Biografía de Emily Bronte

Amores de Matahari Mujeres Famosas de la Historia Resumen

Amores de Matahari – Biografía
Mujeres Famosas de la Historia

Resumen Biografía de Mata Hari
Sus dotes de seducción y sus amoríos con personajes de la época a quienes frecuentaba le hicieron obtener muy pronto el éxito y la fama. Sin embargo, esas relaciones con la alta oficialidad europea durante la guerra del catorce la envolvieron en un oscuro episodio de espionaje, del que fue a la vez participante y víctima, pues su carrera mundana fue trágicamente tronchada por un pelotón de fusilamiento.

Amores de Matahari Mujeres Famosas de la Historia

Ella misma lo decía «Desde chica me fascinaron los uniformes». Y en efecto, en esos uniformes vendrían envueltas las sensaciones más intensas de su vida la boca sonriente y tibia del amante y la boca fría y letal de los fusiles apuntados a ella.

Margaretha Geertruida Zelle vino al mundo el 7 de agosto de 1876 en la ciudad holandesa de Leeuwarden. Los negocios de su padre —dueño de una próspera sombrerería- marchaban en esa época viento en popa, y Adam Zelle pudo rodear a sus hijos, Margaretha, Ari Anne, Cornelis Coenraad y Johannes, de una atmósfera suntuosa.

Desde muy niña Margaretha se destaca netamente entre las otras chicas por su belleza. En las distinguidas escuelas y colegios a los que asiste aprende lo necesario para desenvolverse en un mundo refinado y elegante, además del inglés, el alemán y otras materias elementales para una mujer culta de la época. Esta formación, sin embargo, no llega a frenar su irreprimible tendencia a pisar las candilejas: se la recordaba como la niña más atrevidamente vestida de Leeuwarden, la de los gestos más rebuscados, la que contaba historias fantasiosas, y la más descarada.

Pero en 1889 su mundo rosado se desvanece: quiebra el negocio de su padre, y este, sin abandonar su elegante sombrero de copa, su chaleco florido y su bastón, escapa a La Haya.

Incapaz de afrontar la situación, su esposa muere en 1891 y es enterrada por los vecinos, mientras Margaretha da rienda suelta a su dolor encerrándose en la casa y tocando el piano durante toda esa noche. Un tío la acoge luego en su hogar, algo cohibido ante esta sobrina audaz y deslumbrante.

PRELUDIO JAVANÉS
Pocos años después Margaretha tiene ocasión de poner en práctica lo que sería su lema de toda la vida «Más vale ser amante de un oficial pobre que de un banquero rico». Pero el oficial Rudolph McLeod no le pide que sea su amante. Él busca—y para eso ha puesto un aviso en los periódicos- esposa legítima. Entre las cartas que recibe hay una que incluye osadamente una fotografía. Cita inmediata, flechazo, declaración fulminante, como cuadra a un militar.

Y como a Margaretha no parece importarle que McLeod sea calvo, poco atractivo, sin patrimonio y veinte años mayor que ella, la boda se celebra sin dilaciones el 11 de julio de 1895.

Dos años después el matrimonio se embarca rumbo a las Indias Orientales, ya con un hijo, Norman John, a quien sigue a un año de distancia Jeanne Louise.

Se establecen en Medán, isla de Java, y allí el pequeño Norman, de dos años, muere envenenado. Unos hablan de la venganza de un subordinado de McLeod, otros de la de una niñera con la que el oficial habría tenido amoríos.
Las relaciones entre marido y mujer habían andado mal des-de el principio, y en 1902 McLeod acepta, a instancias de Margaretha, retornar a Europa. Allí, tras un nuevo intento de convivencia, el matrimonio se deshace definitivamente. El oficial se queda con Jeanne, mientras Margaretha vuelve a refugiarse en casa de su tío.

El telón caía así sobre otro capítulo de su vida, pero se iniciaban otros más dramáticos. Marcha a París, «lugar-dice-donde huyen las mujeres que se liberan de sus maridos».

NACE MATA HARI
París se hallaba entonces en el apogeo de la Belle Epoque, y el esnobismo y el gusto por lo exótico habían prendido fuertemente en la alta sociedad. Margaretha decide probar suerte, y en una muy exclusiva función de beneficencia se presenta como bailarina hindú. Para dar aliento a esta ficción posee ojos negros, cabello negro y, sobre todo, mucha imaginación.

Sus extravagantes contorsiones logran éxito inmediato y pronto se le acerca un personaje típico de la época, hombre serio o impostor, según los casos y los días. Émile Guimet es un poderoso industrial aficionado al orientalismo que ha fundado el muy valioso Museo Guimet, dedicado a las religiones de todo el mundo, y donde dan conferencias los más prestigiosos especialistas. Pero como buen hombre de negocios, sabe aprovechar la ocasión cuando se le presenta, aun a costa de la superchería.

Así es como anuncia que la bailarina «Mata Hari» (que en hindú significa «ojo del sol» u «ojo de la mañana») se presentará en el segundo piso de su Museo, para bailar «la danza de los siete velos», en un templete hindú que ha hecho traer de Asia.

Al día siguiente del debut llega la fama. Mata Hari deslumbra al «todo París», más por su audacia que por su arte, y más por sus atavíos que por la cadencia de sus movimientos. La fórmula es: sostén recamado de joyas, ancho cinturón de pedrería, pulseras con extraños signos y, sobre todo, desnudez.

Baila en los salones más aristocráticos de París, en el Trocadero y en el Olympia, en la Ópera de Montecarlo y hasta en la Scala de Milán. Europa se rinde a sus pies. Un industrial holandés lanza al mercado los cigarrillos »Mata Hari» y ella aplaude esta oportuna publicidad.

AMORES MARCIALES
Pero la danza hindú no acapara todo su tiempo. Otro uniforme surge en su vida: el de un noble alemán, oficial de alta graduación del Regimiento de Húsares de Westfalia. Von Kiepert alquila para su amante un suntuoso piso en la Nachosstrasse, en Berlín, y ella lo acompaña a las maniobras del ejército en Silesia. Entre tanto derrocha dinero a manos llenas, frecuenta los lugares más selectos y se relaciona con multitud de artistas, políticos, hombres de negocios y, por supuesto, militares.

Sin embargo, la guerra se encarga de trastornar sus vínculos cosmopolitas. En 1914 se refugia en Holanda, donde vuelve a bailar con gran éxito de crítica y de público. Allí encuentra también a otro oficial que la sostiene durante años con suculentos cheques.

Pero Holanda no era escenario apropiado para Mata Hari. En 1916 resuelve marcharse a París pasando primero por Londres. Pero Sotland Yard desconfía ya de esta bailarina con tantos amigos políticos y militares de diversas nacionalidades y no le concede la visa. Es el primer anuncio de la tormenta.

LA BELLA Y LOS FUSILES
Lo que la lleva a Francia es, más que nada, la presencia en ese país de Vadim de Massloff, oficial ruso, sin duda el hombre a quien más amó, y que se encuentra en Vittel, en los Vosgos, a la sazón zona militar.

Para llegar hasta allí debe entrevistarse con el capitán Ledoux, jefe del Servicio de Inteligencia francés, quien tiene que darle autorización para que se reúna con su amado.

Quiso su destino fatal que Ledoux, por sugerencia de Scotland Yard, ya la estuviera vigilando desde un año atrás. Astutamente, le propone «cooperar con Francia», y Mata Hari acepta, a cambio del permiso para pasar dos semanas entre los fuertes brazos del ruso, y de un millón de francos, que serán su dote para casarse con él. Su primera y única misión se desarrolla en Madrid, donde seduce con facilidad al agregado militar de la embajada alemana, quien no tarda en revelarle importantes secretos militares.

Regresa a Francia con su botín para reunirse con su amado, pero una orden de arresto la arranca brutalmente de su embeleso. Acusada de espía, es conducida a la prisión de Saint-Lazare. Siguen siendo oscuros los motivos que impulsaron a Ledoux a denunciar a su propia agente. En todo caso, Mata Hari era inocente.

Pero había tenido demasiados contactos con militares de demasiados países. Las pruebas estaban en su contra, y el 18 de octubre de 1917 Mata Hari debe enfrentar el pelotón de fusilamiento en el cuartel de Vincennes. Ni siquiera en esta ocasión descuidó su apariencia: zapatos de taco alto, pesado kimono de seda, amplia capa de terciopelo negro orlada con piel, sombrero de fieltro de ala ancha. Afrontó los fusiles sin vendaje, y después de la descarga, con el corazón destrozado, cayó con postrera elegancia.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Biografia de Norma Jeane Mortenson Resumen

Biografía de Norma Jean Mortenson

Resumen Biografía de Norma Jean Mortenson
Todas las hadas malignas se congregaron alrededor de su cuna: la locura, la ilegitimidad, la ignorancia, la pobreza. Aun así, Marilyn logró superar muchas de las limitaciones que le fueron impuestas por su origen y su ambiente; pero aunque llegó a ser envidiada, admirada y rica, no pudo realizar su sueño: tener un hijo.Biografia de Norma Jean Mortenson

De origen humilde y carácter tímido, pero dueña de una figura extraordinariamente sensual y un rostro perfecto, Norma Jean Baker logró convertirse en uno de los mitos eróticos más célebres del siglo XX, condición que le permitió acumular gloria y fama bajo el nombre que le impuso «un cazador de talentos» apenas empezó a escalar los peldaños de la fama: Marilyn Monroe.

Los miedos y las inseguridades que la acosaban le labraron, sin embargo, un infierno de frustraciones y de soledad del que acabó por evadirse, voluntaria o accidentalmente, por el mortal trampolín de los barbitúricos.

Su historia empezó el 1° de junio de 1926 en Los Angeles (California), y estuvo signada desde el comienzo por la ilegitimidad y la locura. Hija de padre desconocido, desde muy temprano debió afrontar el desamparo y la falta de afecto: en 1931, su madre, aquejada de una enfermedad mental hereditaria, debió ser recluida para siempre en un manicomio.

Desde ese momento la niña quedó bajo la tutela estatal y fue alojada en el Orfelinato del Condado de Los Angeles, institución que de vez en cuando la confiaba a familias que percibían veinte dólares mensuales por albergar y alimentar a criaturas huérfanas o abandonadas. Eran tiempos de crisis, y el oficio de padres adoptivos proveía de ciertos recursos a algunas familias venidas a menos.

El deambular entre el orfanato y los hogares postizos concluyó en 1938, cuando un matrimonio de apellido Goddard la adoptó formalmente. Pocos años después, Norma Jean alcanzó su talla definitiva (un metro sesenta y tres) y se transformó precozmente en una hermosa mujer de largo pelo rubio, capaz de despertar el creciente interés de los jóvenes.

Uno de ellos, de dieciocho años, no vaciló en proponerle casamiento, y fue así como el 19 de junio de 1942, seis meses después de que la segunda guerra mundial comenzara para Estados Unidos, Norma Jean Baker, que acababa de cumplir dieciséis años, se convirtió en la señora de James Dougherty, obrero de una fábrica de armamentos.

Seis meses después el amor dejaba lugar a la indiferencia. James se enroló en la marina de guerra y los azares de la guerra lo llevaron al frente. Norma Jean, por su parte, comenzó a trabajar en una fábrica de para-caídas donde conoció a un fotógrafo que la indujo a probar suerte como modelo publicitaria.

La muchacha, como tantas otras jóvenes norteamericanas, y especialmente de la zona de Los Angeles, aspiraba a ser estrella de cine y vio la propuesta con muy buenos ojos. Su imagen no tardó en aparecer en Pie, Click, Laugh, Sir, revistas acostumbradas a conjugar puritanamente lo erótico y lo pornográfico.

Como corolario de su nueva actividad, en octubre de 1946 (sesenta días antes de divorciarse) obtuvo un pequeño contrato de la poderosa empresa cinematográfica Twentieth Century Fox, uno de cuyos directivos, Ben Lyon, la convenció de que adoptara el seudónimo de Marilyn Monroe.

EN LA FABRICA DE LOS SUEÑOS
Los papeles que en cumplimiento del contrato le confió la Fox no pasaron de fugaces apariciones en Tormentas de odio y Juventud en peligro. De nada le valió, tampoco, intervenir en Las chicas del coro, producción del sello Columbia. En mayo de 1948 Marilyn Monroe se encontró sin trabajo y sin dinero. Decidió entonces retornar a la publicidad, y a cambio de cincuenta dólares se avino a posar desnuda, sobre un fondo de terciopelo rojo, para un almanaque. Otras fotografías por ese estilo le permitieron, aunque a duras penas, subsistir durante 1949.

A principios de 1950 fue incorporada al reparto de Locos de atar, película con que los hermanos Marx se despidieron del cine. Para ella, en cambio, fue el comienzo de una etapa de intensa actividad; antes de que concluyera 1951 había intervenido en otros nueve filmes: Mujer al fin, Mientras la ciudad duerme, La malvada, Fama sin gloria, El águila y la serpiente, Hometown story («Cuento del pueblo natal»), As young as you feel («Tan joven como te sientas») -estas dos no estrenadas—, Viudas adorables y Me jugué mi mujer. Este conjunto de títulos le sirvió de pasaporte para su primer papel importante: Tempestad de pasiones, que data de principios de 1952; su nombre figuró inmediatamente después del de los protagonistas.

Simultáneamente se publicó el almanaque para el que había posado desnuda, de manera que la aureola del escándalo sirvió para publicitar sus siguientes trabajos: Travesuras entre matrimonios, Almas desesperadas, Vitaminas para el amor y Lágrimas y risas.

Hacia el final de ese año conoció a Joe Di Maggio y se enamoró enseguida de ese ex astro del béisbol que no se cansaba de hablar de su familia, de sus ocho hermanos y de lo hermoso que es tener una parentela numerosa. En 1953 alcanzó el estrellato absoluto en Torrente pasional, cuya producción costó un millón de dólares pero rindió seis veces esa suma. Tan estruendoso triunfo personal se reiteró con Los caballeros las prefieren rubias y Cómo pescar un millonario.

Alborozada como una chiquilla, el 1° de enero de 1954 contrajo enlace con Di Maggio: sin embargo, nueve meses después anunció con tristeza la terminación de su matrimonio. Entre ambas fechas protagonizó Almas perdidas. Después del divorcio, en un esfuerzo por superar la postración en que había quedado sumida, filmó El mundo de la fantasía. A esa altura de su carrera, Marilyn Monroe ya se había convertido en la viva encarnación del sex-appeal, en una vestal erótica contemplada codiciosamente por millones de hombres.

Su figura sensual asomaba, desnuda o semidesnuda, en fotografías que adornaban piezas de solteros, lugares de trabajo y cualquier sitio donde predominara la presencia masculina, y su cuerpo voluptuoso se consagró como prototipo de la perfección femenina.

La desmesura del éxito cinematográfico, acompañado, no obstante, de su segundo fracaso sentimental, exacerbaron los defectos y las debilidades de Marilyn, que se sintió más aislada, más rechazada que nunca; a partir de ese momento y cada vez con mayor frecuencia, agravió a sus compañeros de tareas con arranques temperamentales, faltas de puntualidad y desconsideración. Convencida de que nadie la estimaba, se dejó abrumar por la melancolía y la depresión, y contrajo el hábito de tomar somníferos para conciliar el sueño.

HASTA LA CAÍDA
Toda su labor de 1955 se resumió en el film La comezón del séptimo año. Aunque el director , Billy Wilder se mostraba paciente y paternal con ella, Marilyn desde el primer día comenzó a hacer que todo marchara mal: llegaba tarde a las filmaciones, no saludaba a nadie, se enojaba por cualquier motivo. Por entonces unos amigos le presentaron a Arthur Miller, el dramaturgo que ya se había consagrado con La muerte de un viajante y Todos eran mis hijos. Fascinada por la inteligencia del escritor, asombrada de la cultura de ese hombre alto y de exterior severo que la trataba como si ella fuera su igual, Marilyn no vaciló en responderle afirmativamente cuando él le propuso que se casaran.

La boda se efectuó el 29 de junio de 1959. El divorcio sobrevino al cabo de cuatro años y cuatro meses. En ese lapso Marilyn protagonizó Nunca fui santa (1956), El príncipe y la corista (1957), Una eva y dos adanes (1959), La adorable pecadora y Los inadaptados (basada esta en un guión de Miller). El 11 de noviembre de 1960, al anunciar su tercer fracaso conyugal, Marilyn manifestó que en el escritor famoso solo había hallado a un hombre egoísta, indiferente a cuanto no fuera él mismo y su obra.

El derrumbe interior de Marilyn fue total. Jaqueada por el temor a la locura, defraudada (como consecuencia de abortos espontáneos) en sus aspiraciones de ser madre, insatisfecha con sus películas, vapuleada por los críticos que la juzgaban «un montón de carne» sin inteligencia y que la zaherían cuando manifestaba deseos de interpretar a alguna heroína de Dostoievsky, el 8 de febrero de 1961 se internó en una clínica psiquiátrica para someterse a una cura de sueño.

El 5 de marzo regresó a su hogar y el 22 de mayo empezó a filmar Something’s got to give (Algo tiene que reventar), producción en la que habría de mostrarse completamente desnuda. Pero al cabo de unos días dejó de concurrir a los estudios.

El 21 dejunio la empresa productora resolvió interrumpir definitivamente el rodaje.
El sábado 4 de agosto de 1961 fue el último día de su vida. La certidumbre de haberse quedado irremisiblemente gola impulsó a Marilyn a tomar una dosis de somníferos superior a la habitual: el suicidio le pareció el único camino apto para aliviar su terrible angustia.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Alfonsina Storni Resumen de su Vida y sus Obras Poetisa Argentina

Alfonsina Storni: Resumen de su Vida y Sus Obras Poetisa Argentina

Resumen Biografía de Alfonsina Storni
Fue la suya una vida azarosa, marcada por el sacrificio, el dolor y la lucha. Fiel a sí misma hasta sus últimas consecuencias, persiguió incansablemente la poesía y la autenticidad; búsqueda insaciable que la empujó a una muerte trágica.

«Qué ejemplo va a ser para nuestras niñas una mujer que tuvo un hijo de soltera?
¡Y que hizo versos tan atrevidos!»

Alfonsina StorniEl encendido alegato de una de las contertulias convenció, esa tarde de 1939, a las damas de la Comisión Directiva del Consejo de Mujeres de Rosario: el homenaje que un grupo de profesoras y alumnas de la casa pretendía rendir a Alfonsina Storni en el primer aniversario de su fallecimiento no debía realizarse. Y no se realizó.


El episodio, minimizado por el tiempo, proporciona sin embargo la idea de una atmósfera, de un clima -prejuicioso, estrecho- a través del cual Alfonsina hubo de abrirse paso durante toda su vida. No le resultó fácil.

Fueron demasiados los desafíos que lanzó a lo largo de su carrera literaria. Su libertad de criterio, sus desafiantes actitudes, su empecinamiento en enfrentarse con las rígidas convenciones sociales de la época, le valieron antipatías y condenas.

Por eso imponer su controvertido estilo poético en el mundo de las letras, alcanzar el halago del reconocimiento público y, sobre todo, sentirse aceptada por los demás, fue un esfuerzo que acabó por fatigarla mortalmente.

DE PÁMPANOS Y MELANCOLÍAS
La capital de San Juan recibió por segunda vez a Paulina Martignoni y Alfonso Storni cuando regresaron en 1896 de Europa, dispuestos a luchar por una vida mejor. Traían consigo a su tercera hija, Alfonsina, nacida cuatro años antes en un cantón de la Suiza italiana.


De Suiza la poetisa conserva solo visiones borrosas. En cambio las imágenes de San Juan se perfilan en su memoria con mayor nitidez: «Crezco como un animalito, sin vigilancia, bañándome en los canales, trepándome a los membrillares, durmiendo con la cabeza entre pámpanos (…) A los seis años hurto, con premeditación y alevosía, el texto de lectura con el que aprendí a leer (…) A los ocho, nueve y diez años miento desaforadamente: crímenes, incendios, robos que no aparecen jamás en las noticias policiales».


La niña miente para dar un poco de sabor y excitación a un mundo cada vez más gris y amenazante. Su padre, hasta entonces empeñoso industrial, se había transformado de pronto en hosco y malhumorado, y terminó abandonando el cuidado de sus negocios. La situación económica de la familia se derrumbó, y en 1901 el matrimonio Storni decidió mudarse a Rosario.


Allí abrieron un bar al que con un jirón de nostalgia denominaron «Café Suizo». Dos precarias habitaciones en el fondo del local albergaban al matrimonio, a las dos hijas y al varón. Empeñosa, Alfonsina lava copas y sirve las mesas hasta bien entrada la noche. Pero el esfuerzo resulta inútil: Alfonso decae definitivamente y fallece en 1906, dejando a la familia en la indigencia.


Son tiempos que marcarán para siempre a la adolescente de , 14 años. Su única vía de escape a la opresiva situación es la fantasía transmutada en decenas de papelitos con pbritas de teatro y poemas tristes donde se habla de muerte y cementerios. «Desde entonces -escribirá Alfonsina- los bolsillos de mis delantales, los corpiños de mis enaguas; están llenos de papeluchos borroneados que se me van muriendo como migas de pan».

Pero la mayor parte del tiempo se le va en otros menesteres: empieza a «coser para afuera», y se emplea como operaría en un taller de confección. Hace por entonces una fugaz incursión como actriz teatral, pero al año debe reconocer su fracaso.

En 1910 obtiene -el título de maestra rural en la Escuela Normal Mixta de Coronda. Para pagarse los estudios ha trabajado como celadora en el mismo instituto por un sueldo que apenas le permite sobrevivir en la máxima estrechez. Consigue un puesto de maestra en Rosario y algunos de sus poemas dejan de ser privados y aparecen en las revistas Mundo Rosarino y Monos y Monadas. Pero estas creaciones menores dejan paso a una creación y una responsabilidad mayor: va a tener un hijo.
Enfrenta la situación sin remilgos, según su costumbre. Embarazada y soltera viaja a la Capital Federal, adonde llega en 1912. El 21 de abril nace su hijo.

LOS AÑOS DUROS
Los primeros tiempos en Buenos Aires no resultaron más fáciles que los de Rosario. Con su hijo a cuest

as debió trabajar de sirvienta, como cajera en una farmacia, como Ofendedora en una tienda y en otras ocupaciones por el estilo. Salta de un empleo a otro; las leyes de entonces protegen poco a los trabajadores y nada a las trabajadoras, sobre todo si son madres solteras. Por fin obtiene un empleo como corresponsal en una firma importadora, y en su tiempo libre compone su primera obra, «un pésimo libro de versos -dirá más tarde-. ¡Dios te libre, amigo, de La Inquietud del Rosal! Pero lo escribí para no morir».

El libro -algunas cosas «demasiado audaces» para la época que allí figuran- le cierra las puertas de su empleo pero le abre las de las peñas y cenáculos literarios. En la casa de Horacio Quiroga, en el atelier de Quinuela Martín, en el café Tortoni, en las reuniones que organiza el grupo Signo en el hotel Castelar, olvida un poco la época en que se preocupaba por las cuestiones sociales, y aquellos primeros de mayo en los que solía repartir panfletos anarquistas.


Sus nuevas amistades le permiten convertirse en colaboradora de algunas revistas de moda -La Nota, El Hogar Mundo Argentino, Atlántida-, y obtener finalmente un puesto de maestra directora del Colegio Marcos Paz y, más tarde, ingresar como celadora de la Escuela de Niños Débiles del Parque Chacabuco. El Dulce Daño (1918), Irremediablemente (1919) y Languidez (1920) consolidan definitivamente su prestigio poético. La consagración llega al serle otorgado el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura, ambos en 1920.

Para entonces, Alfonsina es una de las personalidades descollantes en las veladas que tenían lugar en el subsuelo del café Tortoni. Allí solía poner punto final a interminables discusiones estéticas subiendo al estrado y recitando algunos de sus poemas.

EL TEMOR Y EL VIGOR
Los agradables momentos de las tertulias, empero, se alternaban con largas temporadas de soledad y depresión. Entonces frecuentaba la Vuelta de Rocha, o la confitería Munich en la Costanera Sur, y pasaba horas y horas absorta en la contemplación del río. Eran períodos en que se abandonaba a los temores y manías persecutorias que la habían acompañado siempre.

Entre tanto, su poesía mejora de libro a libro. Si desde el principio en toda su obra está presente el sentimiento, es evidente que a medida que pasa el tiempo crecen su dominio del idioma y sus recurso. Porque Alfonsina Storni no había nacido con habilidad para versificar; sus poemas son conquistas, muchas veces trabajosas, pero siempre plenas de originalidad y sinceridad. En 1925, cuando aparece Ocre -que pronto es editado en España y traducido a otros idiomas-, ya es un nombre consagrado en las letras.

Su fibra de artista, sin embargo, se muestra en un cambio de estilo que sorprende a todos: Mundo de los siete pozos, quedata de 1934, y Mascarilla y Trébol -su última obra- desorientan a los críticos, que no logran ponerse de acuerdo sobre su importancia. El martes 18 de octubre de 1938 toma un tren que se dirige a Mar del Plata.

 Durante los últimos años Alfonsina ha soportado golpes verdaderamente demoledores: en 1935 han debido extirparle un tumor canceroso del pecho, y al suicidio de Horacio Quiroga -un amigo entrañable cuya desaparición la afecta profundamente- en 1937 se suma, el 3 de febrero de 1938, el de Lugones. Ella se queja ahora de un ganglio inflamado. Últimamente ha estado leyendo obsesivamente tratados de medicina, intentando averiguar detalles sobre sus males, reales o imaginarios.

En Mar del Plata se aloja en una pensión donde ya ha estado otras veces y toma dosis cada vez mayores de calmantes, hasta que finalmente dejan de surtir efecto. El sábado 22 envía a La Nación su poema Voy a dormir. El lunes un dolor que le paraliza el brazo le impide escribir. El martes 25 sale de la pensión a la una de la madrugada. Algunos transeúntes la ven deambular por la playa.

Al día siguiente un diario local publica esta noticia: «Sobre la playa La Perla apareció esta mañana el cadáver de una mujer como de cincuenta años, de cabellos blancos, muy menuda y pobremente vestida. Recogido por marineros de la subprefectura, el cadáver fue conducido a la morgue del hospital para su reconocimiento, pues no llevaba encima documento alguno».

Cuenta Diego M. Zigiotto, en su libro «Historias Encadenadas de Buenos Aires«,  que una importadora de aceite de oliva, llamada BAU necesitaba una especie de publicista y Alfonsina se presentó como aspirante a aquel puesto, siendo la única mujer entre centenares de hombres, y nos dice: «Los responsables no quisieron atenderla, justamente porque era una mujer; pero insistió tanto que finalmente la entrevistaron. Le tomaron un examen que consistía en la redacción de una carta comercial y dos avisos: uno para publicitar el aceite y otro para una marca de yerba. Inmediatamente consiguió el puesto; sin embargo, debió aceptar la mitad del salario que cobraba el empleado anterior, por el simple hecho de ser mujer.

Mientras redactaba cartas y avisos publicitarios, compuso los poemas que publicó, en 1916, con el título de «La inquietud del rosal». Ella contaría años después cómo era su ambiente de trabajo en ese lugar. «Estoy encerrada en una oficina; me acuna una canción de teclas; las mamparas de madera se levantan como diques más allá de mi cabeza; barras de hielo refrigeran el aire a mis espaldas; el sol pasa por el techo pero no puedo verlo; bocanadas de asfalto caliente entran por los vanos y la campanilla del tranvía llama distante. Clavada en mi sillón, al lado de un horrible aparato para imprimir discos, dictando órdenes y correspondencia a la mecanógrafa, escribo mi primer libro de versos, un pésimo libro de versos. ¡Dios te libre, amigo mío, de ‘La inquietud del rosal’! Pero lo escribí para no morir».
 

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia