Mahoma y el Islamismo

Biografia de Mahomet II El Conquistador Sultan Turco

Biografia de Mahomet II -El Conquistador – Sultán Turco

Mahomet Fatih, el Conquistador. Así se le denomina en los anales de Turquía. Mahomet, en efecto, fue uno de los forjadores del Imperio turco, que con sus sucesores Selim I y Solimán II llevó a la cumbre de su esplendor.

Su nombre se halla vinculado a una gesta que quedó grabada con letras indelebles en la historia de todos los pueblos de Europa: la conquista de Constantinopla el 29 de mayo de 1453, fecha en que los tratadistas antiguos situaban el fin de la Edad Media.

mahomet II
Sultán Otomano Mahomet II

Nació en 1430 y heredó el sultanato en 1451, cuando su padre, Amurates II, murió en la ciudad de Magnesia.

El joven sultán demostró una energía extraordinaria: se desembarazó de su hermanastro Ahmed y preparó minuciosamente la caída de la capital del Imperio bizantino, último reducto de la Cristiandad en los Balcanes.

Establecido el sitio a primeros de abril de 1453, Constantinopla cayó en su poder en la fecha indicada, a consecuencia de una maniobra estratégica.

Constantinopla era el dique opuesto a la invasión del Sudeste de Europa por el Islam.

Desde 1453 los ejércitos de Mahomet II irradian, victoriosos, en todas direcciones. El reino de Servia, con la excepción de la ciudad y fortaleza de Belgrado, defendida por los húngaros, fué transformado en provincia turca.

El bajo Danubio fue franqueado y la Valaquia fue avasallada en 1422. Al mismo tiempo, Mahomet II dirigía la ocupación de Bosnia (1462-1483), completaba el dominio de Albania (1467) y atacaba la región Nordeste de Italia, el Friul (1476-1481). Estas operaciones eran paralelas a una lucha decidida contra Venecia.

Entre 1463 y 1479 esta ciudad perdió la isla de Eubea y la península de Morea. La carrera militar de Mahomet culminaba en 1480, cuando sus tropas tomaban Otranto, llave del Adriático y de la Italia meridional.

Mahomet II murió, cerca de Scutari, el 3 de mayo de 1481. Los turcos perdieron un gran rey.

Ver: Imperio Otomano

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OTRAS BIOGRAFIAS PARA INFORMARSE:
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Invasion Arabe a España y su Influencia Resumen de la Historia

La Invasion Arabe a España y su Influencia Resumen de Historia

¿Qué supuso la civilización árabe en la Europa del siglo X?. ¿Cuál fue su aportación cultural y científica? Un emporio llamado Córdoba: baños y bibliotecas.

En el siglo X Europa atravesaba uno de los momentos más oscuros de su historia. Hacía ya tiempo que el gran Imperio romano había sucumbido ante la invasión de los bárbaros.

En lugar del poderoso Imperio habían surgido muchos estados pequeños, fragmentados, que no gozaban de la seguridad, prosperidad y cultura de antaño.

Pero en el sudoeste de Europa apareció una brillante civilización que contrastaba con toda esta mediocridad.

Su centro estaba en Córdoba, que entonces era la ciudad más grande, más rica y más culta de Europa occidental.

Los viajeros que llegaban a ella se maravillaban ante sus calles principales, iluminadas y pavimentadas, un lujo desconocido en aquella época.

La ciudad era famosa por la arquitectura de sus edificios, por su población de medio millón de habitantes, y por sus trescientos baños públicos, setenta bibliotecas y numerosas librerías.

Todos los sabios de Europa reconocían el alto nivel intelectual y artístico de Córdoba, con la que sólo Bizancio podía compararse.

El rasgo más sobresaliente de la ciudad eran sus setecientas mezquitas.

Córdoba era en el siglo X la capital de la España musulmana.

mezquita arabe en cordoba

Interior de la mezquita de Córdoba, verdadera joya del arte árabe. El dominio de los musulmanes en el campo de la medicina, la agricultura y el comercio convirtió a España en uno de los países más prósperos de Europa.

La leyenda del conde Don Julián: Desde la caída del Imperio romano, del que era una provincia, la península ibérica había sufrido numerosas invasiones de los bárbaros, la más importante de las cuales fue la de los visigodos, que crearon una monarquía de casi dos siglos de duración.

A principios del siglo VIII, tropas árabes cruzaron el estrecho de Gibraltar y, después de la batalla de Guadalete, en que fueron derrotados los visigodos, invadieron la península.

Según la leyenda, la invasión tuvo su remoto origen en los amores prohibidos de don Rodrigo, último rey godo, y la hija del conde don Julián, influyente personaje de la Corte.

Éste, como venganza personal, habría alentado a los moros del norte de África a penetrar en territorio hispano y a poner fin a la monarquía visigoda.

Aunque la historia del conde don Julián no hubiese sido verdadera, lo cierto es que los árabes se aprovecharon de la decadencia y de las luchas internas de los visigodos.

Las más importantes ciudades, Toledo y Sevilla, cayeron en seguida en su poder, y en el espacio de siete años (711-718) la mayor parte de la península estaba bajo su dominación.

Los musulmanes se mantuvieron en España siete siglos: aunque la Reconquista comenzó en seguida (718), no se completó hasta 1492, bajo el reinado de los Reyes Católicos.

La invasión de los árabes, aunque repentina e inesperada, era una consecuencia natural de los deseos expansionistas del Imperio musulmán.

A raíz de la muerte de Mahoma (632), los pueblos árabes, exaltados por su fe religiosa, habían extendido ampliamente sus fronteras. Atacando a todos sus vecinos, habían mermado el imperio bizantino y debilitado el persa.

En el transcurso de un siglo se apoderaron de Irak, Siria y Egipto y avanzaron por la costa del norte de África.

Empujados por el deseo tanto de riquezas como de someter al infiel, según el precepto coránico, la invasión del decadente reino visigodo era sólo una cuestión de tiempo o de oportunidad.

Los musulmanes no pensaban detenerse en España. En el año 720 cruzaron los Pirineos y penetraron en el reino de los francos.

Tomaron Narbona y saquearon los principales monasterios del sur de Francia. Pero en 732, en la batalla de Poitiers, cerca de Tours, fueron vencidos por Carlos Martel, príncipe franco.

ejercito musulman ataca españa

Ejército islámico preparados para atacar

Los historiadores consideraban esta derrota como la salvación de la ristiandad frente a la amenaza musulmana. ja. realidad es que las luchas en los Pirineos ontinuaron durante varias décadas. Solamente después de bastantes derrotas los musulmanes decidieron abandonar sus ambiciones de conquistar el reino franco.

Para la Europa cristiana fue más importante el fracaso de los musulmanes en el Este.

En los años 717 y 718 atacaron Constantinopla y si el emperador bizantino, León Isaurio, no les hubiese rechazado, seguramente toda la Europa oriental habría caído en su poder, como más tarde ocurrió con los turcos otomanos.

A diferencia de los romanos, e incluso de los visigodos, los musulmanes fueron incapaces de crear un gobierno fuerte y centralizado que dominase a todos los pueblos ibéricos.

Nunca pudieron someter por completo los núcleos de resistencia establecidos en el noroeste del país, que darían lugar a los reinos cristianos y a la Reconquista.

Los dominios árabes, que recibieron el nombre de Al-Andalus, carecían de fronteras fijas por el norte, y entre ellos y el territorio de Carlomagno quedaba una extensa zona de nadie en la que los combates eran continuos.

Carlomagno intentó por su parte someter a los musulmanes, pero desistió después de ser derrotado en Zaragoza en 778.

Los árabes tenían que enfrentarse también con los deseos de independencia de los gobernadores de las provincias extremas y con los rebeldes habitantes de las ciudades.

Tales insurrecciones provocaron una serie de matanzas sangrientas. En 797 el gobernador de Toledo, creyendo que el pueblo le era hostil, celebró un banquete al que invitó a los huéspedes más representativos.

Cuando entraron en el patio del castillo, fueron decapitados.

Poco tiempo después, los habitantes de un barrio entero de Córdoba —unas trescientas personas— fueron asesinados y sus casas destruidas.

En los primeros años de dominación musulmana, gran parte de las luchas no se debían a diferencias religiosas entre moros y cristianos, sino a las ansias de poder de los dirigentes locales.

La religión no importaba demasiado; de hecho, se cambiaba con frecuencia de credo religioso para poder jurar fidelidad al nuevo dueño.

El Cid fue uno de los primeros caballeros castellanos que ayudaron a los reyes árabes: en su caso, el rey de Zaragoza, al que ayudó en numerosas empresas.

Las dificultades de los musulmanes para crear un estado organizado se vieron agravadas por las divisiones entre ellos.

Surgió una fuerte rivalidad entre árabes y bereberes, tribu del norte de África que había sido convertida al Islam y había aportado grandes contingentes de hombres para la invasión de España.

releieve en madera arabes

Relieve en madera, en la catedral de Toledo, que representa la rendición de Granada, el último reino musulmán, en 1492. A la victoria cristiana siguió una ola de persecuciones y destrucción.

Esplendor del califato: Abderramán III emprendió la tarea de unificar y fortalecer el reino musulmán.

Como primera medida proclamó la independencia del emirato de Córdoba —hasta entonces dependiente de Damasco— convirtiéndolo en califato.

Los reyes cristianos habían logrado llegar en sus incursiones hasta los alrededores de la ciudad.

Gradualmente, Abderramán III recobró las provincias perdidas y penetró en los reinos cristianos de León y Navarra.

Bajo sus sucesores y hasta finales del siglo X, el imperio musulmán en España alcanzó el máximo de su poderío.

La civilización árabe que floreció en este período, con centro en Córdoba, tenía su origen, en parte, en la tolerancia de los musulmanes con los pueblos sometidos.

Aunque existia un estado de guerra permanente con los reinos del norte, los cristianos que vivían en la zona árabe disfrutaban de completa libertad religiosa.

El Islam ordenaba someter, pero no convertir, a los no creyentes.

Los judíos, que habían sido muy perseguidos por los visigodos, pudieron vivir en paz bajo la dominación musulmana; fueron los mercaderes judíos quienes impulsaron el comercio de la España musulmana confiriéndole una gran prosperidad.

Pero tanto judíos como cristianos tenían que pagar fuertes tributos, sufrían de una cierta desigualdad ante la ley y eran considerados inferiores.

Los cristianos, por su parte, reconocían que los árabes habían creado una civilización más refinada que la suya propia.

Las ciudades hispánicas, en franca decadencia con los visigodos, habían revivido. Existía un orden y una organización nuevos.

Los musulmanes eran mejores comerciantes, arquitectos, ingenieros y granjeros. Eran más cultos e instruidos.

Los cristianos, incluso los reyes de los reinos del norte, se daban cuenta de todo esto.

La historia ha dejado constancia de que cuando los gobernantes cristianos necesitaban un cirujano, un arquitecto, un maestro de música o un sastre, lo pedían a Córdoba.

Pero estaban decididos a superar su inferioridad y reconquistar sus tierras. Este espíritu no estaba, sin embargo, muy extendido entre los cristianos que vivían en territorio musulmán.

Muchos de ellos se convirtieron al Islam, recibiendo el nombre de «muladíes».

La distinción entre musulmanes hispánicos y de origen árabe fue siendo cada vez más difícil, debido sobre todo al elevado porcentaje de matrimonios mixtos que se daban en todos los niveles sociales.

Incluso los nobles, y hasta los reyes cristianos, ofrecían sus hijas en matrimonio a los reyes musulmanes.

Muchos cristianos, si bien no renegaron de su fe, adoptaron las costumbres árabes.

En el terreno del comercio existia una colaboración muy estrecha entre judíos, cristianos y musulmanes.

Con el esfuerzo conjunto de todos ellos, la España musulmana llegó a ser una de las zonas más prósperas y más densamente pobladas de Europa.

La agricultura gozó de un gran desarrollo gracia nuevos métodos de regadío introducidos por los árabes, así como a los nuevos cultivos arroz, algodón, naranjas, albaricoques  y melocotones.

Los árabes crearon una importante industria en al-Andalus, en la que destacaba principalmente la textil, de cueros y de cerámica. Su comercio llegó hasta la India y Asia central.

La enseñanza y la investigación alcanzaron niveles muy altos: los musulmanes fueron los introductores en Europa del pensamiento griego y del arte bizantino y persa.

La medicina y la ciencia estaban muy adelantadas respecto a otros países, y la educación tan extendida que una elevada proporción de españoles musulmanes sabían leer y escribir, hecho insólito en el resto de Europa.

Los reinos de Taifas: Sin embargo, a principios del siglo XI comenzó la decadencia del Imperio musulmán.

Disputas intrascendentes entre los jefes rivales debilitaron la autoridad central, dando a los reyes cristianos la oportunidad que esperaban.

En lugar de pagar sus tributos a los árabes, los cristianos empezaron a exigírselos a ellos.

El rey Altonso VI llego incluso a cobrar tributo a Sevilla, la ciudad más poderosa después del declive de Córdoba.

En 1085 los cristianos reconquistaron Toledo, que ya nunca más volvió a estar en manos de los árabes.

La derrota les causó tal conmoción que resolvieron pedir ayuda a los almorávides, tribu de bereberes del norte de África.

Estos no supieron restaurar la brillante civilización de sus predecesores árabes.

Miles de cristianos y judíos abandonaron al-Andalus huyendo de su fanática intolerancia.

Más tarde, en 1146, otra tribu beréber, los almohades, procedente también del norte de África, acudió en ayuda de los almorávides, incapaces de resistir el empuje de los reyes cristianos.

Los almohades convirtieron Sevilla en un importante centro cultural, pero no pudieron detener el avance de la Reconquista.

En 1212 Alfonso VIII les infligió una derrota decisiva en la batalla de las Navas de Tolosa. Con ello se desvanecieron todas las esperanzas de restablecer el imperio musulman en España.

Al-Andalus se escindió en unos pequeños reinos llamados de «taifas».

La fuerza de los cristianos se había visto siempre mermada por las incesantes luchas internas.

Pero en 1230, con la unión de León y Castilla, cobraron nuevas energías y lanzaron una gran ofensiva contra los árabes.

Rápidamente, Fernando III reconquistó Córdoba (1236), Valencia (1238), y Sevilla, después de un duro asedio (1248).

Sólo quedaba un reino árabe, el de Granada.

Y aunque estaba obligado a pagar un pesado tributo a los cristianos, desarrolló una cultura y un arte excepcionales, cuya mejor muestra es la Alhambra.

Igual que Córdoba y Sevilla anteriormente, se convirtió en un centro de comercio y de ciencia, atrayendo a numerosos sabios de Europa y de Oriente. Durante el reinado de los Reyes Católicos, Granada fue conquistada en 1492.

El gobierno de los cristianos no fue tan tolerante como el de los musulmanes.

Fernando e Isabel expulsaron a los judíos (1493) e intentaron convertir a los musulmanes al cristianismo.

Algunos lo hicieron, recibiendo el nombre de moriscos, pero la Inquisición recién establecida tenía como fin descubrir a aquellos cuya conversión no fuese sincera.

Los manuscritos árabes se quemaron públicamente; más tarde, Felipe II ordenó la destrucción de todos los baños públicos construidos por los árabes.

Finalmente, en 1609 los moriscos que quedaban en el país, medio millón, fueron deportados en masa.

Se calcula que entre 1492 y 1609 unos tres millones de musulmanes fueron desterrados o ejecutados.

La España cristiana no encontraba lugar para ellos.

La historia de los musulmanes en España tuvo un final poco glorioso. Sin embargo, Europa estaba en deuda con ellos por haber sido los transmisores de la filosofía griega y del arte y la ciencia orientales.

Los filósofos españoles, como Maimónides y Averroes, no sólo interpretaron y tradujeron las doctrinas de los clásicos, sino que las transmitieron a los sabios que acudían a Toledo o a Sevilla.

Muchos descubrimientos se conocieron en Europa gracias a los árabes, como el papel.

Es probable que la numeración arábiga y el concepto de cero entrasen en Europa a través de España, aunque también pudo ser por Italia.

Pero, sobre todo, los musulmanes crearon en España una civilización propia, de la que hoy perduran muchas cosas.

Realizaron grandes esfuerzos para crear belleza en todos los campos.

La poesía y la música eran las bellas artes que más cultivaron. Introdujeron además el laúd y la guitarra oval.

Gran parte de sus mezquitas y palacios han resistido el paso del tiempo como testimonios de un pasado lleno de riqueza y cultura.

Fuentes Consultada:
Protagonista de la Historia de Espasa-Calpe – Wikipedia – Artehistoria
La LLave del Saber – Pasado y Presente del Hombre Tomo I – Al Andalus – Ediciones Cisplatinas S.A.

Origen del Califato Omeya y Abasida Historia de las Dinastías Arabes

Origen del Califato Omeya y Abásida
Historia de las Dinastías Arabes

HISTORIA: Mahoma murió sin descendencia masculina y no dejó resuelta la fórmula política de su Estado ni la cuestión sucesoria. Su actuación esencial fue como enviado de Dios o profeta y este cargo no podía dejarse en legado.

Los jefes y gobernantes que le sucedieron tomaron el título de Califas o Sucesores, y el primero de ellos fue su suegro Abu-Bekr (padre de Aixa, esposa favorita de Mahoma) que había actuado inseparablemente del Profeta desde los días de la Héjira. Este primer sucesor era hombre de carácter recto y enérgico. Hizo desaparecer a nuevos profetas que habían surgido. Terminó la conquista de Arabia y derrotó a los bizantinos cerca de Jerusalén.

historia de mahoma

En 635, fue elegido para sucederle Omar. Bajo su gobierno se conquistó Siria, Persia, Egipto y parte del norte de África (Libia, Barca y Trípoli).

En Egipto aprovechó las rivalidades existentes entre diversos sectores de la población, principalmente entre los coptos y bizantinos (este aprovechamiento de circunstancias políticas propicias; fue el procedimiento al que frecuentemente recurrieron los sarracenos y puede explicar la rapidez y rotundidad de sus éxitos). Sólo encontraron resistencia seria en Alejandría, que fue sitiada, tomada tras un largo asedio, e incendiada, siendo pasto de las llamas su famosa biblioteca.

Los primeros cristianos fueron quienes denominaron bajo el apelativo de “sarracenos” a los árabes instalados,
en los comienzos, en las regiones que actualmente ocupan desde Siria hasta Arabia Saudí. También fueron llamados moros.

La expansión religiosa, política y geográfica del Islam se hizo a través de la guerra, conocida como jihad o guerra santa, con la excepcional fuerza combativa de los beduinos. A la muerte del profeta, el califa Omar –su sucesor– no encontró mejor remedio para acabar con las disputas interminables de aquellos nómades que lanzar a esos jinetes y camelleros al jihad.

Así fue como las tribus de beduinos realizaron las primeras conquistas. ¿Cómo eran aquellas jihad? Basta imaginar el andar de aquellos grupos reducidos, montados a caballo o camello, a través de enormes distancias, con sus convoyes, tiendas de piel de camello y de cabra, llevando su nueva fe como estandarte y su ancestral espíritu guerrero.

Golpeando como una lluvia incesante sobre las ciudades y pueblos sedentarios, hasta terminar dominándolos. La expansión se hizo, fundamentalmente, hacia el oeste. No hacia el norte, porque allí los desiertos fríos reemplazan a los desiertos cálidos y los camellos no podían resistir temperaturas tan bajas. Esa es la razón por la cual los árabes no triunfaron en el siglo VII en Asia Menor.

Con la sola excepción del Asia Menor, salvada por los bizantinos, los conquistadores árabes se apoderaron de todo Medio Oriente y se extendieron en forma rápida también hacia el oeste. Tan vertiginoso avance se debe, fundamentalmente, a tres razones: lo inesperado del ataque, el veloz ritmo que tuvieron las campañas militares, y un tipo de ataque destructor a partir del aislamiento de las ciudades atacadas hasta obligarlas a rendirse, una tras otra.

