Dinastía Borbón

Biografia de Juan Jose de Austria Vida y Obra Politica

Biografia de Juan Jose de Austria-Vida y Obra Politica

Juan José de Austria (1629-1679), político y general español, hijo natural de Felipe IV. Conocido en su época como don Juan, el nombre de Juan José procede seguramente de una obra apologética, escrita por su colaborador Francisco Fabro Bremundán.

La persona de Juan José de Austria, vinculada a los hechos más dolorosos de la decadencia del poder español en Europa, fue por unos años centro de las esperanzas mesiánicas de quienes confiaban en él para salvar a la monarquía del desastre que la amenazaba.

Biografia de Juan Jose de Austria
Muerto Felipe IV, aglutinó la oposición de la alta nobleza frente a la política de la reina regente, Mariana de Austria, y sus favoritos Juan Everardo Nithard y Fernando de Valenzuela. En 1677, marchó con un ejército sobre Madrid e hizo que su hermanastro, Carlos II, le nombrara primer ministro, cargo desde el que inició importantes reformas que no pudo culminar por su temprana muerte.

Como representante de este sentimiento enfermizo del pueblo que ha perdido el Norte de su rumbo, el infante gozó de una popularidad que realmente no merecía ni por sus cualidades ni por su talento.

Pero ante la descomposición del Estado, ante la perspectiva de una larga regencia y de la privanza de un extranjero, los españoles no hallaron otro recurso que acogerse a las posibilidades que les podía brindar el hijo natural de Felipe IV y la Calderona.

Decir que Juan José de Austria no respondió a las citadas esperanzas es referirse a una observación histórica objetiva.

¿Pero quién era capaz entonces de rehabilitar la fortuna de las armas de España frente a los poderosos ejércitos de Luis XIV, apoyándose en un país empobrecido y arruinado por dos siglos de guerras en Europa y de colonización en América?.

Fruto de una de esas aventuras amorosas a que se entregó con harta frecuencia Felipe IV, Juan José nació en Madrid el 7 de abril de 1629 de la famosa actriz María Calderón.

A poco de venir al mundo, su madre se retiró a un convento.

El niño recibió una buena educación, y pese a las dudas que existían sobre su filiación, fue reconocido por Felipe IV en 1642 y beneficiado con el priorato de San Juan en Consuegra.

Recordando en la corte el nombre de don Juan de Austria, el famoso hijo natural de Carlos V, se le invistió muy pronto con misiones de gran confianza.

En 1647, a los dieciocho años de edad, fue enviado a Nápoles para so-
focar la insurrección de Tomás Aniello, lo que logró con el auxilio de buenos generales.

Desempeñó el cargo de virrey de Nápoles de 1648 a 1651, en cuya fecha regresó a España para participar en los últimos hechos de armas de la guerra de Cataluña.

Asistió al sitio y rendición de Barcelona (1651-1652) y combatió con éxito contra los franceses en Gerona.

Estas acciones, en que desempeñó el papel de pacificador, y sus modales simpáticos y agradables, le dieron una popularidad merecida.

En 1656 la corte le nombró gobernador de los Países Bajos, cargo de suma responsabilidad a causa de la guerra que dirimían Francia y España.

En el transcurso del mismo año, obtuvo al lado de Conde la victoria de Valenciennes, en cuya acción demostró innegable arrojo.

Pero dos años más tarde, Turena le derrotaba por completo en la batalla de las Dunas (14 de junio de 1658), triste preliminar de la paz de los Pirineos (1659).

Pese al fracaso de las Dunas, la corte de Felipe IV no había perdido la confianza en Juan José de Austria.

En 1661 se le confió el mando del ejército que operaba en Extremadura contra Portugal.

Al iniciarse la campaña obtuvo éxitos apreciables; pero la ofensiva no progresó debido a su indolencia.

En 1663 era derrotado en Ameixial, de modo muy grave para la causa de España. Este revés fue aprovechado por el partido de la reina Mariana de Austria para perderle.

Desposeído del mando del ejército, se retiró a Consuegra. Aquí se hallaba cuando murió Felipe IV (1665).

Desde este momento se convirtió en jefe del partido de la oposición contra el gobierno del padre Nithard privado de la regente Mariana de Austria.

Aprovechando los descalabros sufridos por España en la guerra de Devolución, redobló sus ataques contra Nithard, hasta el punto que éste decidió poner coto a sus demasías.

Pero don Juan huyó de Consuegra, se refugió en Barcelona, y desde aquí emprendió una verdadera marcha militar sobre Madrid (1669).

El pueblo le aclamaba como salvador de España. Pero a don Juan le faltó decisión y valor; se satisfizo con obtener la destitución de Nithard y con formular unas cuantas admoniciones políticas a la regente.

El 4 de junio de 1669 aceptó el cargo de virrey de Aragón con la esperanza de rehacer su partido, debilitado por sus últimas claudicaciones.

El desgobierno del Estado bajo lo privanzade Valenzuela rehizo el crédito de Juan José de Austria.

A fines de 1677, poco después de la mayoría de edad de Carlos II, fue nombrado ministro universal de la corona, triunfando sobre Mariana de Austria y Valenzuela.

Su período de gobierno fue muy breve, pues murió el 17 de septiembre de 1679 en Madrid.

Sin embargo, aun se vio obligado a firmar la Paz de Nimega (1678).

La muerte le libró de la destitución, medida que hacía prever el rápido desencanto de la gente que le había considerado dotado de poderes sobrenaturales para restaurar España.

fuente


Biografia de Stendhal y Su Obra Literaria Novelista Frances

Biografía de Novelista Stendhal y su Obra Literaria

Escritor francés (Grenoble 1783 – París 1842). Henri Beyle, de familia burguesa, quedó tempranamente huérfano de madre, a quien adoraba, mientras que detestaba a su padre, conservador y típico representante de su clase social.

A los dieciséis años fue a París a estudiar, pero pronto se incorporó al ejército napoleónico como funcionario, participando en varias campañas.

Stendhal Novelista frances

Cada día más clásico, en camino de llegar a ser el más clásico de los novelistas franceses, y, sin embargo, poderosamente original y siempre nuevo, Enrique Beyle, más conocido desde luego con el seudónimo de Stendhal, que adoptó no se sabe por qué causas, es uno de los literatos más eminentes del siglo XIX.

Su obra no fue apreciada durante su vida; pero, a partir de los últimos decenios, ha ido adquiriendo una importancia cada día más evidente.

Romántico, porque éste era el sello de su generación, pero no al estilo del romanticismo de 1830, Stendhal fue sobre todo un gran escrutador de caracteres, el iniciador de la novela de análisis psicológico.

El mismo nos dice que era un admirador apasionado de Shakespeare, y a este gran trágico inglés se ha de filiar su producción literaria. En todo caso, Stendhal supo «darse cuenta» del mundo y de las pasiones que le agitaban, y las describió en forma magistral.

BIOGRAFIA: Su padre, Chérubin Beyle, fue abogado en el Parlamento, y Stendhal jamás guardó buenos recuerdos (al igual que de su ciudad natal) , y lo describe «sombrío, tímido, rencoroso, déspota y rutinario»; su madre, en cambio, «era el alma y la alegría de la familia, me quería con pasión», pero esta madre adorada murió en 1790, cuando él tenía siete años, y así «terminó toda la alegría de mi niñez», dice.

Al enviudar, el señor Beyle se acerca a la familia de su esposa, y Henry y sus dos hermanas menores (Pauline, la buena, y Zénaide, «la soplona», la predilecta de su odiado padre) frecuentaron mucho la casa de su abuelo materno, Henry Gagnon, «un hombre excepcional que había hecho una peregrinación a Ferney para conocer a Voltaire, quien le había recibido con grandes muestras de deferencia».

Con este abuelo iba a congeniar, pero tenía una fuerte actitud de rechazo frente a todo lo que quería inculcarle su familia, a la que detestaba en bloque, como no tardó en detestar también a su primer preceptor, en quien veía a un aliado de su padre. «Un perfecto granuja» es lo más amable que dirá de este maestro.

Aquel adolescente solitario y taciturno, tímido y orgulloso, asiste desde 1796 a la Escuela Central de Grenoble que la Revolución acababa de crear para sustituir a los antiguos colegios religiosos.

Se interesa por el dibujo y las matemáticas, sobre todo por las matemáticas, ya que considera que en ellas «la hipocresía era imposible» y que juzga además que son «el único medio para abandonar aquella ciudad que aborrecía y que aún odio».

Efectivamente, un premio le abre las puertas de la Escuela Politécnica de París, y en octubre de 1799, venciendo la resistencia de su familia, que ve en París «la ciudad de la corrupción», sale de Grenoble en dirección a la capital.

Las matemáticas habían sido el pretexto para salir de su ciudad natal, pero una vez en París no se dignó a presentarse en el examen de ingreso de la Escuela Politécnica; tenía otros proyectos, quería dedicarse al teatro, escribir comedias como Moliere. Por el momento vagaba por la gran ciudad ocioso y desorientado, un poco en busca, dice, de «un corazón amigo».

Acompañó a Napoleón en su campaña de Italia de 1800, recibió el bautismo de fuego en los Alpes y oyó el cañoneo de Marengo. Pero lo más importante para su vida fué el contacto con esa deliciosa Italia, que para él sería una segunda patria.

Subteniente de dragones en el otoño de 1800, renunció a este cargo en 1802 nara dedicarse a la literatura dramática. En París frecuentó los salones y los teatros.

Después de una fracasada tentativa comercial en Marsella (1804-1806), ingresó de nuevo en la administración napoleónica. Como diputado del Comisariado de Guerra, entró en Berlín con Napoleón en 1806.

En julio de 1806 se pone a las órdenes (de muy malas ganas) de un pariente de su abuelo para administrar un negocio en París, pero a las pocas semanas se declara la guerra a Prusia, y Beyle que se había listado en el ejército francés, sale para Alemania, aunque sin uniforme, grado ni empleo.

En Brunswick trabaja durante dos años en la intendencia militar, cumpliendo escrupulosamente sus funciones, pero sin gran entusiasmo.

En 1809 está en Estrasburgo buscando alojamiento, evacuando heridos y cuidando de los hospitales militares, y forma parte del cortejo de Napoleón cuando éste hace su entrada triunfal en Viena, después de la batalla de Wagram.

Al año siguiente empieza en París los veinte meses tal vez más brillantes de su vida. Ha sido nombrado auditor del Consejo de Estado, se encarga de la conservación del palacio de Fontainebleau, vive con fastuosidad, tiene dos coches con caballos, frecuenta los salones mundanos y tiene una amante judía, llamada Angelina Bereyter.

Durante dos años residió en Brunswick y en 1809 estuvo en Viena. Auditor en el Consejo de Estado de París en 1810, en 1812 hizo la campaña de Rusia, y en 1813, la de Alemania. Al año siguiente organizó el Delfinado para hacer frente a la invasión extranjera, demostrando actividad y energía. El gobierno de Luis XVIII le declaró cesante con un pequeño retiro; entonces (1814) Beyle trasladó su residencia a Italia, en donde había pasado temporadas en 1812 y 1813.

Todo duraría muy poco, porque  en el verano de 1812 empieza la campaña de Rusia. Allí va como correo de Su Majestad el Emperador y entra en Moscú abandonado por la población civil y entregado al saqueo de las tropas francesas.

Después de muchas penalidades, el 31 de enero de 1813 está de regreso en París. Se siente enfermo, apático y desalentado, redacta su testamento. Pero la guerra continúa y a los pocos meses recibe órdenes de trasladarse a Alemania, donde mas tarde consigue un traslado debido al empeoramiento de su salud.

Durante una serie de años, si no ha llevado una vida heroica, ha vivido al menos a la sombra del heroísmo y se ha forjado un ideal noble y grandioso que parecía podía ser realidad. Ahora el Imperio napoleónico se ha derrumbado, tiene más de treinta años, se encuentra sin empleo y con treinta y siete mil francos de deudas.

Hasta 1814 viajó por toda Europa, y a la caída de Napoleón se instaló en Milán, Italia, donde escribió sus primeras obras.

Decide vender todo lo que posee y trasladarse a Milán, pero antes, en cincuenta días, escribe su primer libro titulado: Cartas escritas desde Viena de Austria sobre el célebre compositor Joseph Haydn, seguidas de una vida de Mozart y de consideraciones sobre Metastasio y el estado presente de la música en Francia y en Italia.

Un título muy largo para un simple plagio de unos cuantos libros que había comprado en Italia; es indiscutible que los fragmentos originales de la obra son muy escasos y que en aquellos momentos sabía muy poco sobre el tema. El libro se publicó a cuenta del autor e iba firmado con un seudónimo.

En la primavera de 1818 conoció a una dama de gran belleza que debía protagonizar uno de los capítulos amorosos más importantes de su vida; Matilde Viscontini, de veintiocho años, vivía separada de su marido, el oficial polaco Jan Dembowski, y aunque en un principio pareció sentirse atraída por el escritor, no tardó en rechazarle, en parte influida por los consejos de su prima, la señora Traversi (personaje que, con un papel similar, se convertirá en la señora Derville de El rojo y el negro).

Stendhal ideó entonces una especie de justificación de su amor que una vez más, ahora no por motivos políticos, sino de discreción personal, disfraza a los ojos de los indiscretos. Así nace el libro Sobre el amor, que se publica en París en 1822, donde se confiesa secretamente ante su amada, aportando un documento de gran valor autobiográfico. Matilde moriría pocos años después, en 1825.

En 1821 volvió a París, hombre de agitada vida amorosa, se dedicó a escribir artículos para poder mantener la vida mundana que le gustaba.

Para 1823 su situación económica se había hecho alarmante, sus gastos superaban en mucho a sus ingresos, y por otro lado su fama literaria estaba lejos de estar consolidada. Pronto iba a cumplir cincuenta años y su obra, desconocida para el gran público, tenía muy poca entidad. En estas circunstancias podía casi considerarse como un fracasado.

Pero la revolución de julio de 1830 fue su salvación; Stendhal no participó en los combates callejeros que terminaron destronando a la rama primogénita de los Borbones (en aquellos días escribía El rojo y el negro), pero sus ideas liberales eran muy notorias, hasta el punto de que se creyó con el derecho de pedir un puesto importante, quizá una prefectura. El ministro del Interior no le hizo caso y entonces solicitó un consulado en Italia. Stendhal obtuvo un empleo de cónsul en su adorada Italia, pero muy pronto fue cuestionado y relevado por sus ideas disolventes.

Aun siendo por formación romántico, aborrecía el lirismo de Víctor Hugo y de Lamartine, detestaba el estilo ampuloso y afirmaba que para ser natural en sus escritos leía todas las mañanas un par de páginas del código civil. Stendhal hace unos finos análisis psicológicos; para él el individuo no existe fuera de su propio contexto, y por ello describe la situación política en que evolucionan sus personajes.

Respecto a la calidad de su obra literaria, los personajes apasionados y románticos de Stendhal son muy característicos. Alienados por las contradicciones, intentan escapar a éstas por medio de la comunicación con los demás. Pero no son capaces de dejarse llevar y de liberar sus pasiones. La timidez, el amor propio exagerado, la desconfianza o la ingenuidad envenenan particularmente el sentimiento amoroso.

El ambicioso Julien Sorel de El rojo y el negro es un contradictorio personaje romántico atrapado entre la nobleza y la burguesía, clase en plena ascensión y caracterizada por la riqueza y el liberalismo. Otro de sus personajes, de corte autobiográfico, es Lucien Leuwen, dividido también entre el realismo burgués del dinero y la aspiración idealista a la gloria. El Fabricio del Dongo de La cartuja de Parma confirma una oposición similar que desgarra interiormente a la nobleza.

En El rojo y el negro, Julien Sorel, un joven de origen humilde y de apariencia tímida, aunque ambicioso, es tomado como preceptor de sus hijos por el señor de Renal, alcalde de una pequeña ciudad. Muy pronto simpatiza con su mujer, de la que se hace amante y con quien se inicia en la vida mundana de provincias.

La señora de Renal, preocupada por los rumores, aleja de sí a Julien, que entra en el seminario de Besancon. Desde allí, su superior, que simpatiza con él, le envía a París como secretaric del marqués de la Mole. Julien, estimado por su protector, despierta la admiración de Mathilde, hija del marqués, que se enamora de él.

Mathilde queda encinta y el matrimonio se hace indispensable. El marqués le procura un titule nobiliario. Pero la señora de Renal, empujada pe: su confesor, denuncia el arribismo y la falta de escrúpulos de Julien. Este, que ve arruinada su carrera social, vuelve a la ciudad de provincias ;dispara a su examante en la iglesia, durante la misa. Es arrestado y condenado a muerte.

En sus últimos días, Julien reflexiona y se percata de que su verdadera personalidad era la desinteresada que se había enamorado de la señora de Renal, mientras que el amor a Mathilde y su ambición carecíax de sentido. La señora de Renal le conforta en sus últimos días y, tres días después de la ejecución de Julien, muere abrazada a sus hijos.

En 1838 escribe en apenas cincuenta y dos días, La cartuja de Parma. Aquí Stendhal concibe un sueño imposible de energía juvenil, de plena vitalidad, se permite el lujo de imaginar a un héroe entregado al frenesí de la acción gratuita, impulsado por lo que él llama «ese instinto de felicidad», viviendo entre exaltantes peligros y aventuras, superando obstáculo tras obstáculo casi con una sonrisa en los labios.  Ésta es la segunda gran novela stendhaliana, la que, junto con El rojo y el negro, le asegura la inmortalidad.

Al escritor le quedaban ya muy pocos años de vida,en su soledad se distrae cazando y ocupándose de excavaciones arqueólogicas, pero le atormenta la gota, dice sentirse muy viejo y muy cansado. Ya no logra interesarse por las actividades literarias; Lamiel, la novela que está escribiendo ahora, avanza muy lentamente, fallece el 23 de marzo de 1842.-

Fuente Consultada:
Forjadores del Mundo Contemporáneo – Tomo I- Entrada: Stendhal, “El Creador de la Novela Psicológica” – Editorial Planeta
Enciclopedia Temática Ilustrada – Tomo de Biografías – Editorial GR.U.P.O. S.A.

Reinado de Carlos X de Francia Biografía y Gobierno

BIOGRAFÍA Y GOBIERNO DE CARLOS X DE FRANCIA

La restauración monarquica en Europa de 1815, sufrió una leve transformación al morir Luis XVIII en 1824 y llegar al trono Carlos X. Carlos X (1757-1836) era nieto de Luis XV y hermano menor de Luis XVI, y fue  rey de Francia durante 6 años, desde 1824-1830. Se le conocía como Carlos Felipe, conde de Artois, hasta que fue proclamado rey. Fue uno de los líderes durante la Revolución Francesa.

Posteriormente residió en Gran Bretaña (1795-1814). Tras la ascensión de Luis XVIII al trono francés (1814), Carlos regresó a Francia, donde encabezó al reaccionario partido ultramonárquico. El favoritismo hacia la Iglesia católica y la aristocracia que caracterizó su reinado levantó un gran rechazo en el pueblo. Atacado internamente por todos, pensó que una aventura guerrera fuera de Europa afianzaría su poder, sin enemistarlo con los demás soberanos europeos.

Así concibió la expedición a Argelia y al norte de África. Sin embargo, para realizarla debió desafiar la amenaza de Inglaterra, cuya posición era predominante en el Mediterráneo. De todas maneras, el resto de Europa veía con benevolencia esta acción francesa que, cualquiera que fuera su resultado, limitaría el absorbente y cada vez más extenso poderío inglés.

La aventura no fue secundada por el pueblo francés y la burguesía mantuvo su oposición al rey, quien limitó más la libertad de prensa, lo que condujo a la revolución en 1830, conocida como la Revolución de Julio. La revolución ganó la calle, se enarboló nuevamente la bandera tricolor y Carlos X debió huir del país.

Revolución de 1830: En la ciudad de París estalla un movimiento revolucionario que obliga a abdicar al rey francés de la Casa de Borbón, Carlos X, antes de extenderse a otros países europeos. Aunque los dirigentes más radicales propugnan la instauración del régimen republicano, los liberales defienden la continuación de la monarquía, si bien limitada en sus poderes, en la persona de Luis Felipe, duque de Orleans, que poco después será proclamado rey de Francia por la Asamblea Nacional.

carlos x de francia

El rey francés Carlos X sucedió a su hermano Luis XVIII en 1824 y acentuó la política reaccionaria de la restauración monárquica.  En el retrato  aparece Carlos X con la vestimenta propia de la consagración regia.

Carlos X a sus 67 años de edad, como nuevo rey conservaba del gran señor del Antiguo Régimen los modales y los principios. Su esbelta figura, sus aristocráticas maneras y su elegancia eran legendarias. Aferrado a las prerrogativas reales más que a nada, se hizo consagrar en Reims con el mayor ceremonial.

Contrario a toda reforma, estaba completamente decidido a continuar con la política reaccionaria; pero su falta de inteligencia, su mediocridad y su testarudez terminarían por perderle. Villéle siguió en su puesto y trató de consolidar la mayoría ultra para satisfacer a su nuevo soberano. Ligó más estrechamente el clero al Gobierno, haciendo votar la ley sobre el sacrilegio, que penaba severamente los ultrajes a la Iglesia. Y se aseguró el apoyo de los defensores del Antiguo Régimen haciendo votar la ley de los mil millones en favor de los emigrados, que indemnizaba a todos los que habían visto confiscados sus bienes por la Revolución.

Estas leyes irritaron a la oposición, que manifestó su hostilidad de diversas maneras: los entierros de liberales como el general Foy, Manuel y La Rochefoucault-Liancourt sirvieron de pretexto para que se reunieran inmensas multitudes, que chocaron violentamente con la policía.

En la Cámara, los constitucionales, con Royer-Collard a la cabeza, formaron un bloque con los liberales, los galicanos, e incluso con «la punta», grupo de oposición de extrema derecha, dirigido por La Bourdonnaye y Chateaubriand. Villéle pensó poner fin al desorden que provocaban, disolviendo la Cámara «retrouvée» para anticipar las elecciones, pero éstas arruinaron sus esperanzas: todos los oposicionistas se habían unido en la sociedad denominada «Ayúdate a ti mismo, y el cielo te ayudará», dirigida por Guizot; su propaganda fue tal, que consiguieron sacar 250 diputados contra los 200 que obtuvieron los partidarios del Gobierno.

Considerando lo ocurrido, Villéle presentó su dimisión al rey, en enero de 1828. Carlos X se halló, pues, ante una Cámara ingobernable, la mayoría de cuyos diputados le era hostil. Comenzó por contemporizar, y puso en el ministerio del Interior al vizconde de Martignac, un constitucional de derecha, partidario del acercamiento a los liberales. Todos sus proyectos de ley fueron rechazados por la Cámara de Diputados, y Carlos X se sirvió de estos fracasos para destituir a Martignac, en agosto de 1829, y confió el ministerio a uno de sus amigos ultras, el príncipe de Polignac. El nuevo ministro, hijo de la favorita de María Antonieta, y jefe de la emigración, se rodeó de ultras, todos hostiles a la Carta Constitucional.

1830: LAS «TRES GLORIOSAS»
Junto a los republicanos, que atacaban al régimen en sus periódicos «La Tribune» y «La Jeune France», apareció una nueva corriente de oposición, formada alrededor del duque de Orleáns; sus partidarios, entre los que se encontraban Talleyrand, Carrel, Mignet y Thiers —estos dos últimos, directores del periódico «Le National»—, eran realistas moderados, preocupados, sobre todo, por los intereses de la burguesía; la República les atemorizaba tanto como la vuelta del Antiguo Régimen, y soñaban con una monarquía a la inglesa, en la que el poder estuviera repartido entre el rey y las Cámaras. Ante la amplitud de la agitación, el soberano acabó por convocar a las Cámaras en marzo de 1830.

Las acusaciones y las amenazas proferidas por él en el discurso de la Corona contra los oposicionistas, no intimidaron en absoluto a éstos; en la contestación, votada por 221 diputados, se proclamaba solemnemente el derecho de los franceses a discutir los intereses públicos, y se acusaba al rey de violar abiertamente la Carta. Ante tanta jactancia, Polignac hizo disolver la Cámara y fijó la fecha de las nuevas elecciones para el mes de junio o julio.

Raras veces una campaña electoral conoció una animación semejante. El Gobierno depuró los ministerios, censuró los periódicos, hizo que interviniese el clero e incluso el rey, que dirigió un solemne llamamiento a los franceses. Pero la oposición no se mostró menos activa, y, pese a los obstáculos, consiguió un triunfo sin precedentes, obteniendo 274 diputados.

El Gobierno no tenía más que una alternativa: aceptar lo ocurrido, o apelar a la fuerza. Carlos X hizo que se recurriera al artículo 14 de la Carta, que le permitía promulgar ordenanzas con fuerza de ley; así, el 25 de julio, firmó, en el castillo de Sainr-Cloud, las cuatro famosas ordenanzas que iban a desencadenar la revolución.

La primera de ellas sometía la prensa, «instrumento de desorden y de sedición», a una censura rígida, y ningún periódico podría publicarse sin autorización previa, renovable cada tres meses, bajo pena de ser secuestrado. La segunda decretaba la disolución de la nueva Cámara, debido a las maniobras que «habían engañado y extraviado a los electores».

La tercera concedía el derecho de voto sólo a los ciudadanos franceses que pagasen contribución territorial y el impuesto personal y mobiliario, descartando así a muchos comerciantes, industriales y miembros de profesiones liberales juzgados muy hostiles al régimen. Por último, la cuarta disponía que las nuevas elecciones se celebrasen en septiembre.

Los periodistas fueron los primeros en reaccionar: el 26 de julio, firmaron un llamamiento redactado por Thiers, en el que declaraban que publicarían sus periódicos sin petición de autorización previa, «ya que el Gobierno había perdido el carácter legal que obliga a la obediencia». Aquel atardecer, se manifestaron obreros, impresores y estudiantes al grito de «¡Abajo los ministros!». Al día siguiente, obreros y artesanos de los barrios populares se unieron a ellos, y se levantaron las primeras barricadas en las calles de la capital. Cuando, el día 28, llegó a París la noticia del nombramiento del mariscal Marmont (que había traicionado al emperador en 1814) como jefe del ejército, miles de hombres y mujeres se echaron a la calle, y, portando banderas tricolores al frente, ocuparon el barrio de Saint-Antoine, y después el Ayuntamiento y Notre-Dame.

El joven republicano Cavaignac se apoderó, con ayuda de los alumnos de la Escuela Politécnica, de varios cuarteles y distribuyó armas a la población. Los regimientos reales que no se habían pasado al lado de los insurgentes fueron aplastados en pocas horas; el Louvre y las Tullerías fueron sitiados; Marmont, derrotado, tuvo que evacuar París. El pueblo por sí solo, y en tres jornadas —las «tres gloriosas»—, había barrido a una monarquía execrada.

LA VICTORIA FINAL DE LOS ORLEANISTAS
Cuando la victoria del pueblo fue indudable, los diputados de la oposición comprendieron que no era posible ningún compromiso con Carlos X; así, cuando éste, consciente, al fin, de los peligros que corría, les envió emisarios para darles cuenta de que retiraba las ordenanzas promulgadas, aquéllos se negaron a recibirlos. Hostiles a Carlos X, estos ricos burgueses no lo eran menos a la república democrática. Supieron aprovecharse, hábilmente, de una situación que les era favorable; en efecto, el partido republicano no tenía ni jefes de prestigio, ni un programa coherente, ni arraigo profundo en el pueblo.

Ellos, en cambio, tenían un candidato y un programa, pero era necesario actuar con rapidez; reunidos en la tarde del 29, en casa del banquero Laffitte, con los jefes orleanistas nombraron una comisión municipal de cinco miembros, encargada de administrar provisionalmente París; después, por la noche, hicieron cubrir las calles de la capital con carteles donde se trazaba un retrato elogioso del duque de Orleáns, partidario de las conquistas de la Revolución, de la Carta Constitucional y de la bandera tricolor. Y les fue fácil, en las primeras horas de a tarde del día 30, convencer a los diputados y a los pares de que enviaran una delegación a Luis Felipe para ofrecerle la lugartenencia general del reino, hábil solución que descartaba la República y no imponía aún la monarquía.

Aunque Carlos X no había abdicado todavía, Luis Felipe respondió favorablemente a la proposición. Aprovechándose de las rivalidades entre los republicanos y los bonapartistas, los orleanistas organizaron, el día 31, un gran cortejo que, a través de las calles de París obstruidas por las barricadas, condujo a Luis Felipe, triunfalmente, de su residenica del Palais Royal al Ayuntamiento. Aunque primeramente hostil, la masa acabó por dejarse convencer y aplaudió hasta con entusiasmo cuando el príncipe, acompañado por el viejo La Fayette, ganado por el partido orleanista, apareció en el balcón, envuelto en una bandera tricolor.

Para evitar lo peor, Carlos X abdicó en favor de su nieto, el duque de Burdeos, hijo póstumo del duque de Berry, y rogó a Luis Felipe que asumiera la regencia; pero éste se negó e hizo un llamamiento a los parisienses para que marcharan sobre Rambouillet, refugio del viejo soberano. Entonces, el rey huyó a Inglaterra, dejando el trono vacante. El 3 de agosto, las Cámaras ofrecieron a Luis Felipe el título de rey de los franceses, a condición de que aceptara la revisión de la Carta y que prestara juramento ante ellas. Así terminó el período de la Restauración.

La toma de Argelia, unos días antes de la revolución, la excelente situación económica de Francia, la paz mantenida desde hacía quince años, no habían sido bastantes para salvar a un régimen cuyos excesos le habían hecho muy impopular.

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov

Anexión de Portugal a España Gobierno de Pedro II de Portugal

PORTUGAL ANEXIONADA A ESPAÑA:
En 1578 el rey Don Sebastián de Portugal lanzó a su patria en una loca expedición contra los marroquíes, y éstos aplastaron al ejército invasor en Alcazarquivir. Don Sebastián encontró la muerte en esta batalla, dejando vacante el trono de Portugal. Felipe II que, por su madre, era uno de los posibles sucesores al trono e indiscutiblemente el de mejor derecho, supo, con una hábil política diplomática, hacerse elegir rey por las Cortes de Tomar.(o Thomar)

Sebastián (de Portugal) (1554-1578)

Sebastián (de Portugal) (1554-1578), rey de Portugal (1557-1578). Hijo del príncipe real Juan de Braganza y nieto y sucesor del rey Juan III, nació en Lisboa. Con la muerte de su abuelo, en 1557, y habiendo ya fallecido su padre, ocupó el trono en calidad de regente la viuda Catalina de Austria hasta 1562.

Antes de su elección, se había comprometido a respetar todas las leyes y libertades del país; a no nombrar más que portugueses para los cargos de virrey, gobernadores y administradores; a dejar una cierta indepedencia a su imperio colonial; a reunir regularmente las Cortes. Pero muy pronto, todas estas promesas se quedaron sobre el papel y Portugal fue reducida a la condición de estado vasallo, obligado a suministrar impuestos, soldados y navios a España.

Las Cortes no fueron reunidas jamás; muchos de los dirigentes nombrados por el rey fueron españoles que se distribuyeron las mejores tierras y los cargos más lucrativos. Se organizó una primera resistencia en las Azores, pero fue aplastada rápidamente por el ejército español. Dominada por España, Portugal carecía de medios para luchar contra su rival, Holanda.

Esta puso pie en Brasil y en las colonias portuguesas de África, destruyendo completamente la ciudad de Mozambique. Prohibiendo todo comercio entre los dos países, España asfixió el puerto de Lisboa, que perdía uno de sus más importantes clientes. Probando su total desinterés con respecto a Portugal, Felipe III no fue más que una vez, en 1618, para agobiar al país con impuestos. Felipe IV no lo visitó jamás. Bajo su reinado el imperio portugués continuó disgregándose lentamente.

La flota portuguesa dirigida por el gran Almirante Ruis de Andrade, fue aniquilada por los ingleses, que se apoderaron de Ormuz en el Golfo Pérsico; los holandeses se apoderaron de Bahía y de Recife, en Brasil, así como de las Molucas. Además, para responder a las exigencias de la Guerra de los Treinta Años, Olivares instituyó, en 1636, un nuevo impuesto en Portugal, reforzó los contingentes militares y pensó también suprimir las Cortes.

LA INDEPENDENCIA RECOBRADA
El descontento crecía en todo el país y las esperanzas se dirigían al duque de Braganza que se consideraba con derecho a la sucesión. Por su origen y su inmensa fortuna  territorial, este aristócrata era el señor más poderoso del país y se había mostrado siempre hostil a la dominación española. Cuando estalló en 1640 la revuelta catalana,  las  tropas  castellanas  que  residían en  Portugal  salieron  para  Barcelona.

Los portugueses aprovecharon esta ocasión única para recuperar su libertad. El 10 de diciembre de 1640, representantes de la nobleza llegaron al palacio real, expulsaron a .a  guardia española y proclamaron  rey  al duque de Braganza.

Quince días más tarde, era coronado Juan IV entre las aclamaciones de una muchedumbre delirante, liberada al fin, después de sesenta años de dominación. Francia, Inglaterra, los Países Bajos, reconocieron en seguida el hecho consumado; por el contrario, el papa Urbano VIII, rajo la presión de los enviados de Felipe IV, se negó a investir a los nuevos obispos portugueses hasta 1668.

Los primeros años del reinado de Juan IV vieron un restablecimiento de la situación del país: las Cortes votaron los subsidios necesarios para reorganizar el ejército y la marina; Lisboa volvió a ser un puerto franco abierto a todas las flotas mercantes; se emprendió con éxito la reconquista del Brasil contra los holandeses; hasta el tratado de los Pirineos, Esriña no intentó más que episódicamente, sin éxito, volver a intervenir en Portugal.

En 1656 Juan IV murió, dejando por sucesor a un adolescente anormal de trece años: Alfonso IV. El poder fue ejercido de hecho por un aristócrata enérgico y hábil, Gástelo Melhor. Liberadas de la guerra con Francia, las tropas españolas estaban listas en adelante para invadir Portugal; consciente del peligro, Melhor obtuvo el apoyo de Inglaterra, negociando el matrimonio de la hermana de Alfonso IV, Catalina de Portugal, con el rey de Inglaterra Jacobo II. Como dote, la joven princesa aportaba Tánger, Bombay y dos millones de cruzados.

alfonso iv de españa

Gracias a la aportación de tropas inglesas y a las grandes cualidades militares de Melhor, el ejército español fue derrotado, por primera vez, en Ameixial en 1633, dejando 8.000 hombres sobre el terreno, y después aniquilado definitivamente en Montesclaros en 1665; Felipe IV había lanzado 20.000 hombres en esta última batalla; los ingleses y portugueses, aunque menos numerosos, alcanzaron la victoria gracias a una táctica y un mando muy superiores.

En 1668, España debió resignarse a firmar una paz con Portugal en la que reconocía su independencia y no conservaba de su antigua dominación más que el puerto marroquí de Ceuta.

PEDRO II DE PORTUGAL
Portugal entró en un nuevo período de su historia caracterizado por el fortalecimiento de la monarquía, una fuerte dependencia económica con respecto a Inglaterra y la consolidación de lo que quedaba del antiguo imperio, a saber: Brasil, Angola, donde seguía la trata de negros, Goa, Macao, Timor. Alfonso IV se había desposado con una parienta de Luis XIV, María Francisca de Saboya, que siempre estuvo alejada de este esposo débil e incapaz; enamorada de su cuñado Pedro II, puso en marcha una conspiración para entregar la corona a su amante.

Pedro de Portugal

Pedro II (de Portugal) (1648-1706), rey de Portugal (1683-1706). Séptimo hijo de Juan IV, accedió al trono tras la muerte de su hermano Alfonso VI.

A pesar de sus gloriosos servicios, Castelo Melhor fue exiliado; las Cortes obtuvieron de Alfonso IV que abandonase el poder a su hermano menor; a él le enviaron a las Azores y después a Cintra, donde murió en 1683. Durante este tiempo, Pedro tomó el título de gobernador, y el de rey después de la muerte de su hermano. Finalmente María Francisca hizo anular su primer matrimonio y se casó con Pedro II.

Murió en 1683, no habiendo dado al rey más que una niña; éste se volvió a casar, cuatro años más tarde, con una hija del Elector Palatino, María Sofía, con la que tuvo cuatro hijos. Pedro II se dedicó desde el principio a sanear la economía del país. Su ministro Briceira promulgó una serie de medidas proteccionistas para estimular las producciones del país; un acuerdo firmado en 1703 con Inglaterra autorizó la entrada libre de lanas inglesas en Portugal y la exportación de vinos portugueses a Inglaterra, lo que llevó consigo un gran impulso del viñedo.

En  1699, fueron descubiertos en Brasil importantes yacimientos de oro y el metal precioso afluyó a la corte de Lisboa; el rey aprovechó la independencia financiera que este descubrimiento produjo para no convocar las Cortes y gobernar como monarca absoluto. Pedro II había comprendido que era necesaria la paz para el enriquecimiento de su reino y había hecho todo para mantenerla, pero su dependencia económica respecto de Inglaterra debía inevitablemente arrastrarle en la gran coalición contra Francia, cuando los asuntos de la sucesión de España.

Pedro II murió en 1706, antes de que esta guerra hubiese acabado. Dejaba a su hijo el joven Juan V un reino sólido,  próspero e  independiente.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Fin del Dominio Español en Italia Rebelión de Nápoles y Sicilia

FIN DE LA ITALIA ESPAÑOLA
A principios del siglo XVII, España tenía una influencia preponderante en Italia: poseía Sicilia y el reino de Napóles, Cerdeña, el ducado de Milán, los presidios de Toscana, que comprendían muchas ciudadelas, y la isla de Elba. Eran independientes los Estados del Papa, el Gran Ducado de Toscana, las repúblicas de Venecia y Genova, el Ducado de Piamonte (Saboya y varios Estados de menos importancia); pero, con excepción de Venecia, ejercía sobre ellos España una especie de protectorado.

La decadencia que conoció España a lo largo de todo el siglo repercutió profundamente sobre las posesiones italianas, de las cuales algunas escaparían a su influencia en gran parte. Paralelamente, los pequeños estados independientes, que no tenían nada que hacer en una Europa dominada por Estados modernos y centralizados, conocieron un declive muy rápido.

Después del tratado de Cateau-Cambrésis de 1559, una gran parte de Italia estaba bajo la supervisión de un consejo, que residía en Madrid y delegaba en soldados y monjes para intensificar la hispanización. En el estado general de corrupción existente en el reinado de Felipe III, la función de virrey era un medio para enriquecerse considerablemente la alta nobleza a costa de las poblaciones sometidas.

Bajo el reinado de Felipe III el duque de Osuna ocupó este cargo en Sicilia y después, y a partir de 1616, en el reino de Napóles; ambicioso y refinado, quería extender su dominación sobre toda Italia y disminuir especialmente la potencia veneciana.

En varias ocasiones trabó combate su flota con la de la Serenísima y le causó graves daños. La crueldad de que dio pruebas con respecto a la población de Nápoles, a la que aplastó con impuestos y redujo a la miseria, levantó contra él Italia entera. Pero la desgracia de su protector el duque de Lerma, los requerimientos del clero y la nobleza, cansados de su orgullo e inmoralidad, acabaron por provocar su caída.

En 1620 fue llamado a Madrid, acusado de traición y encarcelado, muriendo poco tiempo después. Su marcha no mejoró la situación de los napolitanos, que conocieron de nuevo la miseria y el hambre, y fueron obligados a pagar nuevos impuestos para financiar la Guerra de los Treinta Años.

LAS REBELIONES DE NÁPOLES Y SICILIA
El 7 de julio de 1647, a propósito de una nueva tasa impuesta sobre los frutos, estalló en Ñapóles una rebelión; un joven vendedor de pescados llamado Masaniello (Tomás Aniello) tomó la dirección y, en algunas horas, los insurgentes reinaron en la ciudad, abandonada a toda prisa por el virrey y su corte. Masaniello intentó organizar una dictadura democrática, pero fue desbordado rápidamente por una parte de sus tropas, que se dedicó a un saqueo sistemático de la ciudad y mató a muchos cientos de personas. Animado de una ambición desmesurada, este antiguo pescadero no ocultaba sus deseos de alcanzar el virreinato.

La Rebelión de Nápoles

La Rebelión de Nápoles

Entonces, sus más fieles partidarios se volvieron contra él, le asesinaron en el monasterio donde se había refugiado y pasearon su cuerpo a través de la ciudad. Después de su muerte, se constituyeron en Napóles dos partidos: uno, compuesto por la nobleza y el clero, adicto al campo español; el otro, que agrupaba al pueblo y una parte de la burguesía, puso todas sus esperanzas en un descendiente de los duques de Anjou, que habían reinado en otro tiempo en Napóles, el duque de Guisa. Este fue recibido en Napóles en noviembre, con regocijo general. Pero, por su arrogancia, se atrajo en seguida la hostilidad de los mismos que le habían llevado en triunfo.

Por otra parte, Mazarino no le concedió ninguna ayuda. Por eso, don Juan de Austria, cuya flota fondeaba cerca de Napóles hacía varios meses, no tuvo ninguna dificultad para apoderarse de la ciudad, en febrero de 1648. La represión fue muy dura, y Ñapóles volvió al dominio español hasta finales del siglo.

Sicilia conoció una situación semejante; el virrey era muy poderoso y los estados que representaban los tres órdenes: nobleza, clero y burguesía, no desempeñaban ningún papel. Todas las riquezas en cereales eran exportadas hacía España y la isla conoció terribles miserias; la primera revuelta estalló en 1647, pero fue reprimida rápidamente. En 1674, la población de Mesina tomó las armas contra el ocupante; Luis XIV envió una flota para sostener a los insurrectos, que tuvieron a los españoles en jaque durante cuatro años. Pero la marcha de los franceses en 1678 frenó la resistencia y Mesina hubo de rendirse finalmente.

La represión fue terrible. Si Cerdeña no era más que una isla pobre y de poco interés para los españoles, el Milanesado, al contrario, les ofrecía una doble ventaja: en primer lugar, de orden estratégico, porque dominaba los caminos de acceso a Venecia, Austria e Italia; el grueso de las tropas españolas estaba allí concentrado y podía llegar a Alemania en algunos días; de orden económico a continuación, pues constituía la región más rica de Italia y suministraba a España de cereales. Bajo el virreinato del marqués de Villafranca, contemporáneo de Osuna, fueron suprimidas todas las libertades y la opresión fue muy dura.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Biografia de Carlos II de España Reinado y Gobierno Conflictos con Francia

Biografia de Carlos II de España Reinado y Gobierno Conflictos con Francia

BIOGRAFIA: Hijo de Felipe IV y de Mariana de Austria, de tío y sobrina, respectivamente, Carlos II nació en Madrid el 6 de noviembre de 1661, cuando, después de la muerte de los príncipes Fernando (1659) y Felipe (1.° de noviembre de 1161), la corte esperaba con angustia el sexto parto de la reina.

Pero la alegría primera se convirtió en temor por la vida de aquel mísero cuerpo, temor que había de durar hasta su muerte.

Raquítico y endeble, el recién nacido requirió todos los cuidados para poder crecer. Su lactancia duró más de tres años. Más tarde un esfuerzo le producía fiebre, y la exposición al aire, flucción a los ojos.

A los nueve años no sabía leer ni escribir, ni tampoco gustaba del estudio. En este mismo año una grave enfermedad estuvo a punto de poner fin a sus días.

Rey de España desde la muerte de su padre el 17 de septiembre de 1665, tomó posesión de sus estados el 6 de noviembre de 1675, al llegar a la mayoría de edad.

La regencia la había desempeñado su madre, doña Mariana, ora auxiliada por el padre Nithard ora por el privado Valenzuela. Bajo este gobierno las cosas habían ido de mal en peor.

Aconsejado por su confesor y varios nobles, el rey-niño intentó confiar el poder a Juan José de Austria, en quien muchos depositaban grandes esperanzas. Pero su madre le arrancó la continuación de la privanza de Valenzuela.

El golpe de estado del bastardo en 1677 provocó la caída del «Duende de Palacio» y su elevación al cargo de ministro universal. Pero la situación internacional no mejoró. Por la paz de Nimega (1678), la monarquía perdió nuevos florones de su corona.

La muerte de Juan José de Austria y el matrimonio del monarca con María Luisa de Orleáns (1679), iniciaron las intrigas sobre la sucesión que habían de perseguir al pobre Carlos con sus signos de odios, cabalas y supercherías.

Carlos II de España

REINADO: En 1665, Carlos II reemplazó a su padre Felipe IV en el trono español. Débil y enfermizo, dejó el gobierno en manos de ambiciosos y favoritos que terminaron de arruinar al país.

Bancarrotas, venalidad, corrupción e indolencia de los funcionarios, miseria de la población, todo acrecentó el desorden y la decadencia.

Como Carlos II no tenía hijos, las potencias europeas pronto empezaron a especular con su muerte y a programar el reparto de sus territorios.

Las rivalidades por la herencia motivaron la guerra de Sucesión española.

Por su parte, Portugal, ya independizado, entraba en la órbita de influencia británica e iniciaba una amistad que se confirmaría con el tratado de Methuen (1703).

carlos II de España

Carlos II de España: rey de España desde 1665 hasta 1700, fue el último soberano de su país perteneciente a la Casa de Habsburgo.

A la muerte de su padre en 1665, el pequeño Carlos no tenía más que cuatro años; su madre María Ana de Austria, católica, muy afecta al partido austríaco, confió el poder a su confesor el jesuíta alemán Nithard, que se atribuyó además la función de inquisidor general.

Aparte de sus hijos legítimos, Felipe IV había tenido una treintena de bastardos de los cuales uno solo había sido reconocido y se había distinguido por múltiples hazañas militares: don Juan de Austria.

Este no ocultaba sus simpatías a la monarquía francesa y, bajo pretexto de combatir la influencia perniciosa de Nithard, tomó las armas contra el partido habsburgués que reinaba en Madrid; Nithard huyó ante la amenaza de sus ejércitos.

Juan José de Austria (1629-1679), político y general español, hijo natural de Felipe IV. Conocido en su época como don Juan.  Fruto de las relaciones del rey con la actriz María Calderón, desempeñó importantes misiones políticas y militares. Dirigiendo un gran ejército hizo que su hemanastro Carlos II lo nombrara primer ministro.

Pero don Juan no pudo conseguir sus aspiraciones a la sucesión, pues la regente había encontrado un nuevo favorito, Fernando de Valenzuela, que debía ser el nuevo amo de España hasta 1675.

Pero amplios sectores de la opinión se revolvieron contra el valido, hasta que fue desterrado a Filipinas, mientras que la regente era obligada a retirarse a un monasterio de Toledo.

Aun habiendo alcanzado la mayoría de edad, Carlos II era incapaz de gobernar y don Juan volvió a tener una influencia preponderante durante el último año de su vida. Para estrechar la alianza con Francia, casó a Carlos II con una sobrina de Luis XIV, María Luisa de Órleans.

La muerte de don Juan en 1679, favoreció la vuelta de la reina madre que condujo en adelante los destinos de España. Ella jamás ocultó su hostilidad a la nueva soberana, que murió algunos años más tarde en condiciones misteriosas, se supone envenenada, cuando tenía 27 años.

La reina madre negoció enseguida el matrimonio de su hijo con una princesa alemana, María Ana de Neoburgo.

La historia del reinado de Carlos II se confunde estrechamente con la de las guerras que enfrentaron a Francia y España; Luis XIV, que estaba entonces en el apogeo de su reinado, no ocultaba sus ambiciones territoriales; aprovechando el estado de extrema debilidad en que se encontraba España, exigió que ésta le cediera los Países Bajos españoles para indemnizarle de la dote de María Teresa, prometida por el tratado de los Pirineos y no pagada jamás.

En 1667, sus ejércitos invadieron Flandes y el Franco Condado, pero Europa inquieta por la pujanza francesa se levantó en seguida contra ella.

Una coalición que reagrupaba a Inglaterra, Holanda y Suecia, hizo presión sobre Luis XIV, que renunció a sus miras momentáneamente.

La guerra de devolución tuvo fin en el tratado de Aquisgrán: Luis XIV devolvía el Franco Condado, pero se anexionaba una decena de ciudades flamencas.

Pero cuatro años más tarde, se lanzó a una nueva guerra de la que salió victorioso, obligando a los coligados a la Paz de Nimega en 1678 y a cederle el Franco Condado, Valenciennes, Cambray y Maubeuge, reduciendo progresivamente a la nada la antigua herencia borgoñona de España.

Con la esperanza de recobrar sus posesiones, Carlos II participó en 1686 en la constitución de la Liga de Augsburgo que reagrupaba entonces al emperador de Austria, Suecia, a la cual vinieron en seguida a unirse Inglaterra, Holanda y Saboya, resueltas a romper las ambiciones de Luis XIV.

La guerra duró diez años y agotó a los adversarios; sin embargo, la paz de Ryswick de 1697 fue un éxito para la Liga, que obligó al rey de Francia a restituir todos los territorios ocupados por él después del tratado de Nimega; España, que no había tenido prácticamente ningún papel en estos combates, recuperó Luxemburgo y Cataluña, ocupada por  el  ejército  francés  después  de   1689.

Apenas había sido firmado el tratado de Ryswick cuando una nueva cuestión iba a inquietar a Europa: ¿quién sucedería a Carlos II? Este no tenía hijos y su mala salud dejaba presagiar una próxima muerte.

Los soberanos pretendían con los mismos títulos, la sucesión: el emperador de Austria Leopoldo I y el rey de Francia Luis XIV, los dos nietos del rey Felipe III por su madre, y cuñados de Carlos II.

Cada uno, consciente de la imposibilidad de solicitar la corona española para sí mismo, tenía su candidato: Luis XIV su nieto, Felipe de Anjou; y Leopoldo su segundo hijo, Carlos. Luis XIV soñaba con un reparto, las posesiones italianas volverían a Francia y España a los Habsburgo.

Pero Carlos II se opuso a tal desmembramiento, nombrando en su testamento al duque de Anjou su único heredero.

La fracción francesa de la corte, dirigida por el cardenal Portocarrero, le había separado del partido habsburgués de la reina madre. Un mes más tarde, en noviembre de 1700, Carlos II se extinguía. Luis XIV aceptó su testamento y el duque de Anjou vino a ser rey de España bajo el nombre de Felipe V.

Todos los soberanos le reconocieron, salvo Leopoldo I. Luis XIV se había mostrado hasta entonces conciliador y hábil; Europa había aceptado esta elección a condición de que España quedara independiente. Entonces, el rey de Francia debía demostrar muy pronto las ventajas que esperaba obtener de esta sucesión y reducir a España al papel de satélite.

Esto no podía aceptarlo ningún país en nombre del equilibrio político europeo. Por no haberlo comprendido, Luis XIV y Felipe V arrastrarían a su país a una larga y extenuadora guerra.

ESPAÑA A LA MUERTE DE CARLOS II
En el alba del siglo XVIII, la situación económica era horrorosa: la agricultura no suministraba lo necesario para alimentar a la población y las importaciones de trigo se llevaban hacia el exterior una gran parte de las reservas de oro, con todo, siempre insuficientes y España conoció terribles escaseces.

La industria y el comercio vegetaban totalmente a consecuencia de la inflación, que impedía toda competición en el mercado internacional.

En Madrid, el comercio y la industria estaban en manos de franceses que se decían «flamencos» o «borgoñones» para escapar a las tasas que gravaban a los extranjeros.

La corrupción hacía más estragos que nunca;  parados, soldados licenciados, forman una plebe ociosa en las ciudades, mendigando o dedicándose al bandidaje.

Según una obra contemporánea de Alonso Núñez de Castro, las rentas anuales de la Corona subían a quince millones de ducados; la mitad estaba comprometida de antemano como garantía de las deudas.

Los Estados suministraban dos millones de ducados. La renta de las colonias (un tercio de los metales preciosos extraídos): 1.500.000. Las rentas de las iglesias sólo en Castilla se elevaban entonces a doce millones de ducados.

Clases parásitas, emigración hacia América y despoblación, burocracia corrompida, fatuidad y pereza de los «hidalgos» fueron los factores principales de una decadencia que, en el siglo siguiente, se iba a intentar contener, no sin éxito.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Caída de la República de Venecia Guerra Contra el Imperio Turco

LA DECADENCIA DE VENECIA FRENTE A LOS TURCOS

Si fue largo tiempo reina de la península, Venecia conoció en el siglo XVII una irremediable decadencia. Para mantener su integridad debió batirse en todos los frentes contra los Habsburgo de España, después con los de Austria y, sobre todo, contra los turcos.

Para domar esta potencia rebelde, España no vaciló en ayudar abiertamente  a  los  piratas   árabes  y bosniacos contra ella; la guerra de Gradisca (1613-1617) no tuvo resultado decisivo. Los españoles, por intermedio de su embajador en Venecia, el marqués de Bedmar, intentaron entonces, con intrigas, fomentar una sublevación. Fracasaron de nuevo, y el tratado de París de 1617 confirmó los derechos de Venecia sobre el Adriático. Durante la Guerra de Treinta Años, la República mantuvo una prudente neutralidad. En 1645, los turcos comenzaron a asediar el puerto cretense de Candía, última posesión de Venecia en Oriente.

La ciudad resistió veinticuatro años a sus asaltos, pero acabó por rendirse, a pesar de los refuerzos enviados por Luis XIV. Decidida a tomar su desquite, Venecia, aliada a Austria, declaró la guerra a Turquía en 1684. Se apoderó del Peloponeso, pero no consiguió abatir la flota enemiga; después de quince años de guerra, fue firmada la paz de Carlowitz en 1699. Venecia obtuvo Morea, que fue recobrada por los turcos quince años más tarde.

La guerra continuó en 1716 y el tratado de Passarovitz de 1718 concedió a los turcos la hegemonía en el Mar Egeo; Venecia perdía Morea, todas sus plazas fuertes del Egeo y sólo conservaba algunas bases en Albania. Al mismo tiempo que perdía toda influencia en el exterior, Venecia sufría una grave crisis interna.

El veneciano puente de los Suspiros, diseñado por Antonio Contino, fue construido aproximadamente en 1600 para unir las salas de vistas judiciales sitas en el palacio del Dux y las nuevas prisiones. En la actualidad sigue siendo uno de los puntos ineludibles para los turistas que visitan esta bella ciudad italiana.

La decadencia de las instituciones políticas iba acompañada de una corrupción enorme, de un relajamiento de las costumbres; este gran centro comercial se convirtió en uno de los principales lugares europeos de libertinaje y placeres. Venecia vio reducirse considerablemente su tráfico y perdió su puesto de gran puerto internacional en beneficio de los puertos holandeses e ingleses.

Estaba obligada a importar cereales para alimentar a su atrasado país y no podía ser considerada ya más que como capital de su provincia. Para remediar este declive comercial, desarrolló ciertas industrias, como la de la lana, seda y vidriería, exportando muy pronto a toda Europa sus tejidos, cristales, cueros y metales trabajados… Pero en la segunda mitad del siglo xvii, el desarrollo de las industrias de lujo en Francia y de la lana en Inglaterra, dio un golpe terrible a la producción veneciana, cuyos mercados se redujeron a la Dalmacia y el Véneto.

Historia de la República de Venecia

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA TomoVI La Gran Aventura del Hombre

Biografia de Felipe IV Rey de España Historia de su Reinado

RESUMEN REINADO DE FELIPE IV DE ESPAÑA

Rey Felipe IV de España y Portugal, perteneciente a la Casa de Habsburgo (Valladolid, 1605 – Madrid, 1665).

Era hijo de Felipe III, a quien sucedió en 1621. Durante la mayor parte de su largo reinado el gobierno de la Monarquía estuvo encomendado a su valido, el conde-duque de Olivares (de 1621 a 1643).

Felipe IV de España

Felipe IV de España

Felipe IV (1605-1665), rey de España (1621-1665), durante cuyo gobierno tuvo lugar el más evidente proceso de decadencia de la Monarquía Hispánica. Hijo de Felipe III, a quien sucedió tras su fallecimiento, y de Margarita de Austria, nació el 8 de abril de 1605 en Valladolid.

Luego de la muerte de Felipe III, el nuevo soberano, que no tenía mas que dieciséis años, era tan incapaz de gobernar como su padre.

Con veinte años de intervalo la historia parecía repetirse; un nuevo valido tomaba las riendas del poder, eliminaba a los dirigentes del reinado precedente, concentraba todo el poder en sus manos, componía los consejos encargados de ejecutar sus directrices con hombres de su devoción.

Pero, a diferencia de Lerma, que no era mas que un ambicioso mediocre, el conde duque de Olivares a pesar de su gran fatuidad, era un hombre enérgico, deseoso de devolver a España el poderío que había perdido después de medio siglo.

Esta hegemonía no podía venir, a su parecer, más que de guerras victoriosas; así subordinó toda la política interior de España a sus miras exteriores.

El ejército español tenía, sin embargo, la reputación de ser el mejor de Europa; los varios reveses infligidos por los ingleses a lo sumo habían dejado entrever su extrema debilidad.

Para lanzarse a la Guerra de los Treinta Años, que había estallado en 1618 en Bohemia, necesitaba importantes medios financieros y una centralización capaz de romper las resistencias internas.

Olivares fue influido, sin duda, por la política absolutista de Richelieu.

Desde 1625, quiso que todos los estados: Aragón, Valencia, Cataluña, participasen todavía más en los gastos de la guerra, que recaían esencialmente sobre la fiel Castilla.

Las Cortes de los tres estados fueron convocadas en 1626; los representantes de Valencia rechazaron desde el primer momento tropas y subsidios; Olivares les amenazó y el rey los acusó de traición.

En Lérida tuvo dificultades parecidas con los catalanes.

En 1639 los ejércitos invadieron el Rosellón y, para detener la invasión, Olivares decretó la movilización forzosa de los catalanes.

Pero las tropas castellanas que envió cometieron tales exacciones que, en 1640, los campesinos se sublevaron contra el poder central.

España no podía escapar  de los grandes problemas que se debatían en Europa. Pero para ello era preciso una nueva organización del Estado que hiciera factible el esfuerzo que requería la guerra general.

En este aspecto, la política de Olivares fué creando un grave malestar en el país, que se reveló en las cortes de Castilla de 1623 y en el viaje efectuado por Felipe IV por tierras de Aragón, Valencia y Cataluña en 1625-1626.

Poco después, cuando Richelieu hubo estructura? do su poder en Francia, la fortuna empezó a mostrarse esquiva para España.

Duque De Olivares

Durante el reinado de Felipe IV el proceso de decadencia española como potencia internacional se aceleró. La pérdida de la hegemonía en Europa no conllevó detrimento alguno en el aspecto cultural, y España vivió la etapa más importante de su denominado «siglo de Oro».

El rey delegó sus funciones de gobierno en  validos, en este caso en el conde-duque de Olivares y Luis Menéndez de Haro sucesivamente, fomentó la actividad cultural de la corte y en 1623 nombró pintor de cámara a Diego de Silva Velázquez.

LA INSURRECCIÓN DE CATALUÑA

El movimiento ganó rápidamente las ciudades y Barcelona se convirtió en el foco de la insurrección; el virrey, que era un adicto de Olivares fue asesinado al mismo tiempo que los castellanos eran matados por centenares.

Los insurgentes nombraron a Luis XIII conde de Barcelona; era el resultado de una hábil política diplomática dirigida por Richelieu desde hacía algunos años.

El ejército francés se instaló en seguida en Cataluña, recobrando victoriosamente Lérida al ejército de Olivares. El mismo año se había sublevado Portugal y proclamado su independencia.

La política de Olivares había fracasado completamente en todos los frentes; Felipe IV fue obligado a desembarazarse de su antiguo privado, que se volvió loco y murió olvidado algunos años más tarde.

La marcha de Olivares no cambiaría nada la situación de España; en 1643, un joven de 18 años, el príncipe de Conde le infligió la más temible derrota: los famosos tercios, con fama de invencibles, fueron aplastados en la batalla de Rocroy; el hundimiento de la infantería española propinó un golpe fatal al prestigio de España.

Felipe IV reconstruyó su ejército y, en 1648, intentó recobrar Artois, que ocupaban los franceses, pero Conde le infligió una nueva derrota en Lens.

El rey de España rechazó firmar los tratados de Westfalia, a pesar de estos fracasos; durante diez años continuó la guerra entre los dos países que quedaron solos en la liza, pero sin adelantar un paso.

En Cataluña el ejército francés se comportaba como ejército de ocupación, por lo que suscitó violentos odios en la población que, en 1651, volvió a tomar las armas, obligando a los franceses a retirarse del territorio; Felipe IV dio pruebas de habilidad, confirmando los Fueros catalanes con todos sus derechos. Así se terminó la sublevación catalana.

Cansado de esta guerra ruinosa, Mazarino decidió terminarla aliándose con Inglaterra, la cual le suministró refuerzos a cambio de la cesión de Dunkerque. Los dos ejércitos aplastaron a los españoles en la batalla de las Dunas en 1658, obligando a Felipe IV a pedir la paz.

Esta fue firmada en 1659, en la Isla de los Faisanes, en el Bidasoa, frontera común de los dos países.

Francia obtenía Artois, el Rosellón, algunas plazas fuertes en Luxemburgo y en Lorena, afirmando así su preponderancia en Europa.

Luis XIV se casó con la infanta María Teresa, que debió renunciar a todo derecho sobre la herencia española; pero el diplomático francés Hugo de Lionne condicionó esta renuncia a la entrega de una dote de 600.000 coronas de oro que España no era capaz de pagar.

Francia se reservaba así el derecho a intervenir en los asuntos de la sucesión española.

Felipe IV murió en 1665, despreciado por todos sus subditos.

Su reinado había sido una sucesión de desastres y de humillaciones; vencido por los holandeses, por los franceses, por los ingleses, que se habían apoderado de Jamaica en 1655, conoció el año de su muerte una última derrota infligida por los portugueses.

De su primer matrimonio había tenido varios hijos, de los cuales el inteligente príncipe Don Baltasar Carlos murió prematuramente a los 17 años de edad.

Felipe IV sin hijos varones se volvería a casar entonces con la joven María Ana de Austria, la cual le dio un hijo epiléptico, deforme y retardado, que sólo tenía cuatro años a la muerte de su padre.

La dinastía de los Habsburgo tendría en él su último representante.

Felipe IV dedicó el final de su reinado a asegurar la sucesión para su hijo de cuatro años, Carlos II, bajo la regencia de su madre Mariana de Austria.

Le dejaba una Monarquía gravemente debilitada, inmersa en un proceso de descomposición de la autoridad real, pérdida de prestigio en Europa, ruina económica y financiera e impotencia militar.

Además del incapaz heredero Carlos, Felipe IV tuvo otros once hijos legítimos (de los cuales sólo le sobrevivieron dos mujeres) y multitud de bastardos, el más conocido de ellos fue don Juan José de Austria, que habría de desempeñar un importante papel en el reinado siguiente.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Reinado de Felipe III de España Biografía Vida y Obra de Gobierno

RESUMEN DEL GOBIERNO DE FELIPE III DE ESPAÑA

Mientras Felipe II se extinguía en El Escorial (1598), España entraba en un largo período de decadencia. La ruina de la agricultura y del comercio, la disminución de la población y las derrotas infligidas por los ingleses eran las señales precursoras. Felipe II, como todos los soberanos españoles, veía la grandeza de su reinado, en un Estado muy centralizado y con una ortodoxia católica extremadamente rígida.

El triunfo de esta concepción significó una preeminencia total de la Iglesia sobre la sociedad y una proliferación de las órdenes religiosas, y por otra parte una burocracia pletórica, que venía a sumarse a las tradicionales castas parasitarias; viviendo todos del producto de los impuestos más o menos pesados que abruman a la población. El menosprecio para el espíritu de producción, la repulsa o la incapacidad de adaptarse al capitalismo entorpecieron el desarrollo de una burguesía.

Todos estos signos de debilidad eran visibles a finales del siglo XVI; sin embargo, España, que vivía de sus conquistas, conservaba un prestigio inmenso en el mundo. Pero la suerte iba a encarnizarse contra ella, a todo lo largo del siglo siguiente, dándole soberanos mediocres e incapaces, frecuentemente degenerados a consecuencia de matrimonios celebrados entre muy próximos  parientes   durante  generaciones.

La lenta decadencia seguía su curso y todas las tentativas emprendidas para detenerla resultaron ineficaces; en un siglo, España perdió Portugal y sus colonias, las Provincias Unidas, sus posesiones en Francia y su hegemonía en Italia. A principios del siglo XVIII, la que había sido la primera potencia del mundo no era ya más que un estado de segundo rango en la Europa moderna que tomaba cuerpo.

Felipe III de España

Felipe III de España

Felipe III, nació en Madrid el 14 de abril de 1578 y fue el último hijo varón sobreviviente del rey Felipe II, habido en su cuarto y último matrimonio, contraído con Ana de Austria, hija del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Maximiliano II. Fue rey de España y Portugal (1598-1621), su reinado supuso el paso del gobierno personalista al de valimiento (en el que una figura política, el valido, pasaba a desempeñar los principales cargos), a la vez que el comienzo de la decadencia de la hegemonía de laMonarquía Hispánica en Europa.

EL REINADO DE FELIPE III

Con Felipe III se inicia la serie de los llamados «Austrias menores», monarcas de la Casa de Habsburgo en el siglo xvn, bajo los cuales se produjo la decadencia del poderío español en Europa. Los inicios del reinado

Apenas llegado al trono (1598), el nuevo soberano dio pruebas de su total incapacidad, dejando el poder en manos de su favorito el duque de Lerma, que, durante veinte años, iba a dirigir los destinos de España. El nuevo ministro se mostró no solo incapaz sino pródigo y corrompido.

Todo el dinero extraído al pueblo por los funcionarios era engullido inmediatamente por los gastos suntuarios de la corte, y los regalos llovían sobre los que tenían amistad con el valido. Nepotismo y corrupción fueron las dos constantes de este reinado: el tío de Lerma fue nombrado arzobispo de Toledo y Gran Inquisidor, mientras que su cuñado era nombrado virrey de Napóles. Aunque el producto de los impuestos había aumentado, no bastaba a cubrir los gastos: de los 400.000 ducados bajo Felipe II, al año, se había pasado a 1.300.000 bajo el reinado de su hijo.

Hubo que recurrir entonces a la venta de los títulos y los cargos. De esta manera, aumentó el número de los improductivos y se produjo la desvalorizáción de la moneda, que perdió. la mitad de su valor; la mala moneda expulsaba la buena y, en algunos años, se vieron desaparecer las monedas de plata, quedando en circulación sólo las piezas de vellón. El traslado de la Corte a Valladolid y el inmediato regreso a Madrid pueden considerarse como simples operaciones financieras.

En el plano religioso, Lerma reanudó la política unitaria de Felipe II y emprendió la lucha contra los moriscos. Aunque éstos se habían convertido al catolicismo seguían apegados al Islam y la Iglesia había fracasado en sus tentativas de asimilación. En el terreno económico, constituían una mano de obra agrícola notable, concentrada esencialmente en las magníficas explotaciones de la región de Valencia y Murcia, en Andalucía, y el mismo Aragón.

Desdeñando estas ventajas, Lerma hizo publicar entre 1609 y 1614, varios decretos cuyo resultado fue la deportación de 500.000 moriscos a África del Norte. El alcance de tales actos se iba a hacer sentir rápidamente, pues implicaban la ruina lenta de una agricultura hasta entonces rentable, y una pérdida material grave para el país.
En el aspecto exterior, España fue incapaz de adoptar una política de envergadura.

Continuando su viejo sueño de vencer a Inglaterra, organizó varias expediciones navales que fracasaron todas; en 1599, la flota fue dispersada por una tempestad antes de haber trabado combate; dos años más tarde, el ejército español era expulsado de Irlanda, dejando 2.000 muertos sobre el terreno. Estas tentativas fueron canceladas por un tratado de paz firmado en 1604 con el nuevo rey de Inglaterra Jacobo I.

No habiendo podido vencer a las Provincias Unidas, España tuvo que firmar con ellas, en 1609, una tregua de doce años y de reconocerles la libertad de comercio. Solamente mejoraron las relaciones con Francia gracias a la regente María de Médicis, que deseaba la unión entre las dos naciones católicas y la consagró por el matrimonio de su hijo, el joven Luis XIII, con la infanta Ana de Austria, y los esponsales del futuro Felipe IV con una de sus hijas.

En España misma, la situación tomaba un aspecto catastrófico; las cortes de Castilla, reunidas en 1618, presentaron al rey un informe desastroso sobre la ruina económica y social y la despoblación que devastaba el país. La miseria se extendía a toda España, pues el dinero sólo llegaba del Nuevo Mundo; pero la Marina de Guerra no estaba en condiciones de proteger los convoyes de metales preciosos contra los ataques multiplicados de los corsarios.

Para apaciguar a los descontentos, Felipe III destituyó a Lerma; en el momento de su desgracia el antiguo valido había acumulado una fortuna que se elevaba a varias decenas de millones de ducados. Por otra parte, su hijo, el duque de Uceda, que le sucedió, iba a continuar con los abusos, sin que la muerte del rey, en 1621, acabara con ellos. El final del reinado sucedió en medio de graves enfrentamientos con las Cortes, acaecidos por el control ejercido por éstas en las concesiones de servicios. Felipe III falleció en 1621.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Biografía de Francisco I Rey de Francia Historia y Vida

Biografía de Francisco I Rey de Francia Historia y Vida

Francisco I, hijo del conde Carlos de Orleáns y de Luisa de Saboya, nació el 12 de septiembre de 1494 en el castillo de Cognac. Tenía apenas dos años cuando murió su padre y quedó bajo la tutela del duque Luis, jefe de la casa de Orleáns. Cuando éste sucedió a Carlos VIII en el trono de Francia, Francisco I fue a vivir a la corte.

Rey Francisco I de Francia

En treinta y dos años de reinado, Francisco I marcaría con su impronta la Francia del Renacimiento, instituyendo los principios políticos del absolutismo real. Sin embargo, el reino se preparaba para los sombríos días de las guerras de Religión. Los retratos del monarca realizados por Clouet o Tiziano lo representan como un caballero risueño, elegante y atlético a la vez, y sus contemporáneos se mostraron impresionados por la imponente estatura del rey de Francia. Amable y seductor, gustaba ser comparado con Hércules el «noble campeón», y se complacía en mostrarse como un nuevo César: de hecho, los poetas de la corte no dejaban de afirmar que las cualidades física; del monarca francés reflejaban la perfección del cuerpo de Estado.

 Su fascinación personal le hizo convertirse en el predilecto del rey, que le otorgó la mano de su hija Claudia. Con esa unión, Luis XII, que no tenía herederos masculinos, designaba a Francisco I heredero del trono. Así fue como, a la muerte de Luis XII, acaecida en 1515, Francisco I se convirtió en rey de Francia, a la edad de veintiún años.

En seguida quiso continuar la política francesa de expansión hacia Italia, y con un ejército de tres mil caballeros, treinta mil infantes y setenta piezas de artillería, cruzó los Alpes para conquistar el Ducado de Milán.

Entre el 13 y el 14 de septiembre de 1515, el ejército francés derrotó a las tropas suizas mercenarias del duque Maximiliano Sforza, en la batalla de Marignano (hoy Melegnano). Luego, Francisco I marchó sobre Milán y sitió al castillo, que se rindió después de veinte días.

Apeíias finalizada la campaña de Italia, Francisco I, sin darse tregua, debió retomar las armas contra un adversario mucho más poderoso: Carlos V, rey de España y emperador de Alemania.

Los territorios de este soberano, situados en torno a Francia, impedían la expansión de ese país, y Francisco I no perdió ninguna oportunidad de combatir contra su gran adversario. Luchó en cuatro guerras, que devastaron durante muchos años diversos países de Europa (1521-1544).

Entre las muchas batallas en las cuales Francisco I combatió contra su gran rival, Carlos V, merece recordarse la de Pavía, empeñada el 24 de febrero de 1525, y en el transcurso de la cual el rey francés dio pruebas de una gran audacia. Durante la lucha, Francisco I avanzó a caballo entre las fuerzas imperiales, e hizo estragos con su espada. En medio de los muertos y del correr de la sangre, herido en el rostro y en el brazo, Francisco I continué combatiendo hasta que su caballo cayó malherido.

Rápidamente, las fuerzas enemigas lo rodearon para capturarlo, pero el rey, con gran peligro para su vida, no quiso entregarse. Sólo cuando se presentó ante él el comandante supremo del ejército imperial español, Francisco I rindió su espada y se declaró prisionero. Después de la batalla, desde la prisión, escribió a su madre, Luisa de Saboya, las famosas palabras: «Todo está perdido, menos el honor y la vida, que están a salvo».

Francisco I murió a los cincuenta y tres años de edad, en 1547, mientras se preparaba para una nueva guerra contra Carlos V.

Las guerras de Italia: Dividida en numerosos principados rivales, Italia provocaba la codicia de sus poderosos vecinos, comenzando por Francia, En 1494, Carlos VIII se lanzó en la aventura italiana con la fe de un cruzado que iba a salvar de la anarquía a las ciudades de la península. Fue recibido como liberador en Pavía, Florencia, Siena y Roma, antes de alcanzar Napóles en 1495. Pero el sueño se convirtió rápidamente en un avispero. El Sacro Imperio, España, el papa y Venecia se aliaron para expulsar a los franceses.

Luis XII, entronizado en 1498, se obstinó en hacer reconocer sus derechos sobre el Milanesado. Nuevamente fue una expedición sin éxito, antes que Francisco I, soñara a su vez con Italia. Sin embargo, el ascenso al trono del Sacro Imperio del español Carlos Quinto, en 1519, frustró brutalmente las esperanzas francesas. Francisco I fue derrotado en Pavía en 1525. Hecho prisionero, renunció a sus pretensiones italianas. Estas guerras no trajeron nada nuevo políticamente, pero pusieron a Francia en contacto con Italia y las riquezas poco conocidas de la Antigüedad. Un descubrimiento que anunciaba la llegada del Renacimiento.

LA CORTE DE FRANCISCO I
Francisco I fue muy ambicioso y amante del poder. Quería que sus subditos le fueran sumisos y aceptaran sin discutir sus órdenes. Sus enemigos decían de él que era «el rey de las. .. bestias», porque sus vasallos le obedecían ciegamente, con la sumisión propia de un animal doméstico.

En efecto, gobernó a Francia como soberano absoluto. Nunca convocó a los Estados Generales (es decir, a los representantes del pueblo francés) ni siquiera cuando debía obtener de sus subditos grandes sumas de dinero.

Se limitaba a pedir consejo a cuatro o cinco de sus ministros, por él nombrados, que le eran completamente sumisos. Las leyes y las disposiciones de este rey terminaban regularmente con las palabras: «porque éste es nuestro deseo». Francisco 1510 tenía una residencia fija.

La población de París era, en aquellos tiempos, de unos 300.000 habitantes, pero no tenía el aspecto de una capital y al rey no le agradaba vivir en ella. Prefería trasladarse de un castillo a otro, en los alrededores de la ciudad o a lo largo del río Loira. Hizo construir o agrandar varios castillos, entre los cuales, lo.s más famosos son los de Chambord, de Amboise y de Blois. Su residencia preferida estaba en Fontainebleau.

En la corte de Francisco I se vivía alegre y despreocupadamente. El rey organizaba con frecuencia bailes, juegos, conciertos y grandes partidas de caza. Nunca se había visto en la corte de Francia tanto lujo en el amueblamiento de los salones y en la vestimenta de los cortesanos.

Francisco I fue amante de las artes; principalmente de la poesía: él mismo escribía versos y reunió en su corte a los más famosos poetas y escritores franceses de su tiempo, motivo por el cual se le llamó «padre de las letras». También los artistas extranjeros fueron muy bien recibidos por este rey. Entre otros, recordamos a Benvenuto Cellini y a Leonardo de Vinci.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA:

1494 Nacimiento de Francisco, hijo de Carlos de Valois-Orleans, conde de Angulema, y de Luisa de Saboya, el 12 de septiembre en Cognac.

1514 Matrimonio con Claudia de Francia, hija de su primo Luis XII.

1515 Coronación de Francisco I. Expedición al norte de Italia.Victoria de Marignano.

1516 Concordato de Bolonia firmado con el papa León X.

1519 Fracaso de la candidatura de Francisco I al Sacro Imperio ante Carlos Quinto. Inicio de la construcción del castillo de Chambord.

1520 Entrevista del Campo del paño de oro entre Francisco I y EnriqueVIII.

1523 Pérdida del Milanesado. Derrota de Pavía. Francisco I, prisionero de Carlos Quinto.

1526 Tratado de Madrid.

1527 Francisco I impone su autoridad absoluta al parlamento.

1529 Paz de Cambrai o paz de las Damas.

1530 Fundación del Colegio de Francia.

1531 Muerte de Luisa de Saboya. Alianza con los príncipes protestantes. Confiscación de los bienes del condestable de Borbón.

1534 Asunto de las pancartas.

1536 Tratados con los turcos.

1539 Ordenanza deVillers-Cotteréts: el francés, lengua oficial.

1544 Tratado de Crépy-en-Laonnois.

1545 Persecución de los valdenses.

1547 Muerte de Francisco I en Rambouillet, el 31 de marzo.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Ilustrada del Estudiante Tomo IV – Francisco I de Francia –
Biografías Hicieron Historia Tomo I Entrada: Francisco I de Francia Edit. Larousse

Guerra Francia España Batalla de Pavia Francisco y Carlo V

BATALLA DE PAVÍA: GUERRA ESPAÑA CONTRA FRANCIA

En Europa, en el siglo XVI, mostraba el nacimiento de los modernos Estados nacionales. Desaparecían los pequeños dominios, característicos de la época feudal, absorbidos por entes estatales más amplios, que respondían mejor a las grandes divisiones culturales, lingüísticas y geográficas del continente. Prácticamente, habían  alcanzado ese nivel  sólo  tres  Estados:   España,  Austria  y   Francia.

España se había puesto en el camino de su unidad nacional en el siglo anterior, y la consideraba completa con la conquista de Granada, lograda el mismo año en que sus marinos descubrieron el Nuevo Mundo, el vasto y desconocido continente hispánico de Occidente. Su casa reinante (los Habsburgo) la vinculaba, por el monarca común, con Austria, dueña de los Países Bajos, Alemania y otras posesiones. Su rey, además, lo era también de Napóles, Sicilia y Cerdeña.

Francia, el tercer país extenso de Europa, acababa de establecer la supremacía del monarca sobre los señores feudales, pero aún su autoridad no estaba definitivamente asegurada ni consagrada. El rey de Francia, Francisco I, había sido coronado en 1515 y pasaba su tiempo en cacerías y diversiones, viajando de castillo en castillo con su corte.

El rey y sus cortesanos llevaban una vida de constante aventura (que costaba millón y medio de escudos al año), y la idea de enfrentar la dominación de la casa de Austria se les presentaba como una aventura más. Francisco I había sido derrotado en la elección de emperador de Alemania por Carlos I de España,  y  esta  circunstancia  había exacerbado su espíritu de rivalidad. Atacarlo por los Pirineos, o por el Rin hubiera sido casi suicida; consideró entonces más conveniente operar en Italia, que ofrecía la ventaja de hallarse dividida en muchos pequeños Estados.
Esta situación lo llevó a emprender cuatro campañas 2n las cuales fue derrotado.

LA BATALLA DE PAVÍA
La primera campaña (1521-1525) se inició con varias derrotas de Francisco I, que fue desalojado de Lombardía y hubo de retirarse mientras las tropas españolas sitiaban a Marsella. En octubre de 1524, con fuerzas reorganizadas, atravesó los Alpes y reocupó a Milán. Luego puso sitio a Pavía, ciudad defendida por Antonio de Leiva.

Las tropas españolas levantaron el sitio de Marsella y acudieron en socorro de la guarnición de Pavía, pero fueron derrotadas y obligadas a retirarse hacia el sur. Francisco I, en lugar de perseguir a estas tropas, continuó el sitio mientras los españoles reunían sus unidades y se preparaban para el contraataque.

A fines de enero, una vez recibidos los refuerzos, las tropas españolas al mando de los generales Lannoy y Pescara avanzaron hacia Pavía.El 24 de febrero de 1525 comenzó el ataque español. Francisco I, dejando pocos hombres frente a las murallas de Pavía, se dirigió con todas las fuerzas posibles hacia la tropa enemiga.

Los franceses confiaban en su abrumadora superioridad en artillería y caballería; esta última, dirigida por el rey en persona, atacó, amenazando por momentos cercar y desorganizar a las fuerzas españolas; pero de pronto la situación cambió: los jinetes eran derribados de sus cabalgaduras por los certeros disparos de un poderoso cuerpo de arcabuceros; los restos de la caballería (iniciaron la batalla 2.400 hombres) huían a la desbandada.

Los españoles habían puesto en acción más de 1.500 arcabuceros que, contra todas las reglas tradicionales de la guerra, se habían extendido en escuadras por el campo, atacando y desorganizando todos los escuadrones de caballería, la cual se veía imposibilitada de actuar en conjunto y ordenadamente.

La derrota se convirtió en desastre cuando las tropas sitiadas, encabezadas por el bravo general don Antonio de Leiva, que hasta ese momento había efectuado maniobras de distracción, aparecieron de improviso atacando por la espalda a las tropas de Francisco I. No hubo ya salvación para los franceses. Horas más tarde, la derrota se había consumado. Incluso Francisco I cayó prisionero. El rey fue conducido, así, a Madrid y sólo fue liberado un año más tarde, después de haber firmado el llamado tratado de «la Concordia», por el cual se comprometía a no guerrear más contra España.

Los lansquenetes eran soldados mercenarios alemanes afamados por su habilidad en el combate con lanzas y alabardas. La palabra castellana «lansquenete» deriva de la voz alemana «Lanzknecht», que significa, precisamente «lancero» o «alabardero». Los lansquenetes concurrían a! combate llevando las siguientes armas: alabarda o lanza, daga, espada y espadón, que se manejaba con las dos manos. Al generalizarse las armas de fuego fueron equipados, también, con arcabuces (más tarde, mosquetes y fusil y pistolas).

EL SAQUEO DE ROMA
El papa Clemente VII, receloso de la preponderancia española, escuchó los ofrecimientos de Francisco I, que, una vez liberado, buscaba aliados contra Carlos V. Así fue como firmaron, el 22 de mayo de 1526, en Coñac, el pacto de la Liga Clementina o Liga Santa, juntamente con Venecia, Florencia, Enrique VIII de Inglaterra y el duque de Milán (sé asegura que fue debidamente informado de ello, también, el sultán Solimán II de Turquía). Lo cierto es que Solimán II atacó a Hungría, y alcanzó a entrar en Budapest el 10 de septiembre de 1526.

Pero los españoles no permanecieron inactivos: el embajador en Roma (duque de Sessa), el general Moneada y los Colorína (familia romana) prepararon un golpe de mano para obligar al Papa a apartarse de la Liga. El 29 de septiembre de 1526, 3.000 hombres al mando de Moneada entraron en Roma, dispersaron a los guardias papales, arrestaron al pontífice en el castillo de Sant’ Angelo y saquearon el Vaticano, la basílica de San Pedro y las casas de los cardenales que más se habían distinguido por su apoyo a la Liga.

El Papa convino una tregua con el emperador y aceptó retirar sus tropas de Lombardía. El ejército papal, al retirarse de lombardía, destruyó 14 pueblos de los Colonna, por lo cual fue perseguido por el ejército español que dirigía el condestable de Borbón y 12.000 lansquenetes al mando de Jorge de Freundesberg.

Las tropas se hallaban cansadas y desmoralizadas por la falta de pago de su soldada y, al llegar a Roma, impusieron a sus jefes la toma de la ciudad.  Las tropas asaltaron la plaza, en cuyo primer ataque fue muerto el condestable de Borbón, comandante de las fuerzas y muy querido por todos sus soldados.  Éstos se introdujeron en I ciudad y la sometieron a un terrible saqueo; pasaron a cuchillo a unas 8.000 personas y destruyeron templos y casas de distintas personalidades señaladas por su adhesión a la Liga Clementina.

Carlos V hizo guardar luto a la corte y suspender los festejos por el nacimiento del príncipe Felipe. Al mismo tiempo envió su pésame al Papa, quien continuó preso y hubo de entregar las ciudades de Parma, Plasencia y numerosas plazas fuertes, pero logró fugarse pues de ocho meses de prisión. Esta segunda campaña Francisco I terminó con la firma del tratado de Cambray (agosto de 1529)  o Paz de las Damas, pues fue negociada entre Margarita de Austria, tía de Carlos V, y Luisa de Saboya, madre de Francisco I.   En octubre del mismo añe el sultán Solimán II levantó el sitio de Viena.

EL TRIUNFO DE ESPAÑA
Francisco I no cejaba en su empeño de doblegar a España. Cada periodo de paz lo dedicaba a buscar nuevas alianzas; se entendió con Enrique VIII de Inglaterra, con Gustavo Vasa, con los príncipes protestantes alemanes y con Solimán.

Francisco I y Carlos V

Carlos V había otorgado concesiones al protestantismo en Alemania con vistas a mantener la paz, a fin de poder reunir fuerzas contra los turcos; así fue como pudo reunir 120.000 hombres para contener una nueva invasión islamita en 1531, encabezada por Solimán, quien avanzaba por la llanura húngara al frente de 300.000 soldados. Después de derrotar a los turcos y obligarlos a replegarse, llevó sus fuerzas a la conquista de Túnez (1535).

Como el rey de Francia se opuso a que tomara posesión de! Milanesado, Carlos V se encontró nuevamente en guerra con Francisco I. Esta tercera guerra terminó en 1538, con la firma de una tregua de diez años, rota a los cuatro por Francisco I. Efectivamente, en 1542, mientras España atacaba a Argel, dicho rey selló una alianza con Solimán II, a quien invitó a ocupar a Italia. Esta campaña terminó también con la derrota de Francisco I, quien se vio obligado a firmar la paz en 1544 (paz de Crespy), que entregaba el Píamente a Francia.

Francisco ! murió en 1547, pero su desaparición no trajo la paz entre los des países. Efectivamente, el heredero del trono, Enrique II (casado con Catalina de Médícis), entró nuevamente en lucha contra Carlos V en 1552. El estado de guerra continuaba entre los dos países en 1555, cuando renunció al trono imperial en favor de su hermano Fernando, y a! de España, los Países Bajos, el Franco Condado, los reinos y posesiones italianas y el Nuevo Mundo en favor de su hijo Felipe.

La guerra terminó con la victoria española en las batallas de San Quintín (10 de agosto de 1557), pequeña ciudad situada en Flandes, y de Graveliíias (13 de julio de 1558), tras las cuales se firmó la paz de Cateau-Cambresis (abril de 1559). Para dar más eficacia a ese tratado se convino, igualmente, que Felipe II se casara con Isabel de Vaiois, hija de Enrique I!.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Ilustrada del Estudiante Tomo IV  – Luchas Entre España y Francia

Origen de la Guillotina El Terror en Francia Quien inventó guillotina?

El Origen de la Guillotina – Historia

La Revolución Francesa se radicaliza, favorecida por las dificultades económicas y el peligro exterior, y parece como si se hubiera propuesto instaurar una república sin ricos ni pobres.

A partir de 1793, nada se cruza ya en su camino, y la Convención reconoce la utilidad del Terror; de ahora en adelante se guillotinará a todos los sospechosos.

En nombre de la guerra y del hambre, el gobierno revolucionario organiza el país a modo de una gigantesca fábrica de pan y armas.

Poco a poro se transforma en una dictadura, alejándose de las exigencias del pueblo, del que ya no necesita ningún apoyo y, en nombre de la felicidad social, oprime a los que antes le sostenían.

No se respeta el tope máximo de los precios y sí el de los salarios, lo que le indispone con los artesanos y los obreros. Los moderados aborrecen la guillotina, y la Convención soporta a duras penas el dirigismo del Comité de Salud Pública.

Este, minado por las disputas internas, golpea a la izquierda eliminando a Hébert y a los ultras, y a la derecha, eliminando a Danton y a los Indulgentes.

El dirigismo de Robespierre inquieta a la Convención, que le acusa de dictadura personal.

Sus ausencias de la Asamblea causan su caída el 9 termidor.

Una coalición heteróclita, formada por partidarios de Danton, por especuladores temerosos, por sus rivales del comité Billaud-Varenne y Collot d’Herboisy por representantes enviados diversas misiones, a los ene se había hecho llamar lo conduce a la guillotina.

El pueblo de París no movió un dedo.

La burguesía moderada y los terroristas arrepentidos vuelven a hacerse con el control de los asuntos de Estado, preservando las conquistas revolucionarias que les eran favorables.

ORIGEN DE LA GUILLOTINA: La palabra guillotina se originó en el apellido del autor de la iniciativa, el médico francés José Ignacio Guillotin, que el 10 de octubre de 1789 presentó a la Asamblea de los Estados Generales un proyecto de ley para humanizar —valga la paradoja— la pena capital y abolir los antiguos métodos de ejecución; el ahorcamiento para los villanos, la decapitación para los nobles y el infamante de la rueda aplicado a los asesinos, por sustentarse el principio de igualdad de pena para todos, sin distinción de clases y para evitar sufrimientos innecesarios al reo.

El proyecto del Dr. Guillotin, que al principio no despertó interés, tuvo aprobación en marzo de 1792, pero su diseñador no fue el autor de la idea, sino el Dr. Louís, de la Academia de Cirugía de Francia.

A un alemán constructor de clavicordios llamado Schmidt, se le encargó la fabricación de la máquina, que, terminada, fue experimentada con cadáveres y animales.

Su estreno tuvo lugar el 27 de mayo de aquel año con un delincuente común ‘llamado Pelletíer. En sus comienzos y por breve tiempo, popularmente se la denominó la Louison o la Louisette, por el Dr. Louis que dirigió la construcción; inexplicablemente se le cambió por el de guillotina, con que ha llegado a nuestros días.

No está demás recordar que en rigor, la “máquina niveladora” como se la denominó también, tuvo origen en un aparato de forma más simple empleado en Italia en el siglo XVI, llamado mannaja, que en Francia se aplicó en la ciudad de Tolosa en 1632, cuando se decapitó al duque de Montmorency, al ser vencido en la lucha contra su poderoso enemigo, el cardenal Richelieu.

Refiere Arthur Conte que Luis XVI examinó con atención una estampa  guillotina y expresó que él no desaprobaba la máquina, que la prefería a la horca por hacer sufrir menos al ajusticiado.

Aunque se ha dicho que el Dr. Guillotin comprobó en cuello propio la eficacia de su invento se ha comprobado históricamente que falleció de muerte natural en Paris, el 25 de marzo de 1814, cuando la máquina por él concebida funcionaba en lugar fijo, en la plaza de Gréve (Humberto F. Burzio. en “La ejecución de Luis XVI en un manuscrito anónimo”).

Un corte humanitario En 1789, el doctor Guillotin sugirió que Francia adoptara la humanitaria máquina de ejecuciones que ya se usaba en Italia. La Asamblea se impresionó por su rapidez—demostrada en 15 cuerpos donados por un hospital—, y en abril de 1792, la máquina mortal decapitó al primer francés, un asaltante de caminos. Al final del Terror, el rey, la reina y otras 17,000 víctimas habían muerto bajo la hoja de la guillotina.
 

ESPECTADORES EN EL CADALSO
Para acelerar la eliminación de sus enemigos, Robespierre anuló, el 10 de junio de 1794, el derecho a la defensa legal y limitó las sentencias: absolución o muerte.

Como consecuencia, el número de condenados a la guillotina aumentó de manera torrencial. La mayoría de los parisinos, hastiados ante las muertes, evitaban la plaza donde se alzaba la guillotina.

Entre los espectadores asiduos figuraban las «tejedoras»: mujeres que aparecían diariamente junto a la guillotina, con sus tejidos, y que presenciaban las sentencias. Sus burlas ante los aristócratas, que se mostraban aterrorizados, las convirtieron en símbolos del Terror; se les conoció como las «Furias de la Guillotina».

Fuente Consultada: Gran Atlas de la Historia Universal Tomo I

La Casa Borbon en España Reformas Borbonicas en el Virreinato

La Casa Borbón en España Reformas Borbónicas en el Virreinato

La de los Borbones es un familia nobiliaria francesa, cuyas distinta ramas han proporcionado dinastías soberanas en los reinos de Francia, España (donde siguen reinando), Nápoles-Dos Sicilias y en el ducado de Parma

Escudo Casa Borbon de EspañaOrigen de la familia: El nombre procede del señorío familiar de Bourbon-I’Archambault en Francia, solar del linaje. Algunas tradiciones remontan el señorío a Childebrando, hermano del mayordomo franco Carlos Martel (siglo VIII), pero los primeros señores de Borbón documentados se remontan al siglo X, en que el señorío pasa del vasallaje de los Condes de Bourges a depender directamente de los reyes Capeto.

A principios del siglo XIII, el señorío de Borbón pasó a la rama secundaria de Borbón-Dampierre, que también se extinguió en 1283. El título fue heredado por Beatriz de Borbón, descendiente de la rama principal, casada desde 1278 con Roberto de Clermont, sexto hijo de Luis IX de Su hijo Luis I el Grande fue nombrado duque de Borbón y par del reino por Carlos IV (1327). Para entonces, los estados de los Borbón en el centro de Francia consuno de los principados feudales más importantes del reino.

De esta casa ducal saldrían dos ramas. La principal se extinguió en 1527, con la ante las murallas de Roma del duque Carlos III, condestable de Borbón, que se había pasado al servicio del emperador Carlos V contra su rey, Francisco I de Valois. Sus y títulos pasaron, junto con el ducado de Vendóme, a la rama Borbón-Marche-Vendome, también descendiente de Luis I el Grande.

En 1548, Antonio de Borbón, heredero de la casa, se casó con Juana III de Albret reina de Navarra, y asimismo una Valois. El hijo de ambos, Enrique III de Navarra (1553-1610), accedería en 1589 al trono de Francia como Enrique IV, tras el asede Enrique III, el último Valois, en el transcurso de las guerras de religión.

Los Reyes Borbones de Francia

Enrique IV de Francia (1589-1610) logró la pacificación de Francia, superando los enfrenamientos religiosos (Edicto de Nantes, 1598), y dedicó sus energías a fortalecer el debilitado poder monárquico, en la línea del absolutismo del que el reinado de su Luis XIV, el Rey Sol (1638-1715), sería la máxima expresión.

Su dinastía reinó de interrumpida en Francia hasta Luis XVI (1774-92), depuesto y guillotinado durante la Revolución Francesa. La restauración borbónica tras la caída de Napoleón sentó sucesivamente en el trono a Luis XVIII (1814-1824) y Carlos X (1824-30), hermanos de Luis XVI (su hijo, Luis XVII, no llegó a reinar, y desapareció oscuramente tras la muerte de sus padres).

Otras importantes ramas nobiliarias procedentes del tronco principal fueron la de Borbón-Busset, Borbón-Montpensier, Condé, Conti y Borbón-Orleans. Esta última llegó a dar un rey a Francia, Luis Felipe 1(1830-48), encumbrado y destronado por sendas revoluciones burguesas. El conde de París, actual pretendiente a la corona francesa, pertenece a esta rama.

Los Borbones españoles

Con la muerte de Carlos 11(1700) sin hijos, se extinguió la casa de Austria en España. El testamento del difunto nombraba heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, pero el temor a la formación de un bloque borbónico que podría resultar hegemónico tanto en Europa como en las colonias, movió a las demás potencias a disputar esta sucesión, apoyando a otros candidatos. Los tratados de Utrecht (1713) y Rastadt (1714) daban fin a la guerra de Sucesión española.

Felipe V de España (1700-1746) se convertía en el primer rey de la nueva dinastía, previa renuncia a sus derechos al trono francés, a la vez que reconocía la pérdida de casi todas sus posesiones europeas.

La nueva dinastía procuró unificar y centralizar la administración de sus reinos según modelo francés (Decretos de Nueva Planta, 1707-16), a la vez que impulsaba la aplicación de reformas y medidas de fomento destinadas a superar el atraso y los la grave crisis económica y social que había sufrido España durante el siglos III (1759-88), tercer hijo de Felipe V (tanto Luis I como Fernando VI murieron sin herederos), fue el máximo exponente de este reformismo ilustrado.

Paralelamente la monarquía española desarrolló una política exterior marcada por las alianzas rientes franceses (Pactos de Familia de 1734, 1743 y 1761), la salvaguarda colonial, codiciado y acosado principalmente por Gran Bretana, y las intervenciones en Italia, pues la ambiciosa Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe y, no hasta lograr para sus hijos tronos en Italia. Así, Carlos (futuro Carlos III de España se convirtió en rey de Nápoles y Sicilia (1734-59), y Felipe, en duque de Parma, Piasenstalla (1765-1802).

La Revolución Francesa y el ascenso de Napoleón tuvieron graves consecuencias también para los borbones españoles. Aunque en un primer momento  declararon la guerra a la Convención (1793), tres años más tarde se plegaron a una alianza con Napoleón. En 1808, Carlos IV y su hijo Fernando VII obligados a abdicar en Bayona, y Napoleón entronizó a su hermano José I Bonaparte (1808-13).

Sin embargo, tras la guerra de independencia española, Fernando VII fue restablecido trono (1814). Absolutista convencido, derogó disposiciones liberales Cortes de Cádiz (1812) durante el Trienio Liberal (1820-1823) la intervención francesa de los Cien Mil Hijos de San Luis le permitieron tomar el  poder absoluto (1823-33).

Carente de hijos varones, en 1830 publicó la Pragmática Sanción que derogaba la Ley Sálica de Felipe V (1713), en la cual las mujeres no podían acceder al trono. Sin embargo, su viuda María Cristina, regente de su hija lsabel II, tuvo que enfrentarse a una guerra civil (1833-40), pues los sectores más tradicionalistas y partidarios del absolutismo no admitieron la Pragmática Sanción y apoyaron las pretensiones al trono  de Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII A pesar del fracaso final sus reiterados levantamientos, la rama carlista de los Borbones mantuvo sus pretensiones dinásticas hasta 1980.

Para oponerse a los carlistas, la regente y luego Isabel II se apoyaron en los sectores liberales (cristinos o isabelinos), estableciendo una monarquía Constitucional Sin embargo las luchas entre progresistas y moderados, y la ineptitud con-,o gobernante dé Isabel II, desembocaron en la revolución de 1868, que derrocó a la monarquía.

Tras el llamado Sexenio Revolucionario que incluyó el breve reinado de Amadeo I de Saboya (1871 -73) y la Primera República (1873-74), la monarquía fue restaurada en la persona de Alfonso XII de Borbón (1874-85), hijo de Isabel II, que logró Poner fin a la tercera y última guerra carlista (1875).

Se inauguraba el periodo Conocido como la Restauración, caracterizado por la alternancia en el gobierno (turnismo) de conservadores y liberales. Pero tos vicios del sistema generaron una corrupción generalizada (caciquismo), que se complicó con el desastre colonial de 1898 y las luchas sociales de principios del siglo XIX (Semana Trágica de Barcelona, 1909), para conducir a la quiebra del sistema.

Alfonso XIII (1886-31) apoyó a la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-30), cuya caída trajo consiga la de la monarquía, y el advenimiento de la Segunda República (1931).

Entre 1931 y 1975, la dinastía borbónica mantuvo sus, pretensiones al trono español, frente a los regímenes republicano y franquista. En 1969, el general Franco designó príncipe Juan Carlos de Borbón como su sucesor en la jefatura del Estado, a título de rey. A partir de la muerte de Franco (1975), el rey Juan Carlos I puso en marcha eso democratizador que culminaría en la proclamación de la Constitución de que instituía en España una monarquía parlamentaria, al tiempo que su padre, don Juan de Borbón, conde de Barcelona, abdicaba en él sus derechos dinásticos(1977).

De la rama española de los Borbones proceden las ramas italianas de Borbón, descendientes del duque Felipe I (1720-1765) hijo de Felipe V de España, y de Borbón-Dos Sicilias, procedentes de Fernando IV de Nápoles (1759-1825), hijo de III de España. Ambas dinastías perdieron sus Estados con la unificación de Italia en 1860.