Ejercito Espartano

El Ejercito y las Conquistas de Esparta

Conquistas del Ejercito de Esparta

EJERCITO ESPARTANO: Los espartanos pasaban la mayor parte de su vida fortaleciéndose y ejercitándose para la guerra.

Combatían a pie, armados como los guerreros de la época de Homero, con coraza de bronce, perneras, casco con cimera, escudo oval, lanza larga y espada muy corta. Pero los hoplitas (así se llamaba a los infantes que llevaban armadura completa) no peleaban a la ventura como en los tiempos de Homero.

Ejercito de esparta
Los griegos aprendieron a combatir armados como hoplitas y alineados en falange, pero los espartanos siguieron siendo los más fuertes, los más ejercitados y los más valientes.

Cuando habían llegado cerca del ejército enemigo los hoplitas, vestidos de encarnado, se alineaban en orden de batalla, comúnmente en ocho largas filas colocadas unas detrás de otras.

Era lo que se llamaba falange. Se mantenían inmóviles esperando la señal que había de dar el rey, colocado en el puesto de honor a la derecha.

El rey, la cabeza coronada con una guirnalda, sacrificaba una cabra a los dioses. Los adivinos observaban las entrañas de la víctima para ver si eran de buen agüero.

Entonces el rey entonaba un canto de guerra, el paean, y los guerreros lo repelían a coro. Luego, al sonido de las flautas que tocaban una marcha, partían con paso raido y rítmico.

Iban en filas, el escudo en la mano izquierda, la lanza en la derecha, apretados de forma que mutuamente se defendieran.

Sólo los hombres colocados al borde de la fila, a la derecha, tenían un lado descubierto, y por eso en aquella parte se ponía a los más valientes.

Llegaban como masa lanzada con movimiento rápido sobre el ejército enemigo. Se empujaban, se batían cuerpo a cuerpo, hasta que uno de los dos ejércitos resultaba rechazado o deshecho.

Cuando los espartanos habían derrotado a los enemigos se paraban. Su principio era no perseguir a los fugitivos. Separándose para correr tras ellos habrían dejado de protegerse unos a otros y corrido el riesgo de dejarse matar aisladamente.

Acabada la batalla, los espartanos, según costumbre griega, despojaban a los cadáveres enemigos de sus corazas, de sus cascos, de sus escudos y armas y las reunían en un montón que se llamba trofeo. Era la señal, del triunfo.

Los demás griegos aprendieron a combatir armados como hoplitas y alineados en falange, pero los espartanos siguieron siendo los más fuertes, los más ejercitados y los más valientes.

El guerrero espartano estaba hecho a la idea de que debía combatir en su puesto y dejarse matar antes de retroceder. El que huía en la batalla o arrojaba su escudo, quedaba deshonrado para siempre.

Si volvía a Esparta, no se le admitía en la Asamblea ni en las comidas públicas.

En las fiestas, en los ejercicios, quedaba relegado al último lugar; en la calle había de ceder paso aun a los que eran más jóvenes que él. Todos se negaban a hablarle, a sentarse a su lado.

Con frecuencia era insultado y golpeado sin que pudiera quejarse. Su familia participaba de su deshonra, y muchas veces sus hijas no hallaban quien se casara con ellas.

CONQUISTAS DE ESPARTA: A occidente de la alta muralla de rocas que forma la cadena de Taigeto, se extendía la Mesenia. Un río caudaloso, el Pamiso, la atravesaba.

El valle era tan fértil que se le llamaba «la llanura feliz». Los conquistadores dorios habían ocupado aquel país rico y formado en él un pueblo guerrero semejante al de Esparta.

Los espartanos y los mesenios vivieron en paz al principio. Pero, en el siglo VIII, los espartanos, que habían terminado la conquista de la Laconia, empezaron a guerrear con sus vecinos.

Resistieron los mesenios más de un siglo, pero al fin fueron obligados a someterse y a abandonar el país haciéndose los espartanos dueños de toda la Mesenia.

Se recordaba en Grecia que estas guerras habían sido largas y encarnizadas, pero de ellas no se sabía nada más que algunas leyendas referidas en Esparta y conservadas en las caclones patrióticas de los mésenlos.

De entre los héroes mesenios de estas- guerras, se destaca la figura de Aristómenes.

En la batalla de Estenlclaros, Aristómenes puso en fuga a los espartanos, y los habría degollado a todos si los semidloses Castor y Pólux no le hubieran detenido haciendo que perdiese su escudo. Cuando volvió a su aldea, las mujeres arrojaban flores a su paso y cantaban: «A través de los campos de Esteniclaros y hasta la cima de la montaña, Aristómenes ha perseguido a los lacedemonlos».

Una noche entró en Laconia, sorprendió la ciudad de Fares y la saqueó. Al regresar cargado de botín, encontró al rey de Esparta con sus guerreros y los puso en fuga. Iba a caer sobre Esparta, pero vio en sueños a Castor y Pólux y a su hermana Helena que se lo prohibieron.

Un día raptó a las doncellas que danzaban en la fiesta de Artemisa, y no las devolvió hasta recibir un gran rescate.

Otro día quiso raptar a las mujeres que celebraban la fiesta de Demeter, pero ellas se defendieron con los cuchillos y los asadores preparados para el sacrificio e hirieron a los mesenios.

Aristómenes mismo, deslumhrado por el resplandor de las antorchas, fue preso y encadenado. Por la noche se escapó.

Otra vez siete cretenses, al servicio de Esparta, sorprendieron a Aristómenes, le cargaron de cadenas y se detuvieron en una casa para pasar la noche con el prisionero.

La joven que habitaba la casa había soñado la noche anterior que libraría a un león encadenado por lobos.

Comprendió que Aristómenes era el león de su sueño, dio de beber a sus guardianes, los emborrachó y desató al héroe, que les dio muerte.

La joven se casó con uno de los hijos de Aristómenes.

La batalla decisiva se übró cerca del Gran Foso, pero el rey de los arcadios, aliados de Mésenla, Aris-tócrates, se había dejado ganar por los regalos de los espartanos y, estando en la pelea, dijo que las entrañas de las víctimas eran desfavorables y mandó retirarse a sus tropas. Los espartanos quedaron vencedores.

Los mesenios, vencidos, se replegaban a los montes fronterizos de Arcadia y se establecieron en una cima escarpada, el monte Ira, en donde se defendieron once años.

Aristómenes siguió maravillando a sus compañeros con sus hazañas. Una noche salió de Ira con 300 guerreros escogidos. Caminaron tan deprisa que antes de salir el sol habían llegaoo a la ciudad laconia de Ami-clea, se apoderaron de ella y la saquearon.

Estaban de vuelta antes de que los espartanos hubieran tenido tiempo de salir a campaña.

Un día Aristómenes, que recorría la campiña con reducida tropa, fue sorprendido por el ejército espartano. Herido por una piedra en la cabeza, cayó desvanecido y fue preso con cincuenta de sus compañeros.

Había cerca de Esparta un hondo barranco, el Ceadas, en el que se arrojaba a los condenados a muerte. Los espartanos precipitaron en él a sus prisioneros. Los mesenios se hicieron pedazos al caer, y Aristómenes fue el único que llegó al fondo sin hacerse daño. Contaban que un águila, tendiendo sus alas sobre el héroe, le había sostenido en su caída.

Aristómenes permaneció tres días en aquel agujero oscuro y sin salida, rodeado de los cadáveres de sus compañeros. La cabeza envuelta en el manto, esperaba la muerte.

Al cabo oyó un ligero ruido. Se destapó la cabeza y miró. Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y distinguió a un zorro que devoraba los cadáveres.

El hoyo aquel tenía una salida por donde el animal había llegado. Aristómenes le dejó acercarse y le agarró fuertemente de la cola. Huyó el animal y, siguiéndole Aristómenes, llegó a un agujero por el que penetraba alguna luz. Soltó entonces al zorro, ensanchó el agujero con las manos y salió al fin a la luz.

De vuelta a Ira comenzó de nuevo sus correrías y ofreció por tercera vez a Zeus el sacrificio llamado hecatonfonía, para ofrecer el cual era preciso haber matado con propia mano un centenar de enemigos.

Durante siglos después de la conquista de Mesenia, hubo en los países griegos colonias de emigrados mese-
nios que no habían olvidado su antigua patria y que conservaban el odio a los espartanos.

En las montañas cubiertas de árboles, en el centro del Peloponeso, habitaban los arcadios, gentes de costumbres sencillas que moraban en aldeas sin murallas y vivían, sobre todo, del producto,de sus rebaños.

La Arcadia era el país de los pastores, que se distraían tocando la flauta. Era también país de montañeses que daba guerreros famosos por su valor. Pero estaban divididos en pequeños pueblos que tenían cada uno sus jefes y que no se sostenían unos a otros.

Los espartanos hicieron varias guerras en Arcadia, sobre todo contra los habitantes de Tegea. No consiguieron someterlos, pero les obligaron a aliarse a ellos perpetuamente.

Los tegeanos iban a la guerra bajo el mando de los reyes de Esparta y en el momento de la batalla se colocaban en el ala izquierda. Era un puesto de honor que habían obtenido al concertar la alianza.

Argos había sido mucho tiempo la más poderosa ciudad del Peloponeso. Esparta le hizo la guerra y le tomó la comarca de Tiera.

Después de vencer a los mesenios, a los arcadios y a los argivos, fueron los espartanos, en el siglo IV, el pueblo más poderoso y respetado de toda Grecia.

Habían conquistado todo el Sur del Peloponeso, poseían toda la Laconia y la Mesenia y, en la península, todos los restantes pueblos eran ya aliados de Esparta, excepto los aqueos y los argivos que habían permanecido independientes.

Cuando los espartanos iban a la guerra, sus aliados Iban con ellos y combatían a las órdenes de sus reyes. Esparta tenía la hegemonía, es decir, la dirección de la guerra.

Fuente Consultada: Tomo I Historia Antigua – Enciclopedia Historia Universal ILustrada de Charles Seignobos – Editorial Publinter Bs.As.