Guerra en Chechenia

Guerra en Chechenia Putin Rusia Conflicto Chechenos Paz

CONFLICTO EN CHECHENIA:

conflicto en rusia putinChechenia declaró su independencia en noviembre de 1991, pero Boris Yeltsin esperó hasta 1994 para enviar tropas y restaurar la autoridad de Moscú. En Chechenia hay decenas de miles de soldados rusos. La primera guerra en la república separatista terminó en 1996, con una derrota humillante del ejército ruso.

En octubre de 1999, el primer ministro ruso Vladimir Putin reanudó la ofensiva, lanzando una «operación antiterrorista», luego de que se produjeran varios atentados en Moscú que el futuro presidente atribuyó a loschechenos.

La guerra de Chechenia: Chechenia, una región separatista  situada al norte del Cáucaso y habitada por grupos musulmanes, fue sometida en la época de los zares e incorporada en el Imperio Ruso en el siglo XIX.

Después de la Revolución rusa, Chechenia declaró la independencia, pero ésta fue reprimida. La resistencia de los chechenos continuó en la época de Stalin, que decidió deportar a todo este pueblo a Kazakístán (hoy república independiente), manteniéndolos en el exilio hasta su muerte, a mediados de la década del ‘50.

Con la disolución de la URSS, Chechenia se levantó otra vez, y los guerrilleros chechenos derrotaron en 1996 al ejército ruso, logrando la independencia de Jacto, pero fueron nuevamente sometidos. Chechenia contó con el apoyo de Turquía y Jordania, y el conflicto es comparable al de los bosnios y kosovares de Yugoslavia, es decir, el de minorías étnicas que reivindican su autonomía. Paradójicamente, los estados multiétnicos o multiculturales ya no son viables en el mundo global; por esta razón, se desmembraron la URSS y Yugoslavia.

A principios del siglo XXI, esta guerra continúa en medio de la indiferencia del planeta: con menos de un millón de habitantes, se anuncia la muerte de entre 100.000 y 300.000 personas. Grozny, la capital de Chechenia, que tiene 400.000 habitantes, está reducida a polvo. Con las palabras del filósofo francés André Glucksrnann, Grozny es Guernica (la destruida ciudad española de la Guerra Civil inmortalizada por Picasso) a la décima potencia, y el drama de Chechenia tiene la estatura de genocidio.

Sin sensibilidad por tanta gente inocente muerta, el presidente norteamericano Bush felicitó al líder soviético Putin por su “victoria” frente a los terroristas chechenos que tomaron un teatro en Moscú.

Aslan Maskhadov fue elegido como presidente en 1997. Los rebeldes buscan la independencia de la república o por lo menos un autogobierno. Estuvieron muy cerca de conseguirlo, luego de su victoria en 1996. Con el retiro de las tropas rusas, los chechenos eligieron su propio presidente en enero de 1997, Aslan Maskhadov, un ex oficial de artillería que se convirtió en el principal comandante rebelde durante la guerra.

En el marco de las negociaciones de paz entre Grozni y Moscú, se decidió postergar por cinco años el establecimiento de un estatus político definitivo para la región. Pero Maskhadov no pudo mantener bajo control a sus comandantes más radicales y la nueva república cayó en la anarquía.

Con la muerte de Kadyrov, el gobierno de Moscú -que no parecía demasiado dispuesto a sentarse a la mesa del diálogo- ha perdido a su principal aliado en la república. El presidente Putin ha prometido «una retribución de la que no podrán escapar» los autores del atentado, pero eso, como muestra el creciente número de ataques suicidas, tampoco conllevará a la paz en la región. Putin designó al primer ministro de Chechenia, Serguéi Abramov, como presidente interino y apareció el domingo ante la prensa junto al hijo más joven de Kadyrov, Ramzan.

Fuente Consultada: Historia Mundial Contemporánea y BBC Mundo.com

Historia del Conflicto Irlandes Independencia de Irlanda

HISTORIA DEL CONFLICTO IRLANDÉS

mapa irlandaEl conflicto Irlandés es uno de los entuertos más bravos e intrincado de la historia humana, el cual desató una ola de violencia asombrosa y muy pocas veces vista.

Este conflicto, viejo de siete siglos, tal vez no esté solucionado por siempre jamás, pero últimamente ha entrado en una etapa que nadie, en su sano juicio, hubiera anticipado.

Para entender la ruptura que representa, en la actualidad, este gobierno de Paisley-Mc Guinessess, hay que entrar en el campo minado que es la historia irlandesa, esa que el refrán define como algo que “los ingleses deberían recordar y los irlandeses olvidar”.

El cuento empieza en la Edad Media, cuando el ir y venir de invasiones mutuas comienza a tener una identidad inglesa. Para los tiempos de Isabel I, Irlanda ya era un “problema”: los ingleses se sostenían a espadazos en la costa, negociaban y reprimían, hacían la guerra y comerciaban con esas “bandas” incomprensibles de irlandeses.

Pero ya quedaba claro que la gran ventaja inglesa, la temprana organización de un gobierno estable y centralizado, hacía una cuestión de tiempo ganarse la isla. Irlanda, que hace un milenio era un oasis de conocimiento y artes en una Europa barbarizada, nunca pudo unificarse ni muchos menos crear algo como un Estado. Londres sabía que así como ya se había tragado a Gales y estaba erosionando a Escocia, Irlanda sería suya.

El problema de ocupar países fragmentados políticamente (como a Estados Unidos le paso hoy en Irak) es que no saben cuándo rendirse. La historia de los ingleses en Irlanda nunca llegó a ser una de “absorción” ni de “integración”, como lograron hacerlo en la isla mayor, donde los escoceses y galeses se transformaron más o menos en británicos (con vueltas y autonomías, pero en serio).

Los irlandeses siempre fueron irlandeses, de lealtad dudosa a la corona, y maníacos del catolicismo, transformado en seña de identidad nacional.

Enrique VIII (imagen derecha), el de las muchas esposas, comenzó una política de reemplazo de población y de cero de tolerancia a las rebeliones, continuada por el republicano Cromwell y por los Carlos, medios bobos pero dispuestos a derramar sangre. Este proceso de ocupación terminó con un curioso nombre, “Plantación”, y fue aun más cruel.

Las tierras se ocupaban con ingleses y escoceses de toda laya y condición social, pero protestantes, y los antiguos dueños morían, emigraban o pasaban a ser peonada. Así nació el exilio irlandés, que solo cesó en 1998. El experimento alcanzó su mayor éxito en algunos condados del Norte, donde los que se consideraban británicos llegaron a ser mayoría y donde con el tiempo se radicó la mayoría de las industrias.

El resto del país vivió de crisis en crisis, de rebelión en rebelión, y acabó gobernado directamente desde Londres, como una colonia, al perder su Parlamento propio. La inmovilidad política hizo que tomara siglos algo tan simple como darles el voto a los católicos, la inmensa mayoría del país.

A mediados del siglo XIX, Irlanda estaba superpoblada (cinco millones de habitantes en una isla del tamaño de Entre Ríos) en un equilibrio inestable, quebrada políticamente y siempre al borde de la catástrofe social.

Fue entonces que un hongo destruyó casi completamente la cosecha de papas del país. Fue el comienzo de la”Gran Hambruna”. A un siglo y medio de distancia, resulta difícil entender por qué un país entero sufrió una catástrofe indecible por perder una cosecha de un producto.

La respuesta es que la papa era, literalmente, lo único que comían los campesinos que vivían en una economía donde lograban alquilar un terreno de veinte por veinte metros para cultivar sus papas y donde el único dinero que se veía era por la venta anual de un chancho. De hecho, del único chancho de la familia. Perder las papas fue perder todo. Murió un millón y medio de personas. Otro millón y medio se fue del país, principalmente a Estado Unidos, pero también a Inglaterra, Australia, Argentina y reinos lejanos del Imperio Británico. Irlanda volvió a tener cinco millones de habitantes recién a fines del siglo XX.

Para 1900, la situación era insostenible y la presión política imponía como mínimo que la isla pasara a ser un dominio, como Canadá, con gobierno autónomo. Los “protestantes” (etiqueta inexacta para los irlandeses que se sentían realmente británicos, aunque no todos fueran protestantes) bloquearon sistemáticamente cada una de las leyes, iniciativas y pedidos de autonomía de la isla. Por Londres ya se había aceptado la realidad cuando, en 1914, comenzó la Primera Guerra Mundial y todo fue al todavía no inventado freezer.

Dos años después, en plena guerra y con cientos de miles de irlandeses sirviendo en las trincheras con los uniformes del rey, los nacionalistas irlandeses se alzaron en armas en Dublín. Duraron una semana, pero estrenaron la bandera tricolor, se inmolaron en una batalla perdida de antemano y proclamaron la República, “en nombre de Dios y de las generaciones muertas”.

Eran una mezcla rara de poetas, estudiosos del idioma irlandés, sindicalistas fierreros, nobles y proletarios, casi todos pero no todos católicos. El ejercito británico los capturó, los juzgó como traidores a la patria en tiempos de guerra y comenzó a fusilar a los líderes. Grave error: Irlanda ama a sus mártires y aunque la abrumadora mayoría del pueblo estaba verde de bronca con los rebeldes, a todo el mundo le cayó torcido que los ingleses los fusilaran. Fue entonces que nació una belleza terrible.

En 1919, ya ganada la guerra, hubo elecciones y los rebeldes, bajo la bandera del partido “Sinn Fein”, ganaron barriendo a todos los partidos tradicionales , más “políticos”. En lugar de tomar sus bancas en Londres, se reunieron en Dublín, se proclamaron como el gobierno legítimo de la República de Irlanda y ordenaron a su brazo armado, el IRA (Ejército Revolucionario de Irlanda) que comenzara el combate contra el ocupante. Como contaban con un inesperado genio militar en el Ministro Collins y como lograron unificar de una vez la fragmentada opinión pública, ganaron la batalla.

Por supuesto que no ganaron militarmente, ya que Gran Bretaña era todavía la mayor potencia del mundo. Lo que lograron los rebeldes fue enfrentar a Londres con la opción de ceder o reprimir en serio, con medio millón de soldados tratando de aplastar una resistencia dispuesta a todo.

El gobierno británico cedió, negoció que Irlanda fuera un Estado Libre (ni República, ni Provincia, ni Dominio) y se cobró la libra de carne: los condados del Norte con mayoría protestantes seguirían siendo ingleses: los irlandeses votaron en un plebiscito tragarse la imposición y así nació esa entidad tan rara, Ulster, o más exactamente, Irlanda del Norte. Al Sur, en el flamante Estado, hubo una feroz y breve guerra civil. Al Norte, en la nueva colonia, se instauró un apartheid de los duros. Mal que mal, hubo paz.

La sigla IRA pasó a ser un sello de duros nostálgicos, vistos como desubicados en un país que se encerró en la pobreza, la censura, el catolicismo preconciliar y la política chica, con la emigración como válvula de escape y la literatura como único destello de originalidad. El espíritu “feiniano” parecía más vivo en los pubs de Boston que en el viejo país.

Así por medio siglo, hasta que en mayo de 1966 dos protestantes bastante pasados de copas le tiraron una molotov a la tienda de un católico en Belfast. Como estaban bebidos no le acertaron al edifico y la bomba entró por la ventana de la casa vecina, donde vivía una anciana protestante que no podía subir las escaleras y siempre dormía en su diminuto living. La bomba le cayó encima, la señora ardió y gritó. Así con “victimas” y “victimarios” protestantes, comenzaron los “problemas”, el eufemismo con lo que se podría nombrar a cuarenta años de guerrilla, contrainsurgencia, represión y asesinatos colectivos.

Después del Domino Sangriento (Enero de 1972) (Sunday Bloody Sunday, como dice la famosa canción de U2), resucitaron de sus cenizas tanto al IRA, la guerrilla más antigua del mundo, como los paramilitares protestantes. Este baño de sangre solo iba a parar en este otro “mundo” en que vive Europa ahora, el “mundo” de la Unión Europea, cuando el muro de Berlín es un recuerdo y los fierros, una suerte de vergüenza tercermundista.

En 1972, el Ulster ya iba en camino a la violencia y con los frenos seriamente pinchados. La misma provincia era una entidad artificial, ni “pato” ni “gallareta”, producto de una rendición a medias y de un triunfo cortado. Los irlandeses nacionalistas le habían ganado su independencia a los británicos de la mano de Michael Collins y después de siete siglos, pero les había alcanzado para ganarla sólo políticamente: el primer IRA forzó a los ingleses a negociar o a ponerse totalitarios, pero no los venció militarmente. Lo que surgió fue una partición de la isla, autónoma –y después independiente- en todo menos en un rincón del Norte donde los protestantes eran mayoría y amenazaban con su propia guerra si no seguían siendo británicos.

Así, en 1922, Irlanda pasó a tener dos parlamentos, uno en Dublín, nacionalista y republicano, y otro en Belfast, bajo bandera inglesa y con el raro status de ser el único rincón del Reino Unido con autonomía parcial. La entidad tenía problemas de nombre -¿Irlanda del Norte? ¿Ulster?- y ni hablemos de la identidad: todos eran irlandeses, pero no como los otros irlandeses.

El Ulster duró unos cuarenta años más o menos en equilibrio, con un apartheid de hecho donde los católicos, sospechosos de nacionalismo, eran ciudadanos de segunda, sin derecho a ejercer ciertas profesiones y con cuotas para los empleos públicos. Los protestantes la tenían cómoda, ya que su mayoría les permitía ejercer el poder sin sobresaltos. Tanto que por medio siglo gobernó siempre el mismo partido, con la misma mayoría de diputados y sin necesidad de pensar demasiado. Los católicos, a su manera, sostenían el sistema por su notable rigidez ideológica. La única política aceptable para ellos era el nacionalismo entendido como fundamentalismo irredento; la patria irlandesa no aceptaba la misma existencia del Ulster, de sus instituciones y su gobierno: los protestantes eran apenas entreguistas, cipayos de los ingleses, peones en un juego de poder dirigido desde Londres. El resultado era que los nacionalistas que resultaban electos para el Parlamento de Stormont (Ulster) no hacían nada. Pero nada de nada: en medio siglo no lograron ni una ley que ayudara a su grey a tener una mejor vida. Y el otro resultado era que la mayoría de los paisanos protestantes, terminaban como fantasmas: nadie pensaba que realmente podían sentirse británicos, que sinceramente pensaban lo que decían, que no querían ser irlandeses gobernados desde Dublín.

Los protestantes no facilitaban el diálogo, presos de sus propios fantasmas. En Ulster todo católico era sospechoso de ser un rebelde peligroso, un tirabombas, y el fundamentalismo protestante era de una grosería rampante. El inefable reverendo Ian Paisley, ya ganaba fama en los años sesenta con sus sermones sobre la “puta de Babilonia” (por la Iglesia Católica) y sus llamados a la violencia armada contra “esos”. Ulster era un lugar victoriano, conservador, rígido, donde los domingos cerraban los comercios, los cines y los bares para que todo el mundo fuera a su iglesia.

Y aun así, la situación se sostuvo hasta la noche tarde del 7 de mayo de 1966, cuando dos protestantes medio mamados encendieron la mecha. Inflamados por Paisley, tapándose la cara con un impermeable y zigzagueando por un callejón de Belsfast, los dos “comandos” le tiraron una molotov a una licorería cuyo dueño era católico. Pero el exceso de cerveza los traicionó: la bomba cayó en la casa de al lado, rompió la ventana del living y le explotó encima a Matilda Gould, una señora de 77 años, lisiada y protestante, que siempre dormía en la planta baja para no subir las escaleras. Lo que bien puede ser descripto como la segunda guerra civil irlandesa arrancó con los gritos de una abuela quemándose viva.

Los borrachos de impermeable eran militantes de la Fuerza Voluntaria del Ulster, UVF, un pequeño grupo de clase obrera protestante que quería luchar contra la “subversión católica”. El grupo emitió un comunicado detallando que los primeros blancos serían “cuadros conocidos del IRA”, pero el festival de matanzas siguió con un homeless alcohólico y católico, y con un chico de 18 años que volvía tarde de trabajar.

Un problema era que, en 1966 era difícil encontrar alguien del IRA en Belfast. La organización acababa de cumplir medio siglo –había nacido de la unión de varios grupos paramilitares para la rebelión de Pascua de 1916, como ejército de la clandestina República Irlandesa – y era un fantasma anticuado, listo para un cambio generacional y viendo cómo grupos de izquierda influidos por las campañas de derechos civiles de Martin Luther King le ganaban la calle. Estos grupos querían trascender la división protestantes-católicos, pensando que los intereses proletarios son comunes, y querían exponer las injusticias del sistema con marchas y manifestaciones sobre temas como vivienda, salud y trabajo. Tuvieron mucho éxito, gracias a la televisión y a la torpeza del gobierno local, que reprimió con gusto todo lo que se moviera y logró que los problemas del Ulster pasarán a la agenda del Londres.

El gobierno británico, para peor laborista, simplemente le ordenó a Stormont que reformara el sistema. Así, hubo anuncios sobre vivienda, voto, empleo y abolición de las viejas leyes especiales que enfurecieron a los protestantes duros. Los grupos de derechos civiles florecieron como hongos, de izquierda y moderados, en su mayoría católicos pero también ecuménicos, todos tomando las calles de pueblos y ciudades, todos sospechados oficialmente de ser apenas “frentes” del IRA. El frágil equilibrio terminó cuando una amplia marcha católica en Belfast (capital del Ulster) fue atacada por cientos de protestantes armados con ladrillos y palos. Hubo cantidades de heridos, gruñidos desde Londres y varias renuncias de los más duros en el gabinete local. El gobierno cayó y hubo que llamar a elecciones.

El voto de febrero de 1969 creó otro país, que se las arregló para llegar a fines de siglo. Los unionistas moderados (todos protestantes por supuesto) ganaron pero perdieron su mayoría automática, ya que los extremistas les armaron bloque propio. La “nueva izquierda” católica barrió a los viejos nacionalistas, cuyo partido prácticamente dejó se existir. Lo curioso es que, debilitado y todo, el gobierno siguió siendo el mismo, igualmente presionado por Londres y dispuesto a reformar el sistema. Los grupos extremistas protestantes, que iban desde patotas de barrio a células políticas, se unificaron bajo el paraguas del UVF, y las bombas empezaron a explotar por todos lados. Tantas, que el gobierno volvió a caer.

Para el verano, la cosa se le estaba yendo de las manos a todo el mundo. El verano es la época más cruel en el Ulster, ya que los protestantes festejan sus viejos triunfos del siglo XVII contra la nobleza católica con marchas provocativas, que por alguna razón siempre pasan por los barrios católicos. En el relativo calor de ese año, comenzaron a llover ladrillos y molotovs sobre los estandartes naranjas de las marchas, que por decenas degeneraron en trifulcas memorables. Los unionistas (protestantes) se encontraron desbordados y la conducción del IRA se desayunó con que los militantes jóvenes de Belfast ya no obedecían las moderadas órdenes de Dublín (capital de la Irlanda católica). La batalla estalló en serio, con muertos, en Derry y Belfast, donde los extremistas protestantes atacaron abiertamente los barrios católicos, protegidos por la policía, y los jóvenes militantes del IRA salieron a la calle a defenderlos con lo que tenían a mano. En agosto, el gobierno capituló y pidió a Londres que enviara al ejército. Las tropas fueron recibidas por los católicos como protectores, con tazas de té y abrazos. Los protestantes comenzaron a armarse en serio. Y el IRA comenzó un debate interno que resonaría en Irlanda por décadas.

Básicamente, la organización de Belfast se cortó sola. Primero, llamó a un congreso a fines de 1969 y por mayoría simple votó aceptar la realidad de Storrmont, asumir que existía Irlanda del Norte. Luego, se dividió cuando los más duros, liderados por Sean Mac Stifan, repudiaron “la entrega”. Los disidentes, entre los que se contaba un joven barman llamado Ferry Adams, no hicieron tiempo de llamar formalmente a un congreso propio, por lo que adoptaron el nombre IRA Provisional. La etiqueta prendió y en los barrios obreros católicos de Belfast comenzaron a aparecer pintadas mostrando un fénix y la consigan, “de las cenizas del ´69 surgieron los provisionales”.

El nuevo IRA era una peligrosa mezcla de dogmatismo republicano –no se negocia, no se participa en política, no se va a elecciones- y de broncas mal digeridas por una vida de opresión. En sus filas andaban veteranos de viejas lides como Billly Mc Kee, fierrero con historia, y pibes indignados como Martin Mc Guinnes. Todos tenían contactos en Nueva York, la ciudad de donde siempre llegaron fondos y armas para la causa, y pronto los arsenales comenzaron a crecer.

Mientras los bandos se armaban y reclutaban, se terminaba el romance con el ejército británico. Las tropas rápidamente se encontraron haciendo trabajo de policías y para junio de 1970 comenzaron los muertos. En los enfrentamientos entre católicos y protestantes, los soldados se ponían al medio, con lo que cobraban de ambos lados, pero más del católico. Para junio, nuevamente verano, los dos IRA –el provisional y el Oficial- comenzaron a atacar al ejército y a defender los barrios católicos. Esta vez no eran palos y piedras, eran armas largas, y las tropas de Su Majestad tuvieron sus primeras bajas en suelo soberano desde la blitzkrieg alemana. El 6 de febrero de 1971, en una emboscada cuidadosamente planeada, Billy Reid, un pibe del Tercer Batallón del IRA Provisional, mató con una ametralladora a Robert Curtiss, soldado raso de veinte años de la Artillería Real. Ese día se cruzó una línea.

Las bajas militares, las decenas de bombas, los muchos asesinatos selectivos, el constante desorden, las batallas callejeras y las huelgas, tanto católicas como protestantes, desbordaron al gobierno y se tragaron al movimiento por los derechos civiles. Para el 9 de agosto de 1971, con el ejército inglés desembarcando diariamente refuerzos, el gobierno decidió “internar” a los provisionales. Ese día, muy de madrugada, se realizaron las primeras razzias en los barrios católicos, con tropas armadas hasta los dientes y con listas de sospechosos a detener sin cargos ni jueces. La operación resultó un una batalla campal y en pocas horas había 15 muertos y 342 detenidos, doce de los cuales fueron prolijamente torturados por una semana en una base de la fuerza Aérea en Ballykelly.

La operación fue un fracaso. Hubo un escándalo en Gran Bretaña por las torturas, el Consejo Militar del IRA dio una conferencia de prensa para mostrar que seguía libre y operando, y la venganza de los provisionales terminó con el saldo de 32 militares ingleses muertos. La espiral de violencia empeoró, con ambos bandos poniendo bombas en bares y locales comerciales, con una alarmante cantidad de niños y hasta bebés muertos. El año horrible de 1971 terminaba con un baño de sangre.

Derry, la segunda ciudad de Ulster llamada Londonberry por los protestantes, se había salvado de lo peor. Menos sectaria que Belfast, los moderados todavía marcaban el tono y a los provisionales les había costado más organizarse. De hecho, recién en agosto de 1971 habían logrado matar a su primer soldado británico. Por eso no llamó la atención que los militantes por los derechos civiles llamaran a una marcha protestando las “internaciones” para el 30 de enero de 1972. Las concentraciones estaban prohibidas, pero el jefe de policía Frank Logan aconsejó autorizar el acto. Por razones que nunca se revelaron Robert Ford, supremo comandante militar británico, ordenó que el ejército frenara la marcha. La decisión había sido tomada al más alto nivel político.

Ese domingo, varios cientos de jóvenes se reunieron en el barrio católico de Bogside para escuchar a los oradores en la “Esquina Libre” de Derry, en el corazón de la zona nacionalista. Todo iba en paz hasta que poco antes de las cuatro de la tarde llegaron diez autos blindados, los notorios “sarracenos”, con “paracaidistas” provocadores. Las tropas bajaron de sus coches, se desplegaron en orden cerrado e inmediatamente balearon a un señor que pasaba por ahí casualmente, John Jonson, que moriría meses después de sus graves heridas. Uno de los “sarracenos” provocadores atropelló a otro hombre y sus conductores se bajaron de un salto, le pusieron los pies encima y lo fusilaron a quemarropa, tirado en el piso.

Esto fue como una señal: las tropas empezaron a disparar con sus armas automáticas para todos lados, desatando un pánico general y ametrallando las casas. La gente comenzó a correr, pero otro regimiento –con el peculiar nombre de Royal Anglicans- había tomado posición atrás y también abrió fuego. Hubo muertos por los francotiradores, hubo muertos por la ráfagas tiradas al voleo y hubo fusilados de rodillas, con las manos en la nuca y frente a testigos. El milagro fue que hubiera solo trece muertos (catorce con el pobre Jonson unos meses después).

La masacre rompió toda posibilidad de que el conflicto del Ulster pudiera ser mediado por Londres, que pasó a ser un actor desorientado, descontrolado y torpe por los siguientes 25 años. Después del Domingo Sangriento (Sunday Bloody Sunday), el ejército británico se encontró como en un Vietnam interminable y de entrecasa, atacado por los provisionales (católicos) y despreciado por “blando” por los protestantes. Lo que era un problema político terminó en una mezcla de guerra de liberación imposible de ganar, conflicto étnico y simple batalla territorial entre bandas. Irlanda del Norte pasó a ser sinónimo de bombas, huelgas de hambre, crueldades y arbitrariedades, famosa por invenciones como el “auto-bomba”, que debutó en las calles de Belfast en la década del setenta.

Para 1995, la situación mundial era otra y pese a las furiosas protestas de Londres, Gerry Adams, notorio líder del frente político del IRA Provisiona y del resucitado partido “Sinn Fein” fue invitado a la Casa Blanca por Bill Clinton en el día de San Patricio. El mismo Adams, que doce años después, es un factor de poder en Belfast y el que piloteo una de las negociaciones de paz más bravas, difíciles y ricas en sabotajes, escisiones y agachadas de la historia humana.

En 1997, a veinticinco años de la inexplicable masacre del Domingo Sangriento, el proceso de paz estaba ganando fuerza y el gobierno de Tony Blair, todavía en ablande, admitía en una nueva investigación que si bien era cierto que algunos manifestantes estaban armados, el ejército había abierto fuego sin provocación. Una comisión llena de lores publicará las conclusiones de cientos de testimonios, y la promesa es que por fin se nombre a los responsables.

En 1998, se firmaba el acuerdo marco que ahora se pone en acción para formar este peculiar gobierno.

La república de Irlanda es hoy uno de los países más prósperos y vitales del mundo, mucho más que su provincia perdida. Toda la isla es parte de la Unión Europea y a nadie le calienta tanto la religión como antaño. Faltaba nada menos, que tener iniciativa política para crear algo que abriera la puertas de un proceso mucho más largo y complicado, el de formar una identidad nueva. Ayudó mucho, el cansancio con la violencia y la evidencia de que las organizaciones armadas de ambos bandos se dedicaban también a la extorsión y el negocio de la “protección”.

Millones de viejas tumbas, protestantes y católicas, se deben estar dando vuelta. Son los abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y ancestros de Irlanda, a los que ahora le llegó la increíble noticia: la provincia “perdida”, el Ulster irredento, pasará a ser gobernado por el reverendo Ian Pasley y por Martin Mc Guinness. En el palacio de Stormont, construido en Belfast para que la colonia fuera regida por protestantes británicos, avalan ahora a el líder de los paramilitares unionistas y un cuadro histórico del IRA. No solo que hablan sino que encabezan un gabinete con tres ex guerrilleros y varios sospechosos de defender, con armas en las manos, la versión local de apartheid. Para decirlo en criollo sería como un gobierno compartido entre un Astiz y un Santucho. De tan surrealista hasta puede dar resultado.

La República de Irlanda prosperó de modo increíble, la Unión Europea es una realidad que deja tribalizados a todos los bandos. Y sobre todo, ya nadie aguanta una vida así, de guerra interminable.

La nueva disidencia fue pensar en la paz. Y ahora Stormont no es más la etiqueta del gobierno opresor sino la sede de un gobierno compartido, problemático, siempre en crisis y atado con alfileres, pero que está llamando a elecciones. En Irlanda del Norte, en resumen, se volvió a hacer política y Blair, se pudo dar el gusto, antes de dejar el poder, de asistir en Belfast, a la restauración de la autonomía de Irlanda del Norte con la formación de un gobierno autónomo entre Unionistas protestantes y Republicanos católicos, acuerdo que tuvo en el primer ministro británico a su principal respaldo.

Profesor Pablo Salvador Fontana

BIBLIOGRAFIA: Hobsbawm, Eric, “El siglo XX”, Crítica.
Kiernan, Sergio, Página 12, ediciones del 4 de febrero de 2007 y 13 de mayo de 2007.

Ver: Grupo Terrorista IRA en Irlanda

Guerra en Medio Oriente Israel-Libano-OLP Guerra seis dias

Guerras en Medio Oriente:Israel,Líbano,OLP

La guerra fría representó un enfrentamiento entre las dos superpotencias vencedoras en 1945: EEUU y la URSS. El tratado de Yalta y Potsdam configuró la repartición de las áreas de influencia correspondientes a cada potencia.

En este sentido, si bien la guerra fría no importó un enfrentamiento armado real dentro de Europa, estas luchas y competencias se trasladaron hacia el Tercer Mundo (Asia, África y América Latina).

Este enfrentamiento se desarrolló desde 1945 hasta 1991, dentro del cual se distinguen diferentes etapas, diferenciadas entre sí por el grado de recrudecimiento de la competencia. De esta manera, la década del 60 inauguró un período de coexistencia pacífica, que establecía un clima de cooperación mundial y de hegemonía compartida.

Este acuerdo se materializó con la visita del presidente ruso Nikita Kruschev (foto) a Estados Unidos, donde se estableció que cada una de las grandes potencias, buscaría consolidar su propio bloque y extenderlo, a través de alianzas, a los países de África, Asia y América Latina.

Así, el Tercer Mundo se convertiría en el teatro de operaciones de ambas superpotencias. Por consiguiente, en estos espacios surgirían los conflictos por el control de las regiones que, por la riqueza de sus recursos naturales o por su ubicación estratégica, se convertirían en los nodos del enfrentamiento entre el comunismo y el capitalismo.

Un claro ejemplo fue el caso de Medio Oriente, que se ha constituido en una zona de peligro tanto para los países que lo conforman, como para las naciones implicadas en los conflictos surgidos por la lucha de intereses por su situación geopolítica y por su riqueza petrolera.

Incluso, EEUU se encargó de consolidar y avivar cualquier tipo de conflictos que surgían en los espacios del Tercer Mundo, así como, después de 1989, en las regiones sometidas al dominio soviético, como Yugoslavia.

Conflicto àrabe-israelí

Un ejemplo claro de la influencia que ejercieron los países centrales sobre el Tercer Mundo es el conflicto permanente entre el mundo árabe y el Estado de Israel. En este enfrentamiento se puede evidenciar cómo las potencias centrales utilizan estos conflictos étnico-religiosos en beneficio propio. Este conflicto surgió después de la Segunda Guerra Mundial.

En este sentido, en el contexto de la descolonización, Gran Bretaña acordó con los árabes palestinos otorgarles la independencia a cambio de su ayuda en el conflicto que entablaba con los turcos. Sin embargo, una vez finalizada la guerra, Gran Bretaña no cumplió con lo acordado, y Palestina quedó sometida al dominio británico. Sumado a ello, esta potencia apoyó la independencia de los judíos de los palestinos, de esta forma surgió aprobado por la ONU, el Estado de Israel. Claramente, Gran Bretaña tenía relaciones estrechas con los judíos, detrás de este apoyo había intereses económicos y políticos.

Así, en 1948 se otorgó a los judíos un territorio dentro de una región marcadamente árabe desde muchos siglos atrás, dividiendo Palestina para constituir Israel. Moshe Dayan expresó que cada ciudad y pueblo israelí tuvo una vez un nombre árabe. Ante esa decisión unilateral, países árabes como Egipto, Irak, Líbano, Siria y Jordania expresaron su desacuerdo. Lo que de alguna manera se materializaba con estos desacuerdos es la dificultad de aglutinar a distintas etnias bajo un sólo patrón cultural.

La creación del estado de Israel produjo un creciente enfrentamiento, donde los distintos países centrales  utilizaron en provecho propio.

Los judíos no habían tenido antes un territorio propio. En 1881, a raíz del asesinato del zar Alejandro II, los judíos establecidos en Rusia enfrentaron serios problemas, por lo que tuvieron que emigrar hacia Estados Unidos y hacia Palestina, donde establecieron buenas relaciones con los árabes de la región. A partir de entonces surgió el sionismo como la aspiración de la construcción de un Estado judío con el apoyo de la comunidad internacional. Se inició la emigración de los judíos con un sustento jurídico.

En un momento se pensó construirlo en Argentina, pero Gran Bretaña, aliada del sionismo, por intereses propios y ante el posible desmembramiento del Imperio Otomano, decidió establecerlo en el territorio de Palestina, que ya estaba habitado por hombres de otra lengua, otra cultura y otra religión. La actitud sionista se inició con la vinculación real de los judíos con la propiedad y el cultivo de la tierra a la que recién habían llegado.

Por lo tanto, empezó la expulsión de los árabes de sus territorios, aunque en la zona judía permaneció una minoría, a la cual se ha discriminado, prohibiéndole el trabajo asalariado, tanto en la agricultura como en la industria, además de no permitirle contar con derechos ni protección jurídica.

Ante el mandato británico y el avance del sionismo, los palestinos organizaron la primera intifada en 1936, consistente en la lucha armada desesperada, en la cual se utilizan incluso piedras contra fuerzas militares superiores buscando hacer respetar sus derechos y la posesión de la tierra que les arrebataron.

Los problemas se agudizaron cuando, en 1948, surgió el Estado de Israel sin fronteras fijas, con todos los privilegios y con una determinante expansión militar. Un año después, más de 700.000 palestinos habían huido o habían sido expulsados de Israel y se refugiaban en campamentos provisionales, que se establecieron en las líneas de armisticio permitidas por la ONU. Entonces se vivieron serios problemas psicológicos y sociales, pues los refugiados eran en su mayoría campesinos que perdieron sus tierras y, con ellas, la base de su existencia. Entre los refugiados palestinos empezó a surgir un movimiento nacional, cuyo objetivo era la creación de un Estado nacional palestino. Ante esa actitud, Israel decidió imponerse por medio de las armas.

En 1949 se creó provisionalmente la Agencia de Socorro y Trabajo de las Naciones Unidas para asistir a los refugiados palestinos, hasta que fueran repatriados o recibieran una compensación. Los campos de refugiados se convirtieron así en centros de nacionalismo y bases de reclutamiento de la Organización para la Liberación Palestina (OLP). Los refugiados viven a lo largo de los caminos o en zonas periféricas en pésimas condiciones no sólo materiales, sino también espirituales, ya que en algunos países no se les otorgan derechos políticos, y se les prohíbe tener propiedades y portar armas, en tanto que a los niños se les educa como refugiados.

Desde 1948 la zona de Gaza ha sido un foco de tensiones entre Egipto e Israel, que ocupó la Franja durante la Guerra de los Seis Días en 1967; además de invadir la península del Sinaí —perteneciente a Egipto , el Golán, territorio sirio y Jerusalén incluyendo a los habitantes árabes. Estalló entonces una guerra de guerrillas para recuperar los territorios. El general Ariel Sharon (foto) trató de reprimir la sublevación y destruyó los campamentos palestinos para terminar con los focos de insurrección. En 1973, Egipto y Siria lanzaron, infructuosamente, un ataque a Israel para recuperar el Sinaí y el Golán. En 1977 se firmó un tratado mediante el cual Israel se comprometió a devolver los territorios ocupados; sin embargo, en 1982 invadió Líbano. En 1987 se produjo otra intifada: piedras, hondas y utensilios de cocina de parte de los palestinos, contra tanques y misiles israelitas.

En 1995 nació el Centro Palestino de Derechos Humanos (CPDH) en Gaza, para proteger los derechos individuales y colectivos de la población palestina, así como para promover el desarrollo de instituciones democráticas en la zona. En el informe que corresponde al año 2000 se refieren las políticas de represión; la violación sistemática de los derechos palestinos por parte de israel; y las acciones militares con fuego abierto, uso de helicópteros de combate, cañones y tanques para atacar zonas residenciales, incluyendo a personal médico y ambulancias. Israel declaró que tales medidas son una respuesta a la intifada iniciada ese año y que persiste hasta nuestros días.

Las fuerzas de ocupación israelí incumplieron los acuerdos internacionales del derecho humanitario; han destruido casas, talleres, fábricas; han atacado ministerios y oficinas de la Autoridad Palestina; y han arrasado miles de hectáreas de tierras agrícolas. Se ha decretado un bloqueo a los territorios ocupados imponiendo restricciones comerciales, y prohibiendo a más de 50,000 palestinos el acceso a sus trabajos en Israel, en tanto que se ha reforzado la presencia mí litar. Además se cerraron os territorios ocupados y se impusieron restricciones a la libertad de movimiento de los palestinos, lo cual ha perjudicado la economía local e impide la adecuada asistencia médica y la utilización de centros educativos. Lo anterior ha llevado a un empobrecimiento masivo, ya que los ingresos familiares cayeron en un 73 por ciento.

Si bien durante el conflicto se han promovido diferentes acuerdos y conversaciones para alcanzar la paz, los grandes intereses de países occidentales y la obstinación ideológica de ambas partes han impedido que fructifíquen. Los israelitas no están dispuestos a ceder los beneficios obtenidos a través de los años, en tanto que los palestinos desean la paz, pero no a cualquier precio, y siguen luchando por la igualdad y la justicia. Se debe tomar en cuenta que Israel y Palestina no están solos. Israel recibe el apoyo de la Unión Europea y Estados Unidos. Este último tiene un especial interés político y económico en la región, por lo cual proporciona a Israel ayuda financiera: le adjudica el 17 por ciento de toda su ayuda exterior y, por medio del programa de Exceso en Artículos de Defensa (EAD), le regala armamento y municiones. Palestina, a la vez, tiene el respaldo de la mayoría de los Estados árabes

Desde que se formó, en 1948, el Estado de Israel hasta la fecha, los problemas continúan y no se perciben las medidas necesarias para resolverlos. El sionismo se ha incrementado con el manejo de los medios de comunicación a favor de Israel, sobre todo en Estados Unidos. Israel (construye muros para evitar el desplazamiento de los palestinos. Casi a diario se puede leer en los periódicos acerca de los entrenamientos de los palestinos armados con hondas y piedras contra tanques  armas de alto poder; así como de los continuos suicidios para hacer estallar bombas en poblaciones israelitas. La percepción mundial del conflicto árabe-israelí indica que ya fue suficiente.

Sin embargo, las conversaciones de paz se han prolongado demasiado y no han mostrado resultados. La gente sigue sufriendo más allá de lo soportable y no se han tomado las estrategias ni los acuerdos razonables, en beneficio de ambas partes, para lograr una paz basada en la justicia social y en la creación de un Estado nacional palestino. Es necesario que se respete a cada quien su propia visión de lo que son y de lo) que quieren ser, para así lograr una coexistencia sin la voluntad de dominio, de la eliminación o del rechazo. La igualdad entre Israel y Palestina debe tener un objetivo humano.

Fuente Consultada: Historia Universal Gomez Navarro-Gragari-Gonzalez-Lopez-Pastoriza-Portuondo

Ataque a Irak por EE.UU. Bush-Sadam Husseim Torres Gemelas Guerra Irak

HISTORIA: ATAQUE A IRAK POR EE.UU.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS: La historia reciente de Irán ha estado marcada en gran medida por la injerencia extranjera. Durante la Segunda Guerra Mundial, la ubicación estratégica de la antigua Persia -centro neurálgico del tránsito petrolero en el golfo Pérsico y puerta de entrada a las repúblicas asiáticas de la URSS- llevaron a Gran Bretaña y la Unión Soviética a interferir en la soberanía del país, temerosas de que éste pudiera caer en la órbita nazi. El sha Reza Mirza fue obligado a abdicar en favor de su hijo Muhammad Reza Pahlevi, más receptivo a los intereses aliados.

A inicios de la década de los 50, el intento del primer ministro Mossadeg de nacionalizar la industria del crudo chocó con los intereses de las grandes compañías petroleras estadounidenses y británicas. Esas veleidades fueron cortadas de raíz por los servicios secretos occidentales, que orquestaron un golpe de Estado contra el gobierno de Mossadeg para restaurar en el trono a Reza Pahlevi, exiliado de Irán durante ese breve período nacionalista (1951-1953).

las guerras en medio orienteHacia finales de la década 1980, Irán había nacionalizado gran parte de su petróleo bajo el gobierno prooccidental de Muhammed Reza Pahlevi (foto), que mantenía nexos con Estados Unidos.

Esto dio lugar a una confusión moral y a la pérdida de la identidad cultural. En 1979 tomó el poder el ayatollah Jomeini y trató de volver a los principios establecidos por el islam, en tanto que se revivieron viejas disputas con Irak, gobernado por Saddam Hussein, quien buscaba retomar el liderazgo de la región apoyado por Arabia Saudita y Kuwait.

En 1980 el ejército iraquí penetró en Irán. Después de años de lucha, el cese al fuego se firmó en 1988.

Ataque a Irak por EEUU: la etapa de las guerras preventivas.

“En lugar de asentar el nuevo orden mundial, como hasta ahora habían hecho las tres administraciones anteriores, sobre las guerras defensivas, las guerras humanitarias y la hegemonía, se pasa de hecho a legitimar las dos proposiciones; la mejor defensa es el ataque y no debemos dejar a nuestros enemigos pegar primero (…) El nuevo orden mundial es el cruce entreradicalismo y tecnología lo que se convierte en un peligro letal que debe ser combatido antes de que ambos se conjuguen.” Bernat Riutort Serra.[1]

[1] Bernat Riutort Serra. Conflictos bélicos y nuevo orden mundial. Icaria. Barcelona. 2004.

Los años noventa han hecho evidentes los nuevos males: los estados gamberros y el terrorismo, que con la ayuda de la tecnología ponen en peligro la seguridad de los EEUU y el mundo entero. De esta manera, Iraq es considerado un estado perverso que los EEUU deben combatir a través de las guerras preventivas. Así es como los EEUU legitimaron los ataques a Iraq, encubriendo los verdaderos objetivos de la guerra desatada contra ese país.

La historia de Iraq demuestra los giros y vaivenes de una lucha permanente que se produce en una zona económica y políticamente crucial después de la crisis de 1973.

En este sentido, el enfrentamiento en la década del 80 con Irán es la antesala de la intervención norteamericana. Irán había nacionalizado gran parte de su petróleo bajo el gobierno pro-occidental de Muhammed Reza Pahlevi (foto), que mantenía nexos con Estados Unidos.

Esto dio lugar a una confusión moral y a la pérdida de la identidad cultural, ya que estos países organizaban su vida social y cultural en torno al Islam. Sin embargo, en 1979 tomó el poder el ayatollah Jomeini y trató de volver a los principios establecidos por el islam. Sumado a ello, se revivieron viejas disputas con Irak, gobernado por Saddam Hussein, quien buscaba retomar el liderazgo de la región apoyado por Arabia Saudita y Kuwait. En 1980 el ejército iraquí penetró en Irán. Después de años de lucha, el cese al fuego se firmó en 1988.

La década del 90 aglutinó una serie de conflictos en el cercano y medio oriente en torno al mercado del petróleo. En este sentido, frente a la baja del precio de este recurso, países como Iraq, Irán y Argelia propusieron una baja en la producción de petróleo, para que de esta manera, se incrementara su precio. Sin embargo, en 1991 los precios internacionales del petróleo se derrumbaron debido a que Kuwait, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes no cumplieron con los acuerdos de reducir la producción de petróleo, firmados con la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo).

Este tipo de contradicciones produjeron conflictos entre los países que trataban de frenar la caída del precio del petróleo y aquellos que no adoptaban esta política. De esta manera, Irak frente al incumplimiento del acuerdo, endeudada y deteriorada por los años de guerra entablados contra Irán, decidió invadir Kuwait. Cabe destacar que Irak es la segunda potencia militar en la zona después de Israel, lo que le permitió a Saddam Hussein llevar a cabo la envestida. Incluso, Hussein había advertido del giro expansionista de EE.UU. luego de la desintegración de la URSS, señalando además la complicidad de Israel con la potencia hegemónica.

EEUU con su política de afianzar sus intereses económicos y su posición geoestratégica en la zona, intervino en los diversos conflictos apoyando a Kuwait y ordenó un embargo económico. Así, se congelaron los bienes y las propiedades iraquíes. Claramente, aquí comienzan a esbozarse los antecedentes de las guerras preventivas que se desarrollarán desde la década del 90 en adelante, que caracterizarán al nuevo orden mundial, presidido por la hegemonía norteamericana.

Pronto se conformo una fuerza multinacional que en 1991, dio lugar a la Operación Tormenta del Desiertocontra Irak. Esta intervención se realizó con una técnica militar avanzada y con el uso de computadoras que coordinaran los planes de ataques “quirúrgicos”. A finales de febrero Irak se rindió y aceptó las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU.

Con la derrota de Hussein, Israel se consolidó como la única potencia militar en esa zona petrolera; mientras que Estados Unidos se erigió como garante y líder del nuevo orden mundial, a la vez que buscaba lograr un acercamiento entre árabes e israelíes, para lograr un equilibrio en esta región.

En los años posteriores Irak sería bombardeado en diversas ocasiones por las fuerzas estadounidenses, apoyadas por Gran Bretaña, pues se le acusaba de incumplir con las resoluciones de la ONU al no permitir la inspección para detectar y destruir todas las armas prohibidas. El Pentágono mantuvo un silencio casi total sobre el desarrollo de las operaciones y el número de víctimas. Uno de los ataque más fuertes ocurrió bajo la presidencia de Bill Clinton (foto) , cuando más de 280 misiles del tipo Tomahawk fueron disparados sobre territorio iraquí en diciembre de 1998.

En el año 2000, después de un dudoso triunfo electoral, George W. Bush asumió la presidencia de Estados Unidos. Había una gran expectativa internacional, pues se le consideraba un mandatario con ideas bélicas. En 2001 invadió Afganistán como represalia a los ataques sufridos en septiembre de 2001. Posteriormente anunció que se castigaría a países como Irán, Irak y Corea del Norte, para evitar nuevos actos terroristas.

A principios de 2002 anunció ante el congreso la necesidad de prevenir que los regímenes que respaldaran el terror amenazaran con armas de destrucción masiva a Estados Unidos o a sus aliados, por lo que deberían ser castigados por representar una amenaza a la paz. Según Bush, se corría el peligro de que proporcionaran armas a los terroristas que se entrenaban en campamentos como los de Hamas, Hezbollah o la Jihad Islámica. El vicepresidente Dick Cheney declaraba que no había duda de que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva.

Ante las versiones de una posible intervención militar en Irak, se iniciaron las protestas. Francia declaró que existía una amenaza por un nuevo simplismo consistente en reducir todo a la guerra contra el terrorismo y que Estados Unidos tenía la inclinación a tratar asuntos globales unilateral-mente, sin consultar a nadie. La Unión Europea, por su parte, llamó a Irak a permitir el regreso de los inspectores de armas de la ONU. El primer ministro alemán Gerard Schroeder y el presidente francés Jacques Chirac anunciaron que no participarían en una invasión y que el problema debería ser resuelto por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. El primer Ministro de Gran Bretaña, Tony Blair (foto), declaró que estaba listo para apoyar a Estados Unidos y se reunió con el presidente Bush en Campo David.

El 13 septiembre del 2002, ante la Asamblea General de la ONU, Blair volvió a acusar a Irak de respaldar a organizaciones terroristas. En su declaración lo apoyó el presidente de España, José María Aznar (foto). Irak, presionado, aceptó la inspección de la ONU. El 20 de septiembre, Bush anunció una nueva estrategia de seguridad nacional, indicando que no eran suficientes las estrategias de disuasión y que, de ser necesario, atacaría preventivamente, ya que su poderío militar se mantendría más allá de cualquier reto. Tony Blair defendía la información proporcionada por la inteligencia británica, en el sentido de que Irak había desarrollado armas químicas y biológicas y que las ocultaba a los inspectores.

En enero de 2003 Estados Unidos y Gran Bretaña empezaron el desplazamiento de tropas y armamento al Golfo Pérsico, en tanto que Bagdad permitía que se interrogara a sus científicos. En febrero, Collin PoweIl, secretario de Estado norteamericano, acusó nuevamente a Irak de ocultar armas, de mantener vínculos con Al-Qaeda y de burlar a los inspectores de la ONU, quienes aún no habían encontrado tales armas. El 24 de febrero, Estados Unidos, Gran Bretaña y España presentaron un proyecto de resolución que abría las puertas al ataque militar.

Se avecinaba la guerra otra vez, como hacía 10 años, contra una dictadura del Tercer Mundo ya devastada. Empezaron el temor y la incertidumbre, por lo que cientos de miles de personas trataron de huir buscando un lugar fuera de Irak donde refugiarse, dejando sus casas, sus recuerdos, sus vidas. Las embajadas quedaron vacías, los diplomáticos abandonaron el país, y los iraquíes se fueron quedando solos.

Solamente persistió algo de la solidaridad humana, demostrada en el esfuerzo de los “escudos humanos”, quienes caminaban por las calles de Bagdad gritando “No a la guerra”. Las lejanas voces de miles de intelectuales de todo el mundo y la de millones de personas en muchos países, incluyendo el mismo Estados Unidos, se manifestaban desesperadamente tratando de detener la invasión.

El 17 de marzo, Francia, Rusia, Alemania y China, ante el Consejo de Seguridad de la ONU, se negaron a autorizar el uso de la fuerza militar. El gobierno de Estados Unidos, por su parte, decidió actuar unilateral e ilegalmente y dio a Hussein 48 horas para abandonar Irak. El 19 de marzo del 2003, el presidente George ‘A’. Bush hizo la declaración de guerra y concluyó diciendo: “Que Dios bendiga a nuestro país y a todos quienes lo defienden”. Una coalición de 2 50,000 soldados se encontraba en el Golfo Pérsico con la más avanzada tecnología militar que el mundo hubiera conocido.

En el nombre de Dios, el presidente de Estados Unidos autorizó el ataque que dio principio el 20 de marzo. Los dos primeros días, una lluvia de tres mil misiles se abatió sobre Irak, en tanto que bombas norteamericanas cayeron sobre las oficinas de las televisoras árabes Al-Jazeera, y AbuDhabi y sobre el Hotel Palestina, donde se hospedaban periodistas de todo el mundo. Por las calles y ciudades árabes se sembraron pánico, hambre, muerte, así como destrucción de casas, de edificios y del invaluable patrimonio cultural de uno de los pueblos más adelantados del mundo antiguo, donde nació la escritura. Los hospitales y los médicos resultaron insuficientes para atender a tantos heridos. Multitudinarias manifestaciones de protesta seguían dándose en muchos países.

El reportero Robert Fisk expresaba: “Lo que cayó esta noche en Irak y yo sólo presencié una pequeña parte de este festival de violencia— fue tan asombroso en términos militares como aterrador en términos políticos. Las multitudes que se arracimaban afuera de mi hotel miraban el resplandor de los estallidos, pasmadas por su poderío”.

Después del inclemente bombardeo sufrido por días enteros, el 9 de abril los tanques estadounidenses, rodando sobre los doce puentes del Río Tigris, entraron sobre la mítica Bagdad. Principió entonces el saqueo de museos, centros de arte y edificios públicos. Nadie ponía orden. Saddam Hussein (foto) huyó. Sin embargo, Irak quedó herido en sus estructuras vitales y en su cultura milenaria. La cuenta de muertes fue de alrededor de 14,000 personas entre civiles ‘y militares. El pentágono guardó silencio.

Se estableció un gobierno interino, donde el partido Baaz quedó disuelto y se nombró a un poder transitorio de 25 miembros de mayoría chiíta, con la facultad para redactar una nueva Constitución y, en un futuro, llamar a elecciones. A pesar de la alegría de Bush y Blair, quienes pensaban que habían liberado al pueblo de Irak de un tirano, la tragedia continuo.

Video de la Guerra en Irak

Sin embargo, para 2004 la muerte y la destrucción aún no terminaban. Los iraquíes iniciaron protestas, atentados impredecibles y ataques suicidas que provocaron la muerte tanto de civiles como de soldados de las tropas de ocupación. Bush solicitó la ayuda internacional para la reconstrucción de Irak. Empresas y gobiernos tratarían de obtener los jugosos contratos para formar un nuevo ejercito iraquí, así como para la reconstrucción de caminos, redes de agua, electricidad y, sobre todo, del sector energético.

A grupos de empresarios privados también se les confiaría lo demás, desde la publicación de libros de texto, la redacción de la Constitución y la reorganización de la vida política, hasta la reestructuración de la industria petrolera. El 13 de diciembre del 2003, Saddam Hussein fue encontrado en su refugio cerca de su natal Tikrit. Se prometió llevarlo a juicio. No se encontraron las supuestas armas de destrucción masiva, aunque Estados Unidos sí se consolidó como la potencia militar hegemónica.

Fuente Consultada: Historia Universal Gomez Navarro-Gragari-Gonzalez-Lopez-Pastoriza-Portuondo

Las Guerras del siglo XXI Ataque a Afganistan-Irak-Iran

Guerras del siglo XXI: Ataque a Afganistán

Millones de personas constataron, en las imágenes transmitidas una y otra vez por las cadenas televisoras de todo el mundo, cómo el paisaje arquitectónico de la ciudad de Nueva York, en Estados Unidos, fue transformado para siempre el 11 de septiembre de 2001, cuando dos aviones comerciales secuestrados por terroristas se impactaron contra el símbolo financiero del país: las Torres Gemelas del World Trade Center. Washington también sufriría daños, cuando otro avión se estrelló directamente contra el emblema del poderío militar estadounidense: el Pentágono.

La opinión pública internacional condenó esos atentados, en los cuales murieron miles de personas. Se hizo un esfuerzo sobrehumano para rescatar a las víctimas y buscar sobrevivientes, mientras la sociedad norteamericana se preguntaba con temor: “Por qué nos odian?”. Por su parte, el presidente George W. Bush declaraba desde el avión Air Force One: “que nadie se equivoque, Estados Unidos cazará y castigará a aquellos responsables por estos actos cobardes”.

El sentimiento de invulnerabilidad que tenían tanto el gobierno como el pueblo estadounidenses había desaparecido. Increíblemente los organismos de inteligencia no fueron capaces de impedir el ataque. La inseguridad provocó paranoia, xenofobia y racismo. El miedo se apoderaba de todo el país, en tanto que los cielos se silenciaron con la suspensión de vuelos comerciales; se creó una incertidumbre económica al cerrarse la bolsa de valores de Wall Street.

La administración Bush entonces tomó varías medidas. Se suspendió el control parlamentario sobre el gobierno, las fuerzas armadas y la CIA. El Senado aprobó la Ley de Combate al Terrorismo, cuyas disposiciones legales ampliaron la competencia de las autoridades judiciales y ejecutivas en el control de las libertades y los derechos establecido por la Constitución.

Se crearon tribunales secretos para juzgar a presuntos terroristas en procesos sumarios. Se iniciaron además campañas de desinformación y se controló la libertad de prensa. Entre las medidas contra el terrorismo, la Oficina de Seguridad Interna aumentó los controles en los aeropuertos, las oficinas postales, las costas y las fronteras, así como en el transporte de material peligroso; además, estrechó la vigilancia sobre comunicaciones electrónicas y teléfonos celulares.

También se investigó sobre el fraude financiero, el contrabando y el lavado de dinero, a la vez que se endurecieron las políticas inmigratorias, y se tomaron medidas contra amenazas biológicas y para dar respuestas rápidas ante emergencias.

Guerras del siglo XXIEl 20 de septiembre, el presidente George. W. Bush declaró lo siguiente en un discurso pronunciado ante su nación y el mundo: “Están con nosotros o con los terroristas […1 condenamos al régimen talibán […] Nuestro enemigo es una red radical de terroristas y todos los gobiernos que la apoyen […] Somos un país que ha despertado ante el peligro y está llamando a la defensa de la libertad […]”.

Acusaba a la organización islámica Al-Qaeda y a su líder Osama Bin Laden de ser los autores de los ataques sufridos en Nueva York y Washington. Durante un tiempo prolongado Estados Unidos había considerado como sus “enemigos” al comunismo y al narcotráfico. Ahora declaraba, en voz de su presidente, a un nuevo ‘enemigo”: el terrorismo islámico. Se aumentó la cólera de la opinión pública utilizando las cadenas televisivas para satanizar a un enemigo desconocido al que colocaron la etiqueta de “terrorista”. Las librerías empezaron a llenarse de volúmenes que sugerían un vínculo entre el islam y el terrorismo, con títulos como El islam puesto al desnudo o la amenaza árabe. A la vez que se aumentaba el gasto para la defensa, el poderío militar crecía y se sustentaba el poder hegemónico: entonces se abrieron las puertas para una invasión.

Invasión a Afganistán:

Estados Unidos, con intereses económicos en esta zona rica en hidrocarburos, apoyaba la construcción de un oleoducto entre Pakistán y Asia Central que atravesara Afganistán. Al ser invadido el territorio afgano por la Unión Soviética, el gobierno norteamericano, a través de sus servicios de inteligencia (la CIA) y de los servicios de inteligencia de Pakistán (ISI), y con el financiamiento de Arabia Saudita a Osama Bin Laden, abastecieron dinero, armas, municiones y asesores que formaron y entrenaron a la resistencia afgana: los muyahidines (guerreros santos, foto) que lucharon contra los invasores soviéticos.

En 1986, Karmal fue expulsado y en 1988 la Unión Soviética inició la retirada de sus tropas. Entonces obtuvo la presidencia el profesor Burhanuddin Rabbani. No obstante, se continuaba la prolongada guerra civil que enfrentaba a facciones bien armadas y con un extremismo religioso, lo cual provocó que cientos de miles de afganos abandonaran el país. Se calculaba en un millón el número de refugiados en Pakistán.

Los talibanes (muyahidines), estudiantes de las escuelas islámicas instaladas en los campos de refugiados de Pakistán, reaparecieron en 1994, pretendiendo devolver la paz a Afganistán e imponer la sharia o ley islámica al poner fin a la guerra civil, surgida después de 1989 con la retirada soviética.

Tenían una particular interpretación del islam con los intereses de la etnia pashtun mayoritaria en el sur del país. Se consideran un movimiento reformador que basa su legitimidad en la Guerra Santa, o Jihad; actúan como grupo y no toman decisiones individuales. Su declaración de propósitos surgió en 1993 en Kandahar. La tolerancia que había tenido el islam a la diversidad religiosa fue anulada con la guerra que terminó con esta tradición.

Paradójicamente, el islam, que es unificador y no permite el asesinato de otro musulmán ni por razones étnicas ni por sectarismos, se convirtió en una fuerza de división y fragmentación gracias a la interpretación diferente de la Sharia, lo cual provocó enfrentamientos interminables, sobre todo con las etnias del norte del país y con Irán, donde vivían dos millones de refugiados afganos. Esta interpretación fundamentalista del Islam enseñada por sus maestros (mullahs) fue condenada por muchas organizaciones islamitas, señalando que el orden islámico había sido reducido a un código penal, despojado de su humanismo, de su estética, de sus búsquedas intelectuales y de su devoción espiritual, ya que aquéllos sólo estaban preocupados por el poder, más no por el alma.

En 1996 los talibanes conquistaron Kabul, la capital afgana, iniciándose el gobierno del mullah Mohammad Omar (foto). Se sostenían gracias al tráfico de la heroína y al cobro de impuestos a los productos de contrabando que atravesaban Afganistán, a la vez que apoyaban movimientos de oposición musulmana en las cinco Repúblicas de Asia Central, contando con el aval de Pakistán y Al-Qaeda, grupo lidereado por Osama Bin Laden.

Pakistán, con enormes reservas de gas y petróleo y con la ambición de convertirse en el punto principal de tránsito de los grandes recursos petroleros y de gas de Asia Central, principalmente de Uzbekistán yTurkmenistán, trató de imponerse como gran potencia, por lo que necesitaba abrir un paso entre el Mar Caspio y el Océano Índico atravesando Afganistán.

De aquí su alianza con los talibanes, con la cual, hasta 1998, Estados Unidos estuvo de acuerdo. En esa fecha los talibanes conquistaron una amplia zona del norte de su territorio, obligando a sus adversarios a replegarse en una estrecha franja al noreste del país.

Más de 2.300 años pasaron desde que el último occidental conquistó Afganistán: Alejando Magno, quien se enfrentó a los mismos problemas que todos los invasores: clima extremoso, geografía accidentada y habitantes dispuestos a pelear. Atravesé a pie, y con grandes dificultades, el paso Khaiwak (de 3,600 m de altura) en la montañas Kinda Kush. Muchos soldados murieron congelados. Su exitosa estrategia fue hacer alianzas con los líderes de las tribus locales. Selló su amistad con uno de ellos al casarse con su hija y adoptó sus costumbres. A Alejandro Magno se le debe la fundación de Kandahar, ahora capital espiritual de los talibanes.

El presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, hizo responsables de los ataques sufridos el 11 de septiembre de 2001 a la red islámica Al-Qaeda y a su líder Osama Bin Laden, a quien además se le acusé de otros actos terroristas perpetrados años atrás. Bush anunció entonces la invasión, con lo cual se inicié un nuevo éxodo de cientos de miles de afganos, que caminaron cientos de kilómetros, entre polvo y ruinas, buscando desesperadamente la forma de escaparse de los horrores de la guerra. Al mismo tiempo, se arremetía contra la sociedad árabe, acusándola de retraso, de ausencia de democracia y de indiferencia hacia los derechos humanos.

También empezó un trabajo diplomático y de espionaje, por parte de Gran Bretaña, para tratar de aislar al régimen afgano, y evitar así conflictos entre los países árabes conservadores —de donde procedían muchos de los extremistas— y los países árabes moderados. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes rompen relaciones diplomáticas con Afganistán; mientras que a Pakistán se le consideraba como el único mediador, pues aún reconocía al régimen talibán. Rusia y la OTAN apoyaron a Estados Unidos.

Bush exigía a Pakistán el cierre de sus fronteras, la autorización para que fuerzas aéreas estadounidenses utilizaran sus instalaciones militares, la suspensión del abastecimiento y la entrega por parte del ISI de toda la información confidencial sobre Osama Bin Laden.

Una alarmante hambruna se aproximaba sobre el pueblo afgano. Estados Unidos exigió a Afganistán la entrega de los miembros de Al-Qaeda y de su líder, a lo que el gobierno talibán respondió negativamente. Dio principio la Operación Libertad Duradera.

Un gran dispositivo militar se desplegó en el área del Golfo Pérsico. El ejército de Estados Unidos, apoyado por su aliado permanente, Gran Bretaña, utilizó una fuerza que disponía de aviones, flota de buques de guerra y submarinos, bombas de 230 Kg. y misiles Tomahawk (foto) , cuyo costo oscilaba entre 600 mil y un millón 200 mil dólares por unidad. Inició la operación Libertad Duradera el 7 de octubre del 2001. Un intenso bombardeo cayó sobre los principales objetivos: Kandahar, Kabul y Jallabad. El secretario de la Defensa Donald Rumsfeld explicaba que el ataque militar, en represalia por los atentados del 11 de septiembre, no fue preparado para causar daño al pueblo afgano y reconocía que no había blancos de “gran valor” en Afganistán, ya que este país carecía de ejércitos, y de fuerzas aérea y marina.

Osama Bin Laden, en un video transmitido por la televisora árabe Al Jazeera, al iniciarse los bombardeos negó su participación en los atentados del 11 de septiembre, y declaró:

América [Estados Unidos] prueba ahora sólo una copia de los que nosotros hemos probado. Nuestra nación islámica ha estado probando lo mismo durante más de 80 años de humillación y desgracia; sus hijos han sido asesinados y su sangre ha sido derramada, sus lugares santos profanados L..] Un millón de niños inocentes mueren ahora mismo, asesinados en Irak, sin pena alguna [.11 Nunca escuchamos ninguna condena […] cada día vemos a los tanques israelíes yendo a Jenin, Ramallah, Beith Jalla y otros lugares de islam. Y no oímos a nadie levantar la voz […] Juro por Alá que América no vivirá en paz antes de que reine la paz en Palestina y antes de que todo el ejército de infieles abandone la tierra de Mamad […] Alá es grande. Gloria para el Islam.

Después de semanas de prolongados bombardeos, con un saldo de miles de muertos y un millón de nuevos refugiados, hambre, angustia y destrucción, la Alianza del Norte, formada por una coalición de etnias opositoras a los talibanes, tomó Kabul el 13 de noviembre del 2001 con el apoyo de Estados Unidos. Se puso precio a la cabeza de Osama Bin Laden: 25 millones de dólares. Sin embargo, han pasado más de dos años y aún no ha sido encontrado, ni se le ha podido comprobar fehacientemente la autoría de los atentados del 11 de septiembre. El presidente de Afganistán en el exilio, Burhanuddin Rabbani, reconocido por la ONU, regresó a Kabul prometiendo la instauración de un gobierno de amplia base étnica.

El presidente Bush, por su parte, en un discurso pronunciado en enero del 2002 ante el congreso de su país, dijo a los estadounidenses que se prepararan para combatir a los terroristas, y se refirió a la existencia de un “eje del mal” formado por Irak, Irán y Corea del Norte. Agregó que confiaran “en el amoroso Dios que está detrás de toda la vida y toda la historia […] La libertad que nosotros valoramos no es el regalo de América al mundo: es el regalo de Dios a la humanidad 1…]”. Se sustentaba así el poder militar. Otra invasión se preparaba.

Fuente Consultada: Historia Universal Gomez Navarro-Gragari-Gonzalez-Lopez-Pastoriza-Portuondo

Conflictos en Kosovo-Serbia-Bosnia Milosevic Limpieza Etnica

Conflictos en Kosovo-Serbia-Bosnia

El proceso de globalización que se intensificó a partir del fin de la Guerra Fría provocó que los Estados capitalistas y las grandes empresas transnacionales buscaran la manera de completar el desmembramiento de los países socialistas, y de hacerlos dependientes del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM) golpeando su economía. El objetivo de extender mercados, la defensa de intereses geopolíticos y el control de los recursos naturales de las naciones subdesarrolladas originaron conflictos y guerras en puntos estratégicos, como fueron los casos de Medio Oriente, Asia Central y la región de los Balcanes.

En tales zonas los conflicto étnicos, religiosos y culturales fueron manipulados por Estados poderosos y con un gran aparato militar, buscando obtener beneficio de ellos. Se iniciaron guerras como instrumentos de paz para castigar a líderes, y los ejércitos “liberadores” entraron a los países para imponer sus ideas y establecer una dependencia económica, a partir de la reconstrucción del país después de atacar y vencer.

Los Balcanes ha sido una zona históricamente codiciada porque es el cruce que conecta con el Medio Oriente y con Asia Central. El Estado que controle esta región tendrá el acceso al petróleo y a otras riquezas naturales del Medio Oriente y del Mar Caspio. Existen rutas propuestas para la construcción de oleoductos del Mar Caspio a Europa que cruzan Yugoslavia, incluyendo Kosovo.

Durante la Segunda Guerra Mundial, 10,000 albaneses lucharon contra yugoslavos por el control de Kosovo. Para 1974, la Constitución yugoslava garantizaría la autonomía de Kosovo dentro de Serbia, lo cual motivó conflictos étnicos y religiosos que se profundizaron con la desintegración de los países socialistas en 1989.

En 1990 se llevaron a cabo las primeras elecciones libres en Yugoslavia, en las cuales participaron todos los partidos y resultó triunfador el líder comunista Slodoban Milosevic. Inició su gobierno reprimiendo con tropas y tanques a la minoría albanesa en la provincia de Kosovo, y extendió las enemistades eslavas en el resto de la federación.

conflicto en yugoslavia

El gobierno ordenó al ejército, con mayoría de oficiales serbios, que reprimiera a todos los opositores. Sin embargo, Macedonia se independizaría en 1991, y Bosnia-Herzegovina, en 1992. En este mismo año los legisladores de la etnia albanesa declararon a Kosovo provincia independiente de Serbia y en 1992 fue electo presidente el escritor lbrahim Rugova. Por su parte, Serbia y Montenegro se autoproclamaron la Republica Federal de Yugoslavia.

En 1993 los serbios controlaban el 70 por ciento de Bosnia; mientras que el 10 por ciento estaba en manos de los musulmanes.

En 1995 se iniciaron serios conflictos. Los albaneses de Kosovo protestaban por la llegada de refugiados serbios procedentes de Croacia. Las tensiones se agudizaron en 1998 cuando la policía serbia respondió con una fuerte ofensiva a los ataques de la minoría albanesa, representada por un grupo de resistencia armada llamado Ejército de Liberación de Kosovo (ELK).

Ante esta situación, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) pidió a Milosevic detener la violencia y cesar su política de “limpieza étnica” contra los albaneses en Kosovo, además de permitir el regreso de los cientos de miles de refugiados que por la represión tuvieron que huir a otras regiones.

El presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, manifestaría que “nuestro objetivo es hacer pagar un precio muy alto por la política represiva de Milosevic, y deteriorar severamente su capacidad militar para mantener esa política”. Así, al mando de la coalición de la OTAN compuesta por ocho países, el 25 de marzo de 1998 inició el ataque bombardeando supuestos blancos militares.

En junio se firmó un acuerdo, mediante el cual Milosevic retiraría sus tropas de Kosovo y renunciaría a la presidencia. Entonces se suspendió el bombardeo, y entraron 50 mil efectivos multinacionales para resguardar la paz y supervisar el regreso de los albaneses expulsados por las fuerzas serbias. Estados Unidos, después de la desintegración de los países socialistas, reafirmaría su papel hegemónico en el mundo.

Fuente Consultada: Historia Universal Gómez Navarro-Gragari-Gonzalez-Lopez-Pastoriza-Portuondo

La Guerra del Golfo Irak-Kuwait Mundo Globalizado Causas Consecuencias

La Guerra del Golfo: Irak, Kuwait – Mundo Globalizado

soldados de la guerra golfoLA GUERRA DEL GOLFO: Los Estados Unidos, luego de la caída del Bloque Soviético, quedaron como la única superpotencia.

El estallido de la guerra del golfo en 1991 y su rápida resolución llevaron a algunos analistas a pensar que el orden bipolar de la Guerra Fría dejaba paso a un orden unipolar con los Estados Unidos funcionando como una suerte de gendarme del mundo.

Sin embargo, la evolución de los conflictos en la ex Yugoslavia mostró los límites de la capacidad de intervención norteamericana y de sus aliados europeos e un contexto en el que los principales intereses estratégicos norteamericanos no parecían amenazados y las características del conflicto no permitían una intervención como la de la guerra del golfo.

De cualquier modo, si bien las corrientes dominantes en la economía internacional parecen conducir a una multipolaridad, en el terreno militar la posición norteamericana sigue siendo hegemónica.

La Guerra del Golfo se inscribe dentro de un largo enfrentamiento librado por los norteamericanos y las grandes potencias occidentales por el control político y económico de los países del Oriente Medio, productores de gran parte del petróleo mundial.

En 1979, mientras Jomeini triunfa en Irán, Saddam Hussein se hace cargo de la conducción de Irak.

Aunque coincidían en sus sentimientos antioccidentales, Jomeini y Hussein, por un conflicto fronterizo, comenzaron en 1980 una larga y cruenta guerra que recién finalizó ocho años más tarde.

Estados Unidos consideró conveniente armar a Irak para evitar un triunfo de Jomeini. El equipamiento militar norteamericano endeudó fuertemente a Irak.

Finalizada la guerra con Irán, Hussein, procuró la recuperación económica de Irak, para ello propuso a Kuwait y otros países árabes elevar el precio del petróleo, pero éstos se negaron porque pensaron que dañaría sus inversiones en los países occidentales.

Hussein denunció a los países árabes productores de petróleo de acordar con los Estados Unidos para mantener bajo el precio del petróleo y perjudicar a Irak. Acusó a Kuwait de robar petróleo iraquí, y pretendió el perdón de la cuantiosa deuda de 80 mil millones de dólares que su país mantenía con Estados Unidos y con Kuwait. Hussein, primero exigió el petróleo y dinero kuwaití, luego dijo que Kuwait era un provincia de Irak.

En agosto de 1990 invadió el emirato con 100 mil hombres y 300 tanques.

Hussein esperaba tolerancia de los norteamericanos, ya que éstos habían provisto de armas a Irak durante el conflicto con Irán. También pensó contar con el apoyo de los países árabes en un eventual enfrentamiento con los países occidentales, o por lo menos su neutralidad.

Nada de esto ocurrió. Incluso los soviéticos (ahora debilitados por la caída de Muro de Berlín y de los países comunistas de Europa central) aunque tradicionalmente adversos a las políticas norteamericanas, se sumaron al embargo decidido por el presidente estadounidense George Bush. Por su parte, la Liga Árabe, que reunía a los países de la región, se pronunció por la retirada de las tropas iraquíes.

Durante su presidencia (1989-93), Bush comenzó a referirse a la creación de un nuevo “orden mundial”. El Imperio como lo UNO y los demás como lo OTRO, como lo ajeno.

El ataque de Saddam Hussein le ofreció la posibilidad de convertirlo en realidad. Por primera vez sin la presencia amenazadora de un gran bloque de países soviéticos opositores y considerablemente armados, los Estados Unidos y las grandes potencias occidentales podrían actuar a su antojo en una zona tan estratégica como el Oriente Medio.

Ante la ocupación de Kuwait por parte de Irak, la ONU adoptó un embargo comercial, económico y militar contra este país, y los generales norteamericanos prepararon una estrategia defensiva, a la que denominaron “Escudo del Desierto”.

Todo cambió cuando los Estados Unidos se aseguraron el apoyo de 32 países. intespestivamente decidió pasar a la ofensiva y la operación fue llamada “Tormenta del Desierto”.

La derrota de Irak permitió que, tanto Kuwait como otros países de la región, volvieran a la situación existente antes del conflicto. Sin embargo Saddam Hussein no cayó. Debilitado, debió enfrentar las insurrecciones de la minorías disidentes de su país (los chiítas y los kurdos).

La firma de un tratado de paz no evitó la continuación de acciones violentas. En 1993, sin autorización de la ONU, los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia efectuaron nuevos ataques aéreos sobre objetivos militares iraquíes.

Bush, en enero de ese mismo año, antes de abandonar la presidencia, ordenó el disparo de 45 misiles contra un complejo industrial cercano a Bagdad. Bill Clinton, que lo sucedió, después de comenzar su mandato, en junio de 1993, dispuso el lanzamiento de otros 23 misiles contra objetivos militares.

Con la Guerra del Golfo quedó claro que, en el mundo, con la declinación primero, y la desaparición de la URSS después, los Estados Unidos ejercían una hegemonía militar indiscutible, acompañada de un poder económico formidable, que se manifestaba, también, en su gran capacidad para influir en las decisiones de (FMI los grandes organismos internacionales, como las Naciones Unidas (ONU), el Fondo Monetario Internacional), el Banco Mundial (BM), y el Acuerdo General sobre Aranceles y Tarifas (GATT).

Además, la Guerra del Golfo significó una muestra más de que la supuesta “paz mundial” que vendría luego de la caída del muro y de la “Posmodernidad”, era demasiado endeble y tenía pies de barro.