ora señorita llamada Mary Campbell, uno a cada lado de un claro arroyuelo sosteniendo entre ambos una Biblia, se juraron amor eterno, Luego se separaron para no volverse a encontrar jamás.

Mary Campbell volvió a su pueblo natal, enfermó y murió víctima de una fiebre. Y Burns retornó a la villa para afrontar el castigo que la iglesia le tenía preparado por su «pasatiempo» con Jean.

El padre de ésta había resuelto mandarle a la cárcel. Burns estaba desesperado. El único recurso era huir del lugar…

En ese momento, y el menos pensado Burs fue sorprendido por su fama literaria. El lirismo de sus «escándalos y melancolías , escritos por primera vez sobre trozos de papel usado, se difundieron por el país como reguero de pólvora. «Princesas y campesinos, viejos y jóvenes, altos y bajos, graves y alegres, , . todos por igual se deleitaron, se emocionaron, se exaltaron.

Robbie Burns, en tanto, estaba tan asombrado que no atinaba a otra cosa que a rascarse la cabeza.

Por más que se esforzara, no lograba interpretar esas rarezas de los hombres. La sociedad más distinguida de Edimburgo le invitó a visitar la capital.

Estaban ansiosos por conocer al «labriego de Ayrshire que había compuesto tan emotivos versos». Para ellos, él constituía un motivo de curiosidad, una maravilla que habría de desvanecerse a los siete días.

Si bien deleitaba a muchos poderosos, ninguno le respetaba. Se sorprendían de que un vulgar campesino estuviera dotado de tan rara virtud. Le consideraban algo así corno un capricho de la naturaleza.

En Burns fue gestándose un rencor irrefrenable contra todos ellos. Buscó refugio en las tabernas de Edimburgo, saturadas de ginebra, y allí volvió a hallarse entre los «suyos». Y así, al fin, quedó solo, con su librito de versos y sus sueños amargos.

Cuando partió de Edimburgo era un hombre más triste, y más sabio. Volvió a su pueblo natal decidido a reparar el daño cometido contra Jean Arrnour.

Ahora que su nombre había conquistado fama, el padre de Jean no se oponía al casamiento. Ella se convirtió en una «mujer honesta» y el poeta trató una vez más de volver a la labranza, «la ocupación más apropiada para un hombre honesto».

Se dedicó a cultivar una pequeña granja que llamó Ellisland, era más notable por su belleza natural que por su fertilidad. Cuando el lugar se hizo habitable. Burns mandó buscar a su familia para que trabajasen la tierra y se dedicó enteramente a su empleo de aduanero.

Para cumplir sus obligaciones, debía pasarse el día a lomos de su caballo, cuidando de que no se realizara contrabando a lo largo de la costa del condado. Recorría cientos de millas por día e inspeccionaba los sótanos de los campesinos en busca de toneles de vino introducidos ilegalmente.

Se sentía responsable del mantenimiento de su familia y sobre el futuro de la misma, se preguntaba… ¿Y si alguna vez le desalojaban de esa finca, como lo habían hecho de otras?

El sólo pensarlo le estremecía. Volvería a hallarse sin techo, pero esta vez una esposa y dos tiernos párvulos pagarían con él su culpa. Sus hijos no tendrían tierra para cultivar cuando fueran mayores y no habría avena para su vejez.

Lamentablemente ese día llegó, y Ellisland administrada por el poeta, estaba a punto de sucumbir… Burns no pudo ya pagar el arrendamiento.

Su mujer e hijos se fueron a Dumfriesshire para ahorrarse el dolor de ver el derrumbe del hogar, y él permanece allí para ver cómo se ofrece en subasta hasta la última pieza del moblaje.

Burns se reune con su familia en Dumfriesshire, alquiló una humilde vivienda y continuó con su empleo de aduanero…. tenía mala reputación y la gente no quería saber nada con él,…sentía caer vertiginosamente al abismo.

El contrabando en la costa escocesa estaba tomando mayor incremento. Cierto día, un extraño bergantín hizo su aparición en el Solway. Burns recibió órdenes de observar atentamente sus movimientos.

Pero tan pronto el barco ancló en las escasas aguas, el poeta desenvaino su espada y a la cabeza de una partida de dragones se apoderó de la embarcación y les ordenó la rendición.

Burns compró cuatro cañones y los despachó al gobierno revolucionario francés con un mensaje que expresaba su simpatía por la causa revolucionaria, esa actitud nunca fue bien vista por el gobierno inglés, que no tenía ningun aprecio por la sangrienta democracia del populacho frances.

Está medio loco —declaraban los ciudadanos de Dumfriesshire—, charla sin cesar con esa lengua suelta y grita su admiración por los rebeldes en cada taberna del condado.

Se hallaba más solitario que nunca. Hasta las mujeres de Dumfries le dejaban solo. Hasta la última de las perdidas, una a una, había abandonado al más inútil de los hombres.

Comenzaba a sentir la proximidad de la muerte. Aunque sólo contaba treinta y siete años, se sentía muy viejo. Su corazón ya casi no le respondía. Empezó a prepararse para cuando el momento llegara.

Una noche de invierno, sentado, como de costumbre, con sus amigos en la taberna, díjoles: «Amigos, me voy a morir». Cayó al suelo envuelto en el manto de sus sueños. . . Cuando despertó, seguía haciendo frío, pero ya amanecía.

Arrastrando los pies, se incorporó y echó a andar. Pero le faltaban pocos pasos para llegar a la meta. Había aceptado la invitación de la muerte.

Era un 21 de julio de 1796.

LAS OBRAS MAS DESTACADAS DE BURNS ROBERT

Los dos perros.
La procesión.
La víspera de Todos los Santos.
Al guía desconocido.
La noche del sábado en ta humilde choza.
La boina.
A un ratón.
A un piojo.
A una margarita de la montaña.
Los mendigos alegres.
La bienvenida del poeta a su hija del amor.
La plegaria de Willie.
A María que está en los cielos.
Verdes crecen los brezos.
El adiós de M’Pherson.
Largo tiempo olvidadas.
Atravesando los pastizales, Duncan Cray.
El joven ladrón de las montañas.
Mi corazón está en las montañas.
Una rosa roja, roja.
La moza más bella de las riberas del Devon.
Un beso de amor.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Burns Robert – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Pope Alexander Vida y Obra del Poeta Ingles

Biografia de Pope Alexander- Vida y Obra del Poeta Ingles

ALEJANDRO POPE (1688 – 1744): fue un poeta inglés que se inspiró en los grandes poetas clásicos de la antigüedad para escribir una poesía intensamente elaborada, con frecuencia en estilo didáctico o satírico.

Sus traducciones de poesía, ensayos de crítica o moral, y sus sátiras le convierten en el poeta más importante de su época, que elevó el dístico heroico, que había sido refinado por John Dryden, a su máxima perfección.

Biografia de Pope Alexander

LOS MEJORES POEMAS DE ALEXANDER POPE

Un ensayo sobre la crítica.
Ensayo sobre él hombre.
El rapto del rizo.
La Dunciada.
Traducción de La Ilíada.
Traducción de (partes) de La Odisea.
Traducción de las Odas de Horacio.
Oda a la soledad.
El bosque de Windsor.
El Cristiano Agonizante a su Alma.
Oda para música en el día de Santa Cecilia.
Eloísa y Abelardo.
Epístola al doctor Arbuthnot.
Epigramas. Epitafios.
Pastorales. Sátiras.
El equilibrio de Europa.
Mesías.
El desafío.
El espejo.

Era un hombre diminuto, «un esqueleto en miniatura». Brazos y piernas raquíticos, como los de una araña. Abultado el cuerpo por delante y por detrás. . . Pero la cabeza llena de profunda filosofía. Tuvo ingenio pero le faltó humor; era satírico que ridiculizaba, pero que casi nunca reía.

Desde niño, su mayor ambición fue la de deslumbrar como el más elegante miembro de la buena sociedad inglesa. Por hijo de plebeyo, le negaron los privilegios y galas de los que heredan títulos nobiliarios.

Y por católico, vióse impedido de ingresar en la universidad o de seguir una carrera pública. Pero entre la aciaga lluvia de piedras, la naturaleza le deparó una pepita de oro. Le dotó de talento para escribir poesía.

A los doce años, ya se había trazado el plan de estudios que había de seguir a lo largo de toda su vida. Se abalanzó sobre los libros, en especial sobre los de poesía, con la rapacidad del tigre.

A los catorce perfeccionó su estilo con la pulida composición de los versos pareados que ya hiciera famosos la elegante pluma de Dryden.

A los dieciocho consideróse poeta acabado y se dio a frecuentar el café de Will, el punto de reunión de los «talentos» literarios de la época.

A los veintitrés publicó un poema hábilmente concebido, y muy artificiosamente escrito, acerca de los cánones de la crítica literaria. La mayoría de los críticos lo calificó de obra maestra.

Ese cuerpecito patético y deforme sufría de una extraña enfermedad, la de una sed insaciable de poder, del poder que da la inteligencia.

Por cierto que su genio iguala al de Virgilio por la sublime grandeza de su sensibilidad poética. Y así, este poderoso poeta que apenas levantaba del suelo, sentado en su estudio sobre una pila de almohadones para poder apoyar los codos sobre el escritorio, elaboraba las fulminantes centellas de sus versos. Aliviaba su tenaz jaqueca sorbiendo una taza tras otra de humeante café.

Vivía para escribir. Se pasaba las noches y los días concibiendo las ideas luminosas que luego ponía en versos deslumbrantes, que serían la admiración y el terror del mundo.

El cerebro habíasele convertido en espejo travieso del mundo. Ridiculizaba las manías del momento, con disfraces grotescos.

En el club tenía prolongadas charlas sobre literatura con el famoso escritor de la prosa, Swift por quien se sentía atraído hacia este hombre de inteligencia tan viva como la suya.

Swift, por su parte, no sabía si reírse o admirar al pequeño poeta, majestuoso y conmovedor, que ceñido por apretado corsé para mantenerse erguido, se contoneaba por calles y salones, y que, para que sus piernas esqueléticas tuvieran un tamaño cercano al normal, llevaba hasta tres pares de medias.

Quizá, sentado en compañía de este pomposo y patético liliputiense , el colosal y sombrío Guíliver concibió su sátira inmortal de una isla habitada por pomposos y patéticos hombrecillos.

Con el andar de los años, la conversación entre ambos se fué haciendo imposible. Porque la sordera de Jonathan Swift fuese acentuando y a Pope le iban faltando las fuerzas para desgañitarse gritándole.

Mientras traducía la Iliada, visitó en una ocasión a lord Halifax, uno de los pilares de la aristocracia inglesa, quien hacíase pasar por entendido hombre de letras. Éste solicitóle a Pope le recitara algunos de sus versos.

El noble «letrado» pareció escuchar la lectura con meditativa concentración, y al fin dijo: «Disculpe, Mr. Pope, pero hay algo que no me gusta en ese pasaje. Márquelo y estudíelo luego con más detenimiento».

Al cabo de tres meses el poeta le llevó el manuscrito intacto y releyó el mismo pasaje con voz alterada. «¡ Ah, ahora sí que están perfectos los versos! — exclamó el lord lleno de gozo—. Ya no podrían mejorarse.»

Con el dinero que recibiera de su traducción, Pope pudo comprarse una regia mansión y vivir con el esplendor y el lujo que siempre ambicionara.La aristocracia reconoció su talento literario he hizo llover sobre él un diluvio de invitaciones.

Era bienquisto tanto por lo desagradable de su cuerpo como por lo privilegiado de su espíritu. Comía a la mesa de los miembros del gabinete y dé las princesas de sangre real.

Le encantaba la sociedad de las mujeres. Cortejó con ardor y petulancia a Martha Blount, una amiga de la infancia y devota de su misma religión. Le declaró su amor en esa extraña manera egocéntrica que adoptaba cada vez que se sentía incómodo.

Pope quedó subyugado por el encanto de una señorita llamada Mary Montagu. Tenía ésta una inteligencia masculina. Deleitábanla sus poesías y confeba complacida por las atenciones burlonas que Pope le prodigaba.

La pareja era conocidísima en todos los salones hasta que un día, enardecido por el alcohol, Pope trató de salirse del papel de cortejante burlón y asumir el de enamorado de verdad, lady Mary se puso de pie, le dio un empujón para alejarlo de sí, volvió a sentarse estalló en una estruendosa carcajada.

El poeta palideció y huyó del aposento. Jamás perdonó a lady Mary semejante insulto.

Una bandada de pseudos literatos revoloteó por muchos años alrededor de la llama de su genio. Estos fracasados cortejantes de la musa, decidieron atiborrar a Pope con un torrente de dramas heroicos y poemas épicos, rogándole los revisara, reeditara y vendiera a nombre de ellos.

Uno de estos poetas, le enviaba una tragedia por semana.Finalmente, Pope proyectó escribir una epopeya burlesca sobre las espantosas concepciones de estos escritores de ínfima estofa.

Su ataque iba solamente centra estos «locos inofensivos», sino también contra aquellos que se salían de las filas para ofenderlo.

En su «epopeya de los tontos» reserva lugar especial a todos los críticos, poetas, autores teatrales o libreros de quienes sufrió alguna vez la más mínima descortesía. Les somete a estudio uno por uno, les despoja de cuanta pretensión tengan y les coloca a tiro para poderlos asar en el asador emponzoñado de su invectiva.

En un periquete ya estaban todos reunidos para organizar el frente de lucha contra «el aluvión de veneno». Si bien el libro se publicó anónimamente, a nadie se le escapaba que había un solo hombre en Inglaterra capaz de escribir tan agraviantes rimas.

Estaban decididos, pues, a vengarse de Alejandro Pope. Escribieron cartas al primer ministro alegando que Pope era un enemigo del gobierno. Le quemaron simbólicamente y llegaron a amenazar su vida. De noche, el enanito mordaz no se atrevía a andar por las calles sin llevar un par de pistolas en el bolsillo y un fiero perrazo a su lado.

Desde su comienzo, el mundo de los hombres había buscado el momento propicio para pisotearlo. Y él se había defendido con la coraza de su mordacidad.

Demostraría a Inglaterra, por si quedaba alguna duda, que él era el más puro, candido y benevolente de todos los poetas. Volvería a escribir su correspondencia privada, reveladora de su bondadosa personalidad intrínseca. Embellecería sus cartas con «perlas de justicia y sermones de buen sentido».

Escribiría otro poema, Ensayo sobre el hombre. Sería la obra cumbre de su poesía moralista, como The Dunciad lo había sido de la satírica.

Cumplía cincuenta y siete años cuando la muerte llamó a su lado a este giboso galanteador de la musa. Muy poco tiempo antes de morir Pope, John Gay —su mejor amigo, un autor teatral del género satírico— había abandonado las tablas con una insolente reverencia y un epitafio mordaz: «La vida es una broma y todo lo corrobora: así pensaba antes y ahora lo sé positivamente». Otro amigo íntímo, el deán Swift, había perdido la razón.

Y ahora, Alejandro Pope, el último y más presumido de este terceto de cínicos, se maravillaba en su lecho de muerte de la existencia de cosa tan fútil como la vanidad humana.

Falleció un 18 de agosto de 1503, en Roma, Italia.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Alexander Pope – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Milton John Historia, Vida y Obra Literaria

Biografia de Milton John
Historia, Vida y Obra Literaria

Milton John (1608-1674) fue un poeta y ensayista inglés, autor de una obra rica y densa, que ha ejercido una influencia indiscutible en poetas posteriores.

Milton dedicó su prosa a la defensa de las libertades civiles y religiosas y es para muchos el más grande poeta inglés después de Shakespeare.

Durante toda su vida fue un soldado en la vanguardia de los que luchan por las libertades humanas. Grande fue su batalla y grandes sus sufrimientos. Vivió en un siglo trágico, y su propia vida fue una tragedia desarrollada en tres actos.

El primero (1608-39) fue un período de educación, experiencia y búsqueda instintiva hacia la luz de la verdad. El niño, consciente de la nobleza que en él alentaba, fue convirtiéndose en el hombre que habría de aguardar del resto de los mortales esa misma nobleza.

Biografia de Milton John Vida y Obra Literaria
La obra de John Milton está marcada por su elevado idealismo religioso y su interés por los temas cósmicos. En ella revela un gran conocimiento de los clásicos latinos, griegos y hebreos.

PRINCIPALES POEMAS DE MILTON

El paraíso perdido.
El paraíso recobrado,
Sansón el atleta.
L’allegco.
Il penseroso.
Comus,
Licidas.
Himno en la mañana de la Navidad de Cristo.
Sobre su ceguera,
A Mr. Lawrence.
Ciríaco Skínner.
A la dama Margaret Ley.
A una música solemne.
La matanza del Piamonte.
Cuando se preparó el asalto a la ciudad.
Salmos.
Odas.
Sonetos.
Elegías.
Epigramas.
Al Obispo de Winchester.
Poemas latinos.

Entregado por entero a dar a conocer la justicia, trató de descubrir y perfeccionar el lenguaje que ante los hombres le serviría de trompeta pregonera de justicia.

La poesía fue su religión. La literatura, su sacerdocio. No escribió para su gloria personal, sino en aras de la honestidad universal. Empeñado en hallar la mejor manera de expresar sus mejores pensamientos, probó distintas composiciones poéticas, líricas y burlescas, sonetos, elegías, pastorales y odas.

Al principio, ansioso de ser escuchado por el mundo entero, eligió el latín como vehículo de expresión, por ser la lengua internacional de la época. Pero más tarde, al advertir que el poeta debe dirigirse antes que a nadie a sus propios compatriotas, abandonó el latín por el idioma nativo.

Vio al país aherrojado per supersticiones y miserias y trató de liberarlo con sus poesías. Mas padecía del excesivo optimismo de la juventud… era un profeta demasiado joven que tenía en mucho la inteligencia de los hombres.

Con el decurso de los años se convenció de la imposibilidad de reformar la política con sus versos. Necesitaba de una lengua bien simple para que su público le escuchara. Y así, gallardamente, renunció a la ambición de llegar a ser un gran poeta. Por más de veinte años se allanó a escribir manifiestos revolucionarios en prosa.

He aquí el segundo acto del drama de su vida ( 1640-62). De poeta distinguido, convirtióse en folletista odiado. Atacó la voracidad desmedida del clero, y los católicos fanáticos le odiaron.

Pregonó la justicia de las leyes del divorcio, y cayó sobre él una lluvia de escarnio. Denunció la tiranía de la nobleza, y se le acusó de traidor a su país. Cuando Carlos I fue ejecutado,

Milton apoyó el derecho que asistía a los rebeldes de ajusticiarlo. Los partidarios del rey no olvidaron esta defensa y en la ocasión propicia clamaron venganza contra el poeta.

Pero por el momento, afortunadamente, Milton estaba a salvo de sus enemigos. Aunque no de su destino. Designado secretario en lenguas extranjeras de Oliverio Cromwell, puso tanto empeño al servicio del gobierno revolucionario que oerdió la vista. Pero no se desalentó por ello.

Había vivido para ver su sueño hecho realidad. ¡Su país era libre!… Mas pronto la tragedia hará crisis. Desaparece la república y se restaura la monarquía.

Viejo, ciego, desilusionado y transido de amargura, Milton es arrojado a la prisión. Su visión de un mundo mejor había sido un fugaz espejismo. Su país no quería ser libre. Milton sería otro de los muchos profetas despreciados de su propio pueblo.

El tercer acto de la tragedia (1663-1674) comenzó en forma asaz calmosa. Pero era la calma que precedía a la tormenta. Disgustado por la fatuidad del hombre, Milton encaminó su fe hacia Dios.

Volvió a refugiarse en la poesía y describió la épica lucha entre el bien y el mal, poniendo al hombre de protagonista. En El paraíso perdido, Milton buscó huir de sí mismo.

Era la apelación humana al juicio divino, una apelación que el abogado de la vida dirigía a la corte suprema de la eternidad. Pero la ingratitud de sus conciudadanos, aquellos por cuya defensa había arrostrado las miserias terrenas y desafiado los misterios celestiales, siguió impertérrita hasta el fin de sus días.

Le pagaren el pan de su generosidad arrojándole piedras, hasta que por fin, al igual que el campeón derrotado del Viejo Testamento, penetró en el templo de los filisteos y conmovió sus cimientos haciendo que las ruinas cayeran sobre las propias caberas de aquéllos.

El poema sobre Sansón, la última de sus obras, tiene el clima apropiado para la tragedia de su vida; una vicia, citando sus palabras «desprovista de luz y diariamente expuesta al escarnio, al desprecio, al abuso y al agravio».

Milton ha sido llamado, con razón, «el espléndido puente que unió el mundo de las viejas ideas con el de las nuevas». Pues en su genio combinó la magnífica erudición del Renacimiento con la no menos magnífica rebelión de la Reforma.

Descendía de una familia de eruditos y rebeldes. Su abuelo era un católico muy devoto y versado en los dogmas, mientras que su padre había sido desheredado por abrazar la religión protestante.

Éste no desmayó ante tamaño castigo y supo triunfar en la vida. Era escribano — es decir, escribía documentos legales para los notarios— y dedicaba tedas las horas libres a sus dos pasatiempos predilectos, la música y la poesía; alcanzó una «situación próspera» y compró una casa en Bread Street, y fue en esta casa donde nació el poeta del Paraíso.

El tercero entre seis hijos, Juan Milton se crió en un ambiente de estudio, refinamiento e independencia de criterio. Las pláticas familiares eran muchas e interesantes, y ayudaban a alimentar su insaciable deseo de progresar.

Estudió en la Universidad de Cambridge, siempre fue rebelde, pero nunca grosero. Dejó las aulas universitarias convertido en bachiller y doctor en filosofía, conocedor de ocho idiomas y poeta capaz de cortejar a su musa en latín y en inglés con igual facilidad.

Viajó por Italia y fue algo así como el desfile triunfal de un poeta de veinticuatro años. Los más destacados hombres de Italia estaban familiarizados con sus versos en latín, aunque no conocían sus versos en inglés.

Como una guerra civil amenazaba a su patria, se vio forzado a interrumpir sus planes y sus estudios. Para un inglés patriota no eran ésos los momentos más apropiados para escribir elegantes rimas en Italia

Una vez establecido en Londres, se convierte en el propagandista más ardiente de la revolución. Se había hecho el propósito de sacrificar su poesía y hasta su vida, de ser necesario, para defender los derechos de los hombres contra los llamados «derechos divinos» que alegaban poseer los opresores. Nunca se amilnó, ni siquiera cuando el Parlamento votó una ley prohibiendo la libertad de prensa.

Acusado por la Censura Pública (24 de agosto de 1644) de escribir «folletos escandalosos y sediciosos», replicó al cargo que se le hacía con «el más escandaloso y sedicioso de los folletos». Fue éste su famosa Areopagitica, una defensa del derecho de la libre palabra, que fue oportuna en su día y que lo será eternamente.

En la pugna entre tiranía y rebelión, él, con su talento varonil y su elocuencia, apoyó la causa revolucionaria. Y en el invierno de 1649, cuando la cabeza de Carlos I rodó en el cadalso, Milton no sólo aplaudió la ejecución, sino que llegó a santificarla.

A los treinta y cinco años se había casado con una jovencita de diecisiete. Fue una unión desafortunada para ambos, debido a la gran diferencia de gustos y edades. Mary Powell era alegre, jovial y ligera de cascos, para remate, Mary politicamente era realista y Milton revolucionario.

Mary, después de soportar durante un mes el espíritu rebelde y austero de Milton, se rebeló ella también, y le abandonó. Milton la envió carta tras carta rogándola que volviera, pero ella se obstinó en permanecer en la casa paterna.

Con el tiempo la pareja desavenida volvió a reunirse, para desgracia de ambos. Mary llevó a toda su familia —padre, madre y varios hermanos y hermanas— a vivir a la casa de Milton. Desde ese día ya no hubo paz para el poeta ni para su mujer.

Economicamente la fortuna de su padre había mermado considerablemente a consecuencia de la Guerra Civil, y Milton habíase visto precisado a practicar la enseñanza para vivir, abriendo una academia en su propia casa.

Pero, luego de la ejecución de Carlos I, pudo prescindir de su academia. Oliverio Cromwell, el dictador de la República, le designó «Secretario en lenguas extranjeras . Su obligación era la de «preparar y traducir los despachos de y para cualquier gobierno extranjero».

Era una tarea titánica, y tanto que, por cumplirla, perdió la vista. Al quedar ciego se le vio desalentado, pero nunca desesperado, pues estaba orgulloso radicaba del hecho que que había sacrificado su vista en aras de la patria.

Sobrevino luego la muerte de Cromwell, y la vuelta de los Estuardos al peder. La monarquía volvía otra vez al trono. La visión de Milton de un mundo mejor no había sido sino el sueño de un ciego. Ahora sería perseguido por el nuevo régimén, y pudo eludir la captura, oculto en una casa amigo.

Entretanto, el verdugo público quemó sus libros, se confiscó su casa y se realizó un funeral festivo en su agravio para agradar al rey Carlos II, muy dado a esta clase de diversiones.

Luego se descubrió su escondite y fue enviado a prisión, hasta que el Rey un día, mandó que le libertaran

Al morir su primera mujer, se había vuelto a casar, y a los dos años enviudó nuevamente. Un tercer enlace le aportó mayores obligaciones, sin que le hiciera más feliz.

Los profetas del mundo están hechos para la soledad. Sus parientes, y hasta sus propias hijas, hallaban insoportable la terquedad de su temperamento. Quisieran o no, debían secundarle en el trabajo, como secretarias.

También Milton perdió su paraíso: el edén de una Inglaterra libre. Y, afligido, marchó por la solitaria senda que lleva a la muerte. Su magnífica poesía épica fue acogida fríamente por un mundo distraído. Diez años de continua labor le habían llevado a escribir El paraíso perdido, y los editores le pagaron por su publicación sólo cinco libras.

Se sentía viejo, enfermo y desilusionado. Sus hijas le habían abandonado. Su casa de Bread Street fue destruida en el gran incendio de Londres (1666).

Su nombre era objeto de escarnio por parte de los partidarios del rey, atrincherados ahora en el poder. Fue en esas circunstancias cuando Milton decidió escribir sus últimos versos, considerados por algunos como los mejores que salieron de su pluma: la tragedia de Sansón.

Este poema es la figura simbólica de su propia carrera, no sólo representa a Milton, sino a les habitantes de la Inglaterra de entonces. También ellos, en los días de Carlos I estaban desamparados, vencidos y escarnecidos.

La nación inglesa era un Sansón aherrojado y débil, pero ya llegaría el día en que «rompería sus cadenas y aplastaría a los filisteos con esos mismos eslabones con que ahora la oprimían».

En esa esperanza murió el 8 de noviembre de 1674.

Sólo un puñado de hombres se dio cuenta entonces de que el mundo de los vivos había perdido a uno de sus profetas. Su muerte pasó inadvertida para la mayor parte de los críticos, del mismo modo que había pasado inadvertida su vida.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Milton John – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Francois Villon Vida y Obra del Poeta Lirico

Biografia de Francois Villon-Vida y Obra del Poeta Lirico

François Villon (c. 1431-c. 1463), poeta francés considerado en opinión de muchos especialistas como el poeta lírico más destacado, por la belleza y originalidad de su poesía y su extraordinario poder evocativo.

En el año 1431, en medio de una Francia convulsionada por una guerra interminable que duró 116 años, con robos, riñas y asesinatos diarios, y que sumado a una plaga (peste bubónica), que diezmó a la ciudad de Paris en 50.000 habitantes, llegó al mundo Francisco de Montcorbier.

Sus padres eran terriblemente pobres, y alimentaron a este huésped indeseado «con nabos y maldiciones». Más de una vez se habría acostado con el estómago vacío, de no haber adquirido la habilidad de escurrir en sus bolsillos la comida que hurtaba en las tiendas vecinas.

Por cierto que su educación empezó con el robo. A leer y a escribir aprendió mucho mas tarde.Perdió al padre cuando él era muy niño aún. Cuando llegó a los doce, su madre creyó que había hecho ya bastante per él y le dejó librado a la merced de un pariente lejano, el padre Guillermo de Villon.

Este párroco bondadoso y ya anciano-aceptó la carga, se llevó al niño a vivir bajo su techo y le dio su apellido. Halló al rapazuelo muy inteligente, pero sordo a toda autoridad. Sin embargo, con la esperanza de hacerle cura, le matriculó ( 1443) en la Universidad de París.

Sus profesores creyeron que, dándole de azotes muy a menudo, podrían hacer todo un caballero de aquel bribonzuelo, pero fue inútil.

Sus años tiernos habíanle dejado huella indeleble. Obtuvo el título de bachiller y maestro, y dejó la universidad hecho un erudito de primer orden, un poeta inspirado y el campeón de los pillos.

Biografia de Francois Villon poeta frances
Su gran mérito como poeta reside en la subjetividad de su poesía. Villon expresaba sus sentimientos con ingenuidad, ya fuesen buenos o malos, y la franqueza con que hablaba de sí mismo lo llevó a hablar de otros con idéntica franqueza.

Con el aprendizaje recibido de dos tunantes amigos, Villon agregó a los dos títulos universitarios otro que no lo era: M. C. (Maestro en Crímenes). Y ya le vemos dispuesto a cursar clases que, partiendo del aula ‘universitaria, le llevarán a presidio.

Divide el día en tres etapas: las tardes para escribir, las noches para robar y divertise, y las mañanas para dormir.

No obstante, en consideración a su padre adoptivo, prometió más de una vez cambiar de vida. «Después de todo, ¿qué provecho material sacas de tu proceder indigno? Robas, matas, y te llenas la bolsa,… ¿para qué?. Para que te la birlen las mujeres y el vino.»

Así que, estaba decidido, se reformaría.

Con el tiempo y a merced a los incansables esfuerzos de su padre adoptivo, consiguió trabajar honestamente. Por un tiempo trató de «aparecer honesto», haciendo de preceptor de varios jóvenes cuyos padres, evidentemente, desconocían su pasado. Mas a poco volvió junto a. los hombres y mujeres de sus viejos tiempos.

Lo subyugaron los ojos penetrantes y la cáustica lengua de Catalina de Vausselles, «mi dama de la nariz respingada». Villon se enamoró perdidamente de Catalina, pero ésta sólo sabía entregar su corazón apasionado al dinero, y lo abandonó por un amante más rico y dominador que él

La humillación sufrida por Villon fue la comidilla del hampa parisiense. La gente se reía a sus espaldas. No le quedaba más remedio que irse de París.

Pero antes se despediría de la ciudad con un dardo inflamado de irónica poesía. Escribió, pues, un testamento burlesco, El pequeño testamento, en el que dejaba la gloria de su existencia a Guillermo de Villon, la alegría a sus amigos, el dolor a sus enemiges y su «pobre, lánguido y transido corazón» a la dama que le redujo a tan penoso estado, ¡y quiera Dios compadecerse cíe su alma!».

Una cena ele despedida en la Nochebuena de 1436. Francisco Villon convida en la «Taberna de la Muía» a cuatro compinches suyos. De pronto, una idea diabólica cruza per sus cerebros saturados de alcohol. Y pocos minutos después, cinco sombras silenciosas se pierden en la noche en dirección del Colegio de Navarra. Han persuadido a Francisco de que será más provechoso robar en París que correr peligros por los caminos.

El asalto al Colegio de Navarra, en el que Villon casi pierde la vida, dejó a éste una ganancia de seis mil pesos aproximadamente.

Pasaban los días y la policía no sospechaba de Villon ni el de sus secuaces. Los ladrones celebraron su «buena fortuna» con noches de jarana en las que se regalaban con un primer plato de pavo asado y un postre picante de mozas rozagantes.

Pero llegó un día en que el poeta, al despertar, encontró sus bolsillos vacíos.Resolvió, una vez más, dejar la ciudad, y esta vez cumplió su propósito, pero mas tarde cayó preso.

Comenzo a meditar y escribir una nueva obra, concodia como el Gran Tsetamento. El pequeño testamento, no obstante sus momentos sublimes, es una burla. El gran testamento, a pesar de sus frecuentes vulgaridades, es un himno grandioso.

Es interesante notar que Villon escribió la mayor parte de la obra en la prisión, mientras aguardaba la sentencia de muerte. Es la confesión postrera de uno de los bribones más deleznables que el mundo ha conocido, pero que, sin embargo, tuvo la gracia de la fe y el don de un numen inspirado.

Empieza el poema con una disculpa por su vida ruin. Ha sufrido ya bastante bochorno, pero está seguro de que si bien no ha sido todo lo bueno que debió ser, al menos no ha sido todo lo malo que pudo ser.

La pobreza ha sido el aderezo de su vida y el dolor le llevó siempre de la brida. «Las necesidades descarrían a los hombres así como el hambre acucia al lobo a salir aullando de su guarida.»

Villon termina su Gran testamento, la mezcolanza más sorprendente de lo sublime y lo sórdido, con un epitafio para su propia tumba.

«Este haragán, mentecato, abandonado de la fortuna, ha devuelto su cuerpo a la Tierra, nuestra Madre común, los gusanos no hallarán mucha carne en él, porque ya el hambre lo ha roído hasta bien cerca de los huesos. Nunca tuvo descanso hasta que la muerte se lo llevó de este mundo. ¡Dios de la Misericordia, ten piedad de su alma y concédele paz eterna!».

Cierto día tornó parte en una riña entre beodos y fue detenido. El hecho en sí no revestía importancia por ser cosa de todos los días, y nada serio. Pero la policía parisiense ansiaba librarse de él «de una vez para siempre».

La mayor parte de sus compinches estaban ya «bamboleándose y secándose» al aire libre, y la salud de la ciudad mejoraría en mucho —reflexionaban los gendarmes— si podían hallar una excusa para echarle la soga al cuello a ese Villon.

Dispuestos a aprovechar la ocasión que se presentaba desenterraron de los archivos policíacos la larga serie de sus crímenes ya casi olvidados, incluyendo el robo del Colegio de Navarra, ya por entonces aclarado, y le sentenciaron a muerte.

Y aquí le vemos, enfrentándose con la horca por tercera vez. Echado sobre el húmedo camastro de su celda, se veía «pendiendo y balanceándose» de una soga. . . y se figuraba cómo sería ese cuarto de hora en que, con angustia creciente, vería írsele acercando la muerte.

La suerte no lo abandonó, su sentencia de muerte —gracias una vez más a la mediación del padre Guillermo— fue conmutada por diez años de exilio.

Se le dieron tres días de plazo para saludar a sus amigos y salir de París.

Una gélida mañana de enero (1463), arrastrando su magra y solitaria figura, atravesó la puerta de Saint Jacques para perderse bajo la copiosa nevada matutina… es lo último que se sabe de él. Se cree falleció en 1463.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Villon Francois – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Chaucer Geoffrey Poeta de los Cuentos de Canterbury

Biografia de Chaucer Geoffrey Poeta de los Cuentos de Canterbury

Geoffrey Chaucer (1343-1400), poeta inglés, uno de los más sobresalientes de su país, cuya obra maestra, los Cuentos de Canterbury, resultó crucial para el posterior desarrollo de la literatura inglesa.

Nació en Londres en el seno de una familia enriquecida con el comercio del vino. Asistió a la escuela de gramática latina de la catedral de San Pablo, y quizá estudió Leyes en Inns of Court.

Entró en palacio como paje, por lo que tomó parte en una campaña militar en Francia y, posteriormente llegó a casarse con una dama de compañía de la reina. Nombrado escudero del rey se encargará de misiones diplomáticas y otros cargos públicos.

Entre 1374 y 1386 trabajó como inspector de aduanas para la ciudad de Londres y entre 1389 y 1391 como funcionario responsable de los palacios y parques reales.

Hacia 1386 se trasladó a una residencia en el campo, probablemente en Greenwich y, más tarde, se instaló en la región de Kent, donde en 1386 era juez de paz y miembro del Parlamento.

Se conoce su vida a través de documentos relacionados con su carrera como funcionario de la corte de los reyes Eduardo III y Ricardo II.

Es la figura más aportante de la literatura británica en la Edad Media. Con él alcanzó el inglés de Londres la categoría de lengua literaria.

Entre sus obras figuran infinidad de canciones, himnos, raladas, rondas y poemas alegóricos, como La casa de la fama y El parlamento de los pájaros; imitaciones de Boccaccio y Ovidio, como Troilo y Cresida (que probablemente, aspiró a Shakespeare), y la Leyenda de las honestas damas; su creación más famosa son los Cuentos de Canterbury, iniciada en 1385, excelente documento para analizar la sociedad de su época.

Los Cuentos de Canterbury de Chaucer es una obra en verso que narra la historia de un grupo de peregrinos que se dirigen a Canterbury. Este fragmento, recitado por una actriz, pertenece al inicio del ‘Prólogo general’: «Cuando ese abril con sus aguaceros sosegó / lo que la sequía de marzo ha afectado hasta la raíz, / y bañó cada vena con un licor semejante, / del que la virtud que engendró sea la flor».

biografia de Chaucer Geoffrey
Chaucer viajó al frente de numerosas misiones diplomáticas a Francia, España e Italia en los años 1372, 1373 y 1378, lo cual le permitió entrar en contacto con las obras de Dante, Petrarca y Boccaccio (escritor que influyó notablemente en sus posteriores obras).

Al fallecer la condesa Isabel quedó fuera de servicio su paje, Godofredo Chaucer. Mas por poco tiempo. Un amigo de la infancia, John de Gaunt, había heredado el vastísimo ducado de Lancéster, convirtiéndose así en el hombre más rico de Inglaterra.

Godofredo volvío a incorporarse a la corte real, con el título de poeta oficial del rey. En cierto modo, en esto no hacía sino seguir la tradición de su familia.

Poco tardó en dominar el manejo de las piezas del intrincado tablero de las relaciones exteriores. El monarca le envió en misión diplomática a Genova. Una vez más se vio, en tierras extrañas, sirviendo a su país.

En Italia, entre las revoluciones y contrarrevoluciones, Chaucer descubrió los frescos de Giotto y la poesía de Dante. En Italia revivía ]a antigua Grecia.

Habiéndo llevado a cabo satisfactoriamente su misión, regresó a su país y el rey lo premió por sus servicios.

Logró un triple galardón: un nombramiento en la Aduana del puerto londinense, la libre posesión de una residencia en Aldgate y la entrega diaria de un cántaro de vino procedente de las bodegas reales, «para refrigerio de su mesa».

Habíase casado con una joven extravagante, Philippa, quien en su esfuerzo por «relacionarse con la sociedad» le metía en terribles apuros. Cuanto ganaba iba a parar al cesto sin fondo de los ambiciosos caprichos de su mujer.

Eran los suyos cuentos románticos de arrojada valentía, que luego leía en alta voz al terminar los banquetes reales, una vez despejadas las mesas y a la luz roja de las antorchas que iluminaban las pieles y terciopelos de los comensales.

Hubiérasele creído un «joyero que derramaba a manos llenas perlas y cuentas de vidrio, diamantes refulgentes y ágatas opacas, negros azabaches y rubíes carmesí».

Pero no se daba por satisfecho. . . porque el poeta siempre debe marchar en busca de la verdad. Y hasta ese momento había palpado solamente las galas superficiales de la verdad, sus colores llamativos y la fantástica confección de sus atavíos.

No había sustancia en su poesía, como tampoco la había en las criaturas encantadas, nimbadas de niebla o de arco iris que tan primorosamente describía. Estaba viviendo un sueño vano. Sus ocupaciones oficiales le obligaban a viajar de continuo.

Kelmscott Chaucer

Se conoce por Kelmscott Chaucer la edición que en 1896 realizó el pintor y diseñador William Morris de la obra de Geoffrey Chaucer en su imprenta Kelmscott Press. Las ilustraciones, inspiradas en textos medievales, eran de estilo prerrafaelista, del propio Morris y de Edward Burne-Jones.

Recorría las largas carreteras espoleando su cabalgadura de tanto en tanto, y dedicando el resto del tiempo a dar rienda suelta a sus pensamientos. Su mayor ventura era la de recorrer los senderos por el mes de mayo, cuando el verde lozano de la campiña inglesa reverdecía el corazón.

Había en esa frescura campestre algo que subyugaba aún más que el oropel de todos sus romances. Basta ya de «cuentecitos, canciones y baladas.

La belleza que atesoraba el paisaje inglés sería en adelante la inspiradora de su poesía.

La aparición de Los cuentos de Canterbury afianzó el renombre de Chaucer como padre de la literatura inglesa. Desde entonces, aun cuando su bolsa estuviera vacía, sabía que en su vida había cumplido una misión: la de dar nueva cadencia a su idioma natal y nuevo encanto a su terruño.

Al influjo de su mágica pluma, la lengua y el paisaje ingleses revivirían por siempre jamás, «más frescos que los capullos de mayo».

Y lo mismo ocurrió con la gente de aquella Inglaterra, a quien infundió vida eterna. ¡Tanto es el encanto de Los cuentos de Cantórbery, la canción tempranera de un mundo que despierta. . .

A medida que pasaban los años, el espíritu de Chaucer íbase aprestando a abandonar la hostería de este mundo para iniciar su peregrinación en el otro. Pero tenía aveces sus recelos, pues la senda a seguir no se le presentaba del todo despejada.

Miles de veces a los hombres he oído contar
que alegre es el ciclo y penoso el infierno.
y bien de acuerdo estoy con tal hablar;
pero yo también sé
que ninguno de los que aquí viven
ha visitado jamás el infierno ni el cielo

Pero cuando al alba sonó la hora de la partida, estaba presto a iniciar el camino: «¡Adelante, peregrino, hacia la luz, y sin miedo!»

Durante el renacimiento Chaucer fue considerado el Homero inglés y Edmund Spenser le alabó como su maestro; además, muchas de las obras de William Shakespeare muestran la asimilación por parte del gran autor teatral del lado más cómico de las obras de Chaucer.

Murió en Londres, Reino Unido, un 25 de octubre de 1400.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Godofredo Chaucer – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina