Gran Bretaña y las reformas liberales

Biografia de Canning George Politico Britanico

Biografia de Canning George

La política de la Restauración, sintetizada en el sistema Metternich, tuvo un implacable adversario en el ministro inglés de Negocios Extranjeros, Jorge Canning.

Su nombre se ha hecho popular en los manuales de Historia como defensor del principio de no intervención y del derecho de las naciones a disponer libremente de sus destinos.

George Canning

Pero tras la grandilocuencia de estas fórmulas, que Canning defendió con gran habilidad diplomática, se ocultaban los propósitos del imperialismo británico de poner término, en beneficio propio, a la obra de la revolución y de conquistar para Inglaterra nuevos mercados en América y el Mediterráneo.

Conservador al estilo británico, rehuyó apoyar la política de restauración en el continente y la América hispana, en cuanto aquélla podía mermar las cifras del comercio de exportación de su patria y debilitar la influencia mundial de su corona.

Descendiente de una familia inglesa establecida en el siglo XVII en Carvagh, en el Londonderzry, Irlanda, Canning nació en Londres el 11 de abril de 1770. Un año después perdía a su padre, y al contraer su madre segundas nupcias, pasó bajo la tutela de su tío Stratford Canning, personaje muy relacionado con los prohombres del partido whig.

George se educó en Eton, a partir de 1781, en cuyo centro adquirió una buena cultura humanista y excelentes dotes retóricas.

En 1792 ingresó en la universidad de Oxford, donde fué considerado como un elemento jacobino. Pero, con gran sorpresa de sus amistades, en 1793 entró en el Parlamento como miembro del partido tory y ferviente admirador de Guillermo Pitt.

Obedeció esta metamorfosis, aparte sus deseos de hacer carrera en la política, a la reacción experimentada ante el jacobinismo militar francés, triunfante en los campos de batalla de Europa.

Los jefes del partido tory supieron reconocer las cualidades del que resultó ser el más brillante defensor de su política en los Comunes, y procuraron su ascenso social y oficial.

En 1800 contraía matrimonio con la señorita Juana Scott, heredera de una considerable fortuna. En 1796, Canning recibía el cargo de subsecretario en el ministerio de Asuntos Exteriores. Su política, aunque activa y dinámica, obedeció en este período a las altas indicaciones de Pitt y Grenville.

En 1799 fué nombrado uno de los doce comisarios de la India y en 1800 pagador general de las fuerzas británicas.

Al dimitir Pitt en 1801 por el asunto de la emancipación de los católicos irlandeses, Canning siguió a su jefe político, aunque sin aferrarse por completo a su actitud intransigente.

Volvió con él al poder en 1804, esta vez como tesorero de la Marina; pero la muerte de Pitt, después del desastre de Austerlitz, acabó con el ministerio. Canning se negó a formar parte del gobierno de notabilidades de Fox, que substituyó al anterior.

Después del fracaso de los whigs, el duque de Port-land confió a Canning la cartera del Foreign Office en su ministerio (1807). Durante dos años pudo demostrar su extraordinaria competencia, impulsando con toda energía la política inglesa en la captura de la flota de Dinamarca y en el auxilio prestado a los españoles y portugueses que combatían contra Napoleón.

Sus discrepancias con Castlereagh, ministro de la Guerra, terminaron en un duelo (1809), que eventualmente puso fin a su carrera política, pues se negó varias veces a formar parte de un ministerio en que figurara su rival.

Mientras tanto, fundó la Quaterly Review, órgano de la intelectualidad conservadora, y cultivó los estudios económicos, a lo que le inducía su calidad de diputado de la ciudad de Liverpool (desde 1812).

Reconciliado con Castlereagh, en 1816 aceptó el cargo de presidente del Board of Control, que dirigía la política india de Inglaterra.

Su gestión en este cargo fue muy afortunada, y si presentó la dimisión del mismo fué para no intervenir en la delicada cuestión del divorcio de Jorge IV (1820).

Dos años después, cuando se preparaba a partir para la India para ejercer el gobierno general de aquella colonia, fué nombrado ministro de Asuntos Extranjeros, cargo vacante a consecuencia del suicidio de Castlereagh (septiembre de 1822).

Canning modificó los preceptos seguidos por su predecesor: proclamó el principio de no intervención en Europa; reconoció la independencia de las repúblicas sudamericanas y favoreció a los griegos en su lucha de independencia contra los turcos.

En abril de 1827 murió lord Liverpool, y Canning fué elegido por jorge IV para sucederle como primer ministro. Su programa fué, en el interior, concesión de la igualdad política y social a los católicos, y en el exterior, apoyo a los helénicos.

Logró este último punto por la convención de 27 de abril de 1827; Pero no pudo ver la consecución del primero porque le sorprendió la muerte en Chiswick el 8 de agosto, cuatro meses después de su elevación al supremo puesto político de su patria.

fuente


Nacionalismo y Unificacion de Paises Principios Democracia Liberal

Nacionalismo y Unificacion de Países
Principios Democracia Liberal

LISTA DE ENLACES RELACIONADOS

Democracia Liberal
Liberalismo y conservadorismo
El Nacionalismo
Gran Bretaña y las reformas liberales
Francia: del imperio a la tercera república
Estados Unidos: Republicanos y Demócratas
La Unificación Alemana
La Unidad Italiana
Rusia Hacia el Fin del Absolutismo
Japón: Reformas Liberales en el Oriente
Alianzas Internacionales
Religión y Ciencia
Revolución Científica
El Positivismo
La Iglesia: Rerum Novarum
La Difusión de las Ideas

En la segunda mitad del siglo XIX surge una novedad en el ámbito político: el nacionalismo, producto este de la democratización política vivenciada en esos tiempos.

Por todas partes surgían cenáculos nacionalistas, con los nombres prometedores de «Joven Italia», «Joven Alemania» y otros similares. Inspirador de la «Joven Italia», Mazzini, en su opúsculo Sobre la unidad de Italia, invocaba los elementos comunes que justificaban la independencia del pueblo italiano: «Por eso Italia será una.

Sus condiciones geográficas, su lengua y su literatura; las necesidades de defensa y de poder político; el deseo de las poblaciones, los instintos democráticos innatos del pueblo…».

En el texto de Mazzini se recogía una idea clave: la identificación de nacionalismo y democracia, frente al autoritarismo o el absolutismo de los imperios.

Mazzini

Giuseppe Mazzini

No obstante, es en Gran Bretaña y Francia entre los siglos XV y XVIII, donde puntualmente se desarrolla un proceso de construcción de Estados centralizados y modernos de toda Europa occidental.

Estos se manifestaban representantes de naciones, es decir, del conjunto mayoritario de sus habitantes que compartían una misma nacionalidad. La cual era definida por los sentimientos de pertenencia que compartían los habitantes de un mismo territorio, esta manifestación fue durante la primera mitad del siglo XIX. El compartir la lengua, la religión, la tradición y las costumbres, hicieron surgir estos sentimientos unánimes.

Se puede afirmar, que en la formación de estados nacionales fue importantísima la difusión del nacionalismo, esta corriente de pensamiento creada por intelectuales, ya sea filósofos políticos como artistas.

El pensamiento y el sentimiento nacionalistas sirvieron para unificar culturas y sociedades dentro de un estado nacional. Esta ideología también funcionó como un principio de acción política para las relaciones internacionales.

Posteriormente, y de igual manera que esta construcción de estados centralizados y modernos de Europa occidental, en la segunda mitad del siglo XIX se evidenció en Alemania e Italia. Considerándose estos nuevos estados en las representantes de las naciones alemana e italiana.

Los grupos de habitantes que no se sentían representados y a su vez representada su nacionalidad por los Estados centralizados, vieron plasmados su aliento al reclamo mediante el desarrollo de la política de democratización.

No obstante, quienes organizaban partidos políticos, eran también estos grupos que exigían el derecho a formar un estado independiente, es decir el denominado derecho de autodeterminación. Fue en las regiones de Europa cuyos habitantes habían formado parte de los imperios, como el alemán y el otomano, en donde se hicieron estos reclamos de una manera más intensa.

Sin embargo, los conflictos se multiplicaron ya que no había resultado de manera satisfactoria, la división de esos imperios en nuevos Estados. Este derecho de autodeterminación mencionado anteriormente, fue reivindicado por todos. Francia, Inglaterra y España eran estados que se habían centralizado inicialmente, y ellos tampoco quedaron afuera de los reclamos nacionalistas.

Así, estimuladas por la posibilidad de lograr sus objetivos a través de elecciones, las poblaciones regionales emprendieron movilizaciones con caracteres políticos.

LOS PRINCIPIOS NACIONALISTAS: Los elementos que integran el pensamiento de los revolucionarios nacionalista del siglo XIX, época por excelencia de estos movimientos son los siguientes:

Autodeterminación política. El gobierno que dirige la colectividad ha de estar libre de cualquier instancia exterior. Así lo afirmaba Mazzini, jurista y político italiano: «Las nacionalidades que no posean un gobierno surgido de su propia vida interna y que estén sujetas a leyes que les hayan sido impuestas desde el exterior se han convertido en medio para los propósitos de otros».

Conciencia de grupo. Que el grupo pertenezca a una sola etnia no es imprescindible, porque en ocasiones el sentimiento nacional es pluriétnico, pero la conciencia de que el grupo tiene un origen común y ha tenido un pasado común constituye un elemento cohesionador.

Credo religioso. En los siglos medievales y modernos la religión desempeñó un papel esencial en la conciencia de los pueblos, pero incluso en la Edad Contemporánea, cuando ha perdido influencia, a veces se ha erigido en un mecanismo defensivo de la nacionalidad más débil, caso de los irlandeses, católicos, frente a los ingleses, anglicanos.

Cultura y lengua propias. No surge el sentimiento nacional por generación espontánea sino que deriva de un proceso en el que desempeñan un papel minorías cultas, integradas por filólogos, historiadores, poetas, músicos, políticos. Para los alemanes fueron importantes Schelling y Fichte, para los irlandeses O’Connell, para los polacos Chopin y Mickiewicz.

ALGO MAS…

Entre los modelos políticos existentes, podemos identificar los siguientes:

Nacionalismo extremo: el nacionalismo entiende a las relaciones internacionales en términos de amenazas constantes. Los grupos nacionalistas se sienten los únicos intérpretes de los verdaderos intereses del pueblo, al que identifican con la nación. Ciertamente, no creen que los integrantes de la sociedad de una nación puedan tener intereses o ideas diferentes, ya que constituyen una unidad absolutamente homogénea. Por lo tanto, aquellos que no opinan lo mismo que ellos son considerados no sólo como enemigos, sino como extranjeros. Puesto que los comicios y el parlamento suelen mostrar que en una sociedad existen intereses opuestos, los grupos nacionalistas sienten repugnancia hacia este tipo de prácticas e instituciones. Suelen ser favorables a los gobiernos dictatoriales encabezados por las fuerzas armadas, ya que ellas dicen ser los verdaderos intérpretes de los intereses nacionales.

Comunismo: postula que la gran falacia de la democracia liberal es que defiende una igualdad política pero ignora las diferencias económicas y la explotación social. Propone una sociedad en la que estos elementos de desigualdad desaparezcan, sociedad que será construida por los explotados de la sociedad capitalista, es decir, los obreros. Mientras esta sociedad se construye, el régimen político debe ser una dictadura a la que llaman «dictadura del proletariado». Puesto que el número de obreros en la Rusia de 1917 era realmente escaso, los revolucionarios se plantearon cómo hacer el socialismo sin obreros: se elaboró una respuesta según la cual el partido comunista debía suplantar a los obreros. Paulatinamente, un líder único, Stalin, reemplazó a su vez al partido. Los enemigos del partido, primero, y los de Stalin, después, eran considerados automáticamente enemigos de la clase obrera.

Corporativismo: conciben que la sociedad no está compuesta por individuos, sino por grupos identificados por su actividad económica (trabajadores, campesinos, profesionales, etcétera.). Generalmente, los corporativistas sostenían que, en los parlamentos, no debían estar representados los diputados políticos electos por individuos aislados, sino los representantes de estos grupos de la sociedad organizados en asociaciones a las que llamaban corporaciones.

Caudillismo: la idea central del principio caudillista del Estado es que la voluntad del pueblo sólo puede expresarse a través de la voz de un líder, una persona iluminada por una aptitud especial que la distingue de todas las demás. En algunos casos, los regímenes caudillistas pueden ir acompañados de prácticas electorales similares a las de la democracia liberal, incluso estas elecciones pueden dar la mayoría al partido del líder. Sin embargo, la relación con la oposición es tirante, dado que el líder nunca acepta la existencia de más de una voluntad popular, que es la que sólo él interpreta. En otros casos, los parlamentos se eliminan, y sólo se producen elecciones plebiscitarias en las que los electores no eligen, sino que confirman o rechazan la figura del líder. La unidad entre líder y pueblo suele ser «teatralizada» a través de grandes actos masivos organizados con el apoyo de toda la infraestructura del Estado.

La democracia liberal
«Democracia» significa un gobierno que acepta que manda sobre una sociedad compuesta por ciudadanos iguales (iguales ante la ley, iguales en derechos políticos, lo cual no significa que tengan que ser económicamente iguales), y que puede gobernar sólo porque ellos le han dado ese poder. Por esta razón, se llama a los actuales presidentes «mandatarios», pues han recibido de otros el mandato de gobernar, y sin ese mandato no tendrían ningún derecho legítimo de hacerlo. Ahora bien: cómo transformar este principio de legitimidad democrática y esta idea de una sociedad individualista en un régimen político concreto o, en otras palabras, cuáles son las prácticas concretas y las instituciones de gobierno más adecuadas para canalizar la voluntad del pueblo. Ésta es la gran pregunta que caracteriza todo el ejercicio de la democracia a partir de la Revolución Francesa.

Hacia fines de la agitada historia política del siglo XIX, se aceptaron algunas respuestas para esta pregunta. La primera fue que la voluntad del pueblo soberano debía expresarse a través del mecanismo del voto para elegir representantes; la segunda, que las decisiones debían ser tomadas por las mayorías, aunque las minorías tenían derecho a existir, a ser respetadas, a criticar y a pretender transformarse en la mayoría en las siguientes elecciones; la tercera, que el gobierno debía formarse a partir de un sistema de controles y contrapesos entre sus diferentes poderes (ejecutivo, legislativo, judicial). Este conjunto de convicciones ha dado lugar a los regímenes políticos conocidos como «democracias liberales». La clave de estos regímenes son los parlamentos, una institución que se impuso a lo largo del siglo xix. Los parlamentos controlan los poderes ejecutivos. En ellos reside el poder de los diputados representantes electos, y también en ellos se expresan las minorías.

Esta concepción de la política se apoya en una visión más general acerca de la naturaleza humana, que estima que el hombre es un ser libre, cuyas acciones responden a la razón. Sin embargo, esta visión iluminista evidenciaba importantes problemas a la hora de enfrentarse con la sociedad real. Además de la oposición conservadora, las élites liberales descubrían que las sociedades sobre las que debían gobernar no se asemejaban a su ideal: en muchos casos predominaban los analfabetos; en otros, era evidente que las rígidas diferencias sociales no permitían actuar a todos con libertad; en otros las concepciones religiosas primaban sobre la «razón científica».

La consecuencia de esto solía ser un régimen político que, si bien postulaba la primacía de la soberanía del pueblo, al mismo tiempo bloqueaba toda posibilidad de participar en la política a todas aquellas personas que se consideraban no libres o no razonables. La condición de razonable se demostraba por medio del acceso a la educación formal y, sobre todo, mediante la riqueza que se hubiera acumulado. Sin embargo, una visión siempre optimista, llevaba a pensar a las élites liberales que tarde o temprano las «personas irracionales» serían redimidas por medio de la educación.

Fuente Consultada: Ciencias Sociales Historia Luchilo, Privitellio, Paz, Qués

CUADRO SINTESIS DE LA ÉPOCA:

cuadro sintesis liberalismo y nacionalismo