Clases Sociales Colonial

Biografia de Cane Miguel Caracteristicas de su Obra Literaria

Biografia de Cane Miguel y Caracteristicas de su Obra Literaria

Fue un escritor argentino que nació en Montevideo durante la expatriación de su familia y regresó a Buenos Aires después de la caída de Juan Manuel Rosas.

Su profesión de abogado le facilitó el desempeño de diversos cargos legislativos y se destacó actuando en favor de la política de Sarmiento.

Biografia de Cane Miguel y Caracteristicas de su Obra Literaria
Los escritores de la llamada generación del 80 practican una literatura cosmopolita, de crónica elegante y amable, a medias entre la historia y la narrativa, inclinándose por la prosa; destacan: Lucio Vicente López, Miguel Cané, Eduardo Wilde y Lucio V. Mansilla.

Vida. Miguel Cané nació en Montevideo (1851), durante la expatriación de su familia. Cuando apenas contaba dos años de edad, estuvo de regreso en Buenos Aires, después de la caída de Rosas.

Como a los demás hijos de emigrados, se le reconoció la ciudadanía argentina.

Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de esa ciudad, durante la dirección del canónigo Eusebio Agüero y el profesor francés Amadeo Jacques, en un régimen de internado.

De allí sacó las experiencias que muchos años más tarde habría de llevar a su obra maestra, el libro Juvenilia (1884).

Luego cursó estudios en la universidad local y se graduó de abogado (1878).

Mientras cursaba esta carrera, ya se había iniciado en el periodismo y participado en política, particularmente a favor de Sarmiento, de quien era gran admirador.

Fue diputado provincial (1875) y nacional (1876), luego tuvo a su cargo la Dirección de Correos.

Fue nuevamente reelegido diputado nacional (1880), pero asumió la representación diplomática argentina ante los gobiernos de Colombia y Venezuela, que ejerció durante dos años (1881-1882).

Como resultado de esa salida del país surgió su libro En viaje (1884).

Ocupó luego otros cargos públicos de importancia, como la intendencia municipal de la ciudad de Buenos Aires, el ministerio de relaciones exteriores y, accidentalmente, el del interior.

Volvió a la vida diplomática con el cargo de ministro argentino en París, regresó a su país, ocupó una banca en el Senado (1898), y falleció en Buenos Aires (1905).

El escritor. Para algunos historiadores de la literatura argentina, Cané es quizás el escritor más representativo de la generación del ochenta (Roberto F. Giusti). Fue crítico, ensayista, traductor, periodista y narrador.

Tuvo fama de ser un infatigable lector, aunque poco entusiasta de la dura tarea de escribir.

La falta de constancia y la ocasionalidad de sus escritos, le han quitado a su obra la prioridad literaria que pudo haber tenido en su tiempo.

La figura literaria de Cané fue la más respetada de la época, ya que en lo personal, era el escritor de mayor prestigio.

Iniciado en el siglo XX, los jóvenes de la generación siguiente chocaban, en la búsqueda de fama, con la imponente figura del maestro, que seguía ejerciendo el liderazgo intelectual.

Tres imputaciones se han formulado a su obra conjunta: el fragmentarismo, el diletantismo y el galicanismo.

Estos tres cargos son reales, pues la obra de Cané no es orgánica en sí, da la impresión de estar hecha por mero placer artístico, y tanto la frase como la inspiración es de oriundez francesa.

No obstante estos perfiles débiles, Cané ha sido un gran prosista, dotado de talento y de buen gusto.

Él mismo tenía conciencia del carácter de sus obras, pero no intentó modificar su enfoque de la tarea literaria ni engañar a sus lectores.

Como hombre de su época, las letras no eran un fin específico en su vida, sino un aspecto parcial de su vocación universal.

El carácter de «prosa ligera» de sus escritos es típico, y ésa fue su característica literaria.

Todo hace suponer, sobre todo su Juvenilia y algunas otras páginas (ensayos, notas, impresiones), que tenía condiciones para la novela, pero sus preferencias no estuvieron por este género.

Su prosa se caracteriza por la impersonalidad y la sencillez. Los hombres del 80 trataron con cuidado de no caer en las efusiones sentimentalistas o apasionadas, y mantuvieron en general, aun en las páginas autobiográficas, una actitud de mesura, discreción y contención.

Su estilo no era de sabor castizo ni tradicional, sino más bien cosmopolita, indefinido, internacional.

La frase de Cané no es la frase de la vieja tradición española. Más bien es una frase francesa escrita en vocablos castellanos, pero no por ello es deficiente ni desagradable.

La lectura de los escritos de Cané deja siempre en el lector una impresión satisfactoria y amena, a pesar de sus galicismos idiomáticos, muy abundantes, y de su persistente recurso a préstamos de otras lenguas.

«Juvenilia». Este libro es la obra maestra de Miguel Cané, y al mismo tiempo, una de las joyas de la literatura argentina. Ha sido leido por todas las generaciones de argentinos que vinieron después y no ha perdido actualidad hasta nuestros días.

A poco de fallecer su padre, Miguel Cacé es internado en el Colegio Nacional de la ciudad de Buenos Aires.

Después del primer momento de tristeza derivado del alejamiento de su hogar, el niño comienza su vida de escolar, contraído al estudio, pero arrastrado también por el espíritu inquieto y travieso propio de su edad.

Estas son las cosas de los jóvenes, las Juvenilia de los argentinos de mediados del siglo pesado, entre los cus les se contaron luego prominentes figuras de la vida intelectual, científica y politice del país.

Narra Cané a través de las páginas del libro sus recuerdos, algunos de los cuales se han hecho famosos: la comida del colegio, las artimañas para no levantarse temprano de mañana, la enfermería, la personalidad de los dos ejemplares rectores, el canónigo Agüero y Amadeo Jacques, las escapadas nocturnas, las peleas y rencillas de los grupos internos, las vacaciones en la Chacarita de los Colegiales, las fugas a fiestas nocturnas, y toda una serie, más o menos picaresca, de travesuras estudiantiles.

Con el correr de los años, Miguel Cané regresa a su querido Colegio Nacional en calidad de profesor, y a punto de tener que tomar su primer examen, resurgen en su memoria los recuerdos de sus años juveniles.

El volumen fue escrito cuando Cané, entrado en años ya, ejercía sus funciones diplomáticas en Europa.

Apareció bellamente editado en Viena.

Está escrito en una prosa directa, llana y afectada de galicismos.

En torno a la lengua de esta obra, se promovió en nuestro país una polémica, cuando el crítico español Américo Castro cuestionó la calidad literaria del volumen por los barbarismos idiomaticos.

Ver: Escritores de la Generación del ´80 en Argentina

OBRAS Y EDICIONES: Juvenilia. Buenos Aires, Estrada, 1939. Con introducción de Américo Castro.
LECTURAS COMPLEMENTARIAS Y ESTUDIOS: Ricardo Sáenz Hayes. Miguel Cané y su tiempo. Buenos Aires, Kraft, 1935. Raúl H. Castagnino, Miguel Cané, cronista del Ochenta porteño. Buenos Aires, Oeste, 1952.

Fuente Consultada:Literatura Española, Hispanoamericana y Argentina de Carlos Alberto Loprete Editorial Plus Ultra Entrada: Autor Miguel Cané

La Division Social Estratificacion de la Sociedad en Clases Sociales

Resumen Sobre La Division Social
Estratificación de la Sociedad en Clases Sociales

Temas Tratados:

1-El sistema de castas de estratificación social

2-El sistema de estados

3-El Sistema de Clases

4-El modelo marxisía de las clases sociales

5-La teoría de las clases de Weber

6-Sistema de Estatus Ocupacional

7-Otras Divisiones Sociales

La clasificación jerárquica de las diferencias sociales, en términos de una o más dimensiones de desigualdad social —como el dinero, el poder o el prestigio—, se denomina estratificación social. El modelo particular que predomina en cualquier sociedad tiende a variar a lo largo del tiempo. Existe una polémica a propósito de si la estratificación social es o no es un rasgo universal de las sociedades humanas.

En las sociedades analfabetas o en las llamadas «primitivas», la pertenencia a un clan (un grupo cuya ascendencia se remonta a un antepasado masculino común) o tribu (un grupo étnico y cultural distintivo) es el principal determinante de las desigualdades sociales.

Además de la clasificación jerárquica de las diferencias sociales que dividen a las sociedades en capas horizontales, también es posible dividir a la sociedad verticalmente, en bloques o pilares. Las divisiones físicas y culturales basadas en factores como el sexo, la raza, la identidad étnica, el idioma y la religión, tienden a afectar a todos los grupos sociales jerárquicamente establecidos y, por ende, a fragmentar aún más la sociedad.

El sistema de castas de estratificación social

Las castas se encuentran en su forma más desarrollada en el sistema de estratificación social del hinduismo, en la India. Sus orígenes exactos son oscuros, aunque sabemos que existen desde hace al menos dos mil años. Los grupos sociales conocidos como castas están separados unos de otros por reglas religiosas de pureza ritual y se encuentran en diferentes rangos jerárquicos en una escala que va de lo puro a lo impuro. Así, cada casta es más «pura» que la que se encuentra por debajo.

Los contactos entre las castas están prohibidos, basándose en el principio de que las castas más bajas podrían «contaminar» a las más altas si se acercaran demasiado a ellas.

La pertenencia a una casta se hereda y los hindúes la consideran designio divino. Los miembros de una casta determinada deben casarse dentro de los límites de ella. Tradicionalmente, las castas están asociadas con empleos específicos, y esto refuerza la segregación social. Dado que la pertenencia a una casta es permanente e inmodificable, la movilidad social —la posibilidad de ascender (o descender) en la escala social a través del matrimonio o del esfuerzo individual— es imposible dentro de un sistema de esta rigidez.

Las principales castas y los empleos con que se relacionan son:

1. Brahmanes (sacerdotes; entre esta y la siguiente se reparten en la actualidad los políticos, los magistrados y las profesiones liberales)
2. Chatriyas (guerreros y terratenientes)
3. Vaishyas (agricultores y comerciantes; en la actualidad, burgueses en general)
4. Sudras (trabajadores urbanos y rurales; artesanos)

Más tarde, se agregó otra casta al estrato inferior de la clasificación, los harijans o «intocables» (más conocidos como parias), que llevan a cabo las tareas menos cualificadas, como la limpieza de calles y lavabos. Además de las castas principales, existen otros varios miles de subcastas, conocidas como ja-fe, cuyo ámbito es la aldea local. Como sucede en el sistema de castas más amplio, la pertenencia a la casta jati se hereda y, por lo tanto, es permanente e inmodificable.

casta los intocables en la India

Un grupo de intocables: en la India. La legislación para emancipar a los intocables de las restricciones religiosas, laborales y sociales a las que están tradicional-mente sometidos ha comenzado a eliminar, lentamente, las divisiones entre las castas en aquel país.

La discriminación legal basada en las castas ha sido abolida en la India moderna, y la industrialización ha creado una buena cantidad de nuevos grupos laborales. Esto ha llevado a un aumento de la movilidad individual y colectiva, lo que a su vez ha flexibilizado en parte la rigidez del sistema de castas.

El sistema de estados

Los grupos sociales conocidos como estados existieron en Europa desde los tiempos del imperio Romano hasta la época de la revolución Francesa, en 1789. El sistema de estados alcanzó su máxima preponderancia durante la época feudal en Europa y en Japón hubo también un sistema similar .

Los estados fueron creados mediante leyes que proporcionaban una estructura clara de derechos y deberes, de privilegios y obligaciones.

Los estados también estaban relacionados con la división económica del trabajo existente: «la nobleza fue instituida para defender a todos, el clero para orar por todos y los comunes para alimentar a todos».

Un sistema de estados no era un sistema completamente cerrado de estratificación social. La movilidad social era posible pero no estaba extendida.

Los estados principales eran:

1. La nobleza
2. El clero
3. Los comunes (también conocidos como siervos y campesinos)

La decadencia del sistema de estados en Europa coincidió con el auge del poder económico y político de la burguesía (comerciantes, artesanos, financieros, etc.), un grupo social distintivo que se desarrolló en el interior del sistema de estados. Según algunas teorías, este grupo desempeñó un papel importante en la transformación y destrucción del sistema de estratificación social basado en los estados.

colegios con distintas clases sociales

Dos escuelas distintas, una estatal rural y otra de ciudad privada. La existencia de su sistema educativo en paralelo (privado y estatal) es considerado por algunos teóricos como un elemento que perpetúa y favorece la discriminación y las divisiones de clase.

El sistema de clases

Los sistemas de clase de estratificación social son característicos de las sociedades industriales capitalistas. Las clases son definidas en términos económicos más que religiosos (como el sistema de castas) o en términos político-legales (como en el sistema de estados). No existen barreras formales a los logros económicos en las sociedades democráticas modernas, por lo cual los sistemas de clase tienden a estar menos caracterizados por factores de herencia y, por tanto, son más abiertos que otros tipos de estratificación social.

En un sistema de clases, la movilidad social es la norma más que la excepción. Según las teorías sociológicas pioneras de los alemanes Karl Marx y Max Weber (1864-1920), hay fundamentalmente dos modelos de clase.

El modelo marxisía de las clases sociales

En la teoría marxista, una clase es un grupo de personas que tienen la misma relación con el capital (la propiedad, es decir la tierra, las fábricas o el dinero) utilizado para producir beneficios. Así, la clasificación de Marx es estrictamente económica. En esta teoría, hay dos clases principales y dos clases secundarias:

1. La burguesía (poseedores del capital a gran escala/patrones)

2. Los trabajadores (no poseedores del capital/empleados)

1a. La pequeña burguesía (poseedores a pequeña escala del capital/patrones)

2b. La nueva clase media (administradores y empleados profesionales)

 marx y engels ideas del marxsimo

La relación entre trabajadores y patrones, y el conflicto al que inevitablemente ésta conduce, es el punto clave en la teoría de las clases de Marx. Con la industrialización, Marx esperaba que la pequeña burguesía decayera y que la nueva clase media creciera, que es lo que en realidad ha sucedido.

También esperaba que el conflicto entre las dos clases principales aumentara, lo cual conduciría al derrocamiento revolucionario de la clase dominante, es decir, de los propietarios, por la clase más amplia y subordinada de los trabajadores.

En la mayoría de las sociedades occidentales económicamente desarrolladas esto no ha ocurrido, pero sí ha sucedido en otros países, como en la antigua Unión Soviética, China y Cuba.

estratificacion social etapa colonial española en america

Estratificacion social etapa colonial española en América

La teoría de las clases de Weber

Además de las diferencias basadas en las relaciones del individuo con el capital, Weber postuló que la clase también está determinada por la relación del individuo con el mercado. La gente posee cualificaciones o capacidades para las cuales existe una demanda grande o pequeña, según en qué situación. Por ejemplo, durante una guerra hay mayor demanda de pilotos de aviones que de diseñadores de rótulos luminosos.

La teoría de las clases sociales de Weber tiende a definir más categorías de clase que la teoría marxista, porque incluye la propiedad/no propiedad tan importante como la del conocimiento y del capital.

El sistema de estatus ocupacional

Weber también puso de relieve el concepto de estatus, que definió como el «prestigio social». El estatus no es exclusivo de las sociedades modernas y puede estar influido por numerosos factores, entre los cuales hay que tener en cuenta el nacimiento, la educación, el empleo y el estilo de vida.

A causa del significado económico y social creciente del trabajo en las sociedades modernas, el estatus ocupacional (también llamado a veces clase laboral) suele ser usado como alternativa a los modelos de clase de la estratificación social. El orden en la jerarquía de empleos puede variar según las sociedades y a lo largo del tiempo.

Por ejemplo, desde el siglo XIX, la profesión de enfermera ha acumulado capacidades técnicas y, por tanto, ha subido de categoría, mientras que los clérigos han perdido en prerrogativas (trascendencia social de su misión), razón por la cual su estatus ha disminuido.

Las principales categorías laborales son:

1. Altos directivos y profesionales liberales (médicos, abogados)

2. Cargos medios y profesionales (maestros, enfermeras)

3. Trabajadores técnicos no manuales (agentes de seguros, secretarias)

4. Trabajadores técnicos manuales (carpinteros, peluqueros)

5. Trabajadores manuales técnico medio (conductores de autobús, cajeros)

6. Trabajadores manuales no especializados (trabajadores de la limpieza, obreros)

Las empresas de estudios de mercado en la mayoría de los países capitalistas usan una clasificación laboral social:

A. Clase media alta (altos directivos y profesionales)

B. Clase media (cargos medios y profesionales)

C1. Clase media baja (trabajadores administrativos)

C2. Clase trabajadora especializada (manual)

D. Clase trabajadora semiespecializada y no especializada (manual)

E. Clase residual (que incluye a quienes dependen del Estado)

Los términos clase media y clase trabajadora son usados normalmente por los sociólogos y los investigadores de mercado para describir grupos laborales no manuales y manuales, respectivamente, en las clasificaciones citadas más arriba.

clases sociales en la edad media

Otras divisiones sociales

Las distinciones sociales basadas en el género, raza, identidad étnica, idioma o religión, han sido ampliamente usadas en muchas sociedades como base para la discriminación, tanto institucional como no institucional. En el s. XIX, por ejemplo, en muchos países a las mujeres no se les permitía tener propiedades o pertenecer a ciertas categorías profesionales.

Bajo el sistema del apartheid, vigente en Sudáfrica en el s. XX, la discriminación política, económica y social fue practicada oficialmente por la raza blanca dominante en relación a las razas no blancas. Cuando la discriminación es abolida legalmente, suele persistir informalmente. Como consecuencia, se producen desventajas en la competitividad por el dinero, los ingresos, la educación, el trabajo, el poder y el prestigio en algunos grupos, especialmente entre las mujeres y las minorías étnicas.

El término sociedad plural se aplica a una sociedad dividida en diferentes grupos raciales, étnicos, lingüísticos o religiosos. El grado de segmentación vana según las sociedades, y depende de varios factores, tales como el grado de desarrollo de sus propias instituciones sociales. La sociedad moderna en Holanda es un ejemplo particularmente bueno de pluralismo avanzado.

En los Países Bajos hay partidos políticos, sindicatos, organizaciones para la educación y organismos de prensa católicos, calvinistas y laicos. Muchas sociedades están divididas de la misma manera, a veces hasta tal punto que se produce en ellos un conflicto entre los principales grupos sociales.

Estas tensiones existen entre católicos y protestantes en el norte de Irlanda, y entre hindúes y sijs en India; griegos y turcos en Chipre y musulmanes y cristianos en Líbano. Estados Unidos es un país muy pluralista, así como lo era la ex Unión Soviética, en el sentido de su múltiple composición de grupos étnicos importantes, algunos de los cuales coexisten armónicamente, aun cuando otros no.

Las extremas tensiones entre grupos con diferentes tradiciones culturales pueden conducir a movimientos políticos que aboguen por el separatismo.

Es el caso de grupos como los formados por los extremistas vascos en España o los nacionalistas francófonos en Quebec (Canadá), que han fomentado campañas —en ocasiones sangrientas y terroristas, como en el primer ejemplo— en aras de la creación de un estado independiente.

En lo que hoy constituye Irlanda del Norte, los protestantes prefirieron permanecer al margen del nuevo estado irlandés independiente creado en 1922, y promovieron a los seis condados donde sus comunidades están concentradas, a su pertenencia en el Reino Unido. En India, la extrema violencia reinante entre hindúes y musulmanes condujo a la partición del país después de la independencia, en 1947, en dos estados separados: la India, predominantemente hindú, y Pakistán, país con mayoría musulmana.

