Inicios de la Música de Opera

Biografia de Verdi Giuseppe Resumen Vida del Compositor Italiano

Biografía de Verdi Giuseppe – Resumen

Gran compositor italiano. Nació en Roncóle el 10 de octubre de 1835 y murió en Milán el 27 de enero de 1901. Desde muy pequeño fue aficionado a la música, sin que pudiese alimentar sus inclinaciones con otro pasto mejor que el proporcionado por las melodías que escuchaba a desafinados organillos ambulantes. Aunque nació en una familia humilde, pudo estudiar y cultivar su vocación gracias a la figura de un mecenas de provincias, un droguero que amaba el «bel canto».

El estudio, el trabajo y el éxito, cuando llegó, no lograron cambiar la forma de vida del músico, firmemente vinculada a sus orígenes, en su casa de Busseto. A los 30 años, el destino le deparó una tremenda tragedia familiar: la muerte de sus dos hijos y, poco más tarde, de su esposa. Pero él se rehizo y volvió a casarse con una de las mejores intérpretes de sus óperas, Guiseppina Strepponi.

Su presentación en el teatro de la Scala de Milán, en 1840, fue un auténtico fracaso y coincidió con los años de la tragedia familiar. Le pareció que todo había acabado para él, pero un sagaz empresario de la Scala, que intuyó su valía, le convenció para que empezara a trabajar de nuevo.


RlGOLETTO: Ópera melodramática en tres actos de Giuseppe Verdi (1813-1901).
Fue estrenada el 11 de marzo de 1851 en el teatro La Fenice de Venecia.

La Historia: El duque de Mantua y su bufón, Rigoletto, que era jorobado, son insultados por Monterone, a cuya hija ha seducido el duque. El insaciable duque también desea a Gilda, sin saber que es hija de Rigoletto. Los cortesanos que sentían celos de Rigoletto por su proximidad al duque lo engañan de forma tal que el duque pueda raptar a Gilda. Ella se entrega al noble pero Rigoletto trama su venganza y contrata los servicios de un asesino profesional, Sparafucile, cuya hermana Maddalena lo convence de que perdone la vida del duque si antes de medianoche entra en su posada alguien a quien pudiese matar en su lugar. Gilda oye la conversación y sacrifica su propia vida para salvar la de su amante. Rigoletto va en busca del cadáver del duque, pero lo oye en el piso de arriba cantando la famosa aria La Donna é Mobile. Extrañado abre el saco y para su terror, encuentra a su hija.

BIOGRAFÍA DE GIUSEPPE VERDI: (La Roncole, Buseto, 1813 – Milán, Italia, 1901) Compositor italiano. Coetáneo de Wagner, y como él un compositor eminentemente dramático, Verdi fue el gran dominador de la escena lírica europea durante la segunda mitad del siglo XIX.

Verdi Giuseppe

En el mismo año que Wagner, nace también Verdi: 1813. Los verdes campos de la Lombardía fueron su tierra natal, y la ópera italiana con su tradición de siglos su herencia. No fue aceptado en el Conservatorio de Milán, pero subió y subió, con el denodado trabajo disciplinado que siempre lo distinguía, hasta constituirse en la cumbre del arte lírico italiano, digno rival de Wagner.

En aquel tiempo el mundo tuvo que tomar partido: por Verdi o por Wagner, porque sus ideas parecían opuestas, su música no tener nada en común. Hoy este conflicto ya no nos preocupa: podemos admirar por igual las obras maestras de ambos genios.

La vida de Verdi transcurre mucho más tranquila que la de Wagner. Su primer gran éxito es «Nabucco», ópera histórica que contiene el bellísimo Coro de los Esclavos Hebreos, tan melodioso y tan cargado de ansiedad y nostalgia por la patria perdida que pronto todo el pueblo italiano lo sabe de memoria. Verdi sigue escribiendo ópera tras ópera, algunas con mayor éxito, otras con menos.

Hasta que en el año 1851 se abren para Verdi las puertas de la inmortalidad; «Rigoletto» triunfa completamente, y dos años después «La traviata» y «EL trovador». A partir de entonces, cada nueva obra verdiana es esperada con enorme interés: «Las vísperas sicilianas», Simón Boccanegra», «Un baile de máscaras», «Don Carlos» y finalmente, en 1871, «Aída», punto culminante de la vida y la carrera artística de Verdi.

El encargo para esta ópera le había llegado desde Egipto, donde estaba construyéndose el canal de Suez; es natural que Verdi escoja un argumento egipcio, el trágico amor entre un héroe de esa nación y una esclava etíope que vive en la corte del faraón. Aunque la partitura llegó tarde para la inauguración del canal, su estreno en El Cairo y ante un público internacional constituyó un triunfo ampliamente visible. Verdi no se halló presente: demasiado grande es su aversión a los viajes y muy especialmente los de mar.

Idolo de su pueblo ahora, reside tranquilo en su hermosa posesión de Sant’ Agatá. Es anciano y nadie piensa en una continuación de los éxitos. Entonces Verdi sorprende al mundo, en 1887, con una nueva obra, el magistral «Otello».

El homenaje que recibe en el famoso Teatro de la Scala, en Milán, en la noche del estreno, es emocionante. Es en verdad, el «cantor de su pueblo». ¡Cuántas melodías le ha brindado! Melodías que se cantan por las calles, que tocan los organillos, que resuenan noche tras noche en todos los teatros despertando el entusiasmo sin límite de los aficionados.

Seis años después sorprende Verdi otra vez a su pueblo: ha compuesto una ópera cómica. El, que tantas escenas trágicas y sangrientas compuso a lo largo de su vida, ¡crea una ópera cómica! Una ópera encantadora, llena de gracia, de buen humor, de melodías livianas: «Falstaff«.

Verdi cierra sus ojos en el año 1901 dejando su fortuna para el hogar de músicos ancianos y enfermos que había fundado en Milán. La enorme muchedumbre que acompaña sus restos entona espontáneamente aquella melodía creada seis decenios atrás, el canto de los esclavos hebreos, de «Nabucco»: «Vuela, pensamiento sobre alas doradas. ..»

ASI ERA VERDI…

Los comentarios críticos después del estreno del Réquiem por Manzoni -observaciones en el sentido de que la música era ostentosa, sensacional, barata, antirreligiosa, irreligiosa, melodramática- venían a representar la actitud crítica que Verdi tuvo que afrontar la mayor parte de su vida. Sus óperas soportaron críticas sin precedentes, especialmente en Inglaterra y Estados Unidos. Muchos críticos sencillamente no podían tomar en serio a Verdi como compositor. Cuanto más admiraba el público la música de Verdi, más los críticos protestaban y sermoneaban acerca del carácter «obvio» de su composición, su carácter «antivocal», su orquestación «primitiva». Se decían unos a otros, y decían al público, que esa música ejercía a lo sumo una atracción provisional y no podía perdurar.

El crítico del Telegraph de Londres debió tener en cuenta la tremenda recepción que el Réquiem tuvo cuando se lo estrenó en Milán. La ovación llegó porque Verdi era amado como hombre, y también por Manzoni, y porque los italianos se sentían orgullosos de la fama de Verdi. «Ahora que la Península es un Estado, todos los habitantes, incluso los que pertenecen a los distritos más remotos, asumen orgullosos su parte del honor dispensado a todas las celebridades italianas.» Por la cabeza del crítico del Telegraph no pasaba la idea de que la música del Réquiem tuviese nada que ver en el asunto.

Verdi no se inquietaba ante la reacción negativa de algunos críticos. Aparentemente, fue un compositor que no se preocupaba mucho por lo que decía la crítica. Afrontaba con ecuanimidad el éxito y el fracaso. «Se equivoca», escribió a un amigo, «si intenta defender Un Bailo in Maschera de los ataques de la prensa. Debería hacer como yo siempre hago: abstenerse de leerlos y dejar que bailen al son que más les plazca…

Por lo demás, la cuestión es ésta: ¿La ópera es buena o mala? Si es buena, y ellos no lo creen así a causa de sus prejuicios, etc., uno debe dejar que hablen como les parezca, y no tomarlo demasiado a pecho.» Y en otro pasaje: «Con respecto a los periódicos, ¿alguien le obliga a leerlos?… Llegará el día de la justicia, y para el artista es un gran placer, un placer supremo, poder decirles: «¡Imbéciles, estaban equivocados!»

Antecedentes del Arte en el Siglo XIX Acontecimientos Historicos

Antecedentes del Arte en el Siglo XIX Acontecimientos Históricos

EL ARTE EN EL SIGLO XIX

NAPOLEON BONAPARTE

ANTECEDENTES: Después del golpe de Estado del 18 de brumario, en noviembre de 1799, Francia quedó en manos de un régimen consular, que devolvió el orden al país y le permitió afianzar su hegemonía sobre el continente europeo.

El imperio, proclamado en 1804, alcanzó el apogeo de su extensión geográfica en 1811, con 130 departamentos. Napoleón I entregó a algunos miembros de su familia el trono de los países que estaban bajo su tutela e impuso a las naciones vencidas un régimen de protectorados y alianzas diplomáticas.

Aunque se lo presentaba como la construcción de un sistema federal europeo moderno que favorecería el progreso de la civilización, este conglomerado era muy frágil. En los países sometidos, las élites cultas, que al principio eran sensibles a la Ilustración y favorables a las reformas emancipadoras impuestas por Francia, se sintieron rápidamente decepcionadas.

Las humillaciones que sufrían las hicieron sublevarse contra la tiranía de este régimen, cuya represión y violencia eran denunciadas por Goya en España. Los soberanos se rebelaron y formaron coaliciones que infligieron costosas derrotas militares al poder imperial al que la opinión pública francesa, cansada de la guerra, dejó de apoyar.

Una vez eliminado Napoleón, el Congreso de Viena reorganizó Europa basándose en los principios de la contrarrevolución: la legitimidad de las antiguas dinastías, el poder real por derecho divino y la sociedad jerarquizada sometida a la autoridad moral de la religión cristiana.

El nuevo equilibrio europeo, que buscaba frenar la expansión francesa, descansaba en la Santa Alianza, constituida por monarquías autoritarias prestas a intervenir necesariamente frente a cualquier intento revolucionario.

Del neoclasicismo al romanticismo
Napoleón concebía las artes como un instrumento de propaganda, pero la corta duración de su imperio no le permitió realizar grandes proyectos arquitectónicos. El arco de triunfo del Carrusel y la columna de la plaza Vendóme son una cita de los monumentos romanos.

El arco del triunfo
Arco de triunfo del Carrusel

Columna de la plaza Vendóme
Columna de la plaza Vendóme

El mobiliario y las artes decorativas se volvieron pomposos; las águilas reemplazaron a los grifos y a las esfinges de los estilos etrusco y egipcio, de moda durante el Directorio y el Consulado. Para servir al régimen, la pintura debía ser grandiosa. David, figura emblemática del neoclasicismo, fue nombrado primer pintor del emperador. Ingres inició una carrera que lo transformaría en el continuador del clasicismo y en el defensor del dibujo.

Sin embargo, Gérard, Prud’hon, Gros, Girodet-Trioson y Géricault, cuyas obras mostraban una sensibilidad diferente, también eran apreciados, y los opositores del régimen, como Chateaubriand y madame de Staél, no lograron monopolizar las afinidades con el romanticismo naciente. Una prueba indiscutible de la complejidad de los gustos vigentes fue la admiración ferviente que Bonaparte sentía por Ossian (superchería literaria del escocés Macpherson) y que permite explicar los encargos que hizo a Gérard y luego a Ingres de decorados inspirados en los poemas del bardo gaélico.

Una variedad de romanticismos
El romanticismo, que nace antes de la Revolución, se basaba en una estética emocional y en una percepción de la naturaleza que revelaba los estados del alma, valorizando una concepción psicológica de la obra de arte. Los ambientes subjetivos, la búsqueda de lo sublime, misterioso y dramático, así como la originalidad de las representaciones fueron características de esta producción pictórica que a menudo rehusaba mostrar lo inmediato y contemporáneo.

Los temas literarios o históricos de inspiración medieval, la representación de una naturaleza salvaje, con montañas grandiosas, mares tempestuosos y bosques profundos, como también el exotismo de Oriente o del Nuevo Mundo incitaban a una evasión temporal y espacial.

Todos los movimientos románticos tenían un punto en común: su oposición a la fuerza de la razón y a la aplicación de las reglas del clasicismo. Por lo demás, eran complejos y contradictorios, y estaban, a veces, asociados a las reivindicaciones liberales e innovadoras, marcadas a menudo por un espíritu conservador reaccionario. Se alimentaban, en tanto, de la diversidad de las posturas individuales de los artistas.

En Alemania, la corriente romántica presentó una férrea oposición a la dominación imperial francesa. Antiacadémica y patriótica, buscaba su inspiración en un pasado germánico mítico, y se interesaba por las tradiciones folklóricas, las leyendas populares y el arte de Durero. Marcada por una religiosidad que se oponía al ateísmo revolucionario, admiraba el arte gótico y a los primitivos italianos que inspiraron a Cornelius, Pforr y Overbeck, fundadores de la Fraternidad Nazarena. Con Ruhge, Friedrich y Carus, el romanticismo se volcó hacia una búsqueda religiosa e incluso mística.

En Gran Bretaña, lugar de moda para los artistas desde 1815, este movimiento se expresó de múltiples formas. Las composiciones fantásticas y visionarias, inquietantes e incluso mórbidas de Füssli y de Blake eran absolutamente opuestas a los paisajes claros y sensibles de Bonington y de Constable, o a las investigaciones lumínicas, cercanas a la abstracción, de Turner. Las evocaciones del mundo medieval se codeaban con las conmemoraciones de los dramas de Shakespeare. La moda exótica y orientalizante alcanzó niveles políticos debido al compromiso de Byron con los griegos.

Después de 1848, los prerrafaelitas innovadores y volcados hacia el pasado, como Rossetti, Muíais, Burne-Jones, Morris y Brown, reemplazaron a los románticos, que habían empezado a declinar. En Francia, durante el régimen de la Restauración y la monarquía de Julio, el romanticismo también se presentó en formas muy diversas, tanto en la plástica como en lo ideológico.

La pintura fogosa de Géricault, algunos de cuyos temas, inspirados en la actualidad, podrían aparecer en oposición al régimen, contrastaba con el convencionalismo de Delaroche, cuyos temas históricos tratados de una manera tan meticulosa como teatral complacían tanto al público como a los que controlaban el poder.

Chassériau, alumno emancipado del clasicismo de Ingres, oscilaba entre la inspiración oriental y los cuadros religiosos. Por su técnica de pincelada fragmentada y su audacia en la utilización del color, Delacroix anticipó la llegada del impresionismo, mientras que las caricaturas y las esculturas de Daumier describían, sin concesiones, las prácticas políticas y las clases sociales de su época.

Realismos y figuración en el mundo moderno
Como reacción al romanticismo, la corriente realista reivindicó la modernidad por medio de la representación de lo cotidiano. Algunos adeptos evolucionaron, sin embargo, hacia el naturalismo, nueva transformación nacida del academicismo.

En Francia, tanto el realismo como el naturalismo describieron sobre todo el mundo rural. En el cambio de siglo, los pintores de la escuela de Barbizon rechazaron las convenciones del paisaje histórico o del romántico pintoresco. Propusieron una mirada nueva sobre la naturaleza y se interesaron por las variaciones de la luz.

Tanto Millet como Courbet privilegiaron una forma de representación de los campesinos que rechazaba la idealización. De manera más convencional, Jules Bretón, Rosa Bonheur, Jules Bastien-Lepage y León Lhermitte se especializaron en la celebración moralizadora de las actividades agrícolas. En Alemania, Menzel se interesó por el mundo de la industria, y su Forja o Taller de laminado, subtitulada Los ciclópeo modernos, que describía la industria siderúrgica de Alta Silesia, se transformó en una alegoría oficial del poderío industrial del Reich de Bismarck.

En Gran Bretaña, Ford Madox Brown subrayó las desigualdades sociales de la época victoriana y denunció la emigración forzada de los excluidos del crecimiento. Eugéne Laermans retomó esta temática en Bélgica, mientras que Constantin Meunier, haciéndose eco de la novela de Zola, describió la dureza del trabajo de los mineros. En Rusia, Repine y el movimiento de los «ambulantes» exploraron la vena realista y reivindicaron el renacimiento del arte popular.

Las polémicas y los escándalos del modernismo
Courbet, que era amigo del revolucionario Proudhon, amaba la provocación. Pintó en un formato de pintura histórica una escena costumbrista, un entierro en su pueblo natal, Ornans. Para denunciar la incompetencia del Estado en asuntos artísticos, no dudó en exponer en un salón privado las telas que habían sido rechazadas para la Exposición Universal de 1855.

Su posición política durante la Comuna lo obligó a exiliarse después de pasar un tiempo en prisión. Manet, inspirándose en los grandes maestros, intentaba encontrar una forma de aceptación para el modernismo, pero su búsqueda no fue comprendida.

Su obra Baños, llamada posteriormente Almuerzo campestre, que fue presentada en 1863 en el Salón de los Rechazados, y su Olimpia, de 1864, fueron motivo de escándalo. Su factura rápida y sintética fue vivamente criticada, pero sobre todo fueron sus desnudos femeninos, que no quiso presentar con el artificio convencional de una evocación mitológica, los que ofuscaron a un público mojigato que había admirado la Venus de Cabanel.

En Italia, un grupo de artistas que trabajaba en Florencia propuso una pintura antiacadémica, capaz de reproducir una impresión de lo verdadero. Durante una exposición realizada en 1862, un crítico calificó peyorativamente de macchia («mancha»‘ sus propuestas. Rápidamente, los pintores reivindicaron el término de macchaiaiolli dándole una connotación positiva.

Esta búsqueda estaba emparentada con la de Jongkind, que habría influido sobre Monet. Junto con Bazüle, Renoir, Sisley y Pissarro, estos artistas privilegiaban la potara al ave libre, utilizando tonos claros y una pincelada pastosa y evidente, que renunciaba a explicitar un sujeto. Estos pintores despertaron el sarcasmo de la crítica cuando organizaron, en 1874, una exposición junto al fotógrafo Nadar.

El calificativo de «impresionista», utilizado’ irónicamente, haría época, aunque se refería a un grupo bastante heterogéneo. A menudo influidos por la estética de las estampas japonesas, pintaban paisajes urbanos y suburbanos, bailes, espectáculos, carreras de caballos, fiestas populares, el tiempo libre en el campo o en el litoral, intentando captar la vida moderna en sus aspectos más seductores.

Caillebotte pintó con minuciosidad el París de Haussmann. Degas y Toulouse-Lautrec innovaron las artes visuales utilizando como pretexto la pintura de temas de sociedad. Mientras Cézanne empleaba el color para construir espacios geomefrizadoó en los que la representación figurativa de los volúmenes rechazaba la perspectiva del Renacimiento, Seurat y Signac intentaron crear un arte científico, el neoimpresionismo, que se inspiraba en los estudios de Chevreul sobre los contrastes de colores.

En oposición a estas composiciones estáticas, Van Gogh, como precursor del expresionismo, utilizaba los colores de manera subjetiva, aplicados por medio de pinceladas largas y onduladas, mientras que Gauguin privilegiaba los grandes campos de colores planos. Entre tanto, ambos rehusaron disociar su pintura de las preocupaciones espirituales.

En la última década surgió un rechazo al positivismo y al racionalismo. Numerosos artistas que intentaban escapar de la realidad se volvieron hacia lo imaginario, hacia las formas inconscientes del pensamiento. el misterio de las antiguas leyendas y la pureza de las civilizaciones primitivas. El movimiento simbolista, que tuvo como precursores a Gustave Moreau y Puvis de Chavannes, se expandió por toda Europa.

El grupo de Pont-Aven, partidario del enclaustramiento, y luego los nabís. en rechazo de la representación naturalista, reivindicaron el uso de colores arbitrarios y, separando la pintura de lo verosímil, anticiparon las vanguardias del siglo XX.

La libertad plástica de Gauguin tuvo una influencia duradera sobre los artistas que le siguieron. En paralelo. se desarrolló la búsqueda estética del art nouveau y de la Secesión vienesa, que, extrapolando la gestión del movimiento británico de Arts and Crafts, postulaba una colaboración entre la arquitectura, la escultura, la pintura y las artes aplicadas como una forma de renovar el gusto por la producción artística funcional, i así lo bello a lo utilitario.

Fuente Consultada: Historia Visual del Arte Tomo I

Antecedentes del Arte en el Siglo XVIII Acontecimientos Historicos

Antecedentes del Arte en el Siglo XVIII Acontecimientos Históricos

ANTECEDENTES HISTÓRICOS EN EUROPA:
EL ARTE EN EL SIGLO XVIII:

Europa vio duplicada su población y, a la par de este crecimiento demográfico, se abrió al mundo. Se organizaron expediciones al Ártico, y se inició el reconocimiento sistemático de los mares australes. Los informes de los misioneros acerca de la civilización australes atrajeron a las élites cultas que desarrollaron el gusto por lo exótico.

Mientras Europa atlántica se enriquecía gracias al comercio triangular basado en el mercado de negros africanos y en la venta de productos tropicales, la otrora floreciente Europa del sur empezaba un lento declive económico. Se iniciaría con esto la expansión ce los países escandinavos, de Alemania y de la Europa danubiana.

Desarrollo de las ciencias y las técnicas

La puesta en práctica de los descubrimientos fundamentales efectuados en el siglo anterior por Galileo, Descartes, Leibniz y Newton provocó un verdadero «despegue» tecnológico. Los científicos contaban con instrumentos ópticos que multiplicaban la percepción visual y con instrumentos de medición fiable gracias al progreso de la relojería.

En un clima cultural favorable, se desarrollaron las matemáticas y la física, y proliferaron las sociedades de pensadores y las publicaciones especializadas. Las obras de divulgación despertaron el interés público y los trabajos de las academias comenzaron a contar con el apoyo de los soberanos. Se registraron progresos notables en geografía, botánica, mineralogía, medicina, farmacia, química y física. Fue el comienzo de la Revolución Industrial.

Ciencia Siglo XVIII

Ciencia Siglo XVIII

…Nuevas ideas
La razón no sólo se aplicó a las ciencias exactas, sino también a la religión, la filosofía, la historia, la política y la economía: todas fueron abordadas desde un pensamiento crítico. Como consecuencia de esto se denunciaron prejuicios, conservadurismos, injusticias, arbitrariedades e intolerancias, lo que equivalía a cuestionar las instituciones.

Sin embargo, el movimiento filosófico, animado por una visión optimista acerca del progreso que resultaba de la Ilustración, aconsejó reformas a los gobernantes, convencido de que la felicidad de la humanidad dependía de las virtudes morales. Las artes fueron investidas de una función pedagógica y los soberanos, ante el deber de velar por el bien público, desempeñaron un papel de guías. Se encararon importantes trabajos y se desarrolló la educación, con lo que se pudieron mejorar las condiciones de vida de los súbditos. Muchos príncipes suscribieron las nuevas ideas, gracias a lo cual se vieron reforzados su imagen y su poder.

Modernidad y Especificidades Británicas
La monarquía moderada del Reino Unido, alabada en Francia por Voltaire y Montesquieu, parecía ser el sistema de gobierno más moderno. El soberano reinaba, pero el «gabinete» gobernaba, apoyándose en la mayoría parlamentaria. La situación social difería radicalmente de la del continente: la nobleza, al menos parcialmente, lejos de constituir una casta pasiva o que viviese de sus rentas, tenía un espíritu emprendedor.

Administraba sus bienes, expandía la revolución agrícola o se volcaba hacia las inversiones comerciales e industriales. El avance tecnológico y la competitividad de los productos británicos fueron el resultado de la explotación del carbón y de los progresos de la metalurgia, que se manifestaron en la construcción de los primeros puentes metálicos y en la mecanización de las industrias textiles.

El desarrollo de una poderosa marina, su gran comercio y la agresividad en la conquista colonial caracterizaron a una Gran Bretaña en pleno ascenso. Debido a su anglicanismo fue poco receptiva al barroco y la arquitectura se centró en el estilo palladiano.

Los artistas, a menudo extranjeros, fueron contratados por las élites aristocráticas o la gran burguesía; pintaron retratos, pero también escenas de caza, paisajes y marinas; el paisajismo, en tanto, se transformó en una especialidad británica, en contrapunto a un precoz crecimiento urbano, generador de vicios sociales que, con gran humor, denunciaría el pintor y caricaturista William Hogarth.

Del barroco al neoclasicismo
Aunque se difundió tardíamente, la arquitectura barroca se extendió con una vitalidad creativa excepcional desde Italia hasta Alemania del sur, por la Europa danubiana y del norte. La península itálica desempeñó un papel esencial en lo que se refiere a la preservación de las formas; su incomparable patrimonio se transformó en tema de estudio privilegiado, motivo que justificaba la misión de la Academia de Francia en Roma.

Pero a mediados de siglo, las expectativas se modificaron radicalmente; el viaje a Italia, considerado obligatorio por los anglosajones, en lo sucesivo significaría entrar en contacto con los antiguos, es decir, la posibilidad de volver a las fuentes: arte etrusco y griego, por medio de las excavaciones de las ruinas de Pompeya y de Herculano.

El entusiasmo por la arqueología explica el éxito de Piranesi. así como la fortuna de Hubert Robert. Los alemanes Winckelmann y Mengs defendieron, en nombre de «lo bello», el retorno a lo clásico, de lo que los británicos ya estaban convencidos.

El Resplandor del Modelo Francés

La alicaída Francia de 1715 volvió a ser, durante la regencia y el reinado de Luis XV, un Estado rico y potente cuyo sistema político y administrativo era envidiado por los soberanos europeos. La lengua francesa fue adoptada por las élites y la Enciclopedia, leída en todas partes, se transformó en obra de referencia. A la muerte de Luis XIV, la corte abandonó temporalmente Versalles.

El nuevo «mercado del arte» se organizó en París, de lo que da testimonio la muestra de Gersaint, pintado por Watteau. Cansados de la pompa clásica, los nuevos comitentes, aristócratas y la gran burguesía buscaron un lujo confortable y un decorado agradable.

En el interior de los palacetes y en las habitaciones de dimensiones más modestas, se reemplazó la pintura histórica por revestimientos esculpidos y pintados con colores claros, alegorías simples, fiestas galantes, naturalezas muertas y decorativas figuras chinescas.

Se puso de moda el arte del retrato, ya fuera pintado o esculpido, aunque menos protocolar y más psicológico. Sin embargo, Luis XV, al nombrar a Marigny, hermano de madame de Pompadour, como director general de Obras y Manufacturas Reales. tomó posición en favor de la revalorización del «gran género» que había caído en desuso.

En París, la iglesia Sainte-Geneviéve (actual Panteón) de Soufflot simbolizó este neoclasicismo, mientras que pinturas  a las escenas moralizadoras de Greuze les siguió el historicismo cuyo Juramento de los Horacios, pintado en Roma, y expuesto en el  Salón de 1785, tuvo un papel emblemático en la refundación del gusto.

La era de las revoluciones
La élite intelectual europea tomó el partido de los insurgentes norteamericanos, cuya declaración de independencia en 1776, en reacción a la arbitrariedad metropolitana, parecía ser una aplicación de los principios de la Ilustración. El tratado de Versalles de 1783 consagró la independencia de los Estados Unidos, cuyo primer presidente, elegido en 1789, fue George Washington.

Cuando estalló en Francia la crisis de 1789, el ejemplo norteamericano estaba presente en todas las mentes. Luis XVI se vio obligado a convocar a los Estados Generales, los que se transformaron rápidamente en Asamblea Constituyente. Esta elaboró reformas jurídicas y políticas que respondían a las aspiraciones de los burgueses «patriotas»: supresión de las órdenes y de los privilegios, monarquía constitucional y sufragio censatario. Pero la oposición del rey. que movilizó a los soberanos extranjeros, y la del clero refractario fomentada por el papa, precipitó a Francia a la guerra civil y a la guerra exterior.

Esta, presentada como una cruzada de la libertad se transformó en postres de conquista y perdió el apoyo de las élites ilustradas, que sufrían la ocupación y el saqueo. Durante diez anos. Francia se transformó en político. El arte preocupaba mucho a los revolucionarios desenfrenos anticlericales les siguió una voluntad de salvaguardar el patrimonio de la nación. Suprimida la Academia Real, fue reemplazada por las Bellas Artes, y el Museo del Louvre, de reciente creación, vio acrecentadas sus colecciones con botines de guerra.

El poder organizaba grandes fiestas que renovaron las temáticas de las artes efímeras e inauguraron el arte de la propaganda. Sin embargo, numerosos y ambiciosos proyectos fueron imposibles de realizar por causa de la inestabilidad política y de los gastos militares.

Científicos, letrados y artistas tuvieron que pagar un duro tributo al terror. Un reducido número, muy ligado a la aristocracia, como madame Vigée-Lebrun, pintora de la reina, partió al exilio; muchos sufrieron la escasez de encargos; finalmente otros, siguiendo el ejemplo de David, revolucionario convencido, se comprometieron en una producción militante. David se unió a Napoleón y adquirió renombre internacional; su influencia fue primordial en la pintura de principios del siglo XIX, marcada por el clasicismo, el romanticismo y el academicismo.

Fuente Consultada: Historia Visual del Arte Tomo I

El Arte en el Siglo XVII Causas Antecedentes Historicos en Europa

El Arte en el Siglo XVII Causas y Antecedentes Históricos en Europa

ANTECEDENTES HISTÓRICOS EN EUROPA:
EL ARTE EN EL SIGLO XVII:
Cuando reinaban la escasez y el hambre, las epidemias de peste, las guerras, las rebeliones y aun las revoluciones, el siglo XVII presenció un notable desarrollo artístico, fruto de la reconquista católica y del deseo de los soberanos absolutistas y de las élites aristocráticas (o mercantiles en las Provincias Unidas) de mostrar su poder.

El liderazgo artístico italiano
En la primera mitad del siglo XVII , Italia había perdido su preeminencia bancaria y comercial. Políticamente dividida, estaba dominada por España, que regía el Milanesado, Nápoles, Cerdeña y Sicilia, y mantenía en su órbita la Toscana y Genova. Francia, para contrarrestar la dominación de los Habsburgo, protegía Parma, Piacenza y Mantua, e intentaba conservar su influencia sobre Saboya. Solamente Venecia y los Estados Pontificios escapaban de toda tutela.

A pesar de esta situación, la proyección cultural de Italia alcanzó su apogeo. Galileo fundó la ciencia moderna; la ópera y la commedia dell’arte seducían a toda Europa; ingenieros y decoradores, que eran maestros en las artes efímeras, organizaban las fiestas principescas.

Aun cuando Roma había afirmado entonces su preponderancia, Venecia, Genova, Bolonia, Florencia y Nápoles poseían comunidades artísticas activas que desarrollaban lenguajes autónomos.

Los fastos de una Iglesia militante
En su calidad de centro de la Contrarreforma, Roma había dado el ejemplo de un renovado estilo a partir de 1575, con la iglesia del Gesü, concebida por Vignola. La Iglesia confirió a la belleza, y por ende a las artes visuales, el carácter de un medio de seducción y de persuasión de los fieles.

Con el fin de estimular la emoción, la escenografía de la fe privilegió los retablos esculpidos y las pinturas en trampantojo para las bóvedas y las cúpulas. Obras de construcción religiosas o civiles transformaron la capital del catolicismo en un laboratorio artístico y urbanístico que propagaba las nuevas formas del barroco en Europa y hacia sus lejanas colonias.

El papado, con el acondicionamiento de la basílica de San Pedro, de palacios, plazas y fuentes, fue sin duda el mayor mecenas, pero todas las órdenes y congregaciones involucradas en la reforma tridentina hacían construir iglesias, conventos y colegios. Prelados, príncipes y embajadores, preocupados por mantener su rango, practicaban un mecenazgo activo.

Basilica de San Pedro

Basílica de San Pedro

Casi todos los artistas estimaban que el viaje a Italia era necesario para su formación. En Roma, una verdadera colonia extranjera, organizada en torno de la Academia de San Lucas, se codeaba con artistas venidos de toda la península.

El fin del Siglo de Oro Español
La decadencia política y económica de la España de los sucesores de Felipe II estaba disimulada por los fastos de la corte y por una producción artística brillante, tanto en el ámbito literario como en el pictórico. Pero el país se debilitaba: el enrarecimiento de los metales preciosos de América agravó el déficit de las finanzas reales, mientras que el dominio de territorios dispersos, la conservación de su hegemonía y la defensa del catolicismo exigían fuertes gastos militares.

El ejército sufrió reveses en la guerra contra Francia; estallaron revueltas en Cataluña, Napóles y Sicilia; Portugal recuperó su independencia. La sucesión de Carlos II desencadenó luchas encarnizadas entre las familias principescas, que, temiendo la hegemonía francesa, rehusaron reconocer a Felipe V, nieto de Luis XIV. Si el príncipe Borbón pudo finalmente, después de un conflicto ruinoso, instalarse en Madrid, ello fue a costa del desmembramiento de las posesiones españolas de Italia y de Flandes.

Alemania, desgastada por la Guerra de los Treinta Años
De 1618 a 1648, los territorios germánicos se transformaron en un campo de batalla europeo. El país fue asolado y la población diezmada. La novela satírica de Grimmelshausen Simplicius Simpllcissimus, así como los grabados de Caillot atestiguan la atrocidad de los combates, que inspiraron al jurista holandés Grotius para realizar la primera tentativa de codificación del derecho bélico.

Los tratados de Westfalia, en 1648, establecieron un compromiso religioso y redefinieron el marco político y territorial. España reconoció la independencia de las Provincias Unidas. Los Habsburgo de Austria perdieron su autoridad sobre Alemania; los príncipes lograron su autonomía frente al emperador.

Francia, Suecia y Prusia fueron favorecidas por notables ganancias territoriales. Las exacciones militares habían obligado a los artistas a partir al exilio; la paz y las reconstrucciones favorecieron una renovación. Los países protestantes del Norte fueron influidos por el arte holandés, y luego por el gusto francés; las regiones católicas adquirieron un rico patrimonio barroco de influencia italiana.

La Inglaterra de las revoluciones
La dinastía de los Estuardo, tentada por la imposición del absolutismo político y el retorno al catolicismo, fue vivamente criticada. La crisis estalló en 1640, durante el reinado de Carlos I, y se transformó en guerra civil. El rey fue vencido, juzgado y ejecutado en 1649. Cromwell impuso diez años de dictadura puritana.

Luego de su muerte, la Restauración no trajo consigo la estabilidad esperada. La «gloriosa revolución» de 1688 expulsó a Jacobo II, católico convencido, quien tuvo que dejarle el trono a su hija, esposa de Guillermo de Orange, príncipe protestante y adversario encarnizado de Francia.

La pareja real firmó el Bill of Right, que instituyó el régimen de compartir el poder con las cámaras parlamentarias. Se reafirmó el Habeas Corpus y la Iglesia Católica fue proscripta. La Inglaterra del fin del siglo, favorecida por tener el primer gobierno moderno fundado sobre el principio del contrato desarrollado por Locke, volvió a poner en marcha una política económica, comercial y colonial agresiva.

Los Países Bajos, desunidos: dos polos artísticos fecundos
Las Provincias Unidas protestantes, pero tolerantes, se vieron beneficiadas por una brillante prosperidad basada en el gran comercio colonial. Su federalismo favoreció el surgimiento de centros creativos: Leyden, Delft, Haarlem y Utrecht se resistieron a la dominación de Amsterdam.

La falta de pedidos religiosos o aristocráticos valorizó los géneros considerados en otras partes como de menor importancia. Retratos, naturalezas muertas (vanitas), escenas de género investidas de un simbolismo moral, paisajes que daban a conocer las riquezas de la nación, decoraban los interiores opulentos.

Los Países Bajos del Sur desempeñaron un papel activo en la reconquista católica y llegaron a ser el centro septentrional del barroco. El taller de Amberes de Rubens, que sabía rodearse de colaboradores talentosos, como Van Dyck y Jordaens, atendía todas las cortes europeas, y numerosos artistas flamencos se establecieron en el extranjero.

La Francia del Gran Siglo
El reinado de Luis XIV es considerado el apogeo del absolutismo. Este no se limitó a la esfera política, sino que se extendió a la religión, con la revocación del Edicto de Nantes, las persecuciones contra los hugonotes y la represión de la corriente jansenista.

Incluyó la economía, la creación de manufacturas reales y de compañías comerciales monopólicas que reforzaban el mercantilismo, y abarcó los ámbitos intelectuales y artísticos, considerados los mejores medios de propaganda del régimen: letras, teatro, música, danza, arquitectura, escultura, pintura, artes decorativas, controladas por las academias, debían estar al servicio del soberano y de su gloria.

Si el arte francés de la primera mitad del siglo se había inspirado ampliamente en las escuelas extranjeras, italiana, flamenca, lorenesa, y por lo tanto estaba marcado por influencias barrocas, el viraje decisivo correspondió al rechazo de los proyectos encargados a Bernini para el Louvre. La austera y rigurosa columnata de Perrault definió los criterios del gusto francés, una estética de la armonía y del respeto de reglas fundadas en la razón.

Durante todo su reinado, y a pesar de las vicisitudes de las derrotas militares, de los años de escasez y hambre y de las dificultades financieras, las obras de Versalles (castillo, jardines, villa, anexos del Trianon y de Marly) reunieron equipos de artistas notables (Le Vau, Le Brun, Le Nótre, y luego Mansart y su sobrino Hardouin-Mansart), tradujeron en el espacio el absolutismo de Luis XIV e instauraron el estilo francés en el que se inspiró la Europa de los príncipes.

En pintura, la Academia Real defendía la jerarquía de los géneros, que ella justificaba por la primacía concedida a la concepción de las obras sobre su realización y valorizaba la pintura histórica, el llamado «gran género», en detrimento de otros, por ejemplo, el retrato, la pintura de género, la naturaleza muerta y el paisaje.

Fuente Consultada: Historia Visual del Arte Tomo I