Pero no solo el éxito militar alcanza para explicar la rápida expansión árabe: la región atacada y sus ciudades, además, estaban entrando en una lenta decadencia. Habían perdido dinamismo y protagonismo histórico.

Lo que sí mantenía vigente al Medio Oriente era una  antigua afinidad religiosa y moral: creencias, mitos, costumbres.

Como la nueva fe que trajeron los conquistadores árabes se había forjado dentro del mismo marco, no les resultó extraña. Después de la derrota militar siguió entonces una rápida asimilación al Islamismo: la nueva religión puso a aquellas viejas ciudades de nuevo en vigencia, con las fuerza renovadas.

El califa Omar fue asesinado en 644 por un esclavo persa. Fue elegido para sucederle Otmán, de la familia de los omeyas, quien, en 656, fue asesinado en su propio domicilio por unos sediciosos.

En la época de los califas electivos, el tercer califa  fue un Omeya: Otmán (570-656),
rico comerciante de La Meca casado sucesivamente con dos hijas de Mahoma.

A Otmán sucedió Alí, primo y yerno de Mahoma. Había pretendido anteriormente su elección. Tuvo desde el principio la enemiga de los partidarios de Otmán, uno de cuyos parientes llamado Moawia (ó Muawiya) , que gobernaba Siria, se alzó con el país al par que Aixa, viuda de Mahoma, se sublevaba en Mesopotamia. Acudió a las armas Alí, y aunque apresó a la segunda y venció al primero, no pudo, merced a un ardid de los soldados enemigos, consumar su victoria.

 Tras un convenio en que se acordó un arbitraje, cuyo resultado amañó Moawia en su favor, tuvo Alí que abandonar su cargo y, asesinado poco después, quedo Moawia como califa (661). Moawia situó la capital en Damasco. Esta decisión no fue caprichosa, sino que tenía una clara finalidad política.

Con el califa Walid I, que reinó del 705 al 715, se llega a la cumbre del poder de la dinastía omeya.

A Walid I le sigue Sólimán (715-717), luego Omar II, luego Yazid II, Hisham (724-743) , Walid II, Yezid III y finalmente Meruán II.

SINTESIS: DINASTÍA O CALIFATO OMEYA:  La familia de los Omeyas, descendiente de un tío de Mahoma, se hizo dueña del califato entre los años 661 y 750.

ya para entonces, el islam había trascendido las fronteras de la Península Arábiga para extenderse en forma vertiginosa por todo el Medio Oriente y el oeste de África. Los omeyas residieron en Damasco (Siria), para poder vigilar mejor el sistema administrativo y financiero del gobierno.

Además, continuaron con la expansión (también llamada «guerra santa» o jihad) e incorporaron nuevas tierras al inmenso imperio. Una de sus grandes conquistas fue la Península Ibérica, adonde ingresaron en el año 711: después de vencer a los visigodos, se apoderaron de casi todo el territorio, excepto una pequeña porción en el extremo norte.

España se convertirá en un emirato dependiente del califa de Damasco.

Si bien debieron renunciar a la conquista de Bizancio (el «fuego griego» flotando sobre el agua incendió sus naves) y también del reino franco (Carlos Martel los expulsó en el 732 después de rechazarlos en Poitiers), los califas de Damasco reinaron desde el Atlántico hasta los confines de la China y de la India.

En cien años, la antigua comunidad de la ciudad de Medina había dado origen al más vasto imperio de la época. Claro que, y este es todo un detalle, en los países conquistados, la administración seguía en mano de los pueblos «indígenas», los escritos se redactaban en griego o en persa antiguo. Y el arte continuaba siendo de inspiración netamente helenística.

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LA DINASTIAS ABASIDA:

HISTORIA: Poco tiempo se mantuvo el extenso imperio formado por las conquistas de los sarracenos o moros, bajo el gobierno de un solo califa.  Como dijimos antes al omeya Walid I (705-715)  sucedió su hermano Solimán (715-717), hombre relajado y cruel, y a éste Omar II (717-720), que intentó dar unidad política y religiosa al heterogéneo imperio.

Poco tiempo despúes apareció en escena otro personaje, Abul-Abbas, biznieto de Abbas, tío del Profeta, el cual se sumó al partido de los descendientes de Alí, que se adjudicaban la legitimidad en la sucesión, y procediendo con actividad y energía logró destronar , vencer y dar muerte a Meruán II, proclamándose califa y ordenando el exterminio de toda la familia de los omeyas.

Un joven miembro de aquella familia llamado Abderramán logró escapar de la matanza y, tras andar algún tiempo errante por el África, pudo llegar a España y fundó en ella la dinastía omeya española.

Así en el año 755 el imperio se dividió en dos califatos, el de Occidente, que comprendía solamente España con su capital en Córdoba y el imperio sarraceno de Oriente, que abarcaba el norte de África y todos los países orientales y cuya capitalidad fue trasladada de Damasco a Bagdad.

El califa de Bagdad fue considerado generalmente como jefe del mundo islámico, fundando asi  la dinastía de los abasidas (de Abbas, su primer califa), el segundo de ellos se trasladó a Mesopotamia, y estableció la capital del imperio en Bagdad, como ya hemos dicho.

Pero los abasidas, en su oposición a todo cuanto pudiera recordar la actuación de los omeyas, volvieron a considerarse como jefes religiosos mezclando la religión con la política; el efecto de este sistema fue el de robustecer el poder despótico de los soberanos que actuaban como los antiguos reyes orientales.

Se implantaron algunas reformas como la de las postas oficiales, que en realidad vinieron a ser una red de información policial al servicio del monarca.

El primer califa fue Abul-Abbas (750-754), apodado el Saffah (el sanguinario, por las grandes matanzas que ordenó). A éste sucedió su hermano Almansur, que reinó hasta 775. Realizó importantes obras; implantó el árabe como idioma oficial; mejoró la economía del país, que alcanzó gran prosperidad y protegió las letras y ciencias, que florecieron en su reinado.

El más famoso de todos los califas de Bagdad fue Harún-ar-Raschid, que subió al trono en 786 y bajo su gobierno alcanzó su corte un inusitado esplendor. En Las Mil y una Noches podemos encontrar relatos y estampas de la vida que llevaba aquel monarca y el pueblo de su capital.

Era artista y magnánimo pero cometió grandes crueldades. Sostuvo campañas afortunadas con los bizantinos.

En su tiempo un rebelde llamado Edris, de la familia de Alí, fundó en Fez el reino independiente de los edrisitas y enviado para combatirle Ibrahim-Ben-Aglab, se sublevó en Túnez y estableció la dinastía de los aglabitas, con su capital en Keruán.

Muerto Harún-ar-Raschid en 809 se sucedieron numerosos califas en medio de sangrientos desórdenes y asesinatos. Abundaron las divergencias religiosas, y los musulmanes se dividieron en numerosas banderías.

Los califas, sintiéndose inseguros, se acogieron a la custodia de una guardia personal formada por mercenarios extranjeros que acabaron por adueñarse de la situación.

Las provincias fueron cayendo unas tras otras en poder de los turcos, hasta que en 1258 los mongoles, bajo el mando de Hulagu, un nieto de Gengis Kan, conquistaron el califato de Bagdad y derrocaron la dinastía de los turcos selyúcidas.

SINTESIS DE LA DINASTIA ABASIDA: A mediados del siglo VIII se produjo una gran conmoción en el mundo islámico, al pasar el califato a manos de la dinastía Abasida (750-945) después de una cruenta lucha. El estandarte negro reemplazó a partir de entonces al estandarte blanco de los omeyas, que de algún modo representaban a lo más puro de la descendencia árabe.

Con los abásidas, el eje político dejará de ser Damasco para pasar a ser Bagdad. El Islam se replegará un poco más sobre el este y abandonará un tanto la zona del Mediterráneo. Durante el mismo período se construyeron grandes ciudades como Samara (sobre el Tigris), Basora, que es un gran puerto, y El Cairo.

En tanto, Abderramán, único sobreviviente de la matanza de los Omeyas ordenada por los Abasidas, desembarcó en España en el 755 y logró hacer reconocer su autoridad.  Creó así un emirato, ahora dependiente de Bagdad.

En el año 929, Abderramán III, imitando el ejemplo de sus correligionarios de Túnez, adoptó el título de califa, instalando la capital del Califato en Córdoba. Durante ese siglo, España se convirtió en un polo cultural y literario que asombró a Europa, hasta entonces sumida casi en la barbarie.

La fuerte organización del Califato de Córdoba duró hasta el 1002, cuando se desmembró en una serie de reinos llamados de Taifas (banderías), lo que favoreció la marcha de la reconquista cristiana de España. Este largo proceso lo había iniciado aquel pequeño núcleo del norte que resistió la entrada de los árabes en el 711.

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ALGO MAS…
EL MUNDO ISLAMICO 500-800 d.C.

La administración de los omeyas
BAJO LOS CALIFAS omeyas (661-750), el Islam dominó la tercera parte del mundo antiguo, formando así el imperio más extenso jamás visto. Las fronteras permanecieron relativamente estables bajo la siguiente dinastía abasida (750-1258), cuando se incrementó el comercio a larga distancia y las condiciones pacíficas estimularon el crecimiento económico.

También hubo un deslumbrante florecimiento cultural que sintetizó con éxito muchos de los progresos de pueblos sometidos, incluidos los greco-romanos del Mediterráneo oriental y los persas de Irán. Se produjo un renacimiento en la construcción de magníficos edificios con artesanos talentosos y un nuevo desarrollo del saber.

Los palacios en medio del desierto, en Siria y Jordania, incorporaron baños y mosaicos en la mejor tradición greco-romana y fueron construidos por los descendientes directos de artesanos que habían gozado de la protección bizantina. Los eruditos y científicos islámicos copiaron y desarrollaron el trabajo de sus predecesores greco-romanos. En algunos aspectos, efectivamente, fueron los omeyas y abasidas, más que Bizancio o Europa occidental, los herederos de las artes y el saber de Grecia y Roma.

Con la ascensión de la dinastía abasida, hubo un cambio en la perspectiva cultural trasladándose desde el Mediterráneo hacia Mesopotamia y Persia. La capital omeya había sido Damasco, pero en el 766 los abasidas la trasladan a Bagdad.

Estratégicamente ubicada a orillas del Tigris, en la encrucijada de las principales rutas comerciales de Oriente y Occidente, Bagdad se convirtió en un poderoso símbolo del dominio abasida.

La Ciudad Circular, un complejo administrativo, tenía dobles defensas de ladrillos de barro con cuatro entradas en los puntos cardinales.

El califa ubicó su palacio en el centro de la Ciudad Circular; los funcionarios habitaban en un anillo de residencias, al interior de las murallas. Los mercados y la mayoría de la población se ubicaban afuera, alrededor del antiguo centro de Al Karkh.

Las mezquitas, los edificios más importantes del Islam, existían en todas los pueblos islámicos. A pesar de las variaciones, todas consistían en un patio y salón cubierto para oraciones con un mihrab, un nicho en la muralla, que indicaba la dirección de la oración, hacia La Meca.

Otra característica era el minarete, o torre, desde el cual todavía se hace el llamado a oración. Una de las mezquitas más grandes se construyó en España, en Córdoba, se comenzó en el 785 y era capaz de albergar a 5.500 fieles; sin embargo, la mayor de todas era la Gran Mezquita, erigida en Samarra, Irak, por el califa Al-Mutawak-kil en 849-850.

Aunque, probablemente, el más imponente de los antiguos edificios religiosos del Islam no es una de estas grandes mezquitas sino el santuario menor de la Cúpula de la Roca en Jerusalén, ricamente decorado con mosaicos de frutas, vino y árboles se consideraba idolátrico,representar figuras humanas y animales en un contexto religioso.

Fuentes Consultadas:
Historia Universal de la Civilizacion Tomo II Editorial Biblioteca Hispania Ilustrada  – Los Sarracenos –
La Magia del Islam Historia de la Humanidad Para Principiantes  – Colección Biliken Cuadernillo Nº11

La Vida Diaria de un Buen Musulman Practicas Religiosas Cotidianas

La Vida Diaria de un Buen Musulmán- Prácticas Religiosas Cotidianas

La religión musulmana tiene una serie de normas que afectan a la vida diaria de los creyentes. Algunas de las más llamativas y peculiares se refieren a la manera de medir el tiempo, a la alimentación, a la indumentaria y al aseo personal.

El islam y las prácticas de la vida cotidiana

Además de los preceptos que marcan los pilares de la fe, la religión islámica estableció prácticas obligatorias sobre distintas cuestiones.

Estas reglas fueron mantenidas por resultar tradicionales, o porque su práctica continuada por parte de la comunidad las convirtió en norma, y en algunos casos llegaron a ser tan válidas para los musulmanes como los cinco pilares.

Algunas de ellas se refieren a lo que está permitido comer y lo que está prohibido. También es particular su calendario.

La cronología musulmana

Los musulmanes utilizan un calendario basado en los ritmos de la luna, con doce meses de veintinueve o treinta días, así que cada año tiene 354 días. En el mundo occidental se utiliza un calendario solar de 365 días, por lo que hay once días de diferencia entre ambos.

Los meses musulmanes nunca coinciden con los del calendario común, porque cada año, el primero se adelanta once días respecto del segundo.

Para calcular una fecha islámica a partir de una del calendario occidental existe un método bastante certero. Consiste en restar 622, que es el año de la hégira y dividir por 0,97.

La azora 112: Dos azoras, la primera y la antepenúltima, son probablemente las más importantes del Corán ya que se exponen en ellas las ideas sobre el poder y las características de Alá. La primera se utiliza en muchos momentos de la vida de un musulmán para sacralizar las actividades.

De la 112 dice u tradición islámica que su recitación equivale a la de un tercio del Corán. La azora 112, llamada «la fe pura», dice:

«En el nombre de Alá, el compasivo, el misericordioso. Di: “El es Dios, uno, Dios, el eterno. No ha engendrado ni ha sido engendrad No tiene par»».  

La alimentación en el islam

Algunas azoras del Corán marcan ciertas normas relativas al consumo de alimentos. Entre ellas figura la prohibición de comer carne de cerdo. Según la tradición, Alá conoce lo que perjudica al ser humano y este no debe cuestionado.

En la actualidad, los estudios relacionados con enfermedades trasmitidas por el cerdo, como ciertos procesos inflamatorios, reacciones de la piel, flebitis o eczemas, han sido utilizados por algunos musulmanes para argumentar que las normas del Corán no se equivocan.

Otros plantean que, como hoy en día los animales para el consumo humano están sometidos a un control sanitario muy estricto y están libres de enfermedades, podría permitirse comer cerdo.

Los alimentos permitidos en el islam se denominan halal, y en los comercios de las ciudades occidentales ya es bastante corriente encontrar productos que llevan ese distintivo, especialmente en lo referente a la carne.

Para poder tomar carne, el animal tiene que haber sido degollado invocando el nombre de Alá, y tiene que haberse desangrado completamente.

La sangre no está permitida, como tampoco la carne de cerdo ni las bebidas alcohólicas, aunque este precepto no se ha seguido en todas las épocas ni en todos los lugares del Islam.

El halal musulmán no es tan estricto como el kasher judío. Ambas religiones coinciden en la prohibición de comer carroña, sangre y cerdo, pero el Corán no entra en matices en cuanto al tipo de pezuña, si es o no rumiante, o incluso partes del animal como el nervio ciático o los intestinos, que sí están vetados entre los judíos.

En cuanto al vino y demás bebidas alcohólicas, su consumo está muy mal visto por parte de gran número de musulmanes.

Pero no siempre fue así. Hubo momentos en que se toleró su consumo de modo general. Así, uno de los más grandes poetas de Irán, Omar Jeyam, escribió magníficas composiciones en honor del vino.

En el Corán se prohíbe el vino, pero también se dice que en el paraíso habrá arroyos de vino, delicia para quienes lo beban. El vino puede servir de ejemplo de que en el islam ha habido y sigue habiendo muchas interpretaciones.

El aseo personal y la vestimenta

En lo que se refiere al aseo personal, la higiene es fundamental e inexcusable a la hora de rezar, lo que ha dado lugar en muchos países musulmanes a una refinada cultura de la limpieza y del agua.

La circuncisión también se estima una medida higiénica y es una seña de identidad de todos los varones musulmanes, aunque no se menciona en el Corán.

Además se han establecido normas sobre la vestimenta femenina con la finalidad de tapar el cuerno de la mujer.

Estas obligaciones varían según los países y la ideología imperante en ellos.

El caso más extremo es el que se produjo entre las mujeres de Afganistán hasta el año 2002, obligadas por la ley impuesta por el régimen talibán al uso del burka (imagen), una túnica que las cubre desde la cabeza hasta los pies, con una sola abertura a la altura de los ojos.

Incumplir esta regla podía suponer la cárcel o decenas de latigazos, pero vestirlo también es peligroso, ya que muchas mujeres han muerto por accidentes de tráfico al no tener visibilidad.

El chador (imagen) es un manto amplio que cubre la cabeza y envuelve el cuerno. En Irán, Irak Siria y Líbano, las musulmanas chiítas se distinguen por el color negro de sus chadores.

La melfa es un pañuelo de vistosos colores que cubre el cuerpo de la mujer, cuyo uso se extiende por el Sahara y países africanos, como Malí o el sur de Argelia.

Resulta también común el hiyab (imagen derecha) , que es un pañuelo que tapa el cabello pero no la cara. Suelen llevarlo las mujeres magrebíes y por ello se ve a menudo en las ciudades españolas y de otros países europeos.

Lugar de Culto: La sencillez es un aspecto característico del culto islámico. Cualquier lugar es adecuado para orar y estudiar el Corán, aunque hay dos lugares especiales, la mezquita y la madraza.

La mezquita

La mezquita, en árabe masjid, es un edificio destinado a la reunión de los musulmanes para la oración.

También es importante la madraza, que recibe el mismo nombre en árabe, y que es la universidad coránica.

La casa de Mahoma en Medina se convirtió en la primera mezquita. El muro que cercaba el patio seguía la dirección a La Meca, y allí había una estancia cubierta en la que se rezaban las oraciones. El resto de la edificación tenía soportales que la protegían del calor del desierto. Este fue el modelo que se utilizó para muchas de las mezquitas construidas con posterioridad.

En ellas suele haber un patio de abluciones, para la limpieza ritual antes de la oración. En el interior está el muro de la quibla, que marca la dirección hacia La Meca, y el espacio cubierto para el rezo.

La importancia de dirigir la oración hacia La Meca llevó a que se pusiera un nicho o panel decorado, el mihrab, en e! centro de la quibla. Así se indicaba que este era el muro correcto para la oración. También se incluyó el mimbar o pùlpito, desde donde el imán o director de la oración predicaba y guiaba el ritual de los viernes.

Otro elemento característico en muchas mezquitas es la maqsura, un espacio delimitado por arquerías situado frente al mihrab y decorado con esmero. Se construyó con la finalidad de proteger «las espaldas» de los gobernantes ante posibles atentados. La maqsura fue habilitada después de que algunos de los primeros califas fueran asesinados mientras oraban.

El resto de la sala de oración no posee características diferenciadas, exceptuando la división ocasional en arquerías, paralelas o transversales al muro de la quibla. También es significativo el alminar, torre desde la que se hace la llamada a la oración.

En el mundo islámico se siguen construyendo enormes mezquitas, como la de Hasán II en Casablanca, que se inauguró en 1993. Puede albergar a veinticinco mil fieles y sigue unos modelos arquitectónicos muy tradicionales.

En otros casos se ha optado por fórmulas arquitectónicas más modernas, concretamente en los ricos estados petroleros.

Historia de los Árabes

Fuente Consultada:
Enciclopedia del Estudiante (Santillana – La Nación) Tomo 17 Religiones y Cultura.