Ampliar: Teoría Política de Derecha

Ampliar: El Caso de Rosa Parks

Fuente Consultada:
Enciclopedia Temática Guinnes – La Nación – Entrada: Estratificación y División Social

Vida de los Primeros Colonizadores en Argentina Trabajo y Lucha

EL TRABAJO Y VIDA DE LOS COLONIZADORES

La pampa húmeda argentina, y dentro de ella, el centro-sur de la provincia de Santa Fe, eran un ámbito propicio para receptar hombres y negocios europeos. Las condiciones geográficas y climáticas, aptas para la producción primaria, fueron hábilmente acompañadas por una serie de políticas promovidas por los gobiernos provinciales que beneficiaron el proceso, tales como: legislación y acción de gobierno favorables al asentamiento de la inmigrado en el campo; recuperación de tierras en las fronteras, a través de campañas contra el indio y blanqueo de la situación catastral provincial, para un exacto conocimiento de las tierras de propiedad privada y de las de propiedad fiscal; legislación favorable a la radicación de capitales en bancos o de inversiones en el área de transportes (ferrocarriles), obras públicas (puertos) y comunicaciones; actualización constitucional y legislación modernizadora del estado, con el objeto de distribuir las crecientes funciones ante los cambios productivos operados, para lo cual se crearon organismos e instituciones que asumieron esas tareas.

inmigrantes en argentina

«En Santa Fe la colonización se opera de este modo: cualquier poseedor de unas leguas de tierra, pone un aviso en un diario, diciendo -que tal pedazo de terreno- cuyo plano publica y fija en las esquinas- es colonia; se llama la colonia tal, y los que quieran poblarla ahí la tienen. Se presenta un colono que no tiene más que sus dos brazos y el buen deseo de trabajar; llega a aquel pedazo de campo (en cualquier punto que este situado, desde Reconquista hasta la Teodolina se reproduce el fenómeno y el colonizador le entrega 20 cuadras cuadradas de tierra, diciéndole: dentro de cuatro años me pagarás su valor por cuartas partes anuales.

En ese mismo terreno el colonizador ha puesto una casa de comercio, donde se encuentra todo lo necesario, que fía al colono los artículos de consumo durante el primer año.

La primera sorpresa que espera al colono a su llegada allí (colono que no tiene, como he dicho, más que sus dos brazos es la de verse poseedor de veinte cuadras de terreno que ni había soñado tener, ya suya sin otra condición que la de trabajarla.

Encuentra allí todas las facilidades para su labor; el agua a cuatro, seis u ocho metros y madera en abundancia (la provincia de Santa Fe está cubierta de bosques, especialmente en el Norte),hace un rancho humilde y pobre, pero tiene el arado con cual roturar la tierra y trabaja.

El primer año, por mala que sea su cosecha, siempre alcanza a pagar la cuarta parte del insignificante valor de la concesión, cuyo precio varía de 300 a 500 pesos y 800 en las colonias ya formadas, y al año siguiente, el colono consigue generalmente pagarla toda.

El colono, hombre por lo general trabajador y honesto, tiene mujer y tiene hijos, allí la mujer y los hijos, no son señores, como en las grandes ciudades, origen casi siempre de gastos poco productivos, no; ellos también trabajan, cada uno en la esfera de sus fuerzas; la mujer, si no puede labrar la tierra, cuida las gallinas del corral, los niños los bueyes, Y el marido rompe la tierra; todos trabajan todos producen.

Aumentan cada año los consumos, pero también aumenta la producción y en una proporción mayor.
Antes de cuatro años el colono se ha hecho rico, si ha sido honesto y laborioso.

En esa legua cuadrada cada veinte cuadras superficiales, tiene una casa; se ha formado un núcleo de pueblo, y en ese núcleo de pueblo el primer edificio es una fonda, porque como la población es ambulante, allí es necesaria e indispensable; la segunda casa es una carpintería con herrería, y así se va formando un pueblo que muchas veces llega a ser ciudad, como lo son ya Esperanza, San Carlos, Pilar, Gálvez y Rafaela.

Respecto a las herrerías, permítaseme una pequeña disgresión. En Santa Fe, no se usan arados ingleses ni norteamericanos, ni franceses; allá no se trabaja sino con los hechos en la misma colonia, donde la reja del arado va a romper la tierra, que resultan mejores y más baratos que los extranjeros…

«El colono es esencialmente católico, o esencialmente deísta, cualquiera que sea su religión, por lo general, como nuestra inmigración pertenece a la raza latina, es católico. Son hombres acostumbrados a cumplir con sus deberes religiosos, y el día Domingo, que ellos santifican a su manera, de una o dos leguas o más, se dirigen al punto más cercano que tenga iglesia, para cumplir sus deberes religiosos.

El colono, acostumbrado a hacer perpetuamente la vida de familia, se traslada con su carro (que, entre paréntesis, ha sido hecho en la misma colonia), guiando él mismo sus caballitos, llevando a su lado a su familia, detrás los sirvientes o peones, y por último, hasta seguido de los perros de la casa.

Así se hace sus leguas y llega al punto en que hay iglesia, donde cumple sus deberes religiosos. En seguida van a festejar el día en el almacén más próximo; allí encuentran preparada una buena alimentación y, sobre todo, buen vino; pasan el resto del día en conversaciones, músicas y bailes, y cuando las sombras de la noche tiende su manto, recogen sus caballitos y regresan a sus hogares».

CARRASCO, Gabriel: La provincia de Santa Fe y el territorio del Chaco.
Conferencia ante el Instituto Gcográfico Argentino

Adaptación de los Inmigrantes a Argentina Gringos y Criollos

SOCIEDAD ARGENTINA DEL SIGLO XIX: RELACIÓN INMIGRANTE-CRIOLLO

ANTECEDENTES: A partir de la inserción en el mundo  de nuetro país por el sistema de la división internacional del trabajo, comenzo una serie de transfomaciones sociales y económica en las provincias de nuestra Pampa Húmeda.

Europa transitaba un tiempo de expulsión de población que respondía a motivos de diferente índole: religiosos, económicos y más tarde, ideológicos. Inglaterra, por su parte, ya había sorteado las etapas iniciales de la revolución industrial, por lo que requería nuevos mercados donde pudiera adquirir las materias primas que ya no podía producir, vender sus manufacturas y colocar el excedente de capital que obtenía de su comercio.

La pampa húmeda, y dentro de ella, el centro-sur de la provincia de Santa Fe, eran un ámbito propicio para receptar hombres y negocios europeos. Las condiciones geográficas y climáticas, aptas para la producción primaria, fueron hábilmente acompañadas por una serie de políticas promovidas por los gobiernos provinciales que beneficiaron el proceso, tales como: legislación y acción de gobierno favorables al asentamiento de la inmigrado en el campo; recuperación de tierras en las fronteras, a través de campañas contra el indio y blanqueo de la situación catastral provincial, para un exacto conocimiento de las tierras de propiedad privada y de las de propiedad fiscal; legislación favorable a la radicación de capitales en bancos o de inversiones en el área de transportes (ferrocarriles), obras públicas (puertos) y comunicaciones; actualización constitucional y legislación modernizadora del estado, con el objeto de distribuir las crecientes funciones ante los cambios productivos operados, para lo cual se crearon organismos e instituciones que asumieron esas tareas.

Estos cambios no constituyeron el resultado de un plan orgánico previamente elaborado, sino que son producto de la combinación de factores internos y externos, estos últimos fundamentales, y de la comunión ideológica que existió en la élite dirigente y que rindió sus mejores frutos en la continuidad de las obras de gobierno.

Inmigrantes europeos trabjando en el campo

SIMBIOSIS CULTURAL CRIOLLO-GRINGO

«El proceso de simbiosis cultural que vivió la Argentina con la llegada de la inmigración fue largo y tuvo alternativas muy diferentes, según se analice el ambiente rural y el urbano, y varió también, en grupos de fácil adaptación a otros más cerrados y aferrados a sus hábitos de origen, que se resistieron a aceptar las costumbres de esta tierra.

Este intercambio definido como «préstamo y captura de elementos culturales», en tanto ha sido considerado cora: un proceso, requirió tiempo, y para describir sus resultados, es conveniente ubicarse en los comienzos del siglo xx. la atención no en los grupos recientemente ingresados, sino en los descendientes de las primeras oleadas, los que ya han pasado el período de aclimatación, e incluso, en muchos de ellos que han nacido en este suelo.

La adecuación del gringo significó, en primer lugar, acondicionamiento al ambiente y luego, en relación a éste b incorporación de hábitos, modalidades, vestimenta, y hasta diversiones autóctonas, a los que enriqueció con pinceladas propias. De ésas merecen destacarse: la pérdida del temor al caballo, la afición al mate y, en algunos casos, la adquisición de destrezas como la de tirar el lazo. Comenzó a gustar de la carne asada, y, de sus ropas, abandonó los zapatones, los pantalones de frisa y la boina, trastocándolas por botas o alpargatas, bombachas y sombrero aludo, sólo que este último no era de fieltro sino de paja. Se sumó a las reuniones fogoneras, y entonces se empezó a escuchar en ellas el acordeón, a la vez que aprendió a pulsar la guitarra.

También el paisano argentino sufrió el impacto y asimiló elementos europeos -entre los de mayor importancia se encuentran los útiles de labranza-, ya que, siendo ésta una actividad que casi no se practicaba antes de la colonización gringa, al difundirse, fue necesario realizarla con los medios y en la forma que señalaba el gringo. Necesitó, entonces, amoldar su indumentaria a la nueva faena y para ello eliminó la incómoda bota de potro, el calzoncillo cribado y el chiripá.

El resultado de este intercambio no puede explicarse describiendo a gringos acriollados o gauchos agricultores; tal proceso llevó a la construcción de una nueva forma de vida, la del hombre argentino, y comprendió, además de los mencionados, aspectos esenciales de la vida humana.

Fueron idiosincrasias extremas, contrapuestas, que, al combinarse, atemperaron sus caracteres y así se explica que aquel criollo desinteresado por el dinero, y sin otra ambición que la de vivir como sabía, aprendiera la importancia de progresar mediante el trabajo y el ahorro, al ver los resultados obtenidos por el gringo por estos medios. También se habituó a una vida más sedentaria, y prestó mayor atención a su familia. A esta última la revalorizó como factor de progreso, gracias al sentido que le daba el colono a la cooperación familiar en el trabajo, y procuró también asegurarle el bienestar futuro.

El acercamiento entre los dos grupos se fue dando en forma paulatina, a medida que se vencían obstáculos, de los cuales el principal, fue una cierta desconfianza mutua, comprensible entre invasores e invadidos. Este sentimiento tuvo su explicación en la política excesivamente favaorable al extrbnjero frente a los derechos de los criollos, política a la que ambos grupos eran ajenos.

La primera etapa los mantuvo alejados, observándose; luego, una primordial necesidad habrá de acercarlos: la escuela; en ella, los hijos de ambos aprenderán a convivir. Luego llegarán los casamientos, estrechamiento que se vivió con dificultad pero que fundamenta! para vencer la tendencia endogámica en la que estaba cayendo el colono.
La escuela fue el elemento decisorio en el acercamiento de mentalidades: ella sirvió para difundir el sentimiento de amor por el suelo y fue la columna en que se sustentó la protección del idioma.

La trascendencia de la lengua en relación de la comunidades, aunque obvia, merece ser recalcada: las colonias tendieron, en un principio, a preservar sus lenguas originarias, educando a sus hijos en ellas. La provincia de Santa Fe será pionera, una vez más, de medidas gubernamentales vinculadas al proceso colonizador. Esta vez concurrirá en defensa de nuestro idioma, haciendolo de uso exclusivo y obligatorio en las escuelas de su esfera.

También en la vida política nacional habrá de reflejarse estos pasos, y, si en un principio se consideró como influencia de la inmigración, la gran apatía política de las décadas del ’70 al ’90, también se debe a ella, o mejor dicho, a sus frutos, la gran explosión política de la última década del siglo y el surgimiento de un movimiento de raíz y alcance nacional, la Unión Cívica Radical, en la cual se mezclan los hijos de ambos grupos en procura de ideales comunes.

El transcurso de esta relación y estrechamiento puede seguirse mediante la literatura y la música. El sainete, el drama rural y el tango, sirven de apoyo para su estudio».

Fuente: Cechini de Dallo La Capital Rosario 16-04-1986

Historia Primeras Escuelas en Santa Fe Colegios y Profesores

LA EDUCACIÓN EN SANTA FE: PRIMEROS COLEGIOS Y PROFESORES

La Educación (1862 – 1890)
La cuestión educativa tuvo un sitio de importada en el programa político de los gobiernos provinciales entre 1862 y 1890; pero para ser justos en el análisis, debe decirse que las reformas educativas se iniciaron en 1853, y para 1857, ya existían en la provincia, 21 escuelas gratuitas.

En materia legislativa, debe considerarse en primer lugar la ley de 1866, que estableció la obligatoriedad de la instrucción primaria; quedó en ella esbozado el gran objetivo de este programa: «que uno de los principales deberes del gobierno es el de fomentar, por todos los medios posibles, la enseñanza primaria de la juventud y propagarla en todo el territorio de la provincia, encaminándola convenientemente a entrar en la carrera literaria b de las artes e industrias».

primeras escuelas en santa fe

Ante la necesidad de satisfacer los requerimientos en materia de enseñanza secundaria, la provincia contó con el aporte de la gestión privada. En Rosario se abrió, en 1855, el primero de estos institutos a cargo de los profesores Laurino Puentes y Julio Bosch; luego el de Manuel Tristany y José Niklison y en 1856 el de Domingo Podestá y Francisco Saloni, con un plan de estudios humanístico y confesional. En 1860, surge la Escuela del Progreso, del Profesor M. Durand Sabayat, y en 1863 se inauguró el Liceo y Escuela de Artes y Oficios. Un relevamiento realizado en 1866, dio cuenta de la existencia de 12 colegios particulares.

En la ciudad de Santa Fe, 1861, se firmó un contrato entre el gobierno provincial y La Compañía de Jesús por el cual se acordó la reinstalación del Colegio de la Inmaculada Concepción. Esta decisión fue apoyada por todos los grupos políticos y el pueblo en general contribuyó económicamente para que fuera una realidad. Esta institución creció rápidamente en cantidad de alumnos y docentes y en fama, la que superó los límites del país, atrayendo a jóvenes uruguayos. La excelencia de la formación filosófica y científica con que egresaban los alumnos del Colegio, produjo cambios en todos ios órdenes de la cultura, la política y la justicia de Santa Fe.

La ley que se dictó en materia educativa en agosto de 1874, tuvo dos finalidades fundamentales; la primera, crear un verdadero sistema de normas y organismos destinados a la programación, la administración y control del servicio; y la segunda, a prever los recursos que lo sostendrían.

En el primer caso, aparecen los inspectores, las comisiones escolares con participación de los vecinos para mejorar la educación, y reiteró la condición de obligatoriedad y gratuidad de la enseñanza, estableciendo el contralor y las penas para los padres o patrones que no cumplieren con ella. En 1876 se dio una reglamentación para el funcionamiento de las escuelas. Una nueva ley de 1884, reformuló las obligaciones de los estamentos que integraban el sistema educativo y creó el Consejo de Instrucción Primaria, para que ejerciera la conducción del mismo.

En noviembre de 1886, una nueva ley de educación común replanteó los temas inherentes a ella, con interesantes consideraciones sobre la enseñanza moral y religiosa, así como respecto de los establecimientos privados que funcionarían en el ámbito provincial.

La presencia de la escuela pública en las colonias había sido especialmente prevista en las normas sobre colonización, disponiendo que se prevea la escuela a partir de la traza misma de ia colonia, con la donación del terreno para edificaría, y, tras dos o tres años de existencia de la colonia, se creaba un cargo de maestro o preceptor que iniciaba la institución. La escuela cumplió así un papel fundamental en la integración de los colonos extranjeros, fue un aglutinante cultural entre los diversos grupos étnicos que poblaban por aquellos tiempos el territorio santafesino. Permitió generar un marco básico de formación e información, uniformando la lengua y brindando un ámbito de vinculación entre las nuevas generaciones de esa sociedad embrionaria.

Al respecto merece señalarse la medida dispuesta por el Gobernador José Gálvez ante la necesidad de contar en la provincia con un número importante de maestros con formación pedagógica; consistió, en primer lugar, en organizar anualmente, entre enero y marzo, una Asamblea de todos los maestros dei estado en ía capital provincial, con el objeto de estudiar y resolver los problemas referidos ai magisterio. Este sistema de conferencias pedagógicas se hacía accesible a todos los docentes interesados ya que se les daba un sobresueldo para gastos de viaje.

Otra medida de interés en materia de docentes fue la de traer maestros españoles para que se desempeñaran en la provincia, teniendo en cuenta, además de la formación pedagógica, la lengua y los principios religiosos comunes.

En cuanto a los estudios terciarios, la primera experiencia se debió al interés del Gobernador Simón de Iriondo que promovió la creación, siendo ministro de gobierno Cabal, en 1868, de las cátedras de derecho, en las aulas del Colegio de la Inmaculada, ley que hacía realidad una aspiración de la comunidad santafesina.

En 1869 inició su marcha este ciclo para el cual se buscaron profesores de valía de otras provincias y se adquirió un valioso caudal bibliográfico para los estudiantes. En 1875 se obtuvo el reconocimiento de las llamadas Facultades Mayores en el orden nacional, con el cual se posibilitaba a los egresados de éstas el aspirar al título de doctor en las universidades del país.

En 1877 ya estaba la idea entre los gobernantes santafesinos de crear sobre la base de esta carrera de jurisprudencia, una universidad provincial, pero, en los años siguientes todo siguió igual, con los estudios de derecho en franco progreso. En 1884, el Ministerio de Instrucción Pública de la Nación, ejercido por el Dr. Eduardo Wilde, le retiró al Colegio de la Inmaculada la autonomía educativa de que gozaba y por un informe especial, retiró también el reconocimiento de los títulos obtenidos en el colegio Jesuíta, ofreciendo la alternativa de que los alumnos se sometan a un tribunal, igual que los de otros institutos privados. Ante ello el rector del colegio decidió cerrarlo, quedando las facultades mayores sin sustento.

Esta experiencia de educación superior en la Provincia de Santa Fe, junto con otros antecedentes en materia de educación secundaria confesional, muestran a la dirigencia política santafesina (como católicos profesos progresistas) que los cambios socioeconómicos y políticos de los tiempos que se vivían, no estaban reñidos con la tradición religiosa y la fe católica.

En 1889 el Gobernador José Gálvez volvió sobre la cuestión de los estudios superiores y creó la Universidad de Santa Fe, que inauguró sus actividades en 1890.

Fuente Consultada:
Nueva Enciclopedia de la Provincia de Santa Fe
Tomo I – SANTA FE – Ediciones Susamerica Santa Fe

Primeros Teatros en Buenos Aires Colonial Orígenes

Comienzos del Teatro en  el  Antiguo Buenos  Aires:

El apogeo del teatro en Buenos Aires comenzó en 1804. Hasta entonces habíase arrastrado como pudo, un tiempo en corrales al aire libre, otro en la Casa de Comedias, galpón de techo de paja y paredes de barro; otro en casas particulares, barracones, salones, huecos y sitios diversos donde fue posible levantar un tablado, por cualquier motivo.

Pero después que el señor Olaguer Feliú edificó el Coliseo provisional, frente a la iglesia de la Merced, las representaciones se hicieron más regulares, las compañías fueron más completas, la utilería más adecuada y la vigilancia más estricta. En los dos primeros años de este teatro fue censor de obras el doctor don Domingo Belgrano, muy contraído a su trabajo, y que tuvo especial cuidado en la vigilancia de las que debían representarse y que le fueron presentadas para su lectura y aprobación.

primeros teatros argentinos

El doctor Belgrano llevó sus escrúpulos hasta prohibir que las mujeres aparecieran en escena vestidas de hombre; pero, en cambio, permitió las magias, la sangre, los muertos y aparecidos, los sainetes estúpidos y comedias de peleas, etcétera, que habían sido aprobados anteriormente y que debió haber prohibido. Pero sin duda sus atribuciones no llegaban a tanto: nada tenía que hacer él en lo referente a piezas anteriores al desempeño de su mandato oficial.

En esas épocas no había orquesta en el teatro (hasta 1813 no la hubo), de modo que los melodramas y comedias con música debieron representarse sin ella. No contaba tampoco con gran juego de tramoyas, escotillones y utilería: por esto las piezas que requerían los mayores adelantos del arte debían ser modificadas en esa parte por el director de la compañía. Se suprimían los caballos, los carros triunfales, los templos derhasiado iluminados y complicados, los ejércitos; pero quedaban los vuelos y muchas trasformaciones. Y el diálogo reemplazaba las escenas de esta clase, con lo que quedaban peores.

Donde debía aparecer un ejército, por ejemplo, se suprimía el pasaje escénico, se corregía el texto, añadiéndole algunos versos, con los cuales se comunicaba al público «que el ejército aguardaba afuera». De modo, pues, que la tontería subsistía, y empeoraba, porque siquiera la vista no salía ganando con la exhibición del espectáculo.

Llegado el año 1817, el Director Pueyrredón, uno de los más bien intencionados protectores del teatro, comprendió que era necesario cortar tales abusos. El público ilustrado y los escritores estudiosos en general levantaron un grito de protesta contra los defectos de esa institución. Ya eran muchas las obras del buen teatro extraño a España que conocían los patriotas argentinos, ya por lecturas hechas en sus originales, ya por representaciones teatrales de sus traducciones, ya por crónicas extranjeras leídas en periódicos que llegaban al país. Ya había muchos que conocían los idiomas inglés, francés, italiano y portugués, sobre todo el primero.

Y a este respecto debemos decir una vez más que nunca será bastante alabado en su memoria, ese gran fomentador de los adelantos del teatro, D. Santiago Wilde, propagador de los libros ingleses y franceses de literatura, filosofía y matemáticas, y perseguidor infatigable de los adefesios del teatro español.

Uno de los más empeñados en tal patriótica empresa fue el literato chileno Fr. Camilo Henríquez, quien hizo públicas sus teorías en «El Censor», periódico que él dirigía, manifestando en los artículos que escribió con ese fin, cómo entendía él el teatro que convenía a los intereses de la patria libre: «Espejo en que el hombre pueda ver retratados sus vicios para corregirlos; moralizador de costumbres, desterrando del campo de la idea locuras y rancios delirios; barrera que, con la exposición de saludables terrores, contuviera, por los ejemplos presentados, la ambición, la maldad y el fuego devorador de descabellados deseos; ejemplo histórico de hechos que enseñaran la bondad, la humanidad, los principios más sublimes.»

Después de 1817, el teatro de Buenos Aires algo se corrigió y la intervención de piezas extranjeras, las reconocidamente buenas españolas y las pocas de autores nacionales desterraron de las tablas los mamarrachos de magia, milagros y resucitados. Pero no fue posible desterrar los sainetes porque, como sabemos, eran el número predilecto de los guarangos. No molestaban tampoco al escaso público selecto, porque al empezar ellos, se retiraba del teatro. Y a nadie se le ocurrió prohibirlos porque, como hoy, las autoridades no creían en el fatal influjo de esas piezas sobre el pueblo.

Luego, la intervención del canto de ópera, las compañías líricas que se formaron, la afición a la música italiana y francesa, perfeccionó el gusto de esa parte del público que llamamos selecta. Pero, justamente, el error perjudicial consistió en tolerar que el pueblo, «la plebe», que era quien más necesitaba reaccionar, continuara gozando en los espectáculos moralmente venenosos que exigía y que le daban.
«No se debe dar al pueblo lo que pida, sino lo que necesite.»

MARIANO G. BOSCH (1878-1949).   Escritor argentino.   En 1904 publicó una interesante obra: Teatro antiguo de Buenos Aires, de la cual ofrecemos este fragmento.   (Ed. El Comercio.   Buenos Aires.)

Ley de Vagos y Malentretenidos Las Pulperias en el Virreinato

OBJETIVO DE LA LEY DE VAGOS Y MALENTRETENIDOS – PAPELETA DE CONCHABO

Ya en la épocas del Virreinato del Río de la Plata, la gente sin trabajo, que deambulaba por la ciudad mendigando o bien muchos de ellos pasando largas horas en pulperías jugando los típicos juegos criollos de la época, tomando alcohol y muchas veces terminando estos placeres lúdicos en riñas a muerte, era un verdadero problema social que también preocupó a los gobiernos post revolución de mayo. Siempre fue perseguido el vagabundeo y la llamada mendicidad ilícita, es decir, aquel «sano y vigoroso que pida limosna», castigando sobretodo a aquien portase algún tipo arma.

PULPERIA: Además de lugar de intercambio comercial, la pulpería fue un sitio privilegiado de interrelación social. En el interior de la pulpería se tocaba la guitarra, se jugaba a las cartas, se intercambiaban noticias. También era para muchos trabajadores un modo de subsistencia alternativo, ya que el pulpero, además de vendedor, muchas veces compraba los productos de trabajo rural que le ofrecían sus propios clientes.

La pulpería urbana, al menos en Buenos Aires, tiene su momento de auge entre las dos últimas décadas del siglo XVIII y las primeras tres del XIX. Posteriormente, la actividad es reemplazada por los almacenes, bares y cafés, que implican una especialización mayor de este tipo de actividad.

De esa manera, la pulpería pierde su carácter original de lugar exclusivo de encuentro e intercambio. Las fuentes indican cómo rápidamente se produce su desaparición en Buenos Aires.

En 1825 había más de 400 pulperías; en 1835 habían disminuido a menos de 100. Entre las razones de esta desaparición se halla la falta de respaldo de las autoridades.

En efecto, en 1788 el procurador general de la ciudad de Buenos Aires intentó prohibir la reunión de gentes y las audiciones de guitarra en las pulperías, para retrotraerlas a su función exclusivamente comercial.

Después de la Independencia fue la necesidad de controlar el alcoholismo y la delincuencia, como factores negativos que ayudaban a acrecentar la crónica falta de mano de obra, la justificación para limitar y desalentar esta actividad. (Fuente Consultada: Diccionario de Arquitectura en la Argentina, Estilos, Obras, Biografías, Instituciones, Ciudades)

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La ley de vagos y mal entretenido, era una ley que permitía al Juez de Paz controlar los salones de bailes, de juegos y diversión, como las pulperías, para arrestar a todos los presentes que no tenían trabajo ni residencia fija. Generalmente se consideraban vagos a los gauchos que vivían de la doma y yerra y que se desplazaban de estancia en estancia, cuando algún patrón los requería para ese tipo de servicio.

El juez iba acompañado de la fuerza pública, la policía de la zona,  y pedía inicialmente la «libreta de conchabo», (para demostrar que trabajaba en una estancia) libreta que nació durante la presidencia de Rivadavia  con fines de reprimir la vagancia y sumar mano de obra para el trabajo de las tierras, que el gobierno había entregado en alquiler a particulares.  La mala fama que tenía el gaucho se debía a su extrema libertad, ya que no concebía la vida sedentaria ni trabajar años y años bajo un patrón.

El testimonio de un juez de paz constituía prueba única y suficiente para calificar de “vago”, quien era castigado con la reclusión de dos a seis años en un alejado fuerte froterizo militar para luchar contra el avance del indio. Esos controles, estaba ubicados en lugares inóspitos, sin comodidades y muchas veces casi sin comida, pues los envíos de provisiones eran esporádicos y no aseguraban la alimentación de los soldados.

PAPELETA DE CONCHABO: Durante el gobierno de Rivadavia se solicitó un empréstito en Londres, por 1.000.000 de libras, con la firma Baring Brothers. Este empréstito, considerado la primera deuda externa argentina, se solicitó para financiar obras públicas (que no se realizaron).

La operación se concretó en 1824, pero el monto recibido (en su mayor parte, en letras) quedó reducido a 560.000 libras, luego de haberse descontado los intereses por dos años, las comisiones y otros gastos. Como garantía, se hipotecaron las tierras públicas. Luego de sucesivas suspensiones del pago de los intereses y de renegociaciones, el préstamo se saldó recién en 1904.

Con respecto a las tierras -inmovilizadas en manos del Estado como garantía de la deuda pública-fueron entregadas en enfiteusis (en alquiler) a particulares, por una renta o canon anual que, además de bajo, fue difícil de recaudar. Este sistema puso a disposición de comerciantes, ganaderos y funcionarios enormes extensiones de tierras, en forma casi gratuita. Ante la falta de mano de obra para trabajar esas tierras, el gobierno insistió en la legislación que exigía, con el fin de reprimir la vagancia, portar la famosa «papeleta de conchabo». [a los fines de demostrar que trabajaba formalmente bajo un patrón]

Antes de seguir sobre la «Ley de Vagos y Malentretenidos», es bueno leer lo que explica el historiador Gustavo Gabriel Levene en su libro Breve Historia de la Argentina, sobre la función e importancia de la pulpería en el virreinato del rio de la Plata.

Pese a su pobreza, las poblaciones, perdidas en la inmensidad del territorio, vivían; y esa vida, que muchas veces pudo parecer monótona desde el punto de vista de cada vecino, resulta animada cuando se abarca el conjunto de la sociedad y se colorea todo con la perspectiva del tiempo. Acaso nada mejor para evocar estas ciudades nuestras del siglo diecisiete, que hacerlo desde el observatorio más completo entonces existente: la pulpería, cotidiana encrucijada de hombres y de cosas…

Pulpería

La pulpería vendía vino, aguardiente, tabaco, yerba, azúcar, miel, jabón y muchos otros productos que hacen más amable la jornada. Sabiendo que el comercio de entonces era casi siempre contrabando, no puede extrañar el hecho de que, además de vender las mercaderías mencionadas, la pulpería negociara también con las que los criados esclavos sustraían a sus dueños… En la pulpería venían así a encontrarse el contrabando de los amos y el robo de los criados.

El de pulpero era oficio importante y provechoso… La prueba de ello es que les estaba prohibido establecerse como pulperos a los indios, los negros y los mulatos. En el siglo XVII aparecen, como pulperos de Buenos Aires, personajes importantes y gente distinguida de la ciudad… Pero no atendían ellos mismos el negocio, que por otra parte se obtenía por público remate de la concesión, debiéndose entregar como fianza la suma, para entonces elevada, de quinientos pesos.

[…] Se jugaba en todas partes toda clase de juegos. Desde comienzos del siglo XVI se había prohibido, en España y sus colonias, la fabricación y venta de dados. Pero los dados seguían rodando y haciendo con sus seis caras la fortuna o la mina de los jugadores. Se jugaba a los naipes, a la perinola, al sacanete… Se jugaba en las carreras de caballos, las cuales tenían una curiosa particularidad: para ganar la competencia no bastaba, como ocurre hoy, la pequeña diferencia de unos centímetros; el caballo triunfador tenía que llegar a la meta con tanta ventaja que debía verse luz entre su cuerpo y el de los demás caballos. Ya había entonces fulleros con barajas cortadas y dados cargados. Y también mujeres cómplices participaban de maniobras engañosas para atraer incautos…

[…] La pasión por el juego era tan grande en la sociedad colonial, que se llegaba a menudo al extremo de perderlo todo. En un testamento de 1623, una vecina declara «que su segundo marido jugó y consumió la plata de su dote: jugó una estancia y doscientas ovejas»…

[…] La pulpería fue lugar propicio para el intercambio de supersticiones. El paisaje de selvas, de montañas o de llanuras, según las regiones, con sus elementos vivos, plantas y animales, contribuía a crearlas. El lugareño no se sentía superior a la realidad circundante, pues no la dominaba. De ahí que las supersticiones expresaran, en cierto modo, el sometimiento del hombre a la naturaleza… La humanidad no había aprendido aún a enfocar el mundo visible de acuerdo con el punto de vista racional, que vino después. Sólo imperaba la superstición.

Respecto a la Ley de Vagos y Malentretenidos, en la  Colección El Bicentenario Fasc. N° 3 Período 1850-1869, en una nota de la Historiadora María Victoria Camarasa explica los siguiente:

Se considera vagos y malentretenidos a aquellas personas de uno y otro sexo que:

a) no tienen renta, profesión, oficio u otro medio lícito con que vivir;
b) teniendo oficio, profesión o industria no trabajan habitualmente en ella y no se les conocen otros medios lícitos de adquirir su subsistencia, y
c) con renta, pero insuficiente para subsistir, no se dedican a alguna ocupación lícita y concurren ordinariamente de juego, pulperías o parajes sospechosos.

Aparecen así dos tipos básicos de vagancia: los desposeídos de bienes que no tienen una ocupación lícita, y los que teniéndola llevan una vida de malas costumbres.

Además de esta clasificación inicial, también se tienen en cuenta algunos agravantes de esta condición. Por ejemplo, quienes entren en alguna oficina pública o casa particular sin el permiso respectivo; o quienes se disfracen o tengan armas, ganzúas u otros instrumentos propios para ejecutar algún hurto o penetrar en las casas.

Es importante distinguir que la persecución de los gobiernos es contra lo que se considera como mendicidad «ilícita», es decir, aquellos que piden limosna siendo sanos y vigorosos. Esto se debe a que existen también licencias de mendicidad y de pedido de limosnas para aquellos de los que se haya comprobado que no tienen la capacidad de ejercer ningún trabajo.

Ya desde la Baja Edad Media, las figuras del vago y del malentretenido tienen una antigua y arraigada presencia en la tradición jurídica española. Al igual que el resto de la normativa peninsular, esta concepción pasó a América durante la época de la conquista y la colonización. De hecho, vista como «tierra prometida», se esperaba que no llegaran al Nuevo Continente personas que pudieran poner en riesgo la salud moral de los habitantes americanos, y para ello se ejercían muy fuertes controles en los pocos puertos autorizados para enviar barcos hacia América.

Haciendo hincapié en el caso argentino, uno de los primeros gobiernos en reglamentar esta situación fue el de Martín Rodríguez y su notable ministro Bernardino Rivadavia en la Buenos Aires de principios de 1820. Este gobierno, el 18 de abril de 1822, promulgó un decreto sobre vagos y malentretenidos que, en la práctica, se constituyó en un eficaz instrumento para aumentar las filas del ejército. Esto se debió a que los aprehendidos eran destinados inmediatamente al servicio militar, incluso por un término doble al prefijado en los enrolamientos voluntarios.

Actualmente, la idea de los gobiernos provinciales es darles un apercibimiento e inducirlos a que en un plazo determinado de tiempo encuentren una ocupación útil a la que dedicarse.

El trasfondo de estos controles es que el vago, el ocioso y el malentretenido son vistos como figuras que atenían contra el orden moral de la sociedad y ponen en peligro la paz y la unión del país.

En nuestra campiña bonaerense, los vagos y malentretenidos están asociados con la figura del gaucho. Al irse extendiendo la frontera, corriendo al «salvaje», se fueron ganando importantes cantidades de tierras. Junto a la extensión territorial, un caudal de leyes novedosas hizo de los gauchos una nueva fuerza capaz de servir en la milicia, al mismo tiempo que sus tierras, generalmente de poca extensión y ubicadas entre grandes latifundios, iban pasando a otros dueños.

En estos últimos años, entre los sectores más pudientes de las sociedades citadinas argentinas se ha ido extendiendo un prejuicio. Ellos se refieren a que en los campos recorren infinidad de vagos y criminales famosos, que se asilan huyendo quizá por sus crímenes en otras provincias. Para estos sectores, esos individuos desconocidos hallan seguro albergue, techo y alimento, abusando de la hospitalidad en las campañas de nuestro país. Allí encuentran carne abundante y tienen un cuero para dormir, además de un lazo y un cuchillo para procurarse medios con que satisfacer sus vicios. La pregunta que se repiten constantemente es «¿para qué han de trabajar? Nadie los persigue, nadie inquiere de dónde son, de dónde vienen, de qué se ocupan ni adonde van…».

La intención de legislar este tema se ha extendido en las diversas provincias. En algunas ya comienzan a aparecer leyes que condenan al servicio de fronteras a todos los vagos y malentretenidos, los que en día de labor se encuentren habitualmente en de juego o tabernas, los que usen cuchillos o armas blancas, los que cometan hurtos simples y los que infieran heridas leves.

Pero al no existir un marco normativo bien establecido y definitivo, es común el surgimiento de divergencias acerca de cómo tratar a los vagos y malentretenidos. Por ejemplo, en la provincia de Santa Fe el encargado de la Jefatura Política, Nicasio Oroño, pide frecuentemente a sus superiores que le expli-citen qué hombres debía considerarse como vagos, ya que en el territorio que él controla sólo existían familias que si bien no tienen propiedades y medios de vida, se debía exclusivamente a su pobreza.

Fuente Consultada:
Colección El Bicentenario Fasc. N° 3 Período 1850-1869, Nota de la Historiadora María Victoria Camarasa

Historia de la Fundacion del Club Progreso Vida Social Oligarquica

Historia de la Fundación del Club Progreso

El Club del Progreso: La fusión de las grandes familias porteñas unitarias y federales, al día siguiente de Caseros, con el objeto de defender los intereses porteños, debía concretarse en una institución en donde pudieran volver a confraternizar los que hasta ayer no más eran enemigos. Esta institución fue el Club del Progreso, fundada a pocos días de la caída de Rosas, el 25 de marzo de 1852.

edificio del club prgreso

Frente del Club Progreso 2° a la derecha

Los objetivos políticos de unificar a la oligarquía porteña están claramente explícitos en una carta que el presidente del Club, Diego de Alvear, envía a Mariano Várela, director del diario La Tribuna. Allí dice, refiriéndose a la fundación del Club: «Era pues necesario destruir los efectos de ese gobierno maquiavélico, y nada podría mejor llenar ese objeto importante que la creación de una sociedad donde todos pudiésemos, libre y recíprocamente, cambiar nuestras ideas y sentimientos.

Allí se han reanudado, mi querido amigo, relaciones de partido, de amistad y aun de parentesco; que se habían hecho casi extrañas durante la Dictadura. Allí empezó a verificarse la única fusión honorable y útil que reclamaba nuestro país: no la fusión de los caracteres honrados con los perversos; no la fusión de los hombres de opiniones erróneas con los famosos criminales, sino la fusión de los que, sirviendo a la Dictadura, no envilecieron su nombre con la exageración de pasiones innobles, con los que habían tenido la fortuna de salvar sus convicciones y su fama fuera del látigo abrumador de la tiranía».

En el primer acto público del Club del Progreso, un banquete realizado el 25 de mayo de 1852 en su sede de Perú 135, el ministro José B. Gorostiaga, para dejar bien asentados los objetivos políticos del Club, exclamó en su brindis: «Por la fraternidad de los dos grandes partidos políticos que ‘han dividido la República Argentina, por su reunión para trabajar ayudados por los extranjeros al mayor bien y prosperidad de la Patria».

Por su parte, en el estatuto del Club se reconocían como sus fundamentos «desenvolver el espíritu de asociación, completamente extinguido entonces, con la reunión diaria de los caballeros más respetables, tanto nacionales como extranjeros; borrar prevenciones infundadas, creadas por el aislamiento y la desconfianza, uniformando en lo posible las opiniones políticas».

No obstante, ciertos resquemores entre unitarios y federales hicieron que estos últimos poco después fundaran el Club de! Plata, cuyo primer presidente fue Bernardo de Irigoyen, pero que nunca pudo llegar a alcanzar el prestigio del Club del Progreso.

El carácter de clan porteño contra el resto del país que tuvo en sus comienzos e! Club se muestra en el hecho de que el gobernador de la provincia de Buenos Aires y sus ministros de Estado fueron considerados miembros honorarios, en tanto que Justo José de Urquiza tuvo que someterse a la votación de los demás socios para ser admitido.

En el discurso conmemorando los 50 años de su existencia, el 1° de mayo de 1902, el doctor Roque Sáenz Peña denunció este carácter porteñista del Club: «El Club del Progreso, señores, como factor político, complementario de la acción de Caseros, desconoció la amplitud de su misión y confundió la ruta clara de una política expansiva y esencialmente argentina; en otras palabras, fue exclusivista y fue porteño».

El carácter restringido del Club lo muestra el hecho de que en 1857 el número de socios no pasaba los doscientos sesenta y cinco, y en 1896 no llegaba a mil cuatrocientos. En ese reducido número de socios se encontraba, no obstante, lo más granado de la oligarquía porteña: entre sus socios estaban Bartolomé Mitre, Julio A. Roca, Domingo F. Sarmiento, Marcos Avellaneda, Leandro Alem, Adolfo Alsina, José, Marcos y Carlos Paz, Carlos Pellegrini, Lucio V. Mansilia, Dalmacio Vélez Sárs-field, Victorino de la Plaza, Roque y Luis Sáenz Peña, Diego de Alvear, Nicolás, Tomás y Juan Anchorena, Otto Bemberg, Miguel Cañé, Vicente Casares, Emilio Castro, Nicolás Calvo, Mariano Drago, Rufino de Elizalde, Juan Agustín García, Tomás Guido, José Mármol, Pastor Obligado, Vicente Quesada, Miguel Riglos, Marcelino Ugarte, etcétera.

Cumplido o no su primer objetivo de fusionar a los dos partidos políticos, el Club sirvió en los años sucesivos como factor aglutinante de la oligarquía porteña. En sus salones exclusivos los distintos miembros de la clase alta se conocían entre sí, entremezclando sus intereses mediante relaciones amistosas o sentimentales.

El Club siguió por muchos años su carrera triunfal: de la modesta sede inicial de Perú 135 pasó en 1857 al edificio renacentista de la esquina de Perú y Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen), que acaba de ser demolido. En 1900 el Club se encuentra en su apogeo; es entonces cuando inaugura su palacio de la avenida de Mayo 633. Su decadencia comienza con el auge del Jockey Club. Entonces el Club del Progreso debe abandonar su suntuoso palacio de la Avenida de Mayo para reducirse a un edificio más modesto, en Sarmiento 1300, donde sobrevive hasta la actualidad.

Lucio V. López, en La gran Aldea, nos ha dejado una descripción del Club del Progreso en su momento de mayor esplendor: «¿Quién no conoce el Club en una noche de baile? La entrada no es por cierto la entrada del palacio del Elíseo y la escalera no es una maravilla de arquitectura. Sin embargo, para el viejo porteño que no ha salido nunca de Buenos Aires, o para el joven provinciano que recién llega de su provincia, el Club es, o era en otro tiempo, algo como una mansión sonada cuya crónica está llena de prestigiosos romances y en el cual no es dado penetrar a todos los mortales. «Es en un baile del Club del Progreso donde pueden estudiarse por etapas treinta años de la vida social de Buenos Aires: allí han hecho sus primeras armas los que hoy son abuelos. La dorada juventud del año 52 fundó ese centro de buen tono, esencialmente criollo, que no ha tenido nunca ni la distinción aristocrática de un club inglés ni el chic de uno de los clubs de París.

Sin embargo, ser del Club del Progreso, aun allá por el año 70, era chic, como era cursi ser del Club del Plata, con perdón previo de sus socios. «La entrada era cosa ardua: no entraba cualquiera; era necesario ser crema batida de la mejor burguesía social y política para hollar las mullidas alfombras del gran salón o sentarse a jugar un partido de whist en el clásico salón de los retratos que ocupa al frente de la calle Victoria.

«En esta última sala, larga y fría como un zaguán, que ha sido .empapelada cien veces por lo menos de verde o celeste claro y que ha consumido cincuenta distintas partidas de tripe de lo de Iturriaga, ha nacido una generación de la cual van quedando muy pocos representantes. Allí ha mordido la maledicencia urbana a los jugadores trasnochadores, a los maridos calaveras, a la juventud disoluta y disipada, y cada mordisco de mamá indignada ha hecho los estragos de la viruela en el retrato moral de las víctimas…

El Club del Progreso ha sido la pepinera de muchos hombres públicos que han estudiado en sus salones el derecho constitucional; literatura fácil que se aprende sin libros, trasnochando sobre una mesa de ajedrez; y a mí, no sé por qué, se me ocurre que algunos de los retratos de los hombres de Mayo que presencian aquel grupo de pensadores hacen una mueca cada vez que un pollo acompaña un discurso sobre la libertad del sufragio con un golpe que asienta sobre el damero una reina jaqueada por la chusma de los peones sobrevivientes!»‘

Durante su período de apogeo el Club del Progreso fue el telón de fondo de los principales sucesos políticos. En sus salones se tramó la revolución de 1874. Allí se refugió el coche de Cambaceres y Victorino de la Plaza cuando se intentó el asesinato de Roca, en 1879. En sus puertas se mató, en el interior de un coche, el 1? de abril de 1896, Leandro Alem.

En un papel que se encontró entre sus ropas explicó la causa de haber elegido morir en plena calle frente al Club del Progreso: «Quiero que mi cuerpo sea recibido por manos amigas». La mesa donde fue depositado el cadáver se conservó como una reliquia del Club.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Historia del Teatro Colón Vida Cotidiana de la Oligarquía Argentina

Historia del Teatro Colón en Bs.As.
La Vida Cotidiana de la Oligarquía Argentina

El primer Teatro Colón estaba ubicado frente a la Plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo), en la esquina sudeste de lo que hoy es Reconquista y Rivadavia.
En 1888 la Municipalidad de Buenos Aires llamó a concurso para la construcción de un nuevo Teatro Colón. El espacio finalmente elegido fue el solar que ocupaba la estación del Parque del Ferrocarril del Oeste, ubicada con el frente hacia la calle Libertad y fondos hacia Cerrito, entre Tucumán y Viamonte.

Según algunos cálculos, el mismo lugar donde giraba la locomotora para retomar las vías hacia el oeste coincide casi exactamente con el actual disco giratorio del centro del escenario.

La construcción del nuevo Teatro Colón se realizó en tres grandes fases, que concuerdan con los distintos arquitectos encargados de su edificación: Francisco Tamburini, Vittorio Meano yjules Dormal. La inauguración fue el 25 de mayo de 1908, con la representación de Aída, de Giuseppe Verdi.

HISTORIA: El 25 de mayo de 1857, apenas acallado el bullicio de las ceremonias conmemorativas de la fiesta patria, una multitud expectante comenzó a llenar las dos mil quinientas butacas del flamante teatro Colón, situado en aquel entonces frente a la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo). El resplandor de los cuatrocientos cincuenta picos de gas de la gran araña central provocó comentarios admirativos entre los asistentes, que luego de entonar a coro el Himno Nacional escucharon La Traviata, interpretada por el célebre Tamerlick.

Buenos Aires contó desde entonces con un templo lírico visitado asiduamente por cantantes de fama internacional, y la aristocracia porteña con un excelente pretexto para encontrarse y mostrarse. Frecuentado por el tout Buenos Aires, en el nuevo teatro solían reunirse las personalidades de la época, que hacían de sus palcos y galerías una verdadera central política.

El teatro Colón constituyó, desde su creación hasta el advenimiento del peronismo, el lugar preferido de reunión de la oligarquía porteña. Ya lo era el primitivo Colón, inaugurado el 25 de mayo de 1857 en Plaza de Mayo, donde subsistió hasta 1887, en que fue transformado en Banco del Estado. Del primitivo teatro Colón nos dejó una viva descripción Lucio V. López en La gran Aldea: «Se daba Semíramis aquella noche, y el Colón estaba de gala; los palcos, ocupados por las más lindas y conocidas mujeres de la gran sociedad, presentaban un aspecto deslumbrador».

«Una noche clásica de ópera, el Colón reúne todo lo más selecto que tiene Buenos Aires en hombres y mujeres. Basta echar una visual al semicírculo de la sala: presidente, ministros, capitalistas, abogados y leones, todos están allí; aquello es la feria de las vanidades, en la cual no faltan sus incongruencias de aldea: el vigilante de quepis encasquetado en medio de la sala; la empresa, en ménage, instalada en uno de los mejores palcos del teatro, el humo de los cigarros obscureciendo la sala entera».

Sobre la cazuela nos dirá López: «En la cazuela no queda títere con cabeza: albergue de solteronas y de doncellas a las que el lujo y la riqueza no sonríen ni popularizan, se convierte en el Criterion: allí se pasan por cedazo todas las reputaciones, ya sean de hombres o de mujeres. Allí se publican los deslices de la más linda mujer casada, que brilla en un palco, aunque sea más virtuosa que Lucrecia. Allí se cuentan sus amores, se apunta al amante con el dedo, se ridiculiza al marido, se narra la última aventura con verdadera e íntima fruición; las lenguas, como otras tantas navajas de barba, no se contentan con afeitar: degüellan, ultiman descarnando la honra como se descarna un cadáver en la sala de autopsias. Allí se cuentan, con nombre y apellido, las queridas de los hombres de moda; se saca la cuenta de sus hijos naturales; se explica por qué se deshizo el casamiento con fulana, cuánto perdió en el club sultano, por qué fue a Europa, por qué se vino, a qué mujer enamora actualmente, cómo le hace caso, dónde se ven y hasta en qué casa tienen lugar las citas.»

HISTORIA DE LA CONSTRUCCIÓN: En 1887 el mundillo que giraba en torno del Colón tuvo que buscar otro lugar de reunión porque el edificio, que ya resultaba chico para los espectadores y para los artistas, trocó su destino lírico por otro más prosaico: fue convertido en banco nacional. Poco después, a pedido de un entusiasta grupo de habitúes, el Congreso Nacional sancionó una ley que convocaba a licitación para construir una nueva sala.

Teatro Colon en Buenos Aires

Este proyecto se concretó en 1908, cuando al cabo de varios años de postergación, marchas y contramarchas, el nuevo edificio alzó su estructura monumental sobre los terrenos que antes había ocupado la estación ferroviaria del Parque. Lo diseñaron los arquitectos Francisco Tamburini, Víctor Meano y Julio Dormal, que combinaron las líneas del estilo griego clásico con características renacentistas y algunos toques afrancesados muy en boga por entonces.

La construcción del nuevo teatro Colón llevó veinte años: fue comenzada en 1888 por Tamburini y terminada por el francés Julio Dormal. Es el auge del estilo francés, y el Colón copia evidentemente la Ópera de París. El 25 de mayo de 1908 se inaugura con la representación de Aída. Asisten a la misma el presidente Figueroa Alcorta, sus ministros y el intendente Torcuato de Alvear.

Entre los primeros abonados se cuentan los grandes apellidos de la oligarquía argentina: Anchorena, Roca, Juárez Celman, Unzué, Tornquist, Ugarte, Alvear, Saldías, Obligado, Udaondo, Zeballos, Güiraldes, Mitre, Pueyrredón, Luro, Ortiz Basualdo.

Ya la arquitectura del teatro muestra bien a las claras su sentido clasista. El amplio espacio que separa una fila de butacas de otra, en la platea, se va acortando a medida que se asciende, y termina por volverse estrecho hasta la incomodidad en el paraíso. Por otra parte, no hay acceso del paraíso a los pisos bajos para evitar la mezcla del público.

La sala, con capacidad para 3500 personas, siete pisos, acústica perfecta, un enorme escenario de 35,25 por 34,50 metros y una decoración versallesca en casi todos los ámbitos, fue en su momento la síntesis de la etapa que atravesaba el país, cuyos núcleos dirigentes se inclinaban respetuosos ante la cultura europea.

No tardó así en convertirse en reducto casi exclusivo de los sectores más encumbrados de la sociedad. La inauguración oficial se efectuó el 25 de mayo de 1908, en una velada célebre a la que asistieron las más altas autoridades: el presidente Figueroa Alcorta con varios ministros de su gabinete, el intendente municipal, delegaciones extranjeras y toda la aristocracia local; la ópera elegida para la ocasión fue Aída, de Verdi.

Según Horacio Sanguinetti, autor de un trabajo de divulgación histórica sobre el tema, «desde entonces, tanto o más que los clubes, las iglesias, la Recoleta o los declinantes palacetes particulares, el Colón fue sede social de la alta burguesía argentina».

A ello se debió que el 26 de junio de 1910 un anarquista anónimo manifestara en forma violenta su repudio a todo lo que representaba el Colón como símbolo social: en la mitad del segundo acto de la ópera Manon arrojó una poderosa bomba a la platea, que causó graves heridas a varios espectadores, provocó escenas de pánico y originó una verdadera conmoción en el país. Es el único hecho de esa índole que registra  la historia del  teatro, ya que su nutrido anecdoíario se relaciona casi por entero con ia actividad artística y con los intérpretes célebres que ocuparon su escenario.

Clemenceau, de visita en Buenos Aires, describió la escena: «Los palcos abiertos del patio o piso alto, así como los pisos bajos, presentaban, con las butacas pobladas de señoritas jóvenes en traje de sarao, el espectáculo más brillante que me ha sido dado encontrar en una sala de teatro. En tal lugar se adivina lo que pudo significar de catastrófico una bomba. Todo cuanto se dijera es poco».

Un alto funcionario me ha dicho que jamás vio tales charcos de sangre. Se recogió a los heridos como se pudo, la sala se vació entre gritos de furor y, reparados los desperfectos al día siguiente, ni una sola señora faltó a la representación de aquella noche. Este es un rasgo de carácter que hace honor particularmente al elemento femenino de la Nación Argentina. No tengo completa seguridad de que en París, en caso igual, se hubiera llenado la sala.»

Con el advenimiento del yrigoyenismo al poder, el teatro Colón solo vio levemente modificadas sus funciones de gala en las fechas patrias. Como atención al presidente poco melómano, se confeccionaban programas especiales con fragmentos de óperas y se terminaba con un baile folklórico. Según se dice, la hija de Yrigoyen convidaba en el palco a sus invitados con empanadas caseras.

En la época de Marcelo T. de Alvear, cuya mujer, Regina Paccini, había sido cantante lírica, el Colón está en su apogeo. Es en esa época cuando lo conoce Paul Morand y dice de él: «El teatro Colón, teatro de Wagner y de Verdi, es más aun el teatro de todas las reuniones argentinas, canastilla de prometidas y de aspirantes, feria matrimonial de corazones vacantes, gran «rodeo» anual, cambio de miradas, trueque de juramentos, «lazos» lanzados sobre los buenos partidos a los acordes del aria de Lucía, ardientes promesas de millares de niños por venir, de futuros miembros del Jockey, estancieros poderosos o pequeños jugadores de polo; todo eso se prepara en el fondo de los palcos mientras Schipa da su do de pecho».

En mayo de 1927 los micrófonos radiales trasmitieron por primera vez una representación, hecho que señaló el comienzo de una labor tendiente a acercar la sala al gran público. Siete años después el teatro protagonizó una singular innovación, que nunca se volvió a repetir, al organizar bailes de carnaval.

La estructura física del coliseo, aunque exteriormente conserva su aspecto original, modernizó sus elementos técnicos y extendió por debajo de las calles adyacentes su laberíntico mundo interno; últimamente ha sumado a sus instalaciones una reproducción exacta del escenario y del foso de la orquesta, lo cual permite realizar más ensayos y aumentar las actividades. En todos los casos se trata de reformas y ampliaciones destinadas a seguir manteniendo vivo el prestigio universal del Colón, e intactas las particularidades que han hecho de él desde hace décadas el mayor centro musical argentino y latinoamericano.

En 1933, la oligarquía argentina todavía coquetea con el fascismo: el mismo año de la ascensión de Hitler al poder, el teatro Colón organiza un festival Wagner.

La democratización del teatro Colón en la época del peronismo constituyó un rudo golpe para la oligarquía, que perdía de ese modo uno de sus lugares exclusivos de reunión. Las funciones de gala fueron suprimidas, salvo las de las fechas patrias, en cuyo caso el propio Perón y Eva Perón lucían sus mejores ropas. Las reuniones sindicales y políticas llevadas a cabo en el teatro Colón irritaban a la oligarquía, la que alegaba que los obreros ensuciaban y deterioraban las alfombras y las butacas.

Uno de los habituales actos de provocación casi surrealista que tuvo el peronismo —equivalente al puesto de pescado frente al Jockey Club o el nombramiento de Borges como inspector de ferias francas— fue la representación de El conventillo de la Paloma, en el teatro Colón, con asistencia del propio Perón.

PARA SABER MAS…
POR AQUELLA ÉPOCA TAMBIÉN…

El 25 de Mayo de 1910 se inaugura el nuevo Teatro Colón, sobre Plaza Lavalle. La obra duró varios años y fue modificada varias veces pero llega finalmente a buen término y el edificio constituirá desde entonces una de las joyas de Buenos Aires. El teatro se inaugura con la representación de la ópera Aída de Giuseppe Verdi. Por ahora, el Teatro Colón es sostenido y explotado por la Municipalidad porteña.

Este año también se realiza la apertura del ferrocarril entre Buenos Aires y Entre Ríos, que cruza el río Paraná en ferry a la altura de Ibicuy. La obra ferroviaria tiende a romper el histórico aislamiento de la región mesopotámica.

Como en años anteriores, continúa el auge del deporte en sus diversas manifestaciones. Un seleccionado argentino de fútbol sale por primera vez del país para jugar en Brasil. Los resultados enorgullecen a la afición local: de siete partidos jugados, los nuestros ganan seis y empatan uno.

También en automovilismo se concretan algunas hazañas. Juan y Luis Cassoulet realizan un raid Buenos Aires-Córdoba: tardan 87 horas netas en llegar a la ciudad mediterránea. Además, se corren diversas carreras entre Buenos Aires y Mar del Plata y Buenos Aires y Miramar, venciendo los pésimos caminos y superando las zonas inundables cercanas a Chascomús.

Jorge Newbery, en el globo Pampero, cumple un viaje que termina felizmente en una estancia bonaerense. En cambio, conmueve a la opinión pública la pérdida de su hermano, Eduardo Newbery que, acompañado por un suboficial intenta un viaje en globo y desaparece ante la angustia general.

