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Vida y Obra de Santa Clara de Asis Biografia Anecdotas de Santos

Vida y Obra de Santa Clara de Asis

Clara significa: vida transparente.

Nació en Asís, Italia, en 1193. Su conversión hacia la vida de plena santidad se efectuó al oír un sermón de San Francisco de Asís. Cuando ella tenía 18 años San Francisco predicó en Asís los sermones de cuaresma y allí insistió en que para tener plena libertad para seguir a Jesucristo hay que librarse de las riquezas y bienes materiales.

santa clara

En secreto se fue a buscar al santo para pedirle que la instruyera en el modo de lograr conseguir la perfección cristiana. El le dijo que había que desprenderse de todo, la animó a dejar la vida de riquezas y comodidades que llevaba y dedicarse a una vida pobre, de oración y penitencia.

El Domingo de Ramos del año 1212 Clara asistió a la celebración pero estaba tan emocionada y fuera de sí que no pasó a recibir la palma. Entonces el señor obispo se fue para la banca donde ella estaba y le puso en sus manos la palma bendita. Y aquella noche, a medianoche, acompañada de una sirvienta, salió secretamente de su casa, (rica mansión de familia muy acomodada) y se fue a dos kilómetros de distancia, donde San Francisco vivía pobrísimamente en un sitio llamado La Porciúncula. Allá la estaba aguardando el santo, el cual salió a recibirla junto con sus frailes, llevando todos lámparas encendidas y cantando de alegría.

De rodillas ante San Francisco, hizo Clara la promesa de renunciar a las riquezas y comodidades del mundo y de dedicarse a una vida de oración, pobreza y penitencia. El santo, como primer paso, tomó unas tijeras y le cortó su larga y hermosa cabellera, y le colocó en la cabeza un sencillo manto, y la envió a donde unas religiosas que vivían por allí cerca, a que se fuera preparando para ser una santa monja.

Cuando los hermanos que eran muy ricos y esperaban casar a Clara con algún millonario hacendado, se dieron cuenta de la ausencia de la muchacha se dedicaron a buscarla por todas partes. Al fin la encontraron en el convento en donde se había refugiado y quisieron llevársela a la fuerza. Ella se agarró a los manteles del altar, que se rasgaron ante tanta violencia de los atacantes, y cuando se la iban a llevar, Clara se descubrió la cabeza rapada y les dijo: «Por amor a mi Cristo Jesús he renunciado totalmente a todo amor por lo material y mundano». Los hermanos al verla así y tan resuelta, desistieron de tratar de llevársela.

San Francisco hizo que Clara se fuera a vivir junto a la Iglesia de San Damián en Asís, en una pobre y humilde casita. Y he aquí que su hermana Inés y su propia madre decidieron irse también de monjas con ella. Y muchas muchachas más se dejaron atraer por esa vida de oración y recogimiento, y así pronto el convento estaba lleno de mujeres dedicadas a la santidad. Francisco nombró a Clara como superiora de la comunidad, y aunque ella toda la vida trató de renunciara al puesto de superiora y dedicarse a ser una sencilla monjita de segundo orden, sin embargo por cuarenta años será la priora del convetno y las monjitas no aceptarán a ninguna otra en su reemplazo mientras ella viva, y es que su modo de ejercer la autoridad era muy agradable y lleno de caridad. Servía la mesa, lavaba los platos, atendía a las enfermas, y con todas era como una verdadera mamacita llena de compresión y misericordia.

A los pocos años ya había conventos de Clarisas en Italia, Francia, Alemania y Checoslovaquia. Y estas monjitas hacían unas penitencias muy especiales, inspiradas en el ejemplo de su santa fundadora que era la primera en dedicarse a la penitencia. No usaban medias, ni calzado, se abstenían perpetuamente de carne, y sólo hablaban si las obligaba a ello alguna necesidad grave o la caridad. La fundadora les recomendaba el silencio como remedio para evitar innumerables pecados de lengua y conservarse en unión con Dios, y alejarse de dañosas distracciones del mundo, pues si no hay silencio, la mundanalidad se introduce inevitablemente en el convento.

No contenta con las mortificaciones que las demás monjitas hacían, Santa Clara ayunaba a pan y agua los cuarenta días de cuaresma y los días anteriores a las grandes fiestas. Y muchos días los pasó sin comer ni beber nada. Dormía sobre una dura tabla y por almohada tenía un poco de pasto seco. San Francisco y el obispo de Asís le mandaron que no dejara pasar un día sin comer aunque fuera un pedazo de pan. Poco a poco la experiencia le fue enseñando a no ser demasiado exagerada en penitencias porque se le dañaba la salud. Y más tarde escribirá a sus religiosas: «Recuerden que no tenemos cuerpo de acero ni de piedra. Por eso debemos moderar los exagerados deseos de hacer penitencias, porque la salud puede sufrir daños muy serios».

Siguendo las enseñanzas y ejemplos de su maestro San Francisco, quiso Santa Clara que sus conventos no tuvieran riquezas ni rentas de ninguna clase. Y aunque muchas veces le ofrecieran regalos de bienes para asegurar el futuro de sus religiosas, no los quiso aceptar. Al Sumo Pontífice que le ofrecía unas rentas para su convento le escribió: «Santo Padre: le suplico que no me absuelva ni me libre de la obligación que tengo de ser pobre como lo fue Jesucristo». A quienes le decían que había que pensar en el futuro, les respondía con aquellas palabras de Jesús: «Mi padre celestial que alimenta a las avecillas del campo, nos sabrá alimentar también a nosotros». Hoy las religiosas Clarisas son 18,000 en 1,248 conventos en el mundo.

