Origen de los Boy Scouts

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Historia de la Legión Extranjera Francesa

Después de un período de relativa paz, en Argelia, donde la Legión tuvo hasta hace muy pocos años sus cuarteles permanentes, volvió a estallar una nueva insurrección; a los mercenarios les fue confiada la misión de reprimir a los rebeldes de la Kabilia, tarea que ellos cumplieron con el implacable rigor y el desprecio por sus vidas y las de sus enemigos que se estaba convirtiendo ya en rasgo característico de la Legión Extranjera en todas sus empresas bélicas. Más tarde en 1859, Napoleón III decidió ayudar a los patriotas italianos en su lucha contra Austria, que dominaba extensas regiones de Italia.

No era una ayuda del todo desinteresada ya que a cambio de ella Francia se anexaría después las provincias italianas de Saboya y Niza, pero de todas formas fue efectiva. En esa lucha la Legión Extranjera participó en todas las batallas decisivas: Magenta, donde su carga a la bayoneta bajo el huracán de fuego de la artillería enemiga llenaría de asombro a propios y ajenos; y Solferino, donde la bandera del 2° regimiento de la Legión fue condecorada en el mismo campo de batalla por el mariscal Mac Mahon, ya que el heroísmo temerario de los componentes de esa unidad le había permitido hender el centro enemigo y obtener una resonante victoria. Fue en México, cuatro años después, donde la Legión escribiría la página más brillante de su historia: Camerone.

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Imagenes de la antigua Legión Extranjera

Llegada para apoyar las pretensiones imperiales de Maximiliano de Austria, resuelto a ocupar el trono mexicano contra la oposición de los patriotas republicanos encabezados por Benito Juárez, la Legión fue enviada en seguida a las «tierras calientes», la región que se extiende entre Veracruz y Puebla, donde los juaristas eran más fuertes y traían en jaque constantes a los invasores. Un día de fines de 1863 el coronel Jeannin-Gros, comandante de la expedición legionaria, ordenó al capitán Danjou, veterano legionario que había perdido una mano en Crimea y combatido también en Italia y en Argelia, dar escolta con 60 legionarios a un convoy que transportaba tres millones de francos y munición de artillería para la guarnición de Palo Verde.

Según el relato que los legionarios escuchan todos los años en posición de firmes en la ceremonia conmemorativa, los juaristas, en número de más de 2.000 tendieron una emboscada a la escolta apenas ésta había acampado en las inmediaciones del poblado de Camarón (cuyo nombre los franceses deforman, convirtiéndolo en Camerone). 

El capitán Danjou hizo jurar en esos instantes a sus hombres que se defenderían hasta la muerte. Horas después al cabo de un violento combate en el curso del cual Danjou recibió un balazo mortal en la cabeza, sólo sobrevivían ocho legionarios heridos. La mano ortopédica del capitán Danjou, elevado el rango de héroe inmortal de la Legión, se conserva aún hoy, como una reliquia sagrada, en el cuartel principal de la Legión, en Aubagne.

En 1870 estalló la guerra franco-prusiana y una vez más Napoleón II recurrió a los legionarios, haciéndolos venir a territorio metropolitano —lo que estaba prohibido por las leyes— para defender a Francia. Los regimientos que parten de Oran no llevan alemanes en sus filas: una cláusula del contrato que los mercenarios firman al engancharse no les obliga a batirse contra sus patrias de origen.

antigua legion extranjera

De nada sirve esta vez que la Legión derroche valor en el campo de batalla: sitiado en Sedán con un importante ejército y ante la inminencia de la derrota el emperador se ha rendido. Todavía antes de volver a Argelia, los legionarios tendrán ocasión de hacer uso de sus armas, esta vez contra los hijos de la nación bajo cuya bandera combaten: son las sangrientas jornadas de la Commune de París y los regimientos extranjeros reciben orden de disparar contra los sublevados, pese a que la ley de 1831 vetaba expresamente que se los emplease en misiones de orden público. Después, con la reanudación de las guerras coloniales, la prensa «volverá a envolver las hazañas de los legionarios —que desde 1883 luchaban en Tonkín— en un halo de leyenda.

Mientras tanto, en la lucha contra un enemigo mal armado, pero obstinado y valiente, la Legión escribirá en su historia las páginas de Lan-son, Son-Tay, Tuyen-Kuan, donde fueron cercados 600 legionarios al mando del mayor Dominé y ofrecieron hasta la llegada de la columna de socorro una resistencia encarnizada que los redujo al límite de sus fuerzas y a menos de la tercera parte de sus efectivos. De vuelta a Argelia después de la conquista de Indochina, la Legión Extranjera conocerá durante unos pocos años la monotonía de la vida de guarnición hasta 1892, año en que algunos de sus regimientos parten con destino al África ecuatorial para participar en la conquista de Dahomey y, apenas acabada la campaña, en 1896, en la expedición colonial a Madagascar.

Los mercenarios regresan al norte de África, donde entre 1906 y 1917 llevarán el peso principal como «fuerza de choque» en la guerra de Marruecos, uní campaña dura y costosa por la tenacidad de un enemigo que no da tregua ni cuartel y en la que ambos bandos se acusan recíprocamente de actos de inimaginable crueldad. Y aunque ningún gobierno ha abolido la ley de 1831, la Legión vuelve a poner sus pies por dos veces más en suelo metropolitano: durante las dos contiendas mundiales de este siglo.

Incluso, durante la última, llegó a darse la situación paradójica de que los legionarios hubieran podido llegar a enfrentarse entre ellos por el hecho de militar en dos bandos antagónicos: algunas unidades destacadas en Francia fueron salvadas del desastre de Dunkerque y se alistaron en las Fuerzas Francesas Libres del general De Gaulle, en tanto que otros regimientos que habían permanecido en Argelia se mantuvieron —hasta que las fuerzas anglonorteamericanas desembarcaron en África del norte en 1942—fieles al régimen de Víchy presidido por el mariscal Pétain.

Después de la Segunda Guerra Mundial, desde finales de 1946 hasta 1954, numerosos batallones de la Legión Extranjera libraron en las junglas y arrozales de Vietnam la guerra de Indochina que culminó con la derrota de las armas francesas en la batalla de Dien Bien Phu. Pero no iba a ser Indochina la única derrota de la Legión Extranjera. Poco después de haber regresado a sus cuarteles, los mercenarios al servicio de Francia se vieron envueltos en la tormenta dé la rebelión argelina. Y sobre las postrimerías del conflicto argelino, pareció por un momento que la nación misma iba a sucumbir bajo el peso de las armas de aquellos extranjeros a quienes pagaba para que lucharan por ella.

Fue en mayo en 1958, cuando se entreveía ya que se iba hacia una solución negociada del conflicto: muchas unidades de élite, entre ellas los regimientos de paracaidistas y la Legión Extranjera, se alzaron virtualmente en armas contra el gobierno de Francia y hasta amenazaron con hacer ocupar París por unidades aerotransportadas que respondían a los amotinados.

Terminada la guerra de Argelia con la independencia de la ex provincia francesa, el presidente De Gaulle ordenó que los regimientos legionarios fuesen trasladados a Córcega y a ciertos remotos rincones del cada vez más reducido imperio colonial francés. Existe el proyecto de reestructurar a la Legión con el fin de trasformarla en un cuerpo moderno, preparado para la guerra nuclear y calcado sobre el patrón de los «marines» norteamericanos.

Origen de la Legion Extranjera Francesa Historia de su Creacion

Origen de la Legión Extranjera Francesa

En la áspera y larga campana librada por el Ejercito Expedicionario trances en Indochina, el peso principal de la lucha recayó casi siempre sobre los batallones y regimientos de la Legión Extranjera, la aguerrida tropa de élite cuya historia encierra casi todas las paginas mas brillantes de la historia militar francesa en los últimos 130 anos.

Se puede decir, en efecto, que no ha habido guerra ni campana de conquista colonial emprendida por Francia durante ese periodo en la que no haya participado este cuerpo de mercenarios que, procedentes de los países mas remotos y diversos, se enrolaban en la Legión a impulsos de la sed de aventuras, de su afición a la guerra y, muchas veces también, en busca de un refugio seguro para eludir la acción de la justicia.

folleto legion extranjera

Estos individuos tan diferentes entre si, convertidos en formidables soldados por obra y gracia de una disciplina férrea y de una instrucción completa en la que no se escatima ningún rigor, han derramado su sangre por Francia en dos guerras mundiales y han dejado sus huesos en cuatro continentes batiéndose en defensa de una bandera que no era la de su nación de origen.

La Legión Extranjera fue fundada el 9 de marzo de 1831, durante el reinado de Luis Felipe de Orleans, al darse cuenta el gobierno francés de que la conquista de Argelia presentaba mas dificultades de las esperadas; en esa época los franceses, muy vivo aun el recuerdo de las penalidades soportadas en las campañas napoleónicas, no parecían muy dispuestos a hacerse matar en una empresa que se les antojaba descabellada y vana.

Los oficiales de enrolamiento del nuevo cuerpo hicieron su primera buena cosecha de carne de cañon entre los tejedores de seda de Lyon; estos, que habían desatado una insurrección contra el gobierno por motives gremiales, estaban siendo victimas de una represión implacable, al punto de que muchísimos de ellos no vieron otra alternativa que alistarse en la Legión para escapar a la cárcel.

En cuanto a los extranjeros eran en su mayoría polacos que se habían refugiado en Francia después del fracaso de una rebelión contra el gobierno zarista, e italianos —sardos, piamonteses, lombardos— muchos de los cuales sirvieron ya a Francia en los ejércitos de Napoleón; unos y otros se habían enrolado en bloque, en unidades ya constituidas y mandadas por sus propios oficiales.

La Legión Extranjera recibió el bautismo de fuego en los campos de batalla argelinos, y sus primeros hechos de armas no fueron muy afortunados: los hombres se batían mas por emulación que por disciplina, sin el menor espíritu de cuerpo, frente a un enemigo valeroso y tenaz que, además, estaba defendiendo su suelo; en ocasiones faltó muy poco para que todo concluyera en un desastre irreparable, de forma que se resolvió introducir una serie de reformas sustanciales.

En lo sucesivo no habría enrolamiento colectivo, sino individual y los voluntarios serian encuadrados por oficiales seleccionados; se impondría también el uso del francés para evitar que —como ya había sucedido— en el combate los legionarios se desconcertasen por no entender las órdenes de sus comandantes. Al aprobar el decreto de Luis Felipe, la Cámara introdujo un párrafo que establecía que la Legión no debía ser empleada en territorio metropolitano, y menos aun en misiones de orden publico: se quería evitar así que en caso de una eventual rebelión interna los gobiernos franceses pudieran defenderse ordenando a mercenarios extranjeros hacer fuego sobre ciudadanos franceses.

Con el tiempo se iba a ver que esta medida era prudente y previsora, ya que la Legión Extranjera no tardó mucho en hacerse famosa por su valor en el campo de batalla como por su despiadada crueldad con el enemigo antes, en y después del combate, y por sus abuses y desmanes en perjuicio de las poblaciones nativas de las colonias.

En 1845, por ejemplo, un terrible escándalo conmovido a la opinión publica francesa: el coronel Pélissier, encargado de perseguir en las montañas de Kabilia a un grupo de argelinos, rodeó con sus soldados un poblado berberisco y ordenó que le prendieran fuego.

Hombres, mujeres y niños, todos los habitantes del poblado murieron, porque los legionarios que rodeaban el aduar disparaban sobre los que pretendían huir de sus chozas incendiadas. Ya en esa época los legionarios parecían justificar plenamente el juicio de un coetáneo que, después de verlos desfilar por una ciudad argelina, escribía: «Es, sin duda, una asociación de hombres valerosos hasta la temeridad, pero totalmente al margen de la ley y de la sociedad. La Legión Extranjera se ha creado, en la disciplina y en el combate, una fama que, inspira cierta inquietud a sus amigos, pero que también infunde respeto a sus enemigos».

Mientras tanto, los regimientos de la Legión que combatían en Argelia fueron habituándose a la especial manera de guerrear de los cabileños, y poco a poco comenzaron a imponer su superioridad táctica y en armamento. En su lucha contra los rebeldes de AbdelKader —la insurrección en la Kabilia sólo pudo ser sofocada después de varias décadas de lucha— los regimientos legionarios se forjaron una sólida reputación de combatientes duros e implacables.

Es en esa época cuando empieza a surgir lo que después algunos han llamado la «mitomanía legionaria»; contra esa tendencia generalizada a exagerar la magnitud de las hazañas cumplidas por los legionarios en el campo de batalla prevenía el general francés Thomás cuando escribió: «Hemos aprendido a inflar con aires de victoria nuestros partes de guerra, al punto de transformar en otros tantos Austerütz las vulgares escaramuzas en las cuales nuestros soldados se limitan a perseguir a un enemigo que se retiraba sólo para tender una nueva emboscada».

Después, cuando la Legión estuvo bien probada en la brega, los gobiernos de París tomaron la costumbre de enviarla a cualquier parte del mundo en que fuera necesario defender el prestigio de las armas francesas. La primera expedición tuvo por teatro España, desgarrada por las guerras carlistas, entre 1835 y 1839; en esa campaña participó un regimiento integrado por unos 4.000 legionarios que engrosaron los ejércitos de la reina Isabel II en su lucha contra los partidarios de su tío Carlos (a quienes, por esa razón, se les llamaba «carlistas») que querían para éste el trono español.

Al término de la campaña de esos 4.000 hombres sólo regresaron a sus cuarteles de Sidi Bel Abbés unos 500; los restantes habían quedado para siempre en las sierras de Cataluña En 1854, Napoleón III decidió enviar varios regimientos de la Legión a Crimea, para defender a los turcos contra los cosacos del zar Nicolás I; ante los muros de Sebastopol los legionarios se batieron valerosamente hombro con hombro con los ingleses y los piamonteses, que también habían acudido al llamado de auxilio del Sultán. Para ese entonces los hombres de la Legión están bien equipados y sometidos a una disciplina de hierro que los diferencia de las demás unidades del ejército francés.

Sus compañeros de armas los llaman «barrigas de cuero», por la reluciente cartuchera de ese material que les cuelga de la cintura. Los suboficiales representan el más sólido nexo entre hombres de nacionalidades y lenguas tan diversas; del mantenimiento de la disciplina se encargaban los sargentos y el «ayudante de compañía» (un suboficial) es en la práctica el verdadero comandante de la unidad.

A los oficiales de carrera les cuesta al principio hacerse obedecer y respetar por sus hombres; éstos prefieren a los que provienen de las filas y se han ganado los grados por su valentía en el combate. La expedición a Crimea se prolongó hasta 185ó, y aparte de los muertos en acción frente al enemigo, la Legión vio raleadas sus filas por una epidemia de cólera que azotó el campamento francés.