Fuente Consultada:
Los Oligarcas Juan J. Sabreli . La Historia Popular Tomo 15.  Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo.
El Libro de la Argentinidad Datos Curiosos Editorial Sudamericana

Historia de la Fundacion de la Sociedad Rural Vida Social Oligarquia

Historia de la Fundación de la Sociedad Rural

La Sociedad Rural: De regreso de Europa en 1858, e! rico hacendado Eduardo Olivera, impresionado por las exposiciones rurales a que había asistido en Birmingham y Salisbury, auspició la creación de una asociación que promoviera la mejora de la ganadería. La reunión inicial se realizó en la ex casa de Rosas, en Palermo, con la asistencia de Sarmiento. La guerra civil impidió la concreción inmediata del proyecto.

De vuelta de otro viaje a Europa en 1866, Olivera recibe la invitación de su amigo José Martínez de Hoz para organizar juntos la proyectada asociación. El 16 de agosto de ese mismo año se realiza una reunión en casa de Federico y Benjamín Martínez de Hoz y allí se procede a declarar instalada la Sociedad Rural Argentina, nombrándose una comisión directiva compuesta por José Martínez de Hoz como presidente y Ricardo B. Newton como vicepresidente. Las «bases y reglamentos» adoptados habían sido redactados por Olivera.

La Sociedad fue por cierto en sus orígenes —y lo seguiría siendo por nuches años— sumamente restringida. Para darnos una idea de su exclusivismo basta recordar que su acta de fundación fue firmada por tan solo sesenta y tres ciudadanos, todos ellos ricos estancieros ligados entre sí por vínculos familiares o amistosos.

Primeras Imágenes de la Sociedad Rural

La primera exposición de la Sociedad Rural se realizó en abril de 1875 en un terreno, en Florida y Paraguay, cedido por uno de los miembros, Leonardo Pereyra. Asistió a la exposición el presidente de la República, que entonces era Nicolás Avellaneda. Recién en 1878 el local de exposiciones fue trasladado a Palermo, donde actualmente se encuentra, gracias a Sarmiento, que consiguió de! Congreso una ley que cedía los terrenos por veinte años, plazo que fue después prolongado en varias oportunidades.

Desde su fundación la Sociedad Rural Argentina se adjudicó la representación de la clase ganadera en su totalidad, pero en realidad representaba tan solo a un núcleo muy reducido dentro de ella, a los más poderosos. Si en sus orígenes, como dijimos, sus miembros no llegaban a cien, setenta años después, en 1936, apenas si llegaban a dos mil,y recién en la década del sesenta alcanzan la cifra récord de nueve mil miembros, solo el 10 por ciento de la ciase ganadera. En realidad la Sociedad Rural actuó siempre con las características de una sociedad secreta con poderes ocultos, siendo secreto el procedimiento de las admisiones de socios.

No se admiten por supuesto en ella a medianos y pequeños propietarios ni a chacareros, ni a colonos ni a arrendatarios. Los cargos principales de la Comisión Directiva están siempre en manos de las principales familias de la oligarquía ganadera: Anchorena, Martínez de Hoz, Pereyra Iraola, Peralta Ramos, Ocampo, Pueyrredón, Guerrero, Herrera Vegas, etcétera. Esta Sociedad de tan reducidas dimensiones manejará los hilos de la economía del país hasta el advenimiento del peronismo. Entre 1910 y 1943 cinco de los nueve presidentes fueron hombres pertenecientes a la Sociedad Rural y, por supuesto, ricos estancieros. En ese mismo período, de unos 93 ministros, 39 fueron miembros de la Sociedad. Principalmente a la Sociedad Rural le interesaba controlar los ministerios de mayor importancia: Relaciones Exte riores, Hacienda y Guerra.48 El hecho más representativo del enorme poder de la Sociedad Rural es que consiguió subsistir a todos los cambios políticos, controló por igual a los gobiernos conservadores hasta el 16, a los gobiernos radicales hasta el 30 y después nuevamente a los conservadores.

Su momento más difícil debió pasarlo, como es obvio, bajo el gobierno peronista, pero finalmente también entonces logró salir incólume. Las elecciones de comisión directiva de la Sociedad Rural de 1945 fueron disputadas por el ingeniero José María Bustillo, francamente antiperonista, y José A. Martínez de Hoz, de tendencia más conciliadora. Era el momento álgido de la lucha contra Perón, y triunfó José María Bustillo.

La Exposición Rural de ese año fue un verdadero acto político contra el peronismo. Perón, presintiéndolo, no asistió al mismo; en cambio sí lo hizo su principal enemigo, el embajador norteamericano Spruille Braden, quien fue aclamado por los presentes.

En su discurso, violentamente antiperonista, el ingeniero Bustilio dijo refiriéndose al gobierno: «Parece que la productividad no les interesa en el afán de flotar, momentáneamente, en las aguas caudalosas de la popularidad». La situación entre la Sociedad Rural y el gobierno peronista se hizo insostenible: Perón le negaba a Bustillo todo pedido de audiencia. Comprendiendo que no se podía seguir así, los socios de la entidad pidieron a Bustillo la renuncia y otorgaron la presidencia a Martínez de Hoz. Con el cambio las relaciones mejoraron algo, y Martínez de Hoz llegó a jactarse de haber convencido a Perón del error de destruir los latifundios.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli  La Historia Popular Tomo 15  Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

La vida social de la oligarquia argentina Sociedad de Beneficencia

La Vida Social de la Oligarquía Argentina
La Sociedad de Beneficencia

La Sociedad de Beneficencia No tenía la Sociedad de Beneficencia, cuando fue creada por Bernardino Rivadavia, el mismo carácter que adquiriría después. En 1821 volvía Rivadavia de Europa, donde había alternado en los salones con Madame de Récamier, Madame de Staél y otras mujeres célebres de su tiempo.

mujeres de la oligarquia argentina

Este contacto le hizo cambiar la idea conservadora y tradicionalista que se tenía de la mujer en la sociedad porteña, y decidió darle también a ella un papel activo en la vida pública. Así nació, por decreto del 2 de enero de 1823, la Sociedad de Beneficencia, cuyo principal objetivo sería prestar atención «a la educación de las mujeres, a la mejora de sus costumbres y a los medios de proveer a sus necesidades, para poder llegar al establecimiento de leyes que fijen sus derechos y sus deberes y les aseguren la parte de felicidad que les corresponde».

Fácil es, imaginarse la resistencia que este proyecto tuvo en un comienzo en la pacata sociedad porteña de la época. Contra esa resistencia alentaba Rivadavia en las damas «la necesidad de que éstas debían constituirse para hacer una oposición enérgica a los que alguna vez trataran de ridiculizar cualquiera de las operaciones o actos de la Sociedad, bien entendido que éste sería uno de los mayores males que podían sobrevenirles, en razón de que el ridículo de este género degrada al bello sexo y le impide elevarse hasta el grado a que verdaderamente debe aspirar».

La ocupación fundamental a que se consagraría la actividad de las damas de beneficencia sería la organización de la enseñanza femenina, tan descuidada hasta entonces. Al hacer el balance del primer año de existencia, la presidenta, doña Mercedes de Lasala y Riglos, dijo: «La Presidenta de la Sociedad de Beneficencia se cree con derecho de asegurar que todas las señoras que la componen han puesto de su parte, para satisfacer a la confianza con que el gobierno las ha distinguido, aquellos sentimientos de interés por la humanidad que les son peculiares, junto con la actividad y economía propias de su sexo».

A los cuatros años de fundada la Sociedad se educaban en sus escuelas cerca de novecientas niñas; a nueve años el número de alumnas se elevaba a mil doscientas. Sin embargo, no debemos dejarnos engañar al reápecto: la educación que se brindaba en esas escuelas no propendía de ningún modo a la modificación de los viejos hábitos coloniales ni a la transformación de! concepto conservador que sobre la mujer se tenía.

En 1832, siendo presidenta de la Sociedad la famosa Mariquita Sánchez de Mendeville, manifiesta bien claramente la orientación tradicionalista de la educación que allí se impartía. La educación, dice doña Mariquita,«está distante de ser demasiado elevada, como lo han temido algunas personas respetables del pueblo. Los deseos de la Sociedad son, al contrario, que las niñas se complazcan más en su estado, conociendo mejor sus deberes, y que acepten con resignación su destino».

La enseñanza consistía principalmente en enseñar a las alumnas a planchar, a cocinar, a zurcir y remendar. Muy lejos estaba, pues, la Sociedad de Beneficencia de ser un instrumento de liberación femenina;; nada se impartía en sus escuelas que sirviera para desarrollar una personalidad libre y autónoma, sino, por el contrario, se trataba de «que acepten con resignación» el papel subordinado a que las destinaba la sociedad patriarcal. Durante el gobierno de Rosas, la Sociedad de Beneficencia fue presidida por la hermana del dictador, Agustina Rosas.

El gobierno trató por todos modos que la Sociedad se convirtiera en un instrumento de su política. Entre otras directivas dadas a la Sociedad se contaban «no admitir a la cabeza de los establecimientos de educación ninguna maestra que no conformase sus ideas a la política del gobierno», a las alumnas de los colegios de la Sociedad se les imponían vestidos «que no tengan nada de celeste ni verde…; esclavina punzó, pañuelo de una y tercia vara en invierno de lanilla punzó, y en el verano de espumilla del mismo color, llevando un moño también punzó, al lado izquierdo de la cabeza, en todo tiempo».

Las maestras debían prestar juramento de fidelidad a la Santa Causa. El 4 de enero de 1838 la presidenta de la Soqiedad de Beneficencia recibió una nota oficial que decía: «S. E. ha ordenado diga a Ud. que para proponer las socias dad le remita una propuesta en terna para cada una, cuidando de que en dicha propuesta reúnan las candidatas la indispensable calidad de ser notoriamente adictas a la Causa Nacional de la Federación a las que se requieren para el buen desempeño de un cargo tan delicado, y que además conste que los maridos, padres, hermanos o deudos inmediatos de dichas candidatas hayan dado testimonios públicos e intergiversables de su adhesión y fidelidad constante a esa Santa Causa, todo lo cual deberá expresarse al tiempo de elevar al gobierno las propuestas en la forma que queda prevenida».

A pesar de acatar todas estas dis-posiciones, la Sociedad de Beneficencia redujo considerablemente sus actividades durante la época rosista. El gobierno clausuró la Casa de Expósitos y suprimió la subvención para gastos y sueldos de las escuelas, ordenando el cierre sí las familias de las alumnas no las subvencionaban. Solo quedaron tres escuelas de la Beneficencia con no más de doscientas alumnas.

Con la caída de Rosas la Sociedad de Beneficencia renace nuevamente.

En 1857, con motivo de proponerse que la Sociedad de Beneficencia distribuyera los premios de las escuelas de color al mismo tiempo que los de las escuelas de niñas,Mariquita Sánchez de Mendeviíle, que por entonces se desempeñaba como secretaria de la entidad, objetó la medida con una argumentación de contenido netamente clasista y aun racista: «La igualdad ante la ley no quiere decir que no haya clases en la Sociedad», agregando que era conveniente evitar «conflictos estableciendo una igualdad que haría infelices a las gentes de color y a la alta clase». Terminaba diciendo que «aprobaba cuanta educación y bien se les pudiera hacer, pero manteniendo cada clase social en su lugar».

En 1876, la Sociedad de Beneficencia vio reducidas notablemente sus funciones al disponer la ley de Educación común el traspaso de las escuelas de niñas, hasta entonces a cargo de la Sociedad de Beneficencia, al Consejo General de Educación. Desde entonces, la Sociedad de Beneficencia no tuvo otra función que la asistencia social.

Ante la ola inmigratoria del ochenta, la formación del proletariado urbano y las luchas por las reivindicaciones sociales, la Sociedad de Beneficencia se convierte en uno de los bastiones de la reacción social. Uno de sus panegiristas, Carlos Ibarguren, dice al respecto: «La Sociedad de Beneficencia se ha conservado intacta en su estructura, no ha gravitado en su seno la influencia de los recién venidos, y es la única de nuestras instituciones que ha conservado en absoluto su abolengo patricio».

Ibarguren, perteneciente a la misma clase social que las damas de Beneficencia, ve en la institución una defensa de la tradición amenazada y un lazo con el pasado que añora: «Parece que se estremeciera todavía en los claustros apacibles de la vetusta casa de la Sociedad de Beneficencia, en sus bóvedas patinadas por los años y en sus macizas puertas, al alma del viejo Convento de la Merced.

Más adelante, el peronismo le dará el golpe de gracia. El conflicto se desata con el pretexto del nombramiento de la presidenta. Era tradicional en la Sociedad de Beneficencia ofrecerle la presidencia a la esposa del primer magistrado. Pero en esta ocasión, por primera vez, el nombramiento no llegó. Las Damas, muy sutilmente, alegan ante Eva Perón que es demasiado joven para ocupar ese cargo, a lo que Eva, más sutilmente aun, responde que, en ese caso, sea nombrada su madre.

Este ofrecimiento no tiene respuesta. Poco después, la Sociedad de Beneficencia es disuelta y Eva Perón, con un criterio muy distinto, crea la Fundación Eva Perón. En La razón de mi vida se formularán duros juicios sobré la beneficencia: «…para que la limosna fuese aun más miserable v más cruel inventaron la beneficencia, y así añadieron al placer perverso de la limosna el placer de divertirse alegremente con el pretexto del hambre de los pobres. La limosna y la beneficencia son para mí ostentación de riqueza y de poder para humillar a los humildes»

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

La Batalla de Caseros Antecedentes y Causas Fin Gobierno Rosista

Causas y Antecedentes de la Batalla de Caseros – Fin Gobierno Rosista

El 3 de febrero de 1852 en Monte Caseros el ejército de Urquiza derrotó al ejército de Rosas. Ese mismo día Rosas eleva su renuncia a la legislatura y busca refugio en un barco inglés. Es el fin de la tiranía.

Urquiza, gobernador de Entre Ríos, era de ideas netamente federales y ferviente partidario de Rosas.

Hacia 1850 el poder de Urquiza se ha robustecido y cada vez soporta menos el centralismo y las medidas despóticas del tirano.

Por otra parte el vigor del régimen rosista se ha desgastado. Como todos los movimientos dictatoriales a medida que ha logrado sus objetivos y garantiza un orden va perdiendo el entusiasmo provocado en sus comienzos.

Las provincias habían delegado en el gobernador de Buenos Aires la conducción de las relaciones internacionales. Cada año Rosas comunicaba a las provincias su renuncia al ejercicio de esta delegación y las provincias invariablemente lo confirmaban rivalizando en elogios a su persona.

En 1851, en ocasión de esta acostumbrada renuncia, Urquiza dictó un decreto retirando a Rosas las facultades de cuidar de las relaciones diplomáticas de su provincia.

El decreto establecía que la provincia de Entre Ríos atendería por sí misma las relaciones con los países extranjeros hasta la organización definitiva de la República. Es el llamado «pronunciamiento de Urquiza».

Pocos días después el gobernador de Entre Ríos dictó otro decreto por el que substituía el lema «Mueran los Salvajes Unitarios» que encabezaba todos los documentos oficiales por otro que decía «Mueran los enemigos de la organización nacional«. La ruptura con Rosas estaba consumada.

El 25 de mayo Urquiza lanzó una proclama en que expresaba su resolución de combatir por las armas la tiranía.

El día 29 firmó una alianza militar con Brasil, la Banda Oriental y Corrientes. Atacó y derrotó a Oribe que sitiaba a Montevideo.

En Diamante estableció sus campamentos y organizó el llamado Ejército Grande, con que se dispuso a avanzar sobre Buenos Aires. El ejército estaba compuesto por 24.000 hombres, incluidos 4.000 brasileños de cuerpos de línea.

El ejército marchó sin encontrar resistencias. Tampoco encontró simpatías y colaboración de los pueblos que atravesaba.

El encuentro se produjo en Caseros. Apenas se luchó pero la situación se definió categóricamente a favor de Urquiza.

De Santos Lugares Rosas envió su renuncia ese mismo día y se refugió en la casa del encargado de negocios de Inglaterra.

— Urquiza penetró con sus tropas en Buenos Aires que lo recibió con absoluta frialdad. El pueblo estaba disgustado y humillado por la presencia en el Ejército Grande de cuerpos militares brasileños.

— «Ni vencedores, ni vencidos» era el lema de Urquiza. Pero no se cumplió. Hubo venganzas y actos de barbarie por parte de los vencedores.

— Urquiza se encontró con serias dificultades. Los unitarios, sus aliados momentáneos, se creían dueños de la victoria y pretendían implantar una política centralista y porteñista.

El 27 de febrero Urquiza publicó una violenta proclama en que acusaba a los «salvajes unitarios» de reclamar la herencia de «una revolución que no les pertenecía, una victoria en la que no han tenido parte, una patria cuyo sosiego perturbaron, cuya independencia comprometieron y cuya libertad sacrificaron con su ambición».

— Urquiza, dada la oposición unitaria, se retiró a Palermo. Mantuvo sin dudar el sistema federal y estableció cordiales relaciones con los gobernadores resistas de las provincias.

Firmó con los gobernadores de Buenos Aires, Corrientes y Santa Fe el Protocolo de Palermo por el que estas provincias delegaban en él las relaciones exteriores.

Los gobernadores de provincia fueron invitados a una reunión para convenir las bases de una organización nacional. El acuerdo se celebró en San Nicolás el 31 de mayo de 1852.

En él se establece la vigencia del Pacto Federal de 1831 y se resuelve convocar un Congreso Constituyente a reunirse en Santa Fe. Cada provincia enviará dos diputados.

Se establece también que Urquiza desempeñará provisoriamente el cargo de Director Supremo.

Todas las provincias, excepto Buenos Aires, firman el acuerdo.

Antecedentes de la Batalla de Casero

El progreso de la ganadería encontraba un obstáculo en el estancamiento técnico en que la mantenía el saladerorosista. Se hacía necesario realizar un cambio en los modos de producción —introducción de razas finas, alambrado, selección zootécnica—, con las miras puestas en el mercado europeo.

Estas reformas se imponían primeramente en el mercado lanar, contraponiendo los intereses de estos ganaderos más progresistas, por necesidad de su propia producción, a la oligarquía vacuna, quien, ligada a la industria del tasajo, seguía empeñada en mantener la estructura atrasada que había determinado el tasajo.

Pero la industria del tasajo perdía fuerza a medida que la esclavitud desaparecía de América, en tanto que la demanda de lana iba en creciente aumento como consecuencia de la expansión de la industria textil en Inglaterra.

Del mismo modo que el tasajo había desplazando al cuero, ahora la lana desplazaba al tasajo. La industrialización ganadera introducía en el seno del régimen monolítico rosista un elemento de contradicción que le impedía fijarse. Esta modificación de los modos de producción no podía dejar del tener repercusiones políticas y social les.

Caseros sería el resultado de la coincidencia de intereses entre el ala progresista de la ganadería bonaerense y los ganaderos del litoral. La oligarquía bonaerense estaba dispuesta a entrar en la nueva onda europea, pero Rosas no estaba preparado mentalmente «para seguir la nueva corriente». El hombre que había sido la expresión de un determinado momento económico del país, no podía adaptarse a la nueva situación cuando la situación expresada por él era superada por los hechos.

Por otra parte, la dictadura empezaba a resultar un gasto superfluo, había sido necesaria para afianzar a la oligarquía en el poder, pero ahora podía solo en la vitalidad inherente a la pujante fuerza económica de la ganadería. La refinada oligarquía porteña empezó a ver con desagrado los métodos brutales de Rosas porque la violencia, aunque se producía en el propio interés de la oligarquía, no podía dejar de mancharle la ropa y arrojarla a veces a situaciones ridículas y humillantes que terminaron por irritarla.

Ya Anchorena exclamaba: «Ha entrado en un camino (Rosas) en el que yo no debo seguirlo ni puedo contrariarlo». Rosas había creado una situación en la que sus amigos podían seguir gobernando sin necesidad de él. El rosismo había agotado su función histórica.

Perdido el apoyo de la oligarquía que lo había levantado, ni siquiera intentó defenderse, y dejó el poder en las mismas manos de quienes lo había recibido. No es difícil imaginar cuál sería la actitud de los más notorios rosistas, pertenecientes a la oligarquía bonaerense, con respecto al vencedor de Caseros.

Al día siguiente, Nicolás Anchorena, Perrero, Vélez Sársfield y otros miembros representativos de la «clase decente» de Buenos Aires acudieron a Palermo a abrazar a Urquiza. Alberdi cuenta:»Le oí decir a Rosas que Anchorena, al acercarse Urquiza a Buenos Aires, le dijo que si triunfaba Urquiza «no le quedaba más remedio que agarrarse a los faldones de Urquiza y correr su suerte aunque fuese al infierno» y que en seguida lo abandonó».

Es característico de la oligarquía argentina no ser fiel a sus amistades políticas, sino tan solo a sus intereses económicos más inmediatos. Rosas había servido de chivo expiatorio, y cargó con la culpa de toda la tribu. Cuanto más comprometida estaba con el rosismo, más visiblemente antirrosista sería la oligarquía después de Caseros.

Para que los Anchorena, los Torres, los Terrero, pudieran seguir en el poder era preciso que Rosas no volviera nunca: «el tirano emigró sin la tiranía«, como diría Alberdi.

EL EJÉRCITO GRANDE ATRAVIESA EL PARANÁ: EL RELATO DE SARNIENTO.

«El sol de ayer ha iluminado uno de los espectáculos más grandiosos que la naturaleza y los hombres pueden ofrecer: el pasaje de un gran río por un grande ejército.

Las alturas de Punta Gorda ocupan un lugar prominente en la historia de los pueblos argentinos. De este punto han partido las más grandes oleadas políticas que los han agitado. De aquí partió el general Ramírez, de aquí el general Lavalle defendiendo principios políticos distintos. De aquí se lanza ahora el general Urquiza al grito de Regeneración de poblaciones en masa, y ayudado de naciones que piden paz y seguridad.

La Villa del Diamante ocupa uno de los sitios más bellos del mundo. Desde sus alturas, escalonadas en planos ascendentes, la vista domina un vasto panorama: masas ingentes de las plácidas aguas del Paraná, planicies inconmensurables en las vecinas islas, y en el lejano horizonte brazos del Río y la costa firme de Santa Fe, punto de partida de la gran cruzada de los pueblos argentinos.

Animaban la escena del paso de las divisiones de vanguardia la presencia de los vapores de la escuadra brasilera, y la llegada de las balsas correntinas, […] capaces de contener, en su recinto circundado de una estacada, cien caballos.

Al amanecer del día 23 todo era animación y movimiento en las alturas del Diamante, en la Playa, en los buques y en ias aguas.

En los países poco conocedores de nuestras costumbres, el juicio se resiste a concebir cómo cinco mil hombres, conduciendo diez mil caballos, atravesaron a nado en un solo día el Uruguay, en una extensión de más de una milla de ancho, y sobre una profundidad que da paso a vapores y buques de calado.

Esta vez el auxilio del vapor hacía innecesarios esfuerzos tan prodigiosos. Embarcaciones menores pasaban de una a otra orilla los batallones de infantería en grupos pintorescos que matizaban de vivísimo rojo la superficie brillante de las aguas.

El vapor D. Pedro, de ligerísi-mas dimensiones, remolcaba las balsas cargadas de caballos, pero aún no satisfecha la actividad del General en Jefe con estos medios, centenares de nadadores dirigían el paso de tropas de caballos, cuyas cabezas se diseñaban apenas, como pequeños puntos negros que interrumpían en líneas transversales la tersura del río.

Por horas enteras veíase algún nadador, luchando con un solo caballo, obstinado en volver atrás a la mitad del canal, mientras que el espectador se reposaba de la fatiga, que causa el espectáculo de tan prodigiosos esfuerzos, al divisar en la opuesta orilla los caballos que tomaban tierra, los batallones que desplegaban al sol sus tiendas, y allá en el horizonte los rojos escuadrones de caballería, que desde temprano avanzaban perdiéndose de vista en la verde llanura de las islas. […].

En medio de la variada escena del paso del Paraná descubrióse al Sud el humo de nuevos vapores que llegaban conduciendo tropas; y poco después túvose noticia que el general Mansilla había abandonado los acantonamientos de Ramallo, dejando clavados los cañones que guarnecían el Tonelero. Los entusiastas vivas de la población del Rosario saludaron a su paso a nuestros auxiliares, y varios oficiales del desconcertado Ejército de Rosas, obtuvieron pasaje en los vapores para reunirse a nuestras fuerzas.» […].

Domingo F. Sarmiento. Campaña en el Ejército Grande.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Los primeros saladeros Politica economica de Rosas Expotacion tasajo

Los Primeros Saladeros  – Política Económica de Rosas

El auge del saladero: La consecuencia del comercio libre fue el desplazamiento de los comerciantes criollos por los ingleses. Aquellos optaron por retirarse luego de un intento de lucha a través del Consulado, y cambiaron las actividades comerciales por las ganaderas, integrándose dé ese modo a la división del trabajo mundial propugnada por Inglaterra. El saladero traerá el auge de la producción agropecuaria a partir de 1815, año en que Rosas abre su primer saladero, Las Higueritas, en Quilmes.

Primeros Saladeros

Primeros Saladeros

El saladero rosista no tendrá un carácter feudal como se lo asigna José Ingenieros —La evolución de las ideas políticas en la Argentina—, sino que constituye una etapa en el desarrollo del capitalismo argentino. Pero al mismo tiempo, y eso lo escamotean los resistas, marca el carácter dependiente, atrasado, semicolonial del capitalismo argentino! desde sus orígenes.

Con Rosas quedó establecido el sistema económico que convertiría al país en exportador de materias primas e importador de productos manufacturados, procedentes principalmente de Inglaterra, con la consiguiente dependencia que! estas relaciones implicarán, sobre todo a partir de la aparición del imperialismo, en las últimas décadas del siglo. La impotencia de la burguesía comercial para transformarse en una burguesía industrial provocó su sustitución política por la burguesía ganadera, la única clase productora, aunque de una producción subordinada al exterior.

El programa de una economía nacional, esbozado por Moreno e intentado vanamente por el grupo rivadaviano en su última época, será reemplazado en el grupo rosista por una economía estrechamente localista; los intereses del país serán desde entonces los intereses de la provincia de Buenos Aires, y los intereses de la provincia de Buenos Aires los intereses de la clase ganadera bonaerense. La rápida riqueza que trajo el desarrollo de la ganadería provocó el total desinterés de la oligarquía porteña por fomentar un desarrollo industrial, lo que, por otra parte, la hubiera malquistado con su principal consumidor de cuero, Inglaterra.

Esta grave deformación de la economía nacional, iniciada por Rosas y los estancieros saladeristas entre los años 20 y 30, se prolongará casi hasta la tercera década del siglo siguiente. Algunos resistas —José María Rosa en Defensa y pérdida de nuestra independencia ‘económica— alegarán que la apertura de los saladeristas hacia el mercado esclavista americano —Estados Unidos, Brasil, las Antillas— permitía a los ganaderos prescindir del mercado inglés y realizar, de ese modo, una política independiente. Tal enfrentamiento en realidad no existió. Los ingleses seguían siendo consumidores de los productos ganaderos al margen del tasajo y, por otra parte, el proceso de comercialización externo seguía en sus manos.

El total desinterés de la oligarquía ganadera bonaerense por el desarrollo de una industria nacional se mostró en la defensa del librecambio que hizo en 1830 el delegado de Rosas, José María Roxas y Patrón, él también un gran estanciero, frente a la posición proteccionista del gobernador de Corrientes, Ferré.

En tal ocasión, Roxas y Patrón, haciéndose portavoz de la oligarquía ganadera bonaerense, sostuvo que la ganadería era la industria madre del país y que no era justo que el consumo nacional pagara precios elevados por un producto industrial mediante una política proteccionista. Esta tesis sería repetida en diversas épocas por los representantes de la oligarquía ganadera para oponerse a todos los intentos de industrialización del país. Le cupo a Rosas el triste honor de ser el precursor de esta doctrina antinacional.

Los rosistas, que no pueden ocultar esta posición de Rosas, hacen una artificiosa división entré el primer gobierno de Rosas, en el que éste todavía estaría representando los intereses locales, y el segundo gobierno, donde, según ellos, expresaría los intereses nacionales a través de la Ley de Aduana de 1835.

En realidad, esta ley, limitadamente proteccionista, solo estuvo en vigencia seis años; fue levantada en diciembre de 1841, después del bloqueo francés. Había sido impuesta, en contra de la voluntad del grupo rosista, por la enorme presión de las provincias y de los pequeños industriales y artesanos de Buenos Aires.

PRIMEROS SALADEROS DE ARGENTINA: El primer establecimiento saladero de Buenos Aires fue creado en 1810 por los ingleses Roberto Staples y Juan Me Neile. En 1812, trabajaban en él cerca de sesenta hombres. En 1815, la sociedad formada por Juan Manuel de Rosas, Juan Terrero y Luis Dorrego estableció en Quilmes (provincia de Buenos Aires) el famoso saladero Las Higueritas. Posteriormente se instalaron otros en las orillas del Riachuelo. La actividad de los saladeros permitió el aprovechamiento integral del vacuno y la producción de carne para la exportación, y contribuyó a valorar la ganadería. El tasajo se exportaba a Cuba y Brasil para el consumo de los esclavos.

En 1821, la eliminación de los derechos de exportación de la carne salada transportada en buques nacionales favoreció ampliamente al sector que controlaba la actividad. A fines de 1820 había más de veinte saladeros en Buenos Aires.

Los saladeros emplearon trabajadores asalariados que tenían a su cargo una etapa de la producción. Luego de enlazar y matar a los animales elegidos, se les sacaba el cuero y se trozaba su carne en tiras. Éstas se apilaban con abundante sal entre capa y capa. Cada diez días se asoleaba la carne y se la apilaba nuevamente. Al cabo de cuarenta o cincuenta días el producto estaba listo.

Fuente Consultada:
Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo
Historia Argentina de Luchilo-Romano-Paz
Historia 3 Historia de una Nación Miretzky y Otros

Rivadavia y la oligarquia Formacion de la clase oligarca porteña

Rivadavia y la oligarquía-Formación de la clase oligarca porteña

La oligarquía se hace federal: En tanto Rivadavia representaba los intereses locales de la provincias de Bs.As., la oligarquía porteña fue unitaria. Cuando con el Congreso Constituyente de 1826 Rivadavia decide la organización nacional, la división de la provincia de Buenos Aires y la capitalización de la ciudad de Buenos Aires, la oligarquía bonaerense se hace furiosamente antirrivadaviana. ¡No era para menos!.

La nacionalización de Buenos Aires implicaba la nacionalización del puerto y de los derechos aduaneros, privilegios hasta entonces de la oligarquía porteña. «En realidad —explica Mirón Burgin—, la federalización de la ciudad de Buenos Aires era para la provincia la pérdida, primero, de una parte considerable de su territorio (comercialmente la más importante); segundo, de un cincuenta por ciento de la población y una proporción mayor de sus riquezas, y tercero, de casi todos sus ingresos». Como comenta Enrique Barba: «A Anchorena más que interesarle el problema de la Capital, le preocupaba el problema del Capital».

La oligarquía porteña comprendió que la política nacional de Rivadavia la despojaba de sus privilegios locales, ya que no podía disponer a su arbitrio de la tierra pública ni vender libremente sus productos a los ingleses ni mantener el monopolio de la Aduana. La ruptura con Rivadavia era inevitable. A partir de entonces adheriría al partido federal, capitaneado por Dorrego.

Sin embargo, los antecedentes políticos de la oligarquía estaban en una línea opuesta a la de Dorrego: venían del saavedrismo, pasaron luego al régimen directorial y, por último, al unitarismo. Dorrego, en cambio, procedía del morenismo, había sido antidirectorial, y admitía como antecedente directo a Artigas, en quien la burguesía porteña había centrado todos sus odios. Esa especie de Robín Hood de las pampas había tenido la osadía de promulgar una reforma agraria en la que se repartía la tierra entre los gauchos.

La inusitada adhesión de la oligarquía porteña, rabiosamente antiartiguista, al federalismo, fue observada por López: «Algunos de sus nombres servirían para que se juzgue de los elementos de acción que en su nueva forma había recibido el partido federal; partido que por su denominación al menos se ligaba a la insurrección litoral de los artiguistas, a quienes éstos habían combatido a muerte, rechazándolos antes como bárbaros, y adoptando ahora sus principios como necesarios y útiles a la provincia de Buenos Aires: García Zuñiga, Arana, Aguirre, Cavia, Rojas, Anchorena, Masa, Rosas, Ezcurra, Arguibel, Moreno, Balcarce, Escalada, Medrano, Obligado, Perdriel, Wright, Del Pino, Echevarría, Terrero, Vidal (Celestino), Izquierdo y .otros, en cuyo cómputo están todavía entroncados gran número de familias afincadas y notables de nuestro tiempo».

Pronto el grupo oligárquico desplazaría del partido federal al sector democrático apoyado en las masas populares urbanas. El federalismo democrático de Dorrego sería reemplazado por el federalismo oligárquico de Rosas, Anchorena y su pandilla.

El rosismo, expresión de la oligarquía:
La línea «populista» del rosismo intenta mostrar a Rosas como expresión de las masas populares. José María Rosa llega a hablar del «socialismo de Rosas». Los historiadores clásicos de la burguesía, en cambio, no se engañan al respecto, y nos muestran a Rosas como un típico representante de la oligarquía terrateniente bonaerense. El propio sobrino de Rosas, Lucio V., Mansilla, dirá: «En sus primeros tiempos, ser rico significaba para él todo; es un fin supremo. Todavía no ve que es un medio también. No hay antecedente que demuestre que el estanciero podrá llegar a tener gran ambición política. Despertóse esta después. En tal sentido, Rosas no se hizo; lo hicieron los sucesos, lo hicieron otros, algunos ricachones egoístas, burgueses con ínfulas señoriales, especie de aristocracia territorial que no era por cierto la gentry inglesa. Era hombre de orden, moderado, de buenas costumbres, con prestigio en el gauchaje; tras de él, estarían ellos gobernando».

Basta ver los nombres que componían la Legislatura que eligió a Rosas otorgándole las facultades extraordinarias, para tener una idea cabal del contenido de clase del gobierno rosista. Entre los legisladores estaban Nicolás y Tomás Anchorena, Aguirre, Obligado, Irigoyen, García Zuñiga, Escalada, Peña, Seguróla, Posadas.

Entre las familias que adornaban sus casas en la celebración de las fiestas federales se contaban las de Anchorena, García Zuñiga, Irigoyen, Escalada, Peralta, Elía, Azcuénaga, etc. La Sociedad Popular Restauradora estaba compuesta también por miembros prestigiosos de la oligarquía: Miguel de Riglos, Miguel de Iraola, Saturnino Unzué, Francisco Obarrio, Francisco Salas, Miguel Peralta, etc.

Pero será el propio Rosas quien en una reveladora carta del destierro nos diga que toda su acción política estuvo al servicio de los intereses económicos de los Anchorena: «Entré y seguí por ellos, y por servirlos en la vida pública.  Durante ella los serví, con notoria preferencia, en todo cuanto me pidieron y en todo cuanto me necesitaron. Estas tierras que tienen en tan grande escala, por mí se hicieron de ellas, comprándolas a precios muy moderados. Hoy valen muchos millones, las que entonces compraron por pocos miles. Podría agregar mucho más, si el asunto no me fuera tan desagradable y el tiempo tan corto».

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Ley de Enfiteusis de Rivadavia Reparto de la Tierra Publica Objetivo

Ley de Enfiteusis de Rivadavia – Reparto de la Tierra Pública

La ley de Enfiteusis y el reparto de tierras públicas:
En 1822 Rivadavia dictó la ley llamada de Enfiteusis, que fue aprobada el 18 de agosto por la Junta deRepresentantes, entre cuyos miembros se contaban, como siempre desde su creación, los Anchorena y los apellidos más prominentes de la oligarquía.

Teóricamente la ley se proponía una distribución racional de la tierra, una diversificación de la producción rural, fomentando la agricultura y la creación de una nueva clase media de colonos que enfrentara a la oligarquía terrateniente.

Pero al ser llevada a la práctica esta ley produjo su propia negación: no fueron los inmigrantes labriegos, con los que soñaba utópicamente Rivadavia, quienes se repartían la tierra, sino precisamente la gran oligarquía terrateniente y hacendada, que ya tenía tierras desde la época de la colonia y que no hizo sino extender sus posesiones.

Basta leer las listas de enfiteutas para comprobarlo. «La mayoría de los nombres de los enfiteutas —dice Jacinto Oddone— son bien conocidos. Los oímos pronunciar todos los días.

En cualquier momento los podemos leer en la crónica social de los grandes diarios de la Capital Federal y de las ciudades y pueblos de campaña. Los llevan los personajes más encumbrados de nuestro gran mundo y muchos directores de la política nacional y provincial.

Sin embargo, es seguro ¿que por más previsores que hayan sido aquellosenfiteutas, han de haber estado lejos de sospechar que la tierra pública que el gobierno concedía en el año 1822, de valor ínfimo, casi nulo, convertiría en millonarios a sus descendientes de tercera o cuarta generación, haciéndolos dueños del suelo de la provincia».

En la lista de enfiteutas figuran los siguientes apellidos famosos: Aguirre, Anchorena, Alzaga, Alvear, Arana, Arroyo, Azcuénaga, Basualdo, Bernal, Bosch, Bustamante, Cabral, CascaMares, Castro, Díaz Vélez, Dorrego, Eguía, Echeverría, Escalada, Ezcurra, Gallardo, Gowland, Guerrico, Irigoyen, Lacarra, Larrea, Lastra, Lezica, Lynch, López, Miguens, Obarrio, Ocampo, Olivera, Ortiz Basualdo, Otamendi, Pacheco, Páez, Quiroga, Quirno, Rozas, Sáenz Valiente y tantos otros. Los inmigrantes que quería Rivadavia, por supuesto, no llegaron nunca a ocupar esas tierras.

Es fácil prever cómo se sabotearía el proyecto de inmigración, si observamos que la comisión para organizar la contratación de inmigrantes europeos —creada por decreto de Rivadavia del año 1824— estaba presidida por el primo de  Anchorena, Juan Pedro Aguirre, e integrada entre otros por el propio Juan Manuel de Rosas.

En 1828, la oligarquía terrateniente que domina la Legislatura consiguió  modificar la Ley de Enfiteusis para que aprovechara más aun a sus intereses. En un debate de la Legislatura llevado a cabo en enero de 1828, el general Viamonte combatió la cláusula de la ley que prohibía a los enfiteutas adquirir nuevas tierras, limitando así el derecho de propiedad.

En sesiones que van del 6 al 16 de febrero, Tomás de Anchorena sostuvo el proyecto de reforma en el sentido en que lo promulgaba Viamonte. De este modo la Ley de Enfiteusis perdía hasta su último rasgo progresista, para convertirse lisa y llanamente en el gran negociado de la burguesía terrateniente bonaerense.

Como los que resultaban favorecidos con la Ley de Enfiteusis eran los mismos que la habían votado en la Legislatura, puede decirse que comenzó con esa Ley la historia del latrocinio y el despojo de las tierras» públicas por la oligarquía porteña. Durante el gobierno de Rosas no le resultaría muy difícil a esta misma oligarquía, que seguía vinculada al gobierno, conseguir que éste les concediera la propiedad privada de las tierras que les habían sido entregadas en carácter de enfiteusis. El despojo quedaba de ese modo legalizado. En 1837 vencían los diez años de plazo otorgado a la enfiteusis: se aumentaba a partir de entonces el canon al doble.

El gobierno de Rosas, mediante un decreto del 19 de mayo de 1836, vendió 1.427 leguas —de las otorgadas en enfiteusis— a 253 adquirentes. En la nómina de los compradores se repiten los mismos nombres que en la de los enfiteutas, es decir, los tradicionales apellidos de la oligarquía porteña. Pero no solamente la oligarquía se aprovechaba de todos los privilegios que le otorgaba su participación en el gobierno, sino que, además, trataba, cuantas veces podía, de estafar al propio gobierno. En 1825 y 1826 fueron multados, entre otros, Tomás, Juan José y Nicolás Anchorena por evasión de impuestos.

La enfiteusis
La enfiteusis dejó triste saldo de su tortuosa aplicación: de 1822 a 1830. 538 propietarios en total obtuvieron por lo menos 3.026 leguas, o sea 8.656.000 hectáreas. Alcanzado este limite, la enfiteusis no convino más a los propios interesados que la votaron: son los grandes enfiteuta —los mismos que clamaban por limitaciones en las superficies acordadas cuando ellos alcanzaron límites casi infranqueables— los que ahora desean abolir el régimen. La actitud era lógica pues no convenía mantener esas enormes extensiones bajo un sistema que en definitiva reservaba las tierras al Estado: además, pese a todos los favoritismos, no se pudo evitar que se abrieran camino hacia la tierra, y su explotación directa, otros productores cuya proliferación afectaría fundamentalmente privilegios creados de antiguo.

GIBERTI, Horacio C.E.. Historia económica de la ganadería argentina

ENFITEUSIS
«Enfiteusis» es la «cesión perpetua o por largo tiempo del dominio útil de una finca mediante el pago anual de un canon al que hace la cesión, el cual conserva el dominio directo».

El ingeniero agrónomo Emilio A. Coni publicó en 1927, en la imprenta de la Universidad de Buenos Aires, La verdad sobre la enfiteusis de Rivadavia. Coni asegura: «No se había hecho hasta hoy un estudio serio, cronológico y documentado de la enfiteusis y su aplicación. Dos hombres solamente la habían estudiado, y superficialmente, Andrés Lamas, panegirista de Rivadavia, y Nicolás Avellaneda. Los demás autores no hicieron sino repetirlos. […] Confieso que antes de iniciar el estudio tenía ya mis dudas sobre la excelencia del sistema eufitéutico. Algunos datos aislados que había conseguido me lo hacían sospechar. Pero lo que más pesaba en mi espíritu para mantener esa duda era la opinión francamente contraria a la enfiteusis de todos los hombres de valer que actuaron después de Caseros y que habían sido testigos del sistema. Mitre, Sarmiento, Tejedor, Alberdi y Vélez Sarfield, por no citar sino a los principales, fustigaron a la enfiteusis con frases lapidarias y la calificaron de perniciosa. […] La enfiteusis rivadaviana no es de Rivadavia, sino el producto de un proceso histórico en el que participaron muchos hombres públicos, y que empieza con la hipoteca de las tierras públicas de acuerdo con el criterio de la época.

de que la mejor garantía para el crédito era la inmobiliaria. Y no pudiendo venderse la tierra hipotecada se dio en enfiteusis. Descubrí en la enfiteusis de 1826 tres gravísimos defectos, fundamentales para una ley de tierras públicas. Faltábale el máximo de extensión, lo que permitía otorgar 40 leguas cuadradas a un solo solicitante. No obligaba a poblar, de lo cual resultaba que la tierra se mantenía inculta y baldía esperando la valorización. Y la libre transmisión de la enfiteusis sólo servía, sea para acaparamientos, algunos superiores a 100 leguas cuadradas, o para el subarrendamiento expoliatorio de los infelices de la campaña por los poderosos de la ciudad.»

Ley Nacional de Enfiteusis del 18 de mayo de 1826
«Artículo 1°) Las tierras de propiedad pública… se darán en enfiteusis durante el término, cuando menos, de 20 años, que empezarán a contarse desde el 1° de enero de 1827.

Artículo 2°) En los primeros 10 años, el que los reciba en esta forma pagará al tesoro público la renta o canon correspondiente a un ocho por ciento anual sobre el valor que se considere a dichas tierras, si son de pastoreo, o a un cuatro por ciento si son de pan llevar.

Artículo 3°) El valor de la tierra será graduado en términos equitativos por un jury de cinco propietarios de los más inmediatos…

Artículo 5°) Si la evaluación hecha por el jury fuese reclamada, o por parte del enfiteuta, o por la del fisco, resolverá definitivamente un segundo jury, compuesto del mismo modo que el primero.

Artículo 6°) La renta o canon que por el artículo 2° se establece, empezará a correr desde el día en que al enfiteuta se mande dar posesión del terreno.

Artículo 7°) El canon correspondiente al primer año se satisfacerá por mitad en los dos años siguientes.

Artículo 9°) Al vencimiento de los 10 años que se fijan en el artículo 2°, la Legislatura Nacional reglará el canon que ha de satisfacer el enfiteuta en los años siguientes sobre el nuevo valor que se graduará entonces a las tierras en la forma que la Legislatura acuerde».

PARA SABER MAS…
ESTADO Vs. IGLESIA EN ESTA ETAPA RIVADAVIANA

En el Argos de Bs.As. del sábado 19 de octubre 1822, se publicaba un comentario acerca de la discusión sobre la reforma eclesiástica propuesta por el gobierno , que había tenido lugar en la sala de Representantes:

(…) ha quedado decretada la abolición del fuero personal del clero (…) El público ha quedado prendado del celo y patriotismo con que estos señores eclesiásticos, que han atacado con calor, y con los más vivos coloridos los perjuicios que resultan a La sociedad de esta distinción que les había sido concedida; (…). La representación y el gobierno caminan con pasos de gigante, y Buenos Aires, de día en día va dando pruebas que dentro de breve presentará el modelo de una de las sociedades más bien organizadas, y a donde correrán habitantes de todas naciones a disfrutar en su seno el libre ejercicio de su industria, la abundancia y la seguridad.»

Como parte del plan orgánico concebido por el ministro Bernardino Rivadavia y su grupo, el gobierno se ocupó también de la Iglesia. La revolución de 1810 había alcanzado con su impacto a la jerarquía eclesiástica del Río de la Plata, la había separado de Roma y privado de muchas de  sus autoridades legítimas. Corno resultado de la conmoción social que la afectó, la Iglesia ofrecía un cuadro de desorden interno que acusaba problemas de todo tipo. Rivadavia se propuso poner coto al desquicio de esa situación, pero la reforma se impuso desde el gobierno  que asumió de esta manera, una potestad que subordinaba la Iglesia al poder civil.

Se inventariaron los bienes eclesiásticos, inclusive los de las órdenes religiosas; se suprimió toda autoridad eclesiástica sobre franciscanos y mercedarios, que quedaron sujetos a la del gobierno; se fijaron normas de conducta para los frailes, entre otras medidas que se arbitraron.

La iglesia dividió sus posiciones frente al avance reformista del gobierno y Francisco de Paula Castañeda, un fraile recoleto, se erigió en el más firme y vocinglero contradictor de la reforma y su alma mater. Agitó la opinión a través de una serie de periódicos de vida efímera y nombres estrafalarios que, pese a constituir una campaña de verdadero asedio, no pudieron contener la resolución del gobierno.

La ley de reforma eclesiástica se sancionó en noviembre de 1822 después de un prolongado y ardoroso debate. Por ella se dispuso la anulación del diezmo, la secularización de las órdenes monásticas; los bienes de los conventos disueltos se declararon como propiedad del Estado, a cambio de lo cual el gobierno se comprometía a proveer el presupuesto de la iglesia. Así nació, dicen algunos autores, el primer presupuesto de culto y en el predio de los monjes recoletos se estableció el cementerio del Norte o de «la Recoleta» , bajo la administración estatal.

Con el apoyo de algunos eclesiásticos comprometidos con la reforma, en Buenos Aires ésta pudo llevarse adelante. En el resto del país, una sociedad más ligada a las tradiciones hispánicas no podía comprenderla y se hizo inaplicable. El gobierno y, especialmente su ministro, se ganaron una acusación de anticlericalismo que excedió con creces las intenciones de Rivadavia. La reforma tuvo, además, un correlato político de carácter más violento, como fue la revolución encabezada por Gregorio Tagle en 1823, rápidamente sofocada.

Establecimiento de la Enfiteusis
Dos decretos del gobierno de Buenos Aires establecieron las bases del régimen de enfiteusis. El del 17 de abril de 1822 que ordenó la inamovilidad de las tierras públicas prohibiendo su venta, y el del 1- de julio del mismo año que, además de ratificar el anterior, dispuso en el artículo 2a que: «Los terrenos que expresa el artículo anterior (los fiscales) serán puestos en enfiteusis con arreglo a la minuta de ley sobre terrenos».

Como consecuencia de esto último se comenzaron a otorgar tierras en enfiteusis, pese a que no se dictó la legislación necesaria para reglamentarla. De esta forma se entregaron propiedades sin límites de extensión que en lugar de fomentar el poblamiento de la campaña favorecieron la especulación y la concentración de la tierra en pocas manos.

Después que se constituyeron las autoridades nacionales, el Congreso nacional y la presidencia de la República, fue sancionada el 18 de mayo de 1826 la ley nacional de enfiteusis. En el art. 12 establecía que las tierras «se darán en enfiteusis durante el término, cuando menos de 20 años, que empezarán a contarse desde el 1e de enero de 1827».

El art. 2a que «En los primeros diez años el que la reciba en esta forma pagará al Tesoro Público la renta o canon correspondiente a un 8 por ciento anual sobre el valor que se considere a dichas tierras, si son de pastoreo, o a un 4 por ciento si son de para llevar». El 39 decía que el valor de las tierras sería fijado «por un jury de propietarios de los más inmediatos…». Los art. 4° y 5° se referían al funcionamiento del jury; el 62 a la fecha en que comenzaba a correr el canon; el art. 7- concedía que «El canon correspondiente al primer año se satisfará por mitad en los dos años siguientes»; el 8a se refería a que el Gobierno fijará los períodos para pagar el canon; y el que disponía que al término de los primeros diez años la legislatura fijaría el canon según el nuevo valor de las tierras.

Esta ley tenía dos fallas fundamentales. La primera y más importante era que no establecía límites de extensión ni de cantidad de contratos a los enfiteutas. De esta manera, los más influyentes consiguieron cesiones que, en algunos casos, superaron más de 100 leguas cuadradas (Tomás de Anchorena 118, es decir, 318.581 hectáreas) en las mejores zonas de la pampa húmeda.

Otro de los errores de la ley, en perjuicio del Estado y de sus fines, era que un jury de propietarios, según el art. 3-, fijaría el valor de las tierras. Como obviamente éstos era estancieros, y también enfiteutas, indudablemente deprimirían los valores. Pero no terminaba aquí el perjuicio para el Estado. Al respecto señala Jacinto Oddone en «La burguesía terrateniente argentina»: «No paró allí la audacia de los especuladores. Hemos visto con la lectura de la ley, que los enfiteutas debían abonar un canon al Estado por el uso de la tierra. Pues bien; pocos fueron quienes lo pagaron. Y el gobierno, que había cifrado sus esperanzas en ese grupo para abonar sus gastos, mayores después del empréstito del 27 de octubre (se refiere al empréstito Baring) y la guerra con el Brasil, se encontró de repente sin tierras y sin rentas».

De acuerdo con estos resultados, la enfiteusis rivadaviana, pese a que tenía objetivos muy distintos, significó el comienzo de la formación de los grandes latifundios en la provincia de Buenos Aires, en donde están las mejores tierras del país, que fueron consolidados por Rosas al entregar en propiedad las tierras concedidas a los enfiteutas, y por los gobiernos provinciales y nacionales que le siguieron, quienes otorgaron donaciones y cedieron, por ventas a baje precio, ingentes extensiones.

Ver También: Grupo Que Acompañaba a Rivadavia

Fuente Consultada:
Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo
Argentinos de Jorge Lanata

La Oligarquia en la Revolucion de Mayo Anchorena, Lezica, Escalada

La Oligarquía en la Revolución de Mayo

La oligarquía toma el poder: La Revolución de Mayo fue dirigida por intelectuales como Moreno, Belgrano y Castelli, que no pertenecían al grupo de los ricos comerciantes; formaban más bien lo que hoy se llamaría la clase media. Los ricos comerciantes, almaceneros, contrabandistas, agiotistas y especuladores de Buenos Aires, con su limitado horizonte de intereses exclusivamente personales, no podían ver de buen modo la revolución que venía a perturbar sus negocios.

semana de mayo, el cabildo porteño

De ellos nos dirá José María Ramos Mejía: «Eran ante todo comerciantes, y el comercio se aviene poco con las locuras juveniles y las improvisaciones impulsivas de la muchedumbre que venía empujándolos de atrás. Su espíritu mercantil, estimulado por la ausencia de vida intelectual, se les había ido en vicio, y cuando las exigencias del momento los obligó a actuar en la vida pública se les vio entrar con cierta parquedad recelosa, revelando la fuerte gravitación de sus costumbres seculares y la ausencia ingénita de actitudes para otras cosas que el menudo negocio, a los pechos del cual habían amamantado sus ideas».

La oligarquía fue, pues en un primer momento, desplazada por los jóvenes revolucionarios, pero esperaba la oportunidad para tomar el poder. En julio de 1812 se descubrió una conspiración de los reaccionarios encabezada por Martín de Alzaga.

La conspiración fracasó y Alzaga fue ahorcado, pero, a poco, los Anchorena, los Lezica y las principales familias de Buenos Aires, que no podían ver con buenos ojos la política progresista de la Asamblea del año 13, se fueron reuniendo, si no todavía en un partido, al menos en una agrupación anónima de opositores al gobierno, que tenía, como dice Vicente Fidel López, «su base principal en las clases antiguas del municipio, especie de aristocracia colonial que había entrado en la Revolución con un fuerte sentimiento de americanismo, pero con el ánimo de mantenerla circunscripta y prudente bajo su influjo, sin darse cuenta de los fines propios y nuevos que ella entrañaba».

Altivos y caballeros, por la tradición y por la acendrada honorabilidad de su viejo y rico hogar, los hombres que componían esa elevada burguesía conservaban en sus perfiles patricios algo del pater familias. Reaccionarios, por consiguiente, en cuanto al desarrollo político de la Revolución, miraban con profundo enojo que ella se extraviara en manos de una oligarquía joven que los humillaba por la condición de sus talentos y que monopolizaba el poder político en nombre de ideas y de intereses abiertamente contrarios al influjo personal y colectivo de sus antecedentes».

Pero la situación internacional se volvería a partir de 1814 favorable para los viejos pelucones de Buenos Aires. Una ola de reacción inundaba el mundo entero.

Napoleón había sido derrotado. En toda Europa se restauraba el régimen monárquico. Fernando VII volvía a ocupar el trono de España. Esta situación europea no podía dejar de reflejarse en América, donde la reacción desplazaba por completo al poder ya bastante diezmado del grupo jacobino.

A la revolucionaria Asamblea del año  13 sucederá el reaccionario Directorio y la Junta de Observación, integrada por los miembros de la más rancia oligarquía, los Anchorena en primer término. Ahora los Moreno, los Castelli, los Monteagudo desaparecían de la escena política y volvían los viejos pelucones, dispuestos a vengar los agravios.

Había pasado la época romántica de la revolución, donde ellos, ni por los intereses que representaban ni por sus aptitudes personales, podían jugar ningún papel preponderante. Ahora, en el momento del reflujo revolucionario, les llegaba su turno. Alberdi explica con su habitual agudeza este cambio de hombres: «El tiempo y el trabajo que emplearon para crear la nación lo perdieron para hacer su fortuna propia y personal; al revés de otros, que emplearon el tiempo y trabajo que no dieron al país en hacerse ricos».

Cuando acabó la guerra y estuvo hecha la independencia de la patria, los hombres capaces de ideas generales se encontraron sin el poder que da la fortuna; y los que se encontraron ricos y poderosos no tenían ideas generales ni más capacidad que la de comprender y conducir cosas y negocios de un gobierno de provincia».

Entre estos últimos se encontraría Juan Manuel de Rosas, retraído en las tareas rurales que lo enriquecían en tanto los jóvenes de su generación sacrificaban su fortuna, su vida por la causa de la emancipación.

La Honorable Junta de Representantes:
Parlamento de la oligarquía
:
A partir de 1820, fecha clave de la historia argentina, el Cabildo sería sustituido por una Honorable Junta de Representantes, que luego sería llamada Sala de Representantes o, más comúnmente, la Sala. Algunos historiadores consideran a esta Junta como el origen del gobierno representativo y la democracia argentina.

Ricardo Levene la llama «institución típica del gobierno representativo federal». La verdad es que se trataba de una institución típicamente oligárquica, surgida de elecciones restringidas, por medio de la cual la oligarquía terrateniente y hacendada porteña controlaba el poder. Basta para probar el contenido oligárquico de esta Junta, ver en qué forma fueron elegidos sus miembros. En una ciudad que contaba en esos años con 98.000 habitantes, solo votaron 128 ciudadanos, elegidos por supuesto entre los más ricos, a los que en el folklore local se conocía con el nombre de los «Viejos».

De esa elección saldrían elegidos legisladores de nombres muy representativos, entre los que se contaban los principales apellidos que constituirían durante más de un siglo las grandes familias; Anchorena, Lezica, Aguirre, Oliden, Obligado, Escalada. Bastaba con el voto de parientes y amigos para poder ser elegido. Tomás Anchorena, por ejemplo, fue elegido por el reducido margen de solo diez votos. Estas t gras cifras dejan al descubierto falacia de quienes siguen hablan de la representatividad de la Junta.

De todos modos, la oligarquía teñía sus excusas. Así, cuando alguien do nuncio que de una ciudad de 90.000 habitantes solo habían votado menos de doscientos, se le respondió quo esos doscientos eran la parte más sensata de la población: la sensatez; por supuesto, implicaba la posesión de las mayores riquezas.

Esta primera Sala de Representantes sería un factor de nucleamiento del nuevo grupo político destinado a gobernar en los próximos treinta años, teniendo como único objetivo los intereses de la ciudad de Buenos Aires y la defensa de sus privilegios aduaneros. Muchos de sus miembros pasarían a formar parte del unitarismo en el momento en que Rivadavia estaba en auge, para convertirse pronto en sus tenaces enemigos y pasar a formar parte del federalismo porteño o rosismo, que sería el partido que mejor los representaría, como que su máximo líder, Juan Manuel de Rosas, era, como todos ellos, un rico hacendado.

El «17 de octubre» del siglo XIX
En ese mismo año 20, la oligarquía porteña pasa por la más grave crisis sufrida en todo el siglo XIX. Cuando el gobernador Sarratea firmo con los caudillos López y Ramírez el Tratado del Pilar, volvió a la ciudad acompañado por estos y numerosa escolta de hombres desaliñados, vestidos de bombachas y ponchos, sin que pudiera distinguirse quiénes eran jefes y quiénes soldados.

Toda esa chusma ató los redomones en las verjas de la Pirámide y subió al Cabildo de Mayo, donde se les había preparado un refresco de brebaje en festejo de la paz. Fácil es conjeturar la indignación y la ira del vecindario al verse reducido a soportar tamañas vergüenzas y humillaciones».» Todas las grandes familias de la oligarquía porteña, desde los balcones con rejas de sus casas, vieron llegar a la Plaza de la Victoria a esas masas gauchescas con e! mismo estupor con que ciento veinte años después sus nietos verían llegar a los obreros el 17 de octubre de 1945.

Vicente Fidel López, coherente defensor de su clase, describiendo aquella escena reflexiona amargamente sobre los inconvenientes de la democracia. «Se esperaba por unos momentos un saqueo a mano armada de cinco mil bárbaros desnudos, hambrientos, excitados por las pasiones bestiales que en esos casos empujaban los instintos destructores de la fiera humana, que, como «multitud inorgánica», es la más insaciable de las fieras conocidas: cosas que debe tener presente la juventud expuesta por exceso de liberalismo a creer en la excelencia de las teorías democráticas que engendran las teorías subversivas del socialismo y del anarquismo contra las garantías del orden social».

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Ganaderos en el Virreinato del Rio de la Plata Criadores Invernadores

Ganaderos en el Virreinato del Río de la Plata
Criadores e Invernadores

Los comerciantes se convierten en ganaderos
Con el permiso acordado por el virrey al comercio inglés en 1809, comenzó la rápida e inexorable ruina de los comerciantes porteños. La falta de iniciativa de un comercio cómodamente protegido por el monopolio, pasivo, limitado como hemos visto al papel de mero intermediario de Cádiz, no era condición adecuada para enfrentar al pujante comercio inglés que avasallaba todo, con la ventaja de su mayor experiencia y vinculaciones comerciales, su abundancia de capital comercial, la protección de su país y la introducción de métodos más modernos y eficientes, y también, de algún modo, un nuevo espíritu de aventura pionera, de la que carecían los apoltronados burgueses locales.

De ese modo el poder económico pasó directamente del monopolio español a monopolio inglés, de Cádiz a Liverpool, sin pasar por las manos de los comerciantes criollos. Las actas de Consulado de los años posteriores a la Revolución de Mayo están llenas de las amargas quejas de los comerciantes por esta situación.

Barcos ingleses llegan a Bs.As.

En septiembre de 1814, uno de los más poderosos comerciantes, Juan José Anchorena, habló en el Consulado del que formaba parte sobre la ruina del comercio porteño, como consecuencia de las actividades de los comerciantes ingleses, que manejaban hasta la moneda y el crédito. En esta ocasión Anchorena hizo una defensa apasionada del proteccionismo.

En intento de salida para esta grave situación por la que pasaban los comerciantes porteños se hizo en agosto de 1817, cuando miembros del Consulado —Juan José Anchorena y Ambrosio Lezica, entre otros— integraron una comisión para estudiar un proyecto de Pueyrredón sobre la creación de una Compañía Comercial que, protegida por el gobierno, ejerciera el comercio en todas sus posibilidades.

Esta compañía estaría formada corporativamente por los comerciantes porteños y dominada por os más importantes. Pero el proyecto no pasó nunca de tal, porque los comerciantes locales carecían de una verdadera fuerza como para poder luchar con eficacia frente a un enemigo mucho más poderoso.

El comercio porteño fue meramente pasivo, no se basaba en la producción nacional, y por lo tanto dependía de Inglaterra. El Consulado, defensor de los intereses de los comerciantes criollos, fue perdiendo poco a poco su importancia en la vida económica del país hasta desaparecer del todo. Los comerciantes porteños, conscientes de su impotencia, trataron de salvarse de la catástrofe adecuándose a las nuevas circunstancias.

Algunos —como Braulio Costa, los Aguirre, Félix Castro— se resignaron a subordinarse a los comerciantes ingleses en el papel de socios menores; otros, como los Anchorena, se transformaron en terratenientes y hacendados. Se adecuaban de ese modo a los intereses de Inglaterra y sellaban por largos años el destino del país, limitado a importar materias manufacturadas y exportar productos agrarios.

De la ruina de los comerciantes surgidos del monopolio español surgirá la nueva burguesía terrateniente y ganadera que comenzaba su carrera triunfal alrededor de 1820, se afianzaría con el gobierno de Rosas y llegaría hasta nuestro siglo dirigiendo los destinos económicos del país.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Los Comerciantes Porteños Durante el Monopolio Español Contrabando

Los Comerciantes Porteños Durante el Monopolio Español

Los privilegios del monopolio: El enorme acrecentamiento de la fortuna de estos comerciantes y sus hijos en el Río de la Plata tuvo como causa los privilegios que les otorgaba el monopolio comercial de España.

La mayoría de estas ricas familias —Anchorena, Alzaga, Lezica, Santa Coloma, Gainza, Ugarte, Martínez de Hoz, Ezcurra, Agüero y otros— pertenecían a un grupo económico muy definido, al que se ha dado en llamar el de los «registreros». Más que introductores directos de mercancías, eran consignatarios, comisionistas, apoderados, agentes, intermediarios de los comerciantes monopolistas de Cádiz, de acuerdo a las concesiones de comercio otorgadas en 1778.

La mayoría de los «registreros» eran parientes de los comerciantes españoles, y aun cuando no existiera ese lazo familiar la dependencia era muy estrecha. Como observa Halperin Dongui, «basta hojear la correspondencia de Anchorena para advertir hasta qué punto su papel se reducía al de un intermediario entre la península y el hinterland cada vez más amplio de Buenos Aires; ese papel pudo cumplirse mediante unas cuantas operaciones rutinarias, de cuyo ejercicio no se apartaba quien sin embargo logrará formar el más rico linaje de la Argentina independiente»

La fortuna de los «registreros» se contaba entre las más grandes de los habitantes de la Colonia. Concorde con su fortuna era su influencia política; ocupaban los más altos cargos: alcaldes o síndicos.

monopilo español en america

Los «registreros» eran beneficiarios directos del monopolio comercial ejercido por España, y consecuentemente lo defenderán hasta el último momento. Cuando un grupo de comerciantes, representados por Belgrano y Castelli, piden la libertad de comercio, los «registreros», con Martín Alzaga a la cabeza, se oponen sistemáticamente.

Los apologistas del período hispánico alegarán que la defensa del monopolio comercial español era la posición correcta, pues constituía una defensa contra la introducción del imperialismo mercantil inglés. Pero la realidad es que ni nuestra demasiado rudimentaria artesanía ni la atrasada economía española estaban capacitadas para abastecer suficientemente a las colonias, haciendo de ese modo necesario el contrabando.

Precisamente si los «registreros» defendían con tanto afán el monopolio es porque, además de obtener ventajas de él, también se beneficiaban con el contrabando que todos ellos ejercían desembozadamente. «Contrabando y monopolio se complementaban —dice Rodolfo Puiggrós—. Sin monopolio no podía haber contrabando y viceversa.

Barcos extranjeros en las costas porteñas

Barcos extranjeros en las costas porteñas

El capital comercial sacaba provecho de los dos. La contradicción entre monopolio y contrabando se resolvía dentro de los intereses generales del capital comercial, que abordaba a ambos».

La burguesía porteña llegó, de ese modo, a ser muy conocida por su afición al contrabando en todos los centros comerciales de Europa, donde se la designaba con el nombre de «la pandilla del barranco«.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Transformacion social de las clases porteñas La Aristocracia Porteña

Transformación social de las clases porteñas

¿Aristocracia o burguesía?: Esta ascensión social de estantes a vecinos, de modestos pulperos a miembros del Cabildo, es por supuesto celosamente ocultada por los descendientes de aquellos self made men hispánicos, quienes, con un muy discutible criterio, consideran que un origen más honorable que una pulpería o un tendejón es un hecho de armas o aun la condición de halconero o fiel servidor del rey, recompensada por un título de nobleza.

oligarquia argentina

Los apologistas de la aristocracia española, por su parte, ven con disgusto este aburguesamiento de la sociedad colonial.

Este prejuicio contra la burguesía se da aun en un escritor conocido por sus inclinaciones populistas.

Dice José María Rosa: «Esta aparente igualdad política entre vecinos y estantes produce una desigualdad. Al advenir una clase dominante por el dinero, Buenos Aires no será gobernada por patricios, que encuentran en los fundadores y primeros pobladores su tronco originario, sino pornoviles —nuevos— que poseen el dinero y adquieren los rangos principales en la sociedad. Se forma una oligarquía mercantil, de oscuro origen, como clase privilegiada, mucho más exclusiva que la otra: la gente principal o de posibles, también llamada «sana del vecindario» o gente decente. Enriquecidos por el comercio ilícito o allegados a él, tendrán la hegemonía social».

La mayor parte de las grandes familias de la oligarquía argentina descienden solo en una mínima parte de los primitivos pobladores, y sí, en cambio, de esa burguesía mercantil de origen plebeyo.

Resultan, por lo tanto, una falsedad histórica los nostálgicos lamentos de algunos representantes de la oligarquía en nuestros días, cuando se quejan por el aburguesamiento de la supuesta aristocracia argentina.

Silvina Bullrich, por ejemplo, dice: «En nuestros días ocurre un fenómeno curioso: los burgueses descienden de los aristócratas; caminamos al revés, como los cangrejos».

En realidad, no existe tal aburguesamiento de la aristocracia argentina, por la sencilla razón de que la supuesta «aristocracia» fue burguesa desde su mismo origen. Tenderos fueron Juan Esteban Anchorena y sus hijos, Sebastián Lezica, Miguel Rigios, José Ortiz Basualdo, Jaime Llavallol, Mariano Losano, Ladislao Martínez, Benito Gándara, José Julián Arrióla, Tomás Gowland, Lucas González, Jorge Lamarca, José Borbón y tantos otros de quienes descienden las más representativas familias de la oligarquía argentina.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

La Vida de la Oligarquia Argentina Diversion de la Oligarquia Porteña

La Vida de la Oligarquía Argentina – Oligarquía Porteña

La «dolce vita» en el siglo XIX: Las diversiones de ia época, aun para las clases más altas de la sociedad, eran muy reducidas y modestas. Los hombres, después de dormir una siesta de dos o tres horas, iban al Café de Marcos o de los Catalanes a jugar a las cartas, al billar o a conversar de política. Recién a comienzos del nuevo siglo, con la influencia de los ingleses, comenzaron a ponerse de moda los deportes. Las mujeres, por su parte, después de dormir la siesta se dedicaban a hacer «tiendas».

En los negocios que frecuentaban eran recibidas por los dependientes —generalmente jóvenes también de clase alta—, quienes les ofrecían asiento y las convidaban con mate, compartiendo una amable conversación durante largo rato, mientras se revisaba la mercadería. Cuando no se salía de compras se hacían visitas de poca etiqueta a parientes y amigos.

Estas visitas eran anunciadas previamente por la mañana por medio de la «criada de razón». Casi todas las noches se realizaban tertulias, que eran el equivalente de la soirée francesa o de la conversazione italiana.

La mayoría do esas tertulias tenían su elenco estable de tertulianos, que concurrían todas las noches al mismo salón, siendo las únicas novedades los extranjeros de paso. Aunque muchos acostumbraban también asistir durante la misma noche a varias tertulias.

Además de la conversación, !as magras diversiones de esas tertulias eran complementadas por la música —piano, guitarra y canto—, ejecutada por las señoritas. Toda joven bien educada estaba obligada a saber tocar el piano.

Con frecuencia también se bailaba la contradanza española, el minué y, más tarde, el vals. Después de servirse un refrigerio, consistente en mate o chocolate, los visitantes se retiraban hacia la medianoche.

Las tertulias más importantes se realizaban en las casas de Escalada Riglos, Alvear, Oromí, Soler, Barquín, Sarratea, Balbastro, Rondeau, Rubio, Casamayor. Pero la más prestigiosa de esas tertulias era la celebrada en la casa de Mariquita Sánchez, de la que ya hablamos. ‘El otro entretenimiento de que disponían las altas clases en el Buenos Aires aldeano era el teatro.

Por muchos años no existió otro que el Argentino, frente a la iglesia de la Merced, hasta que en 1833 se edificó el teatro de la Victoria. Alrededor de la platea, a la cual no concurría ninguna señora, se encontraban los palcos. Los palcos altos eran más caros que los bajos, aunque los concurrentes a unos y otros pertenecían indistintamente a la misma clase social, la alta burguesía.

La diferencia estaba en que en los palcos bajos se podía aparecer en trajes más sencillos. Los palcos altos, en cambio, debían ser una verdadera vidriera de elegancia. La cazuela, comúnmente llamada el gallinero, era exclusiva para mujeres solas.

Allí concurrían mujeres de extracción social más modesta, mezclándose con algunas mujeres, de la clase alta, que iban allí, alguna vez, cuando no tenían compañía masculina o no querían arreglarse para mostrarse en un palco. La cazuela era, sobre todo, preferida por las jóvenes, que se encontraban allí con sus amigas para mantener conversaciones lejos de la tutela familiar.

La diversión preferida del verano era el baño nocturno en el río.  El 8 de diciembre —día de la Inmaculada Concepción— se inauguraba la temporada de baños. La playa porteña se extendía entre el bajo de las Catalinas. —actual calle Viamonte— y la bajada de los Dominicos —actual calle Bel-grano—. Pero pronto las damas de la élite comenzaron a abandonar esas zonas, demasiado populares por su cercanía a la ciudad, para irse más al norte o más al sur, a los lugares de la costa donde comenzaron a instalar sus residencias veraniegos. A nadie se le hubiera ocurrido ir al río antes que cayera el sol.

Hombres y mujeres esperaban que se hiciera de noche, sentados en el césped; a veces se cenaba allí mismo. Las jóvenes se paseaban en grupo del brazo, por la orilla del río, como años más tarde lo harían sus descendientes en la rambla de Mar del Plata.

Para la preparación del baño se extendía, sobre el pasto o las piedras, una alfombra o estera y se encendía un farolito. El concepto del pudor que existía en esos baños era tal que los hombres no se bañaban junto a las mujeres, ni los padres junto a los hijos.

Por el tiempo de Rosas comenzaron a ponerse de moda, entre los jóvenes de ambos sexos, las cabalgatas nocturnas. Salían en las noches de luna en grupos de veinte o treinta personas. Las jóvenes solteras podían asistir acompañadas de sus hermanos o de sus madres. Todavía no se había impuesto el traje de amazona para las mujeres, y estas cabalgaban en traje de entrecasa, pero con el infaltable peinetón.

Recorrían lentamente la ciudad hasta desembocar en la calle Larga de Barracas —los paseos se hacían generalmente hacia el sur—, donde comenzaban a galopar. Las jóvenes cabalgaban haciendo pareja con sus galanes, y todos cantaban en coro.

Manuel Calvez dice de estas pintorescas cabalgatas: «En las noches de luna totalmente llena, cuando la ancha calle se vestía con una blancura espectral, esas canciones pausadas, lentas y dolorosas, estilos o tristes, entonadas al lento paso de las cabalgaduras, cobraban un poético y misterioso encanto. Y para quienes veían la cabalgata y no carecían de sensibilidad, alcanzaba el espectáculo una extraña belleza». No existían todavía la calle Florida ni Palermo como lugares de cita obligada de la gente «distinguida».

El paseo público donde las grandes familias se encontraban era entonces la Alameda, avenida bordeada de ombúes, que corría a lo largo de la actual avenida Leandro Alem, a la altura de la calle Cangallo. La «vuelta del perro» en la Alameda se daba exclusivamente los domingos por la tarde; los restantes días de la semana el paseo quedaba casi desierto.

Nuevas diversiones
El empleo del tiempo libre en actividades banales está sujeto en la oligarquía a un complicado ritual, que tiene por objetivo la ostentación de riquezas. Hemos visto que este ritual hasta mediados del siglo XIX era sumamente simple. El apogeo económico de fines de siglo trajo un cambio en las costumbres, y el ritual se organizó en forma más pomposa. La vuelta del perro por la plaza de la Victoria o por la Alameda fue sustituida por la calle Florida.

Las cabalgatas por la calle Larga hacia los pueblos del sur fueron sustituidas por los paseos a la Recoleta o a las barrancas de Belgrano. Pero el número principal de este programa era el «corso» de Palermo, las tardes de los jueves y domingos. Cuatro filas de coches, tirados por animales de raza, iban y venían en un tramo de tres cuadras por la actual avenida Sarmiento, intercambiando en cada vuelta la ubicación para que todos pudieran cruzarse inevitablemente con todos. La ceremonia tenía sus reglas fijas: en la primera vuelta se saludaban, en las siguientes se fingía no verse y en la última se hacía el saludo de despedida.

Los «niños bien», por su parte, hacían ostentación de la inmunidad de que gozaban por la posición de sus padres, dándole una paliza a algún pobre sereno o provocando escándalos nocturnos en los teatros de variedades, en los cafés concerts, en lo de Hansen.

La «indiada» del 90 se transformó en la «patota» del 900, más refinada y elegante, pues había pasado por Europa dejando sus medidas a los sastres más famosos de París y de Londres. Eran los precursores del «muchacho distinguido» de los años locos que «tiraba manteca al techo» en los cabarets de París, y del play boyde la segunda posguerra. Las confiterías de moda fueron, sucesivamente, la del Gas, en Rivadavia y Esmeralda, y La Perfección, en la calle Corrientes.

Años más tarde, cuando comienza el auge del Barrio Norte, surgen el Águila, de Callao y Santa Fe, y la París, de Charcas y Talcahuano, único lugar, este último, en que era «decente» mostrarse los sábados, además de dos o tres cines, llamados de «familia», que quedaban por la calle Santa Fe.

En la belle epoque comienza también la moda de los viajes a Europa, es decir a París. Y allí, veraneando enDeauville, la oligarquía concibe por primera vez la idea de crear una ciudad balnearia cerca de Buenos Aires. Surge así Mar del Plata, y en 1887 se inaugura el Bristol Hotel, que constituirá uno de los más importantes lugares de reunión de la oligarquía en aquellos años.

Los bailes del Bristol llegaron a ser tan famosos en el mundo entero que una noche, en París, la bella Otero le dijo a Benito Villanueva: «No moriré sin bailar un cotillón en Mar del Plata«. Por los años veinte, con la difusión del automóvil, la oligarquía comienza a abandonar el Bristol y construye sus propias residencias en la Loma.

Por esos años, el chalet en la Loma se convirtió en un símbolo de status comparable a la residencia en el Barrio Norte de Buenos Aires, la pertenencia al Jockey Club, el palco en el teatro Colón o la bóveda en la Recoleta.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo