Educacion Cristiana

Biografia de Santa Teresa de Jesus Resumen

Biografía de Santa Teresa de Jesus

Teresa Sanchez de Cepeda y Ahumada (Ávila,7​ 28 de marzo de 1515​-Alba de Tormes, 4 de octubre de 1582). Reformadora y mística española. Escritora y poetisa de excepción. Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada nació en Avila de los Caballeros el 28 de marzo de 1515. Era el miércoles de Pasión.

El miércoles santo — día 4 de abril — fue bautizada en la parroquia de San Juan. Toda su vida estaría marcada y atravesada por la lanza que culminó la Pasión de Cristo; una lanza, en todo caso, de amor y de dolor. Su padre don Alonso Sánchez de Cepeda sumará hasta doce hijos, su hija Teresa siente predilección por él, mientras, la esposa, doña Beatriz, recluida en la casa, «más gineceo que castillo», prepara para todos el hogar de recogimiento y de oración. Un hogar austero, pero en modo alguno sombrío ni huraño. Teresa lo alegra, especialmente.

Es dicharachera, vivaz, sensible, apasionada y, sobre todo, decidida. Juega — ella misma nos lo ha dicho — con su hermano Rodrigo a erigir conventos y ermitas en el jardín de su casona. Y un día el juego pretende trocarse en realidad: los dos huyen a tierra de moros, para hacerse decapitar por Cristo… la aventura termina a pocos pasos, pues un pariente los encuentra y los hace regresar.

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A los doce años, pierde Teresa a su madre, queda ahora la casa al cuidado de la hermana mayor, María, que vuelca afecto, vigilancia y ternura hacia Teresa. Anda por entonces la niña embebida en la lectura de libros de caballería, a los que su madre fue muy aficionada. Es presumida, coqueta y gusta de hacer valer entre sus parientes y amistades, sus gracias y donaires.

Pero, apenas cumplidos los dieciséis años, María se casa con don Martín de Guzmán y Barrientos y abandona la mansión paterna. Teresa es confiada al monasterio o convento de Nuestra Señora de Gracia, en la propia ciudad. No llegó a permanecer allí ni dos años. Su salud, precaria, debía ser el asidero de la gracia divina.

En el cuerpo la castigaría con rigor para que desde su postración alzara el vuelo la paloma del alma. Teresa fue a convalecer en casa de su hermana, en Castellanos de la Cañada. Durante su estancia en el convento, había decidido ya ser monja. Y fue precisamente durante esa convalecencia cuando se lo confesó a su padre. Ayudóle mucho en esta decisión el ejemplo de su tío, santo varón que, abandonando el mundo y dando a los pobres cuanto tenía, profesó en religión.

El 2 de noviembre de 1536, tomó el hábito carmelita en el convento de la Encarnación, extramuros de Avila. Un convento humilde, sobre un regatillo claro en el que se mira un trozo de muralla. Un año después profesó allí mismo. Persistía la aridez del alma. Teresa no ceja en la oración ni en las mortificaciones; su corazón anhela algo que tarda en llegar; se diría que exige una Presencia que, por ahora, sólo le depara silencio, áspero y seco silencio. Y nuevas enfermedades.

La que se le declara ahora, la entiende y recibe Teresa — y todos — como mortal. Incluso llega a ser amortajada. Una curandera de Becedas le proporciona unos «remedios» tan espantosos que posiblemente ahuyentan incluso a la muerte. Teresa atribuye su curación a San José.

Es necesario entender el «frío» de Teresa como la conciencia de un vacío que ella sabe que únicamente Dios puede llenar. El hermano Juan de la Cruz averiguará muy pronto lo que es eso: Aridez por ansia de un amor hacia el Amado que nunca traiciona. El frío de Teresa quema ya como el amor que espera…

Y Teresa sigue rezando, mortificándose por Dios. Le ofrece los sufrimientos y el dolor que le ocasiona, en 1542, la muerte de su padre. Aunque prosigue, envolviéndola, el inmenso silencio de Dios. Hasta que se da cuenta de que es ese silencio el que amortigua su aridez y dulcifica la hiél que mana de su oración. Ese silencio es Dios mismo.  A partir de este momento, la vida de Teresa corre sobre la arista inverosímil del puro milagro. Las dos vertientes son: la acción reformadora y la contemplación extática. Ni una ni otra son comprensibles vistas en sí mismas.

Resulta casi imposible que una monja de salud quebrantada recorra leguas y leguas fundando conventos, corrigiendo costumbres, aconsejando almas, pidiendo dineros y fe, luchando contra la calumnia. (En la Navidad de 1560, un confesor mezquino y ramplón le niega el perdón de sus pecados si no abandona la reforma del Carmelo: ¡una Navidad que Teresa verá pasar sin sentir en el corazón la presencia del Amado! Pero, ¿acaso el Amado había dejado de habitarla alguna vez?)…

De 1567 a 1582 surgen de sus manos de hada de Cristo, los conventos de Medina, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana (¡Pastrana!: una hermosa y taimada señora, tapados el ojo y el alma, clavará nuevas espinas en la corona de la fundadora), Salamanca, Alba de Tormes, hasta Sevilla… Cada fundación, nuevo semillero de problemas; todos caen sobre la Madre Teresa y para todos tiene una solución, una sentencia, una reprimenda o una caricia.

Por si fuera poco, la emprende también con los hombres. El hermano Juan de la Cruz, su gemelo en el espíritu, y el Padre Jerónimo Gracián, alentados por el empuje indomable de la Madre, comienzan las fundaciones de carmelitas descalzos…

obra de bernini teresa de jesus

Éxtasis y transfixión de Teresa de Jesús. Escultura de Bernini que se conserva en Santa María della Vittoria, de Roma. — «¡Yo soy Teresa de Jesús!» «¡Y yo, Jesús de Teresa!». De estas dos breves, pero impresionantes frases, nació el éxtasis teresiano, durante el cual un ángel traspasó el débil y apasionado cuerpo de la granfundadora con el encendido dardo con el que Cristo marca a fuego, para siempre, a sus elegidos. Pero esta posesión inefable con que Cristo confirmó su amor por esta criatura llena de pasión y de ilusión, tuvo que ser un designio muy anterior, pues que en verdad parece inexplicable que durante cincuenta años de intensísimos sufrimientos y achaques corporales, marrida su materia —aun de la reputada y fuerte tierra abulense, crisol de Castilla— por distintas enfermedades a cual más doloroso, Teresa hubiese llevado a cabo tantas empresas titánicas… si Cristo, desde «el primer principio» no la sostuviera en sus manos y «en
volandas».

Resulta casi imposible concebir que entre esas andanzas, desazones, amarguras y privaciones, Teresa pueda abismarse en Cristo, ser levantada en su presencia y conservar en su alma el gozo inefable de la visión divina. La humildad y el conocimiento de su pequenez hacen titubear a Teresa. Pero, ¿no está para afirmarla en su don extraordinario la índole misma del hecho?

En suma, su genio penetrante transmite una experiencia. No puede ella arriesgarse a legarnos un método para ver a Dios cara a cara; pero nos hace ver que esta visión constituye una adquisición del alma… Más de tres siglos después, un filósofo insigne, judío, que esperaba siempre el resultado de la experiencia para avanzar en su metafísica, encontrará en la relación de la Madre Teresa, abierto, inocente, puro y claro, el experimento de Dios; ergo… y de la mano de la Madre Teresa, Henri Bergson, entrará — de vivo deseo — en la Iglesia de Cristo…

Todo ello aparece, casi, como imposible. El casi lo salva la perspectiva, en y desde Dios. ¿Quién será capaz de sostenerse sobre ella? ¿Quién será capaz de hundir su alma en esa monja andariega, que fue hermosa mujer y hoy es vieja prematura, cubierta de polvo y sudor, andando, andando, junto a una borrica famélica, para estremecerse ante el escueto hecho de que Dios va en ella y nos mira por sus ojos mismos?…

comunion de teresa de jesus obra de arte

la COMUNIÓN DE TERESA DE JESÚS. PINTURA DE CLAUDIO COELLO. MUSEO LÁZARO GALDIANO.
Madrid. — Claudio Coello (1642-1693) fue uno de los más admirables maestros de la Escuela de Pintura de Madrid. Y aun cuando en la composición de sus obras se sometió al realismo impasible y neto impuesto por Velázquez, supo insuflar en sus criaturas una vehemente impresión romántica que las espiritualiza hasta más allá de la auténtica realidad. Y así lo prueba esta prodigiosa pintura en la que nuestra Madre Teresa de Jesús, la maravillosa andariega y taumaturgo de todas las Caballerías celestiales, recibe al Amado de mano de un santo, al que asisten otros dos santos…

La Madre Teresa ya no puede más. Moría antes porque no moría. Y ahora vive, porque su cuerpo va a morir de verdad. En 1582, la sacan del convento de Burgos para que entregue su alma en Avila.

