Bohemundo I de Tarento

Biografía de Luis IX El Santo Rey de Francia Obra Política

VIDA Y OBRA POLÍTICA DE LUIS IX EL SANTO DE FRANCIA – LAS CRUZADAS –

El rey Luis IX de Francia, uno de los santos de la Iglesia Católica, dirigió las dos últimas cruzadas y es uno de los personajes más notables de esa época turbulenta. Nació el 25 de abril de 1215, hijo del rey Luis El León.

Recibió una educación muy esmerada, en particular de su madre, Blanca de Castilla, quien según una difundida biografía solía decir: «Hijo, prefiero verte muerto antes que en desgracia de Dios por el pecado mortal».

VEAMOS SU BIOGRAFIA

Luis IX el Santo, llamado San Luis (Poissy, 1215 – Túnez, 1270) , rey de Francia (1226-1270), hijo y sucesor de Luis VIII el León.

Su madre, Blanca de Castilla, hija del rey de Castilla, Alfonso VIII, actuó como regente durante su minoría de edad y desde 1248 hasta la muerte de ella, ocurrida en el año 1252.

Durante sus últimos años de vida estuvo en Tierra Santa, participando en la séptima Cruzada, donde murió cuando estaba en Túnez.

Luis ix el santo de Francia

Dada su corta edad, la Regencia recayó en la reina madre, en cuyas manos dejó luego Luis la gobernación del reino, desde que fuera declarado mayor de edad en 1234 hasta 1242.

De esta forma, Blanca de Castilla gozo, durante su regencia, de un papel que ninguna reina iba a desempeñar en lo sucesivo, hasta llegar a Catalina de Médicis, tres siglos después.

Sin embargo, necesitó de toda su energía y toda su inteligencia pare imponerse, pues los barones de Francia, a la muerte de Luis VIII, padre de Luis IX,  habían declarado noblemente que el reino era «algo demasiado grande para ser gobernado por una mujer».

También  se rebelaron Felipe Hurepel, hijo legitimado de Felipe Augusto, aliado con el rey de Inglaterra Enrique III, con el conde de la Marca, Hugo de Lusignan, y con el duque de Bretaña, Pedro Mauclerc.

La monarquía vivió momentos dramáticos; los conjurados estuvieron a punto, en 1228, de raptar al joven rey, y,dos años después, Enrique III desembarcaba en Saint-Malo. Pero los barones de Bretaña se unieron en Ancenis al campo de Blanca, a donde acudió también Teobaldo de Champaña con trescientos caballeros. Enrique tuvo que volverse a Inglaterra.

De esta manera, frente a los intereses particulares de los grandes señores, la nueva sociedad, desligada poco a poco de la tutela feudal, tendía a reunirse bajo la poderosa protección de la corona.

Cuando Luis IX alcanzó su mayoría de edad, en 1235, la regente continuó, durante algunos años, desempeñando el papel de gran animadora de la política francesa.

El primer acto del rey fue, sin embargo, la guerra, porque Enrique III, a quien el conde de la Marca había vuelto a convocar, estaba en el continente. Victorioso en Taillebourg, el 22 de julio de 1241, Luis persiguió al inglés, pero fue detenido por la disentería y aceptó una tregua que devolvió al rey de Inglaterra a su isla.

Solamente a partir de 1254, cuando hubo de regresar de Tierra Santa a causa de la muerte de su madre, Luis IX se impuso por sus cualidades, que le inmortalizarían en el espíritu de los pueblos  con  el nombre de  San  Luis.

San Luís puso el máximo empeño en realizar su ideal de paz y de justicia. Aunque  multiplicaba los actos de devoción personal (ayunos,  penitencias,  servicio a los pobres y enfermos), desempeñó sin debilidad su oficio real, muy imbuido de las prerrogativas de la corona, y no dudando en hacerlas respetar incluso por el clero y el Papado. El esplendor de Francia en el siglo XIII es debido, en gran parte, a su personalidad.

El rey de Francia cuenta entonces cuarenta años. Alto y esbelto, de tez clara, ojos azules y cabellos rubios, es un hermoso  caballero,   cuya  agradable  fisonomía y voluntarioso mentón logran, a la vez, atraer e imponer respeto.

Parece haber recibido en herencia las mayores virtudes de su tiempo: el orgullo castellano y la inteligencia de su madre, el valor de su padre, a quien habían apodado el León, la sabiduría política de su abuelo Felipe Agusto. Posee igualmente la gracia, la rectitud y la alegría.

Por ello, la Edad Media ha encontrado en él su símbolo, y la cristiandad preferirá su personalidad dulce y sencilla, aunque noble y enérgica, a la de los grandes papas dominantes.

Autoritario e independiente, se rodeó de consejeros y amigos, pero nunca de ministros influyentes. A su hermano Carlos, que prendió injustamente a un vasallo, le declaró que «no hay más que un solo rey en Francia», y, en otra ocasión, dijo al Emperador: «la corona de Francia no ha caldo tan bajo que se cuelgue de vuestras espuelas». 

El, tan generoso, una vez que se había pronunciado una sentencia justa, no concedía gracia más que en casos excepcionales.

Pero el milagro de la santidad de Luis consiste en que toda esta energía estaba dirigida muy lejos de toda ambición personal, hacia el bien común.

Desde luego, las circunstancias le resultaron favorables; fue una suerte para el rey haber subido al trono después de la Cruzada contra los albi-genses, y no tener que mancharse con las matanzas de aquella sangrienta expedición. Fue también otra gran suerte el haber heredado de su padre y de su abuelo un reino poderoso y respetado.

Reinó sobre un país sin herejes y al que le fue dado ennoblecer, afirmar, y completar en la paz lo que había hecho la espada de sus precursores.

LA PAZ DEL REINO DE FRANCIA
«Después que el rey Luis volvió de ultramar a Francia, miró y pensó que era muy hermosa cosa, y muy huena, mejorar el reino de Francia», nos dice Joinville. En efecto, la obra interna de San Luis proseguía la de Felipe Augusto, dando al reino de Francia una estructura sólida, y el país, durante su reinado, conoció un período de prosperidad innegable.

Hasta entonces,   la   administración   monárquica   había servido, sobre todo, para salvaguardar los derechos de la corona, para favorecer su jurisdicción y desarrollar sus finanzas. Ahora, tiende a asegurar el orden público, a mejorar las condiciones del pueblo.

Los bailes, los senescales, creados por Felipe, tendrán tareas más «complejas por la preocupación cada vez más viva del rey por penetrar en todos los engranajes de la vida y de la sociedad; agentes especializados auxiliarán al baile en sus funciones.

Ciertos cargos militares se confiarán, a expensas de los bailes, a capitanes que vigilan las fortalezas reales, mientras que en el Mediodía, un juez-mayor suplantará al senescal en sus atribuciones judiciales.

Esta administración múltiple necesitará cuerpos constituidos, actuando cerca del rey, encargados de vigilarla. Así, los especialistas de la justicia reforzarán el Parlamento, los de las finanzas harán lo mismo, y, de esta forma, nacerá el Tribunal de Cuentas.

El Parlamento somete los tribunales judiciales de provincia a su intervención, y su acción contribuyó a la unificación del derecho y a la supresión de antiguas costumbres pasadas, como el duelo judicial.

En la administración corriente, el francés ocupó el lugar del latín. Por primera vez, el pueblo sentía que el gobierno no era una máquina para oprimirlo; por primera vez:, el funcionario cesaba de aparecérsele como un dueño y señor.

La fuerza de la realeza se aliaba con la justicia, y el rey, cesde lejos, velaba por su pueblo y se compadecía de sus miserias. La realeza se hacía popular, arraigaba en las provincias, se atraía la opinión pública y se convertía en indispensable, porque también era bienhechora.

Luis IX de Francia

Probablemente fue también la influencia de su madre la que le hizo profundamente religioso, consagrándose a la tarea de reinar con firme apego a los principios cristianos, pero su dulzura no impedía al rey de Francia recurrir, cuando la necesidad. así lo exigía, a una severidad implacable en la que se revelaba el orgullo de los Capetos. La justicia  de San  Luis—Manuscrito  francés—París, Biblioteca Nacional.

EL ÚLTIMO CRUZADO
La paz y la justicia que el rey quiso hacer reinar entre sus subditos fueron también la regla constante de la política internacional de Luis IX. Habría podido, sin duda, arrancar al rey de Inglaterra los últimos jirones de sus posesiones continentales, y al rey de Aragón los feudos que poseía en el Languedoc.

Sin embargo, ofreció a ambos, pese a la opinión de sus consejeros, arreglos amistosos. El tratado de Corbeil, en 1258, sancionaba los esponsales de Isabel de Aragón con el heredero de Francia, Felipe.

El rey renunciaba a una soberanía poco efectiva sobre el Rosellón y el condado de Barcelona, mientras que Jaime de Aragón abandonaba definitivamente sus pretensiones sobre el condado de Toulouse.

En diciembre de 1259, iba a ser firmado el tratado de París, que ponía fin a un siglo de guerra entre Francia e Inglaterra. Muy criticado por sus contemporáneos, sin duda es una medida política discutible, pero San Luis deseaba: «poner amor entre nuestros hijos y los de Inglaterra, que son primos hermanos».

Enrique reconocía el abandono de Normandía, del Maine, de Anjou, de la Turena y de Poitiers, mientras conservaba la Guyena y sus dependencias, por las que se declaraba feudatario del rey de Francia.

Desde entonces, la justicia, las monedas, las ordenanzas francesas iban a invadir el ducado de Guyena, como los otros feudos, y, en caso de felonía de su vasallo, la monarquía francesa se apoderaría legalmente de la tierra. Luis IX no podía pensar que el germen de la Guerra de los Cien Años se encontraba en este tratado.

Sin embargo, la confianza que inspiraba su equidad le valió un prestigio que hizo que lo tomaran por arbitro en diversas circunstancias. San Luis partirá, por segunda vez, para la más loca y la más anacrónica de las empresas: la Cruzada, cuyo peligro, inutilidad y fracaso le vaticinaban todos.

El entusiasmo de los primeros cruzados revivía en este rey, a quien sería concedido morir tal como había soñado siempre, combatiendo por la fe, el 25 de agosto de 1270, en Túnez.

ALGO MAS…
SAN LUIS EN SIRIA
En 1244, gravemente enfermo, hizo voto de participar en la Cruzada si se restablecía. Cuatro años después, se embarcó en Aigues-Mortes, acompañado de sus tres hermanos y de la flor de la caballería francesa. Las galeras, con los bellos nombres de: la Reine, la Demoiselle, la Montjoie, anclaron en Chipre, donde el rey Enrique I de Lusignan los recibió con una fastuosa hospitalidad.

Después, el rey decidió atacar a los musulmanes en el corazón de su poderío, es decir, en Egipto.

La ciudad de Damieta fue  elegida como objetivo, y,  el 6 de junio de 1249, los barones de Francia, rivalizando en ardor con los de Siria, se apoderaron de la ciudad.

El temor a la crecida del Nilo impidió a los francos sa car provecho de su ventaja para march;n sobre El Cairo, y esa demora de cinco meses permitió al enérgico sultán de Egipto Es-Salih-Ayub, recobrarse.

Reincidiendo en el error de Pelayo, Luis IX, mal acón sejado por su hermano Roberto de Artois, rechazó la proposición del sultán, que ofrecía Jerusalén a cambio de Damieta, y, el 20 de noviembre, se precipitó hacia la ca pital.

Ante la fortaleza de Mansurah, los francos fueron detenidos de nuevo. La temeridad de Roberto de Artois, lanzándose alocadamente a las calles de la ciudad, supuso, con su propia muerte, el aniquilamiento de la vanguardia.

El rey, estimando que el honor le prohibía batirse en retirada, hizo frente a los egipcios, a pesar de que el tifus diezmaba al ejército franco.

Ni el valor del soberano (del que Joinville ha conservado la visión inolvidable «del héroe, por sí solo, más grande que la batalla»), ni el heroísmo de sus soldados fueron suficientes para salvar al ejército franco, que capituló el 6 de abril de 1250.

Mientras tanto, el sultán de Egipto fue asesinado por los mercenarios turcos de la guardia, los mamelucos, que estuvieron a punto de degollar a Luis IX en su prisión.

Sin embargo, aceptaron por el rescate de éste y el de su ejército la rendición de Damieta y la entrega de 500.000 libras, tornesas. El 8 de mayo, el rey embarcó para Siria. Allí permaneció  cuatro  años,  reorganizando el país, con el fin de preservalos contra el atque del Islam.

LA REORGANIZACIÓN DE TIERRA SANTA
Desde hacía más de veinte años, las colonias francas eran los territorios más anárquicos. Luis IX quiso restablecer en ellas la noción del Estado.

Su sentido del deber, su lealtad absoluta, su cortés entereza hicieron que sus medidas autoritarias fueran aceptadas de buen grado por los barones de Acre y de Tiro. Y el rey de Francia, por anacrónico que pudiera parecer en su afecto a la vieja idea de la liberación de los Santos Lugares, se mostró notablemente audaz en su juego diplomático.

Cuando toda Europa temblaba ante el despliegue de los mongoles, Luis, sabiendo que eran en parte cristianos nestorianos, envió al gran Khan de Tartaria un emisario, el franciscano Guillermo de Rubruquis.

Esperaba hacer coincidir su ataque contra el sultán de Egipto con la invasión con que los mongoles amenazaban a éste. Pero la lentitud de los intercambios no permitió una sincronización eficaz de las operaciones. Por otra parte, el rey, yendo contra el Islam oficial, no dudó en concluir una alianza con el «Viejo de la Montaña», jefe de los temibles «asesinos». Se trataba de una secta disidente creada en el siglo XI, cuyos adeptos llevaban oficialmente el nombre de ismaelitas.

En   el  término   de   «asesinos», puede observarse la deformación de hash-shashin, consumidoras de hashish, porque los pertenecientes a la secta se embriagaban con esta planta antes de cometer sus fechorías. Eran, en efecto, fanáticos, especializados en atentados terroristas.

Esperando intimidar a Luis IX, lo habían amenazado con asesinarle. Después, comprendiendo que tal amenaza no tenía posibilidad de éxito, su jefe envió al rey, en prueba de amistad, «su camisa y su anillo», además de un elefante de cristal, un soberbio juego de ajedrez y perfumes maravillosos.

Luis respondió a estas amabilidades con el regalo de «joyas, tela color escarlata, copas y frenos de plata para los caballos». Cuando el soberano, llamado a Francia tras la muerte de su madre, la regente Blanca de Castilla, dejó el país, había introducido en la Siria franca notables mejoras, tanto por lo que se refiere a la organización interior como a la situación diplomática.

EL FIN DE LA EPOPEYA DE LAS CRUZADAS
La unidad que la presencia de San Luis  había dado a Tierra Santa, no sobrevivió, a su marcha. El reino entero se dividió, y la guerra civil enfrentó a los partidarios de las dos ciudades italianas.

El mongol Hulagú, nieto de Gengis-Khan, se apoderó de Bagdad, y después, de Alepo y de Damasco.

Un mameluco de origen mongol, Baibars, llegado al trono de Egipto mediante una serie de asesinatos, se reveló como uno de los primeros estadistas de su tiempo, feroz y desleal, pero soldado de genio e incomparable administrador. Los francos tuvieron por adversario a este personaje sin igual.

En principio, arrebató Siria a los lugartenientes de Hugalú, y después se volvió contra la cristiandad. Cesárea, Arsuf, Jafa, Beaufort y Antioquía cayeron en sus manos, entre 1265 y 1268.

En Francia, el rey Luis decidió volver a partir, a pesar de los consejos de todos los que le sugerían que deje esa guerra. Inició la octava la Cruazada, que se dirigió a Túnez con la idea de convertir al cristianismo al sultán de ese país, pero debido al gran calor en esa región , el cólera enseguida se difundió y contagió a gran parte del ejército francés y entre ellos al Rey también, quien murió en 1270.

Fuente Consultada:
HISTORAMA La GRan Aventura del Hombre Tomo III Vida de Luis IX de Francia Edit. CODEX

La Edad Media Costumbres,Tradiciones,Pecados y Vida Cotidiana

LA VIDA, COSTUMBRES Y TRADICIONES EN LA EDAD MEDIA
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Los ejércitos bárbaros, al mando de Alarico el Godo, entraron a Roma durante la calurosa noche del 24 de agosto del año 410 d.C. Los guerreros
germánicos saquearon la capital imperial durante tres días, y así pusieron un final simbólico al esplendor romano. «El mundo entero pereció en una sola ciudad», escribió San Jerónimo.

En los turbulentos siglos que siguieron, las tribus germánicas paganas, como las de sajones y francos, devastaron lo que quedó del orgulloso
imperio y se asentaron, sólo para ser devastados, a su vez, por los vikingos escandinavos.

El cataclismo orilló a los celtas a emigrar al oeste, y su cultura sólo perduró en la costa atlántica de Europa: Cornualles, Gales, Bretaña e Irlanda.

Algunos historiadores llaman Edad Oscura a este caótico periodo. Pero las tribus guerreras enriquecieron la cultura europea con su arte y su energía: un espíritu pionero, técnicas agrícolas vigorosas y mitos heroicos que celebraban los triunfos propios.

La caída del Imperio Romano fue acompañada en toda Europa por un enorme flujo de emigrantes; algunos ya convertidos al cristianismo. Hablaban idiomas distintos, sus indumentarias eran diferentes y no comían los mismos alimentos, pero todos dependían de la tierra, los ríos y el mar para su subsistencia.

Se trabajaba duramente para arar la tierra, y la cantidad de cultivos aumentó con la tala de bosques. Hacia el año 1000 d.C., los escandinavos se asentaron, construyendo castillos y fundando reinos.

El orden se restauró lentamente en Europa occidental: la vida se volvió más estable, próspera y refinada. La población aumentó hasta que la escasez de tierras y las epidemias la menguaron en el siglo XIV.

A partir del siglo XII, en Asia y en Europa había aumentado la proporción de habitantes de ciudades y pueblos. Hombres y mujeres escaparon de la dependencia de los señores feudales hacia la libertad de las ciudades.

El comercio de vino y lana cruzó las fronteras de Europa; y la seda y las especias viajaron de Asia a Europa. Donde se cruzaban las rutas comerciales, surgían bulliciosos mercados y ferias.

En el campo, la vida cotidiana se adecuaba a las estaciones; en las ciudades, se enriquecía con las fiestas religiosas.

Arquitectura, pintura, música y literatura captaron el espíritu de estos tiempos vibrantes y a veces violentos. Todavía perdura la magnificencia de las catedrales, que tardaron generaciones en construirse; y las universidades de Boloña, París y Oxford demuestran el interés medieval por el conocimiento.

Este fue valorado aún más en los países del Islam, en el siglo x, y ciudades como El Cairo, Córdoba y Bagdad eran famosas por sus bibliotecas y palacios. Los sabios islámicos sobresalieron en filosofía, ciencia y medicina.

Sin embargo, la mayoría de hombres y mujeres nunca vieron una ciudad, y no sabían leer ni escribir. Las autoridades religiosas normaban todo comportamiento.

La Iglesia construyó monasterios y conventos donde la manera de vivir era sumamente disciplinada. Cristianismo e Islam se enfrentaron, especialmente durante las Cruzadas, pero el cristianismo también sufrió conflictos internos, y Asia y África compartieron la violencia.

El siglo XV en Europa fue de extravagancia, herejía y superstición, pero también se caracterizó por las mejoras materiales que beneficiaron a las mayorías y por el alto nivel de imaginación que las artes alcanzaron.

Tres innovaciones impulsaron una nueva etapa. La imprenta, ya conocida en China, llegó a Europa cuando Gutenberg introdujo el uso de los tipos móviles. La pólvora, otra invención china, hizo que el castillo de la Edad Media pasara de moda.

La brújula posibilitó los viajes de los primeros exploradores europeos. Uno de ellos, Cristóbal Colón, «descubrió» América en 1492.(ver: Grandes Descubrimientos)

VIDA DETRÁS DETRÁS DE LAS MURALLAS: «El aire de las ciudades hace libres a los hombres»; así rezaba un proverbio medieval.

En la época en que casi todos dependían de la tierra, propiedad del señor feudal, las ciudades surgieron como cunas de la libertad. Dentro de estas bulliciosas —y a veces corruptas—colmenas, se vivía bajo normas muy distintas a las del campo. Sus residentes obedecían al alcalde y demás funcionarios electos.

En vez de trabajar para mantener a un noble y su castillo, pagaban impuestos al rey y reunían entre ellos la suma necesaria para defender la ciudad.

La vida urbana resurgió en el siglo XI. Cuando las llamas de los disturbios se apagaron, algo similar a un gobierno organizado se asentó en los reinos europeos. Los príncipes jugaron un importante papel en este resurgimiento.

Siempre escasos de fondos, permitieron que algunos poblados se independizaran y se desligaran del castillo local, a cambio de pagos en efectivo.

El otorgamiento del estatuto del poblado era el gran acontecimiento de este proceso. Una vez otorgado, el concejo municipal se encargaba de la administración. Los poblados eran a veces ciudades romanas que renacían tras la destrucción bárbara, o nuevas comunidades que crecían a las puertas de un castillo medieval.

Muchas emergieron de modo caótico alrededor de los senderos y límites de los conjuntos de parcelas, lo que explica las estrechas y sinuosas callejuelas.

Los constructores también favorecían este estilo: la intrincada retícula de edificios era una protección contra el viento, en una época en que las ventanas de vidrio eran poco conocidas.

De entre las ciudades europeas, París era la única que no tenía alcalde, sino un preboste o superintendente del rey. Era típico de las incipientes ciudades constituirse a partir de una asamblea de aldeas dispersas e interconectadas.

Esto explica la abundancia de iglesias y abadías. Pastizales y pantanos en ambas márgenes del Sena, que eran linderos entre las aldeas, fueron cubiertos gradualmente con construcciones.

Como en otras ciudades medievales, los puentes parisinos tuvieron gran importancia, pues fueron los primeros centros comerciales: en ellos se instalaban tiendas y establos.

Los cambistas ocuparon un puente que, a partir de 1142, fue conocido como Pont-au-Change (Puente del Cambio). Bajo Felipe Augusto II (1180-1223), rodeada por una muralla, la ciudad se convirtió en una unidad.

La gruesa muralla protegía el poblado y sus portones se cerraban al ocaso.

Las calles no tenían alumbrado. Guardias de ciudadanos patrullaban las calles con antorchas  y si alguien deambulaba por la noche sin motivo era encerrado. Los pregoneros daban la voz de alarma.

FERIA, FIESTA Y COMERCIO
Uno de los grandes acontecimientos en las ciudades de la Europa medieval era la feria anual, que tenía lugar en las afueras de la muralla y duraba varios días.

Los monarcas estimulaban estas ferias para promover el comercio y sacar ganancias de los impuestos con que gravaban las mercancías.

Los negocios de la feria transcurrían en una atmósfera de carnaval. Un bufón en zancos se eleva sobre la concurrencia, los malabaristas siguen sus pasos, y trovadores con laúd divierten a los transeúntes. Un mercader muestra sedas que quizá sean chinas, y otro tiene suficientes ollas para abastecer por todo un año a los vinateros.

En otras tiendas, los clientes regatean pieles rusas, vinos franceses y cristal italiano. La feria está vigilada y bajo control. Los guardias montados supervisan todo, y la tienda pintada de colores brillantes aloja una corte especial llamada píedpoudre (pies enlodados), donde se dirimen las disputas de los quejosos que aún no se han aseado.

LAS FIESTAS

Bajo el signo de la religión, se organizaban, sin embargo, numerosas fiestas en las ciudades.

Todo era pretexto para hacer procesiones, tanto la necesidad de conjurar un peligro invocando la protección de los santos, como el deseo de realizar una acción de gracias.

En París no pasaba semana sin que se organizara una de estas procesiones. Además, el pueblo podía divertirse con el castigo de los condenados (¡qué extraña esta complacencia de los miserables en la desgracia de alguien aún más mísero que ellos!).

Las ejecuciones siempre tenían lugar en las plazas más frecuentadas, y la masa no cesaba de dirigir pullas y de gozar ante las diversas torturas con las que se afligía a los reos.

Las calles estaban animadas, además, por diversos saltimbanquis, titiriteros y domadores de animales. Para las grandes ocasiones, se organizaban fiestas públicas: se distribuían víveres, y toda la población podía embriagarse en las fuentes de vino.

Se podía admirar, también, la llegada de los príncipes, y participar en diferentes representaciones teatrales:   farsas y, sobre todo, misterios.

Todos los habitantes aportaban su concurso a la realización de estos espectáculos, como actores o como confeccionadores de trajes.

Estas representaciones eran ofrecidas, generalmente, por señores de la ciudad, por el municipio o por algunos gremios.

Así, los zapateros montaban a su costa el «Misterio de San Crispín», que era su patrono.

Los ciudadanos de la Edad Media tenían, como se ve, muchas ocasiones de abandonar su trabajo, pero sus días festivos no estaban codificados y regularizados como en las sociedades modernas.

El trabajo no se caracterizaba todavía por ese ritmo y esa preocupación por la productividad que nos imponen las máquinas.

Los textos de la Edad Media son, por otra parte, muy discretos en lo que respecta al mundo del trabajo.

Según el orden del mundo, los hombres debían estar agrupados en tres categorías: los que combaten, los que rezan y los que trabajan; estos últimos eran considerados despreciables y poco interesantes, pues se pensaba que eran incapaces de hacer otra cosa.

Características Sociedad Feudal

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PARA SABER MAS…

EN LA EUROPA MEDIEVAL, el trabajo de una persona, su alimentación, sus vestidos y su vivienda se correspondía estrictamente con el lugar que ocupaba en la sociedad.

LA VIDA DEL CAMPESINO Los campesinos ocupaban el grado más bajo de la escala social. Vivían en aldeas y cultivaban la tierra, propiedad del señor, a quien debían entregar una parte de la cosecha. Vestían ropas de tejidos toscos y zapatos de madera. Su dieta consistía en legumbres, pan y poca cantidad de productos animales (huevos y tocino).

SEÑORES Y DAMAS
Los señores y sus esposas pasaban mientras tanto su vida privilegiada en el castillo. Usaban ropa lujosa procedente de fábricas a veces muy lejanas y hecha de telas preciadas, como la seda y el terciopelo. Comían carne y pan blanco, y bebían vino en lugar de cerveza.

DIETA MEDIEVAL
Sin embargo, la dieta medieval no contenía todos los nutrientes esenciales, ni siquiera en las clases privilegiadas. La leche era muy escasa, y en invierno no había ni frutas ni verduras frescas.

LA FORMACIÓN DEL SEÑOR A los siete años, un niño de noble nacimiento comenzaba a educarse como caballero. Su primer paso consistía en trasladarse al castillo de otro señor feudal en calidad de paje. Allí servía a la mesa y aprendía a manejar la espada y a montar un caballo de batalla, dos tareas indispensables para un caballero. A los 14 años se convertía en escudero. A la edad de 21 años, el señor del castillo lo armaba caballero golpeándole suavemente los hombros con su espada.

LA VIDA DE UNA MUCHACHA Las hijas de familias nobles debían aprender a comportarse como castellanas, es decir, como señoras del castillo. Un cruzado, por ejemplo, podía estar lejos del castillo durante años, dejando éste a cargo de su esposa. Usualmente, las mujeres se casaban entre los 14 y los 16 años. Los matrimonios eran concertados por las familias. La prometida debía entregar a su marido una dote de oro y tierras.

TORNEOS
La guerra era la principal ocupación de un señor feudal. Pero en tiempos de paz, los caballeros la simulaban mediante la celebración de combates deportivos llamados torneos. En 1180, en Lagny-sur-Manie (Francia), 3-000 caballeros armados lucharon contra otros tantos en un torneo multitudinario. Los torneos se regían por reglas estrictas: los participantes debían usar armas sin afilar, y un caballero no podía ser atacado si había perdido su casco. Asimismo, los golpes bajos eran una grave ofensa.

HERÁLDICA
Debido a que los contendientes llevaban el rostro cubierto por el yelmo, cada caballero que competía en un tomeo llevaba un estandarte y un escudo con una insignia particular. Estas divisas se hicieron importantes para identificar a los caballeros durante la batalla. Con el tiempo, estos emblemas sirvieron para identificar a las familias nobles. El sistema de codificación de las enseñas se conoce como «heráldica».

CAZA Y CETRERÍA Los nobles también se entretenían con la caza y la cetrería, actividades que los proveían de carne fresca. Las damas medievales participaban también en las partidas de caza.

MERCADERES MEDIEVALES
El comercio era una actividad próspera. Los principales comerciantes recibieron el nombre de «burgueses», palabra proveniente del alemán Burg (ciudad amurallada). Los comerciantes comenzaron a adquirir casas lujosas y a establecer vínculos con otras naciones.

LA LIGA HANSEÁTICA
En 1241, los comerciantes de Lübeck y Hamburgo, en el norte de Alemania, formaron la Liga H anseática, que estableció vínculos con países tan alejados como Rusia. Los mercaderes de la Liga H anseática se hicieron ricos y poderosos y comenzaron a considerarse iguales a los príncipes.

LA PESTE NEGRA
Durante cuatro años —de 1347 a 1351 — una epidemia de peste acabó con la vida de 25 millones de personas, casi una cuarta parte de la población de Europa. Después de esta plaga hubo una enorme escasez de mano de obra. Las gentes comenzaron a exigir mejores pagas y mejor tratamiento por parte de los señores.

Fuente Consultada:
Civilizaciones de Occidente Tomo A y B Jackson Spielvogel
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo 1
Historia del Mundo Grupo Z Multimedia DK
Atlas de la Historia del Mundo Kate Santon y Liz McKay
Gran Enciclopedia de la Historia Todolibro

Federico II Barbarroja Emperador de Alemania Las Cruzadas (301)

Federico II Barbarroja Emperador de Alemania

Nieto de Federico Barbarroja. Después de guerras dinásticas y largas complicaciones Federico II Barbarroja Emperador de Alemaniafue elegido emperador de Alemania, en 1212, a los 18 años de edad. En junio de 1228 partió en la Sexta Cruzada, donde, por medio de negociaciones diplomáticas, obtuvo que el sultán Malek-al-Kamil restituyera los lagares sagrados.

De esta manera, sin derramamiento de sangre, logró éxito en una empresa en que habían fracasado los cruzados durante cincuenta años. Federico II fue excomulgado en una oportunidad y acusado varias veces de ateo y librepensador, pero fue, al mismo tiempo, enconado perseguidor de la herejía en su país.

Llegó a aplicar penas gravísimas, como la muerte, la prisión perpetua y la confiscación total de los bienes a los acusados de herejía. Un pueblo alemán que se negó a pagar el diezmo a la Iglesia fue completamente destruido por orden del emperador y gran parte de los habitantes exterminados.

A pesar de estas demostraciones de ferocidad, Federico II fue un notable gobernante que llevó la prosperidad y el bienestar a su país durante un largo período. Nacido en 1194, murió en 1250, dejando tras él una verdadera leyenda, hasta tal punto que, después, hubo varios impostores que se hicieron pasar por un Federico «resucitado».

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FELIPE AUGUSTO: Felipe II de Francia ocupa con Ricardo Corazón de León y Federico Barbarroja un lugar predominante en la III Cruzada. Cuando contaba 14 años de edad, en 1179, fue proclamado rey de Francia. Poco después se encontró en lucha con el conde de Flandes, nombrado regente. A pesar de sus cortos años actuó con gran sagacidad y energía y rápidamente se deshizo de sus enemigos.

Robustecido por la popularidad, se propuso la tarea de recuperar los territorios que estaban en manos de los ingleses, y, mediante intrigas diplomáticas, consiguió que los dos hijos del rey británico, Ricardo y Juan sin Tierra, se volvieran contra el padre.

Felipe II acompañó a Ricardo Corazón de León a Tierra Santa, pero poco después de la toma de San Juan de Acre emprendió solo el regreso para aprovecharse de la ausencia de Ricardo, que entonces ya era rey. Después de una larga guerra, Felipe II consiguió aumentar el patrimonio heredado de su padre, agregando Normandía, Ániou, Turena y muchos otros territorios.

Preparó la unidad de Francia, Se le describe como un hombre valeroso, aficionado a los placeres de la buena mesa y un político muy hábil. Era, también, doble, suspicaz y cruel. Nació en París en 1165 y murió en Ñames en 1223. Fue hijo de Luis VII y de Adela de Champaña y padre del rey Luis VIII.

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PEDRO EL ERMITAÑO Nació a mediados del siglo XI en Amiens. Peleó en las guerras de Flandes. A los 20 años, alrededor de 1070, contrajo matrimonio con Ana de Roussi, quien falleció muy pronto. Pedro se retiró entonces a una eremita.

Según la leyenda, Pedro, después de haber ido a Tierra Santa, comenzó a recorrer Europa predicando la necesidad de recuperar el Santo Sepulcro. Montado en una muía y vestido con un viejo hábito recorrió toda Francia y gran parte de Europa.

Hablaba en forma muy elocuente y sus palabras conmovían a las multitudes, que poco a poco se reunieron en torno a él.

Una gran muchedumbre lo siguió a Tierra Santa. La mayoría de sus seguidores pereció en la aventura. Pedro el Ermitaño estaba dotado de muy pocas virtudes militares. Se dice que volvió a Francia y fundó un monasterio en Neufmoutier, donde murió en julio de 1115.

Lideres de las Cruzadas SIMÓN DE MONTFORT Pedro el Ermitaño (301)

Hombres Líderes de las Cruzadas
SIMÓN DE MONTFORT

SIMÓN DE MONTFORT El conde de Montfort fue un caudillo galo que nació en 1160 y murió en 1218, víctima de una pedrada mientras participaba en el sitio de Toulouse.

Pasó toda su vida «combatiendo a. infieles y herejes» y ha sido juzgado muy diversamente por la historia. Para unos fue un «defensor de la fe y paladín de la religión». Para otros, «un fanático sanguinario y cruel». En lo que parece no hay dudas es en cuanto a sus cualidades militares.

Desde un puesto relativamente secundario se destacó en la Cuarta y Quinta Cruzada y luego participó en las luchas de religión y dinásticas de su país.

Entre las batallas que ganó se recuerdan las de Castelnaudary en 1212 y la de Muret en 1213. En esta última, con fuerzas inferiores, batió al rey de Aragón, Pedro II, quien murió en la batalla, y a los condes de Toulouse y de Foix. Luchó largamente contra el conde Raimundo VI de Toulouse y murió cuando atacaba la ciudad del mismo nombre al frente de su ejército.

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FEDERICO BARBARROJA El emperador Federico I de Alemania fue descrito como un hombre cortés, instruido, inteligente y valeroso. Pasó gran parte de su vida guerreando contra los Estados italianos y el Papa Alejandro III. En esta última pugna apoyó sucesivamente a tres Antipapas.

Sin embargo a los 70 años se reconcilió con la Iglesia y fue uno de los dirigentes de la Tercera Cruzada, que fue encabezada por los monarcas de Alemania, Francia e Inglaterra. Federico I no alcanzó a llegar al Santo Sepulcro.

Murió ahogado en un río cuando dirigía un poderoso ejército, muy bien adiestrado, capaz de batir a los musulmanes, y que se desbandó a raíz de su muerte. Federico nació en 1123. Era sobrino del emperador Conrado III de Alemania, quien lo nombró su sucesor. Ocupó el cargo desde 1152, a los 29 años de edad.

Desde el comienzo de su reinado se aplicó a construir un gran imperio, tarea a la que se dedicó sin descanso durante los próximos 40 años. Después de pacificar su país se dirigió a Italia, que estaba dividida entonces en una serie de ciudades independientes. Asnaldo de Brescia había expulsado al Papa Adriano IV y apoderándose de Roma.

Federico lo derrotó, se erigió en rey de Italia y devolvió el trono pontificio a Adriano IV. Federico volvió a Alemania, nuevamente sacudida por guerras intestinas, y logró restablecer la paz. Al cabo de un tiempo disputó con el Papado e invadió otra vez a Italia.

El Papa Alejandro III le hizo frente, pero las fuerzas de Federico derrotaron fácilmente a los soldados italianos y entraron a Roma. Federico instaló en la Santa Sede a Pascual III (el segundo de los Antipapas), pero entonces ocurrió un acontecimiento que hizo pensar a la gente de esa época en un milagro. Se desató una terrible peste que diezmó al ejército de Federico Barbarroja. En una sola semana perecieron 25 mil alemanes.

Los sobrevivientes huyeron a otras ciudades, donde continuaron siendo víctimas del mal. El emperador, sin embargo, mantuvo su dominio sobre Italia durante los años siguientes y apoyó a un tercer Antipapa, Calixto IV. En 1189, en el deseo de terminar su vida en forma gloriosa, Federico Barbarroja organizó un gran ejército para participar en la Tercera Cruzada. Derrotó al sultán de Iconium en el Asia Menor, en 1190, pero no pudo seguir adelante.

Federico quiso bañarse en las aguas del río Cidno, a pesar de la oposición de sus acompañantes. Mientras estaba sumergido sofrió una apoplejía y fue arrastrado por la corriente. El corazón y las entrañas del emperador fueron llevados a Tarso, las carnes a Antioquia y los huesos a Tiro.

BALDUINO I BONIFACIO II Hombres que Dirigieron las Cruzadas (301)

BALDUINO I BONIFACIO II
Hombres que dirigieron las Cruzadas

BALDUINO I Fue el primer emperador latino de Constantinopla, como resultado de las cruzadas. Nació en Valenciennes en 1171, hijo del conde de Flandes. A los 14 años casó con María de Champaña. En 1202 fue designado como uno de los jefes de la Cuarta Cruzada, que no llegó a la Tierra Santa, sino terminó con el sojuzgamiento del Imperio Bizantino.

BALDUINO I BONIFACIO II Hombres que dirigieron las cruzadas a JerusalenEn 1204 fue proclamado emperador. Se dice que tenía un carácter poco enérgico y que actuó, además, impolíticamente, al desatar persecuciones religiosas contra los griegos, las que provocaron un levantamiento general.

En la conjuración, desatada en 1205, pereció gran número de cristianos. Varias ciudades importantes cayeron en manos de los rebeldes y Filípolis fue sitiada. El emperador se dirigió en auxilio de la ciudad, pero cayó en manos de sus enemigos, que lo derrotaron y lo hicieron prisionero. Nunca volvió a saberse de él. Hay muchas versiones sobre su suerte. Algunos historiadores creen que pereció en el campo de batalla de Adrianápolis, pero hay pruebas que indicarían que fue vendido como esclavo en Siria.

Una tercera versión sostiene que fue asesinado en una prisión búlgara. Balduino II, sobrino del anterior, fue más tarde emperador de Constantinopla. Perdió la ciudad en 1261, al cabo de prolongadas luchas con los griegos. Peregrinó, después de su derrota, largos años por las cortes europeas en busca de ayuda para recuperar la ciudad, sin éxito. Nació en 1217 y murió en 1272.

BONIFACIO II Bonifacio II, marqués de Montferrato, fue, igual que Balduino I, uno de los dirigentes de la Cuarta Cruzada. Vivió largos años en Palestina. Fue uno de los señores italianos más fieles al emperador Enrique IV, quien en premio a sus servicios le donó la ciudad de Alejandría en 1193.

En el curso de la Cuarta Cruzada se opuso al principio a la conquista de Zara, exigida por los venecianos como parte del precio por conducir a los cruzados a través del Mediterráneo a Siria, negándose a tomar las armas contra otro príncipe cristiano.

Más adelante, sin embargo, participó activamente en las guerras que siguieron entre cristianos romanos y ortodoxos. Después de la derrota del Imperio Bizantino, el marqués tomó para sí la isla de Candía y las provincias situadas al otro lado del Bósforo. Más tarde cambió esas posesiones por Tesalónica, de la cual se erigió rey. Bonifacio contrajo matrimonio con Margarita de Hungría, esposa del fallecido emperador Isaac El Ángel, de Constantinopía, y enseguida inició una campaña para apoderarse de Grecia.

Tomó Beocia, el Ática y Corinto y capturó al emperador Alejo. Poco después, sin embargo, el marqués cayó en una emboscada preparada por los búlgaros y fue muerto de un lanzazo, en 1207.

Bohemundo I de Tarento Reyes Las Cruzadas a Santos Sepulcros (301)

Bohemundo I de Tarento
Reyes que dirigieron las Cruzadas

BOEMUNDO I Boemundo de Tarento era hijo del príncipe normando Roberto Guiscard, de Sicilia, quien guerreó largamente contra el Imperio Bizantino. Boemundo participó en las luchas de su padre y se distinguió en una serie de batallas por su bravura.Bohemundo I de Tarento Reyes que dirigieron las Cruzadas

A la muerte de Roberto Guiscard no pudo ocupar la corona debido a una intriga palaciega que protagonizó su madrastra para entregar el poder a su hermano Roger Boemundo abandonó sus dominios y emprendió una larga lucha para recuperar lo que consideraba suyo. Al cabo de cuatro años logró obtener el Principado de Tarento.

Enseguida se incorporó a la Primera Cruzada, donde desempeñó un papel muy importante.

Para algunos historiadores, Boemundo fue el verdadero vencedor de las principales batallas que terminaron con la ocupación de Jerusalén. Era, tal vez, el más capaz de todos los capitanes que participaron en esa empresa.

Boemundo fue uno de los gestores de la victoria de Doryliun y luego dirigió la marcha del ejército cruzado por el Tauro hasta Siria, apoderándose de Antioquía. Aquí se hizo nombrar príncipe de la ciudad.

En el curso de una expedición a la Mesopotamia fue hecho prisionero por el emir Kamschetgin, en 1100. Quedó en libertad dos años después, luego de pagar una crecida suma por el rescate. De regreso se embarcó en una nueva guerra con el Imperio Bizantino, en una empresa «fantásticamente superior a sus fuerzas», según los historiadores.

La lucha contra el gran imperio, con recursos muy superiores a los suyos, duró dos años. Comprendiendo que era imposible derrotar a su enemigo, el emperador Alejo I, se dirigió a Europa.

Allí casó con Constanza, hija del rey Felipe I, reunió un ejército y volvió a la carga. Puso sitio a Durazzo, pero al cabo de un largo asedio, infructuoso, terminó por firmar un tratado de paz con el emperador. Volvió a Italia, donde emprendió nuevas aventuras. Murió en 1111, a los 46 años de edad.