Geografía de las Malvinas

Juego Para Aprender Nombres de Dinosaurios Estudiar Especies

Juego Para Aprender Nombres de Dinosaurios

La primera persona que descubrió un hueso de dinosaurio se llamaba Gideon Mantell, médico y gran aficionado a los fósiles. Vivía en Lewes, al este de Sussex, y cerca de su casa se encontraban los restos de un antiguo bosque que era sin duda una mina para los coleccionistas de fósiles de la época.

En el año 1822, Mantell encontró una serie de dientes de gran tamaño y, entusiasmado, se los enseñó a los expertos de aquel momento, quienes le despacharon argumentando que pertenecerían muy posiblemente a algún animal conocido, quizá un rinoceronte.

Pero Mantell estaba convencido de que se equivocaban. A partir del tamaño de los dientes calculó las dimensiones de su posible propietario: al menos dieciocho metros de largo. Tras años de polémica, finalmente se reconoció que los dientes descubiertos por Mantell habían pertenecido a un nuevo tipo de criatura desconocida hasta entonces. La bautizó como iguanodonte debido a su parecido con una iguana, aunque de mayor tamaño.

iguanodonte

Iguanodonte llamado así por Gideon Mantell, podía llegar a a medir hasta diez metros de longitud y tenía una especie de pincho
en el pulgar que utilizaba para intimidar a sus oponentes.

El descubrimiento de Mantell hizo que, por primera vez, la gente se diera cuenta de que en un tiempo lejano la Tierra había estado dominada por una familia ya extinguida de monstruos de enorme tamaño. En la época de Mantell, igual que ocurre hoy día, circulaban toda clase de mitos y leyendas sobre la existencia de dragones v otras bestias temibles. De repente era como si todas aquellas historias estuvieran basadas en hechos reales.

La fiebre de los fósiles se propagó rápidamente, especialmente en América. En 1858, un buscador de fósiles llamado William Foulke descubrió el primer esqueleto completo de dinosaurio en una cantera cercana a su casa de Haddonfield, en Nueva Jersey. Aquel dinosaurio debe su nombre a Foulke y al lugar en el que fue encontrado, y así se le bautizó como Hadrosaurus foulkii. Poco tiempo después, dos de los más prestigiosos paleontólogos de América, Edward Cope y Othniel Marsh, entraron en escena.

Al principio trabajaron juntos y asimismo contrataron a un equipo para excavar la cantera donde Foulke había realizado su descubrimiento. Allí encontraron varios esqueletos completos de dinosaurio, pero pronto su amistad se derrumbó cuando salió a la luz que Marsh había estado sobornando a los trabajadores para que le avisaran a él primero cuando dieran con un fósil. La gue rra, y no sólo verbal, estalló entre ellos.  Ambos eran ricos y gastaron buena parte de su patrimonio en superar al otro en su búsqueda de fósiles de dinosaurios.

Desde aqui puede acceder a varios juegos simples didácticos que te ayudarán a practicar con los nombres de algunas especies de dinosaurios mas comunes y que siempre cuesta reconocerlos. Es muy fácil, solo debes hacer «clic» sobre cada boton de la izquierda del juego y elegir un nombre de la especie que piensas tu conoces, y arrastralo hasta adentro del rectángulo gris ubicado debajo de cada imagen. Al soltar el botón podrás escuchar un sonido indicado que se ha posicionado correctamente. Debes colocar los 20 nombres y luego con el botón de corrección podrás verificar tus errores. Otra forma de jugar consiste en hacer «clic» en el botón de Nombres Correctos, estudiarlos o memorizarlos y luego empezar a jugar desde cero. Es sumamente simple, para todas las edades e ideal para los mas jóvenes o principiantes…¡A probarlo!…. También puedes jugar a PANTALLA COMPLETA

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Historia Conflictos Limitrofes de Argentina con Chile Resumen

Historia Conflictos Limítrofes de Argentina con Chile
«Principio Bioceánico»

Cuando se desmembró el antiguo Virreinato del Río de la Plata, y cómo se redujo el territorio de la República Argentina ya fuese por emancipación, usurpación o despojo. Desde su independencia, la Nación sostuvo como principio fundamental el Uti possidetis juris en 1810 (es decir: «poseerás lo que poseías» en 1810); por lo tanto, la delimitación de fronteras debe buscarse en las disposiciones realizadas por fe Corona española hasta 1810, aun cuando los territorios hayan sido ocupados —o no— efectivamente, o poseídos.

Esta doctrina del Uti possidetis juris en 1810 fue aceptada, como un «principio de orientación general», por los países de América y adoptada luego por el Congreso de Lima en 1848. Incluso el rey de España dejó asentado este concepto en los tratados por los que reconoció la independencia de las repúblicas americanas.

La diferente interpretación de la geografía y de los títulos históricos de la herencia española, dio como resultado los conflictos de límites y éstos, a su vez, la reducción del espacio geográfico nacional. Nuestro país, urgido por problemas internos, descuidó, a veces, los asuntos de frontera; esta atonía diplomática dio pie para que se concretasen los avances expansionistas sobre sus fronteras.

CONFLICTO CON CHILE: En las últimas décadas del siglo XIX las cuestiones de límites entre la Argentina y Chile provocaron varias disputas y estuvieron a punto de desatar la guerra, que pudo ser evitada gracias a la eficacia de delicadas negociaciones diplomáticas. Entre los incidentes que suscitaron mayor tensión se cuenta el que protagonizó la cañonera chilena, Magallanes en abril de 1876, cuando apresó a la nave francesa Jeanne Amelle, que se hallaba cargando guano en el litoral patagónico.

Barco chileno magallanes

La embarcación había obtenido el permiso correspondiente ante las autoridades argentinas, pero según los chilenos esas tierras pertenecían a la jurisdicción trasandina, por lo que no vacilaron en conducir la nave a Punta Arenas, con tan mala suerte que al pasar frente a Punta Dungeness la Jeanne Amelle se fue a pique.

Por fortuna su tripulación se salvó, pero esto no alcanzó a suavizar la protesta argentina, que exigió una severa sanción para el capitán de la Magallanes. Así tuvo comienzo una prolongada serie de conversaciones que poco a poco diluyeron la tensión causada por el incidente.

De todos modos, el caso volvió a demostrar que las cuestiones de límites debían ser resueltas de una vez por todas, lo cual no impidió una nueva situación de tirantez en mayo de 1878, cuando un protocolo firmado entre el chileno Barros Arana y el argentino Rufino de Elizalde provocó indignación en ambos países, que no se sintieron interpretados por el acuerdo y lo rechazaron.

Agresivas campañas de prensa de uno y otro lado de la Cordillera encresparon los ánimos y se llegó a pensar seriamente en la posibilidad de unenfrenta miento armado. En medio de ese clima saltó  una  chispa que  casi hizo estallar el polvorín; a fines de 1878 la cañonera Magallanes insistió en su proceder anterior capturando   al    buque   norteamericano Devonshire,   que   cargaba   guano con autorización argentina.

El conflicto armado pareció en tonces  inevitable,   a  pesar  de   la casi abrumadora superioridad naval transandina: la armada chilena estaba fondeada en el  puerto de Lota,  lista para entrar en acción con dos poderosos acorazados cuatro corbetas —dos de ellas con blindajes—, un par de cañoneras y siete   naves   auxiliares   de   menor porte.

La Argentina sólo podía opor ner una flotilla de río que ni por asomo estaba en  condiciones de operar en  los peligrosos  mares del sur. Sin embargo, era lo único que había y, por ende, lo único que se podía utilizar: el presidente Avellaneda  encomendó  al   comodoro Luis  Py marchar con  los barqui chuelos  hasta  la  desembocadura del  río Santa Cruz y desalojar a los chilenos del puesto que habían instalado.

Los marinos llegaron a destino   el   25   de   noviembre   de 1878, pero las fuerzas trasandinas ya se habían marchado: la creciente   tensión   entre   Chile,   por   una parte, y Bolivia y Perú, por la otra, obligó a destacar fuerzas chilenas en otros puntos.

Tal circunstancia evitó males mayores y la cuestión tomó otra vez la vía diplomática; la cordura, personificada en la otra sión por los chilenos Manuel Bilbao y Benjamín Vicuña Mackenna, halló oportuna correspondencia en los esfuerzos desplegados por el argentino Mariano de Sarratea, y nuevamente se pudo evitar lo que parecía un irreparable conflicto en tre pueblos hermanos.

HISTORIA DE LOS CONFLICTOS CON CHILE:

El problema con Chile: el principio bioceánico.
Después de sus respectivas emancipaciones, la República Argentina y Chile firmaron, en 1826, el primer documento internacional: el Tratado de Amistad, Alianza; Comercio y Navegación. Este pacto preservaba los límites reconocidos de ambas naciones en virtud de otros coñvlmícis que pudieran firmar entre sí o con terceros; trataba de garantizar la integridad territorial respectiva, y buscaba obrar «de común acuerdo contra todo poder extranjero que intentara mudar por la fuerza los límites de ambas repúblicas».

En 1833 tuvo lugar el acto de usurpación ilegal de las islas Malvinas por parte de Gran Bretaña. La cancillería argentina lo comunicó a todas las naciones americanas (circular del 23 de enero de 1833) y Chile, a pesar de estar obligado —por el Tratado de 1826— a actuar de común acuerdo con la Argentina, permaneció silencioso ante el atropello inglés.

Diez años más tarde (1843), Chile fundó Fuerte Bulnes (actual puerto de Punta Arenas) en el estrecho de Magallanes, en momentos en que el gobierno de Buenos Aires —encargado de las relaciones exteriores— soportaba el bloqueo anglo-francés. La fundación de Punta Arenas fue el punto de partida de una serie de agresiones y expansiones ilegítimas con las que Chile demostró su deseo de extenderse hacia el Este, a expensas de las fronteras argentinas.

El 30 de octubre de 1855, la Argentina y Chile suscribieron un Tratado en el que ambas naciones reconocían «como límites de sus territorios respectivos los que poseían como tales en el tiempo de separarse de la dominación española de 1810», y en el que convenían «aplazar las cuestiones que han podido o que puedan suscitarse sobre esta materia para discutirlas […] amigablemente, sin recurrir jamás a la violencia y, en caso de no arribar a un completo arreglo, someter la decisión al arbitraje de una nación amiga».

En 1865 la cancillería chilena denunció el Tratado y alegó derechos históricos sobre la mayor parte del estrecho de Magallanes, la isla de los Estados y una vasta zona de la Patagonia; con ello rechazaba el principio del Uti possidetis juris en 1810 para la fijación del límite territorial y se negaba a aplicarlo para deslindar soberanías.

Más adelante (1872), el gobierno chileno — sin perder de vista sus objetivos-avanzó sobre territorio patagónico (región de la cuenca del río Santa Cruz) y el estrecho y apresó barcos de banderas extranjeras que recolectaban guano con licencias extendidas por las autoridades argentinas. La cancillería de nuestro país reclamó sus derechos: el conflicto se agudizó; las tratativas se hicieron difíciles, y la guerra fue inminente. El gobierno estadounidense medió para pacificar los ánimos y soluciona: el problema.

Por fin, un Tratado de limites —celebrado el 23 de julio de 1881-estableció la frontera, que fue aceptada por ambas naciones: desde el Norte hasta el paralelo 52° seguiría la línea de «las altas cumbres que dividen aguas»; desde el paralelo 52° hasta el Sur de Tierra del Fuego, la línea sería convencional. La Argentina conservaría todas las islas que quedan al Este de Tierra del Fuego y las costas orientales de la Patagonia. Las restantes fueron asignadas a Chile. El estrecho de Magallanes fue neutralizado y se prohibió erigir fortalezas en sus costas.

No obstante, en 1888, cuando los peritos comenzaron el trabajo de reconocimiento y demarcación de la zona, se reanudaron las dificultades. Cada país sustentó tesis diferentes con respecto a la demarcación: los chilenos sostenían que la línea que debía adoptarse era la de divisoria de las aguas (ello les otorgaba la Patagonia. ya que las fuentes de muchos ríos estaban en ella); los argentinos afirmaban que la línea debía ser la de las altas cumbres (que daba al país la salida al Pacífico por el norte del estrecho).

En 1889, ante los impedimentos que presentaba la demarcación, se celebró un acuerdo entre los cancilleres Estanislao Zeballos (Argentina) y Guillermo Matta (Chile) quienes suscribieron una Declaración en la que se afirmó la soberanía argentina en el Atlántico y la de Chile en el Pacífico.

Las negociaciones diplomáticas se interrumpieron en 1890, debido a los problemas que afectaban a los dos países y, en 1893, ambos Parlamentos ratificaron un Protocolo Adicional al Tratado de 1881, cuya cláusula: «Chile no puede pretender punto alguno hacia el Océano Atlántico, como tampoco la República Argentina hacia el Océano Pacífico», estableció, con claridad, él principio Atlántico-Pacífico.

En 1898 nuevas disenciones llevaron a las Partes al borde de la guerra; las cancillerías decidieron, entonces, somete: la cuestión del límite definitivo al rey de Inglaterra, Eduardo VII, quien se expidió en 1902 dando una solución definitiva al dividir ios 94.000 km2 en disputa y otogando 40.000 a la Argentina y 54.000 a Chile. No obstante el laudo, ambos países llegaron a un acuerdo, en 1902-1903, sobre las bases de un Tratado General de Arbitraje y la limitación de los armamentos navales.

Estos acuerdos, conocidos con el nombre de Pactos de Mayo, fortalecieron el principio oceánico de 1893.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos en la Historia Argentina Editorial Abril
HISTORIA -La Edad Contemporanea La Argentina de 1831-1982- 3º Curso -LLadó,Grieco y Bavio,Lugones-Sessaeego y Rossi
Editora Contenidos Minimos AZ

Primera Estación Antartica Argentina Historia Base Científica

Primera Estación Antártica Argentina
Base Científica Experimental

EL COMIENZO: El 2 de noviembre de 1902 los tripulantes del Scotia vieron desde la cubierta cómo se alejaban los muelles del puerto de Edimburgo, que no volverían a ver por largo tiempo. La nave se dirigía a los mares antárticos para efectuar observaciones magnéticas, oceanógraficas y meteorológicas, y desarrollar otras actividades científicas. Al frente de la expedición, organizada por la Real Sociedad de Geografía de Escocia, iba el experimentado explorador William Bruce.

barco scotia rumbo a las islas orcadas

Transportó exclusivamente en Escocia el plantel de científicos-principalmente amigos de la Academia de Edimburgo, así como la tripulación del barco a las islas Orcadas del Sur.

Después de recalar en las Malvinas el navio alcanzó las latitudes antarticas, pero como los témpanos obstaculizaban seriamente la navegación, debió enfilar rumbo a las Orcadas del Sur. Poco después llegaron a este archipiélago y penetraron.en una amplia bahía de la isla Laurie, donde resolvieron invernar, ya que el Scotia no tardó en quedar prisionero de los hielos. No tenían muchas alternativas, y mientras un grupo se preparaba a pasar el invierno dentro del buque, otro se dedicó a construir un albergue en tierra firme.

Nació así la «Omond House», primera casa habitación de las Orcadas del Sur, hecha de madera y revestida exteriormente de piedras. No tardaron en agregársele una pequeña casilla, también de madera, donde se colocaron los instrumentos para mediciones magníficas, y varios pequeños refugios para observaciones meteorológicas.

mapa orcadas del sur base antartica

Orcadas del Sur, grupo de islas deshabitadas situadas en el sur del océano Atlántico, al sureste del archipiélago Tierra del Fuego. Las islas más grandes del grupo son Laurie y Coronación, a las que siguen en tamaño otras dos islas más pequeñas y numerosos islotes rocosos, con una extensión total de unos 620 km2. Las Orcadas Australes fueron descubiertas en 1821 por los exploradores George Powell, británico, y el estadounidense Nathaniel Palmer.

Cuando el calor del siguiente verano licuó los hielos, Bruce zarpó rumbo a Buenos Aires y dejó en la base una dotación de seis hombres al mando de Robert Mossman, que había tenido a su cargo la principal estación  meteorológica  de  Edimburgo.

Bruce arribó a la Capital Federal en diciembre de. 1903 y ofreció al jefe de la Oficina Meted rológica —por entonces dependiente del Ministerio de Agricultura— la venta de las instalaciones que había levantado en las Orcadas, siempre y cuando la operación apareciera como una donación suya al Estado argentino.

Se comprometió, además, a transportar en el Scotia a la dotación argentina que se haría cargo del observatorio, ofrecimiento despertó general entusiasmo y fue atendido, en primera instancia, por Carlos Ibarguren, subsecretario del Ministerio de Agricultura, que aprobó con calor la propuesta y la elevó al ministro, Wenceslao Escalante, quien no do moró, a su vez, en darle el visto bueno.

Así fue como el 2 de enero de 1904 un decreto firmado por el presidente Roca aceptó la cesión de las instalaciones considerando «que es de alta conveniencia cientí fica y práctica extender a dicha;, regiones las observaciones que se hacen en la isla de Año Nuevo y en el sur de la República».

El 21 de enero el Scotia partió del puerto de Buenos Aires conduciendo a Edgar Szmula, Hugo Acuña y Luciano Valette, los tres argentinos que iban a hacerse cargo de la estación bajo las órdenes de Mossman (y ayudados por el coci ñero William Smith) hasta que se familiarizaran con el manejo de los instrumentos y los métodos de trabajo.

El 22 de febrero de 1904 el pabellón nacional comenzó a flamear sobre la casa que habían levantado los expedicionarios del Scotia: había nacido la primera estación antártica argentina. Por decreto del Poder Ejecutivo Nacional N° 1032 del año 1964 esa fecha fue declarada «Día de la Antártida Argentina».

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos en la Historia Argentina Editorial Abril

Fósiles Vivientes Animales Actuales de la Prehistoria

ACTUALES ESPECIES VIVIENTES DESDE LA PREHISTORIA

Toda especie viviente de planta o de animal se enfrenta con tres alternativas: 1-puede cambiar, lenta y casi imperceptiblemente, por el proceso de la evolución, dando otras formas; 2-puede ir languideciendo ante la competencia de otros organismos, o, finalmente, 3-puede permanecer casi sin cambiar durante cientos de millones de años. Todo grupo de organismos que vivió en  la Tierra se ha enfrentado con esas tres perspectivas.

La extinción es el resultado más frecuente. Por ejemplo, de todos los vertebrados terrestres de hace 150 millones de años, quizá el 1 % tiene descendientes que viven en la actualidad. Es pequeñísimo el número de animales que han sobrevivido sin grandes cambios a lo largo de mucho tiempo.

El proceso evolutivo por selección natural es inflexible, y los animales que han florecido durante mucho tiempo pueden encontrarse con la competencia de algún nuevo organismo mejor adaptado que ellos al ambiente. Por otra parte, puede ocurrir cualquier cambio brusco del ambiente, el clima puede variar o un alimento básico desaparecer. Estas circunstancias suelen ser fatales.

Para que los animales que han existido con la misma forma durante millones de años lleguen a ser fósiles vivientes deben cumplirse   ciertas  condiciones.   Una   posibilidad es que estén muy bien adaptados a un tipo de ambiente, y que éste permanezca casi constante. Por otra parte, para que sobrevivan es importante que queden incomunicados en una isla o en algún otro enclave geográfico localizado. Así pueden mantenerse lejos de zonas en las que se están desarrollando animales quizá mejor adaptados o,  por lo  menos,  continuar  viviendo.

FÓSILES  VIVIENTES   INVERTEBRADOS
Hace unos 400 millones de años, durante el período ordovicense, enterrado en sedimentos de barro de las costas vivía un pequeño braquiópodo de caparazón córneo, llamado Língula. Este animal tenía unos dos centímetros de largo y era muy sencillo, anatómicamente. Sin embargo, hoy siguen encontrándose animales casi idénticos, que continúan excavando en el barro de las costas del Japón, de las islas de los océanos índico y Pacífico, y de Australia.

Aunque han trascurrido cientos de millones de años, la Lingula apenas ha experimentado cambios. Las investigaciones recientes de las   Língulas   modernas   mostraron   algunas de las causas de su éxito.

El hecho de estar enterradas en el barro (en el cual penetran ediante un pedúnculo contráctil) y de salir a la superficie solamente para alimentarse los protege de sus enemigos. Pero, además, 1% manera de funcionar su organismo, su fisiología, está muy bien adaptada a su ambiente. Por ejemplo, pueden tolerar concentraciones de oxígeno extremadamente bajas, circunstancia que sería fatal para la mayoría de los animales. No han surgido nuevas ramas mejor adaptadas que la primitiva y, por tanto, ésta sobrevivió.

En 1826 se descubrió un fósil viviente muy importante   en   las   Indias   Occidentales.    Se trata   de  un  animal   de  aspecto   de  oruga, al que se llamó Peripatus por su forma de pasearse   (en griego, peripatos significa pasearse).   Se ha encontrado otra especie parecida en otros lugares.

Las investigaciones mostraron pronto que el Peripatus no  era ni una oruga ni una babosa.   El cuerpo tiene  muchos  segmentos y unos 20 pares  de patas no  articuladas.   Su cabeza está provista de mandíbulas y antenas, y el animal respira  por tráqueas,  como los insectos. Aunque  se  trata  de  un  animal  de  cuerpo blando,   se   conocen   fósiles   del   Peripatus que datan del silúrico, en rocas que tienen 320 millones de años.

De hecho, hay restoS de un animal que se parece mucho al  Pagripatus,   que   proceden   del   cámbrico,   hara más   de   500   millones   de   años.    Desde   el punto   de   vista zoológico,   el   Peripatus   es muy   importante,   pues   parece   representar a un grupo de animales (Onicóforos) intermedio entre los gusanos anélidos y los artrópodos   (grupo que incluye los insectos). Es   difícil averiguar   por   qué   el  Peripatus sobrevivió sin cambiar durante tanto tiempo.

De la misma forma que las cochinillas de humedad,  está siempre expuesto  al peligro  de  la  desecación  y  sólo puede vivir en   ambientes   húmedos,   por   lo   que   pasa mucho   tiempo   escondido   bajo   las  piedras y los troncos caídos.  Es carnívoro y se alimenta de muy diversos animales de pequeño tamaño.   Quizá, una característica favorable para la supervivencia de este artrópodo sea   la protección  que   los  adultos   de casi todas las especies  del Peripatus proporcionan a sus crías.

Peripatus

El «Peripatus», extraño artrópodo-gusano, vivía hace 500 millones de años, al igual que el crustáceo de agua dulce «Apus». Un fósil viviente que suele verse en las casas es el pececillo de plata («Lepisma»), que debe tener 350 millones de años. Las escolopendras y milpiés (miriápodos) representan una fase  importante de la evolución de  los artrópodos y cambiaron muy poco en 500 millones de años.

Hay otro «inmortal» que, tal como el Peripatus, es también un «eslabón perdido»; fue dragado en 1956, a 4.000 metros de profundidad, cerca de la costa de México.

Neopilina

Es un animal llamado Neopilina, molusco muy primitivo, que todavía conserva caracteres de anélido y debe representar a un grupo que vivió hace 500 millones de años, cuando menos. Otros dos moluscos fósiles vivientes son la Pleurotomaria, un caracol marino que ha vivido durante 350 millones de años, y el cefalópodo Nautilus.

Cangrejos – Bayoneta («Limulus»)

Hace 200 millones de años, los cangrejos – bayoneta («Limulus») se encontraban en todo el mundo. Hoy, apenas sin variar, el «Limulus» está confinado en algunas regiones tropicales. Es un artrópodo, pero sus relaciones con los otros artrópodos son discutibles. Quizá tenga una importancia el hecho de que su  larva se  parece a  los extinguidos trilobites.

FÓSILES VIVIENTES VERTEBRADOS
El continente australiano quedó separado del resto de las masas terrestres hace unos 150 millones de años. En aquella época, los únicos mamíferos existentes eran los provistos de bolsas —los marsupiales— y los mamíferos que ponen huevos: los monotremas. Los mamíferos placentarios, más favorecidos, se desarrollaron después, fuera de Australia.

A causa de ello, los monotremas y los marsupiales existieron allí durante millones de años e, incluso, llegaron a alcanzar un desarrollo floreciente, mientras los miembros de su grupo estaban desapareciendo en otras partes, frente a la competencia de los mamíferos placentarios.

Puede que no sea exacto decir que todos los marsupiales son fósiles vivientes, pues algunos han evolucionado recientemente. Pero, sin embargo, son los sobrevivientes de un grupo antiquísimo, que divergió en los primeros momentos de la historia de los mamíferos.

América del Sur era otra gran zona en la que estaban reservados los mamíferos marsupiales, pero hace 10 millones de años se unió con América del Norte. Los mamíferos placentarios la invadieron y casi toda la población de marsupiales se extinguió. Al oeste de Australia, quizá Nueva Zelandia se separó antes de los continentes.

En ella no hay marsupiales, pero en algunas de sus islas, que, como ésta, se separaron de Australia, vive un animal todavía más antiguo: el Tuatara o Sphenodon. A pesar de su parecido superficial con los lagartos, el tuatara pertenece, en realidad, al orden de los rincocéfalos, grupo de reptiles anterior a los dinosaurios y que posee características más primitivas.

La causa más importante de la supervivencia del tuatara es la falta de competencia con animales mejor dotados. Otros factores secundarios pueden ser la larga duración de su vida individual (100 años, o más) y sus costumbres perezosas, que le permiten reservar energías.

Tuatara o Sphenodon

El tuatara (la palabra maori significa «dorso con espinas») es el único sobreviviente de un grupo más antiguo que el de los dinosaurios. Aislado en Nueva Zelandia, el tuatara ha permanecido casi sin modificaciones durante 200 millones de años. Los cocodrilos y tortugas también pueden ser considerados como fósiles vivientes, porque han cambiado muy poco respecto a sus antecesores del período triásico.    En contraste, los escamados se han  modificado mucho.

Uno de los animales más raros de Nueva Zelandia, quizá el más raro del mundo, es la rana de la isla Stephens. En muchos aspectos recuerda a otras ranas, pero sus patas no tienen membranas; sus costillas son   libres    (a   diferencia   de   otras   ranas) y su sistema circulatorio se parece más al de los tritones.

El estadio de renacuajo lo pasa, probablemente, en el huevo. Estas ranas parecen descendientes directos de antepasados con cola, semejantes a las salamandras y tritones actuales.

UN PEZ MUY FAMOSO: EL CELACANTO

Cuenta la historia que cuando el capitán del navío pesquero Nerine, Hendrick Goosen,  izó su red, encontró en ella un pez distinto a cuantos había visto. De casi 1.5 m de longitud, color azul intenso y piel oleosa, pesaba casi 60 kg. Tenía dientes afilados y escamas rígidas como una armadura. Pero su característica más notable eran sus aletas parecidas a extremidades. Goosen pensaba que era una especie de lagartija de mar.

Como sabía que se trataba de un «pez especial» se lo lleva al profesor Schmit para que investigara al cadáver que despedía un olor nauseabundo. Lo examinó con cuidado y luego decidió enviarlo al taxidermista del museo, que lo conservó lo mejor que pudo.

Por disparatado que pareciera, el profesor Smith pensaba que podría tratarse de un celacanto, pez que se creía extinguido hacía 70 millones de años. Se habían encontrado fósiles de celacantos en rocas que databan de casi 400 millones de años. Se pensaba que el pez estaba vinculado con nuestros primeros antepasados, procedente de una época en la cadena evolutiva en que las criaturas emergieron del agua para caminar o arrastrarse por el suelo.

Si en verdad era un celacanto, Smith calculaba que el pez había sobrevivido durante 30 millones de generaciones. Sabía que anunciar su captura le atraería el ridículo. ¿Cómo era posible —se preguntaba— que el celacanto estuviese nadando en el mar sin que ningún científico supiera de su existencia?,…lamentablemente la segunda guerra mundial no permitió seguir con las investigaciones y todo avance quedó detenido, hasta que un día de 1952 en el archipiélago de Comoro (Sudáfrica) Schmith recibe un telegrama en donde es informado de la captura de otro pez con las misma características de aquel posible «celacanto».

Luego de sorpresivo, complicado y largo viaje a la Ciudad del Cabo, Schmith pudo regresar con su presa y la confirmación de haber descubierto un animal de 400 millones de años que aún vivá en las profundidades del océano Indico.

El descubrimiento ocupó las primeras páginas s diarios del mundo y, de pronto, el pez de extraño nombre y aspecto raro se convirtió en una celebridad internacional. Smith lo identificó como un celacanto de una clase nueva y lo bautizó Latimeria Chalumnae.

Celacanto

En  marzo de 1987, Hans Fricke, biólogo marino y camarógrafo documental del Instituto Max Planck, con sede en la enees Alemania Occidental, encabezó un equipo de investigadores que trabajaban en las costas de la isla Gran Comoro. Con ayuda de un submarino miniatura, filmaron  celacantos en su medio natural y a grandes profundidades.

La película mostraba  que los celacantos son capaces de  hazañas sorprendentes, como permanecer erguidos sobre su cabeza por uno o dos minutos, nadar de espaldas y boca arriba. Pero a pesar de sus cuatro aletas semejantes a unas extremidades, al parecer el viejo «Cuatropatas», como Smith le llamaba, no caminaba.

Fuente Consultada:
Revista Enciclopedia TECNIRAMA de la Ciencia y la Tecnología N°116 –  Fósiles Vivientes

Los Gigantes Aborigenes de la Patagonia ¿Es Una Leyenda o Real?

Los Gigantes Aborígenes de la Patagonia
¿Es Una Leyenda o Real?

Francisco P. Moreno

Francisco P. Moreno, que también tuvo muchos tratos con los indígenas de su época, habla de un viejo gigante patagón, pero no menciona en absoluto el tamaño de sus pies. Tal como puede apreciarse, no faltaron argumentos de la más variada extracción para explicar y justificar, en lo posible, el nombre que lleva nuestra Patagonia, al cual, según hemos visto, muchos autores, historiadores, y cultores de las ciencias del hombre retacearon sus simpatías, por parecerles, además de inapropiado, poco agradable y totalmente injustificado.

Lehmann  Nitsche

El profesor Roberto Lehmann Nitsche, cautelosamente, ratificó lo dicho por Musters: que el nombre difundido por Pigafetta no tenía origen en los grandes pies de los indios, sino en las enormes marcas que dejaban sus pisadas en la arena de la playa, es decir, las huellas de los grandes tamangos hechos con piel de guanaco que en invierno solían usar los patagones para proteger sus pies del frío.

Al promediar la década del año cincuenta del presente siglo, todas las especulaciones literarias, muchas y muy variadas por cierto, que se venían barajando desde 1579, en torno al origen de este topónimo, parecieron quedar definitivamente descartadas, o cuanto menos, desacreditadas y condenadas a convertirse en una simple curiosidad en los anales de la literatura histórica que trata sobre la Patagonia.

María Rosa Lida

Allá por el año 1954, la profesora María Rosa Lida, posteriormente de Mackiel, erudita investigadora de temas hispánicos en una universidad norteamericana, hizo notar que el aumentativo de pie o pata, en castellano, es patón, y no patagón como se venía repitiendo desde los tiempos de Pigafetta y esto, agregaba, no lo ignoraban los expedicionarios que descubrieron el Puerto de San Julián, ni tampoco podía desconocerlo el culto Magallanes. A renglón seguido de estas convincentes explicaciones idiomáticas, la investigadora pasa a suministrar su propia versión diciendo que dicho nombre le fue inspirado a Magallanes por un personaje —el monstruo Patagón— de la novela Primaleón, la que, según dice, estaba muy en boga por aquellos tiempos.

Las conclusiones a que arribó la profesora María Rosa Lida tuvieron entre nosotros muy amplia repercusión, y fueron aceptadas como lógicas por la mayoría de los estudiosos, que —tal como lo había hecho, años antes, Spegazzini—, no estaban de acuerdo con las afirmaciones hechas por Fernández de Navarrete, y muchos otros historiadores, de que los pies de sus habitantes habían inspirado a Magallanes el nombre que dio a toda la región.

patagones en argentina


Aquietados los ánimos tras el revuelo que produjo esta explicación, aparentemente irrebatible, se comenzó por hacer notar que, de todos modos, el descubrimiento de la mencionada estudiosa relacionado con el origen del nombre de nuestra Patagonia, no alcanzaba a invalidar o reemplazar totalmente a la versión clásica nacida simultáneamente con el descubrimiento, pues en ambos casos la idea vendría a ser la misma, ya que giraba en torno a la existencia real o imaginaria de un ser humano, sino enteramente monstruoso, por lo menos de relieves extraordinarios.

Situación anímica de Magallanes

Años después se conocieron otras observaciones y, sin cuestionar las conclusiones a que había arribado la citada profesora, hicieron notar que esta erudita pasaba por alto todo lo que había ocurrido en aquel lúgubre escenario. Nada menos que dos de los capitanes de la flota descubridora habían sido ajusticiados y sus cuerpos descuartizados en la playa, en tanto que el segundo de la expedición, nombrado directamente por el propio emperador, aunque detenido a bordo, continuaba amenazando la autoridad de Magallanes y éste se hallaba perfectamente enterado que el rebelde tenía muchos partidarios en las naves.

Hasta el momento de la partida de San Julián la vida de Magallanes estaba pendiente de un hilo, pues las amenazas de revuelta seguían latentes. La reanudación del viaje apaciguó un tanto los ánimos, pero la tensa situación se mantuvo hasta el mismo instante en que abandonaron el estrecho. Quedó demostrado así cuando el jefe convocó a una junta de capitanes, pilotos y cosmógrafos en el centro del mismo canal, donde se produjo la deserción de la carabela San Antonio, a cuyo bordo estalló una revuelta y, tras abandonar la flota, emprendió el regreso a España.

¿Leía Magallanes novelas de caballería?

En consecuencia, se hace notar que la mente de Magallanes, a partir del momento que anclaron en San Julián, estaba saturada de muy graves preocupaciones, y muy difícilmente podía hallarse en condiciones de recordar fabulosos personajes de novelas leídas —si es que las leyó— años atrás, de modo que el nombre del monstruo que campea en las páginas de aquel libro de caballería sólo tendría, en este caso, la remota posibilidad de ser una mera coincidencia.

Nadie sabe tampoco qué clase de libros prefería leer Magallanes, pues también podría suponerse que le interesaran los libros sobre viajes y descubrimientos, dada su condición de veterano navegante.
Tampoco existen constancias de que, a partir del momento en que abandonó Portugal, dispusiera de tiempo suficiente como para entretenerse en leer novelas castellanas. Las biografías conocidas, que siguen casi día a día sus pasos por Sevilla, no permiten respaldar la creencia de que le sobrara tiempo para invertir en tales distracciones, pues sus preocupaciones fueron muchas y su vida, también allí, estuvo varias veces en peligro.

Otros hacen notar, tal como lo insinúa Stefan Zweig, quien no alcanzó a enterarse de este descubrimiento literario, que la cuestión del plural y aumentativo del término pata o pie, debería ventilarse en portugués patagao—, pues no es ningún secreto, y la profesora María Rosa Lida tampoco lo ignoraba, que ese era el idioma de Magallanes hasta que se exilió en España. Y no pareciera lógico suponer que, durante todo el tiempo que demandaron los preparativos de la expedición, llegara a estudiar a fondo las reglas gramaticales que rigen nuestro idioma y distrajera su tiempo leyendo monumentales novelas de caballería escritas en idioma que no dominaba.

Además, con respecto al descubrimiento idiomático de la profesora María Rosa Lida, es de señalar que el mismo ya había sido advertido hace muchos años, pues sólo basta recurrir a la página 1038 del Tomo XV del Diccionario Enciclopédico Hispano Americano, edición 1912, en donde se lee que diversos viajeros «supusieron a los patagones verdaderos gigantes y que sus pies eran también gigantescos , por cuya razón se les llamó patagones, en ves de patones.»…

Paz Soldán

A su vez, el escritor, poeta y filólogo peruano P. Paz Soldán, sostuvo en su época que la palabra Patagonia es corrupción del quechua Pata-cuna, que significa: pata: cerros no altos, y cuna es una partícula plural, lo que daría muchos cerros no altos, etimología que, a su juicio, expresa la naturaleza de la verdadera Patagonia.

Deodat

En 1955 Leoncio S.M. Deodat manifestó que el topónimo Patagonia puede interpretarse o traducirse por región o tierra de los indios pobres, vale decir, de escaso valor, agregando que la palabra patagón, derivaba de patacao, moneda de aquellos tiempos que circulaba en la época de Magallanes, pero poco valiosa.

Casamiquela

Rodolfo M. Casamiquela, en el Nro. 3 de Mundillo Ameghiniano, 1978, publicó un interesante análisis relacionado con la etimología de la palabra Patagonia, mencionando el trabajo publicado en 1975 por la investigadora Berta Vidal de Battini, en el que ella se pregunta: «¿Cómo y cuándo se empezó a. difundir la falsa noticia de que Magallanes llamó patagones a nuestros indígenas porque tenían grandes pies?».

A continuación la autora atribuye dicho error a un informante del historiador Fernández de Oviedo, cronista de la expedición de Loayza en 1525 1526, el cual, en uno de sus párrafos expresa: «Y en la noche pararon en el valle.. y cuando quiso amanecer, vieron más de dos mil patagones o gigantes, (este nombre patagón fue a disparate puesto a esta gente por los cristianos porque tienen grandes pies)…».

En el trabajo que comentamos del profesor Casamiquela, éste también se refiere a las explicaciones aportadas por otros eruditos, entre ellos, Leoncio S.M. Deodat, el periodista patagónico Gorraiz Beloqui, María Rosa Lida, el hispanista Marcel Bataillon etc., agregando que este último consultó dos antiguas ediciones de la novela Primaleón, verdaderas reliquias bibliográficas, y llegó a la conclusión de que, en efecto, en ese libro existen varias analogías con nuestros tehuelches, lo que vendría a ratificar que su lectura inspiró a Magallanes, en 1520, en San Julián.

Siguen los interrogantes

Todas estas explicaciones y aclaraciones críticas, a las cuales podrían sumarse otras muchas menos conocidas, no terminan de restar vigencia al relato de Pigafetta, quien, por su parte y pese a no tener ninguna preocupación ni mucho que hacer a bordo, tampoco llegó nunca a dominar el castellano ni el portugués. En consecuencia, es de suponer, por lógicas razones, que tan sólo se limitó a escribir el nombre patagones tal como figura en sus manuscritos, porque así lo oyó pronunciar al capitán general.

Tampoco faltan quienes han hecho notar, en tren de suposiciones, que en el idioma de Pigafetta, patacón identifica a una persona grande sí, pero rechoncha y torpe, explicación que, por supuesto, dista mucho de dar satisfacción a los interrogantes que, desde hace años, se vienen planteando en torno a esta cuestión y que, por lo visto, aún está lejos de haber sido aclarada.

Manuel Molina

En 1976, el padre Manuel Jesús Molina, investigador del pasado patagónico, en su libro Patagónica, dice textualmente, en la primera página: «El topónimo Patagonia proviene del nombre impuesto por Fernando de Magallanes a los aborígenes que encontró en Puerto San Julián en 1520. Por su alta estatura los apellidó patagones. Una novela de la época que circulaba entre los marinos llamaba a su protagonista aborigen de formas ciclópeas, Patagón. Magallanes, al encontrarse con la realidad viviente, frente a hombres de 2,40 a 2,70 metros de altura, les aplicó el nombre del protagonista de la novela. Por extensión se llamó Patagonia a la región».

Permanencia de la duda histórica

Continuar investigando y citando las opiniones e hipótesis que tantos autores han dado a conocer, en los últimos tiempos, sobre el origen del topónimo Patagonia, sería una tarea sumamente monótona y tediosa. En cambio, restaría señalar que si, tal como dice la profesora María Rosa Lida, el culto Magallanes no podía ignorar que en castellano el aumentativo de pie o pata, es patón y no patagón, menos aún podían ignorarlo historiadores y autoridades de nuestro idioma, como en verdad lo fueron, Antonio de Herrera, Gonzalo Fernández de Oviedo o Martín Fernández de Navarrete y otros muy conocidos.

Cuesta creer que ninguno de ellos reparara en tan elemental error gramatical y aceptaran sin observaciones esta denominación. Tampoco cuestionaron este rústico y, en apariencia, despectivo aumentativo, los millares de comentaristas y profesores de historia que han estudiado la obra de Pigafetta a lo largo de más de cuatro siglos.
No deja de llamar la atención que quienes acreditaron su responsabilidad, prestigio, autoridad y conocimiento escribiendo monumentales obras en nuestro idioma, ignoraran el nombre del protagonista de la novela Prima-león, a la que se ha dado en asignarle algo así como la categoría de un best-seller en la época de Magallanes, con el agregado de que estaba muy en boga entre los marinos.

A lo que se sabe, nadie se ha ocupado en hacer conocer el nombre del autor de dicha novela, muy digno de compartir la inmortalidad del glorioso descubridor de la Patagonia y del estrecho, pues, en este caso, sería el responsable indirecto del nombre que hoy lleva nuestra región, por haber creado literariamente al protagonista, el monstruo Patagón que, de acuerdo con esta nueva versión, inspiró a Magallanes el gentilicio que asignó a los aborígenes y, por extensión, a toda la inmensa región que ellos habitaban.

Con respecto al discutido tamaño de sus pies, pero al margen de toda especulación literaria, bueno es recordar que se conocen algunos testimonios modernos, como la ya citada explicación que aportó Musters y algunas anécdotas.

Es sabido que cuando fueron incorporados a las filas del ejército y la armada los primeros conscriptos indígenas procedentes de la Patagonia, llamó mucho la atención que, en algunos casos, fuera necesario suministrarles calzados de medidas especiales, aunque no se aclaró si ello se debía a que sus pies excedían los tamaños corrientes o a la conformación, muy especial, del empeine, tal como lo había señalado el célebre viajero inglés.
Los propietarios de boliches, que así se llamaban los primeros negocios de campaña en la Patagonia, solían contar que antaño, cuando los indios llegaban para comerciar sus productos y adquirían alpargatas, lo primero que hacían antes de calzarlas, era abrirlas de un tajo a fin de poder acomodar el pie a su gusto, y luego les pasaban un tiento a fin de asegurarlas alrededor del tobillo.

En muchos casos, decían haber observado, entre los hombres, que los dedos del pie quedaban totalmente fuera de la suela, pero dada la mala fama que, generalmente aureolaba a estos traficantes del desierto, es de sospechar que les vendían calzado de cualquier medida y los indios debían ingeniarse, a su modo, para poder utilizarlo, o que lo hacían para poder enganchar con mayor seguridad el pie en el estribo.

En resumen, se llega a la conclusión de que se ha escrito mucho y se han dado a conocer toda clase de hipótesis y teorías sobre la etimología del topónimo Patagonia y que la explicación suministrada por María Rosa Lida no parece ser definitiva y, muy por el contrario, promete abrir nuevos cauces a la discusión de este tema.

Fuente Consultada: Revista Patagónica Nro. 16  Año IV – 1984 – Nota de Manuel Llarás Samitier

Porque se llama Patagonia? Origen del Nombre Patagonia Historia

¿Porque se llama Patagonia? – Origen del Nombre –

ORIGEN DE LA PALABRA PATAGONIA: Pocas regiones argentinas pueden competir con la Patagonia en materia de hipótesis y teorías relacionadas con el origen de su curioso nombre que, como es sabido, fue incorporado a los anales históricos simultáneamente con su descubrimiento.

aborigenes sur argentino, patagones

Esta denominación se la impuso el propio Magallanes, su descubridor, inspirado, según se ha dicho repetidas veces, en la observación del excepcional desarrollo que tenían los pies de sus habitantes. Posteriormente esta hipótesis ha sido cuestionada, pero nuestros medios históricos, científicos y literarios, pasando por alto los motivos o las causas que pudieron inspirarlo o sugerirlo, no dudan que el nombre de Patagonia tiene origen en el gentilicio que el jefe de la flota descubridora, según dice el cronista Pigafetta, asignó a los aborígenes que lo visitaron, durante el invierno de 1520, en el puerto de San Julián.

Pigafetta señala que el 19 de mayo de ese año se presentó en la playa un hombre, el primero que veían, y todos quedaron asombrados, pues se trataba de un verdadero gigante, ya que la cabeza de los españoles, según aclara, «llegaba apenas a su cintura». A continuación anota cómo era su aspecto físico, su vestimenta, forma en que estaba cosida la capa que lo cubría y tras describir pintorescamente al animal —el guanaco— que le proporcionaba esas pieles, agrega: «Llevaba este hombre, también, una especie de zapatos hechos con la misma piel». Esta es la única referencia que Pigafetta registra en su diario con respecto a los pies del supuesto gigante. Pero no menciona su tamaño, ni las huellas que ese tipo de calzado podía estampar en el terreno de la playa o en la nieve.

Patagones
Más adelante, simplemente dice: «Nuestro capitán llamó a este pueblo patagones«‘. Luego, en las anotaciones que corresponden a la segunda quincena del mes de noviembre de ese mismo año, tras describir las márgenes y el aspecto que ofrecían las costas del estrecho que habían descubierto, al despedirse del mismo, sin mencionar el motivo que pudo inspirarlos, dice: «le dimos el nombre de estrecho de los Patagones». El relator de esta primera vuelta al mundo también trazó un croquis, muy sencillo por cierto, en el que identifica a nuestra tierra con el nombre de Regione patagonia, derivado, en este caso, del que Magallanes había dado a los aborígenes que, meses antes, los visitaron en San Julián.

Dos siglos de olvido
Sin embargo, esta denominación no se generalizó entre los cartógrafos de la época, pues en un mapa del año 1529, sólo nueve años después del descubrimiento, se da el nombre de Tierra de Patagones a la región septentrional y Tierra de Magallanes a la región meridional contigua a la costa del estrecho recién descubierto. También en 1541, en un mapa que firma el cartógrafo Alonso de Santa Cruz, nuestra región es llamada Tierra de la conquista del Estrecho de Magallanes, y otros colegas contemporáneos la denominan simplemente Tierra de Magallanes o Tierra Magallánica en homenaje a su descubridor.

A partir de entonces, el nombre Patagonia, Región Patagónica o Tierra de Patagones divulgado por Pigafetta, quedó olvidado durante más de dos siglos, pues recién vuelve a reaparecer, en el año 1747, en un mapa que firma el cartógrafo Emanuel Boven, quien asigna el olvidado topónimo Patagonia a la parte más austral de tan extenso territorio.

Pentagones
Las especulaciones e hipótesis relacionadas con este nombre habían comenzado ya en el año 1579, cuando el capellán Francis Fletcher, relator de la expedición del corsario Francis Drake, anotó en su Diario que Magallanes debió dar a los indígenas que vio en San Julián el nombre de Pentagones con intención de explicar y justificar su excepcional estatura. Aclara que el capitán Drake pudo comprobar que, en efecto, estos naturales medían, como promedio, una talla de cinco codos, medida que equivale a siete pies y medio, motivo por el cual considera que Magallanes debió bautizarlos con el nombre de Pentagones y no Patagones como, a su juicio, habría escrito erróneamente Pigafetta.

Fitz Roy
El capitán R. Fitz Roy se hizo eco de esta explicación en su famosa obra, aunque —a título informativo y sin ánimo de cuestionar o descartar el nombre que les había dado su descubridor—, dice lo siguiente: «Eran hombres muy grandes (gigantescos) y sus pies, envueltos en cuero crudo de guanaco, a guisa de zapatos, fueron particularmente observados. Probablemente se notaran sus pisadas en la arena, originando exclamaciones de ¡Qué patagones!, pues patagón significaría un pie muy grande». Asimismo, en una nota recuerda que Cavendish y Brouwer midieron pisadas que tenían 18 pulgadas de longitud, etc.

Fernández de Navarrete
El historiador hispano Martín Fernández de Navarrete, en el Tomo IV de su famosa Colección de Viajes, incluyó, además de los diarios de Francisco Albo y Francisco Antonio Pigafetta, -Plegafett, según él- todo cuanto halló de interés en las Declaraciones que el alcalde Leguizamo tomó al capitán, maestre y compañeros de la nao Victoria. Agregó a esta relación las Declaraciones que posteriormente dieron en Valladolid, Gonzalo Gómez de Espinosa, Ginés de Mafra y León Pancaldo, sobre lo acontecido a la nao Trinidad en Las Malucas.

Fernández de Navarrete incluye el párrafo que se refiere a la primera entrevista que los expedicionarios tuvieron con los naturales, donde se expresa que todos ellos eran «más grandes que el mayor hombre de Castilla», y que «les llamaron patagones por tener diformes los pies, aunque no desproporcionados a su estatura».

Dada la gran cantidad de documentos que consultó este historiador en procura de datos relacionados con la primera vuelta al mundo, algunos de los cuales posteriormente se extraviaron, su explicación, relacionada con el nombre que Magallanes dio a los indígenas, fue aceptada como lógica por quienes a partir de entonces se ocuparon de la cuestión.

Stefan Zweig
Stefan Zweig, en su biografía novelada sobre Magallanes, al referir el primer encuentro de los expedicionarios con un habitante de la región, dice: «Los españoles admiran, sobre todo, los enormes pies de este monstruo humano y, en consideración a esos grandes pies (patagao), denominan patagones a los nativos, y Patagonia a la región.»

Karl Kunin
Sobre esta misma cuestión, Karl Kunin, miembro de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética, y que también escribió un libro relatando la gesta de Magallanes, dice que el jefe de la escuadra «denominó a los habitantes de esa región los patagones. En una nota puesta al pie de página, aclara: «de la palabra pata». A renglón seguido, excplica: «Lo curioso es que, en realidad, los fornidos habitantes de esa región se caracterizaban por sus manos y pies pequeños y elegantes. Es de suponer que Magallanes y sus compañeros se confundieron al verlos calzados con sus enormes botas de piel de guanaco».

Arteche
También el escritor José De Arteche, que investigó los repositorios españoles tratando de hallar documentos relacionados con el principal protagonista de la primera vuelta al mundo, en su libro Elcano, dice, refiriéndose a los naturales vistos en San Julián, que «el nombre de patagones les fue puesto por Magallanes pues usaban unas abarcas de piel de guanaco que asemejaban sus pies a patas de oso».

En todas estas obras, a las cuales podrían sumarse muchas otras de calificados historiadores, como Antonio de Herrera y González Fernández de Oviedo, puede comprobarse que no titubean en asegurar que el nombrePatagonia fue inspirado a Magallanes por los descomunales pies de sus habitantes.

Muster:
A estas crónicas históricas es necesario agregar el moderno testimonio de George Ch. Musters. Este viajero, que tan asiduos y prolongados tratos mantuvo con ellos, dice en el capítulo V de su libro Vida entre los Patagones: «Pude apreciar el desarrollo muscular de sus piernas probando sus botas que, en casi todos los casos, eran demasiado grandes para mí, aunque los pies, por el contrario, eran muchas veces más chicos que los míos».

Luego de explicar cómo las fabrican con la piel del corvejón de caballo o, a veces, con la pata de un puma grande, la altura, y cómo se las ingeniaban para amoldarlas al pie, agrega Musters que «cuando el tiempo es muy húmedo o nevoso, usan además chanclos de cuero, y las huellas que estos dejan son tan grandes que realmente sugieren la idea de pies de gigantes; esto explica, en parte, el término patagón o pie grande que los descubridores españoles aplicaron a estos indios».

Spegazzini
Durante el siglo pasado se conocieron entre nosotros algunas curiosas hipótesis relacionadas con el origen y significado del nombre de nuestra Patagonia. En 1883, Carlos Spegazzini, integrante de la expedición científica que encabezó Giácomo Bove, tras dejar en claro que no encontraba satisfactorias estas antiguas explicaciones y que, además, tampoco consideraba justo ni correcto que se continuara alentando la creencia de que el nombre de nuestra región tenía origen en el exagerado, pero nunca comprobado, tamaño de los pies de sus habitantes, expuso su propia teoría, muy novedosa por cierto, pero escasamente convincente a juicio de quienes ya habían investigado esta cuestión.

Spegazzini manifiesta que, según pudo comprobar, Patac, en lengua tehuelche, significa cien, y que la misma palabra, en quichua, idioma del cual proviene, quiere decir centena. En consecuencia, y tal vez inspirado más por la historia romana que por el pasado tehuelche, explica que estos debieron mantener relaciones o, quizás, fueron sojuzgados por los incas peruanos, quienes, según dice, obligaban a los pueblos sometidos a suministrar cien hombres armados, cien soldados para formar las centurias de sus legiones.

Como también tuvo oportunidad de averiguar que estos naturales de la región austral se denominaban a sí mismos, ahonikenk, se le ocurrió formar la palabra patac-ahonikenk, la cual, a su juicio, por negligencia al escribirla y por comodidad al pronunciarla y traducirla se fue desfigurando hasta convertirse en Patagonia. Para reforzar  su explicación, hizo notar que lo mismo había sucedido con otras palabras de nuestro idioma.

Abeile
Posteriormente, el filólogo Luciano Abeile se ocupó del tema y aseguró, al igual que Spegazzini, que el vocablo Patagonia es de origen quichua. Tras explicar el resultado de sus investigaciones lingüísticas, terminó diciendo que dicha palabra quiere decir país de las colinas.

Vicente Fidel López
Vicente Fidel López analizó también exhaustivamente esta cuestión y las muchas teorías e hipótesis que se habían elaborado en torno a ella. Como síntesis, expresó que el nombre que llevan las tierras que se extienden al sur del río Negro es de neto origen indígena, vale decir, que es autóctono, y significaría, de acuerdo con sus investigaciones, muchas gradas o muchos escalones. Además a su juicio, este nombre estaba plenamente justificado, pues los terrenos que forman nuestra región tienen el aspecto de gigantescos escalones que parecen descender gradualmente desde la cordillera hasta la orilla del mar.

Furlong
Por su parte, el padre Guillermo Furlong, un erudito en la materia, manifestó: «Mientras para unos la voz Patagonia proviene del quichua patagunya, que quiere decir gradas o mesetas escalonadas, otros autores sostienen que deriva de patacón, que en idioma araucano significa inmenso, sin límite. No parece que los filólogos hayan aún llegado a un acuerdo sobre la etimología de este topónimo. Ordinariamente suele aseverarse que la voz Patagonia tuvo su origen en la magnitud de las huellas que dejaban los indígenas de San Julián y que, observadas por los tripulantes de la expedición de Magallanes, le indujo a llamar patagones a los tales indios, de donde se originó el nombre con que es conocido todo el austro argentino».

Ampliación del Tema: Los Gigantes de la Patagonia

Fuente Consultada: Revista Patagónica Nro. 16  Año IV – 1984 – Nota de Manuel Llarás Samitier

Poesias sobre Guerra de Malvinas Martha Arias Autora

Poesías Sobre Guerra de Malvinas

Islas Malvinas en suspenso diplomático.

 MALVINAS A UMBRALES DEL SIGLO XXI

                                           Martha Dora Arias 1989

 En el océano Atlántico del sur
soñando una esperanza
Soledad y Malvina se parecen
a dos tristes princesas solitarias.

 El pelo oscuro de las dos hermanas
enredado en las rocas y la bruma
en árido contraste se recorta
del azul infinito y de la espuma.

 Por faldas, las cautivas ostentan pajonales
con guardas de gaviotas y corales.

 Debajo de las aguas argentinas
que cubren los pies de las princesas
asoman sandalias imperiales
que amarran sus  tobillos
con  británicas algas.

 

Un séquito de focas y ballenas
refuerza desde lejos con su voz, la fiel causa
y  por las noches negras y brumosas
intenta desatarlas.

 Pero es en vano
Las dos islas ¡ pobres¡
no pueden ser libradas.

 

Solo las almas jóvenes
de los dignos soldados caídos en Malvinas
refuerzan con su espíritu
la gracia soberana de esa tierra argentina.

 En el océano Atlántico del sur
custodiadas por cruces argentinas
suspiran por  un  príncipe valiente,
Soledad y Malvina.

  Martha Dora Arias 1989

Poesia Sobre Guerra de Malvinas Martha Arias Recuerdo a las Malvinas

Poesía Sobre Guerra de Malvinas

    A las islas Malvinas, vestidas de paciencia celeste y blanca.   

MIENTRAS ESPERAN                                                         

                                                     Martha Dora Arias 1984 

En medio del mar
lejos y escondidas
golpeadas por olas
y brisas marinas
históricas islas
esperan su turno
envueltas en bruma,
solas y perdidas. 

 Y mientras esperan
le cuentan al viento
al faro prendido
al sol y  la lluvia
a la luna llena
y a las Tres Marías
y  al avión lejano
que ruge en el cielo
y al barco que pasa
entre las toninas…
le cuentan le cuentan
le siguen contando
que son argentinas
que son argentinas.

    Martha Dora Arias 1984 

Poema a la Guerra de Malvinas Martha Arias Recuerdo a las Malvinas

Poema a la Guerra de Malvinas de Martha Arias
Recuerdo a las Malvinas

soldado de Malvinas

AL 2 DE ABRIL DE 1982

                                     Martha Dora Arias – 1983      

Ganar una guerra no exige tan solo ser dueño de aviones, naves y estrategias
o lanzar modernos misiles cargados
de espesa y oscura violencia.

Ganar una guerra no es atar las manos de un país tranquilo
que su trigo siembra
ni es bloquear los mares – coartando derechos de otras banderas-
que, rompiendo vientos,
viajan o comercian.

 Imponer colonias no es ganar la guerra pero es atropello que aviva trincheras
y templa el espíritu del pueblo argentino
dispuesto y confiado para la pelea.

Ganar una guerra no es mostrar al mundo bagaje de orgullo
y de ruin soberbia,
ni es la indiferencia por la diplomacia camino del triunfo
para los imperios que usurpan las tierras.

 Programar boicot  no es ganar la guerra pero es el estímulo
de Latinoamérica
que aprieta sus manos en un lazo fuerte  de unión verdadera.

 Arrasar convenios, romper los tratados y burlar acuerdos
no es ganar la guerra
pero son certeros  disparos que agobian
la espalda del país que reza.

 Metrallar de lleno naves hospitales
y hundir sin entrañas barcazas pesqueras
es luto gratuito como el de los kelpers
– hermanos perdidos de raza –
que allá en las Malvinas hace un siglo esperan.

 Disfrazar con saña de hospital los barcos
y vestir con rojas cruces al Canberra…
la acción más mezquina, cobarde, inhumana.
Más cosas requiere ganar una guerra.

Es indispensable la Luz que ilumine y aliente en las almas coraje y cautela.
La Luz que salpique fe valor mesura, la Luz que derrame paciencia
para que Argentina, desvalorizada por la flema inglesa,
en paz y en justicia doblegue las trenzas
de la nación rubia, pasional y altiva llamada Inglaterra.

 Y si así no fuere, y si así no fuere… que Dios y la historia juzguen a Bretaña
y al aliado fiel, por los disvalores que guiaron su guerra.

Martha Dora Arias – 1983   

Poemas Sobre Guerra de Malvinas Martha Arias Recuerdo a las Malvinas

Poemas Sobre Guerra de Malvinas

Al día en que los soldados argentinos izaron en las  islas Malvinas, la celeste y blanca. 

                             DESEMBARCO EN MALVINAS.                                        

                                                              Martha Dora Arias, abril de 1992 

No es historia. Es hoy, es hoy que gritan

al mundo del oriente y occidente

que vuelven a ser Patria.

 

¿Quiénes gritan?

Dos islas argentinas: las Malvinas.

 

¿Qué expresa ese grito tan potente

que osó cruzar océanos, montañas

y remover conciencias y razones

de otras tierras extrañas?

 

Ese grito de abril, tan argentino,

tan lleno de paciencia – Dios lo sabe –

tan viejo y repetido

como el vuelo del ave

 

Ese grito sentido que hoy explota

en los pechos de jóvenes soldados

 y se hace voz de canto

en nuestros niños

y lamento de honor

en los ancianos

 

expresa vivamente que la Patria,

en su adultez sin prisa

y en su soberanía,

se afianza con firmeza

después de dar bandera a las Malvinas.

¿De dar bandera?     Pero ¿qué bandera?

La de Manuel Belgrano,

la argentina.

Martha Dora Arias, abril de 1992 

Ver: Poema de Martha Arias Sobre el Árbol

Historia de las islas Malvinas Descubrimiento y Usurpacion Inglesa

Historia de las Islas Malvinas
Descubrimiento y Usurpación Inglesa

DESCUBRIMIENTO Y LOS PRIMEROS POBLADORES DE LAS ISLAS MALVINAS

Las Malvinas — Las islas East Falkland o Soledad y la West Falkland o Gran Malvina y un centenar de isletas integran el archipiélago de las Malvinas, actualmente en posesión de Inglaterra, a pesar de los siguientes antecedentes:

En 1494, el tratado de Tordesillas, posterior a las demarcaciones que estableciera el papa Alejandro VI por medio de bulas, fijó las posesiones españolas y portuguesas en América. Dentro de las primeras, quedó incluida la jurisdicción de las Malvinas.

Parece probable que el primero en avistar estas islas fuese el piloto Esteban Gómez, desertor de la expedición de Magallanes. En una carta geográfica posterior trazada por un portugués compatriota de Gómez, con el nombre de islas de Sansón.

Historia de las islas Malvinas Descubrimiento

En 1600 Sebald de Weert, integrante de una expedición holandesa  que debía dirigirse a las Indias Orientales por el cabo de Buena Esperanza para comerciar y además saquear las posesiones españolas y portuguesas en oriente y occidente, bordeó las islas Malvinas, pero no pudo desembarcar en ellas por falta de material apropiado. A partir de entonces se conocieron como islas sebaldinas.

En 1690 John Strong con una expedición inglesa descubrió y franqueó el canal que separa las dos islas principales. Los pescadores de Saint Malo (Francia) arribaron en distintas oportunidades al archipiélago austral. Desde entonces estas islas se llamaron Maluinas, de donde se derivó el nombre de Malvinas.

En 1764 Luis de Bougainvile, salió de Saint Maló, con una expedición y fundó el fuerte Luis en la isla Soledad, llamado así en honor de Luis XV.

Al año siguiente el gobierno inglés envió una expedición, cuyo itinerario mantuvo en secreto. Desembarcaron en la isla Saunders y construyeron puerto Egmont, tomando posesión del archipiélago.

El gobierno español reclamó al francés por el establecimiento fundado por l3ougainville. Esta nación reconoció los derechos de España y le restituyó la posesión de las islas previo pago de una indemnización por los gastos realizados. En consecuencia los españoles ocuparon puerto Luis que llamaron Soledad.

En 1770 el gobernador del Río de la Plata don Francisco Bucarelli envió una fuerte expedición que desalojó a los ingleses. Inglaterra reclamó por ello a España y como las relaciones se pusieron muy tirantes y se realizaron aprestos bélicos en Londres, el gobierno de Madrid aceptó un arreglo amistoso, por el que se comprometía a devolver puerto Egmont, aunque declaró que ello no afectaba su soberanía sobre las Malvinas. En virtud de este acuerdo los ingleses procedieron a ocuparlo nuevamente.

En 1774 tal vez por un pacto secreto entre Inglaterra y España, aunque el gobierno inglés señaló que era por razones de economía, los ingleses evacuaron puerto Egmont, dejando una placa de plomo donde se reafirmaba su soberanía sobre las Malvinas.

A partir de entonces y hasta 1807 solamente hubo gobernadores españoles dependientes de los virreyes del Río de la Plata, con sede en puerto Anunciación, en la isla Soledad.

Producida la Revolución de mayo de 1810, Elio dispuso que las islas fuesen evacuadas, situación que perduró durante nueve años.

En 1820 el gobernador Martín Rodríguez envió una expedición que tomó posesión del archipiélago en nombre del gobierno de Buenos Aires, notificando de este hecho y de la prohibición de pescar y cazar en las islas a los barcos extranjeros. En 1823 el gobierno concedió autorización a don Luis de Vernet para instalar una pesquería e introducir ganados en las Malvinas.

El imperialismo inglés se apodera de las islas Malvinas

Luis Vernet fue nombrado titular de la comandancia política y militar de las islas Malvinas en 1829, con sede en la isla Soledad. En ejercicio de sus funciones apresó a tres goletas norteamericanas que quebrantaron las leyes argentinas. Como represalia, en 1831 llegó al puerto Soledad la corbeta norteamericana Lexington, que apresó a los funcionarios y destruyó propiedades.

corbeta clio

En medio de esta situación, el 2 de enero de 1833 irrumpieron frente al puerto Soledad las fragatas inglesas Clio y Tyne intimando al coronel Pinedo a evacuar las islas. Sin ofrecer resistencia, Pinedo se retiró con su goleta Sarandí y así se perdió el dominio sobre las islas que quedaron en manos de su Majestad Británica.

Un estado es considerado imperialista cuando ejerce dominación sobre otro u otros estados. Que los ingleses se hayan apoderado, por la fuerza, de las islas Malvinas es un ejemplo de imperialismo

Fuente Consultada:
Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –
 La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada.

La Isla de los Estados Tierra del Fuego Reserva Natural Paisaje

La Isla de los Estados Tierra del Fuego
Reserva Natural Paisaje

Comentario sobre la experiencia de la antropóloga Anne Chapman, quien se ha destacado por sus estudio sobre los canales fueguinos.(foto izq.)

«Tuve el privilegio de realizar los primeros descubrimientos arqueológicos en la Isla de los Estados entre enero y febrero de 1982. Mi primera reacción como consecuencia del conocimiento de la isla es un sentimiento de plena solidaridad con todos aquellos ciudadanos argentinos e instituciones oficiales y privadas del país, conscientes de la imperiosa y urgente necesidad de preservar la isla como parque o reserva nacional.»

La Isla de los Estados fue declarada, en 1923, reserva nacional, «pero —escribe en 1982 el capitán de navío Fermín Eleta —poco se ha hecho para proteger las inestimables poblaciones de lobos, pingüinos y nutrias, así como las ruinas de antiguas empresas y otras expresiones de la vida humana en ella.

Por ejemplo: todavía existía entonces, casi intacta, la torre del faro de San Juan del Salvamento, con la casa habitación de los torreros que la circundaba, más un cañoncito para los días de niebla, cuyos disparos alternaban con los repiques de la campana de bronce; hoy casi no queda nada. En Puerto Cook se conservan restos del presidio, de la Mayoría de la Guarnición —además subprefectura—, y un muellecito. En varias partes se veían refugios de loberos y hasta de náufragos, pues ambos se confundían…»

La belleza de la Isla de los Estados es extraordinaria. Y aún conserva su estado natural; aún es un refugio para pingüinos y lobos marinos de dos pelos (Arctocephalus australis), tan perseguidos en otras partes. En un informe de Parques Nacionales?, escrito en 1980, se lee: «La avifauna de la isla es uno de sus aspectos más interesantes, y de por sí justificaría la creación de un parque nacional. .. De esta manera, la Isla de los Estados pasaría a ser el único lugar protegido integralmente para las especies incluidas en los grupos I y II de la lista».

 Aunque muchas especies hayan sido casi exterminadas, además de las aves citadas en la nota, considero que, por ejemplo, los lobos de un pelo (Otaría flavescens) y las nutrias (Lutra provocax y L. felina), quizás puedan establecerse nuevamente, con un programa de protección y procreación.

día, como un entomólogo sus insectos, el universo religioso de China o India. Ya nos han sufrido lo suficiente. Mejor, aprendamos ahora algo de ellos.

Una población heterogénea, que en el caso de El Bolsón, crece año a año, se derramó por estas inmensidades como sal sobre el mantel. El sur, dicen, es tierra de nadie, tierra de los que no tienen tierra.

Llegaron colonias de galeses, de árabes, de polacos. En El Bolsón hay albaneses. Llegó, adelantándose a su perseguidor, un célebre bandido norteamericano. El perseguidor era un sheriff que se preocupó en mezclar con generosidad las sangres del Norte y del Sur. Por tierras más australes, anduvo un francés que se autocoronó Rey de la Patagonia. Tengo entendido que su familia insiste en la autenticidad de ese linaje.

Demasiados personajes buscando autor por estas tierras. Al escritor no le convienen del todo las historias, de algún modo, ya escritas. El tiene que saber horadar en lo otro, lo que no se revela con facilidad. Poner lo fantástico, lo vulgar, lo cotidiano, en el mismo plano de trascendencia.

Todo lo que es, obedece a las mismas leyes, es manifestación de la misma idea. El autor puede poner sus propias valorizaciones. Lo que no puede, es discriminar el tratamiento que le da a su materia. Lebedev, en Dostoievsky, es un personaje de segunda clase, incapaz siquiera de asomarse a la dimensión interior de un Mishkin. Sin embargo, no está menos iluminado por su autor que éste.

En definitiva, basta con abrir los ojos y mirar alrededor. El paisaje es infinito, desolado. Todas las formas caben, todo es posible, todo, además, es o puede ser cierto.

Cuanto escribo está relacionado con el paisaje. A veces aparece en mis cuentos el de la muerte, como idea de una perspectiva pura donde la única condición es que no hay límites. No los hay. Es una manera de equiparar las imágenes, sean mentales o físicas, en el marco permisivo de una escenografía libre que se puede trastocar a gusto.

Hay quienes se preocupan buscando una identidad regional. Eso es como un abuso de la palabra. Creo, personalmente, que la obra de arte crece siguiendo las leyes naturales. Germina como una semilla si se le prepara el terreno adecuado. Yo diría que en lugar de buscar la identidad, de lo que se trata es de aguzar el olfato. Digo con D.H. Lawrence, en una carta que escribe a un amigo: «Siempre he tratado de seguir una emoción por su propio rumbo, sin cambiarlo. Esto necesita del instinto más fino imaginable, mucho más fino que el de un artesano».

Habiendo viajado bastante, durante un tiempo relativamente largo, muchas imágenes se superponen en mis búsquedas. Un cuento que comienza en el Tibet, termina a orillas del Nahuel Huapi. Otro, mezcla la humedad de un pasado en Buenos Aires, donde nací y viví muchos años, con la altura astral del altiplano en Uyuni, Bolivia, que llegué alguna vez a contemplar con sobrecogimiento.

No puedo no dejarme invadir por la presencia del desierto que hay al oeste, por la cordillera, desde uno de cuyos balcones, contemplo todos los días el valle. En el sur, el paisaje juega con los hombres. Me dejo jugar, no tengo otra opción. Si me resisto, soy infeliz. También yo juego cuando escribo. Hago lo que el hombre ha hecho desde tiempos milenarios, invento mitos para iluminar mis imágenes por dentro. No es un ritual tribal, no es siquiera un ritual, pero cuando el misterio me abre una puerta, no opongo resistencia.

Fuente Consultada: Revista Patagónica Nro. 17  Año IV – 1984 – Nota de Anne Chapman

Biografia de Castelli Juan Jose Vida y Obra Ilustrados del Virreinato

Biografía de Castelli Juan José: Vida y Obra
Los Ilustrados del Río de la Plata

Un revolucionario consecuente: Nació en Buenos Aires el 19 de julio de 1764. Estudiante talentoso, concurrió al Colegio de San Carlos y estudió teología y filosofía en la Universidad de Córdoba. En 1786 abandona la carrera eclesiástica por la de derecho y se gradúa en la Universidad de Charcas dos años después. En 1794, en Buenos Aires, se casa con Maria Rosa Lynch Galayn.

Juan José Castelli En 1799 adquiere una chacra en San Isidro y disputa su elección a tercer regidor del Cabildo. Junto con Vieytes y Belgrano se destaca en la promoción de la industria, la edu­cación pública, la agricultura y el libre comercio; es inspirador de la Sociedad Patriótica, Literaria y Económica en 1801, que no llega a constituirse por prohibición del virrey.

Colabora en el Telégrafo Mercantil y el Semanario de Agricultura, y es ferviente defensor de las tesis de Francisco Miranda.

Durante la Primera Invasión Inglesa se entrevista con los jefes británicos para definir su eventual apoyo a la emancipación americana, pero culmina distanciado del plan inglés. Después del segundo intento de invasión, Castelli explora con Álzaga la idea de constituir una junta de gobierno propia, pero se asocia con Belgrano, que promueve la regencia de la princesa Carlota Joaquina.

En mayo de 1810 juega un papel clave. En la sesión del 22 su brillante refutación a los argumentos realistas contribuye al éxito de la asamblea, que proclama que disuelta la Junta Central de Sevilla el poder debía revertirse en el pueblo y sus gobiernos locales. Tres días después Castelli ocupa, como vocal, el segundo puesto en el primer gobierno patrio.

Partidario, como Moreno, de adoptar las medidas necesarias a fin de consolidar la revolución, es comisionado para concretar la ejecución de los cabecillas contrarrevolucionarios alzados en Córdoba. Designado como “vocal representante” de la Junta, tiene la máxima autoridad para dirigir las operaciones del Ejército Auxiliador en el Alto Perú.

Puesto Castelli al frente del Ejército expedicionario al Alto Jreru como representante de la Junta, cúpole la gloria de subscribir el parte de la primer victoria obtenida por las armas independientes en Suipacha, el 7 de noviembre de 1810, que, despejó el camino a nuestras fuerzas para proseguir su avance en el Alto Perú, permitiéndoles en breves días ocupar la ciudad de Potosí, Los resultados morales de aquel triunfo excedieron en mucho a las previsiones de los vencedores: el más completo desorden y la más profunda confusión se apoderó de los realistas; sus jefes principales huyeron sin rumbo.

El Alto Perú estaba conquistado para las armas de la Patria y al ocupar Potosí, Castelli decretó la prisión del gobernador intendente don Francisco de Paula Sanz, dictando sin pérdida de tiempo medidas oportunas para lograr la captura de los fugitivos, mariscal Nieto y coronel Córdoba (el vencido de Suipacha) .

Capturados aquellos tres personajes, Castelli les quiso hacer jurar respeto y obediencia a la Junta de Buenos Aires sobre las banderas victoriosas de Suipacha, pero habiéndose negado los tres a cumplir aquel mandato, no vaciló el enérgico vocal del gobierno patriota, en decretar la ejecución, la que se cumplió el 15 de diciembre, haciéndose la aclaración que los tres sentenciados a muerte eran culpables del mismo delito que había costado la vida a Liniers y sus compañeros de infortunio.

Castelli permaneció en Potosí el tiempo necesario para arreglar los negocios de su administración, emprendiendo enseguida la marcha a Chuqui-saca, ciudad a donde llegó el 27 de diciembre, y donde fueron recibidos los patriotas con las demostraciones más sinceras de alegría. De Chuquisaca pasó a La Paz, y de aquí a Oruro, ocupándose en todas partes de ordenar los asuntos administrativos.

Desde La Paz, Castelli abrió negociaciones directas con el Virrey Abascal, con el ayuntamiento de Lima y con el general Goyeneche, que mandaba las fuerzas realistas del Perú. Simultáneamente envió emisarios de toda su confianza para que, recorriendo la inmensa zona que lo separaba de Lima, llegasen hasta aquella ciudad y propagaran secretamente la simiente revolucionaria. Los patriotas, por su parte, establecieron su cuartel general en el villorrio de Laja, del lado oriental del mismo río, y según las comunicaciones directas de Castelli a la Junta, estaba preparado y resuelto a librar una acción decisiva que le abriese el camino de Lima .

El virrey Abascal envió secretas instrucciones a Goyeneche para suspender las hostilidades y provocar una tregua con los patriotas, Castelli aceptó una tregua por 40 días, iniciada el 1 4 de mayo de 1811 y conviniéndose que durante ese período de tiempo habría paz verdadera entre ambos beligerantes. El 1 7 de junio, Castelli y las tropas se hallaban acampadas en Huaquí, a corta distancia del Desaguadero, sin recelo y sin temor a los realistas, pues aún faltaba una semana para expirar el plazo de armisticio ajustado.

Esa misma noche, Goyeneche reunía a sus principales jefes y les proponía atacar a los patriotas. Aceptada la propuesta, el día 20 de aquel mes atacaron a los independientes en sus posiciones, que defendieron estos últimos con un denuedo que estuvo a la altura de la felonía de sus adversarios, pero al final sucumbieron, quedando Goyeneche dueño del campo de batalla. Huaquí, Desaguadero o Yuraicoragua, como se le llama indistintamente, fué una tremenda derrota para las tropas de González Balcarce, que se vieron obligadas a evacuar todo el Alto Perú. Castelli fué censurado duramente por aquel desastre.

 Castelli difunde encendidas proclamas, sanciona el fin de la servidumbre indígena y en mayo de 1811 firma un armisticio con el general realista Goyeneche. En Buenos Aires, en abril, estalla una asonada, y el grupo morenista es desplazado del gobierno. En el Alto Perú los realistas violan el acuerdo y en junio el ejército patriota sufre una cruenta derrota en Huaqui. Castelli es convocado a Buenos Aires y a principios de diciembre de 1811, encarcelado y sometido a juicio.

Después del desastre, Castelli con los restos salvados de aquel, se replegaron sobre Oruro y sobre Chuquisaca, donde fueron auxiliados por don Juan Martín de Pueyrredón, que gobernaba a la sazón aquel departamento, y ante la imposibilidad de una reacción inmediata, fué necesario proseguir el repliegue hacia el Sur, hasta Salta, en medio de un cúmulo de dificultades y privaciones.

El gobierno de Buenos Aires llamó a Castelli a la Capital para que respondiese de su conducta, pero no solo el desastre de Huaquí era una de las causas poderosas para apartarlo de la Junta: se sabía que era un decidido adversario de que los diputados de las provincias se incorporasen al seno de aquélla, es decir, de la misma opinión que Mariano Moreno. Castelli había condenado públicamente el movimiento revolucionario del 5 y 6 de abril de 1811, y con esto estaba declarada la guerra entre él y los saavedristas, que fueron los autores de aquella asonada.

Castelli llegó a Buenos Aires en los primeros días de diciembre de aquel año, resuelto como estaba a afrontar valientemente la situación, pero no bien llegó, le fué ordenado el arresto en el cuartel del 1º de Patricios que mandaba entonces Manuel Belgrano y a pesar de no ser Castelli un militar, ordenó el Triunvirato que fuese juzgado por un Tribunal ad-hoc, al que se ordenó que lo juzgase por faltas cometidas en el desempeño de su cargo de representante de la Junta.

Los miembros de aquel Tribunal estaban poco dispuestos en su favor: hacen comparecer testigos y entre otras cosas los interrogan sobre si había recibido cohechos y regalos; si se había entregado al vicio del vino y del juego; si había escandalizado con su conducta a los pueblos, etc., pero todos los interrogados contestaron negativamente a aquellas preguntas, destacándose entre estos, por la nobleza de sus respuestas, el joven Bernardo Monteagudo. Esta famosa causa duró hasta el mes de junio de aquel año, época en que fué necesario suspenderla, porque en vez de un delincuente se juzgaba a un moribundo.

En efecto, Castelli había contraído una llaga cancerosa en la extremidad de la lengua y de sus resultas falleció el 12 de octubre de 1812, en medio de crueles sufrimientos.

El doctor Castelli fué casado con doña María Rosa Lynch y Galayn.

 

Gravemente enfermo de cáncer, fallece el 12 de octubre de 1812.

El Cacique Pincen Historia Tomado Prisionero Conquista del Desierto

El Cacique Pincen: Historia – Tomado Prisionero Conquísta del Desierto

En diciembre de 1878 los diarios de Buenos Aires daban cuenta de la llegada, en calidad de prisionero, del cacique El Cacique Pincen pampeano Vicente Pincén, quien había sido tomado escapando de su toldería en Cura Malal, atacada por sorpresa por fuerzas que respondían a las órdenes del entonces coronel Conrado Villegas.

Remitido a Junín, de allí fue trasladado a esta capital donde quedó alojado en el cuartel de un batallón de infantería. Lo acompañaron en su cautiverio varias mujeres, algunas o todas, esposas de él, varios de sus hijos y algunos hombres de su tribu. (foto izq. «Que me saquen como entro en pelea»)

La fama de Pincén era mucha, como asimismo la de su oponente el general Villegas con quien diera para la Historia como para la narrativa popular, numerosos episodios llenos de sagacidad, audacia y coraje. Ahora en. Buenos Aires, Pincén sólo provoca la curiosidad pública: (…) Muchas personas fueron ayer a conocer personalmente al cacique. Pincén se muestra muy abatido.

Al día siguiente de su llegada, producida ésta el 12 de diciembre de aquel año, una extraña procesión callejera llamó la atención de los paseantes de la aún tranquila ciudad. El cronista del diario La Nación la registra, como a todo incidente callejero que tuviera lugar, dejándonos el relato de lo que aconteció con observaciones detalladas muy del estilo de la época, en la cual no se concebía la nota escueta, descarnada, sin juicios de valor e inclusive sin su cuota de humor.

El interés que esta nota presenta no es sólo debido a su pintoresquismo: nos echa luz sobre el origen de las fotos tomadas a Pincén que se han conservado y difundido hasta hoy y de las características con que fueron hechas. La más conocida de estas lo presenta semidesnudo, en una pose «para retratarse» que no era la más apropiada para un indígena de alguna importancia y menos para un cacique de su categoría.

La toma de este retrato, presuntamente d’aprés nature —para usar el lenguaje de la época y sus implicancias— se debió a la intervención del doctor Francisco P. Moreno, interesado en preservar para el futuro, por el aún novedoso medio de la fotografía, un testimonio cultural en vías de extinción.

El anónimo redactor nos cuenta:
Ayer a medio día fueron conducidos del cuartel del 6 de línea donde se hallan alojados, a la fotografía de Pozzo, establecida en la calle de Victoria esquina San José, el cacique Pincén, sus varias mujeres, sus muchos hijos y todos los indios que con él fueron tomados prisioneros y con él se encuentran aún.

Se los llevaba para retratarlos, accediéndose a un pedido que en tal sentido había hecho el mencionado fotógrafo.

La traslación de Pincén y sus compañeros se hizo en un carruage (sic), en un carro de mudanzas y a pie. En el carruage iban Pincén, un indio que está herido en una pierna y no puede caminar, el fotógrafo y un soldado.
En el carro iban las mujeres y los muchachos.

Y a pie los demás indios, escoltados por algunos soldados del 6 de línea.

En el acto de llegar la comitiva pampeana a la fotografía, ésta se llenó de curiosos, que de algo sirvieron, pues a moción del fotógrafo, se acordó que cada uno de los curiosos contribuyera con 5 $ m/c. destinados a formar una regular cantidad que en ese mismo momento fue distribuida entre los indios. Pincén fue el primero en recibir su correspondiente cuota, que alcanzaba casi a siete pesos!

cacique pincen y familia
El cacique Pincén y su familia. Foto obtenida por Antonio Pozzo el 13 de diciembre de 1878, en Buenos Aires. (Archivo General de la Nación).

Comenzó en seguida la operación de fotografiarlos.

También esta vez, Pincén fue el primero. Se le retrató sentado sobre una roca (de utilería, suponemos), vestido de poncho, chiripá y bota de potro.

En esta posición, nadie que lo viera podrá imaginar que este hombre era el feroz guerrero de la pampa. Su actitud, en verdad, de todo tenía, menos de viril y mucho menos de guerrera.

Luego se hizo un segundo retrato del cacique, formando grupo con cuatro de sus hijos.

En el tercer retrato entraron los ocho hijos de Pincén, que con él fueron tomados prisioneros y tres de.sus mujeres. La menor de esta no muestra tener más de diez y siete años, y sin embargo es madre de dos hijos, uno de los cuales es de cuatro años.

El cuarto retrato lo formaron todos los indios de lanza y la familia de un capitanejo comprendido entre ellos.
Con esto hubo de darse por terminada la operación fotográfica; pero entre los espectadores se hallaba el señor D. Francisco P. Moreno, y esta circunstancia dio lugar a la parte más interesante de este episodio.

El señor Moreno, es sabido, ha atravesado la pampa explorándola (sic) hasta sus confines, y ha vivido largos meses entre los indios, estudiando sus costumbres y su dialecto, a la vez que practicando las demás investigaciones científicas que constituían el objeto de su viaje.

El señor Moreno se hallaba, pues, en condiciones de poder entablar envidiables diálogos con Pincén, y así se hizo, llenándose éste de satisfacción, que se reflejaba vivamente en su fisonomía, al encontrar un cristiano que hablaba su lengua, que conocía las comarcas en que había nacido y vivido, y que le daba detalles sobre los sitios por él tan queridos y sobre otros caciques que, como él hasta hace poco se consideran los dueños soberanos de la vasta pampa.

Atraído Pincén por estos hechos, accedió a hacerse retratar tal como era, cuando vivía libre y era obedecido por su poderosa tribu.

El Sr. Moreno había llevado del Museo Antropológico, de que es Director*, todos los objetos necesarios para este fin, entre ellos una lanza que perteneció a un capitanejo del mismo Pincén, muerto hace años en las inmediaciones del fortín «Machado».

Cuando el indio vio la lanza, experimentó (sic) una emoción tan viva, que sus ojos relampagueaban y se ajilaba (sic) fuertemente su pecho.

En el acto se quitó el poncho y las dos camisas que llevaba, quedando así únicamente con el pequeño chiripá.
Se ciñó la frente con una vincha, tomó unas boleadoras que le dio el Sr. Moreno y comenzó a arreglarlas a su estilo para convertirlas en arma de combate, tal cual ellos la usan para sus ataques y sus defensas.

Largo rato demoró en esta operación hasta que los nudos quedaran hechos a su entero gusto. Entonces las colgó de sus hombros, cruzándolas sobre el pecho y las espaldas.

En seguida tomó la lanza; la blandió repetidas veces, mirándola con cariño «por haber pertenecido a un valiente», como lo dijo él mismo, y contestando a una invitación del señor Moreno, para que se hiciera retratar como un hueichave (guerrero), dijo: «Que me pongan como entro en pelea.»

Inmediatamente el indio tomó su actitud guerrera, afirmando el cuerpo y enristrando la lanza como si esperase al enemigo para lanzarse furioso sobre él. El rostro del cacique parecía iluminado por una luz siniestra.
¡Qué recuerdos no cruzarían en ese momento por su imaginación!

En esa actitud fue retratado.

Quizás es la primera vez que la fotografía copia del natural un cuadro tan interesante y tan orijinal (sic) por todos los detalles que lo rodean.

En seguida se hizo otro retrato del mismo Pincén acompañado de sus dos hijos mayores, adornados con redecillas y otros objetos que el Sr. Moreno proporcionó, y con esto se dio por terminada la tarea.

Momento después, el cacique con sus mujeres, con sus hijos y con sus compañeros de cautiverio, regresaban al cuartel del 6 de línea en el mismo coche y en el mismo carro que les había conducido a la extraña casa que tan vivas emociones les había proporcionado.

Francisco P. Moreno, quien en esos días había sido nombrado doctor en ciencias de la Universidad de San Carlos (actual Universidad Nacional de Córdoba, Argentina), regresó a «su» museo —otra de sus iniciativas— las prendas que sirvieron para fijar una imagen viva y genuina, con elementos originales, por medio de un procedimiento técnico idóneo. Los elementos volverían a ocupar su lugar en las vitrinas, ahora ya definitivamente.

Pero recurramos a otra crónica, pintoresca ésta, surgida del encuentro de Pincén con el perito Moreno en la casa de fotografía, para terminar nuestra recreación de ese momento. Se trata de un relato más de aquellos que hicieron la fama de este bravo cacique de las pampas:

Pincén en la pampa. La circunstancia de haberse retratado al famoso cacique Pincén en el mismo traje y con las mismas armas de que hacía uso cuando guiaba su poderosa tribu sobre las poblaciones fronterizas, ha hecho conocer un interesante episodio de la vida aventurera de este personaje; episodio referido por el mismo cacique a uno de los caballeros que presenció aquella operación y que conoce el idioma de los habitantes de la pampa (Francisco P. Moreno).

Durante una tenaz persecución de que fue objeto hace años la tribu de Pincén, un oficial consiguió alcanzar al cacique y descargó sobre él su revólver. La bala penetró en las espaldas de Pincén, que cayó a tierra sobre su lanza.
El oficial sujetó su caballo al lado del cuerpo del indio, que parecía inanimado, y le gritó:
-«¿Estás muerto Pincén?»
— «No -contestó el cacique—. Estoy encogido. »
El oficial voleó la pierna para bajar del caballo. En ese mismo instante el indio se ir-guió con la rapidez del tigre y clavó su lanza en las espaldas del oficial
Y Pincén agregaba textualmente (sic):
—El cristiano murió primero que Pincén y yo me fui en su caballo.

Fuente Consultada: Revista Patagónica Nro. 20  Año IV – 1984 – Nota de Juan María Veniard

Origen del Caballo en la Patagonia

Origen del Caballo en la Patagonia

PRIMEROS CABALLOS EN EL SUR ARGENTINO

¿Caballos de Buenos Aires, en el estrecho de Magallanes, en 1580?
Carlos R. Darwin, en el tomo I de su famosa obra –Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo-, citando estudios de su compatriota, el naturalista Rennger, dice, refiriéndose a los indios patagones que en la época de su viaje merodeaban por la costa norte del estrecho de Magallanes: «En tiempos de Sarmiento (1580) estos indios tenían arcos y flechas, que ya no usan desde hace tiempo: poseían también algunos caballos.

Es un hecho curioso, la multiplicación extraordinariamente rápida del caballo en Sudamérica. Estos animales fueron desembarcados por primera vez en Buenos Aires en 1537, y habiendo quedado abandonada la colonia por algún tiempo, el caballo se hizo cimarrón. En 1580, sólo cuarenta y tres años después, ya se los ve en el estrecho de Magallanes.»

A su vez, en 1869 el explorador George Ch. Musters , refiriéndose al paso del corsario Francis Drake por el estrecho dice: «Al año siguiente, en 1579, Pedro Sarmiento de Gamboa fue enviado del Callao para que explorara el estrecho en busca del intrépido inglés. Vio naturales que hacían sus correrías a caballo y volteaban la caza con las bolas. Habían transcurrido ya cincuenta años desde que los españoles habían importado caballos, y los indios del extremo sur se habían hecho entonces jinetes y parecían haber cambiado sus arcos y flechas por las boleadoras».

Tal como puede apreciarse, estos dos autores no dudan de que los caballos que vio Sarmiento de Gamboa en 1580 en poder de los indios del estrecho, descendían de los que quedaron abandonados en el Río de la Plata, cuando los españoles despoblaron Buenos Aires y se retiraron a Asunción del Paraguay.

Ulrico Schmidel, integrante y posterior cronista de la malaventurada empresa de don Pedro de Mendoza, dice: «allí levantamos una ciudad que se llamó Buenos Aires. También traíamos de España 72 caballos». Posteriormente, estas noticias han dado lugar a infinidad de notas y comentarios de la más variada naturaleza.

Muchos historiadores e investigadores sostienen que esos caballos, desembarcados por Mendoza, fueron los que dieron origen a las inmensas manadas de cimarrones que luego poblaron nuestras pampas y que tanto asombro y admiración causaron a los viajeros.

El interrogante subsiste
Sin embargo, es de señalar que no todos los autores están de acuerdo, pues algunos dicen que de esos caballos traídos de España, no sobrevivió ninguno. El mismo Schmidel explica que algunos murieron, otros fueron sacrificados por los hambrientos españoles, y otros fueron muertos por las hordas de salvajes que acosaban la colonia y finalmente provocaron su despoblación.

Sobre este particular, Federico Oberti, por ejemplo, es categórico al afirmar en un bien documentado trabajo, que Mendoza tan sólo desembarcó a lo sumo cincuenta animales, y termina diciendo: «Damos por cierto que los venidos en la fracasada expedición del primer Adelantado —se refiere a los caballos— fueron muertos por los naturales al defender lo suyo o perecieron sacrificados por el hambre de aquellos, que tampoco supieron cabalgarlos».

Un caballo en el mapa de Gaboto de 1530
Posteriormente, los investigadores descubrieron un mapa atribuido a Sebastián Gaboto, que lleva fecha del año 1530 -es decir, seis años antes de que arribara el primer Adelantado del Río de la Plata— en donde aparece, nítidamente dibujada, la figura de un caballo junto a otras varias ilustraciones de aves, animales e indígenas de la región explorada por la gente de Gaboto.

Esta extraña y curiosa pieza cartográfica, cuya autenticidad los expertos no han cuestionado, planteó nuevas incógnitas y complicó todos los estudios e investigaciones realizados hasta ese momento.

Como no existen constancias de que quienes precedieron a Mendoza embarcaran caballos con destino al Río de La Plata, este documento sirvió para que algunos autores echaran a rodar la novedosa hipótesis de que el caballo autóctono no estuviera totalmente extinguido en la época que se inició la conquista de esta parte del continente.

Caballos autóctonos: hipótesis descartada
En consecuencia, nada se sabe de las razones que pudo tener Gaboto en 1530 para incluir en su mapa la figura de un caballo, ya que los estudiosos en paleontología descartan la hipótesis de que en esa época aún pudieran sobrevivir caballos nativos.

El análisis de los abundantes restos fósiles hallados en los paraderos prehistóricos de la Patagonia no permite sustentar esa creencia, pues demuestra que el primitivo caballo americano pertenecía a una especie totalmente diferente de los que, posteriormente, y en tan fabulosa cantidad, poblaron nuestras pampas a partir de la época de la conquista.

Estanislao S. Zeballos dice por su parte que, al retirarse los españoles de Buenos Aires, sólo quedaron abandonados siete caballos y cinco yeguas y en 1580, casi medio siglo después, cuando Juan de Garay repobló el Río de La Plata, encontró notablemente multiplicado este reducido plantel. Agrega que, si bien los caballos ya se habían transformado en salvajes, todavía no abundaban en nuestras pampas, pues en 1582 no habían pasado más allá del río Salado.

Magallanes, Loaysa y Alcazaba no vieron caballos en la Patagonia
Estas noticias no respaldan las ideas de Darwin y Musters de que los caballos patagónicos, vistos en las costas del estrecho en 1580, descendieran de los que abandonaron los españoles al retirarse del Río de La Plata en 1541. Además, es bien sabido que no vieron caballos en la Patagonia los  los expedicionarios de Magallanes en 1520, ni los de Loaysa en 1526, ni los de Alcazaba en 1536, pese a que estos últimos incursionaron por el interior de la actual provincia del Chubut. Sus cronistas sólo dicen que los indígenas que vieron y con los cuales mantuvieron tratos, andaban y cazaban a pie.

No obstante, es de señalar que tampoco vuelve a mencionar a los caballos el propio Sarmiento de Gamboa cuando, en 1584, intentó fundar dos poblaciones en el estrecho de Magallanes, pues explica que los indios que los seguían andaban a pie y los atacaron a flechazos, lo cual permite suponer que dichos animales eran aún escasos y que solo disponía de ellos alguna parcialidad tehuelche.

Los primeros caballos llegados a nuestras tierras
Quienes han espigado en las capitulaciones que se firmaban en España al financiarse las expediciones que zarpaban con destino a estas latitudes, explican que, en efecto, la que encabezó don Pedro de Mendoza es la primera que registra el embarque de caballos. La segunda fue la que financió don Gutiérrez Vargas de Carvajal, Obispo de Plasencia, en el año 1540, en cuyas capitulaciones se especifica que debía embarcar ochenta caballos, vale decir, unos veinte en cada nave.

La tercera fue la de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien, en 1542, por tierra desde Santa Catalina, costa del Brasil, llevó 48 caballos a Asunción del Paraguay, y por la costa del Pacífico, en 1540, el conquistador don Pedro de Valdivia, fue quien por primera vez introdujo caballos en Chile.

Los vistos en el estrecho, no podían ser de Buenos Aires
Teniendo en cuenta que los equinos son animales de lenta reproducción, es preciso descartar, por razones de tiempo y de distancia, la idea de que los caballos vistos en 1580 en la margen norte del estrecho, pudieran llegar allí por sus propios medios y en forma espontánea, nada menos que desde el Río de La Plata.

Es indudable que Musters y Darwin no tuvieron en cuenta —pues ambos tenían conocimiento de la escasez de agua y alimento que caracteriza a los campos patagónicos- que, previamente a que se produjera un desplazamiento de equinos a través de zonas tan dilatadas como poco atractivas para animales herbívoros, era indispensable que se dieran circunstancias muy especiales y que estos animales se multiplicaran en gran cantidad.

Al obstáculo que plantean los pedregosos y extensos eriales, casi totalmente desprovistos de vegetación en ciertas épocas del año, debe sumarse el cruce de los ríos Negro y Santa Cruz, sumamente caudalosos en cualquier época.

El propio Musters no reparó, aunque cita el hecho, en que en 1586 los indios patagones que atacaron por sorpresa en Puerto Deseado a la gente del pirata Tomás Cavendish, lo hicieron con arco y flechas y andaban a pie. Por lo tanto, no resulta fácil comprender, en este caso, por qué razón estos indios, que deambulaban mucho más al norte, carecieran de caballos, en tanto que los que efectuaban sus correrías por la margen norte del estrecho, disponían de ellos desde hacia varios años, y hasta habían aprendido a utilizarlos para cazar con las boleadoras.

Tampoco es posible creer que los tehuelches, que entonces andaban a pie, se adueñaran de animales salvajes en los campos aledaños al Río de la Plata y, tras cazarlos, lograran domesticarlos, y aunque jamás los habían visto ni tenían idea del servicio que podían prestarles, se hicieran ecuestres, y se las ingeniaran para utilizarlos tan rápidamente en sus cacerías.

Una explicación aceptable
La única explicación aceptable vendría a ser la que aportó Gonzalo de Alvarado, capitán de la única nave de la armada del Obispo de Plasencia que, tras muchas vicisitudes logró regresar a España. Por su intermedio pudo saberse que la nave capitana al mando de Francisco de la Ribera, a la cual seguían, fue arrojada por el mal tiempo sobre la costa del estrecho a poco de pasar la Segunda Angostura, y que se desfondó al encallar. Trataron inútilmente de acercarse para prestarle auxilio, mas el furioso vendaval que los venía castigando terminó por arrojarlos fuera del estrecho. No sembarcar el armamento, las provisiones y las bestias de carga, es decir, los caballos que tenían a bordo.

Como nunca pudo saberse a ciencia cierta qué fue lo que ocurrió con la gente que tripulaba esta nave accidentada, posteriomente la imaginación de no pocos autores, los vinculó con la fundación de la legendaria y fabulosa Ciudad de Los Césares, leyenda que quitó el sueño a tantos religiosos y exploradores a partir del siglo XVII y hasta bien entrado el siglo XIX.

En uno de los tantos trabajos que tratan sobre tan famosa leyenda, y que firma Marcelo Montes Pacheco, se lee, refiriéndose a los posibles fundadores de esa misteriosa ciudad: «Llevaban espadas negras —herrumbradas— sin vainas; arcabuces ya inútiles, y sus bestias de orejas largas, probablemente los restos de las ochenta cabalgaduras que debía traer Camargo -el hermano del Obispo de Plasencia- a la Patagonia, según su capitulación con Carlos V».

Dado que las escasas noticias que se conocen sobre esta armada son bastante fragmentadas y confusas, tampoco se sabe cuántos caballos lograron poner en tierra de los veinte que se supone llevaban a bordo, pues es muy posible que algunos perecieran durante tan largo viaje.

De todos modos, y transitando siempre por el terreno de las hipótesis, cabe suponer que esta gente logró sobrevivir durante bastante tiempo, y que hasta tuvieron tratos con los indígenas. Varias crónicas antiguas se refieren a dos sobrevivientes que reaparecieron años después en la ciudad de Concepción, en Chile, y contaron relatos fabulosos. Todas estas informaciones relacionadas con la suerte corrida por la gente que quedó abandonada en el estrecho, explicarían la temprana aparición del caballo doméstico entre los tehuelches meridionales, y el porqué habían aprendido a utilizarlo tan rápidamente en sus correrías cinegéticas.

El padre Guillermo Furlong, que recopiló los diarios de los jesuitas que exploraron la costa patagónica en 1745, dice que el padre José Cardiel penetró unas treinta leguas hacia el interior de puerto San Julián y halló una sepultura indígena sobre la cual se habían sacrificado cinco caballos.

Los esqueletos, embutidos de paja y con sus colas y sus crines al viento, aun se hallaban en pie clavados cada uno sobre tres palos, frente a una rústica choza profusamente adornada con banderas de paño de varios colores. Posteriormente, en 1753, Hilario Tapary, protagonista de una peligrosa y extraordinaria aventura en ese mismo puerto, también ratificó que los indios que saquearon la factoría en que estaban dedicados al acopio de sal, llegaron montados en muy buenos caballos.

Los tehuelches: primeros jinetes autóctonos
Todos estos antecedentes y testimonios permiten suponer que, al promediar el siglo XVIII, los tehuelches poseían caballos en abundancia, a tal punto que, si bien para ellos ya se había convertido en el elemento básico de su economía y de su diaria subsistencia, no mezquinaban sacrificarlos durante sus ceremonias fúnebres.

Es creencia generalizada que los indios pampeanos, los que efectuaban sus correrías al norte del río Salado, fueron los primeros que aprendieron a utilizar el caballo en América, y se hicieron jinetes a partir de las primeras décadas del siglo XVII. Mas si nos atenemos a lo informado por Sarmiento de Gamboa, el honor y el mérito de haber sido los primeros jinetes autóctonos de nuestro continente, correspondería a los tehuelches meridionales.

Fuente Consultada: Revista Patagónica Nro. 19 Año IV – 1984 – Nota de Manuel Llarás Samitier