Biografia de Sibelius Jean

Biografia de Baudelaire Charles Poeta Vida y Obra Literaria

Biografia de Baudelaire Charles Vida y Obra Literaria del Poeta

Charles Baudelaire fue un poeta francés crítico , con el que se abre la vía a la poesía moderna. Nació en París el 9 de abril de 1821. Su decadente estilo de vida le llevó a una muerte prematura y falleció luego de un largo sufrimiento en Paris un 31 de agosto de 1867, aquejado de parálisis.Tenía 46 años.

Nacido en el seno de una familia bien relacionada. Muerto su padre durante su niñez, y habiendo su madre contraído nuevo matrimonio con el teniente coronel Aupick, que fue embajador de Francia en varias cortes extranjeras, creció en un ambiente desierto de afectos familiares.

Estudió en Lyón y en el colegio Luis el Grande de París. A los diecisiete años manifestó su decisión de dedicarse a la literatura.

Como su vida empezara a dar muestras de disipación, sus tutores dispusieron que realizara un viaje a la India.

En su transcurso, Baudelaire quedó prendido en la letal atmósfera de Oriente (1841-1842).

De regreso a París, ya mayor de edad, dilapidó la fortuna de su padre. Como literato hizo sus primeras armas en la crítica artística, comentando los salones de 1845 y 1846.

En ella se reveló su sensibilidad romántica, su decisión de romper con todas las trabas a los derechos de la personalidad. Sin embargo, como crítico de arte es muy inferior a su condición de poeta.

Esa se reveló después de unos años en que pareció entregarse a la acción política republicana, en 1857, con motivo de la publicación de sus poemas bajo el título de Flores del Mal.

De una forma elegante y pulcra, de un valor literario realmente positivo, esas composiciones eran de contenido equívoco, morboso y «satánico».

El autor y el editor del libro se vieron obligados a comparecer ante los tribunales.

Aunque aquél fué absuelto, éste tuvo que suprimir de la edición las seis poesías consideradas más inmorales, las cuales fueron reeditadas en Bélgica bajo el título de Les Epaves (1861).

Hoy su obra se considera precursora de la poesía moderna. En su momento, levantó las iras del gobierno francés por las supuestas ofensas a la moral que contenía su obra Las flores del mal (1857).

Maestro del soneto y brillante crítico literario, contribuyó a difundir en Europa las obras de Edgar Allan Poe traduciéndolas al francés.

Poeta decadente y de sensibilidad enfermiza, moviéndose entre las galanuras musicales de la forma y las sinuosidades contradictorias del concepto, Charles Baudelaire es un ejemplar de las desviaciones consecuentes a la pérdida de una recta línea moral.

Falto de la voluntad necesaria para sobreponerse a las falacias del vicio, su vida acabó en un deplorable hundimiento físico, y en una catástrofe espiritual paralela a la de Edgard Poe, que le fue afín.

El deseo de dar realidad y forma al mundo de alucinaciones de su espíritu chocó con su mente agotada y prematuramente estéril. Baudelaire no tenía el temple de los grandes creadores.

Entonces se refugió en la traducción o en el comentario de los literatos extranjeros, de un De Quincey y, en particular, de un Poe.

Desde 1857 fueron apareciendo casi todas las obras de Poe, traducidas de mano maestra por Baudelaire.

Se sabe que tuvo relaciones con una tal Berthe, otra actriz, que conoció hacia 1863, y que le inspiró el poema Los ojos de Berthe, así como La sopa y las nubes; mujer atractiva pero totalmente desprovista de sensibilidad artística.

Es digno de señalar su toma de posición en favor de Wagner, manifestada en Richard Wagner y Tannhauser en Varis, artículo que supuso mucho valor, ya que el compositor alemán había sido recibido fríamente en 1860 en la capital francesa, donde el academicismo y el italianismo eran la ley.

Baudelaire fue verdaderamente quien intentó hacer descubrir a Wagner a los franceses. Escribe también varios artículos (entre ellos uno sobre Los miserables de Víctor Hugo), publicados en 1862, prólogos, un largo estudio sobre Delacroix que ha muerto en 1863.

Sus relaciones con Manet parecen haber sido bastante íntimas; se encontraban en el salón de los Lejosne, donde Baudelaire estrechó lazos de amistad amorosa con la señora Meurice.

Cuatro años más tarde se vio comprometido en la quiebra de una importante casa editorial.

Arruinado, se trasladó en 1864 a Bruselas, donde por algún tiempo se benefició de la amistad de una mujer.

El 24 de abril de 1864 Baudelaire sale para Bruselas, donde se instala. Pero pronto se desvanecen las esperanzas que había formado. Sólo llega a pronunciar cinco conferencias, mal pagadas y con escaso público.

Lacroix no parece interesado por sus obras completas y L’Indépendance belge le da largas… Todo cuanto odiaba en Francia, el materialismo, el frenesí de placeres groseros, la hipocresía, la hostilidad hacia la poesía, lo vuelve a encontrar, a modo de caricatura, en Bélgica.

Su desengaño se plasmará en los apuntes que acumula para redactar un panfleto vengador, ilustrado con recortes de periódicos y para el que se decide por el título de Pobre Bélgica. El libro quedará en proyecto.

Se consuela con los amigos nuevos y antiguos: Poulet-Malassis, Alexandre Weill y los hermanos Stevens. Joseph, el menor, será quien obsequiará generosamente a Baudelaire con el chaleco que en una ocasión tanto le gustó: dato recogido en el poema en prosa Los buenos perros.

Arthur Stevens, el marchante, le presenta a la señora Collart, anfitriona de los republicanos exiliados, y cuya hija, aficionada a la pintura, Baudelaire compara entusiásticamente con Courbet.

En marzo de 1866 se desploma en la iglesia Saint-Loup de Namur y empieza a manifestar señales de perturbación mental.

A los pocos días se repiten los ataques y se declara la hemiplegia.

El 23 de marzo ya no puede escribir, pero aún es lo suficientemente consciente como para enterarse de la publicación de Las nuevas Flores del Mal.

A principios de julio, Arthur Stevens le lleva a París donde ingresa en la clínica del doctor Duval (apellido sin relación con el de Jeanne; sólo es un sarcasmo del destino).

Ya sólo deja oír largas carcajadas y alguna que otra blasfemia. Sus amigos y admiradores solicitan para él una pensión al ministro de Educación, Víctor Duruy; Asselineau, Banville, Champfleury, Leconte de Lisie firman la petición.

Sandeau, Sainte-Beuve, Mérimée, literatos oficiales, la apostillan. Pero sólo se consigue una indemnización de quinientos francos: un escueto derecho a morir.

En el hundimiento de su vida se asociaron la bebida y el opio. Paralítico progresivamente, sus últimos años se deslizaron en las clínicas y hospitales belgas. Regresó por fin a París.

La muerte, benévola, le sacó de sus miserias el 31 de agosto de 1867.

Las obras completas, cuyos derechos de publicación fueron vendidos en subasta, ocupan siete volúmenes en la edición preparada por Banville y Asselineau; muchos inéditos quedaban todavía: la erudición moderna los ha integrado en las ediciones más corrientes.

La muerte de Baudelaire no fue sinónimo de olvido; todos cuantos le admiraron durante su vida siguieron defendiendo su memoria; entre ellos, Mallarmé que publicó un Tombeau de Baudelaire, Verlaine, Rimbaud que escribe: «… fue el primer vidente, el rey de los poetas, un verdadero Dios…»

En cuanto al público, sería exagerado decir que el siglo XIX admiró mucho al poeta que mejor supo plasmar la realidad de aquella época.

Paulatinamente, nuestro siglo ha ido rehabilitando a Baudelaire, limpiándolo de la acusación de poeta de los temas morbosos y libidinosos, para subrayar el carácter profundamente original y bueno, humano incluso, de su pensamiento.

Fuente Consultada:
Forjadores del Mundo Contemporáneo Tomo I Editorial Planeta Charles Baudelaire – Enciclopedia Electrónica ENCARTA –

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Biografia de Lessing Gotthold Ephraim Vida y Obra Literaria

Biografia de Lessing Gotthold Ephraim – Obra Literaria

Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781), crítico y dramaturgo alemán, que fue uno de los líderes de la ilustración. Fue uno de los más importantes escritores alemanes del siglo XVIII. Su pieza teatral Miss Sara Sampson (1755) es considerada la primera tragedia alemana que retrata la vida de la clase media.

El precursor y punto de partida del formidable desarrollo intelectual de Alemania en el siglo diecinueve se ha de buscar en la persona de Gotthold Efraim Leasing.

Representante del pensamiento ilustrado, supero la frialdad racionalista de esta tendencia espiritual en la consideración idealista de la busca eterna de la verdad, que nunca estimó poseída.

Biografia de Lessing Gotthold Ephraim
Durante su estancia en Leipzig empezó a interesarse por el teatro y escribió su primera obra, El joven erudito (1748).También escribió diversas obras teatrales, como El librepensador (1749) y Los judíos (1749). Su obra Miss Sara Sampson (1755) se ha hecho famosa por ser la primera tragedia sobre la vida de la clase media en el teatro alemán. Minna von Barnheld (1763) y el drama en verso libre Nathan el sabio (1779) son ya clásicos mayores de la escena alemana.

Por esta causa se le ha calificado de primer hombre de la nueva cultura, y en realidad Lessing fué el intelectual que abrió el camino a las generaciones renovadoras del pleno idealismo alemán.

Su figura destaca en la divisoria donde acaba el ciclo renacentista propio y se inicia la incertidumbre en el pensar y las vacilaciones características del hombre del siglo XIX.

En todo caso, su fecundidad, su talento y su clarividencia fueron abundantes manantiales donde bebieron, en el campo de la moral, de la estética, de la crítica y de la poesía, numerosas promociones de eruditos, filósofos y poetas alemanes.

Lessing nació en Kamenz, en Lausacia, el 22 de enero de 1729, en casa de Juan Gottfried Lessing, pastor luterano.

Estudió sus primeras letras en la escuela de su ciudad natal y a los doce años de edad ingresó en el famoso centro docente de San Afra, en Meissen. Aquí educóse en el cultivo de los clásicos latinos.

En 1746 pasó a la universidad de Leipzig para graduarse en teología; pero su vocación le llevaba por muy distintos senderos. Se aficionó a la filología, a las disputas filosóficas y a la dramaturgia.

En 1748 la actriz Neuber representó en la escena su primera comedia, El joven erudito.

Al enterarse de estas actividades, su padre le reclamó a su lado, y sólo otorgó su permiso para regresar a Leipzig con la promesa formal de que estudiaría medicina.

Sin embargo, el joven Lessing no pudo permanecer mucho tiempo en la ciudad. Perseguido por los acreedores, se refugió primero en Wittemberg y luego en Berlín.

Aquí se dio a conocer como crítico, traductor y polemista acerado. Conoció a Voltaire con el cual sostuvo muy pronto una viva discusión literaria (1751).

Su nombre, que empezaba a sonar como redactor del Vossische Zeitung, se hizo popular con el drama Miss Sara Sampson, representado en 1755, el cual inauguraba en la escena alemana la comedia burguesa, libre de las formas rígidas de la escuela francesa imperante en aquel entonces.

Miss Sara Sampson tiene en el teatro de Alemania el mismo valor que el Mesías de Klopstock (1748) en la poesía.

Lessing abandonó por algún tiempo Berlín, dispuesto a correr mundo con su amigo Winkler.

Pero la declaración de la guerra de los Siete Años le detuvo en Amsterdam (1756).

Durante esta conflagración publicó sus Cartas referentes a la literatura moderna (1759-1765), en las que se reveló como crítico excepcional.

Entre 1760 y 1765 desempeñó el cargo de secretario del general Tauentzien en Breslau.

Este alejamiento de las actividades literarias directas perfiló su espíritu. Al regresar de nuevo a Berlín, dio a conocer sus dos obras fundamentales: el Laocoonte y el Minna de Barnhelm; ésta un drama excelente, con acentuados rasgos de humanidad, y aquélla un tratado crítico sobre las relaciones entre las Bellas Artes.

En 1767 Lessing intentaba llevar a cabo la gran experiencia de dar vida en Hamburgo a un teatro nacional germánico.

Su proyecto fracasó por prematuro. Pero de su vida hamburguesa proceden varias de sus obras críticas más considerables, como la Dramaturgia hamburguesa, en la que revalorizaba las obras de Shakespeare.

En 1770 aceptó el cargo de bibliotecario de Wolrenbüttel que le ofreció el príncipe de Brunswick.

A excepción de un viaje a Italia (1775), Lessing residió permanentemente en esa región de Alemania.

En esta última época se dedicó a los problemas religiosos, los cuales enfocó desde un punto de vista heterodoxo, como en los Fragmentos (1774-1778) y en La educación del género humano (1780)

Moría en Brunswick al año siguiente , el 15 de febrero a consecuencia del exceso de trabajo y de las provaciones sufridas.

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Biografia de Varela Juan Cruz Poeta y Politico Argentino

Biografia de Varela Juan Cruz – Vida y Obra Literaria

Es el más importante poeta del movimiento neoclásico en el Río de la Plata, e históricamente, el primer gran poeta argentino.Nació en Buenos Aires (1794) y se educó en el Colegio de San Carlos.

Se trasladó más tarde a Córdoba e ingresó en la universidad para seguir estudios eclesiásticos. Fue alumno interno del Seminario Conciliar, y en esa época manifestó ya su vocación literaria en un poema amatorio. Pasó luego al Colegio de Montserrat (1815) y se graduó en teología, aunque no recibió los hábitos.

Propúsose luego seguir la carrera de leyes, pero no pudo concluir sus estudios. Regresó entonces a Buenos Aires (1817) y consiguió un empleo en la administración pública.

Biografia de Varela Juan Cruz
A la caída del régimen presidencial de Rivadavia, se exilió en Montevideo. En esta ciudad reunió sus poesías líricas en 1831. Su producción va de la poesía lírica y amatoria de su juventud, a los cantos guerreros de la independencia y a la poesía de inspiración cívica.

Al llegar Rivadavia al gobierno (1826), Varela se declaró abierto partidario de sus ideas reformistas y liberales, y llegó a ser el vocero oficial de la obra de este estadista. Redactó varios periódicos, entre ellos El Centinela.

Por esa época compuso dos tragedias al modo clásico, un saínete y otra pieza de la que se conserva sólo un acto, y también varias de sus poesías.

Fue elegido diputado al Congreso de 1821 y secretario del Congreso General Constituyente de 1826.

Caído Rivadavia, participó en la campaña de oposición al gobernador Dorrego. Se refugió con su mujer y dos hijitas en Montevideo (1829), desde donde parece que no fue ajeno al fusilamiento de Dorrego, pues habría dado consejos en tal sentido al general Lavalle.

En el destierro sobrellevó una vida de penurias y dificultades económicas, sin olvidar por eso su fuerte amor a las letras.

Comenzó una traducción al castellano de La Eneida de Virgilio, publicó otras piezas poéticas, entre ellas su famosa composición contra Rosas, Al 25 de Mayo de 1838, en Buenos Aires, y comenzó a preparar una recopilación de todas sus poesías, que no llegó a editar.

Falleció en la capital uruguaya (1839).

Las poesías de Várela. La recopilación de poesías que Varela había preparado (1831), fue editada muchos años más tarde (1879).

En esta colección, el propio autor desechó numerosas composiciones, sobre todo las amatorias y satíricas en general, con lo que el tomo ha recogido sólo una octava parte de la pro ducción total.

Posteriormente, y por la obra de los críticos, so han recogido y dado a luz otras piezas del poeta.

La producción poética de Varela comprende:

a) poesías eróticas juveniles, de las cuales siguió el ejemplo del griego Ana creante, a través de las imitaciones efectuadas por los españoles Meléndez Valdés, Cienfuegos y Arriaza, sobre todo;

b) poesías civiles sobre las reformas de Rivadavia y el progreso de las cien cías, inspiradas en el filosofismo caracterisico de la época y en las ideas de la Ilustración, las cuales le sirvieron para adquirir gran notoriedad;

c) poesías patrióticas, en las cuales imitó y siguió el ejemplo de los llamados «poetas de la revolución» (Vicente López y Planes, Cayetano Rodríguez, Esteban de Luca .y otros).

El ciclo erótico-amatorio desarrolla los temas de la sentí-mentalidad graciosa y elegante, muy en boga en la época, heredada del siglo XVIII, y en él aparecen los nombres de tres damas, Laura, Delia y Elvira, que son objeto de la pretención amatoria del artista.

De todas estas piezas, la más celebrada es el poemita La Elvira (1817).

El ciclo cívico-filosófico es superior al anterior, y según algunos críticos, lo más logrado de su inspiración.

Gran parte de las iniciativas civilizadoras de Rivadavia son enlazadas en esta serie, como ser los trabajos hidráulicos en la ciudad de Buenos Aires, además de la ideología progresista y liberal de la época, la libertad de imprenta, la reforma eclesiástica, etc.

El ciclo patriótico-revolucionario es, sin embargo, el más acabado y hermoso de su talento.

En él levantó su tono a lo épico, y celebró los triunfos de las armas argentinas en los campos de batalla.

Sobresale, entre todas las piezas de esta serie, su canto Triunfo de Ituzaingó, su composición de mayor significación lírica, que puede relacionarse con el canto a Bolívar del ecuatoriano Olmedo.

Esta composición fue muy elogiada por el propio Bello. Dentro de este ciclo, cabe también la invectiva en verso contra Rosas, Al 25 de Mayo de 1838, en Buenos Aires, compuesta con gran elevación retórica y pasión política.

La ideología del hombre político. A través de la obra de Varela, es patente un contenido espiritual constante.

Su ideario era el común en los pensadores liberales de la época, tanto europeos como americanos, y sostenía sustancialmente el progresismo, el teísmo, la lucha contra el fanatismo, la aversión contra la ignorancia, el antiindigenismo, el antiplebeyismo, el concepto aristocrático del arte, las letras y la cultura, el antiespañolismo y la ideología.

Varela se esforzó en su obra por dotar de un contenido espiritual antitradicional a la Revolución de Mayo, extraer el máximo
ejemplo posible de la cultura europea, a través de las capas sociales altas y cultas, de arriba hacia abajo, al ejemplo del despotismo ilustrado preconizado por la filosofía política de la Ilustración, y asimilar al mismo tiempo las nuevas orientaciones estéticas del prerromanticismo que se anunciaban ya en el panorama literario de Europa.

En la advertencia inicial que el propio Varela compuso para la edición de sus obras, además de explicar los pormenores y vicisitudes de su carrera literaria, incluye unas líneas que valen tanto como un testamento literario:

«Muchos creen poseer lo que se necesita para ser poeta; pero esa posesión es dada a muy pocos, y no me harán entrar en el número de ellos ni el sufragio apasionado de mis amigos, ni el placer con que alguna vez mis compatriotas han leído o escuchado mis versos.

Ellos son, sin embargo, el único caudal que podré dejar a mis hijas; y puede ser que, por este motivo, llegue a ver la luz esta colección algún día.»

Fuente Consultada:Literaratura Española, Hispanoamericana y Argentina de Carlos Alberto Loprete Editorial PLus Ultra

Biografia de Kipling Rudyard Vida y Obra del Poeta

Biografia de Kipling Rudyard – Vida y Obra del Poeta

Kipling Rudyar, considerado «el poeta del imperio», describió en sus obras las costumbres de la India colonial y de sus dominadores británicos. Nació el 30 de diciembre de 1865 en Bombay (India) y a la edad de 6 años fue a estudiar a Inglaterra. Pasó cinco años en un hogar social de Southsea, experiencia detestable que describe en su relato La oveja negra.

Regresó a la India en 1882 y a partir de ese momento trabajó para la Civil and Military Gazette de Lahore hasta 1889, en calidad de editor y escritor de relatos. Sus libros infantiles se hicieron enormemente populares, pero fue por sus relatos por lo que consiguió el beneplácito de la crítica.

Biografia de Kipling Rudyard

Nació el 30 de diciembre de 1865, y pasó su infancia en Bombay, la ciudad de los olores acres, las multitudes ruidosas y los colores «detonantes». A los cinco años, su padre —profesor de escultura en la Escuela de Bellas Artes de Bombay—; le llevó a Inglaterra, dejándole, a él y a su hermana, al cuidado de una parienta; en Southsea.

Los siete años que siguieron, el niño diminuto y miope estuvo sujeto a la rígida disciplina de una mansión victoriana para pasar luego a una rigidez aún más estricta en el United Service College, escuela privada dirigida por militares, y destinada a los futuros oficiales del ejército británico de la India.

En la escuela, lo único que le distinguía del resto, era su precoz bigotito, un «temprano brote primaveral» de negro pelo que, ya a los once años afloraba hirsuto en el labio superior.

Era un devonador de libros insaciable, leía cientos y cientos de dramas clásicos, y novelas de todos los géneros.

A los diecisiete años, una vez graduado en el United Service College, decidióse por cursar estudios en la universidad del mundo. En vista de lo cual, el padre, que a la sazón era director del Museo de Lahore, le consiguió un empleo en la Civil and Miliiary Gasette.

Al cabo de cinco años de aprendizaje fue ascendido a asistente del director del Pioneer, de Allahabad. En sus momentos libres, escribía a vuela pluma poesías y cuentos tan largos como para llenar los blancos que podían quedar en las páginas impresas.

Varios años dedicóse a pintar la existencia pintoresca del Punjab, en minúsculos retratos. Reuniólos luego en dos pequeños volúmenes y, al enterarse de que los ecos de su publicación habían llegado a las puertas de los círculos literarios londinenses, decidió dejar a la India y recorrer el mundo.

Quería ser el periodista de un horizonte más amplio. Pidió a préstamos unos cientos ele rupias y emprendió el viaje.

Después de atravesar los Estados Unidos, desde San Francisco a Nueva York, atesoró sus impresiones de viaje en un libro saturado de ironía y ponzoña, y decidió volver a Inglaterra. Allí conoció a una joven americana, y se casó con ella, se llamaba Caroline Starr Balestier.

Construyó un espacioso bungalow en una de las laderas del Brattleboro en Vermont, y se fueron a vivir bajo el nuevo techo en pleno invierno (febrero 8 de 1892), con temperaturas muy por debajo del cero grado.

El joven poeta llamó a su nido de amor Naulahka, La Joya, en recuerdo de una novela que había escrito en colaboración con su cuñado, Wolcott Balestier. Allí vivieron durante cinco años, quizá los más venturosos de sus vidas.

Tenía una inclinación de su espalda y era debida a su miopía. Como no podía contemplar el horizonte distante, habíase habituado a bajar los ojos para observar más de cerca los detalles y la vida que le circundaban.

Para sus deportes de invierno había inventado un juego, «golf en la nieve», para el cual pintaba las pelotas de rojo con el objeto de localizarlas en la nieve cuando corría tras ellas calzado con botas de goma. Su entretenimiento favorito en las largas noches invernales era representar obritas en un teatro en miniatura que había organizado en Naulakha.

A veces, en el curso de la representación, Kiplíng improvisaba versos que hacían morir de risa a los espectadores. Pero jamás permitió que esos «versos improvisados de sus horas de ocio» se publicaran o escribieran.

En cuanto a sus horas de trabajo, trabajaba en su escritorio diariamente, de nueve a una de la mañana. En estas horas nadie debía molestarlo, y para llegar hasta él debía pasarse antes por un cuartito —la cámara del dragón— donde la señora Kipling, con sus agujas de tejer y su mirada airada, alejaba a cuanto intruso osara perturbar su calma.

En ese estudio escribió Kipling algunos de sus mejores trabajos; decenas de cuentos y poemas, como el Capitanes intrépidos y los Libros de la jungla.

La publicación de los dos Libros de la jungla trajo fama y fortuna a nuestro poeta cuando aun no llegaba a. los treinta. Millones de lectores del mundo entero habían paladeado su «cocktail» literario de sublimidad y slang, y lo habían hallado de su gusto.

Le llovían pedidos de colaboraciones, y más de una vez le faltó tiempo para atenderlas. En una ocasión, el director de Ladies’Home Journal, Edward W. Bok. le solicitó que escribiera un artículo.

El poeta inglés, que no simpatizaba con esa publicación norteamericana, pidió por su trabajo un honorario exhorbitante. Creyó así atemorizar al director, pero se equivocó pues le fue aceptado.

Kipling escribió el cuento sin mucho cuidado conocido como Guillermo el Conquistador, que resultó un éxito.

Kipling no era un hombre con el cual se pudiera convivir fácilmente. Jamás aceptaba el papel de perdedor en una disputa, y su partida de América se debió a una de estas querellas.

Empezó el asunto con una cuestión de límites que entabló con un vecino de su heredad, en Brattleboro. Siguió a esto un desagradable juicio con la secuela publicitaria que es de imaginar, y, en cuanto se falló la causa, Kipling partió de América (agosto de 1896), para establecerse en «su bendito rincón» de Inglaterra.

Tres años más tarde regresó a los Estados Unidos, pero esta última visita había de dejarle muy amargos recuerdos. Odiaba las calles de Nueva York, «con su griterío y su estrépito, sus variados colores, sus cuartos de calor bochornoso y sus habitantes en eterno vaivén. . .»

Pero a tanta incomodidad vino a sumársele un grave ataque de neumonía, que casi le cuesta la vida. Cuando estaba él fuera de peligro, se le murió la hija mayor, Josefina, la pequeña a quien había cuidado la enfermera aquella a la que Kipling obsequiara el original del primer Libro de la jungla.

Poco habló Kipling ele esta muerte, pero a lo largo de toda su vida llevó a cuestas ese tremendo dolor.

Hallándose Kipling al borde de la muerte, el Kaiser alemán envió varios cables interesándose por su salud, El Kaiser, por supuesto, era ajeno al mérito literario de Kipling; pero había oído que este joven poeta inglés pregonaba un credo nuevo y agresivo, una doctrina anticristiana que atraía el corazón imperialista del Kaiser.

Su amor por la patria le llevaba a odiar a todas las demás naciones. Su patriotismo descendía al «chauvinismo» de quienes cantaban a la guerra por el solo hecho de que la patria estaba equipada para hacerla.

No hay que extrañarse, pues, de que el Kaiser se interesara por la salud de este brillante, apóstol de la brutalidad.

Pero seguramente hubiera procedido de muy otra forma de haber sabido que Kipling viviría para atemperar esa concepción agresiva con la gracia salvadora de la compasión. Porque a medida que iba entrando en años acrecían en él la sabiduría y la tristeza.

Dejó de glorificar las victorias del soldado británico y se puso a ensalzar sus virtudes, su determinación en la buena y en la mala «de vivir cumpliendo el deber con estoicismo, con integridad, con alegría».

La conquista puede llevar lejos; el orgullo puede degenerar en arrogancia y el imperialismo, en despotismo. Las simientes de la victoria de hoy pueden germinar en la cizaña de la derrota del mañana.

El alma ele Kipling, como la de Inglaterra, habíase pulido en el sufrimiento. Rehusó ser laureado porque quería, sentirse libre para expresar lo que sentía.

Obtuvo el premio Nobel de literatura (1907) para llegar a la conclusión de que los premios y el amor, eran humo que pronto se disipa. Cuando se desencadenó la Primera Guerra Mundial (1914) el Kipling del Himno se rebeló contra la matanza.

Perdió a su hijo en la guerra y en su corazón se hizo aquel vacío desolado de todos los ancianos que perdieron a sus hijos jóvenes en la lucha.

Bombas, por vidas humanas. Balas, por pan. Fratricidio, por fe. Odio, por esperanza. La Providencia se compadeció de él ahorrándole el dolor y la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial.

Murió en 1936, cuando comenzaban a oírse los alaridos distantes de la agresión nazi.

LOS MEJORES POEMAS DE KIPLING

Himno.
El vampiro.
La balada del Este y del Oeste,
Le bandera inglesa.
Danny Deever.
Tommy.
Fuzzy-Wuzzy.
Canga Din.
A la diosa desconocida.
La nuit blanche.
Mi rival.
Un código de moral. Botín.
Mandalay.
Marchando por la ruta.
La balada de la burla del rey.
Botas.
El caballo del contratista.
La caída de Jock Gillespie.
La última viuda.
La tumba de los cien muertos,
Dalila.
La letanía del enamorado.
El canto de las mujeres.
La viuda de Windsor.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Whitman Walt – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina


Biografia de Whitman Walt Vida y Obra Literaria del Poeta

Biografia de Whitman Walt Vida y Obra Literaria del Poeta

Poeta estadounidense cuya obra afirma claramente la importancia y la unicidad de todos los seres humanos. Su valiente ruptura con la poética tradicional, tanto en el plano de los contenidos como en el del estilo, marcó un camino que siguieron posteriores generaciones de poetas de su país.

El segundo entre nueve hermanos, Walt Whitman nació, el 31 de mayo de 1819, en West Hills, Long Island —o, como él prefería llamarle—, en Paumanok, «la isla cuyo pecho se enfrenta con el mar».

Contaba cuatro años cuando se mudaron a Brooklyn, porque el padre había decidido dejar la labranza por la carpintería. No obstante, los niños pasaban elverano en West Hills, junto a los abuelos.

Biografia de Whitman Walt
La edición de 1855 de Hojas de hierba contenía 12 poemas sin título, escritos en versos largos y cadenciosos que se asemejan a los de la Biblia del rey Jacobo. El más largo y de mayor calidad de ellos, que más tarde recibió el título de «Canto a mí mismo»

Y Walt, en horas enteras de «aventuras» logró intimar con los ríos, los campos y los bosques, y con el más querido de sus camaradas: el mar de perpetua resonancia.

Los meses de invierno se los pasaba remoloneando en las horas de clase, sin aplicarse al estudio de las letras y los números. «Este chico es tan holgazán —decía su maestro Benjamín Halleck — , que estoy seguro nunca llegará a ser nada.»

El padre de Walt pensaba lo mismo. Pretender hacerle continuar los estudios era perder el tiempo. Tendría que conocer el mundo y aprender un oficio honesto…

Dicho y hecho; a los trece fue puesto de aprendiz en una imprenta, Pero allí, como en el colegio, el rapaz siguió dedicándose al dolce far niente.

Se metió a carpintero pero no le gustó. Luego intentó la enseñanza, mas tampoco la halló de su agrado. Al cabo se puso a escribir. Esta vez se encontró a sí mismo.

Tenía veintidós años cuando escribió el primer libro, una novela melodramática sobre la temperancia. Y estuvo a dos dedos de perder su arte, ya que se convirtió en un éxito financiero.

En poco tiempo se vendieron veinte mil ejemplares. Semejante estreno y a edad tan temprana hubiera bastado para trastornar a cualquier otro poeta bisoño.

Esto le indujo a conseguir un trabajo en el periódico Daily Eagle, de Brooklyn. La paga era buena y la tarea simpática. Le agradaba su tarea, pero más le gustaba no hacer nada.

Y muchas veces habría de instar a sus lectores a la holganza. «Gocemos un poco de la vida. ¿O es que Dios ha hecho esta tierra tan hermosa. . . para nada?

Los hombres son las diferentes partes de un cuerpo: la humanidad. No importa que la piel sea blanca, roja, amarilla o negra, siempre serán hermanos. Trató de difundir este pensamiento con enfáticos artículos de fondo en el Magle, y esto le acarreó la pérdida del puesto.

Halló un nuevo empleo en Nueva. Orleáns. La llegada a esta ciudad, la Reina del Sud, señala el «episodio más interesante de su vida». Intimó mucho con una mujer de otra escala social». Según se deduce, la conoció en un baile realizado en el suburbio llamado Lafayette.

Este amor no acabó en casamiento: no sabemos si porque la dama estaba casada o porque su familia le negó el correspondiente consentimiento debido a la situación social y financiera del poeta. Sabemos que fue padre al menos de una de las criaturas de la dama.

Parece que su enigmático idilio de Nueva Orleáns demostró ser el rayo de sol y de dolor que faltaba para hacer florecer su musa poética. A poco de regresar a Nueva York púsose a escribir Hojas de hierba.

La primera edición salió a la luz en 1855. Un solo americano — Ralph Waldo Emerson-— supo desentrañar parte de su grandeza, pero con el correr del tiempo Emerson habría de hallar el lenguaje de Whitman un tanto acre para su delicado paladar.

Con la discreción propia del caballero, Emerson decidió dejar a Whitman librado a sus propias concepciones. Pero desde entonces se inclinó a concordar con el editor de una revista literaria de Boston (Intelligence) quien aseguraba que Whitman era «un loco suelto».

Whitman hablaba de las distintas partes del cuerpo, inspirado por el mismo espíritu con que Dios las ha creado. Sus poemas son una glorificación de la vida, y de todas las fases en que ésta se manifiesta.

Whitman hallaba belleza y beatitud por doquier, porque todo lo examinaba con igual disposición de ánimo. Cada cosa es parte de Dios, es hoja del árbol eterno de la vida cuya savia inmortal fluye por las venas del universo entero.

Whitman cree en la evolución del individuo así como en la de la especie. Cada alma humana realiza un largo proceso de educación: antes de aflorar a la tierra, en su existencia terrena y, después, en el otro mundo. No hay alma que no atraviese por todas esas gradas de perfeccionamiento.

Aquellos que en vida parecen pertenecer a las clases más humildes, son los que cursan estudios más elementales que los otros alumnos aventajados en la escuela democrática de la vida eterna.

Pero a la larga no habrá alma que no logre el título máximo en esa escuela universal, y se gradúe ante Dios. La democracia de Whitman no es una doctrina social o política. Es una religión: la convicción sublime de que cada uno de nosotros alcanzará al fin la perfección.

Walt Whitman fueé quizá el más compasivo de los poetas modernos. Y esa compasión le llevaba a preocuparse continuamente del problema de la muerte. Siempre la elogió.

La Muerte —decía— es el Médico cuya nivea mano borra el último vestigio del dolor humano. Walt Whitman iba muy poco a la iglesia, pero era uno de los poetas más religiosos.

El cuerpo y el alma, dijo, son una sola cosa; y la muerte no es más que la prolongación de la vida. Río de lo que llaman disolución, porque sé que soy inmortal.»

Este nuevo Evangelio de la Democracia Americana glorifica la dignidad del hombre. Cada criatura humana es un alto sacerdote que, si lo desea, puede hablar cara a cara con Dios.

Una nueva era se inaugurará, cuando el hombre se de cuenta de ese hecho. Una nueva religión, más amplia y más acogedora que la antigua, inundará al mundo de amor.

Con esa fe profundamente arraigada en el corazón, ofrece a todos su mano amiga. Les canta «el poema evangélico» de los camaradas y el amor.

En su comunión con la gente, Whitman hallaba un placer inenarrable. No se contentaba con cantar a la camaradería. Era uno de esos pocos hombres que la practicaban en verdad. Se identificaba con el mundo entero, y trataba de darse entero a todos, Cultivar la amistad del humilde era su pasión; y su mano de camarada iba a estrechar la de aquellos que no podían «salir adelante» en la lucha por la vida.

Se pasó todo un invierno guiando el coche de un cochero enfermo. Fiel a las prescripciones planteadas en el prefacio al libro Hojas de hierba, de la edición de 1855, él amaba la tierra, el sol y los animales, despreciaba la riqueza, daba limosna a cuantos la mendigaban, defendía a los tontos y a los débiles, no se quitaba el sombrero ante nadie, conocido o desconocido, y se hacía amigo de todos aquellos que estaban necesitados de amistad.

En él vivía el evangelio de América.

Durante la Guerra Civil, ofrendó su vida en aras de la humanidad, no en el campo de batalla, sino en los hospitales. Su hermano Jorge, alistado en el regimiento 5º de voluntarios neoyorquinos, fue herido en la batalla de Fredericksburg.

Walt acudió a cuidarle al hospital militar de Washington, pero a su llegada, el hermano ya se había repuesto. Sin embargo, quedóse allí para prodigar cuidados al resto de los heridos y a los agonizantes.

Hasta terminar la guerra, ésa fue su tarea diaria. . . y no hubo jamás enfermero más hábil, solícito y tierno. Era compañero, secretario, asistente, consuelo y amigo de sus pacientes.

Hacía milagros, decían los médicos. . . milagros de curación. Unas pocas palabras de aliento, dichas en voz cálida de afecto, lograban a veces devolver a la vida a aquellos que ya se habían resignado a morir, algunos desahuciados hasta de los mismos médicos. Muchos soldados le recordarían años más tarde como «al hombre con la cara del Redentor».

En sus atenciones no hacia distingo entre amigos y enemigos. Todos los dolientes, fueran del norte o del sud, eran «sus hermanos en la desgracia».

Whitman no recibía salario alguno, por su atención de los enfermos. Para ganarse el sustento durante este período, se empleó en el Iridian Burean, del Departamento del Interior. Pero algún entrometido llamó la atención de James Harían, a la sazón Secretario del Interior, sobre la «poesía perniciosa» de Whitman.

Y una noche, mientras el poeta hacía su acostumbrada ronda nocturna por el hospital, Harían abrió su escritorio, halló un ejemplar de Hojas de hierba, leyó de él lo suficiente como para cerrar el libro horrorizado, quedándose con una absoluta incomprensión de los poemas y un concepto pésimo del autor.

A la mañana siguiente, el poeta encontró sobre su mesa de trabajo esta nota: «A partir de la fecha se prescinde de los servicios de Walter Whitman».


En 1 873, Walt Whitman sufrió un ataque de parálisis. Se recobró en parte, pero ya no volvió a ser el mismo de antes, pues su vitalidad permanecería apagada hasta el fin de sus días.

Atravesaba renqueando las ciudades de los hombres. . . cierto crudo día de invierno en que así trataba de obtener algún mendrugo a cambio de pepitas de oro, una viuda anciana, Mary Davis, se apiadó de él; hízole entrar, dióle un buen desayuno caliente y allí mismo se hizo el propósito de prodigarle sus cuidados desde entonces en adelante.

Sus pocos admiradores le compraron una casita —que más se parecía a un cajón— en Camden, Nueva Jersey, donde había muerto su madre y donde a él le hubiera gustado acabar sus días. Se la amueblaron con lo más indispensable: una cama, un cajón para la ropa sobre el que también escribía, dos sillas y una mesa con un hornillo para cocinar su frugal comida. . . eso era todo.

Pero al poco tiempo llegó a llenar la casuca y darle calor de hogar una mujer, Mrs. Davis, quien se mudó allí trayendo sus propios muebles. Walt vivió desde entonces como un «príncipe en sus dominios».

Príncipe de una choza desvencijada. La casa estaba al otro lado de las vías del ferrocarril. La calle era sucia, ruidosa, y apestaba el aire una fábrica de guano cercana. Pero al fondo, había un frondoso peral, a cuya sombra pasaba Whitman las tardes estivales.

Así pasó sus años postreros, recibiendo a sus amigos en la planta baja, en el «salón», cuando podía moverse, y arriba, en su «estudio», cuando sus fuerzas flaqueaban.

Tanto el ‘»salón» como el «estudio» estaban abarrotados de cientos de libros suyos que no habían hallado compradores, libros diseminados sin orden sobre sillas, armarios, mesas y pisos.

Al cumplir los setenta y dos años (mayo 31 de 1891), un grupo de amigos le ofrecieron un «banquete» en su propia casa.

Durante estos últimos años, escribió obras en prosa de gran calidad, como los ensayos Perspectivas democráticas (1871), que se consideran en la actualidad una exposición clásica de la teoría de la democracia y sus posibilidades. Días ejemplares (1882-1883), por otro lado, contiene antiguos textos sobre la guerra de Secesión y el asesinato del presidente Lincoln, y notas sobre la naturaleza, escritas durante su vejez.

Murió un 26 de marzo de 1892 en Cadmen.

LOS MEJORES POEMAS DE WH1TMAN

Canto a mi mismo.
aliendo de Patimanok.
Oigo cantar a América.
Me imperturbe.
Canto al camino.
Oda a Teodoro Roosevelt.
Meciéndose sin fin desde la cuna.
¡Pioneers, oh pioneers!
Sdlut au monde,
A los estados.
Un espectáculo de Broadway
En el «ferry» de Brooklyn
¿Quién aprende toda mi lección?
Una araña paciente y silenciosa,
¡Redoblad, redoblad tambores!
El curador de heridas.
Sobre ta matanza.
Reconciliación.
Adiós a un soldado.
Que haya hoy paz en los campos.
Canto del Universal.
Canto del hacha.
A los que han fracasado.
Cuando las lilas florecieron por
última vez. Del océano rugiente.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Whitman Walt – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Whittier John Vida y Obra Literaria del Poeta

Biografia de Whittier John

Whittier John Greenleaf, (Haverhill, Massachusetts, 1807-Hampton Falls, New Hampshire, 1892) Poeta abolicionista estadounidense. De familia cuáquera y formación autodidacta.

Del rocoso suelo de Massachusetts apenas si podía sacarse el magro sustento cotidiano. El padre se había establecido en las afueras de Haverhill, y allí habían nacido sus cuatro hijos, dos varones y dos mujeres. John, el segundo de los hijos y el primero de los varones, nació el 1 7 de diciembre de 1807.

Su niñez transcurrió entre mucho trabajo, pocos juegos y unas pinceladas de estudio. El maestro, Josué Corfin, era un hombre dotado del sentido del humor, y de la habilidad para relatar historias de antaño.

Añadió otra asignatura a los números y las primeras letras: el romance. Exaltó las mentes de sus pequeños alumnos con las «Mil y una noches» del folklore americano, y varias de sus fábulas habrían de inmortalizarse más tarde en las Leyendas de Nueva Inglaterra, merced a la pluma de su alumno John Whittier.

Biografia de Whittier John

Los domingos (llamados Día Primero por ios cuáqueros), al caer la tarde, se reunía toda la familia para la lectura del Libro Eterno. A los siete años, Whittier podía recitar de memoria largos pasajes y a veces capítulos enteros de la Biblia.

El padre, orgulloso de la memoria de su hijo, le llevaba a las reuniones trimestrales de la secta, donde le exhibía, muy ufano.

Muy niño aún, se dio a escribir poesías, y su parcialidad por los temas revolucionarios se manifestó desde eí primer momento.

Entre los héroes de sus primeras composiciones están William Penn, «el fundador de una nueva libertad» en América; William Leddra, el cuáquero mártir, ejecutado en Boston (1659); Juan Milton, «la figura que más se aproxima a mi concepción del verdadero hombre», y lord Byron, la «estrella brillante y osada», que luchó por la libertad, pero cuya conducta privada, se disculpaba Whittier, era mejor «ocultarla en las sombras del olvido «.

A comienzos del verano de 1826, y sin que John se enterase, su hermana remitió uno de sus poemas al Newburyport Press, el diario del que era subscriptor su padre. El editor William Lloyd Garrison leyó el manuscrito, lo juzgó «pasable» y lo hizo imprimir.

Garrison no sólo hizo de Whittier su amigo, sino que le inició en el mundo literario, presentándolo a otros destacados editores de la época.

Respecto a su formación superior, para la familia era imposible costerala. Hasta la Academia Haverhill, una económica escuela privada de la vecindad, estaba por encima de sus medios.

Por fortuna, un joven que los ayudaba en las faenas le facilitó la solución del problema. Éste, que había sido aprendiz de zapatero, enseñó a Whittier cómo hacer chinelas para damas. Con el dinero que esto le proporcionaba pudo el poeta pagarse los gastos de su educación.

Whittier se enamoró de su prima y compañera de estudios, Mary Emerson Smith. Fue este el primero de los muchos idilios de su vida, no obstante de que permaneció fiel al celibato hasta su muerte.