En Medina del Campo, el vicario general le transmite un mensaje urgente de la duquesa de Alba, doña María de Toledo. Aun ahora, en ese trance de postración extrema y alegría del alma — definitivas una y otra — hay quien necesita de ella. Teresa renuncia a Avila y marcha hacia Alba de Tormes. Llega allí el 20 de septiembre. Sus acompañantes creyeron que moriría en Peñaranda.

Pero Teresa sabe que su amiga tendrá tiempo de recibir el consejo. Y, en efecto, lo recibe. Pero al día siguiente de su llegada, se acuesta la Madre en el lecho, del que ya no se levantará más. El 1 de octubre, con el gozo a flor de piel, anuncia a todos su muerte, su tránsito inminente a Dios; dos días después recibe los Sacramentos y el día 4 entrega el alma, libre ya de un cuerpo marrido y agotado que, pese a todo, fue maravilloso instrumento y apoyo de visiones y acción.

En 1614, Paulo V la declaró bienaventurada y ocho años después, Gregorio XV, la elevó a los altares. España no podía venerar a Teresa como a un santo más. Teresa era, en cierto modo, cifra y hechura de España.

Y el espíritu y escritos de Teresa metieron azogue y comezón espiritual en el alma de España, ya cariacontecida y superada, en muchos aspectos, por la Historia.

Las Cortes la declararon patrona de los reinos de España en 1617. No sin disputa, porque el caballero Quevedo — que en esto lo fue muy poco — se complugo en publicar a los cuatro vientos los mayores méritos concurrentes én Santiago, que, en suma, venían a cifrarse en la supremacía del esfuerzo bélico-heroico, sobre la hondura del alma en presencia de su Creador.

Y fue también Quevedo, en esto, poco perspicaz, al no darse cuenta que, en pleno siglo XVII, una España desgastada y exhausta, necesitaba mucho más encontrar su alma que no manejar una espada.

La huella de Teresa de Jesús en el alma de España parece, con todo, ser el mayor de sus milagros. Su habla directa, desaliñada y certera; su poesía pobre de retórica, inmensa en imágenes íntimas, se han abierto camino hacia el corazón de los españoles.

Hay, realmente, un contacto vivo entre la santa y el pueblo del que ella formó parte. Gracias a ese contacto, la contemplación divina no representa para el español una cima inaccesible. No quiere ello significar que «cualquiera» pueda llegar a mirar a Dios cara a cara (como de hecho miramos al Cáliz y Hostia consagrados durante la Misa), sino la simple certidumbre de que Teresa, la hermana Teresa, lo consiguió.

Y con la hermana Teresa, muchos arrieros, muchos mendigos y muchos nobles, rozaron sus mantos y cambiaron su habla viva e inmortal. Teresa de Jesús demostró— y esto y no otra cosa es calar al pueblo — que en la sencillez está la suprema profundidad de la persona y, correspondientemente, que lo más hondo del alma es, a la fuerza, sencillo.

Fuente Consultada:Enciclopedia Temática Familiar – Tomo I – Grandes Figuras de la Humanidad – Entrada: Santa Teresa de Jesus – Editorial Cadyc

Historia de la Educación Cristiana Características y Objetivos

Historia de la Educación Cristiana
Características, Principios y Objetivos

Sentido fundamental. — El rasgo dominante de toda la educación cristiana es la importancia que toma la figura de Cristo como modelo y maestro de la vida humana. Por su simple imitación, el hombre puede aproximarse a las perfecciones espirituales que posee la divinidad (educación cristocéntrica).

Para lograr este desarrollo sólo se pide una cosa: estar unido a Cristo. Ningún saber y ningún hacer humano tiene valor alguno si están separados de Jesús.

Con la aparición del cristianismo la educación alcanzó un nuevo carácter religioso y moral, que determinó una reforma integral en el individuo y en la sociedad.

Desde el punto de vista filosófico, el Evangelio proponía un nuevo concepto del hombre y de su destino. Dios había creado al hombre, en un acto de amor, a su imagen y semejanza. Por lo mismo, Dios es el Padre de todos, y todos los hombres son sus hijos y tienen el mismo destino: la patria celestial. Entre sus muchas enseñanzas, Cristo expresa estas ideas en una oración: Padre nuestro que estás en los cielos.

El amor de los hijos al Padre se pone de manifiesto por la obediencia que el hombre tiene a sus mandamientos, particularmente por el segundo: amar al prójimo. El amor, la charitas hacia Dios y el prójimo es el elemento más característico de la vida cristiana. De este mandamiento brotan los principios de igualdad y de fraternidad humana.

Por otra parte, para el cristianismo la vida religiosa es un hecho interior, es una conquista, una reforma moral. La transformación espiritual que se exige al cristiano no se realiza en las demostraciones exteriores sino en las profundidades de la intimidad: «el reino de Dios —dice Jesús— está dentro de vosotros». Sólo es necesario transformar las intenciones, los pensamientos, los afectos en valores que sirvan para la salvación eterna. «De qué le aprovecha al hombre el mundo entero si después pierde su alma. ..»

Esta transformación la puede alcanzar cualquier hombre mientras posea contra el orgullo vanidoso, la pobreza de espíritu y la sencillez de corazón. Pero el cristianismo no desprecia la perfección de las obras humanas. Todas las producciones del hombre, su trabajo, su arte, su técnica, todo puede contribuir a su perfección interior. Todo es vuestro, dice el apóstol san Pablo, sea el Mundo, sea la Vida, o Muerte, o Presente o Futuro, todo es vuestro.

En este sentido, al despertar la confianza en las propias fuerzas espirituales, al reconocer a los hombres la libertad para cooperar en la realización de su propio destino, el cristianismo dio un valor insustituible a la persona humana.

Nuevos ideales educativos. — Fundándose en estos principios, el cristianismo determina una renovación educativa cuyos principales rasgos son:
a) Dio una idea clara de las relaciones del hombre con Dios y con sus semejantes. Los hombres, hijos todos de Dios, alcanzan su perfección teniendo como modelo al Padre celestial: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos». Pero este perfeccionamiento no debe ser solamente individual, sino también social, de tal modo que llegue a toda la familia humana. La educación se convierte entonces en un acto de amor.

b) Ha mostrado cuáles deben ser las relaciones educando-educador. De acuerdo con la ley del amor, el maestro cristiano tiene que considerar al discípulo como un hermano, como un alma que tiene necesidad de ayuda para desarrollar plenamente su personalidad, para actuar con miras a su propio fin.

El educador no debe desempeñar su propia tarea con la ambición de dominar, pretendiendo imponerse desde fuera. El educando es un espíritu libre e inmortal que posee en sí la razón de su ser. Por eso el educador debe respetar su personalidad como cosa sagrada e inviolable.

La obra educativa tiene lugar entre espíritus, libres, y debe ser interpretada como una misión en la que,el maestro se introduce sinceramente para encender en los corazones y en la inteligencia la luz más viva de la espiritualidad.

c) Ha fijado la verdadera noción de libertad. El Evangelio nos asegura que el hombre es libre y que puede, esforzándose y con la ayuda de Dios, perfeccionar su libertad hasta llegar al estado perfecto que disfrutó antes de la caída original. Esta concepción abre a los hombres la perspectiva de un progreso, dependiente de su esfuerzo voluntario, y siembra por doquier el optimismo educativo, ya que el culpable puede regenerarse.

d) Ha perfeccionado el sentido de la actividad humana. Con el cristianismo los actos humanos han adquirido un significado más íntimo, un mayor sentido de la caridad, una mayor pureza de intención y una disposición más activa de la voluntad. El ideal es la perfección. «Sed perfectos como lo es vuestro Padre Celestial», dijo Jesús. Para alcanzarla no es necesario desprenderse de todos los bienes materiales, ni oponerse a las exigencias del cuerpo, ni a las ciencias, ni a las leyes emanadas del poder público. El cristiano se adaptará a los progresos, y los secundará, depositando, por sobre todo, su confianza en la victoria definitiva del bien y de la caridad.

Jesús educador. — Cristo fue invocado por las multitudes con el nombre de Maestro; fue maestro por excelencia, tanto en la doctrina como en el método. Su programa educativo es simple y sublime al mismo tiempo.

Jesús ama con ternura a los niños, exalta su dignidad y recuerda con insistencia el respeto que merecen, lanzando los más terribles anatemas a cuantos por sus actos o palabras los pervierten.

cristo y sus fieles

Cristo Educando a sus Fieles

La enseñanza de Jesús se desarrolla también según un método didáctico original. Él es el Maestro que fascina a los hombres. Sus enseñanzas son expuestas con el método directo, intuitivo. Expone sin términos obscuros incomprensibles para las mentes no preparadas de los que lo escuchan. Se sirve del diálogo y de esos ejemplos, tan sencilios como fecundos, que son las parábolas. Es ciertamente el maestro que desciende al nivel intelectual de los alumnos. Su pedagogía es gradual. Nunca cae en precipitaciones. «Tengo muchas cosas aún que deciros, pero por ahora no estáis en aptitud de comprenderlas». Arroja la semilla y espera que germine y fructifique.

Como todo genial educador, posee Jesús en alto grado el arte de interrogar, de exponer, de excitar el interés de los discípulos. Sus coloquios transcurren siempre en un ambiente de incomparable simpatía. Es digno, severo, paciente, a tenor de las circunstancias y de los interlocutores. Sus enseñanzas tienen un dejo de autoridad: «Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida. . . Todo poder me ha sido dado», aunque lo ejerce de modo suave, dulce. En fin, como maestro perfecto, fortalece su doctrina y autoridad con el ejemplo de su vida y de su muerte.

La Iglesia primitiva y la educación. — Si bien en los primeros siglos la Iglesia fundada por Cristo no contó con escuelas, el ejemplo del Maestro la convertirá en dispensadora de una nueva educación religioso-moral. Desde entonces la educación se mantuvo como una de las preocupaciones más constantes del cristianismo. Sus enseñanzas, que prácticamente proclamaban el valor esencial de las leyes del amor, transformaron a los hombres y produjeron una revolución en las actividades educacionales.

Para el cristianismo, la institución de la familia fue el medio natural donde se debía formar el alma del niño. Los padres cristianos no podían abdicar esta responsabilidad en los maestros; se sentían impulsados a desarrollar una acción doctrinaria viva y eficaz respecto a sus propios hijos. El mismo apóstol San Pablo había proporcionado consejos a los padres sobre el modo de educar a los hijos.

Para difundir la doctrina, la Iglesia empleó como procedimiento inicial la catequesis (instruir por medio de preguntas y respuestas) y aplicó la palabra catecúmeno a la persona que se instruía en religión. El catecumenado era el período de instrucción anterior al bautismo, por el que debían pasar los adultos que deseaban hacerse cristianos.

La catequesis se impartía, según las circunstancias, tanto en los palacios de los ricos convertidos como, cuando las persecuciones, en las catacumbas (subterráneos de los alrededores de Roma donde se enterraban a los mártires y se celebraba culto) y alcanzaba a toda clase de personas, hasta los esclavos. En Alejandría, Panteno, hacia el año 180, formó la primera escuela para la formación de catequistas.

DOCTRINA Y ACCIÓN EDUCADORA DE LA PATRÍSTICA

El Evangelio fue extendiéndose rápidamente en el mundo griego y latino entre los humildes como entre los intelectuales. La doctrina que se transmitía, muchas veces daba lugar a variadas interpretaciones; esta situación impuso la necesidad de fijar en un cuerpo las enseñanzas de la nueva religión.

La tarea correspondió a ciertos clérigos o escritores que por su sabiduría y virtud fueron denominados Padres de la Iglesia. Ansiosos de explicar o defender la nueva fe, redactaban instrucciones en forma de cartas o exhortaciones o escribían tratados, ya para exponer simplemente la doctrina, ya para explicar filosóficamente los principios revelados (teología).

En general, su principal preocupación fue explicar las verdades cristianas conciliándolas con la filosofía y los métodos de la cultura antigua. La realización de tan importante tarea fue lenta y se extendió hasta el siglo V. La obra doctrinal de este período de la historia del cristianismo se denomina la patrística.

En materia de educación, la obra principal de los Padres de la Iglesia fue la conciliación entre la literatura pagana que se enseñaba en las escuelas con la doctrina religiosa y moral de los cristianos.

En el proceso de dicha conciliación se pueden distinguir distintas posiciones entre los diferentes doctores de la Iglesia, pero en general procuraron valerse de los elementos aprovechables de la cultura clásica para la formación intelectual de los cristianos. El primero que se ocupó del problema fue Tito Flavio Clemente (Clemente Alejandrino, muerto en 215), que fue maestro de la escuela catequística de Alejandría.

Como acudieran a sus clases personas de cultura que aspiraban al bautismo, procuró demostrarles la superioridad del cristianismo. Para ellos escribió varios tratados, destacándose El pedagogo, que contiene una didáctica completa y reseña todo lo que el cristiano debe hacer para ser digno de este nombre. La pedagogía es la conducción del hombre; por eso Cristo es el verdadero pedagogo de la humanidad.

Clemente, que había recibido educación pagana, conservó después de su conversión un gran amor por la cultura clásica, del mismo modo que San Basilio, obispo de Capadocia, que en su discurso A los jóvenes, sobre el modo de estudiar con provecho a los escritores paganos sostiene que la filosofía debía de considerarse como un estudio previo al conocimiento de la ciencia de Dios o teología.

En el primer momento esta posición de conciliación fue rechazada, debido a la corrupción moral que imperaba en la sociedad romana, pero gran parte de los convertidos no podían olvidar que ellos mismos habían sido educados en la literatura pagana y que a veces esa misma literatura les había ayudado a ser cristianos. San Basilio había sido profesor de retórica, Clemente fue filósofo platónico, san Ambrosio sabía a Virgilio como cualquier erudito romano, san Jerónimo conocía y se deleitaba en la lectura de Cicerón.

De aquí que hubo entre los Santos Padres muchos que consideraron indispensables el estudio de los clásicos. A este respecto se hizo famosa una comparación: así como los israelitas al salir de Egipto se llevaron consigo los vasos de oro de los egipcios, así los cristianos podían apoderarse legítimamente de los vasos de oro de la cultura antigua, pero repudiando su contenido pagano. Más tarde, cuando escasearon las escuelas de retórica y gramática, la Iglesia hizo florecer estos estudios en sus propios monasterios. De este período recordaremos dos vigorosas personalidades: San Jerónimo y San Agustín.

San Jerónimo (340-420). — En la historia de la educación, san Jerónimo representa la transición entre la educación impartida a los cristianos con los textos de los literatos paganos y los nuevos ideales f ormativos que brotaron del Evangelio. (ver Biografía de San Jerónimo)

Nacido en Dalmacia, de familia patricia, estudió en Roma bajo la dirección del célebre gramático Elio Donato. Después de una grave enfermedad se retiró a un desierto de Siria y allí vivió como ermitaño. El Papa Dámaso lo llamó a Roma y le confió su secretaría. Pero sus ansias monacales lo llevaron de nuevo a Oriente y se estableció en Belén, donde permaneció hasta su muerte.

Su nueva vida fue admirablemente fecunda. Reunió los materiales para una gigantesca empresa literaria que él mismo realizó: la versión al latín de los textos griego y hebreo de la Biblia. Esta traducción, texto oficial de la Iglesia, es conocida con el nombre de Vulgata. También fundó dos monasterios, uno para varones y otro para mujeres. A su lado estableció escuelas para niños, donde enseñaba la religión y los clásicos latinos.

En muchos textos se mencionan dos Cartas de san Jerónimo, que no creemos tengan mayor importancia para nuestra historia. Ambas están encaminadas a señalar orientaciones en la formación de dos niñas destinadas a la vida monástica. Una está dirigida a Leta, matrona romana, sobre la manera de educar a su hija Paula, y la otra a Gaudencio, sobre la educación de la pequeña Pacátula.

Lleno de amor a la infancia y con un conocimiento claro de sus necesidades, san Jerónimo se apoya frecuentemente en Quintiliano. Junto a expresiones muy delicadas, menciona recomendaciones, didácticas, tales como acostumbrarlas a la lectura mediante el reconocimiento de letras movibles de madersa o marfil; o a la escritura, siguiendo los surcos marcados en tablillas de cera. Para alcanzar satisfactoriamente la vida monacal les señala cómo deben disponer su alma para el rezo del oficio divino mediante la lectura meditada de los Santos Padres y el conocimiento de las Sagradas Escrituras.

El conflicto entre la literatura clásica y el cristianismo aparece narrado en un sueño que tuvo en 374. «Parecíale estar muerto; su juez le preguntó: ¿quién eres?, y respondió: un cristiano. Entonces oyó que su conciencia le repetía esta terrible sentencia que tanta influencia ejerció sobre las sucesivas generaciones: Es falso, no eres cristiano, eres un ciceroniano; donde está tu tesoro (la literatura), allí está tu corazón.» A pesar de ello, nunca pudo desprenderse de su amor a las letras clásicas. En Belén, en la escuela junto a su monasterio, comentaba a los poetas latinos y de manera especial a Virgilio.

De ahí que san Jerónimo, patrono de los traductores, según lo reconoce el Renacimiento, ocupe un lugar destacado por haber sido el promotor del estudio de las lenguas latina, griega y hebrea como instrumentos para el conocimiento de la Escritura, de la misma manera que san Agustín provocó la sustitución de los textos de los literatos paganos por los cristianos. Si no insisten en reconocer las bondades de la educación clásica es porque la juventud ordinariamente la recibía. Esto se entenderá mejor si tenemos presente que en los siglos siguientes, cuando falten las escuelas de los gramáticos y retóricos, serán los monjes los que acogerán los textos literarios dg, cultura clásica en sus monasterios.

Ver También San Agustín

La Educación Cristiana en los Monasterios:
El monasticismo. A los primeros educadores cristianos correspondió la tarea de conciliar la cultura de la antigüedad con la doctrina cristiana. A los nuevos educadores de la Edad Media, los monjes, correspondió, tras ardua y difícil labor, conservar la cultura heredada y transmitirla a las futuras generaciones. Muy bien se puede afirmar que la cultura latina hubiera desaparecido para siempre, si no fuera por el heroísmo anónimo y silencioso de los monjes. Cuando desaparecieron las escuelas profanas, herederas de la antigüedad, las escuelas monásticas fueron los únicos instrumentos transmisores de la instrucción.

claustro en los mansterios

La palabra monje (del griego moñacos, solitario) designaba desde el siglo IV a los que, siguiendo los consejos de perfección que Cristo había dado en su Evangelio, abandonaban las ciudades para establecerse en lugares desiertos y entregarse a la contemplación de Dios y a la práctica de las virtudes cristianas. Ejemplares insignes de monjes fueron san Pablo, primer ermitaño, y san Pacomio, que dio las primeras reglas. Sus numerosos discípulos poblaron los desiertos de la Tebaida en Egipto.

Estos solitarios pronto mostraron tendencia a reunirse en edificios llamados monasterios donde, sin abandonar su vida de retiro y meditación, ejecutaban en común las comidas y la oración. El ejemplo se propagó por Occidente, y se fundaron monasterios en Francia, España, África e Irlanda. Mas faltaba unidad entre sus reglas. Unas eran excesivamente rigoristas, otras eran susceptibles de varias interpretaciones.

Tocóle a san Benito uniformar las normas monacales. Pertenecía a una antigua familia romana y fue educado en aquel sentido de gobierno y de sabia apreciación de la justicia que antaño habían dado grandeza a Roma. Lo que sus antepasados aplicaron al gobierno del mundo, Benito lo aplicó a la vida monástica. Su Regla, modelo de sencillez, establece una forma de vida más humana, más llevadera y a la vez más holgada y práctica que las reglas anteriores. Por eso la adoptaron todos los monasterios de Europa. San Benito define al monasterio como una escuela del servicio de Dios, señalando así la alta función educadora que inviste la institución.

Las escuelas monásticas poseyeron un conjunto de dispositivos educacionales para alcanzar sus finalidades civilizadoras. Poco a poco, ampliaron sus trabajos, hasta absorber todo el contenido formativo: las primeras letras, las artes liberales, la lectura de autores, la teología, incluyendo dentro de su acción a ciencias especiales, tales como medicina, arquitectura, etcétera.

La escuela monástica se dividió en escuela interior (schola claustralis), para los niños destinados a continuar la vida monacal, y la escuela exterior (schola canónica), para la juventud encaminada a las profesiones del mundo.

Su acción, muy limitada desde el punto de vista didáctico, fue extraordinaria por su papel civilizador. Su actividad sirvió para mantener un plan de estudios: las siete artes liberales, fundamento de todos los estudios superiores, y para proveer, a los centros alejados de la vida cultural, de maestros e instructores en agricultura, oficios manuales, artes, ciencias, etc.

Primitivamente, todos los monjes cultivaban la tierra con sus propias manos y trabajaban en los talleres. Más tarde, los que se dedicaban al estudio abandonaron los trabajos serviles, que quedaron a cargo de los legos, quienes hacían votos y vestían el hábito, pero no tenían estudios ni habían recibido órdenes sagradas. El buen monje estaba siempre alegre en sus estudios o en su trabajo. Hubo monasterios que fueron auténticas escuelas normales. Los monjes benedictinos, esparcidos por todos los países, constituyeron focos aislados de cultura en medio de las densas tinieblas de aquellos tiempos.

San Benito impuso a sus monjes la obligación del trabajo, y les exhortó al estudio de las letras sagradas. Por esos tiempos hubo un contemporáneo, el ilustre hombre de Estado romano Casiodoro, que fundó un monasterio en Calabria, ejercitó sus hombres en el estudio y les exhortó vivamente a ocuparse de la copia de libros. Así vinieron a ser los monasterios las sedes de la cultura. Casi todos contaban con una estancia contigua a la iglesia —scriptorium—, destinada a la copia de los libros.

Los monjes dedicados a esa labor empezaban su trabajo al amanecer y, salvo las horas de oración y de descanso, lo dejaban al caer la tarde. Los monjes preparaban las pieles para hacer el pergamino, fabricaban las tintas y los colores para iluminar las miniaturas con que se embellecían las iniciales, y cortaban las plumas de caña y de ave. Todo tenía que elaborarse dentro del recinto monástico.

Con razón decía un viejo refrán: «Monasterio sin biblioteca es como un castillo sin sala de armas». En los castillos se fabricaban y arreglaban las armas; en los monasterios se confeccionaban y escribían los libros, que eran las armas de los monjes.

Así se elaboraron los libros durante siglos y siglos, hasta que, al declinar la Edad Media, comenzaron a surgir copistas laicos, especiaimente al servicio de los reyes y príncipes y de las universidades. Los monjes salvaron, de este modo, la cultura antigua. Porque no se limitaban a copiar la Biblia, sino que frecuentemente transcribían los libros de los grandes escritores de la antigüedad: Virgilio, Cicerón, etc.

Ellos impidieron la interrupción de la tradición manuscrita hasta el siglo XV, en que apareció la imprenta. Cuando en este siglo, la tradición manuscrita latina, transmitida por los monjes, se reúne con la griega conservada en Bizancio, la antigüedad clásica reaparecerá de nuevo en toda su plenitud ante los ojos admirados de las gentes. Habrá llegado entonces la hora del humanismo, que jamás hubiese sonado sin la labor paciente y entusiasta de los monjes medievales.

Los benedictinos no fueron tan sólo escritores y copistas. Actuando como verdaderos herederos de la civilización latina, llevaron a muchos países la acción civilizadora de Roma, las primeras formas de la vida social y de la organización civil. Así el abad san Agustín de Canterbury predicó el cristianismo en Inglaterra, Wilfrido de York sembró la primera semilla en los Países Bajos, san Bonifacio en Alemania, san Martín de Tours en las Galias.

Ver: Vida en los Monasterios     Ver: Las Universidades Medievales

Fuente Consultada:
Historia de la Educación – Juan Carlos Zuretti – Editorial Itinerarium – Colección Escuela –
Enciclopedia Electrónica ENCARTA – Microsoft
Enciclopedia del Estudiante Tomo 19-Historia de la Filosofía – Editorial Santillana
Wikipedia –