Biografía de Casanova de Seingalt

Biografia de Joule James Prescott Resumen Obra Cientifica

Biografia de Joule James Prescott-Obra Cientifica en Química

JAMES PRESCOTT JOULE (1818-1889): Nació en Salford, Inglaterra, el 24 de diciembre de 1818. Este físico inglés educado en Cambridge con John Dalton, trabajó en la cervecería de su padre en Manchester y se familiarizó con el manejo del vapor y también con las locomotoras.

Fue el primer investigador que descubrió que la cantidad de calor generada era directamente proporcional a la resistencia del conductor eléctrico y al cuadrado del flujo de la corriente.

Realizó innumerables experimentos para determinar el equivalente mecánico del calor, concluyendo que la energía mecánica y el calor están relacionados íntimamente.

En 1847 hizo una exposición en Manchester sobre la equivalencia de la energía mecánica, el calor, la energía química y la energía eléctrica.
Joule perfeccionó la teoría cinética molecular de los gases.

Calculó independientemente la velocidad media de las moléculas invisibles del gas hidrógeno (poco menos de un kilómetro y medio por segundo a la presión normal y a la temperatura de cero gardo centígrado – 0ºC).

Fue secretario de la Sociedad Literaria y Filosófica de Manchester.

Biografia de Joule James Prescott
Joule, James Prescott. (Salford, Lancashire. 1818-Sale, Cheshire, 1889.) Físico británico. Estudió en la Universidad de Manchester, donde fue alumno de John Dalton. En 1840 descubrió el efecto Joule, la generación de calor al paso de una corriente eléctrica, y enunció la ley de Joule, que afirma que la cantidad de calor desprendida es proporcional a la resistencia del conductor y al cuadrado de la intensidad de la corriente.

El efecto Joule se aplica en todos los aparatos donde se produce calor mediante una resistencia eléctrica. En 1843 calculó el equivalente mecánico del calor, la cantidad de calor equivalente a un trabajo mecánico determinado.

Para obtenerla ideó diversos experimentos. Por ejemplo, la caída de unos pesos hace girar unas paletas en el interior del líquido contenido en un calorímetro, midiéndose con un termómetro el aumento de la temperatura del líquido.

También se mide la velocidad de los pesos al llegar al suelo. La energía mecánica perdida es la diferencia entre la energía potencial inicial de los pesos y su energía cinética al final del experimento.

El equivalente mecánico del calor se obtiene dividiendo dicha energía por la cantidad de calor desprendido. Su valor es constante (4,185 julios/caloría) y se representa en honor de Joule con la letra J.

Este hallazgo abrió el camino hacia la ley de la conservación de la energía, primer principio de la Termodinámica.

Trabajando como físico, sostuvo demostró y midió, la equivalencia de los distintos tipos de energía (térmica, mecánica y eléctrica), con lo que armó el Primer Principio de la Termodinámica en términos cuantitativos: eléctricos en 1840 y mecánicos hacia 1843, dando confirmación a las tesis de Rumford, William Thomson y Julius Mayer.

En 1852, en colaboración con William Thomson (Lord Kelvin), descubrió el efecto Joule-Thomson, que consiste en que la temperatura de un gas disminuye cuando se expande sin realizar trabajo.

A la temperatura ordinaria son excepción el hidrógeno y el helio, que se calientan. Este efecto se utiliza en refrigeración y en la industria de licuefacción de gases.

En honor a Joule se ha dado su nombre a la unidad de trabajo o energía en el sistema internacional de unidades (julio, en español).

Entre sus obras destaca On the productior, ofheat by voltaic electricity (Sobre la producción de calor mediante electricidad voltaica, 1840).

Joule recibió muchos honores de universidades y sociedades científicas de todo el mundo. Sus Escritos científicos (2 volúmenes) se publicaron en 1885 y 1887 respectivamente.

Fuentes Consultadas:
150 Grandes Cientificos de Norman J. Brudge Editorial Texido
Grandes Cientificos de la Humanidad Tomo I Editorial Espasa Calpe

Biografia de Diego Rivera Artista Muralista Resumen Obra Artistica

Resumen Biografía de Diego Rivera
Artista Muralista Mexicano – Obra Artística –

Diego Rivera (1886-1957), pintor mexicano que realizó murales con temas sociales, considerado como uno de los grandes artistas del siglo XX.

Nació en Guanajuato y se formó en la Academia de Bellas Artes de San Carlos, en la ciudad de México. Con Orozco y Siqueiros constituyó la gran tríada muralista de México.

Nació en Guanajato el 8 de diciembre de 1886, hijo de María del Pilar Barrientos y Diego Rivera.

Su abuelo paterno fue un general y comerciante español liberal que, al final de su vida, cuando tenía 72 años, se unió a la causa patriótica mexicana de Benito Juárez.

Su abuelo materno, Juan

El padre fue maestro e inspector de escuelas rurales y, en Guanajato, antes de trasladarse a la capital de la república, había sido consejero municipal.

Diego nació juntamente con un hermano gemelo, Carlos, que falleció a los dos años.

Diego Rivera mostró siempre una marcada simpatía por su padre y su conducta humanista, pero, a su madre la criticaba por sus prejuicios sociales.

Estudió en la Academia de San Carlos, y perfeccionó sus estudios en España, Francia e Italia (1907).

Recogió la tradición india y la negra, y enarboló el mural como estandarte de su ideario político.

De estilo vigoroso y original, sintetizó distintos movimientos culturales, haciendo de su obra un vehículo de propaganda.

Con el resultado económico de una exposición de pintura al pastel, que le organizó el Dr. Atl, y una beca del gobernador de Veracruz, se fue a España en febrero de 1906.

El Dr. Atl le dio también una carta de recomendación para el profesor de la Escuela de San Fernando, Eduardo Chicharro, en cuyo taller Rivera fue compañero de Ceferino Palencia, pintor e historiador de arte, y de Margarita Nelken, crítica de arte, que muchos años más tarde debieron exiliarse en México.

Se dice que Rivera siempre fantaseaba cuando hablaba de su época de Madrid.

La verdad y la mentira se mezclaban en la narración de sus aventuras madrileñas. De una de ellas, con un dama de la sociedad, le nació una hija que fue bailarina y que falleció «prematuramente, en plena gloria».

Ésta, cuyo nombre no se conoce, sabiendo que era hija suya, le visitó en México cuando es tuvo contratada por un teatro de esa ciudad.

diego rivera artista mexicano

A mediados de 1909 viajó a pie por Bélgica, dibujando y pintando. Embarcó hacia Londres, y le impresionó la miseria de la población obrera una miseria que se venía prolongando des de los tiempos de Gavarní y Doré, sirviendo sobre todo a los dibujantes para testificarla en muy curiosas estampas.

Rivera siempre conservó la ilusión de pintar un largo mural con las escenas que presenciaba en las calles, en los puentes y en los muelles de Londres, capital de la mayor potencia de Europa.

En el verano de 1910, regresó a París.

Había expuesto ya en el Salón de Artistas Independientes y en el oficial. Continuaba gozando de la beca del Estado de Veracruz. Trabaja algún tiempo en Bretaña. Vuelve a París  y decide embarcar de regreso a México por España, recogiendo parte de la obra que expuso en Madrid.

El 20 de noviembre de 1910, el mismo día que estalla la revolución en Puebla, inaugura una exposición de su pintura en la Escuela de San Carlos con las obras pintadas en España y Francia.

Se complicó al llegar, en un alijo de explosivos que se guardaba en San Carlos, pero la policía, que obtuvo una confidencia sobre ese depósito, pudo confiscarlo.

Se quedó en México, trabajando en la organización revolucionaria clandestina de la ciudad, mientras otros compañeros y amigos se dirigían al interior.

En junio de 1911 fue librada una orden de detención e inmediato fusilamiento contra él. Pudo esconderse, escapar hacia la Habana (Cuba).

Es importante destacar que la etapa de París es de formación, el arte que produce es el resultado de experiencias muy sutiles acordes con las preocupaciones estéticas europeas del momento.

Allí vive el cubismo, el futurismo, el dadaísmo, el rayonismo. Allí convive en Montparnasse con Picasso, Bracque, Modigliani, Gris, Jacob. Ehrenburg, Apollinaire.

Pero Rivera busca otra cosa y ya en París escandaliza con sus búsquedas: incapaz de limitarse a los grises introduce los colores vivos recordando los de la artesanía popular mexicana.

Desea para su arte algo definitivo, que no sea exclusivamente ensayo, ni búsqueda estética o de procedimientos. «Cuando nuestras raíces penetran suficientemente en la tierra y nuestro lenguaje de tan nacional y tan particular, tan enraizado y tan sensible a la voz colectiva popular, se vuelve humano, en ese momento, sin que nosotros lo busquemos, querámoslo o no, se transforma en universal».

Es su pensamiento; por él vuelve a su pueblo.

En México encontró el camino. Su arte se desbordó en gigantescos frescos –se dice que pintó cerca de cuatro mil metros cuadrados de pared– en poderosas figuras; un río de leyendas pintadas que no le fueron inspiradas por la realidad sino por sus amores y sus odios, frescos que nadie puede olvidar después de verlos, frescos gigantescos, multitudinarios, directos, con símbolos, alusiones, rostros, leyendas escritas, en los que confluyen las civilizaciones mexicanas y la de Cortés y los suyos, los lujos del Virreinato, los trabajos bucólicos de los indígenas, la independencia y la revolución, las luchas obreras, las conquistas científicas, los magnates norteamericanos y los dictadores del mundo.

Fundador en su país del Partido Comunista, visitó Rusia en 1927-1928 y presionó a su Gobierno para que concediera asilo político a Trotsky (1936), lo que le valió la expulsión del partido.

De 1930 a 1934 vivió en Estados Unidos, donde realizó los murales de la Escuela de Bellas Artes (San Francisco), del Instituto de Bellas Artes (Detroit) y del Rockefeller Center (Nueva York), destruido luego por tener un retrato de Lenin.

FRIDA KAHLO

Frida Khalo, con quien se casa en 1930

En 1929 fue expulsado del Partido Comunista. Ingresó al trotskismo.

Pasados unos diez años vuelve a militar en el Partido Comunista mexicano y en 1955 vuelve a la Unión Soviética para hacerse operar por médicos soviéticos.

La primera vez era un hombre de edad media, tenía 41 años, optimista y revolucionario. En su segundo viaje, invitado por la Asociación de Pintores de Moscú, tenía 69 años e iba muy enfermo, tenía cáncer.

Viajó acompañado de su esposa, Emma Hurtado, por la Unión Soviética, Alemania oriental, Checoslovaquia, Polonia, Bulgaria. P

intó bastantes óleos e hizo dibujos. De este viaje es el cuadro «Desfile del 7 de noviembre en Moscú«.

Un óleo extraño que representa una multitud desfilando con miles, de banderas rojas, amarillas, celestes, etc., y un globo gigantescco que lleva impresa la palabra paz en ruso, francés, inglés, alemán y castellano.

Al fondo se ven las torres del Kremlin.

Fue operado y regresó a México muy optimista con respecto a su salud.

El día de su llegada, el 4 de abril de 1956, le esperaba un numeroso núcleo de amigos, de intelectuales y artistas.

Daba por curado su cáncer, ya los periodistas les explicó cómo se habían comportado los médicos soviéticos y le habían acompañado sus camaradas pintores, los viejos amigos y las autoridades.

Volvía muy contento de la Unión Soviética. Se siente optimista, hace proyectos de trabajo y afirma: «Volveré a Moscú».

A su regreso le tributaron un gran homenaje popular, en el que estuvieron amigos suyos de muchos años, poetas, músicos, compañeros en esos años revolucionarios, jóvenes pintores que trabajaron con él, discípulos de Frida Kahlo, etc.

La enfermedad y los dolores que le producían iban consumiéndolo.

Falleció el 24 de noviembre de 1957. Tardaron cinco horas en embalsamarlo. Lo velaron en el Palacio de Bellas Artes. Se puede afirmar que el pueblo de México veló sus restos. Poco antes había dictado su testamento dejando al pueblo todo cuanto ganó con su arte. La casa de Coyoacán

En México decoró la Secretaría de Educación, la Escuela Nacional de Agricultura (Chapingo), el Palacio de Cortés (Cuernavaca), el Palacio Nacional y el de las Bellas Artes (México D. R). Entre sus pinturas de caballete figuran: La fragua (1908), Vendedora de pinole (1936), Bailarína en reposo (1939) y Retrato de Lola (1955).

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CRONOLOGÍA DE SU VIDA:

1886: El 8 de diciembre nace en Guanajato Diego Rivera, hijo de María del Pilar Barrientes y de Diego Rivera.

1896: Ingresa para estudiar pintura en la Escuela de San Carlos de México.

1898: Nace David Alfaro Siqueiros.

1899: Nace Rufino Tamayo.

1906: Diego Rivera viaja a España en el mes de febrero de este año provisto de una beca concedida por el gobernador de Veracruz y con el dinero ganado en su última exposición de pintura.

1907: Viaje a París. En los tres años siguientes viaja por diversas ciudades belgas y por Londres.

1910: Vuelve a España y regresa a México. Inaugura una exposición de pintura en la Escuela de San Carlos, en México, el mismo día en que estalla la revolución mexicana en Puebla. El doctor Atl consigue paredes en la Escuela Preparatoria para hacer murales. En su equipo estaba J. E. Orozco.

1911: Embarca para Francia. Se casa con Angelina Beloff.

1912: Se adhiere al cubismo analítico.

1913: Fallece José Guadalupe Posada, que había nacido en 1883

1914: Pinta su gran cuadro «Fusilero marino». Viaja a Mallorca con su esposa y con el escultor Lipchtiz. Se queda en Madrid hasta agosto de 1915.

1917: Conoce a la escultora rusa Marevna, de la que tiene una hija. Discusiones en el taller de Modigliani en París, con Leger, con Ehrenburg, con Volochin, etc., sobre el porvenir del arte. Se adhiere entusiasta a la revolución que estalla en Rusia y de la que se tiene noticia en París el 16 de marzo.

1920: Viaja por Italia.

1921: Regresa a México adonde llega en julio, pasando antes por París. Comienza su primer mural en la Escuela Preparatoria donde ejecuta «La Creación».

1925: En la Exposición Panamericana de los Ángeles premian su cuadro «La fiesta de las flores».

1927: Viaja a la Unión Soviética.

1929: Es expulsado del P. Comunista.

1930: Divorciado de Lupe Marín contrae matrimonio con Frida Kahlo. Se adhiere al trotskismo.

1934: Agentes nazis atentan contra su mujer Frida Kahlo.

1935: Finaliza sus murales del Palacio Nacional de México en donde historia la revolución de su país.

1938: Firma con André Bretón el «Manifiesto en pro de un arte revolucionario e independiente».

1940: El 21 de agosto asesinan a León Trotski, que había sido amigo» y huésped de Rivera.

1944: Firma contrato para continuar los murales del Palacio Nacional.

1948: Finaliza su mural del Hotel Prado «Sueño dominical en la Alameda central de 1a Ciudad de México», que es tapado pe la frase «Dios no existe» puesta ostentósa mente en el pliego que sostiene Ramírez.

1949: Se adhiere al Congreso de la Paz de Pa rís. Fallece J. Clemente Orozco, el gra; pintor muy amigo de Rivera.

1952: Asiste al Congreso de la Paz en Viena.

1955: Vuelve a la Unión Soviética, donde es ope rado de una grave dolencia. Viaja acom pañado de su cuarta esposa Emma Hur tado, con la que se había casado hacía poco. Visita diversos países socialistas.

1956: Regresa a México donde se le tributa un gran homenaje.

1957: Fallece el 24 de noviembre.

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ALGUNAS OBRAS ARTÍTICAS DE DIEGO RIVERA

Fuente Consultada:
Los Hombres De La Historia – Diego Rivera – Fasc. Nº 86 – Editorial Centro Editor de America Latina

 

Biografía de Ramón Llull Obra del Teólogo, Filósofo Hermético

VIDA Y OBRA DE RAMÓN LLULL

Teólogo, poeta, místico filósofo y maestro hermético catalán. Ramón Llull, o Raimundo Lulio, conocido como el «Doctor iluminado», titulo concedido por la Iglesia católica, fue una de las figuras más singulares del medievo hispánico. Fue un sublime aventurero del espíritu y, en el ápice de todo ello, hombre de Dios, mallorquín.

Nació en la ciudad de Mallorca, entre 1232 y 1233, miembro de una de las familias más notables, ya que su padre había acompañado al rey Jaime I en la conquista de la isla, dispuso desde joven de una fortuna que no se recató en dilapidar. La infancia y primera juventud del que había de ser llamado el Doctor Iluminado, transcurrieron en un mundo efervescente y en trance de parir la fórmula de convivencia asequible para cristianos, moros y judíos, la cifra misma de la españolidad. Allí se contagió Ramón — y para siempre — de su afán de universalidad. La unión en Cristo, como ideal de catolicidad, supondría proclamar la evidencia de que una razón de amor, idéntica en todos los hombres, había de conducir, inevitablemente, a una misma fe.

Recibió una educación cortesana y caballeresca, convirtiéndose muy pronto en preceptor y amigo del príncipe heredero. Cuando éste llegó al trono, con el nombre de Jaime II, lo nombró senescal de la corte, cargo que aumentó no sólo su ya considerable fortuna, sino también la posibilidad de entregarse a una vida regalada.

ramon lull teologo

Fue, primero, poeta en la corte y seductor de mujeres. Ambos menesteres eran cortos para su ansia. La vida que llamaba a su puerta estaba más allá. La leyenda cuenta su conversión a Dios a través de un hecho melodramático persiguiendo a la espléndida genovesa Ambrosia de Castello hasta el interior de un templo, hubo de retroceder espantado ante la visión del pecho corroído por un cáncer, aconsejándole al mismo tiempo que pusiera su ardor en conseguir objetivos de índole más espiritual.

Tras una profunda crisis interior en la que se dice que tuvo varias visiones de tipo místico, abandonó su antigua vida y emprendió la peregrinación a Compostela. A su regreso a Mallorca se retiró a un convento para dedicarse durante algún tiempo a la vida contemplativa. Es posible que fuera por entonces cuando concibió su obra Ars Magna. Amigo desde siempre de los libros, estudió con ahínco el árabe y los filósofos árabes, especialmente Averroes, con el propósito de atacar sus principios.

Mas tarde Ramón deja a su mujer, Blanca Picany y también deja a sus hijos. Entra, como terciario, en la Orden franciscana, y se retira al monte de Randa. Randa es un desnudo levantamiento frente al mar, una serena elevación de la tierra ubérrima, frente al mar eterno, para procurar la eternidad del alma. Por espacio de siete años, Ramón devora exaltadamente la Verdad y en esa tensión increíble fragua para siempre la paz de su espíritu.

Al final de ellos, conoce ya su misión, y este hombre desmedido mide con perfección los pasos sucesivos que ha de dar para lograr la unidad de todo el género humano en el Dios-Amor. Se dirigió a Montpellier, donde a la sazón había instalado su corte Jaime II, con el fin de obtener licencia y subsidios para establecer una Escuela de lenguas; el iluminado genial supo, quizá antes que ningún otro, que el alma se vincula, antes que nada, a una lengua. De esta época data el maravilloso Libro de la contemplación : todo cuanto Dios ha hecho es digno de ser mirado; pero todo ha sido hecho para descansar en su Creador. Obtenida la real licencia, regresa a Mallorca y en un alarde de energía y tesón, ordena, erige e impulsa la Escuela de Miramar.

A esta etapa sigue otra en la que peregrinación y meditación se embeben y se impulsan con fecundidad prodigiosa. A ella pertenece la gestación del Libro de Evast y Blanquerna, con sus dos apéndices. Visita Santiago, Roma, Barcelona, nuevamente Montpellier. Llega hasta Catay y regresa a la Península por el Norte de África.

A partir de 1287, su actividad no conoce descanso: sus libros no son sino nuevas acciones; sus hechos, nuevas  ideas de pensamiento, dolor y amor. Uno tras otro, surgen aquéllos como llamaradas ardientes para enseñar a los infieles el arte de conocer a Dios, para demostrar la unidad en El de todos los principios y postulados de las ciencias, para sistematizar en orden divino todo el saber de los hombres, para exigir la ayuda de rey y Pontífice a una cruzada que es, en su mente, la más sublime de las utopías.

lull ramon

Ramón Llull escribe asesorado por la luz, el fuego y la gracia. Pintura de José María Sert. — Doctor de la Luz y de la Gracia fue y es  llamado el mallorquín Llull, pues que en todas sus obras, tanto las que vivió como las que escribió, predominan la claridad y el amor. La claridad que penetra como un suavísimo estilete en el alma y el amor que se apodera de los corazones sin aprisionarlos ni encarcelarlos. El gran pintor catalán José María Sert, siempre abañador de grandezas, como Miguel Ángel, ha sabido dar a la visión Miaña una ampliación que concuerda, por esta vez, con el tamaño de la realidad.

No hay duda de que en la azarosa vida de Ramón Llull hubo un afán muy especial por encontrar el sacrificio personal, como si éste constituyera el elemento imprescindible para lograr su propia transmutación. No de otra manera se debe entender su deseo de regresar a una tierra tan hostil como era el África musulmana, en la que ya había conocido graves tropiezos. Vuelve, pues, a visitar repetidamente esos países y en el tercero de tales viajes llega a Túnez. Allí, en Bujía, se pone a predicar a las multitudes, que se sienten irritadas con su palabra. El final de esta actuación no pudo ser más dramático, al ser lapidado por la masa enfebrecida. Su deseo de martirio se ve, de este modo, cumplido. Unos mercaderes cristianos lo recogieron y lo trasladaron a Mallorca.

Murió el 29 de Junio de 1315, casi a la vista de su tierra natal.  Así, a su muerte, se constituyeron en París y Montpellier, primero, y después en Valencia, grupos de seguidores que aplicaron sus teorías en el campo de la enseñanza universitaria. Esta influencia muy notable del maestro mallorquín siguió mostrándose muy intensa durante todo el s. XIV, en el que se le atribuyeron un sinnúmero de tratados de todo tipo, desde  filosóficos hasta mágicos y, sobre todo, alquímicos. Las cosas llegaron hasta el punto que la universidad de París prohibió que se siguieran divulgando las teorías teológicas de Llull.

instrumentos de alquimia de lull ramon

Instrumentos de alquimia utilzados por Ramón Lull

Explica Mariano José Vázquez Alonso, en su libro «Enciclopedia del Esoterismo«:

«Según Llull, Dios creó de la nada una sustancia, el argentum vivum, la plata viva o mercurio, de la cual surgieron todas las demás cosas. Con la parte más delicada de esa sustancia formó los cuerpos de los ángeles, y con la más densa, las esferas celestes; los cuerpos terrestres quedaron formados con la parte más tosca y burda. Pero, muy posiblemente, lo más importante de los escritos alquímicos se refiera a la preparación de las llamadas Quintaesencias, es decir, unas quintas sustancias que resumen en sí a los otros cuatro elementos.

De ellas, la más significativa sería el alcohol. Pero además de gran maestro hermético, Llull fue un notable filósofo y teólogo, como ya queda dicho. Sus obras Ars demostrativa, Ars generalis ultima y Ars brevis constituyen una buena prueba de su saber filosófico y lógico. Para él la filosofía debe estar subordinada a la teología; y los errores de la primera se deben a la ignorancia de las verdades de la fe, a cuya luz se interpreta todo el saber de este mundo.

Llull considera que si el saber fuese presentado de modo unitario, con caracteres de rigurosa evidencia y en estrecha relación con los contenidos de la fe, convencería a todo el mundo, incluso a los infieles. Por lo demás, el universo se presenta como el espejo de lo divino, como «un libro en el cual se aprende a conocer a Dios». La salida de todo el proceso del conocimiento es la mística: la unión con Dios en la contemplación.«

Fuentes Consultadas:
Enciclopedia del Esoterismo de Mariano José Vázquez Alonso
Enciclopedia Temática Familiar Grandes Figuras de la Humnaidad – Ramón Lull – Ediciones Cadyc

Biografia de Sara Berhnardt Resumen de su Vida y sus Amores Francia

Biografía de Sara Berhnardt
Resumen de su Vida y sus Amores

Resumen Biografía de Sarah Bernhardt : Poseedora de excepcionales aptitudes dramáticas, Sarah Bernhardt conmovió durante décadas a los públicos americanos y europeos con sus magistrales actuaciones. Vivió con la misma pasión que ponía en las representaciones y, así como no dudó en tener un hijo siendo soltera, recogió aplausos hasta el fin de sus días, aun cuando la amputación de una pierna había reducido sus posibilidades interpretativas.

Se cuenta que Domingo F. Sarmiento -que ya había sido presidente de la Argentina y es considerado uno de sus más vigorosos escritores- fue expresamente al teatro Politeama a saludarla en 1886, cuando ella visitó Buenos Aires: «¡He viajado 300 leguas para venir a admiraros, señora!», le dijo.

Y Paul Groussac, crítico franco-argentino del diario La Nación, escribió refiriéndose a su interpretación de Fedra: «Si ha de reaparecer todavía la sublime y fatal figura griega, pido a Sarah Bernhardt que sea en su última noche: cuando esté próxima a partir, para que quede por siempre envuelto su recuerdo como anteanoche, murmurando ante nosotros con melancólica ironía el adiós a la hija del Sol».

Con no menores elogios era acogida la inigualable actriz en cualquier lugar del mundo donde se presentara: en la Comedia Francesa, en el Odeón de París, en Italia, Alemania o España, en Londres o en Nueva York, en Rusia, Australia, América.

En su apogeo, compra teatros, graba su voz -con versos de Fedra, justamente- en uno de los primeros cilindros de cera de Edison; rehusa casarse porque la oferta de matrimonio está condicionada a su abandono de las tablas, da a luz un hijo natural, hace actor a un diplomático griego con quien permanece casada apenas año y medio, y recorre el mundo desde la altura de su arte, de su egocentrismo, caprichosa, cambiante, soberbia.

De origen judío, se llamaba Henriette Rosine Bernard y había nacido en París el 22 de octubre de 1844. Criada más que por sus padres por una nodriza bretona y una tía, fue bautizada como católica e internada en un convento de Versalles. Próxima a cumplir quince años, fue incorporada, gracias a los oficios del duque deMorny, al Instituto Nacional de Declamación.

No había evidenciado mayores condiciones para aprobar exámenes, pero pudo llegar al Conservatorio, donde cursó estudios bajo la dirección del profesor Prevost, que había sido maestro de la gran actriz Rachel. Fue él quien le transmitió e inculcó su amor por el teatro. El orgullo, el carácter, la personalidad y las aptitudes de la joven hicieron el resto.

Pero también la insistente gestión del duque de Morny la ayudó a superar obstáculos y negativas: por su mediación fue llamada a hacer las presentaciones reglamentarias en la Comedia Francesa -sin demasiadc éxito, «como una escolar», según el decir de un crítico-, pero pronto se alejó dando un portazo a raíz de un incidente con una antigua regenta de la casa de Moliere. Porque sí: porque la incipiente pero temperamental actriz se consideraba tan importante como cualquiera.

NACE SARAH BERNHARDT
Fue por entonces cuando cambió su nombre y agregó consonantes a su apellido, que adquirió resonancia alemana. Con él se dispuso a conquistar el mundo. Después de atravesar una época de dificultades, fue contratada por el Gymnase, al cual abandonó inesperadamente para viajar a España, de donde regresó semanas más tarde, ya segura de su próxima maternidad.

Vivía en ese tiempo un amor apasionado con el príncipe Henri de Ligne, que reconoció la paternidad del hijo por nacer y le ofreció matrimonio, pero a condición de que abandonara el teatro. Un tío del príncipe señaló los inconvenientes sociales que acarrearía semejante boda, pero fue la propia actriz quien provocó prácticamente la ruptura al aceptar un contrato del Odeón, el teatro que, según su propia expresión, más llegó a querer a lo largo de toda su vida.

Allí trabajó durante ocho años, solo interrumpidos por la guerra franco-prusiana (1870), cuando transformó el teatro en hospital de sangre, instalando en él un centenar de camas. Reabierto el Odeón, después de la guerra, reapareció interpretando Ruy Blas, cuyos ensayos dirigió el propio autor, Víctor Hugo. Regresó a la Comedia Francesa para reponer Mademoiselle de Bellesle, de Dumas (padre).

Desde entonces la casa de Moliere fue también la suya, en calidad de societaire, como se llama en la Comedia Francesa a los artistas que actúan en ella y participan además en la distribución de los beneficios del teatro. Pero una crítica adversa la decidió -temperamental como siempre- a alejarse, y partió para Londres, donde se presentó en el Gaiety, y luego a Estados Unidos, contratada especialmente por un fuerte empresario norteamericano.

En Nueva York obtuvo uno de sus triunfos más resonantes al interpretar, por primera vez, La dama de las camelias. Tenía entonces 36 años. Mientras las elegantes se mantenían erguidas dentro de sus ajustados corsés de ballenas, ella, levemente regordeta, se cubría con ropas rectas y ligeras despreciando la moda. «Sus ojos —observa un cronista de la época— mostraban un fulgor insólito y profundo que únicamente se ve en algunas piedras preciosas.

Su trato era de una gracia y una dulzura que solo se dan cuando hay una tremenda indiferencia aliada al gusto de seducir. Una voz de oro que atraía por su tonalidad singularmente alta, una fuerza nerviosa inagotable, una pujanza, un movimiento irresistible puesto al servicio del entusiasmo o de cóleras que llegaban hasta el furor, sostenían su inspiración.»

POR TRES CONTINENTES
A pesar de hallarse en su apogeo, cuando regresó de Estados Unidos a París tuvo dificultades para reanudar su labor en la Comedia Francesa, por la forma en que se había alejado de ella. El 14 de julio de .18.81, sin embargo, al celebrarse oí aniversario de la liberación del territorio francés invadido por los alemanes, intervino en un acto, en la Opera, recitando los versos de La Marsellesa con tal emoción y tal fervor que el público, la prensa y toda Francia volvieron a colocarla en el sitial de honor. Le llovieron ofertas, pero ella prefirió salir de gira por varias capitales europeas con el actor Philippe Garnier.

Mientras actuaba en Rusia, incorporó a su compañía al diplomático griego Jacques Damala, con quien se casó, aunque para separarse apenas un año y medio después. A fines de 1882 regresó a París, reapareció en el Teatro de Vaudeville, estrenó Fedora y Teodora de Sardou, y en 1886 volvió a Estados Unidos y extendió su gira por América del Sur. En los tres continentes en que actuó se alababan por igual su lirismo, su plasticidad, su expresión dramática y cada nueva creación suya ayudaba a consagrarla aún más.

Retornó a Europa, volvió otra vez a América y nuevamente regresó a París, se instaló en el Teatro de las Naciones cuyo nombre se cambió por el suyo pasando a ser el Teatro Sarah Bernhardt, donde hizo la Ofelia de Hamlet y donde a fin de siglo estrenó, a la edad de 56 años, L’Aiglon de Edmond Rostand.

En 1914 fue condecorada con la Legión de Honor en grado de Caballero, pero fue quizás unos meses después, en plena gran guerra, cuando su patria le rindió el más significativo homenaje. Ante la posibilidad de que los alemanes tomaran París, sus amigos le recomendaron dejar la capital (ya el gobierno se había instalado en Burdeos).

Ella quería, como en 1870, permanecer en París, pero fue el propio Clemenceau, «el Tigre» en persona, quien le pidió que se trasladara al sur de Francia, y evitara así el peligro de que «la gran Sarah» fuese tomada como rehén por los invasores.

Durante la guerra actuó incluso en los hospitales militares recitando a los soldados heridos los versos que la habían consagrado. En 1915 debieron amputarle la pierna derecha, afectada por un mal incurable, pero no por ello abandonó la escena.

En los primeros años de la posguerra, ya más que septuagenaria, fue aplaudida en innumerables ocasiones, sobre todo por su representación de La Gloire de Maurice Rostand, hijo de Edmond, el autor de L’Aiglon.

En noviembre de 1921 efectuó todavía una última gira por Italia, y ya de vuelta en París estaba preparando una obra de Sacha Guitry, cuando falleció en su casa el 26 de marzo de 1923. Al despedir sus restos, Maurice Rostand resumió la opinión de millares de admiradores afirmando que nadie podría ya leer a Racine sin que la voz de Sarah se interpusiera entre el poeta y el lector.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Biografia Conde Saint Germain La Alquimia o Ciencia Medieval

Biografía del Conde Saint Germain

Pocos seres motivaron tantas especulaciones y leyendas comoel Conde de Saint Germain. Los mitos acerca de su longevidad  y su eterna juventud acompañan una obra vasta, en dondesienta las bases de sus enseñanzas. El Conde de Saint Germain llegó a Francia en 1758, procedente de Holanda, Inglaterra y Alemania, países que visitó en discretas misiones políticas.

Era un hombre elegante y educado, cuya fortuna tenía un origen desconocido. Hablaba francés, inglés, italiano, chino, árabe y sánscrito, pero su origen y nacionalidad era desconocido. Saint Germain asombraba y desconcertaba a la nobleza no sólo por su gran erudición y su fácil palabra, sino por el misterioso atractivo que envolvía a su persona.

conde de saint germian

Se decía de él que no permanecía mucho tiempo en un mismo lugar y que desaparecía directamente sin avisar ni que nadie lo hubiera visto pasar a través de las puertas. Vivía en toda Europa, pero, en tiempos en los que viajar no era tan fácil, Saint Germain sorprendía con viajes al Tíbet, África, México y Constantinopla.

Asombraba su aspecto de permanente y radiante juventud. Algunos pensaban que el Conde de Saint Germain tenía 300 años, 150 o 160, y que rejuvenecía por propia voluntad cuando era demasiado  viejo.  Tambiénresultaban muy sorprendentes sus vastos conocimientos y aptitudes no sólo para la política sino también para las artes, las ciencias, la poesía, la medicina, la química, la música y la pintura.

Tocaba el violín con destreza, cantaba, era compositor de varias partituras exitosas, pintaba cuadros históricos y naturales de gran calidad. Tenía una prodigiosa memoria para recordar datos de tiempos pasados, sabía psicometría, podía domesticar a las abejas y amansar a las serpientes por medio de la música. Era un natural clarividente con gran facilidad para leer en los rostros de las personas por lo cual comprendía todo con gran rapidez.

Poseía la rara cualidad de ser ambidiestro; es decir, escribir con las dos manos a la vez y simultáneamente, un texto auténtico. No profesaba religión alguna por lo cual fue censurado de materialista. Se rumoreaba que se alimentaba de gotas de oro líquido, pues nadie lo había visto comer o beber ni aún en los banquetes donde era invitado, lo cual bien podía ser una fantasía de las muchas que se propagaban sobre su persona.

Tampoco se le conocían aventuras amorosas con mujeres, si tenía familia e hijos. Fabricaba diamantes y piedras preciosas sacándolas de la nada; aunque, privada y discretamente, quitaba las manchas oscuras a los diamantes y los producía él mismo para regalarlos.

Existieron muchas versiones acerca del verdadero origen de Saint Germain. Se rumoreaba que era hijo natural de la reina Ana de Neubur-go, viuda del rey Carlos II de España.  También  se  decía que era hijo Rackoczy de Transilvania y de su primera esposa Teleky. Su permanente juventud era otro de sus misterios. La condesa Gergy lo había conocido en Italia hacía cincuenta años. Cuando lo volvió a ver en Francia, ya convertida en anciana, no pudo creer lo que tenía ante sus ojos; el conde conservaba la misma juventud de entonces.

BIOGRAFÍA: La historia y escritos hallados sobre el Conde Sant Germain no logran develar la vida de un personaje misterioso, en ellos se repite que nació el 26 de mayo de 1696, hijo del Rey de Transilvania Ferenz II RaKoczi y la Princesa Carlota, en el castillo de los Montes Carpatos.

El Rey fue perseguido por Carlos VI que lo consiguió destronar, mientras tanto, para proteger a su hijo el pequeño Príncipe, lo envió a Florencia, allí fue cuidado y educado por el último de los Médicis.

A los 14 años ya se destacó en un movimiento franco masón espiritual mientras estudiaba en la Universidad de Siena.

Sólo a la muerte de su padre en Turquía, donde permanecía en el exilio, comenzó a mostrar sus poderes, pues estando junto a su padre en el lecho de muerte en 1735, fue visto junto a un famoso rosacruz en Holanda.

El príncipe «muere» cuando un año después de morir su padre, los acontecimientos lo habrían atado a una vida oficial en Hungría. Apenas muere aparece en Escocia donde vive hasta 1745, después se traslada a Alemania y a Austria, y de ahí se irá a la India a estudiar Alquimia.

En todos éstos años llevará diferentes nombres: Marques de Monferrat, Conde Bellamare, Caballero Schoening… Es en 1758 cuando comienza su vida en París con el nombre de Conde de Saint Germain. Es presentado a Madame Pompadour, quien a su vez lo presenta al Rey de Francia. Cuentan que para justificar su nobleza ante el Rey, le contó en secreto su procedencia, lo cual fue aceptado por su Majestad.

Es quizás el personaje más inquietante de la Francia revolucionaria del siglo XVIII, aunque hay quien afirma que va mucho más allá; se le considera uno los pilares del ocultismo mundial. La realidad de su vida está mezclada con su leyenda, y poder distinguirlas es a día de hoy casi imposible. Sobre su figura han proliferado multitud de estudios y supuestos mensajes, de calidad variable, los cuales no han contribuido a esclarecer quien fue realmente el Conde de Saint Germain.

Digamos que «oficialmente» nació en Transilvania, en 1696, hijo de príncipes, se decida a viajar por Europa y Asia. Su fama se creó en la corte francesa previa a la Revolución, allí fue presentado a Luis XV, el cual le da el título de conde de Saint Germain. Cuando llega a la corte francesa, contaba con cerca de 60 años, sin embargo, todas las fuentes le describen como un hombre maduro, de unos 35 años, y con una excelente forma física. El misterio crece si le añadimos que nunca nadie le vio comer, ni beber, ni dormir, al igual que nadie llegó a conocer su casa.

En cuanto a habilidades personales, no tenía rival en muchas de ellas, era un virtuoso tocando varios instrumentos, cantaba con calidad de barítono, su memoria le permitía recitar libros enteros y algo extraordinario: hablaba correctamente y sin acento, 14 idiomas, entre ellos varias lenguas muertas. Lo más extraño de todo, algo que nadie antes había podido hacer: ser ambidiestro completo, es decir, podía escribir perfectamente con ambas manos. Después de esta descripción, podríamos pensar que estamos hablando de alguien inventado, sin embargo, su coincidencia con la Francia revolucionaria, le permitió conocer a hombres de la talla de Voltaire, el cual dejó pruebas escritas de su admiración y sorpresa por el conde.

De hecho, en una carta que se conserva y remitida a Federico el Grande de Prusia, le describía así:» El Conde de Saint Germain es el hombre que nunca muere y todo lo sabe». Su fama de inmortal se debía a la ausencia de deterioro físico, mientras sus conocidos iban envejeciendo, el se mantenía siempre igual, incluso más joven, de ahí procede su necesidad de viajar por todas las cortes europeas. Esta forma de «desaparecer», no resultó completamente efectiva, ya que nos ha llegado testimonios de personas que le vieron con el mismo aspecto físico, en lugares diferentes y con un intervalo de 50 años.

Oficialmente murió el 27 de febrero de 1784, aunque sus seguidores dicen que, tanto la fecha de nacimiento como la de su muerte son totalmente falsas; esto puede verse corroborado porque no hay registros policiales ni privados de su velatorio, incluso tampoco tumba del Conde, hecho realmente significativo, dada la importancia de este personaje dentro de la corte del rey de Francia y de Prusia.

Se han escrito muchos libros basados en la vida del Conde, que incluso han sido llevados al cine, entre los más conocidos están: «El conde de Montecristo» o «La pinpinela escarlata». Para terminar, decir que el Conde de Saint Germain publicó varios libros, en los cuales supuestamente hizo pública su verdadera personalidad así como mensajes ocultos, siendo hoy en día una fuente de meditación e inspiración para algunas personas.

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Uno de los datos de la singular biografía de Saint Germain es la nebulosa que siempre rodeó sus orígenes. El misterioso conde se preocupó mucho, incluso cuando se hizo miembro de las órdenes masónicas, de ocultar su procedencia.

¿COMO LLEGA A CONOCER A LUIS XV?:

Uno de los sucesos que determinaron el ascendente que iba a tener sobre el monarca fue la aclaración de un misterio que tenía perplejas a las autoridades policíales de la época. Hacía más de cincuenta años que la desaparición misteriosa de un anciano fiscal del Chatelet, el maítre Dumas, era tema de conversación de todo París.

El rey conocía también el caso, por haberlo escuchado de niño, y lleno de curiosidad parece ser que le pidió a Saint-Germain que tratase de aclarar los sucedido. Aunque éste se resistió en un principio, accedió a la petición real, y tras haber trabajado unos días en su gabinete, resolvió el caso gracias a lo que podía ser una notable muestra de clarividencia.

Es posible que este éxito convenciera a Luis XV para utilizar las dotes de que daba muestras tan evidentes Saint-Germain. Éste probablemente fue enviado a Inglaterra en misión oficial; un cometido que no llegó a cumplirse satisfactoriamente. El conde permaneció algún tiempo en Holanda, protegido por sus compañeros rosacruces, y posteriormente se dirigió a Rusia. Se sabe que en 1762 se encontraba en San Petersburgo. La etapa rusa está llena, una vez más, de suposiciones fantásticas en las que se le hace participar en maquinaciones políticas en las que, con toda seguridad, nada tuvo que ver.

Continuando sus andanzas por Europa, Saint-Germain se instaló en la ciudad belga de Tournai, en donde se hizo pasar por conde de Surmont. Protegido, una vez más, por encumbrados aristócratas locales, quiso dedicarse nuevamente al negocio de la tintura de sedas, negocio al que por segunda vez tuvo que renunciar, abandonando al mismo tiempo Bélgica y partiendo hacia Italia. Tras una corta estancia en Venecia, visitó numerosas ciudades italianas y, posiblemente, también viajó a Malta. En el año 1773 se perdió su rastro. Varios de sus comentaristas aseguran que esta vez el viaje que emprendió Saint-Germain fue a tierras mucho más lejanas: Oriente; unas tierras en las que, según él afirmaba, ya había estado.

Tres años después, en 1776, reapareció en Leipzig, tratando de llevar una vida que pasara desapercibida. A partir de ese momento parece ser que las cosas no rodaron muy bien para Saint-Germain. Terminó instalándose en Schleswig, buscando el apoyo del príncipe Carlos de Hesse, con el que llegó a tener una buena relación. Pero en 1783 se encontraba ya muy achacoso, falleciendo un año después.

Fuente Consultada:
SITIO WEB: www.actosdeamor.com
Enciclopedia del Esoterismo de Mariano José Vazquéz Alonso

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Biografía del Marqués de Sade

Biografía del Marqués de Sade

Esta biografía se divide en:

  • Introducción 
  • Los Primeros Años
  • El Marqués Libertino
  • La Cárcel
  • El Periodo Revolucionario
  • El Escritor
  1. Introducción

Los personajes extraordinarios, al adelantarse o simplemente separarse de su época, suelen ser objeto del odio, producto del temor, de sus conciudadanos. Ocurre esto porque el pueblo, que ha sido educado en unas costumbres concretas y es demasiado simple como para concebir otras, observa con miedo cualquier actitud que se aparta de ellas; las personas importantes, en cambio, las conciben, pero las envidian y las temen, no vaya a ser que su influencia se vea afectada por la pujanza de estos nuevos protagonistas. Sin embargo, una vez han muerto, no se les ve ya como a seres peligrosos, sino como a rarezas que resultan interesantes e incluso atractivas.

Entonces, las leyendas que se forjaron a su alrededor para calumniarlos, no hacen más que aumentar su aureola y volverlos más interesantes, y la sociedad acaba admirando al personaje muerto tanto como odió a la persona viva. A lo que antes se le llamó extraña manera de comportarse y actitud desafiante, ahora se le llama grandeza y fuerza de carácter; y lo que antaño fue considerado justo castigo por sus actos, palabras o pensamientos, ahora es heroico sufrimiento ante la incomprensión y la bajeza de sus contemporáneos.

Así ocurrió, entre otros, con Sócrates, quien tras haber sido condenado por los atenienses, fue admirado por ellos como el más grande de los filósofos, viéndose de este modo hasta qué punto su muerte había sido provocada por la envidia y la calumnia.

Pero al abordar la tarea de narrar la vida del marqués de Sade, me doy cuenta de que la leyenda que se ha forjado alrededor de su persona resulta tan odiosa para las sociedades de casi cualquier época y lugar, que incluso después de muerto es difícil obtener para él el reconocimiento que merece. Pero si intentamos conocer su vida basándonos, no en noticias poco fiables y creadas, a menudo, por la imaginación popular, sino en los hechos que se sabe que ocurrieron, quizás entonces podamos juzgarlo más equitativamente, si es que nos consideramos capacitados para ello, porque no creo que haya existido otro personaje capaz de llegar más lejos, aunque sea con la imaginación, dentro del terreno de la moral y la valoración de la libertad del ser humano.

Sobre su aspecto físico se cuenta que era de mediana estatura, y bien proporcionado, pero su larga estancia en prisión le hizo engordar y acabó siendo un tanto obeso. Tenía una imagen agradable, los ojos azules y el pelo rubio. La dulzura de su carácter, que muchos alababan en su juventud, se vió siempre perjudicada por su prepotencia y sus aires de superioridad.

Él mismo criticaba, siendo ya mayor, los mimos y los favores de que fue objeto siendo niño. Creía que todos los demás debían plegarse a sus caprichos y esto, unido, a su carácter impulsivo y romántico, le perjudicó enormemente durante toda su vida.

A menudo se deja a un lado su entorno histórico y familiar, como si narrar su vida consistiese en analizar la demencia de un loco extraño que nada tiene que ver con su época, formado por personas totalmente ajenas a sus extravíos. Sade fue, sin duda, un personaje singular, pero no un caso aislado. Él mismo lo expresa así: Perdonad mis defectos, es el espíritu de la família que me domina, y si debo hacerme un reproche, es de haber tenido la desgracia de nacer en ella. Dios me guarde de todas las ridiculeces y los vicios de que está infestada. Me creería casi virtuoso si Dios me concediera la gracia de no adoptar más que una parte.

En efecto, su padre, el conde de Sade, ofreció un buen ejemplo de libertinaje a su hijo. Tras algunos años junto a su família, en Provenza, decidió probar suerte en el gran mundo y se marcho a París. No se abstuvo de intrigas en la corte y aspiró siempre a lo más alto, dilapidando una buena parte de su fortuna en bailes y fiestas de la más alta sociedad y llegando a pretender a algunas de las mujeres más famosas de su tiempo, como madame de Pompadur o madmoiselle de Charolais. Tampoco se abstuvo del vicio con los jóvenes de su mismo sexo que se prostituían por las calles de París.

Sin embargo, no fue una persona ciertamente vulgar, sino un hombre ingenioso y culto que se dedicó también la literatura, aunque fuese a título privado y sin intención de publicar. Por lo que se cuenta, hubo muchos hombres en aquella época que, pese a su excelente formación, demostraron un gran apego al vicio, aunque no por ello dejaban de ser ingeniosos y de poseer un cierto encanto. Uno de estos hombres fué el tío del marqués de Sade, Jacques-François Paul Aldonse, al que se suele conocer como el abad de Sade.

Este cura libertino fue un auténtico prototipo del religioso de vida alegre, que por la mañana se entretenía rezando a Dios, por la tarde leyendo a Horacio y por la noche fornicando a una prostituta. Tanto él como su hermano el conde fueron amigos personales de Voltaire y de madame de Châtelet. A Voltaire sin duda le debió resultar atractivo conocer a miembros de la família de Sade, pues se cuenta que Laura, la amada del poeta Petrarca, inspiradora de sus versos, perteneció a esta família.

Vale la pena conocer a estos hombres singulares junto a los que se educaría el divino Marqués. Dejemos, pues, que sea el mismo conde de Sade, padre del marqués, el que nos describa su situación en sus últimos años, cuando la edad ya le había apartado de sus primeros desvaríos:

Lo que me ha impedido hacer fortuna es que siempre he sido demasiado libertino para permanecer en la antecámara, demasiado pobre para poner a los criados al srvicio de mis intereses, demasiado orgulloso para rendir homenaje a los favoritos, a los ministros, a la amante. Que les hagan la cote los que esperan o desean llegar por sus propios medios, he dicho cien veces. Yo soy libre. No lo he sido siempre, porque las pasiones me dominaban, pero jamás he tenido la de la ambición.

He vivido mucho tiempo en el torbellino de las mentiras y las maledicencias. Hasta ahora no he podido gozar de algo que los reyes no podrían dar, porque no lo poseen: la libertad.

Después de muchas aventuras, acabó casándose con Marié-Éléonore, una princesa de la família Condé, que por aquel entonces tenía una gran influencia en Francia. Fruto de este matrimonio nacería su hijo Donatien, que pasaría a la historia como el marqués de Sade.

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Los Primeros Años

El 2 de Junio de 1740, el conde de Sade, Jean-Baptiste, y su esposa Marié-Éléonore vieron nacer al heredero de la casa, al futuro conde de Sade, al que pusieron de nombre Donatien Alphonse François. Mientras viviese su padre, el título que ostentaría sería el de marqués, con el que la Historia acabaría conociéndolo.

El conde mantuvo siempre una gran preocupación por la educación de su hijo, intentando relacionarlo con lo más elevado de la sociedad francesa y realizando enormes sacrificios para que no le faltase nada, ni siquiera de lo que no es necesario. Esto tuvo un efecto muy negativo en su formación, y el propio marqués será quien diga, unos años más tarde, que con tantos cuidados no se consiguió otra cosa que desarrollar sus vicios. A esto contribuyeron también algunas mujeres amigas y parientes del conde de Sade, que en diferentes épocas estuvieron al cuidado del jovencito (que, por lo que se cuenta, les resultaba encantador).Dado que su madre pertenecía a la família de los Condé, tuvo la ocasión de pasar los primeros años de su vida en un palacio cercano a París, rodeado de todo el lujo y los cuidados que él mismo criticará más tarde.

Vale la pena mencionar aquí a un personaje que tuvo la ocasión de conocer en aquel tiempo: el conde de Charolais, cuyo recuerdo sin duda debió resultar útil al Marqués cuando, años más tarde, escribiese sus obras. De entre otras muchas anécdotas espantosas, se cuenta que se divertía probando su puntería sobre los obreros que reparaban los tejados de la vecindad. Cuando más tarde se le detenía por asesinato, se libraba pidiendo el indulto al rey de Francia, hasta que un día Luis XV le dijo: «Señor, el perdón que me pedís se lo debo a vuestro rango y a vuestra calidad de príncipe de la sangre, pero lo concedería más de buen grado al hombre que os hiciese lo mismo».

Al cumplir cinco años, su padre decide que ya es hora de que se traslade a Provenza, donde están las posesiones de la casa de Sade, de modo que marchó al castillo de Saumane, muy diferente al palacio donde se había criado hasta entonces, y mucho más parecido a los escenarios de su futuras novelas: aislado, sombrío y lleno de mazmorras.

Allí pasó algunos años felices en compañía de unas mujeres amigas de su padre que lo empeoraron, mimándolo, y de su tío el abad, que tanto le ayudaría en su formación humanística y que tanto le inspiraría en el futuro, pues allí pudo comprobar también el Marqués el libertinaje de este buen ministro de Dios, que siempre estaba bien abastecido de prostitutas. Junto a su tío, el marqués recibió una gran fromación cultural. En la biblioteca de la família podrá leer a los más grandes autores antiguos y modernos, y aprender de ellos lo suficiente para superarlos.

Volvió a París al cumplir los diez años, para entrar en el colegio Louis-le-Grand, uno de los más prestigiosos del momento, regentado por los jesuitas. Su padre debió realizar un gran esfuerzo económico para ello, pues aquí se educaban los hijos de las más nobles famílias de Francia. Aquí nació la pasión del marqués por el teatro, pues era una práctica habitual de la escuela realizar representaciones periódicamente. También sugieren algunos que aquí recibió las primeras impresiones en lo referente a la fustigación y también en lo referente a la sodomía.

Se consideraba en aquella época que el castigo del látigo o las varas era un castigo noble, en contraposición a las bofetadas o los tirones de orejas, por ejemplo. Incluso existían tratados sobre ello, y realmente era una práctica habitual en los colegios, para reprimir a los alumnos que no cumplían las normas disciplinarias. Respecto a la sodomía, también existían muchas sospechas de que se practicaba más o menos habitualmente y de que los maestros la fomentaban entre sus alumos y la practicaban con ellos. Es difícil decir hasta qué punto estaba extendida esta práctica, porque este tipo de cosas siempre se quieren exagerar o minimizar. Sin embargo, habiendo leído las obras del marqués, parece difícil dudarlo.

Durante los periodos de vacaciones, pasa temporadas en el castillo de Longeville, junto a una tal Mme. de Raimond y otras damas encantadoras (a juzgar por los testimonios que nos han quedado) que se dedican a juguetear con los sentimientos del jovencito y hacerle sentir los primeros arrebatos de amor.

A los catorce años su padre lo saca el colegio para que se incorpore al ejército. Poco tiempo después estalló la guerra con Prusia y, según parece, Sade cumplió valerosamente con sus deberes militares. Todo el mundo alaba en esta época «la extrema dulzura de su carácter». Su padre se preocupa mucho por apartarle de las malas compañías, pues parece ser que el ejército también estaba infestado de todos los vicios. Sin embabrgo, el joven ya comenzaba a dar muestras de sus inclinaciones, y ya nunca sería posible apartarlo de ellas. Vale la pena reproducir una descripción que escribió el propio marqués de sí mismo a su padre durante esta época:

«Me preguntáis sobre mi plan de vida y mis ocupaciones. Os lo detallaré con sinceridad. Me reprochan que me guste dormir y es cierto que tengo un poco ese defecto: me acuesto temprano y me levanto tarde. Monto a caballo muy a menudo para examinar la posición del enemigo y la nuestra. Cuando hemos estado tres días en un campamento, conozco hasta el menor barranco, tan bien como el señor mariscal. Obro en concordancia con mis ideas, ya sean buenas o malas; las digo y soy elogiado o censurado en proporción con el escaso o ningún sentido común que contengan. A veces hago visitas, pero sólo a M. de Poyanne o a casa de mis antiguos camaradas de los carabineros o del regimiento del rey.

No las rodeo de ceremonia porque no me gustan las ceremonias. De no ser por M. de Poyanne, no pondría los pies durante toda la campaña en el cuartel general. Sé que esto no me favorece; hay que hacer la corte para tener éxito, pero no me gusta hacerla. Sufro cuando oigo a alguien decir a otro, para halagarle, mil cosas que a menudo no piensa.

Soy incapaz de interpretar un personaje tan tonto. Ser cortés, honrado, orgulloso sin arrogancia, solícito si palabras insulsas; satisfacer con frecuencia la pequeñas voluntades cuando no nos perjudican, ni a nosotros ni a nadie; vivir bien, divertirse sin arruinarse ni perder la cabeza; pocos amigos, quizás porque no existe ninguno verdaderamente sincero y que no me sacrificara veinte veces si entrara en juego el más ligero interés por su parte; igualdad en el carácter, que me haga vivir bien con todo el mundo, sin entregarme , sin embargo, a nadie, porque ya en el momento de hacerlo te arrepientes; decir lo mejor, hacer los mayores elogios de personas que, a menudo sin fundamento, han hablado muy mal de ti sin que lo sospecharas (porque casi siempre engañan más los que tienen el aspecto más atractivo y parecen buscar tu amistad). Estas son mis virtudes o aquellas a las que aspiro».

En 1763, al acabar la Guerra de los Siete años, se licencia. Su padre, que ya le buscaba esposa desde hacía tiempo, consigue casarlo con Renée-Pélagie, hija del presidente de Montreuil, una joven no muy agraciada, pero de buena posición económica y de un caracter prudente y sincero. Ya por esta época el marqués era un libertino rematado, y seguramente su padre pretendía apaciguar sus costumbres por medio de esta unión.

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El Marqués Libertino

Una vez casado, Sade se traslada a París, con su esposa, al palacio de Montreuil. En un primer momento consigue ganarse su afecto y el de toda su familia. Incluso la presidenta de Montreuil, dama autoritaria y de moral estricta, se muestra encantada con él, y el reciente embarazo de la señora de Sade hace aumentar la felicidad familiar. Pero pronto su libertinaje empieza a salir a flote y a crearle problemas.

A los tres meses sufre su primera detención: las declaraciones de una joven con la que se había entregado a ciertos actos sacrílegos le conducen al torreón de Vicennes, donde permanece 15 días. Las gestiones de su suegra le permiten escapar airosamente de la situación y durante una temporada se dedica a una de sus grandes pasiones: el teatro. Pero se encuentra ya demasiado ligado al libertinaje como para abandonarlo durante mucho tiempo. Los episodios con ciertas damas o con prostitutas se suceden, alcanzando uno de sus puntos culminantes con su viaje a La Coste junto a Mlle. Beavousin, una famosa cortesana.

Pero el auténtico escándalo llega a consecuencia de una escena sádica ocurrida en Alcueril. Allí, el marqués practica algunas torturas (azotes, cortes, cera incandescente, …) con una joven llamada Rose Keller, y ésta se atreve a denunciarlo.

Es encarcelado y, después de siete meses de gestiones, traslados y declaraciones, recupera la libertad, gracias, una vez más, a las maniobras de su suegra, más preocupada por evitar el escándalo que por ayudar a su yerno.Este caso tuvo especial importancia porque hasta entonces, aunque muchos conocían el libertinaje del marqués, se consideraba que formaba parte de la habitual conducta licenciosa de los nobles.

Pero a raíz de este suceso de Alcueril, la prensa francesa y la extranjera se cebaron en Sade y explotaron al máximo el escándalo. Es a partir de este momento cuando comienza a surgir la leyenda del marqués de Sade como símbolo del mal.

Maurice Lever considera (y le creo) que muchas de estas acusaciones eran injustas, no tanto porque fuesen infundadas (y en parte lo eran, pues el pueblo siempre quirere que los malvados parezcan peores de lo que son para poder castigarlos), sino porque, en todo caso, había muchas otras personas a las que se podría haber denunciado por hechos parecidos o mucho peores, pero que, gracias a sus influencias, permanecían inmunes e incluso con fama de buenos ciudadanos. Sade tenía el inconveniente de ser demasiado orgulloso para ir a la corte a arrastrase a los pies de las personas influyentes. A pesar de su alta cuna y su fortuna, era un personaje relativamente débil y aislado.

Era, en fin, la cabeza de turco perfecta: noble y libertino, pero sin poder suficiente para enfrentarse a sus enemigos. El país necesitaba un personaje así para crucificarlo y él fue ese personaje. Más tarde, estando, encarcelado, ya se quejaría de esta injusticia.

Ante tal situación, el rey le obliga a permanecer en su residencia de La Coste, en la que se dedica muy activamente al teatro. Pero en seguida vuelve, aprovechando un permiso real para hacerse cuidar sus hemorroides, y esto le permite asistir al nacimiento de sus segundo hijo. También realiza un viaje de un mes a Holanda y se reincorpora al ejército durante una corta temporada.

En esta época la hermana de su esposa, Anne Prospère, que era canonesa en un convento de jovencitas, visitó La Coste con la intención de recuperarse de su delicado estado de salud. Allí, la joven llama la atención del abad de Sade, que naturalmente es rechazado; Donatien, en cambio, parece ser que sí consiguió conquistarla. Pero cuando la presencia de su mujer, de sus hijos, de su cuñada y de su apreciado tío le pueden devolver la alegría, cuando su afición al tetro, a la que dedica tanto tiempo cada vez que se retira a La Coste, puede contribuir también a darle la felicidad, un suceso estúpido dio al traste con todo y marcó definitivamente su vida.

Un buen día el marqués decide hacer una escapada a Marsella, con la intención de dar rienda suelta a su libertinaje. Lleva con él a su criado Latour y le encarga que reclute a unas cuantas prostitutas para una orgía.

La orgía se produce y, a juzgar por los testimonios es relativamente «normal», teniendo en cuenta los gustos del marqués. Un poco de fustigación, activa y pasiva, unas cuantas escenas sodomitas entre él y su criado, y únicamente la curiosidad de hacer ingerir a dos de las cuatro jóvenes a las que invitó, pastillas de anís que contenían cantárida, un afrodisíaco bien conocido desde la antigüedad, que el marqués pretendía usar para provocar la excitación anal de las jóvenes e incluso producirles ventosidades.

Pero cometió el error de excederse en la dosis, y las jóvenes enfermaron durante unos días. El caso se denunció como si el marqués hubiese intentado asesinarlas, y el resultado fue que al poco tiempo las autoridades se presentaron en La Coste para conducirlo a presencia de la justícia. Sade creyó que todo estaba perdido y huyó. Los jueces, por su parte, obraron con una cierta mala fe y acabaron declarándolo culpable, aunque las jóvenes se recuperasen unos días más tarde y no se dispusiera de pruebas concluyentes. A él y a su criado se les acusaba del gravísimo delito de sodomía y a él en particular de envenenamiento. Por ello fue quemado en efigie en Aix y se le persiguió.

Esta condena agravó aún más el odio que siempre sintió por los jueces. El marqués fue siempre un defensor de la libertad individual; le molestaba que el estado, representado por un grupo de seres insensibles que basaban su a autoridad en adoptar un aire grave, pusiese barreras a los placeres del individuo. Esta repugnancia se nota especialmente en que muchos de sus libertinos, pero sobre todo los más repulsivos, son jueces o ejercen alguna actividad ligada con la justicia. Curval, el más detestable de todos sus personajes es, probablemente el mejor ejemplo. Este odio hacia los jueces y especialmente, el resentimiento hacia el tribunal de Aix puede comprobarse en la descripción que se incluye en uno de sus Cuentos, historietas y fábulas del sigloXVIII, El presidente burlado:

Poca gente puede imaginarse a un presidente del parlamento de Aix; es una especie de bestia de la que se ha hablado a menudo, pero sin conocerla a fondo; rigorista por profesión, meticuloso, crédulo, testarudo, vano, cobarde, charlatán y estúpido por carácter, estirado en sus ademanes como un ganso, pronunciando la erres como un polichinela; enjuto, largo, flaco y hediondo como un cadaver, por lo general. Se diría que toda la bilis y toda la severidad de la magistratura del reino habían buscado cobijo bajo la Temis provenzal, para trasladarse desde allí en caso de necesidad cada vez que un tribunal francés tiene que presentar alguna queja o ahorcar a algún ciudadano.

Escapó a Italia en compañía de su cuñada, que al cabo de unos días volvió a Francia con su hermana. El marqués también vuelve al cabo de un tiempo, pero comete el error de revelarle a la presidenta su situación, creyendo que le ayudará. Ésta se ha transformado en su peor enemigo, sin duda enfadada por el idilio que mantenía con Anne-Prospère, por lo que hace detener a Sade, que es enviado a Miolans. El marqués era una persona especialmente sensible a la pérdida de libertad. Obsesionado con la idea de salir de la cárcel, planea escaparse y lo consigue.

Durante una larga temporada se ve obligado a ir de un lugar a otro, huyendo de los esbirros e la presidenta, y dejando a su esposa la administración de sus asuntos. Ésta da muestras de una gran devoción y se esfuerza al máximo para que sea perdonado, enfrentándose continuamente a su madre. Durante el invierno de 1774-1775, Sade se instala en La Coste junto a ella y contrata a varios jóvenes de uno y otro sexo para tareas tan diversas como «ama de llaves», «secretario», etcétera, pero en realidad, según suele admitirse, para montar sus orgías particulares. Algunas de las jovencitas se quejan del trato del marqués e intentan denunciarle, presentando como pruebas las marcas que conservan en sus cuerpos, pero Sade y su mujer, que le ayuda en todo, consiguen, tras muchos esfuerzos, impedir que las niñas hablen antes de que sus cuerpos estén totalmente curados.

Pero por si acaso, Sade escapa a Italia, y se dedica a recorrer sus ciudades, interesándose por todo, con vistas a escribir un Viaje a Italia. También dedicó su tiempo a otros menesteres como seducir a una madre de família, a la que naturalmente tuvo que abandonar, dejándola en una profunda desesperación, o alternar con otros libertinos y sinvergüenzas como Ange Gourard o el cardenal de Bernis, amigos también del famoso Casanova. ¿Se conocieron personalmente Casanova y el marqués de Sade?. No dispongo de ninguna noticia al respecto, aunque no parece del todo improbable. Ciertamente, el encuentro de los dos libertinos más famosos de la historia habría sido una escena curiosa.

En junio de 1776, se ve obligado a volver a Francia. Cierto estafador francés había huido a Italia bajo el pseudónimo de «conde de Mazan», que era justamente el mismo que usaba el marqués de Sade. La policía italiana lo buscaba para devolverlo a su país, lo cual dejaba a Sade en una difícil situación, por lo que decidió irse por su propio pie. Una vez allí, vuelve a reclutar jovencitas para su castillo de La Coste. El padre de una de ellas, que hacía de cocinera y a la que Sade llamaba «Justine», se presenta en el castillo y pretende llevársela a punta de pistola. Como no lo consigue, se apresura a denunciar el caso. Sade, en ese momento, viaja a París para visitar el lecho de su madre, que acaba de morir. Naturalmente, la presidenta no pierde esta ocasión para apresarlo. Sade es detenido y conducido a Vicennes.

Al poco tiempo se reabre el caso de Marsella y los nuevos jueces se dan cuenta de que ha sido tratado de una manera un tanto arbitraria, por lo que piden que el marqués se presente de nuevo ante el tribunal, para reabrir el caso. Así se hace y con éxito, pues la sentencia acaba diciendo que todo se reduce a una cuestión de libertinaje, y únicamente le condenan a no poner los pies en Marsella durante tres años y a pagar una multa. Pero cuando Sade ya se cree liberado, la presidenta consigue que se mantenga su detención por otras causas y el inspector Marais se prepara para conducirlo de nuevo a Vicennes. Ante tal perspectiva, el marqués se escapa en cuanto encuentra una ocasión y se esconde en La Coste, pero la policía se presenta allí a los pocos días y es conducido de nuevo a su celda.

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La Cárcel

Aunque ya había estado encerrado en varias ocasiones, es ahora cuando Sade experimenta con más crudeza y durante más tiempo su estancia en prisión. Su reclusión está marcada por una atuténtica serie de obsesiones que expresa en sus cartas, la mayoría de ellas dirigidas a su mujer. La más importante de esas obsesiones es, lógicamente, la fecha de su salida de prisión. Constantemente abruma a quienes le rodean con preguntas y el más mínimo signo modifica sus suposiciones en uno u otro sentido. Le pide a su mujer una gran cantidad de tarros de confitura y ésta le pregunta que para qué quiere tantos: ya cree que su liberación es inmediata. Su mujer deja de escribirle durante una temporada o le oculta datos al respecto: ya se cree condenado para toda la vida.

Sobre todo, llama la atención la extraña manía que tiene el marqués con ciertas cuestiones aritméticas. En cada cifra cree ver un signo, constantemente compara, suma, resta y cree obtener respuestas a ciertas preguntas, como si quienes le rodean hablasen un extraño lenguaje numérico. De nada sirven las repuestas de su mujer asegurándole que todo eso son imaginaciones suyas y que ella no tiene intención de comunicarle nada a través de un juego tan extraño. Para ver hasta dónde había llegado la paranoia del marqués en este aspecto, voy a citar un ejemplo, tomado de una de sus cartas, al que se podrían añadir muchos otros similares:

«He adivinado vuestro odioso enigma. El día de mi salida es el 7 de febrero del 82 u 84 (la diferencia es muy grande, y vos veis que no he adelantado más); el detestable e imbécil juego de palabras es el nombre del santo de ese día, que es San Amand, y como en febrero se encuentra Fèvre, habeis unido el nombre de ese granuja con las cifras 5 y 7. Y de ahí vuestro juego de palabras, tan vil como estúpido, por el cual, si mi salida es para dentro de 5 años (o 57 meses), el día de San Amand, 7 de febrero, Lefèvre unido al 7 y al 5 era vuestro amante».

¿Realmente se cree Sade todas esas historias aritméticas? Parece que sí. Por otro lado, bien es cierto que su mujer y él se veían obligados a utilizar medios un tanto exóticos de despistar a los espías y comunicarse, ya que el correo era abierto y revisado. A veces utilizaban zumo de limón o simplemente recurrían a pseudónimos para referirse a ciertas personas que ambos conocían. Pero todos estos extraños juegos de números nunca existieron, evidentemente, en otro lugar que en la cabeza del pobre preso, al que la reclusión le resultaba cada día más inaguantable.

Hay que tener en cuenta, además, que Sade siempre fue muy aficionado a todas estas combinaciones numéricas. Las cifras representaron siempre algo muy importante para él. Una de las cartas que escribió a su mujer desde prisión, por ejemplo, comienza así:

«Hoy, jueves 14 de diciembre de 1780, hace 1400 días, 200 semanas y casi 46 meses que estamos separados. He recibido sesenta y ocho provisiones por quincenas y cien cartas tuyas, y esta es la que hace 114 de las mías».

También en las escenas libertinas plasma a menudo su obsesión por las combinaciones de números; las mismas orgías que inventa no parecen a menudo otra cosa que un intento por agotar todas las combinaciones posibles. Así, por ejemplo, al ser detenido por el caso de Marsella, la policía encontró escrita en la pared de la habitación donde ocurrrieron los hechos, la cuenta que el marqués iba haciendo de los azotes que recibía: 215, 179, 225 y 240. Cuatro series de azotes que completan 859 en total.

Otra de sus obsesiones más importantes es la del paseo y el ejercicio físico, que dice necesitar como el aire que respira. Para un hombre tan activo como él, interesado por todo, ávido de experiencias y acostumbrado a la libertad total, la reclusión debió ser un castigo muy duro, y en sus cartas se puede comprobar que, dejando a un lado su tendencia natural a exagerarlo todo, realmente sufría muchísimo.

También intenta, por supuesto, justificar su conducta y demostrar que es inocente, al menos lo suficiente como para no merecer una reclusión tan larga y en estas condiciones. Ya he mencionado antes que el marqués de Sade fue empleado, probablemente, como cabeza de turco para contentar al pueblo, que estaba ya harto de los abusos de los nobles. El marqués era consciente de ello y se queja amargamente de que otros peores que él anden libres, mientras él se encuentra encerrado por culpa de unos hechos relativamente insignificantes. Vale la pena reproducir, a pesar de su extensión, un fragmento de una de sus cartas a la señorita de Rousset, en la que desplega toda su retórica sobre el tema, no sólo porque expresa la opinión que tenía sobre su proceso y los jueces que lo habían llevado, sino porque es una auténtica manifestación de sus opiniones sobre las libertades de los individuos.

«Si me remonto a la época de mis desgracias, de vez en cuando me parece oír a estas siete u ocho pelucas empolvadas de blanco, con quienes estoy en deuda, uno volviendo de acostarse con una joven honesta a la que deshonró, otro de hacerlo con la mujer de su amigo, éste escapándose totalmente avergonzado de un callejón, pues le perjudicaría mucho que alguien descubriese lo que acaba de hacer, aquel de allá huyendo de un tugurio a menudo mucho más infame aún. Me parece verlos, repito, colmados de lujuria y de crímenes, sentándose ante los documentos de mi proceso, y a su jefe exclamando lleno de entusiasmo por el patriotismo y el amor a la ley: ¡Cómo! ¡Voto al diablo, colegas míos! ¿Este pequeño aborto que no es ni presidente ni magistrado en el tribunal de cuentas, ha querido gozar como un consejero de la cámara alta? ¿Este pequeño hidalgo campesino ha osado creer que le estaba permitido parecerse a nosotros? ¡Vamos! ¡Es el colmo! Sin tener armiño ni ribete, se le metió en la cabeza que había una naturaleza para él, del mismo modo que para nosotros, como si la naturaleza pudiese ser analizada, violada, por otros que no sean los intérpretes de sus leyes y como si pudieran haber otras leyes que no fueran las nuestras. ¡La cárcel, voto a bríos! ¡La cárcel, señores! No hay más que eso en el mundo, sí, seis o siete años en un cuarto cerrado para ese pequeño insolente… Sólo allí, señores, es donde se aprende a respetar las leyes de la sociedad, y el mejor de todos los remedios para quien se atreve a infringirlas es obligarle a maldecirlas. Además, hay aquí otra cosa… para el señor de… que, como sabeis, tiene que ver con todo esto (eso era entonces, a Dios gracias ya no es así).

Es una magnífica oportunidad para hacer un pequeño obsequio a su amante: la extorsión podrá valorarse entre doce y quince mil francos… No dudemos un minuto… Pero, ¿y el honor del tipo… su mujer, sus bienes… sus hijos? ¡Pardiez, hermosas razones!… ¡Acaso ha de ser eso lo que debe impedirnos ceder ante el ídolo del prestigio!¿Honor…, mujeres…, hijos? ¿No son esas las víctimas que inmolamos todos los días?… ¡La cárcel, señores! ¡La cárcel, os digo!, y mañana nuestros primos, nuestros hermanos serán capitanes de barco.-Cárcel, sea, reponde con lengua pastosa el presidente Michaut, que acaba de hacer un cálculo.-¡Cárcel, señores, cárcel!, dice con voz un tanto áspera el bello Darval, garabateando ocultamente bajo un abrigo un billete amoroso para una muchacha de la ópera.-Cárcel, sin réplica, agrega el pedagogo Damon, con la cabeza todavía embotada por la comida de la cantina.-¡Eh! ¿Quién puede dudar de la cárcel?, concluye con una voz chillona el pequeño Valère, alzándose de puntillas y mirando su reloj para no llegar tarde a la cita con madame Gourdane.

Véase pues en qué consisten el honor la vida, la fortuna y la reputación del ciudadano en Francia. La bajeza, la adulación, la ambición, la avaricia empiezan su ruina y la imbecilidad la termina.

Miserables criaturas arrojadas un instante sobre la superfície de este pequeño montón de lodo, ¿está pues escrito que la mitad del rebaño persiga a la otra mitad? ¡Oh hombre! ¿es a ti a quien corresponde juzgar lo que está bien y lo que está mal? ¡Nada tiene de extraño que sea un mezquino individuo de tu especie quien quiera asignar límites a la Naturaleza, decidir lo que ella tolera, anunciar lo que ella prohíbe! Tú, a cuyos ojos la más fútil de las operaciones está aún por resolver, tú, que no puedes explicar ni el menor de sus fenómenos, defíneme el origen de las leyes del movimiento, las de la gravitación, y desarróllame la esencia de la materia: ¿es o no es inerte?.

Si no se mueve, dime cómo la Naturaleza, que nunca está en reposo, ha podido crear algo que exista desde siempre, y si se mueve, si es la causa cierta y legítima de las generaciones y mutaciones perpétuas, dime qué es la vida y demuéstrame qué es la muerte; dime qué es el aire, razona con exactitud sobre sus diferentes efectos, explícame por qué encuentro caracolas en lo alto de las montañas y ruinas en el fondo del mar. Tú que decides si una cosa es crimen o no lo es, tú que haces ahorcar por aquello que en el Congo vale coronas, esclarece mis ideas sobre el curso de los astros, su suspensión, su atracción, su movilidad, su esencia, sus periodos, demuéstrame a Newton antes que a Descartes, y a Copérnico antes que a Ticho-Brahé; explícame solamente por qué una piera cae cuando se lanza desde lo alto, sí, hazme palpable este hecho tan simple y te perdonaré el ser moralista cuando seas mejor físico.

Tú quieres analizar las leyes de la Naturaleza, y tu corazón, tu corazón donde ella se graba es en sí mismo un enigma que tú no puedes resolver. Tú pretendes definir estas leyes y no puedes decirme por qué motivo cuando las arterias se hinchan demasiado pueden trastornar al instante una cabeza y convertir el mismo día al hombre más honesto en un malvado. Tú, tan infantil en tus sistemas como en tus descubrimientos, tú, que desde hace tres o cuatro mil años inventas, cambias, das vueltas, argumentas, no nos has ofrecido aún como recompensa a nuestras virtudes más que el Eliseo de los griegos, y como castigo por nuestros crímenes su fabuloso Tártaro; tú, que, tras tantos razonamientos diversos, tantos trabajos, tantos volúmenes polvorientos compilados sobre esta materia sublime, únicamente has logrado poner un esclavo de Tito en e lugar de Hércules, y una mujer judía en el de Minerva, quieres profundizar, filosofar sobre los extravíos humanos, quieres dogmatizar sobre el vicio y la virtud, mientras te es imposible decir que son uno u otro, cuál es más ventajoso para el hombre, cuál conviene más a la Naturaleza, y si no nacería tal vez de este contraste el equilibrio profundo que los hace a ambos necesarios.

Tú quieres que el universo entero sea virtuoso, y no te das cuenta de que todo perecería al instante si en la Tierra tan sólo hubiera virtudes; tú no quieres entender que, al ser necesario que haya vicios, es tan injusto de tu parte castigarlos, como lo sería burlarte de un tuerto… ¿Y cuál es el resultado de tus falsas combinaciones, de las barreras odiosas que querrías imponer a la que se burla de tí?… Desgraciado, me estremezco al decirlo: hay que llevar a la rueda a quien se venga de su enemigo, y colmar de honores a quien asesina a los de su rey; hay que destruir a quien te roba un escudo y colmarte de recompensas, a ti, que te crees con derecho a exterminar en nombre de tus leyes a quien no tiene otra culpa que la de haber nacido para el sagrado mantenimiento de sus derechos. ¡Ah! ¡Abandona tus insensatas sutilezas! Goza, amigo mío, goza y no juzgues… goza, te digo, deja a la Naturaleza el cuidado de moverte a su antojo, y al Ser Eterno el de castigarte. Si crees no ser más que un infractor, una pobre hormiga podrida sobre este pedazo de tierra, arrastra tu pajilla hasta el almacén, haz incubar tus huevos, alimenta a tus hijitos, ámalos, sobre todo no les arranques la ceguera del error: las quimeras recibidas, te lo concedo, hacen más feliz que las tristes verdades de la filosofía. Goza de la antorcha del universo: no es por sofismas, sino para iluminar placeres por lo que su luz brilla ante tus ojos. No pierdas la mitad de tu vida para hacer desgraciada a la otra, y tras algunos años de vegetar bajo esta forma un tanto extraña, pese a lo que tu orgullo pueda pensar respecto a ello, duérmete en el regazo de tu madre para despertar bajo otra constitución, gracias a nuevas leyes que no entiendes mejor que las primeras. Piensa, en una palabra, que es para hacer felices a tus semejantes, para cuidarlos, para ayudarlos, para amarlos, que la Naturaleza te coloca entre ellos, y no para juzgarlos ni castigaros, y menos aún para encerrarlos».

En Vicennes permanece encerrado entre 1778 y 1785. Luego es trasladado a la Bastilla hasta pocos días antes de la revolución. Lo que impidió que el marqués de Sade se encontrase en la Bastilla el histórico día en que fue asaltada es curioso y guarda incluso una cierta relación con el propio asalto.

Es bien sabido lo maniático que era el marqués con ciertos detalles y costumbres, una de las cuales era la del paseo. Siempre necesitó moverse, estar al aire libre y realizar ejercicio; pero especialmente durante su encierro, el paseo diario se había convertido en una necesidad. Un día, las autoridades de la Bastilla decidieron negárselo y el marqués, furioso, cogió un hierro y comenzó a golpear los barrotes de su celda, que daba a la calle, para llamar la atención de las personas que paseaban por allí, gritando que los presos estaban siendo degollados por sus carceleros. Ante los enormes problemas que ocasionaba, las autoridades decidieron trasladarlo al manicomio de Charenton. No duró mucho tiempo allí, ya que a los pocos días, el pueblo toma la Bastilla y libera a los pesos del antiguo régimen, devolviendo al maqués de Sade, como a tantos otros franceses, la libertad.

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El Período Revolucionario

Nada más ser liberado el marqués, su mujer se apresura a separarse de él, no se sabe bien por qué. El caso es que el ciudadano Sade se encuentra totalmente libre y desligado de sus anteriores vínculos, pero al mismo tiempo aislado y sin recursos. Ante las nuevas ideas que dominan Francia y la situación tan peligrosa para un antiguo noble, decide adoptar la profesión de escritor. A partir de ahora será «M. Sade, homme de lettres». Se apunta en la Sociedad de Autores y dedica todos sus esfuerzos a que se representen sus obras de teatro.

Vale la pena dedicar un poco de atención a estas obras, porque sin ellas nuestro concepto sobre la calidad literaria del marqués y el análisis de su personalidad podrían quedar deformados. Son obras de teatro inocentes y «normales», como las que habría podido escribir cualquier otro autor, y no peores, por lo que se dice. Desgraciadamente, la fama de las novelas sádicas es tan grande que las ha ocultado hasta el punto de que a menudo se las ignora. Yo, al menos, no sé ni siquiera si existe alguna traducción al castellano de alguna de ellas, y no lo creo. Parece como si nuestro siglo se esforzase en fijarse en lo que el siglo de Sade quiso ignorar y viceversa. Se critica a Sade por su libros escandalosos, cuyas ediciones y traducciones se multiplican y, en cambio, se ignoran estos otros, considerándolos poco interesantes. El caso es que, a pesar de su inocencia, algunas de estas obras fueron rechazadas por cuestiones morales, con unos argumentos que hoy nos parecerían inauditos, pero que en ese momento, con los ánimos tan exaltados como estaban ante la situación del país, eran comprensibles. Curiosamente, la más inmoral de todas, la historia del conde Oxtiern, fue la primera en representarse, no sin un cierto escándalo.

Paralelamente, pero a escondidas, Sade trabajaba en la redacción y publicación de sus novelas (Justine, Aline y Valcour, Juliette,..). El carácter radical de muchas de estas obras obligó siempre a Sade a esconderse y a negar ser el autor de tales manuscritos. La misma Justine, a pesar de ser indiscutiblemente suya y su obra más famosa, siempre sufrió este rechazo. Ya estaba la situación bastante delicada como para atreverse a declararse autor de libros como estos. Si los publicaba era, en gran parte, porque necesitaba el dinero. Ocurre que, aunque de manera más o menos velada, las novelas picantes gozaban de cierto prestigio en una parte del público, y Sade ve en ello una buena oportunidad de conseguir el dinero que tanto necesita. Sin embargo, no quiere que se le confunda con la mayoría de escritores eróticos, a los que desprecia extraordinariamente. En la Historia de Juliette comenta las obras de estos autores, considerándolas miserables folletos hechos en los cafés y burdeles, que prueban en sus mezquinos autores dos vacíos a la vez: el de la mente y el del estómago. La lujuria, hija de la opulencia y la superioridad, sólo puede ser tratada por personas de cierto temple,… por individuos en fin, que, acariciados primero por la naturaleza, lo sean a continuación después por la fortuna por haber ensayado ellos mismos lo que nos traza con su pincel lujurioso; y esto es absolutamente imposible para los granujas que nos inundan con los despreciables folletos de los que hablo.

En este momento es cuando conoce a Marie-Constance Renelle, a la que dedica Justine. Esta mujer a la que el apoda «Sensible», estaba casada con un tal Quesnet, que marchó a las indias, dejándola a ella y a su hijo en Francia. Sade sintió un gran afecto por ella y la contrató como ama de llaves. Incluso le leía sus obras para que ella diese su opinión, igual que hacía Rousseau. Constance se convirtió a partir de entonces en su mujer de hecho, y le ofreció un valioso apoyo en los momentos difíciles. Vale la pena reproducir unas frases que el marqués dirigió al hijo de Constance:

«Piensa, amigo mío, que la existencia de tu madre se ha repartido para componer la tuya: esta existencia de que disfrutas sólo es, hablando con propiedad, una emanación de la suya… Piensa, amigo mío, que el tributo de ternura y respeto que le debes no es nada comparado con los cuidados que te ha prodigado… Te he dicho a menudo que una madre es una amiga que la naturaleza sólo nos da una vez y que nada en el mundo puede sustituir cuando tenemos la desgracia de perderla. Entonces no encontramos nada que pueda ocupar su lugar; los rasgos envenenados de los hombres, su maldad, sus calumnias, su perversidad, nos alcanzan sin obstáculo. Nos refugiamos en el seno de una amigo, de una esposa, pero ¡qué diferencia, mi querio Quesnet! Ya no encontramos las atenciones desinteresadas de una madre, esta sensibilidad preciosa, no alterada por ningún interés particular. En una palabra amigo mío, ya no son las manos de la naturaleza.»

Durante los difíciles años de la revolución francesa, se ve obligado, como tantos otros, a abandonar las viejas costumbres e ideales y acoplarse a los nuevos tiempos. Sin embargo, Sade nunca dejó de ser un aristócrata. Ya fuese un niño jugando en el palació de los Condé, un marqués provenzal residente en el castillo de la Coste, un prisionero en Vicennes o un ciudadano en las calles de París, siempre fue un noble y siempre despreció al pueblo. Cuando se le dice que hay que fijarse en los méritos de la persona, y no en su pasado, responde:

«Es cierto cuando las virtudes hacen olvidar su nacimiento; entonces hay que estimarles incluso más que al noble inútil o ignorante que, al no ofrecer a la sociedad más que el pergamino merecido por sus antepasados, sólo se presenta para hacer notar más la diferencia entre él y sus abuelos. Pero cuando el hijo de un jardinero de Virty, el de un banquero de Avignon, o el de un alguacil de esclavos de galera, recién salidos de la bajeza y la crápula, sólo aportan a los puestos donde su bajeza les ha colocado los vicios vergonzosos de su origen, todo los sumerge de nuevo sin que se den cuenta en el fétido pantano adonde les condenó la Naturaleza, y su nariz que asoma a la superficie de la tierra les da el aspecto, creo yo, de un sapo asqueroso y sucio que intenta salir del fango y sólo consigue hundirse todavía más y confundirse con él.»

Se cuenta también una anécdota por sí misma insignificante, pero que permite hacerse una idea de la visión tan romántica de la vida que tenía el marqués. Un día trasladaban a Luis XVI en su carroza, poco antes de ser condenado, y en ese momento un hombre se acerca rápidamente a ella, echa una carta por la ventanilla y desaparece entre la multitud. Este hombre era el marqués de Sade. La carta se titulaba Petición de un ciudadano de París al rey de los franceses, y en ella el marqués le reprochaba el despotismo de su reinado y le pedía que, si volvía a reinar como antes, lo hiciese pensando más en la nación y no en los propios intereses de la corte.

Otra muestra de su carácter la dio en el momento en el que el pueblo decide quemar los archivos en los que se guardan los títulos nobiliarios. Su primera reación entonces es escribir a Gaufridy, su notario, pidiéndole que abandone cualquier otra tarea (a pesar de lo apurado de la situación) y se ocupe ante todo de conservar sus papeles.

Sin embargo, dadas las circunstancias, decide ejercer en la práctica el oficio de actor que tanto le gusta, y se hace pasar por un revolucionario. Se une a la causa aportando sus dotes literarias e incluso llega a ser presidente de su sección. Los discursos que redacta en aquella época, defendiendo las ideas revolucionarias, la mayoría de las cuales son diametralmente opuestas a las suyas, revelan, por un lado el riesgo al que estaba sometido, y por otro lo mucho que se debió divertir representando esa pantomima. Sobre sus opiniones respecto a la revolución, se ha conservado una carta que, probablemente, es más sincera que sus declaraciones públicas:

«A este respecto, no vayais a tomarme por un «enragè». Os aseguro que soy simplemente imparcial, enfadado de haber perdido mucho, más enfadado aún de ver a mi soberano con grilletes, desconcertado por lo que vos, caballeros de provincias, no conoceis ni por las tapas: que es imposible hacer y seguir haciendo bien las cosas mientras las sanciones del monarca sean reprimidas por treinta mil espectadores armados y veinte piezas de artillería; pero añorando muy poco, por otra parte, al antiguo régimen. Está claro que me ha hecho demasiado desgraciado para que lo llore. Tal es mi profesión de fe, y la hago sin temor.»

Un buen día, sin embargo, se ve obligado a abandonar su puesto de presidente. Se discutía sobre la pena de muerte y al marqués le impresionó tanto la sola idea de la guillotina, que se mareó y tuvo que abandonar la sala. Este y otros incidentes minúsculos e insignificantes por sí mismos, pero que, en épocas como estas, resultan tan importantes, acabaron haciendo sospechar a sus camaradas, que comenzaron a mover hilos para que fuese condenado como enemigo de la revolución.

Sorprende sin duda ver al marqués marearse ante la idea de la pena de muerte, él que ha escrito obras plagadas de crímenes y atrocidades. ¿A qué se debe esta disparidad? Nunca se sabrá, pero quizás resulte más comprensible si pensamos en la diferencia que separa al crimen del libertino, realizado por placer, con premeditación, y con mil detalles destinados a excitar la sensibilidad, del crimen de estado, frío y seco, que pretende justificarse a sí mismo como necesario, como una consecuencia de ciertas leyes que limitan la libertad del hombre y que, bajo la apariencia de defender el orden y la paz de la sociedad, esconden la tiranía de quienes tienen poder suficiente para imponerlas. El marqués de Sade fue, más que un ilustre libertino, un ilustre defensor de la libertad del ser humano, un enemigo de las restricciones impuestas por la sociedad, un hombre que se planteó siempre la cuestión de hasta dónde puede llegar una persona que pueda llevar a la práctica sus caprichos, sin que las pesadas normas que le imponen sus conciudadanos vengan a restringirlos. De ahí que para él la pena de muerte fuese la máxima aberración.

Bajo el Terror de Robespierre, Sade es arrestado y se le envía a la guillotina. Varias acusaciones estúpidas, que pretenden desenterrar los hechos por los que ya cumplió condena bajo la monarquía, vienen a desembocar en una acusación que lo considera enemigo de la revolución. Con eso basta en esta época para morir. El propio marqués escribió:

«Es preciso ser prudente con la correspondencia, jamás el despotismo abrió tantas cartas como abre ahora la libertad.»

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De este modo, el terrible marqués, que ya ha pasado media vida en prisión por culpa de ciertas faltas insignificantes y que no ha perjudicado a nadie tras la toma de la Bastilla e incluso ha apoyado la causa revolucionaria, es conducido hacia la muerte, al igual que muchos otros inocentes, por los discípulos de Rousseau, por los defensores de la libertad. Sin embargo, en el último momento, cuando ya le llevaban en el carro junto a los otros condenados, las autoridades le dejan en libertad. ¿Por qué? Se especula con hipótesis referentes a la incompetencia burocrática del momento, al caos reinante, o también a las acciones de Constance que, desde fuera, hacía cuanto podía para que el marqués fuese liberado. Sea como fuere, Sade se libró de la muerte y decidió apartarse totalmente de la política, en vista de lo inestable de la situación.

El Escritor

Durante todo el periodo revolucionario, Sade tuvo importantes problemas de dinero. Todos los nobles y los defensores del antiguo régimen fueron perseguidos y aún tuvo suerte de no acabar guillotinado. Sus hijos habían emigrado a Alemania, y ser padre de emigrados era, en ese moemto, casi un sinónimo de enemigo de la revolución. Pero ha conseguido librarse de la muerte y ahora le toca librarse de la pobreza. Se ve obligado a vender sus posesiones y, al no tener otra profesión, recurre a la de escritor. Es en esta época cuando publica muchas de sus obras (La nueva Justine, seguida de la historia de Juliette, su hermana, Los crímenes del amor, La filosofía en el tocador, …), pero aún así, pasa una gran necesidad.

Además, otro problema viene a sumarse al económico: cada vez más gente sospecha que él es el autor de Justine, e incluso aparecen artículos en los periódicos que le atribuyen la obra y arremeten contra él. La aparición de otras novelas libertinas como la Historia de Juliette no hace más que agravar la situación. Hace poco que ha vuelto a cambiar el régimen político: ahora es el cónsul Bonaparte el que dirige el destino del país. No importa: la monarquía encarceló a Sade por motivos morales, la revolución aprovechó los mismos argumentos y no va a ser Napoleón quien vaya a perdonarle. En 1801, Sade es detenido y juzgado por haber escrito Justine y la Historia de Juliette. Él lo niega, pero su fama es más fuerte que su palabra y acaba siendo recluido en el manicomio de Charenton.

Allí acabó su vida pública. En este horrible lugar permanecerá hasta su muerte, en 1814. Pero antes de que llegase ese momento, aún tuvo tiempo de realizar una actividad curiosa: organizar representaciones de teatro con los locos del manicomio. M. Coulmier, director del centro, era un hombre activo que se esforzaba por mejorar las condiciones de los reclusos tanto como podía. La idea de organizar representacioes le pareció buena y así, el marqués se encontró llevando a la práctica una de sus mayores aficiones en uno de los lugares que menos hubiese imaginado. Sin embargo, la idea tiene éxito y mucha gente viene desde París para contemplar la nueva «terapia contra la locura». Una de estas personas, un joven llamado Armand de Rochefort, nos ha dejado un testimonio que nos permite tener una visión de Sade en sus últimos años y de la que sus contemporáneos tenían de él. Mientras asistía al espectáculo.

«A mi izquierda se sentó un anciano de cabeza baja y mirada de fuego. La cabellera blanca que le coronaba prestaba a su rostro un aire venerable que imponía respeto. Me habló varias veces con una elocuencia tan calurosa y una inteligencia tan variada que me inspiró mucha simpatía. Cuando nos levantamos de la mesa, pregunté a mi vecino de la derecha el nombre de este cordial caballero y me respondió que era el marqués de S***. Al oírlo me alejé de él con tanto terror como si me hubiera mordido la serpiente más venenosa. Sabía que este detestable anciano era el autor de una novela monstruosa en que estaban publicados todos los delirios del crimen en nombre del amor. Había leído este libro infame, que me había dejado la misma impresión de repugnancia producida por una ejecución en la place de Grève, pero ignoraba que un día vería a su creador admitido a la mesa del director de una institución pública.»

Aún tendrá que enfrentarse con algunas dificultades, pues todavía hay quienes le consideran peligroso, e intentan enviarlo a otro lugar en el que no tenga contacto con otras personas. Afortunadamente, estas gestiones no progresan y permanece en Charenton hasta el final de sus días.

Su epitafio (que, por lo que yo sé, fue escrito por él mismo) revela perfectamente en qué consistio su vida:

Epitafio a D.A.F. de Sade,

arrestado bajo todos los regímenes.

Paseante,

arrodíllate para rezar

por el más desdichado de los hombres.

Nació en el siglo pasado

y murió en el que vivimos.

El despotismo, con su horrible mueca

en todo momento le hizo la guerra.

Bajo los reyes, ese monstruo odioso

se apoderó de su vida entera;

bajo el Terror reaparece

y pone a Sade al borde del abismo;

Bajo el Consulado revive:

Sade vuelve a ser la víctima.

Efectivamente, fue apresado bajo todos los régimenes bajo los que vivió, aunque sus hechos probablemente no lo merecieran. Escuchemos lo que el propio marqués decía a este respecto:

«Sí, soy un libertino, lo reconozco; he concebido todo lo que puede concebirse en este sentido, pero ciertamente no he hecho todo lo que he concebido, ni lo haré jamás. Soy un libertino, pero no soy un criminal ni un asesino, y, ya que se me fuerza a colocar mi apología junto a mi justificación, diré pues que, tal vez, sería posible que aquellos que me condenan tan injustamente como lo han hecho pudieran contrapesar sus infamias con mis buenas acciones tan probadas como las que yo puedo oponer a mis errores.»

En efecto, su primera detención ocurrió por entregarse a actos sacrílegos con una prostituta. La llevó a una habitación y la obligó a relizar ciertos actos como los que se leen en sus obras (pisar un cruzifijo, maldecir, fornicar poniendo una hostia consgrada en la entrada, etc.). También practicó un poco la fustigación con ella, pero parece ser que eso no impresionó mucho a los tribunales: todo radicaba en el sacrilegio. Pero, ¿acaso no habría ocurrido hoy en día lo contrario?¿Qué tibunal moderno se atrevería a condenar a alguien por sacrilegio? Una pequeña multa o un corto arresto por azotar a la prostituta y nada más.

El caso de Alcueril, que tantos problemas le causó, sí que merecía realmente alguna temporada en prisión, pues parece ser que las torturas que ejerció sobre la joven eran de una cierta importancia. Sin embargo, ¿cuantas personas practican este tipo de torturas voluntariamente, incluso hoy en día? Además, hay pocas dudas respecto a que la joven se estuviese prostituyendo y, por lo tanto, aceptase hasta cierto punto someterse a los caprichos de su cliente, como ha ocurrido siempre, ocurre hoy en día, y seguirá ocurriendo en el futuro.

Sobre el caso de Marsella, la acusación de envenenamiento cae por su propio peso y las mejores pruebas son que las mujeres no murieron y que el mismo tribunal de Aix, cuando años más tarde reabrió el caso, encontró inocente al marqués. La acusación más grave que se hacía sobre él era la de sodomía, que pocos jueces se atreverían a sostener en nuestra época, ante el riesgo de ser acusados a su vez de discriminación. Una muestra más de lo débiles y cambiantes que son los juicios humanos.

En cuanto a sus detenciones tras la revolución francesa, básicamente debidas a Justine no deja de sorprender que una misma persona fuese arrestada tantas veces y bajo tantos gobiernos distintos, e incluso estuviese a punto de ser guillotinada por escribir un libro que hoy podemos encontrar en cualquier librería.

En general, no parece que los actos del marqués hayan sido tan espantosos como los que tanto abundan en sus obras, y la leyenda que lo presenta como un monstruo sanguinario parece ser más fruto de la imaginación de ciertas personas que del análisis exhaustivo de sus actos. Nunca fue acusado, al menos con un mínimo fundamento, de asesinar a nadie ni de haberlo intentado. Los hechos libertinos de los que se le acusa no parecen haber sido peores que los de cualquier noble libertino de la época, e incluso menos graves que los de otros, como el conde de Charolais, y si bien algunos de sus actos pueden considerarse vergonzosos, la reacción de los gobiernos y los jueces sobre él no fue menos desmesurada e injusta.

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Biografia de EDITH PIAF Su Vida, sus amores y sus desgracias

Biografía de EDITH PIAF Su Vida, sus amores y sus desgracias

La vida de Edith Piaf (1915-1963) es una historia complicada. Edith Giovanna Gassion nació en 1915, en plena calle de París. Su madre separada y en plena pobreza, dá a luz con la ayuda de un gendarme.

También sus padres eran alcohólicos por lo que fue dejada al cuidado de su abuela quien regenteaba un “burdel”.

A los cuatro años sufrió de meningitis, la cual le generó una ceguera temporaria.

Ya de adolescente trabajó con su padre viajando con un circo o haciendo acrobacias en las calles. Probó fortuna con el canto callejero, junto a su media hermanaMamone (hija ilegítima de su padre), recogiendo pocas monedas diarias.

A los 16 años quedó embarazada, pero su hija Castelle falleció a los dos años de meningitis, además ella quedó imposibilitada de tener hijos.

En 1935 cuando cantaba en una avenida de París, fue vista por un empresario llamado Louis Lepleé, el cual quedó fascinado y la contrató para que trabajara en su bar, Lepleé fue quien la bautizó como “Piaf”, que significa pequeño gorrión, pues la veía como un pajarito con una poderosa voz.

Leplée la convirtió en una estrella enseñándole a mostrar su lento ante el público; aquel cabaret era además un lugar donde venían muchas celebridades de la capital. Pero su vida nunca fue camino de rosas; al poco tiempo, Leplée, al que ella llamaba “papa” apareció muerto en su despacho.

Aquel día no sólo perdió a su amigo y patrón , sino que la policía la trató como sospechosa del asesina.

A partir de este momento ella comenzó a beber y a drogarse de forma infernal, y se acostaba con cualquiera.

Edith era de esas mujeres que cuando se enamoran, lo hacen hasta la médula. De esas que, cuando se proponen conquistar a un hombre, olvidan el sentido de la dignidad.

Independientemente de las circunstancias en que se produjeran sus relaciones sexuales, Edith probó de todo y gozó con cada uno de sus amantes.

La palabra exceso no formaba parte de su vocabulario.

A finales de los años treinta del pasado siglo conoció al letrista Raymond Asso, quien la ayudó a salir de la cloaca en que había convertido su vida. De nuevo volvió a cosechar grandes éxitos gracias a sus canciones más famosas, como Je ne regrette rien, La vie en rose, Les amants de Paris, y otras.

Sus éxitos le proporcionaron grandes sumas de dinero que ella derrochaba con sus amantes y ayudando a todo aquel que se lo pidiera.

Pero su gran amor, «el único hombre al que he querido», según ella misma afirmó, fue el boxeador Marcel Cerdan, un marroquí de origen humilde que llegó a convertirse en una gloria nacional para Francia.

Se conocieron en París en noviembre de 1945 en un club en el que ella cantaba. Marcel se emocionó con su voz.

El encuentro decisivo no se produjo hasta 1947, en un restaurante francés de Nueva York. Enseguida se gustaron, quedaron para cenar y él se quedó en el hotel de Edith. En marzo de 1948 se produjo un nuevo encuentro.

Aunque ambos intentaron ser discretos, porque él estaba casado y tenía tres hijos, un periódico les descubrió.

Cerdan se las arregló para evitar que Marinette, su esposa, rompiera el matrimonio, pero sin dejar a Edith.

El 23 de mayo de 1948, Cerdan perdió por primera vez un combate y los periódicos acusaron a Piaf de traerle mala suerte. Sin embargo, sólo fue un revés pasajero y el 21 de septiembre se convirtió en campeón del mundo de los pesos medios.

Ella tenía tal pasión por Marcel que nunca estaba satisfecha y necesitaba tenerlo a su lado en cada minuto de su vida.

El llevaba una vida dedicada a su profesión, boxeando por distintos países de Europa, y ella necesitaba su cálida compañía, hasta que un día le rogó por su presencia. Cerdán subió a un avión, del cual no bajaría jamás pues se estrelló en una isla.

Edith estuvo a punto de acabar con su vida, pero Momone la vigiló y sedó para evitar otra tragedia.

Cuando Marcel se marchó, Edith volvió a su vida agitada. La menuda parisiense (medía 1,47 m.) fue una devoradora de hombres.

En aquellos momentos vivió sendos romances con el cantante Jean-Louis Jaubert y con el actor John Garfield. Entre otros amantes de la cantante se encuentran Eddie Constantinn, Yves Montand, Georges Moustaki y Charles Aznavour.

La tensión sexual que le producía el deseo del otro la hacía dormir con los puños cerrados. Le gustaban especialmente los hombres de ojos azules, pero no le hacía ascos a nadie. Sus relaciones siempre eran apasionadas y destructivas.

Ella se dejaba abofetear o maltratar por sus amantes, a cambio les era infiel siempre. Quizá la única excepción fue la que hizo con Yves Montand.

En 1958 conoció a Georges Moustaki, con el que mantuvo un al faire que duró algo más de un año. Ella entonces tenía cuarenta y dos y él sólo veintitrés, según Georges tenían una buena relación pero el alcohol y las drogas los separó.

Ella se encerraba en su cuarto a tomar cerveza, la que mezclaba con ansiolíticos y anfetaminas. Moustaki fue reemplazado por Douglas Davis un joven pintor.

En 1959 a Edith le diagnosticaron un cáncer, lo que ya no le permitiría recuperarse jamás, e ir debilitándose día a día.

Bajo estas circunstancias, un año antes de morir contrajo matrimonio con un peluquero con ambición de carrera en el mundo de la canción, llamado Théo Sarapo que tenía entonces veintiséis años.

Murió en 1963, a su entierro en París, , asistieron más de cuarenta mil personas. Todavía hoy en día se descubren flores frescas en la tumba donde está enterrada, en el cementerio de Pére-Lachaise Fue una mujer que conoció la más terrible de las desgracias, que es estar rodeada de personas que la adoraban mientras ella vivía en la más absoluta de las soledades.

El fin del amor

El 28 de octubre de 1949 se estrelló el avión en el que viajaba Cerdan camino de Nueva York. Allí se encontraba Edith, quien le había apremiado para que se reuniera con ella.

En memoria de Cerdan, Edith escribió «La belle histoire d’amour»: «Je n’oublierai jamais /Nous deux, comme on s’aimait /Toutes les nuits, tous les tours, 1… La belle histoire d’amour… 1… La bel/e histoire d’amour… /Pourquoi m’as-tu laissée ? /Je suis seule á pleurer, /Toute seule á chercher…»

La vida de Edith Piaf fue movida y azarosa.

Empezando por su nacimiento que fue en una esquina de una calle parisiense, donde su madre, alcohólica, fue atendida por dos policías. La misma Edith, muchos años después, acabaría como su madre tirada en la calle.

En 1951, tuvo un grave accidente de coche en el que se rompió varias costillas. Para aliviar su dolor los médicos le recetaron morfina, pero Piaf se convirtió en adicta y empezó a beber, y como su madre, a recoger hombres en las calles para aliviar su soledad.

Edith, quien estuvo a punto de suicidarse al enterarse de la muerte de Marcel, se volvió a casar dos veces más, pero jamás olvidó a Cerdan ni pudo quitarse de la cabeza que en parte había sido culpa suya.

RECORDANDO «EL HIMNO AL AMOR» DE EDITH PIAF

Fuente Consultada: 99 amores de la Historia y Sexoadictas

grandes amantes

Paulina Bonaparte Amante Hermana del Emperador Sexo adicta Insaciable

Biografía de Paulina Bonaparte Amante Hermana del Emperador

Paulina Bonaparte era la hermana preferida del que llegaría a convertirse en emperador de Francia. Nació en Ajaccio, Córcega, y fue la sexta hija de los Bonaparte, a la que siguieron siete hermanos más. A los quince años, Paulina se enamoró de un hombre que tenía cuarenta años y sus ardides como dandy no eran del gusto de la madre de Paulina, Leticia, por lo que fue descartado como futuro yerno.

En represalia por la negativa de su madre, Paulina comenzó a flirtear y a mantener relaciones sexuales con la mayoría de los componentes del gobierno de su hermano Napoleón.

Quizá no deba ser entendido como una venganza, sino más bien como un simple juego; Paulina era una joven de una belleza exquisita, los hombres la deseaban nada más verla, y ella supo utilizar ese inmenso atractivo para llevarse a la cama a aquellos que más le gustaban. 

Su capacidad de seducción era de tal calibre que los hombres se rendían como borregos a sus pies, y complacían cualquier capricho de la joven, por aventurado o excéntrico que éste fuera.

El 14 de junio de 1794, después de múltiples y variopintos líos de cama, Paulina, asesorada por su hermano, contrajo matrimonio con el general del emperador, Charles-Victor-Emmanuel Leclerc. Paulina navegó hasta esta isla en 1801 para reunirse con su marido, destacado allí para expulsar al rebelde Toussaint Louverture. 

Del matrimonio con Leclerc, en 1802, nacería su único hijo, Dernida Luis Napoleón, quien moriría dos años más tarde. A pesar de los devaneos de Paulina con los nativos o bien con los soldados de su marido, habitualmente de bajo rango, cuando Leclerc enfermó de fiebre amarilla, ella lo cuidó y estuvo a su lado hasta que murió, poco tiempo después, en noviembre de 1802.

Una vez de regreso en París, tardó poco más de ocho meses en con traer nuevas nupcias. Esta vez ya no se trataba del hijo de un molinero rico, venido a más en la jerarquía militar gracias al emperador de Francia, sino del hombre más rico de Italia; su nombre: el príncipe Camilo Borghese. En esa ocasión, Napoleón le escribió: «Ama a tu marido, haz que tu hogar sea feliz y, sobre todo, no seas frívola o caprichosa. Tienes veinticuatro años y deberías comportarte de forma madura y sensata». Esta carta fue algo así como una premonición de lo que ocurriría después.

Paulina no sólo siguió manteniendo relaciones sexuales variadas fuera del lecho conyugal, sino que terminó abandonando a su marido porque no le daba lo que ella quería. El príncipe tenía un miembro diminuto que no saciaba en absoluto las necesidades amatorias y carnales de su bella mujercita, por lo que poco tiempo después de catarlo decidió volver a la capital francesa, donde la esperaba el potente hombre, o habría que decir «miembro», que le causó la muerte.

El príncipe poseía todas las características que una mujer como Paulina podía desear, era un joven moreno, elegante y guapo, sus propiedades, palacios y fincas eran incontables, sin embargo, no disponía de lo más preciado para ella, de modo que, desde el primer día, sus relaciones sexuales fueron una verdadera calamidad. Ante los hechos irreparables, Paulina escribió a su tío: «Preferiría haber seguido siendo la viuda de Leclerc, con unos ingresos de tan sólo 20.000 francos, que estar casada con un eunuco».

Poco después se separó del príncipe eunuco y se trasladó a París en busca de aventuras. En 1806, tras múltiples catas, dio con la horma de su zapato. El elegido era un pintor de sociedad llamado Louis Philipp Auguste Forbin. Forbin era un hombre alto y bien formado de treinta años que contaba con un estupendo pene.

Pronto se convirtió tu el chambelán real de «la Venus». Debido a las diarias fornicaciones que llevaba a cabo con su potente chambelán, la salud de Paulina comenzó a resentirse. Fueron los médicos y la intervención de su madre quienes decidieron por ella: lo mejor que podía hacer Forbin era alistarse en el ejército francés y utilizar su potencia para otros menesteres.

Y así fue cómo Paulina se quedó sin su juguete sexual. Sin embargo, ella no podía renunciar a aquello que mayor placer le proporcionaba, por lo que, a pesar de las recomendaciones hechas por sus doctores, Paulina siguió con el mismo frenético ritmo sexual en el transcurso de los quince años posteriores. En Niza conoció a un músico llamado Blangini. Más tarde, en 1810, le tocó el turno al jefe del estado mayor de Napoleón, a continuación el objeto de su devoción sexual, que no afectiva, fue un actor. Se llamaba Frainçois Talma.

Paulina falleció de cáncer de útero en 1825, a los cuarenta y cuatro años, en Villa Borghese. Murió ataviada con sus mejores galas y pidió ser enterrada en el panteón familiar de los Borghese, entre papas.

Fuente Consultada: Sexoadictas o Amantes de Paula Izquierdo

Quien fue Paracelso? Gran Medico del Renacimiento Ciencia Medieval

Quien fue Paracelso? Gran Médico del Renacimiento
La Ciencia Medieval

Paracelso nació en Einsiedeln, Suiza, en 1493 ó 1494. Personaje fascinante, dotado de un temible espíritu critico y de un carácter apasionado y enigmáticos hasta el extremo, viajero impenitente, aquel médico visionado y genial tuvo una carrera de lo más agitada.

Su padre, médico también, fue uno de sus múltiples maestros. Paracelso no descansó nunca, moviéndose continuamente en busca de un saber universal.

Desde la edad de 14 años, fue de un sitio a otro. Hizo sus estudios en Viena, en Ferrara y en Estrasburgo. En 1522 era cirujano militar al servicio de la república de Venecia.

Ninguna universidad europea encontró favor ante sus ojos de inconformista. Médico itinerante, no consiguió seguir una caliera universitaria, ni establecerse como galeno. En Estrasburgo, en Basilea, consiguió curar casos muy difíciles. Y así, en 1527, fue nombrado médico municipal de esta última ciudad.

La tradición puesta en tela de juicio

Pronto entró en violento conflicto con los re­presentantes de la medicina académica, y comenzó también a enseñan Después de haber insultado a un juez, lo que hizo pesar sobre él una amenaza de encarcelamiento, Paracelso abandonó et cantón de Basilea para emprender nuevos viajes a través de Europa, en el transcurso de los cuales meditó, escribió y se dedicó a la enseñanza

De manera particular frecuentó las ciudades balnearias, donde estudió los poderes terapéuticos ocultos que en ellas se manifestaban. Tan pronto rico, colmado de regalos por sus admiradores y amigos, como pobre, acosado por la justicia, los médicos titulares y los sabios a los que fulminaba con sus anatemas, Paracelso no llegó a establecerse jamás.

Cuando escribió su gran obra teosófica, la Phiosophia sagax, lo hizo respondiendo a una invitación del arzobispo de Salzburgo. En dicha ciudad murió el 24 de septiembre de 1541, después de haber legado sus bienes a los pobres. Paracelso fue un personaje de intenso colorido, muy aficionado a las francachelas. Místico más bien que creyente, no respetó ni a los católicos ni a los protestantes, y menos aún a las autoridades científicas oficiales.

Su obra es considerable, y en ella trata tanto de alquimia, de astrología y de magia, como de cirugía, de medicina o de química. Por ello puede decirse que Paracelso fue el símbolo vivo de la medicina del Renacimiento, con­cebida no como un humanismo, sino como un campo de curiosidades ilimitada.

Una medicina hermética

Dicha medicina no era racionalista, a pesar de que tuviera en cuenta los datos de la experiencia. Su gran empeño era integrar lo intangible en el tratamiento y diagnóstico de las en­fermedades, no separar nunca al hombre del universo, teniendo siempre presentes las influencias ocultas que padece. Tal medicina no se reducía a ser, pues, una ciencia analítica, sino que exigía también de su practicante multitud de conocimientos esotéricos y cierto dominio de las ciencias herméticas.

Las leyes divinas parecían a Paracelso mucho más esenciales que la medida de las cantidades. Ciencia, magia y religión estaban tan imbricadas en su pensamiento y en el de sus discípulos, que se ha podido hablar de «magos» más que de médicos del Renacimiento, sin dejar de reconocerse por ello que la medicina moderna debe algunos de sus descubrimientos a aquella me­dicina filosófica.

¿Qué debemos a la medicina del s. XVI?

En primer lugar, hay que citar los trabajos de Van Helmont (1577-1644), que suministraron una base química a la biología y a la terapéutica, y los de Harvey (1578-1657) sobre la circulación de la sangre. El primero nunca negó su deuda respecto a Paracelso. La homeopatía perfeccionada por Samuel Hahnemann (1755-1843), y considerada por algunos como una medicina de vanguardia, fue heredera en parte de la filosofía médica del Renacimiento. Algunos llegan a considerar a Paracelso como fundador de la bioquímica.

¿Qué lugar ocupó la alquimia en ella?

La alquimia no fue solamente una búsqueda de la transmutación de los metales, sino también una investigación científica en la que los conocimientos químicos y biológicos desempeñaban un papel esencial. Paracelso debió mucho al principio alquímico de la separación, que distinguía entre el mundo «visible» y el «invisible». El invisible estaba poblado de fuer­zas a las que los antiguos llamaban «demonios».

¿Consiguió curaciones Paracelso?

Paracelso no se contentó con ser un teórico, sino que persiguió y obtuvo curaciones espectaculares, calificadas a veces de milagrosas. Sus discípulos se jactaron de haber curado a impotentes, sifilíticos, epilépticos y sordos, pero los adversarios de su ciencia médica alegaron que en realidad no se trataba más que de mejorías pasajeras.

¿Es bien conocida su obra?

Su abundante obra fue, en su parte esencial, publicada después de su muerte. Paracelso resulta difícil de leer. Sus descubrimientos propiamente científicos aparecen mezclados con desarrollos filosóficos y con la exposición de teorías sociales. Para conocer a fondo y comprender la medicina de su época, que todavía no ha desvelado todos sus secretos, habría que ser a la vez científico, médico y un erudito perfectamente informado de las ciencias herméticas, Y es que el médico, en su opinión, no debía contentarse con ser un técnico del cuerpo, sino que también debía ser un filósofo.

¿Quién fue Andrés Vesalio?

Nacido en Bruselas, estudió medicina en Paris y en Montpellier. Profesor itinerante, anatomista célebre, impartió cursos en toda Europa y. como Paracelso, criticó a los antiguos. A las teorías de Galeno, que no había diseccionado más que monos, opuso su método experimental y sus trabajos de disección humana. Nombrado en 1554 médico de Carlos y, acabó por caer en las garras de la inquisición. Condenado a morir por haber diseccionado a un hombre todavía vivo, fue indultado por Felipe II.

¿Y Miguel Servet?

Teólogo, astrólogo y médico español nacido en 1511, Convertido al protestantismo, ejerció la medicina en Francia. Sus disecciones e ideas pensaba que el alma reside en la sangre y que se vitaliza al inspirar aire, le llevaron a descubrir el paso de la sangre del corazón izquierdo al derecho, a través de los pulmones. Su teología, ni católica ni protestante, y su enemistad personal con Calvino le acarrearon que fuese quemado, tras denuncia del reformador, en Ginebra en 1553.

LAS 7 REGLAS DE PARACELSO La Salud Mental Vida Sana y Actitud Positiva

LAS SIETE REGLAS DE PARACELSO PARA LA VIDA

1.- Lo primero es mejorar la salud.– Para ello hay que respirar con la mayor frecuencia posible, honda y rítmica, llenando bien los pulmones, al aire libre o asomado a una ventana. Beber diariamente en pequeños sorbos, dos litros de agua, comer muchas frutas, masticar los alimentos del modo más perfecto posible, evitar el alcohol, el tabaco y las medicinas, a menos que estuvieras por alguna causa grave sometido a un tratamiento. Bañarte diariamente, es un habito que debes a tu propia dignidad.

2.- Desterrar absolutamente de tu ánimo, por mas motivos que existan, toda idea de pesimismo, rencor, odio, tedio, tristeza, venganza y pobreza. Huir como de la peste de toda ocasión de tratar a personas maldicientes, viciosas, ruines, murmuradoras, indolentes, chismosas, vanidosas o vulgares e inferiores por natural bajeza de entendimiento o por tópicos sensualistas que forman la base de sus discursos u ocupaciones.

La observancia de esta regla es de importancia decisiva: se trata de cambiar la espiritual contextura de tu alma. Es el único medio de cambiar tu destino, pues este depende de nuestros actos y pensamientos. El azar no existe.

3.- Haz todo el bien posible. Auxilia a todo desgraciado siempre que puedas, pero jamás tengas debilidades por ninguna persona. Debes cuidar tus propias energías y huir de todo sentimentalismo.

4.- Hay que olvidar toda ofensa, mas aun: esfuérzate por pensar bien del mayor enemigo. Tu alma es un templo que no debe ser jamás profanado por el odio. Todos los grandes seres se han dejado guiar por esa suave voz interior, pero no te hablara así de pronto, tienes que prepararte por un tiempo; destruir las superpuestas capas de viejos hábitos, pensamientos y errores que pesan sobre tu espíritu, que es divino y perfecto en si, pero impotente por lo imperfecto del vehículo que le ofreces hoy para manifestarse, la carne flaca.

5.- Debes recogerte todos los días en donde nadie pueda turbarte, siquiera por media hora, sentarte lo más cómodamente posible con los ojos medio entornados y no pensar en nada. Esto fortifica enérgicamente el cerebro y el Espíritu y te pondrá en contacto con las buenas influencias. En este estado de recogimiento y silencio, suelen ocurrírsenos a veces luminosas ideas, susceptibles de cambiar toda una existencia. Con el tiempo todos los problemas que se presentan serán resueltos victoriosamente por una voz interior que te guiara en tales instantes de silencio, a solas con tu conciencia. Ese es el daimon de que habla Sócrates.

6.- Debes guardar absoluto silencio de todos tus asuntos personales. Abstenerse, como si hubieras hecho juramento solemne, de referir a los demás, aun de tus más íntimos todo cuanto pienses, oigas, sepas, aprendas, sospeches o descubras. por un largo tiempo al menos debes ser como casa tapiada o jardín sellado. Es regla de suma importancia.

7.- Jamás temas a los hombres ni te inspire sobresalto el día de mañana. Ten tu alma fuerte y limpia y todo te saldrá bien. Jamás te creas solo ni débil, porque hay detrás de ti ejércitos poderosos, que no concibes ni en sueños. Si elevas tu espíritu no habrá mal que pueda tocarte. El único enemigo a quien debes temer es a ti mismo.

El miedo y desconfianza en el futuro son madres funestas de todos los fracasos, atraen las malas influencias y con ellas el desastre. Si estudias atentamente a las personas de buena suerte, veras que intuitivamente, observan gran parte de las reglas que anteceden. Muchas de las que allegan gran riqueza, muy cierto es que no son del todo buenas personas, en el sentido recto, pero poseen muchas virtudes que arriba se mencionan.

Por otra parte, la riqueza no es sinónimo de dicha; Puede ser uno de los factores que a ella conduce, por el poder que nos da para ejercer grandes y nobles obras; pero la dicha más duradera solo se consigue por otros caminos; allí donde nunca impera el antiguo Satán de la leyenda, cuyo verdadero nombre es el egoísmo.

Biografía de Paracelso

Profecias de Nostradamus Centurias de Nostradamus Descargar Libro

Las Profecías de Nostradamus

SUFRIMIENTO Y REVELACIONES

Una noche, al regresar a su hogar después de una jornada de visitas a sus pacientes, Nostradamus se encontró con un cuadro caótico y desolador. Su esposa y sus dos hijos habían contraído la peste. De nada sirvieron sus conocimientos y experiencia, los cuidados que les prodigó, las horas que pasó junto a sus lechos de agonía y los remedios que empleara exitosamente con otros enfermos. Con poca diferencia, Ana de Cabrejas y sus dos hijos murieron después de una dolorosa agonía.

Quebrado por el dolor, Nostradamus no advirtió los movimientos sospechosos que tenían lugar a su alrededor sino hasta que fue casi demasiado tarde. Sus colegas, celosos de su prestigio, vieron el momento oportuno para atacarlo y destruirlo. Para quienes fueran sus agradecidos vecinos, la muerte de Ana de Cabrejas y sus hijos significó un claro signo de “castigo divino”. Pensaron que Nostradamus era un discípulo del Diablo y sus insólitas prácticas médicas, simplemente brujería. En el mejor de los casos, los habitantes de Agen se limitaron a reírse del antes prestigioso médico, quien se vio obligado a abandonar la ciudad con la sombra del Tribunal de la Inquisición sobre sus espaldas.

En la soledad de su estudio y siempre de noche, Nostradamus era iluminado con las visiones sobre lo que habría de suceder en el futuro.

Así se inició su deambular por Europa que le insumiría los siguientes años. Agobiado por la tragedia personal y el fracaso profesional, Nostradamus recorrió Francia, Italia y Alemania.

Fue un peregrinar solitario y a menudo angustioso pero, durante éste, Nostradamus experimentó su primera y arrasadora visión. Así, la metódica observación científica y el experimento práctico, fue ron reemplazados por la luz de la revelación que no admite discusiones.

Fue en el norte de Italia, a las puertas de la ciudad de Ancona. Los pasos de Nostradamus se cruzaron con los de tres monjes mendicantes, franciscanos harapientos pero fieramente orgullosos de su fe y su adhesión a la pobreza de Cristo. El médico de los peregrinos apenas habían cambiado una mirada cuando, ante los ojos atónitos de los sacerdotes, Nostradamus se arrodilló ante uno de los francisca nos e inclinó humildemente la cabeza.

La sorpresa inicial fue reemplazada por una mal disimulada hilaridad. Los franciscanos instaron a Nostradamus a que se levantara del barro pero el médico se negó, afirmando: «Debo inclinarme y doblar la rodilla frente a Su Santidad».

Ante esta afirmación, los peregrinos, incluido el hermano Felice Peretti, quien antes de abrazar la religión fuera un mísero porquero y el hombre ante quien Nostradamus permanecía hincado se echaron a reír y siguieron su camino. Cuarenta años deberían pasar para que, en 1585 el porquero Felice Peretti ascendiera al trono papal con el nombre de Sixto V.

La coronación tuvo lugar dos décadas después de la muerte de Nostradamus pero seguramente, el viejo franciscano, tuvo muy presente al anónimo médico francés que, en una soleada tarde, se arrodillara ante él a las puertas de la ciudad italiana de Ancona.EL PAPA SIXTO V

Felice Peretti estaba llamado a cumplir con un gran destino y Nostradamus lo percibió en el mismo instante en que sus pasos se cruzaron. Nacido en Ancona el 13 de diciembre de 1520, entró a la Orden de San Francisco de Asís a los trece años y se ordenó en Siena en 1547. Se doctoró en Teología un año más tarde. Fue Inquisidor General de Venecia y vicario general de su orden. Nombrado cardenal en 1570, llegó al papado en 1585, como sucesor de Gregorio XIII.

Su papado duró sólo cinco años pero abundó en hechos. Saneó las arcas vaticanas y combatió la corrupción de la iglesia. Por la bula Postquam Verus (1586) estableció en setenta el número de cardenales del Sacro Colegio y en 1588 reorganizó las congregaciones. El orden impuesto por él duró hasta el Concilio Vaticano II(1962-1965).

Además, trabajó en forma personal en la modernización urbanística de Roma y apoyó activamente a los países católicos, al tiempo que rechazaba toda intervención de los reyes en los asuntos de la Iglesia.

En 1585 excomulgó a Enrique de Navarra, pretendiente protestante al trono francés y otro personaje importante en la historia profética de Nostradamus. Sixto V ordenó además la construcción de la cúpula de San Pedro. Murió en Roma, el 27 de agosto de 1590.

UN PROFETA EN EL EXILIO

La peregrinación de Nostradamus se prolongó durante varios años más. En 1544 auxilió a los en-ferinos de peste de Marsella, una ciudad ideal para el desembarco de la enfermedad. Luego pasó a Aix en-Provence donde volvió a realizar con éxito aquellos tratamientos a base de aire puro, agua limpia y hierbas medicinales. De allí siguió a Salon de Provence, ciudad a la que lo llevaron los angustia dos reclamos de los ediles locales.

Otra vez dio ba talla contra la peste y otra vez venció. Las autoridades de Salón le pidieron que se quedara en esa ciudad pero un llamado urgente de Lyon lo llevó a proseguir su lucha. Sin embargo, Salon había quedado grabada en su memoria y, cuando decidió que habla llegado el momento de buscar un lugar don de pasar el resto de su vida, encaminó sus pasos hacia allí.

Como todo científico introvertido, Nostradamus no tenía capacidad administrativa ni espíritu comercial, por lo cual sus servicios muchas veces quedaban impagos, y él no se preocupaba por reclamar las deudas, aún cuando se tratara de pacientes ricos y poderosos.

Cuando decidió radicarse en Salon no tenía dinero suficiente para comprar una casa y tuvo que recurrir a su familia, como lo había hecho muchas otras veces. Fue su hermano César quien encontró la vivienda en la que escribiría sus famosas Profecías y viviría sus últimos años. El mismo César fue quien pagó por la propiedad y el responsable de presentarle a la mujer con la que habría de contraer segundas nupcias: Anne Ponsard. La dama en cuestión era una viuda rica de mediana edad, una mujer amable y comprensiva con la que Nostradamus compartiría la última etapa de su vida y en quien encontraría un gran apoyo.

Su llegada a Salon coincidió con un giro radical en el transcurrir de sus días. La Medicina fue desplazada del centro de su atención, siendo reemplazada por su interés en la Alquimia, la Astrología y el despertar de su asombroso don profético. Nostradamus supo entonces que había encontrado su destino definitivo.

EL TIEMPO DE LAS CENTURIAS

En la noche del Viernes Santo del año 1554, Michel de Notre Dame, conocido como el doctor Nostradamus, anunció que dedicaría todo su tiempo y esfuerzos a escribir una obra en la cual reuniría y sintetizaría “las posibilidades del futuro de la raza humana”.

Comenzó a pasar sus noches en vela, de pie en la terraza de su hogar, estudiando el curso de las estrellas y recibiendo sus visiones y revelaciones. A Anne Ponsard le explicó que, en esas noches de contemplación, los siglos por venir se abrían ante sus ojos y cómo las visiones se hadan luz en su mente y en su alma.
Organizó sus profecías en volúmenes denominados Centurias, cada uno de los cuales debía con tener cien profecías escritas en forma de cuartetas o grupos de cuatro versos. El primer tomo de las Centurias vio la luz en 1555 y provocó un auténtico revuelo. Las opiniones se dividieron y la polémica no tardó en desatarse.

Uno de los versos aludía caramente a la figura del monarca que en esos días gobernaba Francia, Enrique II, pero su significado definitivo escapaba a la familia real y sus consejeros. Entonces, la reina Catalina De Médicis, una mujer inteligente, resuelta y voluntariosa, decidió enfrentar directamente a Nostradamus y le ordenó presentarse ante la Corte y explicar el sentido de la Centuria 35 cuyo texto reza: “El león joven superará al viejo! En campo bélico, por singular duelo.! En jaula de oro le re ventará los ojos.! Dos combates; uno luego morir de muerte cruel”.

Nostradamus explicó entonces que Enrique II (el león viejo) moriría en combate con un noble más joven y Catalina De Médicis, fascinada con la personalidad del sabio y entreviendo la posibilidad de acceder al poder como Regente, le pidió que profetizara el futuro de sus pequeños hijos.
El Delfín de Francia era Francisco, comprometido desde la infancia con María Estuardo, hija del rey de Escocia. Le seguía Carlos, pero el favorito de Catalina era Enrique, Duque de Anjou. Y cuan do Nostradamus le dijo que éste y no su hermano mayor sería rey de Francia, Catalina no dudó de la veracidad de sus afirmaciones.

Cuatro años más tarde, en oportunidad de la boda de su hija mayor, Isabel, con el hijo del rey de España, Enrique II dispuso la realización de una fiesta que duró tres días y para la que se revivieron los torneos o justas de caballería, caídas en desuso, pero a las que el rey era muy aficionado.

Enrique II participó activamente de los torneos y triunfó en el primer encuentro. Pero, en su segundo lance, enfrentó al joven Conde de Montgomery y encontró su destino. La lanza rota de su rival perforó la visera de oro de su casco y se elavó en sus ojos. Era el 29 de junio de 1559 y la profecía de Nostradamus se cumplía puntualmente. Ciego y con una herida cerebral que le provocó grandes sufrimientos, Enrique II agonizó diez días antes de morir. El reino de Francisco II, aún menor de edad, duró menos de un año. A su muerte, María Estuardo fue devuelta a Escocia, Catalina De Médicis convertida en Regente del rey Carlos IX, de sólo catorce años, y Francia no tardó en comprobar que una nueva etapa había comenzado.

UNA REINA DE MANO FÉRREA

Catalina De Médicis (imagen) nació en Florencia el 13 de abril de 1519. Era hija de Lorenzo De Médicis Duque de Urbino, llamado El Magnifico, y de Madekinc de la Tour d’Auvergne. Huérfana a poco de nacer, heredó de su padre la inteligencia brillan te y su infatigable capacidad para la intriga política. A los catorce años se casó con Enrique, Duque de Orleans, hijo del rey de Francia, Francisco I.
Aunque su matrimonio fue largo y de él nacieron diez hijos (sólo siete superaron la primera in Francia) Catalina ocupó un rol secundario en la vida de Enrique II, desplazada por la favorita, Diana de Poitiers, una viuda rica, herniosa y madura, a la que el rey llegó a permitirle el uso público de las joyas reales.

Durante esos años, Catalina no tuvo el menor acceso al poder pero la muerte de Enrique II y la corta edad del Delfín revirtieron la situación. Convertida en Regente, desterró a Diana de Poitiers y comenzó la eliminación sistemática de sus enemigos. Tildada de arbitraria y despótica, nunca permitió que las leyes se interpusieran entre ella y su voluntad y gobernó con mano férrea, manipulan do a Carlos IX aún cuando éste alcanzó la mayoría de edad y se convirtió en rey por derecho propio. A la regencia de Catalina se le debe la construcción del palacio de las Tullerías, la ampliación del Louvre y la modernización de la ciudad de París. También a este periodo se atribuyen numerosas muertes por envenenamiento, un arte en el que la reina tenía un interés y conocimiento poco comunes.


Aunque deseaba mantenerse al margen de los conflictos religiosos que causaran miles de muertos en un pasado reciente (de hecho casó a su hija Mar garita de Valois con el protestante Enrique de Navarra) terminó aliándose contra los protestantes con Luís de Guisa y presionó a su hijo para que autorizara la Matanza de San Bartolomé, la peor masacre de la historia de Francia hasta el advenimiento del Terror.
Carlos IX murió en 1574 y el hijo predilecto de Catalina De Médicis ascendió al trono como Enrique III. Despótico y vicioso, tuvo un reinado turbulento que se prolongó por quince años. Políticamente incapaz, por momentos se apoyó en su madre y por momentos la alejó de sí. Catalina De Médicis murió en Blois el 5 de enero de 1589, meses antes de ver concretarse otra profecía de Nostradamus: el asesinato de Enrique III a manos de un monje y el ocaso de la casa de Valois en el trono francés.

NOSTRADAMUS COMO MÉDICO Y ASTRÓLOGO DE LA FAMILIA REAL

Nostradamus regresó a Salon envuelto en un halo de renovado prestigio a causa del favor de la reina. Sin embargo, los honores y la fama no tuvie ron en él el menor efecto. Su tiempo se acababa y el sabio sólo vivía para profetizar. Noche tras noche Nostradamus contemplaba el cielo y escribía sus cuartetas. Las predicciones trascendían y los rumo res en torno al médico-profeta iban en aumento. Se hablaba de brujería, de posesión demoníaca, de pactos con Satanás. El Tribunal de la inquisición empezó a rondar nuevamente, pero la protección de la temible Catalina De Médicis era muy poderosa.

La conmoción creada por la muerte de Enrique II sacudió todas las estructuras de Francia. Catalina De Médicis, convertida en Regente de Carlos IX, viajó a Salon al frente de la Corte para entrevistarse con Nostradamus. El hecho de que la Regente fuera al encuentro del profeta en lugar de reclamar su presencia en París no escapó a la perspicacia de los cortesanos, habituados a conservar vida y fortuna acomodándose al humor de los poderosos.
La reina se instaló con la Corte en el llamado Palacio del Emperador y se reunió con Nostradamus en la Torre del Reloj. Aunque hubo testigos del encuentro y los saludos iniciales, la audiencia adquirió el carácter de privada y ambos se trasladaron al gabinete particular del sabio, donde conversaron por varias horas. No se sabe de qué hablaron pero Catalina estaba obsesionada por conocer el futuro del país que desde la muerte de su esposo y su primogénito, gobernaba con poder absoluto. Hacia el final de la entrevista la reina hizo traer a Enrique, su hijo predilecto, al que ansiaba ver coronado rey de Francia.
Ante su insistencia, Nostradamus hizo que el muchacho se desvistiera y examinó sus lunares. La observación confirmó su anterior profecía: Enrique, Duque de Anjou, ascendería al trono de Francia con el nombre de Enrique III. La Regente suspiró aliviada. En su felicidad, Catalina omitió el detalle de que, para que ese hijo adorado fuera rey, otro menos querido y siempre manipulado debía morir:
el tímido, retraído e inmaduro Carlos IX.

La Regente abandonó Salon poco después pero no sin antes haber nombrado a Nostradamus médico y astrólogo personal de su familia y haberle adjudicado una generosa renta vitalicia, honores a los que el sabio dedicó tan poco interés como de costumbre. Cuando se despidieron, Catalina habló de volver a consultarlo, pero Nostradamus sabía lo que la reina no podía conocer: que aquel sería el último encuentro entre ambos personajes.

LOS ÚLTIMOS ANOS DEL PROFETA

El vidente no vivió para ver a Enrique de Anjou convertido en rey de Francia pero sus dones no necesitaban confirmación alguna. Por eso, cuando vio su propia muerte en el futuro cercano, no se preocupó. Ni siquiera se apuró a consignar sus profecías: sabía perfectamente cuál era su misión en la Tierra y que dispondría del tiempo necesario para cumplirla.
El 1 de julio de 1556 regresó a Salon de una misión en Arles, ciudad ante cuya Asamblea representó al pueblo en el que se radicara años antes. A poco de llegar escribió su última profecía: “De vuelti de una embajada/ con el don del rey a la vista! Ya no hará nada más/ Y marchará hacia Dios.! Los parientes, los amigos y hermanos de sangre, / lo hallarán muerto cerca del lecho y del banco”.

Antes de partir hacia Arles había llamado a un notario para dictarle su testamento. Como todo en él, el documento no tuvo anda de convencional y estableció claramente que no deseaba ser “en terrado a la manera habitual, sino colocado verticalmente contra la pared de la iglesia de los franciscanos. De esta manera, incluso después de mi muerte, ni los estúpidos ni los cobardes, ni los cretinos ni los mal nacidos podrán venir a bailar sobre mi tumba”.

El 2 de julio de 1566, Anne Ponsard lo encontró muerto. Su cuerpo yacía tal como él mismo lo predijera, entre el lecho y el banco. Sus restos fue ron enterrados de acuerdo a sus disposiciones en el Convento de lesCordeliers pero, años después, fueron trasladados a la Iglesia de Saint Laurent, hasta la que miles de curiosos y peregrinos viajan cada año en número creciente para visitar el lugar de descanso de los restos del hombre que vislumbró el futuro con sorprendente claridad.

Su tumba está señalada por una placa de mármol en la que está inscripto el epitafio compuesto por Anne Ponsard: “Osamentas del muy ilustre Michel de Nostradamus, el único, al juicio de todos los mortales, que con su pluma casi divina haya podido consignar los acontecimientos futuros del Universo entero a partir de los astros. Vivió 62 años, 6 meses, 17 días y murió en Salón en el año 1566. Que la posteridad no moleste su descanso. Anne Ponsard, su esposa, le desea la verdadera felicidad”.

Biografia de Nostradamus Vida y Las Profecias

Biografía de Nostradamus y Sus Profesías

LA HISTORIA DE UN VISIONARIO

Michel de Notre-Dame nació el 14 de diciembre de 1503 en Saint-Réiny, un pequeño pueblo del sur de Francia. Fue el primogénito de los dieciocho hijos que habría de tener el matrimonio formado por Rcyiére de Saint-Rémy y Jaumet de Notre-Dame.

Aunque la familia Notre-Dame era católica y temerosa de Dios como sus vecinos del pueblo, por cierto es que los bisabuelos del joven Michel habían sido judíos, convertidos al cristianismo para evitar las persecuciones impuestas por la Inquisición.

Ya desde niño, Michel de Notre-Dame manifestó tener un carácter introvertido que lo caracterizaría durante el resto de su vida. La inteligencia brillante y su insaciable avidez de conocimientos, lo llevaron a tener como mejor amigo durante su infancia a una persona muy especial, que marcaría el rumbo de su educación.

Se trataba de su abuelo materno, Jean de Saint-Rémy, quien en aquel momento se desempeñaba como médico personal del rey Renato y su hijo, el Duque de Calabria.

En su abuelo Saint-Rémy, Michel encontró la compañía amistosa y la comprensión intelectual que no podían brindarle sus padres y hermanos.

De esta forma, pronto comenzó a acompañar a su abuelo en los quehaceres profesionales, mientras lo interrogaba lúcidamente sobre los secretos y teorías de su trabajo. Jean de Saint-Rémy se sentía orgulloso de la vocación médica de su nieto y se convirtió en su primer maestro en el difícil arte de la Medicina, en una época en que ésta se encontraba peligrosamente ligada a la superchería, inculcándole algunos principios revolucionarios.

Gracias a esta influencia, a los catorce años, Michel de Notre-Dame ya era un intelectual de sólida formación, capaz de leer, escribir y hablar correctamente no sólo el francés materno y el hebreo hereditario sino también el latín, el griego y el italiano. También poseía avanzados conocimientos de matemáticas, pero su principal interés por el momento se centraba en la Medicina.

Era la tarde del 2 de julio de 1566 cuando Nostradamus le comunicó a un allegado que el día siguiente no lo encontraría entre los vivos. Tenía 62 años y estaba enfermo, debilitado, intuyendo el final. Dos años atrás ya había escrito sin fijar fecha: «Parientes cercanos, amigos y hermanos, me encontrarán muerto cerca de la cama y el banco». Y así fue como el más célebre de los profetas que ha existido, logró anticipar hasta su propia muerte. No sin antes dejar tras de sí un sorprendente listado de predicciones, muchas que ya fueron dadas por cumplidas, y otras que aún riegan con incertidumbre el porvenir.

SUS AÑOS DE ESTUDIO

En la Francia del siglo XVI la profesión médica era una de las pocas permitidas a los judíos y una conversión que databa apenas de tres generaciones, bastaba para escapar a la hoguera de la Inquisición, pero no para hacer de los Saint-Rémy y de los Notre-Dame “católicos verdaderos”.

De modo que ambas familias seguían siendo hebraicas ante la ley y no hubo objeción alguna para que su hijo se enrolara en la Universidad de Montpellier, una de las más famosas escuelas médicas de Europa.

Sin embargo, Michel de Notre-Dame no fue directamente de Saint-Rémy a esta Universidad sino que primero viajó a la vecina ciudad de Avignon, donde ingresó en la Facultad de Artes. Tenía quince años y pasaría allí los tres siguientes, completando su formación intelectual. Recién en 1522 partió hacia Montpellier, donde estudiaría Medicina y, siguiendo la costumbre de la época, latinizaría su nombre convirtiéndolo en Nostradamus.

nostradasmus y sus profesias

Michel de Notre-Dame, nació el 14 de diciembre de 1503 en la localidad de Saint-Remy, Francia. Fue un destacado médico, un hombre ilustrado, pero apasionado también por las ciencias ocultas y la astrología. Era hijo de un escribano que quiso inducirlo a seguir sus pasos, pero el joven Michel era guiado por otros impulsos. Su abuelo había sido médico y astrólogo, y su bisabuelo, originario de una tribu judía pero convertido al cristianismo bajo el nombre de Pierre de Notredame, también había incursionado en el terreno de lo místico.

LA «PESTE NEGRA” EN EUROPA

Plegarias, discursos y castigos se mezclaban con sangrías y ungüentos en su inefectivo intento por combatir la epidemia llegada de Medio Oriente, que diezmaba sistemáticamente a la población sin diferenciación de clases sociales.

En ese momento sólo había una verdad indiscutible frente a la enfermedad, la Peste Negra desaparecía cuando ya no quedara nadie a quién matar, para volver implacablemente en cuanto los pueblos se recuperaban. Frente a esa desoladora realidad, Nostradamus se dedicó a observar el comportamiento de esta enfermedad devastadora.

Así advirtió que los pacientes enfermaban en forma súbita y caían como fulminados. Su examen revelaba manchas oscuras en pecho y abdomen, como también ganglios dolorosamente inflamados en axilas e ingles, llamados bubones.

En Montpellier, Nostradamus encontró y comenzó a cumplir la primera parte de su extraordinario destino, adquiriendo las herramientas y conocimientos necesarios para convertirse en un medico famoso.

En sus días de esmerado estudiante, vivió en el número 6 de la Rue del Foin y fue en el sótano dc esa casa que montó el primero de sus laboratorios. Encerrado en ese sótano profundizó los conocimientos transmitidos por su abuelo Saint-Rémy y aquellos adquiridos en la Universidad, dedicando interminables horas a la lectura ya los métodos científicos de indagación.

Su carácter solitario e introvertido se fue profundizando, así como sus conocimientos de la misteriosa e inquietante ciencia no tuvo que esperar mucho tiempo para aplicar en el terreno práctico sus conocimientos científicos, y el sur de Francia que lo viera nacer sería el escenario de su primera práctica como médico de campaña. Durante décadas la Peste Negra o peste bubónica había golpeado implacablemente Europa y todos los esfuerzos tradicionales habían fracasado en su intento por detenerla.

El curso del mal era rápido y doloroso: fiebre altísima, delirio, vómitos, diarrea y, por último, convulsiones seguidas de muerte. Los cadáveres, a menudo contorsionados en posturas grotescas, con los ojos desorbitados y las lenguas hinchadas, se ponían negros con increíble velocidad.

Conociendo lo irreversible del mal, los vecinos y parientes solían abandonar a los enfermos a su suerte, tapiándolos en sus hogares a menudo con sus familias si éstas no escapaban a tiempo.

Las poblaciones se cerraban a los viajeros, las precarias comunicaciones se interrumpían, el comercio se paralizaba y las ciudades y los reinos entraban en el caos, mientras falsos profetas y predicadores florecían y medraban a la sombra de la desesperación general.

En ese marco fue que, recordando las ideas de su abuelo Saint-Rémy y aplicando los resultados de sus propias investigaciones, Nostradamus se dedicó a combatir la enfermedad de raíz.

LOS CONOCIMIENTOS REVOLUCIONARIOS DE NOSTRADAMUS:

La conclusión a la que llegó el hombre que habría de profetizar, con magnífica precisión los más grandes acontecimientos ocurridos en los siguientes cuatro siglos era bastante sencilla, pero no por eso menos revolucionaria para el momento.

Nostradamus observó que no sólo los remedios empleados eran absolutamente inútiles sino que, además, no se hacía nada para impedir la propagación del mal.

La peste bubónica es una enfermedad propia de las ratas, transmitida a los seres humanos por la picadura de las pulgas que plagan a estos roedores y que la inoculan por medio de su saliva.

Cuando una colonia de ratas contrae peste, los roedores mueren en grandes cantidades.

A medida de que los cadáveres se enfrían, las pulgas los abandonan en busca de sangre caliente y se dispersan, picando y, al mismo tiempo contagiando, a todo ser vivo que encuentran.

Las condiciones sanitarias del sigo XVI no estaban muy por encima de las del medioevo y la higiene era aún considerada como signo de vanidad y, por lo tanto, de la influencia del Demonio.

Esas costumbres, sumadas a la deficiente nutrición, creaban el campo ideal para que la peste se expandiera en todas las direcciones. Los enfermos morían en malolientes habitaciones cerradas, porque se creía que el aire propagaba las enfermedades.

El menor síntoma de enfermedad significaba una sangría que sólo servía para debilitar al paciente y el inútil tratamiento se completaba con purgas destinadas a limpiar el organismo de la enfermedad.

Nostradamus descartó estas y otras insensateces y atacó la peste como lo haría cuatro siglos más tarde otro médico francés, Louis Pasteur: con limpieza y aire fresco, reforzados en su caso por el empleo de hierbas medicinales. En aquellos días de muerte y terror, la profesión médica no era bien vista y muchos condenados maldecían a los supuestos encargados de curarlos, que sólo les infligían más y más dolor.

La población desconfiaba de los médicos y los rumores hablaban abiertamente sobre influencias satánicas y castigos divinos. El joven doctor Nostradamus no se dejó acobardar por la hostilidad de sus compatriotas y siguió adelante con su revolucionario tratamiento, logrando curas que fueron calificadas de milagrosas.

Su batalla contra la peste duró varios años y lo llevó a Narhone, Carcasonne (donde fue médico personal del obispo Amenien de Fays, lo que lo protegió del recelo de sus colegas y las intrigas de la Inquisición) y Toulouse, antes de regresar a Montpellier en 1529 para seguir estudiando. Permaneció en esa ciudad tres años más, enseñando en la misma Universidad en la que se formara como médico antes de regresar a Toulouse, donde estableció su consultorio.

En el ínterin, Nostradamus conoció a quien sería su primera esposa, Ana de Cabrejas. En 1534, ya casado y padre de dos hijos, recibió una invitación para radicarse con su familia en la ciudad de Agen, ubicada al norte de Toulouse. Así lo hizo y allí le esperaría su peor batalla contra la peste y aquella en la que la “Muerte Negra” lo habría de derrotar.

Durante la tragedia en Europa medieval, donde la peste bubónica arrasó con casi la tercera parte de la población,  Michel de Notredame se lanzó a asistir a los apestados con resultados positivos a través de algunas prácticas ideadas por él mismo. Para el año 1530, había vuelto a Montpellier y profundizó sus estudios de astrología, atraído por el movimiento de los planetas y su posible incidencia en la vida de los personas.

En 1533 contrajo matrimonio y tuvo dos hijos, pero sus virtudes médicas no lograron salvar a su familia de las pestes. La tragedia lo empujó a salir nuevamente en un viaje que duraría 8 años. Su periplo incluyó Francia e Italia, y fue en aquel tiempo en que se manifestó lo que se consideró su primera profecía. Cuenta la historia que al toparse con un grupo de frailes, se hincó de manera espontánea ante uno de ellos. Nadie entendió por qué lo hizo, pero aquel humilde religioso se convirtió luego en el Papa Sixto V.

Recién en 1547 se estableció en Salon-de-Provence, donde permanecería hasta su muerte. Allí se casó por segunda vez y tuvo un hijo, al que llamó César. Desde entonces, orientó su profesión hacia la perfumería, la estética personal y hasta la virilidad masculina, creando pócimas y pomadas con gran suceso. Pero también dio inicio a la obra literaria que lo consagraría como profeta. Se trataba de «Las Centurias Astrológicas», a la que firmó con la versión latina de su nombre, Nostradamus.

Fueron publicadas a partir de 1555 y las escribió en cuartetos rimados, sin orden cronológico, usando un estilo críptico que combinaba francés, latín, español y hebreo. Basaba sus predicciones en un supuesto don sobrenatural con el que anticipaba situaciones futuras. Pero también se inspiraba en relatos bíblicos de antiguas profecías, y combinando cálculos matemáticos con sus conocimientos astrológicos.

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Las Profecías de Nostradamus

SUFRIMIENTO Y REVELACIONES: Una noche, al regresar a su hogar después de una jornada de visitas a sus pacientes, Nostradamus se encontró con un cuadro caótico y desolador. Su esposa y sus dos hijos habían contraído la peste.

De nada sirvieron sus conocimientos y experiencia, los cuidados que les prodigó, las horas que pasó junto a sus lechos de agonía y los remedios que empleara exitosamente con otros enfermos.

Con poca diferencia, Ana de Cabrejas y sus dos hijos murieron después de una dolorosa agonía.

Quebrado por el dolor, Nostradamus no advirtió los movimientos sospechosos que tenían lugar a su alrededor sino hasta que fue casi demasiado tarde. Sus colegas, celosos de su prestigio, vieron el momento oportuno para atacarlo y destruirlo.

Para quienes fueran sus agradecidos vecinos, la muerte de Ana de Cabrejas y sus hijos significó un claro signo de “castigo divino”. Pensaron que Nostradamus era un discípulo del Diablo y sus insólitas prácticas médicas, simplemente brujería.

En el mejor de los casos, los habitantes de Agen se limitaron a reírse del antes prestigioso médico, quien se vio obligado a abandonar la ciudad con la sombra del Tribunal de la Inquisición sobre sus espaldas.

En la soledad de su estudio y siempre de noche, Nostradamus era iluminado con las visiones sobre lo que habría de suceder en el futuro.

Así se inició su deambular por Europa que le insumiría los siguientes años. Agobiado por la tragedia personal y el fracaso profesional, Nostradamus recorrió Francia, Italia y Alemania.

Fue un peregrinar solitario y a menudo angustioso pero, durante éste, Nostradamus experimentó su primera y arrasadora visión. Así, la metódica observación científica y el experimento práctico, fue ron reemplazados por la luz de la revelación que no admite discusiones.

Fue en el norte de Italia, a las puertas de la ciudad de Ancona. Los pasos de Nostradamus se cruzaron con los de tres monjes mendicantes, franciscanos harapientos pero fieramente orgullosos de su fe y su adhesión a la pobreza de Cristo.

El médico de los peregrinos apenas habían cambiado una mirada cuando, ante los ojos atónitos de los sacerdotes, Nostradamus se arrodilló ante uno de los francisca nos e inclinó humildemente la cabeza.

La sorpresa inicial fue reemplazada por una mal disimulada hilaridad. Los franciscanos instaron a Nostradamus a que se levantara del barro pero el médico se negó, afirmando: «Debo inclinarme y doblar la rodilla frente a Su Santidad».

Ante esta afirmación, los peregrinos, incluido el hermano Felice Peretti, quien antes de abrazar la religión fuera un mísero porquero y el hombre ante quien Nostradamus permanecía hincado se echaron a reír y siguieron su camino. Cuarenta años deberían pasar para que, en 1585 el porquero Felice Peretti ascendiera al trono papal con el nombre de Sixto V.

La coronación tuvo lugar dos décadas después de la muerte de Nostradamus pero seguramente, el viejo franciscano, tuvo muy presente al anónimo médico francés que, en una soleada tarde, se arrodillara ante él a las puertas de la ciudad italiana de Ancona.

EL PAPA SIXTO V

Felice Peretti estaba llamado a cumplir con un gran destino y Nostradamus lo percibió en el mismo instante en que sus pasos se cruzaron. Nacido en Ancona el 13 de diciembre de 1520, entró a la Orden de San Francisco de Asís a los trece años y se ordenó en Siena en 1547.

Se doctoró en Teología un año más tarde. Fue Inquisidor General de Venecia y vicario general de su orden. Nombrado cardenal en 1570, llegó al papado en 1585, como sucesor de Gregorio XIII.

Su papado duró sólo cinco años pero abundó en hechos. Saneó las arcas vaticanas y combatió la corrupción de la iglesia.

Por la bula Postquam Verus (1586) estableció en setenta el número de cardenales del Sacro Colegio y en 1588 reorganizó las congregaciones. El orden impuesto por él duró hasta el Concilio Vaticano II(1962-1965).

Además, trabajó en forma personal en la modernización urbanística de Roma y apoyó activamente a los países católicos, al tiempo que rechazaba toda intervención de los reyes en los asuntos de la Iglesia.

En 1585 excomulgó a Enrique de Navarra, pretendiente protestante al trono francés y otro personaje importante en la historia profética de Nostradamus. Sixto V ordenó además la construcción de la cúpula de San Pedro. Murió en Roma, el 27 de agosto de 1590.

UN PROFETA EN EL EXILIO: La peregrinación de Nostradamus se prolongó durante varios años más.

En 1544 auxilió a los en-ferinos de peste de Marsella, una ciudad ideal para el desembarco de la enfermedad.

Luego pasó a Aix en-Provence donde volvió a realizar con éxito aquellos tratamientos a base de aire puro, agua limpia y hierbas medicinales. De allí siguió a Salon de Provence, ciudad a la que lo llevaron los angustia dos reclamos de los ediles locales.

Otra vez dio ba talla contra la peste y otra vez venció. Las autoridades de Salón le pidieron que se quedara en esa ciudad pero un llamado urgente de Lyon lo llevó a proseguir su lucha.

Sin embargo, Salon había quedado grabada en su memoria y, cuando decidió que habla llegado el momento de buscar un lugar don de pasar el resto de su vida, encaminó sus pasos hacia allí.

Como todo científico introvertido, Nostradamus no tenía capacidad administrativa ni espíritu comercial, por lo cual sus servicios muchas veces quedaban impagos, y él no se preocupaba por reclamar las deudas, aún cuando se tratara de pacientes ricos y poderosos.

Cuando decidió radicarse en Salon no tenía dinero suficiente para comprar una casa y tuvo que recurrir a su familia, como lo había hecho muchas otras veces. Fue su hermano César quien encontró la vivienda en la que escribiría sus famosas Profecías y viviría sus últimos años.

El mismo César fue quien pagó por la propiedad y el responsable de presentarle a la mujer con la que habría de contraer segundas nupcias: Anne Ponsard. La dama en cuestión era una viuda rica de mediana edad, una mujer amable y comprensiva con la que Nostradamus compartiría la última etapa de su vida y en quien encontraría un gran apoyo.

Su llegada a Salon coincidió con un giro radical en el transcurrir de sus días. La Medicina fue desplazada del centro de su atención, siendo reemplazada por su interés en la Alquimia, la Astrología y el despertar de su asombroso don profético. Nostradamus supo entonces que había encontrado su destino definitivo.

EL TIEMPO DE LAS CENTURIAS: En la noche del Viernes Santo del año 1554, Michel de Notre Dame, conocido como el doctor Nostradamus, anunció que dedicaría todo su tiempo y esfuerzos a escribir una obra en la cual reuniría y sintetizaría “las posibilidades del futuro de la raza humana”.

Comenzó a pasar sus noches en vela, de pie en la terraza de su hogar, estudiando el curso de las estrellas y recibiendo sus visiones y revelaciones.

A Anne Ponsard le explicó que, en esas noches de contemplación, los siglos por venir se abrían ante sus ojos y cómo las visiones se hadan luz en su mente y en su alma.

Organizó sus profecías en volúmenes denominados Centurias, cada uno de los cuales debía con tener cien profecías escritas en forma de cuartetas o grupos de cuatro versos. El primer tomo de las Centurias vio la luz en 1555 y provocó un auténtico revuelo. Las opiniones se dividieron y la polémica no tardó en desatarse.

Uno de los versos aludía caramente a la figura del monarca que en esos días gobernaba Francia, Enrique II, pero su significado definitivo escapaba a la familia real y sus consejeros.

Entonces, la reina Catalina De Médicis, una mujer inteligente, resuelta y voluntariosa, decidió enfrentar directamente a Nostradamus y le ordenó presentarse ante la Corte y explicar el sentido de la Centuria 35 cuyo texto reza: “El león joven superará al viejo! En campo bélico, por singular duelo.! En jaula de oro le re ventará los ojos.! Dos combates; uno luego morir de muerte cruel”.

Nostradamus explicó entonces que Enrique II (el león viejo) moriría en combate con un noble más joven y Catalina De Médicis, fascinada con la personalidad del sabio y entreviendo la posibilidad de acceder al poder como Regente, le pidió que profetizara el futuro de sus pequeños hijos.

El Delfín de Francia era Francisco, comprometido desde la infancia con María Estuardo, hija del rey de Escocia. Le seguía Carlos, pero el favorito de Catalina era Enrique, Duque de Anjou.

Y cuando Nostradamus le dijo que éste y no su hermano mayor sería rey de Francia, Catalina no dudó de la veracidad de sus afirmaciones.

Cuatro años más tarde, en oportunidad de la boda de su hija mayor, Isabel, con el hijo del rey de España, Enrique II dispuso la realización de una fiesta que duró tres días y para la que se revivieron los torneos o justas de caballería, caídas en desuso, pero a las que el rey era muy aficionado.

Enrique II participó activamente de los torneos y triunfó en el primer encuentro. Pero, en su segundo lance, enfrentó al joven Conde de Montgomery y encontró su destino. La lanza rota de su rival perforó la visera de oro de su casco y se elavó en sus ojos.

Era el 29 de junio de 1559 y la profecía de Nostradamus se cumplía puntualmente. Ciego y con una herida cerebral que le provocó grandes sufrimientos, Enrique II agonizó diez días antes de morir.

El reino de Francisco II, aún menor de edad, duró menos de un año. A su muerte, María Estuardo fue devuelta a Escocia, Catalina De Médicis convertida en Regente del rey Carlos IX, de sólo catorce años, y Francia no tardó en comprobar que una nueva etapa había comenzado.

UNA REINA DE MANO FÉRREA

Catalina De Médicis (imagen) nació en Florencia el 13 de abril de 1519. Era hija de Lorenzo De Médicis Duque de Urbino, llamado El Magnifico, y de Madekinc de la Tour d’Auvergne. Huérfana a poco de nacer, heredó de su padre la inteligencia brillan te y su infatigable capacidad para la intriga política.

A los catorce años se casó con Enrique, Duque de Orleans, hijo del rey de Francia, Francisco I.

Aunque su matrimonio fue largo y de él nacieron diez hijos (sólo siete superaron la primera in Francia) Catalina ocupó un rol secundario en la vida de Enrique II, desplazada por la favorita, Diana de Poitiers, una viuda rica, herniosa y madura, a la que el rey llegó a permitirle el uso público de las joyas reales.

Durante esos años, Catalina no tuvo el menor acceso al poder pero la muerte de Enrique II y la corta edad del Delfín revirtieron la situación. Convertida en Regente, desterró a Diana de Poitiers y comenzó la eliminación sistemática de sus enemigos.

Tildada de arbitraria y despótica, nunca permitió que las leyes se interpusieran entre ella y su voluntad y gobernó con mano férrea, manipulan do a Carlos IX aún cuando éste alcanzó la mayoría de edad y se convirtió en rey por derecho propio.

A la regencia de Catalina se le debe la construcción del palacio de las Tullerías, la ampliación del Louvre y la modernización de la ciudad de París. También a este periodo se atribuyen numerosas muertes por envenenamiento, un arte en el que la reina tenía un interés y conocimiento poco comunes.

Aunque deseaba mantenerse al margen de los conflictos religiosos que causaran miles de muertos en un pasado reciente (de hecho casó a su hija Margarita de Valois con el protestante Enrique de Navarra) terminó aliándose contra los protestantes con Luís de Guisa y presionó a su hijo para que autorizara la Matanza de San Bartolomé, la peor masacre de la historia de Francia hasta el advenimiento del Terror.

Carlos IX murió en 1574 y el hijo predilecto de Catalina De Médicis ascendió al trono como Enrique III. Despótico y vicioso, tuvo un reinado turbulento que se prolongó por quince años.

Políticamente incapaz, por momentos se apoyó en su madre y por momentos la alejó de sí. Catalina De Médicis murió en Blois el 5 de enero de 1589, meses antes de ver concretarse otra profecía de Nostradamus: el asesinato de Enrique III a manos de un monje y el ocaso de la casa de Valois en el trono francés.

NOSTRADAMUS COMO MÉDICO Y ASTRÓLOGO DE LA FAMILIA REAL

Nostradamus regresó a Salon envuelto en un halo de renovado prestigio a causa del favor de la reina. Sin embargo, los honores y la fama no tuvie ron en él el menor efecto.

Su tiempo se acababa y el sabio sólo vivía para profetizar. Noche tras noche Nostradamus contemplaba el cielo y escribía sus cuartetas.

Las predicciones trascendían y los rumo res en torno al médico-profeta iban en aumento. Se hablaba de brujería, de posesión demoníaca, de pactos con Satanás.

El Tribunal de la inquisición empezó a rondar nuevamente, pero la protección de la temible Catalina De Médicis era muy poderosa.

La conmoción creada por la muerte de Enrique II sacudió todas las estructuras de Francia. Catalina De Médicis, convertida en Regente de Carlos IX, viajó a Salon al frente de la Corte para entrevistarse con Nostradamus.

El hecho de que la Regente fuera al encuentro del profeta en lugar de reclamar su presencia en París no escapó a la perspicacia de los cortesanos, habituados a conservar vida y fortuna acomodándose al humor de los poderosos.

La reina se instaló con la Corte en el llamado Palacio del Emperador y se reunió con Nostradamus en la Torre del Reloj. Aunque hubo testigos del encuentro y los saludos iniciales, la audiencia adquirió el carácter de privada y ambos se trasladaron al gabinete particular del sabio, donde conversaron por varias horas.

No se sabe de qué hablaron pero Catalina estaba obsesionada por conocer el futuro del país que desde la muerte de su esposo y su primogénito, gobernaba con poder absoluto. Hacia el final de la entrevista la reina hizo traer a Enrique, su hijo predilecto, al que ansiaba ver coronado rey de Francia.

Ante su insistencia, Nostradamus hizo que el muchacho se desvistiera y examinó sus lunares. La observación confirmó su anterior profecía: Enrique, Duque de Anjou, ascendería al trono de Francia con el nombre de Enrique III.

La Regente suspiró aliviada. En su felicidad, Catalina omitió el detalle de que, para que ese hijo adorado fuera rey, otro menos querido y siempre manipulado debía morir: el tímido, retraído e inmaduro Carlos IX.

La Regente abandonó Salon poco después pero no sin antes haber nombrado a Nostradamus médico y astrólogo personal de su familia y haberle adjudicado una generosa renta vitalicia, honores a los que el sabio dedicó tan poco interés como de costumbre.

Cuando se despidieron, Catalina habló de volver a consultarlo, pero Nostradamus sabía lo que la reina no podía conocer: que aquel sería el último encuentro entre ambos personajes.

LOS ÚLTIMOS ANOS DEL PROFETA

El vidente no vivió para ver a Enrique de Anjou convertido en rey de Francia pero sus dones no necesitaban confirmación alguna. Por eso, cuando vio su propia muerte en el futuro cercano, no se preocupó.

Ni siquiera se apuró a consignar sus profecías: sabía perfectamente cuál era su misión en la Tierra y que dispondría del tiempo necesario para cumplirla.

El 1 de julio de 1556 regresó a Salon de una misión en Arles, ciudad ante cuya Asamblea representó al pueblo en el que se radicara años antes.

A poco de llegar escribió su última profecía: “De vuelti de una embajada/ con el don del rey a la vista! Ya no hará nada más/ Y marchará hacia Dios.! Los parientes, los amigos y hermanos de sangre, / lo hallarán muerto cerca del lecho y del banco”.

Antes de partir hacia Arles había llamado a un notario para dictarle su testamento. Como todo en él, el documento no tuvo anda de convencional y estableció claramente que no deseaba ser “en terrado a la manera habitual, sino colocado verticalmente contra la pared de la iglesia de los franciscanos.

De esta manera, incluso después de mi muerte, ni los estúpidos ni los cobardes, ni los cretinos ni los mal nacidos podrán venir a bailar sobre mi tumba”.

El 2 de julio de 1566, Anne Ponsard lo encontró muerto. Su cuerpo yacía tal como él mismo lo predijera, entre el lecho y el banco.

Sus restos fue ron enterrados de acuerdo a sus disposiciones en el Convento de lesCordeliers pero, años después, fueron trasladados a la Iglesia de Saint Laurent, hasta la que miles de curiosos y peregrinos viajan cada año en número creciente para visitar el lugar de descanso de los restos del hombre que vislumbró el futuro con sorprendente claridad.

Su tumba está señalada por una placa de mármol en la que está inscripto el epitafio compuesto por Anne Ponsard: “Osamentas del muy ilustre Michel de Nostradamus, el único, al juicio de todos los mortales, que con su pluma casi divina haya podido consignar los acontecimientos futuros del Universo entero a partir de los astros. Vivió 62 años, 6 meses, 17 días y murió en Salón en el año 1566. Que la posteridad no moleste su descanso. Anne Ponsard, su esposa, le desea la verdadera felicidad”.

George Brummel:El Rey De La Elegancia Extraños Personajes

George Brummel:El Rey De La Elegancia

Es fácil encontrar en cualquier ciudad de la llamada civilización occidental tiendas o almacenes que llevan el nombre de Brummel. Asimismo existe multitud de perfumes, en una u otra nación, que llevan este mismo nombre siempre relacionado, sea perfumes como trajes, camisas, corbatas…, con la moda masculina.

George BrummelHay quien cree en la existencia de una empresa multinacional que extiende sus tentáculos por todas partes. Pero nada más lejos de la realidad, pues el nombre deriva de un hombre que en su día fue llamado el rey de la elegancia.

 Se llamaba George Brummel Era de origen más bien humilde, pues su padre había sido secretario de lord North, lo que, le habìa permitido reunir una pequeña fortuna. Su abuelo era confitero en Bury Street. A la muerte de su padre, el joven George empezó a gastar la fortuna heredada comprando vestidos, finas camisas, corbatas, sombreros, guantes y bastones. Todo se le iba en vestimenta.

Un día, en una lechería de moda en el Green Park de Londres, mientras estaba hablando con la propietaria entró el príncipe de Gales en compañía de la marquesa de

Salisbury. El príncipe, que quería ser conocido como el primer caballero de Europa, miró con admiración y no sin cierta envidia a Brummel, pues vio en él una impecable corbata, un no menos impecable conjunto de casaca, chaleco y pantalón y unos brillantes zapatos de punta afilada que se había puesto entonces de moda.

El príncipe de Gales era gordo, y gastaba miles de libras en su vestimenta y los accesorios correspondientes (se dice que se le iban cien mil libras al año en cosas de vestir); como dato curioso, poseía, entre otras cosas, quinientos portamonedas.

Brummel era alto, bien plantado e hizo tan buena impresión en el príncipe de Gales que éste le convirtió en su amigo, lo cual llenó de estupor a la aristocracia londinense, que vio cómo el nieto del confitero asistía a las íntimas reuniones principescas. Por supuesto su elegancia llamó la atención y enseguida fue copiada. Un detalle bastará para indicar la diferencia entre la elegancia natural de Brummel y la de sus imitadores.

Un día uno de éstos le dijo:

-Ayer, en casa de la duquesa de X me hice notar por mi elegancia, todo el mundo lo comentó.

-No os hagáis ilusiones, la verdadera elegancia consiste en pasar inadvertido.

Infatuado por su amistad con el príncipe de Gales y por su éxito social, Georges Brummel se permitía impertinencias llenas de afectación y de insolencia. Así, por ejemplo, un día le preguntaron:

-¿Dónde cenasteis anoche?

-En casa de un tal F; que presumiblemente quería que me fijase en él y le diese importancia. Me encargó que me cuidase de las invitaciones, y las cursé a lord Alvanly, Pierrepoint y otros. La cena fue estupenda, pero cuál fue mi sorpresa cuando vi que el señor F. tenía la caradura de sentarse y cenar con nosotros.

Otro día, en una visita que acababa de efectuar a los lagos del norte de Inglaterra, alguien le preguntó cuál era el que le había gustado más. Con un afectado bostezo, Brummel se dirigió a su criado:

-Robinson, ¿cuál es el lago que más me ha gustado?

-Me parece, señor, que fue el lago de Windermere.

Y Brummel se dirigió al preguntón y le dijo:

-Windermere… si esto lo satisface.

Tardaba más de dos horas en vestirse, por lo que era un espectáculo al que asistían algunos selectos amigos. entre ellos el príncipe de Gales. Su forma de ponerse la corbata era esperada por todos con ansiedad. Recuérdese que las corbatas de entonces consistían en unas largas tiras de tela que daban varias vueltas alrededor del cuello y se dejaban caer sobre el pecho en forma negligente.

Brummel se levantaba el cuello de la camisa, entonces de proporciones considerables, hasta que casi le tapaba la cara y a continuación se anudaba la corbata, cosa no muy sencilla al parecer por cuanto ensayaba diez, quince v hasta veinte veces acertar con el nudo. Cada vez que fallaba, la corbata era tirada al suelo y reemplazada por otra. Cuando por fin quedaba satisfecho, Brummel miraba las corbatas desechadas y decía:

– ¡Hay que ver cuántos errores se cometen!

Su vanidad lo inducía a decir y cometer impertinencias, pero carecía del ingenio y el tacto necesarios para ello. Ello fue su perdición.

Un día estaban Brummel, el príncipe de Gales y unos amigos tomando café tras la cena y en un momento dado el primero dijo al príncipe:

-Gales, llama a un criado.

Aquel día el príncipe debía de estar de mal’ humor, pues cuando llamó al criado y lo tuvo delante le dijo:

-El señor Brummel se va, acompáñale hasta la puerta.

Éste fue el principio del fin. Desprovisto del favor principesco, Brummel tuvo que afrontar a sus acreedores, que se lanzaron como fieras sobre él Se dice que en diez años había gastado más de un millón (un millón de aquella época), en corbatas, pantalones y casacas. Sus muebles fueron subastados y tuvo que huir de Inglaterra, dirigiéndose a Caíais, en Francia.

Allí vivió un tiempo gracias a préstamos que sonsacaba de algunos ingleses que visitaban Francia. Se levantaba a las nueve y, según su costumbre, tardaba dos horas en vestirse. Salía a pasear como si estuviese en Londres y, acostumbrado a la buena comida, se hacía servir una opípara cena. Pero la cosa no duró. Cada vez se iba hundiendo más en un océano de deudas. Uno de sus antiguos amigos consiguió que se lo nombrase cónsul de Inglaterra en Caen.

Aunque sus ingresos eran modestos, continuó haciendo su vida de antes. Los acreedores volvieron a surgir y se lanzaron sobre él cuando fue destituido de su cargo. No

pudo comprarse más ropa. Un sastre de Caen, movido de compasión y de respeto por quien había sido el rey de la elegancia. le arreglaba bien que mal y gratuitamente los vestidos que le quedaban.

Parecía que no podía caer más bajo, pero en mayo de 1835 fue detenido por deudas y conducido a la cárcel. El duque de Beaufort y lord Alvanley se enteraron en Londres del suceso y patrocinaron una suscripción para que recobrase la libertad.

Cuando salió de la cárcel, Brummel ya no era ni una sombra de lo que había sido. Perdía constantemente la memoria y se alojó en una pequeña habitación del hotel Inglaterra, de tercera o cuarta clase. Allí pasaba horas enteras sin moverse de su habitación. Un día una inglesa de la que no se conoce el nombre se presentó en el hotel preguntando por Brummel y alquiló una habitación que daba a la escalera para verlo pasar. Lo que vio fue un hombre de cara idiotizada, hablando consigo mismo y vestido pobremente. Cuando el dueño del hotel subió a ver qué quería la señora en cuestión se la encontró llorando sentada en un sillón. Probablemente era una de tantas admiradoras que Bmmmel había tenido en Londres.

Su razón fue declinando. Varias veces los ocupantes del hotel lo vieron requisar sillas que trasladaba a su cuarto. Las ponía arrimadas a la pared. encendía unas velas y solemnemente abría la puerta de su habitación mientras decía en alta voz:

-¡Su alteza real el príncipe de Gales!… ¡Lady Conyngham!… ¡Lord Alvanley!… ¡Lady Worcester!… ¡Gracias por haber venido!… ¡El duque de Beaufort!…

Indicaba a cada uno de sus fantomáticos invitados la silla que les había destinado y luego volvía a abrir la puerta y exclamaba con énfasis:

-¡Sir George Brummel!

Y despertando de su sueño delirante miraba las sillas vacías y se derrumbaba en el suelo sollozando.

Murió en un manicomio el 24 de marzo de 1840.

El Hombre Elefante Biografía e Historia de Vida de Merrick

Biografía del Hombre Elefante – Historia de J. Merrick

BIOGRAFÍA: La historia de de vida de Joseph Merrick, conocido como El hombre elefante es absolutamente fascinante, el horrible aspecto que le dio la naturaleza, escondía a una persona sensible, digna de admiración, y que solamente recibió insultos y desprecios durante la mayor parte de su vida. Creemos que su vida es un modelo a seguir de tolerancia y de compresión hacia todo aquello que nos resulta extraño.

El Hombre Elefante Biografía e Historia de Vida de MerrickSu verdadero nombre fue Joseph Carey Merrick, nació en Lee Street, Leicester el 5 de agosto de 1860, tuvo una infancia muy normal, su deformidad no comenzó a manifestarse hasta los 5 años. Su madre le protegía todo lo que podía de las burlas de los demás niños, y gracias a esto, pudo ir a la escuela hasta los 12 años.

Por desgracia su madre murió, y su madrastra no quería vivir con alguien de su aspecto, por lo que Joseph tuvo que aprender a ganarse la vida a pesar de su aspecto. Ejerció diversos oficios, hasta que su deformidad se lo permitió, ya que esta iba cada vez a más.

La gente le empezaba a mirar horrorizada, y casi no podía salir a la calle, toda su cabeza estaba llena de enormes bultos, su mano derecha creció de forma desmesurada, aunque todo su cuerpo sufrió una terrible malformación

A Joseph se le ocurrió una idea que parecía su salvación, pero que llegaría a ser su ruina: pensó en cobrar por exhibirse, y de hecho, al principio, confesaba sentirse cómodo con lo que antes le causaba horror.

Sin embargo, las condiciones en las que fue exhibido fueron haciendo cada vez más vejatorias, los insultos de «su público» eran cada vez más hirientes, y empezó a ser un martirio.

Merrick, se convirtió  en un fenómeno circense, un morboso centro de atracción, un enigma de la medicina, un sujeto despreciado, un personaje digno de compasión y una celebridad nacional

En este momento, Joseph conoció a un hombre que cambió su vida: Frederick Treves (imagen) , un médico especialista en malformaciones, que se interesó por su caso tras una visita al circo en el que estaba.

Le trató con cortesía y le hizo pruebas en el hospital, aunque por desgracia, su enfermedad fue tratada como incurable y devuelto al circo.

Su odisea no había hecho más que empezar.

Los espectáculos de seres deformes empezaron a ser mal vistos y prohibidos, por lo que Joseph fue abandonado a su suerte, cubierto con una gran capa y una capucha, consiguió regresar a Londres, solo, sin familia, profesión, en un estado cercano a la locura.

Cuando estaban a punto de llevarle a un psiquiátrico, Joseph se acordó del Doctor Treves, y dijo que le conocía.

Treves, al ver las lágrimas de su antiguo paciente y el estado en el que se encontraba, se lo llevó consigo al hospital, y gracias a su tesón y su profesionalidad, obtuvo fondos para dar a Joseph un hogar, su primera casa!.

Treves propuso a Merrick estudiarlo mejor para tratar de desentrañar su extraordinaria patología. «Si podemos conocer de qué se trata», razonaron juntos, «tal vez encontremos una forma de solucionarla».

El Hombre Elefante se mostró de acuerdo. Menos de un mes más tarde, el 2 de diciembre de 1884, Treves presentó a Merrick, desnudo, exhibiendo su horrible fealdad ante los conturbados miembros de la Sociedad de Patología de Londres.

Poco tiempo después, se realizó una segunda exhibición ante los mismos médicos —esta vez sin la presencia del paciente— donde Treves expuso los resultados de sus estudios y todos juntos debatieron acerca de la naturaleza y pronóstico de la enfermedad y de las posibilidades terapéuticas a aplicar. No tuvieron, como veremos, demasiado éxito.

Allí, le hacían pruebas médicas, para poder mejorar su vida, pero no solo eso, médico y paciente se hicieron amigos. Al conocer la naturaleza sensible y educada de Joseph, su amigo pensó en que sería bueno que conociera a alguna mujer.

Una sencilla entrevista educada con una mujer, encargada de darle conversación y cogerle la mano, desató a emoción de Joseph, rompiendo a llorar: era la primera mujer que le tocaba, después de su madre.

 Estos hechos, llegaron pronto a conocimiento de la gente, llegando muchas solicitudes de mujeres para poder visitar a un hombre tan sensible, siendo su invitada de honor la Princesa de Gales, la cual le visitó en varias ocasiones, y le regaló una foto dedicada.

Consiguió cumplir además uno de sus sueños: estar en el campo, todo un mes de vacaciones en una casita del bosque. (imagen: tomografia computada del craneo de cráneo de Merrick)

En ese momento , cuando todo estaba por primera vez a su favor, sucedió lo peor: un día le encontraron muerto en su cuarto. Parece ser que la causa de su muerte, fue que se quedó dormido de pie, sobre la cama, en contra de su costumbre de dormir tumbado sobre un lado, y por el peso de su cabeza, se inclinó, y se desnucó.

Ni siquiera hoy se sabe con exactitud que enfermedad tuvo Joseph Carey Merrick.

En un párrafo de su autobiografía describe su apariencia así: «Mi cráneo tiene una circunferencia de 91,44 cm., con una gran protuberancia carnosa en la parte posterior del tamaño de una taza de desayuno. La otra parte es, por describirla de alguna manera, una colección de colinas y valles, como si la hubiesen amasado, mientras que mi rostro es una visión que ninguna persona podría imaginar. La mano derecha tiene casi el tamaño y la forma de la pata delantera de un elefante, midiendo más de 30 cm de circunferencia en la muñeca y 12 en uno de los dedos.

El otro brazo con su mano no son más grandes que los de una niña de diez años de edad, aunque bien proporcionados. Mis piernas y pies, al igual que mi cuerpo, están cubiertos por una piel gruesa y con aspecto de masilla, muy parecida a la de un elefante y casi del mismo color. De hecho, nadie que no me haya visto creería que una cosa así pueda existir». El cráneo de Joseph Merrick era holgadamente mayor que su cintura.»

La siniestra madrastra que le tocó en suerte fue peor que la más malvada de los cuentos infantiles. Merrick se preocupa, en su autobiografía, en describir los tormentos a que fue sometido por aquella mujer, que se entretuvo en abusar, durante años, de un niño huérfano, gravemente enfermo y horriblemente discapacitado. El nombre de la madrastra era Emma Wood Anthill, y se casó con el padre de Joseph en 1874, al fallecer su madre biológica: «Cuando yo tenía 13 años, ella hizo todo lo posible para conseguir que yo saliera a buscar trabajo. Obtuve un empleo en la fábrica de cigarros Freeman y trabajé allí por unos dos años. Luego, mi mano derecha comenzó a crecer, hasta que se volvió tan grande y pesada que ya no pude liar los cigarros, y tuve que irme.

Ella me mandó por toda la ciudad para buscar trabajo, pero nadie quería contratar a un rengo deforme. Cuando volvía a casa para comer, ella solía decirme que había estado vagando y no buscando empleo. Se mofó tanto de mí, se burló y me despreció de tal manera, que dejé de regresar a casa a las horas de las comidas. Allí me quedaba solo, en las calles, con el estómago vacío, con tal de no regresar para soportar sus pullas.

De lo poco que yo comía, medias raciones y platos casi vacíos, ella igualmente me decía: «Es más de lo que te mereces. No te has ganado esa comida. Incapaz de encontrar empleo, mi padre me consiguió una licencia de buhonero y comencé a recorrer las calles como vendedor ambulante ofreciendo telas, géneros y pomada para zapatos.

Al ver mi deformidad, la gente ni siquiera me abría la puerta ni escuchaba mis ofertas. Como consecuencia de mi enfermedad mi vida seguía siendo una miseria perpetua, de modo que me escapé de nuevo de mi casa e intenté salir a vender por mi propia cuenta.

Para esos tiempos mi deformidad había crecido a un grado tal que ni siquiera podía recorrer la ciudad sin que las multitudes se reunieran a mi alrededor y me siguieran por todas partes». Joseph tenía desde su nacimiento una deformidad en la articulación de la cadera.

Era para él muy difícil caminar incluso sobre una superficie plana. Imagínese el tormento que debieron significar para él los húmedos e irregulares empedrados del Londres victoriano, perseguido por catervas de niños que lo golpeaban, insultaban y gritaban a causa de su fealdad.

AMPLIACIÓN DEL TEMA: Nació en Inglaterra, en 1860 o 1862, fue el mayor de tres hermanos y quedó huérfano de madre cuando tenía alrededor de doce años. Según sus notas autobiográficas, fue un niño normal hasta aproximadamente los cinco años, momento en que su cuerpo comenzó a crecer y deformarse de manera monstruosa.

Poco después de la muerte de su madre, a quien recordaba con cariño, el padre volvió a casarse y la nueva esposa ejerció a la perfección el rol de madrastra malvada de los cuentos infantiles: lo hostigó sin piedad, limitó sus comidas y lo obligó a salir a trabajar.

Aunque Joseph logró desempeñarse en algunos míseros empleos, como era común para los niños de la época, muy pronto su deformidad creciente le impidió realizar tareas manuales y le hizo muy difícil hasta el simple acto de caminar por las calles.

Ante el maltrato que sufría, decidió no regresar a su casa y buscó un trabajo para el que parecía especialmente destinado: se fue a Londres para presentarse como un fenómeno en las ferias populares, donde se mostraban actos de hipnosis, invocación de fantasmas y exhibiciones de monstruos.

Fue entonces cuando comenzó a ser conocido como el Hombre Elefante, por las consecuencias de la enfermedad que lo atormentaba: asimetría total del cuerpo, crecimiento descontrolado de la mitad derecha del cráneo, múltiples tumores y rugosidad de la piel parecida a la de los elefantes, entre otras.

En 1884 fue visitado por el prestigioso médico cirujano Frederick Treves quien le ofreció estudiarlo para explicar el origen de su mal, pero nada se pudo adelantar.

Al tratarlo, Treves se sorprendió de la notable cultura de Merrick que hasta sabía leer y escribir correctamente, en un tiempo en que la mayoría era analfabeta. El Hombre Elefante fue contratado para realizar una gira por Bélgica y allí el empresario del espectáculo le robó sus ahorros y lo abandonó.

A pesar de sus limitaciones, se las arregló para volver a Londres a donde llegó exhausto. La policía encontró una tarjeta del doctor Treves en su bolsillo y lo llamó.

El médico acudió enseguida y esta vez, conmovido por el enfermo, inició una campaña a través de los diarios para procurarle una vivienda permanente y fondos para subsistir. Logró interesar a la aristocracia, incluida la mismísima reina Victoria y se le dio alojamiento en una habitación del hospital donde por primera vez encontró un hogar.

Aunque tenía dificultades para comunicarse, Merrick mantuvo largas conversaciones con Treves, demostró una notable sensibilidad artística y un gran interés por la lectura.

El 11 de abril de 1890, cuando se disponía a dormir, su cabeza cayó hacia atrás, el enorme peso le dislocó el cuello y se produjo su muerte. Tenía alrededor de 27 años. Su esqueleto se conserva en el Real Hospital de Londres y en los últimos años se han realizado investigaciones para determinar la enfermedad que padeció, todavía sin resultados.

El Hombre Elefante sobrevivió en obras dramáticas, películas, documentales, pinturas y hasta temas de rock.

Cantidad de Calor Concepto de Caloria Equivalente Mecanico Joule

CONCEPTO DE CANTIDAD DE CALOR, CALORÍA, EQUILIBRIO TÉRMICO Y EL EQUIVALENTE MECÁNICO

Temas Tratados:

1-Introducción Elemental
2-Temperatura y Cantidad de Calor – Ejemplos-
3-La Caloría-Definición
4-Calor Específico
5-Tabla de Calores Específicos
6-Ejemplos Simples
7-Equivalente Mecánico del Calor
8-Medición del Calor Específico

INTRODUCCIÓN ELEMENTAL:

Cuando dos sistemas a diferentes temperaturas se ponen en contacto, la temperatura final que alcanzan ambos sistemas tiene un cierto valor comprendido entre las dos temperaturas iniciales. Esta es una observación común.

El hombre ha tratado desde hace mucho de encontrar una interpretación a fondo de tales fenómenos. Hasta principios del siglo XIX, se explicaban estos fenómenos admitiendo que en todos los cuerpos existía una sustancia material, llamada calórico.

Se creía que un cuerpo a elevada temperatura contenía más calórico que otro a baja temperatura. Cuando los dos cuerpos se ponían en contacto, el cuerpo rico en calórico comunicaba algo de esa sustancia al otro, hasta que ambos cuerpos alcanzaban la misma temperatura.

La teoría del calórico podía describir muchos procesos, tales como la conducción del calor o la mezcla de sustancias en un calorímetro, de una manera satisfactoria.

Sin embargo, el concepto de calor como sustancia, cuya cantidad total permanecía constante, a la larga no pudo resistir la prueba de los experimentos.

No obstante, todavía describimos muchos cambios de temperatura comunes como el paso de «algo» de un cuerpo que está a mayor temperatura al que se encuentra a menor temperatura, y a este «algo» le llamamos calor.

Una definición útil pero no operacional, es la siguiente: Calor es aquello que se comunica entre un sistema y su medio ambiente como resultado únicamente de la diferencia de temperaturas

A la larga se llegó a entender que el calor es una forma de la energía y no una sustancia. La primera prueba conclúyeme de que el calor no podía ser una sustancia fue dada por Benjamín Thompson (1753-1814), un norteamericano que más tarde llegó a ser Conde Rumford de Baviera. En una memoria presentada ante la Royal Society  en 1798 escribió:

Yo…estoy persuadido, de que el hábito de conservar los ojos abiertos a todo lo que ocurre en el curso ordinario de las cosas de la vida ha conducido, como si fuera por accidente, o en las excursiones juguetonas de la imaginación. ..a dudas útiles y a esquemas valiosos de investigación y mejora, más a menudo que las más intensas meditaciones de los filósofos, en las horas que expresamente se dedican al estudio. Fue por accidente que me vi conducido a hacer los Experimentos de los cuales voy a dar cuenta.

Rumford hizo su descubrimiento mientras estaba supervisando la perforación de cañones para el gobierno bávaro. Para impedir que se sobrecalentara, el alma del cañón se conservaba llena de agua.

El agua se reponía conforme se iba evaporando durante el proceso de taladrado. Se aceptaba que era calórico lo que tenía que proporcionarse al agua para ponerla a hervir.

La producción continua de calórico se explicaba admitiendo que cuando una sustancia se subdividía en partículas más y más finas, que es lo que ocurre al taladrar, su capacidad para retener calórico se hacía cada vez más escasa, y que era el calórico desprendido de esta manera lo que motivaba que el agua hirviera.

Sin embargo, Rumford observó en experimentos específicos, que el agua hervía aun cuando los útiles para taladrar quedaban tan embotados que ya no cortaban ni subdividían la materia.

Escribió después de eliminar por los experimentos todas las interpretaciones posibles del calórico:

…al razonar sobre este asunto, no debemos olvidar el tener en consideración esta circunstancia tan notable, que la fuente de Calor generado por rozamiento, en estos Experimentos, parecía evidentemente ser inagotable… me parece extremadamente difícil, si no totalmente imposible, formarse una idea clara de alguna cosa capaz de ser excitada v comunicada en la forma como el calor era excitado y comunicado en estos Experimentos, como no sea el MOVIMIENTO.

Aquí tenemos el germen de la idea de que el trabajo mecánico gastado en el proceso de taladrado era el responsable de la creación  del calor.

La idea no fue claramente expresada, sino hasta mucho tiempo después, por otros investigadores.

En lugar de la continua desaparición de energía mecánica y la continua creación de calor, no obedeciendo ninguna a ningún principio de conservación, se vio entonces todo el proceso como una transformación de energía de una forma en otra, conservándose la energía total.

Aun cuando el concepto de energía y de su conservación parece autoevidente hoy en día, era una idea novedosa todavía en los años de 1850 y había escapado a mentes tales como las de Galileo y Newton.

En la historia subsecuente de la física, esta idea de conservación condujo a los hombres a nuevos descubrimientos. os primeros pasos de su historia fueron notables por muchos conceptos. Diversos pensadores llegaron a este gran concepto aproximadamente al mismo tiempo; al principio, todos ellos o fueron recibidos fríamente o no se les hizo caso.

El principio de la conservación de la energía fue establecido independientemente por Julius von Mayer (1814-1878) en Alemania, James Joule (1818-1889) en Inglaterra, Hermann von Helmholtz (1821-1894) en Alemania, y L. A. Colding (1815-1888) en Dinamarca.

Fue Joule quien demostró experimentalmente que al convertir una cantidad dada de energía mecánica en calor, siempre se produce la misma cantidad de calor. Así fue definitivamente establecida la equivalencia del calor y la energía mecánica como dos formas de energía.

Helmholtz fue quien primero expresó claramente la idea de que no sólo el calor y la energía mecánica son equivalentes sino que todas las formas de energía lo son, y que no puede desaparecer una cantidad dada de una forma de energía sin que aparezca una cantidad igual en alguna de las otras formas.

Conde Rumford

Rumford, un norteamericano, fue el fundador de la Royal Institucion de Londres.
Por otra parte, la Smithsonian Institution en Washington debe su origen a un inglés.

Temperatura y cantidad de calor. Su diferenciación mediante ejemplos:

Para calentar 10 Kg. de agua desde 20°C hasta 100°C, por ejemplo, hace falta quemar una cantidad mayor de gas que para calentar 2kg de agua entre las mismas temperaturas.

Si se dispone del mismo «fuego» en ambos casos, el calentamiento de los 10 Kg. requerirá más tiempo durante el cual, claro está, se consumirá mayor cantidad de gas. También se puede utilizar un mechero que consuma mayor cantidad de gas en la unidad de tiempo.

Si tenemos un fósforo encendido, podemos con él producir la ignición de un papel. Con 5 Kg. de agua a 50°C podemos calentar en unos cuantos grados una pieza de cobre de 10 Kg. Pero no podemos con ella encender un trozo de papel ni con el fósforo calentar apreciablemente la masa de cobre.

Observaciones de este tipo han llevado a la conclusión de que en los fenómenos térmicos la temperatura desempeña un papel importante; pero hay algo más que no puede ser caracterizado por ella. Esta conclusión unida a otras ha llevado a admitir que, cuando un cuerpo dado se enfría, pierde (entrega o cede) una cantidad de calor y que cuando se calienta, recibe (absorbe o toma) una cantidad de calor.

Por razones que no es del caso exponer aquí, ha sido necesario admitir que la cantidad de calor que intercambia un cuerpo cuando su temperatura varía, es proporcional a la masa del cuerpo y a la diferencia entre las temperaturas final e inicial del calentamiento o enfriamiento.

La constante de proporcionalidad depende del material que forma el cuerpo, como veremos enseguida.

Si un cuerpo (o varios) se enfría (o enfrían) en contacto con otro (u otros) que se calienta (o calientan) y no se produce cambio alguno en el estado de los cuerpos ni otras transformaciones, fuera de los calentamientos y enfriamientos, la cantidad de calor que pierden los cuerpos que se enfrían es igual a la cantidad de calor que reciben los cuerpos que se calientan.

Todo sucede como si la cantidad de calor intercambiada saliese de los cuerpos que se enfrían y pasase íntegramente a los cuerpos que se calientan.

¿Qué es el calor?

A nivel microscópico, como ya lo hemos explicamos cuando hablamos de temperatura, todas las moléculas de un sistema físico se encuentran en continuo movimiento; en el caso de los sólidos se trata de una vibración en torno a una posición de equilibrio y en el de los gases es un movimiento aleatorio.

Este movimiento de las partículas tiene asociada una energía cinética, que debe clasificarse en dos tipos diferentes: la correspondiente al movimiento del sistema en su conjunto y la que corresponde al movimiento de unas partículas con respecto a otras.

La suma de las energías cinéticas de todas las partículas de un cuerpo es llamada energía interna o térmica, y su aumento o disminución lo apreciaremos a través de la temperatura.

El calor es una forma de energía, y la energía calórica de un cuerpo es la suma de las energías cinéticas de sus moléculas. Esta interpretación permite formarnos una imagen clara de lo que ocurre cuando ponemos en contacto dos cuerpos con diferentes temperaturas: pasa energía de las moléculas de uno a las del otro, mediante la interacción de choques o de atracciones, hasta que las energías cinéticas medias se igualan (o sea, se igualan las temperaturas).

Así se comprende que los gases de la llama de un fósforo tengan temperatura mayor que una olla de agua caliente, pero menor cantidad de calor, o sea, menor cantidad de energía.

Cantidad de calor : La Caloría

La unidad de cantidad de calor Q se define cuantitativamente en  función de un cierto cambio producido en un cuerpo durante un proceso especificado. Así, si se eleva la temperatura de un kilogramo de agua de 14.5 a 15.5°C calentándolo, decimos que se ha agregado al sistema una kilocaloría (Kcal.).

La caloría (= 10-3 Kcal.) se usa también como unidad de calor. (Entre paréntesis, la «caloría» que se usa para medir el contenido de energía de los alimentos es en realidad una kilocaloría.)

En el sistema inglés de unidades de ingeniería la unidad de cantidad de calor es la British thermal unit (Btu), que se define como la cantidad de calor necesaria para elevar la temperatura de una libra de agua de 63 a 64°F.

Las temperaturas de referencia se estipulan porque, en la vecindad de la temperatura ambiente, hay pequeñas variaciones en la cantidad de calor necesaria para producir una elevación de un grado según sea el intervalo de temperatura escogido.

No tomaremos en cuenta esta variación para la mayoría de los fines prácticos. Las unidades de cantidad de calor están relacionadas como sigue: 1.000 Kcal. = 1.000 cal = 3.968 Btu = 4186 joules.

En base a la definición anterior si tenemos una masa de agua de 450 g de la cual sabemos que se calienta de 15°C a 30°C. Por cada gramo y por cada grado centígrado, esa masa de agua toma una caloría.

Como las cantidades de calor son proporcionales a la masa de los cuerpos que se calienta y a la diferencia de temperatura (final menos inicial), en el ejemplo dado el agua habrá tomado 1 cal g-1 C-1 X 450 g X (30 —15) °C = 675 cal. (Hacemos notar que el cal es el símbolo de caloría.)

Si la misma masa de agua se hubiese enfriado de 30°C a 15°C hubiese cedido esa misma cantidad de calor.

El resultado del cálculo sería -675 cal, pues la diferencia entre paréntesis hubiese sido (15—30). Si el calentamiento del agua se hubiese producido en contacto con un cuerpo de masa m cuya temperatura hubiese variado entre ti y 30° (la temperatura final es la misma, ya que suponemos que el agua y el cuerpo llegan a un equilibrio térmico), el cuerpo en cuestión hubiese cedido al agua (él hubiese perdido, entregado) una cantidad de calor dada por la expresión de proporcionalidad:

Q – c . m . (ti-30)

Q es el símbolo general para cantidades de calor. Ahora bien, la masa de agua es el único cuerpo que se calentó y la cantidad de calor calculada para el calentamiento del agua es la misma que entregó el cuerpo al enfriarse. Por esta causa dijimos que estábamos en presencia de una manera de medir cantidades de calor.

La constante de proporcionalidad, c, que aparece en la última fórmula no es otra cosa que el calor específico del cuerpo o material de que se trate. Su definición es la cantidad de calor necesaria para aumentar en 1°C la temperatura de 1 g del material que forma el cuerpo. Si comparamos esta definición con la de caloría, veremos que el calor específico del agua es 1 cal/g (grado C).

El calor específico de una sustancia, ce, es la cantidad de calor necesaria para elevar un grado la temperatura de un kilogramo de dicha sustancia. Se mide en J/(kg . K) en el SI. También se puede expresar en cal/(Kg . °C).

La cantidad de calor necesaria para que una masa m de una sustancia aumente su temperatura desde T1, hasta T2 se expresa entonces así: Q = m . ce . (T2 — T1) = m. ce. ▲T

(▲T): se lee delta T , es la variación de la temperatura, y equivale a la temperatura final menos la temperatura inicial.

TABLA DE CALORES ESPECÍFICOS

Sustancia  c.e. (Cal./Kg./°C) c.e. (J./Kg./°K)
Aluminio210878
Cobre 90375
Hierro110460
Plomo30125
Mercurio30125
Plata 60250
Latón90375
Vidrio160667
Arena200835
Hielo500120
Agua Pura10004180
Agua de Mar9403900
Alcohol Etílico5502400
Glicerina5802420
Trementina4201750
Aceite4001670
Vapor de Agua4601920
Carbono121500
Wolframio32135

Para pasar de (cal./Kg./°C) a Kcal. se multiplica por 1000. Lo mismo si se quiere pasar de Kg. a gr. se divide por 1000. También de Cal. a Joule (J.) divide por 0,24. Si divide para el aluminio los 210 por 0,24
se obtiene en Joule, 878.

EJEMPLOS:

• ¿Que cantidad de calor se necesita para elevar la temperatura de 50 gr. de cobre desde 18°C. hasta 98°C?

▲T=98-18 = 80°C

El calor específico del cobre es de 0,09 cal./gr./° C. La masa m = 50 gr., el calor específico s = 0,09 = 9:100 cal./gr./° C, la variación de temperatura es  = 80° C. La cantidad de calor es Q = m x s x t = 50 X 9:100 x 80 = 360 calorías.

De la definición de caloría (cantidad de calor que se necesita para elevar la temperatura de 1 g. de agua en 1° C), se deduce que el calor específico del agua es de 1,00 cal./gr.° C. Éste es el mayor calor específico de todas las sustancias ordinarias. Es, por ejemplo, unas 5 veces mayor que el calor específico de la arena. Para producir el mismo aumento de temperatura, el agua absorbe una cantidad de calor 5 veces mayor que una masa igual de arena. Esto explica por qué el mar tarda más en calentarse, durante el día, que una playa de arena; y por qué la arena de la playa se enfría más rápidamente al llegar la noche.

• ¿Cuánto calor es necesario para aumentar en 25 °C (a temperatura de 3 Kg. de agua?
Suponemos que no hay cambios de estado:

formula cantidad de calor

La cantidad de calor pedida depende únicamente de la masa y del aumento de temperatura, para el caso del agua.


• Introducimos una barra de aluminio, de 0,2 Kg., a 80 °C en un vaso con 0,25 Kg. de agua a 20 °C. Calcular la temperatura final, suponiendo que no hay pérdidas de calor con el ambiente.

Cuando se alcance el equilibrio térmico ambos estarán a la misma temperatura. El aluminio cede calor (Qc) y disminuye su temperatura:

formula cantidad de calor

El agua absorbe calor (Qa) y aumenta su temperatura:

formula cantidad de calor

Si no hay pérdidas de calor se cumple que: el calor cedido (negativo) por la barra de aluminio es igual al absorbido (positivo) por el agua.

Un bloque de cobre de 75 g, se saca de un horno, y se echa en un depósito de vidrio de 300 g que contiene 200 g de agua. La temperatura del agua se eleva de 12 a 27°C. ¿Cuál era la temperatura del horno?

Este es un ejemplo de dos sistemas que se encontraban originalmente a diferentes temperaturas y que alcanzaron el equilibrio térmico después de ponerse en contacto. No interviene energía mecánica, sólo hay un intercambio de energía calorífica. Por consiguiente:

formula cantidad de calor

El subíndice C representa al cobre, G al vidrio y W al agua. La temperatura inicial del cobre es Tc, la temperatura inicial del agua del depósito es Tw, y la temperatura final de equilibrio es Te. Sustituyendo los valores dados, con Cc=0.093 cal/g C, Cg = 0.12 cal/g C°, y Cw = 1.0 cal/g C°, obtenemos:

Equivalente mecánico del calor

Si el calor no es sino otra forma de la energía, cualquier unidad de energía puede ser una unidad de calor. La caloría y el Btu se originaron antes de que fuera aceptado generalmente que el calor es energía. Fue Joule quien primero midió cuidadosamente el equivalente en energía mecánica de la energía calorífica, esto es, el número de joules equivalente a 1 caloría, o el número de pies-libras equivalente a 1 Btu.

El tamaño relativo de las «unidades caloríficas» y de las «unidades mecánicas» se puede encontrar efectuando experimentos en los cuales una cierta cantidad medida de energía mecánica se convierte completamente en una cantidad medida de calor. Joule usó originalmente un aparato en el cual unas pesas que caían hacían girar un conjunto de aspas en un recipiente con agua  La pérdida de energía mecánica se calculaba conociendo los pesos y las alturas

aparato de Joule

 Aparato de Joule para medir el equivalente mecánico del calor.
Las pesas que caen hacen girar las aspas que agitan el agua en el recipiente, elevándole su temperatura

de las cuales caían y la ganancia de energía calorífica, determinando el equivalente en agua del conjunto y su elevación de temperatura. Joule deseaba demostrar que se obtendría la misma cantidad de energía calorífica al consumir una cierta cantidad dada de trabajo independientemente del método seguido para producir el trabajo.

cientifico jouleProducía calor agitando mercurio; frotando entre sí anillos de hierro en un baño de mercurio; convirtiendo energía eléctrica en calor en un alambre sumergido en agua; y de otras formas. Siempre coincidía la constante de proporcionalidad entre la cantidad de calor producido y la cantidad de trabajo ejecutado dentro de su error experimental de 5%.

Joule no disponía de los termómetros exactamente comparados que tenemos en la actualidad, ni podía hacer correcciones tan seguras de las pérdidas de calor del sistema como es posible hacerlo ahora.

Sus experimentos originales son notables no sólo por la habilidad e ingenio que mostró sino también por la influencia que tuvieron para convencer a los hombres de ciencia de todas partes, de lo correcto del concepto de que el calor es una forma de la energía.

Los resultados aceptados son:

1 kcal = 1 000 cal = 4 186 joules,
1 Btu = 252.0 cal = 777.9 pies Ib;

esto es, cuando se convierten en calor 4 186 joules de energía mecánica, elevan la temperatura de 1 Kg. de agua de 14.5 a 15.5°C.

En calorimetría moderna las cantidades de calor se miden casi siempre la función de la energía eléctrica proporcionada a un baño de agua al hacer pasar una corriente por una resistencia que se encuentra dentro del baño; raras veces se miden observando la elevación de temperatura de un baño de agua. Así pues, la unidad práctica lógica de calor es el joule (1 joule = 1watt-seg) y de hecho es la que se adoptó como unidad internacional aceptada jara el calor por la Novena Conferencia General de Pesas y Medidas (1948). De hecho, en la práctica moderna de los laboratorios, la caloría (o la kilocaloría) si se usa mucho ni se necesita. Sin embargo, está profundamente metida en !a literatura científica. Para permitir el seguir usando esta unidad familiar —-pero para reconocer la importancia práctica del joule— a menudo se define una nueva kilocaloría, la kilocaloría termoquímica: 1 Kilocaloría=4184.0vjoules (exactamente)

Medida del color específico del aluminio, por el método de las mezclas. El aluminio se calienta en agua hirviendo, y luego se sumerge en el agua fría del calorímetro. El calor ganado por el agua fría y el calorímetro puede calcularse, y es igual a Q, el calor cedido por la masa m de aluminio. El calor específico s del aluminio puede deducirse de la ecuación Q= m . s . ▲T(observación: en este ejemplo s=ce el calor específico del material)

MEDIDA DEL CALOR ESPECÍFICO DE UN SÓLIDO

Este experimento ofrece un ejemplo del llamado «método de las mezclas». Está basado en el hecho de que el calor que pierde un cuerpo caliente lo gana un cuerpo más frío. El experimento será correcto si se toman las precauciones necesarias para que no haya pérdidas de calor fuera del aparato.

calorimetro metodo de las mezclas

La parte principal del aparato es el «calorímetro», un recipiente de cobre con paredes de poco grosor (el cobre tiene un bajo calor específico y, por lo tanto, una pequeña capacidad para absorber calor) que debe estar muy bien pulido, para evitar las pérdidas de calor por radiación.

El calorímetro se coloca sobre un soporte de corcho (un mal conductor de! calor), en el interior de un recipiente mayor, que sirve de protección contra los cambios en la temperatura exterior. Normalmente, e! calorímetro se cierra con una tapadera que lleva un termómetro, esencial para todos los experimentos de medidas de calor. A través de la tapadera pasa también una varilla de cobre, con la que puede removerse el contenido de’, calorímetro.

Supongamos que queremos calcular el calor específico del aluminio por el método de las mezclas. Se pesa la muestra de aluminio, así como e! calorímetro vacío con su agitador. Luego se llena el calorímetro con agua hasta la mitad, y se pesa de nuevo, para calcular la masa de agua que contiene, por la diferencia entre las dos pesadas. El aluminio se calienta, sumergiéndolo en un vaso con agua en ebullición.

La temperatura de! agua hirviendo será la temperatura inicial del aluminio. Mientras se calienta el aluminio, se mide la temperatura del agua fría en el calorímetro. Luego, el aluminio caliente se transfiere muy rápidamente al calorímetro (procurando no llevar agua caliente con él).

El agua del calorímetro se agita, para igualar la temperatura del agua, y se anota la temperatura más alfa que alcance el termómetro. Antes de averiguar el calor específico (s) del aluminio, hay que realizar las siguientes medidas. Con ellas, y el calor específico del cobre y del agua, que son factores conocidos, no necesitamos más datos.

Masa del aluminio = 10 gr.
Masa del calorímetro vacío = 50 gr.
Masa del agua en el calorímetro = 80 gr.
Temperatura Inicial del aluminio = 99,5° C.
Temperatura inicial del calorímetro = 17,5° C.
Temperatura final del aluminio y del calorímetro = 19,5° C.
Calor específico del cobre = 0,09 cal./gr./° C.
Calor específico del agua = 1 cal./gr./° C.

Utilizando estos datos, se hacen los siguientes cálculos:
Disminución de temperatura de los 10 gr. de aluminio = 99,5—19,5 = 80°C.

Por tanto, e! calor perdido por el aluminio es Q= m .c. ▲T = 10 . s . 80 — = 800 x s calorías.

Elevación de temperatura de! calorímetro de cobre = 19,5 – 17,5 = 2°C.

Por lo tanto, la cantidad de calor Q ganada por e! calorímetro es: Q=m. s. ▲T=50 . 0,09 X 2 = 9 calorías.

Como la elevación de temperatura de! agua del calorímetro es también 19,5— 17,5 = 2°C, la cantidad de calor ganada por 80 gr. de agua es Q=m. s. ▲T = 80 . 1 . 2 = 160 calorías.

Así, la cantidad total de calor ganada por el agua y el calorímetro es de 160 + 9 = 169 calorías.

Ahora bien, las 800 X s calorías perdidas por el aluminio son iguales a las 169 cal. que ganan el agua y el calorímetro. Luego 800 X s = 169.

Dividiendo ambos miembros de la ecuación por 800, tenemos:

Calor específico del aluminio s = 169/800 = 0,21 cal./gr./° C

Fuente Consultada:
Revista TECNIRAMA N° 54
FÍSICA I
RESNIK-HOLLIDAY
Elementos de Física y Química Maiztegui-Sabato
Enciclopedia del Estudiante Tomo 7 Físico-Química

Amores de Matahari Mujeres Famosas de la Historia Resumen

Amores de Matahari – Biografía
Mujeres Famosas de la Historia

Resumen Biografía de Mata Hari
Sus dotes de seducción y sus amoríos con personajes de la época a quienes frecuentaba le hicieron obtener muy pronto el éxito y la fama. Sin embargo, esas relaciones con la alta oficialidad europea durante la guerra del catorce la envolvieron en un oscuro episodio de espionaje, del que fue a la vez participante y víctima, pues su carrera mundana fue trágicamente tronchada por un pelotón de fusilamiento.

Amores de Matahari Mujeres Famosas de la Historia

Ella misma lo decía «Desde chica me fascinaron los uniformes». Y en efecto, en esos uniformes vendrían envueltas las sensaciones más intensas de su vida la boca sonriente y tibia del amante y la boca fría y letal de los fusiles apuntados a ella.

Margaretha Geertruida Zelle vino al mundo el 7 de agosto de 1876 en la ciudad holandesa de Leeuwarden. Los negocios de su padre —dueño de una próspera sombrerería- marchaban en esa época viento en popa, y Adam Zelle pudo rodear a sus hijos, Margaretha, Ari Anne, Cornelis Coenraad y Johannes, de una atmósfera suntuosa.

Desde muy niña Margaretha se destaca netamente entre las otras chicas por su belleza. En las distinguidas escuelas y colegios a los que asiste aprende lo necesario para desenvolverse en un mundo refinado y elegante, además del inglés, el alemán y otras materias elementales para una mujer culta de la época. Esta formación, sin embargo, no llega a frenar su irreprimible tendencia a pisar las candilejas: se la recordaba como la niña más atrevidamente vestida de Leeuwarden, la de los gestos más rebuscados, la que contaba historias fantasiosas, y la más descarada.

Pero en 1889 su mundo rosado se desvanece: quiebra el negocio de su padre, y este, sin abandonar su elegante sombrero de copa, su chaleco florido y su bastón, escapa a La Haya.

Incapaz de afrontar la situación, su esposa muere en 1891 y es enterrada por los vecinos, mientras Margaretha da rienda suelta a su dolor encerrándose en la casa y tocando el piano durante toda esa noche. Un tío la acoge luego en su hogar, algo cohibido ante esta sobrina audaz y deslumbrante.

PRELUDIO JAVANÉS
Pocos años después Margaretha tiene ocasión de poner en práctica lo que sería su lema de toda la vida «Más vale ser amante de un oficial pobre que de un banquero rico». Pero el oficial Rudolph McLeod no le pide que sea su amante. Él busca—y para eso ha puesto un aviso en los periódicos- esposa legítima. Entre las cartas que recibe hay una que incluye osadamente una fotografía. Cita inmediata, flechazo, declaración fulminante, como cuadra a un militar.

Y como a Margaretha no parece importarle que McLeod sea calvo, poco atractivo, sin patrimonio y veinte años mayor que ella, la boda se celebra sin dilaciones el 11 de julio de 1895.

Dos años después el matrimonio se embarca rumbo a las Indias Orientales, ya con un hijo, Norman John, a quien sigue a un año de distancia Jeanne Louise.

Se establecen en Medán, isla de Java, y allí el pequeño Norman, de dos años, muere envenenado. Unos hablan de la venganza de un subordinado de McLeod, otros de la de una niñera con la que el oficial habría tenido amoríos.
Las relaciones entre marido y mujer habían andado mal des-de el principio, y en 1902 McLeod acepta, a instancias de Margaretha, retornar a Europa. Allí, tras un nuevo intento de convivencia, el matrimonio se deshace definitivamente. El oficial se queda con Jeanne, mientras Margaretha vuelve a refugiarse en casa de su tío.

El telón caía así sobre otro capítulo de su vida, pero se iniciaban otros más dramáticos. Marcha a París, «lugar-dice-donde huyen las mujeres que se liberan de sus maridos».

NACE MATA HARI
París se hallaba entonces en el apogeo de la Belle Epoque, y el esnobismo y el gusto por lo exótico habían prendido fuertemente en la alta sociedad. Margaretha decide probar suerte, y en una muy exclusiva función de beneficencia se presenta como bailarina hindú. Para dar aliento a esta ficción posee ojos negros, cabello negro y, sobre todo, mucha imaginación.

Sus extravagantes contorsiones logran éxito inmediato y pronto se le acerca un personaje típico de la época, hombre serio o impostor, según los casos y los días. Émile Guimet es un poderoso industrial aficionado al orientalismo que ha fundado el muy valioso Museo Guimet, dedicado a las religiones de todo el mundo, y donde dan conferencias los más prestigiosos especialistas. Pero como buen hombre de negocios, sabe aprovechar la ocasión cuando se le presenta, aun a costa de la superchería.

Así es como anuncia que la bailarina «Mata Hari» (que en hindú significa «ojo del sol» u «ojo de la mañana») se presentará en el segundo piso de su Museo, para bailar «la danza de los siete velos», en un templete hindú que ha hecho traer de Asia.

Al día siguiente del debut llega la fama. Mata Hari deslumbra al «todo París», más por su audacia que por su arte, y más por sus atavíos que por la cadencia de sus movimientos. La fórmula es: sostén recamado de joyas, ancho cinturón de pedrería, pulseras con extraños signos y, sobre todo, desnudez.

Baila en los salones más aristocráticos de París, en el Trocadero y en el Olympia, en la Ópera de Montecarlo y hasta en la Scala de Milán. Europa se rinde a sus pies. Un industrial holandés lanza al mercado los cigarrillos »Mata Hari» y ella aplaude esta oportuna publicidad.

AMORES MARCIALES
Pero la danza hindú no acapara todo su tiempo. Otro uniforme surge en su vida: el de un noble alemán, oficial de alta graduación del Regimiento de Húsares de Westfalia. Von Kiepert alquila para su amante un suntuoso piso en la Nachosstrasse, en Berlín, y ella lo acompaña a las maniobras del ejército en Silesia. Entre tanto derrocha dinero a manos llenas, frecuenta los lugares más selectos y se relaciona con multitud de artistas, políticos, hombres de negocios y, por supuesto, militares.

Sin embargo, la guerra se encarga de trastornar sus vínculos cosmopolitas. En 1914 se refugia en Holanda, donde vuelve a bailar con gran éxito de crítica y de público. Allí encuentra también a otro oficial que la sostiene durante años con suculentos cheques.

Pero Holanda no era escenario apropiado para Mata Hari. En 1916 resuelve marcharse a París pasando primero por Londres. Pero Sotland Yard desconfía ya de esta bailarina con tantos amigos políticos y militares de diversas nacionalidades y no le concede la visa. Es el primer anuncio de la tormenta.

LA BELLA Y LOS FUSILES
Lo que la lleva a Francia es, más que nada, la presencia en ese país de Vadim de Massloff, oficial ruso, sin duda el hombre a quien más amó, y que se encuentra en Vittel, en los Vosgos, a la sazón zona militar.

Para llegar hasta allí debe entrevistarse con el capitán Ledoux, jefe del Servicio de Inteligencia francés, quien tiene que darle autorización para que se reúna con su amado.

Quiso su destino fatal que Ledoux, por sugerencia de Scotland Yard, ya la estuviera vigilando desde un año atrás. Astutamente, le propone «cooperar con Francia», y Mata Hari acepta, a cambio del permiso para pasar dos semanas entre los fuertes brazos del ruso, y de un millón de francos, que serán su dote para casarse con él. Su primera y única misión se desarrolla en Madrid, donde seduce con facilidad al agregado militar de la embajada alemana, quien no tarda en revelarle importantes secretos militares.

Regresa a Francia con su botín para reunirse con su amado, pero una orden de arresto la arranca brutalmente de su embeleso. Acusada de espía, es conducida a la prisión de Saint-Lazare. Siguen siendo oscuros los motivos que impulsaron a Ledoux a denunciar a su propia agente. En todo caso, Mata Hari era inocente.

Pero había tenido demasiados contactos con militares de demasiados países. Las pruebas estaban en su contra, y el 18 de octubre de 1917 Mata Hari debe enfrentar el pelotón de fusilamiento en el cuartel de Vincennes. Ni siquiera en esta ocasión descuidó su apariencia: zapatos de taco alto, pesado kimono de seda, amplia capa de terciopelo negro orlada con piel, sombrero de fieltro de ala ancha. Afrontó los fusiles sin vendaje, y después de la descarga, con el corazón destrozado, cayó con postrera elegancia.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Matahari Biografia Bailarina y Espia Alemana Vida Gran Amante

LA VIDA DE MATAHARI-ESPÍA ALEMANA

Margaretha Geertruida Zelle (Leeuwarden, Países Bajos, 7 de agosto de 1876 – 15 de octubre de 1917), fue una famosa bailarina destriptease, condenada a muerte por espionaje y ejecutada durante la I Guerra Mundial (1914-1918).

En Julio de 1917, casi al final de la Primera Guerra Mundial, Margaretha Geertruida Zelle, alias «Mata-Hari», fue procesada ante un tribunal militar en París, la acusaban de haber entregado secretos militares franceses a Alemania, tan vitales que habían costado la vida de no menos de 50000 franceses.VIDA DE MATAHARI

En las audiencias se reveló una historia sensacional de sexo y espionaje, de modo que las angustiadas declaraciones de inocencia de Margaretha cayeron en oídos sordos. El tribunal no vaciló en declararla culpable y sentenciarla a muerte ante un pelotón de fusilamiento.

Bailar en el peligro Sin embargo, la vida real de Margaretha hace pensar que fue una inofensiva y desconcertada victima de las circunstancias más que una peligrosa espía. Nacida en Holanda en 1876, se casó a los 19 años con un oficial del ejército holandés y vivió algún tiempo en Java y Sumatra.

En 1905, de nuevo en Europa y ya divorciada, emprendió la carrera de bailarina oriental, primero bajo el nombre de Lady MacLeod y después como Mata-Hari, expresión malaya que significa “el ojo del día”. Pronto se hizo famosa en todo el continente, no tanto por la calidad de su danza como por su disposición a presentarse semidesnuda en el escenario.

Tuvo una serie de amantes de varias nacionalidades en los más altos círculos políticos y militares, incluido el príncipe Guillermo, heredero al trono alemán. Después de que estalló la guerra en 1914, sus contactos internacionales la hacían un blanco tentador para los jefes del alto espionaje en busca de agentes. En aquel entonces pasaba apuros, de modo que aceptó dinero de los servicios de inteligencia alemán y francés.

Empero, resultó inútil como agente secreto. No hay pruebas de que uno u otro bandos hayan obtenido de ella información provechosa. Finalmente, cansados de pagar por nada, los alemanes permitieron deliberadamente que los franceses descubrieran su duplicidad.

Pese a que apelaron en su favor algunos de los franceses más influyentes, muchos de ellos ex amantes suyos, Mata-Hari fue ejecutada en Vincennes el 15 de octubre de 1917. Su comportamiento indiferente ante la muerte acrecentó la leyenda de Mata-Hari. Lascivos periodistas resaltaron las medias de seda negras y la capa de piel en cuyo uso insistió para la ejecución. Se rehusó a que le vendaran los ojos, por lo que se difundió el rumor de que creía que uno de sus amantes acaudalados había ordenado que se cargaran los rifles con cartuchos de salva.

Las Ultimas Horas de Mata-Hari

El 15 de octubre de 1917, Mata Han apareció vestida con primor y se negó a que le vendaran los ojos. Antes de que el pelotón disparara, la «princesa javanesa» agitó la mano para despedirse de los soldados. Otra versión asegura que sólo iba cubierta con un abrigo, del que se despojó en el último momento. Lo cierto es que del pelotón 1c doce soldados, sólo cuatro alcanzaron su bonito cuerpo.

Hasta pon antes del fusilamiento, Mata Hari creyó que el presidente de la República le concederla el indulto. Siempre optó por la huida hacia adelante; incluso en esa situación desesperada no perdió la compostura.  Fue amada por muchos y repudiada en los momentos difíciles por aquellos que besaban el suelo que pisaba. Ella, por su parte, es muy posible que odiara a todos los hombres, a pesar de haber obtenido de elle cuanto quería en beneficio propio.

Es difícil dilucidar hasta qué  punto esta princesa javanesa llegó a disfrutar en sus relaciones sexual, ya que, como dice Irving Wallace, su vida amorosa siempre estuvo imbricada en su trabajo. Ella misma decía de sus dotes de bailarines «Nunca supe bailar bien. La gente acudía a verme porque fui  la primera que se atrevió a exhibirse desnuda en público».  Murió con cuarenta y un años.

 El cadáver, ya que nadie lo reclamó, fue entregado a los estudiantes de medicina para que fuera objeto de aprendizaje en la facultad. En aquella época, los criminales y delincuentes ajusticiados eran utilizados en las clases de anatomía. Su cabeza, embalsamada,  permaneció hasta 1958 en el Museo de Criminales de Francia hasta que desapareció, seguramente hurtada por algún admirador con gustos necrófilos.

Es evidente que pocas mujeres han despertado tantas y tan desgarradoras pasiones, así como sembrado tantos y tan contradictorios misterios. Bailarina exótica, no especialmente dotada para la armonía y el movimiento, mentirosa compulsiva, seductora de todo un batallón de hombres, espía (si lo fue) no muy ortodoxa y capaz de venderse al mejor postor. Todo esto es cierto, pero también que sus dotes de seducción, su cuerpo desnudo, contorsionándose con mayor o menor gracejo, atrajo a multitud de hombres que ella, con su magnetismo innato, supo convertir en unos tontos.

Hoy en día, la tesis más aceptada es que, aunque Mata Han pudo informar sobre ciertos movimientos alemanes y/o franceses, éstos fueron siempre datos irrelevantes, debido a la nula preparación de la «musa» como espía. Lo curioso es que en la actualidad sigue representando la imagen del espionaje, cuando en realidad fue la antítesis de esta profesión, ya que, para un espía, la primera regla es la discreción; característica que esta mujer jamás contempló como posible, ya que ella fue hacia donde todas las miradas se dirigían.

AMPLIACIÓN DE ESTE TEMA: VIDA DE MATAHARI

Sus dotes de seducción y sus amoríos con personajes de la época a quienes frecuentaba le hicieron obtener muy pronto el éxito y la fama. Sin embargo, esas relaciones con la alta oficialidad europea durante la guerra del catorce la envolvieron en un oscuro episodio de espionaje, del que fue a la vez participante y víctima, pues su carrera mundana fue trágicamente tronchada por un pelotón de fusilamiento.

Ella misma lo decía «Desde chica me fascinaron los uniformes». Y en efecto, en esos uniformes vendrían envueltas las sensaciones más intensas de su vida la boca sonriente y tibia del amante y la boca fría y letal de los fusiles apuntados a ella.

Margaretha Geertruida Zelle vino al mundo el 7 de agosto de 1876 en la ciudad holandesa de Leeuwarden. Los negocios de su padre —dueño de una próspera sombrerería- marchaban en esa época viento en popa, y Adam Zelle pudo rodear a sus hijos, Margaretha, Ari Anne, Cornelis Coenraad y Johannes, de una atmósfera suntuosa.

Desde muy niña Margaretha se destaca netamente entre las otras chicas por su belleza.

En las distinguidas escuelas y colegios a los que asiste aprende lo necesario para desenvolverse en un mundo refinado y elegante, además del inglés, el alemán y otras materias elementales para una mujer culta de la época.

Esta formación, sin embargo, no llega a frenar su irreprimible tendencia a pisar las candilejas: se la recordaba como la niña más atrevidamente vestida de Leeuwarden, la de los gestos más rebuscados, la que contaba historias fantasiosas, y la más descarada.

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Fuente Consultada: Sabias que…? y Sexoadictas o Amantes

grandes amantes

Biografia de Maria Graham Resumen Bailarina de la Danza Moderna

Biografía de María Graham Resumen
Bailarina de la Danza

Martha Graham
Al principio la sostuvo su fuerte vocación, que le permitió vencer la oposición familiar y sobreponerse al escaso apoyo de su primera maestra. Su talento y creatividad impulsaron una revolución que renovó las técnicas de la danza, sentó las bases de un nuevo estilo y la consagró como una de las grandes bailarinas del siglo XX.Biografia de Maria Graham Resumen Bailarina de la Danza

Representaba a la décima generación norteamericana surgida de un grupo de inmigrantes escoceses e irlandeses instalados en Nueva Inglaterra, y fueron muchos los obstáculos que debió vencer Martha Graham, nacida en Pittsburgh, Pensilvania, en 1893, antes de convertirse en la bailarina que mejor expresara con su arte el espíritu de la sociedad norteamericana.

La primera -y más tenaz- oposición que tuvo que vencer fue la de su padre, un severo médico presbiteriano especializado en enfermedades mentales, que no vio con buenos ojos los propósitos de su hija de dedicarse a la danza.

La propia Martha recuerda en sus Memorias las palabras del doctor Graham, quien expresó en una oportunidad:»Los movimientos nunca mienten». Ella era una niña pero no se le escapó el significado de la ambigua frase: aludía, obviamente, a las connotaciones equívocas que para sus rígidos conceptos morales tenían las evoluciones de una bailarina en el escenario.

Pero de su padre también aprendió otras cosas, entre ellas la posibilidad de interesarse por los móviles íntimos que impulsaban a los seres humanos. Y en la soleada Santa Bárbara, en California, a donde se trasladó su familia cuando ella era todavía adolescente, desarrolló su amor por la naturaleza.

La primera vez que asistió a un espectáculo de danza fue en Los Ángeles, en 1911, a los 17 años, acompañada naturalmente por su familia; los exóticos movimientos de Ruth St. Denis, le llenaron el alma de sueños patéticos.

A la muerte de su padre pudo consagrarse a la danza e ingresó en la escuela Denishawn, formada precisamente por Ruth St. Denis y su marido, Ted Shawn, grandes pioneros de la danza norteamericana. Tenía entonces 22 años y todo en contra: su edad, su rostro, su cuerpo –demasiado pesado– e incluso la misma Ruth St. Denis, quien no la estimaba como a una discípula dilecta.

Sin embargo, una llama refulgía en el interior de Martha y era imposible no distinguirla. Shawn la llamó «hermosa y salvaje pantera negra». El primer ballet que compuso para ella, «Xóchitl«, en 1920, fue exactamente el vehículo para crear una anti-Denishawn. Marta Graham trabajaba desde un pasado que desconocía hacia un futuro que debía inventar. En la escuela Denishawn había captado la herencia dejada por Francois Delsartebailarín francés del siglo pasado– y aunque formaba parte de la compañía, ansiaba que su danza fuera un mensaje de su época y el espejo del hombre contemporáneo; quería afirmar la vida a través del movimiento.

En ese propósito resultó de gran ayuda el compositor Louis Horst, director musical de la escuela, a quien conoció en esa época. Bajo su influencia pudo expresar las sensaciones de novedad que la impulsaban. Si Martha Graham es la madre de la danza moderna, buena parte de ello se debe justamente a Horst.

El compositor la alentó además a formar su propio grupo. Hablaron mucho y, sin duda, se amaron mucho. Porque en sus Memorias, Martha Graham confiesa una relación intensa y ardiente, el único tipo de contacto que, por otra parte, podía mantener con la gente. Horst compuso para ella, que no creía en las músicas escritas y aceptadas por todo el mundo, varias partituras tales como «Misterios» (1931), «El penitente» (1940).

En 1924 Martha hace algunas experiencias en Broadway y actúa en las Ziegfield Follies. En 1926 Nueva York le da la oportunidad de crear su propio grupo. En Denishawn había aprendido no solo a enlazar el gesto y el espíritu, sino el arte de la descomposición elemental de los movimientos: era el resultado de una perfecta coordinación muscular que le permitía dominar el equilibrio en las caídas «suaves».

También la ciencia de respirar, que guía el gesto y gobierna la contracción y la relajación partiendo de un impulso central. Allí concentra Martha sus esfuerzos, en la respiración, que transforma en la base de su técnica, incorporada incluso hoy a la danza clásica. Su grupo, formado por completo en sus enseñanzas, constituye el mejor ejemplo de su método revolucionario.

Es imposible permanecer frío ante la extraordinaria seguridad de sus bailarines, dueños de un ajuste muscular que en el más leve movimiento de la mano o del pie hace intervenir al cuerpo entero, inmóvil pero presente. Hasta la inmovilidad se controla: los músculos se relajan pero no se abandonan nunca. No más rupturas entre el artista y el espacio, entre el cuerpo y el piso, que sirve de barra en los ejercicios cotidianos.

Los saltos no descienden agresivamente sobre la tierra: el bailarín parece jugar y rebota en ella para conquistar mejor el aire. Las caídas no son tales: poseen una inercia tan peculiar y estudiada que le otorga al cuerpo la posibilidad de detenerse haciendo equilibrios inimaginables para emprender enseguida un nuevo destino. Lo más importante es que la danza de Martha es el teatro mismo; más que movimientos, siempre deseó transmitir ese gran misterio dramático que se forma entre los bailarines y los espectadores.

En 1931 comienza, a raíz de un viaje que efectúa con Louis Horst hacia las zonas indígenas del sudoeste, su período americano. Es la época de «Fronteras» (1935), «Documento americano» (1938) y «Carta al mundo» (1940), una inmortal evocación de la poeta norteamericana Emily Dickinson, que culmina con «Primavera apalache» de 1944, a la que puso música el compositor Aaron Copland.

Durante la segunda Guerra Mundial Martha Graham forma una compañía y una escuela: allí se forja una legendaria lista de bailarines entre los cuales se encuentran Erik Hawkins, Merce Cunníngham, Paul Taylor, Jean Erdman, Pearl Lang y Anna Sokolow.

Erik Hawkins no pasa inadvertido para la profesora: baila en muchas danzas que compone para ambos y Martha protagoniza con él otro importante episodio de su vida sentimental. Luego de una intensa vinculación artística y personal se casan y más tarde se divorcian. Erik, quince años más joven que Martha, comparte con ella la necesidad de mantener relaciones tempestuosas y profundas. Cada uno de sus discípulos -incluyendo a Hawkins- formará a su vez otra compañía, difundiendo lo que dio en llamarse «la técnica Graham», si así puede denominarse a esta forma diferente de utilizar el cuerpo y el escenario como si este fuera una fuente de energía y no una plataforma.

En 1945, Martha Graham cambia nuevamente su dirección creadora: se interna en la raíz del mito —druídico, hebraico y, sobre todo, griego-. Recrea una sucesión de heroínas trágicas como Medea, Yocasta, Judith, Ariadna, Fedra, alcanzando el apogeo en 1958 con «Clitemnestra«, quizá la más valiosa de sus creaciones. Es que en ellas, como en todas sus coreografías, el argumento importa mucho menos que los sentimientos que se desprenden del espectáculo, en el que la heroína puede ser varias mujeres a la vez y el héroe o el coro, el testimonio de la raza humana.

«Hubiera querido tener hijos pero me advirtieron del peligro que corría mi salud», declaró Martha en cierta oportunidad. En 1975, con más de 80 años de edad, parece de pronto que tuviera ocho siglos y adquiere a veces la inocencia de una niña. Manteniéndose fiel a la enseñanza presbiteriana de su padre toma como verdades de su vida algunos salmos del Evangelio.

Recorrió el mundo entero con su compañía, cada vez renovada, y compuso más de doscientos trabajos. Todos los medios materiales se le han puesto a su disposición. Es doctor Honoris Causa de la Universidad de Harvard, posee subvenciones estatales y particulares para llevar adelante sus empresas artísticas. Año a año realiza una presentación en Nueva York, generalmente en el teatro de la calle 54. El público, como siempre, la considera genial, anticonformista, inventiva; acompañada por los mejores plásticos de la actualidad, emociona por su clasicismo del futuro. Vive en su propia escuela de Nueva York misteriosamente eterna, alejada y sola.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

La Condesa Dubarry Grandes Amantes de la Historia Luis XV de Francia

La Condesa Dubarry
Grandes Amantes de la Historia

La marquesa de Pompadour como confidente y proveedora de mujeres en la corte de Luis XV de Francia, se convirtió en árbitro del buen gusto en la corte y patrocinó a escritores como Voltaire y escultores como Pigalle. También controlaba la política y llevaba al rey en la dirección en la que quería. Cuando murió, el rey contempló en silencio cómo se alejaba el cortejo fúnebre. Dos gruesas lágrimas cayeron de sus ojos: «Es el único homenaje que puedo rendirle», le dijo a Chamfort, en cuyo brazo se apoyaba.

La sucesora: En 1768 Luis adquirió su última querida importante, la sensual Juana, futura condesa Du Barry, de quien se decía que era hija de una prostituta y un monje. El amante de Juana, Du Barry, la había preparado para convertirse en amante lujosa, y el rey quedó impresionado al conocerla. Sin embargo, dijo que para presentarla en la corte había que casarla primero. El matrimonio se celebró con un hermano de Du Barry.

Juana no tenía las maneras finas de la marquesa de Pompadour, gastaba a manos llenas y fue notoriamente infiel al rey, quien no se daba por enterado pues entre sus brazos olvidaba que ya era un viejo. Caída en desgracia a la muerte del rey, madame Du Barry fue una de las víctimas de la Revolución francesa y murió guillotinada.

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Luis XVMadame PompadourCondesa Du Barry

María Juana Gomar de Vaubernier, según fue inscripta  en el convento, luego conocida corno Madame  Du Barrv luego de casarse con Guillermo Du Barry y convertirse en condesa, reemplazó entre las favoritas del rey Luis XV a Madame Pompadour cuando ésta murió.

Ana Bequs madre de María Juana toma trabajo como en la casa de una señora de buen pasar económico e interna en un convento a su hija, para encauzarla por el buen camino; que en realidad es más correccional que escuela. Cabe suponer que Ana no tiene otra opción y e para evitarle escarnios la inscribe en el convento comoMaria Juana Gomar de Vaubernier, apellidos prestados por la empleadora de Ana, que sí ha pasado por la vicaría.

No durará mucho en el lugar. El lúgubre y silencioso ambiente del convento la vuelve toda rebeldía, y molesta tanto y tan seguido que las monjas no ven otra alternativa que expulsarla. Tampoco permanece su madre mucho tiempo más en el empleo: finalmente ha encontrado marido, un tal señor Lançon.

Ese será ahora el apellido de ambas, aunque María Juana se las ingeniará más adelante para encontrar otras formas de ser llamada, y hasta conseguir un título de condesa. Entra a trabajar primero como ayudante de un modisto, y luego en una casa de juegos ubicada en la rue de Bourbon, lugar más mundano que le permite exhibir su belleza.

A ella también le vendría de perillas un marido. Pero el conde Du Barry, al que conoce en el elegante salón, necesita más bien una amiga bella como pasaporte para el palacio; es ambicioso, ya ha conseguido del gobierno un contrato de explotación de rutas marítimas y va a por más beneficios y prebendas.

Entabla amistad con María Juan mientras mira su figura y su carita, recuerda  que casualmente acaba de morir la famosa Madame de Pompadour, quien fuera favorita del rey Luis XV.La cosa no resulta fácil. Ya otro lo han pensado, y hay varias, candidatas rondando al rey, corno  la hermosa y bien apadrinada Madame D’Esparbes. Pero Du Barry mueve magistralmente los hilos, y consigue que la joven sea presentada a su Majestad.

Poco tiempo después ya está instalada en el regio apartamento del palacio de Versalles que ocupaba su antecesora. Impensable que lo haga sin casada y ostentar algún título: Guillermo  Du Barry, hermano del auspiciante, es convocado de urgencia para casarse con la joven y volver inmediatamente a sus tierras en Toulouse. Así, María Juana se convierte en condesa Du Barry.

En los años que pasa junto a Luis XV realiza algunas intervenciones en la política real, si no en las medidas directas de gobierno, sí en la elección de los hombres que deben decidirlas y ejecutarlas. El poderoso ministro de Guerra, Choiseul, es uno de los que terminan perdiendo la pulseada con la bella y sus partidarios, y debe dimitir.

Pero Madame Du Barry no está excesivamente interesada en las luchas cortesanas: su mayor placer es transformar el palacio de Lucientes, regalo del rey, en un auténtico muestrario de obras de arte. Que, todo hay que decirlo, acumula sin demasiado criterio estético; lo mismo puede a las obras teatrales que allí se representan.

En 1774, con la muerte de Luis XV, Madame Du Barry fue expulsada de la corte, y ella se trasladó recluida a su propiedad favorita de Château de Louveciennes. Tras una larga temporada de reclusión, fue finalmente liberada con el beneplácito de Luis XVI y autorizada a regresar a su castillo de Louveciennes, sin por ello permitirle volver a Versalles.

Mas tarde, soltera y sumamente rica,  se enamora  ahora, del entonces de su principal suspirante, duque deBrissac, gran cortesano y gobernador de París, y se refugia en Londres, pero regresa a Francia en 1792 para ofrecer su ayuda económica a la Familia Real, que atraviesa sus peores días de adversidad.

En 1793 los revolucionarios la acusan de conspirar contra la revolución y es condenada a muerte. Sus últimas palabras fueron: «¿Quién eres tú, verdugo, esperad sólo un minuto más!», era un 8 de diciembre.

Grandes Amantes de la Historia Biografia de Condesa Castiglione

 Biografía de Condesa Castiglione

Virginia Oldoini: La mujer que conquistó a Napoleón III

Condesa Castiglione, amante de la historiaEl atrevimiento y la inteligencia se conjugaron a la perfección en la vida de la Condesa de Castiglione, que supo en todo momento sacar provecho no sólo de sus atributos físicos, sino también de una lúcida y brillante mente que le permitieron lograr cada uno de los cometidos que se propuso en su controversial existencia.

Si bien la Condesa ha sido siempre conocida por su título de nobleza, seguramente al escuchar su nombre, Virginia Oldoini, nos remita a la figura del Napoleón III, debido a que esta mujer de origen aristocrático logró conquistar el corazón del Emperador de Francia y convertirse en su amante.

No obstante, podemos vislumbrar su belleza enigmática y su hazaña única cuando nos encontramos como espectadores ante una de las tantas fotografías del artista Pierre-Louis Pierson, ya que Virginia Oldoini colaboró como modelo en varias oportunidades para sus capturas.

Las fotografías que se suceden demuestran sin dudas la idiosincrasia con que siempre se manejó la Condesa, sobre todo cuando vemos aquellos retratos en que Virginia muestra sin pudor alguno sus piernas y sus pies desnudos, o incluso en la fotografía en que aparece vestida como la Reina de Corazones.

Su personalidad avasallante, su belleza única y su inteligencia inquieta fueron las armas que la joven, que nació un 22 de marzo de 1837 en Florencia, Turín, utilizó para lograr adueñarse del corazón y la mente del hermético emperador Napoleón III, a quien consiguió influenciar poderosamente gracias a sus atributos, y convertirse en una de las principales responsables de la unificación italiana.

Gracias al hecho de haber nacido en el seno de una familia perteneciente a la nobleza itálica, Virginia fue educada durante su niñez y juventud dentro de un entorno cultural que la llevaron a desarrollar el contenido potencial de sus inmensas capacidades intelectuales.

Mientras tanto, a la par crecía vertiginosa la belleza innata de la joven, que ya desde niña lograba captar la atención de todos, y que con los años la convertiría en la mujer más deseada por los hombres oriundos de Turín, París y Londres.

Su título de Condesa le fue otorgado en plena juventud, cuando con diecinueve años Virginia fue obligada a convertirse en la esposa del Conde Francisco Verasis de Castiglione, que en aquellos tiempos se desenvolvía como ayudante del rey Victor Manuel.

La unión matrimonial empujada por la familia de Virginia se debió en gran parte a ciertos escritos producidos por la joven, que durante años colmaron las páginas de su diario íntimo, y que en una ocasión llegaron a manos de sus padres.

Dicho diario transcribía con lujo de detalles las diversas experiencias amorosas y sexuales de la joven Virginia, que al parecer habían comenzado a la corta edad de dieciséis años, cuando se produjo su primera aventura carnal con un oficial de la marina.

Cuando estas atrevidas páginas llegaron a las manos de la familia de Virginia, ya apodada en aquel momento Necchia, fue el momento elegido para hacer que la joven abandonara esa vida de cortesana, por lo que decidieron casarla con el Conde Francisco Verasis de Castiglione, boda que se concretó en el mes de enero de 1854.

La relación matrimonial no logró alcanzar las expectativas que ambos cónyuges tenían, debido principalmente al abismo que existía en sus personalidades.

Cabe destacar que Virginia se caracterizaba por ser una joven caprichosa, que gustaba de disfrutar de fiestas y rodearse de lujos, mientras que el Conde Francisco poseía un carácter más bien introvertido, por lo que no solía compartir las preferencias de su bella esposa.

Esto seguramente provocó que Necchia, en su arrebato atrevido acostumbrado, diseminara por todos los rincones de su ciudad natal y más allá de aquellos límites, el desafortunado comentario que aseguraba que su esposo era un «verdadero imbécil».

A pesar de que los dichos de Virginia llegaron a los oídos del Conde, su matrimonio continuó como de costumbre, e incluso tuvieron un hijo al que llamaron Giorgio.

Luego de convertirse en madre, y por ende cumplir con los mandatos de su esposo, Necchia decidió retomar su divertida vida, regresando a las largas noches de fiestas y lujos que tanto le apasionaban.

Fue precisamente en una de dichas reuniones nocturnas, que Necchia se reencontró con su primo Cavour, que por aquel entonces se desenvolvía como primer ministro del rey Víctor Manuel II de Cerdeña y el Piamonte.

Cavour no sólo comprobó que su prima ya era una mujer, sino que además se percató de su maravillosa belleza y su singular inteligencia, una conjunción que podría llegar a ser más que útil para sus planes políticos de independencia, por lo que inmediatamente le propuso a Necchia convertirse en espía y de esta manera conquistar el corazón del Emperador de Francia, Napoleón III.

La estrategia política entonces se convirtió en una verdadera manipulación sobre las decisiones de Napoleón III, por lo cual la joven condesa debió desplegar todo su encanto y astucia con el fin de enamorar al Emperador francés, y conseguir mediante sus sensuales regalos en el lecho toda la información confidencial de los próximos pasos que planeaba llevar a cabo el mandatario en el territorio.

Asimismo, Necchia debía lograr influenciar las decisiones de Napoleón III, con el fin de convencerlo para que sus tropas se enfrentarán a Austria y abandonaran el territorio de Italia, y de esta forma hacer posible la unificación de la región italiana, para lo cual la condesa utilizó sus más poderosas armas.

Se dice que al principio el Emperador, a pesar de hallarse totalmente deslumbrado por la joven, se reusó a iniciar un romance con Necchia, pero que finalmente y luego de la insistencia de la condesa, Napoleón III quedó cautivo de su encanto y se entregó por completo al idilio amoroso y la aventura sexual que le ofrecía esta hermosa joven.

El controvertido romance se extendió por algo más de un año, y a Necchia le valió el apodo que la señalaba como «la mujer del coño de oro imperial», debido a su condición de atrevimiento y a su constante e irrefrenable comportamiento sexual exhibicionista.

Cuando la aventura amorosa de Napoleón III llegó a la boca de todo su pueblo, la apasionada relación que mantenía con Virginia debió ser culminada abruptamente, y así fue que la condesa regresó a Turín, su ciudad natal, habiendo triunfado con creces en su misión.

Cabe destacar que según el testimonio de una gran cantidad de historiadores, su marido, el Conde Castiglione se encontraba al tanto y de acuerdo con la misión que le habían encomendado a su mujer, por lo que jamás se interpuso en el romance que mantuvo Necchia con Napoleón III.

Los años pasaron y mientras tanto Virginia continúo en su constante camino de diversión, seduciendo a un sinfín de hombres procedentes de la nobleza, entre los que podemos recordar al rey Victor Manuel II, el príncipe Henri de la Tour d’ Auvergne, el barón James de Rosschild, entre otros célebres caballeros y aristócratas.

No obstante, la belleza es un don efímero que hace que hasta la más hermosa de las flores se marchite, y eso fue precisamente lo que le sucedió a Necchia, que poco después de cumplir los 40 años, y a pesar de encontrarse aún en su juventud, la realidad de su vida la condujo por el camino de la locura.

Tal es así que debido a su permanente comportamiento excéntrico por las calles de París, el pueblo la comenzó a llamar «la loca de la plaza Vendóme».

La muerte implacable le terminó por arrebatar el último bosquejo de aquella belleza que años atrás había cautivado a todos los hombres que tuvieron la oportunidad de conocerla.

Y así fue que un frío 28 de noviembre de 1899 murió sola, cuando ya había sido olvidada por todos los nobles que en algún momento la amaron incondicionalmente.

Fuente Consultada: Graciela Marker

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