Merced a una recomendación de Garrison, obtuvo el puesto de director del Philanthropist un periódico liberal que se publicaba en Boston.

A lo largo de ocho meses, escribió sin descanso editoriales en defensa de la aristocracia del espíritu, opuesta a la del dinero.

Su padre había enfermado y necesitaban de su ayuda en la granja. Muerto el jefe de la familia, el joven poeta debió cargar sobre sus espaldas el fardo de asegurar el sustento a los suyos.

Estaba ansioso de entrar en la arena política, pero ¿cuál había de ser su cometido?… En ese período (1830) no había, a su parecer, ninguna gran crisis política ni cruzada que exigiera hombres de su temple para llevarla a cabo.

Por otro lado Mary Smith había rechazado su amor, él entendía que no era buen partido para una joven que se interesaba más por las comodidades del cuerpo que por las conquistas del espíritu.

Inclusive poco tiempo despúes fue abandonado por otra señorita que decidió casarse con un pretendiente de mejor posición, el juez Thomas, de Covington, Kentucky . La amargura de su decepción acabó por afectarle la salud, bastante precaria de por sí.

Perdida la felicidad, Whittier halló al fin ese «algo» que buscaba para entrar en batalla: la abolición de la esclavitud. …«hay más de dos millones de conciudadanos condenados a la más horrible servidumbre… es tiempo de libertar a los oprimidos. . . la causa es digna del arcángel Gabriel» le escribía su amigo Garrison.

Con el tiempo sus camaradas del movimiento abolicionista descubrieron que Whittier poseía un verbo elocuente, y le eligieron delegado de la región para la primers convención contra la esclavitud, que iba a realizarse en Filadelfia. Entre otros delegados por Massachusetts halló a su primer maestro, Joshua Coffin, y a William Lioyd Garrison.

Su cruzada por la libertad del negro le sumió en el torbellino de la política local y nacional. Dos veces fue electo para la legislatura de Massachusetts, pero en la segunda tuvo que renunciar debido a su precaria salud.

Y aun así imposibilitado de tomar parte activa en los debates cotidianos y en las emociones de las asambleas políticas, puso su corazón, su voz y su pluma al servicio de los hombres de Estado que compartían sus ideales.

Pasó ese periodo de su vida casi de continuo postrado en cama, se convirtió en uno de los adalides del movimiento en favor de la libertad de los negros. Hubo días en que, sintiéndose algo mejor, salía a caminar, y en dos de esas ocasiones fue corrido a pedradas por las calles.

En el período de 1835-1838, la cruzada abolicionista llegó a su culminación. Whittier alimentaba con sus ardientes poemas las hogueras que iluminaban el sendero del triunfo.

El cénit de su carrera política lo señaló la tentativa canalla de prender fuego al edificio del Pennsylvania Freiman, diario abolicionista que dirigía Whittier por esos días (17 de mayo de 1838).

El poeta casi perdió la vida en el incendio, pero esas mismas llamas fueron a avivar su ardor. Por varios años luchó incansable en aras de su ideal, más al fin decidió abandonar la batalla.

Desalentado, retornó a la poesía del terruño. Fue a vivir en una casita de Amesbury, con un jardín al fondo que él mismo cultivaba, llenándolo de distintas flores según la estación.

Pasábase las tardes en el almacén del pueblo, sentado sobre una barrica llena de azúcar y charlando con sus amigos los labriegos, y fue por esa época cuando escribió sus mejores poemas.

Estos poemas de ambiente rural americano hallaron un eco entusiasta. El público que le había perseguido le aclamaba; los días de su pobreza habíanse ido para no volver. Su Bloqueado por las nieves le proporcionó diez mil dólares en derechos de autor.

Y sus otros poemas le aportaron asimismo ganancias que, si bien no afluían en raudo caudal, su lenta y metódica acumulación le hacían sentirse rico.

Gozaba con la adoración del público, especialmente el femenino del que fue galanteador impenitente hasta el fin de sus días. Una y otra vez volvió a su juego favorito de ofrecer primero y rechazar después al amor.

Repetidas veces estuvo al borde del casamiento, pero siempre huyó en el preciso instante de la decisión.

Él se sentía un humilde cuáquero ansioso de vivir en paz. Rogó a sus «peregrinas» que le dejaran tranquilo, y puso en la puerta un «timbre, de alarma» que le prevenía de la llegada de mujeres y le daba la oportunidad de escapar por la puerta trasera.

Si ellas se ingeniaban para entrar antes de que el pudiera salir, lo encontraban sombrero en mano y lamentándose de tener que ausentarse en ese preciso instante.

Con la abolición de la esclavitud creyó que el mundo de los hombres había llegado al milenio apocalíptico. Como tantos otros abolicionistas parece imaginarse que la humanidad ha dado un enorme paso destruyendo la esclavitud sirviente.

Whittier pagaba el precio de su edad avanzada. Había sobrevivido a su propia grandeza, no sólo como defensor de ideales, sino como poeta. Era adorado en vida como «un dios muerto en los días míticos».

Los últimos años de su existencia los pasó en la resignada contemplación de su gloria de antaño. «Es una satisfacción —escribíale a un amigo— sentarse a la sombra de un árbol y leer nuestras propias poesías.»

Whittier tenía 84 años cuando murió el 7 de septiembre de 1892 en la casa de un amigo en Hampton Falls, New Hampshire.

LOS MEJORES POEMAS DE WHITTIER

Bloqueado por las nieves
Bárbara Frtetchie.
Maud Muller.
Molí Pitcher.
El niño descalzo.
Hablando a las abejas.
Melodías de mi tierra.
Mabel Martin.
La voz de la libertad.
Perdón.
La diosa eterna. Laus Deo.
A William Lloyd Garrison.
Memorias.
La plegaria de Agassiz.
Massachusetts a Virginia.
La leyenda de Nueva Inglaterra.
Cantos del trabajo.
La tienda en la playa.
La estrella del Norte.
Esclavos en el desierto.
Mi compañero.
El entierro del amigo.
Panorama.
La misiva del rey.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Whittier John Greenleaf – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Longfellow Henry Vida y Obra Literaria

Biografia de Longfellow Henry

Longfellow Henry fue un poeta estadounidense que figura entre los más populares y celebrados de su época. Nació el 27 de febrero de 1807, en Portland (Maine), y estudió en el Bowdoin College.

Mientras se preparaba para dedicarse a la enseñanza viajó por Europa. Dio clases de lenguas modernas en Bowdoin (1829-1835) y en la Universidad de Harvard (1835-1854).

Más tarde se dedicó por entero a escribir. Murió el 24 de marzo de 1882, en Cambridge (Massachusetts).

Biografia de Longfellow Henry
De acuerdo con los criterios actuales, su obra es tópica en su temática, didáctica en su estilo y carente de fuerza lírica. Su reacción ante la naturaleza y las emociones básicas de la vida hoy parece superficial. Pese a todo, sigue siendo uno de los poetas estadounidenses más populares, principalmente por su sencillez estilística y temática y su maestría técnica.

Nació en la ciudad de Portland, en la abrupta ribera del Maine. Sus antepasados se habían distinguido en la vida militar y jurídica de Nueva Inglaterra.

Su abuelo materno, el general Peleg Wadsworth, había sido uno de los héroes de la revolución y el paterno, un juez famoso; su padre era miembro del Congreso y había sido elector presidencial.

La educación de Henry, fue todo lo aristocrática que correspondía a su estirpe. Desde un principio, se le educó «en las normas del respeto, la obediencia, el desinterés, el temor a las deudas, y en el fiel cumplimiento de los deberes

Era el perfecto caballero de Aristóteles, y respondía al dorado lema: «nada con exceso».

Al ingresar en el Bowdoin ya estaba decidido a seguir la carrera literaria. Su padre, en una carta que le envió al colegio, le instaba a abandonar esa idea, haciéndole notar que no había tanta riqueza en América como para asegurar un porvenir a un hombre de letras.

En cierto momento la cátedra de lenguas vivas del colegio Bowdoin quedó vacante y le fue ofrecida la suplencia para después de graduado, aunque bajo la condición de que antes viajara por Europa a fin de familiarizarse con los idiomas.

Viajó por España, Italia, y Alemania, y dondequiera que fuese le precedía su buen humor. Y tan admirable como su personalidad era su destreza para aprender idiomas. Al cabo de tres años de estudios en el extranjero volvió a su ciudad natal hecho un experto lingüista.

A la sazón contaba veintidós años, un domingo por la mañana, mientras se hallaba oyendo misa, vio a Mary Potter, una compañera a quien hacía largo tiempo no veía, convertida durante su ausencia en bella mujer.

Con dignidad de profesor, hizo que su hermana le presentara a la joven Miss Potter, a quien al poco tiempo, con ardor poético, hacía esposa suya.

Longfellow necesitaba acción. No podía contentarse con ser un simple profesor de lenguas en Bowdoin. Quería intervenir en el incipiente movimiento literario de su país.

Longfellow quería dedicarse, junto con sus colegas, a la formación del alma de la cultura americana. Y, sobre todo, quería crear una literatura americana para el público americano, Pero hasta el presente sus obligaciones profesionales, siempre en aumento, le llevaban la mayor parte del tiempo.

Realizó un segundo viaje por el Viejo Mundo, nuestro lingüista, acompañado ahora por su joven y bonita espesa, viajó por todas partes de Europa maravillado y muy feliz.

Pero no todo sería tan «perfecto», a los pocos meses su amada Mary moría un domingo por la mañana, en Rotterdam, sin dolor, y con apacible resignación. Había dado a luz prematuramente, y a lo largo de tres semanas había padecido una tremenda tortura moral y física.

La desgracia abatió al poeta, dedicóse con ahinco al estudio del alemán, y a los doce meses volvía a su patria para ocupar la cátedra de profesor de lenguas en Harvard.

Llegó a Cambridge en el invierno en que cumplía sus veintinueve años, y fijó su residencia en la histórica Craigie House. Esta vetusta casa colonial había sido el cuartel general de Washington durante el sitio de Boston, en la guerra de la revolución.

En esa enorme casa enseñaba y escribía el poeta. Alrededor de una gran mesa redonda, se sentaban sus discípulos, y él los guiaba graciosamente por «algunas de las indiscretas» frases de los escritores franceses.

Viajaba con frecuencia a Boston y Brooklin pues era un jugador de naipes muy solicitado. En los bailes elegantes nunca dejaba de danzar con las damas de edad. Por fin escogió a una de ellas, para que reinara en su corazón y en su hogar. Siete años hacía que vivía en Craigie House cuando decidió casarse en segundas nupcias.

Esta segunda Mrs. Longfellow, hija de un hombre de negocios de Boston, a quien él había conocido en Suiza a poco de morir su primera mujer, era una joven de «rara inteligencia y de ojos profundos e inefables». Como regalo de bodas, el padre de la joven compró para ellos la mansión Craigie.

El éxito y la prosperidad entraron a raudales en la casa señorial.

Longfellow acababa de publicar un volumen de poesías en las que resonaba el numen de Goethe y la cadencia de las sagas escandinavas.

Pronto anunció su dimisión a la cátedra. Vistió la toga académica por última vez un día de apertura de clases. Pondría una lápida sobre el sepulcro del pasado y abriría de par en par los portales del presente. Las palabras de un poema suyo volviéronle a la memoria: «Mejora sabiamente el presente, que es tuyo «.

En 1884 fue el primer poeta americano en honor del cual fue esculpido un busto en la esquina de los poetas de la Abadía de Westminster en Londres.

El presente se vislumbraba activo, vibrante y encendido de esperanzas, en su propio país, en cada ciudad, en cada pueblo y en cada casa americana.

Se alejó del «Mausoleo de la Universidad de Harvard» y de los amarillentos libros de un mundo cubierto por el polvo de los años, e irrumpió en el mundo de los hombres… , en el resplandor de su gloria.

Sus cuentos sobre el Nuevo Mundo —Evangelista, Hiawatha, El cortejo de Miles Standish— se habían convertido en preciados tesoros dondequiera que se hablara inglés. Con rara unanimidad había sido coronado Poeta del Pueblo.

Era el poeta del hogar, de la serenidad y la paz. Pero más de una vez la nieve, la bruma y el dolor contristan su corazón.

La Muerte visitó con cruel frecuencia su hogar…cierto día la esposa, en la biblioteca, rizaba el cabello de las niñas con un hierro que calentaba en la llama de un cirio; de pronto, la llama le alcanzó su vestido y en pocos instantes su cuerpo era una antorcha viva que huía para alejar del peligro a las niñas. Al día siguiente, moría la desdichada tras atroces sufrimientos.

En tanto los años iban fluyendo hacia la eternidad, Longfellow seguía acosado por la pena interior, si bien mantenía un estado sereno. Su mejor esperanza había sido la de que los años no mermaran su inteligencia ni le troncharan su estro poético.

No se vio defraudado. Las flores de su fantasía manteníanse aún fragantes en el otoño de su vida. A la muerte de la segunda esposa había emprendido una tarea de amor: llevar al verso inglés la Divina Comedia de Dante, porque, al igual que a Dante, habíasele revelado la visión de su Beatriz en el cielo.

Tradujo el poema a razón de un canto por día. En la última visita que hizo a Europa recibió una ovación sin precedentes. Un obrero le detuvo en la calle para recitarle su Salmo de Vida.

De regreso a Cambridge fue proclamado primer ciudadano de la ciudad.

Al cumplirse el cincuentenario de su primera clase en Bowdoin, fuese a reunir con sus compañeros, a quienes leyó un poema que escribiera para la ocasión.

Murió el día 24 de marzo de 1882. Henry Wadsworth Longfellow está enterrado en el Cementerio del Monte Auburn, Cambridge, Massachusetts.

LOS MEJORES POEMAS DE LONGFELLOW

Evangelina.
Hiaiuatha.
El cortejo de Miles Standish.
Cuentos de una posada.
La construcción de un barco.
El esqueleto en la coraza.
El naufragio del «Hésperus».
La hora de los niños.
Un salmo de vida.
Excélsior.
Las voces de la noche.
Himno a la noche.
La ciudad y el mar.
La cruz de nieve.
El arsenal en Springfield.
Misa de medianoche para el año que muere.
El herrero del pueblo.
Doncellez.
Paúl Reveré.
El buque fantasma.
Morituri Salutamus.
Christus.
Traducción de la Divina Comedia de Dante.
Toque de queda.
El sueño del esclavo.
Mi juventud perdida.
La leyenda dorada.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Longfellow Henry – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Hardy Thomas Vida y Obra Litearia del Poeta

Biografia de Hardy Thomas

Thomas Hardy (1840-1928), novelista y poeta inglés del movimiento naturalista, cuyos personajes, retratados con profundidad en su Dorset natal, luchan inútilmente contra sus pasiones y circunstancias externas.

Nacido débil de cuerpo, vigoroso de mente y compasivo de alma, Hardy estaba «condenado» desde el principio a seguir la carrera literaria. De niño, le gustaba observar a los gusanos que pululaban en un estanque cercano a la casa de su padre, en Dorsetshire.

Con el andar de los años volvió la atención hacia esos otros gusanos, más grandes e igualmente impotentes, que bajo formas humanas se despedazaban, multiplicaban y morían en el pantano cenagoso de la tierra.

Decidió, pues, sentarse a la vera del camino, y dedicar su existencia a desentrañar el enigma.

Biografia de Hardy Thomas
El escritor inglés Thomas Hardy fue aclamado por la crítica tanto por su obra poética como por su narrativa. En ambos géneros, se ocupa de asuntos ligados a la vida y al destino de los individuos. Hardy escribió novela, poesía y cuento. Es considerado un escritor regionalista, ya que sus obras están profundamente arraigadas a las tierras del sur de Inglaterra, su país natal.

Al nacer el 2 de junio de 1840 era tan menudo y débil que el médico le dio por muerto, y gracias a una vigorosa palmada de la niñera «volvió» a una vida que había de acercarse a los noventa años.

Sus primeras enseñanzas fueron de puertas afuera de un colegio formal. Conoció las cosas sensibles por el medio directo de sus cinco sentidos; y por un sexto sentido: un cariño entrañable por cuanto le rodeaba.

Su sensibilidad vibraba ante rostros y voces de animales, pájaros y plantas. Sentíase uno en «parentesco de sangre» con la entera Naturaleza, con los vientos y las nubes, las abejas y las mariposas, los gorriones, las ardillas y los corderinos.

A la edad de nueve años las fibras de su corazón vibraban al compás de la gran sinfonía de la Naturaleza. Empezó por entonces su educación formal. Su padre le envió a la «Academia para Jóvenes Caballeros, del Sr. Last», una escuela particular distante tres millas de su casa.

Todos los días, así a la ida como al regreso, se detenía a «charlar un rato» con sus compañeros de juego: las criaturas agrestes de Egdon Heath. Mas por encima de todo le atraía el estudio de los rostros humanos.

En el aula sorprendía a sus profesores la rapidez con que asimilaba los conocimientos. Al graduarse, a los dieciséis años, estaba íntimamente familiarizado con la literatura latina, francesa e inglesa. En especial con las obras de Shakespeare, las que se sabía casi de memoria.

Había llegado el momento de ganarse la vida. Le era necesario aprender un oficio, una profesión… Su padre habíale enseñado a tocar el violín. Pero con eso no se comía. Quedaba otro camino: la arquitectura. El padre era maestro de obra; el hijo podía ser delineante.

Y así Tomás Hardy entró de aprendiz en casa de John Hicks, arquitecto, que tenía sus oficinas en la vecina ciudad de Dorchester.Pero a Hardy no le gustaba dibujar planos. El trabajo le resultaba demasiado mecánico.

Se levantaba a las cinco de la mañana o antes y se pasaba un par de horas «enseñándose» a leer el griego. Tres años más tarde, «conversaba» corrientemente con Esquilo y Homero, así como con los autores del Nuevo Testamento.

Escrbía y enviaba, sus poesías a las revistas y éstas se las devolvían sistemáticamente. No hubo editor que se dignase tocar una, y eso durante muchos años.

Estaba dotado de todo lo que hace al genio poético —ritmo, imaginación, sensibilidad, instinto para la frase adecuada, síntesis expresiva, una magia que «transformaba las palabras en estrellas»— todo, en suma, excepto el fogoso arrebato del inspirado. Hardy no ignoraba esa falla en el arsenal de sus talentos.

Y como arquitecto consumado y poeta a medias, fue a establecerse en Londres, donde consiguió un puesto de dibujante en las oficinas del proyectista de iglesias Arthur Blomfield.

Conoció a una mujer , se enamoró y se casó con Emma Gifford una joven de posición social superior a la suya. Una luna de miel breve y delirante, y una larga vida de incompatibilidades conyugales. Pues nunca llegaron a comprenderse.

Hardy no se quejaba. Trató de dar a su mujer una casa confortable, provista del mínimo de las cosas «indispensables» para una dama de su categoría social.

Las novelas de Hardy están basadas, especialmente, en la fórmula de los amores no correspondidos, fórmula que describe jocosamente Cristóbal Julián en La mano de Ethelberta.

A causa de su actitud cínica respecto de las emociones humanas, Hardy halló difícil al comienzo abrirse camino, así entre el público como entre los críticos. Sus obras fueron cobrando popularidad muy lentamente.

Sólo después de publicadas varias novelas —algunas por su cuenta y riesgo— advirtió el público la existencia de la exquisita suavidad que emergía de una gran tristeza. Ironía y piedad; son las dos notas altas de sus novelas.

Conforme iba entrando en años, mayor iba siendo su ojeriza contra la sociedad, por su injusticia sistemática en detrimento del individuo. Para la Navidad de 1928 escribió un epigrama donde trasuntaba toda la amargura que sentía por el «incurable salvajismo» del hato humano:

¡Paz en la tierra! fué el grito de Sión,
Por verla pagamos de curas un millón
Tras dos mil años de misa, ¡no está mal! ¡Paz!
Envuelta se la traen en gas letal.

Hardy ardía de indignación por el asesinato de cuerpos y almas humanos. Vez tras vez tocó el tema en sus novelas postreras. Los castigos que la sociedad inflige a los errores de sus miembros trascienden los límites de la decencia y la justicia humanas.

Escribió Teresa de los D’Urberville , y antes las críticas decía: «Como quiera que sea, he puesto en el libro lo mejor de mi alma y mi pensamiento».

Y también puso lo «mejor de su alma y su pensamiento» en otro libro —Jud el Oscuro—, que le premiaron con un torrente aún mayor de vituperios.

Un profesor norteamericano tachó a Jud el Oscuro de «libro condenable como pocos» de los muchos que en su vida había leído. Un conferenciante inglés quemó el libro en público.

La señora Grundy —con faldas o pantalones— alzaba los brazos al cielo. Hardy había osado presentar la verdad sin rebozo.

Cuando se publicaron extractos del libro en una revista, Hardy se vio obligado a mutilar personajes y situaciones, despojándolos de vida y personalidad. Su nombre dejaba ya de ser respetable.

Los editores, o rechazaban sus obras o las volvían a escribir «adaptándolas a la sensibilidad de sus lectores».

Hardy estaba lleno de indignación. «He vivido en el engaño —decía— de estar escribiendo para lectores inteligentes.» Su prosa era demasiado fuerte para los estómagos nerviosos del siglo XIX. Decidió volver a la poesía.

Escribió y publicó ocho volúmenes de poesía lírica, y un poema dramático sobre la vida de Napoleón —Los dinastas—. Gradualmente fué recobrando su buen nombre. Ahora, por fin, nadie lo leía, y todos le admiraban.

Su vida iba deslizándose serenamente en una vejez sólo contristada por la pérdida de su esposa. Fue un duro golpe para él, a pesar de las desavenencias conyugales.

Y después de la tormenta, la calma. En 1914 volvió a casarse con Florence Dugdale ; y, por una vez siquiera, el otoño y la primavera —él tenía 74 y ella 35— se combinaron en una armonía de perfecto unísono.

