El Lago Titicaca

Golfos y Bahias Mayores Golfos del Mundo Mas Grandes del Planeta

Golfos y Bahías Mayores del Mundo

TABLA DE GOLFOS Y BAHÍAS MÁS GRANDES DEL PLANETA
NombreSuperficie en Km²Profundidad máx. en m
Golfo de Bengala (SL/Ind./Ban./Bir)2.172.0005.258
Golfo de Guinea (Gui./Ben.)1.533.000
Golfo de Alaska (EU)1.327.000
Golfo de México (Méx./EU/ Cuba)1.507.6004.380
Bahía de Hudson (Can.)730.100259
Bahía de Baffin (Can./ Groenlandia)689.0002.136
Gran Bahía Australiana (Atl.)484.000
Golfo de Carpentaria (Atl.)310.000
Golfo de San Lorenzo (Can.)240.000550
Golfo de Siam (Tai./Cmb./VN)239.000
Golfo Pérsico (Irán/Iraq/AS/Qat./EAU/Bhr./Kuw./Omán)230.000102
Golfo de Vizcaya (Esp./Fra.)223.0004.732
Golfo de Adén (Som./Dji./RDP Yem.)220.000
Golfo de Omán (Omán/Irán)181.000
Golfo de California (Méx.)153.0003.295
Golfo de Botnia (Fin./Sue.)117.000294
Golfo de Tonkin (Chn./VN)117.00070

Imagen aerea de un golfo

Mar de los Sargazos Ubicación Porque se llama sargazos? Historia

Mar de los Sargazos Ubicación
¿Porque se llama sargazos?

El Mar de los Sargazos no se asemeja a ningún otro: no lo limita la tierra firme, sino las vigorosas corrientes del océano Atlántico. Mar en el mar, sus quietas aguas han dado origen a historias y leyendas. ¿Qué misterios hicieron de este desierto marino un fértil campo para la imaginación?

MAR DE LOS SARGAZOS: «El sargazo es un alga marina de color oscuro que se aglomera de manera impresionante en algunos mares, especialmente en Océano Atlántico noroccidental entre las Islas Azores, archipiélago portugués, y las Indias Occidentales, alrededor de los 35° N de latitud. A esta región oceánica se la llama Mar de los Sargazos y es el lugar predilecto de las anguilas marinas para desovar. La anguila es un pez sin aletas abdominales, de cuerpo largo y cilíndrico que puede medir hasta un metro.

Su carne es comestible.  Vive en los ríos, pero cuando sus órganos sexuales llegan a la plenitud se interna en el mar para iniciar la reproducción. La angula es la cría de la anguila que sólo mide hasta 8 cm de largo y 3 de espesor. Desde el lugar en que nace  llega a las costas y hace el camino inverso subiendo por los ríos, acompañada por millones de hermanitas. Las angulas cocidas se tornan blancas y son muy apetecidas y en algunos lugares, de alto precio.»

El Mar de los Sargazos ha inspirado temor a muchas generaciones de navegantes; aún circulan leyendas sobre barcos atrapados en su flotante vegetación y marineros arrastrados al fondo. Aunque esto pertenece al dominio de la fantasía, el lugar es una rareza biológica y marina. Las anguilas de Europa y América se reprodujeron allí mucho antes de que estos continentes se separasen.

Esta extensión de agua lenta y giratoria que se sitúa entre las islas Bermudas y las de Sotavento, mide 5,2 millones de km²; ha sido llamada «desierto biológico» y ha sido comparada con una gigantesca balsa de algas marinas a la deriva. Todas estas descripciones son inexactas. Las algas se concentran en ciertos puntos, y amplias zonas permanecen limpias. En las propias algas y bajo el océano vive una exótica población, entre cuyas rarezas destaca una especie de pejesapo, el pez sargazo, que se prende de las plantas con aletas prensiles como dedos.

Relatos de malezas, niebla y una extraña quietud que se remontan a cinco siglos antes de Cristo permiten especular si este mar fue hallado por navegantes primitivos. Sin embargo, es más probable que Cristóbal Colón y sus hombres fueran los primeros en admirar este fenómeno.

En su travesía rumbo a las Indias, en 1492, los marineros pudieron contemplar largamente la enmarañada vegetación, doradas frondas oliváceas tendidas de un extremo a otro del horizonte. Pudieron observar las vesículas llenas de gas, parecidas a bayas, que mantienen suspendidas las algas cerca de la superficie. Las llamaron sargazos, en recuerdo de las pequeñas uvas cultivadas en sus tierras mediterráneas.

Las masas de materia vegetal flotantes están compuestas, sobre todo, por una cierta especie de algas, Sargassum natans. Conocidas como «eringes», poseen dos características distintivas: existen sin necesidad de las rocas costeras en las que se originaron y se reproducen por fragmentación. Los brotes pueden desprenderse y prosperar por sí mismos, con lo que la especie se perpetúa indefinidamente.

Los sargazos son la base de la cadena alimenticia de la zona. El plancton —conjunto de organismos microscópicos que nutren lo mismo a ballenas que a arenques— no se desarrolla aquí a causa de la temperatura elevada. En torno de las algas vive, en cambio, una peculiar comunidad animal.

Adheridas a las frondas hay pequeñas algas, como los corales blandos, y gusanos tubulares, que filtran las aguas para recoger alimento. En partes, las frondas parecen estar cubiertas por parches de tierra: se trata de animales musgosos o briozoarios, seres diminutos que habitan desde los trópicos hasta los polos.

Por lo general nacen de huevos fertilizados, pero aquí se desprenden de la madre organismos nuevos, ya formados, imitando a las algas anfitrionas. Para llevarse el alimento a la boca se sirven de vellos menudos.

Si el peso del alimento ingerido resulta excesivo para el grupo de algas, caen hasta las profundidades oceánicas, donde mueren de frío. Los pequeños cangrejos y camarones de las frondas corren mejor suerte: cuando éstas empiezan a descender, se mudan a otra.

Este es el reino de la apariencia: muchas criaturas sobreviven gracias al camuflaje. Los camarones desarrollan motas blancas para semejar briozoarios, mientras que los largos y espigados espetones parecen ramas de algas.

La adaptación más impresionante es la del pez sargazo. Con su coloración de alga, puede sorprender y devorar presas de hasta 20 cm, casi su propio tamaño. Si se ve en peligro, traga agua y se infla para ahuyentar al agresor.

Uno de los más extraños secretos del Mar de los Sargazos fue también uno de los más indescifrables. Hasta principios del siglo XX, la asombrosa vida de las anguilas europeas y americanas, que se reproducen allí, era un misterio. Incluso en la actualidad aún se desconocen varios rasgos centrales de este ciclo vital.

Otras especies también procrean en este mar. El calor del agua y la ausencia de predadores (por la falta de plancton) atraen a atunes, lucios y peces voladores, que depositan sus huevos en copiosas ristras adheridas a las algas. Aun así, según los biólogos, la anguila es el único animal que vuelve para morir en esta región extraordinaria caracterizada por la constante transformación.

Mítico mar No es difícil entender por qué el Mar de los Sargazos, a lo largo de los siglos, se ha visto envuelto en el misterio. Para el ojo inexperto no es sino una zona de aguas estancadas cubiertas de algas, que sería inútil pretender cruzar. Pero en realidad este mar contiene menos algas de lo que se cree y, lejos de hallarse estancado, no cesa de moverse. La corriente del Golfo, con rumbo al este, lo impulsa hacia el norte en el sentido de las manecillas del reloj, mientras que las del Trópico de Cáncer, que corren en dirección oeste, lo mueven hacia el sur.

MIGRACIÓN DE LAS ANGUILAS
Los misteriosos hábitos reproductivos de estos peces que migran largas distancias hasta e! Mar de los Sargazos desconcertado siempre a los científicos. Muchos elementos del ciclo vital de las anguilas se desconocen, pero los trabajos pioneros del oceanógrafo danés Johanne Schmidt (1877-1933) desentrañaron los aspectos básicos.

Las hembras depositan sus huevos en las cálidas aguas del Mar de los Sargazos a profundidades de 400 a 750 m.

Al madurar, las larvas son arrastradas por los flujos de la corriente del Golfo. Las larvas de las anguilas americanas viajan a América del Norte, en tanto que después de una travesía de 18 meses, las de las anguilas europeas arriban al Viejo Continente: han crecido y adelgazado, se parecen ya a las anguilas jóvenes. Conocidas en esta etapa como anguilas de cristal, ambos tipos llegan por fin al agua dulce.

En los siguientes ocho o nueve años, los machos permanecen en los esteros, mientras que las hembras aventuran en largos viajes río arriba. En este lapso ambos sexos se alimentan y crecen como si se prepararan extenuante viaje de retorno. Luego, en el otoño, c dice a las hembras que es tiempo de reproducirse. Esta; descienden por los ríos, en busca de agua salada y mar abierto. Seis meses después se hallan de vuelta en el Mar de los Sargazos, donde procrean y mueren.

Se ignora qué impele a las anguilas a viajar, aunque se cree que, de cualquier modo, la fuerza de la corriente de Golfo remolcaría a las larvas. Es posible que un cambio fisiológico posterior las haga preferir e agua dulce. Aun así, e! retorno es más dificultoso que la partida. ¿Se guían por las estrellas o por ultrasonidos? Están influidas, acaso por el campo magnético terrestre? Parece probable que, al aproximarse a! Mar de los Sargazos, el recuerdo las atraiga a las cálidas aguas donde nacieron.

Fuente Consultada: Mundos Extraños y Lugares Asombrosos Reader´s Digest

Las Tortugas Gigantes de las islas Galapagos Tamaño Peso

Las Tortugas Gigantes de las islas Galápagos
Tamaño y Peso

LAS TORTUGAS GIGANTES DE LAS ISLAS GALÁPAGOS: Los primeros españoles que visitaron las Galápagos descubrieron que estaban habitadas por tortugas gigantescas, que les hicieron pensar en una versión a gran escala de los galápagos que pululaban en muchos ríos de su país de origen, por lo que bautizaron con ese nombre al archipiélago recién descubierto.

Por su parte, William Dampier, famoso navegante inglés, cuenta que, en 1884, al hacer escala en Galápagos, quedó impresionado por las tortugas gigantes: «… son tan numerosas que quinientos o seiscientos hombres pueden subsistir gracias a ellas durante varios meses y sin ninguna otra clase de provisión; son extraordinariamente grandes y corpulentas y tan dulces que no se come una gallina con más agrado».

La perspectiva que da el tiempo transcurrido, desde que se escribieron estas líneas, les añade un acento premonitorio que confirma la desgraciada historia de estos gigantes, cuyas conchas alcanzan más de un metro y medio y cuyo peso puede sobrepasar los 225 kilos. Pero si el exterminio de estos animales se mide en fechas y en cifras, conviene antes recordar su historia.

Las Tortugas Gigantes de las islas Galapagos

Tortugas similares se han encontrado, en forma fósil, en Estados Unidos, en Europa y en la India; debieron ser numerosas en la era terciaria, especialmente en los períodos mioceno y plioceno, hace unos seis millones de años. Durante los períodos geológicos siguientes fueron desapareciendo y en la actualidad sólo se encuentran en las islas Mascareñas y en las Galápagos. Si el problema de su arribada a las islas es interesante (a nado, flotando a merced de corrientes marinas, agarradas a algún tronco a la deriva), mucho más lo es el de su diferenciación in situ, que parece la conclusión lógica de considerar que no pudieron hacer la travesía tantas formas distintas, sino que, al habitar en las islas (lo que impedía su hibridación) se han ido diferenciando.

Las distintas formas de tortugas de las Galápagos, en opinión de la mayoría de los especialistas, no constituyen especies diferentes, sino sólo subespecies o razas de una especie única. Estas tortugas llevaron una vida feliz hasta que llegó el hombre. Dampier atestiguaba que ningún pollo podía competir, en cuanto a sabor, con estos reptiles, y el capitán Colnett añadía: «la grasa de estos animales, cuando se fundía, era como mantequilla fresca». Esto explica seguramente la matanza de animales que siguió. Piratas, cazadores de focas y balleneros del Pacífico conocían bien la abundancia de tortugas en las islas y se montaron expediciones para darles caza.

El examen del diario de a bordo de ciento cinco balleneros americanos, realizado por el biólogo C. H. Towsend, reveló que entre 1811 y 1844 se capturaron quince mil tortugas. Para evitar que las tortugas acabasen por desaparecer y para preservar la fauna y la flora de las islas, el gobierno del Ecuador, país al que pertenece el archipiélago, dictó leyes protectoras en 1934.

Por su parte, la UNESCO organizó, en 1957, una expedición para examinar el estado de la fauna y, un año más tarde, el doctor Jean Dorst visitó las islas con el propósito de examinar el proyecto de establecer una estación biológica. Resultado de todas estas operaciones fue la creación de la Fundación Charles Darwin para las islas Galápagos, presidida por sir Julián Huxley.

El tamaño de las tortugas y la rareza de las iguanas pueden hacer olvidar al visitante la presencia de unos pájaros pequeños que, sin embargo, atrajeron la atención de Charles Darwin. Bajo su aparente vulgaridad, los pinzones de las Galápagos encerraban un interés extraordinario para el naturalista, y éste pronto constató que constituían un ejemplo palpable de cómo se originan especies nuevas a partir de antepasados comunes.

En la actualidad existen catorce especies de los pinzones de Darwin —así bautizados en honor de su descubridor—, todas ellas exclusivas de las Galápagos, excepto una que vive en las islas Cocos.

La gran riqueza de la flora y de la fauna de las Galápagos reservará todavía muchas sorpresas al explorador decidido que se adentre en ellas, dispuesto a desafiar la dureza del clima y del suelo. Mucho queda por aprender de las Galápagos, declaradas por la UNESCO patrimonio Natural de la Humanidad en 1979, y, en la actualidad, puestas bajo la protección de Ecuador en calidad de Parque Nacional.

Aisladas del resto del mundo, se desarrollaron en estas islas comunidades biológicas con seres arcaicos que han persistido hasta la época actual; y simultáneamente, se originaron especies según las leyes de la evolución. Por ello, las islas Galápagos son únicas y es posible que algún día los científicos que las visitan descubran entre sus seres nuevas claves de la vida humana.

Flora y Fauna de las Islas Galapagos Descubrimiento Ubicacion Geográfica

Flora y Fauna de las Islas Galápagos
Descubrimiento – Ubicación Geográfica

Las islas galápagos, ubicadas en el océano Pacífico, a 1000 Km. al oeste de la costa ecuatoriana, se supone que la formación de la primera isla tuvo lugar hace más de 5 millones de años, como resultado de la actividad tectónica. Las islas más recientes, llamadas Isabela y Fernandina, están todavía en proceso de formación, habiéndose registrado la erupción volcánica más reciente en 2009.   Las islas Galápagos son famosas por sus numerosas especies endémicas y por los estudios de Charles Darwin que le llevaron a establecer su Teoría de la Evolución por la selección natural.

Se denomina también Archipiélago de Colón; 8009 km² y 15000 hab. cuya capital es Puerto Baquerizo Moreno. Situado en el océano Pacífico, a 970 km de las costas de Ecuador, está formado por 125 islas, 17 islotes y más de 50 escollos.

Están habitadas sólo las islas que tienen agua dulce. El archipiélago se originó por la intensa actividad volcánica submarina del Terciario. La principal actividad económica del archipiélago es el turismo.

Fue descubierto en 1535 por el obispo español Tomás de Berlanga. Ecuador tomó posesión en 1830. Charles Darwin estuvo allí con una expedición científica. El Parque Nacional, de gran riqueza vegetal y animal, es Patrimonio de la Humanidad, título que fue otorgado por la UNESCO en 1979.

En julio de 1835, Charles Darwin escribía desde Lima a su primo Fox: «Tengo más interés por las islas Galápagos que por ninguna otra parte del viaje». Se diría que intuía ya la significación decisiva que para él iba a tener esa visita, en principio sólo planteada como una etapa más de su vuelta al mundo a bordo del Beagle.

islas galapagos

Ubicada a 1.000 km. al oeste de la costa ecuatoriana se encuentran las Islas Galápagos o el Archipiélago de Colón, compuesto por 13 islas y 17 islotes, que tienen un gran valor científico debido a su extraordinaria flora y fauna única en el mundo. Las Islas Galápagos son Patrimonio Natural de la Humanidad.

En 1835, durante un crucero de cinco años por América del Sur y las islas del Pacífico, Charles Darwin visitó las Galápagos. Allí observó principalmente las tortugas gigantes, cuyo estudio fue el origen de sus famosas teorías sobre la evolución de las especies, la lucha por la vida y la selección natural.

UBICACIÓN GEOGRAFICA DE LAS ISLAS GALÁPAGOS

mapa ubicacion geografico islas galapagos

Trescientos años antes, distintos eran los intereses y las preocupaciones que sintió otro personaje, decisivo también, aunque de otra manera, para la historia de las Galápagos.

Nos referimos a Tomás de Berlanga (imagen abajo), obispo de Panamá, quien el 23 de febrero de 1535 zarpaba del puerto de dicha ciudad con dirección al Perú, enviado por el rey de España para zanjar los pleitos surgidos entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro.

El buque se dirigía hacia el sur siguiendo la costa, cuando, inesperadamente, a los ocho días de viaje, se produjo una calma absoluta y la nave quedó flotando en una total inmovilidad.

Pronto los tripulantes tuvieron la sensación de ser arrastrados por una corriente hacia el interior del océano y vieron, con angustia, que los perfiles de la costa se desdibujaban hasta desaparecer por completo.

Sus negros presentimientos parecieron confirmarse en los días siguientes, cuando el agua y los alimentos empezaron a escasear; pero el 10 de marzo volvieron a vislumbrar un horizonte de tierra firme, hecho fortuito que había de convertirlos en involuntarios descubridores de las Islas Galápagos.

Islas Galapagos Ecuador Flora y Fauna Descubrimiento Ubicacion PacificoUn trabajo durísimo costó a los sedientos navegantes encontrar el agua que necesitaban, pero, a cambio, tuvieron la suerte de contemplar una fantástica fauna: enormes lagartos que se zambullían indolentemente en el mar, gigantescas tortugas moviéndose parsimoniosamente en un paisaje de lava negra y de grandes cactus, leones marinos indiferentes, pingüinos en el propio ecuador, aves rapaces que se dejaban acariciar y toda una serie de animales que no demostraban ningún miedo al hombre.

El obispo de Panamá dio una exacta descripción del lugar, calculó su situación con precisión y observó que el paisaje parecía como si «Dios hubiera derramado en abundancia piedras sobre él».

Es curioso comprobar las coincidencias descriptivas del obispo con el viajero del Beagle, quien el 17 de septiembre de 1835, recién desembarcado en Galápagos escribía: «Nada menos seductor que la primera visión. Un escarpado campo de negra lava basáltica, expuesto a las olas, surcado por grandes hendiduras y cubierto por doquier de una maleza empobrecida y quemada por el sol.

Apenas hay señales de vida.  La superficie, seca y árida, calcinada por los rayos solares del mediodía, hace que el aire sea sofocante y pesado, como si saliera de una estufa; llegamos incluso a pensar que los matorrales despedían mal olor.

Aunque traté con gran afán de recoger el mayor número posible de plantas, sólo encontré unas pocas; y unas hierbas tan pequeñas y con tan mal aspecto que parecían más propias de una flora ártica que de una ecuatorial.

Los matorrales, vistos de cerca, parecen tan sin hojas como nuestros árboles durante el invierno, y tardé un rato en descubrir que las plantas no sólo se encontraban con todo su follaje, sino que la mayoría estaban en floración.

El arbusto más corriente pertenece a la familia de las euforbiáceas; una acacia y un cactus de aspecto extraño son los únicos árboles que ofrecen alguna sombra».

La costa de las Galápagos aparece como una línea negra de oscuros acantilados y de orillas rocosas, contrastadas por algunas playas arenosas que surgen en diversos puntos.

Las «islas encantadas», como de momento las llamaron los navegantes españoles, siguen conservando su misterio en las montañas del interior, que se pierden en una niebla siempre cambiante.

Acercarse a las islas, por otra parte, no es fácil; los puntos de desembarco no son muchos y el anclaje resulta poco seguro.

Hay zonas donde la costa es un amasijo de lava resquebrajada, dura, negra y erizada; en otros lugares se levantan acantilados de hasta diez metros de altura, constantemente batidos por las olas; incluso cuando las laderas descienden hasta playas arenosas, el oleaje sigue siendo un serio obstáculo natural.

Después de desembarcar, con más o menos dificultad, el viajero debe buscar un paso a través de las llanuras costeras, ya que, a menudo, el suelo no es más que una especie de caparazón de rocas resquebrajadas, rotas, llenas de hendiduras.

Espesos matorrales y cactus gigantes dificultan la marcha, y por añadidura el agua parece haber desaparecido de estas extensiones que a Darwin le hicieron recordar la vegetación del infierno.

La fauna que asombró a Tomás de Berlanga también sorprende al visitante que hoy pone sus pies en estas islas; reptiles parecidos a dragones pululan por la playa y, tierra adentro, tortugas gigantes —galápagos—, pero que se mueven con agilidad, hacen pensar en otra época del mundo, cuando los reptiles dominaban la Tierra.

El origen de las islas Galápagos es netamente volcánico, y el archipiélago pertenece a un complejo que ascendió de las profundidades del océano Pacífico, a unos 900 Km. de la costa suramericana y en la línea ecuatorial.

La isla más extensa, Isabela, tiene 130 Km. de longitud y no menos de cinco volcanes, cuya lava se ha unido hasta crear su extraña forma.

La isla Fernandina consta sólo de un único cono, que se eleva sobre el océano.

Todo el archipiélago está integrado por cinco islas, diecinueve islotes y cuarenta y cinco escollos, contra los que chocan las olas del mayor océano del mundo.

La superficie total es de unos 11.500 kilómetros cuadrados, casi la mitad de los cuales corresponden a la isla Isabela, la más grande y alta de todas, cuyas cotas máximas superan los 1.500 metros de altitud.

Dado su origen puramente volcánico, las Galápagos nunca tuvieron conexión con continente alguno, de forma que cuando las lavas incandescentes emergieron del fondo del océano, entre remolinos de espuma, ningún ser vivo moraba en ellas. Luego, a lo largo de los milenios, los vientos y las corrientes marinas arrastraron hasta las abruptas costas de estas atormentadas islas algunas plantas y animales.

Determinados seres pueden haber llegado volando; algunos, como las semillas y animales pequeños, especialmente los insectos, pudieron haber sido traídos por el viento; otros, incluso las grandes tortugas, quizá llegaron nadando; y otros, finalmente, serían transportados sobre balsas naturales, troncos de árboles o masas flotantes de tierra y plantas arrastradas hasta el mar por los grandes ríos tropicales.

Parte de esta sucesión de seres vivos encontraron en las islas condiciones favorables para la supervivencia, se multiplicaron e iniciaron una nueva línea evolutiva al quedar aislados genéticamente de las poblaciones de donde procedían.

A pesar de que pertenecen al mundo tropical, estas islas no son húmedas. Debido a la corriente marina de Humboldt, llamada también Corriente del Perú, los vientos que soplan sobre el archipiélago aportan muy pocas lluvias.

La erosión por agua corriente es, pues, muy débil, lo que explica que, por lo general, la estructura volcánica haya permanecido intacta en su forma y aspectos exteriores, y que las Galapagos sólo estén cubiertas por una capa muy delgada de tierra. La orientación de las islas con respecto a los vientos ha dado origen a muy diversos paisajes.

¿Por qué los naturalistas se interesan tanto por las Galápagos? Su flora y su fauna son la respuesta. Pero la importancia de ambas deriva de su escasez y de su aislamiento, circunstancias que han permitido evoluciones específicas de fácil seguimiento y la preservación de animales arcaicos, desaparecidos hace mucho tiempo en otras partes del mundo.

Así lo constató, en 1837, Charles Darwin, quien, después de su paso por las islas, escribía en su Evolutionary Notebook: «En julio empezaba el primer cuaderno sobre La transmutación de las especies. Había quedado extraordinariamente sorprendido, desde el mes de marzo pasado, por el carácter de los fósiles suramericanos y especies del archipiélago de las Galápagos. Estos hechos fundamentan (especialmente los últimos) todas mis ideas». No es raro que la pista del naturalista inglés haya sido seguida reiteradamente.

El interés de la flora y de la fauna de las Galápagos se debe además, y en gran parte, al hecho de encontrarse las islas situadas en una auténtica encrucijada oceánica, donde convergen corrientes de muy diversas características.

Del oeste llega la contracorriente ecuatorial del Pacífico, que aporta aguas cálidas y transparentes, mientras por el este afluye la corriente de Humboldt, de aguas frías, que baña la costa occidental de América del Sur y que, a la altura del límite entre Perú y Ecuador, vira hacia el noreste, adentrándose en el Pacífico, como descubrieron a su pesar Tomás de Berlanga y sus compañeros.

La presencia al mismo tiempo de aguas frías y cálidas origina condiciones muy favorables para la fauna marina; la gran riqueza de plancton alimenta a innumerables peces, los cuales, a su vez, posibilitan la vida y el desarrollo de aves y de leones marinos.

La mayoría de especies zoológicas que viven en estas islas son especies endémicas, es decir, propias de ellas y que no se encuentran en ningún otro lugar.

Ofrecen, por lo tanto, a los naturalistas un magnífico campo de estudios. 

Las Galápagos fueron famosas por la abundancia, en sus aguas, de cetáceos, que en el pasado se cazaban con regularidad y que todavía en nuestros días siguen siendo perseguidos.

Los crustáceos son asimismo abundantes y algunas bahías son famosas por su riqueza en langostas.

En todo caso, la yuxtaposición de aguas frías y calientes, que con tanto interés han observado los oceanógrafos, da como resultado una extraordinaria concurrencia de animales de aguas frías y de aguas cálidas, ya que unos y otros gozan de condiciones idóneas para vivir. Numerosos peces coralinos viven en los arrecifes, junto a colonias de esponjas, estrellas de mar y moluscos, mientras que las aguas próximas están habitadas por peces de agua fría.

El contraste más acusado se produce entre las aves.

Fauna de las islas galapagos Animales Gigantes Berlanga ObispoEl alcatraz de patas rojas y el alcatraz enmascarado pueden ser observados a considerable distancia de la costa, ya que se alimentan de peces capturados en zonas profundas del mar. El alcatraz de patas azules, menos aventurero, acostumbra a pescar en aguas más superficiales.

Las colonias de estas aves constituyen un espectáculo inolvidable; afincadas sobre todo en la isla Genovesa, trenzan complicadas filigranas en el aire, y en la época de cría ocupan todos los matorrales y pueblan la arena, llenando el paisaje de sonido y movimiento.

Más interesantes son, desde luego, los grandes rabihorcados o arefragatas, que alcanzan una envergadura de más de dos metros. Suelen anidar en los matorrales, junto a los alcatraces de patas rojas; pero sólo coexisten pacíficamente cerca de los nidos, pues como no pueden bucear, en vez de capturar los peces y animales marinos de la superficie del mar, prefieren robárselos a sus vecinos.

En efecto, tan pronto como los alcatraces han capturado una presa, los rabihorcados los persiguen y los asustan hasta que la sueltan, e inmediatamente el rabihorcado se lanza y captura el pez antes de que caiga de nuevo al agua.

Fauna de las islas galapagos Animales Junto a estas aves típicas de la zona intertropical vive también el pingüino, un ave marina característica de las aguas frías y que se ve con frecuencia sobre las rocas de la orilla o en la superficie del agua al cruzar el estrecho de Bolívar, entre Fernandina e Isabela.

Los pingüinos de las Galápagos son más pequeños que sus hermanos antárticos y su presencia en estas islas se debe a su situación en medio de la corriente fría de Humboldt.

Siguiendo este gran río que atraviesa el océano, algunos pingüinos llegaron a las islas en algún momento del pasado, procedentes del extremo meridional de América del Sur y evolucionaron hasta constituir una nueva especie. No es un pingüino muy grande. De longitud logra unos 53 cm., con un peso promedio de 2.2 Kg. Entre los pingüinos es el segundo más pequeño.

En las costas de Fernandina y de Isabela se pueden observar igualmente otras aves marinas de porte erecto y alas reducidas e inútiles para volar y que se zambullen desde las rocas para pescar en el océano. Son los cormoranes ápteros de las Galápagos.

A pesar de su gran tamaño, estas aves tienen unas alas diminutas, con las, plumas atrofiadas, por lo que no pueden volar e incluso caminan con dificultad.

Esta regresión en su evolución se debe, según una sugestiva y discutible teoría, a que los cormoranes no necesitaban alas para huir de los carnívoros y por ello dejaron gradualmente de utilizarlas a través de generaciones.

Fauna de las islas galapagos El cormorán áptero es uno de los últimos ejemplos de una fauna extraña que ha sobrevivido gracias al aislamiento y a la ausencia de enemigos. Además de los pingüinos, otros «navegantes» viajaron a estas islas a favor de la corriente de Humboldt.

Desde las costas meridionales de América del Sur se desplazaron los leones marinos, que se diferenciaron más tarde en una subespecie propia del archipiélago.

El valor de su piel ha sido la causa de su progresiva desaparición; en la actualidad se concentran casi todos los ejemplares existentes en Santiago, Isabela y Fernandina.

También por la ruta del mar llegó el león marino de California; en el caso de este animal, la mala calidad de su piel le puso a salvo de los cazadores comerciales. Y así se han establecido prósperas colonias de ellos en las costas de la isla Española, que además es famosa por ser el único lugar conocido donde arriba el albatros de las Galápagos, del que existen unas dos mil parejas.

Se ha citado ya la evocación al pasado remoto que suscita la visita a las Galápagos. Esta experiencia adquiere sus dimensiones más sugestivas cuando, con las primeras luces del día, se observan las rocas próximas a la playa.

De los huecos y fisuras de las mismas se verán surgir grandes lagartos, de hasta un metro veinte de longitud y de hocicos romos, patas torpes, larga cola aplanada lateralmente y una cresta dorsal sobre el cuello y el lomo.

Su color puede ser totalmente negro o muy oscuro, aunque los de algunas islas presentan manchas rojizas sobre su cuerpo, y las patas anteriores y cresta a veces son verdes.

Tan extraños animales son las iguanas marinas, exclusivas de este archipiélago.

A medida que abandonan su refugio nocturno, estas iguanas se sitúan sobre las rocas para que el sol caldee sus cuerpos, sobre los que entonces trepan confiadamente algunos cangrejos que devoran los parásitos fijos en la piel del reptil.

Fauna de las islas galapagos

Esta tolerancia de las iguanas respecto a los cangrejos se extiende a todos los seres, incluido el hombre, que puede acercarse a tocarlas o cogerlas sin ninguna reacción hostil por su parte.

Cuando baja la marea, los reptiles abandonan las rocas y se zambullen en las olas para pastar —su alimento exclusivo son las algas marinas— y, una vez satisfechos, vuelven a la orilla, donde se resguardarán de los rigores del sol.

Las iguanas marinas tienen sus parientes más próximos en el interior, entre las tierras bajas cubiertas de cactus.

Son las iguanas terrestres, que se alimentan de los frutos de las chumberas desprendidos de la planta. De las dos especies de estos animales existentes en las Galápagos, la primera ocupa las islas Fernandina, Isabela, San Salvador, Santa Cruz y tres islotes de sus proximidades, mientras que la segunda especie es exclusiva de Santa Fe.

La llegada del hombre, con el hábito de la caza, y la introducción de los animales domésticos —de efectos devastadores sobre la vegetación y los recursos alimenticios— han ido reduciendo considerablemente la población de iguanas terrestres, hasta llegar a la extinción en San Salvador y en uno de los islotes próximos a Santa Cruz.

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ALGO MAS SOBRE LA FAUNA…

Fenómeno único en el mundo, en las Galápagos viven animales y plantas que pertenecen unos a la fauna y flora antarticas, respectivamente, y otros a las de los trópicos. Los animales pudieron haber llegado antaño sobre islotes vegetales transportados por las corrientes. Se dan focas y pájaros bobos (Spheniscus), pero también lagartos de mar que pertenecen a la zona tropical.

Asimismo citaremos la tortuga elefante (Testudo elephantina), a la que el archipiélago debe su nombre. En efecto, galápago es una antigua palabra castellana, de etimología árabe, que significa «tortuga».

Las Tortugas Gigantes de las islas Galapagos

Estos animales sólo se encuentran en las islas Galápagos y en las islas Aldabra (cerca de Madagascar). Miden más de dos metros de largo y pesan 300 kg. Pueden alcanzar la edad de doscientos años.

Siempre se les ha dado caza por su suculenta carne y por el aceite que se obtiene de ellos. Estos animales a veces recorren largas distancias, desde la costa desértica hasta el interior más húmedo, con objeto de encontrar agua potable. Para lograrlo siguen siempre el mismo camino, y de este modo han trazado verdaderos senderos. Los españoles que en el siglo XVI iban con frecuencia a estas islas seguían estos senderos porque sabían que los conducirían a lugares donde había agua.

Las islas también son famosas por sus extraordinarios lagartos marinos o iguanas, de hocico plano y cabeza provista de escamas córneas. Existen dos clases de iguanas propias de los Galápagos: el amblirrinco, semiacuático e inofensivo, y la iguana terrestre propiamente dicha (Conolophus cristatus), que se enfurece y puede ser peligrosa.

Entre los pájaros citaremos el colibrí de vivísimos colores y el albatros de las Galápagos, que empolla en la isla Española. Constituye un espectáculo poco común este pájaro blanco cerniéndose incansablemente por el cielo azul, llevado por sus robustas alas cuya envergadura puede rebasar los dos metros.

Por todas partes hay gaviotas con cola de golondrina, fragatas, pelícanos de roca, garzas reales y cormoranes que no vuelan. Los excrementos de estas aves, que se acumulan en gran cantidad, en lugares elegidos por ellas, constituyen el abono llamado guano.

Por desgracia, el hombre ha exterminado a gran número de animales. La mayoría de tortugas gigantes sucumbieron a las hecatombes de los siglos pasados. Las iguanas se hallan en vías de desaparición.

Además, los animales domésticos que fueron introducidos en el archipiélago, al cabo del tiempo volvieron al estado salvaje y ocasionan muchos daños. La UNESCO ha encargado a especialistas que examinen la posibilidad de proteger el carácter particular de la fauna y flora de las Galápagos. La isla Fernandina ha sido transformada en estación zoológica internacional.

Monte Fujiyama Japon Ubicacion Origen Leyenda

Monte Fujiyama Japón
Ubicación y Origen Leyenda

MONTE FUJIYAMA: La montaña más alta de Japón (3776 m.) nació del fuego y por él puede morir. A pesar de ello, su frágil belleza ha sido comparada con la de una flor. El Fujiyama no sólo es una belleza natural, sino también un lugar sagrado que ha atraído a peregrinos e inspirado a artistas durante generaciones.

La perfecta simetría de la silueta del monte Fuji ha sido desde la Antigüedad el símbolo japonés de la belleza. En efecto, su nombre significa en japonés «aquella que no tiene igual». Es lugar para todas las estaciones y momentos del día, hermoso siempre desde cualquier ángulo que se le mire. Sin embargo, se dice que escalar en primavera su cima nevada y contemplar los ciruelos y cerezos que florecen a sus pies sobrepasa cualquier otra experiencia de su grandeza.

MONTE FUJIYAMA

Con 3.776 m, su influencia escapa al mero impacto paisajístico. Desde hace por lo menos 12 siglos ha inspirado a poetas y artistas, y ha logrado identificarse con el propio Japón. Más aún, ocupa un lugar especial en la religión oficial del país, el sintoísmo, y resulta también significativo para los budistas, quienes consideran que el sendero que rodea la montaña a los 2.500 m es el camino de acceso al otro mundo.

Katsushika Hokusai (1760-1849) pintó muchas vistas del Fujiyama, cuya variabilidad, además de su belleza, sedujo primero a nativos y luego a extranjeros. Matsuo Basho (1644-94), considerado uno de los mayores poetas japoneses, lo halló majestuoso en todas las estaciones: «Aunque el Fuji se oculte bajo la lluvia y neblina del invierno, también en días así da alegría». El escritor de habla inglesa Lafcadio Hearn (1850-1904), quien amó tanto a Japón que adoptó su nacionalidad, describió sencillamente al Fujiyama como «la vista más hermosa de Japón».

El Fujiyama es la montaña sagrada de Japón, categoría que ha ostentado durante siglos. La veneró inicialmente el pueblo aborigen ainu (que aún habita la principal isla del norte, Hokkaido), el cual le concedió el nombre de su diosa del fuego, Fuchi.

Los japoneses continuaron esa tradición y conservaron el nombre. Según la fe sintoísta, todas las obras de la naturaleza están dotadas de espíritus superiores, o kami, aunque el carácter sagrado de las montañas es mayor. Como, el monte más alto y hermoso del país, el Fujiyama merece reverencia especial: se le tiene por hogar de los dioses y lazo simbólico de los misterios del cielo y las realidades de la tierra.

El santuario sintoísta bajo la cumbre data de hace 2.000 años, periodo de gran actividad volcánica. Se cuenta que, para calmar las terribles erupciones y atemperar a los dioses, el emperador dispuso su construcción. Todavía a fines de la Segunda Guerra Mundial, muchos japoneses consideraban deber sagrado escalar la montaña. Informes de testigos del siglo pasado describen a miles de fieles., ataviados con túnicas blancas, sandalias y sombreros de paja, ascendiendo por una de las seis rutas a la cima.

Los caminos quedaban atestados de sandalias usadas, tan endebles que se precisaba de varios pares para concluir el recorrido, de nueve horas. Hoy, unas 400.000 personas —turistas japoneses sobre todo— escalan el Fujiyama-cada año, particularmente en los meses de julio y agosto cuando la nieve abandona la cumbre.

Desde la cúspide, sus laderas bajan en un ángulo de 45° para luego allanarse antes de alcanzar la base, donde el Fujiyama traza un círculo casi perfecto de 126 Km. de diámetro. En arco en torno de las laderas norte están los Cinco Lagos. En primavera, con los árboles frutales y las azaleas en flor, esta zona rebosa colorido; en otoño el bosque en parte primigenio a las orillas de los lagos se enciende de rojos, para luego tomar diversos tonos de café. Algunas de las mejores vistas del Fujiyama se obtienen desde los lagos intercomunicados, cuyas tranquilas aguas reflejan a la perfección la simetría natural de la montaña. Como el Fuji, los lagos son de origen volcánico.

Según la tradición budista japonesa, la montaña surgió una noche de 286 a.C., cuando el suelo se abrió para formar Bava, el mayor lago de Japón; el Fujiyama fue resultado de la tierra desplazada. La leyenda no carece de fundamento; el archipiélago japonés abunda en fracturas tectónicas, a lo largo de las cuales se sitúan numerosos lagos y cordilleras. La isla de Honshu atraviesa la fractura más grande, donde se concentran 25 conos volcánicos: el mayor, el monte Fuji, tiene 10.000 años de antigüedad, no 2.300 años, como sostiene el mito budista.

La vasta llanura que rodea al Fuji posee su propia historia de intensa actividad volcánica; hace 300.000 años hizo erupción y arrojó lava. Los productos de varios conos sucesivos contribuyeron a darle al Fujiyama su forma actual, con la acumulación de capas de lava alternadas con un conglomerado compuesto por escoria, ceniza i y lava.

Estas capas indican la secuencia de erupción de ir volcán: primero grandes volúmenes de lava fundida se dispersan uniformemente por las laderas de la montaña, seguidos de violentas explosiones de escoria, ceniza y lava que se elevan al cielo para caer sobre las mismas laderas

La primera erupción documentada del Fujiyama ocurrió en 800 d.C. La más reciente (pues no está muerte, sólo inactivo), en 1707, cubrió de una gruesa capa de escoria y cenizas a la ciudad de Edo (actual Tokio), a 100 Km. de distancia.

La relevancia del Fujiyama en la conciencia japonesa y el romanticismo que lo reviste quizá se deba a la certeza de que su hermosura no durará, pues si nació de la noche a la mañana, igual puede desaparecer súbitamente en medio de una bola de fuego.

Fuente Consultada: Mundos Extraños y Lugares Asombrosos Reader´s Digest

La Leyenda del Monte Kilimanjaro Historia Flora y Fauna Descubridor

LA LEYENDA DEL KILIMANJARO
Historia, Flora y Fauna

Esta montaña ha inspirado leyendas innumerables, muchas de las cuales circulan todavía entre las gentes que viven en sus proximidades.

La Leyenda del Monte Kilimjaro

La primera noticia que de él se tuvo en Occidente procedía del misionero alemán Johannes Rebmann, quien, con Ludwig Krapf, descubrió el macizo en 1848. Sin embargo, su descripción, en la que hablaba de un pico alto, cubierto de nieve y… tan cerca del ecuador, fue acogida con escepticismo, incluso ridiculizada.

Una de ellas, atribuida a los masai, habla de un antiguo trono guardado en Kibo. Según dicha leyenda, Menelik, hijo del rey Salomón y de la reina de Saba, salió un día de su palacio para conquistar nuevas tierras más allá de las fronteras de su reino.

El soberano logró victoria tras victoria, reuniendo grandes tesoros por donde quiera que fuera; pero, con el tiempo, se cansó de sus empresas y decidió volver a su país. Y entonces ocurrió que, al abandonar la región de la actual Tanzania, el camino que seguía se vio interrumpido de pronto por la inmensa mole del Kilimanjaro.

Convencido de que el macizo era el lugar más alto de la Tierra y que por esa razónNgai, su dios, había de vivir en su cumbre, Menelik decidió emprender la ascensión del monte en busca del apoyo de la divinidad, pues se encontraba enfermo y tenía el presentimiento de que su fin estaba próximo. Menelik convocó a sus más fieles y esforzados guerreros para que le acompañaran hasta las proximidades del cráter, hasta el lugar de las nieves perpetuas. Pero desde este punto continuó solo, llevando consigo sus más preciados tesoros. Cuando alcanzó la cima, Menelik cayó en brazos de Ngai.

El dios lo acogió amorosamente y lo llevó a un trono que había preparado especialmente para el animoso y emprendedor soberano. Y en el preciso momento en que se sentaba en él, Menelik recobró súbitamente su salud y su vigor… Dicen que Menelik reina allí todavía, mostrando su benevolencia hacia cualquiera que escale el Kilimanjaro en honor suyo. Pero su tesoro continúa siendo inviolable, enterrado profundamente en el hielo y bajo el ojo eternamente vigilante de Ngai.

Desde entonces y hasta nuestros días, todos los escaladores que se aventuran en el interior del cráter ven un solitario y extraño pináculo de hielo que se yergue, enigmático, en medio de restos de lava. Nadie sabe exactamente lo que es… Pero todo el mundo quiere creer que este mudo y gélido monumento no es otra cosa que aquel fabuloso trono ofrecido a Menelik y que sigue en pie, eternizado, con la vida que le diera una leyenda…

Monte Kilimanjaro en Africa Tanzania Descubrimiento Medidas

Monte Kilimanjaro en África
Tanzania Descubrimiento

El Kilimanjaro no es, en realidad, una montaña, sino una formación constituida por tres volcanes enlazados según un eje esteoeste y de 80 kilómetros de longitud. Cada uno de estos volcanes del Kilimanjaro, formados a lo largo de un período de millones de años, tiene su compleja historia, reveladoras todas ellas de diversos tipos de actividad volcánica.

Algunas secciones del macizo, por ejemplo, fueron producto de un brote relativamente tranquilo de lava; otras nacieron como consecuencia de erupciones más violentas, que arrojaron fragmentos cargados de gas, llamados piedra pómez, hacia lo alto de la atmósfera.

La primera noticia que de él se tuvo en Occidente procedía del misionero alemán Johannes Rebmann, quien, con Ludwig Krapf, descubrió el macizo en 1848. Sin embargo, su descripción, en la que hablaba de un pico alto, cubierto de nieve y… tan cerca del ecuador, fue acogida con escepticismo, incluso ridiculizada.

El más antiguo y más erosionado de estos volcanes, el llamado Shira, se ha reducido a ana especie de pliegue escasamente discernible en el extremo occidental del grupo de montañas.

ALGUNOS DATOS DEL VOLCÁN

Kilimanjaro
Volcán
3 Cimas:
Kibo 5895 m.
Shira:3962 m.
Mawenzi 5149 m.
Parque de 1700 Km2
Primera Ascensión: 1889 de la cima Kibo. Alemania Hans Meyer y Ludwing Purtscheller

El Mawenzi, que le sigue en antigüedad, se eleva 5.354 metros sobre el nivel del mar, en el extremo oriental del macizo; también éste carece de la forma tradicional de los volcanes, pues la suya está enmascarada por gigantescos acantilados negros y por unos agudos pináculos de roca, minas de la pared de un antiguo cráter que ha sido despojado de sus cenizas por siglos y siglos de constante erosión.

El Kibo, situado en el centro del macizo, es el más joven y más elevado pico del Kilimanjaro, alcanzando la altura de 5.895 metros. Aunque nunca ha entrado en erupción en los tiempos históricos, temblores de tierra de su entorno y los agujeros dentro del cráter, que despiden humo y gases calientes, indican que todavía hay actividad en las hondas y misteriosas profundidades de su cono.

Y a pesar de estar tan sólo a 320 kilómetros al sur del ecuador, el Kibo se halla cubierto por un espeso manto de hielo de unos 60 metros de espesor y que se extiende hasta 4.000 metros por debajo de la cumbre.

A unos 260 kilómetros tierra adentro, el Kilimanjaro constituye una inmensa barrera natural frente a los vientos monzónicos, cargados de humedad, que barren el este de África desde mediados de marzo hasta agosto. Los vientos que se dirigen de suroeste a oeste provocan fuertes lluvias en las bajas laderas de la vertiente sur y nieve y hielo en los puntos más altos. Pero, durante casi todos los demás meses del año, los vientos cálidos y secos del norte agostan la vertiente norte de este macizo africano.

La densidad de los centros habitados está estrechamente vinculada a la cantidad de lluvia que cae en la región y a las zonas de vegetación del macizo. La vertiente meridional está habitada por granjeros en el cinturón selvático que rodea el volcán, desde los 1.800 a los 3.000 metros sobre el nivel del mar.

En cambio, en las laderas septentrionales la población es más bien escasa: aquí la agricultura se limita al cultivo del piretro, una planta del género Chrysanthemum, que se utiliza en la producción de insecticidas para la exportación.

Los granjeros de las laderas meridionales pertenecen a varios grupos tribales, pero en su mayoría son chagas, miembros de una de las tribus de más elevado nivel de vida, mejor organizadas y más modernas de África. Loschagas, que emigraron a la falda de la montaña hace varios siglos, se encuentran hoy sólidamente enraizados en el lugar y su número es de unos 500.000 individuos.

En los suaves, húmedos y fertilísimos suelos volcánicos del Kilimanjaro, los chagascultivan una gran variedad de vegetales, que van desde el trigo, cebollas, ñames, algodón y mandioca, en las zonas más bajas, a los plátanos, café y Eleusine en las regiones altas.

La Eleusine, un producto regional, es un grano utilizado para hacer mbeke, la cerveza de los nativos, acompañamiento prácticamente esencial de todas las ceremonias y acontecimientos de este pueblo.

Para asegurarse un adecuado suministro de agua para sus cosechas, los chagas han construido un ingeniosísimo sistema de riego: mediante unos diques cuidadosamente planificados y proyectados para llevar el agua a grandes distancias, enlazan las zonas secas con los torrentes y ríos de montaña.

Los chagas creen que Ruwa, el dios del Kilimanjaro, les habla a través de las fuentes que brotan en las laderas de la colosal montaña y les proporcionan agua para sus campos. A lo largo del tiempo, estos hombres han desarrollado muchos ritos tradicionales relacionados con Ruwa.

Por ejemplo, entierran a sus muertos con la cara vuelta hacia el Kibo, y los niños, después de una granizada, que suele ser un fenómeno sumamente raro en este lugar, recogen puñados de granizo y se lo ponen sobre la cabeza —remedando la imagen del Kibo con la cima cubierta de nieve— para así poder crecer altos y fuertes lo mismo que el monte. Cuando dos personas se acercan una a otra en un camino, la que viene de una altura mayor debe saludar la primera porque procede de una dirección más favorable. Y cuando un joven de lava, debe mirar hacia el Kibo, fuente del agua fría, pues de lo contrario Ruwa arrojaría a su padre a la seca llanura de la base de la montaña.

En esta misma región viven también los masai, pertenecientes al grupo nilo-camita. Antiguamente temidos por las tribus sedentarias y agrícolas de origen bantú, con el tiempo han ido siendo expulsados de muchas tierras y empujados hacia las zonas esteparias de la frontera de Kenia. Hoy, estos masaison un pueblo típicamente ganadero y sus asentamientos muy representativos de su peculiar estilo de vida; en sus poblados hay un recinto central, el llamado kraal, destinado exclusivamente a albergar los animales, y rodeado por las cabañas, bajas y cubiertas de barro y de estiércol, en las que esos hombres viven.

Resulta sumamente curioso que ni los chagas ni los masai tengan un nombre con el que denominar al monte Kilimanjaro, y asimismo constituye un misterio el origen de la palabra con la que los occidentales lo conocen. Hay quien sugiere raíces semánticas del swahili, el principal idioma de las gentes de la costa oriental de África, y en este caso «Kilimanjaro» podría derivar de una expresión que significa «montañita», lo cual, ciertamente, es una interpretación un tanto desconcertante.

Otros pretenden que la voz «Kilimanjaro» se desarrolló a partir de palabras que significaban «montaña» y «agua» en el idioma de los masai. Mas lo cierto es que el Kilimanjaro se conoció en el mundo en la mitad del siglo XIX.

La primera noticia que de él se tuvo en Occidente procedía del misionero alemán Johannes Rebmann (imagen derecha) , quien, con Ludwig Krapf (imagen izq.),descubrió el macizo en 1848. Sin embargo, su descripción, en la que hablaba de un pico alto, cubierto de nieve y… tan cerca del ecuador, fue acogida con escepticismo, incluso ridiculizada.

No obstante, otros misioneros y exploradores, con base más científica y más dispuestos a creer en el informe, siguieron las huellas de Rebmann y Krapf y también comunicaron haber visto el mismo notable y sorprendente monte.

Algunos que trataron de escalar parte del volcán, se vieron obligados a volver atrás, bien por la dificultad del terreno, bien por la cerrada oposición de los nativos, que tomaron como una ofensa la intrusión de gentes extrañas en un lugar que ellos consideraban como sagrado.

El reverendo Charles New, un inglés, alcanzó la zona de nieve del Kibo en 1871, y dos años más tarde regresó con la esperanza de completar la ascensión; pero la expedición fue seriamente obstaculizada por los chagas, y New, sin haber logrado su propósito, murió (se dice que asesinado) en su viaje de regreso a la costa.

En 1887, el doctor Hans Meyer ascendió a 5.500 metros antes de quedar totalmente bloqueado, al parecer a causa de una pared impracticable del glaciar de hielo. Asistido por Ludwig Purtscheller, escalador profesional, Meyer volvió en 1889 con un buen equipo. Ambos escaladores avanzaron a través del cinturón de bosque con relativa comodidad, cruzaron .el herbazal, un extenso cinturón de brezos, y llegaron por fin a la barrera alpina desierta. Y aquí encontraron que esta región era una extensión árida, cubierta de arena volcánica, de fragmentos de piedra pómez y de trozos de lava solidificada lanzada por el volcán muchos años antes.

Meyer y Purtscheller (imagen abajo) acamparon, para pasar la noche, en una gruta que se abría en la vertiente oeste del Kibo y a la mañana siguiente iniciaron la escalada a través de una zona llena de cascotes volcánicos hasta alcanzar el glaciar que más tarde se llamaría deRatzel.

Con la ayuda de piolets siguieron hacia arriba, por una traicionera pared de hielo que se inclinaba con un ángulo de treinta y cinco grados. Ante ellos se abría, como una monstruosa boca, el cráter del Kibo, de más de dos kilómetros, de diámetro. Entonces los exploradores procedieron a la anotación de la presión atmosférica que imperaba en aquel elevado lugar y a calcular la altura de muchos picos.

Con emoción y alegría, Meyer izó la bandera alemana, pronunciando solemnemente, al hacerlo, las siguientes palabras: «En mi derecho, como primera persona que lo ha escalado, bautizo este desconocido pico con el nombre de monte Kaiser Guillermo, el pico más alto de toda África y tierra alemana.» Y ese monte Kaiser Guillermo de aquel entonces es actualmente el Pico de la Libertad.

Ver: La Leyenda del Kilimanjaro

Cerro Aconcagua Montañas Mas Altas de America Altura del Pico

Cerro Aconcagua – Montañas Más Altas de América

Fue Charles Darwin quien dio valor a la narración del capitán de un navío inglés, el cual, durante una escala en el puerto chileno de Valparaíso, en 1835, había descrito la erupción de un volcán que se identificó como el Aconcagua. El episodio, como hemos dicho, despertó la curiosidad de Darwin, que a la sazón viajaba a bordo del Beagle, y el gran investigador lo comunicó a la Sociedad Geológica de Londres.

Gracias a la fama de Darwin, que en el transcurso de aquellos años pondría en conmoción el mundo de la ciencia con sus descubrimientos que pronto desembocaron en la exposición de la teoría sobre la evolución de las especies, nadie pensó, en Londres, en la posibilidad de un error. No obstante, hoy se sabe que aquel capitán inglés se había equivocado y que, al observar el fenómeno eruptivo, había confundido el Aconcagua con el Tupangatito, otro volcán activo situado a unos 90 Km. más al sur.

vista del aconcagua

El primer mentís al informe proporcionado por Darwin se produjo en 1849, por parte del francés Pierre Pisis, encargado, por el gobierno chileno, de recopilar un mapa geológico del país. Pisis, durante sus habituales observaciones científicas, se había dado cuenta de que el Aconcagua no presentaba ninguno de los caracteres típicos de un volcán. Por el contrario, a su juicio, la excepcional regularidad de la estratificación revelaba más bien que estaba constituido por rocas sedimentarias. Pero también se demostraría más tarde que esta hipótesis era infundada.

El enigma geológico que Darwin, involuntariamente, había creado despertaría muchas discusiones durante años, hasta que la “conquista” de la montaña pondría fin a las dudas. Pero esta conquista fue una empresa de alpinistas —de alpinistas expertos, no cabe duda— pero no de geólogos.

El Aconcagua presenta, en efecto, excepcionales dificultades ambientales para todos los que quieren escalarlo, pero no demasiadas dificultades técnicas ni excesivamente comprometidas. Situado en territorio argentino, en su frontera con Chile, se eleva al este de la cuenca hidrográfica interoceánica y al norte del río de las Vacas, cuyo valle transversal, cruzado por la carretera y por la vía férrea trasandinas, culmina en el paso de La Cumbre. Su altura oficial actual es de 6.959 metros, pero tanto los argentinos como los chilenos, movidos por su orgullo patriótico, siguen considerando como exactas las medidas de 1951 (mapa I.G.M.A.), que le daban una altura de 7.021 metros.

Darwin realizó largas y peligrosas expediciones por tierra firme, entre ellas la travesía de los Andes desde Valparaíso a Mendoza. Este científico descubrió conchas fosilizadas a 4.000 metros sobre el nivel del mar, lo que demuestra el origen sedimentario de la cadena. Pero Darwin, confundido por una errónea información de un compatriota suyo, informó a la Sociedad Geográfica que el Aconcagua era un volcán en actividad, dando origen a un equívoco que sólo pudo poner en claro, bastantes años más tarde, el geólogo Schiller.

La montaña emerge, entre un laberinto de valles, por encima de la “puna”, el inmenso altiplano estepario. Es como un gigante dominador o como

la soberbia muralla de un orgulloso castillo “cuyos rasgos regulares y multicolores parecen hechos por la mano del hombre, mientras sus grandes proporciones sugieren al espectador la acción de poderosos agentes de la naturaleza”.

En efecto, su mole debía ejercer una mezcla de fascinación y de sagrado respeto a las tribus de araucanos y de aimarás que, desde tiempos remotos, habían vivido en sus laderas y que atribuían a este monte —divinizado según los principios de la religión animista— un poder de salvación al considerarlo como el último refugio de los supervivientes del diluvio universal. Del pueblo aimará procede la etimología del nombre Aconcagua: ellos decían Kon Kawa, que significa Monte Nevado, y también Cahuak, “el que observa”, y asimismo Ackon, que quiere decir “de piedra”.

Seguramente fueron los mismos pueblos indígenas los que se engañaron respecto a la naturaleza geológica del monte, puesto que llamaron volcán a uno de los principales valles de acceso, tomando por humo que salía de un hipotético cráter a las nubes blancas que el fuerte viento lanzaba contra la cima.

Este es el viento de origen atlántico (el mortífero “viento blanco”), que puede desplazarse a 250 Km. por. hora y que, en unos pocos momentos, es capaz de desencadenar un huracán y hacer que la temperatura descienda por debajo de 30 ó 40 grados.

De las pésimas condiciones atmosféricas nació, sin duda, la leyenda indígena que afirma que ningún ser humano podría escalar el Aconcagua, debido a las continuas vibraciones del terreno y a la presencia de un auténtico laberinto de rocas que esconden el camino hacia la cumbre; esto explicaría, quizás, por qué no quedaron nunca huellas de posibles escaladas que podían haberse realizado en tiempos de la dominación de los incas, cuyo imperio se había extendido desde el Perú hasta abarcar el macizo del Aconcagua.

Las prácticas religiosas de los incas, como por ejemplo el culto al Sol y los sacrificios humanos que se realizaban en las cumbres más elevadas, así como el hallazgo de esqueletos en cimas no muy lejos del Aconcagua, podrían constituir la plausible explicación de la hipótesis de una o más ascensiones efectuadas por los indígenas, o bien de algunos intentos, acabados trágicamente y que, en tal caso, habrían reforzado la creencia de que el monte era, en efecto, invencible.

En tiempos más recientes, el Aconcagua y la cordillera andina volvieron a tener actualidad en 1817, con motivo de uno de los más célebres episodios de la historia de América del Sur: nos referimos a la gesta del general argentino José de San Martín, quien, con un ejército de 5.350 hombres, pasó por el lugar más intransitable de la cordillera andina, entre el cerro Mercedario y el Aconcagua, a casi 4.000 metros de altura.

Ni senderos casi impracticables, ni el ardiente calor durante el día y el frío gélido de las noches, ni la terrible “puna” (el “mal de montaña” al que los indígenas dan el mismo nombre del altiplano) consiguieron enfriar el entusiasmo de aquellos argentinos que, procedentes de Mendoza y tras una marcha de 500 Km., se unieron a los chilenos y, juntos, vencieron a las tropas españolas.

HISTORIA DE SUS ASCENCIONES:

Las observaciones orográficas hechas por San Martín durante la marcha fueron muy interesantes… Pero había de pasar todavía bastante tiempo para que se produjera un verdadero conocimiento del Aconcagua.

E. Whymper en el ChimborazoTres años después del éxito alcanzado por E. Whymper en el Chimborazo, lo que fue el punto de partida oficial de la empresa andinistica, en 1883, el alemán Gussfeld (imagen izq.), sin tener ni las más elementales nociones de cartografía, llegó a las estribaciones de la montaña: “Esta se eleva —escribió más tarde— con la misma majestuosidad que el Matterhorn de Zermatt, pero su mole es tan colosal que podría contener otras muchas montañas de los Alpes. Era una visión tan atractiva que aumentó mi deseo de escalarla.”

Gussfeld se introdujo valerosamente en el laberinto de rocas descrito en la leyenda antes mencionada, y escogió la ruta del norte, a la que creía libre de los obstáculos que suponían la nieve y el hielo. Acompañado por dos indígenas, y con la intención de aprovechar también la ocasión de descubrir

minas de metales preciosos, el explorador alemán alcanzó el valle del Río Volcán y acampó en el límite de la rala vegetación, a 3.548 metros de altura. Ni un inmenso muro de piedra que le cerraba el paso, ni el macabro descubrimiento de un esqueleto humano (quizás un buscador de oro sorprendido por una tempestad) que parecía sonreírle irónicamente, enturbiaron su entusiasmo.

Y más tarde, entre las características agujas de hielo, dispuestas como una fila de blancos frailes y que semejaban un bosque de penitentes, Gussfeld localizó el paso exacto, lo alcanzó y llegó así a la cuenca superior, la base de la verdadera montaña. El Aconcagua no opuso dificultades técnicas a sus asaltantes, tan sólo las esperadas, constantes y mortíferas condiciones climáticas…

“En un monte como el Aconcagua —escribió Gussfeld—, a las normales dificultades de todos los montes se suman las que causan la altura y la falta de oxígeno, además de la inclemencia del tiempo, como el frío y el viento. Con estas adversidades y privaciones, ninguna fuerza humana- es capaz de alcanzar la cima. Sólo quien tenga muy buena estrella podrá llegar a la meta”.

En efecto, Gussfeld pasó por todas las penalidades: sufrió náuseas, desmayos debidos a la altura, soportó los más repentinos cambios atmosféricos, las violentas tempestades… Todo ello neutralizó los sucesivos intentos, y el explorador quedó bloqueado a 6.560 metros de altura.

Gussfeld no era un geólogo, pero, muy acertadamente, trajo a Europa algunas muestras de roca, proporcionando por primera vez a los científicos la posibilidad de estudiarlas directamente. Entonces ya no cupo la menor duda: aquellas rocas eran de origen volcánico. Gussfeld llegó entonces a la conclusión de que el Aconcagua, pese a su apariencia, debía ser un volcán y que su cima culminante, que un huracán le impidió alcanzar, escondía en realidad el orificio del cráter, invisible desde aquella vertiente.

En 1896 llegó a la zona del Aconcagua el célebre alpinista inglés Fitzgerald, al frente de una expedición en la que había italianos y suizos y en la que figuraba Mathias Zurbriggen, famoso por la conquista del monte Cook, en Nueva Zelanda. Saliendo del valle de Horcones, esta expedición inició el ascenso a la montaña por el sur.

Las dos primeras etapas, en plan de exploración, no tuvieron aliciente alguno:

uno tras otro, los alpinistas se retiraban extenuados. Sólo el experimentado Zurbriggen resistió a aquella despiadada selección que llevaba a cabo la naturaleza, y tras una dramática noche de Navidad pasada en compañía de Fitzgerald en el nido de Cóndores, un vivaque formado por dos rocas superpuestas, se lanzó él sólo hasta un punto donde encontró un hombrecillo de piedra y una cajita que contenía el mensaje de Gussfeld, con esa lacónica frase: “Segundo intento, marzo 1883”.

Y al tercer asalto se consiguió la victoria. A 6.700 metros, Fitzgerald y sus compañeros Pollinger y Lati, afectados por la “puna”, emprendieron el camino de regreso. Pero Zurbriggen, empeñado en no ceder, pidió permiso para continuar él solo. Fitzgerald no se opuso y le dio la posibilidad de llevar a cabo otra magnífica empresa. “Tuve alguna dificultad en respirar durante, el ascenso, pero, después de diez minutos de descanso en la cumbre me sentí perfectamente bien”, escribió más tarde. Y añadía:

“No teniendo ni papel ni lápiz, grabé la fecha de mi ascensión en el mango del piolet y lo fijé en el hombrecillo que había hecho.”

La suerte no se mostró favorable con Fitzgerald. Este inglés volvió al año siguiente con una nueva expedición, y una vez más fue vencido por las adversas condiciones físicas. Agotado por el cansancio, tuvo que ceder la gloria de un segundo ascenso a su compatriota Vines y al portador italiano Lauti. Estos, ya en la cima, recuperaron el piolet de Zurbriggen.

Desde el punto de vista geológico, las expediciones de Fitzgerald destruyeron la hipótesis de Gussfeld. La última cima, formada por tres sucesivas elevaciones, no delimitaba el orificio de ningún cráter, sino que se precipitaba en un vertiginoso muro. No obstante, las rocas encontradas en esta cima (andesita y porfirita), que procedían de expansiones de lava, producían la mayor perplejidad.

Se elaboró, entonces, una nueva hipótesis, según la cual la cúspide podía ser un filón que atravesaba parte de un antiguo volcán o quizás parte de una columna de lava que se había consolidado en la sima. En tal caso, el Aconcagua podría ser el antiguo fondo de un volcán cuyo cráter, destruido por los agentes exógenos, había sido, por lo menos, 300 metros más alto que la cumbre actual.

Esta hipótesis se mantuvo hasta que un geólogo decidió ir por sí mismo a la cumbre del Aconcagua para estudiar directamente la situación. “Cuando llegué al país —escribió el geólogo alemán Schiller— me dirigí a la cordillera que tanto me atraía, en parte por sus paisajes todavía inexplorados, en parte por mis propios intereses científicos. Pasé tres temporadas en los Andes, y cada vez me sentía más unido a estas montañas. Sólo el Aconcagua se me resistía”. Pero el Aconcagua marcó su destino. Tras muchos años de estudios, Schiller se creyó preparado para la empresa final.

En 1940 y en 1943 participo en dos expediciones, pero en ambas, las casi prohibitivas condiciones atmosféricas le impidieron tener la satisfacción del éxito. Pero este fracaso, que se puede considerar deportivo, se vio compensado por la importancia de las observaciones geológicas, que resultaron muy esclarecedoras y en gran parte decisivas.

La ausencia del menor atisbo de un orificio del que hubiera podido manar el magma después del plegamiento andino y de cualquier otra manifestación volcánica secundaria (fumarolas, emanaciones de azufre), le condujo a la conclusión de que “el Aconcagua no es un volcán activo, ni un volcán adormecido, ni tampoco un volcán que se haya apagado recientemente, sino un volcán que se extinguió en épocas remotísimas y precisamente antes del plegamiento de la cordillera, fenómeno que se produjo en la segunda mitad del terciario”.

Las rocas efusivas (andesita y porfirita), que forman un muro de 3.000 metros de espesor, y que se apoyan sobre la misma capa de sedimentos marinos fosilizados del jurásico superior y del cretácico inferior, ya existían antes del plegamiento andino, y fue precisamente a causa de este fenómeno que experimentaron un poderoso impulso y se sobrepusieron a las más recientes.

aconcagua Schiller Pero haber descubierto el secreto geológico del Aconcagua no representó para Schiller haber vencido a la montaña; pues en el curso de una nueva ascensión organizada en 1944 (la Sexta que efectuaba este investigador alemán), la naturaleza se tomo una trágica venganza. Una expedición compuesta por el mismo Schiller (imagen) , por su compañero Link y su esposa Adriana y por los dos alpinistas Grimm y Kneidl, fue sorprendida, a 6.200 metros de altura, por un huracán violentísimo: durante tres días y tres noches, el “viento blanco” fue el indiscutido protagonista en lugar de serlo las crestas rocosas.

Ningún componente de la expedición volvió a Plaza de Mulas, y fue necesario organizar otras tres expediciones para recuperar los cadáveres, victimas de una tragedia cuya reconstrucción dejó, por cierto, muchos puntos oscuros. El cuerpo de Schiller, el único que se detuvo antes de llegar a la cima, fue encontrado, congelado, en una pequeña tienda, en la cual había logrado refugiarse, en plena desbandada, en espera de sus amigos. Era la “muerte blanca”, encontrada en el seno de aquella montaña por la que tanta atracción había sentido.

Los otros alpinistas se habían visto sorprendidos por la tormenta al regresar de la cima, como se pudo saber por el libro de notas que se guardaba en un estuche de metal. Adriana, quizás debido a una fuerte ráfaga de viento, perdió el equilibrio, cayó y se dio con la cabeza en una roca. Link, en un gesto sublime, la cubrió’ con su abrigo y siguió su camino para reclamar ayuda y abandonando su piolet. Los soldados de la expedición de socorro le encontraron congelado a pocos metros más abajo.

Para evitar que tales tragedias se repitieran, o por lo menos para reducirlas dentro de unos límites razonables, se decidió construir, a lo largo del itinerario habitual para subir por la ladera sudoeste, una serie de refugios de cuya instalación se cuidó el teniente Valentín Ugarte. Con ello se abría el período del andinismo organizado.

“La construcción de los refugios —declaró el día de la inauguración el presidente Juan Perón— marca el principio del fin de unos riesgos inútiles. Los riesgos existirán siempre, pero, a partir de ahora, serán fortuitos. Algunos morirán en la ascensión, pero será el uno por ciento de los que perecían por falta de preparación o por valerse de medios inadecuados. Ahora el Aconcagua ya no es el monstruo difícil de vencer, como ocurría cuando los que iniciaban la ascensión tenían un 50% de probabilidades de vivir y otro 50% de morir.”

El refugio de Plaza de Mulas (a 4.230 metros), los refugios cercanos de Plantamuray Libertad (ex Eva Perón, a 5.850 metros) y el refugio Independencia (ex Juan Perón, a 6.480 metros)’ aseguran ahora una excelente protección en caso de mal tiempo, aunque el frío y las consecuencias de la “puna” continúan produciendo víctimas todavía: a este respecto, las estadísticas siguen siendo muy elocuentes. Sólo el 40% de las expediciones consiguen llegar a la cima, y el 20% de los participantes sufren heridas, lesiones o congelación. Y cincuenta alpinistas han muerto pese a las medidas adoptadas. Por este motivo, desde hace algunos años, los militares argentinos dé guarnición en Puente de Inca, antes de conceder el permiso para una escalada, examinan detenidamente el equipo de los alpinistas y les exigen, además, un certificado de buen estado físico.

En otro aspecto, la posibilidad de hacer el trayecto a lomos de un mulo hasta los 6.300 metros, un poco más abajo del refugio Independencia, impide que se produzca la gradual y necesaria aclimatación. Por eso las últimas escarpaduras y los difíciles 600 metros para alcanzar el Peñón Martínez y la Canalita Final se transforman muy a menudo en un verdadero calvario. De pronto, uno se siente falto de toda energía, se producen vómitos y dolores de cabeza y sólo sacando fuerzas de flaqueza se consigue proseguir el camino.

Así es como el Aconcagua, el antiguo volcán de la era terciaria, la montaña conocida como “el más grande montón de arena del mundo”, opone sus últimos esfuerzos defensivos, exigiendo todavía un tributo de vidas humanas.

Fuente Consultada: Maravillas del Mundo De GIANCARLO CORBELLINI