Gobierno de Carlos III de España

Historia Origen de los Reinos Taifas en España Arabe Resumen

Los Reinos Taifas en España Arabe

REINOS DE TAIFAS: Dura este período de gobierno de los musulmanes españoles desde 1031 a 1492.

Reinos de taifas quiere decir reinos de bandería, y sus soberanos aparecen destrozándose entre sí, agotando sus fuerzas y haciéndose incapaces para oponerse al avance de la Reconquista, cuando entre los cristianos no se observa el mismo mal y sus reyes saben fomentar y aprovechar las disensiones entre sus enemigos.

Fueron los principales reinos de taifas: el de los Alameries (Almería), que comprendía casi toda la zona marítima oriental y meridional de la Península; el de los Aftasidas, Extremadura y parte de Portugal; el de
los Edlsltas, en Málaga; el de los Hamudíes, en Algeciras; el de los Tachivíes y los Beni-Hud, en Zaragoza.

Almotacen fue el más célebre rey de Almería, notable por el esplendor a que en fábricas y comercio llevó a su Estado.

Almamún (1031), rey de Toledo, se apoderó de Córdoba y de Sevilla.
Almotadhir (1042), rey de Sevilla, conquistó Córdoba y Málaga.

El califato de Córdoba terminó por desaparecer en el año 1031. En su lugar surgió un mosaico de pequeños reinos, llamados de taifas expresión que significa “banderías”.

De forma paulatinas las taifas o banderías de Almería, Murcia, Alpuente, Arcos, Badajoz, Carmona, Denia, Granada, Huelva, Morón, Silves, Toledo, Tortosa, Valencia y Zaragoza fueron independizándose del poder central de Córdoba.

LOS ALMORÁVIDES

Este nombre, que quiere decir hombres religiosos, corresponde a los fundadores de un gobierno que se formó en el norte de África en el siglo XI.

Yusuf-ben-Takfin, el jefe de los almorávides, fue llamado por los moros de España para que los auxiliara contra el rey Alfonso VI de Castilla, conquistador de Toledo. Los almorávides vencieron al castellano en Zalaca (1086), pero después acabaron con todos los reinos de taifas.

Los almorávides eran fanáticos y musulmanes puros, y así combatieron todas las ¡deas de tolerancia mantenida con los mozárabes y la refinada cultura de los musulmanes españoles.

LOS ALMOHADES

Los almohades (unitarios) partidarios de las doctrinas del filósofo Algazel, querían la observancia del mahometismo primitivo en toda su pureza. Llamados a España por los almorávides, acabaron con la dominación de éstos.

Vencieron a Alfonso VIII en Alarcos (1195), pero fueron vencidos en las Navas de Tolosa y se volvieron a África.

Los benimerines, que en África sustituyeron a los almohades, hicieron expedición a España, pero fueron deshechos por Alfonso XI en la batalla del Salado (1340).

REINO DE GRANADA

Fue el último de los que fundaron los musulmanes en España y celebérrimo por su refinada civilización y sus leyendas.

Le fundó Mahomed Alhamar el Magnífico, el constructor de la Alhambra de Granada, el año 1235.

Creó también los cuerpos zegríes, abencerrajes, gómeles y zenetas, que se convirtieron más tarde en bandos políticos, que entre sí lucharon dando origen sus hazañas a numerosas leyendas.

Fue el último de los que fundaron los musulmanes en España y celebérrimo por su refinada civilización y sus leyendas.

Creó también los cuerpos zegríes, abencerrajes, gómeles y zenetas, que se convirtieron más tarde en bandos políticos, que entre sí lucharon dando origen sus hazañas a numerosas leyendas.

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Biografia de Farnesio Alejandro Militar Español

Biografia de Farnesio Alejandro

En una de las encrucijadas más peligrosas de la historia del reinado de Felipe II de España — la rebelión de los Países Bajos—, Alejandro Farnesio destacó con su capacidad, tanto en el aspecto militar como en el político, que bien puede ser considerado como una de las personalidades más eminentes del Imperio hispánico, pese a su ascendencia italiana.

En efecto, a Farnesio debió España la conservación de los Países Bajos del Sur, en un momento en que era muy problemático su futuro político.

Por otra parte, gracias al engrandecimiento de su figura, intervino en los asuntos internacionales de mayor importancia en el último período del reinado del Prudente: la lucha contra Inglaterra y contra Enrique IV de Francia.

Farnesio Alejandro

Alejandro Farnesio, hijo de Octavio Farnesio y Margarita de Parma, hija ilegítima de Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, sobrino de Felipe II y de Juan de Austria.

En todos estos asuntos se reveló como hombre de grandes dotes intelectuales, suma previsión política, enérgicas condiciones de mando y poderosa virilidad. En definitiva. Alejandro Farnesio fue el digno rival de Enrique IV de Francia y Guillermo I de Orange.

Hijo de Octavio Farnesio, primer duque de Parma, y de Margarita de Austria, y reuniendo, por lo tanto, la ascendencia de Paulo III a la de Carlos V, Alejan dro nació en Roma el 27 de agosto de 1545. Desde su¡ primeros años se inclinó a favor de la política espa ñola, la cual había alcanzado su auge en Europa a raí; de la paz de Cateau Cambresis de 1559.

Estimulada ests inclinación por su madre, Alejandro estableció su re sidencia en Madrid, frecuentando la corte de Felipe II.

Años más tarde, celebró su matrimonio con María de Portugal en Bruselas (1565), en un momento en que los ánimos estaban ya tendidos y se auguraba una pro xima y terrible convulsión política y social.

Habiendo resignado su madre en 1566 al gobierne de los Países Bajos, Alejandro Farnesio regresó a Ita lia, donde procuró la recta administración de sus esta dos.

En 1571 tomó parte activa en la batalla de Lepan to, aunque su papel en esta acción fué secundario Cuando en 1577 la situación de los Países Bajos Uegc a ser muy crítica y don Juan de Austria — aislado en Namur — reclamó el regreso de los tercios españoles, el mando de éstos fué concedido por Felipe II al duque Alejandro.

Su presencia en aquel foco de conflictos fué sumamente beneficiosa para la causa de España.

En 1578 ganaba la batalla de Gembloux, y con ella la posibilidad de rescatar el Brabante, en poder de los insurrectos y amenazado por Guillermo el Taciturno y Francisco de Alenzón.

La inesperada muerte de Juan de Austria dio a Alejandro la posibilidad de desarrollar plenamente sus grandes aptitudes.

Nombrado gobernador de los Países Bajos de octubre de 1578), el duque de Parma aprovechó las disensiones de los confederados de Gante — raciales, políticas y religiosas — para atraerse a su causa a la nobleza valona del Sur, católica, francesa y tradicionalista. La Unión de Arras de 1579 fué el fruto inmediato de su habilidad diplomática.

Por la subsiguiente paz de Arras, Farnesio, a cambio del reconocimiento de la autoridad real, se comprometió a respetar las antiguas libertades valonas.

Desde este momento, se abría un foso inabordable entre las provincias del Sur y las del Norte, foso que Alejandro Farnesio iba a utilizar para dar un golpe de muerte al movimiento secesionista del Taciturno.

Reorganizado el ejército español y consolidada la situación política en el reducto valón, Alejandro Farnesio emprendió la reconquista sistemática de Flan-des y el Brabante.

Entre 1580 y 1585 cayeron en su poder Maestricht, Tournai, Gante, Brujas y Amberes. La toma de esta plaza —- considerada inexpugnable — fue un duro golpe para los holandeses, que acababan de perder a Guillermo de Orange (1584).

Cuando Alejandro podía confiar en poner fin a la sublevación en el Norte, la política de Felipe II le obligó a desviarse de su objetivo supremo. En 1587 recibió el encargo de preparar el ejército que había de desembarcar en Inglaterra la Armada Invencible.

El fracaso de esta flota (1588) inutilizó, al mismo tiempo, los proyectos del duque de Parma sobre Holanda. A mayor abundamiento, tuvo que intervenir en la lucha entre la Liga Católica y Enrique IV de Francia.

En Ligny (1590) primero, y en Ruán (1591) después, Alejandro burló al gran rey francés e hizo ilusorias las esperanzas de éste de tomar París al asalto.

Herido en Cau de Bec, agotado por la fatiga y la trepidante actividad, el duque de Parma moría en San Waast el 3 de diciembre de 1592, coronado por la fama de sus grandes proezas.

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Biografia de Manuel Godoy Ministro Amante de la Reina

Biografia de Manuel Godoy Ministro Español Amante de la Reina

MANUEL GODOY (1767-1851): Durante más de quince años, de noviembre de 1793 a marzo de 1808, Manuel Godoy fue el arbitro de los destinos de la monarquía española.

En él recayó el peso del gobierno en una de las épocas más difíciles para todas las monarquías de Europa: la de las guerras de la Revolución francesa y del Imperio napoleónico.

Manuel Godoy

Apoyado incondicionalmente por Carlos IV y la reina María Luisa de Parma, Godoy se libró a la tarea de salvar la nave del Estado con una inteligencia natural no despreciable, pero sin ninguna formación cultural o política.

Ambicioso del poder, su único objetivo fue medrar y perpetuarse en él. Sus ideas políticas no fueron muy claras, excepto las de reconocer la fuerza de Francia y someterse de buen grado a las exigencias de la Convención, del Directorio y del Consulado.

En esta traición a las esencias de la legitimidad, habría podido salvar la monarquía de España y su Imperio colonial ante las acechanzas de Inglaterra, si hubiese tenido la voluntad firme de llegar a conseguir esta meta.

Pero de la documentación hasta hoy exhumada, nada de esto parece desprenderse con claridad, tal vez con excepción del propósito de reconquistar Gibraltar.

En todo caso, la perspectiva histórica nos presenta a Godoy como un instrumento más de la diplomacia francesa de la época.

Manuel Godoy Alvarez de Faria había nacido en Badajoz, en el seno de una familia de la pequeña aristocracia local, el ig de mayo de 1767.

A los diecisiete años entró en el cuerpo de guardias de corps de la corte real, en cuyo servicio logró cautivar por su juventud y sus maneras despejadas el corazón de María Luisa de Parma, esposa del príncipe de Asturias, el futuro Carlos IV. De aquí le provino el valimiento.

En pocos años, de 1788 a 1792, hizo una carrera rapidísima: ascendió en el ejército y, en 1792, fuenombrado duque de Alcudia y ministro.

Después de derribar al conde de Floridablanca del poder, sirviéndose de Aranda, provocó la dimisión del aragonés. El 15 de noviembre de 1792 ocupaba la secretaría de Estado.

Su gestión ministerial empezó dirigiendo la lucha de España contra la Convención a raíz de la ejecución de Luis XVI (1793).

Después de una brillante campaña inicial en el Rosellón, el ejército español sufrió varias derrotas (1794).

Estos reveses, junto con el panorama militar general, desfavorable para la primera Coalición, decidieron a Godoy a firmar la paz con la Convención (tratado de Basilea, 1795), que le valió grandísimos honores y el título de príncipe de la Paz. Realmente, nada se puede criticar al favorito, pues lo mismo había hecho Prusia.

Pero así como Federico Guillermo III supo mantener una neutralidad prudente, Godoy no vaciló en acatar el poder del astro de Europa, y el 18 de agosto de 1796 concertó la alianza de San Ildefonso con la potencia que hacía un año era todavía la irreconciliable adversaria de España.

Este tratado pesó gravemente sobre el destino del país. Consecuencias inmediatas del mismo fueron la guerra contra Inglaterra, la derrota naval del cabo de San Vicente y la pérdida de la isla Trinidad (1797). A mayor abundamiento, Francia se mostraba dispuesta a negligir los intereses de España a la menor oportunidad.

En estas circunstancias, Godoy fue separado del gobierno el 28 de marzo de 1798.

Pero regresó al cabo de poco tiempo. A fines de 1800 se encargó de nuevo del gobierno. Sus orientaciones políticas no cambiaron.

Al servicio de Francia, representada ahora por Bonaparte, dirigió una campaña contra Portugal, denominada guerra de las Naranjas (1801), cuyo resultado fue la incorporación formal de Olivenza al territorio español.

Los intereses de la monarquía fueron descuidados por Napoleón en Amiens (1802), lo que no fue óbice para que el príncipe de la Paz se aferrara a la alianza francesa e interviniera en un nuevo conflicto con Inglaterra (1804), cuyos resultados inmediatos fueron la batalla de Trafalgar (1805) y el sacrificio de las aspiraciones navales de España.

Estos fracasos hicieron crecer en la corte un partido adverso a Godoy, acaudillado por el príncipe de Asturias. Para hacer frente a sus planes, el omnipotente ministro secundó aun más a ciegas los proyectos de Napoleón, como se reveló en el tratado de Fontainebleau (1807).

Por él, Godoy obtenía, en la futura desmembración de Portugal, las dos provincias meridionales; pero al autorizar el paso de las tropas francesas por España, hacía posible la invasión de esta nación por Bonaparte. La situación política se hizo irrespirable.

El príncipe de Asturias fue detenido por conspiración contra Godoy y Carlos IV (28 de octubre de 1807). Fruto de la irascibilidad de los espíritus fue el motín de Aranjuez (17 de mayo de 1808): Godoy fue exonerado del cargo, encarcelado y privado de todos sus honores y prebendas.

Napoleón devolvióle la libertad. Trasladado a Bayona, compartió el destierro de Carlos IV en París y Roma. A la muerte de éste (1819}, intentó reivindicar sus posesiones en España, sin lograrlo.

Vivió algún tiempo con una pensión que le otorgó Luis Felipe de Francia. En 1847, Isabel II, a instancias de Mesonero Romanos, rehabilitó algunos de sus títulos. El príncipe de la Paz murió en París (4 de octubre de 1851).

AMPLIACION DEL TEMA:

Favorito Real en España:Debido a su habilidad con el sexo opuesto, a pesar de ser un gran inepto como estadista, llegó a manejar los mas serios asuntos políticos españoles, al conseguir el agrado y preferencia de la reina María Luisa de Parma.

ministro manuel godoy

Era un joven musculoso con una imagen llamativa, cuando fue asignado a la Guardia Real con solo 17 años. Era alto y extraordinariamente apuesto, con una piel entre cremosa y rosada y ojos oscuros y almendrados.

Pronto se vio envuelto en una docena de relaciones galantes con damas de la corte. En un determinado momento fue avistado por María Luisa de Parma, una notable sensualista, que era también la esposa del futuro rey de España.

La mujer era evidentemente muy poco atractiva, tenía ojos brillantes, piel cetrina y una boca amargada y dura, llena de dientes postizos. Era 16 años mayor que Godoy.

Su apariencia, sin embargo, no le había impedido tener un impresionante número de amantes, incluso antes de encontrar a este joven. Después, a pesar de que él fue el amor de su vida, también gozó de las atenciones de otros.

Todos en la corte española, conocían hasta los detalles más lujuriosos de esta relación. Claro, todos excepto su marido. Su esposa estaba ya bajo el fuerte hechizo de Godoy, en la época en que aquél asumió el trono como Carlos IV.

Con la venia de la reina, el joven oficial era ascendido un rango por mes, hasta que a los 21 años se convirtió en jefe de todas las fuerzas armadas españolas. Carlos IV no tenía dotes de mando.

Creció pensando en que nunca iba a tener que gobernar, pero cuando su hermano mayor fue eliminado de la sucesión, porque era imbécil, la corona cayó por descuido en él, que sólo era medio imbécil.

No solamente nunca sospechó la relación existente entre su mujer y Godoy, sino que le gustaba tanto el buen mozo y joven caballero como a ella.

Don Manuel era atrevido y se convirtió en hombre de confianza de la familia, un grupo de cretinos reales cuyos cuerpos hinchado» se conservan en los devastadores retratos de Goya.

A los 25 años fue hecho Primer Ministro y se enemistó rápidamente con Luis XVI de Francia. Pero luego, cuando cayó la Bastilla, buscó apaciguar a la nueva República Francesa y negoció el retorno de los Borbones.

Sugirió la restauración de la monarquía e instaurar una república en la isla de Santo Domingo; los revolucionarios, como respuesta, cortaron la cabeza de Luis XVI.

Excitado por el tratamiento que se le había dado al rey, un Borbón, España marchó a la guerra para tratar de suprimir el radicalismo francés de una vez por todas.

Sin embargo, en pocos mesen, las tropas francesas habían cruzado los Pirineos y Godoy pidió con rapidez la paz procurando complacer a Napoleón y esperando aliarse con sus enemigos anteriores. Sus esfuerzos dieron lugar a 12 años de guerra con Inglaterra y la aniquilación del poder naval español en Trafalgar.

Mientras tanto, el caballero había conseguido una amante estable y una esposa, además de conservar sus amores con la reina.

Ahora el Primer Ministro era «un hombre grande, robusto y grueso, con una piel de color rojo subido y un aspecto pesado, adormecido y sensual», según lo describe un observador.

En 1801 colaboró con Napoleón en la invasión a Portugal y, mientras él permanecía deleitándose aún con el sometimiento de su vecino, los franceses entraron en España y forzaron la abdicación de Carlos IV.

Godoy estuvo a punto de ser aniquilado por una muchedumbre encolerizada; luego fue citado en Bayona junto con Carlos y María Luisa por Napoleón, quien los recibió amablemente y los mandó al exilio. Se retiraron entonces a Roma, llevando consigo el séquito de Godoy: su esposa, su amante y los niños.

Mientras las guerras napoleónicas ardían y nuevas cabezas coronadas entraban y salían de España, el pequeño y despreciable grupo prolongó sus años en Italia. En 1819, Carlos y María Luisa murieron.

Godoy quedó solo, ya que el cortejo que lo acompañaba lo abandonó. Muchos años después, el nuevo monarca de España, la reina Isabel —que era casi con certeza la nieta de Godoy— le restituyó algunos de sus títulos. Pero aún era un hombre sin patria.

Encorvado y con una barba gris, se trasladó a París, donde fue visto en sus últimos años jugando con niños en Las Tullerías. Murió a los 84 años, completamente olvidado, en una tierra extraña.

Fuente Consultada: Diccionario Insólito Tomo 3 Wallace – Wallechinsky

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Biografia de Juana de Castilla -La Loca- Reina de Castilla

Biografia de «Juana La Loca» – Reina de Castilla

JUANA LA LOCA, DE CASTILLA (1479-1555): Pocas figuras de la historia de España suscitan tanta conmiseración como la de la princesa Juana de Castilla, a la que la muerte, abatiéndose sobre sus dos hermanos mayores y sus sobrinos, hizo heredera del trono de los Reyes Católicos.

Lo que la muerte le dio, se lo arrebató la caprichosa fortuna, nublando su razón y haciéndola incapaz para regir en persona las vastas posesiones de sus padres.

Juana La Loca
Juana I de Castilla, llamada «la Loca», fue reina de Castilla de 1504 a 1555, y de Aragón y Navarra, desde 1516 hasta 1555,
Fecha de nacimiento: 6 de noviembre de 1479, Toledo, España
Fallecimiento: 12 de abril de 1555, Tordesillas, España
Cónyuge: Felipe I de Castilla (m. 1496–1506)
Hijos: Carlos I de España, MÁS
Padres: Isabel I de Castilla, Fernando II de Aragón

Doña Isabel dio a luz a su tercera hija en Toledo, el 6 de noviembre de 1479. La muchacha creció enfermiza y delicada, pero nada hacía suponer que sería presa en el porvenir de tan funesta dolencia.

