Derrota de la Confederación Argentina

La Sociedad Colonial Características La Familia y Grupos Sociales

La Sociedad Colonial y la Familia
Características y Grupos Sociales

LA FAMILIA Y SOCIEDAD EN LA ÉPOCA VIRREINAL: El estado y desarrollo de la vida social en la época colonial tenía como factor principal la composición racial de la población. Blancos, indios y negros fueron los elementos constitutivos de la sociedad colonial. No tenían los españoles los prejuicios raciales de otros pueblos. Esto originó distintas formas de mestiizaje. El estado social, cultural y económico estaba en gran parte vinculado al grupo racial a que se pertenecía.

La raza blanca ocupaba un lugar preponderante dentro de la sociedad colonial. No existía tampoco igualitarismo entre sus miembros sino que seguían las pautas de organización social propias de España.

Entre los blancos se distinguían los nobles, los hidalgos y el pueblo simple. No existían entre ellos las distancias existentes en la metrópolis. La necesidad de luchar juntos creaba un sentimiento de confraternidad, y la carencia de grandes recursos económicos contribuía a disminuir la distancia. La raza blanca estaba constituida por españoles, criollos y extranjeros.

Los españoles representaban a la raza conquistadora. Aspiraban a crearse una situación de privilegio. En sus manos estaban la mayoría de los cargos de gobierno y administrativos, y gran parte del comercio. En su mayor parte eran hombres autoritarios, altivos, de espíritu guerrero y acendrada fe religiosa, aunque sus costumbres no estuviesen con frecuencia acordes con su fe.

Los privilegios de que gozaban eran fruto de una situación de hecho. Porque la legislación vigente no les reconocía ningún privilegio.

Los criollos eran hijos o descendientes de españoles. Se llamaban a sí mismos con orgullo “hijos del país”. Las leyes les reconocían los mismos derechos que a los españoles europeos, pero en la práctica carecían de las facilidades de que estos gozaban.

Con el tiempo se fue creando un antagonismo entre españoles y criollos, sobre todo a medida que aumentaban las generaciones nativas. Los españoles se consideraban superiores y los criollos se consideraban con mayores derechos sobre el país. Ocupaban la mayor parte de las funciones en los Cabildos.

Los extranjeros europeos, a pesar de las restricciones impuestas a la inmigración, ejercieron notable influencia. Franceses, ingleses, portugueses e italianos se radicaron en Buenos Aires.

Liniers era francés, Pueyrredón era hijo de franceses, Belgrano y Castelli eran hijos de padres italianos. Es un índice de la actuación que les cupo a los extranjeros y a sus descendientes en la vida colonial.

Los mestizos eran resultado de la mezcla de españoles y de indias. Eran “los mancebos de la tierra” que fundaron con Garay Santa Fe y repoblaron Buenos Aires.

Las autoridades amparaban las uniones matrimoniales entre españoles e indios.

La situación social del mestizo era inferior a la del español y del criollo. En las ciudades desempeñaban ocupaciones de menor estima social. Gran parte vivía en la campaña y constituyeron un tipo característico entre nosotros: el gaucho.

Sin embargo, según la situación de sus padres, muchos mestizos tuvieron figuración relevante. Juana Ortíz de Zárate, hija del Adelantado y esposa de Torres de Vera y Aragón, último Adelantado del Río de la Plata, era mestiza. También lo eran Garcilaso de la Vega, Ruy Díaz de Guzmán, Pedro Gutiérrez de Santa Clara que sobresalieron como literatos.

Los negros fueron traídos a América en calidad de esclavos. Su introducción comenzó poco después de la conquista.

La Corona española siempre preocupada en su legislación por la situación de los indígenas, apenas se preocupó de los negros. Carlos IV dictó una Cédula Real en 1789 reglamentando su educación, alimentación, trabajo y trato e imponiendo severas penas a los amos que no cumpliesen sus obligaciones.

El trato que recibían variaba según las colonias. En el Río de la Plata vivían en su mayor parte incorporados como sirvientes a la familia de sus amos y recibían un trato sumamente benigno.

En general en las colonias españolas siempre recibieron, comparado con otros pueblos, un trato humanitario.

Los soldados de los ejércitos de la independencia fueron en buena parte formados por negros esclavos que recibían su libertad por el hecho de incorporarse a sus filas.

Mulatos se denominaba a los descendientes de blancos y negros; zambos, a los descendientes de indios y negros. Ambos grupos ocupaban un lugar inferior en la escala social.

La familia, sobretodo la familia urbana, estaba sólidamente formada. El hogar tenía características patriarcales y el padre ejercía suma autoridad.

El grupo familiar estaba constituido no sólo por los padres e hijos, sino también por los allegados y la gente de servicio. Cada hogar constituia un pequeño taller. En él además de las tareas domésticas, se cosía, se tejía y se ejercían pequeñas industrias.

grupos sociales americanos

GRUPOS SOCIALES EN LA SOCIEDAD COLONIAL

Los blancos eran la clase privilegiada, “gente decente”. Pero sólo los españoles tenían todos los derechos.
Los Indios no tenían ningún derecho y se los despreciaba. No podían tener empleos ni andar a caballo. Intercambiaban sus productos en las pulperías.
A los criollos les estaba prohibido hacer política. Como máximo podían ser empleados de tienda por supuesto, los que podían Iban a las universidades).
En el Río de la Plata los negros eran, en su mayoría esclavos. Algunos compraban su llbertad al amo: se los llamaba libertos. Vendían productos por su cuenta o de los patrones. También trabajaban en las chacras y el campo. Los negritos llevaban almohadones para que sus amas se sentaran en la iglesia.
La sociedad colonial estaba dirigida por los blancos. Los españoles se consideraban a si mismos como los más Inteligentes.
Pensaban que los criollos no tenían mucha capacidad, Los mestizos y mulatos se desempeñaban como sirvientes.
También se dedicaban al comercio ambulante.
Había una enorme cantidad de vendedores ambulantes. Ofrecían: escobas, pasteles, pescado, fruta, agua, carne, sogas yartículos de contrabando.
Además de recorrer las calles con su mercancías y pregones se establecían por las mañanas en la Recova de la Plaza Mayor.
En las afueras de la ciudad estaban las pulperías, almacenes de campo donde la gente también Jugaba a las cartas y bebía aguardiente.

ESQUEMA GRAFICO DE LOS GRUPOS SOCIALES

grupos sociales coloniales en america

Ver:Vida de los Negros en América Colonial

Contaba Mariquita Sánchez de Thompson: Había mucha escasez de muebles, que eran muy ordinarios. Es cierto que había mucha plata labrada, pero ésta era Indispensable. La loza era muy cara y muy escasa: de modo que era una economía tener una docena de platos, unas fuentes y lo demás no con gran profusión. No se mudaba cubierto a cada plato y algunas veces comían dos cosas en el mismo plato. Y para beber agua había un jarro de plata que circulaba en la mesa. Los más pobres tenían peltre en lugar de plata. La gente del campo vivía en la mayor miseria, los salarios no les permitían vestirse. Andaban con un poncho, un sombrero bajito y un pañuelo para atarse la cabeza. En casa de Mariquita Sánchez de Thompson se entonó por primera vez el Himno Nacional. En época de Sarmiento fue directora general de escuelas. Escribió amenos relatos sobre su tiempo.

 

Tertulia Colonial:La tertulia era una reunión que tenía lugar todas las noches. A las casas se entraba sin llamar. Durante la velada se tocaba música, bailaban, charlaban y comían. Duraba hasta pasadas las doce de la noche. Los hombres iban a las tertulias vecinas. Así todos se conocían.

Cena Colonial en el Virreinato:Las clases altas, también llamadas “gente decente” almorzaban a las catorce horas. El menú diarlo era de 20 platos: Sopa de pan, vermicheli, varios guisos, puchero, ternera asada, ensaladas. Al terminar una esclava negra rezaba y la familia se persignaba. Después venían los postres que eran exclusivamente frutas. Sólo tomaban agua, luego del postre, otra esclava pasaba un recipiente donde todos se lavaban las manos. Posteriormente se retiraban a dormir la siesta.

Los Muebles en América Colonial

Fuente Consultada:
Educación Democrática de Argentino Moyano Coudert – Texto Para 3º Año – Tercera Edición-Editorial Guadalupe

Biografia de Feliciano Chiclana Abogado

Biografía Feliciano Chiclana

Nació en Buenos Aires el 9 de junio de 1761. Estudió en su ciudad natal, terminando su carrera de doctor en jurisprudencia en la Universidad de San Felipe, en Santiago de Chile, donde se graduó en 1783. De regreso al país, ejerció la abogacía y desempeñó el cargo de asesor del Cabildo, a principios del siglo XIX.

En 1803 presentó al Rey un proyecto por el cual proponía atraer a los indios, entablando intercambio comercial con ellos, dándoles facilidades de trabajo y ocupándolos en forma permanente.

feliciano chiclana

Ejercía este cargo, cuando se produjeron las invasiones inglesas, actuando Chiclana con valor en la Reconquista de Buenos Aires, el 12 de agosto de 1806, lo que le valió el grado de capitán de Patricios, el 8 de octubre de 1806, confirmado por Real Orden de 13 de enero de 1809, expedida por la Junta de Sevilla.

Tomó parte en la heroica defensa de la Capital contra los invasores comandados por el general Whitelocke, en las cálidas jornadas del 5 y 6 de julio de 1807.

En la asonada preparada por los miembros del Cabildo contra el Virrey Liniers, el 1º de enero de 1809, la actitud de Chiclana fue realmente arrojada: al frente de un grupo de patriotas concurrió al Fuerte en apoyo de la autoridad virreinal, desconocida por los complotados; y arrebatando de manos del escribano público del Cabildo, la renuncia que Liniers suscribiera en un momento de debilidad moral, Chiclana la despedazó en presencia de los circunstantes.

Su valerosa actuación en la emergencia le valió ser graduado teniente coronel de Patricios, con fecha 23 de marzo de 1809. Fue miembro de la junta secreta de patriotas, confabulados gloriosamente con el patriótico propósito de dar la independencia a estas colonias; Chiclana participó de sus trabajos, de sus desvelos, fatigas y angustias, tuvo la infinita satisfacción de ver realizados sus ideales en la jornada memorable del 25 de mayo de 1810, con la deposición del Virrey Cisneros y la exaltación de sus compañeros de causa.

El 14 de junio de 1810, la Primera Junta se apresuró a nombrarlo Auditor del Ejército Auxiliar, ascendiéndolo a coronel de ejército efectivo, el 15 de julio siguiente.

En agosto fue nombrado Gobernador Intendente interino de Salta, cargo que ejerció hasta el 24 de diciembre del mismo año, en que fue designado para análogo puesto en la de Potosí (nombramiento éste expedido el 3 de diciembre de 1810).

De regreso en Buenos Aires, a consecuencia de intrigas partidistas, Chiclana fue elegido popularmente el 23 de septiembre de ese año, 1811, para formar parte del primer Triunvirato, completado por Juan José Paso y Manuel de Sarratea, en cuyo desempeño cooperó en el sofocamiento de la conspiración encabezada por Di Martín de Alzaga, en la que Chiclana procedió con la debida y necesaria energía.

La revolución del 8 de octubre de 1812 puso término al mandato de Chiclana, el cual el 13 de noviembre del mismo año, volvió a ser nombrado Gobernador Intendente de Salta, puesto que desempeñó hasta octubre del año siguiente. Observados sus procedimientos un tanto arbitrarios, Chiclana presentó su renuncia, la que fue aceptada por el Gobierno, el cual designó para reemplazarlo al coronel Francisco Fernández de la Cruz, que se recibió de su cargo el 26 de octubre de 1813.

La verdadera causa del retiro de Chiclana de la gobernación de Salta fue motivada por no haberse sabido granjear las simpatías del pueblo salteño; lejos de eso, se enajenó la benevolencia de los habitantes por su mal entendido entusiasmo por la causa de la Patria. Sin embargo, la Superioridad hizo justicia a la pureza y buena intención que guiaron sus actos.

El 9 de diciembre de 1814 el Supremo Director Posadas designó al coronel Chiclana “Comisionado Extraordinario para provisión de Víveres y cabalgaduras para el Ejército Auxiliar del Perú”, cargo que retuvo un tiempo, regresando a Buenos Aires en 1816.

Posteriormente, debido a la oposición que hizo con toda intransigencia al Director Pueyrredón, fue desterrado por éste en 1817, trasladándose a Estados Unidos, donde se estableció en la ciudad de Baltimore, regresando después al Río de la Plata, pero quedando un año en Montevideo.

Pero hostigado por la miseria, en mayo de 1818 llegó a Buenos Aires sin licencia del Gobierno. En esta emergencia, el día 18 de aquel mes, su esposa doña Micaela Alcaraz, solicitó un asilo para su esposo en algún punto de las Provincias Unidas.

Desterrado en el mes de Julio a Mendoza, se enfermó en el viaje al llegar a la posta de Pavón en compañía del capitán de Húsares D. José Caparroz, el teniente coronel del mismo cuerpo D. Hilarión Guerrero y el teniente coronel retirado Marcelino Balbastro, que marchaban con Chiclana para la ciudad de Mendoza.

Desde el Arroyo Pavón, el 29 de agosto el último solicitó quedar en aquellas cercanías por su “achacoso estado”, lo que fue concedido el 10 de septiembre por el Director Pueyrredón, accediendo al libre regreso a esta Capital, restituyéndolo al seno de su familia, lo que se comunicó al jefe del punto, coronel Hortiguera, para su cumplimiento.

El 19 de abril de 1819 fue repuesto en su empleo de coronel. Su último servicio fue una incursión que realizó a las pampas, desde el 23 de octubre hasta fines de diciembre de 1819, para negociar la paz con los indios Ranqueles, a los que entregó las gratificaciones y hasta su propia espada, comisión que desempeñó a satisfacción del Gobierno.

El 28 de febrero de 1822, obtuvo su reforma militar en su clase de coronel, después de haber revistado en el E. M. de Plaza desde el año anterior en su clase de coronel de infantería .

En sus negociaciones con los indios, Chiclana llegó, el 27 de noviembre a Manuel Maeu, distante 120 a 200 leguas al WSW de Buenos Aires, feudo del cacique Lienand, donde conferenció con los caciques ranqueles reunidos con tal objeto.

Falleció en Buenos Aires el 17 de septiembre de 1826. El 19 de enero de 1830 el Gobierno Nacional dictó un decreto disponiendo la erección de monumentos en el Cementerio del Norte para guardar los restos del coronel Dr. Chiclana y general Cornelio Saavedra.

Chiclana fue un patriota de carácter audaz, turbulento, y su figura se destaca como hombre de lucha y de consejo, cualidades que se evidenciaron cuando formó parte del Primer Triunvirato.

Fuente Consultada:
Yabén, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).

El General Federico Rauch en la Frontera Contra Los Aborígenes

EL GENERAL FEDERICO RAUCH

El 6 de febrero de 1826 el Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata, en razón de las dificultades internas y principalmente las externas, surgidas por la guerra con el Imperio del Brasil, creó un Poder Ejecutivo nacional. Al día siguiente designó presidente a don Bernardino Rivadavia. A pesar de los múltiples problemas que tuvo que atender, éste se preocupó también por reforzar la frontera contra los indios.

Federico Rauch

La paz que se había firmado en el gobierno anterior no satisfacía a todos los indios, y en 1826 más de setecientos pampas enemigos tomaron por asalto los pueblos de Salto, Arrecifes y Dolores, retirándose con numerosos cautivos y gran cantidad de animales.

Poco después otro malón cayó sobre el paraje denominado Toldos Viejos, no lejos del pueblo de Dolores, y tras encarnizado combate dieron muerte a casi todos los componentes de la guardia que defendía esa zona.

En conocimiento de estos desmanes Rivadavia se propuso tomar enérgicas medidas, y en un memorable mensaje expresó: “La paz que se ha hecho y que se procura conservar a costa de grandes sacrificios no es una garantía suficiente a la que pueda librarse la riqueza de nuestros campos y la vida de nuestros laboriosos habitantes. Sólo el poder de la fuerza puede imponer paz a estas hordas y obligarlas a respetar nuestra propiedad y nuestros derechos”.

Con el propósito de castigar a los indios por sus frecuentes malones, Rivadavia decidió organizar una expedición, que puso a las órdenes del coronel Federico Rauch.

Este bravo y hábil oficial dirigió una feliz campaña en la región de la Sierra de la Ventana desde octubre de 1826 hasta enero de 1827, y a principios de ese año en la laguna de Epecuén.

Durante la presidencia de Rivadavia no sólo se llevaron a cabo las expediciones punitivas dirigidas por el coronel Rauch, sino que se planeó un avance de la frontera, que permitió a los blancos ocupar extensas zonas en la provincia de Buenos Aires. Teniendo en cuenta las observaciones hechas por las comisiones nombradas durante el gobierno de Gregorio Las Heras, Bernardino Rivadavia dictó un decreto el 27 de septiembre de 1826.

En el mismo establecía que con la mayor premura posible se fundarían tres fuertes principales: el primero en la laguna de Curalafquén, el segundo en la de Cruz de Guerra y el tercero en la del Potroso. El decreto disponía, además, que acordara con los hacendados la forma de conducir a los vecinos y también que se completaran los cuatro regimientos de caballería para aumentar la seguridad de las poblaciones.

El fuerte de la laguna del Potroso cubría las guardias de Rojas, Salto y Lujan; el de Cruz de Guerra amparaba los territorios guardados antes por los fortines de Navarro, Lobos, Monte y Ranchos; y el de Curalafquén protegía la zona comprendida entre Chascomús, Dolores y el fuerte Independencia, de Tandil. Estos baluartes tenían por objeto proteger a los pobladores de las incursiones de los indios y ganar territorios para la civilización.

Las dificultades económicas de las Provincias Unidas del Río de la Plata, en lucha con el Imperio del Brasil, no permitieron la construcción inmediata de los fuertes proyectados. El 5 de mayo de 1827 Rivadavia dictó un nuevo decreto disponiendo que los reductos serían levantados en la primavera siguiente. En el mismo presentaba también un plan que tendía a consolidar las poblaciones y a extender los núcieos urbanos.

El artículo primero de este decreto disponía que toda persona que se radicara en los nuevos pueblos fundados al amparo de los fuertes recibiría un solar en recompensa. También se expresaba que si deseaba dedicarse a la agricultura se le entregaría en enfiteusis una chacra, y el que se trasladara al lugar con doscientas cabezas de ganado recibiría una estancia.

Este decreto, el primero dictado después de 1810, estatuía medidas legales para fundar nuevos pueblos. Por el mismo se trazaba un plan orgánico tendiente a establecer a la población de manera definitiva en cada lugar de la campaña. Rivadavia no pudo cumplir sus propósitos, pues debido a serias dificultades externas e internas renunció el 27 de junio de 1827.

Explica Felipe Pigna, en “Los Mitos de la Argentina 2“:

24 de febrero de 1827, el efímero presidente Rivadavia se hizo tiempo para emitir un oficio que decía:

Deseando presentar al Sr. Coronel D. Federico Rauch una expresión especial del aprecio que hace de sus distinguidos y relevantes servicios, le envía una espada en memoria del honor con que ha sado la suya sosteniendo la causa pública; ella, desgraciadamente, no corresponde por su calidad al objeto a que se le destina, pero las circunstancias en que se halla el país han hecho ineficaces las más vivas diligencias de encontrar una mejor, quedando por igual motivo sin ejecución por ahora el designio de acompañarla con un par de pistolas, que le serán presentadas tan luego como puedan adquirirse de la clase que se desea.

El coronel Rauch devolvía los elogios con partes militares como éste, mucho menos lírico que el versito de Várela: “Hoy, 18 de enero de 1828, para ahorrar balas, degollamos a 28 ranqueles”.

Pronto le llegaría su turno al “espanto del desierto”. El 28 de marzo de 1829, en el combate de Las Vizcacheras, Rauch fue derrotado y degollado por el ranquel Arbolito. Al morir Rauch, los 30.000 kilómetros cuadrados de pampas que poseía Buenos Aires se habían transformado en más de 100.000. Se entiende por qué hay una ciudad en la provincia de Buenos Aires que aún lleva su nombre.

Del otro lado de la historia, un grupo de jóvenes músicos que hacen una excelente fusión entre rock y folklore han bautizado a su banda con el nombre de “Arbolito” en recuerdo de aquel bravo guerrero ranquel.

En diciembre de aquel año 29 asumió la gobernación de Buenos Aires don Juan Manuel de Rosas….

Biografía de Adolfo Alsina Historia Politica

Biografía de Adolfo Alsina

Nació en Buenos Aires, el 14 de enero de 1829, siendo ssu padres el doctor Valentín Alsina y doña Antonia Maza. Su familia fue una de las primeras en sufrir las persecuciones rosistas, por lo que debió emigrar a Montevideo el 5 de septiembre de 1835.

“Recuerdo — decía el doctor Alsina tocando este incidente memorable de la vida pública de su ilustre padre —, que una noche llevándome mi madre de la mano, al pasar por la quinta de Guido, se encontraban allí dos hombres en completo estado de ebriedad, y uno de ellos, así que pasamos, le dijo a su compañero: “Mira che que marido lleva la vieja . . . Apenas oí estas palabras me desprendí de las manos de mi madre y me incliné a recoger una piedra para tirarles: mi madre tomándome violentamente del brazo, me dijo estas palabras: ¿Qué vas a hacer? … no ves que peligra la vida de tu padre a quien trato de salvar!

Las palabras de mi madre me impresionaron de tal manera que le seguí sin oponer resistencia. A pocas cuadras de ahí entramos a una taberna donde estaba el capitán del “SARANDI” . Aún cuando yo entonces tenía seis años, conservo tan vivo el recuerdo de la actitud y las palabras de mi madre, que me parece verla y oiría, cuando se toca este incidente.”

adolfo alsina

El doctor Adolfo Alsina, a cuya Infatigable actividad y energía Indeclinable se debió un notable avance de la civilización en el corazón del desierto.

Cuando era un adolescente y poco después de haber completado su educación en el Colegio Nacional que había transportado el venerable maestro Peña, expatriado también, Adolfo Alsina fue dedicado por su padre al trabajo que fortalece el cuerpo y el espíritu y dá el sustento diario: obtuvo un modesto empleo en una barraca, en la cual aprovechaba los momentos de descanso para dedicarse a la lectura de libros, escogidos en general por su inteligente progenitor.

Vivió aquellos nueve años de la defensa de Montevideo respirando atmósfera de fuego, saturada por el olor de la pólvora de los cañones que tronaban cotidianamente, en defensa de las libertades públicas del Río de la Plata, cruelmente holladas por el Dictador Argentino y sus sanguinarios tenientes.

Al caer aquel en los campos de Caseros, la familia de Alsina apresuró su regreso a Buenos Aires, a donde llegú el 8 de febrero de 1852. Adolfo fue empleado en el Ministerio de Relaciones Exteriores del Gobierno Provisorio, pero la actitud de Urquiza para con los porteños, pronto le enajenó la voluntad de éstos, entre los que se contaba el joven expatriado, el cual no obstante su condición de estar al servicio del Gobierno, abrió en las columnas de la “Nueva Época” una briosa campaña contra el general Urquiza, el cual por intermedio del doctor Vicente Fidel López, a cargo interinamente de la cartera de Relaciones Exteriores, le hizo saber que cambiara de actitud pues de lo contrario podría serle funesto su procedimiento.

La contestación del joven Alsina apareció al día siguiente en un violentísimo artículo contra el Gobierno, a consecuencia del cual fue separado de su cargo, el 20 de junio de 1852.

Alsina continuó su propaganda con mayor entusiasmo preparando la conspiración que debía estallar en la forma de la revolución del 11 de septiembre de aquel año. En unión con numerosos otros compañeros formaron una asociación que denominaron “San Juan”, en los conciliábulos de la cual se decretó la muerte del general Urquiza, creyendo sinceramente aquellos jóvenes que con la desaparición del vencedor de Caseros quedarían salvadas todas las dificultades políticas.

Sorteados los componentes de la asociación, recayó la designación para dar muerte a Urquiza en el general Manuel Hornos, Adriano Rossi y Adolfo Alsina. El primero de éstos sintió flaquear su ánimo, valiente como el de ninguno, ante la criminal empresa que el destino había puesto en sus manos, y reveló al doctor Valentín Alsina el secreto para que hiciese valer su autoridad paterna con el fin de hacer desistir a Adolfo del intento que habría arrojado infamia a su nombre y una mancha a la revolución que se estaba generando. Ante la intervención de su padre, desistió de su plan funesto.

En cambio, tomó activa participación en el movimiento del 11 de septiembre, que separó a Buenos Aires del resto de la Confederación, siendo uno de sus primeros y más entusiastas sostenedores. Pocos días después el general José María Paz, que había llegado a Buenos Aires casi inmediatamente de producido el movimiento revolucionario, por simple coincidencia, fue enviado con la famosa misión ante los gobernadores de las provincias del interior, acompañándolo el joven Alsina en calidad de secretario: es sabido que el ilustre General no pudo pasar más allá de San Nicolás a causa de las advertencias inamistosas del gobierno de Santa Fé, que se opuso categóricamente al tránsito del emisario por su territorio.

Alsina se enroló en la ciudad arriba nombrada como simple soldado de la 1a. compañía del 1er. Regimiento de G. N. que comandaba D. Juan Andrés del Campo, antiguo veterano del Ejército Libertador; cuerpo con el cual bajó a Buenos Aires para reforzar la guarnición, tomando puestos entre los defensores, en el extremo derecho de la línea de fortificaciones, en la barranca del Retiro, a las órdenes del coronel Emilio Conesa. Comportóse durante el sitio con valor sereno e hidalguía, características de su personalidad que empezaba ya a destacarse.

Terminado el sitio, por la disolución del ejército de Urquiza, el 13 de julio de 1853, Alsina fue nombrado secretario de la Cámara de Diputados de la provincia. Prosiguió sus estudios de jurisconsulto, que terminó en 1854, recibiéndose de abogado.

Su participación en el bando político de los “pandilleros” (unitarios), bautizados así por el partido que encabezaba D. Nicolás Calvo, en el que militaban los federales, que a su vez recibieron el mote de “chupandines”, fue importante, y a su esfuerzo personal se debió en gran parte el triunfo de los primeros en las elecciones de 185 7, que llevaron al sillón de Gobierno del Estado de Buenos Aires, a su augusto padre, por segunda vez.

En la campaña del año 1859, tuvo a su cargo el 1er. batallón del Regimiento N°. 4 de G. N.. en substitución del comandante Ramón M. Muñoz, que renunció y se batió con tanto denuedo en el campo de batalla de Cepeda, el 23 de Octubre de aquel año, que mereció una mención especial del general Mitre en el parte de la acción.

Participó en la retirada del ejército porteño sobre San Nicolás, embarcándose en la escuadra de Buenos Aires, la que sostuvo un violento combate con la confederada, el día 24 al caer la tarde, después del cual las fuerzas de Mitre siguieron aguas abajo el Paraná, rumbo a Buenos Aires. Alsina, con su batallón, se preparó para la defensa de la ciudad cuando se aproximó el ejército de Urquiza, situación que obligó a su padre a renunciar el gobierno de la Provincia para facilitar el advenimiento de los dos bandos rivales.

Firmados los tratados del 11 de noviembre, por los cuales se reincorporaba la provincia de Buenos Aires al resto de la Confederación, el Dr. Adolfo Alsina como su padre, fue designado miembro de la convención ad hoc que debía resolver sobre las reformas propuestas a la Constitución del 53. Poco después fue elegido diputado al Congreso de Paraná; pero rechazados los diputados porteños en el seno de aquella asamblea nacional con pretextos fútiles, debieron regresar a Buenos Aires.

Nuevamente estalló la guerra entre este Estado y la Confederación Argentina y Alsina al frente ahora de una brigada compuesta de dos batallones, combatió con su acostumbrada bizarría en los campos de Pavón, el 17 de septiembre de 1861, salvando que el parque cayera en manos del enemigo. Después de la batalla, el general Mitre lanzó una orden General, acordando honores y recompensas a los jefes que habían actuado en primera línea, lo que hirió la susceptibilidad de muchos de los que habían estado en la reserva.

Alsina, que formaba parte de ésta durante la acción, pidió su separación del ejército, produciéndose con tal motivo un cambio de cartas entre Alsina y el general Mitre, que revelan el patriotismo y pundonor del primero y la nobleza militar y ciudadana del segundo. Concluida la campaña, regresó a Buenos Aires, siendo elegido en 1862 diputado por esta provincia al Congreso Nacional.

Con motivo del proyecto de federalización de la ciudad de Buenos Aires lanzado en el seno de la Cámara, Adolfo Alsina pronunció un brillante discurso contra el mismo, pieza oratoria que ha sido reputada como la mejor de su vida parlamentaria pues formó época en aquellos luminosos debates en que intervinieron Rawson, Elizalde, Mármol, Gorostiaga y otros oradores de reconocida capacidad. La defensa que hizo de Buenos Aires fue la señal de su rompimiento con el general Mitre y sus amigos, naciendo entonces de este cisma, los partidos nacionalista y autonomista cuya fogosa rivalidad produjo resultados tan fecundos para el progreso del país.

Sintiéndose enfermo en 1865, solicitó y obtuvo del Congreso una licencia para ausentarse a Europa. A su regreso, fue elegido el 2 de mayo de 1866, gobernador de la provincia de Buenos Aires, prestando al día siguiente el juramento de ley, designando a los doctores Mariano Várela y Nicolás Avellaneda para acompañarla en los ministerios de Hacienda y de Gobierno, respectivamente.

Una de sus primeras medidas, fue el separar las funciones de juez de paz de las de comandante de campaña, hasta entonces unidas; fijó el valor del papel moneda al tipo de 25 pesos por un peso fuerte; promulgó en julio de 1867, la ley que declara ser suficiente título la posesión de 40 años sin interrupción, para los terrenos del municipio de la ciudad y de los ejidos de los pueblos de campaña; la ley que subdividía el territorio del partido de Necochea en dos, denominando al nuevo, Juárez, en honor del Presidente de Méjico. Dispuso la fundación de los pueblos de Olavarría, el 25 de noviembre de 1867, en el paraje conocido por punta del arroyo Tapalqué, partido del Azul; y la del de Brandsen, el 17 de enero de 1868, a inmediaciones del Quequén Salado.

Fundó escuelas en Mercedes, Chascomús, Chivilcoy, San Nicolás de los Arroyos y el Vecino, ordenando la construcción de edificios para escuelas en Azul, Dolores, Saladillo, Ranchos y las Flores.

El partido de Arenales pasó a llamarse Ayacucho, en homenaje a la gran batalla que dio por tierra con el poder español en América. También se votaron leyes para la construcción de un edificio para el banco de la provincia. Empezó la gran obra de las aguas corrientes de Buenos Aires; inauguró el ferrocarril a Chivilcoy; reprimió la criminalidad en la campaña castigando con mano fuerte a los malhechores e hizo cuanto estuvo a su alcance por el bienestar de la provincia.

Poco antes de terminar su administración, sus ministros Várela y Avellaneda renunciaron a raíz de la actitud del doctor Alsina que destituyó a don Eduardo Wilde de la dirección del “Boletín Oficial”, que apreció de traidor la actitud del gobernador en un artículo que llevaba su firma.

Tal fue la estimación que se captó el doctor Alsina entre sus conciudadanos por su laboriosa y honrada administración de dos años en la provincia de Buenos Aires, que siendo aún gobernador fue elegido para integrar con Sarmiento, la fórmula pesidencial que salió triunfante en las elecciones de 1868, correspondiéndole a su ilustre padre, en su carácter de Presidente del Senado, de proclamar la fórmula que había triunfado en los comicios.

En sus seis años de vice-presidente de la República, el doctor Adolfo Alsina mantuvo a la mayor altura el carácter que revestía, acrecentando el número de simpatías que sus actos anteriores le habían conquistado, en tal forma que. en 1873, sus partidarios proclamaron su candidatura para la presidencia del país. Pero frente a su nombre se irguió el general Mitre y la lucha trabada entre ambos bandos políticos fue una de las más ardorosas de que guardan memoria nuestros anales. Finalmente, Alsina sintindose débil ante su poderoso adversario, entregó seis elementos a la candidatura Avellaneda que se robusteció con los nuevos adherentes que fueron bautizados por sus adversarios con el mote de “contramarcados”.

El partido autonomista se lanzó a la revolución, declarando que buscaba por la fuerza de las armas los derechos que se le desconocían o que les arrebataba el oficialismo. Elevado al Poder Supremo, el doctor Nicolás Avellaneda designó a Alsina Ministro de Guerra y Marina, el 12 de octubre de 1874 y en tal carácter le tocó reprimir con férrea mano la revolución que se había encendido en varios puntos del país, la que quedó definitivamente vencida en las batallas de la Verde y de Santa Rosa, que fueron completamente favorables a las fuerzas del Gobierno.

Vencida la revolución, cierto es que no se fusiló a nadie, pero los consejos de guerra especiales decretaron la pena de muerte para los dos generales derrotados en las acciones precedentemente citadas: Bartolomé Mitre y José Miguel Arredondo, los que finalmente fueron indultados. El plan de campaña contra los revolucionarios fue obra del propio Alsina, que dirigió virtualmente las operaciones militares que condujeron al triunfo definitivo de la legalidad.

Restablecido el orden, un solo partido podía concurrir a las elecciones y en tales circunstancias fue aclamado candidato a gobernador el dector Alsina. quien declinó el honor en atención a que deseaba mantenerse en el Ministerio nacional que ocupaba para aprovechar la influencia política que el mismo le proporcionaba y desde el cual proyectaba llevar adelante su amplio plan de conquista del Desierto que le ha valido un puesto de primera línea en la gratitud nacional. Por esta causa, fue elegido don Carlos Casares para reemplazar al coronel Alvaro Barros, en el gobierno de la provincia de Buenos Aires.

Alsina se dedicó desde ese momento, con verdadero ahinco, al problema de las fronteras y a la preparación de los medios conducentes a la ejecución de su magno propósito. Todo lo sacrificó a esta empresa digna de su carácter y de su inquebrantable voluntad, y puede afirmarse que las fatigas extraordinarias que le ocasionó esta tarea lo condujeron al sepulcro .

Personalmente dirigió la primera campaña que dio por resultado inmediato la ocupación permanente de Carhué, el 23 de abril de 1876, a la que siguieron la de ítalo, Guaminí, Puán, Trenque-Lauquén, etc., dejando establecida la línea de defensa más avanzada que había de proteger en el futuro la provincia de Buenos Aires de los desmanes de los salvajes. A fines de mayo del mismo año, Alsina regresó a la Capital, justamente satisfecho del resultado logrado en aquellas operaciones, y decidido más que nunca a llevar adelante su obra civilizadora.

Entretanto, el malestar político se había agravado considerablemente: era inminente una nueva revolución, más poderosa que la anterior, que amenazaba trastornar el orden de cosas establecido. Alsina vio claro a su alrededor, comprendiendo que el Gobierno estaba divorciado de la opinión y que hasta se sentía la inseguridad con respecto al ejército: en esta situación, el gobernador Casares le dio la clave para la resolución del grave problema mediante la conciliación de los partidos políticos. Para hacerla efectiva, debió el general Mitre sofocar el movimiento próximo a estallar, contra la voluntad de sus partidarios, dando así el más noble ejemplo de civismo que pueda encontrarse .

El supremo esfuerzo que el bienestar de la Patria exigía de sus hijos fue realizado, y aquellos patriotas separados por rivalidades políticas, se dieron sendos abrazos al pie de la estatua de Belgrano, en la plaza de la Victoria, en el día memorable: 7 de octubre de 1877.

Después de conjurar tan noblemente la crisis que amenazaba a la Nación, Alsina se entregó de lleno, nuevamente a su obra predilecta: las fronteras. Este era un problema que le atraía con irresistible fuerza; que le dominaba y le absorbía por completo. Acababa de asegurar la primera línea defensiva, pero proyectaba proseguir su tarea arrojando a las tribus bárbaras al sur  de los ríos Negro, Limay y Neuquén.

Y con este objetivo en vista, Alsina se puso en marcha para el Azul, el 29 de octubre de 1877, obteniendo a los pocos días los frutos de sus preocupaciones, con los triunfos sobre los caciques Namuncurá, Catriel, Pincén y otros, que eran un verdadero azote de la civilización y que solo fueron reducidos por la fuerza de las armas y después de cruentos sacrificios.

cacique pincen y su familia

El cacique Pincén y su familia. Foto tomada cuando fue traído prisionero a Buenos Aires.

Pero la enfermedad que había de tronchar su preciosa existencia, le atacó fuertemente en el curso de esta campaña, imponiéndole el abandono de la frontera, teatro de sus triunfos y su inmediato regreso a Buenos Aires, en busca de alivio a sus males.

Pero desgraciadamente todo fue inútil, pues el 29 de diciembre de 1877, a las 18 horas 57 minutos expiraba, estando rodeado su lecho de muerte por los señores Luis V. Várela, Cosme Beccar, Manuel Aráuz, Juan Francisco Vivot, Jacinto Aráuz, Eduardo O’Gorman, Enrique Sánchez y el antiguo criado de la familia de Alsina, Eugenio Abat, además de sus familiares.

Sus últimos pensamiento fueron dedicados a las operaciones militares que había ordenado contra los salvajes, pues en la fiebre de su delirio nombró continuamente a los jefes que comandaban los cuerpos del ejército entregados a la obra civilizadora: Levalle, Maldonado, Freiré, Vintter, García, etc.

Su muerte constituyó un duelo nacional, no dejando el pueblo demostración por hacer en su honor y los gobiernos nacional y provincial le decretaron honores militares y civiles extraordinarios. El pueblo en masa concurrió a sus exequias, calculándose no menos de 60.000 ciudadanos en el acompañamiento fúnebre.

En el Cementerio de la Recoleta hicieron oir su voz los primeros oradores de la República: el Presidente Avellaneda y el general Mitre, tuvieron conceptos notables para el ilustre muerto. Les siguieron en el uso de la palabra: Antonio Cambaceres, Miguel Navarro Viola, Mariano Várela, Manuel Augusto Montes de Oca, Manuel Aráuz, general Julio de Vedia, Ignacio López Suárez, Enrique Sánchez y Héctor F. Varela.

Correspondió al general don Julio A. Roca dar término a la magnífica empresa de conquistar el Desierto y arrojar defintivamente a los indios de nuestras fronteras, cerrando así uno de los capítulos más emocionantes de la Historia Nacional, desde la llegada de los españoles a esta parte del Continente Americano.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).

Biografia de Ignacio Alvarez Thomas Historia Política y Militar

Biografia del General  Ignacio Alvarez Thomas
Historia Política y Militar

Nació en la ciudad de Arequipa, el 15 de febrero de 1787, época en la que gobernaba allí su padre, el brigadier don Antonio Alvarez y Ximénez, natural de Vigo; siendo su madre doña Isabel Thomas y Ranzé, de origen francés, nacida en Barcelona y fallecida en 1824, en Madrid, mientras que su esposo murió en Lima, en 1812 .

Alvarez Thomas de 7 a 8 años de edad ya había sentado plaza como cadete en el cuerpo de artilleros Milicianos de Lima. Teniendo su padre que regresar s España, vióse obligado a detenerse en Buenos Aire, a consecuencia de la guerra que por enlonces sostenía aquel país con Inglaterra, guerra que hacía sumamente expuesta la navegación de los buques españoles.

Merced a sus relaciones y a su elevada jerarquía militar, el brigadier Alvarez consiguió que su hijo fuese designado subteniente de bandera del Regimiento Fijo de Infantería de Buenos Aires, el 7 de enero de 1 799, no cumplidos aún los doce años.

En 1803, regresando su padre para ir a ocupar el mando militar y político de las islas de Chiloé, Alvarez tuvo que quedar separado de su familia, pero ésta había obtenido que fuera admitido en la secretaría del Virrey.

ignacio alvarez thomas

En 1806, cuando se esperaba el desembarco de los ingleses, fue nombrado ayudante de órdenes del coronel Gutiérrez, que con una división de caballería observaba la dirección de la escuadra enemiga sobre la costa de la Ensenada de Barragán. Al ocupar el general Beresford la ciudad, Alvarez Thomas perteneció al grupo de oficiales veteranos que se retiró con Sobremonte al Monte de Castro, primero, y a Córdoba después.

En esta ciudad, el Virrey organizó una gran fuerza de caballería, armada con malas lanzas y muy pocas armas de fuego, con la que se puso en marcha para reconquistar la Capital: al llegar a San Nicolás supo la recuperación de la misma por las fuerzas confiadas a Liniers en Montevideo. Sobremonte debió retirarse por haber decaído completamente su autoridad; pero Alvarez se ocupó su puesto en la secretaría del Virrey.

Reiniciadas las hostilidades por los británicos a comienzos de 1807, pidió que se le permitiera reincorporarse a su regimiento, y con él se halló en la acción que tuvo lugar en la playa del Buceo, en que desembarcó el ejército de Auchmuty para poner sitio a Montevideo; en la desastrosa salida del 20 de enero, en que Alvarez corrió los más graves riesgos, y en todos los trabajos de sitio y bombardeo hasta el asalto llevado a cabo por los sitiadores en la madrugada del 3 de febrero en que recibió una bala de fusil en el hombro derecho y seguidamente, 10 heridas de bayoneta en todo el cuerpo, quedando como muerto al pie de la banqueta que ocupaba su regimiento, que fue extinguido en su mayor parte.

Colocado en el hospital de sangre como prisionero de guerra, el estado de sus heridas no permitió su traslado a Inglaterra; y fue puesto en libertad a consecuencia de la capitulación de Whitelocke, en julio del mismo año.

Por tan honroso comportamiento, el Virrey Liniers le extendió despachos de teniente del Cuerpo de Voluntarios del Río de la Plata, con fecha 29 de julio de 1807: y el 22 de octubre del mismo año era promovido a capitán del Batallón de Granaderos de Liniers, cuerpo de solo cuatro compañías de preferencia, brillante por su disciplina y uniforme.

Se halló en el movimiento del 10 de enero de 1809 encabezado por Alzaga y otros europeos de importancia, en sostén de la autoridad legal: y por su actuación, Liniers le extendió despachos de teniente coronel graduado, el 21 de julio del mismo año. Reemplazado éste por Cisneros, el nuevo Virrey continuó manteniendo el Batallón de Granaderos acuartelado en el Fuerte, lugar de su palacio y tratando a Alvarez con la misma distinción que sus antecesores.

Acató y cooperó al movimiento emancipador del 25 de mayo de 1810 y el gobierno patriota le confirió el 4 de julio del mismo año, la efectividad de teniente coronel del Regimiento Nº 4 de Infantería, de reciente creación (antiguos batallones de andaluces y montañeses), que en seguida quedó a su cargo por la separación del coronel.

Al año siguiente aquel cuerpo fue refundido en el N9 3, siendo designado el teniente coronel Alvarez, el 27 de noviembre de 1811, secretario 2º Ayudante del E. M. del Ejército de estas provincias, con cuyo cargo hizo la segunda campaña sitiadora de Montevideo, marchando por Santa Fe y Entre Ríos hasta delante de la plaza. De allí regresó a Buenos Aires en los primeros meses de 1813, a causa de las desinteligencias entre Sarratea y Artigas. Se reintegró en sus funciones en el Estado Mayor.

Desempeñó la gobernación-intendencia de Santa Fe desde el 25 de febrero de 1814 hasta abril del mismo año, tiempo que le fue suficiente a Alvarez Thomas para quebrar la maléfica influencia de Artigas, con su sistema federal de montoneras, que empezaban a levantarse encabezadas por don José Eusebio Hereñú, en Entre Ríos, primero, y en Santa Fe, después. Alvarez Thomas se granjeó allí de algunas amistades que le fueron de utilidad posteriormente, cuando desempeñó la Dirección Suprema.

De Santa Fe marchó nuevamente a incorporarse al ejército sitiador de Montevideo, en cuya rendición se halló el 23 de junio de 1814, mereciendo por esta circunstancia que se le promoviera a coronel efectivo del Ejército con fecha 24 de julio de igual año, así como también la medalla de oro discernida por el Director Supremo Posadas con el lema: “LA PATRIA A LOS LIBERTADORES DE MONTEVIDEO” y el honroso dictado de “Benemérito de la Patria en Grado Heroico y Eminente“.

Rehusó la mayoría de la plaza con que se le brindaba; pero a fines del mismo año se hizo cargo del gobierno de la misma, por haber salido a campaña el propietario, general Soler, que desempeñó hasta 1815, en que por la discordia de Artigas debió regresar a Buenos Aires.

En seguida se le despachó a tomar el mando de una división de 400 hombres, que se encaminaba a reforzar la guarnición del Paraná, amenazada por la anarquía de Entre Ríos. En aquella época el descrédito de la autoridad del Director Alvear era casi general, y era desconocida por el Ejército del Norte. Marchando el coronel Alvarez Thomas con la división, encontró en el territorio de Santa Fe al general Díaz Vélez que, con un grupo de oficiales había evacuado aquella ciudad, que quedaba en poder de las tropas de Artigas.

Tal circunstancia obligó a Alvarez a retrogradar a Fontezuelas para esperar órdenes: fue entonces cuando los oficiales le representaron el tamaño de los males que afligían al país y los riesgos que corría la provincia de Buenos Aires de caer en manos de Artigas, y le confiaron la dirección del movimiento que debía derrocar la autoridad aborrecida de Alvear .

Cediendo al convencimiento de su propia conciencia, el coronel Alvarez Thomas tomó la responsabilidad de la empresa, y en consecuencia se expidieron órdenes para la reunión de las milicias de la campaña; lanzando, igualmente, un manifiesto desconociendo la autoridad del Director; pasando una circular a las provincias interiores y una interpelación a Artigas para que sus fuerzas no penetrasen en la provincia que iba a reivindicar sus derechos.

El movimiento iniciado el 2 de abril de 1815, tuvo el más completo éxito y en pocos días la división se encontraba robustecida con más de 2000 hombres de los cuerpos de línea, que llegando sucesivamente al cuartel general, tomaban parte en la revolución, después de separar a los jefes y oficiales que no inspiraban confianza. Fue su eficaz colaborador en el movimiento el coronel Eusebio Valdenegro.

Puesto en marcha el ejército en dirección a Lujan, Alvarez Thomas envió al Director Alvear para que depusiese el mando supremo por obsequio a la paz pública. Al llegar a la Villa mencionada, se encontró con un diputado de la Soberana Asamblea, comisionado para arreglar una suspensión de hostilidades mientras se ajustaban las diferencias pendientes; negociación que fue interrumpida con la novedad de que en la Capital se había producido un movimiento popular, protegido por el Cabildo, que colocaba al general Alvear, situado con su ejército en la costa de los Olivos, en la confusión más espantosa.

No encontró alternativa mejor en tan delicada posición, que abandonar el poder y refugiarse en un buque de guerra inglés.

Es sabido que en este movimiento subversivo Alvarez Thomas no pudo reprimir algunas irregularidades cometidas por los hombres más exaltados que le acompañaron en la empresa.

El 16 de abril el Director había renunciado al mando, e inmediatamente el Cabildo eligió Supremo Jefe del Estado al general Rondeau y su suplente al “virtuoso coronel don Ignacio Alvarez”. (Manifiesto del Cabildo). Reasumiendo el gobierno provisoriamente el Cabildo, este nombró a Alvarez general en jefe del ejército de la Capital, enviándole despachos de coronel mayor extendidos con fecha 24 de abril de 1815, y votando al mismo tiempo una espada de honor con las inscripciones que recordaban los servicios rendidos a la causa de la libertad. La entrega de esta última, mandada a construir en Inglaterra, no tuvo efecto por falta de los fondos necesarios .

Por la circunstancia de hallarse el general Rondeau ejerciendo el mando en jefe del Ejército del Norte, Alvarez Thomas ocupó la Dirección Suprema el 6 de mayo. Pocos días después procedió con una energía que lo enaltece en extremo: como una consecuencia muy común de los movimientos subversivos en que toman parte fuerzas armadas, pronto vio Alvarez las pretensiones imposibles de satisfacer de una gran parte de los jefes y oficiales que le habían acompañado en la empresa, y no encontró mejor solución que arrestarlos en la noche del 24 de mayo, despachándolos en seguida a los ejércitos del Norte y de los Andes, a excepción del coronel Valdenegro, a quien conservándole empleo y sueldo, lo relegó a Patagones, por ser el más peligroso de todos.

Se apresuró a remitir refuerzos al Ejército del Norte, enviando una división de cerca de 1200 hombres a las órdenes del general French, que se incorporó a aquel después del desastre de Sipe-Sipe.

Tocóle a su gobierno la honra de convocar el Congreso Nacional Constituyente, que reunido en Tucumán, debía declarar la independencia de las Provincias Unidas. El 13 de abril de 1816 recibió Alvarez Thomas la comunicación de haberse instalado aquella corporación el día 24 de Marzo, y el 15 a las 10 de la mañana prestó juramento de reconocimiento a dicho cuerpo soberano ante las autoridades civiles, militares y políticas, en la Casa Consistorial, después de lo cual pasaron a la Fortaleza, donde se repitió el juramento .

Pero la indisciplina se abría camino en todas partes y el 16 de abril, después de la misa en acción de gracias por la feliz inauguración del Congreso, llegaban las noticias del desorden sangriento que ocurría en Santa Fe: el pronunciamiento del coronel Mariano Vera, que obligó a capitular al general Viamonte con el ejército porteño que había enviado Alvarez Thomas para apoyar a los cantaleemos contra Artigas, y también para protegerlos de las invasiones de los indios.

Las fuerzas de Buenos Aires destacadas en San Nicolás al mando de Eustaquio Díaz Vélez, no pudieron aproximarse a Santa Fe en defensa de Viamonte, y conocida la derrota de éste, dio Alvarez Thomas el mando de aquellas al general Belgrano, temeroso que Artigas vadease el Paraná y llegaran a convulsionar la campaña de Santa Fe. Belgrano trató de llegar a un acuerdo pacífico con los vencedores de Santa Fe. y  al efecto, comisionó a Díaz Vélez, quien el 9 de abril celebró con Cosme Maciel, representante santafecino, un convenio en Santo Tomé, en el que fijó:

1º Separar  a Belgrano del mando del ejército y nombraríase por sucesor a Díaz Vélez.

2° Retiro de las tropas de Buenos Aires y deposición del Director Supremo.

Este convenio fue ratificado por las fuerzas porteñas el día 11 .

En conocimiento de estas circunstancias, Alvarez Thomas dirigía el mismo 16 de abril su renuncia al Cabildo que, aceptada, se procedió inmediatamente a la elección del sucesor, lo que realizó la junta de Observación y el Cabildo, recayendo en la persona del general Antonio González Balcarce.  Alvarez Thomas se retiró a su casa, donde recibió los testimonios más lisonjeros de aprecio y estima de la parte más sensata y distinguida de la Capital.

Pocos meses después se le nombró Presidente del Tribunal Militar, y en seguida, vocal de la Comisión de Guerra encargada de proponer las medidas de defensa, arreglo del ejército en sus diferentes ramos, y que cerró sus trabajos en 1817 con la publicación de las tácticas para la infantería y caballería, que estuvieron en uso por largos años.

Reorganizado en 1818 el E. M. G.. fue colocado en la clase de 1er. ayudante comandante general afecto a la infantería, tarea laboriosa que desempeñó hasta comienzos del año siguiente, en que fue designado Jefe del E. M. del ejército de Observación sobre Santa Fe, que acababa de ponerse a las órdenes del general Viamonte.

La aproximación del Ejército del Norte al mando de Belgrano facilitaron la entrada en negociaciones con los montoneros. El general Alvarez Thomas recibió instrucciones del último para ajustar el armisticio, consiguiendo la suspensión de las hostilidades y formalizado el convenio en San Lorenzo, el 5 de abril de 1819, fue ratificado el día 12 por Belgrano y Estanislao López; habiendo actuado como representante porteño el general Alvarez y como santafecino, el comandante don Agustín Urtubey.

Retirado el ejército, Alvarez quedó en San Nicolás con 700 hombres, y autorizado por el gobierno para concluir con los diputados de López y Ramírez el tratado definitivo de reconciliación. Pero los meses pasaban y no se producía el ajuste definitivo y entonces Alvarez solicitó volver a su puesto en el E. M. G., reemplazándolo el general Martín Rodríguez en el mando de aquella fuerza.

Envuelto en las intrigas y persecuciones del año 1820, el gobernador Sarratea lo hizo poner en prisión, siendo puesto en libertad por su sucesor Ramos Mejía, a los 19 días de detención. Poco después el gobernador Dorrego lo llevó a su lado so pretexto de servirle en la Secretaría General; se le incorporó en Areco, en los momentos en que su división había sido dispersada en Pavón por Estanislao López. Por insinuación del propio Alvarez, Dorrego le confió el mando de la guarnición de San Nicolás, donde permaneció hasta los sucesos de Octubre, y restablecido Rodríguez en el gobierno de la provincia, Alvarez fue llamado a la Capital.

El 4 de diciembre de 1820 fue nombrado Ministro de Guerra interino. En 1821 ocupó un asiento en la Legislatura, como representante de la sección de San Nicolás, Baradero y San Pedro; sin abandonar sus funciones militares, cuando el gobernador Rodríguez lo nombró el 13 de enero de 1823, Inspector y Comandante General de Armas; no obstante haber obtenido su reforma militar en el curso del año 1822 .

Cuando hubo de estallar el movimiento subversivo contra el gobernador Rodríguez en la noche del 19 de marzo de 1823, Alvarez Thomas, en unión de los generales Viamonte. Las Heras y otros, contribuyó a hacerlo fracasar.

El 3 de octubre de 1824 fue enviado en misión extraordinaria al Perú, con el objeto de estrechar relaciones con aquel Estado: emprendió viaje en el mes de Diciembre, por la vía de la Cordillera, llevando consigo a su hijo mayor Ignacio. En el viaje se enteró del triunfo definitivo de Ayacucho. De Valparaíso pasó al puerto de Chorrillos por estar aún en poder de los realistas el del Callao. Llegó a Lima pocos días después de haber partido para el Alto Perú el general Bolívar.

Su misión tuvo un éxito muy relativo, mereciendo en el tiempo que ella duró, que fue solo de 11 meses, la distinción de ser incorporado como miembro honorario al Colegio de Abogados de Lima. Muchas gentes le ofrecieron ventajas positivas, una vez concluida su misión diplomática, para que se estableciera en el Perú, su país de origen, pero Alvarez Thomas las rechazó de plano.

En marzo de 1826 se embarcó para Valparaíso; el 2 de abril, después de haber sido acojido afectuosamente por la mejor sociedad de Santiago, el Presidente de la República general Ramón Freiré, lo obsequió con un banquete al cual asistió lo más selecto de las instituciones armadas, cónsules, ministros, etc.

En Chile contrató algunos buques de guerra que eran innecesarios para aquel país; pero de una fragata de 44 cañones y dos corbetas que compró y armó, solo llegó a la República Argentina la más pequeña perdiéndose la primera en el Cabo de Hornos. La corbeta, con grandes averías, debió regresar a Valparaíso, donde fue desmantelada. Conforme a las instrucciones del Presidente Rivadavia, ajustó con el Ministro de Relaciones Exteriores, señor Gandarillas, un tratado de amistad y comercio entre ambos países; el cual nunca se ratificó por el cambio de gobierno que se operó en Buenos Aires y disolución del Congreso General.

En febrero de 1827 se puso en viaje de regreso para esta Capital, a la que llegó después de 28 meses de ausencia; siendo aprobada oficialmente su conducta. Al poco tiempo se produjo la resignación del ilustre Rivadavia del mando supremo, y apercibido el general Alvarez del cambio radical que iba a operarse en los hombres que debían figurar en la escena política, se apresuró a obtener su retiro militar, pues en 1822 se le había ajustado el importe de su reforma, pero no la había cobrado: entonces le correspondían 31.000 y pico de pesos en fondos públicos al 6 %; pero a causa de la desvalorización de la moneda sólo llegó a reunir poco más de 8.000 pesos efectivos, mientras que en la época de su reforma hubiera cobrado de 25 a 26.000, pues los referidos fondos tenían un valor de 80 a 85 %.

Desde el 27 de marzo de 182 7 hasta el 1º de julio de igual año, revistó en la P. M. siendo en esta última fecha en la que pasó a la situación de reformado.

Fue adversario decidido del gobernador Dorrego, a cayo derrocamiento contribuyó sin reparos, formando parte de los que aconsejaron al general Lavalle aplicara la pena capital a aquel. El 3 de diciembre de 1828 fue designado por el nuevo gobernador, Inspector General de Armas; empleo que aceptó temporariamente y del cual se le exhoneraría tan pronto como cesase la premura de las circunstancias, y que abandonó cuando el general Paz se encaminó a Córdoba con la división del ejército que se le había confiado.

El 29 de marzo de 1829 fue nombrado jefe del Cuerpo de “Reserva de Patricios” y poco después, cuando fue necesario encarar la organización de la defensa de la Capital, Alvarez Thomas recibió el mando en jefe del acantonamiento del Retiro, en que sirvió hasta que por la Convención de Cañuelas, ajustada el 24 de junio, se desarmó la ciudad.

Consolidado el nuevo estado de cosas, el 19 de noviembre de 1829, el general Alvarez Thomas se embarcó para Soriano, en el Estado Oriental, en compañía de los generales Martín Rodríguez y Fernández de la Cruz. Allí, el glorioso Almirante Brown amigo y compadre de Alvarez, salvó a este y su familia de la mendicidad por un acto de generosidad sin ejemplo; ofreció a la esposa de aquél los campos y posesiones de que era dueño en la Colonia y sus inmediaciones, donación que legalizó por el término de 10 años. El 8 de septiembre de 1831 el general Alvarez tuvo el placer inefable de tener a toda su familia reunida después de estar dos años alejado de la misma.

La revolución de Rivera en 1836 alteró aquella vida apacible: el 16 de septiembre un oficial de Oribe, Gregorio Dañabeitea, con una fuerza armada, lo arrancó del seno de su familia, habiéndose apoderado antes de todos sus papeles. En la Colonia lo reunieron al doctor Salvador María del Carril y a don Luis J. de la Peña, que en Villa Mercedes habían sufrido análogo tratamiento.

Por tierra fueron conducidos a Montevideo donde los alojaron en la cárcel pública la noche de la llegada. Merced a los amistosos oficios de don José Miguel Neves, fueron puestos en libertad al día siguiente bajo la garantía del último y con la condición expresa de que en el plazo de 1 5 días saliesen cabos afuera del Río de la Plata.

Se trasladó a Río de Janeiro donde no dejó de sufrir molestias por parte de los sicarios de la dictadura; pero cuando se recibió la noticia del triunfo de Rivera en los Potreros de Yucutujá, el 22 de octubre de 1837, Alvarez Thomas se trasladó a Santa Catalina (capital Nossa Senhora do Desterro), donde residían numerosos compatriotas, a los que se reunió a comienzos de 1838. La victoria de Rivera en el Palmar, el 15 de junio de aquel año, les abrió la entrada en Montevideo.

