Fundación de Esperanza

Mapa de Departamentos y Capitales de Santa Fe Mapa Politico

 MAPA POLÍTICO DE LA PROVINCIA DE SANTA FE (ARGENTINA)

LA PROVINCIA DE SANTA FE: La Provincia de Santa Fe ocupa el segundo lugar entre las provincias argentinas por su población y su potencial productivo. Considerando el valor de la producción per cápita, los santafesinos ocupan el primer nivel nacional, constituyéndose en la población más activa del País.

Ubicada aproximadamente entre los paralelos 28° y 34° de latitud sur y los meridianos 59° y 63° de longitud oeste, Santa Fe limita por el norte con la Provincia de Chaco, con límite demarcado por la línea imaginaria del paralelo 28° sur; por el este, su límite natural es el río Paraná, que la separa y une a la vez con las provincias de Corrientes y Entre Ríos; por el sur, el arroyo del Medio y una línea imaginaria marcan los límites con la Provincia de Buenos Aires, mientras que por el este limita con Córdoba a través de una línea recta imaginaria, el arroyo de las Tortugas, el canal San Antonio y nuevamente una línea imaginaria quebrada que se continúa hasta el paralelo 28° sirviendo así también de límite con la provincia de Santiago del Estero. En sus 128.700 kilómetros habitan más de 2.500.000 personas, repartidas en diecinueve departamentos.

Dentro de la Provincia se han desarrollado treinta y seis ciudades, trescientas veintitrés localidades con comuna propia y ciento treinta y un pueblos que aún carecen de comuna.

El extraordinario crecimiento poblacional experimentado por Santa Fe a partir de que se lograra la paz interna se debió a la fuerte colonización, que entre 1856 y 1893, es decir en un período de menos de 40 años, se manifestó con la radicación de 114 colonias, las cuales se ubicaron preferentemente en la zona central de la Provincia, en los actuales departamentos de Capital, Las Colonias, Castellanos, San Cristóbal y San Justo, y en menor medida en el resto de la Provincia.

La colonización de Santa Fe se ha comparado con el proceso similar ocurrido en los Estados Unidos, y más adelante, al analizar la historia agrícola la estudiaremos en profundidad. Como consecuencia de este fenómeno, el crecimiento del porcentaje de extranjeros en la Provincia fue notable; don Gabriel Carrasco, comisario del censo provincial de 1889, publica en 1888 «La Provincia de Santa Fe, revista de su estado actual y de los progresos realizados», donde expresa: «Un hecho de capital importancia y que sirve por sí sólo para explicar la rapidez de los progresos de la provincia de Santa Fe, está en la composición de su masa de habitantes distribuida entre todas las naciones europeas.»

MAPA politico de santa Fe

DEPARTAMENTOS Y CAPITALES DE SANTA FE

9 de Julio, Tostado

Vera, Vera

General Obligado, Reconquista

San Cristóbal, San Cristóbal

San Justo, San Justo

San Javier, San Javier

Castellanos, Rafaela

Las Colonias, Esperanza

La Capital, Santa Fe

Garay, Helvecia

San Martín, Sastre

San Jerónimo, Coronda

Belgrano, Las Rosas

Iriondo, Cañada de Gómez

San Lorenzo, San Lorenzo

Caseros, Casilda

Rosario, Rosario

Constitución, Villa Constitución

General López, Melincué

OTROS ENLACES

Fundación de Santa Fe

Los Mocovíes

Los Guaraníes

Acta de Fundación

Revolución de los 7 Jefes

Gobernador Hernandarias

Primer Maestro Santafesino

Segunda Fundación de Buenos Aires

Historia de Rosario, su puerto y ferrocarriles

 

 

Biografia de Aaron Castellanos Historia Fundacion de Esperanza

Biografía de Aaron Castellanos Historia Fundación de Esperanza Santa Fe

Para Pedro Goyena, profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, los salteños son:  «Los ingleses de la República» y Aarón Castellanos era salteño. Según todas sus semblanzas biográficas, Castellanos nació en Salta el 8 de agosto de 1800 y bautizado en esa ciudad el 11 de noviembre de 1799.

Sobre sus estudios no hay información y todas las semblanzas  lo hacen saltar de la cuna al caballo formando parte del escuadrón «Los Infernales de Güemes», donde revistó siendo adolescente obteniendo el grado de teniente. Muerto Güemes por una partida del ejército realista a mediados de 1821 y reabiertas las puertas del Perú tras el armisticio con Olañeta, el joven Aarón dejó las armas y abrazó los negocios.

En 1822 viaja a Perú dispuesto a abrirse paso como comerciante minero en Cerro de Pasco. Aquella prematura tentativa fue corta, tal vez por no resultar exitosa. Dos años más tarde Castellanos se encuentra de regreso en Salta dispuesto a reemprender actividades comerciales.

Sus veinticuatro años no son un obstáculo para que Victoriano Sola y Pablo Soria aceptaran integrarlo a la Compañía de Navegación del Bermejo. Soria, comerciante jujeño y tenaz opositor a Güemes, se disponía a realizar el primer intento del siglo XIX de remontar el Bermejo, siguiendo las huellas de las expediciones de fray Francisco Murillo y Adrián Fernández Cornejo a finales del siglo XVIII.

Anciano, casi octogenario, Castellanos recordará algunos detalles de esa empresa que situaba como una de las tantas promovidas durante la gestión de Bernardino Rivadavia, a quien definió como el primer hombre de Estado de la Argentina y de cuya obra se sentía orgulloso continuador. «Fui uno de sus apasionados», dice Aarón; «con tanta más razón cuanto que nadie antes que él había mirado más lejos del Arroyo del Medio.

Fue hasta los Andes, Bermejo, Pilcomayo y Magallanes». Navegar el Bermejo no era el único objetivo de la empresa de Sola y Soria. Su propósito más ambicioso «era colonizar los extremos más importantes del Chaco». En Oran, punto de partida de la expedición, se construyeron «tres embarcacio nes de diferente porte».

Las tres partieron a mediados de 1826 y, días después, al llegar a Nambucu, donde el dictador Francia había colocado un cerrojo a la entrada del Paraguay, los expedicionarios fueron obligados a bajar a tierra donde los detuvieron y les secuestraron las embaraciones, los planos, los apuntes y las armas que llevaban. Según todas las reseñas biográficas, al igual que Soria y el resto de la tripulación, Castellanos permaneció cinco años preso en el Paraguay.

Este dato no parece verosímil ya que él mismo no recuerda haber estado en prisión, cuando alude a aquel suceso. Las dudas se acrecientan toda vez que la documentación aportada por Ibarguren (h) demuestra que el 17 de junio de 1826, en los días de la partida de la expedición, Aarón Castellanos se casó en Buenos Aires con Secundina de la Iglesia y Castro, con quien, entre 1827 y 1848, tuvo quince hijos. Con lo cual, Castellanos habría participado de los preparativos de la expedición pero no de su realización. Esta impresión parece reforzada por el hecho de que en 1829 Castellanos aparece prestando, con la garantía del gobierno de Buenos Aires, 50 mil pesos en metálico al gobierno de Salta a cuyo frente estaba el canónigo Juan Ignacio Gorriti.

En 1876, al momento de escribir su folleto sobre la colonización, esa deuda permanecía impaga. Soria y los demás prisioneros fueron puestos en libertad en agosto de 1831. Meses más tarde Soria «publicó y repartió entre los accionistas un folleto dando cuenta del resultado de su viaje adjuntando un plano del Bermejo», añade Castellanos. Entre 1830 y 1840 aparece radicado en Buenos Aires donde funda establecimientos ganaderos sobre las líneas de frontera que separan las tierras controladas por ese gobierno de las controladas por los indios. Años después, antes de la caída de Rosas, vende sus campos a Simón Pereyra y José Iraola.

Veintitantos años después de Caseros, Castellanos dirá que con Rosas había caído sobre el país «una larga noche de veinticuatro años en cuyas tinieblas desaparecieron todas las empresas ya mencionadas (de la época de Rivadavia) y el aspecto grandioso que había asumido el país». Rosas era a la Argentina lo que Francia al Paraguay. «Así vino el país a criar vacas y nada más», escribe Aarón. Vendidos sus campos se embarca a Francia. «Yo de mi parte, sin esperanza alguna de ver empezado en el país lo que a gritos pedía —ferrocarril e inmigración—, me trasladé a Europa con toda mi familia, con el doble objeto de educar a mis hijos (…) Allí me encontraba cuando cayó Rosas».

Conocida la noticia, Castellanos cree que ha llegado el momento de desplegar sus proyectos. Aarón formaba parte de esa numerosa colonia de sudamericanos en París compuesta, al decir de Mayer, «de ricos estancieros y políticos en disponibilidad». Astuto, intuitivo y conocedor del terreno, Castellanos se dirige a Londres donde busca y consigue una entrevista con el barón James de Rothschild al que interesa en sus proyectos ferroviarios para Córdoba con el puerto de Rosario, sobre el que convergería el comercio de diez provincias, y de colonización de tierras en la Patagonia, las márgenes del Bermejo o Santa Fe.

En aquellos días estaba intacto el optimismo que infundía el progreso mate rial que alumbraba un nuevo mundo fundado «en el ferrocarril, en la banca y en el predominio de los industriales», al decir de un biógrafo de los Rothschild. Castellanos sabe el terreno que pisa y no suple con fantasías provincianas la debilidad de su país donde está todo por hacer. «Aunque allí nadie oye ni presta atención a lo que no es de presente, obtuve sin embargo la deferencia de ser escuchado».

Esa cautelosa evaluación dará paso a cierto optimismo: obtenido «todo lo que deseaba y no con poca satisfacción me embarqué para Buenos Aires, decidido a colocarme en la huella que había trazado Rivadavia, tantos años abandonada y que tanto alegaba (sic) mis instintos». Quería colonizar «para poblar nuestros desiertos, que es el peor enemigo del país», estableciendo «pueblos modelos» que moralizaran y prometieran un mejor porvenir a las generaciones futuras. Los colonos debían venir del norte de Europa, elegidos por «sus condiciones de inteligencia, moralidad, robustez y trabajo».

También por ser «más pacíficos» que los temperamentales pobladores del Mediodía que habían tomado armas en nuestras guerras civiles, explicó. La comprensión que encontró en Londres la perdió en Buenos Aires frente a un gobierno que ni siquiera consideró sus ideas respecto a la colonización de Río Negro hasta los Andes, y del Río Chubut hasta Magallanes.

Recordando los sucesivos incumplimientos de pago de la deuda que ese gobierno tenía con él desde 1829, pidió se le otorgara en propiedad la península de San José donde se proponía fundar un establecimiento ganadero y establecer allí un cuartel contra los indios. Frustradas sus expectativas decide instalarse en Santa Fe donde expuso su proyecto al gobernador Domingo Crespo. Castellanos se comprometía a traer mil familias de agricultores del norte de Europa, a los que pagaría el pasaje y entregaría 125 arados norteamericanos, 200 palas y abundante ropa.

A cambio, los colonos debían entregarle un tercio de sus cosechas durante cinco años. Las familias debían llegar en el transcurso de los diez años siguientes, en grupos de 200 familias que se embarcarían cada dos años. El gobierno santafesino se comprometía a entregarles 32 hectáreas en propiedad; ranchos para viviendas; doce cabezas de ganado; harina y semillas. La buena acogida del gobernador Crespo no era suficiente para alejar las suspicacias: «no faltaban quienes mirasen con sospecha» su proyecto.

Ver Parte II

Fuente Consultada: Todo Es Historia Aarón Castellanos y las Colonias en la Argentina

Ciudad de Esperanza Fundacion de la Primera Colonia Agricola

Ciudad de Esperanza Fundación de la Primera Colonia Agrícola

CRÓNICA DE LA ÉPOCA
Fuente: El Bicentenario Fasc. N° 3 Período 1850-1869
Nota del Historiador Julio Djenderedjian
1856:SE FUNDÓ LA PRIMERA COLONIA AGRÍCOLA

El 8 de septiembre quedó oficialmente fundada la colonia Esperanza, que ya es llamada la primera colonia agrícola del país, aun cuando haya habido otras antes. Lo cierto es que su fundador, el conocido estanciero y terrateniente Aarón Castellanos, ha debido hacer frente a situaciones de lo más complicadas, pero nada raras entre nosotros.

Imagen de la Plaza San Martín de Esperanza

Hace ya tres años que propuso al gobierno de la provincia de Santa Fe la creación de varias colonias con inmigrantes extranjeros, algo novedoso, sumamente arriesgado y costoso en este país, donde ya hubo varios intentos fracasados. Ocurre que aquí estas cosas no cuentan de ningún modo con éxito asegurado, como sí ha sido en el Brasil, donde la corona imperial impulsó sostenidamente esos emprendimientos, o en Chile, donde contaron también con iniciativa, protección, control y sostén gubernamental. Aquí, por el contrario, el empresario Castellanos presentó por su cuenta al gobierno el emprendimiento como cosa propia, encargándose él de todo, y pidiendo sólo una mínima contraparte.

La sustancia del proyecto era traer mil familias de inmigrantes, haciéndose cargo Castellanos de la convocatoria en Europa, el transporte desde allí hasta Santa Fe, la entrega de herramientas agrícolas y fondos, y debiendo el gobierno santafesino solamente dar a cada familia treinta y tres hectáreas de tierras en la frontera, que son hoy de ningún valor, y vacas y bueyes a las que fundaran la primera colonia. Además, el valor de esos bienes sería reembolsado al gobierno por Castellanos a los dos años de instalarse.

El contrato con la provincia era conveniente que lo refrendara también el gobierno nacional, a fin de demostrar a los potenciales migrantes que no serían defraudados por las disputas políticas. No faltó quien pusiera el grito en el cielo: ¿cómo se les iba a dar tantas cosas a extranjeros? ¿Cómo iba el gobierno a gastar eso si no había para pagar los sueldos de los empleados públicos? Así y todo, Castellanos logró la firma del contrato, y se fue a Europa a reclutar inmigrantes.

Allí la cosa no fue menos difícil. Las agencias de emigración europeas, que tienen contratos suculentos con Estados Unidos, Canadá o Australia, vieron la competencia del señor Castellanos como una amenaza, y difundieron por todas partes noticias alarmantes para desalentar a los potenciales migrantes: que el desconocido país al que se los quería llevar era una selva húmeda y palúdica, o un desierto de arena incapaz de sostener cualquier cultivo; que los caudillos hacían la guerra permanentemente, y que las tropas saqueaban y mataban por doquier; que la corrupción era la única administración, y que apenas alguien acumulaba algún dinero había siempre pronto un funcionario dispuesto a confiscárselo.

Para ello no tenían que esforzarse mucho: bastaba simplemente recordar o reproducir las notas periodísticas de la época de Rosas, que hace sólo unos años terminó. Para ahorrar costos, Castellanos había pensado encarar la propaganda por sí mismo; pero con todos esos inconvenientes debió finalmente optar por una de esas agencias, y eligió a Beck y Herzog, lo que por fortuna resultó una excelente elección. De modo que, después de múltiples problemas, se formó finalmente un primer contingente de familias y se contrató el buque que habría de llevarlas.

En todo eso se fueron tres años. Aquí tres años son una eternidad: cuando volvió Castellanos con los inmigrantes, el gobernador Crespo, que lo había apoyado, ya no estaba más a cargo, y quien ocupaba ahora ese puesto, Cullen, se desentendió del tema. El gobierno nacional había repudiado el contrato. Incluso algún funcionario decía que «la aglomeración de extranjeros no conviene; se corre el riesgo de que se apoderen del país». Por supuesto, nada estaba preparado: ni las tierras mensuradas, ni las vacas, ni los ranchos.

Y los inmigrantes ya estaban en el puerto de Santa Fe. Desesperado, Castellanos expuso al nuevo gobernador la vergüenza internacional que significaría mandar de vuelta el barco; las ventajas de la inmigración, que introduciría técnicas de cultivo más racionales y un mejor aprovechamiento del espacio; que se poblarían las pampas hoy prácticamente vacías; que los hijos de esos colonos serían argentinos, y por tanto podrían ser reclutados para los ejércitos de los caudillos; exigió, suplicó, en fin, lo intentó todo. Por fin, logró que Cullen se decidiera a otorgar las tierras, y se comenzaron los preparativos con la ayuda de los mismos colonos y de algunos peones criollos e indios.

Así se llegó al día de hoy. No sabemos si esta colonia tendrá éxito, pero deseamos fervientemente que lo tenga. No sólo por las pobres familias de inmigrantes que la componen, sino por algo mucho más importante. Si estas colonias se multiplican, la tierra será poblada y trabajada, habrá nuevos pueblos, se ocuparán las pampas, se sub-dividirán las tierras. Y, sobre todo, dejaremos de comer pan hecho con harina importada, como hacemos hoy, y que tan caro nos cuesta.

Fuente: El Bicentenario Fasc. N° 3 Período 1850-1869
Nota del Historiador Julio Djenderedjian