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¿Qué hizo posible la erección de las magníficas y avanzadas catedrales góticas en una época comí la Edad Media, considerada primitiva y oscura? ¿Qué intereses políticos y conjuras eclesiásticas impulsaron su construcción? ¿Qué papel jugaron las intrigas palaciegas medievales? ¿Fueron esas enigmáticas catedrales monumentos simbólicos de sectas ancestrales? ¿Quiénes guardaban los secretos constructivos de su sorprendente armonía y equilibrio? ¿Cómo influyeron en el desarrollo de las ciudades y en la vida cotidiana de los campesinos? Y, finalmente, ¿Qué mensajes crípticos se ocultan aún en sus rincones y sus ornamentos?

Explica Chanelle en su libro «Más Allá de las Catedrales«: «El arte gótico es un resurgimiento de los principales mitos del paganismo», el autor vincula las catedrales góticas con tradiciones místicas como las de los druidas, los eremitas y los cataros, conjugándolas con los arcanos de los alquimistas, el procaz paganismo de las fiestas medievales o los secretos orientales que guardaban celosamente los templarios.

De este modo, consigue mpstrar el auténtico submundo que latía bajo el asombroso florecimiento cultural del siglo XII. Además, revela sin tapujos la cara oscura del papel de la Iglesia en todos los aspectos de la vida durante la Edad Media, desde las luchas internas del Vaticano hasta la instigación de la macabra cruzada, albigense; pasando por las intrigas y traiciones cometidas para imponer el poder terrenal del Papado sobre imperios y reinos, la corrupta «querella de las investiduras», la venta de absoluciones e indulgencias, el oportunismo de los obispos y abades, el lujo y,erotismo en los conventos y, sobretodo, los infernales crímenes de la Santa Inquisición.

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Ciudad de Mohenjo Daro Historia Primera Ciudad Planificada del Mundo

Ciudad de Mohenjo Daro
Historia Primera Ciudad Planificada

Hacia mediados del siglo XIX se descubrieron en el valle del Indo los vestigios de dos ciudades muy antiguas: Mohenjo-Daro y Harappa. De ello se deduce que mucho antes de la llegada de los arios, la India poseía un alto grado de civilización. En las dos ciudades las calles eran anchas y rectilíneas. Las casas de ladrillo rojo eran confortables. Además de esculturas trabajadas con gran sentido artístico, se han encontrado objetos de uso, sellos y juguetes.

En los mitos y leyendas de la India hay inquietantes alusiones a una civilización olvidada que desapareció con el paso del tiempo. Según el Rigveda sánscrito, escrito en el segundo milenio a.C, los invasores arios que ocuparon la India hacia 1500 a. C habían sido enviados por el dios hindú Indra, llamado El Destructor de Fuertes porque había arrasado «noventa fuertes y cien castillos antiguos». Hasta el siglo XX se creyó que dichas fortalezas eran puramente míticas, pero la arqueología ha demostrado lo contrario.

mapa de mohenjo daroLas excavaciones realizadas durante las décadas de 1920 y 1930 sacaron a la luz una civilización contemporánea de la egipcia y la mesopotámica.

De igual forma que la mayoría de las civilizaciones antiguas, floreció en el valle de un río —el del Indo, en el moderno Pakistán— pero se extendió por una zona más amplia.

Actualmente se cree que la civilización del valle del Indo constituyó el imperio preclásico más importante del mundo. Se han encontrado casi cien pueblos y ciudades en un triángulo cuyo vértice está a 800 Km. río arriba y cuya base se extiende 960 Km. a lo largo de la costa.

Los primeros planificadores urbanos del mundo
Con el nombramiento del director general de arqueología de la India en 1944, en la persona de sir Mortimer Wheeler, fueron reemprendidas las excavaciones en los grandes montículos que cubrían las dos mayores ciudades de la civilización del valle del indo: Harappa, en el norte, y Mohenjo-Daro, «el montículo de los muertos», 560 kilómetros al suroeste de aquélla.

Las dos ciudades que Wheeler desenterró fueron construidas entre el 2500 y el 2100 a.C, con ladrillos cocidos en horno, y debieron ser las capitales gemelas de lo que hoy llamamos el Imperio de Harappa. Asombrosamente bien organizadas y con enormes similitudes, ambas ciudades fueron en su tiempo las emplazamientos urbanos más extensos del mundo. Cada una tenía un perímetro de más de 5 Km., y sólo Uruk, en Mesopotamia, podía competir con ellas.

Mohenjo-Daro presentaba un contorno cuadrado y estaba trazada según una planta rectangular. Doce calles principales de tierra batida, de 9 a 14 m. de anchura, dividían la ciudad en doce bloques. Once eran residenciales, y estaban formados por numerosas casas de ladrillo, apretadas y similares, que incluían viviendas de artesanos, tiendas y talleres. El duodécimo bloque, separado del resto de la ciudad, dominaba las viviendas urbanas; en él,, un montículo artificial de forma rectangular y unos 6 m de altura, constituía la ciudadela, a cuyos principales edificios se les llama el Gran Baño, el Granero Urbano y la Sala de Reuniones.

En la actualidad, la ciudadela está coronada por el imponente stupa de un monasterio budista del siglo II d.C. Múltiples casas se ajustan a un modelo básico y espacioso, con un patio central rodeado de varias habitaciones, y un pozo y unas escaleras que llevaban al piso superior; muy pocas tenían puertas o ventanas que dieran a las calles principales, quizá por razones de intimidad y seguridad, o simplemente para evitar el ruido y el polvo del tráfico urbano. Lo cierto es que tan sólo se podía tener acceso a las casas a través de numerosas callejuelas que conformaban una malla entre las calles principales.

Se han encontrado numerosas poblaciones de la civilización del Indo, desde Harappa, en el norte, hasta Mohenjo-Daro, unos 560 Km. al suroeste de aquélla. Había otras más al sudeste, zona donde Lothal era el principal puerto comercial.

mohejo daro ruinas

El Gran Baño es un tanque de ladrillo de 12 x 7 m de lado y 2,5 de profundidad, hundido en la plataforma de ladrillo que sostenía la ciudadela e impermeabilizado con yeso. A cada extremo tenía escaleras con peldaños de madera, y a su alrededor había vestuarios del mismo material. Algunos arqueólogos lo consideran una especie de «piscina municipal», y otros, un centro de baños rituales.

¿Quién gobernaba en Mohenjo-Daro?
Uno de los abundantes misterios sin descifrar de la civilización indostánica es el correspondiente a la ausencia de templos reconocibles como tales. Otras civilizaciones antiguas eran gobernadas por reyes sacerdotes o dioses vivientes, habitantes de lujosos templos o palacios, pero se carece de alguna noticia veraz de los gobernantes de Mohenjo-Daro. Es factible que la religión de esta civilización del Indo fuese precursora del hinduismo, y probablemente contara con diversos dioses, entre ellos una diosa madre, representada en numerosas figurillas, y un dios tricéfalo y con cornamenta, que debió ser el precursor del dios hindú Siva.

El Gran Baño de la ciudadela de Mohenjo-Daro parece denotar que estos pobladores del Indo poseían una religión organizada, con una pléyade de sacerdotes ministrados. Los baños rituales continúan jugando papel importante en el hinduismo actual, y muchos arqueólogos creen que el Gran Baño era el escenario de un ceremonial colectivo de limpieza espiritual, dirigido por un conjunto de sacerdotes.

Mohenjo-Daro es reflejo de una actitud vital disciplinada y eficiente, quizá con diferencias de clase entre pueblo llano y mercaderes detentadores de riquezas, muy semejante al sistema de castas de la India actual. Otro notorio edificio de la ciudadela es el Granero Urbano: numerosas plataformas para la molienda, almacenes para el arroz y el trigo, y un entramado de conductos subterráneos para el secado del grano componen lo queWheeler citó como «el foco económico de la ciudad». Las diversas huellas que indican el perfecto control de la ciudad han sido interpretadas como reveladoras de un primitivo estado totalitario. La falta de evidencias de una clase gobernante de índole mesopotámica, que actuase como mecenas, podría explicar la escasa calidad en las manifestaciones artísticas del pueblo de Harappá.

Unas cuantas estatuillas, entre ellas una danzarina erotizante, algunos sellos de piedra con imágenes de animales y dioses, varias figuras de arcilla con representaciones taurinas y unas cuantas vasijas decoradas constituyen el pobre reflejo de lo que en otro tiempo fue una sociedad organizada y ciertamente opulenta. En su mayor parte, los utensilios de Mohenjo-Daro son tan comunes y útiles como el diseño mismo de la ciudad. Quizá se encuentren respuestas a las interrogantes que plantean las ciudades del Indo cuando se haya logrado descifrar las inscripciones de los sellos de piedra, la única escritura descubierta en la zona.

En Mohenjo-Daro se han encontrado numerosos sellos de piedra muy bien tallados, que demuestran el elevado nivel de su artesanía y economía. Se los empleaba en el comercio de cerámica, marfil, madera y telas de algodón con Mesopotamia y el golfo Pérsico, pasando por el emporio mercantil de Dilmun, la actual Bahrain.

El ocaso de una civilización
La llanura aluvial del valle del Indo ha sufrido inundaciones en numerosas ocasiones. Gran parte de Mohenjo-Daro está bajo el nivel de las riadas, y muchos de sus secretos pueden estar enterrados en la arena. Hacia el 1900 a.C, estas ciudades iniciaban su decadencia, quizá por las constantes inundaciones, o tal vez porque se habían agotado las reservas de madera del bosque, imprescindibles para cocer las enormes cantidades de ladrillos necesarias para la reparación y reconstrucción del entorno.

La llegada de los arios al Indo debió enfrentarlos con un pueblo en plena decadencia, de raza mestiza, que malvivía en las grandes ciudades de sus antepasados. «Arrasa las fortalezas como el tiempo consume las ropas», dice de Indra el Rigveda; y si verdaderamente fue él quien dirigía a los invasores arios, demostró poca compasión, pues en el último nivel de ocupación de Mohenjo-Daro se han encontrado numerosos esqueletos con marcas de cortes de espada en el cráneo.

Se pasó a cuchillo a hombres, mujeres y niños, a algunos en sus casas, a otros en las calles; junto a un pozo público yacen cuatro hombres y mujeres, a modo de siniestro epitafio de los últimos descendientes de una próspera nación con muchos rasgos únicos.

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UBICACIÓN GEOGRÁFICA:


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AMPLIACIÓN DEL TEMA:

En 1856, unos ingenieros ingleses que estaban instalando en el este de la India la vía férrea que enlaza Karachi con Lahore, descubrieron las ruinas de dos ciudades antiguas: Mohenjo-Daro y Harappa.

Este descubrimiento probaba que el valle del Indo ya había estado habitado mucho antes de la llegada de los arios. Durante la época preindia, hacia el año 2500 antes de Jesucristo, en este lugar se desarrolló una civilización que muy bien podría compararse con la de Mesopotamia y Egipto. Esta cultura fue destruida por los arios, pueblo de pastores que al principio sólo conocían la población como organización social.

La ciudad de Mohenjo-Daro fue construida hacia 2500 antes de Jesucristo, según un trazado en forma de damero, con calles principales rectilíneas y vías laterales que desembocaban en ellas en ángulo recto. Estas calles tenían de tres a diez metros de ancho. La calle principal era una línea recta de 800 m de longitud. No había esos callejones sin salida, callejuelas y calles sinuosas tan típicas de las ciudades de Oriente.

Las viviendas de Mohenjo-Daro estaban sólidamente construidas: ladrillos rojos y, como cemento, barro seco. La base de los muros casi tenía un metro de grueso. Las fachadas estaban poco decoradas y había escasas ventanas, a fin de conservar fresco el interior de las casas, continuamente expuestas a los ardores de un sol de justicia. Además, estaban ideadas de modo práctico y algunos interiores no carecían de elegancia.

La parte más importante y al mismo tiempo más característica de la casa era el patio interior, adornado con plantas lujuriantes. La vivienda tenía incluso cuarto de baño, dormitorios muy amplios, un salón de recepción, una habitación para el portero y un comedor. El suelo estaba cubierto de losas rojas y lisas en ligera pendiente hacia un ángulo, del que salía un conducto que vertía las aguas residuales a un colector que corría bajo las aceras.

El edificio más importante de Mohenjo-Daro era el establecimiento de baños, que, probablemente, tenía significado religioso. Esta imponente construcción, de 56 m de largo por 31 de ancho, produce una impresión inolvidable. En la parte central había una piscina rectangular de 13 por 7,5 m. El agua era renovada regularmente por medio de un depósito que siempre contenía agua fresca.

Los habitantes de Mohenjo-Daro eran de pequeña estatura. Tenían la frente estrecha, nariz recta y corta, barbilla ligeramente huidiza y labios gruesos. La mayoría de hombres llevaba una barba en forma de collar y cabellos muy cortos. Cuando los llevaban largos, los peinaban en tirabuzones.

Las mujeres vestían trajes que les llegaban hasta la rodilla y se ajustaban el talle con un cinturón.

Es probable que llevaran mantos. El vestido de los hombres consistía en una a modo de túnica enrollada a la cintura, que cubría el hombro izquierdo, y quedaba sujeta bajo el hombro derecho.

A la hora de las comidas, en,-las que, sin duda, figuraba la carne, se sentaban sobre esteras colocadas alrededor de la mesa.

La población de las ciudades estaba dividida en clases. Los sacerdotes y los comerciantes eran los ciudadanos más importantes. La población laboral llevaba una vida muy sencilla y se dedicaba especialmente a la agricultura.

Estas ciudades preindias fueron destruidas por los arios. En cambio, su religión fue respetada. Por otra parte, resulta notable el hecho de que esta religión, prácticamente, no haya sufrido modificaciones después de cuatro mil años, mientras que los dioses de Egipto, Babilonia y Grecia fueron reemplazados por el cristianismo o la fe musulmana y sólo sobreviven en la literatura y el arte. En la civilización preindia se adoraba a una diosa-madre y a una divinidad que en el actual hinduismo lleva el nombre de Siva.

Las ruinas de Mohenjo-Daro, que por primera vez fueron estudiadas científicamente por el arqueólogo Banerji en 1922, han puesto en nuestras manos un caudal de valiosos documentos artísticos. Lo que más sorprendió a los arqueólogos durante las excavaciones de Mohenjo-Daro fueron unas esculturas, pequeñas pero admirablemente trabajadas. La más famosa, que representa una bailarina, es de bronce. Lo más notable en ella es la naturalidad de la actitud. Esta estatua viene a ser como el símbolo de la avanzada civilización del Indo.

Dos estilos se distinguen en estas esculturas: uno de carácter popular y otro que parece haber sido creado para minorías muy selectas.

La aportación artística de esta civilización parece haberse limitado casi exclusivamente a los objetos de uso: alfarería, armas, joyas y objetos de culto. Merecen mención especial los numerosos sellos grabados en los que, por lo general, aparece representado un buey, un toro, un elefante o un tigre. La mayoría de estos sellos son cuadrados, salvo alguno redondo o cilindrico, y llevan una inscripción en una lengua que hasta ahora no ha podido ser descifrada.

Algunas veces, los animales fueron reemplazados por dioses o héroes míticos. La representación de los animales es naturalista y llena de movimiento; en cambio, la de los humanos es tosca y hierática.

Mohenjo-Daro también nos ha dejado numerosos juguetes: bueyezuelos que tiran de carretas, caballos de silla ricamente decorados con piedras, animales y pájaros. Aunque no se han encontrado muñecas, sí se han descubierto sus neceseres con huellas de niños. Su juguete preferido era un buey que meneaba la cabeza. También se desenterraron magníficos dados.

Harappa, la otra antigua ciudad del valle del Indo, fue construida según el modelo de Mohenjo-Daro. Tenía una ciudadela edificada sobre una colina artificial, probablemente para resguardarla de las inundaciones. Estaba protegida por importantes construcciones de defensa. Desde sus terrazas se presenciaban las procesiones, cortejos y festividades.

Con una aproximación relativa se cree que el desarrollo de esta ciudad, levantada en el Punyab, a orillas del Indo, tuvo efecto entre los años 2500 a 1500 antes de Jesucristo. Por los restos encontrados en sus ruinas y sobre todo en los dos cementerios cercanos a ella, sabemos que sus habitantes poseyeron una cultura muy avanzada en relación con la época. La cerámica, por ejemplo, nos revela que los artesanos de Harappa conocían el torno de alfarero, y que en el arte de la escultura esta civilización tuvo artistas excepcionales.

En Harappa se han hallado numerosas estatuillas que representan personajes femeninos. Esto nos hace suponer que se adoraba a una diosa-madre. Pero hasta que no se haya logrado descifrar los textos antiguos nada definitivo se podrá concluir sobre la religión de la civilización del Indo.

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Borobudur Templo Budista en Java Templo Perdido Indonesia

Borobudur – Templo Budista en Java – Templo Perdido

La mayor concentración de arquitectura sagrada de Java, se encuentra en la llanura de Kedu, unos 42 kilómetros al noroeste de la actual ciudad de Yogyakarta.  Aquí se encuentra el hermoso complejo de templo hindú de Prambanam y el mundialmente famoso templo budista de Borobudur.

Borobudur, es un nombre que deriva de una expresión que significa «Montaña de la acumulación de los méritos de los diez estados de Bodhisattva» es comúnmente considerado como una estructura budista, sin embargo, su construcción inicial fue planeada y llevada a cabo por constructores hindú algún momento alrededor de 775 d. C.

borobudur templo

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En el centro del frondoso paisaje de la isla indonesia de Java, aislado en la inmensa llanura, aparece el templo de Borobudur, máxima expresión de la arquitectura religiosa javanesa (El Budismo), el cual data del año 750 d.C. Para llegar a él partimos de Yogyakarta, una de las ciudades más grandes de la isla, sólo se tardan treinta minutos por un largo camino asfaltado de unos 40 Km. ó 25 millas aproximadamente.

Borobudur Templo Budista en Java Templo Perdido Indonesia

El monumento consta de seis plataformas cuadradas coronadas por tres plataformas circulares,y está decorado por 2.672 paneles de relieve y 504 estatuas de Buda.

Está inspirado en un módulo constructivo que se relaciona con los sagrados diagramas del budismo tántrico y respeta un rígido esquema geométrico que tiene un profundo significado religioso.

Está formado por anillos concéntricos que se van estrechando a medida que se asciende hasta culminar en el único y gran stupa central símbolo de la Verdad Eterna (el edificio cónico típico de la arquitectura budista), simbolizando una flor de loto —la flor sagrada de Buda— que flota sobre las aguas de un plácido lago (en este caso la llanura) ó bien una montaña rodeada por agua.

la flor sagrada de Buda

Para poder llegar desde el nivel de la llanura a los casi 40 metros de altura de la cúpula central se construyeron nueve terrazas conjuntas; la primera mide más de 170 metros de lado. Si a estas faraónicas dimensiones se añade el minucioso cuidado con el que cada detalle se realizó, transformando una idea esquemática en un encaje de piedra, es posible tener una idea de la magnitud, de la dificultad y de la importancia del trabajo realizado en este templo.

Y todo ello para trazar un “recorrido”, o, en otras palabras, para crear un camino adecuado para un viaje del alma. Para quien lo visite es una invitación a la meditación, que habla directamente a los sentidos y que transmite su mensaje.Borobudur Templo Budista en Java Templo Perdido Indonesia

Fue restaurado, entre 1907 y 1911, por grupos de investigadores y arqueólogos holandeses que lo salvaron de la amenaza de la vegetación tropical, donde la mayor parte de las esculturas se perdieron durante el curso de las mismas restauraciones y de ellas sólo se conoce el tema: el Karmavibhaga, la ley del karma, según la cual cada acción humana lleva consigo sus consecuencias inevitables en la vida futura.

Centenares de esas esculturas eran una minuciosa descripción de escenas infernales (según la concepción de los constructores), en las que el hombre aparecía todavía envilecido y aprisionado por el remolino de los deseos. Se sabe, además, que no estaban a plena luz, sino medio enterradas y ocultas a la vista.

La montaña sagrada representa el progresivo abandono, la espiritualización y la interiorización. En definitiva, el eterno viaje del caos al orden, de la materia al espíritu, de las contradicciones a la Verdad. El viaje que Buda afrontó por primera vez y que todavía hoy, en su nombre, miles de personas afrontan según lo que Borobudur indica y sugiere.

En 1991, Borobudur fue incluido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.

PARA SABER UN POCO MAS SOBRE EL TEMPLO DE BOROBUDUR: El templo de Borobudur, en la Isla de Java, ha sido llamado «montaña de dioses», lo cual es una denominación acertada para la gigantesca edificación sacra, situada a poca distancia de Djokja-carta, pues se trata efectivamente de una montaña o colina cubierta de inmensas masas de piedra, no de una construcción autoportante.

Cuando en el siglo VIII después de J.C. se construyó en honor de Buda este templo, el más extenso de Asia, el budismo ya estaba retrocediendo en el subcontinente indio. Influencias hindúes lo habían descompuesto desde dentro, y cuando la religión de los brahmanes despertó a una nueva vida, ya había pasado la época de florecimiento del budismo.

El asalto islámico destruyó los últimos bastiones de la creencia budística, que sólo perdura adulterada con elementos extraños.

Hacia esta época se abrieron a la nueva doctrina las islas del archipiélago malayo. Surgieron cientos de templos dedicados a Buda; sólo en el centro de Java han podido contarse más de ciento cincuenta de estas edificaciones.

La mayoría ya han sido destruidas por la selva. Lo mismo ocurrió con la montaña de los dioses en Borobudur. No fue redescubierta hasta el siglo XIX, cuando se empezó a librarla de la jungla.

«Hoy, cuando Borobudur ha sido liberado de los escombros y de la maraña de las lianas y de los siempre presentes arbustos, se puede ver qué grandiosa obra de un pueblo desconocido se muestra ante nosotros», apuntó un viajero que llegó a Java hacia fin de siglo.

La construcción en forma de cúpula se eleva por cinco terrazas cuadradas, a las que se sobrepusieron tres gradas finales circulares, hasta una altura de 35 m. Como fin se añadió una quinta terraza al pie de la construcción.

Probablemente, las capas de piedras superiores amenazaban deslizarse de la mezcla de arena y arcilla de la colina, poco apropiada como cimiento. Cuatro escaleras conducen a la cumbre de la colina del templo.

El rico complejo de la construcción desorienta a primera vista a causa de los innumerables frisos, nichos y cúpulas.

La pirámide aplanada del Borobudur, cuya terraza inferior tiene un lado de 111 m, ejerce sobre aquel que no lo observa con demasiado interés la impresión de una pesada masa hundida en sí misma. «Parece una pasta tan mal fermentada como cuidadosamente formada en el detalle», juzgó el historiador de arte francés Foucher después de su primera visita a Borobudur.

Foucher criticó también el que desde el pie de la pirámide pétrea no se puede ver la plataforma superior ni la cima del templo y que, a la inversa, era imposible echar una mirada desde el punto más alto al pie de la terraza inferior.

Esta visibilidad deficiente, debida a la forma semiesférica del edificio, la tuvo Foucher por un error del constructor.

«¿Habían realizado efectivamente un mal trabajo los constructores del Borobudur? Así se supuso durante mucho tiempo.

El templo debe considerarse, desde el punto de vista de la técnica constructiva, como una stupa.

La stupa, evolucionada de la forma circular de la colina funeraria, puede ser una construcción hueca para acoger reliquias o un puro monumento de culto sin espacios interiores. Generalmente se eleva el edificio en forma de semiesfera, campana o cilindro sobre una terraza cuadrada.

El constructor del Borobudur se separó bastante de las formas de stupa primitivas. Tuvo que pasar bastante tiempo hasta que se impuso la idea de que era una forma de stupa surgida en la época budística tardía, conformada y desarrollada hasta el último detalle.

Desde este punto de vista sólo faltaba un paso hasta el reconocimiento de que la falta de visibilidad del templo podía tener, al igual como la ordenación del complejo total, sus buenos motivos.

Se halló la explicación en la doctrina budista de la salvación. La construcción se había proyectado con toda intención de tal manera, que el peregrino no pudiese reconocer aún desde el pie del templo las más altas alturas a las que su religión promete conducirlo.

Las cinco terrazas debían simbolizar los cinco grados que se deben recorrer en el camino a la paz y la iluminación interior: la renuncia a los deseos mundanos, a malquerencias y a alegrías por el mal ajeno, a la pereza y a las dudas.

Una vez que el peregrino había llegado a la terraza superior, ya no debían verse desde las «situaciones puras», los estados intermedios recorridos.

La plataforma superior con la cima del templo simbolizaba por tanto el nirvana, el sosiego anímico perfecto, la liberación del infinito ciclo de la transmigración de las almas, un «estado de absoluta independencia del mundo, que aquellos que lo han alcanzado describen como un indescriptible placer supraterre-no» (H. J. Schoeps).

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Cerro Aconcagua Montañas Mas Altas de America Altura del Pico

Cerro Aconcagua – Montañas Más Altas de América

Fue Charles Darwin quien dio valor a la narración del capitán de un navío inglés, el cual, durante una escala en el puerto chileno de Valparaíso, en 1835, había descrito la erupción de un volcán que se identificó como el Aconcagua. El episodio, como hemos dicho, despertó la curiosidad de Darwin, que a la sazón viajaba a bordo del Beagle, y el gran investigador lo comunicó a la Sociedad Geológica de Londres.

Gracias a la fama de Darwin, que en el transcurso de aquellos años pondría en conmoción el mundo de la ciencia con sus descubrimientos que pronto desembocaron en la exposición de la teoría sobre la evolución de las especies, nadie pensó, en Londres, en la posibilidad de un error. No obstante, hoy se sabe que aquel capitán inglés se había equivocado y que, al observar el fenómeno eruptivo, había confundido el Aconcagua con el Tupangatito, otro volcán activo situado a unos 90 Km. más al sur.

vista del aconcagua

El primer mentís al informe proporcionado por Darwin se produjo en 1849, por parte del francés Pierre Pisis, encargado, por el gobierno chileno, de recopilar un mapa geológico del país. Pisis, durante sus habituales observaciones científicas, se había dado cuenta de que el Aconcagua no presentaba ninguno de los caracteres típicos de un volcán. Por el contrario, a su juicio, la excepcional regularidad de la estratificación revelaba más bien que estaba constituido por rocas sedimentarias. Pero también se demostraría más tarde que esta hipótesis era infundada.

El enigma geológico que Darwin, involuntariamente, había creado despertaría muchas discusiones durante años, hasta que la “conquista” de la montaña pondría fin a las dudas. Pero esta conquista fue una empresa de alpinistas —de alpinistas expertos, no cabe duda— pero no de geólogos.

El Aconcagua presenta, en efecto, excepcionales dificultades ambientales para todos los que quieren escalarlo, pero no demasiadas dificultades técnicas ni excesivamente comprometidas. Situado en territorio argentino, en su frontera con Chile, se eleva al este de la cuenca hidrográfica interoceánica y al norte del río de las Vacas, cuyo valle transversal, cruzado por la carretera y por la vía férrea trasandinas, culmina en el paso de La Cumbre. Su altura oficial actual es de 6.959 metros, pero tanto los argentinos como los chilenos, movidos por su orgullo patriótico, siguen considerando como exactas las medidas de 1951 (mapa I.G.M.A.), que le daban una altura de 7.021 metros.

Darwin realizó largas y peligrosas expediciones por tierra firme, entre ellas la travesía de los Andes desde Valparaíso a Mendoza. Este científico descubrió conchas fosilizadas a 4.000 metros sobre el nivel del mar, lo que demuestra el origen sedimentario de la cadena. Pero Darwin, confundido por una errónea información de un compatriota suyo, informó a la Sociedad Geográfica que el Aconcagua era un volcán en actividad, dando origen a un equívoco que sólo pudo poner en claro, bastantes años más tarde, el geólogo Schiller.

La montaña emerge, entre un laberinto de valles, por encima de la “puna”, el inmenso altiplano estepario. Es como un gigante dominador o como

la soberbia muralla de un orgulloso castillo “cuyos rasgos regulares y multicolores parecen hechos por la mano del hombre, mientras sus grandes proporciones sugieren al espectador la acción de poderosos agentes de la naturaleza”.

En efecto, su mole debía ejercer una mezcla de fascinación y de sagrado respeto a las tribus de araucanos y de aimarás que, desde tiempos remotos, habían vivido en sus laderas y que atribuían a este monte —divinizado según los principios de la religión animista— un poder de salvación al considerarlo como el último refugio de los supervivientes del diluvio universal. Del pueblo aimará procede la etimología del nombre Aconcagua: ellos decían Kon Kawa, que significa Monte Nevado, y también Cahuak, “el que observa”, y asimismo Ackon, que quiere decir “de piedra”.

Seguramente fueron los mismos pueblos indígenas los que se engañaron respecto a la naturaleza geológica del monte, puesto que llamaron volcán a uno de los principales valles de acceso, tomando por humo que salía de un hipotético cráter a las nubes blancas que el fuerte viento lanzaba contra la cima.

Este es el viento de origen atlántico (el mortífero “viento blanco”), que puede desplazarse a 250 Km. por. hora y que, en unos pocos momentos, es capaz de desencadenar un huracán y hacer que la temperatura descienda por debajo de 30 ó 40 grados.

De las pésimas condiciones atmosféricas nació, sin duda, la leyenda indígena que afirma que ningún ser humano podría escalar el Aconcagua, debido a las continuas vibraciones del terreno y a la presencia de un auténtico laberinto de rocas que esconden el camino hacia la cumbre; esto explicaría, quizás, por qué no quedaron nunca huellas de posibles escaladas que podían haberse realizado en tiempos de la dominación de los incas, cuyo imperio se había extendido desde el Perú hasta abarcar el macizo del Aconcagua.

Las prácticas religiosas de los incas, como por ejemplo el culto al Sol y los sacrificios humanos que se realizaban en las cumbres más elevadas, así como el hallazgo de esqueletos en cimas no muy lejos del Aconcagua, podrían constituir la plausible explicación de la hipótesis de una o más ascensiones efectuadas por los indígenas, o bien de algunos intentos, acabados trágicamente y que, en tal caso, habrían reforzado la creencia de que el monte era, en efecto, invencible.

En tiempos más recientes, el Aconcagua y la cordillera andina volvieron a tener actualidad en 1817, con motivo de uno de los más célebres episodios de la historia de América del Sur: nos referimos a la gesta del general argentino José de San Martín, quien, con un ejército de 5.350 hombres, pasó por el lugar más intransitable de la cordillera andina, entre el cerro Mercedario y el Aconcagua, a casi 4.000 metros de altura.

Ni senderos casi impracticables, ni el ardiente calor durante el día y el frío gélido de las noches, ni la terrible “puna” (el “mal de montaña” al que los indígenas dan el mismo nombre del altiplano) consiguieron enfriar el entusiasmo de aquellos argentinos que, procedentes de Mendoza y tras una marcha de 500 Km., se unieron a los chilenos y, juntos, vencieron a las tropas españolas.

HISTORIA DE SUS ASCENCIONES:

Las observaciones orográficas hechas por San Martín durante la marcha fueron muy interesantes… Pero había de pasar todavía bastante tiempo para que se produjera un verdadero conocimiento del Aconcagua.

E. Whymper en el ChimborazoTres años después del éxito alcanzado por E. Whymper en el Chimborazo, lo que fue el punto de partida oficial de la empresa andinistica, en 1883, el alemán Gussfeld (imagen izq.), sin tener ni las más elementales nociones de cartografía, llegó a las estribaciones de la montaña: “Esta se eleva —escribió más tarde— con la misma majestuosidad que el Matterhorn de Zermatt, pero su mole es tan colosal que podría contener otras muchas montañas de los Alpes. Era una visión tan atractiva que aumentó mi deseo de escalarla.”

Gussfeld se introdujo valerosamente en el laberinto de rocas descrito en la leyenda antes mencionada, y escogió la ruta del norte, a la que creía libre de los obstáculos que suponían la nieve y el hielo. Acompañado por dos indígenas, y con la intención de aprovechar también la ocasión de descubrir

minas de metales preciosos, el explorador alemán alcanzó el valle del Río Volcán y acampó en el límite de la rala vegetación, a 3.548 metros de altura. Ni un inmenso muro de piedra que le cerraba el paso, ni el macabro descubrimiento de un esqueleto humano (quizás un buscador de oro sorprendido por una tempestad) que parecía sonreírle irónicamente, enturbiaron su entusiasmo.

Y más tarde, entre las características agujas de hielo, dispuestas como una fila de blancos frailes y que semejaban un bosque de penitentes, Gussfeld localizó el paso exacto, lo alcanzó y llegó así a la cuenca superior, la base de la verdadera montaña. El Aconcagua no opuso dificultades técnicas a sus asaltantes, tan sólo las esperadas, constantes y mortíferas condiciones climáticas…

“En un monte como el Aconcagua —escribió Gussfeld—, a las normales dificultades de todos los montes se suman las que causan la altura y la falta de oxígeno, además de la inclemencia del tiempo, como el frío y el viento. Con estas adversidades y privaciones, ninguna fuerza humana- es capaz de alcanzar la cima. Sólo quien tenga muy buena estrella podrá llegar a la meta”.

En efecto, Gussfeld pasó por todas las penalidades: sufrió náuseas, desmayos debidos a la altura, soportó los más repentinos cambios atmosféricos, las violentas tempestades… Todo ello neutralizó los sucesivos intentos, y el explorador quedó bloqueado a 6.560 metros de altura.

Gussfeld no era un geólogo, pero, muy acertadamente, trajo a Europa algunas muestras de roca, proporcionando por primera vez a los científicos la posibilidad de estudiarlas directamente. Entonces ya no cupo la menor duda: aquellas rocas eran de origen volcánico. Gussfeld llegó entonces a la conclusión de que el Aconcagua, pese a su apariencia, debía ser un volcán y que su cima culminante, que un huracán le impidió alcanzar, escondía en realidad el orificio del cráter, invisible desde aquella vertiente.

En 1896 llegó a la zona del Aconcagua el célebre alpinista inglés Fitzgerald, al frente de una expedición en la que había italianos y suizos y en la que figuraba Mathias Zurbriggen, famoso por la conquista del monte Cook, en Nueva Zelanda. Saliendo del valle de Horcones, esta expedición inició el ascenso a la montaña por el sur.

Las dos primeras etapas, en plan de exploración, no tuvieron aliciente alguno:

uno tras otro, los alpinistas se retiraban extenuados. Sólo el experimentado Zurbriggen resistió a aquella despiadada selección que llevaba a cabo la naturaleza, y tras una dramática noche de Navidad pasada en compañía de Fitzgerald en el nido de Cóndores, un vivaque formado por dos rocas superpuestas, se lanzó él sólo hasta un punto donde encontró un hombrecillo de piedra y una cajita que contenía el mensaje de Gussfeld, con esa lacónica frase: “Segundo intento, marzo 1883”.

Y al tercer asalto se consiguió la victoria. A 6.700 metros, Fitzgerald y sus compañeros Pollinger y Lati, afectados por la “puna”, emprendieron el camino de regreso. Pero Zurbriggen, empeñado en no ceder, pidió permiso para continuar él solo. Fitzgerald no se opuso y le dio la posibilidad de llevar a cabo otra magnífica empresa. “Tuve alguna dificultad en respirar durante, el ascenso, pero, después de diez minutos de descanso en la cumbre me sentí perfectamente bien”, escribió más tarde. Y añadía:

“No teniendo ni papel ni lápiz, grabé la fecha de mi ascensión en el mango del piolet y lo fijé en el hombrecillo que había hecho.”

La suerte no se mostró favorable con Fitzgerald. Este inglés volvió al año siguiente con una nueva expedición, y una vez más fue vencido por las adversas condiciones físicas. Agotado por el cansancio, tuvo que ceder la gloria de un segundo ascenso a su compatriota Vines y al portador italiano Lauti. Estos, ya en la cima, recuperaron el piolet de Zurbriggen.

Desde el punto de vista geológico, las expediciones de Fitzgerald destruyeron la hipótesis de Gussfeld. La última cima, formada por tres sucesivas elevaciones, no delimitaba el orificio de ningún cráter, sino que se precipitaba en un vertiginoso muro. No obstante, las rocas encontradas en esta cima (andesita y porfirita), que procedían de expansiones de lava, producían la mayor perplejidad.

Se elaboró, entonces, una nueva hipótesis, según la cual la cúspide podía ser un filón que atravesaba parte de un antiguo volcán o quizás parte de una columna de lava que se había consolidado en la sima. En tal caso, el Aconcagua podría ser el antiguo fondo de un volcán cuyo cráter, destruido por los agentes exógenos, había sido, por lo menos, 300 metros más alto que la cumbre actual.

Esta hipótesis se mantuvo hasta que un geólogo decidió ir por sí mismo a la cumbre del Aconcagua para estudiar directamente la situación. “Cuando llegué al país —escribió el geólogo alemán Schiller— me dirigí a la cordillera que tanto me atraía, en parte por sus paisajes todavía inexplorados, en parte por mis propios intereses científicos. Pasé tres temporadas en los Andes, y cada vez me sentía más unido a estas montañas. Sólo el Aconcagua se me resistía”. Pero el Aconcagua marcó su destino. Tras muchos años de estudios, Schiller se creyó preparado para la empresa final.

En 1940 y en 1943 participo en dos expediciones, pero en ambas, las casi prohibitivas condiciones atmosféricas le impidieron tener la satisfacción del éxito. Pero este fracaso, que se puede considerar deportivo, se vio compensado por la importancia de las observaciones geológicas, que resultaron muy esclarecedoras y en gran parte decisivas.

La ausencia del menor atisbo de un orificio del que hubiera podido manar el magma después del plegamiento andino y de cualquier otra manifestación volcánica secundaria (fumarolas, emanaciones de azufre), le condujo a la conclusión de que “el Aconcagua no es un volcán activo, ni un volcán adormecido, ni tampoco un volcán que se haya apagado recientemente, sino un volcán que se extinguió en épocas remotísimas y precisamente antes del plegamiento de la cordillera, fenómeno que se produjo en la segunda mitad del terciario”.

Las rocas efusivas (andesita y porfirita), que forman un muro de 3.000 metros de espesor, y que se apoyan sobre la misma capa de sedimentos marinos fosilizados del jurásico superior y del cretácico inferior, ya existían antes del plegamiento andino, y fue precisamente a causa de este fenómeno que experimentaron un poderoso impulso y se sobrepusieron a las más recientes.

aconcagua Schiller Pero haber descubierto el secreto geológico del Aconcagua no representó para Schiller haber vencido a la montaña; pues en el curso de una nueva ascensión organizada en 1944 (la Sexta que efectuaba este investigador alemán), la naturaleza se tomo una trágica venganza. Una expedición compuesta por el mismo Schiller (imagen) , por su compañero Link y su esposa Adriana y por los dos alpinistas Grimm y Kneidl, fue sorprendida, a 6.200 metros de altura, por un huracán violentísimo: durante tres días y tres noches, el “viento blanco” fue el indiscutido protagonista en lugar de serlo las crestas rocosas.

Ningún componente de la expedición volvió a Plaza de Mulas, y fue necesario organizar otras tres expediciones para recuperar los cadáveres, victimas de una tragedia cuya reconstrucción dejó, por cierto, muchos puntos oscuros. El cuerpo de Schiller, el único que se detuvo antes de llegar a la cima, fue encontrado, congelado, en una pequeña tienda, en la cual había logrado refugiarse, en plena desbandada, en espera de sus amigos. Era la “muerte blanca”, encontrada en el seno de aquella montaña por la que tanta atracción había sentido.

Los otros alpinistas se habían visto sorprendidos por la tormenta al regresar de la cima, como se pudo saber por el libro de notas que se guardaba en un estuche de metal. Adriana, quizás debido a una fuerte ráfaga de viento, perdió el equilibrio, cayó y se dio con la cabeza en una roca. Link, en un gesto sublime, la cubrió’ con su abrigo y siguió su camino para reclamar ayuda y abandonando su piolet. Los soldados de la expedición de socorro le encontraron congelado a pocos metros más abajo.

Para evitar que tales tragedias se repitieran, o por lo menos para reducirlas dentro de unos límites razonables, se decidió construir, a lo largo del itinerario habitual para subir por la ladera sudoeste, una serie de refugios de cuya instalación se cuidó el teniente Valentín Ugarte. Con ello se abría el período del andinismo organizado.

“La construcción de los refugios —declaró el día de la inauguración el presidente Juan Perón— marca el principio del fin de unos riesgos inútiles. Los riesgos existirán siempre, pero, a partir de ahora, serán fortuitos. Algunos morirán en la ascensión, pero será el uno por ciento de los que perecían por falta de preparación o por valerse de medios inadecuados. Ahora el Aconcagua ya no es el monstruo difícil de vencer, como ocurría cuando los que iniciaban la ascensión tenían un 50% de probabilidades de vivir y otro 50% de morir.”

El refugio de Plaza de Mulas (a 4.230 metros), los refugios cercanos de Plantamuray Libertad (ex Eva Perón, a 5.850 metros) y el refugio Independencia (ex Juan Perón, a 6.480 metros)’ aseguran ahora una excelente protección en caso de mal tiempo, aunque el frío y las consecuencias de la “puna” continúan produciendo víctimas todavía: a este respecto, las estadísticas siguen siendo muy elocuentes. Sólo el 40% de las expediciones consiguen llegar a la cima, y el 20% de los participantes sufren heridas, lesiones o congelación. Y cincuenta alpinistas han muerto pese a las medidas adoptadas. Por este motivo, desde hace algunos años, los militares argentinos dé guarnición en Puente de Inca, antes de conceder el permiso para una escalada, examinan detenidamente el equipo de los alpinistas y les exigen, además, un certificado de buen estado físico.

En otro aspecto, la posibilidad de hacer el trayecto a lomos de un mulo hasta los 6.300 metros, un poco más abajo del refugio Independencia, impide que se produzca la gradual y necesaria aclimatación. Por eso las últimas escarpaduras y los difíciles 600 metros para alcanzar el Peñón Martínez y la Canalita Final se transforman muy a menudo en un verdadero calvario. De pronto, uno se siente falto de toda energía, se producen vómitos y dolores de cabeza y sólo sacando fuerzas de flaqueza se consigue proseguir el camino.

Así es como el Aconcagua, el antiguo volcán de la era terciaria, la montaña conocida como “el más grande montón de arena del mundo”, opone sus últimos esfuerzos defensivos, exigiendo todavía un tributo de vidas humanas.

Fuente Consultada: Maravillas del Mundo De GIANCARLO CORBELLINI