Formación del imperio británico

Biografia del Duque de Wellington Militar Britanico

Biografia del Duque de Wellington Militar General Britanico

En el estudio de las grandes figuras militares, la consideración de los hechos de armas de Arturo o Arthur Wellesley, duque de Wellington, merece un lugar destacado, por lo menos en cuanto a las magníficas condiciones de tenacidad de que siempre dio relevantes pruebas.

Estratega de refinada formación, brillante en el despliegue de sus fuerzas, fue realmente insuperable en la táctica defensiva, como lo demostró en Torres Vedras y en el mayor de sus triunfos: Waterloo. Esta victoria hizo irradiar su fama por todos los ámbitos. del mundo.

biografia del duque de welligton

Tercer hijo de Garrett Wellesley, conde de Morningtong, Arturo nació en Dublín el 29 de abril de 1769. Se educó en el aristocrático colegio de Eton y en la academia militar de Angers (Francia). Ingresó como insignia en el 73.0 de «highlanders en 1787.

Hizo rápidos progresos por su natural despejado y la influencia de su hermano mayor; en 1793 tenía la graduación de teniente coronel, con la cual luchó contra los franceses en Holanda (1794-1795).

Al terminar esta campaña, fue enviado con su regimiento a la India (1796), donde tuvo ocasión de prestar grandes servicios a Inglaterra.

Su hermano, nombrado en 1797 gobernador de la India, le ayudó a hacerse distinguir, pues en 1799, después de la derrota de Tippo Sahib, le confirió el mando supremo de la provincia de Mysore.

Con el grado de mayor general, Wellesley dirigió la campaña de 1803 contra los majratas, a los que derrotó en las decisivas batallas de Assaye y Argaum.

Personalmente impuso la paz a los príncipes de la confederación hindú.
De regreso a Inglaterra (1805), fue elegido miembro del Parlamento y nombrado secretario para Irlanda (1806).

En 1807 participó en una expedición contra Copenhague. Pero hasta 1808 no halló un cargo militar que le permitiera desarrollar sus aptitudes.

La invasión napoleónica en Portugal y España, y la alianza subsiguiente de Inglaterra con estos estados, motivaron el envío de tropas expedicionarias a la península Hispánica.

Wellesley, promovido a teniente general en abril de 1808, dirigió la primera expedición, con tan feliz acierto que, después de la acción de Vimeiro (21 de agosto), obligó a Junot a capitular en Cintra (31 de agosto).

La noticia del reembarque de las tropas inglesas de Moore en La Coruña ante Soult (16 de enero de 1809) le sorprendió en Inglaterra.

De nuevo el gobierno británico acudió a él para reparar el desastre. Wellesley liberó Oporto y lanzó un atrevido ataque sobre Madrid por el valle del Tajo.

Aunque vencedor en Talavera de la Reina (27 de julio de 1809), tuvo que replegarse para evitar que fueran cortadas sus comunicaciones. Después de aquella victoria fué nombrado mariscal portugués y capitán general español.

La corona le otorgó el título de vizconde Wellington. Ante el ataque del ejército de Massena, Wellington se replegó a las líneas de Torres Vedras (1810-1811), en donde resistió de modo admirable.

Al iniciarse la campaña de 1812, expugnó Ciudad Rodrigo (19 de enero), recobró Badajoz (5 de abril) y derrotó a los franceses en Arapiles (22 de julio).

En este momento le faltó decisión para echarse sobre el enemigo en retirada, lo que permitió que éste se rehiciera. Sin embargo, en la campaña de 1813 obtuvo una victoria resonante y decisiva en Vitoria (21 de junio), completada por la expugnación de San Sebastián (31 de agosto) y el paso de la frontera por San Marcial.

El 10 de abril de 1814 entraba en Tolosa. Terminada la guerra, el recién duque de Wellington fue nombrado embajador de Inglaterra en París.

Plenipotenciario de su nación en el Congreso de Viena (febrero de 1815), empuñó la espada al saber la noticia del regreso del Gran Corso. Se le confió, con Blücher, el mando del ejército del Norte.

Separado de su colega prusiano por la vigorosa ofensiva de Napoleón, la contuvo en el campo de batalla de Waterloo (18 de junio de 1815), en donde el impasible general británico se cubrió para siempre de gloria.

Entonces recibió dignidades y recompensas sin cuento, entre las cuales el principado de Waterloo y un obsequio de 200.000 libras esterlinas del Parlamento. Tenía 46 años…

Su prestigio hizo pesar su palabra en la vida pública de Europa e Inglaterra en los años siguientes. Wellington apoyó el restablecimiento de Luis XVIII y evitó la desmembración de Francia.

En 1818 participó en el Congreso de Aquisgrán. En el mismo año ocupó un puesto en el gobierno de la Gran Bretaña, dentro del que se mantuvo en completo acuerdo con las ideas de Castlereagh sobre la practica de la política de la restauración.

Sin embargo, en 1826 prestó un gran servicio a Canning obteniendo en la convención de San Petersburgo la libertad de Inglaterra en el problema del alzamiento de Grecia contra Turquía.

En 1827 el «duque de hierro» fue nombrado generalísimo de las fuerzas inglesas, cargo que desempeñó hasta su muerte.

Al año siguiente (9 de enero) ocupaba la presidencia del consejo de ministros. Durante su gobierno, aunque rígidamente conservador, se otorgó la emancipación a los católicos del Reino Unido (1828).

Opuesto a toda reforma electoral, dimitió en noviembre de 1830. Este fue el único instante en que conoció la impopularidad. Wellington fue otras dos veces ministro bajo la presidencia de Peel: de Negocios Extranjeros en 1834-1835 y sin cartera en 1845-1846.

Su vida se apagó en Walmer Castle (Dover), en una calma serena y augusta, como correspondía a su papel de héroe, el 14 de septiembre de 1852.

fuente

Biografia de Horatio Nelson Marino Británico

Biografia de Horatio Nelson-Héroe de Trafalgar

Trafalgar, 1805. Se libra un violento combate naval entre fuerzas francoespañolas y británicas. Al mando de las áitimas está un capitán que ese día escribe la última página de su historia.

El almirante británico que murió heroicamente en Trafalgar fue Horacio (Horatio) Nelson, nacido en Inglaterra en 1758. Durante más de tres décadas surcó el Atlántico, el Mediterráneo y el Ártico, combatiendo a todos los adversarios de su patria.

Por su valentía y coraje, fue nombrado almirante y elevado a categoría de héroe nacional por el imperio británico. Tras su muerte, consecuencia de una herida de bala recibida en el pecho y el hombro en la batalla de Trafalgar, los ingleses colocaron su estatua en una alta columna en Londres, para que siguiera vigilando desde allí el horizonte.

El brillante militar, que había destruido las flotas francesa y española frente a Cádiz, no pudo disfrutar de su mayor victoria.

BIOGRAFIA DE HORATIO NELSON

HORATIO NELSON: Como almirante, el más famoso de la historia de Inglaterra y uno de los más célebres de todos los tiempos y países. Resuelto, frío, bravo, dominando a placer el arte de navegar y la estrategia naval, del Imperio Británico del siglo XIX.

Porque sin Nelson quizá no habrían sido ni Abukir ni Trafalgar, las dos grandes victorias que hicieron estériles los triunfos de Napoleón en el continente.

Los ingleses pueden, con legítimo orgullo, venerar la figura del almirante entre las páginas de oro de sus guerras en el mar.

Biografia de Horatio Nelson
En 1797, se distinguió por su victoria sobre España en la batalla del cabo San Vicente. Poco después de la antedicha batalla, Nelson participó en el ataque a Santa Cruz de Tenerife, donde fue malherido perdiendo un brazo, y forzado a marcharse a Inglaterra para recuperarse.

Hijo de Edmundo Nelson y de Catalina Suckling, emparentada con los Walpole, Horatio nació en Burnhm Thorpe (Norfolk) el 29 de septiembre de 1.758.

Su padre era rector de aquella parroquia y proporcionó a su hijo una buena, aunque sumaria educación en Norwich, Downham y North Walsham.

Sin embargo, quien desempeñó el papel más importante en la vida de Horatio fue su tío, el capitán Mauricio Suckling, oficial de intendencia de la armada.

Debido a la intervención de éste, Horatio entró a los doce años de edad en calidad de grumete en el navio Raisonnable.

Pero habiéndose solventado las diferencias que a la sazón existían entre Inglaterra y España, el capitán Suckling le embarcó en un velero mercante que navegaba a la India, y, a su regreso, le ejercitó en la dura escuela de la navegación de cabotaje, entre las brumas, los vientos, las rocas y los escollos de los mares del Norte.

En 1772 tomó parte en la expedición ártica del capitán Phippo y luego se embarcó de nuevo para la India. Su prolongada vida en el mar despertó en él la ambición del heroísmo.

El 9 de abril de 1777, después de servir en la fragata Worcester, fue admitido en la flota real inglesa como teniente. A causa de sus conocimientos navales y de su habilidad para atraerse simpatías, en 1779 le fué confiado el mando de la fragata Hinchinbrook. Tenía entonces veintiún años.

Combatiendo por los mares: Nelson navegó con los buques de la Armada Británica en la época de la Revolución Francesa y el imperio napoleónico, cuando Francia y España competían con Inglaterra por hacerse con el dominio de los océanos. Y el célebre almirante se enfrentó con ambos países a lo largo de toda su carrera. En 1797, por ejemplo, hundió la flota francesa y detuvo así el avance de Napoleón en Egipto.

Nelson no se distinguió mucho en las operaciones de la guerra de Independencia norteamericana, aunque sus jefes, como el almirante Hood, ya le consideraban como gran experto en la táctica naval. Acabada la lucha en 1783, se trasladó a Francia para estudiar la marina de sus adversarios.

Poco después recibía el mando de la fragata Bóreas, con la que prestó servicio en las Indias Occidentales.

Aquí se casó con Francés Nisbet (1787). Sus informes sobre el contrabando llamaron frecuentemente la atención del Almirantazgo, el cual, en 1793, al estallar la guerra con Francia, le adscribió a la flota del almirante Hood como capitán del Agamemnon (30 de noviembre).

Al mando de este buque participó en la toma de Tolón, en la conquista de Córcega y en otras operaciones en el Mediterráneo occidental, donde demostró su iniciativa personal. Ante Calvi, en 1794, fue herido en el ojo derecho, que le quedó inutilizado para la visión.

Su figura se iluminó repentinamente para el público inglés por su destacadísima intervención en la victoria obtenida por el almirante Jervis sobre la flota española en el cabo de San Vicente (14 de febrero de 1797).

Sin embargo, la satisfacción que podía experimentar Nelson, nombrado ya contraalmirante, se truncó cuando fue herido de gravedad en el fracasado intento de desembarco en Santa Cruz de Tenerife (24 de julio de 1797). En esta acción perdió el brazo derecho.

Repuesto de sus heridas e incorporado de nuev: a servicio activo el 10 de abril de 1798, fué designad: por el gobierno para vigilar el destino de la flota q-je Francia concentraba en Tolón.

Pasó al Mediterráneo con tres navios de batalla y cinco fragatas. La escuadra francesa burló el bloqueo de Nelson, a causa de un incidente fortuito, y se dirigió a Egipto. Nelson la persiguió a lo largo del Mediterráneo y el 1.° de agosto la destrozaba en la gran batalla de Abukir.

Esta victoria, decisiva para la suerte de la expedición napoleónica, le valió el título de barón (del Nilo) y la consolidación definitiva de su fama como gran marino.

Entre 1798 y 1800 intervino en los asuntos del reino de Ñapóles, retenido por su misión y por sus amores con lady Hamilton, esposa del embajador inglés, a quien había conocido en 1793.

Esta parte de su vida es sumamente novelesca. En 1800 regresó a Inglaterra y el 1° de enero de 1801 fue ascendido a vicealmirante. Meses más tarde recibía la misión de forzar el bloqueo de los neutrales, lo que logró después de la batalla y bombardeo de Copenhague (2 de abril de 1801).

Continuó prestando algunos servicios de flotilla, hasta que al firmarse la paz de Amiens (1802). se retiró a su finca de Merton, en el Surrey.

La segunda ruptura de hostilidades entre Francia y su país le hizo entrar de nuevo en liza. En 1803 tomó el mando de la flota del Mediterráneo, con la que bloqueó la escuadra francesa. Pero, he aquí que ésta logró burlar su vigilancia y pasar al Atlántico.

Por pura intuición, Nelson supuso que Villeneuve, el almirante adversario, había preparado una diversión hacia las Antillas, a cuyos mares marchó persiguiéndole.

De regreso las dos flotas a Europa sin haber trabado combate, la francoespa-ñola se encerró en Cádiz. Nelson, quien había tomado un breve descanso en Merton, partió de esta localidad el 13 de septiembre de 1805. El 29 se hallaba al frente de su escuadra.

La batalla de Trafalgar, obra maestra del genio naval de Nelson, terminó con un triunfo innegable de la flota británica (21 de octubre).

El gran almirante, que al iniciarse la refriega había comunicado: «Inglaterra espera que cada hombre cumplirá su deber», no pudo recoger los laureles del triunfo.

Una bala, disparada desde el navio francés Redoutable, le quitó la vida en el puente del Victory. Murió exclamando: «Gracias a Dios, he cumplido con mi deber.»

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Colonias de Francia e Inglaterra Luego de la Guerra Mundial

Economía de las  Colonias de Francia e Inglaterra Luego de la Segunda Guerra Mundial

Después de la segunda guerra mundial, muchos países del imperio colonia! francés en África adquirieron gran autonomía o incluso la independencia. En todo este territorio predomina un clima agobiante. El paisaje varía de la selva virgen al desierto, pasando por la sabana y la estepa. Las diferencias étnicas, religiosas y lingüísticas son enormes. Las poblaciones autóctonas se dedican, ante todo, a la agricultura. La industria ha sido totalmente creada por los franceses.

Hasta 1939, Francia ejerció, directa o indirectamente, influencia política y económica sobre numerosos territorios situados en todo el mundo, pero principalmente en Asia y África, es decir, sobre 12.500.000 km2 y 75.000.000 de habitantes.

De resultas de la guerra y de las aspiraciones de los pueblos a la independencia, este «imperio francés» se ha desmoronado en varias etapas. En 1944, en la Conferencia de Brazzaville se decidió aportar profundas modificaciones a la situación política, económica y social de los pueblos de ultramar.

En 1946, se constituyó la Unión Francesa, y las antiguas colonias pasaron a ser departamentos y territorios de ultramar que formaban parte integrante de la República Francesa, o territorios y Estados asociados.

En 1954, Indochina fue dividida en cuatro Estados independientes, y dos años después se reconoció la independencia de Túnez y Marruecos. En 1958 nació la Comunidad francesa: esta asociación de Estados soberanos se propuso a la República Malgache (Madagascar) y a doce Repúblicas africanas.

La única que se negó a adherirse fue Guinea. En 1960, los territorios africanos de Camerún y de Togo, que permanecían bajo tutela, accedieron a la independencia, y en 1962 un referéndum de autodeterminación dio como resultado la independencia de Argelia.

mapa de colonias de europa en africa

Mientras tanto, la Comunidad había evolucionado y se transformó en una red de convenciones más flexibles. La República Centroafricana, Gabón, República Malgache, Congo-Brazzaville, Senegal y Chad siguieron formando parte de ella, mientras que Camerún, Costa de Martil, Dahomey, Burkina Faso, Mauritania, Níger y Togo se unían a Francia por medio de acuerdos de cooperación. Excepto en Indochina y Argelia, estas reformas se realizaron sin grandes perturbaciones.

Gran parte de las antiguas colonias francesas se extiende al sur del Sahara, es decir, debajo de los trópicos, y ocupa unos ocho millones de kilómetros cuadrados. El conjunto se ha ido formando sobre un zócalo cristalino (granito y gneis), el más antiguo del mundo.

El relieve de esta inmensa región está formado, sobre todo, por mesetas muy extensas en las que se han abierto anchas cubetas (Níger, Chad, Congo) que a veces permanecen completamente aisladas a causa de conmociones  de la corteza terrestre (Futa Yalon, mesetas de Adamaua, Mayombé, montes de Cristal, Nimba, Camerún), acompañadas de fenómenos volcánicos. Por este motivo, el mar no puede ejercer influencia alguna sobre estas regiones, que poseen un clima agobiante.

Las regiones costeras también son de muy difícil acceso: por lo general son estrechas y discontinuas, con frecuencia pantanosas y bordeadas de bancos de arena o lagunas y, por último, rematadas por peligrosos rompientes.

Citaremos una excepción: la llanura del Senegal, en la costa occidental de África, la mayor del continente y una de las más fértiles. Dakar, que se halla situada en esta llanura y se encuentra protegida por un espolón volcánico, la península de Cabo Verde, es el mejor puerto de toda la costa occidental.

Esta inmensa región continental goza de un clima típicamente tropical con su estación seca y su estación de lluvias. En el norte predomina el clima sahariano, uno de los más secos y cálidos del mundo. En el sur, por el contrario, el clima es completamente ecuatorial, con lluvias continuas, sin estación seca.

Los suelos han sido totalmente destruidos por la erosión y las aguas. Depósitos de aluminio y de óxido de hierro han formado una gruesa corteza en la superficie. Y en las zonas asoladas por el harmatán (viento cálido del desierto que sopla de la tierra) incluso ha llegado a formarse un caparazón impermeable: el bowal.

Sin embargo, afortunadamente los suelos aluviales depositados en las cuencas proporcionan tierras laborables de buena calidad.

Todos los antiguos territorios franceses están surcados por grandes ríos que, no obstante, son mediocres vías de comunicación, pues su enlace con el mar es insuficiente.

Las regiones húmedas (cuenca del Congo, costas de Guinea) están cubiertas por una tupida selva.La atmósfera es tan pesada para los animales como para los hombres. En los lugares en los que las lluvias son menos abundantes, con una variación de 1.000 a 1.500 mm. al año (zona que se extiende desde Futa Yallon hasta la República Centroafricana), la vegetación es menos lujuriante. Si trazamos una línea de Dakar a Chad, al norte aparece la región de la estepa, cubierta de tupidas hierbas y matorrales espinosos, y después el desierto sin límites.

Futa Yallon o Fouta Djallon, región de altiplanicie del noroeste de Guinea. Está constituido por horsts basculados que alternan con profundos valles, aunque en las laderas orientales las pendientes son moderadas y los valles menos profundos. Esta región está compuesta por piedras areniscas del paleozoico que se inclinan hacia el oeste y cubren rocas del precámbrico hasta una profundidad de 760 m. El gabro y la dolerita se introducen formando capas o diques.

En este vasto mundo tropical vive una población que se calcula en 100.000.000 de habitantes. Esta población, que, por otra parte, está integrada por grupos muy distintos, se encuentra repartida de modo desigual: en el desierto y la selva virgen no llega a contar con un habitante por kilómetro cuadrado.

En la sabana alcanza los 80 habitantes por kilómetro cuadrado, y en las regiones mejor repartidas (Camerún, llanuras costeras de Guinea, orillas del Chad, por ejemplo), la cifra puede oscilar entre 50 y 200 almas.

En las estepas viven algunos pueblos de raza blanca: moros en el oeste y tuareg a lo largo del Níger. Por otra parte, la mayoría se ha mezclado con negros, especialmente con los peuls.

En la sabana se encuentran los primeros negros de raza pura. Sedentarios y de alta estatura, viven en poblados y se dedican a la agricultura: wolofs en Senegal, mandingas y songhais a lo largo del Níger, mosis en Burkina Faso y saras al sur del Chad.

En cambio, los negros de la selva son mucho más bajos, no tienen poblado fijo y sus sistemas de cultivo son primitivos. Los pigmeos pertenecen al grupo menos civilizado.

Todos estos pueblos hablan centenares de lenguas distintas que poseen numerosos dialectos. La religión varía: los pueblos de la estepa y la sabana son adeptos del Islam, y los de la selva, por lo general, animistas. El cristianismo también ha penetrado en la mayoría de comunidades.

Con 80 o 90 %, la agricultura sigue siendo la principal actividad de estas poblaciones. Existen algunos artesanos y comerciantes. En la selva es donde se practican los sistemas de cultivo más atrasados: para obtener tierras laborables recurren al fuego. Después remueven superficialmente el suelo con la azada. Por último siembran mandioca, maíz, legumbres, etc., todo mezclado. Los troncos de los árboles calcinados se dejan donde están, pues impiden la erosión del suelo durante la estación de las lluvias.

Cuando las tierras están agotadas, la comunidad se traslada y el proceso vuelve a empezar. La gente de la sabana tiene la labor algo más fácil y, por lo tanto, los cultivos son más variados. Además, también se dedican a la cría de ganado, imposible de practicar en la selva.

No existen, por así decirlo, industrias locales. Todo lo que hay en este aspecto es obra de los franceses, que explotan las riquezas minerales (especialmente oro, diamantes, hierro, bauxita y fosfatos) con gran eficacia y el material más moderno.

Ver: Historia de Sudáfrica

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Enrique IV Borbón Biografía y Gobierno Como Rey de Francia

Enrique IV Borbón: Biografía y Gobierno Como Rey de Francia

Después de las sangrientas guerras de religión qué se sostuvieron durante el reinado de los Valois, Enrique IV aportó a Francia una era de prosperidad. En colaboración con Sully, se dedicó a sanear la hacienda pública. También concedió mucha importancia a la agricultura y la industria. Al mismo tiempo, Francia estableció las bases de su imperio de ultramar. Enrique IV fue asesinado en 1610.

Enrique IV de Borbón

Enrique IV (de Francia) (1553-1610), rey de Francia (1589-1610), que restauró la estabilidad tras las guerras de Religión del siglo XVI. Fue el primer rey Borbón de Francia y también rey de Navarra, con el nombre de Enrique III (1562-1610). Enrique nació en Pau (entonces Navarra) el 13 de diciembre de 1553. Su padre, Antonio de Borbón, duque de Vendôme y rey de Navarra, era descendiente, en novena generación, del rey de Francia del siglo XIII, Luis IX. Su madre, Juana de Albret, era reina de Navarra y sobrina del rey Francisco I de Francia.

Durante el siglo XIII, Francia vivió un período de prosperidad durante la época de los grandes Capetos, Felipe Augusto, Luis IX (san Luis) y Felipe el Hermoso. Seguidamente estalló la Guerra de los Cien Años, que llevó al país al borde de la ruina, pero que, gracias a la enérgica intervención de Juana de Arco, finalizó con la victoria de Francia.

Después, el poder pasó a manos de los Valois, llamados los «reyes malditos», entre ellos Carlos VII, Luis XII, Francisco I, el enemigo jurado del emperador Carlos I de España, y por último Enrique II y sus tres hijos: Francisco II, Carlos IX y Enrique III. Durante el reinado de estos tres últimos, Francia estuvo ensangrentada por crueles guerras de religión (1560-1590). Enrique III murió  asesinado,  y así se dio fin a la casa de los Valois.

Enrique de Borbón, jefe de los hugonotes (calvinistas franceses), que ya era rey de Navarra, subió al trono de Francia con el nombre de Enrique IV. Tras largas tergiversaciones, decidió convertirse al catolicismo. En julio de 1593 fue bautizado en la catedral de Saint-Denis, cerca de París.

Al año siguiente, París, que era profundamente católico y estaba en manos de la fanática Liga Santa, abrió sus puertas al nuevo rey. La famosa frase «París bien vale una misa» se ha atribuido a Enrique IV, pero probablemente su autor fue su ministro Sully, que después de esto se hizo famoso.

casamiento de enrique IV Borbón

Casamiento de Enrique IV Borbón con María de Medicis

Al poco tiempo de haber entrado en París, Enrique IV declaró la guerra a España. La lucha finalizó en 1598 con la paz de Vervins. De este mismo año data el Edicto de Nantes, por el que se autorizó a los hugonotes a practicar libremente su culto, pero sólo en ciudades en las que ya se hubieran celebrado anteriormente oficios protestantes.

Además, se concedieron a los hugonotes «plazas de seguridad» como garantía de que el Estado respetaría las cláusulas del Edicto de Nantes. También desde ese momento pudieron desempeñar cargos oficiales. «Sólo los católicos y los hugonotes se considerarán buenos franceses», fue la máxima del programa de Enrique IV, la base de su obra maestra.

A pesar de su carácter poco enérgico, este rey se distinguió por una sólida dosis de buen sentido, y sus objetivos fueron fundamentalmente buenos. Quería hacer a la realeza independiente de la Iglesia, de las supervivencias del feudalismo, de las asambleas de clases y del Parlamento de París. Pero, ante todo, deseaba sanear la situación económica del Estado. El duque de Sully fue su brazo derecho en esta delicada tarea.

Maximiliano de Béthume, baron de Rosny, a quien Enrique IV había concedido el título de duque de Sully, formaba parte de la corte desde los once años, y fue el amigo íntimo del rey. A pesar de que era esencialmente hombre de guerra, también reveló grandes aptitudes para los negocios. En 1598, Enrique IV le concedió los cargos de superintendente de Hacienda, gran veedor y gran maestre de Artillería (es decir, ministro de Hacienda, de Trabajo y de Guerra).

Para superar las dificultades financieras de Francia, Sully introdujo un nuevo impuesto que se recaudaba una vez al año. Este impuesto recaía sobre los miembros del Cuerpo de Justicia y de Hacienda. A cambio, en lo sucesivo podían legar su cargo a sus herederos. En realidad, sólo fue un reconocimiento oficial de la herencia de estos cargos u oficios,. Este derecho fue dado en arriendo a Charles Paulet; por este motivo, el nuevo impuesto no tardó en recibir el sobrenombre de «Paulette», nombre que conservó hasta la Revolución francesa.

Gracias a la hábil gestión financiera de Sully, Francia logró liquidar sus deudas y al mismo tiempo reducir los impuestos. De este modo se cumplió la voluntad del rey, que deseaba que cada campesino pudiera tener, los domingos, una gallina en la cazuela.

Después de haber saneado la hacienda, el rey y su ministro se preocuparon por mejorar la situación económica. Sully insistió sobre la importancia de la agricultura y la cría de ganado: «Labranza y pasturaje —decía—, son las dos ubres de Francia».

Con esta idea, hizo secar pantanos a fin de que los campesinos tuvieran más tierras de labrantío. Podríamos preguntarnos de dónde le venía a Enrique IV esta notable predilección por el labrador. ¿Se debió a que pasó toda su juventud entre campesinos de Bearne, o a que los consideraba las fuerzas vivas del Estado, al que daban los mejores soldados?.

Fuera como fuere, se dispusieron numerosas medidas en su favor: se redujeron sus impuestos; se prohibió a los agentes del fisco que se incautaran del ganado o material agrícola en caso de retraso en el pago de los impuestos; por otra parte, se prohibió a los nobles que cazaran en los campos de trigo y en los viñedos ; asimismo, fueron severamente castigados los soldados que saqueaban los campos o devastaban las cosechas.

Enrique IV también se preocupó mucho de las industrias. En este campo su principal consejero fue el economista Laffemas, a quien en 1602 nombró Contrdleur general (ministro) de Comercio.

Creó nuevas industrias de lujo y favoreció las ya existentes manufacturas de tapices, las cristalerías, curtidurías y los tejidos de fina tela de lino. También hizo plantar morales en toda Francia, indispensables para la cría del gusano de seda.
Se trazaron muchas carreteras nuevas y se construyeron canales. Sully tenía grandes planes, cuyo objetivo era unir el mar Mediterráneo al océano Atlántico. Estableció acuerdos comerciales con Inglaterra y Turquía y favoreció la
creación de una compañía para el comercio con las Indias.

Durante el reinado de Enrique IV, Francia estableció las bases de su imperio colonial de ultramar. El explorador Samuel de Champlain fue enviado a América del Norte con la misión de fundar una colonia francesa. La ciudad de Quebec, situada en la desembocadura del río San Lorenzo, se convirtió en el centro de dicha colonia.

En lo concerniente a la política internacional, Enrique IV pretendía acabar con el poder de los Habsburgo. Con tal intención, en 1610 concluyó una alianza con los príncipes protestantes de Alemania. Sully apoyó esta política. Este plan, conocido con el nombre de «gran designio», fue en cierto modo un primer proyecto de Estados Unidos de Europa. Aunque nunca se llevó a cabo, contribuyó poderosamente a extender la idea de que la paz debe apoyarse en una reorganización política de Europa.

La Liga Santa nunca perdonó a Enrique IV que tolerara a los hugonotes en el Estado, ni que antes hubiera sido uno de ellos. Incluso se dijo que tenía la intención de declarar la guerra al papa. Excitado por estas habladurías y por otros muchos chismes, Ravaillac concibió el plan de asesinar al rey. El 14 de mayo de 1610, en una callejuela estrecha, la calle de la Ferronerie, fue asesinado Enrique IV, cuando se dirigía a ver a Sully.

-París, Bien Vale Una Misa –

Resumen sobre los Tipos de Imperialismos y sus Consecuencias

Resumen Sobre los Tipos de Imperialismos y sus Consecuencias

En Que Consisten Los Imperialismos: La democracia reconoce que cada hombre es libre y como tal responsable de su propio destino. Quien tiene conciencia del valor de su persona y de su libertad, estima y respeta la libertad de los demás.

El mismo principio es válido para los pueblos y naciones. Cada nación es libre y responsable de su propio destino histórico. Quien estima y respeta la libertad de su patria, respeta a las patrias ajenas.

Ningún pueblo tiene derecho a dominar o subyugar a otros, como ningún hombre tiene derecho a dominar a otro hombre. El orden y la organización internacional deben lograrse respetando la libertad de cada pueblo, como el orden dentro de cada comunidad debe lograrse respetando la libertad de los ciudadanos.

El imperialismo es la negación de estos principios. Es el afán de un pueblo de extender su dominio sobre otros.

En la historia han existido muchos imperios: el asirio, el egipcio, el chino, el helénico, el romano, el español, el inglés.

Los antiguos imperios extendían su dominio sobre pueblos más débiles, generalmente por la fuerza de las armas.

Actualmente también existen afanes imperialistas, deseos de extender el dominio nacional sobre otros pueblos. Pero para ello, más que a la fuerza militar, se recurre a la penetración ideológica o al dominio económico.

Sus manifestaciones antidemocráticas: El afán imperialista no se compagina con la democracia porque no respeta la libertad y derechos de los pueblos, ni les permite la realización de su destino.

Como todas las personas, a pesar de la diversidad de cualidades y bienes, son iguales en su dignidad, también los pueblos, a pesar de sus diferencias culturales o económicas son iguales en su dignidad.

La libertad de los pueblos es para la democracia tan sagrada como la libertad de las personas. Conforme a este principio la Argentina en su política internacional siempre ha defendido el derecho de autodeterminación de los pueblos y el principio de no intervención en los asuntos internos de los otros estados.

Como personas y como ciudadanos tenemos la obligación de preocuparnos por nuestro prójimo y ayudarlo en lo que podamos. Pero no podemos disminuir su libertad y su responsabilidad personal, ni atrepellar sus derechos. Lo mismo vale respecto a los pueblos.

Los imperialismos, sus clases.
Abusos del sistema liberal

En la historia de la humanidad hemos tomado conocimiento de la existencia de imperios o sea grandes Estados formados por varias naciones que le están sometidas. Así en la edad antigua recordamos los imperios asirio, persa, chino, japonés, medo, romano, etc.; en la edad media, el Imperio Carolingio, el de Alemania, los imperios de Occidente y de Orieste, el de los seleucidas, el otomano, el de los mogoles, etc.; en la edad moderna, e imperio austrohúngaro, el alemán, el francés, el británico, etc.

imperialismo politico

Por imperialismo entendemos la tendencia de ciertos Estados a extender su dominio sobre otras naciones. De ello se deduce que el imperialismo no es un fenómeno exclusivo de los Estados totalitarios sino también de los Estados democráticos.

No obstante debemos recalcar que todo imperialismo, es, en si mismo, antidemocrático dado que se encuentra en pugna con los principios de igualdad jurídica de los Estados y el de no intervención en los asuntos internos de las naciones soberanas.

Existen diversas clases de imperialismos, a saber:

a.  Imperialismo económico
b. Imperialismo político
c.  Imperialismo ideológico.

TIPO A)    IMPERIALISMO ECONÓMICO

Es aquel que se lleva a la práctica con el fin de dominar el mercado de productos o financiero de otros Es tados ejerciendo su acción sobre pueblos económicamente débiles. Una de las formas más comunes de llevarlo a cabo es mediante la adquisición de las más poderosas empresas industriales y comerciales del país que se desea anexar económi camente como así también de sus servicos públicos esenciales (electricidad, gas, transportes, teléfonos, etc.).

TIPO B)     IMPERIALISMO POLÍTICO

Es el imperialismo clásico que tiene por objeto anexar al país imperialista territorios de otras naciones. Sin embargo no siempre la invasión armada o la conquista son las formas de llevar a cabo este tipo de imperialismo; a veces la celebración de tratados o acuerdos o la infiltración ideológica y la presión, que puede ejercerse sobre un determinado país obliga a países débiles políticamente a solicitar la anexión de todo o parte de su territorio a una potencia poderosa. Ejemplos de estas últimas tácticas fueron utilizadas por Hitler y la Unión Soviética. La anexión de las islas Malvinas a Inglaterra es otra de las formas de llevar a la práctica el imperialismo político.

TIPO C)    IMPERIALISMO  IDEOLÓGICO

Esta forma de imperialismo se ejerce mediante la penetración de ideas de un país a otro con el fin de ampliar su zona de influencia. Él fascismo italiano y el nazismo alemán son pruebas elocuentes de ello; en la actualidad el comunismo ha puesto en ejecución una de las mayores campañas de penetración ideológica hasta hoy conocidas.

Abusos del sistema liberal
Las dos grandes doctrinas políticas son: el liberalismo y el estatismo.

En el liberalismo se otorga un gran predominio a la libertad individual actuando en tal emergencia el Estado como un simple guardián de las cosas comunes e interviniendo sólo en aquellas actividades que no están en condiciones de asumir los particulares.

Deja librado a éstos el manejo de todos los recursos económicos y, por lo tanto, desprotegida a la comunidad de los abusos que pequeños grupos de individuos pueden llegar a cometer con miras a la satisfacción de sus minúsculos intereses.

La Humanidad ha contemplado en el pasar de su existencia numerosos ejemplos de tales abusos y de las consecuencias que ellos han tenido en la marcha de ios pueblos.

Pueblos sacrificados en base al mantenimiento de una minoría que impuso condiciones infrahumanas en aras de sus propios beneficios, clases sociales enfrentadas entre sí que convulsionaron el orden y la armonía de sus respectivos países y, por último, la reacción ante tremenda injusticia con el consiguiente accionar de una fuerza incontrolable que no siempre trajo en sus e-fectos el bienestar deseado.

De allí entonces que el liberalismo como doctrina de aplicación absoluta ha presentado grandes grietas en el tiempo que si bien ha permitido incursionar en la organización social moderna otras doctrinas de carácter no menos violentas como algunas socialistas ha tenido que soportar el freno de la intervención de la Iglesia que a través de su Doctrina Social ha tratado de poner las cosas en su lugar.

CONSECUENCIA DE LOS IMPERIALISMOS
El marxismo
Se conoce como marxismo una serie de interpretaciones y ensayos de Carlos Marx que tienden a explicar distintos fenómenos, entre los cuales se encuentra la concepción materialista de la historia (Materialismo histórico). Se conoce como concepción materialista de la historia o como materialismo histórico al estudio de los principios generales del materialismo dialéctico en el campo de la sociología, y de la historia. Es decir, a una interpretación científica de los procesos sociales en una forma ordenada, según la dialéctica y que permite explicar la evolución histórica.

Para Marx la historia del hombre en sociedad no es otra cosa que la relación fundamental hombre-naturaleza-hombre. La Historia nace y se desarrolla a partir de la primera mediación que pone en relación al hombre con la naturaleza y al hombre con los otros hombres: el trabajo. El primer hecho histórico de la historia es la producción de los medios indispensables para la satisfacción de las necesidades básicas del hombre (comer, beber, procrear). La Historia es, por consiguiente, la historia de las fuerzas productivas y den los hechos históricos básicos que derivan de esta relación.

Se llama materialismo porque se encara la naturaleza desde el punto de vista material y se dice dialéctico porque permite la comprensión, de una manera dinámica, de los procesos que sufre la materia, Así el materialismo dialéctico establece las leyes generales, según las cuales, la materia se transforma.

Es interesante consignar que la base del materialismo dialéctico más que una creación de Marx es de su amigo Engels quien inició, aunque no terminó, una Dialéctica de la Naturaleza mediante la cual se propuso formalizar las leyes del movimiento y la evolución de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento humano.

Como puede interpretarse, los campos de aplicación del materialismo dialéctico son muy amplios y, en ese sentido Marx, por ejemplo, lo utilizó ampliamente en el estudio de la economía.

Sería sumamente difícil exponer detalladamente la totalidad de los trabajos de Marx y sus continuadores, pero estimamos que existen algunos puntos interesantes que son imprescindibles para comprender las ideas marxistas que fueron adoptadas por el Partido comunista y sobre todo aquellas que fueron inter-Ínretadas por Lenin y constituyen os fundamentos del actual marxismo-leninismo.

La posición del Marxismo y del marxismo leninismo será clasificada ubicándola dentro de una versión general de las distintas formas de socialismo.

Ver: El Socialismo

Formación del Segundo Reich II Alemán Política de Bismarck

RESUMEN ORGANIZACIÓN SEGUNDO REICH ALEMAN: POLITICA DE BISMARCK

ANTECEDENTES DE LA ÉPOCA: En el curso de los años inmediatamente anteriores a la guerra de 1914,105 conflictos diplomáticos no se explican más que en el marco de las transformaciones económicas y sociales. El desarrollo industrial y su ritmo acelerado, el impulso del capitalismo financiero, los conflictos entre los grupos sociales, el amplio movimiento de emigración, la extensión de los deberes y cargas militares: todo esto condiciona la política de las potencias. Pero uno de los rasgos esencialef de la época será la afirmación vigorosa del sentimiento nacional.

La Alemania de Bismarck, orgullosa de su fuerza, se apoya en tradiciones y en principios permanentes para justificar su afán de conquista. Las minorías que componen la vieja monarquía austríaca afirman su derecho a la independencia, con una violencia que sacude al imperio hasta sus raíces.

Los nacionalismos apasionados conducirán a los pueblos a la guerra, en la que la supremacía europea desaparecerá. El nacionalismo alemán es especialmente dinámico. Su orgullo por los progresos científicos y técnicos se mezcla a una exaltación del pasado, al culto de lo «colosal», e intelectuales como Nietzsche y Wagner glorifican el espíritu germánico.

EL SEGUNDO REICH
El 18 de enero de 1871, la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles retumbaba con los «hoch» y los «hurrah» de la multitud: aquél era el lugar solemne e histórico, elegido por el «canciller de hierro», Otón von Bismarck, para proclamar la unidad del «Reich» alemán, mientras la corona imperial pasaba a ceñir las sienes del rey de Prusia, Guillermo I. Este se hallaba rodeado de generales, de banderas de los regimientos que acababan de vencer a Francia, de príncipes y reyes alemanes que, con mayor o menor entusiasmo, aceptaban la hegemonía prusiana.

El honor de  aquella jornada correspondía, sin duda, al canciller Bismarck, el cual, desde que había sido nombrado primer ministro de Prusia, en 1862, se había propuesto como finalidad esencial la unidad alemana. Ya hemos visto las grandes etapas recorridas: la guerra de los ducados (1863), la guerra contra Austria (1866) y contra Francia (1870-1871).

Bismarck veía ineludible el enfrentamiento con Austria y confiaba en la guerra como el camino para conseguir 1; unidad. A este fin, preparó tres guerras sucesivas: una contra Dinamarca (1864), mediante la que se anexionó lo: Ducados de Schleswig y Holstein; otra contra Austria (1866), por la cual consiguió la disolución de la Confede ración Germánica y la formación de la Confederación d« la Alemania del Norte, que reunía a 23 Estados alemanes y la última contra Francia (1870), gracias a la cual consiguió el acercamiento de los Estados del sur a Prusia, qus hasta el momento habían estado más vinculados a Austria, así como la anexión de Alsacia y Lorena a la nueva nación alemana.

Bismarck canciller del segundo ReichBismarck había considerado entonces que la nación alemana, «estrechamente unida en una cólera común», estaba madura para constituir un imperio, cuyo emperador sería el rey de Prusia. El derecho imperial prevalecería sobre el regional, y los príncipes del Sur, hasta entonces independientes y soberanos, ya no serían más que vasallos, subordinados.

El hábil canciller tuvo que negociar, día tras día, con los diplomáticos de Hesse, de Baviera, de Wurtemberg, hasta que todos ellos se resignaron —incluso Guillermo I, que aceptaba con reticencias «aquella cruz que pesaría sobre sus espaldas»—, y se proclamó el imperio, el día del aniversario de la coronación de Federico I, en Koenigsberg.

Pero el imperio estaba sin organizar aún. Para ello, Bismarck deseaba establecer un «absolutismo justo, benévolo, razonable». La idea del Estado era para él mucho más importante que la de nación, y no se preocupaba de los que intentaban hacer de Alemania una comunidad mística. Según Bismarck, los alemanes, abandonados a sí mismos, no valían nada, caminaban hacia la anarquía.

El imperio se componía de veinticinco Estados, entre ellos tres repúblicas: Hamburgo, Bremen y Lubeck. Cada Estado conservaba instituciones, constitución y gobierno propios. Justicia, instrucción pública, cultos, obras públicas, administración local eran de la competencia de los gobiernos particulares. Algunas monarquías conservarían también un ejército propio, pero bajo el mando supremo del emperador.

El gobierno del Reich predominaría sobre los de los veinticinco Estados, y se compondría de la Cámara de Diputados o Rekhstag, del Consejo Federal o Bundesrat, del canciller y del emperador. El Rekhstag era elegido por sufragio universal: tenían voto todos los alemanes mayores de veinticinco años. El Bundesrat era una asamblea de plenipotenciarios, personajes importantes en sus estados, nombrados por los príncipes y por las tres ciudades republicanas. Ambas asambleas confeccionaban las leyes y las sancionaban, juntamente con el canciller.

La ley votada entraba en vigor inmediatamente, sin que el emperador pudiese aplazarla ni oponerle el veto. Sin embargo, sólo el emperador nombraba o destituía al canciller. Al emperador correspondía también el derecho de declarar la guerra o de disolver el Reichstag, con la sola aprobación del Bundesrat. El gobierno del imperio regía las relaciones exteriores, la defensa nacional, las aduanas, Alsacia y Lorena, la economía general. Extraña particularidad: no había Consejo de Ministros.

EL CANCILLER
Todo descansaba sobre los hombros del canciller: él era todo el ministerio. Otra particularidad: Prusia tenía más importancia que todos los otros estados reunidos. Era el estado más extenso —351.000 kilómetros cuadrados, de los 541.000 que componían la totalidad de Alemania— y el más poblado —25 millones de habitantes, de un total de 41 millones—. El emperador, presidente de la Federación, era, al mismo tiempo, rey de Prusia, mientras que el canciller era presidente del Consejo1 prusiano y algunos de sus secretarios de Estado eran ministros de Guillermo I.

Prusia imponía sus directrices a toda Alemania. Atenuaba el unitarismo cuando quería defender las prerrogativas prusianas, y lo reforzaba en la medida en que le aseguraba la dirección del Reich. Bismarck manejaba magistralmente aquella delicada maquinaria que él mismo había creado.

Tenía sesenta y cinco años. Conservaba la misma dura máscara, la misma franqueza brutal, la misma ironía despectiva. Vivía en la misma tensión, con la misma desconfianza hacia sus colaboradores, con los mismos odios rumiados a lo largo de los mismos insomnios. Guillermo I le hizo príncipe y le donó un inmenso territorio, de modo que se convirtió en uno de los más grandes propietarios de Alemania.

Bismarck solía decir: «Cuando se haya olvidado mi política, se me recordará por todos los árboles que he plantado». Pasaba varios meses del año en sus tierras, y, cuando volvía a Berlín, daba espléndidas fiestas, durante las cuales argumentaba, explicaba, convencía: «Primero, viene la nación, su posición en el exterior, su independencia, nuestra organización… Todo lo que viene después, constitución liberal, reaccionaria, conservadora…, yo lo dejo en segundo plano; es un lujo de instalación, en el que ya tendremos tiempo de pensar, cuando la casa esté sólidamente construida… No me interesa la doctrina. Empecemos por edificar un conjunto sólido».

EL FINAL DEL CANCILLER DE HIERRO
El 9 de marzo de 1888, a la edad de noventa y un años, moría el emperador Guillermo I. Bismarck, después de ensalzar su memoria en el Reichstag, vencido por la emoción, se agarró la cabeza entre las manos y lloró. El nuevo emperador Federico I (III de Prusia) era un hombre sencillo, culto, que habría deseado introducir en el sistema de Bismarck ideas liberales, pero estaba enfermo de cáncer, y moriría dos meses después.

Con la subida al trono de Guillermo II, se afirmó el nacionalismo. Guillermo II recordaba sin cesar a su «inolvidable abuelo», pero, contrariamente a él, gustaba de la fama, del esplendor, de la apariencia, de las proclamaciones ampulosas y de los retos pueriles. Representaba su papel con una pompa casi teatral. Bismarck le comparaba con un «capitán de barco, sentado sobre un barril de pólvora, y con el cigarro en la boca», pero, considerándose indispensable, no sentía la menor inquietud acerca de su porvenir.

Sin embargo, el joven emperador pretendía gobernar por sí mismo. No tardó en producirse el choque, porque se enfrentaron, tanto en política exterior como en las cuestiones sociales, pues Guillermo quería practicar una política menos severa respecto a los socialistas. El viejo   canciller   dimitió,   el   20   de   marzo de 1890, y se retiró a su tierra de Varzin, donde moriría, en 1898, después de meses de insomnios, de pesadillas, de visiones trágicas: «Este edificio que yo he levantado, piedra por piedra, me lo destruirán». Y sus últimas palabras fueron: «¡Pero Alemania!  ¡Ay!  ¡Alemania!».

LOS NUEVOS DUEÑOS
En todas partes, la caída de Bismarck había producido el efecto de enorme alivio. «Cada cual —escribe Hohenlohe— se sentía un personaje, mientras que antes todos estaban empequeñecidos, reducidos». Y el emperador no era una excepción. En un discurso de 1891, declaraba, efectivamente: «En el imperio no hay más que un solo señor, que soy yo, y no toleraré a ningún otro». Hasta la primera guerra mundial, hubo cuatro cancilleres: el general von Caprivi, el príncipe von Hohenlohe, el príncipe von Bülow y Teobaldo von Bethmann-Hollweg.

Suceder al canciller de hierro era difícil. Caprivi lo sabía. Hombre de carácter, espíritu independiente, conocía la vida parlamentaria, pero ignoraba la política exterior. Hizo votar las leyes sociales que Bismarck había rechazado y negoció tratados comerciales, pero se quejaba de haber sido apartado de las gestiones diplomáticas, y se retiró en 1894.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

El Neoimperialismo Occidental Dominación a Países Pobres

El Neoimperialismo Occidental
La Dominación a los Países Pobres

El sistema internacional que surgió de la Segunda Guerra Mundial fue diseñado y dominado por las naciones desarrolladas. Salvo los países íinoamericanos, la mayoría de los países del Tercer Mundo seguían bajo dominio colonial. Aunque entre los gobiernos europeos predominaba el sentimiento genuino de que la descolonización era justa y correcta, otras razones explican los cambios en este sentido después de 1945.

Económicamente, Francia y el Reino Unido no podían seguir manteniendo compromisos de envergadura en el extranjero. Es más, pensaron que podrían conservar las ventajas del colonialismo a la vez que concedían la independencia a sus colonias. Los nuevos países independientes no tuvieron otra opción que participar en un sistema internacional y en un orden económico ya existentes que reflejaban las necesidades del mundo desarrollado. Así, el Reino Unido y Francia comprobaron que se podía responder a las demandas de independencia sin sacrificar los beneficios de las relaciones comerciales y económicas. Estados Unidos desarrolló relaciones similares con América Latina.

El cambio no fue automático, no obstante, y los movimientos nacionalistas tuvieron que organizar frecuentes protestas masivas e incluso enfrenta-mientos armados contra el poder colonial Con el enorme gasto realizado por el Reino Unido y Francia en la Segunda Guerra Mundial, y la subsiguiente independencia de India en 1947, parecía inevitable el progreso de la descolonización.

Gandhi, líder de India

Gracias a su filosofía de la no violencia, La India consiguió su independencia del Imperio Británico.

El dominio económico actual
La ayuda por sí sola suele constituir únicamente una pequeña parte de las finanzas que necesita un país para funcionar correctamente. En cuestión de transacciones económicas de envergadura, ha sido Occidente y no el Este quien ha dominado al Tercer Mundo. El dominio económico del Tercer Mundo ejercido por las naciones industrializadas desarrolladas suele denominarse neoimperialismo.

Juntos, los 24 estados occidentales más ricos constituyen el 60% de la producción industrial mundial, el 73% del comercio mundial y el 80% de toda la ayuda a los países en desarrollo. Más importante aún es el hecho de que todos los grandes bancos comerciales se encuentran en Occidente, así como las dos mayores instituciones financieras del mundo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. En su origen, el FMI y el Banco Mundial ayudaron a Europa a reemprender el desarrollo después de la II Guerra Mundial, pero a medida que los países del Tercer Mundo adquirían la independencia, también ellos recurrieron a estas organizaciones. Junto a los bancos comerciales, éstas concedieron préstamos de dinero para el desarrollo del Tercer Mundo y (desde 1989-1991) a Europa del Este.

Las difíciles condiciones económicas internacionales de los decenios de 1970 y 1980 estuvieron marcadas por la subida del precio del petróleo y el deterioro de los términos de intercambio de muchas otras materias primas. Los países en desarrollo se veían obligados a pagar más por el petróleo pero recibían menos por sus propias exportaciones. Así, se veían a su vez conminados a endeudarse con los bancos comerciales, que en aquella época tenían mucho que prestar porque manejaban ingresos del petróleo.

No obstante, con la recesión económica en Occidente, subieron los tipos de interés y los países del Tercer Mundo se vieron obligados a pagar más intereses de los que tenían previstos. Entretanto, se reducían los ingresos por exportaciones. Sobre todo después de 1982, los bancos comerciales se mostraron reticentes a conceder más préstamos de envergadura a los países del Tercer Mundo, que recurrieron cada vez más al FMI.

El FMI, aportaba dinero sólo si el país organizaba su planificación y administración económica con la aprobación del Fondo. Así, estos países tuvieron que hacer concesiones a las exigencias de la banca, lo cual hizo empeorar las condiciones de vida para los habitantes del Tercer Mundo.

En efecto, para muchos de estos países, el pago de los intereses sobre el crédito absorbe la mayor parte de los ingresos recibidos por las exportaciones, lo que deja un escaso margen para el desarrollo o incluso para el mantenimiento de instalaciones e infraestructura existentes (escuelas, hospitales, sistemas de transporte, etc.). Hacia finales de los ochenta, el dinero que varios países africanos pagaban por la deuda (préstamos e intereses) superaba a cualquier otro concepto de exportación de capital.

Los países más deudores del mundo se encuentran en América Latina. Las deudas de México, Brasil y Argentina juntas son tan grandes que se cree que cualquier negativa o incapacidad de devolverlas provocaría el caos en el sistema bancario occidental. En este hecho reside la vulnerabilidad de los bancos de crédito frente a sus prestatarios.

La comisión Brandt

brandt willy

McNamara (presidente del Banco Mundial), pidió a Willy Brandt para dirigir la Comisión independiente de cuestiones relativas al desarrollo internacional (Comisión Norte-Sur). Después de casi tres años de investigación, el 12 de febrero de 1980, la Comisión presentó su análisis, designado de Informe Norte-Sur o Informe Brandt

El Informe Brandt fue el plan de mayor alcance para enfrentar los problemas de la deuda y del lento desarrollo, y fue implementado en 1979. Fue redactado por la Comisión Independíente para Temas de Desarrollo Internacional, presidida por Willy Brandt (1913-1992), ex Canciller de Alemania Federal.

El Informe proponía cuatro paquetes básicos de recomendaciones:

1. Un programa mundial de alimentación que estimulara la producción agrícola en el marco de la lucha contra los azotes del hambre 2. Un programa anergético mundial; 3, Mayor participación del  Tercer mundo en instituciones como el FMI o el Banco Mundial; 4. El punto más importante a medio plazo: aumentar la ayuda financiera a los países del Tercer Mundo, tanto en subsidios como en préstamos de bajo interés, y en la reducción o cancelación de parte de la deuda, medida que contribuiría a que estos países salieran del ciclo de la deuda y recomenzaran el proceso de desarrollo. En el Informe también se señalaba que el alto gasto en armas de los países desarrollados de Occidente resta recursos potenciales a los empobrecidos países del Tercer Mundo.

A pesar de que el Informe Brandt sostenía que su contenido reforzaba los intereses de occidente, los gobiernos le prestaron escasa atención. No obstante, contribuyó a que la opinión pública en Occidente tomara conciencia de las medidas que se podían y debían adoptar en aras del beneficio mutuo.

La ayuda en el presente
A pesar de la negativa de los gobiernos occidentales a implantar las propuestas del Informe Brandt (ver recuadro), Occidente ha llevado a cabo acciones para responder a las condiciones de emergencia. El hambre en Etiopía y en Mozambique recabó ayudas urgentes gubernamentales e individuales. En muchos países existen organizaciones voluntarias profundamente comprometidas con la captación de fondos para los que sufren hambre en el Tercer Mundo. El proyecto Band Aid de Bob Geldof fue un ejemplo de trabajo realizado por los ciudadanos para recoger dinero para quienes padecen hambre.

El problema de la ayuda de emergencia es que a menudo no se dirige a los asuntos fundamentales. En Ruanda, por ejemplo, no se ha podido resolver el enfrentamiento básico entre los pueblos tutsi y hutu. En Mozambique, la guerra entre el gobierno y los rebeldes apoyados por Sudáfrica ha vulnerado toda posibilidad de desarrollo nacional hasta la celebración, en noviembre de 1994, de elecciones generales aceptadas de antemano por ambos bandos.

Brandt tenía razón al decir que las relaciones norte-sur son tan importantes como las relaciones este-oeste. La tragedia del siglo XX es que, mientras una parte del mundo se ha desarrollado, la parte más sustancial ha perdido su oportunidad para el desarrollo, precisamente en este siglo. Es una pérdida que a largo plazo podría hacer peligrar el bienestar del mundo desarrollado.

Republica de Weimar Crisis Final del Primera Guerra Mundial

República de Weimar 
Final del Primera Guerra Mundial

Finalizada la Primera Guerra Mundial con la abdicación, en 1918, del káiser Guillermo II dio lugar a la proclamación en Alemania de la República de Weimar cuya presidencia quedó en manos del socialista Ebert. La vencida Alemania inició la experiencia de un régimen democrático en unas condiciones políticas y económicas muy adversas.   La nueva República, nacida en medio del desastre militar, tuvo que asumir la derrota y aceptar las duras condiciones de paz impuestas por los vencedores en el Tratada de Versalles. Además, la crisis económica y el desorden político radicalizaron las posturas de los alemanes y, poco a poco, los fue conduciendo al nacionalsocialismo.

ALEMANIA Y  LA REPÚBLICA DE WEIMAR
Friedrich EbertLuego de la derrota militar y de la abdicación del emperador Guillermo II, en Alemania se intentó consolidar una república. Las fuerzas policíacas que apoyaban la constitución de una república eran el Partido Socialdemócrata que representaba a los obreros de tendencia reformista, liderado por Friedrich Ebert
(imagen), el Partido Demócrata Alemán y el Partido de Centro Católico, representantes de la burguesía liberal. La república contó también con el apoyo del ejército.

A esta alianzas se opusieron otros sectores obreros de tendencia revolucionaria que organizaron la Liga Espartaquista, que intentaron tomar el poder por medio de una insurrección popular, siguiendo el ejemplo bolchevique, pero fueron derrotados por el ejército.

A los pocos días del fin de la insurrección espartaquista, en febrero de 1919, se reunió una Asamblea constituyente en Weimar, que adoptó la forma republicana de gobierno, con un Presidente —F. Ebert ocupó ese cargo— y un Parlamento bicameral —el Reichstag y el Reichsrat— elegidos por sufragio universal.

Pero la República de Weimar —apoyada por socialdemócratas y burgueses moderados— no logró consolidarse. No contó con el apoyo de los sectores más poderosos de la burguesía industrial cuyos intereses se veían obstaculizados por la presencia en el gobierno de representantes de los obrero5 que impulsaban reformas.

Además, el gobierno republicano se propuso cumplir las obligaciones impuestas a Alemania por los tratados de paz —reparaciones y pérdidas territoriales— aun cuando la mayoría de la población no estaba de acuerdo y se oponía a ello. Entre 1919 y 1923 la crisis se profundizó. El gobierno obtuvo cada vez menos votos y los grandes capitalistas financieros impulsaron una especulación que agravó la crisis económica y la hiperinflación que desestabilizaron definitivamente a la República.

La crisis de la República: La República de Weimar, basada en una Constitución ampliamente democrática, fue incapaz de encontrar el equilibrio necesario para dar estabilidad al régimen. Los primeros años de la nueva República estuvieron marcados por diversos golpes de fuerza que, tanto desde la derecha como desde la izquierda, pretendían acabar con el régimen. En 1919, en Berlín, se produjo la insurrección de los espartaquistas, que tenía como objetivo proclamar un gobierno de consejos obreros que seguiría el modelo soviético. La revuelta fue duramente reprimida y desde entonces la República se ganó la oposición del Partido Comunista Alemán.

Sin embargo, fueron los grupos nacionalistas más radicales los que llevaron a cabo diversas tentativas de golpe de estado con el apoyo de una buena parte del ejército, nostálgico del viejo orden imperial y receloso ante las claudicaciones de Versalles. De este modo, en 1920 un sector del ejército que había sido desmovilizado ocupó Berlín y colocó en el gobierno a un alto funcionario prusiano, Kapp. Rápidamente estalló una huelga general en Berlín y en el Ruhr, que hizo fracasar la insurrección militar. Pocos años después, en 1923, Adolf Hitler protagonizó un putsch en Munich con el apoyo del general Ludendorff, pero fracasó.

La situación económica atravesaba también un momento muy difícil. El endeudamiento de guerra y las fuertes reparaciones que Alemania tenía que pagar a los vencedores originaron un aumento vertiginoso de la inflación, que fue acompañada de una espectacular caída del marco alemán. Los precios y los salarios variaban a lo largo de un mismo día como consecuencia de la inflación y de la pérdida de valor de la moneda. Las personas que vivían de capitales fijos, rentas, alquileres, etc., se arruinaron y una buena parte de las pequeñas empresas tuvieron que cerrar, lo cual provocó una subida de los índices de desempleo.

La crisis llegó a su cenit en 1923, cuando los alemanes no pudieron pagar las deudas de guerra contraídas con Francia y las tropas galas ocuparon el Ruhr como garantía del cobro de las mismas, tal y como se había establecido en Versalles.

Entre 1924 y 1929 Alemania vivió un período de relativa estabilidad, pero la crisis de 1929, y más concretamente la retirada de los créditos americanos, agravaron las dificultades económicas y sumieron a Alemania en uña profunda crisis. En 1932 la producción había disminuido a la mitad con respecto a la de 1929.

El desempleo creció desmesuradamente, se pasó de un millón y medio de parados en 1929 a 6 millones en 1931. Los partidos gobernantes, la llamada Coalición de Weimar (Partido Socialdemócrata Alemán, Centro Católico y Partido Demócrata), fueron perdiendo el apoyo de los asalariados y de la pequeña burguesía empobrecida.

A partir de 1930 los diferentes gobiernos no tenían una mayoría coherente en el Parlamento y se apoyaban en el presidente de la República, que gobernaba por decreto. Se utilizaba con demasiada frecuencia el recurso de disolver el Parlamento y la inestabilidad ministerial (19 gobiernos en trece años) era la prueba de la fragilidad del sistema. El desorden político hacía crecer el deseo de un gobierno fuerte y estable.

Los líderes moderados de la endeble república carecían de experiencia en el ejercicio del poder. Con harta frecuencia entre 1918 y 1933 se agotaban en discusiones sin acertar a promover sus intereses comunes; con demasiada frecuencia colocaban sus órdenes en entredicho ante la fuerza bruta de los Freikorps, el Ejército o los grupos nazis paramilitares; en excesivas ocasiones pactaban con los extremistas, con la esperanza de comprometerlos en la gestión del gobierno. Mas la nueva constitución no podía por sí sola inculcar, de la noche a la mañana, hábitos ciudadanos en un pueblo cuya falta de experiencia democrática no hallaba parangón en ninguno de los países industrializados del mundo. En cualquier otra nación desarrollada, los moderados de Weimar hubieran lucido la etiqueta de conservadores. Sus jueces favorecían constantemente a los exaltados de derechas frente a sus oponentes de izquierdas. Gran número de maestros y profesores continuaban difundiendo las doctrinas de la política del poder y de la superioridad teutónica que contribuyeron, años antes, al estallido de la primera Gran Guerra. Muchos ciudadanos comenzaron a evocar con nostalgia los años de lucha y las glorias marciales, mientras se veían aherrojados a un sórdido presente de estériles rivalidades políticas y caos económico. Brotó por doquier un anhelo incontenible de unidad y disciplina; sus consecuencias, sin embargo, fueron fatales.

Después de años de tentativas infructuosas de solucionar el problema, lleno de carga emocional, de las reparaciones de guerra, la comisión aliada de reparaciones constituyó un equipo internacional de expertos en finanzas para fijar un programa de pagos hasta 1988. El grupo, presidido por el industrial americano Owen Young y con representación alemana por primera vez, diseñó un plan para aliviar la carga de la deuda de la nación derrotada y para estabilizar su sociedad dividida y sus relaciones con el resto del mundo.

El plan Young, presentado en París en junio, contenía las concesiones más favorables a Alemania que se habían hecho hasta el momento: los alemanes ya no deberían hacerse cargo del costo total de la reconstrucción; los pagos anuales se reducirían en un tercio, a unos 407 millones; se aboliría la supervisión aliada de la economía alemana junto a la comisión de reparaciones; se pagaría la deuda a una nueva banca internacional de la que Alemania sería miembro y Alemania podría declarar una moratoria parcial de los pagos durante los recesos económicos.

Los gobiernos estadounidense y alemán apoyaron el plan. Un enviado norteamericano escribió: «Todos los residuos de desconfianza y enemistad que se habían ido sedimentando desde el día del armisticio finalmente se han disuelto». No obstante, tres años después los pagos fueron suspendidos definitivamente.

Síntesis 2° Guerra Mundial

El Imperialismo Moderno La Expansión Capitalista Mundial

El Imperialismo Moderno – La Expansión Capitalista

La palabra imperialismo se utiliza frecuentemente para explicar la expansión territorial y el sometimiento por la fuerza que ejerce un pueblo poderoso sobre otro más débil. En este sentido, se puede hablar de imperialismo para referirse tanto a la expansión de los antiguos egipcios como a la persa o a la romana del siglo I d.C.

Sin embargo, a principios del siglo XX, el término imperialismo adquirió un significado más preciso. Algunos pensadores comenzaron a utilizarlo para explicar el proceso de expansión que en ese momento estaban protagonizando las potencias capitalistas El imperialismo no se refirió entonces a cualquier expansión, sino a una expansión particular.

El primero en intentar una definición teórica del imperialismo fue el economista liberal inglés John A. Hobson. En su obra Imperialismo, un estudio (1902), analizó la expansión colonial europea sobre África. Advirtió que en las metrópolis había un exceso de capitales y esto hacía que no hubiera inversiones rentables.

Para poder seguir obteniendo altas ganancias, los capitalistas buscaban invertir sus capitales en los mercados ultramarinos. Por ello es que los grandes inversores de los países industrializados presionaban a sus gobiernos para que éstos emprendieran una intervención política y militar en Africa. El estudio de Hobson puso entonces el acento en que el imperialismo era una expansión colonial que obedecía a la necesidad económica de los países industrializados.

Tomando como punto de partida la obra de Hobson, los revolucionarios marxistas  Lenin y Rosa Luxemburgo expusieron el punto de vista socialista para explicar el fenómeno del imperialismo.

En su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916), Lenin sostuvo que el desarrollo del capitalismo lleva inevitablemente a una fase superior —la etapa imperialista—, cuyos rasgos principales son: la concentración de la producción y el surgimiento de los monopolios; la unión del capital bancario e industrial, que origina el capital financiero; la exportación de capitales; la asociación de monopolios internacionales que se reparten el mundo; el reparto territorial de todo el mundo por parte de las potencias europeas.

Lenin pensaba que la expansión de los monopolios y de las potencias imperialistas llevaría inevitablemente a un conflicto internacional, debido a que los capitalistas estaban obligados a buscar nuevos mercados. Cuando todos los mercados ya estuvieran repartidos la guerra sería inevitable.

Al mismo tiempo que Lenin y otros pensadores socialistas criticaban los efectos de la expansión imperialista, algunos dirigentes políticos de la época, como los ingleses Ceci Rhodes y Joseph Chomberlain o el norteamericano Theodor Roosevelt, la defendieron. La creían necesaria para garantizar la seguridad económica de sus naciones.

Muchos intelectuales británicos de la época ayudaron a difundir el ideal imperialista. Lord Rosebety afirmó en 1893: “Somos responsables de que el mundo, en la medida en que aún está por moldear, reciba un carácter anglosajón y no otro. El poeta Rudyard Kipling, por su parte, expuso la doctrina de la “responsabilidad del hombre blanco’. Creía que era un deber de las naciones blancas transmitir los logros de la civilización europea a los pueblos atrasados…

Teodoro RoosveltTheodor Roosevelt y el Gran Garrote. Theodor Roosevelt (1858-1919) El  presidente de los Estados Unidos en los primeros años del siglo XX. Su agresiva política exterior fine conocida con el nombre de Big Stick (Gran Garrote). En un discurso pronunciado en 1899, siendo aún vicepresidente, expresó: “El desarrollo de la paz entre las naciones está confinado estrictamente a aquellas que son civilizadas. Con una nación bárbara la paz es condición excepcional. En los confines entre la civilización y la barbarie, la guerra es generalmente normal.

Que los bárbaros sean el indio rojo en la frontera de los Estados Unidos, el afgano en los confines de la India Británica o el turcomano quien limita con el cosaco de Siberia, el resultado es el mismo. A la larga, el hombre civilizado encuentra que no puede conservar la paz más que subyugando a su vecino bárbaro, pues el bárbaro no cederá más que ante la fuerza […]. Toda expansión de civilización trabaja para la paz. En otros términos, toda expansión de una potencia civilizada significa una victoria para la ley, el orden y la justicia.  (…) En todos los casos la expansión ha sido un provecho, no tanto para la potencia que se beneficia nominalmente como para el mundo entero.”

Con base en la doctrina Monroe, el presidente Theodoro Roosevelt proclamó el derecho de Estados Unidos para ayudar a cualquier nación latinoamericana amenazada por intervención, así como para fomentar gobiernos políticamente estables.

Durante su mandato (1901-1908) impuso su visión de la doctrina mencionada por los medios más duros: la política del «gran garrote» (big stick), que se tradujo en presiones para con los gobiernos latinoamericanos, pérdida de soberanía, intervenciones militares, expansión de los monopolios y explotación de los recursos naturales.

Las tropas estadounidenses permanecieron en Santo Domingo de 1904 a 1924; Cuba estuvo ocupada militarmente de 1906 a 1909; Nicaragua experimentó la invasión militar entre 1909 y 1912; Honduras de 1910 a 1912; Guatemala sufrió las presiones comerciales de la United Fruit Company en 1905; y Haití vivió el desembarco de las tropas estadounidenses en 1914.

Las administraciones de Roosevelt, Taft y Wilson expresaron el reforzamiento de la hegemonía estadounidense en América Latina, en particular en la zona centroamericana y caribeña, en el rubro de la explotación agrícola (azúcar, café y plátano).

Los grandes monopolios como la United Fruit Company, la Santo Domingo Improvement o la American Sugar Refinial estuvieron presentes en las naciones centroamericanas: la economía de enclave se desarrolló en forma especial en el sector bananero, con lo cual las economías locales dejaron de percibir importantes ingresos.

Una gran infraestructura, ferrocarriles, puertos, etcétera, surgió como consecuencia de la necesidad de transportar los productos agrícolas al mercado estadounidense.

Ver: Los Tipos de Imperialismos y sus Consecuencias