Una vez llegaron unos soldados mahometanos, terribles anticatólicos, a atacar el convento, destrozar y matar. Las monjitas se fueron a rezar muy asustadas; y Santa Clara que era extraordinariamente devota al Santísimo Sacramento, tomó en sus manos la custodia con la hostia consagrada y se les enfrentó a los atacantes. Ellos sintieron en ese momento tan terrible oleada de terror que salieron huyendo sin hacerles mal. Otra vez los enemigos atacaban la ciudad de Asís y querían destruirla. Santa Clara y sus monjitas oraron con toda fe ante el Santísimo Sacramento y los atacantes se retiraron sin saber por qué.

27 años estuvo enferma nuestra santa, pero su enfermedad la soportaba con paciencia heróica. En su lecho bordaba y hacía costuras, y oraba sin cesar. El Sumo Pontífice la visitó dos veces y exclamó: «Ojalá yo tuviera tan poquita necesidad de ser perdonado, como la que tiene esta santa monjita». Cardenales y obispos iban a visitarla y a pedirle sus consejos. San Francisco ya había muerto, y tres de los discípulos preferidos del santo, Fray Junípero, Fray Angel y Fray León, le leyeron a Clara la Pasión de Jesús mientras ella agonizaba. La santa repetía: «Desde que me dedique a pensar y meditar en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, ya los dolores y sufrimientos no me desaniman sino que me consuelan».

El 10 de agosto del año 1253 a los 60 años de edad y 41 años de ser religiosa, se fue al cielo a recibir su premio. Un día como hoy fue sepultada. Santa Clara bendita: no dejes nunca de rogar a Dios por nosotros.

Vida de San Ambrosio Leyenda, Carrera Politica y Obra Religiosa

Vida de San Ambrosio  – La Leyenda

LA FAMILIA DE AMBROSIO
san ambrosioSan Ambrosio nació en Tréveris, ciudad de Alemania, en el año 340. Su padre era el prefecto de la ciudad; es decir, el representante del emperador romano. Tréveris era entonces la capital de una vasta región del Imperio. El padre de Ambrosio era, pues, un gran personaje, muy rico y de noble estirpe.

Tenía tres hijos: Marcelina, Sátiro y Ambrosio. Deseaba que sus hijos fueran buenos cristianos; pero, sobre todo, para Sátiro y Ambrosio soñaba la carrera política. De acuerdo con ese propósito, los hizo estudiar con los más prestigiosos maestros de la ciudad, y para completar su educación los envió a Roma, donde los inscribió en las mejores escuelas.

Pero los jóvenes tenían reservado un destino diferente. Marcelina, una vez educados sus hermanos, se hizo monja; Ambrosio y Sátiro, después de iniciar la carrera política, terminaron en la diócesis de Milán, el primero como obispo, el segundo como su ayudante. La Iglesia, en consideración a sus grandes virtudes, los proclamó santos a los tres.

LA CARRERA POLÍTICA
Completados sus estudios en Roma, Ambrosio se dirigió a Sirmio (hoy Mitroviza, Yugoslavia) junto al prefecto Vulcezio Rufino, amigo de su padre. Era el año 365. Ambrosio tenía entonces 25 años y comenzaba su carrera política.

Después de ser durante tres años ayudante del prefecto Rufino, Ambrosio se convirtió en consejero de Sexto Petronio Probo, sucesor de aquél. Pocos años después se le consideró digno de un cargo más importante y fue nombrado gobernador de Milán.

En aquella época, Milán era también una ciudad importante, y los emperadores romanos habían radicado allí su corte. El cargo de gobernador de Milán era, ciertamente, muy honorable, pero también difícil, porque los ciudadanos estaban divididos por una discordia de carácter religioso. La mayoría de la población era católica, pero había muchos sectarios del arrianismo.

Éstos, aunque aceptaban el cristianismo, no reconocían la naturaleza divina de Jesús, ni la consubstancialidad de la Santa Trinidad, motivo por el cual la Iglesia los había condenado como herejes. Cuando Ambrosio llegó a Milán, los arríanos eran fuertes, porque el mismo obispo de la ciudad pertenecía a dicha secta. El gobernador debía impedir, sobre todo, el enfrentamiento de los dos grupos antagónicos. Ambrosio realizó toda clase de esfuerzos para mantener el orden y la paz en la ciudad. Su mayor preocupación fue combatir las herejías, y su predicación dio como resultado la conversión de muchos incrédulos y herejes. Entre los convertidos por su palabra y su consejo recordaremos a otro gran santo: San Agustín.

CÓMO LLEGÓ A SER OBISPO
En 374, es decir, un año después de la llegada del nuevo gobernador, el obispo arriano de Milán, Ausencio, murió. Entonces comenzaron las discusiones y las luchas por la sucesión.

Mientras la multitud se agitaba por esa cuestión, las discusiones comenzaron a transformarse en litigios. Estaba por iniciarse una refriega cuando Ambrosio, responsable de la paz de la ciudad, se colocó en medio de la multitud y comenzó a hablar para calmarlos. Se dice que mientras estaba hablando se oyó la voz de un niño que decía: «¡Ambrosio obispo'». Fue como una inspiración y una orden para todos. La multitud repitió el grito y muchos ciudadanos y sacerdotes invitaron al gobernador a aceptar el cargo.

Ambrosio, que no deseaba dejar su carrera política para seguir la religiosa, se alejó de la multitud y se retiró a su palacio. Pero los milaneses insistieron durante varios días a Ambrosio para que se convirtiera en obispo de la ciudad. Él siempre se rehusaba y hasta trató de alejarse de Milán. Pero al fin accedió. No obstante, hizo notar que no le era posible asumir el cargo porque todavía no había recibido el bautismo (en esa época se acostumbraba recibir este sacramento ya de adultos). Además, una ley del Imperio prohibía a los magistrados asumir cargos religiosos.

Todo fue inútil. El emperador exceptuó a Ambrosio de cumplir dicha ley y le aconsejó que aceptara el nombramiento. Ambrosio, convencido, recibió el bautismo y fue obispo. San Ambrosio fue obispo de Milán durante 23 años; es decir hasta su muerte, acaecida en 397.

SU OBRA DE OBISPO
San Ambrosio fue un gran obispo; un buen padre para su pueblo. Su casa se hallaba abierta a todos y sus riquezas se distribuían entre los más necesitados. Cuando Milán fue amenazada por la invasión de los godos, hizo quitar todo el oro de las iglesias de la ciudad y lo entregó a los invasores bárbaros, para evitar a sus conciudadanos los horrores de la guerra y para rescatar a muchísimos prisioneros.

Además se preocupó por dar a su pueblo una sólida instrucción religiosa; instituyó, con ese fin, numerosas escuelas de catecismo. Él mismo instruyó a los fieles predicando y escribiendo oraciones y libros de moral. Aconsejó también rezar cantando y para ello enseñó diversos himnos (cantos ambrosianos).

SAN AMBROSIO Y TEODOSIO
La autoridad y el prestigio del obispo de Milán era grande. El emperador Teodosio lo quería y lo veneraba. Pero un día, estos dos grandes hombres chocaron. Fue en ocasión de la matanza de Tesalónica ordenada por Teodosio. En esa ciudad de Grecia, un día el pueblo se había rebelado y, luego de invadir el palacio imperial, había dado muerte al prefecto.

Teodosio quiso castigar a la ciudad, pero su venganza fue muy cruel. Hizo preparar juegos en el circo e invitó a los ciudadanos de Tesalónica a asistir al espectáculo. Cuando el circo estuvo lleno, los soldados lo rodearon para impedir toda fuga. Luego se echaron sobre la multitud con las espadas desenvainadas y exterminaron a los espectadores. En esa bárbara masacre murieron más de siete mil ciudadanos.

Cuando la terrible noticia llegó a Milán, San Ambrosio quedó horrorizado. Escribió una carta al emperador, que residía en Milán, reprochándole la gran matanza efectuada, y le ordenó que no se acercara más a la iglesia.

Pero Teodosio tuvo el coraje de acercarse al templo. San Ambrosio salió a su encuentro y le ordenó que hiciera penitencia por su falta. Teodosio obedeció y se presentó de nuevo en el templo con hábitos de penitente.

«DOCTOR DE LA IGLESIA»
Por sus escritos sobre dogmas de la religión cristiana y por sus enseñanzas, San Ambrosio ha sido colocado entre los «Doctores de la Iglesia», junto con San Agustín, San Jerónimo y San Gregorio. Sus escritos tienen gran valor también desde el punto de vista histórico y literario; efectivamente, ha dejado innumerables cartas con preciosas informaciones y noticias sobre la vida política y civil de su tiempo. Su obra «Deberes del clero» (basada en «De officiis» de Cicerón) fue consultada durante siglos. Las disposiciones por él establecidas para la Iglesia en Milán llevaron a la formación del «rito ambrosiano», que se distingue del romano por algunos detalles de carácter litúrgico.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Estudiantil CODEX Tomo III San Ambrosio

Biografía de San Tobias, porque es un Santo: Obra de San Tobìas

Biografía de San Tobías

Tobías significa: «Dios es bueno». Uno de los libros más agradables de la Sagrada Escritura es el de Tobías. Si abrimos nuestra Biblia, allá donde el índice nos dice que está el Libro de Tobías y nos dedicamos a leerlo, pasaremos ratos verdaderamente agradables en esta lectura. Allí se cuenta lo siguiente:

Tobías fue siempre un exacto cumplidor de sus deberes religiosos. Siendo todavía muy joven, cuando sus familiares se apartaron de la verdadera religión y empezaron a adorar al becerro de oro, él en cambio nunca quiso adorar ese ídolo y era el único que en su familia iba en las grandes fiestas a Jerusalén a adorar al verdadero Dios. Y siempre daba la décima parte de lo que ganaba para el templo y para los pobres.

Se casó con una mujer de su propia religión, llamada Ana, y tuvo un hijo al cual le puso también el nombre de Tobías.

Cuando el pueblo de Israel fue llevado cautivo a Nínive, Tobías tuvo que ir también allá en destierro, pero allá le concedió Dios la simpatía de los gobernantes y llegó a ocupar un alto puesto en la administración del gobierno. Aprovechó el buen sueldo que tenía para hacer sus buenos ahorros y prestó a un amigo suyo, que vivía en una ciudad lejana, los dineros que había logrado conseguir.

Después hubo cambio de gobierno y el nuevo rey, llamado Senaquerib, atacó a Jerusalén, pero por milagro de Dios no pudo tomarla, y volvió lleno de rabia a Nínive y empezó a perseguir a los israelitas que allí había. Quitó el cargo a Tobías y éste quedó en pobreza.

El rey hizo morir a muchos israelitas y prohibió que los sepultaran, pues quería que los dejaran en los campos para que los devoraran los cuervos. Pero Tobías, que era muy piadoso y muy caritativo, se dedicó de noche a sepultar los cadáveres de sus paisanos. Y un día volvió a casa muy cansado de estos trabajos y se sentó junto a una pared y se quedó dormido. Y arriba había un nido de golondrinas y de allá le cayó estiércol caliente en los ojos y quedó ciego. Y así estuvo por 4 años.

Como Tobías estaba ciego, su esposa tuvo que emplearse en una fábrica de tejidos, para ganar el sustento. Y un día a ella le regalaron un cabrito. Tobías al oír balar al animalito le dijo a la mujer: «Cuidado, no sea que te hayas robado ese cabrito. Si es ajeno hay que devolverlo, porque preferimos ser totalmente pobres a tener que quitar a alguien nada». La esposa al oírle esto lo insultó y le dijo: «¿De qué le han servido tantas limosnas que regalaba y tantas oraciones que rezaba? Mire a qué estado tan desdichado ha llegado».

Tobías, lleno de tristeza ante estas palabras, se retiró a llorar y rezaba diciendo: «Dios mío, todos estos sufrimientos nos llegan por los pecados que hemos cometido. Señor, apiádate de mí, y si he de seguir sufriendo tantas humillaciones, más bien acuérdate de mí, y llévame hacia Ti».

Mientras tanto, allá, en una ciudad lejana, una joven estaba también siendo humillada terriblemente. Se llamaba Sara. Se había casado siete veces, pero cada vez que se casaba, antes de que su esposo se le acercara llegaba el demonio Asmodeo y mataba al hombre. Y un día Sara regañó justamente a una sirvienta, y ésta, para desquitarse, le dijo: «Que nadie vea hijos tuyos, porque eres una asesina de siete maridos». Al oír semejante infamia, la joven Sara se fue a la azotea a llorar y hasta le llegó el deseo de suicidarse, pero rechazó este mal pensamiento porque aquello traería muchos sufrimientos a sus padres. Entonces oró a Dios diciendo: «Señor, tú sabes que yo he hecho siempre lo mejor posible por tener un buen comportamiento. Oh Señor, si he de seguir escuchando semejantes insultos de la gente, prefiero más bien que me lleves a Ti y me saques de esta vida. Pero si crees que lo mejor es que yo siga viviendo en esta tierra, te suplico que me libres de esta pena tan grande».

Y las dos oraciones llegaron al mismo tiempo al cielo. La de Tobías, que había sido humillado, y la de Sara, que había sido insultada. Y Dios dispuso responder a estas dos plegarias enviándoles un ángel a ayudarlos.

En aquel tiempo se acordó Tobías de que el amigo Gabael que vivía en una ciudad lejana le debía dinero que él le había prestado. Y llamó a su hijo Tobías y le dijo: «Vaya a la plaza y busque un buen hombre que lo quiera acompañar durante el largo y peligroso viaje, y dígale que le pagaremos el sueldo debido durante todo el tiempo que dure el viaje».

Y entonces envió Dios al ángel San Rafael disfrazado de hombre, el cual se le ofreció a Tobías para acompañarlo en el largo recorrido. Tobías padre lo aceptó porque parecía ser muy buena persona.

Antes de que su hijo se despidiera para partir, Tobías le dio estos consejos: «Tu mejor tesoro será siempre tener temor de ofender a Dios, y alejarte de todo pecado. Te conviene pedir siempre consejo a los que son prudentes y bien instruidos. Debes bendecir a Dios en toda circunstancia. Pídele que sean buenos todos tus comportamientos y que lleguen a buen fin tus proyectos. Te aconsejo que compartas tus alimentos con los hambrientos y tus comodidades con los que no las tienen. Todo cuanto no necesites debes darlo a los pobres. No hagas nunca a nadie lo que no quieres que te hagan a ti. Jamás se te vaya a ocurrir casarte con una mujer que no sea de nuestra santa religión. No pierdas el tiempo, porque la ociosidad es la madre de la miseria. Haz limosnas con generosidad, pero con alegría y sin echar en cara lo que regalas. Recuerda que el dar limosna libra de muchos males. Trata siempre con mucho cariño a tu madre. Recuerda lo mucho que ella ha sufrido por ti. Recuerda que si te esfuerzas por pórtate bien, el Señor Dios te concederá muchos éxitos».

Bendecido por su padre emprendió Tobías a la lejana ciudad de Ragués, acompañado por el ángel Rafael. La mamá lloraba mucho y estaba desconsolada, pero Tobías le decía: «No te afanes tanto, que Dios, que nos ama y nos protege, hará que nuestro hijo logre ir y volver sin que le suceda nada malo».

Y al llegar al río Tigris, Tobías entró al agua, pero un enorme pez se le lanzó a morderlo. El ángel le gritó: «Agarre fuerte al pez y láncelo fuera». Así lo hizo. Y en seguida Rafael le dijo: «Ábralo y sáquele la hiel, y el corazón, que nos van a ser muy útiles». Tobías sacó la hiel y el corazón del pez y los envolvió y los guardó.

Al llegar a la ciudad de Ecbatana, se hospedaron en casa del israelita Raguel, padre de Sara, la joven que había orado con tanta tristeza. Tobías se enamoró de Sara, pero Raguel le contó que el demonio había matado a los otros siete que habían tratado de casarse con ella. Rafael le dijo a Tobías que podía casarse tranquilamente, pues él alejaría al demonio Asmodeo. Se celebraron las bodas muy festivamente y Tobías y Sara rezaron con mucha fe pidiendo a Dios que bendijera su matrimonio. Tobías dijo: «Señor: tú sabes que no me caso por satisfacer mis pasiones, sino por formar un hogar donde se honre al verdadero Dios y se practique la verdadera religión». Y Sara también rezó encomendando a Dios su nuevo hogar. Y el ángel Rafael ató al demonio Asmodeo y lo llevó a un desierto y no permitió que les hiciera daño a los esposos.

Mientras en la familia se celebraban fiestas en honor de los desposados, el ángel Rafael fue hasta donde vivía Gabael y presentándole el recibo de Tobías, cobró el dinero que le debía y lo trajo. Y con este dinero y con toda la herencia que los papás de Sara le dieron a su hija se dispusieron a regresar a Nínive.

Tobías y su esposa Sara volvieron a Nínive, donde los ancianos padres estaban ya muy angustiados por su ausencia. El ángel le dijo: «Tan pronto te encuentres con tu padre, refriégale en los ojos la hiel del pescado». Así lo hizo el joven, y apenas su padre lo abrazó, el le refregó por los ojos la hiel, y se le cayeron unas escamas y recobró la vista y empezó a bendecir a Dios delante de todos.

Tobías le dijo a su hijo: ¿qué le daremos a este compañero tan bueno que tantos favores nos ha hecho? Démosle la mitad de todo lo que hemos conseguido. Pero el ángel les dijo: «Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están siempre delante de Dios. El Señor me envió a ayudarlos, porque El ha escuchado todas las oraciones que ustedes le han dirigido. Porque eras aceptable a Dios por eso te permitió sufrimientos para que consiguieras mayores premios. Pero cuando ustedes rezaban angustiados, yo llevaba sus oraciones ante el Trono de Dios».

Y continuo diciendo: «No sientan nunca vergüenza de contar a todos los favores que Dios les ha hecho. Recuerden que la limosna borra muchos pecados. La oración y el hacer sacrificios hacen inmenso bien. Los que se dedican a pecar son enemigos de la propia felicidad. Pero los que se dedican a repartir limosnas consiguen muchos favores de Dios».

Ellos se arrodillaron para venerar al ángel, y éste desapareció.

Y así la familia de Tobías gozó en adelante de mucha paz y felicidad porque Dios los bendecía mucho y los ayudaba siempre, y ellos siguieron todos siendo fieles a la santa y verdadera religión.

Familias como ésta, sí en verdad merecen ser imitadas por todas nuestras familias.

Biografía de San Simón (Simeon) El Estilita

Biografía de San Simón (Simeon) – El Estilita

Nace cerca del año 400 en el pueblo de Sisan, en Cilicia, cerca de Tarso, donde nació San Pablo. (Estilita significa: el que vive en una columna). De pequeño se dedicaba a pastorear ovejas por los campos, pero un día, al entrar en una iglesia, oyó al sacerdote leer en el sermón de la Montaña las bienaventuranzas, en el capítulo 5 del evangelio de San Mateo. Se entusiasmó al oír que Jesús anuncia: «Dichosos serán los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los puros de corazón porque ellos verán a Dios». Se acercó a un anciano y le preguntó qué debería hacer para cumplir esas bienaventuranzas y ser dichoso. El anciano le respondió: «Lo más seguro seria irse de religioso a un monasterio».

san simeon

Se estaba preparando para ingresar a un monasterio, y pedía mucho a Dios que le iluminara qué debía hacer para lograr ser santo e irse al cielo, y tuvo un sueño: vio que empezaba a edificar el edificio de su santidad y que cavaba en el suelo para colocar los cimientos y una voz le recomendaba: «Ahondar más, ahondar más». Y al fin oyó que la voz le decía: «Sólo cuando seas lo suficientemente humilde, serás santo».

A los 15 años entró a un monasterio y como era muy difícil conseguir libros para rezar, se aprendió de memoria los 150 salmos de la S. Biblia, para rezarlos todos cada semana, 21 cada día.

Se le considera el inventor del cilicio, o sea de una cuerda hiriente que algunos penitentes se amarran en la cintura para hacer penitencia. Se ató a la cintura un bejuco espinoso y no se lo quitaba ni de día ni de noche. Esto para lograr dominar sus tentaciones. Un día el superior del monasterio se dio cuenta de que derramaba gotas de sangre y lo mandó a la enfermería, donde encontraron que la cuerda o cilicio se le había incrustado entre la carne. Difícilmente lograron quitarle la cuerda, con paños de agua caliente. Y el abad o superior le pidió que se fuera para otro sitio, porque allí su ejemplo de tan extrema penitencia podía llevar a los hermanos a exagerar en las mortificaciones.

Se fue a vivir en una cisterna seca, abandonada, y después de estar allí cinco días en oración se le ocurrió la idea de pasar los 40 días de cuaresma sin comer ni beber, como Jesús. Le consultó a un anciano y éste le dijo: «Para morirse de hambre hay que pasar 55 días sin comer. Puede hacer el ensayo, pero para no poner en demasiado peligro la vida, dejaré allí cerca de usted diez panes y una jarra de agua, y si ve que va desfallecer, come y bebe.» Así se hizo. Los primeros 14 días de cuaresma rezó de pie. Los siguientes 14 rezó sentado. Los últimos días de la cuaresma era tanta su debilidad que tenía que rezar acostado en el suelo. El domingo de Resurrección llegó el anciano y lo encontró desmayado y el agua y los panes sin probar. Le mojó los labios con un algodón empañado en agua, le dio un poquito de pan, y recobró las fuerzas. Y así paso todas las demás cuaresmas de su larga vida, como penitencia de sus pecados y para obtener la conversión de los pecadores.

Se fue a una cueva del desierto para no dejarse dominar por la tentación de volverse a la ciudad, llamó a un cerrajero y se hizo atar con una cadena de hierro a una roca y mandó soldar la cadena para no podérsela quitar. Pero varias semanas después pasó por allí el Obispo de Antioquía y le dijo: «Las fieras sí hay que atarlas con cadenas, pero al ser humano le basta su razón y la gracia de Dios para no excederse ni irse a donde no debe». Entonces Simeón, que era humilde y obediente, se mandó quita la cadena.

De todos los países vecinos y aun de países lejanos venían a su cueva a consultarlo y a pedirle consejos y las gentes se le acercaban para tocar su cuerpo con objetos para llevarlos en señal de bendición, y hasta le quitaban pedacitos de su manto para llevarlos como reliquias.

Entonces para evitar que tanta gente viniera a distraerlo en su vida de oración, se ideó un modo de vivir totalmente nuevo y raro: se hizo construir una columna de tres metros para vivir allí al sol, al agua, y al viento. Después mandó hacer una columna de 7 metros, y más tarde, como la gente todavía trataba de subirse hasta allá, hizo levantar una columna de 17 metros, y allí pasó sus últimos 37 años de su vida.

Columna se dice «Stilos» en griego, por eso lo llamaron «Simeón el estilita».

No comía sino una vez por semana. La mayor parte del día y la noche la pasaba rezando. Unos ratos de pie, otros arrodillado y otros tocando el piso de su columna con la frente. Cuando oraba de pie, hacía reverencias continuamente con la cabeza, en señal de respeto hacia Dios. En un día le contaron más de mil inclinaciones de cabeza. Un sacerdote le llevaba cada día la Sagrada Comunión.

Para que nadie vaya a creer que estamos narrando cuentos inventados o leyendas, recordamos que la vida de San Simeón Estilita la escribió Teodoreto, quien era monje en aquel tiempo y fue luego Obispo de Ciro, ciudad cercana al sitio de los hechos. Un siglo más tarde, un famoso abogado llamado Evagrio escribió también la historia de San Simeón y dice que las personas que fueron testigos de la vida de este santo afirmaban que todo lo que cuenta Teodoreto es cierto.

Las gentes acudían por montones a pedir consejos. El les predicaba dos veces por día desde su columna y los corregía de sus malas costumbres. Y entre sermón y sermón oía sus súplicas, oraba por ellos y resolvía pleitos entre los que estaban peleados, para amistarlos otra vez. A muchos ricos los convencía para que perdonaran las deudas a los pobres que no les podían pagar.

Convirtió a miles de paganos. Un famoso asesino, al oírlo predicar, empezó a pedir perdón a Dios a gritos y llorando.

Algunos lo insultaban para probar su paciencia y nunca respondió a los insultos ni demostró disgusto por ellos.

Hasta Obispos venían a consultarlo, y el Emperador Marciano de Constantinopla se disfrazó de peregrino y se fue a escucharlo y se quedó admirado del modo tan santo como vivía y hablaba.

Para saber si la vida que llevaba en la columna era santidad y virtud y no sólo un capricho, los monjes vecinos vivieron y le dieron orden a gritos de que se bajara de la columna y se fuera a vivir con los demás. Simeón, que sabía que sin humildad y obediencia no hay santidad, se dispuso inmediatamente a bajarse de allí, pero los monjes al ver su docilidad le gritaron que se quedara otra vez allá arriba porque esa era la voluntad de Dios.

Murió el 5 de enero del año 459. Estaba arrodillado rezando, con la cabeza inclinada, y así se quedó muerto, como si estuviera dormido. El emperador tuvo que mandar un batallón de ejército porque las gentes querían llevarse el cadáver, cada uno para su ciudad. En su sepulcro se obraron muchos milagros y junto al sitio donde estaba su columna se construyó un gran monasterio para monjes que deseaban hacer penitencia.

Señor Jesucristo; haz que como Simeón el Estilita, recordemos todos aquellas palabras tuyas: «Si no hacéis penitencia, todos pereceréis» y que nos dediquemos también a ofrecer penitencias por nuestros pecados y por los pecados del mundo entero. Amén.

Fuente Consultada: Sitio Web hurch Forum

Vida y Obra de Santo Tomas Moro Biografia e Historia de la Reforma

Vida y Obra de Santo Tomás Moro
Biografia e Historia de la Reforma Anglicana

Tomás Moro Fue canonizado en 1935, cuando1 se cumplían cuatro siglos de su martirio, ocurrido el 7 de julio1 de 1535. Su culpa había sido oponerse a las veleidades amorosas y a los caprichos ideológicos de Enrique VIII, y había sido condenado a muerte por haber declarado que el Parlamento inglés no podía hacer jefe de la Iglesia al monarca.

Era valeroso, ferviente en su catolicismo y con la firmeza, tan poco corriente en los intelectuales puros, de sostener sus convicciones religiosas hasta sellarlas con su propia sangre.

Caso tanto más notable cuanto Tomás More (castellanizado, Moro) fue con Erasmo, Budé y Vives, el representante más notable del humanismo nortealpino.

biografia de tomas moro

Esta es su biografia….

Biografia de Tomás Moro Caracteristicas del Humanismo

(Cheapside, 6 de febrero de 1478 – Londres, 6 de julio de 1535): Humanista inglés del Renacimiento.

Cursó en Oxford estudios humanísticos hasta 1494, año en que ingresó en New Inn para iniciar la carrera de Derecho.

Como humanista, coincidió con Erasmo de Rotterdam en muchísimos aspectos y a ambos les unió una profunda amistad.

Desde joven fue un hombre exageradamente religioso. Interesado por los acontecimientos políticos de su tiempo, es miembro del Parlamento en 1504.

Desempeñó durante algunos años diferentes cargos en el Gobierno. En 1514, fue administrador de legados; en 1521, tesorero de Hacienda; en 1523, speaker de la Cámara de los Comunes y, en 1529, sucedió a Wolsey en el puesto de canciller.

Fiel súbdito de la corona, sin embargo se opuso al rey en lo referente a las cuestiones de supremacía de poderes y al divorcio.

En 1532, al aprobarse la ley que privaba al Papa de los primeros ingresos del año por beneficios, renunció al Gran Sello, abandonando su trabajo en la Corte.

A pesar de los intentos que el rey de Inglaterra realizó para conseguir de nuevo su colaboración, Tomás Moro, como católico y antirreformista, no transigió en ningún momento, perdiendo con su decisión los favores y protección del monarca.

Su padre que era juez, le enviaba únicamente el dinero indispensable para sus gastos más necesarios, y esto le fue muy útil, pues como él mismo afirmaba después: «Por no tener dinero para salir a divertirme, tenía que quedarme en casa y en la biblioteca estudiando». Lo cual le fue de gran provecho para su futuro.

A los 22 años ya es doctor en abogacía, y profesor brillante. Es un apasionado lector que todos los ratos libres los dedica a la lectura de buenos libros. Uno de sus compañeros de ese tiempo dio de él este testimonio: «Es un intelectual muy brillante, y a sus grandes cualidades intelectuales añade una muy agradable simpatía».

Le llegaron dudas acerca de cuál era la vocación para la cual Dios lo tenía destinado. Al principio se fue a vivir con los cartujos (esos monjes que nunca hablan, ni comen carne, y rezan mucho de día y de noche) pero después de 4 años se dio cuenta de que no había nacido para esa heroica vocación.

También intentó irse de franciscano, pero resultó que tampoco era ese su camino. Entonces se dispuso optar por la vocación del matrimonio. Se casó, tuvo cuatro hijos y fue un excelente esposo y un cariñosísimo papá. Su vocación estaba un poco más allá: su vocación era actuar en el gobierno y escribir libros.

Para con sus hijos, para con los pobres y para cuantos deseaban tratar con él, Tomás fue siempre un excelente y simpático amigo. Acostumbraba ir personalmente a visitar los barrios de los pobres para conocer sus necesidades y poder ayudarles mejor.

Con frecuencia invitaba a su mesa a gentes muy pobres, y casi nunca invitaba a almorzar a los ricos. A su casa llegaban muchas visitas de intelectuales que iban a charlar con él acerca de temas muy importantes para esos momentos y a comentar los últimos libros que se iban publicando. Su esposa se admiraba al verlo siempre de buen humor, pasara lo que pasara. Era difícil encontrar otro de conversación más amena.

San Tomas Moro

Este es uno de los dos grandes mártires de la Iglesia de Inglaterra, cuando un rey impuro quiso acabar con la Religión Católica y ellos se opusieron. El otro es San Juan Fisher . Tomás significa: «el gemelo». Y en verdad que fue un verdadero gemelo en santidad y en cualidades con su compañero de martirio, San Juan Fisher. Tomás Moro nació en Cheapside, Inglaterra en 1478. A los 13 años se fue a trabajar de mensajero en la casa del Arzobispo de Canterbury, y éste al darse cuenta de la gran inteligencia del joven, lo envió a estudiar al colegio de la Universidad de Oxford.

Tomás Moro escribió bastantes libros. Muchos de ellos contra los protestantes, pero el más famoso es el que se llama Utopía. Esta es una palabra que significa: «Lo que no existe» (U=no. Topos: lugar. Lo que no tiene lugar). En ese libro describe una nación que en realidad no existe pero que debería existir. En su escrito ataca fuertemente las injusticias que cometen los ricos y los altos del gobierno con los pobres y los desprotegidos y va describiendo cómo debería ser una nación ideal. Esta obra lo hizo muy conocido en toda Europa. (Ver: Ciudades Utópicas)

El joven abogado Tomás Moro fue aceptado como profesor de uno de los más prestigiosos colegios de Londres. Luego fue elegido como secretario del alcalde de la capital. En 1529 fue nombrado Canciller o Ministro de Relaciones Exteriores. Pero este altísimo cargo no cambió en nada su sencillez. Siguió asistiendo a Misa cada día, confesándose con frecuencia y comulgando. Tratable y amable con todos. Alguien llegó a afirmar: «Parece que lo hubieran elegido Canciller, solamente para poder favorecer más a los pobres y desamparados».

Otro añadía: «El rey no pudo encontrar otro mejor consejero que este«. Pero Tomás, que conocía bien cómo era Enrique VIII, declaraba con su fino humor: «El rey es de tal manera que si le ofrecen una buena casa por mi cabeza, me la mandará cortar de inmediato«.

Ya llevaba dos años como Canciller cuando sucedió en Inglaterra un hecho terrible contra la religión católica. El impúdico rey Enrique VIII se divorció de su legítima esposa y se fue a vivir con la concubina Ana Bolena. Y como el Sumo Pontífice no aceptó este divorcio, el rey se declaró Jefe Supremo de la religión de la nación, y declaró la persecución contra todo el que no aceptara su divorcio o no lo aceptara a él como reemplazo del Papa en Roma. Muchos católicos tendrían que morir por oponerse a todo esto.

Tomás Moro no aceptó ninguno de los terribilísimos errores del malvado rey: ni el divorcio ni el que tratara de reemplazar al Sumo Pontífice.

Entonces fue destituido de su alto puesto, le confiscaron sus bienes y el rey lo mandó encerrar como prisionero de la espantosa Torre de Londres. Santo Tomás y San Juan Fisher fueron los dos principales de todos los altos funcionarios de la capital que se negaron a aceptar tan grandes infamias del monarca. Y ambos fueron llevados a la torre fatídica. Allí estuvo Tomás encerrado durante 15 meses.

Verdaderamente hermosas son las cartas que desde la cárcel escribió este gran sabio a su hija Margarita que estaba muy desconsolada por la prisión de su padre. En ellas le dice: «Con esta cárcel estoy pagando a Dios por los pecados que he cometido en mi vida. Los sufrimientos de esta prisión seguramente me van a disminuir las penas que me esperan en el purgatorio. Recuerda hija mía, que nada podrá pasar si Dios no permite que me suceda. Y todo lo permite Dios para bien de los que lo aman. Y lo que el buen Dios permite que nos suceda es lo mejor, aunque no lo entendamos, ni nos parezca así».

El día en que Margarita fue a visitar por última vez a su padre, vieron los dos salir hacia el sitio del martirio a cuatro monjes cartujos que no habían querido aceptar los errores de Enrique VIII. Tomás dijo a Margarita: «Mire cómo van de contentos a ofrecer su vida por Jesucristo. Ojalá también a mí me conceda Dios el valor suficiente para ofrecer mi vida por su santa religión».

Tomás fue llamado a un último consejo de guerra. Le pidieron que aceptara lo que el rey le mandaba y él respondió: «Tengo que obedecer a lo que mi conciencia me manda, y pensar en la salvación de mi alma. Eso es mucho más importante que todo lo que el mundo pueda ofrecer. No acepto esos errores del rey«. Se le dictó entonces sentencia de muerte. El se despidió de su hijo y de su hija y volvió a ser encerrado en la Torre de Londres.

En la madrugada del 6 de julio de 1535 le comunicaron que lo llevarían al sitio del martirio, él se colocó su mejor vestido. De buen humor como siempre, dijo al salir al corredor frío: «por favor, mi abrigo, porque doy mi vida, pero un resfriado sí no me quiero conseguir». Al llegar al sitio donde lo iban a matar rezó despacio el Salmo 51: «Misericordia Señor por tu bondad». Luego prometió que rogaría por el rey y sus demás perseguidores, y declaró públicamente que moría por ser fiel a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Luego enseguida de un hachazo le cortaron la cabeza.

Tomás Moro fue declarado santo por el Papa en 1935. Un sabio decía: «Este hombre, aunque no hubiera sido mártir, bien merecía que lo canonizaran, porque su vida fue un admirable ejemplo de lo que debe ser el comportamiento de un servidor público: un buen cristiano y un excelente ciudadano».

Dijo Jesús: «Dichosos los que sufren persecución por causa de la religión, porque su premio será muy grande en el reino de los cielos». (Mt 5,11).

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En 1534, ante su negativa a reconocer al rey Enrique VIII como jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra, es hecho prisionero y encarcelado en la torre de Londres. Acusado de alta traición, tuvo que comparecer ante los tribunales; fue considerado culpable y, después de un año de prisión, decapitado.

Tomás Moro fue el creador del tan apasionante género de las utopías o representaciones de estados y situaciones imaginarias con el fin de poder realizar y hacer realizar experimentos mentales insospechados. Tal es el carácter de su obra «De optimo ripublicae statu nova insola Utopia». Para no alejarse demasiado de la realidad, antes de comenzar a narrar las diversas historias de la fantástica islita, Moro nos muestra, irónica y sarcásticamente, como funcionaba la justicia en Inglaterra.

Además nos explica el origen económico de las injusticias sociales. Propone una serie de remedios a este tipo de problemática, sin encontrar en ninguno de ellos la verdadera solución a tales injusticias, y afirma rotundamente que la única vía posible para superar la iniquidad social siempre motivada por cuestiones económicas, es la abolición absoluta de la propiedad privada, que es, en definitiva, el eje de todo proceso socio-económico.

HISTORIA DE LA REFORMA DE ENRIQUE VIII Y LA MUERTE DE TOMAS MORO:

La Reforma en Inglaterra. Causas de su implantación. — Los comienzos de la Reforma en Inglaterra fueron por el año 1539. Ya, antes de esta fecha, los escritos de Erasmo de Rotterdam, Tomás Moro y Juan Colet, habían preparado los espíritus, despertando en ellos un ansia de examinar principios que hasta entonces se aceptaban como inconmovibles.

Enrique VIII, que había combatido las conclusiones de Lutero, por lo que además de enemimistarse con el reformador, mereció de la Curia romana el dictado de defensor de la fe y que estaba casado con Catalina de Aragón, hija de Fernando V el Católico, enamorado de una dama de su corte llamada Ana Bolena,demandó en 1527 de la Santa Sede la anulación de su matrimonio, aduciendo inconsistentes fundamentos. Habiéndosele denegado su pretensión, tras de unirse ilegítimamente con Ana Bolena, casó con ella en 1533.

El matrimonio no fue reconocido, y Enrique VIII publicó un Bill de seis artículos declarando caducada la autoridad del papa sobre Inglaterra y sustituyéndola por la suya (1534). Como Toma Moro y Fischer, obispo de Winchester, no quisieran acatar aquella disposición (Acta de Supremacía), fueron decapitados en 1535 y luego fueron suprimidos y confiscados muchos monasterios cuyos bienes pasaron a poder del rey.

El divorcio del rey con Catalina y su posterior matrimonio con Ana Bolena fueron autorizados por Tomás Cranmer, arzobispo de Canterbury. El monarca se abrogó el título de jefe de la Iglesia anglicana y la representación de Dios en la tierra. Suprimió los envíos de dinero a Roma y logró la adhesión general a las expoliaciones cometidas con los bienes de la Iglesia, por los beneficios que su botín reportaba a nobles y a plebeyos. Los ritos y doctrinas de la Iglesia anglicana no coincidían en todas sus partes con los del protestantismo.

En 1553 María Tudor restableció el catolicismo, pero a su muerte, le sucedió en el trono su hermana Isabel, hija de Ana Bolena y Enrique, que aun titulándose católica, persiguió a los fieles de esta religión, se declaró cabeza suprema de la Iglesia y, sin entregarse a la ortodoxia protestante, restableció la Iglesia anglicana en 1563.