Grandes Hazañas Humanas

Mensaje y Sonidos En El Disco de Oro de la Sonda Voyager

Mensaje y Sonidos En El Disco de Oro de la Sonda Voyager

La era espacial nos ha mostrado fenómenos asombrosos, tanto dentro del Sistema Solar como más allá. Las sondas espaciales han viajado a la Luna, a los planetas principales y a varios mundos menores, y los telescopios orbitales nos han ofrecido imágenes deslumbrantes del universo profundo. Las dos naves espaciales interestelares Voyager, las máquinas más rápidas que se hayan lanzado nunca desde la Tierra, se están desplazando ahora a una diez milésima parte de la velocidad de la luz. 

Necesitarían 40.000 años para situarse a la distancia de la estrella más próxima. ¿Tenemos alguna esperanza de abandonar la Tierra y de atravesar distancias inmensas para llegar aunque sólo sea a Próxima Centauri al cabo de períodos convenientes de tiempo? ¿Podemos hacer algo para aproximarnos a la velocidad de la luz? ¿Estaremos algún día en disposición de ir a velocidad superior a ella?

La sonda espacial Voyager 2 fue lanzada el 20 de agosto de 1977 desde Cabo Cañaveral, en un cohete Titán-Centauro. Es idéntica a su sonda hermana, la Voyager 1. Ambas sondas habían sido concebidas inicialmente como parte del programa Mariner con los nombres de Mariner 11 y Mariner 12, respectivamente.  A diferencia de su predecesora, la Voyager 2 adoptó una trayectoria diferente en su encuentro con Saturno, sacrificando la cercanía a Titán, pero adoptando un mayor impulso gravitacional en su viaje hacia Urano y Neptuno. La sonda alcanzó su mayor cercanía con estos planetas en los años 1986 y 1989, respectivamente.

Explorar el Sistema Solar en un tiempo razonable plantea alguno retos difíciles. Desde la década de 1970, los ingenieros de la  NASA han usado una ingeniosa técnica para reducir el tiempo del viaje sin recurrir a combustible adicional. Una «honda gravitatoria» supone dirigir la nave espacial  directamente hacia un planeta, girar en torno a él y partir en la misma dirección de su desplazamiento obteniendo así una aceleración significativa.

Esta técnica se utilizó por primera vez para ajustar la órbita de la sonda Mariner 10, que sobrepasó Venus en su viaje hacia Mercurio en 1973, pero su aplicación más famosa fue en las sondas Voyager 1 (abajo), que aprovecharon un raro alineamiento planetario para recorrer todo; los gigantes gaseosos entre las décadas de 1970 y 1980.

exploracion del universo

En enero de 2015, las dos sondas Voyager, las naves espaciales que más lejos han llegado, sobrepasaron los 14.000 días de operación. Su historia es la de un gran éxito, que comenzó siendo un viaje a los planetas gigantes más alejados y se ha convertido en la primera misión interestelar humana.

Las dos sondas Voyager fueron lanzadas en 1977, El 20 de agosto partió la Voyager 2, y el 5 de septiembre, la Voyager 1. Esta sonda fue la primera en enviar una fotografía de la Tierra y la Luna vistas desde el espacio.

Durante el viaje, la Voyager I tomó la delantera, y fue la primera en aproximarse a Júpiter (5 de marzo de 1979). Continuó su viaje hacia Saturno, planeta al que llegó en noviembre de 1980, Después, abandonó el Sistema Solar.

La Voyager 2 llegó a Júpiter en julio de 1979 y a Saturno en agosto de 1982, En aquel momento se consideró necesario mejorar las antenas que recibían los datos de las sondas, con el objetivo de poder seguirlas en su viaje a tan larga distancia, Cuatro años después, la Voyager 2 se convirtió en el primer vehículo espacial que visitó Urano.

El 24 de junio de 1986 llegó al tercer planeta gaseoso y comenzó a enviar imágenes. Tres años después, el 25 agosto de 1989, alcanzó Neptuno y salió del Sistema Solar bajo el plano de la eclíptica.

En 1990, la misión Voyager de exploración planetaria se convirtió oficialmente en la primera misión interestelar. El 14 de febrero se recibió la última imagen de una sonda Voyager, el retrato del Sistema Solar en su conjunto.

Entre la información enviada, se grabaron en un disco laminado en oro,  fotografías de hombres de todas las partes del mundo que cuidan de sus semejantes, que aprenden, que fabrican herramientas y arte, y que se enfrentan con problemas.

Hay una hora y media de música exquisita procedente de muchas culturas, música que expresa nuestra sensación de soledad cósmica, nuestro deseo de acabar con nuestro aislamiento, nuestras ansias de entrar en contacto con otros seres del Cosmos. Y hemos enviado grabaciones de los sonidos que se habrían oído en nuestro planeta desde los primeros días, antes del origen de la vida, hasta la evolución de la especie humana y de nuestra más reciente tecnología, en pleno crecimiento. Es, como los sonidos de cualquier ballena yubarta, una especie de canción de amor lanzada a la vastitud de las profundidades. Muchas partes de nuestro mensaje, quizás la mayoría, serán indescifrables. Pero lo hemos enviado porque era importante intentarlo.

De acuerdo con este espíritu incluimos en la nave espacial Voyager los pensamientos y sensaciones de una persona, la actividad eléctrica de su cerebro, corazón, ojos y músculos, que se grabaron durante una hora, se transcribieron en sonido, se comprimieron en el tiempo y se incorporaron al disco. En cierto sentido hemos lanzado al Cosmos una transcripción directa de los pensamientos y sensaciones de un ser humano en el mes de junio del año 1977 en el planeta Tierra.

Explica Carl Sagan, en su famoso libro «COSMOS»,

El mensaje Voyager se desplaza a una lentitud desesperante. Es el objeto más rápido lanzado nunca por la especie humana, pero tardará decenas de miles de años en recorrer la distancia que nos separa de la estrella más próxima. Cualquier programa de televisión atraviesa en horas la distancia que el Voyager ha cubierto en años. Una transmisión de televisión que acaba de estar ahora mismo en el aire, en unas cuantas horas dará alcance a la nave espacial Voyager en la región de Saturno, y más allá, y continuará su carrera hacia las estrellas. Si va en la correspondiente dirección alcanzará Alpha Centauri en algo más de cuatro años.

Si dentro de unas décadas o de unos siglos alguien en el espacio exterior oye nuestras emisiones de televisión, espero que piense bien de nosotros, porque somos el producto de quince mil millones de años de evolución cósmica, la metamorfosis local de la materia en consciencia. Nuestra inteligencia nos ha dotado recientemente de poderes terribles. No está todavía claro que tengamos la sabiduría necesaria para evitar nuestra propia destrucción. Pero muchos, de nosotros están luchando duro por conseguirlo.

Confiamos que muy pronto, en la perspectiva del tiempo cósmico, habremos unificado pacíficamente nuestro planeta con una organización que respete la vida de todo ser vivo que lo habita, y que esté dispuesta a dar el siguiente gran paso, convertirse en parte de una sociedad galáctica de civilizaciones en comunicación.»…

LOS SONIDOS DEL PLANETA TIERRA:

¿CÓMO HACER comprender a un habitante de un planeta lejano lo que son y cómo viven los seres humanos en la Tierra? Ésta fue la pregunta que se  planteó a un comité de expertos en 1977, cuando las naves espaciales de EUA Voyager 1 y 2 iban a ser lanzadas en un viaje al espacio con un saludo para cualquier forma de vida inteligente con que se toparan.

Para sorpresa de muchos, los expertos coincidieron en que uno de los mejores modos de comunicarse con extraterrestres sería no con palabras o imágenes, sino con música. Dedicaron los 87 minutos del videodisco de los Voyager a una selección de los “grandes éxitos musicales de la Tierra”. ¿Por qué la música?.

Disco de oro The Sounds of Earth (arriba), protegido por un estuche de aluminio con chapa de oro, es instalado en el Voyager 2. Con éste se envió al espacio exterior, donde los científicos esperan que lo reciba alguna forma de vida inteligente no humana.

En primer lugar,  porque su estructura —desde un blues de ocho compases hasta una compleja fuga de Bach— se basa en números, y la armonía es de fácil análisis matemático. Las matemáticas son el lenguaje más universal, por lo que era más probable que los extraterrestres comprendieran la estructura matemática de nuestra música más que cualquier otra cosa sobre nosotros.

Además, expresa los sentimientos humanos mejor que otros medios y podría representar la variedad de culturas. No ha habido sociedades sin su música típica para expresar tristeza y dolor, alegría y tranquilidad. Al seleccionar la música que representaría a la humanidad en el universo, la clave fue la variedad. 

Se eligieron canciones aborígenes de Australia, el Night Chant de los navajos y una canción de boda peruana; música de gamelán de Java, de zampoñas de las islas Salomón y de Perú, un raga de la India y música ch’in de China; piezas para gaitas de Azerbaiyán, flautas de bambú de Japón y percusiones del Senegal.

También se incluyeron canciones de Georgia, Zaire, México, Nueva Guinea y Bulgaria; el blues Dark Was the Night con Blind Willie Johnson, Melancholy Blues con el trompetista de jazz Louis Armstrong y Johnny B. Goode con el cantante de rock Chuck Berry. De la tradición culta occidental se seleccionó música para flauta renacentista, tres obras de Bach y dos de Beethoven, un aria de La flauta mágica de Mozart y La consagración de la primavera de Stravinsky.

¿Son éstos los éxitos musicales de la Tierra? Al menos son hoy los que más podrían persistir. El videodisco, de cobre con chapa de oro, fue fabricado para que dure 1.000 millones de años.

INSTRUMENTOS DE GUERRA:

EL SONIDO estridente de las gaitas ha acompañado a los escoceses de laS Tierras Altas en las batallas cuando menos durante los últimos 400 años, dando nuevos ánimos a los ardientes guerreros de las montañas y provocando miedo en el corazón de sus enemigos. Según registros, en la Batalla de Pinkie (1549), “los violentos escoceses se incitaban a la guerra con el sonido de las gaitas”. Y éstas se escucharon también en 1942, cuando tropas de las Tierras Altas escocesas avanzaron por campos minados del desierto contra el Afrika Korps de Rommel, en la batalla de El Alamein.

Desde Suecia hasta Túnez

Las gaitas simbolizan a Escocia tanto como el haggis y el whisky. Pero los escoceses no pretenden ser los inventores de la gaita. Es casi seguro que haya surgido en el Imperio Romano durante el siglo 1. Se cree que el emperador Nerón la tocaba, y es más probable que estuviera practicando este instrumento, no el violín, mientras Roma ardía.

Hacia 1300, gaitas de un tipo u otro zumbaban y chillaban desde Inglaterra hasta la India, y de Suecia a Túnez casi en cualquier parte, menos en Escocia. Fue un siglo después, cuando ya el resto del mundo había empezado a cansarse del instrumento, que los escoceses lo adoptaron.

Llamado a la gloria En 1915, el gaitero Laídlaw (foto izquierda) incitó a las tropas británicas para que continuaran el avance a través de una nube de gas mostaza en el frente occidental. Su valentía lo hizo merecedor de la Cruz de Victoria.

Las gaitas fueron populares en parte porque podían fabricarse con materiales que se conseguían en la sociedad rural. Sólo se requería la piel de una oveja o el estómago de una vaca para hacer el odre, y unas pocas cañas perforadas para los canutos. El principio del instrumento es ingenioso, pero sencillo. El gaitero sopla en el odre, que actúa como depósito para mantener la circulación constante de aire a los canutos. Estos son de dos tipos, caramillo y roncón. En una versión sencilla de dos canutos, el gaitero ejecuta la melodía en el caramillo, mientras el roncón produce el bajo continuo característico del sonido de la gaita. En algunas variantes, el aire para el odre proviene de un fuelle.

Las gaitas aún se emplean en la música folklórica de muchos países. Por ejemplo, acompañan las danzas tradicionales de los bretones, en el noroeste de Francia. Muchas personas relacionan con regimientos escoceses el sonido de las gaitas entremezclado con el estruendo de una batalla. Pero los escoceses no tienen exclusividad al respecto: durante siglos los irlandeses también las han usado para llamar a las armas.

EL VIOLIN STRADIVARIUS:

Los violines Stradivarius son los más preciados instrumentos musicales del mundo. Entre los cerca de 600 ejemplares que aun se conservan hay algunos valorados en más de un millón y medio de euros, es decir, más de cien veces de lo que costaría el más perfecto ejemplar artesano moderno y más de diez mil veces que los procedentes de fabricaciones industrializadas.

Un violín hecho en el siglo XVIII por Antonio Stradivarius, de Cremona, Italia, puede costar hasta un millón de dólares. Los stradivarius se cotizan a tan altos precios porque todavía se los cataloga como los violines más finos que se hayan producido.

Stradivarius fue un genio tranquilo, un artesano asentado en Cremona, donde residió toda su vida en una modesta casa taller del barrio antiguo. A crear esta aureola de misterio ha contribuido el hecho de no conocer apenas datos biográficos de su vida, a lo que hay que sumar las extrañas circunstancias en las que se perdió su cadáver.

No se sabe con certeza en que año nació ni en que ciudad exactamente, pues no queda registro del hecho. Se piensa por otras fechas posteriores que pudo nacer en torno a los años 1640-1645. Se conoce mejor su estancia en la ciudad Italiana de Cremona donde desarrolló toda su carrera como constructor de violines. En total construyó más de mil violines, de los que se conservan cerca de la mitad.

Stradivarius enseñó a sus dos hijos el arte de hacer instrumentos de cuerda y, aunque ellos no lograron alcanzar la misma calidad mágica del padre, su trabajo fue notable. Ha sido un misterio qué confiere a un stradivarius su calidad única; las conjeturas se han centrado en el barniz empleado en estos instrumentos. Stradivarius escribió su fórmula del barniz en la guarda de la Biblia familiar; mas, por desgracia, uno de sus descendientes la destruyó.

El italiano Antonius Stradivarius (1644-1737) introdujo una geometría y un diseño que se convirtieron en los modelos a seguir por todos los fabricantes de violines. De los 1.100 instrumentos que construyó, aún sobreviven unos 650. El extremadamente alto valor de estos instrumentos quedó demostrado en una subasta realizada en el mes de abril en Londres. El violín Stradivarius ‘Lady Tennant’ vendido en esa oportunidad, batió un récord en el mundo de las subastas de instrumentos musicales, con un precio astronómico de un millón y medio de euros.

Madera veneciana:

Pese a lo anterior, Joseph Nagyvary, profesor de bioquímica y biofísica en la Universidad de Agricultura y Mecánica de Texas, cree haber descubierto el secreto de Stradivarius: la madera de abeto que éste usó procedía de Venecia, donde se guardaba junto al mar. Esto producía diminutos agujeros en la madera, sólo visibles con un microscopio electrónico de 2 000 amplificaciones. La madera curada en seco de los violines modernos no tiene estos orificios. Según Nagyvary, esto confiere riqueza y resonancia especiales al sonido.

Nagyvary también descubrió, al examinar el barniz, que incluía diminutos cristales de mineral. Infirió que procedían de piedras preciosas molidas, que añadían los alquimistas al preparar el barniz en la creencia de que las piedras tenían propiedades mágicas. En un violín, estos cristales filtran los armónicos agudos y producen un sonido más puro y terso.

Nagyvary puso a prueba su teoría al fabricar un violín con madera curada en la humedad y recubierta de un barniz que contenía polvo de piedras preciosas. Un experto calificó el resultado como “el mejor violín nuevo que jamás he escuchado”. La famosa violinista Zina Schiff quedó tan impresionada que tocó el instrumento en conciertos públicos.

¿Se percataban Stradivarius u otros famosos violeros de Cremona —como los Amati y los Guarnen— de la singular calidad de los materiales que utilizaban? Al respecto, Nagyvary dice: “Sinceramente pienso que los antiguos violeros no sabían, acerca de la fabricación de violines, más de lo que saben los actuales artesanos… Solamente fueron los afortunados beneficiarios de una feliz coincidencia histórica.”

Silos violeros actuales usaran los descubrimientos de Nagyvary, ¿disminuiría el valor de un stradivarius? Es casi indudable que no, pues no parece haber nadie capaz de revivir su ingrediente mágico: su genialidad.

Fuente Consultada: Sabia ud. que….? Editorial Reader Digest

Yeager rompio la barrera del sonido Bell X1 Velocidad del sonido

Yeager rompió la barrera del sonido, el Bell X1

Dos días antes de que intentara romper la barrera del sonido, el capitán Charles “Chuck’ Yeager, (foto izquierda) de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, casi perdió el conocimiento en un accidente ecuestre y se rompió dos costillas.

A la mañana siguiente un médico de la localidad le vendó el cuerpo, pero ni siquiera así pudo mover el brazo derecho debido al dolor. No obstante, sabía que si sus superiores se enteraban de su estado, pospondrían el proyecto secreto programado para el 14 de octubre de 1947.

El avión cohete Bell X-1 se dejaría caer del compartimiento de bombas de un Superfortaleza B-29, y después de planear brevemente comenzaría a ascender cuando Yeager encendiera los cuatro cohetes en rápida sucesión.

Para salir del vientre del B-29 y entrar en la pequeña cabina del X-1 (conocido también como XS- 1), Yeager tenía que deslizarse hacia abajo por una pequeña escalera. Después había que bajar la puerta de la cabina por medio de una extensión desprendible del compartimiento de bombas.

Una vez que la puerta estuviera colocada en la forma debida, Yeager debía cerrarla desde el lado derecho. Era ésta una operación que resultaba muy simple, mas no para quien tenía dos costillas fracturadas y el brazo derecho sin poder moverlo. Entonces, su ingeniero de vuelo, Jack Ridley, tuvo una idea genial: el piloto podía quizá usar una especie de bastón con la mano izquierda, y utilizarlo para elevar la manija de la puerta y asegurarla.

La velocidad del sonido es la velocidad de propagación de las ondas sonoras, un tipo de ondas mecánicas longitudinales producido por variaciones de presión del medio. Estas variaciones de presión (captadas por el oído humano) producen en el cerebro la percepción del sonido. El sonido no se transporta por el vacío porque no hay moléculas a través de las cuales transmitirse.

En general, la velocidad del sonido es mayor en los sólidos que en los líquidos y en los líquidos es mayor que en los gases.

La velocidad del sonido en el aire (a una temperatura de 20 ºC) es de 340 m/s (1.224 km/h)

En el aire, a 0 ºC, el sonido viaja a una velocidad de 331 m/s y si sube en 1 ºC la temperatura,
la velocidad del sonido aumenta en 0,6 m/s.

En el agua es de 1.600 m/s, En la madera es de 3.900 m/s, En el acero es de 5.100 m/s

“Echamos un vistazo alrededor del hangar y descubrimos una escoba, rememoró en cierta ocasión Yeager. “Jack cortó un palo de escoba de unos 25 cm., que se ajustó a la manija de la puerta. Luego me escurrí dentro del X-1 e intentamos probar el remedio. Él sostuvo la puerta contra el fuselaje y, usando el palo de escoba para elevar la manija, me di cuenta de que podía yo maniobrar para asegurarla como se requería», añadió.

Hacia las 8:00 a.m. del 14 de octubre, el B-29 despegó de la Base Aérea Muroc (ahora Base Edwards) en el desierto de Mojave, al sur de California. A pesar del dolor que sentía, Yeager, de 24 años de edad, tenía un tranquilo optimismo.

Ya había hecho vatios vuelos de prueba en el avión cohete y quería ser el primer hombre en volar a una velocidad supersónica, a unos 1.126 km/h y alrededor de 12.200 m sobre el nivel del mar.

La velocidad de un gavión comparada con la del sonido se conoce como número mach, por el, físico austriaco Ernst Mach (1838-1916). Cuando un avión vuela a la velocidad del sonido se dice que viaja a 1 mach.

A menos que un avión esté diseñado para el vuelo supersónico, las fuertes ráfagas de viento lo golpean al acercarse a 1 mach y lo vuelven inestable; el X-1, con su nariz y sus líneas aerodinámicas, en teoría no sería afectado por ese fenómeno. Sin embargo, la inercia del avión lanzaba al piloto por la cabina con tanta fuerza, que éste corría el riesgo de golpearse y quedar inconsciente. Para protegerse, Yeager llevaba una gorra de cuero encima de su casco de aviador.

Cuando el B-29 se acercaba a 2100 m de altura, Yeager se dirigió al compartimiento de bombas, donde había unas barandillas que descendían junto al X- 1; empujó la escalera de aluminio y se deslizó con los pies por delante en la cabina del X-1.

Allí tuvo que soportar un. frío intenso. 1’Aás tarde relataría: “Tiritando, uno se frota las manos con todo y guantes y se pone la mascarilla de oxígeno. El frío de los centenares de litros de oxígeno líquido que lleve la nave hace que uno se paralice. No hay calefactor ni descongelador; no se puede hacer nada más que apretar las mandíbulas y dejar correr los minutos… es como tratar de trabajar y concentrarse dentro de un congelador.”

Durante los vuelos de prueba la transpiración de Yeager avía formado una capa de escarcha en el parabrisa. Para evitarla el jefe de mecánicos había puesto un revestimiento de champú sobre el vidrio. «Por alguna razón desconocida», dijo Yeager, «funciono como anticongelante y continuamos usándolo incluso después de que el gobierno compro un producto químico especial que costaba 18 dólares la botella.”

Barrera rota De sólo 9.5 m de largo y con una envergadura de 8.5 m, el Bell X-1 piloteado
por el capitán “Chuck Yeager rompió la barrera del sonido a 1126 km/h.

Los dos aviones, todavía uno dentro y del otro, volaban a unos 4.570 m y seguían ascendiendo. A los 6.100 m, el piloto del B-29, el mayor Bob Cárdenas, comenzó la cuenta regresiva; al terminar apretó el botón de apertura y el X-1 quedo libre con una sacudida, cayendo con la nariz hacia arriba.

Cayó aproximadamente 150 metros, mientras Yeager luchaba desesperadamente con los controles. Por fin logró poner la nariz del aparato hacia abajo y entonces encendió los cuatro cohetes; sabia que el combustible podía estallar al. conectar el encendido, pero todo funcionó conforme a lo planeado y el avión comenzó a traquetear y a tragarse una tonelada de combustible por minuto”, según relató.

El X-1 ascendía a una velocidad de 0.88 mach y comenzó a balancearse. Yeager accionó de inmediato el interruptor del estabilizador y el avión se niveló a los 11.000 m de altura. Apagó dos de los cohetes y a los 12.200 m subía a 0.92 mach; de nuevo niveló el aparato, esta vez a 12.800 m. Encendió el cohete número tres e instantáneamente llegó a 0.96 mach… y la velocidad seguía en aumento.

“¡Volamos a velocidad supersónica!”, exclamó. “Y todo estaba tan suave como la piel de un bebé; mi abuela podría sentarse aquí a beber limonada. Yo elevé entonces la nariz del avión para reducir la velocidad. Estaba atónito. Después de toda la ansiedad, romper la barrera del sonido resultó como correr en una pista perfectamente pavimentada.”

Para conservar intacta su carga de 2 00 metros de oxígeno liquido y alcohol, el X-1 iba sujeto en el compartimiento de bombas de un Superfortaleza B-29. Para iniciar su vuelo, el X-l se dejó caer del avión nodriza como si fuera una bomba.

Para eliminar el riesgo de una explosión en el momento de aterrizar el X-1, Yeager dejó escapar el resto del combustible y siete minutos después el avión descendía sin peligro. Yeager había allanado el camino para la exploración espacial.

“Me convertí en héroe ese día”, dijo con orgullo. “Como siempre, los carros de bomberos se abalanzaron hacia el lugar donde la nave se detuvo. Y como de costumbre. el jefe de bomberos me llevó de regreso al hangar. Ese cálido sol del desierto era en verdad maravilloso, pero aún me dolían las costillas.”

Explicación Física Sobre Romper La Barrera del Sonido

Fuente Consultada:
Como Funcionan Las Mayoría de las Cosas de Reader`s Digest – Wikipedia – Enciclopedia Encarta – Enciclopedia Consultora

Robert Peary Conquista el Polo Norte Primer Hombre en Llegar al Polo

Robert Peary conquista el Polo Norte
Historia del Primer Hombre en Llegar al Polo Norte

Robert Edwin Peary (Cresson, Pensilvania, 6 de mayo de 1856 – 20 de febrero de 1920) fue un explorador estadounidense que alegó haber sido la primera persona en llegar al Polo Norte, el 6 de abril de 1909, una reivindicación que le supuso grandes honores y prestigio, pero que posteriormente le atrajo muchas críticas y controversias, y hoy es ampliamente puesta en duda. (ver mas abajo la controversia).

Peary llega al polon norte

SÍNTESIS: En setiembre de 1909, el «Peary Arctic Club» recibía un mensaje con la palabra «Sun»‘ (sol). Era el término preestablecido para indicar que el Polo Norte había sido alcanzado. El mensaje había sido enviado por el explorador estadounidense Roberto Peary.

No se tiene la absoluta certeza de que el tenaz expedicionario haya alcanzado exactamente la meta propuesta, pero esto no disminuye el mérito de la hazaña. Hacía muchos años que Peary se preparaba para esta gran empresa.

Había hecho varias tentativas, pero siempre el frío y las enormes dificultades para viajar sobre el casquete polar lo habían obligado a regresar. Sin embargo, Peary nunca se había desanimado, y finalmente su tenacidad logró sobreponerse a los obstáculos naturales.

LA HAZAÑA
La expedición de Peary fue facilitada por la ayuda e los esquimales. Para conquistarse la simpatía de éstos, Peary aprendió a trabajar como ellos, adoptó s métodos de caza y pesca, vivió en sus casas de hielo, y se alimentó y vistió como ellos. Obtenida la amistad y confianza de los esquimales.

Peary reunió unos setenta de ellos, entre hombres, mujeres y niños, y los embarcó junto con 250 perros, trineos y pertrechos, en el buque «Roosevelt». Cuando llegaron al cabo Sheridan, estableció allí el cuartel de invierno, y en enero de 1909 se dirigió con 23 hombres a cabo Columbia, el punto más septentrional de la Tierra de Grant.

El 22 de febrero inició la marcha por la conquista del Polo. El avance sobre el casquete polar se hizo por etapas y por grupos. El primer grupo se detuvo a 85°33′ de latitud, el segundo a 86°33′ y el tercero a 87°47´.

Aún faltaban 250 kilómetros para llegar a la meta. Desde este punto partió el último grupo, mandado directamente por Roberto Peary. Estaba integrado por su criado negro y seis esquimales, con quienes llegó al Polo Norte el 6 de abril de 1909.

La empresa había sido penosa. Los trineos avanzaban día tras día sobre el casquete polar, bajo el gran frío que agotaba las fuerzas de hombres y perros. Cada tanto el avance debía detenerse porque los hielos eran interrumpidos por brazos de mar libre. A principios de marzo la expedición se detuvo por seis días, hasta que el agua se congeló y pudo reanudarse la marcha. Necesitaron todo el mes de marzo y varios días de abril para alcanzar la meta.

Peary había llevado a cabo una hazaña que antes intentaron realizar, sin éxito, numerosos exploradores. Escribió en su diario: «¡El Polo, finalmente! El premio de tres siglos. Mi sueño; mi meta de veinte años. ¡Finalmente mío! Una vez plantada en el hielo la bandera de Estados Unidos, dije a Henson que lanzáramos con los esquimales un triple y estentóreo ¡viva!»

VIDA DE ROBERTO PEARY
Roberto Edwin Peary era oficial de la marina estadounidense. Había nacido en Cresson, Pensilvania, el 6 de mayo de 1856, Y en 1881 fue designado para el cargo de ingeniero naval. En 1886 realizó una primera expedición a Groenlandia, internándose 160 kilómetros en la gran isla y ascendiendo hasta 2.250 metros. En 1891, la Academia de Ciencias de Filadelfia le encargó guiar una nueva expedición hasta la extremidad norte de Groenlandia. En esta expedición, Peary alcanzó en trineo tirado por perros los 82° de latitud.

En 1893 y 1895 organizó dos nuevas expediciones a Groenlandia. En 1897 fundó la «Sociedad Ártica Peary», destinada a alcanzar el Polo. Entre 1898 y 1902 organizó bases en Groenlandia septentrional y en la Tierra de Grant, desde la que realizó expediciones hacia el norte. En 1898, durante la primera expedición, Peary sufrió la congelación de los pies y debió abandonar la tentativa.

Volvió a hacer nuevos intentos en 1900, 1902 y 1905, partiendo ya desde la costa de Groenlandia, ya de la Tierra de Ellesmere (norte de Canadá); pero los hielos al fin lo bloqueaban y obligaban a retroceder. En 1906 dijo haber alcanzado los 87°6′ de latitud, superando las distancias alcanzadas por Nansen en 1896 y el duque de los Abruzos en 1900. Peary tenía 53 años cuando al fin tuvo por cierto haber alcanzado la meta a la cual había dedicado gran parte de su vida, proeza que relató en su libro «El Polo Norte: su descubrimiento en 1909».

De regreso en su patria, Roberto Peary fue recibido con grandes honores, y se le otorgó el grado de almirante.
Ciertamente, eran honores bien merecidos. Premiaban la dedicación de un hombre que había soportado con valor peligros y sufrimientos, para que fuera conocido otro «ángulo» del mundo. Hoy, que el Polo Norte es sobrevolado diariamente por los aviones de varias rutas intercontinentales, merece ser rememorada la hazaña de aquel explorador: ejemplo de tenacidad y de fe. Roberto Peary murió en Washington el 20 de febrero de 1920.

Itinerario del Viaje de Peary

DESCRIPCIÓN DE LA AVENTURA DE PEARY: Casi un mes después de haber iniciado su travesía en el puerto de Nueva York, el vapor Roosevelt seguía rumbo al norte, costeando la parte occidental de Groenlandia.  El comandante, Robert Edwin Peary, entornando los ojos bajo sus pobladas cejas, escudriñaba la costa en busca de señales conocidas.  Frente a él, aquel lo. de agosto de 1908, muy al norte del círculo polar Ártico, avistó el saliente cubierto de nieve del cabo York. (Peary, foto izquierda)

Parecía un lugar desierto, sin vida: sólo acantilados, según Peary, «cercados y custodiados por enormes escuadrones de témpanos flotantes».  No obstante, al pie de los acantilados había un diminuto poblado esquimal.  Al enfilar el Roosevelt a la playa, una partida de cazadores alborozados salió bogando en sus kayaks de piel de foca a recibir el vapor.  «Eres como el sol, pues siempre regresas», dijo uno de ellos a Peary, a manera de saludo.

Era verdad; en los 22 años transcurridos desde su primer viaje a Groenlandia, cuando había resuelto dedicar su vida a la exploración ártica, Peary había vuelto a aquellos parajes helados y desiertos siete veces.  Dos de ellas lo había acompañado su esposa, Josephine, primera mujer que pasó un invierno en el Ártico.  En su segunda expedición, Josephine había dado a luz a su hija, Marie Ahnighito, la «nena de nieve», el primer ser humano blanco nacido en latitudes tan septentrionales.

Al principio, los móviles de Peary habían sido puramente científicos: explorar el interior del casquete helado de Groenlandia y trazar el mapa de las ignotas costas de las islas del remoto norte.  Pero desde su niñez lo habían obsesionado sueños de gloria, y gradualmente sus móviles científicos cedieron ante otro más imperioso: ser el primer hombre que pusiera la planta en el polo Norte.

En su más reciente expedición, hecha entre 1905 y 1906, casi lo había logrado.  Estaba a 174 millas náuticas del polo cuando tuvo que regresar.  Fue lo más cerca que hombre alguno hubiese llegado a aquella meta huidiza.  Pero esto no era un gran consuelo para Peary.  Al comentar posteriormente la expedición, escribió: «Me pareció que la historia de mi vida ya estaba escrita, y que la palabra fracaso se hallaba estampada en ella.»

Pero allí estaba ahora, otra vez en Groenlandia, dispuesto a intentarlo de nuevo.  Se daba cuenta de que sería su última oportunidad de llegar al polo.  A los 52 años de edad ya no era joven, y dos decenios de luchar con los elementos en el Ártico habían hecho estragos en él.  Aunque aún era esbelto y atlético, tenía el rostro curtido y surcado por profundas arrugas.  Empezaba a envanecerle el rojizo cabello.  Sus años en el Ártico se reflejaban incluso en su peculiar modo de andar: en una de las expediciones se le habían congelado los pies, y hubo necesidad de amputarle todos los dedos, menos dos.

Pero su experiencia era mayor que la de cualquier otro explorador del Ártico, y él consideraba la experiencia como el mejor recurso del explorador.  Además, nunca había llegado al remoto norte tan bien preparado para afrontar las dificultades de la exploración polar.  El Roosevelt, que ya tenía en su haber un viaje por el Ártico, se había reacondicionado y era más potente que nunca.  Peary mismo había diseñado el fuerte barco de 56 metros de eslora, no sólo para que soportara la tremenda pre sión de los témpanos flotantes, pues sus muy reforzados costados de madera tenían un espesor de 76.20 cm, sino para abrirse paso diestramente por estrechos corredores, entre las enormes moles de hielo.  Llevaba velas para casos de urgencia, pero la principal fuerza impulsara provenía de sus grandes máquinas de vapor, lo bastante potentes para hacer de la nave un ariete flotante, un rompehielos que pudiera partir la masa congelada.

Su tripulación, la mejor que se hubiese escogido hasta entonces, estaba integrada por varios hombres que ya le habían acompañado en expediciones anteriores, entre ellos, su ayudante, Matthew Henson, explorador de raza negra que le había secundado en casi todas sus proezas en el Ártico en los últimos 18 años.  Además, el conocimiento que tenía Peary de los pobladores de] Ártico le permitiría escoger a los mejores de los que llamaba cariñosamente «mis esquimales», para cuando emprendiera la marcha por el mar congelado hasta el polo.

Después de hacer una breve escala en el cabo Yo para recoger a unas cuantas familias de esquimales perros de tiro, el Roosevelt siguió hacia el norte, e iba deteniéndose aquí y allá para embarcar hombres.  El 18 de agosto el barco iba abarrotado con el equipo completo que habría de pasar el invierno con Peary: 69 seres humanos, de ellos 49 esquimales, y 246 perros.  Peary anotó lacónicamente: «E] Roosevelt, como siempre, iba cargado casi hasta el tope.» Además de la bullente vida humana y de los perros, que no dejaban de ladrar, en las cubiertas estaban amontonadas 300 toneladas de carbón, 70 toneladas de carne de ballena y la carne de unas 50 morsas.  Bajo las cubiertas, entre las provisiones traídas al norte desde la civilización, había 8 toneladas de harina, 5 de azúcar, 15 de pemmican (alimento concentrado y de gran valor energético, hecho de carne seca machacada, mezclada con grasa y condimentos), e incluso media tonelada de tabaco.Los últimos 563 kilómetros de] viaje serían la prueba más ardua para el Roosevelt.  La ruta era por el estrecho canal que pasa entre Groenlandia y la isla Ellesmere.  Y el canal estaba casi bloqueado por altas planchas de hielo de hasta 30 metros de espesor.  A pesar del hielo y del «infame» tiempo, a principios de septiembre el Roosevelt se había abierto paso hasta el cabo Sheridan, a la entrada del canal.  Había establecido una marca, pues era la latitud más septentrional a que había llegado un barco impulsado por su propia máquina.

A medida que cerraba la larga noche ártica, los hombres de Peary empezaron a observar su régimen invernal.  Una necesidad primordial era cazar osos polares y carneros almizcleños para completar las provisiones: Peary era partidario de vivir lo más posible de la tierra en que se estuviera.

Siempre que la luna llena iluminaba el paisaje con débil resplandor, los trineos llevaban provisiones al cabo Columbia, a 144 kilómetros de distancia, en las costas más septentrionales de la isla Ellesmero.  Aquél iba a ser el punto de partida del asalto final de Peary al polo.

Mientras, las mujeres esquimales se ganaban el pan cosiendo ropa para los hombres: camisas de piel de cervato, parkas (especie de abrigos de gamuza forrados de piel de zorro), medias de piel de liebre, pantalones holgados de piel de oso, botas de piel de foca y guantes de diversas pieles.  De mucho abrigo y a prueba de viento, las pieles de animales eran en opinión de Peary la mejor ropa de trabajo para el Ártico, como lo demostraba ampliamente el uso que los esquimales hacían de ellas desde tiempos inmemoriales.

Peary pensaba también que los trineos tirados por perros constituían el único medio eficaz de transporte en el hielo del Ártico.  Sus efectivos iban a ser llevados así a una distancia de más de 660 kilómetros por el mar congelado, desde el cabo Columbia hasta el polo Norte.

Todo estaba dispuesto a fines de febrero.  Si bien el Sol estaba aún bajo el horizonte, el cielo resplandecía 12 horas diarias, con un brillo pálido, lo suficiente para viajar.  Los hombres se reunieron en el pequeño grupo de iglús en cabo Columbia, cargaron sus trineos y se dis pusieron a emprender la marcha rumbo al norte.La «partida nórdica» de Peary constaba de 24 hombres, 19 trineos y 133 perros.  Los dividió en seis grupos, cada uno encabezado por un norteamericano con tres ayudantes esquimales.  El «grupo pionero» llevaría un día de ventaja, e iría abriendo camino.  Seguiría un segundo grupo, el cual dejaría de trecho en trecho parte de las provisiones.  Los otros cuatro grupos formaban el grueso de la expedición y Peary iba en la retaguardia, donde podía vigilarlo todo y al mismo tiempo ahorrar energías para el esfuerzo final hacia el polo.

Los grupos pionero y de provisiones partieron de cabo Columbia el 28 de febrero de 1909, y el 10 de marzo, los grupos restantes salieron sucesivamente a la congelada superficie del océano Ártico.

Aun con el camino despejado por el grupo pionero, cuyos integrantes habían allanado las mayores irregularidades del terreno a golpes de zapapico, la marcha resultó muy penosa.  Desde el principio empezaron a romperse los trineos, que además se volcaban con frecuencia al chocar con hielo erizado de asperezas, oculto bajo la capa de nieve.  Matthew Henson, que iba al frente del grupo principal, describe así las penalidades que sufrió aquel primer día al componer su trineo roto: «Viento y frío.  Deshacer las ataduras; descargar; sacar el berbiquí con sus brocas y hacer nuevos agujeros sin apresurarse, pues, con este frío, hay peligro de que se rompan las barrenas de acero.  Luego, con las manos desnudas, hay que introducir la correa de piel de foca por el agujero.  Los dedos se congelan.  Se interrumpe el trabajo, se meten las manos bajo las axilas, y cuando se experimenta una sensación de quemadura se sabe que la mano se ha descongelado.  Luego se reanuda la tarea.»

Aunque el grupo principal avanzó aquel día sólo 16 kilómetros, Peary se sintió contento.  Algunos trineos esquimales, de 2.75 m de longitud, se habían estropeado mucho, y en cambio los de 3.65 a 4 m cuyos modelos había diseñado él, estaban resistiendo bien.  Su mayor longitud permitía distribuir más uniformemente la carga de 250 kilos de estos trineos, con lo cual bajaba el centro de gravedad.  De esta manera, los trineos más largos corrían menos peligro de volcarse en el hielo áspero.

Para pasar la noche, lo primero que hicieron fue construir iglú de bloques de nieve, tarea que hacían cuatro hombres en una hora. (En esto, también recurrió Peary a métodos esquimales.  Llevar tiendas habría significado un suplemento de peso en los trineos, y los iglú resguardaban infinitamente más de] frío y del viento.) Luego alimentaron a los perros, cenaron sus raciones de pemmican, galletas y té, y con la ropa puesta se acurrucaron a dormir en pieles esparcidas en el suelo de los iglú.

El recorrido del segundo día resultó tan difícil como el del primero.  Como Peary solía decir, el océano glacial Ártico «no es una gigantesca pista de patinar de suelo liso, por donde los perros nos arrastran alegremente».  Su helada superficie está en lento pero constante movimiento, empujada por corrientes, impulsada por el viento,

estirada y comprimida por las mareas.  En los lugares donde las planchas de hielo chocan entre sí y se amontonan una sobre otra, la superficie se surca de grietas y de promontorios de presión, hileras de montones de hielo erizado de asperezas que se alzan a veces hasta a 15 metros de altura.  Para franquear estas barreras los hombres tenían que abrir paso y luego empujar y tirar para ayudar a los perros a pasar con los trineos por «lomas y cuestas, tan difíciles de cruzar que el esfuerzo parecía arrancarle a uno los músculos de los hombros».

Lo peor de todo eran los pasadizos de agua libre, largos y peligrosos estrechos producidos por los vientos y las mareas, que habían roto y separado el hielo.  Podían formarse en cualquier momento, en cualquier lugar, v sin que hubiese ninguna señal previa, incluso en el suelo de un iglú mientras se dormía.  A veces era posible vadear un estrecho angosto utilizando como puentes los largos trineos de Peary; en otras ocasiones se cortaban con hacha planchas de hielo y se empleaban como balsas.  Pero en los estrechos muy anchos lo único que podía hacerse era esperar a que los vientos y las marcas juntaran los, dos bordes, o a que el agua se helara lo bastante para soportar el peso de los trineos.  Peary llamaba a estos pasadizos de agua libre «la persistente pesadilla de los viajeros de] Ártico».  Tenía siempre presente que podían separar unos de otros a los expedicionarios causando largas demoras, o, peor aún, extraviar a un grupo en su regreso a tierra.

Peary tenía sobrados motivos para preocuparse; casi al terminar el segundo día de su marcha, advirtió al frente «una nube oscura y siniestra».  Tales nubes eran signos seguros de pasadizos de agua, pues la superficie de ésta, al evaporarse, se condensa en el aire helado.

Peary dio orden de acampar y, con una sensación de gran alivio, despertó a la mañana siguiente al oír el rugido de los dos lados de la brecha que encajaban el uno en el otro.  Toda la partida desayunó apresuradamente y se precipitó al otro lado, utilizando témpanos como balsas o saltando de uno a otro cuando eran pequeños.

Al continuar la marcha hacia el norte, aquel día, los hombres se alegraron mucho al ver «una llamarada amarilla» que iluminaba el cielo por el sur.  El Sol empezaba a asomarse por encima de] horizonte.  A los pocos días volvería a ser visible, y la larga noche ártica terminaría.

Poco duró la alegría.  Aunque al día siguiente les favoreció encontrar hielo relativamente liso -Henson lo consideró «el mejor hielo marino que he encontrado para viajar»-, Peary veía preocupado una ancha banda de nubes que se extendía por el horizonte.  Poco después, cuando estaban a unos 70 kilómetros al norte de cabo Columbia, les salió al encuentro un pasadizo de agua de 400 metros de anchura que se extendía indefinidamente de este a oeste.  Y allí, en el hielo, esperándolos, estaba Bob Barlett, capitán del Roosevelt, junto con el resto del grupo pionero, que no había podido continuar.

Si bien las brechas o pasadizos de agua eran cosa común en el Ártico, Peary llamó a aquella tremenda zanja en el hielo «la gran brecha».  Había encontrado una semejante a aquélla tres años antes, y era el obstáculo que más temía.  Peary comenta disgustado: «Un espectáculo conocido pero fastidioso. . . La gran extensión de hielo blanco estaba cortada por un río de agua negra como la tinta, que despedía densas nubes de vapor reunidas en un tenebroso dosel.»

Día tras día, la partida esperaba que la brecha se cerrara o se congelara.  El Sol se alzaba brevemente en el horizonte cada día, pero no lograba levantar los ánimos.  Peary se lamenta: «Estamos reducidos a una intolerable inactividad, y la ancha franja de agua negra sigue ante nosotros.» Fastidiado y frustrado, iba y venía al borde del agua, cavilando en el incierto futuro.

Otro factor de preocupación para el jefe de la expedición era que escaseaba el combustible para las cocinas de la partida; muchas latas se habían agujereado al volcarse los trineos, y su contenido había mermado peligrosamente.  Peary había enviado a una partida y luego a otra a cabo Columbia en busca de más combustible, y para entonces ya deberían haber regresado.  Pero no había ninguna señal de aquellos hombres, y, desesperado, empezó a calcular hasta dónde podría avanzar si se viera obligado a quemar los trineos para utilizarlos como leña.

Lo que ignoraba era que ambas partidas, cargadas con gran cantidad de combustible, habían tenido que detenerse ante otra brecha, a varios kilómetros de allí.

Y había otros problemas; Matt Henson comenta: «La gran brecha, al parecer, tampoco es del gusto de los esquimales.» Se reunían en grupos y, preocupados, murmuraban entre sí o se quejaban de enfermedades imaginarias.  Exasperado, Peary optó por hacer que regresaran a la base dos de los peores hombres de la expedición, con órdenes de abandonarla inmediatamente.

Por último, tras perder siete días de un tiempo excepcionalmente bueno, la gran brecha se heló.  Con combustible o sin él, Peary ya no podía perder más tiempo.  La mañana del 11 de marzo, a hora temprana, ordenó a la expedición cruzar la delgada capa de hielo recién formado, esperando que soportara el peso y que los grupos de aprovisionamiento los alcanzaran pronto, cosa que, en efecto, sucedió tres días después.

Entonces Peary condujo a sus hombres rumbo al norte tan rápidamente como le fue posible.  Siguieron avanzando entre hielo áspero y promontorios de presión, cruzaron brechas sobre hielo recién formado, tan delgado que se combaba bajo el peso de los trineos.  En una ocasión, al intentar cruzar una brecha, un equipo completo de perros cayó al agua y casi hundió el trinco; en otra, se formó una brecha en medio de un campamento, con lo cual la mitad de la partida quedó brevemente separada en un témpano flotante.  No obstante, la expedición logró avanzar a razón de 16, 24 y 32 kilómetros por día.

Fue entonces cuando Peary empezó a hacer regresar a los grupos de apoyo a cabo Columbia, con lo que se inició el proceso de eliminación de los hombres y de los perros más débiles hasta que le quedaron los que el jefe de la expedición juzgaba más aptos para el asalto final al polo.  Explicaría posteriormente: «Mi teoría era hacer trabajar a los grupos de apoyo hasta el límite, para conservar fresco al grupo principal.» Además, los grupos que iban regresando conservaban abierto el camino, de manera que la partida que llegara al polo pudiese volver a tierra lo más pronto posible.

Así pues, la primera partida de apoyo regresó el 14 de marzo.  Otra emprendió el camino hacia el sur el 15; la tercera, el 20, y la cuarta el 26.  El 28 del mismo mes, el grupo principal, del que aún formaban parte Henson, Bartlett y sus esquimales, sobrepasó la marca de máximo norte que Peary había establecido en 1906, y luego, el 1.1 de abril, Bartiett también se volvió con sus trineos hacia el sur y empezó su regreso a tierra.

El 1.0 de abril, en la latitud 87’47’ N, la partida polar se preparó a dar el asalto final.  Pea.ry, Matt Henson y los esquimales Ootah, Egingwah, Seegloo y Ooqueah se colocaron frente a sus trineos en la entonces luz continua del día ártico, dispuestos a recorrer los últimos 214 kilómetros de hielo y agua y a «abrir la puerta que guardaba el misterio del Ártico».  Con cinco trineos y 40 perros se prepararon a salir, con Peary al frente por primera vez.

Tenían que recorrer 40 kilómetros al día en los siguieiiles cinco días.  Con esfuerzos sobre humanos, la selecta partida de hombres y perros logró hacer un promedio de Cerca de 42 kilómetros diarios.  Aunque la luna llena y las consecuentes mareas altas planteaban la constante amenaza de que se abrieran brechas impracticables, encontraron largas extensiones de hielo llano.  Los perros parecían haberse contagiado del buen ánimo de la partida. Algunos, incluso, daban tirones con la cabeza y ladraban alegremente al avanzar».

Pero el viaje polar no resulta fácil nunca.  Heilson únicamente recordaría «las penalidades, la fatiga, el es fuerzo al máximo» de aquellos últimos días, cuando a él y a sus esquimales se les permitía sólo unas cuantas horas de sueño cada vez, y Peary parecía no dormir nunca.  En una ocasión, Heilson casi perece ahogado en una frígida brecha, y el mismo Peary tuvo que soportar muchos chapuzones en las heladas aguas del Ártico.

A las diez de la mañana del 6 de abril de 1909, Peary ordenó a la columna que se detuviera.  Luego, a medio día en punto, tomó la altura del Sol.  Anunció que estaban a 89’57’ de latitud norte.  Por tanto, se hallaban exactamente a 4.82 kilómetros de la cima del mundo.

Peary anotó emocionado: «¡Por fin, el polo!  El premio de tres siglos de esfuerzos.  Mi objetivo, mi meta de los últimos veinte años, ¡míos, al fin.

De hecho, Peary estaba tan agotado que, como confesaría posteriormente, «con el polo realmente a la vista, me sentía exhausto para dar los -últimos pasos; la tensión de todos aquellos días y noches de marchas forzadas, el sueiío insuficiente, el constante peligro y la ansiedad. todo parecía pesar sobre mí en aquel momento.  En realidad me sentía demasiado cansado para dari-ne cuenta de que había logrado el propósito de toda mi vida».

Henson recordó después: «El comandante dio la orden: ‘Clavaremos la bandera de las barras y las estrellas … ¡en el polo Norte!’,y así lo hicimos. . . ¡Otra proeza mundial que se lograba cumplir!»

La bandera era la que la esposa de Peary había hecho para su marido unos años antes.  El explorador la había llevado enrollada a su propio cuerpo en todas sus expediciones al Ártico, e iba dejando pedazos de ella en cada uno de los sucesivos «puntos más al norte» a los que llegaba.  Antes de regresar cortaba una banda diagonal de la bandera y la dejaba en un botella con notas en que hacía la reclamación del polo Norte en nombre de los Estados Unidos de América.

Para confirmar su posición y estar seguro de pasar cerca del polo mismo, pues no existe ninguna señal para marcar ese punto teórico, Peary avanzó rumbo al norte 16 kilómetros, y sus observaciones le indicaron que estaba más allá del polo, y que se dirigía de nuevo al sur.  Reflexionó que era extraño en aquel corto lapso «haber pasado del hemisferio occidental al oriental».  Marchando en línea recta, se había dirigido hacia el norte, y de pronto había pasado por un punto desde el que ya se dirigía hacia el sur, sin haberse desviado de la línea recta.

En las horas que permanecieron los exploradores en el polo Norte, Peary tomó seis series de observaciones del Sol para confirmar su posición. (Peary ya había enviado de regreso al capitán Bartiett, el único, fuera de él, con los conocimientos necesarios ara hacer lecturas independientes de las suyas que corroboraran la posición exacta.) Luego, los exploradores engancharon sus perros y emprendieron el camino de regreso.  «Aunque profundamente consciente de lo que dejaba tras de mí», escribe Peary, «no quise detenerme a despedirme de la meta de mi vida … Una última mirada, y volví el rostro hacia el sur y hacia mi futuro.» construido a lo largo de la ruta, el viaje de regreso fue mucho más rápido que la marcha hacia el norte.  Los exhaustos exploradores salieron del polo el 7 de abril y llegaron a cabo Columbia el 23 del mismo mes.  Unos cuantos días después estaban de nuevo en el Roosevelt.  A mediados de julio, el barco se había abierto paso por los hielos y se dirigía a todo vapor al punto de partida.  El 5 de septiembre de 1909, llegó por fin el Roosevelí a un puesto avanzado de la civilización, y Peary, emocionadísimo, envió el mundo su electrizante noticia: «Las barras y las estrellas ondean en el polo Norte.»

Controversia con el Dr. CookAmpliar Este Tema

El Doctor Cook y su enconada controversia con Peary, sobre quien llegó primero al Polo Norte.
Tras de llegar al polo Norte el 6 de abril de 1909, Robert Peary partió a toda carrera hacia el sur, hasta la más cercana estación de telégrafos, situada a 2400 kilómetros de allí, en el Labrador, para dar la noticia de que había clavado la bandera cae las barras y las estrellas en la cima del mundo. No sabía que un tal Frederick Cook había proclamado ser el primero en llegar al polo Norte un año antes, el 21 de abril de 1908, y había anunciado su conquista sólo cinco días antes que Peary. Con dos esquimales, tinos cuantos perros samoyedos, en canoa y un trinco, Cook declaró que había tardado un año en llegar a la oficina de telégrafos.

La noticia de Peary llegó más rápidamente a la oficina telegráfica del Labrador porque había organizado a 24 hombres en relevos por el casquete polar y su barco, el Roosevelt, lo esperaba frente n, la costa de la isla Ellesmere. Al, enterarse Peary de la reivindicación de Cook, trató enconadamente de invalidarla. Con ello se suscitó una polémica mundial -que recuerda una tarjeta postal de la época, y que hasta la fecha no se ha dirimido. La información no es concluyente: nadie sabe a ciencia cierta cuál de los dos, si es que alguno, llegó efectivamente al polo Norte primero. Un examinador escéptico de los documentos de ambos exploradores declaró: «Si es verdad, como pretende Peary, que Cook nos ha dado un falso lingote, Peary, por su parte, nos ha dado un diamante de vidrio.»

Frederick Cook, médico de Brooklyn con escasa clientela, fue por primera vez al Ártico acompañando a Peary en 1891, en calidad de médico de a bordo. Luego, en el otoño de 1907, un acaudalado deportista llamado John Bradley pidió a Cook que fuera su guía en una cacería por el Ártico. Cook accedió y, dejando a Bradley frente a la isla de Devon, según relató, emprendió el rápido recorrido de 3200 kilómetros hasta el polo Norte. Posteriormente describió con lujo de detalles la proeza en su libro Como llegué al polo Norte: «Todos nos sentimos en el paraíso de los triunfadores al poner la planta en las nieves de tina meta por la que gustosamente habíamos arriesgado la vida tras sufrir las torturas de un infierno de hielo. El hielo que pisábamos, meta que se habían propuesto desde hacía siglos hombres valientes y heroicos, muchos de los cuales habían sufrido terriblemente y hasta habían encontrado una muerte tremenda, nos parecía casi sagrado. Observé constante y cuidadosamente mis instrumentos hasta registrar este logro final. Cada día registraban que nos acercábamos más a nuestro objetivo.

A cada paso mi corazón latía aceleradamente, con un extraño entusiasmo de conquista,»Por fin pisarnos campos de hielo de luz rutilante, escalamos muros de púrpura y oro y, bajo cielos de azul nítido, con llarneantes nubes de gloria, ¡alcanzarnos nuestro objetivo!»

Peary tenía sus partidarios, pero también Cook, entre ellos algunos con los que Peary se había enemistado en sus expediciones previas. El diario Herald de Nueva York fue el más ferviente aliado de Cook: publicó su relato por 25 000 dólares. El Times estaba en favor de Peary. Mientras que Cook era pobre y siempre necesitaba dinero, Peary era ampliamente conocido y contaba con btienas infltiencias. Uno de los defensores de Cook comentó: «Cool, era un mentiroso y un caballero; Peary, ninguna de las dos cosas.» Aunque Peaty no logró refutar del todo a Cook, éste causó algún daño a la pretensión de Peary.

Cook insistió en que Peary jamás había llegado al polo Norte sino que, creyendo que lo había logrado, había regresado cuando se hallaba a 160 kilómetros de él. La controversia resultó imposible de dirimir, porque ninguno de los dos llevó consigo a un compañero que supiera usar el sextante y confirmara sus lecturas astronómicas.

CRONOLOGÍA DE LAS CONQUISTA DE LOS POLOS

1586 — Primera vez que se usa la palabra pingüino para referirse a un ave del sur, en la tercera navegación del globo, capitaneada por Thomas Cavendish a bordo del Desire. (después de Magallanes y Francis Drake).

1700 — Primer dibujo de un iceberg en el diario del astrónomo inglés Edmond Halley, que viajó como capitán a bordo del Paramore durante dos años. A la vuelta de su viaje, Halley publicó General chart of the variations of the compass, la primera carta de declinaciones y la primera en contener isogramas, líneas que representan valores iguales en un mapa.

1773 — James Cook es el primero en cruzar el Círculo Polar Ártico en su segundo viaje a bordo del Resolution.

1820 — Primeros avistamientos del continente antártico.

1821 — John Davis, marinero del Cecilia, es el primero en poner pie en tierra en la bahía de Hughes, en la Antártida, el 7 de febrero.

1829 — William H.B. Webster es el primer científico en hacer observaciones en la Antártida, el 9 de enero en la isla Decepción, para medir el magnetismo.

1839 — Sydney es el nombre del primer perro conocido en pisar la Antártida, acompañando a la expedición estadounidense de Charles Wilkes. Los primeros perros utilizados para arrastrar trineos en este lugar habrán de esperar a 1900.

1841 — Sir James Clark Ross es el primero en entrar en la bahía de Ross con los barcos Erebus y Terror.

1874 — Primeras fotografías tomadas de los icebergs antárticos por la expedición Challenger, financiada por la Royal Society. • El primer barco de vapor alcanza la costa antártica, un ballenero alemán comandado por Eduard Dallmann.

1902 — Eva es el nombre del primer globo en ascender en la Antártida, perteneciente a la expedición de Robert F. Scott.

1903 — Albert B. Armltage, de la expedición de Scott, es el primer hombre en caminar por la meseta polar. Esta expedición tendrá el honor de asumir numerosos primeros en la Antártida, por ejemplo, la primera cosecha (de mostaza y berros), la primera operación quirúrgica, los primeros fósiles y las primeras películas.

1911 — Roald Amundsen se convierte en el primer hombre en alcanzar el Polo Sur. De nuevo una expedición comandada por Scott lleva al primer fotógrafo y al primer soldado profesionales e Instala la primera línea telefónica entre el cabo Evans y Hut Point. Esta vez serán los segundos en llegar al Polo geográfico y los primeros en sufrir una desastrosa retirada.

1911-1914 — La expedición australiana de Dougl Mawson será la primera en usar radio y un avión que se estrelló antes de despegar y la primera en encontrar un meteorito en la Antártida.

1928-1929 — En 1928,1, expedición de Hubert Wilkins sobrevuela por primera vez el continente, y en 1929, el Floyd Bennett, de la expedición de Richard E. Byrd, sobrevuela por primera vez el Polo Sur.

1933-1935 – El estadounidense Richard E. Byrd, decidido a batir récords en muchas facetas de la Antártida consigue ser el primero en hacer observaciones sísmicas, en introducir una vaca lechera, en emitir un programa de radio y en hacer observaciones de rayos cósmicos. Claro que en aquellos momentos se podía ser el primero en cualquier cosa que se hiciera en la Antártida,

1935 — La noruega Carolina Mikkelsen, esposa de un capitán ballenero de su país, es la primera mujer en poner pie en el continente antártico.

1947 — Primera expedición en incluir mujeres, la Ronne Antarctic Research.

1957 — Primer vuelo comercial a la Antártida. Ruth Kelley y Patt Heppinstall son las primeras azafatas en visitar una base americana en este continente.

1965 — El 10 de diciembre llega al Polo Sur la primera expedición argentina, comandada por el coronel Edgar Leal, después de 66 días luchando para recorrer los 3.000 Km. de distancia a pie.

1993 — Llega al Polo Sur la primera expedición femenina, la American Women’s Antarctic Expedition, después de recorrer 1.100 kilómetros en 67 días con esquís. • La primera expedición formada sólo por mujeres tendrá lugar en el año 2000. Ann Daniels, Caroline Hamilton, Jan McCormac, Pom Oliver, Rosie Stancer y Zoé Hudson ya habían conquistado el Polo Norte en 1997.

 

Lindbergh Cruzó Sin Escalas y Solo el Oceano Atlantico en Avion

Lindbergh: Cruzó sin Escalas y solo el Oceano Atlantico en avión

Chartes Lindbergh era un ingeniero apasionado por los motores y la aviación, pero también un temerario. Nació en Estados Unidos en 1902 y aprendió a volar en el ejército, lo que le permitió ganarse la vida trasladando correspondencia, cubriendo largas distancias con su pequeño avión, un Ryan M-2, un monoplano de un solo motor bautizado Spirit of St Louis.

Al enterarse de que un magnate ofrecía como premio 25.000 dólares a quien lograra cruzar el Atlántico por aire, no dudó en postularse. Despegó desde el aeródromo de Long Island, Nueva York, el 20 de mayo de 1927. Le costó tomar altura debido a los más de 1.000 kilos en combustible que cargaba para llegar hasta Europa.

Voló sin escalas durante 33 horas y 32 minutos. Luchó contra el viento, el frío y el sueño, hasta llegar a Le Bour-get, cerca de París, tras recorrer 5.800 kilómetros y ser recibido por más de 100 mil personas.

Charles Lindbergh (1902-74): En 1903, cuando Charles tenía un año de edad, el único avión existente en el mundo, tenía una autonomía de un minuto.

Cuando cumplió los 25 años, la aviación había alcanzado un grado de desarrollo tal, como para que este entusiasta se fuera en 33 horas de N.York a Paris sin escalas, con su Spirit Of St. Louis.

Todo esto no fue gratis; unos cuantos murieron en este desarrollo, y los intentos por el premio Orteig de 25.000 U$s. (todos con varios tripulantes y motores) habían fracasado, generalmente en forma trágica.

Los rugientes veintes estaban faltos de un héroe, y este vino a llenar el lugar. Veamos como hizo, este solitario que prefirió un solitario motor. A los 21 años, hizo su primer vuelo solo, a los 22 chocó en el aire y bajó en paracaídas, a los 23 no pudo salir de un tirabuzón y volvió a bajar en paracaídas, e inició el correo entre St. Louis y Chicago donde al año siguiente también bajó en paracaídas.

En 1926 y con 2000 hs voladas, no cree que el Atlántico le depare sorpresas; para competir por el premio Orteig solo le falta el avión. Nueve empresarios de St Louis lo patrocinan, encarga un monoplano de ala alta a Ryan Co de San Diego, California y a su diseñador Donald Hall, con quien establece armoniosa sintonía.

El Spirit Of St. Louis se construyó a toda prisa, en mayo, pues otros pilotos como el explorador del Artico, Richardr Byrd, también competían por el premio, sin embargo el único que pensaba cruzalo solo era Lindbergh. El motor, un Whirlwind de 9 cilindros y 220 HP a 1800 rpm; el resto alivianado al máximo para dejar capacidad portante para llevar los 1750 litros =1400 Kg. de nafta mas 100 lt. de aceite necesarios. Se suprime la radio, el sextante, el tapizado, el parabrisas se reemplaza por un tanque de nafta; también se suprime el sistema eléctrico y la pintura.

Toda comodidad, cedió lugar a la aerodinamía y liviandad. Costo de todo el avión: 10.500 dol. Tras las primeras pruebas, vuela sin escalas a St Louis calibrando el consumo, y luego a NewYork.

Con muy poco preámbulo, con el primer pronóstico meteorológico aceptable, el 20 de mayo sale desde la pista de césped de 1500 m de Roosevelt Field hacia París, y después de 33 horas y media, aterriza en Le Bourget. Durante todo el viaje estuvo luchando para no dormirse , la borrasca, la niebla, y la inestabilidad del avión  dificultaron aun más su tarea, muchos pensaron que estaba loco, pero cuando llegó fue recibido por una multitud entusiasta de 100000 personas.

Los coleccionanistas casi le destrozan su Spirit. La velocidad media, fue de 173 km/h. Las consecuencias de este vuelo, son tremendas. Se transforma en el ídolo mundial Lucky Lindy, cosa que a él poco parece importarle.

A partir de este momento aparece un antes y un después; la aviación comienza a ser tomada en serio como un medio de transporte de personas; en los próximos tres años nacerán las principales aerolíneas del mundo y recién entonces los pasajeros descubren que el avión de transporte existe.

Se desarrolla mucha tecnología que se intercambia, especialmente con la industria automotriz. Lucky Líndy quedará como máximo referente de la aviación por el resto de su vida.

Cuando Nixon y el Congreso de EE.UU. debieron decidir en 1970 si aportaban dinero para el SS116 consultaron a Lindy y éste respondió que no se debía gastar dinero de los contribuyentes en una actividad no rentable; el tiempo le daría la razón.

Tuvo ideas políticas cuestionables y fue influenciado por Alexis Carrel sobre la superioridad del hombre blanco.

Nota: La hazaña de Lindbergh no fue solo cruzar el océano sin escalas, sino que lo hizo solo, la audaz tentativa captó la atención mundial, pero en realidad Lindbergh no fue el primer aviador en realizar un vuelo transatlántico sin escalas. John Alcock y Arthur Whitten Brown, dos aviadores británicos, lograron volar desde Lesters Field, cerca de Saint Johns, Nueva Escocia a Clifden, Irlanda del 14 al 15 de junio de 1919 en su avión Vickers Vimy IV (un bombardero modificado). Por haber logrado este vuelo, Alcock y Brown ganaron el premio de 10.000 libras esterlinas del periódico londinense Daily Mail, recibiendo el premio de manos del mismo Winston Churchill. Se encuentra una estatua de Alcock y Brown en el aeropuerto de Heathrow, cerca de Londres, Inglaterra en honor al primer vuelo trasatlántico.

PARA SABER MAS… Charles A. Lindbergh no fue el primero que cruzó el Atlántico en aeroplano ni el primero que realizó una travesía sin escalas. (Ambas proezas ya se habían realizado en 1919). No obstante, fue el primero que lo cruzó solo. La audaz tentativa captó la atención mundial hasta un nivel sólo comparable a la firma del armisticio.

El 20 de mayo de 1927, Lindbergh despegó de Roosevelt Field en Long Island (Estados Unidos) a las 7.54. Cuando aterrizó en el aeródromo Le Bourget de París 33 horas y media después, lo esperaba una multitud entusiasta de cien mil personas.

Los coleccionistas casi destrozan su avión, el Spirit of St. Louis. En junio, cuatro millones de neoyorquinos le dieron la bienvenida con un desfile. La prensa lo trató como a un nuevo Colón, unaimagen equivalente a su ambición. Lindbergh quería una nueva Era: la del vuelo transoceánico.

Empezó a pensar en la idea cuando hacía rutas aéreas postales entre St. Louis y Chicago. Más tarde escribió: «¡Imagínate ser capaz de poder sobrevolar la tierra a voluntad, aterrizando en este o en aquel hemisferio!».

Cuando leyó que un hotelero neoyorquino oriundo de Francia ofrecía un premio de 25.000 dólares por un vuelo sin escalas entre su ciudad de adopción y París, Lindbergh se propuso ganarlo. Tras conseguir el apoyo financiero de unos hombres de negocios de St. Louis, empezó a buscar a un fabricante que construyera un aeroplano según sus indicaciones. Muchos se negaron pensando que estaba loco. Finalmente, una compañía californiana, la Ryan Airlines, aceptó.

El Spirit of St. Louis se construyó a toda prisa: en mayo, otros pilotos, como el explorador del Ártico Richard E. Byrd, también competían por el premio. Sin embargo, el único que planeaba un vuelo solitario era Lindbergh y la prensa se concentró en él. La víspera de su viaje histórico no pudo dormir, cuando inició su travesía de 5.782 km ya estaba agotado y durante todo el vuelo estuvo luchando para permanecer despierto. La borrasca, la niebla y la inestabilidad del aeroplano dificultaron aún más su tarea.

Lindbergh se convirtió en un héroe internacional y promovió los viajes aéreos comerciales ante reyes, financistas y todo el que lo escuchara. Realizó vuelos de reconocimiento con su mujer, Anne Morrow, y estableció rutas que todavía se utilizan. En 1935, la Pan Am inauguró el servicio de pasajeros a través del Atlántico, y el sueño de Lindbergh se hizo realidad. 

Ver: Secuetro del Hijo de Lindbergh

OTRA HAZAÑA….

Howard Hughes, productor de cine, fabricante de aviones y multimillonario, también estableció un récord como piloto. Hughes cerró la época de los aviadores heroicos el 14 de julio de 1938, cuando aterrizó con su bimotor Lockheed en el campo Floyd Bennett de NuevaYork tras dar la vuelta al mundo en tres días, 19 horas y 17 minutos, la mitad del tiempo que había empleado Wiley Post en su viaje solitario de 1933. Más tarde, Hughes aclaró: «Cualquier piloto aéreo comercial hubiera podido hacer lo mismo». Hughes aprovechó las experiencias de sus predecesores y sus fondos ilimitados. Su Lockheec 14 estaba equipado con los instrumentos de navegación más modernos: estuvo en contacto permanente con emisoras de radio en tierra y en barcos.