Chacho Peñaloza Estanislao López

Precursores de la Libertad en America Colonial Ideologos

Precursores de la Libertad en América Colonial

Llamamos precursores a quienes adelantándose a la historia promueven movimientos que se desarrollarán posteriormente o ensenan doctrinas que pasado el tiempo serán aceptadas. Vamos a dar breve noticia de algunos de los precursores de la independencia hispanoamericana.

Gogoy Jose Juan

Juan José Godoy: Era un jesuíta, nativo de Mendoza, nacido en 1728. Cuando la Compañía de Jesús fue expulsada por Carlos III en 1767 era profesor en el colegio de Mendoza. Encontrándose circunstancialmente en una estancia no fue hecho prisionero.

Recorrió como prófugo gran parte del virreinato. Hecho prisionero, fue embarcado para Europa y llegó a los Estados Pontificios.

Fue ardiente promotor de la independencia de estas regiones. En 1781 se trasladó a Londres para conseguir que el gobierno inglés se interesara en ello y favoreciera su independencia.

Aspiraba a constituir un estado independiente formado por Chile, Perú, Tucumán y la Patagonia. Sin obtener apoyo en Londres, pasó a los Estados Unidos a promover el mismo proyecto.

En uno de sus viajes fue apresado por las autoridades españolas y condenado a prisión perpetua. Murió en la cárcel, en Cádiz.

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Francisco Miranda: Por el celo y dedicación con que promovió el ideal de independencia es llamado simplemente el «Precursor». Nació en Caracas en 1750. Estudió en su país y luego se dirigió a España, donde abrazó la carrera militar. (ver una completa descripción de los hechos)

miranda franciscoLuchó a las órdenes de Lafayette en la guerra de la independencia norteamericana. Luchó también en los ejércitos revolucionarios de Francia donde obtuvo el grado de General.

Ampliamente vinculado en Europa, recorrió diversos países alentando el ideal de la independencia americana.

Desde 1790 trabajó en Inglaterra en pro de la independencia formando logias secretas con los americanos y procurando el apoyo del gobierno inglés. Sus relaciones alentaron el deseo del gobierno inglés de extender su influencia hacia estas regiones. Fue amigo de Popham.

Fundó en Londres la llamada «Gran Logia Americana» a la que pertenecieron O’Higgins, Bolívar y San Martín.

Como Inglaterra no le prestó el apoyo esperado, pasó a los Estados Unidos, donde organizó una pequeña expedición libertadora con que pretendió dirigirse a las costas venezolanas. Pero su flotilla fue dispersa por los buques españoles.

Con la ayuda de los ingleses logró reorganizar su flota y desembarcar en Venezuela. Pero no encontró el apoyo que esperaba de sus compatriotas y tuvo que reembarcarse.

Volvió a Londres. Con Bolívar regresó a Caracas en 1810 y fue nombrado teniente general del ejército revolucionario, participando brillantemente en la campaña patriota. En 1812 fue hecho prisionero por los españoles. Permaneció encarcelado hasta su muerte, acaecida en Cádiz en 1816.

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Antonio Marino: Nació en Bogotá, en 1765. Fue un entusiasta lector y propagandista de los enciclopedistas y de los pensadores políticos que influyeron en la Independencia de los Estados Unidos y en la Revolución Francesa.

Mariño Antonio

Tradujo, imprimió y difundió clandestinamente la Historia de la Asamblea Constituyente de Francia. Fue condenado a prisión.

Logró fugar de la cárcel de Cádiz y entró en contacto con los agentes de Miranda.

Regresó a su patria donde obtuvo un indulto. Pero por su propaganda en favor de las nuevas ideas políticas fue trasladado a España.Cuando los ejércitos napoleónicos invadieron la Península se trasladó nuevamente a Colombia.

El 20 de julio de 1810, cuando estalló el movimiento revolucionario, estaba en la cárcel. Fue liberado y trabajó ardientemente con sus patriotas.Dominado el movimiento revolucionario de Colombia en 1814, fue nuevamente enviado prisionero a Cádiz.

En 1820 logró volver a su patria. En 1821 Bolívar lo nombró vicepresidente interino. Murió en 1831.

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El Conde de Aranda: No suele enumerarse entre los precursores. Sin embargo fue uno de los primeros que previo la emancipación americana y alentó la constitución de estados independientes en las colonias españolas.

Ministro de Carlos III, de clara visión política, previo la influencia que sobre las colonias tendría el ejemplo de los Estados Unconde de arandaidos, la difusión de las nuevas ideas y el creciente antagonismo entre criollos y españoles.

Estimaba que el estallido de movimientos de independencia era inevitable y que España, en el estado en que se encontraba no podría dominarlos. También previo que Inglaterra alentaría estos movimientos y procuraría extender su influencia hacia esas zonas.

Señaló a Carlos III la conveniencia de crear tres reinos independientes y asociados a España, cuyos tronos serían ocupados por príncipes españoles. El primero abarcaría México y América Central; el segundo, Nueva Granada, Venezuela y Ecuador; el tercero, Perú, Chile y el Río de la Plata. Las demás regiones quedarían bajo dependencia de la Corona Española.

La creación de estos reinos, según el Conde de Aranda, evitaría la completa separación de las colonias y España.

El proyecto fue considerado por Carlos III. Pero no prosperó porque el Rey estimó equivocadamente que bastaría una reorganización política de las colonias y la concesión de nuevas franquicias para mantener su fidelidad a la madre patria.

VOCACIÓN PARA LA LIBERTAD DEL HABITANTE DEL RIO DE LA PLATA

La vocación para la libertad de los países hispanoamericanos es herencia directa del espíritu y la cultura españoles. El aprecio de la libertad individual, el respeto del orden jurídico, el desarrollo de la vida comunal, el sentido de la dignidad humana y de la esencial igualdad entre los hombres es legado de la madre patria.

Hubo asimismo una serie de causas que contribuyeron a acentuar esta tendencia entre los habitantes del Río de la Plata.

Entre ellas señalamos:

1. Sus orígenes. Tanto la creación de la gobernación del Río de la Plata, como la erección del virreinato obedecieron a razones de tipo militar, impedir la realización de los deseos de expansión de los portugueses.

La creación del virreinato en 1776 obedeció a la necesidad de frenar el avance de los portugueses y de protejer las costas de la Patagonia, prácticamente desguarnecidas, de las ambiciones inglesas.

El primer virrey, don Pedro de Cevallos, era un distinguido y hábil militar. Ya había ejercido el cargo de gobernador en estas colonias. Cuando llegó como virrey lo hizo al frente de una flota de 116 barcos y de 10.000 hombres, la expedición más numerosa que España hubiese jamás enviado a sus colonias.

El habitante del Río de la Plata era extremadamente arrogante frente al portugués y celoso defensor de los derechos de su propio territorio.

2. La carencia de riquezas fáciles que desarrolló el espíritu de austeridad.

En estas regiones no existía oro, ni metales preciosos. Tampoco existían indios, en cantidad, como fuerza de trabajo. La riqueza existente era fruto del trabajo, del esfuerzo y de la habilidad de cada uno.En estas regiones se produce un fenómeno contrario al producido en otras regiones. No son tanto los españoles y criollos quienes atacan al indio, sino el indio quien ataca a los españoles y criollos.

Los pampas han aprendido a usar el caballo y con ello avanzan sobre las posesiones españolas en busca de botín. La vida, la libertad y los bienes del habitante del Río de la Plata están en continuo riesgo, y debe estar en todo momento pronto a defenderlos.

No se dio en Buenos Aires el lujo y boato propios de Lima y otras regiones. No se hacía en ella tanta estima de los títulos nobiliarios. Tampoco penetró el «afraneesamiento» de la época borbónica.

Las costumbres eran sencillas, el trato llano y familiar, incluso con los esclavos. El sentido de solidaridad se imponía pollas mismas circunstancias.

3) La extensión de las regiones y la dificultad de las comunicaciones, que hacía que cada una de las poblaciones se desarrollase como centro autónomo.

En el inmenso territorio del Río de la Plata no era fácil la comunicación con las otras colonias, como tampoco era fácil la comunicación entre sus distintas ciudades. La comunicación por mar con la metrópoli, además de las dificultades naturales, se veía dificultada por los frecuentes bloqueos e inconvenientes surgidos de las guerras entre Inglaterra y España.

Las ciudades del Río de la Plata tenían privilegios y libertades que no habían sido concedidas a otras ciudades coloniales. Debían en buena medida bastarse y gobernarse a sí mismas.

Fuente Consultada:
Educación Democrática de Argentino Moyano Coudert – Texto Para 3º Año – Tercera Edición-Editorial Guadalupe

La Batalla de Pozo de Vargas

Batalla de Pozo de Vargas

Entre las batallas que ensangrentaron la tierra riojana, ninguna más famosa que la del Pozo de Vargas, librada el 10 de abril de 1867 entre las tropas de Felipe Varela y el santiagueño Antonino Taboada. El combate fue el capítulo final de un proceso que se precipitó al estallar la guerra contra el Paraguay, totalmente impopular en las provincias.

«Cuando en la plaza pública leen los bandos de los gobernantes y los tambores recorren ¡la ciudad convocando a la guardia nacional, los ‘hombres huyen a la selva próxima. No los empuja el terror. Han nacido y vivido en batallas. Resisten a Buenos Aires y al Imperio.El Paraguay es el amigo y el vecino histórico..,», señala el historiador Ramón J. Cercano.

batalla en la rioja de pozo de vargas

Las masas del interior demostraron sobradamente su oposición a ese fratricidio: el 26 de junio de 1865 el montonero riojano Aurelio Zalazar provoca la disolución del contingente de La Rioja que marchaba hacia San Luis; el 8 de julio, a poco de salir de Córdoba, se sublevó un batallón de quinientos hombres; el 12 hizo lo mismo   el   contingente   puntano nueve días antes, ocho mil lanceros entrerrianos —de los mejores de Urquiza—  prefirieron  desban darse antes que ir a pelear con tra los paraguayos.

En Cuyo la oposición a la guerra apareció bien coordinada.  Los caudillos Juan Saá y Juan de Dios Videla cotrolaron la región y, luego de derrotar al coronel Julio Campos en la Rinconada de Pocito, tomaron la ciudad de San Juan.

El gobierno puso al frente de las tropas encargadas de sofocar la sublevación al general Paurrero, pero el poco apo yo que encontró en su camino  obligó a éste a retroceder hasta la frontera del Río Cuarto mientras rebelión se extendía.

Uno de pocos  contingentes  que  llegamos íntegros al litoral fue el de mando la soldadesca viajó atadada coco con codo.  A esos alzamiento se unieron voces en la propia Buenos Aires: Guido Spano, Olegario Andrade, José Hernández, Juan Bautista Alberdi y otros condenaron públicamente la Triple Alianza y sus objetivos.

En el interior Felipe Varela quien expresa mayor energía esa oposición: el 6 de diciembre de 1866 el caudillo lanzó una vigorosa proclama desde su campamento en marcha.

Entre otras cosas sostenía: «El pabellón que radiante de gloria flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho, y que en la desgraciada jornada de Pavón cayó fatalmente en las ineptas y febrinas manos del caudiílo Mitre (…) ha sido cobardemente arrastrado por los tangaes de Estero Bellaco, Tuyutí, Curuzú y Curupaytí». El carisma y la bandera de Várela atrajeron a antiguos oficiales del Chacho, como Severo Ghumbita, Santos Guayama, Aurelio Zalazar, Sebastián Elizondo y otros.

Ante el rumbo que tornaban los acontecimientos, Mitre regresó del frente paraguayo ron cinco mil hombres; además, contaba en el interior con la fidelidad de Tucumán y Santiago del Estero, donde mandaban los hermanos Posse y los hermanos Taboada, respectivamente.

Uno de estos —Antonino— sería el encargado de hacer frente a Varela, que comandaba casi 4000 hombres dis-tribuidos en cuatro batallones de cazadores Federales. Mientras sus alados eran derrotados en diversos frentes, Várela marchó hacia la ciudad de La Rioja, ocupada por Taboada.

Un día antes del combate se dirigió a su adversario para invitarlo a combatir fuera de la ciudad, «a lo menos a tres leguas», evitando así que la población civil sufriera las consecuencias de la betalla. En la mañana del nueve de abril Taboada tendió sus líneas a unas veinte cuadras de La Rioja, en torno de un pozo llamado «de Vargas» por las excavaciones que había hecho un tal Vargas o Bargas para extraer tierra destinada a la fabricación de adobe.

El santiagueño parapetó sus hombres detrás de unos cercos y efectuó una astuta maniobra: se apoderó de los pozos que proveían de agua a bestias y seres humanos, privando así del líquido a las fuerzas enemigas. Los hombres de Varela, después de una larga cabalgata nocturna, llegaron sedientos a Mesillas, donde se encontraron con una sorpresa anonadante: las represas estaban completamente secas.

La definición no podía postergarse más porque con cada minuto transcurrido aumentaba la sed de hombres y caballos. Varela decidió entonces presentar batalla; desplegó sus fuerzas, colocó en el centro dos pequeños cañones y se atrincheró en unos ranchos para ampararse del sol, que caía a plomo en la siesta riojana.

A eso de las dos de la tarde se disparó el primer cañonazo y un vasto alud de color punzó cubrió el horizonte del Pozo de Vargas: el ejército federal se lanzaba al ataque aguijoneado por una sed abrasadora.

Generalizada la batalla, la caballería de Várela, al mando de Elizondo, arrasó las filas santiagueñas, que empezaron a dispersarse. Parece que en ese momento se escucharon los sones de la célebre zamba, que elevó la maltrecha moral de los hombres de Taboada hasta llevarlos al triunfo.

La leyenda sostiene que los soldados comenzaron a bailar, arremangándose él chiripá y tomando el fusil por el medio, pero no es muy creíble que en medio de tan sangrienta batalla las tropas ejecutaran un ballet de ese tipo. Con danza o sin ella, a las cinco de la tarde Taboada era dueño del campo de batalla; Varela se retiraba sin ser perseguido porque Elizondo había arriado la caballada enemiga, pero el alzamiento federal había sufrido un golpe demoledor y ya no se repondría.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la Historia Argentina – Editorial Abril

Penas y Tragedias del Ejército en la Campaña del Desierto

La Dura Vida del Ejército en la Campaña del Desierto

La Campaña del Desierto fue extremadamente rigurosa. En ese mundo de hombres sufridos y duros imperaban reglas de juego que a menudo se apartaban totalmente de lo indicado por la más pura ortodoxia militar. Esto se advierte claramente en los magistrales testimonios del comandante Prado, que reflejó con frescura extraordinaria las alternativas de ese universo donde la vida y la muerte oscilaban entre el sable y la lanza, entre el toldo y el fortín.  

Julio A. RocaEl 25 de mayo de 1879 el Regimiento 3 de Caballería de Línea y el fogueado 2 de Infantería saludaron el aniversario de la patria a orillas del río Negro, tres días más tarde la tropa acampaba en una rinconada que forma una curva del río, para fundar un pueblo que años después se llamaría Choele Choel. (imagen izq. Julio A. Roca)

Lo primero, claro está, fue dividir los solares y trazar calles y plazas; los ingenieros trabajaban febrilmente sin reparar en los relatos de algunos indios viejos que hablaban de inundaciones periódicas, crecidas y otros caprichos del río.

Corría el mes de junio y la preocupación fundamenal era combatir el intenso frío. Además, por esos días el general Roca dio por finalizada la etapa principal de la campanario que hizo saltar de alegría a la soldadesca: venían días más tranquilos.

«Una mañana —relata el comandante Prado— (…) un indio viejo se acercó a nosotros y en su media lengua nos hizo comprender que todo aquello que pisábamos, el pueblo, el campamento entero, no tardaría en ser la sepultura del
ejército.»   La advertencia fue desoída, pero pocos días después se confirmó plenamente; Villegas, jefe máximo del acantonamiento, comprobó una madrugada que en seis horas el nivel del río había subido treinta centímetros.

La alarma no tardó en generalizarse y horas después ya se pensaba en abandonar el campamento.  Era tarde, sin em bargo: «La división se hallaba sitiada por el agua. A la espalda el río, a los flancos y al frente el cau dal de los arroyos desbordados en el   valle,   avanzando   amenazarle furioso,  cual  si aquello fuera un ser con vida.. .»

Era el 17 de julio y la temperatura descendía cada vez más: mientras se levantaban parapetos para evitar que el agua siguiera avanzando, las viviendas de soldados y jefes fueron usadas para hacer fuego.

Las perspectivas se tornaron cada vez más som brías a medida que pasaba el tiem po; el alimento empezó a escasear en  forma desesperante, y  al frío que taladraba los huesos se suma el hundimiento del suelo bajo la presión del pie mientras el agua brotaba por todas partes.

No muy lejos de allí el drama se repetía con similar intensidad. El 5° de Caballería, que a las órdenes de Vintter (imagen abajo) se había separado de la División para marchar hasta la actual General Roca, no había logrado salir del valle y estaba cercado por la inundación. La tropa dormía sobre un pantano «en medio de la caballada muerta, cuyas miasmas envenenaban el aire». Los soldados de Vintter pedían ayuda descargando al aire sus carabinas: ignoraban que el resto de la División estaba en la misma situación.

General Vintter

En Choele Choel el peligro crecía hora a hora, pero la moral se mantenía bastante alta. Para distraerse y desentumecerse, la tropa hacía ejercicios militares al son de la banda de música. Los jefes hablaban de cualquier cosa menos de la riesgosa situación, y por la noche, «antes de la hora del silencio, la guitarra se oía en todos los fogones, sin verse una sombra en ningún rostro».

Claro que eso no bastaba para aplacar el hambre, y fue necesario recurrir a buenas dosis de austeridad para no morir de inanición. Un día el cadete Crovetto, del 3° de Caballería, fue enviado junto con otros soldados a nadar en busca de hacienda; dos días más tarde Crovetto y sus hombres regresaron en un estado lamentable: exhaustos, llenos de heridas causadas por los espinosos chañares cubiertos por el agua helada, vieron cómo la correntada les llevaba varios de los animales que habían logrado arrear. Sin embargo, algunas reses trajeron las suficientes para salvar a la División.

No fueron los del 3° los únicos milicos que sufrieron el rudo castigo del agua: el teniente Villoldo, del 1° de Caballería, tuvo que vivir junto con sus hombres una semana en las ramas de un árbol; el sargento Carranza, por su parte, estuvo más de veinte horas con el agua escarchada hasta las rodillas, «la carabina a media espalda y el morral cargado a la cintura».

Mientras ocurrían estas cosas, a dos leguas de distancia, en una loma perfectamente a salvo de la creciente, estaba el comisario pagador con los arrieros que traían víveres, «vicios» y baratijas para ia tropa exhausta. En una ocasión e! peligro fue tan inminente que causó un tremendo temor. El parapeto, cuenta Prado, «se desmoronaba y el agua avanzaba impetuosa, amenazando el último aíbardón que pisábamos».

Las bandas de música, entre tanto, atronaban ei aire batiendo marcha ante la tropa que ya empezaba a despedirse de la vida. Por fortuna el desastre no llegó a consumarse. Al cabo de catorce días de zozobra el inmenso mar comenzó a trocarse en un enorme pantano imposible de atravesar. Fue entonces cuando otro feroz enemigo, el frío, acudió en ayuda de los sitiados. Una mañana de agosto, aprovechando que la escarcha había endurecido el cenagoso páramo, ‘los milicos empezaron a cruzarlo cargando armas y monturas.

El día era, según palabras de Prado, «espantosamente frío», nublado y triste. Puede que la tropa no lo notara demasiado: el esfuerzo de cruzar ese tembladeral insumía todos sus afanes. Diez horas de angustia duró la marcha a través de esas dos leguas, pero al final del trayecto estaba la salvación: tierra firme, sin agua. Había terminado una de las batallas más duras de la Conquista del Desierto. Pero los elementos naturales seguirían obstaculizando la acción del hombre en las cercanías del río Negro.

Manuel Namuncurá Acuerdo de Paz con el Gobierno Argentino

HISTORIA DE MANUEL NAMUNCURÁ Y SU PUEBLO ARAUCANO

El 4 de junio de 1873, en su toldería de Chiloó, situada al oeste de las Salinas Grandes, en la actual provincia de La Pampa, falleció el temible cacique Cafulcurá, cuyas hordas con frecuencia habían asaltado y quemado numerosas poblaciones blancas. Durante casi cuarenta años este indio astuto fue el jefe indiscutido de los pampas y señor del desierto. A su muerte se reunieron en el Circo de Chilihué doscientos veinticuatro caciques para celebrar un parlamento con el fin de nombrar al sucesor.

Después de un tumultuoso consejo resultó electo Namuncurá, hijo mayor de Manuel Cafulcurá y que tenía ya sesenta y dos años. Inmediatamente el nuevo jefe se puso al frente de sus indios, atacando al sur de la provincia de Buenos Aires.

Además de los aborígenes sometidos a Namuncurá habitaban en el centro de la actual provincia de La Pampa los indios del cacique Pincén, quien a la muerte de Cafulcurá se separó de la confederación indígena, y en el norte de la misma los ranqueles, mandados por Mariano Kosas. En esa zona vivían también otras tribus menos importantes.

Poco antes de morir Cafulcurá había aconsejado a los suyos «no abandonar Carhué al huinca», es decir no permitir el avance de los blancos en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Consecuentes con esa máxima los indios no variaron su conducta, y por cualquier demora en la entrega de las raciones prometidas atacaban a las poblaciones blancas.

El gobierno dictó energicas medidas para que se cumplan los tratados establecidos con el fin de captarse la confianza de las tribus salvajes. Esa política causaba grandes gastos a la Nación y no siempre daban buenos resultados, pues muchas veces los aborigenes hacían ataques masivos para robar ganado y cultivos, y la respuesta agresiva del gobierno argentino era muchas veces muy dura.

Perseguido asi, con sus huestes  diezmadas y famélicas, Manuel Namuncurá, otrora poderoso soberano de la pampa, se encontraba  ante  una disyuntiva  de hierro: morir  peleando   en   lucha desigual o rendirse.   El coronel Eduardo  Ramayón anotó: «…llorando de rabia e impotencia fue a pedir a Reuquecurá, su tío, no armas ni guerreros, sino un rincón cualquiera para vivir proscripto a la sombra de aquellos pinos gigantescos. ..».

Manuel Namuncura

Manuel Namuncurá Con Uniforme Militar

Sin embargo, ese voluntario exilio cordillerano no era posible: también esa región sería incorporada a la soberanía nacional por los sufridos milicos de la campaña del Desierto.

El 8 de enero de 1883, durante una ofensiva contra   las  tolderías  del  cacique Sayhueque, cayó prisionero un sobrino  de  Namuncurá («garrón de piedra«, en lengua indígena).   Pocos días más tarde, desde Ñorquín, el  comandante  Ortega  informaba que se había presentado en ese campamento el secretario de Namuncurá, Juan Paillecurá, con propósitos de un acuerdo de paz.

Es que las cosas se   iban  poniendo   cada   día   más feas para el acosado araucano; ya tenía más  de  sesenta años,  sus fuerzas  flaqueaban y —para colmo— un mayor del ejército le había capturado parte de su familia, incluida una de sus mujeres.

Además, las altas montañas que le servían de refugio imponían un duro precio a cambio de esa relativa seguridad:   las  penurias,   la  miseria atenaceante no tardarían en empujarlo hacia una decisión extrema. Así las cosas, el padre Domingo Melanesio —un misionero llegado a Neuquén en esa época convulsionada— recibió un día la visita de varios  indios  de   Namuncurá;  los emisarios anunciaron la rendición de su jefe y le solicitaron quo intercediera   ante   las   autoridades que ya habían rechazado varios pe didos de audiencia.

Entonces los acontecimientos se precipitaron el padre Melanesio se comprometió a servir de mediador y envió a Namuncurá una carta en la que alababa su decisión y lo  invitaba   a acudir al fuerte Roca.  Garrón de Piedra, tras unos últimos cabildeos emprendió con su gente un largo y penoso viaje de 450 kilómetros hasta el fortín Romero, donde se presentó, con 240 hombres semi-desnudos y hambrientos, ante el oficial Morosini.

La novedad —para entonces sensacional— no tardó en despacharse a Buenos Aires, donde la recibió el ministro de Guerra, Benjamín Victorica; en su respuesta, éste aconsejó que se hiciera bajar hasta Roca al jefe indio y a toda su tribu, y que se los tratara bien, obsequiándolos y ofreciéndoles toda clase de seguridades.

Cuando Namuncurá y su gente llegaron a Paso de Indios, los comerciantes los recibieron con nuestras de simpatía y hasta quemaron cohetes en su honor. Luego, en el fuerte Roca «le fue regalado un quepis de teniente coronel, el pantalón punzó con franjas de oro y el capote militar con presillas de coronel». Mientras esperaba el momento de viajar a Buenos Aires, Garrón de Piedra recibió ofertas chilenas para reconquistar sus tierras pero las rechazó de plano: su patria era la República Argentina, no tardaría en pedir al gobierno tierras y útiles de labranza para dedicarse a la agricultura.

La singular comitiva del cacique sometido rartió de Carmen de Patagones el 17 de junio de 1884, a bordo de un pequeño vapor francés; lo acompañaban varios capitanejos, un lenguaraz y una de sus esposas, Rosario Burgos, de dieciocho años de edad.

Ya en la capital de la República, Namuncurá y su gente fueron conducidos a la Casa de Gobierno y alojados luego en el cuartel del  de infantería, donde se les proporcionaron buenas camas y algunas comodidades. Su programa en la gran ciudad fue digno de un personaje importante.

Poco después de su llegada hizo una visita al entonces ministro de Guerra, Victorica. Después de conversar con él pasó al despacho del presidente Roca; saludó sin amargura al general que lo había derrotado, dio muestras de acatamiento a su autoridad y sostuvo con él una larga charla en la que ambos evocaron episodios de la guerra del desierto; antes de retirarse, Namuncurá solicitó a Roca que se hiciera cargo de la educación de uno de sus hijos, Juan Quinturas.

Por la tarde de esa misma jornada —plena de emociones para el cacique— Garrón de Piedra visitó el Congreso, donde fue su anfitrión el presidente del Senado, doctor Madero. Todos los legisladores, sin excepción, observaron con curiosidad la comitiva aborigen; muchos de ellos habían debatido la Campaña del Desierto o votado fondos para la guerra contra el indio.

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Namuncurá visitó Buenos Aires e impresionó al gobierno argentino por su sencillez y franqueza. Se estableció posteriormente en Chimpay, provincia de Río Negro, y luego San Ignacio (Neuquén,) donde murió a los 97 años de edad.

Pero no sólo agasajos protocolares recibió el cacique. El presidente Roca obsequió con quinientos pesos a los visitantes, presente que llenó de alegría al jefe araucano; los repartió, no con mucha equidad, y compró dulces y tortas, collares para las damas, yerba, azúcar, pañuelos y otros ejementos.

Cuando el capital se esfumó y las fiestas de reconciliación llegaron a su término, Garrón de Piedra retornó con su gente llevando promesas de obtener las tierras y los útiles solicitados para su tribu. El cacique pasó sus últimos años cultivando el suelo y viendo crecer a sus hijos, entre ellos Ceferino Namuncurá, «el lirio de la Patagonia». En un rincón de la querida tierra que lo vio nacer, Garrón de Piedra encontró su última morada: sus restos están sepultados en Junín de los Andes.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la Historia Argentina – Editorial Abril

Baigorria Manuel Historia de su Vida con los Indios y la Confederación

HISTORIA DE LA VIDA DE MANUEL BAIGORRIA ENTRE INDIOS Y POLÍTICOS

Le tocó ser uno de los personajes de trayectoria más singular en la turbulenta historia argentina, ya que su figura mereció severos epítetos por parte de varios contemporáneos, especialmente por haber traicionado la causa de la Confederación y haber estado al servicio de los indios nada menos que 22 años, destino que quizá nunca imaginó cuando comenzó su carrera, en 1827.

manuel baigorria

Ese año el gobernador Videla lo llamó a su servicio «como mozo de mano para sus secretos políticos», según puntualiza Baigorria en sus poco conocidas Memorias, redactadas por él en los años de su vejez.

Luego de su ingreso en el Ejército, peleó en Oncativo contra los federales prestando excelentes servicios al general Paz, que le encomendó una prolija observación de las fuerzas enemigas.  Se ganó así el grado de alférez, que ostentó hasta que una jugarreta del destino cambió por completo el curso de su vida.

Capturado por Quiroga después de la batalla de Rodeo de Chacón,  en   1931,  se  salvó  milagrosamente de ser fusilado. Posteriormente siguió combatiendo a los federales, hasta que en 1841, derrotada la revolución unitaria en Las Quijadas, Baigorria optó por refugiarse entre los indios para eludir las persecuciones.

Su astucia y su suerte —o ambas combinadas—  le  permitieron  ganarse la confianza de Yanquetruz, Painé  y  Pichún,  poderosos  caciques  los tres.   A cambio de esn hospitalidad suministró información,  debió volverse consejero de ellos e inclusive encabezó malones junto a Pichún, Guete y otros jefes indígenas.

Una vez aquerenciedo cerca de la laguna de Trenel (o del Recado),  llegó  a capitanear una tropa de 300 hombres, denominada pomposamente Escuadrón de Voluntarios.  Casi todos sus integrantes eran blancos fugitivos de la ley o perseguidos políticos. Entre estos los últimos, precisamente, se contaron durante un tiempo los hermanos Juan, Francisco y Felipe Saá, antirrosistas como Baigorria, pero que discrepaban con éste sobro la conducta a seguir.

Los Saá querían volver al bando cristiano e intervenir en las luchas civiles al frente del Escuadrón, pero Baigorria se oponía. No fue extraño, entonces, que la situación hiciera crisis un buen día, ya indultados por las autoridades de la Confederación, los Saá se retiraron, y con ellos un numeroso grupo de «voluntarios».

La desconfianza de los indios fue casi automática y Baigorria, irritado, y para demostrar que nada tenía que ver con la deserción, salió en persecución de los huidos y mató a varios «porque se habían fugado —anota en sus Memorias— llevándole toda la caballada».  De todos modos ese alarde no bastó a disipar la desconfianza lo los indios, y sólo pudo eludir la cndena a muerte con que lo amenazó un cacique casándose con la hija de un capitanejo.

Otras veces fue su formidable valentía la que le permitió salvar el pellejo, como cuando se presentó, desafiante, haciendo «rayar» el caballo, ante una asamblea indígena que reclamaba su muerte; su arrojo personal le permitió superar el difícil trance, la misma audacia lo impulsó a asumir actitudes sumamente riesgosas, como la liberación de cautivas; a una de ellas —Luciana Gorosito— lo dijo al tiempo que le facilitaba la fuga: «Abraza a tus padres y diles que Baigorria no es un bárbaro, sino un desgraciado que debe seguir a los indios para conservar la vida».

Después de la caída de Rosas su suerte cambió por completo: abandonó para siempre las tolderías y retornó a San Luis, donde se encontró nuevamente con su familia. Marchó seguidamente a Buenos Aires, donde Urquiza le reconoció el grado de coronel y le otorgó un cargo importantísimo: Comandante de la Frontera (con los indios), desde el Plata hasta la Cordillera.

Así  como el gobierno de la Confederación —enfrentado al de Buenos Aires— llegó a tener en Baigorria a su principal interlocutor con el poderoso imperio pampa. El flamante coronel movía sus hilos desde el fuerte Tres de Febrero, sobre el río Quinto, y mantenía relaciones sumamente, cordiales con el cacique Coliqueo —que llegó a ser un verdadero  incondicional suyo— y aun con el poderoso y astuto Calfucurá.

Tentado para que abandonara el bando de la Confederación, Baigorria se negó a ello con vehemencia, pero la intervención de Saá en San Juan, la revolución contra Fragueiro en Córdoba y otros sucesos fueron  resintiendo su  confianza en Urquiza.   Por lo menos, ésa es la explicación que dio para justificar un acto de deserción que muchos consideran  inspirado por su   resentimiento  personal   contra Saá y otros como producto de un simple soborno.

Poco antes de la batalla de Pavón se pasó con armas y bagajes al servicio del centralismo porteño, y aunque en Cepeda se había batido del lado confederado, en Pavón formó junto a Mitre, acompañado por indios de la tribu de su amigo Coliqueo.

Según   Sarmiento,  el   regimiento   de Baigorria «tuvo la gloria de ser el único cuerpo de caballería que peleó con éxito saliendo reunido del campo, cuando el resto de la caballería había flaqueado por todas partes.   Más tarde peleó contra el Chacho Peñaloza en la batalla de Las Playas, y en  1864,  antes de marchar al frente paraguayo, Mitre f§’encargó el cuidado dejas fronteras con el indio.

Un año después Baigorria se retiraba del servicio. Murió el 21 de julio de 1875, no sin antes haber acompañado al entonces coronel Julio A. Roca en las exploraciones  de  un  terreno  que Baigorria conocía a la perfección: el Desierto.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la Historia Argentina – Editorial Abril

El Caudillismo de los Hermanos Taboada en Santiago del Estero

El Caudillismo de los Hermanos Taboada en Santiago del Estero

El 15 de julio de 1851 la muerte de Felipe Ibarra —que había gobernado la provincia durante casi 30 años— cerró una prolongada etapa de la vida política santia-gueña. Mientras la noticia corría de un punto a otro del territorio, la lucha por la sucesión del poder enfrentaba a dos grupos familiares emparentados con el caudillo fallecido y vinculados desde hacía tiempo con el gobierno: los Carranzas y los Taboadas.

antonio taboadaSorda al principio, franca después, la puja culminó con el nombramiento de Manuel Taboada como gobernador.

El hecho marcó además el comienzo de un prolongado período caracterizado por el absoluto predominio político y militar del «taboadismo», una especie de caudillismo colectivo asentado sobre tres vigorosas personalidades: los hermanos Manuel, Antonino (imagen izq.) y Gaspar Taboada, que encarnaron el poder político, militar y económico, respectivamente. Felipe, el cuarto hermano, prefirió dar rienda suelta a su vocación artística convirtiéndose en uno de los precursores de la pintura en el noroeste.