Dugdale se convirtió en su segunda mujer, quien se ocuparía de redactar la biografía del escritor después de su muerte, el 11 de enero de 1928. Un apacible y prolongado ocaso acabó el largo día de la vida del poeta, dejando tras de sí un dulce recuerdo y un noble pensamiento.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Thomas Hardy – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Guy de Maupassant Vida y Obra Literaria del Autor

Biografia de Guy de Maupassant

Guy de Maupassant (1850-1893), fue un autor francés considerado como uno de los grandes maestros del cuento de la literatura universal. Nació en el castillo de Mironmesnil, en Normandía y estudió en Yvetot y Ruán.

Durante su juventud fue miembro de un grupo literario surgido en torno al célebre novelista Gustave Flaubert, que era íntimo amigo de la familia.

Por la línea paterna descendía de una familia aristocrática venida a menos; por la materna, de una línea de plebeyos encumbrados por virtud de sus talentos artísticos.

Corría en sus venas extraña mezcla de elementos: el fuego de la lascivia, la sensibilidad de la imaginación, la amargura de la desilusión y la fría y rítmica cadencia del mar de Normandía.

Su padre era un libertino por cuya vida pasaron mujeres de alta condición. Su madre era una soñadora que se calentaba en la llama de un recuerdo, el de su hermano, cuyo genio poético había sido tronchado por una muerte prematura.

Biografia de Guy de Maupassant
La primera obra importante de Maupassant fue el cuento ‘Bola de sebo’ (1880), incluido en el volumen Las veladas de Médan y considerado su obra maestra en ese género.

OBRAS IMPORTANTES DE MAUPASSANT

Obras dramáticas.
El cordel.
Versos.
El collar.
Bola de sebo.
Bel-Ami.
Mademoiselle Fifí.
Pedro y Juan.
Una vida.
Nuestro corazón.
Yvette.

Guy exploraba las grutas de la costa, con dos perros pegados a los talones, y convencía a los pescadores para que le llevaran mar adentro a pescar caballas a la luz de la luna.

Tomaba parte en los juegos de los campesinos normandos, en aquella bruma gris atravesada por un cierzo que soplaba del mar, cual hálito de vida.

Bailaba con las bellas muchachas en las fiestas campestres, mientras los violines reían bajo los manzanos, y en la procesión nocturna marchaba al par de los hombres que llevaban sus hachas de viento cual rojas serpientes flamígeras.

Gustaba de probar un bocado de queso y un trago de sidra con cualquier amigo o forastero con quien se encontrara en la posada, trazaba fantásticos planes con los «lobos de mar» al borde de los acantilados, y desde allí miraba con los binóculos allende la lejana línea azul del horizonte.

Su madre aenas adolescente, le envió al seminario de Yvetot, pero Guy no tenía vocación por el sacerdocio. Abría las cubas de vino en la bodega del Padre Superior del Convento y convidaba a sus condiscípulos a beber, a costa de cien misas. Unas pocas travesuras más, y fué expulsado. . . recobrando su libertad.

A los dieciséis años tuvo su primera amante. Llamábase a sí mismo «glotón del dulce de la vida». En el Liceo se preparó para sus estudios de abogado y se las compuso para recibir notas «pasaderas».

Pero llegó el año 1870, y la invasión prusiana por Sedán. Ingresó en la dirección de abastecimientos del ejército francés. Aquella vida no tenía nada de divertida; pero mientras precedía a las tropas francesas en retirada, leía a Schopenhauer, escribía poesías amatorias y soñaba sueños de venganza contra los alemanes. Su genio fue templándose entre el hielo del odio y el fuego del amor.

Y al terminar la lucha, marchó a París en busca de trabajo. Porque la carrera de Derecho no era ya para los bolsillos vacíos de su empobrecida familia aristocrática.

Consiguió un empleo en las oficinas del Almirantazgo, y ni sus superiores ni sus colegas repararon en que había entre ellos un león enjaulado.

Maupassant vagaba por las noches por los bulevares, o navegando por el Sena. El Sena era su manía, su amante, su compañero complaciente e irresistible.

Por vinculaciones de parentesco conocía a Gustavo Flaubert, el autor de Madame Bovary, genio bohemio que había hecho experimentos con el arte, así como algunos audaces experimentan con la vida.

Durante siete años, todos los domingos, Guy sometía sus cuentos, poemas y obras teatrales al juicio de este amigo, de grandes mostachos y ojos negros.

Debió transcurrir largo tiempo antes de que Maupassant lograra hacerse escuchar. Sufría de terribles jaquecas, pero se refrescaba zambulléndose desde «algún puente tentador en pleno invierno», para emerger del agua helada gritando alguna obscenidad a los curiosos que formaban corro para observarlo.

«Es el joven más desvergonzado de París», decía todo el mundo. La gente «respetable» de París rehuía su compañía desde que había escrito una comedia licenciosa y la había hecho representar en el estudio de un pintor.

Los terribles dolores de cabeza seguían acosándolo, y cada vez crecían en intensidad. Pasaba hora sufriendo esta molestia, pero, a la postre, volvía a sus novelas.

Recogía historias dispersas de boca de pescadores, campesinos, actrices, mujeres públicas, compañeros de oficina. Cierta vez que comía en casa de Emilio Zola, mientras los comensales perdían el tiempo en discusiones estériles, el anfitrión se puso a discutir los principios de su nueva literatura.

Así nació un cuento del verdadero heroísmo: Bola de sebo, la historia de una mujer de mala vida, a quien los hombres amaban de prisa y despreciaban largamente. En Bola de sebo el autor muestra su desprecio e ironía hacia la estupidez humana.

En otros de sus cuentos, sin embargo, el desprecio truécase en compasión. Ocurre esto en El collar, considerado como la máxima expresión de la literatura imaginativa de Francia.

El collar es la tragicomedia de Madame Loisel, mujer que ha nacido hermosa y pobre, que soñó con príncipes y se casó con un empleado; que fantaseaba con palacios y vivía en una casa de vecindad.

En los años que duró su intimidad con Flaubert, éste le había indicado la triple fórmula del éxito literario:

—Observa —decíale—, observa, y vuelve a observar.

Pero al fin, murió Flaubert.

Maupassant fue el príncipe del cuento corto; sin embargo, por el modo de relatarlo, más que cuento parecía epopeya. Escribió varias novelas, que fueron cuentos breves, y todos sus cuentos breves fueron novelas.

Sus personajes no conocen el consuelo de la religión, ni tienen alma. Y bien; es un poeta que trata de disfrazarse de cínico. Su pesimismo, su precisión científica, su estilo simple, brillante, clásico, es la capa en que se encubre la generación joven que le rodea.

Maupassant estaba enfermo, tenía sífilis. Los millones de lectores que devoraban sus libros no podían imaginarse que las alucinaciones y los fantasmas que aparecían en sus cuentos eran sacados de las horas secretas de su propia vida.

Se sumergía en libracos de medicina y abordaba a cuanto médico le caía a tiro para hacerle preguntas sobre enfermedades.

Vibraban en su sangre estremecimientos de mundos agonizantes. Ahora más que nunca le espantaba la proximidad del invierno. Sentábase tiritando junto a la estufa, y aun en días cálidos tenía el fuego encendido en todas las hábitaciones.

Compró un yate, viajó bajo el sol mediterráneo, tocólas arenas ardientes del África, pero, hiciera calor o frío, tomaba sus apuntes temblando.

El destino escoge a su hermano menor, Hervé —lleno de vida, desprevenido, sereno— para herirle de muerte la mente. Cuando sus familiares le llevaban al manicomio, señaló a Guy gritándole: «¡Eres tú el loco, sí, tú! Tú eres el demente de la familia»…

Comienza luego un período de sus máximas creaciones literarias, cual si hubiese caído de pronto en brazos de dioses invisibles. De las drogas que corrían por sus venas, comenzaron a brotar antes de aniquilarlo las flores de su genio.

Salían de su pluma cuentos del trópico ardiente y silencioso, y de excursiones por el Mediterráneo, cuyas aguas disolvíanse en mundos estelares al embrujo creador del claror lunar.

Han pasado unas horas desde la llegada de Año Nuevo. Maupassant arrima la boca del revólver a su sien y aprieta el percutor. . . ¡El arma está descargada! Toma una navaja, se abre la garganta ,los médicos le vendaron y le restañaron la hemorragia.

Cuando la aurora surgió sus amigos le llevaron frente a su querida mar, en la esperanza de que la vista de su yate, el Bel Ami, le devolviera a la razón.

Contempló unos instantes la embarcación, moviendo los labios como un niño que aprende a hablar. No pronunció palabra. Al cabo, dio la espalda al mar y al yate, mientras su alma comenzaba su viaje celestial.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Guy de Maupassant – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina


Biografia de Thackeray William Vida y Obra Literaria del Autor

Biografia de Thackeray William Vida y Obra Literaria del Autor

Novelista y humorista inglés, uno de los máximos exponentes de la novela realista del siglo XIX, como dejó patente en sus dos obras más conocidas, Vanity Fair y Henry Esmond. Nació el 18 de julio de 1811 en Calcuta (India), en el seno de una acomodada familia de comerciantes.

Al perder a su padre, a los cinco años de edad, fue enviado a Inglaterra, al lado de una tía que vivía en Chiswick. Era un niño de extraño aspecto, «semejaba una calabaza clavada en una pica» decía su tía.

Sin embargo, aquella cabeza «grande y espaciosa» tardó tiempo en dar fruto. En el Colegio de Charterhouse, donde se matriculó como alumno externo, resultó menos que mediocre.

Siempre estaba recriminándose su pereza de hoy y prometiendo aplicación y laboriosidad para mañana. Se matriculó en Cambridge en febrero de 1829, pero abandonó sus estudios antes de licenciarse.

Biografia de Thackeray William
En 1829, ingresó en la Universidad de Cambridge, que abandonó antes de licenciarse para intentar desarrollar su talento literario y artístico, primero como editor de un periódico de corta vida y, más adelante, estudiando arte en París.

Nunca se decidía a hacer nada en firme. Hoy se le daba por traducir a Horacio; mañana por escribir un artículo cómico; pasado, por componer versos satíricos, pero todo lo hacía bien.

Viajó por el continente, visitó museos, teatros, bibliotecas, escribió artículos y poemas, era un joven aristócrata —había heredado 20.000 libras esterlinas— devorado por la ambición de la gloria y poseído de un odio acérrimo al trabajo. Tenía estatura de gigante, rostro de querubín y nariz de payaso.

Pensó en llegar a ser artista o bien escritor y con este propósito empezó a escribir poemas, ensayos y cuentos, que en su mayor parte fueron rechazados.

Le disgustaba no lograr vender su mercancía literaria. Como no podía ingresar en ninguna revista decidió fundar una por su cuenta, The National Standard. Fracasó la revista, y Thackeray siguió acumulando sabiduría por virtud de sus desaciertos.

Mientras Dickens, un año más joven que él, era el benjamín de Londres, Thackeray seguía siendo «ese joven escritor satírico a quien nadie conoce ni nadie lee».

Escribe un cuento espléndido, El gran diamante de Hoggarty, luego solicitó el puesto de director de la Foreign Quarterly Review, pero fue rechazado.

Finalmente, al cabo de doce años de sistemáticos fracasos, le sonrió tímidamente el éxito. La primera de sus composiciones de feliz aceptación fué Bosquejos de Irlanda, del que se vendieron 1000 ejemplares.

La embriaguez de su primer éxito desvanecióse muy pronto, y Thackeray volvió a sumirse en su insignificancia y tristeza.

Continuó escribiendo historietas cómicas, poemas y artículos, que el público retribuía con un puñado de monedas y aplausos dispersos. A la verdad, el público apenas conocía su nombre. En su exagerado amor por el anonimato, había firmado sus trabajos con infinidad de seudónimos: Turnar sh, Yellowplush, Ikey Solomons, Major Gahagan, Folk-stone Canterbury, Goliah Muff, Leonitus Hugglestone, Fitz-boodle, Mrs. Tickletoby, Paul Pindar, Fits-Jeames de la Pinche y Frederick Haltamont de Montmorency.

Ya tenía cuarenta años y permanecía anónimo y oscuro. Sentía cada vez más la amargura de la falta de nombradía. Y en 1847 tanta porfía dio por resultado aquel interesante experimento literario que fue La feria de las vanidades, una novela sin héroes.

El público fue lento en reconocer los méritos del libro. Pero críticos y colegas al punto echaron de ver que marcaba un nuevo jalón en la literatura inglesa.

Thackeray colmaba ahora sus ansias de gloria y gozaba de una situación acomodada, pero estaba lejos de sentirse feliz. Cuando tuvo una casa, quiso una carroza tirada por cuatro caballos; tras esto, jerarquía social, y, finalmente, un escaño en el parlamento. Y, aunque carente de aptitudes políticas, presentó su candidatura para miembro de la Cámara de los Comunes, pero fracasó.

Realizó dos viajes por Norteamérica, de donde volvió lleno de honores e indigestiones. «Ahora que está asegurado el porvenir de mis hijas, me he quitado un gran cargo de conciencia, y puedo respirar libremente por un tiempo.»

Pero no respiraba tan libremente. Seguía inquieto y ansioso por alcanzar mas popularidad y un mejor estrato socio-económico.

Con cada nueva novela aumentaba su renombre y las lenguas de la gente seguían meneándose en su honor.

OBRAS IMPORTANTES DE THACKERAY

El gran diamante Hoggatthy.
Memorias de Carlos Yellow- plush.
Barry Lyndon.
El libro de los Snobs.
La feria de las vanidades.
Pendennis.
Enrique Esmond.
Los newcomes.
Los virginianos.
El viudo Lovel.
Numerosos ensayos y poemas.

Carlos Dickens había sido uno de sus primeros y mejores amigos. Pero habíase suscitado una disputa —entre colegas literarios no es difícil ver una chispa aventada en llama de discordia—, y durante varios años no se hablaron.

Pero una tarde —Thackeray contaba a la sazón cincuenta y tres años—, se encontraron en la escalera del Athenaeum, y Thackeray, impulsivamente, tendió la mano a su colega. Dickens le correspondió sin vacilación y la antigua querella quedó olvidada.

Thackeray debió de presentir la necesidad de apresurarse a saludar y despedirse de su viejo amigo.

En efecto, pocas noches más tarde —el 23 de diciembre de 1863— se acostaba para dormir su último sueño.

El Amo pasaba lista; y Thackeray, al igual que el querido coronel Newcome, el personaje de una de sus novelas, respondía gentilmente: «Adsum — presente«.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Thackeray William – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Hawthorne Nathaniel Vida y Obra del Escritor

Biografia de Hawthorne Nathaniel-Vida y Obra del Escritor

Nathaniel Hawthorne (1804-1864), fue un novelista estadounidense, cuyos trabajos muestran una profunda conciencia de los problemas éticos del pecado, el castigo y la expiación.

Su exploración de estos temas se explica, en gran medida, por el conflicto que produjo en su conciencia religiosa el papel represivo de sus antepasados en el siglo XVII en casos como la persecución de los cuáqueros y los procesos iniciados en 1692 contra la brujería en Salem (Massachusetts).

De estirpe de marinos, sentábase solitario a la orilla del mar y contemplaba apacible la eterna lucha entre la arena y el oleaje. Mientras los demás trataban desesperadamente de trazar sus nombres en la arena, Hawthorne contemplaba cómo la marejada iba borrando aquellos trazos.

Biografia de Hawthorne Nathaniel

OBRAS IMPORTANTES DE HAWTHORNE

Cuentos dos veces dichos.
La granja de Blithedale.
Musgos de una vieja quinta.
La letra escarlata.
La casa de los siete tejados.
El fauno de mármol.
El romance de Dolliver.
Cuentos de Tanglewood.
La imagen de nieve.
El gran rostro de piedra.

Hawthorne dedicó su vida a la observación de este trazar y borrar, que es el humano afán por perpetuarse y transmitir a la posteridad los caracteres antes de que las olas los barran.

Cuando Hawthorne decidió dedicarse a la literatura no ignoraba que estaba sentenciado a una vida de pobreza, sufrimientos e ingratitudes.

Pues la literatura no era en América mercadería negociable, y para los puritanos era tan pecaminoso cortejar a las musas, como jugar a las cartas, beber whisky o besar a la mujer de otro.

Los Hathornes —fue Nathaniel quien le añadió la w al apellido— habían sido capitanes de barcos durante varias generaciones. Por las venas del poeta corría «sangre marinera». Ir al encuentro de lo ignoto constituía una segunda naturaleza en la familia.

Por otra parte, su formación cultural le incapacitaba para dedicarse a los negocios o a una carrera liberal. Su educación le llevó a ser lo que los psicólogos modernos llamarían «un introvertido».

Vivía en el ámbito de sus propios pensamientos. Nacido a la vuelta del siglo (1804), perdió a su padre, un marino, siendo él niño aún. Su madre, junto con Nathaniel y dos niñas, enclaustróse en una solitaria casa de Salem.

A los diecisiete años ingresó en el Colegio de Bowdoin (Maine), donde trabó amistad con dos estudiantes que más tarde habían de influir profundamente en su vida: Henry Longfellow y Franklin Pierce.

En sus estudios académicos corrió la suerte de todo genio cuyo intelecto es demasiado profundo para sus maestros. Por las notas, fue un mal estudiante. Una vez graduado, volvióse a Salem a «soñar con la vida —empleando sus propias palabras— en vez de vivirla».

Escribía cuentos, que luego se leía a sí mismo y echaba al fuego.Leía por la mañana, escribía por la tarde y daba largos paseos por las noches.

Cuando aún era un niño sufrió una grave fractura en una pierna, que le convirtió en un inválido durante varios años, impidiéndole participar en los juegos de los otros niños.

Sensible por naturaleza e influido por el carácter mórbido de la madre, se pasaba los días encerrado en su cuarto, y sólo al caer de la tarde salía a errar por los campos o a orillas del mar.

Hubo una extraña mezcla de su genio, como una lucha constante entre el amor de Dios y el amor del prójimo, y ya se puede apreciar desde la primera de sus obras publicadas, una colección de cuentos conocida bajo el título de Cuentos dos veces dichos (Twice Told Tales).

Uno de los mejores de esta serie es El mayo de Monte Alegre (The May-Pole of Merry Mount). Cuenta la historia de un mozo y una moza que arriban a la fortaleza del puritanismo, en Nueva Inglaterra, conservando aún en sus corazones un resto de paganismo.

Los condiscípulos de Hawthorne iban imponiéndose en el mundo: Longfellow era ya profesor en la Universidad de Harvard, y Pierce ocupaba un escaño en el Senado de los Estados Unidos. Hawthorne, en cambio, seguía a merced de la corriente.

Desempeñó el cargo de pesador de carbón en la Aduana de Boston, pero, con el cambio de presidente (Harrison), perdió su empleo.

Invirtió luego su fortuna, mil dólares poco más o menos, en una granja colectiva (Brook Farm). Sufrió esta vida de campesino casi un año, al cabo del cual volvióse a Salem, con los bolsillos vacíos.

Tenía ahora treinta y ocho años y era una estampa de belleza extraordinaria, rehuía toda compañía, sentíase más cómodo entre los personajes de sus cuentos que entre los habitantes de Salem.

Fuese a vivir a las solitarias alturas y comenzó a transformar la vida en ficción, una ficción, empero, más vivida que la misma vida.

Absorto en su arte, no toleraba las molestias del mundo. En el verano de 1842 contrajo matrimonio con la única mujer —Sofía Peabody— que había de llevar a su existencia la felicidad de una vida lograda plenamente.

Se mudaron a Concord, el pueblo de los recuerdos revolucionarios y los espíritus rebeldes: Bronson Alcott, Ellery Channing, Ralph Waldo Emerson y Henry Thoreau. Allí se sintió algo más cómodo, algo menos alejado de esa vida que al fin y al cabo tenía mucho de común con la suya propia.

Con todo, rara vez abandonaba su tímido aislamiento. Alquiló una casa medio destartalada situada en las afueras de la ciudad. Durante cuatro años vivió frugalmente con los escasos ingresos que le proporcionaban sus escritos, hasta que al fin le favoreció un golpe de fortuna.

Los demócratas habían ganado nuevamente la presidencia, y Hawthorne fue designado entonces Inspector de Aduanas en Salem, con un sueldo de mil doscientos dólares anuales, suma fabulosa para el Salem de 1846.

Mas la suerte sólo le fue propicia hasta 1849.

La elección de Zacarías Taylor para la presidencia significó para Hawthorne la cesantía del empleo que ocupaba.

Quedaba en situación realmente penosa. Contaba apenas cuarenta y cinco años de edad y sentíase ya viejo. Tenía una esposa y dos hijos que mantener, ningún ahorro que le salvase de apuros, y eran nulas las posibilidades de conseguir otro empleo.

Pero tres circunstancias fueron en su ayuda: los ánimos de la esposa, la generosidad de los amigos y la confianza de su editor en su capacidad para producir una obra maestra.

Su esposa encendió el fuego en la estufa de su estudio, le ordenó la mesa de trabajo, le ayudó a ponerse su bata y le hizo sentarse a escribir

A los pocos días un grupos de amigos le informban que «hemos reunido la suma del cheque que tendréis a bien hallar adjunto. Tan sólo os estamos pagando, y en muy desigual medida, la deuda que con vos ha contraído la literatura americana. «

Cierto día que James T. Fields, su editor, fue a visitarle a Salem, y le preguntó si tenía preparado algo para la imprenta… Hawthorne no tenía absolutamente nada, pero sacó de uno de los cajones de su escribanía un fajo de cuartillas.

El editor llevóse consigo los «borrones», y esa misma noche le escribió a Hawthorne una carta entusiasta. Acababa de leer un bosquejo de lo que habría de ser La letra escarlata.

En esta obra la historia no empieza por el principio; Hawthorne emplea en esta novela el método retrospectivo.

El resto de la vida de Hawthorne cabe en pocas palabras. Al ser electo Pierce presidente de la nación, designó a su ex condiscípulo cónsul norteamericano en Liverpool.

Mientras vivió en Inglaterra permaneció al margen de la vida social como lo había estado en su país. Se familiarizó con la historia antes que con los habitantes de Inglaterra.

Al finalizar su consulado, realizó un viaje por Italia, donde, fiel a su costumbre, vivió más en el pasado que en el presente.

Regresó luego a América, donde se hallaba más a gusto que en cualquier otra parte: porque era el linde entre el pasado y el porvenir reflejado en la vida de provincia.

Tan sumido estaba en los problemas de sus pequeños dramas provincianos, que apenas advertía la tragedia nacional que estaba desarrollándose ante sus ojos.

Cuando estalló la Guerra Civil, se limitó a encogerse de hombros, ‘»Apruebo la guerra, pero no sé para qué peleamos».

Pero también él luchaba en una guerra: la del alma humana que lucha por librarse de las ataduras del mundo que la rodea. Describe esa batalla en su obra: La casa de los siete tejados, en la cual los pecados de los padres tejen una red que asfixia la felicidad de los hijos.

En El fauno de mármol vuelve a la carga con su tema favorito del pecado y el sufrimiento: una criatura salvaje y semihumana, que al resugir del pasado se siente abrumada por los serios problemas de la vida del hombre actual. En sus postreros días quiso librar una nueva batalla; la del alma contra los inevitables mandatos del destino.

Es El romance de Dolliver, obra inconclusa. Afanábase en este libro por encontrar el elixir de la vida, la conquista de la muerte, el humano tránsito hacia la inmortalidad; pero la ironía del destino quiso que este novelista-filósofo muriera en el trance de buscar la vida eterna (mayo 1864).
Y con él murió una época intelectual de la historia de Norteamérica.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Nathaniel Nawthorne – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Bryant William Cullen Vida y Obra del Poeta

Biografia de Bryant William Cullen Vida y Obra del Poeta

William Cullen Bryant (3 de noviembre de 1794- 12 de junio de 1878) Nació en Cummington, Massachusetts, Estados Unidos.  Poeta, ensayista, traductor y editor estadounidense, considerado una de las figuras claves del naturalismo norteamericano.

El doctor Pedro Bryant era el médico más estimado de Cummington, y los ratos libres que le dejaba su profesión, los dedicaba a la política local y la poesía.

Cierta vez, Willard Phillips, editor de la North American Review, le sugirió la posibilidad de publicar en la revista una de sus poesías.

Dio la casualidad de que el doctor llevase en su bolsillo un poema escrito per su joven hijo William Cullen, que contaba con diecisiete años. El título del poema era Thanaptosia.

El doctor Bryant pasó en limpio el poema y, sin estampar al pie el nombre del autor, lo llevó a la redacción de la revista. Cuando el sr. Phillips leyó el poema, apenas pudo dar crédito a sus ojos. Corrió a casa del co-editor, Ricardo H. Dana, para leérselo.

Dana le escuchó cortésmente, y dijo al instante: —Phillips, te han engañado. No hay nadie en este lado del Atlántico capaz de escribir esos versos.

—¡Pero yo conozco al que ios escribió. Es el doctor Pedro Bryant, un viejo amigo mío. Es más, en este instante ocupa su escaño en el Senado.

Biografia de Bryant William Cullen

Ni el doctor Pedro Bryant ni ningún otro de los antecesores de William Cullen habían llevado impreso el sello del genio. La mayoría de ellos habían sido gigantes en el sentido físico más que en el cerebral.

De la línea materna habían salido hombres y mujeres de vigor extraordinario.

A los dos días de nacido Cullen (3 de noviembre de 1794) su madre estaba ya en la cocina haciendo una chaqueta para otro de sus niños.

Pero Cullen no heredó el vigor físico de su familia. Era un niño delicado y enfermizo. Su padre debió echar mano de todos los recursos de su ciencia para librarle de una enfermedad tras otra.

Desde muy temprana edad se manifestaron en su organismo síntomas de tuberculosis y no había niño más susceptible que él al menor cambio de temperatura. El padre, decidido a fortalecer su frágil cuerpecito, recurrió a un tratamiento enérgico.

Durante todo el verano no hubo mañana en la que no sumergiera al niño en las aguas frías de una fuente cercana a la casa, «continuando el tratamiento, a pesar de los gritos y protestas del paciente, hasta bien entrado el otoño, de modo que en ocasiones era necesario romper antes el hielo que cubría la superficie de las aguas».

Junto a su cuerpo anormalmente endeble se desarrollaba una mente anormalmente precoz. «Unos pocos días después de cumplir dieciséis meses de vida, ya conocía yo todas las letras del abecedario», nos dice.

Ingresó en la escuela a los cuatro años, desde sus más tiernos años le gustó leer y escribir poesías.

Había descubierto en la biblioteca paterna la traducción de la Ilíada, hecha por Pope, las obras de Spencer y Milton y el teatro de Shakespeare. Y luego su padre le trajo un día un volumen de poesías de Wordsworth.

Hacer por América lo que Wordsworth había hecho por Inglaterra, tal sería en adelante el norte de su vida.

En el otoño de 1810 ingresó en el colegio Williams, una escuelita de reciente fundación y precarios medios, donde el cuerpo docente estaba constituido tan sólo por un profesor y dos preceptores.

Bryant no pudo tolerar durante mucho tiempo la escasez de elementos de estudio y volvió a Cummington con la intención de prepararse por sí solo para ingresar en Yale.

Se aplicó al estudio con ahinco por espacio de varios meses, para llegar al cabo a la conclusión de que su padre no podía costearle los estudios.

Hondamente decepcionado, decidióse por un puesto de pasante como lo más aceptable después de la carrera universitaria. Entró a trabajar en un bufete de Worthington, próximo a su ciudad natal, y tres años más tarde recibía el diploma de «Abogado en Causas Civiles».

Su aversión por los asuntos legales fue la causa indirecta que le indujo a escribir sus más hermosos poemas. Animado de una fuerza y un valor desconocidos para él una tarde, se sentó y escribió el poema: A una cerceta:

Las poesías de Bryant son de calidad excepcional, pero muy escasas. Sus obligaciones de abogado relativamente pobre, le sustraían de continuo a los encantos de la Musa. Y para colmo de males, los pobladores de la región le habían honrado —o mejor sería decir «cargado»— con la secretaría del municipio.

Sus actas pueden verse aún hoy en el Ayuntamiento de Great Barrington. Uno de los asientos tiene particular importancia, pues registra su propia boda con Fanny Fairchild, «la más bella de las mozas de la campiña de Great Barrington».

La había conocido en una «fiesta» del pueblo, y se había enamorado a primera vista de su «hermoso y áureo cabello, su pequeña y grácil estampa». Con ocasión de la boda, Bryant compuso una plegaria, que fue el vademécum del sereno afecto que reinó en la larga existencia que juntos llevaron.

«Dios todopoderoso, te rogamos salvaguardes nuestra felicidad de ahora y de siempre con tu infinita misericordia. Haz que seamos fieles el uno al otro, y que no olvidemos nuestras mutuas promesas de cariño y sinceridad. . . Haz que llevemos una larga e inocente vida feliz, sin que nuestro afecto disminuya hasta la muerte. Haz que nunca haya entre nosotros celos, desconfianzas, indiferencia ni recelo —ni ocasión propicia para ello—; nada que no sea indulgencia, dulzura, confianza mutua y dedicación a la felicidad del otro. Y para que no seamos tan indignos de tamaña merced, ayúdanos a cultivar el bien y la caridad, no gólo en nosotros dos, sino con nuestros vecinos, con la especie humana y con toda criatura viviente.»

A este gran acontecimiento sucedió otro de importancia aún mayor. Bryant recibió una invitación de la Phi Beta Kappa de Harvard para que leyera un poema suyo durante la colación de grados universitarios.

Esto era de por sí una alta distinción para un poeta tan joven. Pero más importante aún que el honor que se le dispensaba era la oportunidad de hacer un viaje a Boston —el primero de su vida, no obstante haber nacido a pocas millas de la ciudad—, y de trabar relación con sus sabios y escritores más destacados.

Conoció allí, entre otros, a John Quincy Adams, Edward Everett, William Ellery Channing, Willard Phillips y Richard Henry Dana.

Pertenecían a ambientes tan dispares como dos polos opuestos. Dana descendía del gobernador Dudley, habíase graduado en Harvard y era miembro del exclusivo círculo social.

Bryant, por el contrario, era vástago de un oscuro árbol genealógico, no se había graduado en colegio alguno y a través de los arrogantes monóculos de los ilustrados intelectuales de Boston, habrá aparecido seguramente cual rústico provinciano.

Pero tenían algo muy grande en común: una pasión rayana en la adoración por la poesía de Wordsworth. Dana se convirtió no sólo en su más íntimo amigo, sino en su consejero literario más atendido.

Le instó a publicar un volumen de poesías, y como el libro tuvo muy buena acogida, le indujo a deshacerse del fardo de su profesión legal; para dedicarse por entero a la literatura.

Bryant tenía treinta y un años cuando se decidió a dar ese paso que había de cambiar por completo el curso de su existencia. Dana y otros amigos le aconsejaron que prefiriera Nueva York a Boston.

Por ese tiempo le abatieron dos grandes desgracias:la muerte de su padre, y de la hermana. Siempre había venerado a su padre, no sólo por ser el hombre que «me enseñó en la niñez el arte de hacer verso», sino porque era un médico que valuaba su éxito más por la gratitud del paciente que por la importancia de sus honorarios.

Para aliviar su congoja, entregóse con alma y vida a su trabajo. Pálido, delgado, «casi diminuto», poseía, en cambio, voracidad por el trabajo. Y una propensión asombrosa para ganarse amigos.

«Tenía una rara simpatía —decía de él un vecino— para conversar con la gente del pueblo, ya fueran labriegos, leñadores o cocheros. Celebraba jovialmente los chascarrillos que le contaban y —seguía diciendo su vecino— sus chanzas tiraban por lo general a lo picante.»

El buen humor era algo innato en él, esa gracia que salva al poeta de degenerar en pedante y jactancioso.

Consumido el capital, los editores suspendieron la publicación del diario.
Ante situación tan desesperada, recurrió Bryant nuevamente a su profesión, obteniendo una licencia para atrabajar el los tribunales neoyorquinos.

La suerte le acompañaba, sin embargo. Entró a colaborar en el New York Evening Post, y siguió allí hasta el fin de sus días.

Como de costumbre, sus ocupaciones editoriales y políticas —el periódico sostenía firmemente a Andrew Jackson— le dejaban muy pocos minutos libres para cultivar la poesía.

Ahorró durante un tiempo merced a la proverbial economía yanqui, y pudo entonces adquirir buena parte de las acciones del diario. Bajo su directiva, el Evening Post llegó a colocarse a la vanguardia del pensamiento liberal americano.

Bryant se ocupó activamente de la formación del partido republicano, en la campaña a favor de Lincoln, en la cruzada por la emancipación de los eeclavos y en el debate por el reconocimiento de los derechos de los trabajadores.

Vivir, dejar vivir y ayudar a vivir, ésa, a su parecer, debía ser la suma del código político, poético y religioso del Nuevo Mundo.

Fue el primero de los poetas nacionales de Norte América. Era norteamericano no sólo en sus paisajes sino en el idioma.

A medida que transcurría el tiempo y florecía el diario, se contentó con su «plato de lentejas», especialmente desde el momento en que se lo ganaba honestamente y lo repartía con generosidad entre los menos afortunados.

Su prosperidad le permitió sacar a sus amigos de múltiples atolladeros, comprar una residencia de campo en Long Island Sound —»un rinconcito encantador, como hecho para un poeta»—, realizar varios viajes a Europa y ver endulzada su vejez al comprobar que al fin se veía libre de cuidados, si no de trabajo.

Ya es anciano, pero sigue trabajando de firme. Cada mañana, a las siete, luego de haberse andado tres millas, comienza su tarea en el Post.

Los últimos años de su existencia han sido los más activos. Con los setenta ya cumplidos, emprendió el más ambicioso de sus proyectos —traducir la Ilíada, y la Odisea— y en el filo de los ochenta concluyó la empresa de «trasplantar las flores de Troya a las riberas del Hudson».

Su vigor seguía intacto, pero su corazón estaba apenadísimo. La muerte se llevaba, año tras año, las mejores espigas del trigal de sus amigos. Y la mejor y más dolorosa de todas, su esposa. Casi le es imposible soportar este último golpe.

Y pronunciando uno de esos inspirados discursos recibe su sentencia de muerte. La estatua del patriota Mazzini acaba de descubrirse en el Central Park. Bryant, con «su hermosa cabeza gris» reluciendo al sol, pronuncia el último párrafo de su arenga… El sol abrasador le marea. Tropieza y cae de espaldas hiriéndose la cabeza.

Por espacio de tres semanas permaneció inconsciente y luego (el 12 de junio de 1878), su corazón grande y sencillo latió por última vez.

LOS MEJORES POEMAS DE BRYANT

Thanaptosia.
A una cerceta.
Himno de la fronda. La fuente.
Los hombrecitos de la nieve.
El venado de patas blancas.
Sella.
Voces de la naturaleza.
Pastoral de otoño.
Las praderas. Una vida.
Las edades.
Muerte de Lincoln.
La violeta amarilla.
La genciana florecida.
La montaña monumental.
El pasado.
Roberto de Lincoln.
A la más bella de las zagalas.
Vagabundeo estival.
El viento del atardecer.
El poeta.
La corriente de los años. Himno a la muerte.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Bryant William Cullen – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Swinburne Charles Historia, Vida y Obra del Poeta

Biografia de Swinburne Charles Historia, Vida y Obra del Poeta

Algernon Charles Swinburne (1837-1909), poeta inglés famoso por sus temas libertarios y su virtuosismo estilístico.

Swinburne nació en Londres y estudió en la Universidad de Oxford. En 1860 publicó los dramas en verso La reina madre y Rosamunda. Se estableció en Londres y comenzó una larga relación con el poeta y pintor Dante Gabriel Rossetti y los escritores William Morris y George Meredith.

Biografia de Swinburne Charles Historia, Vida y Obra del Poeta

De pequeño, cuando estudiaba en Eton, cayó enfermo con el sarampión y su madre acudió a su lado. Sentada junto al lecho se pasaba el día leyéndole a Shakespeare y otras obras clásicas. Recitaba Hamlet saltando en la cama.

Heredó su temperamento apasionado del abuelo paterno, Sir John Swinburne, y la sensibilidad aristocrática, de su madre, hija del tercer conde de Ashburnham.

Tuvo un crecimiento raro y parecía que lo único que crecía en él era la cabeza. Y ésta adquirió un tamaño tan superior al normal, con relación al cuerpo, que cuando se matriculó en Eton parecía una calabaza bamboleándose sobre una zanahoria y hasta daba miedo que se desprenda.

Fue un niño bastante porfiado y en el hogar, cuidaban muy bien de no hacerle el menor reproche, porque entraba en un estado cataléptico que daba temor.

Los ingredientes que formaron al joven poeta fueron cabeza grande y hermosa, envuelta en una aureola de llamas, un cuerpo debilucho, en compensación de lo cual aprendió a tomar posturas desafiadoras y atrevidas, una pasión por la lectura de las grandes obras del pasado, una energía «eléctrica» que le hormigueaba en las carnes de continuo, y unas ansias apasionadas y rebeldes por una total independencia.

Por espacio de tres años estuvo Swinburne flirteando con la idea de alistarse en la caballería. En el invierno de 1856 se matriculó en Oxford, y a poco halló las exigencias de la Universidad tan desagradables como las restricciones del colegio preparatorio.

Le era imposible ajustarse a las normas que rigen la vida del común de los mortales. Tampoco participaba en los juegos ni aparecía en las fiestas de sus compañeros.

A sus profesores no les impresionó su personalidad, y mucho menos sus poesías. Durante el primer año aspiró al premio Newdigate con un poema sobre el Paso del Noroeste. El jurado desechó su trabajo y adjudicó el premio a un tal Francis Law Latham, un joven que como poeta «ascendió como un cohete y cayó como una piedra».

Por otra parte, alimentaba un sordo desprecio por la vida académica de Oxford. Tampoco completó esta vez sus estudios, y los abandonó, lo mismo que en Eton, antes de diplomarse.

Por segunda vez un fracasado, el imperturbable joven poeta accedió al ruego de su padre y se fue a vivir como alumno privado en casa de William Stubbs, clérigo de gran cultura a cargo de la apacible y campestre parroquia de Navestock.

Una tarde, él y su esposa preguntaron al joven qué había de cierto en eso de que escribía poesías.
—-Es verdad —repuso Swinburne—. He emborronado un par de cuartillas en mis horas libres.
—¿Por qué no nos da el gusto de leernos algo? —pidióle la señora Stubbs.
Swinburne subió a su aposento y volvió con un grueso fajo de papel, una larga tragedia histórica en verso libre.

Empezó su lectura la primera noche, y después de media noche llegaba al final. Levantó entonces la vista del papel y preguntó:
—Les ha gustado?
—En general, sí —replicó el reverendo—. Pero para serle sincero, Mr. Swinburne, yo atenuaría algunos pasajes amorosos. Son, ¿cómo le diré?, un poco demasiado íntimos para un joven poeta sin experiencia.

El vicario esperaba que su pupilo reconociera modestamente lo exacto de la observación. Pero lo que siguió fue desconcertante.

Una larga e intensa mirada que terminó en un chillido atroz y diabólico. —¡Eh!, Mr. Swinburne. Mas éste ya había recogido el manuscrito y huía escaleras arriba.

El sol brillaba bien alto al día siguiente cuando Swinburne, con la mirada afiebrada, bajó de su habitación. —Siento lo ocurrido anoche. —Oh, no se preocupe.

Contrajo una cálida amistad con William Morris y Dante Gabriel Rossetti. Rossetti, el brillante pintor-poeta, que pensaba como inglés y sentía como italiano, estaba casado con una bella jovencita. Los tres jóvenes bohemios formaban un trío inseparable, hasta que un día Dante encuentra muerta a su mujer, siendo un enigma hasta hoy las razones de su deceso.


Poco después, otra experiencia dolorosa contribuiría a acerarle el carácter. Se enamoró a primera vista de una muchacha, «graciosa y vivaz», que pareció corresponder con placer sus atenciones, hasta que un día se le ocurrió declararle formalmente su amor, ella se le rió en las narices. . . así como Lady Montagu lo había hecho antaño con Alejandro Pope

Cantó su enlace mítico con el mar en un magnífico poema: El triunfo del tiempo

Mas adelnate publicó su primer volumen, La reina madre, y sentó un precedente sin par; no vendió ni un solo ejemplar. En su «tragedia griega» Atalanta, el primer poema que reveló su «sobrehumana inteligencia y su superdiabólica audacia», atacó a los dioses consagrados en una oda coral de punzante invectiva y soberbia música.

Swinburne era un rebelde pero sin llegar a ser ateo. Los dioses malos contra los cuales lucha no son más que los aspectos nocivos de la naturaleza. Son conceptos supersticiosos de mentalidades primitivas; dioses hechos a imagen del hombre pero del hombre en estado salvaje. Swinburne reniega de esos dioses y de la vida que a su sombra se dea liza. Pero no reniega de Dios ni de la vida. La vida es hermosa, es breve, pero bella.

Por eso, debemos beber la belleza de la vida, bañarnos en su luz, desafiar sus peligros, luchar contra la opresión y hacer frente a los vaivenes de la fortuna con corazón resuelto. «Así se encuentra a Dios: siendo hombre con todas las fuerzas.»

Tal era el credo poético y la concepción filosófica de su vida. Hizo de ella un canto a la primavera; abril corría por sus venas. A pesar de su constitución endeble —más de una vez sufrió ataques epilépticos—, entró de lleno en el turbión de la vida londinense y llevó al verso la fogosidad de sus primeras experiencias.

Una vez, su pasión por el agua casi le cuesta la vida. Sobreestimando el poder de sus débiles extremidades permitió que las olas le internaran más de la cuenta. Y cuando quiso volver a la costa se encontró a merced de ellas, flotando como «corcho indefenso».

Por fortuna, en el momento en que desmayaban sus fuerzas, fue avistado por una embarcación. «Y mientras flotaba hacia la muerte» —contaba más tarde a sus amigos—, pensé que mi volumen de poesías republicanas (Cantos antes de la aurora) estaba listo para la prensa.»

Cada vez se volvía más excéntrico. Si se le ocurría, caminaba por las calles más concurridas de Londres, recitando su poesía a voz en cuello. En una oportunidad fue a pasar unos días en casa de una familia de admiradores suyos.

La dueña de casa, no sabiendo qué hacer para colmarlo de honores, llenóle el dormitorio de lirios japoneses. En medio de la noche, unos alaridos desesperados arrancaron del sueño a los moradores.

Era Swinburne que gritaba: «¡Me han envenenado! ¡Me han envenenado con perfume!

Alarmado ante estas manifestaciones de orate, uno de sus amigos más íntimos, el abogado Theodore Watts-Dunton, le tomó bajo su protección, rescatándolo del torbellino de la sociedad londinense y llevándoselo a vivir en la quietud de Putney, donde le cuidó con la atención que un solícito jardinero prestaría a una flor exótica.

Swinburne vivió con Watts-Dunton treinta años, que fueron los más plácidos de su existencia y a la vez, los menos productivos.

Watts-Dunton no sólo alejó a Swinburne de la excitación de la compañía de los viejos amigos sino también de la de los viejos pensamientos. Su juicio crítico había empezado a fallar, al par que mermaba su facultad creadora. Intentó reverdecer el tronco de sus valores, pero en vano

Su ocaso no fue dejando estela gloriosa. De viejo, una sordera total le aisló por completo del mundo. Y la conciencia de haber perdido sus facultades hacíale sufrir intensamente. «Estoy rancio —escribíale a un amigo—, como algo que ha pasado de moda.»

