Biografia de Shelley Percy Bysshe

Biografia de Shelley Percy Bysshe Vida y Obra del Poeta

Biografia de Shelley Percy Bysshe

Percy Bysshe Shelley (1792-1822), poeta inglés, uno de los más importantes e influyentes del romanticismo. Nacido el 4 de agosto de 1792, en Field Place, cerca de Horsham (Sussex), estudió en Eton y, tras su expulsión después de menos de un año de permanencia, en la Universidad de Oxford.

Desde muy niño, él aseguraba que podía invocar al diablo, y lo intentaba a menudo. La escuela entera, profesores y alumnos, decidió condenar al ostracismo a aquel rebelde Merlín, que tenía este extraño poder.

A la menor violencia se ponía hecho una furia. Su voluntad era inquebrantable. Y las exigencias del reglamento escolar parecían opresoras coyundas a su mente extraordinariamente impresionable. Recorría los patios del colegio, desdichado, retador, solitario.

Biografia de Shelley Percy Bysshe

Le apodaban «Shelley el Loco» y habían organizado una pandilla para azuzarlo de continuo.Shelley dedujo que la humanidad era una horda de bárbaros con unas leves pinceladas de cultura.

El amigo más íntimo del Dr. Keate era, a juicio de Shelley, Timoteo Shelley, su propio padre. Hombre de escasa educación, estaba empecinado en dar a su hijo la educación de que él carecía. Y hallaba perfecta la clave pedagógica del Dr. Keate de enseñar «a latigazos».

En cuanto a la madre, pizpireta y hermosa, despreciaba a ese niño afeminado que hallaba más placer paseándose por los bosques con un libro entre manos, que empuñando un fusil.

Pero quedaban seis miembros de la familia que le idolatraban: sus cuatro hermanas, su hermano menor y su abuelo, Sir Bysshe.

A lo largo de sus años de adolescente encontró tan sólo otro hombre digno del título de noble: William Godwin. Nunca le había visto, pero le bastó con leer su Justicia política. En efecto, este libro le llegó al corazón con profundidad tal que se convirtió en nuevo evangelio que guiaría sus pasos.

¡En qué mundo ideal tan simple y perfecto viviríamos —meditaba Shelley— si Godwin hubiera sido Dios! Los obreros trabajarían sólo dos horas. Los prejuicios sociales se dispersarían al viento. Sería abolida la religión y la filosofía tomaría su lugar. La esclavitud del casamiento daría paso a la independencia del amor libre.

Su padre le obligaba a ingresar en Oxford. Cuando entró en la Universidad (1810) tenía la traza, las costumbres y el modo de pensar del anarquista. En su cuarto, así como en su persona, todo era desorden. Papeles, libros, camisas, pistolas, poemas, elementos de química y crisoles hallábanse dispersos aquí y allá, por encima del lecho, de las sillas y las mesas.

Pronto fue expulsado de Oxford y regresó a su hogar para encontrar avivado el fuego de su desventura. El padre le había desheredado y estaba en bancarrota. Para completarla se fugó con Harriet Westbrook, la hija de un mesonero. No fue un casamiento por amor sino por simpatía.

Su abuelo obsequió a la pareja una renta de doscientas libras anuales y, lleno de regocijo, los dejó librados a su destino. Se marcharon a Irlanda, en donde Shelley, un galán de diecinueve años, que ni representaba quince, entregóse con alma y vida a la causa de la liberación irlandesa.

Shelley publicó y distribuyó —de su propio peculio— una llamada al pueblo irlandés, en la que instaba a este pueblo a «emanciparse del yugo de la avaricia, la beodez, la injusticia, la ignorancia, la superstición y los temores».

Pero los irlandeses tomaron a Shelley por entremetido y loco. De lo único que querían liberarse era de la dominación inglesa. Tuvieron tomar otro rumbo, ahora la vela apuntó a Inglaterra.

Alquilaron una casa en Lynmouth —Shelley, Harriet y el demonio en persona encarnado en Elizabeth, solterona agria y bigotuda, hermana de Harriet. Entre la mujer que no le comprendía y la cuñada que le atormentaba Shelley estaba a punto de enloquecer.

Halló en su poesía el consuelo de todos los males. . . un mundo de hadas irisado de fantasías.

Decidió escribir una carta a su «faro» Godwin donde le expresaba su interes de conocer a Su Divina Majestad. «Usted se sorprenderá —escribía en la carta— de que un extraño se dirija a usted. Pero el nombre de Godwin ha originado en mí sentimientos de reverencia y admiración. Yo solía considerarle como una luminaria demasiado esplendente para la negrura que le rodea. . .»

Godwin no podía menos de sentirse alborozado ante el homenaje de un desconocido de cuya pluma llameaba fuego tan vivo. Concedida la entrevista, Shelley emprendió viaje a Londres.

Halló en Godwin un dios en miniatura, más bien sucio y bastante barrigón, hostigado por una mujer con «anteojos verdes, de carácter violento y lengua hipócrita», y abrumado por la pobreza y una larga prole fruto de sucesivos matrimonios.

Uno de los vastagos del primero era Mary Wollstonecraft, una adolescente de diecisiete años, de áureos cabellos, rostro agraciado y mente brillante, combinación poco común en un mundo en que la belleza física y moral rara vez marchan de la mano. Se enamoró de Mary y se fugó con ella. No sintió escrúpulo alguno en abandonar a Harriet.

Luego que hubo abandonado a Harriet, trató de que le concedieran la custodia de su única hija, Ianthe, alegando la incuria de la madre y la poca respetabilidad de la misma para atender a su educación. Pero las leyes le negaron tal derecho.

Más aún, la sociedad se puso de lado de la justicia, obligando a Shelley y a Mary Wollstonecraft a librar a Inglaterra de su «perniciosa» presencia.

Dos años más tarde había de afectarle muchísimo el enterarse del suicidio de Harriet.

Los Shelley iniciaron una vida de nómadas gitanos, vida que se prolongaría durante diez años. Sus recursos —el abuelo de Shelley, despues de tantas promesas, había legado sus bienes al hijo y no al nieto— eran bien escasos para hacer frente a sus generosos compromisos.

Ayudaba a Leigh Hunt, el poeta que tenía cinco hijos, mujer regañona, imaginación rica y bolsa muy pobre. Donaba cien libras por año a Peacock, el novelista que necesitaba «pan, manteca y estar libre de preocupaciones», para que su imaginación se mantuviera en olímpico vuelo.

Dio a Charles Clairmont, un simple conocido, el dinero suficiente para casarse con una vieja pobre y vulgar de quien se había enamorado. Y vertía una corriente inagotable de dinero en el abismo sin fondo de la pobreza de Godwin.

Los días de Scheltey transcurrían como en una procesión de despedidas,porque casi todos aquellos seres a quienes más amaba o compadecía con ternura, iban partiendo de este mundo uno tras otro.

Primero Harriet, luego Fanny, la hermanastra de Mary, quien idolatraba a Shelley y quien, no pudiendo lograr su amor, se mató como Harriet. Y en seguida, la tragedia del primer hijo de Mary y suyo, una patética criaturita nacida antes de tiempo, y que murió a las pocas semanas.

Luego, los dos hijos siguientes: Baby Clara —llovía cuando la sepultaron en el Lido—, y Willie. Esta última pérdida le golpeó con más rudeza que las anteriores.

Willie, a quien apodaban «ratoncito», era el hijo predilecto del poeta. Un niñito afectuoso, inteligente, sensible, y algo poeta también.

Completamente embebido en su mundo irreal, vivía como un extraño en el real. Y tanto, que, por lo general, eludía la compañía de los hombres. Se sentía más a gusto entre la naturaleza. La mayor parte de su vida transcurrió en los bosques, y entre montañas, mar y embarcaciones.

Aprendió que una sola ley universal guía el curso de las estrellas en los cielos y los destinos de los hombres en la tierra. Esa ley universal es la belleza, término que llevado al terreno político significa justicia y al de la poesía, amor.

La misión de Shelley era abolir todas las injusticias e «inundar el mundo de amor». Quería liberar a la humanidad de la tiranía del hombre.

Shelley seguía siendo un exilado vagabundo, pero ya no estaba solo. Porque al fin había hallado amigos verdaderos: los Williams, Lord Byron y Trelawny. Los Williams, Eduardo y Ana, formaban una pareja encantadora.

Shelley sentía una atracción irresistible hacia el mar, pero no sabía nadar.Según él, nadar era precaverse estúpidamente de la muerte. Y por su parte, no necesitaba de tal precaución.

No contaba más que veintinueve años cuando murió. Se había hecho a la vela por la bahía de Spezia, en su nueva embarcación, en compañía de los Williams.

De pronto se desató una tormenta que duró tan sólo veinte minutos. Cuando el sol volvió a brillar la embarcación no estaba ya en el horizonte, había sido arrastrada a la deriva.Días más tarde hallaron su cadáver en la costa, y lo quemaron en una pira.

Tres horas más tarde, el corazón era lo único que permanecía intacto. Su fiel amigo Trelawny lo rescató del fuego, y en el intento quemóse gravemente la mano. En el cementerio protestante de la Ciudad Eterna, dieron sepultura a este corazón del que emanara la poesía del eterno amor.

LOS MEJORES POEMAS DE SHELLEY

Prometeo libertado.
Los Cenci. Hellds.
Edipo tirano.
Carlos I.
La sublevación del Islam. Alástor.
La bruja de Atlas.
Adonais (elegía a la muerte de Keats). Reina Mab.
La máscara de ‘la anarquía.
A una alondra.
Oda al viento del Oeste.
A la luna.
Un lamento.
Filosofía del amor.
Himno al espíritu de la Naturaleza.
El sueño del poeta.
Palabras para un aria hindú.
A la noche.

Temo tus besos.
El vuelo del amor.

Invocación.
Ozymandias de Egipto.
A una dama con una guitarra.
La invitación.
La remembranza.
El sueño de lo ignoto.
Música, cuando mueren tos susurros.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Shelley Percy Bysshe – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina