Biografia de Swinburne Charles Historia

Biografia de Baudelaire Charles Poeta Vida y Obra Literaria

Biografia de Baudelaire Charles Vida y Obra Literaria del Poeta

Charles Baudelaire fue un poeta francés crítico , con el que se abre la vía a la poesía moderna. Nació en París el 9 de abril de 1821. Su decadente estilo de vida le llevó a una muerte prematura y falleció luego de un largo sufrimiento en Paris un 31 de agosto de 1867, aquejado de parálisis.Tenía 46 años.

Nacido en el seno de una familia bien relacionada. Muerto su padre durante su niñez, y habiendo su madre contraído nuevo matrimonio con el teniente coronel Aupick, que fue embajador de Francia en varias cortes extranjeras, creció en un ambiente desierto de afectos familiares.

Estudió en Lyón y en el colegio Luis el Grande de París. A los diecisiete años manifestó su decisión de dedicarse a la literatura.

Como su vida empezara a dar muestras de disipación, sus tutores dispusieron que realizara un viaje a la India.

En su transcurso, Baudelaire quedó prendido en la letal atmósfera de Oriente (1841-1842).

De regreso a París, ya mayor de edad, dilapidó la fortuna de su padre. Como literato hizo sus primeras armas en la crítica artística, comentando los salones de 1845 y 1846.

En ella se reveló su sensibilidad romántica, su decisión de romper con todas las trabas a los derechos de la personalidad. Sin embargo, como crítico de arte es muy inferior a su condición de poeta.

Esa se reveló después de unos años en que pareció entregarse a la acción política republicana, en 1857, con motivo de la publicación de sus poemas bajo el título de Flores del Mal.

De una forma elegante y pulcra, de un valor literario realmente positivo, esas composiciones eran de contenido equívoco, morboso y «satánico».

El autor y el editor del libro se vieron obligados a comparecer ante los tribunales.

Aunque aquél fué absuelto, éste tuvo que suprimir de la edición las seis poesías consideradas más inmorales, las cuales fueron reeditadas en Bélgica bajo el título de Les Epaves (1861).

Hoy su obra se considera precursora de la poesía moderna. En su momento, levantó las iras del gobierno francés por las supuestas ofensas a la moral que contenía su obra Las flores del mal (1857).

Maestro del soneto y brillante crítico literario, contribuyó a difundir en Europa las obras de Edgar Allan Poe traduciéndolas al francés.

Poeta decadente y de sensibilidad enfermiza, moviéndose entre las galanuras musicales de la forma y las sinuosidades contradictorias del concepto, Charles Baudelaire es un ejemplar de las desviaciones consecuentes a la pérdida de una recta línea moral.

Falto de la voluntad necesaria para sobreponerse a las falacias del vicio, su vida acabó en un deplorable hundimiento físico, y en una catástrofe espiritual paralela a la de Edgard Poe, que le fue afín.

El deseo de dar realidad y forma al mundo de alucinaciones de su espíritu chocó con su mente agotada y prematuramente estéril. Baudelaire no tenía el temple de los grandes creadores.

Entonces se refugió en la traducción o en el comentario de los literatos extranjeros, de un De Quincey y, en particular, de un Poe.

Desde 1857 fueron apareciendo casi todas las obras de Poe, traducidas de mano maestra por Baudelaire.

Se sabe que tuvo relaciones con una tal Berthe, otra actriz, que conoció hacia 1863, y que le inspiró el poema Los ojos de Berthe, así como La sopa y las nubes; mujer atractiva pero totalmente desprovista de sensibilidad artística.

Es digno de señalar su toma de posición en favor de Wagner, manifestada en Richard Wagner y Tannhauser en Varis, artículo que supuso mucho valor, ya que el compositor alemán había sido recibido fríamente en 1860 en la capital francesa, donde el academicismo y el italianismo eran la ley.

Baudelaire fue verdaderamente quien intentó hacer descubrir a Wagner a los franceses. Escribe también varios artículos (entre ellos uno sobre Los miserables de Víctor Hugo), publicados en 1862, prólogos, un largo estudio sobre Delacroix que ha muerto en 1863.

Sus relaciones con Manet parecen haber sido bastante íntimas; se encontraban en el salón de los Lejosne, donde Baudelaire estrechó lazos de amistad amorosa con la señora Meurice.

Cuatro años más tarde se vio comprometido en la quiebra de una importante casa editorial.

Arruinado, se trasladó en 1864 a Bruselas, donde por algún tiempo se benefició de la amistad de una mujer.

El 24 de abril de 1864 Baudelaire sale para Bruselas, donde se instala. Pero pronto se desvanecen las esperanzas que había formado. Sólo llega a pronunciar cinco conferencias, mal pagadas y con escaso público.

Lacroix no parece interesado por sus obras completas y L’Indépendance belge le da largas… Todo cuanto odiaba en Francia, el materialismo, el frenesí de placeres groseros, la hipocresía, la hostilidad hacia la poesía, lo vuelve a encontrar, a modo de caricatura, en Bélgica.

Su desengaño se plasmará en los apuntes que acumula para redactar un panfleto vengador, ilustrado con recortes de periódicos y para el que se decide por el título de Pobre Bélgica. El libro quedará en proyecto.

Se consuela con los amigos nuevos y antiguos: Poulet-Malassis, Alexandre Weill y los hermanos Stevens. Joseph, el menor, será quien obsequiará generosamente a Baudelaire con el chaleco que en una ocasión tanto le gustó: dato recogido en el poema en prosa Los buenos perros.

Arthur Stevens, el marchante, le presenta a la señora Collart, anfitriona de los republicanos exiliados, y cuya hija, aficionada a la pintura, Baudelaire compara entusiásticamente con Courbet.

En marzo de 1866 se desploma en la iglesia Saint-Loup de Namur y empieza a manifestar señales de perturbación mental.

A los pocos días se repiten los ataques y se declara la hemiplegia.

El 23 de marzo ya no puede escribir, pero aún es lo suficientemente consciente como para enterarse de la publicación de Las nuevas Flores del Mal.

A principios de julio, Arthur Stevens le lleva a París donde ingresa en la clínica del doctor Duval (apellido sin relación con el de Jeanne; sólo es un sarcasmo del destino).

Ya sólo deja oír largas carcajadas y alguna que otra blasfemia. Sus amigos y admiradores solicitan para él una pensión al ministro de Educación, Víctor Duruy; Asselineau, Banville, Champfleury, Leconte de Lisie firman la petición.

Sandeau, Sainte-Beuve, Mérimée, literatos oficiales, la apostillan. Pero sólo se consigue una indemnización de quinientos francos: un escueto derecho a morir.

En el hundimiento de su vida se asociaron la bebida y el opio. Paralítico progresivamente, sus últimos años se deslizaron en las clínicas y hospitales belgas. Regresó por fin a París.

La muerte, benévola, le sacó de sus miserias el 31 de agosto de 1867.

Las obras completas, cuyos derechos de publicación fueron vendidos en subasta, ocupan siete volúmenes en la edición preparada por Banville y Asselineau; muchos inéditos quedaban todavía: la erudición moderna los ha integrado en las ediciones más corrientes.

La muerte de Baudelaire no fue sinónimo de olvido; todos cuantos le admiraron durante su vida siguieron defendiendo su memoria; entre ellos, Mallarmé que publicó un Tombeau de Baudelaire, Verlaine, Rimbaud que escribe: «… fue el primer vidente, el rey de los poetas, un verdadero Dios…»

En cuanto al público, sería exagerado decir que el siglo XIX admiró mucho al poeta que mejor supo plasmar la realidad de aquella época.

Paulatinamente, nuestro siglo ha ido rehabilitando a Baudelaire, limpiándolo de la acusación de poeta de los temas morbosos y libidinosos, para subrayar el carácter profundamente original y bueno, humano incluso, de su pensamiento.

Fuente Consultada:
Forjadores del Mundo Contemporáneo Tomo I Editorial Planeta Charles Baudelaire – Enciclopedia Electrónica ENCARTA –

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Biografia de Whittier John Vida y Obra Literaria del Poeta

Biografia de Whittier John

Whittier John Greenleaf, (Haverhill, Massachusetts, 1807-Hampton Falls, New Hampshire, 1892) Poeta abolicionista estadounidense. De familia cuáquera y formación autodidacta.

Del rocoso suelo de Massachusetts apenas si podía sacarse el magro sustento cotidiano. El padre se había establecido en las afueras de Haverhill, y allí habían nacido sus cuatro hijos, dos varones y dos mujeres. John, el segundo de los hijos y el primero de los varones, nació el 1 7 de diciembre de 1807.

Su niñez transcurrió entre mucho trabajo, pocos juegos y unas pinceladas de estudio. El maestro, Josué Corfin, era un hombre dotado del sentido del humor, y de la habilidad para relatar historias de antaño.

Añadió otra asignatura a los números y las primeras letras: el romance. Exaltó las mentes de sus pequeños alumnos con las «Mil y una noches» del folklore americano, y varias de sus fábulas habrían de inmortalizarse más tarde en las Leyendas de Nueva Inglaterra, merced a la pluma de su alumno John Whittier.

Biografia de Whittier John

Los domingos (llamados Día Primero por ios cuáqueros), al caer la tarde, se reunía toda la familia para la lectura del Libro Eterno. A los siete años, Whittier podía recitar de memoria largos pasajes y a veces capítulos enteros de la Biblia.

El padre, orgulloso de la memoria de su hijo, le llevaba a las reuniones trimestrales de la secta, donde le exhibía, muy ufano.

Muy niño aún, se dio a escribir poesías, y su parcialidad por los temas revolucionarios se manifestó desde eí primer momento.

Entre los héroes de sus primeras composiciones están William Penn, «el fundador de una nueva libertad» en América; William Leddra, el cuáquero mártir, ejecutado en Boston (1659); Juan Milton, «la figura que más se aproxima a mi concepción del verdadero hombre», y lord Byron, la «estrella brillante y osada», que luchó por la libertad, pero cuya conducta privada, se disculpaba Whittier, era mejor «ocultarla en las sombras del olvido «.

A comienzos del verano de 1826, y sin que John se enterase, su hermana remitió uno de sus poemas al Newburyport Press, el diario del que era subscriptor su padre. El editor William Lloyd Garrison leyó el manuscrito, lo juzgó «pasable» y lo hizo imprimir.

Garrison no sólo hizo de Whittier su amigo, sino que le inició en el mundo literario, presentándolo a otros destacados editores de la época.

Respecto a su formación superior, para la familia era imposible costerala. Hasta la Academia Haverhill, una económica escuela privada de la vecindad, estaba por encima de sus medios.

Por fortuna, un joven que los ayudaba en las faenas le facilitó la solución del problema. Éste, que había sido aprendiz de zapatero, enseñó a Whittier cómo hacer chinelas para damas. Con el dinero que esto le proporcionaba pudo el poeta pagarse los gastos de su educación.

Whittier se enamoró de su prima y compañera de estudios, Mary Emerson Smith. Fue este el primero de los muchos idilios de su vida, no obstante de que permaneció fiel al celibato hasta su muerte.

Merced a una recomendación de Garrison, obtuvo el puesto de director del Philanthropist un periódico liberal que se publicaba en Boston.

A lo largo de ocho meses, escribió sin descanso editoriales en defensa de la aristocracia del espíritu, opuesta a la del dinero.

Su padre había enfermado y necesitaban de su ayuda en la granja. Muerto el jefe de la familia, el joven poeta debió cargar sobre sus espaldas el fardo de asegurar el sustento a los suyos.

Estaba ansioso de entrar en la arena política, pero ¿cuál había de ser su cometido?… En ese período (1830) no había, a su parecer, ninguna gran crisis política ni cruzada que exigiera hombres de su temple para llevarla a cabo.

Por otro lado Mary Smith había rechazado su amor, él entendía que no era buen partido para una joven que se interesaba más por las comodidades del cuerpo que por las conquistas del espíritu.

Inclusive poco tiempo despúes fue abandonado por otra señorita que decidió casarse con un pretendiente de mejor posición, el juez Thomas, de Covington, Kentucky . La amargura de su decepción acabó por afectarle la salud, bastante precaria de por sí.

Perdida la felicidad, Whittier halló al fin ese «algo» que buscaba para entrar en batalla: la abolición de la esclavitud. …«hay más de dos millones de conciudadanos condenados a la más horrible servidumbre… es tiempo de libertar a los oprimidos. . . la causa es digna del arcángel Gabriel» le escribía su amigo Garrison.

Con el tiempo sus camaradas del movimiento abolicionista descubrieron que Whittier poseía un verbo elocuente, y le eligieron delegado de la región para la primers convención contra la esclavitud, que iba a realizarse en Filadelfia. Entre otros delegados por Massachusetts halló a su primer maestro, Joshua Coffin, y a William Lioyd Garrison.

Su cruzada por la libertad del negro le sumió en el torbellino de la política local y nacional. Dos veces fue electo para la legislatura de Massachusetts, pero en la segunda tuvo que renunciar debido a su precaria salud.

Y aun así imposibilitado de tomar parte activa en los debates cotidianos y en las emociones de las asambleas políticas, puso su corazón, su voz y su pluma al servicio de los hombres de Estado que compartían sus ideales.

Pasó ese periodo de su vida casi de continuo postrado en cama, se convirtió en uno de los adalides del movimiento en favor de la libertad de los negros. Hubo días en que, sintiéndose algo mejor, salía a caminar, y en dos de esas ocasiones fue corrido a pedradas por las calles.

En el período de 1835-1838, la cruzada abolicionista llegó a su culminación. Whittier alimentaba con sus ardientes poemas las hogueras que iluminaban el sendero del triunfo.

El cénit de su carrera política lo señaló la tentativa canalla de prender fuego al edificio del Pennsylvania Freiman, diario abolicionista que dirigía Whittier por esos días (17 de mayo de 1838).

El poeta casi perdió la vida en el incendio, pero esas mismas llamas fueron a avivar su ardor. Por varios años luchó incansable en aras de su ideal, más al fin decidió abandonar la batalla.

Desalentado, retornó a la poesía del terruño. Fue a vivir en una casita de Amesbury, con un jardín al fondo que él mismo cultivaba, llenándolo de distintas flores según la estación.

Pasábase las tardes en el almacén del pueblo, sentado sobre una barrica llena de azúcar y charlando con sus amigos los labriegos, y fue por esa época cuando escribió sus mejores poemas.

Estos poemas de ambiente rural americano hallaron un eco entusiasta. El público que le había perseguido le aclamaba; los días de su pobreza habíanse ido para no volver. Su Bloqueado por las nieves le proporcionó diez mil dólares en derechos de autor.

Y sus otros poemas le aportaron asimismo ganancias que, si bien no afluían en raudo caudal, su lenta y metódica acumulación le hacían sentirse rico.

Gozaba con la adoración del público, especialmente el femenino del que fue galanteador impenitente hasta el fin de sus días. Una y otra vez volvió a su juego favorito de ofrecer primero y rechazar después al amor.

Repetidas veces estuvo al borde del casamiento, pero siempre huyó en el preciso instante de la decisión.

Él se sentía un humilde cuáquero ansioso de vivir en paz. Rogó a sus «peregrinas» que le dejaran tranquilo, y puso en la puerta un «timbre, de alarma» que le prevenía de la llegada de mujeres y le daba la oportunidad de escapar por la puerta trasera.

Si ellas se ingeniaban para entrar antes de que el pudiera salir, lo encontraban sombrero en mano y lamentándose de tener que ausentarse en ese preciso instante.

Con la abolición de la esclavitud creyó que el mundo de los hombres había llegado al milenio apocalíptico. Como tantos otros abolicionistas parece imaginarse que la humanidad ha dado un enorme paso destruyendo la esclavitud sirviente.

Whittier pagaba el precio de su edad avanzada. Había sobrevivido a su propia grandeza, no sólo como defensor de ideales, sino como poeta. Era adorado en vida como «un dios muerto en los días míticos».

Los últimos años de su existencia los pasó en la resignada contemplación de su gloria de antaño. «Es una satisfacción —escribíale a un amigo— sentarse a la sombra de un árbol y leer nuestras propias poesías.»

Whittier tenía 84 años cuando murió el 7 de septiembre de 1892 en la casa de un amigo en Hampton Falls, New Hampshire.

LOS MEJORES POEMAS DE WHITTIER

Bloqueado por las nieves
Bárbara Frtetchie.
Maud Muller.
Molí Pitcher.
El niño descalzo.
Hablando a las abejas.
Melodías de mi tierra.
Mabel Martin.
La voz de la libertad.
Perdón.
La diosa eterna. Laus Deo.
A William Lloyd Garrison.
Memorias.
La plegaria de Agassiz.
Massachusetts a Virginia.
La leyenda de Nueva Inglaterra.
Cantos del trabajo.
La tienda en la playa.
La estrella del Norte.
Esclavos en el desierto.
Mi compañero.
El entierro del amigo.
Panorama.
La misiva del rey.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Whittier John Greenleaf – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Hawthorne Nathaniel Vida y Obra del Escritor

Biografia de Hawthorne Nathaniel-Vida y Obra del Escritor

Nathaniel Hawthorne (1804-1864), fue un novelista estadounidense, cuyos trabajos muestran una profunda conciencia de los problemas éticos del pecado, el castigo y la expiación.

Su exploración de estos temas se explica, en gran medida, por el conflicto que produjo en su conciencia religiosa el papel represivo de sus antepasados en el siglo XVII en casos como la persecución de los cuáqueros y los procesos iniciados en 1692 contra la brujería en Salem (Massachusetts).

De estirpe de marinos, sentábase solitario a la orilla del mar y contemplaba apacible la eterna lucha entre la arena y el oleaje. Mientras los demás trataban desesperadamente de trazar sus nombres en la arena, Hawthorne contemplaba cómo la marejada iba borrando aquellos trazos.

Biografia de Hawthorne Nathaniel

OBRAS IMPORTANTES DE HAWTHORNE

Cuentos dos veces dichos.
La granja de Blithedale.
Musgos de una vieja quinta.
La letra escarlata.
La casa de los siete tejados.
El fauno de mármol.
El romance de Dolliver.
Cuentos de Tanglewood.
La imagen de nieve.
El gran rostro de piedra.

Hawthorne dedicó su vida a la observación de este trazar y borrar, que es el humano afán por perpetuarse y transmitir a la posteridad los caracteres antes de que las olas los barran.

Cuando Hawthorne decidió dedicarse a la literatura no ignoraba que estaba sentenciado a una vida de pobreza, sufrimientos e ingratitudes.

Pues la literatura no era en América mercadería negociable, y para los puritanos era tan pecaminoso cortejar a las musas, como jugar a las cartas, beber whisky o besar a la mujer de otro.

Los Hathornes —fue Nathaniel quien le añadió la w al apellido— habían sido capitanes de barcos durante varias generaciones. Por las venas del poeta corría «sangre marinera». Ir al encuentro de lo ignoto constituía una segunda naturaleza en la familia.

Por otra parte, su formación cultural le incapacitaba para dedicarse a los negocios o a una carrera liberal. Su educación le llevó a ser lo que los psicólogos modernos llamarían «un introvertido».

Vivía en el ámbito de sus propios pensamientos. Nacido a la vuelta del siglo (1804), perdió a su padre, un marino, siendo él niño aún. Su madre, junto con Nathaniel y dos niñas, enclaustróse en una solitaria casa de Salem.

A los diecisiete años ingresó en el Colegio de Bowdoin (Maine), donde trabó amistad con dos estudiantes que más tarde habían de influir profundamente en su vida: Henry Longfellow y Franklin Pierce.

En sus estudios académicos corrió la suerte de todo genio cuyo intelecto es demasiado profundo para sus maestros. Por las notas, fue un mal estudiante. Una vez graduado, volvióse a Salem a «soñar con la vida —empleando sus propias palabras— en vez de vivirla».

Escribía cuentos, que luego se leía a sí mismo y echaba al fuego.Leía por la mañana, escribía por la tarde y daba largos paseos por las noches.

Cuando aún era un niño sufrió una grave fractura en una pierna, que le convirtió en un inválido durante varios años, impidiéndole participar en los juegos de los otros niños.

Sensible por naturaleza e influido por el carácter mórbido de la madre, se pasaba los días encerrado en su cuarto, y sólo al caer de la tarde salía a errar por los campos o a orillas del mar.

Hubo una extraña mezcla de su genio, como una lucha constante entre el amor de Dios y el amor del prójimo, y ya se puede apreciar desde la primera de sus obras publicadas, una colección de cuentos conocida bajo el título de Cuentos dos veces dichos (Twice Told Tales).

Uno de los mejores de esta serie es El mayo de Monte Alegre (The May-Pole of Merry Mount). Cuenta la historia de un mozo y una moza que arriban a la fortaleza del puritanismo, en Nueva Inglaterra, conservando aún en sus corazones un resto de paganismo.

Los condiscípulos de Hawthorne iban imponiéndose en el mundo: Longfellow era ya profesor en la Universidad de Harvard, y Pierce ocupaba un escaño en el Senado de los Estados Unidos. Hawthorne, en cambio, seguía a merced de la corriente.

Desempeñó el cargo de pesador de carbón en la Aduana de Boston, pero, con el cambio de presidente (Harrison), perdió su empleo.

Invirtió luego su fortuna, mil dólares poco más o menos, en una granja colectiva (Brook Farm). Sufrió esta vida de campesino casi un año, al cabo del cual volvióse a Salem, con los bolsillos vacíos.

Tenía ahora treinta y ocho años y era una estampa de belleza extraordinaria, rehuía toda compañía, sentíase más cómodo entre los personajes de sus cuentos que entre los habitantes de Salem.

Fuese a vivir a las solitarias alturas y comenzó a transformar la vida en ficción, una ficción, empero, más vivida que la misma vida.

Absorto en su arte, no toleraba las molestias del mundo. En el verano de 1842 contrajo matrimonio con la única mujer —Sofía Peabody— que había de llevar a su existencia la felicidad de una vida lograda plenamente.

Se mudaron a Concord, el pueblo de los recuerdos revolucionarios y los espíritus rebeldes: Bronson Alcott, Ellery Channing, Ralph Waldo Emerson y Henry Thoreau. Allí se sintió algo más cómodo, algo menos alejado de esa vida que al fin y al cabo tenía mucho de común con la suya propia.

Con todo, rara vez abandonaba su tímido aislamiento. Alquiló una casa medio destartalada situada en las afueras de la ciudad. Durante cuatro años vivió frugalmente con los escasos ingresos que le proporcionaban sus escritos, hasta que al fin le favoreció un golpe de fortuna.

Los demócratas habían ganado nuevamente la presidencia, y Hawthorne fue designado entonces Inspector de Aduanas en Salem, con un sueldo de mil doscientos dólares anuales, suma fabulosa para el Salem de 1846.

Mas la suerte sólo le fue propicia hasta 1849.

La elección de Zacarías Taylor para la presidencia significó para Hawthorne la cesantía del empleo que ocupaba.

Quedaba en situación realmente penosa. Contaba apenas cuarenta y cinco años de edad y sentíase ya viejo. Tenía una esposa y dos hijos que mantener, ningún ahorro que le salvase de apuros, y eran nulas las posibilidades de conseguir otro empleo.

Pero tres circunstancias fueron en su ayuda: los ánimos de la esposa, la generosidad de los amigos y la confianza de su editor en su capacidad para producir una obra maestra.

Su esposa encendió el fuego en la estufa de su estudio, le ordenó la mesa de trabajo, le ayudó a ponerse su bata y le hizo sentarse a escribir

A los pocos días un grupos de amigos le informban que «hemos reunido la suma del cheque que tendréis a bien hallar adjunto. Tan sólo os estamos pagando, y en muy desigual medida, la deuda que con vos ha contraído la literatura americana. «

Cierto día que James T. Fields, su editor, fue a visitarle a Salem, y le preguntó si tenía preparado algo para la imprenta… Hawthorne no tenía absolutamente nada, pero sacó de uno de los cajones de su escribanía un fajo de cuartillas.

El editor llevóse consigo los «borrones», y esa misma noche le escribió a Hawthorne una carta entusiasta. Acababa de leer un bosquejo de lo que habría de ser La letra escarlata.

En esta obra la historia no empieza por el principio; Hawthorne emplea en esta novela el método retrospectivo.

El resto de la vida de Hawthorne cabe en pocas palabras. Al ser electo Pierce presidente de la nación, designó a su ex condiscípulo cónsul norteamericano en Liverpool.

Mientras vivió en Inglaterra permaneció al margen de la vida social como lo había estado en su país. Se familiarizó con la historia antes que con los habitantes de Inglaterra.

Al finalizar su consulado, realizó un viaje por Italia, donde, fiel a su costumbre, vivió más en el pasado que en el presente.

Regresó luego a América, donde se hallaba más a gusto que en cualquier otra parte: porque era el linde entre el pasado y el porvenir reflejado en la vida de provincia.

Tan sumido estaba en los problemas de sus pequeños dramas provincianos, que apenas advertía la tragedia nacional que estaba desarrollándose ante sus ojos.

Cuando estalló la Guerra Civil, se limitó a encogerse de hombros, ‘»Apruebo la guerra, pero no sé para qué peleamos».

Pero también él luchaba en una guerra: la del alma humana que lucha por librarse de las ataduras del mundo que la rodea. Describe esa batalla en su obra: La casa de los siete tejados, en la cual los pecados de los padres tejen una red que asfixia la felicidad de los hijos.

En El fauno de mármol vuelve a la carga con su tema favorito del pecado y el sufrimiento: una criatura salvaje y semihumana, que al resugir del pasado se siente abrumada por los serios problemas de la vida del hombre actual. En sus postreros días quiso librar una nueva batalla; la del alma contra los inevitables mandatos del destino.

Es El romance de Dolliver, obra inconclusa. Afanábase en este libro por encontrar el elixir de la vida, la conquista de la muerte, el humano tránsito hacia la inmortalidad; pero la ironía del destino quiso que este novelista-filósofo muriera en el trance de buscar la vida eterna (mayo 1864).
Y con él murió una época intelectual de la historia de Norteamérica.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Nathaniel Nawthorne – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Bryant William Cullen Vida y Obra del Poeta

Biografia de Bryant William Cullen Vida y Obra del Poeta

William Cullen Bryant (3 de noviembre de 1794- 12 de junio de 1878) Nació en Cummington, Massachusetts, Estados Unidos.  Poeta, ensayista, traductor y editor estadounidense, considerado una de las figuras claves del naturalismo norteamericano.

El doctor Pedro Bryant era el médico más estimado de Cummington, y los ratos libres que le dejaba su profesión, los dedicaba a la política local y la poesía.

Cierta vez, Willard Phillips, editor de la North American Review, le sugirió la posibilidad de publicar en la revista una de sus poesías.

Dio la casualidad de que el doctor llevase en su bolsillo un poema escrito per su joven hijo William Cullen, que contaba con diecisiete años. El título del poema era Thanaptosia.

El doctor Bryant pasó en limpio el poema y, sin estampar al pie el nombre del autor, lo llevó a la redacción de la revista. Cuando el sr. Phillips leyó el poema, apenas pudo dar crédito a sus ojos. Corrió a casa del co-editor, Ricardo H. Dana, para leérselo.

Dana le escuchó cortésmente, y dijo al instante: —Phillips, te han engañado. No hay nadie en este lado del Atlántico capaz de escribir esos versos.

—¡Pero yo conozco al que ios escribió. Es el doctor Pedro Bryant, un viejo amigo mío. Es más, en este instante ocupa su escaño en el Senado.

Biografia de Bryant William Cullen

Ni el doctor Pedro Bryant ni ningún otro de los antecesores de William Cullen habían llevado impreso el sello del genio. La mayoría de ellos habían sido gigantes en el sentido físico más que en el cerebral.

De la línea materna habían salido hombres y mujeres de vigor extraordinario.

A los dos días de nacido Cullen (3 de noviembre de 1794) su madre estaba ya en la cocina haciendo una chaqueta para otro de sus niños.

Pero Cullen no heredó el vigor físico de su familia. Era un niño delicado y enfermizo. Su padre debió echar mano de todos los recursos de su ciencia para librarle de una enfermedad tras otra.

Desde muy temprana edad se manifestaron en su organismo síntomas de tuberculosis y no había niño más susceptible que él al menor cambio de temperatura. El padre, decidido a fortalecer su frágil cuerpecito, recurrió a un tratamiento enérgico.

Durante todo el verano no hubo mañana en la que no sumergiera al niño en las aguas frías de una fuente cercana a la casa, «continuando el tratamiento, a pesar de los gritos y protestas del paciente, hasta bien entrado el otoño, de modo que en ocasiones era necesario romper antes el hielo que cubría la superficie de las aguas».

Junto a su cuerpo anormalmente endeble se desarrollaba una mente anormalmente precoz. «Unos pocos días después de cumplir dieciséis meses de vida, ya conocía yo todas las letras del abecedario», nos dice.

Ingresó en la escuela a los cuatro años, desde sus más tiernos años le gustó leer y escribir poesías.

Había descubierto en la biblioteca paterna la traducción de la Ilíada, hecha por Pope, las obras de Spencer y Milton y el teatro de Shakespeare. Y luego su padre le trajo un día un volumen de poesías de Wordsworth.

Hacer por América lo que Wordsworth había hecho por Inglaterra, tal sería en adelante el norte de su vida.

En el otoño de 1810 ingresó en el colegio Williams, una escuelita de reciente fundación y precarios medios, donde el cuerpo docente estaba constituido tan sólo por un profesor y dos preceptores.

Bryant no pudo tolerar durante mucho tiempo la escasez de elementos de estudio y volvió a Cummington con la intención de prepararse por sí solo para ingresar en Yale.

Se aplicó al estudio con ahinco por espacio de varios meses, para llegar al cabo a la conclusión de que su padre no podía costearle los estudios.

Hondamente decepcionado, decidióse por un puesto de pasante como lo más aceptable después de la carrera universitaria. Entró a trabajar en un bufete de Worthington, próximo a su ciudad natal, y tres años más tarde recibía el diploma de «Abogado en Causas Civiles».

Su aversión por los asuntos legales fue la causa indirecta que le indujo a escribir sus más hermosos poemas. Animado de una fuerza y un valor desconocidos para él una tarde, se sentó y escribió el poema: A una cerceta:

Las poesías de Bryant son de calidad excepcional, pero muy escasas. Sus obligaciones de abogado relativamente pobre, le sustraían de continuo a los encantos de la Musa. Y para colmo de males, los pobladores de la región le habían honrado —o mejor sería decir «cargado»— con la secretaría del municipio.

Sus actas pueden verse aún hoy en el Ayuntamiento de Great Barrington. Uno de los asientos tiene particular importancia, pues registra su propia boda con Fanny Fairchild, «la más bella de las mozas de la campiña de Great Barrington».

La había conocido en una «fiesta» del pueblo, y se había enamorado a primera vista de su «hermoso y áureo cabello, su pequeña y grácil estampa». Con ocasión de la boda, Bryant compuso una plegaria, que fue el vademécum del sereno afecto que reinó en la larga existencia que juntos llevaron.

«Dios todopoderoso, te rogamos salvaguardes nuestra felicidad de ahora y de siempre con tu infinita misericordia. Haz que seamos fieles el uno al otro, y que no olvidemos nuestras mutuas promesas de cariño y sinceridad. . . Haz que llevemos una larga e inocente vida feliz, sin que nuestro afecto disminuya hasta la muerte. Haz que nunca haya entre nosotros celos, desconfianzas, indiferencia ni recelo —ni ocasión propicia para ello—; nada que no sea indulgencia, dulzura, confianza mutua y dedicación a la felicidad del otro. Y para que no seamos tan indignos de tamaña merced, ayúdanos a cultivar el bien y la caridad, no gólo en nosotros dos, sino con nuestros vecinos, con la especie humana y con toda criatura viviente.»

A este gran acontecimiento sucedió otro de importancia aún mayor. Bryant recibió una invitación de la Phi Beta Kappa de Harvard para que leyera un poema suyo durante la colación de grados universitarios.

Esto era de por sí una alta distinción para un poeta tan joven. Pero más importante aún que el honor que se le dispensaba era la oportunidad de hacer un viaje a Boston —el primero de su vida, no obstante haber nacido a pocas millas de la ciudad—, y de trabar relación con sus sabios y escritores más destacados.

Conoció allí, entre otros, a John Quincy Adams, Edward Everett, William Ellery Channing, Willard Phillips y Richard Henry Dana.

Pertenecían a ambientes tan dispares como dos polos opuestos. Dana descendía del gobernador Dudley, habíase graduado en Harvard y era miembro del exclusivo círculo social.

Bryant, por el contrario, era vástago de un oscuro árbol genealógico, no se había graduado en colegio alguno y a través de los arrogantes monóculos de los ilustrados intelectuales de Boston, habrá aparecido seguramente cual rústico provinciano.

Pero tenían algo muy grande en común: una pasión rayana en la adoración por la poesía de Wordsworth. Dana se convirtió no sólo en su más íntimo amigo, sino en su consejero literario más atendido.

Le instó a publicar un volumen de poesías, y como el libro tuvo muy buena acogida, le indujo a deshacerse del fardo de su profesión legal; para dedicarse por entero a la literatura.

Bryant tenía treinta y un años cuando se decidió a dar ese paso que había de cambiar por completo el curso de su existencia. Dana y otros amigos le aconsejaron que prefiriera Nueva York a Boston.

Por ese tiempo le abatieron dos grandes desgracias:la muerte de su padre, y de la hermana. Siempre había venerado a su padre, no sólo por ser el hombre que «me enseñó en la niñez el arte de hacer verso», sino porque era un médico que valuaba su éxito más por la gratitud del paciente que por la importancia de sus honorarios.

Para aliviar su congoja, entregóse con alma y vida a su trabajo. Pálido, delgado, «casi diminuto», poseía, en cambio, voracidad por el trabajo. Y una propensión asombrosa para ganarse amigos.

«Tenía una rara simpatía —decía de él un vecino— para conversar con la gente del pueblo, ya fueran labriegos, leñadores o cocheros. Celebraba jovialmente los chascarrillos que le contaban y —seguía diciendo su vecino— sus chanzas tiraban por lo general a lo picante.»

El buen humor era algo innato en él, esa gracia que salva al poeta de degenerar en pedante y jactancioso.

Consumido el capital, los editores suspendieron la publicación del diario.
Ante situación tan desesperada, recurrió Bryant nuevamente a su profesión, obteniendo una licencia para atrabajar el los tribunales neoyorquinos.

La suerte le acompañaba, sin embargo. Entró a colaborar en el New York Evening Post, y siguió allí hasta el fin de sus días.

Como de costumbre, sus ocupaciones editoriales y políticas —el periódico sostenía firmemente a Andrew Jackson— le dejaban muy pocos minutos libres para cultivar la poesía.

Ahorró durante un tiempo merced a la proverbial economía yanqui, y pudo entonces adquirir buena parte de las acciones del diario. Bajo su directiva, el Evening Post llegó a colocarse a la vanguardia del pensamiento liberal americano.

Bryant se ocupó activamente de la formación del partido republicano, en la campaña a favor de Lincoln, en la cruzada por la emancipación de los eeclavos y en el debate por el reconocimiento de los derechos de los trabajadores.

Vivir, dejar vivir y ayudar a vivir, ésa, a su parecer, debía ser la suma del código político, poético y religioso del Nuevo Mundo.

Fue el primero de los poetas nacionales de Norte América. Era norteamericano no sólo en sus paisajes sino en el idioma.

A medida que transcurría el tiempo y florecía el diario, se contentó con su «plato de lentejas», especialmente desde el momento en que se lo ganaba honestamente y lo repartía con generosidad entre los menos afortunados.

Su prosperidad le permitió sacar a sus amigos de múltiples atolladeros, comprar una residencia de campo en Long Island Sound —»un rinconcito encantador, como hecho para un poeta»—, realizar varios viajes a Europa y ver endulzada su vejez al comprobar que al fin se veía libre de cuidados, si no de trabajo.

Ya es anciano, pero sigue trabajando de firme. Cada mañana, a las siete, luego de haberse andado tres millas, comienza su tarea en el Post.

Los últimos años de su existencia han sido los más activos. Con los setenta ya cumplidos, emprendió el más ambicioso de sus proyectos —traducir la Ilíada, y la Odisea— y en el filo de los ochenta concluyó la empresa de «trasplantar las flores de Troya a las riberas del Hudson».

Su vigor seguía intacto, pero su corazón estaba apenadísimo. La muerte se llevaba, año tras año, las mejores espigas del trigal de sus amigos. Y la mejor y más dolorosa de todas, su esposa. Casi le es imposible soportar este último golpe.

Y pronunciando uno de esos inspirados discursos recibe su sentencia de muerte. La estatua del patriota Mazzini acaba de descubrirse en el Central Park. Bryant, con «su hermosa cabeza gris» reluciendo al sol, pronuncia el último párrafo de su arenga… El sol abrasador le marea. Tropieza y cae de espaldas hiriéndose la cabeza.

Por espacio de tres semanas permaneció inconsciente y luego (el 12 de junio de 1878), su corazón grande y sencillo latió por última vez.

LOS MEJORES POEMAS DE BRYANT

Thanaptosia.
A una cerceta.
Himno de la fronda. La fuente.
Los hombrecitos de la nieve.
El venado de patas blancas.
Sella.
Voces de la naturaleza.
Pastoral de otoño.
Las praderas. Una vida.
Las edades.
Muerte de Lincoln.
La violeta amarilla.
La genciana florecida.
La montaña monumental.
El pasado.
Roberto de Lincoln.
A la más bella de las zagalas.
Vagabundeo estival.
El viento del atardecer.
El poeta.
La corriente de los años. Himno a la muerte.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Bryant William Cullen – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Swinburne Charles Historia, Vida y Obra del Poeta

Biografia de Swinburne Charles Historia, Vida y Obra del Poeta

Algernon Charles Swinburne (1837-1909), poeta inglés famoso por sus temas libertarios y su virtuosismo estilístico.

Swinburne nació en Londres y estudió en la Universidad de Oxford. En 1860 publicó los dramas en verso La reina madre y Rosamunda. Se estableció en Londres y comenzó una larga relación con el poeta y pintor Dante Gabriel Rossetti y los escritores William Morris y George Meredith.

Biografia de Swinburne Charles Historia, Vida y Obra del Poeta

De pequeño, cuando estudiaba en Eton, cayó enfermo con el sarampión y su madre acudió a su lado. Sentada junto al lecho se pasaba el día leyéndole a Shakespeare y otras obras clásicas. Recitaba Hamlet saltando en la cama.

Heredó su temperamento apasionado del abuelo paterno, Sir John Swinburne, y la sensibilidad aristocrática, de su madre, hija del tercer conde de Ashburnham.

Tuvo un crecimiento raro y parecía que lo único que crecía en él era la cabeza. Y ésta adquirió un tamaño tan superior al normal, con relación al cuerpo, que cuando se matriculó en Eton parecía una calabaza bamboleándose sobre una zanahoria y hasta daba miedo que se desprenda.

Fue un niño bastante porfiado y en el hogar, cuidaban muy bien de no hacerle el menor reproche, porque entraba en un estado cataléptico que daba temor.

Los ingredientes que formaron al joven poeta fueron cabeza grande y hermosa, envuelta en una aureola de llamas, un cuerpo debilucho, en compensación de lo cual aprendió a tomar posturas desafiadoras y atrevidas, una pasión por la lectura de las grandes obras del pasado, una energía «eléctrica» que le hormigueaba en las carnes de continuo, y unas ansias apasionadas y rebeldes por una total independencia.

Por espacio de tres años estuvo Swinburne flirteando con la idea de alistarse en la caballería. En el invierno de 1856 se matriculó en Oxford, y a poco halló las exigencias de la Universidad tan desagradables como las restricciones del colegio preparatorio.

Le era imposible ajustarse a las normas que rigen la vida del común de los mortales. Tampoco participaba en los juegos ni aparecía en las fiestas de sus compañeros.

A sus profesores no les impresionó su personalidad, y mucho menos sus poesías. Durante el primer año aspiró al premio Newdigate con un poema sobre el Paso del Noroeste. El jurado desechó su trabajo y adjudicó el premio a un tal Francis Law Latham, un joven que como poeta «ascendió como un cohete y cayó como una piedra».

Por otra parte, alimentaba un sordo desprecio por la vida académica de Oxford. Tampoco completó esta vez sus estudios, y los abandonó, lo mismo que en Eton, antes de diplomarse.

Por segunda vez un fracasado, el imperturbable joven poeta accedió al ruego de su padre y se fue a vivir como alumno privado en casa de William Stubbs, clérigo de gran cultura a cargo de la apacible y campestre parroquia de Navestock.

Una tarde, él y su esposa preguntaron al joven qué había de cierto en eso de que escribía poesías.
—-Es verdad —repuso Swinburne—. He emborronado un par de cuartillas en mis horas libres.
—¿Por qué no nos da el gusto de leernos algo? —pidióle la señora Stubbs.
Swinburne subió a su aposento y volvió con un grueso fajo de papel, una larga tragedia histórica en verso libre.

Empezó su lectura la primera noche, y después de media noche llegaba al final. Levantó entonces la vista del papel y preguntó:
—Les ha gustado?
—En general, sí —replicó el reverendo—. Pero para serle sincero, Mr. Swinburne, yo atenuaría algunos pasajes amorosos. Son, ¿cómo le diré?, un poco demasiado íntimos para un joven poeta sin experiencia.

El vicario esperaba que su pupilo reconociera modestamente lo exacto de la observación. Pero lo que siguió fue desconcertante.

Una larga e intensa mirada que terminó en un chillido atroz y diabólico. —¡Eh!, Mr. Swinburne. Mas éste ya había recogido el manuscrito y huía escaleras arriba.

El sol brillaba bien alto al día siguiente cuando Swinburne, con la mirada afiebrada, bajó de su habitación. —Siento lo ocurrido anoche. —Oh, no se preocupe.

Contrajo una cálida amistad con William Morris y Dante Gabriel Rossetti. Rossetti, el brillante pintor-poeta, que pensaba como inglés y sentía como italiano, estaba casado con una bella jovencita. Los tres jóvenes bohemios formaban un trío inseparable, hasta que un día Dante encuentra muerta a su mujer, siendo un enigma hasta hoy las razones de su deceso.


Poco después, otra experiencia dolorosa contribuiría a acerarle el carácter. Se enamoró a primera vista de una muchacha, «graciosa y vivaz», que pareció corresponder con placer sus atenciones, hasta que un día se le ocurrió declararle formalmente su amor, ella se le rió en las narices. . . así como Lady Montagu lo había hecho antaño con Alejandro Pope

Cantó su enlace mítico con el mar en un magnífico poema: El triunfo del tiempo

Mas adelnate publicó su primer volumen, La reina madre, y sentó un precedente sin par; no vendió ni un solo ejemplar. En su «tragedia griega» Atalanta, el primer poema que reveló su «sobrehumana inteligencia y su superdiabólica audacia», atacó a los dioses consagrados en una oda coral de punzante invectiva y soberbia música.

Swinburne era un rebelde pero sin llegar a ser ateo. Los dioses malos contra los cuales lucha no son más que los aspectos nocivos de la naturaleza. Son conceptos supersticiosos de mentalidades primitivas; dioses hechos a imagen del hombre pero del hombre en estado salvaje. Swinburne reniega de esos dioses y de la vida que a su sombra se dea liza. Pero no reniega de Dios ni de la vida. La vida es hermosa, es breve, pero bella.

Por eso, debemos beber la belleza de la vida, bañarnos en su luz, desafiar sus peligros, luchar contra la opresión y hacer frente a los vaivenes de la fortuna con corazón resuelto. «Así se encuentra a Dios: siendo hombre con todas las fuerzas.»

Tal era el credo poético y la concepción filosófica de su vida. Hizo de ella un canto a la primavera; abril corría por sus venas. A pesar de su constitución endeble —más de una vez sufrió ataques epilépticos—, entró de lleno en el turbión de la vida londinense y llevó al verso la fogosidad de sus primeras experiencias.

Una vez, su pasión por el agua casi le cuesta la vida. Sobreestimando el poder de sus débiles extremidades permitió que las olas le internaran más de la cuenta. Y cuando quiso volver a la costa se encontró a merced de ellas, flotando como «corcho indefenso».

Por fortuna, en el momento en que desmayaban sus fuerzas, fue avistado por una embarcación. «Y mientras flotaba hacia la muerte» —contaba más tarde a sus amigos—, pensé que mi volumen de poesías republicanas (Cantos antes de la aurora) estaba listo para la prensa.»

Cada vez se volvía más excéntrico. Si se le ocurría, caminaba por las calles más concurridas de Londres, recitando su poesía a voz en cuello. En una oportunidad fue a pasar unos días en casa de una familia de admiradores suyos.

La dueña de casa, no sabiendo qué hacer para colmarlo de honores, llenóle el dormitorio de lirios japoneses. En medio de la noche, unos alaridos desesperados arrancaron del sueño a los moradores.

Era Swinburne que gritaba: «¡Me han envenenado! ¡Me han envenenado con perfume!

Alarmado ante estas manifestaciones de orate, uno de sus amigos más íntimos, el abogado Theodore Watts-Dunton, le tomó bajo su protección, rescatándolo del torbellino de la sociedad londinense y llevándoselo a vivir en la quietud de Putney, donde le cuidó con la atención que un solícito jardinero prestaría a una flor exótica.

Swinburne vivió con Watts-Dunton treinta años, que fueron los más plácidos de su existencia y a la vez, los menos productivos.

Watts-Dunton no sólo alejó a Swinburne de la excitación de la compañía de los viejos amigos sino también de la de los viejos pensamientos. Su juicio crítico había empezado a fallar, al par que mermaba su facultad creadora. Intentó reverdecer el tronco de sus valores, pero en vano

Su ocaso no fue dejando estela gloriosa. De viejo, una sordera total le aisló por completo del mundo. Y la conciencia de haber perdido sus facultades hacíale sufrir intensamente. «Estoy rancio —escribíale a un amigo—, como algo que ha pasado de moda.»

Su carácter habíase tornado suave. Mucho más amable, pero menos entretenido. Sus últimos años transcurrieron en un desolado desierto espiritual. Iban yéndose sus amigos uno tras otro… pero la muerte no parecía interesarse por él.

En esta última parte de su carrera dedicó sus energías a la crítica y a la poesía. Escribió estudios detallados e imaginativos sobre el drama isabelino en su Estudio sobre Shakespeare (1880) y La época de Shakespeare (1909).

Destacan también sus tragedias en verso Chastelard (1865), Bothwell (1874) y María Estuardo (1881).

LOS MEJORES POEMAS DE SWINBURNE

Atalanta en Calydon,
Erectheus.
Bothwell.
Mary Stuart.
Rosamunda.
El duque de Gandía.
Astrophel.
El triunfo del tiempo.

Dolores.
Tristón de Lyonesse.

La reina madre. Hesperia.
Cantos antes de levantarse el sol.
Baladas de ta frontera.

Las hermanas.
El cuento de Balen.
Oda al cumpleaños.
Oda a la proclamación de la República Francesa.
El último oráculo.
Las manos de un niñito.
El jardín abandonado.
Balada a la Tierra Soñada.
Las Náyades.
Una canción de Italia.
Un siglo de redondillas.