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Profecias de Nostradamus Centurias de Nostradamus Descargar Libro

Las Profecías de Nostradamus

SUFRIMIENTO Y REVELACIONES

Una noche, al regresar a su hogar después de una jornada de visitas a sus pacientes, Nostradamus se encontró con un cuadro caótico y desolador. Su esposa y sus dos hijos habían contraído la peste. De nada sirvieron sus conocimientos y experiencia, los cuidados que les prodigó, las horas que pasó junto a sus lechos de agonía y los remedios que empleara exitosamente con otros enfermos. Con poca diferencia, Ana de Cabrejas y sus dos hijos murieron después de una dolorosa agonía.

Quebrado por el dolor, Nostradamus no advirtió los movimientos sospechosos que tenían lugar a su alrededor sino hasta que fue casi demasiado tarde. Sus colegas, celosos de su prestigio, vieron el momento oportuno para atacarlo y destruirlo. Para quienes fueran sus agradecidos vecinos, la muerte de Ana de Cabrejas y sus hijos significó un claro signo de “castigo divino”. Pensaron que Nostradamus era un discípulo del Diablo y sus insólitas prácticas médicas, simplemente brujería. En el mejor de los casos, los habitantes de Agen se limitaron a reírse del antes prestigioso médico, quien se vio obligado a abandonar la ciudad con la sombra del Tribunal de la Inquisición sobre sus espaldas.

En la soledad de su estudio y siempre de noche, Nostradamus era iluminado con las visiones sobre lo que habría de suceder en el futuro.

Así se inició su deambular por Europa que le insumiría los siguientes años. Agobiado por la tragedia personal y el fracaso profesional, Nostradamus recorrió Francia, Italia y Alemania.

Fue un peregrinar solitario y a menudo angustioso pero, durante éste, Nostradamus experimentó su primera y arrasadora visión. Así, la metódica observación científica y el experimento práctico, fue ron reemplazados por la luz de la revelación que no admite discusiones.

Fue en el norte de Italia, a las puertas de la ciudad de Ancona. Los pasos de Nostradamus se cruzaron con los de tres monjes mendicantes, franciscanos harapientos pero fieramente orgullosos de su fe y su adhesión a la pobreza de Cristo. El médico de los peregrinos apenas habían cambiado una mirada cuando, ante los ojos atónitos de los sacerdotes, Nostradamus se arrodilló ante uno de los francisca nos e inclinó humildemente la cabeza.

La sorpresa inicial fue reemplazada por una mal disimulada hilaridad. Los franciscanos instaron a Nostradamus a que se levantara del barro pero el médico se negó, afirmando: «Debo inclinarme y doblar la rodilla frente a Su Santidad».

Ante esta afirmación, los peregrinos, incluido el hermano Felice Peretti, quien antes de abrazar la religión fuera un mísero porquero y el hombre ante quien Nostradamus permanecía hincado se echaron a reír y siguieron su camino. Cuarenta años deberían pasar para que, en 1585 el porquero Felice Peretti ascendiera al trono papal con el nombre de Sixto V.

La coronación tuvo lugar dos décadas después de la muerte de Nostradamus pero seguramente, el viejo franciscano, tuvo muy presente al anónimo médico francés que, en una soleada tarde, se arrodillara ante él a las puertas de la ciudad italiana de Ancona.EL PAPA SIXTO V

Felice Peretti estaba llamado a cumplir con un gran destino y Nostradamus lo percibió en el mismo instante en que sus pasos se cruzaron. Nacido en Ancona el 13 de diciembre de 1520, entró a la Orden de San Francisco de Asís a los trece años y se ordenó en Siena en 1547. Se doctoró en Teología un año más tarde. Fue Inquisidor General de Venecia y vicario general de su orden. Nombrado cardenal en 1570, llegó al papado en 1585, como sucesor de Gregorio XIII.

Su papado duró sólo cinco años pero abundó en hechos. Saneó las arcas vaticanas y combatió la corrupción de la iglesia. Por la bula Postquam Verus (1586) estableció en setenta el número de cardenales del Sacro Colegio y en 1588 reorganizó las congregaciones. El orden impuesto por él duró hasta el Concilio Vaticano II(1962-1965).

Además, trabajó en forma personal en la modernización urbanística de Roma y apoyó activamente a los países católicos, al tiempo que rechazaba toda intervención de los reyes en los asuntos de la Iglesia.

En 1585 excomulgó a Enrique de Navarra, pretendiente protestante al trono francés y otro personaje importante en la historia profética de Nostradamus. Sixto V ordenó además la construcción de la cúpula de San Pedro. Murió en Roma, el 27 de agosto de 1590.

UN PROFETA EN EL EXILIO

La peregrinación de Nostradamus se prolongó durante varios años más. En 1544 auxilió a los en-ferinos de peste de Marsella, una ciudad ideal para el desembarco de la enfermedad. Luego pasó a Aix en-Provence donde volvió a realizar con éxito aquellos tratamientos a base de aire puro, agua limpia y hierbas medicinales. De allí siguió a Salon de Provence, ciudad a la que lo llevaron los angustia dos reclamos de los ediles locales.

Otra vez dio ba talla contra la peste y otra vez venció. Las autoridades de Salón le pidieron que se quedara en esa ciudad pero un llamado urgente de Lyon lo llevó a proseguir su lucha. Sin embargo, Salon había quedado grabada en su memoria y, cuando decidió que habla llegado el momento de buscar un lugar don de pasar el resto de su vida, encaminó sus pasos hacia allí.

Como todo científico introvertido, Nostradamus no tenía capacidad administrativa ni espíritu comercial, por lo cual sus servicios muchas veces quedaban impagos, y él no se preocupaba por reclamar las deudas, aún cuando se tratara de pacientes ricos y poderosos.

Cuando decidió radicarse en Salon no tenía dinero suficiente para comprar una casa y tuvo que recurrir a su familia, como lo había hecho muchas otras veces. Fue su hermano César quien encontró la vivienda en la que escribiría sus famosas Profecías y viviría sus últimos años. El mismo César fue quien pagó por la propiedad y el responsable de presentarle a la mujer con la que habría de contraer segundas nupcias: Anne Ponsard. La dama en cuestión era una viuda rica de mediana edad, una mujer amable y comprensiva con la que Nostradamus compartiría la última etapa de su vida y en quien encontraría un gran apoyo.

Su llegada a Salon coincidió con un giro radical en el transcurrir de sus días. La Medicina fue desplazada del centro de su atención, siendo reemplazada por su interés en la Alquimia, la Astrología y el despertar de su asombroso don profético. Nostradamus supo entonces que había encontrado su destino definitivo.

EL TIEMPO DE LAS CENTURIAS

En la noche del Viernes Santo del año 1554, Michel de Notre Dame, conocido como el doctor Nostradamus, anunció que dedicaría todo su tiempo y esfuerzos a escribir una obra en la cual reuniría y sintetizaría “las posibilidades del futuro de la raza humana”.

Comenzó a pasar sus noches en vela, de pie en la terraza de su hogar, estudiando el curso de las estrellas y recibiendo sus visiones y revelaciones. A Anne Ponsard le explicó que, en esas noches de contemplación, los siglos por venir se abrían ante sus ojos y cómo las visiones se hadan luz en su mente y en su alma.
Organizó sus profecías en volúmenes denominados Centurias, cada uno de los cuales debía con tener cien profecías escritas en forma de cuartetas o grupos de cuatro versos. El primer tomo de las Centurias vio la luz en 1555 y provocó un auténtico revuelo. Las opiniones se dividieron y la polémica no tardó en desatarse.

Uno de los versos aludía caramente a la figura del monarca que en esos días gobernaba Francia, Enrique II, pero su significado definitivo escapaba a la familia real y sus consejeros. Entonces, la reina Catalina De Médicis, una mujer inteligente, resuelta y voluntariosa, decidió enfrentar directamente a Nostradamus y le ordenó presentarse ante la Corte y explicar el sentido de la Centuria 35 cuyo texto reza: “El león joven superará al viejo! En campo bélico, por singular duelo.! En jaula de oro le re ventará los ojos.! Dos combates; uno luego morir de muerte cruel”.

Nostradamus explicó entonces que Enrique II (el león viejo) moriría en combate con un noble más joven y Catalina De Médicis, fascinada con la personalidad del sabio y entreviendo la posibilidad de acceder al poder como Regente, le pidió que profetizara el futuro de sus pequeños hijos.
El Delfín de Francia era Francisco, comprometido desde la infancia con María Estuardo, hija del rey de Escocia. Le seguía Carlos, pero el favorito de Catalina era Enrique, Duque de Anjou. Y cuan do Nostradamus le dijo que éste y no su hermano mayor sería rey de Francia, Catalina no dudó de la veracidad de sus afirmaciones.

Cuatro años más tarde, en oportunidad de la boda de su hija mayor, Isabel, con el hijo del rey de España, Enrique II dispuso la realización de una fiesta que duró tres días y para la que se revivieron los torneos o justas de caballería, caídas en desuso, pero a las que el rey era muy aficionado.

Enrique II participó activamente de los torneos y triunfó en el primer encuentro. Pero, en su segundo lance, enfrentó al joven Conde de Montgomery y encontró su destino. La lanza rota de su rival perforó la visera de oro de su casco y se elavó en sus ojos. Era el 29 de junio de 1559 y la profecía de Nostradamus se cumplía puntualmente. Ciego y con una herida cerebral que le provocó grandes sufrimientos, Enrique II agonizó diez días antes de morir. El reino de Francisco II, aún menor de edad, duró menos de un año. A su muerte, María Estuardo fue devuelta a Escocia, Catalina De Médicis convertida en Regente del rey Carlos IX, de sólo catorce años, y Francia no tardó en comprobar que una nueva etapa había comenzado.

UNA REINA DE MANO FÉRREA

Catalina De Médicis (imagen) nació en Florencia el 13 de abril de 1519. Era hija de Lorenzo De Médicis Duque de Urbino, llamado El Magnifico, y de Madekinc de la Tour d’Auvergne. Huérfana a poco de nacer, heredó de su padre la inteligencia brillan te y su infatigable capacidad para la intriga política. A los catorce años se casó con Enrique, Duque de Orleans, hijo del rey de Francia, Francisco I.
Aunque su matrimonio fue largo y de él nacieron diez hijos (sólo siete superaron la primera in Francia) Catalina ocupó un rol secundario en la vida de Enrique II, desplazada por la favorita, Diana de Poitiers, una viuda rica, herniosa y madura, a la que el rey llegó a permitirle el uso público de las joyas reales.

Durante esos años, Catalina no tuvo el menor acceso al poder pero la muerte de Enrique II y la corta edad del Delfín revirtieron la situación. Convertida en Regente, desterró a Diana de Poitiers y comenzó la eliminación sistemática de sus enemigos. Tildada de arbitraria y despótica, nunca permitió que las leyes se interpusieran entre ella y su voluntad y gobernó con mano férrea, manipulan do a Carlos IX aún cuando éste alcanzó la mayoría de edad y se convirtió en rey por derecho propio. A la regencia de Catalina se le debe la construcción del palacio de las Tullerías, la ampliación del Louvre y la modernización de la ciudad de París. También a este periodo se atribuyen numerosas muertes por envenenamiento, un arte en el que la reina tenía un interés y conocimiento poco comunes.


Aunque deseaba mantenerse al margen de los conflictos religiosos que causaran miles de muertos en un pasado reciente (de hecho casó a su hija Mar garita de Valois con el protestante Enrique de Navarra) terminó aliándose contra los protestantes con Luís de Guisa y presionó a su hijo para que autorizara la Matanza de San Bartolomé, la peor masacre de la historia de Francia hasta el advenimiento del Terror.
Carlos IX murió en 1574 y el hijo predilecto de Catalina De Médicis ascendió al trono como Enrique III. Despótico y vicioso, tuvo un reinado turbulento que se prolongó por quince años. Políticamente incapaz, por momentos se apoyó en su madre y por momentos la alejó de sí. Catalina De Médicis murió en Blois el 5 de enero de 1589, meses antes de ver concretarse otra profecía de Nostradamus: el asesinato de Enrique III a manos de un monje y el ocaso de la casa de Valois en el trono francés.

NOSTRADAMUS COMO MÉDICO Y ASTRÓLOGO DE LA FAMILIA REAL

Nostradamus regresó a Salon envuelto en un halo de renovado prestigio a causa del favor de la reina. Sin embargo, los honores y la fama no tuvie ron en él el menor efecto. Su tiempo se acababa y el sabio sólo vivía para profetizar. Noche tras noche Nostradamus contemplaba el cielo y escribía sus cuartetas. Las predicciones trascendían y los rumo res en torno al médico-profeta iban en aumento. Se hablaba de brujería, de posesión demoníaca, de pactos con Satanás. El Tribunal de la inquisición empezó a rondar nuevamente, pero la protección de la temible Catalina De Médicis era muy poderosa.

La conmoción creada por la muerte de Enrique II sacudió todas las estructuras de Francia. Catalina De Médicis, convertida en Regente de Carlos IX, viajó a Salon al frente de la Corte para entrevistarse con Nostradamus. El hecho de que la Regente fuera al encuentro del profeta en lugar de reclamar su presencia en París no escapó a la perspicacia de los cortesanos, habituados a conservar vida y fortuna acomodándose al humor de los poderosos.
La reina se instaló con la Corte en el llamado Palacio del Emperador y se reunió con Nostradamus en la Torre del Reloj. Aunque hubo testigos del encuentro y los saludos iniciales, la audiencia adquirió el carácter de privada y ambos se trasladaron al gabinete particular del sabio, donde conversaron por varias horas. No se sabe de qué hablaron pero Catalina estaba obsesionada por conocer el futuro del país que desde la muerte de su esposo y su primogénito, gobernaba con poder absoluto. Hacia el final de la entrevista la reina hizo traer a Enrique, su hijo predilecto, al que ansiaba ver coronado rey de Francia.
Ante su insistencia, Nostradamus hizo que el muchacho se desvistiera y examinó sus lunares. La observación confirmó su anterior profecía: Enrique, Duque de Anjou, ascendería al trono de Francia con el nombre de Enrique III. La Regente suspiró aliviada. En su felicidad, Catalina omitió el detalle de que, para que ese hijo adorado fuera rey, otro menos querido y siempre manipulado debía morir:
el tímido, retraído e inmaduro Carlos IX.

La Regente abandonó Salon poco después pero no sin antes haber nombrado a Nostradamus médico y astrólogo personal de su familia y haberle adjudicado una generosa renta vitalicia, honores a los que el sabio dedicó tan poco interés como de costumbre. Cuando se despidieron, Catalina habló de volver a consultarlo, pero Nostradamus sabía lo que la reina no podía conocer: que aquel sería el último encuentro entre ambos personajes.

LOS ÚLTIMOS ANOS DEL PROFETA

El vidente no vivió para ver a Enrique de Anjou convertido en rey de Francia pero sus dones no necesitaban confirmación alguna. Por eso, cuando vio su propia muerte en el futuro cercano, no se preocupó. Ni siquiera se apuró a consignar sus profecías: sabía perfectamente cuál era su misión en la Tierra y que dispondría del tiempo necesario para cumplirla.
El 1 de julio de 1556 regresó a Salon de una misión en Arles, ciudad ante cuya Asamblea representó al pueblo en el que se radicara años antes. A poco de llegar escribió su última profecía: “De vuelti de una embajada/ con el don del rey a la vista! Ya no hará nada más/ Y marchará hacia Dios.! Los parientes, los amigos y hermanos de sangre, / lo hallarán muerto cerca del lecho y del banco”.

Antes de partir hacia Arles había llamado a un notario para dictarle su testamento. Como todo en él, el documento no tuvo anda de convencional y estableció claramente que no deseaba ser “en terrado a la manera habitual, sino colocado verticalmente contra la pared de la iglesia de los franciscanos. De esta manera, incluso después de mi muerte, ni los estúpidos ni los cobardes, ni los cretinos ni los mal nacidos podrán venir a bailar sobre mi tumba”.

El 2 de julio de 1566, Anne Ponsard lo encontró muerto. Su cuerpo yacía tal como él mismo lo predijera, entre el lecho y el banco. Sus restos fue ron enterrados de acuerdo a sus disposiciones en el Convento de lesCordeliers pero, años después, fueron trasladados a la Iglesia de Saint Laurent, hasta la que miles de curiosos y peregrinos viajan cada año en número creciente para visitar el lugar de descanso de los restos del hombre que vislumbró el futuro con sorprendente claridad.

Su tumba está señalada por una placa de mármol en la que está inscripto el epitafio compuesto por Anne Ponsard: “Osamentas del muy ilustre Michel de Nostradamus, el único, al juicio de todos los mortales, que con su pluma casi divina haya podido consignar los acontecimientos futuros del Universo entero a partir de los astros. Vivió 62 años, 6 meses, 17 días y murió en Salón en el año 1566. Que la posteridad no moleste su descanso. Anne Ponsard, su esposa, le desea la verdadera felicidad”.

Biografia de Nostradamus Vida y Las Profecias

Biografía de Nostradamus y Sus Profesías

LA HISTORIA DE UN VISIONARIO

Michel de Notre-Dame nació el 14 de diciembre de 1503 en Saint-Réiny, un pequeño pueblo del sur de Francia. Fue el primogénito de los dieciocho hijos que habría de tener el matrimonio formado por Rcyiére de Saint-Rémy y Jaumet de Notre-Dame.

Aunque la familia Notre-Dame era católica y temerosa de Dios como sus vecinos del pueblo, por cierto es que los bisabuelos del joven Michel habían sido judíos, convertidos al cristianismo para evitar las persecuciones impuestas por la Inquisición.

Ya desde niño, Michel de Notre-Dame manifestó tener un carácter introvertido que lo caracterizaría durante el resto de su vida. La inteligencia brillante y su insaciable avidez de conocimientos, lo llevaron a tener como mejor amigo durante su infancia a una persona muy especial, que marcaría el rumbo de su educación.

Se trataba de su abuelo materno, Jean de Saint-Rémy, quien en aquel momento se desempeñaba como médico personal del rey Renato y su hijo, el Duque de Calabria.

En su abuelo Saint-Rémy, Michel encontró la compañía amistosa y la comprensión intelectual que no podían brindarle sus padres y hermanos.

De esta forma, pronto comenzó a acompañar a su abuelo en los quehaceres profesionales, mientras lo interrogaba lúcidamente sobre los secretos y teorías de su trabajo. Jean de Saint-Rémy se sentía orgulloso de la vocación médica de su nieto y se convirtió en su primer maestro en el difícil arte de la Medicina, en una época en que ésta se encontraba peligrosamente ligada a la superchería, inculcándole algunos principios revolucionarios.

Gracias a esta influencia, a los catorce años, Michel de Notre-Dame ya era un intelectual de sólida formación, capaz de leer, escribir y hablar correctamente no sólo el francés materno y el hebreo hereditario sino también el latín, el griego y el italiano. También poseía avanzados conocimientos de matemáticas, pero su principal interés por el momento se centraba en la Medicina.

Era la tarde del 2 de julio de 1566 cuando Nostradamus le comunicó a un allegado que el día siguiente no lo encontraría entre los vivos. Tenía 62 años y estaba enfermo, debilitado, intuyendo el final. Dos años atrás ya había escrito sin fijar fecha: «Parientes cercanos, amigos y hermanos, me encontrarán muerto cerca de la cama y el banco». Y así fue como el más célebre de los profetas que ha existido, logró anticipar hasta su propia muerte. No sin antes dejar tras de sí un sorprendente listado de predicciones, muchas que ya fueron dadas por cumplidas, y otras que aún riegan con incertidumbre el porvenir.

SUS AÑOS DE ESTUDIO

En la Francia del siglo XVI la profesión médica era una de las pocas permitidas a los judíos y una conversión que databa apenas de tres generaciones, bastaba para escapar a la hoguera de la Inquisición, pero no para hacer de los Saint-Rémy y de los Notre-Dame “católicos verdaderos”.

De modo que ambas familias seguían siendo hebraicas ante la ley y no hubo objeción alguna para que su hijo se enrolara en la Universidad de Montpellier, una de las más famosas escuelas médicas de Europa.

Sin embargo, Michel de Notre-Dame no fue directamente de Saint-Rémy a esta Universidad sino que primero viajó a la vecina ciudad de Avignon, donde ingresó en la Facultad de Artes. Tenía quince años y pasaría allí los tres siguientes, completando su formación intelectual. Recién en 1522 partió hacia Montpellier, donde estudiaría Medicina y, siguiendo la costumbre de la época, latinizaría su nombre convirtiéndolo en Nostradamus.

nostradasmus y sus profesias

Michel de Notre-Dame, nació el 14 de diciembre de 1503 en la localidad de Saint-Remy, Francia. Fue un destacado médico, un hombre ilustrado, pero apasionado también por las ciencias ocultas y la astrología. Era hijo de un escribano que quiso inducirlo a seguir sus pasos, pero el joven Michel era guiado por otros impulsos. Su abuelo había sido médico y astrólogo, y su bisabuelo, originario de una tribu judía pero convertido al cristianismo bajo el nombre de Pierre de Notredame, también había incursionado en el terreno de lo místico.

LA «PESTE NEGRA” EN EUROPA

Plegarias, discursos y castigos se mezclaban con sangrías y ungüentos en su inefectivo intento por combatir la epidemia llegada de Medio Oriente, que diezmaba sistemáticamente a la población sin diferenciación de clases sociales.

En ese momento sólo había una verdad indiscutible frente a la enfermedad, la Peste Negra desaparecía cuando ya no quedara nadie a quién matar, para volver implacablemente en cuanto los pueblos se recuperaban. Frente a esa desoladora realidad, Nostradamus se dedicó a observar el comportamiento de esta enfermedad devastadora.

Así advirtió que los pacientes enfermaban en forma súbita y caían como fulminados. Su examen revelaba manchas oscuras en pecho y abdomen, como también ganglios dolorosamente inflamados en axilas e ingles, llamados bubones.

En Montpellier, Nostradamus encontró y comenzó a cumplir la primera parte de su extraordinario destino, adquiriendo las herramientas y conocimientos necesarios para convertirse en un medico famoso.

En sus días de esmerado estudiante, vivió en el número 6 de la Rue del Foin y fue en el sótano dc esa casa que montó el primero de sus laboratorios. Encerrado en ese sótano profundizó los conocimientos transmitidos por su abuelo Saint-Rémy y aquellos adquiridos en la Universidad, dedicando interminables horas a la lectura ya los métodos científicos de indagación.

Su carácter solitario e introvertido se fue profundizando, así como sus conocimientos de la misteriosa e inquietante ciencia no tuvo que esperar mucho tiempo para aplicar en el terreno práctico sus conocimientos científicos, y el sur de Francia que lo viera nacer sería el escenario de su primera práctica como médico de campaña. Durante décadas la Peste Negra o peste bubónica había golpeado implacablemente Europa y todos los esfuerzos tradicionales habían fracasado en su intento por detenerla.

El curso del mal era rápido y doloroso: fiebre altísima, delirio, vómitos, diarrea y, por último, convulsiones seguidas de muerte. Los cadáveres, a menudo contorsionados en posturas grotescas, con los ojos desorbitados y las lenguas hinchadas, se ponían negros con increíble velocidad.

Conociendo lo irreversible del mal, los vecinos y parientes solían abandonar a los enfermos a su suerte, tapiándolos en sus hogares a menudo con sus familias si éstas no escapaban a tiempo.

Las poblaciones se cerraban a los viajeros, las precarias comunicaciones se interrumpían, el comercio se paralizaba y las ciudades y los reinos entraban en el caos, mientras falsos profetas y predicadores florecían y medraban a la sombra de la desesperación general.

En ese marco fue que, recordando las ideas de su abuelo Saint-Rémy y aplicando los resultados de sus propias investigaciones, Nostradamus se dedicó a combatir la enfermedad de raíz.

LOS CONOCIMIENTOS REVOLUCIONARIOS DE NOSTRADAMUS:

La conclusión a la que llegó el hombre que habría de profetizar, con magnífica precisión los más grandes acontecimientos ocurridos en los siguientes cuatro siglos era bastante sencilla, pero no por eso menos revolucionaria para el momento.

Nostradamus observó que no sólo los remedios empleados eran absolutamente inútiles sino que, además, no se hacía nada para impedir la propagación del mal.

La peste bubónica es una enfermedad propia de las ratas, transmitida a los seres humanos por la picadura de las pulgas que plagan a estos roedores y que la inoculan por medio de su saliva.

Cuando una colonia de ratas contrae peste, los roedores mueren en grandes cantidades.

A medida de que los cadáveres se enfrían, las pulgas los abandonan en busca de sangre caliente y se dispersan, picando y, al mismo tiempo contagiando, a todo ser vivo que encuentran.

Las condiciones sanitarias del sigo XVI no estaban muy por encima de las del medioevo y la higiene era aún considerada como signo de vanidad y, por lo tanto, de la influencia del Demonio.

Esas costumbres, sumadas a la deficiente nutrición, creaban el campo ideal para que la peste se expandiera en todas las direcciones. Los enfermos morían en malolientes habitaciones cerradas, porque se creía que el aire propagaba las enfermedades.

El menor síntoma de enfermedad significaba una sangría que sólo servía para debilitar al paciente y el inútil tratamiento se completaba con purgas destinadas a limpiar el organismo de la enfermedad.

Nostradamus descartó estas y otras insensateces y atacó la peste como lo haría cuatro siglos más tarde otro médico francés, Louis Pasteur: con limpieza y aire fresco, reforzados en su caso por el empleo de hierbas medicinales. En aquellos días de muerte y terror, la profesión médica no era bien vista y muchos condenados maldecían a los supuestos encargados de curarlos, que sólo les infligían más y más dolor.

La población desconfiaba de los médicos y los rumores hablaban abiertamente sobre influencias satánicas y castigos divinos. El joven doctor Nostradamus no se dejó acobardar por la hostilidad de sus compatriotas y siguió adelante con su revolucionario tratamiento, logrando curas que fueron calificadas de milagrosas.

Su batalla contra la peste duró varios años y lo llevó a Narhone, Carcasonne (donde fue médico personal del obispo Amenien de Fays, lo que lo protegió del recelo de sus colegas y las intrigas de la Inquisición) y Toulouse, antes de regresar a Montpellier en 1529 para seguir estudiando. Permaneció en esa ciudad tres años más, enseñando en la misma Universidad en la que se formara como médico antes de regresar a Toulouse, donde estableció su consultorio.

En el ínterin, Nostradamus conoció a quien sería su primera esposa, Ana de Cabrejas. En 1534, ya casado y padre de dos hijos, recibió una invitación para radicarse con su familia en la ciudad de Agen, ubicada al norte de Toulouse. Así lo hizo y allí le esperaría su peor batalla contra la peste y aquella en la que la “Muerte Negra” lo habría de derrotar.

Durante la tragedia en Europa medieval, donde la peste bubónica arrasó con casi la tercera parte de la población,  Michel de Notredame se lanzó a asistir a los apestados con resultados positivos a través de algunas prácticas ideadas por él mismo. Para el año 1530, había vuelto a Montpellier y profundizó sus estudios de astrología, atraído por el movimiento de los planetas y su posible incidencia en la vida de los personas.

En 1533 contrajo matrimonio y tuvo dos hijos, pero sus virtudes médicas no lograron salvar a su familia de las pestes. La tragedia lo empujó a salir nuevamente en un viaje que duraría 8 años. Su periplo incluyó Francia e Italia, y fue en aquel tiempo en que se manifestó lo que se consideró su primera profecía. Cuenta la historia que al toparse con un grupo de frailes, se hincó de manera espontánea ante uno de ellos. Nadie entendió por qué lo hizo, pero aquel humilde religioso se convirtió luego en el Papa Sixto V.

Recién en 1547 se estableció en Salon-de-Provence, donde permanecería hasta su muerte. Allí se casó por segunda vez y tuvo un hijo, al que llamó César. Desde entonces, orientó su profesión hacia la perfumería, la estética personal y hasta la virilidad masculina, creando pócimas y pomadas con gran suceso. Pero también dio inicio a la obra literaria que lo consagraría como profeta. Se trataba de «Las Centurias Astrológicas», a la que firmó con la versión latina de su nombre, Nostradamus.

Fueron publicadas a partir de 1555 y las escribió en cuartetos rimados, sin orden cronológico, usando un estilo críptico que combinaba francés, latín, español y hebreo. Basaba sus predicciones en un supuesto don sobrenatural con el que anticipaba situaciones futuras. Pero también se inspiraba en relatos bíblicos de antiguas profecías, y combinando cálculos matemáticos con sus conocimientos astrológicos.

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Las Profecías de Nostradamus

SUFRIMIENTO Y REVELACIONES: Una noche, al regresar a su hogar después de una jornada de visitas a sus pacientes, Nostradamus se encontró con un cuadro caótico y desolador. Su esposa y sus dos hijos habían contraído la peste.

De nada sirvieron sus conocimientos y experiencia, los cuidados que les prodigó, las horas que pasó junto a sus lechos de agonía y los remedios que empleara exitosamente con otros enfermos.

Con poca diferencia, Ana de Cabrejas y sus dos hijos murieron después de una dolorosa agonía.

Quebrado por el dolor, Nostradamus no advirtió los movimientos sospechosos que tenían lugar a su alrededor sino hasta que fue casi demasiado tarde. Sus colegas, celosos de su prestigio, vieron el momento oportuno para atacarlo y destruirlo.

Para quienes fueran sus agradecidos vecinos, la muerte de Ana de Cabrejas y sus hijos significó un claro signo de “castigo divino”. Pensaron que Nostradamus era un discípulo del Diablo y sus insólitas prácticas médicas, simplemente brujería.

En el mejor de los casos, los habitantes de Agen se limitaron a reírse del antes prestigioso médico, quien se vio obligado a abandonar la ciudad con la sombra del Tribunal de la Inquisición sobre sus espaldas.

En la soledad de su estudio y siempre de noche, Nostradamus era iluminado con las visiones sobre lo que habría de suceder en el futuro.

Así se inició su deambular por Europa que le insumiría los siguientes años. Agobiado por la tragedia personal y el fracaso profesional, Nostradamus recorrió Francia, Italia y Alemania.

Fue un peregrinar solitario y a menudo angustioso pero, durante éste, Nostradamus experimentó su primera y arrasadora visión. Así, la metódica observación científica y el experimento práctico, fue ron reemplazados por la luz de la revelación que no admite discusiones.

Fue en el norte de Italia, a las puertas de la ciudad de Ancona. Los pasos de Nostradamus se cruzaron con los de tres monjes mendicantes, franciscanos harapientos pero fieramente orgullosos de su fe y su adhesión a la pobreza de Cristo.

El médico de los peregrinos apenas habían cambiado una mirada cuando, ante los ojos atónitos de los sacerdotes, Nostradamus se arrodilló ante uno de los francisca nos e inclinó humildemente la cabeza.

La sorpresa inicial fue reemplazada por una mal disimulada hilaridad. Los franciscanos instaron a Nostradamus a que se levantara del barro pero el médico se negó, afirmando: «Debo inclinarme y doblar la rodilla frente a Su Santidad».

Ante esta afirmación, los peregrinos, incluido el hermano Felice Peretti, quien antes de abrazar la religión fuera un mísero porquero y el hombre ante quien Nostradamus permanecía hincado se echaron a reír y siguieron su camino. Cuarenta años deberían pasar para que, en 1585 el porquero Felice Peretti ascendiera al trono papal con el nombre de Sixto V.

La coronación tuvo lugar dos décadas después de la muerte de Nostradamus pero seguramente, el viejo franciscano, tuvo muy presente al anónimo médico francés que, en una soleada tarde, se arrodillara ante él a las puertas de la ciudad italiana de Ancona.

EL PAPA SIXTO V

Felice Peretti estaba llamado a cumplir con un gran destino y Nostradamus lo percibió en el mismo instante en que sus pasos se cruzaron. Nacido en Ancona el 13 de diciembre de 1520, entró a la Orden de San Francisco de Asís a los trece años y se ordenó en Siena en 1547.

Se doctoró en Teología un año más tarde. Fue Inquisidor General de Venecia y vicario general de su orden. Nombrado cardenal en 1570, llegó al papado en 1585, como sucesor de Gregorio XIII.

Su papado duró sólo cinco años pero abundó en hechos. Saneó las arcas vaticanas y combatió la corrupción de la iglesia.

Por la bula Postquam Verus (1586) estableció en setenta el número de cardenales del Sacro Colegio y en 1588 reorganizó las congregaciones. El orden impuesto por él duró hasta el Concilio Vaticano II(1962-1965).

Además, trabajó en forma personal en la modernización urbanística de Roma y apoyó activamente a los países católicos, al tiempo que rechazaba toda intervención de los reyes en los asuntos de la Iglesia.

En 1585 excomulgó a Enrique de Navarra, pretendiente protestante al trono francés y otro personaje importante en la historia profética de Nostradamus. Sixto V ordenó además la construcción de la cúpula de San Pedro. Murió en Roma, el 27 de agosto de 1590.

UN PROFETA EN EL EXILIO: La peregrinación de Nostradamus se prolongó durante varios años más.

En 1544 auxilió a los en-ferinos de peste de Marsella, una ciudad ideal para el desembarco de la enfermedad.

Luego pasó a Aix en-Provence donde volvió a realizar con éxito aquellos tratamientos a base de aire puro, agua limpia y hierbas medicinales. De allí siguió a Salon de Provence, ciudad a la que lo llevaron los angustia dos reclamos de los ediles locales.

Otra vez dio ba talla contra la peste y otra vez venció. Las autoridades de Salón le pidieron que se quedara en esa ciudad pero un llamado urgente de Lyon lo llevó a proseguir su lucha.

Sin embargo, Salon había quedado grabada en su memoria y, cuando decidió que habla llegado el momento de buscar un lugar don de pasar el resto de su vida, encaminó sus pasos hacia allí.

Como todo científico introvertido, Nostradamus no tenía capacidad administrativa ni espíritu comercial, por lo cual sus servicios muchas veces quedaban impagos, y él no se preocupaba por reclamar las deudas, aún cuando se tratara de pacientes ricos y poderosos.

Cuando decidió radicarse en Salon no tenía dinero suficiente para comprar una casa y tuvo que recurrir a su familia, como lo había hecho muchas otras veces. Fue su hermano César quien encontró la vivienda en la que escribiría sus famosas Profecías y viviría sus últimos años.

El mismo César fue quien pagó por la propiedad y el responsable de presentarle a la mujer con la que habría de contraer segundas nupcias: Anne Ponsard. La dama en cuestión era una viuda rica de mediana edad, una mujer amable y comprensiva con la que Nostradamus compartiría la última etapa de su vida y en quien encontraría un gran apoyo.

Su llegada a Salon coincidió con un giro radical en el transcurrir de sus días. La Medicina fue desplazada del centro de su atención, siendo reemplazada por su interés en la Alquimia, la Astrología y el despertar de su asombroso don profético. Nostradamus supo entonces que había encontrado su destino definitivo.

EL TIEMPO DE LAS CENTURIAS: En la noche del Viernes Santo del año 1554, Michel de Notre Dame, conocido como el doctor Nostradamus, anunció que dedicaría todo su tiempo y esfuerzos a escribir una obra en la cual reuniría y sintetizaría “las posibilidades del futuro de la raza humana”.

Comenzó a pasar sus noches en vela, de pie en la terraza de su hogar, estudiando el curso de las estrellas y recibiendo sus visiones y revelaciones.

A Anne Ponsard le explicó que, en esas noches de contemplación, los siglos por venir se abrían ante sus ojos y cómo las visiones se hadan luz en su mente y en su alma.

Organizó sus profecías en volúmenes denominados Centurias, cada uno de los cuales debía con tener cien profecías escritas en forma de cuartetas o grupos de cuatro versos. El primer tomo de las Centurias vio la luz en 1555 y provocó un auténtico revuelo. Las opiniones se dividieron y la polémica no tardó en desatarse.

Uno de los versos aludía caramente a la figura del monarca que en esos días gobernaba Francia, Enrique II, pero su significado definitivo escapaba a la familia real y sus consejeros.

Entonces, la reina Catalina De Médicis, una mujer inteligente, resuelta y voluntariosa, decidió enfrentar directamente a Nostradamus y le ordenó presentarse ante la Corte y explicar el sentido de la Centuria 35 cuyo texto reza: “El león joven superará al viejo! En campo bélico, por singular duelo.! En jaula de oro le re ventará los ojos.! Dos combates; uno luego morir de muerte cruel”.

Nostradamus explicó entonces que Enrique II (el león viejo) moriría en combate con un noble más joven y Catalina De Médicis, fascinada con la personalidad del sabio y entreviendo la posibilidad de acceder al poder como Regente, le pidió que profetizara el futuro de sus pequeños hijos.

El Delfín de Francia era Francisco, comprometido desde la infancia con María Estuardo, hija del rey de Escocia. Le seguía Carlos, pero el favorito de Catalina era Enrique, Duque de Anjou.

Y cuando Nostradamus le dijo que éste y no su hermano mayor sería rey de Francia, Catalina no dudó de la veracidad de sus afirmaciones.

Cuatro años más tarde, en oportunidad de la boda de su hija mayor, Isabel, con el hijo del rey de España, Enrique II dispuso la realización de una fiesta que duró tres días y para la que se revivieron los torneos o justas de caballería, caídas en desuso, pero a las que el rey era muy aficionado.

Enrique II participó activamente de los torneos y triunfó en el primer encuentro. Pero, en su segundo lance, enfrentó al joven Conde de Montgomery y encontró su destino. La lanza rota de su rival perforó la visera de oro de su casco y se elavó en sus ojos.

Era el 29 de junio de 1559 y la profecía de Nostradamus se cumplía puntualmente. Ciego y con una herida cerebral que le provocó grandes sufrimientos, Enrique II agonizó diez días antes de morir.

El reino de Francisco II, aún menor de edad, duró menos de un año. A su muerte, María Estuardo fue devuelta a Escocia, Catalina De Médicis convertida en Regente del rey Carlos IX, de sólo catorce años, y Francia no tardó en comprobar que una nueva etapa había comenzado.

UNA REINA DE MANO FÉRREA

Catalina De Médicis (imagen) nació en Florencia el 13 de abril de 1519. Era hija de Lorenzo De Médicis Duque de Urbino, llamado El Magnifico, y de Madekinc de la Tour d’Auvergne. Huérfana a poco de nacer, heredó de su padre la inteligencia brillan te y su infatigable capacidad para la intriga política.

A los catorce años se casó con Enrique, Duque de Orleans, hijo del rey de Francia, Francisco I.

Aunque su matrimonio fue largo y de él nacieron diez hijos (sólo siete superaron la primera in Francia) Catalina ocupó un rol secundario en la vida de Enrique II, desplazada por la favorita, Diana de Poitiers, una viuda rica, herniosa y madura, a la que el rey llegó a permitirle el uso público de las joyas reales.

Durante esos años, Catalina no tuvo el menor acceso al poder pero la muerte de Enrique II y la corta edad del Delfín revirtieron la situación. Convertida en Regente, desterró a Diana de Poitiers y comenzó la eliminación sistemática de sus enemigos.

Tildada de arbitraria y despótica, nunca permitió que las leyes se interpusieran entre ella y su voluntad y gobernó con mano férrea, manipulan do a Carlos IX aún cuando éste alcanzó la mayoría de edad y se convirtió en rey por derecho propio.

A la regencia de Catalina se le debe la construcción del palacio de las Tullerías, la ampliación del Louvre y la modernización de la ciudad de París. También a este periodo se atribuyen numerosas muertes por envenenamiento, un arte en el que la reina tenía un interés y conocimiento poco comunes.

Aunque deseaba mantenerse al margen de los conflictos religiosos que causaran miles de muertos en un pasado reciente (de hecho casó a su hija Margarita de Valois con el protestante Enrique de Navarra) terminó aliándose contra los protestantes con Luís de Guisa y presionó a su hijo para que autorizara la Matanza de San Bartolomé, la peor masacre de la historia de Francia hasta el advenimiento del Terror.

Carlos IX murió en 1574 y el hijo predilecto de Catalina De Médicis ascendió al trono como Enrique III. Despótico y vicioso, tuvo un reinado turbulento que se prolongó por quince años.

Políticamente incapaz, por momentos se apoyó en su madre y por momentos la alejó de sí. Catalina De Médicis murió en Blois el 5 de enero de 1589, meses antes de ver concretarse otra profecía de Nostradamus: el asesinato de Enrique III a manos de un monje y el ocaso de la casa de Valois en el trono francés.

NOSTRADAMUS COMO MÉDICO Y ASTRÓLOGO DE LA FAMILIA REAL

Nostradamus regresó a Salon envuelto en un halo de renovado prestigio a causa del favor de la reina. Sin embargo, los honores y la fama no tuvie ron en él el menor efecto.

Su tiempo se acababa y el sabio sólo vivía para profetizar. Noche tras noche Nostradamus contemplaba el cielo y escribía sus cuartetas.

Las predicciones trascendían y los rumo res en torno al médico-profeta iban en aumento. Se hablaba de brujería, de posesión demoníaca, de pactos con Satanás.

El Tribunal de la inquisición empezó a rondar nuevamente, pero la protección de la temible Catalina De Médicis era muy poderosa.

La conmoción creada por la muerte de Enrique II sacudió todas las estructuras de Francia. Catalina De Médicis, convertida en Regente de Carlos IX, viajó a Salon al frente de la Corte para entrevistarse con Nostradamus.

El hecho de que la Regente fuera al encuentro del profeta en lugar de reclamar su presencia en París no escapó a la perspicacia de los cortesanos, habituados a conservar vida y fortuna acomodándose al humor de los poderosos.

La reina se instaló con la Corte en el llamado Palacio del Emperador y se reunió con Nostradamus en la Torre del Reloj. Aunque hubo testigos del encuentro y los saludos iniciales, la audiencia adquirió el carácter de privada y ambos se trasladaron al gabinete particular del sabio, donde conversaron por varias horas.

No se sabe de qué hablaron pero Catalina estaba obsesionada por conocer el futuro del país que desde la muerte de su esposo y su primogénito, gobernaba con poder absoluto. Hacia el final de la entrevista la reina hizo traer a Enrique, su hijo predilecto, al que ansiaba ver coronado rey de Francia.

Ante su insistencia, Nostradamus hizo que el muchacho se desvistiera y examinó sus lunares. La observación confirmó su anterior profecía: Enrique, Duque de Anjou, ascendería al trono de Francia con el nombre de Enrique III.

La Regente suspiró aliviada. En su felicidad, Catalina omitió el detalle de que, para que ese hijo adorado fuera rey, otro menos querido y siempre manipulado debía morir: el tímido, retraído e inmaduro Carlos IX.

La Regente abandonó Salon poco después pero no sin antes haber nombrado a Nostradamus médico y astrólogo personal de su familia y haberle adjudicado una generosa renta vitalicia, honores a los que el sabio dedicó tan poco interés como de costumbre.

Cuando se despidieron, Catalina habló de volver a consultarlo, pero Nostradamus sabía lo que la reina no podía conocer: que aquel sería el último encuentro entre ambos personajes.

LOS ÚLTIMOS ANOS DEL PROFETA

El vidente no vivió para ver a Enrique de Anjou convertido en rey de Francia pero sus dones no necesitaban confirmación alguna. Por eso, cuando vio su propia muerte en el futuro cercano, no se preocupó.

Ni siquiera se apuró a consignar sus profecías: sabía perfectamente cuál era su misión en la Tierra y que dispondría del tiempo necesario para cumplirla.

El 1 de julio de 1556 regresó a Salon de una misión en Arles, ciudad ante cuya Asamblea representó al pueblo en el que se radicara años antes.

A poco de llegar escribió su última profecía: “De vuelti de una embajada/ con el don del rey a la vista! Ya no hará nada más/ Y marchará hacia Dios.! Los parientes, los amigos y hermanos de sangre, / lo hallarán muerto cerca del lecho y del banco”.

Antes de partir hacia Arles había llamado a un notario para dictarle su testamento. Como todo en él, el documento no tuvo anda de convencional y estableció claramente que no deseaba ser “en terrado a la manera habitual, sino colocado verticalmente contra la pared de la iglesia de los franciscanos.

De esta manera, incluso después de mi muerte, ni los estúpidos ni los cobardes, ni los cretinos ni los mal nacidos podrán venir a bailar sobre mi tumba”.

El 2 de julio de 1566, Anne Ponsard lo encontró muerto. Su cuerpo yacía tal como él mismo lo predijera, entre el lecho y el banco.

Sus restos fue ron enterrados de acuerdo a sus disposiciones en el Convento de lesCordeliers pero, años después, fueron trasladados a la Iglesia de Saint Laurent, hasta la que miles de curiosos y peregrinos viajan cada año en número creciente para visitar el lugar de descanso de los restos del hombre que vislumbró el futuro con sorprendente claridad.

Su tumba está señalada por una placa de mármol en la que está inscripto el epitafio compuesto por Anne Ponsard: “Osamentas del muy ilustre Michel de Nostradamus, el único, al juicio de todos los mortales, que con su pluma casi divina haya podido consignar los acontecimientos futuros del Universo entero a partir de los astros. Vivió 62 años, 6 meses, 17 días y murió en Salón en el año 1566. Que la posteridad no moleste su descanso. Anne Ponsard, su esposa, le desea la verdadera felicidad”.