Errores Diplomáticos en Washington

Historia del Descubrimiento de la Célula Primera Observación

Historia del Descubrimiento de la Célula
Primeras Obsevaciones

Cada organismo se compone de partes infinitamente pequeñas, que pueden ser consideradas como los elementos constitutivos o los ladrillos del edificio de la vida. Pero se trata de partes tan pequeñas que no pueden en ningún caso ser observadas a simple vista; hace falta un microscopio para descubrirlas.

No se sabe con exactitud quién es el inventor del microscopio, si bien un tal Zacarías Janssen de Middelburg está considerado generalmente como el hombre que habría descubierto por casualidad los aumentos de tamaño que se obtienen con una serie de lentes superpuestas.

Por otra parte está perfectamente probado que un tendero de Delft, llamado Antonio Van Leeuwenhoek (1632-1723), talló cientos de lentes que luego reunía de tal manera que objetos muy pequeños se veían considerablemente agrandados.

Sus microscopios, que nunca estuvo dispuesto a ceder o a vender, aumentaban de dos a trescientas veces el tamaño natural y le valieron muy pronto una gran celebridad. Bien merece el título de «padre de la microscopía».

Antonio Van Leeuwenhoek fue igualmente el primero en descubrir los protozoarios, que él llamó «infusorios», porque los encontró principalmente en el agua en que había hecho fermentar un poco de heno. Dirigió largas cartas, a menudo muy divertidas, sobre sus descubrimientos a los miembros de la Royal Society de Londres; donde las revelaciones casi increíbles del tendero de Delft provocaron gran estupefacción.

Alrededor de 1590 fue construido un microscopio compuesto. La imagen, captada por una lente (objetivo), era aumentada por otra lente (ocular). Además, sobre el objeto motivo de la observación se proyectaba la luz. que, a través de una bola de vidrio llena de agua, producía la llama de una bujía.

MICROSCOPIO PRIMITIVO

En la ilustración  vemos un microscopio primitivo de este tipo.
Se trata del instrumento que utilizaba el naturalista inglés Roberto Hooke (1635-1703).

Un día cortó una fina lámina del corcho de una botella de vino y la colocó bajo la lente del microscopio. ¡Cuál no sería su sorpresa al ver que esta lámina estaba constituida por una multitud de pequeñas cámaras, que hacían pensar en un panal de miel! Por esa razón Hooke las llamó «células», sin sospechar siquiera que acababa de hallar un término de importancia mundial cuya significación sería particularmente extraordinaria en biología.

En 1838, el naturalista alemán M. J. Schleiden pudo probar que todas las plantas estaban constituidas por partículas microscópicas: las células. Alrededor de un año más tarde, su compatriota Teodoro Schwann comprobó lo mismo en los cuerpos de los animales.

imagen de una celula vegetal, con sus partes

Cada ser vivo es un edificio de células y el tamaño de las mismas no depende en absoluto de las proporciones del cuerpo del animal o de la planta, del, cual son una ínfima parte. El elefante, a pesar de su tamaño, no está constituido por células más grandes, sino por muchas más células que un ratón.

Las células de una sequoia de California, que yergue su corona a más de 100 metros de altura, no son más voluminosas que las de una pequeña violeta. Sin embargo, no todas las células tienen las mismas dimensiones o la misma forma. El diámetro de una célula redonda varía de un décimo a un centesimo de milímetro. Existen, naturalmente, excepciones que no responden a estas generalidades.

En circunstancias favorables el ojo humano puede distinguir, sin aparatos, células de un décimo de milímetro de diámetro.

El hombre es, igualmente, un edificio de numerosísimas células. Si cada célula de nuestro cuerpo fuera un ladrillo, se podría edificar  la gran muralla de China, la construcción más colosal de todos los tiempos, que tiene 16 m. de altura , 8 de ancho por miles de km.  de largo, también podría, con las células del cuerpo humano —si fueran ladrillos— dar 17 vueltas alrededor de la Tierra.

Ver: La Célula

Fuente Consultada:
Las Maravillas de la Vida Tomo V El Descubrimiento de la Célula Globerama Edit. CODEX

Cafe Porteños Que Hicieron Historia Primeros Negocios del Virreinato

PRIMEROS BARES DE BUENOS AIRES:
LOS CAFÉS PORTEÑOS QUE HICIERON HISTORIA

Uno de los primeros cafés instalados en el Buenos Aires virreinal se llamaba La Amistad, abrió sus puertas en el año 1779 en el bajo de la Alameda. Más o menos de la misma época es el llamado “de los trucos’ que dio nombre a la cuadra su de la Plaza Mayor, donde funcíonaba.

Se supone que tomó ese nombre por ofrecer a sU clientela mesas de truco, especial de billar que estuvo muy en boga. Le siguen los famosos cafés de Marcos y el de Catalanes, que tanta importancia tuvieron en la vida agitada d6 Buenos Aires durante los primeros años del siglo XIX, al que en realidad corresponde su historia.

El de Marcos, llamado a veces Malico o Marco, tomó su nombre del primitivo dueño: Pedro José Marcos. Estaba ubicado en la esquina de Bolívar y Alsina. Es posible que comenzara a funcionar en la víspera deL 4 de junio de 1801, de acuerdo a un aviso en el Telégrefo Mercantil que dice: “Mañana jueves se abre con Superior permiso una Casa Café en la Esquina frente al Colegio, con mesa de Villar, Confitería y Botillería. Tiene hermoso Salón para tertulia, y Sótano para mantener fresca el agua en estación de Berano. Para el 70 de Julio estará concluido un Coche de 4 asientos para alquilar, y se reciben Huéspedes en diferentes Aposentos. A las 8 de la Noche hará la apertura un famoso concierto de obligados instrumentos».

El Café de los Catalanes, que duró muchos años más, estuvo en la esquina de San Martín y Cangallo, haciendo cruz con la casa de Escalada, donde estuvo la librería Peuser hasta hace pocos años. La principal clientela era de jóvenes atraídos por la necesidad de participar en las luchas, abrirse camino, emular en momento de agitaciones profundas como las del principio de siglo.

En ellos, se encontraron y vincularon personas con aspiraciones comunes, actuantes en medio de difícil conjunción, las cuales encontraron o borraron distancias creadas por prejuicios. y fueron fuerzas activas en los sucesos trascendentales de la nueva nación nacida en 1810.

Según el doctor Vicente F. López, los viejos miraban mal a estos cafés por el espíritu opositor a las instituciones metropolitanas que distinguía a sus asiduos concurrentes, amigos de las novedades puestas en boga por los filósofos franceses. Esto no significaba que se abstuviesen de concurrir, pues también iban a jugar sus partidas de tresillo o revesino y hacer de “‘mariscales de café, género que siempre abunda».

López menciona otro establecimiento, “el café aristocrático de la Victoria, en Bolívar y Victoria.»

Después de la Revolución de Mayo, os cafés fueron escenario de la puja entre federales y unitarios, que si en, muchos casos fue puramente verbal, en otros dio lugar a grescas de proporciones. Fue célebre la que una noche de 1827 enfrentó a dos grupos antagónicos de periodistas en el café de la Victoria, situado junto a la plaza del mismo nombre.

El «intercambio de opiniones» produjo en el local efectos similares a los de un ciclón: mesas, sillas, espejos, cristales y vajilla quedaron hechos añicos sobre el piso. Dos años antes un viajero inglés había alabado sin retaceos ese local y otros, escribiendo que «todos ellos tienen patios tan amplios como no podría darse en Londres, donde el terreno es tan caro.

En verano están los patios cubiertos de toldos, ofreciendo un placentero refugio contra el calor del sol, y tienen aljibes con agua potable». Añadía luego que nunca faltaba «una mesa de billar bien concurrida» y que los mozos, si bien no pedían propina, «son extremadamente curiosos y hacen preguntas indiscretas, pero en tal forma que uno no puede enfadarse».

Otro inglés, A. J. Beaumont, observó por la misma época que los cafés eran amplios y bien amueblados; había seis «que se consideraban principales y muchos otros de segundo orden». Según comprobó, eran sitios muy concurridos puesto que «se reúne en ellos gran cantidad de público todas las noches a jugar a las cartas o al billar».

José Antonio Wilde recuerda que en esas casas el chocolate se consumía en  grandes  cantidades,  lo mismo que el candeal, la horchata y el café con leche, servido en inmensas tazas desbordantes y acompañado por tostadas con manteca espolvoreadas con azúcar. La clientela de las pulperías era muy adepta al vino y a la ginebra, aunque en invierno también él café tenía gran demanda. Era servido en jarritos de lata provistos de una bombilla para sorberlo; el verano, en cambio, era la época de la «sangría», un refresco preparado con vino tinto, agua y azúcar.

Las confiterías, establecimientos de más pretensiones que los cafés, aparecieron después de la caída de Rosas y comenzaron a atraer las preferencias de los muchachos de familia encumbrada. A fines del siglo pasado las que estaban sobre la calle Florida o c&rca de ella eran frecuentadas a lá hora del vermut por numerosas «barras», mientras por la calle desfilaban los carruajes de las «mejores familias», entre las que se iba difundiendo el consumo del té.

Mientras la ciudad extendía sus límites, las viejas pulperías también se iban transformando, en cafés —y sus diferentes variantes—, que se convirtieron en el punto de reunión de las diversas clases sociales. Los de baja categoría fueron apodados «cafetines» y cobijaron a una compleja fauna de compadritos, poetas, bohemios, músicos y cantores entre quienes arraigó hondamente el tarugo.

Integrado de lleno a la fisonomía de Buenos Aires, en las primeras décadas del siglo XX el café había ganado su sitio en el corazón de la ciudad; sus huellas quedan grabadas en infinidad de poesías y letras de tango y en la nostálgica mirada con que muchos porteños comprueban la desaparición dé un viejo café para dejar sitio a un impersonal  restorán  de vidrio y acrílico.

AMPLIACIÓN DEL TEMA:
CAFÉS, CONFITERÍAS Y CAFETINES DE BUENOS AIRES: Los cafés aparecieron durante el virreinato, y según Lafuente Machain «vinieron a llenar una necesidad sentida por las clases más elevadas de la sociedad, y en especial por la juventud». Es que por aquellos tiempos no abundaban los sitios donde pudieran reunirse «las clases más elevadas».

Si se exceptúan las tertulias formalísimas que se llevaban a cabo los días de recibo en las casas de algunas familias distinguidas, sólo quedaban como alternativa las pulperías, frecuentadas por una multitud de gauchos, indios y negros que la aristocracia miraba de reojo.

Uno de los primeros cafés que alcanzó fama fue el «de los Trucos» —así bautizado por el furor que hacía la baraja entre sus parroquianos—, situado en la cuadra sur de la Plaza Mayor. Lo siguió en la preferencia de la gente el «de Marco», que abrió sus puertas en 1801, ocasión en que su propietario, Pedro José Marco, estampó en el Telégrafo Mercantil un aviso que anunciaba: «Mañana jueves se abre con Superior permiso una Casa Café en la Esquina frente al Colegio, con mesa de Villar, Confitería y Botillería. Tiene hermoso Salón para tertulia y Sótano para mantener fresca el agua en la estación de Berano (…). A las 8 de la noche hará la apertura un famoso concierto de obligados instrumentos». Tanto el «de Marcos» como el «de los Catalanes», que estaba situado en la actual esquina de San Martín y Cangallo naciendo cruz con la casa de los Escalada, se hicieron célebres como puntos de reunión de muchos jóvenes que años después protagonizarían los sucesos de Mayo.

Según el historiador Vicente Fidel López, la gente mayor no veía con buenos ojos los cafés porque muchos concurrentes parecían distinguirse por su afición a las novedades culturales de ultramar y porque un presumible espíritu opositor a las instituciones virreinales se iba incubando alrededor de las mesas. Pero no por eso dejaban los mayores de concurrir a esos antros de disconformismo; sólo que ellos se limitaban a jugar a! tresillo y a arreglar el mundo con palabras, característica que en aquel entonces era señalada calificando a los contertulios con el preciso mote de «mariscales de café».

Después de presenciar las discusiones que suscitaron los hechos de Mayo y la guerra de la Independencia, los cafés fueron escenario de la puja entre federales y unitarios, que si en muchos casos fue puramente verbal, en otros dio lugar a grescas de proporciones. Fue célebre la que una noche de 1827 enfrentó a dos grupos antagónicos de periodistas en el café de la Victoria, situado junto a la plaza del mismo nombre.

El «intercambio de opiniones» produjo en el local efectos similares a los de un ciclón: mesas, sillas, espejos, cristales y vajilla quedaron hechos añicos sobre el piso. Dos años antes un viajero inglés había alabado sin retaceos ese local y otros, escribiendo que «todos ellos tienen patios tan amplios como no podría darse en Londres, donde el terreno es tan caro.

En verano están los patios cubiertos de toldos, ofreciendo un placentero refugio contra el calor del sol, y tienen aljibes con agua potable». Añadía luego que nunca faltaba «una mesa de billar bien concurrida» y que los mozos, si bien no pedían propina, «son extremadamente curiosos y hacen preguntas indiscretas, pero en tal forma que uno no puede enfadarse». Otro inglés, A. J. Beaumont, observó por la misma época que los cafés eran amplios y bien amueblados; había seis «que se consideraban principales y muchos otros de segundo orden». Según comprobó, eran sitios muy concurridos puesto que «se reúne en ellos gran cantidad de público todas las noches a jugar a las cartas o al billar».

billares porteños

José Antonio Wilde recuerda que en esas casas el chocolate se consumía en grandes cantidades, lo mismo que el candeal, la horchata y el café con leche, servido en inmensas tazas desbordantes y acompañado por tostadas con manteca espolvoreadas con azúcar. La clientela de las pulperías era muy adepta al vino y a la ginebra, aunque en invierno también el café tenía gran demanda. Era servido en jarritos de lata provistos de una bombilla para sorberlo; el verano, en cambio, era la época de la «sangría», un refresco preparado con vino tinto, agua y azúcar.

Las confiterías, establecimientos de más pretensiones que los cafés, aparecieron después de la caída de Rosas y comenzaron a atraer las preferencias de los muchachos de familia encumbrada. A fines del siglo pasado las que estaban sobre la calle Florida o cerca de ella eran frecuentadas a la hora del vermut por numerosas «barras», mientras por la callé desfilaban los carruajes de las «mejores familias», entre las que se iba difundiendo el consumo del té.

Mientras la ciudad extendía sus límites, las viejas pulperías también se iban transformando en cafés —y sus diferentes variantes—, que se convirtieron en el punto de reunión de las diversas clases sociales. Los de baja categoría fueron apodados «cafetines» y cobijaron a una compleja fauna de compadritos, poetas, bohemios, músicos y cantores entre quienes arraigó hondamente el tango.

Integrado de lleno a la fisonomía de Buenos Aires, en las primeras décadas del siglo XX el café había ganado su sitio en el corazón de la ciudad; sus huellas quedan grabadas en infinidad de poesías y letras de tango y en la nostálgica mirada con que muchos porteños comprueban la desaparición de un viejo café para dejar sitio a un impersonal restorán de vidrio y acrílico.

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Errores en la Segunda Guerra Mundial El Hombre Que Nunca Existió

Errores en la Segunda Guerra Mundial

El hombre que nunca existió: El cadáver sobre la playa de Huelva no significaba mucho para el pescador español que lo había cogido del mar con la red. Después de todo, corría el mes de abril de 1943, y la segunda guerra mundial había aportado un flujo continuo de cadáveres como consecuencia de accidentes aéreos y buques hundidos en el Atlántico.

Pero este cadáver era diferente, porque pertenecía al hombre que nunca existió. Muchos soldados aliados viven aún hoy gracias a la manera en que engañó a los alemanes.

Los aliados acababan de expulsar a los nazis del norte de África y, según las palabras de Winston Churchill, «nadie sino un condenado imbécil» debía saber que Sicilia seria el objetivo para la invasión aliada. De una forma u otra, los aliados tenían que engañar a Hitler, induciéndole a pensar de otra manera. La solución, ideada por el departamento confidencial del ministerio de marina, era brillante: había que hacer llegar a los nazis documentos que nunca esperaran obtener, y de una manera que jamás pudiera hacerles sospechar en una conspiración… Un correo diplomático volaría al norte de África con instrucciones escritas para los vencedores jefes aliados.

Su avión se estrellaría, y él y los documentos aparecerían, arrastrados por el mar, en las costas españolas. A pesar de que el gobierno de Franco era nominalmente neutral, tenía una fuerte simpatía por los alemanes, y había suficientes agentes nazis en el país como para que los aliados confiaran en que cualquier documento británico llegaría rápidamente a Berlín.

Era innecesario preparar un verdadero accidente aéreo. De todas formas, los aviones perdidos en el mar con frecuencia no dejan restos superficiales. En lugar de eso, el cadáver seria dejado en el mar por un submarino, a las afueras de la costa española. Obtener los documentos falsos era fácil. Primero, el general sir Archibald Nye, vicejefe del estado mayor general, escribió al general Alexander, comandante del 8º. Ejército, «revelando» los planes para asaltar el cabo Araxos, en Grecia.

Luego, el almirante, lord Louís Mountbatten, escribió al general Eisenhower, comandante supremo del norte de África, y a sir Andrew Cunningham, almirante de la flota, haciendo bromas acerca de las sardinas, para hacer pensar a los nazis en Cerdeña; en su «carta», Mountbatten también presentaba al correo diplomático como un pero el verdadero problema era encontrar un correo diplomático muerto y hacerlo parecer plausible para los alemanes.

Se decidió que el hombre debería tener unos treinta años y debería parecer que realmente había sido víctima de un accidente aéreo en el mar. Finalmente se encontró el cadáver de un hombre de la edad correcta y que había muerto de neumonía por exposición al frío.

Sus padres aceptaron permitir que se usara a su hijo con la condición de que recibiera un entierro apropiado y que nunca se revelara su identidad. Así, el equipo del ministerio de marina emprendió la tarea de crear una nueva identidad para su hombre. Lo convirtieron en un marino y lo nombraron capitán (mayor suplente William Martin, porque había varios Martin en la infantería de marina. Lo inscribieron como nacido en Cardiff en 1907 y le asignaron la cartilla de identidad Nro. 148228. Para explicar el porqué la cartilla parecía tan nueva, le agregaron una línea manuscrita que versaba: provista en lugar del n0 09650, perdida. Entonces, agregaron algunos matices al personaje que habían creado.

En la cartera tenía un billete de 5 libras y tres billetes de 1 libra. En los bolsillos del pantalón habían 5 chelines y 10 peniques de calderilla; un paquete de cigarrillos, una caja de cerillas, un lápiz corto, dos billetes de autobús usados y un manojo de llaves; un recibo de la cuenta por una noche en el Club naval y militaren el Piccadilly londinense, y los talones de dos localidades de teatro. Para darle una vida privada al mayor Martin, una muchacha del ministerio de marina le escribió dos cartas como si fuera su novia. Estas, junto con una instantánea de la chica y una cuenta de un anillo de compromiso por 53 libras, estaban en sus bolsillos.

Así también, había una carta de su «padre», escrita desde Gales del Norte, donde la noticia del compromiso de su hijo era vista con poco entusiasmo. El toque final era una carta del Banco Lloyds, instando a la acción inmediata sobre un saldo deudor por 79 libras, y una nota de una firma de abogados acusando recibo de sus instrucciones. Ya estaba todo dispuesto para la entrega del mensajero muerto,

El cuerpo fue sacado del depósito de cadáveres, se le puso el uniforme y un chaleco salvavidas. Sus efectos personales fueron empacados y los documentos oficiales, dentro de una cartera, atados a una de sus muñecas. Finalmente se le introdujo en un recipiente de hielo seco, y dos hombres partieron con el cuerpo para realizar un largo trayecto nocturno hacia Greenock, Escocia, donde el submarino Seraph estaba esperando para partir hacia Malta.

En esta etapa de la operación. el único que conocía el secreto era el oficial que comandaba el submarino. Cuando subió a bordo el enorme bul Después de diez días de navegación, el Seraph emergió al sur de la costa española, el 30 de abril, a las 4.30 de la mañana.

Un grupo de oficiales seleccionados, que se enteraron a último momento de la verdadera naturaleza del cargamento, acarrearon el bulto sobre la cubierta, mientras sobre el mar calmo se arremolinaban vestigios de niebla. Sacaron al mayor Martin, inflaron su chaleco salvavidas y lo deslizaron suavemente hacia el agua, a una milla de distancia de la ría de Huelva. Detrás de él, lanzaron una lancha neumática y un remo para agregar evidencias de un accidente aéreo.

El plan no podría haber funcionado mejor. El pescador informó del hallazgo esa misma mañana, y el cadáver fue entregado a la patrulla naval española. Las noticias de la «tragedia» llegaron rápidamente a la embajada británica en Madrid, junto con los efectos personales del mayor.

Pero no se dijo ni una palabra de los documentos. Para su devolución fue necesario enviar una alarmada demanda formal desde Londres, antes de que los remitieran el 13 de mayo, y para entonces ya habían cumplido su misión. Los análisis científicos comprobaron que los sobres habían sido abiertos y, después de la guerra, los documentos nazis demostraron que las cartas habían sido estudiadas al más alto nivel, convenciendo incluso a Hitler de que el ataque de los aliados se produciría sobre Grecia y Cerdeña.

El alto mando alemán distribuyó sus fuerzas, listas —como ellos pensaban— para sorprender a los invasores. Pero fueron los alemanes los que sufrieron el shock cuando los aliados tomaron por asalto Sicilia y se encontraron sólo con la oposición de una división italiana y dos alemanas. La invasión fue un éxito: las pérdidas en las playas fueron mucho más bajas de lo esperado y se había conseguido abrir un camino hacia Europa, vía Italia. Pero el héroe del momento era un hombre que no sabia nada del asunto. El hombre que nunca existió. El hombre que fue enterrado con todos los honores militares en Huelva, por la misma gente que le había ayudado, inconscientemente, a embaucar a Hitler.

Fuente Consultada: Grande Errores
Nigel Blundell

Ampliar Anécdotas de la Segunda Guerra Mundial

La Venta de la Torre de Eiffel El Hombre que Compró la Torre

La Venta de la Torre de Eiffel

Un estafador vendió, dos veces, el más célebre monumento de París: Si realmente nace un tonto cada minuto, por cada tonto parece existir un timador listo para hacerlo un poco más prudente. Pos de los más extraordinarios estafadores de todos los tiempos han sido el conde Victor Lusting, un austriaco empleado en el ministerio de trabajo francés, y Daniel Collins, un ladrón americano de poca monta. Juntos se las arreglaron para vender la Torre Eiffel. Y no una vez, sino dos.

El conde emprendió la operación reservando una suite en un hotel de París, durante la primavera de 1925. Invitó a cinco hombres de negocios para que se reunieran con él allí. Cuando los invitados llegaron, el conde les hizo prometer que mantendrían el secreto sobre lo que hablasen.

Luego, les dijo que la Torre Eiffel estaba en serio peligro y que debía ser derribada. Les pidió que hiciesen ofertas por la chatarra contenida en el famoso monumento. El conde justificó la reunión en un hotel y la necesidad de mantener el secreto, aduciendo que su ministro quería evitar toda clase de protestas públicas por la demolición de tan querido un compromiso bancario, durante una última reunión en la que el conde le presentó a su «secretario», Collins. Luego, los estafadores asestaron su golpe maestro. Le pidieron a Poison  dinero para pagar sobornos que facilitarían los trámites por los canales oficiales.

El embaucado comerciante aceptó gustoso, y entregó el soborno en efectivo. Si en algún momento hubiese tenido alguna sospecha, ahora se sentía completamente tranquilo. Porque el pedido de un soborno le probaba fehacientemente que los dos hombres pertenecían al ministerio. En el término de 24 horas, Lusting y Collins estaban fuera del país. Permanecieron en el exterior el tiempo suficiente para advertir que la denuncia, que ellos esperaban fuera presentada por el hombre al que habían defraudado, no se producía.

Poisson estaba tan avergonzado por el engaño del que le habían hecho víctima, que nunca informó de la estafa a la policía. El conde y su socio regresaron a París y repitieron el timo. Vendieron la Torre Eiffel otra vez, ahora a otro crédulo comerciante de chatarra. Poro en esta oportunidad el hombre recurrió a la policía y los estafadores huyeron. Nunca fueron atrapados por la justicia, y jamás revelaron con cuánto dinero se habían alzado.

La hazaña de Lusting bien puede haber estado inspirada por un escocés, Arthur Furguson. En el año 1923, y en el término de dos meses, el escocés vendió tres monumentos londinenses a diversos turistas americanos. El Palacio de Buckingham fue vendido por 2.000 libras —monto del depósito—; el Big Ben, por 1.000 libras, y la columna de Nelson por 6.000 libras. En 1925, Purguson emigró a Estados Unidos. En Washington encontró a un ganadero tejano que estaba admirando la Casa Blanca. Pretendiendo ser un agente del gobierno, Furguson tejió una historia inverosímil

 

El hombre condenado que no pudieron colgar o ahorcar

Hombre Condenador Que No Pudieron Ahorcar

El hombre al que no pudieron colgar

El hombre al que no pudieron colgarUna serie de errores hicieron posible que John Lee defraudara al verdugo, y le permitieron vivir su vida en paz.

Porque Lee ha pasado a la historia como el hombre al que no pudieron colgar.

El 23 de febrero de 1885, Lee estaba de pie sobre el cadalso, recientemente construido, de la cárcel de Exeter.

Y la trampa falló tres veces cuando trataron de abrirla, Cada vez que Lee, de 19 años, era reintegrado a su celda, los mecánicos inspeccionaban la trampa, el ejecutor accionaba la palanca y, sin Lee sobre el patíbulo, el mecanismo funcionaba a la perfección.

A Lee se le conmutó la pena de muerte por la de cadena perpetua Fue puesto en libertad después de 22 años y entonces emigró a América, donde murió.

La teoría sobre la asombrosa buena suerte de Lee consiste en que cuando los Prisioneros ayudaron a construir el nuevo patíbulo, clavaron a propósito una tabla torcida debajo de la tarima.

 Esta tabla estaba colocada debajo del sitio donde debía hallarse el capellán mientras el prisionero subía al patíbulo.

El peso del capellán presionaba la tabla, de tal manera que su extremo inmovilizaba el mecanismo de la trampa e impedía que ésta se abriera. Los mecánicos que, cada vez que Lee se salvaba, probaban la trampa se equivocaron al no colocar a alguien sobre la tabla torcida donde había estado el capellán.

Grandes Errores de la Historia Libros Prohibidos

Errores de la Historia – Libros Prohibidos

Sospechas de suciedad: Las librerías de Australia, como ocurre con las de la mayor parte de las naciones, están abarrotadas de literatura sexualmente muy explícita. Pero hasta hace poco tiempo, en Australia regía una severa censura literaria.

No hace mucho, por ejemplo, una redada policial confiscó incluso un cartel que reproducía la clásica estatua desnuda de David, de Miguel Ángel. El cartel estaba expuesto en una librería.

En esa misma época, unos 5.000 libros figuraban en una lista que declaraba: “prohibida su entrada al país». Entre esos libros figuraban un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, Adiós a las armas, de Ernest Hemingway, y Moll Flanders, de Daniel Defoe.

Pero hubo una ocasión en que las mezquinas purgas contra la literatura «licenciosa» revelaron su propia naturaleza. La ley fue puesta en ridículo, al caer en una trampa hábilmente preparada. Sucedió en 1944, época en que la censura era más opresiva que nunca.

Por esos años, aparecía una revista literaria muy progresista, publicada en Adelaide y titulada Angry Penguins (es decir, Los pingüinos enfadados), que no gozaba de las simpatías policiales. Cierto día, sus editores, Maz Harris y John Reed, recibieron en su oficina una notable noticia artística.

Ésta llegó bajo la forma de un paquete enviado por Ethel Malley, que contenía un gran número de poemas «de vanguardia» escritos por el hermano de la remitente, Em, antes de morir en la oscuridad y la pobreza, a la edad de 25 años.

Harris y Reed quedaron tan impresionados con su nuevo descubrimiento que publicaron una edición especial de su revista para «conmemorar al poeta australiano Em Malley». Cuando la revista apareció, dos jóvenes poetas de Sydney estuvieron riendo hasta quedar roncos.

Porque ellos eran los auténticos autores de los «poemas de vanguardia», que habían compuesto ensartando palabras al azar y frases sin sentido. Los dos tramposos planearon mantener su secreto por un tiempo, a fin de prolongar las manifestaciones de los críticos literarios, que parecían ansiosos por elogiar aquel galimatías. Pero los hechos sobrepasaron a los dos poetas.

Porque la policía de Australia del Sur secuestró los ejemplares de la revista y acusó a Harris, como editor de los poemas, de publicar temas indecentes. En el tribunal, el detective responsable de la incautación de aquella colección de insensateces interpretó que uno de los poemas hablaba de cierto hombre que deambulaba por la noche con una antorcha en la mano.

«Creo que en este poema hay una sugestión de indecencia», comenté el detective. «Yo mismo he comprobado que esa gente que deambula de noche por los parques lo hace con propósitos inmorales. En realidad, dos estos versos son indecentes.»

Acerca de otro poema, el policía sostuvo: «Se usa la palabra incestuos, No sé qué significa, pero la considero indecente». Harris fue condenado y el policía recibió elogios por su «celo y competencia».

Errores Humanos El incendio de un bosque genera decena de muertes

Error Humano:Incendio De Un Bosque 

Imprevisible crimen: El día 7 de agosto de 1979, entre las nueve y las diez de la mañana, estalló un incendio en un bosque de unas mil hectáreas, en el término municipal de Blanes, donde empieza la Costa Brava catalana. Era un fuego intencional: había empezado simultáneamente en unos tres kilómetros de ancho. Agosto, calor y viento y el fuego voraz empezó a devorar árboles y mas árboles a una increíble velocidad.

No lo pudieron dominar ni dos aviones de Icona ni las dotaciones de bomberos de Barcelona y Girona, más las de otras dos poblaciones próximas, que sumaron unos quince coches-bomba.

Se habían añadido un equipo de extinción cien soldados, más numerosos miembros de la guardia civil y la policía nacional y los equipos de salvamento de la Cruz Roja, amén del elevado número de personas civiles. (A las nueve de la noche todavía quedarían rescoldos.).

El incendio de un bosque genera decena de muertes El fuego, iniciado en el Camp d´en Figues, ahora avanzaba hacia Lloret Mar. Ya había alcanzado varias casas de campo y ahora se acercaba peligrosamente a una urbanización, llena de veraneantes.

La gente huyo despavorida. No se ha podido saber por qué ocultas razones, en vez de dirigirse a la carretera de Vidreres, mucho más próxima y segura, optaron por adentrarse en una vaguada. El viento, encajonado, llevó hasta allí las implacables llamas. Perecieron alrededor de unas cuarenta personas, entre ellas cinco mujeres y cuatro niños, cuyos restos calcinados hacían imposible su identificación.

Esta vez el fallo humano había adquirido proporciones dantescas. El presidente de la Diputación gerundense manifestó no tener duda alguna acerca de la intencionalidad del incendio forestal.

Los motivos yacen, aún no revelados, en algún recóndito archivo. Se supone, con toda lógica, que los incendiarios trataban de eliminar el bosque, para edificar allí, pasado un tiempo prudencial una nueva urbanización.

No habría sido el primer caso. Pero los expedientes permanecerán sepultados —e inconclusos—, para siempre jamás. Pero si era la primera vez que esa voracidad humana, rayana en lo inconcebible, ocasionara tan elevado número de muertes inocentes.

Era un error grave incendiar el bosque, y fue un grave error que aquellas personas enloquecidas, en vez de buscar la salvación en la próxima carretera, se hubiesen adentrado en la cañada que les mataría.

El avion mas grande del siglo contruido en la Segunda Guerra Mundial

El Avión Más Grande Construído en la 2° Guerra Mundial

El gigante aéreo de 12 millones de libras que terminó en un depósito de chatarra: En 1942, las fábricas británicas de aviones lanzaban bombarderos tan rápidamente como podían construirlos. Pero, en medio de las presiones de la guerra, aún rondaban soñadores por las fábricas. Y parecía que la mayor parte de estos soñadores se había reunido en una estancia del Whitehall de Londres, donde un comité dirigido por lord Brabazon, un pionero del aire, estaba decidiendo el futuro de la industria británica de la aviación.

El avion mas grande del siglo contruido en la Segunda Guerra Mundial

Los expertos proponían que debía empezarse a construir un avión gigantesco, capaz de volar un trayecto equivalente a la mitad de la circunferencia del mundo. Una aeronave que pudiera volar, transportando pasajeros, de Londres a Nueva York sin escalas. Construirlo costaría mucho dinero, y no era dinero lo que sobraba durante el gran esfuerzo nacional que demandaba la guerra; debía disponerse, para su construcción, de una amplia infraestructura industrial, que tampoco abundaba.

Sin embargo en marzo de 1943, se anuncié en el parlamento la decisión de construir dos prototipos de este avión gigantesco, llamado Bristol Brabazon. Tenía que ser el orgullo de la aviación del siglo. La decisión fue aprobada: no hubo objeciones en cuanto al dinero En Pilton, cerca de Brístol, los diseñadores no esperaban más que eso.

Diseñaron un avión que habría de ser el mayor del mundo: una fantástica estructura que, por si sola, pesaba 70 toneladas, y una vez cargada, llegaría a las 140. Tenía una envergadura de ala de 75 m, una altura de 17 m y estaba dotada de motores que desarrollaban 20 mil caballos de fuerza. Se construyó un nuevo hangar para montar los prototipos. Se extendió la pista de aterrizaje hasta Filton, para lo que hubo que demoler la mayor parte de la población y revestir de hormigón la nueva pista principal.

Se construyó una maqueta a gran escala del avión, ridículamente lujosa, completa en todos los detalles, incluso las jaboneras en los aseos de señoras ¿Pasajeros? Bueno, podía acomodar a 75, con literas, bares y paseos.

En ese mismo momento, los norteamericanos estaban construyendo un avión con capacidad para 150 pasajeros.

A fines de 1949, siete años y medio después del informe de lord Brabazon, el primer Bristol Brabazon realizó su vuelo inaugural sobre Filton, ante los enviados especiales de toda la prensa mundial

El primer vuelo fue un éxito. Pero seis meses después, se descubrió que el gigante del aire estaba sufriendo de fatiga del metal; se estaba deteriorando. Su expectativa de vida fue cifrada en dos años.

En septiembre de 1952, se informó a la Cámara de los Comunes que el Bristol Brabazon estaba siendo desarmado.

El costo del proyecto había alcanzado los 12,5 millones de libras esterlinas. Sólo una de las naves fue construida. Los restos de la mayor aeronave del mundo fueron vendidos como chatarra por unas 10.000 libras.

Los submarinos K de Inglaterra Errores Tecnicos de la Guerra Mundial

ERRORES EN LOS SUBMARINOS K DE INGLATERRA

La saga de los «acorazados submarinos»: Durante la primera guerra mundial Gran Bretaña decidió construir un nuevo y gigantesco tipo de submarino. Un tipo de acorazado submarino que daría a los aliados el control no sólo de las profundidades de los mares, sino también de su superficie. Los nuevos submarinos fueron bautizados barcos-K.

Imagen de un K-4

Las dos primeras flotillas de barcos-K estuvieron listas para entrar en acción hacia fines de 1917. Pero cuando fueron puestos a prueba, estos monstruos de las profundidades marinas, de 100 metros de largo e impulsados a vapor, demostraron ser inmaniobrables en la superficie, lentos y pesados al sumergirse y, una vez bajo el agua, muy difíciles de ser sacados nuevamente a la superficie.

Su lamentable record ha sido éste: Durante su primera prueba de inmersión, se produjo un incendio a bordo del K-2; de manera inexplicable, el K-3 se hundió hasta el fondo del mar, también durante su primera prueba. Llevaba a bordo al príncipe de Gales, que más tarde seria Jorge VI. Finalmente, el barco consiguió emerger y su ilustre pasajero fue rescatado. Más tarde, durante el entrenamiento, el K-3 fue atacado y hundido por el 14-6; el 14-4 encalló; el K-5 se hundió y toda su tripulación murió.

El K-6 se atascó en el fondo del mar. El K-7 embistió al K-17 durante los entrenamientos, y quedó fuera de combate definitivamente. Al K-14 se le abrió una vía de agua aún antes de que abandonara el puerto para someterse a las primeras pruebas. Y después, durante el entrenamiento en el mar del Norte, fue embestido y hundido por el K-22.

En el mismo entrenamiento, el K-17 perdió el control y se hundió, después de chocar contra un buque escolta y contra el K-7. Por último, el K-22 se averió sin posibilidad de reparación, después de haber chocado con otro barco. La operación de los barcos-K fue descartada en 1918, tras haberse cobrado 250 vidas británicas y no haber causado el menor daño a ningún marino alemán.

Escape de la Isla de Cuba Fuga de jovenes cubanos en avion Escapar de Cuba

Escape de la Isla de Cuba -Fuga en un Avión

El terror de los polizones aéreos: Nadie  los vio correr hacia el avión Los dos jóvenes, que habían permanecido ocultos detrás de una rampa en el aeropuerto de La Habana, corrieron a través de la abrasadora pista de aterrizaje hasta que estuvieron a la sombra de una de las enormes alas del avión de pasajeros Des. La nave estaba detenida al final de la pista principal, esperando turno para despegar.

Los dos hombres gatearon hacia las ruedas y treparon en el hueco del tren de aterrizaje. Luego se acomodaron en el hueco que deja la rueda, en el espacio que, dentro del ala, alberga el mecanismo de aterrizaje mientras dura el vuelo.

En pocos minutos, Armando Ramírez y Jorge Blanco fueron transportados por el aire. El DC8 de la compañía Iberia rugió en la pista y se elevó hacia el cielo azul del Caribe para comenzar su viaje hacia Madrid a través del Atlántico. El tren de aterrizaje se contrajo y los dos hombres se apretaron contra los costados de la cavidad destinada h la rueda, para no ser aplastados por el engranaje.

Escape de la Isla de Cuba Fuga de jovenes

La puerta de la cavidad se cerró debajo de ellos y todo fue desde entonces oscuridad, máquinas atronadoras y viento silbante. Ramírez y Blanco se relajaron por primera vez desde que comenzaron a poner en práctica su atrevido plan para escapar del régimen comunista de Fidel Castro, en Cuba.

Huían de su patria sin ninguna clase de pertenencias: nada que pudiera retardar esa vital carrera a través de la pista de aterrizaje en La Habana.

Por la misma razón, iban vestidos con ropas livianas: delgados pantalones y camisas de mangas cortas. A medida que el aeropuerto se alejaba del DC8, Blanco se apretó aún más en su estrecho espacio. Ahora se daba cuenta de que éste iba a ser un largo y frío viaje. Blanco avanzó poco a poco, de costado, alrededor del replegado tren de aterrizaje, buscando una posición un poco más cómoda en la cual pasar su primer vuelo. Terminó por encogerse sobre las ruedas.

En ese momento, destelló una luz de alarma en el panel del instrumental de vuelo. Algo andaba mal en el tren de aterrizaje; tal vez no había cerrado bien. El primer oficial accionó un interruptor y el tren de aterrizaje comenzó a descender nuevamente. Blanco fue tomado de sorpresa cuando las ruedas se sacudieron hacia abajo. Con un grito que fue apagado por el viento de la turbina, se soltó y cayó fuera de la cavidad de la rueda, hacia la muerte. Destelló una luz roja en los controles. El piloto se sintió tranquilizado.

Para Ramírez, entra tanto, el viaje comenzaba a convertirse en una pesadilla. No había podido hacer nada para ayudar a su amigo, y ahora que el avión estaba alcanzando su altitud de crucero, unos 40.000 metros, el frío se hacía intolerable en la cavidad que ocupaba. Sentía también una creciente dificultad para respirar. Finalmente se desmayó.

Durante los 7.200 km. que duró el vuelo de la aeronave española, la temperatura en la cavidad de la rueda descendió a 400 centígrados bajo cero, y la atmósfera enrarecida llegó casi a carecer por completo de oxigeno. Pero el joven cubano era fuerte. Al aterrizar en Madrid el DC8, recuperó brevemente el conocimiento, y el asombrado personal de tierra lo vio descender de la cavidad de la rueda hasta el asfalto. Ramírez se recuperó en el hospital, para empezar su voluntario exilio.

Fuga de residuos radiactivos contamina el agua y genera cancer

Fuga de Residuos Radiactivos Contamina El Agua

Cáncer a domicilio: A últimos de abril de 1979 se produjo en la central nuclear de Harrisburg una fuga de residuos radiactivos, que originó una pavorosa catástrofe.

Harrisburg, la ciudad capital del estado norteamericano de Pennsylvania, es un gran centro industrial en el que destaca, con robustos caracteres, la producción siderúrgica.

Era lógico que se escogiera aquel punto ávido de energía para instalar allí una de las centrales nucleares, que a la sazón se calificaba como «la más segura del mundo».

La fuga de residuos radiactivos fue, sucesivamente y por vía oficial, en primer lugar negada; luego, aceptada con reservas y, finalmente, atenuada, con el vivo deseo de quitarle importancia y evitar que cundiera la alarma.

El gobierno de los EE.UU. admitió que «a consecuencia de una ruptura del conducto de residuos, habfase extendido una pequeña proporción de los mismos, ahora ya bajo control, que había ocasionado alrededor de treinta muertes entre los pobladores de las zonas inmediatas a la central nuclear». La realidad discrepaba del comunicado oficial.

Fuga de residuos radiactivos contamina el agua

El agua residual y radiactiva, tremendamente cancerígena, se había extendido por los campos.

El ganado bovino y caprino que pastaba por aquellos prados había ingerido el letal caldo. Y se había iniciado una terrible reacción en cadena: las vacas daban leche que contenía residuos de uranio enriquecido, y la gente que la ingería firmaba, ignorándolo, su sentencia de muerte; cualquier producto vegetal o animal para el consumo humano se hallaba en idénticas condiciones; después, por simple contacto, cualquier cosa, cualquier objeto, podía ser vehículo transmisor.

A pesar de la cortina de humo oficial, hubo que evacuar la población entera de la vecina ciudad de Middleton, sometida al peligro.

Éstos, a grandes rasgos, fueron los hechos que conmovieron al mundo —cada vez más proclive a la adopción de la energía nuclear— en aquellos días de abril y mayo de 1979. Los técnicos nucleares declararon conjurado el peligro, una vez reparado el conducto averiado que había originado la letal fuga.

Y dejaron que especialistas del mundo entero visitaran la central de Harrisburg y comprobaran cómo, afortunadamente, la central nuclear era perfectamente inocua- Un técnico catalán —uno de los «cerebros fugados residente en París— tuvo la oportunidad de examinar a fondo las instalaciones de Harrisburg.

El físico Lloret dio detalles muy especializados. Y, en una rueda de prensa, dijo: —Viviría donde fuese, menos cerca de una central nuclear, por segura ue hubiese sido proclamada.

Pero el relato de este trágico episodio jque ahora sabemos que ocasionó la muerte de no menos de 300 personas no tendría sentido alguno si no revelábamos el origen de la catástrofe. Detrás de la cual, como ya es de suponer, había un fallo humano. Absurdo e incongruente, como todos ellos.

La central de Harrisburg cuenta con diecisiete aparatos que registran y miden la radiactividad y detectan la ambiental, o sea la existente fuera de los núcleos energéticos. Señalan un grado de emanaciones, indicado por una escala que lleva nombres de letras griegas. La fuga de Harrisburg correspondía a la cifra «Beta», uno de los índices más críticos.

¿Por qué no se dispararon las señales de alarma? ¿Por qué ninguno de los diecisiete aparatos lanzó la trágica advertencia? Por una tétrica razón: los tenían cubiertos con unas fundas de plástico, para evitar que el polvo los dañara. Pero tales fundas, a prueba de polvo, también lo eran a prueba de radiaciones mortales.

La Cosecha de Spaguetis Seres Extraterrestre en Inglaterra Broma

 Broma: Seres Extraterrestre en Inglaterra

Un astrónomo hizo saltar a los británicos

La BBC tiene una reputación de seriedad que le ha valido el sobrenombre de «Tiíta Eeeb». Pero, en realidad, les ha jugado varias bromas a sus oyentes y espectadores.

Miles de personas creyeron que había algo mágico en el aire una mañana de 1976, cuando el astrónomo Patrick Moore dijo a los oyentes de la BBC que, a las 9:47 de la mañana, exactamente, el planeta Plutón pasaría por detrás de Júpiter, produciendo una atracción gravitacional creciente desde el cielo. Moore dijo que, en ese preciso momento, la gente se sentiría liviana.

Los invitó a saltar hacia arriba para experimentar una sensación parecida a la de fletar; ésa es la razón por la que miles de personas estuvieren saltando, a todo lo ancho de las Islas Británicas, a las 9.47 de ese día de abril, llamado el Día de los Inocentes.

Centenares de oyentes llamaron luego a la BBC para afirmar que la experiencia de saltar había tenido éxito. Richard Dimbley, un famoso locutor de la BBC, chasqueó a miles de personas otra Ola de los Inocentes, otro mes de abril, en 1957, cuando mostró un documental televisivo sobre la cosecha de spagheti en Italia.

Los espectadores vieron cómo los spagheti flameaban al viento mientras «crecían» en las ramas de los árboles. Pero a veces son los locutores los que resultan burlados. Cierta vez, la radio City de Liverpool invitó a un importante personaje árabe, su Alteza Serena el príncipe Shubtill de Sharjah, a visitar Gran Bretaña para ser entrevistado acerca de las exploraciones petrolíferas en el golfo Pérsico.

La entrevista fue grabada para un noticiero y la dirección de la radio saludó al príncipe cuando éste se retiraba. Pero su Alteza Serena resultó ser un bromista llamado Neviile Duncan, un experto en computación bancaria.

Su personificación fue descubierta 20 minutos demasiado tarde, cuando el reportero Peter Gould, un fanático de los crucigramas, se dio cuenta de que el apellido del príncipe Shultul no era, después de todo, árabe, sino un vulgar anagrama de esos que aparecen a menudo en la penúltima página de los periódicos.

En 1977 hubo pánico cuando un desconocido mago de la electrónica interrumpió la transmisión, en una hora punta, del noticiero nacional de la televisión británica, y anunció que seres del espacio exterior habían aterrizado al sur de Inglaterra. La estación de TV y las redacciones de los periódicos se abarrotaron de llamadas telefónicas.

El bromista nunca fue descubierto.

La Guerra de los Mundos Orson Welles Graves Errores de la Humanidad

La Guerra de los Mundos de Orson Welles

¡Los marcianos han aterrizado!
El programa radiofónico de Orson Welles que hizo cundir el pánico en América

Pocos minutos después de las ocho de la noche del domingo 30 de octubre de 1938, una voz sombría interrumpió una emisión radial para advertir a los americanos: «Señoras y señores, tengo que hacer un grave anunció…. las palabras que siguieron, emitidas en un programa que se difundía a través de una red que abarcaba todo Estados Unidos, causó notables escenas de pánico. Pues el «grave anuncio» consistía en que los marcianos habían aterrizado en Norteamérica, y estaban barriendo toda la resistencia que se les oponía en una serie de sangrientas batallas. Hombres del espacio exterior estaban ocupando los Estados Unidos de América.

La Guerra de los Mundos Orson Welles

El anuncio formaba parte de una obra radioteatral algo excéntrica, pero tan realista —como que estaba producida por un genio del teatro— que mucha gente tomó la obra como un hecho real. El programa había comenzado de una manera convenientemente poco dramática. A las ocho de la tarde, los oyentes escucharon: «La Columbia Broadcasting System y sus estaciones filiales presentan a Orson Welles y su Teatro Mercury del Aire, en… La guerra de los Mundos, del I.G. Wells».

Luego, se oyó la impresionante voz de Orson Welles: «Ahora sabemos que, desde comienzos del siglo XX, nuestro planeta está siendo observado muy de cerca por inteligencias más desarrolladas que la humana».

Fue interrumpido por un locutor que, aparentemente, leía un boletín meteorológico de rutina: «El tiempo para esta noche: para las próximas 24 horas se prevén pocos cambios de temperatura. Se informa de una ligera alteración atmosférica de origen indeterminado sobre Nueva Escocia, que ha causado el desplazamiento bastante rápido de una baja presión sobre los estados del Nordeste, con posibilidad de lluvias, acompañadas por vientos de escasa intensidad.

Temperatura máxima, 190. mínima, 90.

Este parte meteorológico es ofrecido a ustedes por el servicio meteorológico oficial. Ahora nos trasladamos a la sala Meridian del Park Place Hotel, en el centro de Nueva York, desde donde podrán oír la música de Ramón Requello y su orquesta».

Hasta entonces, no había nada capaz de causar alarma. Pero se estaba creando hábilmente el ambiente. Los oyentes que habían sintonizado desde el principio ya habían olvidado que lo que estaban oyendo era una obra radioteatral.

No es que hubiera muchos oyentes. Después de 16 representaciones del Teatro Mercury, los empresarios de la CBS admitieron rápidamente que sus series dramáticas no estaban resultando un éxito. El Teatro Mercury obtenía sólo el 3 por ciento de la audiencia. La mayor parte de la gente sintonizaba, los domingos por la noche, el shaw de Charlie McCarthy, en una emisora rival.

Por este motivo, Welles, preocupado por los niveles de audiencia, los ratings, estaba jugándose el resto en La guerra de los mundos. Sabía que la CBS eliminaría su programa si no encontraba un patrocinador importante que lo respaldara. Y el programa no conseguiría un patrocinador si no aumentaba su audiencia. Welles, Paul Stewart y John Houseman, sus asociados en el Teatro Mercury, habían trabajado en la serie durante cinco días. La habían ensayado, habían reescrito el guión y habían vuelto a ensayar.

La noche del jueves anterior a la salida al aire, los tres hombres habían escuchado la grabación de su trabajo hasta ese momento, y no estaban conformes. Welles, que entre tanto había ensayado otra obra en Nueva York, y que casi se estaba durmiendo de pie, exhibía más malhumor que nunca. Afirmó: «Nuestra única oportunidad es hacer este programa lo más realista posible. Tendremos que utilizar todos los artilugios que seamos capaces de imaginar».

El equipo estuvo toda la noche agregando al guión retazos de noticias verosímiles. Al día siguiente, Stewart trabajó en los efectos sonoros apropiados: ruido de multitudes presas del pánico, disparos, chillidos… El domingo a la noche, el estudio estaba repleto de vasos de papel y de recipientes de comida, tras ocho horas de excitados ensayos.

Pero a las 7.59 de la noche, mientras Welles se tragaba una botella de jugo de piña, antes de salir al aire, todo el mundo estaba de acuerdo en que este programa tenía una oportunidad… este programa robaría oyentes a Charlie McCarthy. — este programa iba a hacer que se hablara del Teatro Mercury. -. Lo que ocurrió después, durante las veinticuatro horas siguientes, dio que hablar sobre el Teatro Mercury y sobre Welles en particular.

También ganó oyentes al show de McCarthy, y mucho más pronto de lo que Welles había imaginado nunca. Casualmente, ese domingo, el show de variedades de McCarthy había presentado a un nuevo cantante como principal atracción. Era un desconocido. Fue presentado a las ocho y diez minutos; los fastidiados oyentes comenzaron a girar sus diales para averiguar si había algo mejor en la CBS. Captaron La guerra de los mundos después de que hubieran hecho los anuncios preliminares. No disponían de indicio alguno de que lo que estaban escuchando era una obra radioteatral. Todo lo que sabían era que estaban ocurriendo cosas extrañas en la zona costera oriental.

El locutor de la CES se lo estaba diciendo… «Señoras y señores: tengo que hacer un grave anuncio. El extraño objeto que cayó esta tarde temprano en Grovers Milis, Nueva Jersey, no era un meteorito. Por increíble que parezca, el objeto contiene seres extraños que, según se cree, constituyen la vanguardia de un ejército proveniente del planeta Marte.» A continuación se oyó una música suave: un toque sutil para mantener ansiosa a la gente, para mantenerla incómoda, sobre ascuas. ¿Qué estaba ocurriendo? El locutor interrumpió la música de nuevo.

El tono de su voz denotaba que se sentía nervioso, aterrorizado. Los marcianos, repugnantes criaturas de piel correosa, se estaban desplegando. La policía de Nueva Jersey se precipitaba a interceptarlos. Se oyó más música, otros anuncios febriles, seguidos de silencios escalofriantes. La gente estaba pegada a sus receptores. Se llamaba a los vecinos para que también oyeran.

Se telefoneaba a los parientes para alertarlos. A través de toda América, la gente comenzó a ser presa del pánico. Entonces, el locutor —nuevamente en el aire— balbuceó: «Conectamos ahora con Washington, para dar difusión a un mensaje de emergencia nacional formulado por el secretario del ministerio de interior».

Se escuchó una voz solemne que incitaba a la población a no ceder al pánico; pero con el mismo tono, se le decía que los marcianos que aterrizaban no lo hacían solamente en Nueva Jersey. Habían caído a tierra vehículos espaciales en todos los estados de la Unión. Miles de civiles y de soldados habían sido ya barridos por armas de rayos letales. Se emitieron entrevistas con testigos oculares, muchas de las cuales corrieron a cargo del brillante actor Joseph Cotten.

El testigo narraba cómo había visto aterrizar objetos llameantes, de los que luego emergían repugnantes seres; cómo los rayos letales habían arrasado a miles de personas; hasta qué punto los extraños alienígenas resultaban indetenibles. Uno de los actores de Welles desempeñó el papel del presidente de los Estados Unidos y advirtió al pueblo americano contra los peligros del pánico. El programa terminó con un locutor que, desde la cúspide del rascacielos de la CBS, gritaba que Manhatann estaba siendo invadida.

Su febril relato se transformó, al final, en un grito ahogado. A esta altura, muchos oyentes habían abandonado ya su lugar junto a los receptores de radio. Los que oyeron el programa hasta el final advirtieron que todo había sido solamente una obra de radioteatro. Los que no lo hicieron siguieron dominados por un pánico ciego.

En Nueva Jersey, donde se había dicho que los marcianos hablan aterrizado primero, los caminos estaban atestados de automóviles que corrían hacia las colinas. Familias enteras salieron de sus casas volando, con toallas mojadas alrededor de las cabezas, en la creencia de que esto les salvaría de los nauseabundos gases espaciales de los que se habla hablado. El mobiliario y los objetos valiosos habían sido apilados en camiones y coches.

Había comenzado la estampida. El pánico se expandió a todas partes. En Nueva York, los restaurantes se vaciaron. Las terminales de autobuses y las colas de taxis se llenaron de gente que trataba de llegar a sus hogares para confortar a sus familias. Las esposas telefoneaban a los bares, tratando de localizar a sus maridos. 

Y la noticia siguió corriendo. Los marinos de la armada estadounidense fueron convocados a sus barcos en el puerto de New York, para preparar la defensa de América contra los marcianos. Desde Los Angeles hasta Boston se produjeron denuncias sobre meteoros. Alguna gente impresionable aseguró que, efectivamente, había visto marcianos. Los soldados estatales de reserva fueron llamados a presentarse en sus cuarteles generales como voluntarios para la defensa del mundo. En el sur, mujeres histéricas y llorosas rezaban por las calles. Los servicios religiosos fueron interrumpidos en muchos lugares del país cuando la gente irrumpía para contar las noticias a los fieles. Incluso se produjo el caso de un intento de suicidio.

Las centrales telefónicas de los periódicos y las estaciones radiales estaban abarrotadas Pero curiosamente, no había indicios de pánico en los estudios de la CES, donde, entre alaridos y anuncios sobre la implantación de la ley marcial Welles estaba otorgando a su programa un horrible final. Welles y Cotten fueron advertidos sobre la masa de llamadas telefónicas, pero Cotten minimizó el hecho: «Son unos pocos maniáticos». Hacia el final del programa, dos policías que estaban de guardia llegaron a la parte posterior de los estudios, pero al darse cuenta de que sólo se trataba de una obra radioteatral, no dijeron nada a nadie sobre el pánico, y en cambio se quedaron para oir el final.

La primera noticia que Welles tuvo acerca del resultado de sus entusiastas esfuerzos la recibió a la mañana siguiente, al abandonar su apartamento. Vio su nombre en los letreros luminosos de neón del edificio del New York Times: «Orson Welles causa pánico».

Compró los periódicos y leyó los principales titulares del New f-ferald Tribuna —«El ataque desde Marte en una obra radiofónica sumió a miles en el pánico»— y del New York Times —«Oyentes de radio dominados por el pánico: muchos huyeron de sus hogares para escapar a la invasión de gas proveniente de Marte»—; Welles, que ya a los 24 años era un actor conocido, resultaba duramente criticado por su inconcebible actuación, que había sumido en el terror a la mitad de los Estados Unidos. Los periódicos lo criticaban tachándole de irresponsable.

Se habló de entablar una acción criminal en su contra. Docenas de personas iniciaron pleitos contra la CES; el total de las reclamaciones sumaban 750.00o dólares. Pero todas las demandas fueron desestimadas y, lejos de suprimir el programa de Welles, los empresarios se felicitaban por haber contratado al actor más célebre de América.

Los mtings del Teatro Mercury subieron rápidamente. También se encontró un patrocinador Rabia sido recompensado el mayor disparate radiofónico.

Los principes engañados Grandes Errores de la Humanidad

Grandes Errores de la Humanidad

Los príncipes que nunca llegaron Lo primero que se supo acerca de la visita real fue un telegrama enviado por el ministerio de asuntos exteriores, desde Londres, a la flota anclada a la altura de Waymouth, Dorset. Transcurría el año 1910 y el poder naval de Inglaterra no tenía parangón.

El mayor barco de la flota era el HMS Dreadnougth, nave capitana de la armada real. Y fue el Dreadnougth el que recibió el mensaje del ministerio de asuntos exteriores. El telegrama, firmado por el subsecretario de exterior, sir Charles Hardinge, ordenaba que el barco se preparara para recibir a un grupo de príncipes abisinios.

La marina debía darles una buena acogida, hacerles sentirse importantes y, en general, impresionarles con la invencibilidad del poder imperial. Los oficiales del Dreadnougth se dieron a la tarea y jamás sospecharon que el telegrama pudiera no ser genuino. Mientras tanto, en la estación de Paddington, en Londres, un hombre elegante, con sombrero de copa y chaqué, hablaba confidencialmente con el jefe de la estación. Se presentó como Herbert Cholmondesly, del ministerio asuntos exteriores, y solicitó un tren especial, dispuesto para transportar hasta Weymouth a un grupo de príncipes abisinios.

Quería ese tren inmediatamente. El jefe de la estación se apresuró a preparar un coche destinado a los VIPs, sin sospechar que Cholmondesly pudiera ser un impostor. El «hombre del Foreign Office» era William Horace de Vere Cole, un acaudalado joven de la alta sociedad, un bromista fuera de lo común. Fue él quien envió el telegrama al barco.

Y los cuatro «príncipes abisinios» que abordaron ei tren eran sus amigos: la famosa novelista Virginia Woolf; Guy Ridley, hijo de un célebre juez; el deportista Anthony Buxter y el pintor Duncan Grant. Todos habían sido maquillados, caracterizados y vestidos por el experto maquillador teatral Willy Clarkson, Durante el viaje, estaban acompañados por un «intérprete»: Adrián, el hermano de Virginia Woolf, y por el propio Cole, el bromista.

El grupo llegó a Weymouth y fue recibido por una fastuosa alfombra roja y una guardia de honor. Al llegar a bordo del Dreadnougth, que había sido engalanado con gallardetes para la real visita, se sorprendieron al ser saludados con honores que habitualmente sólo se reserva a los almirantes. No pudo encontrarse en ninguna parte ni lá bandera ni la música del himno nacional de Abisinia. En su lugar, los atribulados oficiales ordenaron izar la bandera de Zanzíbar, y la banda ejecutó el himno de ese país. Nadie debería haberse preocupado: los príncipes no podían notar la diferencia.

Mientras, el grupo recorría el barco, distribuía tarjetas de presentación impresas en swahili y sus integrantes hablaban entre si en latín, con un acento irreconocible. Todo lo que se les mostraba era saludado por ellos con la complacida expresión de «Bunga-bunga». Se les dispensaron todas las formas de la hospitalidad.

En retribución, trataron de rendir honores militares abisinios a algunos de los oficiales de alto rango. Pidieron esteras para rezar al ocaso, pero rehusaron todos los ofrecimientos de comida y bebida «por razones religiosas» <habían sido advertidos por el maquillador Clarkson de que, si trataban de comer algo, sus falsos y abultados labios podrían caerse).

La artimaña casi fue descubierta en dos ocasiones. Primero, cuando Anthony Euxton estornudé y la mitad de su bigote desapareció y consiguió pegarlo de nuevo antes de que nadie lo notaras y luego cuando el grupo fue presentado a un oficial pariente de Virginia Woolf y que también conocía muy bien a Cole. Pero el oficial no vio a Virginia detrás del disfraz y, lo que es asombroso, no demostró ningún indicio de reconocer a Cole cuando le fue presentado.

El grupo real dio por finalizada la visita de manera precipitada y, después de posar para las fotografías, volvió a Londres; allí, sus miembros revelaron su bochornoso engaño. Toda la operación había costado a Cole 4.000 libras, una suma principesca para aquellos tiempos.

Pero Cole hubiese pagado casi cualquier suma y llegado casi a cualquier lugar extremo para gastar una broma pesada. Una vez se vistió de obrero y cayó un enorme pozo en el centro del bullicioso Piccadilly londinense.

Durante varios días, se dedicó a contemplar su pozo y ei rostro desorientado de los numerosos concejales que se acercaron a visitar la obra. Transcurrió una semana antes de que advirtieran que habían sido engañados y rellenaran el pozo.

En otra ocasión Cole paseaba por Westminster con un miembro del parlamento; en un momento dado, el archibromista afirmó que podía ganar al diputado una carrera hasta la próxima esquina, incluso dándole 10 m. de ventaja. El diputado aceptó, sin darse cuenta de que Cole había deslizado un reloj de oro en su bolsillo.

Cuando el parlamentario comenzó a correr, Cole gritó: «Al ladrón!», y llamó a un Policía para que registrara los bolsillos del «fugitivo». El reloj estaba en su bolsillo, de manera que el parlamentario fue conducido rápidamente a la comisaría más cercana, donde tuvo la desagradable tarea de persuadir a la policía de que todos habían sido engatusados. Pero las bromas favoritas de Cole incluían siempre disfraces. Mientras era estudiante en la universidad de Cambridge, se disfrazó de sultán de Zanzíbar e hizo una «visita oficial» a su propio colegio.

Fue conducido hasta muy cerca de sus propias habitaciones, Otra de sus extrañas representaciones consistió en asistir a una reunión de dirigentes sindicales. Marchó decididamente hacia la tribuna para dirigirles un discurso.

La audiencia estaba esperando una arenga del primer ministro laborista, Ramsay MacDonald Y Cole, verdadera. mente, se parecía muchísimo al primer ministro, luego de pasar horas maquillándose ante el espejo. El verdadero MacDonald, entre tanto, estaba «perdido» en algún lugar de Londres, a bordo de un taxi conducido por cómplices de Cole. El orador estaba diciendo a los dirigentes sindicales que todos deberían trabajar más y recibir menos salarios. El discurso no fue acogido muy favorablemente.

Errores de la Medicina Grandes Errores de la Historia Humana

Errores de la Medicina

¿Dónde está la piedrecita?  Los médicos especialistas de la Residencia Sanitaria del Valle de Hebrón, en Barcelona, habían descubierto un cálculo renal, en camino de taponar el uréter, en las radiografías tomadas N.R., un gitano.

La «piedra» era de considerable proporción y se preveía que su evacuación a través de los conductos urinarios era prácticamente imposible. Los cólicos nefríticos atenazaban al gitano, y la única alternativa posible era la quirúrgica: operar el riñón derecho de NR. y extraer el temible cálculo.

Así le fue notificado a N.R. y el hombre accedió al expeditivo camino, puesto que el dolor producido por el corpúsculo extraño era cada vez más intenso y, en consecuencia, insoportable. Convinieron con el paciente en efectuar la operación al día siguiente.

Tendría que llegar en ayunas a la Residencia, a las ocho de la mañana, y pasaría al quirófano inmediatamente. N. R. llegó puntualmente, acompañado de todo su clan, una muchedumbre gitana: hombres, mujeres e inclusive algún crío.

Dejaron a la solidaria multitud calé en una sala de espera contigua al quirófano, y N.R. entró en el recinto, sancta sanctorum de la cirugía. Anestesia apertura.., e inútil búsqueda del cálculo.

Los estupefactos médicos no hallaban nada. Consultaban una y otra vez las radiografía que mostraban la incontrovertible presencia del intruso objeto.

¿Estaría alojado en el riñón izquierdo? ¿No habría la posibilidad —por otra parte remotísima— de haber confundido las radiografías? ¿O —aún mi lejana la probabilidad— de que las radiografías que examinaban una otra vez no estuvieran invertidas? Angustiados, no daban con la respuesta la lógica.

Pero no, no existía duda alguna: el cálculo estaba en el riñón derecho en el que no había ni asomo de corpúsculo ajeno. Nuevos exámenes radiográficos, siguiendo milímetro a milímetro todo el trayecto urinario con el mismo resultado negativo: no había tal «piedra», Ya sólo quedaba la oportunidad de cerrar y coser.

Ya en la sala de recuperación, el paciente, el cirujano jefe salió a comunicar su estupefacción al clan gitano. —Inexplicable, señores, pero no hemos encontrado el cálculo renal.

El paciente está perfectamente bien, recuperándose en estos momentos. El jefe preguntó al médico:

—Qué es, eso del cálculo?

—La piedra que tenía alojada en el riñón, rastreada en las radiografías. Pero no la hemos hallado. El gitano metió su mano en el pequeño bolsillo delantero del pantalón y sacó un diminuto envoltorio hecho con papel de fumar. En él estaba el cálculo. Preguntó:

—Será esto lo que buscaban?. El atónito médico, que había reconocido inmediatamente el inhallable ridículo, respondió:

—Si, claro: esto es lo que tratábamos de encontrar?

—Pues lo orinó anoche.

—Pero, ¿por qué no lo dijeron?

El jefe gitano, con una sonrisa picaresca, contestó De habérselo dicho, ya no lo hubiesen operado, ¿no es cierto? Una una manifestación de desconfianza enraizada en la convicción de que  lo menos que debe hacer el Seguro Social es operar a quien lo merece, Una errónea interpretación humana, en resumidas cuentas, que hubiese podido entrañar grave peligro para N.R., mucho mayor que el de sus cólicos nefríticos.

1-Medicina Primeras Civilizaciones

2-La Medicina en la Antiguedad

3-La Medicina en Grecia Antigua

4-La Medicina en Roma Antigua

5-La Medicina en la Edad Media

6-La Medica en el Renacimiento

7-La Medicina en la Época Colonial Americana

8-Los Microorganismos

9-Historia de las Cirugías

10-Historia de la Medicina

Olimpiadas de Montreal Grandes Errores de la Historia

Errores en las Olimpíadas de Montreal

El fiasco de las olimpiadas de Montreal

Los juegos se llevaron mil millones de dólares Montreal actuó como orgullosa anfitriona en los juegos olímpicos de 1976. Pero luego debió pagar por ellos mil millones de dólares. Esa fue la increíble deuda que contrajo la ciudad al celebrarse los juegos: más de ocho veces lo que se había calculado.

El desastre financiero de las olimpiadas de los mil millones de dólares fue tan grande que, cuando éstas terminaron, los empresarios de Montreal se encontraron con unos Impuestos Olímpicos Especiales (recaudados en un esfuerzo por saldar la deuda) que deberían pagar durante los próximos veinte años.

La provincia de Quebec cargó con el resto del déficit, que comenzó a pagar con impuestos. extras al consumo de tabaco y la organización de una lotería. Cuando los juegos finalizaron, el principal estadio olímpico y dos hoteles para los asistentes aún no habían sido terminados.

Olimpiadas de Montreal - Canada

Se culpó a los problemas sindicales, al mal tiempo, a la mala planificación y al mal manejo del dinero. Se pensaba que las espectaculares instalaciones solventarían su propio mantenimiento después que todos los atletas internacionales se hubiesen reintegrado a sus lugares de origen.

Pero el velódromo, de 10 mil localidades (construido a un coste de 50 millones de dólares: un millón de dólares por cada ciclista federado en Canadá) sólo atrajo a 300 personas durante los primeros campeonatos nacionales.

Otros ejemplos de extravagancia fueron el millón y medio de dólares invertidos en aparatos transmisor-receptores para las fuerzas de seguridad, el millón de dólares para el alquiler de 300 grúas (más caro el alquiler que comprarlas todas( el millón y medio de dólares pagado al Coro y Orquesta Sinfónica de Montreal por la mímica de grabaciones que eran pasadas por altoparlantes.

Apenas terminaron los juegos, más de 3.700 toneladas de materiales de segunda mano —que iban desde cordones para las botas de los boxeadores hasta 10.000 aparatos de televisión— fueron lanzados al mercado, a precios de remate.

Los escombros llenaban depósitos del tamaño de tres estadios de fútbol, y sólo el ejército canadiense tenía camiones suficientes para trasladarlos. El ministro de deportes de Quebec, Claude Charrori, calculó que el coste post-olímpico necesario para mantener el complejo polideportivo ascendía a cinco millones y medio de dólares por año, con ingresos de sólo dos millones de dólares. «Es una herencia monstruosa, nacida de un gasto desaforado, que no tiene justificación social ni realidad económica», dijo.

El Error de Cristobal Colon en sus Viajes a America

El Error de Cristóbal Colón en sus Viajes a América

Colón murió sin saber que había descubierto América Una suave brisa hinchaba las velas de los pequeños barcos de madera, y los impulsaba suavemente fuera del bullicioso puerto de Palos, al sur de la costa española. Era el viernes 3 de agosto de 1492. Algo más que una pequeña aprensión reinaba entre los 87 hombres embarcados.

Este era un viaje nunca hecho, hacia más allá del mundo conocido. Por delante se extendía el océano Atlántico, potente y misterioso. Pero para un hombre que, a bordo de la Santa María —una carabela de 70 pies de largo—, observaba cómo se iba alejando poco a poco la costa, la idea de navegar hacia lo desconocido no lo aterraba.

El capitán Cristóbal Colón —nacido Cristoforo Columbo, hacia 1445, hijo de un sastre genovés— era un marino altivo, terco y ambicioso, que soñaba con abrir una nueva ruta desde España hacia las ricas islas de las especies, en las Indias Orientales.

Viaje de Colon a America

Durante muchos años, mientras navegaba alrededor de España y Portugal, y por la costa africana hasta Cananas, había estado planeando cruzar el Atlántico Colón estaba convencido de que la Tierra era redonda, una teoría impopular en esa época, pero que estaba ya adquiriendo adeptos. Creía que la costa este de Asia y las tierras ricas en oro del Oriente estaban al oeste de Europa, a una distancia fácilmente navegable.

Ahora, por fin, estaba cumpliendo su propósito, bajo el patrocinio de los reyes de España, Fernando e Isabel. Su primer intento se había frustrado ocho años antes, ante la negativa del rey de Portugal, Juan II. Quizá estaba a punto de cometer el mayor disparate de que es capaz un explorador, pero cometiéndolo iba a lograr el mayor de los descubrimientos.

Colón dirigió sus barcos hacia San Sebastián, en Canarias; luego el 6 de septiembre, impaciente por no perder los vientos constantes del este, viró su pequeña flota hacia el oeste, hacia el Atlántico abierto. Pero a mitad del mes, todavía sin tierra a la vista, sus hombres comenzaron a asustarse.

Temían no poder regresar jamás a España. El propio Colón, seguramente, habrá empezado a dudar de su cálculo de la distancia de las Indias. El 19 de septiembre comenzó a llevar un cuaderno de bitácora falso, con el cual trataba, mediante la subestimación de las millas navegadas, de apaciguar los temores de la tripulación.

La Santa María, junto con sus buques de escolta —La Pinta y La Niña— superó los peligros del mar de los Sargazos, a veces agitado por las mareas altas, otras en calma durante largos días. Obsesionado por lograr el éxito de su empresa, y calculando las recompensas que acumularía debido a la gratitud del rey y de la reina, Colón se aferró a cualquier evidencia que mostrara que estaban cerca de tierra. Las esperanzas tan pronto crecían como se desvanecían.

Entonces, a las dos de la mañana del 2 de octubre, exactamente 37 días después de haber abandonado Canarias, un marinero a bordo de La Pinta lanzó el grito: «Tierral”. Ese mismo día, más tarde, la pequeña flota llegó a una isla, a la que Colón denominó San Salvador.

Colón escribió ese día en su cuaderno de bitácora: «Enseguida vimos allí nativos desnudos… Apareció ante nuestros ojos un paisaje con verdes árboles exuberantes, muchos ríos y árboles frutales de varios tipos». Al día siguiente, escribió: «Vi que algunos de los hombres se habían hecho un agujero en la nariz y habían puesto una pieza de oro a través de él… Por algunos indicios, pudimos entender que debíamos ir hacia el sur para encontrarnos con un rey que tenía grandes navíos de oro».

El 17 de octubre anotó: «En todos estos días que he estado en las Indias, siempre ha llovido, más o menos…». Aún creía firmemente que había recalado en las costas orientales de Asia. Colón emprendió la exploración y navegó entre las islas del Caribe hacia el norte de la costa cubana y La Española. Quedó muy impresionado por lo que había visto y el 28 de octubre, mientras estaba a la altura de la costa cubana, escribió en su diario: «Me atrevo a suponer que los poderosos barcos del Gran Khan vienen hasta aquí, y que de aquí al continente hay un viaje de sólo diez días».

Después de ocho meses en el mar, Colón volvió triunfante a España, donde fue nombrado «Almirante de la mar océano y gobernador de las islas recientemente descubiertas en las Indias». Hizo cuatro viajes de exploración a América Central en los siguientes diez años, y sólo al final de ellos comenzó a dudar sobre si realmente había encontrado la costa oriental de Asia.

Durante su tercer viaje al Nuevo Mundo, en 1498, comenzó a reflexionar sobre la posibilidad de que hubiera encontrado un nuevo continente. Un rumbo más austral a través del Atlántico lo había conducido a la isla de Trinidad y, mientras exploraba el cercano golfo de Paria, llegó hasta el sitio donde el poderoso río Orinoco desemboca en el mar. El 14 de agosto de 1498, escribió en su diario: «Creo que éste es un continente enorme que hasta ahora ha permanecido ignorado».

En los años siguientes, un aventurero italiano, Américo Vespucio, junto a otras personas, habría de confirmar sus sospechas. Vespucio exploró gran parte de la costa brasileña, y el relato de sus descubrimientos le valió el honor de que se concediera su nombre al nuevo y enorme continente. Pero en 1502, cuando Colón partió en su cuarto viaje, creía aún que las islas que había descubierto estaban a la altura de la costa oriental de Asia.

Pensaba que el camino hacia Asia debía estar entre las islas y el nuevo gran territorio que se extendía al sur. Por lo. tanto, partió con el propósito de encontrar ese paso. Y por segunda vez tropezó con América, sin reconocerla realmente. Durante nueve meses, soportando el mal tiempo, exploró a lo largo de las costas de Honduras, Costa Rica y Panamá.

Luego, en mayo de 1503, con sus barcos azotados por las tormentas, carcomidos y en peligro de naufragar, se dirigió al norte en un intento desesperado de llegar al nuevo asentamiento español de Santo Domingo, en la isla La Española.

Fracasó, y debió pasar doce meses como náufrago en Jamaica, antes de ser rescatado con su tripulación y reintegrado a España. Colón murió el 20 de mayo de 1506. Nunca habría de saber que la tierra que había descubierto era, en realidad, el vasto continente americano.

Grandes Errores de la Humanidad Errores Historicos del Hombre

Grandes Errores de la Humanidad

Cuarenta años con gripe, en cama:  En su periodo de practicas un medico visito a una anciana de 74 años, que había estado postrada en cama durante los últimos cuarenta. No pudo encontrar ninguna enfermedad en ella. Descubrió que uno de los médicos que le habían precedido había ordenado a la mujer que permaneciera en cama, porque padecía gripe. Le había dicho que no se levantase hasta que él volviera a visitarla. Pero el médico se olvidó de volver.

Después de unos días, la mujer —soltera, de 34 años— se había recuperado, pero permaneció en su cama esperando la visita del doctor. Transcurrieron varias semanas y el médico no volvía. Para ese entonces, la paciente había descubierto que disfrutaba siendo atendida a cuerpo de rey y rehusó levantarse. Al principio, fue cuidada por su madre.

Cuando ésta murió, la reemplazó su cuñado. Finalmente, el nuevo médico del área hizo una visita de rutina a la casa de la paciente —en Taunton, Devon— y examinó a la mujer, que tenía entonces 74 años y aún guardaba cama, empecinada-mente.

El nuevo médico remitió el caso a un especialista en geriatría. El geriatra, doctor Peter Rowe, dijo: «En la época en que la vi, ella no hubiera podido levantarse silo hubiera querido.

Estaba bastante rolliza, y muy lejos de desear abandonar el lecho».

El doctor Rowe informó del caso a las revistas médicas británicas en 1978, pero a causa de la ética profesional el nombre de la mujer nunca fue revelado. Rowe relató que se necesitaron siete meses de terapia de apoyo para persuadir a la anciana de que abandonara la cama, y cómo al fin, por suerte, se puso de pie nuevamente. Vivió tres años «plenamente ,activos» antes de su muerte, a los 77 años.

El Gran Incendio de Londres Grandes Causas e Historia

Grandes Errores: El Gran Incendio de Londres en 1666

El panadero que incendió Londres:
Dejó un horno encendido e inició el Gran Incendio de 1666 John Farynor había conseguido una reputación y honores nada comunes para ser un humilde comerciante Era el panadero del rey Carlos II, recientemente reinstaurado en el trono después de su exilio en Francia. Farynor había sido el panadero real durante cinco años, cuando una tarde de 1666, después de un día largo y fatigoso, subió las escaleras hacia su dormitorio, en el piso superior de su panadería en Pudding Lane. Apagó la vela y se dispuso a dormir en paz.

Pero mientras tanto, en la panadería de abajo ardía aún una llama. Farynor no había apagado bien sus hornos de pan. La llama creció y a las dos de la mañana, el 2 de setiembre de 1666, el fuego en la panadería inició uno de los peores incendios de la historia, el Gran Incendio de Londres. Las chispas procedentes de la panadería de Farynor encendieron un montón de heno almacenado en el patio del star un, que quedaba al lado; luego se encendió el techo.

Pudding Lane está en el centro de un área superpoblada del viejo Londres, y miles de vecinos salieron pronto a la calle para ver las llamas.

No estaban demasiado alarmados: los incendios eran frecuentes en esta parte de la ciudad, donde las construcciones eran de yeso y estaban sostenidas por pilares empapados de brea. Apenas un año antes, el rey Carlos había escrito al Lord Mayor urgiéndole a que hiciese cumplir más estrictamente las reglamentaciones destinadas a impedir incendios.

Pero los incendios anteriores habían podido dominarse y no había ninguna razón para creer que con éste pasaría algo diferente. Pudding Lane era un vaciadero de desperdicios del cercano mercado de Eastcheap. Allí no vivía ninguna persona distinguida, pero estaba cerca de la calle principal, que lleva al Puente de Londres; por lo tanto, a primera hora de la mañana el Lord Mayor fue informado. Cuando llegó al escenario del incendio, no parecía particularmente impresionado. Samuel Pepys, que relata el suceso en su diario, no estaba más impresionado que el alcalde. Lo despertó su criada a las 3 de la mañana; estaba en su casa, situada a tres cuartos de milla al este, cerca de Tower Hill.

Escribió acerca del incendio: «Me levanté, me puse la bata y fui a la ventana. Pensé que el incendio debía ser muy lejos, detrás de Mark Lane, y entonces me fui otra vez a dormir». Pepys fue quien llevó a la corte, y por lo tanto al rey, las noticias del incendio, cuando fue a su despacho en Whitehall, poco antes de mediodía. Hasta entonces, nadie se había molestado en informar al rey. Después de todo, era domingo. Sin embargo, pronto tuvo que desecharse la idea de que el fuego podía ser apagado pronto.

El domingo por la tarde las llamas llegaban al río Támesis, y una serie de depósitos llenos de madera, aceite, coñac y carbón, estallaron como bombas, uno tras otro. Un viento seco y cortante soplaba de continuo desde el este, de manera que, si bien llegaba a cierta distancia de la casa de Pepys, el incendio se extendía hacia el oeste de manera incontrolable.

El domingo hubo un momento en que las llamas pudieron haber sido sofocadas, pero los bomberos rompieron las cañerías para llenar sus cubos más rápidamente, y así cortaron el suministro de agua a toda el área. El infierno continuó sin mermar desde el domingo hasta el miércoles.

Para entonces, habían quedado destruidas 13.000 viviendas, se habían incendiado 87 iglesias y se habían chamuscado unós 300 acres. Las tiendas instaladas en el Puente de Londres se incendiaron.

Algunas chispas cruzaron hacia la orilla opuesta del Támesis e iniciaron pequeños incendios en Southwark. El Guildhall y el Royal Exchange —centros financieros de la ciudad— quedaron reducidos a ceniza.

El mayor incendio se produjo en la Catedral de St. Paul, donde el calor hizo estallar las piedras; las tumbas antiguas reventaron, y dejaron al descubierto los restos momificados.

El techo de la Catedral se fundió y el plomo derretido se deslizó por las calles adyacentes: Es de destacar que sólo murieron ocho personas en el Gran Incendio de Londres. La mayor parte de los ciudadanos tuvo tiempo suficiente para escapar.

Las calles estaban llenas de carretillas con enseres. Pepys estuvo entre los que abandonaron la ciudad. Escribió: «De cara al viento, uno casi se quemaba con una llovizna de chispas, provenientes de la más horrible, maléfica, sangrienta llamarada… Pero lo más sobrecogedor era el humo, un humo tan denso que oscurecía el sol de mediodía. Si asomaba el sol, asomaba rojo como la sangre».

Hacia el miércoles por la noche, el fuego había sido controlado, debido en gran parte a la intervención personal del rey, que organizó a los bomberos para derribar edificios, a fin de circunscribir los destrozos del incendio. Pero Londres continuó ardiendo y humeando lentamente en las semanas que siguieron.

Seis meses después, aún había sótanos en los que el fuego continuaba vivo. El disparate del panadero Farynor produjo algún beneficio: los vergonzosos barrios bajos del centro de Londres quedaron limpios en una semana; el fuego purificó los últimos vestigios del gran desastre londinense anterior, la Gran Plaga de 1665, que había producido 100.000 víctimas.

Fuente Consultada: Grande Errores
Nigel Blundell