Era Colonial

Organizacion y Caracteristicas del Periodo Colonial en America:

Llamamos Período Colonial, a la época en que las potencias del Viejo Mundo dominaron y gobernaron las nuevas tierras de América, estableciendo sus instituciones y creando sus pueblos.

Después de los descubrimientos y primeras exploraciones de Colón y otros navegantes que le siguieron, españoles, portugueses, ingleses, franceses, holandeses, daneses y rusos, se dividieron las vastas tierras americanas y establecieron sus dominios en ellas.

Así nació el período colonial, que se extendió desde la primera mitad del siglo XVI hasta principios del siglo XIX, cuando la mayoría de los países de América habían obtenido su independencia.

Periodo Colonia:Imagen de la Fundación de Santiago de Chile en 1888
Imagen de la Fundación de Santiago de Chile en 1888

Los franceses, ingleses, holandeses, daneses y rusos, en limitados territorios del Norte; los españoles y portugueses en el resto del continente, no tardaron en crear en América riquísimas colonias, de las que surgieron luego las nuevas naciones y sociedades.

Los franceses, dedicados sobre todo a la colonización y civilización de los indígenas, dominaron las cuencas del San Lorenzo en el Canadá, del Misisipí en los Estados Unidos de América y lo que hoy es Haití, en la isla de Santo Domingo.

La colonización francesa fue beneficiosa, pero nunca logró arraigarse firmemente y no pasó mucho tiempo sin que sus colonias fueran cedidas a Inglaterra o España.

El período colonial se extendió desde la primera mitad del siglo XVI hasta principios del siglo XIX

Inglaterra empezó su colonización en las tierras descubiertas a lo largo de la costa oriental de la América del Norte por medio de privilegios otorgados a compañías de comercio y colonización, y de concesiones a los nobles de grandes extensiones de tierras.

A medida que aumentaba la emigración inglesa, las colonias
británicas se ampliaron hacia el Canadá, las Antillas y las Guayanas, conservando su carácter especulativo.

La obra colonizadora de holandeses, daneses y rusos fue tan breve y superficial que no dejó huella alguna en la sociedad americana, aunque los holandeses conservan todavía posesiones en América.

España, por su parte, no se limitaba a colonizar y explotar, sino que descubría, exploraba y conquistaba de continuo y, sobre todo, civilizaba, por lo que pudo establecerse firmemente en la mayor parte del continente americano, desde el paralelo 35, hasta el estrecho de Magallanes, dejando para los portugueses —cuya obra de colonización fue igualmente tan beneficiosa como la de España— la vasta extensión del Brasil.

No cabe duda de que, en el esfuerzo colonizador, fueron los españoles los más brillantes y humanos, y por la orientación y grandeza de sus miras, las huellas que dejaron no han podido ser borradas por la emancipación política del continente.

La colonización de Espana se inició con el segundo viaje de Colón a la isla la Española (Santo Domingo) y muy pronto se extendió desde el norte de California iasta Tierra del Fuego.

Los vastos dominios estaban divididos, en un principio, en dos grandes virreinatos, a los que se sumaban las tierras vecinas que iban descubriéndose.

El Virreinato de México o de la Nueva España, creado en 1535, comprendía lo que es hoy la mitad austral de los Estados Unidos de América, México, Guatemala, Cuba y Puerto Rico.

El Virreinato del Perú, creado en 1544, abarcaba los territorios descubiertos y por descubrir en la América del Sur, a excepción del Brasil, dominado por los portugueses.

Posteriormente, ya en el siglo XVIII, se crearon otros dos virreinatos: el de Nueva Granada, en la parte nordeste, y el del Río de la Plata, en el sudeste de América dej Sur; mientras que el resto de las vastísimas colonias españolas se dividía en las capitanías generales de Guatemala, Chile, Venezuela y la de Cuba y Florida.

Cada uno de estos virreinatos y capitanías generales estaba dividido en intendencias, para la mejor administración de los territorios, y así, los virreyes y capitanes generales constituían el poder central y los intendentes el poder local, estando todos ellos sometidos al rey de España.

Como contrapeso al poder atribuido a los gobernadores, virreyes y capitanes generales, se establecieron las audiencias, con jurisdicción civil y criminal, y los cabildos que fueron escuelas de ciudadanía.

Para llegar a una tan completa organización social, España tuvo que emprender ante todo la civilización de los aborígenes.

Cambiando radicalmente sus costumbres, tradiciones, creencias y maneras de vivir, tarea ésta tan monumental y tan larga que fueron pocos los siglos y los hombres heroicos empleados en acometerla.

Sin embargo, España la cumplió cabalmente, porque en aquella época estaba en su apogeo y supo valerse de todos los recursos que tenía, tanto materiales como espirituales, para proyectar en el Nuevo Mundo su elevada civilización.

En tal empeño colaboraron con los reyes españoles los más grandes juristas, teólogos y políticos de la época.

Para llegar a una tan completa organización social, España tuvo que emprender ante todo la civilización de los aborígenes

La gobernación de las nuevas tierras fue originando múltiples disposiciones, estatutos y ordenanzas, que se conocen como las Leyes de Indias.

Y que tienen la particularidad de estar revestidas con un espíritu generoso y un sincero deseo de conversión y de protección, resultando un modelo de legislación colonial, único en el mundo.

También quedó establecido en España el Consejo de Indias, que era la autoridad suprema después del rey para todo lo relacionado con la legislación y administración de las colonias de ultramar.

Asi mismo se creó la Casa de Contratación para todos los asuntos referentes al comercio con las Indias.

Desde el primer momento llegaron con los conquistadores o a la zaga de ellos frailes y misioneros ansiosos de propagar su credo entre los pueblos recién descubiertos

Franciscanos, jesuitas y dominicos, fueron los primeros educadores del indio, debiéndose en gran parte a ellos el que la población indígena fuese subdita y no esclava de España, pues se la civilizaba y evangelizaba para formar con ella la nueva rama étnica americana.

La educación en la América Hispana, desde un principio a cargo de religiosos, sirvió para fomentar los progresos de las colonias y para realizar los ideales de España, que eran los de difundir la doctrina y la fe católicas, la grandeza del monarca y del imperio español y la protección y civilización del indio.

En 1523 fray Pedro de Gante fundó el primer colegio en México y en 1553 funcionaba ya una universidad con profesores ilustres; al mismo tiempo en Lima se fundaba la Universidad de San Marcos y luego la de Santo Domingo y la de Santa Fe de Bogotá, y muy pronto se multiplicaron los centros de enseñanza en toda la América española.

En el siglo XVI contaba México con siete imprentas y Perú con una, a las que siguieron otras en Guatemala y las demás colonias.

Y así, en 1575, un siglo antes de que apareciera el primer libro impreso en la América inglesa, ya en la hispana circulaban muchos volúmenes en castellano y en varios idiomas indígenas.

Los primeros impresores satisfacían las más apremiantes necesidades de la nueva sociedad y con sus libros tendían a la conversión de los indios, la enseñanza de las ciencias europeas y el conocimiento de los pueblos recién conquistados.

No tardaron en manifestarse las inteligencias y en sobresalir poetas, pintores y escultores, lo mismo que hombres de ciencia.

En la sociedad colonial se advirtió el predominio de la religiosidad en todas las costumbres, pero no faltaban los espectáculos profanos y de carácter políticosocial.

Eran numerosas las misas solemnes, las procesiones y las representaciones de autos sacramentales, etc., y la fiestas profanas que atraían mucho público consistían en riñas de gallos, corridas de toros, juegos de lotería, cabalgatas, desfiles de carros alegóricos, mascaradas y cacerías.

Las fiestas políticosociales, que lo mismo que todas las anteriores se realizaban con gran derroche de lujo, porque eran la única forma de diversión de la América colonial, se hacían a la llegada de los virreyes o los arzobispos, la jura del rey, etc.

La arquitectura colonial representa el más importante desarrollo de las artes plásticas en el Nuevo Mundo.

En sus colonias, particularmente en las más antiguas, se siguieron los mismos estilos del arte español, pero los artífices indígenas intervinieron en las construcciones e hicieron variar algunos de sus aspectos.

Muchos de los templos más antiguos de la América Hispana acusan un estilo de influencia gótica, y son los que construyeron los primeros frailes franciscanos, con el aspecto de fortalezas, provistos de almenas, torres y contrafuertes, arcos en ojiva y bóvedas nervadas, así como otros caracteres del estilo gótico.

Mucho del estilo mudejar, dejado por los árabes en España, se reflejó en las construcciones de América, sobre todo en las ornamentaciones de ciertas torres y los arcos en los patios de conventos y casas particulares.

El estilo plateresco, llamado así porque su ornamentación recuerda las joyas labradas por los plateros, se encuentra muy difundido en los conventos, templos y fachadas de los palacios que dejaron los españoles en México y en Perú.

Pero el estilo mas profusamente repartido y que mejor arraigó fue el barroco, que injertado on formas indígenas en las decoraciones fastuosas, levantó campanarios y cúpulas, adornó las portadas con columnas y nichos de la mayor parte de las iglesias, palacios, casas y fuentes, que los españoles construyeron durante su dominación en América.

Fuente Consultada: Enciclopedia Ilustrada CUMBRE Tomo V-Editorial CUMBRE S.A.

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Uso de Cataplasmas:Historia y Sustancias Aplicadas

Uso de Cataplasmas:Historia y Sustancias Aplicadas

Cataplasmas, Alcanfores y otros preparados:

Otro medicamento aún recordado por los no muy entrados en años fueron las cataplasmas de la harina de lino extraída de las semillas de dicha planta, y que se aplicaban sobre determinadas regiones del cuerpo —sobre todo en el pecho— en forma de emplastos calientes para calmar los estados de congestión bronquial.

La preparación era netamente doméstica y la harina se mezclaba con agua a alta temperatura, lo que no pocas veces terminaba en severas quemaduras, ya que los beneficios expectorantes o antiespásticos dependían del calor que se soportara.

Las cataplasmas también se usaban con harina de mostaza con las mismas aplicaciones que la de harina de lino, mezclando el polvo con agua caliente y envolviéndola en un lienzo de hilo, para aplicarse bien caliente sobre el pecho.

La mostaza se usó también como eficaz vomitivo en casos de envenenamiento y como rubefaciente (revulsivo, que enrojecía la piel por acumulación de sangre en los pequeños vasos) de acción rápida en los casos de síncopes y peligro de asfixia.

Muchos todavía recordarán el uso francamente amplio de una sustancia que acompañaba a nuestros abuelos a donde fueran en cualesquiera de sus formas, que no eran pocas a decir verdad.

Nos referimos al alcanfor, obtenido del árbol del mismo nombre y que también ha sido sintetizado.

¿Pero quién que pase el medio siglo de vida no recuerda la inseparable bolsita de alcanfor para evitar “las infecciones que andan por el aire” que nuestros antepasados portaban en el bolsillo o su cartera?.

¿Quién alguna vez no fue friccionado con pomadas que dejaban a su paso la indisimulable estela del alcanfor?

En realidad el alcanfor hoy todavía se utiliza en algunos preparados, pero fue en siglo pasado cuando constituyó una especie de remedio o esencia multiuso para una impensable cantidad de males y previsiones, que iban desde el alejamiento de “malos espíritus” y pantalla microbiana, hasta el dolor de muelas y oídos, las más diversas fricciones (sobre todo como alcohol y aceite alcanforado), estimulante cardíaco en uso interno, en la neumonía y cientos de malestares sin diagnóstico cierto.

Posiblemente el alcanfor haya sido una de las sustancias que se utilizó para la mayor cantidad de propósitos y que hoy aún tiene vigencia, aunque, claro está, en combinaciones propias del adelanto de la farmacopea.

Y hablando de fricciones, vale la pena recordar dos preparados que han actuado sobre pacientes desde hace algo más de cien años y casi hasta la actualidad: la untura blanca y el unto sin sal.

El primero —conocido en el laboratorio como linimento de Stockes— era una composición que contenía esencia de trementina con un vehículo oleoso, que producía al friccionarse un calor casi irresistible en la zona y el correspondiente enrojecimiento de la piel.

En cuanto al unto sin sal no se trataba de otra cosa que de grasa de cerdo, que se expendía debidamente envuelta en el también antiguo papel manteca y se usaba en los casos de “empacho”.

La aplicación era la siguiente:

se untaba con abundante grasa el vientre del doliente (sobre todos niños) y luego se colocaba sobre la zona friccionada una hoja de amplias dimensiones de repollo o acelga y hasta se podía cubrir todo el emplasto con un lienzo, lo cual, por esos misterios de la naturaleza quizá trajera algún alivio, pero lo que con seguridad provocaba era un olor casi irresistible.

Pomada o ungüento del soldado

Otro preparado universalmente usado y que aún en cercanías a la mitad del siglo XX se creyó de uso obligado y acción segura, fue la llamada pomada o ungüento del soldado, que no era otra cosa que una pomada mercurialmedicada desde la época de Paracelso— preparada en base de mercurio, lanolina, aceite de girasol, manteca de cerdo y sebo de toro, entre otras variantes de fórmulas.

Este preparado debe su nombre de batalla —nunca mejor aplicado el sustantivo— a que en una pequeña cajita de latón era entregada a los soldados licenciados o cuando realizaban viajes fuera de la zona de los cuarteles, como curativo y preventivo de la sífilis.

Quienes hayan cumplido con el hoy extinguido servicio militar allá por los años 20 podrán recordar esta infaltable pomada en las enfermerías de los cuarteles o en la chaqueta del soldado.

Por supuesto que la pomada no era suficiente para evitar el avance del mal, aunque podía prevenir alguna infección menor y, muchas veces, también causar graves consecuencias.

El avance científico —allá por los cuarenta— que aportó la penicilina obligó a dejar olvidada en algún rincón de las también en desuso mochilas militares la “maravillosa” pomada castrense, que, por supuesto, no le era ajena a los “calaveras” civiles de la época.

Finalmente, y para no olvidar uno de los perfumes más característicos y agradables de la familia argentina acatarrada, vale la pena mencionar el eucalipto.

Difícilmente no se recuerde en casa de nuestros abuelos un recipiente con agua y hojas de eucalipto hirviendo sobre una estufa o un calentador en la habitación del constipado, cuyas emanaciones bastaban para crear en los ambientes un clima de asepsia y pronto restablecimiento.

El eucalipto fue (y es aún) utilizado de las más diversas formas:

como aceites, pastillas, ungüentos, apósitos, válidos para, también, una infinita gama de malestares.

Si bien es cierto que los medicamentos y prácticas que el hombre fue aplicando con la consigna de derrotar el dolor, la enfermedad y hasta a la misma muerte pasaron por momentos de desorientación y caos entre lo científico, lo mágico, lo religioso, la charlatanería y los caprichos más absurdos, no cabe duda que cada aporte de la medicina antigua sirvió para que alguien buscase siempre más y convirtiera al siglo XX en el que mayores adelantos dio a la humanidad en la materia.

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Juan Ángel del Bono

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