Biografia de Swift Jonathan

Biografia de Varela Juan Cruz Poeta y Politico Argentino

Biografia de Varela Juan Cruz – Vida y Obra Literaria

Es el más importante poeta del movimiento neoclásico en el Río de la Plata, e históricamente, el primer gran poeta argentino.Nació en Buenos Aires (1794) y se educó en el Colegio de San Carlos.

Se trasladó más tarde a Córdoba e ingresó en la universidad para seguir estudios eclesiásticos. Fue alumno interno del Seminario Conciliar, y en esa época manifestó ya su vocación literaria en un poema amatorio. Pasó luego al Colegio de Montserrat (1815) y se graduó en teología, aunque no recibió los hábitos.

Propúsose luego seguir la carrera de leyes, pero no pudo concluir sus estudios. Regresó entonces a Buenos Aires (1817) y consiguió un empleo en la administración pública.

Biografia de Varela Juan Cruz
A la caída del régimen presidencial de Rivadavia, se exilió en Montevideo. En esta ciudad reunió sus poesías líricas en 1831. Su producción va de la poesía lírica y amatoria de su juventud, a los cantos guerreros de la independencia y a la poesía de inspiración cívica.

Al llegar Rivadavia al gobierno (1826), Varela se declaró abierto partidario de sus ideas reformistas y liberales, y llegó a ser el vocero oficial de la obra de este estadista. Redactó varios periódicos, entre ellos El Centinela.

Por esa época compuso dos tragedias al modo clásico, un saínete y otra pieza de la que se conserva sólo un acto, y también varias de sus poesías.

Fue elegido diputado al Congreso de 1821 y secretario del Congreso General Constituyente de 1826.

Caído Rivadavia, participó en la campaña de oposición al gobernador Dorrego. Se refugió con su mujer y dos hijitas en Montevideo (1829), desde donde parece que no fue ajeno al fusilamiento de Dorrego, pues habría dado consejos en tal sentido al general Lavalle.

En el destierro sobrellevó una vida de penurias y dificultades económicas, sin olvidar por eso su fuerte amor a las letras.

Comenzó una traducción al castellano de La Eneida de Virgilio, publicó otras piezas poéticas, entre ellas su famosa composición contra Rosas, Al 25 de Mayo de 1838, en Buenos Aires, y comenzó a preparar una recopilación de todas sus poesías, que no llegó a editar.

Falleció en la capital uruguaya (1839).

Las poesías de Várela. La recopilación de poesías que Varela había preparado (1831), fue editada muchos años más tarde (1879).

En esta colección, el propio autor desechó numerosas composiciones, sobre todo las amatorias y satíricas en general, con lo que el tomo ha recogido sólo una octava parte de la pro ducción total.

Posteriormente, y por la obra de los críticos, so han recogido y dado a luz otras piezas del poeta.

La producción poética de Varela comprende:

a) poesías eróticas juveniles, de las cuales siguió el ejemplo del griego Ana creante, a través de las imitaciones efectuadas por los españoles Meléndez Valdés, Cienfuegos y Arriaza, sobre todo;

b) poesías civiles sobre las reformas de Rivadavia y el progreso de las cien cías, inspiradas en el filosofismo caracterisico de la época y en las ideas de la Ilustración, las cuales le sirvieron para adquirir gran notoriedad;

c) poesías patrióticas, en las cuales imitó y siguió el ejemplo de los llamados «poetas de la revolución» (Vicente López y Planes, Cayetano Rodríguez, Esteban de Luca .y otros).

El ciclo erótico-amatorio desarrolla los temas de la sentí-mentalidad graciosa y elegante, muy en boga en la época, heredada del siglo XVIII, y en él aparecen los nombres de tres damas, Laura, Delia y Elvira, que son objeto de la pretención amatoria del artista.

De todas estas piezas, la más celebrada es el poemita La Elvira (1817).

El ciclo cívico-filosófico es superior al anterior, y según algunos críticos, lo más logrado de su inspiración.

Gran parte de las iniciativas civilizadoras de Rivadavia son enlazadas en esta serie, como ser los trabajos hidráulicos en la ciudad de Buenos Aires, además de la ideología progresista y liberal de la época, la libertad de imprenta, la reforma eclesiástica, etc.

El ciclo patriótico-revolucionario es, sin embargo, el más acabado y hermoso de su talento.

En él levantó su tono a lo épico, y celebró los triunfos de las armas argentinas en los campos de batalla.

Sobresale, entre todas las piezas de esta serie, su canto Triunfo de Ituzaingó, su composición de mayor significación lírica, que puede relacionarse con el canto a Bolívar del ecuatoriano Olmedo.

Esta composición fue muy elogiada por el propio Bello. Dentro de este ciclo, cabe también la invectiva en verso contra Rosas, Al 25 de Mayo de 1838, en Buenos Aires, compuesta con gran elevación retórica y pasión política.

La ideología del hombre político. A través de la obra de Varela, es patente un contenido espiritual constante.

Su ideario era el común en los pensadores liberales de la época, tanto europeos como americanos, y sostenía sustancialmente el progresismo, el teísmo, la lucha contra el fanatismo, la aversión contra la ignorancia, el antiindigenismo, el antiplebeyismo, el concepto aristocrático del arte, las letras y la cultura, el antiespañolismo y la ideología.

Varela se esforzó en su obra por dotar de un contenido espiritual antitradicional a la Revolución de Mayo, extraer el máximo
ejemplo posible de la cultura europea, a través de las capas sociales altas y cultas, de arriba hacia abajo, al ejemplo del despotismo ilustrado preconizado por la filosofía política de la Ilustración, y asimilar al mismo tiempo las nuevas orientaciones estéticas del prerromanticismo que se anunciaban ya en el panorama literario de Europa.

En la advertencia inicial que el propio Varela compuso para la edición de sus obras, además de explicar los pormenores y vicisitudes de su carrera literaria, incluye unas líneas que valen tanto como un testamento literario:

«Muchos creen poseer lo que se necesita para ser poeta; pero esa posesión es dada a muy pocos, y no me harán entrar en el número de ellos ni el sufragio apasionado de mis amigos, ni el placer con que alguna vez mis compatriotas han leído o escuchado mis versos.

Ellos son, sin embargo, el único caudal que podré dejar a mis hijas; y puede ser que, por este motivo, llegue a ver la luz esta colección algún día.»

Fuente Consultada:Literaratura Española, Hispanoamericana y Argentina de Carlos Alberto Loprete Editorial PLus Ultra

Biografia de Kipling Rudyard Vida y Obra del Poeta

Biografia de Kipling Rudyard – Vida y Obra del Poeta

Kipling Rudyar, considerado «el poeta del imperio», describió en sus obras las costumbres de la India colonial y de sus dominadores británicos. Nació el 30 de diciembre de 1865 en Bombay (India) y a la edad de 6 años fue a estudiar a Inglaterra. Pasó cinco años en un hogar social de Southsea, experiencia detestable que describe en su relato La oveja negra.

Regresó a la India en 1882 y a partir de ese momento trabajó para la Civil and Military Gazette de Lahore hasta 1889, en calidad de editor y escritor de relatos. Sus libros infantiles se hicieron enormemente populares, pero fue por sus relatos por lo que consiguió el beneplácito de la crítica.

Biografia de Kipling Rudyard

Nació el 30 de diciembre de 1865, y pasó su infancia en Bombay, la ciudad de los olores acres, las multitudes ruidosas y los colores «detonantes». A los cinco años, su padre —profesor de escultura en la Escuela de Bellas Artes de Bombay—; le llevó a Inglaterra, dejándole, a él y a su hermana, al cuidado de una parienta; en Southsea.

Los siete años que siguieron, el niño diminuto y miope estuvo sujeto a la rígida disciplina de una mansión victoriana para pasar luego a una rigidez aún más estricta en el United Service College, escuela privada dirigida por militares, y destinada a los futuros oficiales del ejército británico de la India.

En la escuela, lo único que le distinguía del resto, era su precoz bigotito, un «temprano brote primaveral» de negro pelo que, ya a los once años afloraba hirsuto en el labio superior.

Era un devonador de libros insaciable, leía cientos y cientos de dramas clásicos, y novelas de todos los géneros.

A los diecisiete años, una vez graduado en el United Service College, decidióse por cursar estudios en la universidad del mundo. En vista de lo cual, el padre, que a la sazón era director del Museo de Lahore, le consiguió un empleo en la Civil and Miliiary Gasette.

Al cabo de cinco años de aprendizaje fue ascendido a asistente del director del Pioneer, de Allahabad. En sus momentos libres, escribía a vuela pluma poesías y cuentos tan largos como para llenar los blancos que podían quedar en las páginas impresas.

Varios años dedicóse a pintar la existencia pintoresca del Punjab, en minúsculos retratos. Reuniólos luego en dos pequeños volúmenes y, al enterarse de que los ecos de su publicación habían llegado a las puertas de los círculos literarios londinenses, decidió dejar a la India y recorrer el mundo.

Quería ser el periodista de un horizonte más amplio. Pidió a préstamos unos cientos ele rupias y emprendió el viaje.

Después de atravesar los Estados Unidos, desde San Francisco a Nueva York, atesoró sus impresiones de viaje en un libro saturado de ironía y ponzoña, y decidió volver a Inglaterra. Allí conoció a una joven americana, y se casó con ella, se llamaba Caroline Starr Balestier.

Construyó un espacioso bungalow en una de las laderas del Brattleboro en Vermont, y se fueron a vivir bajo el nuevo techo en pleno invierno (febrero 8 de 1892), con temperaturas muy por debajo del cero grado.

El joven poeta llamó a su nido de amor Naulahka, La Joya, en recuerdo de una novela que había escrito en colaboración con su cuñado, Wolcott Balestier. Allí vivieron durante cinco años, quizá los más venturosos de sus vidas.

Tenía una inclinación de su espalda y era debida a su miopía. Como no podía contemplar el horizonte distante, habíase habituado a bajar los ojos para observar más de cerca los detalles y la vida que le circundaban.

Para sus deportes de invierno había inventado un juego, «golf en la nieve», para el cual pintaba las pelotas de rojo con el objeto de localizarlas en la nieve cuando corría tras ellas calzado con botas de goma. Su entretenimiento favorito en las largas noches invernales era representar obritas en un teatro en miniatura que había organizado en Naulakha.

A veces, en el curso de la representación, Kiplíng improvisaba versos que hacían morir de risa a los espectadores. Pero jamás permitió que esos «versos improvisados de sus horas de ocio» se publicaran o escribieran.

En cuanto a sus horas de trabajo, trabajaba en su escritorio diariamente, de nueve a una de la mañana. En estas horas nadie debía molestarlo, y para llegar hasta él debía pasarse antes por un cuartito —la cámara del dragón— donde la señora Kipling, con sus agujas de tejer y su mirada airada, alejaba a cuanto intruso osara perturbar su calma.

En ese estudio escribió Kipling algunos de sus mejores trabajos; decenas de cuentos y poemas, como el Capitanes intrépidos y los Libros de la jungla.

La publicación de los dos Libros de la jungla trajo fama y fortuna a nuestro poeta cuando aun no llegaba a. los treinta. Millones de lectores del mundo entero habían paladeado su «cocktail» literario de sublimidad y slang, y lo habían hallado de su gusto.

Le llovían pedidos de colaboraciones, y más de una vez le faltó tiempo para atenderlas. En una ocasión, el director de Ladies’Home Journal, Edward W. Bok. le solicitó que escribiera un artículo.

El poeta inglés, que no simpatizaba con esa publicación norteamericana, pidió por su trabajo un honorario exhorbitante. Creyó así atemorizar al director, pero se equivocó pues le fue aceptado.

Kipling escribió el cuento sin mucho cuidado conocido como Guillermo el Conquistador, que resultó un éxito.

Kipling no era un hombre con el cual se pudiera convivir fácilmente. Jamás aceptaba el papel de perdedor en una disputa, y su partida de América se debió a una de estas querellas.

Empezó el asunto con una cuestión de límites que entabló con un vecino de su heredad, en Brattleboro. Siguió a esto un desagradable juicio con la secuela publicitaria que es de imaginar, y, en cuanto se falló la causa, Kipling partió de América (agosto de 1896), para establecerse en «su bendito rincón» de Inglaterra.

Tres años más tarde regresó a los Estados Unidos, pero esta última visita había de dejarle muy amargos recuerdos. Odiaba las calles de Nueva York, «con su griterío y su estrépito, sus variados colores, sus cuartos de calor bochornoso y sus habitantes en eterno vaivén. . .»

Pero a tanta incomodidad vino a sumársele un grave ataque de neumonía, que casi le cuesta la vida. Cuando estaba él fuera de peligro, se le murió la hija mayor, Josefina, la pequeña a quien había cuidado la enfermera aquella a la que Kipling obsequiara el original del primer Libro de la jungla.

Poco habló Kipling ele esta muerte, pero a lo largo de toda su vida llevó a cuestas ese tremendo dolor.

Hallándose Kipling al borde de la muerte, el Kaiser alemán envió varios cables interesándose por su salud, El Kaiser, por supuesto, era ajeno al mérito literario de Kipling; pero había oído que este joven poeta inglés pregonaba un credo nuevo y agresivo, una doctrina anticristiana que atraía el corazón imperialista del Kaiser.

Su amor por la patria le llevaba a odiar a todas las demás naciones. Su patriotismo descendía al «chauvinismo» de quienes cantaban a la guerra por el solo hecho de que la patria estaba equipada para hacerla.

No hay que extrañarse, pues, de que el Kaiser se interesara por la salud de este brillante, apóstol de la brutalidad.

Pero seguramente hubiera procedido de muy otra forma de haber sabido que Kipling viviría para atemperar esa concepción agresiva con la gracia salvadora de la compasión. Porque a medida que iba entrando en años acrecían en él la sabiduría y la tristeza.

Dejó de glorificar las victorias del soldado británico y se puso a ensalzar sus virtudes, su determinación en la buena y en la mala «de vivir cumpliendo el deber con estoicismo, con integridad, con alegría».

La conquista puede llevar lejos; el orgullo puede degenerar en arrogancia y el imperialismo, en despotismo. Las simientes de la victoria de hoy pueden germinar en la cizaña de la derrota del mañana.

El alma ele Kipling, como la de Inglaterra, habíase pulido en el sufrimiento. Rehusó ser laureado porque quería, sentirse libre para expresar lo que sentía.

Obtuvo el premio Nobel de literatura (1907) para llegar a la conclusión de que los premios y el amor, eran humo que pronto se disipa. Cuando se desencadenó la Primera Guerra Mundial (1914) el Kipling del Himno se rebeló contra la matanza.

Perdió a su hijo en la guerra y en su corazón se hizo aquel vacío desolado de todos los ancianos que perdieron a sus hijos jóvenes en la lucha.

Bombas, por vidas humanas. Balas, por pan. Fratricidio, por fe. Odio, por esperanza. La Providencia se compadeció de él ahorrándole el dolor y la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial.

Murió en 1936, cuando comenzaban a oírse los alaridos distantes de la agresión nazi.

LOS MEJORES POEMAS DE KIPLING

Himno.
El vampiro.
La balada del Este y del Oeste,
Le bandera inglesa.
Danny Deever.
Tommy.
Fuzzy-Wuzzy.
Canga Din.
A la diosa desconocida.
La nuit blanche.
Mi rival.
Un código de moral. Botín.
Mandalay.
Marchando por la ruta.
La balada de la burla del rey.
Botas.
El caballo del contratista.
La caída de Jock Gillespie.
La última viuda.
La tumba de los cien muertos,
Dalila.
La letanía del enamorado.
El canto de las mujeres.
La viuda de Windsor.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Whitman Walt – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina


Biografia de Whitman Walt Vida y Obra Literaria del Poeta

Biografia de Whitman Walt Vida y Obra Literaria del Poeta

Poeta estadounidense cuya obra afirma claramente la importancia y la unicidad de todos los seres humanos. Su valiente ruptura con la poética tradicional, tanto en el plano de los contenidos como en el del estilo, marcó un camino que siguieron posteriores generaciones de poetas de su país.

El segundo entre nueve hermanos, Walt Whitman nació, el 31 de mayo de 1819, en West Hills, Long Island —o, como él prefería llamarle—, en Paumanok, «la isla cuyo pecho se enfrenta con el mar».

Contaba cuatro años cuando se mudaron a Brooklyn, porque el padre había decidido dejar la labranza por la carpintería. No obstante, los niños pasaban elverano en West Hills, junto a los abuelos.

Biografia de Whitman Walt
La edición de 1855 de Hojas de hierba contenía 12 poemas sin título, escritos en versos largos y cadenciosos que se asemejan a los de la Biblia del rey Jacobo. El más largo y de mayor calidad de ellos, que más tarde recibió el título de «Canto a mí mismo»

Y Walt, en horas enteras de «aventuras» logró intimar con los ríos, los campos y los bosques, y con el más querido de sus camaradas: el mar de perpetua resonancia.

Los meses de invierno se los pasaba remoloneando en las horas de clase, sin aplicarse al estudio de las letras y los números. «Este chico es tan holgazán —decía su maestro Benjamín Halleck — , que estoy seguro nunca llegará a ser nada.»

El padre de Walt pensaba lo mismo. Pretender hacerle continuar los estudios era perder el tiempo. Tendría que conocer el mundo y aprender un oficio honesto…

Dicho y hecho; a los trece fue puesto de aprendiz en una imprenta, Pero allí, como en el colegio, el rapaz siguió dedicándose al dolce far niente.

Se metió a carpintero pero no le gustó. Luego intentó la enseñanza, mas tampoco la halló de su agrado. Al cabo se puso a escribir. Esta vez se encontró a sí mismo.

Tenía veintidós años cuando escribió el primer libro, una novela melodramática sobre la temperancia. Y estuvo a dos dedos de perder su arte, ya que se convirtió en un éxito financiero.

En poco tiempo se vendieron veinte mil ejemplares. Semejante estreno y a edad tan temprana hubiera bastado para trastornar a cualquier otro poeta bisoño.

Esto le indujo a conseguir un trabajo en el periódico Daily Eagle, de Brooklyn. La paga era buena y la tarea simpática. Le agradaba su tarea, pero más le gustaba no hacer nada.

Y muchas veces habría de instar a sus lectores a la holganza. «Gocemos un poco de la vida. ¿O es que Dios ha hecho esta tierra tan hermosa. . . para nada?

Los hombres son las diferentes partes de un cuerpo: la humanidad. No importa que la piel sea blanca, roja, amarilla o negra, siempre serán hermanos. Trató de difundir este pensamiento con enfáticos artículos de fondo en el Magle, y esto le acarreó la pérdida del puesto.

Halló un nuevo empleo en Nueva. Orleáns. La llegada a esta ciudad, la Reina del Sud, señala el «episodio más interesante de su vida». Intimó mucho con una mujer de otra escala social». Según se deduce, la conoció en un baile realizado en el suburbio llamado Lafayette.

Este amor no acabó en casamiento: no sabemos si porque la dama estaba casada o porque su familia le negó el correspondiente consentimiento debido a la situación social y financiera del poeta. Sabemos que fue padre al menos de una de las criaturas de la dama.

Parece que su enigmático idilio de Nueva Orleáns demostró ser el rayo de sol y de dolor que faltaba para hacer florecer su musa poética. A poco de regresar a Nueva York púsose a escribir Hojas de hierba.

La primera edición salió a la luz en 1855. Un solo americano — Ralph Waldo Emerson-— supo desentrañar parte de su grandeza, pero con el correr del tiempo Emerson habría de hallar el lenguaje de Whitman un tanto acre para su delicado paladar.

Con la discreción propia del caballero, Emerson decidió dejar a Whitman librado a sus propias concepciones. Pero desde entonces se inclinó a concordar con el editor de una revista literaria de Boston (Intelligence) quien aseguraba que Whitman era «un loco suelto».

Whitman hablaba de las distintas partes del cuerpo, inspirado por el mismo espíritu con que Dios las ha creado. Sus poemas son una glorificación de la vida, y de todas las fases en que ésta se manifiesta.

Whitman hallaba belleza y beatitud por doquier, porque todo lo examinaba con igual disposición de ánimo. Cada cosa es parte de Dios, es hoja del árbol eterno de la vida cuya savia inmortal fluye por las venas del universo entero.

Whitman cree en la evolución del individuo así como en la de la especie. Cada alma humana realiza un largo proceso de educación: antes de aflorar a la tierra, en su existencia terrena y, después, en el otro mundo. No hay alma que no atraviese por todas esas gradas de perfeccionamiento.

Aquellos que en vida parecen pertenecer a las clases más humildes, son los que cursan estudios más elementales que los otros alumnos aventajados en la escuela democrática de la vida eterna.

Pero a la larga no habrá alma que no logre el título máximo en esa escuela universal, y se gradúe ante Dios. La democracia de Whitman no es una doctrina social o política. Es una religión: la convicción sublime de que cada uno de nosotros alcanzará al fin la perfección.

Walt Whitman fueé quizá el más compasivo de los poetas modernos. Y esa compasión le llevaba a preocuparse continuamente del problema de la muerte. Siempre la elogió.

La Muerte —decía— es el Médico cuya nivea mano borra el último vestigio del dolor humano. Walt Whitman iba muy poco a la iglesia, pero era uno de los poetas más religiosos.

El cuerpo y el alma, dijo, son una sola cosa; y la muerte no es más que la prolongación de la vida. Río de lo que llaman disolución, porque sé que soy inmortal.»

Este nuevo Evangelio de la Democracia Americana glorifica la dignidad del hombre. Cada criatura humana es un alto sacerdote que, si lo desea, puede hablar cara a cara con Dios.

Una nueva era se inaugurará, cuando el hombre se de cuenta de ese hecho. Una nueva religión, más amplia y más acogedora que la antigua, inundará al mundo de amor.

Con esa fe profundamente arraigada en el corazón, ofrece a todos su mano amiga. Les canta «el poema evangélico» de los camaradas y el amor.

En su comunión con la gente, Whitman hallaba un placer inenarrable. No se contentaba con cantar a la camaradería. Era uno de esos pocos hombres que la practicaban en verdad. Se identificaba con el mundo entero, y trataba de darse entero a todos, Cultivar la amistad del humilde era su pasión; y su mano de camarada iba a estrechar la de aquellos que no podían «salir adelante» en la lucha por la vida.

Se pasó todo un invierno guiando el coche de un cochero enfermo. Fiel a las prescripciones planteadas en el prefacio al libro Hojas de hierba, de la edición de 1855, él amaba la tierra, el sol y los animales, despreciaba la riqueza, daba limosna a cuantos la mendigaban, defendía a los tontos y a los débiles, no se quitaba el sombrero ante nadie, conocido o desconocido, y se hacía amigo de todos aquellos que estaban necesitados de amistad.

En él vivía el evangelio de América.

Durante la Guerra Civil, ofrendó su vida en aras de la humanidad, no en el campo de batalla, sino en los hospitales. Su hermano Jorge, alistado en el regimiento 5º de voluntarios neoyorquinos, fue herido en la batalla de Fredericksburg.

Walt acudió a cuidarle al hospital militar de Washington, pero a su llegada, el hermano ya se había repuesto. Sin embargo, quedóse allí para prodigar cuidados al resto de los heridos y a los agonizantes.

Hasta terminar la guerra, ésa fue su tarea diaria. . . y no hubo jamás enfermero más hábil, solícito y tierno. Era compañero, secretario, asistente, consuelo y amigo de sus pacientes.

Hacía milagros, decían los médicos. . . milagros de curación. Unas pocas palabras de aliento, dichas en voz cálida de afecto, lograban a veces devolver a la vida a aquellos que ya se habían resignado a morir, algunos desahuciados hasta de los mismos médicos. Muchos soldados le recordarían años más tarde como «al hombre con la cara del Redentor».

En sus atenciones no hacia distingo entre amigos y enemigos. Todos los dolientes, fueran del norte o del sud, eran «sus hermanos en la desgracia».

Whitman no recibía salario alguno, por su atención de los enfermos. Para ganarse el sustento durante este período, se empleó en el Iridian Burean, del Departamento del Interior. Pero algún entrometido llamó la atención de James Harían, a la sazón Secretario del Interior, sobre la «poesía perniciosa» de Whitman.

Y una noche, mientras el poeta hacía su acostumbrada ronda nocturna por el hospital, Harían abrió su escritorio, halló un ejemplar de Hojas de hierba, leyó de él lo suficiente como para cerrar el libro horrorizado, quedándose con una absoluta incomprensión de los poemas y un concepto pésimo del autor.

A la mañana siguiente, el poeta encontró sobre su mesa de trabajo esta nota: «A partir de la fecha se prescinde de los servicios de Walter Whitman».


En 1 873, Walt Whitman sufrió un ataque de parálisis. Se recobró en parte, pero ya no volvió a ser el mismo de antes, pues su vitalidad permanecería apagada hasta el fin de sus días.

Atravesaba renqueando las ciudades de los hombres. . . cierto crudo día de invierno en que así trataba de obtener algún mendrugo a cambio de pepitas de oro, una viuda anciana, Mary Davis, se apiadó de él; hízole entrar, dióle un buen desayuno caliente y allí mismo se hizo el propósito de prodigarle sus cuidados desde entonces en adelante.

Sus pocos admiradores le compraron una casita —que más se parecía a un cajón— en Camden, Nueva Jersey, donde había muerto su madre y donde a él le hubiera gustado acabar sus días. Se la amueblaron con lo más indispensable: una cama, un cajón para la ropa sobre el que también escribía, dos sillas y una mesa con un hornillo para cocinar su frugal comida. . . eso era todo.

Pero al poco tiempo llegó a llenar la casuca y darle calor de hogar una mujer, Mrs. Davis, quien se mudó allí trayendo sus propios muebles. Walt vivió desde entonces como un «príncipe en sus dominios».

Príncipe de una choza desvencijada. La casa estaba al otro lado de las vías del ferrocarril. La calle era sucia, ruidosa, y apestaba el aire una fábrica de guano cercana. Pero al fondo, había un frondoso peral, a cuya sombra pasaba Whitman las tardes estivales.

Así pasó sus años postreros, recibiendo a sus amigos en la planta baja, en el «salón», cuando podía moverse, y arriba, en su «estudio», cuando sus fuerzas flaqueaban.

Tanto el ‘»salón» como el «estudio» estaban abarrotados de cientos de libros suyos que no habían hallado compradores, libros diseminados sin orden sobre sillas, armarios, mesas y pisos.

Al cumplir los setenta y dos años (mayo 31 de 1891), un grupo de amigos le ofrecieron un «banquete» en su propia casa.

Durante estos últimos años, escribió obras en prosa de gran calidad, como los ensayos Perspectivas democráticas (1871), que se consideran en la actualidad una exposición clásica de la teoría de la democracia y sus posibilidades. Días ejemplares (1882-1883), por otro lado, contiene antiguos textos sobre la guerra de Secesión y el asesinato del presidente Lincoln, y notas sobre la naturaleza, escritas durante su vejez.

Murió un 26 de marzo de 1892 en Cadmen.

LOS MEJORES POEMAS DE WH1TMAN

Canto a mi mismo.
aliendo de Patimanok.
Oigo cantar a América.
Me imperturbe.
Canto al camino.
Oda a Teodoro Roosevelt.
Meciéndose sin fin desde la cuna.
¡Pioneers, oh pioneers!
Sdlut au monde,
A los estados.
Un espectáculo de Broadway
En el «ferry» de Brooklyn
¿Quién aprende toda mi lección?
Una araña paciente y silenciosa,
¡Redoblad, redoblad tambores!
El curador de heridas.
Sobre ta matanza.
Reconciliación.
Adiós a un soldado.
Que haya hoy paz en los campos.
Canto del Universal.
Canto del hacha.
A los que han fracasado.
Cuando las lilas florecieron por
última vez. Del océano rugiente.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Whitman Walt – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Longfellow Henry Vida y Obra Literaria

Biografia de Longfellow Henry

Longfellow Henry fue un poeta estadounidense que figura entre los más populares y celebrados de su época. Nació el 27 de febrero de 1807, en Portland (Maine), y estudió en el Bowdoin College.

Mientras se preparaba para dedicarse a la enseñanza viajó por Europa. Dio clases de lenguas modernas en Bowdoin (1829-1835) y en la Universidad de Harvard (1835-1854).

Más tarde se dedicó por entero a escribir. Murió el 24 de marzo de 1882, en Cambridge (Massachusetts).

Biografia de Longfellow Henry
De acuerdo con los criterios actuales, su obra es tópica en su temática, didáctica en su estilo y carente de fuerza lírica. Su reacción ante la naturaleza y las emociones básicas de la vida hoy parece superficial. Pese a todo, sigue siendo uno de los poetas estadounidenses más populares, principalmente por su sencillez estilística y temática y su maestría técnica.

Nació en la ciudad de Portland, en la abrupta ribera del Maine. Sus antepasados se habían distinguido en la vida militar y jurídica de Nueva Inglaterra.

Su abuelo materno, el general Peleg Wadsworth, había sido uno de los héroes de la revolución y el paterno, un juez famoso; su padre era miembro del Congreso y había sido elector presidencial.

La educación de Henry, fue todo lo aristocrática que correspondía a su estirpe. Desde un principio, se le educó «en las normas del respeto, la obediencia, el desinterés, el temor a las deudas, y en el fiel cumplimiento de los deberes

Era el perfecto caballero de Aristóteles, y respondía al dorado lema: «nada con exceso».

Al ingresar en el Bowdoin ya estaba decidido a seguir la carrera literaria. Su padre, en una carta que le envió al colegio, le instaba a abandonar esa idea, haciéndole notar que no había tanta riqueza en América como para asegurar un porvenir a un hombre de letras.

En cierto momento la cátedra de lenguas vivas del colegio Bowdoin quedó vacante y le fue ofrecida la suplencia para después de graduado, aunque bajo la condición de que antes viajara por Europa a fin de familiarizarse con los idiomas.

Viajó por España, Italia, y Alemania, y dondequiera que fuese le precedía su buen humor. Y tan admirable como su personalidad era su destreza para aprender idiomas. Al cabo de tres años de estudios en el extranjero volvió a su ciudad natal hecho un experto lingüista.

A la sazón contaba veintidós años, un domingo por la mañana, mientras se hallaba oyendo misa, vio a Mary Potter, una compañera a quien hacía largo tiempo no veía, convertida durante su ausencia en bella mujer.

Con dignidad de profesor, hizo que su hermana le presentara a la joven Miss Potter, a quien al poco tiempo, con ardor poético, hacía esposa suya.

Longfellow necesitaba acción. No podía contentarse con ser un simple profesor de lenguas en Bowdoin. Quería intervenir en el incipiente movimiento literario de su país.

Longfellow quería dedicarse, junto con sus colegas, a la formación del alma de la cultura americana. Y, sobre todo, quería crear una literatura americana para el público americano, Pero hasta el presente sus obligaciones profesionales, siempre en aumento, le llevaban la mayor parte del tiempo.

Realizó un segundo viaje por el Viejo Mundo, nuestro lingüista, acompañado ahora por su joven y bonita espesa, viajó por todas partes de Europa maravillado y muy feliz.

Pero no todo sería tan «perfecto», a los pocos meses su amada Mary moría un domingo por la mañana, en Rotterdam, sin dolor, y con apacible resignación. Había dado a luz prematuramente, y a lo largo de tres semanas había padecido una tremenda tortura moral y física.

La desgracia abatió al poeta, dedicóse con ahinco al estudio del alemán, y a los doce meses volvía a su patria para ocupar la cátedra de profesor de lenguas en Harvard.

Llegó a Cambridge en el invierno en que cumplía sus veintinueve años, y fijó su residencia en la histórica Craigie House. Esta vetusta casa colonial había sido el cuartel general de Washington durante el sitio de Boston, en la guerra de la revolución.

En esa enorme casa enseñaba y escribía el poeta. Alrededor de una gran mesa redonda, se sentaban sus discípulos, y él los guiaba graciosamente por «algunas de las indiscretas» frases de los escritores franceses.

Viajaba con frecuencia a Boston y Brooklin pues era un jugador de naipes muy solicitado. En los bailes elegantes nunca dejaba de danzar con las damas de edad. Por fin escogió a una de ellas, para que reinara en su corazón y en su hogar. Siete años hacía que vivía en Craigie House cuando decidió casarse en segundas nupcias.

Esta segunda Mrs. Longfellow, hija de un hombre de negocios de Boston, a quien él había conocido en Suiza a poco de morir su primera mujer, era una joven de «rara inteligencia y de ojos profundos e inefables». Como regalo de bodas, el padre de la joven compró para ellos la mansión Craigie.

El éxito y la prosperidad entraron a raudales en la casa señorial.

Longfellow acababa de publicar un volumen de poesías en las que resonaba el numen de Goethe y la cadencia de las sagas escandinavas.

Pronto anunció su dimisión a la cátedra. Vistió la toga académica por última vez un día de apertura de clases. Pondría una lápida sobre el sepulcro del pasado y abriría de par en par los portales del presente. Las palabras de un poema suyo volviéronle a la memoria: «Mejora sabiamente el presente, que es tuyo «.

En 1884 fue el primer poeta americano en honor del cual fue esculpido un busto en la esquina de los poetas de la Abadía de Westminster en Londres.

El presente se vislumbraba activo, vibrante y encendido de esperanzas, en su propio país, en cada ciudad, en cada pueblo y en cada casa americana.

Se alejó del «Mausoleo de la Universidad de Harvard» y de los amarillentos libros de un mundo cubierto por el polvo de los años, e irrumpió en el mundo de los hombres… , en el resplandor de su gloria.

Sus cuentos sobre el Nuevo Mundo —Evangelista, Hiawatha, El cortejo de Miles Standish— se habían convertido en preciados tesoros dondequiera que se hablara inglés. Con rara unanimidad había sido coronado Poeta del Pueblo.

Era el poeta del hogar, de la serenidad y la paz. Pero más de una vez la nieve, la bruma y el dolor contristan su corazón.

La Muerte visitó con cruel frecuencia su hogar…cierto día la esposa, en la biblioteca, rizaba el cabello de las niñas con un hierro que calentaba en la llama de un cirio; de pronto, la llama le alcanzó su vestido y en pocos instantes su cuerpo era una antorcha viva que huía para alejar del peligro a las niñas. Al día siguiente, moría la desdichada tras atroces sufrimientos.

En tanto los años iban fluyendo hacia la eternidad, Longfellow seguía acosado por la pena interior, si bien mantenía un estado sereno. Su mejor esperanza había sido la de que los años no mermaran su inteligencia ni le troncharan su estro poético.

No se vio defraudado. Las flores de su fantasía manteníanse aún fragantes en el otoño de su vida. A la muerte de la segunda esposa había emprendido una tarea de amor: llevar al verso inglés la Divina Comedia de Dante, porque, al igual que a Dante, habíasele revelado la visión de su Beatriz en el cielo.

Tradujo el poema a razón de un canto por día. En la última visita que hizo a Europa recibió una ovación sin precedentes. Un obrero le detuvo en la calle para recitarle su Salmo de Vida.

De regreso a Cambridge fue proclamado primer ciudadano de la ciudad.

Al cumplirse el cincuentenario de su primera clase en Bowdoin, fuese a reunir con sus compañeros, a quienes leyó un poema que escribiera para la ocasión.

Murió el día 24 de marzo de 1882. Henry Wadsworth Longfellow está enterrado en el Cementerio del Monte Auburn, Cambridge, Massachusetts.

LOS MEJORES POEMAS DE LONGFELLOW

Evangelina.
Hiaiuatha.
El cortejo de Miles Standish.
Cuentos de una posada.
La construcción de un barco.
El esqueleto en la coraza.
El naufragio del «Hésperus».
La hora de los niños.
Un salmo de vida.
Excélsior.
Las voces de la noche.
Himno a la noche.
La ciudad y el mar.
La cruz de nieve.
El arsenal en Springfield.
Misa de medianoche para el año que muere.
El herrero del pueblo.
Doncellez.
Paúl Reveré.
El buque fantasma.
Morituri Salutamus.
Christus.
Traducción de la Divina Comedia de Dante.
Toque de queda.
El sueño del esclavo.
Mi juventud perdida.
La leyenda dorada.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Longfellow Henry – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Hardy Thomas Vida y Obra Litearia del Poeta

Biografia de Hardy Thomas

Thomas Hardy (1840-1928), novelista y poeta inglés del movimiento naturalista, cuyos personajes, retratados con profundidad en su Dorset natal, luchan inútilmente contra sus pasiones y circunstancias externas.

Nacido débil de cuerpo, vigoroso de mente y compasivo de alma, Hardy estaba «condenado» desde el principio a seguir la carrera literaria. De niño, le gustaba observar a los gusanos que pululaban en un estanque cercano a la casa de su padre, en Dorsetshire.

Con el andar de los años volvió la atención hacia esos otros gusanos, más grandes e igualmente impotentes, que bajo formas humanas se despedazaban, multiplicaban y morían en el pantano cenagoso de la tierra.

Decidió, pues, sentarse a la vera del camino, y dedicar su existencia a desentrañar el enigma.

Biografia de Hardy Thomas
El escritor inglés Thomas Hardy fue aclamado por la crítica tanto por su obra poética como por su narrativa. En ambos géneros, se ocupa de asuntos ligados a la vida y al destino de los individuos. Hardy escribió novela, poesía y cuento. Es considerado un escritor regionalista, ya que sus obras están profundamente arraigadas a las tierras del sur de Inglaterra, su país natal.

Al nacer el 2 de junio de 1840 era tan menudo y débil que el médico le dio por muerto, y gracias a una vigorosa palmada de la niñera «volvió» a una vida que había de acercarse a los noventa años.

Sus primeras enseñanzas fueron de puertas afuera de un colegio formal. Conoció las cosas sensibles por el medio directo de sus cinco sentidos; y por un sexto sentido: un cariño entrañable por cuanto le rodeaba.

Su sensibilidad vibraba ante rostros y voces de animales, pájaros y plantas. Sentíase uno en «parentesco de sangre» con la entera Naturaleza, con los vientos y las nubes, las abejas y las mariposas, los gorriones, las ardillas y los corderinos.

A la edad de nueve años las fibras de su corazón vibraban al compás de la gran sinfonía de la Naturaleza. Empezó por entonces su educación formal. Su padre le envió a la «Academia para Jóvenes Caballeros, del Sr. Last», una escuela particular distante tres millas de su casa.

Todos los días, así a la ida como al regreso, se detenía a «charlar un rato» con sus compañeros de juego: las criaturas agrestes de Egdon Heath. Mas por encima de todo le atraía el estudio de los rostros humanos.

En el aula sorprendía a sus profesores la rapidez con que asimilaba los conocimientos. Al graduarse, a los dieciséis años, estaba íntimamente familiarizado con la literatura latina, francesa e inglesa. En especial con las obras de Shakespeare, las que se sabía casi de memoria.

Había llegado el momento de ganarse la vida. Le era necesario aprender un oficio, una profesión… Su padre habíale enseñado a tocar el violín. Pero con eso no se comía. Quedaba otro camino: la arquitectura. El padre era maestro de obra; el hijo podía ser delineante.

Y así Tomás Hardy entró de aprendiz en casa de John Hicks, arquitecto, que tenía sus oficinas en la vecina ciudad de Dorchester.Pero a Hardy no le gustaba dibujar planos. El trabajo le resultaba demasiado mecánico.

Se levantaba a las cinco de la mañana o antes y se pasaba un par de horas «enseñándose» a leer el griego. Tres años más tarde, «conversaba» corrientemente con Esquilo y Homero, así como con los autores del Nuevo Testamento.

Escrbía y enviaba, sus poesías a las revistas y éstas se las devolvían sistemáticamente. No hubo editor que se dignase tocar una, y eso durante muchos años.

Estaba dotado de todo lo que hace al genio poético —ritmo, imaginación, sensibilidad, instinto para la frase adecuada, síntesis expresiva, una magia que «transformaba las palabras en estrellas»— todo, en suma, excepto el fogoso arrebato del inspirado. Hardy no ignoraba esa falla en el arsenal de sus talentos.

Y como arquitecto consumado y poeta a medias, fue a establecerse en Londres, donde consiguió un puesto de dibujante en las oficinas del proyectista de iglesias Arthur Blomfield.

Conoció a una mujer , se enamoró y se casó con Emma Gifford una joven de posición social superior a la suya. Una luna de miel breve y delirante, y una larga vida de incompatibilidades conyugales. Pues nunca llegaron a comprenderse.

Hardy no se quejaba. Trató de dar a su mujer una casa confortable, provista del mínimo de las cosas «indispensables» para una dama de su categoría social.

Las novelas de Hardy están basadas, especialmente, en la fórmula de los amores no correspondidos, fórmula que describe jocosamente Cristóbal Julián en La mano de Ethelberta.

A causa de su actitud cínica respecto de las emociones humanas, Hardy halló difícil al comienzo abrirse camino, así entre el público como entre los críticos. Sus obras fueron cobrando popularidad muy lentamente.

Sólo después de publicadas varias novelas —algunas por su cuenta y riesgo— advirtió el público la existencia de la exquisita suavidad que emergía de una gran tristeza. Ironía y piedad; son las dos notas altas de sus novelas.

Conforme iba entrando en años, mayor iba siendo su ojeriza contra la sociedad, por su injusticia sistemática en detrimento del individuo. Para la Navidad de 1928 escribió un epigrama donde trasuntaba toda la amargura que sentía por el «incurable salvajismo» del hato humano:

¡Paz en la tierra! fué el grito de Sión,
Por verla pagamos de curas un millón
Tras dos mil años de misa, ¡no está mal! ¡Paz!
Envuelta se la traen en gas letal.

Hardy ardía de indignación por el asesinato de cuerpos y almas humanos. Vez tras vez tocó el tema en sus novelas postreras. Los castigos que la sociedad inflige a los errores de sus miembros trascienden los límites de la decencia y la justicia humanas.

Escribió Teresa de los D’Urberville , y antes las críticas decía: «Como quiera que sea, he puesto en el libro lo mejor de mi alma y mi pensamiento».

Y también puso lo «mejor de su alma y su pensamiento» en otro libro —Jud el Oscuro—, que le premiaron con un torrente aún mayor de vituperios.

Un profesor norteamericano tachó a Jud el Oscuro de «libro condenable como pocos» de los muchos que en su vida había leído. Un conferenciante inglés quemó el libro en público.

La señora Grundy —con faldas o pantalones— alzaba los brazos al cielo. Hardy había osado presentar la verdad sin rebozo.

Cuando se publicaron extractos del libro en una revista, Hardy se vio obligado a mutilar personajes y situaciones, despojándolos de vida y personalidad. Su nombre dejaba ya de ser respetable.

Los editores, o rechazaban sus obras o las volvían a escribir «adaptándolas a la sensibilidad de sus lectores».

Hardy estaba lleno de indignación. «He vivido en el engaño —decía— de estar escribiendo para lectores inteligentes.» Su prosa era demasiado fuerte para los estómagos nerviosos del siglo XIX. Decidió volver a la poesía.

Escribió y publicó ocho volúmenes de poesía lírica, y un poema dramático sobre la vida de Napoleón —Los dinastas—. Gradualmente fué recobrando su buen nombre. Ahora, por fin, nadie lo leía, y todos le admiraban.

Su vida iba deslizándose serenamente en una vejez sólo contristada por la pérdida de su esposa. Fue un duro golpe para él, a pesar de las desavenencias conyugales.

Y después de la tormenta, la calma. En 1914 volvió a casarse con Florence Dugdale ; y, por una vez siquiera, el otoño y la primavera —él tenía 74 y ella 35— se combinaron en una armonía de perfecto unísono.

Dugdale se convirtió en su segunda mujer, quien se ocuparía de redactar la biografía del escritor después de su muerte, el 11 de enero de 1928. Un apacible y prolongado ocaso acabó el largo día de la vida del poeta, dejando tras de sí un dulce recuerdo y un noble pensamiento.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Thomas Hardy – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Guy de Maupassant Vida y Obra Literaria del Autor

Biografia de Guy de Maupassant

Guy de Maupassant (1850-1893), fue un autor francés considerado como uno de los grandes maestros del cuento de la literatura universal. Nació en el castillo de Mironmesnil, en Normandía y estudió en Yvetot y Ruán.

Durante su juventud fue miembro de un grupo literario surgido en torno al célebre novelista Gustave Flaubert, que era íntimo amigo de la familia.

Por la línea paterna descendía de una familia aristocrática venida a menos; por la materna, de una línea de plebeyos encumbrados por virtud de sus talentos artísticos.

Corría en sus venas extraña mezcla de elementos: el fuego de la lascivia, la sensibilidad de la imaginación, la amargura de la desilusión y la fría y rítmica cadencia del mar de Normandía.

Su padre era un libertino por cuya vida pasaron mujeres de alta condición. Su madre era una soñadora que se calentaba en la llama de un recuerdo, el de su hermano, cuyo genio poético había sido tronchado por una muerte prematura.

Biografia de Guy de Maupassant
La primera obra importante de Maupassant fue el cuento ‘Bola de sebo’ (1880), incluido en el volumen Las veladas de Médan y considerado su obra maestra en ese género.

OBRAS IMPORTANTES DE MAUPASSANT

Obras dramáticas.
El cordel.
Versos.
El collar.
Bola de sebo.
Bel-Ami.
Mademoiselle Fifí.
Pedro y Juan.
Una vida.
Nuestro corazón.
Yvette.

Guy exploraba las grutas de la costa, con dos perros pegados a los talones, y convencía a los pescadores para que le llevaran mar adentro a pescar caballas a la luz de la luna.

Tomaba parte en los juegos de los campesinos normandos, en aquella bruma gris atravesada por un cierzo que soplaba del mar, cual hálito de vida.

Bailaba con las bellas muchachas en las fiestas campestres, mientras los violines reían bajo los manzanos, y en la procesión nocturna marchaba al par de los hombres que llevaban sus hachas de viento cual rojas serpientes flamígeras.

Gustaba de probar un bocado de queso y un trago de sidra con cualquier amigo o forastero con quien se encontrara en la posada, trazaba fantásticos planes con los «lobos de mar» al borde de los acantilados, y desde allí miraba con los binóculos allende la lejana línea azul del horizonte.

Su madre aenas adolescente, le envió al seminario de Yvetot, pero Guy no tenía vocación por el sacerdocio. Abría las cubas de vino en la bodega del Padre Superior del Convento y convidaba a sus condiscípulos a beber, a costa de cien misas. Unas pocas travesuras más, y fué expulsado. . . recobrando su libertad.

A los dieciséis años tuvo su primera amante. Llamábase a sí mismo «glotón del dulce de la vida». En el Liceo se preparó para sus estudios de abogado y se las compuso para recibir notas «pasaderas».

Pero llegó el año 1870, y la invasión prusiana por Sedán. Ingresó en la dirección de abastecimientos del ejército francés. Aquella vida no tenía nada de divertida; pero mientras precedía a las tropas francesas en retirada, leía a Schopenhauer, escribía poesías amatorias y soñaba sueños de venganza contra los alemanes. Su genio fue templándose entre el hielo del odio y el fuego del amor.

Y al terminar la lucha, marchó a París en busca de trabajo. Porque la carrera de Derecho no era ya para los bolsillos vacíos de su empobrecida familia aristocrática.

Consiguió un empleo en las oficinas del Almirantazgo, y ni sus superiores ni sus colegas repararon en que había entre ellos un león enjaulado.

Maupassant vagaba por las noches por los bulevares, o navegando por el Sena. El Sena era su manía, su amante, su compañero complaciente e irresistible.

Por vinculaciones de parentesco conocía a Gustavo Flaubert, el autor de Madame Bovary, genio bohemio que había hecho experimentos con el arte, así como algunos audaces experimentan con la vida.

Durante siete años, todos los domingos, Guy sometía sus cuentos, poemas y obras teatrales al juicio de este amigo, de grandes mostachos y ojos negros.

Debió transcurrir largo tiempo antes de que Maupassant lograra hacerse escuchar. Sufría de terribles jaquecas, pero se refrescaba zambulléndose desde «algún puente tentador en pleno invierno», para emerger del agua helada gritando alguna obscenidad a los curiosos que formaban corro para observarlo.

«Es el joven más desvergonzado de París», decía todo el mundo. La gente «respetable» de París rehuía su compañía desde que había escrito una comedia licenciosa y la había hecho representar en el estudio de un pintor.

Los terribles dolores de cabeza seguían acosándolo, y cada vez crecían en intensidad. Pasaba hora sufriendo esta molestia, pero, a la postre, volvía a sus novelas.

Recogía historias dispersas de boca de pescadores, campesinos, actrices, mujeres públicas, compañeros de oficina. Cierta vez que comía en casa de Emilio Zola, mientras los comensales perdían el tiempo en discusiones estériles, el anfitrión se puso a discutir los principios de su nueva literatura.

Así nació un cuento del verdadero heroísmo: Bola de sebo, la historia de una mujer de mala vida, a quien los hombres amaban de prisa y despreciaban largamente. En Bola de sebo el autor muestra su desprecio e ironía hacia la estupidez humana.

En otros de sus cuentos, sin embargo, el desprecio truécase en compasión. Ocurre esto en El collar, considerado como la máxima expresión de la literatura imaginativa de Francia.

El collar es la tragicomedia de Madame Loisel, mujer que ha nacido hermosa y pobre, que soñó con príncipes y se casó con un empleado; que fantaseaba con palacios y vivía en una casa de vecindad.

En los años que duró su intimidad con Flaubert, éste le había indicado la triple fórmula del éxito literario:

—Observa —decíale—, observa, y vuelve a observar.

Pero al fin, murió Flaubert.

Maupassant fue el príncipe del cuento corto; sin embargo, por el modo de relatarlo, más que cuento parecía epopeya. Escribió varias novelas, que fueron cuentos breves, y todos sus cuentos breves fueron novelas.

Sus personajes no conocen el consuelo de la religión, ni tienen alma. Y bien; es un poeta que trata de disfrazarse de cínico. Su pesimismo, su precisión científica, su estilo simple, brillante, clásico, es la capa en que se encubre la generación joven que le rodea.

Maupassant estaba enfermo, tenía sífilis. Los millones de lectores que devoraban sus libros no podían imaginarse que las alucinaciones y los fantasmas que aparecían en sus cuentos eran sacados de las horas secretas de su propia vida.

Se sumergía en libracos de medicina y abordaba a cuanto médico le caía a tiro para hacerle preguntas sobre enfermedades.

Vibraban en su sangre estremecimientos de mundos agonizantes. Ahora más que nunca le espantaba la proximidad del invierno. Sentábase tiritando junto a la estufa, y aun en días cálidos tenía el fuego encendido en todas las hábitaciones.

Compró un yate, viajó bajo el sol mediterráneo, tocólas arenas ardientes del África, pero, hiciera calor o frío, tomaba sus apuntes temblando.

El destino escoge a su hermano menor, Hervé —lleno de vida, desprevenido, sereno— para herirle de muerte la mente. Cuando sus familiares le llevaban al manicomio, señaló a Guy gritándole: «¡Eres tú el loco, sí, tú! Tú eres el demente de la familia»…

Comienza luego un período de sus máximas creaciones literarias, cual si hubiese caído de pronto en brazos de dioses invisibles. De las drogas que corrían por sus venas, comenzaron a brotar antes de aniquilarlo las flores de su genio.

Salían de su pluma cuentos del trópico ardiente y silencioso, y de excursiones por el Mediterráneo, cuyas aguas disolvíanse en mundos estelares al embrujo creador del claror lunar.

Han pasado unas horas desde la llegada de Año Nuevo. Maupassant arrima la boca del revólver a su sien y aprieta el percutor. . . ¡El arma está descargada! Toma una navaja, se abre la garganta ,los médicos le vendaron y le restañaron la hemorragia.

Cuando la aurora surgió sus amigos le llevaron frente a su querida mar, en la esperanza de que la vista de su yate, el Bel Ami, le devolviera a la razón.

Contempló unos instantes la embarcación, moviendo los labios como un niño que aprende a hablar. No pronunció palabra. Al cabo, dio la espalda al mar y al yate, mientras su alma comenzaba su viaje celestial.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Guy de Maupassant – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina


Biografia de Thackeray William Vida y Obra Literaria del Autor

Biografia de Thackeray William Vida y Obra Literaria del Autor

Novelista y humorista inglés, uno de los máximos exponentes de la novela realista del siglo XIX, como dejó patente en sus dos obras más conocidas, Vanity Fair y Henry Esmond. Nació el 18 de julio de 1811 en Calcuta (India), en el seno de una acomodada familia de comerciantes.

Al perder a su padre, a los cinco años de edad, fue enviado a Inglaterra, al lado de una tía que vivía en Chiswick. Era un niño de extraño aspecto, «semejaba una calabaza clavada en una pica» decía su tía.

Sin embargo, aquella cabeza «grande y espaciosa» tardó tiempo en dar fruto. En el Colegio de Charterhouse, donde se matriculó como alumno externo, resultó menos que mediocre.

Siempre estaba recriminándose su pereza de hoy y prometiendo aplicación y laboriosidad para mañana. Se matriculó en Cambridge en febrero de 1829, pero abandonó sus estudios antes de licenciarse.

Biografia de Thackeray William
En 1829, ingresó en la Universidad de Cambridge, que abandonó antes de licenciarse para intentar desarrollar su talento literario y artístico, primero como editor de un periódico de corta vida y, más adelante, estudiando arte en París.

Nunca se decidía a hacer nada en firme. Hoy se le daba por traducir a Horacio; mañana por escribir un artículo cómico; pasado, por componer versos satíricos, pero todo lo hacía bien.

Viajó por el continente, visitó museos, teatros, bibliotecas, escribió artículos y poemas, era un joven aristócrata —había heredado 20.000 libras esterlinas— devorado por la ambición de la gloria y poseído de un odio acérrimo al trabajo. Tenía estatura de gigante, rostro de querubín y nariz de payaso.

Pensó en llegar a ser artista o bien escritor y con este propósito empezó a escribir poemas, ensayos y cuentos, que en su mayor parte fueron rechazados.

Le disgustaba no lograr vender su mercancía literaria. Como no podía ingresar en ninguna revista decidió fundar una por su cuenta, The National Standard. Fracasó la revista, y Thackeray siguió acumulando sabiduría por virtud de sus desaciertos.

Mientras Dickens, un año más joven que él, era el benjamín de Londres, Thackeray seguía siendo «ese joven escritor satírico a quien nadie conoce ni nadie lee».

Escribe un cuento espléndido, El gran diamante de Hoggarty, luego solicitó el puesto de director de la Foreign Quarterly Review, pero fue rechazado.

Finalmente, al cabo de doce años de sistemáticos fracasos, le sonrió tímidamente el éxito. La primera de sus composiciones de feliz aceptación fué Bosquejos de Irlanda, del que se vendieron 1000 ejemplares.

La embriaguez de su primer éxito desvanecióse muy pronto, y Thackeray volvió a sumirse en su insignificancia y tristeza.

Continuó escribiendo historietas cómicas, poemas y artículos, que el público retribuía con un puñado de monedas y aplausos dispersos. A la verdad, el público apenas conocía su nombre. En su exagerado amor por el anonimato, había firmado sus trabajos con infinidad de seudónimos: Turnar sh, Yellowplush, Ikey Solomons, Major Gahagan, Folk-stone Canterbury, Goliah Muff, Leonitus Hugglestone, Fitz-boodle, Mrs. Tickletoby, Paul Pindar, Fits-Jeames de la Pinche y Frederick Haltamont de Montmorency.

Ya tenía cuarenta años y permanecía anónimo y oscuro. Sentía cada vez más la amargura de la falta de nombradía. Y en 1847 tanta porfía dio por resultado aquel interesante experimento literario que fue La feria de las vanidades, una novela sin héroes.

El público fue lento en reconocer los méritos del libro. Pero críticos y colegas al punto echaron de ver que marcaba un nuevo jalón en la literatura inglesa.

Thackeray colmaba ahora sus ansias de gloria y gozaba de una situación acomodada, pero estaba lejos de sentirse feliz. Cuando tuvo una casa, quiso una carroza tirada por cuatro caballos; tras esto, jerarquía social, y, finalmente, un escaño en el parlamento. Y, aunque carente de aptitudes políticas, presentó su candidatura para miembro de la Cámara de los Comunes, pero fracasó.

Realizó dos viajes por Norteamérica, de donde volvió lleno de honores e indigestiones. «Ahora que está asegurado el porvenir de mis hijas, me he quitado un gran cargo de conciencia, y puedo respirar libremente por un tiempo.»

Pero no respiraba tan libremente. Seguía inquieto y ansioso por alcanzar mas popularidad y un mejor estrato socio-económico.

Con cada nueva novela aumentaba su renombre y las lenguas de la gente seguían meneándose en su honor.

OBRAS IMPORTANTES DE THACKERAY

El gran diamante Hoggatthy.
Memorias de Carlos Yellow- plush.
Barry Lyndon.
El libro de los Snobs.
La feria de las vanidades.
Pendennis.
Enrique Esmond.
Los newcomes.
Los virginianos.
El viudo Lovel.
Numerosos ensayos y poemas.

Carlos Dickens había sido uno de sus primeros y mejores amigos. Pero habíase suscitado una disputa —entre colegas literarios no es difícil ver una chispa aventada en llama de discordia—, y durante varios años no se hablaron.

Pero una tarde —Thackeray contaba a la sazón cincuenta y tres años—, se encontraron en la escalera del Athenaeum, y Thackeray, impulsivamente, tendió la mano a su colega. Dickens le correspondió sin vacilación y la antigua querella quedó olvidada.

Thackeray debió de presentir la necesidad de apresurarse a saludar y despedirse de su viejo amigo.

En efecto, pocas noches más tarde —el 23 de diciembre de 1863— se acostaba para dormir su último sueño.

El Amo pasaba lista; y Thackeray, al igual que el querido coronel Newcome, el personaje de una de sus novelas, respondía gentilmente: «Adsum — presente«.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Thackeray William – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Shelley Percy Bysshe Vida y Obra del Poeta

Biografia de Shelley Percy Bysshe

Percy Bysshe Shelley (1792-1822), poeta inglés, uno de los más importantes e influyentes del romanticismo. Nacido el 4 de agosto de 1792, en Field Place, cerca de Horsham (Sussex), estudió en Eton y, tras su expulsión después de menos de un año de permanencia, en la Universidad de Oxford.

Desde muy niño, él aseguraba que podía invocar al diablo, y lo intentaba a menudo. La escuela entera, profesores y alumnos, decidió condenar al ostracismo a aquel rebelde Merlín, que tenía este extraño poder.

A la menor violencia se ponía hecho una furia. Su voluntad era inquebrantable. Y las exigencias del reglamento escolar parecían opresoras coyundas a su mente extraordinariamente impresionable. Recorría los patios del colegio, desdichado, retador, solitario.

Biografia de Shelley Percy Bysshe

Le apodaban «Shelley el Loco» y habían organizado una pandilla para azuzarlo de continuo.Shelley dedujo que la humanidad era una horda de bárbaros con unas leves pinceladas de cultura.

El amigo más íntimo del Dr. Keate era, a juicio de Shelley, Timoteo Shelley, su propio padre. Hombre de escasa educación, estaba empecinado en dar a su hijo la educación de que él carecía. Y hallaba perfecta la clave pedagógica del Dr. Keate de enseñar «a latigazos».

En cuanto a la madre, pizpireta y hermosa, despreciaba a ese niño afeminado que hallaba más placer paseándose por los bosques con un libro entre manos, que empuñando un fusil.

Pero quedaban seis miembros de la familia que le idolatraban: sus cuatro hermanas, su hermano menor y su abuelo, Sir Bysshe.

A lo largo de sus años de adolescente encontró tan sólo otro hombre digno del título de noble: William Godwin. Nunca le había visto, pero le bastó con leer su Justicia política. En efecto, este libro le llegó al corazón con profundidad tal que se convirtió en nuevo evangelio que guiaría sus pasos.

¡En qué mundo ideal tan simple y perfecto viviríamos —meditaba Shelley— si Godwin hubiera sido Dios! Los obreros trabajarían sólo dos horas. Los prejuicios sociales se dispersarían al viento. Sería abolida la religión y la filosofía tomaría su lugar. La esclavitud del casamiento daría paso a la independencia del amor libre.

Su padre le obligaba a ingresar en Oxford. Cuando entró en la Universidad (1810) tenía la traza, las costumbres y el modo de pensar del anarquista. En su cuarto, así como en su persona, todo era desorden. Papeles, libros, camisas, pistolas, poemas, elementos de química y crisoles hallábanse dispersos aquí y allá, por encima del lecho, de las sillas y las mesas.

Pronto fue expulsado de Oxford y regresó a su hogar para encontrar avivado el fuego de su desventura. El padre le había desheredado y estaba en bancarrota. Para completarla se fugó con Harriet Westbrook, la hija de un mesonero. No fue un casamiento por amor sino por simpatía.

Su abuelo obsequió a la pareja una renta de doscientas libras anuales y, lleno de regocijo, los dejó librados a su destino. Se marcharon a Irlanda, en donde Shelley, un galán de diecinueve años, que ni representaba quince, entregóse con alma y vida a la causa de la liberación irlandesa.

Shelley publicó y distribuyó —de su propio peculio— una llamada al pueblo irlandés, en la que instaba a este pueblo a «emanciparse del yugo de la avaricia, la beodez, la injusticia, la ignorancia, la superstición y los temores».

Pero los irlandeses tomaron a Shelley por entremetido y loco. De lo único que querían liberarse era de la dominación inglesa. Tuvieron tomar otro rumbo, ahora la vela apuntó a Inglaterra.

Alquilaron una casa en Lynmouth —Shelley, Harriet y el demonio en persona encarnado en Elizabeth, solterona agria y bigotuda, hermana de Harriet. Entre la mujer que no le comprendía y la cuñada que le atormentaba Shelley estaba a punto de enloquecer.

Halló en su poesía el consuelo de todos los males. . . un mundo de hadas irisado de fantasías.

Decidió escribir una carta a su «faro» Godwin donde le expresaba su interes de conocer a Su Divina Majestad. «Usted se sorprenderá —escribía en la carta— de que un extraño se dirija a usted. Pero el nombre de Godwin ha originado en mí sentimientos de reverencia y admiración. Yo solía considerarle como una luminaria demasiado esplendente para la negrura que le rodea. . .»

Godwin no podía menos de sentirse alborozado ante el homenaje de un desconocido de cuya pluma llameaba fuego tan vivo. Concedida la entrevista, Shelley emprendió viaje a Londres.

Halló en Godwin un dios en miniatura, más bien sucio y bastante barrigón, hostigado por una mujer con «anteojos verdes, de carácter violento y lengua hipócrita», y abrumado por la pobreza y una larga prole fruto de sucesivos matrimonios.

Uno de los vastagos del primero era Mary Wollstonecraft, una adolescente de diecisiete años, de áureos cabellos, rostro agraciado y mente brillante, combinación poco común en un mundo en que la belleza física y moral rara vez marchan de la mano. Se enamoró de Mary y se fugó con ella. No sintió escrúpulo alguno en abandonar a Harriet.

Luego que hubo abandonado a Harriet, trató de que le concedieran la custodia de su única hija, Ianthe, alegando la incuria de la madre y la poca respetabilidad de la misma para atender a su educación. Pero las leyes le negaron tal derecho.

Más aún, la sociedad se puso de lado de la justicia, obligando a Shelley y a Mary Wollstonecraft a librar a Inglaterra de su «perniciosa» presencia.

Dos años más tarde había de afectarle muchísimo el enterarse del suicidio de Harriet.

Los Shelley iniciaron una vida de nómadas gitanos, vida que se prolongaría durante diez años. Sus recursos —el abuelo de Shelley, despues de tantas promesas, había legado sus bienes al hijo y no al nieto— eran bien escasos para hacer frente a sus generosos compromisos.

Ayudaba a Leigh Hunt, el poeta que tenía cinco hijos, mujer regañona, imaginación rica y bolsa muy pobre. Donaba cien libras por año a Peacock, el novelista que necesitaba «pan, manteca y estar libre de preocupaciones», para que su imaginación se mantuviera en olímpico vuelo.

Dio a Charles Clairmont, un simple conocido, el dinero suficiente para casarse con una vieja pobre y vulgar de quien se había enamorado. Y vertía una corriente inagotable de dinero en el abismo sin fondo de la pobreza de Godwin.

Los días de Scheltey transcurrían como en una procesión de despedidas,porque casi todos aquellos seres a quienes más amaba o compadecía con ternura, iban partiendo de este mundo uno tras otro.

Primero Harriet, luego Fanny, la hermanastra de Mary, quien idolatraba a Shelley y quien, no pudiendo lograr su amor, se mató como Harriet. Y en seguida, la tragedia del primer hijo de Mary y suyo, una patética criaturita nacida antes de tiempo, y que murió a las pocas semanas.

Luego, los dos hijos siguientes: Baby Clara —llovía cuando la sepultaron en el Lido—, y Willie. Esta última pérdida le golpeó con más rudeza que las anteriores.

Willie, a quien apodaban «ratoncito», era el hijo predilecto del poeta. Un niñito afectuoso, inteligente, sensible, y algo poeta también.

Completamente embebido en su mundo irreal, vivía como un extraño en el real. Y tanto, que, por lo general, eludía la compañía de los hombres. Se sentía más a gusto entre la naturaleza. La mayor parte de su vida transcurrió en los bosques, y entre montañas, mar y embarcaciones.

Aprendió que una sola ley universal guía el curso de las estrellas en los cielos y los destinos de los hombres en la tierra. Esa ley universal es la belleza, término que llevado al terreno político significa justicia y al de la poesía, amor.

La misión de Shelley era abolir todas las injusticias e «inundar el mundo de amor». Quería liberar a la humanidad de la tiranía del hombre.

Shelley seguía siendo un exilado vagabundo, pero ya no estaba solo. Porque al fin había hallado amigos verdaderos: los Williams, Lord Byron y Trelawny. Los Williams, Eduardo y Ana, formaban una pareja encantadora.

Shelley sentía una atracción irresistible hacia el mar, pero no sabía nadar.Según él, nadar era precaverse estúpidamente de la muerte. Y por su parte, no necesitaba de tal precaución.

No contaba más que veintinueve años cuando murió. Se había hecho a la vela por la bahía de Spezia, en su nueva embarcación, en compañía de los Williams.

De pronto se desató una tormenta que duró tan sólo veinte minutos. Cuando el sol volvió a brillar la embarcación no estaba ya en el horizonte, había sido arrastrada a la deriva.Días más tarde hallaron su cadáver en la costa, y lo quemaron en una pira.

Tres horas más tarde, el corazón era lo único que permanecía intacto. Su fiel amigo Trelawny lo rescató del fuego, y en el intento quemóse gravemente la mano. En el cementerio protestante de la Ciudad Eterna, dieron sepultura a este corazón del que emanara la poesía del eterno amor.

LOS MEJORES POEMAS DE SHELLEY

Prometeo libertado.
Los Cenci. Hellds.
Edipo tirano.
Carlos I.
La sublevación del Islam. Alástor.
La bruja de Atlas.
Adonais (elegía a la muerte de Keats). Reina Mab.
La máscara de ‘la anarquía.
A una alondra.
Oda al viento del Oeste.
A la luna.
Un lamento.
Filosofía del amor.
Himno al espíritu de la Naturaleza.
El sueño del poeta.
Palabras para un aria hindú.
A la noche.

Temo tus besos.
El vuelo del amor.

Invocación.
Ozymandias de Egipto.
A una dama con una guitarra.
La invitación.
La remembranza.
El sueño de lo ignoto.
Música, cuando mueren tos susurros.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Shelley Percy Bysshe – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina


Biografia Coleridge Samuel Taylor Vida y Obra del Poeta

Biografia Coleridge Samuel Taylor -Vida y Obra del Poeta Inglés

Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), fue un poeta, crítico y filósofo inglés, líder del movimiento romántico en su país. Coleridge, hijo de un vicario, nació en Ottery St Mary el 21 de octubre de 1772.

De niño poseyó una imaginación tan fecunda que por momentos llegaba a lo morboso. Jugaba solo y se pasaba el día representando los libros que leía, ya encarnando al Rey Arturo, a Hamlet, a Robinsón Crusoe o a uno de los «Siete campeones del Cristianismo». Era colérico y apasionado, a los ocho años era ya todo un carácter.

A la muerte de su padre, vicario de Ottery en Santa María, Devon, fue enviado a Londres a vivir con un tío suyo. Ingresó en el Christ’s Hospital, allí la disciplina era rígida, la enseñanza severa y la comida escasa.

Biografia de Coleridge Samuel
Entre 1791 y 1794 —salvo un breve período en que, por hallarse muy endeudado, tuvo que alistarse en el ejército— estudió en el Jesus College de Cambridge.

Cuando el tiempo se lo permitía, pasábase largas horas nadando en New River, o tendido en la ribera, de cara al sol.

Por lo general, era de espíritu muy animoso. Porque vivía permanentemente en un mundo de fantasía, a cientos de millas de la amarga realidad.

Después de devorarse el Diccionario médico de Blanchard (escrito en latín), decidió estudiar para cirujano. Pero descubrió entonces a Voltaire, y sus afectos se volcaron hacia la metafísica.

Ahora estaba seguro: sería un filósofo ateo. Pero llegó un día en que su profesor le comunicó que la escuela había decidido enviarlo a Cambridge a estudiar teología. Sería, pues, sacerdote.

A los diecisiete años el maestro habíale extirpado su ateísmo a fuerza de azotes. A los dieciocho años ingresó en la Universidad de Cambridge para sumirse de nuevo en la incertidumbre.

Cursaba el segundo año cuando huyó del colegio y se alistó en un cuerpo de dragones, bajo el nombre de Silas Titus Comberbach. Resultó ser el jinete más torpe del regimiento, incapaz hasta de mantenerse a caballo.

No obstante, era el preferido de todos, por las historias que sabía contar y las poesías que improvisaba.Este mismo talento fué el que le obligó a abandonar la milicia. Pocos días más tarde, Coleridge se vio nuevamente entre sus libros.

Visitando a Oxford Coleridge conoció a un tal Southey , poco después, éste le hacía conocer a su prometida, y Coleridge se enamoraba de la hermana de ésta.

Las señoritas Fricker eran hijas de un industrial que había muerto dejándolas en el desamparo. El impetuoso Southey eligió a Edith, la más joven y obstinada de las dos hermanas, y Coleridge emprendió la tarea de conquistar el corazón y la mente de la más dócil de las hermanas, Sara, una joven de veintitrés años, muy agraciada.

En busca de mejor futuro, ambos se embarcarían para América y allí comprarían un campo, lejos de la maldad del mundo y sin que les molestaran los gobiernos, las contribuciones y las guerras

Southey contaba para solucionar el problema, con una tía muy rica, o mejor, con el criado negro de ésta, Shadrach. Coleridge publicaba su primer volumen de poesías. Confiaban en que este libro les habría de dar para llegar hasta la Tierra Prometida.

La publicación reportó un beneficio de 600 pesos. Esta suma, mísera para la realización de aquel sueño estupendo, resultaba fabulosa para cubrir las necesidades inmediatas de Coleridge.

Abandonó el colegio, se casó con Sarah Fricker y alquiló una casa en Bristol.
En cuanto a Southey, contrajo enlace con la hermana de Sara, aceptó un negocio que le ofreció un acaudalado tío suyo, y fuese a establecer en Lisboa.

Coleridge había decidido labrarse una carrera con su pluma. Contando por adelantado con varias subscripciones, editó un periódico de color político, titulado The Watchman (El Vigía) fundado en el principio de que todos pueden conocer la verdad, y que la verdad puede hacernos libres, pero fracasó a corto plazo.

En su lucha «por el pan y el queso», el poeta se dio a jugar con la idea de difundir el Unitarismo. Para probar sus dotes oratorias pronunció un sermón en la ciudad de Bath. . . ante un auditorio de diecisiete personas. Apenas dijo las primeras palabras, y ya salía el primer fiel de la capilla. A los pocos instantes le seguía otro, y así otro y otro más. . . Cuando concluía el sermón quedaba en el sagrado recinto sólo una anciana…profundamente dormida.

Entretanto, era ya padre de un niño. Los problemas de la vivienda y del sustento urgían ahora más que antes. Por fortuna, un poeta amigo, Thomas Poole, le consiguió una casita en Somersetshire, que podía ocupar por el modesto alquiler de siete libras esterlinas al año.

Sólo a tres millas de su casa, en la aldea de Alfoxden, vivía otro joven soñador: William Wordsworth. Se les veía frecuentemente juntos. A veces, sus vagabundeos se prolongaban hasta muy entrada la noche, lo cual dio pábulo a extrañas habladurías que corrían en boca de los vecinos.

Se murmuraba que eran contrabandistas, que introducían mercaderías de la costa. Otros juraban de que se trataba de espías que tramaban un complot contra el gobierno.

En realidad los «peligrosos revolucionarios» tramaban nada menos que un libro de poemas!. Juntos habían planeado escribir un volumen de poesías que daría por tierra con las normas de la rima aceptadas hasta entonces en Inglaterra.

Coleridge contemplando pensativo las aguas del canal de Bristol desde un malecón derruido, se le ocurrió que su narración tendría por escenario el mar, símbolo y elemento de la peregrinación del alma humana. Su protagonista sería un viejo marino a la deriva, en una embarcación encantada, y «condenado a terrible castigo por haber muerto a un ser vivo».

Cuando La rima del viejo marino salió a luz sorprendió a no poca gente. Había en el poema tal despliegue de imágenes que sólo podían salir de una mente anormal. Eran como sombras fantásticas proyectadas por las llamas del fuego que alimenta el caldero de las brujas.

A nadie le sorprendió que un poeta de tan fantástica visión sucumbiera al mágico influjo del opio. A lo largo de toda su vida le había torturado el reumatismo. Había leído cuanto manual de medicina había llegado a sus manos en busca de alivio para su mal. Al fin, un día, halló el remedio «infalible». Era como un milagro. Los dolores desaparecían al instante.

Adonde fuera, allá llevaba consigo su opio, al principio con toda inocencia. Se sentía revivir. No había nada superior a ese triunfo.

Abandonó familia y amigos, y a bordo de una nave emprendió un viaje a la isla de Malta. Se justificó diciendo que ese viaje por el Mediterráneo era de vital importancia para su salud. Pero lo que en verdad se proponía era alejarse de todos los lazos que le impedían entregarse sin reparos a la droga.

Por un tiempo mantuvo correspondencia con la familia. Luego, guardó silencio. Dos años permaneció lejos de Inglaterra sin responder a carta alguna. La fuente de su hombría estaba seca.

Pero al fin, sus amigos lograron hacerle retornar. Un miembro influyente de la «Royal Institution» hace que le encarguen pronunciar una serie de conferencias sobre bellas artes.

Esta vez, su oratoria obtiene un éxito fulminante. Las calles que llevaban al salón de conferencias estaban atestadas de carruajes pertenecientes a la intelligentsia de la City, que acudía no sólo a oír al brillante orador, sino a contemplar al excéntrico por antonomasia.

Retornó al seno de su familia, y por un tiempo pareció vivir en paz. «He logrado reducir la dosis de opio a la sexta parte de lo que antes tomaba —apuntaba en su Diario—, y mi salud general y mi actividad mental son mayores que las de años pasados.»

Cinco meses permaneció en su hogar. Al cabo, una vez más sin decir palabra a nadie, huye a Londres.

Se presentó humildemente a las puertas del Courier pidiendo un empleo en la redacción. Y de pronto, otra racha de buena suerte. Lord Byron le descubre un drama escrito años atrás.

Se representa la obra y obtiene resonante éxito. Nueva lluvia de invitaciones para dar conferencias. Pero la enfermedad se interpone. Le tortura el reumatismo.

¡ Y al opio, al bálsamo maravilloso! Púsose finalmente al cuidado de un médico amigo, el doctor Gillman, bajo cuyo techo vivió el resto de sus días.

La mayor parte de este período lo pasó sumido en un completo letargo, del que ni siquiera le sacaban las cartas de la familia, que muchas veces dejaba sin abrir. Pero, en las contadas ocasiones en que despertaba de su sueño profundo, reavivaba en sus amigos el recuerdo de su grandeza.

Muchas veces resultaba imposible anotar o recordar algo sustancial de sus conversaciones. Rozaba una cantidad sorprendente de detalles incongruentes y, con rapidez pasmosa, saltaba de una cosa a la otra hasta perderse irremediablemente en una maraña intrincada de conceptos metafísicos.

Poco después de irse a vivir a casa del doctor Gillman, Coleridge gozó del último período de lucidez. Publicó su Cristabel, poema de finas imágenes y sonidos, escrito en el apogeo de su actividad creadora. Pero los oídos de los críticos no hallaron armoniosa su música.

Finalmente, editó en un volumen sus versos, que también se enfrentó con la dura crítical de la desaprobación. «La poesía de Coleridge no es más que la jactancia agorera de su insana fatuidad.»

Su carrera literaria terminaba, así, en rotundo descrédito, Coleridge era un fracasado en toda la línea.

Con el objeto de conseguir un poco de dinero para que Hartley, su hijo, pudiera estudiar en Oxford, decidió volver a sus lides periodísticas.

El tiempo íbase escurriendo de entre las manos. Y cada vez eran más escasos los intervalos que daban luz y significado a su existencia.

Sus contemporáneos lo alabaron por su criterio europeo, y hoy en día se le considera un poeta lírico y un crítico literario de primer orden.

Su teoría de la poesía produjo una de las ideas centrales de la estética romántica: la imaginación poética como elemento mediador entre las diversas culturas modernas. Sus temas poéticos abarcan desde lo sobrenatural hasta lo cotidiano. Sus tratados y conferencias, así como su irresistible conversación, lo convirtieron en uno de los más influyentes filósofos y críticos literarios ingleses del siglo XIX.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Samuel Taylor Coleridge – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Wordsworth William Vida y Obra del Poeta Ingles

Biografia de Wordsworth William-Vida y Obra del Poeta Ingles

William Wordsworth (1770-1850), poeta inglés, uno de los más consumados e influyentes escritores del romanticismo inglés. Su estilo y sus teorías renovaron la literatura poética de su país.

Nacido el 7 de abril de 1770 en Cockermouth (Cumberland), estudió en el Saint John’s College de Cambridge.

Biografia de Wordsworth William
Conforme iban pasando los años, su visión poética se fue enturbiando. Sus últimos poemas, retóricos y moralistas, no resisten la comparación con los de su juventud, aunque en algunos de ellos parece brillar fugazmente el talento de sus primeros días.

Descendía de una familia establecida en Inglaterra desde la conquista normanda. Pasó muchas horas de su infancia escalando montañas o atravesando lagos, y a medida que se familiarizaba con el paisaje de Cumberland, iba desarrollando unos músculos que eran su orgullo y un sentido de la libertad que se rebelaba contra cualquier clase de ataduras.

Cuando salió del hogar paterno para ingresar en la Universidad de Cambridge, era un verdadero montaraz. Los versos que escribió en Cambridge eran triviales y sosos. Su carrera asumía, al parecer, el patrón del perfecto mediocre. Pero un hecho insólito y magnífico le conmovió en lo más íntimo.

Un viaje a París hizo que se hallara en medio de la vorágine revolucionaria. Estaba bajo la tutela de un tío —había perdido a sus padres en la niñez— y éste le quería obligar a seguir la carrera eclesiástica.

Wordsworth, en un arranque de rebeldía, decidió lo contrario. Apenas graduado huyó a Francia para estudiar el francés y lograr así el puesto de acompañante de algún noble, mientras se preparaba para seguir la carrera periodística.

Permaneció en Francia durante dieciséis meses, un período en que el mundo entero se convirtió en un caos. Luis XVI había sido destronado.

En Orleáns conoció a una joven francesa, Annette Vallen. Al principio fue su profesora de francés, luego su amante y, al fin, le hizo padre de un hijo.
Wordsworth decidió volverse a Inglaterra para labrarse una posición y mandar luego por Annette y el niño, pero al tiempo el distanciamiento no solo fue físico sino también afectivo.

En 1802 se casó con Mary Hutchinson una joven respetuosa de los convencionalismos sociales. Poco antes de la boda se trasladó a Francia por última vez y allí, fría y cortésmente, visitó al hijo del amor y a la mujer que había apasionado al hombre y al poeta.

Establecidos en Racedown, Doretshire, a siete millas del Canal, donde merced a la generosidad de un amigo pudieron adquirir una humilde finca.

El vínculo literario entre Wordsworth y Coleridge habíase convertido en íntima amistad, y tanto que Wordsworth abandonó su casa en Dorsetshire para trasladarse a Alfoxden con el objeto de estar más cerca, física y espi-ritualmente, del «mágico urdidor de rimas».

El espíritu de Wordsworth había experimentado un sutil refinamiento, una purificación emocional y, en el sentido artístico, una sublimación de su fe religiosa.

En Alfoxden, Wordsworth planeó con Coleridge escribir un volumen de versos que sería ejemplo de la «fusión del sentimiento con el pensamiento profundo».

Wordsworth se rebelaba por instinto contra Pope y Dryden, que habían engalanado a la musa de la poesía, sencilla por naturaleza, con pomposas galas «ele fastuosa y huera fraseología».

Con su poesía demostraría que un objeto puede ser hermoso de por sí, desprovisto del engañoso ropaje de una rebuscada ornamentación, pues Él (Dios) glorificaría las cosas simples.

No serían sus personajes reyes de leyenda, sino rústicos campesinos de Cumberland. «En poesía, las lágrimas no las derraman los ángeles sino los hombres.»

Los héroes y las heroínas de sus sencillos poemas eran personajes de todos los días, desprovistos de artificio. En todos los pueblos de Inglaterra podían hallarse sus hombres y sus mujeres, relegados a tan triste olvido por los poetas anteriores.

Su libro Baladas líricas era un documento de la revolución social. Porque bajo la calmosa dignidad del sabio bullía el fuego del rebelde apasionado que una vez «había fijado su nómada tienda de campana en las regiones libres» de la Revolución Francesa.

Wordsworth se trasladó a Grasmere, en la región de los lagos, y allí vivió casi constantemente, hasta su muerte. Pero el «instante perfecto» de su inspiración había pasado.

A los treinta y siete años concluyeron para él los «años dorados» de la cosecha. El poeta había callado en él para siempre. Conquistó su fama cual portavoz del liberalismo. Pero a medida que avanzaba la gloria, retrocedía el liberalismo.

Y tanto, que cuando llegó a ser poeta laureado era también el «vate más lleno de convencionalismos de toda Inglaterra». Se había refugiado en el seno de la naturaleza y perdido todo contacto con la realidad de la vida.

El romántico paisaje de lagos y montañas que le circundaba, la increíble tranquilidad en que se desenvolvían sus días, y el aumento siempre constante de su gloria, le habían vuelto afectado, frío, insensible…

A medida que pasaban los años, se reprochaba con más dureza sus entusiasmos juveniles —especialmente la «precipitada relación» con Annette— en «aquella época de envilecimiento general que siguió a la revolución».

Pero se vanagloriaba de haber olvidado esos apasionamientos y sentíase feliz de que Inglaterra también los hubiera olvidado.

Por fortuna para su «respetabilidad» del presente, había tenido años atrás la discreta precaución de destruir en sus cartas y papeles hasta la más mínima referencia a su no muy «respetable» episodio con la joven francesa.

En efecto, ninguno fuera de su familia conocía el episodio; y tan bien guardaron el secreto, que no salió a relucir hasta que los investigadores del siglo XX decidieron explorar el riquísimo campo de la biografía.

Wordsworth perdió su sentido del humor. Censuró acremente los hábitos de cocainómano de Coleridge, y ésa fue la causa por la que rompió aquella amistad entrañable.

Cuando De Guincey, que tenía varios hijos naturales, casóse al fin con la madre de éstos, invitó a Wordsworth a visitarle. . . pero éste declinó la invitación alegando sus principios morales.

Era un reaccionario, no sólo moral sino también políticamente. Hubo una época en la que apoyó el derecho inalienable de una nación para luchar por su independencia, instando al gobierno de su país a prestar toda la ayuda posible a España en su lucha titánica contra Napoleón.

Pero, ya en edad madura, permaneció silencioso e insensible cuando los españoles se rebelaron contra la tiranía de su propio gobierno. Ni se interesó tampoco cuando los italianos se levantaron en bizarro Risor gime uto para liberarse del yugo austríaco.

El poeta liberal de la vieja generación había muerto. El que caminaba ahora sobre esta tierra era su espectro fantasmal.

Hasta el último día de su vida siguió conservando una fe absoluta en el poderío de su inteligencia. Si bien sus mejores poesías fueron obras de juventud, en las postrimerías de su existencia dedicóse a la tarea de revisarlas.

Puso los toques finales al Preludio , un poema autobiográfico relativo al crecimiento intelectual de un poeta, escrito en días en que la mayoría de los hombres hubieran pensado en escribirse su epitafio.

Al fin, su presencia esfumóse como el aroma de un perfume, dejando en el aire la fragancia de sus versos y en el recuerdo, las cavernas de sus ojos desbordantes de luz. . .

Fue en Rydal Mount, el 23 de abril de 1850, y fue enterrado en el cementerio parroquial de Grasmere.

LOS MEjORES POEMAS DE WORDSWORTH

Oda a la inmortalidad.
La excursión.

El preludio.
Acerca de la abadía de Tintern.
Oda al deber.
El guerrero dichoso.
Mi corazón se regocija.
Los fronterizos.
Bl segador solitario.
A una joven escocesa.
Visita a la milenrama.
Otra visita a la milenrama.
A un amigo distante.
Miguel.
Ruth.
Una lección.
El niño idiota.

Peter Bell.
Somos siete.
La espina.
Ella era el fantasma del deleite.
El amor perdido.
La educación de la naturaleza.
Desíderia.
Inglaterra y Suiza.
La pena de Margarita.
El ensueño de la pobre Susana.
Goody Blake y Harry Gilí.
Simón Lee, el viejo cazador.
Lucy Gray, o la Soledad.
Alicia Féll, o la Pobreza.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – William Wordsworth – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Burns Robert Vida y Obra del Poeta Escoses

Biografia de Burns Robert – Vida y Obra del Poeta Escoses

Robert Burns (1759-1796), poeta escocés y autor de canciones populares tradicionales escocesas, cuyas obras han hecho que se le acepte como el poeta nacional escocés y se celebre la “Noche de Burns” (25 de enero).

Nació en una fría noche de invierno, cuando un viento huracanado barrió el techo de la choza de barro, construida por su padre.

biografia de robert burns
Robert Burns es el poeta en lengua escocesa más conocido. Su poema Auld Lang Syne se canta tradicionalmente en los países angloparlantes como himno de despedida

El padre trabajaba de sol a sol siete acres de tierra pedregosa, y aunque apenas podía alimentar a su familia, tenía un corazón «profundamente devoto»; la madre había sido la moza más agraciada de todo Ayrshire, con unos ojazos para ver la belleza y el corazón grande para sentir la poesía.

Hambre, fatiga y miseria eran las tres hadas malas que hilaban la trama de la vida de los labradores escoceses del siglo XVIII. Apenas contaba quince años y ya acusaba síntomas de reumatismo al corazón.

Pero entretanto, era joven, la vida le bullía por dentro y tenía los sentidos alerta. Trabajaba sosteniendo la herramienta con una mano y, con la otra, un libro.

La familia se mudó a otra granja en la ribera norte del río Ayr. Robbie tomó lecciones de baile en el poblado vecino para «pulir» un poco sus rústicos modales. Tenía ahora dieciocho años, curtidos por otros tantos de sol y viento.

Ya con veinte años, cuando estaba entre «lindas mozas» se despojaba de toda su reserva romántica. Vivía y amaba desenfrenadamente. Se asocia a unos aventureros que se dedicaban al contrabando de vino en la costa y hace amistad con un marinero disoluto donde comparten locas aventuras, decuidando el negocios del vino.

Vuelve al hogar con las manos vacías y halló a su padre en el lecho de muerte. Vivió en su casa paterna junto a su madre y hemano, y por un tiempo intentó cumplir con sus obligaciones. Junto con su hermano arrendó una granja de varios acres de extensión, cerca de la parroquia de Lochlea.

Cierto día, paseándose por el pueblo seguido de su perro, se encontró con una jovencita regordeta llamada Jean que tendía su ropa a solear sobre el prado. La había visto una sola vez antes en un baile del pueblo. Desde ese momento estrecharon una gran amistad que al año se materializó en mellizos. Burns quiso casarse con la joven pero el padre de Jean se opuso tenazmente.

Un atardecer apacible, Robert Burns y ora señorita llamada Mary Campbell, uno a cada lado de un claro arroyuelo sosteniendo entre ambos una Biblia, se juraron amor eterno, Luego se separaron para no volverse a encontrar jamás.

Mary Campbell volvió a su pueblo natal, enfermó y murió víctima de una fiebre. Y Burns retornó a la villa para afrontar el castigo que la iglesia le tenía preparado por su «pasatiempo» con Jean.

El padre de ésta había resuelto mandarle a la cárcel. Burns estaba desesperado. El único recurso era huir del lugar…

En ese momento, y el menos pensado Burs fue sorprendido por su fama literaria. El lirismo de sus «escándalos y melancolías , escritos por primera vez sobre trozos de papel usado, se difundieron por el país como reguero de pólvora. «Princesas y campesinos, viejos y jóvenes, altos y bajos, graves y alegres, , . todos por igual se deleitaron, se emocionaron, se exaltaron.

Robbie Burns, en tanto, estaba tan asombrado que no atinaba a otra cosa que a rascarse la cabeza.

Por más que se esforzara, no lograba interpretar esas rarezas de los hombres. La sociedad más distinguida de Edimburgo le invitó a visitar la capital.

Estaban ansiosos por conocer al «labriego de Ayrshire que había compuesto tan emotivos versos». Para ellos, él constituía un motivo de curiosidad, una maravilla que habría de desvanecerse a los siete días.

Si bien deleitaba a muchos poderosos, ninguno le respetaba. Se sorprendían de que un vulgar campesino estuviera dotado de tan rara virtud. Le consideraban algo así corno un capricho de la naturaleza.

En Burns fue gestándose un rencor irrefrenable contra todos ellos. Buscó refugio en las tabernas de Edimburgo, saturadas de ginebra, y allí volvió a hallarse entre los «suyos». Y así, al fin, quedó solo, con su librito de versos y sus sueños amargos.

Cuando partió de Edimburgo era un hombre más triste, y más sabio. Volvió a su pueblo natal decidido a reparar el daño cometido contra Jean Arrnour.

Ahora que su nombre había conquistado fama, el padre de Jean no se oponía al casamiento. Ella se convirtió en una «mujer honesta» y el poeta trató una vez más de volver a la labranza, «la ocupación más apropiada para un hombre honesto».

Se dedicó a cultivar una pequeña granja que llamó Ellisland, era más notable por su belleza natural que por su fertilidad. Cuando el lugar se hizo habitable. Burns mandó buscar a su familia para que trabajasen la tierra y se dedicó enteramente a su empleo de aduanero.

Para cumplir sus obligaciones, debía pasarse el día a lomos de su caballo, cuidando de que no se realizara contrabando a lo largo de la costa del condado. Recorría cientos de millas por día e inspeccionaba los sótanos de los campesinos en busca de toneles de vino introducidos ilegalmente.

Se sentía responsable del mantenimiento de su familia y sobre el futuro de la misma, se preguntaba… ¿Y si alguna vez le desalojaban de esa finca, como lo habían hecho de otras?

El sólo pensarlo le estremecía. Volvería a hallarse sin techo, pero esta vez una esposa y dos tiernos párvulos pagarían con él su culpa. Sus hijos no tendrían tierra para cultivar cuando fueran mayores y no habría avena para su vejez.

Lamentablemente ese día llegó, y Ellisland administrada por el poeta, estaba a punto de sucumbir… Burns no pudo ya pagar el arrendamiento.

Su mujer e hijos se fueron a Dumfriesshire para ahorrarse el dolor de ver el derrumbe del hogar, y él permanece allí para ver cómo se ofrece en subasta hasta la última pieza del moblaje.

Burns se reune con su familia en Dumfriesshire, alquiló una humilde vivienda y continuó con su empleo de aduanero…. tenía mala reputación y la gente no quería saber nada con él,…sentía caer vertiginosamente al abismo.

El contrabando en la costa escocesa estaba tomando mayor incremento. Cierto día, un extraño bergantín hizo su aparición en el Solway. Burns recibió órdenes de observar atentamente sus movimientos.

Pero tan pronto el barco ancló en las escasas aguas, el poeta desenvaino su espada y a la cabeza de una partida de dragones se apoderó de la embarcación y les ordenó la rendición.

Burns compró cuatro cañones y los despachó al gobierno revolucionario francés con un mensaje que expresaba su simpatía por la causa revolucionaria, esa actitud nunca fue bien vista por el gobierno inglés, que no tenía ningun aprecio por la sangrienta democracia del populacho frances.

Está medio loco —declaraban los ciudadanos de Dumfriesshire—, charla sin cesar con esa lengua suelta y grita su admiración por los rebeldes en cada taberna del condado.

Se hallaba más solitario que nunca. Hasta las mujeres de Dumfries le dejaban solo. Hasta la última de las perdidas, una a una, había abandonado al más inútil de los hombres.

Comenzaba a sentir la proximidad de la muerte. Aunque sólo contaba treinta y siete años, se sentía muy viejo. Su corazón ya casi no le respondía. Empezó a prepararse para cuando el momento llegara.

Una noche de invierno, sentado, como de costumbre, con sus amigos en la taberna, díjoles: «Amigos, me voy a morir». Cayó al suelo envuelto en el manto de sus sueños. . . Cuando despertó, seguía haciendo frío, pero ya amanecía.

Arrastrando los pies, se incorporó y echó a andar. Pero le faltaban pocos pasos para llegar a la meta. Había aceptado la invitación de la muerte.

Era un 21 de julio de 1796.

LAS OBRAS MAS DESTACADAS DE BURNS ROBERT

Los dos perros.
La procesión.
La víspera de Todos los Santos.
Al guía desconocido.
La noche del sábado en ta humilde choza.
La boina.
A un ratón.
A un piojo.
A una margarita de la montaña.
Los mendigos alegres.
La bienvenida del poeta a su hija del amor.
La plegaria de Willie.
A María que está en los cielos.
Verdes crecen los brezos.
El adiós de M’Pherson.
Largo tiempo olvidadas.
Atravesando los pastizales, Duncan Cray.
El joven ladrón de las montañas.
Mi corazón está en las montañas.
Una rosa roja, roja.
La moza más bella de las riberas del Devon.
Un beso de amor.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Burns Robert – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Pope Alexander Vida y Obra del Poeta Ingles

Biografia de Pope Alexander- Vida y Obra del Poeta Ingles

ALEJANDRO POPE (1688 – 1744): fue un poeta inglés que se inspiró en los grandes poetas clásicos de la antigüedad para escribir una poesía intensamente elaborada, con frecuencia en estilo didáctico o satírico.

Sus traducciones de poesía, ensayos de crítica o moral, y sus sátiras le convierten en el poeta más importante de su época, que elevó el dístico heroico, que había sido refinado por John Dryden, a su máxima perfección.

Biografia de Pope Alexander

LOS MEJORES POEMAS DE ALEXANDER POPE

Un ensayo sobre la crítica.
Ensayo sobre él hombre.
El rapto del rizo.
La Dunciada.
Traducción de La Ilíada.
Traducción de (partes) de La Odisea.
Traducción de las Odas de Horacio.
Oda a la soledad.
El bosque de Windsor.
El Cristiano Agonizante a su Alma.
Oda para música en el día de Santa Cecilia.
Eloísa y Abelardo.
Epístola al doctor Arbuthnot.
Epigramas. Epitafios.
Pastorales. Sátiras.
El equilibrio de Europa.
Mesías.
El desafío.
El espejo.

Era un hombre diminuto, «un esqueleto en miniatura». Brazos y piernas raquíticos, como los de una araña. Abultado el cuerpo por delante y por detrás. . . Pero la cabeza llena de profunda filosofía. Tuvo ingenio pero le faltó humor; era satírico que ridiculizaba, pero que casi nunca reía.

Desde niño, su mayor ambición fue la de deslumbrar como el más elegante miembro de la buena sociedad inglesa. Por hijo de plebeyo, le negaron los privilegios y galas de los que heredan títulos nobiliarios.

Y por católico, vióse impedido de ingresar en la universidad o de seguir una carrera pública. Pero entre la aciaga lluvia de piedras, la naturaleza le deparó una pepita de oro. Le dotó de talento para escribir poesía.

A los doce años, ya se había trazado el plan de estudios que había de seguir a lo largo de toda su vida. Se abalanzó sobre los libros, en especial sobre los de poesía, con la rapacidad del tigre.

A los catorce perfeccionó su estilo con la pulida composición de los versos pareados que ya hiciera famosos la elegante pluma de Dryden.

A los dieciocho consideróse poeta acabado y se dio a frecuentar el café de Will, el punto de reunión de los «talentos» literarios de la época.

A los veintitrés publicó un poema hábilmente concebido, y muy artificiosamente escrito, acerca de los cánones de la crítica literaria. La mayoría de los críticos lo calificó de obra maestra.

Ese cuerpecito patético y deforme sufría de una extraña enfermedad, la de una sed insaciable de poder, del poder que da la inteligencia.

Por cierto que su genio iguala al de Virgilio por la sublime grandeza de su sensibilidad poética. Y así, este poderoso poeta que apenas levantaba del suelo, sentado en su estudio sobre una pila de almohadones para poder apoyar los codos sobre el escritorio, elaboraba las fulminantes centellas de sus versos. Aliviaba su tenaz jaqueca sorbiendo una taza tras otra de humeante café.

Vivía para escribir. Se pasaba las noches y los días concibiendo las ideas luminosas que luego ponía en versos deslumbrantes, que serían la admiración y el terror del mundo.

El cerebro habíasele convertido en espejo travieso del mundo. Ridiculizaba las manías del momento, con disfraces grotescos.

En el club tenía prolongadas charlas sobre literatura con el famoso escritor de la prosa, Swift por quien se sentía atraído hacia este hombre de inteligencia tan viva como la suya.

Swift, por su parte, no sabía si reírse o admirar al pequeño poeta, majestuoso y conmovedor, que ceñido por apretado corsé para mantenerse erguido, se contoneaba por calles y salones, y que, para que sus piernas esqueléticas tuvieran un tamaño cercano al normal, llevaba hasta tres pares de medias.

Quizá, sentado en compañía de este pomposo y patético liliputiense , el colosal y sombrío Guíliver concibió su sátira inmortal de una isla habitada por pomposos y patéticos hombrecillos.

Con el andar de los años, la conversación entre ambos se fué haciendo imposible. Porque la sordera de Jonathan Swift fuese acentuando y a Pope le iban faltando las fuerzas para desgañitarse gritándole.

Mientras traducía la Iliada, visitó en una ocasión a lord Halifax, uno de los pilares de la aristocracia inglesa, quien hacíase pasar por entendido hombre de letras. Éste solicitóle a Pope le recitara algunos de sus versos.

El noble «letrado» pareció escuchar la lectura con meditativa concentración, y al fin dijo: «Disculpe, Mr. Pope, pero hay algo que no me gusta en ese pasaje. Márquelo y estudíelo luego con más detenimiento».

Al cabo de tres meses el poeta le llevó el manuscrito intacto y releyó el mismo pasaje con voz alterada. «¡ Ah, ahora sí que están perfectos los versos! — exclamó el lord lleno de gozo—. Ya no podrían mejorarse.»

Con el dinero que recibiera de su traducción, Pope pudo comprarse una regia mansión y vivir con el esplendor y el lujo que siempre ambicionara.La aristocracia reconoció su talento literario he hizo llover sobre él un diluvio de invitaciones.

Era bienquisto tanto por lo desagradable de su cuerpo como por lo privilegiado de su espíritu. Comía a la mesa de los miembros del gabinete y dé las princesas de sangre real.

Le encantaba la sociedad de las mujeres. Cortejó con ardor y petulancia a Martha Blount, una amiga de la infancia y devota de su misma religión. Le declaró su amor en esa extraña manera egocéntrica que adoptaba cada vez que se sentía incómodo.

Pope quedó subyugado por el encanto de una señorita llamada Mary Montagu. Tenía ésta una inteligencia masculina. Deleitábanla sus poesías y confeba complacida por las atenciones burlonas que Pope le prodigaba.

La pareja era conocidísima en todos los salones hasta que un día, enardecido por el alcohol, Pope trató de salirse del papel de cortejante burlón y asumir el de enamorado de verdad, lady Mary se puso de pie, le dio un empujón para alejarlo de sí, volvió a sentarse estalló en una estruendosa carcajada.

El poeta palideció y huyó del aposento. Jamás perdonó a lady Mary semejante insulto.

Una bandada de pseudos literatos revoloteó por muchos años alrededor de la llama de su genio. Estos fracasados cortejantes de la musa, decidieron atiborrar a Pope con un torrente de dramas heroicos y poemas épicos, rogándole los revisara, reeditara y vendiera a nombre de ellos.

Uno de estos poetas, le enviaba una tragedia por semana.Finalmente, Pope proyectó escribir una epopeya burlesca sobre las espantosas concepciones de estos escritores de ínfima estofa.

Su ataque iba solamente centra estos «locos inofensivos», sino también contra aquellos que se salían de las filas para ofenderlo.

En su «epopeya de los tontos» reserva lugar especial a todos los críticos, poetas, autores teatrales o libreros de quienes sufrió alguna vez la más mínima descortesía. Les somete a estudio uno por uno, les despoja de cuanta pretensión tengan y les coloca a tiro para poderlos asar en el asador emponzoñado de su invectiva.

En un periquete ya estaban todos reunidos para organizar el frente de lucha contra «el aluvión de veneno». Si bien el libro se publicó anónimamente, a nadie se le escapaba que había un solo hombre en Inglaterra capaz de escribir tan agraviantes rimas.

Estaban decididos, pues, a vengarse de Alejandro Pope. Escribieron cartas al primer ministro alegando que Pope era un enemigo del gobierno. Le quemaron simbólicamente y llegaron a amenazar su vida. De noche, el enanito mordaz no se atrevía a andar por las calles sin llevar un par de pistolas en el bolsillo y un fiero perrazo a su lado.

Desde su comienzo, el mundo de los hombres había buscado el momento propicio para pisotearlo. Y él se había defendido con la coraza de su mordacidad.

Demostraría a Inglaterra, por si quedaba alguna duda, que él era el más puro, candido y benevolente de todos los poetas. Volvería a escribir su correspondencia privada, reveladora de su bondadosa personalidad intrínseca. Embellecería sus cartas con «perlas de justicia y sermones de buen sentido».

Escribiría otro poema, Ensayo sobre el hombre. Sería la obra cumbre de su poesía moralista, como The Dunciad lo había sido de la satírica.

Cumplía cincuenta y siete años cuando la muerte llamó a su lado a este giboso galanteador de la musa. Muy poco tiempo antes de morir Pope, John Gay —su mejor amigo, un autor teatral del género satírico— había abandonado las tablas con una insolente reverencia y un epitafio mordaz: «La vida es una broma y todo lo corrobora: así pensaba antes y ahora lo sé positivamente». Otro amigo íntímo, el deán Swift, había perdido la razón.

Y ahora, Alejandro Pope, el último y más presumido de este terceto de cínicos, se maravillaba en su lecho de muerte de la existencia de cosa tan fútil como la vanidad humana.

Falleció un 18 de agosto de 1503, en Roma, Italia.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Alexander Pope – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Milton John Historia, Vida y Obra Literaria

Biografia de Milton John
Historia, Vida y Obra Literaria

Milton John (1608-1674) fue un poeta y ensayista inglés, autor de una obra rica y densa, que ha ejercido una influencia indiscutible en poetas posteriores.

Milton dedicó su prosa a la defensa de las libertades civiles y religiosas y es para muchos el más grande poeta inglés después de Shakespeare.

Durante toda su vida fue un soldado en la vanguardia de los que luchan por las libertades humanas. Grande fue su batalla y grandes sus sufrimientos. Vivió en un siglo trágico, y su propia vida fue una tragedia desarrollada en tres actos.

El primero (1608-39) fue un período de educación, experiencia y búsqueda instintiva hacia la luz de la verdad. El niño, consciente de la nobleza que en él alentaba, fue convirtiéndose en el hombre que habría de aguardar del resto de los mortales esa misma nobleza.

Biografia de Milton John Vida y Obra Literaria
La obra de John Milton está marcada por su elevado idealismo religioso y su interés por los temas cósmicos. En ella revela un gran conocimiento de los clásicos latinos, griegos y hebreos.

PRINCIPALES POEMAS DE MILTON

El paraíso perdido.
El paraíso recobrado,
Sansón el atleta.
L’allegco.
Il penseroso.
Comus,
Licidas.
Himno en la mañana de la Navidad de Cristo.
Sobre su ceguera,
A Mr. Lawrence.
Ciríaco Skínner.
A la dama Margaret Ley.
A una música solemne.
La matanza del Piamonte.
Cuando se preparó el asalto a la ciudad.
Salmos.
Odas.
Sonetos.
Elegías.
Epigramas.
Al Obispo de Winchester.
Poemas latinos.

Entregado por entero a dar a conocer la justicia, trató de descubrir y perfeccionar el lenguaje que ante los hombres le serviría de trompeta pregonera de justicia.

La poesía fue su religión. La literatura, su sacerdocio. No escribió para su gloria personal, sino en aras de la honestidad universal. Empeñado en hallar la mejor manera de expresar sus mejores pensamientos, probó distintas composiciones poéticas, líricas y burlescas, sonetos, elegías, pastorales y odas.

Al principio, ansioso de ser escuchado por el mundo entero, eligió el latín como vehículo de expresión, por ser la lengua internacional de la época. Pero más tarde, al advertir que el poeta debe dirigirse antes que a nadie a sus propios compatriotas, abandonó el latín por el idioma nativo.

Vio al país aherrojado per supersticiones y miserias y trató de liberarlo con sus poesías. Mas padecía del excesivo optimismo de la juventud… era un profeta demasiado joven que tenía en mucho la inteligencia de los hombres.

Con el decurso de los años se convenció de la imposibilidad de reformar la política con sus versos. Necesitaba de una lengua bien simple para que su público le escuchara. Y así, gallardamente, renunció a la ambición de llegar a ser un gran poeta. Por más de veinte años se allanó a escribir manifiestos revolucionarios en prosa.

He aquí el segundo acto del drama de su vida ( 1640-62). De poeta distinguido, convirtióse en folletista odiado. Atacó la voracidad desmedida del clero, y los católicos fanáticos le odiaron.

Pregonó la justicia de las leyes del divorcio, y cayó sobre él una lluvia de escarnio. Denunció la tiranía de la nobleza, y se le acusó de traidor a su país. Cuando Carlos I fue ejecutado,

Milton apoyó el derecho que asistía a los rebeldes de ajusticiarlo. Los partidarios del rey no olvidaron esta defensa y en la ocasión propicia clamaron venganza contra el poeta.

Pero por el momento, afortunadamente, Milton estaba a salvo de sus enemigos. Aunque no de su destino. Designado secretario en lenguas extranjeras de Oliverio Cromwell, puso tanto empeño al servicio del gobierno revolucionario que oerdió la vista. Pero no se desalentó por ello.

Había vivido para ver su sueño hecho realidad. ¡Su país era libre!… Mas pronto la tragedia hará crisis. Desaparece la república y se restaura la monarquía.

Viejo, ciego, desilusionado y transido de amargura, Milton es arrojado a la prisión. Su visión de un mundo mejor había sido un fugaz espejismo. Su país no quería ser libre. Milton sería otro de los muchos profetas despreciados de su propio pueblo.

El tercer acto de la tragedia (1663-1674) comenzó en forma asaz calmosa. Pero era la calma que precedía a la tormenta. Disgustado por la fatuidad del hombre, Milton encaminó su fe hacia Dios.

Volvió a refugiarse en la poesía y describió la épica lucha entre el bien y el mal, poniendo al hombre de protagonista. En El paraíso perdido, Milton buscó huir de sí mismo.

Era la apelación humana al juicio divino, una apelación que el abogado de la vida dirigía a la corte suprema de la eternidad. Pero la ingratitud de sus conciudadanos, aquellos por cuya defensa había arrostrado las miserias terrenas y desafiado los misterios celestiales, siguió impertérrita hasta el fin de sus días.

Le pagaren el pan de su generosidad arrojándole piedras, hasta que por fin, al igual que el campeón derrotado del Viejo Testamento, penetró en el templo de los filisteos y conmovió sus cimientos haciendo que las ruinas cayeran sobre las propias caberas de aquéllos.

El poema sobre Sansón, la última de sus obras, tiene el clima apropiado para la tragedia de su vida; una vicia, citando sus palabras «desprovista de luz y diariamente expuesta al escarnio, al desprecio, al abuso y al agravio».

Milton ha sido llamado, con razón, «el espléndido puente que unió el mundo de las viejas ideas con el de las nuevas». Pues en su genio combinó la magnífica erudición del Renacimiento con la no menos magnífica rebelión de la Reforma.

Descendía de una familia de eruditos y rebeldes. Su abuelo era un católico muy devoto y versado en los dogmas, mientras que su padre había sido desheredado por abrazar la religión protestante.

Éste no desmayó ante tamaño castigo y supo triunfar en la vida. Era escribano — es decir, escribía documentos legales para los notarios— y dedicaba tedas las horas libres a sus dos pasatiempos predilectos, la música y la poesía; alcanzó una «situación próspera» y compró una casa en Bread Street, y fue en esta casa donde nació el poeta del Paraíso.

El tercero entre seis hijos, Juan Milton se crió en un ambiente de estudio, refinamiento e independencia de criterio. Las pláticas familiares eran muchas e interesantes, y ayudaban a alimentar su insaciable deseo de progresar.

Estudió en la Universidad de Cambridge, siempre fue rebelde, pero nunca grosero. Dejó las aulas universitarias convertido en bachiller y doctor en filosofía, conocedor de ocho idiomas y poeta capaz de cortejar a su musa en latín y en inglés con igual facilidad.

Viajó por Italia y fue algo así como el desfile triunfal de un poeta de veinticuatro años. Los más destacados hombres de Italia estaban familiarizados con sus versos en latín, aunque no conocían sus versos en inglés.

Como una guerra civil amenazaba a su patria, se vio forzado a interrumpir sus planes y sus estudios. Para un inglés patriota no eran ésos los momentos más apropiados para escribir elegantes rimas en Italia

Una vez establecido en Londres, se convierte en el propagandista más ardiente de la revolución. Se había hecho el propósito de sacrificar su poesía y hasta su vida, de ser necesario, para defender los derechos de los hombres contra los llamados «derechos divinos» que alegaban poseer los opresores. Nunca se amilnó, ni siquiera cuando el Parlamento votó una ley prohibiendo la libertad de prensa.

Acusado por la Censura Pública (24 de agosto de 1644) de escribir «folletos escandalosos y sediciosos», replicó al cargo que se le hacía con «el más escandaloso y sedicioso de los folletos». Fue éste su famosa Areopagitica, una defensa del derecho de la libre palabra, que fue oportuna en su día y que lo será eternamente.

En la pugna entre tiranía y rebelión, él, con su talento varonil y su elocuencia, apoyó la causa revolucionaria. Y en el invierno de 1649, cuando la cabeza de Carlos I rodó en el cadalso, Milton no sólo aplaudió la ejecución, sino que llegó a santificarla.

A los treinta y cinco años se había casado con una jovencita de diecisiete. Fue una unión desafortunada para ambos, debido a la gran diferencia de gustos y edades. Mary Powell era alegre, jovial y ligera de cascos, para remate, Mary politicamente era realista y Milton revolucionario.

Mary, después de soportar durante un mes el espíritu rebelde y austero de Milton, se rebeló ella también, y le abandonó. Milton la envió carta tras carta rogándola que volviera, pero ella se obstinó en permanecer en la casa paterna.

Con el tiempo la pareja desavenida volvió a reunirse, para desgracia de ambos. Mary llevó a toda su familia —padre, madre y varios hermanos y hermanas— a vivir a la casa de Milton. Desde ese día ya no hubo paz para el poeta ni para su mujer.

Economicamente la fortuna de su padre había mermado considerablemente a consecuencia de la Guerra Civil, y Milton habíase visto precisado a practicar la enseñanza para vivir, abriendo una academia en su propia casa.

Pero, luego de la ejecución de Carlos I, pudo prescindir de su academia. Oliverio Cromwell, el dictador de la República, le designó «Secretario en lenguas extranjeras . Su obligación era la de «preparar y traducir los despachos de y para cualquier gobierno extranjero».

Era una tarea titánica, y tanto que, por cumplirla, perdió la vista. Al quedar ciego se le vio desalentado, pero nunca desesperado, pues estaba orgulloso radicaba del hecho que que había sacrificado su vista en aras de la patria.

Sobrevino luego la muerte de Cromwell, y la vuelta de los Estuardos al peder. La monarquía volvía otra vez al trono. La visión de Milton de un mundo mejor no había sido sino el sueño de un ciego. Ahora sería perseguido por el nuevo régimén, y pudo eludir la captura, oculto en una casa amigo.

Entretanto, el verdugo público quemó sus libros, se confiscó su casa y se realizó un funeral festivo en su agravio para agradar al rey Carlos II, muy dado a esta clase de diversiones.

Luego se descubrió su escondite y fue enviado a prisión, hasta que el Rey un día, mandó que le libertaran

Al morir su primera mujer, se había vuelto a casar, y a los dos años enviudó nuevamente. Un tercer enlace le aportó mayores obligaciones, sin que le hiciera más feliz.

Los profetas del mundo están hechos para la soledad. Sus parientes, y hasta sus propias hijas, hallaban insoportable la terquedad de su temperamento. Quisieran o no, debían secundarle en el trabajo, como secretarias.

También Milton perdió su paraíso: el edén de una Inglaterra libre. Y, afligido, marchó por la solitaria senda que lleva a la muerte. Su magnífica poesía épica fue acogida fríamente por un mundo distraído. Diez años de continua labor le habían llevado a escribir El paraíso perdido, y los editores le pagaron por su publicación sólo cinco libras.

Se sentía viejo, enfermo y desilusionado. Sus hijas le habían abandonado. Su casa de Bread Street fue destruida en el gran incendio de Londres (1666).

Su nombre era objeto de escarnio por parte de los partidarios del rey, atrincherados ahora en el poder. Fue en esas circunstancias cuando Milton decidió escribir sus últimos versos, considerados por algunos como los mejores que salieron de su pluma: la tragedia de Sansón.

Este poema es la figura simbólica de su propia carrera, no sólo representa a Milton, sino a les habitantes de la Inglaterra de entonces. También ellos, en los días de Carlos I estaban desamparados, vencidos y escarnecidos.

La nación inglesa era un Sansón aherrojado y débil, pero ya llegaría el día en que «rompería sus cadenas y aplastaría a los filisteos con esos mismos eslabones con que ahora la oprimían».

En esa esperanza murió el 8 de noviembre de 1674.

Sólo un puñado de hombres se dio cuenta entonces de que el mundo de los vivos había perdido a uno de sus profetas. Su muerte pasó inadvertida para la mayor parte de los críticos, del mismo modo que había pasado inadvertida su vida.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Milton John – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Francois Villon Vida y Obra del Poeta Lirico

Biografia de Francois Villon-Vida y Obra del Poeta Lirico

François Villon (c. 1431-c. 1463), poeta francés considerado en opinión de muchos especialistas como el poeta lírico más destacado, por la belleza y originalidad de su poesía y su extraordinario poder evocativo.

En el año 1431, en medio de una Francia convulsionada por una guerra interminable que duró 116 años, con robos, riñas y asesinatos diarios, y que sumado a una plaga (peste bubónica), que diezmó a la ciudad de Paris en 50.000 habitantes, llegó al mundo Francisco de Montcorbier.

Sus padres eran terriblemente pobres, y alimentaron a este huésped indeseado «con nabos y maldiciones». Más de una vez se habría acostado con el estómago vacío, de no haber adquirido la habilidad de escurrir en sus bolsillos la comida que hurtaba en las tiendas vecinas.

Por cierto que su educación empezó con el robo. A leer y a escribir aprendió mucho mas tarde.Perdió al padre cuando él era muy niño aún. Cuando llegó a los doce, su madre creyó que había hecho ya bastante per él y le dejó librado a la merced de un pariente lejano, el padre Guillermo de Villon.

Este párroco bondadoso y ya anciano-aceptó la carga, se llevó al niño a vivir bajo su techo y le dio su apellido. Halló al rapazuelo muy inteligente, pero sordo a toda autoridad. Sin embargo, con la esperanza de hacerle cura, le matriculó ( 1443) en la Universidad de París.

Sus profesores creyeron que, dándole de azotes muy a menudo, podrían hacer todo un caballero de aquel bribonzuelo, pero fue inútil.

Sus años tiernos habíanle dejado huella indeleble. Obtuvo el título de bachiller y maestro, y dejó la universidad hecho un erudito de primer orden, un poeta inspirado y el campeón de los pillos.

Biografia de Francois Villon poeta frances
Su gran mérito como poeta reside en la subjetividad de su poesía. Villon expresaba sus sentimientos con ingenuidad, ya fuesen buenos o malos, y la franqueza con que hablaba de sí mismo lo llevó a hablar de otros con idéntica franqueza.

Con el aprendizaje recibido de dos tunantes amigos, Villon agregó a los dos títulos universitarios otro que no lo era: M. C. (Maestro en Crímenes). Y ya le vemos dispuesto a cursar clases que, partiendo del aula ‘universitaria, le llevarán a presidio.

Divide el día en tres etapas: las tardes para escribir, las noches para robar y divertise, y las mañanas para dormir.

No obstante, en consideración a su padre adoptivo, prometió más de una vez cambiar de vida. «Después de todo, ¿qué provecho material sacas de tu proceder indigno? Robas, matas, y te llenas la bolsa,… ¿para qué?. Para que te la birlen las mujeres y el vino.»

Así que, estaba decidido, se reformaría.

Con el tiempo y a merced a los incansables esfuerzos de su padre adoptivo, consiguió trabajar honestamente. Por un tiempo trató de «aparecer honesto», haciendo de preceptor de varios jóvenes cuyos padres, evidentemente, desconocían su pasado. Mas a poco volvió junto a. los hombres y mujeres de sus viejos tiempos.

Lo subyugaron los ojos penetrantes y la cáustica lengua de Catalina de Vausselles, «mi dama de la nariz respingada». Villon se enamoró perdidamente de Catalina, pero ésta sólo sabía entregar su corazón apasionado al dinero, y lo abandonó por un amante más rico y dominador que él

La humillación sufrida por Villon fue la comidilla del hampa parisiense. La gente se reía a sus espaldas. No le quedaba más remedio que irse de París.

Pero antes se despediría de la ciudad con un dardo inflamado de irónica poesía. Escribió, pues, un testamento burlesco, El pequeño testamento, en el que dejaba la gloria de su existencia a Guillermo de Villon, la alegría a sus amigos, el dolor a sus enemiges y su «pobre, lánguido y transido corazón» a la dama que le redujo a tan penoso estado, ¡y quiera Dios compadecerse cíe su alma!».

Una cena ele despedida en la Nochebuena de 1436. Francisco Villon convida en la «Taberna de la Muía» a cuatro compinches suyos. De pronto, una idea diabólica cruza per sus cerebros saturados de alcohol. Y pocos minutos después, cinco sombras silenciosas se pierden en la noche en dirección del Colegio de Navarra. Han persuadido a Francisco de que será más provechoso robar en París que correr peligros por los caminos.

El asalto al Colegio de Navarra, en el que Villon casi pierde la vida, dejó a éste una ganancia de seis mil pesos aproximadamente.

Pasaban los días y la policía no sospechaba de Villon ni el de sus secuaces. Los ladrones celebraron su «buena fortuna» con noches de jarana en las que se regalaban con un primer plato de pavo asado y un postre picante de mozas rozagantes.

Pero llegó un día en que el poeta, al despertar, encontró sus bolsillos vacíos.Resolvió, una vez más, dejar la ciudad, y esta vez cumplió su propósito, pero mas tarde cayó preso.

Comenzo a meditar y escribir una nueva obra, concodia como el Gran Tsetamento. El pequeño testamento, no obstante sus momentos sublimes, es una burla. El gran testamento, a pesar de sus frecuentes vulgaridades, es un himno grandioso.

Es interesante notar que Villon escribió la mayor parte de la obra en la prisión, mientras aguardaba la sentencia de muerte. Es la confesión postrera de uno de los bribones más deleznables que el mundo ha conocido, pero que, sin embargo, tuvo la gracia de la fe y el don de un numen inspirado.

Empieza el poema con una disculpa por su vida ruin. Ha sufrido ya bastante bochorno, pero está seguro de que si bien no ha sido todo lo bueno que debió ser, al menos no ha sido todo lo malo que pudo ser.

La pobreza ha sido el aderezo de su vida y el dolor le llevó siempre de la brida. «Las necesidades descarrían a los hombres así como el hambre acucia al lobo a salir aullando de su guarida.»

Villon termina su Gran testamento, la mezcolanza más sorprendente de lo sublime y lo sórdido, con un epitafio para su propia tumba.

«Este haragán, mentecato, abandonado de la fortuna, ha devuelto su cuerpo a la Tierra, nuestra Madre común, los gusanos no hallarán mucha carne en él, porque ya el hambre lo ha roído hasta bien cerca de los huesos. Nunca tuvo descanso hasta que la muerte se lo llevó de este mundo. ¡Dios de la Misericordia, ten piedad de su alma y concédele paz eterna!».

Cierto día tornó parte en una riña entre beodos y fue detenido. El hecho en sí no revestía importancia por ser cosa de todos los días, y nada serio. Pero la policía parisiense ansiaba librarse de él «de una vez para siempre».

La mayor parte de sus compinches estaban ya «bamboleándose y secándose» al aire libre, y la salud de la ciudad mejoraría en mucho —reflexionaban los gendarmes— si podían hallar una excusa para echarle la soga al cuello a ese Villon.

Dispuestos a aprovechar la ocasión que se presentaba desenterraron de los archivos policíacos la larga serie de sus crímenes ya casi olvidados, incluyendo el robo del Colegio de Navarra, ya por entonces aclarado, y le sentenciaron a muerte.

Y aquí le vemos, enfrentándose con la horca por tercera vez. Echado sobre el húmedo camastro de su celda, se veía «pendiendo y balanceándose» de una soga. . . y se figuraba cómo sería ese cuarto de hora en que, con angustia creciente, vería írsele acercando la muerte.

La suerte no lo abandonó, su sentencia de muerte —gracias una vez más a la mediación del padre Guillermo— fue conmutada por diez años de exilio.

Se le dieron tres días de plazo para saludar a sus amigos y salir de París.

Una gélida mañana de enero (1463), arrastrando su magra y solitaria figura, atravesó la puerta de Saint Jacques para perderse bajo la copiosa nevada matutina… es lo último que se sabe de él. Se cree falleció en 1463.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Villon Francois – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Chaucer Geoffrey Poeta de los Cuentos de Canterbury

Biografia de Chaucer Geoffrey Poeta de los Cuentos de Canterbury

Geoffrey Chaucer (1343-1400), poeta inglés, uno de los más sobresalientes de su país, cuya obra maestra, los Cuentos de Canterbury, resultó crucial para el posterior desarrollo de la literatura inglesa.

Nació en Londres en el seno de una familia enriquecida con el comercio del vino. Asistió a la escuela de gramática latina de la catedral de San Pablo, y quizá estudió Leyes en Inns of Court.

Entró en palacio como paje, por lo que tomó parte en una campaña militar en Francia y, posteriormente llegó a casarse con una dama de compañía de la reina. Nombrado escudero del rey se encargará de misiones diplomáticas y otros cargos públicos.

Entre 1374 y 1386 trabajó como inspector de aduanas para la ciudad de Londres y entre 1389 y 1391 como funcionario responsable de los palacios y parques reales.

Hacia 1386 se trasladó a una residencia en el campo, probablemente en Greenwich y, más tarde, se instaló en la región de Kent, donde en 1386 era juez de paz y miembro del Parlamento.

Se conoce su vida a través de documentos relacionados con su carrera como funcionario de la corte de los reyes Eduardo III y Ricardo II.

Es la figura más aportante de la literatura británica en la Edad Media. Con él alcanzó el inglés de Londres la categoría de lengua literaria.

Entre sus obras figuran infinidad de canciones, himnos, raladas, rondas y poemas alegóricos, como La casa de la fama y El parlamento de los pájaros; imitaciones de Boccaccio y Ovidio, como Troilo y Cresida (que probablemente, aspiró a Shakespeare), y la Leyenda de las honestas damas; su creación más famosa son los Cuentos de Canterbury, iniciada en 1385, excelente documento para analizar la sociedad de su época.

Los Cuentos de Canterbury de Chaucer es una obra en verso que narra la historia de un grupo de peregrinos que se dirigen a Canterbury. Este fragmento, recitado por una actriz, pertenece al inicio del ‘Prólogo general’: «Cuando ese abril con sus aguaceros sosegó / lo que la sequía de marzo ha afectado hasta la raíz, / y bañó cada vena con un licor semejante, / del que la virtud que engendró sea la flor».

biografia de Chaucer Geoffrey
Chaucer viajó al frente de numerosas misiones diplomáticas a Francia, España e Italia en los años 1372, 1373 y 1378, lo cual le permitió entrar en contacto con las obras de Dante, Petrarca y Boccaccio (escritor que influyó notablemente en sus posteriores obras).

Al fallecer la condesa Isabel quedó fuera de servicio su paje, Godofredo Chaucer. Mas por poco tiempo. Un amigo de la infancia, John de Gaunt, había heredado el vastísimo ducado de Lancéster, convirtiéndose así en el hombre más rico de Inglaterra.

Godofredo volvío a incorporarse a la corte real, con el título de poeta oficial del rey. En cierto modo, en esto no hacía sino seguir la tradición de su familia.

Poco tardó en dominar el manejo de las piezas del intrincado tablero de las relaciones exteriores. El monarca le envió en misión diplomática a Genova. Una vez más se vio, en tierras extrañas, sirviendo a su país.

En Italia, entre las revoluciones y contrarrevoluciones, Chaucer descubrió los frescos de Giotto y la poesía de Dante. En Italia revivía ]a antigua Grecia.

Habiéndo llevado a cabo satisfactoriamente su misión, regresó a su país y el rey lo premió por sus servicios.

Logró un triple galardón: un nombramiento en la Aduana del puerto londinense, la libre posesión de una residencia en Aldgate y la entrega diaria de un cántaro de vino procedente de las bodegas reales, «para refrigerio de su mesa».

Habíase casado con una joven extravagante, Philippa, quien en su esfuerzo por «relacionarse con la sociedad» le metía en terribles apuros. Cuanto ganaba iba a parar al cesto sin fondo de los ambiciosos caprichos de su mujer.

Eran los suyos cuentos románticos de arrojada valentía, que luego leía en alta voz al terminar los banquetes reales, una vez despejadas las mesas y a la luz roja de las antorchas que iluminaban las pieles y terciopelos de los comensales.

Hubiérasele creído un «joyero que derramaba a manos llenas perlas y cuentas de vidrio, diamantes refulgentes y ágatas opacas, negros azabaches y rubíes carmesí».

Pero no se daba por satisfecho. . . porque el poeta siempre debe marchar en busca de la verdad. Y hasta ese momento había palpado solamente las galas superficiales de la verdad, sus colores llamativos y la fantástica confección de sus atavíos.

No había sustancia en su poesía, como tampoco la había en las criaturas encantadas, nimbadas de niebla o de arco iris que tan primorosamente describía. Estaba viviendo un sueño vano. Sus ocupaciones oficiales le obligaban a viajar de continuo.

Kelmscott Chaucer

Se conoce por Kelmscott Chaucer la edición que en 1896 realizó el pintor y diseñador William Morris de la obra de Geoffrey Chaucer en su imprenta Kelmscott Press. Las ilustraciones, inspiradas en textos medievales, eran de estilo prerrafaelista, del propio Morris y de Edward Burne-Jones.

Recorría las largas carreteras espoleando su cabalgadura de tanto en tanto, y dedicando el resto del tiempo a dar rienda suelta a sus pensamientos. Su mayor ventura era la de recorrer los senderos por el mes de mayo, cuando el verde lozano de la campiña inglesa reverdecía el corazón.

Había en esa frescura campestre algo que subyugaba aún más que el oropel de todos sus romances. Basta ya de «cuentecitos, canciones y baladas.

La belleza que atesoraba el paisaje inglés sería en adelante la inspiradora de su poesía.

La aparición de Los cuentos de Canterbury afianzó el renombre de Chaucer como padre de la literatura inglesa. Desde entonces, aun cuando su bolsa estuviera vacía, sabía que en su vida había cumplido una misión: la de dar nueva cadencia a su idioma natal y nuevo encanto a su terruño.

Al influjo de su mágica pluma, la lengua y el paisaje ingleses revivirían por siempre jamás, «más frescos que los capullos de mayo».

Y lo mismo ocurrió con la gente de aquella Inglaterra, a quien infundió vida eterna. ¡Tanto es el encanto de Los cuentos de Cantórbery, la canción tempranera de un mundo que despierta. . .

A medida que pasaban los años, el espíritu de Chaucer íbase aprestando a abandonar la hostería de este mundo para iniciar su peregrinación en el otro. Pero tenía aveces sus recelos, pues la senda a seguir no se le presentaba del todo despejada.

Miles de veces a los hombres he oído contar
que alegre es el ciclo y penoso el infierno.
y bien de acuerdo estoy con tal hablar;
pero yo también sé
que ninguno de los que aquí viven
ha visitado jamás el infierno ni el cielo

Pero cuando al alba sonó la hora de la partida, estaba presto a iniciar el camino: «¡Adelante, peregrino, hacia la luz, y sin miedo!»

Durante el renacimiento Chaucer fue considerado el Homero inglés y Edmund Spenser le alabó como su maestro; además, muchas de las obras de William Shakespeare muestran la asimilación por parte del gran autor teatral del lado más cómico de las obras de Chaucer.

Murió en Londres, Reino Unido, un 25 de octubre de 1400.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Godofredo Chaucer – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Walter Scott Escritor Vida y Obra Literaria

Biografia de Walter Scott EScritor-Vida y Obra Literaria

Walter Scott (1771-1832), fue un escritor de estilo novelista, poeta, historiador y biógrafo escocés, cuyo trabajo como traductor, editor y crítico, junto con sus novelas y poemas, hicieron de él una de las más prominentes figuras del romanticismo inglés.

Nació el 15 de agosto de 1771 en Edimburgo. Un pequeño «virtuoso» de seis años que tenía una mente prodigiosa, un cuerpo vigoroso y una pierna coja.

A los ocho meses de edad había sufrido un ataque de parálisis infantil, y una de sus piernas había quedado lisiada para toda la vida; pero el resto de él, repitiendo sus propias palabras, era «sano, animoso y recio».

Biografia de Walter Soctt
Nació el 15 de agosto de 1771 en Edimburgo. Trabajó como abogado y, más adelante, como secretario judicial, actividad que le dejaba mucho tiempo libre para escribir.

Aprendió a caminar, a cabalgar, y hasta a correr a la par del más pintado. Descendía por línea paterna y materna de sangre «noble». Esa nobleza era para él motivo de orgullo, pero no de arrogancia. Fue a lo largo de toda su vida un caballero entre caballeros.

Fue, desde la infancia, «incansable como el remolino». Siempre estaba haciendo o diciendo alguna cosa. Tenía una memoria que semejaba un papel secante: absorbía todo lo que oía o leía. Se paseaba por la casa recitando poesías.

Un «diablillo porfiado», con un voraz apetito de saber. Cuando comenzó a ir a la escuela —a los ocho años— se sabía casi de memoria a Shakespeare y Homero, pero no sabía nada de aritmética. El maestro le hizo sentar al final de la clase, entre los alumnos más torpes.

Al principio los condiscípulos le hicieron a un lado a causa de su cojera. «No vale la pena perder el tiempo con un lisiado.» Los desafió a uno tras otro, y más de una vez salió con las narices sangrando, pero al fin logró que lo respetasen. Y le admirasen. Pues se enteraron de que sabía relatar cuentos.

A los dos años era el mejor de la clase y sabía aritmética. Dos años más y estaba en condiciones de matricularse para la escuela secundaria.

Mas he aquí que una seria enfermedad interrumpió sus estudios y casi acabó con su vida; la rotura de un vaso sanguíneo de los intestinos. Siguieron semanas de agonía, meses de convalecencia… y al fin pudo reanudar su educación.

Comenzó los estudios secundarios con la intención de prepararse para seguir la carrera del padre: Derecho.

Walter Scott hubiera preferido mil veces el cuartel al bufete, pero la carrera militar no es para lisiados. Se graduó, pues, en Derecho, y resignóse a copiar documentos legales en la oficina de su padre.

Se enamoró de una joven que no quiso casarse con él, y se casó con una que no quiso amarle. Pero ésta admiraba en él la fortaleza de carácter, la alegría de espíritu y el superior talento.

Borroneó unos poemas en dialecto escocés e hizo varias traducciones del alemán. Aunque había cumplido veintiocho años no alentaba la menor ambición de una carrera literaria.

Con el cargo de Sheriff (oficial de justicia) de Selkirkshire, pudo disponer de un buen estipendio y de mucho tiempo libre, tiempo que le permitía atender a su práctica profesional en la curia.

Durante años enteros había estado coleccionando antiguas baladas de la frontera escocesa. Reunió la colección y preparó su publicación; no, empero, para la fama de su nombre, sino con el fin de socorrer a su antiguo compañero de escuela, el impresor Jaime Ballantyne.

A éste le escaseaba el trabajo en su taller de imprenta, y Scott ofreció las Border Ballads a un editor con la sola condición de que la impresión se hiciera en el taller gráfico de Ballantyne.

The Minstrelsy of the Scottish Border (Canciones de la frontera escocesa) —que así se titulaba la colección— no fué un éxito económico, ni Scott esperaba que lo fuese. «Mis aspiraciones literarias —escribía— son para mí asunto de esparcimiento más que de ganancias.»

Ni esperaba que su primer poema original, El canto del último bardo, resultara un éxito financiero. Mas lo fue, con gran sorpresa suya. La estrella de su destino no apuntaba hacia la carrera de las leyes, sino hacia la literaria. Y sin embargo, aún ahora —cumplidos los treinta y cuatro años— estaba lejos de sospechar su verdadera vocación.

Scott era generoso, pero no por ello menos precavido. Ansioso de asegurar el bienestar de su familia, que contaba ya con cuatro vastagos, invirtió sus ahorros en la imprenta de Ballantyne. Se convirtió así en socio en un negocio que hubiese podido tener éxito de no ser por dos factores: la incapacidad de Ballantyne para apreciar toda una situación comercial y la de Scott por «calar» a Ballantyne.

Por esa ápoca Escribió Marmion, La dama del lago (Lady of the Lake) y otros poemas breves. Encogíase de hombros ante sus triunfos literarios y acogía los fracasos con una sonrisa. El éxito del poema fue mayor por lo inesperado y enriqueció al autor.

La venta del poema aumentaba con cada edición. Los derechos de autor permitiéronle a Scott realizar el sueño de toda su vida: construirse una casa de campo.

Después de haber compuesto poesías hasta sus años maduros, no había logrado más que calificarse como bardo de mediana jerarquía. Ahora se dedicaría a la prosa, para convertirse en poeta de primer orden.

Años antes había tratado por un par de veces de escribir prosa novelada, pero la había abandonado por considerarla superior a sus aptitudes. En 1805, había remitido siete capítulos de su Waverley a un crítico amigo, William Erskine. «Tíralos —habíale aconsejado éste, lisa y llanamente—.

El dinero que le producían sus libros, entraba a torrentes en su caja, pero Scott desviaba esos torrentes hacia el pozo sin fondo de la imprenta de Ballantyne, sin reparar ni una vez en el hecho de que el negocio iba de mal en peor.

Compró más tierras, se metió en una maraña de hipotecas, agasajaba a gran número de visitantes en los prados de su residencia, daba comidas y bailes a los lugareños, vagaba (a pesar de su cojera) a través de calles y colinas, participaba en las partidas de caza, creaba , se regodeaba con sus títulos nobiliarios (inclusive una baronía), casó a sus hijos, escribió más novelas, ganó más dinero, interesóse más aún en los desastrosos negocios de Ballantyne y, al fin, el desastre. ¡Ballantyne se declaró en quiebra, y todos los bienes de Scott se esfumaron de la noche a la mañana!

El golpe fue tan repentino como trágico, pero transformó a Scott, de un buen hombre, en un gran hombre. Sus deudas, como resultado de la quiebra de Ballantyne, ascendían a 117.000 libras.

Sus amigos le aconsejaron que se declarase a su vez en quiebra, pero no aceptó ese recurso y se puso a trabajar para saldar su deuda.

El exceso de trabajo lo postró, pero supo hacer frente al mal como un estoico. «Es de valientes el sufrir y seguir trabajando.» Cuando no podía levantarse de la cama, dictaba acostado, y había momentos en que rechinaba los dientes de dolor; pero desaparecido el acceso proseguía el dictado.

Murió su mujer. «La soledad es terrible. . .», pero no cejaba en su trabajo.

Escribía novelas, poemas, biografías. Liquidó una cuarta parte de la deuda… la mitad. . . tres cuartas partes. Bajo la tensión del esfuerzo su mente sucumbió como lo había hecho el cuerpo. Cayó en el error de creer que había saldado la deuda. . . ¡piadosa ilusión!.

Sus amigos le enviaron a realizar un crucero por el Mediterráneo, en una fragata gentilmente cedida por el Almirantazgo. Entre quienes fueron a despedirle había lores , nobles damas y otras personalidades importantes.

Arribó el 11 de julio de 1832. Impedido casi de andar, pidió que le sentaran al escritorio. «Ahora dame la pluma. Quiero estar solo un momento.»

Mas cuando su hija le puso la pluma en la mano, él no atinó a cerrar los dedos.

Le metieron en cama. Fue apagándose lentamente, y a los dos meses cerró los ojos, con sublime expresión de serenidad. Scott había saldado su deuda con el Acreedor del Cielo.

Murió un 21 de septiembre de 1832.

OBRAS IMPORTANTES DE SCOTT

El canto del último bardo (poesía).
Marmión (poesía).
La dama del lago (poesía)
Waverley.
Cuy Mannering.
El corazón de Midtothian.
La novia de Lammermoor,
Ivanhoe.
El monasterio.
El abad. Kenilworth. El pirata.
Las aventuras de Niget.
Peveril del Pico.
Quintín Durward.
Las aguas de San Román.
Redgauntlet (Guantelete rojo).
El conde Roberto de París.
Vida de Napoleón (en 9 vols.).

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Walter Scott – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Sterne Laurence Escritor Vida y Obra

Biografia de Sterne Laurence

Laurence Sterne (1713-1768) fue un novelista y humorista inglés, autor de La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, una de las obras maestras de la narrativa inglesa del siglo XVIII.

Nació el 24 de noviembre de 1713 en Clonmel, condado de Tipperary. El padre era un soldado que mudaba de lugar con la frecuencia y la rapidez del viento.

Al día después de su llegada al mundo, su padre y otros muchos bravos oficiales, tuvieron que levantar el campamento, y enviados a recorrer el ancho mundo, con su mujer y dos hijos a cuestas.

Su madre adscripta al regimiento, lo seguía «de Irlanda a Inglaterra, y de Inglaterra a Irlanda, de una guarnición de tierra adentro a un puerto de mar, vuelta de allí al interior, siempre embarazada y siempre sepultando a algún hijito.

biografia de Sterne Laurence

Su padre murió por la herida causada en un duelo, el desafío tuvo lugar en un aposento de reducidas dimensiones, y el capitán Philips tiró una estocada tan a fondo con su florete que el pobre Sterne quedó ensartado contra la pared, y la punta del arma adversaria incrustada en ella.

El oficial Sterne curó de la herida; fue a la isla de Jamaica a reponerse… y murió allí de fiebre.

El padre dejó a su familia «sin un céntimo». Quiso la suerte, sin embargo, que acudiera un primo a socorrerlos. Invirtió éste su dinero en proporcionar una buena educación clásica al joven «delgado y docto».

Después de una buena dosis de Horacio, Platón, Plinio, Cicerón, Isócrates, y las Vidas de los Santos, recibió las órdenes y se estableció en Yorkshire, en el curato de la parroquia de Sutton-on-the-Forest.

Intervino en política al lado de un tío suyo que era miembro influyente de la Iglesia, consiguió otros curatos más, y en seguida se dedicó a buscar esposa para aumentar sus prebendas.

Cortejó por dos años a Isabel Lumely. Jamás enamorado alguno escribió cartas de amor como las de este acaramelado predicar.

La vida conyugal comenzó bajo buenos auspicios. La señora Sterne era amante de la música. «El vicario tocaba el violoncelo y ella le acompañaba.»
Pero era una vida aburrida; porque ella era una señora aburrida.

Con el tiempo una extensa lista de damas tenían inflamado el pecho del joven y voluble cura. Sus «distracciones platónicas» eran el escándalo —y la envidia— de sus feligreses.

Lo nombraron juez de paz, y juzgaba a sus parroquianos con el guiño risueño de quien se mofa de la autoridad que ejerce. Este cura de Yorkshire era mus especial, jamas visto, enterraba al muerto y bautizaba al recién nacido… y reía, reía y reía estrepitosamente hasta dolerle los costados.

Formaba parte de un grupo de refinados, que se hacía llamar con el curioso nombre de «Club de los Demoníacos», y que se reunían en una residencia de campo a la que le habían puesto el sobrenombre del «Castillo Loco». Allí comían, bebían y jaraneaban; discutían de literatura y amor, y escribían sonetos a Venus y a su «ahijado» Francisco Rabelais.

Laurence Sterne era un hombre enfermo. Su aspecto tristón, con su figura cenceña y escuálida, el color negro de su atavío clerical, las piernas como «patas de araña», el pecho hundido, el semblante, cuyas mejillas, más que tales, eran huecos de apergaminada piel, trataba de aparentar ante el mundo —y ante sí mismo— lo que no era.

Una vez que ponía a un lado el violín, pasaba a su biblioteca, y escribía allí durante horas y horas. Su biblioteca era un templo consagrado a la santísima trinidad del humorismo —«Luciano, mi querido Rabelais y mi no menos querido Cervantes»—, hombres que habían dado alegría a cambio de dolor.

Y en un plano apenas secundario estaban las divinidades menores de su predilección: Montaigne, Pope y Swift. En esa biblioteca preparó un libro que sorprendió, inspiró y escandalizó al mundo.

Sterne se limitó a observar la sabiduría y la estupidez de la sociedad humana, sus lados trágicos y cómicos, mis temores, caprichos, odios y amores, todo lo cual amasó en una novela. Le inyectó una chispa del humor rabelesiano y tituló, ese extraño menjunje, Vida y opiniones de Tristram Shandy.

Una noche, de sobremesa, leyó las primeras páginas del libro a unos amigos, pero éstos se quedaron pronto dormidos. Hondamente ofendido, acercóse a la estufa, y estaba a punto de arrojar su manuscrito a las llamas, cuando uno de los amigos, «despierto de un ojo todavía» —un ojo que veía muy lejos en el futuro— le arrebató el fajo de cuartillas, que salvó así para la posteridad.

Aun después de su publicación dudaba Sterne de la acogida del público.Y entonces le empezaron a llegar excelente opiniones de sus amigos de Londres, que habían recibido ejemplares adelantados de Tristram Shandy. Tristram había triunfado, y Sterne se había hecho famoso de la noche a la mañana.

En el dialecto de Yorkshire, el vocablo «shandy» significa «chiflado, inconsecuente, alegre», y esas características dominan en todo el libro, hasta en la tipografía.

Cuando los londinenses comenzaron a leer el libro, abrían mucho los ojos, con extrañeza, se rascaban la cabeza —y luego seguían leyendo, hasta engolfarse en su lectura. — Qué ideas más ocurrentes! ¡Qué encantadores protagonistas! ¡Y qué Odisea de fantásticas aventuras!

Estas aventuras, que comienzan mucho antes del nacimiento de Tristram —en realidad, él no viene al mundo sino en el tercer libro—, empiezan con las extravagancias, los azares, los deberes y privilegios del homúnculo en embrión que habrá de encarnar, más tarde, un hombre.

Y, de ahí, este baturrillo de novela nos va llevando amenamente hasta enfrentarnos con Gualterio Shandy, el excéntrico padre del excéntrico embrión de marras. Gualterio es hombre largo de teoría y corto de sentido práctico. Siempre empeñado en hacer lo complicado más bien que lo sencillo y natural, resulta que, por lo común, no lleva nunca nada a cabo.

Si tiene que rascarse la oreja derecha, invariablemente tratará de hacerlo con la mano izquierda, pasándola por detrás de la cabeza. Se torcerá así el brazo hasta que le duela y la oreja seguirá sin rascar.

Dotado de un asombroso arsenal de citas místicas y creencias ocultistas, es «orador nato» , y su mayor tragedia es carecer de oyentes. «Se parece a un afanoso prestidigitador ante un público de ciegos.»

Ni su propia mujer comprende su talento; y cuando él habla. . . ella es una tapia. Nunca contradice en nada a su marido, negándole así la oportunidad que él ansia más desesperadamente. . . la de disputar.

Cuando visitó a Londres se halló convertido en un príncipe del mundo literario. Todos se apresuraban a rendir homenaje al «hético pastor-poeta de Yorkshire», en quien vivían hermanadas la veneración y la impudicia.

Ensaladas a la Shandy figuraban en los menús de las casas de comida. Los caballos de carreras se registraban con el nombre de Tristram Shandy. Cosméticos, vestidos y hasta juegos de naipes fueron bautizados con el nombre del libro.

Y la fama del shandysmo pasó al otro lado del Canal y se difundió por toda Francia, multiplicádose su fama. Los franceses no acertaban a salir de su asombro: «¡Pero que maravilloso, es este Chevalier Shandy!»

El duque de Orlráns le rogó que posara para su famosa colección de «hombres excéntricos». Una dama le monopoliza para sus tertulias de los jueves, e invita «a todos los que tengan hambre y sed» a hartarse con sus gracias. Nada se salvaba de los dardos de su ingenio.

Aquí, como en Londres, la belleza femenina le subyuga. «Este cura —escribe un francés perspicaz— está enamorado de todo el sexo femenino. . . y por virtud de ello se conserva puro.»

En un teatro llama al acomodador para que saque a la calle a un soldadote alemán que se ha negado a inclinar la cabeza para permitir ver el escenario a un enano sentado tras de él. . . «¿Acaso no somos todos más que enanos que tratamos de ver el escenario y captar el sentido de la comedia?. ¿Acaso no somos algo así como… un jirón de orgullo que se desliza furtivo entre dos lágrimas de humillación?»

Por razones de salud, de 1762 a 1764 vivió en Toulouse (Francia) con su mujer, enferma mental, y su hija.

En 1765 realizó un largo viaje por Francia e Italia que le inspiró Viaje sentimental (1768), donde recoge sus opiniones sobre las costumbres sociales que conoció en Francia.

Murió en Londres, el 18 de marzo de 1768, cuando sólo habían aparecido dos volúmenes de esta obra. Póstumamente en 1775, se publicó su correspondencia.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Laurence Sterne – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Swift Jonathan Escritor Los Viajes de Gulliver

Biografia de Swift Jonathan Escritor

Jonathan Swift, fue un escritor político y satírico anglo-irlandés, considerado uno de los maestros de la prosa en inglés. Nacido en Dublín el 30 de noviembre de 1667, tenía un intelecto poderoso por demás, metido en un cuerpo demasiado debilitado por una enfermedad. Su superior talento se reveló desde los tres años, en que ya leía las Sagradas Escrituras.

También a esa tierna edad se puso de manifiesto su enfermedad. A lo largo de toda su vida estuvo atormentado por accesos periódicos de vértigo seguido de náuseas.

Biografia de Swift Jonathan Escritor
OBRAS IMPORTANTES DE SWIFT
La batalla de los libros. El cuento de una cuba. Los viajes de Gulliver. Los hijos de los pobres.
Indicaciones a tos sirvientes. Conversación cortés. Numerosas sátiras y versos.

Su vida toda, en realidad, fue una serie de contrastes, y el primero de ellos fué su propia venida al mundo. Perdió al padre cuando tenía seis meses de edad, y a los doce lo raptó el ama de cría.

Habiéndose enterado ésta de que un tío suyo había muerto en Inglaterra, se embarcó sin más para ir a recoger un legado que él la hacía, sin siquiera avisar a su señora. . . y llevándose consigo al niño. Transcurrieron tres años antes de que Jonathan volviera a ver a su madre.

Entretanto el chico había tomado gran cariño a la Biblia. . . y se había aficionado a las travesuras.

A los seis años entró en un colegio, el Kilkenny Grammar School, y a los catorce se matriculaba en el Trinity College, de Dublin.

Allí demostró que «le apasionaba la lectura y le fastidiaba la disciplina». A duras penas alcanzó a obtener el diploma de bachiller, pero el de master le fue negado por su «innecesaria insolencia para con el Decano Joven». Volvió, pues, a su casa, en desgracia.

A pesar de su «innecesaria insolencia» se las compuso para ocupar el puesto de secretario de Sir William Temple: escritor mediocre, consejero-valido del rey de Inglaterra y, según decían las malas lenguas, aunque acaso sin fundamento, padre natural del propio Jonatán.

El puesto significaba una soldada de veinte libras al año y un cubierto en la mesa de la servidumbre.

Y así, por un dinero que ganaba a costa de su orgullo, el brillante joven secretario se allanó a copiar los medianos pensamientos de su anciano señor. Y en los momentos libres —que eran contados— anotaba los suyos, en su mayoría en verso.

Pero, en los escasos ratos que le dejaba libre su aprendizaje, el joven Jonathan había hallado otra diversión: enseñaba a la pequeña Hester, o Stella, Johnson. Esta encantadora criatura, de ocho años, pertenecía a la casa de Sir William, pero nunca se ha aclarado del todo que representaba en ella, ni quiénes fueran sus padres.

La agradable relación de Jonathan con su alumna duró 9 años, hasta que cambió de ocupación y fue ordenado capellán de Dublin Castle.

Habiéndose decidido por una carrera eclesiástica, ambicionaba los cargos superiores de la Iglesia Anglicana, y no se contentaba con un puesto mezquino en su rama irlandesa. Pero sus superiores le negaban sistemáticamente lo que más ardientemente deseaba: un lugar de importancia en la Iglesia Anglicana.

Escribió una obra sátira contra ciertas prácticas religiosas en Europa. La titulaba Cuento de una cuba, demostrando cómo la cristiandad se ha apartado de la verdadera religión de Cristo.

Transcurrieron varios años antes de que saliese a la luz el Cuento de una cuba, publicado anónimamente. Aunque dirigida de intento a demostrar la preferencia del autor por la Iglesia de Inglaterra, la parábola no obtuvo la aprobación de los obispos y arzobispos anglicanos.

Ya viejo, al releer un día algunas páginas de su Cuento refiérese que murmuró: «¡Dios, qué ingenio el mío cuando escribí este libro!» . Esa fue su desgracia. Le sobraba ingenio para ser comprendido por sus contemporáneos.

Dondequiera que solicitaba una prebenda eclesiástica de importancia, se le despachaba con una cortés negativa. Su pluma cargaba demasiado fuego y azufre. Olía mucho a diablo.

Fue a Londres representando al pueblo de Irlanda en una misión, y una vez allí trabó amistad con los estadistas más influyentes de Inglaterra (Bolingbroke y Harley), e hizo cuanto pudo por ganarse su favor pero no pasó de ser su bufón favorito.

Al igual que Daniel Defoe, escribió para Harley folletos políticos, pero, a diferencia de aquél, rechazó toda compensación por su trabajo. En una ocasión, al estrecharle Harley la mano, deslizóle en ella un billete de cincuenta libras esterlinas. Afrentado, el folletista, le echó el billete a la cara, salió airado del despacho, y negóse a volver a verle nuevamente, hasta que Harley fue a desagraviarle personalmente a su casa.

Si bien su estancia en Inglaterra fracasó políticamente, le deparó un triunfo intelectual. Se convirtió en la figura de más tono de los cafés londinenses, en donde se congregaban los ingenios más sutiles de la City para el diario duelo de agudezas del espíritu.

Volvió de Inglaterra cargado de honores, pero sin el cargo que buscaba. Era un titán encadenado en un mundo de pigmeos.

Swift era un hombre extraño; y uno de los hechos más extraños de su vida fueron sus relaciones con Stella y Vanessa. Stella, según hemos visto, había sido pupila suya en sus años de secretario de Sir William, y cuando llegó a la «edad de merecer», fue para él algo menos que una amante y algo más que una amiga.

En cuanto a Vanessa —cuyo verdadero nombre era Esther Vanhomrigh— la había conocido en una de sus visitas a Londres, y se sintió tiernamente atraído hacia ella. Y ella —a pesar de que por la edad, Swift hubiera podido ser su padre— se enamoró perdidamente de él.

Aquí comenzó uno de los triángulos más raros de las historias amorosas.

Swift estaba enamorado de ambas, mas no se rendía a ninguna. Cuando residía en Inglaterra, se carteaba con Stella; y cuando vivía en Irlanda, escribía cartas igualmente íntimas a Vanessa.

Finalmente, cuando se estableció en Dublin como deán de San Patricio, hallóse en la agradable aunque embarazosa situación de tenerlas a las dos cerca.

Stella habitaba una casa próxima a la Catedral, y no era raro, en ausencia de Swift, que fuera a vivir en las habitaciones de éste. Vanessa se mudó a los suburbios de Dublin, so pretexto de que acababa de heredar cierta finca cercana, a cuyo cuidado debía atender personalmente.

Stella y Vanessa no llegaron a encontrarse nunca, pero cada una sabía de la existencia de la otra y con sus celos, le amargaban la vida al pobre Swift.

Los males de Irlanda le ocasionaron los mayores sinsabores de su vejez, y aliviar esos males fue su ambición mayor. En una ocasión en que el gobierno inglés se proponía tomar una medida para oprimir más al pueblo de Irlanda, Swift censuró tal injusticia en una serie de cartas tan violentas, que el gobierno se vio precisado a derogar la medida. Estas cartas, que Swift firmaba «M. B. Drapier, comerciante en géneros de Irlanda», le granjeó la «gratitud eterna» de sus conterráneos. . .

Le asombraba y dolía la inhumanidad de la explotación del hombre por el hombre.

Había perdido toda fe en la cordura humana, y declara esa bancarrota de su fe en un folleto que, por su devastadora lógica, merece mención aparte, aún entre las obras de Swift. El título es nada menos que el siguiente: Una humilde propuesta para evitar que los hijos de gente pobre resulten una carga para sus padres o su patria, y convertirlos en elementos de utilidad pública.

En los Viajes de Gulliver nos dice que cuanto mas grandes son, mayores son los tormentos que infligen a los ojos y a las narices. En cuanto a él, no tenía necesidad de mendigar porque no tenía dónde invertir el dinero. Y a este respecto, decía, trataba de inspirarse en la imagen del Señor. «Con sólo mirar a aquellos a quienes Dios se complace en prodigarlo en abundancia advertiremos cómo menosprecia el dinero.»

Y así, el «cura loco» llegó a sus años postreros sembrando el camino de burlas y gruñidos, en una sociedad que le creía un equivocado, porque era el único que conservaba su equilibrio en un mundo de desequilibrados.

Llegado a la edad del «desencanto en la sabiduría» decidió trasuntar su filosofía en los viajes imaginarios de Lemuel Gulliver. El 8 de agosto de 1726 envió el manuscrito de los Viajes de Gulliver al editor Benjamín Motte.

Acompañaba al libro una carta firmada por «Richard Sympson», en la que se daba a conocer como primo hermano de Lemuel Gulliver. «El señor Gulliver me confió hace algunos años este relato de sus viajes… ¡o ha hecho leer a personas de gran capacidad crítica y distinción; y si bien algunas partes podrán parecer en uno o dos lugares un poco satíricas, se cree que no ofenderán a nadie.

El señor «Sympson» ofrecía el manuscrito en doscientas libras, con la condición de que si la venta del libro no cubría ese adelanto, devolvería al editor la diferencia.

El libro salió a luz en el otoño de 1 726, y la primera edición se agotó en una semana. Todo el mundo reía ante el rudo ataque de Gulliver contra la raza de los Jahoo, porque nadie veía sus propios defectos, sino los del vecino . . .

Esto le enfureció a Swift más aún porque vio fracasado su principal propósito. «Yo quería escarmentar a la sociedad y no recrearla.»

Los Viajes de Gulliver es la historia de un hombre cuerdo que se aventura por entre sandeces y vanidades de una sociedad desquiciada. ¡Sí al menos este mundo se dejara gobernar por cuerdos en lugar de reírse de ellos! Habría entonces menos codicia y más bondad, menos propiedad privada y más comunidad de bienes, menos crueldad y más piedad, menos oropel y más gloria, menos insolencia y más sensatez.

Siempre pensaba en la felicidad de la especie humana. . . ¡aquel cínico malhumorado, que saludaba a la sociedad con un gruñido!

Y al fin, su pensamiento, su dolor y sus gritos, esfumáronse en un piadoso olvido. . . perdió la memoria. Cierto día, mientras leía el Cuento de una cuba, le dijeron que él lo había escrito. «¡Oh, no —repuso—, quien escribió esto era un genio!»

Cada vez que veía reflejado en el espejo su rostro macilento, exclamaba con tristeza: «¡Pobre viejo!», como si se tratara de otro.

Y en sus cumpleaños, cuando repicaban las campanas y se encendían fogatas en su honor, preguntaba: «¿A quién hace tanta fiesta la gente?».

Es el 19 de octubre de 1745. Un cielo límpido afuera, una mente nublada adentro. Se disipa la nube. Un solo instante. «Oh Dios —se le oye musitar— protégeme en este mi último viaje.»

Y cuando inició el viaje, toda una gran ciudad fué a darle el postrer ¡adiós! Pues habían aprendido a venerarle como a un hombre igualmente grande en el odio y en el amor. . . en el odio a las injusticias y en el amor a los hombres.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Jonathan Swift – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina