El Gran Rescate De Juan II de Francia

Formacion de Grandes Feudos en Francia

Historia de la Formacion de Ducados y Condados en Francia

DESMEMBRACIÓN DEL REINO DE FRANCIA EN GRANDES FEUDOS
Desde los tiempos de Carlomagno había en cada comarca un jefe de guerreros, encargado por el rey de gobernarla, por lo común con el título de conde.

Cada conde regía una ciudad, casi siempre cabeza de una diócesis, con su territorio llamado condado.

En las fronteras los jefes tenían un territorio mayor y se llamaban duques.

El rey no nombraba condes o duques más que a grandes propietarios que tenían a su servicio una tropa de caballeros, era preciso que fueran bastante fuertes para hacerse obedecer.

Cuando un conde o un duque dejaba al morir un hijo, el rey generalmente se veía obligado a nombrar a este hijo en su lugar.

Pero, para mostrar que el nuevo conde o duque era un funcionario al servicio del rey, debía personalmente presentarse al monarca y jurar serle «fiel», ceremonia que se llamaba homenaje.

De esta suerte los condes o duques eran los fieles o los hombres del rey que habían jurado obedecerle.

El ducado o el condado que cada uno debía regir se consideraba como un dominio que el rey le había dado para disfrutarle vitaliciamente, y a esto se llamaba dar en feudo.

He aquí por qué los condados y los ducados fueron llamados los grandes feudos.

En el siglo X se había establecido la costumbre de considerar los condados y los ducados como una herencia que el padre trasmitía a sus hijos. Los grandes feudos se habían hecho hereditarios.

Como los reyes de Francia habían distribuido todas las provincias entre los duques y los condes, ya no tenían territorios en los que fueran verdaderamente dueños.

El año 946, el rey Luis IV decía al duque Hugo: «Has ocupado Reims, me has quitado Laon, no disponía más que de estas dos ciudades para mi retiro. Mi padre ha sido preso y encerrado, no ha sido libre sino al morir. De la monarquía de mis antepasados ya no queda más que la sombra».

Entonces el reino de Francia se vio desmembrado entre las familias de los condes y de los duques. No había tantos como condados, porque las familias más poderosas había reunido varios condados.

En su territorio el conde o el duque tenía los mismos poderes que el rey, y como ya no obedecía al rey de Francia, era en realidad a modo de rey en pequeño y su territorio un verdadero Estado.

Pero varios de ellos tenían por bajo otros condes que les juraban fidelidad como ellos la juraban al rey, y que les obedecían mejor que ellos obedecían al monarca. He aquí por qué no es fácil hacer la lista de los grandes feudos entre los que se repartía el reino de Francia.

Si no se cuentan más que los duques y los. condes fieles al rey, se encuentran menos de veinte. Hay más de treinta,, si se cuentan también los vasallos de los duques y de los condes.

Todo el norte de Francia, hasta el Loire, pertenecía a seis grandes familias:

1º) El condado de Flandes ocupaba todo el territorio comprendido desde el Escalda hasta el Somme, y no era más que un país selvático en el que no había más ciudades que Arras;

2°) Desde Flandes a Bretaña se extendía el ducado de Normandía, trasmitido a los descendientes de Rollón. Era el más poderoso de todos. El duque era mejor obedecido por sus subditos que ningún otro príncipe de Francia. Les había prohibido hacerse guerra unos a otros;

3º) El ducado de Bretaña pertenecía a una familia de guerreros celtas que habían adoptado el título de rey de Bretaña. Como los piratas daneses había destruido aquel reino, los duques se habían refugiado en el territorio donde se hablaba francés, en Nantes y habían venido a ser príncipes franceses. El país estaba, y ha persistido, dividido en dos partes; la Bretaña bretona, a occidente, donde se habla celta, la Bretaña francesa, al este, Rennes y Nantes;

4º) A lo largo del Loire la familia de los condes de Blois había reunido la comarca de Blois, la Beauce y la Sologne;

5º) El condado de Champagne se extendía por la gran llanura del Mame;

6º) En el Loire los condes de Anjou, establecidas en un principio en Angers, habían adquirido la Turena y el Maine y se batían con sus vecinos de Normandía y de Bretaña.

Todo el resto del territorio al norte del Loire estaba dividido. La familia más poderosa, la del duque Hugo, dueño de París, iba a ser la familia real de Francia (la comarca se llamó más tarde Isla de Francia).

El territorio comprendido entre París y el Somme, donde había muchos obispos (Laon, Beauvais, Soissons, Noyon, San Quintín, Amiens), iba a llamarse Picardía (país de los picardos), lo cual quiere decir probablemente hombres armados con la pica.

Del lado del este, !a comarca del Saona formaba el ducado de Borgoña. El duque tenía por vasallos a varios condes, cuyo territorio se extendía por todas partes (Nevers, Auxerre, Sens, Chalon-sur-Saone, Macón).

Pero no tenía sobre ellos gran poder y, aun en su ducado, era muy poco obedecido.

Al sur del Loire, el territorio más grande de todos era el ducado de Aquitania, que llegaba desde el Loire hasta el Gironda. Pero el duque de Aquitania no poseía realmente más que el país más cercano a la costa, la Guyena, es decir, la comarca de Burdeos, el Saintonge y el Poitou.

Todo lo demás (la Auvernia, el Périgord, Angulema, la Marche), hasta las montañas del centro de Francia, pertenecía a condes vasallos del duque de Aquitania, pero por entero independientes.

Al sur de Gironda, hasta los Pirineos, se extendía el ducado de Gascuña país de los gascones. Pero como los duques tenían la costumbre de dividir sus bienes entre sus hijos, el ducado se había repartido entre varias familias que ostentaban por lo común el título de vizconde.

Toda la comarca comprendida desde el Garona hasta el Ródano, que hoy se llama Languedoc, dependía del conde de Tolosa; pero éste no era dueño más que en el condado de Tolosa. El resto era de sus vasallos (condes de Rodez, de Carcassone; vizcondes de Albi, de Béziers).

A ambos lados de los Pirineos, a orillas del Mediterráneo, el condado de Barcelona era todavía un feudo del reino de Francia. Tenía casi todo su territorio al sur de los Pirineos, en Cataluña, pero también un trozo al norte, el Rosellón, donde hoy todavía se habla catalán.

El reino de Francia no pasaba del Ródano y de la llanura del Saona. Ei territorio situado más allá (Provenza, Delfinado, Saboya, Franco Condado), formaba parte del reino de Arles.

En cada uno de estos países, el duque o el conde era un príncipe independiente y hereditario. Francia estaba de esta suerte dividida en pequeños Estados.

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Biografia de Thiers Louis Adolphe Ministro de Francia

Biografia de Thiers Louis Adolphe

LUIS ADOLFO THIERS (1797-1877): El hombre de la Tercera República Francesa, cuyo nacimiento y consolidación hizo posible por su actuación conservadora y, a la vez, por su sentido liberal de la vida, nació en Marsella el 15 de abril de 1797.

Después de estudiar en el liceo de Marsella y Je licenciarse en derecho en la universidad de Aix, partió para París con el propósito de labrarse un porvenir literario y político en la capital.

Thiers Louis Adolphe

Louis Adolphe Thiers fue un historiador y político francés. Fue repetidas veces primer ministro bajo el reinado de Luis-Felipe de Francia. Después de la caída del Segundo Imperio, se convirtió en presidente provisional de la Tercera República Francesa, ordenando la supresión de la Comuna de París en 1871.

Su único viático era una carta de recomendación para el diputado Manuel, el cual le introdujo en los salones liberales y le proporcionó trabajo en la redacción de El Constitucional (1821).

Muy pronto el joven provenzal destacó en el campo del periodismo, por su espíritu crítico y su cultura vasta, aunque superficial. Sus crónicas artísticas le hicieron famoso, así como su Historia de la Revolución francesa (1823-1827), escrita con un leve asomo de apología.

Partidario de la legalidad de la Carta otorgada, se opuso al régimen de Carlos X, por considerarlo reaccionario. Participó en forma destacada en la entronización del duque de Orleáns después de la revolución de julio de 1830. Esto le abrió las puertas de su carrera política.

Diputado por Aix y secretario general del ministerio de Hacienda, se afilió primero al partido del ((movimiento». Pero luego, considerando perjudicial esta política para la consolidación de la nueva dinastía, pasó a ser miembro del partido conservador o de la «resistencia».

En junio de 1832 fué nombrado ministro del Interior, en cuya cartera demostró condiciones de gran energía, reprimiendo tanto las conjuraciones borbónicas como los alzamientos republicanos. La represión de 1834 abrió entre él y los demócratas un foso que sólo se colmó cuarenta años más tarde.

Ministro del Interior por segunda vez, en 1835 no vaciló en decretar fá reducción de la libertad de imprenta, en cuyo nombre se había levantado contra Carlos X cinco años antes.

Formó un ministerio en 1836; pero éste fué de escasa duración, pues no pudo sobrevivir a los ataques parlamentarios contra su política de intervenir en España a favor de los cristinos (22 de marzo a 25 de agosto de 1836).

Viajó algún tiempo por Italia. En 1838 reanudó sus tareas parlamentarias y el 1° de marzo de 1840 fué designado por segunda vez presidente del consejo de ministros y ministro de Negocios Extranjeros.

Su política patriótica estuvo a punto de provocar una guerra con Inglaterra y Alemania a propósito de la cuestión de Oriente. El régimen burgués de Luis Felipe no gustaba de tales desplantes. Thiers fue reemplazado por Guizot (29 de octubre), contra cuyo gobierno desencadenó una campaña sistemática de 1840 a 1848. Simultáneamente, redactó una Historia del Consulado y del Imperio, cuyo primer volumen apareció en 1845.

Ante el movimiento revolucionario de febrero de 1848, Luis Felipe confió la presidencia del gobierno a Thiers. Pero ni los republicanos ni los socialistas quisieron saber de él. El régimen se hundió.

Durante la segunda República, Thiers dirigió con gran éxito la oposición conservadora en la Asamblea Nacional. Poco partidario de Luis Napoleón, a quien consideraba un soñador utópico, fué detenido con motivo del golpe de estado de diciembre de 1851 y expulsado de Francia.

Un año más tarde se autorizaba su regreso. Bajo el Imperio autoritario continuó en su trabajo histórico sobre el Consulado y el Imperio, pero siempre se mantuvo apartado de Napoleón III.

Cuando el régimen empezó a declinar, en 1863, Thiers se convirtió en el jefe de una oposición implacable, exigiendo el retorno a la política tradicional de Francia y la lucha sistemática contra la unificación de Italia y Alemania.

Por esta causa, cuando sobrevino el hundimiento del Segundo Imperio en Sedán (1870), Thiers fue el hombre designado para salvar el país de las ruinas en que le había sumido una política tan poco clarividente.

Negociador de la paz en Londres, Viena y San Petersburgo, fué elegido jefe del poder ejecutivo de la República francesa el 17 de febrero de 1871.

En calidad de tal firmó el armisticio de Versalles con Bismarck y sofocó vigorosamente la «Commune» de París. Restablecido el orden interior y la paz exterior, Thiers se convenció de que una república conservadora era el régimen que menos separaba a los franceses, y encaminó su política a esta-
blecerla en Francia.

La reacción de los monárquicos le obligó a presentar la dimisión de su cargo en 24 de mayo de 1873. En los cuatro últimos años de su vida apoyó a la coalición republicana con su prestigio de salvador de Francia del desorden y de la anarquía.

Murió en San Germán en Laye, el 3 de septiembre de 1877.

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Biografia de Francois Guizot Politico Frances

Biografia de Francois Guizot

Austero, enérgico, con ideas firmes sobre la historia y la política, dotado de no escasas dotes de generalización, investigador profundo de los acontecimientos de la cultura francesa y europea, Francisco Guizot fue un buen historiador y aun un mejor profesor de Historia.

Pero su intervención en la vida pública de Francia durante la Restauración y la monarquía de Luis Felipe le elevaron a un plano de mayor responsabilidad. Guizot encarna, en efecto, el espíritu de la revolución de 1830 y, asimismo, el régimen burgués y censitario que ésta implantó.

Francois Guizot,un historiador y político francés. Participó en el gobierno durante la monarquía de Luis Felipe de Orleans y fue líder de los doctrinarios.

François Pierre Guillaume Guizot fue un historiador y político francés. Participó en el gobierno durante la monarquía de Luis Felipe de Orleans y fue líder de los doctrinarios.

La evolución de los partidos le situó cada vez más a la derecha, de modo que para los contemporáneos empezó en liberal y terminó en conservador.

En realidad, Guizot se mantuvo siempre fiel a la misma línea de conducta. Sólo los sucesos determinaron la paradoja de que uno de los artífices del alzamiento revolucionario de 1830 cayera en 1848 junto con Metternich, el principal representante del sistema legiti-mista y anturevolucionario en Europa.

Nacido en Nimes el 4 de octubre de 1787, en el seno de una familia calvinista, sufrió desde muy joven las consecuencias de la oleada revolucionaria, pues su padre pereció en el patíbulo durante el Gran Terror (abril de 1794). El muchacho se refugió con su madre en Ginebra.

En 1805, durante el Imperio, regresó a Francia al objeto de estudiar la carrera de Leyes en París. Terminada ésta, publicó algunas obras de carác ter literario e histórico que le valieron la cátedra de Historia Moderna de la Sorbona en 1812.

Afiliado al grupo de los monárquicos liberales de Royer-Collard, ocupó el cargo de secretario general del ministerio del Interior en 1814. Durante los Cien Días volvió a enfrascarse en sus estudios habituales.

Caído el poder napoleónico en Waterloo, Guizot fue nombrado secretario general del ministerio de Justicia en el gobierno Richelieu (1815-1816) y director en el ministerio del Interior en el gobierno Decazes (1819-1820). La reacción de 1820 le enfrentó para siempre con la monarquía borbónica, ya que Guizot consideraba inalterables los términos constitucionales elaborados en 1815.

Miembro del grupo de los «doctrinarios» y uno dé los jefes del partido liberal opuesto al gobierno de Carlos X, fue privado de su cátedra de 1822 a 1828. Durante esta época publicó dos obras que le hicieron famoso: la Historia del gobierno representativo (1821-1822) y la Historia de la civilización en Europa (1828).

En enero de 1830 fué elegido diputado por Lisieux, mandato que había de conservar, renovado periódicamente, hasta 1848. Figuró en el grupo liberal de la Cámara de Diputados.

Disuelta ésta por las famosas Ordenanzas de Julio, Guizot formó parte del Comité moderado que, dirigido por Casimiro Perier y Laffite, logró beneficiarse del movimiento revolucionario que estalló a fines de 1830 en París. Derribada la monarquía de los Borbones, ejerció el ministerio del Interior en el primer gobierno de Luis Felipe (agosto a noviembre de 1830).

Más tarde, en 1832, bajo la presidencia del mariscal Soult, fue ministro de Instrucción Pública. Durante este período, de 1832 a 1836, fomentó grandemente la educación primaria y el desarrollo de las corporaciones eruditas. Por otra parte, cada día se caracteterizaba más como jefe del partido de la resistencia o conservador.

Creía que la evolución histórica había hecho recaer el poder en la burguesía, y que por tanto era utópico hablar de sufragio universal. Frente al movimiento demócrata y republicano se mostraba intransigente. Su lema era «una monarquía limitada por un número limitado de burgueses».

La coherencia del gobierno Soult se rompió en 1836 por la divergencia de criterios entre Guizot y Thiers. Después de formar parte de otros gobiernos de vida efímera, en 1840 aceptó el cargo de embajador de Francia en Londres.

Pero el fracaso de la política oriental de Thiers, le llevó de nuevo al poder. Desde el 29 de octubre de 1840 hasta el 23 de febrero de 1848 fué el verdadero jefe del gobierno, aunque en realidad sólo ocupó la presidencia del consejo desde 1847.

Su pureza y su desinterés personales, su inquebrantable afirmación de los principios de orden, le convirtieron en el símbolo del conservadurismo.

Combatido por la izquierda monárquica y los demócratas, dimitió el 23 de febrero de 1848 cuando ya la revolución era dueña de la capital. Marchó a París al cabo de pocos días, y el 3 de marzo llegaba a Londres.

Después de un año de residencia en Inglaterra, regresó a Francia. Desde este momento vivió alejado de la política. Su principal ocupación fué la literaria, a la que consagró el resto de su existencia. Cooperó al desarrollo del Instituto de Francia, de cuya corporación era miembro.

Retirado en Val Richer (Calvados), cerca de Lisieux, vio cómo se implantaba el Segundo Imperio y cómo éste caía bajo el peso de la derrota militar. También asistió a los primeros pasos de la Tercera República.

En estos últimos años de su vida su figura se agiganta en el puerto de la serenidad. Murió en Val Richer el 12 de octubre de 1874.

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Biografia de Jose I Bonaparte -Pepe Botella-

Biografía de José I Bonaparte Hermano de Napoleón

Entre los Napoleónidas, quizá a ninguno fue ofrecido un porvenir tan brillante como a José Bonaparte Pero no tenía éste las cualidades que hicieron tan famoso a su hermano, en particular el espíritu de decisión y energía, la voluntad de imponerse y la capacidad de trabajo.

Su carácter era sumamente débil, y nada en su sangre le llamaba a desempeñar un papel en el campo de batalla. De formación intelectual, habría sido, sin duda, un buen monarca al estilo de los que preconizaban los filósofos del siglo XVIII aunque sin la dignidad de la estirpe.

Jose Banaparte Biografia

Se le llamaba Pepe Botella debido a su afición por la bebida, sin embargo parece que tal historia no era cierta y que sólo se trataba de una manera de desprestigiarlo

Pero su vida fué, como la de sus demás hermanos, tan azarosa, que requería cualidades eminentes para ocupar un lugar propio y destacado en la Historia. Vivió, pues, tras la sombra de la estrella del gran caudillo corso, y su fortuna periclitó con la caída de Napoleón.

Nació un año y medio antes que éste en Corte (Córcega) el 7 de enero de 1768. Cursó sus primeros estudios en el colegio de Autún; pasó luego a la universidad de Pisa, donde se graduó en leyes, y en 1788 se estableció como abogado en Bastía.

Durante cinco años actuó en las filas del partido francés de Córcega, luchando contra Paoli.

Al triunfar éste en 1793, José se refugió en Francia. La Convención termidoriana le utilizó para concertar la reconquista de la isla natal.

Acompañó a su hermano Napoleón en la campaña de Italia (1796).

Pero a fines del mismo año, con el triunfo de Francia en Córcega, regresó a ella para hacerse cargo de su administración. En calidad de tal fue nombrado miembro del Consejo de los Quinientos.

En 1797 desempeñó el cargo de residente en Parma y, luego, de embajador en Roma, con la misión de favorecer el espíritu revolucionario. Pero ya en esta ocasión se observó que no era hombre de temple.

El golpe de estado de Brumario (1799), en el que participó preparando la conspiración, le elevó de nuevo a un primer plano político.

Napoleón, deseoso de empujarle en la vida, le nombró consejero de Estado y tribuno, y le confió negociaciones diplomáticas de confianza en los Estados Unidos y Austria (paz de Luneville de 1801), así como con el Papado (concordato de 1801) e Inglaterra (paz de Amiens de 1802).

Con la instauración del Imperio, José fue nombrado príncipe, gran elector y lugarteniente del ejército, es decir el segundo después de Napoleón.

Pero éste le reservaba aún mayores beneficios. El 30 de marzo de 1806 se hizo cargo del reino de Nápoles. Gobernó en sentido reformador y suprim los restos del régimen feudal.

Este éxito aparente animó a Napoleón para confiar a José la corona de España en circunstancias reálrmeme graves. Después de la abdicación de Carlos IV y Fernando VII en Bayona, José fue proclamado rey de Es paña el 7 de julio de 1808. Su primer acto fué otorgar una constitución, preparada por su hermano, que jamas se acató.

El pueblo español, en efecto, nunca reconoció la legitimidad de José I. Este, que había entrado en Madrid el 25 de julio, tuvo que huir siete días después ante el avance del ejército español, victorioso en Bailen. Fue repuesto en la capital por Napoleón y la Grande Armée (8 de diciembre).

Durante dos años procuró reinar, sin lograrlo, pues ni el pueblo le quería, ni le obedecían los generales franceses, ni incluso le apoyaba lo bastante Napoleón.

Dada su falta de energía, fué un juguete de los acontecimientos. Después de la derrota de Arapiles, José abandonó por segunda vez Madrid el 11 de agosto de 1812. Aunque regresó a la capital a principios de noviembre siguiente, la abandonó de nuevo en la prim.avera de 1813.

Las derrotas de Vitoria (21 de julio de 1813) y San Marcial (31 de agosto), le arrojaron definitivamente de España.

En diciembre de 1813 renunció a la corona española. Nombrado jefe de la guardia nacional en enero de 1814, prestó pocos servicios a Napoleón en la campaña de Francia.

Refugiado en Suiza después de la entrada en París de los aliados, volvió a Francia durante los Cien Días, en cuyo período ejerció el cargo de presidente del consejo de regencia (1815). Al sobrevenir el desastre de Waterloo, se trasladó a América.

Vivió en Point Brezee, Nueva Jersey, Estados Unidos, como conde de Survilliers, gozando de una buena fortuna. Subdito de aquella República desde 1820, regresó a Europa en 1832 para intentar afianzar el partido bonapartista en Francia, cada día más pujante después de la revolución de julio.

Residió en Londres y en Italia. Establecido en Florencia en 1841, murió en esta ciudad el 28 de julio de 1844.

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Biografia Juan II de Francia

Biografia Juan II de Francia

JUAN II DE FRANCIA (1319-1361)
La muerte de Felipe VI el 22 de agosto de 1350 dio la corona de Francia a su primogénito, el príncipe Juan, habido en 1319 de Juana de Borgoña. La estira; de los Valois, que proporcionó soberanos en general» débiles y enfermizos, aunque alguno de ellos revelara aptitudes intelectuales y políticas extraordinarias, enriqueció con un tipo extravagante.

Juan II, llamado el Bueno, no reunía ninguna dote para gobernar. Era frivolo, pródigo, versátil y muy poco inteligente. En lo único que se distinguió fue en la violencia de sus actos y en el mantenimiento de su palabra de caballero medieval.

Juan II de Francia
Juan II de Francia, llamado el Bueno, fue el segundo rey de Francia de la Casa de Valois. Era hijo de Felipe VI de Francia y Juana de Borgoña.
Fecha de nacimiento: 26 de abril de 1319, Le Mans, Francia
Fallecimiento: 8 de abril de 1364, Palacio Savoy, Londres, Reino Unido
Hijos: Carlos V de Francia, Felipe II de Borgoña, Juan I de Berry,
Cónyuge: Juana I de Auvernia (m. 1350), Bona de Luxemburgo (m. 1332)

Condiciones muy poco propicias para hacer frente a sus adversarios, el famoso Eduardo III de Inglaterra y el no menos famoso, aunque por distimc motivo, Carlos el Malo de Navarra.

Al ceñir la corona de San Luis, Juan II tuvo que enfrentarse con la amenaza inglesa, que había culminada últimamente en la victoria de Crecy y la toma de Calais (1346 y 1347).

En 1348 se había firmado una tregua entre los dos reinos, que fue prorrogada hasta 1355, tanto a instancias del Papado como a causa de los devastadores efectos de la Peste Negra. Pero bajo estas apariencias de paz, se mantenía vivo el fuego de las hostilidades.

Contribuyó a hacerlas más encarnizadas la traición de Carlos el Malo de Navarra, yerno de Juan II. quien abominaba la raza de los Valois y aspiraba a la corona de Francia.

Carlos entró en tratos con los ingleses desde 1354 e incitó al delfín Carlos V a apoderarse de la corona. En un acto de intrepidez, Juan II detuvo al rey de Navarra en Ruán el 5 de abril de 1356 y le mandó cargado de cadenas a Cháteau-Gaillard.

Por aquel entonces los ingleses habían pasado de nuevo al ataque bajo la dirección del Príncipe Negro. Sus huestes arrasaron los territorios próximos al Loira. Cuando regresaban a Guyena, les salió al paso el ejército francés al mando del propio Juan II.

La acción se libró cerca de Poitiers (19 de septiembre de 1356) y acabó con una rotunda victoria del Príncipe Negro. Juan II, que combatió hasta el fin como un bravo caballero, cayó en poder de los ingleses. El Príncipe Negro le proclamó el guerrero más valeroso de su reino, pero se lo llevó como prisionero a Londres.

Permaneció en Inglaterra durante cuatro años. El 24 de mayo de 1359 firmó los preliminares de Londres. por los que renunciaba a grandes posesiones del territorio francés en favor de Eduardo III: Normandía. Bretaña, Anjou, Maine, Turena, etc.

Afortunadamente, su hijo Carlos V, que ejercía la regencia, supo maniobrar con tal acierto que arrancó del rey inglés el tratado de Bretigny (8 de mayo de 1360), ratificado luego por Juan II en Calais (9 de octubre), mucho más favorable, aunque sin dejar de ser adverso.

Juan II fue puesto en libertad a cambio de un rescate de 3.000 escudos de oro, pagaderos en seis años. Dejó en Londres como rehén a su hijo Luis de Anjou.

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OTRAS BIOGRAFIAS PARA INFORMARSE:
Biografia Eduardo II
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Biografia de Eduardo El Príncipe Negro
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Biografia de Juan V Paleologo

El valor de la Sal Oro y sal en Africa Trueques Importancia de la Sal

El Valor de la Sal en la Historia
Trueques en África Sal-Oro

historia sobre el oro

Aunque los traficantes árabes y europeos medievales ofrecían ocasionalmente a los africanos mercancías o incluso las monedas de plata y de cobre que éstos estimaban más que el oro, la mayor demanda recaía sobre la sal.

Los seres humanos no pueden vivir sin sal, pero los que vivían en los territorios auríferos tuvieron que sentir una necesidad anormalmente intensa e insaciable de ella.

Experimentaban la desgracia de vivir en unos de los pocos lugares del mundo en donde las fuentes más próximas de sal se hallaban en tierras muy remotas en donde nadie podía recorrer más de 15 Km. diarios.

Rey Musa I con una pepita de oro.

Había depósitos sustanciales de sal a unos 1.600 Km. hacia el norte, en donde los mineros, muchos de ellos esclavos negros, trabajaban en condiciones de extrema dureza.

Estaban casi a veinte días de viaje de las poblaciones más próximas a menudo les cegaba el viento del desierto y en ocasiones incluso morían de hambre cuando se retrasaban los traficantes que les llevaban los víveres y el agua potable como intercambio.

Caravanas de camellos trasladaban hacia el sur la mayor parte de la sal.

Pero en muchos lugares, cuando los pastos escaseaban tanto que los camellos no podían ir más allá, era preciso quebrar las grandes tablas de sal en fragmentos pequeños que se transportaban sobre la cabeza durante el resto del viaje.

Un viajero portugués del siglo XV describió lo que sucedía después:

Cada individuo lleva un trozo y forma parte así de un gran ejército de hombres a pie, que transportan la sal a gran distancia …] hasta que llegan a ciertas aguas …].

Todos los porteadores la apilan en filas y cada uno marca la suya. Luego la caravana se retira a media jornada de allí. Entonces arriban negros de otra raza que no desean ser vistos ni hablar con nadie Al encontrar la sal, colocan cierta cantidad de oro frente a cada pila y después se marchan, dejando la sal y el oro.

Esta historia es algo más que un simple hecho curioso: posee un significado más profundo.

La sal era tan preciada para quienes extraían el oro que muchos de ellos sólo lo cambiarían por sal. En numerosas transacciones intercambiaban una onza de oro por otra de sal.

Bovill afirma que «la sal era tan infinitamente más importante [en comparación con el oro] que no resulta exagerado afirmar que los sudaneses valoraban el oro casi sólo por su poder adquisitivo respecto de la sal. […]

Constituía la base tanto de su comercio interior como del exterior, y no es posible entender ninguno de los dos sin saber cuán necesitados estaban de este producto esencial para el bienestar del hombre».

Mas conviene examinar la cuestión desde el otro punto de vista. Si con una onza de sal cabía lograr una onza o más de oro, conseguir éste tendría que haber sido una operación enormemente beneficiosa.

Gracias a la práctica del trueque mudo, a la geografía hostil de los yacimientos auríferos y a la reticencia natural de los nativos, europeos y árabes se vieron defraudados durante siglos en su búsqueda de la fuente del oro africano.

Toda la zona adquirió un aura misteriosa entre los pueblos que vivían más al norte.

Durante el siglo XV los europeos desarrollaron la costumbre de llamar Guinea a las zonas auríferas (y los británicos persistieron durante largo tiempo en escribir «Ginney»).

Los portugueses, que fueron los primeros en explorar el territorio, recibieron en 1481 permiso del Papa para llamar a su rey «Señor de Guinea», titulo que sobrevivió hasta el siglo XX.

En 1662 los británicos empezaron a utilizar el oro importado de África occidental por la African Company para emitir una moneda que denominaron «guinea», interesante innovación en la acuñación de la que nos ocuparemos muy pronto.

Persiste la controversia acerca del nombre de Guinea, porque en aquel tiempo no había en Africa un lugar que así se llamase. Indudablemente, el término representa una corrupción de otro homófono.

Un candidato probable es Ghana, pero Bovill insiste, no sin pruebas, en que Guinea procede del nombre del enclave comercial de Jenne, situado junto a un afluente del Níger, a unos 480 km. al suroeste de Tombuctú, yendo hacia las zonas auríferas. Aunque no bien conocida, Jenne tuvo que ser una población notable.

Fundada en el siglo XIII, se localizaba en una región populosa y dotada de una serie de vías fluviales, circunstancia rara en el continente africano pero que tornaba fácilmente accesible a Jenne.

La urbe no era tan sólo un centro comercial de importancia sino que también representaba una gran atracción para los hombres de letras.

A diferencia de Tombuctú, en donde resultaban frecuentes las tensiones y las alteraciones políticas, Jenne constituía un lugar pacifico desde el que se difundía la cultura del Mediterráneo a través del África occidental.

Según Es-Sadi, notable autor del siglo XVIII que nació y se crió en la Tombuctú rival, Jenne era «una ciudad bendita». Confiemos en que Bovill haya acertado; tal lugar merece prestar su nombre a un país.

Tras discurrir nuestra historia entre palacios de oro e iconos religiosos, desde besantes a dinares, desde pelotas a tributos de oro y, por último, el trueque mudo del oro por tablas de sal en lo profundo del África negra, una pregunta emerge a la superficie: ¿en dónde radica su valor? Para europeos, bizantinos y árabes, e1 oro constituía el mágico punto focal de sus deseos materiales.

Pero no sucedía otro tanto con los africanos. Estos últimos, necesitados desesperadamente de la sal, se afanaban por conseguir oro, mientras que el «patrón sal» les representaba una fuerza mucho más poderosa y perdurable que todo lo que el patrón oro representó en las civilizaciones complejas del resto del mundo. ¿Qué pensarían aquellos pobres excavadores acerca de los extraños individuos del norte, que cambiaban una sal inestimable por un material cuya única misión en la tierra consistía en proporcionar a los hombres orgullo y placer? Esa pregunta sigue vigente hoy en día.

LA SAL EN LA HISTORIA: La sal, componente de la sangre y de los tejidos, es un elemento de fundamental importancia para la vida de nuestro organismo, cuyas funciones asegura. Por consiguiente, resulta natural que, movido por una necesidad instintiva, el hombre haya tratado de procurarse desde la prehistoria esta sustancia indispensable, en una búsqueda que se intensificó cuando, con el empleo del fuego para la cocción de los alimentos, la proporción de sales orgánicas en éstos quedó notablemente reducida.

La primera fuente a la que los hombres recurrieron fue naturalmente el mar. Más tarde descubrieron los yacimientos de sal gema. Es muy escasa la información que sobre éstos se posee; sin embargo, se sabe con certeza que, desde los albores de la civilización romana, la industria de la sal tuvo gran importancia y fue la primera que el Estado organizó sobre bases racionales, desde todos los puntos de vista: extracción, transporte y comercio.

Los historiadores Tito Livio y Plinio hacen remontar el origen de esta industria a Ancus Martius, quien tomó posesión de salinas ya antes explotadas por los etruscos.

Los reyes adjudicaron a particulares la explotación de estas salinas. Pero, en tiempos de la República, los concesionarios se vieron obligados a vender la sal a precios cuyas bases eran fijadas por los censores. El transporte lo realizaban los saccari salarii, que almacenaban el mineral más allá del Tíber, en depósitos, desde donde era repartido por los salinatores aerarii.

Para transportar la sal del litoral hasta el interior de las tierras se construyó la famosa vía Salaria, que todavía es hoy una importante arteria que une Roma a Ascoli Piceno.

El Oro de la Corona del Rey de Siracusa Descubrimiento de Arquimedes

El Oro de la Corona del Rey de Siracusa

historia sobre el oro

Nació y murió en Siracusa. Fue sin duda el mayor matemático y físico de la antigüedad. Arquímedes, aristócrata en cuerpo y alma, era hijo del astrónomo Feidias. Se dice que era pariente de Hierón II.

De todos modos se hallaba en excelentes relaciones con Hierón II y su hijo Gelón, quienes tenían por él gran admiración.

Aprendió probablemente de su padre un sin fin de disciplinas matemáticas, para proseguir sus estudios en la escuela de Alejandría, Egipto.

En Egipto hizo su primer gran invento, la coclea, una especie de máquina que servía para elevar Las aguas y regar ciertas regiones del Nilo, donde no Llegaba el agua durante

La leyenda cuenta que el rey Hieron II de Siracusa le encargó la elaboración de una nueva corona de oro a un orfebre, a quien dio un lingote de oro puro para realizarla.

Cuando el orfebre terminó el trabajo y entregó la corona, al rey comenzó a asaltarle una duda.

El orfebre pudo haber sustituido parte del oro por una cantidad de cobre de forma que el peso de la corona fuese el mismo que el del lingote. El rey encargó a Arquímedes, famoso sabio y matemático de la época, que estudiase el caso.

El problema era complejo y Arquímedes estuvo un tiempo pensándolo. Un día, estando en los baños, se dio cuenta de que, al introducirse en una bañera rebosante de agua, ésta se vertía al suelo.

Ese hecho le dio la clave para resolver el problema y se cuenta que, lleno de alegría, salió a la calle desnudo gritando: «¡Eureka!», que en griego significa: «¡Lo encontré!» o «¡Lo resolví!».

Arquímedes se dio cuenta de que si un cuerpo se sumerge en un líquido, desplaza un volumen igual al propio.

Aplicando este principio, Arquímedes sumergió la corona y comprobó que el agua que se vertía al introducirla en una cuba de agua no era la misma que al introducir un lingote de oro idéntico al que el rey le dio al orfebre.

Eso quería decir que no toda la corona era de oro, ya que si hubiese sido de oro, el volumen de agua desalojado habría sido igual al del lingote, independientemente de la forma de la corona.

El oro es más denso que el cobre. Por tanto, el volumen utilizado para elaborar la corona de oro debe ser menor al que se necesita si se sustituye parte de ese oro por cobre.

Fórmula de Heron de Alejandría

El Rey Craso y la codicia por el Oro Leyenda Historia

El Rey Craso y Su Codicia por el Oro

historia sobre el oro

LA MUERTE DEL REY CRASO: A diferencia de todas las monarquías que habían gobernado las naciones desde el comienzo de los tiempos, lo que en Roma definía la influencia de un individuo en los asuntos del Estado era más la cantidad de oro que poseía que su linaje.

Tal influencia determinaba a su vez cuánto le llegaba bajo la forma de sobornos de otros que también perseguían el poder y las riquezas.

Por ejemplo, cuando Julio César regresó de su servicio en España como cuestor (funcionario encargado de los asuntos económicos de una provincia), había obtenido en ese territorio bastante oro para distinguirle como líder, pero no lo suficiente pata llevarle hasta donde aspiraba.

Por ese motivo combinó sus intereses con los de otros dos ambiciosos ciudadanos romanos, un hombre fabulosamente rico denominado Craso y un jefe militar de nombre Pompeyo.

Craso comenzó a acumular su fortuna organizando un servicio de bomba que sólo apagaba un fuego si recibía la renumeración de antemano. Si el propio amo no pagaba y el edificio quedaba destruido por el incendio, Craso adquirió las ruinas por una fracción del valor del edificio destruido. De este modo consiguió gran numero de propiedades que restauró y alquiló por cifras elevadas. Además, Craso prestaba dinero a interés y consiguió ser dueño de minas de plata y,  explotaciones agrícolas y gran número de esclavos.

Instruyó incluso a al para convertirlos en lectores, camareros y cocineros. Los grandes beneficios proporcionaba a Craso toda esta riqueza le permitían sobornar a funcionarios para adquirir a precios muy bajos propiedades confiscadas. Aunque Pompeyo acabó decapitado, muy probablemente por orden César, Craso estaba destinado a un final más horrible. Se hallaba dispuesto a demostrar que era algo más que un acaparador de riquezas y que, como Pompeyo y César, podía llevar a la victoria a sus soldados.

En consecuencia, provocó en Mesopotamia una guerra contra los partos e inició su campaña al de 44.000 hombres, en su mayoría infantes. En la batalla de Carre (53 a.C. los partos atacaron a los romanos con 10.000 arqueros montados y un cuerpo de  1.000 camellos árabes. Obtuvieron con rapidez el triunfo.

Craso trató de negociar una rendición, pero el ataque de los partos fue tan feroz que sólo consiguieron escapar 10.000 de los 40.000 romanos iniciales. Los partos reservaron a Craso un destino especial que expresaba su desdén ante la en romana obsesionada por el dinero a la que él representaba: lo mataron derramando oro fundido en su garganta.

El Oro del Templo de Salomon Tesoros de Jerusalen Moisés

Moisés y El Templo de Salomón
Tesoros de Jerusalen

historia sobre el oro

Cuando Moisés ascendió al Sinaí para conocer la palabra de Dios, recibió de Él mucho más que el encargo de transmitir el Decálogo y otras numero normas.

Yahvé también le manifestó orientaciones precisas para la construcción de un santuario en donde los judíos le adorasen, junto con un arca que hallaría dentro del santuario.

Moises y El Templo de Salomon Tesoros de Jerusalen

Yahvé empezó diciéndole: «La revestirás de o puro; por dentro y por fuera la revestirás, y además pondrás en su derredor moldura de oro.» Ordenó asimismo que incluso el mobiliario y todos los elementos, decorativos, como los querubines, estuviesen recubiertos de oro, instrucciones, tal como aparecen en los capítulos 25-28 del libro del Exodo, prosiguen durante unos ochenta párrafos con la enunciación de medidas y diseños minuciosamente detallados.

Una vez asentados en la Tierra Prometida, los israelitas tuvieron que haber acumulado masas de oro, sobre todo de los despojos de las tribus a las que derrotaron en combate. Moisés y sus soldados se apoderaron de más de ciento treinta y cinco kilos de oro de los madianitas, «joyas de oro, ajorcas y brazaletes, sellos y pendientes».

El oro relucía en los muros del interior del gran templo de Salomón (situado cerca del Muro de las Lamentaciones de la Jerusalén actual), que medía más de 40 m. de longitud, 10 de ancho y 15 de altura y estaba dividido en tres cámaras.

Salomón gustaba también de prodigar el oro en sus posesiones personales: sus escudos eran de oro, su trono de marfil tenía incrustaciones de oro y bebía vino de sus copas áureas. Cuando la reina de Saba acudió a visitarle, trajo para él una cantidad de oro estimada en unas 3 ton., con un valor superior a 20 millones de dólares actuales.

Han desaparecido el santuario y el tabernáculo que alzó Moisés conforme a las detalladas especificaciones divinas y apenas resta algo del grandioso templo salomónico recamado de oro. Pero en el año 532 d.C., después de que diez mil hombres que hablan trabajado más de seis años y utilizado más de 12 ton. de oro terminasen la construcción de la iglesia de Santa Sofía en Constantinopla, el emperador bizantino Justiniano —que supervisó toda la obra— pudo exclamar: «Salomón, te he superado.

Justiniano estaba bien versado en el empleo del oro. Heredé 144.000 Kg., lo gastó todo y luego abrumó con impuestos a sus súbditos con el fin de pagar a ejércitos mercenarios, financiar obras públicas y, en especial, sobornar a sus enemigos para que se abstuvieran de invadir sus dominios.

El proceso del empleo del oro para proclamar el poder de la Iglesia se repetirla en brillantes mosaicos y ornamentos áureos por toda Italia, España e incluso en las remotas estepas de Rusia.

Ni Salomón ni el propio Yahvé fueron los primeros en utilizar el oro para inspirar reverencia. Probablemente fueron los antiguos egipcios quienes marcaron el estilo emulador de religiones ulteriores, incluida la hebrea. Debido al carácter monoteísta de su religión, los judíos lo tuvieron fácil en comparación con los egipcios, que contaban con más de dos mil deidades, muchas de las cuales guardaban alguna relación con el todopoderoso Sol.

España y el Oro Americano Carlos V y Felipe Oro de America Europa

España y el Oro Americano
Carlos V y Felipe de España

historia sobre el oro

Cabría pensar que hacia mediados del siglo XVI España tuvo que ser, con mucho, la nación más rica de Europa. Sin embargo, no lo fue.

La repercusión de esta incorporación inmensa y súbita a la riqueza monetaria fue sentida en el resto de Europa e incluso en el Extremo Oriente, pero en España no subsistieron beneficios duraderos de las hazañas espectaculares de los conquistadores y de los ríos de sangre que fluyeron de blancos e indios.

El oro entraba por un lado y desaparecía por otro, sin dejar rastro. ¿Cómo fueron los españoles capaces de desbaratar estas riquezas? ¿Por qué tan gran porción de los frutos de esa primera fiebre del oro acabó en manos de otros?.

Parte de las respuestas a estas preguntas radica en las peculiaridades del carácter de la España del siglo XVI.

Carlos V reinó junto con su madre en todos los reinos y territorios de España con el nombre de Carlos I (1516-1556)

Otra, y quizá mayor, fue resultado del entorno dinámico e incansable de la época, en donde la sociedad española estaba mal preparada para intervenir.  Una vez que el oro comenzó a llegar en cantidad, los españoles se mostraron mucho más activos en el gasto que en la producción. Las enormes importaciones de oro y de plata estimularon las inclinaciones al gasto al mismo tiempo que ahogaban el incentivo hispano para la producción.

España se comportó como un individuo pobre que gana una fortuna en la mesa de juego, pero llega a creer que el dinero es su destino y no un acontecimiento aislado. Y desde luego no volvió a repetirse: por copiosos que fueran durante el siglo XVI los envíos de oro a España, alcanzaron un punto máximo hacia la mitad del siglo y cayeron en picado a partir de 1610; los envíos de plata lograron su cenit hacia el ario 1600 e iniciaron un marcado declive a partir de 1630.

Durante el siglo XVI , cinco sextas partes de las mercancías salidas de España, sobre todo a las colonias, eran bienes cultivados o manufacturados en otros países. A finales de ese siglo, las Cortes declaraban:

«Cuanto más [oro] llega, menos tiene el reino […]. Aunque nuestros reinos deberían ser los más ricos del mundo […] son los más pobres, porque sirven sólo como puente para que [el oro y la plata] vayan a los reinos de nuestros enemigos.» Un observador español, Pedro de Valencia, escribió en 1608: «Tanta plata y tanto dinero …] han sido siempre un veneno fatal para las repúblicas y ciudades. Creen que las mantendrá el dinero y no es cierto; lo que proporciona sustento son los campos arados, los pastos y las pesquerías.» Otro se quejaba: «La agricultura abandonó el arado y se vistió de seda, ablandando sus manos encallecidas E…]. Los oficios adquirieron aire de nobleza y se lucieron por las calles.»

En vez de transformar el oro y la plata en nueva riqueza productiva, los españoles pagaron a otros países con los metales preciosos y gastaron tanto que las deudas a países extranjeros se incrementaron en gran medida. En fecha tan temprana como la década de 1550, una sentencia popular afirmaba que «España es las Indias de los extranjeros» porque harto buen dinero español era pagado a los foráneos a cambio de «puerilidades»: fruslerías como ajorcas, cristalería barata y naipes.

España había cometido un costoso error económico en 1492, el año de Colón, aunque la decisión produjo alegría y orgullo en el tiempo en que fue tomada. Tanto los judíos como los musulmanes fueron expulsados en 1492. Luego de su conversión al cristianismo, permanecieron algunos judíos, pero rápidamente se desintegró la vibrante comunidad intelectual que tan gran contribución habla hecho a España durante centenares de años. La mayoría de los españoles cristianos de la época eran campesinos o soldados, analfabetos y sin conocimiento alguno de la aritmética elemental. Los nobles se mostraban ociosos o se consagraban a la guerra.

Judíos y musulmanes, en contraste, eran instruidos, encabezaban e progreso científico y eran inmunes a las estrictas reglas cristianas contra la usura Fueron diestros administradores públicos y hombres de negocios. Los musulmanes, en particular, poseían una larga tradición en el comercio, la importación y la exportación. Con su partida, España perdió casi toda su clase comercian autóctona, que resultaba esencial en una época de dinámico desarrollo económico en toda Europa.

Cádiz y Sevilla, por el contrario, rebosaban de extranjeros: mercaderes y banqueros genoveses, prestamistas alemanes, fabricantes holandeses y suministradores de cualquier género de bienes, servicios y finanzas di toda Europa, incluso bretones y gentes de áreas tan lejanas como las costas dé mar del Norte. Casi todos los cuantiosos préstamos que recibió España durante el siglo XVI tuvieron financiados por extranjeros. La salida de judíos y musulmanes constituyó una pérdida en otro sentido.

En razón de su situación geográfica, España no se hallaba en la ruta que seguían comerciantes y viajeros para ir de un lugar a otro. La línea de países desde Francia hacia el este y la proyección de Italia y de Grecia hacia el Mediterráneo se encontraban en la encrucijada este-oeste de viajes y comercio a través de Europa. No había necesidad de cruzar España a no ser que se viniera de África y, aun así, la península no constituía la única posibilidad. Como resultado, el país tendió a quedarse más encerrado en sí mismo.

Sólo Sevilla, Barcelona y Bilbao mantenían conexiones significativas con el resto de Europa. El ambiente cosmopolita procedía de judíos y musulmanes, quienes durante siglos habían mantenido contactos con otros países. Su partida cortó el vínculo con el mundo exterior, dejando a España dependiente de forkeos leales a otras potencias.

Un estudio autorizado ha resumido la situación de España como una terrible paradoja:

El oro y la plata adquirían simplemente su rango internacional en España sin hallarse en modo alguno vinculados a la economía española…] Existían una abundancia de metales sin ninguna evolución productiva y un alza de los precios sin alteración monetaria. En suma, la España del siglo XVI se caracterizaba por una separación entre el dinero y las mercancías.

El gran despilfarro inspirado por el oro de España no radicó en el afán de lujo o en la pérdida de una complejidad comercial y financiera. Se centraba en los sueños de gloria de los monarcas españoles. El oro había estado siempre vinculado al poder.  Una vez que los reyes de España comprendieron cuánto les proporcionaría la nueva riqueza de los descubrimientos en las colonias americanas, se convencieron de que su fortuna era lo bastante grande pasa imponer al mundo su voluntad, especialmente en la candente cuestión del catolicismo frente al protestantismo.

Hacia mediados de ese siglo, la mitad de todos los negocios en España se llevaban a cabo por cuenta del rey. Carlos V, que ascendió al trono en 1516 tras la muerte de su abuelo Fernando, estaba resuelto a hacer de España la potencia dominante en Europa. Pero no le bastaba el poder de España. También deseaba seguir los pasos de su otro abuelo y convertirse en emperador del Sacro Imperio Romano. A ese puesto no se llegaba por vía hereditaria; sólo era posible convertirse en emperador a partir de la elección de un grupo de alemanes designados por el Papa, los electores. Francisco I de Francia poseía ambiciones idénticas. Estalló una intensa guerra de pujas por la compra de votos, en un ilimitado certamen de sobornos. Francisco se hallaba respaldado por los banqueros genoveses y Carlos por los Fugger, la gran familia de banqueros de Augsburgo.

El Oro de los Incas Tesoros Usurpados Por Los Españoles

El Oro de los Incas
Tesoros Usurpados En Su Conquista

historia sobre el oro

Antes de la llegada de los conquistadores españoles a Perú, así como a toda América central y del Sur, los incas constituían un potente imperio que puede colocarse entre los grandes edificadores de la historia universal.

En la época en que llegaron los conquistadores españoles, en la primera mitad del siglo XVI, los incas se encontraban divididos; el trono y el poder estaban siendo disputados por dos pretendientes: Huáscar y Atahualpa, que contaban con el apoyo de parte de la aristocracia.

Es en este momento cuando los españoles, conducidos por Francisco Pizarro, irrumpen en escena y comienzan sus campañas de conquistas en el año 1532.

En principio se enfrentaron a las fuerzas de Atahualpa, mucho más numerosas que las españolas, pero muy impresionadas por el armamento y en especial por los caballos y trabucos de éstas.

Los españoles lograron ganar la confianza de Atahualpa y atraerle a su campamento de Cajamarca, donde mataron a sus acompañantes y le hicieron pasionero, veamos como fue la historia…

LA HISTORIA DE LA CONQUISTA ESPAÑOLA: Pizarro entró en la ciudad capital el 15 de noviembre de 1532 y, en una breve entrevista con Atahualpa, éste les instó a que le devolvieran las tierras tomadas y aplazaran la entrevista para el día siguiente. Aquella noche los españoles se escondieron alrededor de la plaza.

Cuando al otro día llego el Inca con su escolta y se empezó a impacientar, cayeron sobre ellos sin previo aviso, ahuyentándoles y apresando a Atahualpa; al amanecer siguiente saquearon el campamento de la ciudad.

El clérigo que acompañaba a Pizarro corrió hacia donde se hallaba el conquistador y le previno: «Actúa al instante. Yo te absuelvo.»

Pizarro agitó un pañuelo blanco, tronó un cañón desde la fortaleza y sus hombres, algunos montados y otros a pie, se precipitaron hacia la plaza, lanzando su grito de batalla que invocaba a Santiago, patrón de España: «Santiago y a ellos!»

Los indios fueron presa del pánico. Sorprendidos por el estruendo de la artillería y los mosquetes, y cegados por la humareda sulfurosa, no ofrecieron resistencia cuando los españoles los arrollaron con sus caballos y los acuchillaron indefensos.

La matanza de los indios continuó durante largo tiempo hasta que cayeron miles de ellos.

Es discutible el número de  muertos, pero los prisioneros fueron incontables.

Algunos de los soldados de Pizarro deseaban ejecutar a los prisioneros o al menos incapacitarles, cortándoles las manos. Pizarro se negó y liberó a todos con la acepción de un pequeño número de ellos que quedaron para atender las necesidades de los españoles.

Por su parte, Atahualpa observaba atentamente a los españoles. Pronto descubrió que sentían un deseo aún más poderoso que el de convertirle al cristianismo: su amor al oro. Un día Atahualpa propuso un trato.

Si Pizarro le dejaba en libertad, el Inca dispondría que en el plazo de dos meses la estancia por él ocupada fuese colmada de oro hasta la altura donde alcanzara su mano; el oro procedería del palacio real, los templos y los edificios públicos.

La estancia tenía de 5 m. de ancho, 7 m. de largo y 3 m de alto. Ansioso de tantas riquezas, Pizarro aceptó la oferta. Cuando Atahualpa se puso de puntillas, trazaron una línea roja en el punto hasta donde llegó; un escribano redactó las cláusulas del acuerdo y Atahualpa despaché correos para la ejecución de la tarea.

Pizarro también envió a la capital, Cuzco, emisarios que hubieron de recorrer 900 Km. por un escarpado camino entre las montañas. Allí encontraron el gran templo del Sol cubierto de planchas de oro yen su interior momias reales, cada una sentada en un trono áureo.

Los españoles arrancaron de los muros del templo setecientas planchas del tamaño de la tapa de un cofre y un peso de algo más de dos kilos. Así constituyeron doscientas cargas de oro que serían trasladadas a Cajamarca sobre los hombros de los humillados indios. Esta fue simplemente una incursión preliminar; más tarde se llevaría a cabo una mayor y más rapaz expedición a Cuzco.

Mientras tanto llegaba oro de todo Perú, de los templos y palacios del Inca y de otros edificios públicos, para cumplir su pacto con Pizarro. El metal revestía muchas formas: copas, aguamaniles, bandejas, vasos de variedades múltiples, ornamentos y utensilios, baldosas y planchas, curiosas imitaciones de distintos animales y plantas y una fuente que alzaba un deslumbrante surtidor de oro.

Pizarro seleccionó una pequeña muestra de esos objetos para remitirlos al emperador, Carlos V nieto de Isabel. Éste había heredado de su madre, Juana la Loca, los reinos de España y era además emperador del Sacro Imperio Romano, cuyo trono ocupé su abuelo paterno. Sólo Napoleón y Hitler Hitler en la cumbre de su poderío gobernaron una superficie mayor de Europa.

Excepto la reducida muestra que Pizarro enviéó a España, ni una sola pieza de aquel tesoro de la estancia de Atahualpa ha sobrevivido en su forma original, pero resulta asombrosa la menguada cantidad de obras áureas peruanas que escapó de las manos de los españoles y ha llegado hasta nosotros.

Con tal facilidad se obtenía oro de gran pureza de los depósitos fluviales de Perú que muy pronto surgió la orfebrería. Hacia 500 a.C. se hacían ya diademas, pendientes, brazaletes y placas. Existen incluso objetos más antiguos con claras influencias chinas y vietnamitas, que sugieren que los marinos asiáticos cruzaban el Pacífico cuando los europeos apenas conseguían atravesar el Mediterráneo.

Bien es cierto que ignoramos si consiguieron regresar. Los peruanos de la época de la conquista recubrían con finos panes de oro vasijas y máscaras de gran variedad, complejidad y opulencia. Entre sus logros más espectaculares figuraron enormes copas de boca ancha con la forma de una efigie humana, difícil obra técnica con un efecto sorprendente en quien tas contemplaba.

Algunas de ellas muestran la cabeza en una posición invertida; se bebía así del cuello, indicio de que tales recipientes representaban quizá cabezas de enemigos derrotados. Quien las utilizaba bebía simbólicamente en el cráneo de un adversario, al igual que los lombardos.

Se ha encontrado una túnica de lana que contenía 30.000 minúsculas placas de pan de oro. En el otro extremo de la escala, los orfebres crearon planchas de oro con dibujos repujados y destinadas a cubrir las paredes, como las que los españoles arrancaron de los muros del templo de Cuzco.

A excepción de la pequeña muestra reservada a Carlos V, todo el tesoro acumulado en forma de ornamentos fue convertido en dinero. Un objeto tras otro desapareció en los crisoles para ser transformado en lingotes de un tamaño uniforme. Pizarro asigné esta tarea a los orfebres indios, los mismos hombres que habían creado esas maravillosas obras. La tarea duré un mes entero, pero produjo 1.326.539 pesos de oro, cuyo valor fue calculado por Prescott en 15 millones de dólares cuando escribió su libro, durante la década de 1840.

En dinero actual equivaldrían a 270 millones de dólares, que en cualquier circunstancia representarían una espléndida retribución por los esfuerzos acometidos. Mas esta cifra no puede revelar la repercusión de tal tesoro en las economías mucho más menguadas del siglo XVI.

El cálculo no incluye el trono en el cual el Inca hizo su tumultuosa llegada: 86 Kg. de oro de 16 quilates o el equivalente de la producción anual de las minas peruanas. Pizarro se reservé este botín. El tesoro que llenó la estancia de Atahualpa superaba el total de la producción anual en Europa en aquel momento o, dato todavía más impresionante, era comparable a veinte años de producción de las minas peruanas.

En contraste, vale la pena recordar que Justiniano empleó el doble de oro en Santa Sofía y que los tres millones de coronas del rescate de Juan II suponían más del doble de la masa de oro en la estancia de Atahualpa. ¡No es extraño que Justiniano creyera haber superado a Salomón y que los franceses se rebelaran ante los gravámenes que soportaron!.

Biografia de Vasco Nuñez de Balboa Descubrimiento del Oceano Pacifico

Biografía de Vasco Nuñez de Balboa Descubre el Océano Pacífico

historia sobre el oro

La vida extraordinaria de este conquistador español en la primera época del descubrimiento de América  está reflejada cabalmente en Vasco Núñez de Balboa, el descubridor  del mar del Sur, actual Océano Pacífico.

Su personalidad está vinculada a la colonización del golfo de Darién y del istmo de Panamá, en cuyos parajes, en el transcurso de ocho años de vida frenética, fue soldado, alcalde mayor, jefe militar, adelantado del mar del Sur y gobernador de namá y Coiba, para acabar miserablemente sus días en el patíbulo.

Fue un adelantado, explorador, gobernante y conquistador español. Fue el primer europeo en divisar el océano Pacífico desde su costa oriental y el primer europeo en fundar una ciudad permanente en tierras continentales americanas. 

Vasco Nuñez de Balboa

Aventurero genial, organizador de temple y de bravura sin par, Balboa es una figura de la que irradia una irresistible simpatía, pese a su temperamento levantisco y ambicioso y a su dureza para los indígenas.

Fecha de nacimiento: 1475, Jerez de los Caballeros, España
Fallecimiento: 15 de enero de 1519, Acla
Ocupación: Militar y gobernante colonial
Cónyuge: María de Peñalosa (m. 1516–1519)
Padres: Álvaro Núñez de Balboa

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BIOGRAFIA DE VASCO NUÑEZ DE BALBOA: Este personaje de la conquista española del Nuevo Mundo, nacido en 1475 en Extremadura, España, inició su carrera como polizón.

Primero marchó de España para instalarse en la isla La Española, de donde huiría por deudas, y en 1510, cuando Martín Fernández de Enciso preparaba una expedición al poblado de San Sebastián, en el golfo de Lirabá, costa oriental de la actual Panamá, Balboa se escondió en un barril a bordo.

Llevaba consigo a su perro mastín, Leoncico. Cuando la nave estaba en alta mar, Vasco se presentó ante la furia del capitán.

Pero fue perdonado, especialmente, porque ya había estado en esas tierras y su experiencia podría ser útil.

Al llegar a San Sebastián comprobaron que todos los colonos habían sido muertos tras un encuentro con los nativos. Uno de los pocos sobrevivientes era Francisco Pizarro, el futuro conquistador de Perú.

Balboa escondía un secreto sueño: quería llegar a la costa occidental porque había logrado informarse de que allí la tierra que supuestamente lo separaba del “otro mar» era escasa y angosta.

En 1511 partió con 100 hombres. En Careta trabó relación con los indios e incluso el cacique se convirtió al cristianismo y entregó a su joven hija a Balboa.

Siguió la avanzada por tierras cada vez más tropicales y complejas. Toparon con otra aldea donde el jefe los recibió amablemente, luciendo corona de oro, rodeado de sus hijos y los atendió con manjares y bebidas fermentadas.

Uno de los hijos del cacique advirtió la extraña mirada de los visitantes a todo lo que relucía y les regaló adornos de oro, lo que provocó la pérdida total de la compostura de los españoles que se trenzaron en furiosa pelea.

El cacique entonces —como ocurriría muchas otras veces— les señaló a lo lejos, lo más lejos posible, una tierra colmada de oro. Y les aseguró que detrás de las montañas, hacia el sur del istmo, yacía un inmenso mar quieto, donde desembocaban ríos de oro y sus playas estaban cubiertas de perlas.

Vasco Núñez de Balboa regresó a la base y se reorganizó. Reemprendió la búsqueda. Cruzó selvas intrincadas, espesura entramada, humedad permanente, tropezó con alimañas, insectos, pájaros gritones, todo siempre en la casi permanente oscuridad verde de la jungla tropical. Pero a medida que avanzaban la vegetación era menos densa.

Comenzaron a trepar. La tierra se elevaba y hacía más claro el día. Cuando Vasco vio la cima de la montaña, ordenó que sus 66 hombres lo esperaran. Subió solo. Allí arriba finalmente, con sus ojos desmesurados, la boca entreabierta y las manos crispadas, divisó el Mar del Sur.

Quieto. Inmenso. Infinito. Era septiembre de 1513. Había llegado a lo que luego Magallanes llamada con más precisión Océano Pacífico.

Vasco había escuchado por primera vez el nombre de un mágico imperio, llamado Pirá. Encontrarían las islas de las perlas.

Esta hazaña rindió una fortuna para el contingente que naturalmente repartió Balboa, separando la parte de la Corona y luego la del capitán y finalmente, la de los miembros de la delegación, por panes iguales, aunque una parte fue para Leoncico, el perro más rico del Nuevo Mundo, cuyos caninos bienes administraría el propio Núñez de Balboa.

La aventura de Balboa terminada con acusaciones de traición, crímenes contra los indios y conspiración contra la Corona.

El 15 de enero de 1517 Vasco Núñez de Balboa fue decapitado en la plaza pública. Cuando su cabeza comenzó a rodar, sus ojos permanecieron abiertos, enormes, desmesurados, incrédulos, angustiados. Otra vez estaban viendo el infinito.

EL FIN DE BALBOA: Dos días más tarde (de descubrir el océano) , Balboa penetró en el Pacífico con la espada desenvainada y reivindicó para el rey de España «el gran Mar del Sur con todo que contiene». Luego, fijando la medida de crueldad con los indios que emularían muchos otros españoles, Nuñez de Balboa y sus hombres saquearon sin piedad el copioso tesoro de objetos de oro que encontraron en las aldeas indígenas de la zona.

A todas luces carecían de significado para ellos la elegancia la complejidad deslumbrante de esos objetos semi-abstractos. Se mostraron mucho más fascinados por los rastros de mineral áureo que descubrieron en las costas arenosas del mar.

Este deslumbrante acontecimiento no resolvió las dificultades de Balboa quien parece haberse hallado en constantes apuros frente a las autoridades.

Poco tiempo después del descubrimiento del Pacífico y cuando hacía planes para navegar hacia el sur por su mar recién descubierto, camino de Perú y en busca de más oro, el gobernador de Darién le acusó de traición y ordenó que lo decapitasen.

Este gobernador que había sido enviado por el rey de España con 1.500 hombres tras conocer la espléndida noticia del descubrimiento de Balboa, era en realidad el suegro de éste. El ejecutor designado para la tarea por el gobernador fue nada menos que Francisco Pizarro.

El Gran Pago del Rescate del Delfin de Francia Juan II Rey Francés

El Gran Pago del Rescate del Delfín de Francia

historia sobre el oro

El delfín, hijo de Juan el Bueno (y también duque de Normandía) traicionó a su padre. En abril de 1356 celebró en su castillo de Rouen una cena en honor de su primo y vecino Carlos el Malo, rey de Navarra, confiando en organizar una conspiración para conseguir el trono de Francia.

Carlos era tan malvado que cualquiera comparado con él, como el propio Juan II, habría sido calificado de bueno.

Previamente enterado de la reunión entre Carlos y el delfín, Juan II irrumpió allí armado hasta los dientes. Ordenó la muerte de los partidarios de Carlos, encarceló a éste y confiscó sus propiedades normandas.

El hermano de Carlos el Malo y los seguidores que habían sobrevivido solicitaron ayuda inglesa para recobrar sus posesiones.

Los ingleses respondieron sin demora y bajo el mando del duque de Lancaster desembarcaron en Cherburgo y penetraron tierra adentro y secuestraron a Juan II.

Así el rey de Francia se convirtió en prisionero de guerra.

El monarca no fue en modo alguno la única persona distinguida capturada aquel día. En la lista figuraban los más altos jefes militares franceses y más de 2.000 miembros de la nobleza.

Siete meses después de la batalla, el Príncipe Negro condujo al rey francés a Inglaterra y le acomodó por todo lo alto en el palacio de Savoy hasta percibir el rescate. ¿Pero cuál sería su cuantía?.

Cuando los franceses rechazaron una oferta preliminar en 1358, los ingleses respondieron elevando sus exigencias. Mientras tanto se agotaba el tiempo.

En marzo de 1359, cuando sólo quedaban seis meses para que concluyese la tregua negociada en Poitiers, Juan II firmó el tratado de Londres.

Su desesperación se tornó evidente en las condiciones que aceptó: a cambio de abandonar la cautividad, había de entregar Francia desde Calais hasta los Pirineos, amén de pagar un rescate de cuatro millones de ecus de oro (coronas de oro, el equivalente demás de 600.000 libras).

El pago del rescate estaría garantizado por la entrega de cuarenta rehenes nobles y reales.

Si los franceses impedían de cualquier modo la ejecución de ese tratado, Eduardo tendría derecho a volver a enviar sus ejércitos a Francia, a expensas del rey francés.

Eduardo sabía lo que hacia cargando el peso económico sobre el enemigo, porque sus guerras en Francia resultaban altamente costosas.

Sólo en un año obtuvo doscientos mil florines de oro de sus banqueros italianos (no cumplió luego las condiciones del préstamo).

Cuando el delfín, que actuaba como regente en ausencia de su padre, recibió noticia de su capitulación total, convocó a los Estados Generales para que le ayudasen a tomar la dificilísima decisión de elegir entre la paz y la reanudación de la guerra.

La respuesta fue inmediata y unánime: el tratado era inaceptable y habìa que declarar la guerra a Inglaterra.

Los ingleses pronto acometieron otra prolongada campaña en Francia septentrional, pero esta vez los franceses rehuyeron la batalla campal y recurrieron a la estrategia de tierra quemada.

El 13 de abril, cuando el diezmado y ya harapiento ejército inglés acampó cerca de Chartres, cayó un granizo extraordinariamente intenso, acompañado por vientos huracanados y chubascos de agua gélida.

Según Tuchman, «en media hora el ejército de Eduardo sufrió una acometida que no hubieran podido infligirle manos humanas y que difícilmente podía ser considerada algo distinto de una advertencia celestial».

Es raro el jefe militar que en algún momento no haya atendido a los mensajes de fuentes sobrenaturales. Eduardo III, por duro que friese en muchos otros aspectos, resolvió en este punto que la discreción constituía la mejor parte del valor En cualquier caso, retenía un considerable poder negociador porque Juan II seguía siendo su prisionero.

Aceptó reanudar las negociaciones, que concluyeron por fin el 8 de mayo de 1360 en la cercana localidad de Brétigny. El rescate de Juan quedó reducido a tres millones de coronas de oro. También menguaron las concesiones territoriales, pero todavía representaban cerca de una tercera parte de Francia.

El tratado señalaba de forma explicita que los cuarenta rehenes serían retenidos como medida de seguridad del pago del rescate. En las estipulaciones se incluyeron a dos de los hijos menores del rey, a su hermano, al cuñado del delfin ya nueve grandes condes.

Los ingleses aceptaron que Juan pasara de Londres a Calais tras el paco del primer plazo del rescate constituido por 600.000 coronas de oro.

En ese punto quedarían también en libertad diez de los nobles prisioneros, pero habían de ser reemplazados por cuarenta miembros adinerados del Tercer Estamento, la burguesía; como Willie Sutton, Eduardo III sabía muy bien dónde estaba el dinero. El resto del rescate de Juan II tendría que ser abonado en seis plazos trimestrales de 400.000 coronas. El pago de cada plazo determinaría la liberación de una quinta parte de los rehenes.

En cualquier circunstancia, ese rescate habría representado una carga terrible para los franceses, pero resultaba especialmente gravoso tras las depredaciones de la Peste Negra y los estragos y destrucciones de la guerra.

La situación fue tan difícil en un determinado momento que los franceses invitaron a regresar a los judíos, a quienes habían expulsado en 1306, ofreciéndoles residencia durante veinte años mediante la entrega de veinte florines por cada individuo que volviera y siete florines anuales a partir de entonces»

El propio Juan contribuyó con la espléndida dote obtenida por casar a su hija de once años con el rico tirano de Milán, Galeazzo Visconti. El cronista Matteo Villani describió la unión como «subasta de la propia carne del rey». El primer plazo del rescate fue abonado en octubre de 1360. Eduardo se reunió entonces con Juan en Calais y los dos monarcas juraron mantener una paz perpetua.

Después de cuatro años de cautividad, el rey de Francia era al fin un hombre libre. Difícilmente cabría considerar la ocasión como jubilosa. Juan II retornaba a un país que Petrarca, por entonces embajador de los Visconti, describió como «un montón de ruinas. ..» Por doquier reinan el vacío, la desolación y la miseria»: Tampoco fue éste el final de la historia de los pagos del rescate de Juan II.

Algunos rehenes murieron en Inglaterra a causa de la peste, que seguía reapareciendo periódicamente. Otros miembros del grupo trataron de utilizar sus propios recursos para comprar su libertad. Los pagos del rescate pronto sufrieron retrasos.

En 1563, convencido de que su honor estaba en entredicho, Juan cruzó el canal de la Mancha una semana después de Navidad y se impuso la cautividad en Londres, desoyendo los apremios de su Consejo, sus prelados y barones. Fue recibido por los ingleses con gran ceremonia y fasto, pero enseguida cayó enfermo y murió en abril de 1564.

Sólo tenía cuarenta y cinco años. Aún restaba por pagar de su rescate un millón de coronas de oro. En definitiva se abonó menos de la mitad del rescate, pero incluso 1,5 millones de coronas de oro constituían una cantidad colosal de dinero.

Equivalían a todo un año de jornales de unos seis braceros, a trescientas mil ovejas, a unos seis millones de linos de cerveza o a más de cuatro veces el total de los impuestos de capitación que casi veinte años después provocarían una violenta rebelión?.

Crisografia Escribir con Oro Técnica

Crisografía Escribir con Oro

historia sobre el oro

Los europeos imitaron a los bizantinos en el uso delicado de este metal (oro) , conocido como crisografia , en donde una pequeña cantidad de oro en polvo queda suspendida en la clara del huevo o goma.

De esta forma , el metal entonces aplicado a la ilustración de libros como caligrafía, que los europeos desarrollaron hasta constituir un arte de belleza excepcional. La propia técnica había llegado en el siglo II d.C., a través de Egipto y Grecia, para satisfacer la manda romana de artículos de lujo, pero fue Carlomagno quien apoyé el que tomé cuerno en los manuscritos iluminados.

escritura con oro

Carlomagno insistió en que los libros elaborados durante su reinado tuviesen una mejor calidad y asignó la responsabilidad principal de ello a un eclesiástico inglés,Alcuino de York. Los mas famosos entre los volúmenes logrados la supervisión de Alcuino fueron dos evangeliarios: el de Godescalc, escrito para Carlomagno en 783, y el de Saint-Méthard, ambos conservados ahora la Biblioteca Nacional de París.

Los libros de Saint-Méthard guardan toda caligrafía en oro y están ilustrados con miniaturas en oro y plata sobre fondo púrpura. Las letras están diseñadas con gran cuidado, en buena parte adap de la escritura romana de la época de Virgilio, con un trazado peculiar e invariable.

La letra cursiva que hoy se enseña en la escuela es descendiente directo de las letras doradas de Alcuino, con mil doscientos años de antigüedad. hoy escribimos con más rapidez; mediante la crisografía, la ejecución de sola inicial requería más de un día, lo que convirtió esta actividad en una de plena dedicación para los monjes encargados de realizarla.

El Oro Propiedades Caracteristica Historia del Hombre y el Oro

El Oro: Propiedades y Característica

historia sobre el oro

El Oro ha constituido una de las grandes fuerzas propulsoras de las grandes empresas militares. Ha sido brújula y estrella polar para muchos descubridores y exploradores.

Y ha servido, también, como fuerza impulsora en los estudios e investigaciones de la Química, pues nada estimuló tanto la industria química de los alquimistas de la Edad Media como la esperanza de descubrir la piedra filosofal que, según ellos, había de convertir en oro todos los metales.

Aunque no encontraron la piedra filosofal, hicieron importantes y numerosos descubrimientos.

Respecto a sus propiedades, como el platino, el oro es inatacable por los ácidos simples, excepto por el ácido selénico, y sólo es atacado por la mezcla de ácidos nítrico y clorhídrico, y algunas otras mezclas que desprenden cloro, iodo o bromo. Se presenta en forma de un metal más blando que la plata, casi tanto como el plomo; pero si se encuentra aleado con una pequeña cantidad de plomo, cadmio o plata, se vuelve agrio y quebradizo. Su punto de fusión es 1.063 ºC.

Es muy maleable y muy dúctil; puede batirse en hojas que sólo tengan un espesor menor que una cienmilésima de milímetro, y medio decigramo de oro puede estirarse en forma de un alambre que tenga 150 metros de longitud. Su maleabilidad y ductilidad lo han hecho muy adecuado para trabajos finos de ornamentación, así que en épocas de fausto y de pompa no ha faltado nunca el empleo de tejidos de oro.

En 1875, el economista británico Stanley Jevons observó que los 20 millones de libras esterlinas de las transacciones que pasaban cada día por la Cámara de Compensación Bancaria de Londres pesarían unas 157 toneladas si fueran pagadas en monedas de oro «y se necesitarían ochenta caballos para transportarlas». La densidad del oro supone la posibilidad de utilizar cantidades muy pequeñas para monedas de gran cuantía. El oro es casi tan blando como la masilla.

El del cristal veneciano era reducido a un grosor de 0,0000125 cm. tras un proceso conocido como sobredorado. El rey Ptolomeo II de Egipto (285-246 a.C.) ordenó que un oso polar de su zoo encabezara un desfile festivo, seguido de un grupo de hombres portadores de un falo bañado de oro y de 55 m. de altura.

Usted podría estirar una onza de oro (28,4 g) hasta convertirla en un alambre de 80 Km. de longitud o, silo prefiere, batirla para que se transformara en un pan de oro de 9,3 m2. A diferencia de cualquier otro elemento de la Tierra, perdura casi todo el oro extraído, ahora en gran parte en museos, embelleciendo estatuas de antiguos dioses y sus ornamentos o en exposiciones numismáticas; resta una porción en las páginas iluminadas de manuscritos, otra en relucientes lingotes sumidos en los sótanos oscuros de los bancos centrales y bastante en dedos, orejas y dientes.

Hay un residuo que permanece callado en los barcos hundidos en el fondo del mar. Si se formase con todo ese oro un cubo macizo, sería equiparable a cualquiera de los grandes petroleros de hoy en día; su peso total sería de unas 125.000 toneladas, lo que significa un volumen inapreciable si se compara con el acero producido por Estados Unidos en pocas horas; el conjunto de esas empresas posee una capacidad de 120 millones de toneladas anuales.

La tonelada de acero cuesta 550 dólares —2 centavos la onza—, pero esas 125.000 t de oro valdrían un billón de dólares a los precios actuales. ¿No es extraño?. Con acero podemos construir edificios de oficinas, barcos, coches, contenedores y máquinas de todos los tipos; con oro no es posible construir nada. Sin embargo es al oro al que llamamos metal precioso. Nos sobrecoge el oro y bostezamos ante el acero.

Cuando todo el acero se halle enmohecido y podrido y mucho tiempo después de eso, el gran cubo de oro permanecerá idéntico. El oro goza de esa clase de longevidad con la que todos soñamos. Su resistencia tenaz a la oxidación, su anómala densidad y su maleabilidad inmediata, esos atributos naturales y simples, explican todo lo que hay tras el romance del oro (incluso la elección de la palabra inglesa gold no es caprichosa; procede de gelo, en el inglés antiguo, y ese término significaba «amarillo»).

En joyería fina se denomina oro alto o de 18k aquél que tiene 18 partes de oro por 6 de otro metal o metales (75% en oro), oro medio o de 14k al que tiene 14 partes de oro por 10 de otros metales (58,33% en oro) y oro bajo o de 10k al que tiene 10 partes de oro por 14 de otros metales (41,67% en oro). El oro de 24k es muy brillante, pero es caro y poco resistente; el oro alto es el de más amplio uso en joyería, ya que es menos caro que el oro puro o de 24k y más resistente, y el oro medio es el más simple en joyería.

Debido a su buena conductividad eléctrica y resistencia a la corrosión, así como una buena combinación de propiedades químicas y físicas, se comenzó a emplear a finales del siglo XX como metal en la industria. En joyería se utilizan diferentes aleaciones para obtener diferentes colores, a saber:

Oro amarillo = 1000 g de oro amarillo tienen 750 g de oro, 125 g de plata y 125 g de cobre.
Oro rojo = 1000 g de oro rojo contienen 750 g de oro y 250 g de cobre.
Oro rosa = 1000 g de oro rosa contienen 750 g de oro, 50 g de plata y 200 g de cobre.
Oro blanco = 1000 g de oro blanco tienen 750 g de oro y 160 g de paladio y 90 g de plata.
Oro gris = 1000 g de oro gris tienen 750 g de oro, alrededor de 150 g de níquel y 100 g de cobre.
Oro verde = 1000 g de oro verde contienen 750 g de oro y 250 g de plata.

HISTORIA DEL HOMBRE Y EL ORO: Los reyes de Asiría vestían túnicas entretejidas de oro; las momias de Egipto aparecen, en ocasiones, doradas con el precioso metal; Darío, rey de Persia, usaba un manto que tenía dos halcones bordados en oro. Aun hoy mismo, las vestiduras sacerdotales y los trajes de gala del ejército y de la armada se encuentran galoneados y adornados con oro. Cuando en el s. V a.C. Píndaro describió el oro como «hijo de Zeus, al que no devoran ni la polilla ni la herrumbre, pero cuya suprema posesión devora la mente del hombre», expresó en pocas palabras toda su historia.

John Stuart Mill parafraseó espléndidamente estos versos en 1848: «Puedes tocar sin temor el oro / pero si se adhiere a tus manos, te herirá presto.» El oro constituye desde luego un cúmulo de contradicciones. Los hombres creen que representa un refugio hasta que, de tanto tomarlo en serio, se convierte en una maldición.

Quizás desde la primera vez que el hombre primitivo vio unos granos dorados brillar en el lecho de un río, se sintió atraído de inmediato por ellos dando inicio a lo que sería la base de las jerarquías: la importancia de los tesoros que posee. Hoy en día, la complejidad del mundo moderno ha llevado a los pueblos a juzgar la salud de su economía según la cantidad del metal que guardan en reserva.

Los pueblos y las personas han luchado a lo largo de la historia por apropiarse del oro de sus vecinos. Los conquistadores españoles, bajo un disfraz ideológico, estaban totalmente obsesionados con la idea de apropiarse de los tesoros dé oro que poseían los incas o los aztecas. Y cuando la flota de corsarios ingleses obtuvo el respaldo de sus soberanos para atacar a los galeones españoles, lo hizo con la ¡dea de apropiarse de los cargamentos de oro que llevaban a las tierras españolas después de haber saqueado a los pueblos americanos. Nadie ha olvidado estas batallas navales, especialmente los buzos modernos, algunos de los cuales dedican su vida a rescatar restos de naufragios del fondo del mar. Es raro que los motive la arqueología submarina; lo que buscan es el oro que se llevaron los navios.

Parece que el ser humano nunca ha cesado de ser un cazador de oro. Utilizando los medios industriales más modernos o las técnica artesanales más rudimentarias, busca el metal. Animado por el sueño de un filón milagroso, o por el fantasma de una pepita grande como una roca, excava el suelo con la firmeza de una termita horadando una pared.

Las naciones lo han buscado por toda la Tierra con el fin de dominar a otras, pero al cabo descubrieron que el oro controlaba su propio destino. Al final del arco iris el oro constituye la felicidad suprema, pero emerge del infierno cuando se encuentra en e fondo de la mina.

Ha colaborado con algunos de los más grandes logros de la humanidad, pero también suscitado algunos de sus peores crímenes. Cuando lo empleamos para simbolizar la eternidad, eleva a las personas a la dignidad suprema, la realeza, la religión, la ceremonia. Sin embargo, el oro, vida perdurable, impulsa a los hombres hacia la muerte. Su más misteriosa incongruencia radica en sí mismo. Es tan maleable que puede adoptar prácticamente cualquier forma; incluso los pueblos menos refinados son capaces de crear con él bellos objetos.

Más aún, es imperecedero. Cabe convertir el mineral de hierro, la leche de vaca, la arena e incluso los puntos luminosos de un ordenador en algo tan diferente de su estado originario que los vuelva irreconocibles. No sucede así con el oro. Cada trozo de este metal refleja las mismas cualidades: el de los pendientes, el aplicado al halo de un fresco, el de la cúpula de la Cámara Legislativa de Massachusetts, el salpicado en los cascos del equipo de fútbol americano de Notre Dame y el de los lingotes guardados en la «hucha» oficial de Estados Unidos en Fort Knox.

El oro se encuentra en pepitas en los depósitos aluviales de los ríos o en filones que la erosión se ha encargado de descubrir. Los depósitos son fáciles de explotar con pocos recursos técnicos, aunque contienen poca cantidad de oro. La explotación de los filones es más problemática, requiere de una maquinaria poderosa que permita extraer y moler el mineral, y de complicados procesos para obtener el metal puro.

La producción de oro fue modesta hasta el siglo XVIII, cuando se descubrieron grandes depósitos en Brasil y Rusia que aceleraron la búsqueda del metal en el mundo. En el siglo XIX se iniciaron las explotaciones de ios grandes depósitos descubiertos sucesivamente en California, Australia, Su-dáfrica y Canadá, expandiendo la extracción, que cayó una vez que se agotaron los depósitos. Tres cuartas partes del oro obtenido en el mundo desde la anti güedad han sido producidas durante los últimos 50 años.

Antes de 1940, Sudáfrica y la URSS dominaban la producción, aunque existían otros tres productores importantes: Canadá, Estados Unidos y Australia, y otros medianos productores como: Chana, Rodesia, el Congo Belga (Zaire), México, Colombia, Japón y las Filipinas. Hoy en día, la situación es más simple. Sudáfrica produce 4/5 partes del total de los países occidentales. Los Estados Unidos y Canadá son ahora medianos productores, y se ha reducido el número de los otros países. Ghana es el único país que ha aumentado su producción, y para la Unión Soviética no existen estadísticas confiables.

El ser humano, claramente preocupado por la reacción de los dioses por su forma de vida en la Tierra, no ha negado parte de sus tesoros a los dioses que adora. Los practicantes de todas las religiones, en cuanto poseen un poco de oro, han ofrecido una parte a su amo celestial. Templos cubiertos de hojas de oro, iconos dorados o cruces de oro puro son testigos por doquier de los deseos de piedad del hombre, donde muestra el deseo de adorar a su Dios con el metal más preciado.

Tal vez el humano sea culpable, pero un vistazo más de cerca nos dice que el hombre no se atreve a protestar. A pesar de todos los siglos de rezos y advertencias que han debido purificar todas las almas, Fort Knox y la magia de la imagen del oro continúan con su fascinación.

Pese a las complicadas obsesiones que ha generado, el oro es en su esencia maravillosamente simple. Su símbolo químico (Au) procede de aurora. Sin embargo, pese a esta fascinante evocación de un cambio, el oro es químicamente inerte, lo que explica, entre otras cosas, que su brillo sea perpetuo. En un museo de El Cairo se exhibe un puente dental hecho de oro de casi 4.500 años de antigüedad: cualquier persona podría utilizarlo en la actualidad. El oro es extremadamente denso. Un volumen de 0,028 m3 pesa media tonelada.

Ver: Propiedades de la Plata