Después de ofrecer sus servicios al general vencedor en aquella Capital, los que fueron aceptados previo aviso de Rivera, Alvarez Thomas se trasladó a la Colonia, a donde llegó el 8 de enero de 1 839, después de un viaje molesto de 5 días, el último de los cuales, un rayo o centella despedazó el palo de popa de la embarcación en que se trasladaron. Allí encontró a su familia sumida en una pobreza indescriptible.La cruzada libertadora de Lavalle le llevó a su hijo Eduardo de 1 8 y medio años de edad el que tuvo un comportamiento dignísimo en el combate del Yeruá.

Perdió la vida el ] 6 de julio de 1 840 en el Sauce Grande, combatiendo contra Echagüe, y su cadáver fue sepultado por sus compañeros de armas en la Isla frente a Punta Gorda (Diamante) . También el hijo mayor Ignacio se incorporó a las legiones libertadoras, y con el grado de capitán murió gloriosamente en el combate de Monte Grande o Famaillá, el 19 de septiembre de 1841 .

Cuando el triunfo de Oribe en Arroyo Grande hizo peligrosa su presencia en la Colonia, el general Alvarez Thomas se trasladó a Montevideo, entre cuyos defensores se contó, nombrado por el ilustre general Paz, en 1 843. Presidente del Tribunal Militar. En los comienzos de 1847 se trasladó a Chile por la vía del Cabo de Hornos, país aquel donde solo estuvo de paso, y donde fue visitado por todos los principales emigrados argentinos.

Aún se hallaba en Santiago, en enero de 1850. De allí pasó a Lima, donde el buen nombre dejado y las muchas relaciones, del tiempo cuando desempeñó su misión diplomática, y también la influencia de un hermano altamente ubicado, consiguieron que el Congreso le asignase una pensión que aceptó agradecido y merced a la cual pudo ver a su familia a cubierto de ingratas privaciones .

Las dianas libertadoras de Caseros inmediatamente llegaron a sus oídos llenando su espíritu de inefable dicha: se puso en viaje para su patria adoptiva, y el I9 de abril de 1853, ya se hallaba en Mendoza, ciudad de donde partió a principios de julio, llegando a Río IV en momentos en que se acababa de recibir la noticia de la disolución del ejército sitiador de Buenos Aires, mandado por Urquiza.

Apenas llegó a esta Capital, en agosto de 1853 fue dado de alta en la P. M. en su empleo de coronel mayor. Vivió en esta ciudad sin participar en ninguna de las combinaciones públicas de aquella época turbulenta, de las cuales lo alejaban sus muchos años y la razón de haber estado casi 5 lustros apartado de los negocios del Estado.

No estando el sueldo de los militares en consonancia con los demás empleados de la lista civil, el general Alvarez Thomas junto con sus colegas Manuel de Escalada, Gervasio Espinosa, Tomás de Iriarte, Juan Madariaga, José María Piran y Casto Cáceres. presentaron el 2 7 de junio de 185 7 una solicitud al Gobierno con el fin de obtener un aumento, y este decretó el 19 de julio, que los interesados ocurriesen al Senado de la Provincia, el que pasó la solicitud a la comisión de peticiones lo que fue publicado en “El Orden” del 1 9 de julio .

Al día siguiente, lunes 20, se hallaba el general Alvarez Thomas acompañado por una de sus hijas, cuando cayó al suelo víctima de un ataque apoplético, de que sucumbió a pesar de todos los esfuerzos de la ciencia; falleciendo el mismo día, a las siete de la noche. En el acto del sepelio en el Cementerio del Norte, usaron de la palabra el presbítero Gabriel Fuentes en el oficio fúnebre y el general don Tomás de Iriarte.

Ei gneral Alvarez Thomas contrajo enlace en Buenos Aires, el 3 de mayo de 1812, con doña María del Carmen Ramos Belgrano, porteña, hija de don Ignacio Ramos Villamil, natural de Galicia, muerto en la flor de la edad, y doña Juana Belgrano, hermana del general de este apellido, la que contrajo enlace en segundas nupcias con don Francisco Chas. La esposa de Alvarez Thomas falleció en Montevideo, el 21 de diciembre de 1846, después de una vida ejemplar y de haber dado ocho hijos a la Patria.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).

Biografía de Araoz de Lamadrid Gregorio Historia Militar y Política

Biografía de Araoz de Lamadrid Gregorio
Historia Militar y Política

Nació en la ciudad de Tucumán, el 28 de noviembre de 1795 . Incorporado a las milicias tucumanas, tan pronto se tuvo noticias allí del desastre de Huaquí, con el grado de teniente del Regimiento de Voluntarios de Caballería el 1º de septiembre de 1811, recibió su bautismo de fuego en el combate adverso de Nazareno, sobre las márgenes del río Suipacha, el 13 de enero de 1812, bajo las órdenes del coronel Eustoquio Díaz Vélez. Bajo el mando del mismo Jefe se distinguió en la retirada que se efectuó desde Jujuy hasta Tucumán, siendo comandante en jefe el general Manuel Belgrano.

gregorio araoz de lamadrid

Asistió al pequeño triunfo de Las Piedras, el 3 de septiembre del mismo año. Se batió con su valor singular en la batalla de Tucumán el 24 del mismo mes, distinguiéndose después por el encarnizamiento con que persiguió a los fugitivos realistas hasta que se atrincheraron en Salta.

Asistió a la batalla de este nombre, el 20 de febrero de 1813, donde adquirió alta reputación por su valor admirable. Antes de esta aeción, en la persecución mencionada de los realistas derrotados en Tucumán, Lamadrid midió sus armas con la de los enemigos en los puntos denominados Algarrobos y el Bañado.

Por su comportamiento en Salta, fue ascendido a teniente del Regimiento de Caballería del Perú, con fecha 25 de mayo de 1813. Se encontró en la desastrosa acción de Vilcapugio, el 1º de octubre de aquel año. Después de este contraste, desde Macha, lo destacó Belgrano con comunicaciones para el coronel Díaz Vélez, para que hiciera circular a las provincias la orden de alistar armas, hombres y recursos con qué remontar el ejército deshecho. Lamadrid da cumplimiento a su misión marchando de día y de noche, sin descanso, atacando las partidas reales que encuentra a su paso, haciendo prisioneros. Tiene siempre el delirio de la acción, del movimiento.

A los 18 días está de regreso en Macha, con 16 prisioneros, después de haber asaltado a un pueblo del que tiene que salir corriendo, apedreado por los indios y después de haber realizado la magnífica proeza de Tambo Nuevo; ha recorrido el campo de Vilcapugio, dando sepultura al valiente Beldón, ante la asombrada fuerza realista que corona la altura de Condo, contemplando con admiración el gesto y rinde, caballeresca, sus armas ante el homérico homenaje del valeroso muchacho (tiene apenas 18 años).

Se encuentra en la funesta jornada de Ayohuma, el 14 de noviembre, donde estuvo siempre en los puestos de mayor peligro.

En la tercera campaña que se alistaba, Lamadrid comparte la ruda tarea en la preparación de los elementos para la misma. Mientras el coronel San Martín manda en jefe el Ejército Auxiliar, éste nombró a Lamadrid uno de sus ayudantes de campo y le regaló una espada. Al emprenderse a comienzos de 1815, desde Jujuy (adonde llegara el Ejército a fines del año anterior) el avance hacia el Norte, Lamadrid marcha en la vanguardia.

Rondeau es el comandante en jefe. Aquel ostenta las presillas de sargento mayor de dragones. Se encontró en la acción del Puesto del Marqués, el 17 de abril de 1815, bajo el directo comando del general Fernández de la Cruz. Fue ayudante de éste en Potosí. Cuando se preparaba el ataque sobre la guardia enemiga en Venta y Media, Lamadrid pidió recorrer la posición enemiga con 16 dragones, contribuyendo a la sorpresa de la gran guardia enemiga, en la madrugada del 20 de octubre de 1815, batiéndose con valor en la acción que tuvo lugar en el curso de la jornada.

En aquellos días se le reconoció la efectividad de sargento mayor. Asistió a la batalla desastrosa de Sipe-Sipe, el 29 de noviembre del mismo año, en la cual Lamadrid realiza actos valerosos y revela hidalguía al achicarse en su caballo para que se enanque de un salto un soldado que quedó a pie, salvándolo así de caer en poder del enemigo.

En esta batalla, Lamadrid contribuyó a salvar también al general Fernández de la Cruz, que herido de bala en un muslo, corría riesgo de caer prisionero: Lamadrid cubrió la retirada con veinte y tantos dragones, hasta dejar a su general en salvo .

Después de esta batalla, Lamadrid es destacado al frente de una fuerza montada, con la cual sostiene contra fuerzas enemigas superiores un encuentro el 31 de enero de 1816, en Culpina, de resultados indecisos.

El 2 de febrero del mismo año secundó victoriosamente con su fuerza al jefe indígena Vicente Camargo en el combate de la quebrada de Uturango, pero desgraciadamente Lamadrid fue completamente derrotado diez días después por el comandante Eustaquio González (argentino al servicio de España), en las márgenes del río San Juan, viéndose obligado a replegarse con unos pocos soldados, hacia Tucumán.

Poco después el general Rondeau le quiso designar segundo jefe del cuerpo de Dragones, en calidad de jefe del segundo escuadrón, pero Lamadrid se presentó al Director Supremo, general Pueyrredón, que se encontraba en Tucumán (julio de 1816) y este le designó teniente coronel y jefe del Cuerpo de Húsares de Tucumán, del cual fue encargado de organizarlo .

Cuando se produjo la sublevación del teniente coronel Francisco Borges en la provincia de Santiago del Estero, Lamadrid fue comisionado por el general Belgrano para batir al jefe rebelde al cual alcanzó en Pitambalá, el 27 de diciembre de 1816, ordenando su fusilamiento 3 días después en cumplimiento a las órdenes del comandante en jefe.

El general Belgrano lo destacó poco después con 150 húsares para ex-pedicionar sobre Oruro, marchando por el camino del Despoblado. El 18 de marzo salió de Tucumán. El 15 de abril siguiente (1817) se apoderó de Tarija, tomando prisioneros a tres tenientes coroneles, diez y siete oficiales y una gran cantidad de armamento, pero fue rechazado al pretender acometer una empresa semejante el 20 de mayo contra Chuquisaca, que atacó en la noche de aquel día, pues en la madrugada del 21 los enemigos resistían y, la aproximación del coronel Felipe La Hera, que se encontraba con 500 infantes a 12 leguas de la ciudad, determinaron a Lamadrid a retirarse en la tarde del 21.

El 12 de junio de 1817 el mismo coronel La Hera sorprendía a Lamadrid en Sopachuy, perdiendo éste toda su artillería, una bandera y numerosos prisioneros. De aquí marchó a Culpina, continuando su retirada por Tarija, valle de la Concepción, Toldos, Yamparaez, llegando a la ciudad de Oran, casi todos a pie, por el estado de sus cabalgaduras. De aquí prosiguió Lamadrid su retirada llegando a Tucumán con 386 hombres de tropa, pues en su marcha de ida y vuelta, se le habían incorporado muchos voluntarios.

A fines de 1818 el general Belgrano, que lo había graduado de Coronel el 17 de mayo de 1817, destacó a Lamadrid con 300 jinetes, para concurrir en defensa del coronel Juan Baustista Bustos que se hallaba en Fraile Muerto con 300 infantes del Nº 2 y algunos milicianos. Pero pocos días después de iniciada la marcha, se supo que Bustos había rechazado a las montoneras en el Fraile Muerto, de lo que informóse Lamadrid al llegar a Santiago, regresando nuevamente a Tucumán a fines de noviembre de 1818 después de una campaña de 10 días.

En el último tercio del mes siguiente, partió nuevamente Lamadrid con sus Húsares reforzados por el 3er. Escuadrón de Dragones que comandaba el teniente coronel José María Paz, marchando desde el acantonamiento de Los Lules hacia Córdoba, ciudad en la que entraron el 1° de enero de 1819. Seis u ocho días después marchaban para La Herradura, sobre el Río Tercero, a 36 leguas de Córdoba, donde se les reunió el coronel Bustos con su fuerza, que habiendo abandonado su posición de Fraile Muerto, se había colocado en la Villa de los Ranchos, perdiendo una considerable extensión de territorio.

El 18 y 19 de febrero, Lamadrid y Bustos sostenían violento combate en La Herradura contra las montoneras de Estanislao López que atacaron vigorosamente, pero con resultado infructuoso, razón por la cual resolvió retirarse el segundo día. El día 21 por la tarde se ponían en marcha hacia la Villa del Rosario .

Poco después el resto del Ejército Auxiliar recibía orden de marchar hacia la provincia de Santa Fe y a fines de marzo de 1819 se reunía en la Villa del Rosario a las fuerzas de Bustos y Lamadrid, desde donde siguió su marcha hasta la Candelaria, ya dentro de la provincia de Santa Fe. El armisticio ajustado por Viamonte y López, permitió que el ejército de Belgrano retrocediese para situarse en la Cruz Alta y después en Fraile Muerto, distante 25 leguas de la primera.

De allí se marchó el general Belgrano para Tucumán, mortalmente enfermo, quedando a cargo del ejército el general Fernández de la Cruz, quien se replegó aún más al Norte, al Pilar, 35 leguas al Norte de Fraile Muerto, y distante solo 10 leguas de la ciudad de Córdoba, donde permaneció a la espera del desenlace del armisticio pactado con López.

A fines de 1819, Cruz recibió orden del Director Supremo Rondeau, de aproximarse nuevamente a la provincia de Santa Fe. Había llegado a la posta de Arequito, el 7 de enero de 1820, cuando se produjo la sublevación de aquel nombre, el día 8 por la mañana, encabezada por Juan Bautista Bustos, siendo el coronel Lamadrid uno de los jefes que permanecieron leales al general Fernández de la Cruz.

Lamadrid antes de llegar a. Córdoba el ejército sublevado, fue puesto en libertad y se marchó a Buenos Aires, donde actuó en los sucesos funestos de aquel año, siempre de parte del gobierno de Buenos Aires. Acompañó a Dorrego, cuando el 2 de agosto de 1820, puso en fuga a los partidarios de Alvear y Carrera, atrincherados en San Nicolás, correspondiéndole a Lamadrid la conducción a Buenos Aires de los numerosos jefes y oficiales prisioneros. Tambien había contribuido a la elevación de Dorrego al cargo de gobernador, el mes anterior.

Ayudó al restablecimiento en el poder del gobernador general Martín Rodríguez, derrocado por la revolución encabezada por el coronel Pagola, el 19 de octubre de aquel año funesto. El 5 del mismo mes, los reaccionarios se apoderaban de la ciudad, gracias al apoyo recibido por el comandante Juan Manuel de Rosas y sus “Colorados”. La paz del 24 de noviembre de aquel año, ajustada entre Santa Fé y Buenos Aires, y a la que se agregó el gobernador Bustos de Córdoba, por medio de sus representantes, dieron término a aquella larga y penosa contienda.

Pero la paz no podía ser duradera. A principios de 1821, el caudillo entrerriano, Francisco Ramírez resolvió llevar la guerra a Buenos Aires, buscando comprometer en la empresa a su antiguo aliado, Estanislao López, pero ésíe no quería más luchas con Buenos Aires y estaba dispuesto a cumplir lealmente con el tratado del 24 de noviembre. Ramírez entonces se declaró en guerra contra Santa Fe y Buenos Aires, aliándose al caudillo chileno José Miguel Carrera. Para dar cumplimiento a sus propósitos, Ramírez invadió la provincia de Santa Fé, desembarcando en Coronda, en los primeros días de mayo de 1821, donde estableció su cuartel general.

Lamadrid había sido destacado por el gobernador Rodríguez con una división de tropas porteñas, con el fin de ponerse a las órdenes del gobernador de Santa Fé. Desobedeció esta parte de las instrucciones y procediendo por sus propias inspiraciones, pretendió sorprender a Ramírez en su propio campamento, pero fue completamente batido por el caudillo entrerriano, perdiendo todo su armamento de reserva, sus caballadas y hasta treinta mil patacones que conducía con destino al ejército santafecino.

Al día siguiente, 25 de mayo, el coronel Arévalo había logrado reunir 300 dispersos, con los cuales se incorporaba Lamadrid a Estanislao López el mismo día, y al siguiente, 26, batían ambos completamente a Ramírez el cual apeló a la fuga para salvarse. La muerte de Ramírez, puso término a aquella campaña, regresando Lamadrid a Buenos Aires en el mes de julio de 1821. Lamadrid el 28 de noviembre de 1820 había sido nombrado Coronel de los Húsares del Orden, por el gobernador Rodríguez.

Acompañó a éste en su expedición contra los indios en el año 1822 y en este año Lamadrid trató de conseguir que el gobierno lo declarara comprendido dentro del decreto o Ley de Reforma, sin poder conseguirlo. Poco después se establecía con su Regimiento en la Guardia del Monte.

Tiempo después, fue reformado y debió entregar el comando del Regimiento al coronel D. Domingo Soriano de Arévalo. Recibió por su reforma, la cantidad de 17.000 y pico de pesos, con cuyo importe se compró una casa y chacra en el pueblo del Monte (Guardia de este nombre).

El 23 de marzo de 1825 partió Lamadrid de Buenos Aires acompañado del sargento mayor Ramón Rodríguez y dos oficiales más con destino a Salta, habiéndolo ordenado el Gobierno Nacional no obstante estar reformado, pues a raíz de la noticia de la batalla de Ayacucho el gobernador Las Heras había dispuesto que el gobernador y capitán general de Salta D. Juan Antonio Alvarez de Arenales, expedicionara con las fuerzas de su provincia al Alto Perú contra el general Olañeta que se mantenía en Chuquisaca, separado del virrey La Serna.

En el mes de abril llegó Lamadrid a Salta, y allí supo que el general Arenales se había marchado ya con una división de las tres armas, llevando como segundo al coronel José María Paz. Arenales se había adelantado a Potosí para entrevistarse con el general Sucre, quien se le había anticipado y batido al general Olañeta.

Lamadrid prosiguió su marcha a Nazareno adonde llegaba el 26 de abril; pero allí se encontró con el coronel Paz y por él supo que la guerra estaba concluida, de modo que la fuerza que mandaba Arenales no tenía objeto.

Paz, en su “Diario de marcha del Batallón de Cazadores”, cuerpo que comandaba desde el 24 de marzo de aquel año, registra, el día 28 de abril:

Antes de ayer llegó el coronel Lamadrid, con el sargento mayor Ramón Rodríguez y un joven Pizarro, Venían destinados a la División, más estando ya la guerra concluida, esta fuerza no tiene objeto y su venida puede graduarse inoficiosa”.

Ambos se hallan enfermos y en cura. El 22 de mayo, según registra Paz en su Diario, Lamadrid, que estuvo enfermo todo el tiempo transcurrido desde su llegada, se puso en marcha para Salta. Aquí, Lamadrid recibió órdenes del gobernador general Las Heras de conducir el contingente de las provincias de Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca, con destino al ejército nacional que debía operar contra el imperio del Brasil.

Lamadrid se trasladó primero a Tucumán para activar el envío del contingente de aquella provincia, a lo que le opuso dificultades el gobernador Javier López, y a principios de noviembre de 1825, lo hizo a Catamarca para hacer lo propio con el de esta última y facilitarle al gobernador Gutiérrez los fondos necesarios para poder enviarlo a Tucumán. El 1º de agosto de 1826 el Gobierno Nacional lo nombró coronel del Regimiento 15 de Caballería de Línea

El 26 de noviembre de 1825, a la cabeza de una parte del contingente que tenía listo para el ejército nacional, Lamadrid derrocó al gobernador López, ocupando su lugar. El Gobierno Nacional desaprobó su conducta y encargó al coronel José María Paz se hiciese cargo de los contingentes de las provincias del Norte. La provincia de Tucumán, entre tanto, en elecciones populares, eligió a Lamadrid gobernador propietario.

Los gobernadores Bustos y Quiroga quisieron imponer a Lamadrid que desconociese la autoridad central de Buenos Aires, pero al negarse el nuevo gobernador de Tucumán, aquellos le llevaron la guerra a su provincia y en los campos del Tala, el 27 de octubre de 1826, se encontraron frente a frente Lamadrid y Quiroga y la suerte quiso que cuando ya Quiroga era derrotado y su adversario le llevase una tercera carga, Lamadrid tuviese la desgracia de caer herido, recibiendo un balazo en el cuerpo disparado a quema ropa, y nueve heridas de sable, casi todas en la cabeza. Allí fue pisoteado y hubiera quedado prisionero, sino lo hubiesen creído muerto.

Pero su cuñado Ciríaco Díaz Vélez, pasó al campo de batalla y le pidió a Quiroga autorización para retirar el cadáver de Lamadrid, el cual no fue encontrado sino más lejos adonde lo había conducido una partida que lo abandonó ante la aproximación de los enemigos. Lamadrid restableció de sus heridas después de una prolongada cura y volvió a ocupar el gobierno de Tucumán, no sin que antes entrara Quiroga en la ciudad de Tucumán, como unos 8 ó 9 días después de la acción del Tala, siendo conducido Lamadrid algunas horas antes de la entrada del caudillo riojano, al pueblo de Las Trancas, distante 21 leguas de la capital.

En estas circunstancias, el gobernador Arenales, de Salta, destacó una división de 600 a 700 hombres en auxilio de Tucumán, bajo el mando del coronel Francisco Bedoya, el mismo que batió y dio muerte al famoso caudillo Francisco Ramírez, en Río Seco (Córdoba) el 10 de julio de 1821 .

La fuerza de Bedoya cruzaba el pueblo de Las Trancas, cuando Lamadrid se encontraba allí casi moribundo. Al acercarse el coronel Bedoya a Tucumán, Quiroga e Ibarra abandonaron esta ciudad el 3 de diciembre y el 5 entraba Bedoya en la misma y poco después el propio Lamadrid, ya repuesto algo de sus terribles heridas.

Encargado Lamadrid por el gobierno nacional de oponerse por la fuerza a los federales de Córdoba, La Rioja y Santiago del Estero, emprendió sus operaciones con un refuerzo de tropas de Salta, al mando del coronel colombiano don Domingo López Matute. El 6 de julio de 1827, se encontraban en el Rincón, a dos leguas de Tucumán, los federales mandados por Quiroga e Ibarra, con las fuerzas de Lamadrid y Hatute.

La victoria al principio estuvo del lado de estos últimos, pero los sáltenos se pasaron al enemigo y Lamadrid se vio precisado a huir y perseguido insistentemente por el vencedor, se vio obligado a buscar asilo en Bolivia, llegando a Talima, el 2 7 de julio con solo 15 hombres armados.

En Chuquisaca fue muy bien recibido por el general Sucre y allí permaneció un tiempo más o menos largo, tratando de reponerse, pues sus heridas del Tala le causaban múltiples sinsabores. Después regresó a Salta y desde allí ofició al gobernador de Tucumán pidiendo permiso para atravesar la provincia, el que le fue negado lo que demoró la estada de Lamadrid en Salta, hasta que finalmente emprendió viaje a Buenos Aires, ciudad a la que llegó después de grandes dificultades y en mal estado por sus heridas, más o menos, el 22 o 23 de marzo de 1828.

Mal recibido por su compadre, el gobernador Dorrego, no se le contestó una solicitud que formuló cuando estuvo mejorado de sus heridas, para que se le enviase al ejército de operaciones contra el Brasil. Poco después, llamado por Dorrego, Lamadrid se presentó al gobernador, quien le hizo agregar al Estado Mayor del Ejército, donde permanecía cuando se produjo la revolución del 1º de diciembre de aquel año.

El nuevo gobernador Lavalle designó Ministro General al doctor Miguel Díaz Vélez, padre político de Lamadrid. Se incorporó al cuerpo de tropas organizado por Lavalle para salir a campaña, asistiendo al combate de Navarro el 9 de diciembre.

Prisionero el coronel Dorrego, y condenado a muerte sin proceso de ninguna clase por disposición del general Lavalle, Lamadrid le acompañó en sus últimos instantes, a petición del ex-gobernador, habiendo hecho lo posible Lamadrid para persuadir a Lavalle que escuchase al condenado. Facilitó a Dorrego su chaquetilla militar para el acto de la ejecución, puesto que quería que la suya se la entregasen a su esposa. Recibió el último abrazo del coronel Dorrego, instantes antes de ser fusilado.

Posteriormente, Lavalle dispuso que Lamadrid se incorporase al ejército con el cual el general Paz marchó al interior. El 26 de febrero de 1829 se le autorizó para levantar un escuadrón de caballería ligera titulado “Escuadrón de Voluntarios Argentinos“.

En el Desmochado, el 3 de abril de 1829, tenían su última entrevista Lavalle y Paz, dirigiéndose este último a la provincia de Córdoba. Se batió con su valor acostumbrado en la batalla de San Roque, el 22 de abril, en la que fue completamente derrotado el gobernador Bustos. Participó en la terrible jornada de la Tablada, los días 22 y 23 de junio del mismo año, en la que fue completamente destrozado su ex-adversario, el Tigre de los Llanos de la Rioja. Después de la derrota de Quiroga, Lamadrid recibió orden de Paz de perseguirlo, pero su audaz adversario logró escaparse.

Tomó parte en la batalla de Oncativo o Laguna Larga, el 25 de febrero de 1830, en la que Paz venció por segunda vez al general Quiroga. Después de esta victoria, el general Paz lo destinó a la provincia de La Rioja, donde fue elegido gobernador. Permaneció en este puesto, hasta que al año siguiente el general Paz lo llamó a Córdoba con el contingente riojano, en carácter de urgente, pues las fuerzas mandadas por Estanislao López hollaban el suelo de aquella provincia. Lamadrid se incorporó al ejército de Paz.

Cuando este General cayó prisionero en la tristemente célebre jornada del 10 de mayo de 1831, Lamadrid ocupó su lugar y desempeñó interinamente la gobernación de Córdoba desde el 16 hasta el 26 del mismo mes de mayo.

Ante el avance del ejército federal de López combinado con las fuerzas de Quiroga, Lamadrid se vio obligado a iniciar aquella trágica retirada hacia el Norte, que debía conducirlo al desastre de la Ciudadela el 4 de noviembre del mismo año, donde fue completamente derrotado por Facundo Quiroga, viéndose necesitado Lamadrid a emigrar a Bolivia, dirigiéndose a Tupiza, desde donde escribió a su temible rival, recomendándole su familia, la que fue atendida con deferencia por el Tigre de los Llanos. El 25 de diciembre de 1831 se le reunía su familia en el pueblo de Mojos (Bolivia).

El 11 de junio de 1832 llegó a Lima, con su familia, con el fin de visitar a su hermano el coronel Francisco Lamadrid, perteneciente al ejército peruano, el cual había estado largos años prisioneros de los españoles en las Casas Matas del Callao, capturado en Ayohuma.

El 11 de diciembre zarpó de nuevo del Callao, rumbo a Arica, dejando a su madre, a su hermano Francisco y dos hermanas allí, en Lima. Lamadrid se estableció en la ciudad de La Paz, donde permaneció todo el año 1833 y a mediados de enero de 1834, obtuvo pasaporte del Presidente Santa Cruz para pasar a la República Oriental, saliendo a principios de marzo del puerto de Arica, llegando a Valparaíso en la noche del 4 de abril.

El 24 del mismo se embarcaba con su familia en la barca italiana “BENAVIER” (capitán Panza) y después de afrontar un terrible temporal en el Cabo de Hornos alrededor del 10 de mayo, llegaron a Montevideo el 22 de junio de 1834.

Allí permaneció cuatro largos años. En 1836, Lamadrid se excusó de entrar en la revolución contra Oribe promovida por Rivera. El 30 de agosto de 1838 embarcóse en el paquete “ROSA”, en Montevideo, llegando a Buenos Aires el 19 de septiembre a mediodía. Permaneció en Buenos Aires todo el año 1839, hasta que en los primeros días de enero de 1840, Rosas le dio la misión de trasladarse a Tucumán con el pretexto de ir a buscar el armamento de aquella provincia para el sostén de la guerra contra los franceses; pero en realidad era con el fin de que se apoderase del gobierno de la misma.

El 22 de febrero se puso en marcha para cumplir su misión y llegado a Tucumán, Lamadrid se puso totalmente a favor de aquel pueblo y de su gobernador Piedrabuena, quien el 6 de abril le designó general de armas y al día siguiente, 7 de abril, el gobernador y todo el pueblo de Tucumán juraron “defender la causa de la libertad contra el absolutismo de la civilización contra la barbarie, de la humanidad contra sus sangrientos opresores”. Este fue el primer acto de la Coalición del Norte.

El 4 de julio de 1840, Lamadrid era nombrado gobernador delegado de don Pedro Garmendia, que había reemplazado a Piedrabuena. Don Marcos Avellaneda fue nombrado gobernador reemplazante de Lamadrid, desde el 23 de mayo de 1841, hasta el 19 de septiembre del mismo.

Constituida la Coalición del Norte en apoyo de la revolución promovida por el general Juan Lavalle, Lamadrid marchó con un ejército sobre Córdoba, en cuya ciudad penetró entre las aclamaciones del pueblo, el 11 de octubre de 1840. Al mes siguiente invadió la provincia de Santiago del Estero, al frente de una división, pero fue derrotado el día 5 por el comandante Manuel Ibarra en las márgenes del Río Salado, viéndose obligado a replegarse nuevamente a Córdoba, donde substituyó en el carácter de gobernador delegado al doctor Francisco Alvarez, el 7 de diciembre, cargo en el que se mantuvo por muy pocos días, pues debió retirarse apresuradamente ante el avance de las fuerzas victoriosas del Quebracho Herrado, que mandaba el general Manuel Oribe, quien entró en la ciudad de Córdoba el 19 de diciembre.

Lamadrid siguió su retirada hacia el Norte y el 28 de enero de 1841 llegaba a Tucumán. De esta ciudad marchó a la de Salta, con fines de coordinar las fuerzas unitarias. Listas estas, el 23 de mayo Lamadrid rompió la marcha con 2000 hombres y el 19 de junio entraba en Catamarca. El 13 de julio salió de esta ciudad y el 22 entraba en La Rioja, donde se le incorporó el coronel Ángel Vicente Peñaloza.

Después de algunas otras incidencias, Lamadrid penetró en la provincia de Mendoza, cuya capital ocupó el 4 de septiembre de 1841, siendo designado por el pueblo gobernador provisorio el mismo día, pues el titular, general José Félix Aldao, había salido a campaña y el delegado don Juan Isidro Mazo, huyó al aproximarse los unitarios.

Pero 20 días después en los campos del Rodeo del Medio, Lamadrid fue completamente derrotado por el ejército del general Ángel Pacheco, segundo de Oribe, cuyos trofeos fueron 400 muertos y más de 500 prisioneros, incluidos 75 oficiales, 9 cañones, banderas, etc. A los vencidos se les persiguió tenazmente, sin cuartel: los que no murieron bajo los sables y lanzas federales, fueron sepultados en las nieves de la Cordillera de los Andes, o quedaron inválidos para siempre.

Lamadrid con un puñado de valientes escapó por el paso de Uspallata, internándose en Chile y únicamente debió su salvación a sus buenos caballos y al auxilio que les prestó allende los Andes, don Domingo Faustino Sarmiento, que estaba emigrado en Chile. Los padecimientos fueron terribles para aquel grupo y el 10 de octubre se encontraban ya reunidos en Santa Rosa de los Andes 138 jefes y oficiales, 286 individuos de tropa y 22 mujeres que los acompañaban, esmerándose todo el vecindario de la población nombrada para asistir a los emigrados, una gran parte de los cuales habían perdido miembros de su cuerpo por las nieves andinas.

Lamadrid después pasó a Bolivia, estableciéndose en Potosí, adonde se le incorporó su familia, deteniéndose en aquella ciudad hasta el 23 de diciembre en que marcharon para Chuquisaca. A principios de junio de 1842 se embarcó en Cobija para Copiapó (Chile), donde se instaló con su numerosa familia estableciéndose con una panadería para poder reunir los medios de subsistencia. De Copiapó se trasladó a Valparaíso, de donde pasó a Santiago, ciudad en la que permaneció desde abril de 1843 hasta mediados de mayo de 1846, puntos todos, en los que Lamadrid sufrió con su familia la privación más completa.

El 16 de aquel mes y año, salía de la capital chilena para Valparaíso, embarcándose en en el paquete chileno “ROMANA”, con el cual llegaron a Montevideo el 8 de julio del año 1846 . Al llegar a aquella ciudad, Lamadrid ofreció sus servicios al gobierno inútilmente, pues no se le ocupó, hasta que al fin fué dado de alta en el ejército. Actuó en las fuerzas en operaciones próximas a Paysandú y al poco tiempo regresó a Montevideo. En los años 1849 y 50 estuvo a cargo de la fortaleza del Cerro, durante aquella paite del asedio que sufría la capital uruguaya.

Cuando se levantó el sitio de Montevideo, a raíz de la aproximación de Urquiza por haber capitulado Oribe el 8 de octubre de 1851, Lamadrid se incorporó al Ejército Aliado y en la batalla de Caseros mandó el ala derecha de la línea de Urquiza, donde su comportamiento y el de la fuerza de su mando, estuvo a la altura de sus antecedentes. Asistió a la entrada del ejército vencedor en Buenos Aires, quince días después de la batalla, donde Lamadrid fué recibido con frenesí por los porteños.

El general Lamadrid falleció en Buenos Aires, el 5 de enero de 1857. Había contraído enlace el 19 de septiembre de 1820 con María Luisa Díaz Vélez, hija de su primo, el doctor Miguel Díaz Vélez, ministro que fué del general Lavalle, cuando la revolución del 19 de diciembre de 1828, la cual le dio 13 hijos. Su madre Andrea Aráoz, después de la campaña de 1826 en que se creyó que Lamadrid había muerto, se marchó al Perú son dos hijas, a reunirse con su otro hijo Francisco Aráoz de Lamadrid.

La viuda del general Lamadrid le sobrevivió hasta la fiebre amarilla de abril de 1871 falleciendo de esta enfermedad en la noche del 12 de aquel mes.

Refiriéndose en sus memorias a las heridas que recibió en la batalla del Tala, Lamadrid dice: “Es el único defecto que me ha quedado de resultas de las heridas del “Tala, la distracción o falta de memoria, cuando soy interrumpido en cualquier discurso que esté haciendo. Se me van las ideas cuando se me interrumpe, y aunque después pregunte de lo que se trataba y se me diga, quedo enteramente enagenado por mucho tiempo” .

Fuera de sus “Memorias”, el general Lamadrid escribió en 1855 unas “Observaciones a las Memorias Postumas del general José María Paz” .

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).

 

 

Biografía de Valentin Alsina Obra de Gobierno en Bs.As.

Biografía de Valentín Alsina
Gobernador de Buenos Aires

Nació en Buenos Aires el 16 de diciembre de 1802, siendo hijo de D. Juan de Alsina, natural de Cataluña, Agrimensor general del Virreinato y maestro de náutica; y doña María Pastora Ruano, natural de Andalucía. Su padre, D. Juan de Alsina, murió de un balazo en la memorable Defensa de Buenos Aires, el 5 de julio de 1807.

Valentín Alsina inició sus estudios en la Universidad de Córdoba, donde tuvo por maestro al Deán Funes, pasando después a Buenos Aires, doctorándose juntamente con D. Marcelo Gamboa, el defensor de los Reinafé en el célebre proceso; y D. Eduardo Lahitte. La tesis que presentara Alsina para graduarse de abogado, verso sobre la pena de muerte.

Valentin Alsina

Desde su iniciación en la carrera jurídica se entregó a la vida pública. De ideas netamente, liberales, puso su pluma al servicio de aquellas durante los años 1825, 26 y 27, en las columnas de “El Nacional” y de “El Mensajero Argentino” en las que destacó su bien nutrido saber.

Tuvo participación activa en la revolución del 19 de diciembre de 1828, encabezada por el general Lavalle, en cuyo gobierno provisorio formó parte, subscribiendo todos los decretos, órdenes, etc. del mismo hasta el día 3 de aquel mes en que el doctor José Miguel Díaz Vélez se hizo cargo del despacho como secretario general. En 1829 ocupó la dirección de la Biblioteca Pública de la Capital, en cuyo puesto demostró celo y contracción recomendables, así como también conocimientos administrativos poco comunes. Organizó el archivo de la misma e impulsó tal útil institución.

En julio del mismo año apareció electo diputado por primera vez, a la Legislatura de la Provincia, haciendo entonces, con tal motivo, su profesión de fe política conjuntamente con otros correligionarios en una publicación aparecida en las columnas de “La Gaceta Mercantil” del 1º de agosto de aquel año.

Entregado al ejercicio de su carrera de abogado, en 1831 fue nombrado defensor del coronel Paulino Rojas, encausado judicialmente por uxoricidio en la persona de su esposa, doña Buenaventura Fierro, en Bahía Blanca. Alsina se abocó la defensa del acusado y obtuvo su libertad, probando la inculpabilidad de aquel en el crimen que se le imputaba.

Refiriéndose a estos trabajos suyos, el doctor Alsina dice en una autobiografía:

En 1831 trabajé la famosa defensa del coronel Rojas, publicada a principios del siguiente año. Aquel jefe distinguido de la independencia, condenado a destierro en primera instancia, había sido condenado a muerte por la Cámara de Justicia. Fue en esas circunstancias casi desesperadas, en súplica, que me encargué de su defensa, la cual tuve que hacer con gran precipitación.

La notabilidad del acusado; el suceso de que se le acusaba; la circunstancia nunca vista de revocarse una sentencia criminal, no para disminuir la pena, sino al contrario, para aumentarla hasta la pérdida de la vida; la consideración de que, por lo mismo, debía presumirse que los jueces habían meditado mucho el negocio y procedido en virtud de convicciones inalterables y la casi imposibilidad, por consiguiente, de lograr que ese mismo tribunal variase en ellas, y confesase implícitamente que se había pronunciado con injusticia o irreflexión, todo esto incitó el interés del público de un modo extraordinaria. El éxito de aquella defensa sobrepasó todos los cálculos y levantó muy alto mi crédito profesional.

Entre tanto, yo hice gratis y con mucho gusto todo ese trabajo. Tengo delante la carta que me dirigió el agradecido Rojas y mi respuesta, publicadas ambas por él: Encargado usted señor, (decía aquél entre otras cosas), o más bien, destinado por el cielo para proteger mi inocencia, era menester que abriese Vd. el templo de la justicia, y que, rodeando mi causa y mis derechos de una inmensa luz, mostrara al tribunal las leyes que me garantían y el laberinto en que se ocultaba la justificación de mis descargos.

La constancia de un corazón vigorizado por el espíritu de la verdad, y el poder irresistible de una elocuencia inspirada por el saber y la justicia, derribaron los obstáculos que se oponían a mi salvación; y desenmarañando las incoherencia de un proceso intrincado, me presentaron a unos jueces legales, y al inexorable tribunal de la opinión pública, desnudo de las notas que aniquilaban mi reputación, y que habían amargado hasta los últimos instantes de mi vida… Y de que modo podré descargarme de la deuda perpetua de reconocimiento, en que me ha constituido el esfuerzo magnánimo y desinteresado de Vd. ? Nada habría que bastase a dejar satisfecho el sentimiento de gratitud de que estoy animado.

Pero nada poseo, sino la espada, que empleé por tantos años en la defensa de la libertad e independencia de América, y que tengo que conservar para legarla sin infamia a mi querida hija. Nada me queda, señor, que ofrecer a Vd. sino ese Diploma ¡monumento de honor!, con que el gobierno del Perú premió mis servicios, incorporándome a la republicana Orden del Sol y asignándome una pensión vitalicia… Si el valor de ese título puede aumentarlo un candido y sincero ‘voto de un ilimitado agradecimiento, recíbalo Vd. también, igualmente, con el afecto que merece el autor de mi nueva existencia civil.

Recibí también, le respondía yo (entre otras cosas), un diploma que en 1822 le otorgó en premio el gobierno peruano, para el goce de una pensión de quinientos pesos anuales por vida, y que Vd. se sirve pasarme  en compensación de un servicio. Es mi deber agradecer esta afectuosa consideración de un desgraciado, pero también es el de rehusarla, como lo hago sin la menor violencia.

Lo único que me fuera sensible, sería el que Vd. equivocase los motivos de esta repulsa, señor don Paulino: No cuento, ni he contado en mi vida con otro patrimonio, capital, renta o ingreso, que el escaso producto de mi trabajo personal y diario, y siempre gravitaron sobre mí obligaciones muy sagradas que llenar. Sin embargo de esto, cuando las circunstancias lamentables — que conozco perfectamente — del hombre que me encomendó su vida, exigen que ese trabajo sea gratuito y generoso, no debo consentir recompensas ruinosas para él, que disminuirían quizá la importancia que aquél se merezca. No lo extrañará Vd. desde que sabe que en este asunto, nada, nada suena a interés de mi parte, desde que sabe que en este concepto me encargué de su defensa; y desde que sabe también que la eminente profesión a que tengo el honor de pertenecer, es esencialmente benefactora.

Devuelvo, pues, el diploma. Consérvelo Vd., señor don Paulino. El es un documento ilustre de su gloria, él le representa un recurso de subsistencia, tanto más necesario a Vd. que ningún otro posee, cuanto más incierto es hoy su destino futuro. Consérvelo Vd. amigo mío: tiene Vd. una hija; esfuércese en sobreponerse a su suerte; el poder invencible del tiempo debilitará gradualmente las dolorosas impresiones de lo pasado; y entretanto, yo viviré satisfecho, si he tenido la fortuna de fijar la gratitud de un hombre de honor, y si hay en la tierra dos seres que en algún modo me sean deudores de su sosiego…”

Noble respuesta del ilustre abogado a su cliente que se desprendía de tan querido tesoro como era aquel que consagraba su fama de guerrero valeroso y que, además, le proporcionaba una parte de la subsistencia. La defensa del coronel Rojas consagró el prestigio del doctor Alsina, el cual desde entonces gozó de la más alta reputación entre sus compatriotas.

En 1833 tuvo a su cargo la defensa de los Yáñez, padre e hijo, chilenos, que acusados de un crimen odioso y capital, tenían por adversarios a una familia respetable y de muchas relaciones. En cambio, los Yáñez eran hombres del campo: el doctor Alsina puso en plena luz su inocencia y la defensa también fue gratis, como la del coronel Rojas.

El doctor Alsina fue designado por el Gobierno, el 2 1 de diciembre de 1833, miembro de la junta de ciudadanos teólogos, canonistas y juristas, para emitir opinión acerca de 1 4 proposiciones en que el gobierno consignó la base de sus procedimientos en los negocios de provisión de obispados, etc.

Al año siguiente desempeñó en la Universidad la cátedra de derecho natural y de gentes, renunciándola a fines de aquel año y cediendo patrióticamente sus sueldos devengados a favor del establecimiento.

Elevado Rosas al poder supremo dictatorial, Alsina de inmediato se vio perseguido por sus sicarios, y puesto preso, fue transportado al pontón SARANDI, desde Paraná por el gobernador de Entre Ríos, general Echagüe, con una barra de grillos.

En aquella prisión flotante, Alsina debió permanecer a la expectativa de una suerte adversa, “si las circunstancias y la nobleza de un hombre, dice el doctor Servando García en la biografía de aquél publicada en el Diccionario Biográfico Nacional no hubieran venido en su ayuda: ¡fugó!

Veamos cómo: Había sido nombrado comandante del pontón en reemplazo de Ferreyra, don Enrique Sinclair, nombramiento que obtuvo por la influencia amistosa de la familia del coronel Pueyrredón (preso también) con José María Rojas, Ministro de Hacienda de Rosas, y a petar de cierta prevención del tirano contra el agraciado.

El mayor Sinclair conservaba gratitud por un servicio importante que en otro tiempo le hi-ciera Pueyrredón, estaba algo relacionado con el doctor Alsina y mucho más con el Dr. Maza, que se interesaba vivamente por su yerno. De común acuerdo resolvieron la fuga. Esta se efectuó a las ocho de la noche del 5 de septiembre de 1935 .

Embarcados en una lancha, el coronel desarmó al centinela que para no infundir sospechas a la guarnición del SARANDI, había hecho bajar Sinclair. Enseguida quedó resuelto tomar rumbo a la Colonia. Los cuatro marineros de la embarcación se mantuvieron en una actitud pacífica y obediente. Antes de todo esto, la joven esposa de Alsina, doña Antonia Maza, había salido en coche de la casa-quinta de su padre, cubierta la cabeza con un gorro y embozada en una capa de éste, objetos que él le puso en el instante de partir.

La acompañaba el inglés don Ricardo Haines, que le fuera a buscar expresamente por su íntima amistad con Sin-clair, que los esperaba en la playa. Allí subió la señora en la embarcación salvadora para ir en busca de los presos. Llevaba oculto bajo la capa un tier-no niño: su hijo Adolfo, cuya respiración dificultosa le arrancó una exclamación…

La señora doña Antonia compartió noblemente los riesgos de la evasión. El doctor Alsina pasó después a Montevideo, refugio heroico de los emigrados argentinos y foco incesante de conspiraciones contra Rotas, donde por su patriotismo e inteligencia le cupo una parte importante en la dirección de los sucesos como miembro de la Comisión Argentina, cuyo principal propósito era derrocar la tiranía impuesta al país en los albores de su emancipación política.”

Desde el comienzo de la campaña del Ejército Libertador a las órdenes del general Lavalle, el doctor Alsina dudó del éxito de aquella empresa, cuyo esbozo original fue para iniciarla en la provincia de Buenos Aires y no en la de Entre Ríos, como al fin lo hizo. El doctor Alsina bien claramente le expresó su punto de vista al coronel Pueyrredón en carta fechada en Montevideo, el 1 5 de agosto de 1839. La derrota del Ejército Libertador confirmó el sano juicio del doctor Alsina.

Cuando el general Oribe estableció el asedio de la plaza de Montevideo, el 16 de febrero de 1843, el doctor Alsina tomó un fusil y se alistó entre los componentes de la “Legión Argentina” que mandó el coronel Gelly y Obes, pero evidentemente, su puesto no estaba en las filas de los defensores de la ciudad heroica, sino en la prensa, para alimentar el odio contra el Dictador Argentino.

Colaboró en los diarios que aparecían en la capital uruguaya, especialmente en “El Comercio del Plata” y cuando el 20 de marzo de 1848 el insigne Florencio Várela caía bajo el puñal de Cabrera, emisario del general sitiador, Alsina valientemente ocupó el puesto del muerto y con ánimo sereno desafió la ira de los enemigos, esgrimiendo briosamente su pluma y desde las columnas del periódico de referencia, prosiguió la tarea que había sido la causa del asesinato de su antecesor.

En este puesto actuó sin desmayar un momento, hasta que la victoria de Caseros le abrió las puertas de su ciudad natal, a la que llegó el 8 de febrero de 1852. Don Vicente López y Planes, designado gobernador de Buenos Aires, dio a Alsina el ministerio de Gobierno, que desempeñó con la inteligencia y contracción que le caracterizaba y en el que dio pruebas brillantes de su capacidad para administrar los negocios públicos.

Su obra ministerial estuvo principalmente orientada para borrar en lo posible la acción del período dictatorial que había ensangrentado por espacio de casi cuatro lustros, el suelo de la República Argentina: Alsina trató de restituir los bienes confiscados por Rosas, a sus dueños; reinstaló la Sociedad de Beneficencia; erigió en Facultad la Escuela de Medicina, que separó de la Universidad; y prestó interés especial y protección a la instrucción pública, tan obstaculizada en el período rosista.

Pero la actitud del general Urquiza después del Acuerdo de San Nicolás, colocó a Alsina frente a aquel, que asumió el gobierno de Buenos Aires ilegalmente, cuando renunció don Vicente López: Urquiza ordenó la prisión y destierro de varios políticos, entre ellos el doctor Alsina.

La revolución del 11 de septiembre contó al doctor Alsina entre sus principales organizadores. “En el Fuerte —dice don José Luis Bustamante—, se reunían otros ciudadanos notables, entre ellos, el Dr. Valentín Alsina, que con gran abnegación y tino dirigía todas las combinaciones, jugando su cabeza en los importantes resultados que buscaba para la libertad de su Patria, desafiando el poder irascible y vengativo del general Urquiza. Allí se arreglaron y concertaron las medidas que instantáneamente debían adoptarse para asegurar el éxito del movimiento; y las opiniones del Dr. Alsina daban a aquellas el aplomo y acierto que se necesitaba en momentos tan graves y decisivos.”

Producida la revolución el 11 de septiembre, el gobernador Pinto designó a Alsina ministro de Gobierno e Instrucción Pública. El 30 de octubre del mismo año fue elegido gobernador propietario de Buenos Aires, recibiéndose del cargo el día 31, designando su Ministro de Guerra y Marina al general José María Flores, nombrando además, comandantes militares de departamentos de la provincia, a los coroneles Hilario Lagos y Cayetano Laprida, los que se levantaban en armas el 19 de diciembre, con el apoyo de Urquiza.

En una proclama del primero, declaraba al Dr. Alsina obstáculo para la tranquilidad pública, invitando a sus compañeros para derrocarlo y para proclamar por jefe al general Flores. Alsina, con el objeto de evitar la guerra civil, presentó su renuncia, la que fue aceptada por la Legislatura el 6 de diciembre, siendo designado en su reemplazo, interinamente, el general Pinto.

En 1853 desempeñó sucesivamente los puestos de vocal y presidente de la Cámara de Justicia. En abril de 1854 y en mayo del año siguiente, fue elegido senador, cargo que no ocupó. En 1855, el Dr. Pastor Obligado, al ser elegido gobernador, designó a Alsina para el ministerio de Gobierno y Relaciones Exteriores, en reemplazo de don Irineo Pórtela, que renunció, desempeñando el cargo hasta mayo de 1856, en que dimitió.

El 3 de mayo de 185 7, después de reñidísimas elecciones, fue nombrado 2º gobernador constitucional de la provincia de Buenos Aires, recibiéndose del puesto dos días después: designó sus ministros a don Norberto de la Riestra, Bartolomé Mitre y José Matías Zapiola. Desde el 4 de noviembre hasta el 21 de diciembre de 185 7 debió salir a. campaña, quedando a cargo del P. E. el presidente del Senado, don Felipe Llavallol.

En 1859 se produjo el estado de guerra entre Buenos Aires y la Confederación y la batalla de Cepeda derrocó al Dr. Alsina, al cual sus amigos le significaron la conveniencia de abandonar el puesto, cediendo a las exigencias del general Urquiza a fin de poder abrir negociaciones con este último, cuyas fuerzas estaban en los suburbios de la Capital: Alsina renunció el 8 de noviembre, y tres días después se ajustaba el pacto de unión, bajo la mediación del gobierno paraguayo, por el cual se convenía la reincorporación de Buenos Aires a la Confederación, previo examen de la Constitución Nacional de 19 de mayo de 1853, por medio de una convención provincial, en la cual formó parte el Dr. Alsina.

Elevado al gobierno de Buenos Aires el general Mitre, éste nombró ministro al Dr. Alsina, el que se excusó de aceptarlo. En 1861 fue elegido senador por Buenos Aires al Congreso del Paraná, pero la ruptura de relaciones entre la Confederación y los porteños, dejó sin efecto el nombramiento, siendo Alsina designado entonces asesor de Gobierno, puesto que había desempeñado ya con brillo y reconocida competencia.

Después de la batalla de Pavón, fue elegido para ocupar una banca en el congreso que debía reunirse en Buenos Aires. En diciembre de 1862, por acuerdo de gobierno, se encomendó a Alsina la redacción de un proyecto de Código Rural, trabajo que ejecutó satisfactoriamente, después de un prolijo estudio de la materia, compulsando los antecedentes propios y las obras extranjeras al respecto. Sometido el proyecto a la Legislatura, fue aprobado con ligeras variantes.

Su último cargo público fue el nombramiento de senador, en noviembre de 1867, designándosele poco después, Presidente de H. Senado; y en tal carácter, tocóle presidir el 16 de junio de 1 868 la asamblea general que proclamaba electos presidente y vice-presidente de la Nación, a los ciudadanos don Domingo Faustino Sarmiento y don Adolfo Alsina, su hijo único.

Después de anunciar a la asamblea el resultado de la elección y proclamar presidente a Sarmiento, el Dr. Alsina se sintió tan conmovido que cedió el cargo al vice presidente del Alto Cuerpo, Dr. Elias, para que proclamase la elección de su hijo. Después de verificado este requisito, el doctor Alsina tomó la palabra para cerrar la sesión, haciendo votos para que el pueblo de la Nación apoyase en masa al nuevo gobierno que se aclamaba, conceptuando que sin el auxilio popular no hay gobernante que pueda labrar la felicidad de sus conciudadanos.

En sus últimas palabras manifestó la probabilidad de que él no volvería a presenciar otra elección presidencial, como en efecto sucedió, pues falleció en Buenos Aires, el 6 de septiembre de 1 869, cubriéndose de luto el país con la desaparición de tan esclarecido ciudadano. En el sepelio hablaron Sarmiento, Mitre, el gobernador de Buenos Aires y otros personajes.

El 5 de abril de 1875 se inauguró en la Recoleta su monumento sepulcral, frente a la tumba de Florencio Várela; y en el acto de su inauguración, hicieron oir su voz armoniosa, el presidente Avellaneda, el gobernador de la provincia y varios otros oradores, haciendo resaltar la figura consular del Dr. Valentín Alsina. Este último formó su hogar con doña Antonia Maza, hija del Dr. Manuel Vicente Maza.

Un hermano de Alsina, Dr. Juan José Alsina, actuó como agente de la “Comisión Argentina” de Montevideo ante el gobernador Ferré, en 1842, y cuando el Ejército Unido que mandaba Fructuoso Rivera, sufrió la terrible derrota del Arroyo Grande, el 6 de diciembre de aquel año, el día 14, el Dr. Alsina se embarcaba con Ferré, rumbo a la emigración que les imponía aquel desastre.

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas – Jacinto Yaben – Editorial “Metropolis”

Biografia de José Gervasio Artigas Caudillo Uruguayo

Biografía de José Gervasio Artigas Caudillo Uruguayo

Nació en el pueblo del Sauce, Canelones, cerca de Montevideo el 19 de junio de 1764, siendo sus padres don Martín José de Artigas y doña Francisca Antonia Arnal, siendo bautizado el día 21 en la Matriz por el presbítero doctor Pedro García, siendo su padrino Nicolás Zamora, escribano-secretario del Cabildo.

Cursó sus estudios en el convento de San Bernardino. Sin orientación definida, sin vocación por el comercio y las profesiones liberales, sin necesidades apremiantes por otra parte, hizo en su adolescencia vida fácil y ligera como los hijos de las familias acomodadas de la época. Sin embargo, cuando se hizo hombre se dedicó a las tareas del campo, pero sin abandonar su ciudad natal, a la que se sentía atraído por el afecto y el recuerdo.

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FRASES CÉLEBRES DE GERVASIO ARTIGAS

“La causa de los pueblos no admite la menor demora”
“Que los más infelices sean los más privilegiados”
“Nada podemos esperar si no es de nosotros mismos”
“Con libertad ni ofendo ni temo”
“Sean los orientales tan ilustrados como valientes”
“Tiemblen los tiranos de haber excitado nuestro enojo”
“La cuestión es solo entre la libertad y el despotismo”
“Todas las provincias tienen igual dignidad e iguales derechos”
“Que los indios en sus pueblos se gobiernen por sí”
“Para mi no hay nada más sagrado que la voluntad de los pueblos”
“Yo no soy vendible, ni quiero más premio por mi empeño que ver libre mi nación”
“No venderé el rico patrimonio de los orientales al vil precio de la necesidad”
“Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana”

Se hizo hábil en el manejo del caballo y acarreo de ganado, lo que vigorizó su constitución; desarrolla su aptitudes, aprende la topografía y accidentes geográficos del país, estrecha amistades que le serán útiles en lo sucesivo, y con este caudal de experiencia se lanza a trabajar por cuenta propia, deteniéndose y negociando en Misiones, el Arapey, Queguay y sobre todo en Soriano, en donde parece haber residido algunos años antes de ingresar en el ejército.

En un período que los historiadores uruguayos lo consideran comprendido entre 1792 y principios de 1796, estuvo Artigas sometido a un proceso, amparándose al indulto que concedió Carlos IV el 22 de diciembre de 1795 celebrando el ajuste de paz con los franceses, y de los matrimonios de las Serenísimas Infantas doña María Amelia y doña María Luisa, el que comprendió más tarde a las colonias.

El 10 de marzo de 1797 Artigas entró como soldado en el “Cuerpo “Veterano de Blandengues de la frontera de Montevideo”. Todo el curso de su primer año de carrera militar lo pasó en las dos zonas donde habitualmente maniobraban los contrabandistas en el Chuy y en Santa María ya con el empleo de teniente que le fué acordado transitoriamente al poco tiempo de su incorporación a los blandengues, pero que recién se le otorgó efectivo al año siguiente.

El 2 de marzo de 1798 obtiene el empleo de ayudante mayor gracias a la protección que le dispensan Olaguer Feliú y Sobremonte, jerarquía cuyos despachos firmados por el Rey llevan fecha 2 de enero de 1799, y en la que permanecerá hasta después del movimiento emancipador estallado en las Provincias Unidas.

En 1803 con vina partida formada con tropa de la guarnición de Montevideo y Maldonado y alguna artillería, fué destacado para sorprender una fuerza portuguesa desprendida de San Nicolás; al mismo tiempo acosa a los indígenas hasta sus guaridas.

A mediados de 1804 se hace cargo de la Comandancia General de Campaña el coronel Francisco Xavier de Viana. el que designa a Artigas su ayudante, que lo secunda bravamente en sus riñas con los charrúas. El 20 de marzo de 1805, desde su campamento de Tacuarembó Chico, a 100 leguas de la ciudad de Montevideo, reitera su pedido de licencia absoluta del ejército, que el Rey le concede.

El 31 de diciembre de 1805 contrajo enlace en la Capital con su hermosa prima doña Rafaela Rosalía Villagrán, hija de don José Villagrán y de doña Francisca Artigas.

Retirado del serviico activo, el gobernador Ruiz Huidobro lo nombra oficial del resguardo con jurisdición desde el Cordón al Peñarol. En estas circunstancias se insinúan las primeras operaciones de los ingleses sobre el Río de la Plata y Artigas que había vuelto a incorporarse a los blandengues, solicita a Ruiz Huidobro, que ya que su cuerpo va a quedar en Montevideo en previsión de que la ciudad sea atacada, solicita que le dé un pliego para presentarse a Liniers con el fin de ser Artigas portador de la noticia de la victoria o derrota que resultare de la empresa que prepara aquel valiente soldado para libertar a Buenos Aires.

Marcha al ejército y lo alcanza en los Corrales de Miserere, peleando en el Retiro y en la plaza de la Victoria.

Después de la rendición de Berresford se embarca en un bote, naufraga, gana a nado la orilla como César con su parte en el brazo, llega a Montevideo y entrega al gobernador la ansiada noticia.

Después toma parte en las hostilidades que se llevan a cabo contra la división inglesa que se apodera de Maldonado, se opone a su desembarco en el Buceo, y en vez de huir al campo como huyó casi toda la caballería, se repliega a la plaza defendiéndola con tesón durante el sitio; asiste al combate del Cardal, habiéndose comportado él y sus conmilitones en todas estas acciones, —dice el comandante Ramírez de Arellano,— “con el mayor enardecimiento y sin perdonar instante ni fatiga“.

Entregada la plaza de Montevideo a raíz del asalto de 3 de febrero de 1807, Artigas no se entrega, se embarca para el Cerro y sigue hostilizando a los ingleses los seis meses que la ocupan. Evacuada Montevideo, vuelve a su antigua tarea de blandengue, persiguiendo delincuentes, indios y portugueses, pudiendo escribir con razón a su suegra en 1809: “Aquí estamos pasando trabajos siempre a caballo para garantir a los vecinos de los malhechores.” El 5 de septiembre de 1810 obtiene las presillas de capitán de la 3a. compañía de Blandengues.

Los gobernantes españoles tuvieron siempre confianza en Artigas. En 1810 le confiaban misiones delicadas. A comienzos de 1811 es destinado a la guarnición de la Colonia del Sacramento; en aquellos momentos se declaraba la guerra entre Elío y las autoridades de Buenos Aires el 15 de febrero de aquel año, conjuntamente con el teniente Rafael Hortiguera y el presbítero Enrique de la Peña, se fugaba a Buenos Aires, atravesando en su tránsito los departamentos de Colonia y de Soriano, donde entera a sus amigos de sus designios, envía órdenes a los que se encuentran más distantes, cruza sigilosamente el Uruguay presentándose enseguida a la junta revolucionaria, y ofreciéndole el concurso de su brazo para llevar la bandera de la insurrección hasta su ciudad natal.

El 8 de marzo de 1811 el gobierno de Buenos Aires lo promueve a teniente coronel de Ejército del Cuerpo de Blandengues de Montevideo y lo nombra 2º jefe interino de las fuerzas que operaban en la Banda Oriental, a las que se incorporó a comienzos de abril. El día 26 de este mes se apoderaba del pueblo de San José el comandante D. Bartolomé Quinteros “por el “rigor de las armas”, como expresaba en su parte a Artigas.

A comienzos de mayo, el coronel José Rondeau reemplazaba al general Belgrano en el comando en jefe de las fuerzas que operaban en la Provincia Oriental, y el 18 del mismo mes, Artigas obtenía en Las Piedras un triunfo magnífico si se tiene en cuenta los elementos de que disponían los patriotas para la lucha.

Artigas de inmediato estableció el asedio de la plaza de Montevideo y la Junta premió la victoria nombrándolo coronel del Cuerpo de Blandengues, con fecha 24 de mayo de 1811, y continuó en aquella tarea como segundo de Rondeau hasta el armisticio ajustado con el general Elío en Octubre de aquel año, en virtud del cual el ejército patriota se retiró a Buenos Aires y Artigas inició un exodo de 522 km. durante 54 dias, situándose en el Salto Chico, en la provincia de Entre Ríos. El gobierno patrio se había visto obligado a llegar a  un arreglo con los españoles a causa de que una fuerte división portuguesa se había internado en la campaña oriental, con la idea aparente de proteger los intereses de España.

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Exodo del Pueblo Uruguayo Dirigido por Artigas

El 15 de noviembre de 1811 el gobierno de Buenos Aires designaba a Artigas teniente gobernador de Justicia Mayor y capitán de Guerra de Yapeyú. El 6 de mayo de 1812 el gobierno patriota ajusta un tratado de paz con las tropas portuguesas que ocupaban parte de la Banda Oriental, por el cual se estipulaba la retirada de las fuerzas independientes de aquella Provincia, movimiento que debían efectuar igualmente los portugueses. Este tratado fué mal recibido por Artigas, el cual desde aquel momento empezó a rebelarse contra la autoridad del Triunvirato porteño.

Sin embargo, a pesar del tratado de referencia, el gobierno de Buenos Aires viendo la actitud hostil de los portugueses, envió refuerzos a Artigas que había restablecido su campamento sobre el arroyuelo Ayuí, lo que sirvió de pretexto a Vigodet para denunciar el arreglo ajustado y declarar nuevamente el bloqueo a Buenos Aires. Tres escuadrones de Dragones de la Patria al mando de Rondeau, marcharon a poner sitio a Montevideo, acampando el 20 de octubre de 1812 en el Cerrito. El 5 de diciembre de este año fué nombrado coronel del Regimiento Nº 4.

Artigas descontento con el nombramiento de don Manuel de Sarratea para general en jefe de las fuerzas que operaban en la Banda Oriental, impuso a Rondeau el movimiento del 10 de enero de 1813, que dio por resultado la separación de Sarratea y del brigadier Viana de aquel ejército, quedando en su reemplazo Rondeau, el cual marchó aparentemente de acuerdo con Artigas .

Pero restablecido el sitio de Montevideo y dominada toda la campaña oriental por las armas patriotas, el coronel Artigas arrogándose facultades y prerrogativas que no tenía ni nadie le reconociera, decidió proceder autoritariamente por sí y ante sí y convocó a su campo militar una junta de ciudadanos, cuya presidencia asumió el 5 de abril de 1813, disponiendo que resolvieran sobre sí se reconocería la autoridad de la Asamblea Nacional Constituyente reunida en Buenos Aires, y en ese caso que fijaran el número de diputados a elegir, y la constitución de un gobierno provincial que rigiera los destinos del pueblo del que él se titulaba”Jefe”.

Aquella reunión, que más que una asamblea popular parecía una tropa veterana por la sumisión que demostraba al caudillo que allí los había congregado, resolvió la erección de un “gobierno militar”, de cuyo ejercicio encargó a Artigas, y de una junta municipal compuesta de tres personas, cuya presidencia se concedió al ciudadano Juan José Duran.

Artigas convocó el 15 de julio a una nueva asamblea que ratificó lo resuelto en el mes de abril y el día 19 se dirigió al gobierno de Buenos Aires por medio de una nota recordando los hechos como convenía a sus pretensiones y con incriminaciones tan injuriosas como faltas de razón; solicitando poco después autorización para proceder a un nuevo nombramiento de diputados, a lo que accedió el gobierno patriota, pero disponiendo que fuera el general en jefe del ejército sitiador de Montevideo el que hiciera la convocatoria de elecciones y presidiera los trabajos.

La junta así convocada, se reunió en la casa de Maciel, a orillas del Miguelete, el 8 de diciembre de 1813 y designó 3 diputados ante la Asamblea Nacional Constituyente, nombrando una Junta Municipal Gubernativa para la administración de la Provincia, haciendo caso omiso del gobierno militar creado anteriormente.

Artigas ordenó a la Junta que anulara y diera por no existente todo lo decretado, y ella contestó declarando en nombre de la soberanía con que estaba revestida que  desde ese día, 10 de diciembre, la Provincia Oriental era reconocida con toda la plenitud de sus derechos como una de las del Río de la Plata, y que su gobierno lo compondría una junta gubernativa formada por los ciudadanos elegidos por la representación provincial.

Artigas se retiró entonces con sus tropas y se declaró en abierta oposición al gobierno de Buenos Aires, el cual el 11 de febrero de 1814 expidió un decreto por el cual se le declaraba infame, le privaba de sus empleos y ofrecía 6000 pesos al que lo presentare vivo o muerto.

Sin embargo, el 17 de agosto del mismo año, el Director Supremo Posadas repuso a Artigas en su empleo de coronel del Regimiento de Blandengues por haberse “comprobado por correspondencias interceptadas que no había tenido parte en la coalición de algunos oficiales en la Banda Oriental, anulándose, en consecuencia, el decreto de proscripción y designándosele Comandante General de la Campaña Oriental de Montevideo, nombramiento este último que ya se le había discernido el 18 de febrero de 1813.

El 23 de febrero de 1815, previo acuerdo de Artigas, que estaba en el Hervidero con el Director Supremo, general Alvear, las tropas norteñas evacuaron la ciudad de Montevideo, que fué ocupada al día siguiente por el coronel artiguista. Fernando Otorgues. Por su parte, el caudillo de los orientales invadía la provincia de Santa Fe, en cuya capital entró el 23 de marzo del mismo año. Alvear se apresuró a enviar contra él las fuerzas a las órdenes de Alvarez Thomas y Valdenegro, las que se sublevaron en Fontezuelas, derrocando al Director.

El 5 de abril el Cabildo de Buenos Aires lanzaba una proclama declarando a Artigas “oscuro aventurero y jefe de bandidos”; pero el día 18 del mismo mes la corporación de referencia comunicaba al Jefe oriental el derrocamiento de Alvear, nota que Artigas es apresuró a contestar el día 22; y el 29 respondía al mismo Cabildo la comunicación del 21 de abril informándole sobre el nombramiento del general Rondeau como Director Supremo y de Alvarez Thomas, su substituto.

El 30 de abril la misma corporación desautorizaba por medio de un manifiesto su proclama del día 5, porque “ella no es más que un tejido de imputaciones execrables contra el ilustre y benemérito jefe de los orientales don José Gervasio Artigas”, afirmando los cabildantes que la anterior resolución les había sido impuesta por la fuerza.

No habiendo podido llegar a un acuerdo, Artigas y los representantes de Buenos Aires, en las conferencias que tuvieron lugar en Paysandú a principios de junio y en julio de 1815, el Director Alvarez envió al mes siguiente al general Viamonte a Santa Fe, con un ejército que se posesionó de aquella provincia; pero la reacción de los santafecinos encabezada por Mariano Vera, originó la captura de Viamonte con sus tropas.

En junio de 1816 se tuvo en Montevideo la primera noticia de la expedición portuguesa que se preparaba en Río de Janeiro para invadir la Banda Oriental. Tal novedad fué trasmitida a Artigas que se hallaba en Purificación (pueblo creado sobre el Uruguay, en el Hervidero), y el 27 del mismo mes aquel impartió órdenes en previsión de la invasión lusitana. El general Curado había marchado para las fronteras del río Pardo y Misiones, amagando el ángulo Norte del territorio.

En julio, al frente de 1200 a 1500 hombres mal disciplinados y peor armados, Artigas invadió el territorio de las Misiones del Brasil, saliéndole al encuentro el brigadier Joaquín Alvarez, del ejército portugués del general Curado, con una columna de 800 a 900 soldados, la que derrotó al invasor, el 27 de octubre de 1816, en Corumbé, margen derecha del río Cuareim, haciéndole 500 bajas e imponiéndole la retirada, así como también la evacuación del territorio.

Por su parte, el general Lecor desembarcó en el Puntal de San Miguel, en los primeros días de agosto y se colocó en Santa Teresa, donde fué hostilizado por Rivera. El general Silveira invadió por el Cerro Largo, obligando a Otorgues, que se hallaba en el Yaguarón, a retirarse.

El 18 de septiembre de 1816, Lecor ocupó Maldonado y el 19 de noviembre derrotó a Rivera con 1500 partidarios en la India Muerta, y victorioso el primero, marchó sobre Montevideo.

AI conocer Artigas las gestiones o negociaciones del Cabildo de Montevideo y del Director Pueyrredón, pidiendo el primero auxilios de acuerdo con la resolución de los cabildantes del 6 de diciembre (con cuyo objeto fueron enviados sus diputados a Buenos Aires, donde el 8 ajustaron un convenio o acta de que la Banda Oriental jurase obediencia al Congreso y al Supremo Director y enarbolase el pabellón de las Provincias Unidas), envió a su delegado don Miguel Barreiro, quien desaprobó el día 27 de diciembre aquella acta, ordenando a los comisionados que se contrajesen a la compra de armamento y municiones “por cuenta de la Caja del Estado”, y que regresaran inmediatamente.

Artigas, como es lógico, desaprobó la actuación de los comisionados.

Los portugueses invadieron a su vez la Banda Oriental y el 3 de enero de 1817 el coronel Abreu con 600 hombres sorprendió el campamento de Artigas en el Potrero de Arapey (Salto), poniendo en dispersión a los 400 orientales que allí se hallaban, los que sufrieron 80 bajas. Al día siguiente, el marqués de Alégrete, con 3500 portugueses rechaza sobre la margen derecha del Arroyo Catalán al mayor general de Artigas, coronel Andrés Latorre con 3400 hombres, después de 6 horas de lucha, en la cual los artiguistas tienen 800 bajas, entre ellas las del comandante Berdún; mientras los lusitanos solo sufren 230.

Después de estos contrastes, Artigas se retiró a Purificación, donde en breve tiempo estuvo en aptitud de continuar la lucha manteniendo al ejército de Curado en incomunicación con la plaza por más de 5 meses.

El general Lecor, de acuerdo con las instrucciones que había recibido del marqués de Aguiar de fecha 4 de junio de 1816, antes de abrir las operaciones precitadas ensayó el medio pacífico para conquistarlo a Artigas: le propuso el goce del sueldo de coronel de infantería portuguesa, su retiro a Río de Janeiro, o a cualquier punto de Portugal para residir, a condición de que devolviese armas y municiones. Pero el jefe de los orientales rechazó con altura tales proposiciones, contestando que mientras tuviese hombres haría la guerra a la conquista extranjera.

Lecor, por su parte, el 20 de enero de 1817 ocupó la ciudad de Montevideo y en marzo del mismo año casi todo el territorio oriental estaba en manos de los invasores. Artigas les hace una guerra a muerte por todos los medios que le son posibles llegando hasta autorizar el corso marítimo para hostilizar a los lusitanos por medio de buques que fueron armados en los Estados Unidos, lo que motivó una reclamación del Rey Juan VI.

Abierta la 2a. campaña del general Curado, Artigas debió abandonar Purificación, que ocupó el enemigo; pero el caudillo oriental logró que sus tropas sorprendieran un día las grandes guardias de Curado, arrebatándoles carretas, ganados y caballadas, después de que el coronel Fructuoso Rivera hubo batido y derrotado en Chapicuy una división de 700 hombres, al mando de Bentos Manuel en la noche del 14 de junio de 1818, Artigas se situó en el Queguay Chico, donde el 5 de julio del mismo año, es sorprendido con 1200 hombres por el propio Bentos Manuel Ribeiro a la cabeza de 1500 portugueses, el cual le toma 200 prisioneros; pero poco después llega Fructuoso Rivera con 800 orientales y dispersa a los enemigos, recuperando el botín y prisioneros.

Artigas continuó la lucha hasta 1819, en que penetró en territorio brasileño al frente de 2500 hombres, que llevaban todo a sangre y fuego; el 14 de diciembre de aquel año derrota a una división portuguesa mandada por el mariscal Abreu, en la barra del Sarandí, o Guayrapuitá, lo persigue 45 kilómetros ocasionándole 300 bajas mientras que los artiguistas solo pierden un muerto y 10 heridos. Tal fué la acción de Santa María.

Después de ésta, el coronel Andrés Latorre perseguía a los lusitatnos mandados por Pedro González; este se ocultó en la quebrada de Berlamino, atacando por sorpresa a los perseguidores, que los arrollaron y tuvieron que volverse perdiendo la mitad de sus efectivos. Este hecho de armas tuvo lugar el mismo día 14 de diciembre.

Al comenzar el año 1820 graves sucesos se preparaban en la provincia de Buenos Aires invadida por los caudillos federales López y Ramírez. Artigas, desde su cuartel general en Santa María, el 27 de diciembre de 1819 se dirigió al Congreso General de las Provincias Unidas protestando por la situación en que se hallaba su patria, e invitando a aquel cuerpo a que tratase de economizar la sangre de sus compatriotas “si no quiere ser responsables de sus consecuencias ante la soberanía de los pueblos”.

El Cabildo de Buenos Aires, con fecha 4 de febrero de 1820, contestó aquella nota (pues ya se había disuelto el Congreso a raíz de la batalla de Cepeda), informando a Artigas del nuevo orden de cosas como consecuencia de la derrota de Rondeau, y le anunciaba al Protector que en aquellos momentos “se preparaba por la Municipalidad una diputación al señor general don Francisco Ramírez para que cerca de su persona levante los preliminares de un tratado que sea el de paz, la obra de fraternidad y el iris deseado de nuestras discordias. Bien pronto va a ver V. E., — agregaba aquella comunicación —, que Buenos Aires merece justamente el título de recomendable; que sabe apreciar los sentimientos de los demás pueblos hermanos, y que le caracterizan no menos la buena fe que la más acendrada sinceridad. V. E. crea que sus votos son hoy los de la fraternidad y armonía, y que si ella pudiera correr en sus obras a la par de sus deseos, hoy mismo quedaría para siempre sepultada la horrible discordia y afirmado por todas las provincias el estandarte de la unión”. (Nota publicada en el N° 159 de la “Gaceta de Buenos Aires” del miércoles 9 de febrero de 1820).

Artigas trasladado a las Misiones, donde se sostenía su hijo adoptivo Andresito, se puso en contacto con el gobernador de Corrientes y empezó a poner en ejecución sus planes consistentes en dominar las dos provincias de la Mesopotamia Argentina, para desde ella abrir la campaña libertadora de la Banda Oriental.

Pero Francisco Ramírez, vencedor en Cepeda e imponiendo el Tratado del Pilar a los porteños, estaba dispuesto a sacudir la tutela de Artigas. Este último salió de Misiones para Corrientes, estableciendo su cuartel general en Curuzú-Cuatiá, desde donde pretendió dictar órdenes al gobernador entrerriano. Prosiguiendo su marcha, el Protector llega al Arroyo Grande, donde bate y destroza una división de Ramírez, y sin detenerse un instante se lanza sobre el pueblo del Arroyo de la China que encuentra indefenso y abandonado.

Tan grave situación aceleraron el regreso de Ramírez a Entre Ríos después de su entrada en Buenos Aires. El 13 de junio de 1820, en Las Guachas, costa del Gualeguay, el caudillo entrerriano con un millar de hombres es batido por Artigas que manda 1800, aunque este sufrió importantes pérdidas.

El día 24 del mismo mes, el general Ramírez con 1000 hombres y 4 cañones, atrincherado en Las Tunas, proximidades de La Bajada, es atacado por Artigas a la cabeza de 1300 guerrilleros: a las 8 de la mañana empezaron las escaramuzas y a la 1 de la tarde estaba empeñado el combate en el que fué vencido el Protector, flanqueada su caballería y perseguida hasta las siete de la noche en una distancia de 35 kilómetros.

El 17 de julio el jefe entrerriano derrota al coronel artiguista José López Chico en Sauce de Lema, costa del Gualeguay, mientras cubría la retirada de su comandante en jefe, disponiendo López apenas de 200 hombres, con los que se ve obligado a retirarse remontando el Paraná. El día 22 del mismo mes, Ramírez vencía en las puntas del Yuquerí, una fuerza artiguista de 300 hombres mandados por el indio Perú Cutí.

El 23, en Mocoretá, la retaguardia artiguista al mando de Matías Abecú, fué derrotada por Ramírez y puesta en dispersión dejando 20 muertos, 20 prisioneros, 3 carretas y ganado. Al día siguiente, en Abalos, los entrerrianos vuelven a dar alcance a sus enemigos, que son derrotados y entre los prisioneros tomados se contó al fraile Monterroso, secretario de Artigas.

El campamento de Abalos quedó todo en poder del vencedor, dirigiéndose entonces Ramírez a la Esquina, a donde había hecho subir su escuadrilla, llevando embarcada su infantería, disponiendo que el Jefe oriental fuera activamente perseguido.

El 29 de julio el indio Siti se sometió a Ramírez, quedando las Misiones agregadas como departamento de Entre Ríos; pero Artigas, sin darse aún por vencido, procuró reaccionar y se dirigió a las Misiones con el ánimo de someter a Siti, pero este se sostuvo al frente de 600 misioneros en un reducto artillado con 4 piezas, en el punto denominado Cambay.

El Protector inició las operaciones de sitio para reducir a su adversario, y estaba ocupado en esta tarea, cuando el 20 de septiembre de aquel año, cayó sorpresivamente el comandante entrerriano Lucas Piriz, que lo derrotó completamente y lo persiguió hasta Candelaria, hasta que el día 23 del mismo mes, reducido a la impotencia, penetró Artigas en el Paraguay con unos 40 hombres, a pedir hospitalidad al Dictador Francia. Este se la concedió y envió un escuadrón para escoltar a los emigrados hasta la Capital, después de deponer las armas.

El mandatario paraguayo hospedó a Artigas por tres meses en el Convento de las Mercedes. Poco después, el último contestaba al visitante que diariamente enviaba a preguntar por él el doctor Francia: “¿Cómo quiere que me vaya? . . . soldado entre frailes“.

Entonces el Dictador lo pasó a otra estancia en Curuguatay, villa San Isidro, distante de la Asunción: se le dio casa para habitar, 30 pesos de pensión para sus necesidades y Francia le proveyó alguna ropa para uso, y anualmente le pasaba un vestuario. Su fiel Ansina actuaba de asistente.

Artigas, no obstante sus 60 años, se dedicó a labrar el campo, buscando en aquella ruda ocupación una distracción para su espíritu. Los pobres del lugar tuvieron en él un amigo que compartió con ellos el sueldo que recibía y que distribuía a los más indigentes, razón por la cual el Gobierno se lo retiró, quedando reducido a la miseria.

En 1836, habiendo entrado Francia en hostilidad con la provincia de Corrientes, quizo utilizar los servicios de Artigas destinándolo a uno de los pueblos misioneros con encargo de arreglar y disciplinar los indios capaces de hacer el servicio en campaña.

Al fallecer el Dictador, Artigas fué puesto un mes en prisión, ignorándose la causa. Transcurrido el plazo indicado, fué puesto en libertad y continuó viviendo en la mayor indigencia.

En 1845, el Presidente Carlos Antonio López lo trasladó a una chacra inmediata a la Asunción, donde los hijos de aquel mandatario le dispensaban sus ciudados, visitando al anciano emigrado, el cónsul del Brasil Pimenta Bueno que vivía muy cerca, y otras personas, que dulcificaron su vida.

Derqui en 1845 y el general Paz en 1846, visitaron al casi nonagenagenario luchador que aunque agobiado por los años, conservaba lúcidas todas sus facultades. El 15 de mayo de aquel año, el Gobierno de la Defensa de Montevideo reconoció la independencia del Paraguay, lo que influyó para que mejorara el trato dado a Artigas por el Presidente López.

Anteriormente el Presidente Rivera había tratado el regreso del primero a su patria y la prensa de Montevideo apoyó calurosamente la idea; y el coronel Fortunato Silva, con el comandante Albín fueron encargados de su traslado, pero los acontecimientos políticos de entonces impidieron cumplimentar el propósito.

En 1846, cuando la expedición anglo-francesa llegó a Asunción, viajó en el “FULTON” un hijo de Artigas, con el doble propósito de ver a su padre y traerlo a su país, aprovechando la generosa oferta del comandante del mencionado buque inglés; pero el viajero guerrero que vivía de la caridad del Presidente López, y contando por único asistente con el leal Ansina, padecía de una erupción y montaba diariamente a caballo para ir a tomar su baño, conservaba como una reliquia el ejemplar de la Constitución de 1830 que le había regalado Bompland.

Al oir la proposición, dijo a su hijo: “Quisiera volver a nuestro país, verlo antes de cerrar los ojos para siempre; pero me siento sin fuerzas para hacerlo; y además, yo no debo salir de aquí “sin ser llamado por el Gobierno y conducido como corresponde a mis antecedentes y al honor del pueblo Oriental”.

A instancias de su hijo condescendió en pasar a Corrientes, cuyo gobierno estaba dispuesto a brindarle hospitalidad, que impidieron acontecimientos posteriores.

El 23 de septiembre de 1850 falleció a la edad de 86 años, asistido en sus últimos momentos por Ansina, a pesar que éste le aventajaba en 4 años la edad. Su entierro fué efectuado por orden de López, en la mejor forma posible; siendo sus restos depositados en el tercer sepulcro de la línea Nº. 26, del Cementerio General de la Recoleta, habiendo echado el responso de práctica el sacerdote Cornelio Contreras, que fué el mismo que extendió el 21 de septiembre de 1855 el certificado de exhumación, cuando el Dr. Estanislao de la Vega, decano del Tribunal de Justicia, recibió en nombre del Gobierno Oriental los restos de Artigas, embarcándolos en aquella fecha en el vapor nacional “URUGUAY”, que llegó a Montevideo el día 25 del mismo mes y año.

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas – Jacinto Yaben – Editorial “Metropolis”

 

Biografía de Marco M. de Avellaneda

Biografía de Marco M. de  Avellaneda

Nació en la ciudad de Catamarca el 18 de junio de 1813, siendo sus padres don Juan Nicolás de Avellaneda y Tula, y doña Salomé González. De pocos años pasó a la ciudad de Tucumán, volviendo después a la de Catamarca a estudiar latín bajo la dirección de un distinguido profesor eclesiástico que se complacía en reputarle el más aventajado de sus discípulos, pues a la edad de 9 años, le eran conocidos ya los clásicos latinos, que traducía con notable facilidad.

Demostrando una inteligencia precoz y dotes especiales por el estudio, Avellaneda fue comprendido en el grupo de jóvenes que por disposición del Presidente Rivadavia y costeados por el Estado, vinieron a estudiar a la Capital. Cursó en las aulas del Colegio de Ciencias Morales ingresando después en la Facultad de Derecho, en la que se graduó de abogado en 1834.

marco de avellanedaFueron sus compañeros de colación: Lusebio Agüero, Gregorio Alagón, Francisco S. Antuña, Juan María Gutiérrez, Manuel Mansilla, Olegario Morón, Marcos Paz, José María Reybaud, Juan M. Thompson y Estanislao Vega. Fue su padrino de colación, el Dr. Mauricio Herrera, habiendo tenido lugar el acto el 5 de mayo de 1834.

Dotado de palabra fácil y persuasiva, a medida que enriquecía su espíritu en los libros, Avellaneda se hacía notar por su singular elocuencia excitando el entusiasmo y la admiración de sus condiscípulos que le llamaban “Marco Tulio Cicerón”. Empezó por escribir en algunos periódicos en 1833, durante el gobierno del general Juan Ramón Balcarce; fue co-redactor de “El Amigo del País”, diario opositor a Rosas.

Algún tiempo después, la influencia del Dictador arrastraba a las cárceles y pontones mucha juventud distinguida: advertido, el joven Avellaneda resolvió regresar a Tucumán. Por su talento e ilustración estaba destinado a ocupar los más altos puestos compatibles con su profesión: fue presidente del Tribunal de Justicia y Presidente de la Legislatura.

Pero su espíritu elevado y generoso no podía permanecer indiferente a los males que azotaban a la Patria, desangrada y oprimida por la dictadura y los caudillos.

Realiza activa propaganda política contra el caudillo local general Alejandro Heredia, el que trata de reprimir la propaganda de Avellaneda; pero el pueblo se subleva; Heredia sale de la Capital y marcha a Lules y en el camino es asesinado por el comandante Gabino Robles, el 12 de noviembre de 1838. Este asesinato fue la señal para que las provincias de Salta, Tucumán y Jujuy se sublevasen contra Rosas, al que retiraron la representación exterior del país.

En el mismo año tres gobernadores se suceden en Tucumán. El 7 de abril de 1840 ocupa la silla de gobierno don Pedro Garmendia, el cual designa a Avellaneda su ministro general, el que se multiplica en su propaganda como tribuno, como periodista, como hombre de Estado. Consiguió que la provincias de Catamarca, La Rioja y Córdoba formaran parte de la Coalición del Norte, aliadas a las provincias de Salta, Tucumán y Jujuy. Al ocupar el general Lamadrid el gobierno de Tucumán, Avellaneda continuó desempeñando el ministerio general.

El 21 de agosto de 1840 se inauguró el Congreso de agentes con gran solemnidad, haciendo el pueblo demostraciones de júbilo que nos dejó satisfacción completa, dice el agente de Salta, don Juan Antonio Moldes, en su carta a su gobernador. La primera cuestión que decide el Congreso es afirmar su carácter constituyente, no obstante que no debió tener otro fin que formalizar el pacto de alianza: el 24 de septiembre suscribía este último, en el cual se resolvió nombrar al general Tomás Brizuela general en jefe de las fuerzas militares de la Coalición, elección muy poco acertada, por ser este un soldadote incapaz de imprimir ninguna actividad a las operaciones.

Avellaneda se hace militar: se pone al frente de las milicias tucumanas y contiene a Ibarra que pretendía invadir la provincia de Tucumán. El 23 de mayo de 1841, al salir el general Lamadrid a campaña, Avellaneda quedó a cargo del gobierno de la provincia, contribuyendo poderosamente con su activa gestión a la formación del pequeño ejército con el cual el general Lavalle dio a Oribe la batalla de Famaillá o Monte Grande, el 19 de septiembre de 1841, a la que asistió el doctor Avellaneda.

Después de la derrota, salió del campo de batalla acompañado por dos sirvientes, en dirección a la estancia del Raco, en la provincia de Tucumán, con el objeto de tomar caballos para seguir viaje a Bolivia.

Antes de llegar a aquel punto, se le incorporaron los coroneles Aquino, Hornos y Vilela, con algunos soldados, los dos primeros con la intención de alcanzar al general Lavalle. Al llegar a San Javier, supo Avellaneda que estaba allí el general Lavalle y entonces ordenó a uno de sus sirvientes que hacía de baqueano que cambiase de camino por no encontrarse con él y, en el mismo momento de haber efectuado esto, se le separaron Aquino y Hornos con todos sus soldados y Avellaneda prosiguió su marcha a Raco, donde renovó sus caballos, prosiguiendo su marcha para Jujuy por la Pampa Grande.

A 2 ó 3 leguas más al N. de este punto, el 26 de septiembre se encontró con el capitán Gregorio Sandoval, de la escolta de Lavalle, el cual lo tomó preso, conjuntamente con Vilela y algunos oficiales más, el cual los entregó a Oribe: éste ordenó al coronel Mariano Maza formase consejo de guerra a Avellaneda, el cual lo condenó a muerte, siendo ejecutado en Metan, el 3 de octubre de 1841 y su cabeza cortada y expuesta en la plaza de Tucumán, clavada en una lanza: a los 15 días, doña Fortunata García logró que el coronel Carballo, jefe de la plaza, le entregase la cabeza del mártir, a la que dio piadosa sepultura, después de lavarla y perfumarla con sumo cuidado.

Cuarenta años después se levantaba en el Cementerio de la Recoleta el monumento a su memoria, en el cual el procer está representado de cuerpo entero.

Biografía de Miguel de Azcuenaga Militar de la Primera Junta de Mayo

Biografía de Miguel de Azcuénaga

Nació en Buenos Aires el 4 de junio de 1754, siendo sus padres don Vicente de Azcuénaga y doña Rosa de Basabilbaso, el primero español y la segunda porteña y ambos de posición social y riqueza. Enviado a España en su más tierna edad, inició sus estudios en Málaga y los prosiguió en la Universidad de Sevilla, regresando después de 10 años a su ciudad natal.

Al año siguiente regresó a España encargado de una negociación que manejó con destreza y completamente del agrado de sus progenitores. El 6 de agosto de 1773 iniciaba su carrera militar, siendo dado de alta como subteniente de artillería, prestando servicios en la guarnición de Buenos Aires.

Cesó en sus funciones bélicas en 1777 después de la rendición de la Colonia del Sacramento, año en que fue nombrado Regidor del Cabildo de Buenos Aires, cargo que ejerció a satisfacción de sus ancianos colegas.

En 1781 encontrábase España en guerra con Inglaterra, y por esta causa se temía en Buenos Aires un desembarco de tropas británicas, razón por la cual se establecieron varias baterías entre las cuales una de 4 cañones de 24, que se puso al mando de Azcuénaga, cesando este servicio al firmarse la paz entre la Península y la Gran Bretaña.

En aquella época el Cabildo le nombró alférez real y en 1789 alcalde de segundo voto. Desde 1790 hasta 1794 fue procurador síndico general, actuando en este cargo eficazmente en pro del progreso edilicio de la capital del virreynato.

Emprendió la obra del empedrado de la ciudad, llegando a lograr el empedrado de 36 cuadras de Buenos Aires, obteniendo para tal efecto una contribución de 8000 pesos, del virrey Arredondo, mediante el aporte del vecindario a razón de medio real por vara lineal de frente.

La piedra empleada fue conducida de Martín García y de la Banda Oriental. En 1795 enviaba al virrey don Pedro Melo y Portugal, una nota en la que expresaba: “Animado de la manifiesta dedicación con que V. E. entre “otros benéficos asuntos cuida del adelantamiento de la gran obra del empedrado de esta capital, tan importante a la salud y conveniencia pública, “he creído accesible la gracia de que V. E. se digne destinar una o dos corridas de toros en favor de mi encargo de tesorero del empedrado” . Tal demanda fue acordada, y Azcuénaga después de abonar el empedrado de las 36 cuadras, devolvió la suma de 4600 pesos de la cantidad recibida.

El virrey Melo, el 2 de noviembre de 1796 le otorgó el mando de las milicias disciplinadas de Buenos Aires, con el empleo de teniente coronel, desempeñando este puesto hasta la paz de 1802 y en el intervalo, el Rey le discernió el grado de coronel, con fecha 15 de agosto de 1801.

Tanto en el desempeño de su cargo de procurador síndico general, como en este mando militar, el coronel Azcuénaga dio muestras acabadas de su desprendimiento y noble patriotismo: durante la larga tarea del empedrado de la ciudad, donó 500 cabezas de ganado vacuno para el consumo de los que trabajaban en las canteras de piedra de la isla de Martín García y mientras desempeñó la jefatura de las milicias de infantería de la capital, dejó a beneficio del Regimiento todos sus sueldos que importaban más de 12.000 pesos plata.

El 24 de marzo de 1802 fue nombrado coronel comandante del Batallón Voluntarios de Infantería Buenos Aires. Cuando el ataque a la ciudad por las fuerzas británicas del general Beresford, en 1806, el coronel Azcuénaga a la cabeza de 400 voluntarios urbanos, se mantuvo por espacio de 20 horas defendiendo el puente de Gálvez. En la acción reveló coraje, decisión y energía y tuvo la hidalguía después del efímero triunfo de Berresford, de excusarse de prestar juramento de fidelidad al general británico. En 1807 participó en la defensa de Buenos Aires contra las tropas de Whitelocke.

En la sociedad de Buenos Aires, Azcuénaga fue un elemento ponderado y prestigioso. Al producirse la “Representación…” de Mariano Moreno, en demanda del libre comercio, el tema fue debatido por una junta designada al efecto por el virrey Cisneros y constituida por “magistrados celosos, jefes inteligentes, vecinos de recomendada probidad” y totalizada por 24 personas, entre las cuales se contaba el coronel Azcuénaga. Dicha Junta aconsejó al Virrey la reglamentación del comercio libre, lo que fue decretado, aunque desechando una buena parte del articulado propuesto por Moreno .

En la época inmediatamente anterior al movimiento de mayo, Azcuénaga se distinguió por su decisión por la causa de la libertad, revelándose patriota y en su casa, frente a la Plaza de la Victoria, tanto como la de Rodríguez Peña, tan recordada por los historiadores, fue uno de los focos activos de la propaganda revolucionaria y posiblemente, del viejo salón de reuniones de la casa de Azcuénaga, partiera Beruti con la lista inmortal de los miembros de la Primera Junta Gubernamental de las Provincias Unidas del Río de la Plata, designada por voluntad popular.

Miembro del Cabildo abierto del 22 de aquel mes glorioso, su voto es uno de los pocos que contienen una fórmula tan importante como la de proponer la covocación inmediata de las provincias para resolver sobre el porvenir del país y la formación de un nuevo gobierno, y que en el intervalo asumiera la dirección el Cabildo. Azcuénaga era uno de los miembros de aquella asamblea popular que mejor comprendía el problema del país y los medios más convenientes para resolverlo.

El pueblo votó su nombre para formar parte de la Junta de gobierno que presidió don Cornelio Saavedra. En su casa se mantuvieron constantemente reunidos los miembros de la Junta de los Siete o del Club Patriota y allí se acordó la representación del pueblo dirigida al Cabildo y que French, Beruti, Chiclana y otros caudillos del barrio hicieron firmar en la noche del 24 al 25, recorriendo los domicilios de los vecinos principales.

Su actuación en la Primera Junta parece que estuvo en concordancia con el pensamiento y acción de Mariano Moreno, siendo uno de los trágicos episodios del mismo, el fusilamiento de Liniers y de los demás conjurados de Córdoba, en Cabeza del Tigre, en agosto de 1810. No obstante esto, en muchos otros puntos se mostró Azcuénaga mucho más conciliador que Moreno.

La vigorosa personalidad de aquél se puso en relieve en el fundamento de su voto en el dramatice pleito de la incorporación de los diputados del interior a la junta gubernativa . A su juicio, la medida contrariaba el derecho y daría ocasión a terribles males, pero podían más en su ánimo las solicitaciones de la armonía nacional. Había que sacrificarse “en obsequio de la unidad y de la política”, si la actitud intransigente de Moreno era la de un profeta, el espíritu conciliador de Azcuénaga revelaba la discreción de un estadista práctico.

Proelucida la incorporación de los diputados, Mariano Moreno renuncia al cargo y entonces se encarga de una misión diplomática, en cuyo desempt ño muere en el mar, en viaje a Inglaterra. En el voto por la incorporación de ios diputados, Azcuénaga estuvo en disidencia con Moreno en homenaje a la unidad del país, pero desaparecido este último de la escena, Azcuénaga en todos sus actos ulteriores reveló seguir la tendencia del patriota desaparecido .

A raíz de aquel suceso, la Junta alejó a Azcuénaga de la capital, enviándolo a la campaña de la provincia de Buenos Aires como vocal-comisionado para reclutar tropas y comprar armas y caballos. Desempeñó su comisión en el Norte y llegó hasta el Rosario. Dueño Azcuénaga de cuantiosa fortuna, hizo desembolsos en compras de armas, sin reintegrarse de esas sumas que dejó a favor del Estado.

La Sociedad patriótica, donde podría decirse que se había refugiado el espíritu de Mariano Moreno, era el centro de oposición a la Junta. Ello motivó el golpe de Estado del 5 al 6 de abril de 1811, en el cual el Gobierno apoyándose en las fuerzas militares y en una parte del pueblo reunido por el alcalde de las quintas, decretó una serie de medidas dictatoriales destinadas a cruzar la política opositora de la Sociedad Patriótica y a consolidar su propia autoridad.

El  12 de Enero de 1812 el  Triunvirato lo  designa como  Gobernador-Intendente de Buenos Aires, en 1816 a ocupar la jefatura del Estado Mayor General y, en 1817, la presidencia de la Comisión de Guerra. En 1828 el gobernador Dorrego lo nombró conjuntamente con el almirante Guillermo Brown y el general Tomás Guido para practicar el canje de las ratificaciones de la convención de paz celebrada con el imperio del Brasil y para dar cumplimiento a tal decreto, debió trasladarse a Montevideo, siendo ya un anciano venerable.

El 19 de diciembre de 1833, cuando le faltaban pocos meses para cumplir los 80 años, fallecía en su quinta de Olivos, que fue la base de la actual residencia presidencial, siendo miembro de la Cámara de Representantes de Buenos Aires. Nada tan justo como el juicio de sus contemporáneos al llamarle “buen ciudadano, militar honrado, hombre compasivo y benéfico, amigo de sus hijos, padre de los desvalidos y ejemplo recomendable de todas las virtudes civicas y dmoesticas”

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas – Jacinto Yaben – Editorial “Metropolis”

Biografía de Berón de Astrada Genaro Historia de Corrientes

Biografía de Berón de Astrada

Nació en la provincia de Corrientes a fines del siglo XVIII. Inició su carrera militar en 1826, sentando plaza como subteniente de artillería y ascendiendo gradualmente hasta ostentar en 183 7 la jerarquía de teniente coronel de Granaderos a Caballo de las milicias correntinas. No había participado en ninguna campaña fuera de la provincia con excepción de la de Entre Ríos, en 1831 careciendo, por lo tanto, de la escuela que da la práctica de la guerra, mereciendo, sin embargo, las simpatías de la tropa veterana por su dedicación asidua al servicio, y la del pueblo, por sus condiciones morales y por su vinculación de familia y sólidas amistades.

Baron de Astrada General Correntino

Estaba en íntimo contacto con la clase más distinguida de Corrientes, siendo Berón de Astrada, Ferré, Madariaga y Tiburcio Rolón, los únicos representantes de aquella en la milicia correntina.

A pesar de la medianía de Berón de Astrada, no había en su provincia uno mejor para substituir al gobernador coronel Ramón de Atienza, fallecido a fines de 1837, en el departamento de Curuzú-Cuatiá. Ferré se había atraído el rencor de Rosas, lo que eliminaba aquella candidatura.

Berón de Astrada desempeñaba en aquellos momentos la comandancia general de las fuerzas que guarnecían la frontera del río Uruguay. La Sala de Representantes lo designó interinamente el 14 de diciembre de 1837 y el Congreso general ratificó su nombramiento el 15 de enero de 1838 para completar el período de Atienza, ascendiéndolo al mismo tiempo al rango de coronel.

Con esta designación triunfaron los desafectos a Atienza: Berón de Astrada no era un hombre capacitado para el manejo de los negocios públicos; carecía de talento y su instrucción no excedía a la de la generalidad de las personas cultas. Profesaba las ideas del general Ferré, siendo su amigo íntimo. Berón de Astrada prestó su conformidad a los actos de Rosas, en la cuestión de Francia, y a la protección armada que dio a Oribe, “en razón, explicó después en su manifiesto del 28 de febrero de 1839, de “que no podía dejar de contemporizar con él por el estado de la Provin-“cia, y de negarse a la condescendencia, se aventuraba a hacerle sufrir todo “el peso de una guerra desastrosa”.

El gobernador de Santa Fe, don Domingo Cullen, despachó cerca de Berón de Astrada a don Manuel Leiva, ex-ministro de Ferré. La sola marcha de Leiva intranquilizó a Echagüe, gobernador de Entre Ríos, pues eran conocidas las ideas del personaje; fue pública su estrecha amistad con los políticos correntinos y su intimidad con Cullen. Leiva iba a tratar de obtener la alianza de las dos provincias, a fin de propender a un cambio depolítica o de situación, en la de Entre Ríos, para que las tres, y la de Córdoba, cuya adhesión se pensaba conseguir, impusieran a Rosas otra orientación en los asuntos públicos o resistieran su dictadura.

Leiva fue recibido lo mejor posible para el desempeño de su cometido, pero la correspondencia que cambió Berón de Astrada con Cullen fue interceptada por Echagüe, que se apresuró a enviársela a Rosas, como prueba de la traba que se preparaba. En Corrientes la negociación se había tratado con impenetrable secreto.

Cullen fue obligado a huir. Pero en aquellos meses el general Rivera logró derrotar a Oribe y asumió la dirección política de la República Oriental.

Entretanto, el Dictador autorizó al gobernador de Entre Ríos para que invadiera la provincia de Corrientes para castigar a Berón de Astrada por su traición. Echagüe trató de emplear la intriga en Corrientes, especialmente entre los jefes, sobre todo con el general Ferré y el coronel Vicente Ramírez, pero no logró su objeto. Empleó Echagüe medios agresivos contra Berón de Astrada, tales como detención de correos, colocación de fuerzas sobre el Guayquiraró y el Mocoretá y se utilizaron intimaciones atrevidas.

Berón de Astrada resolvió obrar con energía y en ello radica su gloria: triunfó la solución guerrera. Reunió en su campamento de Abalos las tropas veteranas y de milicias que constituyeron el primer Ejército Libertador y en el cual se encontraba el guerrero de la independencia coronel Manuel Olazábal, quien dirigió todo lo relativo a organización y disciplina, siendo notable la escasez de oficiales con alguna instrucción y el armamento poco y no nuevo. Olazábal también fue comisionado para tratar una alianza con Rivera, en Diciembre de 1838, y el 31 del mismo mes firmó en Montevideo un tratado por el cual Berón de Astrada pondría 5000 hombres y el presidente oriental 2000.

El 22 de enero de 1839 el congreso correntino acordó al gobernador las facultades solicitadas y un crédito de 50.000 pesos fuertes para la guerra contra Rosas. El 31 de diciembre anterior, Berón de Astrada había asumido el mando del ejército concentrado en Abalos, fuerte de 5000 hombres, de los cuales sólo 400 eran infantes y poco más de 50 artilleros, mandados por el coronel Tiburcio Rolón, “el tipo más distinguido de “todo el ejército, —según Mantilla—, por su hermosura, su gallardía, su “educación y su fortuna”. La caballería la mandaba el coronel Olazábal.

El 4 de marzo levantó su campamento de Abalos, permaneciendo algunos días en el Chañar y a fines de Marzo avanzó hasta el Mocoretá, sin salir de la jurisdicción de Corrientes, porque Echagüe se había aproximado a la frontera. Según el plan acordado con Rivera, las tropas orientales y co-rrentinas debian operar simultáneamente para estrechar a Echagüe y ponerse a cubierto de un contraste.

La situación del ejército correntino lo habilitaba para las operaciones en todo momento, no así la del oriental, que debía aproximarse a la costa del Uruguay y vadearlo para penetrar en Entre Ríos. Berón pidió insistentemente a su aliado que se pusiera en la aptitud acordada en el tratado, mientras él avanzó hasta la frontera de Entre Rios.

El 30 de marzo acampó Echagüe en el arroyo Basualdo, a pocas leguas del enemigo. Berón de Astrada se mantuvo quieto en la esperanza de que Rivera cumpliría sus compromisos, llamando la atención de los federales por la retaguardia, con unos 1500 jinetes, pero el aliado no dio señales de vida.

Echagüe, amenazado de hallarse entre dos fuegos, aprovechó la inacción de Rivera y se lanzó sobre Berón de Astrada, el 31 de marzo. Su ejército sumaba 6000 hombres y se movió del arroyo Basualdo en tres columnas paralelas, mandando la derecha Urquiza, la del centro Servando Gómez y el propio Echagüe la de la izquierda. A poco de marchar, tropezó con las avanzadas correntinas que se replegaron sobre el grueso del ejército con precipitación y en desorden. Echagüe las siguió con marcha acelerada y a las 3 leguas enfrentó al ejército de Berón de Astrada, formado en línea de batalla en el distrito de Pago Largo.

Echagüe detúvose a prudente distancia para tomar el orden de combate en la misma distribución que habían avanzado. Los correntinos impacientes, no esperaron el ataque y tomaron la iniciativa con brío, cuidando de mantener la cohesión. Tropas nuevas como eran, fiaban más en el entusiasmo y el valor del que se sentían animadas, que en el poder de la disciplina.

Su empuje fué detenido durante algunos minutos se batieron ambos bandos con igual empeño, dominando sin embargo, con sus fuegos el centro libertador, formado por los granaderos a caballo, la infantería y la artillería y en el cual se hallaba Berón de. Astrada. La cobardía de un jefe que abandonó su puesto, según unos; la superioridad militar de Urquiza, según otros; y el orden de sus tropas, produjo la derrota de la izquierda correntina, a la que luego siguió la derecha. Sin embargo, el centro permaneció sin conmoverse, peleando con imperturbable energía contra todo el ejército federal, y sucumbió, muertos o prisioneros sus defensores, después de una valerosa resistencia. Berón de Astrada fue muerto en el combate, a lanza, y Tiburcio Rolón degollado en el acto de caer prisionero.

Sobre el campo de batalla perecieron 1900 correntinos y otros 800 fueron degollados después de haber caído prisioneros. Del cadáver de Berón de Astrada se sacó una lonja para manea, al uso de los indios salvajes en sus guerras, y asevera la tradición, que confeccionada la manea fué regalada al general Urquiza. Muchos la vieron y afirman que su dueño la conservó como un recuerdo glorioso de aquel espantoso día de barbarie y sin igual carnicería.

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas – Jacinto Yaben – Editorial “Metropolis”

Biografía de Beruti Antonio El Patriota de la Escarapela

Biografía de Beruti Antonio Luis
Patriota de la Revolución de Mayo de 1810

Nació en Buenos Aires el 2 de septiembre de MI2, siendo sus padres don Pablo Manuel Beruti, natural de Cádiz; y doña María González de Al-derete, nobles españoles avecindados en Buenos Aires, desde 1754, que gozaban de gran consideración social. Bajo la administración del virrey Aviles, el joven Antonio Luis desempeñó con laborioso empeño y sin compensación alguna, varios cargos delicados que evidenciaron su honradez y laboriosidad ; después pasó a España para completar sus conocimientos; y, al regreso a su ciudad natal, encontró a sus conciudadanos que festejaban el triunfo de la Reconquista. Beruti abrazó enseguida la causa de los “criollos” que estaban disgustados con la actitud cobarde de las autoridades metropolitaras.

Esto sucedía en 1809. Miembro del Comité secreto que se reunía en la casa de don Nicolás Rodríguez Peña, revelo en todas las conterencias a que asistió, su decidida e irrevocable idea de que esa independencia se llevara a cabo con esfuerzos y recursos propios . Es conocidísima su activa y brillante actuación en los inolvidables días de mayo de 1810, en que proclamaba a la muchedumbre “lleno de petulancia y animado por una chispa del fuego sagrado que iluminaba su fisonomía y calentaba su palabra”.

beruti antonio luis coronel

En el Congreso que se constituyó en aquellos días, votó el 22 de mayo, por la deposición del virrey Cisneros. El nombramiento de la Junta gubernativa realizado en la noche del 23, constituyó una verdadera intriga, en la que aparentemente se trató de satisfacer las demandas del pueblo, el cuál quería ver totalmente anulada la autoridad de Cisneros, observando, en cambio, que el partido español había hecho pesar su influencia en el espíritu de los cabildantes, a los que acusaba de haberse extralimitado en sus funciones.

Este motivo decidió el movimiento popular en el seno del Comité Secreto, y Beruti que había contribuido con su palabra fogosa y entusiasta a hacer germinar todas estas ideas en todos los círculos sociales, apostábase el día 25 en la plaza de la Victoria, frente a un selecto concurso de patriotas reunidos por él con el deliberado propósito de hacer respetar la voluntad popular expresada el día 22 .

Fue allí, que aceptando la idea de French, distribuyó entre los patriotas enardecidos por sus vibrantes discursos, las escarapelas azul y blanca que habían confeccionado y cuya primera ostentó Beruti en su vestimenta. Fue él que por una inspiración del momento, propuso e impuso en esa misma fecha, con la cooperación del patriota Martín Rodríguez, la lista de los componentes del primer gobierno patrio que tuvo la República Argentina y que constituyó la Primera Junta. Beruti realizó una de las aspiraciones populares de aquel momento.

Según el historiador Mitre y el testimonio de don Tomás Guido, testigo presencial, fue de exclusiva inspiración de Beruti la composición nominal de nuestra Primera Junta de gobierno. La hizo considerando los propósitos del movimiento emancipador y los deseos del pueblo que ya no se contentaba con la deposición del Virrey.

El 27 de junio de 1810 era nombrado teniente coronel del Regimiento América, creado por la junta. Después de estos períodos iniciales de la emancipación política argentina, Beruti ya no brilla en la escena pública, hasta el momento en que empezaron a manifestarse las divisiones entre los miembros de la Junta poco después, como uno de los fundadores de la célebre sociedad patriótica compuesta por jóvenes distinguidos, la cual no era sino un club, siendo su punto de reunión el Café Marcos, establecido con el fin de extender la instrucción y otros fines literarios.

En esta Sociedad figuraban muchos decididos partidarios de Moreno y más que todo, de las intrigas del partido de D. Cornelio Saavedra, Presidente de la Junta, que a toda costa quería recuperar el terreno perdido por la entrada de los nuevos vocales en el Gobierno. Esta circunstancia hizo mirar con desconfianza las reuniones del café Marcos, pues se supo que algunos miembros de la junta se encontraban complicados en los trabajos tendientes a verificar el movimiento subversivo que premeditaba el partido Saavedrista, con el objeto de conquistar para su exclusivo provecho la dirección de los negocios públicos.

Esto motivó el motín del 5 y 6 de abril de 1811, que produjo el alejamiento de la Capital de los vocales Azcuénaga, Vieytes, Peña y los miembros más conspicuos de la Sociedad Patriótica: Beruti, French, Donado, Posadas, etc. Un mes después Beruti regresaba a la Capital, respondiendo a una orden del Gobierno que disponía se le restituyera a su domicilio, por no encontrarse razón suficiente para mantener la medida de destierro decretada.

El 19 de enero de 1812 se le nombraba teniente coronel del Regimiento N9. 3 y el 18 de noviembre del mismo año, Teniente gobernador interino de Santa Fé, dependiente de la Intendencia de Buenos Aires, que desempeñó hasta el 4 de junio de 1813, en que fue designado para desempeñar el mismo cargo en Tucumán, dependiente de la de Salta, ejerciéndolo hasta el 4 de marzo de 1814, en que fue designado teniente coronel del 1er. batallón del Regimiento Nº3.

El 9 de mayo del mismo año fue comandante del 2o. Tercio Guardia Nacional de infantería de Buenos Aires, y el 6 de agosto de aquel año fue graduado coronel y le fue encomendado el cuidado y vigilancia de los prisioneros de guerra, a cuyo efecto se le expidió el nombramiento de comisario general de prisioneros. Había desempeñado el Ministerio de la Guerra en dos ocasiones cuando fue nombrado el 30 de agosto de 1816 coronel efectivo y Sub inspector del Ejército de los Andes.

El 24 de enero de 1817, el general San Martín le confería el cargo de 29. Jefe del Estado Mayor, puesto con el cual tuvo distinguida actuación en la batalla de Chacabuco, el 12 de febrero siguiente, mereciendo una citación especial del comandante en jefe, por sus merecimientos en aquella gloriosa jornada. Poco después, a fines de marzo del mismo año, se retiró del Ejército de los Andes, regresando a Buenos Aires, donde permaneció sin puesto de importancia hasta que la lucha de los partidos políticos reavivó su antiguo entusiasmo, impulsándolo a afiliarse al Partido Unitario.

En el año 1841 como ministro del. general Lamadrid, asistió a la batalla del Rodeo del Medio (Mendoza), ganada por Pacheco el 24 de septiembre de aquel año y Beruti, derrotado, se ocultó. Descubierto por el general vencedor , éste le dispensó consideraciones especiales, no obstante lo cual el fogoso tribuno que era ya un anciano, no pudo dominar su abatimiento moral: asaltóle un delirio que alteró su razón y que fue el presagio de su muerte, ocurrida el 3 de octubre siguiente, esto es, diez días después de la derrota. Su cadáver fue eneerrado en Mendoza, sin que en su sepultura se colocase alguna señal distintiva, lo que hizo imposible a sus familiares encontrar sus restos ni perpetuar su memoria por medio de un monumento recordatorio.

Beruti obtuvo su reforma militar el 12 de febrero de 1823.

Había contado matrimonio con doña Mercedes Ortiz, una de las matronas que en Mendoza entregaron sus joyas en holocuasto a la patria.

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas – Jacinto Yaben – Editorial “Metropolis”

Biografía de Juan José Carrera Plan Para Derrotar a O’Higgins

Biografía del Brigadier Juan José Carrera

Nació en Santiago de Chile en 1782, siendo sus progenitores, don Ignacio de la Carrera, prestigioso Brigadier de los Reales Ejércitos; y doña Paula Verdugo Fernández de Valdivieso, perteneciente a una distinguida familia nativa, de noble alcurnia.

Dedicado a la carrera desde sus más tempranos años, Carrera ostentaba las presillas de sargento mayor cuando estalló la revolución emancipadora de su patria, alcanzando la jerarquía de brigadier en la asonada del 15 de noviembre de 1811. Apoyó a su hermano José Miguel en las diversas revueltas en que desquició el orden y arrojó al abismo la obra de los demás patriotas chilenos.

Cuando el 1º  de abril de 1811, el comandante Tomás de Figueroa intentó apoderarse del mando, mediante la revolución que encabezó en Santiago, Juan José Carrera en su calidad de sargento mayor del Regimiento de Granaderos, contribuyó poderosamente al restablecimiento del orden, y por sus merecimientos en esta emergencia, por decreto del 9 de aquel mes y año, la Junta Gubernativa de Chile le otorgó el ascenso a teniente coronel efectivo de caballería de línea y lo condecoró con un escudo con el lemas “Yo salvé la Patria”, el que debía ser llevado en el brazo izquierdo.

Acompañó a su hermano, como queda dicho, en los dos levantamientos: en el del 4 de septiembre de 1811, en que se produjo el cambio de la Junta Gubernativa colocando personas que creían eran sus partidarios; y después, en el del 15 de noviembre del mismo año, por medio del cual derrocó a estas personas y se estableció en su lugar tomando la dirección suprema.

A raíz de este movimiento, el 11 de enero de 1812, Juan José Carrera debió salir de Santiago al frente de 300 Granaderos, 20 artilleros, ó piezas y 100 jinetes del Regimiento Miliciano de Melipilla, para reprimir la resistencia al nuevo gobierno presentada por los habitantes de Penco. Posteriormente pasó a formar parte de la Junta de Gobierno, en la que ya figuraba en abril de 1813.

En el curso de este año operó contra los españoles y en noviembre se hallaba en un lugar llamado Ñipe, distante de Chillan como 12 leguas, 4 al Sud de liara, con 600 fusileros, 18 cañones con 80 artilleros. El 9 de diciembre de 1813 un cambio en la situación política, hizo cesar a los hermanos Carrera en los mandos militares que se habían asignado. Acompañó a su hermano José Miguel en la tercera revuelta para alterar el orden, que tuvo lugar en Santiago el 23 de julio de 1814, ya pesar de esta adhesión y cooperación, este último en varios pasajes de su “Diario Militar” rebosa de la malquerencia que sentía por su hermano: “Juan José nunca pudo llevar “con paciencia verse mandado por mí, siendo menor que él.

Le acompañó en la campaña del Sur para contrarrestar la invasión realista conducida por el brigadier Antonio Pareja, campaña que terminó tan desastrosamente en Chillán y de regreso de Mendoza, después que el movimiento del 23 de julio de 1814 llevó al poder a su hermano José Miguel, se incorporó al ejército y asistió con O’Higgins al glorioso sitio y derrota de Rancagua.

Barros Arana, autoridad insospechable dice:

“Contaban los contemporáneos que desde que los patriotas se vieron encerrados en Rancagua, D. Juan José Carrera, que tenía el título de brigadier desde 1811, se acercó a O’Higgins y le dijo “Aunque yo soy general más antiguo, Vd. es el que manda”. Esta versión está también consignada en los apuntes de D. Juan Thomas. Si esas palabras no son perfectamente exactas, el hecho sí lo es. D. Juan José Carrera que había perdido todo prestigio militar por su conducta en la campaña de 1813, en que nunca había hecho cosa alguna de provecho, ni se había dejado ver en ningún puesto de peligro, no hizo sentir tampoco su presencia en Rancagua, permaneciendo durante todo el combate dentro de la casa del cura, y sin presentarse una sola vez a los soldados” (“Historia General de Chile”, tomo IX, página 562).

El desastre de Rancagua lo arrojó como a los demás patriotas, de Chile a Mendoza, de donde pasó a Buenos Aires, pues en aquella Gobernación Intendencia la voluntad inflexible del futuro libertador de Chile no les había sido cómoda. Desde esta ciudad José Miguel pasó a los Estados Unidos, donde le fracasaron sus propósitos de armar buques y reclutar gente, para regresar a Buenos Aires, de donde marcharía a libertar a su país con el apoyo de sus compatriotas emigrados.

El fracaso de estos planes fue debido en parte a la intervención del Director Pueyrredón, que por indicación de San Martín, frustró en la medida de sus posibilidades la realización de aquellos. A su regreso a Buenos Aires, San Martín ya había logrado el triunfo de Chacabuco.

Los tres Carrera entraron en la conjuración encabezada por Agrelo, Pagóla y French, para derrocar a Pueyrredón, la que descubierta, dio con aquellos en prisiones: Juan José, en compañía de su hermano Luis fueron a parar a una cárcel en tierra mientras que José Miguel fue colocado en el bergantín “BELÉN”, de donde fugó, yéndose a Montevideo.

Después de un tiempo, los dos primeros fueron puestos en libertad, convencido el Gobierno de que habrían desistido de sus empresas subversivas.

Bien pronto, en vez, idearon un atrevido plan para pasar a Chile, con «el fin de derrocar a O’Higgins del mando y ponerse en su lugar: Juan José y Luis Carrera debían atravesar las provincias argentinas y reunirse con otros partidarios que se irían concentrando desde diversos puntos de la emigración en la Hacienda de San Miguel, en uno de los valles de la Cordillera; donde esperarían a José Miguel, que arribaría a aquel puntos en una fragata norteamericana, con la que partiría desde Montevideo para dar cima a su empresa.

Luis Carrera,  partió de Buenos Aires el 10 de julio de 1817, disfrazado y con el nombre de Leandro Barra, pero tuvo la desgracia, por su falta de tacto, de caer en manos de la justicia de San Luis, que lo trasmitió a la de Mendoza, quedando por completo revelado el plan que iban a desarrollar los tres hermanos. Juan José, que ignoraba lo acontecido, salió a su vez de Buenos Aires el 8 de agosto, bajo el nombre supuesto de Narciso Méndez, disfrazado de peón, como acoro pañante del impresor chileno don Cosme Alvarez.

Hicieron sin novedad el viaje en las primeras etapas, pero al cubrir la travesía de Río IV a San Luis, pasando la posta de “San José”, y habiéndose adelantado Alvarez alguna distancia, quedó muerto en el camino un postillón de 16 años que acompañaba a Juan José Carrera, sobre el que recayó las sospecha de un crimen que jamás pudo comprobarse.

En la posta de “La Barranquerita”, este último y Alvarez fueron detenidos por un destacamento enviado por el gobernador de San Luis, prevenido desde Mendoza, y a la responsabilidad del crimen en el desierto se sumó el complot subversivo del cual ya tenía el gobierno de Mendoza pleno conocimiento.

En Mendoza los dos hermanos fueron sometidos a juicio, donde desde la cárcel prepaiaron un nuevo complot que tenía por objeto derrocar al gobernador Luzuriaga, reuniendo las milicias y movilizando los chilenos expatriados y prisioneros españoles, para formar una gran fuerza, con la cual pasarían a Chile a imponer respeto a San Martín y O’Higgons. El sargento y la guardia de la cárcel estaban complicados en el movimiento que debía estallar el 25 de febrero de 1818 por la noche, siendo descubierto en la tarde de este mismo día por uno de los complotados que delató la conspiración temeroso del resultado que podría acarrearle.

El fin de estos infortunados hermanos lo aceleró el triunfo de los españoles en Cancha Rayada, pues el Dr. Monteagudo que había atravesado los Andes con la desastrosa noticia de aquella sorpresa, se puso en contacto con Luzuriaga, al que estimuló en toda forma para acelerar la causa de los Carrera, pues al conocer el resultado de Cancha Rayada, se había producido una extraña agitación entre los emigrados chilenos y los prisioneros españoles.

El 7 de abril la causa estaba pronta a ser sentenciada habiendo solicitado el fiscal, comandante Manuel Corvalán, la última pena, no obstante lo cual Luzuriaga quiso escuchar la opinión de tres letrados, los que se expidieron confirmando la pena pedida por el fiscal, el 8 de abril, y la que se cumplimentó el mismo día a las 5 de la tarde en la Plaza Mayor de Mendoza.

En sus últimos instantes, Juan José Carrera se halló completamente abatido y protestando contra la sentencia cruel, a la inversa de su hermano Luis, que tuvo una firmeza singular hasta el extremo de darle ánimo a Juan José.

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas  – Jacinto Yaben – Editorial “Metropolis”

Biografía de Manuel Alberti Vocal del Primer Gobierno Patrio

Biografía de Manuel Alberti

Nació en Buenos Aires, el 28 de mayo de 1763, donde cursó sus estudios eclesiásticos y se ordenó de sacerdote en 1783. En 1785 se graduó de doctor en cánones, en la ciudad de Córdoba.

Desempeñó el curato de San Fernando de Maldonado, en la Banda Oriental, donde se hallaba en 1806, cuando aquella ciudad fue tomada por los ingleses, quienes desterraron a Alberti, acusado de mantener correspondencia reservada con los jefes españoles del campamento militar situado en “Pan de Azúcar”. En consecuencia se trasladó a Montevideo en diciembre de aquel año.

En dicho año, rigiendo el curato de San Nicolás de Bari, en esta Capital, el doctor Julián Joaquín de Gaínza, fue dictado un decreto del Virrey, dividiendo aquella parroquia y erigiendo una nueva en la parte desmembrada, lo que produjo una protesta del citado Gaínza patrocinado por el Dr. Mariano Moreno.

Manuel Alberti A fines de 1808 fue nombrado por el Obispo de Buenos Aires el doctor Alberti para hacerse cargo del nuevo curato de San Benito de Palermo, advocación de San Nicolás de Barí, y nombró un apoderado para que lo efectuase a su nombre y representación; pero fue rechazado el citado Gaínza, que se negó a darle posesión, y protestó del nombramiento de Alberti por considerarse deber ser preferido por derecho en la elección, caso de verificarse.

Al día siguiente, sin perjuicio del derecho de elección que aquel tenía por la erección, dispuso el obispado que se diera la posesión ordenada al apoderado de Alberti, para cuyo acto se comisionó al cura interino, doctor Mariano Medrano.

La primera partida que consta en el archivo de dicho curato parroquial firmada por Alberti, lleva la fecha de 19 de noviembre de 1808.

Desempeñaba este cargo cuando sobrevino la revolución de Mayo, a cuya preparación coadyuvó con incansable actividad con Belgrano, Paso, Rodríguez Peña, Donado, Vieytes, Chiclana, Castelli y otros notables patriotas.

En el congreso general o Cabildo Abierto el 22 de mayo, adhirió su voto al del Dr. Juan N. Sola, por la cesación en el mando del virrey Cisneros, cuya autoridad debía recaer en el Cabildo hasta la erección de la junta gubernativa correspondiente.

Fue uno de los elegidos para formar parte de la Primera Junta, y en su carácter de vocal subscribió todas las importantes medidas que tomó aquella, menos la de pasar por las armas a Liniers y sus compañeros de infortunio, que rehusó enérgicamente.

Se negó a tomar parte en el debate alegando su carácter sacerdotal, y concluido éste, apenas firmada la fatal sentencia, volvió a entrar y seguro de que su opinión no modificaría la medida, declaró que la Junta se apartaba de la justicia, pues que si alguno debía morir por instigador acérrimo de la contrarevolución que se mandaba decapitar era, únicamente, el Obispo Orellana.

Cuando los nueve diputados de las provincias pidieron incorporarse a la Junta “para crear una autoridad sin unidad de pensamiento y con intereses y propósitos divergentes“, Alberti les concedió su voto favorable, aunque declarando que solo accedía por conveniencia política del momento, pues tal pretensión era contra todo derecho y la preveía origen de muchos males. Los resultados confirmaron su modo de pensar.

Este patriota distinguido, que al decir de los historiadores Mitre y Núñez, fue una de las dos primeras víctimas de nuestras disensiones internas, falleció repentinamente en Buenos Aires el 2 de febrero de 1811, sin la satisfacción de ver consumada la grande obra a que asoció perdurablemente su nombre.

El doctor Alberti fue también uno de los redactores de la “Gazeta de Buenos Aires”. En 1822 el Gobierno dispuso que una de las calles de esta ciudad perpetuara su nombre.

Historia de los Caciques Tehuelches Casimiro Biguá

Casimiro Biguá:
Historia de Caciques Tehuelches

A mediados del siglo pasado la desolada Patagonia austral era un vasto páramo que sólo el tehuelche conocía a la perfección. Sin embargo, los escasos poblados blancos, encaramados a duras penas sobre la costa, no vivían pendientes de los ataques indígenas, como en otros puntos del país.

Por el contrario, las relaciones con los aborígenes solían ser extremadamente cordiales, a tal punto que algunos de sus jefes se convirtieron en verdaderos aliados de los cristianos. Es el caso de Casimiro Biguá, descripto con prolijidad por el viajero y explorador británico George Musters en su conocida obra Vida con los Patagones, publicada en Londres en 1871 y escrita luego de haber recorrido durante un año el país tehuelche.

casimiro bigua

Musters anotó que el cacique medía más de un metro ochenta de estatura y poseía la agilidad propia de un jovencito, aunque ya frisaba por entonces los sesenta años. Aún no había canas en su abundante melena, y en sus ojos brillaba la luz de una inteligencia inquieta que se manifestaba, por ejemplo, en su hablar colorido y pintoresco.

Era un hombre aseado que vestía a la usanza gaucha y lucía a veces chaqueta militar, quizá para destacar su condición de jefe. A pesar de que el gusto desmedido por la bebida ya era común entre sus hombres, Biguá no lo compartía; por lo contrario, durante las celebraciones procura ba mantenerse sobrio.

Hay, desde luego, muchas lagunas que impiden conocer los pormenores de su vida y las circunstancias que lo llevaron a con vertirse en jefe. Se sabe que cuando Casimiro era apenas un niño su padre pereció en el valle del río Senguerr, en el transcurso do una batalla muy cruenta contra los indios araucanos.

Su madre huyó luego hacia Carmen de Patagones, donde por ese tiempo residía, coa vertido en estanciero, el marino francés Francisco Fourmatin, que durante la guerra contra el Brasil había obtenido patente de corso otorgada por el gobierno argentino.

Refiere la tradición —más que la historia— que Casimiro pasó a ser propiedad de Fourmatin a cambio de un barril de ron; el ex corsario, cuyo segundo apellido era Bigois (Biguá, según la pronunciación francesa), bautizó al indiecito llamándolo Casimiro Biguá.

La esclavitud, sin embargo, no era el destino inevitable del joven tehuelche, que al cabo de algún tiempo huyó al desierto iniciando una trayectoria que lo convirtió en líder de una numerosa tribu. En la ciudad chilena de Punta Arenas obtuvo grado, sueldo y raciones de capitán, pero pronto abandonó el territorio transandino para no verse comprometido en un motín de presidiarios.

Tiempo después el comandante Luis Piedrabuena —que hacía viajes entre Punta Arenas y las islas Malvinas— proveyó a la tribu de Casimiro de víveres y otros elementos, lo que impulsó al cacique a levantar sus toldos cerca del actual puerto de Santa Cruz. La actitud de Piedrabuena no era antojadiza: en momentos en que la soberanía nacional en la Patagonia era seriamente cuestionada por Chile, el valiente marino consideró necesario ganar a Biguá para la causa argentina.

Por eso lo condujo en su nave hasta Buenos Aires, donde el jefe aborigen fue recibido por el presidente Mitre, que le extendió el despacho de teniente coronel con asiento en la bahía Gregorio. Desde entonces la bandera nacional flameó sobre los toldos de Casimiro, y la tribu comenzó a vigilar la frontera.

Uno de los caciques que respondía a la autoridad de Biguá era el célebre Orkeke, que también se singularizó por su lealtad al gobierno de Buenos Aires. Piedrabuena, Francisco Moreno, Carlos María Moyano, Ramón Lista y otros exploradores de la región dejaron abundantes testimonios de la solidaridad del jefe indígena, que los ayudó en varias  oportunidades.

Juan Andrés Cuello Freyre anota que Orkeke acaudillaba una tribu cuya área de dispersión se extendía desde el estrecho de Magallanes hasta el río Deseado, la que cambiaba periódicamente de residencia siguiendo a los animales que cazaban. Además, el cacique viajaba con frecuencia a Punta Arenas para vender pieles de guanaco, plumas de ñandú, mantas y btros productos; allá rechazó repetidamente las ofertas de los gobernadores de la provincia chilena de Magallanes, que intentaron ganarlo como aliado.

Su posición en ese sentido era tan firme que cuando Papón —sucesor de Casimiro Biguá— aceptó recibir raciones del gobierno chileno, se negó a reconocer su autoridad y continuó enar-bolando el pabellón argentino sobre sus toldos. A pesar de esas y otras actitudes, al promediar el año 1883 Orkeke fue hecho prisionero junto con su tribu, ya menguada, por orden del coronel Lorenzo Vintter, encargado de dirigir las últimas operaciones contra las tribus que aún vagaban libremente por el desierto.

Era una afrenta que Orkeke no merecía y que no tardó en ser reparada por orden del presidente Roca: cuando el cacique llegó a Buenos Aires fue puesto inmediatamente en libertad y homenajeado con banquetes, funciones de teatro y otros agasajos.

Por desgracia, no faltaba mucho para que lo sorprendiera el final: una terrible pulmonía lo atacó durante su estadía en la capital y ocasionó su muerte el 13 de septiembre de 1883 en una sala del Hospital Militar. Según relata La Nación del 14 de septiembre de 1883, el cacique, abatido, se preguntaba: “Si me muero, ¿qué dirá el gobierno?”. Las autoridades, en realidad, lamentaron su deceso. Orkeke era un buen argentino.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos en la Historia Argentina Editorial Abril

John P. Robertson en la Batalla de San Lorenzo con San Martín

Mister Robertson en Argentina
Su Experiencia Junto a San Martín

Como muchos subditos ingleses arribados después de la Revolución de Mayo, el joven John Parish Robertson recorría el país estableciendo vínculos comerciales, vendiendo mercaderías y satisfaciendo pedidos de su clientela dispersa por el país. Entonces—enero de 1813— viajaba con destino al Paraguay con varios encargos para las autoridades.

Al quiínto día de su partida de Buenos Aires, el inglés llegó a la posta de San Lorenzo, donde se enteró de que no podía proseguir viaje porque todos los caballos habían sido requisados y el enemigo español merodeaba por el río.

“Todo lo que pude convenir con el maestro de postas —anotó en su libro Letters on Paraguay— fue que si los marinos desembarcaban en la costa, yo tendría caballos para mí y mi sirviente estaría en libertad de emigrar al interior con su familia.”

combate de san lorenzo

Este convenio dio cierta tranquilidad al joven comerciante, que decidió dormir un poco procurando despreocuparse de los temores que lo embargaban.

Es que Robertson era uno de los ingleses que habían burlado el bloqueo decretado por la corona es pañola contra sus dominios insur gentes y sabía que si los español les le echaban mano no las pasa ría muy bien. Por eso dio un respingo cuando fue despertado por un  “tropel   de caballos,  ruido de sables y rudas voces de mando a inmediaciones de la posta”.

Su ca rruaje fue flanqueado por un par de soldados y uno de ellos desce rrajó  un  imperativo  “¿Quién está ahí?”, a lo que el inglés, dándose por  prisionero  de   los  españoles respondió:  “Un viajero”,  tratando de   disimular   su   acento   inglés “Apúrese y salga”, lo conminaron En eso estaba cuando se acercó una persona que dijo a los soldados:   “No   sean   groseros;   no   es enemigo”. Robertson sintió entonces que la tranquilidad le volvía al cuerpo.

Era   la  voz   del   teniente coronel José de San Martín.

Una vez presentados, Robertson supo por boca del jefe militar que “el Gobierno tenía noticias soguras de que los marinos españoles intentarían desembarcar esa mis ma mañana, para saquear el país circunvecino”. Por eso estaba San Martín allí, al frente de 150 granaderos a caballo que había traído desde  Buenos  Aires en  marchas nocturnas para no ser observado desde el río.

Después de las primeras palabras el inglés metió manos en los baúles y convidó a los presentes  con   un  vaso  de  vino; luego  solicitó   a  San  Martín   que le permitiera acompañarlo hasta el convento  cercano.  El jefe de Hos granaderos accedió, no sin antes darle varios  consejos:  “‘Recuerde solamente que no es su deber ni oficio pelear. Le daré un buen caballo y si ve que el día se pronuncia contra nosotros, aléjese lo más ligero posible. Usted sabe que los marineros no son de a caballo”.

Cuando llegaron, el 3 de febrero comenzaba a amanecer, y las brumas del Paraná se iban disipando lentamente. La calma que reinaba en los tres lados del convento visibles desde el río indicaba a los infantes de la marina española que el edificio había sido abandonado, pero en la parte posterior Has cosas eran muy distintas.

Por el portón que daba entrada, al amplio patio trasero   desfilaron   con   sigilo   los granaderos, divididos en dos escuadrones. Su  comandante subió luego a la torre del convento acompañado de dos o tres oficiales y del inglés y “con ayuda de un anteojo de noche y a través de una ventana   trasera  trató   de   darse cuenta de la fuerza y movimientos del   enemigo”.    Los   siete   barcos españoles estaban a la vista.

Al pie de  la barranca, aprestándose a subir, pudieron contarse unos trescientos veinte infantes que debían escalar un angosto sendero. Era evidente que no tenían la menor idea de que los acechaban, y se movían con la mayor despreocupación.  En las filas patriotas la tensión crecía con cada minuto que pasaba. Mientras los españoles trepaban la barranca, San Martín  y  sus  oficiales bajaron  a ponerse al frente de los escuadrones, ocultos tras las aüas del edificio.

Cuando todo estuvo listo, San Martín subió una vez más a la torre, regresó corriendo y alcanzó a decir: “Ahora, en dos minutos más estaremos   sobre   ellos,   sable   en mano”.   Sobrevino   entonces   una espera  impaciente,  pues  la tropa tenía orden de no disparar un solo tiro y el  enemigo se aproximaba con  banderas  desplegadas  mientras “sus tambores y pitos tocaban marcha    redoblada”.

Cuando    la tensión amenazaba hacer estallar el  pecho   de   los  granaderos,   se oyó bien clara !la orden esperada: “¡A  la  carga!”. Los escuadrones salieron como rayos de su escondite, flanquearon  al  enemigo  por ambas alas y comenzaron a aniquilarlo, en medio de un remolino de sables.

Completamente sorprendidos, los españoles atinaron a hacer una descarga de fusilería que Robertson   calificó  de   “desatinada” por lo poco exitosa. Todo lo demás fue derrota, estrago y espanto   entre   aquel   desdichado cuerpo”, escribió el inglés, y agregaba que “en un cuarto de hora el terreno estaba cubierto de muertos y heridos; según su testimonio de todos los que desembarcaron volvieron a sus barcos apenas cincuenta”.

Las bajas de los patriotas fueron  ocho,  y   míster   Robertson suplicó al vencedor que en obsequio de los heridos aceptara “mi vino y mis provisiones”.

Se dieron luego   un   abrazo  y  el   inglés   se alejó, impresionado aún por la excitante experiencia.

Historia de la Familia Posse en Tucumán

Historia de la Familia Posse en Tucumán

En la segunda mitad del siglo dieciocho llegó a Tucumán un nativo de La Coruña que había “cruzado el charco” hasta el Plata, junto con dos hermanos, y se había afincado en el noroeste. Seguramente Manuel Posse no se imaginaba por entonces que con el andar del tiempo se convertiría en patriarca de una familia que brilló durante varios decenios sobre el horizonte provincial.

Jose Posse en TUcumán

José Posse

Don Manuel se desempeñó como funcionario del Cabildo colonial, y su habilidad para el comercio le permitió amasar una de las mayores fortunas de Tucumán, a tal punto que —según la información volcada por Carlos Páez de la Torre en un artículo de divulgación histórica— sus negocios llegaron a abarcar los principales ramos de la economía local.

Al morir, quedó al frente del emporio su hijo Felipe, nacido en 1806, quien a su vez acrecentó considerablemente la fortuna familiar. Al igual que su padre, Felipe Posse también intervino en los asuntos públicos: participó en una conspiración contra el caudillo federal Alejandro Heredia, que al ser descubierta le habría costado la vida de no ser por la oportuna mediación de Juan Bautista Alberdi, Gracias  a  esto  pudo  seguir  actuando tanto en negocios como en política: contribuyó al erario en varias oportunidades en que el respaldo de los Posse fue decisivo, y en 1870 fundó el ingenio San Felipe.

Entre las personalidades des tacadas que frecuentaron su lujóse mansión —la primera pintada “al óleo” en la capital provincial— figuró Paul Groussac, que conoció muy de cerca a la familia y dejó escritas interesantes observado nes sobre algunos de sus miembros.   Con respecto a José Posse (nieto de don Manuel y sobrino de Felipe), Groussac no dudó en afirmar que era “una inteligencia de primer orden”, a la que atribuía escasa erudición pero sobrado talento literario.

Es que José Posse fue uno de los periodistas más polémicos de su época e intervino asiduamente en la política provincial. Amigo de Sarmiento y antirrosista acendrado, fue legislador de su provincia en tiempos de la Liga del Norte y tuvo que emigrar a Chile en 1841, de donde volvió tres años después, amparado por la tolerancia del gobernador federal Celedonio Gutiérrez.

Más adelante, cuando eran otros los aires que soplaban en la República, ejerció varios ministerios e interinatos como gobernador: inclusive llegó a ser titular del Poder Ejecutivo provincial entre 1864 y 1866. Dueño de una pluma en extremo cáustica, publicó decenas de artículos casi siempre polémicos en periódicos de Tucumán y de Buenos Aires y sostuvo infinidad de encontronazos verbales con sus adversarios.

Su espíritu inquieto y combativo no se ablandó con los años. Su forma de ser lo llevó a intervenir en episodios que ¡lustran sobradamente el carácter que gastaba. Anciano ya, con la vista casi anulada por una ceguera progresiva, quiso la mala suerte que sufriera una caída en plena calle.

Lo ayudó a reincorporarse alguien que luego lo guió hasta su domicilio; cuando don Pepe preguntó a quién debía agradecer la atención y se enteró de que se trataba de un viejo adversario político suyo, exclamó ante la sorpresa del comedido: “¡Qué desgracia, Señor! ¡Ser viejo, ciego y enfermo, caerse en la calle y que venga cualquier sinvergüenza a socorrerlo!”.

Otro de los miembros de la familia que se hizo famoso fue Wenceslao Posse. Decidido opositor de Rosas, participó en la revolución de los “Libres del Sur” y en la Liga del Norte, y —como su primo José— regresó a su provincia bajo el gobierno de Celedonio Gutiérrez. En 1845 instaló el ingenio Esperanza, que con el correr delt tiempo se convirtió en un riquísimo emporio y le sirvió para sustentar un enorme poderío político y social.

En 1866 sucedió en la gobernación a José Posse, y, aunque fue derrocado por una revolución, su influencia no disminuyó, puesto que su fabuloso patrimonio personal le permitió prestar auxilio financiero incluso al gobierno nacional. Su hermano Juan siguió el destino familiar —el azúcar— y en 1870 fundó el ingenio San Juan, a pocos kilómetros de la capital provincial.

Dieciséis años después llegó a ser gobernador de la provincia y hubo de afrontar la devastadora epidemia de cólera que azotó a Tucumán entre 1886 y 1887, ocasionando más de cinco mil víctimas. Fue derrocado por un alzamiento alentado por el gobierno nacional de Juárez Celman (el unicato), que por otra parte era apoyado por otro miembro de la familia: Benjamín, quien ejercía el periodismo en Buenos Aires y se trabó en tormentosas polémicas con varios personajes de la época. También entreverado en política anduvo Emigdio Posse, hermano de Juan y Wenceslao y fundador del ingenio La Reducción.

Distinta fue la trayectoria de otro Posse célebre: David, que si bien no soslayó las aguas de la política y de la actividad cañera, se destacó principalmente como médico, desarrollando una actividad rayana en el heroísmo cuando el cólera se abatió con toda su furia sobre Tucumán. En realidad, desde que aquel inmigrante español fundó la familia hasta la primera década del siglo actual no hubo en todo Tucumán quien igualara el predicamento y poderío económico de los Posse, durante decenios amos virtuales de la provincia.

Ese formidable poder, sin embargo, no les sirvió para recuperarse del tremendo golpe que en su momento significó la muerte de Wenceslao, Juan y Pepe. Con ellos se cerró una etapa de la vida tucumana.

La Independencia de la Banda Oriental Historia y Desarrollo

Resumen: Historia De La Independencia De La Banda Oriental

Ocupado desde 1816 por un ejército brasileño que había acudido para luchar contra José Gervasio de Artigas, lo que hoy es Uruguay quedó convertido en dependencia portuguesa en julio de 1821, cuando un grupo de diputados reunidos bajo la tutela de las armas imperiales decidió incomporar el territorio al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarves.

En reacción a esa situación, en septiembre de 1823 varios orientales iniciaron un alzamiento que fue aplastado por las fuerzas de ocupación, y poco después se organizó la llamada Provincia Cisplatina. Sin embargo, la paz no sería duradera. En abril de 1852 un grupo de 33 orientales desembarcó en La Agraciada.

juramento de los 33 orientales

Luego de la batalla de Ayacucho, Lavalleja reunir una fuerza expedicionaria que se dirigiría a la Banda Oriental para liberarla del dominio brasileño. La empresa fue exitosa ya que el 19 de abril de 1825 los treinta y tres orientales estaban poniendo sus pies en la Playa de la Agraciada.

Bien pertrechados y con abundantes recursos suministrados por algunos estancieros bonaerenses, entre ellos Juan Manuel de Rosas, los insurrectos no tardaron en conseguir eí apoyo masivo de la población. Con excepción de Montevideo, Colonia y Mercedes —defendidas por la escuadra brasileña—, en pocas semanas los célebres Treinta y Tres recuperaron el control de la Banda Oriental y despertaron una oleada de entu siasmo en las  Provincias Unidas.

Como desde Santa Fe y Entre Ríos cruzaban constantemente partidas gauchas que se incorporaban a las fuerzas  de Lavalíeja,  el  gobierno brasileño, que ya antes había pro testado por la expedición de los Treinta y Tres,  elevó   una  nueva queja a las autoridades argentinas. Estas dispusieron entonces armar un Ejército de Observación, destinado sobre la ribera del río Uruguay.

Mientras se organizaba esa fuer za, el 25 de agosto de 1825 los patriotas   orientales   celebraron    un congreso en la localidad de La Florida y declararon nula su depen dencia del Brasil y proclamaron su decisión de permanecer unidos a las restantes provincias argentinas. Después de diversos trámites y vacilaciones,  el Congreso Constituyente   reunido   por   entonces   en Buenos Aires aceptó la incorpora ción de los diputados orientales y reconoció a la Banda Oriental co mo parte de las Provincias Unidad, acto que precipitó la declaración de guerra por parte del Brasil.

Bajo el mando supremo del ge-neral Carlos de Alvear y capitaneado por oficiales fogueados en las luchas de la Independencia —Paz, Lavalle, Pacheco, Brandsen, Olavarría y otros—, el Ejército de Observación cruzó el río Uruguay y penetró en territorio oriental, donde obtuvo una serie de triunfos que culminaron con las resonan-tes victorias de Bacacay, Ituzaingó, Camacuá y Yerbal, libradas entre febrero y abril de 1827.

Entre tanto, al mando del almirante Guillermo Brown, las fuerzas navales argentinas —netamente inferiores en número y potencia de fuego— también infligieron graves reveses a los brasileños derrotándolos en repetidas oportunidades.

Pero mientras los sucesos bélicos se desarrollaban favorablemente, la trama de la lucha diplomática se complicaba. Inglaterra, interesada en asegurar la libre navegación del río de la Plata para extender su comercio, no veía con buenos ojos la posibilidad de que el estuario quedara bajo el dominio de una sola nación y comenzó a vigilar atentamente el desarrollo del conflicto. Movilizando sus influencias en el Brasil y la Argentina, la diplomacia británica planteó la conveniencia de hacer de la Banda Oriental un Estado independiente.

En septiembre de 1826 llegó a Buenos Aires el alto diplomático inglés lord Ponsonby, que en un arranque de sinceridad confesó al argentino  José María Roxas y Patrón: “La Europa no consentirá jamás que sólo dos Estados, el Brasil y la Argentina, sean dueños exclusivos de las costas orientales de la América del Sur desde más allá del Ecuador hasta el Cabo de Hornos”.

Resultado de las sugerencias y presiones británicas fue la misión del cónsul argentino Manuel José García, quien el 24 de mayo de 1827 firmó con represenr tantes brasileños un tratado preliminar por el cual la República Argentina renunciaba a todo derecho sobre la “Provincia Cisplatina”, se disponía a indemnizar al Brasil por los daños ocasionados por la guerra de corso y pedía a Inglaterra “la garantía de la libre navegación del Plata” por quince años: todo lo ganado en los campos de batalla se perdía en la mesa de negociaciones.

La indignación que el acuerdo suscitó en Buenos Aires precipitó la caída del primer presidente argentino, Bernardino Rivadavia, y su definitivo ocaso político. Tras un breve interinato a cargo de Vicente López, asumió el poder Manuel Dorrego, en carácter de gobernador de Buenos Aires. El Congreso Constituyente le confió la dirección de las relaciones exteriores.

La pesada herencia jaqueó permanentemente a Dorrego, sometido a presiones de todo tipo por parte de los ingleses y los intereses ligados a éstos. Su renuencia a aceptar un arreglo que separase la Banda Oriental del resto del país disgustó sobremanera a Ponsonby.

El 20 de agosto de 1828 Dorrego comunicó al encargado de negocios argentino en Londres que había decidido “resistir la idea de la independencia de la Banda Oriental”. Su intención era proponer una autonomía temporaria, un período de ensayo sujeto a una decisión posterior que adoptarían los orientales, pero no pudo llevarla a cabo. Cercado políticamente, hubo de ceder, y el 27 de agosto se firmó una convención preliminar de paz que establecía en su punto primero la renuncia del Brasil y de las Provincias Unidas a la Banda Oriental.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos en la Historia Argentina Editorial Abril

Historia de la Caricatura Política Argentina El Humor Político Ejemplos

Historia de la Caricatura Política Argentina
Ejemplo de Humor Político

América cuenta con una sólida tradición en el arte de la caricatura, en la que nuestro país se destaca por el valor y el valer de sus publicaciones. Y si bien no siempre pudieron éstas sortear las contingencias de las borrascas políticas, sus hombres persistieron en la acción de fundar, uno tras otro, periódicos, diarios y revistas, como si hubieran pensado con Francés: “Caminantes de ideal somos; de peregrinos de belleza es nuestra misión humana”.

A comienzos del siglo XIX, durante la Colonia, la gran aldea se conmovió por la inusitada noticia de que había sido visto un dibujo representando un burro que rebuznaba: “¡Viva el Rey!”. Ese diseño se le atribuye al franciscano Francisco de Paula Castañeda, escritor de combativa pluma y hombre de empresa.

Castañeda en 1815 inaugura en el Conventa de la Recolección — actualmente la Recoleta — dos cuartos como academia de dibujo, en donde enseña esa materia un platero de apellido Ibáñez.

Ya en el año 1779 don Manuel Belgrano había fundado la primera Academia de Dibujo, clausurada un año después por la Corte, que no aprobó su creación. Esa escuela funcionó en el local del Consulado de Buenos Aires, donde Belgrano era secretario, y la dirigía el tallista Juan Antonio Gaspar Hernández. Le suceden en el cargo Francisco y José Cañete. Coincidentemente funcionaron otras dos escuelas, atendidas por el italiano Angelo Campone y el español José Salas.

Durante la lucha por la independencia aparecieron un sinnúmero de croquis humorísticos, por los cuales los godos tomaron represalias con otros dibujos de la misma índole; en uno de ellos hacían figurar en primer plano un asno con cabeza de O’Higgins, montado por San Martín y arreando al pueblo chileno, representado por un rebaño de ovejas; en segundo plano, el director Pueyrredón entrega dinero a García de Tagle, quien lo recibe arrodillado  (1819).

Cinco años después —es decir, en 1824— se publicó otra caricatura, en donde el Libertador ostenta corona real y cuerpo de tigre.

Hipólito Bacle, oriundo de Ginebra, llega en 1828 e instala una prensa litográfica, en la que estampa una serie de dibujos que ridiculizan las costumbres ciudadanas de la época mostrando, entre otras, las exageradas proporciones de los peinetones femeninos y sus inconvenientes y molestias. A él le corresponde el haber fundado en Buenos Aires, en el año 1835. el primer periódico ilustrado: el Museo Americano.

Aun cuando en el período de Rosas se siguen publicando litografías con temas costumbristas, no se conoce nada más que una de intención política, y por cierto que muy liviana: el “Restaurador de las Leyes”, sobre brioso caballo, enlaza a un toro que representa la invasión anglo-francesa.

Una vez caído el gobierno de Rosas en Caseros, pasan once largos años hasta que aparece El Mosquito, dirigido por Enrique Meyer, de origen francés y excelente dibujante sobre piedra. Al promediar el año 1864 entra a colaborar y luego se asocia Enrique Stein, también francés y de relevantes condiciones y talento. Stein asume la dirección de El Mosquito en 1868 para dejarla en 1893.

En el ínterin ha llegado de España el recio y valiente caricaturista Eduardo Sojo, y con sus convicciones republicanas y sus inmensos deseos de trabajo funda, en 1884, Don Quijote, periódico de gran predicamento en la revolución de 1890. Don Quijote, al decir de algunos comentaristas de entonces, fue uno de los factores decisivos en el levantamiento organizado por la Unión Cívica contra el gobierno de Juárez Celman.

A tal respecto resulta sumamente oportuno transcribir la opinión del gran dibujante y caricaturista Ramón Columba. En su documentado libro Qué es la caricatura expresa: “La experiencia del año 90 debe ser aleccionadora para los argentinos.

En aquella época crítica para la economía del país, los hombres de gobierno cargaron con el sambenito que les imponía el lápiz mordaz de Don Quijote… Vino la revolución y cayeron algunos de ellos sin tener, después, ocasión de rehabilitarse, por lo cual quedaron para siempre marcados como “ladrones públicos”. La caricatura causó entonces daños irreparables, y los produce cada vez que estimula con la imagen cáustica el pérfido venticello de la calumnia que invoca El barbero de Sevilla…

Por otra parte, en los fundamentos del decreto municipal N° 3470, del 20 de agosto de 1958, por el que se crea el Museo Municipal de la Caricatura, se establece “que a través de la caricatura se expresa, con humorismo e ironía, el juicio popular de los hechos y de los personajes, cuyo conocimiento es útil para interpretar la significación de las distintas corrientes de opinión en cada momento histórico”, destacando “que los artistas que han cultivado este género se han hecho acreedores al respeto y homenaje de la población, no sólo por los méritos generales e intrínsecos de sus trabajos y por la sagacidad de sus interpretaciones, sino también porque su oficio no siempre puede ejercerse con libertad y provecho personal.. .”

Siguiendo con el periódico Don Quijote — que, como hemos visto, era de temer — debemos añadir que él constituyó la escuela de donde salieron los inolvidables maestros de una generación de dibujantes periodísticos difícil de superar. Don Quijote tuvo entre sus colaboradores a dos buenos e ingeniosos dibujantes litógrafos españoles: Manuel Mayol (igualmente conocido por “Heráclito”) y José María Cao (“Demócrito II”).

Intercalaremos aquí sin atenernos a su exacta ubicación cronológica, por carecerse de los datos precisos de fundación y clausura, el periódico político de tendencia “mitrista” La Presidencia, que si bien alcanzó amplia difusión en aquellos tiempos, no se tenían noticias de él en lo que va del siglo.

El Museo Histórico Nacional posee una cuidada colección de láminas recortadas, correspondientes a los años 1874, 75 y 76. Director de La Presidencia fue el habilísimo litógrafo, cuya firma consiste en un monograma caligráfico formado por las letras C.M., que correspondían a Carlos Monnet. En el número 69, en el frente y al costado del titular, se indica la oficina de avisos del periódico como sita en la calle Rivadavia 111; la venta del mismo se realizaba en las librerías “Medina”, de Victoria 264, y “Cañedo”, en el 231 de la misma arteria.

En el Museo Mitre es donde se encuentra la que quizá sea única colección casi completa y encuadernada, desde el año 1873 al 1877, en que al declararse el estado de sitio, se lo suprimió.

La extraordinaria calidad de los dibujos de La Presidencia envuelve la combativa crudeza puesta en la intención de la caricatura. Nicolás Avellaneda, Vélez Sársfield y Sarmiento eran centro permanente del ataque, al que no escapaban, por cierto, prelados y algunos personeros partidarios.

Pero si el advenimiento de la litografía constituyó un avance formidable para el desarrollo y la difusión de las ideas en el mundo, su uso periodístico decae ante los adelantos mecánicos introducidos en la impresión por sistemas tipográficos. Un exponente del nuevo progreso que alcanzan las artes gráficas es traído a nuestra capital para la edición de la revista Caras y Caretas, fundada a fines del siglo pasado.

En verdad, Caras y Caretas se había iniciado en Montevideo en 1890, dirigida por un sagaz humorista: Eustaquio Pellicer. Se decide su traslado a esta margen del Plata al desaparecer Don Quijote.

Se lanzan en la empresa el mismo Pellicer, con Manuel Mayol, ex colaborador de Don Quijote, y el argentino José S. Alvarez, que hizo famoso su seudónimo de “Fray Mocho“. José María Cao también integra el elenco inicial, y en 1898 aparecen dibujos suyos en Caras y Caretas y en su propia revista, El Cid Campeador.

Con el grupo de brillantes escritores y poetas ingresan, complementando la nómina del personal de la revista, los dibujantes Aurelio Giménez, nacido en el Uruguay; Cándido Villalobos y Francisco Redondo, españoles, y el exquisito bohemio Mario Zavattaro, de origen italiano. Quizás a Redondo le corresponda el título de ser el autor de la primera historieta cómica hecha y publicada en el país y, a Zavattaro, el de haber interpretado como ninguno a nuestro gaucho.

El descontento lleva a Cao, en 1912, a separarse de Caras y Caretas, circunstancia en que lo hacen varios dibujantes más. Estas deserciones hacen propicia una renovación de valores en esa revista y ofrecen posibilidades a nuevos dibujantes.

Ornan entonces las páginas de Caras y Caretas dibujos y caricaturas en colores de Juan Carlos Alonso, oriundo de El Ferrol (España), y de Julio Málaga Grenet, del Perú. Entre los más jóvenes están Ramón Columba y Juan Carlos Huergo, porteños, y Nicanor Alvarez Díaz, español de Oviedo, a quien todos admiran como “Alejandro Sirio”.

Completa este grupo Eduardo Alvarez, encomioso trabajador de singular personalidad; el boliviano Víctor Valdivia y Federico Ribas, que luego de triunfar en nuestro medio, lo hace en España, su país natal; Luis Macaya, del mismo origen, pero de Cataluña, y Ramón Caballé.

Recordemos revistas y diarios como Vida Moderna (1912) y El Diario, de la editorial Láinez, La Nota, Páginas de Columba (1922) y P. B. T., la revista para los niños de seis a ochenta años.

El diario Crítica crea un nuevo estile periodístico, movido y audaz, logrando con ello el favor público al renovar su interés con notas espectaculares sobre los hechos de actualidad. En 1917 colaboraron allí el incansable José María Cao, Pedro de Rojas y el popularísimo Diógenes Taborda, creador de las “Hípicas”, dibujos inspirados en la observación de costumbres profundamente populares, que le granjean el cariñoso mote de “Mono Taborda”. Juan Zorazábal, malogrado caricaturista paraguayo. Mirabelli, Güida, Guevara, Aracelli y Héctor Rodríguez (“Héctor”) completan los lápices de ese inquieto diario.

En Noticias — luego Noticias Gráficas —, diario de pequeño formato, se destacaron firmas ponderabfes como la de Alcides Gubellini, humanitario y delicado a la vez que incisivo humorista; Roberto Bernabé, de ágil, amplio y definido hacer; Bravo y Linaje, el de los muñecos tranquilos de sosegado ademán.

Eduardo Muñiz, Roberto Gómez (“Roberto”), Ramón Columba, el admirable e íntegro José Antonio Ghinso — el “Tristán” de la simple y valiente línea que hizo inconfundibles las páginas de La Vanguardia — determinaron estilos y jalonaron nuestro movimiento político.

Hemos hecho llegar esta reseña hasta 1938. Lo demás es todavía demasiado reciente como para permitir un análisis objetivo de valores.

Muchas son las publicaciones y más los caricaturistas que, aun sin ser tratados en este estudio, han sido tenidos presentes — Ultima Hora, El Telégrafo, entre las primeras; Pelele, Arancibia, etc., entre los segundos—, pero la limitada cantidad de cuartillas nos exige brevedad.

Dedicaremos, no obstante, un justiciero espacio para reconocer a nuestro cine de “monos” animados el intento de la sátira al caricaturizar la política y sus hombres, intento este debido a la colaboración técnica de Quirino Cristiani, que trabajó desinteresadamente sobre argumentos y bocetos de Taborda en la realización de los films “El apóstol” y “Peludópolis”, referidos a Hipólito Yrigoyen. Con Pelele y Columba, de igual manera, hizo en 1922 una película cómica titulada “La vuelta de Marcelo” Hoy no queda ni el recuerdo de tan ponderable esfuerzo.

Con el propósito de finalizar esta reseña, y como sencillo reconocimiento a la labor de la generación de caricaturistas políticos contemporáneos, repetimos, por auspiciosos, los fundamentos de la sentencia debida al juez en lo correccional, doctor Néstor E. Panelo, en la querella caratulada “Bellucci – Directores Revista Avivato”: “El gesto adusto, la susceptibilidad enfermiza y la aversión a la risa son típicos de épocas y mentalidades superadas. La risa no se da ni en los dictadores ni en los esclavos, y a mantenerla debemos contribuir todos con nuestra comprensión y tolerancia”.

Acepta luego el citado juez que no constituye “desacato” la caricatura, por cuanto los ciudadanos no pueden renunciar al derecho de criticar al gobierno y a los gobernantes cuando lo consideren conveniente dentro de lo que él establece como “zona de libertad, donde el individuo está protegido por la licitud de su acto” y es dueño, de hecho y por derecho, para expresar su crítica de manera y modo caricaturescos.

Esto constituye en nuestra nación la puerta a la libre y correcta práctica de una profesión en la que se sorprende lo grotesco; lo estúpido, lo ridículo, lo infame, lo absurdo… de las cosas y actos humanos, mostrándolos ya depurados por esa rara intuición de subconsciente sabiduría que regula la labor del dibujante caricaturista y que tiende a señalar valientemente y sin tapujos, los defectos y errores de los hombres.

EJEMPLOS DEL ANTIGUO HUMOR POLITICO ARGENTINO

caricatura politica humor

En esta portada de El Mosquito — periódico satírico fundado en 1862 por Meyer, a quien sucedieron en la dirección Mauvier y más tarde Stein — aparecen Domingo Faustino Sarmiento, entonces presidente de la república, y Dalmacio Vélez Sársfield. El presidente se disponía a viajar a Córdoba para inaugurar la Exposición Internacional que se realizaría allí y se le auguraba un recibimiento poco cordial.

—¡Quedémonos, Excelencia! Dicen los diarios que los cordobeses van a recibirnos con una silbatina y que nos hemos hecho muy impopulares. —¡Qué importa eso! ¿Acaso somos más populares aquí? Hágame el favor de decirme a qué rincón de la república debemos ir para encontrar la popularidad.
El Mosquito, N° 456, 8 de octubre de 1871. Dibujo de Stein.

lia oposición sistemática a todas las iniciativas de Sarmiento, aun a las mejores, alcanzó su más alta expresión en los días postreros de su presidencia, con motivo de la habilitación del Parque 3 de Febrero. Sarmiento quería convertir el tétrico lugar, que había sido residencia de Rosas, en un Bois de Boulogne o un Hyde Park, pero sus adversarios apelaron a todos los recursos para malograr sus planes. Para que la ley pudiera aprobarse en el Senado, por 12 votos a 11, fue necesaria la incorporación de Avellaneda.

El senador Quintana impugnó la iniciativa por inconstitucional. El senador Rawson denunció, con su autoridad de higienista, que la zona era insalubre. El tiempo se encargaría de demostrar que, por sobre la opinión del reputado especialista, la clarividencia del gran gobernante le hacía estar, una vez más, del lado de la razón. Triunfante el proyecto, Sarmiento en persona, como un capataz, dirigió las obras, que fueron inauguradas el 11 de noviembre de 1875.

LOS TRABAJOS DEL PARQUE 3 DE FEBRERO.
Sarmiento: — ¡Malditos mitristas!… No me dejan tranquilos ni en este refugio. ¡Por todas partes brotan de tierra para molestarme! La Presidencia, 23 de agosto de 1874. Dibujo de
Carlos Monnet.

Después del levantamiento militar de 1874 se implantó el estado de sitio. En esta caricatura aparecen, en los extremos de la barra que tiene la inscripción estado de sitio, las cabezas del presidente Nicolás Avellaneda y de su ministro de guerra y hombre fuerte del momento, Adolfo Alsina. La prensa, bajo la presión del estado de sitio, no puede actuar con libertad.
Una presión más larga podría indicar más bien debilidad que fuerza.
La Presidencia, 28 de abril de 1875. Dibujo de
Carlos Monnet.

caricatura de sarmiento

Sarmiento siempre se enorgulleció de su situación militar y de sus grados, y la oposición se sirvió de ello para zaherirlo. En esta litografía se lo representa en el arisco caballo de la gramática en trance de perder las riendas, los estribos y su descomunal bicornio. La alusión a la gramática era una burla a la personal grafía que Sarmiento, desde los días de su famosa polémica con Andrés Bello, usaba y aconsejaba. La fecha de publicación de la caricatura, 24 y 25 de mayo, demuestra la intención de promover las burlas populares contra el gran luchador apenas apareciera en los actos patrióticos vestido de militar. Sin embargo, Sarmiento fue un oficial, un jefe auténtico, como lo ha documentado el coronel Augusto G. Rodríguez en su libro Sarmiento militar.
Su generalato le fue otorgado en 1877. Aunque había sido propuesto por el presidente Avellaneda en los primeros días de su gobierno, rencores partidarios, dice Ricardo Rojas en el Profeta de la Pampa, demoraron largo tiempo el acuerdo. En la misma obra se narra una anécdota que cabe recordar. En abril de 1880 buena parte de la juventud porteña, entonces sumamente agitada por pasiones políticas, se prometió un espectáculo hilarante cuando anunciaron que el “General Sarmiento” entregaría la bandera al Regimiento 11 de línea, nada menos que en la Plaza de Mayo. Lo esperaron frente a la Catedral, para verlo venir con su disfraz, ni más ni menos que si se tratara del mismísimo Don Quijote de la Mancha vestido de todos sus arreos cuando al entrar en Barcelona la plebe se mofó de él en las calles. (…) Cuando los alegres espectadores viéronlo aparecer por la esquina de San Martín y Rivadavia quedaron sorprendidos porque “el General” venía vestido de sobrio uniforme y con porte de tal autoridad que no se atrevieron a sacar de sus bolsillos los pitos que habían llevado para una canallesca silbatina. Aristóbulo del Valle, que allí estaba, y otros simpatizantes del patricio prorrumpieron en aplausos, dejando así frustrada la mojiganga de los mozalbetes.

El 26 de julio de 1890 estalló el movimiento cívico militar que se conoce como “la revolución del 90”. Era su jefe político Leandro N. Alem, dirigente de la Unión Cívica, constituida poco antes en una reunión en el Frontón Buenos Aires, y al que acompañaban hombres como Aristóbulo Del Valle. Los rebeldes, que habían instalado su cuartel general en el Parque de Artillería, debieron capitular después de tres días de lucha y diversas gestiones tendientes a lograr una fórmula de arreglo. Aunque militarmente vencidos, su acción provocó la caída del presidente Juárez Celman, cuya situación en el gobierno era ya insostenible. En este dibujo, con el que Don Quijote tributa un homenaje a la revolución, se ve al presidente renunciante, que huye lloroso con su favorito y candidato a sucederlo en la cabeza — el mono Cárcano — y grandes bolsas de dinero bajo cada brazo. A sus pies yace el general Lucio V. Mansilla, presidente de la Cámara de Diputados y fervoroso sostenedor  de  Juárez.

Roca y Mitre tratan de disuadir al doctor Roque Sáenz Peña de que presente su candidatura a presidente de la república. Las palabras que aquí se ponen en boca de Mitre habrían sido pronunciadas realmente por el general, y se dice -que le costaron no pocas burlas. Esa actitud ambigua que se le imputaba, así como también la de Roca, se satiriza haciéndole comer el plato Presidencia con la cuchara La Nación, al mismo tiempo que pronuncia su desdeñosa frase.
Don Bartolo — Hoy no pueden disputar la presidencia sino los pillos; los patriotas harían un sacrificio en aceptarla. El Mosquito, N? 1513, 7 de enero de 1892. Dibujo de Stein.

HUMOR REVISTA EL MOSQUITO

Los planes de Roca, Pellegrini y Mitre han tenido éxito. Anulada la candidatura de Roque Sáenz Peña, quedó expedito el camino del triunfo para la fórmula del acuerdo. Luis Sáenz Peña es presidente electo y se acerca la fecha de la asunción del mando, el 12 de octubre. Pero, como aun para quienes lo llevaron a la primera magistratura, la futura conducta del doctor Sáenz Peña es hasta cierto punto un enigma, esto los preocupa y los hace aguardar con impaciencia. El clavo que los herreros Roca y Mitre se disponen a martillar es Sáenz Peña; les sirve como yunque un acordeón que simboliza el acuerdo.
Ya se acerca el momento en que veamos qué clase de fierro es este clavo.
El Mosquito, 2 de octubre de 1892. Dibujo de
Stein.

RVISTA HUMOR EL MOSQUITO

El radicalismo, que acusaba al gobierno de Luis Sáenz Peña de haber sido elegido con fraude en las elecciones de 1892, consideraba una vez más la posibilidad revolucionaria. En esta caricatura, inspirada en tal situación, se ve a Roca —eminencia gris y celoso custodio del gobierno — alejándose del edificio en cuya fachada hay una inscripción que dice: Gobierno Nacional; por la ventana se ve al presidente Luis Sáenz Peña leyendo. El otro personaje es Alem, representado en actitud amenazante, símbolo del radicalismo a punto de sublevarse. En el umbral del edificio hay una bomba, en la que se lee una sola palabra: Insurrección. Se alude, sin duda, a un circunstancial alejamiento del General Roca, que facilitaba la acción insurreccional.

Cuando el gato se va los ratones tienen baile.
El Mosquito, 20 de noviembre de 1892. Dibujo de Stein.

REVISTA P.B.T. HUMOR

Los vencedores en la primera elección realizada con la Ley Sáenz Peña. De izquierda a derecha, en la fila de arriba, están: Luis J. Kocca (con cartera y gorra de guarda, porque era presidente de una compañía de tranvías) ; Fernando Saguier; Marcelo T. de Alvear (con ropa de entreeasa, con lo que se alude a su condición de rentista, ya que era un hombre sin ocupación; trabajó recién cuando se lo eligió presidente de la república) ; José Luis Cantilo (papel y pluma en mano, atributos del historiador y escritor) ; Ernesto H. Celesia; Luis M. Drago; Vicente C. Gallo; Estanislao S. Zeballos (impecable dandy) y Alfredo L. Palacios (con mandil y maza de herrero, propios de un representante obrero). En la fila de abajo están: Juan B. Justo; Delfor del Valle (blandiendo su instrumento profesional, el martillo de martiliero público) ; José Camilo Crotto (radical del Parque; ostenta boina blanca y gran escarapela) y Antonio Arraga (famoso médico de niños).
LOS VENCEDORES.
Fray Mocho, 10 de mayo de 1912. Dibujo de José M. Cao.

caricatura de hipolito irigoyen

Esta caricatura de Hipólito Yrigoyen data de 1922. Viste la chaquetilla de Rosas porque se lo acusaba de resolver personal y autoritariamente los asuntos de gobierno. Otro aspecto de la personalidad del caudillo radical fue motivo de una caricatura que alcanzó gran popularidad ; en ella se lo representaba con una vela en la cabeza con el título de El iluminado.
Crítica,  1922.  Dibujo de Diógenes Taborda.

Fuente Consultada:
La Caricatura Política Argentina-Antología-
Editorial Universitaria de Buenos Aires

Coronación de Francisco de Paula en Buenos Aires Un Español

PROYECTO DE CORONAR A UN ESPAÑOL EN LAS PROVINCIAS UNIDAS

Ante las intenciones del gobierno español, referentes al envío de una expedición armada a las Provincias Unidas del Río de la Plata, y con el  propósito fundamental de “asegurar cuanto antes la independencia de América”, el Director Posadas confia una misión diplomática a Manuel Belgrano y a Bernardino Rivadavia, con el proyecto de proponer al monarca español el establecimiento de una monarquía, representada por un príncipe de la familia reinante, para que gobernase el Río de la Plata “bajo las formas constitucionales que estableciesen las provincias”.

El 28 de diciembre de 1814, Belgrano y Rivadavia salieron de Buenos Aires a bordo de una fragata con destino a Río de Janeiro, donde arribaron a mediados de enero de 1815. Luego de una entrevista con el embajador inglés Lord Strangford, quien toma cierta distancia en este asunto internacional, los comisionados siguen rumbo a Europa.

manuel belgrano

Manuel Belgrano, abogado

Rivadavia

Bernardino Rivadavia

Este sometimiento se aceptaba a cambio de una total autonomía en materia administrativa, pues los cargos quedarían “en manos de los americanos”. La adopción de la monarquía constitucional sólo sería una concesión transitoria para obtener una paz ventajosa o ganar tiempo, si todo procedimiento de arreglo fracasara.

Rivadavia y Belgrano llegaron el 7 de mayo de 1815 al puerto de Falmouth y de allí pasaron a Londres, donde se pusieron al habla con Manuel da Serretas, quien se encontraba en la capital de Gran Bretaña desde mediados del año anterior.

La llegada de los comisionados a Londres se produjo en circunstancias difíciles, pues Napoleón había abandonado su forzoso destierro en la Isla de Elba y el 20 de marzo penetraba triunfalmente en París, lo que originó nuevas luchas europeas.

No tuvieron Rivadavia y Belgrano buen éxito en sus gestiones ante el gobierno de Londres y aceptaron un plan propuesto por Sarratea. Este había iniciado negociaciones con el ex rey de España Carlos IV —a la sazón exiliado en Roma— para crear en el Río de la Plata un reino constitucional que sería gobernado por el Infante Francisco de Paula, hijo menor del citado monarca. Intermediario en las conversaciones sería el conde de Cabarrús, aventurero francés con quien Sarratea había trabado amistad en Londres. El plan contaba con el apoyo de Napoleón en favor de Carlos IV.

Aceptaron Rivadavia y Belgrano el plan de buena fe, pues dadas las circunstancias porque atravesaba Europa era prácticamente imposible pretender que los países de ese continente reconocieran la independencia del Río de la Plata bajo el sistema republicano. Sólo sería bien aceptada una monarquía independiente basada en el  principio de la legitimidad.

A fines de julio, Cabarrús salió de Londres con instrucciones y documentos, entre éstos un proyecto de constitución —redactado por Belgrano— para aplicarlo en el futuro “Reino Unido de la Plata, Perú y Chile”. Cuando llegó a Italia ya se había producido la caída definitiva de Napoleón en Waterloo, lo que motivó el fracaso del plan. Carlos IV se negó a continuar las negociaciones, pues “su conciencia le mandaba no hacer nada que no fuera favorable al rey de España”.

Enterado Sarratea propuso en última instancia raptar al Infante y trasladarlo secretamente hasta el Río de la Plata, pero Rivadavia y Belgrano se opusieron terminantemente. Así concluyó este proyecto por establecer una monarquía en América. Belgrano regresó a Buenos Aires en noviembre de 1815, y Rivadavia quedó en Europa para intentar una negociación ante la Corte española.

Gestiones de Rivadavia en Madrid
A poco de alejarse Belgrano, Rivadavia dejó Inglaterra y marchó hacia París, ciudad a la que arribó a fines de noviembre de 1815. Debido a los cambios políticos ocurridos en Buenos Aires —Posadas ya había renunciado— sus poderes como comisionado no tenían respaldo legal, situación que provocó distanciamiento con Sarratea, quien argumentaba la validez de su acción diplomática.

En París, Rivadavia se entrevistó con Manuel Gandasegui, Director de la Compañía de Filipinas, quien —por encargo del gobierno español— le facilitó un documento con el cual podía dirigirse a Madrid sin temer por la seguridad de su persona.

El 21 de mayo de 1816, Rivadavia consiguió una entrevista con Pedro de Cevallos, ministro de Estado del gobierno español;1 aunque la conversación se desarrolló en términos cordiales, el segundo solicitó al diplomático porteño que presentara por escrito sus peticiones. Así lo hizo Rivadavia el día 28, aunque a partir de ese momento su situación se tornó comprometida poique corsarios procedentes de Buenos Aires habían apresado embarcaciones españolas cerca de Cádiz y, además, naves también argentinas —a las órdenes de Brown— bloquearon el puerto del Callao.

El ministro Cevallos resolvió terminar con las negociaciones .el 21 de junio, argumentando sus dudas con respecto a los poderes que exhibía el comisionado y su carencia de instrucciones precisas. Le ordenó que se retirara de España “porque el decoro del Rey no permite que por más tiempo se prolongue la permanencia de usted en la península”.

Rivadavia partió nuevamente rumbo hacia París el 15 de julio. Al mes siguiente recibió un despacho del gobierno de Buenos Aires —a cuyo frente se encontraba Pueyrredón—, por el cual era nombrado Diputado de las Provincias Unidas ante las Cortes europeas.

Fuente Consultada:
HISTORIA 5 Historia Argentina de la Instituciones Políticas y Sociales José Cosmelli Ibañez – Troquel –

Ver: Misiones Diplomáticas en Europa