Biografia de Wordsworth

Biografia de Shelley Percy Bysshe Vida y Obra del Poeta

Biografia de Shelley Percy Bysshe

Percy Bysshe Shelley (1792-1822), poeta inglés, uno de los más importantes e influyentes del romanticismo. Nacido el 4 de agosto de 1792, en Field Place, cerca de Horsham (Sussex), estudió en Eton y, tras su expulsión después de menos de un año de permanencia, en la Universidad de Oxford.

Desde muy niño, él aseguraba que podía invocar al diablo, y lo intentaba a menudo. La escuela entera, profesores y alumnos, decidió condenar al ostracismo a aquel rebelde Merlín, que tenía este extraño poder.

A la menor violencia se ponía hecho una furia. Su voluntad era inquebrantable. Y las exigencias del reglamento escolar parecían opresoras coyundas a su mente extraordinariamente impresionable. Recorría los patios del colegio, desdichado, retador, solitario.

Biografia de Shelley Percy Bysshe

Le apodaban «Shelley el Loco» y habían organizado una pandilla para azuzarlo de continuo.Shelley dedujo que la humanidad era una horda de bárbaros con unas leves pinceladas de cultura.

El amigo más íntimo del Dr. Keate era, a juicio de Shelley, Timoteo Shelley, su propio padre. Hombre de escasa educación, estaba empecinado en dar a su hijo la educación de que él carecía. Y hallaba perfecta la clave pedagógica del Dr. Keate de enseñar «a latigazos».

En cuanto a la madre, pizpireta y hermosa, despreciaba a ese niño afeminado que hallaba más placer paseándose por los bosques con un libro entre manos, que empuñando un fusil.

Pero quedaban seis miembros de la familia que le idolatraban: sus cuatro hermanas, su hermano menor y su abuelo, Sir Bysshe.

A lo largo de sus años de adolescente encontró tan sólo otro hombre digno del título de noble: William Godwin. Nunca le había visto, pero le bastó con leer su Justicia política. En efecto, este libro le llegó al corazón con profundidad tal que se convirtió en nuevo evangelio que guiaría sus pasos.

¡En qué mundo ideal tan simple y perfecto viviríamos —meditaba Shelley— si Godwin hubiera sido Dios! Los obreros trabajarían sólo dos horas. Los prejuicios sociales se dispersarían al viento. Sería abolida la religión y la filosofía tomaría su lugar. La esclavitud del casamiento daría paso a la independencia del amor libre.

Su padre le obligaba a ingresar en Oxford. Cuando entró en la Universidad (1810) tenía la traza, las costumbres y el modo de pensar del anarquista. En su cuarto, así como en su persona, todo era desorden. Papeles, libros, camisas, pistolas, poemas, elementos de química y crisoles hallábanse dispersos aquí y allá, por encima del lecho, de las sillas y las mesas.

Pronto fue expulsado de Oxford y regresó a su hogar para encontrar avivado el fuego de su desventura. El padre le había desheredado y estaba en bancarrota. Para completarla se fugó con Harriet Westbrook, la hija de un mesonero. No fue un casamiento por amor sino por simpatía.

Su abuelo obsequió a la pareja una renta de doscientas libras anuales y, lleno de regocijo, los dejó librados a su destino. Se marcharon a Irlanda, en donde Shelley, un galán de diecinueve años, que ni representaba quince, entregóse con alma y vida a la causa de la liberación irlandesa.

Shelley publicó y distribuyó —de su propio peculio— una llamada al pueblo irlandés, en la que instaba a este pueblo a «emanciparse del yugo de la avaricia, la beodez, la injusticia, la ignorancia, la superstición y los temores».

Pero los irlandeses tomaron a Shelley por entremetido y loco. De lo único que querían liberarse era de la dominación inglesa. Tuvieron tomar otro rumbo, ahora la vela apuntó a Inglaterra.

Alquilaron una casa en Lynmouth —Shelley, Harriet y el demonio en persona encarnado en Elizabeth, solterona agria y bigotuda, hermana de Harriet. Entre la mujer que no le comprendía y la cuñada que le atormentaba Shelley estaba a punto de enloquecer.

Halló en su poesía el consuelo de todos los males. . . un mundo de hadas irisado de fantasías.

Decidió escribir una carta a su «faro» Godwin donde le expresaba su interes de conocer a Su Divina Majestad. «Usted se sorprenderá —escribía en la carta— de que un extraño se dirija a usted. Pero el nombre de Godwin ha originado en mí sentimientos de reverencia y admiración. Yo solía considerarle como una luminaria demasiado esplendente para la negrura que le rodea. . .»

Godwin no podía menos de sentirse alborozado ante el homenaje de un desconocido de cuya pluma llameaba fuego tan vivo. Concedida la entrevista, Shelley emprendió viaje a Londres.

Halló en Godwin un dios en miniatura, más bien sucio y bastante barrigón, hostigado por una mujer con «anteojos verdes, de carácter violento y lengua hipócrita», y abrumado por la pobreza y una larga prole fruto de sucesivos matrimonios.

Uno de los vastagos del primero era Mary Wollstonecraft, una adolescente de diecisiete años, de áureos cabellos, rostro agraciado y mente brillante, combinación poco común en un mundo en que la belleza física y moral rara vez marchan de la mano. Se enamoró de Mary y se fugó con ella. No sintió escrúpulo alguno en abandonar a Harriet.

Luego que hubo abandonado a Harriet, trató de que le concedieran la custodia de su única hija, Ianthe, alegando la incuria de la madre y la poca respetabilidad de la misma para atender a su educación. Pero las leyes le negaron tal derecho.

Más aún, la sociedad se puso de lado de la justicia, obligando a Shelley y a Mary Wollstonecraft a librar a Inglaterra de su «perniciosa» presencia.

Dos años más tarde había de afectarle muchísimo el enterarse del suicidio de Harriet.

Los Shelley iniciaron una vida de nómadas gitanos, vida que se prolongaría durante diez años. Sus recursos —el abuelo de Shelley, despues de tantas promesas, había legado sus bienes al hijo y no al nieto— eran bien escasos para hacer frente a sus generosos compromisos.

Ayudaba a Leigh Hunt, el poeta que tenía cinco hijos, mujer regañona, imaginación rica y bolsa muy pobre. Donaba cien libras por año a Peacock, el novelista que necesitaba «pan, manteca y estar libre de preocupaciones», para que su imaginación se mantuviera en olímpico vuelo.

Dio a Charles Clairmont, un simple conocido, el dinero suficiente para casarse con una vieja pobre y vulgar de quien se había enamorado. Y vertía una corriente inagotable de dinero en el abismo sin fondo de la pobreza de Godwin.

Los días de Scheltey transcurrían como en una procesión de despedidas,porque casi todos aquellos seres a quienes más amaba o compadecía con ternura, iban partiendo de este mundo uno tras otro.

Primero Harriet, luego Fanny, la hermanastra de Mary, quien idolatraba a Shelley y quien, no pudiendo lograr su amor, se mató como Harriet. Y en seguida, la tragedia del primer hijo de Mary y suyo, una patética criaturita nacida antes de tiempo, y que murió a las pocas semanas.

Luego, los dos hijos siguientes: Baby Clara —llovía cuando la sepultaron en el Lido—, y Willie. Esta última pérdida le golpeó con más rudeza que las anteriores.

Willie, a quien apodaban «ratoncito», era el hijo predilecto del poeta. Un niñito afectuoso, inteligente, sensible, y algo poeta también.

Completamente embebido en su mundo irreal, vivía como un extraño en el real. Y tanto, que, por lo general, eludía la compañía de los hombres. Se sentía más a gusto entre la naturaleza. La mayor parte de su vida transcurrió en los bosques, y entre montañas, mar y embarcaciones.

Aprendió que una sola ley universal guía el curso de las estrellas en los cielos y los destinos de los hombres en la tierra. Esa ley universal es la belleza, término que llevado al terreno político significa justicia y al de la poesía, amor.

La misión de Shelley era abolir todas las injusticias e «inundar el mundo de amor». Quería liberar a la humanidad de la tiranía del hombre.

Shelley seguía siendo un exilado vagabundo, pero ya no estaba solo. Porque al fin había hallado amigos verdaderos: los Williams, Lord Byron y Trelawny. Los Williams, Eduardo y Ana, formaban una pareja encantadora.

Shelley sentía una atracción irresistible hacia el mar, pero no sabía nadar.Según él, nadar era precaverse estúpidamente de la muerte. Y por su parte, no necesitaba de tal precaución.

No contaba más que veintinueve años cuando murió. Se había hecho a la vela por la bahía de Spezia, en su nueva embarcación, en compañía de los Williams.

De pronto se desató una tormenta que duró tan sólo veinte minutos. Cuando el sol volvió a brillar la embarcación no estaba ya en el horizonte, había sido arrastrada a la deriva.Días más tarde hallaron su cadáver en la costa, y lo quemaron en una pira.

Tres horas más tarde, el corazón era lo único que permanecía intacto. Su fiel amigo Trelawny lo rescató del fuego, y en el intento quemóse gravemente la mano. En el cementerio protestante de la Ciudad Eterna, dieron sepultura a este corazón del que emanara la poesía del eterno amor.

LOS MEJORES POEMAS DE SHELLEY

Prometeo libertado.
Los Cenci. Hellds.
Edipo tirano.
Carlos I.
La sublevación del Islam. Alástor.
La bruja de Atlas.
Adonais (elegía a la muerte de Keats). Reina Mab.
La máscara de ‘la anarquía.
A una alondra.
Oda al viento del Oeste.
A la luna.
Un lamento.
Filosofía del amor.
Himno al espíritu de la Naturaleza.
El sueño del poeta.
Palabras para un aria hindú.
A la noche.

Temo tus besos.
El vuelo del amor.

Invocación.
Ozymandias de Egipto.
A una dama con una guitarra.
La invitación.
La remembranza.
El sueño de lo ignoto.
Música, cuando mueren tos susurros.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Shelley Percy Bysshe – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina


Biografia Coleridge Samuel Taylor Vida y Obra del Poeta

Biografia Coleridge Samuel Taylor -Vida y Obra del Poeta Inglés

Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), fue un poeta, crítico y filósofo inglés, líder del movimiento romántico en su país. Coleridge, hijo de un vicario, nació en Ottery St Mary el 21 de octubre de 1772.

De niño poseyó una imaginación tan fecunda que por momentos llegaba a lo morboso. Jugaba solo y se pasaba el día representando los libros que leía, ya encarnando al Rey Arturo, a Hamlet, a Robinsón Crusoe o a uno de los «Siete campeones del Cristianismo». Era colérico y apasionado, a los ocho años era ya todo un carácter.

A la muerte de su padre, vicario de Ottery en Santa María, Devon, fue enviado a Londres a vivir con un tío suyo. Ingresó en el Christ’s Hospital, allí la disciplina era rígida, la enseñanza severa y la comida escasa.

Biografia de Coleridge Samuel
Entre 1791 y 1794 —salvo un breve período en que, por hallarse muy endeudado, tuvo que alistarse en el ejército— estudió en el Jesus College de Cambridge.

Cuando el tiempo se lo permitía, pasábase largas horas nadando en New River, o tendido en la ribera, de cara al sol.

Por lo general, era de espíritu muy animoso. Porque vivía permanentemente en un mundo de fantasía, a cientos de millas de la amarga realidad.

Después de devorarse el Diccionario médico de Blanchard (escrito en latín), decidió estudiar para cirujano. Pero descubrió entonces a Voltaire, y sus afectos se volcaron hacia la metafísica.

Ahora estaba seguro: sería un filósofo ateo. Pero llegó un día en que su profesor le comunicó que la escuela había decidido enviarlo a Cambridge a estudiar teología. Sería, pues, sacerdote.

A los diecisiete años el maestro habíale extirpado su ateísmo a fuerza de azotes. A los dieciocho años ingresó en la Universidad de Cambridge para sumirse de nuevo en la incertidumbre.

Cursaba el segundo año cuando huyó del colegio y se alistó en un cuerpo de dragones, bajo el nombre de Silas Titus Comberbach. Resultó ser el jinete más torpe del regimiento, incapaz hasta de mantenerse a caballo.

No obstante, era el preferido de todos, por las historias que sabía contar y las poesías que improvisaba.Este mismo talento fué el que le obligó a abandonar la milicia. Pocos días más tarde, Coleridge se vio nuevamente entre sus libros.

Visitando a Oxford Coleridge conoció a un tal Southey , poco después, éste le hacía conocer a su prometida, y Coleridge se enamoraba de la hermana de ésta.

Las señoritas Fricker eran hijas de un industrial que había muerto dejándolas en el desamparo. El impetuoso Southey eligió a Edith, la más joven y obstinada de las dos hermanas, y Coleridge emprendió la tarea de conquistar el corazón y la mente de la más dócil de las hermanas, Sara, una joven de veintitrés años, muy agraciada.

En busca de mejor futuro, ambos se embarcarían para América y allí comprarían un campo, lejos de la maldad del mundo y sin que les molestaran los gobiernos, las contribuciones y las guerras

Southey contaba para solucionar el problema, con una tía muy rica, o mejor, con el criado negro de ésta, Shadrach. Coleridge publicaba su primer volumen de poesías. Confiaban en que este libro les habría de dar para llegar hasta la Tierra Prometida.

La publicación reportó un beneficio de 600 pesos. Esta suma, mísera para la realización de aquel sueño estupendo, resultaba fabulosa para cubrir las necesidades inmediatas de Coleridge.

Abandonó el colegio, se casó con Sarah Fricker y alquiló una casa en Bristol.
En cuanto a Southey, contrajo enlace con la hermana de Sara, aceptó un negocio que le ofreció un acaudalado tío suyo, y fuese a establecer en Lisboa.

Coleridge había decidido labrarse una carrera con su pluma. Contando por adelantado con varias subscripciones, editó un periódico de color político, titulado The Watchman (El Vigía) fundado en el principio de que todos pueden conocer la verdad, y que la verdad puede hacernos libres, pero fracasó a corto plazo.

En su lucha «por el pan y el queso», el poeta se dio a jugar con la idea de difundir el Unitarismo. Para probar sus dotes oratorias pronunció un sermón en la ciudad de Bath. . . ante un auditorio de diecisiete personas. Apenas dijo las primeras palabras, y ya salía el primer fiel de la capilla. A los pocos instantes le seguía otro, y así otro y otro más. . . Cuando concluía el sermón quedaba en el sagrado recinto sólo una anciana…profundamente dormida.

Entretanto, era ya padre de un niño. Los problemas de la vivienda y del sustento urgían ahora más que antes. Por fortuna, un poeta amigo, Thomas Poole, le consiguió una casita en Somersetshire, que podía ocupar por el modesto alquiler de siete libras esterlinas al año.

Sólo a tres millas de su casa, en la aldea de Alfoxden, vivía otro joven soñador: William Wordsworth. Se les veía frecuentemente juntos. A veces, sus vagabundeos se prolongaban hasta muy entrada la noche, lo cual dio pábulo a extrañas habladurías que corrían en boca de los vecinos.

Se murmuraba que eran contrabandistas, que introducían mercaderías de la costa. Otros juraban de que se trataba de espías que tramaban un complot contra el gobierno.

En realidad los «peligrosos revolucionarios» tramaban nada menos que un libro de poemas!. Juntos habían planeado escribir un volumen de poesías que daría por tierra con las normas de la rima aceptadas hasta entonces en Inglaterra.

Coleridge contemplando pensativo las aguas del canal de Bristol desde un malecón derruido, se le ocurrió que su narración tendría por escenario el mar, símbolo y elemento de la peregrinación del alma humana. Su protagonista sería un viejo marino a la deriva, en una embarcación encantada, y «condenado a terrible castigo por haber muerto a un ser vivo».

Cuando La rima del viejo marino salió a luz sorprendió a no poca gente. Había en el poema tal despliegue de imágenes que sólo podían salir de una mente anormal. Eran como sombras fantásticas proyectadas por las llamas del fuego que alimenta el caldero de las brujas.

A nadie le sorprendió que un poeta de tan fantástica visión sucumbiera al mágico influjo del opio. A lo largo de toda su vida le había torturado el reumatismo. Había leído cuanto manual de medicina había llegado a sus manos en busca de alivio para su mal. Al fin, un día, halló el remedio «infalible». Era como un milagro. Los dolores desaparecían al instante.

Adonde fuera, allá llevaba consigo su opio, al principio con toda inocencia. Se sentía revivir. No había nada superior a ese triunfo.

Abandonó familia y amigos, y a bordo de una nave emprendió un viaje a la isla de Malta. Se justificó diciendo que ese viaje por el Mediterráneo era de vital importancia para su salud. Pero lo que en verdad se proponía era alejarse de todos los lazos que le impedían entregarse sin reparos a la droga.

Por un tiempo mantuvo correspondencia con la familia. Luego, guardó silencio. Dos años permaneció lejos de Inglaterra sin responder a carta alguna. La fuente de su hombría estaba seca.

Pero al fin, sus amigos lograron hacerle retornar. Un miembro influyente de la «Royal Institution» hace que le encarguen pronunciar una serie de conferencias sobre bellas artes.

Esta vez, su oratoria obtiene un éxito fulminante. Las calles que llevaban al salón de conferencias estaban atestadas de carruajes pertenecientes a la intelligentsia de la City, que acudía no sólo a oír al brillante orador, sino a contemplar al excéntrico por antonomasia.

Retornó al seno de su familia, y por un tiempo pareció vivir en paz. «He logrado reducir la dosis de opio a la sexta parte de lo que antes tomaba —apuntaba en su Diario—, y mi salud general y mi actividad mental son mayores que las de años pasados.»

Cinco meses permaneció en su hogar. Al cabo, una vez más sin decir palabra a nadie, huye a Londres.

Se presentó humildemente a las puertas del Courier pidiendo un empleo en la redacción. Y de pronto, otra racha de buena suerte. Lord Byron le descubre un drama escrito años atrás.

Se representa la obra y obtiene resonante éxito. Nueva lluvia de invitaciones para dar conferencias. Pero la enfermedad se interpone. Le tortura el reumatismo.

¡ Y al opio, al bálsamo maravilloso! Púsose finalmente al cuidado de un médico amigo, el doctor Gillman, bajo cuyo techo vivió el resto de sus días.

La mayor parte de este período lo pasó sumido en un completo letargo, del que ni siquiera le sacaban las cartas de la familia, que muchas veces dejaba sin abrir. Pero, en las contadas ocasiones en que despertaba de su sueño profundo, reavivaba en sus amigos el recuerdo de su grandeza.

Muchas veces resultaba imposible anotar o recordar algo sustancial de sus conversaciones. Rozaba una cantidad sorprendente de detalles incongruentes y, con rapidez pasmosa, saltaba de una cosa a la otra hasta perderse irremediablemente en una maraña intrincada de conceptos metafísicos.

Poco después de irse a vivir a casa del doctor Gillman, Coleridge gozó del último período de lucidez. Publicó su Cristabel, poema de finas imágenes y sonidos, escrito en el apogeo de su actividad creadora. Pero los oídos de los críticos no hallaron armoniosa su música.

Finalmente, editó en un volumen sus versos, que también se enfrentó con la dura crítical de la desaprobación. «La poesía de Coleridge no es más que la jactancia agorera de su insana fatuidad.»

Su carrera literaria terminaba, así, en rotundo descrédito, Coleridge era un fracasado en toda la línea.

Con el objeto de conseguir un poco de dinero para que Hartley, su hijo, pudiera estudiar en Oxford, decidió volver a sus lides periodísticas.

El tiempo íbase escurriendo de entre las manos. Y cada vez eran más escasos los intervalos que daban luz y significado a su existencia.

Sus contemporáneos lo alabaron por su criterio europeo, y hoy en día se le considera un poeta lírico y un crítico literario de primer orden.

Su teoría de la poesía produjo una de las ideas centrales de la estética romántica: la imaginación poética como elemento mediador entre las diversas culturas modernas. Sus temas poéticos abarcan desde lo sobrenatural hasta lo cotidiano. Sus tratados y conferencias, así como su irresistible conversación, lo convirtieron en uno de los más influyentes filósofos y críticos literarios ingleses del siglo XIX.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Samuel Taylor Coleridge – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Wordsworth William Vida y Obra del Poeta Ingles

Biografia de Wordsworth William-Vida y Obra del Poeta Ingles

William Wordsworth (1770-1850), poeta inglés, uno de los más consumados e influyentes escritores del romanticismo inglés. Su estilo y sus teorías renovaron la literatura poética de su país.

Nacido el 7 de abril de 1770 en Cockermouth (Cumberland), estudió en el Saint John’s College de Cambridge.

Biografia de Wordsworth William
Conforme iban pasando los años, su visión poética se fue enturbiando. Sus últimos poemas, retóricos y moralistas, no resisten la comparación con los de su juventud, aunque en algunos de ellos parece brillar fugazmente el talento de sus primeros días.

Descendía de una familia establecida en Inglaterra desde la conquista normanda. Pasó muchas horas de su infancia escalando montañas o atravesando lagos, y a medida que se familiarizaba con el paisaje de Cumberland, iba desarrollando unos músculos que eran su orgullo y un sentido de la libertad que se rebelaba contra cualquier clase de ataduras.

Cuando salió del hogar paterno para ingresar en la Universidad de Cambridge, era un verdadero montaraz. Los versos que escribió en Cambridge eran triviales y sosos. Su carrera asumía, al parecer, el patrón del perfecto mediocre. Pero un hecho insólito y magnífico le conmovió en lo más íntimo.

Un viaje a París hizo que se hallara en medio de la vorágine revolucionaria. Estaba bajo la tutela de un tío —había perdido a sus padres en la niñez— y éste le quería obligar a seguir la carrera eclesiástica.

Wordsworth, en un arranque de rebeldía, decidió lo contrario. Apenas graduado huyó a Francia para estudiar el francés y lograr así el puesto de acompañante de algún noble, mientras se preparaba para seguir la carrera periodística.

Permaneció en Francia durante dieciséis meses, un período en que el mundo entero se convirtió en un caos. Luis XVI había sido destronado.

En Orleáns conoció a una joven francesa, Annette Vallen. Al principio fue su profesora de francés, luego su amante y, al fin, le hizo padre de un hijo.
Wordsworth decidió volverse a Inglaterra para labrarse una posición y mandar luego por Annette y el niño, pero al tiempo el distanciamiento no solo fue físico sino también afectivo.

En 1802 se casó con Mary Hutchinson una joven respetuosa de los convencionalismos sociales. Poco antes de la boda se trasladó a Francia por última vez y allí, fría y cortésmente, visitó al hijo del amor y a la mujer que había apasionado al hombre y al poeta.

Establecidos en Racedown, Doretshire, a siete millas del Canal, donde merced a la generosidad de un amigo pudieron adquirir una humilde finca.

El vínculo literario entre Wordsworth y Coleridge habíase convertido en íntima amistad, y tanto que Wordsworth abandonó su casa en Dorsetshire para trasladarse a Alfoxden con el objeto de estar más cerca, física y espi-ritualmente, del «mágico urdidor de rimas».

El espíritu de Wordsworth había experimentado un sutil refinamiento, una purificación emocional y, en el sentido artístico, una sublimación de su fe religiosa.

En Alfoxden, Wordsworth planeó con Coleridge escribir un volumen de versos que sería ejemplo de la «fusión del sentimiento con el pensamiento profundo».

Wordsworth se rebelaba por instinto contra Pope y Dryden, que habían engalanado a la musa de la poesía, sencilla por naturaleza, con pomposas galas «ele fastuosa y huera fraseología».

Con su poesía demostraría que un objeto puede ser hermoso de por sí, desprovisto del engañoso ropaje de una rebuscada ornamentación, pues Él (Dios) glorificaría las cosas simples.

No serían sus personajes reyes de leyenda, sino rústicos campesinos de Cumberland. «En poesía, las lágrimas no las derraman los ángeles sino los hombres.»

Los héroes y las heroínas de sus sencillos poemas eran personajes de todos los días, desprovistos de artificio. En todos los pueblos de Inglaterra podían hallarse sus hombres y sus mujeres, relegados a tan triste olvido por los poetas anteriores.

Su libro Baladas líricas era un documento de la revolución social. Porque bajo la calmosa dignidad del sabio bullía el fuego del rebelde apasionado que una vez «había fijado su nómada tienda de campana en las regiones libres» de la Revolución Francesa.

Wordsworth se trasladó a Grasmere, en la región de los lagos, y allí vivió casi constantemente, hasta su muerte. Pero el «instante perfecto» de su inspiración había pasado.

A los treinta y siete años concluyeron para él los «años dorados» de la cosecha. El poeta había callado en él para siempre. Conquistó su fama cual portavoz del liberalismo. Pero a medida que avanzaba la gloria, retrocedía el liberalismo.

Y tanto, que cuando llegó a ser poeta laureado era también el «vate más lleno de convencionalismos de toda Inglaterra». Se había refugiado en el seno de la naturaleza y perdido todo contacto con la realidad de la vida.

El romántico paisaje de lagos y montañas que le circundaba, la increíble tranquilidad en que se desenvolvían sus días, y el aumento siempre constante de su gloria, le habían vuelto afectado, frío, insensible…

A medida que pasaban los años, se reprochaba con más dureza sus entusiasmos juveniles —especialmente la «precipitada relación» con Annette— en «aquella época de envilecimiento general que siguió a la revolución».

Pero se vanagloriaba de haber olvidado esos apasionamientos y sentíase feliz de que Inglaterra también los hubiera olvidado.

Por fortuna para su «respetabilidad» del presente, había tenido años atrás la discreta precaución de destruir en sus cartas y papeles hasta la más mínima referencia a su no muy «respetable» episodio con la joven francesa.

En efecto, ninguno fuera de su familia conocía el episodio; y tan bien guardaron el secreto, que no salió a relucir hasta que los investigadores del siglo XX decidieron explorar el riquísimo campo de la biografía.

Wordsworth perdió su sentido del humor. Censuró acremente los hábitos de cocainómano de Coleridge, y ésa fue la causa por la que rompió aquella amistad entrañable.

Cuando De Guincey, que tenía varios hijos naturales, casóse al fin con la madre de éstos, invitó a Wordsworth a visitarle. . . pero éste declinó la invitación alegando sus principios morales.

Era un reaccionario, no sólo moral sino también políticamente. Hubo una época en la que apoyó el derecho inalienable de una nación para luchar por su independencia, instando al gobierno de su país a prestar toda la ayuda posible a España en su lucha titánica contra Napoleón.

Pero, ya en edad madura, permaneció silencioso e insensible cuando los españoles se rebelaron contra la tiranía de su propio gobierno. Ni se interesó tampoco cuando los italianos se levantaron en bizarro Risor gime uto para liberarse del yugo austríaco.

El poeta liberal de la vieja generación había muerto. El que caminaba ahora sobre esta tierra era su espectro fantasmal.

Hasta el último día de su vida siguió conservando una fe absoluta en el poderío de su inteligencia. Si bien sus mejores poesías fueron obras de juventud, en las postrimerías de su existencia dedicóse a la tarea de revisarlas.

Puso los toques finales al Preludio , un poema autobiográfico relativo al crecimiento intelectual de un poeta, escrito en días en que la mayoría de los hombres hubieran pensado en escribirse su epitafio.

Al fin, su presencia esfumóse como el aroma de un perfume, dejando en el aire la fragancia de sus versos y en el recuerdo, las cavernas de sus ojos desbordantes de luz. . .

Fue en Rydal Mount, el 23 de abril de 1850, y fue enterrado en el cementerio parroquial de Grasmere.

LOS MEjORES POEMAS DE WORDSWORTH

Oda a la inmortalidad.
La excursión.

El preludio.
Acerca de la abadía de Tintern.
Oda al deber.
El guerrero dichoso.
Mi corazón se regocija.
Los fronterizos.
Bl segador solitario.
A una joven escocesa.
Visita a la milenrama.
Otra visita a la milenrama.
A un amigo distante.
Miguel.
Ruth.
Una lección.
El niño idiota.

Peter Bell.
Somos siete.
La espina.
Ella era el fantasma del deleite.
El amor perdido.
La educación de la naturaleza.
Desíderia.
Inglaterra y Suiza.
La pena de Margarita.
El ensueño de la pobre Susana.
Goody Blake y Harry Gilí.
Simón Lee, el viejo cazador.
Lucy Gray, o la Soledad.
Alicia Féll, o la Pobreza.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – William Wordsworth – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina