Caballo Loco

Quienes Hicieron La Historia El Hombre Y Sus Circunstancias

Quienes Hicieron La Historia El Hombre Y Sus Circunstancias

Si Cleopatra hubiese tenido la nariz más torta, habría despertado en Augusto la misma pasión que conquistó a César y Marco Antonio, y la historia del Imperio Romano sería otra. Si Carlos Martel no hubiese vencido a los árabes en Poitiers, Occidente sería musulmán y no cristiano, y los astronautas desembarrados en la Luna probablemente se llamarían Alí Muhámmad o Gamal.

Si Galileo, Newton y media docena más de sabios de su época hubiesen muerto en su infancia, los métodos científicos que ellos desarrollaron no existirían y sin éstos tampoco habría ciencia moderna ni Revolución Industrial.

Si Napoleón hubiese tenido 10cm. centímetros más de estatura, quizás no habría necesitado compensar su complejo de inferioridad. Su ambición se habría reducido entonces a llegar a ser un simple oficial más en las filas del ejército. En ese caso, Francia no habría conmovido el destino de Europa.

De igual manera, yo, ciudadano de un país de cultura europea, que vivo de acuerdo con leyes que se originan en la Revolución Francesa, y que me afeito con máquina eléctrica, podría no existir. Mi vida fue determinada por el físico de Napoleón, que era de baja estatura; por un golpe que Cleopatra sufrió cuando era niña y le torció la nariz, por un sarampión que Galileo no tuvo, por un error de táctica de un jefe árabe.

Si no fuese por esos simples hechos, yo podría tener un nombre árabe, vivir según las leyes del Corán, y afeitarme con navaja. Bastaría con que Galileo y Newton, y los desconocidos chinos que inventaron la brújula y la pólvora, hubiesen muerto prematuramente, para que no existiesen la imprenta, la navegación y el predominio occidental en el mundo. Con sólo suprimir a una docena de hombres importantes, el curso de la historia y la vida de millones de seres humanos habría tomado un rumbo que no podemos adivinar.

Estos argumentos parecen pueriles por la forma en que están expuestos. Sin embargo, fueron realmente sostenidos por algunos pensadores. Frecuentemente leemos en diarios, revistas y libros, y escuchamos por la radio y la televisión, afirmar que «los que hacen la historia son unos pocos personajes, y que todo lo demás es consecuencia de sus actos». ¿Cuántas veces hemos oído decir que Hitler es el culpable de la Segunda Guerra Mundial»? También podemos leer en distintos libros de historia que el papa León I convenció personalmente a Afila para que no saquease a Roma y se alejase de la ciudad. Esto equivaldría a sostener que, en caso de que los argumentos del Papa no hubiesen sido convincentes, Europa habría sido dominada por los hunos.

CleopatraNewtonGalileoAdolf Hitler
CleopatraNewtonGalileoHitler

Paradójicamente, esa manera de enfocar la historia hace que esta sea al mismo tiempo, simple e incomprensible. Porque las causas que se dan como origen de todos los hechos son, además de simples, imprevisibles (y, por lo tanto, totalmente inexplicables).

Para comprender esto mejor, imaginemos un episodio que pudo haber acontecido: el 17 de abril de 1915, el soldado alemán Fritz Müller, emplazado en una trinchera del frente francés, adviene a su compañero, el soldado Adolfo Hitler, que tiene sus botines desacordonados.

El soldado Adolfo se agacha para amarrar los cordones y, en ese preciso momento, una bala disparada por Jean Dupont desde la trinchera enemiga pasa silbando por el lugar donde un segundo antes se encontraba su cabeza. Si no hubiese sido por la advertencia de su compañero, Adolfo habría muerto alcanzado por el proyectil. Y sin Adolfo Hitler la Alemania nazi no habría existido, ni tampoco habría acontecido la Segunda Guerra Mundial.

Si aceptamos que un hecho tan simple como éste —advertir que el zapato de una determinada persona está mal acordonado—, puede determinar la historia, o buena parte de ella, ¿cómo es posible conocer sus causas? Ellas serían tan extraordinariamente triviales —golpes, sarampiones, balas perdidas—, que se tornaría imposible establecerlas.

De ahí que la tesis del personaje como causa única de la historia sea, de hecho, la «tesis del episodio imprevisible». Y esto equivale a aceptar la imposibilidad de conocer las causas de los hechos y procesos históricos humanos.

¿ES EL DESTINO EL QUE HACE A LOS HÉROES?

Un enfoque diametralmente opuesto al citado es el que sostiene, que los grandes personajes históricos no son más que marionetas manejadas por el destino. De acuerdo con esta tesis, aun cuando Cleopatra hubiese tenido una nariz perfecta, ello no habría influido para nacía en los acontecimientos. Porque puco importaba cual fuese el jefe romano que se adueñase del poder.

Cualquiera que lo hubiera hecho, se habría visto obligado por las circunstancias a suprimir la República Romana, tal como lo hizo Augusto. Napoleón, a su vez, podría haber muerto alto, atractivo y lleno de hijos, como desconocido oficial en una guarnición de provincia, y aun así Francia habría conquistado el misino imperio. Galileo y Newton podrían haber sucumbido en su infancia víctimas del sarampión, y otros habrían hedió lo que ellos hicieron.

El Imperio Francés, el método científico y la imprenta eran, de acuerdo con esta tesis, inevitables, y su existencia no dependió de aquellos que nos «parecen» sus creadores. Todo lo contrario: fueron las situaciones históricas las que crearon a dichos personajes.

Al respecto, es interesante señalar que, en ciertos casos, los mismos personajes históricos sustentaron esa tesis. Hacia el fin de su vida Napoleón afirmó: «Es preciso que transcurran por lo menos 1.000 anos, antes de que vuelva a repetirse la conjugación de factores que me creó».

El mariscal de campo alemán von Brauchitsch, uno de los principales lugartenientes de Hitler, señaló a los jueces de Nureinberg, durante su proceso por crímenes de guerra, lo siguiente: «Hitler fue el destino de Alemania, y ese destino no podía ser evitado en forma alguna». Existe, sin embargo, una diferencia entre la declaración de von Brauchitsch y la de Napoleón.

El mariscal alemán habla de inevitabilidad y destino. Bonaparte, en cambio, se refiere a una conjugación de factores, es decir a las oportunidades que una situación dada puede ofrecer a un personaje. De acuerdo con el pensamiento de von Brauchitsch, existe un «libro del destino» donde todas las cosas ya están escritas.

Creemos ver al personaje decidir, actuar, determinar. Pero en realidad no ocurre tal cosa, sino que son fuerzas impersonales —económicas, políticas, raciales o de cualquier otra índole—, las que mueven la historia, y el personaje no es más que un simple elemento de transmisión, una rueda de una máquina que sólo se mueve según los dictados del plan que le dio origen.

Todo lo que ocurre no podría haber ocurrido de otra forma. No existen alternativas en la historia porque, según este enfoque, no es posible elegir. Lo que se puede deducir de las palabras de von Brauchitsch es que la historia de la humanidad se desarrolla en forma independiente de lo que los hombres puedan hacer.

Pero ¿qué significa la afirmación de que el gran hombre es un producto de las circunstancias? Equivale a decir que todos sus actos tienen una causa, grande o pequeña (circunstancias políticas, económicas, un golpe en la infancia), y esto es indudablemente cierto. Pero no explica nada.

EN POS DEL PROTAGONISTA

Se puede afirmar, para finalizar, que las dos posiciones discutidas tienen algo de correcto. La historia hace al protagonista, y este, en cierta medida, hace la historia.

Todo gran personaje sólo lo es porque expresa personalmente las necesidades religiosas, culturales, políticas, económicas, militares, científicas, etc., de millones de otros hombres. El se destacará porque, mejor que sus competidores dentro de la misma tendencia, sabe manipular esas necesidades. Pero las necesidades colectivas son anteriores a él. Son el prerrequisito necesario para su acción.

Lo que llamamos «condiciones generales de una época», constituye siempre una maraña de tendencias e intereses complementarios y opuestos, algunos más fuertes y otros más débiles. Las condiciones generales de la época en que surge Caballo Loco incluían las necesidades de los indios a las cuales intentó responder, y las necesidades de expansión de la industria y la agricultura norteamericanas. Entre las dos tendencias esta última era la más fuerte. La tendencia al particularismo local en el imperio de Alejandro era mayor que la centralización. Napoleón y Hitler también enfrentaron corrientes más fuertes que las que encabezaron y fueron vencidos. La tendencia más fuerte de la época acaba por imponerse a pesar de los líderes.

Pero, en condiciones de inferioridad de fuerzas, un jefe capaz, rodeado por otros jefes capaces, puede por un instante desviar el curso de los acontecimientos. Sólo podrá hacerlo, sin embargo, mientras los recursos materiales v morales de su tendencia no se agoten. De cualquier manera, él depende de ella.

El grado de libertad de acción de que dispone un jefe depende de dos cosas. De la relación de fuerzas entre su tendencia y la otra (Caballo Le disponía de poquísima libertad, Naj león de mucha). Y de su capacidad para dirigir con eficacia el potencial su tendencia (Hitler la aprovechó bastante; Stalin, no).

La combinación de esos factores todos los personajes analizados por historiadores se realizó en grados versos. Puede decirse que la influencia del gran personaje en la historia una variable y no una constante, fórmula algebraica es la misma; empero, el resultado numérico es en cada caso distinto.

Engañábase Acton al querer desviar la atención de los historiadores y del público del estudio de las biografías los grandes personajes, porque, si bien es imposible comprender la biografía de los grandes personajes sin comprender su época —en resumen, su aquí y ahora- , también es importante conocer la ecuación personal —carácter, e educación, conducta, sentimientos, mentalidad— de sus protagonistas.

Que es un Personaje Historico? Como Nace Una Personalidad Famosa?

¿QUÉ ES UN GRAN PERSONAJE?

Se escribe la biografía de alguien porque se considera que ha hecho cosas importantes. Napoleón conquistó un imperio y Voltaire escribió libros. Pero esas son cosas importantes de índole muy diferente. Napoleón, Alejandro, Hitler y Stalin dirigieron y organizaron a millones de hombres. Galileo, Newton, Voltaire y Einstein mandaron, a lo sumo, a sus familiares. Por lo tanto, aparentemente existen dos tipos de grandes personajes: los que actúan en unión con la multitud y los que actúan sin ella (denominados románticamente los «gigantes solitarios») . ¿Es eso verdad?

El auge del comercio, actividad de masas anónimas y ocupación de todo un sector de la sociedad, fue destruyendo dentro del mundo feudal la actitud de desprecio hacia el que manipula mercaderías o dinero. Cuando esa actitud ganó predominio, pintores como Van Dyck y Durero comenzaron a retratar mercaderes; aventureros como Marco Polo escribieron sus autobiografías; y ricos banqueros ejercieron el mecenazgo de artistas y escritores.

Voltaire y Galileo «parecen» solitarios. Pero en realidad Voltaire —con su irreverencia por los valores feudales y su afirmación del librepensamiento— sólo podía haber surgido en una sociedad en que los valores feudales estuviesen ya en decadencia aun para los propios nobles. De otra manera él habría sido quemado vivo junto con su primer libro, o bien un escritor sin lectores.

Es imposible imaginar a Voltaire naciendo entre los habitantes de Nueva Guinea o aun en la misma Francia unos siglos antes. Voltaire asimiló ideas que circulaban en su ambiente y las devolvió replanteadas en forma penetrante y aguda. Al explicar con claridad lo que su público esperaba y quería oír, se convirtió en uno de los pensadores influyentes del Iluminismo.

Galileo no surgió por azar en el Renacimiento italiano. En el mismo momento en que él trabajaba, miles de intelectuales transitaban por su mismo camino. Voltaire y Galileo se convirtieron en grandes hombres porque hicieron lo que tenían que hacer mucho mejor que sus contemporáneos. Pero resulta ilusorio decir que ellos no precisaron de la sociedad de su época, como es ilusorio pensar que la sociedad no precisaba de ellos.

Galileo y Voltaire eran hombres especializados en la producción de ideas. Uno poseía talento para percibir las relaciones del mundo físico; otro, las relaciones del mundo social. El primero proveyó a la sociedad de las bases científicas para desarrollar la nueva técnica naciente. El segundo, las ideas y el aparato intelectual que servirían a los comerciantes, manufactureros y plebeyos para derrocar a los nobles.

Los grandes pensadores, científicos o artistas pueden ser solitarios en su vida personal pero dependen de su grupo social para desarrollar su actividad creadora. Y el grupo social depende de ellos. Si sólo un hombre en el Renacimiento, Lutero, se hubiese sentido insatisfecho con el papado, los historiadores no habrían tomado ninguna cuenta de ese hecho. Pero como millones de hombres se sintieron insatisfechos, la Reforma se convirtió en un fenómeno histórico.

Sin embargo, en todas las épocas existen distintas tendencias opuestas dentro de la humanidad. Si en el Renacimiento hubo millones de individuos que querían reformar la Iglesia Católica, también existieron quienes querían mantenerla tal como era. Esas dos corrientes, subdivididas en corrientes menores, constituyeron las condiciones en las que pudieron aparecer los líderes de la Reforma y de la Contrarreforma.

Tales afirmaciones, hechas a este nivel, llegan a ser superfinas: es obvio que Lutero no podía haber sido Lulero en Nueva Guinea. Tenía que dirigir y expresar una o varias corrientes libres de la vida colectiva y, a su ve/, sus ideas nacían en esa misma sociedad.

La verdadera cuestión que queremos aclarar es la siguiente: Lulero. Napoleón, Galileo, ¿modificaron o no su época con sus vidas? ¿La existencia de Lulero y su modo de actuar determinaron el curso que tomó el movimiento de la Reforma?

Explicación Mitologica de la Historia

Explicación Mitológica de la Historia

ORIGEN DE LAS DISTINTAS EXPLICACIONES: La idea de que un personaje es la causa originaria de cualquier hecho histórico importante se encuentra tan difundida que, cuando no existe ese personaje, se lo inventa. Los espartanos sostenían y creían que un hombre llamado Licurgo había sido el sabio legislador que creó las costumbres e instituciones de su ciudad.

Mitologia griega

El «inventó» las instituciones de acuerdo con un plan racional, las propuso a los espartanos del pasado y éstos, convencidos de la inteligencia que revelaban tales reglas, comenzaron a vivir de acuerdo con ellas. Ningún antropólogo o historiador sostiene que una sociedad pueda nacer de esa manera.

En realidad, Licurgo es la personificación de un período entero de la historia de Esparta. El período que comprende la llegada de las tribus dóricas a Grecia Central, su lucha con los habitantes anteriores, la servidumbre de estos últimos y su reducción a la condición de ilotas, el surgimiento de un sistema de explotación de la tierra y una estructura política correspondiente. Este proceso debe haber durado varios siglos.

Esa tendencia a personalizar la historia tiene, además, otra consecuencia: la divinización del héroe. Si un individuo puede por sí solo realizar cosas tan importantes, es lógico que el paso siguiente consista en suponer que posee poderes extrahumanos. Resulta fácil comprobar esa tendencia en el caso de los grandes personajes de la antigüedad. Por ejemplo Alejandro y Buda, dos personajes que vivieron realmente, vieron sus biografías adornadas por una infinidad de imaginarios «hechos» heroicos y sobrenaturales.

En las tradiciones de los pueblos, cada vez que nace un héroe —ese personaje «predestinado a cambiar el mundo»—, tienen lugar asombrosos presagios, los espíritus del más allá lo anuncian y los oráculos hablan. Siempre que los héroes realizan sus hazañas, la naturaleza las acompaña con fenómenos imprevistos (eclipses, cataclismos) . Y cuando mueren, el planeta se «lamenta».

Por un instante el orden natural de las cosas aparece subvertido: los ríos corren hacia su nacimiento, los muertos se levantan de sus tumbas. Esas creencias son fruto de la ingenuidad y ningún historiador puede admitir seriamente que el nacimiento de Buda fuera sobrenatural, o el padre verdadero de Alejandro el dios Zeus, por más que lo afirmen algunos de sus contemporáneos.

En la actualidad, sin embargo, muchos consideran que Hitler fue un verdadero «brujo» que hechizó a Alemania. Que Stalin fue el creador personal absoluto de la autocracia que encarnó y que Churchill fue una especie de Juana de Arco, que, con su avasalladora personalidad, movilizó a los ingleses ya carentes de reacción y casi derrotados, y los condujo a la victoria. Esas tabulaciones otorgan a los personajes atributos similares a los de ser hijos de un dios. El hecho es que todavía hoy la personificación de las causas de la historia (esto es, su reducción a los héroes), constituye una deificación de los personajes (sólo ella explicaría el misterioso origen de tanto poder).

A partir del siglo XVIII, y con la aparición de las ciencias sociales (los enciclopedistas) , surge una tendencia opuesta a la anterior. Los historiadores y sociólogos se rebelaron contra las «explicaciones» mitológicas que no explicaban nada, y algunos llevaron su irritación hasta el punto de declarar que el personaje no tiene importancia causal alguna. La prueba de este enfoque lo constituyen distintos fenómenos históricos importantes, que no son protagonizados por una sola personalidad central sino por una multitud de ellas. Por ejemplo, la revolución comercial del siglo XV y la industrial del XVIII.

Para distinguir esta visión de la historia —que él juzgaba científica—, de la que consideraba «popular», el historiador inglés G. M. Young (bajo la influencia directa de Spencer) puso como introducción de uno de sus libros el siguiente proverbio «los simples hablan sobre personas, la gente instruida discute cosas». Acton, a su vez, afirmaba: «nada causa más errores en la visión de la historia que el interés por los individuos». Y Voltaire exclamaba irritado: «¿qué me puede importar que un bárbaro haya desplazado a otro de las orillas del río Oxus?».

Esto no significa que pensadores de gran relieve no hayan también defendido la idea de que «son los hombres fuertes los que hacen la historia». Historiadores talentosos, pero imbuidos de espíritu romántico, como Carlyle, lo hicieron. Aun eruditos meticulosos y nada románticos, como Mommsen, sostuvieron esa tesis. Los historiadores son influidos por la época en que viven, y no es exagerado afirmar que la figura de Julio César, tal «orno aparece en la colosal «Historia de Roma» de Mommsen, debe tanto a la erudición del autor como a la necesidad que éste sentía de un «hombre fuerte» para realizar la unificación del pueblo alemán (Mommsen escribió esta obra en 1850.

El historiador holandés Geyl en su libro «Napoleón: pro y contra» demuestra cómo los juicios sucesivos expresados por los historiadores franceses del siglo XIX sobre el papel de Napoleón, reflejan más las luchas políticas que ellos vivieron que un verdadero examen de Napoleón y de su época.

La conclusión de estas dos hipótesis, cuando se las considera en su forma más extrema, es paradójicamente la misma. Si el gran personaje determina la historia con sus poderes sobrehumanos, no se puede hacer nada contra esos poderes. Pero, a su vez, si el curso de la historia es inalterable, ¿para qué entonces preocuparse tanto de ella?

Existe un sentimiento subyacente que comparten los que defienden la idea de que el curso de la historia depende de los individuos: el de la responsabilidad moral. La aceptación de la tesis de que los individuos son el mero resultado de las circunstancias en que viven nos impide, por el contrario, declarar que Ponché y Hitler fueron dos pésimos sujetos.

De todas maneras resultaría algo extraño, desde el punto de vista científico, sostener que las decisiones de hombres facultados con el poder de dirigir a otros millones de hombres, como es el caso de Hitler o Richelieu, no tienen realmente importancia alguna en el desarrollo de los acontecimientos. Si existen fenómenos históricos en que no figuran «personajes principales», eso no quiere decir que, en aquellos en que aparecen, éstos no tengan importancia. ¿Acaso el talento militar de Napoleón no influyó realmente en la conducción de la guerra europea?

El verdadero problema no reside en preguntarse si el personaje hace o no hace la historia; es inquirir en qué medida su participación fue importante para determinar los acontecimientos, y en qué medida fue condicionado por ellos.

PROCESOS HISTÓRICOS SIN PERSONAJE CENTRAL

Alrededor de 3.000 años a.C. comenzaron a desarrollarse la agricultura, la domesticación de los animales y la construcción de ciudades. Nadie, en su sano juicio, afirmaría que la revolución neolítica fue hecha por tres personas: un inventor de (a agricultura, otro de la domesticación de los animales y otro de la construcción de las ciudades.

Esas actividades fueron el resultado de grandes fenómenos colectivos, que involucraron la colaboración en distintos niveles de enormes multitudes de hombres (observadores, experimentadores, repetidores, perfeccionadores) . Lo mismo se puede decir de las revoluciones comercial e industrial, procesos que se prolongaron durante siglos.

La máquina de vapor fue, en cierta forma, el «gran personaje» de la Revolución Industrial. La primera noticia que se tiene de una máquina de vapor data del siglo I: fue inventada por Herón de Alejandría, pero no pasó de ser un juguete. Cuando Papin y Watt la reinventaron en el siglo XVIII nunca habían oído hablar de Herón.

En este caso, el problema es, para el historiador, el siguiente: ¿por qué la máquina de Herón no cambió en nada a la sociedad en que éste vivía, y por qué cuando apareció en la sociedad de Papin y Watt transformó al mundo? La posibilidad del vapor de mover un pistón era la misma, pero las condiciones sociales de las dos épocas eran distintas (las biografías de las máquinas tienen eso en común con las de los grandes hombres: precisan de la oportunidad que le otorgan las circunstancias) .

En la sociedad esclavista en que vivió Herón no había una actitud mental que permitiese utilizar máquinas (el trabajo manual era considerado innoble y esa actitud regía la sociedad) . Durante la Edad Media la situación no fue muy diferente. Pero entre los siglos XV y XVIII las cosas fueron cambiando. La causa inicial fue, el desarrollo del comercio, que creció a medida que el feudalismo declinaba y la navegación se intensificaba.

La Revolución Industrial tuvo como condición previa la Revolución Comercial. Pero el comercio que creó las condiciones que permitirían, por fin, el uso de la máquina de vapor fue, al igual que la revolución neolítica, el resultado de la actividad de millones de hombres. Existieron, por lo tanto, procesos históricos de extraordinaria importancia que ocurrieron sin que ningún personaje se destacase en ellos de manera excepcional.

La Revolucion Urbana La agricultura y la Division del Trabajo Clanes

La Revolucion Urbana
La agricultura y la Division del Trabajo

LA REVOLUCIÓN URBANA: La consecuencia más importante de la agricultura fue la de permitir el arraigo al suelo, y, consiguientemente, con el aumento de los alimentos, un aumento explosivo de la población. Hasta entonces éramos pocos. Pero cada semilla plantada produce 1.000 nuevos granos: unos para plantar, y otros para comer.

Le bastan agua, sol y abono. Por primera vez los hombres, en  lugar de vivir «al día», pudieron guardar parte del alimento producido como reserva. En los períodos de escasez, sequía e inundación, ya no sería necesario que una parte de la población muriese de hambre. La relativa seguridad que el pastoreo deparó a la humanidad se convirtió en una regla con la agricultura.

Además, por primera vez en la historia, las sociedades agrícolas dividieron el trabajo. Antes, en las sociedades de cazadores o pastores, todos participaban de la obtención de la comida, cazando o pastoreando, de la misma manera en que todos los hombres tomaban las armas cuando se trataba de defender la pradera de invasores.

Pero, con el aumento de producción de comida que permitió la agricultura, bastaba que sólo una parte de los hombres se dedicase a producirla. El resto se especializó en la fabricación de cerámica, objetos metálicos, otros instrumentos, o se dedicó al comercio. Otros sectores de la población creaban el embrión del Estado: la administración y el ejército.

Al parecer, fue regla general que el sacerdocio, surgido de los hechiceros y magos primitivos, constituyera la primera casta ilustrada, la de los «intelectuales», formando las primeras burocracias administrativas. A su lado surgió también el grupo militar. Y ninguno de ellos producía comida. Vivían enteramente del trabajo campesino.

Tuvieron, no obstante, mucha importancia debido al enorme relieve que la rapiña y el saqueo asumieron en los comienzos de nuestra historia. Porque sólo ahora, con la aparición de las ciudades y de la escritura, podemos de hecho hablar de historia.

Puesto que la agricultura depende del suelo adecuado, fue preciso construir viviendas en gran escala allí donde las plantas crecían con más facilidad. El asentamiento se hizo permanente a medida que se fueron construyendo poblados con los materiales disponibles —madera, paja, ladrillos o piedra—. Las estacadas protegían a los pobladores de sus enemigos y los cercados defendían al ganado del ataque de los animales salvajes.

Una vez que los hombres se hubieron asentado —proceso que tuvo lugar en diversas épocas en distintas partes del mundo— surgieron una serie de problemas.

Ante todo, los alimentos cosechados y cultivados debían ser almacenados para su uso ulterior. Como consecuencia tomó un gran impulso la alfarería.

Los primeros ejemplos datan, probablemente, de las épocas pastoriles, pero con el progreso de la actividad agrícola los recipientes fueron absolutamente esenciales. Con junquillos trenzados se hicieron cestos y redes para pescar.

También hizo su aparición el tejido de paño. Los cazadores y pastores utilizaban pieles de animales como vestimenta y protección; los agricultores comenzaron a hacer vestidos de tela.

NÓMADES CONTRA CAMPESINOS: Entre los años 3000 y 2000 a.C. la Humanidad se concentró en algunos valles muy fértiles de Egipto, Mesopotamia, India y China, donde florecieron grandes ciudades, unificadas bajo un poder centralizador que se ocupaba especialmente de la irrigación y de la guerra. Son los Estados de que nacieron los primeros imperios.

En torno de ellos deambulaban, con sus rebaños, masas de pastores nómades, atraídas por las riquezas de los grandes centros y por la codicia de las reservas de granos de los campesinos.

Buena parte de la historia antigua consiste en la narración de la lucha entre los nómades y los civilizados campesinos (civilización viene de civis, hombre de ciudad), por la posesión de las riquezas que la agricultura produce. Y es, también, la historia del pillaje de un pueblo por otro.

Durante casi 5.000 años, los nómades con sus manadas no dejaron nunca de presionar sobre los imperios campesinos. Los arios, que en el 2000 a.C. invadieron el valle del río Indo —donde se elevaban las metrópolis de Harappa y Mohenjo Daro—, eran pastores nómades.

Los hunos que invadieron Europa y la China hacia el 400 d.C., eran pastores nómades. Los mongoles, que hicieron lo mismo en el siglo XII, eran pastores nómades.

Los nómades son pobres y llevan una vida frugal. En las ciudades se disfruta de una relativa abundancia.

Los civilizados están divididos en estamentos con funciones diversas (campesinos y terratenientes, artesanos y comerciantes, religiosos y militares) . Los nómades forman clanes.

El clan es un tipo de parentesco que los pastores heredaron de los cazadores. Consiste en un grupo de personas que cree poseer un antepasado común, muchas veces un animal mitológico o un vegetal. Existen los clanes del águila, del camello, de la palmera, y así sucesivamente.

A las personas de un mismo clan les está prohibido casarse entre sí. Es el llamado tabú del incesto, que para nosotros equivale al impedimento del matrimonio entre hermanos. Los miembros del clan están obligados a protegerse mutuamente.

En esta sociedad, los «vínculos de sangre» tienen la máxima importancia y constituyen la única lealtad que no puede ser violada sin dejar, al hacerlo, de cometer un crimen irreparable. Cuando los miembros de clanes distintos se casan, los hijos pasan a formar parte del clan del padre, si se trata de una sociedad de clanes patrilineales, o de la madre, si fuesen matrilineales.

Los clanes son autosuficientes, cada cual posee su propio armamento, sus cabezas de ganado, etc.

Sus conductores y representantes ante los demás clanes son los miembros más viejos. Pueden ser un poco más ricos o un poco más pobres, pero, por lo general, los clanes viven en la igualdad originada por la escasez. El hecho de que todos los hombres porten armas y se sientan ligados por una solidaridad de sangre, otorga a los nómades de las planicies una tremenda eficacia bélica.

Se desplazan fácilmente con sus manadas. Atacan, ora aquí, ora allá. Los civilizados deben defender lugares fijos y grandes poblaciones. La regla histórica tradicional era que los nómades irrumpieran en el interior de las regiones cultivadas.

En un principio sólo saquean. Pero luego los conquistadores se enfrentan con el problema de tener que gobernar sus conquistas. Lo primero que queda amenazado es el sistema de los clanes, posible únicamente en la pobreza primitiva.

Apenas la inyección de riqueza resultante del saqueo comienza a circular entre los nómades, surgen clanes ricos y pobres, e individuos más ricos y más pobres. Los más pobres se tornan dependientes de los más ricos, y el dinero y las posesiones pasan a tener más importancia que el parentesco.

Los intereses del dinero disuelven los «vínculos de sangre» y los nómades, que, al tornarse en la nueva nobleza de la sociedad campesina, en un principio mantuvieron sus costumbres ancestrales, terminan por ser absorbidos por las formas de vida de los agricultores.

La nueva nobleza «se civiliza» y se vuelve muy parecida a la que sustituyó. Y no podría ser de otro modo: los pastores representaban un tipo de organización social menos productivo que los campesinos. Su relativo igualitarismo se mantenía porque en su sociedad no hay abundancia para acaparar.

Por eso, de la misma manera como la aparición de los pastores con sus manadas hizo perder a los cazadores su importancia en la historia de la humanidad, los agricultores hicieron perder la suya a los nómades. Hasta hoy existen cazadores, como los papúes y los bororós, y pastores, como los zulúes y los kikuyus (África). Pero lo que importa para el futuro de nuestra especie transcurre en las grandes metrópolis.

IMPERIO CONTRA IMPERIO: Además de las guerras que los nómades entablan con los imperios, otra lucha permanente de la Antigüedad es la de los imperios entre sí.

La agricultura, la división del trabajo artesanal y los progresos técnicos de las ciudades permitieron una acumulación de riqueza. Y todos codician ese «sobrante» que posee el vecino. La guerra y la piratería son constantes en el mundo antiguo.

Algunos pueblos llegaron a especializarse en el pillaje: Yebal (Biblos) , Sidón, Tiro, Ugarit, ciudades fenicias situadas en la costa de la actual Siria, son núcleos de piratas que también comercian. Talasocracias (dominaciones del mar) , que saquean o comercian aunque también produzcan.

Un tercer tipo de conflicto se desarrolló en el mundo antiguo, además del que enfrenta a los nómades y sedentarios, y a los imperios o reinos entre sí. Aquel que opone a los esclavos o a otros grupos sojuzgados contra la sociedad estratificada que soportan.

La esclavitud es un fenómeno rarísimo entre los primitivos. El prisionero de guerra era sacrificado, comido (en caso de que fuesen caníbales),canjeado o, simplemente, terminaba incorporándose a la tribu.

El trabajo esclavo no abunda entre los pastores nómades, porque es difícil retener al esclavo pastor y no hay muchas formas de explotarlo. Con el surgimiento de la agricultura, sin embargo, la práctica de la esclavitud se generaliza. Las guerras y la piratería son fuente permanente de cautivos. Esos cautivos, cuando provienen de otros imperios campesinos, conocen la agricultura y sus técnicas —saben trabajar—.

Los nuevos Estados, las burocracias sacerdotales, la nobleza y aun los graneles o medianos agricultores que pueden comprar prisioneros, todos se dedican a explotar cada vez más el trabajo gratuito, que rinde a sus dueños una enorme, grande o mediana acumulación de riquezas.

En los primeros milenios de la historia humana el sistema esclavócrata no dejó de extenderse. Fue así como, varias veces, en los antiguos imperios campesinos, no sólo había invasiones de bárbaros, sino también insurrecciones internas.

Esos tres tipos de conflicto que existieron en la historia antigua aparecen generalmente en forma combinada. En la mayor crisis social de la Antigüedad —el derrumbe del Imperio Romano—, los tres factores, luchas entre imperios, invasiones de bárbaros e insurrecciones o desinterés social internos, produjeron una mezcla tan explosiva, que toda la organización política del Mediterráneo se desplomó.

ALGO MAS…

También todas estas actividades agrícolas entrañaban el desarrollo de herramientas nuevas y mejores. El cultivo de los campos hizo necesario el invento del arado, arrastrado por hombres o por animales domésticos. La construcción de chozas se hizo más elaborada, como sucedió con los diversos utensilios domésticos. Una vez que una sociedad se basaba en la agricultura podía hacerse con reservas alimenticias para depender menos del esfuerzo inmediato del momento. Cuando el hombre ya no tuvo necesidad de aplicar toda su energía a la producción de alimentos, pudo comenzar el desarrollo de la cultura y el arte.

Para una sociedad agrícola, el ciclo de las estaciones tenía una importancia fundamental. Consecuentemente, el hombre se dedicó a estudiar el tiempo y el transcurso cíclico del año. Este estudio estaba relacionado en parte con prácticas propiciatorias y supersticiosas, pero al mismo tiempo encontramos en ellos el origen mismo de la astronomía: observando los astros y su trayectoria aprendió el hombre a datar las operaciones necesarias para el rendimiento eficaz de una economía agrícola.

Todos estos progresos habían tenido lugar en la Edad de Piedra. La próxima etapa en el desarrollo del hombre se produjo cuando aprendió a utilizar los metales. Los primeros en conocer dicha técnica fueron los primitivos pobladores de Mesopotamia, hace unos 5.000 años. Desde entonces, el hombre ha aprendido cada vez más de su medio material y a construir herramientas también más perfeccionadas y poderosas.

La historia de la humanidad es la historia de un continuo progreso y de un incesante aprendizaje, salvando siempre las dificultades que iban surgiendo.

Junto al desarrollo de herramientas más eficaces se produjo el de un pensamiento racional de mayor complejidad. Lo más importante fue la aparición de la escritura, que permitió trasmitir de generación en generación las experiencias y descubrimientos de los grandes hombres sin el peligro de que se perdieran por falta de memoria.