A los once años de edad, en 1490, fue prometida a Felipe de Borgoña, hijo del emperador de Alemania, Maximiliano de Austria.

La política antifrancesa de las dos coronas precipitó la boda. A mediados de 1496 una poderosa flota partió de Laredo para trasladar a la princesa a sus nuevos estados.

La ceremonia nupcial se celebró en Lierre (Flandes) el 21 de octubre de 1496. Juana se enamoró apasionadamente de su esposo, sin que éste correspondiera a su amor y se mantuviera fiel a su palabra.

La muerte del príncipe don Juan en 1497, la de la princesa doña Isabel en 1498 y la del infante don Miguel de Portugal en 1500, hicieron de Juana la heredera de Castilla y Aragón.

Para ser reconocida en calidad de tal, Juana regresó a España con don Felipe en enero de 1502.

Jurada por las cortes de los respectivos reinos, su esposo partió para sus estados a fines del mismo año. Fue en esta ocasión que se revelaron claramente los primeros síntomas de la enajenación mental de la princesa heredera de Castilla (Medina del Campo, noviembre de 1503).

Empeñada en volver al lado de su inconstante esposo, Juana obtuvo de su madre la debida autorización para marchar a Flandes.

La reina doña Isabel dióle este permiso para ver si el espíritu de Juana recobraba la serenidad y el equilibrio. De nuevo la princesa se embarcó en Laredo (primavera de 1504); pero ahora acompañaba a la flota un aire de irreparable tragedia. Su ausencia no fue muy larga.

La muerte de doña Isabel la hacía reina de Castilla, aunque bajo la regencia de Fernando el Católico.

El 28 de abril de 1506 desembarcaba con Felipe el Hermoso en La Corana. Este logró imponerse a su suegro y fue aclamado por los nobles como rey de Castilla, en detrimento del testamento de Isabel la Católica.

El nuevo soberano quiso recluir a su esposa como demente y encargarse él solo de la regencia del reino. Pero las cortes de Valladolid juraron a doña Juana reina propietaria el 12 de julio de 1506.

La muerte de Felipe el Hermoso (25 de septiembre de 1506) dejó a doña Juana en un estado de estúpida insensibilidad.

No quiso separarse del cadáver de su marido, al que fué acompañando en una peregrinación por los campos de Castilla que se ha hecho famosa.

En agosto de 1507 entrevistóse en Móstoles con su padre don Fernando, que regresaba de Ñapóles para hacerse cargo de nuevo de la regencia del reino. Desde este momento la reina residió en Arcos y en Tordesillas.

En este palacio pasó la mayor parte de su vida, desde 1509 hasta su muerte, ocurrida el 11 de abril de 1555, después de una cruel enfermedad.

Durante cincuenta años de muerte en vida, doña Juana vivió alejada por completo de los asuntos del Estado, aunque su nombre figuró legalmente en los documentos públicos.

Su nombre sólo volvió a sonar en septiembre de 1520 con motivo de la sublevación de los comuneros castellanos, una de cuyas diputaciones fué a entrevistarse con ella en su retiro de Tordesillas.

Juana La Loca y Felipe I
Juana «La Loca» Junto a su marido el Rey Felipe I

Ver: Amor Felipe I y Juana de Castilla

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Biografia de Maximiliano I de Austria Desarrollo de su Reinado

Biografía de Maximiliano I de Austria

MAXIMILIANO I Archiduque de Austria y emperador de Alemania (Wiener Neustadt, 1459 – Wels, 1519). Entre su padre Federico III y su nieto Carlos V, Maximiliano I de Austria despliega sus brillantes cualidades físicas, morales e intelecto para remediar la crisis de la autoridad monárquica en Alemania y restablecer su hegemonía imperial en Europa.

Era hijo del emperador Federico III, a quien sucedió en 1493. Su matrimonio con María de Borgoña, heredera de Carlos el Temerario (1477), hizo entrar en el patrimonio de la Casa de Habsburgo los Países Bajos y el Franco Condado; para ello, hubo de concertar un acuerdo con Francia por el Tratado de Arras (1482), en virtud del cual se repartían los dominios borgoñones entre Austria (Países Bajos y Franco Condado) y Francia (Picaría y Borgoña), tras la muerte de su mujer en aquel mismo año.

Rey Maximiliano I de Austria
Rey Maximiliano I de Austria:recibibió de su padre, Federico III, en 1493, una sustanciosa herencia: Austria, Hungría, otras posesiones, y el derecho prioritario al reino de Alemania y al título de emperador. Por entonces, la casa de Habsburgo, llamada también de Austria desde fines del siglo XIII, ya figuraba entre las más poderosas de Europa.

Durante su reinado inició una serie de desgraciadas empresas guerreras y una desafortunda su política interior que sumado a su sistema de enlaces monárquicos no consiguió para nada un gobierno exitoso.

Maximiliano hubiera sido un emperador de fama imperecedera si Alemania le hubiese secundado y si, por su parte, hubiese puesto en sus empresas no tanta fantasía y un poco más de sentido práctico.

Con todo, su nombre destaca con simpático relieve en la historia de fines del siglo XV y de comienzos del XVI.

Hijo de Federico III, el emperador de los infortunios, y de Leonora de Portugal, nació Maximiliano en Wiener-Neustadt el 22 de marzo de 1459. El rumbo de su política quedó fijado desde su juventud, cuando su padre y Carlos de Borgoña concertaron su matrimonio con María Blanca, heredera de los Países Bajos.

El anciano emperador había transmitido también al hijo una divisa —A.E.I.O.U.— iniciales de la frase que resumía su política: «Austriae Est Imperare Orbi Universo», o sea, «La Casa de Austria debe reinar sobre el inundo entero». Para poner en ejecución esa idea, Maximiliano 1 confió, como su padre, en la eficacia de la solución propuesta por un viejo proverbio: «Si no tienes fortuna, cásate con ella».

Pese a la oposición de Luis XI de Francia, quien ambicionaba la mano de la duquesa para su hijo Carlos, el casamiento tuvo lugar el 19 de agosto de 1477, poco después que el Temerario perdiera la vida ante los muros de Nancy. Por este simple hecho, Maximiliano se convertía en heredero de la política ducal de Borgoña y en rival implacable de Francia.

Esta hostilidad se tradujo inmediatamente en una guerra formal. Maximiliano triunfó en Guinegate (1479), pero tuvo que ceder ante Luis XI por la paz de Arras (1483), motivada por las discrepancias interiores de Flandes. Un año antes, había muerto María Blanca, y la posición de su esposo se había debilitado mucho.

En 1488 fué hecho prisionero por los mercaderes de Brujas, que sólo le devolvieron la libertad ante la amenaza de un ejército imperial que acudió en su ayuda.

La situación quedó restablecida cuando en 1493 Carlos VIII de Francia, deseoso de librarse de enemigos para sus empresas de Italia, restituyó el Franco Condado y el Artois a Maximiliano por el tratado de Senlís. Poco después, el 19 de agosto de 1493, sucedía en el trono de Alemania a su padre, quien había preparado su elección como rey de romanos en 1468.

Seguro el Imperio por Occidente, Maximiliano intentó impedir la expansión de Francia en Italia. Así su nombre se halla vinculado al de las guerras que se desarrollaron en esta península entre 1494 y 1519.

Recordemos que la llave de la hegemonía militar en Italia se hallaba en el Milanesado, y que los emperadores de Alemania se consideraban soberanos de este territorio. Por otra parte, Maximiliano se casó (1494) en segundas nupcias con Blanca María Sforza, sobrina de Ludovico el Moro, duque de Milán.

Estos detalles explican las repetidas intervenciones de Maximiliano en la política italiana y, además, su alianza con los Reyes Católicos de España, robustecida en 1497 con los enlaces del príncipe Juan y de la princesa Juana, hijos de estos monarcas, con sus propios hijos, Margarita y Felipe, respectivamente.

Maximiliano participó en la liga de Venecia de 1494, dirigida contra Carlos VIII de Francia; en la liga de Cambrai de 1508, ésta lanzada contra Venecia; en la Liga Santa de 1511, de nueva contra Francia; y, por último, en la liga de Marignano de 1513, también contra Francia.

En Italia, España se hizo próspera; pero Maximiliano sólo recogió reveses y derrotas. En 1509 perdió todo su crédito militar en el asedio de Verona; y en 1515 el desastre de Marignano libró el Milanesado a Francisco I de Francia…..

Poco más feliz fué el resultado de su política dama biana, que tendía a la restauración de la monarquía de los Austrias en Hungría. Después de la muerte Matías Corvino en 1490, Maximiliano había penetra do en Hungría en son de guerra y conquistado Alba Real (1491).

Pero tuvo que resignarse a aceptar la elección de Ladislao Jagellón por los húngaros. Desde en tonces procuró anudar lazos dinásticos con el monarca de Bohemia y Hungría, lo que logró en 1515, a bai enlace de Ana, heredera del Jagellón, con uno sus nietos (en 1521, Fernando casó con ella).

En el interior del Reich, Maximiliano procuro po ner freno a la anarquía dimanante del reinado de Fe derico III.

En una serie de Dietas, desde la de Worm de 1495 a la de Colonia de 1512, se arbitraron muchas disposiciones para equilibrar los deseos del poder im perial y las ambiciones de los príncipes electores: se instituyó un tribunal imperial, una junta del Reich (Reichsregiment), un impuesto general y una división administrativa en «círculos».

Pero ninguna de esas re formas fue suficiente para impedir el declive del poder central en Alemania.

Maximiliano murió el 12 de enero de 1519 en Wels mientras preparaba la elección de su nieto Carlos a la corona de Alemania. Su fortuna había sido precaria; pero, en cambio, había establecido con firmeza las bases del poder de los Austrias en Europa.

La «diplomacia matrimonial» ofrecía ventajas considerablemente ma-yores que la política de guerras de conquista, sobre todo para la economía de recursos.

Fue pensando así como Federico III había casado a Maximiliano con María de Borgoña, heredera de los Países Bajos —riquísimo centro comercial— y del Franco Condado. Con ese mismo objetivo, Maximiliano, a su vez, envió emisarios en sondeos diplomáticos por toda Europa en busca de casamientos ventajosos para sus hijos.

La elección recayó en España. La península, en proceso de unificación gracias al matrimonio de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla —los Reyes Católicos—, había incorporado recientemente a sus riquezas las promisorias tierras del Nuevo Continente: América.

Sin duda, excelente dote para los numerosos hijos del matrimonio. Muy exitoso en las negociaciones, Maximiliano casó a su hijo Felipe (llamado el Hermoso) con Juana de Castilla, y a su hija Margarita con Juan de Aragón, único hijo varón y heredero de los reyes peninsulares. Se estableció así una sólida alianza entre el Imperio Romano Germánico (o, por lo menos, entre la Casa de Austria) y los soberanos españoles.

Pero no todo ocurrió como se había previsto. Algunos meses después del casamiento, el Infante Don Juan muere. Maximiliano advierte a Felipe: «Tu hermana Margarita quedó viuda y sin hijos.

Por lo tanto, cabe ahora exclusivamente a ti la responsabilidad de traer al Imperio la corona española». El hijo no lo decepciona: en siete años su mujer da a luz seis hijos, y el primogénito, Carlos, será el heredero del trono de España. Felipe no llega a ver el nacimiento de la última criatura, ya que muere en el año 1506.

Fuente Consultada:
Mil Figuras de la Historia Universal Tomo I Entrada Maximilano I de Austria
Grandes Personajes de la Historia Universal Tomo III Editorial Abril

Los Magiares o Húngaros Historia de Hungría y Sus Reyes

Los Magiares o Húngaros
Historia de Hungría

Los húngaros o magiares, nómadas de origen asiático, vinieron a establecerse en Europa durante el siglo IX, y desde la llanura panonia emprendieron expediciones de pillaje a través de toda Europa. En el siglo X se convirtieron al cristianismo. Seis siglos más tarde, Hungría caía bajo la dominación de los Habsburgo, que duraría hasta 1918. Los húngaros han conservado su propia lengua, que forma parte del grupo finougriano. Cantos y danzas tradicionales dan testimonio de la vitalidad del folklore húngaro.

Segismundo rey de Hungría

Segismundo rey de Hungría

Los húngaros llegaron a Europa durante la Edad Media. Nómadas asiáticos, su principal actividad era el pillaje. Antes de su llegada habitaban la llanura húngara, desde el siglo III antes de Jesucristo, los celtas, que escogieron el lugar a causa de la riqueza de sus pastos y que fueron parcialmente exterminados por los dacios (60 antes de Jesucristo). Éstos, a su vez, fueron sometidos por los romanos.

El oeste de Hungría formaba parte en aquel tiempo (10 después de Jesucristo) de la provincia romana de Panonia. Budapest se llamaba Aquincum. La verdad es que no hubo demasiada «Pax romana» en la llanura húngara; la puszta o estepa de Hungría ejercía especial atracción sobre los pueblos nómadas.

Era una región de excelentes pastos para los caballos y el ganado que acompañaban a esos pueblos en sus desplazamientos. Y así vinieron a establecerse sucesivamente en Hungría los sármatas (yacigios, roxolanos y marcomanos), los godos y otros pueblos que, en ocasiones, atacaron el «limes» o frontera romana. Esta frontera seguía el curso del Danubio, de modo que los nómadas del noreste de la actual Hungría tenían poco trabajo.

Tales trifulcas no impidieron que Aquincum llegara a alcanzar la cifra de 60.000 habitantes, en tanto que la provincia de Panonia representaba un papel importante en los primeros tiempos del cristianismo.

Con la caída del imperio romano de Occidente la situación en la llanura húngara fue aún más inestable. En el siglo IV llegaron los vándalos y los alanos, y luego, los hunos.

Durante la primera mitad del siglo V los hunos de Atila establecieron allí un campamento permanente que no abandonaron hasta la muerte de su jefe. Otros pueblos les reemplazaron:  ostrogodos, lombardos y avaros, tribus eslavas y búlgaras.

Entretanto, más hacia el este, los húngaros o magiares empezaban a dar que hablar. Eran oriundos de los montes Urales, de donde les habían echado a su vez otros invasores, obligándoles a emigrar hacia el oeste. De este modo atravesaron los Cárpatos y, puesto que Carlomagno había destruido el imperio de los avaros, tomaron posesión de la llanura danubiana, que les servía de punto de partida en las incursiones que efectuaban a las ciudades occidentales.

En el 954 llegaron hasta Cambrai. El terror que inspiraban los magiares duró poco, pues las incursiones las llevaban a cabo bandas poco organizadas. Éstas, por otra parte, fueron derrotadas en 955 por Otón I el Grande, que iba a ser emperador de Occidente. La batalla se desarrolló en Lechfeld, meseta pedregosa al sur de Augsburgo. La victoria de Otón puso fin definitivamente a las incursiones de los magiares.

Durante el siglo X los húngaros se convirtieron al cristianismo. Esteban I, su primer rey cristiano, tuvo un papel importante en la historia de su pueblo, pues hizo cuanto estuvo en su mano para conseguir la unión de todas las tribus. Gracias a su coronación por el papa Silvestre II (año 1000) y al establecimiento de la jerarquía eclesiástica, Esteban consiguió consolidar la independencia de su país. Fue canonizado en 1087 y es el patrón de Hungría.

Durante siglos los húngaros serían ardientes defensores de la cristiandad, especialmente contra los turcos.

Mano a mano con la Iglesia, ciertas familias nobles adquirieron creciente influencia en Hungría. Tanto es así que en el siglo XVI la posesión del suelo húngaro estaba repartida entre 25 familias. Una de ellas, la de los Zapolyai, poseía un octavo del total del país. A estos propietarios se les llamaba magnates.

Mediante la Bula de Oro, llamada también Carta de los Húngaros, que lograron arrancarle a Andrés II en 1222, la nobleza adquirió muy pronto sólido poderío político. Los nobles más influyentes obtuvieron el ius resistendi (derecho de resistencia u oposición) a las ordenanzas reales que pudiesen considerar ilegales.

En 1301 se extinguió la primera dinastía húngara, la de los Arpad, y con ello llegó para Hungría una época turbulenta. Hasta este momento la corona había sido hereditaria. De entonces en adelante el soberano sería elegido por la nobleza. Pronto rivalizaron varias casas por la posesión del cetro real. El rey más célebre de este período fue Matías Corvino, que agrandó Hungría por el oeste y reinó como soberano absoluto. En 1526 Luis II murió en la batalla de Mohacs, que perdió luchando contra Solimán el Magnífico.

El trono de Hungría fue a parar a los Habsburgo; éstos hicieron frente a la ocupación turca y a las guerras civiles, y hasta 1918 Hungría no tuvo otros soberanos que ellos. Por esta razón el destino de Hungría estuvo ligado al de Austria durante siglos, y también al del Sacro Imperio Romano Germánico.

Esto no impidió que los magiares siguieran fieles a sus costumbres ancestrales y a su idioma, el más importante dentro del grupo finougriano. Por lo que se refiere al grupo ugriano, éste comprende, además del húngaro, ciertos dialectos hablados todavía por una minoría que vive a lo largo de la ribera del Ob, en Siberia.

El húngaro o magiar lo hablan 16.000.000 de personas, un tercio de las cuales vive fuera de las fronteras de Hungría, en Rumania, ex Yugoslavia, ex Checoslovaquia, Austria e incluso en Estados Unidos, donde 500.000 inmigrantes siguen siendo fieles a su lengua natal.

El húngaro ha experimentado la influencia de otras lenguas, principalmente de las eslavas. Pueden encontrarse, en efecto, en el diccionario húngaro, unas seiscientas palabras que tomó prestadas del búlgaro, del croata, del esloveno y del turco. Pero estas aportaciones extrañas no consiguieron adulterar el carácter del húngaro que, desde el siglo XVI , es una lengua culta y con abundante literatura.

Hay quien señala que no se encuentra el menor rastro en Hungría de la influencia ejercida sobre los pueblos eslavos por la arquitectura bizantina y que parecen haber despertado allí un mayor interés, en materia artística, las concepciones occidentales. Pueden verse ejemplos, en la arquitectura húngara, de los estilos románico y gótico.

Grandes artistas como Verocchio, Filippo Lippi o Veit Stoss trabajaron en Hungría, donde ejercieron profunda influencia. Pero especialmente a través de sus cantos y de sus danzas es como mejor puede comprenderse el modo de ser del pueblo húngaro, pues reflejan el estado de ánimo de una gente notable que, a despecho de los siglos de dominación extranjera y de su escaso número, ha representado un papel importante en la historia de Europa.

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El Imperio Austro Húngaro Historia y Desarrollo

Historia del Imperio Austro Húngaro

El gran imperio de los Habsburgo empezó a disgregarse durante el siglo XIX. Metternich, el primer ministro de Austria, se esforzó en conseguir que ésta conservara su posición tradicional contra las intenciones de Rusia y de Francia. El nacimiento de los nacionalismos puso a Austria frente a graves problemas.La nación es, en efecto, un mosaico de razas: alemanes, checos, eslovacos, polacos, magiares, eslovenos, servios, croatas y rumanos. Rechazada en el oeste, Austria busca compensaciones en el este; de ahí nacería la guerra de 1914-1918, que tendría fatales consecuencias para el imperio de Austria-Hungría y para la familia de los  Habsburgo.

Austria, en ocasión de las guerras que la enfrentaron a Francia a principios del siglo XIX, perdió varios de sus territorios. Después de la derrota de Napoleón en Leipzig, en 1813, las grandes potencias europeas convocaron el Congreso de Viena (1814-1815) para borrar las huellas que habían dejado la Revolución francesa y el reinado de Napoleón. Querían volver al antiguo régimen y restablecer el equilibrio político de Europa.

Metternich, primer ministro austríaco, fue una de las principales figuras del Congreso de Viena, y los años que siguieron a éste pueden ser considerados como el período Metternich; consiguió proteger, por medio de intervenciones políticas y militares, las posiciones adquiridas, y mantener, durante treinta y tres años, el equilibrio europeo.

Se opuso a una nueva supremacía de Francia en el oeste, así como a la penetración rusa en los Balcanes, y combatió a los movimientos liberales y nacionalistas que amenazaban comprometer lo conseguido en el congreso.

El emperador Francisco I (Francisco II del Sacro Imperio), soberano conservador que temía la repetición de los fracasos motivados por las reformas liberales de José II, depositó en él toda su confianza. Por otro lado, y para impedir la propagación delas ideas subversivas, el conde Sedlnicky organizó un cuerpo de policía política siguiendo el modelo de la de Fouché.

En 1815, luego de ser vencido Napoleón, los territorios gobernados por la Casa de Habsburgo (hasta 1806 Sacro Imperio Romano Germánico e Imperio Austriaco desde 1804), volvió a recuperar su posición de gran potencia europea y tuvo que hacer frente a una serie de amenazas: en el interior, los diversos grupos nacionalistas de los territorios que conformaban el Imperio y los liberales insatisfechos con el régimen absolutista y centralizado desafiaban al poder; en el exterior, estados como los reinos de Piamonte-Cerdeña y Prusia se mostraban recelosos de la posición dominante que el Imperio había alcanzado en la península Itálica y en Alemania gracias al Congreso de Viena de 1815. Los gobernantes de la Casa de Habsburgo consiguieron hacer frente a estas presiones durante casi medio siglo con la ayuda del Ejército, la Iglesia católica y la burocracia.

El descontento creció progresivamente; la nobleza aspiraba a una autonomía provincial bajo su control, la clase media exigía un Estado parlamentario liberal y los trabajadores se rebelaban contra las condiciones de trabajo en las fábricas, en tanto los campesinos deseaban tener más libertad.

El año 1848, durante el cual se desencadenaron varias revoluciones liberales en Europa, fue también fatal para el canciller de Austria, que presentó la dimisión al tiempo que pronosticaba un futuro sombrío a aquella Europa que no quiso atender a sus consejos.

La monarquía austríaca atravesó un período crítico. En aquel Estado heterogéneo, que estaba dirigido al modo alemán si bien el elemento eslavo de la población era el más importante, aparecían dificultades por todos lados.

El emperador Fernando I (1835-1848), sucesor de Francisco I, fue un soberano incapaz. Los checos y los húngaros, estos últimos acaudillados por Kossuth, trataron de sacudirse el yugo, y Fernando I viose forzado a abdicar en favor de su sobrino Francisco José, quien le sucedió en diciembre de 1848.

El nuevo emperador consiguió remperador imperio austro hungaro francisco joseeprimir los motines. Reinó durante sesenta y ocho años (1848-1916). Francisco José puede ser considerado como la figura política de mayor relieve en la segunda mitad del siglo XIX, aun cuando durante su reinado se acentuara la decadencia de Austria.

A despecho de cierta estabilidad económica, la creciente oposición de distintas minorías amenazaba el imperio.

Francisco José tuvo el mérito de aplicar ciertas reformas descentralizadoras que respondían a las aspiraciones de algunas de estas minorías. Concedió autonomía administrativa a varios territorios, y la solución de los problemas locales, a asambleas regionales.

En 1867 firmó con los húngaros un acuerdo por el que éstos obtenían autonomía completa, medida que implicó la existencia de dos Estados iguales: Austria y Hungría. Cada uno de ellos tenía su propia Constitución, pero ambos un solo soberano: Francisco José (imagen).

Había dado satisfacción a los húngaros, pero otras minorías; principalmente las eslavas, comenzaban a agitarse. Checos y eslovacos solicitaban mayor autonomía, pero eran los servios y croatas, en el sur, los que creaban más dificultades.

Después de algún tiempo, los húngaros juzgaron insuficientes los acuerdos de 1867 y exigieron, entre otras cosas, que los regimientos acuartelados en Hungría fueran mandados por oficiales húngaros.

En el terreno de la política exterior, Austria sufrió serios reveses. Después de las derrotas de Solferino y Magenta se vio obligada a ceder a Italia la Lombardía (1859). En 1866, en Sadova, los prusianos aplastaron al ejército austríaco, y Francisco José hubo de abandonar a Prusia la hegemonía sobre los Estados alemanes. Venecia no tardó en separarse de Austria y pasar a formar parte de Italia.

Esta sucesión de fracasos obligó a Francisco José a conformarse con una posición secundaria al lado de la Alemania prusiana. Sus únicos éxitos fueron la ocupación de la Bosnia-Herzegovina (1878) y el atraer a Albania a su esfera de influencia, conquistas ambas que no hicieron sino aumentar la tensión interna; el número de minorías quedaba así acrecentado y las relaciones con Rusia, que también había puesto los ojos en los Balcanes, se hacían cada vez más difíciles.

Las complicaciones internacionales iban a desembocar en una catástrofe, no sólo para Austria, sino para el mundo entero: El 28 de junio de 1914 el gran duque Francisco Fernando, sobrino de Francisco José y heredero del trono, visitaba Sarajevo, en Bosnia-Herzegovino, y allí fue asesinado junto con su esposa por los miembros bosnios de una asociación clandestina servia que se había impuesto la misión de acabar con la dominación austríaca.

Aunque el Gobierno de Viena no consiguió reunir prueba alguna de la responsabilidad o participación del Gobierno servio en el asesinato del gran duque, utilizó el acontecimiento como pretexto para declarar la guerra a Servia, a la que envió un ultimátum. Y el 28 de julio estalló una guerra en la que pronto iba a enzarzarse el mundo entero.

Francisco José murió en noviembre de 1916. Su reinado se había visto ensombrecido también por desgracias familiares. Su único hijo Rodolfo, heredero del trono, se suicidó en circunstancias misteriosas, y la emperatriz Isabel había muerto en Ginebra, en 1898, asesinada por un anarquista italiano.

Le sucedió en el trono su sobrino segundo Carlos I, que fue obligado a abdicar el 11 de noviembre de 1918 en Austria y dos días más tarde en Hungría. Los aliados separaron del poder a los Habsburgo, y Austria, privada de sus minorías, se convirtió en un Estado de 6.000.000 de habitantes, agobiado por las cargas financieras.

De 1920 a 1938, Austria fue una república federal. Hitler la anexionó a Alemania por un golpe de fuerza (Anschluss) en marzo de 1938. De 1945 a 1955 estuvo ocupada por las potencias aliadas.

Ver: Primera Guerra Mundial

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Historia de los Habsburgo en Europa Origen de la Dinastía

Historia de los Habsburgo en Europa
El Sacro Imperio Romano y Austria

La familia Habsburgo, originaria de Suabia meridional (siglo X), se estableció posteriormente en Suiza. El nombre deriva del castillo de Habsburgo (Argovia, Suiza), construido por Werner, obispo de Estrasburgo (1001-1029). Su sobrino Werner aparece como el primer conde de Habsburgo (1064). Rodolfo I de Habsburgo aumentó el patrimonio suizo de la familia, y a su muerte (1232) dividió la herencia entre sus hijos Alberto y Rodolfo; el segundo fundó la rama colateral de los Habsburgo-Lauffenburg, que se extinguió en 1415.

LA HISTORIA: Originarios de Suiza, los Habsburgo constituyeron una de las más poderosas casas reinantes de Europa. El fundador de la dinastía es Rodolfo I (1273). A partir de 1438, la dignidad suprema de emperador germánico les corresponde definitivamente. Consiguieron extender progresivamente sus posesiones, y Carlos I conquistó la hegemonía en Europa, en el siglo XVI. Los Habsburgo hubieron de hacer frente a numerosas dificultades, la menor de las cuales no fue precisamente la amenaza de los turcos.

La historia del Sacro Imperio Romano Germánico y la de Austria están íntimamente ligadas a la de los Habsburgo, una de las familias remantes más poderosas de Europa. Los Habsburgo, en efecto, lograron con éxito ocupar uno de los primeros lugares entre las familias europeas de sangre real desde la Edad Media hasta el final de la primera guerra mundial.

El nombre de Habsburgo procede del castillo que la familia poseía en el cantón suizo de Argovia; aún pueden verse sus ruinas a orillas del Aar, un afluente del Rin. Desde la primera mitad del siglo XIII los Habsburgo contaban entre las familias más influyentes del Sacro Romano Imperio. Poseían importantes territorios en Alsacia, Suiza y Suabia.

El fundador de la dinastía es Rodolfo I, que fue elegido en 1273 rey de Germania, es decir, de hecho, emperador del Sacro Imperio, aun cuando jamás fuera coronado por el papa. Sus descendientes adquirieron las tierras austríacas que iban a ser la base del poderío de los Habsburgo. En 1438 fue de nuevo elegido emperador un Habsburgo, y a partir de entonces la corona del Sacro Imperio no iba a dejar de pertenecer a la familia.

Gracias al matrimonio de Maximiliano de Austria con María de Borgoña, la mayor parte de las posesiones borgoñonas —Países Bajos y Franco Condado— quedaron unidas a las de los Habsburgo. Pero el reinado de este príncipe no fue muy feliz (1493-1519).

Los territorios que estaban bajo su autoridad —Estados principescos o eclesiásticos, ciudades libres— eran de muy diferentes características y cada uno de ellos defendía sus propios intereses con mayor ardor que la causa del imperio.

Por otra parte, Maximiliano I no disponía de medios suficientes para realizar sus grandes designios, pues no podía recaudar impuestos ni reclutar tropas sin el beneplácito de la Dieta, asamblea compuesta por electores, príncipes y ciudades. Las tentativas que hizo de intervenir en Italia desembocaron en un estrepitoso fracaso a pesar de su segundo matrimonio con Blanca, hija de Galeazzo Sforza, duque de Milán.

A su muerte, en 1519, su nieto Carlos I de España y V de Alemania se halló haciendo frente a graves problemas. Francisco I se convirtió en su rival. Sin embargo, a la hora de la elección, como los Médicis, que sostenían al rey de Francia, no eran tan ricos como los Fugger, banqueros titulares de Carlos I, la casa de Habsburgo llegó al apogeo de su poderío.

Carlos I estaba al frente de un imperio «en el que jamás se ponía el sol» y que comprendía, además del Sacro Imperio (con sus posesiones de los Países Bajos, de Austria y del Franco Condado), las tierras que heredaba por línea materna: España, Italia meridional y las colonias españolas de América. Sin embargo, tuvo que hacer frente a numerosas dificultades, la menor de las cuales no fue, precisamente, el peligro turco. El sultán Solimán venció a los húngaros en 1526 cerca de Mohacs, y en 1529 llegaba hasta las puertas de Viena.

Turcos atacan Viena

Los Turcos atacan Viena

A partir de este momento, gran parte de las actividades políticas y militares de los Habsburgo se llevó a cabo bajo el signo de la lucha contra el turco. Los franceses, a causa de la rivalidad entre Francisco I y Carlos I, estuvieron casi continuamente aliados con los turcos.

También encontró Carlos I muchas dificultades en Alemania y en los Países Bajos poco después de la aparición del protestantismo. En 1555 abdicó, confiando a su hijo Felipe II las herencias española y borgoñona, así como el Mílanesado.

Su hermano Fernando I, rey de Bohemia y Hungría, recibió en herencia Austria y las antiguas posesiones de los Habsburgo. Fernando recibió también en herencia la corona imperial. Sus descendientes iban a reinar desde entonces, en calidad de emperadores, sobre las tierras austro-alemanas. Sin embargo, su poderío era ficticio y fue menguado aún más por la guerra de los Treinta Años, que hizo estragos en Europa de 1618 a 1648.

El imperio turco, que continuaba amenazando a Europa, atravesaba en esta época serias dificultades de orden interior. De todos modos, los turcos iban a volver a la carga. Estaban perfectamente al corriente de las disensiones que se producían en el seno del Sacro Imperio Romano Germánico, tanto desde el punto de vista político como del religioso. El sultán Mohamed V declaró la guerra a los Habsburgo en abril de 1683. Sus jinetes tártaros sembraron el terror en Moravia e intentaron sublevar a los húngaros contra el emperador Leopoldo I.

El general en jefe del ejército turco, Cara Mustafá, dudó antes de atacar Austria, y esto fue lo que salvó a Viena, pues los príncipes alemanes e incluso Luis XIV aprovecharon sus vacilaciones para enviar refuerzos a los Habsburgo. El ejército otomano fue vencido cuando atravesaba el Raab 150 km al sur de Viena. Los turcos no se desanimaron por ello, y en 1683 volvían a tomar la ofensiva. El emperador Leopoldo I se vio obligado a abandonar su capital y a instalarse provisionalmente en Passau, en Baviera.

Toda Europa se sintió solidaria de Viena, y afluyeron nuevos refuerzos. En julio de 1683 el ejército turco rodeó la ciudad. A principios de setiembre un ejército, de entre, cuyos héroes cabe destacar a Juan Sobieski, rey de Polonia, atacó a los turcos. Después de una lucha encarnizada éstos fueron puestos en fuga.

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España Primitiva Pre Romana Pobladores y Cultura

España Primitiva Pre Romana
Pobladores y Cultura

ESPAÑA PRERROMANA
Tiempos prehistóricos
España se halla situada en la península Ibérica, separada del África por el estrecho de Gibraltar, y de Francia por los montes Pirineos.

Poco se sabe acerca de los primeros habitantes. Los más antiguos —período del paleolítico inferior— trabajaban la piedra a golpes para obtener hachas de mano.

En el paleolítico superior habitó en la península la raza de Cro-Magnon, formada por hombres de alta talla que sabían dominar el fuego y cubrían su cuerpo con pieles de animales. De este período han quedado expresiones de arte rupestre en las paredes de las cavernas que utilizaban como viviendas.

En las Cuevas ce Altamira (Santander) se han encontrado figuras de bisontes, jabalíes, un caballo salvaje y una cierva; los contornos son incisiones y las pinturas realizadas con materias colorantes naturales.

En el V y IV milenios (a. C). pueblos procedentes de! norte de África —o quizás del valle del Danubio— penetraron en España e introdujeron la cultura neolítica. Conocían la agricultura y la ganadería, mejoraron las armas de piedra y fabricaron vasijas de barro cocido.

La abundancia de cobre y estaño brindó características particulares a la cultura del bronce, cuyas muestras más importantes se han encontrado en las ruinas de la localidad de El Agar (Almería).

La utilización del hierro marca el comienzo de los tiempos históricos.

mapa de espana pre romana

Primeros pobladores históricos
Se afirma que, en los comienzos de los tiempos históricos, los más antiguos pobladores de España fueron los iberos —que penetraron por el sur— probables integrantes de un grupo racial de tipo mediterráneo-africano. Sin embargo, otros estudiosos sostienen que los primeros habitantes de esa época fueron los ligures, llegados a la península por el norte.

En la región sur de la península (Andalucía, parte de Murcia y Alicante) floreció una brillante civilización, la de los Tartesios, cuya antigüedad no puede precisarse pero que seguramente es muy remota. Su origen es incierto, aunque algunos historiadores creen que este pueblo pertenece a la familia de los iberos. Los tartesios formaron un gran imperio comercial que tuvo importantes relaciones con los mercaderes fenicios y griegos.

En el siglo VI (a. C.) penetraron en España los celtas, pueblo de origen indoeuropeo que procedía de las costas del mar del Norte. Luego de cruzar los Pirineos, los recién llegados ocuparon la parte noroeste de la península. Eran altos, rubios y vigorosos; llevaban armas y utensilios de hierro e introdujeron en España ese tipo de cultura.

Los celtas se dividieron a su vez en cuatro ramas: los lusitanos y los gallegos, que ocuparon el oeste de la península —en el sur y en el norte, respectivamente—, y los astures y los cántabros que se instalaron en la parte meridional sobre las costas del mar Cantábrico.

Los celtas se extendieron por toda la península, especialmente en la región occidental. Pero en la meseta la penetración fue contenida por los iberos, quienes se opusieron al avance de los invasores.

Se afirma que de ese contacto se produjo la fusión de las dos razas en una sola que se llamó de los celtíberos. En el siglo IV (a. C.) la zona central de España estaba ocupada por este nuevo pueblo, mientras que en el norte y en el sur seguían dominando los celtas e iberos, respectivamente.

Cultura
Si bien las manifestaciones artísticas de la España primitiva poseen caracteres propios, es indudable que fueron notablemente influidas por los colonizadores fenicios, griegos y cartagineses. Por tal causa, los pobladores de la región sudoriéntal muestran rasgos culturales muy distintos de los que poseen los habitantes del interior, que vivieron alejados de esas influencias.

Los fenicios estimularon la industria y el comercio; además, introdujeron objetos artísticos de oro, plata, marfil y vidrio, con marcados caracteres orientales.

Los griegos gravitaron enormemente en el aspecto cultural y artístico. Lo demuestran la acuñación de monedas y, sobre todo, la arquitectura y la escultura. Los españoles no se limitaron a copiar los modelos griegos, sino que asimilaron el arte helénico y supieron darle caracteres propios.

En la región sudoriental, de cultura más desarrollada y que recibió mayor Influencia griega, se han encontrado restos de numerosas poblaciones y santuarios construidos en lugares elevados así como también valiosas piezas escultóricas, entre las que se destacan: La Leona de Bocairente y la famosa Dama de Elche.

Leona de

Leona de Bocairente

la dama de elche

Dama de Elche: 
La dama de Elche, junto a la dama del Cerro de los Santos y la de Baza (las tres en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid) son tres excepcionales ejemplos de escultura ibérica. Es un busto de carácter funerario con influencias del arcaísmo griego y el arte púnico. Resalta la ornamentación de su tocado con dos rodetes a ambos lados del rostro. Se trata de un busto femenino en piedra caliza, descubierto en 1897 en La Alcudia (Elche). Ricamente alhajada, lleva una tiara ceñida con una diadema, dos grandes ruedas sobre las orejas para recoger el pelo y collares sobre el pecho. Algunos especialistas consideran que el orificio que presenta en la espalda corresponde a una urna cineraria.
Fuente Consultada:Historia I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel

 

Biografía de Plejanov Teórico Marxista

PLEJANOV: MAESTRO INTELECTUAL DE LENÍN

Plejánov Gueorgui Valentínovich  (1856-1918), pensador y político ruso, principal teórico del marxismo en su país antes de la Revolución Rusa y uno de los primeros ideólogos del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) que, dirigido por Lenin, conduciría aquélla.

Nació el 11 de diciembre de 1856 en la actual Griazi en el seno de una familia de la nobleza. En 1875, mientras estudiaba en San Petersburgo, se unió al movimiento revolucionario de los narodniks , a quienes posteriormente criticó, especialmente por sus actividades terroristas.

Plejanov intelectual marxista

Una nueva ideología revolucionaria penetra en Rusia. Es el momento en que Jorge Plejanov, otro de los jóvenes aristócratas llegados al populismo, se aparta del movimiento terrorista de la «Voluntad del Pueblo». Emigra a Suiza, en 1880, llevando consigo a otros populistas, como Vera Zasulich, Pablo Axelrod, León Deutsch, para estudiar allí el marxismo occidental y encontrar nuevas bases para una acción revolucionaria en Rusia.

En 1872, se había publicado una traducción rusa de «El Capital», de Marx, obra en que la censura imperial no veía peligro alguno, pues «pocos leerán este libro en Rusia, y muchos menos aún lo comprenderán». Pero la influencia de la filosofía alemana se enfrentará con el socialismo utópico francés, y no tardará en sustituirlo.

En Ginebra, Jorge Plejanov funda el primer movimiento marxista ruso, el grupo de la «Liberación del Trabajo», que él mismo dirigirá durante veinte años, sin que nadie discuta jamás su superioridad intelectual, ni su calidad de jefe. «Delgado, esbelto, ceñido en un impecable redingote, llamaba la atención por la extraordinaria viveza de su mirada, bajo unas espesas cejas… Todo en él —actitud, pronunciación, voz, modales— revelaba una suprema distinción», según la descripción de Lunacharski. Su influencia fue muy grande.

Los marxistas rusos «del interior» se trasladaron a Ginebra. «Plejanov educó, él solo, a toda una generación de marxistas rusos», dirá después Lenin, que le consideró, durante mucho tiempo, su maestro, y que desarrolló su pensamiento hasta 1900. Trotski escribió: «Toda la actividad de Plejanov tendía a preparar la revolución por medio de las ideas. Fue el propagandista y el polemista del marxismo, pero no el político revolucionario del proletariado». Este será el papel desempeñado por Lenin, que deshancará así a Plejanov.

Lenín, ideologo de la Revolución Rusa

Su constante alejamiento de Rusia presagiaba ya esta superación. Plejanov inicia y extiende la primera gran división del movimiento revolucionario ruso. En reacción contra los populistas que, por el simple hecho de que no había clase obrera de tipo occidental en Rusia, sino obreros campesinos, estaban persuadidos de que Rusia evitaría la fase capitalista e industrial prerrevolucionaria, y daban especial importancia al papel del campesinado en una perspectiva de socialismo agrario—, Plejanov no veía otra posibilidad de revolución que la de la clase obrera, hacia un socialismo industrial: «En Rusia, la libertad política será conquistada por la clase obrera, o no será conquistada en absoluto».

Estas dos actitudes desembocan en el «Partido Social Demócrata», de inspiración marxista, y en el «Partido Social Revolucionario», forma más elaborada del populismo. Los grupos revolucionarios disidentes se unirían a uno o a otro de estos dos partidos. Carlos Marx murió en 1883, sin haber llegado a conocer la sorprendente evolución de las teorías de Plejanov.

Plejanov, falleció en el exilio, en Finlandia, el 30 de mayo de 1918.

 

Fundacion de San Petersburgo por Pedro el Grande de Rusia Despota

Fundación de San Petersburgo por Pedro el Grande

En la primavera de 1701 Pedro se hallaba en condiciones de emprender de nuevo la guerra y entonces se lanzó contra las provincias suecas del Báltico, donde Carlos XII no habla dejado más que escasas guarniciones.

De esta manera Pedro pudo lograr algunas victorias y consolarse un tanto de la derrota sufrida en Narva; en 1702, los rusos se apoderaron de la fortaleza de Noteborg, cerca de la desembocadura del Neva en el lago Ladoga y, al año siguiente, de otra plaza fuerte, Nyenskans, en la misma desembocadura del río.

Fundación de San Petersburgo

Apenas Pedro llegó al litoral del golfo de Finlandia fundó, en una pequeña isla del Neva, la ciudad de San Petersburgo, el primer puerto ruso sobre el Báltico, y casi inmediatamente comenzó la tarea de construir una flota en aquel lugar.

San Petersburgo debía ser su nueva capital, aunque la comarca fuera sin duda la menos hospitalaria de su inmenso imperio; de hecho, una región pantanosa de clima insalubre. La construcción de San Petersburgo exigió enormes sacrificios, tanto en dinero como en hombres; se reclutaron a la fuerza campesinos y obreros procedentes de todas partes del gran imperio, para el establecimiento humano de la nueva capital, que el zar pretendía erigir tomando por modelo la ciudad de Amsterdam.

Numerosos prisioneros suecos trabajaron en ella hasta sucumbir extenuados, y cuando terminó de construirse la capital nadie quiso ir a establecerse allí; entonces el autócrata obligó a numerosos boyardos y burgueses a abandonar sus domicilios moscovitas para construirse nuevas residencias en San Petersburgo.

A pesar de tanto esfuerzo y sacrificio, para el pueblo ruso la nueva capital no representaba más que una «ciudad puramente artificial» comparada con Moscú, corazón de la Santa Rusia, consideración de que Moscú gozó siempre; incluso después que San Petersburgo fue designada oficialmente como cabeza del imperio ruso.

Las obras fueron iniciadas en 1703, y para vigilarlas el zar se hizo construir una edificación de madera, compuesta de dos habitaciones: dormitorio y comedor. Los primeros barcos holandeses que llegaron fueron pilotados por el propio Pedro, que perseguía a las naves suecas que se atrevían a merodear por allí.

RUSIA EN TIEMPO DE PEDRO EL GRANDE

Modernización a cualquier precio: tal la línea rectora de la política interior y exterior de Pedro I, zar de Rusia. Y, con los ojos vueltos hacia la Europa del Oeste, su cultura y sus costumbres, prepara la primera incursión bélica contra los turcos, en 1695. Tomando Azov,

Pedro tendría una puerta abierta al mar Negro, por la cual se simplificarían los contactos marítimos de su país. Sólo en 1696, empero, logra dominar la ciudad. Hace un largo viaje al Occidente de Europa (1697), ansioso de estrechar relaciones con los gobernantes, absorber en la misma fuente la energía progresista que pudiese trasladar a Rusia y estimular la modernización que deseaba.

En la ejecución de sus proyectos reformistas, toma a menudo medidas de seriedad discutible, como la prohibición del uso de la barba y la imposición de la manera europea de vestir, y otras de discutible civilidad, como sus represiones y obras forzadas. No deja, con todo, de aplicar ideas de mayor alcance, como la de abrir un camino hacia el Báltico (una especie de lago sueco desde la firma del tratado de Westfalia). Con tal objetivo inicia la Guerra del Norte contra Suecia (1700), auxiliado por Polonia y Dinamarca. Pero los suecos vencen en Narva e invaden a Rusia, amenazando Moscú.

En la batalla de Poltava (1709), no obstante, Pedro logra batir a las tropas de Carlos XII. Los rusos ocupan las provincias suecas del Báltico -Livonia, Ingria, Carelia y Estonia-, cuya posesión definitiva 1e*s es reconocida en 1721 (paz de Nystad). Inmediatamente, el zar Pedro hace la guerra a Persia, toma Derbent y Bakú, y se apodera de las costas caucásicas del mar Caspio.

PARA SABER MAS SOBRE LA FUNDACIÓN
Una nueva capital en los pantanos

Pero los materiales tradicionales no significaron nada para Pedro el Grande, el zar de Rusia a partir de 1689. Odiaba a Moscú, con sus edificios de madera y su aspecto asiático. Pedro el Grande quiso una nueva capital que mirara hacia Occidente, y se propuso aplicar la influencia europea en la Rusia que consideró un país atrasado.

El sitio elegido por el zar para su nueva capital, a la que llamó San Petersburgo, no era prometedor: tierras inundadas del pantanoso delta por el que desemboca el río Neva en el Golfo de Finlandia. El río se helaba seis meses al año, estaba cubierto con bruma, y se desbordaba con los deshielos. Durante su construcción, la ciudad casi siempre estuvo bajo varios metros de agua. Para las cimentaciones, se arrojaron a los pantanos miles de troncos. En invierno, los lobos deambulaban por las calles, y en 1715 devoraron viva a una mujer.

EDIFICIO ruso

Ciudad de piedra En el siglo XIX, la Catedral de San Isaac, en San Pefersburgo, reemplazó al edificio original de Pedro el Grande: al construirla, se usaron similares andamias de madera.

Pese a las condiciones difíciles y a lo titánico del proyecto, se erigió una espléndida ciudad de edificios de piedra. Las obras se iniciaron en 1703, y para 1710 se terminó la primera etapa de construcción y se comenzaron las obras del Palacio de Verano del zar. La ciudad ya tenía 34,000 habitantes cuando el zar la declaró capital de Rusia. Las obras aún no concluían cuando Pedro el Grande murió en 1725, pero ya eran suficientes para impresionar a Europa.

La madera más utilizada era el abeto, aunque también se usaban otras confieras, y castaños, hayas y robles. Los troncos de las isbas eran de 9 m de largo y 30 cm de diámetro: se colocaban horizontalmente, reforzando las esquinas con alguno de los varios tipos de uniones. Los techos eran inclinados para que resbalara la nieve. A veces, el piso quedaba elevado del suelo mediante tarimas de madera, ladrillo o piedra: se entraba por unas escaleras techadas.

Además de la habilidad para construir en madera, los rusos eran afectos a redecorar sus casas. No lo pensaban dos veces para quitar puertas, ventanas o incluso paredes, si con ello mejoraba la decoración, y a veces simplemente para dar cabida a los invitados de fiestas y banquetes.

Toda cabaña estaba decorada con tallas de madera. Los extremos de los travesaños, alfardas de los techos e hileras se tallaban hábilmente, uno por uno. Las decoraciones de porches, aleros y marcos de ventanas generalmente reflejaban el estilo de construcción de las ciudades, e imitaban los ornatos de piedra de los edificios principales: se colocaban balaustradas y frontones, y paneles tallados en las paredes. Las casas más grandes tenían pisos de parqué, hechos a base de una gran variedad de maderas.

La crueldad de Pedro I el Grande de Rusia Zares de Rusia Antigua

La Crueldad de Pedro I el Grande de Rusia

LA FAMILIA DE PEDRO I
Catalina, la zarina improvisada

En 1712, Pedro se casó de nuevo oficialmente con Catalina, su amante desde hacía varios años, y más tarde su esposa en secreto.

Circulan por lo menos ocho hipótesis acerca del nacimiento de la nueva zarina, y la mayoría de historiadores la suponen hija de un u otro oficial del ejército sueco, aunque, en realidad, Catalina en hija de un comerciante lituano establecido en Dorpart.

La zarina nació hacia el año 1683 y tenía, en consecuencia, once años meno, que su esposo.

En 1702 contrajo matrimonio con un caballero sueco llamado Kruse; poco después, Marienburg, la ciudad de Livonia donde residía, fue conquistada por los rusos, y Catalina conducida al cautiverio; algún tiempo más tarde, el general Meo Chicov la hizo su amante y la instaló en su casa, y en este lugar fue donde tuvo su primer encuentro con el zar Pedro en 1704, que s enamoró de ella en el acto.

Antes de efectuar su matrimonio Pedro y Catalina tuvieron dos hijas, Ana e Isabel. Desde todos los puntos de vista, Catalina era la mujer que con venia aun hombre de carácter como Pedro el Grande; se interesa ha por todas las empresas de su esposo, compartía la alegría de sus victorias y la tristeza de sus fracasos, y a menudo Catalina acompañaba al zar en sus viajes.

Durante las inevitables separaciones entre ambos, el soberano no cesaba de recordar a su mujer, como lo manifiestan sus numerosas cartas, remitidas desde los más diversos lugares y que demuestran la agotadora existencia que llevaba con todo, Pedro encontraba siempre tiempo para escribir a Katinka, da amada de su corazón, y de soñar en el día feliz en volverían a estar de nuevo juntos. «Sin ti -le decía en ellas- no gozo de alegría verdadera en la vida; todo es soledad y tristeza». A pesar de sus aventuras extraconyugales, el zar volvía siempre a su Katerinuchka.

El zarevich Alejo

Pedro tenía un hijo de su primer matrimonio, Alejo, que contaba sólo ocho años cuando fue separado por la fuerza de su madre Eudoxia, que en tan temprana edad le había inspirado ya odio hacia su padre.

Cuando Alejo supo la manera como se trataba a su madre en el convento juró vengarla cuando fuera mayor. El delicado príncipe Alejo era en todo la antítesis de su activo e infatigable padre.

Cuando creyó llegado el momento oportuno, Pedro se esforzó en formarle y educarle para que desempeñara su papel de colaborador y de futuro soberano, pero estos contactos más estrechos entres ambos sólo sirvieron para aumentar el temor y el odio del zarevich hacia su padre.

Como Pedro golpeara con frecuencia a su hijo, para estimularle a la obediencia, las relaciones entre ellos empeoraron de tal forma que Alejo decidió huir al extranjero, y entonces, su padre le hizo espiar por uno de sus más astutos colaboradores, Pedro Tolstoi.

Tolstoi encontró al fin huellas de su presa -como él decía- en los alrededores de Nápoles, en una de las posesiones del emperador, que era cuñado de Alejo. Logró persuadir al príncipe convenciéndole para que regresara a casa, esgrimiendo ante él amenazas y promesas.

Tolstoi decía que el zar había jurado concederle «un perdón completo y su amor paterno» tal juramento, que según él fue hecho en nombre de Dios, no impidió al zar, una vez que regresó Alejo al redil, negarle sus derechos de sucesión al trono. Hizo luego comparecer al zarevich ante un tribunal, le sometió varias veces a tortura y el infeliz Alejo fue por último condenado a muerte.

El príncipe falleció antes del cumplimiento (le la sentencia, de resultas de tan terrible martirio, ala vez moral y físico. Se dice que Alejo expiró a golpes de látigo, el 26 de junio de 1718, dos días antes de celebrarse las ceremonias conmemorativas de la victoria de Poltava. Los funerales del desgraciado zarevich tuvieron efecto durante la noche y en la mayor sencillez: el zar y toda la corte seguían al cortejo, llevando sendos cirios en la mano, y Pedro tenía su rostro anegado en lágrimas.

Dramas familiares El proceso de Alejo le facilitó a Pedro el pretexto para entablar su último combate contra los partidarios de la Rusia tradicionalista, y como en 1699, con ocasión de su ajuste de cuentas con los strelzi, también esta vez aterrorizó a sus adversarios con torturas y ejecuciones atroces.

Los partidarios de Alejo, desde los más destacados a los más insignificantes, murieron entre espantosos suplicios y el propio confesor del zarevich se contó en el número de estas víctimas. Eudoxia-sufrió también las consecuencias del odio y de la venganza de su antiguo esposo. Pedro la acusó de mantener contactos secretos con Alejo, con la finalidad de fomentar una sublevación contra el zar, y éste la interrogó personalmente, golpeándola, arrastrándola por los cabellos y amenazándola de muerte.

La dejó al fin con vida, pero la hizo trasladar a otro convento, en una región completamente aislada, cerca del lago Ladoga, sometiendo a la infeliz a la más rigurosa vigilancia. Se procedió también a interrogar a algunas monjas del convento, y con objeto de arrancarles las confesiones requeridas se las torturó de tal manera que murieron en el transcurso del interrogatorio.

La muerte de Pedro el Grande no significó la libertad para Eudoxia, ya que la desdichada ex zarina fue encerrada en la fortaleza de Schlüsselburg, en un calabozo infestado de ratas. Catalina se vengaba de este modo de la primera mujer de su esposo. Cuando Catalina murió a su vez y un nieto de Eudoxia fue proclamado zar con el nombre de Pedro II, la infeliz pudo por fin ver que se abrían para ella las puertas de su prisión; ya anciana, ocupó de nuevo un puesto de honor en la corte. Este consuelo llegaba demasiado tarde; la vida no ofrecía ningún atractivo a la anciana emperatriz, que emprendió Otra vez el camino del convento.

La crueldad de Pedro hacia su primogénito Alejo se explica en érto modo por el hecho de que Catalina le había dado un hijo varón, en 1715. El zar depositó todo el afecto que negó a Alejo en el nuevo sucesor, el ‘pequeño marinero Pedro’, como gustaba llamar al hijo de Catalina. En 1718, éste fue proclamado heredero del trono, suplantando así al hijo de Alejo, que sólo contaba unas pocas semanas más de edad y que también se llamaba Pedro. El pequeño zarevich era enfermizo de naturaleza y no vivía sino gracias a los medicamentos que le administraban, pero Pedro depositaba en él todas sus esperanzas para el futuro.

El golpe que recibió fue, por lo tanto, durísimo cuando al año siguiente, 1719, Petenka falleció después de breve enfermedad. En el colmo de la desesperación, Pedro el Grande se encerró, al parecer, en su gabinete de trabajo durante los tres días siguientes a la muerte de su hijo, sin acordarse de comer ni beber, y ni siquiera Catalina fue admitida a su presencia.

Muere Pedro el Grande

El vigor físico y mental de Pedro el Grande parecía inagotable. Era capaz de estar bebiendo toda una noche y ponerse inmediatamente a trabajar al día siguiente sin la menor señal aparente de fatiga. Pedro era uno de los hombres que queman su vida llevando una existencia agotadora.

Además, había contraído una enfermedad venérea que descuidó al principio y que le acarreo graves consecuencias. A pesar de sus terribles dolores, y confiando excesivamente en su vigor natural, no quiso consultar a tiempo al médico y continuó su régimen de vida, de esfuerzo incesante. Un día de noviembre, durante una tempestad y con el agua helada, el zar quiso participar a toda costa en el salvamento de unos náufragos, y contrajo una enfermedad, quizá congestión, que los médicos se vieron impotentes de curar.

Pedro falleció en enero de 1725, entre atroces sufrimientos. Sólo contaba cincuenta y tres años cuando murió, pero sus grandes reformas nacionales pesaron decisivamente en la historia del mundo, puesto que las dos grandes mitades de Europa, la occidental y la oriental, lograron al fin su aproximación política, después de separación tan prolongada. El pueblo ruso consiguió que aquel lejano mundo eslavo participase cada vez más en la vida común europea.

Rusia entraba de lleno en la historia universal. Pedro aportó a su tarea reformadora tanto empeño, vigor optimismo y energía que, aun teniendo en cuenta sus numerosos defectos, suscitan la admiración del observador y confieren a su gigantesca silueta histórica una aureola de eterna juventud. El zar supo ahuyentar de su alma toda clase de prejuicios; poco secundado por un pueblo aislado de los demás, satisfecho de su rutinaria situación y terriblemente patriotero, Pedro supo convertir al ruso en ciudadano del mundo.

Con todo, era preferible no haber llamado «Grande» a un hombre de instintos tan primarios e irrefrenables: el epíteto de «Pedro el Gigante» acaso le conviniera más. Violentó a los seres humanos, a la naturaleza, a las cosas, al tiempo y realizó el progreso a fuerza de despotismo. Las leyendas y los cantos populares rusos le convirtieron en el último gran héroe que se asentó en el trono imperial.

El despotismo ilustrado: Carlos III, Federico el Grande, Pedro I

El Despotismo Ilustrado y Sus Representantes
Carlos III, Federico el Grande y Pedro I de Rusia

Despotismo ilustrado, concepto político que hace referencia a una forma de gobierno, vinculada a ciertas monarquías europeas del siglo XVIII, en la que los reyes, sin renunciar a su condición de soberanos absolutos, trataron de aplicar determinadas medidas “ilustradas”, de corte reformista e incluso progresista, surgidas precisamente en esa centuria, denominada genéricamente Siglo de las Luces ó la Ilustración.

El surgimiento de las ideas de la Ilustración en el siglo XVIII ejerció un fuerte impacto en las monarquías europeas. En algunos casos, las nuevas ideas provocaron una actitud represiva frente a ellas y una afirmación de los valores tradicionales. En otros, la colaboración entre la Ilustración y el estado dio lugar al surgimiento de un nuevo tipo de monarquía que buscaba compatibilizar el fortalecimiento del poder del rey y el desarrollo ordenado y equilibrado de la sociedad. A estos reyes se los conoció como «déspotas ilustrados».

Los monarcas ilustrados más importantes fueron Federico II de Prusia, María Teresa y José II de Austria, Catalina II de Rusia y Carlos III de España. Muchos filósofos se instalaron en las cortes de estos reyes, que manifestaban el deseo de efectuar reformas basadas en las ideas de las Luces.

Aunque el término “despotismo ilustrado” fue acuñado en el siglo XIX, nació para intentar definir comportamientos políticos del siglo XVIII. Durante éste, numerosos soberanos de Europa defendieron una práctica ilustrada del poder, intentando proyectar en sus actuaciones el rey-filósofo del que hablaban Voltaire y otros pensadores de la Ilustración. Entre los déspotas ilustrados más significativos del periodo deben ser citados los ejemplos de Carlos III en España, José I el Reformador en Portugal, Federico II el Grande en Prusia, Catalina II la Grande en Rusia y el emperador José II.

Los déspotas ilustrados compartían una misma concepción del estado. Éste era concebido como un «hecho artificial», creado por el hombre y entregado, mediante un contrato (revocable), al soberano. El rey, que detentaba todo el poder, era el primer servidor del estado. Su función principal era la de proporcionar la felicidad a sus subditos pero sin su participación. Una frase sintetizaba esta idea: «Todo para el pueblo, por el pueblo, pero sin el pueblo».

Todos ellos intentaron impulsar, en alguna medida, reformas en distintas áreas (educación, justicia, agricultura, libertad de prensa o tolerancia religiosa).

Los gobiernos de los déspotas ilustrados presentaron una serie de características comunes:

Tendencia a la centralización y burocratización administrativa. Los monarcas ilustrados efectuaron reformas administrativas tendientes a lograr una burocracia más eficiente mediante la creación de órganos administrativos centralizados. En Prusia, por ejemplo, Federico II creó ministerios especializados (de Justicia, de Minas, de Construcciones, etc.) y mejoró los métodos de selección de los funcionarios.
Reorganización de todo el sistema fiscal. Se intentó llevar a cabo una distribución más equitativa de las obligaciones fiscales mediante la abolición de algunas exenciones impositivas que beneficiaban a la Iglesia y la nobleza.

Reforma del sistema judicial a través de la redacción de códigos. En 1787, por ejemplo, José H de Austria promulgó un nuevo código penal que abolía la tortura y limitaba la pena de muerte.

Énfasis en la difusión de la educación y la cultura a través de la creación de instituciones educativas.

Tolerancia religiosa. La política de tolerancia religiosa, cuyo representante más importante fue José II, tenía como fin lograr la afirmación de la soberanía del estado sobre la Iglesia.

Entre los representantes destacados del despotismo ilustrado encontramos a Carlos III de España, Federico II de Prusia, María Teresa, y José II de Austria y Catalina II de Rusia. A España le dedicaremos posteriormente una atención especial porque las’ medidas tomadas por los monarcas del siglo XVIII afectaron sus posesiones coloniales en América.

despotismo ilustrado1despotismo ilustrado2
Carlos III EspañaFederico II de Prusia
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Catalina II de RusiaJosé II de Austria
Pese a todo, y aunque tales regímenes supusieron cierto avance respecto a las tiranías despóticas, constituyeron sistemas de gobierno que todavía deben ser enmarcados en la concepción absolutista (en ningún caso democrática) del poder, en tanto que no supusieron ninguna delegación del mismo en órganos representativos. Por otro lado, la efectividad real de las reformas emprendidas por los déspotas ilustrados fue escasa y pocas superaron el estadio de simples medidas económicas.

En realidad, el déspota ilustrado sólo pretendía responder con sus actos al modelo de “hombre honesto” del siglo XVIII: intelectual, racionalista cultivado, amante de las artes y mecenas de los artistas, e innovador en materia política.

Por ello se rodeaba de auténticos filósofos (Voltaire en la corte de Federico II o Denis Diderot en la de Catalina II) o dejaba la aplicación de las reformas en manos de auténticos políticos ilustrados.

En este sentido fueron significativos los reinados de Carlos III (rodeado de administradores como José Moñino, conde de Floridablanca, Pedro Rodríguez Campomanes, Pedro Pablo Abarca, conde de Aranda, o Gaspar Melchor de Jovellanos, todos ellos figuras claves de la Ilustración española) y de José I (cuya política ilustrada estuvo en manos del que fuera verdadero dirigente de Portugal en aquellos años: Sebastião José de Carvalho e Melo, marqués de Pombal).

Por último, citar el componente paternalista que caracterizó a estos reyes. Claro testimonio de ello son las palabras que el propio Federico II escribió en una de sus obras de filosofía política: “Los hombres han elegido a aquel de ellos que consideran más justo para gobernarles y mejor para servirles de padre”.

LAS REFORMAS SOCIALES
Más igualdad: Aun a riesgo de irritar al clero y a la nobleza, reyes como José II les suprimieron los antiguos privilegios. Los nobles perdieron sus latifundios, y la servidumbre de los campesinos quedó abolida. El ceremonial fastuoso de las cortes y el lujo desmedido redujéronse a un estilo sencillo y a veces a extremos de austeridad, como Federico de Prusia.

Más libertad: La tolerancia religiosa, la libertad de prensa y la libertad de trabajo fueron concesiones que los reyes otorgaron a sus pueblos a condición de que éstos se dejasen gobernar.
Ninguno toleró tanto la libertad de prensa como Federico II. «Yo dejo decir a mi pueblo lo que quiere —solía manifestar— y él me deja hacer lo que a mí más me agrada.» Y agregó cierta vez, con motivo de algunos libelos mordaces que lo vapuleaban: «Razonad cuanto queráis y sobre lo que queráis; pero obedeced».

Más justicia: Europa soportaba los defectos y abusos de una justicia envilecida por las arbitrariedades, torturas, confiscaciones de bienes, persecuciones por motivos religiosos y cárceles inhumanas. Fue necesario, pues, una profunda reforma legislativa y judicial. Reyes como José II promovieron también trabajos de codificación. Por otra parte, las tendencias filantrópicas de la época suscitaron medidas que hoy llamaríamos de «justicia social», en favor de los pobres, de los enfermos, de los niños y de los incapaces. Por ejemplo: la difusión de la vacuna antivariolosa, la educación de sordomudos, y los asilos.

Más cultura: Difundir la instrucción pública fue como una consigna. Por otra parte se favorecieron la investigación y el estudio con la fundación de academias y sociedades científicas, bibliotecas, museos, etcétera.

Más urbanismo: Dando por descontado que un aumento de población había de ser beneficioso para el progreso y el bienestar, Federico II y Catalina de Rusia fomentaron la inmigración y con ella colonizaron extensas regiones del país mientras fundaban muchos pueblos. Carlos III lo intentó también en España. Por otra parte, las viejas ciudades fueron provistas de obras y servicios públicos, y estimuladas con excelentes resultados.

Más riqueza: Mediante amplias franquicias de comercio y navegación se estimularon estas actividades, que tuvieron especial desarrollo en los puertos libres fundados por Austria y Gran Bretaña. Además, para que la exportación superara- a la importación, se fomentó intensamente la industria mediante la concurrencia de expertos técnicos y abultados capitales. En Gran Bretaña las máquinas empezaron a transformar el taller en fábrica; es decir, en «gran industria», con lo que decayeron las artesanías y adquirió fabuloso auge el comercio internacional Las potencias coloniales lograron grandes ganancias económicas que les permitieron financiar compañías de navegación y otras empresas.

PARA SABER MAS…

El despotismo ilustrado: «Todo para el pueblo pero sin el pueblo». El despotismo ilustrado fue una conducta o una práctica de gobierno más que una doctrina política. Se trataba de propugnar reformas en diferentes planos: avances en la administración, la creación de riqueza, el impulso a la enseñanza.

La aplicación concreta del despotismo ilustrado determinó la toma de distintas medidas:

POLÍTICASECONÓMICASEDUCATIVASRELIGIOSAS
Los monarcas impulsaron las reformas administrativas. Se acentuó la centralización de los Estados: pretendieron eliminar las instituciones locales y otorgarle a la burocracia una organización simple y ordenada, más «racional», de acuerdo con los principios de la Ilustración.Para fomentar el progreso, valor tan apreciado por los ilustrados, se apoyaron las empresas económicas.
Se estimularon las actividades agrícolas, manufactureras y comerciales.
Se dio impulso a la educación con la creación de institutos de enseñanza, academias y sociedades científicas. Se puso énfasis en las ciencias físicas y naturalesLos monarcas del despotismo ilustrado eran partidarios de la tolerancia religiosa, pero pretendieron imponer el regalismo, de acuerdo con su política de centralización estatal.

Federico I de Prusia Biografia Vida y Obra Rey Despota Ilustracion

Federico I de Prusia, Biografia Vida y Obra

PRUSIA, EL «REY SARGENTO» Y FEDERICO II EL GRANDE:

Por esa misma esa época, cuando la poderosa Rusia se perfilaba en el horizonte de Europa, comenzó a formarse una topera en el estercolero del Imperio alemán: Brandemburgo-Prusia. Federico Guillermo, el gran príncipe elector, había preparado el terreno (1640-1688), pues siguiendo el modelo francés, había modernizado la administración, creado un ejército permanente y dado una orientación mercantilista a la política económica.

Su hijo, Federico III, obtiene del emperador la dignidad real y en 1701 es coronado rey de Prusia con el nombre de Federico I.

Por lo demás, al igual que Rusia, Prusia era un país atrasado en el que los campesinos eran propiedad de los grandes señores y recibían continuas vejaciones por parte de una casta de arrogantes terratenientes.

Esta es la razón por la que, de forma similar a lo que ocurrió en Rusia, la modernización se introdujo por la vía de la militarización. Con la única diferencia de que en la Prusia protestante la obediencia ciega era idealizada como cumplimiento del deber y se la consideraba un mérito.

En correspondencia, el padre de la patria era un modernizador tan brutal como Pedro el Grande: me refiero a Federico Guillermo I, llamado el «Rey Sargento». Este era una combinación de maestro y soldado. Su eterno compañero era su bastón, con el que golpeaba a todo aquel que le disgustaba; un bastón que era, a la vez, símbolo de las dos instituciones sobre las que construyó la grandeza de Prusia: la escuela el ejército.

En 1722, antes que ningún otro país, Prusia implantó la enseñanza obligatoria, que obligaba a cada comunidad a tener y mantener su propia escuela. Una generación después, Prusia había superado al resto de países europeos en materia de enseñanza general.

Pero la auténtica preocupación del rey era la formación del ejército, por lo que dos tercios del presupuesto estatal se dedicaron a tal fin. Los nobles fueron obligados a seguir una carrera militar y a someterse a una despiadada instrucción.

Gracias a ella, la caballería, la artillería y la infantería adquirieron una capacidad de acción que ningún otro país podía igualar. Por otra parte, el rey sentía debilidad por los tipos altos, que coleccionaba como Pedro el Grande coleccionaba enanos; el resto de sus necesidades las satisfacía divirtiéndose en la sala de fumadores, donde gastaba grandes bromas, como cuando ató un filósofo a la espalda de un oso. En una palabra: era un perfecto bromista al que su hijo no se parecerá en nada.

Tras una larga época de esterilidad, volvernos a encontrarnos con un príncipe alemán que ha pasado a la memoria colectiva de la civilización. Me refiero a Federico II, llamado «el Grande». El simple hecho de haberse opuesto al militarismo de su padre lo convierte ya en una figura importante. Para aquél, el ideal educativo era un tipo de soberano que combinará  las virtudes de un comisario pedante y parco en palabras con la sensibilidad de unas botas militares; pero le salió un hijo que amaba las artes y la literatura, se rizaba los cabellos, hablaba francés en vez del basto alemán propio de un soldado, bromeaba sobre la religión, mantenía extrañas relaciones de amistad con el capitán Katte y el subteniente Keith y tocaba la flauta. En una palabra: aunque el machista de su padre no consideraba a Federico como un afeminado, creía que era demasiado blando para gobernar Prusia.

Cuando en una ocasión su padre lo pillé leyendo poesías en secreto, le dio con la muleta, y en otra ocasión intentó estrangularlo con el cordón de la cortina. Federico se disponía a fugarse a Inglaterra con su amigo Katte, pero los pescaron. El rey ordenó hacerles un juicio sumarísimo y condenarlos a muerte —en esto también se parecía a Pedro el Grande—.

Si el rey perdoné la vida a su hijo, fue por consideración a los otros príncipes europeos a cambio, Federico tuvo que presenciar la ejecución de su amigo Katte y después fue encarcelado. Cuando el padre consideró que su hijo va se había curtido lo suficiente, le hizo estuchar economía y administración de Prusia y le asesté un nuevo golpe casándolo con Isabel Cristina de Brunswick. El príncipe heredero se atrincheré en Rheinsberg y comenzó su correspondencia con Voltaire, que se prolongó durante más de cuarenta años. Se hizo francmasón, alabé las excelencias de la Constitución inglesa y escribió el Antimaquiavelo. En 1740, cuando relevé a su padre, el mundo pudo saludar a un filósofo en el trono real: la Ilustración había arraigado en el corazón del príncipe.

El primer día de su reinado suprimió la tortura; a continuación declaró la libertad de culto la libertad de prensa, y colocó a un libre pensador al frente de la «Academia de las Ciencias» de Berlín, a la que convirtió en una de las mejores academias de Europa. Pero después decepcionó al mundo iniciando una guerra por una nadería y arrebatando Silesia a la amable María Teresa de Austria.

La emperatriz se negó firmemente a reconocer esta conquista, por lo que dispuso una alianza con Rusia y Francia. Adelantándose a ella, Federico da inicio en 1756 a la guerra de los Siete Años. Por vez primera, el mundo comprobó asombrado que detrás de los bosques de la Marca de Brandemburgo había ido creciendo algo nuevo: Prusia, un ejército con un Estado como simple apéndice. A las órdenes del joven general Federico y mantenido únicamente por el dinero que llegaba de Inglaterra este ejército se dirigió contra los ejércitos de las tres grandes potencias aliadas, a los que logró poner en jaque tras gloriosas victorias y aplastantes derrotas.

Ciertamente, Federico hablaba francés, pero hizo que todo su pueblo, que ya se había acostumbrado a la impotencia del Imperio, sintiera que por fin había alguien capaz de mostrar a los demás quiénes eran los alemanes. Federico acabó quedándose con Silesia, y la provincia, que era medio protestante, se hizo prusiana. Gracias a los nuevos recursos y a la superioridad de su ejército, Prusia se convirtió en una gran potencia. La más pequeña de todas ellas, ciertamente, pero una gran potencia en el seno de lo que entonces se llamaba el concierto de los poderes europeos: Francia, Inglaterra. Austria, Rusia y Prusia. Y aguantando como lo hizo en la guerra de los Siete Años, Federico ayudó a Inglaterra, su aliada, a vencer a Francia en la guerra que ambos países mantuvieron por el dominio de las colonias de ultramar.

PRUSIA
En la Edad Moderna, la dinastía Hohenzollern, que gobierna el margraviato desde el siglo XVI, impulsa la organización y la centralización estatal. En los siglos siguientes, Prusia se convierte en una gran potencia europea. En 1701 el príncipe elector Federico III obtiene el título de rey de Prusia. Su sucesor, Federico Guillermo I (1713 – 1740), tuvo como objetivo primordial contar con un poderoso ejército. Organiza entonces el Estado de un modo militar: cada departamento territorial posee un ejército. Federico Guillermo I recibió el nombre de «rey sargento», porque le dio al Estado un carácter militarista que mantuvo hasta el siglo XIX.

Pero fue Federico II (1740 – 1786), el «rey filósofo», quien aplicó los principios del despotismo ilustrado. Impulsó la educación (estableció, por ejemplo, la educación primaria en forma obligatoria por primera vez en el reino), estimuló el desarrollo de la economía, apoyando las tareas agrícolas, artesanales y comerciales; desarrolló algunas industrias como la de la seda, azúcar, papel y la minería. Desde el punto de vista social, todas las clases debían servir al Estado. La burguesía asumía el peso de los impuestos. Fomentó la inmigración de colonos.

Fuente Consultada: La Cultura de Dietrich Schwanitz

Carlos III de España Biografia Vida y Obra Reyes Despotas Ilustracion

Carlos III de España: Biografía, Vida y Obra

Carlos III (1716-1788), rey de las Dos Sicilias (1734-1759) y rey de España (1759-1788), el representante más genuino del despotismo ilustrado español.

Hijo del rey español Felipe V y de Isabel de Farnesio, nació el 20 de enero de 1716 en Madrid. Heredó de su madre en 1731 el ducado italiano de Parma, el cual ejerció hasta 1735, junto al de Plasencia (Piacenza), bajo la tutela de su abuela materna (Dorotea Sofía de Neoburgo).

Después de que su padre invadiera en 1734 Nápoles y Sicilia, al año siguiente, y por medio de la firma del Tratado de Viena —que ponía fin a la guerra de Sucesión polaca—, fue reconocido como rey de las Dos Sicilias (título que recogía los dos reinos italianos de Nápoles y de Sicilia, que ya ejercía desde un año antes) con el nombre de Carlos VII.

Como tal, adoptó reformas administrativas considerables y llevó a cabo una política de obras públicas que embellecieron la capital napolitana. En 1738, contrajo matrimonio con María Amalia de Sajonia.

En 1759, accedió al trono español, tras producirse el fallecimiento de su hermanastro, Fernando VI. Hombre de carácter sencillo y austero, estuvo bien informado de los asuntos públicos. Fue consciente de su papel político y ejerció como un auténtico jefe de Estado. Su reinado español puede dividirse en dos etapas; el motín contra Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache (1766), es la línea divisoria entre ambas.

PRIMERA FASE DE SU REINADO ESPAÑOL 

En el primer periodo, los políticos más destacados fueron Ricardo Wall y Devreux, Jerónimo Grimaldi, el marqués del Campo del Villar y el marqués de Esquilache. El equipo de gobierno llevó a cabo una serie de reformas que provocaron un amplio descontento social. La aristocracia se vio afectada por la renovada Junta del Catastro, dirigida a estudiar la implantación de una contribución universal, o por la ruptura de su prepotencia en el Consejo de Castilla.

Por su parte, el clero recibió continuos ataques a su inmunidad. Se limitó la autoridad de los jueces diocesanos, se logró el restablecimiento del pase regio (facultad regia de autorizar las normas eclesiásticas) y se redujeron las amortizaciones de bienes. A todo ello vino a unirse el descontento popular provocado por la política urbanística en Madrid (tasas de alumbrado o prohibición de arrojar basuras a la calle, por ejemplo), los intentos de modificación de las costumbres (bando de capas y sombreros) y algunas reformas administrativas y hacendísticas.

SEGUNDO PERIODO 

El Domingo de Ramos (23 de marzo) de 1766 estalló el motín en Madrid y en varias provincias, de forma muchas veces simultánea. Los amotinados proferían vivas al Rey y pedían la destitución del marqués de Esquilache y su camarilla de extranjeros. En las provincias se gritaba además contra los especuladores, representantes del poder local. Esquilache fue destituido y se tomaron una serie de medidas sobre el abastecimiento y el precio del grano. Con el restablecimiento del orden social se inició la segunda etapa del reinado.

La política pasó a estar en manos de una serie de administradores e intelectuales nuevos, como José Moñino, conde de Floridablanca, Pedro Rodríguez Campomanes, Pedro Pablo Abarca, conde de Aranda, o Gaspar Melchor de Jovellanos, que aseguraron una continuidad en las reformas. La primera medida del nuevo equipo fue la expulsión de los jesuitas (febrero de 1767), a quienes el Dictamen Fiscal, elaborado por Campomanes, acusaba de instigadores del motín y enemigos del Rey y del sistema político, a la vez que denunciaba su afán de poder y de acumulación de riquezas y cuestionaba su postura doctrinal.

Al margen de este hecho, el segundo periodo del reinado español de Carlos III se caracteriza por una profunda renovación en la vida cultural y política. De la primera cabe destacar el intento de extensión de la educación a todos los grupos de la sociedad, mediante el establecimiento de centros dependientes de los municipios o de las Sociedades Económicas de Amigos del País, la creación de escuelas de agricultura o el equivalente a las de comercio en diversas ciudades, las propuestas de reforma de los estudios universitarios (1771 y 1786) y, en fin, el estímulo de la actividad de la Real Academia Española, cuya Gramática castellana (1771) se impuso como texto en las escuelas.

De las innovaciones políticas sobresalen: la reforma del poder municipal y las propuestas económicas, cuyas líneas más significativas fueron la remodelación monetaria y fiscal, los intentos de modernización de la agricultura y la liberalización de los sectores industrial y comercial.

El 26 de junio de 1766, un Real Decreto establecía que en todos los pueblos de más de dos mil vecinos se nombraran cuatro diputados del común, que intervinieran con la justicia y los regidores en los abastos del lugar. Tendrían además voto y asiento en el ayuntamiento. La reforma, que fue perfilada con sucesivas órdenes, suponía sobre el papel una grave amenaza para el monopolio de las oligarquías urbanas. Las gentes del común se inhibieron, en general, y esto fue suficiente para que los grupos tradicionales mantuvieran el monopolio del poder municipal.

Las medidas más significativas en política monetaria fueron: las remodelaciones de marzo de 1772; la emisión de vales reales, el primer papel moneda de España, iniciada en septiembre de 1780; y la creación del Banco de San Carlos, en julio de 1782. En el terreno fiscal sobresalió, sin duda, el intento de establecimiento de la contribución única. En el sector agrario se favoreció la estabilidad del campesinado, se congelaron los arriendos y se abordó la confección de una ley agraria, que no vería la luz hasta 1794.

En cuanto a los ámbitos industrial y comercial, la lucha contra la rigidez del sistema gremial, o el establecimiento del libre comercio de España con las Indias (1778), son una muestra del acercamiento al liberalismo económico.

En 1787, Carlos III aprobó la creación de un nuevo órgano de gobierno, la Junta de Estado, a instancias del marqués de Floridablanca. El monarca falleció el 14 de diciembre de 1788 en Madrid, y fue sucedido por su hijo Carlos, que pasó a reinar como Carlos IV. De entre los otros doce hijos que tuvo de su matrimonio con María Amalia de Sajonia, destaca Fernando I de Borbón, rey de las Dos Sicilias, el cual, desde 1759, le había sustituido como rey de Nápoles.

Expulsión de los Jesuitas de América Por Carlos III

Fuente Consultada:
La Cultura de Dietrich Schwanitz y Atlas de Historia del Mundo
Congregación San Isidro de Naturales de Madrid

Catalina de Rusia Obra de Gobierno El Despotismo Ilustrado

Catalina de Rusia – Su Gobierno – El Despotismo Ilustrado

Catalina II, llamada la Grande, fue uno de los estadistas más grandes que tuvo Rusia. Consiguió el poder absoluto apoyándose en la nobleza, a la que unió a la administración del país. Atribuyó a los nobles numerosos privilegios, pero los siervos perdieron toda esperanza de que mejorara su suerte. Su política exterior le proporcionó varios éxitos, y a Rusia, nuevos territorios. Dotó al país de un poderío que iba a permitirle representar un buen papel en  Europa

En el período comprendido entre la muerte de Pedro el Grande y la subida al trono de Catalina II, llamada también la Grande, varios zares y zarinas gobernaron a Rusia. La esposa de Pedro el Grande, Catalina I, fue la primera en subir al trono (1725-1727); luego su nieto Pedro II (1727-1730), su sobrina Ana Ivanovna (1730-1740) e Iván VI (1740), a quien destronó, al año siguiente, la hija de Pedro el Grande, Isabel. Ésta, que sólo pensaba en placeres y recepciones, no estaba preparada para asumir la responsabilidad del trono.

La vida de la corte, en San Petersburgo, era inconcebiblemente fastuosa, en tanto la del pueblo era un rosario continuo de miseria y privaciones. La zarina Isabel hubo de reprimir por la fuerza varias sublevaciones de campesinos. A la muerte de ésta, ocurrida en 1762, la corona imperial ciñó las sienes de su sobrino Pedro, nieto de Pedro el Grande.

En 1745 Pedro III desposó a Sofía Augusta Federica de Anhalt-Zerbst, princesa alemana cuya educación e inteligencia eran muy superiores a las de su marido, cosa ésta no demasiado difícil porque Pedro III era un ser brutal que no dudaba en afrentar a su esposa en público. Pedro III gozaba de escasa popularidad, pues los medios conservadores le reprochaban sus simpatías por los prusianos y también el clero estaba en contra de él.

Murió asesinado el 17 de julio de 1762, poco después de subir al trono, probablemente a manos de Alexis Orlov. No hay pruebas de que su esposa estuviera complicada en el asesinato; en todo caso, sucedió a su marido en el trono y acabó convirtiéndose en Catalina II, la Grande.

Con Catalina II Rusia tuvo un gran período de expansión y progreso. Catalina, princesa alemana, había contraído matrimonio con el heredero ruso, el ulterior Pedro III. No sentía interés alguno por su esposo débil e inútil, al que sustituyó por numerosos amantes cortesanos, muchos de los cuales gozaron de influencia política. Seis meses después de ser proclamado zar, el impopular Pedro III fue depuesto y asesinado por una facción liderada por el amante de Catalina en la época, Grigori Orlov.

Catalina se convirtió en emperatriz de Rusia en junio de 1762 y su reinado se prolongó 34 años. Instituyó reformas en la sociedad rusa que favorecieron a los nobles. Les devolvió los derechos hereditarios de los que los había desposeído Pedro el Grande y les garantizó tierras y siervos. También intentó emprender reformas en la agricultura, impulsando una economía libre y alentando la inversión extranjera en las zonas subdesarrolladas. Sin embargo, para el pueblo ruso la vida apenas experimentó cambios y su regencia estuvo plagada

Para fortalecer su precaria posición, además de su gran inteligencia empleó sus armas de mujer. Ciertamente, sus predecesoras también habían rendido homenaje al principio del amor libre, pero Catalina convirtió esta práctica en una nueva forma de gobierno: se aseguró la lealtad de sus sucesivos ministros sacrificando su castidad en el altar de la política.

En otras palabras: sus ministros fueron también sus amantes, y viceversa: monogamia en serie de base política. Si en Inglaterra el primer ministro era elegido por la fracción del grupo mayoritario, en Rusia Catalina adoptó el papel de la fracción. Entre sus favoritos estaba el príncipe Potemkin, quien se hizo un nombre con su invento: los prósperos pueblos irreales, compuestos únicamente de fachadas, con los que lograba embaucar a la zarina.

Catalina era una filósofa ilustrada de la misma especie que Voltaire. Mantuvo correspondencia con él, al igual que con casi todos los philosuhes de la Ilustración. Desde el punto de vista político, continuó las reformas de Pedro el Grande: puso la jurisdicción sobre la servidumbre en manos de los jueces. arrebatándosela a los señores; suprimió la tortura y afianzó la tolerancia religiosa, que había vuelto a resentirse tras la muerte de Pedro el Grande; sometió la Iglesia ortodoxa al Estado y fomentó la educación con la creación de escuelas yacademias, aunque la Iglesia volvió a frenar su desarrollo; no se olvidó de la educación de la mujer y fundó escuelas para niñas; levantó hospitales, mejoró la sanidad y demostró la inocuidad de las vacunas, siendo la segunda rusa que se vacunó contra la viruela.

Como Pedro el Grande, Catalina procuró occidentalizar Rusia y amplió los territorios hacia el oeste y el sur. En 1768 provocó la primera de las guerras con el Imperio Otomano al entrar una tropa de cosacos en territorio otomano y masacrar a los habitantes de Balta. A la conclusión de la guerra, Catalina se había anexionado el anterior estado otomano de Crimea, en el mar Negro, que dio a los rusos acceso a numerosos puertos vitales en el sur y los reforzó aún más. La expansión hacia el oeste se saldó con el control de Polonia y Lituania, que habían quedado debilitadas por una serie de guerras contra los rusos, suecos y prusianos durante el siglo XVII. El declive del Gobierno polaco permitió a los rusos hacerse con el control y, en 1764, Catalina sentó en el trono polaco a otro de sus amantes.

Las particiones de Polonia ocurridas en la segunda mitad del siglo XVII derivaron en el reparto del territorio lituano en manos polacas entre Rusia, Prusia y Austria; Rusia se anexionó la mayor parte. Pero a Catalina no solo le interesaban las ganancias territoriales, sino que también intentó inyectar algunos elementos de la Ilustración europea en la cultura rusa y se convirtió en una gran mecenas de las artes. Catalina falleció en 1796 y fue sucedida por su hijo Pablo I.

Si bien su favoritismo fortaleció los privilegios de la nobleza, la zarina continuó impulsando la política industrial de Pedro el Grande. Y entre tanta actividad, todavía encontró tiempo para componer óperas, poemas, dramas, cuentos, tratados y libros de memorias. Editó una revista satírica anónima, en la que colaboró regularmente, yescribió una historia de los emperadores romanos. Junto a Isabel de Inglaterra y Cristina de Suecia, ha sido una de las soberanas más excepcionales que jamás hayan subido al trono.

OBRA DE GOBIERNO: Las reformas políticas que Catalina II dejó establecidas de común acuerdo con la nobleza sobre la división administrativa de Rusia permanecieron inalterables hasta la revolución de 1917. El imperio quedó dividido en 50 provincias, y cada una de éstas en determinado número de distritos. Estos distritos gozaban de cierta autonomía, así como de separación entre el poder y la justicia.

A diferencia de los boyardos, los campesinos, aún esclavizados, carecían de influencia y ya no podían esperar que en lo sucesivo mejorara su suerte. La aristocracia gozaba de ventajas en todos sentidos. Un decreto de 1785 les eximió del pago de impuestos y de cualquier servicio obligatorio. Los nobles podían disponer a su antojo de sus dominios; ediñcar fábricas o dedicarse al comercio. Eran los únicos que podían poseer tierras; tenían derecho de vida y muerte sobre los siervos, y estaban facultados para deportarlos a Siberia a la menor desobediencia.

Este sistema político-económico hizo prosperar las fábricas patrimoniales. Su número, que era de 984 en 1776, había llegado a 3.161 a la muerte de Catalina II en 1796. Entre las reformas establecidas por esta reina cabe mencionar la vacunación, así como la instauración de escuelas oficiales copiadas de las austríacas. Sin embargo, esta tentativa constituyó un rotundo fracaso.

Catalina II se rodeaba de favoritos que la obedecían ciegamente, pero no por ello dejaban de influir a su vez sobre la zarina. Entre ellos conviene citar a los generales Potemkin y Suvorov. Aunque este último fuera uno de los más brillantes estrategos que jamás haya tenido Rusia, Catalina II nunca le otorgó la misma confianza que depositara en Potemkin, quien fue durante muchos años su principal consejero.

La política exterior de Catalina II siguió los mismos derroteros que la de Pedro el Grande, y sus intentos de expansión hacia el mar Negro y Occidente se vieron coronados por el éxito. En 1772 se efectuó el primer reparto de Polonia, y gracias a él Rusia se benefició de una importante zona fronteriza. Con el segundo y tercer repartos efectuados en 1793 y 1795, Rusia se anexionó no solamente unos territorios que étnicamente eran rusos, sino también una parte importante de la propia Polonia. Como botín de las dos guerras que sostuvo con los turcos, de 1768 a 1774 y de 1787 a 1793, consiguió la península de Crimea y tener acceso al mar Negro.

A propuesta de Potemkin, Catalina II realizó en 1787 un viaje por el sur de Rusia para conocer los nuevos territorios de la corona imperial. Cuentan que Potemkin, queriendo dar a la zarina la impresión de que las regiones que acababa de conquistar se hallaban en plena actividad, mandó llevar hasta allí a miles de esclavos, a los que encargó la edificación de una falsa aglomeración de edificios. Las fachadas, construidas apresuradamente, escondían detrás casas inacabadas y hasta verdaderos montones de ruinas. No ha podido demostrarse la exactitud histórica de esta anécdota, si bien es verdad que aquellas regiones estaban prácticamente deshabitadas.

A diferencia de lo que había sucedido hasta entonces, Catalina tuvo buen cuidado de no mezclar su vida privada con sus actividades de emperatriz. Catalina, que amaba los edificios hermosos y admiraba la arquitectura de la Roma de los cesares, tomó a su servicio a tres arquitectos: el escocés Cameron, el italiano Qua-renghi y el ruso Starov.

La obra más conocida de este último es el palacio de Táurida, que Catalina regaló a Potemkin. Cameron era, con todo, su preferido, y permaneció con la emperatriz hasta su muerte. Quarenghi era, de los tres, el que poseía más talento. Catalina dedicó enormes sumas a la construcción de edificios públicos, iglesias y palacios. También coleccionó importantes obras de arte, entre las que había cuadros de Rafael, Murillo, Van Dyck, Rembrandt y otros famosos pintores. A la muerte de Catalina II, acaecida en 1796, San Petersburgo era una de las ciudades más ricas de Europa.

PARA SABER MAS…
RUSIA

En la Edad Media, los vikingos de Suecia levantan fortalezas y pequeños reinos o señoríos en la actual Rusia. A mediados del siglo IX se forma el reino de «rus», nombre genérico con el que se denominaba a los varegos.
En el siglo XII hubo una invasión de mongoles que conquistaron todo el territorio.

Iván III el Grande (1462 – 1505), casado con la princesa bizantina, Sofía Paleólogo, se proclamó «zar de todas las Rusias» y ordenó la construcción del Kremlin (fortaleza), para residencia del rey.

En esta época se transforma el principado en un Estado unitario. Miguel (1613 – 1645) inauguró la dinastía Romanov, que gobernó el Estado ruso hasta 1917. La nueva dinastía puso fin a una época de conflictos. Comenzó entonces la Edad Moderna para Rusia. Los nuevos zares fortalecen la autoridad de la monarquía y comienza a sentirse la influencia cultural de Occidente, al aumentar los contactos comerciales con los países europeos del Oeste.

Pedro I el Grande (1689 -1725) emprende una intensa reorganización del Estado. Reforma el sistema administrativo y el ejército, funda la ciudad de San Petersburgo, que se convierte en la capital del Imperio.
En 1762 subió al trono Catalina II la Grande, representante más destacada del despotismo ilustrado en Rusia. La zarina prestó especial atención a las consideraciones de los filósofos del siglo.

Encaró una reforma en la administración territorial (dividió el territorio en gobiernos y distritos), fomentó las actividades económicas y la inmigración de familias de campesinos y artesanos.

Apoyó la enseñanza y las actividades culturales. No obstante, la educación estaba dirigida a las clases aristocráticas.

La mayoría de la población rusa se componía de campesinos, no existía en el país una fuerte burguesía mercantil y urbana, como en algunos países de Europa Occidental.

Fuente Consultada: La Cultura de Dietrich Schwanitz y Atlas de Historia del Mundo

Pedro I El Grande de Rusia Biografia Vida y Obra Carlos XII de Suecia

Pedro I El Grande de Rusia – Biografía Vida y Obra

POLONIA: JUAN III SOBIESKI Y AUGUSTO EL GRANDE: Polonia padecía la misma enfermedad que el Sacro Imperio Romano Germánico: tras su unión con Lituania (1569) su territorio abarcaba las extensísimas llanuras situadas entre el Báltico y el mar Negro: pero, al igual que había sucedido en Alemania, la nobleza impidió la formación de una fuerte monarquía hereditaria. Todos los reyes polacos eran elegidos, y en la Dieta bastaba un solo voto en contra para impedir una resolución (liberum veto).

En 1674, cuando los polacos eligieron rey al valeroso general Juan Sobieski, estaban eligiendo a un héroe romántico: Sobieski tenía un aspecto regio, era un general brillante y genial y avivaba la fantasía de los polacos por su romance con la bella María Casimira su amor de juventud.

Cuando Juan tuvo que marchar a la guerra ella se casó con un infeliz; a su regreso, seguía perdidamente enamorado de ella y se convirtió en su amante: el pobre infeliz murió de cortesía, y los amantes se unieron.

Su gran objetivo era transformar Polonia y derrotar a los turcos. Cuando éstos ocuparon Viena en 1683, Juan Sobieski y su ejército polaco la liberaron de los turcos.

Su corte se convirtió en un centro de la Ilustración, y se puede decir que protestantes y judíos gozaban de libertad religiosa. Desde el punto de vista cultural, abrió Polonia a la influencia francesa desde el punto de vista político, sin embargo, no pudo reformarla. Cuando murió, los miembros de la Dieta fueron sobornados y eligieron rey al príncipe de Sajonia, Augusto II el Fuerte, lo suficientemente ilustrado, y lo suficientemente falto de prejuicios, como para cambiar su fe protestante por la católica y convertirse así en rey de Polonia.

RUSIA Y PEDRO I EL GRANDE

Pese a haber avanzado va tanto en nuestro relato, ésta es la primera vez que mencionamos a los pueblos eslavos orientales, que, desde su unión bajo el reinado de Rurik (862), rey de los vikingos, eran llamados «Rus». Bajo Vladimiro I el Santo (980-1015), los rusos se convirtieron al cristianismo en su versión ortodoxa griega y adoptaron los ritos de la Iglesia bizantina.

El centro de la cultura rusa era Kiev. A partir de 1223, Gengis Kan, el mongol expansionista, ataca a los rusos, y en 1242 Rusia se convierte en una parte del Imperio mongol de la Horda de Oro. Aunque controlados por los mongoles, los grandes príncipes siguieron gobernando de forma relativamente independiente. Iván 1 (1323-1340) convierte a Moscú en la capital de los rusos. En 1472, Iván III libera a Rusia del dominio mongol, se proclama gran príncipe de todos los rusos y los símbolos de su ejército dicen claramente que se considera a sí mismo el sucesor del imperio bizantino, caído en 1453.

Por eso su hijo Basilio III se nombró zar (emperador) e hizo que arquitectos italianos levantaran la ciudadela de Moscú, el Kremlin. Su hijo Iván IV (1533-1584) se ganó el mote de «el Terrible», porque aplastó brutalmente a todos cuantos se resistieron a su poder autocrático; pero al mismo tiempo modernizó el Imperio y creó la guardia imperial (los «streitsv) En 1613 se extingue la dinastía de los Ruríkidas, y su lugar lo ocupará hasta 1917 una rama de esta familia, los Romanov.

A partir de 1682 y con la ayuda de los «streitsv», Sofía ejercerá la regencia durante la minoría de edad de su incapacitado hermano y de su hermanastro Pedro 1. Mientras tanto, éste tuvo tiempo de frecuentar la llamada «colonia alemana» de Moscú y comprobar que los extranjeros que allí residían eran muy superiores a los rusos en lo que se refería a la educación, la cultura y, especialmente, la técnica.

En efecto, Rusia vivía aletargada en la Edad Media. No había pasado por el derecho romano, el Renacimiento y la Reforma: lo único que había vivido era el despotismo mongol. Los campesinos sólo conocían la dureza de la tierra, el látigo de su señor el murmullo de los pastores ortodoxos, que en la penumbra de las iglesias movían los incensarios ante los iconos dorados en un eterno vaivén.

En 1689 —un año después de la Revolución gloriosa de Inglaterra—, año en el que Pedro I se hizo con el poder, comienza para Rusia una nueva época, pues pocas veces un príncipe ha transformado tanto su país como el zar Pedro 1 transformó Rusia. Sólo Lenin, al que tanto se asemeja, podrá superarlo.

A Pedro l le obsesionaba la idea de poner fin al distanciamiento con respecto a Europa en el que vivía Rusia y su propósito era abrir un acceso al mar, ya al Mar Negro —lo que significaba la guerra con los turcos—, ya al Báltico —lo que significaba la guerra con los suecos, que en aquel tiempo dominaban el Báltico y eran una gran potencia europea—.

Primero lo intentó con los turcos. Cuando sufrió una derrota, comprendió que era hora de modernizar el país. Y así comenzó uno de los más sorprendentes episodios de la vida de un soberano. Formó un grupo de aproximadamente doscientos cincuenta hombres, a los que envió a Europa occidental para que aprendieran construcción naval y otras habilidades, e incluso se hizo pasar por uno de ellos. Corno es lógico, muy a menudo se daba a conocer. A la princesa viuda de Brandemburgo le llamó la atención la antipatía de Pedro 1 por el cuchillo y el tenedor, tanto como la asombré que a los rusos les molestaran los duros huesos de las damas alemanas cuando bailaban con ellas: habían confundido las varillas de sus corpiños con sus huesos.

En Zaandarn, la meca holandesa de la construcción naval, Pedro 1 vivió una temporada haciéndose pasar por carpintero de ribera, concretamente en la casita de un trabajador, Gerit Kist. Más tarde se colocaría en la casita esta inscripción: «Para un gran hombre nada es demasiado pequeño», y Lortzing homenajearía a Pedro I el Grande en su ópera Zar y el carpintero. Durante diez meses, trabajó diariamente como cualquier otro en la construcción de un barco, por la noche estudiaba la teoría. También visitó a los eruditos y científicos: Leeuvenhoek le permitió mirar por el microscopio; en la sala de disección de Boerhaave pudo acercarse al interior del cuerpo humano; asistió a conferencias sobre ingeniería y mecánica y hasta aprendió a extraer las muelas, arte que practicó con sus subordinados.

Envió a Rusia cargamentos enteros con los últimos instrumentos y herramientas, y después a cientos de capitanes, oficiales del ejército, cocineros y médicos para formar a su gente. Viajó a Londres y a Viena y, de vuelta, hizo un alto en el camino y pasó por Polonia para visitar a Augusto II el Fuerte. Trabaron inmediatamente una profunda amistad, pues por fin ambos habían encontrado a alguien con quien competir en sus dos disciplinas favoritas: beber doblar vajillas de plata. Mientras se dedicaban a estos menesteres, decidieron unirse y arrebatar a Suecia sus posesiones continentales. Con la incorporación de Dinamarca a la coalición, comenzó la guerra del Norte, que se inició en 1700 y concluyó en 1721.

CARLOS XII Y SUECIA

BIOGRAFÍA: CARLOS XII (Estocolmo, 1682 – Fredrikshald, 1718). Hijo de Carlos XI, a los 16 años entró en campaña contra los dinamarqueses y a los 18 infligió una sangrienta derrota a los rusos y después a los polacos y sajones, aliados de aquéllos. En 1708-09 llevó a cabo en Rusia una campaña memorable, en la que obtuvo grandes triunfos, pero fue derrotado en Poltava (1709). Huyó a Turquía, donde permaneció tres años. En una atrevida fuga volvió a Suecia e inició una campaña contra Noruega, pero murió destrozado por una granada.

Nacido para la guerra: Cuando el rey Carlos XI murió a los 42 años de cáncer estomacal, su hijo de 14 años ya podía gobernar. Desde los seis años dejó de ser cuidado por mujeres y aprendió a disfrutar de deportes rudos, juegos militares y pruebas de resistencia autoimpuestas. Tenía 11 años al morir su madre: ese año cazó su primer oso. Decidió que no era muy deportivo usar armas de fuego contra los osos y optó por un tridente.

A excepción de un fugaz coqueteo, no buscó la compañía de mujeres y no se casó. Carlos XII se encontró desde muy pequeño obsesionado con la victoria en batalla. Dotado de una inteligencia poco común, el muchacho aspiraba a ser como Alejandro Magno, cuya biografía llevó consigo toda la vida. Plenamente convencido de que la justicia y la verdad estaban sobre todas las cosas, estudió la Biblia e hizo que su ejército luterano rezara dos veces al día. Sin embargo, a pesar de sus ideales y múltiples aptitudes, su conducta en la adolescencia fue el escándalo de Estocolmo.

Fue la guerra de un estratega genial, el rey sueco Carlos XII, contra el invierno ruso. Carlos ganó todas las batallas, venciendo a Dinamarca, a Polonia y a Pedro I el Grande, cuyo ejército todavía no había alcanzado el suficiente grado de formación. Carlos venció y de puso a Augusto II el Fuerte, y desde Polonia comenzó su marcha hacia la ancha Rusia. En este sentido fue un precursor de Napoleón y Hitler.

El zar Pedro 1 emprendió la retirada, incendiando todas las ciudades y depósitos de provisiones que encontraba a su paso. Así logró conducir a Carlos XII hasta el desértico interior del país. Luego vino el invierno, que en esta ocasión fue especialmente crudo: a los suecos se les helaban las manos y los pies.

Finalmente, el 1| de mayo de 1709, tuvo lugar la batalla de Poltava (suroeste de Charkow, Ucrania), que fue el Stalingrado del siglo XVIII Después de la batalla, vencido Carlos XII, el mundo cambió: Rusia se encuentra a las puertas de Europa y toma el Báltico y Ucrania. Augusto II el Fuerte sube de nuevo al trono polaco gracias a Pedro I; Carlos XII logra huir a Turquía y vuelve a poner en peligro a Pedro I con un ejército turco; pero cuando el sultán se cansa de él, cabalga durante catorce días a marchas forzadas desde Estambul a Stralsunci, defiende la ciudad contra los ocupantes, regresa a Suecia, forma nuevas tropas y cae, con tan sólo treinta seis anos de edad, cuando ataca Noruega.

Carlos XII fue el Aníbal sueco. Fue un estratega genial, estuvo a punto de restablecer el dominio vikingo sobre Rusia, pero logró lo contrario de lo que se proponía: enterró a la gran potencia sueca y ayudé a nacer a Rusia.

LAS REFORMAS DE PEDRO I EL GRANDE

La modernización de Rusia llevada a cabo por Pedro es tan despótica como la posterior sovietización del país por parte de Lenin y Stalin. Lo primero que tenían que hacer los rusos era cortarse la barba. Quien no lo hacía debía pagar un impuesto. En segundo lugar, la vestimenta tradicional debía desaparecer. El zar vacié las casas de acogida de mujeres, recorté el poder de la Iglesia ortodoxa, prohibió ordenar sacerdotes a los místicos y a los fanáticos e introdujo la tolerancia religiosa. Sustituyó la nobleza de sangre por una especie de nobleza basada en el mérito y dividida en rangos que dependían de la relevancia de los servicios prestados al Estado.

El gobierno estaba compuesto por un senado y distintos ministerios. Los gobernadores provinciales debían responder ante el senado. En las ciudades había tres clases sociales: ricos comerciantes y gente con carrera, maestros y artesanos, trabajadores y empleados.

La comunidad rural (mir) continuó siendo una corporación colectiva y la servidumbre permaneció intacta. Al mismo tiempo, el zar desarrollé una activa política industrial y fomenté la minería, la artesanía y el sector textil. Corno sucedería después en la colectivización soviética, los campesinos fueron forzados a trabajar en la industria, lo que dio lugar a una especie de esclavitud industrial.

Finalizada la guerra contra Suecia, el zar introdujo en el país el libre comercio. Implanté el calendario juliano (protestante), impuso la escritura cirílica (la Iglesia seguía usando la escritura eslava), hizo imprimir periódicos, fundó bibliotecas y copió el «gimnasio» alemán (los centros de educación secundaria). Importó actores de Alemania, arquitectos de Italia y científicos de todos los países europeos. Pero, sobre todo, desplazó Rusia hacia el Báltico, donde levantó la nueva capital imperial: San Petersburgo.

Así como las grandes obras soviéticas posteriores se realizaron con los trabajos forzados de los presos de losgulags o campos de concentración rusos y de los prisioneros de guerra, San Petersburgo fue levantada con el trabajo de los esclavos rusos y de los prisioneros de guerra suecos. En el delta del Neva se asentaron más de ciento veinte mil personas.

Pese a estar construida sobre terrenos cenagosos, San Petersburgo se expandió rápidamente; Pedro mandó construir un sistema de canales que drenaban las aguas de la tierra e hicieron que la ciudad pasara a ser conocida como la «Venecia del Norte».

También reclutó a gran número de campesinos para que trabajaran en los suntuosos proyectos de construcción diseñados por equipos de arquitectos e ingenieros europeos. Para asegurarse de que la obra en San Petersburgo se concluyera sin demora, Pedro prohibió construir edificios de piedra fuera de la ciudad y todos los mamposteros fueron llamados a trabajar en la capital. En 1 714, Pedro ordenó edificar un palacio de verano y posteriormente uno de invierno junto al río Neva.

Dada la ubicación estratégica de la ciudad junto al puerto, gran parte de ella quedó ocupada por edificios dedicados a la construcción naval y la Armada, el principal de ellos el complejo del Almirantazgo. En el año 1725, fecha de la muerte de Pedro, un 90 por ciento del comercio de Rusia pasaba ya por San Petersburgo. A la muerte del emperador, la construcción en la ciudad pro­siguió y se levantaron diversas iglesias y palacios barrocos.

Pedro el Grande murió a la edad de cincuenta y dos años odiado por todos. Fue una figura similar a Enrique VIII de Inglaterra o Lenin: extremadamente cruel, resuelto, poseído por un ideal, inusitadamente vital, obstinado, capacitado y desconsiderado. Modernizó a su país por la fuerza. De este modo sirvió de ejemplo a sus sucesores Lenin y Stalin, pero también a Gorbachov. Desde entonces Rusia oscila entre el eslavismo y la occidentalización.

Para 1703, en las tierras el norte del mar Báltico Pedro había comenzado la construcción de una nueva capital: San Petersburgo, su ventana hacia occidente y el símbolo de que Rusia miraba hacia Europa. Construida sobre marismas edificación costó las vidas de miles de campesinos y se terminó durante la vida de Pedro; sin embargo, fue la capital de Rusia 1917. Modernizó y occidentalizó Rusia a tal grado que se convirtió en una potencia militar y, al momento de su muerte en 1725,  era miembro importante del sistema de estados europeos. Pero sus políticas resultaron perjudiciales para Rusia. La occidentalización  fue una especie de impostura, puesto que la cultura europea sólo fue accesible para las clases altas, en tanto que el verdadero objetivo de las reformas —la creación de un ejército fuerte— sólo significó mayores cargas para las masas del pueblo ruso. La manera forzada mediante la cual Pedro el Grande impuso la occidentalización provocó desconfianza hacia Europa y la civilización occidental. Pedro el Grande forzó tanto a Rusia que, después de su muerte, una reacción aristocrática deshizo gran parte de su obra.

ANÁLISIS DE LAS REFORMAS DE PEDRO I: Pese a lo superficiales que fueron las reformas de Pedro Grande, consiguieron librar a Rusia de su aislamiento. Las clases dirigentes se volvieron en lo sucesivo hacia Europa en lugar de orientarse hacia la mentalidad asiática y adoptaron las formas de vida y la cultura europeas, decidiendo de este modo su futuro.

Se ha dicho que Pedro I falseó la evolución de su pueblo al imponen) la cultura occidental como una especie de camisa de fuerza; otros, en cambio, consideran a Pedro el Grande como fruto de un necesidad histórica, proporcionando a su pueblo las reforma adecuadas a sus más hondas exigencias. La antigua Rusia había agotado sus energías, su misión estaba cumplida, había desempeñado su papel histórico y podía ya desaparecer, para dejar paso a la nueva Rusia que debía surgir.

Como dice el filósofo soviético Soloviev, “el pueblo ruso estaba dispuesto a ponerse en marcha sólo esperaba un jefe. La contribución personal de Pedro a esta evolución pudo llevarse a cabo gracias a su extraordinaria fuerza de voluntad. Pero esta misma energía no permitió en ningún momento al desgraciado pueblo ruso recuperar alientos, y sentar las bases de aquella prosperidad material sobre la cual debe asentarse necesariamente la cultura.

Los primeros Romanov habían oprimido también al pueblo ruso con elevados impuestos, pero a los mujiksjamás se les ocurrió el hacer responsable de ello a aquel zar que les resultaba tan lejano, inaccesible, rodeado de un halo de misterio y que dominaba a su pueblo como el cielo domina a la tierra, un soberano que nunca aparecía en público.

Todos los males que gravitaban sobre el pueblo eran atribuidos a los boyardos y a los funcionarios; desde Pedro el Grande, el zar de todas las Rusias se había despojado de su aureola, y parecía haber descendido del trono poco menos que celeste en que sus predecesores se asentaban con intocable majestad; el zar Pedro vivía y trabajaba en medio de su pueblo, como un simple mortal; no se mostraba vestido de púrpura y con la corona ciñendo sus si enes, sino manejando cualquier, herramienta y con la pipa en los labios. Destruyendo de ésta manera su mito personal, Pedro se exponía al descontento del pueblo. “Nunca hasta ahora —se lamentaban los rusos— la vida ha sido tan dura. ¡Ojalá muera el zar!”

Fuente Consultada: La Cultura de Dietrich Swanittz

Representantes del Despotismo Ilustrado:Carlos III,Catalina de Rusia

Representantes del Despotismo Ilustrado:Carlos III,Catalina de Rusia

Carlos III de España

Federico El Grande

Pedro I de Rusia

Catalina de Rusia

Carlos III de España Federico El Grande Pedro I de Rusia Catalina de Rusia

REPRESENTANTES DEL DESPOTISMO ILUSTRADO:

Al alborear el s.XVIII, casi toda Europa está gobernada por reyes o príncipes. Sin embargo, la institución monárquica, como todo régimen político, está constantemente buscando su legitimidad. Esta institución tiene muchos aspectos: absoluta en España y Francia, la monarquía está atemperada en Inglaterra por el Parlamento y en Alemania por los privilegios de las ciudades o de las Iglesias. La civilización de las Luces, donde el pensamiento político es muy vivo, va a intentar definir el tipo de poder que corresponde a los nuevos tiempos. A esto es a lo que responde lo que empieza a llamarse el despotismo ilustrado.

La experiencia republicana de la época de Cromwell, el ejemplo de los cantones suizos o de las repúblicas italianas, el desarrollo de la libertad en las Provincias Unidas, son elementos que alimentan profundamente la reflexión de los pensadores y de los políticos en busca de la mejor forma posible de gobierno.

El triunfo del Estado

En el s. XVIII, como había ocurrido en el XVI, se publica un gran número de proyectos utópicos más o menos inspirados en la Antigüedad. Estas utopías confirman casi siempre que el fundamento de la vida colectiva está en el Estado. ¿Cómo organizar este Estado para que se encuentre al abrigo de las pasiones personales y de las reacciones irracionales de los pueblos? Confiando el poder a un soberano que conserve una parte de su carácter divino, a causa de su nacimiento privilegiado, y que sea lo suficientemente «ilustrado» para gobernar no en función de sus intereses personales, sino en bien de sus súbditos.

El ejemplo inglés

Inglaterra sigue siendo, con mucho, el gran modelo de organización política. La autoridad del soberano es real, aunque limitada por tradiciones no escritas, y es en el respeto a las instituciones monárquicas dónde nación encuentra su unidad. El gobierno de Inglaterra favorece al máximo la libertad y la tolerancia. La libertad de prensa se considera, entre todas, como el camino más seguro para el progreso humano. Y el tipo de democracia que representa el sistema inglés aparece como el más adecuado al desarrollo económico y al progreso técnico.

La experiencia rusa

Este progreso que aceptan los pueblos de Occidente, produce temor a muchos pueblos que no tienen el mismo grado de cultura y que están encerrados en sus tradiciones. En esos pueblos, el papel del déspota ilustrado experimenta un cambio. En lugar de ser un soberano que se deja guiar por el consejo de gentes capacitadas que ha agrupado alrededor suyo (es el caso de la Prusia de Federico II y, en menor grado, de José II de Austria), es un monarca el que va a servir de guía a su pueblo para obligarle a caminar por las vías del progreso. Lejos de encontrarse limitado por las instituciones nacionales, el poder se ejercita, por el contrario, de manera absoluta, puesto que es necesario, al menos durante un cierto tiempo, obtener la felicidad del pueblo aun a pesar suyo. Esta es la experiencia que perseguirá, con ayuda de intelectuales franceses y alemanes, Catalina de Rusia.

«Industria del espíritu», así calificó Federico II la filosofía y las letras. En su juventud se aumentó de literatura francesa e inglesa y se dedicó también a tocar la flauta. En 1736, se hizo iniciar en la francmasonería y entabló correspondencia con Voltaire.

Este último, que pretendía ser el «educador de los monarcas», entendía que la guerra iría siempre por delante de la filosofía. Es al ejército a lo que Federico II dedica sus mayores atenciones: con un efectivo de 180.000 hombres, es el más poderoso de Europa. Pero el rey recibe las nuevas influencias: niega, por ejemplo, que la monarquía lo sea por derecho divino.

Los reyes son hombres como los demás, son los servidores del Estado. Para él es un contrato lo que le liga al pueblo, de! cual exige una perfecta obediencia. Federico II abandona la devoción a as antepasados, para a copiar un deísmo riguroso. Su escepticismo religioso, así como la abolición de la tortura, le valdrán el reconocimiento de los intelectuales. Pero es la razón de Estado lo que prevalece sobre todo lo demás. El vasallaje se mantiene en beneficio de la agricultura, y Federico II se apoya en la nobleza, lo que limita el alcance de sus reformas sociales.

Muy cultivada y educada a la francesa, Catalina II pretende pasar por alumna de los filósofos. Pero al igual que Federico II, permanece fiel a la tradición nacional y no actúa de acuerdo al espíritu de las Luces mas que cuando éste sirve a los intereses rusos.

Manda realizar encuestas, cuadernos de quejas, pero conserva el ejercicio del poder para ella sola. La comisión encargada de elaborar el proyecto de un nuevo código de leyes no consigue su propósito, y la Sociedad libre de estudios económicos, fundada en 1765, no trata los problemas más que en teoría.

La sociedad conserva una estructura feudal, y el nivel de vida de los campesinos sometidos a vasallaje es el más bajo de Europa. En 1767, Catalina suprime la tortura y limita los castigos corporales. Hasta la Revolución francesa, subsiste una relativa libertad de prensa y de pensamiento. Para la emperatriz sólo el absolutismo es adecuado para gobernar un gran país.

Biografia de Cristina de Suecia Resumen de Su Vida Historia Gobierno

Resumen Biografía de Cristina de Suecia
Fue expresamente educada y preparada para reinar y llegó a poseer una refinada cultura, pero en su vida se sucedieron altibajos, contradicciones y excentricidades que le valieron la antipatía de muchos sectores influyentes europeos y, a veces, de su propio pueblo que tanto la amó en un principio. Se la recuerda como entusiasta patrona de las artes, que dejó testimonios inolvidables de su exquisita sensibilidad.

Totalmente distinta a las mujeres de su mismo origen social, en pleno siglo XVII, Cristina de Suecia se opuso al papel tradicionalmente adjudicado al sexo femenino y buscó la forma de sortear las obligaciones impuestas por un título nobiliario y una apariencia física que no la favorecía en absoluto. Lo busco y lo consiguió.

Porque no fueron los caprichos ni las contradicciones los que definieron a la hija y sucesora de Gustavo II Adolfo y María Leonor de Brandeburgo, sino su voluntad de romper con las convenciones que asfixiaban a las mujeres.

Los astrólogos le habían prometido a Gustavo Adolfo un hijo varón, pero el advenimiento de esta niña hirsuta y de piel oscura, echaron por tierra los vaticinios. El 8 de diciembre de 1626 nació Cristina en Estocolmo; según se decía, su padre era inteligente y su madre una mujer medianamente capaz de asumir el papel de reina.

Cuando Gustavo Adolfo muere en la batalla de Lützen, Cristina tiene seis años pero su vida futura ya está resuelta: su madre poco tendría que ver con la educación de la niña, ya que el fallecido rey había dispuesto que el Estado y un Consejo de Regencia velaran por la formación de la pequeña.

El canciller Oxenstiern llevó con mano segura los estudios de Cristina, que recibió una educación donde no faltaron el latín, las matemáticas ni la cosmografía. Desde muy niña dominó ocho idiomas, mostró una personalidad firme y una gran capacidad para establecer diálogos vivaces, en los que mezclaba pasajes enteros de la Biblia con el catecismo luterano. En la adolescencia su figura era tan poco femenina que incluso Cristina prefirió la ropa masculina. Esto, unido a sus ojos profundamente azules, su rostro picado de viruela, su andar desenfadado y la vehemencia que mostraba durante sus cóleras, le daba una personalidad excepcional.

A partir de 1644 se dedicó al gobierno con la misma pasión con que antes profundizaba el latín o el sánscrito. Una de sus máximas —que horrorizaba a los nobles- sostenía que «el talento lo es todo; el nacimiento nada. Hay labriegos que nacen príncipes y príncipes que nacen labriegos. Si en el pueblo hay canallas, también los hay entre los príncipes».

En 1645 declaró que su país buscaba la paz externa y terminó la guerra con Dinamarca, ganando varias provincias para Suecia, de acuerdo al tratado de Bromsebroe. Por entonces ya era conocida como la más diestra soberana del Norte: protegía el comercio y la educación, en una época en que el analfabetismo cundía aún entre los ministros del reino.

Cristina se negó a casarse pues consideraba que la sujeción al hombre que entrañaba el matrimonio, aunque fuera en interés del estado, era degradante para una mujer.

Así, en 1649, a los 23 años, comunicó a la Dieta su deseo de permanecer soltera y logró el reconocimiento de su primo Carlos Gustavo como presunto heredero. En 1650, luego de hacerse coronar reina con gran pompa, despreció a sus antiguos ministros y se rodeó de favoritos de la talla de Tote, Lagardie, el coronel Schilippebanck, el médico francés Bourdelot, el ministro de España en Estocolmo, Pimentel, Steinberg y otros.

El palacio real era un mar de intrigas frecuentado por una corte integrada por los hombres más notables de Suecia, Alemania, Holanda y otros países. Pese a ello, Cristina se dedicó menos a la política que al amor y los estudios. Dormía tres horas diarias, comía apenas y se peinaba una vez por semana. Tanto los sabios como los amantes costaban muchísimo dinero y no sabía a quiénes preferir. Poseía magníficas colecciones y una biblioteca sin igual en Europa, comprada en base a la hacienda sueca, que padecía extremas penurias. El pueblo, que en un comienzo la apoyó, pasó del cariño a la estupefacción, luego al disgusto y finalmente al descontento.

Las tensiones derivadas de esa situación acabaron por enfermarla pero la receta del francés Bourdelot -descanso-resultó peor que la enfermedad. En efecto, abandona los estudios y la política para organizar costosas orgías que todos critican pero nadie detiene. Suecia entera está convencida de la locura de la reina. Los sabios no perciben sus sueldos y Cristina, para impedir el desastre, empeña su vajilla de plata.

Cuando el escándalo ensombrece Suecia, Cristina empaqueta sus libros, sus colecciones y sus objetos de arte y el 11 de febrero de 1654 reúne a la Dieta; en medio de la sorpresa de todos abdica en favor de Carlos Gustavo. Tenía 28 años. Pese a las críticas de que había sido objeto, cuando parte de Suecia la congoja popular es enorme. Junto con ella viajaba un equipaje compuesto por libros, muebles, colecciones, las joyas de la corona, vajilla de oro y plata y cuanto había en el palacio.

Al llegar a la frontera de Noruega la cruza de un salto y en lugar de embarcarse en la flota preparada al efecto, lo hace en un buque mercante. Desembarca en Dinamarca, monta a caballo varonilmente y se dispone a recorrer Europa dilapidando la renta que su pueblo le había asignado. Independiente de toda autoridad, con derecho a ejercer justicia sobre su comitiva, se siente más poderosa que nunca, ya que incluso se le asigna la propiedad de varias provincias e islas suecas.

En Bruselas nadie olvida su altivez y desenfado: hasta es capaz de hacerle muecas a quienes la miran. Se cambia de traje en el coche con la rapidez de una modelo y al anochecer, sola y vestida de hombre, recorre tabernas y sitios nocturnos de vida alegre. Ya ha abjurado del protestantismo y en Roma se organiza una ceremonia magnífica para festejar su conversión.

En 1656 Cristina se considera a sí misma el primer personaje de la cristiandad y se establece en Roma con sus bibliotecas y colecciones, protegida por los Papas.

Pero sus bienes están sensiblemente menguados por los gastos sin sentido. Suecia le ha disminuido sus rentas y los acreedores la asedian. El Papa le asegura una buena pensión, pero Cristina la halla exigua. Entonces empeña sus alhajas y viaja a Francia, donde el cardenal Mazarino la recibe con grandes honores. Fastidiada por la curiosidad que despierta, una noche se sienta en un teatro con la pierna sobre el brazo de la butaca.

La situación hace crisis cuando ordena ejecutar a un ex favorito suyo que le había formulado reproches en una carta. El trágico episodio indigna a sus anfitriones y Mazarino, harto de sus extravagancias, le da dinero para que parta a Italia.

Poco después Cristina se pone en contra de Suecia y con 20 000 hombres que le facilita el emperador de Alemania, intenta apoderarse de la Pomerania sueca. El Papa interviene entonces y le asigna una renta importante y un administrador, que pronto se convierte en su amante. En 1660, a la muerte de Carlos Gustavo, Cristina se presenta sorpresivamente en Suecia y reclama que se la nombre soberana. El gobierno, por toda respuesta, la obliga a salir del reino. Tampoco prospera su candidatura como reina de Polonia, pese a la recomendación del Papa. Desdeñada también por los gobiernos de Viena y Francia, se radica definitivamente en Roma. Funda una academia y continúa enriqueciendo sus colecciones, relacionándose con personajes de las letras y las artes y ayudándolos.

En 1688 sufre un ataque de erisipela y, convencida de que su muerte es inminente, se preocupa por organizar fastuosas ceremonias fúnebres. Fallece el 19 de abril de 1689, no sin antes nombrar a Azzolini, el administrador que el Papa le había enviado años atrás, su heredero universal. Sus colecciones y bibliotecas valían millones.

Orgullo, franqueza, contradicciones, caracterizaron el carácter de Cristina, junto con la esplendidez. Conoció admirablemente el mundo y el corazón humano y los despreció a ambos por igual. Su vida fue novelesca pero con grandes toques de positivo realismo: fundó en 1650 el primer diario sueco y su apoyo a las artes influyó en toda la cultura europea de la época.

El primer teatro de ópera en Roma se abrió gracias a su interés. Su enorme colección de libros y manuscritos se conserva en la biblioteca del Vaticano y su tumba, en la Basílica de San Pedro, Roma, habla de la importancia que tuvo en su siglo la figura de Cristina.

El filósofo Descartes, el gran arquitecto y escultor Bernini, los músicos Alessandro Scarlatti (su maestro de coro) y Arcángelo Corelli (que dirigía su orquesta) la consideraron amiga y protectora. Ambicionó mucho y logró bastante: no es poco mérito.

Fuente Consultada: Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder

Resumen De la Vida de Cleopatra Reina de Egipto (301)

Cleopatra Reina de Egipto

Resumen Biografía de Cleopatra
Atractiva y talentosa, Cleopatra fue también una hábil política que -como se estilaba en aquellas épocas-vinculó estrechamente sus amores con las razones de Estado. No fue un desengaño sentimental lo que la llevó al suicidio, sino la derrota de Marco Antonio a manos del futuro emperador Augusto, que frustraba su aspiración de preservar a Egipto independiente.cleopatra

Entre las mujeres famosas de la historia, Cleopatra ocupa un lugar destacado.

Ello es tanto más notable si se piensa que los vencidos rara vez tienen oportunidad de contar su versión de cómo sucedieron las cosas, y por eso la imagen conocida hasta hace poco de la reina de Egipto se hallaba fuertemente influida por los prejuicios y las pasiones de sus enemigos victoriosos.

Cleopatra VII, hija de Ptolomeo XIII, nació en 69 a. C. y era descendiente de un antiguo linaje de monarcas de origen helénico, lo cual no obstaba para que su pueblo la saludase con los mismos epítetos con que había honrado a los faraones de la época de las pirámides «hija del Sol» y «encarnación de Isis», entre otros.

En los muros de los templos se grababa su imagen ataviada con insignias iguales a las que habían llevado los antiguos faraones: la doble corona del Alto y del Bajo Egipto, los cuernos y las plumas de Amón y la serpiente real sobre la frente.

Y sin embargo la historia tiende a recordarla como una empedernida seductora, una Circe alejandrina, que enredó en. sus dulces lazos a hombres como Julio César y Marco Antonio y los perdió.

RAZÓN DE AMOR Y RAZÓN DE ESTADO
La realidad no es, desde luego, tan simple como esta fábula erudita pretende hacerlo creer.

En primer lugar, ni César ni Antonio eran precisamente inexpertos en lides amorosas: por el contrario, ambos eran, cada uno a su manera, consumados amadores tan conocidos en Roma por sus conquistas femeninas como por sus hazañas militares.

César, especialmente, adúltero recalcitrante, era apodado «el marido de todas las mujeres».

Era realmente difícil sustraerse al encanto de la personalidad de César, a la gracia displicente y aristocrática de sus maneras, a su seguridad y aplomo imperturbables de hombre de mundo.

Por su parte, Antonio atraía poderosamente por su carácter jovial, franco, generoso, su trato familiar y abierto, y por su estatuaria belleza varonil.

Entre cada uno de ellos y Cleopatra se desarrolló el clásico juego del intento de seducción recíproca, pero en ningún caso las razones subyacentes fueron puramente eróticas.

Los tres protagonistas eran por sobre todo personalidades políticas, en los tres poderosas razones de Estado se agregaban a la atracción física, y cada uno perseguía en la relación sus propios objetivos.

Los móviles de Cleopatra no podían ser más claros, y a ellos respondió a lo largo de su vida con una tenacidad que asombra y una habilidad que suscita admiración.

Presintiendo que el apogeo de Roma marcaba la hora final del reinado de los Ptolomeos sobre Egipto -el último Estado independiente en las costas del Mediterráneo-, apoyó a quienes propiciaban el fin de la República romana y aspiraban a establecer el Imperio.

En efecto, bajo la República, Egipto hubiera sido conquistado y reducido a provincia, con un pretor al frente, más temprano que tarde.

En cambio, si obtenían la supremacía quienes, como César, consideraban que «la República no es ya más que una palabra» y proyectaban hacer de Roma una monarquía, Cleopatra podía especular esperanzadamente con el juego de las alianzas matrimoniales y las dinastías, cuyos hilos manejaba con maestría.

En realidad, sus planes no se limitaban a mantener la autonomía egipcia. Aspiraba a instalar en Roma una dinastía de estirpe tolemaica y solo la derrota sufrida en Actio frustró definitivamente sus ambiciones.

UNA GRIEGA EN EGIPTO
Podría creerse que, por tratarse de una reina de Egipto, Cleopatra fuese de ascendencia semítica o camita. Empero, por sus venas corría la más pura sangre griega, que se remontaba hasta Ptolomeo I Soter, ex lugarteniente de Alejandro Magno y fundador de la dinastía, a través de una larga cadena de matrimonios reales entre hermanos, según la costumbre egipcia.

Por otra parte, su residencia estaba en Alejandría, una de las ciudades más hermosas y brillantes de la Antigüedad.

La mayor parte de su vida transcurrió en el lujosísimo palacio que desde el promontorio de Loquias se reflejaba en las aguas del Mediterráneo, frente al colosal faro de 180 metros de alto, todo de mármol blanco -una de las siete maravillas del mundo antiguo- y junto a la famosa biblioteca que fue durante siglos el centro del saber más importante de Occidente. De allí salió en el año 45 a. C. el astrónomo Sosígenes, contratado por César -a sugerencia de la reina- para establecer el calendario juliano, base del que se utiliza todavía hoy en día.

En un marco deslumbrante como el de Alejandría, de clima tan agradable, Cleopatra nunca experimentó muchos deseos de conocer sus posesiones más tórridas, que se extendían hacia el sur.

De hecho, fue a instancias de César cómo en lujosas embarcaciones remontaron ambos el Nilo hasta la Primera Catarata, en el año 47 a. C.

Poco había de común entre ella, nacida y criada en la refinada atmósfera helenística de Alejandría, y esos humildes subditos de piel oscura y raza diferente que trabajaban con paciencia y resignación la franja fértil entre el río y el desierto, bajo un calor abrasador, como habían hecho y seguirían haciéndolo durante milenios.

Cleopatra tenía piel blanca, como sus antepasados macedónicos, y una cabeza corta de nariz aguileña y prominente subrayaba su estirpe balcánica. La boca, de exquisito dibujo, y sus grandes ojos bajo cejas bien delineadas completaban una fisonomía cuyo interés y encanto eran acaso mayores, en rigor, que su belleza.

EL PODER Y LA GRACIA
El magnetismo de la reina de Egipto no residía tanto en su hermosura como en la gracia espontánea y seductora de su trato, y sobre todo en su voz, dulce, cautivante y persuasiva.

Mujer inteligente y talentosa, era rápida para la respuesta aguda y para el diálogo jocoso.

A diferencia de sus antecesores en el trono, que no hablaban más que el griego, ella podía entenderse, sin necesidad de intérpretes, no solo con sus subditos egipcios, sino con los visitantes y mensajeros etíopes, hebreos, árabes, sirios, medos y partos.

La seriedad y la pasión, con que se entregaba a los asuntos de gobierno no le impedían mostrarse en otros momentos alegre, amiga de las bromas y juguetona como una muchacha. Con Antonio –de parecido temperamento– gustaba de pasear de noche por la ciudad, disfrazados ambos, golpeando las puertas de las casas y escondiéndose cuando los dueños o los criados salían a ver qué ocurría.

No obstante, la historia la hizo a su vez víctima de una terrible jugarreta. Su objetivo de mantener a Egipto como reino independiente, aunque fuese como satélite de una monarquía imperial romana, se cumplió, pero ninguno de sus descendientes ocupó el trono.

Fue Octavio Augusto, su rival implacable, desprovisto tanto del genio militar de César como de los instintos generosos de Antonio, quien ciñó finalmente la corona del milenario reino del Nilo y la transmitió a sus sucesores. Todos los emperadores romanos fueron aclamados, en efecto, «reyes de Egipto».

Cleopatra no quiso presenciar esa humillación: el 29 de agosto del año 30 a. C. se hizo morder por un áspid para morir «con la majestad que convenía -como se dijo ante su cadáver aún tibio- a la descendiente de tantos reyes», y también por el significado que esa muerte podía tener frente a los ojos de sus subditos, puesto que una antigua creencia sostenía que la serpiente era el ministro de Amón-Ra, es decir, el dios – sol de la religión egipcia.

Su imagen característica, que la historia recogiera es la que ofreció aquel día del año 48 ante los ojos atónitos de César, cuando la vio salir riendo de un rollo de mantas dentro del cual había atravesado las líneas del ejército de su hermano Ptolomeo, que competía con ella por la corona, para presentarse al futuro dueño del mundo.

Culminó ese acto de osadía y alta política, como tantos otros de su vida, con el gesto pícaro y la expresión risueña de una colegiala. En esa mezcla de tenaz ambición y juvenil frescura residió la verdadera seducción de Cleopatra.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia