Historia del Calendario

La Edad de Piedra Vida del Hombre Sus Herramientas y Refugios

UTENSILLOS Y ARMAS DEL HOMBRE EN LA EDAD DE PIEDRA

El primer animal fabricante de herramientas, el hombre primitivo, hizo su aparición hace 600.000 años por lo menos, pero puesto que las únicas pruebas de que disponemos para su estudio son arqueológicas, gran parte de su existencia queda velada por la incertidumbre y la imprecisión.

Nuestro primer conocimiento del hombre fue posible por los huesos y las pocas posesiones que dejó como huella en las cavernas y túmulos funerarios. El hombre ha sido siempre un fabricante de herramientas, y el largo período que precede al descubrimiento del metal se conoce con el nombre de Edad de la Piedra. Huesos y cantos servían de borde cortante para sus útiles.

Quizá la mayor lucha de la humanidad para su supervivencia fue la librada en aquel pasado remoto, cuando el hielo cubría desde el Ártico hasta regiones situadas muy hacia el sur extinguiendo la vida a su paso. El hombre que descubrió el fuego fue probablemente el salvador de su especie.

Al término de la Edad de la Piedra el cazador se había convertido en agricultor. Podía aprovisionarse de alimentos y su hogar le daba refugio y algunas comodidades. Nuestro protagonista pudo procurarse las ropas y utensilios que necesitaba para salir adelante, tras haber dominado las técnicas del hilado y la alfarería. Una parte de la población del mundo vive hoy como lo hacía ese hombre primitivo miles de años antes de Jesucristo.

cuadro de la etpas de la prehistoria: edad de piedra y de los metales

Ver: La Prehistoria

Si nos remontamos unos quinientos mil años atrás, en la primera época interglacial veríamos recorren por las llanuras europeas «algo» que se parecía mucho a un ser humano. Su boca, aún en forma de hocico, estaba dotada de poderosas mandíbulas, las que usaba con múltiples propósitos.

Con ella roía cortezas y raíces vegetales y también desgarraba la carne que se proporcionaba por medio de la caza, sirviéndole asimismo como arma de defensa. ¡Y vaya si la necesitaba! Sus vecinos eran nada menos que el elefante selvático, el tigre de dientes de sable, el rinoceronte y el ciervo gigante.

vida en la prehistoria

Ante una fauna tan peligrosa como esa de poco servirían sus fauces, por más potentes que fueran. Sin embargo, algo más que dientes había en la cabeza de ese ser, hoy llamado «hombre de Heidelberg» por haberse encontrado restos suyos en la localidad alemana de ese nombre.

Ese «algo» era su cerebro que, tras muchos milenios de evolución a partir de los simios, había aumentado considerablemente de tamaño. Su contenido, mayor y mejor distribuido, lo habilitaba para realizar una proeza a la que ningún ser vivo se había atrevido: pensar.

Cierto día, cansado ya de perseguir a sus presas usando pies, manos y dientes, a riesgo de morir en la contienda, se sentó a reflexionar. Quizás haya sido un hueso, quizás un palo, tal vez una piedra alargada, lo que hizo que su rostro se iluminara.

-¿Qué pasaría -se dijo- si uso este elemento en mi provecho? Y aquí comienza la historia activa de la humanidad. Aguzada la tosca piedra, fue un hacha, o una lanza, o un puñal.

Desde entonces la superioridad sobre el resto de los animales constituyó la corona que se ciñó sobre ese «alguien» ya digno de su posición en la escala animal: el hombre. Corrieron los siglos para el hombre primitivo. Duras pruebas debió afrontar su capacidad de supervivencia.

Un raro fenómeno astronómico-geológico -las glaciaciones– lo fueron empujando hacia las regiones ecuatoriales. Debió soportar el avance de los casquetes helados de los polos por tres veces consecutivas, pero consiguió pasar la prueba estoicamente.

De esta época data el Pithecanthropus erectus, hallado en la isla de Java, al sudeste de Asia. Alrededor del 100.000 a. de C. se produce el período de mayor difusión del hombre de Neanderthal, que se expande por Europa, Asia y África. Éste era rechoncho, con una cabeza grande y una altura apenas superior al metro y medio. Su rostro aún tenía los rastos bestiales de sus antepasados.

Tal característica se ponía de manifiesto especialmente en lo abultado de los arcos superciliares, en la ancha nariz y en él labio superior, volcado hacia adelante.

Su vivienda preferida era la caverna, la que debía disputar con temibles osos prehistóricos. Pero… él ya no estaba solo en la lucha por la vida. Había aprendido a sacar del sílex, una roca fácilmente desgastable, todo lo que necesitaba para ser él el mejor.

De esta época datan los hallazgos de Le Moustier, en Dordogne, al pie del Macizo Central francés. Por dicha causa, a esta etapa-cultural se la llamó musteriense. La mayoría de los elementos de este período, traídos a luz por las excavaciones, son piedras talladas de uso manual.

Faltan aún los mangos y cabos, viéndose en cambio instrumentos para cortar, punzones, raspadores, y unos elementos muy rudimentarios (cuya pertenencia al hombre primitivo muchas veces se puso en duda) llamados eolitos.

Algunos arqueólogos los consideran productos del desgaste natural. He aquí los primeros utensilios de los que se valieron nuestros antecesores para lidiar con fieras mucho más grandes que las actuales.

herramientas en la edad de piedra

El sílex fue uno de los primeros materiales empleados en la fabricación de armas durante la edad de piedra. Es relativamente fácil de encontrar y se fragmenta en láminas cortantes, cualidad que lo hace idóneo para la fabricación de utensilios y armas. Durante la edad de piedra, las azuelas  se empleaban para tallar madera y la hoz en las tareas de recolección.

Al sílex siguieron el cuarzo, el pedernal y la obsidiana, rocas que, como el sílex, podían ser talladas con facilidad y tenían una dureza aceptable.

Lasca a lasca se fue pasando el primer período de la prehistoria, llamado Paleolítico Inferior. En sus últimas etapas la piedra ya era hábilmente manejada. Con ella se fabricaban puntas de flecha, cuchillas, raederas, punzones y hachas manuales bastante perfeccionadas. Cuando la última de las avanzadas del hielo glaciar comenzó a desaparecer retrocediendo hacia los polos, se inició un período verdaderamente brillante: el Paleolítico Superior.

Las aves invadieron el planeta alegrándolo con sus trinos y gorjeos. Los valles, otrora congelados, se poblaron de tierna gramínea que fue pastura de rebaños y tropillas. La prosperidad dejó al hombre más tiempo para ejercitar su don maravilloso: el pensamiento.

Y surgen así piezas de roca con propósitos más definidos.

Es el caso de los buriles, herramientas empleadas para tallar o grabar sobre hueso, madera u otras rocas más blandas. También aparecen unas puntas en forma de hoja de laurel, que poseen doble filo y son muy manuables. Pertenecen a esta época importantes hallazgos, como los arpones de asta.

herramientas del hombre de la edad de piedra

La fabricación consciente de herramientas manifiesta una previsión racional en el hombre: una herramienta se hace con el fin de que desempeñe una función o serie de funciones específicas en una cantidad indefinida de ocasiones futuras.

Por ejemplo, un instrumento cortante hecho de piedra se utiliza para diversos usos domésticos y también, tal vez, como arma. Las primeras y más primitivas herramientas eran simplemente cantos aguzados o trozos de piedra hallados casualmente y utilizados para cortar y rascar. En esta fase, lo que convirtió en herramientas los afortunados hallazgos fue el hecho de haber sido recogidas y conservadas para su uso ulterior.

Con el transcurso del tiempo, se hicieron deliberadamente instrumentos de piedra arrancando lañas de piedras mayores y dando forma de diversos modos a los filos cortantes.

Otro material utilizado desde los tiempos más remotos fue la cornamenta y los huesos de animales, aunque su empleo parece datar de una época posterior. Pero las pruebas en este sentido no son totalmente satisfactorias, dado que el hueso es más perecedero que la piedra y quizás el tiempo haya destruido las primeras herramientas hechas de este material.

Probablemente, la primera utilización de los huesos fue como armas. La narración del Antiguo Testamento en la que Sansón mata a 1.000 filisteos con la quijada de un asno parece ser una reminiscencia de los hombres de la Edad de Piedra y de sus luchas con huesos de animales. El hueso se empleó también para fabricar otros objetos punzantes, tales como leznas y agujas para coser.

En cuanto a las herramientas hechas de madera, ningún instrumento, cualquiera que haya sido, ha sobrevivido, como es comprensible; es razonable suponer que se utilizarían ramas y troncos como rodillos para transportar cargas pesadas, o como palancas para mover grandes rocas, y palos más pequeños para buscar raíces y, con la punta aguzada, a modo de armas. En una etapa posterior, estas herramientas se perfeccionaron y se inventaron otras más complicadas.

La fabricación de herramientas presuponía una previsión racional que a su vez requería la capacidad de pensar en términos abstractos. Prever es relacionar los acontecimientos del futuro con los del pasado, tener conciencia del tiempo y de su transcurso, y comprender la relación causal entre ciertos tipos de hechos.

Puesto que, una vez comenzada, la tradición de la fabricación de herramientas fue transmitida de generación en generación, los fabricantes de herramientas debieron ser capaces no solamente de pensar en el sentido requerido sino también de comunicar sus pensamientos; debieron tener alguna forma de lenguaje, aunque fuera relativamente tosca.

La existencia del lenguaje presupone, a su vez, una forma de vida social. Los hombres vivirían en grupos organizados y aunque éstos no fueran muy grandes, contarían con una estructura básica, incluyendo alguna división del trabajo rudimentaria.

Es imposible saber cuál de estas diversas características apareció primero: van todas unidas, y constituyen el marco del animal humano como ser social capaz de pensar racionalmente y trasmitir a otros su pensamiento, capaz de prever las contingencias futuras y de adoptar las medidas necesarias para hacerlas frente mediante su poder de controlar la naturaleza por medio de herramientas.

Los primeros refugios: Un nuevo paso importante fue la construcción de refugios. Los hombres primitivos vivían en espacios naturales, como cavernas para protegerse de la intemperie. Se supone que la primera construcción hecha por la mano del hombre data de hace 300.000 años. Eran grandes cabanas construidas por los cazadores de la Edad de Piedra junto a las costas del Mediterráneo.

Si bien las cavernas fueron inicialmente viviendas de piedra, útiles para combatir los grandes fríos, en el paleolítico superior esta función desapareció con el retiro de los hielos. Sin embargo, los principales yacimientos de fósiles han sido encontrados en este ambiente.

La explicación es sencilla. Ya el hombre se había puesto a pensar seriamente en el más allá y había fundado religiones rudimentarias. Su altar fue la caverna y a ella acudía para invocar poderes mágicos qute le proporcionaran éxito en la caza y la pesca.

Para esto quiso «atrapar» a los animales por medio de dibujos y pinturas, estas obras de arte rupestre, descubiertas en la actualidad, son motivo de profundos estudios. Nos han dejado datos valiosos grabados en las paredes de piedra que, en muchos casos, sirvieron para efectuar verdaderas reconstrucciones acerca del modo de vida de aquellos grupos sociales primitivos.

SÍMBOLO DE LO PERDURABLE
No tan sólo en el trascendental paso del estadio de homínido al de «homo faber» desempeñó la piedra un importantísimo papel. Ya en los primeros tiempos de la vida cavernícola del hombre fue presa de la angustia existencial, que lo llevó a elaborar las primeras formas de lo trascendente. Así nacieron los cultos primitivos. Pero el hombre no estaba aún maduro como para manejarse en un campo puramente conceptual y necesitaba de entes inmanentes capaces de simbolizar sus ideas de eternidad. Para ello no encontró nada más adecuado que la piedra, lo aparentemente inmutable del paisaje que lo rodeaba.

Los dólmenes de Stonehenge, Inglaterra, y los menhires de Carnac, Francia, se cuentan entre los más primitivos monumentos religiosos erigidos por el hombre También fue a través de la piedra como el faraón egipcio Keops buscó eternizar su nombre, y en buena medida lo logró: más de cuatro milenios y medio después de haber sido terminada, la enorme pirámide de 138 metros de alura que le sirvió de sepultura sigue siendo una de las construcciones más espectaculares del mundo. Para comprender hasta qué punto la  piedra ha llegado a ser para el hombre el símbolo de lo perdurable, basta con recordar el juego de palabras que hiciera Cristo con el nombre de Pedro su discípulo predilecto: «Sobre era piedra erigiré mi Iglesia».

hacha de piedra edad de piedra

Estas hachas de mano datan de hace unos 400.000 años y demuestran que el hombre había adquirido la habilidad de fabricar útiles líticos para cortar y despellejar a sus víctimas de un modo más sencillo.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Ciencia Joven Fasc. N° 11 Edit. Cuántica La Edad de Piedra
El Triunfo de la Ciencia Globerama Tomo III Edit. CODEX

Hechos Mas Importantes de la Historia de la Humanidad Acontecimientos

Hechos Mas Importantes de la Historia

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GRANDES HECHOS Y ACONTECIMIENTOS DE LA HISTORIA

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2-Diez Documentos

3-Grandes Teorías

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7-Grandes Tragedias

8-Principales Guerras

9-Grandes Ideologías

10-Grandes Ideas

11-Línea del Tiempo

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SIGLO XV: La imprenta, la revolución de las letras
La idea de imprimir imágenes con bloques de madera o metal no era nueva, pero la idea de utilizar letras individuales hechas a mano para crear las diferentes páginas del texto era revolucionaria. Fue introducida por primera vez en Europa por Johannes Gutenberg de Maguncia, Alemania, a partir de 1450.

Aunque se podían requerir 50.000 caracteres para formar un libro extenso como la Biblia, una vez armada, la misma obra podía ser reproducida-miles de veces. Para 1520 había más de 200 diferentes ediciones impresas de la Biblia en varios idiomas, que representaban en total, tal vez, 50.000 copias individuales.

No obstante, aunque la imprenta ya estaba bien establecida en Europa, los trastornos religiosos de la Reforma transformaron su comercio en una gran industria: en Alemania aparecieron un total de 150 publicaciones distintas en 1518, 570 en 1520 y 935 en 1523, alcanzando sus ventas totales quizás 500.000 copias.

Aunque algunas de ellas estaban en latín, el idioma tradicional del debate erudito, la mayoría estaba impresa en lengua vernácula. Podían ser leídas, o escuchadas y comprendidas por casi todos. Un número considerable de estas nuevas obras fue escrito por un solo hombre: Martín Lutero. De los 935 libros publicados en Alemania en 1523, 183 provenían de su pluma y algunas de sus publicaciones posteriores fueron impresas en tiradas de 100.000 ejemplares.

SIGLO XVIII: La Revolución Industrial en Inglaterra

Esta revolución productiva marca un hito fundamental en la era moderna que comenzó en el siglo XVIII. Antes de 1800, regiones como West Riding de Yorkshire, Lancashire sur y West Midlands presentaban muy poco desarrollo urbano. La industrialización en el siglo XVIII no se caracterizó por conurbaciones -que son un fenómeno del siglo XIX— sino por un aumento gradual de los asentamientos industriales todavía rurales.

La localización de la industria estaba sólo comenzando en 1800. La manufactura de textiles de lana estaba muy dispersa, aunque existía cierta especialización local, fundamentalmente ligada a la disponibilidad de agua. Los paños finos y las sargas requerían procesos industriales que demandaban grandes cantidades de agua; no ocurría lo mismo con la fabricación de frazadas, franelas y telas de lana peinada.

La industria del algodón se estableció en Lancashire porque el clima era húmedo, los gremios eran menos poderosos, los puertos por los que se traía el algodón en bruto desde ultramar estaban próximos y existía una mano de obra experimentada en trabajar el lino y la lana. Tanto en las industrias algodoneras como en las laneras, las nuevas máquinas requerían de la energía hidráulica para impulsarse.

La llegada de las máquinas de vapor, además de incrementar la producción, permitió elegir ubicaciones menos dependientes de la cercanía del agua.

En 1700, la densidad de población fuera del área de Londres estaba determinada principalmente por la industria de la lana. Hacia 1750, incluso antes del establecimiento de los canales y caminos de peaje, la distribución de la población estaba cambiando con celeridad. Los textiles se desplazaron hacia el norte, y las áreas ricas en carbón y hierro comenzaron a poblarse densamente. Entre 1700 y 1800, la población total de Gran Bretaña aumentó de casi seis millones a nueve millones, es decir, tuvo un crecimiento promedio de 30.000 habitantes al año. De allí en adelante el incremento fue mucho más rápido.

Entre 1811 y 1821 subió de diez a doce millones, una tasa de aumento cinco veces más elevada que en el siglo anterior. En los principales centros industriales el cambio fue incluso más impactante. Manchester tenía 90.000 habitantes en 1801; 237.000 en 1831 y 400.000 en 1861.

Este aumento sin precedentes fue una razón para el auge de la producción industrial y agrícola durante los siglos XVIII y XIX. Debían satisfacerse las necesidades de millones de personas adicionales. Otra razón era la guerra, un prodigioso consumidor de hierro y sus derivados. En 1790, la producción británica de hierro no superaba las 79.000 toneladas. En 1820, como resultado de las guerras napoleónicas, había llegado a 400.000 toneladas.

Con una población en aumento, creció la demanda por productos manufacturados. Los salarios eran bajos, por lo que se necesitaban nuevas invenciones para permitir a los fabricantes producir más y lograr así bajar los precios. La lanzadera volante de Kay en 1733, la hiladora con varios husos de Hargreaves en 1770, la máquina de hilar intermitente (selfactina) de Crompton en 1778 y el telar mecánico de Cartwright en 1785 estuvieron entre los avances que transformaron la industria textil.

En la elaboración de hierro, los pioneros más destacados fueron Abraham Darby, que en 1709 logró descubrir cómo utilizar carbón de piedra en vez de carbón de leña para fundir el hierro, y Henry Cort, que en 1784 introdujo el proceso de pudelación para elaborar hierro fundido. La minería y todas las formas de fabricación se beneficiaron con la invención y perfeccionamiento de la máquina de vapor, a través de una serie de progresos desde la máquina atmosférica de Newcomen de 1712, hasta las máquinas de Watt de las décadas de 1770 y 1780 y las máquinas de alta presión de Trevithick, introducidas durante los primeros 20 años del siglo XIX.

No servía de mucho ser capaz de producir bienes en mayores cantidades a menos que éstos pudieran llevarse en forma expedita y a bajo precio a sus clientes y se pudieran entregar oportunamente las materias primas alas fábricas. La Revolución Industrial fue también la revolución del transporte. Durante los siglos XVII y XVIII, los caminos se deterioraron tanto a causa del aumento del tráfico sobre ruedas, que prácticamente sólo podían ser transitados por caballos de montar o columnas de caballos de carga.

Antes de la aparición del ferrocarril en la década de 1830, la única manera confiable de transportar cargas pesadas era la navegación. Durante la segunda mitad del siglo XVIII, se hicieron inversiones considerables en la construcción de canales, pero el ímpetu decayó tan pronto como se comenzó a descubrir el potencial de los ferrocarriles.

LA CIENCIA Y TECNOLOGÍA UN HECHO DESTACADO DE LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD

La difusión del conocimiento
Aun cuando sea borroso, el límite entre ciencia y tecnología existe, por lo que es necesario considerar la manera en que la información lo atraviesa. El principal camino son las publicaciones. El científico académico no desea ocultar sus trabajos: las publicaciones son el medio para que su investigación llegue a sus colegas de todo el mundo y, tanto en el aspecto de formarse una reputación como en el de avanzar en la carrera, lo importante es haber sido el primero.

En consecuencia, existe un volumen cada vez mayor de conocimientos científicos que todo el mundo puede aprovechar libremente. Hasta hace relativamente poco tiempo, la mayor parte de los conocimientos nuevos se comunicaban a través de periódicos publicados por instituciones científicas. Sólo después de la Segunda Guerra Mundial entraron en este campo las editoriales comerciales, que sin embargo siempre habían editado libros científicos.

A propósito de este tema, es interesante señalar que a mediados del siglo XX el material publicado era tan vasto y crecía con tanta rapidez, que una de las principales preocupaciones entre los científicos era encontrar la forma de utilizarlo con eficacia, ya que el día no les alcanzaba para mantenerse al tanto de las últimas novedades.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la aplicación de la informática al archivo y la recuperación de la información permitió solucionar el problema. Este enorme volumen de conocimientos de libre acceso para todos puede conducir directamente a importantes aplicaciones tecnológicas. Por ejemplo Marconi, precursor de la comunicación por radio, se inspiró para sus trabajos en una casual referencia a los experimentos de Heinrich Hertz que encontró en una revista. Casi medio siglo más tarde, el gigantesco proyecto Manhattan, que produjo la primera bomba atómica, fue el resultado directo de los artículos publicados sobre experimentos en física atómica, el más importante de los cuales apareció en 1939, apenas dos días antes de que estallara la guerra.

Sin embargo, a finales del siglo XIX, la industria comenzó a considerar que esta fuente de información era insuficiente para sus necesidades. Como complemento, y para asegurarse de que las investigaciones realizadas tuvieran que ver con sus necesidades (e indirectamente con las de sus dientes), las principales empresas fundaron sus propios laboratorios. Entre las primeras en hacerlo figura la United Alkali Company, de Gran Bretaña, cuyos laboratorios Widnes comenzaron a funcionar en 1892. Resulta significativo que su equipo de investigaciones, entonces reducido, estuviera compuesto casi exclusivamente por químicos formados en el extranjero, en Giessen, Heidelberg y Zurich.
Investigación nacional e internacional. En general, las investigaciones desarrolladas en ese tipo de laboratorios estaban directamente vinculadas con las actividades de la empresa madre.

Por razones comerciales, gran parte de los resultados obtenidos no se publicaban o sólo se comunicaban una vez protegidos por patentes.

Quedaban, sin embargo, áreas de investigación de importancia nacional general, pero sin relación directa con ninguna empresa en concreto, por ejemplo, la investigación sobre corrosión y metrología. Para rellenar este vacío, sólo se podía recurrir a laboratorios patrocinados por el Estado. Entre las primeras grandes instituciones de este tipo figuran el National Physical Laboratory del Reino Unido (1900), la National Bureau of Standars (actualmente National Institute of Standards and Technology) de Estados Unidos (1901) y el Instituto Kaiser Guillermo (luego Max Planck) de Alemania.

Así pues, durante los primeros años del siglo XX se fomentaba el progreso de la ciencia en tres frentes: en las universidades, con una fuerte inclinación hacia la investigación pura en las más antiguas y una mayor tendencia hacia la ciencia aplicada en las más nuevas, en los laboratorios de las grandes empresas industriales con base técnica y en las grandes instituciones estatales. Si bien estas divisiones eran bastante reales y estaban bien establecidas, había una buena cantidad de interrelaciones, aunque su naturaleza y alcance variaba de un país a otro.

Así pues, los científicos universitarios de mayor prestigio eran consultados por sus colegas de la industria. A menudo no sólo les ofrecían sus consejos, sino que desarrollaban investigaciones concretas para la industria con la ayuda de sus estudiantes. También había contactos entre las universidades y los laboratorios nacionales.

Aunque el equilibrio de fuerzas cambiaría con el paso de los años, esta pauta se mantuvo esencialmente hasta mediados de este siglo. Surgió entonces un cuarto frente, cuando el coste y la complejidad de la investigación en algunos campos llegaron a superar los recursos de casi todos los países, a excepción de los más poderosos. A esta fase pertenecen instituciones como el CERN (actualmente, Centro Europeo para la Investigación de las Partículas), con sede en Ginebra, dedicado a la investigación nuclear; el Laboratorio Europeo de Biología Molecular, en Heidelberg; la Agencia Espacial Europea , y el JET, que se dedica a la investigación sobre fusión.


La imagen popular de la ciencia y la tecnología
Hasta aquí hemos tratado las amplias interrelaciones dentro de la propia ciencia. Ahora debemos considerar las no menos importantes relaciones entre la ciencia y el ciudadano comente. Durante la primera mitad de este siglo, al igual que ahora, la ciencia tuvo más repercusiones que los científicos. Unos pocos nombres, pero no necesariamente los más destacados, lograron fama mundial: Roentgen, Marconi, Edison, Einstein y Zeppelin figuran entre los más recordados. Pero, en general, la población advirtió sobre todo las consecuencias sociales de los avances científicos y tecnológicos. Durante la primera década del siglo, las novedades fueron el automóvil, la radio, la luz eléctrica, el cine, el gramófono, los alimentos congelados, la aspiradora y la limpieza en seco.

En la cara opuesta de la moneda, el ciudadano corriente fue testigo de la desaparición de elementos que formaban parte de la vida desde los tiempos más remotos. La llegada del automóvil, por ejemplo, determinó el abandono casi total del caballo como medio de transporte. La medida de la velocidad y alcance del cambio la da el hecho de que relativamente poca gente puede recordar un mundo en el que la radio y la televisión no fueran poderosos medios informativos.

Sin embargo, hasta pasada la Primera Guerra Mundial ninguno de los dos existía siquiera, y los principales medios de difusión de la información eran las conferencias en vivo y los artículos publicados por los periódicos y revistas. En cuanto a la ciencia, la prensa popular dedicaba poco espacio a los temas científicos y tecnológicos, situación que no cambiaría sustancialmente durante más de medio siglo. La situación era diferente, en cambio, en el caso de las conferencias.

Durante el siglo XIX, la mayoría de las grandes ciudades y muchas de las pequeñas en Europa y América tenían sociedades locales para el fomento de una amplia gama de intereses intelectuales, como la música, la literatura, el arte y también la ciencia. Las conferencias de los viernes por la tarde en la Royal Institution de Londres atraían a un refinado público y contaban a menudo con la asistencia de miembros de la familia real, y la Sociedad Literaria y Filosófica de Manchester tenía su homologa en la Sociedad Literaria y Filosófica de Nueva York.

Este tipo de sociedades, que todavía florecen en las comunidades pequeñas, se contaban por cientos. Aunque individualmente eran pequeñas, en conjunto tenían probablemente decenas de miles de miembros y representaban, por lo tanto, un medio importante para que los legos se mantuvieran al tanto de los acontecimientos y pudieran discutir los últimos avances conseguidos por la ciencia.

Por encima de estas organizaciones locales, había además una serie de importantes instituciones nacionales. El prototipo de estas instituciones era la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia, fundada en 1831 como foro para que los científicos no sólo se comunicaran entre sí, sino que informaran al público, labor que en opinión de muchos la Royal Society estaba descuidando enormemente.

La asociación celebraba sus reuniones anuales en diferentes ciudades de Gran Bretaña y, muy esporádicamente, en otros países de la Commonwealth. Atraía audiencias de miles de personas y sus actividades aparecían ampliamente reflejadas en la prensa, una excepción a la general indiferencia periodística hacia los asuntos científicos. La asociación todavía funciona, pero en los últimos años ha dejado de prestar atención a la ciencia en sí misma para concentrarse en sus repercusiones sociales. También en otros países había instituciones similares. La Asociación americana para el Progreso de la Ciencia, fundada en 1848, sigue celebrando reuniones anuales sumamente concurridas. Una asociación francesa de estas características se fundó en 1878, una india en 1876 y otra en Australia y Nueva Zelanda en 1888.

Especialización creciente
Los primeros científicos consideraban que su campo de estudio era todo el mundo natural, desde los cuerpos celestes descubiertos a principios del siglo xvn por los telescopios de Galileo, hasta el mundo de los microorganismos que Antony van Leeuwenhoek observó con sus microscopios a finales del mismo siglo. Sin embargo, el siglo XIX marcó el fin de esta era. La expansión de los conocimientos hizo que la especialización, al menos en cierto grado, resultara inevitable. Hacia 1900 habían surgido ya cuatro grandes ramas de las ciencias naturales: la química, la física, la biología y la geología.

Las dos primeras, que recibían el nombre de ciencias físicas, se ocupaban del mundo inanimado; uno de sus rasgos distintivos era la naturaleza esencialmente cuantitativa de sus resultados, expresados en términos matemáticos. Esta relación queda sucintamente reflejada en el aforismo según el cual la matemática es la doncella de la ciencia. Pero éste no era básicamente el caso de la biología, que abarcaba todo el mundo vegetal y animal y se basaba más bien en observaciones y descripciones.

La geogología resultaba ligeramente anómala. Si bien se ocupaba sobre todo de la materia inanimada (las rocas y minerales de la corteza terrestre), gran parte de sus investigaciones dependían de la observación y clasificación de los restos fósiles de los organismos que vivieron en el pasado.
Con el transcurso del siglo XX, esta divergencia en campos especializados se volvió todavía más pronunciada, hasta el punto de que los especialistas de las diferentes ramas dejaron de comprenderse claramente entre sí. La química, por ejemplo, se dividió en química inorgánica y fisicoquímica. Paradójicamente, sin embargo, surgió al mismo tiempo una complicada red de interconexiones, cuando cada una de las especialidades descubría que tenía algo en común con las otras. Los biólogos y los químicos, por ejemplo, encontraron un ámbito común durante los años 20, período en que apareció la bioquímica, el estudio de los procesos vitales. Después de la Segunda Guerra Mundial, la bioquímica produjo una importante rama: la biología molecular, que estudia la naturaleza de los organismos vivos en el nivel molecular.

Así pues, el siglo XX heredó y profundizó estas pautas sociales internas, en las que los diferentes grupos reconocen y aceptan la existencia de los otros pero encuentran difícil comprender sus trabajos. Sin embargo, sobre esta estructura había además otro sistema de castas de diferente tipo. Los científicos académicos, con sus investigaciones «puras», seguían adoptando con frecuencia una postura de superioridad con respecto a los que aplicaban la ciencia a fines prácticos. Aun así, eran cada vez más estos últimos los que realizaban los descubrimientos que estaban cambiando las economías del mundo occidental y, en último término, los que proporcionaban los recursos para que la investigación académica pudiera desarrollarse. Entre los inventos y descubrimientos realizados por la industria figuran las sulfamidas (medicamentos), la baquelita, el nilón, el poliéster y el polietileno (materiales), el láser y el transistor.

El reconocimiento del importante papel de los técnicos queda implícito en la palabra «tecnocracia» (y más adelante «tecnócrata»), que indica una sociedad en la que los recursos industriales son desarrollados para el bien común por expertos técnicos. El término fue acuñado en Estados Unidos y se utilizaba ya en 1919, aunque no se generalizó en Europa hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Fuente Consultada:
El Estallido Científico Trevor I. Williams
Atlas de la Historia Universal – The Times
Civilizaciones de occidente Tomo B Jackson J. Spielvogel

Cristobal Colon y el Diametro de la Tierra Escala y Distancias

Cristobal Colón y el Diametro de la Tierra

Suele creerse que Colón fue el explorador europeo con más éxito y el que descubrió lo que ahora es América del Norte. En realidad, ninguna de las dos cosas es cierta. No encontró ni oro ni plata en grandes cantidades, y lo único que vio del continente fue un tramo de América Central y del Sur en su cuarto y último viaje. Pero bien, ahora hablaremos respecto a la idea que tenía este navegante sobre la forma y medidas del Planeta.

La seguridad que mostraba Colón de que se podía encontrar fácilmente una ruta hacia la China de Marco Polo y las especias de la India navegando hacia el oeste a través del Atlántico se basaba en un error de cálculo elemental.

Cristobal Colón

Tras estudiar las obras de antiguos exploradores fenicios y cartógrafos árabes, llegó a la errónea conclusión de que la distancia entre Asia y Europa era de sólo 3.600 kilómetros (la distancia real entre España y China navegando hacia el oeste es de unos 24.000 kilómetros). Colón tenía buenas razones para dar a entender que la travesía sería corta, puesto que ningún patrocinador sufragaría un viaje con un tiempo de navegación tan largo que impidiera proporcionar suficiente comida y agua a la tripulación.

En 1492 Colón consiguió finalmente el apoyo financiero que necesitaba. Ese mismo año los reyes españoles, Isabel y Fernando, que con su matrimonio habían unido las coronas de Castilla y Aragón, y este gobierno español deseaba encontrar una nueva ruta hacia las riquezas de Oriente, no sólo para arrebatar a los mercaderes musulmanes su dominio comercial, sino para competir con la exploración portuguesa de la Costa Dorada de África. Ahora dos de las principales potencias europeas, Portugal y España, compartían los mismos objetivos estratégicos: basar su crecimiento económico en la exploración marítima y destruir así el control que ejercían los otomanos sobre el mar Mediterráneo.

Respecto a este tema, el divulgador científico Leonardo Moledo, dice:

«….Colón jamás sostuvo que la Tierra era redonda. O mejor dicho, jamás discutió tal cosa: la polémica que enfrentó a Colón con los geógrafos de la corte de Portugal primero y de Castilla después no tuvo nada que ver con la redondez de la Tierra. Más aún, en esas polémicas —y también en contra de la leyenda popular— lo que los geógrafos argüían contra Colón era perfectamente atinado y la postura de Colón era un disparate.

Ocurre que en la época de Colón la esfericidad de la Tierra ya era un hecho perfectamente establecido (en el mismo año 1492 ya se hizo un globo terráqueo). Es más: no sólo todo el mundo (o por lo menos todo el mundo ilustrado) sabía perfectamente que la Tierra era esférica, sino que los geógrafos tenían una idea aproximada de sus dimensiones. Y eso, desde hacía dieciséis siglos, ni más ni menos: ya Aristóteles había establecido la redondez de la Tierra y 230 años a. de C. Eratóstenes de Cirene había calculado su circunferencia en unos cuarenta mil kilómetros (cifra muy aproximada a la verdadera). Por otra parte, el sistema astronómico de Tolomeo (siglo II), que reinó omnipotentemente hasta el siglo XVI, daba por supuesta esa redondez; Tolomeo mismo estimó la circunferencia terrestre en 30.000 km (cifra ligeramente menor a la verdadera).

Hasta tal punto se confiaba en la redondez de la Tierra, que en el año 1487 el rey Juan II de Portugal —y de acuerdo con una comisión de expertos— autorizó a dos navegantes, Fernando Dulmo y Joáo Estreito, para que navegaran hacia el oeste intentando descubrir la isla de la Antilla. Aunque la expedición de Dulmo y Estreito jamás regresó, sobre la redondez de la Tierra todo el mundo estaba de acuerdo: el punto de conflicto entre Colón y los “sabios de la época” era muy otro.

Colón basaba su idea en una estimación completamente falsa —o por lo menos totalmente especulativa— sobre la distancia a cubrir entre Europa y las Indias navegando hacia el oeste: el Gran Almirante sostenía que se trataba, a lo sumo, de 4.300 kilómetros, y los geógrafos le contestaban que esa cifra era un disparate, en lo cual estaban mucho más cerca de la verdad que Colón: la verdadera distancia es de diecinueve mil quinientos kilómetros.

En realidad, Colón había llegado a esa cifra (4.300 km) por métodos un tanto tortuosos. Por empezar, había un viejo argumento teológico: la cartografía medieval aceptaba sin mayores discusiones una afirmación del profeta Esdras: “El secó seis partes de la Tierra”, y en consecuencia, entre los ultraortodoxos era un axioma que la Tierra estaba compuesta por seis partes de tierra firme y sólo una séptima parte de agua, de donde los océanos no podían ser tan grandes y las distancias marítimas tampoco.

Por otra parte, es verdad que las estimaciones de la circunferencia de la Tierra variaban entre las del Atlas Catalán de 1375 —treinta y dos mil kilómetros— y las de Fra Mauro (1459), treinta y ocho mil kilómetros, en todos los casos menores que el tamaí~o real. También variaban las estimaciones de la extenSión del Asia hacia el este, medida desde Portugal:

desde un mínimo cte 116 grados (según Tolomeo) hasta 225 grados según otros cartógrafos (la verdadera es 131 grados). Obviamente, cuanto más se extendiera el Asia hacia el este, más cerca estaría por el oeste.

Ahora bien: es posible que durante sus viajes anteriores Colón hubiera oído hablar de las tierras encontradas al oeste por los vikingos, pero lo cierto es que acomodó los juegos de cifras para que se ajustaran a lo que más le convenía. Usó un mapa dibujado por el cosmólogo florentino Toscanelli y basado en afirmaciones un tanto arbitrarias de Marco Polo según las cuales Japón estaba a dos mil quinientos kilómetros de la costa de China, modificó los cálculos de Tolomeo hasta obtener una estimación de 4.780 kilómetros para la distancia marítima entre Europa y Asia.

Pero no conforme con esto, Colón, para decirlo suavemente, “afinó el lápiz” y tomando cálculos y mapas de Alfrageno, científico musulmán del siglo IX, logró autoconvencerse de que Japón se encontraba sólo a 4.300 kilómetros al oeste de las Islas Canarias, cifra completamente ridícula, porque según ella Japón estaba ubicado más o menos donde está Cuba. Esto era forzar demasiado la geografía de la época, y no es de sorprender que los cosmógrafos consultados por los reyes de Portugal y Castilla consideraran irrazonable la empresa.  Naturalmente, ellos no podían adivinar que en el medio se iba a interponer la elegante figura de América. Pero tampoco lo adivinó Colón que, además, cuando la tuvo delante, fue incapaz de dar-se cuenta de que estaba en un nuevo continente y no en el Japón, como sostuvo hasta el final de su vida.

Así, pues, Colón no fue un visionario sino solamente un mal geógrafo —y buen navegante— al que ayudó la suerte. Basándose en un conjunto de datos falsos —y manipulados— llegó a un lugar que no era el que buscaba y ni siquiera fue capaz de darse cuenta.»

El metro y la revolución francesa Historia el Metro Patron

Historia el Metro Patrón

En los agitados años que siguieron a la Revolución Francesa de 1789, por fin se autorizó a la Academia de Ciencias de Francia efectuar una urgente reforma: el establecimiento de un sistema de medidas sencillo y lógico. Urgía establecerlo para simplificar tanto el comercio internacional como el local, pues aun dentro de Francia las medidas variaban mucho de una población a otra.

Un comité (entre cuyos miembros estaban dos reputados científicos, el químico Antoine Laurent de Lavoisier y el matemático Joseph-Louis Lagrange) acordó que, para facilitar los cálculos, el nuevo sistema debía basarse en el número 10, y que la unidad básica de longitud debía equivaler a la diezmillonésima parte de una línea que atravesara París desde el Polo Norte hasta el ecuador. Se estimó que tal línea medía 10 000 km, y se llamó metro a dicha unidad básica.

Tomó ocho años completar las mediciones y los cálculos requeridos, y no fue hasta 1799 que la joven República de Francia adoptó formalmente el nuevo sistema métrico decimal de pesas y medidas.

En 1989 Francia celebró con bombos y platillos el segundo aniversario de la Toma de la Bastilla, que se ha constituido en el símbolo convencional que marca el inicio  de la Revolución Francesa. Ya había empezado en realidad desde el 5 de Mayo de 1789 cuando estaban reunidos en Versalles los Estados Generales , que el día de la inauguración se separaron al giro de Viva el Rey!. Los distintos Estados se mandaron embajadores: el Estado Llano invitó a los dos restantes (el Clero y la Nobleza) a unirse con él.

revolucion francesa

Algunos diputados sueltos de los Estados privilegiados respondieron; con ellos, el 17 de junio, el Estado Llano se proclamó Asamblea Nacional, y decidió que el día en que se disolviera cesaría en toda Francia la percepción de impuestos que no hubieran sido votados por ella.

Los diputados retomaban el viejo principio: “No hay impuesto sin representación”.

Era una medida audaz, que marcaba el ritmo de los tiempos en curso.

El 23 de junio Luis XVI quiso cerrar la Asamblea: el Estado Llano resistió, el rey terminó por ceder y dispuso la reunión de los tres órdenes. Pero el 11 de julio, un nuevo tour deforce en la Corte impuso al partido de la Reina y destituyó al ministro de Hacienda, Necker. Un día más tarde la noticia llegó a París. El pueblo temía un golpe de Estado y la ciudad se llenó de rumores.

El pan escaseaba. En los jardines del Palais Royal. Camille Desmoulins se trepó a una silla y anticipándose a La Marsellesa, gritó: ¡a las armas! El 13 de julio el pueblo saqueó las armerías, trató de forzar los arsenales, sacó del Palacio de los Inválidos veintiocho mil fusiles y cinco cañones y, habiéndose enterado de que los depósitos de pólvora habían sido trasladados a la Bastilla, empezó a concentrarse a su alrededor. El 14 de julio comenzaba.

Mientras la Revolución empezaba a desplegar su violenta y temible dinámica, se retomaba un viejo sueño de la Academia Francesa de Ciencias: basar los sistemas de medida en un standard permanente. En 1790, la Asamblea Constituyente aprobó la propuesta de Talleyrand de que se estudiara un sistema de nuevas unidades de pesas y medidas que sirviera para todas las naciones.

Muy francesamente, se decidió adoptar como unidad de longitud una diez millonésima de la distancia entre el Polo Norte y el Ecuador, calculada sobre el meridiano que cruza París: el metro. Dos ingenieros, Jean Delambre y Pierre Méchain, se esforzaron por medir rigurosamente la distancia entre Dunkerque y Barcelona, a partir de la cual la Academia podría calcular lo demás.

Los avatares de la Revolución destruían el antiguo orden: la Asamblea Constituyente dio paso a la Legislativa, y ésta a la Convención; Francia se transformaba en República. Luis XVI y María Antonieta subieron al cadalso.

La tarea de Delambre y Méchain fue larga y penosa: llevó seis años. Cayó Danton; luego Robespierre (27 de julio de 1794). El nuevo orden necesitaba una nueva manera de medir el mundo. Por ley del 7 de abril de 1795 (18 Germinal del año III), la República adoptó el sistema métrico decimal; el metro sería la nueva vara de medir: libertad, igualdad, fraternidad.

El Directorio, y más tarde el Consulado, prepararon el camino del Imperio. Se fabricó una barra de platino e iridio, que fue depositada en la Oficina Internacional de Pesas y Medidas de Sévres, cerca de París. Sobre la barra, se grabaron dos finísimas marcas: la distancia entre esas dos marcas definía el metro. Este metro patrón sobrevivió a la República, al Imperio y a la Restauración. En verdad, reinó indiscutido durante casi doscientos años.

En 1983, en la Conferencia Internacional de Pesas y Medidas, en París, el metro patrón fue derrocado y redefinido como !‘la distancia recorrida por la luz en el vacío durante 1/299.792.458 de segundo”. Así, la unidad de longitud queda subordinada a la unidad de tiempo, bajo la férrea vigilancia de una de las constantes universales: la velocidad de la luz en el vacío, que según la teoría de la relatividad de Einstein es la misma, medida desde donde se mida, desde cualquier sistema de referencia posible en el universo.

Dista de ser una curiosidad. El deseo de universalidad de quienes quisieron basar el sistema de medidas en las dimensiones de la Tierra, el metro de la República Francesa —Una e Indivisible— calculado en función del meridiano de París, cedió al anhelo cósmico de una época que considera haber descifrado una de las claves maestras de la naturaleza, y a la que el standard del siglo XVIII le parece poco: el metro debe ser definido en función de algo verdaderamente universal como la velocidad de la luz en el vacío. El propio Napoleón había dicho: “Las conquistas serán olvidadas, pero el sistema métrico pasará a los siglos venideros.”

El 14 de julio de 1789, el rey de Francia se dedicó a la caza durante todo el día; luego, fatigado, se fue a acostar. El 15 por la mañana el duque de Liancourt lo despertó y le relató los acontecimientos de París. Es una revuelta?”, preguntó Luis XVI. “No, Majestad”, contestó el duque, “es una revolución”.

el metro patron

Ver: Historia del Sistema Metrico Decimal y Sus Unidades

Fuente Consultada:
Basado en el libro Curiosidades de la Ciencia de Leonardo Moledo

Los números perfectos Curiosidades Matematicas

Los Números Perfectos
Curiosidades Matemáticas

LOS NÚMERO PERFECTOS: El número que es igual a la suma de todos sus divisores recibe el nombre de número perfecto. Por ejemplo, el 28 es un número perfecto porque:

28 = 1 + 2 + 4+ 7 + 14

Euclides demostró que todo número primo n engendra un número perfecto N por aplicación de la fórmula:

2n-1(2n-1) = N

Si escribiéramos este número todo seguido, nos daría materia para el libro más voluminoso, más insípido, más inútil y más aburrido del mundo.

Respecto a este tema, el divulgador científico Leonardo Moledo, dice:

 «Los números perfectos impresionaron mucho a los matemáticos de la Antigüedad, muy acostumbrados a jugar con los números. Los griegos y los judíos (antiguos naturalmente) usaban letras para escribir las cifras, con lo cual cada número se podía asociar con una palabra y permitía sacar conclusiones esotéricas que harían palidecer a cualquier adicto a la quiniela. Por ejemplo’ el número 666 asociado con “la bestia” en el Apocalipsis porque la manera de estar escrito alude al emperador Nerón, que para los primeros cristianos era (y con razón) poco menos que un monstruo. Sin embargo, 666 no es un número perfecto.

En cambio, el pálido 6 sí lo es. Un “número perfecto” es aquel que coincide con la suma de todos sus divisores, exceptuado él mismo. Y el 6 cumple con el requisito: sus divisores son 1, 2 y 3, y 1+2+3 es exactamente igual a 6. Los comentaristas tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento no dejaron de asombrarse de que el número de días que a Dios le tomó crear el mundo (descartando el séptimo día de descanso) fuera, precisamente un número perfecto.

Esta coincidencia no quedó simplemente en perplejidad sino que llegó a usarse como argumento teológico. Según San Agustín no obstante haber podido crear Dios el mundo en forma instantánea, prefirió emplear seis días porque “la perfección del número 6 significa la perfección del

Y si se tiene en cuenta que el siguiente número perfecto es el 28 (suma de 1+2+4+7+14), más o menos el tiempo que toma el ciclo de la Luna, es de suponer que durante mucho tiempo los calculistas se lanzaran a la caza de números perfectos. Pero los números perfectos son difíciles de cazar. Y son pocos. Después del pequeño 6 y el vigoroso 28, el número perfecto siguiente (el tercero) es 496,el cuarto es 8.128 y el quinto…  ¡33.550.336!

El sexto ya anda por los ocho mil millones. El octavo ya es un número de diecinueve cifras. Hoy se conocen veinticuatro “números perfectos”, de longitudes verdaderamente inverosímiles: el vigésimo cuarto número perfecto tiene más de doce mil cifras. Naturalmente, estos números se manejan e investigan mediante computadoras.

Y hay misterios, misterios sin resolver. Por empezar, no se sabe si existe algún número perfecto impar. Tampoco se sabe si existen infinitos números perfectos. Nadie debería extrañarse si mañana mismo alguien anuncia haber descubierto el vigésimo quinto número perfecto: no lo intente el lector, ya que es una tarea ingrata.

Y vale lo dicho en 1811 por el descubridor del noveno número perfecto (demasiado largo para escribirlo aquí, ya que tiene treinta y siete cifras). “Los números perfectos son meras curiosidades sin utilidad alguna”. «

Los Números Primos

La Conjetura de Goldbach
Fuente Consultada: Basado en el libro Curiosidades de la Ciencia de Leonardo Moledo

El enigma de Pigafeta en la vuelta al mundo con Magallanes

El Enigma de Pigafeta en la Vuelta al Mundo con Magallanes

CUENTA LA HISTORIA: Era Pigafetta, natural de la ciudad de Venecia, en la que nació a fines del siglo XV; su padre, de nombre Mateo, según algunos biógrafos, persona de posición, doctor y caballero, trató de darle educación esmerada e hizo que viajase y visitara los más importantes centros de instrucción italianos, en aquel entonces.

Pigaffeta, Cronista

Según algunos, Pigafetta conoció a Magallanes antes de que éste ofreciera sus servicios a España; y lo cierto es que en cuanto llegó a su noticia la empresa que el gran navegante portugués organizaba bajo los auspicios de España, abandonó la ciudad de los Dux y se trasladó a Barcelona, donde a la sazón estaba Carlos V.

Habíase conseguido algunas recomendaciones para personajes de la corte, a fin de que se le permitiera agregarse a los expedicionarios, consiguiendo autorización para que se le admitiera en clase de sobresaliente en una de las naos que se estaban alistando en Sevilla, a donde marchó sin demora para reunirse con el personal que había de formar la tripulación de la armada.

Sin que pueda sostenerse que Antonio Pigafetta fuera «famoso en toda Europa por sus conocimientos en filosofía, matemáticas y astrología», como supone el historiador veneciano Marzari, no hay motivo para creerle un aventurero ignorante y presuntuoso, como gratuitamente le califican muchos que murieron sin haber conocido el libro en que relata su viaje en la escuadra de Magallanes, y contiene además un tratado de navegación escrito por él; lo que demuestra que debió poseer conocimientos no vulgares en astronomía y náutica.

Tuvo la fortuna de ser de los pocos que disfrutaron salud durante todo el viaje, y uno de los diez y siete que con Sebastián del Cano llegaron a España en la Victoria, habiendo dado La vuelta al mundo. Desde el principio de la navegación puso en práctica la idea que concibiera antes de emprenderla, de escribir un Diario de la misma, trabajo que había más tarde de concederle un puesto preeminente en la historia de los grandes descubrimientos geográficos.

EL ENIGMA DE PIGAFETA: Para un navegante que vaya de este a oeste, los días son más largos porque sigue la dirección del Sol. Cuando cruza la línea de cambio de día, no cambia la hora, pero debe adelanta r en un día la fecha de su diario de a bordo.

Para un navegante que vaya de oeste a este, los días son más cortos. Cuando cruza la línea de cambio de día, debe retroceder en un día la fecha de su diario de a bordo.

En 1522, Juan Sebastián Elcano llegó a Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) con 18 de sus compañeros y 4 malayos a bordo de la nave Victoria.

Estos supervivientes de la expedición, emprendida por Magallanes el 20 de septiembre de 1519 con 265 marinos a bordo de cinco naves, acababan de dar la primera vuelta al mundo (en dirección oeste).

Elcano llegaba a puerto el sábado 6 de setiembre de 1522, pero en su diario de navegación constaba «viernes 5». Ignoraba el fenómeno del cambio de fecha. Posteriormente, Julio Verne utilizó este detalle en su novela La vuelta al mundo en ochenta días. El Servicio Internacional de Rotación Terrestre, establecido en París, regula por radio las señales horarias de todo el mundo.

También este enigma medieval, lo explica el divulgar científico Leonardo Moledo, de la siguiente manera:

«….[el enigma se produjo] fue cuando regresó la expedición de Magallanes y se llevaron la sorpresa de su vida al ver que les faltaba un día. Y es así: el ocho de septiembre de 1522, en el puerto de Sevilla, desembarcaron los dieciocho sobrevivientes de la expedición que al mando de Magallanes —muerto durante el viaje— había partido tres años antes (el 10 de agosto de 1519) con cinco naves y 250 tripulantes.

Y esos dieciocho sobrevivientes habían dado la vuelta al mundo. Fue una hazaña monumental, que despierta admiración no sólo por su magnitud, sinO porque se hizo sin la habitual violencia que los “descubridores” solían ejercer sobre los pueblos “descubiertos” y más débiles.

Ahora bien: entre los dieciocho sobrevivientes estaba Antonio Pigafetta, cronista de la expedición que había llevado un cuidadoso diario consignando los pormenores del viaje. Y hete aquí que al desembarcar se encontró con que las fechas de su diario y la de España, increíblemente, no coincidían: el día que en España era 8 de septiembre 8 sábado, en su diario era 7 de septiembre viernes. Pigafetta creyó que se trataba de un error y revisó una y otra vez el diario sin encontrar falla alguna. Al final, tuvo que rendirse a la evidencia: durante el viaje, un día ente­ro se había esfumado como por arte de magia.

La noticia causo sensación en toda Europa: un día entero desaparecido! ¿Adónde se había ido? ¿Cómo podía desaparecer un día? Finalmente, fueron los astrónomos de la corte papal quienes aclararon el fenómeno: explicaron que si se viaja alrededor de la Tierra hacia el oeste se pierde forzosamente un día, del mismo modo que si se cir­cunnavegara la Tierra hacia el este se ganaría un día.

Y la razón es ésta: cada “día” se debe a una rotación de nuestro planeta; si uno se mueve alrededor de la Tierra en el sentido de la rotación dará una vuelta más, silo hace al revés (como en el caso de Pigafetta) dará una vuelta menos.

Del mismo modo que si arriba de una calesita uno camina en el senti­do de la rotación, y da una vuelta completa, verá pasar el palo de la sortija una vez más que quienes se quedaron quietos; y si uno camina en sentido contrario, dando una vuelta completa, verá pasar el palo de la sortija una vez menos.

Lo interesante es que no importa la velocidad a la que se haga el viaje, ni lo que se tarde en hacerlo, ni el recorrido que se siga: siempre, al circunnavegar la Tierra, se perderá (o se ganará) un día: uno puede hacer el trayecto que quiera, ya sea una complicada poligonal en zigzag o ir derecho, puede hacerlo en una semana, en tres años o en diez siglos, pero siempre perderá (o ganará) un día y nunca más que un día al volver al punto de partida.

Julio Verne se aprovechó de este fenómeno en La vuelta al mundo en ochenta días, y Saint-Exupéry de alguna manera lo usa en El principito cuando éste relata de qué manera en su pequeño planeta podía ver cuantas puestas de sol se le ocurriera. Uno podría decir, pues, que el jet­lag es un concepto típicamente renacentista. Aunque esto sea forzar un poco las cosas, es agradable remontar hasta el Renacimiento un fenómeno tan moderno.

Fuente Consultada:
Libro Curiosidades de la Ciencia de Leonardo Moledo

Doblar un papel mas de siete veces al medio 7 veces Curiosidades

Curiosidad: Doblar un papel mas de siete veces al medio 7 veces

Supongamos que tiene un papel del tamaño de una hoja de periódico y con un espesor de 0,1 mm., o sea 1 décima de milímetro, propia del fino papel Biblia. ¿Cuántas veces cree que podrá doblarlo por la mitad? ¿Cinco, diez, veinte?,…inténtelo. ¿Ha logrado hacer el décimo pliegue? Felicidades, es usted un fortachón, porque ha conseguido doblar un grosor de papel de 10,24 cm, más ancho que el lomo de cualquier enciclopedia.

doblar un papel 7 veces

Cada vez que doblamos el papel por la mitad, duplicamos su grosor en progresión geométrica. Imagínese llegar al vigésimo pliegue, significaría que había conseguido una doblez de 104,86 m de altura.

Un elemento para la reflexión: cada vez que doblamos el papel es más evidente que pasamos de una situación en la que empezamos con un objeto plano, prácticamente de sólo dos dimensiones (anchura x longitud), a un objeto en tres dimensiones. O sea, que sin modificar el material, hemos alterado, mediante la simple duplicación, su representación en el espacio; en definitiva, un modo diferente de ver el mismo objeto.

Imagine un cubo de 1 cm. de lado, su volumen será: 1 x 1 x 1= 1cm3, ahora duplique el lado, osea vale 2, entonces ¿cuánto valdrá ahora el volumen?. Calculando es 2 x 2 x 2 = 8 cm3, es decir, que duplicando el lado de un cubo su volumen se octuplica. Muchas veces vemos una botella no mas grande que otra de medio litro, y resulta que su volumen es 2 litros, bien es consecuencia de los que acabamos de comprobar.

Respecto al doblado de un papel , el divulgador científico Leonardo Moledo, dice:

«….Es difícil imaginarse con qué pasmosa velocidad aumentaría el espesor de papel silo siguiéramos doblando y doblando: con sólo 20 dobleces llegaría a tener cincuenta metros. Pero eso no es nada: con 28 dobleces superaría los 8800 metros de altura del monte Everest y con 38 dobleces los doce mil kilómetros que mide el diámetro de la Tierra. Y eso tampoco es nada: si seguimos doblando el papel, después de 43 dobleces el espesor superaría los 380 mil kilómetros que nos separan de la Luna, y después de 52 dobleces, los ciento cincuenta millones de kilómetros que nos separan del Sol.

Pero aun así, no estamos más que al principio: después de haberlo doblado 58 veces, el espesor del papel será superior al ancho del sistema solar (que es aproximadamente doce mil millones de kilómetros) y con 70 dobleces llegaría más allá de Alfa Centauro, que es la estrella más cercana a la Tierra y que se encuentra a 4 años luz (un año luz, la distancia que la luz recorre en un año, equivale a diez millones de millones de kilómetros). Con 86 dobleces el papel sería más ancho que nuestra galaxia y con 90 dobleces alcanzaría Andrómeda, la galaxia más cercana a la Tierra y que se encuentra a dos millones de años luz. Con 100 dobleces, se encontraría a mitad de camino de los objetos más lejanos observados en el universo, a diez mil millones de años luz, y con un doblez más, sería más ancho que todo el universo conocido.

Estos sorprendentes resultados se deben al rápido crecimiento de las progresiones geométricas (1, 2, 4, 8, 16, 32, etc.), que aumentan a una velocidad pasmosa y anti-intuitiva: hay una leyenda que vincula este fenómeno al origen del ajedrez. Según esta leyenda, cuando Sissa, el inventor hindú del gran juego, se lo presentó al rey y éste le preguntó qué quería como recompensa, Sissa pidió “algo muy simple: un grano de trigo en la primera casilla, dos en la segunda, cuatro en la tercera, ocho en la cuarta y así siguiendo hasta completar el tablero”. El rey se asombró por la modestia de Sissa, accedió inmediatamente, ordenó que trajeran un poco de trigo y se empezara a llenar las casillas.»

Explicación de la Leyenda del juego de ajedrez
No se ha podido determinar el origen del juego de ajedrez. Se sabe que fue introducido en Occidente por los árabes, quienes lo habían aprendido de los persas. El califa Harún al-Rashid le regaló uno de marfil a Carlomagno. Ideado por un pueblo guerrero, dio pie a la anécdota que sigue.

Se atribuye su invención al brahmán hindú Sissan ben Daher, que presentó el juego al rey Shirham. Éste, embelesado, quiso compensar al brahmán y le pidió que formulara un deseo. Sissan le respondió que le bastaría con un grano de trigo para la primera casilla, 2 granos para la segunda casilla, 4 granos para la tercera y así sucesivamente, doblando la cantidad hasta la casilla 64 del tablero. Al monarca le sorprendió la modestia de semejante petición y dio la orden de satisfacerla. «Imposible —le respondió su ministro tras haber efectuado los cálculos correspondientes— ¡habría que sembrar toda la Tierra de trigo y esperar la cosecha de varios años!»

El soberano ignoraba el alcance de una progresión geométrica de razón 2 hasta 263: colocando en la la 1° casilla  1 grano de trigo; en la 2° casilla 2 granos (21), en la 3° casilla 4 granos (22), en la 4° casilla 8 granos (23), en la 5° casilla 16 (24) granos, y al hasta la casilla 64°, donde  habría que colocar 263 granos. Este total representaría:

263 = 18.446.744.073.709.551.614 granos, lo que equivale a unos 9.557.898.400.000 m3 de trigo.

Si hubiera que almacenar toda esta cantidad de trigo, haría falta un silo de 5 m de altura, 8 m de ancho y 238.947.460 Km. de largo. Una alternativa sería ir suministrando al audaz inventor del juego la cosecha entera de todo el mundo durante más de 5.000 años.

Los llamados «juegos en cadena» se basan en el mismo principio y son simples engañabobos. Utilizados como sistemas de venta, conocidos también como «la pirámide», han sido prohibidos en varios países por tratarse de un timo.

Consisten en ofrecer al público una mercancía a un precio muy módico para conseguir el reembolso y un beneficio sustancial a base de colocar bonos a 4, 6 u 8 nuevos clientes llamados «ahijados». La interrupción de la cadena es inevitable: en el escalón 13 de 6 nuevos ahijados, habría más poseedores de bonos (13.060.694.016) que habitantes en la Tierra.

Fuentes Consultadas:
Curiosidades de la Ciencia Leonardo Moledo

Rasputin Poderes Curativos Aspirina-Como curó la hemofilia

LOS PODERES CURATIVOS DEL MONJE RUSO

LA HISTORIA CUENTA QUE El Monje Rasputín cuando se instaló en San Petersburgo, mostró sus dones de sanador, hipnotizador y profeta entre miembros de la aristocracia. Su fama llegó hasta la zarina. Mas tarde una princesa montenegrina de la corte, lo presentó a los zares. Los emperadores vivían momentos aciagos: su hijo Alexis, hemofílico, estaba condenado a vivir aislado y protegido para no exponerse a morir prematuramente.

En octubre de 1906 Rasputín fue invitado a palacio. Entró, saludó a los zares y les dijo que el zarevich tenía hemofilia. Los zares, estupefactos -la enfermedad del heredero era secreto de Estado-, accedieron a la solicitud del campesino para orar junto a la cama del niño.

Rasputin el monje ruso

Se arrodilló, agachó la cabeza y estuvo una hora rezando. Poco después el pequeño se levantaba de la cama mientras sus padres lloraban de emoción. El zar Nicolás escribió aquel día una carta al primer ministro Stolypin, cuya hija, tras un grave accidente, llevaba meses sufriendo.

Al cabo de dos días, Rasputín se presentó en la casa del primer ministro y repitió la escena de la oración. Al día siguiente, la hija de Stolypin dejó de sufrir dolores y durmió bien. Nunca nadie encontró explicaciones científicas a estas reacciones.

La noticia corrió por San Petersburgo como el viento siberiano. Rasputín tuvo entrada libre al palacio y fue requerido por las familias nobles para pedirle consejos esotéricos, profecías y servicios curativos. Predijo, por ejemplo, el matrimonio desgraciado de Anna, una amiga de la zarina. Y la pareja se deshizo a los seis meses porque el marido borracho golpeaba a Anna. La zarina ya no dudó de los poderes de Rasputín.

Durante unas vacaciones en Polonia, en 1912, el zarevich sufría hemorragias en una pierna y las ingles. Se consumía en el dolor. Los médicos creían que le quedaba poco tiempo de vida Los sacerdotes ordenaron darle la extremaunción. Alejandra, desesperada, envió un telegrama a Rasputín. La respuesta no se hizo esperar. «Dios ha escuchado tus oraciones. No te aflijas. El niño no morirá», la calmaba el campesino. Al día siguiente, la hemorragia paró, sin que los médicos, descreídos de los poderes de Rasputín, hallaran explicación. (y aún hoy tampoco se la encuentran)

Respecto al tema el divulgador científico Leonardo Moledo, tiene una explicación sobre la cura milagrosa del monje y cuenta:

«La mágica curación del zarevich, sin embargo, tiene su explicación. Los médicos estaban tratando a su magno paciente con una droga novísima. Esa droga, según se sabe ahora, retarda indirectamente la coagulación de la sangre, y por lo tanto es contraindicada para los hemofílicos: no tiene nada de milagroso que el zarevich mejorara en cuanto dejó de tomarla.

A pesar de todo (y de Rasputín), la droga en cuestión más siguió una carrera ascendente y se hizo más popular que los cantares, los reyes y los políticos hasta el punto que hoy en día es el medicamento más utilizado (y probablemente el más barato) del mundo. Todos la conocen, y no tiene sentido seguir ocultando su nombre: ni más ni menos que “aspirina”, con el cual fue lanzada por un laboratorio alemán el 10 de febrero de 1899. En los posmodernos ‘GO, el mundo consume la increíble cifra de cien mil millones de comprimidos por año.

Y sin embargo, la aspirina es un medicamento muy antiguo. Desde el siglo I, se utilizaban ya las virtudes terapéuticas de la corteza, hojas y savia del sauce (que la contiene) para calmar fiebres y dolores, pero sólo en el siglo XIX se logró extraer y sintetizar el principio activo de los mejunjes tradicionales: primero la salicilina, luego el ácido salicílico, moléculas cíclicas y relativamente sencillas que presentaban, no obstante, serios problemas de intolerancia.

En 1853, el joven químico Gerhardt logró la acetilación del ácido salicílico y obtuvo el ácido acetisalicílico: la aspirina adquiría su forma actual y definitiva. El descubrimiento de Gerhardt, sin embargo, pasó desapercibido desde el punto de vista farmacéutico hasta que Félix Hoffmann (1867-1946) perfeccionó un método de acetilación a escala industrial, cuando el siglo XIX daba sus últimas boqueadas.

Probablemente, lo más notable de la historia de la aspirina es que, pese a su empleo masivo, hasta hace muy poco se ignoró (y todavía se ignora en parte) cuáles son sus mecanismos de acción. Recién en 1971 John Vane propuso una explicación satisfactoria al demostrar que la aspirina inhibe la síntesis de prostaglandinas, sustancias que acompañan y motorizan las inflamaciones.

De paso, como las prostaglandimis bajan el umbral de los receptores del dolor, éste disminuye. Debido a esos trabajos, Vane recibió en 1982 el Premio Nobel de Medicina. Pero con Premio Nobel y todo, el problema de la acción de la aspirina contra el dolor (salvo en el caso del dolor que acom­paña a las inflamaciones) sigue abierto.

Ahora:   aparte de estas acciones (contra las inflamaciones y el dolor), el simpático y vivaz ácido acetilsalicílico tiene muchas otras habilidades. No todas. recomendables por cierto: en el caso del síndrome de Reyes, de muy rara incidencia, que sólo ataca a los niños menores de un año y a los adolescentes, que se manifiesta por severos trastornos neurológicos y hepáticos, la aspirina puede agravar seriamente la situación, e incluso ser fatal (algunos países prohibieron la aspirina en ciertos medicamentos pediátricos).

También actúa retardando el proceso de coagulación de la sangre, lo cual la contraindica para los hemofílicos, como ilustra admirablemente el episodio de Rasputín. Pero en este caso equilibra los tantos: al retardar la coagulación sanguínea, ayuda disminuir el peligro de obstrucciones en las venas arterias y, por lo tanto, de embolias e infartos.

El espectro no termina allí: la aspirina actúa sobre tu cantidad enorme de afecciones, desde los resfríos hasta los reumatismos inflamatorios, la artrosis, migrañas, ciáticas, lumbagos, y la moderna investigación médica está echando el ojo a su aplicación en casos de cataratas y diabetes.

No es poco, por cierto. “El álamo crece, el sauce llora”, suele decirse, manera harto despectiva. Es muy injusto porque el sauce encierra el germen del ácido acetilsalicílico como lo muestra con su misma actitud. Al fin y al cabo todo el mundo sabe que, muchas veces, el llamado alivia el dolor.» (Ver Rasputín)

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ANTECEDENTES DEL NIÑO ENFERMO: La enfermedad del zarevitch, era heredada de su madre, la zarina Alejandra Feodorovna, cuyo nombre católico era Alice von Hesse-Darmastad, hija del gran duque Luis IV y nieta de la reina Victoria. Además de la locura de la familia Von Hesse, en la cual se contaban 21 enfermos mentales, la hermosa Alice había llevado a los Romanov la hemofilia, esa enfermedad hereditaria que transmiten las madres a los hijos varones. Presumiblemente, en el origen de la hemofilia, por la cual habían muerto un hermano y un tío de Alice, estaba la orgullosa reina de Inglaterra.

Los padres del zarevitch ya han renunciado a la impotente ciencia de los médicos que rondan cabizbajos por la oscura recámara. El pequeño Aliosha se queja desgarradoramente.

En su desesperación, la emperatriz confió la curación de su hijo a los más insólitos charlatanes. Entre ellos, el «doctor» Philippe Vachot, un aventurero parisiense, ex ayudante de carnicero, quien por un tiempo y sólo gracias a su sagacidad, pudo mantener la confianza de los zares. Una vez desenmascarado, Vachot fue devuelto sin honores a su Francia natal. Luego sería el turno de Mitya Kolyaba, un discípulo de la curandera Darya Osipova, epiléptico, que hacía pasar su histeria por estados de verdadera iluminación. Sus aullidos que más rozaban el histerismo, no hicieron más que asustar al doliente zarevitch.

Las razones de esta candidez en una mujer culta y enérgica como la zarina Alejandra Feodorovna, sólo pueden encontrarse en su encendido misticismo y su ardorosa fe, que rayaban en la superstición.

Descartada la ciencia (que en aquella época no tenía respuesta para la hemofilia), sólo le queda Dios, o más exactamente sus supuestos enviados, que pretenden curar al niño por medio de sus éxtasis místicos, ese fue el Monje Rasputín.

Fuentes Consultadas:
Rasputín y los últimos días del zar Cuadernillo N°7 National Geographic
Curiosidades de la Ciencia Leonardo Moledo

Calendarios Juliano y Gregoriano Sus Modificaciones

Calendarios Juliano y Gregoriano Sus Modificaciones

¿Qué es lo que uno le pide a un año por venir? Por empezar que sea bueno, pero además que coincida con el año astronómico (365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos).

Al fin y al cabo, un año es el tiempo que tarda la Tierra en completar una órbita entera alrededor del Sol y una de las mínimas exigencias que debe tener un año de buena calidad es que su duración y la del viaje de la Tierra en su órbita sean iguales.

No se trata de un mero capricho: es interesante que las estaciones empiecen más o menos siempre en la misma fecha: que el otoño y la primavera (equinoccios) se produzcan el 21 de marzo y el 21 de septiembre, y que el comienzo del verano y del invierno (solsticios), el 21 de diciembre y de junio respectivamente.

El asunto de las estaciones era de vital importancia para las antiguas sociedades agrícolas que debían determinar las fechas de siembra y recolección.

Los primeros y primitivos calendarios lunares no conseguían encajar en el año solar: las discrepancias se corregían de tanto en tanto agregando un mes o algunos días extra.

Pero en el siglo I antes de Cristo, en Roma, los errores acumulados habían logrado que el año civil y el solar estuvieran desfasados en tres meses: el invierno empezaba en marzo y el otoño en diciembre, lo cual sin duda era bastante incómodo.

Julio César

Julio César introdujo la primera gran reforma. Impuso el uso universal del calendario solar en todo el mundo romano, fijó la duración del año en 365 días y seis horas, y para que esas seis horas de diferencia no se fueran acumulando se intercaló un día extra cada cuatro años: los años bisiestos tienen trescientos sesenta y seis días.

La reforma entró en vigencia el 10 de enero del año 45 a. de C. —805 de la fundación de Roma—. Con el tiempo, se impuso la costumbre de tomar como bisiestos los años que son múltiplos de cuatro.

Pero aquí no acabó la cosa, ya que el año juliano de 365 días y seis horas era un poco más largo (11 minutos y 14 segundos) que el año astronómico real, y otra vez los errores empezaron acumularse: a fines del siglo XVI las fechas estaban corridas alrededor de diez días, y la primavera empezaba el 11 de septiembre: el Papa Gregorio XIII emprendió una nueva reforma para corregir las discrepancias y obligar a las estaciones a empezar cuando deben: por un decreto pontificio de marzo de 1582, abolió el calendario juliano e impuso el calendario gregoriano.

Se cambió la fecha, corriéndola diez días: el 11 de septiembre (día en que se producía el equinoccio de primavera) se transformó “de facto” en el 21 de septiembre, con lo cual se eliminó el retraso acumulado en dieciséis siglos y el año civil y el astronómico volvieron a coincidir.

Pero además se modificó la regla de los años bisiestos: de ahí en adelante serían bisiestos aquellos anos que son múltiplos de cuatro, salvo que terminen en dos ceros.

De estos últimos son bisiestos sólo aquellos que sean múltiplos de cuatrocientos (como el 1600).

Los otros (como el 1700) no. Así, ni el 1800 ni el 1900 fueron años bisiestos. El año 2000, sin embargo, lo será (porque aunque termina en dos ceros es múltiplo de cuatrocientos): la formula permite eliminar tres días cada cuatro siglos, que es la diferencia que acumulaba el calendario juliano en ese lapso.

Papa Gregorio

Sin embargo, aun el “año gregoriano” con todas sus correcciones es 26 segundos más largo que el año astronómico, lo cual implica un día de diferencia cada 3323 años.

Para corregir esta pequeña discrepancia se ha propuesto sacar un día cada cuatro mil años de tal manera que el año 4000, el 8000 o el 16000 no sean bisiestos (aunque les toca).

En todo caso, de la longitud del año ocho mil, o dieciséis mil, no necesitamos preocuparnos ahora: los años que estamos usando tienen una duración más que aceptable.

Fuentes Consultadas:
Rasputín y los últimos días del zar Cuadernillo N°7 National Geographic
Curiosidades de la Ciencia Leonardo Moledo

Famosas Estatuas Ecuestres Descripción de Importantes Esculturas

DESCRIPCIÓN DE LAS IMPORTANTES ESTATUAS ECUESTRES:

Al fondo del estudio del escultor hay un boceto en yeso, abandonado hace ya algunos días y cubierto con un paño húmedo. De la masa informe se destacan las patas gráciles de un caballo. Hace tiempo que el artista acaricia la idea de realizar una estatua ecuestre. Modelar la figura del caballo le ha sido fácil, pero, al iniciar la del caballero, se siente desalentado.

No carece de capacidad creadora; es uno de los más grandes escultores de nuestro tiempo. Lo que le falta es algo muy importante: un modelo en que inspirarse. Los caballeros antiguos han desaparecido, pertenecen al pasado. Los generales de hoy, en los desfiles, pasan lentamente en automóvil, y ya no es un artista quien los representa a caballo para que el pueblo los admire. Ahora son los fotógrafos quienes, con una simple acción mecánica, los retratan ante su mesa de trabajo o en la escalerilla de un avión.

Nuestro escultor añora el tiempo en que los grandes capitanes pasaban, majestuosos, sobre sus briosos caballos, rodeados de la admiración del pueblo.

Y, cansado de pensar, el artista cierra los ojos. Bajo sus párpados abatidos le parece ver unas figuras que se le aproximan: es un pequeño grupo de caballeros, de épocas diversas y diferentes entre sí, aunque todos tienen un aspecto igualmente noble y altivo. Hacen caracolear a sus caballos, y luego se inmovilizan como en militar parada. Ahora los reconoce. Los ha visto tantas veces, erguidos sobre sus pedestales, dominando las plazas de las ciudades que conocieron sus glorias! Lleno de emoción, empieza a pasarles revista, uno por uno…

Caballero cretense – Tan pequeño es este caballero cretense, comparado con los otros, que, a primera vista, parece un juguete. Viene de una lejanísima  civilización, y tal vez representa a alguno de aquellos fuertes guerreros que dominaron el Mediterráneo, casi tres mil años a.C. Es barbudo, tiene los labios apretados, como para expresar su fuerza, y se sostiene erguido en el arzón.

Parecerá, quizá, la obra de un artista ingenuo, pero, si se observa con atención, se descubre que, no obstante su sencillez, expresa una poderosa y sorprendente vitalidad. El caballo estilizado esto es, representado en sus líneas esenciales, parece haberse parado de repente, y podemos casi imaginar el ruido de sus cascos.

Mareo Aurelio – La estatua del emperador filósofo domina, desde la altura del Capitolio, la ciudad’ que fue señora del mundo. El caballo, de raza panonio, con los remos finos del pura sangre, avanza con paso solemne de desfile. El emperador tiene la segura expresión del dominador, pero su brazo derecho está levantado, en signo de clemencia, y su rostro es benévolo y pensativo.

Parece un gran padre que vela por su prole desde tiempo inmemorial. Cuando este monumento era nuevo, el sol lo hacía brillar como una joya, pues estaba recubierto por láminas de oro. Hoy ha desaparecido el dorado, pero existe una vieja leyenda, según la cual, un día la estatua recuperará su primitivo esplendor, porque el oro reaparecerá en su superficie.

Cuando esto suceda, nos dice la leyenda, los hombres comprenderán que se acerca el fin del mundo. Cosa extraordinaria es que sobre esta inmensa mole de bronce no se aprecian señales de junturas o soldaduras. Tal vez los dos bloques, de caballo y caballero, se fundieron en un solo molde, pero la técnica que los artistas romanos emplearon para la fundición sigue siendo un secreto.

Cangrande della Scala – La sonrisa serena y jovial del señor de Verona está tan llena de vida que parece ablandar la dureza del mármol de la escultura. Con la misma afabilidad debió tratar este príncipe a sus súbditos y a los huéspedes de su corte. Así fue como Dante Alighieri, a quien acogió durante el exilio, lo recordó con elogio en la Divina Comedia.

El gran artista medieval que esculpió el monumento debió quedar tan prendado de las grandes cualidades de este señor, que hasta representó alegre y simpático a su caballo, que parece guiñar el ojo con picardía.

El yelmo macizo, que en la cimera lleva una cabeza de perro, símbolo del linaje del caballero; la larga espada y la gualdrapa suntuosa del caballo traen a nuestra memoria escenas de prodigiosos torneos en que los mejores campeones medían la fuerza de su brazo en el palenque. El caballero no se siente en modo alguno embarazado por la armadura completa que lo envuelve. Estirado sobre los estribos, parece saludar con donaire al público, antes de lanzarse al galope de su corcel ligero.

 

Gattamelata: A la muerte  de Erasmo de Narni, mas conocido por Gattamelata, los patricios de la República de Venecia quisieron eternizar en bronce el recuerde de su valor. Este condotiero había prestado servicios preciosos a la Serenísima. Para acentuar su  impresión de incontrastable potencia que ofrece este monumento, Donatello ha colocado sobre un caballo, poderoso como una máquina de guerra, la figura, conscientemente reducida, de un caballero que tiene, sin embargo, el ademán sereno y firme del que domina.

Cuando Donatello fue llamado a Padua para que esculpiera este monumento tenía sesenta años, y durante cinco trabajó allí, superando infinitas dificultades durante la fusión del bronce. La estatua se  fundió en tres bloques separados, que luego se soldaron en conjunto.

 

Ranuccio Fornesio – La altivez de este señor del siglo XVII no disminuye lo dignidad de su porte. Es Ranuccio Farnesio, duque de Piacenza. Francesco Mochi, el autor del monumento, marchó a Roma y a Padua, antes de empezarlo, para estudiar de cerca las estatuas de Marco Aurelio y de Gattamelara. Pero en su obra hay algo que es totalmente nuevo: vibra en su movimiento, como si la crin, la cola flotante del caballo y el manto del caballero recibieran, de improviso, un viento sesgado. Es el «viento» que sopla sobre todas las estatuas barrocas.

Caballero de Marino Marini: Marino Marini es el escultor contemporáneo a quien nos hemos referido. Las figuras de su caballo y de su caballero carecen del ímpetu heroico de sus predecesores. Son simples, descarnadas. El caballero tiende los brazos hacia el cielo, en ademán que expresa desesperación y que no tiene nada de la fuerza física de sus antiguos compañeros de armas. Y aquí hay una cosa que nos sorprende. Hemos observado que la más antigua y la más moderna de las esculturas se parecen. Después de tanto tiempo, el escultor moderno coincide con el artista desconocido, de unos 3.000 años a. C.

Fuente Consultada: Abuelo,…Es Verdad? Luis Melnik

Historia de los Carros Primitivos Desde la Rueda

La Rueda y los Carros Primitivos Primeros Descubrimientos del Hombre

rueda de piedra de un carro antiguoLOS CARROS: Cuando los objetos son demasiado pesados para transportarlos cargando con ellos, su traslado por tierra se convierte en un problema.

Aunque el terreno sea completamente llano, se produce una considerable fricción sí es arenoso, pedregoso o herboso.

Al principio, los objetos pesados debían arrastrarse en trineos, impulsándolos por la fuerza bruta. Incluso cuando se utilizaron animales más fuertes que el hombre (los bueyes, por ejemplo), la marcha era lenta.

El avance podía facilitarse colocando bajo los trineos toscos rodillos consistentes en troncos de madera. Estos rodaban en lugar de arrastrarse, y limitaban en medida considerable la fricción.

Ello significaba menos trabajo, pero en realidad podía llevar más tiempo, pues los rodillos tenían que retirarse de la parte posterior y colocarse de nuevo en la anterior. Lo que se precisaba era, pues, un eje y unas ruedas.

No sabemos en qué circunstancias se le ocurrió a alguien fijar sendos rodillos en la trasera y en la delantera del trineo, de tal manera que giraran en el interior de las tiras en las que se sostenían, y se mantuvieran en todo momento fijados al trineo.

En el extremo de cada rodillo se colocaron luego sendas ruedas macizas de madera que levantaban del suelo el trineo, y esas ruedas podían girar libremente.

Un carro se traslada con más rapidez y con mucho menos esfuerzo que un trineo, aunque éste se disponga sobre rodillos, con lo que ese vehículo supuso una revolución en el transporte terrestre. Ante todo, facilitó el comercio.

Los carros aparecieron en Sumeria hacía 3500 a. J.C.  

AVANCE DE LA RUEDA

Los primeros en usar la rueda fueron probablemente los alfareros mesopotámicos, quienes, hacia 3500 a.C., elaboraban vasijas en mesas giratorias. Unos 250 años después, las carretas ya contaban con sólidas ruedas de madera.

Las primeras ruedas de vehículo consistían en dos o tres tablas cortadas para formar un disco, unidas con travesaños de madera o cobre. Se fijaban con chavetas en los extremos del eje. Las ruedas con rayos, más ligeras, surgieron hacia 2000 a.C. Los rayos partían desde el centro y se mantenían fijos a un borde de madera hecho de una sola pieza.

Ruedas para la carreta:

Bueyes y asnos entraban y salían de las ciudades tirando de otra brillante invención: la carreta con ruedas. La rueda en sí, base de mucha de la tecnología subsiguiente, tal vez apareció en Mesopotamia en forma de rueda del alfarería, un disco que se hacía girar a mano y que permitía una producción de vasijas más rápida.

Aunque las primeras ruedas de alfarería datan de 3500 a.C., fueron adaptadas para su uso en el transporte unos 250 años después. Las primeras carretas eran pesadas y macizas: las ruedas, que no tenían rayos, eran planchas redondas de madera, protegidas con cuero.

Las carretas eran vehículos de cuatro ruedas, tirados por bueyes o asnos (aunque conocían los caballos, en Mesopotamia aún no los usaban), que llevaban mercancía de las granjas a los mercados. Servían también para que los funcionarios viajaran durante las procesiones ceremoniales.

Las grandes ciudades sumerias —entre ellas Ur, Eridu, Lagash y Nipur— guerrearon entre sí con frecuencia, y nunca se unificaron en un Estado fuerte como lo fue Egipto. Las ciudades estaban circundadas por tierra fértil e irrigada, y prosperaban por la agricultura y la ganadería.

En las lodosas planicies mesopotámicas escaseaban los materiales como piedra, metales y madera, pero como poseían copiosas reservas de grano y algodón, los sumerios las exportaron para llevar de otras regiones las materias primas vitales que necesitaban.

Ur —la bíblica «Ur de los caldeos», junto al río Eúfrates— era un gran centro bodeguero a donde llegaban mercancías por tierra, río y mar. Cientos de tablillas de arcilla muestran gráficamente la organización del vital comercio exterior. Se llevaba plomo y plata por el Eúfrates desde las montañas de la actual Turquía. La madera llegaba de Siria y de las mesetas del noreste. Los comerciantes llevaban, desde Afganistán, piedras semipreciosas como el lapislázuli.

La piedra y el cobre eran llevados desde Omán, y los barcos de Ur bajaban por la costa de Arabia para transportar oro e incienso. En el próspero puesto  comercial de Dilmun, en la isla Bahrein del golfo Pérsico, se administraban algunas de estas mercancías.

Así, los «reyes del mar» de Ur realizaron un próspero comercio de exportación e importación. La flota mercante sumeria incluía barcazas y naves con mástil, cubierta, cabina y remeros. Algunas podían cargar hasta 36 ton de mercancía, y los marineros se aventuraron más allá del Estrecho de Ormuz e Irán para hacer negocios con los pueblos del valle del río Indo.

En 1977, el antropólogo noruego Thor Heyerdahl construyó una barcaza de cañas a la usanza sumeria y navegó a bordo de la nave, llamada Tigris. Logró cruzar el tempestuoso océano índico y demostrar que tan larga y azarosa travesía era posible.

carreta de bueyes

Enjaezado Esta carreta con ruedas, una miniatura de Mohenjo
Doro, se asemeja a las carretas de bueyes aún en uso en Pakistán.

AMPLIACIÓN DEL TEMA

Cerca del año 2000 a. de J.C, el  trineo primitivo fue evolucionando y, siempre en Mesopotamia, aparecieron los primeros carros de dos o cuatro ruedas y con el arcón montado sobre el borde.

Es un medio todavía muy rudimentario, cuya única función estriba en sustituir la albarda, el cuévano y la canasta, favoreciendo en gran manera el desarrollo de los intercambios comerciales que ya entonces tenían lugar, aunque en forma muy primitiva y simple de los intercambios comerciales que ya entonces tenían lugar, aunque en forma muy primitiva y simple.

La novedad y la importancia del nuevo vehículo revolucionario puesto a disposición del hombre y las dificultades inevitables con que hubieron de tropezar los primeros constructores de carros explican fácilmente cómo, en aquella época, a todo ello se le uniera el concepto de prestigio.

Carros enteros o esculpidos en bronce o arcilla se hallan sepultados en las tumbas reales; otros se depositaban, como homenaje votivo a los dioses, en los turbales.

Esto permite a los eruditos hallar y estudiar los restos perfecta o suficientemente conservados; se hace necesario añadir a ello el gran número de recipientes y bajorrelieves que reproducen esta máquina prodigiosa.

Merced a todo esto hoy se tienen elementos suficientes para conocer la evolución del carro.

Se ha dicho anteriormente que las ruedas más antiguas estaban formadas por tres círculos ; ello planteaba, como es evidente, el problema de ligar firmemente las tres partes.

En los descubrimientos arqueológicos de Ur, Kish y Susa apareció, en la parte externa de la rueda, gran cantidad de clavos de bronce, indicio que lleva a suponer la existencia de un aro de cuero o, tal vez, de hierro.

En los primeros 2.000 años de su historia las dimensiones de la rueda varían, siquiera sea ligeramente, entre una circunferencia de 0,5 m en las ruedas de Ur (2750 a. de J.C. aproximadamente) y 92 cm en las ruedas de los carros hallados en Tapper (Alemania) y que datan del año 200 a. de J.C.

El período comprendido entre el 2000 y el 1000 a. de J.C. ve el inicio de la difusión del carro por todo el mundo entonces habitado; se le podía encontrar ya en cualquier lugar entre el valle del Indo y Egipto, traído por los Nyskos en el siglo XVII a. de J.C.

En contacto con civilizaciones tan diversas y, al mismo tiempo, paralelas, el carro no podía dejar de evolucionar a medida que transcurría el tiempo; en efecto, es precisamente en este período cuando adquiere sus líneas fundamentales.

Con unas pocas variaciones importantes se le transforma en un medio de transporte relativamente cómodo para las personas, volviéndolo más ligero y alzando los bordes anteriores.

Muy pronto comenzaron a comprenderse las extraordinarias ventajas derivadas de la adopción del carro como instrumento bélico; los flancos y los cubos de las ruedas se armaron con cuchillos afilados, y así el carro se transformó en una de las más temibles máquinas de guerra de la antigüedad prerromana.

La invención de la rueda, y, por consiguiente, la utilización del carro, precede al inicio de dos grandes transformaciones: en primer lugar, la domesticación definitiva del caballo, empleado ya anteriormente por algunos pueblos de Asia para arrastrar los trineos, con su difusión correspondiente a partir de las estepas del Asia central hasta el Medio Oriente, de donde llegará más tarde a Europa entre los años 3000 y 2000 a. de J.C.; en segundo lugar, la creación de carreteras.

Es fácil comprender la enorme trascendencia de dichos acontecimientos que, a partir del siglo n a. de J.C, caracterizaron, la vida del hombre y contribuyeron en gran manera al desarrollo progresivo de la civilización.

El acto de uncir el caballo al carro dio origen a ciertos problemas harto complejos que, es preciso decirlo, no hallaron solución durante la antigüedad. Al principio se aplicó al caballo un yugo idéntico al que se utilizaba para los bueyes, cuya domesticación data de tiempos anteriores.

Este yugo apretaba el cuello del animal y le impedía la libertad de movimientos, reduciendo a un tercio su potencia.

La fuerza de tracción se transmitía del yugo al caballo a través de la limonera central. Sin embargo, es evidente que los equinos no poseen un espaldar lo bastante robusto como para permitirles ejercer su fuerza directamente sobre el yugo, en la forma como lo hacen los bueyes.

Se les aplicó entonces un pectoral, de cuero las más de las veces, sostenido por una cincha. Pero la presión sobre la tráquea dificultaba notablemente al animal, viéndose éste precisado a desplazar la cincha sobre los músculos alargados, arqueando el cuello.

Naturalmente, no era ésta la posición idónea para que el cuadrúpedo pusiese en juego toda su potencia y ello motivó que se quisiera compensar el escaso rendimiento multiplicando el número de caballos.

Corrientemente se utilizaban tiros de cuatro y hasta de seis caballos. Sólo que, también en este caso, el carro arrastrado por una pareja de animales a cada lado de la limonera central y, lo que es peor, un sistema incorrecto de correas hacen que los cuadrúpedos sumados en la parte externa apliquen su esfuerzo sobre el yugo de los animales que se encuentran a su lado, en lugar de hacerlo sobre el timón del carro.

La unción del caballo al carro coincide con la aparición de las ruedas de radios, cuyos primeros ejemplares europeos se descubrieron en Mercurago, a orillas del lago Mayor.

A estas alturas, hacia el 1500 a. de J.C., el carro se había convertido ya en una terrible arma de guerra, y la rueda maciza no podía satisfacer las exigencias de rapidez y agilidad para la maniobra que tan necesarias resultaban.

Los radios (tres, cuatro y a veces más) motivaban que el carro fuese mucho más ágil y ligero, mientras que la rueda hacía ya bastante tiempo que no estaba vinculada al eje, sino que se adhería a él a través del cubo.

Carro de guerra

Carro de guerra provisto de dos ruedas radiadas y de un tiro de dos caballos. El carro, que puede considerarse como el «tanque de la antigüedad» y que desempeñó un papel decisivo en las guerras imperialistas del siglo II a. de J.C., estaba formado por una caja ligerísima, generalmente hecha de mimbre trenzado, abierta en su parte posterior, pero protegida por delante con una tabla curvada en la que se instalaban las aljabas de las armas. En este carro, arrastrado por una pareja de caballos, montaban un auriga y un guerrero que combatía en precarias condiciones de estabilidad.

Biga Egipcia carretas

Biga egipcia en una grabación proveniente de Karnak y que se remonta al siglo XIX a. de J.C. Las elegantes bigas de guerra utilizadas por los egipcios denotan un progreso notable en la evolución del carro. En efecto, el chasis aparece sumamente simplificado y la reducción del peso da lugar a un importante aumento de velocidad en el vehículo, el cual, además, posee ruedas provistas de cuatro radios que van unidas al eje fijo.

En Grecia, la asimilación de la civilización oriental, principalmente egipcia, determinó, a partir del siglo XV a. de J.C., la penetración y la difusión del carro, que hasta el siglo VI a. de J.C. tuvo una utilidad casi exclusivamente bélica y que a partir de entonces fue rápidamente sustituido por el caballo.

Los carros de guerra utilizados en la antigua Grecia, muy semejantes a los egipcios, estaban provistos de dos ruedas radiadas que giraban alrededor de un eje fijo; la armazón, formada por maderas entrelazadas recubiertas con pieles y dotada de un parapeto en la parte anterior, era de gran ligereza, pero capaz de sostener el peso de dos hombres, un auriga y un guerrero; este último abandonaba el carro en el curso de la batalla.

Carro ligero griego de carrera

Carro ligero griego de carrera

Carro griego de guerra

Carro griego de guerra

El timón, de forma característica, estaba constituido por una vara de considerable longitud que, partiendo de la base de la carrocería, presentaba una curva muy acentuada en la extremidad opuesta y terminaba en el yugo, cuya estabilidad se obtenía mediante una correa fijada al parapeto del carro.

Los carros griegos de combate estaban revestidos en su parte externa de decoraciones metálicas que les conferían una singular belleza.

La importancia y la difusión de estos carros, arrastrados por tiros de cuatro caballos o de dos en el mundo griego de la edad preclásica, se hallan documentadas en las numerosísimas pinturas que representan escenas de combates en los que intervienen los carros y tienen su mayor apología en la litada, en la cual los héroes griegos y troyanos, así como los mismos dioses del Olimpo, participan en las batallas subidos en espléndidos carros del tipo mencionado.

Según la opinión de historiadores autorizados, el carro hubiera penetrado merced a la invasión de las primitivas hordas que poblaron la península itálica, o inmediatamente después de la invasión de Italia por los etruscos, lo que, de ser cierta esta suposición, le atribuiría un origen oriental, o tras la colonización de las costas meridionales de Italia por parte de los griegos.

En realidad, los etruscos fueron el primer pueblo de Italia que conoció el nuevo medio de transporte y de guerra, quizá después de aprender la técnica de su construcción de los pueblos que habitaban las tierras del Mediterráneo oriental, con los cuales tenían probablemente frecuentes intercambios comerciales.

El carro itálico de mayor antigüedad es el plaustro, pesado carro agrícola arrastrado por bueyes y destinado al transporte de los productos de la tierra.

En la época romana circulaba en la península una discreta variedad de carros y vehículos de transporte, mientras que el carro de guerra, con el cual los romanos habían sufrido una terrible experiencia en las luchas habidas contra los celtas, cayó en desuso y se reservó casi exclusivamente para los desfiles militares o las solemnes procesiones de triunfo.

El factor determinante aportado al perfeccionamiento del carro por la habilidad constructiva de los artesanos celtas encuentra un reconocimiento harto significativo en el origen céltico de casi todos los nombres con los que se designaban los vehículos utilizados por los romanos.

El de mayor capacidad de carga era la angaria, auténtico y verdadero tren de cuatro ruedas y altos flancos, que aproximadamente podía transportar 500 Kg. de equipo militar.

Seguían, en orden decreciente en cuanto a capacidad, el carpentum o vehiculum (330 Kg.), utilizable para el transporte de pasajeros a largas distancias, el carrus (200 Kg.), de cuatro ruedas radiadas y amplia armazón, la vereda (100 Kg.), para dos pasajeros, y la ligerísima birota (65 Kg.) de dos ruedas.

Generalmente, los carros de cuatro ruedas se reservaban para el transporte de grandes cantidades de mercancías; por ejemplo, alimentos, casi siempre con destino a la ciudad. En Roma tenían su sede grandes compañías que se dedicaban exclusivamente a los transportes, poseyendo asimismo algunas Sucursales en las localidades más importantes del vasto imperio.

Efectuaban viajes regulares , establecidos según un horario bastante preciso.

Fuentes: Historia y Cronología de la Ciencia y los Descubrimientos de Isaac Asimov- Historia de las Comunicaciones Transportes Terrestres J.K. Bridges

Calendario Musulman Año Islamico Origen y Diferencias Historia

Calendario Musulman Año Islámico: Origen y Diferencias

Origen del Calendario Musulmán

Mahoma, lider musulmanSegún la tradición, el profeta Mahoma huyó de La Meca a Medina la noche del 15 al 16 de julio de 622 de nuestro calendario. Esta emigración

(hedjra en árabe, «hégira» en español) es el punto de partida de la cronología musulmana, fechada el 15 de julio por los historiadores y el 16 por algunos astrónomos.

Hacia 630, el califa Umar I, emir de los creyentes, fijó el inicio de la era de la hégira. Investigaciones posteriores han puesto de manifiesto que la huida del Profeta tuvo lugar unos días más tarde, el 22, 23 o 24 de septiembre de 622, pero se mantuvo la fecha tradicional.

El calendario musulmán tiene 12 meses de 30 y 29 días alternativamente. El último mes, el de El AId el Kebir, tiene un día adicional en los años llamados «extraordinarios» o «abundantes», que son, en un ciclo de 30 años, los años 2, 5, 7, 10, 13, 16, 28, 21, 24, 26 y 29 de este ciclo. (Algunos expertos consideran abundante el año 15° del ciclo en lugar del 16°.)

El año musulmán es un año lunar de 354 o 355 días. Con relación a nuestro calendario, empieza de un año a otro con un adelanto de 10 a 12 días. Así, por ejemplo, el mes del ramadán (90 mes, mes del ayuno) empezó el 11 de mayo en 1986, el 30 de abril en 1987, el 18 de abril en 1988, el 7 de abril de 1989, el 28 de marzo de 1990, el 17 de marzo de 1991, etc.

El inicio del mes se establece en función de la observación directa de la Luna. Puesto que circunstancias accidentales pueden impedir la observación de la primera aparición del astro, la fecha de inicio de un mismo mes puede variar de una localidad a otra, lo que perjudica la precisión de las dataciones.

Cien años de la hégira equivalen a 97 años solares ± 8 días y 4 horas. A la inversa, 100 años solares corresponden a 103 años musulmanes + 24 días y 12 horas.

La conversión de las fechas de la hégira en fechas de la era cristiana exige cálculos bastante complejos que tienen en cuenta los ciclos de 30 años del calendario musulmán (10.631 días), los periodos de 4 años (1.461 días) del calendario juliano, el tiempo transcurrido entre el inicio de la era cristiana y el 16 de julio del 622 (227.016 días), el desfase entre los calendarios juliano y gregoriano y la duración de los meses en cada sistema.
Para un cálculo aproximado pero rápido, pueden utilizarse las siguientes fórmulas simplificadas:

  1. Conversión de un año musulmán en año gregoriano:

(año musulmán x 0,97) + 622 = año gregoriano.
Ejemplo:
1391 de la hégira x 0,97 1349,27; 1349,27 + 622 = 1971,27 (es decir de 1971 a 1972 de nuestra era).

  1. Conversión de un año gregoriano en año musulmán:

(año gregoriano —622)/0,97 = año musulmán
Ejemplo:
1947 de nuestra era — 622=1325;
(1325 / 0,97) = 1365,97 (es decir de 1365 a 1366 de la hégira).

Meses del Calendario Musulmán:     

 Nombre literarioNombre popularDuración
    MuharramAchura30 días
    SafarChaia achura29 días
    Rabí al- ‘awwalEl Mulud30 días
    Rabí ath-thaniChaia el Mulud29 días
    Djumada al-’awwalDja30 días
    Djumada th-thaniDjtima29 días
    RadjabRedjeb30 días
    Cha’banChaban29 días
    RamadánRamadán30 días
    ChawwalEl Aid es Seghir29 días
    Dhu al-qaadaBin el aiad30 días
    Dhu al-hidjdjaEl Aid el Kebir 29 o 30 días

Correspondencia entre los calendarios musulmán y gregoriano para fines del siglo xx

El 1 de Muharram es el primer día del año musulmán.
El 1 de Muharram de 1411 es el 14 de julio de 1990

1412   —                 13 de julio de 1991
1413  —                  2 de julio de 1992
1414   —                 21 de junio de 1993
1415   —                 10 de junio de 1994
1416   —                 31 de mayo de 1995
1417  —                  19 de mayo de 1996
1418   —                 9 de mayo de 1997
1419   —                 28 de abril de 1998
1420   —                 18 de abril de 1999
1421   —                 6 de abril de 2000
1422  —                  25 de marzo de 2001

El 1 de Muharram de 1411 es el inicio del ciclo de 30 años que abarca el fin del siglo XX y el principio del siglo XXI).

ALGO MAS SOBRE EL TEMA…

Así como el nacimiento de Cristo marca el comienzo de la era cristiana, en el mundo musulmán la predicación de Mahoma inicia un nuevo cómputo de años.

El punto de partida de esta nueva era es la hégira, la huida de Mahoma y de sus seguidores de La Meca a Yatrib, la futura Medina. Cuando el califa Umar la instituyó como punto de partida de la era islámica, decidió que empezara el primer día del año lunar en que tuvo lugar (1° de Muharram).

Para obtener la relación de los años musulmanes con los de la era cristiana (calendario gregoriano) se sustrae 1/33 del año musulmán y se añade 622.

Para obtener la relación de los años de la era cristiana con los años de la era musulmana se resta del año cristiano 622 y se añade 1/32 de la sustracción.

La base del calendario lunar islámico es el calendario de los árabes preislámicos, que proviene del hebreo.
El calendario islámico tiene un año con 12 meses de 29 y 30 días alternativamente, por lo que debían intercalar un mes cada dos o tres años debido a la diferencia respecto el calendario solar.

El profeta prohibió explícitamente las intercalaciones de los meses: «El número de meses, para Dios, es de doce. Fueron escritos en la Escritura de Dios el día que creó los cielos y la tierra. De ellos, cuatro son sagrados: ésa es la religión verdadera (…)». Los judíos, que tienen un calendario lunisolar, también deben intercalar un decimotercer mes cíclicamente en su calendario.

Los meses lunares o lunaciales comienzan a partir de la primera observación directa del creciente de la Luna y cada mes comprende el período de tiempo entre la aparición de una Luna nueva y la siguiente.

Los meses islámicos son: Muharram, Safar, Rabi I, Rabi II, Yumada I, Yumada II, Rayab, Shaabán, Ramadán, Sawwal, Dulgaada y Dulhiyya.

Los días de la semana se expresan con el nombre del ordinal que les corresponde a partir del domingo, que es el primero, hasta el séptimo, el sábado; el viernes recibe el nombre de «día de la reunión» porque es el día de la oración colectiva del mediodía en la mezquita. No se trata de un día de descanso semanal obligatorio como pasaba en el sábado de los judíos o en domingo, día del Señor de los cristianos, sino de un día laborable. La razón es que los musulmanes consideran que Dios no se cansó después de haber realizado la Creación: «Creamos los cielos, la tierra y lo que entre ellos está en seis días, sin sufrir cansancio». Los días empiezan cuando se pone el Sol.

calendario musulman

Dos páginas del Almagesto, del siglo XV. La cronología propia de los musulmanes data del califato de Umar, quien instituyó una nueva era tomando como punto de partida convencional la fecha de la emigración de Mahoma desde La Meca a Medina, en el año 622.

El Calendario Frances de la Revolucion Francesa Juliano y Gregoriano

El Calendario Francés de la Revolución Francesa Juliano y Gregoriano

El calendario republicano francés

Este calendario fue creado por la Convención (decreto del 14 de vendimiario año II, o 5 de octubre de 1792), que decidió sustituir retroactivamente el calendario gregoriano por el republicano a partir del 22 de septiembre de 1792.

Este calendario no podía ser universal: partiendo de un hecho particular de la historia de Francia, el nombre de los meses hacía referencia al clima francés y ponía fin al ritmo septenario de los días.

Calendario Francés

El nuevo calendario quiso romper con todo: los nombres de los meses, los días y las celebraciones. La semana fue sustituida por una década de 10 días, los días pasaron a tener 10 horas; la hora, 100 minutos; y el minuto, 100 segundos. Esta utópica división del tiempo no llegó a aplicarse. El año republicano comprendía 12 meses de 30 días, más 5 días festivos situados después de fructidor. Estos días complementarios, que no pertenecían a ningÚn mes, se consagraban a celebrar las fiestas republicanas. Si el año era bisiesto, se añadía un sexto día festivo, el día de la Revolución.

Los meses de otoño eran: vendimiario, brumario y frimario; los de invierno: nivoso, pluvioso y ventoso; los de primavera: germinal, floreal y pradial; y los de verano: mesidor, termidor y fructidor.

Teóricamente, este calendario entró en vigencia a partir del 22 de septiembre de 1792, pero como se aplicó con un año
de retraso, no existe documento alguno que lleve fecha del año 1.

Oficialmente duró hasta el 31 de diciembre de 1805, o sea 13 años y 3 meses; la Comuna de París volvió a adoptarlo del 6 al 23 de mayo de 1871 (del 16 floreal al 3 de pradial del año LXXXIX).

Calendario Francés

Nombres de los Meses del Año. El calendario revolucionario es un calendario influido por las ideas ilustradas y racionalistas que inspiraron la Revolución Francesa. De esta forma, es un calendario más fiel al sistema decimal y sus referencias son naturalísticas.

Ver: Calendario Musulman El Año Islámico

Diferencia entre el calendario juliano y el gregoriano

Diferencia entre el Calendario Juliano y el Gregoriano

HISTORIA DEL CALENDARIO: JULIANO Y GREGORIANO

¿Qué es lo que uno le pide a un año por venir? Por empezar que sea bueno, pero además que coincida con el año astronómico (365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos). Al fin y al cabo, un año es el tiempo que tarda la Tierra en completar una órbita entera alrededor del Sol y una de las mínimas exigencias que debe tener un año de buena calidad es que su duración y la del viaje de la Tierra en su órbita sean iguales.

No se trata de un mero capricho: es interesante que las estaciones empiecen más o menos siempre en la misma fecha: que el otoño y la primavera (equinoccios) se produzcan el 21 de marzo y el 21 de septiembre, y que el comienzo del verano y del invierno (solsticios), el 21 de diciembre y de junio respectivamente. El asunto de las estaciones era de vital importancia para las antiguas sociedades agrícolas que debían determinar las fechas de siembra y recolección.

Los primeros y primitivos calendarios lunares no conseguían encajar en el año solar: las discrepancias se corregían de tanto en tanto agregando un mes o algunos días extra.

Pero en el siglo I antes de Cristo, en Roma, los errores acumulados habían logrado que el año civil y el solar estuvieran desfasados en tres meses: el invierno empezaba en marzo y el otoño en diciembre, lo cual sin duda era bastante incómodo.

Julio César, calendarioJulio César introdujo la primera gran reforma. Impuso el uso universal del calendario solar en todo el mundo romano, fijó la duración del año en 365 días y seis horas, y para que esas seis horas de diferencia no se fueran acumulando se intercaló un día extra cada cuatro años: los años bisiestos tienen trescientos sesenta y seis días. La reforma entró en vigencia el 10 de enero del año 45 a. de C. —805 de la fundación de Roma—.

Con el tiempo, se impuso la costumbre de tomar como bisiestos los años que son múltiplos de cuatro.

Pero aquí no acabó la cosa, ya que el año juliano de 365 días y seis horas era un poco más largo (11 minutos y 14 segundos) que el año astronómico real, y otra vez los errores empezaron acumularse: a fines del siglo XVI las fechas estaban corridas alrededor de diez días, y la primavera empezaba el 11 de septiembre: el Papa Gregorio XIII emprendió una nueva reforma para corregir las discrepancias y obligar a las estaciones a empezar cuando deben: por un decreto pontificio de marzo de 1582, abolió el calendario juliano e impuso el calendario gregoriano.

Se cambió la fecha, corriéndola diez días: el 11 de septiembre (día en que se producía el equinoccio de primavera) se transformó “de facto” en el 21 de septiembre, con lo cual se eliminó el retraso acumulado en dieciséis siglos y el año civil y el astronómico volvieron a coincidir.

Papa Gregorio, CalendarioPero además se modificó la regla de los años bisiestos: de ahí en adelante serían bisiestos aquellos anos que son múltiplos de cuatro, salvo que terminen en dos ceros. De estos últimos son bisiestos sólo aquellos que sean múltiplos de cuatrocientos (como el 1600). Los otros (como el 1700) no.

Así, ni el 1800 ni el 1900 fueron años bisiestos. El año 2000, sin embargo, lo será (porque aunque termina en dos ceros es múltiplo de cuatrocientos): la formula permite eliminar tres días cada cuatro siglos, que es la diferencia que acumulaba el calendario juliano en ese lapso.

Sin embargo, aun el “año gregoriano” con todas sus correcciones es 26 segundos más largo que el año astronómico, lo cual implica un día de diferencia cada 3323 años. Para corregir esta pequeña discrepancia se ha propuesto sacar un día cada cuatro mil años de tal manera que el año 4000, el 8000 o el 16000 no sean bisiestos (aunque les toca). En todo caso, de la longitud del año ocho mil, o dieciséis mil, no necesitamos preocuparnos ahora: los años que estamos usando tienen una duración más que aceptable.

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EL CALENDARIO ROMANO

Entre los romanos antiguos el año tenía diez meses: empezaba en marzo y terminaba en diciembre. El rey Numa Pompilio (715-672 a. de C.) añadió otros dos meses, enero y febrero. A partir del año 46 a. de C. se produjo la reforma de Julio César (calendario juliano) y el año pasó a tener 365 días y cada cuatro años se añade un día en lo que llamamos año bisiesto —día que vosotros añadís después del 28 de febrero, pero que en Roma se situaba entre el 24 y el 25 (algo así como si se repitiera el día 24 dos veces)—. El calendario juliano es el que hoy tenéis con una pequeña reforma hecha en el siglo XVI (reforma gregoriana).

Los nombres de los meses latinos —de los que proceden los nombres de los vuestros— son: lanuarius (en honor del dios Jano), Februarius (de las Februa, unas fiestas de purificación), Martius (por el dios Marte), Aprilis (de origen incierto), Maius (por Maya, madre del dios Mercurio), Iunius (por Juno, la esposa de Júpiter), Iulius (por Julio César), Augustus (por Augusto), September (en principio, el séptimo mes), October (el octavo mes), November (el noveno mes), December (el décimo mes).

El cómputo de los días del mes en Roma es bastante complejo. En cada mes se distinguían tres fechas claves: las Kalendae (Calendas), las Nonae (Nonas) y los Idus. El día primero del mes eran las calendas; las nonas correspondían al día 5 y los idus el 13, salvo en los meses de marzo, mayo, julio y octubre, en los que las nonas eran el 7 y los idus el 15. Si la fecha coincidía con una de estas divisiones se decía, por ejemplo: En las calendas de enero (Kalendis Ianuarií), para referirse al día uno de enero; en los idus de junio [Idibus Iunií), para referirse al 13 de junio.

Para referirse al día anterior o posterior a estas fechas se decía: el día anterior (pridie) y el día posterior (postridie) a las calendas, las nonas o los idus del mes correspondiente. Para señalar cualquier otro día hay que contar el número de días que va entre el día en cuestión y la división del mes inmediatamente superior, incluyendo el punto de partida y de término. Así, por ejemplo, para señalar el día 11 de febrero la traducción del latín sería «tres días antes de los idus de febrero»; para el 29 de marzo se diría «cuatro días antes de las calendas de abril».

Por último, los romanos conocieron también la semana de siete días como vosotros. Los nombres latinos de los días —de los que derivan los vuestros— son: Lunae dies (día de la luna); Mariis dies (día dedicado al dios Marte); Mercuri dies (día del dios Mercurio); Iovis dies (día del dios Júpiter); Veneris dies (día de la diosa Venus); Sabbatum (el día hebreo del descanso: aunque primeramente este día se llamó Saturni dies —el día del dios Saturno—); Dominicus dies (el día del Señor, introducido por los cristianos, como el Sabbatum; primeramente se llamó solis dies —el día del sol—). A fuerza de repetirlo, el término dies solía omitirse.

Fuente Consultada:Cultura Clásica A/B Segundo Ciclo ESO – Macías – Axarquía – Editorial Mc Graw Hill