El Comercio Exterior

Historia del Intercambio y Comercio de Mercancias Sus Origenes

Historia del Intecambio y  Comercio de Mercancías entre Pueblos

Los primeros grupos humanos eran cazadores que mataban a los animales atrapándolos en fosos y cepos, arrojándolos por despeñaderos o atacándolos directamente. De los cuerpos de sus presas tomaban la carne para alimentarse, las pieles para confeccionarse vestidos, botes o refugios contra la intemperie, y los huesos para hacer instrumentos o armas.

Es imposible saber qué grado de contacto había entre los diversos grupos, pero no cabe duda de la existencia de tales contactos entre los hombres primitivos, bien para cooperar en expediciones cinegéticas a gran escala o para combatir entre sí en defensa de sus cazaderos. Cuando participaban distintos grupos en una cacería, era preciso idear un sistema para repartir las piezas cobradas.

Así se instituyó la costumbre en virtud de la cual una forma de servicios, la participación en la cacería, se recompensaba con bienes, participación en las piezas cobradas. En estas primeras actividades colectivas, que entrañan la transferencia física de bienes y el concepto de valor, se halla el origen del intercambio.

inrtercambio de mercaderias

Grabado alemán del siglo XV representando un almacén.
A la izquierda, un empleado revisa los libros mientras los obreros aseguran con cuerdas un cargamento.

El trueque: Una nueva forma de intercambio, igualmente antigua, advino cuando las actividades del individuo se independizaron lo suficiente como para tender a su propio interés privado. Dos cazadores, por ejemplo, regresaban con una liebre y un gallo salvaje, respectivamente.

Si cada uno prefería la pieza del otro se ponían de acuerdo y las permutaban, o si había alguien especialmente hábil para fabricar puntas de flecha quizá cambiaba una de ellas por una participación en el resultado de la cacería.

Este tipo de intercambio se denomina trueque y en las comunidades rurales ha existido hasta épocas modernas bajo diferentes aspectos, especialmente en los países menos industrializados y en las economías avanzadas con unos impuestos elevados, pues el trueque es un acto esencialmente privado y por lo tanto no figura en ninguna estadística ni cae en la órbita de los impuestos. (ver: Origen del Trueque)

Otro punto fundamental en el desarrollo de las formas más primitivas de comercio es la división de funciones entre los individuos. Al principio los hombres realizaban por sí mismos las distintas tareas necesarias para su vida cotidiana; pero gradualmente fue haciéndose evidente que resultaría más eficaz que cada uno se dedicara a la actividad para la que estuviera mejor dotado.

Por ejemplo, uno podía ser un experto fabricante de herramientas y otro un excelente usuario de las mismas. El primero aportaría las herramientas necesarias, recibiendo a cambio algunos de los productos resultantes del esfuerzo del segundo.

Al mismo tiempo se daba una de las condiciones necesarias para el comercio: cuando un individuo dejaba de producir la totalidad de los bienes que necesitaba, tenía que obtenerlos cambiándolos por otros.

El intercambio por trueque se producía allí donde surgía la oportunidad. Sin embargo, desde tiempos remotos se acostumbró a designar un lugar y una fecha para tales transacciones. Este fue el origen del mercado, donde se llevaban a cabo los intercambios.

caravana de camellos desierto

Una caravana de camellos ilustra el modo tradicional de transportar mercaderías a través del desierto.
Antiguamente las caravanas constituían un eslabón vital en el comercio entre Europa y África.

Al principio los mercados eran locales; luego, las mercancías se transportaron a mayores distancias. Permanecen oscuros muchos aspectos de esta actividad debido a la falta de pruebas documentales, pero es posible que los artículos atravesaran por una serie de intercambios, en el curso de los cuales recorrerían grandes distancias.

De este modo, aun con medios de transporte primitivos, tuvo lugar el intercambio de bienes entre los pueblos de la Edad de Piedra. Por otro lado, si una de las partes que intervenían en la transacción se hallaba en un estado de desarrollo más avanzado, podría transportar sus mercancías a mayores distancias.

Hace más de 3000 años que los fenicios, por ejemplo, tenían puestos comerciales en un lugar tan septentrional como son las islas Scilly.

En aquella época constituían una potencia naval bien desarrollada y se hallaban interesados en los depósitos de cinc de aquellas islas, mientras que los nativos todavía vivían en la Edad de Piedra.

El trueque existe todavía en el comercio moderno, especialmente cuando dos países acuerdan intercambiar sus productos respectivos. Pero, puesto que el trueque se limita a los casos en que cada una de las partes tiene algo que desea la otra, el desarrollo del comercio requería un procedimiento más flexible.

Para ampliar el comercio era necesario preparar y disponer de escala general de valores, de modo que una determinada cantidad de mercancía pudiera ser cambiada por otra del material que servía como símbolo de valor general.

A su vez, este material podía utilizarse posteriormente para adquirir otras mercancías. De esta manera, la forma de intercambio denominada trueque fue sustituida por otra más sutil y flexible denominada venta.

obreros de la seda

Seda y porcelana, artículos muy apreciados constituyeron la base de un floreciente comercio entre Europa y China. El grabado muestra el empaquetado de cerámica para su exportación

En su fase más primitiva el símbolo de valor general tenía que ser un bien tan universalmente deseado que fuera intercambiable en todo momento; existen testimonios que señalan la forma pastoral de vida como el marco original en que apareció la idea económica de valor y el modo de intercambio por medio de la venta.

La riqueza se medía en cabezas de ganado, relación que sobrevive en el término latino pecunia (que significa riqueza y se deriva de la palabra pecus, que quiere decir ganado).

El dinero: Sin embargo, con el transcurso del tiempo, el símbolo general se hizo más abstracto; tenía que ser una materia razonablemente escasa, que no sufriera deterioro por el transcurso del tiempo y que se pudiera transportar con facilidad.

El término técnico para designar este símbolo de valor y medio de intercambio es el de dinero.

En diversas épocas y lugares se han utilizado como dinero toda clase de objetos: piedrecillas, barras de hierro, etc.

Especialmente útil, y todavía empleada hoy día, es la moneda de metal. El metal utilizado al principio fue el electro, una aleación natural de oro y plata, utilizándose posteriormente oro y plata puros. El oro es desde entonces el material monetario por excelencia.

Tiene las cualidades básicas exigibles a una sustancia para que funcione como dinero: es escaso, duradero, no se oxida ni se corroe y es de fácil transporte.

Probablemente, las primeras monedas de electro fueron acuñadas en el siglo VIII a. de Jesucristo en Lidia, un antiguo reino situado en el centro de Asia Menor (la actual Turquía).

Poco después se acuñaron las monedas de plata. Este metal, aunque no tan raro y valioso como el oro, tiene la ventaja de ser más duro y, por lo tanto, más resistente al uso.

Para las monedas de poco valor se usaban el cobre y el bronce.

El uso del dinero acuñado se extendió rápidamente a las ciudades portuarias griegas de la costa jónica, a la costa oriental del Mediterráneo y a los imperios del Oriente Medio.

Es curioso que las primeras monedas chinas daten también del siglo VIII a. de J. C, lo que permite suponer que ya se mantenían relaciones comerciales con el Extremo Oriente en épocas tan remotas.

Cuando surgieron los imperios helenos, y más aún cuando los romanos dominaron el Mediterráneo, existía ya un sistema completo de dinero acuñado, y donde quiera que se establecían los griegos o los romanos el uso de la moneda se incorporaba a la vida económica de la región. La introducción del papel moneda pertenece a una época mucho más posterior.

Parece ser que al principio se mantuvo una cierta relación simbólica entre la moneda y la idea de riqueza representada por el ganado. Las primeras monedas llevaban a menudo la imagen de un buey, y en la actualidad las de muchos países llevan grabados motivos similares, como las espigas de trigo típicas de Alemania.

comercio con monedas

 A medida que se fue generalizando el uso del dinero, la venta ocupó el lugar del trueque y pronto el mercado fue una característica esencial de las ciudades europeas.

Se utilizaron también otros símbolos, como el buho de Atenas, pero el más extendido fue la efigie de quien gobernaba en la época de la acuñación, para recordar a todo el mundo la fuente de la autoridad que garantizaba la paz y el orden que permitían la práctica del comercio.

Las rutas intercontinentales: Las primeras rutas comerciales conocida fueron las líneas vitales de las grandes civilizaciones fluviales de Egipto y Mesopotamia: el Nilo y el Tigris y el Eufrates. Lo mismo puede decirse, más al este, de lo ríos del valle del Indo y del valle del Yangtsé en China.

Entre el delta del Nilo y el naci miento de los ríos de Mesopotamia se estableció una ruta terrestre que, a lo largo de Sinaí y cruzando Palestina, llegaba hasfc Siria.

Como el antiguo territorio de lo hebreos cruzaba este itinerario fue objeto d constantes disputas entre las potencias ri vales de Egipto y Babilonia. Gran parte d estas luchas se recogen en los libros del Antiguo Testamento.

moneda bizantina

Moneda bizantina de cobre estampada con ia letra M para indicar su valor: 40 nummi.
La acuñación en cobre se utilizó en el siglo V antes de Jesucristo.

Una ruta más directa cruzaba el desierto, pero sus ventajas erai contrarrestadas por la falta de agua y ali mentó para los hombres y animales.

La navegación costera se desarrolló desde muy antiguo en las riberas del Mediterráneo, especialmente gracias a los fenicios (los cánaneos del Antiguo Testamento), quienes desde el año 1500 a. de J. C. fueron los marinos más emprendedores y los primeros en circumnavegar el continente africano.

En una etapa posterior, los marinos griegos recorrieron el Mediterráneo y desde el año 750 al 500 a. de J. C. fundaron diversas colonias, en las costas del Mar Negro.

En Europa occidental, una importante ruta comercial era la que discurría a lo largo del valle del Ródano desde Marsella (fundada por los griegos) a través del Sena y hasta la costa del Canal de la Mancha.

Biografia de Marco Polo Vida Obra Viajes de Marco Polo Ruta de la SedaQuizá la ruta intercontinental más famosa de todos los tiempos fuera la de la seda, que unia la costa china del Pacífico con el Mediterráneo y Europa.

Funcionaba activaente en la época de los romanos, pero se sabe que era mucho más antigua y debió establecerse en tiempos del imperio persa (siglo v a. de J. C). Esta ruta discurría por el norte de las grandes cadenas montañosas de Asia y atravesaba el Turquestán, Sin-kiang y la Mongolia Interior.

Marco Polo, el gran viajero veneciano, la recorrió en el siglo XIII.

Había también una antigua ruta marina a ¡a China que pasaba por los puertos de la India meridional. Al principio era terrestre hasta el golfo Pérsico y continuaba después en barcos costeros a lo largo del golfo y la costa occidental de la India; pero desde el siglo I d. de J.C., aproximadamente, se estableció desde Egipto a través del mar Rojo y del océano índico.

A partir del siglo xiv cobró mayor importancia la ruta marítima al Extremo Oriente, en tanto que declinaba la de la seda.

El comercio: El comercio en sus diversas formas es un aspecto esencial de la sociedad humana. Surgió cuando un individuo, o un grupo, produjo más de lo que necesitaba, o cuando decidió concentrar su actividad en la fabricación de un producto determinado con el ánimo de cambiar el excedente por otras cosas hechas por otras gentes.

Para hacer posible el libre intercambio de mercancías fue necesario inventar una escala de valor universal. Para tal fin se utilizó el dinero, particularmente en la forma de monedas de metal. Una vez perfeccionado es:t método de asignación de valor, se peoii determinar el de cualquier objeto basándose en un patrón aceptado generalmente y que ha prevalecido hasta nuestros días. Actualmente se usa básicamente el dinero bancario.

La Argentina y el Mundo Decada 20 y 30 – El Gobierno de Irigoyen

La Argentina y el Mundo: Decadas del 20 y 30 – El Gobierno de Irigoyen – Guerra Mundial

La guerra mundial de 1914 marcó un momento culminante en que se interrumpe el proceso de integración de la economía mundial. Las fuerzas motrices que impulsaban ese proceso dejaron momentáneamente de actuar.

Por un lado se quiebran las rutas comerciales dejando aislados los mercados de los centros productores de abastecimiento, por otro se interrumpe la afluencia de capitales de las metrópolis a las regiones periféricas, así como se frenan las corrientes migratorias expulsadas de los países cuyos procesos de industrialización no alcanzaban a absorber la mano de obra disponible y que sí encuentran salida en países cuya economía estaba en proceso de expansión —aun con muy diferentes direcciones e intensidad— como Estados Unidos, Canadá, Argentina, Australia y Nueva Zelandia.

argentina en el mundo

La importancia que adquiere este hecho para nuestro país estuvo dada por el papel que éste desempeñaba dentro del esquema económico total. Efectivamente, el peso de la Argentina en el proceso de integración mundial tuvo su demostración clara a partir de la década del 70. Más todavía: la aceleración de la producción agropecuaria a partir de ese momento reforzó el puesto que le cabía dentro del orden mundial, al mismo tiempo que la absorción de capitales extranjeros, productos manufacturados e inmigración lo mostraba como una de las plazas más fuertes.

En efecto, entre 1857 y 1914 Argentina había recibido 3.300.000 personas, ocupando el tercer lugar en el mundo como receptora de inmigrantes en ese período. «En cuanto al total de capitales extranjeros invertidos ascendía a más de 10.000 millones de dólares de hoy, cifra que representaba el 8,5 % de las inversiones extranjeras de los países exportadores de capitales en todo el mundo, el 33 % de las inversiones extranjeras totales en América latina y el 42 % de las inversiones del Reino Unido en la misma región.»

«En cuanto al comercio mundial la situación de Argentina no podía ser más clara; más de la mitad de las exportaciones de América latina a Europa procedían del país. Y en relación con el cuadró total, de las relaciones bilaterales entre países latinoamericanos y europeos, Argentina ocupaba los seis primeros puestos con Inglaterra, Alemania, Italia, Países Bajos, Bélgica-Luxemburgo y Francia.»  Dentro de este cuadro general, el país funcionaba como proveedor de materias primas casi exclusivamente del sector agropecuario, y era receptor de combustibles, maquinarias e insumes industriales al mismo tiempo que de artículos de consumo.

Restablecidos los vínculos entre el país y las metrópolis, nuestra economía recupera en parte el equilibrio alcanzado antes de la crisis y su. producción, fundamentalmente la cerealera, llega a niveles satisfactorios.

Para corroborar lo anterior diremos que Hacia la mitad de la década del 20, «Argentina abasteció el 66 % de la exportación mundial de maíz, el 72 % de lino, el 32 % de avena, el 20 % de trigo y harina de trigo, y más del 50 % de carne».

Este aspecto «positivo» de nuestra economía que muestra un enorme potencial productivo tenía, sin embargo, su contrapartida negativa: la sujeción a las economías metropolitanas y a los movimientos inherentes a la marcha de la estructura capitalista, especialmente en lo que se refiere a capitales y precios.

El capital extranjero, con su enorme poderío y con su tremenda influencia, producía resultados divergentes y_ aun contrapuestos según el movimiento de la coyuntura económica mundial: afluencia de capitales durante el alza y restricción en las épocas de crisis y depresión, pero con el agravante de que en esos momentos críticos la amortización de las deudas, y la remisión de intereses y utilidades impactaban en forma tremendamente negativa nuestra balanza de pagos.

Al mismo tiempo se manifestaban otros fenómenos —propios de la economía capitalista— que la misma crisis de 1914 acentuó: los precios de los productos manufacturados se movían mucho más favorablemente que los de los productos agropecuarios.

Pero también otro hecho negativo —de carácter interno— comenzaba a surgir: la pampa húmeda, que con su enorme riqueza brindaba el 90% de nuestras divisas, estaba en 1914 a punto de alcanzar el máximo de su potencial económico.

Efectivamente, ya en ese año se habían ocupado en forma total sus espacios vacíos e incluso el desarrollo tecnológico alcanzado tenía muchas semejanzas con el de los países más evolucionados en ese momento (aunque no ocurría lo mismo con el sistema de propiedad, que era sumamente inadecuado para crear cambios sociales importantes).

Esto significaba que en adelante el crecimiento de la población difícilmente sería acompañado por incrementos notables en la producción agropecuaria, que en el período 1924-9 llega al máximo de esplendor de toda nuestra historia económica.

Favorecidos por el alza de la coyuntura y por precios agrícolas buenos, los productores se lanzaron al mercado cerealero en busca de pingües ganancias, objetivo que alcanzaron y que permitió al país obtener también enormes beneficios.

Esta etapa podría interpretarse como el punto culminante de dos procesos: por un lado el de la evolución del sistema socioeconómico nacional generado a partir de los postulados de la generación del 80, adecuado a la expansión de la economía mundial, que alcanza su apogeo, y por otra parte el de esa economía mundial misma, en la que el esquema liberal se acerca a su crisis definitiva.

En efecto, a partir de la crisis mundial de 1929, los países industrializados optarán por la participación del Estado como planificador y centralizador de la economía en oposición al Estado «orientador» de la etapa anterior; el proteccionismo desalojará definitivamente al libre cambio, la inconversión del papel moneda dejará el patrón oro como cosa del pasado.

Dentro de este panorama, la Argentina deberá concentrarse en sí misma, buscará —con éxitos parciales— vías diferentes de desarrollo, y la industrialización, que aún no había sido fijada como, meta ideal de las élites gobernantes figurará en la preocupación denlos gobiernos posteriores, especialmente a partir de 1943.

Las exportaciones que durante años habían alimentado el crecimiento del país, a partir de ese momento serán sólo uno de los factores del desarrollo económico-social.

Fuente Consultada:
Historia Argentina La Democracia Constitucional y Su Crisis Catón-Moreno-Ciria

Argentina durante la primera guerra mundial Neutralidad Posicion

Neutralidad de Argentina
En La Primera Guerra Mundial

La guerra y Argentina: La participación de Estados Unidos en el conflicto se hizo cada vez más importante. Cientos de miles de hombres, pertrechos de guerra, abastecimientos de todo tipo, dinero, afluían en grandes cantidades a Europa. No se limitaba en esto la ayuda norteamericana.

Wilson procuró desde un primer momento arrastrar al conflicto a los países que estaban bajo esfera de influencia de Estados Unidos. Brasil fue el primero en declarar la guerra a Alemania, en octubre de 1917. Luego le seguirían Guatemala, Nicaragua, Haití, Honduras… hasta Uruguay rompió relaciones con las potencias centrales.

La presión sobre Argentina fue grande. Sin embargo, la posición neutralista se mantenía firme desde el comienzo de la guerra. El gobierno radical que había asumido el poder el 12 de octubre de 1916, con la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen, reafirmó la neutralidad argentina.

En los primeros años de la guerra, esta posición había sido apoyada por los británicos, para quienes Argentina era una fuente fundamenta! de abastecimientos. La situación cambió en 1917: la guerra submarina sin restricciones suponía un grave peligro para el comercio con Gran Bretaña. El hundimiento del vapor «Monte Protegido», que navegaba con bandera argentina, levantó un coro de protesta en el país.

Irigoyen en la neutralidad frente a la guerra mundial

¡No era para menos! Los primeros años de la guerra habían reportado fabulosas ganancias a la oligarquía agro-ganadera. En 1916, la suma del valor de las exportaciones superó los quinientos millones de pesos. No era cuestión de que los submarinos alemanes hicieran fracasar el negocio.

La oligarquía vociferó exigiendo la ruptura de relaciones diplomáticas con los Imperios centrales. La opinión pública se dividió en rupturistas y neutralistas. A los que defendían la neutralidad, pronto se los acusó de «germanófilos» (en la segunda guerra mundial se les diría nazifascistas). El presidente Yrigoyen estaba incluido en esta calificación.

¿Quiénes eran unos y otros, neutralistas y rupturistas? – Los primeros representaban a la débil burguesía nacional que ascendía al poder político en la persona de Yrigoyen. Eran los pequeños industriales, los dueños de talleres, todos aquellos que comenzaban su carrera de empresarios o se beneficiaban por el papel de «proteccionismo objetivo» que desempeñaba la guerra.

En ese sentido, su neutralismo conjugaba con los sectores populares que veían al conflicto como una rivalidad ajena a sus intereses. Los rupturistas, en cambio, eran los simpatizantes de Gran Bretaña y Francia, la vieja oligarquía, los partidos tradicionales, la prensa «seria». O sea los beneficiarios de la dependencia semicolonial de Argentina. Los conocidos de siempre.

A ellos se agregaron un puñado de socialistas «amarillos» que componían el grupo parlamentario y la mayoría de la dirección del Partido Socialista.

No es el momento de extendernos en este aspecto, que pretendemos señalar meramente como parte del esquema de la guerra mundial y sus consecuencias internacionales, en lo que respecta a nuestro país. Yrigoyen permaneció fiel a su postura neutral hasta el fin de la guerra. Sólo cinco países latinoamericanos no se ataron al carro de guerra de las potencias de la Entente: Paraguay, Venezuela, México, El Salvador y Argentina.

ALGO MAS SOBRE EL TEMA: Cuando Alemania hunde el velero Oriana y el vapor Toro, se inician grandes manifestaciones que alcanzaron entonces dimensiones poco vistas; las calles hervían de estribillos antigermanos, y los incidentes menudearon; en uno de ellos estuvo a punto de ser incendiada la imprenta de un periódico alemán.

Los partidarios de la ruptura alegaban que debíamos a Inglaterra el progreso económico y a Francia buena parte de nuestra cultura, y había llegado el momento de mostrar nuestro agradecimiento. Argumentaban, también, que una vez finalizada la guerra con el triunfo de los aliados, el país quedaría aislado de la comunidad internacional. Los neutralistas, por su parte, sostenían que las libertades que Inglaterra decía defender eran harto discutibles, y acusaban a los rup-turistas de hacer el juego a intereses que en nada convenían a la Argentina.

En agosto de 1917, ante una manifestación! neutralista, Belisario Roldan precisó bien ese concepto recordando que nuestro país carecía de flota propia y que todos los barcos eran ingleses, pese a que llevaban a veces el pabellón, nacional porque estaban matriculados aquí y para impedir que se los atacara.

Por eso reclamó enérgicamente que se prohibiera la salida con rumbo a la zona de guerra de «esas enormes supercherías que se llaman barcos de cabotaje y que no conducen, ni representan, ni encarnan un ápice de la soberanía argentina, por más que al tope de su mercantilismo a outrance flamee una cosa que tenga los colores de nuestra enseña».

A la agitación que no decrecía se unieron en determinado momento presiones diplomáticas nada sutiles. En julio do 1917 la escuadra norteamericana que patrullaba el Atlántico puso proa a nuestros puertos, y el embajador yanqui comunicó al gobierno que la flota ingresaría en Buenos Airos «incondicionalmente».

Yrigoyen llamó entonces al representante estadounidense y le exigió borrar esa palabra de la comunicación oficial, y como éste se negara, el presidente le informó que en tales condiciones el acceso de las naves no sería permitido. La firme respuesta elevó la tensión a su grado máximo y motivó aceleradas consultas entre el diplomático y su Cancillería, que le ordenó solicitar la entrada en calidad de «visita de cortesía», con lo que se superó el entredicho.

Igualmente firmes fueron las actitudes del gobierno nacional frente al embajador inglés, que se manifestó públicamente en favor de los legisladores que propugnaban la ruptura de la neutralidad y la la reclamación a Alemania por el hundimiento de las naves. La Cancillería germana replicó que en los incidentes no debía verse «la menor falta de respeto al noble pabellón de la República Argentina, ni de parte del gobierno alemán, ni de parte de la marina imperial».

No satisfecha, la Argentina exigió plena libertad en los mares para los mercantes nacionales y reparación de los daños materiales y morales, exigencias que los alemanes aceptaron cumplir. En 1921 el acorazado Hannover desagravió a la bandera nacional en el puerto de Kiel. Por entonces la guerra ya había terminado, y con ella los incidentes que generó la política neutralista de nuestro país, que no aceptó complicarse en un conflicto en el que nada tenía que ver el interés nacional.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la República Argentina – Editorial Abril