Astuto, con un claro sentido do la oportunidad, apenas asumió el cargo Manuel Taboada se apresuró a ganar el favor de Rosas comunicándole su  repudio  por el  «funesto  grito   del   loco  traidor,  sal vaje unitario Urquiza», que por en tonces   había   hecho   público   su pronunciamiento contra el gober nador de Buenos Aires y se apres taba a entrar en campaña con el Ejército Grande.

Poco después al ser confirmado en el cargo por la legislatura provincial, el  goberna dor escribió nuevamente al Restau rador «con el placer de comunicar le que sólo espera la voz del Exmo. Jefe Supremo de la Nación para correr presuroso a la par de sus conciudadanos donde él mismo lo ordene y según las huellas de ho nor y de la gloria, de todo lo quo V. E. es el más esclarecido modo lo».

Estas muestras de incondicio nalidad —unidas a las derrotas  m litares   infligidas   por  Antonino   a ¡os partidarios de los Carranzas rindieron   su   fruto   político,   pero se  convirtieron  en  pesado  lastra cuando el triunfo de Caseros acabó con  Rosas y encumbró a Urquiza sobre el panorama nacional.

Sin embargo, la contradictoria situación santiagueña fue resuelta expeditivamente: el 10 de marzo de 1852 una ley provincial reconoció «al Libertador de la República len la persona del General en Jefe Aliado Brigadier don Justo José de Urquiza» y confiscó la fortuna del federal Ibarra.

El cambio de actitud permitió [al clan Taboada mantenerse al frente de la provincia, y en su carácter de gobernador santiagueño Manuel suscribió el Acuerdo de San Nicolás y luego envió dos diputados al Congreso Constituyente de Santa Fe.

Posteriormente, cuando la estrella de la Confederación —acaudillada por Urquiza— comenzó a declinar, los Taboadas se orientaron hacia el mitrismo, a tal punto que, después del triunfo porteño en Pavón, Antonino aseguró a Bartolomé Mitre que «Buenos Aires tiene en Santiago un punto de apoyo poderoso para difundir en el interior las doctrinas civilizadoras cuyo paso, hasta ahora, ha estado obstruido por la barbarie».

La «barbarie», se ent’ende, eran los caudillos federales, a quienes los Taboadas combatieron en varias oportunidades, de acuerdo con lo convenido con los representantes del centralismo porteño. Así fue como volcaron a las masas santiagueñas a la lucha contra el Chacho Peñaloza y Felipe Varela —a quien Antonino derrotó definitivamente en Pozo de Vargas—, apoyaron decididamente la guerra de la Triple Alianza y reprimieron con mano de hierro al contingente provincial que se negó a combatir.

Fueron cuantiosos los dividendos políticos que rindieron a los Taboadas la sucesión de triunfos militares por ellos obtenidos y elfranco apoyo popular de la provincia. Su condición de «caudillos del noroeste» los convirtió en piezas claves de la situación nacional.

Esa interesante posición comenzó a deteriorarse hacia 1869, cuando la fractura del bando liberal provocó un serio entredicho con Sarmiento, por entonces presidente de la Nación. Ante las quejas de los Taboadas, que denunciaron la injerencia de las fuerzas militares de Buenos Aires en las elecciones de varias provincias cercanas, especialmente en Tucumán, el fogoso sanjuanino escribió a Manuel Taboada una carta que tuvo amplia difusión. Entre otras cosas, lo tildaba de «presidente del Norte» y de «gobernador perpetuo» y le preguntaba con acritud si se consideraba «gerente, prefecto o apoderado de las susodichas provincias».

Los Taboadas sobrellevaron el embate presidencial con cautela y ejercieron su dominio durante varios años más, pero en septiembre de 1871 el fallecimiento de Manuel —el talento político de la familia— debilitó notoriamente al clan.

El fracaso de la fórmula presidencial Mitre-Torrent, apoyada por Santiago del Estero, y la consagración de Avellaneda como presidente, precipitaron los acontecimientos. Con el pretexto de asegurar comicios libres para una elección de diputados, a mediados de 1875 llegaron a la provincia fuerzas militares nacionales y el taboadismo se desmoronó bajo la presión de las bayonetas. Sus cabezas más visibles fueron perseguidas en forma implacable y la resistencia que ofrecieron algunas montoneras resultó aplastada. Escapados de la persecución, Antonio y Gaspar murieron en Tucumán solos y olvidados en 1883 y 1890. respectivamente.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la Historia Argentina – Editorial Abril

Biografía de Pantaleón Rivarola Poeta Argentino Obra Literaria

HOMBRES ILUSTRES: VIDA Y OBRA LITERARIA DE PANTALEÓN RIVAROLA

Era Pantaleón Rivarola una respetable y grave figura patricia del Buenos Aires colonial, de esas que forjaron los brillos de la patria naciente. En su carácter de ilustre vecino asistió a los acontecimientos de armas que sacudieron a los rioplatenses en ocasión de;las invasiones inglesas y que los prepararon para luchar más tarde con los veteranos españoles.

Se familiarizó con las letras en las aulas que impartían la enseñanza rígida propia del siglo xvm; er.señó, más tarde, a las jóvenes generaciones que tuvieron participación directa en las jornadas libertadoras; se hizo soldado y actuó, a la manera de los poetas medievales, con singular fiereza, en la reconquista y defensa de Buenos Aires; enarboló luego el estandarte de los revolucionarios, poniendo su dialéctica y su verbo al servicio del ideal democrático.

Una vida tan fecunda pudo recoger, y recogió, diversas experiencias. Una mente clara, unida a la inspiración desbordante y al fervor más puro, tradujo el pensamiento en romances que se consideran valiosos por su utilidad como testimonios históricos.

Las dos composiciones de este noble vate colonial suman alrededor de 2.000 versos, No son verdaderas poesías, sino más bien crónicas rimadas, en las cuales se propuso, con cierta ingenuidad, pintar las jornadas trágicas de las invasiones inglesas, salvando el nombre oscuro de los que ayudaron a defender la ciudad. El relato de Rivarola es en verdad escrupuloso; los detalles, aun aquellos de menor significación, lo convierten en instrumento de orientación histórica; para algunos, el poeta nos ha legado un documento fidedigno; para otros, es el suyo un documento subsidiario.

Resulta significativo que Rivarola dedicara al Cabildo su romance y que fuera en el Cabildo —única institución democrática en el régimen colonial— donde se tratara la disputa de las pasiones que suscitó. Si bien es cierto que la obra del poeta no llevaba en sí la intención de fundar escuela propia, debe reconocerse que obtuvo, en su momento, mucha popularidad.

Esto se explica porque tanto el «Romance histórico» como «La heroica defensa» estaban construídos con elementos populares: el octosílabo tradicional; la rima suelta los nombres de gentes y de lugares que se mencionan a cada momento. Fijó, pues, en verso vugar un testimonio colectivo, un sentimiento común a todos, nacido de las heroícas jornadas de las invasiones inglesas.

A pesar de los ripios, los pasajes de sus romances debieron de impresionar vivamente el alma popular que vibraba con fervores hasta entonces desconocidos.

De estos versos afloran, también, te nombres de quienes carecían hasta enton oes de toda importancia: los negros esclavos del suburbio; los gauchos arribeños y los mestizos ignorados. Con estos  romances, el «negro», tan visible después en el poema gaucho de Hernández, entra por primera vez en la literatura argentina.

BIOGRAFÍA: PANTALEÓN RIVAROLA (1754-1821)
En el Buenos Aires colonial nació Pantaleón Rivarola el 27 de julio de 1754. Aquí cursó  humanidades, aunque su despejada inteligencia buscó superarse en derecho, para lo cual viajó a Chile.

Después de doctorarse en ambos derechos fue catedrático de leyes en la Universidad de San Felipe y notario del Santo Oficio en el reino de Chile, desde donde volvió a su patria. Las juventudes porteñas necesitaban de su erudición y su elocuencia, tan útiles a la causa de la democracia cuyos albores despuntaban sobre las playas rioplatenses.

El novísimo colegio de San Carlos, cuyas aulas reunían a los estudiantes de las mejores familias patricias, le ofreció la cátedra de filosofía. Desde su empinada posición moral, Rivarola impartió enseñanzas inolvidables a quienes, con el correr de los años, tendrían graves responsabilidades en el quehacer cívico argentino: entre sus alumnos de 1779 figuró Juan José Castelli, el que iba a ser en 1810 dialéctico formidable en el Cabildo de mayo y esforzado caudillo en las guerras de la revolución.

De la enseñanza pasó a una capellanía militar, en el batallón del Fijo, como llamaban a uno de los regimientos que guarnecían «de fijo» la ciudad.

Con la misma facilidad con que se había familiarizado con las letras, se fue acostumbrando al manejo de las armas. Tal vez un escondido presentimiento le dictara la conveniencia de saber empuñar un fusil en defensa del país que muy pronto sería invadido. Ambos aprendizajes los coronó con sus romances «La reconquista» y «La defensa», sobre la epopeya que los soldados y paisanos escribieron con sangre heroica, batiéndose contra el enemigo inglés.

Cuando las campanas alertaron a la población, en 1807, Rivarola salió a la calle para luchar hombro con hombro junto a los mártires de la defensa de Buenos Aires. Su lira recogió con veracidad impresionante los capítulos del fervor popular: la viveza, el brío y el denuedo de los hombres, de los niños y las mujeres anónimos; los clamores de los que dejaban todo tras de si, huyendo del saqueo; los rasgos de infinita audacia; la organización precaria, aunque efectiva, de los diversos barrios, que se unieron en la gesta…; todo, sin excepción, fue motivo para que sus versos pudiesen cantar el valor coronado por la victoria.

Consumada en 1810 la revolución democrática, se unió a ella con entusiasmo, a fin de ratificar una vez más sus experiencias de soldado y de maestro. El gobierno revolucionario lo nombró, en 1812, miembro de la junta conservadora de la libertad de imprenta.

Murió el 24 de setiembre de 1821; vale decir, en los umbrales de las luchas internas.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Estudiantil Edición de Lujo Tomo VIII Edit. CODEX

Batalla de Ayacucho Fin del Imperio Colonial Español en America

Batalla de Ayacucho Fin del Imperio Colonial Español en América

ANTECEDENTES HISTÓRICOS: En enero de 1820 se produjo en Cádiz la sublevación de las tropas destinadas a América para vencer a los revolucionarios. Bajo la dirección del coronel Rafael del Riego, las tropas marcharon sobre Madrid e impusieron a Fernando Vil el restablecimiento de la Constitución de 1812, de carácter liberal.

Esta situación favoreció el desarrollo de las guerras por la independencia de América. Así, luego de varias derrotas, los realistas fueron vencidos definitivamente por el general Antonio J. de Sucre en la Batalla de Ayacucho, en diciembre de 1824.

batalla de ayacucho

Ver: El Héroe de Ayacucho: José maría Córdova

La independencia de las Provincias Unidas fue reconocida, sucesivamente, por Portugal (1821), Estados Unidos (1822)-que, simultáneamente, reconoció la independencia de otros países americanos- y Gran Bretaña (1824).

El glorioso proceso de independencia fue coronado por dos grandes batallas que libraron los ejércitos patriotas contra las fuerzas realistas que, tras la proclamación del 28 de julio de 1821, aún se mantenían en nuestro territorio y pugnaban por reconquistar a nuestro pueblo.

Una de estas batallas libradas fue la de Ayacucho, donde el valor y coraje de las tropas lograron la victoria.

El día 9 de diciembre de 1824, a las 9:00, se inició la Batalla de Ayacucho. A las 13:00, Canterac, informado de que el virrey La Serna había sido hecho prisionero por la valerosa acción del sargento Barahona, y herido de arma blanca, tomó el mando del ejército realista y convocó a Consejo de Guerra para evaluar la situación militar de la batalla.

Las conclusiones de ese Consejo fueron que:

1.La batalla estaba siendo ganada por los patriotas.
2.Existía desbande en sus tropas.

A pesar de los informes, el Consejo de Guerra decidió el repliegue del ejército realista al Alto Perú para apoyar al general Olañeta, pero las tropas realistas ya no tenían fuerzas ni ganas de obedecer a sus jefes.

La tropa realista, al recibir esa orden, se amotinó y se produjeron rendiciones y huidas.

El Mariscal del Perú, don José de La Mar, con un ayudante, instó a la rendición a los jefes realistas, “asegurando que el general Sucre estaba dispuesto a conceder a los vencidos una capitulación tan amplia como sus altas facultades permitiesen, a fin de que cesaran del todo las desgracias en el Perú”.

Ante su situación militar calamitosa y ya sin tropas por el amotinamiento, el general Canterac aceptó la rendición.

Después de Ayacucho, Bolívar y Sucre descendieron al Alto Perú, donde se encontró en Potosí con los enviados argentinos, general Alvear y doctor José Miguel Díaz Vélez, repitiéndose allí las escenas de la entrevista de Guayaquil: ofreció a los emisarios argentinos el concurso de 22.000 hombres para rechazar el poder imperial del Brasil, como ya se lo había manifestado el Libertador al general Alvarado en Arequipa, poco antes, diciéndolé: «Tengo 22.000 hombres que no sé en qué emplearlos, y cuando la «República Argentina está amenazada por el Brasil, que es un poder irresistible para ella, se me brinda la oportunidad de ser el regulador de la «América del Sur. Le ofrezco a Vd. un cuerpo de 6000 hombres para que «ocupe a Salta».

El general Alvarado había rehusado el ofrecimiento con paliativos propios de su carácter.

La primera conferencia con Alvear y Díaz Vélez tuvo lugar el 18 de octubre, y, la segunda, el 19, tratándose en ambas la cooperación del Libertador para solucionar el viejo pleito de la Banda Oriental; pero las pretensiones de Bolívar, netamente imperialistas, disuadieron al Gobiereno Argentino del empleo de un auxilio que podría transformarse en un peligro mayor.

Sin embargo, las negociaciones se habían continuado en Chuquisaca, interviniendo en ellas el mariscal Sucre y terciando el coronel Dorrego que se hallaba accidenttalmente en aquellos lugares.

Quedaron finalmente en la nada.

Convocada y reunida en Chuquisaca una Convención de las provincias interiores y septentrionales del Perú, se decretó su separación del Gobierno de Buenos Aires, con el nombre de República de Bolivia, en honor del Libertador nombrado protector perpetuo de la misma.

Se le invitó, así mismo a dictar una constitución la que fué presentada al Congreso boliviano el 25 de mayo de 1826, por la que se confería el P. E. a un presidente vitalicio, irresponsable ante el Congreso y con derecho a nombrar sucesor.

Estos hechos alarmaron profundamente a los republicanos de Bolivia, Perú, Venezuela, Nueva Granada y aún a los de Chile y Buenos Aires, acusando a Bolívar de querer asumir la distadura perpetua de la América Meridional.

Aprovechando esta situación, el general Páez, vice-presidente de la República de Venezuela, y en funciones de Presidente durante la ausencia de Bolívar, declaróse independiente, secundado por un gran número de partidarios; el Libertador confiando entonces el gobierno del Perú a un consejo formado por sus más incondicionales partidarios presididos por Santa Cruz, marchó a Venezuela, ocupando todo su territorio sin resistencia, entrando también en Puerto Cabello, donde se había retirado Páez, a quien después de someter, repuso en su mando, y al día siguiente decretó una amnistía general para todos los que habían participado en la última sublevación.

Queriendo anular las acusaciones que se le habían formulado de pretender apoderarse de la dictadura, a comienzos de 1827 renunció a la Presidencia de Colombia, que retiró ante la insistencia de las cámaras.

Por aquella época, en el Perú, tropas mandadas por Lara y Sandú, depusieron al Consejo nombrado por Bolívar y pronunciándose contra la Constitución, proclamaron un gobierno provisional presidido por el general Lámar; un movimiento semejante tuvo lugar en Bolivia, iniciándose otro igual en Colombia, pero este pudo ser dominado por el general Ovando, amigo del Libertador.

Este último, que había pretendido que se reforzara la autoridad del P. E., proyecto rechazado por las Cámaras, fue el blanco de la calumnia apasionada y los descontentos y envidiosos tramaron un complot: en la noche del 25 de septiembre de 1828 los sediciosos penetraron en el Palacio de Gobierno, dando muerte a las guardias, pero al llegar a las habitaciones de Bolívar, éste no se hallaba allí, porque advertido, había logrado saltar por una ventana .

Esta conspiración había sido organizada por los generales Santander y Padilla. Al día siguiente, el Libertador Bolivar fue aclamado por el pueblo, que había creído la noticia de su falsa muerte, y fué llevado triunfalmente al Palacio de Gobierno.

Asumió facultades extraordinarias y las ejecuciones fueron numerosas, palideciendo desde entonces la estrella del Libertador.

Los peruanos declararon la guerra a Bolívar, y mientras este marchó a combatirlos, Venezuela se declaró independiente nuevamente, con Páez de Presidente.

De regreso, en enero de 1830 Bolívar renunció por quinta vez al poder y mientras marchaba para someter a Páez y los venezolanos, el Congreso le aceptó la renuncia, señalándole una pensión de 3000 pesos anuales y expulsándolo del territorio venezolano.

Este fue el golpe de muerte para Bolívar, como lo expresó a don Joaquín Mosquera portador de la decisión del Congreso.

Creyendo que el clima de Cartagena le asentaba mal a su quebrantada salud, el Libertador se trasladó a Santa Marta, alojándose en casa de don Joaquín de Mier, un español amigo suyo, donde el día 17 de diciembre expiró a la una de la tarde, a los 47 años, 4 meses y 23 días de su existeencia. Por disposición testamentaria sus restos fueron trasladados solemnemente a Caracas en 1842, donde se levantó el monumento a su memoria.

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas  – Jacinto Yaben – Editorial «Metropolis»

Reforma Política de Saenz Peña Ley Electoral Voto Obligatorio 1912

1912: Reforma Política de Saenz Peña – Ley Electoral

PRESIDENCIA DE ROQUE SAENZ PEÑA (1910-1914)
La lucha radical, expresada en las revoluciones de 1893 y 1905, y el creciente descontento social, expresado por innumerables huelgas, llevarán a un sector de la clase dominante a impulsar una reforma electoral que calme los ánimos y traslade la discusión política de las calles al parlamento.

Roque Sáenz Peña comprendía con claridad cuál era el problema principal do la vida política: el fraude electoral, que alejaba al pueblo de las urnas y lanzaba a la oposición a la búsqueda de salidas violentas. Su presidencia dejó como saldo fundamental la solución de esta grave cuestión.

REFORMA ELECTORAL
Su principal tarea de gobierno fue la reforma electoral. Decía el presidente: «…un pueblo. . . que no puede votar, ni darse gobiernos propios, no es un pueblo en el concepto jurídico, ni en su significado sociológico; esto no es una república, ni una democracia». Varios proyectos conformaron la reforma: El proyecto de ley de enrolamiento general de ciudadanos  y confección de un nuevo padrón electoral.

El enrolamiento quedó a  cargo del ministerio de Guerra, y el poder judicial debía indicar qué ciudadanos tenían derecho al voto y designar quiénes debían preparar y organizar las elecciones.

Es decir, el poder ejecutivo quedaba privado de la influencia electoral que hasta ese momento ejercía, pues, como tenía’a su cargo la preparación de los padrones, sus empleados solían anotar preferentemente a sus partidarios.

Se establecía el sistema de lista incompleta, que permitía la representación de la minoría.

El votó seria obligatorio y secreto. Se buscaba con esto evitar las presiones que antes se ejercían sobre los votantes y asegurar la concurrencia masiva del pueblo a las urnas.

Luego de un prolongado estudio y de ser ampliamente debatido, la Cámara de Diputados sancionó el proyecto por amplia mayoría.

En el Senado, no obstante ser aprobado, concitó una mayor oposición.

El 28 de febrero de 1412. en su manifiesto al país, el presidente exhortó al pueblo a votar bajo el amparo de la nueva legislación.

Fue en la provincia de Santa Fe donde se aplicó por primera vez el nuevo régimen electoral. Las elecciones locales dieron el triunfo al radicalismo.

En 1912, el presidente Roque Sáenz Peña concentró sus esfuerzos en democratizar la vida política, a través de una reforma electoral basada en tres elementos clave: el voto secreto, obligatorio, y utilizando el padrón militar.  Desde el punto de vista de las demandas democráticas más elementales hay que señalar que el nuevo mecanismo electoral no permitía el voto de las mujeres.

Reacciones: La redistribución del poder generada por la aplicación de la Ley Sáenz Peña provocó el alejamiento de los conservadores del gobierno y un vuelco en el sistema político.

Varias eran las incógnitas que se planteaban: ¿Quiénes podían participar? ¿Hasta qué punto? ¿Era posible una apertura, gradual o limitada? ¿Se podía negociar con la pujante clase media, o era un juego a «todo o nada»? ¿El poder creciente de los obreros –entendido como un desafío de clase por la élite tradicional– significaba que el país sería arrasado por los vientos revolucionarios europeos? Siguió vigente el problema que, aparentemente, había resuelto la ley Sáenz Peña.

En este sentido, los dos grandes movimientos populares del siglo, el radicalismo y el peronismo, tuvieron más de una característica en común.

Sustancialmente: se basaron en la participación popular; pero, además, respondieron con pragmatismo a los problemas según se fueron presentando, sin tener delineado un programa previo.

El pensamiento subyacente dio coherencia a su acción, antes de ser enunciado a posteriori como «doctrina».

La denominada Ley Nacional de Elecciones (Ley N° 8871), también conocida como «Ley Sáenz Peña», tenía las siguientes características:

a)  Padrón Electoral. Los organismos militares remitirían al Ministerio del Interior la lista de enrolados, con los cuales debía formarse el «padrón» o nómina de doscientos ciudadanos, sobre la base de la proximidad de su domicilio. Antes de cada elección, el padrón sería «depurado», es decir, eliminados los fallecidos, los acusados por delitos, etc.

b)  Sufragio Universal, Individual y Obligatorio. Podrían emitir su voto todos los ciudadanos —nativos o naturalizados— desde los 18 años de edad. El voto era individual, no pudiendo efectuarse por grupos, por poder o por correspondencia.

El elector debía aclarar su identidad ante la mesa receptora, mediante la presentación indispensable de la libreta de enrolamiento, con fotografía, impresión digital y datos correspondientes.El sufragio era obligatorio hasta los 70 años de edad; esta disposición se refería a la concurrencia al comicio, pero no al voto en blanco.

c)  Voto Secreto y Libre. El elector no podrá dar a conocer —en el acto del comicio— sus preferencias por determinado partido o candidato, ni exhibir distintivos políticos.

El voto era libre, por cuanto el ciudadano lo depositaba dentro de la urna en el cuarto oscuro y la ley establecía varias disposiciones para librarlo de coacción física o moral.

d) El sistema de la Lista Incompleta. Con este procedimiento se permitía la representación de la mayoría y de una minoría opositora en relación con la primera. Promulgada la Ley Electoral, fue cuesta en vigor por vez primera en la provincia de Santa Fe, a fin de renovar gobernador y vice. El partido radical abandonó su abstención revolucionaria y participó en esos comicios, en los que logró imponerse.

La obra de gobierno: Además de la promulgación de la Ley Electoral —su obra de mayor trascendencia—, el presidente Sáenz Peña dispuso realizar en junio de 1914 el tercer censo nacional, que indicó un total de 7.800.000 habitantes, de los cuales 1.500.000 se concentraban en la Capital Federal.

En otro orden de cosas, fue mejorada la instrucción pública en general, las líneas férreas aumentaron su extensión y nuevos contingentes de inmigrantes llegaron al país.

En el orden militar, se realizaron las-primeras grandes maniobras en la provincia de Entre Ríos y en cuanto a las relaciones exteriores, el presidente demostró su habilidad diplomática al solucionar amistosamente los problemas que nuestro país sostenía con el Brasil. Aludiendo al término del conflicto, manifestó en un discurso: «Todo nos une, nada nos separa».

La salud del doctor Sáenz Peña sufría alternativas desfavorables, lo que le obligó a pedir licencia, más tarde prorrogada. El mal que lo aquejaba hizo crisis y el primer magistrado falleció el 9 de agosto de 1914.

Fuente Consultadas:
Información Obtenida de: HISTORIA 5 Historia Argentina
José Cosmelli Ibañez Edit. TROQUEL

UN POCO DE HISTORIA…

El país, con una notable masa inmigratoria de origen europeo, estaba en un proceso de convulsiones económicas, sociales y políticas. El 26 de julio de 1890 fuerzas civiles y militares encabezadas por Leandro N. Alem realizaron un movimiento revolucionario para derrocar al presidente Miguel Juárez Celman.

El 30, dijo el senador cordobés Manuel Pizarro, «La revolución está vencida, pero el gobierno ha muerto». Para el 6 de agosto debió renunciar el presidente y asumió Carlos Pellegrini.

En 1891 pactaron Julio A. Roca, Bartolomé Mitre y Pellegrini y al año siguiente en las elecciones presidenciales triunfó Luis Sáenz Peña junto a José Evaristo Uriburu, relegando al vástago Roque Sáenz Peña, aquel jurisconsulto, buen mozo con sobretodo de pieles, que insistía en que temer la legalidad del voto era mostrarse amedrentado por la democracia. Hasta llegar a 1894, año en que la Unión Cívica Radical, distanciada del grupo de Mitre, consagró doce bancas en diputados nacionales y llevó como senador al patriarca Alem, aquel hijo del temido mazorquero de Rosas, cuyo cadáver permaneció colgado, en escarmiento, en la plaza de la Victoria (actual de Mayo) durante dos días.

Ya desde 1873, un moderno transporte, el «tranway«, hacía su recorrido desde la plaza hasta Cabildo y Lavalle (actual Juramento). En 1874, precisamente sobre la misma calle Juramento, entre Cabildo y Ciudad de la Paz, estaba la administración de La Prensa de Belgrano de Rafael Hernández, hermano menor del autor del Martín Fierro, que vivía en la zona y ahí publicaba en aquel año sus versos y artículos sobre el gas.

Cuando finalmente le tocó gobernar a Roque Sáenz Peña, al salir de la presidencia reconoció: «He perdido a casi todos mis amigos, porque he gobernado para la República». Y él fue quien decía que no se podía continuar con el fraude electoral.

Fuente Consultada:
Jorge Newbery El Rival del Cielo Protagonista de la Cultura Argentina

CRÓNICA DE LA ÉPOCA:
Períodico El Bicentenario Fasc. N°6 Período 1910-1929

ROQUE saenz peña

Roque Sáenz Peña asumió la presidencia de la República el Día de la Raza, con Victorino de la Plaza como vicepresidente. En su mensaje al Congreso, el flamante presidente anunció su plan político: «Yo me obligo ante mis conciudadanos y ante los partidos, a provocar el ejercicio del voto por los medios que me acuerda la Constitución, porque no basta garantizar el sufragio: necesitamos crear y mover al sufragante», dijo en relación a la ley electoral. «Se ha dicho por muchos años que los gobiernos elegían porque los ciudadanos no votaban; pero habría sido más exacto decir que los ciudadanos no votaban porque los gobiernos elegían. La preparación de la ley electoral será una tarea que abordarán inmediatamente el Presidente y su ministro del Interior»,agregó.

Sáenz Peña trajo ideas de su estancia en Europa sobre los beneficios de la ampliación del sufragio y la modernización de las leyes electorales. Ya se anunció oficialmente cómo estará integrado su gabinete. Indalecio Gómez en el Ministerio del Interior; en Relaciones Exteriores, Ernesto Bosch; José MaríaRosaen Hacienda; alfrentedelacartera de Agricultura, Eleodoro Lobos; en Justiciae Instrucción Pública, Juan M. Garro; el general Gregorio Vélez en el Ministerio de Guerra y el almirante Juan P. Sáenz Valiente en el de Marina. Mantieneen Obras Públicas a Ezequiel Ramos Mejía.

El flamante primer mandatario, autor de la ley que establece el voto secreto y obligatorio, comenzó su militancia política en el Partido Autonomista, El nuevo presidente, Roque Sáenz Peña, nació en Buenos Aires en 1851. Estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires y luego en la Facultad de Derecho. Allí tuvo su primer acercamiento a la militancia política dentro del Partido Autonomista, dirigido por Adolfo Alsina.

Durante la rebelión de Bartolomé Mitre contra Nicolás Avellaneda, se alistó como capitán de Guardias Nacionales. Resuelto el conflicto, fue ascendido a comandante y continuó sus estudios. Se recibió de Doctor en Leyes en 1875 con la tesis «Condición jurídica de los expósitos».
Al año siguiente fue electo diputado de la Legislatura bonaerense por el Partido Autonomista Nacional y gracias a sus sobresalientes condiciones políticas pronto fue nombrado presidente de la Cámara por dos períodos consecutivos.

En la Guerra del Pacífico, que enfrentó a Chile con Bolivia y Perú, Sáenz Peña se alistó como voluntario del ejército peruano y tras la derrota quedó como prisionero de los chilenos durante seis meses. Su participación habla sobre su clara pertenencia latinoamericana.

Apoyó la candidatura presidencial de Miguel Juárez Celman y fue designado embajador plenipotenciario en el Uruguay durante su gobierno.

Representó a la Argentina en el Congreso Panamericano en Washington en 1889 y defendió el principio de no intervención de las potencias extranjeras en los asuntos internos de los Estados latinoamericanos. Combatió el proyecto estadounidense de crear una unión aduanera y una moneda única para toda América.

En 1891 fue proclamada su candidatura a la presidencia por el grupo llamado modernista. Pero Julio A. Roca y Bartolomé Mitre postularon a su padre, Luis Sáenz Peña. Roque se negó a enfrentarlo y se retiró de la política.

Regresó cuando José Figueroa Alcorta, como presidente, lo nombró enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante España, Portugal, Italia y Suiza.

Regresó al país en agosto de 1909 y el 12 de junio último, el colegio electoral consagró la fórmula Roque Sáenz Peña-Victorino de la Plaza.

Le envió al Parlamento un proyecto de Ley de Sufragio que establecía la confección de un nuevo padrón y el voto secreto y obligatorio para todos los ciudadanos varones mayores de 18 años.

Fuente Consultada:
Historia 3 La Nación Argentina Miretzky – Mur – Ribas – Royo

Conquista y Colonizacion Española en America España Conquista America

Primeros Gobiernos Conservadores Paz y Administracion Positivismo

Gobiernos Conservadores – Paz y Administración – El Positivismo
gobiernos conservadores de argentina

La república conservadora: A partir de 1880 diversos intelectuales destacados se multiplicaron. Lucio Mansilla, Eugenio Cambaceres, Lucio V. López, Julián Martel, Miguel Cané, Eduardo Wilde y Paul Groussac fueron algunos de los más sobresalientes miembros de la llamada Generación del Ochenta.

Estos hombres, de ideas liberales, estaban ansiosos de dejar atrás el pasado al que asociaban con el mundo colonial y español. Los integrantes de esta Generación del Ochenta creían devotamente en el progreso (positivismo) y en el liberalismo como herramienta ideológica para su logro. Este liberalismo no necesariamente era antirreligioso, aunque se estimaba que la Iglesia debía ocuparse exclusivamente de las cuestiones de la fe.

El objetivo de estos hombres fue colocar a la Argentina entre las naciones más avanzada de la época. Por esta razón, estimaban que el país debía desprenderse de su pasado hispánico y de sus tradiciones criollas. Estos intelectuales eran, en efecto, profundamente cosmopolitas y admiraban a países como Inglaterra y Francia. Sin embargo, no debe creerse que desestimaban las posturas nacionalistas.

Por el contrario, eran férreos defensores de lo que llamaban «la identidad nacional”, aunque no la identificaran, como sucedería unas décadas más tarde, con el criollismo o el hispanismo. Más bien, fueron ellos quienes comenzaron a advertir acerca de las dificultades que, para la conformación de una identidad nacional, podría originar la llegada de inmigrantes en masa Para evitar este riesgo, proponían incentivar la enseñanza y los rituales patrióticos en las escuelas.

A partir de la crisis de 1890 surgieron las oposiciones al régimen, como la Unión Cívica Radical luchaba por la limpieza electoral y contra la corrupción.

CRISIS 1890: ¿Cómo se desencadena una crisis y cómo se sale de ella?
Al margen de las variaciones coyunturales, el funcionamiento es semejante en todas. Tomamos como ejemplo la crisis de 1890, por ser la más significativa del período.

Cuando Julio A. Roca dejó la presidencia en 1886, la administración pública contaba con instrumentos importantes para organizar la economía, como las mencionadas leyes monetarias. La breve crisis de 1885 fue zanjada con relativa facilidad. En 1886, Miguel Juárez Celman asumió la presidencia, dispuesto a lanzar al país hacia el progreso y la modernización.

Para cumplir con tales objetivos, atrajo a los inversionistas extranjeros y los ferrocarriles se extendieron a lo largo de 12.475 Km. (1891). Paralelamente se expandió el crédito y el consumo de bienes suntuarios aumentó en forma desproporcionada. Las importaciones de bienes de consumo ascendieron al 83% de las exportaciones en 1889. Las especulaciones con las tierras y en la Bolsa llegaron a extremos nunca vistos. Los negociados y la corrupción en el gobierno también.

La especulación se generalizó; cualquier cosa se compraba y se vendía por el doble de su valor, hasta que los precios perdieron toda relación con el verdadero costo de lo que se cambiaba. Hubo una emisión indiscriminada de billetes sin respaldo e inclusive el gobierno dispuso emisiones clandestinas. Todo esto provocó inflación.

La economía era como un globo que se inflaba desconectado de las posibilidades reales: el sector financiero se sobredimensionó con respecto al aparato productivo que era su base real.

La consolidación del Estado, como logro de este período, llevó a un segundo debate en la sociedad argentina: la función del Estado. En el modelo económico que se implemento alternaron el laissez-faire propio del liberalismo económico con los emprendimientos y la intervención del Estado provenientes del paternalismo político, ambos influidos por la realidad de un país nuevo en el que «todo estaba por hacerse». El proyecto cíe transformación acelerada fue impulsado por la idea de progreso.

El mayor emprendimiento, entonces, fue la modernización, que se puede resumir en:
– Adecuar la economía y ajustar la complementación con Europa.
– Obtener mano de obra para la agricultura y población para los espacios vacíos; o sea, inmigración, preferentemente blanca.
– Crear condiciones favorables para el establecimiento cíe los inmigrantes y para la reconversión económica (de país ganadero a país agroganadero).
– Asegurar el control político a la clase dirigente criolla.
– Afirmar y difundir el pensamiento positivista y la cultura europea, sustentos de la modernización.

Tamaña transformación sólo era posible si se controlaba el Estado. Por eso, la Generación del 80 buscó y logró el poder para ampliar su influencia. Desde ese lugar pudo alentar la inversión extranjera -motor de la modernización junto con los empréstitos- a la que debía garantizar condiciones favorables y ganancias.

Así, se multiplicaron importantes obras de infraestructura y servicios públicos -el puerto, las obras sanitarias, el edificio de Tribunales- y otras que apuntaban a embellecer Buenos Aires, como plazas, avenidas y el nuevo Teatro Colón.

Fuente Consultada: La Argentina Una Historia Para Pensar 1776-1996 Rins-Winter

La Secesion de Buenos Aires Causas Rechazo al Acuerdo de San Nicolás

La Secesión de Buenos Aires – Confederación
El Rechazo Porteño al Acuerdo de San Nicolás

LA REVOLUCIÓN PORTEÑA DEL 11 DE SEPTIEMBRE DE 1852

Justo José de Urquiza era gobernador de Entre Ríos, una provincia productora de ganado como Buenos Aires que se veía seriamente perjudicada por la política de Rosas, que no permitía la libre navegación de los ríos y frenaba el comercio y el desarrollo provinciales. Los acontecimientos se precipitaron: Urquiza, al frente del Ejército Grande, terminó en la batalla de Caseros con los sueños rosistas.

El camino de la organización definitiva quedaría abierto con el Acuerdo de San Nicolás y la posterior Constitución de 1853. Urquiza convocó a un Congreso Constituyente en Santa Fe que en mayo de 1853 sancionó la Constitución Nacional.

La, mayoría porteña desconfiaba del caudillo entrerriano; muchos creían que iba a ser un mero reemplazante de Rosas. Algunos de sus actos robustecieron la versión.

Ordenó un número considerable de fusilamientos de jefes prisioneros, de malhechores que, aprovechando la ausencia de las tropas en el momento de la batalla, saquearon casas en los suburbios de la capital, de soldados desertores y de cierto número de componentes del regimiento del coronel Pedro Aquino que en Santa Fe habían intentado separarse (después de asesinarlo), para pasar al bando rosista.

Los cadáveres quedaron varios días colgados en exhibición en Palermo,y esto fue considerado como advertencia para los opositores.

También produjo descontento la solemne entrada de Urquiza en Buenos Aires, como si hubiese triunfado de un enemigo extranjero; la obligación de seguir usando el distintivo rojo federal; el no haber asistido a la función teatral en su honor, brindada por las autoridades porteñas y el cuerpo diplomático.

Causó asimismo desagrado que hubieran participado del solemne desfile los orientales y brasileños con sus banderas desplegadas.

La idea de asesinar a Urquiza surgió en la mente de los más exaltados, y es indudable que prepararon un atentado; pero les falló la oportunidad.

JORNADAS DE JUNIO: Las autoridades del régimen caído y la mayoría de los reemplazantes adoptaron una voluntad hostil.

El hecho de que en el Congreso Constituyente Buenos Aires sólo tuviese dos diputados, como la provincia menos importante, fue considerado una humillación intencional.

El descontento explotó al reunirse la Legislatura bonaerense para aprobar el Acuerdo de San Nicolás. El debate se desarrolló en las llamadas «Jornadas de Junio», que luego de polémicos y fogozos debates acabó con la revolución del 11 de septiembre.

Pero el 11 de septiembre de 1852, tras abandonar Urquiza la provincia de Buenos Aires, estalló una revolución en la ciudad de Buenos Aires contra el excesivo poder que tenía el gobernador entrerriano.

El gobernador que Urquiza había impuesto en la provincia fue derrocado y se enviaron tropas al interior para sublevar a quienes se oponían a Entre Ríos.

Esas expediciones militares fueron un fracaso y el ejército de Urquiza amenazó con volver a invadir la provincia. Buenos Aires fue sitiada y su puerto bloqueado.

Mientras tanto, Buenos Aires desconoció la autoridad del Congreso de Santa Fe, del cual retiró a sus diputados, y volvió a asumir la representación de sus relaciones exteriores, que antes detentaba Urquiza.

Es decir, la provincia se definió como un Estado separado del resto del país.

Pero el poder económico de Buenos Aires logró atraer a algunos militares que antes acompañaban a Urquiza, entre ellos al comandante de la flota que sitiaba el puerto.

Finalmente, después de seis meses de sitio y amenaza, Urquiza retiró a sus fuerzas sin intentar invadir la provincia rebelde. Habiendo sido aceptada de hecho la separación de Buenos Aires, esta provincia declararía su propia Constitución.

Se formaron así dos Estados independientes. Por un lado, el de Buenos Aires. Por otro lado, la Confederación Argentina, formada por el resto de las provincias.

Presidencia de Urquiza: A fines de agosto de 1853, Urquiza convocó al pueblo de todo el país con el propósito de elegir el primer presidente constitucional.

Los comicios para designar electores se efectuaron a comienzos de noviembre y luego los votos fueron enviados al Congreso de. Santa Fe, que practicó el escrutinio definitivo el 20 de febrero de 1854.

Por amplia mayoría fue elegido presidente de la Nación el general Urquiza, y para el cargo de vicepresidente la asamblea designó al doctor Salvador María del Carril.

Los electos prestaron juramento el 5 de marzo ante el Congreso Constituyente, que de inmediato clausuró sus sesiones.

Urquiza y sus ministros se trasladaron a la ciudad entrerriana de Paraná, donde quedó establecida la capital provisoria de la Confederación Argentina.

Urquiza nombró los siguientes ministros: Benjamín Gorostiaga (Interior); Facundo Zuviria (Relaciones Exteriores); Juan María Gutiérrez (Justicia e Instrucción Pública); Mariano Fragueiro (Hacienda) y Rudecindo Alvarado (Guerra y Marina). Zuviria renunció y fue reemplazado por Santiago Derqui.

Luego de asumir el mando, Urquiza convocó a elecciones para forrnar el Congreso, de acuerdo con lo dispuesto por la Constitución. Elegidos los miembros, ambas Cámaras iniciaron sus sesiones en la capital provisoria, el 22 de octubre de 1854.

Al frente del país, Urquiza debió vencer numerosas dificultades, debido a la precaria situación económica y al problema político que significaba la separación de Buenos Aires, actitud precursora de una nueva guerra fratricida.

EL ESTADO DE BUENOS AIRES

La provincia se organiza en Estado disidente
Mientras la Confederación Argentina había jurado la Constitución Nacional, la provincia de Buenos Aires se organizaba en un Estado disidente.

La Legislatura se atribuyó funciones constituyentes y designó una comisión de siete miembros para redactar un proyecto de Constitución. Esta fue sancionada en abril de 1854 y en su conjunto trataba de satisfacer el localismo político.

Reunidas ambas cámaras de Buenos Aires en asamblea, designaron primer gobernador constitucional al Dr. Pastor Obligado, a quien secundaron Mitre, Alsina, Vélez Sársfield y otros.

La provincia inició un período de franco progreso.

A diferencia del resto del país, las finanzas continuaron mejorando y fueron reorganizados el Banco de la Provincia y la Casa de Moneda.

Se fundaron varios pueblos, entre ellos Chivilcoy y Bragado, que hasta esa época eran simples fortines contra los indios.

Fueron creados varios establecimientos educacionales en la. ciudad de Buenos Aires, y Sarmiento —de regreso de Chile— ocupó el cargo de Director del Departamento de Escuelas.

Un paso importante en el futuro desarrollo del transporte se produjo en agosto de 1857, cuando se inauguró oficialmente la primera linea ferroviaria en un tramo de diez kilómetros, desde la estación del Parque (hoy Plaza Lavalle) hasta Floresta. Los vagones fueron arrastrados por la locomotora «La Porteña».

Se instaló en Retiro la «Compañía Primitiva de Gas», que suministró el fluido necesario para alumbrar calles y casas ubicadas en el radio céntrico, manteniéndose en el esto los débiles candiles con aceite.

Los Pactos de Convivencia: La separación de Buenos Aires de la Confederación no representaba la opinión unánime de la provincia, y un importante grupo de civiles y militares —partidarios del federalismo— dispuso derribar al gobierno, pero el intento fracasó en noviembre de 1854. Estos opositores fueron perseguidos y muchos debieron emigrar.

En Buenos Aires surgió un partido opositor, de tendencia federal, que bregaba por la unión de la provincia con el resto del país.

El órgano representativo de este partido fue el periódico «La Reforma Pacífica«, dirigido por Nicolás Calvo. De acuerdo con su título propiciaba una política conciliatoria, sobre la base de revisar la Constitución sancionada.

Los defensores de la política porteña, de carácter separatista y enemiga de Urquiza, contaban con el periódico «La Tribuna» dirigido por Carlos Gómez y en cuyas columnas también colaboraban Mitre, Sarmiento, Héctor Várela, el poeta Mármol y otros.

La «Reforma Pacífica» atacó a los oficialistas calificándolos de «pandilla» porque recorrían las calles en forma tumultuosa; de allí derivó el mote de pandilleros, con que fueron reconocidos los partidarios del gobierno de Buenos Aires. Por su parte, los últimos denominaron a los unionistas federales de chupandinos porque efectuaban frecuentes reuniones partidarias donde no escaseaba el vino.

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CRÓNICA DE LA ÉPOCA:
Federales, Nacionalistas y Autonomistas
La Interna Liberal Porteña, Nota de Ricardo De Titto, Historiador
Fuente: El Bicentenario Fasc. N° 3 Período 1850-1869

En Buenos Aires se distinguen dos corrientes del liberalismo: una nueva generación que actúa a través de clubes, y los segregacionistas, que se impusieron.

En Buenos Aires, la cultura predominante es el liberalismo. La Confederación, liderada por Ur-quiza, logra cierta homogeneidad pero vive acosada por una crisis crónica determinada por carecer de fuentes tributarias importantes, la escasez de divisas y un funcionamiento económico basado en billetes sin respaldo, que las provincias rechazan.

La división se concretó con el alzamiento militar del 11 de septiembre de 1852, en rechazo al Acuerdo de San Nicolás.La élite porteña, sostenida por el comercio, las rentas aduaneras y la producción pecuaria (el lanar y los cueros), tiene un común denominador: el liberalismo y la denuncia de Urquiza como continuador del rosismo. No obstante, se debate entre dos proyectos políticos. La nueva generación liderada por Bartolomé Mitre y Adolfo Alsina -los referentes más destacados- se lanza a la formación de «clubes» políticos en su respaldo. Los bonaerenses, entretanto, en dos combates sucesivos derrotan los últimos intentos confederados y afirman su poder segregado.

En junio del 53 asumió la gobernación Pastor Obligado. Los debates durante la elaboración de la Carta Magna provincial -que, redactada por Dalmacio Vélez Sarsfield y Carlos Tejedor, se juró el 23 de mayo de 1854- delinea-
ron las posturas. Mitre lleva la voz cantante de una posición «nacionalista» que, si bien reafirma la secesión del Estado bonaerense, define esa circunstancia como transitoria y critica la visión alsinista por «ese patriotismo que viene a aumentar las dificultades de la situación en vez de disminuirlas; que viene a echar una astilla más en el incendio que puede devorarnos a todos […] Yo quisiera alejar las causas de la desunión e impedir que esta desgraciada familia se divida».

Mitre reconoce un «pacto anterior y superior a toda ley», la declaración de la Independencia de 1816, y concluye en la sesión del 4 de marzo que hay «una Nación preexistente, y esa Nación es nuestra patria, la patria de los argentinos». Los alsinistas, en cambio, fortalecen su posición autonómica y logran la adhesión de muchos de los antiguos rosistas, añorando, tal vez, aquellos años de la «feliz experiencia» rivadaviana, cuando se vivió de espaldas a los problemas de los «trece ranchos», como se llamaba despectivamente a las provincias del interior.

En el congreso constituyente del Estado de Buenos Aires triunfa la tendencia aislacionista impulsada por Alsina, Tejedor y los ex rosistas Anchorena y Torres. Rechazando la posición de Mitre, se proclama a Buenos Aires como un Estado con el libre ejercicio de su soberanía interior y exterior.

Fuente: El Bicentenario Fasc. N° 3 Período 1850-1869

Conquista y Colonizacion Española en America España Conquista America

Etapa del Gobierno Rosista con la Confederación Argentina

Etapa del Gobierno Rosista con la Confederación Argentina

Juan Manuel de Rosas: La etapa rosista: En 1829 uno de los estancieros más poderosos de la provincia, Juan Manuel de Rosas, asumió la gobernación de Buenos, fue una de las figuras más controvertidas de nuestra historia.

Impuso durante sus gobiernos una política muy particular, que le permitió mantener los privilegios económicos de Buenos Aires frente a las provincias.

Inteligente, supo cómo postergar la unidad nacional. Encargado del manejo de las relaciones exteriores, defendió, ante las potencias extranjeras, la soberanía de las provincias.

Enfrentó, también, acciones del interior en su contra, las que finalmente desencadenaron su caída en 1852.

A partir de entonces y hasta su caída en 1852, retendrá el poder en forma autoritaria, persiguiendo duramente a sus opositores y censurando a la prensa, aunque contando con el apoyo de amplios sectores del pueblo y de las clases altas porteñas.

Los cuestionamientos mas importantes fueron: la navegación libre de los ríos, el control de la aduana y distribución de los ingresos por derechos de exportación e importación.

Durante el rosismo creció enormemente la actividad ganadera bonaerense, las exportaciones y algunas industrias del interior que fueron protegidas gracias a la Ley de Aduanas.

Rosas se opuso a la organización nacional y a la sanción de una constitución, porque ello hubiera significado el reparto de las rentas aduaneras al resto del país y la pérdida de la hegemonía porteña.

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Etapa Anarquía Política en Argentina

Etapa Anarquía Política en Argentina

Grandes Desacuerdos Políticos: Unitarios y Federales: A partir de 1819, el fracaso de los intentos porteño y artiguista por conformar un Estado que sucediera al antiguo Virreinato dejó paso a las tendencias autonomistas desatadas por la Revolución. se fueron definiendo claramente dos tendencias políticas: los federales, partidarios de las autonomías provinciales, y los unitarios, partidarios del poder central de Buenos Aires.

Estas disputas políticas desembocaron en una larga guerra civil cuyo primer episodio fue la batalla de Cepeda en febrero de 1820, cuando los caudillos federales de Santa Fe, Estanislao López, y de Entre Ríos, Francisco Ramírez, derrocaron al directorio.

Las provincias nacieron inicialmente de las viejas intendencias coloniales y, luego, de los reclamos autónomos de las ciudades subordinadas dentro de las mismas intendencias. Entre 1810 y 1820, el gobierno central alentó la creación de nuevas provincias.

En 1813, el Segundo Triunvirato separó Cuyo (Mendoza, San Juan y San Luis) de la intendencia de Córdoba En 1814, Posadas creó las provincias de Entre Ríos y Corrientes, separándolas de la intendencia de Buenos Aires, y dividió la intendencia de Salta de Tucumán, creando la provincia de Salta y la de Tucumán.

En 1818 se formó Santa Fe (separada de Buenos Aires); en 1820, Santiago del Estero; y en 1821, Catamarca (ambas separadas de Tucumán). También en 1820 se formó La Rioja (separada de Córdoba); y en 1834, Jujuy (separada de Salta).

Buenos Aires, la provincia más rica, que retendrá para sí las rentas de la Aduana y los negocios del puerto.

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Inestabilidad Politica Argentina Guerras de la Independencia

Inestabilidad Política Argentina
Las Guerras de la Independencia

La etapa revolucionaria (1810-1820): Entre 1810 y 1820 se vive un clima de gran inestabilidad política. Se suceden los gobiernos (Primera Junta (1810), Junta Grande (1811), Triunviratos (1811-1814) y el Directorio (1814-1820) que no pueden consolidar su poder y deben hacer frente a la guerra contra España. En esta lucha se destacarán Manuel Belgrano, José de San Martín, llegado al país en 1812, y Martín Miguel de Güemes.

Las campañas sanmartinianas terminarán, tras liberar a Chile, con el centro del poder español de Lima. El 9 de julio de 1816 un congreso de diputados de las Provincias Unidas proclamó la independencia y en 1819 dictó una constitución centralista que despertó el enojo de las provincias, celosas de su autonomía.

Inestabilidad Politica Argentina Guerras de la Independencia

A comienzos de 1817, el Congreso inició su traslado a Buenos Aires, donde comenzó a sesionar en mayo.

Luego de muchas discusiones, el 22 de abril de 1819 proclamó la Constitución. Aunque de apariencia republicana, sus artículos podían ser fácilmente modificados para convertir al Estado en una monarquía.

En efecto: establecía la figura de un Director Supremo que debía gobernar junto con un Consejo de Estado.

El Poder Legislativo era bicameral: una Cámara de Representantes, dirigida por el pueblo de la nación, era acompañada por un Senado, donde se encontrarían representadas las grandes corporaciones: Iglesia, Ejército, provincias y universidades.

Aunque la Constitución fue formalmente jurada por las provincias, la resistencia contra su carácter centralista y pro-monárquico no tardó en aparecer.

En pocos meses, caería junto con el Congreso y el Directorio que le habían dado vida.

En el período 1816-1820 las Provincias Unidas alcanzaron un importante objetivo: la independencia política, proclamada por medio de sus representantes en el Congreso y en un momento de gran peligro por el triunfo de la reacción española.

Los acuerdos entre los dirigentes de Buenos Aires, Cuyo y el Norte hicieron posible la independencia y la campaña de San Martín a Chile. Asegurada la emancipación, las disidencias se acentuaron. La anarquía se hizo presente. No fue posible establecer las bases para la organización del Estado. Los proyectos analizados: centralismo o federación, monarquía constitucional o república, no lograron el consenso necesario para imponerse. La Constitución promulgada en 1819 intentó una fórmula mixta, pero no tuvo en cuenta la realidad del país.

Las autoridades nacionales perdieron poder, agotadas en la lucha por la independencia y en los enfrentamientos internos contra los pueblos partidarios de la federación.

El proceso de disgregación territorial se acentuó: el Alto Perú quedó en manos de los españoles; el Paraguay siguió su política independiente y se negó a participar en el Congreso Nacional; la Banda Oriental fue anexada por los portugueses.

Fuente Consultada: La Argentina Una Historia Para Pensar 1776-1996 Rins-Winter

Colonizacion Española en America Resumen

Colonización Española en América Resumen

Conquista y colonización: Los españoles concibieron la experiencia americana como una verdadera cruzada. Los conquistadores eran hombres ambiciosos, cuyo modelo era el de los caballeros medievales. Durante el siglo XVI desembarcaron en América los conquistadores: con acuerdo de la Corona de España entrarían en el continente para someter a los nativos y convertirlos a la fe cristiana.

Algunos conquistadores, como Hernán Cortés, Francisco Pizarro o Francisco de Aguirre, eran una mezcla de caballero cruzado y militar al servicio del reino. Armados por su fe y su ilimitada ambición, quedaron a cargo del avance español y su gobierno en el llamado Nuevo Mundo.

En 1536 Don Pedro de Mendoza fundó Santa María de los Buenos Ayres, la primera ciudad argentina. La miseria y el hambre doblegaron a Mendoza y su gente y Buenos Aires quedó despoblada hasta su segunda fundación por Juan de Garay en 1580.

Las ciudades argentinas fueron fundadas por conquistadores que provenían de distintas zonas de América. La corriente pobladora del este, llegada desde España, tomó como base de operaciones la ciudad de Asunción y fundó las ciudades litorales. La que vino desde el Perú ocupó el Tucumán, como se llamaba entonces a todo el Noroeste argentino. Las ciudades cuyanas fueron fundadas por la corriente proveniente de Chile.

Estos hombres provenían, en su gran mayoría, de las zonas más atrasadas del territorio español, aunque pudieran ostentar algún titulo de hidalguía, vivían en la pobreza y abrumados por la falta de horizontes. Estaban convencidos de la superioridad de su causa, una lucha destinada a servir a la que para ellos era la fe verdadera”: la católica.

Los ideales caballerescos los volvieron individualistas y despiadados: solían tratar cruelmente a los nativos y a sus propios hombres, pero también eran hombres extremadamente valientes.

Las grandes riquezas en oro y plata generaron fuertes disputas entre los conquistadores, lo que hizo perder unidad a la tarea de la conquista y obligó al poder real a reorganizar la política de esas tierras. Cuando llegaron los primeros funcionarios reales, los adelantados y corregidores, comenzó el eclipse de los conquistadores.

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Esteban Echeverria Biografia y Pensamiento Politico

Biografía de Esteban Echeverría y Pensamiento Político

Esteban Echeverría fue el introductor del romanticismo en Hispanoamérica, el autor del primer cuento argentino, el ideólogo de la generación argentina del 37, el más importante poeta del primer romanticismo en el Río de la Plata, el introductor del tema del desierto y del indio en la literatura argentina, y uno de los mayores autores del movimiento romántico en Hispanoamérica.

El pensamiento de Esteban Echeverría: Echeverría fue un destacado intelectual argentino, miembro de la generación del ‘37. En su obra literaria recogió las influencias del romanticismo francés; entre sus obras se destacan El dogma socialista, obra de carácter político, y El matadero, un cuadro de costumbres. Murió en el exilio, en Montevideo, en 1851.

Los siguientes son fragmentos de una de sus cartas personales, donde se puede observar su pensamiento y analisis de la realidad política de la época:

“… la revolución de Mayo nos ha dejado por todo resultado, por toda tradición y por todo dogma ‘la soberanía del pueblo’, es decir la ‘democracia’. ¿Bajo qué condiciones, pues, se desarrollará la democracia en nuestro país o realizará su ley de progreso?.

En la solución de esta cuestión, estando a la historia, habían errado a mi entender todos los hombres y todos los partidos durante la revolución.

El centralismo, preocupado exclusivamente de la constitución y centralización del poder social, descuidó, en primer lugar, educar al pueblo, hacerlo apto para el gobierno de sí mismo, en segundo lugar, no supo hallar el medio de satisfacer y aquietar el localismo que, oponiéndole resistencias, deshacía siempre su obra.

Vacilando, además, entre el régimen monárquico, el aristocrático y el democrático, no pudo constituir ninguno […]

¿Qué ha pretendido, en efecto, el centralismo en sus diversas tentativas de constitución?.

Reconstruir sobre nueva planta la asociación argentina; crear una autoridad, un poder nacional que la representase, la gobernase y le diese leyes […].

Preguntaremos ahora ¿qué quería el localismo?. Concurrir como parte a la formación de la autoridad central; pero no reconocer dependencia ni subordinación a esa autoridad y negarle obediencia cuando cuadrase a su interés o capricho.

Quería aislarse, gobernarse por sí, segregarse de la gran familia toda vez que pudiera convenirle. Se ve que el instinto ciego, individual, egoísta era su móvil.

¿Cómo podían, pues, conciliarse voluntades tan disconformes, ni avenirse a entrar en conciliación y vivir en paz las pretensiones de los centralistas y de los federalistas, o del centralismo y el localismo?.

Debieron hacerse y se hicieron guerra desde el principio de la revolución, hasta quedar uno y otro completamente aniquilados bajo el fiero yugo del despotismo y del caudillaje.

Resulta evidente, pues, que el centralismo se extravió o no acertó con el medio único de arribar a su apetecida organización, y que el localismo, guiado por instintos vagos, ha obrado casi siempre en la República como principio disolvente y desorganizador; nunca ha sabido comprender bien sus intereses legítimos y ponerlos al amparo de la única institución que podía eficazmente protegerlos y promoverlos, ‘la institución municipal’…”

Esteban Echeverría

BIOGRAFÍA DE ESTEBAN DE ECHEVERRIA:

Nació en Buenos Aires el 2 de septiembre de 1805.

Huérfano de padre desde muy niño, la excesiva tolerancia materna no impidió que fuese alumno aventajado del Colegio de Ciencias Morales, y que su paso por las aulas quedase señalado con los mejores testimonios de aplicación y distinguiéndose entre sus condiscípulos por su talento y aprovechamiento.

Causas ajenas a su voluntad, frustraron su inclinación al estudio y lo obligaron a emplearse en el comercio; pero allí mismo su espíritu bregó por aprender y entretenía sus ocios leyendo obras sobre historia y aprendiendo el francés.

Su gran anhelo triunfó y abandonándolo todo y a costa de grandes sacrificios, marchóse a Europa, para buscar en el centro de la evolución modernista el pensamiento de la época, las luces con que después había de resplandecer en el lóbrego escenario de su Patria.

Después de un lustro de permanencia en el Viejo Mundo, durante el cual se empapó de las doctrinas emancipadoras del pensamiento, la falta de recursos lo obligó a regresar al país antes de haber concluido los cursos de Economía Política y de Legislación que seguía en la Universidad de París y cuando la situación política interna de la República se hallaba más perturbada por el choque de las dos tendencias en que se dividía la opinión.

El mismo Echeverría ha juzgado esa situación en uno de sus escritos, diciendo: «El retroceso degradante en que hallé a mi país, mis esperanzas burladas, produjeron en mí una melancolía rotunda. Me encerré en mí mismo y de ahí «nacieron infinitas producciones de las cuales no publiqué sino una mínima «parte con el título de: «Los consuelos»

La llegada de Echeverría a Buenos Aires, coincidió con la conmemoración del 9 de Julio del año 1830, circunstancia que aquél aprovechó para publicar sus primeros versos en «La Gaceta Mercantil«, en el número del 8 de aquel mes, los que no llevan firma pero van precedidos de una nota explicativa, que descubre a su autor.

En 1832 publicó su poema «Elvira» o «La novia del Plata«, que no produjo toda la impresión que él esperaba en la opinión pública y mortificado por la aparente indiferencia o la velada crítica que se le hacía, y agravado su ánimo por una dolencia física que empezaba a preocuparlo, se ausentó de Buenos Aires, yendo por algún tiempo a establecerse en la ciudad de Mercedes, Estado Oriental, a restablecer su salud y en la soledad y retiro que allí disfrutó, terminó su segundo trabajo, arriba mencionado, que tituló «Los Consuelos» y que vio la luz pública en 1834.

Esta obra fué recibida con general aplauso y desde aquel momento nadie pudo disputarle su puesto de avanzada en la reforma de las ideas estéticas y filosóficas de nuestra cultura literaria.

En aquella ocasión alzó Echeverría su bandera literaria reformadora de la vieja escuela, diciendo al respecto lo siguiente: «La poesía entre nosotros aún no ha llegado a adquirir el influjo y prepotencia moral que tuvo en la antigüedad y que hoy goza entre las cultas naciones europeas: preciso es, si se quiere conquistarla, que aparezca revestida de un carácter propio y original y que reflejando los colores de la naturaleza física que nos rodea, sea a la vez cuadro vivo de nuestras costumbres y la expresión más elevada de nuestras ideas dominantes, de los sentimientos y pasiones que nacen del choque inmediato de nuestros sociales intereses y en cuya esfera se mueve nuestra cultura intelectual. Sólo así, campeando libre de los lazos de toda extraña influencia, nuestra poesía llegará a ostentarse sublime como los Andes, peregrina, hermosa y varia en sus ornamentos como la fecunda tierra que la produzca».

Echeverría con el enorme caudal de su ilustración, la altivez y nobleza de la juventud y con el espíritu republicano inspirador de la Revolución de Mayo, convirtió su causa común y de la Patria, solidarizándose con sus ideas a un grupo numeroso de hombres de lo más distinguido de Buenos Aires, vinculándose en una agrupación en forma de logia, de carácter político y literario, que se llamó la Asociación de Mayo.

Muy poco tiempo tardó la nueva Sociedad en hacerse sospechosa a los ojos del Dictador, y la policía descubrió muy pronto el misterio de sus reuniones y el secreto de su credo, viéndose obligados a ocultarse y aún a expatriarse para evitar las persecuciones de la Mazorca.

Echeverría no quiso marcharse porque en su opinión «emigrar era inutilizarse para el país». Pero sabiendo como las gastabas la gente del Gobierno, se refugió en la campaña, yéndose al lado de un hermano en la estancia «Los Talas», en Lujan, donde permaneció siempre triste, siempre escribiendo, siempre pensando, hasta que la fatalidad vino a arrancarlo de aquel apacible retiro, complicándolo en aquel movimiento armado que dirigía «una espada sin cabeza», Lavalle, y que pomposamente se llamó campaña libertadora.

Echeverría distaba de ser partidario de estas acciones aisladas que sólo servían para trastornar más gravemente la situación general del país, abrir abismos más hondos en la opinión pública, irritar más al opresor, provocar nuevos y mayores excesos contra los opositores y dar a Rosas ocasiones fáciles de exhibirse triunfante y por lo tanto amedrentar más al pueblo con su poderío.

Pero las armas libertadoras llegaron hasta Los Talas y Echeverría tuvo qué aceptar aquella situación de hecho como una fatalidad ineludible y decidirse a romper con su silencio y su retiro, para lanzar también su grito de protesta y de guerra contra el mandatario usurpador de todos los derechos y libertades.

Después de aquel acto de abierta rebelión contra la dictadura, Echeverría no habría podido vivir sino en las filas del Ejército Libertador, pero su mal estado de salud le impedía afrontar ais vicisitudes de una campaña que se revelaba cruenta, y tan pronto como Lavalle contramarchó para el Norte, el poeta rebelde huyó a campo traviesa, sólo con lo puesto, logrando llegar hast ael Guazú, de donde se embarcó en una fragata francesa, llegando sin contratiempos a la Colonia, en el Estado Oriental.

De aquella ciudad pasó a Montevideo, desde donde emprendió su más violenta campaña contra la dictadura rosista por medio de sus artículos en la prensa de aquella capital.

En sus escritos puso todo su ardor patriótico trabajando sin descanso, junto con los demás exilados, pero pronto comprendió que en la lucha contra Rosas sólo había que tener fe en las grandes batallas y entonces volvía a abismarse para buscar en la soledad, en la meditación y el estudio de la situación general de la sociedad argentina, la causa de la desorganización y el remedio que restituiría a la salud de su ideal democrático.

En 1837 publicó con el título de «Rimas», una nueva colección de poesías y el poema «La Cautiva», que es el pedestal de su fama. Publicó el «Dogma Socialista de la Asociación de Mayo», precedido de una ojeada retrospectiva sobre el movimiento intelectual en el Plata desde el año 1837, y en Montevideo, el mismo tiempo que colaboraba en los periódicos, escribió otros poemas, como la «Insurrección del Sur en la provincia de Buenos Aires» y «Avellaneda».

También fue muy celebrada otra producción de Echeverría, «La Guitarra», que apareció en el N9 24, correspondiente al 30 de diciembre de 1848, de la revista «El Correo de Ultramar».

Esta composición fué muy bien comentada no sólo en las repúblicas sudamericanas, sino también en España.

José Esteban Echeverría falleció en Montevideo el 20 de enero de 1861. Con motivo de su muerte, Alberdi escribió: «En la temprana muerte de Echeverría se ha malogrado un hombre y un talento. Su corazón era tan puro y elevado, como brillantes las facultades de su inteligencia; asociación rara de cualidades en nuestra América tan fecunda de talentos, como estéril en caracteres. Como talento su pérdida interesa a todos los países que hablan español. Superior a todos los poetas de su país, él consiguió acogida honrosa y brillante renombre, tanto en América como en España. Aunque conocido como poeta principalmente, escribió prosa con fuerza y elegancia y sus conocimientos como publicista eran de una extensión considerable …»

El Dr. Juan María Gutiérrez, su amigo íntimo, publicó en 1874 las obras completas de Echeverría en 5 volúmenes.

En 1905, con motivo de su centenario, la posteridad reconocida le erigió una estatua en el bosque de Palermo.

IDEAS SOBRE LA LIBERTAD SEGÚN ESTEBAN ECHEVERRÍA.

«Por la ley de Dios y de la humanidad todos ios hombres son libres.»

«La libertad es el derecho que cada hombre tiene para emplear sin traba alguna sus facultades en el conseguimiento de su bienestar y para elegir los medios que puedan servirle a este objeto.»

El libre ejercicio de las facultades individuales no debe causar extorsión ni violencia a los derechos de otro. —No hagas a otro lo que no quieras te sea hecho:— la libertad humana no tiene otros límites.

No hay libertad, donde el hombre no puede cambiar de lugar a su antojo.

Donde no le es permitido disponer del fruto de su industria y de su trabajo.

Donde tiene que hacer al poder el sacrificio de su tiempo y de sus bienes.

Donde puede ser vejado e insultado por los sicarios de un poder arbitrario.

Donde sin haber violado la ley, sin juicio previo ni forma de proceso alguno, puede ser encarcelado o privado del uso de sus facultades físicas o intelectuales.

Donde se le coarta el derecho de publicar de palabra o por escrito sus opiniones.

Donde se le impone una religión y un culto distinto del que su conciencia juzga verdadero.

Donde se le puede arbitrariamente turbar en sus hogares, arrancarle del seno de su familia y desterrarle fuera de su patria.

Donde su seguridad, su vida y sus bienes, están a merced del capricho de un mandatario.

Donde se le obliga a tomar las armas sin necesidad absoluta y sin que el interés general lo exija.

Donde se le ponen trabas y condiciones en el ejercicio de una industria cualquiera, como la imprenta, etc.

Fragmento de «MATADERO» La perspectiva del matadero a la distancia era grotesca, llena de animación. Cuarenta y nueve reses estaban tendidas sobre sus cueros y cerca de doscientas personas hollaban aquel suelo de lodo regado con la sangre de sus arterias.

En torno de cada res resaltaba un grupo de figuras humanas de tez y raza distintas. La figura más prominente de cada grupo era el carnicero con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chiripá y rostro embadurnado de sangre.

A sus espaldas se rebullía caracoleando y siguiendo los movimientos una comparsa de muchachos, de negras y mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las harpías de la fábula, y entremezclados con ella algunos enormes mastines, olfateaban, gruñían o se daban de tarascones por la presa.

Cuarenta y tantas carretas toldadas con negruzco y pelado cuero se escalonaban irregularmente a lo largo de la playa y algunos jinetes con el poncho calado y el lazo prendido al tiento, cruzaban por entre ellas al tranco, o reclinados sobre el pescuezo de los caballos echaban ojo indolente sobre uno de aquellos animados grupos, al paso que más arriba, en el aire, un enjambre de gaviotas blanquiazules que habían vuelto de la emigración al olor de carne, revoloteaban cubriendo con su disonante graznidos todos los ruidos y voces del matadero y proyectando una sombra clara sobre aquel campo de horrible carnicería.

Esto se notaba el principio de la matanza.

Pero a medida que adelantaba, la perspectiva variaba; los grupos se deshacían, venían a formarse tomando diversas aptitudes y se desparramaban corriendo como si en medio de ellos cayese alguna bala perdida o asomase la quijada de algún encolerizado mastín.

Esto era, que ínter el carnicero en un grupo descuartizaba a golpe de hacha, colgaba en otro los cuartos en los ganchos a su carreta, despellejaba en éste, sacaba el sebo en aquél, de entre la chusma que ojeaba y aguardaba la presa de achura salía, de cuando en cuando, una mugrienta mano a dar un tarascón con el cuchillo al sebo o a los cuartos de la res, lo que originaba gritos y explosión de cólera del carnicero y el continuo hervidero de los grupos, dichos y gritería descompasada de los muchachos.

Esteban Echeverría.
“Segunda carta a Pedro de Ángelis”. 1847.

Ver Generación del 37

Chacho Peñaloza Caudillo Federal Pensamiento Politico Sarmiento

Chacho Peñaloza Caudillo Federal

chacho peñaloza, historia

El siguiente  fragmento de una carta de Ángel V. Peñaloza dirigida al presidente Mitre:

“Después de la guerra exterminadora por que ha pasado el país, han esperado los pueblos una nueva era de ventura y progreso. Pero… muy lejos de ver cumplidas sus esperanzas, han tenido que tocar el más amargo desengaño, al ver la conducta arbitraria de sus gobernantes, al ver despedazadas sus leyes y atropelladas sus propiedades y sin garantías para sus vidas mismas. […] Mil veces se ha levantado mi voz y elevado súplicas al Gobierno Nacional pidiendo justicia y justicia…

Es por esto, señor Presidente, que los pueblos cansados de una dominación despótica y arbitraria, se han propuesto hacerse justicia, y los hombres, todos, no teniendo más ya que perder que la existencia, quieren sacrificarla más bien en el campo de batalla. […] Esas mismas razones y el yerme rodeado de miles de argentinos que me piden exija el cumplimiento de esas promesas, me han hecho ponerme al frente de mis compañeros y he ceñido nuevamente la espada, que había colgado después de los tratados con los agentes de V.E.»

UNA ANÉCDOTA DE UN SOLDADO DEL CHACHO
SANDES, EL IMPLACABLE:
Tan pobre era ese gaucho que ni siquiera tenía un poncho para cubrirse; usaba una cobija para darse abrigo, y por eso lo llamaban «Poncho de frazada». Sin embargo, en medio de un combate feroz en el que ninguno de los bandos se daba tregua, ese misérrimo soldado del Chacho entró de  lleno en la historia realizando un asombroso acto de audacia.

Mientras la lucha arreciaba, se internó con decisión en las filas enemigas exigiendo enérgicamente que le indicarán el lugar donde se bailaba el jefe porteñista, coronel Ambrosio Sandes. Los soldados le abrieron paso sin imaginar las intenciones que traía: pensaron quizá que se trataba de un emisario.

Cuando «Poncho de frazada» se enfrentó con el militar mitrista—temido y famoso por sus brutalidades— lo retó a duelo, y para que el otro no tomara a menos el desafío, le tiró un lanzazo que Sandes apenas pudo esquivar: su pierna se tiñó con el desgarrón rojo de una herida. La reacción de los soldados gubernistas no se hizo esperar; en seguida acribillaron a lanzazos al desharrapado milico cha-chista, que se fue al otro mundo insultando a boca llena al feroz invasor de su tierra.

La historia de Sandes, en cambio, no terminó allí, y aún había de protagonizar varios sucesos de triste recuerdo, como el que ocurrió en mayo de 1863, luego del combate de Lomas Blandeas. Al caer la tarde, después de haber luchado varias horas a lanza y facón, las tropas del Chacho se retiraban vencidas; los que quedaban en el campo de batalla ya podían resignarse a morir, porque Sandes dispuso tocar a degüello. Poco después, el recuento efectuado sobre el campo arrojaba una cifra macabra: entre muertos en combate y ejecutados había unos doscientos cadáveres.

El coronel ordenó entonces juntarlos, hacer una pira y quemarlos; el acarreo de leña culminó en una inmensa hoguera que alumbró con fulgores dantescos el desolado paisaje. Desde ese día el sitio tuvo un nuevo nombre: «la carbonera de Sandes».

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Biografia de Felipe Varela Montoneras en la Anarquia Los Caudillos

Biografía de Felipe Varela: Montoneras en la Anarquía

Felipe Varela: El último montonero

Felipe VarelaLa historia de la lucha por el poder en la Argentina no es nueva, y en realidad podríamos considerar pioneros de esa disputa a los valientes caudillos que en muchos casos perdieron la vida por la causa que defendían, tanto federales como unitarios.

Dentro de este contexto nos encontramos con una larga lista de nombres que representan cada una de las fracciones políticas, y al mismo demuestran el valor desmedido que siempre utilizaron por defender sus principios ante el enemigo.

Uno de estos nombres es Felipe Varela, que una vez convertido en leyenda de nuestro país, llegó incluso a servir de inspiración para diversas poesías folclóricas.

Según los expertos, Varela no ha sido sólo un caudillo, sino que al igual que otros de sus compañeros, tales como Quiroga, Peñaloza y Ramírez, entre otros, logró convertirse en un verdadero líder político de la fracción federal, que luchaba intensamente para combatir la organización nacional basada en el centralismo.

Debido al coraje permanente que Varela demostró tener siempre en la lucha, sobre todo en lo que respecta a la resistencia que mantuvo en la región andina por muchos años enfrentando a las poderosas fuerzas enviadas por el gobierno unitario, durante lo cual el caudillo se encontraba acompañado por un pequeño ejército, a partir de entonces comenzaron a llamarlo el Quijote de los Andes.

Su valentía y bizarría le valió el reconocimiento constante de sus superiores, pero sus ideales lo empujaron a morir en el exilio, lejos de su amada patria.

Se cree que este legendario personaje de nuestra historia nació el 11 de mayo de 1821, aunque no se tiene exactitud en cuanto a la fecha, llegando a este mundo en Huaycama, pueblo perteneciente al departamento de Valle Viejo, en Catamarca.

Según algunos documentos históricos, el pequeño Felipe pasó sus infancia junto a sus padres, Javier Varela y de Isabel Rearte, en una casa ubicada en la localidad de Guandacol, en la provincia de La Rioja. Fue allí donde llevó a cabo sus estudios formales, y al mismo tiempo se introdujo en el mundo de las armas, teniendo como tutor para ello a un caudillo riojano cuyo apellido era Castillo.

Decidido a llevar adelante una vida ligada al ámbito militar y político, a sus 19 años se incorpora al grupo de caudillos que luchaban en la región contra el ejército enviado por Rosas. Aquello le valió el destierro, por lo que se refugió en Chile, donde según relatan muchos historiadores puede haber llegado a conocer a su posterior amigo y compañero de lucha: el Chacho Peñaloza.

Viviendo en Chile, Felipe Varela se incorporó inmediatamente al ejército del lugar, el cual abandonó cuando en 1852 se produjo la caída del gobierno de Rosas, ya que fue en ese momento que regresó a la Argentina.

De vuelta en su amado país, Varela decidió unirse al ejército de la Confederación, desenvolviéndose como Teniente Coronel en el regimiento 7° de línea, el cual se había asentado en Río IV, precisamente en la frontera de los indios.

Durante la decisiva batalla de Pavón, ocurrida en el mes de septiembre de 1861, Varela luchó bajo las órdenes de Urquiza, y fue allí donde comenzó a destacarse como uno de los más aguerridos caudillos de la Confederación. Un año después, Varela se unió a Peñalosa, participando activamente en la rebelión organizada por el caudillo contra las autoridades nacionales de Buenos Aires. Esto le valió la confianza del Chacho y se convirtió en uno de sus máximos protegidos. Por ese motivo, ese mismo año Varela fue designado Jefe de Policía de la provincia de La Rioja.

Al siguiente año, es decir en 1863, se le encomendó a Felipe Varela la difícil misión de invadir Catamarca, participando de las contiendas conocidas como las batallas de Las Playas y Lomas Blancas.

No obstante, cuando el 12 de noviembre de 1863 se produce el sangriento asesinato de Peñaloza, Varela debió huir de la región, por lo que decidió refugiarse en Entre Ríos, desde donde nuevamente comenzó a militar bajo las órdenes de Urquiza. Pero poco después volvió al exilio en Chile.

Poco tiempo pasaría para que Varela regresara al país, y ello ocurrió precisamente en 1865, cuando llega a sus oídos el inicio de la Guerra contra el Paraguay, la cual involucró a Uruguay, Argentina, Brasil, y por supuesto Paraguay, en una lucha sin tregua causada por las aún vigentes rivalidades coloniales.

Ante la noticia, Felipe Varela decide volver a la Argentina y servir nuevamente a las órdenes de Urquiza. Pero lo cierto es que como le sucedió a otros caudillos, Varela no comprendía cuáles eran los motivos por los cuales debía llevarse adelante una lucha armada contra el hermano pueblo de Paraguay. Por otra parte, el caudillo no toleraba el hecho de efectuar una alianza con el Imperio Brasilero, el cual en realidad había sido siempre un poderoso y ferviente enemigo de los estados del Plata.

Por todo ello, Varela se negó a participar de esta absurda guerra, y regresó a Chile.
Mientras tanto, en casi toda la geografía nacional los unitarios habían logrado imponerse frente a los federales, lo que provocó en cierto modo que Varela decidiera finalmente convertirse en una suerte de sucesor de el Chacho Peñaloza, convirtiéndose en los años posteriores en el líder indiscutido del alzamiento de las provincias andinas contra el gobierno centralista de Mitre.

Fue precisamente a finales del año 1866, que Varela decidió regresar al país desde la Cordillera de los Andes. A lo largo de dos años, Felipe Varela mantuvo el noroeste del país en permanente rebelión, a través del trabajo realizado por sus tropas, que se encontraban integradas por montoneros argentinos y chilenos. Para ello, contó con el apoyo incondicional de algunos de los caudillos federales más importantes de la historia, tales como Videla de Mendoza y los Saá de San Luis.

Fue en ese período que se produjo la llamada Revolución de los Colorados, considerada como el último alzamiento del partido federal argentino en el oeste del país. Aquella revolución no sólo tenía como objetivo liberar a las provincias de los gobiernos centralistas impuestos por el entonces presidente Mitre, sino también dar por terminada la Guerra del Paraguay.

En aquella larga batalla, Felipe Varela fue uno de los principales caudillos, que con su lucha finalmente logró liberar a tres provincias del poder unitario.

Entre 1867 y 1868 Felipe Varela se convirtió en el Gobernador de Catamarca, y al mismo tiempo mantuvo su influencia política en las provincias vecinas de Salta y Jujuy. Ante la inminente amenaza que la influencia de Varela provocaba en contra de los intereses de Mitre, éste decidió enviar a los soldados que se encontraban en Paraguay a perseguir y luchar contra el caudillo.

El 12 de enero de 1869 se produjo la batalla de Salinas, en la que la revolución encabezada por Varela fue derrotada, ya que su fuerza montonera no pudo contra la potencia casi indestructible del ejército de Mitre.
La fuerza unitaria arremetió con todo su poderío en la región. Varela ya estaba enfermo de tisis y cada vez perdía mayor apoyo, por lo que finalmente debió regresar al exilio chileno, siendo esta la última vez.

El 4 de junio de 1870 moría el hombre y comenzaba la leyenda que cuenta la historia del último de los montoneros.

Biografia de Lopez Jordan Caudillo Federal Muerte de Urquiza

Biografía de Lopez Jordan Caudillo Federal
Muerte de Urquiza

Ricardo López Jordán: Heredero del amor a la patria

López JordánCon una fuerte y profunda herencia militar y nacionalista, Ricardo López Jordán (hijo) fue sin lugar a dudas uno de los principales caudillos federalistas que se alzó en reiteradas oportunidades contra el grupo unitario que buscaba centrar el poder del país en Buenos Aires.

Su inagotable lucha hizo que en definitiva toda su existencia se viera abocada a un objetivo puntual, dando siempre su vida por la patria.

Hijo del caudillo federal uruguayo Ricardo López Jordán, que también fue un importante representante de dicha corriente desde la provincia de Entre Ríos, y sobrino del caudillo entrerriano Francisco Ramírez, Ricardo López Jordán (hijo) nació el 4 de julio de 1824 en la ciudad de Paysandú, Uruguay, pero fue criado en Argentina, educado bajo los principios del federalismo nacional.

Debido a los ideales políticos de su padre, tuvo una infancia dura y difícil, ya que en muchas oportunidades debía abandonar su querida provincia de Entre Ríos para refugiarse en Uruguay.

Fue en el año 1830 cuando su padre decidió que debía darle una educación estable al pequeño Ricardo, por lo que lo envío a Buenos Aires para llevar a cabo sus estudios en el prestigioso Colegio San Ignacio.

No obstante, su herencia militar y sus profundas convicciones políticas basadas en el federalismo, hicieron que a los 17 años Ricardo decidiera el destino que tendría su vida, incorporándose al ejército comandado por el Gobernador Justo José de Urquiza, en tiempos en que se llevaba a cabo la defensa de Entre Ríos ante la invasión ocurrida en Corrientes.

Un año después demostró su valentía en el campo de batalla, cuando participó de la ofensiva de Arroyo Grande. Al mismo tiempo, entabló amistad con Juan Manuel de Rosas, con el fin de lograr que liberaran a su padre, y gracias a su intervención, finalmente fue puesto en libertad.

En los años que siguieron, Ricardo López Jordán (hijo) fue uno de los caudillos más destacados del ejército de Urquiza, por lo cual en 1849 fue ascendido a Comandante en Uruguay.

Mientras tanto en Argentina, desenvolviéndose como Jefe de uno de los cuerpos de Caballería del Ejército Grande, participó en la batalla de Caseros, a través de la cual se logró derrocar a Juan Manuel de Rosas.

Uno de los hechos anecdóticos de la vida de López Jordán está relacionado a la invasión a Entre Ríos que se produjo en 1852, cuando el ejército a cargo del General Manuel Hornos, logró derrocar al Coronel federalista Galarza.

Lo cierto es que el imbatible ejército comandado por Hornos fue finalmente derrotado por el grupo dirigido por López Jordán, el cual estaba compuesto por estudiantes de un conocido colegio de Gualeguaychú.

Posteriormente, fue designado para dirigir la Guardia Nacional de Santa Fe, en la batalla de Cepeda, donde mostró su heroísmo y total convicción hacia los ideales federalistas, como así su fuerte creencia en Urquiza.

Pero lo cierto es que para esa época comenzaron a surgir en López Jordán profundas dudas acerca de la lealtad de su principal jefe, sobre todo por el Pacto de San José de Flores en el que participó Urquiza.

Si bien en el momento en que Urquiza pasó a ocupar la gobernación de Entre Ríos, llevó consigo al caudillo López Jordán para que ejerciera como ministro, lo cierto es que la amistad entre ambos duraría poco tiempo más.

En realidad su enemistad con Urquiza tiene como origen la Batalla de Pavón, en la que López Jordán participó dirigiendo las columnas de caballería que lograron derrotar a la caballería porteña. Lo cierto es que durante la violenta ofensiva, Urquiza decidió no brindar apoyo a los caudillos, y por el contrario ordenó el retiro del cuerpo de infantería, la artillería y todas las fuerzas de reserva.

Así la sospecha de López Jordán y la mayoría de los caudillos que respondían a las órdenes de Urquiza fueron confirmadas, ya que el hasta entonces máximo líder había firmado un acuerdo a través del cual mantendría su absoluto poder en Entre Ríos, siempre y cuando abandonara por completo la Confederación Argentina. Inmediatamente difundida la noticia, López Jordán renunció a su cargo público, mientras la Confederación Argentina se disolvía.

Con el cambio de política y acción tomado por Urquiza, Bartolomé Mitre fue electo Presidente, y durante algunos años los ejércitos de federales de Entre Ríos y Corrientes fueron derrotados en todas las batallas llevadas a cabo. Mientras tanto, Urquiza se mantenía al margen de todo aquello.

En 1864 estalló una guerra en el territorio uruguayo que rápidamente generó la reacción del ejército paraguayo, lo cual dio lugar a la llamada Guerra de la Triple Alianza. Fue entonces que Urquiza convocó al pueblo entrerriano a sumarse a la lucha contra el Paraguay, recibiendo la negativa rotunda de parte de López Jordán, quien se negó a combatir contra quienes consideraba sus amigos, y sostenía que la lucha debía ser contra el inminente enemigo unitario y el ejército brasileño, que apoyaba dicho movimiento político.

Las fuerzas entrerrianas que debían acatar las ordenes de Urquiza, al conocer que debían luchar contra las fuerzas paraguayas, abandonaron la batalla antes de iniciarla, y aquella deserción dio lugar a que López Jordán fuera considerado el ideólogo que instigó a se produjera.

Un pequeño ejército de sólo 800 hombres a cargo de Urquiza participó de la Guerra del Paraguay, que al finalizar en el año 1869, les costó la vida a más de 30.000 argentinos. Mientras tanto, los rumores indicaban que se preparaba una rebelión, comandada por López Jordán.

Aquellos rumores se convirtieron en un hecho real cuando el caudillo se enteró de que Urquiza había estrechado vínculos con el entonces presidente Domingo Faustino Sarmiento, que en definitiva fue uno de los más profundos enemigos de los federales.

Finalmente el 11 de abril de 1870 se produjo la revolución en contra de Urquiza, que dio como resultado su inminente muerte. Días más tarde, Ricardo López Jordán fue designado Gobernador provisorio.

No obstante, aquellas rebeliones jordanistas dieron lugar a la contraofensiva enviada por Sarmiento, por lo que en abril de 1870 un Ejército integrado por veteranos de la Guerra del Paraguay tomó por la fuerza en Gualeguaychú, Paraná y Corrientes. Después de ocurridos una serie de combates, finalmente López Jordán fue derrotado en la Batalla de Ñaembé en Corrientes, y de allí en más debió permanecer en el exilio.

A partir de allí, los federales estaban prohibidos en Entre Ríos por orden el Presidente Sarmiento. En medio de dicho escenario, López Jordán regresó a Entre Ríos con el fin de llevar a cabo una nueva rebelión, por lo que Sarmiento emitió un proyecto de ley a través del cual se ofrecía una recompensa por la cabeza del caudillo.

Nuevamente en el exilio, desde el Uruguay López Jordán contemplaba la orilla del Río de La Plata planificando una nueva revolución a nivel nacional, sin embargo no halló el apoyo necesario para concretarla, lo que en cierto modo marcó la culminación de la rebelión jordanista.

Por último, el 22 de junio de 1889 Ricardo López Jordán fue asesinado por Aurelio Casas, quien argumentó que llevó a cabo el homicidio con el objetivo de vengar el fusilamiento de su padre Zenón Casas, ocurrido durante la segunda rebelión jordanista.

CRÓNICA DE LA ÉPOCA:
El Bicentenario Periódo 1870-1889 Fasc. N° 4Nota del Historiador Hernán Pose -Asesinato de Urquiza –

El 11 de abril Justo José de Urquiza fue ultimado en su palacio de San José. El crimen fue perpetrado por una montonera al mando del caudillo cordobés Simón Luengo y al grito de «¡Muera el traidor de Urquiza!». Se supone que Luengo actuó bajo las órdenes de López Jordán, que ese mismo día ocupó la ciudad de Paraná para hacerse nombrar gobernador en lugar del difunto.

El conflicto que se planteó a partir de la muerte de Urquiza entre el gobierno nacional y la facción federal que comanda López Jordán actualiza la nunca acabada guerra civil en la que nos hallamos inmersos hace más de cincuenta años.

Después del retiro imprevisto de las tropas a su mando en la Batalla de Pavón, Urquiza, a los ojos de muchos federales, se convirtió en un símbolo de la traición con que Buenos Aires logró imponer su hegemonía. Luego de Pavón, Urquiza mantuvo la autonomía de su gobierno en su provincia y conservó el cargo de gobernador. No parece haber habido un acuerdo explícito con Mitre, pero sí uno tácito, por el cual éste nunca amenazó a Urquiza.

Al parecer, a cambio, Urquiza se mantuvo neutral durante las rebeliones federales de esta década. Ésa fue su postura en la rebelión que Ángel Vicente Peñaloza mantuvo hasta que fue asesinado en 1863, y cuatro años más tarde, cuando Felipe Várela y Juan Saá dirigieron otra rebelión en Cuyo y La Rioja, aplastadas por las tropas del gobierno nacional. Estas y otras revoluciones federales se hicieron en nombre de Urquiza, y sus dirigentes pidieron ayuda y órdenes al jefe natural del Partido Federal; pero Urquiza los desoyó.

Aunque fue con la campaña contra Paraguay, muy impopular entre los federales, cuando cayó el prestigio de Urquiza. Pero fue quizá el abrazo en su palacio a principios de año, en los festejos por el triunfo de la Triple Alianza, con el principal enemigo de los federales y ultimador de Peñaloza, el presidente Domingo Sarmiento, lo que convenció a los insurrectos de que Urquiza era el principal obstáculo para la causa federal.

Vivimos en una época en que las luces del progreso irradian por todas partes, pero cuidado, también las sombras aumentan a medida que ellas aparecen. Paradoja rara que allí donde se promete un progreso en ilustración y riquezas, la promesa se construya sobre millares de seres humanos que, cual esqueletos ambulantes, deambulan por las provincias interiores muertos de hambre.

CRÓNICA II: Cayó La Última Montonera, La Derrota de López Jordán
Las disputas al interior del federalismo entrerriano no eran nuevas. Desde la caída de Rosas, Urquiza venía llevando una política de conciliación con Buenos Aires que no fue bien vista por muchos de sus partidarios. La aceptación de la reforma de la Constitución del 53, que para muchos entrerrianos había sido según los intereses del «puerto», fue la primera grieta al interior del edificio urquicista.

A ella siguieron la sospechosa retirada de las tropas confederadas de la Batalla de Pavón y el entusiasta apoyo que el caudillo entrerriano prestó a la impopular guerra de la Triple Alianza. Pero fue la visita de Sarmiento al Palacio de San José, hacia principios de 1870, lo que produjo la fractura dentro del Partido Federal.

Para quienes criticaban el nuevo rumbo de la política entrerriana, este encuentro no había sido casual: Urquiza renunciaba a las históricas banderas federales y abrazaba la causa del Partido Liberal. La mirada de los antiguos unitarios era la contraria: el hombre fuerte de Entre Ríos dejaba de representar la barbarie y se convertía en un hombre potable para la construcción de un orden civilizado.

Casi de inmediato, la idea de derrocar al gobierno de Urquiza tomó impulso. El líder del movimiento era Francisco López Jordán, cuyas credenciales federales estaban a la vista. En la Batalla de Pavón había mostrado un coraje a prueba de balas y en dos ocasiones había enfrentado a Urquiza en la disputa por la gobernación de Entre Ríos.

El movimiento tuvo su bautismo el 11 de abril de 1870. Las tropas rebeldes ingresaron al Palacio San José para capturar a Urquiza, aunque su resistencia precipitó su muerte. Tres días después, ante la acefalía de la primera magistratura provincial, la legislatura eligió a López Jordán como gobernador provisorio. Ese mismo día, el presidente Sarmiento dispuso una intervención armada a la provincia rebelde.

La guerra había comenzado. Las tropas de López Jordán ganaban en número y por la destreza de sus jinetes, pero los cañones del ejército nacional no dejaban inclinar la balanza a favor de los federales. Para romper el empate, López Jordán se convenció de la necesidad de trasladar buena parte de sus tropas a Corrientes con el fin de alentar una reacción antiliberal que fortalecería su posición en Entre Ríos. Pero fue un error.

El ejército nacional había desandado un proceso de profesionalización que no fue percibido por López Jordán en toda su dimensión. El 26 de enero de este año, en Ñaembé, cerca de Goya, se libró la batalla decisiva. Las tropas nacionales derrotaron a las huestes federales. López Jordán se replegaría hacia Entre Ríos, en Salto, donde fue recibido calurosamente.

Esta amable recepción demostraba algo que lentamente se volvería un crudo dato de la realidad para los federales: el consenso dentro de la población no era suficiente para vencer a un Estado nacional que estaba construyendo sus cimientos.

El Bicentenario Fasc. N° 4 Período 1870-1889 Por JOAQUÍN PERREN, Historiador

Biografia de Felipe Ibarra Vida de los Caudillos provinciales Luchas

Biografía de Felipe Ibarra
Vida de los Caudillos Provinciales

Juan Felipe Ibarra: El gran patriota tirano

Felipe IbarraAl igual que ha sucedido con una gran cantidad de personajes claves en la historia argentina, en torno a la figura del caudillo Juan Felipe Ibarra se han generado dos leyendas que se contraponen mutuamente.

Por un lado, existen quienes sostienen que se trató de uno de los grandes patriotas de nuestro país, que en pos de lograr la unión del pueblo argentino e independizar a la sociedad de la manipulación española, entregó su existencia a la lucha, defendiendo sus ideales hasta el día de su muerte.

Otros en cambio, consideran que Ibarra ha sido uno de los más crueles tiranos que ha tenido la lucha entre federales y unitarios, tildando al caudillo de sangriento y voraz, quizás sin analizar profundamente el contexto histórico e ideológico que lo llevó a recorrer el camino andado.

Seguramente, una de las mejores formas de retratarlo es recordando un extracto del análisis que el historiador argentino Luis Alén Lascano hizo en su momento acerca de Ibarra, argumentando: “Las cosas malas de su existencia, inocultables, se traslucen en un claroscuro de luces y sombras, humanas e imperfectas.

Todos las tuvieron, y las tenemos, y ¡cómo habrían de estar exentos de vicios los caudillos de aquel momento fundacional donde con barro y muertes se creó la patria! Pero la tarea del historiador, como dice Vincen Vives, no es aplaudir ni condenar, sino comprender vitalmente el drama humano”.

Nacido el 1 de mayo de 1787 en la Villa Matará, en la provincia de Santiago del Estero, fue bautizado como Juan Felipe Ibarra Paz y Figueroa, siendo hijo del Comandante Felipe Matías Ibarra y de Doña María Antonia de Paz y Figueroa.

Criado en el seno de una familia con herencia hispánica colonial, el pequeño Juan Felipe también creció aprendiendo a amar a su patria y con una fuerte inclinación hacia el mundo militar, surgido por la figura de su padre. Al mismo tiempo tuvo la posibilidad de cultivar su intelecto, realizando sus estudios secundarios con orientación artística en el prestigioso Colegio de Monserrat, situado en la ciudad de Córdoba.

Al finalizar el año 1810, cuando Juan Felipe contaba con 23 años, decidido a seguir los pasos de su padre y forjar un destino como militar, se incorporó al Batallón de Patricios Santiagueños, y poco después fue parte del cuerpo del ejército que llevó a cabo la primera expedición al Alto Perú.

Allí participó activamente en las batallas de Huaqui, Las Piedras, Tucumán, Salta y Sipe Sipe, durante las cuales fue ascendido de rango paulatinamente, en base a su esfuerzo, determinación y coraje demostrados en el campo de batalla.

Seis años después, fue nombrado Teniente Coronel, y el General Manuel Belgrano lo designó Comandante del Fuerte de Abipones, que tenía su asentamiento en el sudeste de Santiago del Estero.

Es importante mencionar que en aquella época las actuales provincias de Santiago del estero y Catamarca eran parte de Tucumán, y toda la región, gobernada por el Coronel Bernabé Aráoz, se había sumado a la corriente federalista.

No obstante, las buenas relaciones que en principio existían entre Ibarra y Aráoz se vieron perjudicadas cuando este último como Gobernador relegó a Santiago del Estero a ocupar un rol notablemente menos preponderante que el resto de la región.

Aquello provocó que Ibarra, con el apoyo de los que buscaban la autonomía provincial, tomara la capital y derrocara a Aráoz. Poco después, precisamente el 31 de marzo de 1820, Ibarra no sólo fue ascendido a Coronel Mayor, sino que además la legislatura provincial lo designó como Gobernador de la región, apoyado por el voto de su pueblo.

Tiempo después, y luego de vencer una revuelta generada por Aráoz, finalmente éste se vio obligado a reconocer la autonomía de Santiago del Estero, para lo cual se llevó a cabo la firma de un tratado que tuvo lugar en el mes de junio de 1821.

A grandes rasgo, no es equívoco señalar que su gobierno se mantuvo sobre la base de la defensa constante de la provincia contra sus inminentes enemigos, sobre todo los indios chaqueños. Por ello, uno de los aspectos que se critican del mandato de Ibarra en la gobernación de Santiago del Estero es la falta de interés en el crecimiento de la región, en lo que respecta a la educación, el comercio, las instituciones públicas, y demás.

Durante su mandato no llevó a cabo prácticamente ninguna obra pública, en realidad llegó a fundar sólo una escuela, ya que su trabajo consistió en administrar lo que la provincia poseía, por lo que en este aspecto, en dicho período Santiago del Estero no creció, pero tampoco se vio perjudicada.

Durante su mandato brindó su apoyo al Congreso Nacional convocado por el Gobernador de Córdoba, Juan Bautista Bustos, aunque se vio en la necesidad de rechazar rotundamente la constitución que había sancionado el Congreso, debido a que la misma había sido basa sobre los principios unitarios.

No obstante, la amenaza unitaria en la región que Ibarra gobernaba se mantenía permanentemente latente. En realidad, esta era una situación que se vivía en todo el territorio nacional, y que se profundizó cuando en 1828 el gobierno nacional federal se vio interrumpido, con el derrocamiento y posterior fusilamiento de Dorrego en manos del Coronel Mayor Juan Lavalle.

Pocos días después, el General José M. Paz invadió la provincia de Córdoba y derrocó al General Bustos. En escaso tiempo se llevaron a cabo intervenciones militares en toda la región, a través de las cuales se derrocaron a los gobernadores federales que estaban en el poder, y se designaron en su lugar gobiernos unitarios.

De esta manera, la gobernación de Santiago del Estero pasaba a manos del Coronel Román Deheza, y Juan Felipe Ibarra debió huir, retirándose a la provincia de Santa Fe, desde donde se mantuvo activo en la lucha desde las sombras del exilio.

Finalmente, a través de las acciones bélicas llevadas a cabo por un grupo de santiagueños, Deheza fue expulsado de la provincia en 1831, y reemplazado por el hacendado Santiago del Palacio, mientras las batallas por el poder continuaban. Una de las más importantes se vivió el 4 de noviembre de 1831, conocida como la batalla de La Ciudadela, durante la cual los federales vencieron a los unitarios recuperando la paz por un tiempo.

Luego de aquello, precisamente en 1832, Ibarra fue nuevamente elegido Gobernador de su provincia natal, y alcanzó el grado de Brigadier. Una vez en el cargo, se convirtió en uno de los más destacados impulsores para la creación de una constitución nacional basada en el federalismo, cuya sanción se vio postergada en varias oportunidades por el entonces gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas.

A pesar de ello, Ibarra mantuvo con Rosas una relación de amistad por carta durante veinte años, ya que nunca llegaron a conocerse personalmente. Es por ello, que cuando en 1840 se formó la llamada Coalición del Norte contra el gobierno de Rosas, Ibarra se negó rotundamente a participar de la misma, hecho que según muchos historiadores fue uno de los motivos por los cuales fracasó la campaña.

Para finales de la década del cuarenta, Ibarra enfermó de gota, por lo que su muerte se hizo inminente. Su vida culminó junto con su mandato como gobernador de aquella provincia que había amado y defendido a ultranza. Era el 17 de julio de 1851, día en que también comenzaban las versiones contradictorias de una leyenda.

ALGO MAS SOBRE EL TEMA: Dueño de inmenso prestigio entre la población rural, Ibarra condujo a su provincia con mano firme, a través de la agitada políticade la época, defendiendo permanentemente la causa federal. Invasiones militares, negociaciones diplomáticas y conspiraciones internas no lograron mellar la convicción, el carisma ni el poder político del caudillo, que siempre mantuvo firmemente asido el timón de la provincia.

Lo demostró en forma inequívoca en 1831, cuando con el apoyo de Rosas y Estanislao López desalojó a los unitarios, que habían forzado su renuncia al cargo de gobernador, y en 1840, cuando derrotó una invasión unitaria y retomó el poder tras una intentona en la que fue asesinado su hermano Francisco.

Afectuoso y leal con sus amigos, paternalista con el paisanaje que le brindaba npoyo, Ibarra era terrible cuando la ira o la indignación hacían aflorar los rasgos vengativos de su carácter. A los principales implicados en la muerte de su hermano les infligió torturas que les ocasionaron la muerte después de indecibles sufrimientos, y sus enemigos políticos también experimentaron en carne propia la pesada mano que aplicaba el caudillo cuando estaba en juego la supervivencia de la causa que defendía.

Todo ello sirvió para que algunos historiadores lo condenaran severamente: «bárbaro», «ignorante», «cruel» son algunos de los epítetos con que lo calificaron los autores clásicos de la historia argentina. Otros, sin embargo, han estudiado la época desde una perspectiva diferente y computan a favor de Ibarra el impecable manejo de la administración, el impulso que dio a Santiago en diversos aspectos y otras facetas positivas; recuerdan, además, que sus tan censurados excesos no diferían mucho de los que se permitían sus enemigos unitarios en el calor de las contiendas civiles que agitaron el país en ese período.

Así sujeto a la polémica, el juicio definitivo acerca de lbarra y su trayectoria no ha sido pronunciado, aunque las consecuencias de las supervivencias partidistas todavía se hacen ¡sentir, según lo demuestra, por ejemplo, un hecho que Luis C. Alen Lascano se ocupa de destacar en uno de sus documentados trabajos: a más de un siglo de su desaparición —el 15 de julio de 1851— no existe en todo Santiago del Estero una sola estatua que recuerde a quien inauguró la autonomía provincial y la sostuvo con tesón durante uno de los períodos más agitados de la vida del país.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la Historia Argentina – Editorial Abril