En Roma

Los Trovadores en la Edad Media Vida Amorosa Cantos de Amor

Los Trovadores en la Edad Media
Vida Amorosa y Sus Cantos de Amor

La vida amorosa de los trovadores.

Los trovadores era hombres libres, siempre errantes, eran el vehículo principal de la poesía medieval en las distintas lenguas europeas (provenzal, francés, castellano, gallego, catalán, italiano, inglés, alemán). En realidad, los trovadores, encomendaban a los juglares (recitadores) la divulgación de sus composiciones. El propio rey Alfonso el Sabio  encargaban a los juglares que dieran máxima difusión a sus poemas. A menudo se envía al juglar a transmitir elogios o críticas feroces, y por esta razón muchos de ellos podían correr serio peligro, incluso de su propia vida. El término deriva del verbo trobar (componer versos). Su actividad se desarrolla en Francia entre finales del siglo XI y finales del siglo XIII. Los trovadores, afincados en la región de Provenza, se inspiraron en el antiguo concepto griego de poema lírico como composición vocal. La poesía de los trovadores figura entre las primeras muestras literarias en una lengua distinta del latín, lengua literaria por excelencia durante la edad media. Sus poemas emplean nuevas formas, melodías y ritmos, originales o copiados, de la música popular. El primer trovador del que se tiene noticia fue Guillermo IX de Aquitania. La mayoría de los 400 trovadores que vivieron en esta época fueron nobles o reyes para quienes componer e interpretar canciones era una manifestación más del ideal caballeresco.

 Lord Byron se preguntaba en Don Juan: «¿Creéis que si Laura hubiera sido la esposa de Petrarca éste le habría dedicado sonetos durante toda la vida?» La respuesta, dadas las condiciones de la época y la base sobre la que estaba estructurado el matrimonio, es obvia. Los trovadores, verdaderos maestros del arte amatorio, dieron una respuesta más clara, incluso en sus propias obras. Perdigón, trovador de principios del siglo XIII, no andaba con tapujos: «Mujeres —decía—: no pretendáis hacerme penar; yo quiero encontrar provecho en todas las que adoro; la que me diga no, puede estar segura de que la dejaré».

El amor se trivializa, se torna especialmente cínico, buscando exclusivamente el goce momentáneo y cuantitativo. El fetichismo, la pasión agudizada por la contemplación o el tacto de algún objeto de la persona amada, entra en la literatura, desde la poesía trovadoresca hasta obras posteriores, como La Celestina y el Libro del Buen Amor. «Qué prodigios llevaría yo a cabo —exclama Guillermo de St. Dizier— si ella me diera solamente un cabello de los que caen sobre su capa o un hilo de sus guantes.»

El primer trovador que puede ser considerado como tal, y que logró crear escuela y sentar tradición, fue el duque Guillermo IX de Aquitania, contemporáneo de Abelardo. Alardeaba de que un hombre sólo podía ser considerado como tal si había logrado un número importante de conquistas femeninas. Él mismo se ponía como ejemplo, y manifestaba que jamás había sido derrotado en esta lid. Cuando se decidió a formar parte de una Cruzada, se hizo acompañar de un nutrido grupo de mujeres.

El culto a la relación sexual está presente en toda la producción literaria de la Edad Media. Los cancioneros populares ensalzan los encuentros furtivos, los tactos precipitados, las miradas significativas, los suspiros y la relación íntima al borde del peligro, personificado siempre por la amenaza de la aparición del marido en escena.

Las alboradas o aubades se repiten insistentemente, señalando la nostalgia de la llegada del día, instante en que deben ser interrumpidas las relaciones prohibidas. Cada hombre pretendía asaltar la casa del vecino y ocupar fugaz y clandestinamente el puesto de éste en el lecho de la mujer; pero todos son «celosos de su honra», cuando perciben que el propio lecho puede ser asaltado.

Algunos maridos, como Barral de Baux, reaccionan ante la infidelidad de la esposa con escasa o con ninguna violencia, limitándose a amonestarla por haber alentado los requerimientos de su galanteador. Pero otros, como Micer Raimón de Rousillón, actuaban bárbaramente en defensa de la propia honra. Cierto día el de Rousillón preguntó a su esposa si le había gustado el corazón que le habían servido con especias. Acto seguido, explicó que se trataba del corazón del amante de ella.

Las hazañas de algunos caballeros, que vivían obsesionados por la cuestión sexual, proveerían de casos que resultan extraordinariamente interesantes a la hora de intentar establecer un análisis psicológico de la sociedad medieval. Ulrich von Lichtenstein llevaba siempre consigo un frasco del agua con la que se había lavado en cierta ocasión la dama de sus sueños. Un día, a consecuencia de un arrebato amoroso, se seccionó un dedo y se lo envió a su amada, en demostración de que estaba dispuesto a arrostrar todos los peligros y dolores en aras de su amor.

La institución matrimonial, como hemos apuntado repetidamente, se hallaba en crisis. Pero no se levantó ninguna voz de protesta. Los tribunales de amor habían significado una ligera válvula de escape, frívola y sin demasiadas consecuencias serias, para el comportamiento sexual y sentimental de la nobleza y, en general, de las clases altas. Se mantiene invariable la institución y ni siquiera surge un comentario favorable a la disolubilidad del matrimonio. Se ignoran la familia, los hijos y las obligaciones matrimoniales, pero no se propone una solución adecuada.

La espontaneidad sexual se recluye en la clandestinidad y, comúnmente, en la picaresca. Gottfried de Estrasbourg constituye una de las rarísimas excepciones: se queja amargamente de la indisolubilidad del matrimonio, pero no se atreve a proponer una forma viable de divorcio.

Richard Lewinsohn define gráficamente la actitud de los Minnesánger, poetas cortesanos de la Alemania medieval: «Son, sin duda —dice—, grandes héroes en el campo de batalla del Amor, pero no son revolucionarios sexuales. Aprietan los puños dentro del bolsillo, mas no se atreven a declarar una lucha abierta contra el orden establecido».

En el periodo en que se acerca el punto de decantación histórica, es decir, en el momento en que paulatinamente se está realizando el traspaso del poder de manos de los señores feudales a la burguesía incipiente, la moral viene a ser informada por el nuevo estamento de poder. La burguesía va a arruinar algunos viejos conceptos y va a elaborar otros; pero, en el ámbito de lo sexual, logrará escasos cambios. La mujer sigue siendo objeto de propiedad y sabido es con cuánto celo defiende la burguesía su propiedad.

El amor se trivializa todavía más y desaparecen los apasionados estímulos elaborados por los trovadores y por los libros de Caballería. Los torneos y los duelos de amor por defender la honra de la esposa, o por conquistar el favor de la amada, dejan de tener vigencia. Al genio burgués debe serle atribuido el frecuente recurso a una técnica especial para evitar las relaciones sexuales ilícitas: los cinturones de castidad.

Aparecen éstos ya en la mitología griega, cuando Vulcano idea un artefacto que impedirá el adulterio de Venus con Marte. Pero no se conoce la época histórica en que semejante artilugio mitológico fuera llevado a la realidad, salvo en la Europa de los siglos XV y XVI.

El cinturón de castidad fue conocido vulgarmente por el nombre de «cinturón florentino», en razón de que fue Florencia la cuna de esta importante industria. Había ejemplares para todos los gustos, desde el más sencillo y económico, hasta el más complicado y lujoso. Los órganos sexuales de la  mujer quedaban rigurosamente clausurados por una pieza que se cebaba con un cansado. Muchas veces sucedía que la mujer hacía honor a los temores que respecto a tila sentía el esposo y se procuraba una llave para burlar al celoso marido.

La floreciente actividad de la  prostitución
Hemos señalado anteriormente que la prostitución existió ya en las épocas y en las civilizaciones más antiguas. Pero durante la Edad Media cobró especial auge, merced al renacimiento de la pasión erótica entre las gentes. Significó otra válvula de escape, no sólo para las clases bajas, sino también para las más elevadas. En el cuerpo de la prostituta se sublimaban los deseos y los impulsos irrealizables.

El clima de erotismo, reflejado en la literatura popular y en las obras literarias destinadas especialmente al consumo de las minorías, había sido trasladado a un terreno ideal. El acceso al lecho ajeno y la llave falsa para abrir los cinturones de castidad no estaban al alcance de cualquier mortal. Por otra parte, el donjuanismo, tan en boga en aquella época, era más bien una actitud no respaldada por los hechos.

El juego amatorio no pasaba muchas veces de ser simplemente lo que esas palabras indican: simple juego. Lo cierto es que las mujeres, atemorizadas por la autoridad marital, recluidas en sus casas, no podían permitirse el lujo de obrar con cierta independencia y de prescindir de las normas de la moral en uso.

Los relatos de los exaltados amadores y de los donjuanes de la época eran, en la mayoría de los casos, producto exclusivo de la imaginación. La mujer normal —entendiendo por esta calificación a la mujer media de la época; es decir, a la que no constituía una excepción a la regla general— vivía atemorizada unas veces, y otras, como resultado de la educación y del clima de vida, ni siquiera se detenía a pensar en que pudiera haber una experiencia distinta para ella.

De ahí que, al resultar mayor la demanda que la oferta —la inmensa mayoría ¿e los hombres deseaban multiplicar sus experiencias sexuales y la minoría de — mujeres estaban dispuestas a concedérselas—, tuviera que florecer la prostitución. Ya desde los primeros tiempos del Imperio Bizantino existen suficientes disposiciones legales para proscribir la prostitución. La emperatriz Teodora, esposa de Justiniano, adoptó en el siglo VI graves medidas para impedirla. Mande expulsar de Constantinopla a cerca de medio millar de muchachas que se dedicaban a la prostitución en la ciudad. No se le ocurrió mejor medida que disponer que fueran recluidas en un convento, lo que exasperó tanto a las muchachas que muchas de ellas prefirieron suicidarse.

Carlomagno dictó severas penas para el ejercicio de la prostitución y para la práctica del adulterio. Uno de sus sucesores redobló el rigor de los castigos ; estableció que las mujeres públicas fueran arrojadas al agua, expuestas en la picota, afeitadas y flageladas. Pero ninguna de las medidas, por bárbara que fuera logró extirpar una situación de la que eran responsables, en primer lugar, los propios hombres.

La prostitución cobró tal incremento andando el tiempo, fue tan numerosa y descarada en las ciudades, que pronto constituyó un grave problema que había que afrontar. Hubo que establecer un compromiso con la moral. Era un hecho que la prostitución no podía ser suprimida tajantemente; la prudencia aconsejaba que ni siquiera se intentara una medida de tal índole. Al suprimirse la prostitución, peligraría incluso la paz pública, puesto que los ejércitos y las guarnicione: de las ciudades necesitaban «expansionarse».

Además, puesto que el hombre tiene unas necesidades irreprimibles, ¿que ocurriría si no encontraban un cuerpo preparado para satisfacer sus impulsos? San Agustín, terciando en el debate, explicó el problema llanamente.«Si se suprime prostitución —dijo—, la sociedad será corrompida por el placer sexual». Quedaría la puerta abierta para el adulterio y para la degradación de las mujeres. Así quedó «demostrada» la necesidad, como mal inevitable, de la prostitución. Para salvar la honra y la tranquilidad de las esposas había que defender la existencia de mujeres perdidas». Se recluyó a las prostitutas en casas especiales, situadas en barrios característicos. Con esta medida quedó zanjada una espinosa cuestión que no ha sido resuelta ni aun en nuestros días.

El libro del arte de amar honestamente

André le Chapelain escribió, a finales del siglo XII, un tratado sobre las reglas del amor cortés. Su obra fue puesta bajo los auspicios y la directa influencia de condesa de Champagne. El Líber de Arte Honeste Amandi pretende ser un marco del perfecto conquistador, en el que se exponen las costumbres más fútiles.

Era una obra dirigida exclusivamente a la nobleza y a las clases elevadas. Explica los recursos del juego amatorio y las técnicas del acercamiento a la mujer pretendida. En una literatura escabrosa y picante que incluye dilemas como éste: ¿cuál de las mitades del cuerpo de una mujer elegiría? Uno de los galanteadores se creyó gado a contestar a su dama que fijaba su preferencia en la parte superior. La dama se enojó, haciéndole saber que había errado profundamente, pues no se puede menospreciar la parte inferior, lugar donde culmina el amor.

El refinamiento de este Ars amandi pretendía ser exclusivo de las clases nobles, y asi le Chapelain exhorta a sus distinguidos lectores a menospreciar a las gentes bajas, que sólo realizan el amor de forma grosera y expeditiva. Aunque de tal suerte debe ser, porque, si por ejemplo, los campesinos se entregaran a las sutilezas de la relación amorosa, abandonarían sus ocupaciones, y la ruina y la miseria se abatirían sobre todos los mortales. Sin embargo, le Chapelain no predica el distanciamiento de las clases bajas, puesto que también éstas pueden proporcionar alguna experiencia satisfactoria en el terreno sexual. Aconseja a los nobles que si alguna vez tropiezan con alguna rústica aldeana la asalten sin más contemplaciones y, no tengan reparo en recurrir a la violencia.

El comportamiento sexual durante la Edad Media participa de los modos más elementales de la Antigüedad y crea nuevas formas de la relación entre los sexos, caracterizadas, especialmente, por la idealización de la mujer. Idealización que, en el fondo, no significa otra cosa que establecer una excusa que respalde los privilegios y la iniciativa del hombre.

El «Decamerón». La salida de la noche
El proceso de llegada a lo que hoy llamamos Renacimiento fue lento y apenas podemos encontrar el corte que separa la existencia medieval de las formas modernas de vida. Los cambios de la historia no se producen nunca drásticamente, ni siquiera en esos momentos de revolución en los que parece que el antiguo régimen va a ser barrido radicalmente. Especialmente en el ámbito de las costumbres y de las formas de vida, el desarrollo se realiza más trabajosamente. La disolución de las superestructuras camina siempre a la zaga de la caída vertical de las estructuras.

Casi dos siglos después, por ejemplo, de la conclusión de la Edad Media, podemos encontrar florecimientos esporádicos de actitudes y de normas típicamente medievales.

La literatura representada por el Amadís de Gaula es, a este respecto, flor de otra estación, mientras que la fabulosa narración de Boccaccio, por el contrario, constituye a mediados del siglo XIV un anticipo de las futuras corrientes.

La obra de Boccaccio se caracteriza especialmente por haber proporcionado la pauta de la trivialización del erotismo, dando una vuelta de cerradura a la literatura amorosa medieval. Mientras que en ésta, los héroes formaban un grupo aparte, segregado de la clase social más alta, Boccaccio abre la puerta a los plebeyos, a los burgueses y, en general, a las gentes de baja extracción. Sus aventuras se escriben con letra muy minúscula; son aventuras cotidianas en las que la relación sexual tiene una importancia básica, elemental. La mujer sustituye, lisa y llanamente, a la gran dama. Ya no exige grandes heroísmos para que el hombre se haga acreedor a sus gracias naturales; y el hombre, a su vez, no se embarcará en luchas por el honor y la fuerza, sino por la astucia.

Las Cruzadas impusieron a la Iglesia el contragolpe de una cierta tolerancia en lo sexual. Los Templarios fueron a las Cruzadas con 13.000 cortesanas y de esta manera poco a poco fue reconociéndose la necesidad social de las instituciones proxenéticas. Con el decreto de Federico III dando licencias comerciales a las cortesanas, la prostitución se insertó en la nueva sociedad come una necesaria válvula de escape. Representación de un burdel en un grabado medieval. 

La presentación de los  tormentos del infierno fue uno de los temas predilectos del arte medieval. En el grabado que reproducimos aparecen unos demonios torturando las «zonas» del pecado de la carne. El miedo al  castigo será uno de factores de la represión sexual de la época. Otro ‘factor será la sublimación a través de las reglas del amor cortés; las cuales, sin embargo, tampoco olvidan  las «zonas» erógenas, ya que uno de los dilemas que propone El libro del arte de  amar honestamente es cuál de las dos mitades del cuerpo de una mujer sería preferible elegir.

Fuente Consultada: El Libro de la Vida Sexual – López Ibor