Cisma de Oriente

Biografia de Justiniano Emperador Campañas, Obra Juridica y Politica

Biografia de Justiniano Emperador de Bizancio – Obra Juridica y Politica

La invasión de los pueblos germánicos (los bárbaros) había quebrantado la resistencia del Imperio romano de Oriente y destruido hasta sus raíces la autoridad imperial en Occidente. Después del emperador Teodosio, parecía consumado el despedazamiento de la antigua unidad mediterránea.

Pero no fue así, porque en el segundo tercio del siglo VI un emperador de Constantinopla, conocido como Justiniano, renueva la ideología imperial e intenta rehacer los antiguos marcos políticos del Imperio de los Césares.

biografia justiniano emperador  de oriente

JUSTINIANO: Nació en la región de Iliria y sucedió en 527 a su tío Justino I en el trono imperial. Decidido a restaurar la grandeza del Imperio, inició una serie de campañas militares.

En Oriente guerreó contra el Imperio persa, con el que llegó a la paz en 532. Sus generales Belisario y Narsés se encargaron de la guerra en el frente occidental.

El primero conquistó África del Norte y luego, se dirigió a Italia, donde invadió el reino de los ostrogodos y conquistó Ravena en 540.

La rebelión del rey ostrogodo Totila extendió la guerra por diez años, al cabo de los cuales toda Italia fue parte del Imperio.

A partir de 550 el general Liborio conquistó el sudeste de España, dominado por los visigodos.

En cuanto a su política interior, Justiniano fortaleció el poder central, reestructuró la administración y buscó sin éxito controlar a los grandes terratenientes y satisfacer a los pequeños campesinos.

Su gran obra fue el Corpus Iuris Civilis, recopilación del derecho y la jurisprudencia romanas, que fue adoptado por todo Occidente a partir del siglo XII y es base del derecho moderno.

HISTORIA DE SU VIDA Y REINADO:

Bajo Justiniano, el «emperador que nunca dormía», todo nervio y acción, las águilas imperiales se abaten de nuevo sobre los bárbaros y les arrancan gran parte de los territorios que ya consideraban como suyos.

Esta ingente tentativa, que registró positivos triunfos, ejerció una profunda influencia en la evolución ulterior de los países mediterráneos.

Porque Justiniano no sólo restauraba el derecho, la organización política, la lengua y la cultura antiguas, sino que las fijaba para siempre en su cristalización definitiva, mientras daba paso al resurgir del espíritu helenístico en su nuevo estilo cristiano-oriental.

En este doble aspecto de conquistador y de encar-nador de un nuevo ciclo cultural —el bizantino—, es uno de los mayores personajes de la Historia.

Mayor quizá no por sus propias cualidades, pero sí por la grandeza de la obra que realizó durante su gobierno. Junto a una inteligencia bastante viva y a un gusto extremado por la acción, Justiniano careció de equilibrio, energía y sangre fría.

Hay momentos en que se le ve vacilar en su tarea, y es entonces cuando á su lado destaca la figura de su esposa Teodora, ambiciosa, obstinada y muy inteligente.

biografia de justiniano

La vió por primera vez en el circo durante el período del reinado de su tío Justino, en cuyos años (518-527) Justiniano aparece por vez primera en las crónicas de Bizancio.

En aquella época el futuro emperador tenía unos cuarenta años de edad, ya que había nacido en Taurésium (cerca de la actual Uskub macedónica) en 482.

Su ascendencia era latina, y el latín fue su lengua materna. Pese a sus obscuros orígenes, la brillante carrera de su tío le hizo salir de la nada.

Adquirió una cultura vasta en cuestiones de derecho y teología, y estos conocimientos le valieron la dirección efectiva de los asuntos públicos durante el reinado de Justino, hombre de poco saber.

Este le asoció al trono el 1º de abril de 527, y poco después, en agosto, aquél quedaba como único emperador de Oriente.

Justiniano llegaba al poder en un momento crítico: el Occidente era presa de los bárbaros; las fronteras septentrionales del Imperio de Oriente estaban amenazadas por los búlgaros y los eslavos, y las del Este por los persas; en el interior, la administración era venal y dominaban en ella todo género de facciones políticas y religiosas.

justiniano y teodora

En primer lugar, el nuevo emperador restableció el orden, la justicia y la unidad. Una de sus medidas iniciales de gobierno fue ordenar la codificación de las leyes romanas (528), lo que más tarde dio lugar a la publicación de los monumentos legislativos que son gloria eterna de su reina el Código de Justiniano, el Digesto y las Instituciones.

Al mismo tiempo, reformó la administración, sujetándola al absolutismo imperial, y eliminó toda discrepancia heterodoxa, favoreciendo la Iglesia contra los paganos y los herejes de toda clase (en particular, los monofisitas).

Estas medidas provocaron una gran inquietud, la cual estalló en forma inesperada el 11 de enero de 532 al reparo de las luchas entre los verdes y los azules, bandos rivales en los juegos del hipódromo de la capital.

Gracias a la energía de Teodora, este levantamiento fue sofocado el 18 del mismo mes por los generales Narsés y Beluario.

El poder de Justiniano estaba ya consolidado.

Podrá, pues, lanzarse a sus proyectos de restaurar la unidad imperial.

Prescindiendo de momento de los persas, quienes en 531 habían infligido una grave derrota a Belisario en Rakka, en el Eúfrates, Justiniano utilizó
las rencillas políticas entre Hilderico y Gelimer, reyes de los vándalos, para enviar una expedición al África del Norte, la cual, al mando de Belisario, aniquiló el reino de Vandalia entre el verano de 533 y la primavera de 534.

Este éxito indujo al emperador a aprovechar las discrepancias de los ostrogodos para lanzarse sobre Italia.

Belisario consumó la conquista de la península en el transcurso de cinco años: en 535 caía Sicilia; en 536, Roma, y en el otoño de 539, Rávena.

Este éxito fulminante fue seguido de una grave crisis. En 540 Cosroes I de Persia saqueaba Antioquía, mientras los búlgaros se infiltraban hasta los arrabales de Constantinopla.

Hubo necesidad de reagrupar las fuerzas, con lo que se dio alas a los elementos germánicos de Italia y a los bereberes de África del Norte. Los ostrogodos se apoderaron de Roma en 546 y los bereberes de Cartago en 547.

En tan críticas circunstancias, Justiniano no perdió la fe en su empresa. Cartago fue reconquistada en el mismo año de su pérdida, e Italia sucumbía ante las tropas de Narsés en el curso de las campañas de 550 a 552.

A mayor abundamiento, las rivalidades entre los nobles visigodos por la posesión de la corona favorecieron la restauración imperial en la región del mediodía de la Península Hispánica (550).

Respecto a los persas, Justiniano logró comprar la paz y se mantuvo en una política meramente defensiva.

Cuando Justiniano murió el 14 de noviembre de 565, a una edad donde se disipan incluso las ilusiones más tenaces, podía conservar la convicción de que había rehecho la unidad del Imperio y que Roma había abatido a los bárbaros.

Sus Campañas Militares

Justiniano luchó contra:

a) Los Persas. Antes de lanzar sus legiones sobre el mundo occidental, trató de asegurar las fronteras del Imperio Bizantino. A tal efecto, luchó contra los persas que atacaban desde la Mesopotanaia, y como éstos resistieron eficazmente prefirió comprarles la paz, mediante el pago de un fuerte tributo anual.

b) Los Vándalos. La primera operación destinada a recuperar el Imperio de Occidente la dirigió contra los vándalos, establecidos en el norte de África. En una breve campaña, Belisario logró someterlos y rescató Cerdeña, Córcega y las Baleares (533).

c) Los Ostrogodos. De inmediato se dirigió a Italia para luchar contra los ostrogodos, quienes, durante varios años ofrecieron una obstinada resistencia. Cerca ya de la victoria, Justiniano destituyó a Belisario. Entonces, los ostrogodos volvieron a reaccionar y fueron necesarios los esfuerzos de Narsés para poner término a la lucha que se había prolongado durante veinte años. Italia se transformó en un virreinato o exarcado cuya capital fue la ciudad de Rávena (553).

d) Los Búlgaros. Entretanto, los bárbaros amenazaban las fronteras del norte, en el año 559, los búlgaros atravesaron el Danubio, y se encontraban cerca de Constantinopla, cuando las tropas bizantinas salieron a su 3ncuentro y lograron derrotarlos.

Los éxitos militares que Justiniano obtuvo en Occidente, volvieron a transformar el mar Mediterráneo en un lago romano. Pero fue por poco tiempo, pues a su muerte (565) todo volvió a derrumbarse.

Obra Jurídica de Justiniano:

La obra más importante, y duradera, de Justiniano fue la reforma del mundo libre bajo la protección de unas admirables Leyes, cuya proyección no dejó sin amparo ninguna de las actividades — derechos y obligaciones — del hombre.

Estas Leyes quedaron agrupadas en cuatro grandes obras: el Código de Justiniano, que contenía las Leyes promulgadas desde el reinado del emperador Adriano; las Novelas, leyes posteriores al año 533; el Digesto, resumen de la legislación romana más perfecta (a esta compilación también se le dio el nombre de Pandectas); y las Instituciones, manual para uso de los estudiantes de Derecho.

Estas cuatro grandes compilaciones formarían más tarde el famoso Corpus Iuris Civilis, base para cualquier reforma o creación legislativa, y de vigencia durante siglos en la Europa Occidental.

A la cabeza de las Instituciones, el gran Justiniano escribió un discurso que resume no sólo sus nobilísimos afanes políticos, éticos, religiosos, jurídicos y bélicos, sino también se convierte en el más noble y eficiente programa de un gobernante.

De este discurso tomamos el siguiente párrafo: «No siempre conviene a la majestad del Emperador alcanzar con las armas cuanto le interesa: que son los honores, sino que también debe intentarlo con las leyes, de modo que, en paz o en guerra, pueda gobernar rectamente.

Lo cual, con harta prudencia, con mucho trabajo y, sobre todo, con la ayuda de Dios Altísimo, hemos logrado realizar.

Las naciones bárbaras sometidas a nuestro yugo delatan a las claras cuáles han sido los triunfos de nuestras expediciones de guerra. Y los pueblos todos son gobernados por leyes compuestas y promulgadas por Nos.

Hemos dado notable uniformidad a las justas constituciones que ya eran un inmenso caos. Hemos revisado con atención los incontables volúmenes de la antigua jurisprudencia; y esta empresa que superaba la más lisonjera esperanza y nos convertía en navegantes por hondísimo y oscuro mar, la hemos llevado, por fin, a felicísimo término.

Y una vez hecho todo ello con la asistencia Divina, llamamos junto a Nos a Triboniano, maestro de nuestro Sacro Palacio, y a Teófilo y Doroteo — de los cuales tenemos muchas pruebas de su ciencia jurídica y de su lealtad a nuestros deseos —, convocados en conjunto, y a quienes les encomendamos e impusimos nuestra autoridad, para que compusieran estas Instituciones, a fin de que cada cual pueda conocer los principios de las Leyes que les obligan, no en las antiguas Tablas, sino en todo el esplendor Imperial.»

Fecha memorable la del 13 de febrero del 528, pues en ella se inició la redacción de un nuevo Codex constitutionum, encargada a una comisión de diez miembros, de la que formaban parte el magister officiorum de palacio, Triboniano, y el profesor de la Universidad de Constantinopla Teófilo.

Este codex se publicó poco tiempo después: el 7 de abril del 529, mediante la Constitutio Summa rei republicae, con fuerza de obligar desde el día 16 del mismo mes. Pero este Código, compilador de leyes imperiales, no era sino la parte primera de un muy vasto plan.

La segunda, más complicada y difícil, fue puesta en marcha por la constitución Deo auctore, de 15 de diciembre del 530.

En ella se ordenaba que Triboniano, nombrado ya quaestor sacri palatii (ministro de Justicia), formase una comisión de profesores y abogados en número de diecisiete; esta comisión quedaba obligada a formar una compilación de fragmentos sacados de los más importantes escritos doctrinales de los juristas, que formase la segunda parte de un futuro Código total.

A esta compilación se le dio el nombre de Digestosive Pandectae. Y no debía contener sino los escritos de los más célebres jurisconsultos, incluidos Ulpiano, Paulo, Marciano y Papiniano.

Los fragmentos seleccionados habían de ser incluidos en cincuenta libros, divididos a su vez en títulos tomando como modelo el Código y el Edicto Pretorio.

A la comisión debían ayudarla muchos «y sabios maestros» encargados de abreviar, completar y rectificar los textos, para evitar que hubiese repeticiones y algo mucho más grave: contradicciones.

Esta compilación sería la única que pudiera ser invocada en juicio cuando los abogados quisieran asesorarse de «la sabiduría de los antiguos maestros».

Terminado el admirable trabajo de la comisión, la compilación fue promulgada el 16 de diciembre del 533 por la Constitución Tanta, con obligatoriedad a partir del día 30 del mismo mes.

Y dispuso Justiniano que tanto la Constitución como la Compilación fueran comunicadas a los restantes profesores de Constantinopla y de Berito, para que inmediatamente sirviesen de base a la enseñanza.

La organización del imperio

La autoridad absoluta y el centro de la organización política y administrativa fue el emperador. En principio, el cargo era electivo, pero en la práctica acostumbraron a elegir personalmente a su sucesor.

Sin embargo, fueron escasas las veces que el poder se transmitió por herencia, debido a los motines y luchas intestinas que elevaron en el trono a simples aventureros o usurpadores.

El emperador, llamado basileus (rey) era al mismo tiempo el jefe de la Iglesia. Por eso, su autoridad era casi divina, y se pretendía revestir a su persona con un carácter sagrado.

Al nacer el heredero, era costumbre tonsurarlo, del mismo modo como si fuera ordenado sacerdote.

Para su mejor organización administrativa, el Imperio fue dividido en provincias llamadas temas, a cuyo frente estaban los estrategos, especie de gobernadores políticos y militares. Estos gozaban de gran autonomía, y en más de una oportunidad utilizaron sus tropas mercenarias para organizar revueltas y apoderarse del trono.

El pueblo demostraba gran afición por los juegos del circo y del hipódromo. Los espectadores estaban divididos en dos grupos: los verdes y los azules, colores que no sólo distinguían los bandos deportivos, sino que eran, además, expresiones de sectarismo político y religioso.

Ejército y marina

Las constantes amenazas de los pueblos enemigos obligaron a mantener un ejército bien equipado. La infantería estaba formada por regimientos de hasta 4.000 hombres, subdivididos en batallones.

Estaban armados con arcos y picas. Calzaban botas y cubrían el cuerpo con túnicas, cotas de malla y cascos puntiagudos. Además se protegían con grandes escudos. Los jinetes iban provistos con largas lanzas y espadas.

Había tropas regulares y mercenarias. Estas últimas estaban integradas por bárbaros y aventureros, poseedores de gran espíritu combativo, pero carecían de disciplina militar.

La marina adquirió gran desarrollo entre los siglos IX y X. Las naves poseían arietes y estaban armadas con el famoso fuego griego, compuesto por sustancias resinosas, azufre, petróleo y salitre. Se arrojaba por medio de catapultas y originaba incendios, que no podían ser apagados con el agua.

Apogeo y Decadencia del Imperio

A la muerte de Justiniano (565) el Imperio Romano de Oriente inicia un período de altibajos, con épocas de apogeo y de decadencia.

Sus sucesores no pudieron detener la crisis, complicada con calamidades naturales (terremotos, epidemias) y la amenaza de nuevas invasiones bárbaras, semejantes a las que un siglo atrás había padecido el Imperio Romano de Occidente.

Italia cayó en manos de los lombardos, en tanto que las provincias orientales del Imperio (Mesopotamia, Siria y el Asia Menor) quedaban en poder de los persas, aliados con los avaros.

Ver: Organiazacion del Imperio Romano de Oriente

fuentes

Biografia de Thomas Cranmer El Cisma Ingles

Biografía de Thomas Cranmer El Cisma Religioso Inglés

TOMAS CRANMER (1489-1556)
El capricho de Enrique VIII desencadenó el Cisma inglés; la política de Thomas Cromwell lo impuso sobre la inmensa mayoría de los católicos de Inglaterra; pero fue Thomas Cranmer quien, como director del movimiento religioso, encauzó el Cisma hasta un contenido protestante.

Por esta causa, su responsabilidad histórica es aun mayor que la de Cromwell y equiparable a la de Enrique VIII.

Thomas Cranmer
Thomas Cranmer

Nació en Aslacton (Nottinghashire) el 2 de julio de 1489. Su padre, Thomas Cranmer, le educó en los ejercicios deportivos y confió su instrucción a uno de los maestros más severos del lugar.

Al morir, su esposa, Ana Hatfield, llevó al muchacho a Cambridge para completar su educación (1501). Allí se desarrolló la capacidad intelectual del joven Cranmer, quien incluso fue profesor de uno de los colegios universitarios.

Después de un matrimonio frustrado, tomó órdenes sagradas en 1523 y se doctoró en derecho canónico.

La carrera del obscuro profesor del Colegio de Jesus de Cambridge se alteró, por pura casualidad, en 1519. En este año una epidemia le obligó a refugiarse en Waltham.

Aquí entrevistóse con los secretarios del rey, Gardiner y Fox, quienes le preguntaron su opinión sobre el divorcio que pretendía Enrique VIII. Cranmer expuso su criterio de que no era preciso recurrir a Roma para obtenerlo. Esta respuesta hizo su fortuna.

Enrique VIII aceptó su opinión y le dio varios beneficios. Cranmer defendió su doctrina ante las universidades de Oxford y Cambridge, en la misma Roma (1530) y luego en la corte imperial de Carlos V en Alemania.

En este país se contaminó del ambiente luterano, en particular por su amistad con Osiandro, el reformador de Nuremberg, con una de cuyas sobrinas contrajo matrimonio en 1532.

A pesar de este sacrilegio aceptó el arzobispado de Canterbury y las bulas de confirmación papal (30 de marzo de 1533).

Su elevación al primado de Inglaterra se debió a la ansiedad de Enrique VIII, quien confiaba en Cranmer para divorciarse de Catalina de Aragón. El nuevo arzobispo correspondió muy pronto a los deseos del soberano, pues el 23 de mayo declaraba nulo su enlace con aquella bondadosa señora.

A esta bochornosa sumisión siguieron muchas otras, como las anulaciones de los matrimonios de Enrique VIII con Ana Bolena y Ana de Cléveris. Esto indica que Cranmer era hombre de moral muy baja y de temperamento maleable y miedoso.

Desde 1533, y durante los reinados de Enrique VIII y Eduardo VI, Cranmer trabajó con intensidad para dar un contenido dogmático al Cisma inglés, al objeto de hacer imposible una nueva aproximación a Roma.

Su labor partió de ideas poco firmes, y esto explica que fueran radicalizándose con el transcurso del tiempo, pasando de las formas luteranas moderadas a las extremistas e incluso a las de Calvino.

El nombre de Cranmer se vincula a la difusión de la Biblia en lengua inglesa, al Bishop’s book (1537) y al King’s book (1547); al Book of Common Prayer de 1549 y a los 42 Artículos de fe de 1552.

La muerte de Eduardo VI y la entronización de la reina María (1553) significaron el fin de la carrera de Cranmer.

Este participó en la falsificación de la voluntad de Enrique VIII, que hacía aparecer como heredera a Juana Grey. Encarcelado en la Torre de Londres a partir del 14 de septiembre de 1553, fue excomulgado por el papa a causa de su contumacia en el error en noviembre de 1555.

Fue ejectuado en Oxford, después de dos retractaciones, el 21 de marzo de 1556.

fuentes

El Cisma de Occidente Gran Cisma Origen Separacion Iglesia Ortodoxa

El Cisma de Occidente – Separación de la Iglesia

En el siglo XIV, la Iglesia católica experimentó una crisis muy grave. La rivalidad entre el poder espiritual de los papas y el poder temporal de los príncipes laicos, unida a los desórdenes que reinaban en Roma, hicieron que el papa se estableciera en Aviñón. En esta ciudad los papas residieron durante unos setenta años. Después de 1378 hubo incluso dos papas: uno en Roma y otro en Aviñón. Esta crisis cesó en 1417 gracias al Concilio de Constanza, que puso fin al Gran Cisma de Occidente

Fue uno de los acontecimientos más señalados de la historia de Europa en el siglo XIV es la presencia de los papas en Aviñón. En 1294 fue elegido Bonifacio VIII, y este nuevo papa, decidido a restablecer el poder pontificio, recordó a la cristiandad, y de manera especial a los reyes de Francia e Inglaterra, el carácter divino de la autoridad papal y la primacía del poder espiritual sobre el temporal.

Su proceder no fue del agrado de Felipe el Hermoso, rey de Francia, quien envió a uno de sus consejeros a detener al papa con la intención de que fuera juzgado como hereje por un concilio nacional que se convocaría en Francia.

Sabedor de sus intenciones, Bonifacio VIII redactó una bula que debía ser promulgada el 8 de septiembre de 1303 en la que se excomulgaba al rey y se libraba a sus vasallos del juramento de fidelidad…así comenzó la disputa.

LA HISTORIA: Bonifacio VIII, a la sazón octogenario, decidió hacer del año 1300 el gran jubileo de la cristiandad, para lo cual prometió el perdón de sus pecados a todos cuantos acudiesen a la ciudad santa, Roma, a rezar durante 30 días.

Así fue como, llegados tanto de Italia, como de España o de la recién convertida Escandinavia, varios centenares de millares de peregrinos se reunieron en improvisados albergues.

Se trató de la mayor hora de gloria del papado, del momento supremo en que la fe cristiana se convirtió en la más viva, en la más creadora. También fue el periodo en que el poderío materia y espiritual de la Iglesia conoció su más refulgente esplendor.

Roma, presa de la guerra civil Pero en los años siguientes, el poder pontificio fue puesto en tela de juicio, y con frecuencia de manera brutal, por el rey de Francia, que saqueó a su antojo las posesiones de los templarios.

El sucesor de Bonifacio VIII, Benedicto XI, acabó por ceder a todas las exigencias de Felipe el Hermoso. Durante ese tiempo, toda Italia fue presa del desorden. A la muerte de Benedicto XI, en 1304, los cardenales salieron de Roma y eligieron como papa a un francés coronado en Lyon, en 1305, con el nombre de Clemente V.

Este nuevo soberano pontífice tuvo el empeño de reconciliar a los reyes de Francia y de Inglaterra, para comprometerlos a una nueva cruzada. Dudando sobre si regresar Roma, desgarrada por la guerra civil, viaja en primer lugar a Aquitania, su tierra natal, y continuación fijó provisionalmente su residencia en Aviñón.

Aviñón, residencia pontificia Para Clemente V, la estancia en Aviñón no representaba más que un alto en el camino di Roma, pero su sucesor, Juan XXII, papa de 1311 a 1334, se instaló en ella de manera menos efímera.

No obstante, éste intentó recobrar sus dominios italianos, y buscó aliados en la península. El rey de Sicilia y la ciudad de Florencia se declararon favorables a él, pero tuvo que hacer frente a la hostilidad de numerosas ciudades, entre ellas Milán. Incluso apareció un antipapa bajo la égida del rey de Germania, Luís de Baviera. Este conjunto de circunstancias hizo que fracasara el intento de reinstalación en Roma y, para Aviñón, supuso la posibilidad de convertirse en residencia del jefe de la cristiandad.

El palacio de los papas Elegido en 1334, el nuevo pontífice, Benedicto XII, sabrá sacar el mayor provecho de las ventajas que le ofrecía Aviñón. Geográficamente, la ciudad estaba situada en el centro del Occidente cristiano. Además, constituía la encrucijada de las grandes rutas que unían entre sí los dos focos de la actividad económica de la Europa de entonces, Flandes y la Italia del norte.

Se beneficiaba, por otro lado, de la proximidad de los puertos del valle inferior del Ródano, así como de la riqueza de una región en la que la agricultura era próspera y el artesanado imaginativo. La ciudad albergaba, por añadidura, una universidad brillante. Ahora bien, de formación cisterciense, Benedicto XII era un teólogo más que un político. Y en ningún momento quiso lanzar a la Iglesia a una aventura guerrera. Fue él quien emprendió la construcción del palacio, que sería a la vez centro administrativo y fortaleza.

La capital de la cristiandad El sucesor de Benedicto XII, Clemente VI, papa de 1342 a 1352, era benedictino. Su mayo preocupación fue asegurar la independencia política del papado. Así, compró la ciudad a h reina de Nápoles e hizo de la suya la corte más brillante de Europa.

Junto al palacio edificado por su predecesor, que le parecía demasiado austero, hizo construir un segundo mucho más fastuoso, en el que se darían magníficas fiestas. La presencia de la corte papal proporcionó a toda la región un nuevo resurgir. Además de a los millares de funcionarios eclesiásticos, la ciudad albergaba a las delegaciones extranjeras  que, periódicamente, acudían a Aviñón. Para subvenir a las necesidades de tan fastuosa sociedad, el comercio y el artesanado se desarrollaron por todos los alrededores.

De todas partes del mundo afluían a la ciudad los géneros más preciosos. La colonia judía llegó a ejercer una especie de monopolio sobre buena parte del comercio, y las grandes compañías italianas instalaron allí sus establecimientos bancarios. Con todo lo cual, Aviñón se convirtió en uno de los centros más importantes de las finanzas medievales, asegurando la mayor parte de los movimientos de fondos entre las diversas naciones de la Europa del oeste.

«Roma ya no está en Roma.«,Esta fórmula lapidaría y en gran medida nostálgica,  para referirse al período que, entre 1305 y 1378, vio sucederse a los papas en Aviñón. Forjada por siglos de papado italiano, la tradición ha contribuido a ensombrecer exageradamente este episodio. Durante mucho tiempo ha propagado la imagen de unos papas sin autoridad, corrompidos por el lujo y la magnificencia, y sometidos al soberano capricho de los reyes de Francia. Verdad es que, para compensarse de su exilio en Aviñón, los papas consideraron oportuno rodearse de una fastuosidad extraordinaria. El lujo de las ceremonias profanas rivalizaba en la ciudad papal con el esplendor de las ceremonias litúrgicas. Los papas recibían y protegían en ella a los mayores artistas. Pero la caridad también tenía su sitio: la pignotte, o servicio de limosnas, distribuía continuamente pan entre todos los necesitados, y finalmente, si es cierto que, durante su estancia en Aviñón, el papado se preocupó poco de reformar la Iglesia en profundidad, también lo es que los papas supieron, sin embargo, y gracias a una política centralizadora a veces llevada a ultranza y a una administración bien organizada, mantener su autoridad sobre la cristiandad

La metrópoli de las artes El mismo florecimiento caracterizó la vida intelectual y artística. Para la construcción y la decoración del palacio, y también de las múltiples iglesias y conventos que se edificaron en la época, los papas llamaron a los hombres más reputados de aquellos tiempos. La ciudad se convirtió en un perpetuo taller en que los artistas de todos los países tenían a su disposición un campo de experimentación absolutamente original. Los italianos llegaron a destacar sobre todo en la realización de frescos y de grandes cuadros, dando así nacimiento a la escuela de Aviñón, de la que fue maestro el sienes Simone Martini. Se hizo venir a cantantes y músicos de todo el continente para las fiestas litúrgicas, creándose con tal motivo numerosas obras maestras de la música polifónica.

En cuanto a la universidad, destacó especialmente en el campo del derecho, y, gracias a su suntuosa biblioteca, consiguió reunir también toda la herencia del mundo antiguo y del medieval. Al igual que Roma, Florencia o Milán, Aviñón llegó a convertirse en uno de los centros del Humanismo en el despuntar de éste.

El regreso a Roma  Sin embargo, Roma siguió siendo el simbolo del mundo cristiano ;y los papas no cesaron de  preparar su regreso a la ciudad eterna. Inocencio VI encargó a un legado que intentase comprometer para dicha causa a las ciudades italianas. Urbano V permaneció en Roma. Y en 1377, Gregorio XI regresa a ella definitivamente. Sin embargo, esto no significó el final del papado de Aviñón, porque en abril de 1378 a su muerte el pueblo  romano presionó a los cardenales para que eligieran un Papa italiano. Urbano VI. Pero 13 de ellos eligieron un papa rival  Clemente VII, que se instalaría en Avignon. El cisma habría de durar hasta1417.

EL PALACIO DE PAPAS DE AVIGÑON:

Palacio de los Papas en Avigñon

Durante casi cuarenta años, el mundo cristiano estuvo dividido en dos grupos: uno que reconocía la autoridad del papa de Roma y otro que sólo aceptaba la del papa de Aviñón.

Para poner fin a este lamentable conflicto hubo que reunir dos concilios. En 1417, cuando por el Concilio de Constanza se eligió al papa Martín V, se reconoció en toda la cristiandad la autoridad del papa de Roma. La principal consecuencia de este triste capítulo de la historia fue la debilitación de la autoridad papal y de la Iglesia en el mundo.

El único resultado feliz fue el florecimiento de la ciudad de Aviñón. Oscura hasta entonces, en la época de los papas vivió un período de gloria. La ciudad creció y acogió a los más grandes artistas y famosos poetas de la época, especialmente a Petrarca. De este período subsiste un notable edificio: el famoso palacio de los papas, magnífico modelo de la arquitectura militar del siglo XIV. Su superficie es de 15.000 m2 y algunas de sus torres tienen más de 50 m de altura.

Consta de dos cuerpos: el palacio viejo, edificio austero y sobrio construido por Benedicto XII, y el palacio nuevo, más elegante, edificado por Clemente VI. Seriamente dañado durante la Revolución francesa, el palacio de los papas ha sido restaurado gracias a los esfuerzos de la ciudad de Aviñón.

Después del Cisma, ésta siguió entre las posesiones pontificias. Desde entonces hasta 1791, en que fue anexionada a Francia, fue regida por legados del Pontífice. Hoy, la antigua Avenio es sede arzobispal y exporta excelentes vinos.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Juvenil Azeta – Editorial CREDSA – El Gran Cisma de Occidente

Ver: Cisma de Oriente