Su carácter habíase tornado suave. Mucho más amable, pero menos entretenido. Sus últimos años transcurrieron en un desolado desierto espiritual. Iban yéndose sus amigos uno tras otro… pero la muerte no parecía interesarse por él.

En esta última parte de su carrera dedicó sus energías a la crítica y a la poesía. Escribió estudios detallados e imaginativos sobre el drama isabelino en su Estudio sobre Shakespeare (1880) y La época de Shakespeare (1909).

Destacan también sus tragedias en verso Chastelard (1865), Bothwell (1874) y María Estuardo (1881).

LOS MEJORES POEMAS DE SWINBURNE

Atalanta en Calydon,
Erectheus.
Bothwell.
Mary Stuart.
Rosamunda.
El duque de Gandía.
Astrophel.
El triunfo del tiempo.

Dolores.
Tristón de Lyonesse.

La reina madre. Hesperia.
Cantos antes de levantarse el sol.
Baladas de ta frontera.

Las hermanas.
El cuento de Balen.
Oda al cumpleaños.
Oda a la proclamación de la República Francesa.
El último oráculo.
Las manos de un niñito.
El jardín abandonado.
Balada a la Tierra Soñada.
Las Náyades.
Una canción de Italia.
Un siglo de redondillas.


Biografia de Tennyson Alfred Historia, Vida y Obra del Poeta

Biografia de Tennyson Alfred Historia, Vida y Obra del Poeta

Alfred Tennyson (1809-1892), poeta inglés, una de las figuras más representativas de la época victoriana. En sus obras cultivó distintos estilos poéticos, creando algunos de los más bellos poemas líricos de la lengua inglesa.

El Dr. Tennyson era el párroco de Somersby, hombre imponente, física y moralmente. Educó a sus hijos y cultivó sus cerebros en una atmósfera de apacible refinamiento, lejos de toda distracción mundana. Desde su infancia, demostró Alfred una imaginación prolífica y brillante.

Recibió su educación en un salón donde la afabilidad y la cordura eran los caminos mayores, y donde los instintos de rebeldía eran tabú.

En 1827, Tennyson ingresó en el Trinity College de la Universidad de Cambridge, institución que este muchacho no aceptaba… «No nos enseñan nada, no nutren nuestros corazones» , decía a menudo.

Biografia de Tennyson Alfred Historia, Vida y Obra del Poeta
Entre algunas se sus obras, se encuentran la conmovedora prosa acerca del amor y el sacrificio de Enoch Arden (1864), los dramas históricos La reina María (1875), Harold (1876) y Becket (1884), la poesía de Baladas y otros poemas (1880), Tiresias y otros poemas (1885), Deméter y otros poemas (1889) y La muerte de Oenone y otros poemas (publicado póstumamente, en 1892).

A los veinte parecía un semidiós, de alta e imponente figura, rostro y frente nobles, torso poderoso, miembros largos, y regio empaque. Rara vez hablaba ante extraños.

Su partida de Cambridge fue de gran felicidad, partió de allí, confiado y sonriente, hacia las avenidas del futuro. Pero la placentera rutina de su vida había de sufrir una brusca interrupción. Un mes después del regreso a la casa paterna, al penetrar en el estudio del padre. . . hallóle muerto.

Los días en que el dolor era más punzante, Alfred discurría sobre el misterio de la muerte con su amigo y compañero de estudios e ideales, Arturo Hallam.

Arturo fue a pasar las vacaciones a Viena. Escribía asiduamente a Tennyson cartas maravillosas hablándole de las galerías de cuadros de esa ciudad, de sus Giorgione, sus Rafael y sus Ticiano. Pero un día no llegó carta del amigo. En su lugar, un billete del padre de Arturo. «Señor, su amigo, Arturo Hallam, ya no. . . existe.»

Otro duro golpe para Tennyson que estaba sentado a la mesa… ¿Cómo puede decirse ya no existe? «El dedo de Dios le ha rozado y le ha dormido.»

Llevó a su madre y al resto de la familia a vivir en una mansión de Epping Forest. Allí, sentado a orillas del estanque, rodeado de frondoso parque, decidió bucear en lo más recóndito de sus pensamientos.

Su físico soberbio le hacía cultor apasionado del deporte. En verano daba largas caminatas por los bosques umbríos, y en invierno patinaba en el lago con gran habilidad.

Con severa determinación grabó en esa etapa el sello de su futura poesía: «Amordazado el tigre enfurecido, y muerta la serpiente de la pasión».

Pero ya a la segunda tentativa su lira halló eco «en miles de corazones sensibles». Tenía treinta y tres años cuando publicó la colección de versos que incluía Ulysses, Morte d’Arthur, Lancelot and Guinevere y The Lady of Shalott, poemas legendarios de un pasado redivivo,

Carlyle, Fitz Gerald, Spedding —en verdad todos los críticos y amigos—, se sorprendieron ante su notable adelanto. Y Emerson, en América, no titubeó en elogiarlo con excelente crítica.

En la Inglaterra victoriana el «sexo débil» tenía ante la ley menos atribuciones que el hombre y el marido consideraba a la mujer punto menos que un inmueble de su propiedad. Tennyson escribió La princesa, poema en el que se anticipó a la Casa de muñecas, de Enrique Ibsen, y en el que abogaba por la independencia espiritual e intelectual de la mujer en la sociedad matrimonial.

A menudo, el poeta se volvía a los problemas religiosos que tantos nubarrones aportaban a las tormentas de aquellos días. Repetidas veces había visitado la tumba de Arturo Hallam, próxima a donde el mar se estrellaba «contra las piedras grises».

Allí frente a las olas y bajo el azul infinito oyó «los suaves y dulces acordes» de una elegía. Llevó al papel esa música, que tituló In memoriam, «rememorando a Arturo como a él le hubiera gustado que le recordase».

A Tennyson le resulta inconcebible que persona alguna, Arturo en su caso, dotado de la chispa de la inteligencia y del aliento de la vida, pudiera tan de repente esfumarse en la nada, «y dejar de existir».

Según él, la personalidad del que ha huido del cuerpo ha adquirido, al hacerlo, una grandeza nueva y solemne, no menos real a pesar de su transformación. El alma se hermana con los elementos de la naturaleza, ríe con el sol y habla en el quejido del viento. Sin duda que hubo quienes dudaron de esa supervivencia espiritual del alma humana.

Y «si Dios permite la existencia de este fuerte instinto y de esta esperanza universal de vivir otra vida, no hay duda de que hay en ello un asomo de verdad.

No podemos renunciar a esas sublimes esperanzas que están en la esencia del ser hombres».

Tú no nos dejarás en el polvo;
Tú has hecho al hombre, él no sabe por qué,
él cree que no habrá de morir;
y Tú lo has hecho. . . Tú eres justo.

Ningún ser humano muere: ni el hijo que la madre anciana ha perdido en el mar, ni la joven desposada que duerme su sueño eterno bajo el ciprés, ni el niño muerto en las entrañas de la madre, ni el padre que perdió la vida en lejano campo de batalla.

Su gran obra In memoriam descendió sobre el paisaje intelectual inglés como una bella mediodía. Contenía, al decir de los grandes pensadores, «las cosas más satisfactorias que jamás se dijeran acerca de la vida futura».

Para la interminable hueste de gente humilde que subía la empinada cuesta de la vida cargando su fardo de dolores y esperanzas, vino a ser un nuevo evangelio de fe.

Un ejemplar de In memoriam llegó a manos de la reina Victoria, atribulada por la pérdida del príncipe consorte, y más de una lágrima cayó sobre sus versos durante las largas noches de íntimo desvelo.

Se le concedió un título de nobleza en 1884 y, a partir de entonces, ocupó un escaño en la cámara de los lores como barón Tennyson de Freshwater y Aldworth.

Catorce años antes de escribir In memoriam, cuando apenas había dado los primeros pasos de su carrera, concurrió a la boda de su hermano Carlos.

Después de la ceremonia se había inclinado al oído de una de las damas del cortejo —la pálida y graciosa Miss Emily Sellwood— susurrándole tímidamente: «¡Oh, la feliz dama del cortejo nupcial, si pudiera ser mi novia feliz!». Ahora que su fama y su fortuna estaban aseguradas, quiso convertir en realidad aquella invocación de catorce años atrás.

Se casó con Emilia y se dispuso a ser el Gran Sacerdote del culto universal de sus adoradores.

Fué desde entonces el portavoz de la gloria, el fuego y la inspiración de Inglaterra.

Escribió versos conmovedores que daban coraje a los hijos de la patria que luchaban en tierras lejanas y odas augustas honrando a sus muertos. Si bien en el apogeo de su existencia, ya era aclamado como clásico por sus contemporáneos.

Los estudiantes de Oxford guardaban un volumen de sus poesías junto a un texto anotado de Eurípides y algún manual de filosofía escolástica.

Las desposadas lo hallaban entre los presentes de boda. Los oficiales del ejército recitaban a sus soldados los versos atronadores de La carga de la brigada ligera.

Un volumen de sus poesías, puesto al descuido antes de la batalla en la guerrera de un capitán, detuvo una bala que iba a incrustarse en su corazón, salvándole la vida.

Le llovían de todas partes cartas que en transportes de éxtasis le escribían colegialas ruborizadas ante el atrevimiento que se tomaban.

A la muerte del duque de Wellington, escribió una oda fúnebre en la que se lamentaba de la desgracia y «como correcto caballero, con guantes flamantes, enjugábase las lágrimas con pañuelo de fina batista».

En toda una vida de esfuerzos sólo había percibido un fugaz reflejo de la verdad, eternamente oculta tras un velo impenetrable. Todo el resto de su vida había ido a tientas en las tinieblas.

De sobremesa solía dejar su pipa, tomaba algunos versos manuscritos y los leía a los comensales con su «voz de órgano», vibrante y potente. Así leídos, provocaban «en los ojos de Mr. Gladstone resplandor de gloria, y lágrimas en los de George Eliot».

Escalaba la áspera cuesta de los años, pero su recio cuerpo no mostraba señales de abatimiento. A los setenta y cuatro se enorgullecía de que «la mejor parte de él» era más fuerte entonces que a los dieciocho.

A los ochenta y dos desafió a sus amigos a hacer después de él la prueba de «levantarse veinte veces seguidas de una silla baja sin tocarla con las manos».

Y «lo mejor de su corazón» latía cada vez más fuerte por esa mujer que le había dado la ventura de cuarenta años de felicidad conyugal.

En el verano de sus ochenta y tres años celebró con Emilia el aniversario de su casamiento. El poeta obsequió a la «novia» con romero y rosas.Estuvieron tan alegres como el día de la boda, pero Alfred sabía que aquel perfume de la vida podía acabrase en cualquier momento.

No pasaron muchas emanas desde aquel feliz aniversario, paseando por sus jardines se hizo visible que su paso titubeaba. . . y así, más cada día. A poco ya no pudo caminar.

Murió el 6 de octubre de 1892 en Aldworth House, Hazlamere, Surrey.

LOS MEJORES POEMAS DE TENNYSON

Idilios del rey.
In memoriam.
Maud.
Enoch Arden.
Locksley Hall.
La princesa.
La dama de Shalott.
La muerte de Arturo Godiva.
Ulises.
El halcón.
Becket.
La primera disputa.

Las Hespérides.
El sueño diurno.
El arroyo.
La carga de la Brigada Ligera.

Oda a la muerte del duque de
Wellington. Oenone.
El palacio del arte.

La reina María. Rizpah. Haroldo.
La hija del molinero.

Las hermanas.
Nada perecerá.
Demetos.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Alfred Tennyson – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Browning Robert Vida y Obra del Poeta

Biografia de Browning Robert – Vida y Obra del Poeta

Robert Browning (1812-1889), poeta inglés, célebre por haber perfeccionado el monólogo dramático (composición literaria en que el personaje revela su carácter). Nació en Camberwell (hoy parte de Londres). Sólo cursó estudios hasta los 14 años, por lo que fue prácticamente autodidacta.

De niño, era dueño de una colección de animales, lechuzas, monos, erizos, serpeintes, un aguila y sus preferidas lagartijas. Hasta sabía un silbidito especial, para hacerlas salir a la luz… secreto que conservó toda la vida

Era su madre una mujer muy suave y comprensiva, de exótica belleza y ojos y cutis cautivadores. Amaba apasionadamente la música.

Cuando tuvo uso de razón, supo que la madre, esa mujer adorable de piel aceitunada, había venido de las Américas y que en sus venas palpitaba el apasionado ardor del criollo.

Biografia de Browning Robert

El padre de familia de los Browning había sabido formar un confortable nido trabajando en un buen empleo bancario. Era, además, pintor de talento, y muy estudioso.

Robert heredó del padre el robusto optimismo y un físico soberbio. Recibió una concienzuda preparación en lenguas y bellas artes: luego, eludiendo los estudios universitarios, pasó a la Europa continental con el objeto de obtener un diploma algo menos académico B. E. (Bachiller en Experiencia).

A poco de decidirse por la carrera literaria, rebosaba ya de energía creadora. Quería ser el poeta de la vida, la alegría, la aspiración, la esperanza.

Sus comienzos no fueron felices. Escribió un poema —Paulina—, rosa roja como la flor de fuego abierta en el hierro candente. El poema, a pesar de todos sus defectos, llamó la atención de los críticos y de algunos poetas.

Browning era un poeta joven de fuertes y vigorosas pasiones. Su tarea sería la de detallar minuciosamente cada una de esas pasiones. Le encantaban las caminatas nocturnas por el bosque de Dulwich.

En la biblioteca paterna había leído acerca de un hombre llamado Paracelso, el ingenioso médico-filósofo de la Edad Media. Philippus Aureolus Theophrastus Bombastus ab Hohenheim era su nombre de pila.

Cerebro cumbre del medioevo, una inteligencia de miras amplias, oscuras y sinuosas, de poder destructor superior al del diablo y al del hombre, dio a la humanidad el mortífero láudano y exploró en los abismos de la demonología. Era un hombre de ciencia que aspiraba a desentrañar el misterio de la vida… sin contar con el corazón.

En Londes paseaba diariamente largas horas estudiando en la biblioteca del Museo Británico; vivía cerca del Strand para estar en estrecho contacto con los teatros; visitaba periódicamente las exposiciones de la Galería Real… buscando siempre alguna inspiración…hasta que un día enardecido por esa concepción escribió un poema, Pippa Passes (Pipa pasa).

En él relata la historia de una pobre molinerita que por su traza hubiera pasado inadvertida al recorrer las calles del pueblo con una canción en los labios. Pero las notas de su canto llegan a los oídos. ..ya los corazones, de varias personas que atraviesan per un momento decisivo de sus existencias.

Y aunque Pippa desconoce la magia de su canción, no hay ninguno que no sienta renacer sus fuerzas a la vista de un horizonte más bello y de una nueva esperanza.

Dios escoge a la más humilde de sus criaturas para emisaria de su divina voluntad.

Browning, en su intento por penetrar en las tinieblas, escribió un poema sobre el enigma del alma humana, al que los críticos calificaron de «náufrago en el océano de la poesía. . . el verso más oscuro del siglo».

Un amigo que convalecía de una enfermedad, al abrir un ejemplar de Sordello quedó espantado tras de leer las primeras estrofas. Los versos se sucedían sin que llevaran a mi cerebro un solo pensamiento coherente.

Lord Tennyson leyó todo el poema y al cabo dijo con amargura: «Yo sólo he entendido dos líneas, y las dos son mentiras».

Contaba ahora veintisiete años y comenzó una relación con Miss Barrett una mujer poeta, tan audaz como débil, ella se sentía atraída en forma irreprimible hacia el más varonil de los poetas contemporáneos.

Pero debieron pasar dieciocho meses, hasta que Browing pudo conseguir que ella le permitiera visitarla y formalizar así una amistad que se había intimado a través de las cartas.

Al fin, la poetisa concedió la anhelada visitay al poco tiempo e fugaron de la casa polvorienta de la calle Wimpole y en una sencilla ceremonia, se casaron. Al fin juntos, cruzaron el Canal y llegaron a Italia.

La Italia generosa los acogió en su seno y por ella viajaron gozosos, pero en Inglaterra cundía el escándalo, al enterarse de su fuga. Sentado al piano hizo oír un acorde dominante, Browning era un ejecutante de espontánea sensibilidad. Apenas rozaba el teclado, fluía de sus dedos argentado arroyuelo de rizadas fantasías . . .

Hallaba regocijo en la vida de Italia, en las ruinas de su pasado glorioso, en la grandeza de los hombres contemporáneos, en los andamiajes de iglesias inacabadas. Vio una congregación de frailes cumpliendo con los ritos de la orden, como austeras estatuas de piedra. Llevaban cirios encendidos en las manos, …escribió entonces un poema acerca de uno de ellos —Fra Lippo—, un hombre cuya vida fue un constante debatirse entre el fraile y el artista que llevaba dentro, un poeta que pintaba las glorias del cielo y que ansiaba los placeres terrenos.

En otro poema, describió a otro clérigo más mundano, un obispo harto amante de las vanidades terrenas, que se hacía pasar por hombre temeroso de Dios.

Y luego, alejando la vista de los monasterios y los sepulcros, Browning estudia los hogares privados, en los que el destino se complacía en construir tan tortuosas gárgolas. Ventana con ventana vivían una joven y un hombre, que de no ser por los adversos designios de la suerte, hubieran llegado a amarse. El hombre esculpía, y pasaba hambre; la joven cantaba y también pasaba hambre.

Las vidas fracasadas de hombres y mujeres fueron desfilando por sus versos, como un sol desdibujado por las inmensidades azules. Había tantos misterios que develar. El misterio del sufrimiento humano, por ejemplo.

Elizabeth recayó gravemente en su enfermedad de siempre, ya abían pasado quince años desde aquel día inmortal en que se casaran, consagrando el vínculo con la alianza de la eternidad. Cuando murió, el esposo siguió llevando la alianza en su dedo, esa sortija de oro que sería precioso relicario de un amor que no muere.

Browning se hallaba frente a un puesto de libros de lance en la plaza de San Lorenzo. Hurgando entre ellos fue a dar con un librito ajado y polvoriento, fechado en 1698. Contenía el curioso relato de un viejo juicio por asesinato… y esas paginas fueron el origen de la creación de un nuevo libro…

Volvió a Inglaterra y se entregó de lleno a la tarea de escribir su obra maestra: El anillo y el libro. El poema es una historia formada por varios episodios. Uno tras otro van desfilando los varios personajes del drama.

Mudóse al Warwick Crescent y llenó el jardín de faisanes, lagartos y culebras, como en otras épocas. Esta vez lo hacía por Pen, el hijo a quien quería más que a las niñas de sus ojos.

En 1878 Browning regresó a Italia, donde su único hijo se estableció definitivamente. Durante esta última etapa escribió el texto narrativo Idilios dramáticos (1879 y 1880) y Asolando, que se publicó en Venecia el 12 de diciembre de 1889, el mismo día de su muerte.

Si bien durante su vida la fama poética de su mujer fue mayor que la suya propia, Robert Browning está considerado actualmente como uno de los mejores poetas de la época victoriana.

Murió un 12 de diciembre de 1889, en Venecia, Italia.

LOS MEJORES POEMAS DE BROWNING

El anillo y el libro.
Paracelso.
Sordello.
Stafford.
Pippa pasa.
La mancha en el escudo.
Mi última duquesa.
Fvá Lippo Lippi.
Andrea del Sarto.
El obispo encarga su tumba.
Paulina.
Arte y juventud.
El gaitero de Hamelin.
Cómo trajeron la buena nueva.
Incidente en el campo francés.

Pensamientos a la patria distante.
Alegre en el campo, triste en la ciudad. Abt Vogler.
Prospice.
El Rabí Ben Ezra.

Saúl.
Tonadas de caballero,
Hervé Riel.
En un balcón.
El adalid malogrado.
Amor entre las ruinas.
La tragedia del hereje.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Robert Browning – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Keats John Vida Obra Literaria del Poeta

Biografia de Keats John – Vida Obra del Poeta

John Keats (1795-1821), poeta inglés, uno los más sugerentes y de mayor talento del siglo XIX y figura carismática del romanticismo.Nació en Londres el 31 de octubre de 1795, hijo del propietario de una caballeriza.

Estudió en el centro escolar de Clarke, en Enfield, y a los 15 años fue aprendiz de cirujano. Estudió medicina en hospitales londinenses de 1814 a 1816, año en que se hizo farmacéutico aunque nunca llegaría a ejercer esa profesión al decidir dedicarse a la poesía.

Procedía de una familia muy humilde. El abuelo había sido mozo de cuadra. El padre siguió la misma profesión, pero acabó casándose con la hija del patrón. John fue el primero de los hijos de esta pareja.

Biografia de Keats John poeta

Concurrió a la escuela de Enfield, donde, al igual que todos los hijos de familias más o menos acomodadas, estudió latín y se recreó en los lagos de la región.

Pero era más impresionable que el resto de sus condiscípulos, y sus maestros lo calificaban de «criatura apasionada». Pálido, delgado, de poco más de cinco pies de altura, no se arredraba sin embargo ante ningún lance de fuerza, y acometía valerosamente a cualquiera, haciendo valer sus puños a la menor provocación. Pero a la verdad, le interesaban más los libros que las peleas.

Antes de los quince años perdió a sus progenitores. El padre murió a consecuencia de una caída de caballo, y la madre, de tuberculosis. El joven «poeta-luchador» fue puesto bajo la tutela de Mr. Abbey, de Walthamstow.

Por un tiempo inició un aprendizaje de cirujano hasta recibir el diploma de «curador de heridas», luego volvió a la poesía, con el pretexto de que temía «causar daño» en la práctica quirúrgica.

Era un joven obstinado, ebrio de belleza. Nadie osaba contradecir sus opiniones, pues su ira, una vez desatada, acababa en furia incontrolable.

A los veintidós años la heredad paterna le proporcionaba una pequeña renta, con la que vivía, junto con su hermano menor, Tomás, cerca de la «Taberna del Hombre Verde».

Otro de sus hermanos, Jorge, habíase casado y emigrado a América. Y la menor de todos, Fanny, era todavía de corta edad y vivía en la propia casa de Mr. Abbey.

Su hemano Tomás enfermó de tuberculosis y falleció, en su desesperación, sólo atinó a aturdirse, buscó entonces la compañía de las mujeres más jóvenes y bonitas de la sociedad, porque era sobre todo poeta y amaba la belleza.

Su mayor deseo era casarse en seguida con Fanny y pasar la luna de miel en Roma ¡Como sueño de poeta no estaba mal! No podía casarse. Era joven sin medios y sin ocupación, a no ser la de escribir versos.

Y para peor bien pronto habría de convencerse de que su poesía era objeto de burlas en todas partes. Cuando publicó su primer poema, Endymion, fue objeto de duras críticas y burlas. John estaba decidido a perseverar y a triunfar. Sólo un talento mediocre podía detener su desarrollo ante ataques tan «difamantes».

Muchos de sus amigos, entre ellos Percival Shelley, ya hacían oír su voz asegurando que en Endymion había pasajes de genuino vuelo poético.

Su situación financiera hacíase más difícil por momentos. El proceso de su herencia hallábase «congelado» en un pleito interminable. Su hermano Jorge había vuelto de América para recoger el legado que le correspondía a la muerte de Tomás. Y al hacerlo, no sólo había barrido con su porción sino con buena parte de la que correspondía a John, prometiendo devolvérsela en cuanto vendiera una propiedad. Pero el poeta no volvió a ver el dinero.

LLevado por el éxtasis de su pasión, escribió una oda a Santa Inés, la virgen romana de fe cristiana, martirizada durante las persecuciones de Diocleciano.

A juzgar por las antiguas leyendas, los padres de Inés, al ir a orar por ella ante su tumba, se vieron deslumhrados por la visión de la hija nimbada de luz y rodeada de un cortejo de ángeles. En la Edad Media, Santa Inés mártir vino a simbolizar la virginidad, y a proteger a las doncellas puras.

Hasta el crítico más exigente no puso reparos en reconocerlo. Keats no se dejó llevar por los halagos. Sabía que le quedaba mucho por recorrer para llegar a la perfección.

En su empeño por descubrir las realidades de la vida, recorría las catedrales, llevando por única compañera su fantasía. Los elevadísimos techos silenciosos, los canales de arbotantes, las naves pobladas de pilastras y las nervadas bóvedas de la arquitectura gótica, asumían un maravilloso misticismo, al ser iluminados por el resplandor del sol que se filtraba a través de los «vitraux».

Allí podía Keats retrotraerse al pasado y revivirlo con el aliento de una nueva vida y nuevo calor. Escribió un poema a la usanza de las viejas baladas, La belle dame sans merci (La hermosa dama sin merced), una rosa perfecta de su genio, tan fragante como la más perfumada flor de los jardines de la caballería medieval. Y luego escribió La oda a una urna griega, un poema de pagana grandeza.

No sabía una palabra de griego, y sin embargo, con la llave mágica de su genio, desenterró a los muertos venerables haciéndoles respirar en el mundo de los vivos.

Sus poemas habrían de ser inmortales, pero su amor per Fanny Brawne adolecía de todas las faltas de un joven mortal. Su pasión pedía a gritos volcarse en la unión matrimonial, pero su pobre bolsillo hacía imposible tal cosa. Le escribía cartas ardientes de deseo y selladas con dolor. Cuando no se veían, él la acusaba de serle infiel.

Un día de febrero, contaba entonces veinticinco años, mientras viajaba en una diligencia, sintió que le recorría el cuerpo otro de sus frecuentes escalofríos. LLegó a su casa afiebrado y pensó acostarse, pero un acceso de tos le impidió reclinar la cabeza sobre la almohada. Cuando enciende la luz, ve sangre…aquella mancha rojiza era signo de tuberulosis, y penso «Esta gota de sangre es mi certificado de defunción».

En la flor de la vida, esa misma enfermedad se había llevado a la madre, y al hermano Tomás, muerto a los veinte años. Y ahora se preparaba para dar cuenta de un tercer miembro de la familia, que sólo tenía veinticinco años.

Los doctores le privaban hasta de escribir y leer. ¿Tendría que ser éste el fin de toda su lucha? No le quedaba entonces otra cosa que su amor. Como alguien que está a punto de ahogarse, se aferró a la pasión que sentía por Fanny Brawne. Ella era ahora su altar, su sola religión, su única esperanza.

Cuando llegó la primavera para entibiar la campiña inglesa Keats por un tiempo pareció mejorar, pero la ruptura de un vaso sanguíneo volvió a postrarlo.

Inconmovible en su fe de que la verdad es belleza y que la belleza es inmortal, hizo los preparativos del viaje a Italia. Se despidió de Fanny haciéndola partícipe de su esperanza, su fe y su amor.

Una fría mañana sin sol de fines de setiembre el poeta atravesó los muelles del puerto de Londres. Sus amigos le habían buscado un acompañante, un joven artista de nombre joseph Severn.

Juntos subieron a bordo del María Crowther, y después de atravesar el Atlántico en medio de fuerte tormenta, desembocaron en las aguas mediterráneas adormecidas al calor de los rayos de un sol tropical. Keats quedó fascinado ante ese espectáculo jamás visto. Ante sus ojos se extendía Italia que le recibía con el abrazo cegador de un mediodía radiante.

Llegó a Nápoles hecho una piltrafa. El viaje le había fatigado en extremo y vomitó mucha sangre. Shelley, que a la sazón residía en Nápoles, le invitó a pasar el invierno en su casa. Pero Keats declinó el ofrecimiento y siguió camino a Roma.

Cuando llegó a Roma «era un hombre sin pulmones». Su sufrimiento llegaba a lo indescriptible. Con el caer de la noche fue recordando unos versos que escribiera en los breves días de su salud, dedicados a los grandes poetas del pasado. A la tempestad de su espíritu siguió una absoluta placidez. «Álzame un poco, Severn —susurró al fin, con el acento de un niño que está a punto de sumirse en un sueño feliz—, Me estoy muriendo. . . y moriré así, tranquilo.»

Mas al ver el terror pintado en los ojos del artista alcanzó a decir: «No te asustes; ha llegado, gracias a Dios».

Murió el 23 de febrero de 1821 y fue enterrado en el cementerio protestante.

Después de su muerte se publicaron algunos de sus mejores poemas, entre ellos ‘Víspera de san Marcos’ (1848) y ‘La Belle Dame sans merci’ (1888). Sus cartas, consideradas por muchos críticos entre las mejores cartas literarias escritas en inglés, se publicaron en su edición más completa en 1931. En 1960 apareció una última edición.

LOS MEJORES POEMAS DE KEATS

La víspera de Santa Inés,
La víspera de San Marcos.
Hiperion.
Endimion.
Lamia.
Isabela.
Fantasía.
De la Posada de la Sirena.
Al ruiseñor.
A una urna griega.
Psiquis.
Sobre la melancolía.
Bardos de la pasión y la alegría.
Cuando tengo temores.
Al ver él Homero de Chapman.
La langosta y el grillo.
Viendo un rizo de la cabellera ~de Milton.
Estrella fulgente.
En una lúgubre noche de diciembre.
Las estaciones humanas.
Oda al otoño.
Otón el Grande.
Una profecía.
El gorro y los cascabeles.
Soneto a Fanny.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Keats John – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina
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Biografia de Shelley Percy Bysshe Vida y Obra del Poeta

Biografia de Shelley Percy Bysshe

Percy Bysshe Shelley (1792-1822), poeta inglés, uno de los más importantes e influyentes del romanticismo. Nacido el 4 de agosto de 1792, en Field Place, cerca de Horsham (Sussex), estudió en Eton y, tras su expulsión después de menos de un año de permanencia, en la Universidad de Oxford.

Desde muy niño, él aseguraba que podía invocar al diablo, y lo intentaba a menudo. La escuela entera, profesores y alumnos, decidió condenar al ostracismo a aquel rebelde Merlín, que tenía este extraño poder.

A la menor violencia se ponía hecho una furia. Su voluntad era inquebrantable. Y las exigencias del reglamento escolar parecían opresoras coyundas a su mente extraordinariamente impresionable. Recorría los patios del colegio, desdichado, retador, solitario.

Biografia de Shelley Percy Bysshe

Le apodaban «Shelley el Loco» y habían organizado una pandilla para azuzarlo de continuo.Shelley dedujo que la humanidad era una horda de bárbaros con unas leves pinceladas de cultura.

El amigo más íntimo del Dr. Keate era, a juicio de Shelley, Timoteo Shelley, su propio padre. Hombre de escasa educación, estaba empecinado en dar a su hijo la educación de que él carecía. Y hallaba perfecta la clave pedagógica del Dr. Keate de enseñar «a latigazos».

En cuanto a la madre, pizpireta y hermosa, despreciaba a ese niño afeminado que hallaba más placer paseándose por los bosques con un libro entre manos, que empuñando un fusil.

Pero quedaban seis miembros de la familia que le idolatraban: sus cuatro hermanas, su hermano menor y su abuelo, Sir Bysshe.

A lo largo de sus años de adolescente encontró tan sólo otro hombre digno del título de noble: William Godwin. Nunca le había visto, pero le bastó con leer su Justicia política. En efecto, este libro le llegó al corazón con profundidad tal que se convirtió en nuevo evangelio que guiaría sus pasos.

¡En qué mundo ideal tan simple y perfecto viviríamos —meditaba Shelley— si Godwin hubiera sido Dios! Los obreros trabajarían sólo dos horas. Los prejuicios sociales se dispersarían al viento. Sería abolida la religión y la filosofía tomaría su lugar. La esclavitud del casamiento daría paso a la independencia del amor libre.

Su padre le obligaba a ingresar en Oxford. Cuando entró en la Universidad (1810) tenía la traza, las costumbres y el modo de pensar del anarquista. En su cuarto, así como en su persona, todo era desorden. Papeles, libros, camisas, pistolas, poemas, elementos de química y crisoles hallábanse dispersos aquí y allá, por encima del lecho, de las sillas y las mesas.

Pronto fue expulsado de Oxford y regresó a su hogar para encontrar avivado el fuego de su desventura. El padre le había desheredado y estaba en bancarrota. Para completarla se fugó con Harriet Westbrook, la hija de un mesonero. No fue un casamiento por amor sino por simpatía.

Su abuelo obsequió a la pareja una renta de doscientas libras anuales y, lleno de regocijo, los dejó librados a su destino. Se marcharon a Irlanda, en donde Shelley, un galán de diecinueve años, que ni representaba quince, entregóse con alma y vida a la causa de la liberación irlandesa.

Shelley publicó y distribuyó —de su propio peculio— una llamada al pueblo irlandés, en la que instaba a este pueblo a «emanciparse del yugo de la avaricia, la beodez, la injusticia, la ignorancia, la superstición y los temores».

Pero los irlandeses tomaron a Shelley por entremetido y loco. De lo único que querían liberarse era de la dominación inglesa. Tuvieron tomar otro rumbo, ahora la vela apuntó a Inglaterra.

Alquilaron una casa en Lynmouth —Shelley, Harriet y el demonio en persona encarnado en Elizabeth, solterona agria y bigotuda, hermana de Harriet. Entre la mujer que no le comprendía y la cuñada que le atormentaba Shelley estaba a punto de enloquecer.

Halló en su poesía el consuelo de todos los males. . . un mundo de hadas irisado de fantasías.

Decidió escribir una carta a su «faro» Godwin donde le expresaba su interes de conocer a Su Divina Majestad. «Usted se sorprenderá —escribía en la carta— de que un extraño se dirija a usted. Pero el nombre de Godwin ha originado en mí sentimientos de reverencia y admiración. Yo solía considerarle como una luminaria demasiado esplendente para la negrura que le rodea. . .»

Godwin no podía menos de sentirse alborozado ante el homenaje de un desconocido de cuya pluma llameaba fuego tan vivo. Concedida la entrevista, Shelley emprendió viaje a Londres.

Halló en Godwin un dios en miniatura, más bien sucio y bastante barrigón, hostigado por una mujer con «anteojos verdes, de carácter violento y lengua hipócrita», y abrumado por la pobreza y una larga prole fruto de sucesivos matrimonios.

Uno de los vastagos del primero era Mary Wollstonecraft, una adolescente de diecisiete años, de áureos cabellos, rostro agraciado y mente brillante, combinación poco común en un mundo en que la belleza física y moral rara vez marchan de la mano. Se enamoró de Mary y se fugó con ella. No sintió escrúpulo alguno en abandonar a Harriet.

Luego que hubo abandonado a Harriet, trató de que le concedieran la custodia de su única hija, Ianthe, alegando la incuria de la madre y la poca respetabilidad de la misma para atender a su educación. Pero las leyes le negaron tal derecho.

Más aún, la sociedad se puso de lado de la justicia, obligando a Shelley y a Mary Wollstonecraft a librar a Inglaterra de su «perniciosa» presencia.

Dos años más tarde había de afectarle muchísimo el enterarse del suicidio de Harriet.

Los Shelley iniciaron una vida de nómadas gitanos, vida que se prolongaría durante diez años. Sus recursos —el abuelo de Shelley, despues de tantas promesas, había legado sus bienes al hijo y no al nieto— eran bien escasos para hacer frente a sus generosos compromisos.

Ayudaba a Leigh Hunt, el poeta que tenía cinco hijos, mujer regañona, imaginación rica y bolsa muy pobre. Donaba cien libras por año a Peacock, el novelista que necesitaba «pan, manteca y estar libre de preocupaciones», para que su imaginación se mantuviera en olímpico vuelo.

Dio a Charles Clairmont, un simple conocido, el dinero suficiente para casarse con una vieja pobre y vulgar de quien se había enamorado. Y vertía una corriente inagotable de dinero en el abismo sin fondo de la pobreza de Godwin.

Los días de Scheltey transcurrían como en una procesión de despedidas,porque casi todos aquellos seres a quienes más amaba o compadecía con ternura, iban partiendo de este mundo uno tras otro.

Primero Harriet, luego Fanny, la hermanastra de Mary, quien idolatraba a Shelley y quien, no pudiendo lograr su amor, se mató como Harriet. Y en seguida, la tragedia del primer hijo de Mary y suyo, una patética criaturita nacida antes de tiempo, y que murió a las pocas semanas.

Luego, los dos hijos siguientes: Baby Clara —llovía cuando la sepultaron en el Lido—, y Willie. Esta última pérdida le golpeó con más rudeza que las anteriores.

Willie, a quien apodaban «ratoncito», era el hijo predilecto del poeta. Un niñito afectuoso, inteligente, sensible, y algo poeta también.

Completamente embebido en su mundo irreal, vivía como un extraño en el real. Y tanto, que, por lo general, eludía la compañía de los hombres. Se sentía más a gusto entre la naturaleza. La mayor parte de su vida transcurrió en los bosques, y entre montañas, mar y embarcaciones.

Aprendió que una sola ley universal guía el curso de las estrellas en los cielos y los destinos de los hombres en la tierra. Esa ley universal es la belleza, término que llevado al terreno político significa justicia y al de la poesía, amor.

La misión de Shelley era abolir todas las injusticias e «inundar el mundo de amor». Quería liberar a la humanidad de la tiranía del hombre.

Shelley seguía siendo un exilado vagabundo, pero ya no estaba solo. Porque al fin había hallado amigos verdaderos: los Williams, Lord Byron y Trelawny. Los Williams, Eduardo y Ana, formaban una pareja encantadora.

Shelley sentía una atracción irresistible hacia el mar, pero no sabía nadar.Según él, nadar era precaverse estúpidamente de la muerte. Y por su parte, no necesitaba de tal precaución.

No contaba más que veintinueve años cuando murió. Se había hecho a la vela por la bahía de Spezia, en su nueva embarcación, en compañía de los Williams.

De pronto se desató una tormenta que duró tan sólo veinte minutos. Cuando el sol volvió a brillar la embarcación no estaba ya en el horizonte, había sido arrastrada a la deriva.Días más tarde hallaron su cadáver en la costa, y lo quemaron en una pira.

Tres horas más tarde, el corazón era lo único que permanecía intacto. Su fiel amigo Trelawny lo rescató del fuego, y en el intento quemóse gravemente la mano. En el cementerio protestante de la Ciudad Eterna, dieron sepultura a este corazón del que emanara la poesía del eterno amor.

LOS MEJORES POEMAS DE SHELLEY

Prometeo libertado.
Los Cenci. Hellds.
Edipo tirano.
Carlos I.
La sublevación del Islam. Alástor.
La bruja de Atlas.
Adonais (elegía a la muerte de Keats). Reina Mab.
La máscara de ‘la anarquía.
A una alondra.
Oda al viento del Oeste.
A la luna.
Un lamento.
Filosofía del amor.
Himno al espíritu de la Naturaleza.
El sueño del poeta.
Palabras para un aria hindú.
A la noche.

Temo tus besos.
El vuelo del amor.

Invocación.
Ozymandias de Egipto.
A una dama con una guitarra.
La invitación.
La remembranza.
El sueño de lo ignoto.
Música, cuando mueren tos susurros.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Shelley Percy Bysshe – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina


Biografia Coleridge Samuel Taylor Vida y Obra del Poeta

Biografia Coleridge Samuel Taylor -Vida y Obra del Poeta Inglés

Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), fue un poeta, crítico y filósofo inglés, líder del movimiento romántico en su país. Coleridge, hijo de un vicario, nació en Ottery St Mary el 21 de octubre de 1772.

De niño poseyó una imaginación tan fecunda que por momentos llegaba a lo morboso. Jugaba solo y se pasaba el día representando los libros que leía, ya encarnando al Rey Arturo, a Hamlet, a Robinsón Crusoe o a uno de los «Siete campeones del Cristianismo». Era colérico y apasionado, a los ocho años era ya todo un carácter.

A la muerte de su padre, vicario de Ottery en Santa María, Devon, fue enviado a Londres a vivir con un tío suyo. Ingresó en el Christ’s Hospital, allí la disciplina era rígida, la enseñanza severa y la comida escasa.

Biografia de Coleridge Samuel
Entre 1791 y 1794 —salvo un breve período en que, por hallarse muy endeudado, tuvo que alistarse en el ejército— estudió en el Jesus College de Cambridge.

Cuando el tiempo se lo permitía, pasábase largas horas nadando en New River, o tendido en la ribera, de cara al sol.

Por lo general, era de espíritu muy animoso. Porque vivía permanentemente en un mundo de fantasía, a cientos de millas de la amarga realidad.

Después de devorarse el Diccionario médico de Blanchard (escrito en latín), decidió estudiar para cirujano. Pero descubrió entonces a Voltaire, y sus afectos se volcaron hacia la metafísica.

Ahora estaba seguro: sería un filósofo ateo. Pero llegó un día en que su profesor le comunicó que la escuela había decidido enviarlo a Cambridge a estudiar teología. Sería, pues, sacerdote.

A los diecisiete años el maestro habíale extirpado su ateísmo a fuerza de azotes. A los dieciocho años ingresó en la Universidad de Cambridge para sumirse de nuevo en la incertidumbre.

Cursaba el segundo año cuando huyó del colegio y se alistó en un cuerpo de dragones, bajo el nombre de Silas Titus Comberbach. Resultó ser el jinete más torpe del regimiento, incapaz hasta de mantenerse a caballo.

No obstante, era el preferido de todos, por las historias que sabía contar y las poesías que improvisaba.Este mismo talento fué el que le obligó a abandonar la milicia. Pocos días más tarde, Coleridge se vio nuevamente entre sus libros.

Visitando a Oxford Coleridge conoció a un tal Southey , poco después, éste le hacía conocer a su prometida, y Coleridge se enamoraba de la hermana de ésta.

Las señoritas Fricker eran hijas de un industrial que había muerto dejándolas en el desamparo. El impetuoso Southey eligió a Edith, la más joven y obstinada de las dos hermanas, y Coleridge emprendió la tarea de conquistar el corazón y la mente de la más dócil de las hermanas, Sara, una joven de veintitrés años, muy agraciada.

En busca de mejor futuro, ambos se embarcarían para América y allí comprarían un campo, lejos de la maldad del mundo y sin que les molestaran los gobiernos, las contribuciones y las guerras

Southey contaba para solucionar el problema, con una tía muy rica, o mejor, con el criado negro de ésta, Shadrach. Coleridge publicaba su primer volumen de poesías. Confiaban en que este libro les habría de dar para llegar hasta la Tierra Prometida.

La publicación reportó un beneficio de 600 pesos. Esta suma, mísera para la realización de aquel sueño estupendo, resultaba fabulosa para cubrir las necesidades inmediatas de Coleridge.

Abandonó el colegio, se casó con Sarah Fricker y alquiló una casa en Bristol.
En cuanto a Southey, contrajo enlace con la hermana de Sara, aceptó un negocio que le ofreció un acaudalado tío suyo, y fuese a establecer en Lisboa.

Coleridge había decidido labrarse una carrera con su pluma. Contando por adelantado con varias subscripciones, editó un periódico de color político, titulado The Watchman (El Vigía) fundado en el principio de que todos pueden conocer la verdad, y que la verdad puede hacernos libres, pero fracasó a corto plazo.

En su lucha «por el pan y el queso», el poeta se dio a jugar con la idea de difundir el Unitarismo. Para probar sus dotes oratorias pronunció un sermón en la ciudad de Bath. . . ante un auditorio de diecisiete personas. Apenas dijo las primeras palabras, y ya salía el primer fiel de la capilla. A los pocos instantes le seguía otro, y así otro y otro más. . . Cuando concluía el sermón quedaba en el sagrado recinto sólo una anciana…profundamente dormida.

Entretanto, era ya padre de un niño. Los problemas de la vivienda y del sustento urgían ahora más que antes. Por fortuna, un poeta amigo, Thomas Poole, le consiguió una casita en Somersetshire, que podía ocupar por el modesto alquiler de siete libras esterlinas al año.

Sólo a tres millas de su casa, en la aldea de Alfoxden, vivía otro joven soñador: William Wordsworth. Se les veía frecuentemente juntos. A veces, sus vagabundeos se prolongaban hasta muy entrada la noche, lo cual dio pábulo a extrañas habladurías que corrían en boca de los vecinos.

Se murmuraba que eran contrabandistas, que introducían mercaderías de la costa. Otros juraban de que se trataba de espías que tramaban un complot contra el gobierno.

En realidad los «peligrosos revolucionarios» tramaban nada menos que un libro de poemas!. Juntos habían planeado escribir un volumen de poesías que daría por tierra con las normas de la rima aceptadas hasta entonces en Inglaterra.

Coleridge contemplando pensativo las aguas del canal de Bristol desde un malecón derruido, se le ocurrió que su narración tendría por escenario el mar, símbolo y elemento de la peregrinación del alma humana. Su protagonista sería un viejo marino a la deriva, en una embarcación encantada, y «condenado a terrible castigo por haber muerto a un ser vivo».

Cuando La rima del viejo marino salió a luz sorprendió a no poca gente. Había en el poema tal despliegue de imágenes que sólo podían salir de una mente anormal. Eran como sombras fantásticas proyectadas por las llamas del fuego que alimenta el caldero de las brujas.

A nadie le sorprendió que un poeta de tan fantástica visión sucumbiera al mágico influjo del opio. A lo largo de toda su vida le había torturado el reumatismo. Había leído cuanto manual de medicina había llegado a sus manos en busca de alivio para su mal. Al fin, un día, halló el remedio «infalible». Era como un milagro. Los dolores desaparecían al instante.

Adonde fuera, allá llevaba consigo su opio, al principio con toda inocencia. Se sentía revivir. No había nada superior a ese triunfo.

Abandonó familia y amigos, y a bordo de una nave emprendió un viaje a la isla de Malta. Se justificó diciendo que ese viaje por el Mediterráneo era de vital importancia para su salud. Pero lo que en verdad se proponía era alejarse de todos los lazos que le impedían entregarse sin reparos a la droga.

Por un tiempo mantuvo correspondencia con la familia. Luego, guardó silencio. Dos años permaneció lejos de Inglaterra sin responder a carta alguna. La fuente de su hombría estaba seca.

Pero al fin, sus amigos lograron hacerle retornar. Un miembro influyente de la «Royal Institution» hace que le encarguen pronunciar una serie de conferencias sobre bellas artes.

Esta vez, su oratoria obtiene un éxito fulminante. Las calles que llevaban al salón de conferencias estaban atestadas de carruajes pertenecientes a la intelligentsia de la City, que acudía no sólo a oír al brillante orador, sino a contemplar al excéntrico por antonomasia.

Retornó al seno de su familia, y por un tiempo pareció vivir en paz. «He logrado reducir la dosis de opio a la sexta parte de lo que antes tomaba —apuntaba en su Diario—, y mi salud general y mi actividad mental son mayores que las de años pasados.»

Cinco meses permaneció en su hogar. Al cabo, una vez más sin decir palabra a nadie, huye a Londres.

Se presentó humildemente a las puertas del Courier pidiendo un empleo en la redacción. Y de pronto, otra racha de buena suerte. Lord Byron le descubre un drama escrito años atrás.

Se representa la obra y obtiene resonante éxito. Nueva lluvia de invitaciones para dar conferencias. Pero la enfermedad se interpone. Le tortura el reumatismo.

¡ Y al opio, al bálsamo maravilloso! Púsose finalmente al cuidado de un médico amigo, el doctor Gillman, bajo cuyo techo vivió el resto de sus días.

La mayor parte de este período lo pasó sumido en un completo letargo, del que ni siquiera le sacaban las cartas de la familia, que muchas veces dejaba sin abrir. Pero, en las contadas ocasiones en que despertaba de su sueño profundo, reavivaba en sus amigos el recuerdo de su grandeza.

Muchas veces resultaba imposible anotar o recordar algo sustancial de sus conversaciones. Rozaba una cantidad sorprendente de detalles incongruentes y, con rapidez pasmosa, saltaba de una cosa a la otra hasta perderse irremediablemente en una maraña intrincada de conceptos metafísicos.

Poco después de irse a vivir a casa del doctor Gillman, Coleridge gozó del último período de lucidez. Publicó su Cristabel, poema de finas imágenes y sonidos, escrito en el apogeo de su actividad creadora. Pero los oídos de los críticos no hallaron armoniosa su música.

Finalmente, editó en un volumen sus versos, que también se enfrentó con la dura crítical de la desaprobación. «La poesía de Coleridge no es más que la jactancia agorera de su insana fatuidad.»

Su carrera literaria terminaba, así, en rotundo descrédito, Coleridge era un fracasado en toda la línea.

Con el objeto de conseguir un poco de dinero para que Hartley, su hijo, pudiera estudiar en Oxford, decidió volver a sus lides periodísticas.

El tiempo íbase escurriendo de entre las manos. Y cada vez eran más escasos los intervalos que daban luz y significado a su existencia.

Sus contemporáneos lo alabaron por su criterio europeo, y hoy en día se le considera un poeta lírico y un crítico literario de primer orden.

Su teoría de la poesía produjo una de las ideas centrales de la estética romántica: la imaginación poética como elemento mediador entre las diversas culturas modernas. Sus temas poéticos abarcan desde lo sobrenatural hasta lo cotidiano. Sus tratados y conferencias, así como su irresistible conversación, lo convirtieron en uno de los más influyentes filósofos y críticos literarios ingleses del siglo XIX.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Samuel Taylor Coleridge – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Wordsworth William Vida y Obra del Poeta Ingles

Biografia de Wordsworth William-Vida y Obra del Poeta Ingles

William Wordsworth (1770-1850), poeta inglés, uno de los más consumados e influyentes escritores del romanticismo inglés. Su estilo y sus teorías renovaron la literatura poética de su país.

Nacido el 7 de abril de 1770 en Cockermouth (Cumberland), estudió en el Saint John’s College de Cambridge.

Biografia de Wordsworth William
Conforme iban pasando los años, su visión poética se fue enturbiando. Sus últimos poemas, retóricos y moralistas, no resisten la comparación con los de su juventud, aunque en algunos de ellos parece brillar fugazmente el talento de sus primeros días.

Descendía de una familia establecida en Inglaterra desde la conquista normanda. Pasó muchas horas de su infancia escalando montañas o atravesando lagos, y a medida que se familiarizaba con el paisaje de Cumberland, iba desarrollando unos músculos que eran su orgullo y un sentido de la libertad que se rebelaba contra cualquier clase de ataduras.

Cuando salió del hogar paterno para ingresar en la Universidad de Cambridge, era un verdadero montaraz. Los versos que escribió en Cambridge eran triviales y sosos. Su carrera asumía, al parecer, el patrón del perfecto mediocre. Pero un hecho insólito y magnífico le conmovió en lo más íntimo.

Un viaje a París hizo que se hallara en medio de la vorágine revolucionaria. Estaba bajo la tutela de un tío —había perdido a sus padres en la niñez— y éste le quería obligar a seguir la carrera eclesiástica.

Wordsworth, en un arranque de rebeldía, decidió lo contrario. Apenas graduado huyó a Francia para estudiar el francés y lograr así el puesto de acompañante de algún noble, mientras se preparaba para seguir la carrera periodística.

Permaneció en Francia durante dieciséis meses, un período en que el mundo entero se convirtió en un caos. Luis XVI había sido destronado.

En Orleáns conoció a una joven francesa, Annette Vallen. Al principio fue su profesora de francés, luego su amante y, al fin, le hizo padre de un hijo.
Wordsworth decidió volverse a Inglaterra para labrarse una posición y mandar luego por Annette y el niño, pero al tiempo el distanciamiento no solo fue físico sino también afectivo.

En 1802 se casó con Mary Hutchinson una joven respetuosa de los convencionalismos sociales. Poco antes de la boda se trasladó a Francia por última vez y allí, fría y cortésmente, visitó al hijo del amor y a la mujer que había apasionado al hombre y al poeta.

Establecidos en Racedown, Doretshire, a siete millas del Canal, donde merced a la generosidad de un amigo pudieron adquirir una humilde finca.

El vínculo literario entre Wordsworth y Coleridge habíase convertido en íntima amistad, y tanto que Wordsworth abandonó su casa en Dorsetshire para trasladarse a Alfoxden con el objeto de estar más cerca, física y espi-ritualmente, del «mágico urdidor de rimas».

El espíritu de Wordsworth había experimentado un sutil refinamiento, una purificación emocional y, en el sentido artístico, una sublimación de su fe religiosa.

En Alfoxden, Wordsworth planeó con Coleridge escribir un volumen de versos que sería ejemplo de la «fusión del sentimiento con el pensamiento profundo».

Wordsworth se rebelaba por instinto contra Pope y Dryden, que habían engalanado a la musa de la poesía, sencilla por naturaleza, con pomposas galas «ele fastuosa y huera fraseología».

Con su poesía demostraría que un objeto puede ser hermoso de por sí, desprovisto del engañoso ropaje de una rebuscada ornamentación, pues Él (Dios) glorificaría las cosas simples.

No serían sus personajes reyes de leyenda, sino rústicos campesinos de Cumberland. «En poesía, las lágrimas no las derraman los ángeles sino los hombres.»

Los héroes y las heroínas de sus sencillos poemas eran personajes de todos los días, desprovistos de artificio. En todos los pueblos de Inglaterra podían hallarse sus hombres y sus mujeres, relegados a tan triste olvido por los poetas anteriores.

Su libro Baladas líricas era un documento de la revolución social. Porque bajo la calmosa dignidad del sabio bullía el fuego del rebelde apasionado que una vez «había fijado su nómada tienda de campana en las regiones libres» de la Revolución Francesa.

Wordsworth se trasladó a Grasmere, en la región de los lagos, y allí vivió casi constantemente, hasta su muerte. Pero el «instante perfecto» de su inspiración había pasado.

A los treinta y siete años concluyeron para él los «años dorados» de la cosecha. El poeta había callado en él para siempre. Conquistó su fama cual portavoz del liberalismo. Pero a medida que avanzaba la gloria, retrocedía el liberalismo.

Y tanto, que cuando llegó a ser poeta laureado era también el «vate más lleno de convencionalismos de toda Inglaterra». Se había refugiado en el seno de la naturaleza y perdido todo contacto con la realidad de la vida.

El romántico paisaje de lagos y montañas que le circundaba, la increíble tranquilidad en que se desenvolvían sus días, y el aumento siempre constante de su gloria, le habían vuelto afectado, frío, insensible…

A medida que pasaban los años, se reprochaba con más dureza sus entusiasmos juveniles —especialmente la «precipitada relación» con Annette— en «aquella época de envilecimiento general que siguió a la revolución».

Pero se vanagloriaba de haber olvidado esos apasionamientos y sentíase feliz de que Inglaterra también los hubiera olvidado.

Por fortuna para su «respetabilidad» del presente, había tenido años atrás la discreta precaución de destruir en sus cartas y papeles hasta la más mínima referencia a su no muy «respetable» episodio con la joven francesa.

En efecto, ninguno fuera de su familia conocía el episodio; y tan bien guardaron el secreto, que no salió a relucir hasta que los investigadores del siglo XX decidieron explorar el riquísimo campo de la biografía.

Wordsworth perdió su sentido del humor. Censuró acremente los hábitos de cocainómano de Coleridge, y ésa fue la causa por la que rompió aquella amistad entrañable.

Cuando De Guincey, que tenía varios hijos naturales, casóse al fin con la madre de éstos, invitó a Wordsworth a visitarle. . . pero éste declinó la invitación alegando sus principios morales.

Era un reaccionario, no sólo moral sino también políticamente. Hubo una época en la que apoyó el derecho inalienable de una nación para luchar por su independencia, instando al gobierno de su país a prestar toda la ayuda posible a España en su lucha titánica contra Napoleón.

Pero, ya en edad madura, permaneció silencioso e insensible cuando los españoles se rebelaron contra la tiranía de su propio gobierno. Ni se interesó tampoco cuando los italianos se levantaron en bizarro Risor gime uto para liberarse del yugo austríaco.

El poeta liberal de la vieja generación había muerto. El que caminaba ahora sobre esta tierra era su espectro fantasmal.

Hasta el último día de su vida siguió conservando una fe absoluta en el poderío de su inteligencia. Si bien sus mejores poesías fueron obras de juventud, en las postrimerías de su existencia dedicóse a la tarea de revisarlas.

Puso los toques finales al Preludio , un poema autobiográfico relativo al crecimiento intelectual de un poeta, escrito en días en que la mayoría de los hombres hubieran pensado en escribirse su epitafio.

Al fin, su presencia esfumóse como el aroma de un perfume, dejando en el aire la fragancia de sus versos y en el recuerdo, las cavernas de sus ojos desbordantes de luz. . .

Fue en Rydal Mount, el 23 de abril de 1850, y fue enterrado en el cementerio parroquial de Grasmere.

LOS MEjORES POEMAS DE WORDSWORTH

Oda a la inmortalidad.
La excursión.

El preludio.
Acerca de la abadía de Tintern.
Oda al deber.
El guerrero dichoso.
Mi corazón se regocija.
Los fronterizos.
Bl segador solitario.
A una joven escocesa.
Visita a la milenrama.
Otra visita a la milenrama.
A un amigo distante.
Miguel.
Ruth.
Una lección.
El niño idiota.

Peter Bell.
Somos siete.
La espina.
Ella era el fantasma del deleite.
El amor perdido.
La educación de la naturaleza.
Desíderia.
Inglaterra y Suiza.
La pena de Margarita.
El ensueño de la pobre Susana.
Goody Blake y Harry Gilí.
Simón Lee, el viejo cazador.
Lucy Gray, o la Soledad.
Alicia Féll, o la Pobreza.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – William Wordsworth – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Burns Robert Vida y Obra del Poeta Escoses

Biografia de Burns Robert – Vida y Obra del Poeta Escoses

Robert Burns (1759-1796), poeta escocés y autor de canciones populares tradicionales escocesas, cuyas obras han hecho que se le acepte como el poeta nacional escocés y se celebre la “Noche de Burns” (25 de enero).

Nació en una fría noche de invierno, cuando un viento huracanado barrió el techo de la choza de barro, construida por su padre.

biografia de robert burns
Robert Burns es el poeta en lengua escocesa más conocido. Su poema Auld Lang Syne se canta tradicionalmente en los países angloparlantes como himno de despedida

El padre trabajaba de sol a sol siete acres de tierra pedregosa, y aunque apenas podía alimentar a su familia, tenía un corazón «profundamente devoto»; la madre había sido la moza más agraciada de todo Ayrshire, con unos ojazos para ver la belleza y el corazón grande para sentir la poesía.

Hambre, fatiga y miseria eran las tres hadas malas que hilaban la trama de la vida de los labradores escoceses del siglo XVIII. Apenas contaba quince años y ya acusaba síntomas de reumatismo al corazón.

Pero entretanto, era joven, la vida le bullía por dentro y tenía los sentidos alerta. Trabajaba sosteniendo la herramienta con una mano y, con la otra, un libro.

La familia se mudó a otra granja en la ribera norte del río Ayr. Robbie tomó lecciones de baile en el poblado vecino para «pulir» un poco sus rústicos modales. Tenía ahora dieciocho años, curtidos por otros tantos de sol y viento.

Ya con veinte años, cuando estaba entre «lindas mozas» se despojaba de toda su reserva romántica. Vivía y amaba desenfrenadamente. Se asocia a unos aventureros que se dedicaban al contrabando de vino en la costa y hace amistad con un marinero disoluto donde comparten locas aventuras, decuidando el negocios del vino.

Vuelve al hogar con las manos vacías y halló a su padre en el lecho de muerte. Vivió en su casa paterna junto a su madre y hemano, y por un tiempo intentó cumplir con sus obligaciones. Junto con su hermano arrendó una granja de varios acres de extensión, cerca de la parroquia de Lochlea.

Cierto día, paseándose por el pueblo seguido de su perro, se encontró con una jovencita regordeta llamada Jean que tendía su ropa a solear sobre el prado. La había visto una sola vez antes en un baile del pueblo. Desde ese momento estrecharon una gran amistad que al año se materializó en mellizos. Burns quiso casarse con la joven pero el padre de Jean se opuso tenazmente.

Un atardecer apacible, Robert Burns y ora señorita llamada Mary Campbell, uno a cada lado de un claro arroyuelo sosteniendo entre ambos una Biblia, se juraron amor eterno, Luego se separaron para no volverse a encontrar jamás.

Mary Campbell volvió a su pueblo natal, enfermó y murió víctima de una fiebre. Y Burns retornó a la villa para afrontar el castigo que la iglesia le tenía preparado por su «pasatiempo» con Jean.

El padre de ésta había resuelto mandarle a la cárcel. Burns estaba desesperado. El único recurso era huir del lugar…

En ese momento, y el menos pensado Burs fue sorprendido por su fama literaria. El lirismo de sus «escándalos y melancolías , escritos por primera vez sobre trozos de papel usado, se difundieron por el país como reguero de pólvora. «Princesas y campesinos, viejos y jóvenes, altos y bajos, graves y alegres, , . todos por igual se deleitaron, se emocionaron, se exaltaron.

Robbie Burns, en tanto, estaba tan asombrado que no atinaba a otra cosa que a rascarse la cabeza.

Por más que se esforzara, no lograba interpretar esas rarezas de los hombres. La sociedad más distinguida de Edimburgo le invitó a visitar la capital.

Estaban ansiosos por conocer al «labriego de Ayrshire que había compuesto tan emotivos versos». Para ellos, él constituía un motivo de curiosidad, una maravilla que habría de desvanecerse a los siete días.

Si bien deleitaba a muchos poderosos, ninguno le respetaba. Se sorprendían de que un vulgar campesino estuviera dotado de tan rara virtud. Le consideraban algo así corno un capricho de la naturaleza.

En Burns fue gestándose un rencor irrefrenable contra todos ellos. Buscó refugio en las tabernas de Edimburgo, saturadas de ginebra, y allí volvió a hallarse entre los «suyos». Y así, al fin, quedó solo, con su librito de versos y sus sueños amargos.

Cuando partió de Edimburgo era un hombre más triste, y más sabio. Volvió a su pueblo natal decidido a reparar el daño cometido contra Jean Arrnour.

Ahora que su nombre había conquistado fama, el padre de Jean no se oponía al casamiento. Ella se convirtió en una «mujer honesta» y el poeta trató una vez más de volver a la labranza, «la ocupación más apropiada para un hombre honesto».

Se dedicó a cultivar una pequeña granja que llamó Ellisland, era más notable por su belleza natural que por su fertilidad. Cuando el lugar se hizo habitable. Burns mandó buscar a su familia para que trabajasen la tierra y se dedicó enteramente a su empleo de aduanero.

Para cumplir sus obligaciones, debía pasarse el día a lomos de su caballo, cuidando de que no se realizara contrabando a lo largo de la costa del condado. Recorría cientos de millas por día e inspeccionaba los sótanos de los campesinos en busca de toneles de vino introducidos ilegalmente.

Se sentía responsable del mantenimiento de su familia y sobre el futuro de la misma, se preguntaba… ¿Y si alguna vez le desalojaban de esa finca, como lo habían hecho de otras?

El sólo pensarlo le estremecía. Volvería a hallarse sin techo, pero esta vez una esposa y dos tiernos párvulos pagarían con él su culpa. Sus hijos no tendrían tierra para cultivar cuando fueran mayores y no habría avena para su vejez.

Lamentablemente ese día llegó, y Ellisland administrada por el poeta, estaba a punto de sucumbir… Burns no pudo ya pagar el arrendamiento.

Su mujer e hijos se fueron a Dumfriesshire para ahorrarse el dolor de ver el derrumbe del hogar, y él permanece allí para ver cómo se ofrece en subasta hasta la última pieza del moblaje.

Burns se reune con su familia en Dumfriesshire, alquiló una humilde vivienda y continuó con su empleo de aduanero…. tenía mala reputación y la gente no quería saber nada con él,…sentía caer vertiginosamente al abismo.

El contrabando en la costa escocesa estaba tomando mayor incremento. Cierto día, un extraño bergantín hizo su aparición en el Solway. Burns recibió órdenes de observar atentamente sus movimientos.

Pero tan pronto el barco ancló en las escasas aguas, el poeta desenvaino su espada y a la cabeza de una partida de dragones se apoderó de la embarcación y les ordenó la rendición.

Burns compró cuatro cañones y los despachó al gobierno revolucionario francés con un mensaje que expresaba su simpatía por la causa revolucionaria, esa actitud nunca fue bien vista por el gobierno inglés, que no tenía ningun aprecio por la sangrienta democracia del populacho frances.

Está medio loco —declaraban los ciudadanos de Dumfriesshire—, charla sin cesar con esa lengua suelta y grita su admiración por los rebeldes en cada taberna del condado.

Se hallaba más solitario que nunca. Hasta las mujeres de Dumfries le dejaban solo. Hasta la última de las perdidas, una a una, había abandonado al más inútil de los hombres.

Comenzaba a sentir la proximidad de la muerte. Aunque sólo contaba treinta y siete años, se sentía muy viejo. Su corazón ya casi no le respondía. Empezó a prepararse para cuando el momento llegara.

Una noche de invierno, sentado, como de costumbre, con sus amigos en la taberna, díjoles: «Amigos, me voy a morir». Cayó al suelo envuelto en el manto de sus sueños. . . Cuando despertó, seguía haciendo frío, pero ya amanecía.

Arrastrando los pies, se incorporó y echó a andar. Pero le faltaban pocos pasos para llegar a la meta. Había aceptado la invitación de la muerte.

Era un 21 de julio de 1796.

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Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Burns Robert – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina