Emperadores Monstruos Asesinato de Julio César

El Bajo Imperio Romano Caracteristicas

El Bajo Imperio Romano: Funcionarios, Curiales, Colonos y Soldados

NUEVA ORGANIZACIÓN DEL IMPERIO: La reorganización del Imperio, comenzada por Diocleciano, continuó durante el reinado de Constantino y acabó en tiempo de sus sucesores.

El Imperio romano tenía aproximadamente la misma extensión que a la muerte de Augusto.

El Bajo Imperio Romano es el período histórico que se extiende desde el ascenso de Diocleciano al poder en 284 hasta el fin del Imperio romano de Occidente en 476. Tras los siglos dorados del Imperio romano, comenzó un deterioro en las instituciones del Imperio, particularmente la del propio emperador

Había perdido el territorio de la orilla derecha del Rhin, adquirido en el siglo I la Dacia, conquistada por Trajano, las provincias quitadas al reino de los partos. De las conquistas de los emperadores no le quedaba más que la Bretaña, es decir, aproximadamente la Inglaterra actual.

Excepto la Bretaña, los límites del mundo romano eran como en la época de Augusto: al este, el Océano; al norte, el Rhin y el Danubio; al este, el mar Negro, la Armenia, el Eufrates y el desierto de Siria; al sur, el desierto de África.

Pero en tiempo de Augusto, la mayor parte de los habitantes eran todavía extranjeros sometidos a unos cuantos millones de ciudadanos romanos. A fines del siglo IV, todos los habitantes del Imperio se llamaban romanos.

El Imperio estaba dividido en 117 provincias, cada una con un gobernador llamado praeses, excepto en Italia, donde se llamaba corrector. Varias provincias estaban reunidas en una diócesis, cada una con un vicario (vicarius). Eran grandes regiones, como la Galia, España, Bretaña, Iliria.

Ya no había un prefecto del pretorio único, se habían creado cuatro que se repartían el Imperio. Cada uno tenía su territorio que llevaba un nombre único. Por ejemplo, el prefecto del pretorio de las Galias tenía las tres diócesis de la Galia, España y Bretaña.

Estos funcionarios ya no ejercían poder alguno sobre los soldados.Los ejércitos eran mandados por duques y condes, establecidos en las provincias fronterizas.

Los dos jefes superiores eran el maestre de la caballería (magister equitum) y el maestre de la infantería (magister peditum).

Toda esta organización nos es conocida por una especie de almanaque oficial hecho por el año 419, la Notitia dignitatun et potestatum tam civilium quam militarium in partibus Orientis et Occidentis. Cada dignatario, cada gobernador, tiene en él su artículo espacial, precedido de un dibujo que representa sus insignias o las plazas fuertes de su provincia.

el bajo imperio romano

LA CORTE
Los antiguos emperadores, que vivían en Roma o con el ejército, habían conservado la vida sencilla de los magistrados y de los generales romanos.

El emperador, al establecerse en Oriente, adoptó los hábitos de los reyes orientales. Se hizo llamar Dueño o Majestad. Ya no hubo ciudadanos, todos se llamaban subditos del emperador.

Este era tratado como un ser divino, todo lo que le pertenecía se denominaba sagrado, se decía el palacio sagrado, la Cámara sagrada, el Consejo sagrado, el tesoro sagrado.

En lugar de la toga romana, empezó a usar magníficas vestiduras flotantes, tejidas con seda y oro, y la diadema, cinta adornada con perlas, insignia de la realeza, ciñendo la frente.

En vez de recibir a sus amigos y comer familiarmente con ellos, se mantuvo apartado, separado del resto de los hombres como una especie de dios.

En lugar de mostrarse en público se encerró en el palacio, no dejándose ver más que en los días de ceremonia, sentado en un trono de oro, rodeado de multitud de servidores, de guardias armados y de cortesanos.

Se adoptó también la costumbre oriental de acercarse a los soberanos como si fueran dioses.

Todo el que era admitido a la presencia del emperador, se prosternaba con el rostro pegado al suelo en señal de adoración. El palacio del emperador había llegado a ser igual que la corte del rey de Persia.

A este régimen se ha apellidado el Bajo Imperio.

El emperador tenía a su lado una corte numerosa. Para su defensa contaba con varias compañías de guardias a pie y a caballo, y con un pequeño ejército para custodiar su palacio.

Tenía una tropa de chambelanes para su servicio doméstido, otra de intendentes para ocuparse de sus negocios particulares.

Para ayudarle a gobernar, contaba con un Consejo de Estado, el sacrum consistorium, que preparaba sus edictos, y con un personal numeroso de secretarios, dividido en cuatro secretarias (scrinia), sin contar el personal de inferior categoría, alguaciles, mensajeros, bedeles.

Durante el siglo IV había habido un número variable de emperadores, a veces varios, a veces uno solo (Constantino, Constancio desde el año 350, Juliano, Teodosio al final de su reinado).

Teodosio, al morir, dividió el Imperio entre sus dos hijos, Arcadio, el mayor, recibió el Oriente, es decir, Asia, el Egipto y casi toda la península de los Balkanes, todos los países en que se hablaba griego. Tenía su corte en Constantinopla.

El menor, Honorio, tuvo el Occidente, es decir, Italia, la Galia, España, Bretaña, África, la Nórica, la Rhecia, la Pannonia y Dalmacia, es decir, los países en que se hablaba latín. Su corte residió en Milán, más tarde en Ravena.

Este reparto continuó después de la muerte de los dos emperadores, de suerte que las gentes se acostumbraron a considerar el Imperio dividido en dos: el Imperio de Occidente, el Imperio de Oriente, y en lo sucesivo hubo dos Cortes, una en Constantinopla, otra en Italia.

LOS FUNCIONARIOS
Los personajes encargados de administrar se habían hecho más numerosos, el emperador ya no comunicaba directamente con todos.

Daba sus órdenes a funcionarios superiores, cada uno de los cuales mandaba a todos los encargados de un género de funciones.

Estos jefes de servicio, análogos a los ministros de las. monarquías modernas, eran:

El conde de la cámara sagrada (comes sacris cubiculi), jefe de los criados adscritos al servicio de la persona del emperador.

El maestre de los oficios (magister officiorum), jefe de los empleados de palacio.

El cuestor, que dirigía a los empleados de las escrituras;

El conde de las larguezas sagradas (comes sacrarum largitionum), que dirigía a los empleados financieros;

El conde de los dominios particulares de la casa divina, director de los empleados del patrimonio imperial;

El conde de los guardias a caballo;

El conde de los guardias a pie.

Además, los prefectos del pretorio dirigían a los gobernadores. Los maestres de caballería y de infantería mandaban el ejército.

Los prefectos de la ciudad (praefecti urbis), dirigían a los funcionarios de obras públicas.

Este régimen, nuevo para los antiguos, ha llegado a ser familiar para nosotros. Estamos acostumbrados a ver funcionarios, recaudadores, jueces, ingenieros, oficiales, organizados en servicios distintos, cada uno con su función especial, y a las órdenes de un ministro director del servicio.

El Bajo Imperio es el que ha dado el primer ejemplo.

Todos estos funcionarios estaban organizados en escalas. Cada uno, según su rango, recibía un título y lo trasmitía a sus hijos. Había varios grados de nobleza, en el orden siguiente:

Los nobilissimi, que eran los príncipes de la familia imperial;

Los Ilustres, que eran los jefes de servicio, los prefectos del pretorio y ¡os maestres de los soldados;

Los spectabiles, que eran los vicarios, los condes y los duques de las fronteras;

Los clarissimi, llamados también senadores, que eran ios simples gobernadores.

Por bajo ven ían aún los perfectissimí y los egregii, que correspondían aproximadamente a los antiguos caballeros.

Todo personaje importante tenía su cargo, su rango y su título.
Para sostener a este personal se había creado un nuevo sistema de impuestos.

Los principales eran: el impuesto territorial, para el cual se hacía un nuevo reparto cada quince años, llamado indictio; el impuesto sobre las personas (capitatio); el impuesto sobre la industria y el comercio, conocido con un nombre griego (crisargiro), que se pagaba cada cinco años.

El Imperio, destrozado por las guerras y las invasiones, se había empobrecido, lo cual hacía más gravosas las contribuciones.

LOS CURIALES
Continuaba el Imperio romano, como en tiempo de los Antoninos, dividido en ciudades, cada una de las cuales tenía por centro una ciudad, a la que obedecía un territorio.

Cada una era gobernada por un Consejo copiado del Senado romano y constituido por los principales propietarios del país.

El gobierno romano no se había tomando nunca el trabajo de percibir directamente lo que habían de pagar las ciudades.

El emperador fijaba el impuesto y el gobernador de la provincia hacía saber a cada ciudad lo que tenía que pagar.

Los curiales distribuían la cantidad entre los habitantes de la ciudad, recogían el dinero y lo enviaban al gobierno.

Eran responsables de la contribución, y les correspondía adoptar las medidas oportunas para que se percibiera. Si no conseguían que los habitantes pagaran, habían de hacerlo ellos.

Hasta el siglo III parece que las contribuciones se cobraron con bastante facilidad, y por eso no costó trabajo encontrar curiales. Los propietarios del país ambicionaban este cargo, que hacía de ellos los principales personajes de la ciudad. El curial era en su país lo que el senador en Roma.

Después de las invasiones y de las guerras civiles del siglo III, hubo en el Imperio, sobre todo en Occidente, un cambio que no comprendemos bien, pero cuyos resultados conocemos.

El dinero se hizo mucho más escaso. Los habitantes, por temor a los bárbaros, escondieron gran cantidad de monedas de oro y plata, y objetos preciosos.

Se ha encontrado gran cantidad de esos tesoros enterrados por gentes que sin duda fenecieron y no pudieron ir a sacarlos. Los bárbaros se habían llevado también mucho oro y mucha plata.

Como no había minas que p, adujeran estos metales, el Imperio se empobreció en este respecto.

Como los habitantes de las ciudades no pudieran ya pagar los impuestos, los curiales se veían obligados y hacerlo en su lugar.

Fue entonces una carga ruinosa que los propietarios trataron de evitar. En muchas ciudades no se encontró ya número suficiente para constituir la curia. Los emperadores, que tenían necesidad de curiales que pagasen el impuesto, hicieron leyes para lograr que la curia fuese obligatoria.

El que poseía 25 arpentas de tierra, hubo de ser curial de buen o mal grado. Así este puesto, en otro tiempo buscado como un honor, vino a ser carga obligatoria.

Los obligados trataron de evadirse hacendóse sacerdotes, monjes, soldados o funcionarios.

Hubo también curiales que renunciaron a sus tierras y que huyeron de su ciudad.

Los emperadores ordenaron apoderarse de ellos y volverlos a la fuerza, prohibieron que todo el que fuera curial ingrésase en el ejército, en los cargos públicos o en la Iglesia.

El curial hubo de permanecer sujeto a su ciudad, él y sus hijos, a perpetuidad. Una ley imperial dice que los curiales «son los esclavos del Estado».

A pesar de estas medidas, ya no hubo en ciertos países curiales suficientes para llenar las curias de todas las ciudades.

A mediados del siglo IV la población de una provincia se había amotinado contra el pago de los impuestos, y el emperador Valentiniano ordenó al gobernador que fueran ejecutados tres curiales de cada ciudad.

El gobernador le respondió: «Dígnese Vuestra Clemencia resolver lo que debe hacerse en las ciudades donde no haya tres decuriones». Esta lucha entre el gobierno y los curiales duró hasta los tiempos en que los reyes bárbaros se establecieron en las provincias y dejaron de reclamar el impuesto a las ciudades.

LOS COLONOS
En el Imperio romano, casi todo el suelo pertenecía a grandes propietarios y estaba dividido en grandes dominios, cada uno comprendiendo lo que uno de nuestros términos municipales.

No había bastantes esclavos para cultivar todas aquellas tierras, y los propietarios tuvieron necesidad de emplear también hombres libres.

No habrían podido encontrar arrendatarios, aun cuando el arriendo existía en derecho romano, porque para ser arrendatario había de comprometerse a pagar una suma en metálico y el dinero había llegado a escasear grandemente.

El propietario, por consiguiente daba a cultivar una parcela de tierra a un individuo que se comprometía a llevarle parte de lo que recogiera, como hacen hoy todavía los aparceros.

Se llamaba a estos individuos «cultivadores» (colonus). Había ya colonos en el siglo II. Plinio el joven, en una de sus Cartas, cuenta que ya no puede encontrar arrendatarios que paguen por sus tierras, y dice: «No veo más que un remedio, y es arrendar, no por dinero, sino por una parte de los frutos».

El colono era hombre libre. Podía comparecer ante el tribunal, alistarse en el ejército, heredar, adquirir propiedad, cosas todas prohibidas al esclavo. Pero no era independiente con respecto al propietario.

Con mucha frecuencia le debía dinero y, como no podía pagárselo, ya no tenía derecho a irse.

El propietario no estaba comprometido con respecto al colono, puesto que entre ellos no existía contrato; pero le resultaba beneficio de dejarle cultivar la tierra indefinidamente, porque con trabajo habría podido sustituirle.

Poco a poco los colonos se fijaron en el suelo que cultivaban de padres a hijos. Luego el gobierno tomó la costumbre de inscribir en el registro del censo (es decir, del impuesto), a los colonos que había en cada dominio.

En lo sucesivo el propietario dejó de tener el derecho de expulsar al colono, porque el gobierno le prohibía disminuir el valor de sus tierras. Entonces los colonos quedaron definitivamente sujetos a la parcela de tierra que cultivaban, y que al morir trasmitían a sus hijos.

Debían entregar solamente a los propietarios una renta establecida por la costumbre, y que difería según las propiedades, renta que se denominaba «costumbre del dominio».

Muchas veces también habían de hacer en las tierras del propietario, para las labores o la recolección, un número determinado de días de trabajo. Por el contrario, el colono no tenía el derecho de abandonar su tierra.

El gobierno quería tener cultivadores como quería tener curiales, e hizo leyes que prohibían a los colonos salir de su condición.

Ya en el siglo II no hubo colonos suficientes para cultivar todas las tierras, sobre todo en los países saqueados por las invasiones, como la Galia.

Los emperadores empezaron entonces a trasladar a las tierras en que faltaban brazos a los bárbaros que hacían prisioneros, y que eran germanos principalmente. Bandas enteras fueron establecidas de esta suerte.

Después de la derrota de los godos por el emperador Claudio, muchos guerreros habían quedado prisioneros con sus mujeres, que los seguían en carros, y fueron establecidos en las provincias.

Un profesor de retórica, Eumenes, haciendo el elogio de Constantino, dice; «Hemos visto en todas las ciudades tropas de bárbaros cautivos sentados, repartidos entre los propietarios de las provincias y esperando que se les condujera a los campos desiertos que les habían sido asignados. No había ya bastantes labradores en los territorios de Amiens, de Troyes y de Beauvais, que resultan enriquecidos por el trabajo de los cultivadores bárbaros».

Los bárbaros no llegaban a ser propietarios ni esclavos, sino colonos. Una vez establecidos en una tierra, no debían dejarla jamás, pero el propietario no podía exigir de ellos más que el cultivo.

LOS BARBAROS EN EL EJERCITO
El ejército romano, desde la época de Augusto, estaba formado por soldados de profesión que pasaban la vida en los campamentos.

El gobierno se encargaba de alimentarlos y les pagaba un sueldo. Cuando llegó a escasear el dinero, el Estado dejó de pagar el sueldo y el ejército se transformó.

Ya en los últimos años del siglo IV, Septimio Severo dio a los soldados una ración de trigo mayor y les permitió vivir con sus mujeres. Luego los centuriones fueron suprimidos.

Como los legionarios ya no percibían sueldos ni tenían oficiales, no fueron más que campesinos establecidos en la frontera.

Estaban obligados al servicio militar, pero no aparecían ejercitados ni disciplinados. Se les llamaba limitanei (guarda-fronteras). Se conservó todavía la palabra legio. Se decía numerus (como hoy se designa un regimiento por su número).

He aquí cómo el emperador Valeriano, al nombrar a Aureliano comandante de un cuerpo de ejército, enumera las fuerzas que pone a sus órdenes: una legión, cuatro príncipes germanos, 300 arqueros ilirios, 600 armenios, 150 árabes, 300 meso-potamios, 800 hombres de caballería pesada.

A fines del siglo III el emperador reorganizó el ejército y creó cuerpos nuevos: la guardia imperial llamada domestici protectores, los palatini comitatenses, es decir, que acompañaban al emperador. Más tarde se crearon los pseudo-comitatenses.

Este era el verdadero ejército. Pero no había ya voluntario suficientes para reclutar estos cuerpos y, como ya casi no quedaban en los campos labradores propietarios, cuando había necesidad de nutrir los cuerpos con alistamientos obligatorios, se recurría a los grandes propietarios.

Cada uno de ellos debía proporcionar cierto número de reclutas (tirones), que tomaba de entre los colonos de sus tierras.

Aquellas gentes eran malos soldados. Ya no tenían instrucción militar, no sabían, como los antiguos soldados romanos, combatir con el pilum y la espada. No usaban casco, sino un sombrero de paja.

Los guerreros bárbaros habían conservado la afición y la costumbre de batirse. Los emperadores prefirieron utilizarlos, y cada vez más se acotumbraron a formar sus ejércitos con cuerpos de bárbaros, sobre todo germanos, que conservaban su armamento y su manera de combatir.

No era cosa nueva tomar al servicio de Roma guerreros extranjeros. Siempre había habido en el ejército imperial auxilia, sobre todo jinetes germanos, pues los romanos no tenían caballería de su nación. Pero aquellos auxiliares eran puestos a ¡as órdenes de oficiales romanos.

En el siglo IV se hicieron entrar en el ejército bandas de bárbaros mandadas por jefes bárbaros.

Ya en el año 312, Constantino llevó a Italia un ejército formado principalmente por bárbaros, germanos, celtas y bretones, y Juliano le reprochaba «haber elevado el primero al bárbaro hasta la dignidad de cónsul».

En el ejército con que el mismo Juliano rechazó a los alamanes, los soldados, en el momento de combatir, entonaban el canto de guerra al modo germánico, y, cuando le proclamaron emperador en París, le alzaron sobre sus escudos como los guerreros germanos hacían con su rey.

Un orador griego, Sinesio, deploraba aquel cambio. «Es una vergüenza, decía, que este Estado tan numeroso abandone el honor de la guerra a extranjeros cuyas victorias nos humillan aun cuando nos sirvan. Estas gentes, una vez armadas, querrán hacerse dueñas de nosotros, y nosotros, que desconocemos la guerra, habremos de luchar con hombres ejercitados. Deberíamos despertar nuestros viejos sentimientos romanos y combatir nosotros mismos en nuestras batallas».

A fines del siglo IV ya no había nada más que bandas de bárbaros en el ejército. Estaban establecidos, no solamente en las fronteras, como los soldados de la época de Augusto, sino en todas las provincias del Imperio con el nombre de foederati (aliados).

En la Galia, por ejemplo, la Notitia dignitatum indica suevos acantonados en Mans, en Bayeux, en Auvernia —francos en Rennes—, sármatas en París, Langrés y Valence. Algunas aldeas conservan todavía el nombre de Sermaise.

Los jefes bárbaros habían venido a ser los verdaderos dueños del Imperio. Un franco, Silvano, se había hecho proclamar emperador por el ejército del Rhin el año 355.

Otro franco, Arbogasto, hizo proclamar emperador a un profesor de retórica, Eugenio (392).

La invasión de los bárbaros había comenzado por el ejército.

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Biografia de Constancio Cloro Emperador Romano

Biografia de Constancio Cloro Emperador Romano

El 1º de marzo de 293, siguiendo las directrices políticas de Diocleciano, el Augusto de Occidente Maximiano adoptó y dio el título de César a un general ilirio, Flavio Constancio, el cual tomó el nombre de Flavio Valerio Constancio.

Biografia de Constancio Cloro Emperador

Flavio Valerio Constancio​​, conocido comúnmente como Constancio I o como Constancio Cloro, ​ fue emperador del Imperio romano de Occidente desde 293 hasta 305 como césar y desde 305 hasta 306 como augusto. Los historiadores bizantinos le añadieron el epíteto Cloro, con el que se le conoce comúnmente

Según ciertos autores que quisieron dar lustre a la familia, Constancio, llamado Cloro por la palidez de su rostro o por su preferencia por la indumentaria blanca, era persona distinguidísima, pues era hijo de un ciudadano principal de la Dardania, Eutropio, y de Claudia, sobrina del emperador Claudio II, que se ilustró por sus victorias sobre los godos.

Dotado de inteligencia poco común y de eminentes dotes militares, Constancio fue favorecido por Aureliano, Probo y Caro. Su carrera fue rápida y afortunada, y culminó cuando Diocleciano le elevó a la dignidad de César junto con Galerio.

El gran dálmata había observado la simpatía que irradiaba de su persona y la facilidad con que se granjeaba el afecto de compañeros y subordinados; su prudente administración en Dalmacia; su vasta instrucción literaria; y, en fin, su energía y su valor, lo que no eran óbice para destenar cualquier acto brutal o arbitrariedad sangrienta.

Estas condiciones hacían de Constancio el ideal del perfecto emperador, por lo qne Diocleciano no vaciló un momento en designarlo para César de Occidente al lado de Maximiano, y en emparentarlo con éste dándole la mano de su hijastra, Flavia Maximiana Teodora.

Autores modernos sostienen que este enlace se realizó algunos años antes, en 289, cuando Constancio fue nombrado prefecto del pretorio en Occidente.

En el reparto de las provincias del Imperio, a Constancio Cloro le correspondieron la Galia y Bretaña. Su misión era realmente difícil, pues la situación en el remoto Occidente no era muy favorable.

En efecto, la frontera del Rin había sido violada por los alamanes y los francos desde el 286, y en el mismo año el jefe de la flota de Maximiano, Carausio, se proclamó emperador en Bretaña, con el apoyo de sus legiones y de bárbaros anglos y sajones.

Los esfuerzos de Maximiano habían sido inútiles.

Constancio Cloro cambió la situación en pocos años, solo tres. En 293 restableció la frontera del bajo Rin y del Mosela en lucha contra los bátavos. Luego en 296 aseguró la del alto Rin conteniendo y derrotando a los alamanes; en el mismo año reconquistó Bretaña, donde Carausio había sido depuesto y asesinado por Alecto.

Completó estos éxitos militares con una administración muy sabia y eficaz: repobló el Norte de la Galia, fortificó la frontera del Rin y favoreció el orden y la prosperidad provincial.

Durante la persecución de los cristianos, ordenada por Diocleciano en 303, la actitud de Constancio fue digna de toda loa; formado en una vaga filosofía monoteísta, era tolerante y benévolo, e incluso miraba con simpatía a los seguidores de Cristo.

Esta disposición simpatizó y con él a toda su familia, el afecto de la Iglesia cristiana.

Habiendo abdicado Diocleciano y Maximiano, Constancio Cloro ciñó la diadema imperial el 1° de mayo del 305. Ante él se abría un magnífico porvenir.

Pero el destino truncó su carrera, ya que murió el 25 de julio del siguiente año en York (Inglaterra) en el curso de una expedición, victoriosa, contra los pictos y escotos.

Pero si la muerte le arrebató a la Historia, Constancio legó a la posteridad un retoño de su persona en la figura excepcional de Constantino el Grande.

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Biografia de Teodosio I El Grande Emperador de Roma

Biografia de Teodosio I El Grande

El fin del Imperio se aproximaba a pasos agigantados. El 9 de agosto del año 378 parecía haber llegado el momento de desplomarse, pues en aquella fecha los invasores germánicos obtuvieron sobre las legiones de Roma la capital victoria de Adrianópolis.

En estos campos de batalla se hundió para siempre el prestigio de las armas romanas. En la derrota desaparecía la persona del emperador Valente. ¿ Quién podría substituirle?. Su colega de Occidente, Graciano, buscó a un militar que fuera capaz de hacer frente a los godos y al pánico público.

Teodosio el grande
Flavio Teodosio, Teodosio I o también en el seno católico como Teodosio el Grande, fue emperador de los romanos desde 19 de enero de 379, hasta su muerte, deificado.
Fecha de nacimiento: 11 de enero de 347 d. C., Coca, España
Fallecimiento: 17 de enero de 395 d. C., Milán, Italia
Lugar de sepelio: Iglesia de los Santos Apóstoles, Estambul, Turquía

Y lo halló en un joven general de 32 años, el único que no había perdido la cabeza en los graves instantes que siguieron a Adrianópolis. Se llamaba Teodosio, y era hijo de un militar de mucha valía, Flavio Teodosio, que había defendido el Imperio en la Gran Bretaña, la Mesia y África, secundado por su primogénito.

El Imperio había pagado sus excepcionales servicios decapitándolo en Cártago en 376. Las miradas convergían en el nuevo emperador, elevado a esta dignidad el 19 de enero de 379.

Los Teodosios eran españoles. No se sabe dónde nacieron, pero consta que tenían su patrimonio en Cauca, pequeña ciudad rural de los vacceos, situada a orillas del Eresma, no lejos del Duero.

Es probable que aquí naciera Teodosio el Grande en un día, no determinado, del año 346. Sin reunir las grandes cualidades políticas, militares y administrativas de su padre, Teodosio aportaba al Imperio el espíritu de indomable resistencia de los hispanos, de improvisación genial y de acendrado amor a las esencias imperiales de Roma.

Imponente por la majestuosidad de su persona, simpático por lo afable de su trato, ejemplar por la severidad de sus costumbres privadas y públicas, asombroso por su actividad, su dinamismo y su energía, y sólo condenable por lo iracundo y tempestuoso, Teodosio respondió a la confianza que se había depositado en su persona.

Su obra es decisiva para el triunfo de la Catolicidad sobre las herejías que se habían desarrollado entre los cristianos después del edicto de Milán.

En el transcurso de cuatro años de agotadora actividad, en que se puso de manifiesto su talento en levantar ejércitos, instruirlos y conducirlos a la victoria, y, al mismo tiempo, su habilidad diplomática para tratar a los príncipes germánicos, Teodosio logró conjurar el peligro de los godos.

Hizo de Tesalónica su cuartel general. En 379, mediante una actuación sistemática, expulsó a las bandas germánicas al Norte de los Balcanes y reconquistó la línea del Danubio; en 380 logró atraerse a su causa al sfodo Atanarico; en 381 derrotó al ejército del feroz Fritigerno; en fin, el 23 de octubre de 382 pudo considerar restablecida la paz después de la capitulación de las bandas de la Mesia y de su afincamiento en aquel territorio como foederati o aliados del Imperio.

Solventado este gravísimo peligro, Teodosio dedica sus esfuerzos a salvaguardar la unidad del Imperio y del credo cristiano. Formidable tarea a la que consagró los trece últimos años de su gobierno. Cuando fué elegido emperador, eran colegas suyos Graciano y Valentiniano II, éste todavía niño.

En 383 el primero murió cuando trataba de oponerse a la usurpación de Magno Máximo, proclamado emperador por las legiones de Bretaña. Circunstancialmente, Teodosio y Valentiniano II reconocieron a Máximo. Pero para éste el acto de 383 era la primera etapa para restablecer a provecho propio la unidad del Imperio.

En 387 expulsó a Valentiniano II de Italia. Entonces Teodosio decidió actuar. Reunió un poderoso ejército, compuesto en su mayor parte de tropas bárbaras, se dirigió a Italia por los Alpes Julianos y derrotó a Máximo en Poetovio, cerca de Áquileya (28 de julio de 388).

Esta batalla hacía dueño a Teodosio de todo el Imperio;, pero se satisfizo con restablecer en el trono a Valentiniano II y confiarlo a la guardia de un buen general, el franco Argobasto, encargado de la defensa de Occidente como maestro de la milicia.

Al cabo de cuatro años, Argobasto rompió violentamente con Valentiniano II y quizá dio orden de asesinarlo. Lo cierto es que se halló el cadáver del emperador colgado de un árbol (392).

Entonces Argobasto, apoyado por el partido pagano de Roma, se erigió como rival de Teodosio, el celoso campeón de la ortodoxia; nombró a un emperador de paja, Flavio Eugenio, y restableció las prácticas paganas. Teodosio recogió el guante, y a pesar de contar con un ejército inferior en número al de Argobasto, le derrotó por completo ante Aquileya el 5 de septiembre de 394.

Esta victoria dio a Teodosio el Imperio único, pero lo más importante es que completó la acción de puente Milvio y aseguró el triunfo definitivo de la ortodoxia cristiana.Teodosio había dedicado gran parte de su gobierno a preparar este triunfo.

El 28 de febrero de 380 publicó el famoso edicto de Tesalónica sobre la vigencia del símbolo de Nicea y la extirpación del arrianismo; un año más tarde, el concilio de Constantinopla, presidido por San Gregorio Nacianceno, confirmaba el expresado símbolo y repudiaba solemnemente el error de Arrio; en el mismo 381 se prohibieron los sacrificios paganos, lo que fué confirmado en 385.

Teodosio dio siempre ejemplo de humildad cristiana, como con motivo de la expiación del terrible atentado cometido contra siete mil personas en el circo de Tesalónica dejándose arrebatar por un momento de ira, vanidad y despotismo. En aquella ocasión cumplió la dura penitencia que le impuso San Ambrosio de Milán (390).

Teodosio, una de las glorias de la España romana, murió en Milán, el 17 de enero de 395.

teodosio I emperador

OTRAS BIOGRAFIAS PARA INFORMARSE:
Biografia de Teodosio I «El Grande»
Biografia de Hieron de Siracusa
Biografia de Emperador Honorio
Biografia de Boecio
Biografia de San Ildefonso
Biografia de Lotario I
Biografia de Carlos II de Francia
Biografia de Luis de Gongora y Argote

Triunfo de Batallas en Roma Reparto del Botin Soldados Romanos

Triunfo de Batallas en Roma
Reparto del Botín Soldados Romanos

EL TRIUNFO: El general vencedor recibía el titulo de imperator. El senado le concedía entonces el derecho de celebrar el triunfo, llamándose así el sacrificio solemne que el vencedor celebraba en el Capitolio con todo su ejército, y la entrada que hacía en Roma en un carro, en forma de torre, tirada por cuatro caballos de frente, cuadriga; el triunfador iba sentado en un sitial de marfil, tenía la cara pintada de bermellón, como las antiguas estatuas de los dioses, y la cabeza coronada de laurel.

Delante del carro triunfal iban los cautivos y los carros conteniendo el botín hecho al enemigo. El desfile duraba, a veces, mucho tiempo; el triunfo de Paulo Emilio, vencedor de Macedonia. duré tres días. Al general lo escoltaban sus soldados, que iban cantando himnos de victoria, llevaban ramas de laurel, dirigían al vencedor algunas frases familiares y, sobre todo, bromas para recordarle que era hombre como ellos.

Mientras tanto, los jefes vencidos eran llevados a la prisión mamertina y estrangulados en los calabozos. Además del triunfo había una recompensa menor que se llamaba la ovación, el vencedor entraba entonces a caballo.

CARRO ANTIGUO, DE MÁRMOL (Museo del Vaticano).
Este carro, tirado por dos caballos, tiene la forma de los carros de guerra que usaban los griegos; los triunfadores entrabais solemnemente en Roma en un carro cuya tormo era análoga a la de éste.

EL BOTÍN: A raíz de la victoria se procedía metódicamente al saqueo. El botín se juntaba y era vendido por el estado, que separaba la mayor parte para él. El tesoro público se enriquecía con el producto de la guerra, lo cual resultaba ser una operación fructuosa para él.

Sólo la conquista de Macedonia produjo ciento veinticinco millones de sestercios, equivalentes a un valor nominal de treinta millones de francos. Los ciudadanos lograron con esta conquista la exención de los impuestos; por esa razón, las conquistas les interesaban tanto como a los soldados; cabe decir, por consiguiente, que Roma «conquistó el mundo menos por la gloria que por los beneficios».

QUIÉN TENÍA DERECHO AL TRIUNFO
Para tener datos ciertos sobre cómo era celebrado el triunfo, hay que partir de la época republicana (casi 250 años después de la fundación de Roma). De los que fueron celebrados durante el período monárquico, tenemos noticias muy escasas e imprecisas. En la Roma republicana y también en la imperial era considerado el más alto honor que se podía tributar a un jefe. Para tener derecho al triunfo, un jefe romano debía encontrarse en las siguientes condiciones:

1) Haber sido proclamado «imperator» por sus soldados. Éstos otorgaban ese título a su conductor cuando le reconocían una gran habilidad en la conducción militar.
2) Haber dado muerte, en una sola batalla, a no menos de 5.000 enemigos.
3) Haber conducido ¿a los soldados a la batalla, personalmente.
4) No haber hecho sufrir pérdidas graves a su ejército.

El jefe que tenía la certeza de reunir loa requisitos para obtener el «triumphus«, (libia pedirlo por escrito al Senado. En el petitorio enumeraba las victorias militares que había logrado. Si el Senado consideraba justa la demanda del jefe, le concedía el triunfo y fijaba la fecha de su celebración.

El jefe no podía entrar en Roma antes del día fijado, pero le era permitido acampar con su ejército en el Campo de Marte, fuera de los muros de la ciudad. Si el jefe no reunía las condiciones requeridas para el «triumphus», el Senado le otorgaba la «ovatio» (ovación). Ésta se efectuaba en la siguiente forma: el jefe avanzaba a pie o a caballo por las principales calles de Roma, con una corona de mirto en las sienes. A los costados de las calles, la multitud aplaudía y le manifestaba su admiración.

CÓMO SE CELEBRABA EL TRIUNFO
El día en que un gran jefe celebraba el triunfo, una enorme multitud se ubicaba a los costados de las calles por las cuales debía pasar el cortejo triunfal. Éste, formado en el Campo de Marte, recorría el Velabrum —región de Roma situada a los pies de la colina Aventina—, el circo máximo, la Vía Sacra, el foro, y finalmente subía a la colina Capitolina, para detenerse ante el templo de Júpiter (el denominado Júpiter Capitolino).

Apenas el cortejo triunfal llegaba a la colina Capitolina, la ceremonia tomaba un aspecto religioso. El triunfador ofrecía a Júpiter el ramo de laurel que llevaba en la mano y las guirnaldas que habían adornado las fases de los lictores. Luego, rodeado por los sacerdotes del templo, sacrificaba un toro blanco en honor de Júpiter. La ceremonia finalizaba con un banquete en el que participaban los magistrados y los senadores. Después de recibir de su jefe una parte del botín de guerra, los legionarios eran licenciados.

En el cortejo triunfal mientras recorre la Vía Sacra, el orden de los componentes era el siguiente: encabezaba el cortejo un grupo de senadores seguidos por tocadores de cuernos y trompetas, que ejecutaban marchas militares. Seguían los carros cargados con el botín de guerra; los objetos de mucho valor eran llevados por algunos legionarios en palanquines especiales.

Detrás de éstos iban los animales sagrados que debían ser sacrificados a Júpiter en la colina Capitolina. Seguían los prisioneros de guerra con las manos amarradas por pesadas cadenas. Los lictores, con la frente y las fasces adornadas con guirnaldas, precedían inmediatamente al triunfador. Éste iba de pie. sobre un carro dorado y vestía una toga púrpura con hojas de palmera bordadas de oro.

Llevaba una corona de laureles en la cabeza y un ramo del mismo árbol en la mano. Al carro del triunfador eran atados los príncipes y jefes enemigos, destinados a la terrible cárcel Mamertina, donde a menudo eran muertos. El pueblo, en tiempos de la República, y la plebe del imperio participaban jubilosamente en estos festejos, pues se consideraban beneficiarios o partícipes de los triunfos logrados por las tropas.

En los últimos años de la República, los prisioneros nobles eran atados al carro del triunfador con cadenas de oro. Cerraban el desfile triunfal las legiones victoriosas. Al paso del triunfador, la multitud lo aclamaba gritando: «lo triumphe!«, que equivale a ¡viva el triunfo!

Fuente Consultada:
Lo Se Todo Tomo III
Enciclopedia Estudiantil Tomo IV CODEX

El Armamento en el Ejercito de Roma Vida de los Soldados Romanos

El Armamento en el Ejército de Roma
Vida de los Soldados Romanos

ARMAMENTO: Las armas defensivas de los legionarios eran el casco, la coraza, el escudo y las canilleras; las ofensivas el pilo y la espada. El casco fue primitivamente de cuero, galea; mas, como la lluvia y el sol lo deformaban, lo reemplazó el casco de bronce, cassis, que entonces tuvo cubrenuca, carrilleras y visera, casco parecido al de los dragones franceses; pero en vez de cimera tenía un anillo al que, en las marchas, se ataba una cuerda que permitía llevar el casco pendiente a la espalda.

La coraza, loriga, fue primero una casaca de cuero con escamadas laminillas de hierro.

Caballero romano, con su casco y escudo redondo (clipeus), una lanza y una cota de mallas.
Monta sin estribos

Después se hizo de escamas de acero articuladas, unas cubrían el pecho y otras los hombros, a manera de anchos tirantes. Se ponían además una especie de sayo o cota de mallas que llegaba a menudo hasta el bajo vientre. El escudo, scutum, era un largo rectángulo de madera ahuecada cubierto de cuero y guarnecido de piezas de hierro, que tenía en el centro un bollo de relieve, umbón, destinado a hacer resbalar los proyectiles.

El pilo, arma nacional de la infantería romana, era un dardo o venablo de dos metros de largo, que pesaba próximamente un kilogramo, cuyo alcance medio era de 25 a 30 metros, pero que, lanzado con auxilio de una correa, podía alcanzar hasta 65 metros; también se esgrimía como una lanza.

La espada, gladio, era cual la española corta, y de dos filos; los soldados la llevaban en el lado derecho, pendiente de un tahalí, y los oficiales en el izquierdo sujeta con un cinturón.

Los legionarios iban vestidos con túnica, pantalón corto y amplia capa de paño moreno, llamada sago. Calzaban càligas, o sean sandalias militares, de suela espesa guarnecida de clavos que aseguraban con correas hasta media pierna.

BATISTA: El brazo de La batista, del que pendía una red o un cestillo conteniendo el proyectil se baJaba con auxilio de palancas colocadas detrás. Al disparar, las cuerdas impulsaban el brazo y permitían lanzar el proyectil a 400 0 500 metros de distancia.

Los caballeros llevaban, además del casco, una cota de mallas, perneras de cuero, broquel, que los romanos llamaba clípeo, lanza y una espada larga. Componían el arnés de la caballería de montar, la carona, la silla de cuero, asegurada con una cincha, y la brida. La silla no tenía estribos. Los vélites tenían la coraza ligera, el clipeo, venablos o arcos, y no usaban perneras.

La artillería estaba compuesta de máquinas para lanzar piedras y dardos; máquinas representadas por dos tipos principales, que eran la catapulta y la balista. La balista u onagre estaba compuesta de un brazo de madera sujeto sólidamente con cuerdas retorcidas a marcos o bastidores a propósito.

Un torno servia para atraer el brazo de madera, poniendo en tensión la máquina, y un mecanismo adecuado permitía dispararla en el momento oportuno.

Esa máquina de guerra lanzaba piedras a cuatrocientos o quinientos metros de distancia. La catapulta o escorpión, tenía menor alcance, sus proyectiles caían a trescientos o cuatrocientos metros a lo sumo.

CATAPULTA:

Preconstitución del museo de Saint-Germain. La catapulta era una ballesta grande  que se tendía por medio del cabrestante colocado detrás.Aquí la catapulta está tendida, se ve que la flecha está colocada en el fuste. EL alcance era de 300 a 400 metros.

Esta máquina era una especie de ballesta grande y fija cuyo palo tenía una canal en la que se colocaban los lances, esto es, las saetas, dardos y piedras, la cuerda traída violentamente se aseguraba a un disparador que, al soltarse, despedía con gran fuerza la piedra o la saeta.

Algunas de estas máquinas muy potentes y que lanzaban sus proyectiles a más de setecientos metros, sólo se empleaban en los asedios ó en la defensa de plazas fuertes; existían máquinas más ligeras, que intervenían en la batalla, como los actuales cañones de campaña, y que se colocaban en el mismo frente de la legión.

Por último, la legión tenía por insignia un asta coronada con una figura de animal, que concluyó por ser uniformemente un àguila. La caballería tenía un estandarte rojo llamado vexilo.

Ver: Historia de las Armas